Tratado de Derecho Administrativo - Parte General - Volumen - Fernando Garrido Falla - Biblioteca Universitaria, 12a - Ed, Madrid, 1994 - Editorial - 9788430917754 - Anna's
Tratado de Derecho Administrativo - Parte General - Volumen - Fernando Garrido Falla - Biblioteca Universitaria, 12a - Ed, Madrid, 1994 - Editorial - 9788430917754 - Anna's
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TRATADO
DE DERECHO
ADMINISTRATIVO
VOLUMEN |
PARTE GENERAL
o o oi FALLA
Cadrático Emérito de la Universidad de Madrid
TRATADO
DE DERECHO
ADMINISTRATIVO
VOLUMEN I
PARTE GENERAL
DUODECIMA EDICION
teblos
SMUNSALD ls
Diseño de cubierta:
J. M. Domínguez y J. Sánchez Cuenca
Impresión de cubierta:
Gráficas Molina
En Editorial Tecnos:
10.*? edición, 1987
11.* edición, 1989
12.? edición, 1994
PROLOGOS Pág.
INTRODUCCION
CAP. L ELCONCEPTO.DE ADMINISTRACION PUBLICA ccoiccononinonccconiosocicicancannónss
1. SENTIDO ETIMOLÓGICO Y VULGAR DEL VOCABLO ADMINISTRACIÓN cococccocooncconoo
2. LA ADMINISTRACIÓN Y LAS FUNCIONES DEL ESTADO .ccococonononconnnoonoconncroncnonnncono
Ay Traunción legislativas IA ancianas
BY La función urisdiccional 20.2 ss
Cijtadunciónejecutivaa e clon and ae aL. Lt capó rnagantñas
DitEssterunatunción administrativa mó oicoinninos
3. LA ADMINISTRACIÓN Y LOS PODERES DEL ESTADO; LA INADECUACIÓN ENTRE LOS
PUNTOSIDE VISTA SSUBIETIVO SNA MATERTA LA erat rino ear r otr roeean seg inaeeiazo
4. LA ADMINISTRACIÓN COMO OBJETO DEL DERECHO ADMINISTRATIVO omcccoccconnnons
5. ¿EXISTEN ACTOS ADMINISTRATIVOS DE LOS PARTICULARES? oomccicnccicninonccnnaninons
6. PODER EJECUTIVO, GOBIERNO Y ADMINISTRACIÓN ..cccoconcononcononconconincnncnnoncnncnninos
A) 1 EL pOdEne ecu O UA dejan cto cenas
B)19 La:función:política:o de GODISEDO: orar lios cod aecsaideioncanss
EjArElLÓrS ano deL ODICIDO trar de U iS Aid IR ea ao dones
D) Actividad administrativa y política de Gobierno: los actos políticos ......
Ela institución: adrainistrativasciuarastnt A dao doidas noqenccnnndos
F) La neutralidad política de la Administración y la neutralidad adminis-
trativadel:Gobiemor ria A o iddanna nincacannos
CAP. Il: ADMINISTRA CION-PUBLICA Y DERECHO coran one lito candelas acnencococinos
1. CARÁCTER DEL CONDICIONAMIENTO JURÍDICO DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA.
A) La doctrina tradicional sobre las relaciones entre Estado y Derecho .....
B) La doctrina institucionalista de ROMANO ..ccoccccononccnonnrnnanoncanannonnancnnononooos
IPPO oe te dae ecologa
DA ESTADO POLICIAS ESTADO DE DERECHO, Leo peso aapo nia ERo Evo proaes qt gota econo
A) Las limitaciones del poder en el Estado-policÍa ....occonniciocononnnnormmm..
y SAA DIET RRA AS
TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
TRATIVO
TITULO PRIMERO
Cap. VI. LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS ........
TITULO Il
CAP. 11... PERSONAS JURIDICAS. PUBLICAS MBRIVADA Sreccticits rinnteiod eoeoodaoncosnesos 329
CAP. IV29A LAS¡SITUACIONES, JURIDICAS:SUBJETIVAS 10.20.04 IRA id. congo oocnócacoros 376
TITULO HI
11.» EL:ACTO¡ADMINISTRATIVO; SUS ORÍGENES hood co ota raid dd dolio dba Secas 405
2 ER CONCERTO DEACTO ADMINISTRATIVO lO Eo DIOS o 407
AY Postrira de Kormand CAI A RO ANIMOS. atera cio oóas 407
B).»-De.Royo-Villadovas IA, A cotton ciociacaarisss 413
E)-- De: SayaguésS canvas AA 0 OA A. IO enoandéii 413
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31 *DELIMITACIÓN NEGATIVA DEL CONCEPTO llldeliaoccoccccócaneoss 414
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B) Los actos sometidos al régimen jurídico privado ...ocooconnniicnnccninnicocononos 417
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PROLOGO A LA DUODECIMA EDICION
_ Los acontecimientos legislativos siempre suelen ir por delante de las construc-
ciones sistemáticas que constituyen el contenido natural de los Tratados y Manua-
les de las diversas disciplinas jurídicas. A poco que el autor se descuide, su obra
puede quedar relegada a la condición de una reliquia más para los historiadores de
la Ciencia jurídica... o al olvido.
Desde la última edición de este Tratado (1989) algunos importantes aconte-
cimientos han tenido la virtualidad de afectar a su contenido. Son éstos los si-
guientes.
Por lo pronto, la construcción de la Unión Europea, consecuencia del Tratado
de Maastricht, ha tenido que ser recogida en el capítulo correspondiente a la vi-
gencia en España del Derecho Comunitario, téngase en cuenta que el nacimiento de
la «ciudadanía europea» ha determinado la necesidad de modificar alguno de nues-
tros preceptos constitucionales.
En segundo lugar, la promulgación de la tan discutida Ley de Régimen Jurídico
de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común (Ley
30/1992) ha alterado radicalmente cuestiones de la máxima importancia teórico-
práctica (como, por ejemplo, la doctrina del silencio administrativo) que han obli-
gado a una cuidada revisión de los cuatro capítulos que constituyen el Título IM de
este Tratado.
En fin, las novedades organizatorias —audazmente conseguidas utilizando el
idóneo instrumento de las Leyes de Presupuestos— han revolucionado el panorama
de nuestra Administración institucional instrumental. Ello nos ha movido a rehacer
el capítulo dedicado a las personas jurídicas públicas, a cuya exposición meramente
teórica (como se hacía en la edición anterior) se añade ahora un estudio legal y ju-
risprudencial tanto de la «nueva descentralización», como de los principios de la
llamada «Administración corporativa» (materia que se incluye por primera vez en
esta Obra).
FG.F.
[17]
18 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
pués del importante movimiento renovador que se ha producido desde 1950 con la
aparición de la Revista de Administración Pública, y que alguien ajeno a nuestra
disciplina ha calificado como el más importante en la total panorámica de la Cien-
cia jurídica española, las generaciones más jóvenes de administrativistas no podía-
mos hurtarnos al encargo que las circunstancias parecían poner en nuestras manos.
A este respecto, estoy seguro que ésta no es sino la primera de una serie de obras
de carácter general que, como fruto obligado, han de ir apareciendo en los años in-
mediatos.
Por otra parte, la evolución del régimen administrativo en Europa, y fuera de
ella, ha sido en los últimos tiempos lo suficientemente sensible como para que ins-
tituciones clave del Derecho Administrativo tradicional hayan sido sometidas a re-
visión. Con fundamento en ciertos casos, y sin fundamento en otros, el vocablo
«crisis» resulta ser hoy en nuestro campo uno de los de más frecuente aplicación.
Ello se explica, empero, si se tiene en cuenta la íntima conexión que cualquier pro-
blema de nuestra disciplina tiene con las concepciones vigentes sobre el sistema
estatal: el repertorio temático del Derecho administrativo no es naturalmente el
mismo en el Estado abstencionista liberal que en el Estado-providenica de nues-
tros días.
Particularmente, toda fluctuación política tiene su inmediato reflejo en el doble
sistema de instituciones que nuestra disciplina comporta. Repetidamente hemos ex-
puesto que el Derecho administrativo agrupa sus instituciones en torno a dos ideas,
a la par antagónicas y complementarias: perrogativa administrativa y garantía del
particular. La primera coloca a la Administración en una situación de privilegio,
pues-implica el reconocimiento jurídico, a su favor, de una serie de medios que
exorbitan el Derecho privado y que no poseen los particulares: es el sistema de las
potestades administrativas. Pero, frente a la prerrogativa, el Derecho administrativo
consagra un contrapuesto sistema de garantías para el particular. Gracias a éstas, el
privilegio administrativo deja de ser arbitrario para convertirse en pieza lógica de
un ordenamiento jurídico.
Pues bien, toda alteración en la concepción estatal que suponga fortalecimiento
o incremento de los privilegios administrativos debe comportar correlativamente un
reajuste en el sistema de garantías, que venga a compensar el obligado equilibrio
que lo jurídico requiere. En tanto esto no ocurra, podrá temerse fundadamente que
la idea misma del Derecho administrativo —como consecuencia jurídica del Estado
de Derecho— está en peligro. A la vista de los recientes acontecimientos, que a tan-
tos han hecho proclamar que la preocupación por un «Estado legal» debe sustituirse
radicalmente por la de un «Estado eficaz», nuestra impresión, empero, no es exce-
sivamente pesimista, por entender que, al margen de aquellas exageraciones, sigue
habiendo lugar para un sistema jurídico relativo a la organización y actuación del
Estado.
En cuanto al plan de esta obra, mis actuales previsiones abarcan la publicación
de cuatro volúmenes: los dos primeros para la parte general, el tercero dedicado a
la organización administrativa y, finalmente, el cuarto a la tradicionalmente deno-
minada materia administrativa. Este último volumen no tendrá sino un valor com-
plementario, pues, obviamente, si intentásemos un estudio de la parte especial guar-
dando las proporciones que un «Tratado» requiere, seguramente serían varios los
volúmenes previstos. Pero es que, por otra parte, la referida complementariedad no
es sino la consecuencia lógica de la postura que mantenemos sobre la suficiencia
teórica —y, más aún, didáctica— de la parte general. Sólo en la etapa de los bal-
buceos de una disciplina jurídica puede admitirse que aquélla se redacte como un
PRÓLOGOS 19
simple resumen de las principales teorías mantenidas por los dogmáticos extranje-
ros y a espaldas totalmente de nuestro Ordenamiento jurídico positivo. Es éste, por
el contrario, el que debe proporcionarnos la materia prima indispensable para la
construcción de las categorías jurídicas —posibles, por tanto, según el Derecho po-
sitivo—, cuyo conjunto sistematizado da lugar a la parte general. A su vez, la ex-
posicióny estudio de cada una de estas categorías sólo es plenamente comprensi-
ble si la ilustración de los conceptos teóricos se realiza cabalmente acudiendo a los
ejemplos que el Derecho positivo ofrece, con lo que se cierra así el círculo de la in-
trínseca suficiencia que de la parte general hemos predicado.
Todavía hemos de añadir a las anteriores consideraciones la afortunada cir-
cunstancia de que actualmente el Derecho positivo español está parcialmente
codificado. Las recientes leyes sobre el régimen jurídico de la Administración
y sobre el Procedimiento administrativo significan, junto a otras muchas cosas,
una auténtica codificación de la teoría del acto administrativo. Muchas de las
alegaciones que, hasta ahora, sólo eran posibles ante los Tribunales de la juris-
dicción contencioso-administrativa a base de desplegar un verdadero conoci-
miento de la doctrina más autorizada y de alguna escondida y no siempre clara
decisión jurisprudencial, en el futuro podrán contraerse z la referencia a un pre-
cepto legal.
Junto a las citadas, son ya asimismo numerosas las «leyes generales administrati-
vas», entendiendo por tales las dictadas no para regular una «materia administrativa»,
o zona de la actividad de la Administración funcionalmente acotada (como ocurre, por
ejemplo, con una ley de minas), sino para la disciplina legal de una «institución ad-
ministrativa» o manera de actuar la Administración formalmente delimitada (como,
por ejemplo, una ley sobre la expropiación forzosa). Está claro que el estudio de cada
una de estas leyes constituye, de suyo, un capítulo de la parte general.
Por lo que se refiere a la organización administrativa, persiste aún en muchos
autores la vieja costumbre de estudiarla inmediatamente después de los temas
que constituyen la introducción a la asignatura. Considero que esta sistemática
—que sólo puede aducir a su favor el argumento teórico de que la organización
forma parte del estudio de uno de los sujetos de la relación jurídico-administra-
tiva, y el práctico de la conveniencia de conocer estructuralmente a la Adminis-
tración como supuesto previo a la problemática de su actividad— es difícilmente
mantenible hoy día, cuando lo organizativo no puede naturalmente agotarse con
la mera descripción de los Departamentos y Organos centrales y territoriales de
la Administración, sino que, en un tratamiento adecuado, exige el análisis tanto
de los principios jurídicos de la organización como de los criterios racionales so-
bre los que las estructuras administrativas se montan. Esto último, que supone,
desde luego, la referencia a temas que tienen su sede propia en la llamada Cien-
cia de la Administración, no repugna, sin embargo, en un Tratado de Derecho
administrativo que, sin traicionar en absoluto el método jurídico que debe presi-
dir su redacción, puede —e incluso, en ocasiones, debe— permitirse tales alu-
siones como indispensables para la debida comprensión del fenómeno adminis-
trativo y, por ende, del problema jurídico que se debate. Puesto que, como se ha
dicho, esta necesidad surge principalmente en relación con la organización ad-
ministrativa, aquí está la razón del volumen previsto y del lugar que ocupa en
nuestro sistema.
FG. E
Madrid, septiembre de 1958.
20 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
F.G. FE
Madrid, julio de 1961.
Una vez más el comienzo de un nuevo curso académico se encuentra con el he-
cho consumado de las ediciones agotadas de los volúmenes I y II de este Tratado
(el volumen III hace años que se agotó, pero en relación con él tengo otros pro-
yectos). La demanda del volumen IT tiene un fácil arreglo: se ha procedido simple-
mente a la reedición de la quinta edición de dicho volumen.
En cambio, con la sexta edición del volumen I no ha podido hacerse lo mismo,
pues la modificación del Título preliminar del Código civil realizada por la Ley de
Bases 3/1973, de 17 de marzo, y el Texto articulado aprobado por Decreto
1836/1974, de 31 de mayo, afecta de modo tan directo y sustancial a los capítulos
de las fuentes del Derecho administrativo que ha sido necesaria la reelaboración de
los mismos. No puedo ocultar que esta labor me ha sido particularmente grata te-
niendo en cuenta que la reforma legislativa ha venido a consagrar puntos de vista
que en relación con esta materia hemos venido manteniendo en las anteriores edi-
ciones.
Aparte de la incorporación de recientes aportaciones doctrinales, absolutamente
necesarias para evitar el envejecimiento de la obra, hay un tema al que la nueva edi-
ción ha tenido que hacer cara. En la doctrina francesa y en la española de los últi-
mos años se hablaba, cada vez con más frecuencia, de la actividad administrativa
de los particulares. De admitirse esto, resulta obvio que el punto de vista tradicio-
nal sobre la construcción del Derecho administrativo habría de ser sustancialmente
reestructurado; al menos, el punto de vista del que se parte en este Tratado. Una crí-
tica, pues, de las nuevas tendencias resultaba obligada y así se ha hecho en su mo-
mento oportuno.
EGsE
ADVERTENCIA DE LA REIMPRESION
DE LA SEPTIMA EDICION
FG. E
Madrid, mayo de 1982.
Así es que ¡por fin! he conseguido la «puesta a punto» de una edición en la que
se evita al lector —y, sobre todo, al estudiante— el doble esfuerzo que implica dar
por no puestas las referencias al derogado sistema de las Leyes Fundamentales pre-
constitucionales y la remisión al Apéndice para comprender, al menos en lo sus-
tancial, el reflejo que en el Derecho administrativo ha tenido el profundo cambio
que la Constitución de 1978 supone.
Las principales modificaciones las encontrará el lector en los capítulos que se
dedican a las fuentes del Derecho Administrativo. En primer lugar, porque al con-
vertirse la Constitución en la «norma suprema» de nuestro Ordenamiento jurídico
y al haberse establecido un Tribunal Constitucional con competencia para fiscalizar
nada menos que la constitucionalidad de las leyes, se plantea el problema de los lí-
mites jurídicos de la potestad legislativa, e incluso se ponen las bases para la cons-
trucción del principio —algo que intentamos, aunque el lector juzgará si con la su-
ficiente capacidad de convicción— de la inderogabilidad por vía singular de las
leyes formales. En segundo lugar, la novedad que suponen las leyes orgánicas y,
dentro de ellas (aunque, quizás, sobre ellas), los Estatutos de Autonomía, exige la
revisión de la clásica enumeración de la jerarquía de las fuentes tal como se expli-
caba en ediciones anteriores. En fin, la configuración del Estado de las Autonomías,
con el reconocimiento de la potestad legislativa de las Asambleas de las Comuni-
dades Autónomas exige una revisión total de la ordenación del sistema de fuentes.
Por lo demás, en el prólogo a la octava edición, hacía alusión a la reconsidera-
ción personal a que últimamente había sometido mis propias ideas sobre los con-
ceptos básicos del Derecho Administrativo español, tal como lo expresaba en mi
trabajo «Reflexiones sobre una reconstrucción de los límites formales del Derecho
Administrativo español», publicado en 1982. Ahora, pasados los primeros entu-
siasmos, me pregunto si la reconstrucción de límites ha de referirse simplemente
—lo cual comporta una tarea bastante más modesta— al alcance de la fiscalización
de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa que, de acuerdo con la legislación
postconstitucional, alcanza ahora actos emanados de los órganos de administración
interna de las Cortes Generales, del Tribunal Constitucional y del Poder Judicial.
En cualquier caso, hay algo que sí me queda muy claro después de las «Reflexio-
nes...»: la vuelta al concepto de personalidad jurídica que emanan, no sólo de la Ad-
ministración Pública, sino de los distintos órganos constitucionales y que dan lugar
al nacimiento de relaciones jurídicas, bien con sus propios funcionarios o incluso
con terceros. Y asimismo he creído necesario revisar la definición del Derecho ad-
ministrativo para comprender dentro de ella los actos de administración de los Or-
ganos constitucionales precitados.
Creo, pues, que esta nueva edición contesta a las objeciones de envejecimiento del
Tratado que, con razón, se hayan hecho después de 1978. Otras objeciones, las que
son producto de mis propias limitaciones personales, son obviamente insalvables.
Por último, tengo que manifestar públicamente mi agradecimiento a la valiosa
ayuda que me han prestado mis colaboradores en la Cátedra, doctor Oscar MORENO
GiL y Alberto PALOMAR OLMEDA, en la actualización de referencias legislativas y
bibliográficas. Al primeramente citado debo la redacción del epígrafe relativo a las
funciones de la Intervención General del Estado.
EGE
Madrid, abril de 1985.
PRÓLOGOS 5
me hizo pensar muy seriamente en la «crisis del concepto», pienso que las cosas
han vuelto a su sitio, incluso con un enriquecimiento doctrinal que ahora me parece
obvio: hay que reconquistar la personalidad jurídica del Estado (de todo el Estado),
como concepto clave para la explicación del Derecho público interno que —des-
pués de la Constitución— incluye desde el acto de gestión económica en que con-
siste la venta de un terreno patrimonial, hasta la condena a una indemnización por
daños y lesiones sufridas por un particular por atropello de un vehículo del parque
de las Cortes Generales o del Tribunal Constitucional.
Por lo que se refiere al volumen II de este Tratado, más que de modificaciones
—generalmente referidas a la actualización de citas legislativas, ya que nuevos e
importantes textos legales han sido promulgados— he de subrayar la ampliación de
su contenido.
La breve alusión en un par de cortos epígrafes, que en ediciones anteriores de-
dicaba a «la policía de la libertad» y la «policía de la propiedad» se convierten
ahora en dos capítulos nuevos: el régimen jurídico de las libertades fundamentales
y el régimen jurídico de la propiedad del suelo.
Es ocioso recordar que una de las características del régimen democrático-cons-
titucional está en la esencial idea de que las libertades fundamentales son inma-
nentes a la propia naturaleza humana: cuando la Constitución las configura jurídi-
camente como derechos sujetivos, se limita a reconocerlas, no a concederlas. Así
las cosas, el intervencionismo administrativo en esta materia, en pura teoría, debe-
ría ser inexistente. Sin embargo, también constituye un axioma de la filosofía libe-
ral la afirmación de que la libertad del ciudadano acaba allí donde comienza la li-
bertad de los demás; idea que justifica, por ejemplo, que la huelga del personal de
los servicios esenciales esté condicionada por «prestaciones mínimas» impuestas
por la Administración, y que la autoridad gubernativa pueda prohibir manifestacio-
nes públicas que puedan alterar el orden público. Creo que esta parcela del Dere-
cho administrativo —en cuya importancia no es necesario insistir— no puede ser
desconocida en un sistema institucional de nuestra disciplina.
Y, por lo que se refiere al régimen del suelo, la dificultad está precisamente en
reducir a un solo capítulo lo que ya constituye —el Derecho urbanístico— una au-
téntica disciplina independiente. Pero también hay que reconocer que hoy día un
Tratado de Derecho Administrativo, ni desde el punto de vista didáctico, ni como
obra de consulta para profesionales, puede prescindir de exponer los principios que
informan este sector de nuestro ordenamiento jurídico.
Si los objetivos que me he propuesto con esta nueva edición se han alcanzado,
será el lector quien lo juzgue.
F.G.E
teoría de las fuentes del Derecho administrativo los más necesitados de revisión; lo
cual he procurado hacer en la medida en que mis fuerzas lo han permitido.
Y, sin embargo, al enfrentarme, como ahora hago, con una nueva edición, he de
manifestar mi insatisfactoria sensación de encontrarme ante una «obra inacabada».
Lo que, por otra parte (y confieso que no me sirve de consuelo), me ocurre también
cuando repaso los brillantes esfuerzos de mis colegas.
Recuerdo, en efecto, la unidad doctrinal que presidía la jerarquización de las
fuentes del Derecho administrativo cuando su producción la monopolizaba el Es-
tado. Pero ese monopolio quiebra en beneficio, especialmente, de las facultades
normativas de las Comunidades Autónomas y de la Comunidad Económica Euro-
pea. Ahora el tema se desarrolla simultáneamente en varios planos: hay un sistema
jerárquico en relación con aquellas materias (e incluso según qué parcelas del te-
rritorio nacional) que, según la Constitución, pertenecen a la competencia exclusiva
del Estado; otro, cuando se trata de articular en una determinada Comunidad Au-
tónoma la normativa estatal con la autonómica. Por si fuera poco, la tipología de
las normas estatales (es decir, las emanadas del máximo órgano legislativo del Es-
tado) sorprende por su variedad: leyes orgánicas, leyes de armonización, leyes or-
dinarias, leyes marco y, por supuesto, Estatutos de Autonomía. En caso de colisión,
¿qué norma ostenta la primacía? Si la colisión se produce entre el Estado y la Co-
munidad Económica Europea o cualquier Comunidad Autónoma, la solución pare-
ció encontrarse en el concepto de «competencia»; incluso se ha hecho uso de tal
«útil» concepto para explicar la primacía de leyes estatales sobre leyes estatales
(por ejemplo, de la ley orgánica sobre la ordinaria). Pero, ¿cómo explicar el pro-
blema en el caso de la (mal llamada) «competencia concurrente»? Si ambos suje-
tos legisladores tienen competencia (concurrente), ¿no habrá que resolver la coli-
sión con criterios jerárquicos explicando, por ejemplo, que la legislación básica o
la ley marco vinculan la normativa de desarrollo?
Por supuesto, no es mi intención resolver aquí el problema; ni quizás lo haya
logrado en el adecuado lugar en que lo trato. Me limito a subrayar lo que me ha
preocupado y a adelantar mi rechazo a la sustitución integral de la noción de jerar-
quía por la de competencia, mi recelo ante el concepto de competencia concurrente
y, en fin, mi propuesta para resolver las relaciones entre estos conceptos: la com-
petencia como presupuesto de la jerarquía. Porque se supone que los conflictos de
primacía jerárquica tienen lugar cuando cada norma ha sido dictada por órgano con
competencia ratione materiae.
Por lo que se refiere al tomo IT, aparte de la actualización legislativa en deter-
minadas materias (la Ley de Costas de 1988 ha sido un revulsivo en materia de do-
minio público), he reelaborado uno de los temas que más reiteradamente me han
preocupado: el de la responsabilidad patrimonial de la Administración. A pesar del
artículo 40 de la Ley de Régimen Jurídico, ¿acaso no coexisten en nuestro ordena-
miento positivo varios sistemas de responsabilidad?
FG E
Madrid, junio de 1989
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INTRODUCCION
CAPITULO I
SUMARIO: 1. Sentido etimológico y vulgar del vocablo Administración.—2. La Administración y las fun-
ciones del Estado: A) La función legislativa. B) La función jurisdiccional. C) La función ejecutiva.
D) ¿Existe una función administrativa? —3. La Administración y los poderes del Estado; la inadecuación
entre los puntos de vista subjetivo y material.—4. La Administración como objeto del Derecho adminis-
trativo: ¿Existen actos administrativos de los particulares?—S. Administración y Gobierno: A) La fun-
ción política o de gobierno. B) El órgano de gobierno. C) Administración y política.
1 GIANNINI, sin embargo, ha subrayado el escaso auxilio que puede ofrecer el acudir a la etimología
del término, como es frecuente en la doctrina (Lezioni di Diritto amministrativo, vol. 1, 1950, p. 4).
2 Esta es la etimología que recoge el Diccionario de la Lengua Española editado por la Real Acade-
mia.
Incorporamos aquí las ideas que ya hemos expuesto en nuestro trabajo «La Administración pública
como objeto de ciencia jurídicas y no jurídicas», en Revista de Administración Pública, núm. 23, 1957,
pp. 9 y ss.
3 GIANNIMI (en Op. y loc. cit.) señala que éste es el significado de administrare en CICERÓN, siendo
evidente la semejanza con el to manage de los ingleses.
4 Etimológicamente resulta una curiosa contraposición entre la función de magisterio (de magis, su-
perioridad) y la de ministerio (de minus, inferioridad), que no concuerda con el valor que los sustantivos
derivados (maestro y ministro) tienen hoy en la jerarquía administrativa.
Por contraste con los idiomas latinos, en alemán el sustantivo Verwaltung (Administración) deriva
del verbo walten, cuyo significado (reinar, imperar) hace directa referencia a una idea de poder. LABAND
subraya la estrecha relación existente entre Verwaltung y Gewalt. El walten del Estado es la realización
de su fuerza, su vigor físico: la administración abarca cuanto el Estado hace; no hay grupo de asuntos
estatales que no constituyan la rama administrativa (Le droit public de l'empire allemana, t. 11, traduc-
ción francesa 1901, p. 513). En cambio, W. JELLINEK (Verwaltungsrecht, 3.* ed., 1931, p. 3) reconoce
la mayor fuerza expresiva de la etimología latina para el descubrimiento de lo que deba entenderse por
Administración. En el uso de nuestro idioma no cabe desconocer un empleo del vocablo «administrar»,
32 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Puede resultar también conveniente, a los efectos que nos ocupan, la alusión al
sentido vulgar que en nuestro idioma tiene el vocablo. En el Diccionario de la Len-
gua Española, administrar equivale a gobernar, regir o cuidar *, y el administrador
se define, en una de sus acepciones, como «la persona que administra bienes aje-
nos». Claro es que también cabe la administración de los bienes propios, pero la
acepción antes transcrita encierra una idea perfectamente aplicable a la Administra-
ción pública, donde el administrador gestiona siempre bienes e intereses ajenos. los
de la comunidad política a la que él se limita a servir.
Con toda la utilidad que debemos reconocer a las ideas anteriores, es lo cierto
que la cuestión que a nosotros nos ocupa es la de la determinación de lo que sea
la Administración pública, por lo que hemos de plantear el problema en su terreno
propio, es decir, tomando el Estado como objeto de nuestra investigación. Adelan-
temos desde ahora para evitar equívocos que el vocablo administración tiene en cas-
tellano una doble significación que puede inducir a confusión: en sentido objetivo,
se refiere a la acción de administrar (administración, con minúscula); en sentido sub-
jetivo, hace referencia al sujeto de esa acción (Administración, con mayúscula).
Y curiosamente se observará que, en buena parte, la discusión teórica que inicia-
mos a continuación consiste en algo tan simple como esto: determinar si el concepto
subjetivo y el objetivo coinciden exactamente entre sí. Es decir, si toda administra-
ción (en el plano, claro está, de la actividad estatal) emana de la Administración y,
viceversa, si todo lo que hace la Administración es —y sólo eso— administración.
Aclaremos también, con carácter previo, que el objetivo teórico y práctico de esta
investigación consiste, en definitiva, en la delimitación del objeto formal del Dere-
cho administrativo. Dicho de otra forma: se trata de saber si el Derecho Administra-
tivo es: 1) el ordenamiento jurídico de la acción administrativa del Estado (cualquiera
que, a más de restringir el contenido de esta función, minimiza su importancia respecto a las actividades
«técnicas» realizadas por organizaciones públicas o privadas. Esta acepción determina incluso una clasi-
ficación de los funcionarios y empleados en «técnicos» (los que por su especialidad están encargados del
desarrollo de la función encomendada al organismo en cuestión) y los «administrativos» (encargados de
las labores burocráticas dependientes de la Secretaría del organismo). Por ejemplo, cualquier Centro de
enseñanza tiene personal «docente» (técnico) y personal administrativo. No hay duda, sin embargo, de
que esta reducción de lo administrativo a lo puramente oficinesco y subordinado no nos sirve para la
elaboración del concepto que nos proponemos: en relación con la Administración pública, tan función
administrativa es la que desarrolla el personal docente de una Universidad del Estado, como el personal
empleado en sus oficinas (aquí estaría la diferencia entre actividad técnica y burocrática).
Un concepto más amplio de lo administrativo se refuerza con las modernas investigaciones llevadas
a cabo por la llamada Ciencia de la Administración y a las que nos referiremos más adelante. Así, GuU-
LICK, en su examen de la función administrativa, señala que consiste en las siguientes actividades: pla-
near, organizar, administrar el personal, dirigir, coordinar, informar y hacer los presupuestos. Como puede
advertirse, todas ellas son actividades de tipo directivo respecto de las cuales la prestación de servicios
técnicos aparece, paradójicamente, como de tipo subordinado.
3 Vid. 18 ed. de 1956. Nótese, sin embargo, que al proponerse por la moderna ciencia de la Adminis-
tración la definición del concepto, se llega, a veces, a conclusiones radicalmente Opuestas a las que se
señalan en el texto. Así, P. MEYER, siguiendo a GLADDEN, entiende que hablar de «administración de
cosas» no tiene sentido; la administración lo es siempre de personas (MEYER, Administrative organiza-
tion, Copenhague, 1957, p. 27). Se comprende, desde luego, que el concepto de Administración que ma-
neja la ciencia administrativa sea más amplio que el que interesa al Derecho administrativo, pues aquélla
sistematiza principios que tanto son aplicables a la Administración pública como a las organizaciones
privadas (y dentro del campo público, por supuesto, aplicables a organizaciones encuadradas fuera del
Poder ejecutivo); ahora bien, esto no justifica que se llegue a conclusiones tan dispares respecto de un
concepto que se viene a expresar con un vocablo único.
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 33
que sea el órgano estatal de que emane); o 2) el ordenamiento jurídico que regula
la actuación que desarrolla la Administración (en sentido subjetivo).
Metodológicamente vamos a utilizar, a tales efectos, una doble vía: a) el examen
de las funciones del Estado; b) el estudio de los poderes del Estado.
A) LA FUNCIÓN LEGISLATIVA
Hay una función del Estado que consiste en establecer por vía general y obligato-
ria las normas a que ha de ajustarse la conducta de los miembros de la comunidad,
así como la organización misma de esa comunidad *. Esta es la función legislativa,
y a tales normas se da el nombre de leyes, señalándose, como sus caracteres funda-
mentales, la generalidad y la obligatoriedad”. Se trata, pues, de una función a tra-
6 Para W. BURCKHARDT, antes de proceder a la construcción del sistema de las normas de comporta-
miento, hay que proceder a contestar a la pregunta de quién debe establecer y sancionar dichas normas.
Esta cuestión, según él, corresponde a la distinción conceptual entre Derecho constitucional (Verfassung-
srecht) y Derecho de comportamiento (Verhaltenrecht). En cada ordenamiento jurídico existe un aparato
que decide sobre cómo se debe comportar cada cual y quién sanciona este comportamiento. Las normas
sobre la construcción y el desenvolvimiento de este aparato —es decir, el Estado— son el Derecho consti-
tucional; las establecidas y legisladas por el Estado son el Derecho de comportamiento (Methode und
System des Rechts, Zurich, 1936, p. 58).
7 Estos caracteres se contienen en la definición que de la ley ofrece GASPARRI: «Todo juicio jurídico
abstracto, esto es, toda enunciación valorativa, en términos de justicia, no de un comportamiento par-
ticular realizado o realizable en una determinada situación concreta, sino de todos los comportamientos
34 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
vés de la cual el Estado establece normas jurídicas donde las situaciones a resolver
se contemplan abstractamente, impersonalmente, y no para que sirvan de solución
a un caso concreto planteado *. Los recientes ejemplos de «leyes singulares» que nos
ha ofrecido el Derecho español, nos confirman en la bondad de los requisitos tradi-
cionales.
B) LA FUNCIÓN JURISDICCIONAL
C) LA FUNCIÓN EJECUTIVA
12 Para LABAND, las máximas jurídicas en que se concretan leyes y decisiones jurisdiccionales no son
suficientes para la realización de los fines estatales. La Ley y la sentencia necesitan de la ejecución. (Le
Droit public..., citado, t. IL, pp. 511 y ss.). G. JELLINEK señalaba tres fines fundamentales al Estado;
un fin de derecho, un fin de conservación y un fin de cultura. El fin de derecho se persigue con las funcio-
nes legislativa y jurisdiccional; los otros dos, con la función de ejecución. Esta postura ha sido duramente
criticada por CARRÉ DE MALBERG, para quien la consideración de los fines es indiferente al punto de vis-
ta jurídico que debe presidir la investigación de la actividad estatal (Teoría general del Estado, trad. esp.,
Méjico, 1948, pp. 427 y 428), y por Duaurr. Para este último es indudable que los fines de cultura y con-
servación se logran mediante actos administrativos, pero también con actos de claro carácter legislativo.
«Si JELLINEK y cuantos le siguen —añade— fueran lógicos consigo mismos, habrían de decir que las le-
yes de organización política, diplomática, administrativa o militar son actos administrativos; en una palabra,
que la casi totalidad de la legislación moderna (leyes de policía interior, fiscales, económicas...) cesaría
de tener carácter legislativo para convertirse en actos de Administración» (Traité de droit constitucion-
nel, 3.? ed., t. II, 1928, pp. 299-300).
36 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
situación concreta a la que se halla referido y sólo para la cual tiene validez, los actos
de la función ejecutiva están referidos fundamentalmente al orden como un todo,
siendo una exigencia el que todos ellos sean explicables en razón de la finalidad glo-
bal que se persigue '*.
Se trata ahora de saber qué lugar ocupa la administración entendida como activi-
dad estatal, entre las funciones que acaban de ser diseñadas. Dado el carácter irre-
ductible que hemos predicado de las tres funciones dichas (en el sentido de que a
ellas, y sólo a ellas, debe reconducirse cualquier acto estatal) '*, debemos desechar
desde ahora la posibilidad de una función administrativa como cuarta función del
Estado, al lado de las tres anteriores. Esto supuesto, el problema parece quedar
notablemente simplificado y reducido a determinar cuál de las tres funciones estata-
les es la que, con terminología distinta, se conoce con el nombre de función adminis-
trativa o administración. Hay un importante sector de la doctrina para el que no
ofrece la menor duda que los términos función ejecutiva y función administrativa
son equivalentes entre sí', lo que hace que todo se reduzca a una mera cuestión ter-
minológica. Mas un examen riguroso de las cosas nos lleva a la conclusión de que
una parte de la actividad estatal que con cierto acuerdo se considera por la doctrina
como administrativa, no responde a los caracteres estrictos que postula la ejecución.
Cuando se dan normas reglamentarias para organizar servicios públicos o cuando
se resuelve por las autoridades administrativas acerca de la reclamación presentada
por un funcionario alegando su mejor derecho a ocupar una vacante que ha sido
adjudicada a otro, nadie piensa que esta actividad repugne de tal manera a lo admi-
nistrativo que el hecho de que sean órganos administrativos los que la realicen, sólo
pueda explicarse como un desbordamiento injustificado de las competencias propias
de la Administración. Y, sin embargo, aquí no estamos en presencia de actos de pura
ejecución en un sentido material, ni siquiera en un sentido jurídico. El dictar las
antedichas normas reglamentarias responde sustancialmente a los caracteres que hemos
fijado como propios de la función legislativa, y el resolver la reclamación del funcio-
nario con arreglo a Derecho es también, sustancialmente, función jurisdiccional. Si,
no obstante, admitimos que esto es administración, es porque el concepto que de
ésta tenemos no se ajusta, desde el punto de vista material, a la actividad del Estado
que caracterizamos como función ejecutiva '*.
La conclusión que se desprende de lo anterior es clara: el concepto de Adminis-
tración pública (ni como una actividad objetivamente diferenciada, ni como sujeto
de esa actividad) no se puede obtener adoptando el punto de vista de las funciones
del Estado. Ni siquiera es correcto, como tantas veces ha propuesto la doctrina ale-
mana, partir de la tripartición de funciones para, después de definir positivamente
la legislación y la jurisdicción, concluir que la Administración es aquello que queda
de la actividad estatal una vez que se ha prescindido de lo que constituye típicamente
aquellas otras dos funciones. Es ésta una manera de razonar cuya incorrección lógi-
ca no se ha puesto debidamente de manifiesto '”. Resulta, por tanto, que el concepto
de Administración pública ha de obtenerse a través de distintos caminos.
16 Los argumentos del texto valen, claro es, a fortiori para no identificar la Administración con la
función legislativa ni con la jurisdiccional. Esto se da por sabido.
17 Es tradicional en los autores de lengua alemana, y especialmente en los de la Escuela vienesa, defi-
nir desde el punto de vista material la función legislativa y la jurisdiccional y añadir que la función admi-
nistrativa es lo que queda después de delimitadas aquéllas. Esta forma negativa de definir a la Adminis-
tración se encuentra en MERKL (Teoría general del Derecho administrativo, traducción española, 1931,
p. 12), y se repite en obras más recientes. Así, ADAMOVICH señala, desde el punto de vista material, tres
funciones del Estado: legislación, jurisdicción y administración. Seguidamente define, por sus caracteres
positivos, las dos primeras, pero advierte que junto a ella queda aún un amplio campo de actividad esta-
tal, como demuestra con una serie de ejemplos concretos. Todos estos actos —dice— son administración
en sentido material. Todos los intentos de abarcar actos tan diversos en un concepto unitario y positivo
han fallado y fallarán en el futuro, por lo que el autor propone una definición negativa del concepto:
«La administración en sentido material comprende toda la actividad de los órganos estatales o de entida-
des públicas que, considerados en sí mismos, no son actos legislativos ni jurisdiccionales» (Handbuch
des Oesterreichischen Verwaltungsrechts, t. 1, 5.* ed., Viena, 1954, p. 3).
A la anterior postura hay que formular dos objeciones fundamentales. En primer lugar, al incluir la
función administrativa como una de las tres a través de las cuales actúa el Estado, se está haciendo su-
puesto de lo que es precisamente problema: justamente lo que hay que demostrar es que la Administra-
ción se identifique con alguna de las funciones tradicionales del Estado. En segundo lugar, al rechazarse
la posibilidad de que pueda definirse positivamente la función administrativa, a más de que con ello se
está reconociendo la incorrección que se acaba de cometer sustituyendo en la enumeración de las funcio-
nes ejecución por administración (pues está claro que la función ejecutiva sí puede definirse positivamen-
te), se está incurriendo en el absurdo lógico de emplear un criterio para definir legislación y jurisdicción
y emplear luego estos mismos términos, pero con valor distinto, para definir negativamente la Adminis-
38 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Si bien es cierto que el poder del Estado es único, la referencia a los poderes del
Estado tiene un valor entendido en la literatura iuspublicista, en la que se denomi-
nan como tales a los órganos constituidos para ejercer las funciones estatales '*. En
este sentido debe entenderse la expresión cuando sea empleada aquí.
Aunque la doctrina de la división de poderes, al menos en su actual vigencia,
tiene un autor conocido y una fecha precisa de nacimiento, no debe dudarse que el
fenómeno histórico de la división de poderes es la consecuencia de un largo proceso
cuyas raíces se adentran en el tiempo. El Estado que nace en Europa después del
Renacimiento se caracteriza durante sus tres primeros siglos de existencia por una
tendencia creciente a aumentar el poder de la monarquía. Bajo este signo político
se ha podido decir que la Administración era despótica y arbitraria, que no tenía
límites. El monarca comenzó desde el siglo XVI a administrar por sí mismo, surgiendo
la idea de una Administración unitaria para todo el Estado, dependiente de la volun-
tad real, que, en cuanto función, tomó el nombre de policía y cuyo fin era el bienes-
tar general del pueblo. Pero junto a las competencias que exigía la Policía estaba
la competencia propia de los Tribunales de Justicia. Estos no podían invadir el terre-
no de la Policía, ni siquiera verificar la legalidad de su actuación (in Polizeisachen
gilt keine Appelation); pero también es cierto que la aplicación de la justicia entre
los particulares era de su exclusiva atribución. Así, pues, aún en los tiempos del Es-
tado absoluto, va a aparecer una primera separación entre los asuntos de gobierno
y los asuntos de justicia ?”.
tración. Obsérvese que el obstáculo que se opone a la definición positiva de la Administración es que
esta función entraña actos reglamentarios y jurisdiccionales. Ahora bien: cabe preguntar por qué tales
actos reglamentarios o jurisdiccionales no son clasificados como legislación o jurisdicción, como parece
postular su naturaleza. Este extremo —insoluble desde el punto de vista que se contempla— pone de ma-
nifiesto que, aunque no se diga, se está empleando un punto de vista subjetivo o formal a través del que
ya se ha obtenido previamente el concepto de función administrativa que ahora, desde el punto de vista
material de las funciones del Estado, resulta absolutamente indefinible. Es por esto por lo que debe re-
chazarse —así lo hacemos en el texto— la posibilidad de obtener un concepto de administración pública
desde el ángulo que proporciona el punto de vista de las funciones del Estado. Una vuelta a la concepción
funcional en G. TimsiE, Le róle de la notion de fonction administrative en Droit Administratif francais,
París, 1963.
18 Es muy oportuna la distinción que realiza CARRÉ DE MALBERG entre poder, función y órgano. Para
este autor es necesario restablecer la idea de la unidad del poder del Estado; pero también es necesario
distinguir en este poder, que es uno, las funciones del mismo, que son múltiples. Por funciones hay que
entender «las diversas formas como se manifiesta la actividad dominadora del Estado». En cambio, los
órganos del poder «son las diferentes personas o cuerpos públicos encargados de desempeñar las diferen-
tes funciones del poder» (Teoría..., cit., p. 249, por nota).
19 Véase la explicación de LORENZO VON STEIN en La scienza della pubblica amministrazione, en la
versión de la Biblioteca Brunialti, 1897, Pp. 27 y ss.
Como ha observado G. MIGLIO, en los países germánicos el paso decisivo hacia la separación entre
gobierno y judicatura se dio en tiempos de los monarcas reformadores más representativos del estatismo
iluminista, esto es, Federico II de Prusia y María Teresa de Austria. Mediante el Ressortreglement de
1749 se atribuyó a los Tribunales el /nteresse privatum betreffende Rechtsstreitigkeiten y a la Cámara
o a los otros órganos de Gobierno las «dem Statum oeconomicum et politicum angehenden Sachen». Si
bien es cierto que la verdadera y propia autonomía del poder judicial, con el sentido político moderno,
no se logra hasta agosto de 1790 cuando se dicta en Francia el Décret sur Porganisation judiciaire, es
cierto que las medidas adoptadas en 1749 dieron lugar a la separación definitiva y a la contraposición
de dos técnicas y concepciones bien diferentes: la de los juristas que componían los tribunales y la de
los cameralistas al servicio de la Administración. («Le origini della Scienza dell Administrazione», en La
Scienza della Amministrazione, Actas del Primer Congreso de Varenna, Milano, 1957, pp. 39 y 40.
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 39
20 Sólo en este sentido puede justificarse una definición negativa de la Administración pública, tal
como antes se ha visto que es norma en la doctrina alemana. En este sentido debe entenderse la explica-
ción de O. MAYER —que, por otra parte, tanto ha influido en la definición negativa de la Administra-
ción pública—, para quien, separadas justicia y legislación y confiadas a órganos independientes, se in-
trodujo la palabra Administración para designar todo cuanto no es ni una cosa ni otra (Le droit adminis-
tratif Allemand, trad. fr., vol. L, pp. 2 y 3).
21 Lo cual no quiere decir que toda la actividad del Poder ejecutivo sea, estrictamente hablando,
administrativa, pues ya se verá más adelante que se admite la conveniencia de separar la llamada activi-
dad de gobierno.
22 A lo que se acaba de exponer, podría hacerse una objeción aparentemente fácil: ¿cómo se identi-
40 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
se puede intentar una definición positiva y resulta curioso que sea la que con gran
acierto y precisión técnica ha aceptado el Diccionario de la Lengua Española de la
Real Academia, al caracterizar la administración como «acción del Gobierno al dic-
tar y aplicar las disposiciones necesarias para el cumplimiento de las leyes y para
la conservación y fomento de los intereses públicos, y al resolver las reclamaciones
a que dé lugar lo mandado». Pues al examinar esta definición.—y prescindiendo de
que sería preferible hablar de Poder ejecutivo y no de gobierno por la indudable equi-
vocidad de este último término— se observa que esta acción puede consistir en apli-
car y cumplir leyes (ejecución), pero también en dictar disposiciones (función de
reglamentación) y en resolver reclamaciones (función de jurisdicción) ”.
Si queda así definida la actividad administrativa, resulta también posible obtener
el concepto de Administración pública en sentido subjetivo. Esta no es sino el sujeto
de aquella actividad; por consiguiente —y lógicos con lo que antes se ha dicho—,
la Administración pública es un complejo orgánico integrado en el Poder ejecutivo.
Si coinciden o no exactamente en su extensión estos dos términos (Poder ejecutivo
y Administración pública) es cosa que se resolverá en su momento oportuno.
Con lo anterior, y recordando una vez más el valor nuclear y originario que tiene
el Poder ejecutivo, queda explicada la heterogeneidad de las funciones que realiza
y, consiguientemente, la propia peculiaridad de la actividad administrativa. Queda,
empero, por explicar el correlativo fenómeno que también puede observarse al ana-
lizar la actividad de los otros dos poderes, legislativo y jurisdiccional, esto es, el hecho
de que, a veces, aparezcan como sujetos de referencia de actividad aparentemente
análoga a la administrativa ”.
24 En líneas generales es admisible decir que aproximadamente coincide cada poder con la función
estatal del mismo nombre. Pero la doctrina es unánime al subrayar que en cada poder se descubre el ejer-
cicio de funciones que por su contenido deberán corresponder a la competencia de otro. LA TORRE ha
querido deducir de esto, y de la doble significación subjetiva y objetiva de la palabra Administración,
una clasificación de la actividad administrativa que, según él, comprende: 1) Actividad administrativa
desde el punto de vista del sujeto que la realiza (Poder ejecutivo) y de acuerdo con la sustancia misma
del acto (acto de ejecución). 2) Actividad administrativa desde el punto de vista subjetivo, pero sustan-
cialmente legislativa. 3) Actividad administrativa por el sujeto que la realiza, pero sustancialmente juris-
diccional. 4) Actividad administrativa desde el punta de vista sustancial, pero subjetivamente legislativa,
y 5) Actividad administrativa sustancialmente, pero emanada subjetivamente de un órgano jurisdiccio-
nal. De los anteriores términos sólo el primero contiene —para este autor— la actividad administrativa
pura o perfecta. Las restantes son actividades administrativas imperfectas, o mejor, mixtas. Propone este
autor que los últimos sean designados mediante dos términos, el primero de los cuales debe hacer alusión
al sujeto de la actividad y el segundo a la sustancia del acto; así, por ejemplo, con la designación de «acti-
vidad administrativo-legislativa» se hace referencia a la potestad reglamentaria de la Administración (Ele-
menti di Diritto amministrativo, 1925, pp. 65 y ss.). GORDILLO (en El acto administrativo, B. Aires, 1963,
p. 55) acepta en cierto sentido nuestras afirmaciones, si bien cree que «tal vez lo inexacto sea considerar
que estos actos son de sustancia administrativa». Más recientemente afirma que el concepto de acto ad-
ministrativo no está ligado al de órgano administrativo, sino objetivamente al ejercicio de la función ad-
ministrativa» (Tratado de Dcho. Admvo., t. 1, 1979, p. 14). Para BREWER-CARIAS, los actos adminis-
trativos proceden indistintamente de los tres poderes del Estado (Derecho admvo., 1, Caracas, 1975, pp.
385 y ss.). BREWER-CARIAS insiste en estas ideas en trabajo más reciente («El concepto de Derecho admi-
nistrativo en Venezuela», en Rev. Adm. Pub., núms. 100-102, vol. I, pp. 685 y ss.) y refiriéndose a mi
trabajo Reflexiones sobre una reconstrucción de los límites formales del Derecho administrativo español,
afirma que «al leerlo íntegramente me reconcilié con el Derecho administrativo español y sus autores».
La coincidencia está en la revisión (en mi caso) que formulo y en el rechazo (en su caso) de la concepción
orgánica del Derecho administrativo.
25 F. GARRIDO FALLa, Reflexiones sobre una reconstrucción de los límites formales del Derecho ad-
ministrativo español, Madrid, 1982. La sentencia de la Sala 4.* del Tribunal Supremo de 18 de febrero
de 1987 establece una doctrina hasta cierto punto discutible: el Acuerdo de la Mesa de las Cortes de Casti-
lla y León de ubicar provisionalmente la Sede de las dichas Cortes en Fuensaldaña es un acto de admi-
nistración realizado por un órgano de la Comunidad Autónoma, como es la Mesa de las Cortes, por lo
que está sujeto al control de la Jurisdicción contencioso-administrativa de acuerdo con el expreso manda-
to del artículo 153.c) de la Constitución española.
42 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
26 Por una ley de 20 de julio de 1957 se autorizó la cesión de un monasterio en Aguilar de Campoo
a una determinada Orden religiosa. Es curioso señalar que tal disposición (legal o administrativa, según
el punto de vista que se adopte) debió de producir tal perplejidad a los redactores del Boletín Oficial del
Estado, que terminaron por incluirla en la sección que lleva por rúbrica «Otras resoluciones administrati-
vas». ¡Claro es que una ley no puede ser nunca calificada de simple «resolución administrativa»!
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 43
27 GuaAsp, Derecho procesal, 1956, pp. 1637 y ss. La consecuencia fundamental a que llega este autor
es la negación de la competencia del Derecho procesal para estudiar en puridad el tema de la jurisdicción
voluntaria. Se ha de observar, sin embargo, que el fundamento de tal afirmación, no puede encontrarse
sino en la identificación de lo procesal con lo jurisdiccional que este sector de la doctrina realiza; mas,
como se señala en su debido lugar, esta identificación es arbitraria.
28 No se trata, naturalmente, de un punto sobre el que la doctrina procesalista (al menos aquellos
procesalistas que cultivan especialmente el Derecho procesal administrativo) sea unánime y coincidente.
F. BENVENUTTI (en Funzione amministrativa..., cit., pp. 137 y 138) se pregunta, después de haber mati-
zado la distinción conceptual entre proceso y procedimiento, si sería posible una función jurisdiccional
que se desarrollase a través de la forma del procedimiento y una función administrativa a través del pro-
ceso. Y entiende que, sin perjuicio de reconocer que las formas no son jamás elementos tan exteriores
como para no resentirse del contenido del que normalmente aparecen dotadas, no encuentran ninguna
razón de peso para negar tal posibilidad. En cambio, en España la postura contraria, opuesta, por tanto,
a la tesis que defendemos en el texto, está representada por J. GUASP y GONZÁLEZ PÉREZ. El primero
de estos autores descubre claramente su postura cuando examina el problema de la jurisdicción volunta-
ria (Derecho procesal, cit., pp. 1647 y ss.). La concepción que delimita las actividades del Estado en base
a los órganos que las desenvuelven, no es, para él, suficiente a justificar que la llamada jurisdicción vo-
luntaria esté en manos de los Tribunales y sea, por tanto, verdadera jurisdicción. Aquí realmente estamos
en presencia de una actividad típicamente administrativa, aunque por el tipo de relaciones jurídicas sobre
que incide se trate de «administración judicial del Derecho privado». Así es que la naturaleza jurídica
de tal jurisdicción hay que buscarla en el campo de la Administración, pues «... siendo administración
cualquier actividad de realización de los fines de interés general, distinta tan sólo de la actividad legislati-
va y de la actividad procesal, no queda otro cauce dentro de las figuras del Derecho público, al que la
jurisdicción voluntaria indudablemente pertenece, dada la presencia en ella de un órgano del Estado, que
atribuirla un cometido estrictamente administrativo». Y añade todavía: «No se trata de jurisdicción, puesto
que jurisdicción no es otra cosa que función procesal, y ésta no existe dentro de la llamada jurisdicción
voluntaria». Esta última frase es sumamente significativa para medir el alcance de la postura doctrinal
de GuasP. Aquí de la concepción del proceso como mero cauce por el que discurre una función (tal co-
mo lo explica BALLBÉ en La esencia del proceso, Barcelona, 1947), o incluso como sistema institucional
de garantías para el ejercicio de la misma, se pasa a hablar nada menos que de una «función procesal»
que viene a identificarse —aunque no sabemos por qué— con la jurisdicción. El hecho de que esta identi-
ficación sea un arbitrio convencional nos eximiría de toda ulterior discusión, supuesto que tal arbitrio
no encaja en nuestro sistema, pero ocurre que aún hay otras objeciones que hacer a la tesis que se exami-
na: a) En primer lugar, el reajuste de competencias entre lo que actualmente pasa por ser Derecho admi-
nistrativo y Derecho procesal no se contraería al traslado de la jurisdicción voluntaria a la primera de
dichas disciplinas, pues exigiría, además, que una parte importante de la actividad administrativa pasase
a ser objeto del Derecho procesal. Si la esencia del proceso consiste, para GUASP, en una función de «sa-
tisfacción de pretensiones», no habrá ninguna razón para negar carácter procesal a la actividad desplega-
da por la Administración pública cuando resuelve, por ejemplo, un recurso gubernativo mediante el que A.
impugna la adjudicación de una plaza de funcionario público a B. a través de concurso, por entender
que es titular, frente a él, de un derecho preferente. Con la postura que se combate no puede comprender-
se que aquí hay, materialmente hablando, función jurisdiccional, aunque falta el proceso. El órgano esta-
44 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
tal que resuelve no es formalmente imparcial, sino parte, como titular que es del interés público a cuya
satisfacción ha de dirigirse, por definición, su actividad. La controversia no lo es, por tanto, sobre dere-
chos privados, sino que el recurrente alega la titularidad de un interés legítimo o, a lo sumo, de un dere-
cho público subjetivo, directamente conectado con el público interés. b) Resulta, además, que la afirma-
ción de que la jurisdicción voluntaria es pura actividad administrativa, aunque «administración del Dere-
cho privado» no deja de ser un fácil expediente para eludir las dificultades del problema. Es extraño que
quienes condenan tan rotundamente el punto de vista subjetivo u orgánico en la delimitación de ambas
disciplinas jurídicas (procesal y administrativa) no tengan en cuenta, en cambio, que la materia sobre
la que la jurisdicción voluntaria recae pueda ser lógicamente determinante de su adscripción como una
competencia judicial. La actividad administrativa supone siempre una intervención estatal (y, según nuestra
tesis, a través precisamente de organismos administrativos), en tutela del interés público; en cambio, la
jurisdicción voluntaria actúa normalmente para resolver cuestiones que afectan a individuos particular-
mente considerados (informaciones para dispensas de ley, declaración de fallecimiento, nombramiento
de tutores, habilitación para comparecer en juicio, etc.). Es cierto que en estos casos, a diferencia de
lo que ocurre en los que constituyen la jurisdicción contenciosa, el Tribunal no resuelve efectivamente
sobre la pretensión de un particular respecto a otro, pero no hay duda de que la resolución que se dicta
condiciona tanto las posibles pretensiones procesales que en el futuro pueda esgrimir el interesado como
las que puedan esgrimirse frente a él; ésta es la razón por la que su competencia se encomienda al Juez
y no a la Administración pública. c) Finalmente, aunque fuese cierto que la jurisdicción voluntaria sea,
desde el punto de vista material, auténtica actividad administrativa, bastaría el hecho de que el ordena-
miento jurídico positivo la atribuyese (y el propio GuAsrP reconoce que al menos existen razones de opor-
tunidad para ello) a los Tribunales para que sea cuestión de la que deba desentenderse en absoluto el De-
recho administrativo; pues, una vez más hemos de repetirlo, esta rama jurídica, como cualquiera otra,
configura su objeto científico acotando aquella parte de la actividad estatal sometida a un régimen jurí-
dico uniforme.
Análoga postura mantiene GONZÁLEZ PÉREZ, que critica expresamente la tesis por nosotros formula-
da en otro lugar (vid. GARRIDO FALLA, «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en Re-
vista de Administración Pública, núm. 7, pp. 41 y ss.). Para este autor, nuestra afirmación de que la
Administración pública se nos aparece como un complejo orgánico que realiza funciones que, si bien,
por lo general, pueden ser calificadas de ejecutivas, a veces son funciones típicamente jurisdiccionales
(por ejemplo, conocimiento y decisión de un recurso gubernativo), o legislativas (por ejemplo, potestad
reglamentaria), no resiste la más ligera crítica, puesto que, de una parte, hemos de reconocer que ciertos
órganos encuadrados —de acuerdo con el Derecho positivo de algunos países— en la Administración pú-
blica (como el Consejo de Estado en Francia) realizan actividad que no es propiamente administrativa,
sino procesal; por otra parte, cuando el Poder ejecutivo ejercita auténtica función legislativa (el caso de
la legislación delegada), tampoco puede hablarse de actividad administrativa. Partiendo de estas bases,
GONZALEZ PÉREZ llega a continuación a estas conclusiones: 1.? Que no existe ecuación entre Adminis-
tración pública subjetivamente considerada y Derecho administrativo, y 2.* Que el objeto de Derecho
administrativo es la institución a través de la cual se realiza la función administrativa, esto es, el servicio
público, mientras que el objeto del Derecho procesal es la institución a través de la cual se realiza la fun-
ción jurisdiccional, esto es, el proceso; por tanto, el proceso desempeña en esta última rama jurídica el
mismo papel que el servicio público en el Derecho administrativo («Derecho procesal y Derecho adminis-
trativo», en Revista de Derecho Procesal, año 1956, núm. 3, pp. 768 a 771). En otros lugares de su obra,
GONZÁLEZ PÉREZ completa su postura afirmando que «... el procedimiento —cauce formal— puede ser
igual cualquiera que sea la función que a través del mismo discurre, si bien el proceso no es un cauce
formal» (Derecho procesal administrativo, t. 1, 1956, pp. 48 y 49) y que «... no es posible hablar de fun-
ción jurisdiccional sin la existencia de un órgano del Estado imparcial e independiente. La independencia
no es un atributo accidental o secundaria del órgano jurisdiccional, sino consustancial al mismo» («Régi-
men administrativo y proceso administrativo», separata de los Scritti giuridice in memoria di Piero Cala-
mandrei, 1957, p. 5). Esta postura es fácilmente rechazable: a) En primer lugar empieza por interpretar
erróneamente las posturas que combate, pues lo que se afirma no es tanto que el Derecho administrativo
no se pueda definir como la regulación de la función administrativa, cuanto que la función administrati-
va no es una función estatal homogénea y, por ende, sustancialmente identificable entre las diversas fun-
ciones del Estado, por lo que se hace necesario determinarla cabalmente por !a referencia al sujeto de
que procede. b) Por lo que se refiere a las objeciones basadas en el ejemplo del Consejo de Estado francés
y de las delegaciones legislativas a favor del ejecutivo, tampoco tienen la suficiente virtualidad. La fun-
ción jurisdiccional del Conseil d*Etat ya fue calificada por HaurI0U «como una sagaz construcción jurí-
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 45
dica del régimen administrativo mediante la que se lograba la erección de un juez que estando en la Admi-
nistración no es la Administración». En estos casos, pues, el Conseil d'Etat actúa jurídicamente como
Juez, olvidando su carácter de organismo inicialmente creado para la Administración pública. En cuanto
al caso de los decretos-leyes, se trata de un ejemplo desafortunado, por dos razones: primera, porque
quien los dicta no es la Administración (que es, según nuestra tesis, un complejo órgano encuadrado
en el Poder ejecutivo, aunque no todo el Poder ejecutivo), sino el Gobierno en ejercicio de una función
excepcionalmente legislativa; segunda, porque cabalmente estos actos tendrían de suyo un mero valor formal
de actos reglamentarios (por tanto, administrativos), si no fuese porque determinados ordenamientos ju-
rídicos positivos contienen expresamente una cláusula constitucional que determina lo contrario, por ra-
zones que siempre se consideran excepcionales: estamos, pues, ante la excepción que confirma la regla.
Cc) Supuesto lo anterior, la afirmación de GONZÁLEZ PÉREZ de que «no existe ecuación entre Administra-
ción pública subjetivamente considerada y Derecho administrativo» cae por su base. Es imposible aducir
un solo ejemplo de actos regulados por el Derecho administrativo que no emanen del complejo orgánico
que es la Administración pública en sentido subjetivo, y d) La afirmación de que el proceso es a la fun-
ción jurisdiccional lo que el servicio público al Derecho administrativo está montada sobre dos errores:
uno en relación con la idea de servicio público, otro en relación con el proceso. El servicio público no
es forma de la actividad administrativa, sino todo lo contrario: el fin mismo que la inspira. Aunque se
utilizase el concepto de servicio público en su acepción más restringida, siempre nos estaríamos refiriendo
a una modalidad (que no es lo mismo que forma) de la actividad de la Administración pública y que apunta
al contenido mismo de tal actividad. El proceso, en cambio, sí es una institución formal constituida por
el conjunto de garantías arbitradas por el Derecho para que la función jurisdiccional se ejercite lo mejor
posible. Claro es que esta concepción es incomprensible para quien, como GONZÁLEZ PÉREZ, participa
en el fondo (y no obstante la comparación que antes se ha visto con el servicio público) de la tesis de
Guasp que identifica lisa y llanamente el proceso con la función jurisdiccional. Así, termina por señalar
como nota esencial de ésta la de la imparcialidad, que, en buena lógica, no es aditamento necesario de
tal función (pudiendo concebirse, por tanto, una jurisdicción formalmente parcial), sino una garantía
que el proceso representa para que aquélla se imparta debidamente.
En el segundo tomo de su Derecho procesal administrativo (Madrid, 1957), GONZÁLEZ PÉREZ com-
pleta la tesis que estamos combatiendo. Su criterio delimitador entre la función administrativa y la fun-
ción jurisdiccional queda formulado de la siguiente manera: «Cuando en una relación jurídica es parte
el Estado, si se deduce una reclamación derivada de aquella relación ante uno de sus órganos, éste realiza-
rá actividad jurisdiccional o administrativa, según su posición de independencia; si actúa como parte en
la relación, como titular de un interés público contrapuesto al del reclamante, realiza función administra-
tiva; si actúa como órgano imparcial, independiente del órgano que integra ese complejo orgánico que
es la Administración, realiza función jurisdiccional». Como se ve, estamos otra vez ante el error de con-
fundir la función jurisdiccional con el proceso, atribuyendo a aquélla una nota esencial (la imparcialidad)
que sólo debe predicarse como necesaria de este último. Para combatir esta postura basta que pensemos
en la función jurisdiccional penal. Aquí el Estado es parte interesada en el castigo del delincuente; la im-
parcialidad formal se logra por el hecho circunstancial de que actualmente la jurisdicción penal se desa-
rrolla ante tribunales independiente. Pero en ciertas épocas históricas en que la justicia estaba en manos
de los propios órganos administrativos y no por ello tal actividad estatal dejaría de ser jurisdicción. A
esta solución absurda conduce, no obstante, la postura que combatimos.
46 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
y 2) contra los actos y disposiciones emanados del Pleno del Consejo General del
Poder Judicial o de la sección disciplinaria no susceptibles de alzada (art. 47.2.”
de la Ley Orgánica).
La solución no deja de ser sorprendente. Ciertamente en ninguno de estos casos
se trata de actos que afecten a las relaciones entre el Poder público (cualquiera que
sea el Organo que lo encarne) y los ciudadanos; pero hay aquí una fiscalización con-
tencioso administrativa de los interna corporis de Organos constitucionales no encua-
drados en la Administración pública, que nos colocan ante una difícil alternativa:
o el Derecho administrativo comprende la actividad administrativa de todos los Po-
deres y Organos del Estado (lo que supone una vuelta al criterio objetivo de configu-
ración de una función administrativa que antes hemos rechazado), o, simplemente,
el ámbito competencial de la jurisdicción contencioso-administrativa y el del Dere-
cho administrativo no coinciden. Quizás esté aquí la verdadera solución del proble-
ma; sobre todo si, desde el punto de vista técnico-jurídico, desplazamos la idea de
la personalidad jurídica de la Administración, como sujeto-parte en el proceso, y
recuperamos la de la personalidad jurídica del Estado.
c) En resumen, sería erróneo explicar con idéntico criterio la existencia de estas
actividades administrativas en manos de los Poderes legislativo y judicial y las potes-
tades reglamentaria y jurisdiccional que se descubren en la Administración pública.
Mientras que aquéllas son la consecuencia de la preocupación por que determinados
actos estatales tengan cierto valor formal, o del hecho de que también aquellos poderes
constituyen un complejo orgánico con sus propios problemas administrativos fisca-
lizables por la jurisdicción contencioso-administrativa (y, curiosamente, no por la
civil) ”?, estas últimas vienen requeridas, de suyo, por la misión que la Administra-
292 Este tipo de actividad administrativa es una actividad «reflexiva», en frase de POSADA, para el man-
tenimiento del aparato orgánico, cualesquiera que sean los fines que haya de alcanzar y las funciones
que haya de ejercef. Es curioso observar que este aspecto reflexivo de la actividad administrativa, que,
como se ha visto, es común a cualquier entidad organizada, constituyen para POSADA la regla típica y
definitoria de la función administrativa. A dicha conclusión llega después de plantearse el problema de
cuáles sean las posibles direcciones diferenciales en la actividad del Estado. En primer término, descubre
una actividad del Estado encaminada directa y necesariamente a la realización de su fin: es una actividad
permanente y de inmediata determinación para la realización del Derecho. Se logra mediante tres opera-
ciones o fases sucesivas: 1.* Fase definitoria del Derecho o de elaboración de la norma. 2.* Fase de reali-
zación o cumplimiento de la norma mediante la voluntad estatal, y 3.* Fase de acomodamiento de las
conductas personales a la norma cuando se produce conflicto. Estas operaciones o fases se concretan en
tres funciones técnicamente distintas: la deliberativa, la ejecutiva y la judicial; si bien esta especialización
de funciones no significa necesariamente una separación institucional de las mismas. Pero la actividad
del Estado, para PosaDa, no se agota en la elaboración y cumplimiento del Derecho. El Estado tiene
también una vida de relación con los demás entes, que determina en el mismo una actividad transitiva
hacia el exterior. Ahora bien, tanto en este caso como en el anterior, se trata de funciones y actividades
que se producen en el Estado bajo atracción de su fin. Pero falta aún el soporte natural del Estado, por
lo que se estima que se debe distinguir entre la actividad del Estado para su fin y su vida de relación,
de los organismos mediante los cuales se produce y exterioriza tal actividad. En este último aspecto el
Estado se ofrece objetivamente como un instrumento constituido, como el sistema o conjunto de apoyos
físicos, materiales, económicos, personales, de energías, es decir, de medios, merced a los cuales se hace
posible la vida estatal. He aquí, pues, una nueva actividad del Estado, encaminada a la conservación,
cuidado y perfeccionamiento del organismo político, o sea, de la estructura orgánica con que funciona
el Estado. En esto consiste la función administrativa, y en su virtud es Administración «aquella actividad
del Estado encaminada a obtener los medios adecuados para realizar con acción eficaz sus fines, organi-
zación y ordenando al efecto el sistema y régimen de los llamados servicios públicos» (Tratado de Dere-
cho administrativo, t. 1, 2.* ed., 1923, pp. 83 a 110). Se trata, pues, de un concepto que minimiza lo
administrativo en el sentido que hemos criticado en la nota 4.
Sin embargo, lo que a nuestro juicio invita a una seria meditación es el dato, aludido en el texto, de
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 47
ción pública desempeña en la mecánica estatal. De aquí que, tanto la potestad regla-
mentaria como la jurisdiccional, deban explicarse como competencias normales, sin
que sea necesario acudir a criterios de excepción. Ambas son instrumentos necesa-
rios en manos de la Administración pública para conseguir el fin que el ordenamiento
jurídico le asigna (la concreta satisfacción de las necesidades públicas), y a tal fin
inmediatamente se dirigen (art. 103.1 de la Constitución de 1978); por contras-
te, las actuaciones administrativas de los Poderes legislativo y judicial son mediales
e instrumentales con respecto a la función constitucional que les está atribuida.
que estos «actos de administración» interna (y a veces externa: contratación de obras públicas o de sumi-
nistros; acciones de responsabilidad ejercitadas por particulares que han sufrido daños por consecuencia
del funcionamiento de los servicios parlamentarios o judiciales) sean fiscalizados por la jurisdicción
contencioso-administrativa. Porque, de acuerdo con un planteamiento dogmático, una de dos: o son «ac-
tos de poder» y deben fiscalizarse por la jurisdicción contencioso-administrativa; o son actos de pura ges-
tión (ajena o, a lo más, puramente auxilios de la función inherente a los Poderes legislativo y judicial)
en cuyo caso debería entender de ellos la jurisdicción ordinaria. Así, por ejemplo, un contrato de sumi-
nistro adjudicado por la Mesa de las Cortes habría de discutirse, caso de incumplimiento, ante la jurisdic-
ción civil (siendo las partes, el Estado —pues las Cortes no tienen personalidad jurídica— y el contratista
particular); sin embargo, ¿cómo negar que la finalidad de estos contratos es el «funcionamiento de un
servicio público»? y, por tanto, ¿cómo negar a las Cortes los poderes de interpretación del contrato —sin
perjuicio de los recursos en manos del particular— que se conceden por el ordenamiento jurídico a un
modesto Ayuntamiento?
30 El estudio del régimen jurídico de los países anglosajones, en los que el desarrollo de los poderes
de la Administración pública ha tenido lugar más recientemente, es sintomático, a los efectos de consoli-
dar la tesis que venimos manteniendo. Hay autores, como ALLEN (en Administrative jurisdiction, Lon-
dres, 1956, p. 94), que entienden que los nuevos poderes vienen a limitar el campo de aplicación de viejos
dogmas constitucionales, como el de la «independencia del judicial». A partir de la jurisprudencia senta-
da en el caso «Terrell v. Secretary of State for the Colonies» (1953), es imposible pensar que la jurisdic-
ción esté hoy exclusivamente en manos de los jueces de Su Majestad (Her Majesty's judges), pues una
gran cantidad de tareas esencialmente judiciales en su carácter y que han llegado a ser uno de los ejes
de nuestra maquinaria social, es realizada por «Adjudicators», de menor rango que los jueces y comisa-
rios de la Reina.
En general, la doctrina inglesa explica el fenómeno de las potestades reglamentaria y jurisdiccional,
hablando de poderes quasi-legislativos y quasi-judiciales. La polémica acerca de su naturaleza jurídica
ha sido muy intensa a partir del caso «Cooper v. Wilson» (1937). ROBSON ha ironizado precisamente aque-
llas soluciones que se basan en el fácil expediente de acudir al empleo del «quasi»: para él no hay más
que una autoridad administrativa en ejercicio de funciones jurisdiccionales. «Esto es seguramente —añade
RoBsoNn— más simple, más lúcido y más próximo a la verdad que el cuadro compuesto de un Tribunal
quasi-judicial, presidido por un quasi-juez, aplicando una quasi-ley, en quasi-juicios. Las quasi-partes
presentan sus quasi-pruebas. El Tribunal admite los quasi-hechos y considera los quasi-precedentes y los
guasi-principios. Seguidamente aplica la quasi-ley en una decisión quasi-judicial que es promulgada en
un documento quasi-judicial y dotada de quasi-ejecutoriedad. Los miembros del Tribunal, una vez termi-
nadas sus quasi-judiciales tareas, salen y beben una quasi-cerveza antes de tomar el lunch, consistente
en croquetas de quasi-pollo. Finalmente, marchan a su casa a reunirse con sus quasi-esposas» (Justice
and administrative law, 2.* ed., Londres, 1947, pp. 402 y 403. El título del capítulo es «The cult of the
quasi»).
Análogos fenómenos se han tenido que observar necesariamente en los Estados Unidos de Norteamé-
rica. Examinando el actual sistema jurídico de aquel país, dice TRISTÁN BoscH: «Desde un comienzo de-
be dejarse debidamente establecido que todas las tentativas realizadas para poner límites a la acción de
la Administración se han concretado casi exclusivamente en proyectos tendientes a someter, a controlar,
el ejercicio de las funciones judiciales y legislativas delegadas a la misma; sin duda en razón de que ha
sido mediante el empleo de esta clase de atribuciones que el poder administrador pudo realmente alcanzar
el grado de poderío que provocó la consiguiente reacción. Sólo secundariamente se ha prestado atención
a las facultades que pertenecen «iure proprio» a aquel poder, pues no ha sido advertido, hasta muy re-
cientemente, que, bajo muchos aspectos, las posibilidades que brindan las funciones puramente adminis-
trativas, como medios de injerencia en las actividades privadas, son tan grandes como las que resultan
de ia utilización de las otras funciones estatales (Procedimiento administrativo en los Estados Unidos de
América, Montevideo, 1953, pp. 14 y 15). En América, como en España, no resulta posible explicar en
qué consiste la moderna Administración pública sin hacer referencia a esas facultades no estrictamente
ejecutivas que, desde el punto de vista material, se asemejan a las otras funciones estatales.
48 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
31 Un Reglamento aprobado por Orden ministerial y una resolución dictada por consecuencia de un
recurso gubernativo interpuesto por un particular tienen valor jurídico de actos administrativos, mientras
que una pensión extraordinaria de clases pasivas votada por las Cortes o Asamblea legislativa tiene valor
de ley. Esto es lo que interesa, según se dice en el texto, desde el punto de vista del Derecho.
GARCÍA DE ENTERRÍA niega expresamente (en «Verso un concetto di Diritto amministrativo come Di-
ritto statutario», en Riv. Trim. di Dir. Pubb., 1960, núms. 2-3, pp. 322 y ss.) la suficiencia de la tesis
orgánica para la determinación del objeto del Derecho administrativo. No basta, dice, con la considera-
ción orgánica de la Administración, sino que es necesaria su consideración como persona jurídica que
es decir «un sujeto real y verdadero que, como todos los sujetos, opera sobre diversos planos y según
técnicas formales diferentes». Precisamente porque se considera a la Administración como persona
—añade— queda excluida del ámbito del Derecho administrativo la actividad no administrativa (por ejemplo,
actos constitucionales) que el Poder ejecutivo realiza. Si se agrega a esto que no debe hablarse de una
única personalidad administrativa, sino de muchas personas, es decir, no de Administración, sino de Ad-
ministraciones públicas, en plural, se llegaría entonces a la conclusión de que hay un género de personas
que se caracterizan precisamente por su sometimiento a esta rama del Derecho. De aquí que ENTERRÍA
termine afirmando que «el Derecho administrativo es el Derecho propio de las Administraciones públicas
en cuanto personas» y que, por tanto, se trate, de acuerdo con el valor entendido de esta expresión, de
un Derecho estatutario.
Creo que, junto a sus muchos aciertos, la postura de GARCÍA DE ENTERRÍA tiene un defecto funda-
mental: olvida que la personalidad jurídica no es un prius con respecto al Derecho, sino un producto
de éste. Definir el Derecho administrativo como el Derecho propio de las personas administrativas entra-
ña, consiguientemente, una petición de principio, pues las personas jurídicas administrativas sólo existen
cabalmente por obra y gracia del Derecho administrativo. Lo que la realidad ofrece son organizaciones,
entidades (de base territorial, asociativa o fundacional) y, en definitiva, núcleos de intereses; después vie-
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 49
ne el Derecho y las ordena o no como personas jurídicas. Hasta tal punto la personalidad jurídica es una
elaboración técnica del Derecho, que incluso es pensable un sistema jurídico que prescindiese de tal «pos-
tulado». De hecho es esto lo que hizo la escuela realista francesa y basta remitirse, por todos, a los Princi-
pios del Derecho administrativo de GASTÓN JEZE, donde la personalidad jurídica es un concepto que bri-
lla por su ausencia.
En suma, lo que la realidad nos ofrece, repito, son entidades organizadas y está entre ellas el complejo
orgánico que conocemos con el nombre de Administración pública (centralizada o descentralizada) a cuya
regulación atiende el Derecho administrativo.
Por lo demás, el propio ENTERRÍA llega en otra ocasión a una justa caracterización de la Administra-
ción pública sin necesidad de partir del supuesto de su personalidad jurídica (en «La Revolución francesa
y la emergencia histórica de la Administración contemporánea», en Homenaje a don Nicolás Pérez Serra-
no, t. 1, Madrid, 1959, pp. 247 y ss.). Es efectivamente cierto, como él observa, que la Administración
contemporánea no puede ser caracterizada, de acuerdo con el clásico esquema liberal, como un poder
del Estado ejerciendo abstractamente funciones formales que revierten inmediatamente al núcleo social
(como puede decirse en relación con las funciones de legislar y juzgar), sino que la Administración apare-
ce ahora como algo autosuficiente, con poderes propios de toda índole y sólo genéricamente limitada
por fronteras externas impuestas por la Ley. En definitiva, esto viene a coincidir, de una parte, con la
perspectiva subjetivista que hemos defendido para alcanzar el concepto de Administración pública; de
otra, con el carácter heterogéneo y residuario de los poderes que en sus manos se descubren y que, en
su conjunto, constituyen —cabalmente por referencia subjetivista— la función administrativa. Vid. una
recapitulación de los puntos de vista del profesor GARCÍA DE ENTERRÍA en su Curso de Derecho adminis-
trativo (en colaboración con T. R. FERNÁNDEZ), t. 1, Madrid, 1974, cap. 1.
32 Frank MODERNE, «Decadencia del punto de vista orgánico en la definición del acto administrativo
en Derecho francés: los actos administrativos de origen privado», en Rev. Española de Derecho Adminis-
trativo, núm. 4, 1975, pp. 3 y ss. El autor reconoce, sin embargo, que sería deseable que los Tribunales
franceses elaborasen criterios más precisos que los ofrecidos hasta ahora, y que, en cualquier caso, el
reconocimiento de estos supuestos se realizase limitadamente «si es que se quiere evitar que se produzca
un desmembramiento excesivo de la puissance publique».
Por lo que se refiere a la doctrina española, J. M. BOQUERA propone una concepción del Derecho
administrativo que «obligue a separar la caracterización de la actividad administrativa del sujeto que la
realiza» que podría conducir al reconocimiento de los actos administrativos de particulares (Derecho ad-
ministrativo, vol. 1, 1972, p. 69); pero, es particularmente T. R. FERNÁNDEZ quien, después de examinar
el estado de la cuestión en el Derecho francés, realiza un examen de supuestos en los que el Derecho espa-
ñol reconoce la actividad administrativa de entidades que no tienen el carácter de jurídico-públicas (Dere-
cho administrativo, Sindicatos y autoadministración, Madrid, 1972, pp. 59 y ss.). Lo que es evidente,
sin embargo, es que en los ejemplos que cita siempre se da un recurso en vía administrativa cuya resolu-
ción formaliza, en definitiva, un acto administrativo concreto (emanando de la Administración pública).
Por lo que se refiere a los actos de las Corporaciones profesionales, está claro que éstas, en nuestro Dere-
cho, son Corporaciones públicas. Cfr. M. BAENA, Las Corporaciones profesionales en el Derecho espa-
ñol, Madrid, 1968.
S0 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Cualquiera que sea la justificación que esta nueva construcción dogmática pueda
encontrar en el Derecho administrativo francés, lo cierto es que, desde el punto de
vista del Derecho administrativo español, resulta rigurosamente innecesaria. En efecto,
por lo que se refiere a algunos de los casos que pueden incluirse en los supuestos
anteriores (por ejemplo, legalidad de un reglamento de personal aprobado por los
órganos de gobierno de una compañía de aviación nacionalizada), ninguna diferen-
cia de tratamiento jurídico con respecto a otras empresas privadas que nada tengan
que ver con el funcionamiento de un servicio público puede establecerse: el posible
desconocimiento de los derechos laborales que se contenga en un reglamento de este
tipo debe ser enjuiciado por la jurisdicción laboral o la contencioso-administrativa,
según los casos.
Por lo que se refiere, en cambio, a entidades privadas que, por razón de los inte-
reses que persiguen utilizan poderes coactivos frente a otros particulares que resul-
tan así obligados por sus decisiones, hay que observar que estas actuaciones se reali-
zan bajo control de los organismos administrativos y que, por tanto, siempre cabe
recurso del particular afectado por la decisión ante la Administración pública. De
esta forma, la cuestión litigiosa se formaliza eventualmente entre una de las partes
privadas (la entidad que utiliza los referidos poderes de coacción o los afectados por
la decisión coactiva) y la Administración, y de esta suerte se podrá tener acceso a
la jurisdicción contencioso-administrativa que, de acuerdo con lo dispuesto en el ar-
tículo 1.9 de la Ley Jurisdiccional, limita su competencia a «las pretensiones que se
deduzcan en relación con los actos de la Administración pública sujetos al Derecho
administrativo». Ni, pues, nuestro Derecho positivo permite el recurso coritencioso
contra actos que no sean «de la Administración pública», ni tal exigencia supone
indefensión en los supuestos antes aludidos, habida cuenta de la posibilidad de recurso
ante la propia Administración que acaba de señalarse.
Por lo demás, el fenómeno sólo es aparentemente novedoso. Pertenece, en efecto,
a la temática clásica del Derecho administrativo la discusión relativa a la naturaleza
jurídica de las relaciones entre concesionarios y usuarios del servicio concedido. Junto
a una zona en que las relaciones son pura y simplemente de carácter contractual pri-
vado (el pago de los recibos por consumo de energía eléctrica es una obligación
jurídico-privada, y la reclamación de los atrasos —con independencia de la facultad
que la concesionario tenga de cortar el suministro— habrá de plantearse ante la
jurisdicción ordinaria) existe otra zona regulada por reglamentaciones administrati-
vas en la que las diferencias entre las partes han de plantearse inicialmente ante los
organismos administrativos competentes. Es la resolución dictada por éstos la que,
en su caso, hará posible el planteamiento ante la vía contencioso-administrativa 3.
33 En el vol. II de este Tratado, cap. IX del título V, se mantiene «que la situación del usuario del
servicio puede ser simultáneamente (según el aspecto de la relación de que se trate) estatutaria y contrac-
tual»; es la situación estatutaria la que da lugar a la injerencia de la Administración mediante actos admi-
nistrativos que, en su caso, son susceptibles de recurso ante la jurisdicción contenciosa. Esta misma pos-
tura parece ser aceptada por J. SALAS (en «Sobre la naturaleza jurídica de las relaciones entre los usua-
rios de servicios públicos y las empresas concesionarias», en Rev. Española de Derecho Administrativo,
núm. 4, 1975, pp. 29 y ss.) que comenta la sentencia de la Sala 3.* del Tribunal Supremo de 21 de mayo
de 1974, que, en relación con el servicio público de suministro de electricidad, afirma que la naturaleza
pública o administrativa de dicho servicio «alcanza no sólo a las relaciones jurídicas entre el Estado y
las empresas, sino también, en determinados aspectos, a las de éstas con los usuarios o abonados en cuan-
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 51
Frente a lo que se acaba de decir, podría suscitar dudas la solución dada por nuestro
Derecho positivo a los actos emanados de los Colegios profesionales. La Ley 2/1974,
de 13 de febrero, dispone en su artículo 8.2-1: «Los actos emanados de los órganos
de los Colegios y de los Consejos generales, en cuanto estén sujetos al Derecho ad-
ministrativo, una vez agotados los recursos corporativos, serán directamente recu-
rribles ante la jurisdicción contencioso-administrativa». ¿No se está reconociendo
aquí la existencia de actos administrativos de organismos no oficiales y cuya fiscali-
zación contencioso se realiza sin recurso previo ante la Administración pública? La
contestación, empero, no puede ser afirmativa porque la Ley de Colegios profesio-
nales ha querido resolver el problema de acuerdo con la doctrina tradicional al decla-
rar expresamente en su artículo 1.” que «los Colegios profesionales son Corporacio-
nes de Derecho público». Evidentemente, pues, tampoco aquí estamos en presencia
de actos administrativos de origen privado.
to originan motivos de acción administrativas, de intervención del Estado...», por lo que «...la contienda
entre la empresa y sus abonados ha de estimarse administrativa por versar sobre... obligaciones nacidas
de una reglamentación administrativa exigible con independencia del título civil o contrato de suminis-
tro». Es obvio que esta naturaleza administrativa justifica la intervención de los organismos administrati-
vos, cuyas decisiones son, hay que repetirlo, los únicos y auténticos actos administrativos, tanto desde
el punto de vista sustantivo como desde el punto de vista jurisdiccional.
34 El planteamiento que se expone en el texto se invierte en algunos autores. Así, por ejemplo, FLEI-
NER señala que la función ejecutiva y el Gobierno representan dos facetas de la Administración en senti-
do propio, que, consiguientemente, se convierte en término más amplio. Entiende este autor por función
ejecutiva la que agota su misión poniendo en práctica una voluntad extraña, y por gobierno la realización
de la propia voluntad de los organismos activos (Instituciones de Derecho administrativo, trad. española,
pp. 4 y ss.). Esta postura encuentra su apoyo seguramente para los autores de lengua alemana, en la pro-
pia raíz walten (reinar o imperar), sobre la que se construye la voz administración (Verwaltung). Sin em-
bargo, también se ha mantenido fuera de Alemania. Así, ZANOBINI, criticando la tesis tan defendida en
Italia de considerar la actividad administrativa y la actividad política como dos aspectos de la función
ejecutiva, cree preferible evitar esta última expresión, ya que ni Administración ni política se agotan en
la ejecución de normas anteriores, y utilizar actividad administrativa en un sentido genérico y comprensi-
vo, tanto de la Administración en sentido estricto como de la actividad política. Lo político es un aspecto
de lo administrativo (Corso di Diritto amministrativo, vol. I, 5.* ed., 1947, p. 13). M. BAENA («Admi-
nistración y Gobierno», en Documentación Administrativa, núm. 164, 1975), ensayó una distinción entre
Gobierno y Administración según la ya derogada Ley Orgánica del Estado que actualmente debe ser revi-
sada. En cuanto a la Administración, afirma que es un «agregado orgánico» (nunca una persona jurídi-
ca, como un sector doctrinal ha afirmado) con un definido «carácter medial»; estamos ante el instru-
mento de que el Estado se sirve para el cumplimiento de sus fines (p. 42). «A mi juicio —añade— el Con-
sejo de Ministros y el Presidente del Gobierno deben considerarse no como órganos superiores de la Ad-
ministración, y al mismo tiempo como órganos de Gobierno, sino, más exactamente, como órganos de
Gobierno que tienen competencias administrativas» (p. 56).
52 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
subjetiva (Gobierno, con mayúscula). Por otra parte, es éste un término equívoco,
con el que no siempre se designa —como hasta ahora parece que pretendemos— algo
dentro del ámbito del Poder ejecutivo. Todo esto requiere que procedamos por
etapas:
A) EL PODER EJECUTIVO
«La potestad de hacer ejecutar las leyes reside exclusivamente en el Rey, y su autoridad se extiende
a todo cuanto conduce a la conservación del orden público en lo interior y a la seguridad del Estado
en lo exterior, conforme a la Constitución y a las leyes.»»
«El Poder ejecutivo reside en el Rey, que lo ejerce por medio de sus ministros» (art. 35).
Constitución de 1812 que enumera las doce «restricciones de la autoridad del Rey»,
que son correlativas garantías de los derechos ciudadanos. Y se explica, asimismo,
que ningún precepto constitucional se refiera al Gobierno y sus competencias; pues,
en definitiva, éste no es sino el instrumento a través del cual el Rey ejerce sus atribu-
ciones; es decir, la misma concepción que inspiró el artículo 13 de la Ley Orgánica
del Estado:
«El Jefe del Estado dirige la gobernación del Reino por medio del Consejo de Ministros».
35 Para este autor es, desde luego, posible la oposición entre Administración y política, ya que am-
bas pertenecen a un mismo plano de conocimiento. Pero una contraposición entre ellas, por una parte,
54 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
lítica como función suprema del Estado, ello nos servirá para calificar como orga-
nismos de gobierno a aquellos que aparezcan, en un ordenamiento positivo dado,
como sujetos responsables de una tal actividad *. Empero, el criterio de la autono-
mía o de la subordinación de la actividad que se desarrolla no deja de ser insufi-
ciente, dada la libertad de acción de que muchas veces hace uso la Administración
pública al emitir algunos de sus actos, que no por ello dejan de ser administrativos.
Ahora bien, aun admitiendo la posibilidad de utilizar el concepto de lo político
como categoría anterior a la división de poderes, donde cobra la cuestión su verda-
dero carácter es cabalmente en el ámbito y actuación del Poder ejecutivo *, pues
aquí habrá que determinar la manera de saber cuándo este Poder actúa políticamente,
o como Gobierno, y cuándo con carácter administrativo *.
Uno de los intentos más notables, en este sentido, fue el de HAURIOU, para quien
resulta bastante ilustrativa la tentativa hecha en Francia bajo Napoleón de separar
Gobierno y Administración. Napoleón gobernaba con su Conseil d*Etat, en cuanto
que designaba en el seno del Consejo delegados encargados de los «grandes asun-
tos»; en cambio, los ministros estaban encargados de los «negocios corrientes». HAU-
RIOU extrae de aquí las siguientes consecuencias, en orden a la distinción que nos
ocupa: 1) la función administrativa consiste esencialmente en realizar los asuntos
corrientes del público, y 2) la función gubernativa consiste en solucionar los asuntos
excepcionales que interesan a la unidad política, y en velar por los grandes intereses
nacionales *. Se trata de una mera distinción de matiz, basada en la importancia del
asunto que debe resolverse, que, como criterio práctico, incluso puede resultar en
y, por otra, legislación y jurisdicción, no es posible, en cuanto estas últimas pertenecen a un distinto pla-
no lógico. En efecto la clasificación de la actividad estatal en política y administrativa (es decir, autóno-
ma o subordinada), es anterior a la otra diferenciación. Cabe, pues, por ejemplo, hablar de una legisla-
ción política (la que usualmente se conoce con el nombre de legislación en sentido material y formal) y
de una legislación administrativa (la que, por emanar de órganos administrativos, tiene carácter subordi-
nado, ya que ha de conformarse con lo establecido en la legislación formal). Véase GASPARRI, «Note in-
troduttive al diritto amministrativo», en Rasegna di Diritto Pubblico, abril-junio 1949, pp. 79 y ss., y
también Corso di Diritto amministrativo, vol. I, Bologna, 1953, p. 75.
36 Como señala S. Royo-VILLANOVA «la primacía de la política sobre la Administración continúa
siendo un postulado fundamental. La política es la función más importante del Estado; la Administra-
ción tiene un carácter subordinado y auxiliar de la misma» («La Administración y la política», en Revista
de Administración Pública, núm. 10, enero-abril 1953, p. 24).
37 Si se admite que una ley es un acto político —lo cual es cierto—, esta afirmación no entraña ya
problema, pues las leyes son de por sí identificables desde el punto de vista del órgano de que emanan.
Lo que realmente encierra dificultad es el hecho de que parte de la actividad del Poder ejecutivo deba
calificarse como política y otra como administrativa, pues aquí resulta inaplicable el criterio antes utilizado.
38 Ni que decir tiene que la escuela formalista vienesa se ha opuesto sistemáticamente a la admisión
de la función de gobierno como categoría autónoma. Según MERKL, lo jurídico agota la actividad del
Estado y tal actividad se diversifica exclusivamente en las tres funciones legislativas, jurisdiccional y
administrativa. Cualquier intento de descubrir una función de gobierno tiene que resultar necesariamente
baldío, y a una de las tres funciones anteriores se deben reconducir cuantos ejemplos señala la doctrina
de actos políticos o de gobierno (Teoría general..., cit., pp. 62 y ss.).
32 Para HAURIOU no puede confundirse «intereses del público» con «intereses nacionales», porque
el público es una formación individualista, cuyos intereses son también individualistas, mientras que la
nación es una colectividad orgánica en que los intereses son colectivos (Précis de droit public et droit ad-
ministratif, ed. 1927, pp. 14 y ss.). Resulta curioso señalar que, en términos generales, esta distinción
de HAUROU coincide con los resultados que la moderna ciencia de la Administración ha obtenido más
recientemente. Para P. SELZNICK la distinción entre «decisiones rutinarias» y «decisiones críticas» (en su
análisis de las técnicas de decisión-making) se sitúa precisamente en la zona en que se superponen la polí-
tica y la administración de una determinada organización (El mando en la administración, trad. esp.,
Madrid, 1962, pp. 41 y ss., especialmente p. 47).
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 55
muchos casos insuficiente; pero debe reconocerse que la doctrina no ha sabido, hasta
ahora, ir mucho más allá en la precisión de esta diferencia %.
La Constitución:española de 1978 ha intentado dar una respuesta al tema en su
título IV que precisamente lleva por rúbrica «Del Gobierno y de la Administración».
Comencemos por recordar el texto del artículo 97: «El Gobierno dirige la políti-
ca interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado. Ejer-
ce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución
y las leyes». De este denso precepto pueden sacarse varias conclusiones:
a) Que el Gobierno es algo diferente de la Administración y superior a ella (puesto
que la dirige).
b) Que es el titular de la potestad ejecutiva y reglamentaria; pero, ¿debe con-
fundirse con el Poder ejecutivo?
Cc) Que, por tanto, las referencias al Gobierno y a la Administración (sobre todo
si se conecta con la caracterización que de ésta se hace en el artículo 103.1: «La Ad-
ministración pública sirve con objetividad...») suponen, como valor entendido, la
concepción subjetiva de uno y otra; es decir, como órganos de imputación de cierto
tipo de actividad. :
Empero, quedan sin contestar otras preguntas: ¿Habrá que entender que el Po-
der ejecutivo es el conjunto de Gobierno y Administración? Y, en cuanto a las rela-
ciones entre ambas, ¿acaso la única función constitucional de la Administración se
limita a ser dirigida? Y sobre todo: «¿quién es el Gobierno?
cuál de entre los diversos poderes u Órganos del Estado debe ser con más propiedad
llamado con el nombre de Gobierno o en cuál de ellos se encuentra encuadrado. La
forma como la justicia y la legislación han terminado por convertirse en competen-
cias específicas de poderes independientes a lo largo de la evolución del Estado de
Derecho y a base precisamente de sustraer atribuciones de las manos del antiguo mo-
narca absoluto que, como resultado de tal evolución, viene a convertirse en el moderno
Poder ejecutivo, nos está ilustrando acerca del indudable carácter residuario de este
último *. Se desprende de aquí una preeminencia natural del Poder ejecutivo en el
juego de los poderes del Estado que la doctrina no ha dejado de observar. Como
ha señalado ESMEIN 2, es cierto que en el Estado constitucional el Poder legislati-
vo vino a reservarse uno de los atributos decisivos de la soberanía al convertirse en
«regulador del Estado»; ahora bien, los otros atributos de la soberanía que se resu-
men en un derecho general de mando y coacción (lo que los romanos llamaron ¡mpe-
rium) se descubren hoy cabalmente como competencias del Poder ejecutivo. Y aun-
que subordinado al Poder legislativo, el imperium presenta sobre él una superiori-
dad natural y necesaria: mientras que el Poder legislativo se ejerce en forma intermi-
tente, el ejecutivo se encuentra necesariamente en estado de actividad permanente.
Está claro que esta argumentación de ESMEIN vale a fortiori en los Estados post-
constitucionales y no parlamentarios $, y
Por lo que se refiere al ordenamiento jurídico español, no puede presentarse nin-
guna duda acerca del alojamiento del Gobierno en el Poder ejecutivo. Por otra par-
te, está resuelta su distinción orgánica respecto de la Administración al declarar la
Constitución en su artículo 98 que la denominación de Gobierno corresponde preci-
samente al Consejo de Ministros con su Presidente *; lo que significa sencillamente
calificar de Gobierno al escalón superior de la organización jerárquica del Poder eje-
cutivo*, y de Administración a todos los grados que van desde ministro hacia
41 El valor nuclear o residuario del Poder ejecutivo debe ser subrayado con el mayor cuidado. Así
se explican los fenómenos de concentración automática de poderes (legislativo e incluso, a veces, judicial)
que en sus manos se realiza cuando por cualquier motivo se produce una crisis en el fundamento político
en que se apoya la separación de los mismos. Después de 1918 han sido numerosos los ejemplos de este
tipo que se han producido en Europa: Rusia, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, España... En todos
ellos y respondiendo a motivaciones políticas a veces contrapuestas se evidenció este debilitamiento de
la preponderancia del órgano legislativo con apropiación de parte de sus competencias por el ejecutivo.
La propia doctrina ortodoxa del Estado constitucional ha defendido por boca de alguno de sus represen-
tantes, como HAURIOU, la preeminencia natural del ejecutivo.
Y de esta forma se explica también, aunque ello pudiera parecer paradójico, el fenómeno contrario:
la acentuación de las exigencias políticas del dogma de la soberanía nacional, que en determinados mo-
mentos y en ciertos países ha conducido al establecimiento de Gobiernos convencionales, con todos los
poderes en manos de la Asamblea.
2 Eléments de droit constitutionnel, t. 1, 8.* ed., pp. 32 y 33.
43 Esta inevitable preeminencia sólo es disputada al Poder ejecutivo en épocas o en circunstancias ex-
cepcionales. Ello ocurre, aparte del ejemplo de los llamados «Gobiernos convencionales», que dan lugar
a una casi total transferencia de asuntos administrativos y gubernativos al Poder legislativo, en aquellos
casos en que el ejercicio de determinadas competencias que le están atribuidas determina una preponde-
rancia de los Tribunales de Justicia que justifique el que pueda llegar a hablarse de un «Gobierno de los
jueces». Este fue el caso de los Estados Unidos de Norteamérica en alguna época en que el Tribunal Su-
premo se convirtió, ejerciendo su poder de declarar inconstitucionales las leyes del país, en árbitro políti-
co de la situación. Pero éstas son excepciones que confirman la regla.
44 Artículo 98: «El Gobierno se compone del Presidente, de los Vicepresidentes, en su caso, de los
Ministros y de los demás miembros que establezca la ley». Hay una referencia implícita a los Secretarios
de Estado, aunque su presencia en el Consejo se remite a la ley.
45 Nuestro clásico OLIVÁN comparaba en su tiempo, haciéndose eco de una postura muy difundida
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA $7
abajo. Ahora bien, de aquí no es lícito deducir, ni mucho menos, ni que el Gobierno,
en sentido subjetivo, no tenga competencias administrativas, ni que los ministros ais-
ladamente considerados no sean órganos políticos. Por el contrario, y a este respecto,
el principio que debe sentarse es el de la coexistencia de competencias políticas y
administrativas en manos del Gobierno y de las superiores jerarquías administrati-
vas. La cuestión, pues, de las relaciones entre ambas merece ser considerada aparte”
a) Si, como antes hemos dicho, el Gobierno también administra la nota dis-
tintiva última en la determinación de su perfil funcional habría de encontrarse en el
decisivo dato de que es el titular de la «función de gobierno»; es decir, aunque esto
parezca una perogrullada: en que «el Gobierno es el que gobierna». La iniciativa
legislativa (art. 87), la dirección de la política interior y exterior del Estado (art. 97),
las relaciones con las Cortes (arts. 110 a 112), la disolución (nada menos) de las
Cortes (art. 115), la elaboración de la planificación (art. 131) y de los Presupuestos
Generales (art. 134), la emisión de deuda pública y empréstitos (art. 135), el nom-
bramiento de los miembros del Tribunal Constitucional (art. 159.1), los poderes ex-
traordinarios sobre las Comunidades Autónomas que incumplan sus obligaciones
constitucionales (art. 155) y, en fin, la iniciativa para la reforma constitucional (art.
166), son cuestiones políticas y no administrativas que definen la función de go-
bierno y que están fuera de la fiscalización de la jurisdicción contencioso-adminis-
trativa por definición, a pesar del sistema de «cláusula general», según el cual to-
dos los actos del poder deben estar sujetos al control jurisdiccional. Las posibles
infracciones de la Constitución que el Gobierno cometa en el ejercicio de estas atri-
buciones dan lugar a un sistema específico de responsabilidad —la responsabilidad
política— que fiscaliza el Parlamento (art. 108) o, en su caso, a un conflicto cons-
titucional cuya resolución corresponde al Tribunal Constitucional, de acuerdo con
lo dispuesto en los artículos 59.3 y 73 a 75 de la Ley Orgánica de dicho Tribunal,
de 3 de octubre de 1979".
en la literatura francesa, el Gobierno con la cabeza del cuerpo estatal y la Administración con los bra-
zos. Este símil ha sido más recientemente repetido por RANELLETTI, para quien el Gobierno significa la
impulsión y dirección suprema a toda la vida y acción del Estado, mientras que la Administración es el
complemento de esta acción vital, que se ocupa de los negocios del Estado en el orden prescrito y con-
curre con la ejecución de las leyes y de los actos mismos del Gobierno (Le guarentigie della giustizia
nella pubblica amministrazione, 4.? ed., 1934, pp. 56 y 57). Para Ducrocq (Droit administratif, t. L, núm.
32) «se trata de una misma escala aplicada por un solo poder bajo nombres diferentes; se llama gobierno
en los grados superiores y administración en los inferiores».
El hecho de que la suprema estructura del Poder ejecutivo reciba la denominación de Gobierno
—Jo cual, por otra parte, no es un dato privativo de nuestro ordenamiento vigente, sino que se descubre
en la terminología de los más diversos países—, viene una vez más a demostrar el carácter residuario,
y por ello mismo preponderante, de este poder, dentro del actuar estatal.
45 S. MARTÍN-RETORTILLO, «Administración y constitución», en Revista de Administración Pública,
núm. 53, 1967, pp. 9 y ss.
47 La doctrina iberoamericana habla de aquellos actos referidos a la organización del Estado cuya
fuente directa es la Constitución. Su característica es la de estar exentas de fiscalización jurisdiccional
(MARIENHOFF, Tratado de Derecho Administrativo, U, Buenos Aires, 1966, p. 757; CASSAGNE, El acto ad-
ministrativo, Buenos Aires, 1974, p. 167.
En anteriores ediciones de este Tratado incluía, entre los actos políticos del Gobierno, la interven-
58 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Cuando en otra ocasión hemos comentado este precepto, hemos afirmado que
la exclusión exige dos requisitos que deben darse en el acto simultáneamente:
1) Que por su naturaleza sea un acto político, es decir, de los que se enume-
ran en el artículo 2.*, b), o sustancialmente análogo; y
2) Que emane del Gobierno en sentido subjetivo, es decir, del Consejo de Mi-
nistros.
ción de este Alto Organismo en la designación del Fiscal General del Estado. La reciente sentencia de
la Sala 3.* del Tribunal Supremo (en pleno) de 17 de junio de 1994 que ha declarado la nulidad del nom-
bramiento del Fiscal General del Estado realizada por el Gobierno en abril de 1992, por entender que el
designado no reunía los requisitos establecidos para el ejercicio de dicho cargo por el Estatuto Orgánico
del Ministerio Fiscal, me ha obligado (y convencido) a modificar la anterior enumeración. En primer lu-
gar, porque efectivamente las facultades de «propuesta del Gobierno» al Rey para su designación se han
condicionado, desde el punto de vista de las cualidades de la persona propuesta, por el referido Estatuto,
cuya infracción, por tanto, constituye «infracción del ordenamiento jurídico», fiscalizable por la Juris-
dicción Contencioso-Administrativa. En segundo lugar, y desde el punto de vista de la legitimación para
recurrir el nombramiento, las partes recurrentes han sido asociaciones de miembros de las carreras ju-
dicial y fiscal que representan intereses legítimos afectados por una decisión ilegal. Queda en pie, sin
embargo, la afirmación fundamental que se contiene en el texto: de una parte, el acto de Gobierno es el
que afecta a las relaciones entre los poderes constitucionales del Estado (el Ministerio Fiscal no es «un
poder»); de otra, son fiscalizables todos los actos que afectan a intereses legítimos de los ciudadanos.
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA S9
E) LA INSTITUCIÓN ADMINISTRATIVA
18 HarscHeck (en Das englische Staatsrecht, t. U, Túbingen, 1906, pp. 638 y ss.) ha señalado la im-
portancia de la «rutina administrativa» en la vida pública inglesa de su tiempo. Cita este autor la frase
que con relación a ella pronunciara lord HaLifax en 1871: «En todo Departamento del Estado hay un
elemento permanente y otro que pudiéramos llamar político y progresivo. Los funcionarios públicos per-
manentes conservan todas las tradiciones del oficio y realizan los negocios ordinarios. Ellos son los con-
sejeros y, en una cierta medida, un contrapeso para los nuevos jefes políticos que llegan sin experien-
cia; pero, por otra parte, la tendencia en todos los cargos permanentes es conseguir una cierta rutina, y
así un cambio de cabezas de cuando en cuando, contrapesado por la permanencia de los que están siem-
pre en la función, tiende a producir un regular sistema de Administración en cada Departamento.»
22 En el sistema constitucional, la línea fronteriza entre el funcionario administrativo y el político
pasaba seguramente por el cargo de Subsecretario. Son sintomáticas las contradictorias interpretaciones
que sobre su papel en el Estado se han hecho. En Francia la opinión dominante (por ejemplo, PIERRE y
Ducurr) atribuía a los Subsecretarios, al menos hasta los tiempos de la restauración monárquica, un pa-
pel puramente administrativo. En cambio, discrepando de esta postura, BARTHELEMY entiende, desde sus
mismos orígenes, que estamos en presencia de un cargo político con funciones gubernamentales (asis-
tencia al Consejo de Ministros y a una de las cámaras parlamentarias) y no puramente administrativas
(«Les Sousecrétaires d'Etat», en Rev. Droit Public, 1911, pp. 336 y ss.).
60 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
% Por lo que se refiere al institucionalismo de S. Romano, vid. la crítica que hacemos infra en el
cap. II.
* Me remito a lo ya dicho en La Administración en la Constitución (en colaboración con BAENA y
ENTRENA), Madrid, 1980, pp. 41 y ss.
El carácter instrumental o medial que caracteriza la organización administrativa —y su actuación—
de los otros Poderes del Estado (Cortes, Consejo del Poder Judicial) o del Tribunal Constitucional cons-
tituye el rasgo auténtico definitivo entre una y otra Administración.
EL CONCEPTO DE ADMINISTRACION PUBLICA 61
Pública «sirve con objetividad los intereses generales». No es una frase que haya
aparecido casualmente al redactar el precepto; está puesta con toda intención. Y, si
no fuese así, podría afirmarse que los redactores tuvieron un momento de inspira-
ción ajeno a su propia reflexión y que acertaron, porque ahí está la clave de la neu-
tralidad política que a la Administración se exige; lo cual se completa en el párrafo
tercero, cuando se dice que la ley, al regular el estatuto de los funcionarios públi-
cos, establecerá el sistema de incompatibilidades y las garantías para la imparciali-
dad en el ejercicio de sus funciones. Objetividad, término que se emplea en el pá-
rrafo primero del artículo 103; imparcialidad, en el párrafo tercero del propio
artículo, demuestran la preocupación de los redactores de la Constitución por ga-
rantizar lo que hemos llamado «neutralidad política de la Administración».
En cuanto a la neutralidad administrativa del Gobierno, también está contem-
plada en el propio artículo 103.3, cuando se dice que la ley regulará el estatuto de
los funcionarios públicos y «el acceso a la función pública de acuerdo con los prin-
cipios de mérito y capacidad»; pues, desde el momento en que se está apuntando a
una función pública profesionalizada —aunque no se emplee la palabra, se des-
prende de este precepto— se está, evidentemente, garantizando este principio. Aquí
nos basta ahora con subrayar que la neutralidad política de la Administración de-
termina en ésta una forma típica de actuar, en cuanto institución, a la que en otra
ocasión he llamado «la eficacia indiferente». ]
Esta es, naturalmente, una terminología convencional con la que, ante todo, ha
de aludirse al «talante» que la Administración como institución y los funcionarios,
como titulares de los órganos administrativos, deben tener en el ejercicio de sus fun-
ciones para la consecución de sus fines; un talante de eficacia, como el precepto
constitucional exige; pero eficacia indiferente en el siguiente sentido: que se debe
ser eficaz tanto si se perjudica como si se favorece la política del partido que está
en el poder. La única forma de que el funcionario profesional sea en ese sentido, y
también a título individual, una institución es operando así. Cuando el gobernante
sabe que los funcionarios que tiene inmediatamente a sus órdenes actúan para con-
seguir los típicos fines del servicio público, ajenos a cualquier idea de satisfacer los
programas políticos del partido que él representa o, al contrario, de sabotearlos, en-
tonces, es cuando el funcionario es un auténtico funcionario profesional.
Por lo demás, la historia de la Administración moderna es la de su institucio-
nalización. Hay una primera etapa en la que la función pública se considera como
el botín de los vencedores en la batalla política (elecciones a golpe de Estado, lo
mismo da): los cargos burocráticos se reparten entre la clientela del partido político
que accede al poder (spoil system). La segunda etapa consiste cabalmente en la pro-
fesionalización de la burocracia, a la que se accede a través de un sistema de mé-
rito (mérit system) que, entre nosotros, se ha identificado tradicionalmente con las
oposiciones”. Cualquier política que persiga la designación de los funcionarios pú-
blicos entre los afines al partido en el poder termina con la destrucción del Estado
de Derecho.
S GARRIDO FaLLa, Reformas de la función pública, Tecnos, Madrid, 1985, a cuyo trabajo me remito
aquí in toto. Vid. M. BAENA, «Quelques réflexions sur la relation entre hemmes politiques et hauts fonc-
tionnaires», en Rev. Int. Sciences adm., I, 1987, pp. 106 y ss.
CAPITULO II
1 Una crítica a la doctrina de la estatalidad del Derecho puede verse en G. DEL VECCHIO, «Sulla sta-
talitá del diritto», sep. de la Riv. Internazionale di Filosofia del Diritto, Roma, 1938. A pesar de su apa-
rente lógica interna —señala este autor—, la afirmación de que la única fuente del Derecho es el Estado
no puede admitirse; de una parte, aparecen las voluntades particulares, creando, al encontrarse, mutuos
límites y cortapisas (lo cual no sólo corresponde a momentos históricos anteriores, sino que es una reali-
dad actual desde el momento en que el Estado reconoce que el contrato tiene fuerza de ley entre las par-
tes); de otra, a la misma conclusión se llega si pensamos en las entidades u organizaciones colectivas que
han preexistido al Estado (como la Iglesia romana, o como, incluso, los entes autónomos que viven den-
tro del Estado), o con lo que ocurre en el Derecho internacional, donde existe una serie de normas, como
la «pacta sunt servanda», que ni siquiera surgen especialmente de un acuerdo específico entre los Estados
(op. cit., pp. 11 a 16).
64 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
2 Esta es la clásica formulación de JELLINEK: «Entre las específicas características del Derecho pú-
blico se encuentra la de que la persona que concede la tutela jurídica y la que, directa o indirectamente,
está obligada a prestarla, son una sola: el Estado. El Estado puede cumplir su obligación solamente /imi-
tando respecto de sus súbditos su actividad» (Sistema dei diritti pubblici subbietivi, trad. italiana, 1912,
p. 77). Si el propio Estado dicta las normas que limitan, frente a los súbditos, su actividad, debe hablarse
de una autolimitación.
3 Véase LABAND, Le droit public de l'Empire allemand, trad. fr., t. 11, 1901, p. 519. La misma doc-
trina se mantiene en otras obras clásicas alemanas: SELIGMANN, Der Begriff des Gesetzes in materiellen
und formellen Sinne, Freiburg, 1888; ANSCHUTZ, Die gegenwártigen Theorien úber den Begriff des ge-
setzgebenden Gewalt und den Umfang des kónninglischen Verordnungsrechte nach preussischen Staats-
rech, 1901). Para este último autor sólo es norma jurídica aquel mandato estatal «que produzca el inme-
diato efecto de limitar la esfera de voluntad de los sujetos integrados en el Estado» (ob. cit., p. 17).
% Para DONATI (en «l caratteri della legge in senso materiale», en Riv. di Dir. Pubb., 1910, pp. 291
y ss.), mandato legislativo es lo que una voluntad (la del órgano estatal competente) dirige a otra para
que haga o se abstenga de hacer algo en relación con una tercera, la cual, por tal motivo, se hace titular
de una expectativa; mientras que el mandato administrativo es un mandato que se agota entre la voluntad
de que emana y la voluntad que lo recibe, es decir, es el mandato que una voluntad dirige a otra de hacer
u omitir algo. Se deduce de lo anterior que las instrucciones y reglamentos de servicio no son normas
jurídicas, porque no originan relaciones jurídicas, sino que cuando más son el desarrollo de una relación
jurídica anterior (la relación de supremacía jerárquica, o de supremacía política del Estado sobre los ciu-
dadanos). Son ejemplo de mandatos administrativos: las disposiciones o reglamentos porque se rige una
biblioteca pública, el «prohibido fumar» en lugares públicos, la disposición de un Gobernador prohi-
biendo a las señoras que tengan el sombrero puesto en los espectáculos, etc. La potestad reglamentaria
de la Administración comporta sólo, normalmente, para DONATI, mandatos administrativos.
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 65
5 En L'ordinamento giuridico, 1.* ed., Pisa, 1918. Las citas de esta obra que se harán a continua-
ción están referidas a la edición de 1946. La obra ha sido vertida al castellano en 1963, con estudio preli-
minar de S. MARTÍN-RETORTILLO.
6 Op. cit., p. 8.
7 «Todo ordenamiento jurídico —dice ROMANO— es una institución y, viceversa, toda institución es
un ordenamiento jurídico; la ecuación entre los dos conceptos es necesaria y absoluta». Y una institución
es todo ente o cuerpo social que tenga existencia objetiva y concreta. El concepto clave que aclara la natu-
raleza de la institución es el de organización, que es un concepto jurídico, en cuanto que la institución
es un ordenamiento jurídico. «Toda fuerza realmente social y que esté organizada se transforma por esto
mismo en Derecho». Una organización que se dirija contra el Derecho del Estado puede considerarse
antijurídica, pero ello es desde el punto de vista del Derecho del Estado, pues desde su propio punto de
vista es un ordenamiento jurídico. Así es que el aspecto fundamental y primario del Derecho viene dado
por la institución en que se concreta. Cuando el Estado surge, ello no es la consecuencia de un procedi-
miento regulado por normas jurídicas, sino que es un hecho. Pero el Derecho se tiene desde el momento
que este hecho se ha realizado; en cambio, la norma puede dictarse después, ya que la norma no es sino
una manifestación tardía del Derecho (op. cit., pp. 27 y ss.). Obsérvese, por lo demás, el parentesco de
estas ideas con el concepto de Constitución material que tuvo su auge a raíz de las corrientes postconstitu-
cionalistas.
8 W. BURCKHARDT, Methode und System des Rechts, Zúrich, 1936, p. 58.
9 BALLBÉ, voz «Derecho administrativo», en la Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, vol. 1, p. 63.
La utilización del concepto de ordenamiento jurídico se descubre en otros autores italianos posterio-
res, como MIELE, (Diritto amministrativo, 1952, pp. 1 y ss.) y GIANNIN1 (Lezioni di Diritto amministrati-
vo, vol. I, 1950, pp. 12 y ss.).
66 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Las consecuencias que de lo anterior se derivan para el más concreto tema del
condicionamiento jurídico de la Administración pública están claras. Para BALLBÉ,
supuesto que el Derecho es conditio per quam de la Administración, existe un «prin-
cipio de juridicidad de la Administración» aplicable a cualquier Administración his-
tóricamente considerada '”. Por tanto, la sumisión de la Administración al Derecho
aparece como una constante histórica, que se da en cualquier Estado cuya Adminis-
tración haya alcanzado un grado razonable de desarrollo. Tan lícito resulta entonces
hablar de Derecho administrativo del Estado absoluto como del Derecho adminis-
trativo del Estado de Derecho"'.
No puede negarse que la doctrina del ordenamiento jurídico es una de las más
originales aportaciones de la literatura jurídica de los últimos tiempos. No obstante,
encontramos objeciones insuperables a la negación de la tesis jurídica del Derecho
como norma de comportamiento y a las consecuencias que ello acarrea en orden al
tema de la sumisión de la Administración al Derecho. Estas objeciones son las si-
guientes: A
10 «Es una falsa interpretación de este principio —dice BALLBÉ— entenderlo como expresión de la
exigencia de que la Administración debe atenerse en la medida de lo posible al Derecho vigente y que
no debe violarlo. El principio que se examina es, por el contrario, una ley jurídica teórica que se funda
en la naturaleza que poseen todas las actividades del Estado de ser funciones jurídicas, y, por ello, carece
de excepciones y es inviolable. La juridicidad de la Administración precede a todas las Administraciones,
porque no puede haber Administración sin orden jurídico que la instituya: incluso en el límite teórico
de las facultades discrecionales siempre existe, cuando menos, el precepto fundamental que las atribuya
como competencia de un órgano» (Op. cit., p. 64).
11 Es conocida la postura de quienes, como JEZE y GOODNOW, mantienen que el Derecho administra-
tivo se da en cuantos países han adquirido un grado de civilización suficiente para alcanzar la realidad
de los servicios públicos. A la misma conclusión llega POSADA cuando afirma el reconocimiento de una
Administración y un Derecho administrativo en toda persona que desenvuelva su autonomía, por lo que
tal Derecho no tiene por qué ligarse a ciertas condiciones históricas ni a ciertos regímenes (Tratado de
Derecho administrativo, t. 1, 2.* ed., pp. 42 y 43).
Véase también GARRIDO FALLA, «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en Revista
de Administración Pública, núm. 7, enero-abril 1952, pp. 15 y 18.
12 S. ROMANO contesta a esta objeción en la segunda edición de su obra, diciendo que esto no es sino
volver a la concepción normativista y que así no se distingue la norma jurídica de la ley moral, o de la
económica (Op. cit., p. 102). Pero la contestación no resulta convincente, en primer lugar, porque distin-
guir la norma jurídica de la moral es problema resuelto en la concepción tradicional teniendo en cuenta
el que su obligatoriedad está sancionada por el poder político (frente a la ausencia de coacción estatal
de otras normas); en segundo lugar, porque el propio ROMANO admite la existencia de las «normas de
comportamiento», con lo que es él mismo el que está formulándose su propia objeción.
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 67
13 Quizá el papel más fecundo lo juegue la teoría de la institución en orden al tema del pretendido
monopolio estatal respecto a la creación del Derecho. Véase en este sentido PERTICONE, «1l problema del
Diritto nel pensiero Italiano», sep. de la Riv. Internazionale di Filosofia del Diritto, 1921, p. 22.
14 Por ser la institución —cada institución— fuente de Derecho, se comprende que éste refleje reglas
características y sustanciales de aquélla (no es igual el Derecho español que el alemán) y de la sustancia
sociológica que la constituye. Pero, repetimos, esto ni quita ni pone a la idea del Derecho como norma.
15 Contra la limitación histórica del Derecho administrativo, que se deduce de cuanto queda expuesto
en el texto, se ha objetado no sólo la existencia de las normas jurídicas de organización, sino la existencia
también en cualquier período histórico, y, por supuesto, con anterioridad a que apareciese el Estado cons-
titucional, de normas de relación entre la Administración y los administrados, siendo éste «un hecho ab-
solutamente inconcuso para todo el que se asome mínimamente a la historia del Derecho» (GARCÍA DE
ENTERRÍA). Para la discusión de este tema nos remitimos a nuestro anterior citado trabajo «Sobre el De-
recho administrativo...», en loc. cit., pp. 16 y ss.
16 Otro tanto puede decirse en relación con las normas constitucionales. El Derecho constitucional
aparece cuando la organización estatal se realiza de acuerdo con normas. Pero en el bien entendido de
que tales normas han de ser jurídicas; y para que una norma tenga sentido jurídico hace falta que tenga
68 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
un destinatario a quien obligue. Así es que todo Estado está constituido (y tiene, en este sentido, una
Constitución), pero para que tal Constitución sea jurídica (y fundamente un Derecho constitucional) es
necesario que sea obligatoria, es decir, que quienes gobiernan y administran el Estado se encuentren jurí-
dicamente compelidos a respetarla. Supuesto esto, la diferencia entre un Derecho constitucional y un De-
recho de comportamiento carece de sentido, pues todo Derecho —incluso el constitucional— resulta ser
un Derecho de comportamiento.
La idea de que el Estado puede no estar sometido a Derecho tiene, por lo demás, carácter obvio. Por
esto hay autores, como Z. GIACOMETTI, que construyen el Derecho administrativo precisamente sobre
la premisa de la idea del Estado de Derecho (Allgemeine Lehre des rechtsstaatslichen Verwaltungsrechts,
Zúrich, 1960); según esto, el Estado es Estado de Derecho cuando realiza la idea de Derecho limitando
jurídicamente su actividad y el poder de que dispone para desarrollarla. Hasta el punto —añade
GIACOMETTI— de que incluso para la teoría pura del Derecho, en que Estado y Derecho se identifican,
el Estado de Derecho debe de aceptarse como una expresión con un valor cualificado (op. cit., p. 3, espe-
cialmente nota 6).
17 Como se verá más adelante, arbitrariedad no es sinónimo de injusticia; significa solamente ausen-
cia de límites formales. Sin embargo, la existencia de un «ordenamiento jurídico» es obvia: «En esencia
el Polizeirechí constituye realmente la codificación de las reglas del absolutismo ilustrado» (GIANNINI,
Premisas sociológicas e históricas del Derecho administrativo, trad. esp., 1980, p. 41). Pero no hay Esta-
do de Derecho.
18 A partir de Carlos V, las Cortes pierden su antigua significación. En parte, sus funciones relativa-
mente limitadoras del poder real serán absorbidas por los Consejos reales (de Estado, de Castilla...), que
evolucionan, a su vez, desde sus orígenes de carácter representativo hasta convertirse en organismos téc-
nicos.
Sería erróneo, sin embargo, creer que el proceso centralizador queda cumplido en España en esta épo-
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 69
ca. MALDONADO MACANAZz, en la Introducción que escribe a la obra de don Melchor de MACANAz, Re-
galías de los Señores Reyes de Aragón (ed. de 1879), observa cómo de ella se desprende con evidencia
que la idea de la unidad política no fue propia de la casa de Austria, siendo la dinastía borbónica la que
introduce en España una monarquía unida, centralizada y organizada en lo administrativo como la que
Richelieu, Colbert y Luis XIV habían fundado en Francia. Escrita, por lo demás, la obra de MACANAZz,
a raíz de la terminación de la Guerra de Sucesión, se comprende que su defensa del poder central frente
a las autonomías regionales se base en buena medida en el argumento de la victoria de las armas, pero
es de mayor fuerza dialéctica el que se fundamenta en el contraste entre la libertad que los señores recla-
maban contra el Poder central y la tiranía que ellos ejercían sobre sus vasallos.
Lo que el desarrollo de la idea de la libertad individual debe al proceso centralizador, es algo que hoy
no puede desconocerse. En España, este desarrollo puede observarse en función de las vicisitudes históri-
cas del régimen señorial, desde sus comienzos en la alta Edad Media hasta su disolución en el siglo XIX.
La literatura sobre el tema permite, por lo demás, seguir con facilidad la evolución de este apasionante
problema. Aparte la referencia que debe hacerse con carácter general a GARCÍA DE VALDEAVELLANO («Ré-
gimen señorial», en el Diccionario de Historia de España, ed. Rev. Occidente, 1952), el estudio particular
de sus características en la Edad Media española se ha hecho magistralmente por SÁNCHEZ ALBORNOZ
(«La potestad real y los Señoríos en Asturias, León y Castilla», en Rev. de Archivos, Bibliotecas y Mu-
seos, t. 31, 1914) e HinoJoSA (El régimen señorial y la cuestión agraria en Cataluña, Madrid, 1905). La
coexistencia del régimen señorial con la Monarquía absoluta de los Austria es objeto de notable mono-
grafía de GUILLARTE, El régimen señorial en el siglo XVI, Madrid, 1962. El panorama se completa con
las dos obras de S. DEMOXÓ, La incorporación de Señoríos en la España del Antiguo Régimen, Vallado-
lid, 1959, y La disolución del régimen señorial en España, Madrid, 1965. Al comenzar el siglo xix en
España más de la mitad de los 25.000 pueblos españoles sólo dependían de la Corona a través de la rela-
ción mediata que significaba el señorío. La disolución de los señoríos fue decretada por las Cortes de
Cádiz el 6 de agosto de 1811, pero ¿se logró realmente —como se preguntara GARCÍA ORMAECHEA (en
Estudio de legislación y jurisprudencia sobre Señoríos, Madrid, 1932) este objetivo? La labor ocupa todo
nuestro siglo XIX y, en cualquier caso, respeta la propiedad de la tierra: el ataque contra los «terrate-
nientes» no se produce hasta 1931. Sobre esto, vid. el interesante libro de E. MALEFAKIS, Reforma agra-
ria y revolución campesina en la España del siglo xx, Barcelona, 1971.
19 Véase LuDwiG PFANDL, Felipe II, trad. esp., Madrid, 1942.
20 Sería una ingenua pretensión creer que la justicia es una tardía invención de los hombres de fines
del siglo XVIII.
21 «Para el agustinismo de los primeros siglos, la realeza es un ministerio, un servicio, o, según di-
rían aún con frecuencia los escritores de nuestro siglo xv11, un oficio. Por tanto, se desenvuelve, como
todo oficio, con vistas a un resultado no creado libremente y libremente escogido también por quien lo
desempeña, sino que le es señalado a éste por la naturaleza del trabajo que se le encomienda. El que es
rey tiene que cumplir su ministerio de la misma manera y con igual dependencia que un artesano su ofi-
cio, en el que no puede salirse de las reglas precisas de su trabajo. El regale ministerium definido con
la misma precisión y humilde subordinación a su significado que otro oficio cualquiera, est populum Del
gobernare el regere cum equitate et justitia, ut pacem et concordiam habeat studere. Como se deduce,
el concepto de aquello sobre que se reina —el populus Dei—, lo de aquello con que se reina —la justitia—
y lo de aquello para que se reina —/a pax— tienen un profundo sentido religioso que se infunde, por
70 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
el carácter que se acaba de señalar, la existencia de leyes divinas había de tener una
efectiva vigencia en un monarca cristiano, supuesto que aquéllas miraban directa-
mente al recto ejercicio de la autoridad ?; c), en tercer lugar, la propia estructura
polisinodial a que dio lugar la creación de numerosos consejos (sobre todo a partir
de 1525, en que se crea el Consejo de Estado), cuyas consultas, si no vinculantes
para el monarca, determinaban a veces reglas de conducta difícilmente eludibles, y
d), finalmente, piénsese en la coacción que podía suponer un clima de rigidez en el
que fue posible la aparición de la doctrina del tiranicidio, como reacción suprema
contra el ejercicio injusto del poder, tal como fuera formulada por el padre MARIANA
en el famoso De rege et regis institutione.
Ahora bien, lo que es evidente es que las dichas limitaciones, cualquiera que fuese
su vigencia práctica, carecían de carácter jurídico, es decir, no eran limitaciones jurt-
dicas. Estas no aparecen, al menos sistemáticamente, hasta el nacimiento del Estado
de Derecho.
B) EL ESTADO DE DERECHO
El Estado de Derecho es una construcción jurídica posible una vez que se consa-
gran los principios políticos inspiradores de la Revolución francesa. Estos principios
son, en primer lugar, los típicos del constitucionalismo: la declaración de los dere-
chos del ciudadano, que se conciben incluso como anteriores al Estado y, en cual-
quier caso, limitaciones ineludibles a su actividad, y la división de poderes, como
principio de estructuración orgánica de la comunidad política. En todo caso, la idea
que preside esta construcción es la del aseguramiento de la libertad de los adminis-
trados.
Pues bien, para asegurar la libertad se monta como expediente técnico de la ma-
yor eficacia el dogma del legalismo formal de la actividad administrativa. Esto no
es sino la reacción contra una de las notas que más rigurosamente perfilaban la ante-
rior etapa del Estado-policía: su arbitrariedad. Ahora bien: ¿qué es la arbitrariedad?
Como dice LEGAZ y LACAMBRA, el Derecho puede ser negado, bien en sus exigen-
cias de fondo, o en su forma, siendo este último el momento típico de la arbitrarie-
dad; es decir, la negación del Derecho en cuanto a su forma%. Se deduce de aquí
que la arbitrariedad, en principio, no puede identificarse con la injusticia, pues tra-
tándose de conceptos distintos cabe una arbitrariedad injusta y, asimismo, una arbi-
tanto, en aquel que tiene la función de reinar. Por consiguiente, el concepto de rey tiene también un con-
tenido eminentemente religioso y espiritual. La realeza —es un ministerio más para la tarea de conducir
los hombres a Dios— es casi un sacerdocio, porque, aunque su titular no reciba el sacramento del orden
sacerdotal, desenvuelve actividades de naturaleza análoga a la de éste..., dado el valor carismático y la
significación religiosa de la realeza, ésta queda en íntima dependencia respecto de la Iglesia» (J. A. Ma-
RAVALL, Teoría española del Estado en el siglo xVH1, Madrid, 1940, pp. 74 y 75).
22 Es curioso que un libro publicado con licencia eclesiástica para la práctica del confesionario —El
manual de confesores, del padre AZPILICUETA, aparecido en Salamanca el año 1556— enumerase treinta
pecados que únicamente los reyes podían cometer y que llevaban aparejado, como consecuencia, un daño
para los súbditos; pecados que correspondían, por tanto, a otras tantas prohibiciones que sólo para los
reyes tenían validez.
23 LEGAZ Y LACAMBRA, Introducción a la Ciencia del Derecho, Barcelona, 1943, pp. 466 y ss.
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 11
trariedad justa. Por su parte, también el Derecho puede ser injusto ?*; ahora bien,
lo que no puede decirse es que el Derecho sea arbitrario, pues, siendo la arbitrarie-
dad la negación del Derecho en cuanto a su forma, ello sería tanto como decir que
el Derecho es y no es al mismo tiempo.
Quede, pues, sentado con esto que el progreso formal indudable que significa
la instauración del Estado de Derecho no prejuzga, empero, otro necesario progreso
en el terreno de la justicia ?.
La lucha contra la arbitrariedad se planteó primeramente en el terreno de la
actuación judicial. El Derecho judicial de las Partidas consagraba, sin duda, un am-
plio arbitrio judicial al permitir que «los jueces pueden crecer o menguar o toller
la pena segund entendieren que es guisado e lo deben fazer» ?. El Derecho penal
moderno significa frente a esto la consagración de una serie de dogmas, tales como
el de la tipicidad del delito, que significan la negación del arbitrio. Análoga signifi-
cación tiene, en su conjunto, el Derecho procesal penal, como conjunto de garantías
jurídicas de carácter formal que protegen al acusado.
Posteriormente, y ésta es la aportación específica del Estado de Derecho, la lucha
contra la arbitrariedad se plantea en el terreno administrativo. El principio de la
separación de poderes no es obstáculo, sino, antes bien, explicación del preponde-
rante valor formal que se concede a los actos del poder legislativo, lo que da lugar
a que se consagre la supremacía de la ley y la exigencia de legalidad de la actuación
administrativa. Cada vez más, el gobernante y el funcionario han de encontrar su
actividad trabada por la existencia de normas objetivas de Derecho, al entenderse
que la libertad de los ciudadanos —preocupación básica de la época— no podría
conseguirse más que a costa de la libertad de actuación de los funcionarios. Todo
arbitrio es condenado como arbitrariedad, y de ahí la conocida actitud eminente-
mente formalista del Estado de Derecho.
Sin desconocer la evidente conquista que el triunfo de la legalidad supone, debe
señalarse también el peligro que entraña: el formalismo ha venido a equiparar la esen-
cia del Derecho con el simple respeto a las normas del ordenamiento positivo, consa-
grando una creciente preferencia de la juridicidad legal sobre la justicia.
24 Nos referimos, claro es, al Derecho positivo. Lo característico del Derecho es que consiste en una
traducción de la justicia para regular las conductas de los hombres. Ahora bien: al traducir se puede trai-
cionar la idea traducida, y de aquí la consecuencia de un Derecho que puede, plasmado en leyes positivas,
ser tal Derecho y ser, sin embargo, injusto.
25 A veces la legalidad formal se combate apelando precisamente a ciertas exigencias materiales, apo-
yadas en la justicia. Aquí está precisamente la base de la teoría de la revolución. Véase GARRIDO FALLA,
Las transformaciones del régimen administrativo, Madrid, 1954, pp. 20 y ss., y Dos métodos en el estu-
dio de la Administración pública, Sevilla, 1961.
Para E. GARCÍA DE ENTERRÍA «lo que distingue a un Estado respecto de otros, tanto en un tiempo
dado como en diferentes épocas históricas, no es, pues, que unos reconozcan y otros aborrezcan el ideal
de un Estado de Derecho, sino lo que unos y otros entienden por Derecho. Es ahí, en ese terreno material
y no estructural, donde las diferencias son considerables. Cuando se niega a un Estado su condición de
Estado de Derecho, se parte, obviamente, de una determinada concepción ideal del Derecho, es, en reali-
dad, una afirmación que no puede hacerse sino desde una posición de Derecho natural, sea cual sea la
versión de éste, esto es, desde la imagen de un modelo material determinado del contenido del Derecho
con el que se cree poder pedir cuentas a un Derecho positivo concreto, con el que se puede, por tanto,
negar la legitimidad al Derecho positivo que le contradiga». (E. GARCÍA DE ENTERRÍA y TOMÁS RAMÓN
FERNÁNDEZ, Curso de Derecho Administrativo, t. 1, Madrid, 1974, pp. 267-78).
26 Partida 7.*, título 31, Ley 8.?
72 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Por exigencia de las propias ideas sobre que se monta —sobre todo la preocupa-
ción por el aseguramiento de la libertad individual—, el Estado constitucionalista,
en su primera etapa, da lugar a una Administración pública auténticamente absten-
cionista. La actividad administrativa se pretende reducir al mínimo y, desde luego,
todo intento de injerencia en el mundo de las relaciones (económicas o sociales) entre
los particulares está de antemano condenado en virtud del dogma fisiocrático del
laissez faire, laissez passer, le monde va de lui méme. Al Estado y a su Administra-
ción únicamente competen asegurar el orden público, única condición precisa para
que el juego de las fuerzas sociales y económicas se desarrolle normalmente. Es, como
puede verse, una raquítica misión de simple gendarme la que caracteriza al Estado
en esta etapa administrativa ”.
Pero el liberalismo abstencionista no podía prolongar su reinado durante mucho
tiempo. Por vía de excepción se justifican una serie de intervencionismos adminis-
trativos que, en determinadas materias, vienen a significar la quiebra de la tesis abs-
tencionista. Así, la Administración, se encuentra en la necesidad de emprender por
sí misma grandes obras públicas (principalmente para montar el sistema de comuni-
caciones) que, por su volumen o falta de rentabilidad, no iniciaban los particulares,
no obstante la necesidad que la comunidad sentía; en materia de beneficencia, al
secularizarse los bienes eclesiásticos en los países protestantes y por consecuencia de
la desamortización que se decreta en los países católicos, el Estado se encuentra
impelido a subrogarse en las atenciones que con anterioridad habían estado a cargo
de la Iglesia, de donde surgen nuevos servicios públicos antes innecesarios; en mate-
ria de enseñanza, al implantarse la obligatoriedad de la instrucción elemental y, por
ende, su gratuidad, han de surgir los servicios públicos de enseñanza, etc. En cada
caso hay una explicación concreta para el fenómeno intervencionista, pero en el fondo
siempre se trata del común argumento de la perentoriedad de satisfacer ciertas nece-
sidades de interés general.
Sería equivocado creer que la multiplicación de los servicios públicos y el cre-
ciente intervencionismo administrativo que en adelante han de significar nota deci-
siva en la caracterización de la moderna Administración pública, son la consecuen-
cia de una ideología previa de carácter político que venga a imponerlos con su triun-
fo, Como ha señalado JORDANA DE POZAS, durante más de cincuenta años la
indudable extensión del actuar administrativo tuvo efecto bajo Gobiernos constitui-
dos por partidos liberales y conservadores. Baste recordar que uno de los aspectos
más sugestivos del actual intervencionismo estatal, cual es la política social, tuvo su
origen en varios países con motivo de medidas adoptadas o inspiradas por Gobier-
nos políticamente conservadores: así, DISRAELI, en Inglaterra; BISMARK, en Alema-
nia, y DATO, en España. Por tanto, la explicación de un fenómeno tan universal
y constante hay que buscarla en causas más profundas que no son otras —según JOR-
DANA DE POZAS— que el aumento demográfico, el progreso material y técnico, la
concentración de la población, la elevación del nivel general de vida, etc. En definiti-
va, podría afirmarse que la causa del intervencionismo administrativo está en la ma-
yor interdependencia social que caracteriza la vida de las modernas comunidades po-
líticas.
Ahora bien, si es cierto que el incremento de la actividad administrativa no tiene
su causa inmediata en una ideología política intervencionista, no debe, empero, olvi-
darse que uno de los rasgos más característicos de la Administración de nuestros días
está en su decidido y reflexivo propósito intervencionista. Esto significa un cambio
de sentido tan radical, respecto de lo que era la Administración del siglo XIX, que
merece la pena que nos detengamos en su explicación.
29 FORSTHOFF, en «La repubblica federale tedesca como stato di diritto e stato sociale» (en Riv. Trim.
di Dir. Pubbl., julio-septiembre 1956, pp. 547 y ss.), se plantea el problema de si es posible que una cons-
titución pueda configurar un Estado que al mismo tiempo sea Estado de Derecho y Estado social. La
configuración clásica del Estado burgués de Derecho era perfectamente posible desde el momento que
la Constitución tutelase una serie de libertades y derechos a favor del particular. Ahora bien, el Estado
social supone que el Estado asume como una obligación la carga de obrar en un determinado sentido;
pero es el caso que la declaración constitucional de estas obligaciones no suele tener los efectos prácticos
deseados (piénsese en la disposición de la Constitución alemana de 1910, donde se decía que «la materni-
dad tiene derecho a la tutela y a la asistencia del Estado»). Se deriva de aquí la existencia de un contraste
estructural entre la constitución del Estado de Derecho y las obligaciones del Estado social. Si este con-
traste fuese inconciliable, deberíamos preocuparnos gravemente —añade FORSTHOFF— por el futuro del
74 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Estado de Derecho, puesto que las condiciones sociales de muchos Estados europeos hacen que sea com-
pletamente necesario el Estado social; por eso puede ser interesante la forma como se ha logrado la conci-
liación en la República Federal Alemana. El elemento característico de la «socialidad» es la repartición
o redistribución: más precisamente, repartición regulada por el Estado es la que corrige el mecanismo
de la repartición de las relaciones sociales a favor de determinadas personas o grupos de personas. Uno
de los mecanismos más eficaces para conseguir esta repartición o redistribución está constituido hoy día
por los impuestos. Una de las características de la legislación del Estado social de Derecho es que se en-
frenta menos con problemas de principio que con problemas meramente técnicos: en estos Estados la
Ley se convierte en plano de repartición, y la legislación, en conciliación de intereses en conflicto. Cfr.
del propio FORSTHOFE, Problemas actuales del Estado social de Derecho en Alemania, Madrid, 1966.
30 Las transformaciones del Derecho público, trad. esp., 2.* ed., 1926.
31 El perfil del Estado-providencia o prestador de toda clase de servicios públicos resulta gráficamente
comprensible, recordando la descripción que nos ofrece JORDANA DE POZAS (en «El problema de los fi-
nes...», cit., en loc. cit., p. 17): «Hace ya bastantes años, SIDNEY WEBB (el fundador de la Fabian So-
ciety y de la London School of Economics) solía evocar ante sus alumnos de régimen local, entre los que
me conté, la vida cotidiana de un habitante de Birmingham u otra ciudad semejante de Inglaterra. John
Smith —nos decía WeBB— se despierta en la vivienda que le ha proporcionado el Municipio por las cam-
panas del reloj, municipal. Enciende la luz eléctrica de la fábrica municipal, hace su aseo con el agua del
abastecimiento municipal, calentada con el gas de la fábrica municipalizada. En la calle, naturalmente
municipal, toma el tranvía o el autobús municipal. Gracias a la policía municipal llega seguramente a
su oficina. Smith comerá posiblemente en un restaurante municipal, leerá los periódicos o revistas de una
biblioteca pública, contemplará las obras de arte de un museo municipal, practicará el deporte en un par-
que municipal, consumirá alimentos conservados en las cámaras frigoríficas municipales y distribuidos
en los mercados municipales o tal vez en las expendedurías reguladoras del mismo carácter. Si no pertene-
ce a la clase bastante pudiente de la ciudad será asistido y hospitalizado en los establecimientos y por
los facultativos municipales, y allí dará a luz su mujer. Cuando se encuentre sin trabajo acudirá a la ofici-
na municipal de colocación. Y habrá realizado sus estudios en las escuelas municipales. Un día, como
todos los humanos, John Smith morirá y, después de la inscripción en el registro municipal, será llevado
por el servicio fúnebre municipal al cementerio municipal».
Otras referencias al proceso de transformación del Estado abstencionista en el «Estado de bienestar»
(Welfare State), en LeGaz LACAMBRA, Administración y Sociedad, 1964.
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 15
del legalismo formal eran suficientes para que la idea de Derecho quedase a salvo
en el Estado del siglo XIX, ahora, cuando la barrera entre Estado y sociedad se ha
venido abajo, sólo la vinculación administrativa a los principios jurídicos materiales
—como quiere FORSTHOFF— puede legitimar que se pueda seguir admitiendo la
vigencia del Estado de Derecho”.
Se trata de saber ahora hasta qué punto la nueva Administración pública supone
un peligro para la libertad, supuesto que, siendo ésta una de las ideas básicas del
Estado de Derecho, su desaparición muy bien podría acarrear el definitivo hundi-
miento de aquél *.
En relación con este tema, pueden adoptarse, y de hecho se han adoptado, las
siguientes posturas:
a) En primer lugar, cabe una actitud de radical desprecio hacia los valores que
la libertad entraña. La libertad es entonces un valor político cuya única virtud ope-
rativa ha consistido en provocar los graves desajustes sociales y económicos que
conocemos desde el siglo XIX. Las condiciones económico-sociales del mundo actual
exigen un definitivo arrinconamiento de la libertad y su sustitución por un sistema
adecuado de seguridad social ?*.
b) Frente a la anterior, hay un sector de la doctrina que deplora el indiscutible
atentado que para la libertad de los ciudadanos supone el nuevo concepto de la Ad-
ministración pública. Hasta tal punto se concibe como peligrosa la nueva forma de
injerencia estatal, que se llega a diagnosticar una auténtica crisis de las esencias jurí-
dicas; en una palabra, un «declinar del Derecho» *.
32 «La ciencia del Derecho administrativo —dice FORSTHOFF— tiene, pues, plenos motivos para desen-
tenderse de aquella concepción técnica del Estado de Derecho según la cual la garantía del Derecho se
hallaba suficientemente asegurada a la vista de la estructura específica de tal Estado: división de poderes,
derechos fundamentales y principio de la legalidad administrativa. Sin despreciar estos expedientes técnico-
jurídicos, la ciencia del Derecho administrativo tendrá que admitir también como cometido del Estado
la realización del Derecho en cuanto realización de los principios básicos de la justicia, que, necesaria-
mente, no tienen que estar vinculados al texto de la ley. Y ello no sólo como una exigencia político-jurídica,
pues sin tal vinculación a los principios superiores, una configuración tan amplia como la que ha de llevar
a cabo el Estado moderno, tiene que desembocar necesariamente en la arbitrariedad. Siendo esto así, toda
la Administración se halla penetrada por el Derecho, y no es legítimo concebirla vinculada jurídicamente
tan sólo en los medios y en los límites» (Lehrbuch des Verwaltungsrechts, 2.* ed., 1951, p. 16).
33 GARRIDO FALLa, Las transformaciones..., cit., pp. 30 y ss. La cuestión es fundamental: «Si una
autoridad pública no tendiera a asegurar la vida, la libertad, la tranquilidad de los ciudadanos, por mu-
chas otras cosas que realizara, fracasaría en la sustancia misma de su objetivo» (Papa Pío XII, en su
radiomensaje de 10 de noviembre de 1956). Cfr. sobre el tema, BOQUERA, Derecho administrativo y so-
cialización, Madrid, 1965.
J. MESSNER (Etica social, política y económica a la luz del Derecho natural, trad. esp. de Rialp) enu-
mera los siguientes derechos naturales del hombre: 1), libertad de conciencia; 2), libertad de practicar
la religión; 3), el derecho a la propia vida; 4), el derecho a la inviolabilidad de la persona, y 5), el derecho
al matrimonio y a la familia.
34 La fórmula de esta postura se condena en la famosa frase de LENIN: «Libertad, ¿para qué?».
35 Es característico representante de esta postura RIPERT: «... sin duda, los espíritus críticos denun-
cian la mala redacción de las leyes, la confusión de poderes, los conflictos de jurisdicción, lo arbitrario
de las decisiones. Pero no se quiere denunciar la fuente misma de este mal: el exceso de la reglamentación.
En todo caso, si se está en presencia de un mal necesario no hace falta alegrarse de ello como de un pro-
76 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
greso del Derecho. ¡Qué ilusión de progreso el crecimiento cuantitativo de la reglamentación legal! Esta-
mos tomando la contrapartida de la idea revolucionaria. Nuestros grandes abuelos tenían la creencia de
que algunos principios podían bastar para conducir a los hombres. Nosotros tenemos la ilusión de que
la multiplicidad de las leyes y la minuciosa reglamentación son compatibles con la libertad...; la sociedad
se divide en dos clases de hombres: una, que trabaja y obedece; otra que vigila y manda. La segunda
no es más dichosa que la primera, pero vive a sus expensas. Un tal régimen no es sólo afrentosamente
costoso. Tiene el inconveniente peor de crear una clase de funcionarios, cuya única ocupación consiste
en impedir la acción útil, no por mala voluntad, sino porque deben exigir la obediencia estricta a los im-
perativos que reglan enteramente la vida del hombre. Es entonces el reino de una burocracia que impone
formalidades innumerables. Una vez creada se mantiene por su propia fuerza y las formalidades subsis-
ten más allá del tiempo en que fueron útiles» (Le déclin du droit, París, 1949, pp. 92 y ss.).
36 Los razonamientos de MANNHEIN son de un realismo y de una lógica indudable: «La defensa
corriente de la libertad, la democracia y la cultura la podemos definir como ideológica, porque la discu-
sión generalmente termina mostrando que la libertad es mejor que la sujeción, que la autodeterminación
es mejor que la dictadura y la cultura espontánea mejor que la censura de la propia expresión. Ningún
hombre razonable negará esto mientras la discusión se plantee en forma abstracta. Pero al autor le parece
esto una victoria demasiado fácil. No se trata ahora de que una forma abstracta de libertad sea mejor
que una forma abstracta de sujeción. El problema consiste más bien en descubrir qué cambios de estruc-
tura han conducido, en las diferentes naciones, a la caída del tipo de libertad, cultura y democracia, do-
minantes en el siglo xIx. La situación desastrosa en que nos encontramos no puede ser diagnosticada,
ni mucho menos remediada, sólo con repetir los clásicos argumentos liberales, con su sociología relativa-
mente rudimentaria y aplicando análisis que servirán sólo para un grado anterior de desarrollo social y
para una estructura enteramente distinta». (Libertady planificación, trad. esp., Méjico, 1946, p. 15).
37 La cuestión está en que a veces resulta dudoso saber cuándo estos límites han sido violados. Es
el caso del conflicto que se planteó en Inglaterra durante la etapa laborista, al discutirse el control de
la mano de obra y, especialmente, una norma que sujetaba al minero a la mina hasta los cincuenta años,
no permitiéndole otro margen de libertad profesional que el de pasar de una mina a otra. La discusión
teórica de estas cuestiones puede verse en BEACcHAM («Nationalization in Theory and practice», en The
Quarteley Journal of Economics, LXIV, 4 noviembre 1950, pp. 550 y ss.), y MAzzIoTTI («Libertá e so-
cialismo nell-attuale diritto pubblico inglese», en Rasegna di diritto pubblico, V. 2 y 3-4, pp. 167 y ss.
y 306 y ss.), y en el estudio de FUEYO ALVAREZ, especialmente dedicado al comentario de los que se aca-
ban de citar, «La nacionalización como instrumento socialista y el sistema de libertades»,
en Revista de
Administración Pública, núm. 3, septiembre-diciembre, 1950, pp. 271 y ss.
El intento de superar la antítesis intervencionismo-libertad constituye un tópico en la literatura reciente.
La reunión de la Academia americana de Ciencias Políticas de abril de 1950 (Proceedings
of the Academy
of Political Science, vol. XXIV, mayo, 1950, núm. 1), estuvo dedicado al tema de la libertad
frente a
un Estado cada vez más absorbente («Freedom and the expanding State»). La necesidad de
limitar la
libertad encuentra su apoyo teórico en los clásicos escritos del propio BurKE. Hoy nadie
puede negar esto.
ADMINISTRACION PUBLICA Y DERECHO 77
que se deri-
El profesor R. K. CARR —primer comunicante en la citada reunión— niega el planteamiento
el que da títu-
va de un notable libro de T. S. CORWIN (Liberty against Government, 1948), para afirmar
del Derecho
lo a su propia comunicación: «Liberty under government». Vid. A. NIETO, «La vocación
en Rev. Adm. Púb., núm. 76, enero-abril, 1975, pp. 9 y ss.
administrativo de nuestro tiempo»,
CAPITULO III
ADMINISTRACION Y DERECHO:
EL REGIMEN ADMINISTRATIVO
SUMARIO: 1. Los modos de sumisión del Estado al Derecho: A) La doctrina del Fisco. B) El rule of law.
C) El régimen administrativo.—2. El régimen administrativo continental: A) El sistema francés. B) El
sistema alemán. C) El sistema italiano. D) El sistema belga. E) Portugal.—3. Las peculiaridades del régi-
men administrativo español.—4. El régimen administrativo soviético.
La doctrina del Fisco fue una construcción de los juristas de tiempos del Estado-
policía, que hizo posible el sometimiento a Derecho de parte de la actividad estatal.
Su fundamento fue la consideración de que en ciertas ocasiones los actos del Estado
no se diferenciaban en absoluto de los que hubiera podido realizar un particular.
Como consecuencia, se distinguió una actividad privada estatal junto a los actos de
poder, estimándose que no había ninguna razón para que aquélla no fuese sometida
al mismo régimen de los actos particulares. Se arbitró entonces el procedimiento téc-
nico de referir todos esos actos estatales de carácter privado a una persona jurídica,
el Fisco, que para responder de ellos, podía incluso ser llevada a los Tribunales. El
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 79
Fisco —como decía O. MAYER '— no representaba sino un lado del Estado; pero
este lado se reconocía y configuraba como persona moral mucho antes que, para
todo el resto de su existencia, se concediese tal cualidad al Estado. La doctrina del
Fisco consigue así un fin que, de otra forma, se hubiese considerado disparatado:
llevar al Estado a los Tribunales.
La admisión del Fisco suponía, pues, de una parte, la existencia de ciertos actos
emanantes del Poder público al margen del Derecho; de otra, ciertos actos estatales
a los que era aplicable el Derecho civil. ¿Cómo determinar prácticamente la distin-
ción? Lo característico del Estado es el empleo de la fuerza, su actuación mediante
mandatos; pues bien, cuando esto no ocurre es porque ha obrado el Fisco y es apli-
cable el Derecho civil?. Más tarde, incluso cuando el Estado-Poder fue sometido al
Derecho, la doctrina no ha sabido siempre desprenderse de esa tradición del Fisco,
incurriéndose por algunos en la innecesaria teoría de la «doble personalidad jurídica
del Estado».
Pero, como apunta MAYER, las consecuencias de la doctrina del Fisco no se con-
traen a lo anterior. Lo difícil no es encontrar aplicación al Derecho civil en los casos
en que el Estado compra, vende o se obliga. La construcción maravillosa de la época
estribó en saber encontrar fórmulas civiles para momentos en que el Estado manda-
ba, bien que sus mandatos tuviesen repercusión pecuniaria. Eso lo hizo posible, sin
faltar a la lógica, la doctrina del Fisco, pues sobre éste —y no sobre el Estado—
hacía recaer los efectos de tales mandatos. Así, el Estado expropiaba al propietario,
pero al mismo tiempo se imponía al Fisco la carga de indemnizar con dinero; o cobraba
dos veces una contribución, y entonces se permitía accionar condictio indebitis con-
tra el Fisco. En resumen, cada vez que el Estado, con su poder, impone al individuo
un sacrificio especial, el Fisco, en virtud de una regla general del Derecho civil, deviene
deudor de una justa indemnización, para cuyo pago se le puede emplazar ante un
Tribunal civil? He aquí, pues, cómo con esta doctrina se logró la sumisión al De-
recho de una parte importante de los actos del Estado.
B) EL RULE OF LAW
Durante el siglo XIX no puede decirse que el súbdito inglés viviese en un régimen
de «policía». Tampoco sería afortunado hablar para tal época de la sumisión de la
Corona británica a lo que nosotros entendemos por Derecho público. La situación
ha sido caracterizada, por el contrario, con una expresión equívoca popularizada
por DICEY y que contrasta con las propias observaciones de este autor sobre el sis-
tema administrativo francés: el rule of law (imperio de la ley).
Como puede verse, la expresión en sí no ilustra demasiado, ya que la legalidad
administrativa, es decir, el imperio de la ley es también el principio cardinal sobre
C) EL RÉGIMEN ADMINISTRATIVO
4 DiCEY, Introduction to the Study of the Law of the Constitution, 3.* ed., 1889, p. 310.
3 El propio desarrollo de un régimen administrativo, con su consiguiente Derecho, en los países an-
elosajones, prueba el aserto del texto.
6 Précis de Droit adm. et Droit pub., 11.* ed., 1927, p. 3.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 8l
mos quedado en una etapa de Administración judicial bajo el imperio de la ley común,
hay que admitir que en sus orígenes el Derecho administrativo es especial ?.
La evolución del Derecho administrativo hasta nuestros días, debida en una gran
parte a la jurisprudencia del Conseil d'Etat, nos ilustra suficientemente de cómo se
ha producido este milagro de que la Administración, dejando de ser arbitraria, no
haya caído, empero, en las mallas de la ley común. De verdadero prodigio debe ser
calificada esta sutilísima labor de dar a cada uno lo suyo —al interés público y al
privado— realizada por la jurisprudencia. El resultado ha sido la construcción de
este imponente sistema del Derecho administrativo, informado por principios propios.
Frente al sistema típico de los países anglosajones, los países del Continente eu-
ropeo actualmente inspirados en las ideas del Estado de Derecho se caracterizan por
responder a la concepción del «régimen administrativo» que hemos dejado aludido.
El ejemplo más acabado lo constituye Francia, pues no debe olvidarse que, en sus
orígenes, el régimen administrativo es una concepción francesa; bajo su influencia
han surgido otros sistemas nacionales del Derecho administrativo, entre los cuales
debe comprenderse el español.
A) EL SISTEMA FRANCÉS
7 Esto es algo tan evidente que sólo así se explica que LABAND negase carácter jurídico al llamado
reglamento administrativo. El contempla, en efecto, reglamentos de servicios dictados, muchos de ellos,
en tiempos del Estado de policía y ajenos a toda preocupación jurídica. El Estado de Derecho ha venido
cabalmente a juridizar de tal modo lo administrativo que, después de él, estos mismos reglamentos van
a adquirir relevancia en el campo del Derecho.
8 A. DE LAURADERE, Traité élémentaire de Droit administratif, 1953, pp. 25 y ss.
9 Précis de Droit administratif et de Droit public, 11.* ed., 1927, pp. 34 y ss.
82 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
-
10 HAURIOU, Op. Cit., p. 10.
Rasgo fundamental del régimen administrativo es, en todo caso, que la fiscalización de la legalidad
de la actividad administrativa se realiza mediante órganos jurisdiccionales (Tribunales ordinarios, espe-
ciales o Consejo de Estado). Este rasgo es común, por lo demás, al régimen anglosajón. Queda por ello
la duda acerca de sus posibilidades reales de llevar a cabo rigurosamente su papel fiscalizador. En otra
parte hemos puesto de relieve que lo característico de la legislación moderna es el número cada vez mayor
de «normas de acción», cuya contextura hace difícilmente fiscalizable sus infracciones utilizando recur-
sos jurisdiccionales («La Administración y la Ley», en Rev. Ad. Púb., núm. 6, 151): sólo el propio Poder
legislativo podría, con conocimiento de causa, juzgar convenientemente tal función. Por eso, resulta con-
veniente recordar aquí la curiosa institución del Ombudsman, propia del parlamentarismo nórdico y que
tiene por misión fiscalizar la actuación de los funcionarios administrativos —y, en cierto sentido, de los
jueces— con independencia absoluta de criterio, aunque con dependencia orgánica del Parlamento que
realiza su nombramiento y revocación. Cfr. BOQUERA, Derecho administrativo y socialización, Madrid,
1965, pp. 109 y ss. y la bibliografía allí citada. La Parliamentary Commisioner Act, de 1967, ha estableci-
do en Gran Bretaña el cargo similar de Comisario parlamentario para la Administración. En España la
Constitución de 1978 ha creado la figura del Defensor del Pueblo (art. 54) como Alto Comisionado de
las Cortes para defender los derechos constitucionales de los ciudadanos frente a la actividad de la Admi-
nistración (Ley Orgánica 3/1981, de 6 de abril, sobre el Defensor del Pueblo).
11 «En verdad, el derecho de equidad inglés no es un Derecho administrativo, pero tiene su origen
en la prerrogativa del Poder público y ha sido hecho por el juez (judge made law), como nuestro Derecho
administrativo lo ha sido por la jurisprudencia del Consejo de Estado. En ambos casos, un trabajo análo-
go se ha desarrollado con el transcurso del tiempo; la prerrogativa exclusivamente arbitraria al principio,
se ha limitado espontáneamente a reglas que ella misma ha creado y ha dado nacimiento a un Derecho
de equidad muy superior, en ciertos puntos, al Derecho común, que, en todos los casos, se superpone
a éste, viniendo a determinar una aplicación final del imperio del derecho». (HAURIOU, Op. Cit., pp. 34
y 35). En cambio, esta nota no es común al Derecho administrativo español. Vid. nuestro trabajo Dos
métodos en el estudio de la Administración pública, Sevilla, 1961.
Para un examen de los caracteres del sistema francés, AUBY y DRAGO, Traité de contentieux adminis-
tratif, 3 vols., París, 1962.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 83
12 De LAUBADERE, Op. Cif., p. 286. Sobre la reforma de la Ley 31 dic. 1987, vid. GARCÍA DE ENTE-
RRÍA, «La crisis del contencioso-administrativo francés: el fin de un paradigma», en R.E.D.A., núm. 58,
1988 (y la continuación en el núm. 60 de R.E.D.A.).
84 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
B) EL SISTEMA ALEMÁN
Alemania debe clasificarse entre los países con régimen administrativo. No obs-
tante, si tomamos como prototipo de este régimen el francés, la comparación da lu-
gar a que aparezcan algunas peculiaridades del sistema alemán, que se refieren, tanto
a los principios sustanciales en que el Derecho administrativo se informa, como a la
importante cuestión orgánica de la jurisdicción contencioso-administrativa.
Desde el punto de vista sustancial, el Derecho administrativo en Alemania es
también un Derecho excepcional frente al común o civil, inspirado en principios
propios, y que da lugar a instituciones semejantes a las que conoce el Derecho ad-
ministrativo francés. La importancia de éste es tanto más notable si se tiene en
cuenta que la obra doctrinal que más ha pesado en los últimos años para la cons-
trucción del Derecho administrativo alemán —el Derecho administrativo alemán,
de OTTO MAYER, publicado a fines del siglo xIx'"— está inspirado casi íntegramente
por los mismos principios manejados por la literatura jurídico-administrativa fran-
cesa. Es posible que O. MAYER, demasiado obsesionado por el patrón francés, no
acertase a subrayar debidamente otras peculiaridades del Derecho alemán. En este
sentido, al menos, se dirigen las críticas de E. KAUFMANN”*, para quien ciertos con-
ceptos básicos del Derecho administrativo francés (como, por ejemplo, los de do-
minio público y obras públicas) han faltado tradicionalmente en el Derecho admi-
nistrativo alemán. Por otra parte, según el propio autor, la inspiración misma de
ambos Derechos administrativos responde a concepciones antagónicas, pues, mien-
tras el concepto clave del Derecho administrativo francés es el service public; en
cambio, en Derecho alemán lo es el de offentliche Gewalt (Poder público)". Este
argumento no es, sin embargo, definitivo y tiene más valor teórico que práctico,
pues no debe olvidarse que en la propia Francia, y con vistas, por tanto, a interpre-
tar el Derecho administrativo francés, han podido formularse las antagónicas con-
cepciones de DuGurT y HAURIOU, respectivamente inspiradas en las propias ideas
de «Servicio público» y «Poder público».
b) Por lo que se refiere a la existencia de una jurisdicción contencioso-admi-
nistrativa, el sistema alemán también responde al principio de especialización de los
Tribunales administrativos, que parece ser nota común en los países de régimen ad-
ministrativo. Esta jurisdicción ha estado influida por los sucesos que han caracteri-
zado la vida alemana en los últimos años, por lo que únicamente puede ser com-
prendida distinguiendo las diversas etapas de su evolución:
a”) La Constitución de Weimar de 1919 obligaba en su artículo 107, tanto al
Estado Federal (Reich) como a los Estados federales (Lánder), a establecer Tribuna-
C) EL SISTEMA ITALIANO
des o en que las mismas no hayan sido utilizadas de acuerdo con el fin para que fueron concedidas».
Así se dice en la citada Ordenanza núm. 165 del Gobierno británico de ocupación en relación con estos
puntos. Vid. M. SCHINDLER, «Judicial review of administrative Acts in Germany», en The British Jour-
nal of Administrative Law, julio 1956, pp. 113 y ss.
21 Vid. C. H. Ue, Verwaltungsprozessrecht, Munich y Berlín, 1960; en castellano, el resumen de A.
NIETO, «Nueva ordenación de la jurisdicción contencioso-administrativa en la República Federal Alema-
na», en Rev. Administración Pública, núm. 31, 1960, pp. 353 y ss. Por lo que se refiere a las relaciones
entre jurisdicción administrativa y la ordinaria, vid. FROMONT, La repartition des compétence entre les
tribunaux civil et administratif en Droit allemand, París, 1960.
22 Corso di diritto amministrativo, vol. 1, 5.* ed., 1947, p. 33. V. BACHELET, La giustizia amminis-
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 87
trativa nella Costituzione italiana, 1966; G. RoEHRssEN, La Giustizia amministrativa in Italia, Roma,
1984; M. S. GIANNI y otros, «La giustizia amministrativa oggi», sep. de Riv. Amm. della Repp. Ita-
liana, noviembre 1984; Niro, Giustizia amministrativa, 1983.
23 Vid. una original exposición de la demarcación de competencias entre ambas jurisdicciones, a
base de la noción de causa petendi, en GUICCIARD1I, Giustizia amministrativa, 2.* ed., 1943, pp. 57 y ss.
También, GIANNINI, La giustizia amministrativa, 1959. La Constitución italiana tutela el interés legítimo
en su artículo 24, mientras que el artículo 113 configura la jurisdicción general de legitimidad como jui-
cio de impugnación de actos. e
2% GIUCCIARDI, Op. cif., p. 59; Lessona, «La ejecución de sentencias y decisiones en la Justicia admi-
nistrativa italiana», en Revista de Administración Pública, núm. 13, 1954, pp. 103 y ss.; C. CHINCHILLA,
«La ejecución de Sentencias en el Derecho italiano: el giudizio di ottemperanza», en R.E.D.A., núm. 59,
1988, pp. 427 y ss.
88 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
D) EL SISTEMA BELGA
Resulta paradójico que un país tan próximo a la cultura francesa como Bélgica
no pueda ser clasificado entre los países de régimen administrativo puro. Antes
bien, el sistema belga se ha asemejado en ciertos aspectos —al menos hasta el año
1946— al inglés, dando lugar a un ejemplo de ordenamiento jurídico intermedio”.
Quizá la explicación se encuentre en que la Constitución belga de 1831, sucesiva a
la liberación respecto de Francia, se dicta en una época de apogeo del liberalismo
enemigo de los Consejos de Estado. Se unían así ideas doctrinales y nacionalistas
para rechazar la institución del Consejo de Estado y la posibilidad de toda juris-
dicción administrativa”.
De aquí, por tanto, que surgiese un sistema cuyas notas fundamentales podían
resumirse así:
*% Para la explicación del sistema clásico en Bélgica, vid Wonon, Le contróle jurisdictionnel de l'ad-
ministration et la responsabilité des services publics en Belgique, Bruxelles, 1920.
* Esta es la interpretación del Marqués de las Marismas, en «La institución del Consejo de Estado
en la actualidad», en Rev. Admón. Púb., núm. 1, enero-abril 1950, p. 21.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 89
E) PORTUGAL
Incluso los actos de las Corporaciones locales son también inmediatamente ejecutivos, según se
dice en el artículo 361 de la Ley de Régimen Local (Texto refundido de 24 de junio de 1955), no mo-
dificado por la Ley 7/1985, de Bases de régimen local).
Vid. un examen más detenido de las peculiaridades del régimen español en GarripO FALLA, «Les ca-
ractéres spécifiques du droit administratif espagnol», en Rev. Intern. des Sciences Administratives, 1956,
núm. 2, pp. 13 a 31. Su condición de Poder jurídico es consecuente con la función que le atribuye el ar-
tículo 103.1 de la Constitución.
* El Decreto-ley de 4 de agosto de 1952 facultó a los gobernadores para imponer penas de prisión
hasta de quince días a quienes no pagasen las multas impuestas en el ejercicio de sus funciones. Vid.
sobre el tema, vol. II, cap. 2.” del título V y su derogación por el artículo 25.3 de la Constitución.
* Por ejemplo, el artículo 6.* de la Ley de 20 de diciembre de 1952, sobre la defensa de los montes
públicos contra los siniestros, faculta al Ministerio de Agricultura a tomar, de oficio, las necesarias me-
didas de prevención. Y, en general, artículo 102 de la Ley de Procedimiento administrativo y artículo 104.
* Piénsese en el procedimiento de apremio previsto en el Estatuto de la Recaudación de 29 de di-
ciembre de 1948 y en los antiguos Tribunales de Contrabando. Pero la Constitución en su artículo 25.3
prohíbe a la Administración «imponer sanciones que directa o subsidiariamente impliquen privación de
libertad».
* La Administración, incluso la local, tiene la facultad de recuperar la posesión de sus propios bie-
nes [art. 82, a) de la Ley de Bases de Régimen Local 7/1985] y de ocupar por vía administrativa los in-
muebles que adquiere, en virtud de expropiación forzosa (art. 51 de la Ley de 16 de diciembre de 1954).
En cambio, los particulares no pueden hacer uso de interdictos contra la Administración más que en el
supuesto excepcional del artículo 125 de la Ley de Expropiación Forzosa, y de acuerdo con el principio
que se sienta en el artículo 103 de la Ley de Procedimiento administrativo.
* Pues en estos casos los Tribunales no pueden ordenar el embargo de los caudales públicos.
* El Tribunal Supremo ha declarado que a través de los conceptos de «orden público» y de «con-
vivencia social» no pueden las autoridades gubernativas dirimir diferencias de criterio entre particula-
res, para cuya misión están los Tribunales (sentencia Sala 4.* de 4 de febrero de 1964).
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 91
Uno de los fenómenos históricos más importantes del siglo xx ha tenido lugar
desde que apareció la anterior edición de este libro: la disolución de la Unión So-
viética y del sistema jurídico-político que la sustentaba. Pienso, sin embargo, que
todavía son importantes (y me atrevería a decir que conservan cierta vigencia) las
huellas de su larga permanencia y que no resulta inútil mantener su exposición, si-
quiera como recuerdo histórico y punto de referencia comparativa.
Según el valor entendido que aquí estamos dando a la expresión, el régimen ad-
ministrativo se nos aparece como una forma de sumisión de la actividad adminis-
1 La Ley de 27 de diciembre de 1956 dio un paso definitivo en cuanto se refiere al total encuadra-
miento del contencioso-administrativo dentro del marco del Poder judicial. No obstante, esta jurisdic-
ción no puede confundirse con los Tribunales ordinarios. La Ley de 1894 estableció un sistema mixto,
que sigue presente en la vigente Ley, no obstante la expresa declaración que en el preámbulo de ésta se
hace del carácter judicialista de la misma. No obstante, nos remitimos a la matización que sobre estos
extremos se contienen en nuestro trabajo «La evolución del recurso contencioso-administrativo en Es-
paña», en Rev. Adm. Púb., núm. 55, 1968, pp. 9 y ss. La nueva organización que se cita en el texto es
la establecida en la Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judicial. ;
% La Ley de 17 de julio de 1948 ha sido derogada y sustituida por la Ley Orgánica de 18 de mayo
de 1987 sobre Conflictos jurisdiccionales. pr
2 Por lo que se refiere a las Administraciones locales, el principio había sido introducido en el De-
recho positivo en la Ley de Bases de 17 de julio de 1945. Actualmente está desarrollado en los artícu-
los 405 y siguientes de la Ley de Régimen Local que en esta materia continúa vigente.
Vid. GarriDO FaLLa, «Civil liability of the Administration in Spain», en The British Journal of Ad-
ministrative Law, julio 1956, pp. 121 y ss.
92 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
trativa al Derecho. Para saber ahora hasta qué punto se pueden utilizar estas mis-
mas ideas referidas al sistema soviético, resulta necesario que precisemos, siquiera
sea someramente, las peculiaridades que en dicho sistema presentaban los concep-
tos de Derecho y Administración.
A) Sabido es que el mito de la sociedad comunista comporta la disolución de
la idea de Derecho que vendrá a ser sustituida por unas normas de conducta habi-
tuales en todos los miembros de la sociedad comunista e inspiradas en el principio
fundamental «a cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades».
Ahora bien, tal situación será el resultado de una etapa evolutiva durante la cual la
construcción del comunismo se ve forzada a una lucha en dos frentes: para elimi-
nar las premisas económicas y culturales internas creadas por la anterior sociedad
capitalista y para hacer desaparecer, en el terreno internacional, a los países impe-
rialistas*. Pues bien, en tanto tales condiciones no se hayan logrado, el Derecho
puede convertirse cabalmente —y éste era su significado en el régimen soviético—
en el instrumento coactivo y para lograr la construcción de la sociedad comunista.
ALEXANDROV define así el Derecho socialista como «un conjunto de normas (reglas
de conducta) que expresan la voluntad, encauzada por el partido comunista, de la
clase obrera y de los trabajadores que éste dirige, voluntad cuyo contenido viene
determinado, en última instancia, por las condiciones de su vida material»*.
La vinculación, pues, del Derecho a una idea superior de Justicia —como es la
constante en la tradición jurídica occidental— falta aquí por completo. Es éste el
primer dato que debe subrayarse a los efectos del tema que nos preocupa.
La referida concepción objetiva del Derecho se manifiesta también, claro está,
en la idea del derecho subjetivo. Difícilmente podría hablarse aquí de un repertorio
de derechos individuales que dimane de consideraciones ajenas a las del papel que
el ciudadano ha de desempeñar en la sociedad comunista, según siempre la inter-
pretación del partido. Los teóricos del sistema se apresuran a subrayar el aspecto
positivo de la cuestión: en un sistema de democracia popular no puede hablarse de
oposición ni de colisión de derechos entre la Administración y los individuos, pues
unos y otros son servidores del bien social”.
B) Por lo que se refiere al concepto de Administración pública, es evidente
que las tendencias actuales favorables a una potenciación del papel de la Adminis-
tración en el juego de los poderes del Estado se manifiestan muy particularmente
N.G. ALEXANDROV y Otros, Teoría del Estado y del Derecho, trad. española, Méjico, 1962, p. 208.
* Op. cit., p. 186. Este autor considera que «son una calumnia las afirmaciones de ciertos ideólogos
de la burguesía cuando niegan la existencia de un orden jurídico en los países socialistas, por el hecho
de que sus leyes vienen determinadas y dirigidas arbitrariamente por la política del partido comunista y
no están supeditadas a ningún principio firme». ALEXANDROV cree contestar a tal objeción afirmando:
«La realidad es que tanto los fundamentos de la política del Partido como los principios básicos del De-
recho socialista vienen determinados por las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad socialista» (op.
cit., p. 187).
* CASTAGNE, «Le défenseur de l'interét social dans la procédure administrative non contentieuse de
la République populaire de Pologne», en Rev. Droit Publ., 1963, núm. 2, p. 179. No se ha subrayado de-
bidamente la sustancial identidad entre esta concepción de los derechos subjetivos y la elaborada por la
literatura alemana de la etapa nacional-socialista. Fue entonces cuando el concepto de derecho subjetivo
fue sustituido por el de «situación jurídica» (Rechtsstellung) del individuo en el Estado; la situación in-
dividual puede encontrarse eventualmente protegida por el Ordenamiento jurídico objetivo, pero, en cual-
quier caso, se consideraba inconcebible un litigio entre Estado e individuo en el que éste se limitase a ha-
cer valer sus propios derechos (cfr. T. Maunz, Neues Grundlagen des Verwaltungsrecht, 1934, p. 28).
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ADMINISTRATIVO 93
% Mac CLoskY y TURNER, La dictadura soviética, trad. esp. vol. II, Madrid, pp. 425 y 426. Tam-
bién en esta materia se produce un desacuerdo entre el ideal de la utopía comunista y la realidad de la
—xya quizá demasiado larga— etapa de transición. LenIN afirmó que «el Poder soviético es un nuevo
tipo de Estado en el que no hay burocracia, policía ni ejército regular». De momento, sin embargo, es-
tos parecen ser los factores básicos del régimen soviético.
“4 En el prólogo a la primera edición de este Tratado, nos hemos preocupado de subrayar hasta qué
punto una concepción del Derecho puramente instrumental puede poner en peligro la idea misma del
Estado de Derecho y, por consiguiente, del Derecho administrativo.
15 ALEXANDROV afirma que la legalidad socialista es un régimen que consiste en lo siguiente: 1.* To-
das las funciones estatales del Poder (tanto en el sector administrativo como en el judicial) se basan en
el cumplimiento exacto y estricto de las leyes que expresan la voluntad del pueblo trabajador; 2.”, el
exacto cumplimiento de las leyes afecta sin excepción a todos los ciudadanos y funcionarios, y 3.*, un
riguroso control de las leyes que exigen la extirpación de raíz de todas las infracciones, quienquiera que
las cometa (op. cit., p. 215).
6 LOEBER, «La prokuratura soviética y los derechos del individuo hacia el Estado», en Rev. de la
Comisión Internacional de Juristas, La Haya, otoño 1957, pp. 63 y ss. Cfr. BoqueRa, Derecho admi-
nistrativo y socialización, Madrid, 1965, pp. 115 y ss. La institución se ha extendido a otros países so-
cialistas: J. CasTaGNÉ (en loc. cit.) nos dice que en Polonia la figura del Procurador general surgió con
la Ley de 20 de julio de 1950, consagrándose después por la Constitución de 1952. Vid. Monb y SPIE-
GLER, «Control político de la Administración en la URSS y en los países socialistas europeos», en Rev.
Española de la Opinión Pública, núm. 7, 1967, pp. 25 y ss. En forma análoga, la Constitución de la Re-
pública Democrática alemana, de 9 de abril de 1968, dice en su art. 97: «Para asegurar el orden socia-
94 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
lista de la sociedad y del Estado y los derechos de los ciudadanos, la Fiscalía del Estado (Staatsan-
waltschaft), en virtud de las leyes y demás disposiciones jurídicas de la República democrática alemana,
velará por la estricta observancia de la legalidad socialista y protegerá a los ciudadanos contra toda vio-
lación de la Ley.» De acuerdo con el art. 104, los particulares podrán dirigir quejas ante el Consejo de
Ministros y el Consejo de Estado.
1 BOQUERA (en Derecho administrativo y socialización, cit., pp. 170 y ss.), inspirándose tanto en el
ejemplo de la Prokuratura soviética como del Ombusdsman escandinavo sugiere la conveniencia de que
se establezca una institución análoga dependiente de las Cortes y cuya finalidad fuera precisamente la
de fiscalizar la legalidad de la actuación administrativa en aquellos casos en que no haya lesión inme-
diata de ser tomada en consideración a la vista, sobre todo, del incremento de las llamadas «normas de
acción». En nuestro trabajo «La Administración y la Ley» (en Rev. Admón. Púb., núm. 6, 1951) seña-
lábamos precisamente la imposibilidad en que se encontraban los Tribunales de la Jurisdicción Conten-
cioso-administrativa de fiscalizar el cumplimiento de este tipo de leyes. La Parliamentary Commisioner
Act, de 1967, ha establecido en Gran Bretaña el cargo de Comisario parlamentario para la Administra-
ción para investigar la actuación desarrollada por cualquier Departamento ministerial o autoridad, en
materias no susceptibles de recurso jurisdiccional (vid. infra, cap. siguiente). En Francia, la Ley 73-6,
de 3 de enero de 1973, ha instituido la figura del «médiateur», para «servir de intermediario entre los
ciudadanos y el poder». Vid. P. VERRIER, «Le médiateur», en Rev. Dr. pub. et de la Sc. polit., julio-
agosto 1973, pp. 941 y ss. La Constitución de 1978 ha establecido la institución del Defensor del Pue-
blo en su art. 54; precepto que ha sido desarrollado por la Ley Orgánica 3/1981, de 6 de abril.
CAPITULO IV
ADMINISTRACION Y DERECHO:
EL REGIMEN ANGLOSAJON
A) LA SITUACIÓN TRADICIONAL
Durante la primera mitad del siglo XIX (precisamente mientras en Francia se per-
fecciona el régimen administrativo) en Inglaterra se vive de la ideología de dos gran-
des pensadores individualistas: BENTHAM, en el campo del Derecho, y ADAM SMITH,
en el de la economía. Por lo demás, la situación fáctica se caracteriza por una serie
de notas, entre las que, como más peculiares, hay que consignar las siguientes:
1.2 Falta casi absoluta de una burocracia.—Cuando los tratadistas clásicos del
Derecho constitucional inglés estudiaban las magistraturas o cargos públicos del reino,
solían dividirlas, como hacía BLACKSTONE, en supremas (entre las que se incluían,
por ejemplo, el Parlamento y el Rey) y subordinadas (entre las que estaban los vigi-
lantes de caminos, los sheriffs, intendentes de la Ley de pobres, etc.). En ninguno
l Introduction to the Study of the Law of the Constitution. La 3.* ed., que.es la que hemos mane-
jado, es de 1889. F ; ; se :
96 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
de ambos miembros de la clasificación tenían cabida, sin embargo, los más impor-
tantes cargos del Estado, como eran el lord de la Tesorería, el lord Chambelan o
los secretarios de Estado, que, insólitamente, no tenían existencia propia en el siste-
ma legal inglés. Refiriéndose a ellas, decía MAITLAND: «Eran muy importantes per-
sonas, tal vez las más importantes, pero eran desconocidas por la Ley, que, en últi-
mo término, las consideraba consejeros del rey, en uso de su prerrogativa»?.
2.? Falta de una centralización administrativa.—Durante varios siglos la regla
característica del régimen inglés es que todas o casi todas las funciones típicas del
gobierno interior (mantenimiento del orden público, protección de los ciudadanos,
protección de los intereses comunes...) constituían el contenido del local government,
que pudo ser definido por REDLICH como «el cumplimiento por los habitantes de
las localidades o por sus representantes elegidos de las funciones y poderes de que
ellos han sido investidos por el legislador o les pertenecen según el Common Law»?.
Las especiales competencias de dicho Gobierno local y la autonomía en la forma
de ejercerlas dio lugar a la configuración del selfeovernment como nota característica
del sistema inglés*. Supone que la vinculación entre las corporaciones locales y el
Gobierno central no es de tipo jerárquico (como en el Continente europeo), sino a
través del Parlamento. REDLICH advirtió cómo tal vinculación se constituye por la
doble corriente existente entre lo local y el centro: de una parte, es el Parlamento
el que dicta las normas que obligan a todas las corporaciones locales (pues el se/fgo-
vernment supone siempre el imperio de la ley), pero, por otra, el Parlamento está
constituido cabalmente por las representaciones locales*.
De esta forma, no debe extrañar que en determinadas épocas la centralización
fuese considerada por los ingleses como un intento contrario a los hábitos y costum-
bres del país *.
3.? La Administración se realizaba por los jueces y por el Parlamento.—Antes,
2 F. V. MAITLAND, The constitutional history of England, pp. 415 y ss. Citado por MURILLO FERROL,
en «El régimen jurídico de la Administración inglesa», Revista de Administración Pública, núm. 1, enero-
abril 1950, p. 45. Junto a este excelente trabajo de MURILLO debe tenerse en cuenta, en lengua castella-
na, el de GONZÁLEZ GARCÍA, Desviaciones políticas en la Gran Bretaña, discurso para la apertura del curso
académico 1946-1947 en la Universidad de Valladolid. Vid. también nuestro libro Administración indi-
recta del Estado y descentralización funcional, Madrid, 1950, pp. 43 a 65.
En relación con el problema de la burocracia, se recuerda por CARR (en Concerning English Admi-
nistrative Law, 1941, p. 9) que cuando la entonces reina Victoria quiso conocer el sentido del vocablo
burocracy, pudo asegurarle lord PALMERSTON que se refería a un fenómeno exclusivamente continental,
desconocido en Inglaterra.
Sobre las impresionantes transformaciones que las organizaciones del Gobierno inglés ha sufrido en
los últimos tiempos, debe verse British government since 1918, tercera reimpresión, de 1957, así como
la obra colectiva dirigida por CHESTER y WILSON, The organization of british governement 1914-1956,
London, 1957. H. W. R. WaDE, Derecho administrativo, trad. de M. BAENA, Madrid, 1971
3 J. REDLICH, Le gouvernement local en Angleterre, trad. fr., 1911, t. Ep: 3
4 El más clásico estudio sobre la materia está constituido por la obra de R. GNEIST, La constitution
communale de l”Angleterre. Son histoire, son état actuel. Ou le selfgouvernement, trad. fr., 1879, cinco
tomos.
5 REDLICH, Op. cit. y loc. cit.
6 Un obispo anglicano denunciaba en 1836 «... el vicio de la legislación moderna, llamada centrali-
zación, una palabra no más extraña a nuestro lenguaje que su práctica a nuestros hábitos y sentimien-
tos».
El proceso centralizador de los últimos tiempos se estudió por J. H. WARREN, Local government, en
British government..., cit., pp. 193 y ss. En nuestra literatura, vid. ENTRENA CUESTA, Los movimientos
centralizadores en Inglaterra, Madrid, 1960.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ANGLOSAJON
97
B) LA INTERPRETACIÓN DE DICEY
7 El hecho de que durante tres siglos —del xvi al xix— gran parte del Gobierno local del país estu-
viese en manos de los jueces de paz, hizo necesario establecer una distinción entre los actos judiciales
realizados dentro de la función judicial y los actos administrativos de carácter no judicial, si se había
de evitar que el sistema degenerase en una cruel tiranía (W. A. ROBSON, Justice and administrative Law,
3.* ed., London, 1951, p. 51).
8 J. A. MARAvaLL, Los Reglamentos de las Cámaras legislativas y el sistema de Comisiones, Madrid,
1947, pp. 116 y ss.; FRAGA IRIBARNE, El Parlamento británico, Madrid, 1961.
9 DicEy, Introduction..., cit., pp. 303 y 304.
10 Op. cit., pp. 307 a 318.
98 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Desde que JENNINGS publicó en 1933 su libro The law and the Constitution, en
el que se contiene la afirmación de que «el rule of law fue siempre una doctrina polí-
tica y no tuvo validez luego que la Constitución rechazó el concepto de orden público,
para sustituirlo por el de servicio público», no han faltado los ataques sistemáticos
a la vieja tesis de DICEY. Así, ROBSON somete a revisión las tres notas que, en opi-
nión de DICEY, caracterizaban el rule of law. Ni puede negarse la existencia de
poderes discrecionales en manos del Gobierno, ni es cierto que todas las reglas del
Derecho constitucional inglés tengan precisamente su fuente en «los derechos del in-
dividuo tal como han sido definidos y aplicados por los Tribunales». Pero, sobre
todo, lo que resulta notoriamente insostenible para ROBSON es la afirmación de que
Administración y particulares están sometidos igualmente al Derecho común del país,
aplicado por los Tribunales ordinarios *?.
La crítica de ROBSON se apoya, sin duda alguna, en las propias instituciones del
Derecho inglés. Basta el examen de alguna de ellas para que se comprenda que la
afirmación de DICEY no pudo hacerse nunca tan categóricamente como él la for-
mulara. Basta el ejemplo de lo que sucede en materia contractual y en materia de
responsabilidad.
Es muy posible que DICEY hubiese caracterizado el contrato administrativo como
una creación «arbitraria» del régimen continental. Sin embargo, no sospechó que
las prerrogativas que en este régimen tiene la Administración que contrata resultan
apenas sensibles comparadas con las de la Corona de Inglaterra. Es posible que esto
se deba al hecho de que, careciendo el Derecho público inglés de la noción de Estado
como persona jurídica, es la Corona la que aparece como sujeto en las relaciones
contractuales y de responsabilidad, con las consiguientes «limitaciones» que la capa-
cidad jurídica de la misma tiene. Mas, cualquiera que sea la explicación, el hecho
que interesa constatar es el de la falta de garantías con que tropieza el particular que
contrata con la Corona, se trate o no de un contrato relativo a la relación de servicio
de los funcionarios públicos.
En efecto, en relación con el contrato que liga al funcionario con la Corona se
han planteado estas tres cuestiones fundamentales: 1.? Si el funcionario posee algún
recurso contra su destitución. 2.? Si tiene algún recurso contra una decisión del Go-
bierno que acuerde reducirle su paga, y 3.*? Si la tiene para reclamar los haberes atra-
sados '*. Las tres han sido resueltas por la jurisprudencia inglesa en sentido negativo.
En relación con la primera, porque se entiende que en todo contrato va implícita
la cláusula de que la Corona se reserva el derecho a destituir discrecionalmente al
13 ROBSON, Justice and administrative law, 3.* ed., 1951, pp. 438 y ss.
Por su parte, GRIFFITH y STREET (en Principles of administrative law, 1952, p. 4) señalan cómo el
error de DIcEY al interpretar el «droit administratif» fue doble: en primer lugar, equivocó la idea respec-
to del papel que en Francia tenía la jurisdicción contencioso-administrativa; en segundo lugar, al contraer
su examen a aquella parte del Derecho administrativo relativo a los recursos, dio al término «administra-
tive law» en Inglaterra una similar interpretación restringida. Con ser esto importante, el Derecho admi-
nistrativo es bastante más.
Un estudio comparativo sobre las prerrogativas de la Administración, en LEFEBURE, Le pouvoir d'ac-
tion unilatérale de |"Administration en droit anglais et francais, 1961.
14 GLANVILLE L. WILLIAMS, Crown procedings, 1948, pp. 62 y ss.
100 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
funcionario, y esto incluso si el contrato dice lo contrario, pues se entiende que tal
facultad forma parte de la prerrogativa de la Corona: la Corona es, pues, jurídica-
mente incapaz para enajenarla '*. Con respecto al problema de la reducción de la
paga, tal prerrogativa es una consecuencia lógica de la anterior, pues si la Corona
puede destituir, también podrá ofrecer la continuación del contrato con una paga
inferior, pudiendo en estos casos el funcionario abandonar el servicio (o sea, negarse
a la prórroga del contrato) sin temor a ser perseguido, a su vez, por incumplimien-
to '?. Finalmente, por lo que se refiere a la facultad de negarse a abonar las pagas
atrasadas, se admite que es facultad de la Corona, al menos en relación con los fun-
cionarios militares. En cambio, parece que no sea éste el caso de los funcionarios
civiles '”.
Por lo demás, cuanto se acaba de decir no es sino la consecuencia de un principio
general válido para la interpretación de cualquier contrato en que intervenga la
Corona: el principio de que la Corona no puede obligarse en detrimento de su liber-
tad de acción gubernamental '*. Añádase a lo anterior que todo contrato de la
Corona está, además, condicionado a que el Parlamento vote los créditos necesarios
para su ejecución.
Análoga falta de garantías puede deducirse en relación con el tema de la respon-
sabilidad de la Corona. Con anterioridad a 1947 (fecha en que se aprueba la Crown
proceedings Act) regía el principio que se expresa con el axioma: The King can do
not wrong (el rey no puede causar daño), lo que conducía necesariamente a la irres-
ponsabilidad de la Corona. Bien es cierto que, de acuerdo con el Derecho común,
15 Op. cit., p. 63. La postura jurisprudencial ha sido claramente marcada a partir de 1944 en el caso
de Rodwel versus Thomas, en la que el juez TUCKER afirmó: «La facultad muestra no solamente que,
prima facie, un funcionario civil puede ser destituido discrecionalmente, sino que el Tribunal desconoce-
rá toda cláusula del contrato que señale expresamente para el empleo un tiempo determinado o que sólo
puede extinguirse en supuestos específicos. El Tribunal considera tal cláusula contractual como un obs-
táculo al derecho de la Corona a destituir en cualquier momento discrecionalmente».
16 Esta solución fue sancionada jurisprudencialmente en el caso Worthington versus Robinson en 1897.
La doctrina entiende que, en relación con los funcionarios militares, la aplicación de esta regla exige algu-
na discusión, pues un miembro de las fuerzas armadas está sometido al Derecho militar, y no puede, por
tanto, abandonar el servicio dentro del plazo por el cual se alistó. Parecería de justicia, por tanto, que
la Corona no pudiera reducirle la paga, ya que se alistó precisamente pensando en una paga determinada
y carece de opción a abandonar el servicio. Sin embargo, ésta no es la situación legal: la Corona puede,
también en estos casos, reducir la paga (G. L. WILLIAMS, Op. cit., p. 69).
17 También es ésta una consecuencia de lo que se ha explicado en la nota anterior. Si la Corona pue-
de reducir la paga a los funcionarios militares para el futuro, sin permitirles el abandono del servicio,
lo mismo da que tal reducción se verifique de hecho dejando de pagar ciertos atrasos. Pero para los fun-
cionarios civiles la lógica del argumento es diferente, puesto que éstos conservan su libertad de negarse
a continuar el contrato cuando la paga sea reducida (op. cit., p. 7).
18 El principio fue formulado por el juez ROWLATT en el Amphitrite case, en 1922 (WILLIAMS, op.
cit., p. 9). La descripción de este caso, que hacemos a continuación, la tomamos de LAwson («Le droit
administratif anglais», en Revue Internationale de Droit Comparé, julio-septiembre 1951, pp. 417-18).
Durante la guerra de 1914, los navíos que se atrevían a transportar mineral de hierro de Suecia a Gran
Bretaña eran cada vez más raros. Por consecuencia, el ministro británico en Estocolmo prometió a una
Sociedad de armadores suecos que si alguno de sus navíos iban a Inglaterra con cargamento de mineral
de hierro se le permitiría volver libremente a Suecia. No obstante esta promesa, el Gobierno británico
detuvo a uno de los navíos durante algún tiempo, por lo que la Sociedad sueca interpuso acción (petition
of right), exigiendo responsabilidades por incumplimiento de contrato. No obstante, el juez ROWLATT
entendió que-no pudo surgir una obligación contractual que trababa la acción de la Corona. LAwson
deduce de aquí el principio general de que «la autoridad a la que se confía un poder discrecional es inca-
paz de impedirse, por vía contractual, el ejercer tal poder».
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ANGLOSAJON 101
19 Cuando la Corona estimaba, dadas las circunstancias del caso, que debía asumir por sí la respon-
sabilidad, intentaba un arreglo directo con el reclamante, y, si esto fallaba, defendía —como si ella fuese
la demandada— la posición en juicio del funcionario, pagándole, en casos de sentencia condenatoria,
los daños y las costas. >
20 Op. cit., pp. 17 y 18. Con todo, como dice LAwSON (en op. cit., p. 416), es posible que esta situa-
ción no hubiese sido modificada en 1947, a no ser por un desgraciado hecho que tuvo lugar después de
la segunda guerra mundial. Un campo de minas, que durante la última guerra había sido colocado cerca
de Liverpool, había ido perdiendo las señales que advertían del peligro, a causa de la arena acumulada
por el viento. Unos muchachos que jugaban en las inmediaciones se introdujeron inadvertidamente a recoger
una pelota y uno de ellos resultó muerto y los otros dos gravemente heridos. Para hacer posible la acción
de responsabilidad, la Corona designó —según el uso frecuente— a uno de sus funcionarios para que
desempeñase el papel de demandado. Mas cuando el asunto llegó en apelación a la Cámara de los Lores,
éstos se encontraron ante una dificultad insuperable, puesto que únicamente podría considerar responsa-
ble al ocupante del inmueble donde el accidente se había producido, y como ocupante del inmueble no apa-
recía el funcionario, sino la propia Corona. El dogma The King can do not wrong hacía imposible satisfacer
la reclamación. Esto dio lugar a la reforma legislativa, que es amplísima, de la Crown proceeding Act.
21 Law in the making, ed. 1951. Vid. del propio ALLEN, Law and orders. An inquiry into the nature
and scope of delegated legislation and executive powers in english law, 3.* ed., London, 1965.
22 La voz de alarma contra las nuevas corrientes la dio en 1929 lord HEwART con su libro 7he new
despotism, que dio lugar a que se nombrase una Comisión (Committee on Minister"s Powers) para estu-
diar el problema de la extensión de los poderes administrativos. El informe de esta Comisión (en 1932)
fue considerado como un intento de conciliar el nuevo estado de cosas con el rule of law a lo DICEY.
El propio LAwSON (en Op. cit., pp. 412 y ss.) continúa fiel al pensamiento tradicional inglés acerca
del Droit administratif. Según él, «mientras que las materias regladas por el Derecho administrativo son
naturalmente diferentes de las que regla al Derecho privado, no existe distinción de principio entre los
102 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
poderes que posee un funcionario en virtud de una ley y los que posee un patrono respecto de sus emplea-
dos en virtud de un contrato de trabajo. Incluso para el hombre de la calle el ejercicio de un poder público
aparece sobre el mismo plano que el ejercicio de un poder creado por un acto de Derecho privado». Igual-
mente, C. J. HAMSON señala cómo el Derecho administrativo francés (al menos en cuanto exige un
contencioso-administrativo en manos del Consejo de Estado) contradice la idea misma de la separación
de poderes tal como está aceptada en Inglaterra, pues supone sustraer al administrador, en tanto que
administrador, a la competencia del juez ordinario, en tanto que juez («Vues anglais sur le Conseil d'Etat
francais», en Revue de Droit Public, septiembre-octubre 1956, p. 1050). En castellano puede consultarse
CHESTER, «Tendencias recientes en el Gobierno central británico», en Revista de Estudios Políticos, nú-
mero 90.
23 TIxIER, Le contróle judiciaire de l'Administration anglaise, París, 1954, pp. 74 y ss.
24 A la vista de estas facultades, ha podido exclamar DE VisscHER: «En el siglo xx, la Administra-
ción es todavía, como en sus orígenes, el jardín secreto de la Corona».
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ANGLOSAJON 103
cias Opuestas que en Francia”. Por tanto, es el Tribunal Supremo de Justicia (Su-
preme Court of Judicature), integrado a su vez por la Hight Court of Justice y por
la Court of Appeal, quien entiende de las demandas contra la Administración. Igual-
mente, funciona como la más alta jurisdicción en Inglaterra, Gales, Ulster y Esco-
cia, la Cámara de los Lores (House of Lords), constituida en Tribunal de Justicia,
y el Privy Council, que desde 1840 (y sobre todo hasta el Estatuto de Westminster,
de 1931) es el órgano competente de apelación para los litigios resueltos por las res-
pectivas jurisdicciones supremas de las colonias británicas y de los Dominios *.
Debe observarse que, dada su posición, los Tribunales ingleses disponen de la
posibilidad —a demanda de los particulares— de dirigir órdenes o mandatos (writs)
a las autoridades administrativas con el fin de revisar su actuación. Estos writs reci-
ben las siguientes denominaciones: habeas corpus, quo warranto (suprimido en 1938),
mandamus, prohibition, certiorari y declaration.
25 Es característico del sistema inglés la fuerte posición que en el mismo ocupa la judicatura. Pode-
res que la mentalidad inglesa no ha tolerado tradicionalmente en manos de gobernantes, se admiten, sin
embargo, sin escándalo, a favor de los jueces. Valga, como ejemplo, el propio relato que se contiene en
el trabajo de HaAmsoN (loc. cit., p. 1052). Un juez inglés, en el ejercicio de sus funciones, encontraba
dificultades en oír a los testigos por consecuencia de las maniobras que realizaban unos aviones militares
pertenecientes a un campo de aviación próximo. El juez suspendió la audiencia y ordenó, para el día siguiente,
la comparecencia del comandante del campo de aviación. Una vez que se hubo presentado, le explicó
las molestias que le causaba el ruido de los aviones, y le pidió que éstos permaneciesen en el suelo. El
comandante, ligeramente sorprendido, le respondió que él no hacía sino cumplir las órdenes que había
recibido del Ministerio de la Guerra para la realización de tales vuelos; mas el juez le replicó que tales
órdenes le traían sin cuidado, y que lo único cierto era que el ruido de los aviones le impedía administrar
justicia, por lo que le prevenía que si tal situación continuaba se vería obligado a tomar contra su persona
las medidas que estimase pertinentes. El hecho es —declara HAmson— que los aviones dejaron de volar.
Los poderes de los Tribunales ingleses tienen realmente pocos límites, como se puso de manifiesto
por consecuencia del asunto «Vasalli» condenado por espionaje en 22 de octubre de 1962. Un tribunal
requirió a un periodista del Daily Sketch para que revelase las fuentes de información, en relación con
tal asunto, que le habían servido para redactar un artículo aparecido en tal periódico. El periodista se
negó alegando secreto profesional, lo que dio lugar a que fuese condenado por contempt of Court. Posi-
blemente ni el secreto de confesión podría oponerse a un Tribunal inglés. Comentando esta decisión, BA-
RATIER ha podido afirmar («La procédure de Contempt of Court», en Rev. Droit Pub., marzo-abril, 1963,
p. 206) que los jueces de Su Majestad disponen de un poder cuya extensión no han llegado a calibrar
los propios ingleses. «El common law y sus intérpretes son un poder dentro del Estado».
MAx WEBER puso de relieve que el proceso de racionalización que ha supuesto la burocratización del
Estado moderno tuvo también su impacto en la actuación de los tribunales. Empero, la burocratización
(o racionalización) de la justicia no se produjo en Inglaterra (donde no se recibe el Derecho romano) por
causa principalmente de dos factores que se le opusieron: de una parte, el gremio de los abogados del
cual se elegían los jueces; de otra, el capitalismo naciente. El capitalismo pudo compaginarse con una
justicia en manos de honoratiores «porque el modo de la organización judicial y de los procedimientos
procesales equivalió hasta la época moderna a denegar la justicia a los económicamente débiles» (Econo-
mía y Sociedad, trad. esp., Méjico, vol. II, 1964, pp. 732 a 734).
La cuestión de los «Tribunales administrativos» volvió a tomar actualidad en Inglaterra con motivo
de la presentación al Parlamento el 15 de julio de 1957 del informe elaborado por el Franks Committee
en relación con el tema. Se conciben aquí los Tribunales administrativos más como instrumentos creados
por el Parlamento para resolver imparcialmente conflictos que como partes integrantes del mecanismo
administrativo, por lo que su actuación debe estar presidida por los mismos principios que inspiran los
procedimientos judiciales. El informe reconoce que estos Tribunales ofrecen ciertas ventajas sobre los
judiciales (economía, rapidez, tecnicidad, ausencia de formalismos...), pero cuando no existan razones
muy especiales defiende en principio la competencia genérica de los Tribunales ordinarios (cfr. LÓPEZ
RoDó, Justicia y Administración en el Reino Unido, conferencia para inauguración del curso 1957-58
en el Instituto de Estudios Jurídicos, Madrid, 1958, pp. 23 y ss.).
26 Los últimos países sometidos a la jurisdicción del Privy Council, fueron Australia, Africa del Sur
y Ceilán. Así, en 1950 dicho organismo ha declarado la inconstitucionalidad de una ley australiana ten-
dente a nacionalizar los Bancos.
104 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
3.2 Los actos de las autoridades administrativas inglesas pueden impugnarse por
alguno de los siguientes motivos: a) Por ultra vires, noción semejante a la que entra-
ña el recurso «por exceso de poder» del Derecho administrativo francés y que impli-
ca, tanto la violación de la letra de la ley o de una sentencia anterior, como la desvia-
ción de poder. b) Por violación de la «justicia natural» (natural justice), noción que
abarca la infracción de ciertas reglas, como la de la competencia, la de la imparciali-
dad del juzgador o la de la audiencia de las partes (audi alteram partem), y c) Por
infracción del criterio de la racionalidad (rule of reasonnableness), que supone una
brecha en el uso de los poderes administrativos discrecionales, que nunca podrán
utilizarse «irracionalmente» ”.
4.? La responsabilidad de la Corona es efectiva desde 1947. La aprobación de
la Crown proceedings Act sujeta a la Corona a responsabilidad por daños como si
fuese persona mayor de edad y con capacidad jurídica, en los siguientes casos: 1.*
Con respecto a los daños cometidos por sus funcionarios o agentes. 2. Respecto
a la infracción de aquellos deberes que, según el Derecho común, tiene todo patrono
para con sus sirvientes o agentes, y 3.? Respecto a la infracción de los deberes que,
según el Derecho común, tiene toda persona por razón de dominio, ocupación,
posesión u otra forma de control sobre la propiedad ?.
Estas reglas no son, en cambio, aplicables a las autoridades ni funcionarios de
las entidades locales, ni a las de las grandes corporaciones y empresas nacionaliza-
das, puesto que ninguna de éstas estaban amparadas por el privilegio de la irrespon-
sabilidad que, antes de 1947, cubría a la Corona ”.
5.? Como un sistema complementario de control, la Parliamentary Commisio-
ner Act, de 1967, ha establecido el cargo de Comisario parlamentario para la Admi-
nistración * que podrá investigar la actuación desarrollada por cualquier Departa-
mento ministerial o autoridad a petición de cualquier miembro de la Cámara de los
Comunes que, a su vez, haya recibido reclamación por escrito de un particular ale-
gando haber recibido agravio por consecuencia de un acto de mala administración
(maladministration). En principio, la investigación no debe abrirse en relación con
aquellas actuaciones respecto de las que la persona agraviada haya podido recurrir
ante un Tribunal de Justicia; sin embargo, queda a salvo la facultad de investigar
cuando el Comisario entienda que no es razonable esperar que el agraviado acuda
a los Tribunales.
El Comisario actúa con poderes cuasi-judiciales en cuanto a la tramitación del
procedimiento, hasta el punto de que la obstrucción a su labor puede ser penada
como «desacato al Tribunal» (contempt of Court), y concluye su misión con un in-
forme que remitirá al superior jerárquico del funcionario en cuestión y, si aprecia
injusticia en la actuación administrativa, a ambas Cámaras del Parlamento.
31 HaroLD V. BoIsveRrT, «Control by central Government in the United States and Gread Britain», en
The British Journal of Administrative Law, julio 1956, pp. 107 y 108.
2 «La conception anglo-américane du Droit administratif», en Mélanges, HaurIour, 1929, pp. 337
y ss.: F. MORTEIN Marx, «Quelques caractéristiques du Droit administratif aux Etats-Unis», en Le Con-
seil d'Etat, Livre jubilaire, pp. 673 a 689.
% La natural repugnancia contra la atribución de facultades discrecionales en manos del Poder eje-
cutivo se supera con argumentos como los que maneja CHarLES C. THacH [en «The inadequacies of the
rule of law», en Essais on the law and practice of Governmental Administration (escritos en honor de
Goopnow), Baltimore, 1935, p. 277]: «Imaginemos —dice este autor— que se aprueba una ley de ca-
rácter asistencial en la que se ordena que todo hombre físicamente capaz que desee trabajar, pero que
no encuentre empleo, tiene derecho a percibir un subsidio en metálico; encomendándose la ejecución de
esta ley a un organismo especial de asistencia pública. Evidentemente, los términos «físicamente capaz»,
«que desee trabajar», «que no encuentre trabajo», etc., requieren un ulterior desarrollo reglamentario a
cargo precisamente de dicho organismo. Los reglamentos establecerán, tan minuciosamente como sea po-
sible, los pormenores de la ejecución para que los funcionarios que la apliquen conozcan a qué atenerse.
Ahora bien, si tales reglas guardan una razonable correspondencia con las normas empleadas en la ley, re-
sultará prácticamente imposible impugnarlas con éxito ante un Tribunal de Justicia. La sola garantía de su
discreción, salvo en casos extremos, está así en la competencia del director del organismo ejecutor, cues-
tión que, normalmente, sólo será determinada por el Poder ejecutivo. Para el supuesto de que, como con-
secuencia de una impugnación ante los Tribunales, éstos llegasen a sustituir por el suyo propio el criterio
106 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
administrativo acerca del verdadero sentido de las normas de la Ley, ¿qué se gana realmente con ello?
¿No es evidente que de esta forma sólo se logra la sustitución de una opinión informada por otra falta
de información?».
34 ANDRÉ y SUZANNE TUNC, Le systeme constitutionnel des Etats Unis d'Amerique, t. 11, 1954, pp.
443 y ss.
35 La falta de facultades del Presidente para separar discrecionalmente a los funcionarios de estas Co-
misiones ha sido declarada por el Tribunal Supremo americano, con motivo del caso «Humpherey”s Exe-
cutor», en 1935.
36 Las más importantes de estas poderosas Comisiones son, en el plano federal, las nueve siguientes:
Interstate Commerce Comm., Federal Power Comm., Federal Trade Comm., U. S. Maritime Comm.,
Securities and Exchange Comm., Federal Communication Comm., Civil Aeronauties Board, Federal Re-
serve Board y National Labor Relations Board.
Al nacimiento de la primera de las Comisiones enumeradas hay que ligar —según SCHWARTZ (Le Droit
administratif américane, París, 1952, pp. 28 y ss.)— el origen del Derecho administrativo norteamerica-
no. Dicha Comisión fue creada por la Interstate Commerce Act de 1887, con el fin de intervenir en mate-
ria de comercio y transportes interfederales. Pero la debilidad del sistema consistía en que los acuerdos
de esta Comisión no eran ejecutorios: para su ejecución había que dirigirse a un Tribunal federal. Ocu-
rría, además, que los Tribunales trataban de disminuir sus poderes. Por eso hubo de dictarse la Hepburn
Act de 1906, que dotó a la Comisión de nuevos poderes y, particularmente, de fuerza ejecutoria para
sus decisiones, sin perjuicio de que éstas fuesen luego impugnadas ante los Tribunales. Todavía la ley
de Transportes de 1920 invistió a la Comisión del cometido de garantizar un transporte adecuado, de
controlar la emisión de valores de los ff. cc. y de fijar las tarifas máximas y mínimas de estos transportes.
Esta Comisión ha servido de modelo a otras posteriores. A su vista, pudo decir ELIHN RoorT, en 1916.
«... Hay una parte de la evolución del Derecho que resulta manifiestamente inevitable. Llegamos a la creación
de un sistema de Derecho administrativo completamente diferente, en su organización, medios y garan-
tías necesarias, a los antiguos métodos de reglamentación por leyes particulares aplicadas por los Tribu-
nales». Ni que decir tiene que esta evolución se agigantó con la crisis económica de 1929.
Las grandes corporaciones del Gobierno han venido a erigirse no sólo en la palanca del intervencionis-
mo estatal, sino en las fundamentales piezas reguladoras de la economía del país. Antes de la segunda
guerra mundial se creó la Tenessee Valley Authority (1933) para la explotación de las riquezas hidroeléc-
tricas del valle del río Tennessee, pero después de la guerra el papel preponderante lo han asumido orga-
nismos dirigidos a la investigación. El proyecto Manhattan, para la bomba atómica, llegó a reunir unos
7.000 técnicos y científicos. La Ley MacMahon creó la Atomic Energy Commission (1946), que traspasó
a los civiles la competencia en programas nucleares. En fin, la National Aeronautic and Space Act
(N.A.S.A.), de 1958, para los programas espaciales, creó un organismo que en 1967 ha llegado a disponer
de créditos por valor de 343.000 millones de pesetas.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ANGLOSAJON 107
que significaban una quiebra en la centralización del Poder ejecutivo) o por los ene-
migos del régimen administrativo ”. Lo cierto es que los propios americanos hablan
ya de un Derecho administrativo, cuyos rasgos fundamentales son los que se resu-
men a continuación ?:
a) Los servicios y actividades de interés público están sometidos a reglamenta-
ción administrativa. —En Norteamérica, según SCHWARTZ, resulta inútil buscar un
concepto equivalente al de servicio público, verdadero eje alrededor del cual ha gira-
do el Derecho administrativo francés. Pero debe observarse que prácticamente se
vive en una situación muy parecida a como si efectivamente tal concepto existiese.
Desde luego, es poco frecuente que en los Estados Unidos la Administración gestio-
ne directamente los servicios de utilidad pública; generalmente esto corre a cargo de
empresas privadas. Ahora bien, dada la condición de public utilities de estas empre-
sas, actúan sometidas a una reglamentación administrativa que asegura, desde el punto
de vista del interés público, su buen funcionamiento. La consecuencia es que estas
empresas se encuentran de hecho en una situación muy semejante a nuestro conce-
sionario de servicios públicos, si bien a tal situación de analogía se ha llegado par-
tiendo de bases antagónicas ?”.
37 Debe recordarse que el Presidente Roosevelt trató de canalizar contra la Comisión las objeciones
de contradicción e incoherencia que se dirigían globalmente contra el Poder ejecutivo, y a ese fin nombró
en 1937 el Committee on Administrative Management. Por su parte, la American Bar Association consti-
tuyó en 1933 un Comité para estudiar el problema general del Administrative Law, que se consideraba
una consecuencia de la constitución de las Comisiones. Este Comité criticó, sobre todo, los poderes juris-
diccionales atribuidos a las mismas, en cuyo ejercicio se prescindía de las reglas procesales habituales.
A este fin se preparó el proyecto de la ley Walter-Logan, que fue votado por el Congreso de 1940, pero
que no se convirtió en ley porque el Presidente de los Estados Unidos hizo uso de su derecho de veto.
A los efectos de que se comprenda el fondo de la polémica planteada, destacamos de la motivación de
dicho voto el siguiente párrafo: «Un gran número de abogados prefieren el noble ritual de los Tribunales,
en el que ellos tienen el papel principal, al simple procedimiento de las audiencias administrativas, que
el cliente puede comprender e incluso participar en ellas. Un gran número de entre ellos prefiere que la
decisión dependa de un juego hábil de reglas técnicas de la prueba, en las que sólo ellos son expertos,
bien que siempre estén en desacuerdo. Un gran número de ellos prefieren aún distinguir los precedentes
y escamotear las decisiones importantes más que observar con realismo el valor de las pretensiones del
cliente. Desde hace años, estos abogados capitanean el ataque contra las competencias jurisdiccionales
administrativas..., mas el corazón mismo de una administración moderna reformista es el Tribunal admi-
nistrativo. Desde entonces, los intereses poderosos que desean escapar a todo control han visto muy bien
que podían golpear el corazón de la moderna reforma haciendo impotente al Tribunal administrativo que
les aplica el Derecho, con lo que hubiesen, efectivamente, destruido la reforma misma».
Como observa TRISTÁN BoscH (en El procedimiento administrativo en los Estados Unidos de Améri-
ca, Montevideo, 1953, p. 17), «el de la amplitud con que debe ser mantenida la facultad de revisión judi-
cial de los actos de naturaleza jurisdiccional emanados del Poder administrador, constituye el tema del
Derecho administrativo más tratado por los autores norteamericanos en los últimos veinticinco años».
Está claro que entre nosotros, a pesar de nuestro régimen administrativo, cualquiera que mantuviese una
postura análoga sería tachado de arbitrista totalitario y enemigo del Derecho.
38 En la exposición que se hace en el texto seguimos fundamentalmente la ya citada obra de SCHWARTZ.
39 En efecto, en los países europeos de régimen administrativo, el servicio público pertenece origina-
riamente a la titularidad administrativa; para que el particulr lo gestione hace falta un acto de concesión
translativa por parte de la Administración. Así se explica lógicamente la intervención administrativa que
pesa sobre la actividad del concesionario. Por el contrario, en los Estados Unidos se trata de una activi-
dad originariamente lícita al particular, supuesto el principio constitucional de la «libertad de industria
y comercio»; sin embargo, por razones de utilidad pública, puede estar sometida al intervencionismo
administrativo, de donde no podrá realizarse sin una previa licencia y dentro de los límites de una adecua-
da reglamentación: por ejemplo, la Civil Aeronautics Act de 1938 reglamenta el establecimiento por par-
ticulares de líneas aéreas, que no podrán establecerse sin la obtención de una licencia previa (licensing),
que se parece mucho a nuestra concesión.
108 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
a las que tenga que ajustarse el Ejecutivo al dictar los posteriores reglamentos.
Debe subrayarse particularmente que el valor de las normas dictadas en virtud
de esta delegación no es reglamentario, sino de ley %. Pero los peligros a que esto
pudiese conducir se atenúan si se tiene en cuenta que en los Estados Unidos es posi-
ble incluso la fiscalización jurisdiccional (por inconstitucionales) de las leyes.
d) La acción administrativa está sometida a un riguroso procedimiento que afecta
tanto a los actos administrativos concretos como a la elaboración de los reglamen-
tos. —Para muchos hay que encontrar aquí cabalmente el segundo y decisivo paso
en orden a la creación de un Derecho administrativo americano. Las reglas procedi-
mentales se contienen en la Federal Administrative Procedure Act de 1946, que no
es sino la consecuencia de una serie de trabajos que se iniciaron después que el Presi-
dente Roosevelt nombrase la Attorney General's Committee on Administrative Pro-
cedure*. En esta importante ley hay reglas relativas a la publicidad de los actos ad-
ministrativos, al procedimiento reglamentario, al procedimiento para dictar los ac-
tos concretos, así como a la acción contra los actos administrativos ilegales.
a?) En relación con la publicidad de los actos administrativos en general, ha sido
fundamental preocupación de la ley poner remedio al desconocimiento del público
respecto a la estructura administrativa y al Derecho emanado de la Administración
(Órdenes y reglamentos) *. Por consiguiente, y salvo en materias que deban consi-
derarse secretas, se viene a exigir que cada organismo administrativo publique en
el Federal Register una descripción de su organización, de los órganos a los que se
han delegado poderes, de los lugares donde el público puede obtener información
y presentar sus peticiones, del procedimiento a seguir para obtener información sobre
las mismas, de los métodos a través de los cuales se ejercen sus funciones, de la for-
ma a que han de ajustarse las solicitudes y peticiones del público, de los reglamentos
dictados por el organismo, de los fines a seguir por el mismo, de las reglas de inter-
pretación, etcétera. La sanción para la infracción de estas reglas de publicidad es
radical: ningún perjuicio puede seguirse a nadie por aplicación de reglas que no hayan
sido debidamente publicadas. Asimismo, se ordena a la Administración que tenga
a disposición de los interesados todo documento que pueda interesarles o afectarles,
salvo los declarados confidenciales *.
b*) Como señala SCHWARTZ, en los Estados Unidos las discusiones acerca de
43 Es decir, algo análogo a lo que sucede en Derecho inglés con la famosa «cláusula de Enrique VII»
y con nuestros Decretos legislativos.
44 B. SCHWARTZ, «La procedure administrative aux Etats Unis», en Revue Internationale de Droit
Comparé, abril-julio 1951, pp. 251 a 261; VILLAR PALASÍ, «La Federal Administrative procedure Act de
Estados Unidos», en Revista de Administración Pública, núm. 1, enero-abril 1950, pp. 277 y ss.; TRIS-
TÁN BoscH, El procedimiento administrativo en los Estados Unidos de América, Montevideo, 1953; la
bibliografía que en esta obra se contiene, relativa a la ley de procedimiento de 1946, es completísima.
45 A. Tunc y S. Tunc, op. cit., vol. II, p. 470.
46 Estas exigencias de la ley procedimental americana no suponen ninguna novedad desde el punto
de vista de nuestro régimen administrativo. Aquí la materia organizatoria ha sido tradicionalmente trata-
da por leyes y reglamentos, debidamente publicados; el procedimiento a seguir en cada Departamento
ministerial es objeto también de detallada reglamentación, desde la Ley de Bases de procedimiento admi-
nistrativo de 1889, y de los reglamentos que se han dictado para su ejecución hasta la ley vigente; la exi-
gencia de publicidad se sanciona igualmente, de acuerdo con una jurisprudencia que ha tomado su base
en el artículo 1.* del Código civil, con la ineficacia de la norma jurídica no publicada; finalmente, todos
los reglamentos especiales de procedimiento administrativo, así como la ley de 1958, prevén el trámite
de vista a favor de los interesados en un expediente administrativo.
110 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
47 SCHWARTZ, Op. Cit., pp. 72 a 80; TRISTÁN, Op. cif., pp. 73 a 80. Estos trámites no se aplican a los
reglamentos que dictan los Ministerios de Guerra, Marina y Relaciones Exteriores. Algunos trámites se
suprimen también en ciertos casos: así, la publicación previa del proyecto sólo es exigible en los reglamen-
tos sustantivos, quedando excluidos los interpretativos, de orden político, procedimentales y organizato-
rios.
48 En relación con los reglamentos no rige el principio (al menos de modo general: vid., por ejem-
plo, el artículo 32 de la ley sobre las Bolsas de valores) de que la ignorancia de la ley no exime de su
cumplimiento, por lo que los organismos administrativos deben procurar en estos casos la máxima dili-
gencia en la debida difusión de sus normas.
ADMINISTRACION Y DERECHO: EL REGIMEN ANGLOSAJON 111
eso estos recursos se denominan legales); en el segundo caso, puesto que no hay nin-
guna ley especial que establezca recurso, el ciudadano tiene que acudir a los reme-
dios normales del Derecho común, de los cuales los más importantes son la injunc-
tion (mediante la que se pide al juez que dirija una orden a la Administración, prohi-
biéndole ejecutar la decisión ilegal que se impugna) y a la acción declaratoria (por
la que el particular se dirige al Tribunal solicitando que declare cuáles son sus dere-
chos y las recíprocas obligaciones que para la Administración entrañan) *.
f) En materia de responsabilidad, el Derecho norteamericano se caracteriza por
afirmar la del funcionario y por admitir atenuadamente la del Estado.—No obstante,
es necesario que distingamos la evolución de ambos tipos de responsabilidad, pues
mientras la tendencia, por lo que a la responsabilidad de los funcionarios se refiere,
es admitir cada vez más excepciones al principio de la responsabilidad; en cambio,
por contraste, la inicial irresponsabilidad estatal ha sufrido un importante ataque
después de 1946.
a”) La base de partida del sistema americano, tomada del Derecho inglés, es
la de que el funcionario responde, por daños causados con sus actos, de la misma
manera que respondería un particular *. Pero, a más de particular, el funcionario
está encargado de una serie de competencias públicas, por lo que la prudencia que
a todo ciudadano se impone en la realización de sus actos exige aquí también un ejer-
cicio razonable de la función pública. De aquí la consecuencia de que, según el Dere-
cho americano tradicional, un funcionario autor de un acto que se declarase ilegal
por los Tribunales podía ser siempre perseguido judicialmente para reparación de
daños y perjuicios *?.
Ahora bien, pronto se puso de relieve que tal situación sólo era explicable en un
Estado abstencionista, con pocos funcionarios, y cuando la Administración —como
ha señalado ROBSON— estaba en las manos de unas pocas personas importantes,
independientes y ricas que ni siquiera respondían ante los Ministros ni ante Asam-
bleas electivas. Cuando tal situación ha sido completamente superada con el Estado
del siglo XX, a cuyo servicio hay un ejército de funcionarios anónimos y oscuros,
49 SCHWARTZ, Op. Cif., pp. 81 y ss.; TRISTÁN, Op. Cif., pp. 80 y ss.
50 SCHWARTZ, Op. Cit., pp. 140 y ss.; TRISTÁN, Op. cit., pp. 141 y ss.
VILLAR PALAsÍ (en Op. cif., pp. 293), siguiendo a N. Isaacs, señala el siguiente cuadro de recursos:
a) ataque independiente de los actos administrativos. De modo directo (mandamus, prohibition, quo wa-
rranto, certiorari, habeas corpus, injonction, taxpayer'ssuits, procedimentos especiales específicos del or-
ganismo administrativo de que se trate). De modo indirecto: cuando el acto administrativo resulta impug-
nado mediatamente a través de una litis entre dos particulares como cuestión de previo pronunciamiento,
y b) verdadera revisión judicial: casos en que el organismo emitente del acto administrativo solicita del
Tribunal jurisdiccional la confirmación del acto propio, y casos en que la ley o disposición reguladora
del organismo emitente del acto prevé una quasi-apelación o writ of error ante los Tribunales ordinarios.
51 Como se dice, el principio es una herencia del sistema inglés. En 1744 decía el juez lord Mans-
FIELD: «Afirmar ante un Tribunal inglés la proposición monstruosa de que un Gobernador... no es res-
ponsable más que ante Dios y su propia conciencia, que dispone de un poder arbitrario y que puede des-
pojar, incautar o limitar de cualquier otra manera a los súbditos de Su Majestad, tanto en su libertad
como en su propiedad, sin sanción, es una doctrina que no puede ser mantenida».
52 Esta clásica doctrina se declara en toda su extensión en el famoso asunto Miller versus Morton,
decidido por el Tribunal de Massachusetts en 1891. El demandado era en esta ocasión un funcionario
de Sanidad encargado de aplicar una ley sanitaria que ordenaba el sacrificio de los animales afectados
de una determinada enfermedad. El propietario de uno de los caballos sacrificados logró demostrar el
error del sacrificio, puesto que la enfermedad no había existido realmente. La consecuencia fue la conde-
na en daños contra el funcionario (vid. SCHWARTZ, pp. 205 y 206).
112 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
que actúan de acuerdo con las órdenes de sus superiores, el sistema descrito de res-
ponsabilidad tiene que ser revisado. Pero hay más: ocurre que en el propio Derecho
anglosajón había unos funcionarios a los que este principio de responsabilidad no
les era aplicable en absoluto, cuales eran los jueces. No hay límites a la inmunidad
del juez cuando ejerce su función; la protección de que gozan es absoluta. Los prece-
dentes ingleses enseñan que incluso puede insultar o encarcelar a miembros del Jurado,
sin incurrir por ello en responsabilidad *?. El fundamento de esta irresponsabilidad
está, obviamente, en el deseo de afianzar al máximo la independencia de los jueces
y su actuación imparcial sin temor a las consecuencias; pero está claro que estas mis-
mas razones son de tener encuenta en relación con la actuación de la mayor parte
de los funcionarios públicos, sobre todo si se tiene en cuenta el tipo de funciones
de que hoy día está investida la Administración pública. Estas consideraciones han
hecho que los Tribunales americanos hayan tendido finalmente a extender a los fun-
cionarios la inmunidad de que gozan los jueces, lo cual se ha logrado en los dos
supuestos siguientes: 1.2 En relación con los funcionarios administrativos que ejer-
cen funciones de carácter jurisdiccional (judicial powers). 2. En relación con los
funcionarios federales que ejercen competencias discrecionales **. Quedan así a sal-
vo de responsabilidades personales un gran número de funcionarios americanos, lo
que supone un notable correctivo respecto de lo que constituía la tradicional base
de partida en esta materia.
b?) En materia de responsabilidad del Estado, la trayectoria seguida es, cabal-
mente, de signo inverso a la anterior. Aquí la herencia inglesa imponía al Derecho
americano el principio de que el rey no podía causar daños (The King can do not
wrong), siendo un misterio —como muy acertadamente observaba GARNER *— que
tal doctrina haya sido consagrada por los Tribunales de Estados Unidos, donde nun-
ca hubo rey %. Su aplicación se ha extendido incluso a las demandas de responsabi-
lidad dirigidas contra el Estado en materia contractual, si bien, por lo que a este punto
toca, un cierto remedio lo constituyó la creación en 1855 de un Tribunal especial
de reclamaciones (Court of Claims), encargado de decidir de las demandas contra
el Estado cuyo fundamento estaba en un contrato explícito o implícito.
Como se dijo, también en este campo la base de partida inicial ha sufrido recien-
tes modificaciones, al menos en lo que se refiere a la responsabilidad por falta.
En 1946 el Congreso votó la Federal Tort Claims Act, que sienta el principio de que
«los Estados Unidos serán responsables, siempre que haya culpa, de la misma mane-
57 SCHWARTZ, Op. Cit., pp. 221 y ss. Hay que observar que el principio de la responsabilidad del Es-
tado sigue teniendo sus excepciones, las más importantes de las cuales son las siguientes: reclamaciones
relativas a la pérdida de cartas u objetos postales; al reparto o percepción de impuesto y derechos de Aduanas;
a daños causados por la imposición de medidas de cuarentena; a reclamaciones que se produzcan desde
país extranjero; a reclamaciones relativas a las actividades fiscales del Tesoro o a las actividades del Ten-
nessee Valley Authority; a los daños causados por fuerzas militares y navales en tiempos de guerra. Con
todo, la excepción más importante a la ley está constituida por el principio de que los actos dictados para
la aplicación de una ley o un reglamento, o en el ejercicio de poderes discrecionales, no dan lugar a res-
ponsabilidades, salvo que se pruebe que ha habido negligencia por parte del funcionario. Como señala
SCHWARTZ (Op. cit., p. 227), sólo en muy extraños casos un funcionario no actúa en ejecución de una
ley o reglamento o con poderes discrecionales. |
CAPITULO V
EL DERECHO ADMINISTRATIVO
SUMARIO: 1. Concepto del Derecho administrativo: A) Definición. B) Examen de sus notas.—2. Natura-
leza jurídica del Derecho administrativo: A) La distinción del Derecho en público y privado. B) La inva-
sión del Derecho privado por el Derecho público.—3. La actividad administrativa de Derecho privado:
A) La distinción entre los actos de poder y los actos de gestión. B) La distinción en razón del fin persegui-
do por la actividad administrativa. C) Criterios de distinción que se propone. j
A) DEFINICIÓN
| GARRIDO FALLA, «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en Revista de Adminis-
tración Pública, núm. 7, enero-abril 1952, p. 11, y Reflexiones sobre una reconstrucción de los límites
formales del Derecho administrativo español, Madrid, 1982.
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 115
2 Vid. una recepción en España de esta teoría en GARRIDO FaLLa, «La Administración y la Ley»,
en Revista de Administración Pública, núm. 6, 1951.
3 GarripO FALLa, Administración indirecta del Estado y descentralización funcional; Madrid, 1950.
Va de suyo que nuestra definición abarca las relaciones contractuales públicas entre entes públicos. Vid.
ENTRENA, «Consideraciones sobre la teoría general de los contratos de la Administración», en Re». Ad.
Púb., núm. 24, 157, pp. 39 y ss.
116 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
reses, dado, además, que en mayor o menor medida ambos son descubribles en toda
relación jurídica; se ha acudido entonces al criterio más fácilmente constatable, desde
el punto de vista formal, de caracterizar como pública aquella relación jurídica en
la que interviene el Estado u otras personas de Derecho público, pero se ha descu-
bierto a continuación que muchas de las relaciones en que interviene el Estado están
sometidas al Derecho privado; se ha tenido entonces que añadir a lo anterior que
no basta con que el Estado (u otra persona pública) intervenga en la relación, sino
que ha de hacerlo en su calidad de Poder público. Pero entonces otra vez hacemos
entrar el problema en un callejón sin salida, ya que el criterio para determinar cuándo
actúa como Poder público es el que precisamente nos está haciendo falta para dife-
renciar lo público de lo privado. Estimamos, empero, que si empezamos las cosas
desde sus comienzos puede llegarse a una solución. Es lo que haremos seguidamente.
e) Teoría que se propone.—Como ha señalado SÁNCHEZ AGESTA, la distinción
del Derecho en público y en privado tiene un carácter histórico y contingente. Se
quiere decir con esto que, por razón de la materia, es imposible trazar una línea divi-
soria o frontera de validez permanente. No obstante, lo que sí es perfectamente posi-
ble es ofrecer un criterio que nos sirva para saber, en cada momento y lugar, qué
materias están reguladas por normas de Derecho público y cuáles por normas jurídico-
privadas. A nuestro entender, el Derecho público aparece en la medida en que el
Estado interviene en la relación jurídica de que se trate, haciendo de la norma jurí-
dica a aplicar una norma obligatoria (ius cogens)*.
Ahora bien, la simple existencia de normas imperativas que desplazan el ¡us dis-
positivum no nos pone en presencia de Derecho público administrativo. Para que
este fenómeno se produzca es preciso que aparezca en escena el Estado, actuando
justamente a través de sus Órganos administrativos”, dispuesto a tutelar con su
intervención el interés que la norma declara. Esto tiene, además, una consecuencia
orgánica importante, que, como criterio práctico, sirve a la distinción entre el Dere-
cho público y el privado: la obligatoriedad del Derecho privado es declarada por los
Tribunales de justicia siempre que ello sea pedido por el particular; en cambio, la
obligatoriedad del Derecho público es declarada por la Administración, que, de
acuerdo con la expresión de HAURIOU, se convierte así en un Poder jurídico.
El examen de una serie de ejemplos concretos nos va a servir de piedra de toque
para comprobar la bondad de este criterio de distinción:
Ejemplo primero: Ciertas normas del Derecho privado —o, al menos, admitidas
como tales por la mayor parte de los juristas— tienen un evidente carácter imperati-
vo, de ¡us cogens. Ocurre esto con las normas relativas al Derecho de familia y al
hereditario. Piénsese en los preceptos del Código civil relativos a derechos y obliga-
ciones, a la patria potestad, a herederos forzosos o a la legítima. ¿Son, por esta razón,
normas de Derecho público? Desde luego, una cosa podemos afirmar: no son nor-
6 Este criterio de la aparición interventora del Estado es el que acepta RIPERT (en Le déclin du Droit,
1949) como típico del actual proceso de publicización del Derecho.
da Es importantísima esta precisión, ya que la intervención del Estado a través de sus órganos legisla-
tivos o jurisdiccionales no produce, sin más, la publicización del Derecho. Vid. en este sentido la teoría
general de las intervenciones estatales, que, cada uno desde su punto de vista, exponen PRESUTTI y Bon-
NARD y que resumimos en nuestra monografía Las transformaciones del régimen administrativo, 2.* ed.,
1962.
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 119
8 Si frente a esto se alegase que en ciertos casos de inobservancia de las leyes laborales en materia
se
de salarios y despido fuese posible al trabajador acudir como denunciante ante organismos oficiales,
materia.
habría demostrado entonces la existencia de normas jurídico-administrativas en esta
9 Esta parece ser una cuestión de grado.
120 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Supuesto que —como se ha dicho— los límites que separan el Derecho público
del privado no son fijos ni apriorísticos, el conjunto de circunstancias históricas ope-
rantes en cada momento determinado pueden dar indudablemente un carácter diná-
mico a la clásica distinción entre ambos campos del Derecho. Por lo que toca al
momento presente, resulta fácilmente perceptible este movimiento de progresiva
incorporación al Derecho público de sectores antes abandonados por el Estado a la
libre disponibilidad de los particulares.
La doctrina ha puesto de manifiesto cómo la invasión del antiguo campo jurídico-
privado se ha producido a través de unas determinadas técnicas operativas que, de
más a menos, según el grado de intensidad intervencionista que suponen, son las
siguientes: 1.* La anexión pura y simple de un campo de actividad privada al sector
público, como ha ocurrido, por ejemplo, en el caso de las nacionalizaciones. 2.? El
protectorado, que supone el respeto a que una determinada actividad continúe siendo
actividad privada, pero de tal forma vigilada en su actuación, bajo el imperio de
normas administrativas, que puede hablarse de un verdadero protectorado estatal. *
3.* Las limitaciones de policía, que comportan una limitación externa y coactiva de
10 Claro es que la declaración administrativa que como resultado se obtuviese podría servir de base
a una reclamación judicial por exceso de alquileres indebidamente cobrados por el propietario de la casa.
Vid. sobre estas cuestiones GARRIDO FALLA, «La fiscalización contenciosa de las calificaciones adminis-
trativas sobre viviendas bonificables», en Revista de Administración Pública, núm. 19, enero-abril
1956
PPRUIISyaSS:
11 Al fin y al cabo, esto es lo que ha propuesto Cicu al estudiar el Derecho de familia,
y lo que mu-
chos creyeron posible examinando el Derecho agrario. Sobre la autonomía de las distintas
ramas jurídi-
cas nos remitimos a las observaciones de J. Rubio, «Derecho marítimo y Derecho
aéreo», en Anuario
de Derecho Civil, 1952, pp. 552 a 578.
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 121
la actividad privada por normas de Derecho público, como ocurre, por ejemplo, con
las prohibiciones de hacer con que tropiezan a menudo los propietarios privados,
y 4.* La infiltración que, aparentemente, respeta la actividad privada bajo la nor-
mativa del Derecho privado, pero en una serie de aspectos comienza a surgir la norma
de Derecho público *?.
Las técnicas que acaban de enumerarse no siempre producen necesariamente la
aparición del Derecho público administrativo. El rasgo formal indispensable para
que surja la relación jurídico-administrativa es —ya lo hemos dicho antes— la apari-
ción de un organismo administrativo con poderes suficientes para ejecutar por su
cuenta el Derecho. Por esto, algunos autores modernos *, descubren junto al pro-
12 RIVERO ha formulado esta clasificación en «Droit public et Droit privé», en Dalloz Hebdomadai-
re, 1947, Chronique, p. 69. Vid. una exposición más amplia del problema en nuestro libro Las transfor-
maciones del régimen administrativo, Madrid, 2.* ed., 1962, pp. 95 y ss.
13 SAVATIER, Du Droit civil au Droit public, 1950. Se examinan en este libro las causas que provocan
las crisis del principio de la autonomía de la voluntad, pero no aparecen debidamente precisadas, a nues-
tro juicio, las que generan o no auténticas situaciones de Derecho público.
El citado libro de SAVvATIER ha merecido una extensa réplica por parte de EISENMANN («Droit public,
Droit privé», en Rev. de Droit Public. et de Sc. pol., núm. 4, 1953). Este autor no se limita solamente
a combatir la impresión que nosotros dejamos señalada, sino que toma pretexto con SAVATIER para ata-
cara los criterios dominantes que animan el pensamiento de quienes hoy se proponen, tanto esclarecer
la distinción entre el Derecho público y el Derecho privado, como abundar en el ya manoseado tema de
la «publización» del Derecho privado.
Para EISENMANN son tres los criterios dominantes sobre los que se apoya la doctrina, consciente o
inconscientemente, para distinguir el Derecho público del privado: 1.* Identificar el Derecho privado con
el Derecho de la autonomía del particular y caracterizar el Derecho público como un Derecho autoritario.
2.” Considerar el Derecho privado como el Derecho del interés privado, por diferenciación del Derecho
público, que sería el Derecho del interés público, y 3.? Entender que, en cualquier caso, el intervencionis-
mo del Estado da lugar al Derecho público. Por lo que se refiere al primer criterio, son muchos actual-
mente —dice EISENMANN— los publicistas franceses para los que el Derecho público se caracteriza por
su técnica autoritaria a lo que se opone de buen grado la «técnica contractual» propia del Derecho priva-
do. Así, por ejemplo, para RIVERO, el Derecho privado aparece en su esencia como un Derecho de libre
consentimiento, y todo el análisis del siglo x1x lo ha desarrollado en el sentido de la autonomía de la
voluntad; por el contrario, en Derecho público el procedimiento-tipo es el de la decisión ejecutoria, por
la cual la Administración fuerza la voluntad del administrado y manda. Ahora bien, para EISENMANN
la afirmación de que la reglamentación legislativa de la esfera propia de la autonomía de la voluntad im-
plica una disminución de la libertad de los individuos, es absolutamente errónea y con ella se desconoce
la distinta situación en que se encuentran los distintos individuos afectados por tales reglamentaciones.
No puede, pues, hablarse de un efecto único de las normas qué reglamentan las relaciones entre particula-
res; hay sujetos activos y pasivos en estas relaciones y cabalmente el efecto de tales normas o reglamenta-
ciones es de sentido inverso en unos y otros; lo que constituye fuente de obligaciones para ciertos sujetos
es, por el contrario, fuente de derechos para los otros. Piénsese, por ejemplo, en la legislación de arrenda-
mientos urbanos: cuantos preceptos significan restricciones de libertad del propietario son al mismo tiem-
po, beneficio y protección y, en este sentido, fuente de derechos para el inquilino. ¿Cómo decir, enton-
ces, que tales reglamentaciones disminuyen la libertad individual? Estas reglamentaciones tienen dos efectos
opuestos: uno, en relación con los sujetos pasivos, y otro, con los activos; mientras restringe la libertad
de unos, simultáneamente amplía la de otros.
Correlativamente con la caracterización que se acaba de combatir, es frecuente oír de los autores de
Derecho administrativo la afirmación del carácter «autoritario» del Derecho público y definir la Admi-
nistración como el ejercicio de un poder o autoridad. Estos autores, dice EISENMANN, se diría que creen
estar todavía en la época del Estado-gendarme y pierden completamente de vista la verdadera figura de
la Administración de hoy, y el hecho de que el Estado-administrador, a más de policía, ha devenido pro-
veedor, y en este papel no manda más a la masa de ciudadanos de lo que puede hacerlo cualquier particu-
lar a sus clientes. Como él, el Estado se limita a ofrecer sus productos o sus servicios. Claro es que en
la organización de las instituciones se aseguran esta «función prestadora», como en las Operaciones desti-
nadas a procurarle los medios necesarios, el Estado toma «decisiones ejecutorias» unilaterales o imperati-
vas, por lo que la «técnica autoritaria» tiene un papel; pero incluso en la medida en que este medio de
acción es verdaderamente original, se trata, en primer lugar, de actos que no se refieren a la masa de
192 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
ceso de publicitación del Derecho civil una simultánea y paralela tendencia de socia-
lización del ordenamiento jurídico-privado. Esto es lo que explica, por ejemplo, la
crisis que actualmente padece el principio de la autonomía de la voluntad, como pie-
administrados a que estas actividades deben beneficiar y, además, no se trata sino de medios empleados
para conseguir fines que, en sí, no tienen nada de autoritarios. po”
Con respecto al segundo de los criterios previamente enunciados. EISENMANN combate que la distin-
ción entre un interés general y un interés particular pueda ser la base de distinción entre los dos Derechos,
no sólo para el caso de que se dé a los términos «general» y «particular» valor cuantitativo, sino incluso
admitiendo que tienen un sentido cualitativo. Muchos civilistas, entre ellos SAVATIER, creen que las dis-
posiciones que limitan la autonomía contractual o los derechos de los propietarios son reglas de interés
general; pero ¿los intereses protegidos no son aquí esencialmente de particulares? ¿No se procede exacta-
mente igual cuando se protegen los intereses de los incapaces o de los hijos naturales? Ni el carácter de
ciudadanía está aquí en juego, ni tampoco los intereses propios y específicos del Estado o de la nación,
tomados como entidad política irreductible a una simple suma de individuos. Los beneficiarios de estas
normas son simples particulares. Por otra parte, el seguir hablando hoy de que el Derecho público tiene
como fin el interés general, entendido éste como algo trascendente y exterior a los individuos concretos
que forman la comunidad, es desconocer enteramente la verdadera figura del «Estado-providencia» de
nuestros días. Finalmente, dice EISENMANN, fundar la diferencia entre ambas ramas del Derecho sobre
la síntesis de intereses, es tanto como admitir que una materia determinada pertenecía a uno u otro Dere-
cho, según los objetivos y tendencias que dominasen su reglamentación.
Con respecto al tercer criterio de distinción entre el Derecho público y el privado, es decir, el que su-
pone la aparición del Derecho público cada vez que el intervencionismo del Estado se manifiesta, la críti-
ca de EISENMANN intenta ser radical. En primer lugar, hay una serie de intervenciones estatales por vía
legislativa que, si dieran lugar al Derecho público, como parece pretenderse, sólo quedaría como auténti-
co privado el consuetudinario. Por consiguiente, la fórmula intervención del Estado =creación del Dere-
cho público es radicalmente falsa. Ahora bien, muchos reducen esta intervención —a los efectos de hablar
de que el Derecho público ha surgido— a la de la Administración pública. Esta postura también es criti-
cada para EISENMANN. Cuando la Administración tiene autorización de la ley para dictar reglamentos
y disposiciones generales concernientes a las relaciones entre particulares, ¿qué razón hay para reconocer
a estas disposiciones carácter de reglas de Derecho público, supuesto que, si hubiesen sido dictadas por
vía de legislación propiamente dicha, se las consideraría como Derecho privado? La cuestión no puede
resolverla la cualidad del órgano que dicta la norma, sino la cualidad de las normas dictadas. Lo mismo
puede decirse para todos aquellos casos en que una autoridad administrativa es llamada a ser parte en
una relación jurídica que afecta esencialmente a dos particulares. Así, pues, se ha de rechazar absoluta-
mente la idea de que la intervención de las autoridades administrativas en la determinación inicial de nor-
mas que regulan relaciones entre particulares tengan la virtud específica de transmutar estas relaciones
de Derecho público.
Tras esta crítica, que puede considerarse demoledora, desde el punto de vista de la doctrina domi-
nante, EISENMANN nos ofrece su propia postura sobre la distinción del Derecho público y privado. Esta
distinción, dice, tiene un carácter esencialmente práctico: es una división de objetos de estudio y ense-
ñanza. Su base se encuentra sencillamente en que ciertas reglas jurídicas se refieren a relaciones entre per-
sonas privadas, mientras que otras se refieren a relaciones entre «el aparato gobernante de la colectividad
—el Estado— y los gobernados miembros de esta colectividad». Las primeras normas constituyen el De-
recho privado, y las segundas, el Derecho público. Ahora bien, esta simplicidad originaria se ha agravado
por la doctrina, que ha convertido la distinción en oposición; de los dos hemisferios de un mismo mundo
se han hecho dos mundos opuestos, si no antagónicos. Es un grave error la idea de que los «derechos
del Estado» y los «derechos de los particulares» tienen fines, tendencias o ideas políticas propias inheren-
tes a su esencia y que dan lugar a un espíritu o genio del Derecho público frente a un espíritu y genio
del Derecho privado. Según esto, el Derecho público sería autoritario, y el Derecho privado liberal, pero
el «espíritu positivo» condena estas concepciones a base de juicios políticos erigidos en dogmas: para el
obseryador-historiador no hay más que derechos públicos y derechos privados, que pertenecen por sus
principios y contenidos a tipos diferentes, una pluralidad de sistemas de reglamentación de las relaciones
entre el Estado y particulares, y de reglamentación de relaciones entre particulares... no hay espíritu de
Derecho público ni de Derecho privado, en sí. Las nociones de Derecho público y de Derecho privado
no definen sino marcos que pueden recibir los cuadros más diversos: así, pues, es la cualidad de los suje-
tos, cuyas relaciones regulan las normas jurídicas, la que determina la conceptuación de éstas como de
Derecho público o privado; si dos sujetos son particulares, la relación es de Derecho privado.
De la postura que se mantiene deriva EISENMANN que las cualidades de regla del Derecho público y
de regla de Derecho privado no se excluyen, sino que, al contrario, una regla bien puede ser a la vez de
Derecho público y de Derecho privado. Se combate con esto la teoría, de tanto predicamento, que consi-
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 123
dera el Derecho público como un Derecho original frente al privado, y según la cual el Derecho público
no comprende todas las reglas aplicables al Estado y otras colectividades públicas, sino sólo aquellas que
son originales, es decir, diferentes de las que, sobre la misma materia, se aplican entre particulares; las
reglas comunes son confinadas al Decreto privado. Pero, como antes se ha dicho, el carácter de la regla
depende únicamente de los sujetos a que se aplica; si la postura que se combate fuese lógica consigo misma,
admitiría también como conclusión que las reglas que no valen exclusivamente entre particulares tampoco
son Derecho privado, con lo que nos encontraríamos en la necesidad de admitir una tercera rama del
Derecho: la de las reglas que pueden aplicarse comúnmente a sujetos públicos y privados.
Si toda la crítica de EISENMANN se hubiere limitado a poner de manifiesto el error en que a veces in-
curre la doctrina, por ejemplo, SAVATIER, al estimar que cualquier reglamentación de las relaciones en-
tre particulares convierte dichas relaciones en de Derecho público, no tendríamos sino que sumarnos a
él sin reservas. Ahora bien, aparte esto, su afán polémico le ha llevado a afirmar una tesis cuyos errores
son fáciles de descubrir.
Ante todo, no se comprende fácilmente su esfuerzo en combatir la postura de quienes descubren el
Derecho público en cada intervención administrativa, siendo así que, a la postre, algo parecido es lo que
él viene a ofrecernos. Por lo visto, EISENMANN ha dejado de percibir que cuando la Administración pú-
blica interviene por vía reglamentaria o por actos concretos en relaciones entre particulares, está surgiendo
junto a éstas, y precisamente para segurarlas en un sentido dado, una serie paralela de relaciones entre
esos particulares y la Administración pública. Así, cuando en ejecución de una ley un reglamento admi-
nistrativo determina la tasa de venta de determinados productos y confiere poderes a la Administración
para vigilar, decomisar o sancionar a los particulares en las transacciones que de tal producto realicen,
el Derecho público surge no porque los posibles contratos de compraventa que al amparo de tal regla-
mentación se celebren hayan dejado de ser privados, sino por la obvia razón de las múltiples relaciones
que entre la Administración y dichos particulares puedan surgir: relaciones que pueden incluso ser discu-
tidas contenciosamente entre la Administración y el particular con entera independencia de la suerte que
hayan corrido los derechos y obligaciones recíprocos entre los particulares. Y el caso es que precisamente
aplicando los criterios que EISENMANN nos proporciona, estas relaciones tienen que ser calificadas como
de Derecho público, ya que uno de los sujetos es la propia Administración pública.
Por otra parte, quedaría aún por explicar la razón por la cual tales relaciones entre particulares, cuyo
contencioso debería estar encomendado únicamente a los Tribunales ordinarios, son hasta cierto punto
entregadas a la Administración para que vigile su cumplimiento. Lo que ocurre es que tal explicación
habría de abundar en una serie de consideraciones acerca de cómo determinados sectores privados vienen
a convertirse en dependencias del orden público, que difícilmente podría admitir quien, como EISENMANN,
acaba de condenar con todo rigor la doctrina del «interés público».
Ahora bien, la objeción fundamental contra la tesis de EISENMANN aparece cuando intentamos com-
probar el valor efectivo de una distinción entre Derecho público y privado que se montase sobre el criterio
discriminador que nos propone. En efecto, si la distinción entre Derecho público y privado deriva única-
mente de los distintos sujetos que intervienen en la relación jurídica, sin que esto repercuta en la natura-
leza misma de la regla, entonces, ¿a qué consagrar la diferencia? Y si, por el contrario, esta variedad
de sujetos jurídicos determina una distinta naturaleza de la regla, ¿cómo explicar dicho efecto jurídico?
Realmente el propio EISENMANN no se muestra demasiado convincente en este punto, pues si en determi-
nados momentos parece admitir la diferencia de naturaleza entre unas y otras reglas jurídicas, son tajan-
tes sus repetidas afirmaciones de que es la calidad de los sujetos, y únicamente ésta, la que determina
la pertenencia de la regla al Derecho público o al privado. De aquí la perplejidad que se produce en el
lector cuando, no obstante este criterio eminentemente formal, que parece que ha de resolver toda duda
de aquí en adelante, se encuentra a continuación con que ciertas relaciones jurídicas, uno de cuyos sujetos
es una entidad pública, tienen, en unos casos, un tratamiento idéntico al de análogas relaciones que se
produjesen entre particulares, mientras que, en otros casos, el Derecho les concede tratamiento excepcio-
nal. El hecho de que la doctrina de todos los tiempos haya acusado como nota capital este distinto régi-
men, no puede condenarse como una arbitrariedad, ni como una obstinada ceguera para no ver lo que
EISENMANN cree tan claro. Antes bien, el Derecho administrativo ha surgido históricamente en razón de
tal peculiaridad de tratamiento, y seguramente la distinción entre el Derecho público y el Derecho priva-
do no sería hoy problema de actualidad si, al someterse el Estado el Derecho, la Administración se viese
sujeta por las mismas normas que los particulares, porque, ¿no sería preferible prescindir de la distinción
en tal hipótesis? No es, pues, el hecho de que la Administración u otro ente público aparezca como sujeto
de una relación jurídica, lo que confiere a ésta el carácter de Derecho público, sino el hecho de que tal
fenómeno da lugar a una regla original. La existencia de una actividad administrativa sometida a régimen
privado y otra actividad sometida a régimen de Derecho público, que EISENMANN resuelve con el fácil
expediente de decir que hay normas comunes al Derecho público y al Derecho privado —tomando evi-
124 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
dentemente el resultado por la causa—, no tendría entonces sentido. Esta forma de ser las cosas es lo
que explica también otro hecho incomprensible para EISENMANN, que a lo largo de siglo y medio pueda
hablarse de la ideología del Derecho privado. Cuando EiSENMANN combate estos que llaman «juicios
políticos erigidos en dogmas», no hace sino combatir el relativismo histórico en nombre del relativismo
histórico. Porque la afirmación de que el Derecho público es autoritario y el Derecho privado liberal no
hace referencia, como él cree, a notas esenciales que necesariamente hayan de descubrirse en cualquier
momento histórico presidiendo, bien las relaciones entre el Estado y particulares, bien las relaciones entre
éstos; antes bien, lo que fundamentalmente interesa poner de relieve es que los ordenamientos público
y privado del Estado que hoy día conocemos están indubitablemente animados por tales caracteres, y
que precisamente la evolución a que asistimos consiste en que tanto el Derecho público como el privado
están comenzando a transformarse a impulsos de principios que parecían haberse acuñado únicamente
para el otro campo.
Finalmente, el hecho tan repetidamente alegado por EISENMANN de que el Estado de nuestros días
es, a más de Estado-gendarme, Estado-proveedor, no puede dar lugar, naturalmente, a las consecuencias
que él pretende sacar. Efectivamente, algunos servicios públicos (y sobre todo las actividades de tipo industrial
actualmente a cargo del Estado) se prestan bajo un régimen jurídico que desconoce casi enteramente las
«reglas exorbitantes» que tradicionalmente han caracterizado la gestión del servicio público. Ahora bien,
es precisamente esta situación la que se vuelve contra la tesis mantenida por EISENMANN, ya que viene
a probarnos que entrando el Estado como sujeto de ciertas relaciones, no obstante aparece indiscutible
el carácter jurídico-privado de las mismas. Piénsese, por ejemplo, en el Estado productor de automóviles:
con motivo de esta actividad, pueden producirse relaciones de Derecho público nimbadas por el carácter
autoritario que EISENMANN quiere desconocer al Estado-proveedor (expropiación de otras industrias de
automóviles en manos de particulares, facilidad para importación de maquinarias y materias primas, exen-
ciones fiscales, financiación por procedimientos públicos, etc.); pero a nadie se le ocurriría afirmar que
el resto de las operaciones jurídicas que con tal motivo haya de realizar el Estado estén regidas por el
Derecho público (por ejemplo, la venta en concreto de los automóviles producidos a los particulares se
desarrollará normalmente al amparo del ordenamiento privado). No hay razón para admitir que el Esta-
do posee, como nuevo rey Midas, la virtud mágica de convertir en Derecho público todo lo que toca.
14 El principio de la autonomía de la voluntad está consagrado, fundamentalmente, en dos precep-
tos de nuestro Código civil: el artículo 1.258, según el cual «los contratos se perfeccionan por el mero
consentimiento y desde entonces obligan no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino tam-
bién a todas las consecuencias que, según su naturaleza, sean conformes a la buena fe, al uso y a la ley»,
y el artículo 1.255, que preceptúa que «los contratantes pueden establecer los pactos, cláusulas y condi-
ciones que tengan por conveniente, siempre que no sean contrarios a las leyes, a la moral ni al orden
público». En el antes citado libro de SAVATIER se enumeran las que pudiésemos llamar causas externas
que explican los atentados sufridos por la autonomía de la voluntad, tales son: las medidas dictadas para
la defensa de la moneda nacional, las medidas que se dictan por exigencias de la defensa nacional y medi-
das que son la consecuencia de una situación de penuria económica. Más interesante quizá es el
análisis
de las causas internas que han puesto en crisis el tal principio, tal como se explican por WALINE
en L *in-
dividualisme et le droit, París, 1949. Algunos civilistas comienzan ya a comprender que el intervencionis-
mo administrativo puede significar una defensa de la persona individual contra el régimen
creado por
la economía liberal. (Morin, La rébolte du Droit contre le Code, París, 1945).
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 125
tinción entre el Derecho público y el privado adquiere entonces una particular difi-
cultad, puesto que se ha de resolver ahora como dualidad de regímenes aplicables
a actos que, desde el punto de vista subjetivo, emanan de la misma persona adminis-
trativa.
La doctrina y la jurisprudencia han manejado diversos criterios para lograr la
distinción, los principales de los cuales exponemos seguidamente '':
La doctrina del Fisco que determinaba una radical distinción entre los actos esta-
tales sometidos a Derecho (y cuya fiscalización por los Tribunales ordinarios era
posible) y aquellos otros que escapaban a tal sometimiento, como inmediata mani-
festación de la soberanía, es, hasta cierto punto, evocada durante el siglo XIX con
la nueva distinción entre actividad de poder público (actos de autoridad) y actividad
de gestión. La distinción va a servir ahora para delimitar los campos de la respectiva
aplicación del Derecho administrativo y del Derecho privado. Se parte, precisamente,
de que en aquellos casos en que la Administración pública actúa en virtud de su poder
de mando, se coloca fuera del Derecho privado, mientras que en otros casos actúa
de la misma forma que podía hacerlo un particular gestionando su patrimonio.
Esta distinción se encuentra como básica en la mayor parte de los autores france-
ses del siglo XIX, hasta el punto de que H. BERTHÉLEMY ** construye sobre ella todo
su sistema de Derecho administrativo, con aplicación de la distinción a otros terre-
nos, como, por ejemplo, el de los funcionarios públicos (funcionarios de autoridad
y funcionarios de gestión). En el mismo sentido se orientó la jurisprudencia francesa
hasta comienzos del siglo xXx ””.
La distinción entre los actos de autoridad y los actos de gestión ha sido progresi-
vamente abandonada: de una parte, la propia doctrina francesa vino a sustituirla
mediante la utilización del nuevo criterio del servicio público; de otra, el indudable
eco que fuera de Francia tuvo también ha quedado olvidado en las nuevas construc-
ciones.
a) El servicio público como criterio de distinción.—A la teoría de los actos de
autoridad y de gestión se ha hecho una doble crítica. Desde el punto de vista teórico,
se ha objetado que respondía a una concepción del Estado en la que éste se limitaba
a organizar y hacer funcionar los servicios de guerra, de policía y de justicia, cuya
naturaleza se acomodaba perfectamente con un Derecho administrativo construido
15 J. LAMARQUE, Recherches sur l'application du Droit privé aux services publics administratifs, Pa-
rís, 1960.
16 Traité de droit administratif, 13.* ed., 1933. |
17 Un resumen de la doctrina francesa y de esta tendencia jurisprudencial puede verse en A. DE LAu-
BARDERE, Traité élémentaire de droit administratif, París, 1953, pp. 39 y ss.
126 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
sobre las ideas de soberanía y poder público. Ahora bien, una vez que alcanzan el
suficiente desarrollo los servicios públicos de carácter técnico cuyo objeto es procu-
rar prestaciones al público (enseñanza, asistencia, ferrocarriles, gas, electricidad, etc.),
lo que aparece como más característico de la función administrativa no es tanto el
poder de mando cuanto la realización práctica de tales prestaciones '*. Esto deter-
mina que la antigua distinción —a los efectos de la aplicación del Derecho adminis-
trativo o del Derecho privado— deba sustituirse por la existente entre actividades
de servicio público y actividades de la Administración extrañas al servicio público:
lo que ahora se distingue no son tanto actos, cuanto procedimientos de gestión ””.
La jurisprudencia francesa, del Conseil d'Etat y del Tribunal de Conflictos, aceptó
igualmente la noción de servicio público como criterio determinante de la competen-
cia de la jurisdicción contencioso-administrativa, enterrando definitivamente la vieja
noción de los actos de autoridad y de gestión a partir de los famosos arréts BLANCO
(dictado por el Tribunal de Conflictos de 8 de febrero de 1873), TERRIER (C. del
Estado, 6 de febrero de 1903) y FEUTRY (Tribunal de Conflictos, 28 de febrero
de 1908)?.
b) Distinción por razón del fin que persigue la actividad administrativa.—Sin
una especial referencia a la idea de servicio público, que se sustituye ahora por la
idea de fin, es lo cierto que una parte de la moderna doctrina italiana y española
debe colocarse en una línea paralela a la anterior.
AMORTH, planteándose este problema, llega a la conclusión de que el criterio para
distinguir la actividad administrativa sometida a Derecho privado no puede basarse
en la noción de interés público, pues éste es elemento connatural a toda actividad
—aun de cualquier clase— desenvuelta por la Administración, por lo que es más ade-
cuado conectar el tipo de actividad desarrollada con la forma de realización de los
fines constitutivos de la Administración. Desde el punto de vista indicado, la activi-
dad administrativa admite una tripartición: 1.2 Actividad dirigida directamente a la
consecución de los fines propiamente administrativos. 2.2 Actividad de carácter ins-
trumental con respecto a la anterior, y 3. Una cierta actividad, ya más lejana desde
el punto de vista del fin típicamente administrativo, que no tiene sino un carácter
accesorio para la consecución de este fin?!.
18 Esta es la crítica que formulara DuGurT tanto en su pequeña obra Transformations du droit pu-
blic, 1913, como en su Traité de droit constitutionnel, t. 11, pp. 263 y ss. Vid. un resumen de esta doctrina
en A. DE LAUBADERE, Op. Cit., p. 41.
19 A partir de esta base se inició en Francia la llamada «Escuela del servicio público», cuyos princi-
pales representantes han sido DuGuIT, JEZE y BONNARD, para quienes todo el Derecho administrativo se
reconduce a la teoría de servicio público. Entre los grandes clásicos franceses debe recordarse la reacción
que contra estas ideas mantuvo HAURIOU a lo largo de su obra, y especialmente en el famoso prólogo
a la 11.* ed. (de 1927) de su Précis de droit administratif et de droit public: la idea de servicio público
es el fin que justifica la utilización del Poder, pero el Derecho público no se comprende dejando de lado
esta noción cardinal. Ya con anterioridad HAURIOU había admitido la noción de gestión que a su vez com-
prendía: una gestión administrativa de los servicios públicos, sometida al Derecho administrativo, y una
gestión privada, sometida al Derecho privado (La gestión administrative, 1889).
20 La doctrina común en Francia arranca de la consagración jurisprudencial del servicio público a
partir de la decisión BLANCO en 1873. Contra esta opinio conmmunis razona J. RIVERO en «Hauriou et
Pavéenement de la notion de service public», en L*évolution du droit public, Estudios en honor de A. MEs-
TRE, París, 1956, pp. 461 y ss. Este autor mantiene la tesis de que hasta entrado el siglo XX y por influen-
cia paradójicamente de los escritos de HAURIOU (que tanto había de combatir a la Escuela del Servicio
Público), no se produjo tal giro jurisprudencial.
21 AMORTH, Osservazioni sui limiti allativita amministrativa di Diritto privato, Padova, 1933, pp.
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 127
33 y 34; BALLBÉ resume y se adhiere a esta doctrina en la voz «Derecho administrativo», en Nueva Enci-
clopedia Jurídica Seix, l, pp. 69 y ss.
22 AMORTH, Op. Cit., p. 35.
23 BALLBÉ, op. cit., p. 12.
24 El ejemplo que pone BALLBÉ es el de un Ayuntamiento que ceda al público plantas cultivadas en
viveros municipales. Esto se puede hacer, dice él, o bien bajo el régimen de Derecho público que informa
las prestaciones administrativas, o bien mediante las reglas generales de las obligaciones propias del Dere-
cho privado. Op. cit., p. 73.
25 Ejemplo, según BALLBÉ: la provisión de cosas para el Ejército puede lograrse, bien mediante su
adquisición en el mercado libre, bien acudiendo al instituto administrativo de la requisa. Op. cit., p. 74.
26 El ejemplo típico para BALLBÉ es el de las normas que regulan el transporte ferroviario de perso-
nas y cosas cuyo carácter público se considera indudable en cuanto aplicables exclusivamente a la Admi-
nistración pública ferroviaria, aunque quepa pensar si no se trata más bien de normas incidentes sobre
relaciones básicamente privadas y regidas por los Códigos civil y de Comercio.
128 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
27 Esto hay que entenderlo en el sentido de que una vez sometido un acto de la Administración a uno
de ambos regímenes, sus consecuencias también han de regularse por él. Así, no pueden las entidades
administrativas utilizar la vía de apremio para hacer efectivos créditos que tienen un origen civil. (Senten-
cia de la Sala 4.* del T. S. de 22 de diciembre de 1950).
28 Por demás los propios grupos de hipótesis que BALLBÉ presenta como piedra de toque de su crite-
rio no resisten un ulterio examen. En efecto, por lo que se refiere a la primera de las hipótesis antes ex-
puestas, el problema suscitado por BALLBÉ no existe en absoluto. La única cuestión estriba en saber si
el ordenamiento legal vigente permite efectivamente en tales casos a la Administración la libre elección
entre uno y otro sistema. Si tal permiso no se infiere de la Ley, entonces será ésta la que determine el
propio sistema, público o privado, a emplear. Si, por el contrario, la Administración puede elegir, enton-
ces habrá que estar al régimen efectivamente establecido, lo cual se desprenderá de los caracteres positi-
vos del mismo, pudiéndose dar desacuerdo entre la finalidad perseguida y el sistema empleado. Así, acep-
tando el propio ejemplo puesto por BALLBÉ, vamos a suponer que la Ley permite al Municipio la explo-
tación de viveros para plantas en régimen público o privado, indistintamente. Cabe entonces pensar que
el Municipio utilice los procedimientos públicos (expropiaciones, posible régimen de monopolio, concu-
rrencia ventajosa al mercado...) para hacer simplemente de los viveros una explotación más rentable. ¿Puede
pensarse aquí en el juego de intereses planteado por BALLBÉ?
Por lo que se refiere al segundo grupo de hipótesis, el ejemplo de BALLBÉ es poco convincente. Si
la Administración está autorizada por la Ley para proveer de ciertas cosas al Ejército mediante incauta-
ción al particular, o mediante compraventa, el problema de saber si ha empleado uno u otro procedi-
miento es bien fácil de resolver. ¿Es que acaso se parece la incautación a la compraventa? Por otra parte,
es admisible suponer que, por dañar lo menos posible los intereses particulares, la Administración se de-
cida a utilizar el procedimiento de comprar en el mercado cosas indispensables al Ejército; aquí falla en-
tonces el criterio de BALLBÉ, ya que el interés predominantemente colectivo no es suficiente a desvirtuar
la realidad del procedimiento de tipo privado por la Administración empleado.
Finalmente, por lo que a la tercera hipótesis de BALLBÉ toca, el ejemplo de la administración
de fe-
rrocarriles —sobre todo de acuerdo con el Derecho positivo español que la encomienda
a la RENFE, cu-
ya actividad mercantil se rige por el Decreto privado (Ley de Bases de 24 de enero de 1941,
sobre ordena-
ción de transportes, bases 4.* y 16; Decreto de 11 de julio de 1941, núm. 3, y más recientemente
artículo
1.9 del Estatuto aprobado por Decreto de 23 de julio de 1964)—, es efectivamente uno
de aquellos casos
donde se entrecruzan el régimen público y el privado de la actividad administrativa. Pero
tampoco aquí,
como en los anteriores casos, sirve de nada el criterio del interés.
EL DERECHO ADMINISTRATIVO 129
económico, pero estas empresas (que eran justamente las que habían dado lugar a
la teoría jurídica del servicio público) aparecían como cosa completamente distinta
de las empresas económicas particulares ?.
Después de la segunda guerra mundial no solamente se ha ampliado el número
de servicios y empresas públicas de carácter económico, sino que éstas han empezado
a parecerse, en sus rasgos típicos, cada vez más a las empresas industriales y mercan-
tiles de los particulares: si la diferencia entre el servicio ferroviario o el servicio de
correos y un comercio privado continúa siendo sensible, en cambio, ha desaparecido
entre una fábrica de automóviles nacionalizada y otra que no lo esté. En este sen-
tido ha podido decir RIVERO que el fenómeno de las nacionalizaciones ha afectado
al problema mismo de los límites entre el Derecho público y el privado: hoy resulta-
ría vano intentar descubrir dos campos distintos de aplicación para cada Derecho,
pues en la práctica se interpenetran constantemente ?'.
Todo esto hace que una parte importante de la doctrina haya formulado expresa-
mente la condena de la teoría del servicio público 3. Ahora bien, la crisis del servi-
cio público lo es en cuanto que sobre esta idea se quiso montar con toda precisión
la línea de demarcación entre la actividad administrativa sometida a Derecho público
y la regida por el Derecho privado. Va de suyo que el concepto sigue siendo utiliza-
33 Este es el argumento fundamental que hemos tenido en cuenta al polemizar con una parte de la
doctrina española que se ha hecho eco de la literatura sobre la crisis del servicio público, para deducir
que las antiguas categorías sistematizadoras del Derecho administrativo (policía, fomento y servicio público),
quiebran cuando se examina esta actividad específica del Derecho que supone la gestión económica. Para
designarla, VILLAR PALASÍ (en «La actividad industrial del Estado en el Derecho administrativo», en Re-
vista de Administración Pública, núm. 3) utiliza el término gestión económica. Para dicho autor sus ras-
gos diferenciales están claros: mientras el servicio público consiste en la prestación de un servicio a los
administrados, la gestión económica implica una «dación de bienes al mercado». Nosotros insistimos en
que la crisis del servicio público es, sobre todo, un fenómeno típico del Derecho administrativo francés
donde tal concepto había sido utilizado nada menos que como eje único del Derecho administrativo y,
por ende, para montar la distinción entre la actividad de la Administración sometida al Derecho público
y la sometida al Derecho privado. Estas circunstancias no cuentan en el Derecho español, como se señala
en el texto, por lo que la recepción de la crisis debe realizarse con ciertas reservas. Para un conocimiento
directo de nuestra polémica con VILLAR PALASÍ, véase GARRIDO FALLA, Las transformaciones del régi-
men administrativo, 1954, pp. 140 y ss., 2.*? ed., 1962
34 He aquí, una vez más, cómo el punto de vista mantenido por HAuRIOU a fines del siglo XIX en
su monografía La gestión administrative, vuelve a cobrar actualidad. Así, DUEZ y DEBEYRE, en su Traité
de droit administratif, 1952, escribían: «La gestión jurídica de un servicio público puede asegurarse de
dos maneras: 1.* Por el procedimiento llamado de la gestión pública, que implica régimen jurídico excep-
cional... 2.* Por el procedimiento llamado de la gestión privada, que supone una administración que ac-
túa según los modos del Derecho privado, prescindiendo de todo recurso a los privilegios administrati-
vos». Añaden estos autores cómo esta distinción no debe confundirse con la más antigua entre actos de
autoridad y actos de gestión: «La noción de gestión pública cubre no sólo los actos de autoridad, sino
incluso una parte de los antiguos actos de gestión». (Op. cit., pp. 255 y 256).
El criterio de la utilización de la prerrogativa se convierte, por tanto, en cardinal. Si para la consecu-
ción de ciertos fines (aunque sean de interés colectivo) no necesita la Administración utilizar la prerroga-
tiva, no tiene por qué surgir la regla especial de Derecho administrativo. Pero —repitámoslo— la utiliza-
ción de uno u otro régimen no deriva necesariamente del fin perseguido con la concreta actuación admi-
nistrativa. En nuestro trabajo «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales» (en Revista de
Administración Pública, núm. 7, enero-abril 1952, pp. 31 y ss.) ofrecemos una serie de ejemplos —para
combatir la teoría del fin ya aludido— que demuestran esto sin lugar a dudas. Vid. supra el epígrafe 2
de este mismo capítulo.
35 Ello no quiere decir que la influencia francesa no se descubra claramente en algunos de nuestros
más conocidos autores. De GARCÍA OVIEDO es la siguiente afirmación: «El servicio público evoca la idea
de una actuación especial del Derecho para hacer posible la total satisfacción de una necesidad pública.
Existe un régimen jurídico especial de este servicio, que discrepa, por consiguiente, del régimen jurídico
general de los servicios privados y que, en esencia, es el Derecho administrativo» (Derecho administrati-
vo, 5.* ed., 1955, p. 237). Y al estudiar las notas de este régimen incluye —-y la influencia de JEZE está
clara— la propiedad pública, la expropiación forzosa y las obras públicas, que conceptualmente caben,
ON en nuestro sistema de Derecho administrativo, con autonomía respecto de la idea de servicio
público.
GAscóN y MAkín, después de señalar que las necesidades públicas son satisfechas por la Administra-
EL DERECHO ADMINISTRATIVO
131
para acomodarse al criterio que se deja señalado, sino que, antes bien, éste resulta
ser el más conforme a su naturaleza. Tanto bajo el largo período en que ha estado
vigente la ley de la jurisdicción contencioso-administrativa de 1894, como de acuerdo
con los términos de la de 27 de diciembre de 1956*, la competencia de esta juris-
dicción se determina acto por acto y siempre que éste sea la consecuencia de una
actuación de la Administración pública en cuanto poder, no como persona jurídica
privada. Incluso para caracterizar como administrativos ciertos contratos de la Ad-
ministración, el criterio del servicio público ” no era único, sino que venía compar-
tido con el de la obra pública; sin que falten tampoco declaraciones jurisprudencia-
les que caractericen el contrato de Derecho privado como aquel que realiza la Admi-
nistración pública en su calidad de persona jurídica privada *.
ción «unas veces por los medios denominados de gestión privada y otras por la gestión pública, por los
servicios públicos», añade: «En el servicio público hay que considerar la necesidad que satisface y el pro-
cedimiento especial, propio del Derecho público, que se emplee para satisfacerla». Y añade todavía: «No
basta que la Administración satisfaga la necesidad pública; es preciso que lo haga usando de sus prerro-
gativas de Derecho público». (Tratado de Derecho administrativo, vol. 1, pp. 215 y 216).
A partir de JORDANA DE POZAS, cabe decir que la doctrina del servicio público en Derecho español
no ocupa el lugar absorbente decretado por la «Escuela del servicio público». Se limita a ser, junto con
la policía y el fomento, un criterio de ordenación de una parte de las instituciones del Derecho adminis-
trativo. La crisis tan comentada por la doctrina francesa tiene aquí, pues, una aplicación muy relativa.
36 Dice la Ley de 27 de diciembre de 1956 en su artículo 1.%: «1. La jurisdicción contencioso-
administrativa conocerá de las pretensiones que se deduzcan en relación con los actos de la Administra-
ción pública sometidos al Derecho administrativo y con las disposiciones de categoría inferior a la ley».
37 La doctrina francesa más reciente pone de relieve la insuficiencia del criterio de servicio público
si se quiere utilizar con exclusividad. No basta que el fin del contrato sea un servicio público; en la vieja
teoría de los actos de autoridad había una irreductible parte de verdad (PEQUIGNOT, Théorie générale du
contrat administratif, 1945, p. 29). Refiriéndose a la polémica entre la escuela del servicio público y los
defensores de la idea de poder o prerrogativa, dice BADOUI: «Nos parece que la suerte, en materia de
contratos al menos, está en favor de los segundos: la jurisprudencia ha reconocido el carácter administra-
tivo a contratos que no tenían por fin un servicio público. Pero la cláusula exorbitante que es la traduc-
ción, la manifestación del poder público en el dominio contractual, permanece siempre como condición
sine qua non del carácter administrativo del contrato». (Le fait du prince dans les contrat administrati-
ves, París, 1955, p. 17). Por su parte, J. PETOT (en «Quelques remarques sur les notions fondamentales
du Droit administrative francais», en Rev. Droit Pub., 1965, núm. 3, pp. 369 y ss.) considera inevitable
volver al concepto de «función administrativa».
38 La Ley de la jurisdicción contencioso-administrativa establece en su artículo 3.%: «La jurisdicción
contencioso-administrativa conocerá de: a) Las cuestiones referentes al cumplimiento, negligencia, reso-
lución y efectos de los contratos, cualquiera que sea su naturaleza jurídica, celebrados por la Administra-
ción pública, cuando tuvieran por finalidad obras y servicios públicos de toda especie». Es cierto que
aquí anima la idea del fin como criterio delimitador de la competencia de esta jurisdicción, precisamente
por eso es posible que en la práctica se presenten los inconvenientes que, respecto de la utilización de
la idea de servicio público, se han señalado en el texto. Quizá intentando zanjar estos problemas, el regla-
mento de contratación de corporaciones locales de 9 de enero de 1953 declaraba en su disposición adicio-
nal 1.*: «La celebración de los contratos en que intervengan las corporaciones locales se regirá por este
Reglamento, el cual será aplicable a la contratación de bienes, obras y servicios». Hasta tal punto se ha
prescindido aquí del criterio de distinción que se ha visto en la ley general de lo contencioso, que GARCÍA
DE ENTERRÍA ha podido decir en «Dos regulaciones orgánicas de la contratación administrativa» (en Re-
vista de Administración Pública, núm. 10, p. 268): «Lisa y llanamente observaremos que el reglamento
abandona en su totalidad la teoría del contrato administrativo, tal como ha sido recibida en nuestro Dere-
cho... para sustituirla por una concepción que hace rigurosamente de todo contrato de la Administra-
ción, sin discriminar entre ellos, un contrato pura y simplemente privado». Esta afirmación, sin embar-
go, no está del todo clara; por la misma razón podría decirse que lo que ha abandonado el dicho Regla-
mento es la posibilidad del contrato administrativo privado, pues justamente la reglamentación única que
ahora se establece está llena —como reconoce GARCÍA DE ENTERRÍA— de cláusulas exorbitantes.
Hay un campo, empero, en el que nuestra jurisprudencia ha utilizado con un indudable éxito práctico
el concepto de servicio público, como criterio delimitador de la competencia de la jurisdicción adminis-
trativa: cuando se ha tratado de determinar el carácter administrativo o laboral de las relaciones entre
132 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
He aquí, pues, cómo es, en definitiva, el mismo criterio que nos sirvió para dis-
tinguir el Derecho administrativo del Derecho privado, el que tiene virtualidad sufi-
ciente para mostrar cuándo la Administración ha actuado bajo régimen de Derecho
público y cuándo sometida al privado.
Desde el punto de vista de nuestro Derecho positivo la cuestión consistiría en saber
cuáles son los actos de la Administración pública «sometidos al Derecho administra-
tivo», según la expresión utilizada en el artículo 1. de la Ley de la Jurisdicción
contencioso-administrativa. La contestación, en aplicación de cuanto anteriormente
se ha dicho, sería la siguiente: aquellos actos de la Administración realizados en el
ejercicio de una potestad pública atribuida a la Administración por la ley.
SUMARIO: 1. Los orígenes de la ciencia del Derecho administrativo en los diversos países: A) En Francia.
B) En Alemania. C) En Italia. D) En España.—2. La recepción del método jurídico: A) El método jurí-
dico. B) En Francia. C) En Alemania. D) En Italia. E) En España.—3. La idea de servicio público en
la interpretación del Derecho administrativo.
A) EN FRANCIA
Ha dicho BONNECASE ' que los principales juristas franceses entre los años 1804
y 1880 militan en las filas de la llamada «Escuela de la exégesis». Su aspiración fun-
damental consistió en lograr una exposición comentada, lo más perfecta posible, del
Código de Napoleón. No es extraño, por tanto, que las primeras obras francesas
de Derecho administrativo adolezcan de un parecido carácter..., aunque les falta el
Código a comentar. Así se explica que, con anterioridad a LAFERRIERE, las obras
de Derecho administrativo se limitasen a comentar textos legales o decisiones juris-
prudenciales. BATBIE define, en esta línea, el Derecho administrativo como «con-
1 La pensé juridique francaise, Bourdeaux, 1933, p. 288. Sobre los orígenes de la Ciencia de la Ad-
ministración, vid. G. MIGLIO, «Le origine della Scienza dell'Administrazione», en La Scienza dell" Adimm.,
Milano, 1957.
134 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
nión de BERTHÉLEMY, los tres siguientes: DUCROCQ (con su Cours de droit admi-
nistratif), AUCOC (con sus Conférences sur le droit administratif) y E. LAFERRIÉRE
(con su Traité de la jurisdiction administrative, dos vols., 1.? ed., 1887). De estas
obras, la más importante, la que constituye resumen y cifra de cuanto se había con-
seguido por el Consejo de Estado en orden a justificar la autoridad administrativa
salvaguardando los derechos de los particulares, es la de LAFERRIÉRE. Con anterio-
ridad a él, el Derecho administrativo —ha dicho su gran admirador JÉZE— era, sin
ninguna exageración, un verdadero caos, un montón más o menos profuso de solu-
ciones incoherentes, arbitrarias, de prácticas empíricas a menudo injustificables e
injustificadas. El mérito de LAFFERRIÉRE fue el de encontrar las ideas generales, los
principios generales que estaban detrás de todas estas soluciones '”. Con todo, des-
de el punto de vista de la teoría moderna del Derecho público y administrativo, LA-
FERRIÉRE no es sino un precursor, si bien el más inmediato.
B) EN ALEMANIA
Se ha puesto de relieve que el Estado alemán del siglo XVIII conoció ya, junto
a la disciplina política de la Ciencia de la Policía, una disciplina jurídica de la Admi-
nistración constituida por el Derecho policial. Pero, como pone de relieve KAUF-
MANN !!, el tiempo no estaba todavía maduro para un estudio propiamente
científico-jurídico equivalente al realizado en el campo del Derecho civil. La orienta-
ción general se basaba aún demasiado en criterios de Derecho natural para poder
considerar como tesis jurídicas con pleno valor las tesis del Derecho policíaco que
«fluctúan según las circunstancias y el transcurso del tiempo». Por eso es bastante
más determinante la opinión de OTTO MAYER —aceptada por FORSTHOFF '*—, de
que en la construcción del Estado policía «el Derecho no juega ningún papel».
No obstante, este ordenamiento de policía es un antecedente obligado del poste-
rior Derecho administrativo, que no viene a romper violentamente con él. Por eso
hay que hacer referencia a las obras de JusTI (Grundsátze der Polizeiwissenchaft,
1756), von SONNEFELS (Grundsátze der Polizei, Handlung und Finanz, 1770) y von
BERG (Handbuch des deutschen Polizeirechts, 1799 a 1809), así como a la que cons-
tituye la obra fundamental de la segunda mitad del siglo XVIII: las Institutiones ju-
ris publici germanici, de PÚTTER, quien distingue como fines del poder público la
cura advertendi mala futura y la cura promovendae salutis, criterio más adelante acep-
tado por LOENING para distinguir el concepto de policía de la Administración interna.
Ahora bien, la primera descripción importante de un Derecho administrativo no
aparece hasta el año 1829, en el que R. VON MOHL publica su Staatsrecht des Kó-
nigsreichs Wiittembergs. A esta obra siguieron otras en las que se describen los dere-
chos particulares de los diversos Estados alemanes '*.
10 JEzE, Los principios generales del Derecho administrativo, trad. española, Buenos Aires, t. l, peULE;
1l Voz «Verwaltung» en el Wóterbuch des deutschen Staats und Verwaltungsrecht, dirigido por
,
FLEISCHMANN, t. IJI, 1914, p. 716.
12 Lehrbuch des Verwaltungsrechts, t. 1, Muúnchen-Berlin, 1.* ed., 1950. Ear. ¿red dejeste libro ha
aparecido en 1958, estando en preparación el segundo tomo. En 1958 se hizo (editada por el Instituto
de Estudios Políticos) la trad. castellana del t. 1.
13 La de RINNE para Prusia, en 1840; la de Poz1, para Baviera, en 1856, y la de SIMON y VON ROEN-
136 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Después de mediado el siglo XIX pueden descubrirse dos corrientes que van a
orientar el tratamiento de los problemas de la Administración estatal. De una parte
debe citarse la corriente filosófico-sociológica que se descubre en la obra capital de
Lorenzo VON STEIN (Die Verwaltungslehre, 8 tomos, 1865 a 1884) que comprende
una introducción general a la ciencia de la Administración pública, como disciplina
conscientemente diferenciada de la ciencia del Derecho administrativo '*. En la mis-
ma línea sociológica está la obra de ROESLER (Soziales Verwaltungsrecht, dos tomos,
1872-1873 a los que en el pensamiento del autor debieron seguir un Derecho admi-
nistrativo político y un Derecho administrativo formal).
De otra parte, debemos referirnos a otra corriente doctrinal que arranca, para
el estudio de la Administración pública, de una concepción jurídica. Están aquí los
precursores del método jurídico con obras como la de F. MAYER (Grundzátze des
deutschen Verwaltungsrechts), VON SARWEY (Allgemeine Verwaltungsrechts), y ya
en 1883, la de Georg MEYER (Lehrbuch des deutschen Verwaltungsrechts) '”.
C) EN ITALIA
NE, también para la Monarquía prusiana. Pero únicamente cuando la mayoría de los Estados alemanes
hubieron adoptado las prácticas constitucionales puede decirse que adquirió el Derecho administrativo
un intenso interés científico.
14 Para G. LANGROD («Science et enseignement de l'administration publique», en Rev. Int. des Scien-
ces Adm., 1954, núm. 3, p. 549), Von STEIN es el verdadero creador de la ciencia administrativa en su
encarnación postcameralística en la Europa continental. STEIN reacciona contra la disolución de la cien-
cia administrativa en el Derecho administrativo, que ha sido una consecuencia inevitable de la apoteosis
del Estado de Derecho.
15 Deben citarse también las obras de FORSTEMAN (Preussischen Polizeirecht, 1869), SCHULFE (Dars-
tellungen des preussischen Verwaltungsrechts in dem preussischen Staatsrecht, 1877), y LOENING (Lehr-
buch des deutschen Verwaltungsrechts, 1884).
16 ORLANDO, // sistema del diritto amministrativo, Clt..Di47:
17 Ninguna de las obras que le siguieron inmediatamente (entre las que pueden citarse la de LIONE,
LORENZONI, GALEOTTI, LIBERATORI, etc.) pueden comparársele, pues se limitan a exponer y comentar el
Derecho positivo en los diferentes Estados italianos anteriores a la unificación.
18 Corso di Diritto amministrativo, t. 1, 1947, p. 39.
LA CIENCIA DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 137
D) EN ESPAÑA
Antes que mediase el siglo xIX, la literatura española sobre Derecho administra-
tivo ya había logrado cierta importancia '?. Como iniciador de esta rama del Dere-
cho debe señalarse el nombre de Francisco Javier DE BURGOS, que profesó un curso
de lecciones sobre la Administración pública en el Liceo de Granada”. También
granadino fue ORTIZ DE ZÚÑIGA, que publicó entre 1842 y 1844 los tres tomos de
sus Elementos de Derecho administrativo*. Especialmente interesante, hasta el
punto de que su indudable actualidad haya justificado una reciente reedición, es la
obra de OLIVÁN titulada De la Administración pública en relación a España (Ma-
drid, 1843). De este libro se ha dicho que es verdaderamente «una de las claves de
nuestra historia contemporánea» ?. El propio año 1843 aparecen las Instituciones
de Derecho administrativo español, de GÓMEZ DE LA SERNA, comenzándose tam-
bién la publicación de las Lecciones de Administración, de POSADA HERRERA
(1843-45).
19 Prescindiendo del precedente que suponen los cultivadores de la Ciencia de la policía, suele fijarse
el de 1843 como el año del nacimiento del Derecho administrativo en España. Al menos esa ha sido la
fecha elegida a los efectos de celebrar el primer centenario. En 1944 el Instituto de Estudios de Adminis-
tración Local editó una obra titulada Centenario de los iniciadores de la ciencia jurídica administrativa
española, en la que se recogen una serie de conferencias publicadas con tal motivo y en la que se exami-
nan la obra de los pioneros JAVIER DE BURGOS, ORTIZ DE ZÚÑIGA, GÓMEZ DE LA SERNA, POSADA HERRE-
RA, OLIVÁN y COLMEIRO.
Tampoco deben olvidarse los Estudios prácticos de Administración, ya publicados en 1839 por SiL-
VELA.
20 Las conferencias que de De BurGos fueron publicadas con el título «Ideas de Administración» en
el periódico La Alhambra, que editaba el Liceo de Granada, entre enero y abril de 1841. Vid. MEsa-MOLES
SEGURA, Labor administrativa de Javier de Burgos, Madrid, 1946, en cuyo estudio se incluyen, como
apéndice, las aludidas lecciones. El propio MESA-MOLES en estudio más reciente subraya el papel de Gra-
nada como foco de irradiación de las doctrinas administrativas (Granada en la iniciación del Derecho
administrativo en España; discurso de apertura del curso académico 1965-66 en la Universidad de Grana-
da).
e Imprenta y Librería de Sanz, calle de la Monterería, Granada. JORDANA DE POZAS y PI SUÑER Coin-
ciden en considerarle fundador del Derecho administrativo en España. Como dice GAsCÓN HERNÁNDEZ
(en «Evolución y panorama actual del Derecho administrativo en España», en Revista de la Real Acade-
mia de Jurisprudencia y Legislación, núm. IX, 2.* semestre, 1954), «lo que más impone hoy del libro
de ORTIZ DE ZÚÑIGA es su conciencia histórica de haberse sentido él mismo iniciador y primer tratadista
del Derecho administrativo científicamente considerado. En la página 17 del tomo 1 de su obra se consig-
nan estas palabras: «Voy, pues, a abrir un camino del todo nuevo y desconocido. Otros escritores más
hábiles tendrán la gloria de perfeccionar la obra para cuyos cimientos coloco la primera piedra».
22 GARCÍA DE ENTERRÍA, en el prólogo a su reedición de 1954, p. 8.
138 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Mediado ya el siglo XIX publica COS-GAYÓN una obra de tipo histórico (Histo-
ria de la Administración pública en España, en sus fundamentales ramas del Dere-
cho político, diplomacia, organización administrativa y Hacienda, desde la domina-
ción romana hasta nuestros días, 1851), a la que siguió un Diccionario de Derecho
administrativo español, 1860. ,
No hay duda, sin embargo, de que la gran figura del Derecho administrativo
español en estos primeros tiempos es la de COLMEIRO, cuya obra, repetidamente edi-
tada, introduce una sistematización más científica de lo administrativo que influye
en escritores extranjeros tan conocidos en su tiempo como DE GIOANNIS* y BAT-
BIE”. La primera edición de su Derecho administrativo se publicó en 1850 simul-
táneamente en Madrid, Santiago y Lima; la cuarta y última se publicó en 1876. Como
se ha puesto de relieve, este libro constituye una síntesis de Derecho administrativo
y de Ciencia de la Administración ”, fruto lógico de la formación y conocimientos
de COLMEIRO, que a su condición de jurista añade una fuerte personalidad como
economista e historiador ?.
Los años que restan hasta finalizar el siglo ?”, se llenan, para nuestra bibliogra-
fía, con las obras de CUESTA, MELLADO y, sobre todo, SANTAMARÍA DE PAREDES,
cuyo Curso de Derecho administrativo aparece en primera edición de 18852,
Con algunas publicaciones de finales de siglo se va a preparar un período de tran-
sición para el posterior advenimiento del método jurídico. ya por entonces comienza
a hacerse eco la doctrina española de las preocupaciones metodológicas que mani-
festaba la literatura extranjera. En tal sentido publicó SÁNCHEZ DIEZMA su trabajo
«Sobre el concepto del Derecho administrativo» en el tomo de 1895 de la Revista
General de Legislación y Jurisprudencia, del que se hace eco la doctrina extranje-
ra”. Pero el verdadero iniciador de una teoría general del Derecho administrativo
es POSADA *: primero, con la «Introducción» que puso a la traducción española de
una Obra de G. MEYER ?!; después, con un artículo publicado en 1895 en la Revue
de Droit Public, y, finalmente, en su Tratado de Derecho administrativo según las
doctrinas filosóficas y la legislación positiva, donde nos ofrece una noción radical-
mente nueva, y no exenta de interés, de la función administrativa y de su Derecho ?.
A) EL MÉTODO JURÍDICO
¿Qué se entiende por método? Con esta palabra (procedente del griego camino)
se quiere aludir a la vía a seguir para entrar en contacto con una determinada reali-
dad. Resulta paradójico —como ha señalado MARÍAS— que estando esa realidad
a nuestro alrededor necesitemos, sin embargo, «llegar a ella»; pero es que, como
afirmaba HERÁCLITO, «la naturaleza gusta de esconderse».
Todo método está en función, en primer lugar, del objeto científico que se inves-
tiga; en segundo lugar, del fin que con la aprehensión de dicho objeto persigamos.
De aquí que sea necesario distinguir entre: 1) método de investigación y elaboración
del Derecho administrativo en cuanto sistema científico, y 2) método de interpreta-
ción del Derecho administrativo (en cuanto ordenamiento positivo establecido). Es
curioso observar que, en ambos supuestos, la influencia recibida del Derecho privado
ha sido evidente.
Por lo que se refiere al primero, puede afirmarse que la historia de la elaboración
de la Ciencia jurídico-administrativa es la historia de la recepción del método jurí-
dico. El fenómeno se ha producido —como se verá— casi simultáneamente en los
diversos países europeos.
Por lo que se refiere al método de interpretación, junto a la ya apuntada influen-
cia privatista en el Derecho administrativo, ha de subrayarse asimismo una recíproca
influencia proviniente del Derecho administrativo, y que habría de terminar por agrie-
tar la rígida concepción de la exégesis civilista prevalente durante buena parte del
siglo XIX.
Después de la magna obra codificadora que realizara NAPOLEÓN, el intérprete
del Derecho civil queda reducido a la condición de simple exégeta, con un criterio
tanto más riguroso si se tiene en cuenta que el Código de Napoleón era comúnmente
considerado como el más alto exponente de la construcción racional de un sistema
33 Una de las posturas extremas en este sentido es la que se descubre en una conferencia pronunciada
en 1841 por BLONDEAU acerca de La autoridad de la ley (con el subtítulo Fuente de la cual deben emanar
hoy todas las decisiones jurídicas), quien rechaza las que llamaba «falsas fuentes de decisión que con fre-
cuencia suplantan la voluntad del legislador». BLONDEAU llegó a decir que «si un juez se encontrase ante
una ley ambigua o contradictoria, sin que sea posible poner en claro el pensamiento del legislador, dicho
juez tendrá entonces motivos tan poderosos para abstenerse como para intervenir y deberá considerar
como no existentes estas leyes y rechazar la demanda». Este caso es aducido por GÉnY (en Método de
interpretación y fuentes en Derecho privado positivo, 2.* ed. española, 1925, p. 23) como una verdadera
exageración de un método que, no obstante, era el vigente en Francia.
34 En este sentido decía STUART MILL, en su Sistema de lógica: «Bajo el imperio de un código escri-
to, el Juez no tiene que resolver cuál sea intrínsecamente el mejor partido en el caso particular que debe
decidir, sino tan sólo el artículo de la ley que le es aplicable, lo que el legislador ha dispuesto en el caso
análogo y la intención que debe suponérsele, por consiguiente, en el caso particular. El método que debe
seguirse es entera y exclusivamente un método de razonamiento, de silogismos, y el camino es el quel:
constituye todo razonamiento, la interpretación de una fórmula».
35 Pp. 59 a 128 de la 2.* ed. española.
36 Bernard GÉny (en De la méthode et de la technique du Droit privé positifa celles du Droit admi-
nistratif, en Le Conseil d'Etat. Libre jubilaire, París, 1952, pp. 277 a 293), ha puesto de relieve la influen-
cia y la importancia que las ideas de su padre tienen para el Derecho administrativo. Se debe igualmente
subrayar la influencia que, en su tiempo, tuvieron recíprocamente en F. GÉNY tanto la jurisprudencia
contencioso-administrativa del Conseil d'Etat como la jurisprudencia anglosajona.
37 Desde el año 1892, ORLANDO ha venido manifestando su desprecio por el método exegético, pues
LA CIENCIA DEL DERECHO ADMINISTRATIVO
141
B) EN FRANCIA
el jurista no debe ver en la ley sino la reproducción de un principio jurídico del cual ya debe tener noticia
y conciencia, y en tanto en cuanto tal principio es en ella declarado, entra la ley a formar parte del sistema
general del Derecho. Contra este método han reaccionado otros autores, como M. LA TORRE, para quien
tal método, debe ser calificado de filosofía jurídica, de mero proyecto, pero no de «ciencia jurídica»,
la cual como tal ciencia no debe ocuparse solamente del Derecho que debe ser, sino del que es (Elementi
di Diritto amministrativo, 1925, p. 32).
En Francia, la tradición de la escuela realista, a partir de DuGurIT, se impone como communis opinio
(vid. el prólogo de GARCÍA OVIEDO a la trad. española de Los principios generales del Derecho adminis-
trativo, de G. JÉZE, 1928). En autores más recientes este método sigue teniendo muy cualificados defen-
sores. «Frente a estas reglas (las jurídicas) —dice M. WALINE— la labor del jurista es de interprete, de
exegeta, de comentador. Aclarar las disposiciones oscuras, reunir las reglas dispersas en un cuerpo de
doctrina, trazar las reglas esenciales de las instituciones relegando a un segundo plano los puntos acceso-
rios, explicar el género y la razón de ser de estas reglas, las situaciones y las dificultades a las que han
de hacer cara, tal es esencialmente el papel de jurista». Sería un abuso de su cualidad por parte del jurista
—continúa diciendo— si se atreviese a declarar una ley contraria al Derecho, entendiendo por tal una
regla superior a la legislada, una de esas «leyes no escritas o infalible de los dioses» de que hablaba Antí-
gona. Esto no sólo contiene un fermento de anarquía, sino que no tiene nada de científico, pues tales
reglas informuladas e imprecisas varían de un jurista a otro y, como ha dicho JÉZE, toda tentativa de
establecer un Derecho sobre bases distintas del Derecho positivo, es «un monumento de inutilidad cierta
y de orgullo». Ahora bien, el jurista recobra su entera libertad de crítica sobre el valor jurídico de un
texto cuando éste no es legislativo, sino meramente reglamentario o jurisprudencial, porque entonces él
dispone de un punto de comparación preciso para establecer su valor: la ley (Manuel élémentaire de droit
administratif, 4.* ed., París, 1946, p. IX). Obsérvese cómo aquí el positivismo se lleva a sus últimas con-
secuencias. Lo correcto, empero, es distinguir entre vigencia y justificación de las leyes positivas, como
dos cuestiones distintas.
38 LARNAUDE, «Le droit public. Sa conception. Sa méthode» (en Les méthodes juridiques, París, 1911,
p. 21). En esta obra se muestra, no obstante, partidario de un sincretismo metodológico que supone la
admisión de puntos de vista jurídicos, histórico-comparativos y aprioristas.
39 «Les idées maítreses de deux grands publicistes francaises: Léon Duguit et Maurice Hauriou», en
L”année politique, 1929-30.
142 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
C) EN ALEMANIA
El iniciador del método jurídico en Alemania fue LABAND. Para este autor, la
simple trasposición de los principios del Derecho civil a las relaciones de Derecho
público no es ciertamente útil ni reporta ninguna ventaja; pero, a menudo, la conde-
nación del método civilista no oculta sino la repugnancia a tratar el Derecho público
de una manera jurídica, y rechazando los principios del Derecho privado se recha-
zan verdaderamente los principios del Derecho para reemplazarlos por consideracio-
nes filosóficas y políticas. En el estado actual de la literatura sobre el Derecho públi-
co —añadía LABAND— es preferible verla inspirarse demasiado en el Derecho civil
que verla perder todo carácter jurídico y caer al nivel de la literatura política perio-
dística*. LABAND aplica, como consecuencia, el método dogmático utilizado pre-
valentemente en el Derecho privado. La continuación de esta obra, en el campo ya
del Derecho administrativo, se logra con el Deutsche Verwaltungsrecht (1895-1896),
de OTTO MAYER, que construye su sistema sobre la teoría de la relación jurídico-
administrativa.
Una radical preocupación por la pureza del método jurídico conduce a la litera-
tura jurídica de lengua alemana (particularmente a los representantes de la escuela
vienesa) a un exagerado formalismo que viene a convertir el objeto de la investiga-
40 Por lo que respecta a otro gran publicista francés, H. BÉRTHÉLEMY, podemos utilizar la califica-
ción que él mismo se ha dado de «vulgarizador del Derecho administrativo». Esto está cumplidamente
justificado con las doce ediciones que logra entre 1900 y 1930 su Traité de Droit administratif. Su propó-
sito no es tanto renovador cuanto de defensa y mantenimiento de los «viejos principios». Para compro-
bar este aserto basta con la lectura de su trabajo «Défense de quelques vieux principes», en Melanges
Hauriou, 1929,
41 JÉZE, Los principios generales del Derecho administrativo, vol. l, trad. española, Buenos Aires,
1949,
42 Le droit public de empire allemand, t. I, trad. fr. 1900, pp. 4 y 5. Es a golpes de razonamientos,
de argumentos, de teorías jurídicas, como LABAND construye el imperio alemán y sus derechos, afirma
. LARNAUDE en el Prefacio que pone a la citada traducción francesa.
LA CIENCIA DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 143
ción —el Derecho— en un mero producto del método empleado. El más calificado
representante de esta postura para el Derecho en general ha sido KELSEN. En Dere-
cho administrativo debe citarse a Adolfo MERKL %. Pero un retorno a un Derecho
administrativo fundamentalmente inspirado en la realización de la justicia material
se descubre en la obra más importante del Derecho administrativo alemán contem-
poráneo: El Lehrbuch des Verwaltungsrechts, de E. FORSTHOFF (1.? ed., 1950), tra-
ducido al español en 1958.
D) EN ITALIA
E) EN ESPAÑA
Con el siglo XX puede decirse que tiene lugar en España la recepción del Dere-
cho administrativo europeo *. Esto es tanto como decir que se va a abrir paso la
el Derecho administrativo llega a su mayoría de edad y la escuela española adquiere representación y cor-
poreidad» (Evolución y panorama..., cit., p. 8).
47 La 26.* es la de 1964-65.
48 «El deber del profesor —explica el propio GASCÓN Y MARÍN— obligaba a exponer el Derecho ad-
ministrativo como tal ciencia jurídica, no como repertorio de legislación; había que estudiar los sujetos,
los actos administrativos, la organización, las cosas, los funcionarios, el servicio público y, sobre todo,
el régimen jurídico de la Administración» (La evolución de la ciencia jurídico-administrativa española...,
cit., p. 68).
42 Derecho administrativo, 1924 («Contestaciones al cuestionario de las oposiciones al Cuerpo de Se-
cretarios de Ayuntamiento de primera categoría»). Los diversos trabajos de este autor sobre Administra-
ción general y local han sido recogidos, con motivo de su jubilación, en volumen publicado en 1961 por
el Instituto de Estudios de Administración Local.
50 Resumen de Derecho administrativo y ciencia de la Administración , 2 vols., 1.? ed., 1920-22; 2.*
ed., 1930-31. De este mismo autor deben citarse, entre otros, sus importantes libros El contrato adminis-
trativo, 1927, y El acto administrativo, 1927 (con prólogo de HAURIOU).
31 Instituciones de Derecho administrativo, 2 vols., 1927-1930, y Derecho administrativo, 1.* ed., 1943;
5.* ed., de 1955, y ss., puestas al día por MARTÍNEZ USEROS. De este autor son también: La teoría del
servicio público, 1922; La concesión de servicios públicos, 1924; Nuevos derroteros de la expropiación
forzosa, Madrid, 1927. Y la trad. española de Los principios generales del Derecho administrativo, de
J. JÉZE, 1928, con un interesante prólogo en el que se aborda el problema del método jurídico.
32 Manual de Derecho administrativo, 1941; Manual de Derecho administrativo español, 1955, en el
que se quiere utilizar un método jurídico-histórico, y, finalmente, Tratado general de Derecho adminis-
trativo, t. 1, 1957, t. II, 1963, y t. III, 1973. Deben también recordarse de este autor: La expropiación
Forzosa: su concepto jurídico, 1928; Los contratos públicos: doctrina y legislación, 1934; El servicio pú-
blico, 1944, etc.
33 Se ha puesto repetidamente de relieve cómo, frente a una pureza metodológica, los tratadistas es-
pañoles de Derecho administrativo han estudiado esta disciplina mezclada con la ciencia de la Adminis-
tración (GASCÓN HERNÁNDEZ, Op. Cit., p. 13).
34 RoYo-VILLANOVA es el iniciador de una preocupación para construir el Derecho administrativo sobre
la base de la jurisprudencia. En esta línea debe citarse su trabajo Los términos municipales y sus altera-
ciones, 1945. Es curioso, sin embargo, señalar —y quizá esto no sea sino lógica consecuencia de su cons-
LA CIENCIA DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 145
57 LATOURNERIE (en «Essai sur les méthodes jurisdictionnelles du Conseil d'Etat», en Le Conseil
d”Etat, Livre jubilaire, París, 1952, pp. 177 y ss.) ha estudiado precisamente las contradicciones a que
da lugar el empleo en Derecho administrativo de la técnica excesivamente logicista y abstracta acuñada
por el Derecho civil. Por eso, este autor propugna que se tenga en cuenta el valor instrumental de los
conceptos jurídico-administrativos: «Los instrumentos en cuestión, por definición misma, tienen el ca-
rácter de simples medios en vista de estos fines»... «Se imanta así todo el Derecho público hacia ciertos
polos de atracción que, al equilibrio de su lógica interna, añaden un elemento capital de finalidad». Una
técnica «relativista» u «operacional» ha sido también propugnada por CHARLER en «Les fins en droit
public moderne», en Revue de Droit Public, 1947.
58 En «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en Revista de Administración Públi-
ca, núm. 7, 1952, pp. 44 a 46, y en Las transformaciones del régimen administrativo, Madrid, 1954,
pp. 78 a 85.
59 Se han objetado contra la analogía que establecemos entre los conceptos de interés público y ser-
vicio público —a los efectos de lo que se dice en el texto— por GARCÍA DE ENTERRÍA que mientras el inte-
rés público «es una exigencia de tipo general que es actuable en toda suerte de relaciones de Derecho,
el principio del servicio público es genuinamente propio de las relaciones del Derecho administrativo».
Pero esta distinción resulta poco convincente, por superflua. Es posible que hablar, en general, del inte-
rés público contenga alusiones a los problemas no específicamente administrativos; ahora bien, hablar
de la idea de interés público en Derecho administrativo supone, con inclusién de aquéllos, una alusión
específica a las cuestiones que para GARCÍA DE ENTERRÍA envuelve la noción de servicio público. No debe
olvidarse, por otra parte, que la idea de servicio público es equivoca, por cuanto, aparte de su aplicación
teleológica, sirve para la ordenación de un conjunto de instituciones que, frente a la policía y al fomento,
constituyen una parcela de Derecho administrativo.
LA CIENCIA DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 147
lares que puedan entrar en relación con la Administración pública, sino que, antes
bien, los engloba a todos ellos %.
Añádase a lo anterior la ventaja que supone la interpretación del Derecho admi-
nistrativo en función de una idea de suyo tan contingente e históricamente variable
como es la del interés público o servicio público. Todas las críticas que desde F. GÉNY
se han venido haciendo al método exegético pierden entonces su razón de ser, pues
el ordenamiento jurídico administrativo se convierte así en una disciplina jurídica
a la altura de las circunstancias y de acuerdo con las exigencias de los tiempos en
que el intérprete actúa. Quizá sea esta la razón de que, frente a algún expreso voto
en contra *!, comiencen a ser numerosas las adhesiones que posturas metodológicas,
como la que aquí se propugna, vienen suscitando %.
Ahora bien, ninguno de los razonamientos que nos han traído hasta aquí nos
debe hacer olvidar —pues no se trata de posturas contradictorias— estas dos reglas
fundamentales que determinan la postura del intérprete: 1.* en nuestro Derecho rige
60 Sin tener en cuenta este concepto del interés público, sería imposible explicarse las soluciones que
consagra el Derecho administrativo. Cuando un particular es expropiado, porque el Ayuntamiento va
a abrir una nueva calle cuyo trazado pasa, precisamente, por su propiedad, sacrifica su interés de propie-
tario al interés público municipal; pero al mismo tiempo y en cuanto vecino de dicho Municipio, no deja
de beneficiarse de la calle que se abre al tránsito. Viceversa, cuando la Administración por vía de recurso
descubre la ilegalidad del acuerdo impugnado, debe comprender que, dando la razón al recurrente, no
sólo no sacrifica el interés público al de ese particular, sino que, por el contrario, está realizando lo que
es obligado desde el punto de vista del interés público.
61 FORSTHOFF (en Lehrbuch..., cit., ed. 1951, p. 131) afirma que el método teleológico y la jurispru-
dencia de intereses no deben identificarse; dada la nula significación que esta última ha logrado en el
Derecho administrativo —añade— sólo debe hablarse del primero.
Pero cuando nosotros hablamos de la jurisprudencia de intereses no estamos aceptando sin más esa
postura metodológica con el valor entendido que en Derecho privado representa; fundamentalmente la
expresión no tiene aquí sino un sentido analógico.
62 LATOURNERIE (en Op. y loc. cit., pp. 167-268) se expresa de la siguiente forma: «Es el mayor inte-
rés conectado a estos fines sociales, el que mide su importancia... esta jurisprudencia se presenta, en efecto,
como una obra de conciliación entre intereses medidos y pesados, en relación con los valores a que con-
ciernen. Aparece en este sentido dominado por la preocupación... de no sacrificar a los intereses mayores
sino la parte estrictamente indispensable de los intereses menos importantes». En análogo sentido se pro-
nuncia VITTA (en su Diritto amministrativo, 1, 1948): «... en las relaciones privadas, el legislador está
dominado por el concepto de la equivalencia de los intereses en pugna...; en cambio, en las relaciones
entre el individuo y la Administración pública, el legislador está dominado por el concepto de la prevalen-
cia de los intereses de la segunda sobre los del primero, y la libertad no se tutela sino en cuanto no se
dan al respecto derechos de supremacías del ente público».
En La teoría della scienza giuridica se expresa así el italiano BoBBIO: «En todas las formas de inter-
pretación que no sean meramente filológicas, el elemento normativo o teleológico está siempre presente
en grado mayor o menor, lo cual se ve con gran relieve en la llamada jurisprudencia de intereses». Pues
bien, comentando este párrafo de BoBBIO, dice ORLANDO (en «In torno and alcune fasi storiche e criti-
che del Diritto amministrativo in Italia dopo il 1890», en Rivista Trimestrale di Diritto Pubblico, 1952,
núm. 2); «¡La jurisprudencia de intereses! ¿Y no es ésta, por excelencia, la jurisprudencia más específica-
mente propia del Derecho administrativo en esta fase de ulterior desarrollo que nuestra ciencia ha tenido
en los sesenta años de su historia objeto del presente estudio?».
La doctrina portuguesa también se ha hecho eco de estas tendencias. Así, RODRÍGUEZ QUEIRÓ (en O
poder discricionario na Administracaó, 1944) entiende que el Derecho administrativo es una disciplina
de intereses y las leyes administrativas prevén o regulan conflictos de intereses entre Administración y
particulares y los resuelve de forma que las necesidades públicas queden satisfechas.
Nuestra postura favorable al método de la jurisprudencia de intereses aplicada al Derecho administra-
tivo ha sido criticada por GONZÁLEZ PÉREZ (en «El método en el Derecho administrativo», en Rev. Adm.
Púb., núm. 22, 1957, pp. 67 y ss.); sin embargo, sus propias palabras demuestran la base en que nos
apoyamos y el sentido en que debe interpretarse nuestra postura, cuando reconoce: «Claro está que, nor-
malmente, la finalidad de las normas jurídico-administrativas es el interés público» (loc. cit., p. 70).
148 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
el principio fundamental de la primacía del Derecho escrito; 2.* la actitud del intér-
prete consiste, por tanto, fundamentalmente, en desentrañar el sentido del Derecho
escrito; 3.* la primera de nuestras fuentes de Derecho escrito es la Constitución, cuya
letra, así como los principios que incorpora, son de aplicación primaria y criterio
de interpretación del resto de nuestro Ordenamiento jurídico %.
63 En nuestro trabajo (Dos métodos en el estudio de la Administración Pública, Sevilla, 1961) hemos
reaccionado en cierta medida contra el descrédito, quizá excesivo, en que ha querido colocarse al método
exegético. Siendo el Derecho administrativo francés una creación, en buena parte de la jurisprudencia,
no debe extrañar que en aquel país haya ocurrido así. Empero, el Derecho administrativo español no es
obra de la jurisprudencia. Entre nosotros, la subordinación del juez de lo contencioso-administrativo a
la Ley no es solamente un principio constitucional, sino, además, una subordinación de prestigio. La pro-
pia Ley de la jurisdicción contencioso-administrativa, de 1956 (no obstante haber sido redactado el ante-
proyecto por el Poder ejecutivo) contiene preceptos que han sido formulados pensado expresamente en
una jurisprudencia tradicionalmente formalista, que ahora queda derogada. En los últimos tiempos nues-
tro Derecho administrativo ha conocido la aparición de una serie de grandes leyes que han venido a intro-
ducir la certeza donde antes reinaba el caos. Esto es una conquista y los conquistadores imponen sus mé-
todos.
En el trabajo antes citado llegamos, pues, a la conclusión de que la interpretación del Derecho admi-
nistrativo debe hacerse en consonancia con: 1) los principios político-jurídicos que informan el Ordena-
miento positivo; 2) la noción de interés público, y 3) a falta de precepto positivo expreso, los principios
del Derecho natural. Entendemos, sin embargo, que todas éstas son correcciones que no desvirtúan la
idea radical de la exégesis, a saber: que el intérprete ha de considerarse a sí mismo en una situación de
subordinación con respecto a la Ley escrita, o lo que es lo mismo, que el intérprete no es legislador y
ha de admitir, por tanto, la Ley, le guste o no le guste. Por lo demás, nuestro propio Tribunal Supremo
no solamente no ha caído en la tentación de sentirse legislador, sino que, al contrario, ha sancionado
la misma doctrina que acabamos de exponer. En su sentencia de 20 de febrero de 1965 afirma: «... el
Estado dicta el Derecho y a la jurisdicción sólo atañe proyectarlo y aplicarlo al caso concreto; por ello
es peligroso usar de un subjetivismo interpretativo que desborde la norma, que infringiría nuestra Ley
Orgánica de Tribunales, que les confiere sólo juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, pero no una labor legis-
lativa al socaire de una interpretación». Para llegar a esta conclusión el Tribunal Supremo invoca los prin-
cipios de certeza del Derecho y seguridad jurídica. Quizá más rotundamente todavía queda afirmado el
«principio de la prioridad de la Ley escrita» en la sentencia de 21 de enero de 1965: «La interpretación
de las normas reglamentarias acudiendo a otros elementos de juicio procede si los mismos presentan du-
das u oscuridades en la dicción, pero no cuando enuncian claramente los conceptos e ideas que les pre-
siden». La Constitución española y su interpretación por el Tribunal Constitucional se convierten ahora
en regla hermenéutica fundamental.
La interpretación del Derecho por el propio legislador es cuestión que ha sido abordada por VILLAR
PALasí, en El mito y la realidad en las disposiciones aclaratorias, Madrid, 1965.
CAPITULO VII
LA CONSIDERACION NO JURIDICA
DE LA ADMINISTRACION PUBLICA:
LA CIENCIA DE LA ADMINISTRACION
La Administración, como cualquier otro objeto que pueda serlo del conocimiento
humano, es susceptible de ser considerada científicamente desde ángulos diversos.
Hasta aquí nos hemos ocupado de ella en cuanto al Derecho administrativo !, lo que
supone, por definición, la adopción de una perspectiva determinada —la jurídica—
y, consiguientemente, el acotamiento formal de dicho objeto para obtener un con-
cepto de lo administrativo que sirva a delimitar el ámbito de aplicación de aquella
disciplina?. Si a continuación vamos a referirnos al estudio no jurídico de la Ad-
ministración, la coincidencia del objeto material no supone, sin embargo, que el propio
objeto formal que para el Derecho administrativo se delimitó sea también el que haya
de marcar ahora los límites de los nuevos estudios; por el contrario, ciertas restric-
ciones que antes nos parecieron necesarias en la sistematización del punto de vista
jurídico no tendrán ahora razón de ser. Así, si el Derecho administrativo nada tiene
que ver con el ordenamiento jurídico de las administraciones privadas, no puede
decirse otro tanto respecto de la aplicabilidad a estos sectores de los principios y reglas
de la ciencia de la Administración ?.
del Derecho administrativo, determina a su vez la discrepancia entre el objeto de la ciencia de la Adminis-
tración y el Derecho administrativo. Esta discrepancia entre el objeto de la ciencia de la Administración
y el Derecho administrativo ha sido advertida oportunamente por algunos autores. Así, P. MEYER señala
que el Derecho administrativo define la Administración pública como «la actividad desarrollada por las
autoridades públicas, con independencia de la naturaleza material de esta actividad»; donde, no obstante
las dudas que suscita el término «autoridades públicas», se entiende una referencia al Poder ejecutivo.
«Naturalmente —añade este autor—, estas definiciones formales no nos ayudan mucho a nuestro objeto
de definir la tarea investigadora a que corresponde la designación de ciencia administrativa». Aquí lo
que interesa es caracterizar la «función administrativa» para descubrir los rasgos distintivos de esta par-
ticular forma de conducta humana (Administrative organization, Copenhague, 1957, pp. 26 y 27).
3 Respecto al ámbito de aplicación de los principios de esta ciencia, es sintomático el ejemplo que
pone H. SimON: «Las diferencias —dice este autor— en la organización y problemas administrativos en-
tre un hospital que tiene cien camas y otro que tiene cincuenta son mayores que las diferencias que resul-
tan del hecho de que un hospital sea privado y otro de propiedad pública». (Citado por MEYER en loc.
cit., p. 48).
4 FLEINER, Instituciones de Derecho administrativo, trad. esp., p. 36.
3 Para JORDANADE POZAS la más antigua obra sobre esta materia es el Traité de la Police, de Nicolás
DE LA MARE, publicado en París el año 1713. Sin embargo, los tratados más conocidos han sido escritos
en lengua alemana. Por lo que se refiere a España, señala que son tres los tratados de Policía publicados
en nuestro país: el primero, en orden cronológico, es la traducción de la obra de Just (Grundsátze der
Polizeiwissenschaft, Gótingen, 1785), que apareció en Barcelona el año 1794 con el título Elementos ge-
nerales de Policía, debida a la pluma de don Antonio Francisco PuIG GELABERT; el segundo lleva por
título /dea general de la Policía o Tratado de Policía sacado de los mejores autores que han escrito sobre
este objeto. Valencia, 1799 a 1802, de don Tomás VALERIOLA RIMBAU, absolutamente inspirado en el
tratado de DE LA MARE; el tercero se debe a don Valentín DE FORONDA y su título fue Cartas sobre la
Policía, Madrid, 1801. (JORDANA DE Pozas, «Los cultivadores españoles de la Ciencia de la Policía», en
Centenario de los iniciadores de la Ciencia jurídico-administrativa española, Madrid, 1944, pp. 136 y ss.).
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA 151
Vid. asimismo las interesantes observaciones de G. MIGLIO, «Le origine della Scienza dell? Amministra-
zione», en La Scienza della Amm., Milano, 1957.
6 Principes d'Administration publique, 1808, y Abregé des principes d'Administration, 1819.
7 Etudes administratives, 1845.
8 Cours de Droit public et administratif, 1.* ed., 1850.
9 Cfr. G. LANGROD, «Science et enseignement de l'Administration publique», sep. de la Revue In-
tern. de Sciences Adm., núm. 3, 1954, pp. 549 y 550.
10 Copacci-PISSANELLI, «Trattazione e insegnamento delle discipline amministrative secondo A. Sa-
landra», en Scritti giuridici della Facolta Giuridica di Roma in onore di A. Salandra, 1928, p. 16.
Es indudable que esta misma era la opinión de ORLANDO cuando objetaba contra la posibilidad de
explicar independientemente, de una parte, los principios racionales y filosóficos que inspiran las leyes
administrativas (Ciencia de la Administración); de otra, el mero contenido de tales leyes (Derecho admi-
nistrativo). La objeción de ORLANDO ha sido a veces mal traída, para hacer creer que se dirigía contra
quienes, por un excesivo amor a la exégesis, negaban lugar en el Derecho administrativo a la Ciencia del
152 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Derecho administrativo. Esto no es cierto, ni creemos lo haya mantenido nunca nadie: lo que que se pre-
tendía desplazar del estricto Derecho administrativo no era la dogmática o ciencia jurídica (por otra parte,
escasísima en aquella época), sino el conjunto de principios metajurídicos (políticos, de Oportunidad, etc.)
que se habían tenido en cuenta al dictar cada disposición administrativa.
1! Elementi di Scienza dell'Amministrazione, 2.* ed., 1890, p. 7.
12 SANTI ROMANO, Diritto Amministrativo, ed. 1927, pp. 17 a 20; ZANOBINI, Corso di Diritto Ammi-
nistrativo, vol. 1, 1947, p. 46.
13 L. WHITE, Introduction in the Study of Public Administration, Prefacio a la 1.* ed. Vid. nuestra
o a la 3.* ed. de esta obra (1949), en el núm. 2 de la Revista de Administración Pública, 1950,
Pp. y Ss.
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA
153
19 Los cultivadores españoles..., cit., p. 136. En esta dirección debe citarse igualmente a FERNÁNDEZ
DE VELASCO, único autor español que incluye deliberadamente la ciencia de la Administración en el títu-
lo de su Tratado (Resumen de Derecho administrativo y Ciencia de la Administración).
20 Primeramente, en su trabajo «Estudio y enseñanza de la Administración pública», en loc. cif., y,
desde que ocupó la cátedra de Derecho administrativo y Ciencia de la Administración en la Facultad de
Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid, en diversos trabajos y en las periódicas
revisiones de la obra de su padre Elementos de Derecho administrativo.
21 S. Royo-VILLANOVA, La idoneidad de los funcionarios públicos, discurso de apertura del curso
académico 1946-47 en la Universidad de Madrid, p. 92. Del mismo autor, vid. su discurso de ingreso en
la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Aspectos de la reforma administrativa, Madrid, 1960.
22 Por supuesto que se puede hacer una enumeración más pormenorizada que la que se admite en
el texto, aunque esto no lo exige el propósito de nuestro estudio. A efectos de ilustración, valga la clasifi-
cación de tendencias que hace MUÑOZ AMATO (en Introducción a la Administración pública, F. C. J.,
Méjico, 1954, pp. 63 a 86): 1) El enfoque jurídico de la Administración (es decir, el que da lugar al Dere-
cho administrativo con olvido de otros puntos de vista. 2) La «Administración científica» (scientific mag-
nagement), cuyo fundador se considera a TAYLOR, habiéndose recibido en la Administración pública sus
métodos sobre «racionalización del trabajo». 3) Cientifismo y especialización en la Administración pública
(que se caracteriza por el empeño de definir la autonomía de la Administración pública y crear una espe-
cialización con unidad e independencia, aplicando los métodos positivistas de las ciencias naturales). 4)
El enfoque político, científico y filosófico (aquí la disciplina de la Administración pública es una subdivi-
sión de la teoría del Estado: así, «los que estudian los procesos administrativos con este enfoque esclare-
cen mejor los aspectos constitucionales, las relaciones con los Poderes legislativo y judicial, los controles
políticos, la distribución real del poder, las presiones de los partidos y demás grupos de intereses comu-
nes, la influencia de la opinión pública y otros factores políticos, que tienen mucha significación para
la Administración pública»). 5) El estudio científico de las relaciones humanas (que concentra su aten-
ción «en los aspectos psicológicos y sociológicos de los procesos administrativos, tanto en empresas pri-
vadas como públicas..., aspirando a revisar las fórmulas tradicionales mediante una mejor comprensión
del elemento humano»). 6) El enfoque antropológico (que trata de penetrar en el significado del estilo
peculiar de vida de cada pueblo, analizando la Administración como una fase de su cultura). 7) Normati-
vismo y relaciones humanas (que trata de utilizar el enfoque de las relaciones humanas para la consecu-
ción de los ideales liberal-democráticos en la Administración pública: es necesario democratizar la Admi-
nistración misma, internamente), y 8) La actitud práctica (que consiste en entender que los principios
y esquemas previos son insuficientes, pues cada caso concreto tiene sus propias exigencias, que han de
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA 155
ser resueltas a base de «sentido común» y «buen juicio»). Vid. asimismo nuestro libro Dos métodos en
el estudio de la Administración pública, Sevilla, 1961.
También puede consultarse la clasificación de tendencias que se exponen en su libro, MOSHER y Cim-
MINO, Ciencia de la Administración (trad. española, Madrid, 1961) y en el de W. JIMÉNEZ CASTRO, /n-
troducción al estudio de la teoría administrativa, ed. F. C. E., 1963. Un original y reciente enfoque de
la ciencia administrativa se encuentra en J. I. JIMÉNEZ NIETO, Teoría general de la Administración, Tec-
nos, Madrid, 1975. Estas obras son especialmente recomendables para el lector de lengua castellana.
23 STEIN, La Scienza della Pubblica Amministrazione, versión italiana de la Biblioteca Brunialti,
PPABSIY SS
24 Saggi di economia politica, statistica e scienza dell*Amministrazione, Torino, 1880, p. 31.
25 Así lo afirma BRUNIALTI, en la Introducción a la antes citada obra de STEIN, p. 44.
156 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
tivo. Para este autor, el fenómeno administrativo puede ser considerado desde un
triple punto de vista, correlativo de sus tres aspectos o vertientes. Así, por ejemplo,
la prestación gratuita de los servicios de beneficiencia, a cargo de órganos adminis-
trativos, puede ser examinada desde este triple punto de vista: 1.% El punto de vista
de las relaciones jurídicas que pueden surgir entre el médico de beneficiencia y el
enfermo (derecho de éste a reclamar la asistencia de aquél y consiguientes obligacio-
nes del médico) y entre el médico y el servicio estatal a que pertenece (pertenencia
a una plantilla de funcionarios, derecho al sueldo, etc.). 2.? El punto de vista de
la actuación del órgano administrativo (el médico) en cada caso concreto en orden
a realizar una eficiente labor encaminada a combatir la enfermedad con que se
enfrenta, y 3.2 El punto de vista de la conveniencia y oportunidad que para la Admi-
nistración pública supone organizar y mantener un servicio sanitario de beneficien-
cia y si, una vez organizado el servicio, debe ser gratuito o exigir al particular el pago
de una pequeña tasa; si deben existir organismos de beneficencia en cada circuns-
cripción territorial del país o solamente en aquellas que por especiales circunstancias
ofrezcan mayores necesidades, etc. Pues bien, los anteriores puntos de vista dan lugar
a otras tantas ciencias independientes entre sí. El primero fundamenta el Derecho
administrativo; el segundo responde a los criterios técnicos que proporcionan disci-
plinas que nada tienen que ver con lo administrativo, como propias que son de la
especialidad médica; el tercero, finalmente, fundamenta la ciencia de la Administra-
ción, distinta del Derecho administrativo 7. Pues bien, como señala el propio PRE-
SUTTI, la ciencia de la Administración es una ciencia política, aunque no es la cien-
cia política, pues no trata de los fines específicos que el Estado debe proponerse,
sino sólo de aquellos casos en que, para el mejor cumplimiento de los fines asigna-
dos a la actividad estatal, es necesaria la intervención de la Administración pública,
determinando las modalidades de tal intervención ”.
Entre los autores modernos vuelven a repetirse las dudas, que ya formulara OR-
LANDO, respecto de la conveniencia y posibilidad de construir —y esto no deja de
ser paradójico precisamente en boca del iniciador del método jurídico en el Derecho
público italiano— un Derecho administrativo que prescinda de los principios racio-
nales que justifican las leyes administrativas y de la génesis histórica y, si se quiere,
filosófica de sus instituciones %. Así, F. BENVENUTI entiende que ni la parte gene-
ral ni la parte especial del Derecho administrativo pueden explicarse sin tener cuenta
del «fenómeno administrativo»: hay una Administración en sentido material que con-
diciona, por tanto, el desarrollo y los resultados de la investigación jurídica, y es
esta Administración la que debe constituir objeto de una consideración autónoma
capaz de reconstruir en un sistema los varios elementos, consiguiendo así la dignidad
científica ””.
Con gran originalidad se plantea el problema por CATALDI, para quien la cien-
cia de la Administración es la que debe determinar los criterios rectores de una «bue-
na Administración», concepto paralelo al del «buen padre de familia», que utiliza
el Derecho privado, con lo que vendría a construir un punto objetivo de contraste
para la fiscalización de lo que la Administración realiza en uso de sus poderes discre-
cionales *%. Aunque CATALDI habla aquí de técnica organizativa, racionalización del
trabajo y criterios de productividad, es lo cierto que, en definitiva, una ciencia cuyo
objeto sea la determinación de cuándo se administra bien y oportunamente, es una
ciencia política. Entre los autores de lengua española, BIELSA considera la ciencia
de la Administración como «un conjunto de principios de política administrativa de
carácter general y, por consiguiente, sin dependencia de un determinado sistema le-
gal positivo» ?'.
Mayor interés tiene el planteamiento formulado entre nosotros por GARCÍA DE
ENTERRÍA. Considerando que la distinción montada por la literatura europea entre
Derecho administrativo y ciencia de la Administración se resiente de una preocupa-
ción metódico-formal de origen kantiano, en la que es el método quien crea el objeto,
aboga resueltamente por la necesidad de que la Administración sea vista como una
realidad política, lo cual, lejos de ser una obviedad, ha de ser subrayado con tanta
más fuerza cuanto que las tendencias actuales lo son en el sentido de acentuar el estudio
de lo que hay de común (en el terreno estructural y en el operativo) entre la Adminis-
tración pública y la privada”.
La creación de una Cátedra de Ciencia de la Administración (separada del Dere-
cho administrativo) en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universi-
dad Complutense plantea a su primer titular, el profesor BAENA DEL ALCÁZAR, el
reto de una construcción científica autónoma. Su «Curso de Ciencia de la Adminis-
tración», recién publicado, abre perspectivas esperanzadoras para una consideración
de las Administraciones públicas como factores políticos de primera magnitud, en
cuanto instrumentos de realización del Estado social y democrático de Derecho.
30 CATALDI, «Il potere discrezionale della pubblica Amministrazione e la tecnica organizzativa», sep.
de la rev. L'Organizzazione Tecnica della Pubblica Amministrazione, 1954, núm. 3, p. 4.
31 BieLsa, Ciencia de la Administración, 2.* ed., Buenos Aires, 1955, Prefacio, p. VII. Vid. el apén-
dice «Sobre la autonomía de la Ciencia de la Administración», que incluye el autor en las pp. 605 y ss.
de su obra. En los ejemplos que pone en las pp. 606 y 607 se mezcla la ciencia de la Administración con
la moral y la ideología democrática. l
32 La Administración española, Madrid, 1961. Los trabajos que agrupa el autor en este volumen in-
tentan ser una justificación de la unidad temática que implica el estudio de la Administración, Desde otra
perspectiva, GARCÍA MADARIA, Teoría de la Organización y sociedad contemporánea, Madrid, 1985; R.
BAÑÓN y J. A. OLMEDA, La institución militar en el Estado contemporáneo, 1985.
33 W. WILSON, «The Study of Administration», en Political Science Quarterly, vol. 2, 1887, pp. 197
a 222. Se ha reeditado en el vol. 56 (1941) de la misma revista.
158 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
3. ¿CIENCIA DE LA ADMINISTRACION
O CIENCIAS ADMINISTRATIVAS?
Al llegar a este punto nos encontramos en la necesidad de resolver las dos cues-
tiones siguientes: 1.? Si de cuanto hasta aquí se ha dicho se deduce la existencia de
una ciencia de la Administración en el sentido riguroso del término. 2.*? Si, con inde-
pendencia de lo anterior, es conveniente y necesario el estudio de los aspectos no
jurídicos de la Administración pública. Aun dentro de esta cuestión se planteará,
47 LANGROD, Op. cit., p. 568. Para GUMPLOWICZ los diversos sectores de los conocimientos humanos
están emparentados de talpa que no puede decirse que existan ciencias aisladas respecto de las otras.
Unas funcionan para otras como ciencias auxiliares (Hilfswissenschaften). Pues bien, en esta misma si-
tuación se encuentra la ciencia administrativa: se trata de apreciar, en relación con el Estado, los resulta-
dos de otras ciencias diferentes que, en relación con ella, son ciencias auxiliares.
48 Op. cit., p. 569.
49 Op. cit., p. 591.
50 Op. cit., pp. 591 y 595.
162 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
51 SEELDRAYER, «L'objet d'une science ne peut étre que la systématisation d'un point de vue», en Re-
vue Internat. des Sciences Administratives, 1950, núm. 8, 439 y ss.
32 Un planteamiento que responde a estas exigencias es el que formulara PRESUTTI en sus ya citados
Principii... Vid. nota 26.
53 Copiamos el siguiente párrafo de las Cartas sobre la Policía, de FORONDA, según es transcrito por
JORDANA DE POZAS («Los cultivadores españoles de la Ciencia de la Policía», en loc. cit., 514): «Supon-
gamos que el Corregidor de Madrid mandara que desde el 1.” de agosto hasta el último pusiese cada veci-
no en los parajes de las casas más acosadas de moscas dos varetas enligadas, que se recogiesen todas las
oches por barrios y se quemaran; dígame usted, ¿qué resultaría de esta operación? Que en cada vareta
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA 163
Por lo que se refiere a las tendencias modernas, quedan asimismo en pie las más
graves dudas acerca de la licitud de tal ciencia. En efecto, o se monta sobre puntos
de vista que carecen de la dignidad necesaria para justificar una ciencia, como es
el caso de la aplicación a la Administración pública de los métodos de racionaliza-
ción del trabajo y organización de oficinas (y que frecuentemente se reducen a una
serie de slogans y máximas que aconseja la experiencia), o se hacen en una heteroge-
neidad de puntos de vista, contra lo que, según antes se ha dicho, exige una ciencia.
Ha de observarse que, aparte la solución que se dé al problema que ahora tratamos,
existe acuerdo en cuanto a notar el diverso origen de los conocimientos sobre la Ad-
ministración pública. Así, intentando seguramente obviar la objeción que nos ocu-
pa, LESSONA ha distinguido entre una ciencia de la Administración, cuyo objeto es
la determinación de cuáles sean los fines de la Administración —y que, por tanto,
es más una ciencia política que administrativa—, una ciencia administrativa, cuyo
estudio se encamina a la organización y acción administrativa, en función de la ma-
yor eficacia para el cumplimiento de sus fines, y, por último, el Derecho administra-
tivo %*. Asimismo, CATALDI encierra en la denominación técnica administrativa una
serie de materias diversas que van desde la psicología (lo que los anglosajones lla-
man human relations) al estudio de la mecánica y de los demás elementales medios
técnicos (aparatos que debe haber en las oficinas): el único ligamen es la necesidad
de hacer funcionar bien la Administración. Por su parte, SEELDRAYERS * y LAN-
GROD * se han esforzado justamente en poner de manifiesto que, supuesta la índo-
le del fenómeno administrativo, aquí se verifica una síntesis de disciplinas diversas,
jurídicas, políticas, técnicas, etcétera ”. Pero aun admitiendo la individualización de
los «fenómenos administrativos puros, comunes a cualquier tipo de acción adminis-
trativa, a lo más que podría llegarse es a una «teoría de la organización», cuyo alcance
es obviamente más limitado que el que se postula para la ciencia de la Administra-
ción pública.
Supuesta la diversidad de origen de los conocimientos que se manejan en el estu-
dio de la Administración pública, hay que convenir en que la pretendida ciencia no
caerían lo que menos quinientas moscas; por consiguiente, los treinta y dos mil vecinos que se encuentran
en la Corte presentarían sesenta y cuatro mil varetas, esto es, treinta y dos millones de moscas diarias,
que componen novecientos sesenta millones de moscas al mes, y en dos, mil ochocientos veinte millones.
¿Cree usted que hay tanto número en Madrid? Supongo que dirá usted que no. Pues véalas extermina-
das». ¡La ciencia de la Administración no puede consistir en un procedimiento para exterminar moscas!
54 «L'insegnamento del Diritto amministrativo e delle Scienze Amministrative», en Nuova Rassegna
di legislazione, dottrina e giurisprudenza, junio 1951, p. 801. Por su parte, A. DE VALLÉS («El problema
teórico y didáctico de las Ciencias administrativas», en R. A. P., núm. 22, 1957, p. 105) niega el carácter
científico a las varias técnicas que en los últimos años ha conseguido cierta difusión al convertirse en ma-
teria de enseñanza universitaria y en relación con la Administración pública. «Todos estos estudios pue-
den realizarse en un plano puramente especulativo y racional y acabar en teorías que no son leyes o nor-
mas deducidas de una ciencia, sino conceptos doctrinales de determinados fenómenos». En la práctica
—añade De VaLLÉs— es fácil confundir «un principio de buen sentido con un principio racional» (p. 106).
55 «Eléments d'une théorie de l'Administration», en Rev. Intern. des Sciences Administratives, 1950,
núm. 1, pp. 8 y ss.
56 LANGROD, Op. Cit., pp. 569 y ss. mn
57 MOLITOR se refiere a este problema en su Nota inicial para la Reunión de Profesores de Derecho
administrativo y de Administración pública que tuvo lugar en el X Congreso Internacional de Ciencias
Administrativas (Madrid, septiembre de 1956). Vid. en Rev. de Administración Pública, núm. 21, septiembre-
diciembre de 1956, pp. 531 y ss.
164 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
es, como señala GIANNINI, sino una disciplina aplicativa (como, en general, lo son
las llamadas disciplinas técnicas), o sea, una disciplina en la que encuentran aplica-
ciones los conocimientos propios de otras ciencias, de carácter teórico y de la más
diversa naturaleza, a una determinada rama de la conducta humana que, por sus
implicaciones, ha adquirido tal complejidad material que necesita ser encomendada
a personas con una específica preparación. Así es que —continúa GIANNINI— esta
ciencia de la Administración, partiendo de conocimientos de ciertas disciplinas teó-
ricas, estudia lo relativo a la organización de los engranajes administrativos y al
desarrollo de la acción administrativa, o sea, estudia las modalidades de producción
de los servicios. Los conocimientos teóricos aquí aplicados son principalmente los
elaborados por la sociología, las ciencias económicas y las ciencias jurídicas *,
Estas apreciaciones son particularmente correctas, sin que tengamos que añadir
por nuestra parte sino que, precisamente por las razones expuestas, la expresión ciencia
de la Administración sólo cabe emplearla en un sentido figurado y para hacer refe-
rencia a aquellos capítulos especiales de diferentes ciencias en que se plantea la apli-
cación de las mismas a la Administración pública ”.
38 GIANNINI, «Identificazione delle discipline dirette allo studio degli aspetti non giuridici dell?azione
amministrativa», sep. de L*Organizzazione Tecnica della Pubblica Amministrazione, 1954, núm. 3, p. 6.
59 Por eso se ha hablado del «lugar geométrico de los estudios cuyo objeto es la Administración pú-
blica». Vid. MOLITOR, en su Nota inicial, antes cit., en loc. cit., DOSSS
E A. DE VALLÉS entiende, por el contrario, que la afirmación de que es preciso enseñar la adminis-
tración para formar buenos administradores hay que entenderla debidamente limitada. «La enseñanza
de las disciplinas administrativas —añade— es útil para crear buenos funcionarios, pero absolutamente
indiferente para los administradores en el verdadero y propio sentido de esta expresión» (en El problema
teórico y didáctico de las Ciencias administrativas, cit., p. 107). Pero realmente, DE VALLÉS se está refi-
riendo a los funcionarios políticos, respecto de los cuales tampoco tenemos nosotros inconveniente en
suscribir, aunque «también con limitaciones», su afirmación.
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA 165
Con la recepción del método jurídico para la construcción del Derecho adminis-
trativo se inició la tendencia que terminó, en la literatura continental europea, con
61 Se puede incluir aquí lo que CATALDI (en Gli studi non giuridici sull”attivita della Pubblica Ammi-
nistrazione, comunicación presentada al Congreso de Profesores de Derecho administrativo, Roma, octubre
de 1954) llama técnica de la organización administrativa, y que, según él, comprende: a) Los métodos
de trabajo para el desenvolvimiento de la acción administrativa (organización general de las funciones
y de los servicios administrativos; la distribución de las competencias; preparación y desarrollo del traba-
jo; análisis del trabajo; contabilidades analíticas; valoración del rendimiento y coste del trabajo adminis-
trativo. b) Los instrumentos de trabajo en general, y en especial, la mecanización. c) El elemento humano
en la acción administrativa (relaciones humanas, entendidas como relaciones internas de la Administra-
ción; relaciones públicas, en el sentido de relaciones externas). d) La dirección de la acción administrativa
(medios para el mejor desarrollo de las funciones directivas). Vid. un excelente resumen de las ponencias
presentadas a los Congresos de Roma, Venecia y Varenna (dedicados a estas cuestiones) en R. ENTRENA
CUESTA, «Modernas tendencias de los estudios sobre Ciencia de la Administración en Italia: el Congreso
de Varenna», en Rev. de Admón. Púb., núm. 18, 1955, pp. 365 a 380.
62 Un ejemplo del contenido de este estudio lo constituye el clásico libro ya citado de PRESUTTI, Prin-
cipii di Scienza dell? Amministrazione.
63 Estos son los problemas que se tratan, por ejemplo, en la Ciencia de la Administración, de BIELSA.
64 Vid. nuestro trabajo «Tendencias actuales en relación con el perfeccionamiento de las categorías
superiores de la función pública», en la Revista de Administración Pública, núm. 20, mayo-agosto 1956,
pp. 47 y ss.
65 Aparte de que, en general, pueda decirse que los Manuales españoles de Derecho administrativo
166 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
tratan al mismo tiempo de la ciencia de la Administración. Pero esto, desde otro ángulo, es realmente
una objeción contra su falta de pureza metodológica.
%6 Además de que el propio Derecho administrativo perdería, corriendo el riesgo de nublar la con-
ciencia, tan fatigosamente conseguida, del método adecuado a esta disciplina jurídica.
% BENVENUTI, Scienza dell'Amministrazione, Diritto amministrativo e Riforma della Pubblica Am-
ministrazione, Cit., p. 416, dice: «Si abrimos uno de nuestros manuales, de nuestros cursos, principios,
instituciones de Derecho administrativo, encontramos aproximadamente un planteamiento análogo: una
parte que se llama parte general constituye premisa de aquellas que se llaman partes especiales, o tam-
bién, los objetos específicos de la Administración pública. Ahora bien: ¿esta división corresponde a una
división del Derecho positivo? Muchas veces me he permitido dudarlo y he pensado que probablemente
si hubiese podido, en un sistema puramente jurídico, hacer una reconstrucción completamente diferente
de la que tradicionalmente invade nuestros estudios, nuestras enseñanzas; mas queriendo tener en cuenta
también el fenómeno administrativo subyacente, probablemente no se hubiese podido hacer nada dife-
rente, porque dicha parte general no es solamente la parte general del Derecho administrativo, sino que
es la parte general de la Administración pública. Es decir, en aquella parte se considera el fenómeno ad-
ministrativo independientemente de sus objetos singulares, de los fines particulares que se propone la
Administración pública, se estudia, empero, también la Administración en sí misma y no la Adminis-
tración en relación con los fines que le son asignados». Esto es particularmente cierto en relación con
el estudio de la organización administrativa, que no falta en ningún manual de Derecho administrativo.
LA CONSIDERACION NO JURIDICA DE LA ADMINISTRACION PUBLICA 167
68 Vid. nuestro libro Dos métodos en el estudio de la Administración Pública, cit., pp. 107 y ss.
6% Esto es exactamente lo que propugna ForsTHOFF cuando afirma que la justificación de la Ciencia
de la Administración está cabalmente en la insuficiencia del sistema de Derecho administrativo. En es-
tas condiciones, el jurista ha de proceder a un análisis de la realidad con medios extrajurídicos, para uti-
lizarlos después, junto con los jurídicos, en su propia investigación jurídica, es así —afirma— por lo
que «esta Ciencia de la Administración no está en contraste con el Derecho administrativo, sino que es
un medio necesario y legítimo para su ulterior desarrollo» («Giustificazione e compiti di una scienza
dell'amministrazione» en La Scienza en la Tecnica della Organizzazione nella Pub. Amm., abril-junio,
1963, p. 225; este trabajo aparece igualmente publicado en ForsTHoFF, Rechtsfragen der leistenden Ve-
waltung, Stuttgart, 1959, pp. 47 y ss.).
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SUMARIO: 1. Concepto y clases de fuentes.—2. La jerarquía de las fuentes del Derecho administrativo:
A) Enumeración de fuentes en Derecho administrativo. B) La jerarquía de las fuentes.—3. El principio
de la legalidad de la actividad administrativa.—4. La actividad administrativa discrecional: A) Funda-
mento y ámbito de aplicación de la discrecionalidad administrativa. B) Los límites al poder discrecional;
los conceptos jurídicos indeterminados.
1 GIANNINI, en Lezioni di diritto amministrativo, vol. 1, Milano, 1950, p. 55. Para una rama del De-
recho estatal como es la del Derecho administrativo —dice este autor— resulta superfluo hablar de las
fuentes. «En los ordenamientos estatales modernos, la normación sobre fuentes (normación sobre la nor-
mación) es única y está regulada por completo por rígidas normas estatales. El estudio de las fuentes for-
ma parte, por ello, del Derecho constitucional» (loc. cit., p. 54).
2 Entre las «pretendidas fuentes de Derecho», a las que hay que negar, por tanto, tal carácter, enu-
mera F. DE CASTRO las siguientes: el negocio jurídico, las condiciones generales de contratación, la po-
testad estatutaria y los acuerdos o convenciones (Vereinbarung) (Derecho civil de España, parte general,
I, Madrid, 1949, pp. 334 a 339). Es errónea, por tanto, la postura de ZANOBINI (Corso di Diritto ammi-
nistrativo, vol. I, ed. 1947, p. 50), cuando considera como fuentes a los actos de concesiones de determi-
nados servicios públicos y las convenciones entre entes públicos para la prestación de servicios. A esta
misma conclusión tendríamos que llegar respecto del Decreto de 31 de octubre de 1946, que aprueba el
contrato entre la Compañía Telefónica y el Estado español, no obstante las declaraciones que se contie-
nen en las sentencias del Tribunal Supremo de 28 y 29 de septiembre de 1956. La misma opinión habría-
mos de reiterar en relación con la posibilidad de que se extienda —como forma de reglamentar la situa-
ción de los funcionarios públicos— la práctica de los convenios colectivos entre la Administración y los
Sindicatos de funcionarios; si bien es cierto que el tema requeriría un tratamiento más detenido. Cfr. PÉ-
REZ BOTIJA, «Los funcionarios alemanes celebran un convenio colectivo de trabajo con el Estado», en
Doc. Admva., núm. 43, 1961. Para ALONSO OLEA estos convenios son fuente de Derecho.
3 Son estas fontes ex quibus notitia iuris hauritur; es decir, medios instrumentales que ofrecen el ma-
terial para conocer el Derecho positivo y que orientan para poder averiguar su significado. Exceden del
concepto técnico que aquí se maneja (DE CASTRO, Op. Cit., p. 328).
72 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Como dice DE CASTRO, la función de la doctrina en relación con este tema con-
Ha señalado muy atinadamente RIVERO que «entre los elementos que dan a los
sistemas jurídicos su originalidad, es preciso situar en primera línea la teoría de las
fuentes del Derecho adoptada por cada uno de ellos. Según triunfe en la elaboración
del Derecho positivo, lo consuetudinario, la acción del juez o la regla escrita ema-
nada de la autoridad pública, se llega a estructuras jurídicas tan diferentes como el
Derecho del Ancien Régime francés, la Common Law británica o el régimen del
Código civil napoleónico» ?.
El Derecho administrativo español se encuentra dominado por el principio de la
ley escrita, lo cual significa tanto como la proscripción, en términos generales, de
las fuentes que tienen un origen consuetudinario o jurisprudencial. Esto no signifi-
ca, sin embargo, que el papel de estas fuentes, en cuanto productoras de reglas aptas
para integrarse en el ordenamiento jurídico, sea absolutamente nulo, pues antes bien,
debe reconocerse que juegan un papel de una cierta importancia, bien por vía de
excepción o por vía indirecta. Por otra parte, la alusión genérica a la ley como fuente
de Derecho administrativo, no agota el análisis de las distintas especies legales, es
decir, de las distintas formas como las normas jurídicas escritas de carácter general
surgen en los Estados modernos.
Se desprende de lo anterior que una enumeración de fuentes del Derecho admi-
nistrativo estatal ha de tener en cuenta las siguientes:
a) Fuentes directas:
rústicos. Lo que está claro es que los reglamentos administrativos no obligan a los Tribunales civiles si
la materia regulada es realmente civil.
8 Op. cit., p. 333.
2 Los principios generales del Derecho en el Derecho administrativo.
No deben desconocerse las corrientes críticas que hoy día se alzan contra estos sistemas por conside-
rarlos alejados de la realidad. Se propugna por eso un Derecho jurisprudencial o cuando menos una «ju-
risprudencia con apertura innovadora», aun a costa de los principios de legalidad y certeza. (Vid. SILVA
MELERO, «La interpretación judicial en las orientaciones contemporáneas», en Rev. Dcho. Priv., octu-
bre 1969, pp. 731 y ss., y C. DELA VEGA BENAYAS, Introducción al Derecho judicial, Madrid, 1970).
10 BOQUERA, en «Los límites del poder de ordenanza» (en Rev. Est. de la Vida Local, núm. 160,
pp. 497 y ss.), critica benévolamente mi concepción del Reglamento como norma y acto administrativo
y niega que sea norma. Me figuro que después de la nueva redacción dada al título preliminar del Código
civil por la Ley de Bases 3/1973 y Texto articulado de 31 de mayo de 1974 habrá cambiado de opinión:
en su artículo 1.2.2, se mencionan expresamente entre las «fuentes del Derecho», a las disposiciones (ad-
ministrativas).
174 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
1! Por lo demás, este mismo sentido tienen en Derecho civil. Véase CLEMENTE DE DIEGO, Fuentes del
Derecho civil español, 1922, p. 40. Según el artículo 1.”.3 del Código civil «la costumbre sólo regirá
en defecto de ley aplicable».
12 FORSTHOFF, en cambio, entiende que debe admitirse en Derecho administrativo el valor derogato-
rio de la desuetudo. Alega el ejemplo de las viejas leyes suntuarias de Sajonia que, no obstante no haber
sido nunca formalmente derogadas, resultaría absurdo querer aplicar hoy (Lehrbuch des Verwaltungsrecht,
2.* ed., 1951, p. 122). Por nuestra parte, preferimos hablar de una derogación implícita por oposición
con la lógica del moderno ordenamiento, pues, en definitiva, esto es lo que explica el calificativo de «ab-
surdo» empleado por FORSTHOFF.
La compilación foral de Navarra (ley de 1 de marzo de 1973) establece en la ley 2 del título I un orden
de prelación de fuentes que conduce al reconocimiento de la costumbre contra legem. Es el siguiente:
1. La costumbre. 2. Las leyes de la presente compilación. 3. Los principios generales del Derecho nava-
rro. 4. El Derecho supletorio. En relación con esta enumeración hay que advertir, en primer lugar, que
esto es válido sólo y exclusivamente en materia de Derecho civil; en segundo lugar, que la posible colisión
entre la enumeración de fuentes que se contiene en el Código civil y la compilación navarra, se resuelve
por el propio texto del artículo 13 del título preliminar de aquél: «Las disposiciones de este título prelimi-
nar, en cuanto determinan los efectos de las leyes y las reglas generales para su aplicación, así como las
del título IV del libro 1 con excepción de las normas de este último relativas al régimen económico matri-
monial, tendrán aplicación general y directa en toda España». «2. En lo demás, y con pleno respeto a
los derechos especiales o forales de las provincias o territorios en que estén vigentes, regirá el Código
civil como Derecho supletorio, en defecto del que lo sea en cada una de aquéllas y con sus normas espe-
ciales». Es evidente que la enumeración de fuentes del artículo 1.% (que está en el capítulo 1) no se refiere
a los efectos de las leyes (que se regulan en el capítulo 111) ni a las reglas para su aplicación (que están
en el capítulo Il).
13 La anterior redacción del Código civil decía en su artículo 5.%: «Las leyes sólo se derogan por otras
leyes posteriores y no prevalecerá contra su observancia el desuso, ni la costumbre o la práctica en contra-
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 175
Por lo que se refiere a los principios generales del Derecho no obstante las preci-
siones que habrán de hacerse en su momento oportuno dado el valor peculiar que
tienen en el ordenamiento jurídico, también debe decirse, en términos generales, que
su aplicación es subsidiaria y que, por tanto, sólo podrán ser invocados a falta de
texto jurídico escrito aplicable a la cuestión controvertida '*, sin perjuicio, claro está,
de su «carácter informador del ordenamiento jurídico» (art. 1.2.4 C. c.).
El segundo criterio cuyo manejo anunciábamos para solucionar el problema de
la jerarquía de las fuentes, es el de la propia jerarquía del órgano estatal que dicta
la norma. A estos efectos debe de establecerse, aparte, claro está, la primacía de la
Constitución, en primer lugar, la subordinación de las disposiciones administrativas
(fuentes de la Administración) respecto de las emanadas del poder legislativo (fuen-
tes para la Administración), señalándose dentro de estas últimas la mayor jerarquía
de las leyes orgánicas respecto de las ordinarias. En segundo lugar, y dentro ya de
las fuentes de la Administración, debe jugarse con dos reglas: 1.*, a mayor jerarquía
del órgano que dicta la norma administrativa, corresponde mayor rango formal de
la norma dictada (así un Reglamento aprobado por Decreto tiene mayor rango jurí-
dico que una disposición reglamentaria dictada por Orden ministerial; ésta no podrá
nunca contradecir a aquél); 2.*, las normas reglamentarias de las entidades de carác-
ter público integradas en el Estado no pueden contradecir el Derecho estatal '*. En
rio». En la nueva redacción de 1974, la expresión es bastante más concisa, pues lo que se nos dice en
el artículo 2.”.2 es simplemente esto: «Las leyes sólo se derogan por otras posteriores». No hay duda,
sin embargo, que esta última prescripción contiene implícitamente cuanto en la anterior se decía, máxime
si se tiene en cuenta que el artículo 1.?.3 de la nueva redacción establece que la costumbre sólo regirá
en defecto de ley aplicable.
Quizá la discusión pudiera únicamente centrarse en relación con el tema de si el legislador al hablar
de «ley» se ha querido referir a cualquier tipo de disposición con fuerza de obligar emanada de autoridad
competente. La contestación es indudablemente afirmativa y. cuenta con el respaldo de la doctrina tradi-
cional española que“arranca de una Real Orden de 22 de mayo de 1891 («bajo la denominación genérica
de leyes se incluyen todas las normas dictadas por la autoridad pública») y de su confirmación jurispru-
dencial desde la conocida sentencia del Tribunal Supremo de 22 de junio de 1910 (C. DELA VEGA, «La
doctrina de las fuentes del Derecho en el nuevo título preliminar del Código civil», en Rev. de Der. Proce-
sal Iberoamericano, enero-marzo 1975, pp. 180 y 181). De todas formas el Consejo de Estado en el dicta-
men que emitió sobre el proyecto de Texto articulado, finalmente aprobado por el Decreto de 31 de mayo
de 1974, entendió que para evitar problemas de interpretación, debería quedar redactado el artículo 1.%, 2,
de la siguiente forma: «A los efectos de este título preliminar, se entiende por ley toda norma dictada
por autoridad pública competente. Carecerán de validez las disposiciones que contradigan otras de supe-
rior jerarquía».
Ciertamente que esto hubiese disipado algunas dudas; pero a costa de crear otras nuevas, pues en cierta
manera vendría así a oscurecerse la tajante y clara distinción que, desde el punto de vista de sus efectos
jurídicos, debe existir entre la ley formal y la simple disposición administrativa. Por eso, otra solución
podría haber estado en la enmienda in voce presentada por el señor Martínez Esteruelas a la Comisión
de Justicia de las Cortes durante la discusión del proyecto de ley de Bases y tendente a que el Código
civil reiterase una completa enumeración de sus fuentes del Derecho escrito, tal cual ya contenía el artículo
23 de la ley de Régimen jurídico de la Administración del Estado. Como esta enmienda fue rechazada,
el referido artículo 23 se convierte en complemento indispensable del título preliminar del Código civil
en materia de fuentes del Derecho.
14 GONZÁLEZ PÉREZ entiende que los principios generales del Derecho son fuente directa en Derecho
administrativo, puesto que el precepto que los consagra como tal fuente se encuentra en el título prelimi-
nar del Código que es aplicable a todas las ramas del Derecho, incluido el administrativo. Esto último
es cierto, pero lo que es necesario añadir es su carácter de subsidiarios, pues claramente se acude a los
principios «cuando no haya ley exactamente aplicable», como decía el antiguo artículo 6.” del Código
civil, o «en defecto de ley o costumbre», como dice el artículo 1.*, 4, en su nueva redacción.
15 La ley de Régimen local de 1955 sancionaba este principio en relación con las entidades locales,
en su artículo 108.
176 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
1.2 Constitución.
2.? Leyes orgánicas y Estatutos de Autonomía '*.
3.? a Leyes ordinarias.
4,* Decretos-leyes y Decretos legislativos.
$7 Reglamentos o disposiciones del Gobierno.
6. Disposiciones de Ministros y —en su caso— autoridades inferiores.
16 Los Estatutos de Autonomía de las Comunidades Autónomas se aprueban mediante ley orgánica
y forman parte, por consiguiente, del Derecho estatal. Ahora bien, «una vez sancionados y promulga-
dos... solamente podrán ser modificados mediante los procedimientos en ellos establecidos y con referén-
dum entre los electores inscritos:en los centros correspondientes» (art. 152.3 de la Constitución). Esta
especial protección de su vigencia es a nuestro juicio —como en el caso de las leyes orgánicas frente a
las ordinarias— argumento suficiente para admitir su mayor valor formal como fuente de Derecho, den-
tro de cuya jerarquía ocupan escalón preminente. Esta misma posición mantiene GARcíA DE ENTERRÍA
—Que sin embargo rechaza nuestros argumentos en defensa de la primacía de la ley orgánica— al incli-
narse decididamente (y precisamente a la vista del carácter, incluso paccionado, de su procedimiento de
elaboración y modificación) por la «superioridad de rango» de los Estatutos («El ordenamiento estatal
y los ordenamientos autonómicos: sistema de relaciones», en Rev. Adm. Pub., núms. 100-102, 1, 1983,
p. 228).
Por lo demás, obsérvese que en la enumeración de la jerarquía de las fuentes no hemos reservado
escalón especial para los Tratados; es como consecuencia del distinto rango de la ley de autorización para
su celebración, según se desprende de los artículos 93 y 94 de la Constitución. Obsérvese que aquí el pro-
cedimiento especial que protege su permanencia (art. 96, 1) es garantía de las obligaciones internacionales
asumidas por el Estado español, no de protección especial de su vigencia como Derecho interno. Sobre
la problemática del treaty making power, cfr. SERRANO ALBERCA, Comentarios a los artículos
93 a 96
en Comentarios a la Constitución (por mí dirigidos), 2.*? ed., 1985.
Por lo que se refiere a la forma cómo la potestad reglamentaria de la Administración
se manifiesta,
nos remitimos a cuanto se dice en el próximo capítulo en relación con la clase de reglamentos.
Bástenos
aclarar ahora que los reglamentos del Gobierno revisten forma de Decreto sancionados por
el Jefe del
Estado, y los de los Ministros la de Orden ministerial.
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 17
7.% La costumbre.
8.? Los principios generales del Derecho.
17 Este precepto se completa con el artículo 26: «La Administración no podrá dictar disposiciones
contrarias a las leyes ni regular, salvo autorización expresa de una ley, aquellas materias que sean de la
exclusiva competencia de las Cortes». Vid., sobre esta ley, ENTRENA CUESTA, «El Texto refundido de
la ley de Régimen jurídico de la Administración del Estado», en Revista de Administración Pública, núm. 24,
IOAA DAZIS ISS. ;
19 Es anulable una Orden ministerial que infrinja lo dispuesto en un Decreto del Jefe del Estado. El
artículo 1.9.2 del Código civil declara: «Carecen de validez las disposiciones que contradigan otra de
rango superior».
Para Duez y DEBEYRE el ámbito de aplicación del principio de la legalidad se descubre teniendo en
cuenta, a su vez, la existencia de estos dos principios: el principio de la legalidad material y el principio
de la legalidad formal. El primero significa que toda decisión concreta debe ser tomada de acuerdo con
las disposiciones o actos-regla de superior jerarquía (Traité de Droit administratif, 1952, pp. 204 a 208).
178 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
18 En la práctica, y por un entendimiento abusivo del principio ejus est tollere cujus est condere, resulta
difícilmente comprensible para las autoridades administrativas admitir que están ligadas en su actuación
concreta por sus propios reglamentos. Pero no cabe duda (aparte de la solución concreta en este mismo
sentido que ya admite nuestro Derecho positivo) de que la que se ofrece en el texto es la única solución
correcta. Una autoridad administrativa puede, indudablemente, derogar sus propios Reglamentos o dic-
tar otros de contenido contrario. Mas mientras tal derogación no tenga lugar, está vinculada en su actua-
ción concreta a la vigencia de sus prescripciones. Esto es lo que la doctrina italiana con un término que
nos parece equívoco, conoce con el nombre de «inderogabilidad de los reglamentos». Vid. ZANOBINI, «Sul
fondamento della inderogabilita dei regolamenti», en Scritti varii di Dir. pubbl., 1955, pp. 3 y ss.; GAR-
CÍA DE ENTERRÍA, «Observaciones sobre el fundamento de la inderogabilidad singular de los reglamen-
tos», en Rev. Adm. Púb., núm. 27, 1958.
20 No deja de ser ésta una valiente innovación de nuestro Derecho positivo: artículo 30 de la ley de
Régimen jurídico de la Administración. El Derecho francés admite, igualmente, y así lo ha sancionado
la jurisprudencia del Consejo de Estado, esta regla. Vid. DE LAUBADERE, Traité élémentaire de Droit ad-
ministratif, 1953, p. 208.
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 179
b) La postura que acaba de resumirse es tachada de errónea por otro sector doc-
trinal. En relación con las personas físicas o jurídicas que no sean precisamente el
Estado —dice ZANOBINI— la ley representa siempre una voluntad, a más de supe-
rior, externa a ellas; es decir, una voluntad trascendente. En cambio, cuando el Es-
tado actúa para la realización de sus fines, la ley es una voluntad interna, inmanente:
es su propia voluntad. De aquí se desprende que la ley, en relación con los sujetos
distintos del Estado, haya de partir del respeto a la personalidad de tales sujetos,
a su derecho de libertad, señalando solamente los límites de su actividad, pero sin
entrar a establecer los fines que dicha actividad deba conseguir, y cuál sea el camino
más beneficioso para ello. En relación con la Administración pública, esta limita-
ción del papel de la ley no tendría sentido, pues que ella no es un sujeto distinto
del Estado, sino el propio Estado en acción para la consecución de sus fines. La ley
puede imponer los fines administrativos, y esto incluso sin posibilidad de distinguir
entre la actividad ejecutiva en sentido estricto y la llamada actividad discrecional ?.
24 ZANOBINI, «L'attivitá amministrativa e la legge», en Seritti varii..., cit., p. 205. La objeción más
grave que reconoce ZANOBINI es la relativa a la existencia del poder discrecional en manos de la Admi-
nistración pública. Entiende, no obstante, que la evolución del recurso por exceso de poder demuestra
hasta qué punto este tipo de actividad está igualmente sometida al ordenamiento jurídico y al fin para
el que las potestades administrativas han sido atribuidas por la ley. De acuerdo con las teorías jurispru-
denciales recientes, la Administración ha de actuar en el uso de sus poderes discrecionales, no solamente
en el interés público, sino incluso para un determinado interés público que esté presupuesto en la ley (op.
cit., pp. 208 a 211). Este modo de pensar está muy extendido en la doctrina española. En relación con
el ámbito de la discrecionalidad, hay quien como BALLBÉ («Derecho administrativo», sep. de la Nueva
Enciclopedia Jurídica Seix, 1949, p. 63), aplica el viejo axioma: «Quae non sunt permissae, prohibita inte-
lligentur». Asimismo, LÓPEZ RODÓ entiende que la discrecionalidad no se encuentra hoy al margen de
la ley, sino dentro de ella: no es la consecuencia de una imprevisión legislativa, sino que es reflexivamente
querida por el legislador («La discrecionalidad de la Administración en la doctrina extranjera», en Rev.
Estudios de la Vida Local, enero 1947, p. 16). Con bastante amplitud abunda en este tema CLAVERO.
Entiende, también, que la ley no es un mero límite de la actividad administrativa, sino que ésta sólo es
posible, en definitiva, por consecuencia de una atribución legal: la falta de ley no da lugar a un problema
de discrecionalidad, sino a un problema de laguna legal que hay que proceder a suplir e integrar («La
doctrina de los principios generales del Derecho y las lagunas del ordenamiento administrativo», en Re-
vista de Administración Pública, núm. 7, 1952, pp. 88 y ss.).
No debe desconocerse que esta postura cuenta con muchos adeptos. Así, para SINAGRA, las normas
jurídicas «señalaban los fines que los órganos de la función ejecutiva deben perseguir, las condiciones
que deben observar y las modalidades que deben seguir en el desarrollo de sus actividades. E incluso cuando
estos Órganos estén dotados de poder discrecional y lo desarrollan, el ejercicio de esta libre actividad en
las reclamaciones que existen entre ellos y los organismos de que forman parte constituyen, no un dere-
cho, sino más bien el complemento de una obligación, ya que la esfera de la libre actividad se concede
por el Derecho objetivo a cada órgano del Estado, no para que éste haga uso de ella cuando quiera, sino
cuando el interés público lo requiera. Así, pues, si todo esto es cierto, nosotros pensamos que bien puede
la ciencia jurídica conservar las viejas expresiones de actividad ejecutiva o función ejecutiva, y continuar
llamando poder ejecutivo a aquel complejo de órganos que en el Estado moderno ejercita esta actividad
como normal» (La potesta normativa del potere esecutivo, vol. 1, Napoli, 1931, pp. 51 y 52). Igualmente
GUICCIARDI señala la existencia dentro del Derecho administrativo de «normas puramente instrumenta-
les que, presuponiendo ya realizada la disciplina de las relaciones entre Estado e individuos, tutelan el
interés público por sí mismo... y se dirigen exclusivamente a la Administración para encauzar la actividad
que ellos desarrollan dentro de la esfera de sus derechos y poderes de modo que el uso de ellos se haga
conforme al interés público mismo» (La giustizia amministrativa, 1943, p. 11).
En la misma dirección debemos incluir en relación con la doctrina francesa a CARRÉ DE MALBERG.
Para este autor, la ley no es únicamente /ímite de la actividad administrativa, sino que forma también
la condición de la misma. De la noción positiva de Administración —continúa este autor— que se deriva
del Derecho constitucional francés hay que deducir que el sistema francés presenta unos caracteres aún
más rigurosos de los del que se ha llamado, para superar al Estado de policía, Estado de Derecho. «Para
notar la diferencia, lo vamos a denominar Estado legal» (Teoría general del Estado, trad. española, Méji-
co, 1948, p. 450).
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 181
22 Op. cit., p. 209. Según estos autores, se tiene «poder discrecional por un agente, cuantas veces un
acto-regla no ha determinado la conducta a observar por este agente en la emisión de actos-regla o de
actos concretos». Como se ve, para estos autores la potestad discrecional se presenta en relación con los
actos administrativos concretos y con la potestad reglamentaria. Vid. VENEZIA, Le pouvoir discrétion-
naire, París, 1959. Cfr. GARRIDO FALLA, «El tratamiento jurisprudencial de la discrecionalidad adminis-
trativa», en Rev. Adm. Púb., núm. 13, 1954.
28 Según HAURIOU, poder discrecional e iniciativa son sensiblemente una misma cosa, y las dos con-
cuerdan con lo que se llama «la oportunidad de la medida». No hay decisión administrativa que sea com-
pletamente discrecional, puesto que la legalidad, de una parte, y de otra la autolimitación del poder pú-
blico, han sentado por doquier reglas y directivas. No hay, pues, categoría de actos discrecionales que
escapen a todo recurso contencioso; pero, como contrapartida, en toda decisión administrativa subsiste
una parte de poder discrecional correspondiente a esta iniciativa, cuya apreciación escapa al Juez en la
er que le escapa la apreciación de la oportunidad de los actos (Précis de Droit administratif, 1927,
p. ,
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 183
i 29 BONNARD, «Le pouvoir discrétionnaire des autorités administratives et le recours pro excés de pou-
voir», en Rev. de Droit Pub., 1923, pp. 365 y 366.
30 Esto, que parece tan sencillo, da margen, sin embargo, en la práctica, a una variable extensión
del contencioso-administrativo. Así, al haberse entendido por el Consejo de Estado francés que la ley
impone siempre un fin determinado al uso de los poderes que se conceden a la Administración pública
y que verificar la adecuación entre este uso y el fin querido por la ley es de la competencia de dicho Consejo,
ha hecho posible el détournement de pouvoir. Una concepción radicalmente distinta en punto a interpre-
tación de la ley orgánica de 1894 y de los poderes del Tribunal contencioso-administrativo ha impedido,
en cambio, que tal motivo de anulación surja entre nosotros con anterioridad a la ley de la Jurisdicción
de 27 de diciembre de 1956.
Resulta interesante examinar la interpretación que de lo discrecional y lo reglado ha hecho LAUN, pri-
meramente en su obra Das freie Ermessen und seine Grenzen, 1910, y más tarde en su rapport al Instituto
Internacional de Derecho público sobre este mismo tema. Para LAUN resulta técnicamente imposible que
el legislador reglamente de antemano la actividad entera del Estado; aunque fuese posible, sería inoportu-
no. Pues bien, el legislador tiene dos medios de permitir a los órganos del Estado que se adapten al cam-
bio producido por las circunstancias: o bien da una orden categórica, pero que sólo contiene nociones
o conceptos generales cuya interpretación y aclaración competen precisamente al órgano administrativo,
o bien da una orden disyuntiva. En el primer caso tenemos (frente a lo que pudiera pensarse) poder reglado
por la ley; en el segundo, poder discrecional en sentido estricto. Consideremos en primer lugar la orden
categórica, esto es, el poder reglado. Significa, sobre todo si el legislador ha recurrido a nociones muy
generales, una subordinación del agente a un fin o conjunto de fines que ha sido determinado anterior-
mente; pueden cambiar las circunstancias y con ellas el sentido de la norma; pero el fin señalado en la
ley permanece en la misma mientras no sea aquélla modificada. El jurista debe, por tanto, comprender
el sentido de la idea general utilizada por el legislador. La característica del poder reglado es, pues, «que
de todas las Órdenes que en principio pueden contenerse en el texto de la ley, sólo una, de lege lata, puede
ser conforme en Derecho a la ley, a saber: aquella que responde mejor al fin o a la relación de fines de
los mandatos categóricos de la ley»; por ejemplo, cuando se ha de nombrar un funcionario de entre va-
rios candidatos, eligiendo al que es más calificado según las disposiciones legales, no nos encontramos
ante una elección jurídicamente irrelevante, porque aquí el contenido lógico de la norma es categórico,
no disyuntivo. Por el contrario, en el caso del poder discrecional, la elección es libre, es decir, jurídica-
mente irrelevante. Se dice en estos casos que el órgano debe obrar inspirándose en «la oportunidad», «la
razón de Estado», «el interés público», «el bien público», etc. Estas expresiones empleadas por una ley
la hacen ya necesariamente disyuntiva, aunque en su forma externa aparezca como categórica. Ahora
bien, tales expresiones pueden también ser empleadas por el legislador en otro sentido: el legislador ha
querido ordenar de manera clara lo que es oportuno y conforme al interés público. Entonces no hay po-
der discrecional, sino reglado; no orden disyuntiva, sino categórica. Pero una manera semejante de pro-
ceder por el legislador conduce a errores; por eso no es recomendable desde el punto de vista de la técnica
legislativa. Por consiguiente, el poder discrecional comporta una libertad de elección; pero, por su parte,
significa la sumisión jurídica a un fin determinado y prescrito por los legisladores; por tanto, poder regla-
do. Así, cuando las autoridades administrativas deben decidir sobre si una instalación industrial es «per-
judicial a la salud», por ejemplo, por regla general nos encontramos ante poder reglado y no discrecional;
por el contrario, cuando se autoriza a un órgano el nombramiento de un funcionario entre candidatos
igualmente cualificados desde el punto de vista de la ley, o se concede poder para nacionalizar a los ex-
tranjeros, aparece el poder discrecional (LAUN, «Le pouvoir discrétionnaire», en Annuaire de l'Institut
International de Droit Public, 1935, pp. 133 a 140).
Es muy interesante también la exposición que de esta materia hace STASSINOPOULOS. Para este autor,
todo acto administrativo pasa necesariamente por las cuatro etapas lógicas siguientes: interpretación de
la ley, comprobación de los hechos materiales, sumisión de los hechos a la regla de Derecho y formación
de la voluntad. Pues bien, en ninguna de ellas puede decirse que haya margen para la aparición del poder
discrecional. Este poder empieza allí precisamente donde acaba todo problema de interpretación de ley,
184 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
y no es sino la libertad de la Administración para determinar el sentido de una noción que conscientemen-
te ha sido dejada como indeterminada por la ley. Esta libertad consiste en la posibilidad de elegir entre
varias soluciones igualmente legales; es decir, de dictar o no el acto y de determinar su contenido de tal
o cual manera (Traité des actes adm., Atenas, 1954, pp. 147 a 156).
Vid. igualmente el «rapport», de GASCÓN Y MARÍN, «Le pouvoir discrétionnaire», en Annuaire de |'Ins-
titut International de Droit Public, 1935.
31 Ejemplo: Cuando para cubrir una determinada plaza de profesor de un Centro docente oficial la
ley dice que se elija al aspirante «cuyas publicaciones científicas sean más meritorias», no puede hablarse
de discrecionalidad frente a la ley. Sin embargo, no hay duda de la existencia de un ámbito discrecional
frente a los Tribunales o jurisdicciones revisoras, pues éstos nunca pueden sustituirse por sí mismos en
la apreciación del mérito de las publicaciones científicas antes aludidas. Sobre esta materia la Comisión
calificadora que en su momento haya sido constituida en el seno de la Administración para dictaminar
sobre el asunto, tiene poderes soberanos de apreciación.
Sobre la posibilidad de la fiscalización de los hechos por la jurisdicción contencioso-administrativa,
vid. cuanto decimos en el vol. III de este Tratado.
32 La primera de las tres hipótesis que se acaban de citar no es admitida, naturalmente, por aquella
parte de la doctrina que postula como condición previa de toda actuación administrativa una explícita
atribución legal de facultades. Nuestro Derecho positivo, por influjo de las convicciones personales de
los redactores del proyecto que dio lugar a la ley de 27 de diciembre de 1956 sobre la jurisdicción contencioso-
administrativa, respalda actualmente tal postura doctrinal. Así, en la exposición de motivos de la ley cita-
da se lee: «Al relacionar los actos excluidos de fiscalización contencioso-administrativa, la ley no mencio-
na los actos discrecionales. La razón estriba en que, como la misma jurisprudencia ha proclamado, la
discrecionalidad no puede referirse a la totalidad de los elementos de un acto, a un acto en bloque, ni
tiene su origen en la inexistencia de normas aplicables al supuesto de hecho, ni es un prius respecto de
la cuestión de fondo de la legitimidad el acto». «La discrecionalidad, por el contrario, ha de referirse
siempre a alguno o algunos de los:elementos del acto, con lo que es evidente la admisibilidad de la impug-
nación jurisdiccional en cuanto a los demás elementos, la determinación de su existencia está vinculada
al examen de la cuestión de fondo, de tal modo que únicamente al juzgar acerca de la legitimidad del
acto cabe concluir sobre la discrecionalidad; y, en fin, ésta surge cuando el Ordenamiento jurídico atribu-
ye a algún órgano competencia para apreciar, en un supuesto dado, lo que sea de interés público». «La
discrecionalidad, en suma, justifica la improcedencia, no la inadmisibilidad, de las pretensiones de anula-
ción, y aquélla no en tanto el acto es discrecional, sino en cuanto por delegar el Ordenamiento jurídico
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 185
Como antes se ha apuntado, la idea de fin ha sido utilizada para establecer lími-
tes a la actividad administrativa allí donde a primera vista el principio dominante pa-
recía ser el de la ausencia de tales límites, es decir, en el ámbito de la actividad dis-
crecional. La jurisprudencia del Consejo de Estado francés vino a configurar el fa-
moOSo recurso por détournement de pouvoir que ponía de manifiesto la ilegalidad de
aquellos actos administrativos que habían sido dictados en atención a fines distintos
de los que el legislador tuvo en cuenta cuando tal potestad fue atribuida a la Admi-
nistración pública. Este nuevo límite a la actividad administrativa hacía posible la
más estricta fiscalización jurisdiccional de todo acto administrativo. Junto a la fisca-
lización externa (por motivos de incompetencia, vicio de forma o ilegalidad en cuan-
to al contenido) se venía a crear la posibilidad de una fiscalización de lo más íntimo
del acto: los móviles que presidieron la actuación de los administradores. Se llegó a
decir, aunque con evidente exageración, que una vez admitido este motivo de im-
pugnación la potestad discrecional se convertiría en un recuerdo histórico (DUGUIT).
Esta última y exagerada afirmación es la que por reacción nos lleva al conoci-
miento del verdadero terreno en el que la cuestión debe ser planteada. Evidentemen-
te, la idea de fin significa un límite para la discrecionalidad administrativa; pero se
trata de un límite que no destruye, ni mucho menos, la existencia de esta actividad.
La única conclusión lícita que debe desprenderse de lo anterior es que el elemento fin
del acto administrativo es siempre reglado; pero la discrecionalidad puede jugar, y de
hecho jugará, en relación con el contenido u objeto de los actos administrativos. Tan
falso es decir que hay una actividad administrativa discrecional por su naturaleza, co-
mo negar en absoluto la existencia de discrecionalidad”; entre otras obvias razones,
porque con frecuencia es cabalmente la ley la que pone en manos de la Administra-
ción la facultad de elegir entre varias soluciones posibles.
en la Administración la configuración según el interés público del elemento del acto de que se trata y ha-
ber actuado el órgano con arreglo a Derecho, el acto impugnado es legítimo».
% «La desviación de poder (détournement de pouvoir) —dice ALIBERT— es el hecho del agente ad-
ministrativo que realizando un acto de su competencia y respetando las formas impuestas por la legisla-
ción usa de su poder en casos, por motivos y para fines distintos de aquello en vista de los cuales este po-
der le ha sido conferido. La desviación de poder es un abuso de mandato, un abuso de Derecho. Puede un
acto administrativo haber sido realizado por el funcionario competente con todas las apariencias de regu-
laridad, y, sin embargo, este acto discrecional realizado, que el funcionario calificado tenía el derecho es-
tricto de realizar, puede estar afectado de ilegalidad si su autor ha usado de sus poderes para un fin dis-
tinto de aquel en vista del cual le han sido conferidos, o, para retener la fórmula de la jurisprudencia, pa-
ra un fin distinto que el interés general o el bien del servicio. La teoría de la desviación de poder es la
defensa de la moralidad administrativa» (ALIBERT, Le contróle jurisdictionnel de l'Admministration, Pa-
rís, 1926, p. 236). Este mismo autor considera que la admisión de este motivo de nulidad es una lógica
consecuencia de la aceptación del vicio de incompetencia.
Pensemos en un acto administrativo que resuelva un expediente disciplinario seguido contra un fun-
cionario público. Supongamos que comprobada la comisión por dicho funcionario de una negligencia en
el ejercicio de su función, la ley permite que la Administración le castigue con una serie de medidas a ele-
gir discrecionalmente por la Administración de entre las que se contienen en una tabla. Si se demuestra
por el funcionario (y éste es un caso típico de «desviación de poder») que ha sido adoptada precisamente
la sanción más grave y que más le perjudica por un deseo de venganza personal de la autoridad que re-
186 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
suelve, no hay duda de que aquí habría un motivo de anulación de tal acto administrativo. En este senti-
do aparece un límite para la potestad discrecional. Pero si tal deseo de venganza personal no aparece de-
mostrado en ninguna parte (y esto será lo más frecuente) es indudable que toda la teoría del poder discre-
cional queda en pie: la Administración habrá podido elegir soberanamente entre las distintas sanciones
posibles de acuerdo con las necesidades del servicio.
En el capítulo IM del título III de este volumen se examinan los vicios del elemento fin del acto ad-
ministrativo y la desviación de poder. Se vuelve sobre el tema en el volumen III.
* Vid. GARRIDO FALLA, «La Administración y la ley», en Rev. de Administración Pública, núm. 6,
1951, pp. 115 y ss. En este trabajo nos planteamos precisamente la cuestión de la incapacidad de los Tri-
bunaies para fiscalizar la actividad administrativa regulada por normas de acción. Por eso propugnába-
mos allí una fórmula encaminada a atribuir a las Cortes Españolas la competencia necesaria para realizar
tal fiscalización.
* Cfr, GARCÍA DE ENTERRÍA, «La lucha contra las inmunidades del poder en Derecho administrativo»,
en Rev. Adm. Públ., núm. 38, 1962.
* Sanz MORENO, Conceptos jurídicos, interpretación y discrecionalidad administrativa, Madrid,
1976; PÉREZ OLga, «La discrecionalidad administrativa y su fiscalización judicial», en Libro Homenaje a
López Rodó, vol. IL, 1972, pp. 41 y ss.
LAS FUENTES DEL DERECHO ADMINISTRATIVO 187
de la que pueden servir de ejemplo las sentencias del Tribunal Supremo de 27 de fe-
brero y 6 de marzo de 1975.
Intentando distinguir esta fórmula de control de la tradicional desviación de po-
der, SAINZ MORENO resume así: hay desviación de poder cuando el acto se dirige a
un fin distinto del señalado por la norma; existe errónea aplicación del concepto ju-
rídico indeterminado de que se trate (orden público, interés público...) cuando el ac-
to no se ajuste a lo que ese concepto significa en un texto y en un contexto deter-
minado.
Hay que añadir que, en la continua marcha por alcanzar nuevas metas en el per-
feccionamiento del Estado de Derecho, nuestra jurisprudencia comienza a introducir
conceptos acuñados por los Tribunales europeos: es el caso del «principio de la con-
fianza legítima». Así, la sentencia del Tribunal Supremo (Sala 3.*, Sección 3.*) de 1.*
de febrero de 1990 establece:
«En el conflicto que se suscita entre la legalidad de la actuación administrativa y la seguridad jurídi-
ca derivada de la misma, tiene primacía esta última por aplicación de un principio, que aunque no
extraño a los que informan nuestro Ordenamiento jurídico, ya ha sido recogido implícitamente por
esta Sala, que ahora enjuicia, en su sentencia de 28 de febrero de 1989 y reproducida después en su
última de enero de 1990, y cuyo principio, si bien fue acuñado en el Ordenamiento jurídico de la Re-
pública Federal de Alemania, ha sido asumido por la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las
Comunidades Europeas, de las que forma parte España, y que consiste en el “principio de protección
de la confianza legítima” que ha de ser aplicado, no tanto sólo cuando se produzca cualquier tipo de
convicción psicológica en el particular beneficiado, sino más bien cuando se basa en signos externos
producidos por la Administración lo suficientemente concluyentes para que le induzcan razonable-
mente a confiar en la legalidad de la actuación administrativa, unido a que, dada la ponderación de los
intereses en juego —interés individual e interés general—, la revocación o la dejación sin efectos del
acto, hace crecer en el patrimonio del beneficiado que confió razonablemente en dicha situación ad-
ministrativa, unos perjuicios que no tiene por qué soportar derivados de unos gastos o inversiones que
sólo pueden serle restituidos con graves perjuicios para su patrimonio, al no ser todos ellos de simple
naturaleza económica.»
CAPITULO II
He escrito en otra ocasión ?, que para que una norma jurídica pueda conside-
rarse tal, ha de tener estructura de norma jurídica; es decir, ha de constituir un man-
dato, una prohibición, la determinación de unas consecuencias jurídicas que se ligan
al cumplimiento o incumplimiento de lo que en la norma se establece. No basta con
que en la Constitución, en una ley, o en un simple decreto se introduzca una oración
gramatical para que ésta se convierta, sin más, en una norma jurídica; es necesario,
además, que por su estructura lógica lo sea. Los ejemplos se podrían multiplicar y
aquí nos limitaremos a recordar la definición del «niño» que se daba en la ley de
educación primaria de 1945 o en el ingenuo «precepto» de nuestra Constitución
de 1812 que ordenaba a los españoles «ser justos y benéficos»3.
El análisis de la Constitución española de 1978 sugiere también en este sentido
algunas reflexiones. Así, cuando el artículo 26 prohíbe los Tribunales de honor en
el ámbito de la Administración civil y de las organizaciones profesionales, nadie puede
dudar de que nos encontramos ante una auténtica norma jurídica con los efectos
inherentes a la misma, por ejemplo, el de la nulidad de cualquier procedimiento que
se esté realizando ante ellos y de cualquier sanción que pudiesen imponer. La cosa
es bien distinta, claro está, si nos detenemos en la lectura del artículo 48: «Los pode-
res públicos promoverán las condiciones para la participación libre y eficaz de la
juventud en el desarrollo político, social, económico y cultural». Se necesita hacer
un extraordinario alarde de imaginación para ofrecer un supuesto concreto que sig-
nifique la infracción de este precepto con efectos jurídicos reales.
Hay que reconocer que los redactores de la Constitución tuvieron conciencia de
los distintos efectos jurídicos que, por razón de su propia estructura, se derivarían
de unos y otros preceptos constitucionales *; precisamente por eso el artículo 53 de
la Constitución —que constituye ciertamente una de las claves para su interpreta-
ción jurídica— * establece en su número 3, en relación con los principios y derechos
reconocidos en el capítulo 3.* del título I de la Constitución (donde se encuentran,
por ejemplo, los ya citados derechos a la vivienda y a la participación de la juventud)
algo tan significativo como esto: «Sólo podrán ser alegados ante la jurisdicción ordi-
naria de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen».
B) Ocupando la Constitución la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico, se
comprende que su ámbito de aplicación sea omnicomprensivo. Es esto lo que se des-
prende del artículo 9.%, 1, cuando declara: «Los ciudadanos y los poderes públicos
están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico».
Obsérvese que la referencia a los ciudadanos aparece ya en la primera redacción
del anteproyecto constitucional y se reitera en las sucesivas redacciones hasta que
2 «Las fuentes del Derecho en la Constitución española», en La Constitución y las fuentes del Dere-
cho, vol. 1, 1979.
3 Constitución de 1812, art. 5.?: «El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de los
españoles, y asimismo el ser justos y benéficos».
4 Y es lógico que tuviesen tal conciencia; pues al redactar tales preceptos eran conscientes de que en
unos casos redactaban normas de aplicación inmediata (por ejemplo, al reconocer el derecho de asocia-
ción en el artículo 22) y en otros casos se reconocían derechos de aplicación mediata (por ejemplo, el
«derecho a disfrutar de un vivienda digna y adecuada» a que se refiere el art. 47).
5 GArriDO FaLLa, «El artículo 53 de la Constitución española», en Revista Española de Derecho Ad-
ministrativo, núm. 21, 1979.
190 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
el texto llega al Senado. Allí se suprimió la alusión a los ciudadanos por entender
que se trataba de una obviedad innecesaria. La lucha por el Estado de Derecho, en
efecto, se ha dirigido secularmente contra los titulares de los poderes públicos y una
Constitución suele ser el resultado triunfante de esa lucha. Sin embargo, una Consti-
tución no puede limitarse hoy a ser el éxito de una reivindicación histórica; es un
ordenamiento jurídico fundamental y global, que integra, por tanto, las dos pers-
pectivas, la de los poderes y deberes del Estado y la de los derechos y obligaciones
del ciudadano. Así es que debe considerarse acertada la expresa referencia que se
hace de los ciudadanos.
Ciertamente que la importancia del artículo 9, 1, se encuentra en la proclama
de «sumisión de los poderes públicos a la Constitución y al resto del ordenamiento
jurídico». Comencemos por subrayar que la palabra resto es clave, ya que indica
dos cosas: 1) que la Constitución forma parte del ordenamiento jurídico, y 2) que
dentro de él, su lugar es preemiente y que, cabalmente por eso, no basta con hablar
de ordenamiento jurídico.
Por lo demás, resulta curioso recordar que durante la discusión parlamentaria
se propuso un texto alternativo al artículo 9, 1, casi literalmente traducido del ar-
tículo 20, 3, de la Constitución de la República Federal Alemana, que dice así: «El
poder legislativo está sometido al ordenamiento constitucional; los poderes ejecuti-
vo y judicial a la ley y al Derecho».
Una comparación del texto español con el alemán nos sugiere las siguientes con-
sideraciones:
a) Es cierto que el Parlamento o Cortes generales no están sujetas al resto del
ordenamiento jurídico. Sus leyes se derogan por otras posteriores y sólo son impug-
nables por inconstitucionalidad; en cambio, los jueces, la Administración y el Go-
bierno están sometidos a esas leyes. La precisión alemana no es, pues, ociosa.
b) Pero, en otro aspecto, el texto español es preferible; pues los otros poderes
del Estado también están sometidos a la Constitución (no sólo a la ley y al resto del
ordenamiento jurídico).
c) En fin, la expresión «ordenamiento jurídico» es, a nuestro juicio, más correcta
que la referencia «a la ley y al derecho» (Bindung am Gesetz und Recht). O, cuando
menos, se presta más difícilmente al equívoco, como lo demuestra la discusión que
la doctrina alemana ha mantenido al filo de la interpretación de su propio precepto
constitucional. ¿Se ha querido hacer una doble remisión al Derecho positivo (ley,
Gesetz) y al Derecho natural (Recht)? Dicho de otro modo: ¿se ha positivizado el
Derecho natural, abriendo así a la aplicación del Derecho por los tribunales un hori-
zonte de lejanía incalculable? Desde luego, no es éste nuestro caso. Más aún: se ha
utilizado un término (ordenamiento jurídico) que, desde que fue introducido entre
nosotros por la ley de la jurisdicción contencioso-administrativa, ha adquirido carta
de naturaleza.
A) EL CARÁCTER NO PROGRAMÁTICO
Del hecho de que la Constitución sea norma jurídica se deriva asimismo la con-
secuencia de que ello significa la positivación de una serie de principios y valores
éticos proclamados por la propia Constitución. Para empezar, el problema lo plan-
tea el primer párrafo del artículo 1.” cuando declara:
«1. España se constituye en un Estado Social y democrático de Derecho, que propugna como
valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo po-
lítico».
Por su parte, el artículo 9.2 añade que corresponde a los poderes públicos pro-
mover las condiciones y remover los obstáculos para alcanzar la libertad y la igual-
dad, así como la participación de todos los ciudadanos en la vida política, econó-
mica, cultural y social.
Una vez más, nos encontramos con ese tipo de normas jurídicas que, por su con-
tenido, plantean problemas de muy difícil solución; porque la virtualidad de estos
$ «Conviene no olvidar nunca que la Constitución, lejos de ser un mero catálogo de principios de
no inmediata vinculación y de no inmediato cumplimiento hasta que sean objeto de desarrollo por vía
legal, es una norma jurídica, la norma suprema de nuestro Ordenamiento...» (STC 16/82, de 28 de abril,
en vía de amparo). La sentencia de la Sala 4.* del T.S. de 9 de mayo de 1986 se extiende en considera-
ciones doctrinales sobre el carácter normativo y vinculante de la Constitución. «Porque —nos dice—
como ya precisó hace tiempo el T.S. norteamericano, en el caso Trop versus DuLLER, “las declaraciones
de la Constitución no son adagios gastados por el tiempo; ni una contraseña vacía de sentido. Son prin-
cipios vitales, vivos, que otorgan y limitan los poderes del Gobierno de nuestra nación. Son regulacio-
nes de Gobierno”. Y esta doctrina... es perfectamente trasladable a nuestro país para subrayar el sentido
de los artículos 9.91 y 3.” de la Disposición Derogatoria de la Constitución española. De manera que el
artículo 49, como los demás de esa misma rúbrica, como la totalidad de los que integran la Constitu-
ción, tienen valor normativo y vinculan a los poderes públicos, cada uno en su respectiva esfera, a ha-
cerlos eficazmente operativos.»
192 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«Finalmente, ha infringido también el principio de seguridad jurídica (artículo 9.3 C.E.) al ge-
nerar una situación de incertidumbre jurídica en todo lo referente a la legislación de aguas aplicable
en el territorio insular. La exigencia del 9.3 relativa al principio de seguridad jurídica implica que el
legislador debe perseguir la claridad y no la confusión normativa, debe procurar que acerca de la
materia sobre la que se legisle sepan los operadores jurídicos y los ciudadanos a qué atenerse, y debe
huir de provocar situaciones objetivamente confusas como la que sin duda se genera en este caso
dado el complicadísimo juego de remisiones entre normas que aquí se ha producido.»
«El presupuesto esencial para proceder a un enjuiciamiento desde la perspectiva del artículo 14
de la C.E. es que las situaciones subjetivas que quieran traerse a la comparación por el recurrente
sean efectivamente equiparables —sentencia 76/86, de 9 de junio— y ello entraña la necesidad de
7 Esto significaría reproducir la discusión que ha separado a la doctrina alemana en relación con la
interpretación del artículo 20, párrafo 3, de la Constitución de la República Federal Alemana.
LAS FUENTES ESCRITAS DEL DERECHO 193
que el término de comparación no resulte arbitrario o caprichoso. Dicho en otras palabras, lo que
se requiere para hacer posible un juicio de igualdad es que el legislador haya atribuido las conse-
cuencias jurídicas que se dicen diversificadoras a grupos o categorías personales creadas por el
MISMO, porque es entonces, si el autor de la norma diversifica lo homogéneo, cuando puede decirse
también que su acción selectiva resulta susceptible de control constitucional dirigido a fiscalizar si
la introducción de factores diferenciales —sentencia 42/1986, de 10 de abril— o de elementos de
diferenciación —sentencia 162/1985, de 29 de noviembre— resulta o no debidamente fundamen-
tada.
Donde tiene sentido preguntarse por la fundamentación en derecho de una diferenciación nor-
mativa es, sobre todo, cuando la singularización entre categorías personales se realiza en la propia
disposición, atribuyendo a las mismas regímenes jurídicos diversos, pues entonces es procedente in-
dagar sobre las razones de la diferenciación y su justificación constitucional, en razón del fin per-
seguido por la norma y del criterio utilizado por el legislador para introducir diferencias en el seno
del grupo sometido a un régimen jurídico común (sentencias 22/1981, de 2 de julio; 34/1981, de 10
de noviembre, y 75/1983, de 2 de agosto).»
Como sucede con la propia problemática de los principios generales del Dere-
cho —problema tradicional al que nos referiremos en su momento oportuno— nos
encontramos aquí en ese terreno fronterizo donde es difícil trazar la línea que se-
para la aplicación de la interpretación del Derecho. Esto quizá se aclare con lo que
a continuación se dice.
Es precisamente en estos casos a que nos acabamos de referir en que los pre-
ceptos constitucionales son difícilmente susceptibles de una aplicación directa,
cuando salta a primer plano la consideración de la Constitución como fuente de in-
terpretación del resto del ordenamiento jurídico. Es así como cualquier ley, cual-
quier precepto de nuestro ordenamiento debe ser interpretado de acuerdo con la
Constitución. Son posibles, e incluso numerosos, los supuestos en los que precep-
tos concretos de nuestro Derecho positivo (descartado su enfrentamiento directo
con la Constitución, en cuyo caso se trataría de una hipótesis de inconstitucionali-
dad) son susceptibles de matices interpretativos; y es cabalmente en estos casos
cuando debe acudirse a la Constitución que se convierte así en fuente de interpre-
tación, hay que repetirlo, del resto del ordenamiento jurídico.
Por lo demás, esto es exactamente lo que se dice en el tan repetido artículo 53,3,
de la propia Constitución: que los principios rectores de la política social y econó-
mica que, como es sabido, no pueden ser directamente alegados ante la jurisdicción
ordinaria, sino de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen, sin
embargo «informarán la legislación positiva, la práctica judicial y la actuación de
los poderes públicos». El precepto es aparentemente contradictorio, pues, una de
dos, o se pueden alegar ante la jurisdicción ordinaria (lo cual está expresamente
prohibido), o informarán la práctica judicial (para lo cual es necesario que sean in-
vocados por las partes y asumidos por el Tribunal). La solución, empero, se en-
cuentra en esta sutil, pero operativa, distinción entre aplicación directa e interpre-
tación.
El artículo 5. de la Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judicial, establece que «la
Constitución es la norma suprema del ordenamiento jurídico y vincula a todos los
194 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Lo cierto es, sin embargo, que si se admite este curioso juego de ideas, vendría
a estar vedado a la jurisdicción ordinaria declarar derogadas por la Constitución le-
yes preconstitucionales. Y esto, claro está, se contradice con la jurisprudencia an-
teriormente examinada?,
En puridad el problema de la inconstitucionalidad de la ley se plantea en rela-
ción con las dictadas después de la Constitución. Y en esta materia es en la que el
Tribunal Constitucional ostenta el monopolio de la declaración de inconstituciona-
lidad, bien a través del recurso directo que contra la presunta ley inconstitucional
se utilice por las personas y organismos legitimados para ello, bien mediante la de-
cisión de las llamadas «cuestiones de inconstitucionalidad» que pueden promover
los jueces y tribunales ordinarios (artículos 35 y ss. de la Ley Orgánica 2/1979 del
Tribunal Constitucional).
Añadamos, por último, en relación con los efectos de la Constitución sobre la
legislación preconstitucional, que debe admitirse una cierta retroactividad en rela-
ción con situaciones surgidas de leyes que deban claramente calificarse como de-
rogadas por la Constitución; pero también hay que recordar que el Tribunal Cons-
titucional en su sentencia 43/1982, de 6 de julio, ha negado la posibilidad de
aplicación de unos efectos retroactivos «en grado máximo».
$ Bien es verdad, que a veces los tribunales de la jurisdicción contencioso-administrativa han tenido
serias dudas sobre la adecuación a la Constitución de leyes preconstitucionales (en definitiva, dudas
acerca de su derogación). En tales casos pueden lícitamente plantear cuestión de inconstitucionalidad
ante el Tribunal Constitucional; como ocurrió en relación con la base XVI de la ley de bases de Sani-
dad Nacional de 1945, cuestión resuelta por la sentencia del Tribunal Constitucional de 24 de julio de
1984, resolutoria de la cuestión de inconstitucionalidad 80/83.
9 La sustitución del principio de jerarquía por el principio de competencia aparece claro cuando la
reserva se hace precisamente a favor del órgano subordinado. Es el caso de la llamada «reserva regla-
196 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«La distinción entre poder constituyente y poderes constituidos no opera tan sólo en el momento
de establecerse la Constitución; la voluntad y racionalidad del poder constituyente objetivadas en la
Constitución no sólo fundan en su origen, sino que fundamentan permanentemente el orden jurídico
y estatal y suponen un límite a la potestad del legislador. Al Tribunal Constitucional corresponde,
en su función de intérprete supremo de la Constitución... custodiar la permanente distinción entre la
objetivación del poder constituyente y la actuación de los poderes constituidos, los cuales nunca po-
drán rebasar los límites y las competencias establecidas por aquél.»
4
«... no cabe duda de que las Cortes Generales como titulares de la potestad legislativa del Es-
tado (art. 66, 2, de la Constitución) pueden legislar en principio sobre cualquier materia sin
necesidad de poseer un título específico para ello, pero esa potestad tiene sus límites deriva-
mentaria» que habilita al gobierno para reglamentar materias, incluso contra lo establecido en leyes for-
males, especialmente en asuntos organizativos. La consagración de este principio se encuentra en la
Constitución francesa y de ahí la tomó alguno de los anteproyectos de Constitución española, aunque
felizmente la fórmula no se recogiese en el texto final aprobado.
De los artículos 34 (que establece las materias reservadas a la Ley) y 37 (que señala cuáles son las ma-
terias reglamentarias) de la Constitución francesa de la V República, de 1957, se desprenden las siguientes
reglas: 1.? Todo lo que no está reservado a la Ley se considera de «carácter reglamentario». 2.? Ser de «ca-
rácter reglamentario» significa no solamente que se puede reglamentar por la Administración, sino, además,
que si ya está reglamentado por una ley, puede modificarse dicha ley por una Ordenanza administrativa.
Si se trata de leyes anteriores a la nueva Constitución habrá de oírse antes el dictamen del C. de E., y si de
leyes posteriores, habrá de oír al Consejo Constitucional. La noción de «reserva reglamentaria» hizo su apa-
rición en Francia con la ley de 17 de agosto de 1948, cuyo artículo 6.* daba una lista de materias «que tie-
nen por naturaleza un carácter reglamentario» (vid. Rivero, Précis de Droit Adm., 1960, p. 52).
1 Este distingo tiene una cierta tradición teórica e histórica (las Cortes republicanas de 1931 tuvie-
ron el carácter de constituyentes); pero en el caso concreto de la elaboración de la vigente Constitución
de 1978 sería una falsedad histórica afirmar que fue el producto de unas Cortes constituyentes. Ni se
convocaron con tal finalidad; ni su labor se limitó única y exclusivamente a elaborar la Constitución
(pues otras muchas leyes fueron aprobadas); ni, en fin, su disolución fue la consecuencia de haber dado
cima al trabajo constitucional, sino que fue una decisión política del gobierno entonces presidido por
don Adolfo Suárez.
LAS FUENTES ESCRITAS DEL DERECHO 197
dos de la propia Constitución y, en todo caso, lo que las Cortes no pueden hacer es colocarse
en el mismo plano del poder constituyente realizando actos propios de éste, salvo en el caso
en que la propia Constitución les atribuya alguna función constituyente.»
Pues bien, una de las materias que, de acuerdo con esta doctrina, queda reser-
vada al poder constituyente es la relativa a la delimitación de competencias entre el
Estado y las Comunidades Autónomas, pues «... de acuerdo con lo que determina
el artículo 147.2.b) de la Constitución, son los Estatutos de Autonomía las normas
llamadas a fijar las competencias asumidas dentro del margen establecido en la
Constitución».
Obsérvese, sin embargo, que la reserva en esta materia se viene a reconocer a
favor de los Estatutos de Autonomía que, si se aceptan las últimas consecuencias
lógicas de la doctrina jurisprudencial, vendrían a intercalarse como un escalón in-
termedio entre la Constitución y las leyes orgánicas y ordinarias. Intentando, pues,
resumir la doctrina que se desprende de la sentencia que se comenta, tendríamos:
a) «El legislador no puede dictar normas que incidan en el sistema constitu-
cional de distribución de competencias para integrar hipotéticas lagunas existentes
en la Constitución» [fundamento jurídico número 4.b)].
b) «El legislador ordinario no puede dictar normas meramente interpretativas
cuyo exclusivo objeto sea precisar el único sentido entre los varios posibles, que
deba atribuirse a un determinado concepto o precepto de la Constitución, pues, al
reducir las distintas posibilidades o alternativas del texto constitucional a una sola,
completa de hecho la obra del poder constituyente y se sitúa funcionalmente en su
mismo plano, cruzando, al hacerlo, una línea divisoria entre el poder constituyente
y los poderes constituidos» [fundamento 4.c)].
c) En cuanto a «si el legislador puede dictar leyes de armonización en el su-
puesto de que disponga de otros títulos específicos previstos en la Constitución para
dictar la regulación legal de que se trate», el Tribunal contesta que «la respuesta ha
de ser negativa, si se tiene en cuenta que el mencionado artículo 150.3, constituye
una pieza dentro del sistema global de distribución de competencias entre el Estado
y las Comunidades Autónomas»... «Desde esta perspectiva, el artículo 150.3, cons-
tituye una norma de cierre del sistema, aplicable sólo a aquellos supuestos en que
el legislador estatal no disponga de otros cauces constitucionales para el ejercicio
de su potestad legislativa, o éstos no sean suficientes para garantizar la armonía exi-
gida por el interés general...».
A) LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN
B) EL RECURSO DE INCONSTITUCIONALIDAD
1! La remisión complica más que aclara, ya que el referido artículo 82.6, dice: «Sin perjuicio de la
competencia propia de los tribunales, las leyes de delegación podrán establecer en cada caso fórmulas
adicionales de control.» ¿Qué se deduce de aquí? Que «los tribunales» (en plural) de que habla el ar-
tículo 82.6 es el Tribunal Constitucional o que la competencia de éste es además de la que puedan te-
ner los Tribunales contencioso-administrativos. A mi juicio, como se verá cuando tratemos de los de-
cretos legislativos, nos enfrentamos con dos diferentes hipótesis: 1) cuando el decreto legislativo se
adecúa exactamente a la ley de bases que desarrolla, entonces la posible inconstitucionalidad lo es de
esta última y será el Tribunal Constitucional quien la pronuncie; 2) cuando el decreto legislativo no se
adecúe a la ley de bases, se convierte en una simple disposición reglamentaria fiscalizable ante la juris-
dicción contencioso-administrativa.
200 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
nal Constitucional a «las demás materias que le atribuyan la Constitución o las le-
yes orgánicas», la Ley Orgánica 2/1979, del Tribunal Constitucional, incluyó un tí-
tulo VI sobre «control previo de inconstitucionalidad» aplicable a los tratados in-
ternacionales y a los proyectos de Estatutos de Autonomía y de leyes orgánicas;
recurso previo suprimido por la Ley Orgánica 4/1985”.
b) Los requisitos de legitimación alejan ciertamente esta vía jurídica de las po-
sibilidades del ciudadano medio. De acuerdo con el artículo 162.1.a) de la Consti-
tución están legitimados para interponer el recurso de inconstitucionalidad: el Pre-
sidente del Gobierno, el Defensor del Pueblo, 50 diputados, 50 senadores, los
órganos colegiados ejecutivos de las Comunidades Autónomas y, en su caso, las
Asambleas de las mismas. No lo están, por consiguiente, los particulares o entida-
des representantes de intereses afectados por la ley presuntamente inconstitucional.
La única vía que queda abierta a éstos es dirigirse, en ejercicio del derecho de pe-
tición, al Defensor del Pueblo para que éste, si lo estima procedente lo interponga.
Asimismo, y con motivo de un recurso contencioso-administrativo interpuesto con-
tra una disposición o acto de aplicación de la ley presuntamente inconstitucional,
se podrá solicitar del Tribunal el planteamiento de la «cuestión de inconstitucio-
nalidad».
c) El recurso de inconstitucionalidad se formulará dentro del plazo de tres me-
ses a partir de la publicación de la ley o disposición con fuerza de ley recurrida. En
la demanda se deberán expresar las circunstancias de identidad de las personas u
Órganos que ejercitan la acción y concretar la disposición o acto impugnado, preci-
sando el precepto constitucional que se entiende infringido (art. 33 de la Ley Or-
gánica).
d) Las sentencias recaídas en procedimientos de inconstitucionalidad tendrán
el valor de cosa juzgada, vincularán los poderes públicos y producirán efectos ge-
nerales desde la fecha de su publicación en el B.O.E. Si la sentencia fuese desesti-
matoria, impedirá cualquier planteamiento ulterior de la cuestión en la misma vía,
fundado en infracción de idéntico precepto constitucional (art. 38.1 y 2).
e) La declaración de inconstitucionalidad de una norma jurídica con rango de
ley interpretada por la jurisprudencia, afectará a ésta, si bien la sentencia o senten-
cias recaídas no perderán el valor de cosa juzgada (art. 61.1.a) ”.
Tras varios años de funcionamiento, el Tribunal Constitucional aparece en el
momento presente como un factor de equilibrio y de defensa de la Constitución.
Aunque ha habido momentos —como en el caso de la sentencia sobre la LOAPA—
en que su doctrina ha sido atrevida y discutible, no hay peligro por ahora de que se
convierta en una «tercera cámara» como algunos pronosticaron durante los debates
parlamentarios.
La Ley Orgánica 4/1985, de 7 de julio, que anula el Título VI de la Ley Orgánica 2/1979 fue asi-
mismo objeto del recurso previo de inconstitucionalidad, recurso desestimado por el Tribunal Constitu-
cional.
” Este precepto —y se comprende— ha sido duramente criticado por Rusio LLORENTE y ARAGÓN en
«Enunciados aparentemente vacíos en la regulación constitucional del control de constitucionalidad», en
Revista de Estudios Políticos, núm. 7 (nueva época), 1979, pp. 165 y ss. La sentencia del T.C. 78/1984,
de 9 de julio, aclara que el Tribunal Constitucional es intérprete supremo de la Constitución pero no del
resto del Ordenamiento jurídico; y, congruentemente, la sent. 144/85, de 25 de octubre, añade que el
T.C. no está vinculado por el legislador.
CAPITULO TH
SUMARIO: 1. La Ley como fuente del Derecho administrativo: A) Concepto: B) Clases de leyes.—2. Las
leyes orgánicas y los Estatutos de Autonomía: A) La innovación constitucional. B) La reserva de ley or-
gánica. C) El procedimiento de elaboración. D) La superioridad de rango formal de la ley orgánica.—
3. La ley ordinaria: materias reservadas.—4. La inderogabilidad singular de la ley.—S. Sanción, pro-
mulgación y publicación de la ley.—6. Retroactividad e irretroactividad de la ley; los derechos
adquiridos.
A) CONCEPTO
' Aproximadamente es éste el punto de vista que acepta F. DÉ Castro: «Norma emanada directa-
mente del poder soberano, reveladora de su mandato respecto a la organización jurídica de la nación»
(Derecho civil de España, 1, 1949, p. 350). Pues la alusión al poder soberano debe entenderse hecha al
poder legislativo.
? SayaGuÉs plantea la cuestión en estos mismos términos por considerar que ambos puntos de vista
no son incompatibles, sino combinables (Tratado de Derecho administrativo, vol. 1, Montevideo, 1953,
p. 94).
[201]
202 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
A la vista de la clasificación de las fuentes que más atrás hemos dejado esta-
blecida, la Ley resulta ser fuente eventual del Derecho administrativo y fuente del
Derecho heterónoma para la Administración, pues el poder legislativo se atribuye
en los Estados democráticos a órganos estatales distintos de los administrativos.
Frente a la teoría general de la ley cuya problemática no es exclusiva del Derecho
administrativo, resulta, en cambio, cometido propio de ésté el proporcionarnos un
criterio para distinguir las leyes administrativas de las que no lo son*. Este criterio
es el mismo que nos sirve para caracterizar el Derecho administrativo y diferen-
ciarlo del Derecho privado, por lo que se exige para que una ley pueda ser consi-
derada como administrativa: 1. Que sus preceptos tengan carácter imperativo (ius
cogens) y, por tanto, no dispositivo. 2.” Que la ejecución de tal ley aparezca enco-
mendada precisamente a un organismo dependiente de una Administración
pública”.
B) CLASES DE LEYES
* Como pone de relieve ZANOBINI, en una misma ley aparecen a vecez mezclados preceptos jurídico-
administrativos con otros que no lo son (Corso..., cit., vol. L, p. 53).
* Vid. nuestro trabajo «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en Revista de Ad-
ministración Pública, núm. 7, 1952, y el capítulo II (supra).
? GUICCIARDI, La giustizia amministrativa, 1943, pp. 8 y ss.
* La ley puede asumir como tarea propia tanto la protección de la situaciones jurídicas de los parti-
culares contra la acción administrativa, erigiéndolas en derechos subjetivos, así como la tutela del inte-
rés público contra la negligencia o la mala fe de los propios administradores. Vid. nuestro trabajo citado
«La Administración y la Ley», en loc., cit., p. 127.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 203
cho; es decir, allí donde un conflicto sea posible. Pero las reglas que quedan dentro de
los límites de la Administración y que, consiguientemente, no imponen límites ni con-
fieren poderes a ningún individuo extraño a la Administración no son disposiciones ju-
rídicas ”. Esta tesis debe considerarse actualmente como superada: aunque admitiése-
mos que la organización administrativa no sea una materia jurídica per se, las
circunstancias y el clima total del Estado de Derecho han determinado la conversión de
lo organizativo y de buena parte de la acción administrativa en algo jurídicamente exi-
gible por los particulares administrados, y, por tanto, en materia propia del Derecho*.
b) Desde el punto de vista de su rango formal, las leyes pueden ser: 1) orgá-
nicas, 2) ordinarias.
7 LABAND, Le droit public de l'Empire allemand, t. IU, trad. francesa, 1901, pp. 518 y ss. Para este
autor no debe considerarse ley, por ejemplo, la que ordena la construcción de un ferrocarril o una ex-
pedición al Polo Norte. Por razones análogas, LABAND niega también la consideración de fuentes jurídi-
cas a gran parte de los Reglamentos dictados por la Administración pública.
$ GarripO FaLLa, «Sobre el Derecho administrativo y sus ideas cardinales», en loc. cit., pp. 16 y
17. Con carácter aún más rotundo, afirman, entre nosotros, el carácter jurídico de la organización ad-
ministrativa, ViLLAR PaLasí (en «La eficacia de la concesión y la cláusula sin perjuicio de tercero», en
Revista de Administración Pública, núm. 5, 1951) y García DE ENTERRÍA (en «El dogma de la reversión
de las concesiones administrativas», en Estudios en homenaje al profesor Gascón y Marín, 1952).
9 GarriDO FaLLa, «Fuentes del derecho y la reserva reglamentaria en el proyecto de Constitución»,
en Estudios sobre el proyecto de Constitución, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1978. Asi-
mismo, mi conferencia Las fuentes del Derecho en la Constitución española, recogida en el volumen La
Constitución y las fuentes del derecho, Dirección General de lo Contencioso del Estado, Madrid, 1979.
204 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
De acuerdo con el artículo 81,1, de la Constitución son leyes orgánicas las si-
guientes:
* Diario de Sesiones del Senado, 5 de septiembre de 1978, pp. 2266 y ss.; intervención del profe-
sor OLLERO GóMEz. Claro es que, en definitiva, esto es lo que se ha hecho.
'% Loc. cit., p. 2268. Intervención del profesor MARTO RETORTILLO.
2 Loc. cit., pp. 2270-71. Intervención de los senadores profesor SÁNCHEZ AGESTA y VILLAR ARREGUI.
” Los ejemplos los utilizó el senado profesor MARTÍN RETORTILLO, en loc. cit., p. 2269. Pero hay
que advertir que el derecho de propiedad no exige ley orgánica para su modificación, por no estar in-
cluido en la sección primera del capítulo II del título 1 de la Constitución.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 205
1* La comparación de materias, que a veces resulta arbitraria, es un argumento más contra esta cu-
riosa distinción entre leyes orgánicas y ordinarias. Para los problemas de límites, vid. F. SANTAOLALLA,
«En torno a las leyes orgánicas», en Rev. Adm. Púb., núm. 104, pp. 333 y ss.
206 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«Por ello, hay que afirmar que, si es cierto que hay materias reservadas a leyes orgánicas, tam-
bién lo es que las leyes orgánicas están reservadas a estas materias y que, por tanto, sería discon-
forme con la Constitución la ley orgánica que invadiera materias reservadas a la ley Ordinaria.»
«Por otra parte, dada la congelación de rango que éstas (las leyes orgánicas) suponen, la rigidez
del ordenamiento jurídico no puede llevarse más allá de los supuestos específicamente tasados
——Como ha puesto de manifiesto este Tribunal en la sentencia de 13 de febrero de 1981— en un sis-
tema democrático como el instaurado por nuestra Constitución, basado en el juego de las mayorías
parlamentarias, por lo que la exigencia de que éstas sean cualificadas o reforzadas sólo puede tener
carácter excepcional y ha de ser explícitamente prevista en la Constitución.»
«Esta equiparación entre las materias que pueden ser objeto de recurso de amparo y las que han
de ser reguladas por ley orgánica no resulta constitucionalmente defendible... existe, pues, una ex-
clusión expresa del artículo 14 en el artículo 81.1 de la Constitución. Tal exclusión, por otra parte,
está justificada porque la igualdad reconocida en el artículo 14 no constituye un derecho subjetivo
autónomo, existente por sí mismo, pues su contenido viene establecido siempre respecto de relacio-
nes jurídicas concretas. De aquí que pueda ser objeto de amparo en la medida en que se cuestione
si tal derecho ha sido vulnerado en una concreta relación jurídica y, en cambio, no pueda ser objeto
de una regulación o desarrollo normativo con carácter general.»
C) EL PROCEDIMIENTO DE ELABORACIÓN
rias ni en cuanto a la iniciativa del gobierno y de las cámaras (art. 87), ni en cuanto
a la intervención del Senado (art. 90), ni en cuanto a la sanción real y publicación
(art. 91). Tampoco la peculiaridad se encuentra en la tramitación, ni en la forma de
discutir y aprobar los artículos: en relación con cada uno de ellos basta la aproba-
ción por simple mayoría. La peculiaridad se encuentra precisamente «en una vota-
ción final sobre el conjunto del proyecto», que «exigirá mayoría absoluta del Con-
greso». También ha de añadirse que en relación con las materias reservadas a la ley
orgánica no cabe la iniciativa popular (art. 87.3 de la Constitución).
El procedimiento especial para la aprobación, modificación o derogación de las
leyes orgánicas —aparte de lo dicho para los Estatutos— viene establecido en el ar-
tículo 81.2 de la Constitución y lo que hay que subrayar es que para que una ley
tenga la condición de orgánica debe darse el doble requisito: 1) que por su conte-
nido se refiera a materias reservadas a dicho tipo de ley por el artículo 81.1 y 2)
que su aprobación se haya realizado de acuerdo con el procedimiento del artículo
81.2. Así es que, ni el procedimiento especial de elaboración es suficiente para con-
vertir en orgánica una ley que por su contenido no deba serlo, ni sería constitucio-
nalmente válido regular las materias reservadas a la ley orgánica sin utilizar preci-
samente el procedimiento del artículo 81.2.
'% Es lo que ocurre con la reserva reglamentaria que consagra la Constitución francesa: el criterio de
la jerarquía se rompe a favor del criterio de la competencia y hace posible que un reglamento del gobierno
(Órgano subordinado, pero con atribución competencial para ello) derogue una ley del parlamento.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 209
de la ley orgánica, hay que repetirlo, su primacía deriva del especial y más rígido
procedimiento de elaboración que la Constitución ha establecido. También la su-
perlegalidad de la Constitución deriva de la mayor rigidez para su reforma que,
como es sabido, en los supuestos de reforma parcial que contempla el artículo 167,
obtenida la votación por mayoría de 3/5 en cada una de las Cámaras, puede no ser
necesario el referéndum si expresamente no se solicita su celebración por, al me-
nos, una décima parte de los miembros de cualquiera de las Cámaras (art. 167.3).
En resumen: en el supuesto de conflicto entre una ley orgánica y una ley ordi-
naria que afecten a una misma materia prevalece la ley orgánica, como así lo ha de-
clarado nuestro Tribunal Constitucional en sentencia de 13 de febrero de 1981.
16 MERKL ha criticado a fondo la doctrina de la reserva de la ley, tal como fue formulada por O. Ma-
YER. Hablar de materias reservadas a la ley, dice aquel autor, es tanto como admitir que allí donde la re-
serva no está establecida, la Administración dispone de un poder originario de iniciativa que le permite,
incluso, dictar disposiciones por vía general, lo cual significaría —dada la concepción escalonada del
Derecho, típica de la escuela vienesa, a la que MERKL pertenece— convertir la Administración en poder
legislativo (Tratado de Derecho Administrativo, trad. española, pp. 136 y 137). Pero lo cierto es que
nuestra Constitución atribuye al Gobierno la potestad reglamentaria en su artículo 97.
210 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
primera del referido capítulo 2.* están reservados a la ley orgánica (art. 81, 1, de la
Constitución), la reserva que, en términos generales, se establece en el citado pre-
cepto de la Constitución comprende los derechos y deberes de la sección 2.* (arts.
30 a 38, ambos inclusive).
Como ya se dijo antes, son, pues, materias reservadas a la ley ordinaria: las obli-
gaciones militares (art. 30.2) y fiscales (art. 31), la regulación de las normas de ma-
trimonio y su disolución (art. 32.2), la expropiación forzosa (art. 33.3), los colegios
profesionales (art. 36) o la libertad de empresa (art. 38)”.
En realidad, el problema se plantea en relación con aquellos otros preceptos
constitucionales en los cuales se declara que una tal o cual materia se regulará por
ley. ¿Está exigiendo en estos casos la Constitución una ley formal? Pienso que la
contestación a esta pregunta debe ser positiva a no ser que otra cosa se desprenda
del propio texto constitucional. Cuando el artículo 52 establece que «la ley regu-
lará las organizaciones profesionales que contribuyan a la defensa de los intereses
económicos que le sean propias», parece evidente que aquí hay un mandato al po-
der legislativo y que, por ende, se está estableciendo una reserva de ley ordinaria.
En efecto, con motivo de la impugnación por el Gobierno central de la ley de la Ge-
neralidad sobre el patrimonio de Cataluña, se estimó el recurso mediante sentencia
de 27 de julio de 1982 en la que, al no quedar clara la cuestión de la delimitación
de competencias estatales y autonómicas a la vista de los artículos 148 y 149 de la
Constitución, el Tribunal encontró su argumento en el artículo 132, 3, de la Cons-
titución que establece que «por ley se regularán el Patrimonio del Estado y el Pa-
trimonio Nacional, su administración, defensa y conservación». Precepto del cual
se dedujo que la regulación del patrimonio del Estado es materia reservada a la ley
y que ésta no puede ser otra sino la ley ordinaria elaborada por las Cortes Genera-
les que ostentan la representación de la totalidad del pueblo español.
En su sentencia 19/1987, de 17 de febrero, por la que, resolviendo cuestión de
inconstitucionalidad, se anula el artículo 13.1 de la Ley 24/1983, de 21 de diciem-
bre, sobre Medidas Urgentes de Saneamiento y Regulación de las Haciendas Loca-
les, el Tribunal Constitucional nos recuerda que el sentido de la reserva de ley
«... nO es otro que el de asegurar que las regulaciones de determinado ámbito vital
de las personas dependa exclusivamente de la voluntad de sus representantes, sin
que ello excluya la posibilidad de que la ley pueda contener remisiones a normas
infraordenadas, pero sí el de que mediante tales remisiones se provoque por su in-
determinación una degradación de la reserva formulada por la Constitución en fa-
vor del legislador». Doctrina análoga había sentado ya anteriormente el propio Tri-
bunal Constitucional en su sentencia 83/1984, de 24 de julio.
” Está claro que la expresión «sólo por ley» excluye el uso del Decreto-ley; frente a la doctrina sen-
tada por el Tribunal Constitucional en el famoso asunto RUMASA, tema ai que nos referiremos en su
momento. La sentencia del T.C. 129/1988, de 8 de julio, declara que el Estatuto de personal de las Cor-
tes Generales tiene valor de ley, por ser atribución directa de la Constitución al órgano que lo aprueba
(las Mesas del Congreso y del Senado en reunión conjunta).
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 2
18 En dicha sentencia se formuló voto particular por el magistrado prof. Díez-Picazo en el que se lee,
en relación con el tema que nos ocupa: «... el principio de igualdad al imponer la desaparición de los
privilegios (privatae leges) impone como una obvia consecuencia la necesidad de las leyes generales y
el principio de universalidad de la ley: si ésta debe ser la misma para todos, debe necesariamente com-
prender a todos en sus previsiones». A mi juicio, ésta es la correcta doctrina que puede servir de base a
la teoría de la inderogabilidad de la ley por vía singular.
La sentencia del Tribunal Constitucional 166/1986, de 19 de diciembre, rechaza la cuestión de in-
constitucionalidad planteada sobre la Ley 7/1983, que consuma, en el plano jurídico, definitivamente la
expropiación de RUMASA (y que no debe confundirse con la sentencia citada en el texto sobre el De-
creto-Ley de Expropiación). Para el Tribunal Constitucional pueden admitirse, como excepción al prin-
cipio general de la «generalidad de la ley», estas expropiaciones singulares cuando la peculiaridad del
caso lo justifique. Por nuestra parte, nos remitimos al voto particular suscrito por los Magistrados pro-
fesores Rulo LLORENTE y TRUYOL.
212 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
En cambio, en el voto particular (suscrito nada menos que por seis magistrados,
es decir, la mitad de los componentes del Tribunal) se dice:
«... entendemos que el Decreto-ley afecta al derecho de propiedad cuando, al margen del sistema
general expropiatorio, establece normas singulares sobre la expropiación o adopta medidas expro-
piatorias concretas, de tal modo que no se limita a contemplar las peculiaridades del caso, conside-
rado de extraordinaria y urgente necesidad, sino que lleva a cabo una minoración de las garantías
previstas en dicho sistema» (fundamento jurídico número 2, in fine).
«a) La primera y más poderosa limitación que la Constitución impone a la liberad de acción
de los poderes públicos en aras del derecho de los propietarios (y, consecuentemente, la más enér-
gica garantía del derecho de éstos) es la prohibición de privar a nadie “de sus bienes y derechos sino
por causa justificada de utilidad pública o interés social... de conformidad con lo dispuesto por las
leyes”.
Esta remisión final a “lo dispuesto por las leyes” no constitucionaliza ciertamente el conjunto de
disposiciones legales que hoy regulan la expropiación, ni, en la opinión más generalizada, hace im-
posible la expropiación mediante ley singular, aunque, como es obvio, sí establecen frente a estas li-
mitaciones ineludibles, pues la ley singular no puede alterar, en un Estado de Derecho, los princi-
pios generales de un instituto constitucionalmente garantizado. Las leyes generales que encarnan
estos principios no quedan derogados por la ley singular de expropiación, que, aunque especial y
posterior, es un acto singular, no ordinamental, con forma de ley. Lo contrario significaría alterar
todo el sistema de garantías que el ordenamiento prevé para la expropiación y que constituye el con-
tenido esencial del Instituto expropiatorio; tal como ocurre, v. gr., con la necesidad de la declaración
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 213
por Ley de la utilidad pública o interés social que legitima la expropiación, o la posibilidad del ac-
ceso eficaz del expropiado a la tutela judicial.
En particular, la remisión que el artículo 33.3 C.E. hace a “lo dispuesto en las leyes” obliga a
determinar, por referencia al ordenamiento, cuál es el significado de los conceptos empleados. En lo
que toca al concepto central (el de “causa justificada de utilidad pública...” etc.) esta referencia lleva
inexcusablemente a la conclusión de que tal causa se identifica con el fin al que haya de afectarse
el objeto expropiado (art. 9 L.E.F.) pues, como se ha dicho, “el fin de la expropiación no es la mera
privación en que esta consiste, sino el destino posterior a que, tras la privación expropiatoria, ha de
afectarse el bien que se expropia”. La expresión de la causa (esto es, de la transformación material
o jurídica —pero en este caso una transformación que no se agote en la privación del derecho—) ha
de hacerse de otra parte, como es claro, en términos precisos e inequívocos de tal modo que su jus-
tificación sea verificable por la jurisdicción constitucional, cuando sea requerida para ello y pueda
la jurisdicción ordinaria partir de ella para apreciar, en su caso, la necesidad de ocupación de los bie-
nes objeto de expropiación.»
A) LA SANCIÓN
bién es cierto que, cuando se formuló tal doctrina, aún nos encontrábamos lejos de
la sanción como acto reglado que configura el artículo 91 de la Constitución.
Desde luego, lo que nuestra historia constitucional demuestra es que la sanción
es, en cualquier caso, una institución propia de la forma de Estado monárquico.
Desde la Constitución de 1812 a la de 1876 la sanción es una consecuencia del prin-
cipio de que «la potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey» (art.
18 de la Constitución de 1876); la intervención del Rey se manifiesta precisamente
a través de la sanción (art. 44). No debe extrañar por tanto que la Constitución re-
publicana de 1931 realice una revisión terminológica y conceptual que no sirve sino
para demostrar el convencionalismo —y el confusionismo— existente en esta ma-
teria”. Dicho esto, el encaje de la sanción en el conjunto sistemático de la Consti-
tución española plantea ciertamente delicados problemas. En primer lugar, la Cons-
titución española es radicalmente democrática: la soberanía nacional reside en el
pueblo español del que emanan los poderes del Estado (art. 1.2 de la Constitución)
y las Cortes Generales, que representan al pueblo español, «ejercen la potestad le-
gislativa del Estado» (art. 66). Dentro de esta estructura democrática parecería ló-
gico interpretar que todos los atributos y prerrogativas que se atribuyen al Rey no
signifiquen sino un tributo histórico y simbólico rendido por la Constitución”. Ex-
trayendo las consecuencias jurídicas de esta postura, podría decirse que, desde el
punto de vista de nuestra Constitución «la sanción real es un requisito tan necesario
como innecesario» (SANTAMARÍA). Si, desde el punto de vista político, esto puede ser
cierto, en el plano puramente jurídico esto no deja de ser un ingenioso juego de pa-
labras. Pues lo que se trata de saber es si una ley aprobada por las Cortes puede en-
trar en vigor si no se cumple con el requisito formal (protocolario si se quiere) de la
sanción por el Rey; acto-trámite que, para entendernos, identificamos con la firma
por el Rey del texto legal. Y la conclusión a que se llega —por difícil que resulte su
asimilación política— no puede ser otra sino la siguiente: una ley no sancionada ca-
rece de un requisito esencial para que produzca sus efectos jurídicos (es decir, para
que entre en vigor). Y las razones para llegar a esta conclusión son obvias.
Por lo pronto, los requisitos formales, por inocuos que parezcan, forman parte
esencial del Derecho. El legislador (y el constituyente, por supuesto) debe meditar
las consecuencias que acarrea el incluir o no la exigencia de un requisito de forma
para la validez de un negocio jurídico; pero si se incluye, la consecuencia es que
tiene que ser respetado; pues la negación del Derecho en cuanto a su forma con-
duce a la arbitrariedad (que puede ser justa o injusta, como hemos mantenido en
otro lugar de este Tratado), es decir, a la negación misma del Derecho. Cuando se
exige, por ejemplo, que un poder para litigar esté «bastanteado», nuestra jurispru-
dencia enseña que no basta con que el Tribunal considere, tras examen de su con-
tenido, que el poder es bastante; es necesario el requisito formal del «bastanteo».
2% Una exposición de esta tesis, así como su crítica con abundantes citas bibliográficas, se encuen-
tra en el anteriormente citado comentario de SANTAMARÍA.
” Artículo 83 de la Constitución de 1931: «El Presidente [de la República] promulgará las leyes san-
cionadas por el Congreso, dentro del plazo de quince días, contado desde aquél en que la sanción le
hubiere sido oficialmente comunicada.» El problema se traslada ahora a este otro: ¿en qué se diferencia
la sanción de la aprobación si ambos actos los realiza el propio Congreso?
” García DE ENTERRÍA y T. R. FERNÁNDEZ, Curso de Derecho administrativo, 1, 1979, pp. 125 y ss.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 215
B) LA PROMULGACIÓN
23 Nos remitimos a la excelente exposición de SANTAMARÍA en loc. cif., pp. 920 y ss.
216 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
C) LA PUBLICACIÓN
24 Los textos históricos recordados por SANTAMARÍA son en este sentido definitivos; aunque no lle-
gue, sin embargo, a las mismas conclusiones que nosotros.
PAE DE ENTERRÍA y T. R. FERNÁNDEZ, Curso..., cit., pp. 127 y ss.; SANTAMARÍA, loc. cit.,
p. z
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 217
un elemento esencial constitutivo de la ley. Una cosa es que, desde el punto de vista
de su aplicación, la ley no publicada es como si no existiere; y otra cosa es que real-
mente no exista. Más aún: no es impensable la hipótesis de que por una premeditada
manipulación política, o una simple deficiencia burocrática, el hecho de la publica-
ción en el periódico oficial se demore; en cuyo caso nos encontraríamos ante lo que
no dudaría en llamar una «ley secuestrada», existente pero no vigente, porque al-
guien, sin poder jurídico para ello, impide su publicación.
D) LA FÓRMULA DE LA PUBLICACIÓN
Queda dicho con lo anterior que una ley entra en vigor una vez que: 1) ha sido
aprobada por las Cortes; 2) sancionada por el Rey, y 3) publicada en el B.O.E. La
eliminación de la promulgación, a pesar de la expresa alusión que se contiene en el
artículo 91 de la Constitución, queda explicada con el argumento de que se trata de
un concepto vacío de contenido específico.
Se puede objetar a esto que la práctica jurídica, al mismo tiempo que se ajusta
estrictamente al artículo 91 de la Constitución, desmiente nuestras conclusiones. Por-
que cabalmente a partir de la «promulgación-publicación» de la Constitución de 1978
se puso en circulación una fórmula que ahora se recoge en cuantas leyes aparecen
publicadas en el B.O.E. Esta fórmula se divide en dos partes, a saber:
a) En la cabecera de la ley y antes del preámbulo o exposición de motivos se
incluye lo siguiente:
«Por tanto, Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar
esta ley».
Se nos podría decir, pues, que la primera parte constituye la sanción de la ley;
y que la segunda parte constituye la promulgación.
Pienso, sin embargo, que cabalmente el examen de esta fórmula es una confir-
mación de cuanto se ha mantenido con anterioridad. En efecto, por lo que se refiere
a la sanción, se trata simplemente de subrayar de forma expresa algo que va implí-
cito en la firma del Rey; quizás sea en este sentido ociosa, pero, desde luego, se
corresponde con un requisito cuya existencia jurídica hemos afirmado.
No ocurre lo mismo con la pretendida fórmula de promulgación. No existe un
solo precepto en nuestra Constitución que sirva de cobertura al «mandato real» con
el que se cierra el texto de la ley. Como puse de manifiesto a raíz de la publicación
de la Constitución 2 se trata de un error técnico-jurídico al que afortunadamente
mento para conseguir por vía legislativa reformas estructurales y sociales, ni siquiera
las relativas al régimen de la propiedad privada.
Lo que hay en el fondo de esta postura es una cierta confusión entre la retroacti-
vidad de la ley y la teoría de los derechos adquiridos. Sin necesidad de predicar su
carácter retroactivo, todos los derechos adquiridos (salvo —y aquí sí que la preci-
sión es importante— los derechos y libertades fundamentales) ceden ante una ley que
los limite para el futuro. Los ejemplos que pueden citarse son numerosos: una ley
que limite el derecho de edificar al propietario del suelo, es restrictiva; y asimismo
la que aumente el tiempo del servicio militar obligatorio; o la que implique una ele-
vación de los impuestos; o una reducción del sueldo de los funcionarios, etc. Pero
a nadie se le puede ocurrir decir que estas leyes son retroactivas; a no ser, claro está,
que se pretenda aplicar para períodos de tiempo ya transcurridos (por ejemplo, a
los propietarios que ya construyeron de acuerdo con la legislación anterior; a quie-
nes ya prestaron su servicio militar obligatorio; a los funcionarios que ya percibie-
ron sus sueldos con arreglo a la legislación anterior, etc.). El problema de las leyes
restrictivas no es, pues, sólo el de su irretroactividad, sino el de si las restricciones
impuestas encubren o no un supuesto de expropiación forzosa y, por tanto, generan
derecho a indemnización (art. 33.3 de la Constitución). O, dicho de otra forma,
si la ley sacrifica un derecho adquirido (consolidado o en trance de consolidación:
la propiedad de una finca o el derecho a percibir una pensión de jubilación a
los 40 años de cotización, cuando ya se han cotizado 35) hay lugar a indemnización.
B) Sorprende, por tanto, que cuando, por ejemplo, se emprende una reforma
de la función pública lesiva para los derechos y situaciones adquiridas de los funcio-
narios se tenga que acudir a la cada vez más discutible teoría de su situación estatu-
taria”. En primer lugar, porque constituye una falacia (y una infracción del prin-
cipio de seguridad jurídica) afirmar que los derechos y deberes de los funcionarios
no son más que los que en un momento determinado establecen las leyes y reglamen-
tos, que pueden ser unilateralmente alterados por el Estado sin respeto alguno para
los actos concretos de nombramiento a los que —con el argumento puramente ver-
balista de denominarles «actos condición»— se les niega su naturaleza de actos crea-
dores de situaciones jurídicas individualizadas ”.
En segundo lugar, porque si bien es cierto que las puras expectativas de derecho
(por ejemplo, las de promoción en la carrera administrativa supuesto que se produz-
can determinadas vacantes) no pueden confundirse con los derechos adquiridos, tam-
poco, entre éstos, se encuentra el derecho a impedir a la Administración que reorga-
nice sus servicios por razones de interés público ”. O sea que, sin necesidad de re-
que «toda norma organizadora, por propia naturaleza, tiene alcance retroactivo». ¿Sería válida esta afir-
mación en Derecho laboral?
30 La teoría de los derechos adquiridos no parece ser objeto de especial devoción para nuestro Tri-
bunal Constitucional. En su sentencia 27/1981, de 20 de julio, afirma: «Desde el punto de vista de la
constitucionalidad, debemos rehusar cualquier intento de aprehender la huidiza teoría de los derechos
adquiridos, porque la Constitución no emplea la expresión «derechos adquiridos» y es de suponer que
los constituyentes lo soslayaron no por modo casual...; fundamentalmente porque esa teoría... que obli-
ga a la Administración y a los Tribunales cuando examinan la legalidad de los actos de la Administración,
no concierne al legisltivo, ni al Tribunal Constitucional cuando procede a la función de defensa del orde-
namiento, como intérprete de la Constitución». En el plano doctrinal, esta afirmación es absolutamente
inaceptable y demuestra la habitual confusión que existe entre la teoría de los derechos adquiridos y la
de la irretroactividad de las leyes. Por supuesto que detectar la existencia o no de derechos adquiridos
concierne al Tribunal Constitucional; por ejemplo, para determinar el carácter expropiatorio de una ley
o de una actuación concreta de los poderes públicos (si llega a su conocimiento por vía de «cuestión de
inconstitucionalidad»).
En la bibliografía española, una reactualización del tema —bastante desfavorable por cierto a la de-
fensa de los derechos adquiridos— en LóPEz MENUDO, El principio de irretroactividad de las normas
Jurídico-administrativas, Sevilla, 1982; si bien reconoce expresamente la «peligrosidad intrínseca» del fe-
nómeno retroactivo.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 001
Resulta curioso recordar que la tan citada sentencia 27/1981 vino a resolver re-
curso de inconstitucionalidad promovido por 54 diputados del PSOE (entonces en
la oposición parlamentaria) contra determinados artículos de la Ley 74/1980, de Pre-
supuestos Generales del Estado para 1981, en especial de su Disposición Adicional 5.?,
que decretaba la integración de las distintas mutualidades de funcionarios en la Mu-
tualidad de Funcionarios Civiles del Estado (MUFACE). Y es lo cierto que, cual-
quiera que sea la opinión particular que nos merezca el resultado final del litigio,
la sentencia se plantea el problema esencial con que se enfrenta toda legislación que
intente cambiar en forma sustancial el ordenamiento jurídico establecido «... capaz
de movilizar dialécticamente, en sentido opuesto, dos principios constitucionales: el
de la igualdad y el de la seguridad, suscitando una tensión entre los mismos que es
preciso afrontar mediante la búsqueda del equilibrio deseable...».
Puesto que esta sentencia, con su densa doctrina, se ha convertido en punto obli-
gado de referencia de tantas otras posteriores, algún sector doctrinal ha podido pre-
guntarse seriamente si nuestro Tribunal Constitucional está aplicando la hoy de moda
teoría del «uso alternativo del Derecho» *. Aunque no sería prudente emitir un jui-
cio en esta materia, sí conviene resumir algunas de las conclusiones a que la jurispru-
dencia constitucional conduce:
a) La interdicción de la arbitrariedad «suele remitirse a la actuación del Ejecu-
tivo, más concretamente a la actuación de la Administración pública. En este sen-
tido, arbitrario equivale a no adecuado a la legalidad»; en cambio, «el acto del legis-
lativo se revela arbitrario... cuando engendra desigualdad», pero no la discrimina-
ción a que se refiere el artículo 14 «... sino a las exigencias que el artículo 9.2 conlle-
va, a fin de promover la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra,
finalidad que, en ocasiones, exige una política legislativa que no puede reducirse a
la pura igualdad ante la ley» (Fundamento Jurídico núm. 10 de la sentencia 27/1981).
Incluso se llega a afirmar, aunque de pasada, en este mismo fundamento jurídico
que «para algunos parece incluso excesivo que el principio constitucional de la irre-
troactividad alcance a las leyes, restringiéndolo a los reglamentos». ¡Menos mal!
b) Se niega el derecho subjetivo tributario. Con motivo de la cuestión de incons-
titucionalidad planteada en relación con la Disposición Transitoria 2.?.b) del Real
Decreto-ley de 20 de julio de 1979, sobre medidas urgentes de la financiación de las
Haciendas locales, que reduce al 50 por 100 las reducciones temporales sobre Con-
tribución Territorial Urbana concedidas con anterioridad a 1 de enero de 1980, el
Tribunal Constitucional dicta sentencia núm. 6/1983, de 4 de febrero, que nos dice
que, frente a lo mantenido por algún autorizado sector doctrinal, al ver en la exen-
ción de carácter general un derecho subjetivo al disfrute de la misma * «... sin.em-
bargo, a nuestro juicio, es más correcto entender que el llamado derecho a la exen-
ción o a la bonificación tributaria es simplemente un elemento de la relación jurídica
obligacional, que liga a la Administración y al contribuyente, y que, en el caso de
la Contribución Territorial, no integra el derecho de la propiedad, el de usufructo
o el derecho real concreto que sea objeto de la contribución».
«El objeto de la exención —no pagar o pagar una cantidad inferior a la prevista con carácter general—
es distinto del objeto sobre el que recae el derecho real. Por ello, no puede hablarse en puridad de
un auténtico derecho a la bonificación tributaria o al mantenimiento del régimen jurídico tributario
de bonificación, que pueda entenderse incorporado al patrimonio de los titulares del dominio —en
nuestro caso, a la propiedad de viviendas de protección oficial— y del que éstos puedan entenderse
privados en virtud de unas normas como el Real Decreto-ley 11/1979, por lo cual se muestra como
totalmente infundada la eventual idea de una violación del artículo 33 de la Constitución».
Más adelante, la sentencia se enfrenta con la posible violación del artículo 9.3
de la Constitución y repite la ya conocida doctrina sobre los derechos individuales
y los derechos adquiridos.
Aunque, en realidad, el que sale bastante mal parado de esta doctrina jurispru-
dencial es el principio de seguridad jurídica, la sentencia se salva gracias al excelente
voto particular que, discrepando de la mayoría, emitió el Magistrado profesor Gómez-
Ferrer.
c) La sentencia del Tribunal Constitucional 108/1986, de 29 de julio, resuelve
el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de
julio, del Poder Judicial, y en especial —por lo que aquí interesa— contra su ar-
tículo 386 en relación con la Disposición Transitoria 28.1, sobre anticipación de la
edad de jubilación forzosa de los Jueces y Magistrados, por entender violados los
artículos 9.3, 33.3, 35 y 117.2 de la Constitución.
Antes de examinar la alegada violación del artículo 9.3 —se nos dice en la Sen-
tencia—, conviene precisar cuál es la situación administrativa de los Jueces y Ma-
gistrados de carrera en nuestro sistema jurídico:
«Lo que interesa aquí destacar es que, en todo caso, su situación debe calificarse como estatutaria
y en forma que los derechos y deberes que componen el status de los Jueces debe ser fijado por ley,
y más concretamente, por ley orgánica (art. 122.1 de la Constitución). Ello supone que dicho status
ni puede ser regulado por la Administración en vía reglamentaria, como se verá más adelante, ni depende
de la voluntad del interesado. Merece destacarse, incluso, que la situación estatutaria de los Jueces
es más rigurosa que la de los funcionarios de la Administración Civil del Estado, a los que se reconoce
el derecho a la sindicación, con los efectos que ello puede acarrear, derecho que se niega expresamen-
te a los miembros de la Magistratura (art. 127.1 de la Constitución). El que el Estatuto de los Jueces
esté fijado por la Ley significa que la Ley define los elementos que lo componen y que puede modifi-
carlos, dentro, naturalmente, del marco de la Constitución...» «La existencia de una carrera judicial
o de un derecho a la jubilación de sus integrantes, por ejemplo, son elementos que no están en la
disponibilidad del legislador, que sí puede, en cambio, modificar sus condiciones y, entre ellas, el mo-
mento en que ha de producirse la jubilación. De todo ello resulta que quien accede a la función públi-
ca como juez no es titular de un derecho subjetivo a ser jubilado a la edad establecida para ello en
el momento de su acceso, sino de una expectativa a serlo a tal edad, lo que acarrea evidentes conse-
cuencias a las cuales se alude a continuación» (Fundamento Jurídico 16).
«Una última observación suscita la disposición transitoria 28.1 de la Ley Orgánica del Poder Judicial,
también impugnada. Establece esta disposición un escalonamiento de edades para aplicar en forma
gradual la nueva edad máxima de jubilación y, en este sentido, su constitucionalidad viene confirma-
da por todos los razonamientos anteriores. Su finalidad evidente es la de paliar los efectos negativos
que el adelanto de la edad de jubilación pueda producir en cuañto origine una frustración de las ex-
pectativas existentes y, en muchos casos, perjuicios económicos. Es posible, incluso, que esta finali-
dad no quede suficientemente asegurada y que estos efectos negativos, de no ser corregidos, puedan
merecer algún género de compensación. Pero esa cuestión queda, en todo caso, fuera del ámbito del
presente recurso».
abril de 1987 incluso minimiza los siempre respetados derecho al cargo y a la remu-
neración consolidada de los funcionarios.
Pero, aparte de estas sorpresas, hay otras afirmaciones jurisprudenciales más sa-
tisfactorias. Así:
— Frente a la potestad organizatoria de la Administración, se ha venido mante-
niendo que el derecho a la retribución económica y el derecho-al cargo suponen dere-
chos adquiridos; definiéndose el derecho adquirido «como aquel que, habiéndose
agotado el proceso jurídico de su creación o nacimiento, la realidad de su existencia,
ejercicio y extensión, no depende de eventualidades extrañas a la voluntad de sus
titulares» (sent. de la Sala 4.* de T. S. de 27 de febrero de 1980).
— Se niega la aplicación retroactiva de las tarifas aprobadas por un Ayunta-
miento, ya que esto iría contra el principio de la irretroactividad de los reglamentos
y de los actos administrativos, a tenor de lo preceptuado en los artículos 9.3 de la
Constitución y 45.1 de la Ley de Procedimiento Administrativo (sent. de la Sala 4.?,
de 13 de febrero de 1984). Siendo la misma doctrina aplicable, en general, a las orde-
nanzas municipales, pues el principio de irretroactividad impide que las nuevas or-
denanzas sobre uso de las edificaciones, desconozcan los derechos adquiridos de quie-
nes los ejercen de acuerdo con las anteriormente vigentes (sent. de la Sala 4.* de 13
de junio de 1984). ,
En fin, la configuración de cuando existe el derecho adquirido de los funciona-
rios públicos, incluso como un ¡us in officium, y la abierta negación de la retroacti-
vidad de los reglamentos, se recoge en sentencias posteriores. Así:
— La sentencia de la Sala 5.* del Tribunal Supremo de 12 de abril de 1984 nos
dice «que para que un derecho adquirido pueda considerarse existente dentro de una
relación intertemporal o de sucesión de normas, tiene que haberse producido la con-
solidación de una situación jurídica bajo el imperio del ordenamiento anterior, con-
solidación que requiere la concurrencia de cuantos requisitos sean necesarios para
el perfeccionamiento del acto según la anterior normativa...».
— El Tribunal Constitucional, en su sentencia 161/1988, de 20 de septiembre
(resolutoria de recurso de amparo), nos dice: «el derecho fundamental del artículo
23.2 de la Constitución... es un derecho de configuración legal, como de forma ine-
quívoca expresa el último inciso del precepto, y, en su consecuencia, compete a la
Ley el ordenar los derechos y facultades que corresponden a los distintos cargos y
funciones públicas. Una vez creados por las normas legales tales derechos y faculta-
des, éstos quedan integrados en el status propio de cada cargo, con la consecuencia
de que podrán sus titulares al amparo del artículo 23.2 defender ante los Organos
judiciales —y en último término ante este Tribunal— el ¡us in officium que conside-
ren ¡legítimamente constreñido o limitado...».
— Por su parte, la sentencia de la Sala 3.? del Tribunal Supremo de 27 de mayo
de 1987 nos dice que, de acuerdo con el artículo 2.*.2 del Código civil, «las Leyes
sólo se derogan por otras posteriores, de lo que se infiere que la retroactividad es
materia reservada a la ley formal, quedando en consecuencia excluida de la potestad
reglamentaria de la Administración, cuya potestad derogatoria tiene en todo caso
que respetar los derechos adquiridos».
CAPITULO IV
SUMARIO: 1. Los tratados internacionales: A) Su consideración como fuente indirecta. B) Como fuente
directa: teoría de la recepción.—2. Disposiciones del Poder Ejecutivo con fuerza de ley: A) Los Decretos-
leyes. B) La legislación delegada: Decretos legislativos. C) Los Decretos legislativos y su regulación cons-
titucional. D) La deslegalización de materias.—3. La potestad reglamentaria: A) Concepto y fundamento
del Reglamento. B) Clases de Reglamentos. C) Límites de la potestad reglamentaria. D) La defensa con-
tra los Reglamentos ilegales. E) Instrucciones de servicio y circulares.—4. Potestad reglamentaria de otros
Organismos constitucionales.—5. Estatutos y Reglamentos de otras entidades públicas estatales.
1 Ni GASCÓN Y MARÍN ni GARCÍA OVIEDO incluían los Tratados entre las fuentes directas. Para RoYo-
VILLANOVA son fuentes indirectas «en cuanto sirven de fundamento a otras leyes o disposiciones positi-
vas» (Elementos de Derecho administrativo, 1, 1965, P. 38, por nota). GIANNINI los incluye igualmente
entre las fuentes indirectas (Lezioni..., cit., 1, p. 57).
2 MALDONADO (Los primeros años del Concordato de 1953, sept. 1957) justificaba —con apoyo en
WAGNON y Naz— la tesis unitaria del Concordato como Tratado-ley y, por tanto, con efectos directos
en el Derecho interno.
226 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
3 El artículo XXXVI del Concordato entre España y la Santa Sede, de 27 de agosto de 1953, tenía
una redacción tajante en su párrafo 2.*: «Con la entrada en vigor de este Concordato, se entienden dero-
gadas todas las disposiciones contenidas en leyes, decretos, órdenes y reglamentos que, en cualquier for-
ma, se opongan a lo que en él se establece».
4 Entre las cláusulas del Concordato con la Santa Sede que podían considerarse como normas de apli-
cación inmediata en el Derecho interno, señalaba MALDONADO las siguientes: El artículo 2.”, que permi-
te a la Santa Sede promulgar y publicar en España disposiciones relativas al gobierno de la lglesia; el
artículo 4.”, que otorga personalidad jurídica y capacidad patrimonial a las Instituciones y Asociaciones
religiosas establecidas en España o que sean erigidas por la autoridad eclesiástica; el artículo 16, que exige
licencia de la Santa Sede para emplazar a un Prelado ante la jurisdicción no eclesiástica, etc. (Op. Cit.,
p. 11). Es ocioso recordar la no vigencia del Concordato de 1953.
5 ZANOBINI, Corso..., cit., I, p. 51.
Se comprende que la fuerza, como Derecho interno, del Tratado derive precisamente de la publica-
ción en los periódicos oficiales y no del acuerdo internacional de voluntades. Es más, suponiendo que
esta publicación se realizase, sin que el canje de ratificaciones hubiese tenido lugar, las normas inmediata-
mente aplicables de Tratado tendrían eficacia de Derecho interno, y, sin embargo, las partes no podrían
aún compelerse recíprocamente para su ejecución. Esta solución es la consagrada en el artículo 13 de la
Ley General Tributaria.
6 DIENA, Derecho internacional público, trad. esp., 4.* ed. italiana, p. 438.
SAYAGUÉS (en su Tratado..., cit., p. 148) entiende que la consideración de los Tratados como fuente
directa o indirecta del Derecho administrativo depende de lo que en este sentido dispongan los textos cons-
titucionales de cada país, por lo que no cabe dar a este problema una solución unitaria. Nosotros creemos
que precisamente este argumento de SAYAGUÉS sirve para demostrar el carácter de fuente indirecta, ya
que Derecho interno sería —y seguimos el propio argumento de este autor— porque así lo dispusiese el
Derecho constitucional interno del Estado en cuestión; luego la obligatoriedad interna no sería una con-
secuencia lógica y natural del Tratado.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 227
Está claro que tras la nueva redacción que introduce el Código civil queda acep-
tada la teoría de la incorporación de los tratados al ordenamiento jurídico positivo
una vez realizada su recepción (mediante la publicación en el B.O.E.) en el Derecho
interno.
Esta tesis queda rigurosamente incorporada al sistema de fuentes del Derecho
español una vez que la Constitución en su artículo 96.1 declara:
«Los tratados internacionales válidamente celebrados, una vez publicados oficialmente en España,
formarán parte del ordenamiento interno. Sus disposiciones sólo podrán ser derogadas, modificadas
o suspendidas en la forma prevista en los propios tratados o de acuerdo con las normas generales
del Derecho internacional».
7 «Si se observa lo que dice su artículo 10.2 (de la Constitución), los textos internacionales ratifica-
dos por España son instrumentos valiosos para configurar el sentido y alcance de los derechos que, en
este punto, reconoce la Constitución...» «Los convenios se incorporan al ordenamiento interno y de estas
recurso de
normas internas surgen los derechos individuales o libertades para cuya protección se abre el
amparo...» (Sentencia del Tribunal Constitucional de 23 de noviembre de 1981).
228 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
A los efectos de nuestra exposición nos interesa señalar dos categorías de disposi-
ciones dictadas por el ejecutivo con fuerza de ley: las que el Gobierno dicta por con-
secuencia de expresa delegación del Poder legislativo y las dictadas por razones de
urgencia O necesidad que no permitan esperar a la intervención del Poder legis-
lativo *'.
Ambas categorías tienen dos notas en común: a) Se trata siempre de normas que,
desde el punto de vista subjetivo, emanan del Poder ejecutivo. b) Desde el punto
de vista formal, unas y otras tienen el mismo valor que las leyes dictadas por el Poder
legislativo ordinario (siempre que no invadan «materias reservadas a la ley»).
Pero, en cambio, se dan también otras notas que sirven a diferenciarlas: a) Mien-
tras que en las disposiciones de la primera categoría el Poder legislativo (Parlamen-
to, Cámara, Cortes...) interviene a priori dictando precisamente el acto de delega-
ción que legitima la actuación legislativa del ejecutivo, en cambio en las disposicio-
nes del segundo grupo la intervención del Poder legislativo —que, desde luego, los
diferentes ordenamientos positivos suelen preocuparse de salvar— se realiza a poste-
riori, a los efectos de sancionar o al menos conocer, lo realizado por el Ejecutivo.
b) El fundamento en uno y otro caso también suele ser distinto: en el primero (salvo
los supuestos en que por preverse situaciones de emergencia, se realiza una amplia
delegación de poderes en manos del ejecutivo), suele descubrirse un fundamento de
tipo eminentemente técnico, pues la delegación se realiza para que la Administra-
ción precise y desarrolle debidamente (salvando las dificultades técnicas) unas bases
O principios generales sentados por el Poder legislativo ordinario; en el segundo caso,
en cambio, el fundamento es eminentemente político: la necesidad o urgencia con
que el problema a resolver se ha planteado.
Atendidas estas razones diferenciales, debe utilizarse una distinta terminología
al designar ambos grupos de normas: las primeras se conocen con el nombre de /eyes
delegadas o decretos legislativos '?, y las segundas con el de Decretos-leyes.
A) Los DECRETOS-LEYES
De las dos especies de disposiciones con valor de ley que puede dictar el Poder
ejecutivo, la primacía jerárquica, a nuestro juicio, corresponde a los Decretos-leyes.
11 GÓMEZ-ACEBO, «El ejercicio de la función legislativa por el Gobierno, leyes delegadas y decretos-
leyes», en Revista de Administración Pública, núm. 6, 1951, p. 103. En relación con la primera categoría
dice este autor: «La expresión más generalizada para designar las normas así emanadas del Gobierno,
es la de Leyes delegadas (delegated legislation, en Inglaterra y Estados Unidos), si bien en Italia junto
a aquélla se las llama más usualmente Decretos legislativos. En el segundo caso —ejercicio por el Gobier-
no de la función legislativa en caso de urgencia o necesidad— se denominan a las normas en tal concepto
dictadas decretos-leyes). Confróntese también César A. QUINTERO, Los decretos con valor de ley, Ma-
drid, 1958.
12 El término Decreto legislativo es principalmente utilizado por la doctrina italiana. No hay ningu-
na objeción seria que ofrecer a su empleo para designar la análoga institución del Derecho español; no
obstante, entre nosotros es más usual hablar de delegación legislativa, a pesar de que los textos que se
dictan en virtud de tal delegación llevan oficialmente el nombre de decretos. Una parte de la doctrina
habla de «reglamentos delegados». Cfr. Manuel M. Díez, Derecho administrativo, t. I, Buenos Aires,
1963, pp. 428 y ss. ro: : A e ; j
ENZO CHELI (en «Ampliamiento dei potere normativi dell'esecutivo nei principali ordinamenti occi-
230 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
La razón está en que se trata en estos casos de un supuesto de subrogación del Parla-
mento por el Gobierno por razones de urgencia en materia propia de la ley ordina-
ria. Por supuesto, se trata de un subrogación provisional, sometida a convalidación
o derogación del Congreso (art. 86); pero, entre tanto, los decretos leyes tienen rango
de ley y, por consiguiente no pueden ser fiscalizados por la jurisdicción contencioso-
administrativa.
De la regulación constitucional que se contiene en el artículo 86 se desprenden
las siguientes notas:
a) Ante todo, como se ha dicho, el Decreto-ley es una disposición provisional;
es decir, ha de ser convalidado por las Cortes en un plazo perentorio, so pena de
perder su eficacia.
b) Además, y eso es importante, hay una serie de «materias prohibidas» para
el Decreto-ley, en relación con las cuales no cabe alegar el argumento de la «extraor-
dinaria y urgente necesidad», que constituye la justificación que la Constitución ad-
mite para consagrar esta técnica legislativa. Así es que el Decreto-ley no podrá afec-
tar: 1) al ordenamiento de las instituciones básicas del Estado; 2) a los derechos, de-
beres y libertades de los ciudadanos regulados en el título 1 de la Constitución; 3)
al régimen de las Comunidades Autónomas; 4) a la legislación electoral general.
c) El problema clave en relación con la interpretación del uso de la potestad
para dictar Decretos-leyes se encuentra cabalmente en la determinación de cuáles son
esas «materias prohibidas» al Decreto-ley. A la vista de lo que en el artículo 86,1
se dice, caben tres interpretaciones, a saber: 1) que ninguno de los derechos y debe-
res contenidos en el título I de la Constitución pueden ser objeto de Decreto-ley (o
dicho de otra forma, constituyen materia reservada a la ley orgánica o a la ley ordi-
naria); 2) que solamente se consideran materias excluidas las que afectan a los dere-
chos y libertades fundamentales contenidas en la sección 1.* del capítulo 2.* de di-
cho título 1 (es decir, las reservadas a la ley orgánica; 3) que las materias excluidas
son las que integran la sección 1.? y la sección 2.? del referido capítulo 2. del título
I de la Constitución.
La exclusión de todas las materias incluidas en el título 1 de la Constitución —a
lo que indudablemente conduciría una interpretación literal del artículo 86,1— debe
rechazarse por absurda; pues conduce a un vaciamiento total del posible contenido
del Decreto-ley y, por ende, a la inutilidad —por falta de supuestos aplicables— de
esta fórmula legislativa. Añádase a esto que, en realidad, el capítulo 3.* se refiere
a derechos que se conceden a los particulares para obtener prestaciones administrati-
vas, por lo que un Decreto-ley que se dictase en esta materia (por ejemplo, por la
urgente necesidad de establecer un plan de construcción de viviendas para satisfacer
el derecho que en tal sentido concede el artículo 47 de la Constitución) difícilmente
tendrá efectos restrictivos sobre situaciones jurídicas individuales reconocidas por
la propia Constitución.
dentali», en Riv. Trim. Dir. Pub., julio-septiembre 1959, pp. 463 y ss.) hace un análisis comparativo
del
fenómeno del aumento de los poderes normativos en los Estados contemporáneos. Desde
el punto de
vista jurídico, señala que las técnicas utilizadas para lograr tal aumento son: 1) ampliación de la
potestad
reglamentaria (leyes de bases; reglamentos delegados; determinación de materias reglamentarias
«por na-
turaleza»); 2) legislación delegada; 3) decretos de urgencia (pp. $517 y ss.).
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 231
«La tesis partidaria de una expansión de la limitación contenida en el artículo 86,1 de la Constitución
se sustenta en una idea tan restrictiva del Decreto-ley que lleva en su seno el vaciamiento de la figura
y la hace inservible para regular con mayor o menor incidencia cualquier aspecto concerniente a las
materias incluidas en el título I de la Constitución sin más base interpretativa que el otorgamiento
al verbo afectar de un contenido literal amplísimo, como con tan exigua base se conduce a la inutili-
dad absoluta del Decreto-ley, pues es difícil imaginar alguno cuyo contenido no afectase a algún dere-
cho contenido en el título 1. Es claro que tal interpretación —nos dice el Tribunal— fácilmente redu-
cible al absurdo, tampoco puede ser aceptada» !3, ;
Resuelto el tema en la forma que queda dicha por nuestro Tribunal Constitucio-
nal, quiérese decir que queda abierta la puerta, cuando menos, para la utilización
del Decreto-ley en materia fiscal '*.
13 Recuérdese, una vez más, que esta sentencia tuvo seis votos reservados —la mitad de los compo-
nentes del Tribunal— en contra de la decisión mayoritaria alcanzada por el voto de calidad del presidente.
14 En la sesión plenaria del Congreso de Diputados correspondiente al 12 de mayo de 1982 se plan-
teó una interesante y curiosa discusión en relación con el problema de la regulación mediante Decreto-ley
en materia fiscal, con motivo de la interpelación del diputado señor CARRO MARTÍNEZ al entonces Mi-
nistro de Hacienda señor GARCÍA AÑOVEROS. La contestación del Gobierno, por boca del citado Minis-
tro, lo fue en el sentido —poco convincente por cierto— de que la regulación de materias fiscales por
Decreto-ley tenía ya una serie de precedentes a su favor como lo demostraban las siguientes disposiciones
que, por curiosidad, se recuerdan a continuación: Real Decreto-ley 155/1979, sobre medidas urgentes de
apoyo a la vivienda; Real Decreto-ley 2/1980, sobre tipos tributarios aplicables y autorizando a la ley
ba99)hb TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Tan discutible como la anterior resulta para nosotros la doctrina que se sienta
en la sentencia del Tribunal Constitucional de 21 de enero de 1988 y que se resume
así: la utilización del Decreto-ley para la previsión de tipos de ilícito y las correspon-
dientes sanciones no supondría una contradicción con lo dispuesto en el artículo 25.1
de la Constitución, al configurarse el Decreto-ley como una auténtica «disposición
legislativa» que se inserta en el ordenamiento jurídico (provisionalmente hasta su
convalidación y, definitivamente, tras ésta), como una norma dotada de fuerza y
valor de Ley (S.T.C. 29/8, de 31 de mayo) y como tal sujeta al recurso y a la cues-
tión de inconstitucionalidad ante este Tribunal, de acuerdo con lo previsto en el ar-
tículo 27.2 de su Ley Orgánica. Por su parte, en la sentencia de la Sala 4.* del Tribu-
nal Supremo de 8 de febrero de 1988 se afirma: el artículo 25.1 de la Constitución
prescribe que nadie puede ser condenado o sancionado por acciones u omisiones que
en el momento de producirse no constituyan delito, falta o infracción administrati-
va, según la legislación vigente en aquel momento. El derecho fundamental aquí pro-
tegido comprende una doble garantía; en el terreno formal, se refiere al rango nece-
sario de las normas tipificadoras de las conductas y reguladoras de las sanciones.
Por consiguiente, en el ámbito penal es preciso distinguir: 1) cuando se trata de im-
poner penas privativas de libertad, de acuerdo con el artículo 81.1 y 17 de la Consti-
tución, se exige que las normas penales tengan carácter de orgánicas; 2) en los res-
tantes supuestos bastará con ley ordinaria. En el terreno de la potestad sancionadora
de la Administración, a su vez, es también necesario hacer una nueva clasificación,
para graduar la posible participación reglamentaria, siempre sobre la base de una
ley: 1) cuando la Administración actúa en virtud de su supremacía general, la reser-
va de ley permite una posibilidad de regulación reglamentaria, en virtud de remisión
dela ley, hecha con una determinación que prefigure el posterior desarrollo regla-
mentario; 2) en el campo de la supremacía especial, caracterizado por una capacidad
de autoordenación de la Administración, se exige también la cobertura legal, pero
se admite con más amplitud la virtualidad del Reglamento para tipificar en concreto
las previsiones abstractas de la ley sobre las conductas identificables como antijurí-
dicas. En resumen: si cabe la remisión al Reglamento, ¿qué obstáculo se puede opo-
ner a la regulación total por Decreto Ley?
d) La clave del nuevo sistema constitucional para la promulgación de Decretos-
leyes se encuentra por tanto en la necesaria intervención de las Cortes para su conva-
lidación. Sin embargo, de los párrafos 2 y 3 del artículo 86 se desprende la existencia
de un doble procedimiento de ratificación legislativa, a saber:
a”) El procedimiento normal según el cual el Congreso de los Diputados —que
si no estuviese reunido habrá de ser convocado al efecto— se reunirá en el plazo de 30
días siguientes a la promulgación del Decreto-ley. Dentro de ese plazo, se pronuncia-
rá expresamente (no cabe, pues, el «silencio legislativo») sobre su convalidación o
derogación. Al no hablarse de modificación hay que entender que ésta no es posible;
por tanto, el procedimiento especial y sumario que han de seguir las Cortes habrá
de prescindir del debate sobre posibles enmiendas.
de presupuestos (y esto sí que plantea un sorprendente problema jurídico: la autorización del Gobierno
al Parlamento para que actúe de una determinada forma) para modificar las tarifas de licencia fiscal,
los tipos y tasas de tributos parafiscales y los valores catastrales de la contribución territorial urbana;
Reales Decretos-ley 5/1981, 9/1981, 8/1982, etc.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 233
17 La vigente Constitución italiana admite este tipo de delegación legislativa en su artículo 76. Co-
mentando este precepto, ZANOBINI (en «La gerarchia delle fonti nel nuovo ordinamento», en Scritti vari,
cit., pp. 373 y 374), señala como límites de los decretos legislativos: la ley de delegación no puede ser
general, sino que sólo debe referirse a objetos particulares y definidos; debe hacerse por tiempo limitado
y con determinación de los principios y criterios que el Gobierno debe seguir en la formación del Decreto
legislativo. Admitidos estos límites, el Decreto legislativo tiene el mismo valor formal que las Leyes del
Parlamento.
En Francia, en cambio, la Ley de 17 de agosto de 1948 estableció una especie de delegación general
a favor del Gobierno que le habilitaba para regular por Decreto adoptado en Consejo de Ministros, pre-
vio dictamen del Consejo de Estado, y con posibilidad de modificar las leyes formales anteriores, una
serie de materias entre las que se encuentran: el régimen jurídico de los servicios y establecimientos públi-
cos estatales; limitación y supresión de empleos y personal; régimen jurídico de los establecimientos pú-
blicos industriales y comerciales; régimen jurídico de los servicios de asistencia y seguridad social (aunque
con la limitación de no poder reducir las prestaciones ya reconocias). Como señala A. DE LAUBADERE,
la importancia de esta ley está en que los poderes que otorga al Gobierno no están limitados por plazos
ni circunstancias, sino que vienen a constituir como una nueva competencia permanente del Ejecutivo,
que supone habilitarle para modificar leyes del Parlamento. De todas formas, el Conseil d'Etat ha conde-
nado (en 6 de febrero de 1953) la tesis de que con estos poderes podían también modificarse las leyes
que el Parlamento dictase con posterioridad al 17 de agosto de 1948 (Les réformes administratives de
1953, pp. 8 y 9). La Ley de 11 de julio de 1953 extiende de nuevo los poderes legislativos del Gobierno
a los efectos de lograr un reajuste económico y financiero. Vid. lo que se dice supra en la nota 20.
Para la vieja doctrina sobre esta materia puede verse CROSA, «La dottrina della delegazione legislati-
va nel Diritto italiano, francese e germanico», en Rivista Trim. di Diritto Pubblico, 1927, p. 191.
18 Por ejemplo, la Ley de 17 de julio de 1945 aprobó las Bases del Régimen Local autorizando al
Gobierno para dictar un texto articulado que fue precisamente aprobado por Decreto de 16 de diciembre
de 1950. Este texto aprobado por Decreto tenía, sin embargo, valor de ley formal. Asimismo, por Decre-
to de 7 de febrero de 1964 se aprueba la Ley articulada de Funcionarios Civiles del Estado, en desarrollo
de la anterior Ley de Bases. Vid. P. STILLMUNKES, «La clasificación des actes ayant force de loi en Droit
pub. francais», en Rev. Dr. Pub., núm. 2, 1964, pp. 261 y ss. El Consejo de Estado parece que admite
el recurso contra ordenanzas del Ejecutivo al amparo de los artículos 38 y 47 de la Constitución. En cam-
bio, las disposiciones adoptadas al amparo del artículo 16 (supuesto tradicional de los decretos-leyes) son
irrecurribles (arréí Rubin de Servens, de 2 de marzo de 1962). Vid. J. T. VILLARROYA, «El artículo 38
de la Constitución francesa y las ordenanzas de 1957», en Rev. Est. Políticos, núm. 162, 1968, pp. 49
y SS.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) ZO
19 Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, 2 de junio de 1978, p. 2919. Intervención del
profesor FRAGA IRIBARNE.
20 Dice así: «1. Las delegaciones o autorizaciones legislativas que se refieran a las materias conteni-
das en el apartado a) del artículo 10 de esta Ley, precisarán inexcusablemente los principios y criterios
que hayan de seguirse para la determinación de los elementos esenciales del respectivo tributo».
21 En la adición de esta restricción estuvieron de acuerdo todos los grupos parlamentarios: Diario de
Sesiones del Congreso, 2 de junio de 1978, pp. 2916 y ss. Intervenciones de los diputados BARÓN CRES-
PO, MEILÁN GIL y FRAGA.
236 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
22 Ley de Bases de Régimen Local de 17 de junio de 1945, modificada por Ley de 3 de diciembre
de 1953 y Texto Articulado aprobado por Decreto de 24 de junio de 1955, Ley de Bases de Funcionarios
de la Administración Civil del Estado de 20 de julio de 1963 y Ley Articulada aprobada por
Decreto
Legislativo de 7 de febrero de 1964. Estas disposiciones están hoy derogadas.
E epestamento para la eicagión de los arrendamientos rústicos aprobado por Decreto de 29 de
abril
oe , que constituye realmente un texto refundido de las L eyes de 15 de marzo de 1935, 28
de junio
juni
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 237,
24 F. GARRIDO FALLA, «La fiscalización de los decretos legislativos por la jurisdicción contencioso-
administrativa», en Revista de Administración Pública, núm. 69, 1969; E. GARCÍA DE ENTERRÍA, Legis-
lación delegada y poder judicial (discurso de ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legisla-
ción), Madrid, 1970. El T. S. aceptó esta doctrina en su sentencia de la Sala 3.* de 23 de mayo de 1969.
La jurisprudencia postconstitucional afirma esta tendencia. Como nos dice la sent. de la Sala 3.* de 30
de diciembre de 1986, no pueden confundirse los decretos legislativos con los decretos-leyes. Desde el
punto de vista de su fiscalización, las leyes delegadas (Decr. legislativo) sólo son fiscalizables para com-
probar si se adecúan o no a la delegación concedida, o se dictaron dentro del plazo señalado a! efecto.
25 Así, por ejemplo, las sentencias de la Sala 3.*? de 23 de mayo de 1969 y 1 de octubre de 1988.
238 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
D) LA DESLEGALIZACION DE MATERIAS
Una nueva técnica que, sin habilitar al Poder ejecutivo para dictar disposiciones
con fuerza de ley, produce empero el mismo efecto práctico de ampliar las faculta-
des normativas administrativas en relación con campos previamente reglamentados
por leyes ordinarias, se descubre en el fenómeno de la «deslegalización». El supues-
to se ha repetido en los últimos tiempos: una norma con fuerza de ley «faculta al
Gobierno» para acordar mediante Decreto cuantas medidas sean necesarias en or-
den, por ejemplo, a lograr una reorganización administrativa (Disposición final 1.?
de la Ley de Régimen jurídico de 1957). Es posible que la organización anterior esté
contenida, al menos parcialmente, en leyes formales; no obstante, tales leyes cede-
rán en su vigencia ante los decretos que se dicten en uso de la mencionada autoriza-
ción.
Obsérvese que la singualaridad del supuesto estriba en que: 1.2 Los decretos que
dicta el ejecutivo son, en su régimen, simples decretos; por lo que no hay inconve-
niente en que puedan ser fiscalizados por la jurisdicción contenciosa, a diferencia
de lo que ocurre con los decretos-leyes. 2. Las anteriores leyes formales sobre la
materia no han sido derogadas, pues en tanto no se utilice la autorización siguen
en vigor; simplemente tales leyes han sido «degradadas». 3. Los nuevos decretos,
por tanto, podrán regular sin trabas la materia objeto de las anteriores leyes. En suma:
ha habido una «deslegalización» de tal materia, o, lo que es lo mismo, una «degra-
dación» de las leyes que la regulaban ”. Ahora bien, ¿es lícita esta técnica legislati-
va después de la Constitución? La duda, al menos, se suscita; y, desde luego, debe
rechazarse en materias «reservadas a la ley».
26 El origen de la confusión está, sin embargo, en el texto del artículo 75.c) del anteproyecto consti-
tucional (B.O.E. de 5 de enero de 1978). Por otra parte, el recelo está justificado si se tiene en cuenta
que alguna de nuestras reformas fiscales se han hecho por ley que autorizaba al Ministerio de Hacienda
a regular por Orden Ministerial materias reservadas a la ley.
SN Cfr. J. L. DELA VALLINA, «La desconcentración administrativa», en Revista de Administración
Pública, núm. 35, 1961, pp. 75 y ss.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 239
3. LA POTESTAD REGLAMENTARIA
33 La existencia del poder discrecional administrativo se ha utilizado como justificación del poder re-
glamentario, haciendo aparecer a éste como un «mal menor» (CAMEO); pero también se ha utilizado co-
mo fundamento jurídico de dicha potestad reglamentaria. ZANOBINI ha reaccionado contra esto último
intentando demostrar la falta de coincidencia entre la potestad reglamentaria y la potestad discrecional
(Corso di Diritto amministrativo, cit., vol. 1, p. 59); lo cual es evidentemente indiscutible.
34 Esta fue la tesis que con anterioridad a 1910 impidió en Francia que los llamados «Reglamentos
de Administración Pública» fuesen impugnados ante el Consejo de Estado.
En Inglaterra, la potestad reglamentaria se fundamenta en la expresa delegación de la Ley, lo que
determina que los preceptos reglamentarios dictados tengan el mismo valor de la Ley (vid. TixIER, Le
contróle judiciaire de l'administration anglaise, París, 1954, p. 74). Otro tanto ocurre en Norteamérica,
aunque las consecuencias prácticas del sistema son allí menos graves, dada la posibilidad de impugnar
las leyes por inconstitucionales (vid. SCHWARTZ, Le droit administratif américain, París, 1952).
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 241
«Este aspecto de colaboración entre la Ley y el Reglamento en la ordenación de una materia, sin em-
bargo, sólo adquiere verdadera virtualidad en relación con aquellos reglamentos en los que se acentúa
la idea de ejecución o desarrollo de la Ley, y al propio tiempo la exigencia de una más eficaz habilita-
ción legal.
Existe en nuestro derecho una tradición jurídica que dentro de los reglamentos, como disposicio-
nes generales de la Administración con rango inferior a una ley, y aun reconociendo que en todos
ellos se actúa el ejercicio de la función ejecutiva en sentido amplio, destaca como «reglamentos ejecu-
tivos» aquellos que están directamente y concretamente ligados a una ley, a un artículo o artículos
de una ley o a un conjunto de leyes, de manera que dicha ley (o leyes) es completada, desarrollada,
pormenorizada, aplicada y cumplimentada o ejecutada por el reglamento. Son reglamentos que el Con-
sejo de Estado ha caracterizado como aquellos cuyo cometido es desenvolver una ley preexistente o
que tiene por finalidad establecer normas para el desarrollo, aplicación o ejecución de una ley. Pero,
junto a éstos, existen los reglamentos de organización que, todo lo más, alcanzan a normar las rela-
ciones de la Administración con los administrados en la medida en que ello es instrumentalmente
necesario por integrarse éstos de una u otra forma en la organización administrativa, pero no los derechos
y obligaciones de éstos en aspectos básicos con carácter general. Sin tratar la cuestión de si dichos
reglamentos tienen verdaderamente carácter independiente, cuestión que aquí no es necesario resol-
ver, hay que admitir que los mismos no aparecen necesariamente como complementarios de la Ley».
B) CLASES DE REGLAMENTOS
37 Artículo 23: «...2. Las disposiciones administrativas de carácter general se ajustarán a la siguiente
jerarquía normativa: Primero, decretos; segundo, órdenes acordadas por las comisiones delegadas del
Gobierno; tercero, ordenes ministeriales; cuarto, disposiciones de autoridades y órganos inferiores, según
el orden de su respectiva jerarquía». Téngase en cuenta que en nuestra práctica administrativa con estos
términos se alude al valor formal de los actos administrativos, es decir, al órgano de que emanan, pero
abstracción hecha de su contenido, es decir, independientemente de su carácter de actos generales o con-
cretos. Así, un Decreto o una Orden ministerial pueden ser indistintamente (sin que tal denominación
especifique nada) una disposición reglamentaria o un acto administrativo singular (por ejemplo, algunos
altos funcionarios se nombran mediante Decreto). BOQUERA entiende que el anterior precepto debe
interpretarse en el sentido de que las autoridades inferiores a Ministro sólo disponen de potestad regla-
mentaria cuando una ley expresamente la atribuya. Ni siquiera cabe la delegación del Ministro, por opo-
nerse el artículo 22.3.d) de la Ley R. J. («Los órganos estatales titulares del poder reglamentario», en
Rev. de Adm. Púb., núm. 47, 1965, p. 90). GÓMEZ-FERRER («La potestad reglamentaria del Gobierno
en la Constitución», en La Constitución y las fuentes del Derecho, Dir. General de lo Contencioso, Ma-
drid, 1979, pp. 126 y ss.) niega los reglamentos independientes.
38 Al hacer estas formulaciones, la doctrina ha tenido en cuenta, como es lógico, el Derecho vigente
en el propio país, por lo que es el criterio nacional el que preside el resumen que se señala a continuación.
A) Doctrina alemana.—Arranca de LABAND una distinción entre Reglamentos administrativos (Ver-
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 243
Orden acordada por una de las Comisiones delegadas del Gobierno *, de Ordenes
ministeriales, y de otras disposiciones de autoridades y órganos inferiores al minis-
tro, aunque la constitucionalidad de éstas (salvo para asuntos internos) es más que
dudosa (Sentencia del Tribunal Supremo, Sala Cuarta, 14 de noviembre de 1972,
y Sala Tercera, 25 de enero de 1982)*.
Cualquiera que sea el tipo de Reglamento, la Ley sobre Procedimiento adminis-
trativo de 17 de julio de 1958 ha venido a establecer (en el capítulo 1 de su título VI)
el procedimiento especial para su elaboración. De acuerdo con ella, la autoridad
administrativa que prepare una disposición reglamentaria viene obligada a observar
la siguiente tramitación:
a) Formación de un expediente en el que, junto con la moción, providencia o
propuesta de quien tenga la iniciativa de la disposición de que se trate, figurarán
las consultas y dictámenes evacuados, las enmiendas y observaciones y demás datos
de interés para conocer el proceso de la elaboración (art. 129.1 y 2).
b) Se presentará una tabla de vigencias y de disposiciones derogadas por la que
se proyecta (art. 129.3).
c) Habrá de informar la Secretaría general técnica o, en su defecto, la Subse-
cretaría, o el Estado Mayor en los Ministerios militares (art. 130) (hoy Ministerio
de Defensa). ,
d) Habrá de requerirse la aprobación de la Presidencia del Gobierno en las
materias a que se refiere el artículo 13, párrafo 7.?, de la Ley de Régimen jurídico
(art. 130.2) (hoy Ministerio para las Administraciones públicas).
e) En los casos que procedan deberá oírse a las Organizaciones que representen
intereses generales o corporativos (art. 130.4).
f) Cuando su naturaleza lo aconseje, se someterá a información pública (ar-
tículo 130.5).
g) Las disposiciones que hayan de aprobarse en Consejo de Ministros se comu-
nicarán a todos los ministros con ocho días de antelación (art. 131)*.
h) Sise trata de Reglamentos generales en ejecución de una ley, habrá de oírse
el dictamen del Consejo de Estado (art. 130, 3; en relación con los artículos 10, 6,
de la L. R. J. y la Ley Orgánica del Consejo de Estado); aunque este vicio no puede
40 BOQUERA, «Los órganos estatales titulares del poder reglamentario», en Rev. Adm. Púb.,
núm.ero 47, 1965, pp. 79 y ss. Vid. art. 4 de la Ley 10/1983, de 16 de agosto.
+1 Dice así el indicado precepto: «Es de la competencia del Consejo de Ministros: ...17. Cualquier
otra atribución que le venga conferida por alguna disposición legal o reglamentaria y, en general, delibe-
rar acerca de aquellos asuntos cuya resolución deba revestir la forma de Decreto...»
Hemos de advertir, por otra parte, que el Decreto es forma genérica de manifestarse la voluntad ad-
ministrativo, tanto por vía general como por vía particular, por lo que no es materia privativa de la teoría
del reglamento. Vid. supra cuanto se ha dicho en la nota 36.
2 La jurisprudencia del Tribunal Supremo suele ser severa al enjuiciar disposiciones administrativas
en cuya elaboración se hayan olvidado tales trámites, acordándose la nulidad de las mismas. Sentencias
de la Sala 4.*, de 15 de diciembre de 1961; de la Sala 3.*, de 1 de febrero de 1966, y de la propia Sala 3.*,
de 20 de febrero de 1969. En cuanto a la falta de audiencia del Consejo de Estado en los Reglamentos
generales, es vicio de nulidad, según ha declarado la sentencia de la Sala 3.*, de 30 de marzo de 1968.
A veces, y para eludir dicho trámite, la Administración pone en vigor los llamados reglamentos provisio-
nales. Pero habrá que admitir que la aplicación de los mismos también ha de producir efectos jurídicos
provisionales, aparte de que en la nueva Ley Orgánica 3/1980 no se alude a esta figura.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 245
alegarse cuando lo que se impugna es el acto de aplicación del reglamento (Sent. Sa-
la 4,* T.S. de 29 junio 1988).
43 ZANOBINI, Corso di Diritto amministrativo..., cit., vol. 1, p. 68; ALESS1, Sistema ¡stituzionale de
Diritto amministrativo, 1953.
44 Artículo 26 de la Constitución y artículo 27 de la Ley de Régimen Jurídico de la Administración.
45 Artículo 30 de la Constitución.
46 Artículo 133 de la Constitución y artículo 27 de la Ley de Régimen Jurídico. El artículo 10 de la
Ley General Tributaria enumera las materias tributarias que «se regularán, en todo caso, por Ley». Vid.
sentencia T. S. (Sala 3.*) de 19 de junio de 1981. Ñ
47 Aparte de que esto es una consecuencia del principio de la legalidad, nuestro Derecho positivo la
consagra especialmente en el artículo 23 de la Ley de Régimen Jurídico de la Administración: «Ninguna
disposición administrativa podrá vulnerar los preceptos de otra de grado superior». Afortunadamente
nuestra Constitución no acoge la fórmula francesa de la «reserva reglamentaria» que figuró en alguno
de los anteproyectos. 1%
48 La potestad soberana de organizar los servicios públicos que tradicionalmente se concede a la Ad-
ministración debe considerarse limitada, por lo que a nuestro Derecho afecta, por lo que ya disponía el
artículo 6. de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 15 de septiembre de 1870: «Las disposiciones regla-
mentarias que el Poder ejecutivo adopte en uso de sus atribuciones nunca alcanzarán a derogar ni a modi-
ficar la organización de los juzgados y tribunales, ni las condiciones que para el ingreso y ascenso en la
246 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«El funcionario público que invadiese las atribuciones legislativas, con decretos, reglamentos o dispo-
siciones generales, excediéndose de sus atribuciones, ya derogando o suspendiendo la ejecución de
una ley, incurrirá en las penas de inhabilitación especial y multa de 30.000 a 150.000 pesetas».
carrera judicial señalen las leyes». Por otra parte, nuestra jurisprudencia consagra reiteradamente la regla
de la irretroactividad de los reglamentos: sentencias del Tribunal Supremo de 3 de junio y de 17 de octu-
bre de 1961, 22 de octubre de 1962 y 16 de enero y 3 de mayo de 1963. Confróntese VALLINA, La irre-
troactividad del acto administrativo, Madrid, 1964.
49 El fundamento de esta regla es doble: de una parte, porque las cuestiones jurídico-privadas suelen
tener su específica regulación en el Código civil o en alguna de sus leyes complementarias que, desde lue-
go, no pueden ser modificadas por un reglamento administrativo; de otra, en que, tratándose de relacio-
nes que, en su caso, habrían de ser enjuiciadas por los tribunales ordinarios, no puede admitirse que las
disposiciones administrativas sean fuente de Derecho para tales tribunales, porque ello iría contra la inde-
pendencia del Poder judicial, que en el Estado de Derecho sólo debe depender de la Ley formal. Por esta
razón suscita dudas la legalidad de algunas disposiciones como el Decreto de 18 de octubre de 1957 (Bole-
tín Oficial del Estado de 18 de noviembre), que autorizó a los arrendatarios y otros usuarios totales o
parciales de fincas urbanas a instalar en el edificio, e incluso contra la voluntad del propietario, antenas
receptoras de televisión. Asume especial gravedad el siguiente párrafo del artículo 1.%: «Se considerará
nula y sin valor alguno, cualquier estipulación que contradiga los establecidos en el párrafo anterior, aun-
que hubiera sido convenida antes de la promulgación del presente Decreto».
No hay en cambio inconveniente para que por vía reglamentaria se dicten normas aplicables a relacio-
nes privadas entre partes cuando existe previa delegación legislativa; por ejemplo, fijación por Decreto
de los coeficientes de revisión de rentas urbanas.
Algunos autores añaden un nuevo límite de la potestad reglamentaria: los reglamentos no pueden ir
contra principios generales del Derecho, como el de irretroactividad (ZANOBINI, Corso...,
cit., vol. 1
p. 60). Vid. lo que, sobre esto, decimos en la nota anterior. ' : NS
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 247
reglamentos ilegales. Bastará para ello recordar el artículo 7." de la antigua Ley Or-
gánica del Poder Judicial de 1870: «No podrán los jueces, magistrados y tribunales:
1.2 Aplicar los reglamentos generales, provinciales o locales, ni otras disposiciones
de cualquiera clase que sean, que estén en desacuerdo con las leyes...» %. El precepto
ha venido a ser recogido en la Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judicial, con la siguiente
redacción:
«Los jueces y tribunales no aplicarán los reglamentos o cualquier otra disposición contrarios a la Cons-
titución, a la ley o al principio de jerarquía normativa».
50 La sentencia del Tribunal Supremo de 25 de enero de 1961 reitera la tradicional prohibición a los
tribunales de aplicar reglamentos ilegales.
51 Vid. GARRIDO FALLA, «La impugnación de resoluciones administrativas de carácter general y la
jurisprudencia del Tribunal Supremo», en R.A.P., núm. 6, 1951, pp. 223 y ss.; asimismo puede consul-
tarse nuestra obra Régimen de impugnación de los actos administrativos, 1956, pp. 152 y ss., y el vol. 11!
de este Tratado.
52 Esto sí estaba especialmente previsto en el artículo 3.* de la vieja ley: «El recurso contencioso-
administrativo podrá interponerse de igual modo contra resoluciones de la Administración que lesionen
derechos particulares establecidos o reconocidos por una ley, cuando tales resoluciones hayan sido adop-
tadas como consecuencia de alguna disposición de carácter general, si con ésta se infringe la ley en la
cual se originaron aquellos derechos».
248 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judicial, en cuyo artículo 8.? se lee: «Los tribunales
controlan la potestad reglamentaria y la legalidad de la actuación administrativa,
así como el sometimiento de ésta a los fines que la justifican».
Y es necesario referirse también a la ampliación de la legitimación para recurrir
—tanto actos singulares como reglamentos— que se desprende del artículo 7, 3, de
la propia Ley Orgánica 6/1985:
«3. Los juzgados y tribunales protegerán los derechos e intereses legítimos, tanto individuales como
colectivos, sin que en ningún caso pueda producirse indefensión. Para la defensa de estos últimos se
reconocerá la legitimación de las corporaciones, asociaciones y grupos que resulten afectados o que
estén legalmente habilitados para su defensa y promoción».
ya que en este caso parece posible fundar un recurso de alzada ante el propio ministro, que, en estricta
justicia, habría de ser estimado.
Como ha observado FLEINER, en el Estado policía la mayoría de las normas según las cuales se en-
cauza la Administración no fueron sino disposiciones administrativas del tipo de las que se examinan.
El Estado de Derecho ha convertido en normas jurídicas las más de ellas, pero sin cegar las fuentes de
donde brotan. El Estado de Derecho no puede prescindir enteramente de estas disposiciones administrati-
vas, porque no es raro que por medio de ellas se logre alcanzar lo que la oportunidad exige cuando resul-
ten insuficientes los preceptos jurídicos. Tales disposiciones son, por otra parte, propicias para fundar
una tradición administrativa, la cual puede ser después transformada por la ley en norma jurídica (Insti-
tuciones de Derecho administrativo, trad. esp., 1935, pp. 54 y 55).
57 Así, por una Orden-circular de 20 de julio de 1939, se determinaron las reuniones y manifestacio-
nes exceptuadas de permiso gubernativo. Es conocido el caso de las numerosas circulares dictadas por
la extinguida Comisaría General de Abastecimientos fijando el precio de tasa para venta al público de
determinados artículos. Esto es lo que ha hecho pensar a ORTIZ Díaz, haciéndose eco de la evolución
ofrecida por la jurisprudencia francesa, que las circulares e instrucciones que contengan preceptos que
no sean, estrictamente hablando, «medidas de orden interno», deben poder ser impugnadas ante la juris-
dicción contencioso-administrativa («Las circulares, instrucciones y medidas de orden interior ante el re-
curso por exceso de poder en la jurisprudencia del Consejo de Estado francés (1954-57)», en Revista de
Administración Pública, núm. 24, 1957, pp. 335 y ss.).
Cuando la circular es, conforme a su naturaleza, una norma administrativa interna, entonces carece
de eficacia normativa frente a los particulares (sentencia de la Sala 4.* del Tribunal Supremo de 20 de
febrero de 1962). Asimismo, hay que entender que cuando en uso de facultades interpretativas atribuidas
por ley, una disposición administrativa es de dudosa legalidad, sólo obliga a los inferiores jerárquicos,
pero no a los tribunales; pienso que éste es el sentido que debe atribuirse al número 2 del artículo 18 de
la Ley General Tributaria de 28 de diciembre de 1963. Cfr. BAENA DEL ALCÁZAR, «Instrucciones y circu-
lares como fuente del Derecho administrativo», en Rev. Adm. Púb., núm. 48, 1956, pp. 107 y ss.
LAS FUENTES ESCRITAS (continuación) 251
tro del ámbito de la presente Ley». Estos reglamentos, que deberán ser aprobados
por el Tribunal en Pleno, se publicarán en el Boletín Oficial del Estado autorizados
por su Presidente. Aunque los actos del Tribunal Constitucional en aplicación del
reglamento son susceptibles de recurso contencioso-administrativo, esta fiscalización
jurisdiccional no alcanza al propio reglamento.
- Por lo que se refiere a la Ley Orgánica del Poder Judicial, el artículo 5.” esta-
blece que el Consejo «podrá dictar reglamentos sobre su organización y funciona-
miento, así como sobre el régimen del personal y servicios y demás materias de su
competencia dentro del ámbito de la presente Ley». También estos reglamentos han
de ser publicados en el Boletín Oficial del Estado y la peculiaridad que presentan,
en contraste con los del Tribunal Constitucional, consiste en que «serán recurribles
en vía contencioso-administrativa, conforme a la ley reguladora de dicha jurisdic-
ción» (art. 47).
58 Realmente, parece resultar conveniente sustituir en esta ocasión el término autonomía por el de
autarquía. No obstante, parte de la doctrina reserva el término precisamente para designar el fenómeno
a que aludimos en el texto. Así, O. MAYER enfrentaba la autonomía —o posibilidad de dictar legislación
propia— a la Selbstverwaltung (o Administración autónoma), que es «la atribución a una persona moral
de Derecho público inferior (a un cuerpo de Administración propia) de una parte de la Administración
pública para que la gestione en su nombre». Se trata de Administración pública desgajada del Estado.
Sus objetos forman los asuntos propios del organismo. Ello no implica necesariamente la facultad de
obrar en el círculo de sus atribuciones mediante reglas de Derecho (Le Droit administratif allemand, trad. fr.,
vol. L, pp. 163 y 164).
39 ZANOBINI, Corso..., cit., vol. 1, p. 77.
OZ TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
60 Según este mismo autor, es característico de estos reglamentos que pueden derogar la ley aunque
sólo sea en los casos en que dicha ley admita tal derogación («La gerachia delle fonti..., cit., en loc. cit.,
p. 378). Ahora bien, lo que ocurre es que en estos casos la ley estatal tiene un carácter dispositivo seme-
jante al de aquellas normas de Derecho privado que actúan como supletorias de la autonomía de la voluntad.
61 ZANOBINI entiende (Op. cit., pp. 379 y 380) que estos reglamentos no pueden ser derogados por
los reglamentos independientes estatales, supuesto que aquéllos son una consecuencia de la autonomía
de los entes que los dicten (cuya autonomía es un derecho subjetivo que sólo puede ser, por tanto, trans-
gredida por la ley no por reglamento. No consideramos correcta esta argumentación; el principio de la
sumisión al Derecho estatal debe considerarse con todas sus consecuencias: lo que ocurre es que si una
determinada materia ha sido atribuida por la ley como competencia propia de un determinado ente pú-
blico, estaría viciado de incompetencia el Reglamento estatal que dictase normas sobre las mismas. No
se trata, pues, de un problema de jerarquía de fuentes, sino de un problema de competencias.
" Nuestra Ley de Entidades estatales autónomas, de 26 de diciembre de 1958, no sólo no reconoce sené-
ricamente la potestad reglamentaria, sino que parece negarla en su artículo 33. En materia tributaria,
el principio que establece la Ley General Tributaria de 1963 se contiene en su artículo 5.2: «Las provin-
cias y los municipios podrán establecer y exigir tributos dentro de los límites fijados por las leyes. Las
demás corporaciones y entidades de Derecho público no podrán establecerlos, pero sí exigirlos, cuando
la ley lo determine». Vid. arts. 105 y ss. de la Ley 7/1985, de Bases de Legislación Local.
Sobre la naturaleza y límites de la potestad normativa local, vid. BOQUERA, «Los límites del poder
de Ordenanza», en Rev. Est. de la Vida Local, núm. 160, 1968, pp. 497 y ss.
CAPITULO, Y
SUMARIO: 1. La necesidad de las fuentes no escritas del Derecho.—2. La costumbre: A) Concepto y lími-
tes. B) Aplicabilidad de la costumbre en Derecho administrativo.—3. Los principios generales del Dere-
cho: A) Ideas generales. B) Concepto y naturaleza jurídica. C) Aplicabilidad de esta fuente al Derecho
administrativo. D) La positivación de los principios constitucionales.
—4. Valor de la jurisprudencia.—S. La
codificación del Derecho administrativo.
1 DoNaTO DoNAaTI, 11 problema delle lacune dell*ordinamento giuridico, 1910, pp. 28 y ss.
254 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
2 Para DonarI, las obligaciones que una norma jurídica establece no se limitan a los casos específi-
camente considerados en ella, sino que son exclusivos para ella (op. cit., p. 35). Así la nulla poena sine
lege, no es (aunque no estuviera expresamente declarada por los Códigos penales), sino el complemento
lógico necesario de todo el complejo de disposiciones particulares en materia penal (op. cit., p. 36). La
norma general que deduce DONATI es la afirmación de que el legislador quiere que no haya otras limita-
ciones fuera de aquellas por él establecidas para los casos que consideró particularmente; por tanto, de
esta norma general surgen derechos y obligaciones distintos de los producidos por las normas particulares
expresamente contenidas en el Ordenamiento (op. cit., p. 42). Claro es que en la realidad los ordena-
mientos legislativos no se limitan a contener normas particulares, sino que también contienen reglas para
casos no expresamente considerados a los que extienden efectos jurídicos análogos a los que, contra la
regla general que antes se enunció, contienen las normas particulares. Pues bien, cuando tal disposición
existe, hasta allí donde extiende su eficacia se tendrá una derogación de la norma general, que sólo vale
para los casos no directamente contemplados por la ley. De esta forma cabe oponerse a la técnica tradi-
cional de interpretación basada en la analogía legis, pues, si la analogía debe representar un proceso de
interpretación, no puede ser admitida sin una particular declaración de voluntad del legislador que preci-
samente la declare admitida» (op. cit., pp. 44 a 46). La conclusión de DONATI es, pues, la siguiente: «Todo
Ordenamiento jurídico está compuesto de dos grupos de normas necesariamente, y eventualmente, de
un grupo tercero: a) de un complejo de normas particulares; b) eventualmente, de una o más normas
suplementarias de aquéllas; c) de una norma general complementaria de contenido contrario a las dos cate-
gorías de normas antedichas. De esto deriva que todo Ordenamiento jurídico es necesariamente un Orde-
namiento jurídico cerrado» (Op. cit., p. 56).
3 Esta obligación que tiene el juez de fallar en todo caso los asuntos que se sometan a su decisión
es justamente lo contrario de lo que preconiza BLONDEAU en 1841 (en su famosa conferencia que tituló
Autoridad de la ley, fuente de la cual emanan todas las decisiones jurídicas), para quien si el juez o el
intérprete llegase a la conclusión de que son posibles dos interpretaciones antagónicas de una misma nor-
ma jurídica, que haga imposible descubrir el pensamiento del legislador, tendrá entonces motivos tan po-
derosos para abstenerse como para intervenir y deberá considerar como no existente tal ley, abstenién-
dose de admitir la demanda. Vid. acerca de esta postura de interpretación del Derecho las consideracio-
nes que hacemos en nuestro libro Las transformaciones del régimen administrativo, 1954, pp. 72 y ss.
1 El artículo 6.” de nuestro Código civil decía así: «El Tribunal que rehuse fallar a pretexto de silen-
cio, oscuridad o insuficiencia de la ley, incurrirá en responsabilidad». «Cuando no haya ley exactamente
aplicable al punto controvertido, se aplicará la costumbre del lugar y, en su defecto, los principios gene-
rales del Derecho».
La redacción dada al Título Preliminar del Código civil por la Ley de Bases de 17 de marzo de 1973
y Decreto 1.826/1974, de 31 de mayo, es, en esta materia, menos tajante y se contiene en el apartado
7 del artículo 1.*: «Los jueces y tribunales tienen el deber inexcusable de resolver en todo caso los asuntos
de que conozcan, ateniéndose al sistema de fuentes establecido».
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS UDS
que no nos sería lícito desconocer, la posibilidad de lagunas en el campo del Derecho
administrativo es fenómeno que comprueba la experiencia y que, sobre todo, no podría
resolverse con la fórmula propuesta por DONATI. En efecto, admitir en Derecho
administrativo la existencia de una regla general que niega la existencia de limitacio-
nes allí donde no existen reglas particulares de Derecho que las impongan, puede
tener un perfecto encaje en el círculo de las relaciones jurídico-administrativas que
se produzcan en torno al tema de la libertad personal de los particulares (pues, efec-
tivamente, aquí se admite que la Administración no puede imponer más limitaciones
que las autorizadas por la ley), pero dejaría sin resolver —so pena de condenar a
la inacción a los organismos administrativos— la mayor parte de las cuestiones en
que está justificado el empleo de la llamada potestad discrecional. En cualquier caso,
pues, la que DONATI llama «norma complementaria» habrá que inducirla, no para
todo el ordenamiento jurídico en su totalidad, sino para sectores concretos del orde-
namiento: unas veces tendrá un sentido prohibitivo, pero otras será permisiva; final-
mente, habrá casos de auténticas lagunas.
Sin que esto signifique, empero, prejuzgar el ámbito de aplicación en el campo
del Derecho administrativo de las fuentes subsidiarias admitidas por el Código civil,
resulta necesario que dediquemos particular atención a cada una de ellas.
2. LA COSTUMBRE
A) CONCEPTO Y LÍMITES
Para la teoría de las fuentes del Derecho, la costumbre es una norma jurídica
que no resulta de una expresa manifestación de voluntad de la colectividad organi-
zada, sino de un simple comportamiento uniforme y constante, practicado con la
convicción de que responde a una obligación jurídica*. Se trata, por tanto, como
observa DE CASTRO, de una norma creada e impuesta por el uso social*.
Del concepto que se acaba de ofrecer se deduce la existencia de dos elementos:
un elemento material, que consiste simplemente en la repetición de actos del mismo
contenido; y un elemento moral, que alude a la convicción de que tales actos se reali-
zan bajo la presión de una obligación jurídica. Este último elemento es el que la doc-
trina conoce con el nombre de opinio ¡iuris seu necessitatis?.
5 ZANOBINI, Corso di Diritto amministrativo, vol. 1, ed. 1947, p. 82. Royo VILLANOVA la define como
repetición de actos cuya identidad de contenido jurídico constituye una regla objetiva y práctica de con-
ducta, inducida de los mismos hechos y no deducida de una formal, expresa y autoritaria declaración
(Elementos de Derecho administrativo, t. 1, 24 ed., 1955, p. 56). Como se dijo en el capítulo 1 de este
título, la legislación foral de Navarra admite la costumbre con prioridad a la ley escrita.
6 Derecho civil, vol. 1, p. 374.
Señala WALINE que el origen mismo de la palabra costumbre indica claramente que este término de-
signa lo que se ha hecho obligatorio por el uso. Hasta el siglo x1I1, la palabra consuetudines —observa
OLIVER-MARTÍN— servía para designar las contribuciones debidas al señor y al cura; entonces esas con-
tribuciones eran precisamente consuetudinarias, puesto que no existían títulos para exigirlas. Es por ex-
tensión cómo la palabra costumbre, que en definitiva había significado al principio «contribución por
uso», se extiende a toda regla jurídica consagrada por el uso (WALINE, L*individualisme el le Droit, 2.?
ed., 1949, p. 252). A der ade
7 Recientemente ha intentado demostrar G. FERRARI que son dos cosas distintas la opinio ¡iuris y la
256 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
¿Es la costumbre fuente específica del Derecho administrativo? Hay quien en-
tiende que la contestación a esta pregunta es obvia y no puede ofrecer ninguna duda.
Así, GASCÓN Y MARÍN razona que siendo la costumbre fuente del Derecho y siendo
el Derecho administrativo una rama de aquél, se deduce que la costumbre sea fuente
del Derecho administrativo '!. Pero este razonamiento no es convincente, puesto que
la demostración de que la costumbre sea fuente del Derecho no implica (y lo contra-
rio sería montar un silogismo sofístico) que sea fuente de todo el Derecho.
De OTTO MAYER arranca una de las corrientes que se han opuesto más rotunda-
mente a la admisión de la costumbre en el campo del Derecho administrativo. Este
es un Derecho esencialmente escrito y reflexivo, de donde se deduce que no hay ya
lugar en él para la costumbre: cuando la Administración no está vinculada a la ley,
opinio necessitatis. Mientras que la primera se refiere, para dicho autor, al sujeto que actúa, la segunda
refleja la generalidad de la actuación. «Esto es: por la opinio necessitatis quien actúa, sabe, reconoce,
constata de estar obligado a observar una conducta dada; con la opinio iuris, en cambio, advierte que
la misma conducta tendrá que ser observada por cualquier otro» (Introduzione allo studio sul Diritto
pubblico consuetudinario, Milano, 1950, p. 61).
8 A. TESAURO, «Consuetudine», en Rasegna di Diritto pubblico, abril-junio 1955, p. 195. Añade este
autor que el fundamento jurídico que se acaba de señalar no se convierte, sin embargo, en elemento cons-
titutivo de la costumbre, del mismo modo que la Constitución no es elemento de la ley por el hecho de
que esta última sea dictada en los casos, de la forma y con los límites que la constitución establece.
2 FERRARI (en Op. cit., p. 126) ha negado la autonomía conceptual de la costumbre secundum legem:
Si su papel se limita a interpretar la ley, entonces no hay que hablar de fuente del Derecho, sino de mero
elemento, instrumento o medio en el proceso interpretativo. En cambio, reconoce la legitimidad de la
costumbre contra legem, al admitir que la costumbre es fuente del Derecho con igual fuerza que la ley
escrita (op. cit., p. 131). :
10 El reconocimiento de la costumbre por parte del Derecho del Estado se convierte así en una de
las reglas definitorias. Así se ve en la definición que ofrece F. DE CASTRO a la vista de los artículos 5.2
y 6. del Código civil en su redacción anterior a 1974: «Aquella regla creada e impuesta por el uso de
los moradores de un lugar y que logra valor jurídico al ser respetada por los órganos del Estado» (op.
cit., p. 380). Obsérvese que, de acuerdo con esta definición, la costumbre es siempre «costumbre local
o del lugar».
Y Tratado de Derecho administrativo, vol. 1, ed. 1941, p. 94.
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS 207
12 Por eso entiende MAYER que el problema es aquí radicalmente distinto al del Derecho privado (Le
Droit administratif allemand, trad. vol. I, p. 168).
Modernamente FORSTHOFF ha criticado a MAYER recordando la opinión de SPIEGEL sobre su doctri-
na: «El más atrevido argumento a contrario que jamás haya sido planteado». Entiende que hay que ad-
mitir la costumbre, incluso la derogatoria de la ley; así, dice, sería grotesco y antijurídico que en Sajonia
se quisieran sacar del olvido las leyes suntuarias del siglo xv y las Ordenanzas sobre el vestido de 1750,
que, sin embargo, nunca han sido formalmente derogadas (Lehrbuch des Verwaltungsrechts, ed. 1951,
p. 122). Ya hemos visto cómo nuestro Derecho positivo prohíbe formalmente esta solución (art. 2.%, 2
del Código civil). Por otra parte, ni siquiera desde el punto de vista lógico, sería correcto mantenerla.
En efecto, el argumento de FORSTHOFF se basa en entender que las circunstancias histórico-sociales que
determinaron la promulgación de aquellas leyes han variado radicalmente. Pues bien, este argumento no
toma, ni mucho menos, su fuerza de la desuetudo, sino de una interpretación teleológica de la norma
jurídica que, desde la obra de F. GENY, suele ser comúnmente admitida por la doctrina. Añadamos que
en la mayoría de los ejemplos que pueden aducirse lo que se produce es un fenómeno de abrogatio por
incompatibilidad de la norma vieja con el derecho actualmente vigente.
13 Posapa señalaba que nuestra Ordenación o régimen administrativo se ofrece, sin duda, como
resultado de una reconstrucción obra del Derecho escrito. Pero —añade— no importa: constantemente
se ofrecen instituciones político-administrativas mantenidas por costumbres tradicionales tenaces, con la
tenacidad de las exigencias de la vida, advirtiéndose incluso trabajos sordos de modificación del precepto
legal bajo el influjo de la acción consuetudinaria (Tratado de Derecho administrativo, 1923, p. 174). Gar-
CÍA OVIEDO observa que negar la fuerza de la costumbre, sea cualquiera el orden jurídico que se conside-
re, es cerrar los ojos a la realidad. Antes que la ley está la costumbre, pues el Derecho es un producto
de formación social. No osbtante, señala después que el Derecho administrativo es, en su mayor parte,
Derecho escrito, por lo que el valor de la costumbre es subordinado, por lo que nunca debe admitirse
la costumbre contra legem (Derecho administrativo, 6.*? ed., por MARTÍNEZ USEROS, 1957, vol. I, pp. 103
y 104). ROYO-VILLANOVA advierte que en el Derecho administrativo los actos de la Administración supo-
nen una actuación reflexiva, la de los funcionarios públicos, por lo que la idea de la costumbre parece
incompatible con el concepto mismo de lo administrativo. En cambio, no sucede lo mismo con la Admi-
nistración local, donde, por el carácter natural y espontáneo de la vida de los municipios, retoñarán siem-
pre las instituciones municipales reguladas por la costumbre (Elementos de Derecho administrativo, (his
t. L, pp. 56 a 58).
14 El Estatuto Municipal de 1924 restableció para ciertos municipios el régimen de Concejo abierto
en su artículo 42. El Reglamento de Organización, funcionamiento y régimen jurídico de las Corporacio-
nes Locales, de 17 de mayo de 1952, se limitaba a decir en su artículo 100: «En las Entidades municipales
que se rijan por el sistema de Concejo abierto serán concejales e integrarán la Asamblea todos los electo-
res de uno u otro sexo». Lo que demuestra que en todo lo demás deben regir las costumbres del propio
Concejo. Análogas conclusiones, en relación con el valor de la costumbre, se deducen del artículo 111
del mismo Reglamento, donde, hablando del Régimen especial de Carta, se decía: «Los antiguos usos,
costumbres u Ordenanzas locales o comarcales que comporten modalidades típicas de cualquier índole,
avaladas por la tradición o por la Historia, podrán ser declaradas subsistentes en su primitiva forma o
adaptadas a las transformaciones de la vida comunal».
15 Debe citarse, a estos efectos, el Tribunal de Aguas de Valencia, que, con sus tradicionales caracte-
258 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
rísticas de composición, lenguaje, procedimiento verbal, etc., sigue reuniéndose todos los jueves a medio-
día ante la puerta de los Apóstoles de la catedral valenciana. En relación con el mismo se ha producido
una interesante bibliografía, a la que pertenecen los siguientes títulos: BORRUL y VILLANOVA, Discurso
sobre la distribución de las aguas del Turia y deber conservarse el Tribunal de los acequieros de Valencia,
3.* reimp., 1823; GUILLÉN RODRÍGUEZ DE CEPEDA, El Tribunal de las Aguas de Valencia. Los modernos
de riegos, tesis doctoral, Valencia, 1920; GINER BOIRA, El Tribunal de las Aguas de la vega de Valencia
(un folleto con texto en castellano, francés, inglés, 1953).
De análogas características son otros tribunales consuetudinarios, como el Lligalló de Morella, que
surgió como consecuencia de los roces a que dio lugar la aplicación del «Privilegio de franco rebaje» otorgado
% Morella y sus aldeas el 28 de abril de 1273. Acerca del mismo, vid. VALLS TABERNER, El Tribunal del
Lligalló de Morella, 1926.
16 En este grupo deben clasificarse otros preceptos de nuestro Derecho positivo que deben ser recor-
dados. Así, el artículo 234 de la Ley de Aguas: «En los regadíos actualmente existentes y regidos por
reglas, ya escritas, ya consuetudinarias, de una comunidad de regantes, ninguno será perjudicado...».
Artículo 237: «El Reglamento para el Sindicato lo formará la Comunidad. Serán atribuciones del Sindi-
cato... 2.” Dictar las disposiciones convenientes para la mejor distribución de las aguas, respetando los
derechos adquiridos y las costumbres locales». Suele citarse también la ley de 24 de julio de 1918 y el
Reglamento de 5 de septiembre de 1918, que, en relación con los aprovechamientos forestales, hablan
de la costumbre del lugar y de la comarca. En esta misma materia puede citarse el Real Decreto de 8
de abril de 1930, que reguló los aprovechamientos comunales «siempre que no se encuentren en oposición
con lo que, en orden a los mismos, pueda existir para ellos con carácter tradicional, en cuyo caso conti-
nuarán vigentes para regular las costumbres del país». Posteriormente, la referencia debe hacerse al ar-
tículo 192 de la Ley de Régimen Local: «... 2. Cuando el disfrute general y simultáneo de los bienes comunales
fuera impracticable a falta de costumbre o reglamentación local, se adjudicará su aprovechamiento...»
«... 4, Los ayuntamientos y juntas vecinales que viniesen ordenando el disfrute y aprovechamiento de
montes comunales mediante concesiones periódicas a los vecinos de suertes o cortas de madera, de acuer-
do con normas consuetudinarias o reglamentaciones locales tradicionalmente observadas...»
También podría incluirse aquí el artículo 101 del Reglamento de Organización, funcionamiento y ré-
gimen jurídico de las corporaciones locales: «Las comunidades de Tierra, Villa y Tierra, pastos, leñas,
aguas, universidades y a socios de cualquier índole se regirán por sus normas consuetudinarias o tradicio-
nales, con arreglo a lo dispuesto en el artículo 40 de la Ley (de Régimen Local)...»
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS 259
necesarios para que surja la costumbre con sentido análogo al que tiene en Derecho
privado: esto es, como fuente de Derecho independiente de la voluntad estatal.
Ahora bien, precisamente por las consideraciones que se acaban de hacer, se com-
prende que el lugar de la costumbre lo ocupen en Derecho administrativo las llama-
das prácticas administrativas. Por tanto, la cuestión que ahora debe plantearse es
la de la obligatoriedad jurídica de tales prácticas ”. >
La posible obligatoriedad de las prácticas administrativas no deriva simplemente
de la fuerza que para la Administración tengan sus propios precedentes. Entende-
mos, antes bien, que la Administración puede lícitamente apartarse de sus propios
precedentes: 1.” Si se trata de materias en las que actúa con poderes reglados, por
entender que la interpretación de la ley que se ha venido haciendo no es la correc-
ta!*. 2.* Si se trata de materias en las que actúa con poderes discrecionales, por
entender que los criterios hasta entonces aplicados son inoportunos o contrarios al
interés público; si bien en este caso el cambio de criterio deberá realizarse con carác-
ter general para el futuro, y no como derogación del criterio anterior para resolver
un caso concreto '”.
En cambio, a nuestro juicio, la obligatoriedad de las prácticas administrativas
surge allí donde, como consecuencia de las mismas, haya podido crearse un princi-
pio de apariencia jurídica que induzca al administrado a creer correcta una actua-
ción suya en un sentido determinado ?”, y especialmente si el cambio de criterio
implica discriminación contraria al principio de igualdad ante la ley que consagra
el artículo 14 de la Constitución.
17 Para Posaba, las prácticas administrativas tienen una importancia fundamental en la teoría de las
fuentes (Op. cit., p. 175); pero es principalmente Royo-VILLANOVA quien apunta a una sustitución del
valor de la costumbre por el de las prácticas administrativas (Op. cit., p. 57).
ORTIZ Díaz (en «El precedente administrativo», en Revista de Administración Pública, núm. 24, 1957)
entiende que debe distinguirse entre el precedente y las prácticas administrativas. «Estas últimas —dice—
constituyen meras normas usuales de carácter y eficacia puramente interna para la Administración, deri-
vadas de principios de técnica administrativa o de buena administración, que los funcionarios siguen en
el desarrollo de su actividad, estilo corriente de proceder éstos... El precedente, por el contrario, es más;
implica la resolución sustantiva de la Administración sobre cuestiones sometidas a la misma y generadora
de derechos e intereses para los particulares». Claro es que las prácticas en este sentido se reducen a ser
unos simples modos de hacer operaciones técnicas o de tramitación material de los expedientes que care-
cen de relevancia a los efectos que planteamos en el texto. Nosotros nos referimos a aquellas de cuya
observancia pueden deducirse beneficios o perjuicios para situaciones jurídicas individualizadas; por eso
no nos preocupamos de distinguirlas del precedente.
18 Así, el Ministerio de Educación y Ciencia había venido admitiendo que en los concursos de tras-
lado para la provisión de cátedras universitarias tomasen parte catedráticos de asignaturas análogas a
las vacantes. Después abandonó tal criterio por entender que el traslado a cátedra andloga no cabía den-
tro de los preceptos de la Ley de Ordenación Universitaria de 1943. Por lo demás, al permitir el artículo
43.c) de la Ley de Procedimiento Administrativo que se motiven los actos que se separen de criterios
precedentes, está admitiendo su corrección.
19 De LAUBADERE cita en este sentido una decisión del Consejo de Estado francés de 3 de diciembre
de 1920, asunto Duquesnoy (Traité élémentaire de Droit adm., 1953, p. 209).
OrTIzZ Díaz (en op. cit.) entiende que el precedente supone, en virtud del principio de igualdad de
los ciudadanos ante la ley, un límite a la potestad discrecional de la Administración, «a menos —añade—
que resulte conveniente u oportuno, por razones objetivas de interés público, romper el principio de igualdad
y no continuar el procedimiento establecido». Precisamente esta limitación es la que hace inoperante su
posible eficacia el que sea improcedente catalogado entre las fuentes del Derecho. 6
20 La doctrina (ALESSI, Sistema istituzionale del Diritto amministrativo, 1953, p. 17) y la jurispru-
dencia italiana (decisiones de la Sección cuarta del Consejo de Estado de 27 de julio de 1948 y 27 de octu-
bre de 1949) admiten el valor vinculante de las prácticas administrativas.
260 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
A) IDEAS GENERALES
Las mismas dificultades que, según hemos visto, parecen oponerse a la admisión
de la costumbre como fuente del Derecho administrativo, vuelven a plantearse en
relación con los principios generales. Justamente aquí tiene su base una vieja corriente
jurisprudencial que ha conducido a nuestra jurisdicción contencioso-administrativa
a negar la posibilidad de la anulación de actos administrativos considerados contra-
rios a los principios generales del Derecho ?'-
Ahora bien, el reconocimiento de la potestad discrecional no impide la admisión
de las fuentes subsidiarias del Derecho escrito: por el contrario éstas operan como
una restricción del amplio campo que, en otro caso, pertenecería a aquélla 2. Quié-
rese decir con esto que resulta necesario tratar de los principios generales del Dere-
cho en la teoría de las fuentes del Derecho administrativo, tanto más una vez pro-
mulgada la Constitución.
Pero, ¿qué son los principios generales del Derecho?
Como señala GONZÁLEZ PÉREZ *, los principios generales del Derecho no deben
confundirse con los principios de la ciencia jurídica (pues mientras éstos pertenecen
21 Sentencia del Tribunal Supremo de 7 de diciembre de 1914, que contiene la siguiente doctrina:
«... porque no es de tener en cuenta el artículo 6.” del Código civil, según el que, cuando no haya ley
exactamente aplicable, se aplicarán los principios del Derecho porque en el contencioso-administrativo,
cuando no hay ley aplicable que establezca el Derecho, es obligada la aplicación del artículo 1.2 de esta
jurisdicción, que impide reconocerlo» (cit. por CLAVERO ARÉVALO, «Los principios generales del Dere-
cho y las lagunas del Ordenamiento administrativo», en Revista de Administración Pública, núm. dl E
p. 53). Véase en este sentido la corriente doctrinal citada por este autor.
22 CLAVERO (en Op. cit., pp. 88 y ss.) distingue entre potestad discrecional y lagunas de la legislación
administrativa. Como la potestad discrecional no se da por la simple ausencia de ley, sino cuando precisa-
mente una ley la atribuye a la Administración, resulta que el problema de las lagunas del Ordenamiento
jurídico debe plantearse en esta rama del Derecho en los mismos términos que en Derecho civil.
23 En «El método en el Derecho administrativo», en loc. Cif., pp. 44 y ss.
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS 261
24 DE CasTRO, Derecho civil, cit., l, p. 341. Añade este autor: «Estos principios están fuera de la
estricta subordinación jerárquica de las fuentes, ya que han de ser tenidos en cuenta antes, en y después
de la ley y la costumbre. El juez tiene el deber de aplicar los principios escritos o no escritos que inspiran
la total organización del Estado; estos principios son los que señalan los caracteres que la ley y la costum-
bre han de tener para ser válidos, los que imponen que la costumbre ha de ser racional y la ley sea confor-
me al Derecho natural, los que por su carácter informador general indicarán cómo uno y ótro han de
ser atendidos» (Op. cit., p. 342).
25 Dice DE CASTRO: «Según la verdadera concepción del Derecho, el Derecho natural es, como atri-
buto de legitimidad del Derecho positivo, fuente informadora de todo el Derecho y, a la vez, Derecho
positivo inmediatamente aplicable en forma de principios generales del Derecho (ob. cit., p. 346). En cierto
sentido, este párrafo es contradictorio en relación con lo que se copia en la nota anterior y en la que se
alude a los principios generales como «principios escritos a no escritos que inspiran la total organización
del Estado». Pues lógicamente puede ocurrir que la organización del Estado no esté de acuerdo con el
Derecho natural, en cuyo caso los principios generales tendrán que ser una cosa u otra (los que inspiran
la organización positiva o los que se deducen del Derecho natural), pero no las dos cosas al mismo tiem-
po, supuesto que son contradictorias.
26 Siguiendo a DE CASTRO observa que existen tres clases o grupos de principios jurídicos: los princi-
pios de Derecho natural, los principios histórico tradicionales y los principios políticos: la contradicción
entre los textos legales y los principios de Derecho natural origina la condenación del Ordenamiento por
antijurídico, el apartamiento de los principios tradicionales producirá la repudiación por tiránico o anti-
jurídico nacional; la contradicción con los principios políticos significará la ineficacia y la derogación
tácita de los textos legales irreconciliables (Op. cit. y loc. cit., p. 55). Todo esto está muy bien y proporcio-
na, desde luego, la posesión de un criterio para que el jurista pueda condenar determinados textos positi-
vos. Pero la cuestión que aquí nos ocupa es la de si el juez —que en nuestro Ordenamiento (¡y éste sí
que es un principio de nuestro Derecho!) está sujeto al imperio inexcusable de la ley escrita— podría tam-
bién realizar la misma condena, negándose a aplicar tales textos legales.
262 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
todo de la ley formal (es decir, de la ley emanada del órgano legislativo ordinario) ”;
los principios generales del Derecho sólo podrán ser invocados por el juez a falta
de ley y costumbre, y no —como querría la doctrina antes citada— para constatar
(y en su caso derogar) la bondad y justicia de la ley escrita. Después de la solución
dada a este tema en la redacción de 1974 del título preliminar del Código civil, la
postura adoptada por el legislador viene a coincidir fundamentalmente con lo que
hemos venido manteniendo en las anteriores ediciones del presente Tratado: «Los
principios generales del Derecho se aplicarán en defecto de ley o costumbre, sin per-
juicio de su carácter informador del ordenamiento jurídico» (art. 1..4). Resulta
paradójico que precisamente ciertos Códigos civiles que no aluden expresamente a
los principios generales del Derecho, sean los únicos que permiten una aplicación
de los mismos en el sentido que quiere la doctrina que se critica ?: pues, realmente,
quien asume la función y, por tanto, la responsabilidad, de traducir las exigencias
del Derecho natural en Derecho positivo, es el legislador y no el Juez.
Insistimos en que la nueva redacción del Código civil (art. 1.%.4) deja sin sentido
la anterior discusión al distinguir las dos diferentes acepciones de la expresión prin-
cipios generales del Derecho, a saber: a) como los principios mismos que informan
el Ordenamiento jurídico escrito, y b) como los principios del Derecho natural que
deben inspirar el Ordenamiento positivo. A estas dos acepciones alude simultánea-
mente el citado artículo 1.”.4 del Código civil.
a) Porlo que se refiere a la primera acepción, los principios generales son aque-
llos que, sin aparecer expresamente escritos, están en la base de un Ordenamiento
positivo determinado. Se trata de reglas no escritas de Derecho que responden a la
lógica del sistema y a los principios que lo informan y que, por tanto, son indepen-
dientes respecto del Derecho natural, puesto que están condicionados por los pro-
pios supuestos del sistema positivo que se contempla, el cual puede coincidir, y pue-
de no coincidir con las exigencias del Derecho natural ”. En este sentido no hay du-
27 La tesis de De CASTRO, que niega que el antiguo artículo 6. del Código civil establezca precisa-
mente una graduación jerárquica de las fuentes de nuestro Derecho positivo, es combatida por CASTÁN
(«Aplicación y elaboración del Derecho», en Revista General de Legislación y Jurisprudencia, noviembre
1953, pp. 524-25), para quien dicho artículo establece claramente una fuente primaria, la ley, y dos fuen-
tes secundarias, la costumbre y los principios generales del Derecho.
28 Es el caso del Código civil suizo, que en su artículo 1.2 permite al juez, a falta de ley y costum-
bres, que decida el caso como si él fuese legislador. No hay duda de que es entonces cuando el juez puede
aplicar con todo rigor su propia concepción sobre el Derecho natural y la justicia. Pero adviértase que
también aquí actúa esta fuente a falta de Derecho escrito.
29 En cuanto dicho sistema positivo haya sido puesto en vigor más o menos directamente inspirado
en el Derecho natural, sus principios coincidirán más o menos con los del Derecho natural. Pero lo que
interesa subrayar es la independencia de ambos conceptos. Así, un determinado Ordenamiento positivo
puede estar radicalmente inspirado en una tendencia jurídico-política de tipo clasista (aristocrática
o pro-
letaria), lo que puede entenderse que va contra ciertos principios de Derecho natural. Si un
juez invoca
estos últimos para oponerse a la aplicación de las consecuencias lógicas de aquel sistema (verdaderos
prin-
a de tal Ordenamiento), estará desbordando su función de juez, para asumir el papel
propio del le-
gislador.
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS 263
b) De acuerdo con una segunda acepción, los principios generales del Derecho
remiten a una fuente normativa distinta y autónoma respecto del Derecho escrito
positivo. Se comprende que el Código civil aluda precisamente a esta acepción, y
no a la otra, al incluirlos entre las fuentes (subsidiarias) del Derecho: 1.? Porque
la alusión a los principios jurídicos en que el propio Ordenamiento positivo se basa,
es rigurosamente superflua, dado que no se puede aplicar la ley sin tener presentes
tales principios, y a esto se refiere justamente el conocido aforismo «la letra mata
y el espíritu vivifica», y 2.2 Porque el propio Código aclara —en su nueva redacción—
que su consideración de «fuente» es sin perjuicio de su carácter informador del Or-
denamiento jurídico» (suministrando criterios de interpretación).
Por consiguiente, concebidos en esta acepción, los principios generales del Dere-
cho, deben considerarse como fuente del Derecho administrativo, y precisamente
fuente subsidiaria **. Y a pesar en que la jurisprudencia contencioso-administrativa
del Tribunal Supremo ha invocado tales principios para fundamentar sus decisio-
nes *%; pues, entendidos como principios del Derecho natural pueden significar un
último reducto al que el juez puede jurídicamente acogerse en el trance de cumplir
con su obligación de sentenciar. Ahora bien, si existe una ley positiva contraria a
lo que el juez (o el administrador) estime ser un principio del Derecho natural, no
tiene más remedio —en nuestro sistema— que aplicar la ley y olvidarse del principio.
Y posiblemente no debamos lamentarnos de que así sea, pues de los tiempos en que
el imperio de la ley escrita aún no se había consagrado con su actual carácter absor-
bente, es aquel rancio adagio del Derecho francés, recordado por RIVERO: «Dios
nos guarde de la equidad de los Parlamentos» *.
el conocido salus populis suprema lex esto), etc. (loc. cit., pp. 249 y 295). No hay duda de que, según
se desprende de la tesis de RIVERO, estos principios no deben confundirse con los del Derecho natural,
sino que son los que derivan de las instituciones jurídicas tal como están positivamente reguladas. Por
ello dice este autor: «Cada orden jurídico reposa necesariamente sobre cierta concepción del hombre y
del mundo, que no es más que una pieza de una civilización con sus ideales particulares, no pudiendo
interpretarse más que en este cuadro, del cual dan las fórmulas esenciales los principios».
34 CLAVERO ARÉVALO afirma también la subsidiariedad de esta fuente del Derecho cuando dice: «A
nuestro juicio, el administrador, al enfrentarse con una laguna del ordenamiento, debe resolver en el ejer-
cicio de su función administrativa, según los principios generales del Derecho, a falta de costumbre del
lugar» (La doctrina de los principios generales..., en loc. cit., p. 99).
35 Vid. la jurisprudencia citada por SERRANO GUIRADO, en «El trámite de audiencia en el procedi-
miento administrativa», en Revista de Administración Pública, núm. 4, 1951, pp. 129 a 190. Dos senten-
cias de 4 y 9 de junio de 1943 declaraban que el trámite de audiencia constituye un principio de ética
jurídica. Y en la de 30 de octubre de 1923 se fundamenta su necesidad «porque lo exige la más elemental
observancia del principio general del Derecho en que tiene su base». Vid. igualmente nuestro trabajo «El
principio ““audi et alteram partem””, en la vigente Ley de Régimen Local», en Revista de Estudios de la
Vida Local, noviembre-diciembre, 1956, núm. 90.
36 Por lo demás, resulta asombroso que encuentren dificultades para admitir esto quienes, sin em-
bargo, no encuentran dificultades para admitir el principip de división de poderes; pues, en efecto, la
tesis que se combate en el texto es la que conduce, en definitiva, a confundir al juez con el legislador.
Y ya nos advirtió MONTESQUIEU que ésta era una de las posibles formas de tiranía: «Il n'y a point de
liberté encore si la purissance de juger n'est pas separée de la puissance législative et de l'exécutrice. Si
elle etait jointe á la puissance législative, le pouvoir sur la vie et la liberté des citoyen serajt arbitraire;
car le juge serait législateur» (Esprit des lois, cap. VI del lib. XD. O sea, que la tiranía puede venir tam-
bién (aunque este peligro sea el más remoto en las sociedades políticas actuales) del lado de los jueces.
Determinar el papel que los principios generales del Derecho deben jugar en la vida del Derecho no
es, por supuesto, un problema puramente técnico. Es, antes bien, un problema cuya solución viene condi-
cionada por la postura que se adopte frente al tema positivismo jurídico-iusnaturalismo. El punto de vista
que mantenemos en el texto se razona ampliamente en nuestro libro Dos métodos en el estudio de la Ad-
FUENTES NO ESCRITAS Y FUENTES INDIRECTAS 265
ministración pública, Sevilla, 1961, pp. 32 y ss. (reproducido, en parte, en «La Administración y el méto-
do jurídico», en Rev. Admón. Púb., núm. 35, 1961). En contra, GARCÍA DE ENTERRÍA, «Reflexión sobre
la ley y los principios generales del Derecho», en Rev. Admón. Púb., núm. 40, 1963, p. 210.
Una de las grandes corrientes del pensamiento jurídico actual es ciertamente la reacción antipositi-
vista que propugna una «vuelta al iusnaturalismo». N. MATTEUCCI (en «Positivismo giuridico e costitu-
zionalismo», en Revista Trim. Dir. Procesuale civile, 1963, pp. 985 y ss.), al criticar el positivismo jurídi-
co sobre el paradigma de Bosbio, entiende que el actual Estado omnipotente encuentra su antídoto en
el Derecho natural, lo que implica un retorno de la jurisdictio al primado de la vida social. El ciudadano
debe confiar más la defensa de sus derechos a los Tribunales de Justicia que a las asambleas legislativas.
37 «El Tribunal Constitucional actúa como intérprete supremo, de manera que su interpretación de
los preceptos constitucionales, es decir, la definición de la norma, se impone a todos los poderes públicos.
Corresponde por ello al Tribunal Constitucional... el afirmar el principio de constitucionalidad, entendi-
do como vinculación a la Constitución de todos los poderes públicos» (sentencia del Tribunal Constitu-
:
cional de 26 de enero de 1981).
38 «La retroactividad de las disposiciones sancionadoras favorables —ha dicho la sentencia del Tri-
3,
bunal Constitucional de 7 de mayo de 1981— tiene su fundamento a contrario sensu en el artículo 9.9%,
266 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
4. VALOR DE LA JURISPRUDENCIA
Entre los autores franceses no suele faltar la alusión a la jurisprudencia del Con-
sejo de Estado entre las fuentes no escritas de la legalidad *?. No obstante, el valor
de esta fuente se suele involucrar con el de los principios generales del Derecho que,
a través de ella, se declaran, sin que termine de quedar clara la cuestión de si la vigencia
de los principios se debe a que han sido reconocidos por el juez, o, si, por el contra-
rio, el juez los ha aplicado precisamente en razón de su vigencia. Lo cierto es, desde
luego, que una serie de principios que actualmente se consideran como básicos en
el Derecho administrativo francés, no son sino una «pura creación jurisprudencial» *,
A la vista de nuestro ordenamiento positivo, la jurisprudencia no puede incluirse
en la enumeración de fuentes directas del Derecho administrativo, pues, en este sen-
tido, su valor es indirecto *'. Es más, por lo que a nuestro país respecta, ni siquiera
Del examen de las fuentes del Derecho administrativo que hemos realizado se des-
prende, sin género de dudas, que, al menos entre nosotros, es éste un Derecho escrito.
Pero esto no quiere decir que sea también un Derecho codificado.
La polémica que en el campo de la dogmática privatista tuvo lugar durante el
siglo XIX entre partidarios y detractores de la codificación, vuelve a plantearse es-
pecialmente en nuestro campo. El hecho de que el Derecho administrativo francés
haya surgido, en sus grandes ideas, como un producto de la jurisprudencia del Con-
sell d”Etat, no deja de pesar todavía como un poderoso argumento contra la conve-
niencia de un Código administrativo poco flexible y, seguramente, inadaptable a las
cial de Expropiación y al Tribunal de instancia «que en lo sucesivo deben tener en cuenta la doctrina esta-
blecida por esta Sala».
Por lo que se refiere a la Jurisprudencia Civil, OGAYAR recuerda que los tratadistas españoles siem-
pre han subrayado la existencia de una «inconcebible antinomia» entre el artículo 6.* (redacción antigua)
del Código civil, que no mencionaba la Jurisprudencia, y lo dispuesto en la Ley de Enjuiciamiento civil
al admitir el recurso de casación por «infracción de doctrina legal», lo cual ha suscitado una polémica
que ha producido abundantísima literatura jurídica (T. OGÁYAR Y AYLLÓN, Creación judicial del Dere-
cho. Discurso de Ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Madrid, 1975, p. 25).
42 La falta de especialización de los magistrados que, hasta la reforma de 27 de diciembre de 1956,
han integrado la jurisdicción contencioso-administrativa, ha determinado el pobre papel de nuestra juris-
prudencia. Véase sobre el argumento, GONZALEZ PÉREZ, La sentencia administrativa, su impugnación
y efectos, 1954, pp. 58 y ss. Afortunadamente, la posterior jurisprudencia nos hace pensar en perspecti-
vas mucho más brillantes.
43 Con motivo de la formalista, al mismo tiempo que arbitraria, interpretación realizada por nuestra
jurisprudencia, tanto de la Ley Jurisdiccional de 1894 como de las leyes municipales de 1935 y de Régi-
men Local de 1950, se han creado verdaderas reglas de Derecho procesal, de cuya observancia podía pen-
der el éxito de un pleito. Por ejemplo, la necesidad de pedir expresamente en el suplico de las demandas
dirigidas contra actos administrativos de ejecución de reglamentos ilegales, la declaración de tal ilegali-
dad. Vid. la crítica de esta exigencia en nuestro trabajo La impugnación de disposiciones administrati-
vas..., ya citado. La jurisprudencia más reciente sanciona el llamado «principio de unidad de doctrina»
(sentencia del T. S. de 14 de junio de 1962).
44 OGÁYAR, en loc. cit., p. 38, advierte que «complementar» equivale a completar y entonces, si el
ordenamiento jurídico sólo se completa con la jurisprudencia, esto nos lleva a la conclusión de que la
jurisprudencia, sea fuente propiamente dicha. Sin embargo, HERNÁNDEZ GiL (en la contestación al refe-
rido Discurso, p. 161) aclara que «si no es en estricto rigor muy afortunado el empleo de la palabra com-
plementar, el haber querido eludir con ella la más normal y directa de completar... connota semántica
e indirectamente un propósito diferenciador. Este matiz, de difícil localización en una palabra determina-
da, se alcanza mejor a nivel sintáctico diciendo que la jurisprudencia no figura entre o con las fuentes
del Derecho, aunque sí próxima a ellas». A nuestro juicio esto es lo que justifica el que hablemos de fuen-
tes indirectas.
268 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
50 Cfr. los tres vols. publicados en 1953 por la Presidencia del Consejo de Ministros en Italia, bajo
el título Stato dei lavori per le riforma della pubblica amministrazione. Igualmente ViTTA, «la codifica-
zione del Diritto amm.», en Nuova Rassegna di legis. dott. e giurisprudenza, 1947.
51 M. CAETANO, Manual de direito administrativo, 3.* ed., 1951, p. 115.
52 G. ARDANT, «La codification permanent des lois, régléments et circulaires», en Rev. Dr. Púb., 1951,
p. 35; MICHEL y CANET, «Le Conseil d'Etat et la codification», en Livre jubilaire du Conseil d Etat, 1952,
pp. 467 y ss.; L. WURMSER, «La codification des textes en France», en Revue Intern. des Sciencies Ad-
ministratives, núm. 2, pp. 380 y ss.
53 La Ley 7/1985, de 2 de abril, en su Disposición final 1.* autoriza al Gobierno para refundir en
un solo texto las disposiciones legales vigentes de acuerdo con lo dispuesto en la disposición derogatoria:
«La refundición comprenderá también la regularización, aclaración y armonización de dichas disposicio-
nes».
CAPITULO VI
A) PRECISIONES CONCEPTUALES
1 Existe ya una importante bibliografía sobre la materia de la cual, y por su relación más inmediata
con el tema que aquí nos ocupa, recordaremos la siguiente: E. ARGULLO, «Los límites de la potestad le-
gislativa de las comunidades autónomas», en La Constitución españolay las fuentes del Derecho, vol. 1,
Madrid, 1979, pp. 225 y ss.; M. BASSOLs, «Diversas manifestaciones de la potestad normativa de las co-
munidades autónomas», en Rev. Adm. Púb., núm. 88, pp. 142 y ss.; L. COSCULLUELA, «La determina-
ción constitucional de las competencias de las comunidades autónomas», en Rev. Adm. Púb., núm. 89,
1979, pp. 7 y ss.; R. ENTRENA CUESTA, comentarios a los artículos 2 y al título VIII en «Comentarios
a la Constitución» (obra colectiva por mí dirigida), 2.* ed., 1985; T. R. FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, «Auto-
nomía y sistema de fuentes», en La Constitución española..., 1, cit., pp. 823 y ss.; E. GARCÍA DE ENTE-
RRÍA, La ejecución autonómica de la legislación del Estado, Madrid, 1983; del mismo, «El ordenamien-
to estatal y los ordenamientos autonómicos: sistema de relaciones», en Rev. Adm. Púb., núms. 100-102,
[, 1983, pp. 213 y ss.; F. GONZÁLEZ NAVARRO, «Potestad legislativa del Estado y potestad reglamentaria
autónoma de nacionalidades y regiones», en La Constitución española..., cit., IL, pp. 1027 y ss.; F. Ga-
RRIDO FALLA, «El desarrollo legislativo de las normas básicas y leyes marco estatales por las comunida-
des autónomas», en Rev. Adm. Púb., núm. 94, 1981, pp. 13 y ss.; L. LÓPEZ RODÓ, En torno a la indefi-
nición constitucional del modelo de Estado (discurso de ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia
y Legislación), Madrid, 1984; S. Muñoz MACHADO, Derecho público de las comunidades autónomas,
Madrid, I, 1982; II, 1984; el mismo, Las potestades legislativas de las comunidades autónomas, Madrid,
1981; L. PAREJO, La prevalencia del Derecho estatal sobre el regional, Madrid, 1981; J. SALas, «Estatu-
tos de autonomía, leyes básicas y leyes de armonización», en Rev. Adm. Púb., núms. 100-102, I, 1983,
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 207
Artículo 2.%: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, pa-
tria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de
las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.»
Artículo 137: «El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las comu-
nidades autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión
de sus respectivos intereses.»
Artículo 143.1: «En el ejercicio del derecho a la autonomía reconocido en el artículo 2.” de la
Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comu-
nes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su auto-
gobierno y constituirse en comunidades autónomas con arreglo a lo previsto en este título y en los
respectivos Estatutos.»
La totalidad de los artículos del capítulo 3.” del Título VIII (arts. 143 a 158 inclusive) regulan
la problemática de las comunidades autónomas, especialmente del procedimiento de constitución de
las mismas, aprobación de los Estatutos de Autonomía y reparto de competencias entre el Estado y
las comunidades autónomas. ?
pp. 433 y ss.; L. SÁNCHEZ AGESTA, «La jerarquía normativa en la Constitución de 1978», en La Consti-
tución española..., cit., MI, pp. 1895 y ss.; J. TORNOS, «Los estatutos de las comunidades autónomas
L. VANDELLI,
en el ordenamiento jurídico español», en Rev. Adm. Púb., núm. 91, 1980, pp. 125 y ss.;
El ordenamiento español de las comunidades autónomas, Madrid, 1982.
272 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
2 En el mismo sentido, MuÑOz MACHADO, Derecho público de las comunidades autónomas, 1, p. 287.
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 275
3 El artículo 27.2.e) de la Ley Orgánica 2/1979, del Tribunal Constitucional, le atribuye la compe-
tencia para declarar la inconstitucionalidad de «las leyes, actos y disposiciones normativas con fuerza
de ley de las comunidades autónomas...»
274 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
La clave del Estado de las Autonomías (y del Estado regional y del Estado fede-
ral) se encuentra, sin duda alguna, en el reparto de competencias que la Constitución
realiza entre.el Estado y las Comunidades Autónomas.
A) Formalmente al menos la Constitución española se ha decidido por el siste-
ma de doble lista que implica una doble enumeración de 1) materias atribuidas al
Estado (art. 149) y 2) materias atribuidas a las Comunidades Autónomas (art. 148).
Aparentemente el sistema no puede ser más simple: si queremos conocer las compe-
tencias de las Comunidades Autónomas, bastaría con leer el artículo 148 de la Cons-
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 275
titución; si las del Estado, el artículo 148. Sin embargo, el problema es más com-
plejo si tenemos en cuenta lo siguiente:
a) En primer lugar, las competencias de las Comunidades Autónomas pueden
ser inferiores a las que enumera el artículo 148 («... podrán asumir...»), si sus Esta-
tutos de Autonomía no la asumen toda (lo cual es improbable, pero no imposible).
Pero también pueden ser superiores, pues a las del artículo 148 pueden sumarse las
competencias siguientes: 1. Las que incluyan los respectivos Estatutos «no atribui-
das expresamente al Estado por la Constitución» (art. 149.3); 2.2 Las competencias
legislativas que les delegue el Estado de acuerdo con el artículo 150.1 de la Constitu-
ción; 3.” Las transferencias de facultades ejecutivas y de gestión de servicios estata-
les al amparo del artículo 150.2. Aquí parece absurdo hablar de transferencia de com-
petencias legislativas, pues todas las hipótesis posibles de delegación o atribución
legislativa ya se han agotado previamente en los artículos anteriores. Aparte de que,
como advierte ENTRENA, si cupiese la transferencia de funciones legislativas carece-
ría de sentido el que, según el artículo 153.b), el control de la actividad transferida
a los órganos de la Comunidad Autónoma se ejerza —sin distinción alguna— por
el Gobierno, previo dictamen del Consejo de Estado cuando se trate «del ejercicio
de funciones delegadas a que se refiere el apartado 2 del artículo 150».
b) En segundo lugar, la redacción del artículo 149 se presta a tantos equívocos,
que, si atendemos a la doctrina más generalizada, podría afirmarse que, salvo en
relación con temas indiscutibles, pero excepcionales (la defensa nacional o las rela-
ciones internacionales), la casi totalidad de las competencias pretendidamente exclu-
sivas del Estado son en realidad competencias compartidas o concurrentes.
Ya desde sus primeras sentencias, nuestro Tribunal Constitucional ha subrayado
«...el sentido marcadamente equívoco con que el adjetivo exclusivo se utiliza tanto
en el texto de la Constitución como en los Estatutos de Autonomías hasta ahora pro-
mulgados» (Sentencia del Tribunal Constitucional de 16 de noviembre de 1981).
En posterior sentencia del propio Tribunal Constitucional, de 8 de febrero de 1982
(resolutoria del recurso de inconstitucionalidad interpuesto por el Gobierno central
contra la Ley 4/1981 de la Generalitat de Cataluña sobre medidas urgentes sobre
la función pública), tras recordar y repetir literalmente las palabras transcritas de
la sentencia de 1981, añade:
«... en consecuencia, resulta aventurado cualquier razonamiento que intente arrancar de la diferencia
existente entre una competencia atribuida con carácter exclusivo, sin perjuicio de la legislación básica
que corresponde al Estado, y una competencia para legislar y ejecutar que deba ejercerse en el marco
de la legislación básica del Estado y, en su caso, en los términos que la misma establezca».
currente o compartida sólo puede conducir al equívoco. Cabe, en efecto, que sobre
una misma materia (por ejemplo, seguridad social) tenga competencia el Estado y
las Comunidades Autónomas; pero naturalmente se tratará de distinto tipo de com-
petencia (por ejemplo, la legislativa del Estado y la de ejecución o gestión para la
Comunidad Autónoma). Para hablar con rigor de competencia compartida habría
de describirse un ejemplo en el que tanto el Estado como la Comunidad Autónoma
ostentasen, dentro del territorio de ésta, igual competencia funcional sobre una mis-
ma materia.
Lo que se olvida, por tanto, y en esto consiste el error técnico de la Constitución,
es que la atribución de competencias puede hacerse de acuerdo con un triple criterio
(o, si se prefiere, existen tres clases de competencia): 1) el tipo de función (competen-
cia funcional) que se atribuye al organismo o entidad pública de que se trate (potes-
tad normativa; potestad ejecutiva o de gestión y potestad jurisdiccional); 2) el del
tipo de materia que se atribuye al órgano (competencia ratione materiae, por ejem-
plo, obras públicas, aguas, montes, ferrocarriles, etc.); criterio que obviamente es
combinable con el anterior, de tal forma que se puede tener en relación con los mon-
tes públicos la facultad legislativa (competencia para dictar una Ley de Montes) o,
simplemente, la de gestión y administración de dichos montes o aplicación de los
preceptos de la ley a los montes privados con la consiguiente intervención adminis-
trativa en los mismos; 3) en fin, el del territorio (competencia territorial) dentro del
cual se ejercita la competencia atribuida.
En resumen —y reiterando lo que en otra ocasión ya hemos mantenido— cuan-
do, por ejemplo, el artículo 149.1, en su apartado 27, establece que es competencia
exclusiva del Estado establecer las normas básicas del régimen de prensa, radio y
televisión «... sin perjuicio de las facultades que en su desarrollo y ejecución corres-
pondan a las Comunidades Autónomas», quiere decirse que la competencia para dictar
normas básicas en esta materia es exclusiva del Estado, mientras que la competencia
para dictar las normas de desarrollo (así como las facultades de ejecución) son com-
petencia también exclusiva de las Comunidades Autónomas. En realidad, hay que
repetirlo, la confusión se produce por el uso indiscriminado que la Constitución rea-
liza de los conceptos de competencia funcional y competencia objetiva (ratione ma-
teriae), cuando lo que efectivamente ocurre es que sobre una materia determinada
(los medios de comunicación social en el ejemplo elegido) pueden concurrir la com-
petencia del Estado para legislar sobre las bases de su ordenación (competencia que
ejercitará exclusivamente) y la competencia de las Comunidades Autónomas (tam-
bién en exclusiva) para desarrollo y ejecución de dicha legislación básica.
Lo que sorprende es que, no habiendo escapado a una importante parte de nues-
tra doctrina estas observaciones elementales, hasta el punto de hablar de un reparto
vertical u horizontal de competencia entre el Estado y las Comunidades Autóno-
mas *, se siga insistiendo, en tema de reparto de competencias, con el criterio de la
concurrencia. Frente a lo dicho, no resulta convincente la doctrina que sienta el Tri-
4 ENTRENA CUESTA, Comentarios al artículo 148 en Comentario a la Constitución, cit.; J. SALAS, «Es-
tatutos de Autonomía, leyes básicas y leyes de armonización», en Rev. de Ad. Púb., núms. 100-102, 1,
1939, p. 448).
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS a Y
A) LA TERMINOLOGÍA UTILIZADA
Un examen detenido del artículo 149.1, que enumera las competencias exclusivas
del Estado nos enseña la diversa terminología que se emplea para referirse a aquellos
supuestos en que se atribuye al Estado la competencia para dictar una legislación
básica sobre determinadas materias y a las Comunidades Autónomas la facultad de
desarrollo normativo de dicha legislación. Estos supuestos son los siguientes en el
citado artículo 149.1.
«La regulación de las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejer-
cicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales».
b) El apartado 6.”:
«Legislación mercantil, penal y penitenciarial; legislación procesal, sin perjuicio de las necesarias es-
pecialidades que en este orden se deriven de las particularidades del derecho sustantivo de las Comu-
nidades Autónomas».
c) El apartado 8.*:
«Legislación civil, sin perjuicio de la conservación, modificación y desarrollo por las Comunidades
Autónomas de los derechos civiles, forales o especiales allí donde existan. En todo caso, las reglas
relativas a la aplicación y eficacia de las normas jurídicas, relaciones jurídico-civiles relativas a las
formas de matrimonio, ordenación de los registros e instrumentos públicos, bases de las obligaciones
278 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
contractuales, normas para resolver los conflictos de leyes y determinación de las fuentes del Dere-
cho, con respeto en este último caso, a las normas de Derecho foral o especial».
d) El apartado 11:
«Sistema monetario: divisas, cambio y convertibilidad: bases de la ordenación del crédito, banca y
Seguros».
El apartado 13:
Y) El apartado 16:
«Sanidad exterior. Bases y coordinación general de la sanidad. Legislación sobre productos farma-
céuticos».
8) El apartado 17:
«Legislación básica y régimen económico de la Seguridad Social, sin perjuicio de la ejecución de sus
servicios por las Comunidades Autónomas».
h) El apartado 18:
«Las bases del régimen jurídico de las Administraciones públicas y del régimen estatutario de sus fun-
cionarios que, en todo caso, garantizarán a los administrados un tratamiento común ante ellas; el
procedimiento administrativo común, sin perjuicio de las especialidades derivadas de la organización
propia de las Comunidades Autónomas; legislación sobre expropiación forzosa; legislación básica so-
bre contratos y concesiones administrativas y el sistema de responsabilidad de todas las Administraci-
nes públicas».
El apartado 19:
«Pesca marítima, sin perjuicio de las competencias que en la ordenación del sector se atribuyan a las
Comunidades Autónomas».
J) El apartado 23:
«Legislación básica sobre protección del medio ambiente, sin perjuicio de las facultades de las Comu-
nidades Autónomas de establecer normas adicionales de protección. La legislación básica sobre mon-
tes, aprovechamientos forestales y vías pecuarias».
K) El apartado 25:
1) El apartado 27:
«Normas básicas del régimen de prensa, radio y televisión y, en general, de todos los medios de
comunicación social, sin:perjuiciode las facultades que en su desarrollo y ejecución correspondan
a las Comunidades Autónomas.»
«Seguridad pública, sin perjuicio de la posibilidad de creación de policías por las Comunidades
Autónomas en la forma que se establezca en los respectivos Estatutos en el marco de lo que dis-
ponga una ley orgánica.»
m) El apartado 30:
5 La referencia a las dificultades que comporta la distinción entre lo que es básico y lo que consti-
tuye legislación de desarrollo es constante en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Junto a la
sentencia de 8 de febrero de 1982, ya citada en el texto, podemos añadir lo que se dice en la de 28 de
julio de 1981: «... no será siempre fácil la determinación de que es lo que haya de entenderse por regu-
lación de las condiciones básicas o establecimiento de las bases del régimen jurídico y parece imposi-
ble la definición precisa y apriorística de este concepto. Las Cortes deberán establecer qué es lo que haya
de entenderse por básico y, en caso necesario, será este Tribunal el competente para decidirlo en su ca-
lidad de intérprete de la Constitución». Hay que añadir, por cierto, que las Cortes han empezado ya a
hacer uso de esta facultad que expresamente les reconoce el Tribunal Constitucional; así, la Ley de 2 de
agosto de 1984 sobre medidas para la reforma de la función pública establece cuáles son aquellos de sus
280 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
preceptos que tienen la significación de bases a los efectos de lo dispuesto en el artículo 149.1.18 de la
Constitución.
En cambio —y frente a lo que se intentó en el artículo 3.” del proyecto de LOAPA, anulado por el
Tribunal Constitucional— tal facultad está vedada al Gobierno, que no podrá «... definir en términos ge-
nerales y por real decreto lo que es básico, pues es al legislador postconstitucional a quien corresponde
establecer lo que entiende por bases de una materia, delimitando así lo que es competencia estatal y de-
finiendo al mismo tiempo el punto de partida y el límite a partir del cual puede la Comunidad Autó-
noma ejercer su competencia de desarrollo legislativo (sentencia del Tribunal Constitucional de 28 de
abril de 1983 que resuelve cuestión de competencia del Gobierno vasco contra real decreto de ordena-
ción sanitaria de 27 de noviembre de 1981).
* La sentencia de 28 de abril de 1983 que se cita en la nota anterior parece oponerse al concepto ma-
terial de bases que se cita en el texto. Sin embargo, es la propia jurisprudencia del Tribunal Constitu-
cional la que autoriza la utilización de este concepto. Con independencia de la vinculación que para el
ejercicio de la potestad legislativa de las Comunidades Autónomas pueda significar el conjunto del or-
denamiento jurídico preconstitucional no derogado por la Constitución (legislación formal y desarrollo
reglamentario), he aquí lo que nos dice el Tribunal Constitucional en su sentencia de 28 de enero de
1982: «Dado el carácter fundamental y general de las normas básicas, el instrumento para establecerlas
con posterioridad a la Constitución es la ley. Sin embargo, puede haber algunos supuestos en los que
el Gobierno podrá hacer uso de su potestad reglamentaria para regular por real decreto y de modo com-
plementario algunos de los aspectos básicos de una materia determinada. En tal supuesto y entre tanto
las Cortes Generales no procedan a establecer una legislación completa e innovadora... el Gobierno po-
drá hacer uso de un real decreto para cumplir la finalidad antes dicha, partiendo de la legislación pre-
constitucional.»
La doctrina, no siempre clara, como se ha visto, del Tribunal Constitucional (sentencia de 20 de
mayo de 1983) podría resumirse así: las bases en sentido material están constituidas por el conjunto de
principios del derecho estatal, incluso preconstitucional, cuando no sea opuesto a la Constitución.
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 281
«Dicho lo cual, es preciso recordar también que según reiterada jurisprudencia de este Tribunal,
el concepto de bases o, más en concreto legislación básica, es un concepto material que pretende
garantizar en todo el Estado un común denominador normativo dirigido a asegurar, de manera uni-
taria y en condiciones de igualdad, los intereses generales a partir del cual pueda cada Comunidad
Autónoma, en defensa de sus propios intereses, introducir las peculiaridades que estime convenien-
tes y oportunas, dentro del marco competencial que en la materia le asigne su estatuto (SSTC
32/1981, 1/1982, 32/1983, 48 y 49/1988, 69/1988, etc.). En virtud de esa definición material de lo
básico corresponde al legislador estatal delimitar su contenido y alcance, pero sin alterar el orden
constitucional y estatutario de competencias y sin que ello suponga que deba aceptarse en todo caso
el criterio del legislador estatal, pues si la calificación de un precepto como básico resulta impug-
nada, corresponde a este Tribunal, en tanto que intérprete supremo de la Constitución, revisar dicha
calificación y deducir en última instancia si la norma es o no materialmente básica...
Por otra parte, también ha declarado este Tribunal... que la determinación de las normas básicas
debe atender al principio de ley formal o de preferencia de ley, conforme al cual han de ser nor-
malmente las Cortes Generales... las que deben establecer de modo cierto y establecer lo que haya
de entenderse por básico...
No obstante, también ha señalado este Tribunal que excepcionalmente puede el Gobierno de la
nación hacer uso de su potestad reglamentaria para regular por Decreto alguno de los aspectos
básicos de una materia, bien cuando sea preciso para atender a circunstancias coyunturales o
cuando resulten complemento necesario para garantizar el fin a que responde la competencia es-
tatal sobre las bases... Pero esta dispensa de suficiencia de rango normativo no alcanza a la exi-
gencia de que su carácter básico se declare expresamente en la norma o se infiera de su estruc-
tura en la misma medida en que es ello aplicable a la Ley formal (sentencias del T.C. 69/1988,
227/1988, 15/1989, etc.).»
El hecho de que las leyes de desarrollo emanen del Parlamento o Asamblea le-
gislativa de la Comunidad Autónoma y sean, por tanto, «disposiciones normativas
282 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«Mediante esta censurable actuación legislativa el Parlamento Canario ha excedido los límites
de su potestad legislativa al legislar con una pretendida fuerza normativa superior a la que le co-
rresponde, ya que nunca un legislador autonómico puede disponer nada acerca del ámbito legisla-
tivo propio del legislador estatal, ni puede decir nada sobre el momento de entrada en vigor de las
Leyes del Estado.»
' F. GarripO FaLLa, Las fuentes del Derecho en la Constitución, en loc. cit., p. 39. Véase también
el art. 28.2 de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional.
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 283
«El Estado podrá dictar leyes que establezcan los principios necesarios para armonizar las dis-
posiciones normativas de las Comunidades Autónomas, aun en el caso de materias atribuidas a la
competencia de éstas, cuando así lo exija el interés general. Corresponde a las Cortes Generales, por
mayoría absoluta de cada Cámara, la apreciación de esta necesidad.»
Obsérvese que de nuevo nos enfrentamos con una relación jerárquica de subor-
dinación de disposiciones normativas de las Comunidades Autónomas (ahora in-
cluso en el caso de materias atribuidas a la exclusiva competencia de éstas) a le-
yes dictadas por el Estado. Estas son las leyes de armonización cuya problemática
jurídica intentaremos resumir:
a) Por lo pronto, hay que advertir que el esquema de la relación que se esta-
blece entre la norma estatal y las autonómicas no difiere sustancialmente del estu-
diado en los artículos 149.1 y 150.1. Aquí hay también unas leyes estatales que es-
tablecen unos principios y unas disposiciones de las Comunidades Autónomas que
deben ajustarse a ellos.
b) Siendo la autonomía un principio constitucional, la Constitución habrá de
justificar su posible limitación en base en principios también (explícita o implícita-
mente) de rango constitucional: la existencia de nacionalidades y regiones topa con
el límite constitucional de la «indisoluble unidad de la Nación española» y de la
«solidaridad» entre aquéllas (art. 2.” de la Constitución). El uso de la potestad le-
gislativa autonómica puede, pues, ser restringido en función de tales límites.
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 285
conjunto de normas que configuran dicho sistema. En este sentido, es preciso señalar que el constitu-
yente ha tenido ya presente el principio de unidad y los intereses generales de la nación al fijar las com-
petencias estatales y que es la imposibilidad de que el texto constitucional agote todos los supuestos, lo
que explica que la propia Constitución haya previsto la posibilidad de que el Estado incida en el ámbito
competencial de las Comunidades Autónomas, por razones de interés general, a través de la técnica ar-
monizadora contenida en el artículo 150.3.» «Desde esta perspectiva, el artículo 150.3 constituye una
norma de cierre del sistema, aplicable sólo a aquellos supuestos en que el legislador estatal no disponga
de otros cauces constitucionales para el ejercicio de su potestad legislativa o éstos no sean suficientes
para garantizar la armonía exigida por el interés general, pues en otro caso el interés que se pretende tu-
telar y que justificaría la utilización de la técnica armonizadora se confunden con el mismo interés ge-
neral que ya fue tenido en cuenta por el poder constituyente al fijar el sistema de distribución de com-
petencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas. Las leyes de armonización vienen a
complementar, no a suplantar, las demás disposiciones constitucionales.» Desde luego hubiese sido más
fácil que el Tribunal Constitucional nos hubiese dicho de una vez por todas que no es posible la ley de
armonización con carácter preventivo; como no lo ha dicho, ni la Constitución lo prohíbe, no nos atre-
vemos a descartar, ante la variedad de hipótesis que la realidad puede ofrecer, esta técnica legislativa.
** El impacto que el Estado de las Autonomías ha producido en la ordenación de las fuentes del De-
recho obliga a repetir aquí —desde esta perspectiva— el tema de la jerarquía de las fuentes, que, como
se advierte en el texto, ha de completarse ahora con el criterio de la competencia. Por su parte, la Sen-
tencia de la Sala 4.* del T.S. de 21 de febrero de 1986 —recordando doctrina establecida por el Tribu-
nal Constitucional en su Sentencia de 2 de febrero de 1981— nos habla de las leyes ordinarias (como
es el caso de la Ley 7/1985, de Bases de Régimen local), que vienen a desarrollar implícitos mandatos
constitucionales, lo que les otorga una posición de superioridad en la materia específica que regulan.
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 287
tado (o, en general, con cualquier tipo de norma estatal) debe solucionarse en fun-
ción del principio de competencia; 2) en cambio, dentro de la propia Comunidd Au-
tónoma el Estatuto constituye la norma de superior jerarquía, a la cual vienen
subordinadas las leyes dictadas por el Parlamento Autonómico o por el Gobierno
de la Comunidad en ejercicio de su potestad reglamentaria.
Este principio de jerarquía, por lo demás, es el que se consagra en la ya citada
sentencia del Tribunal Constitucional de 12 de noviembre de 1981.
e) Leyes marco y leyes o normas básicas del Estado.— La relación entre es-
tas normas legislativas estatales y las que, para su desarrollo dentro del campo de
su competencia, dicten las Comunidades Autónomas, se rige por el principio de je-
rarquía según antes hemos expuesto detenidamente.
B) Con independencia de la ordenación jerárquica que, como acaba de verse,
es posible establecer en el ordenamiento jurídico del Estado de las Autonomías, lo
verdaderamente peculiar de este tipo de Estado consiste en la relevancia que ad-
quiere el principio de competencia. En función de este principio pueden estable-
cerse las siguientes reglas para solucionar los diferentes supuestos de colisión en-
tre normas estatales y normas autonómicas.
a) En materia de competencia normativa exclusiva de una Comunidad Autó-
noma, la ley estatal ordinaria cede ante la normativa autonómica. Y esto vale no
sólo para el supuesto de colisión entre una ley de las Cortes Generales y otra del
Parlamento Autonómico, sino incluso cuando se trate de disposiciones reglamenta-
rias —siempre dentro del ámbito de su competencia exclusiva— dictadas por el Go-
bierno autónomo. La razón es obvia: aquí el principio de competencia adquiere toda
su vigencia quedando absolutamente relegado el principio de jerarquía. La discu-
sión sería tan ociosa como si nos preguntásemos qué vale jurídicamente más, si la
Constitución española o una ordenanza aprobada por el Prefecto del Departamento
Francés de los Bajos Pirineos”.
Esta regla alcanza incluso el supuesto, menos frecuente, de la posible colisión
entre las leyes autonómicas y las llamadas «incrustraciones» de ley ordinaria en las
leyes orgánicas estatales. Así lo ha decidido el Tribunal Constitucional en su cono-
cida sentencia de 13 de febrero de 1981 por la que resolvió el recurso de inconsti-
tucionalidad formulado contra la ley estatal que aprobaba el Estatuto de Centros Es-
colares. En la sentencia se afirma que aquellas materias conexas —es decir, no de
suyo reservadas a ley orgánica. incrustadas en una ley orgánica estatal «no perte-
necientes a la competencia exclusiva del Estado»— deben considerarse modifica-
bles por leyes posteriormente dictadas por las Comunidades Autónomas, siempre
que tal modificación no infrinja obviamente los principios básicos sentados en la
ley orgánica en cuestión.
5. LA SUPREMACIA GENERICA
Y LA SUPLETORIEDAD DEL DERECHO ESTATAL
«La competencia sobre las materias que no se hayan asumido por los Estatutos de Autonomía
corresponderá al Estado, cuyas normas prevalecerán, en caso de conflicto, sobre las de las Comu-
nidades Autónomas, en todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de éstas.»
Se exigen, por consiguiente, dos requisitos para que prevalezca la norma esta-
tal en caso de conflicto, a saber: 1) que se trate de materia que no se haya asumido
por el correspondiente Estatuto de Autonomía como competencia de la Comunidad
Autónoma; 2) que no esté atribuida la dicha materia como exclusiva competencia
de la Comunidad Autónoma. En realidad, sin embargo, se trata de un requisito
único, pues sólo son de la competencia exclusiva de las Comunidades Autónomas
aquellas materias que en tal concepto hayan sido asumidas por el respectivo Esta-
LAS FUENTES DEL DERECHO EN EL ESTADO DE LAS AUTONOMIAS 291
[292]
EL DERECHO COMUNITARIO EUROPEO Y SU APLICACION EN ESPAÑA 293
corregida con la aparición de revistas especializadas y de obras tan notables como el monumental Tra-
tado de Derecho comunitario europeo (en 3 vols., Cívitas, 1986, dirigido por los prof. García DE En-
TERRÍA, GONZÁLES CamPOs y Muñoz MacHanDo) y el Manual de Derecho de la Comunidad Europea, de
C. MOLINA DEL Pozo, Madrid, 1987.
? SERRANO ALBERCA, Comentario al artículo 93 de la Constitución (en Comentarios a la Constitu-
ción, por mí dirigidos, 2.* ed., 1985), donde recuerda, a este respecto, el clásico planteamiento de De
VISSCHER.
* Vid. supra, cap. IV.
EL DERECHO COMUNITARIO EUROPEO Y SU APLICACION EN ESPAÑA 297
tienen lugar en el plano internacional. Son éstos: 1) decisión del Consejo de las
Comunidades Europeas, de 11 de junio de 1985, relativa a la admisión del Reino
de España y de la República Portuguesa en la Comunidad Económica Europea y
en la Comunidad Europea de la Energía Atómica, por la que se acuerda aceptar la
solicitud de admisión de los referidos países y que las condiciones de dicha admi-
sión, así como las adaptaciones de los Tratados que ello requiere, sean objeto de
un acuerdo entre los Estados miembros y los Estados solicitantes; 2) decisión del Con-
sejo de las Comunidades Europeas, de 11 de junio de 1985, relativa a la adhesión
del Reino de España y la República Portuguesa a la Comunidad Europea del Car-
bón y del Acero; 3) Tratado de Lisboa y Madrid, de 12 de junio de 1985, relativo
- a la adhesión del Reino de España y de la República Portuguesa a la Comunidad
Económica Europea y a la Comunidad Europea de la Energía Atómica, y 4) Acta
relativa a las condiciones de adhesión del Reino de España y de la República Portu-
guesa y a las adaptaciones de los Tratados de las tres Comunidades. El texto de estos
documentos internacionales, así como los instrumentos de ratificación por parte de
España, aparecen publicados en el Boletín Oficial del Estado de 1 de enero de 1986.
Explicada su génesis, volvamos de nuevo a la Ley Orgánica 10/1985. Desde el
punto de vista de su contenido, se parte de la existencia de las tres Comunidades
Europeas a las que España se adhirió; pero sólo se hace referencia expresa al Tra-
tado de Lisboa y Madrid de 12 de junio de 1985 y al de París de 18 de abril de 1961,
por el que se constituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Desde el
punto de vista de la técnica empleada, se ajusta, claro está, a la pauta fijada en el
artículo 93 de la Constitución: es una Ley Orgánica de autorización. Es curioso, sin
embargo, observar la variante terminológica que se utiliza; pues en el caso del Trata-
do de Lisboa-Madrid «se autoriza la ratificación» (art. 1.9.1), mientras que en el
caso del Tratado de París «se autoriza la adhesión» (art. 1..2). Esta misma varian-
te terminológica se refleja igualmente en los instrumentos «de ratificación» y «de
adhesión» que, firmados por el Rey de España, con el refrendo del Ministro de Asun-
tos Exteriores, se depositan, respectivamente, ante el Gobierno de la República Ita-
liana y de la República Francesa y que se publican en el Boletín Oficial del Estado
de 1 de enero de 1986.
Una parte de la temática apuntada pertenece al Derecho internacional. Desde el
punto de vista del Derecho interno, lo importante es señalar la masiva recepción por
nuestro ordenamiento jurídico de la importante masa de Derecho que —incluido el
propio Tratado de Roma de 1957— se incluye en las casi setecientas páginas que com-
ponen el tan repetido Boletín Oficial del Estado de 1 de enero de 1986. Aquí basta
recordar que, de acuerdo con el artículo 96.1 de nuestra Constitución «los Tratados
Internacionales válidamente celebrados, una vez publicados oficialmente en Espa-
ña, formarán parte del Ordenamiento interno».
Ahora bien, la Ley Orgánica 10/1985 podría haber utilizado la fórmula de auto-
rizar al Gobierno para modificar y completar nuestro ordenamiento jurídico con las
disposiciones vigentes en la Comunidad Europea, como fue el caso de otros países
de la Comunidad $. No lo hizo —ni pudo hacerlo, pues la Delegación Legislativa no
LÓ asimismo a autorizar al Presidente de la República para la ratificación de los tratados. Pero en leyes
sucesivas (871/1965; 740/1969 y 42/1982) habilitó al Gobierno para ejecutar y dictar las normas necesa-
rias para la ejecución de los compromisos internacionales asumidos, la European communities Act, 1972,
del Reino Unido, responde en cambio a una técnica legislativa bien distinta: reconoce el valor
ante los
tribunales ingleses de los tratados y normas publicadas en el Boletín Oficial de la Comunidad
y de las
decisiones del Tribunal Europeo «y el Boletín Oficial será admitido como prueba en relación
con cual-
quier instrumento o acto comunicado por algunas de las comunidades o de sus instituciones» (AAN
6 Muñoz MAchapOo, El Estado, el Derecho interno y la Comunidad Europea, Cívitas, 1985, pp. 36
y ss.
EL DERECHO COMUNITARIO EUROPEO Y SU APLICACION EN ESPAÑA 299
que una jurisprudencia audaz del Tribunal de Justicia de la Comunidad podría im-
poner en cualquiera de los Estados miembros cualquier norma jurídica emanada del
Consejo o de la Comisión. No hay ciertamente atribución positiva de competencias
enumeradas en forma más o menos exhaustiva; pero las finalidades que se expresan,
por ejemplo, en el artículo 3.% son suficientemente elocuentes y, a contrario, sería
fácil elaborar una lista de materias absolutamente ajenas a la competencia de los
organismos comunitarios. O dicho de otra forma: hay criterios suficientes para
determinar cuándo una norma comunitaria puede ser rechazada por un Estado miem-
bro por vicio de incompetencia (y los ejemplos prácticos que se podrían aportar en
esta materia serían innumerables).
tido, no deja de ser paradójico, pues resultará que el Derecho comunitario origina-
rio —es decir, los propios Tratados de adhesión a las Comunidades Europeas— sólo
son aplicables en España a partir de su publicación en el Boletín Oficial del Estado
(art. 96 de la Constitución), mientras que el Derecho derivado —al menos en lo que
se refiere a los reglamentos— queda exento de este importantísimo requisito.
b) No creo que pueda decirse lo mismo de las directivas. Advirtiendo desde ahora
que una cosa es aplicación preferente y otra bien distinta aplicación directa, y aun
admitiendo el respaldo que a esta última presta la jurisprudencia del Tribunal de Jus-
ticia de Luxemburgo”, es lo cierto que la redacción del artículo 189 del Tratado es
terminante en cuanto a la distinción de reglamentos y directivas; estas últimas obli-
gan, por supuesto, al Estado miembro en cuanto al resultado que deba conseguirse,
pero deja «a las autoridades nacionales la elección de la forma y de los medios».
Así es que el Estado miembro podrá: 1) dictar normas de adaptación de su Derecho
interno al contenido de las directivas; 2) incorporar el contenido de la directiva a
una Ley de Derecho interno (solución correcta, no obstante las reservas del Tribunal
de Luxemburgo); 3) publicar las directivas en el Boletín Oficial del Estado, 4) cuando
menos, dictar una disposición de Derecho interno en la que se diga que la publica-
ción de las directivas en el Boletín Oficial de la Comunidad Económica Europea pro-
duce los mismos efectos que la publicación de las leyes en el Boletín Oficial del Es-
tado. De no hacerse así, quedarían sin sentido el artículo 2.%, 1 del Código civil y
el 132 de la Ley de Procedimiento Administrativo.
7 MUÑOZ MACHADO, Op. Cit., pp. 134 y ss.; MOLINA DEL Pozo, Manual de Derecho de la Comunidad
Europea, cit., p. 540.
$ Por cierto que en el Boletín Oficial del Estado de 30 de diciembre de 1985, en el que la Ley 47/1985
se publica, donde debiera decir «preámbulo» o «exposición de motivos» aparece sorprendentemente la
palabra «dictamen». Se trata de un error de transcripción del Boletín Oficial de las Cortes al Boletín Ofi-
cial del Estado. La Ley 18/1988, de 1 de julio, da nueva redacción a algunos de los preceptos de la Ley
47/1985.
EL DERECHO COMUNITARIO EUROPEO Y SU APLICACION EN ESPAÑA 301
A) LA JURISPRUDENCIA
Después de más de treinta años transcurridos desde la firma del Tratado de Roma,
puede afirmarse que el principio de la primacía del Derecho comunitario sobre el
Derecho interno de los Estados miembros está comúnmente admitida por la doctrina,
por la jurisprudencia y por la práctica de los Estados miembros (con la única salve-
dad, quizá, de Francia); y esto tanto por lo que se refiere al Derecho originario con-
tenido en los tratados, como en relación con el Derecho derivado, es decir, del esta-
blecido por los órganos comunitarios. El Tribunal de Justicia de Luxemburgo con-
firmó las bases de esta doctrina en su muy comentada sentencia de 5 de febrero de
1963, resolutoria del asunto VAN GEND y Lo0OSs?.
De ella extractamos las siguientes afirmaciones:
«
«Considerando que el objetivo del Tratado CEE, que es el de instituir un Mercado Común cuyo fun-
cionamiento concierne directamente a los sometidos a la jurisdicción de la Comunidad, implica que
este Tratado constituye algo más que un acuerdo que se limitará a crear obligaciones mutuas entre
los Estados contratantes...
... que, además, el papel del Tribunal de Justicia en el marco del artículo 177, cuya finalidad es la
de asegurar la unidad de interpretación del Tratado por los órganos jurisdiccionales nacionales con-
firma que los Estados han reconocido al Derecho comunitario una autoridad susceptible de ser invo-
cada por sus nacionales ante sus jurisdicciones;
...Que de esta situación hay que concluir que la Comunidad constituye un nuevo ordenamiento jurídi-
co de Derecho internacional, en beneficio del cual los Estados han limitado, aunque sea en campos
restringidos, sus derechos soberanos, y cuyos sujetos no son solamente los Estados miembros, sino
también sus nacionales;
que, en consecuencia, el Derecho comunitario, independiente de la legislación de los Estados miem-
bros, así como crea obligaciones para los particulares, está también destinado a engendrar derechos
que entran en su patrimonio jurídico; ;
que éstos nacen no solamente cuando el Tratado hace una atribución explícita en su favor, sino tam-
bién en razón de obligaciones que el Tratado impone, de manera bien definida, tanto a los particula-
res como a los Estados miembros y a las instituciones comunitarias».
2 El texto que manejamos de esta sentencia del Tribunal Europeo es el publicado en versión españo-
la en Gaceta Jurídica de la CEE, núm. 2, junio 1985, pp. 107 y ss. Sobre si el Derecho comunitario se
integra en el ordenamiento interno o se trata de dos bloques normativos independientes, vid. sentencia
de la Corte Costituzionale italiana de 8 de junio de 1984 (caso Granital) y el comentario del prof. A.
MANNINO, en B.J.C., núm. 72, abril 1987, pp. 529 y ss.
EL DERECHO COMUNITARIO EUROPEO Y SU APLICACION EN ESPAÑA 303
explicarlo, la doctrina española haya tenido que repetir la polémica entre los crite-
rios de jerarquía y competencia a que ya dio lugar el fenómeno de articulación entre
el Derecho nacional y el de las Comunidades Autónomas. En otro lugar '” he ex-
puesto mi opinión en relación con este último tema: jerarquía y competencia no son
dos criterios excluyentes, sino complementarios. Ahora bien, en relación con el prin-
cipio de la primacía del Derecho comunitario —que es el tema que ahora nos ocupa—
creo que el criterio de la jerarquía es el prevalente. La competencia juega obviamen-
te su papel, pero en un plano distinto; es decir, en cuanto requisito de validez de
la norma comunitaria. Podría decirse, en otras palabras, que la competencia es el
presupuesto de la jerarquía. Esta afirmación, que constituye un simple recordatorio
de la teoría general de los vicios de las disposiciones y de los actos administrativos,
es perfectamente aplicable a nuestro caso. En efecto:
a) El artículo 173 del Tratado de la CEE dispone:
«El Tribunal de Justicia controlará la legalidad de los actos del Consejo y de la Comisión que no
sean recomendaciones o dictámenes. A tal fin, será competente para pronunciarse sobre los recursos
por incompetencia, vicios sustanciales de forma, violación del presente Tratado o de cualquier norma
Jurídica relativa a su ejecución, o desviación de poder, interpuestos por un Estado miembro, el Con-
sejo o la Comisión.
Toda persona física o jurídica podrá interponer, en las mismas condiciones, recurso contra las deci-
siones de que sea destinataria y contra las decisiones que, aunque revistan la forma de un reglamento
o de una decisión dirigida a otra persona, le afecten directa e individualmente».
de los actos del Consejo y de la Comisión (art. 173 del Tratado, anteriormente trans-
crito).
3) Funciona, asimismo, como Tribunal de Derecho internacional en cuanto que
los Estados miembros pueden acudir a él para resolver las diferencias entre las partes
interesadas (art. 170 del Tratado: «Cualquier Estado miembro podrá recurrir al Tri-
bunal de Justicia, si estimare que otro Estado ha incumplido una de las obligaciones
que le incumben en virtud del presente Tratado»).
b) Por lo que se refiere a los tribunales españoles, su competencia para aplicar
directamente el Derecho comunitario no es sino una consecuencia de la INCorpora-
ción en bloque de dicho Derecho comunitario en el ordenamiento jurídico-positivo
español. En este sentido, además, se ha pronunciado el Tribunal de Justicia de la
Comunidad en su antes transcrita sentencia en el caso VAN GEND y LOOS, de 1963,
- con su definitiva doctrina de que la legislación comunitaria genera directamente en-
tre los ciudadanos de los distintos Estados miembros, y sin la necesaria intermedia-
ción de éstos, derechos y obligaciones recíprocos.
Cc) Dicho lo anterior, queda abierta la posibilidad de que la interpretación del
Derecho comunitario por los tribunales nacionales de los diferentes Estados miem-
bros de la Comunidad conduzca a soluciones divergentes. Es aquí donde aparece una
de las más importantes competencias del Tribunal de Justicia comunitario en cuanto
garante de la unidad del ordenamiento a través del conocimiento de las denomina-
das «cuestiones prejudiciales». Dice así el artículo 177 del Tratado de Roma:
«El Tribunal de Justicia será competente para pronunciarse, con carácter prejudicial:
a) Sobre la interpretación del presente Tratado;
b) Sobre la validez e interpretación de los actos adoptados por las instituciones de la Comunidad;
c) Sobre la interpretación de los Estatutos de los organismos creados por un acto del Consejo, cuando
dichos Estatutos así lo prevean.
Cuando se plantee una cuestión de esta naturaleza ante un órgano jurisdiccional de uno de los Esta-
dos miembros, dicho órgano podrá pedir al Tribunal de Justicia que se pronuncie sobre la misma,
si estima necesaria una decisión al respecto para poder emitir su fallo.
Cuando se plantee una cuestión de este tipo en un asunto pendiente ante un órgano jurisdiccional
nacional, cuyas decisiones no sean susceptibles de ulterior recurso judicial de Derecho interno, dicho
órgano estará obligado a someter la cuestión al Tribunal de Justicia».
LA TEORIA DE LA RELACION
JURIDICO-ADMINISTRATIVA
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CAPITULO I
SUMARIO: 1. Plan a seguir en esta materia.—2. La personalidad jurídica del Estado: A) La teoría de la
personalidad jurídica. B) La personalidad jurídica estatal. C) Personalidad del Estado y personalidad de
la Administración. D) Las bases para una reconstrucción dogmática del tema.—3. El Derecho adminis-
trativo parlamentario.
6 Si se admite —dice WALINE— que las colectividades humanas son seres organizados a la manera
de los seres humanos, concederles la personalidad no es sino sacar las consecuencias jurídicas prepias
de la realidad: este reconocimiento no depende entonces del capricho del legislador. Rehusar la concesión
de la personalidad a uno de estos seres iría contra la naturaleza de las cosas. Estas fueron las ideas en
que se inspiró un Congreso para la libertad de asociación, que tuvo lugar en París en 1928 (Manuel élé-
mentaire de Droit administratif, 1946, p. 152). Desde luego, estas consideraciones tienen su fuerza desde
un punto de vista de lege ferenda: el legislador no podría hoy, sin más, negar la personalidad jurídica
a ciertos tipos de personas individuales (por ejemplo, por razón de raza), al Municipio, o a todo tipo
de grupo intermedio entre el individuo y el Estado. Pero la Historia nos enseña que en otras épocas no
se ha encontrado ningún obstáculo para ello: piénsese en los esclavos en el Derecho romano, o en la ley
Chapelier francesa de 1791. Las Constituciones democráticas —y por supuesto la española de 1978— parten
del reconocimiento de los derechos y libertades de la persona humana como una exigencia previa que
se impone al propio orden constitucional. PEces-BARBA, Derechos fundamentales, 2.* ed., 1976, pp. 61
y ss., y nuestros Comentarios a la Constitución, 2.* ed., 1985, pp. 127 y ss.
7 Este, en cambio, no es un problema de deber ser, sino de estricta técnica jurídica.
8 Esta idea de la organización es defendida por GIANNINI (Lezioni di Diritto amministrativo, 1950,
p. 129) y aceptada, entre nosotros, por GARCÍA-TREVIJANO, en Principios jurídicos de la organización
administrativa, 1957, p. 129.
9 ALBRECHT expuso estas ideas en la famosa recensión al libro de MAURENBRECHER (Grundsátzen des
heutigen deutschen Staatsrechts) publicada en la revista Góttingische Gelehrte Anzeigen, en 1837.
10 Primeramente, en su obra Uber óffentliche Rechte, 1852; más tarde, en Grundzúge eines System
des deutschen Staatsrechts, 1865.
312 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
nes patrimoniales entre Estado y ciudadanos e incluso, como observa GASCÓN y MA-
RÍN ', las acciones en responsabilidad contra aquél por actos realizados con moti-
vo de la gestión de los servicios públicos, y, sobre todo, hace posible la configura-
ción jurídica de las relaciones de poder.
Por las razones aducidas nos mostramos decididos partidarios de la admisión de
la tesis de la personalidad estatal como pieza clave para la explicación de las relacio-
nes jurídico-administrativas y jurídico-privadas que pueden surgir entre el Estado
y los particulares, pues tanto unas como otras encuentran en la existencia de dicha
personalidad su solución. Se trata, pues, de una persona con doble capacidad jurí-
dica, de Derecho público y privado '?, sin que sea necesario recurrir, por supuesto,
a hablar de una doble personalidad del Estado. Esta tesis de la doble personalidad
sólo es comprensible si se tiene en cuenta el desenvolvimiento histórico de la doctri-
na de la personalidad: primero fue la construcción del Fisco que atribuyó la perso-
nalidad a una parte del Estado, al objeto de buscar un centro de imputación para
aquellos actos estatales análogos a los realizados por los particulares 2% más tarde
se planteó el problema de personificar también el centro de imputación de los actos
de poder, con lo que se abría la puerta no sólo a la famosa distinción entre los «actos
de poder» y los «actos de gestión», sino también a la creación de una doble persona-
lidad estatal que, como antes se ha dicho, carece de justificación jurídica.
Hay que advertir que tampoco aquí nos encontramos ante un fenómeno de doble
personalidad: la personalidad del Estado es única y se refiere, desde luego, al con-
junto de sus funciones ?', Esto es particularmente cierto desde el punto de vista del
Derecho internacional, pues cuando el Estado se obliga en este terreno, tanto puede
consistir la obligación en tomar medidas legislativas como en adoptar resoluciones
administrativas. Ahora bien, desde el punto de vista del Derecho interno, la doctrina
de la personalidad estatal tiene su relevancia práctica normalmente en cuanto perso-
nalidad de la Administración pública, pues es ésta la que aparece como titular de
los bienes del Estado ?, la que dispone de los que el Estado pueda heredar (art. 956
del Código civil), la que contrata con los particulares, la que responde civilmente
por la gestión de los servicios públicos y la que es demandada ante los Tribunales
civiles o contencioso-administrativos. En todas estas materias el Poder legislativo no
tiene intervención, y el Poder judicial, cuando la tiene, lo es precisamente como ór-
gano independiente a la relación jurídica surgida entre el Estado y el particular. To-
do esto explica que el único texto positivo español que habló directamente y sin ro-
23 Vid. nuestro libro Administración indirecta..., cit., pp. 95 a 99, donde se resumen algunas de las
posturas doctrinales que han mantenido la tesis de la personalidad de los órganos del Estado; así como
la actualización que hacemos de nuestro pensamiento en La descentralización administrativa, San José
de Costa Rica, 1967, y «La Administración institucional», sep. de La España de los años 70, 1974.
24 Me remito a mi trabajo Reflexiones sobre una reconstrucción de los límites formales del Derecho
administrativo español, Madrid, 1982. Sobre la personalidad única del Estado y su legitimación o no para
acudir a la vía de amparo, vid. STC 64/1988, de 12 de abril, y el interesante voto particular discrepante.
Sobre la revisión de los interna corporis de las Cortes Generales, se ha pronunciado nuestro T.C.: «La
doctrina de la irrecurribilidad de los ““actos parlamentarios internos”” responde al propósito de respetar
la autonomía de las Cámaras legislativas en orden a su organización y propio funcionamiento... pero
ello no significa que sean también irrevisables por esta jurisdicción constitucional cuando se les imputa
haber ocasionado concreta vulneración de derechos fundamentales y libertades políticas reconocidas en
el artículo 14 y la Sección 1.* del Cap. 2.” del Tít. 1 de la Constitución, que son vinculantes para todos
los poderes públicos de acuerdo con el artículo 53.1 de la propia Constitución...» (STC 161/1988, de 20
de septiembre). 4
25 E. García DE ENTERRÍA y T. R. FERNÁNDEZ, Curso de Derecho Administrativo, 1, 1980, pp. 23
y SS:
LOS SUJETOS EN DERECHO ADMINISTRATIVO Y SU CAPACIDAD SS
«Se considerará de índole civil y de la competencia de la jurisdicción ordinaria las cuestiones en que
el derecho vulnerado sea de carácter civil y también aquellas que emanen de actos en que la Adminis-
tración haya obrado como Persona Jurídica, o sea, como sujeto de derechos y obligaciones».
29 Vol. 1, p. 268.
30 Tratado de Derecho Administrativo, 1, 5.* ed., 1933, pp. 146 y ss.
31 Op. cit., p. 167.
32 Tratado de Derecho Político, ed. Cívitas, Madrid, 1976, p. 178; a pesar de la fecha de la edición,
este libro fue escrito con referencia a la Constitución de 1931.
33 13.* ed., 1933, pp. 40 y ss.
LOS SUJETOS EN DERECHO ADMINISTRATIVO Y SU CAPACIDAD 317
se trata de actos del Poder público en sentido estricto. Esto se explica obviamente
por el carácter residual del Poder ejecutivo —auténtico heredero del antiguo mo-
narca absoluto— en el que está encuadrada la Administración. Es en este sentido
cómo la Administración termina por monopolizar los conflictos y posibles abusos
de poder frente al ciudadano y sus libertades y derechos. Esta dialéctica resultaba
inimaginable en el ejercicio delos otros poderes: por lo que se refiere al poder legis-
lativo, puesto que por definición constituye la representación de los propios ciuda-
danos, de la soberanía popular; por lo que se refiere al Poder judicial, porque apare-
cía cabalmente como el protector de los derechos del ciudadano violados por la Ad-
ministración.
En resumen; reducir la personalidad del Estado a la de la Administración no sig-
nifica otra cosa que reducir la teoría a la práctica: si los actos del Estado que había
que someter al Derecho y a la fiscalización jurisdiccional eran actos administrativos;
si los contratos del Estado se concluían a través de sus Órganos competentes —que
pertenecían a la Administración pública— y si las herencias que recibía el Estado,
la administración de su patrimonio y la propia titularidad de los bienes y derechos
de la Hacienda pública, se gestionaban por la Administración pública, resulta com-
prensible que se terminase por olvidar la personalidad del todo (el Estado), dado
el protagonismo de su parte más significativa (la Administración).
Si a esto añadimos —y el tema ha sido reiterado objeto de mi consideración en
los últimos tiempos— el carácter institucional de la Administración; su propia capa-
cidad para alcanzar sus fines con independencia de la política y con «eficacia indife-
rente», se comprenderá la tentación en la que puede caerse de olvidarse de la perso-
nalidad del Estado.
b) Ahora bien, la nueva Constitución española establece las bases para que el
concepto mismo del Estado de Derecho (en definitiva de sumisión del Estado, de
todo el Estado, al Derecho) se amplíe notablemente. Cuando en el párrafo primero
del artículo 9.% se afirma que «los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos
a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico», se están sentando las premi-
sas para admitir, de una parte, que actos emanados de cualquiera de los poderes
públicos (incluido el poder legisaltivo y el poder judicial; único por cierto que es
designado con este nombre por la Constitución) pueden ser contrarios a la Constitu-
ción; en segundo lugar, que puede instrumentarse una justicia constitucional que
someta a fiscalización los actos emanados de estos poderes. Es justamente lo que
la Constitución hace en su Título IX al instituir y regular el Tribunal Constitucional.
Hay que insistir en lo que, desde este punto de vista, significa la implantación
de la justicia constitucional. Ya es de suyo sorprendente que las leyes que emanan
del Parlamento, es decir, del órgano del Estado que representa la soberanía nacio-
nal, sean contrastadas, en cuanto a su constitucionalidad, por un órgano diferente
—el Tribunal Constitucional— que viene a convertirse así en árbitro supremo, a pesar
de que su conexión con el depositario de la soberanía no es inmediata, como en el
caso del propio Parlamento, sino de carácter mediato. Pero desde nuestro punto de
vista tiene aún más importancia, si cabe, la Jurisdicción de Amparo que se atribuye
al Tribunal Constitucional. De acuerdo con el desarrollo que del artículo 161 de la
Constitución hace la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, de 3 de octubre de
1979, el Tribunal tiene competencia para decidir recursos de amparo presentados por
320 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
las personas legitimadas para ello en protección de los derechos y libertades conteni-
dos en los artículos 14 a 30 de la Constitución. Según el artículo 41.2 de la Ley Orgá-
nica citada, el Recurso de Amparo puede dirigirse contra disposiciones, actos O
actuaciones de hecho de «los poderes públicos del Estado»; por consiguiente: 1) de
actos procedentes de las Cortes que no posean la categoría de leyes, o emanados de
los Órganos de gobierno interior de las Cortes (art. 42); 2) de actos o actuaciones
materiales procedentes del Gobierno (art. 43); si bien en este caso es necesario utili-
zar previamente la vía contencioso-administrativa por el procedimiento sumario y
preferente que regula la Ley 62/1978 (disposición transitoria segunda, 2); 3) en fin
de actos procedentes del poder judicial (art. 44).
En resumen, como primer dato para la reconstrucción dogmática que estamos
intentando, tenemos ya el siguiente, a saber: la posibilidad de fiscalización jurisdic-
cional —siquiera sea por un Tribunal especial como es el Constitucional— de actos
de poder dictados por cualquiera de los tres clásicos poderes del Estado cuando con
ellos se vulnere alguno de los derechos y libertades fundamentales reconocidos en
los artículos 14 a 30 de la Constitución.
De lo cual, a su vez, se pueden desprender otras dos consecuencias. Es la pri-
mera, que en esta Justicia constitucional se esfuma la necesidad técnica de contar
con una persona jurídica demandada; la segunda —que es la otra cara'de la misma
moneda— que en realidad el proceso constitucional funciona de acuerdo con el
esquema del «proceso al acto». El mismo que preside, especialmente en Francia, la
evolución jurisprudencial del recurso por «excés de pouvoir», una vez que la juris-
dicción retenida en manos del ministro-juez pasa a la competencia del Consejo de
Estado y que, como ya se advirtió, subyace todavía en nuestra vieja ley jurisdiccio-
nal de 1894.
Cc) Pero la necesidad de una revisión a fondo de este tema se acentúa si volve-
mos de nuevo a considerar las innovaciones introducidas por la Ley Orgánica 2/1979,
de 3 de octubre, del Tribunal Constitucional, la Ley Orgánica 1/1980, de 10 de enero,
del Consejo General del Poder Judicial y el Estatuto de Personal de las Cortes Gene-
rales, de 1983. En efecto:
a?) Por lo que se refiere a la Ley Orgánica del Tribunal, la primera sorpresa
que nos depara se encuentra en el artículo 2.%.2, cuando afirma que «el Tribunal
Constitucional podrá dictar reglamentos sobre su propio funcionamiento y organi-
zación, así como sobre el régimen de su personal y servicios, dentro del ámbito de
la presente ley. Estos reglamentos que deberán ser aprobados por el Tribunal en Ple-
no, se publicarán en el Boletín Oficial del Estado, autorizados por su presidente».
He aquí la atribución de una potestad reglamentaria que el artículo 97 de la Consti-
tución parecía reservar exclusivamente al Gobierno. Bien es verdad, que se trata de
una potestad «doméstica», es decir, para organizar los servicios internos y el perso-
nal del propio Tribunal. Pero, ¿y si en el ejercicio de esta potestad no se respetan
los límites que con carácter general establece la propia ley orgánica? No parece que
en este caso fuera posible una ulterior fiscalización jurisdiccional, a diferencia preci-
samente de lo que ocurre con las resoluciones singulares que en materia de personal
dicte el secretario general del Tribunal y confirme en vía de alzada el presidente del
propio Tribunal, cuya decisión agota la vía administrativa. Pero «esta decisión —como
ya se vio— será susceptible de ulterior recurso contencioso-administrativo» (art. 99.3).
LOS SUJETOS EN DERECHO ADMINISTRATIVO Y SU CAPACIDAD 321
b”) Por lo que se refiere a la Ley Orgánica del Consejo General del Poder Judi-
cial, las innovaciones no son menos sorprendentes. Con la indudable finalidad de
reforzar la independencia del Poder Judicial, también aquí nos encontramos con la
novedad de un Consejo General del Poder Judicial que «podrá dictar reglamentos
sobre su organización y funcionamiento, así como sobre el régimen del personal y
servicios y demás materias de su competencia dentro del ámbito de la presente ley.
Estos reglamentos, que deberán ser aprobados por el Pleno del Consejo General por
mayoría de 3/5 de sus miembros, se publicarán en el Boletín Oficial del Estado, auto-
rizados por el presidente» (art. 5.*).
Este precepto coincide exactamente con el que anteriormente hemos recordado
de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional; ahora bien, estos reglamentos, al
igual que ocurre con las resoluciones singulares en materia de personal, admiten la
fiscalización jurisdiccional en vía contencioso-administrativa. Esto es, al menos, lo
que se desprende del artículo 47 en cuyo párrafo 2.” se lee: «Los actos y disposicio-
nes emanados del Pleno o de la Sección Disciplinaria no susceptibles de alzada serán
recurribles en vía contencioso-administrativa, conforme a la ley reguladora de dicha
jurisdicción. La competencia para conocer de estas impugnaciones corresponderá al
Pleno del Tribunal Supremo». En el mismo sentido se proponía el artículo 67 de
la Ley 50/1981, de 30 de diciembre (B.O.E. de 13 de enero) que aprueba el Estatuto
Orgánico del Ministerio Fiscal, al someter las cuestiones disciplinarias a la jurisdic-
ción contencioso-administrativa.
Asimismo serán recurribles en vía contencioso-administrativa ante el Tribunal Su-
premo, con arreglo a la ley de esta jurisdicción y previa utilización potestativa de
recurso de reposición, los acuerdos de la Junta Electoral que se constituye en el seno
del Consejo Superior, a los efectos de las elecciones para designación de los miem-
bros del Consejo entre todos los jueces y magistrados que se encuentren en servicio
activo (art. 19).
Otras innovaciones de esta ley orgánica, tampoco pueden pasar inadvertidas desde
el punto de vista del Derecho administrativo. Así: 1) La afirmación de que «en mate-
ria de procedimiento, recursos y forma de los actos del Consejo General, en cuanto
sean aplicables (se observarán) las disposiciones de la Ley de Procedimiento Admi-
nistrativo»; 2) aparece una categoría nueva dentro de los actos de Derecho público
interno; el Real Despacho, firmado por el Rey y refrendado por el Presidente del
Gobierno (para el nombramiento del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo
General del Poder Judicial) o por el ministro de Justicia (para el nombramiento de
los vocales del Consejo General).
A pesar de que la tendencia de la ley es, como ha podido advertirse, el reforza-
miento de la independencia del Poder Judicial, hay dos aspectos que determinan una
cierta dependencia con respecto al Gobierno; en primer lugar, falta un precepto como
el que se contiene en la disposición adicional 2.* del Tribunal Constitucional que
atribuye a este organismo la elaboración de sus propios presupuestos; en segundo
lugar, el artículo 6.2 de la Ley Orgánica 1/1980 se expresa así: «Sin perjuicio de las
competencias del Consejo General del Poder Judicial, corresponde al Gobierno a
través del Ministerio de Justicia, proveer a los juzgados y tribunales de los medios
precisos para el desarrollo de su función con independencia y eficacia».
c?) En fin, el artículo 35 del Estatuto de Personal de las Cortes Generales de
322 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
34 «Le Contróle des juges sur les actes administratifs des assemblées parlementaires», en L'Actualité
juridique. Droit administratif, marzo 1981, pp. 128 y ss., y «L”Independance administrative des assem-
blées politiques», en Revue politique et parlementaire, núm. 893, julio-agosto 1981, pp. 33 y ss.
Ops cae AN AMO pprus0riy.ss:
324 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
cipios R. ALIBERT % señala entre los actos excluidos del control jurisdiccional los
dictados por las cámaras legislativas, así como los que emanan de los diversos órga-
nos de las asambleas en aplicación de sus reglamentos que, a tales efectos, tienen
tratamiento similar al de las autoridades judiciales relativos a su administración
interna. En el mismo sentido, y alegando el argumento fundamental de que los actos
parlamentarios no tienen carácter administrativo por no emanar de los cuadros de
la jerarquía o la tutela administrativa, se pronuncia HAURIOU ”.
Por su parte, AUBY y DRAGO *% nos recuerdan que «según una jurisprudencia
tradicional, los actos jurídicos dictados dentro de la esfera de las asambleas parla-
mentarias y los actos materiales relativos a la actividad de estas asambleas, escapan
a todo control jurisdiccional». Esto implica —reconocen— una excepción al Estado
de Derecho; que permitió, por ejemplo, que el Consejo de Estado (en su decisión
de 15 de diciembre de 1952) rehusase conocer de una acción en responsabilidad por
accidente causado por un vehículo de las asambleas legislativas. El fundamento es
que se trataba de una acción imputable al Parlamento por razón del órgano de que
emanaba.
La situación ha cambiado, sin embargo, a partir de la ordenanza orgánica de 17
de noviembre de 1958 y del artículo 72 de la Ley de Finanzas de 23 de febrero de 1963.
- Porlo pronto, la ordenanza de 1958 reconoce —y la innovación es trascendental—
el carácter administrativo de ciertos actos parlamentarios. Por ejemplo, se sienta el
principio de que la actividad de los servicios parlamentarios compromete la respon-
sabilidad del Estado por los daños de cualquier naturaleza que con ella se pudiese
causar a los particulares. Esta responsabilidad se contrae no solamente cuando el
autor del daño entra en la categoría del personal funcionario de las cámaras, sino
que incluye asimismo los daños imputables a las autoridades elegidas (presidente,
cuestores o mesa de cada asamblea). Como observa FORTIER, lo importante es
subrayar que con esta disposición se introduce el criterio material en orden a la exi-
gencia de responsabilidad.
La segunda novedad de la ordenanza de 1958 se refiere al personal parlamenta-
rio. A partir de entonces goza de un recurso contencioso especial para la defensa
de sus derechos funcionariales que dimanen de un texto con fuerza legislativa.
Con todo, las garantías usuales en el régimen general de la función pública no
se adquieren por los funcionarios parlamentarios hasta el ya citado artículo 72 de
la Ley de Finanzas de 23 de febrero de 1963, que reconoce formalmente a los em-
pleados titulares de cada una de las cámaras la cualidad de «funcionarios del Esta-
do». Ahora bien, esto no significa que queden sometidos al régimen estatutario común
de la función pública; por el contrario, la propia ley señala que su estatuto y régimen
de clases pasivas serán determinados por la Mesa de la Asamblea de que se trate.
Y esto comporta también una restricción por lo que se refiere a la posibilidad
de utilizar el recurso contencioso-administrativo; pues, si éste es posible para dis-
cutir las resoluciones concretas que afecten a un funcionario y que sean contrarias
a lo previsto en el Estatuto aprobado por la Mesa, lo que resulta imposible es impug-
nar tanto el Estatuto, como sus posibles modificaciones, aunque éstas estén en desa-
cuerdo con los principios generales de la función pública. No siendo aplicable, pues,
el régimen general, se producen vacíos jurídicos que resultan difíciles de llenar. Un
ejemplo concreto sería el relativo al derecho de huelga, que en el Estatuto aprobado
por las asambleas parlamentarias no está contemplado en absoluto.
B) Si nos hemos extendido en el ejemplo del Derecho administrativo parlamen-
tario francés, es porque sus principios tradicionales son los que inspiran el funciona-
miento de nuestro Parlamento.
Es cierto que el Derecho comparado nos ofrece los más diversos ejemplos en cuanto
a la extensión de la independencia de los servicios parlamentarios con respecto al
Poder ejecutivo *. La tendencia general es, sin embargo, que el Parlamento, sien-
do el depositario de la soberanía nacional, maneje con independencia su burocracia
con respecto al Ejecutivo *.
Ahora bien, una cosa es administración independiente con respecto al Poder eje-
cutivo (en que la Administración General del Estado está encuadrada) y otra muy
distinta la relativa a la existencia de una fiscalización jurisdiccional en relación con
los actos parlamentarios no legislativos.
Por lo que se refiere al caso concreto de España, tres son las cuestiones que pa-
recía urgente resolver, a saber: 1) La relativa a la fiscalización de los «actos de poder»
no legislativos dictados por las Cortes; 2) la relativa a la fiscalización de los actos
en materia de personal, y 3) la referente a la fiscalización de los actos de gestión eco-
nómica —normalmente de carácter contractual— realizados por los órganos de
administración interna de las Cortes.
Examinamos a continuación cada uno de estos supuestos.
a) Por lo que se refiere a los actos de poder dictados por las Cortes, con excep-
ción, claro está, de las leyes, ya vimos anteriormente que pueden ser fiscalizables
mediante la utilización del recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional si dichos
actos lesionan o vulneran derechos y libertades fundamentales de los particulares o
de los propios parlamentarios. Ahora bien, ¿cuáles son esos actos de poder, no legis-
lativos, que pueden afectar derechos y libertades fundamentales? En primer lugar,
podemos recordar lo que se dice en el artículo 62.3 de la Constitución española: «Los
presidentes de las cámaras ejercen en nombre de las mismas todos los poderes admi-
nistrativos y facultades de policía en el interior de sus respectivas sedes». Es precisa-
mente en el uso de estos poderes y facultades, como podría producirse alguna de
las vulneraciones o lesiones antes aludidas.
La propia Constitución en su artículo 76.2 regula la constitución y funcionamiento
de las llamadas comisiones de investigación, y especifica lo siguiente: «Será obliga-
torio comparecer a requerimiento de las cámaras. La ley regulará las sanciones que
puedan imponerse por incumplimiento de esta obligación». Es evidente que también
como consecuencia del ejercicio de estos poderes se pueden lesionar derechos y liber-
39 Vid. KauL, «L'éténdue de l'independance des Secrétariats des Parlements vis-a-vis de l'Executi-
ve», en Informations constitutionnels et parlementaires, núm. $7, enero 1964, pp. 31 y ss.
J.
40 Sobre las ventajas e inconvenientes que esto comporta para el funcionario parlamentario, vid.
131 y ss.
KLEIN, «Le fonctionnaire parlementaire», en Revue Administrative, núm. 194, pp.
326 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
tades fundamentales de las personas requeridas para comparecer ante las dichas
comisiones.
Mayor importancia jurídica y política tiene la doctrina sentada por la Sent. del
Tribunal Constitucional 90/1985, de 22 de julio, que admite la fiscalización en vía
de amparo de una decisión del Senado que denegó la concesión del suplicatorio pre-
vio, exigido por el art. 71.2 de la Constitución para ser inculpados o procesados,
en garantía de la inmunidad parlamentaria.
b) En segundo lugar, está el caso de las garantías jurisdiccionales del personal
de las Cortes Generales. En España hay una vieja tradición que excluye a los funcio-
narios de los cuerpos colegisladores del régimen estatutario de la función pública
general. Lo cual curiosamente puede convertirse en un privilegio o en una carga, según
como se mire. Es un privilegio, porque desde la Ley de 9 de julio de 1855 se excluyó
del principio de incompatibilidad, en cuanto a percibir más de un sueldo de los pre-
supuestos del Estado, precisamente a los funcionarios de los cuerpos colegisladores
que hubiesen obtenido el cargo en propiedad (régimen que ha venido.a ser derogado
por la ley de incompatibilidades 53/1984). Ahora bien, esta situación puede conver-
tirse también en una carga por ausencia de garantías jurisdiccionales.
Por lo pronto, el artículo 72.1 de la Constitución establece que las Cámaras (es
decir, el Congreso de los Diputados y el Senado) establecen sus propiosreglamentos
y «de común acuerdo regulan el Estatuto del personal de las Cortes Generales». Está
claro que este Estatuto no podía ser objeto de fiscalización jurisdiccional; cuando
menos de fiscalización ante los tribunales contencioso-administrativos, cualesquiera
que sean los principios en que se inspire y su contraste con los que son habituales
en el régimen de la función pública.
Pero es que, además, con la redacción actual de la ley de la jurisdicción
contencioso-administrativa que, como ya se dijo en su momento, se inspira en el cri-
terio orgánico subjetivo, resultaba imposible a un funcionario de las Cortes discutir
mediante recurso contencioso-administrativo cualquier acto emanado de un órgano
parlamentario y que afectase —incluso violando sus derechos o afectando a sus
intereses— a su situación funcionarial. Esta doctrina, además, fue sancionada en
la práctica por el Auto de la Sala 5.* del Tribunal Supremo de 14 de noviembre
de 1969, por el que la jurisdicción contencioso-administrativa se declaró incompe-
tente para conocer de recurso interpuesto por un letrado de las Cortes impugnando
una sanción disciplinaria que le había sido impuesta por los órganos de gobierno
interior de las Cortes. Y ésta ha sido la situación vigente hasta el Estatuto del Perso-
nal de las Cortes Generales de 23 de junio de 1983, que abre por fin la vía contencioso-
administrativa a las cuestiones de personal.
c) La cuestión que se planteaba más dudosa era la relativa a los actos de gestión
económica de las Cortes Generales, especialmente cuando dan lugar a relaciones con-
tractuales con terceros. Si bien es cierto que los palacios del Congreso y del Senado
pertenecen al Estado español (a falta de una personalidad jurídica diferenciada de
cada una de estas cámaras) y que en los últimos años se han realizado por los órga-
nos competentes de la Administración pública expropiaciones y adquisiciones de in-
muebles para la ampliación del recinto de las Cortes, tambiéri lo es que los contratos
de obras para el acondicionamiento de tales palacios, así como los contratos de su-
ministro que garantizan su funcionamiento, se realizaban por los órganos de gobier-
LOS SUJETOS EN DERECHO ADMINISTRATIVO Y SU CAPACIDAD 327
no de cada una de las cámaras. Téngase en cuenta que en esta materia la base funda-
mental de la actuación independiente de las Cortes frente al Poder ejecutivo se en-
cuentra en el principio de autonomía presupuestaria que declara formalmente la Cons-
titución en su artículo 72.1.
Sin embargo, el verdadero problema se plantea ante la exigencia de que los con-
tratos se concluyan entre sujetos de derecho, es decir, entre entidades con personali-
dad jurídica propia. Personalidad jurídica que resulta asimismo indispensable para
plantear después, en su caso, un litigio en relación con la interpretación, cumplimiento
o resolución de tales contratos.
La primera dificultad insuperable se encontraba en el artículo 3.* de la ley juris-
diccional cuando afirma que «la jurisdicción contencioso-administrativa conocerá
de las cuestiones referentes al cumplimiento, inteligencia, resolución y efectos de los
contratos, cualquiera que sea su naturaleza jurídica, celebrados por la Administra-
ción pública, cuando tuvieren por finalidad obras y servicios públicos de toda especie».
Está claro que los órganos parlamentarios que concluyen contratos de obras y servi-
cios públicos en los palacios del Congreso o del Senado no son «la Administración
pública».
¿Habrá entonces que deducir de aquí que las Cortes carecen de competencia para
contratar —a pesar de que se trata de una práctica diaria— y que, caso de que tales
contratos se realicen, son infiscalizables por los tribunales? La solución sería absurda
y, precisamente por eso, es éste uno de los supuestos que justifican plenamente el
recurso a la personalidad jurídica del Estado; en nombre del cual actúan, cuando
contratan, los órganos de gobierno interior de las Cortes Generales. A pesar de que
en nuestro Derecho positivo no existía ningún precepto tan clarificador como el ar-
tículo 8.9 de la anteriormente citada ordenanza francesa de 17 de noviembre de 1958
(que habla directamente de la responsabilidad del Estado por los daños causados,
añadiendo que «el Estado está representado por el presidente de la Asamblea intere-
sada», en el caso de actuaciones imputables a las cámaras legislativas), la solución
en Derecho español no podía ser otra. Por eso, en el único trabajo que se ha publica-
do en relación con esta materia, J. L. YUSTE GRIJALBA* afirmaba: «En España
los contratos concluidos por las Cortes pertenecen a la jurisdicción civil ordinaria...
Siendo así que las Cortes no tienen una personalidad jurídica diferenciada, el con-
tratista deberá dirigir su acción contra el Estado, señalando el órgano de la Cámara
que hubiese dado lugar a la reclamación. En caso de condena sería el Estado, es de-
cir, el Ministerio de Hacienda, quien debería pagar las sumas correspondientes, sea
directamente, sea aumentando el presupuesto de las Cortes».
Esta opinión podía mantenerse a la vista de la redacción de los citados artículos
de la todavía vigente Ley de la Jurisdicción Contencioso-administrativa. Sin embargo,
la atribución de la fiscalización de estas materias al orden jurisdiccional contencioso-
administrativo —y precisamente a la correspondiente Sala del Tribunal Supremo—
se desprende de lo dispuesto en el artículo 58, 1.” de la Ley Orgánica 6/1985, del
Poder Judicial, que dispone:
nelles et parla-
41 «Le Régime juridique des contrats des Parlements», en Informations Constitution
mentaires, núm. 91, tercer trimestre, 1972, p. 101.
102)28 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
SUMARIO: 1. Personas jurídicas públicas y privadas. Criterio de distinción: A) Pluralidad de personas ju-
rídicas. B) El criterio de distinción.—2. Clasificación de las personas jurídicas públicas: A) La Admi-
nistración pública y las Administraciones públicas personificadas. B) Clases de personas jurídicas pú-
blicas.—3. Las personas jurídicas públicas en el Derecho español: su régimen júridico: A) Las
Administraciones Públicas Territoriales. B) La Administración Institucional instrumental C) Las Enti-
dades Estatales Autónomas en la legislación española: una legislación cunjunta para personas jurídicas
públicas y privadas. D) La nueva descentralización funcional. E) A modo de conclusión: la ecuación en-
tre forma y régimen jurídico.—4. La llamada Administración corporativa.
[329]
330 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
timo, la doctrina acoge un nuevo criterio de distinción al separar entre personas ju-
rídicas territoriales o personas jurídicas institucionales, según que el territorio cons-
tituya o no un elemento esencial de las mismas”.
De los distintos criterios de clasificación examinados nos interesa fundamen-
talmente el primero, pues es el que sirve para determinar aquellas personas jurídi-
cas cuyo régimen corresponde al Derecho administrativo. Mas hemos de añadir que
estos criterios no se excluyen absolutamente entre sí, sino que, por el contrario, son
combinables; así, una persona jurídica puede presentarse como una fundación o
como una corporación, y, a su vez, la fundación puede ser pública o puede ser pri-
vada. Repetimos, sin embargo, que en este momento la clasificación que nos inte-
resa es la que distingue entre personas jurídicas, públicas y privadas.
B) EL CRITERIO DE DISTINCIÓN
* Gascón Y Marín, Tratado..., Cit., p. 151. En la literatura posterior SPILIOTOPOULOS, La distinción des
institutions publiques et des institutions privees en Droit francais, París, 1959.
* FERRARA, Op. cit., p. 108.
* Así, la Empresa Municipal de Transportes de Madrid es una sociedad mercantil, creada por el Mu-
nicipio, con personalidad jurídica propia, y que presta un servicio público como es el transporte urbano,
* hasta el punto de que las tarifas que percibe de los usuarios están calculadas de acuerdo con los crite-
rios determinantes del precio político. No obstante, no podemos atrevernos a decir que dicha empresa
es una persona jurídica pública.
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 331
'! Vid. la Instrucción de 14 de marzo de 1899 para el ejercicio del Protectorado del Gobierno en la
beneficiencia particular.
* Vid. el Real Decreto de 27 de septiembre de 1912 y la Instrucción de 24 de julio de 1913.
12 En relación con tal o cual nota para la que la doctrina ha pretendido el carácter de «diferencia fun-
damental» —escribe KARADGÉ-IskRow—, el Derecho positivo puede en cualquier momento suprimir tal
rasgo distintivo, sin suprimir por ello otros rasgos también específicos de régimen jurídico especial («La
personne juridique publique», sep. de la Rev. de Droit Public, 1934, p. 21).
1* La TorrE, Elementi di Diritto Amministrativo, 1925. La problemática de un ente de Derecho pú-
blico típico se resuelve para este autor en los siguientes puntos: 1.” Origen o modo de constitución 2.
Transformación y extensión. 3.” Fines: capacidad jurídica general. 4.” Personas que la administran. 5.*
Nombramiento de los administradores, procedimiento, recursos. 6. Forma externa de la actividad de los
administradores. 7.? Eficacia (ejecutoriedad) de sus actos. 8.” Vigilancia y tutela estatal. 9.2 Organo ju-
risdiccional competente. 10. Poder de imperio y disciplinario. 11. Contratación. 12. Potestad fiscal. 13.
Particular responsabilidad y particular tutela de los funcionarios en relación con la ley penal. 14. Ca-
rácter de las relaciones jurídicas con sus empleados. 15. Posibilidad de retención de las pagas de los mis-
mos por motivo de deudas. 16. Obligación de pluses de carestía de vida. 17. Duración de la jornada de
trabajo. 18. Gestión de régimen del patrimonio. 19. Cargas sobre tales bienes. 20. Fiscalización conta-
ble (op. cit., pp. 99-100). Se trata, como puede verse, de un criterio matemático: las personas jurídicas
que reúnen estas veinte notas son típicas del Derecho público. Aplicando este criterio a los Colegios de
Abogados de Italia, el autor llega a la conclusión de que son 13/20 de Derecho privado (op. cit., p. 107).
Estos casos nos demuestran que el criterio de La TorRE consiste en no tener criterio; se califica por apro-
ximación.
'* Haur1ou, Précis de Droit Adm. et Dr. Public., 6.2 ed., 1907, p. 55; Fort1, Lezioni di Diritto Amm.,
ESPAI
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 333
La Administración pública estatal se nos ofrece actualmente como una gran per-
sona jurídica integrada, a su vez, por una pluralidad de personas jurídicas más pe-
queñas”. Aunque en algunos casos (baste recordar el ejemplo de los municipios)
estas personalidades se basan y justifican en la existencia de centros de intereses
autónomos que no deben confundirse con el interés general cuya titularidad co-
rresponde por definición al Estado, es evidente que, en otro aspecto, sí puede ha-
blarse de que tales intereses hayan sido absorbidos por el Estado, dada la centrali-
zación de factores que en él se ha realizado y, por tanto, la repercusión que en sus
propios fines ha de tener el modo de cumplir las diversas entidades públicas los su-
yos. Por eso, en otro lugar, y en relación con la actividad desplegada por el con-
junto de las entidades administrativas con personalidad jurídica distinta del Estado,
hemos hablado de la Administración indirecta del mismo'*; expresión que cierta-
mente hay que corregir en presencia del Estado de las autonomías que ha diseñado
la Constitución de 1978.
16 GarriDO FALLA, Administración indirecta del Estado..., cif., p. 121. Es difícil confundir los víncu-
los jerárquicos o de tutela con las diversas formas de intervención o injerencia administrativa que la Ad-
ministración ejerce sobre los entes privados (por ejemplo, con el contenido del Protectorado que los Mi-
nisterios del Interior y Educación y Ciencia ejercen sobre las fundaciones benéficas y
benéfico-docentes). Incluso las sociedades mercantiles privadas que el Estado crea hay que entender que
son privadas —una vez constituidas— no sólo frente a los demás particulares, sino frente al propio Es-
tado, con cuyos organismos administrativos no deben confundirse en cuanto a su régimen. Por lo de-
más, ésta es la solución de nuestro Derecho positivo: el artículo 91 de la Ley de 26 de diciembre de
1958 sobre Entidades estatales autónomas, señala que las «Empresas nacionales» se regirán por las nor-
mas del Derecho mercantil civil y laboral. A nuestro juicio, ni siquiera son «entidades estatales». Cfr.
Ariño, La administración institucional, Madrid, 1972; GarriDO FaLLa, «La Administración institucio-
nal», en La España de los años 70, vol. MI, Madrid, 1974, pp. 35 y ss.
11 En sus comienzos, el Estado moderno era pequeño y se veía rodeado de instituciones sociales au-
tónomas, pero al crecer —como dice Hauriou— las ha devorado. De esta forma, el Estado ha llegado
a ser la «institución de instituciones» a la manera de PANTAGRUEL O GARGANTÚA (op. cit., Prefacio,
paL)AE
18 Vid. nuestra op. cit., pp. 10 y ss.
334 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
La clasificación que ahora vamos a examinar, como referida a las personas ju-
rídicas públicas, supone resuelto el no siempre fácil problema de dar por excluidas
a todas aquellas otras personas jurídicas que, cualesquiera sean sus rasgos típicos,
no aparecen en alguna forma encuadradas en la organización estatal. Por no estarlo,
quedan fuera de nuestro estudio los llamados establecimientos privados de utilidad
pública (por ejemplo, las fundaciones benéficas y benéfico-docentes)”.
Desde el primer punto de vista las personas jurídicas públicas se clasifican en
territoriales e institucionales. Para las primeras el territorio constituye un elemento
esencial y como este territorio es, al mismo tiempo, territorio estatal, juegan un pa-
pel fundamental en la división territorial del Estado. Puede decirse que son entida-
des constituidas por el conjunto de personas en cuanto vinculadas a un territorio.
En nuestro Derecho constituyen numerus clausus, y son, a saber: las Comunidades
Autónomas, los municipios, las provincias, las entidades inframunicipales, las co-
marcas y las áreas metropolitanas”.
En cambio, son personas jurídicas institucionales aquellas que se constituyen
para la satisfacción de fines distintos de los particulares de los individuos que las
componen o las administran. Por supuesto que estas personas actúan también sobre
un territorio determinado, pero aquí el territorio no es elemento esencial, sino sim-
ple límite espacial para el ejercicio de sus propias competencias. Lo característico
no es el territorio, sino el fin.
A su vez, las entidades institucionales podemos clasificarlas en: corporaciones,
fundaciones y establecimientos públicos personificados. A cada una de estas cate-
gorías nos vamos a referir a continuación”.
a) Las Corporaciones públicas.—Entendemos por personas jurídicas corpo-
2 El artículo 5.” de la anterior Ley local comenzaba así: «Los ayuntamientos y las diputaciones pro-
vinciales son corporaciones a las que corresponde el gobierno y administración de los intereses públi-
cos peculiares de su territorio.» Obsérvese, sin embargo, que la denominación se predicaba aquí no del
municipio y la provincia, sino del Ayuntamiento y las diputaciones, que son sus órganos de gobierno,
y, al fin y al cabo, órganos corporativos. Debe recordarse que GIÉERKE sostiene (en su monumental Das
deutsche Genossenschaftsrecht, t. IL pp. 829 y ss.) que el concepto de corporación lo extrajo el Dere-
cho alemán de la esencia de la ciudad; de aquí pasó a conformar otras asociaciones con ciertas caracte-
rísticas comunes a aquélla. «En estas características —continúa GIERKE— hemos buscado fundamental-
mente la esencia del concepto alemán de Corporación. Por el contrario, otras características las
diferencian de la ciudad y muestran, de ahí, el origen de varias clases de corporaciones.»
2 Se emplea esta denominación por Pérez Borra («Problemas de administración corporativa», en
Revista de Estudios Políticos, núm. 7) y LóPez Robó («Corporaciones de servicios», en Revista Gene-
ral de Legislación y Jurisprudencia, t. 174, 1943, pp. 524 y ss.). García OvieDO, en su Derecho admi-
nistrativo, dedica un título al estudio de la administración corporativa, donde, junto con verdaderas cor-
poraciones (como las comunidades de labradores y regantes y los colegios profesionales) nos
encontramos con otras entidades (INP, INI, Instituto Social de la Marina, etc.), que para nosotros no en-
tran en el concepto de corporación.
2 García-TREVIJANO entiende que no existe diferencia fundamental entre los términos corporación y
asociación (op. cit., p. 165). En el texto explicamos por qué no estamos de acuerdo con esta confusión.
25 Los artículos 35 y 37 del Código civil han sido muy criticados por la doctrina, que entiende que
son equivocados y poco claros. A nuestro juicio, sin embargo, están redactados con una técnica impe-
cable, pues distinguen implícitamente las personas jurídicas públicas (corporaciones) de las personas ju-
rídicas privadas, bien sean de interés público (asociaciones y fundaciones), o de interés privado (socie-
dades civiles y mercantiles). Lo que ocurre es que estos preceptos (por estar en el Código civil) sólo han
sido comentados por civilistas que no han sabido manejar las necesarias categorías jurídico-administra-
tivas para comprender su sentido.
25 Vid. GarripO FALLA, voz «Corporación», en la Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, t. V, pp. 753 y
ss.; BAENA DEL ALCÁZAR, Los colegios profesionales en el Derecho administrativo español, Madrid,
1968, y «Una primera aproximación a la Ley de Colegios Profesionales», en Rev. Adm. Públ., núm. 74,
1974. Vid. jurisprudencia del T.C. sobre la naturaleza de los Colegios profesionales y STS (Sala 3.2) de
20 de noviembre de 1987, sobre Cámaras Oficiales de la Propiedad Urbana. También Ley del Proceso
Autonómico de 14 de octubre de 1983.
La Ley 3/1993, de 22 de marzo, básica de las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación, man-
tiene el carácter de personas jurídicas públicas de estas Corporaciones. En su exposición de motivos se
lee: «La nueva Ley continúa la tradición legislativa al definir a las Cámaras Oficiales de Comercio, In-
336 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
La terminología empleada por nuestro Derecho positivo para designar a las per-
sonas jurídicas que tienen la categoría de corporación, es sumamente variada. Así,
se habla de «colegios», «asociaciones oficiales», «cámaras», «sindicatos», «comu-
nidades», etc. En todas ellas la nota común viene dada, de una parte, por la solida-
ridad de intereses por razón del fin perseguido por los miembros que la componen;
de otra, por el hecho de que, a la vista de la conexión de estos fines con el interés
general, el Estado decide encuadrarlas en su organización o, cuando menos, dele-
garles facultades de prerrogativa”. A pesar de que deba admitirse la posibilidad de
una variedad casi indefinida de especies concretas de corporaciones, hay que reco-
nocer la especial importancia de las «corporaciones profesionales», que ha definido
JORDANA DE POZAS como «aquellas colectividades cuyos miembros están unidos, no
solamente por coincidencia del fin, sino por solidaridad real nacida de la comuni-
dad de residencia, de hábitos y de profesión»*.
b) Personas jurídicas fundacionales.— La técnica del Derecho privado ha he-
cho uso del concepto de fundación para referirse a la personificación de un con-
junto de bienes patrimoniales adscritos a la consecución de un fin determinado y
administrados por personas que no son primordialmente sus beneficiarios. Esta ca-
tegoría apenas si ha sido utilizada en el Derecho público”, sin embargo, su empleo
puede clarificar, sin duda alguna, el tema que estudiamos. Por nuestra parte, hemos
montado sobre ella el concepto de la descentralización funcional, al entender que
este tipo de descentralización se produce al confiar el ejercicio de determinadas ac-
tividades estatales a verdaderas fundaciones públicas personificadas”. Surge así una
nueva clase de personas jurídicas públicas, que no tienen base asociativa, sino que
tienen su origen en un acto de fundación estatal: el Estado dispone de un patrimo-
nio que se adscribe a la consecución de determinados fines públicos para cuya ad-
ministración y gestión se crea simultáneamente un organismo adecuado”. Debe ob-
servarse aquí que la creación de estas personas jurídicas distintas del Estado no
responde a la necesidad de proteger intereses también distintos de los estatales. Por
el contrario, son los propios intereses públicos cuya titularidad corresponde por de-
finición al Estado los que deben satisfacer con su actividad estas entidades descen-
tralizadas. Son, pues, sólo razones técnicas las que determinan el nacimiento de las
personas jurídicas que incluimos en este grupo (que, sin ningún obstáculo, podrían
muy bien funcionar como organismos no personificados encuadrados en la jerar-
quía administrativa). Por eso podría hablarse, como algunos quieren, de «personi-
ficaciones de la Administración». O, para decirlo de otra forma, son «entes instru-
mentales» de la Administración pública que los crea.
c) El establecimiento público personificado.— Aunque aquí también nos en-
frentamos con una entidad fundada por el Estado y dotada económicamente por él,
a la que se concede la personalidad jurídica para el mejor cumplimiento de sus fi-
nes, el establecimiento público se diferencia de las entidades que dan lugar a la des-
centralización funcional (y que acaban de ser examinadas en el apartado anterior)
en que, mientras estas últimas suponen la personificación y la concesión de la au-
tonomía jurídica a una función o servicio estatal considerado en toda su amplitud,
en las primeras, en cambio, sólo se personifica el establecimiento concreto que sirve
a la ejecución del servicio”. Por eso, nada se opone a que, una vez creada la fun-
ción descentralizada y con personalidad jurídica propia, actúe, a su vez, como fun-
dadora de establecimientos públicos.
Se deduce de lo anterior que la idea de establecimiento público entraña, para
nosotros, las siguientes notas: 1.? Constituyen organismos directamente creados
para la satisfacción concreta de una necesidad pública específica, frente al carácter
general que la descentralización por funciones tiene. Su uso debe ser, por tanto, es-
pecífico y no genérico como en Derecho administrativo francés, donde, en princi-
pio, el concepto de establecimiento público ha venido identificándose con el de per-
sona jurídica pública”. 2.* Se trata de un organismo personificado, siendo necesaria
esta precisión si se tiene en cuenta que sobre la expresión «establecimiento público»
pesa un uso vulgar recogido en alguna disposición de policía que atiende única-
mente al hecho de que el tal establecimiento esté abierto al público. En la nota de
la personalidad está además la explicación del origen de estos establecimientos,
pues la personalidad se les concede precisamente para atraer a su favor las libera-
lidades de los particulares*. Y éste es el sentido que se descubre en muchos pre-
ceptos de nuestro Derecho positivo”.
Por vía de ejemplo podemos citar, a la vista de nuestro Derecho, los siguientes
4
2 A la oponión que en este sentido hemos mantenido (en Administración indirecta..., cit., p. 131) se
adhiere GArcíA-TREVIJANO, en op. cit., p. 176, y en «Aspectos de la administración económica», en Re».
de Administración Pública, núm. 12, p. 46.
3 La llamada «crisis de la noción de establecimiento público» que ha planteado la doctrina francesa
(R. Draco, Les crises de la notion d'etablissement public, París, 1950) arranca precisamente de que el
concepto de establecimiento público se ha quedado estrecho para explicar la variedad de personas jurí-
dicas creadas por el Estado en los últimos tiempos. Como señala Draco, la definición tradicional del es-
tablecimiento público lo identifica con «el servicio público personalizado», correspondiéndose con el
ejercicio del tipo de funciones que tradicionalmente se han considerado propios del Estado (op. cit., p.
29). Este concepto tradicional sufre una grave quiebra en un doble sentido. En primer lugar, como con-
secuencia del nuevo intervencionismo, aparece el servicio público económico, que si en el comienzo da
lugar a unos establecimientos industriales que coexisten con la noción tradicional (monopolio de taba-
cos, ferrocarriles, correos y telégrafos, aunque estos últimos sin personalidad), es después de la primera
guerra mundial cuando comienzan a aparecer establecimientos que ostentan simultáneamente el carác-
ter de servicios públicos y de empresas comerciales (op. cit., pp. 66 a 94). En segundo lugar, el con-
cepto quiebra porque dentro de él se van a intentar acomodar unas nuevas clases de personas jurídicas
que tienen naturaleza asociativa. Esto ocurre ya en 1899, cuando el Tribunal de Conflictos declara (en
el arrét Canal de Gignac) el carácter de establecimiento público para una asociación de intereses. Y so-
bre todo se consagra esta tendencia con el arrét Monpeurt, de 1942 sobre las «órdenes profesionales»
(p. 100). Son, pues, tres categorías las que ahora se cubren con una sola palabra.
* Como dice García-TREVIJANO, existe una gran diferencia entre dejar una manda o legado a un mu-
nicipio para su posterior inversión en un fin benéfico, o legar directamente al establecimiento dedicado
precisamente al desarrollo de tal fin; en el primer supuesto, el heredero o legatario es el municipio, aun-
que sujeto a una cláusula modal; por el contrario, en el segundo caso, los bienes pasan de manera di-
recta e inmediatamente a la entidad benéfica o cultural (op. cit., p. 158). Ciertamente, que el particular
está más dispuesto a legar o donar —dice Connois— a un establecimiento del Estado que al propio Es-
tado. Pero no se debe exagerar el alcance de esta medida psicológica: las liberalidades no representan
sino un porcentaje mínimo en los recursos de estos establecimientos (La notion d'etablissement public
en Droit administratif francais, París, 1959, p. 13).
* Así, los artículos 746 y 994 del Código civil están pensando precisamente en donaciones mortis
causa a favor de tales establecimientos.
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 339
des locales; Ley de Entidades Estatales Autónomas de 1958, con las modificacio-
nes introducidas por la Ley General Presupuestaria (Texto refundido de 1988), y,
en fin, por las leyes que regulan singularmente personas jurídicas de carácter cor-
porativo (Ley 3/1993, de 22 de marzo, sobre Cámaras Oficiales de Comercio, In-
dustria y Navegación) o de carácter instrumental (Ley 27/1992, de Puertos, para
cuyo Gobierno y Administración se crean las «autoridades portuarias»).
De todas ellas, la que tiene ciertamente un ámbito de aplicación más general es
la primeramente citada (Ley 30/1992), cuyo artículo 2.* nos dice:
«4, Cada una de las Administraciones Públicas actúa para el cumplimiento de sus fines con perso-
nalidad jurídica única».
Como acaba de verse, son éstas, de acuerdo con el artículo 2.1 de la Ley
30/1992, las siguientes: la Administración General del Estado; las Administracio-
nes de las Comunidades Autónomas y las Entidades que integran la Administración
Local. Las examinaremos separadamente.
a) La referencia de la Ley 30/1992 a la Administración General del Estado ha
de tomarse con el valor entendido que la expresión tiene en nuestro Derecho admi-
nistrativo. Con independencia de la concepción «instrumentalista» (que luce en la
Exposición de Motivos de la Ley, con el inaceptable propósito de magnificar al Go-
bierno y de exonerar de fiscalización contencioso-administrativa a su actuación) o
«institucionalista» que se profese, es lo cierto que se trata de ese gran complejo or-
gánico encuadrado en el Poder Ejecutivo, subordinado a la dirección del Gobierno
(art. 97) y que define el artículo 103 de la Constitución:
«Artículo 103. 1. La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de
acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación,
con sometimiento pleno a la ley y al Derecho.»
«1. En los Estatutos aprobados por el procedimiento a que se refiere el artículo anterior, la or-
ganización institucional autonómica se basará en una Asamblea Legislativa, elegida por sufragio
universal, con arreglo a un sistema de representación proporcional que asegure, además, la repre-
sentación de las diversas zonas del territorio; un Consejo de Gobierno con funciones ejecutivas y ad-
ministrativas y un Presidente, elegido por la Asamblea, de entre sus miembros y nombrado por el
Rey, al que corresponde la dirección del Consejo de Gobierno, la suprema representación de la res-
pectiva Comunidad y la ordinaria del Estado en aquélla. El Presidente y los miembros del Consejo
de Gobierno serán políticamente responsables ante la Asamblea.»
marcas, en aquellas Comunidades Autónomas que las constituyan; 3) las Areas Me-
tropolitanas, y 4) las Mancomunidades de Municipios.
b') Pero ya se dijo que la Constitución sólo habla de Municipios y Provincias.
Los Municipios, cada uno de los cuales pertenecerá a una sola provincia (art. 2), re-
gidos por Ayuntamientos «con plena capacidad jurídica para adquirir, poseer, rei-
vindicar, gravar, permutar o enajenar toda clase de bienes, celebrar contratos, esta-
blecer y explotar obras y servicios públicos, obligarse, interponer los recursos
establecidos y ejercitar las acciones previstas en las leyes» (art. 1.1; enumeración,
por cierto, cuya innecesaria relación recuerda más una escritura notarial de apode-
ramiento que un precepto legal). La organización del Ayuntamiento se establece en
los artículos 18 a 24 del Texto Refundido de 1986.
En cuanto a la Provincia, el artículo 25 del Texto Refundido dispone: «El terri-
torio de la nación española se divide en cincuenta provincias... Sólo mediante Ley
... puede modificarse la denominación y capitalidad de las provincias. Cualquier al-
teración de sus límites requerirá Ley Orgánica». Aparte de esta última e innecesa-
ria afirmación (¡es obvio que una Ley ordinaria —menos un Decreto Legislativo—
no puede ampliar ni restringir la reserva de la Ley Orgánica!), algunas modifica-
ciones legales en cuanto a la denominación ya se han producido para adaptar el
nombre oficial a la lengua vernácula (Lleida, Girona...). En los artículos 26 a 34 se
contienen los preceptos sobre organización de las provincias.
Lo característico de las Administraciones Públicas Territoriales (personas jurí-
dicas públicas territoriales) es la atribución de las llamadas «potestades administra-
tivas». No hay ningún precepto de nuestro Derecho positivo que exprese cuáles son
las del Estado, tarea que queda remitida a la doctrina. En cambio, la Ley reguladora
de las Bases del Régimen Local (Ley 7/1985) establece en su artículo 4.* las que se
atribuyen a Municipios, Provincias e Islas. Son las siguientes: a) las potestades re-
glamentarias y de autoorganización; b) las potestades tributaria y financiera; c) la
potestad de programación o planificación; d) las potestades expropiatoria y de in-
vestigación, deslinde y recuperación de oficio de sus bienes; e) la presunción de le-
gitimidad y la ejecutividad de sus actos; f) las potestades de ejecución forzosa y
sancionadora; g) la potestad de revisión de oficio de sus actos y acuerdos; la inem-
bargabilidad de sus bienes y derechos en los términos previstos en las leyes; las pre-
laciones y preferencias y demás prerrogativas reconocidas a la Hacienda pública
para los créditos de la misma, sin perjuicio de las que correspondan a las Hacien-
das del Estado y de las Comunidades Autónomas.
Se advierte un innecesario afán teórico de los redactores de la Ley que, por
cierto, no se reitera en el Texto Refundido (Real Decreto Legislativo 781/1986) que
no escatima, sin embargo, cuando llega el momento, subrayar la existencia de pri-
vilegios administrativos tan importantes como la exacción por la vía de apremio de
las multas por infracción de las Ordenanzas (art. 58). Por cierto, ¿qué «pinta» el
principio de presunción de legitimidad en la enumeración anterior?
«Las Entidades de Derecho Público con personalidad jurídica propia vinculadas o dependientes
de cualquiera de las Administraciones Públicas tendrán asimismo la consideración de Administra-
ción Pública. Estas Entidades sujetarán su actividad a la presente Ley cuando ejerzan potestades ad-
ministrativas, sometiéndose en el resto de su actividad a lo que dispongan sus normas de creación.»
Advirtamos que este concepto es más restringido que el que modernamente cu-
bre la expresión «entidades instrumentales». En efecto: dentro de la constelación de
personas jurídicas (públicas y privadas) que comprende las llamadas «entidades
instrumentales» del Estado y demás Administraciones Territoriales, ¿qué debe en-
tenderse por «entidades de Derecho público»? Como base de partida arrancaré de
ideas que ya expuse en «Origen y evolución de las entidades instrumentales de las
Administraciones Públicas», en el Libro homenaje al Profesor Clavero. Se resumen
a continuación**:
a) Para delimitar el concepto, comencemos por decir que la idea de instru-
mentalidad en sentido escrito desplaza el tema (ya estudiado) de las corporaciones;
y asimismo el de ciertas «entidades colaboradoras» con la Administración que con
frecuencia aparecen en nuestra legislación urbanística (por ejemplo, Juntas de Com-
pensación, art. 127.3 de la Ley del Suelo).
No se incluyen, tampoco, las sociedades anónimas que gestionan servicios pú-
blicos; tema especialmente delicado, ya que en otras ocasiones he mantenido que
las sociedades anónimas son propiedad del Estado, pero no son el Estado. Son per-
sonas jurídicas de Derecho privado.
Pero, aun eliminadas las entidades instrumentales de Derecho privado (socie-
dades mercantiles), nos enfrentamos con un auténtico universo de personas jurídi-
cas públicas (entidades instrumentales) de muy variada naturaleza, sometidas a di-
versos regímenes jurídicos y cuyo denominador común no resulta fácil determinar.
Cada vez estoy más convencido —sobre todo después de reflexionar sobre las
críticas que se me han hecho— de la oportunidad de arrancar, para clasificar a las
personas jurídicas públicas, de la vieja distinción entre Corporaciones y Fundacio-
nes, presupuesto para la aplicación del concepto de fundación en Derecho público;
construcción que M. BAENA ha calificado de «rigurosa novedad científica, no siem-
pre debidamente comprendida por la doctrina», lo cual no deja de ser una generosa
afirmación, y a la que hemos dedicado el apartado anterior. Siendo discutible el ca-
rácter instrumental de las Corporaciones, el núcleo de cuyos intereses es peculiar y
privativo de sus miembros, queda excluido su estudio del capítulo que estamos de-
dedicando a los entes instrumentales.
Lo cierto es que este planteamiento, que formulé en 1950 en mi libro Adminis-
tración indirecta del Estado y descentralización funcional, me sirve de punto de
partida para efectuar una ulterior clasificación entre las funciones públicas y los
servicios públicos que conduce a dos nociones conceptuales diferenciadas: 1) los
38 F. GarrimO FaLLa, «Los nuevos entes públicos instrumentales en el Derecho español», en Studi in
onore di Gustavo Vignocchi, vol. 1, Módena, 1992, pp. 55 y ss. La evolución de mi punto de vista, des-
pués de 1950, se advierte en voz «Corporación», en Nueva Enciclopedia Jurídica Seix y en «La Admi-
nistración institucional», en La España de los años 70, vol. WI, Madrid, 1974; asimismo, en «Origen y
evolución de las entidades instrumentales de las Administraciones Públicas», en Administración Instru-
mental. Libro Homenaje a M.F. Clavero Arévalo, Cívitas, Madrid, 1994, pp. 27 y ss.
344 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
* SaLa ARQUER, «El Estado neutral. Contribución al estudio de las Administraciones independien-
tes», en R.E.D.A., núm. 42, 1984, pp. 401 y ss.
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 349
Banco de España, así como contra las resoluciones del Ministerio de Economía y
Hacienda que resuelvan recursos ordinarios contra los dictados por el Banco de Es-
paña (art. 1.93).
c') Desde el punto de vista jurídico, el ente público Radio Televisión Espa-
ñola puede caracterizarse como un ente de gestión estatal (S. MARTÍN-RETORTILLO),
lo cual autoriza su calificación de instrumental, pero al mismo tiempo hay que
subrayar el continuo roce en el ejercicio de sus funciones con derechos y libertades
fundamentales, lo que justifica el control a ejercer por las Cortes Generales e in-
cluso el que se cuestione su calificación como «servicio público». Estas son las pe-
culiaridades que ha querido recoger su Estatuto aprobado por la Ley 4/1980, de 10
de enero; si en la práctica se ha conseguido crear una auténtica «administración in-
dependiente» es tema que no nos toca analizar aquí.
d') En fin, debemos también referirnos a la Comisión Nacional del Mercado
de Valores, pieza central de la reforma que en esta materia lleva a cabo la Ley
24/1988, de 28 de julio. Junto al ejercicio de las funciones públicas que se atribu-
yen a este Organismo —entre ellas la potestad sancionadora—, su actividad patri-
monial y su contratación están sujetas, sin excepciones, al Derecho privado; y, asi-
mismo, el personal que presta sus servicios en la Comisión se regula por el Derecho
laboral. Estamos aquí ya en los límites de las nuevas entidades funcionalmente des-
centralizadas, cuya característica, adelantando ideas, está constituida por esta anti-
nómica figura: ejercicio de facultades de Derecho público y sometimiento al Dere-
cho privado. En el artículo 16 de la Ley 24/1988 se nos dice: «Las disposiciones y
resoluciones que dicte la Comisión Nacional del Mercado de Valores en el ejerci-
cio de las potestades administrativas que se le confieren en la presente Ley pondrán
fin a la vía administrativa y serán recurribles en vía contencioso-administrativa. Se
exceptúan las resoluciones que dicte en materia sancionadora, cuyo régimen será el
previsto en el artículo 97 de esta Ley.»
b) La huida hacia el Derecho privado.—En búsqueda de la singularidad que,
como hemos visto, caracteriza la aparición de los genéricamente llamados Orga-
nismos Autónomos faltaba todavía por dar el segundo paso. Lo que ahora se pro-
duce es —como lo he llamado en otra ocasión— una auténtica «apostasía del De-
recho administrativo». Invocando el principio de eficacia, se termina por enfrentarlo
con el sistema mismo del Derecho administrativo; pues lo que ahora se quiere no
es un régimen jurídico administrativo singular, sino un sometimiento casi total al
Derecho privado de la actividad de los nuevos Organismos. Resulta ocioso añadir
que ahora no estamos hablando de actividades empresariales en manos de los servi-
cios burocráticos del Estado, sino de auténticas funciones y actividades que consti-
tuyen el meollo mismo de la función administrativa.
Los ejemplos más curiosos de la que podríamos denominar «nueva descentralización
funcional privatizadora» se encuentran en la Ley 31/1990, de 27 de diciembre, que
aprueba los Presupuestos Generales del Estado para 1991. Para ilustrar el tema, basta la
referencia a los tres Organismos siguientes: 1) Correos y Telégrafos; 2) Entidades cola-
boradoras del Ministerio de Justicia, y 3) Agencia Estatal de Administración Tributaria.
Sin duda, la suprema novedad organizativa está constituida por la Agencia Es-
tatal de Administración Tributaria. Lo que ahora se descentraliza y privatiza es algo
que siempre ha estado unido a la esencia misma de una de las funciones nucleares
del Estado: la gestión y recaudación de los impuestos.
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 351
* El tema se conecta con la actual polémica sobre «el tamaño del Estado». Vid. G. Ariño, Econo-
mía y Estado. Crisis y reforma del sector público, Madrid, 1993.
PERSONAS JURIDICAS PUBLICAS Y PRIVADAS 353
para dar cabida a tales entidades. El ente instrumental es creado «desde fuera» (es
decir, por quien ha de utilizarlo); la corporación, en cambio, surge de la espontánea
necesidad social y económica de defender intereses propios de quienes se asocian.
Sin embargo, en la evolución de las corporaciones se observan dos líneas o ten-
dencias que se cruzan: 1) por una parte, toda agrupación de intereses tiende a apo-
derarse de prerrogativas de poder público, entre las cuales y principalmente, la de-
claración legal de la pertenencia obligatoria a la asociación o agrupación de quienes
participan de una comunidad de intereses; 2) por otra, reconocido legalmente el ca-
rácter corporativo de una agrupación o asociación de intereses, la Administración
Pública tiende a «instrumentalizarlos». En ambos casos, el resultado es el naci-
miento de una persona jurídica pública (la corporación) que, según las ideas domi-
nantes inspiradoras del Derecho positivo, podrán calificarse como «entidades en-
cuadradas en la organización estatal» (por tanto, entes instrumentales pertenecientes
a la Administración indirecta del Estado, o de una Comunidad Autónoma...) o como
simples personas jurídicas privadas con facultades exorbitantes en determinadas
materias en virtud de delegación establecida por el Ordenamiento jurídico vigente.
Ambas concepciones son teóricamente posibles en función de las distintas solucio-
nes que, según el momento histórico, consagra nuestro Derecho positivo.
B) Queda dicho, pues, que la nota esencial de las corponaciones —frente al
carácter voluntario de las asociaciones— es la de la adscripción obligatoria de sus
miembros. Entre nosotros, la polémica en relación con este tema va curiosamente
unida a la historia legislativa de las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación.
En efecto, el Real Decreto de 9 de abril de 1886 regulaba estas Camaras Oficiales
como algo distinto de las simples asociaciones, apuntando a una categoría concep-
tual que, pocos años después, consagraría el Código Civil con el término Corpora-
ción (art. 35). Es, a estos efectos, significativo lo que se lee en el preámbulo del ci-
tado Real Decreto de 1886: «Los que a estas industrias se dedican, notorio es, al
amparo de la libertad común, que puedan asociarse para sus peculiares fines sin in-
tervención alguna del Estado. Pero si estas asociaciones han de tener carácter ofi-
cial y sus actos no han de ser meramente privados, y los poderes públicos han de
tener que contar con su concurso, será preciso que su organización se acomode a
bases que ciertamente no coarten de un modo sustancial la amplitud de movimiento
de que podían gozar como asociaciones libres y privadas».
Para subrayar la diferencia con las asociaciones privadas, la legislación poste-
rior (Real Decreto de 1.901 y posterior Reglamento de 1.929) declaraba solemne-
mente que estas Cámaras «gozan de la condición de establecimiento público», con-
cepto de origen francés que frecuentemente se ha utilizado —como en el caso
presente— en forma equívoca, pero que, en cualquier caso, ha de entenderse como
una ratificación del carácter de personas jurídicas de Derecho público que se reco-
nocía a las Cámaras.
Empero, por lo que aquí interesa, lo que conviene subrayar es cómo se produce
la evolución de la nota de la obligatoriedad de la pertenencia a las Cámaras. La le-
gislación de 1886 partía del principio de la denominada «colegiación voluntaria»
(Base 2.* del art. 1.%). Ahora bien, desde el punto de vista práctico, el sistema de la
voluntariedad condenaba a las Cámaras a una vida lánguida y poco eficaz. Para
cambiar el sistema, influyó notablemente un documentado trabajo publicado por
AMENGUAL con el titulo La Organización Corporativa Oficial, en el que se inten-
354 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
taba demostrar que el convertir una asociación privada en Cámara Oficial no re-
portaba ventaja alguna, sino inconvenientes: los privilegios que adquiría eran míni-
mos y desproporcionados comparados con la intervención estatal que aparecía
como contrapartida. Para resolver esa situación sólo se ofrecía el camino de la co-
legiación obligatoria, que —según el citado autor— habría de eliminar, por un lado,
la competencia de otras asociaciones privadas y, por otro, dotaría a las Cámaras de
los recursos económicos adecuados (NIETO y MANZANEDO).
Fue la Ley de Bases de 29 de junio de 1911 la que, haciéndose eco de estos razona-
mientos, declaró el principio de la colegiación obligatoria de los comerciantes, indus-
triales y navieros; sistema que se confirma posteriormente en el Reglamento de 1929.
Como ya se advirtió, la polémica doctrinal se plantea, aunque con más amplio
alcance, al filo de esta discusión legislativa. A principios de siglo, el Profesor
GASCÓN y MARÍN (en su trabajo Los Sindicatos y la Libertad de Contratación,
1904) mantenía el principio de la libertad individual de agremiarse o no agremiarse,
tanto en relación con las asociaciones como con las corporaciones. En 1918, en
cambio, el Profesor JORDANA DE POZAS declaraba que «la obligatoriedad de la aso-
ciación es la clave de las nuevas doctrinas corporativas». Más recientemente, en
1970, NIETO y MANZANEDO, tras distinguir entre la libertad positiva de asociarse y
la libertad negativa de no ser obligado a asociarse, afirmaban: «En su consecuen-
cia, la libertad negativa de asociación sólo cubre a las asociaciones de derecho pri-
vado y no a las corporaciones de derecho público.»
C) Desde el punto de vista de nuestro Ordenamiento positivo, la situación se
ha caracterizado —al menos hasta la Constitución de 1978— por esta doble nota:
1) la existencia de entidades o corporaciones de adscripción obligatoria y coactiva
de sus miembros (Cámaras Oficiales de la Propiedad Urbana, Cámaras Agrarias,
Cámaras de Comercio, Industria y Navegación, Comunidades de Regantes...), es-
pecialmente en relación con los Colegios profesionales (Abogados, Médicos, Ar-
quitectos, Ingenieros, etc.); 2) encuadramiento estatal de estas Corporaciones esta-
bleciéndose vínculos de dependencia jerárquica (o, cuando menos, tutelar) con
respecto a los correspondientes Departamentos Ministeriales.
El reconocimiento de la autonomía administrativa de, al menos, una buena parte
de estas corporaciones, se consagra con la Ley de Colegios Profesionales de 1974
(Ley 2/1974, de 13 de febrero). Desde el punto de vista jurídico, la nota decisiva
de esta Ley es la de romper con los vínculos jerárquicos (con la inevitable existen-
cia de recursos de alzada ante los Departamentos Ministeriales contra los actos
emanados de los Colegios profesionales), al disponer en su artículo 8.*1:
«Los actos emanados de los órganos de los Colegios y de los Consejos Generales, en
cuanto estén sujetos al Derecho administrativo, una vez agotados los recursos corporativos,
serán directamente recurribles ante la jurisdicción contencioso-administrativa».
[361]
362 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
nino, en la legislación anterior, incapacitaban para ser juez; hoy serían, en cuanto
al sexo, contrarias a la Constitución).
3.2 La capacidad de Derecho público remite, a veces, como presupuesto al dis-
frute de la capacidad de Derecho privado; mientras que, en cambio, la atribución
legal de derechos de carácter administrativo suele permitir actuaciones en otros
campos normalmente vedados a quien no tiene la capacidad de obrar privada”. Para
algunos autores, la capacidad de obrar en Derecho público ni siquiera exige, en cier-
tos casos, la personalidad jurídica”.
* Por ejemplo, la capacidad de los menores de edad y de la mujer casada en nuestra vigente Ley de
lo Contencioso-administrativo y la reconocida por el artículo 22 de la Ley de Procedimiento Adminis-
trativo, según el cual: «Tendrán capacidad de obrar ante la Administración pública, además de las per-
sonas que la ostenten con arreglo a las normas civiles, la mujer casada y los menores de edad para el
ejercicio y defensa de aquellos de sus derechos cuya actuación esté permitida por el Ordenamiento ju-
rídico administrativo sin la asistencia del marido o persona que ejerza la patria potestad o tutela, res-
pectivamente».
* FORSTHOFF (en Lerhbuch des Verwaltungsrechts, 1951, p. 148), entiende que el Derecho adminis-
trativo puede constituir como sujeto de deberes y derechos ciertas unidades personales o patrimoniales
que, en otra esfera, carecen de capacidad jurídica. Esta regulación sólo tiene validez en el ámbito de la
materia de que se trata. Se refiere, como ejemplo a la ley alemana sobre establecimientos públicos se-
gún la cual la autorización para abrir casas de huespedes o establecimientos de bebidas puede conce-
derse tanto «a personas jurídicas como a sociedades sin capacidad jurídica»
* Artículo 27 del Código civil y R.D. de Extranjería de 17 de noviembre de 1852. Ley Orgánica
5/1984, de 26 de marzo, sobre derecho de asilo y condición de refugiado, modificada por Ley 9/1994,
de 19 de mayo.
? Artículo 30, a), de la Ley articulada de Funcionarios de 7 de febrero de 1946 y Ley de Medidas
de Reforma de la Función Pública de 3 de agosto de 1984.
* Artículos 41 y ss. de la Ley de Régimen Local de 1955.
EL ADMINISTRADO Y SU CAPACIDAD JURIDICA 363
9 SERRANO GUIRADO, Op. cit., p. 389. La sentencia del T.S. de 7 de octubre de 1988 (Sala 5.*) niega
que exista discriminación (art. 14 de la Constitución) por rechazo de una mujer a su solicitud de ingreso
en la Academia Militar del Aire. La polémica levantada ha dado lugar a cambios legislativos sustancia-
les en orden al establecimiento de la igualdad ante la profesión militar.
19 El artículo 57 de la Constitución establece el orden de sucesión a la Corona; siempre que se trate
del mismo grado de parentesco, el varón es preferido a la mujer. Pero, claro está, la mujer puede ser
reina, cuando obstente el grado más próximo.
364 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
1 Op. cit., p. 390. Cita este autor una serie de ejemplos que demuestran los diferentes límites de
edad vigentes tanto para el ingreso como para la jubilación en diversos cuerpos de funcionarios públi-
cos. Asimismo la edad tiene relevancia para la utilización de ciertos servicios públicos e incluso para el
nacimiento de ciertas obligaciones administrativas: la enseñanza primaria obligatoria se impone a partir
de los seis años; las edades varían para poder ser admitidos en los centros de enseñanza media y supe-
rior. La capacidad para ser parte en un procedimiento administrativo deriva, como en el caso de la mu-
jer casada, del artículo 22 de la Ley de Procedimientos. Para el ingreso en la función pública, la Ley ar-
ticulada de Funcionarios de 1964 vino a unificar la edad mínima de dieciocho años.
Es evidente que el establecimiento de límites de edad para el desempeño de funciones públicas puede
significar un atentado al principio de igualdad ante la ley. Así lo ha entendido la Legislación de los Es-
tados Unidos de América: la Ley de 8 de abril de 1974 (Public Law, 93-259), extiende las prescripcio-
nes de la Age Discrimination in employement Act de 1967, a todos los puestos de trabajo del Gobierno
Federal, de los Estados y las Entidades Locales.
Por cierto que la legislación norteamericana ha tenido que preocuparse de evitar otro tipo de discri-
minación específica de la propia estructura de su sociedad: es el caso, por ejemplo, de los hispano-par-
lantes o americanos de procedencia hispana (portorriqueños, cubano-americanos, méxico-americanos y
otros). Así, en desarrollo de la Ley 82/261 de 1972, sobre Igualdad de Oportunidades de Empleo, se
puso en marcha el llamado «programa de los 16 puntos» cuyo objetivo era asegurar que los ciudadanos
de habla hispana tuviesen oportunidad para competir en todos los aspectos de reclutamiento, entrena-
miento y promoción en la carrera profesional del Servicio Federal con todos los demás grupos étnicos
de la población.
EL ADMINISTRADO Y SU CAPACIDAD JURIDICA 365
blica pueden ser contratistas de obras y servicios públicos; esta última limitación
—ntroducida por la Ley de Presupuestos de 1985— es de dudosa constituciona-
lidad).
f) Las ideas políticas y la religión.—El tan recordado artículo 14 de la Cons-
titución española dice: «Los españoles son iguales ante la ley sin que pueda preva-
lecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión
o cualquier otra conducta o circunstancia personal o social.»
Por su parte, el artículo 16 establece:
«1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades
sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público
protegido por la ley.
2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.»
2 B. GÉny, La collaboration des particuliers avec 1'Administration, París, 1930. Señala este autor
que la teoría de la colaboración comprende tres partes o formas de colaboración: 1.*, la colaboración por
vía de injerencia en el servicio público; 2.*, la colaboración de los administrados por medio de la des-
centralización administrativa; 3.?, la colaboración por vía de actividad paralela: fundaciones, asociacio-
nes y sociedades).
366 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
2! JEzE, Principios generales del Derecho administrativo, trad. española, I, Buenos Aires, 1949, pp.
LESA:
2 Sobre esta materia hay una bibliografía, si no excesivamente abundante, al menos suficiente: JÉzE,
«Essai d'une théorie générale des fonctionnaires de fait», en Rev. Der. Púb., 1914, pp. 48 y ss.; GAUDU,
Essai sur la légimité des rapports des gouvernés avec les gouvernements de fait, París, 1916; Lenoux
«Essai d'une théorie sur la fonction de fait», en Revue Jur. d'Admon., 1912, IL, pp. 397 y ss.; LARNAUDE,
«Les gouvernements de fait», en Rev. Gén. de Dr. Internat. Pub., 1931, pp. 457 y ss.; AGOSTINELLI, 11
funzionario di fatto, 1921, e II possesso dei diritti e il funzionario di fatto, 1925; Virra, «ll funzionario
di fatto», en Riv. Diritto Pubb., 1923, 1. pp. 473 y ss.; MiELE, «Le situazioni di necessita dello stato», en
Archiv. Dir. Pubb., 1936; FeDELÉ, «Il funzionario di fatto nel Dir. canonico», en Studi in Onore di Sca-
duto, Firenze, 1963, 1, pp. 344 y ss.; Rac1, «Gli impiegati di fatto», en Foro Italiano, 1937, UI, pp. 189
y ss.; VIVARO, «Il funzionario di fatto», en Riv. Dir. Pub., 1941, L, pp. 45 y ss.; DuverGER, Contribution
a letude de la légitimité des gouvernements de fait, París, 1945; ConSTANTINEU, Tratado de la doctrina
de facto, trad. esp., Buenos Aires, 1945; GErva1s, «Fonctionnaires de fait», en Rev. Droit Publ, 1948,
pp. 270 y ss.; Fueyo ÁLvaAREz, «La doctrina de la Administración de facto», en Rev. de Admón. Púb.,
núm. 2, 1950, pp. 35 y ss.; MarTÍNEZ Useros, «Consideraciones sobre los funcionarios de hecho», en
Estudios dedicados al profesor Gascón y Marín, Madrid, 1952, pp. 97 y ss.
2 Las fuentes romanas nos relatan un interesante ejemplo en el famoso pasaje de ULpIano (Fr., 3,
Ulpianus, XXXVIII, ad Sabinum, D.I., 14) relativo al esclavo fugitivo Barbarius Philippus, que, ocul-
tando su origen, llegó a ser nombrado pretor, desarrollando las funciones inherentes a tal cargo público
hasta que se descubrió su condición.
Para los detalles de esta discusión jurídica nos remitimos al capítulo HI del título II de esta obra y a
nuestro libro Régimen de impugnación de los actos administrativos, Madrid, 1956, pp. 218 y ss.
Con anterioridad a 1895, la doctrina y la jurisprudencia estaban de acuerdo en que las reglas de
la gestión de negocios ajenos son aplicables tanto a los particulares como a los entes públicos. Las ob-
jeciones que en relación con estos últimos se hacían son contestadas con éxito por BRONDI en una nota-
EL ADMINISTRADO Y SU CAPACIDAD JURIDICA 369
tos del tema que en este momento tratamos, sólo nos interesa la tercera hipótesis,
que es la que realmente implica un caso de actuación administrativa del adminis-
trado por vía de colaboración.
c) La gestión de negocios a favor de entidades administrativas.—Guarda este
tema evidentes analogías con el de los funcionarios de hecho. Pero de lo que aquí
se trata es de la posibilidad de aplicar al Derecho público la figura jurídica de la ne-
gotiorum gestio. Desde luego, cabe pensar en que el beneficiario por la gestión ofi-
ciosa de un particular sea precisamente una entidad pública?*; sin embargo, no ter-
mina de haber acuerdo doctrinal ni acerca de la procedencia de una acción de
resarcimiento a favor del gestor, ni sobre su fundamento. Aunque, por nuestra parte,
hemos mantenido en otra ocasión” que la pretensión de reparación no pertenece en
estos caso al Derecho público, sino al privado, consideramos ahora que tal conclu-
sión no puede sentarse en términos absolutos y que preferentemente hay que estar
en cada caso a la naturaleza jurídica, pública o privada, del asunto de que oficiosa-
mente el particular se encarga.
Incluimos aquí también aquellas actuaciones del particular que producen por sí
mismas e inmediatamente efectos jurídico-administrativos, con lo que el cuadro to-
tal de las cuestiones que deben tratarse resulta ser el siguiente: 1.* Actos de los par-
ticulares con efectos jurídico-administrativos que son simples actuaciones de eje-
cución. 2.” Actos de los particulares que son verdaderos negocios jurídicos de
Derecho público. 3.” Actos de los particulares que aparecen como presupuesto de
la validez o eficacia de un acto administrativo.
a) Actos de ejecución.—Son los actos que realiza el administrado en cumpli-
miento de una obligación jurídica que le liga a la Administración y ésta puede exi-
gir”. Estas actuaciones tienen normalmente como efecto jurídico propio el de ex-
tinguir la obligación (por ejemplo, el obligado a pagar una contribución la paga,
con lo que su obligación con el Fisco se extingue).
ble monografía (Le pubbliche amministrazioni e la gestione di affari, Torino, 1895). Pero a partir de tal
fecha la doctrina entra en crisis al hacerse eco de las ideas desarrolladas por MARQUES DI BRAGA y C.
Lyon en su famoso Traité de la compatibilité de fait, 1890, donde se niega al gestor toda posibilidad de
resarcimiento en virtud del dogma de que no pueden existir otros gastos públicos que aquellos que han
sido regularmente votados y autorizados. Otros autores, como MICcHoUuD (en «De la gestion d'affaires ap-
pliqués aux services publics», en Rev. Gén. d'Adm., 1894, Il, p. 10), niegan también la aplicación de la
teoría, pero admiten la posibilidad del resarcimiento mediante una actio in rem verso fundada en el en-
riquecimiento injusto del ente administrativo. En el mismo sentido se pronuncia SANTI ROMANO.
25 En nuestro trabajo, «Actos del administrado», en loc. cit., p. 319, nos apoyábamos en la autori-
dad de Walter JELLINEK, para quien en estos casos ni siquiera se trata de aplicación del Derecho privado
a relaciones públicas, sino de aplicación inmediata de Derecho privado (Verwaltungsrecht, 3.* ed., 1931,
p. 240). Nos remitimos a cuanto decimos en el volumen IL
z Estos actos son los que JeLLINEK denomina Erfiillungshandlungen (op. cit., pp. 236 y ss.).
2 Vid. GarrimO FaLLa, «El negocio jurídico del particular en el Derecho administrativo», en Rev.
de Adm. Púb., núm. 1, 1950.
370 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
MuELE (en La manifestazione di volonta del privato nel Dir. Amm., 1931, p. 81) dice a este res-
pecto: «En el Derecho administrativo no faltan, como en el Derecho privado, actos unilaterales con los
que el ciudadano, ejerciendo un poder jurídico concedido al mismo por las leyes, crea una relación, o
bien la extingue o, en suma, produce un efecto que el Derecho protege y sanciona.» En todos esos ca-
sos se trata de actos del particular que «exclusivamente por obra suya dan lugar a un efecto jurídico de-
signado en su contenido».
2 Dice así: «El español que pierda esta calidad del modo previsto en el artículo 22, podrá recobrarla
volviendo a territorio español, declarando que tal es su voluntad ante el encargado del Registro del es-
tado civil del domicilio que elija...». Aquí el Órgano administrativo es un simple receptor de la volun-
tad del particular, que es la que produce todos los efectos.
Hay casos —dice MiELE (en La manifestazione..., Cit., pp. 54 y ss.)— en que la ley, en conside-
ración al modo como el acto administrativo incide sobre los intereses del particular, prescribe un orden
riguroso en el cumplimiento de los actos, el de la autoridad y el del administrado, y precisamente la pre-
cedencia del segundo sobre el primero. En otros casos, en cambio, se trata de actos administrativos que
confieren, en principio, ventajas al particular (por ejemplo, títulos y honores, nombramientos, autoriza-
ciones...), por lo que, si bien su intervención sigue siendo necesaria, la voluntad privada no afecta a la
validez del acto administrativo, ya que más que influir sobre la causa productora, influye sobre el efecto
producido.
1 SANDULLI, 1I procedimento amministrativo, 1940, pp. 137-38.
* Como dice RomaANELLI, la renuncia es la dimisión de un derecho que se extingue por la sola vo-
luntad del titular (L'annullamento dell'atto amministrativo, cit., p. 43). En el mismo sentido define la
renuncia Roca SasTRE: «La declaración jurídica de voluntad dirigida al abandono de un derecho, subje-
tivo, facultad, beneficio, pretensión, expectativa o posición jurídica» (Derecho hipotecario, vol. 1, 1946,
p. 455). Lo mismo TRAVIESAS en «La renuncia», en Rev. Gen. de Leg. y Juris., 1929, p. 557.
* Según el artículo 22 del Reglamento de funcionarios públicos de 7 de septiembre de 1918, cuando
tratándose de ingreso en el servicio los funcionarios no se presenten a ejercer su derecho dentro de los
términos posesorios o de las prórrogas que les fueron concedidas, se entenderá que renuncian a su des-
EL ADMINISTRADO Y SU CAPACIDAD JURIDICA 371
cierto que se dan en Derecho administrativo. Así, en relación con ciertos cargos pú-
blicos, la renuncia o dimisión sólo produce efectos jurídicos cuando es aceptada por
el Estado.
b”) El grupo de los actos del administrado que sirven de presupuesto de efi-
cacia del acto administrativo queda limitado a los diversos casos en que se emplean
las figuras de la aceptación o aquiescencia del particular. Esto suele ocurrir en re-
lación con actos administrativos que, junto a la concesión de determinados benefi-
cios, imponen también al particular determinados deberes. Un ejemplo lo consti-
tuye en nuestro Derecho positivo la «toma de posesión» de los funcionarios.
tino. En los demás casos (cuando se trate de quienes ya eran funcionarios), los funcionarios que no to-
men posesión de su nuevo destino en los plazos marcados serán declarados cesantes. Vid. el artículo
36.d) del texto articulado de la Ley de Funcionarios, de 7 de febrero de 1964, vigente de acuerdo con
la disposición derogatoria de la Ley 30/1984, de 2 de agosto, sobre medidas para la Reforma de la fun-
ción pública.
372 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
El artículo 35 —cabecera del tan repetido Título IV— enumera los siguientes
derechos de los ciudadanos en sus relaciones con las Administraciones Públicas:
a) A conocer en cualquier momento el estado de la tramitación de los proce-
dimientos en los que tengan la condición de interesados y obtener copias de docu-
mentos contenidos en ellos (luego no se trata de un derecho inherente a la condi-
ción del ciudadano).
b) A identificar a las autoridades y al personal al servicio de las Administra-
ciones Públicas bajo cuya responsabilidad se tramiten los procedimientos (en cuya
redacción parece que no es exigible la condición de interesado).
c) A obtener copia sellada de los documentos que presente, aportándolos junto
con los originales, así como a la devolución de éstos, salvo cuando los originales
deban obrar en el procedimiento (lo que, por definición, es derecho del interesado
o de quien actúa en su nombre).
d) Autilizar las lenguas oficiales en el territorio de su Comunidad Autónoma,
de acuerdo con lo previsto en esta Ley y en el resto del Ordenamiento jurídico.
e) A formular alegaciones y a aportar documentos en cualquier fase del pro-
cedimiento anterior al trámite de audiencia, que deberán ser tenidos en cuenta por
el órgano competente al redactar la propuesta de resolución (aquí también se pre-
supone la condición de interesado).
EL ADMINISTRADO Y SU CAPACIDAD JURIDICA 373
dan hacerse valer para el ejercicio de los derechos de los ciudadanos, podrá ser ejer-
cido, además de por sus titulares, por terceros que acrediten un interés legítimo y
directo.»
Constituyen, sin embargo, restricciones al ejercicio de este derecho: 1) cuando
deban prevalecer razones de interés público o intereses de terceros más dignos de
protección (en cuyo caso la negativa deberá contenerse en resolución motivada); 2)
los que contengan información sobre las actuaciones del Gobierno del Estado o de
las Comunidades Autónomas en el ejercicio de sus competencias constitucionales
no sujetas a Derecho administrativo (lo cual, obviamente, plantea el problema de
cuáles son las actuaciones exentas de esta rama del Ordenamiento jurídico); 3) los
que contengan información sobre defensa nacional y seguridad del Estado; 4) los
tramitados para la investigación de los delitos; 5) los relativos a materias protegi-
das por el secreto comercial o industrial; 6) los relativos a actuaciones administra-
tivas derivadas de la política monetaria.
La regulación de este derecho se completa en la Ley con una serie de cautelas
tendentes a que el derecho de acceso no entorpezca el funcionamiento de los servi-
cios públicos, debiéndose, a tal fin, formular «petición individualizada de los do-
cumentos que se desee consultar, sin que quepa, salvo para su consideración con
carácter potestativo, formular solicitud genérica sobre una materia o conjunto de
materias» (art. 37.7).
CAPITULO IV
SUMARIO: 1. Situación jurídica y relación jurídica.—2. Los derechos públicos subjetivos: A) Origen y
evolución de esta doctrina. B) Su naturaleza. C) La aplicación al Derecho público.—3. Los intereses
legítimos y los derechos subjetivos debilitados: A) Los intereses legítimos. B) Los derechos debilitados
o condicionados.—4. Potestades y deberes públicos: :A) La teoría de las potestades públicas. B) Potes-
tades y funciones. C) Los deberes públicos.—5. Situaciones accesorias y subsiguientes a la relación ju-
rídica: A) La carga. B) La facultad, C) El status.—6. Los derechos subjetivos y su garantía constitu-
cional.—7. El recurso de amparo.
[376]
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 377)
Un análisis más detenido de la cuestión nos lleva a descubrir las siguientes situa-
ciones Jurídicas de poder en que pueden encontrarse los sujetos de Derecho: a) posi-
bilidad de obrar en un determinado sentido, incluso contra la oposición de alguien;
b) posibilidad de oponerse al obrar de otro, y c) posibilidad de exigir que otro obre
de determinada manera.
nes jurídicas para CASSARINO pueden darse con personas y con cosas, las más importantes son las perso-
nales e intersubjetivas, que son las que se dan entre dos o más personas ligadas recíprocamente bajo un
cualquier aspecto. Así, relaciones de parentela, jerarquía, representación, arrendamiento... Su caracte-
rística, por tanto, es la de ser presupuesto para ulteriores consecuencias, o sea, que son situaciones jurídi-
cas instrumentales. Deben distinguirse, pues, «de la relación jurídica entendida como correlación de dere-
cho y obligación», pues en general las situaciones constitutivas de la relación tienen naturaleza distinta
del derecho subjetivo y de la obligación; así, en la relación de filiación legítima, la posición del padre
y la correlativa del hijo no consisten en situaciones primarias, sino más bien en el presupuesto para que
surjan deberes, facultades y derechos (pp. 190 y 191). Basta leer cuanto decimos en el texto para que se
comprendan nuestras discrepancias respecto de esta postura.
Cfr. también sobre este tema, SILVESTRI, Contributo alla teoria delle situazioni giuridiche soggettive,
Milano, 1941; CASTÁN, Situaciones jurídicas subjetivas (Discurso de apertura de los Tribunales), Madrid,
1963, y la bibliografía allí citada. GARCÍA-TREVIJANO, Tratado de Derecho Administrativo, 1, 2.* ed.,
1968, pp. 521 y ss.
2 Son numerosos los puntos de vista doctrinales que tratan de explicar las diversas situaciones jurídi-
cas que derivan de la norma. Así, FORTI (en Lezioni di Diritto ammninistrativo, vol. 1, 1950, pp. 1 y 2),
partiendo de un concepto amplio de relación jurídica que define como «una relación entre dos o más
sujetos reconocida o regulada por el Derecho», añade que esta relación consiste en que la norma reconoce
los efectos jurídicos que derivan de ciertos actos, cuyos efectos pueden consistir: a) en declarar lícito el
378 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
be ser rechazado, pues la conceptuación de esta última como agere non licere deja sin posible explicación
todas aquellas situaciones jurídicas —distintas de la carga— que consisten en un agere debere en benefi-
cio de un interés perteneciente a un tercero.
4 Hay dos concepciones sobre la relación jurídica. En un sentido amplio se concibe simplemente co-
mo una relación de correspondencia entre distintas situaciones jurídicas subjetivas, e incluso objetivas.
Sirva de ejemplo la antes referida definición de CASSARINO: «Aquella que se da entre dos o más entes
ligados recíprocamente bajo cualquier aspecto» (0p. cif., p. 190). En este mismo sentido, ZANOBINI: «Una
relación entre elementos del ordenamiento, regulada por el Derecho y que tiene por fin garantizar la satis-
facción de determinados intereses, individuales o sociales» (Corso di Dir. amm., 1, p. 137). También muy
vaga, hasta el punto de que resulta imposible su distingo del concepto de situación, es la de F. DE Cas-
TRO (Derecho civil de España, 1, 1946, p. 555): «Situación jurídica en que se encuentran las personas,
organizada unitariamente dentro del orden jurídico total por un especial principio jurídico».
Un sentido más estricto tienen otras definiciones, como la que se ha visto de CARNELUTTI. Aquí el
concepto de relación viene a reservarse para el acoplamiento que se da entre los conceptos —salvando
las diferencias terminológicas— de derecho y obligación. Así, para LEGAZ LACAMBRA es un vínculo creado
por normas jurídicas entre sujetos de derecho, nacido de un determinado hecho que origina situaciones
jurídicas correlativas de facultades y deberes, cuyo objeto son ciertas prestaciones garantizadas por la
aplicación de una consecuencia coactiva o sanción (Introducción a la ciencia del Derecho, Barcelona, 1943,
p. 529). Igualmente, para BRANCA, «de relación jurídica en sentido riguroso, sólo se puede hablar cuan-
do frente al derecho de un sujeto (sujeto activo) se contraponga una obligación, pasiva o negativa, especí-
fica de otro (sujeto pasivo)» (op. cit., p. 20).
Entre los administrativistas debe citarse aquí la definición de Walter JELLINEK: «Relación establecida
entre dos sujetos de Derecho, por lo menos, en virtud de la cual uno de ellos debe o puede hacer u omitir
algo respecto de otro)» (Verwaltungsrecht, 3.* ed., 1931, p. 191).
5 De esta forma nos incluimos entre los que mantienen un concepto estricto de relación jurídica, al
entender que la situación de deber ha de estar actualizada, lo que la distingue de los simples deberes gené-
ricos que sólo se convierten en obligaciones concretas mediante un acto de ejercicio por parte del titular
de la situación correlativa de poder.
380 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
y pasivas en que pueden encontrarse los sujetos de Derecho. Hay, antes bien, otras
situaciones —que requieren, por tanto, distinta denominación— anteriores, acceso-
rias y subsiguientes a la relación jurídica. Es anterior la potestad; es accesoria la car-
ga, y son subsiguientes la facultad y el status.
Con todo, las situaciones subjetivas por antonomasia son el derecho subjetivo
y la correlativa obligación. '
6 Vid. nuestro trabajo «Las tres crisis del derecho público subjetivo», en Estudios dedicados al pro-
fesor García Oviedo, vol. 1, Sevilla, 1954, pp. 176 a 218.
7 «Una relación de dominio de hecho —decía JELLINEK— se hace jurídica solamente si ambos miem-
bros, dominante y dominado, se reconocen investidos de derechos y deberes recíprocos. La relación entre
0 y esclavo sólo era jurídica frente a terceros, como cualquier relación entre una persona y una co-
. Así, pues, de que se reconozcan derechos públicos a aquéllos que forman parte del Estado, depende
la existencia del Derecho público en general» (Sistema dei diritti pubblici subbietivi, trad. italiana, 1912,
EZ):
e Precisamente en el prólogo a la traducción italiana de la obra fundamental sobre la materia (el
System der subjektiven offentlichen Rechte, de G. JELLINEK), afirmaba ORLANDO: «Si no se hace cues-
tión del nombre y se da valor al contenido intrínseco de los conceptos, sería más cierta la afirmación opuesta,
esto es, que la teoría tuvo mayores honores y más amplio desarrollo entre los pueblos latinos. Prescin-
diendo de los nexos con la doctrina del contrato social y de la triunfal divulgación de los derechos del
hombre, que se debió a la Gran Revolución de 1789, es cierto que la ciencia del Derecho constitucional
en Francia, y por reflejo en Italia, fue concebida en principio como indisolublemente unida con la exis-
tencia de los derechos pertenecientes a los ciudadanos frente al Estado, derechos que dicha ciencia tenía
el cometido específico de estudiar; y la Constitución adquirió un valor técnico-jurídico precisamente co-
mo un sistema de garantías tendente a defender aquellos derechos contra posibles desconocimientos».
G. JELLINEK, E. BouTmY, E. DOUMERGUE y A. POSADA, Orígenes de la Declaración de Derechos del hom-
bre y del ciudadano, Madrid, 1984.
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 381
2 Según SANTI ROMANO, la obra de GERBER no es sino la reacción contra teorías de Derecho natural
muy difundidas en su época y nacidas al calor de la Revolución francesa, así como una aportación a ten-
dencias manifestamente autoritarias («La teoría dei diritti pubblici subbietivi», en Primo trattato com-
pleto di Diritto amministrativo, de ORLANDO, t. I, pp. 113 y ss.). En la misma línea puede citarse una
importante literatura que minimiza la función política de los derechos públicos subjetivos, con las obras
capitales de LABAND Staatsrecht des deutsches Reiches), O. MAYER (Deutsches Verwaltungsrecht) y
BERNHAK (Das preussiches Staatsrecht). La excepción más importante es la ya citada obra de G. JELLI-
NEK.
10 Un ejemplo evidente lo ha proporcionado, sin duda, la literatura alemana de la etapa nacional-
socialista. Su crítica del anterior Estado liberal lo fue simultáneamente de los derechos públicos subjeti-
vos. Mediante la admisión de estos derechos —pudo decir KÓTTGEN (Deutsche Verwaltung, 1937)— el
viejo Estado liberal pierde su forma histórica y se deshace «individualísticamente». Su sustitución se rea-
liza mediante el nuevo concepto de «posición jurídica» (Rechtsstellung) del individuo en el Estado. Esta
posición o situación se encuentra reflejamente protegida por el ordenamiento objetivo, con lo que se ve-
nía también a conseguir una determinada protección —aunque indirecta— de los intereses individuales
que venía a paliar relativamente los inconvenientes derivados de la negación de los derechos públicos sub-
jetivos. Sólo en este sentido es admisible la afirmación de Teodoro MAUNZ: «Estamos, seguramente, an-
te un mismo edificio con tejado nuevo» (Neues Grundlagen des Verwaltungsrecht, 1934, p. 28).
Análoga postura se descubre en el Derecho ruso contemporáneo. Si bien es cierto que se sigue utili-
zando la noción de derecho subjetivo, la organización del Estado'soviético se inspira en criterios de «lega-
lidad objetiva». La consecuencia fundamental que de aquí deriva es el reducido papel que los Tribunales
juegan como instrumentos de la justicia administrativa (lo que, después de la etapa staliniana, comienzan
a reconocer expresamente juristas como STROGOVITCH y NEDBAILO a cambio de la importante misión en
manos de la Fiscalía o Procuraduría general de la URSS, dependiente del Soviet Supremo, y cuya base
legal se encuentra en el artículo 113 de la Constitución de 1936: «La fiscalización suprema de la estricta
ejecución de las leyes por todos los Ministerios y organismos dependientes, así como por los funcionarios
públicos y ciudadanos de la URSS, incumbe al Procurador general» (vid. D. A. LOEBER, «La Prokura-
tura soviética y los derechos del individuo hacia el Estado», en Rev. de la Comisión Internacional de Ju-
ristas, La Haya, otoño 1957, pp. 63 y ss.).
Sin duda, la moderna literatura jurídica alemana ha vuelto —después de la experiencia de la última
guerra— a reconocer la utilidad del derecho público subjetivo. Así se advierte en el conjunto de estudios
que integran el volumen homenaje a Walter JELLINEK (Forschungen und Berichte aus des Offenlichen Rech-
te, Múnchen, 1955), donde la noción es una concsecuencia de los propios presupuestos en que se apoya
el actual Derecho público alemán: «El sistema de la ley fundamental —escribe FORSTHOFF (en Op. Clf.,
p. 235)— no deja lugar a ninguna duda subre el hecho de que la libertad del individuo supone un límite
a la actuación estatal.» En este mismo volumen afirma BÚHLER (en Alter und Neues úiber Begrif und Be-
deutung des subjektiven offentlichen Rechte, pp. 269 a 286) que la teoría de los derechos públicos subjeti-
vos no está superada, en primer lugar, puesto que sirve para prestar un real y amplio fundamento a la
382 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
B) SU NATURALEZA JURÍDICA
defensa del ciudadano contra el Estado y, además, porque sirve para negar la opinión de que el ciudada-
no se limite a tener una simple pretensión a la ejecución de la ley. Igualmente, una exposición del estado
actual de la literatura alemana sobre el tema, se encuentra en FORSTHOFF, Lehrbuch des Verwaltungsrecht,
2.* ed., 1951, pp. 152 a 160. De ella se desprende que hoy día el concepto de derecho público subjetivo
apenas si se discute en Alemania. El autor entiende que es indispensable para la exposición jurídica de
las relaciones entre Estado y particular, que éste deje de ser un mero objeto del Poder. Aparece así el
individuo gozando frente al Estado de un sistema de relaciones jurídicas. Se alude también por Fors-
THOFF a valorizar la idea del derecho público subjetivo privándole del tinte liberal e individualista que,
desde luego, adquirió con posterioridad a su inicial elaboración por GERBER (así la tesis doctoral de
Gerhard BRINGS, Das subjektive óffentliche Recht und die Verwaltungsgerichsbarkeit im ihrer Bedeutung
fúr den nationalsozialistiche Staat, 1938).
11 Es conocida la postura de DuaurT y de la escuela que él inicia (Traité de droit constituionnel, 2.*
ed., 1921, t. 1, pp. 9 y ss): «Esos “derechos —dice DucuiT— los rechazo enérgicamente porque son con-
ceptos metafísicos a priori que no pueden servir de fundamento a un sistema jurídico positivo.» En su
libro Las transformaciones generales del Derecho privado comienza así la segunda de las conferencias
que lo integran: «En la primera conferencia me he limitado a mostrar cómo el sistema jurídico civilista
debe, forzosamente, desaparecer en nuestras sociedades modernas. He añadido que la noción de derecho
subjetivo es una noción de orden metafísico que no puede subsistir en nuestra época, que la concepción
individualista tiene una contradicción en sí, que el sistema jurídico establecido sobre este doble funda-
mento ha sido un producto contingente y momentáneo de la historia que en ciertas épocas ha respondido
a una necesidad social, pero que hoy día su reino ha terminado. También he dicho que en todos los países
modernos se elabora un sistema nuevo jurídico fundado en una noción de orden puramente realista y
verdaderamente socialista: la función social.» Recuérdese también la frase del civilista polaco
KOSCHEMBAR-LYSKOWSKI: «El derecho subjetivo no deja de ser un malentendido histórico.»
12 Para JELLINEK esta primera concepción del derecho subjetivo no resiste la doble crítica que puede
hacérsele desde el punto de vista psicológico y jurídico. Desde el punto de vista psicológico, porque así
como no es posible pensar, ver o sentir en abstracto, tampoco es posible que el ordenamiento jurídico
conceda abstracta y simplemente una facultad de querer alguna cosa, como contenido de una norma jurí-
dica que confiere un derecho. Jurídicamente, porque basta una elemental reflexión para comprender que
la relación existente entre el individuo y la cosa es precisamente lo que constituye el contenido de toda
norma jurídica que crea un derecho. «Procurar esta cosa al individuo, conservársela, hacerle posible su
goce, son los fines del ordenamiento jurídico en cuanto creador de derechos individuales» (Op. cit., p. 47).
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 383
La crítica de la anterior postura dio lugar a una nueva opinión jurídica: la que
pone la esencia del derecho subjetivo en el mundo de los bienes. La relación entre
el individuo y las cosas que son objeto del Derecho se establece en vista de la utilidad
que tales cosas tienen para los fines individuales; en otras palabras: esas cosas cons-
tituyen, jurídicamente hablando, bienes. Todo lo que objetivamente aparece como
un bien, subjetivamente constituye un interés, y la finalidad toda del Derecho con-
siste cabalmente en esto: en tutelar los bienes o intereses. de aquí la conocidísima
fórmula de IHERING: «el derecho subjetivo es un interés jurídicamente protegido».
También la postura del interés, como base única del derecho subjetivo, es tacha-
da de insuficiente por JELLINEK, puesto que precisamente para proteger un bien o
un interés, el ordenamiento jurídico comienza ante todo por reconocer y garantizar
la potestad de querer. Llega así este autor a formular una definición del derecho sub-
jetivo que intenta superar, por parciales e insuficientes, los dos puntos de vista antes
examinados: «El derecho subjetivo es la potestad de querer que tiene el hombre, re-
conocida y protegida por el ordenamiento jurídico, en cuanto se refiere a un bien
o un interés» '*. El éxito de la postura de JELLINEK fue completo. Fue aceptada por
SANTI ROMANO y continúa vigente en definiciones más cercanas como la de ZANO-
BINI '*: «un interés protegido mediante el reconocimiento de la voluntad de su titu-
lar»
La relativa concordia que dominaba la doctrina clásica sobre esta materia ha ve-
nido a alterarse, empero, en autores más recientes !'*. Así, ALESSI critica la concep-
ción tradicional en la que el interés representa la médulay sustancia del derecho sub-
jetivo, a la vez que el poder, concedido para la protección del interés, representa
el elemento externo y formal del derecho subjetivo. Inspirándose en la opinión de
BARBERO, observa que si el vínculo que pesa sobre la voluntad del obligado deriva
directamente del derecho objetivo, no tiene sentido hablar del derecho subjetivo co-
mo de un poder concedido al titular para la realización de Su interés, ya que en el
orden jurídico dicha relación se verifica de hecho con el simple cumplimiento espon-
táneo del precepto normativo, al que un poder concedido al titular nada podría aña-
dir desde el punto de vista jurídico. Igualmente, tampoco tiene sentido hablar del
derecho subjetivo como un mandato, ni ver en él la protección del interés: uno y
otra se encuentran ya en la norma de Derecho objetivo. en conclusión, dice ALESSI,
«el derecho subjetivo será, pues, el producto del mandato contenido en la norma,
no contendrá ningún poder, y será distinto del interés protegido por la norma, en
cuanto éste representa solamente el instrumento final de la jaen, por parte del
Derecho objetivo» '”.
Hasta aquí la crítica negativa de la postura tradicional. Pero a continuación ALES-
SI nos ofrece su propio concepto positivo, cuya médula estriba en la consideración
de que toda norma impone un vínculo u obligación, cuyo elemento teleológico con-
siste en la realización de un interés que pertenece a otro sujeto, al que se le viene
a asegurar así una utilidad adecuada a su satisfacción. Esta utilidad se garantiza,
bien imponiendo un deber de abstención a todos los demás (derechos reales), o bien
como expectativa garantizada de una determinada prestación (derechos de obliga-
ción). De donde cabe deducir la siguiente definición del derecho subjetivo: «la ga-
rantía legislativa de una utilidad sustancial, directa o inmediata para el sujeto
titular» !*.
La concepción de ALESSI no discrepa tan radicalmente de la tradicional, como
su propio autor desea. Como se ha dicho, tal definición es válida tanto para los dere-
chos reales como para los derechos de crédito. En el primer caso, lo importante es
que el titular del interés a cuya protección se dirige el vínculo legislativo dispone de
una esfera de actuación no solamente lícita, sino garantizada; en el segundo caso
pp. 661 a 669; R. ALEss1, «La crisi attuale della nozione del diritto soggettivo e i suoi possibili riflezzi
nel campo del Diritto pubblico», en Rivista Trim. di Diritto Pubblico», abril-junio 1953, pp. 310 y ss.,
y E. CANNADA-BARTOLI, «Il diritto soggettivo come presuposto dell'interese leggitimo», en Riv. Trim.
di Diritto Pubbl., abril-junio 1953, pp. 348 y ss. Una amplia exposición crítica de estos trabajos se en-
cuentra en el nuestro, «Las tres crisis del derecho público subjetivo» (en loc. cit.), donde, como su nom-
bre indica, nos referimos a la triple crisis que ha atravesado la noción del derecho público subjetivo: la
primera, como consecuencia de las embestidas a la ideología individualista que está en la base de tales
derechos; la segunda, por consecuencia de la revisión técnica del Derecho público que realiza la escuela
realista francesa y, finalmente, la tercera, que se refiere a la revisión a que la doctrina más moderna ha
sometido el problema de la naturaleza de estos derechos.
17. Op. cit., pp. 310.2 312,
18 Op. cit., pp. 313 a 317. La definición que se deja transcrita recuerda la clásica tesis del interés Jju-
ridicamente protegido de IHERING. Por eso ALESSI se tiene que preocupar de señalar —para lograr una
adecuada diferenciación— que aquí el interés no es elemento intrínseco, sino extrínseco, del derecho sub-
jetivo; no está dentro de él, sino fuera, como elemento teleológico. Tampoco consiste el derecho subjeti-
vo en la protección del interés, pues dicha protección viene lógicamente antes, siendo el derecho su efec-
to. En suma: la concepción usual de la relación jurídica como relación que liga directamente al titular
del derecho subjetivo con el sujeto obligado debe modificarse para ALESSI en el sentido de que la rela-
ción se da, de un lado, entre normas jurídicas y sujetos obligados (dando lugar al vínculo), y de otro,
entre normas y titular del derecho subjetivo (dando lugar a la garantía) (op. cit., pp. 317 a 319).
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 385
(derecho a una prestación), de la norma que impone un vínculo deriva una «expecta-
tiva garantizada». Esta doble afirmación no es, por supuesto, falsa: ló que ocurre
es que ambas explicaciones contienen en sus propios términos la referencia a la teo-
ría tradicional. No se puede, en efecto, hablar de «una esfera de hacer lícito y garan-
tizado» sin que inmediatamente surja en nosotros la representación de una posibili-
dad de hacer garantizada; ni se puede pensar en una «expectativa garantizada» sin
que inmediatamente comprendamos que hay un sujeto que puede jurídicamente es-
perar algo (justamente algo a que tiene derecho) '”.
19 Es posible que en el fondo todo resulte ser un forzado punto de vista que se base en la considera-
ción de que «el vínculo u obligación deriva directamente del Derecho objetivo y del mandato en éste con-
tenido, por lo que es necesario ver en la obligación la fuente del derecho subjetivo y, por tanto, algo ex-
trínseco y que, desde el punto de vista lógico, viene primero» (ALESSI). Esta explicación supone: 1.* La
existencia de una regla objetiva que es fuente de una obligación. 2. La obligación que, a su vez, es fuente
del derecho subjetivo. Pero cabe que nos preguntemos: ¿No será más bien que la regla objetiva es simul-
táneamente fuente de la obligación y de la situación protegida?
La postura de ALEssI ha sido combatida por DE FINA (en «La distinzione fra diritto soggetivo ed in-
teresse legittimo e le questione connese, alla luce della teoria generale del diritto», en Rassegna di Diritto
Pubblico, enero-marzo 1955, pp. 61 a 63), que reivindica la concepción del derecho subjetivo como «po-
der jurídico».
20 S. ROMANO, La teoria dei diritti..., cit., p. 127. Vid. nuestro trabajo «Sobre el Derecho adminis-
trativo y sus ideas cardinales», en el núm. 7 de la Revista de Administración Pública, p. 19.
CARNELUTTI afirma que la naturaleza del derecho público subjetivo no está ciertamente en el carácter
del sujeto, ya que una persona privada puede ser titular de estos derechos, y viceversa, el Estado puede
ser titular de derechos privados; ni tampoco está en la naturaleza del objeto, pues sobre una misma cosa
puede darse, por ejemplo, dominio público y propiedad privada. La diferencia no puede estar —para
él— sino en el interés o, mejor, en la relación entre el interés y el poder. «Entre la figura del poder atribui-
do al mismo sujeto del interés que sirve para tutelar y la del poder conferido a un extraño a dicho interés,
hay la intermedia de la atribución del poder no al interesado ni al no interesado, sino a uno entre varios
interesados. Este, que en rigor es un tertium entre el derecho subjetivo y la potestad, es el genus a que
pertenece el derecho público subjetivo» (Teoría general.., cit., 185).
21 LABAND señalaba como derechos del Estado el derecho a la obediencia y el derecho a la fidelidad
386 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Como categoría jurídica paralela, pero diferente del derecho público subjetivo,
la doctrina moderna perfila las nociones de interés legítimo y de derecho subjetivo
condicionado o debilitado (diritto affievolito). Son la consecuencia de que —como
ya se dijo— en las situaciones subjetivas de poder se dan diversos grados de perfec-
cionamiento.
de sus súbditos, y como derechos del súbdito el de protección en el interior del Estado, el de protección
en el exterior y el de participación en la vida constitucional.
Carácter más matizado tiene la clasificación de LÓNING, que distingue:
1.2 Derechos del Estado, y, entre ellos, el derecho a la prestación de la propiedad de ciertas cosas
(impuestos), derechos a la prestación del uso de ciertas cosas, derechos a prestaciones personales (servicio
militar) y derechos a exigir la omisión de la realización de ciertas cosas (prohibiciones).
2.” Derechos de los órganos del Estado: derecho a la función pública.
3.2 Derechos del ciudadano, y, entre ellos, el derecho a usar de la soberanía pública, a pertenecer
al Estado, a pretender ciertas prestaciones del Estado y derechos de libertad.
Puede recordarse también la clasificación de STENGEL, que distingue:
1.2 Derechos pertenecientes al ciudadano: derechos fundamentales o de libertad, derechos de gozar
de las instituciones públicas y derechos a participar en los poderes del Estado (o derechos políticos).
2.” Como derechos pertenecientes al Estado (que son correlativamente los deberes del ciudadano): debe-
res generales (obediencia, lealtad, etc.). En la exposición de clasificaciones que, por vía de ejemplo, ofre-
cemos en el texto, hemos seguido a S. ROMANO, Op. cif., pp. 133 y ss.
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 387
En cuanto a que estos intereses legítimos tienen relevancia jurídica, hay acuerdo
doctrinal. La discusión comienza sólo cuando se trata de explicar si las tales conse-
cuencias jurídicas derivan de una protección directa, aunque menos intensa que en
el caso de los derechos subjetivos, de tales intereses; si se trata de un simple efecto
reflejo del Derecho objetivo; o si estos intereses funcionan meramente como intere-
ses instrumentales para poner en marcha la justicia administrativa, pero sin que, sus-
tancialmente, se diferencien en absoluto de los meros o simples intereses de hecho ?*.
italiana —como observa GIANNINI— ha conferido al proceso administrativo una sustancial ambigúedad,
dejándolo oscilar entre aquella «jurisdicción de Derecho objetivo» que fue en sus orígenes y su naturaleza
de «proceso entre partes» en el que se reconoce el interés legítimo como situación sustancial. «En efecto,
mientras el artículo 24 de la Constitución construye el interés legítimo como situación tutelada de derecho
sustancial, el artículo 113 configura la jurisdicción general de legitimidad, como juicio de impugnación
de actos «(en «La giustizia amministrativa oggi», sep. de Riv. Amm. de la Repp. italiana, nov. 1984).
Y continúa GIANNINI: «La insatisfacción que se advierte frente a la tutela que ofrece el.proceso adminis-
trativo denuncia, ante todo, insatisfacción ante la categoría del interés legítimo, pero no es posible desco-
nocer el valor funcional de éste y pretender la adecuación de su tutela a la de las diversas situaciones sus-
tanciales del derecho subjetivo sin abocar a la desaparición —reduciéndola a puro nominalismo— de una
distinción que tiene su consagración formal en la Constitución».
24 No todo interés —dice RANELLETI— viene garantizado por el Derecho en forma de derecho subje-
tivo, puesto que éste surge únicamente cuando en el sujeto es reconocida una potestad de querer; así,
pueden garantizarse intereses individuales o colectivos de forma puramente objetiva, sin reconocer a los
sujetos ese poder de querer. En tales casos, el interés deviene interés jurídico, porque está garantizado
por el Derecho objetivo, pero no da lugar a un derecho subjetivo. Ocurre que en estos casos los particula-
res se aprovechan de la necesidad de que se observen las normas dictadas en interés colectivo, y sólo a
través, y como resultado de dicha observancia, resultan ocasionalmente protegidos sus intereses. Se trata
de un efecto reflejo del Derecho objetivo (Le guarentigie..., etc., pp. 159 y ss.). Igualmente, ZANOBINI
(Corso di dir. amm..., cit., vol. 1, p. 143) abunda en la idea de que la distinción entre el derecho subjetivo
y el interés legítimo se basa en que el primero es un interés directo e inmediatamente protegido por la
norma jurídica, mientras que el interés legítimo sólo está «ocasionalmente protegido». FORSTHOFF dife-
rencia el derecho subjetivo de los llamados «derechos reflejos». El primero se caracteriza por ser «una
relación de protección de una situación jurídica garantizada al individuo por una norma o un negocio
jurídico, o también la facultad de poder exigir al Estado u otros órganos de la Administración pública
una determinada acción u omisión correspondiente a dicha relación». Ahora bien —añade—, no todo
límite normativo de la obra estatal fundamenta un derecho público subjetivo,pues entonces la totalidad
del ordenamiento jurídico se agotaría en una sólida trama de derechos subjetivos (Lehrbuch..., cit., pp. 153
y 154)?
CASSETA señala que en relación con la norma no pueden darse más que derechos subjetivos o meros
intereses de hecho. Lo que ocurre es que a veces un interés material (o de hecho de un sujeto, como conse-
cuencia de su lesión por un acto administrativo legítimo, adquiere relevancia jurídica por el solo motivo
de que para obtener tutela su titular tiene necesariamente un interés instrumental y jurídico a la legitimi-
dad del acto administrativo. Se trata, pues, de un simple interés a la legitimidad, y así se explica lo que
ocurre típicamente en los casos en que un acto administrativo es anulado por vicios de forma, eliminados
los cuales la Administración puede reproducirlos con el mismo contenido («Diritto soggetivo e interese
legitimo: problemi della loro tutela giurisdizionale», en loc. cit., pp. 611 y ss.).
Para ALESSI el interés legítimo surge de que a veces la norma objetiva impone un vínculo a la Admi-
nistración, pero se trata de un vínculo «no idóneo a garantizar al particular una utilidad sustancial, direc-
ta e inmediata». Lo que se ofrece aquí al particular es una garantía de legalidad, lo cual implica una utili-
dad simplemente instrumental, en el sentido de que del aseguramiento de la legalidad de la actuación ad-
ministrativa puede evidentemente esperar el particular que se realice también un interés sustancial suyo
(La crisi attuale..., cit., pp. 319 y ss.).
Para CANNADA-BARTOLI1, «en el fondo del interés legítimo, o por lo menos en el fondo del comporta-
miento del particular para la tutela de ta! interés, está la utilidad privada del propio ciudadano». Tal con-
sideración conduce al autor a afirmar que todo interés legítimo «tiene como presupuesto para su cualifi-
cación una situación de derecho subjetivo; por ejemplo, la impugnación de una autorización para ejercer
actividad comercial por parte del titular de un comercio concurrente en los límites en que es admisible—
se justifica precisamente por el derecho subjetivo que tiene el recurrente como titular de tal comercio.
Así es que aun cuando lo único que se discuta sea la actividad administrativa en sentido objetivo cobra
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 389
En cualquier caso, debe admitirse que frente a cualquier acto administrativo ilegal,
los particulares pueden encontrarse en una de estas tres posiciones: 1.? En cuanto
titulares de un interés para cuya garantía o tutela se dictó la norma que la Adminis-
tración pública debió respetar con su actuación (situación de titular de un derecho
subjetivo). 2.* En cuanto titulares de un interés que resulta inmediatamente lesiona-
do con una determinada actuación administrativa, por lo que no es indiferente para
su titular que la Administración obre ilegalmente o no (pues es posible que si hubiese
obrado legalmente, tal lesión individualizada no se hubiese producido; situación de
interesado legítimo). 3.? En cuanto miembros de la comunidad (estatal, autónoma,
provincial o municipal) y partícipes, por tanto, de cuanto redunde en beneficio de
los intereses de la misma (situación de simple o mero interesado) *.
relieve la existencia del derecho subjetivo de quien impugna, sin que, por supuesto, sea tal derecho el
que se hace valer. El derecho subjetivo es el presupuesto de la calificación del interés legítimo» (1! diritto
soggettivo come presuposto..., cit., pp. 348 y ss.).
De FINA concibe el interés legítimo como «un derecho de sustitución procesal del particular a la Ad-
ministración pública, para la tutela directa del derecho de aquélla a la legalidad del comportamiento ad-
ministrativo del funcionario y la tutela indirecta del propio interés sustancial colindante» («La distinzio-
ne...», en loc. cit., p. 73). MIELE, Questione vecchie e nuove in materia di distinzione del diritto dell*in-
teresse nella giustizia amministrativa, sep., Roma, 1959.
25 La distinción entre estas tres situaciones adquiere una importancia práctica de primer orden en ma-
teria de justicia administrativa. En efecto, la legitimación para utilizar recursos contencioso-administrativos
(o simplemente gubernativos) puede concederse a los titulares de uno u otro tipo de situación jurídica,
con lo que el problema es delimitarlos. Se ha de reconocer que esta distinción no es siempre fácil, como
lo prueban los esfuerzos realizados por la jurisdicción de agravios durante el tiempo que ha estado en
funcionamiento (desde 1944 a 1957) que se vio obligada a construir el concepto de «interés personal direc-
to y legítimo» por contraste con el derecho subjetivo lesionado, que estaba en la base de la competencia
de la jurisdicción contencioso-administrativa. Vid. nuestra obra Régimen de impugnación de los actos
administrativos, 1956, pp. 15 y ss. La jurisprudencia que en esta materia se dicta por nuestra jurisdicción
contencioso-administrativa en aplicación de la ley de 27 de diciembre de 1956 se inspira en los mismos
principios. Nos remitimos al vol. III de este Tratado.
390 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
26 VITTA, Diritto amministrativo, vol. 1, 1948, p. 117. ALessI señala que el condicionamiento se pro-
duce cuando la Administración dispone de un poder antitético al derecho del particular, añadiendo que
se dan dos especies de condicionamientos: la primera, en aquellos casos en que el poder antitético de que
la Administración usa es un fenómeno normal que deriva de la propiedad misma del vínculo y de la ga-
rantía que la norma concede (por ejemplo, una concesión revocable); la segunda, cuando el poder antité-
tico es fundamentalmente anormal y su uso por la Administración representa un fenómeno patológico
(por ejemplo, la expropiación forzosa) («La crisis attuale...», en loc. cit., pp. 329 ISS) AC: también
AMORTH, «Diritti soggettivi affievoliti», en los Studi in onore di S. Romano, Padova, 1939, pp. 193 y ss.
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 391
27 SANTI ROMANO, Frammenti di un dizionario giuridico, 1947, pp. 173 y 174. Cfr. igualmente del
mismo autor Corso di Diritto amministrativo, 3.* ed. 1937, pp. 139 y ss.
Contra las afirmaciones de ROMANO de que las potestades son manifestaciones de la capacidad jurí-
dica, GIANNINI afirma la diversa naturaleza de una y otras: la capacidad es una cualidad jurídica de los
sujetos, mientras que la potestad es una situación jurídica (Lezioni di Dir. Amm., vol. 1, 1950, p. 266).
28 Por ejemplo, la potestad expropiatoria de la Administración se actualiza en relación con un par-
ticular determinado precisamente cuando se dicta el acuerdo expropiatorio; ahora bien, en este acto de
ejercicio de tal potestad lo que da lugar al nacimiento de obligaciones y derechos recíprocos entre la Ad-
ministración y el particular. Vid. GIANNINI, Op. Cif., p. 267.
La distinción entre la potestad y el derecho subjetivo rige igualmente en el campo del Derecho priva-
do. «No se pueden tener —dice S. ROMANO— un derecho de propiedad más que sobre una cosa determi-
nada, ni un derecho de crédito, sino frente a un deudor. En cambio, el poder de aceptar herencias, de
establecer contratos, de hacer testamento, de ocupar res nullius es general y es siempre el mismo en todos
los casos en que se ejercita» (Corso..., cit., p. 140).
En los autores clásicos, las potestades administrativas se estudian como «derechos de las Administra-
ciones públicas». Así HAURIOU distingue, en relación con la función administrativa a ejercer, dos etapas
superpuestas de derechos: 1.* Los derechos en virtud de los cuales el orden público es asegurado y los
servicios públicos son organizados y puestos en marcha. Estos derechos (el derecho de justicia, el de gue-
rra, el de asegurar el orden...) son precisamente el fudamento de la facultad de prestar el servicio público.
2.* Los medios de gestión de los servicios públicos no tienen relación más que con la función técnica que
se trata de cumplir (expropiación, obras públicas, impuestos). En resumen, pues, añade HAURIOU, son
tres categorías de derechos las que hay que tener en cuenta: a) Los derechos de poder público, en virtud
de los que el orden público se asegura y los servicios son organizados y puestos en marcha. b) Los dere-
chos de poder público indispensables para la gestión de los servicios. c) Los derechos de la Administra-
ción en su calidad de persona privada. En cuanto a los del primer grupo, se trata de «derechos de domina-
ción y de policía», y la historia nos enseña cómo los derechos de organizar los servicios públicos han sido
siempre reclamados por el Estado como «derechos regalianos» (Précis de Droit AdministratifetDr. Pub-
blic., 11.* ed., 1927, pp. 441 y 442).
29 La doctrina señala como caracteres de las potestades los siguientes: 1.” Tienen su origen en el or-
denamiento jurídico, pues si es cierto que en algunos casos pueden ser creadas negocialmente, siempre
la base mediata estará en una norma legal. 2.? Son indisponibles, esto es, inalineables, intransmisibles
e irrenunciables; pues aunque en algunos casos se pueda transmitir el ejercicio de la potestad (por delega-
ción), en cambio, la titularidad no puede transmitirse. 3.” Son imprescriptibles; no obstante, pueden ad-
mitirse casos de decadencia (S. ROMANO, Corso.., p. 114; GIANNINI, Lezioni..., Cit., p. 268).
La teoría de las potestades no ha terminado de conseguir una aquiescencia completa. Así, FERRI se-
ñalaba que, aparte de que la idea de potestad o poder jufidico se da siempre dentro del contenido del
derecho subjetivo, los dichos poderes en el sentido de ROMANO, no pueden diferir de los derechos subje-
392 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Las potestades son situaciones jurídicas en las que puede aparecer como titular
tanto el Estado como los particulares.
La admisión de las potestades administrativas (es decir, las pertenecientes al Es-
tado) no plantea ningún problema. Se trata de corolario obligado de la supremacía
estatal, que corresponde con el status subjetionis de los administrados. Pero igual-
mente debe de recordarse que el moderno Estado de Derecho se monta preci-
samente sobre el reconocimiento de una esfera de libertad individual que se hace
compatible con la autoridad del Estado. Por tanto, si las potestades administrativas
derivan de la situación de supremacía en que el Estado se encuentra, las potestades
del administrado con consecuencia de la posición garantizada en que el Estado de
Derecho coloca a los administrados y que, de acuerdo con la terminología puesta
en circulación por JELLINEK, se manifiesta en los siguientes status o estados: status
libertatis (que fundamenta un poder de actuación del individuo que no debe ser im-
pedido por el Estado: Staatsfreie Spháre), status civitatis (que fundamenta un po-
der de exigir prestaciones al Estado) y status activae civitatis (que fundamenta las
actuaciones de ciertos individuos por cuenta y a nombre del Estado)”. Se corres-
ponden con los derechos y libertades que correlativamente consagra la Constitución
española en las Secciones 1.* y 2.* del Capítulo 2.* del Título I.
B) POTESTADES Y FUNCIONES
testamento). Ahora bien, resulta muy discutible la necesidad de utilizar este distingo
en relación con las potestades administrativas, pues todas ellas tienen, de suyo, la
consideración de funciones. La función no es sino la consideración de la potestad
desde el punto de vista de las atribuciones de un órgano administrativo.
A) LA CARGA
37 MICHELLI, L onere della prova, Padova, 1942. Una aplicación específica al Derecho administrati-
vo se encuentra en RESTA, «L”onere di buona amministrazione», en Scritti giuridici in onore di S. Ro-
mano, vol. 1, pp. 105 y ss. GIANNINI ha negado expresamente que esta «carga de buena administración»
sea una carga en sentido técnico (Lezion!..., p. 280).
38 S, CASSARINO, Le situazioni giuridiche, cit., p. 230.
39 CARNELUTTI, Teoría general..., cit., pp. 188 a 190.
40 CASSANDRO, OP. Cit., p. 232.
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 39 ¡9
c) Es evidente que la carga aparece siempre con motivo del ejercicio de un po-
der. Pero si se quiere encontrar aquí una noción jurídica autónoma que se diferencie
de los meros resquisitos que constituyen el modo normal de ejercicio de todo poder
o derecho, entonces no hay más remedio que considerarla como una «situación sub-
jetiva de deber». Lo curioso, sin embargo, de este deber es su carácter instrumental,
que deriva precisamente de que es una limitación que se impone, por interés público,
al ejercicio de un derecho *!.
Jurídicamente, la carga no es elemento de forma de los actos que se realizan én
ejercicio de un poder o derecho. Por consiguiente, el incumplimiento de la carga no
vicia tales actos, sino que, sencillamente, los hace ineficaces. En definitiva, el alcan-
ce de esta ineficacia habría que buscarla en la norma jurídica especial que la esta-
blezcat?.
B) LA FACULTAD
Otra noción acerca de la que las opiniones doctrinales son discrepantes es la fa-
cultad. En relación con la misma se han mantenido diferentes concepciones:
a) En primer lugar cabe concebirla como una situación subjetiva autónoma que
ocupa un lugar análogo al derecho subjetivo y a la potestad. Para quienes así pien-
san, la facultad no es sino la «libertad de desenvolver el interés propio» y se corres-
ponde exactamente con la obligación: frente a todo facultado a hacer algo hay un
obligado a permitir esta actuación *.
b) Igualmente supone la facultad una situación jurídica autónoma para quie-
nes la consideran cabalmente como un concepto jurídico primario complementario
del de deber. Todo cuanto no viene impuesto o prohibido por la norma (deberes)
—afirma CASSARINO— debe considerarse facultativo, por consiguiente, la facultad
debe definirse como «posibilidad jurídica de realizar o no un comportamiento» *.
c) La opinión dominante, sin embargo, y a ella nos adherimos, concibe la fa-
cultad como un elemento del contenido de los derechos subjetivos, particularmente
de los reales *. Aquí puede incluirse, si bien la formulación es amplia, la definición
de F. DE CASTRO: «posibilidad de actuar concedida a una persona, por formar par-
te del contenido de una situación jurídica» *,
41 GIANNINI define la carga como «una situación subjetiva compuesta en el que a un poder se une
una obligación instrumental que concierne al ejercicio del poder mismo: la carga constituye así una cir-
cunstancia limitativa de un poder» (op. citf., p. 279).
42 GIANNINI, Op. Cif., p. 280.
43 Como ya se ha visto antes, ésta es la concepción de CARNELUTTI (Teoría general..., Cit., pp. 173
174).
Ñ ee CASSARINO que se trata de una posibilidad de elección, siendo esto lo que la diferencia del
deber, que, en definitiva, también es una posibilidad de actuar (aunque no de elegir entre la actuación
y la no actuación) (op. cit., pp. 53 y 54).
45 BRANCA, Istituzioni..., cit., pp. 21 y 23. Sin embargo, hay quien al enumerar las potestades se re-
fiere a supuestos que deben concebirse como simples facultades: así, SANTI ROMANO habla de la «potes-
tad de enajenar la cosa propia» (Corso.., cit., p. 141), que no es sino una facultad que pertenece al titular
del derecho real de propiedad.
46 Derecho civil, cit., vol. 1, p. 602.
396 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
(E) HELESTATUS
El rótulo genérico del Título I de la Constitución es éste: «De los derechos y de-
beres fundamentales». Ahora bien, desde el punto de vista de su protección jurídica
resulta necesario distinguir:
a) Los derechos fundamentales y libertades reconocidos en el artículo 14 (igual-
dad ante la Ley) y en la Sección Primera del Capítulo II (derechos a la vida, a la
libertad ideológica y religiosa, a la libertad y seguridad personales, al honor e intimi-
dad personal y familiar, a la libertad de residencia y tránsito, a la libre expresión
de las ideas, de reunión y asociación, de participación y acceso a las funciones públi-
cas, al procedimiento penal legal, a la educación y libertad de enseñanza, a la libre
sindicación y a dirigir peticiones a los poderes públicos). A los que hay que añadir
el derecho a la objeción de conciencia que se contiene en el artículo 30 (Sección Se-
gunda).
b) La totalidad de los derechos comprendidos en el Capítulo II del Título I,
en sus dos Secciones. Es decir, los de la Sección Primera (que se acaban de resumir),
más los que se declaran en la Sección Segunda, algunos de los cuales tienen carácter
mixto de «derechos-deberes», a saber: el derecho de defender a España; el de no
pagar más impuestos o realizar más prestaciones personales que las impuestas por
ley; el de contraer matrimonio «con plena igualdad jurídica»; el derecho de propie-
dad y de herencia; el de fundación; el derecho al trabajo; el de pertenecer a Colegios
47 S., ROMANO, Corso..., Cit., 137. CASSARINO entiende que si bien la cuestión de la extensión del con-
cepto debe solucionarse de acuerdo con cada Derecho positivo, el italiano induce a creer que sólo debe
hablarse de status a los efectos de las relaciones familiares y de ciudadanía (op. cit., p. 196).
48 Para que se dé el concepto, CARNELUTTI exige que el Derecho unifique el complejo de situaciones,
haciendo que su cambio dependa de un mismo hecho (op. cit., p. 203).
LAS SITUACIONES JURIDICAS SUBJETIVAS 397
49 Vid. el sentido que damos a esta expresión en F. GARRIDO FALLa, «La Administración y la Ley»,
en Revista de Administración Pública, núm. 6, 1951.
50 Estos intereses legítimos se configuran por E. GARCÍA DE ENTERRÍA como «derechos subjetivos reac-
cionales o impugnatorios» («Sobre los derechos públicos subjetivos», en Revista Española de Derecho
Administrativo, núm. 6, 1975, pp. 427 y ss.). Pero la jurisprudencia sigue utilizando —con los consi-
guientes efectos prácticos— la distinción entre «derecho subjetivo» e «interés legítimo» (Sentencia TS
Sala 4.*, de 7 de abril de 1979): «los terceros ajenos a la titularidad de una licencia —afirma la sentencia
citada— no pueden, cualquiera que sea el grado de interés que tenga su relación con su validez o nulidad,
invocar derecho subjetivo alguno que se derive a su favor de esa licencia concedida a otra persona, con
la que no tienen, en este orden, relación jurídica de ninguna clase».
398 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Para confirmar lo anteriormente dicho, la Ley Orgánica 6/1985, del Poder Judi-
cial, establece en su artículo 7.*:
«1. Los derechos y libertades reconocidos en el capítulo 1I del Título 1 de la Constitución vin-
culan, en su integridad, a todos los Jueces y Tribunales y están garantizados bajo la tutela efectiva
de los mismos.
2. En especial los derechos enunciados en el artículo 53.2 de la Constitución se reconocerán, en
todo caso, de conformidad con su contenido constitucionalmente declarado, sin que las resoluciones
judiciales puedan restringir, menoscabar o inaplicar dicho contenido.»
7. EL RECURSO DE AMPARO
55 Sobre plazo para interponer el recurso contencioso-administrativo previo en caso de silencio ad-
ministrativo, vid. sentencia de la Sala 5.* del T.S.: el plazo de veinte días que establece el artículo 8.1
- dela Ley 62/1978, sin necesidad de denuncia de la mora, ha sido establecido para abreviar trámites; pero
no impide que, si el particular utiliza la denuncia de la mora, pueda interponer el recurso dentro del plazo
de veinte días desde que se considere desestimada su petición.
402 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
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E
CAPITULO I
EL ACTO ADMINISTRATIVO
1 Vid. GARRIDO FALLA, «Las transofrmaciones del concepto jurídico de policía administrativa», en
Rev. de Adm. Púb., núm. 11, mayo-agosto 1953, p. 13, y el capítulo II del título V del presente Tratado
(vol. ID). s
2 Hauriou, prólogo a El acto administrativo, de FERNÁNDEZ DE VELASCO, Madrid, 1929, pp. 8 y 9.
Tales recursos también existían en España.
3 M. STASSINOPOULOS, Traité des actes administratifs, Atenas, 1954, p. 22.
406 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
4 O. MAYER, Le droit administratif allemand, trad. franc., 1903, t. l, pp. 119 a 123.
3 Vid. FERNÁNDEZ DE VELASCO, El acto administrativo, cit., pp. 74 y 75. El recelo frente a los Tribu-
nales por su vinculación al ancien régime es un dato necesario para comprender el sentido del régimen
administrativo continental.
6 «El recurso contencioso-administrativo y las llamadas cuestiones de competencia —dice FERNÁN-
DEZ DE VELASCO— obligan a analizar y descubrir el acto administrativo., Y el acto administrativo como
explicación de una autónoma y sustantiva institución administrativa nace forzosamente de la existencia
de un recurso contencioso y de un procedimiento para dirimir los conflictos de competencia» (Op. cit.,
p. 70).
7 Sentencia de 2 de Germinal del año V.
8 Cfr. TIVARONI, Teoria degli atti amministrativi, Torino, 1939, p. 8.
EL ACTO ADMINISTRATIVO 407
cial. 2. En qué medida tales actos pueden ser fiscalizados por una jurisdicción revi-
sora. El desarrollo de esta cuestión es el cometido de la doctrina moderna del acto
administrativo.
Del doble punto de vista que la doctrina emplea para descubrir la noción de acto
administrativo en el conjunto de los que realiza el Estado, punto de vista formal y
punto de vista material, resulta obligado descartar este último por consecuencia de
cuanto ha quedado dicho con anterioridad. Si es cierto que, desde el punto de vista
material, actos de ejecución para satisfacción de intereses públicos pueden ser reali-
zados por los otros poderes del Estado, es también evidente que, como regla, sólo
a los actos que emanan de la Administración pública, entendida en sentido subjeti-
vo, puede aplicarse un régimen jurídico unitario. Sólo los actos que emanan de la
Administración pública tienen valor formal de actos administrativos (frente al valor
formal de ley o de sentencia); sólo estos actos interesan al Derecho administrativo ?.
Las excepciones a esta regla ya fueron examinadas en el capítulo 1.*; actos en mate-
ria de personal de las Cortes y otros organismos constitucionales e incluso el régimen
de contratación con los particulares (actos de gestión económica).
Ahora bien, no todos los actos que realiza la Administración pública responden
al concepto que tratamos de fijar, pues tampoco todos los actos de la Administra-
ción responden a una categoría jurídica única'%, y como dice KORMANN, un con-
cepto jurídico sólo tiene valor y significación práctica si todos los supuestos en él
comprendidos están sometidos a las mismas proposiciones jurídicas generales ''.
Por eso existe coincidencia metodológica doctrinal en punto a iniciar la investi-
gación del concepto de acto administrativo intentando descubrir cuáles de los actos
de la Administración constituyen esta categoría jurídica, por oposición a aquellos
otros que quedan excluidos del concepto ??.
Examinaremos por vía de ejemplo algunas posturas doctrinales:
2 Análoga opinión mantiene VILLARY. Descubre este autor dos direcciones en la definición del acto
administrativo: 1.2 Puede, ante todo, definirse el acto administrativo por sus elementos materiales. El
acto administrativo se presenta entonces como un acto no contencioso de ámbito individual, oponiéndose
por estos dos caracteres a la ley, acto general, y al acto jurisdiccional, acto contencioso. Esta definición
que está lejos de ser universalmente adoptada es inutilizable en Derecho positivo. Conduce, en efecto,
a cualificar de actos administrativos las leyes de ámbito individual y los actos no contenciosos adoptados
por las autoridades judiciales, sin tener en cuenta la diferencia de régimen jurídico existente entre estos
diferentes actos. Por el contrario, rehúsa esta cualificación a los reglamentos administrativos. 2.” Se pue-
de, también, definir el acto administrativo por sus elementos formales. Es entonces el acto realizado por
un órgano del Estado cualificado por nuestro sistema jurídico como órgano administrativo. Esta defini-
ción se aplica cualquiera que sea el contenido de los actos y, en particular, sin distinguir según que tengan
una extensión general o individual. «La definición formal del acto administrativo parece más próxima
al Derecho positivo» (VILLARY, voz «Acte administratif», en el Répertoire de Droit Public et Adminis-
tratif, vol. 1, París, 1958).
10 (GGIANNINI, Lezioni di diritto amministrativo, Milano, 1950, vol. I, p. 282.
11 KORMANN, System der rechtsgecháftlichen Staatsakte, Berlín, 1910, p. 14.
12 Cuando ya falta el acuerdo doctrinal es en lo relativo a qué actuaciones deben considerarse como
actos administrativos y cuales deben ser excluidos de esta noción. Así se desprende del siguiente reperto-
rio de definiciones que, por supuesto, sin ánimo exhaustivo, ofrecemos a continuación:
Para GASCÓN Y MARIN no habría ningún inconveniente en admitir en principio tanto la noción am-
plia como la estricta de acto administrativo. Ahora bien: «Tienen una significación estricta en nuestra
408 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
A) POSTURA DE KORMANN
Para KORMANN, del catálogo total de actos realizables por la Administración pú-
blica se puede hacer una clasificación en cuatro grupos: 1. Están en primer lugar
los actos de naturaleza jurídico-privada. Los realiza la Administración, pero en ellos
ciencia, por lo mismo que se trata de una disciplina jurídica, y por ello habría de referirse a las decisiones
y resoluciones de las autoridades administrativas.» Esto se opone tanto a la regla general del Derecho
como a las operaciones materiales realizadas por la Administración en vista de la ejecución de los servi-
cios públicos. Por tanto, «una manifestación de la voluntad de una autoridad administrativa realizada
frente al súbdito, determinadora de una situación jurídica individualizada» (Tratado de Derecho admi-
nistrativo, t. 1, 7.* ed., 1941, pp. 177 y 179).
GARCIA OVIEDO, partiendo de que ni todo lo que hace la Administración es administrar ni sólo la
Administración administra, entiende que procede huir de la concepción formalista y penetrar en la sus-
tancia de las cosas. De aquí «una declaración especial de voluntad de un órgano público, preferentemente
de un órgano administrativo para la satisfacción de un interés administrativo». Con lo que se excluyen
también los actos de gestión. La definición se traiciona cuando después entra en las clasificaciones, pues,
como no podía ser menos, todas quedan referidas a actos de la Administración (Derecho administrati-
von ted: 19 po 167):
RoYo-VILLANOVA define así el acto administrativo: «Un hecho jurídico que por su procedencia emana
de un funcionario administrativo, por su naturaleza se concreta en una declaración especial y por su al-
cance afecta positiva o negativamente a los derechos administrativos de las personas individuales o colec-
tivas que se relacionan con la Administración pública.»
Y FERNÁNDEZ DE VELASCO: «Toda declaración jurídica, unilateral y ejecutiva, en virtud de la cual la
Administración tiende a crear, reconocer, modificar o extinguir situaciones jurídicas subjetivas» El acto
administrativo, Madrid, 1929, p. 15).
Para BALLBÉ, la definición de acto administrativo exige el examen de cada una de las tres partes que
postula la expresión: acto, administración y derecho público. La noción de acto es metajurídica. Desde
el punto de vista del Derecho, apunta a una acción o manifestación anímica, y para el Derecho adminis-
trativo será «cualquier acción, toda conducta, comportamiento o manifestación anónima de la Adminis-
tración (es decir, manifestación de voluntad, de deseo, de conocimiento o de juicio) regida por el Derecho
administrativo». Por lo que se refiere a la expresión «administrativo», alude a «comportamiento adopta-
do en el ejercicio de la función objetivamente administrativa», con lo que se incluyen actos administrati-
vos accidentalmente producidos fuera de la Administración, recordándose la sentencia de 18 de junio de
1936, según la que, «con arreglo a la Ley española, no se caracteriza tanto el acto por su origen como
por su sustancia», razón por la cual tiene el tal carácter el acto relativo a la situación de empleo público
dictado por la Comisión de Gobierno interior de las Cortes, o por los jueces y las Salas de Gobierno de
las Audiencias (sentencia de 20 de abril de 1920), o por sus vicarios (concesionarios). Así pues, en este
sentido, «toda acción, conducta, comportamiento, manifestación unilateral de voluntad, de deseo, el co-
nocimiento de juicio, de los órganos del Estado o vicarios suyos en el ejercicio de función administrativa
sujeta a Derecho público». Finalmente, en cuanto a jurídico-público, se excluyen los actos sometidos al
Derecho privado. En resumen: queda finalmente la siguiente definición analítica: «Cualquier acción, to-
da conducta, comportamiento, manifestación unilateral de deseo, de conocimiento o de juicio de los ór-
ganos del Estado o vicarios suyos en ejercicio de función administrativa sujeto a Derecho público.» Co-
mo puede verse, caben en esta definición una serie de actuaciones y operaciones que para la mayoría no
son actos administrativos. Pero esta exclusión —dice BALLBÉ— deriva de error de perspectiva: entender
que el acto administrativo «no es un ente ordinario y usual, sino eximio y sublime, cuya alta dignidad
no pueden alcanzar más que muy esclarecidas, destacadas y transcendentales actuaciones de la Adminis-
tración pública». Esto es confundir el acto administrativo con unos actos administrativos. Esto sería co-
mo querer reducir los actos procesales a la sentencia (voz «Acto administrativo» en Nueva Enciclopedia
Jurídica Seix, t. 11, Barcelona, 1950, pp. 295 a 297).
M. María DÍEZ considera que acto administrativo puro es el lo que es tanto desde el punto de vista for-
mal como material. «Podemos decir —señala— que el acto administrativo puro es una declaración con-
creta y unilateral de voluntad de un órgano de la Administración activa en ejercicio de la potestad admi-
nistrativa.» A los actos emanados de órganos administrativos, pero que no reúnen estos caracteres mate-
riales, los llamados «actos de la Administración» (El acto administrativo, Buenos Aires, 1956, pp. 77
y ss.), cuya definición recoge, con ligeras modificaciones, en su Derecho administrativo, t. 11, 1965, p.
204. Por su parte, GORDILLO (El acto administrativo, 2.* ed., Buenos Aires, 1969, pp. 40 y ss.) propone
la supresión del críterio orgánico o subjetivo, vinculando el concepto de acto administrativo al ejercicio
EL ACTO ADMINISTRATIVO 409
de la función administrativa. Esta materia pasa a formar parte del tomo 111 de su Tratado de Derecho
Administrativo. Por su parte, J. C. CASSAGNE, dedica a la teoría del acto y del procedimiento adminis-
trativo el vol. II de su Derecho administrativo, Buenos Aires, 1982.
Para CAETANO es el acto administrativo «una conducta voluntaria de un órgano de la Administra-
ción en el ejercicio de un poder público, de donde resulta la aplicación de normas jurídicas a un caso
concreto». Por consiguiente, se excluyen: 1.2 Los hechos que no tienen carácter voluntario o que no im-
plican aplicación de normas a casos concretos (como las operaciones administrativas). 2. Las leyes, los
reglamentos y los actos que se limitan a enunciar principios doctrinales u opiniones (Manual de Direito
administrativo, 3.* ed., Coimbra, 1951, pp. 220 y 221).
RANELLETI nos ofrece un concepto formal de acto administrativo (en relación con la figura jurídica
del acto) y otro material. En ambos casos puede tratarse de acto emanante de cualquiera de los tres pode-
res estatales. Al propio tiempo el acto administrativo formal puede ser general y especial. Ahora bien:
en Derecho administrativo su objeto es la administración en sentido subjetivo, por lo que surge de aquí
delimitado el concepto de acto administrativo especial: «Una declaración concreta de voluntad, de opi-
nión, de juicio, de ciencia de un órgano administrativo del Estado o de otro sujeto de Derecho público
administrativo en el desarrollo de la actividad de administración» (Teoria degli atti amministrativi specia-
li, 7.2 ed., Milano, 1945, pp. 1 a 3).
Para VITTA se puede decir, «según una teoría generalísima», que son actos administrativos (compren-
diendo también los hechos de la Administración pública) «aquellos que emanan de una autoridad admi-
nistrativa y que producen un efecto jurídico respecto de sujetos extraños a la misma Administración pú-
blica». Con lo que se excluyen: 1. Los actos que no enranan de la Administración. 2. Los actos internos
de la Administración pública, que son indiferentes al Derecho. 3.2 Los hechos materiales, pues estricta-
mente hablando dan lugar a consecuencias distintas (ilicitud y no ilegalidad). En cambio, admite que «la
autoridad administrativa puede ejercitar... tanto funciones de índole estrictamente administrativas para
proveer a un caso concreto, cuanto funciones de contenido legislativo o normativo, cuando en fin, de
carácter jurisdiccional. Con la consecuencia de que no pueda negar que los reglamentos entren en un con-
cepto amplio de los actos administrativos. De aquí el concepto estricto de actos administrativos: «aque-
llos que producen un efecto jurídico respecto a terceros en un caso especial, comprendiéndose, ciertamen-
te, aquellos con los que la Administración expresa, no sólo la propia voluntad respecto a terceros, sino
también al propio juicio, o hace notificaciones o toma nota de comunicaciones por éstos recibidas; en
suma: aquellas declaraciones, participaciones, inscripciones registrales y comprobaciones, de cuyo vario
contenido trataremos a continuación» (Diritto amministrativo, vol. 1, 3.* ed., Torino, 1948, pp. 281
a 287).
ALESSI entiende que la noción de acto administrativo es demasiado amplia, por lo que hay que dis-
tinguir: A) La noción de «procedimiento», que es: «manifestación voluntaria de actividad de una autori-
dad administrativa, con autonomía estructural y funcional, dirigida a la inmediata y concreta realización
de intereses públicos concretos». B) Los «meros actos administrativos» que por falta de alguno de los
elementos (estructural o funcional) de la definición anterior no constituyen «procedimiento». Se trata
aquí de actividades de carácter heterogéneo difícilmente sometibles a una teoría jurídica única. Pueden
incluirse, en primer lugar, las manifestaciones de voluntad de una autoridad administrativa dirigidas a
constituir, modificar o disolver relaciones de derecho privado extrañas a la Administración (como el pro-
nunciamiento del funcionario del estado civil que une a dos en matrimonio); además, las manifestaciones
de contenido legislativo o jurisdiccional. En segundo lugar, los dos siguientes grupos: de una parte, actos
que producen efectos jurídicos externos en relación con terceros; de otra, actos que forman parte de un
procedimiento, dirigidos a producir un «procedimiento» (Sistema istituzionale del Diritto amministrati-
vo, Milano, 1953, pp. 235 a 339).
GIANNINI habla genéricamente de los actos de Administración, entre los que los hay de muy distintas
clases: actos de Derecho privado y actos de Derecho público (estos últimos, a su vez, actos constituciona-
les, normativos, administrativos y jurisdiccionales). Pues bien: los actos de Derecho públicos de las dos
primeras categorías se examinan en Derecho constitucional. Como se ve, actos de la Administración no
coincide con actos administrativos. Critica la concepción dominante (que puede identificarse con la de
ZANOBINI) por genérica, pues peca simultáneamente por defecto y por exceso. Por una parte, no es cier-
to que sólo las declaraciones (de voluntad, conocimiento, deseo...) sean actos administrativos, pues Jus-
tamente existe en Derecho administrativo una abundancia de «operaciones jurídicas» como en ninguna
otra disciplina. Pero, por otra parte, la teoría dominante reúne en un mismo concepto actos jurídicos
410 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
saria la autorización de otro órgano superior, etc.); pero los actos en sí son de natu-
raleza privada, y jurídico-privadas son las prescripciones que regulan el nacimiento,
interpretación y extinción de estos negocios.
2.” Un segundo grupo viene dado por los actos de pura ejecución («reintatsáchli-
distintos entre sí. «Debemos tomar como punto de partida el hecho de que la acción administrativa se
desarrolla siempre mediante constelaciones de actos; esto es, mediante procedimiento y jamás mediante
actos aislados. Se debe aplicar aquí algo de lo que ocurre en el proceso, donde hay un acto principal —la
sentencia—, que es por antonomasia el acto jurisdiccional, y un considerable número de otros actos que
se denominan simplemente actos procesales o del proceso; ambos sirven para actuar la función jurisdic-
cional, pero los segundos tienen su razón de ser en los primeros: son actos instrumentales. Hay, pues,
actos administrativos y actos del procedimiento. Aquéllos son los que tienen la función de puntualizar
en un caso concreto las relaciones autoridad-libertad; los segundos son instrumentales. Para hacer palpa-
ble la diferencia, algunos autores alemanes han propuesto llamar a los primeros «provedimenti». Noso-
tros adoptamos esta terminología, pero sin olvidar que, junto a la acción en el plano de la intersubjetivi-
dad, la Administración desarrolla una acción organizatoria. Por tanto, existen: actos-provedimenti, ac-
tos del procedimiento y actos administrativos de organización. Los provedimenti no coinciden, sin em-
bargo, con los que otros autores denominan «actos negocios jurídicos», porque este concepto no es trans-
portable al Derecho administrativo, ya que los actos administrativos no son actuaciones de autonomía.
Discrecionalidad excluye negociabilidad. Aunque el autor reconoce que el concepto sería explicable en
ordenamientos distintos del italiano (Lezioni di Diritto Amministrativo, vol. 1, Milano, 1950, pp. 282
a 293).
TIVARONI, «Acto administrativo es cualquier manifestación productiva de efectos jurídicos, de vo-
luntad, de conocimiento, de apreciación de opinión, de deseo, de los órganos del Estado o de los otros
sujetos de Derecho público, reconocidos como tales, dirigida a la satisfacción, en el ámbito del Derecho
objetivo, de las necesidades propias de tales entes» (Teoria degli atti amministrativi, Torino, 1939, p. 25).
BobDa, «Pronunciamiento concreto de un sujeto administrativo en el ejercicio de la función admi-
nistrativa» (Lezioni di Diritto Amministrativo, vol. 1, Torino, 1947, p. 44).
Para FRAGOLA debe aceptarse una definición amplia de acto administrativo comprensiva, no sólo de
las declaraciones y pronunciamientos de las autoridades públicas, sino también de comportamientos, he-
chos y acciones jurídicamente relevantes y referibles a un órgano administrativo; lo que excluye una ulte-
rior clasificación entre actos y hechos administrativos (Gla atti amministrativi, Torino, 1952, p. 9).
STASSINOPOULOS lo define como «la declaración de voluntad emitida por un órgano administrativo
y determinadora de modo unilateral de lo que es derecho en un caso individual» (se confunde con senten-
cia) (Traité des actes administratifs, Atenas, 1954, p. 37).
HAURIOU define la decisión ejecutoria: aquella por la que «el Poder público afirma a la vez su inten-
ción y su derecho de pasar a la ejecución» (Précis de Droit AdministratifetDroit Public, 11.* ed., 1927,
p. 354).
BONNARD (Precis de Droit Administratif, 1935, pp. 33 y ss.) define el acto jurídico con sus especies:
acto regla, acto subjetivo y acto condición. Lo mismo JÉZE (Los principios generales del Derecho admi-
nistrativo, trad. esp., t. 1, Buenos Aires, 1948, pp. 29 y ss.), que distingue: actos legislativos o reglamen-
tarios, actos creadores de situaciones jurídico-individuales, actos-condición y actos-jurisdiccionales. De-
clara su repugnancia a utilizar la expresión «acto administrativo» (p. 58 por nota) en su discusión con
Ducurr, de quien toma, sin embargo, las líneas maestras de su clasificación.
ROLLAND define el acto administrativo oponiéndolo al legislativo y empleando un doble punto de vista
material y formal. Desde el punto de vista material: «el acto administrativo es el que crea una situación
jurídica en provecho o en contra de un individuo o determina la aparición de esta situación». Desde el
punto de vista orgánico y formal, es «el acto que emana de un agente que forma parte de los cuadros
organizadores de los servicios públicos y que actúa para el cumplimiento de una misión que corresponde
a su empleo en los cuadros» (Précis de Droit Administratif, 9.* ed., 1947, p. 45).
WALINE acepta la terminología de HAURIOU y define la decisión ejecutoria como «todo acto jurídico
unilateral de un administrador cualificado que actúa en cuanto tal, susceptible de producir por sí mismo
efectos de derecho». Este efecto jurídico puede consistir en la emisión de una regla nueva (reglamento)
o en la creación de una situación jurídica en beneficio o detrimento de alguien (Manuel élémentaire de
Droit Administratif, 4.* ed., 1946, p. 361).
GIESE procede a la determinación del concepto, primero por vía negativa o de exclusión, luego por
vía positiva. Por vía negativa determina el concepto de acto administrativo, excluyendo: 1.% Las puras
operaciones materiales no cualificadas jurídicamente. 2.” Las actuaciones patrimoniales jurídico-privadas.
3.” Los negocios jurídicos bilaterales, como los contratos administrativos. 4. Los actos reglamentarios,
como las ordenanzas. 5.” Finalmente, todos los actos de Administración de aplicación obligatoria del
EL ACTO ADMINISTRATIVO 411
chen Akte»). No son actos jurídicos, sino actuaciones materiales, y por eso se dife-
rencian de los auténticos actos administrativos: no es lo mismo la orden de deten-
ción dictada por una autoridad que la detención efectiva del criminal; no es lo mis-
mo el sacrificio de animales afectados de una epizootia que la orden de sacrificarlos,
que constituye, sin embargo, su antecedente jurídico. No se deduzca de aquí, empe-
Derecho; esto es, las decisiones oficiales y jurídico-administrativas que resuelven contiendas entre la Ad-
ministración y los particulares o entre organismos administrativos.
Por vía positiva, da la siguiente definición: «Determinaciones unilaterales y soberanas de la Adminis-
tración con fuerza de poder público, emanadas de los órganos de una entidad pública que afecta a perso-
nas determinas o determinables, para la configuración inmediata de una relación jurídico administrativa
en un caso concreto.» Admite la categoría de negocio jurídico como especie de acto administrativo (4/11-
gemeines Verwaltungsrecht, Tiibingen, 1948, pp. 85 a 87).
H. P. IPSEN, «Acto administrativo es una determinada decisión de la Administración que establece
una relación jurídico-pública y que no es una norma de derecho» (Verwaltungsatke, 1954, p. 5, en «Die
Verwaltung», colección dirigida por GIESE).
HASTCHEK ofrece primero una definición negativa de la Administración: «toda actividad estatal que
no es justicia ni legislación». La explicación de que haya que dar esta definición negativa es histórica.
Primero, toda la actividad del Estado se presentaba unitariamente. Pero las exigencias del Estado consti-
tucional hicieron que, primero la Justicia y después la Legislación, se separasen, configurándose con es-
peciales garantías y formas. Lo que restaba era la actividad unitaria del Estado como administración.
Del conjunto de la actividad de la Administración, al jurista interesa el acto administrativo: «una deci-
sión autoritaria de la Administración que determina a un individuo en un caso concreto su derecho» (Lehr-
buch des deutschen und preussisches Verwaltungsrechts, 5.? y 6.* ed., por P. KURZIG, Leipzig, 1927, p. 5).
LABAND, después de determinar la Administración en sentido subjetivo y objetivo, estudia las for-
mas de los actos de la Administración. La mayor parte de los asuntos administrativos se resuelve median-
te actuaciones de naturaleza fáctica. Pero la Administración realiza también negocios jurídicos que, co-
mo en Derecho privado, son bilaterales o unilaterales. Menciona: 1. El contrato. 2. La orden o resolución
(Verfúgung), que es «un negocio jurídico unilateral de Derecho público»; es «un acto de voluntad de la
Administración mediante el cual se ordena un caso particular o una suma de ellos de la manera abstracta-
mente regulada en la Ley. La resolución (Verfúgung) no crea norma jurídica, sino una relación jurídica».
3. La orden de servicio (Dientsbefehl) (Deutsches Reichstaatsrecht, Tibingen, 1907, pp. 147 a 149).
HERRNRIT entiende por actuaciones de la administración (Verwaltungshadlungen), mediante las que
la Administración pública ejerce sus funciones, «actuaciones de los órganos administrativos para regula-
ción de una cuestión administrativa». Hay que excluir los actos de gobierno (Regierungsakte). Frente a
las actuaciones de economía privada de la Administración están los actos de la Administración, en que
ésta actúa como titular de poder público. Los más importantes actos que así realiza son: a) Las reglamen-
taciones (Verordnungen). b) Documentos o atestados (Beurkundungen). c) Ordenes (Gebot y Verbot) po-
sitivas o negativas. d) Los actos administrativos constitutivos (concesiones, permisos, licencias, autoriza-
ciones, nombramientos de funcionarios, creación y reconocimiento de personas jurídicas y afectaciones).
e) Los actos administrativos declarativos y resoluciones análogas a las sentencias de los tribunales (Ents-
cheidung) (Oesterreichisches Verwaltungsrech, Túbingen, 1925, pp. 27 a 30).
FLEINER entiende como acto administrativo el de una autoridad administrativa, por oposición a un
acto de los Tribunales de Justicia (sentencia judicial) o del Poder legislativo. «Pero en un sentido más
estricto, hay que entender por acto administrativo nada más que la acción de una autoridad administrati-
va llevada a cabo en virtud de una facultad de soberanía encaminada a obtener un efecto jurídico.» Sin
embargo, de todos los posibles actos «aquí nos interesan únicamente las órdenes de naturaleza jurídica
dadas por la autoridad; es decir, las que tienden a crear, modificar o suspender una relación jurídica entre
la Administración y el súbdito» (Instituciones de Derecho administrativo, trad. esp., 1933, pp. 148 a 149).
OTTO MAYER formuló una definición del acto administrativo que se ha hecho clásica: «Es un acto
de autoridad que emana de la Administración, que determina frente al súbdito lo que para él debe ser
derecho en el caso individual» («ein der Verwaltung zugehóriger obligkeitlicher Ausspruch der dem Un-
tertanen im Einzelfall bestimment, was fir ihn Recht sein soll»). Estos actos no emanan de cualquier fun-
cionario, sino de una especie de aristocracia de entre ellos que son las «autoridades administrativas» (Deuts-
ches Verwaltungsrecht, 3.* ed., t. 1, 1924, p. 93).
W. JELLINEK entiende que el concepto de O. MAYER es demasiado estrecho, puesto que define un ac-
to administrativo análogo a una sentencia, siendo así que deben considerarse como tales otros actos del
Estado de diferente estructura, como la afectación de un camino al uso público o la certificación de un
nacimiento o una defunción (Verwaltungsrecht, 3.* ed., 1931, p. 246).
Para A. MERKL, la Administración consiste en un hacer, un obrar. Pero al referirse al acto adminis-
412 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
ro, que estas actuaciones que ahora se examinan carezcan en absoluto de interés ju-
rídico: con ellas pueden lesionarse intereses patrimoniales protegidos de los particu-
lares y, consiguientemente, puede haber lugar a una obligación de indemnizar '”.
3.2 Los actos de la Administración con carácter de negocios jurídicos («rechts-
gescháftlichen Verwaltungsakte»), que suponen la admisión en Derecho administra-
tivo de la categoría del negocio jurídico elaborada por el Derecho civil. En este senti-
do define KORMANN los negocios como actuaciones jurídicas en las que la voluntad
del actuante está dirigida a producir determinados efectos de Derecho. Cuando estos
efectos jurídicos se producen en el plano del Derecho público estamos justamente
ante la categoría que ahora nos ocupa. De todas formas, como estos efectos pueden
ser la consecuencia de una declaración de voluntad particular o de una declaración
de voluntad administrativa u oficial, se ha de reservar la denominación acto admi-
nistrativo para estos últimos («ámtliche publizistiche Rechtsgescháft»).
4.2 Los actos de la Administración para la actuación del Derecho («rechtshand-
lungsmássigen Verwaltungsakte»), que son, por oposición a los negocios jurídicos,
aquellas actuaciones permitidas con efectos jurídico independientes de la voluntad
del que actúa. La delimitación respecto de los grupos anteriores no es siempre fácil,
pero KORMANN la encuentra empleando un doble punto de vista: en primer lugar,
las consecuencias o efectos jurídicos de estos actos son siempre los queridos por la
ley, con independencia de la voluntad del órgano administrativo que actúa; en se-
gundo lugar, mientras podría hablarse teóricamente de negocios jurídicos públicos
condicionados, en cambio esta idea repugna en relación con los actos de esta otra
categoría !*.
Pues bien, de todos los grupos examinados solamente el tercero y el cuarto cons-
tituyen el grupo de actuaciones de la Administración pública que deben denominar-
se actos administrativos '”,
trativo «no se ha de entender el hacer, sino lo hecho; no el trabajo, sino la obra». Cada acto está consti-
tuido por una infinidad de momentos parciales que constituyen el hacer. MERKL no admite la distinción
entre actos jurídicos y meros actos, que supondría irrelevantes. Ahora bien: como la imputación de cual-
quier acto al Estado supone una forma (aunque sea de competencia) que justifique la atribución, debe
concluirse que no hay actos administrativos sin significación jurídica (Teoría general del Derecho admi-
nistrativo, trad. esp., 1935, pp. 231 y 232).
FORSTHOFF incluye en la noción sólo la actuación administrativa en ejercicio del poder público. Pero
excluye: de una parte, los contratos administrativos, pues el acto administrativo es unilateral; de otra,
las ordenanzas y reglamentos, pues el acto administrativo es concreto (Lehrbuch des Verwalungsrecht,
A Ss
13 Posibilidad consagrada ya por nuestro Derecho positivo en los artículos 120 y ss. de la ley de Ex-
propiación forzosa de 16 de diciembre de 1954 y artículo 40 y ss. de la ley de Régimen jurídico de la Ad-
ministración de 26 de julio de 1957.
14 Para ilustrar la diferencia, KORMANN se pregunta por las consecuencias que puede acarrear el que
quien actúa declare expresamente que no desea que se produzcan las consecuencias propias del acto. Pues
bien: si el tal acto tiene categoría de negocio jurídico, esta última declaración tendrá fuerza suficiente
como para anular el negocio; en cambio, si se trata de una actuación jurídica de este otro grupo, la decla-
ración será una vana protesta contra lo querido, no ya por el funcionario que actúa, sino por el propio
legislador. Así, si un funcionario, dentro de los límites de su competencia y en la forma prescrita por
las leyes, redacta un documento, da lugar con ello a un documento público, incluso a los efectos de una
posible falsificación, sin que deba considerarse válida una hipotética declaración de dicho funcionario
de que el carácter del documento no es público (op. cit., pp. 23 y 24). La distinción es análoga a la de
actos reglados y discrecionales.
15 KORMANN, System..., cit., pp. 14 a 26. Vid. nuestro trabajo «El negocio jurídico del particular
en el Derecho administrativo», en Rev. de Administración Pública, núm. 1, 1950, pp. 117 y ss.
EL ACTO ADMINISTRATIVO 413
B) POSTURA DE ROYO-VILLANOVA
C) POSTURA DE SAYAGUÉS
En relación con las posturas que se acaban de examinar, debemos formular las
siguientes observaciones:
1.? No hay ningún inconveniente en que el concepto de acto administrativo abar-
que, en sentido amplio, tanto al acto administrativo general.como al concreto. Lo
contrario no es sino un prejuicio que resulta del intento de encontrar una definición
material de la función administrativa. Repetidamente hemos indicado que desde el
punto de vista jurídico esto no interesa. Lo importante es encontrar el conjunto de
actos sometidos al régimen jurídico administrativo, y ciertamente que en este senti-
do hay que admitir que tanto actos administrativos son los generales, como los con-
cretos o especiales, pues unos y otros están sometidos a los dos principios funda-
mentales del régimen jurídico administrativo: sumisión a la ley y a las normas jerár-
quicamente superiores y posibilidad de una fiscalización jurisdiccional para hacer
efectiva dicha sumisión. Pero también es cierto que esta noción demasiado amplia
exige precisiones: los actos administrativos normativos tienen su sede propia de estu-
dio en el capítulo de las fuentes del Derecho.
2.? La noción de acto administrativo no debe reservarse, como quiere SAYA-
GUÉS, para los que consisten en declaraciones de voluntad. Estos actos constituyen,
sin duda alguna, la más importante especie de actos administrativos, pero no los ago-
tan. Por razones que expondremos, conviene acoger también dentro de una defini-
ción ciertas declaraciones de juicio, conocimiento y deseo, realizadas por la Admi-
nistración y que tienen efectos jurídicos.
Por todo lo dicho no tendríamos ningún inconveniente en coincidir con la defini-
ción de ZANOBINI: «Es acto administrativo cualquier declaración de voluntad, de
deseo, de conocimiento o de juicio realizada por un sujeto de la Administración pú-
blica en el ejercicio de una potestad administrativa» '”.
La definición del acto administrativo que acabamos de ofrecer excluye del con-
cepto aquellas actuaciones que no son una consecuencia del ejercicio de una potes-
tad administrativa. Por consiguiente, quedan fuera del concepto, y cabalmente, por
12 Corso di diritto amministrativo, cit., vol. 1, p. 187. Pudiera parecer extraño que aceptemos la de-
finición de ZANOBINI, siendo así que este autor excluye los reglamentos del concepto de acto administra-
tivo. Ahora bien, de la letra de su definición tal exclusión no se desprende, sino que, por el contrario,
se contiene en ella una alusión a la potestad reglamentaria. Pero precisamente porque se obtiene así un
concepto sumamente amplio, es necesario realizar clasificaciones, como se hace infra, especialmente la
que distingue entre actos generales y singulares. Un examen muy detallado de las notas comunes y dife-
renciativas del régimen jurídico de los actos administrativos concretos y de los reglamentos se encuentra
en GORDILLO, Tratado de Derecho admvo., t. 3, Buenos Aires, 1979, pp. 4 (1V) y ss., quien termina pos-
tulando una «definición estricta del acto administrativo que no lo confunda con los reglamentos» (p. 22).
En análogo sentido, ENTRENA CUESTA, Curso de Derecho Administrativo, 8.? ed., 1983, pp. 194 y
ss. J. A. GARCÍA-TREVIJANO (Los actos administrativos, Madrid, Cívitas, 1986: obra póstuma completa-
da y publicada por sus hijos José A. y Ernesto) emplea la expresión «actos de la Administración», que
incluye a cuantos emanan de ella, cualquiera que sea su naturaleza y los actos administrativos «en faceta
jurídico-pública» (p. 44).
EL ACTO ADMINISTRATIVO 415
tal razón, los llamados actos de gobierno y los actos sometidos al régimen jurídico
privado. Como puede verse, esta es la única relevancia que, a efectos del régimen
jurídico, tienen en esta materia los puntos de vista no estrictamente formales.
20 Duegz, Les actes de gouvernement, París, 1935, p. 31. La teoría de conjunto del acto de gobierno
surge bajo el Segundo Imperio, que es cuando se tiene conciencia de esa «prudente reserva». Con todo,
se trata —añade DUEZ— de una teoría peligrosa para la legalidad, aunque justificable desde el punto de
vista histórico-político. y
21 De LAUBADÉRE (en su Traité élémentaire de Droit administratif, cit., p. 162) considera difícil man-
tener la existencia de una «función gubernamental», al menos a la vista del Derecho positivo francés.
Los autores —dice— se ven conducidos a admitir su existencia como consecuencia de la de los actos de
gobierno, pero justamente esta teoría —teniendo en cuenta la forma como ha sido construida por la
jurisprudencia— resulta completamente extraña a la idea de una función gubernamental. Es significativo
el título de un trabajo de VILLARY, «L*introuvable acte de gouvernement», en Rev. de Droit Public, 1952,
pp. 353 y 354.
Es curioso constatar cómo esta doctrina tiene actualmente su réplica en el Derecho Internacional pri-
vado. La «Act of State doctrine» postula que un Tribunal ante el que se plantee demanda contra un par-
ticular para discutir situaciones surgidas al amparo de leyes o decisiones acordadas por un Estado extran-
jero debe abstenerse de conocer del fondo de la cuestión, pues lo contrario implicará el examen de la
validez de los actos de dicho Estado. No obstante, también aquí se observa una reacción contra tal doctri-
na. La 50.? Conferencia de Derecho Internacional, celebrada en Bruselas en 1962, ha recomendado que,
en tanto se configura una jurisdicción internacional con competencia sobre la materia, los litigios deben
resolverse por los Tribunales locales. Es innecesario añadir que la cuestión se ha planteado especialmente
a la vista de la política nacionalizadora de muchos países y que, por tanto, la defensa de la «act of state
doctrine» corrió en esta Conferencia a cargo de los países socialistas (vid. The International Law Associa-
tion. Report of the 50.* Conference, Bruselas, 1962, pp. 122 y ss. y 153 y ss.).
416 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
dactada la antigua legislación española. Por eso no debe extrañar que la ley de la
jurisdicción contencioso-administrativa de 1894 fuese más lejos todavía, entendien-
do que había unos actos llamados discrecionales, que lo eran por naturaleza o por
la índole de la materia a que se referían, entre los cuales estaban precisamente los
actos políticos o de gobierno”.
La vigente ley de la jurisdicción contencioso-administrativa de 27 de diciembre
de 1956 (obviamente necesitada de adaptaciones parciales a la Constitución), sigue
pensando que los actos políticos o de gobierno son distinguibles, frente a los admi-
nistrativos, por su diversa naturaleza, pero se separa radicalmente de la antigua Ley
de 1894, en cuanto que ahora no los trata como una subespecie de los actos discre-
cionales. Al relacionar en el artículo 2. las cuestiones que no corresponden a la ju-
risdicción contencioso-administrativa, señala en el apartado b) «las cuestiones que
se susciten en relación con los actos políticos del Gobierno, como son los que afec-
tan a la defensa del territorio nacional, relaciones internacionales, seguridad interior
del Estado y mando y organización militar, sin perjuicio de las indemnizaciones que
fuesen procedentes, cuya determinación sí corresponde a la jurisdicción contencioso-
administrativa». Obsérvese que la redacción de este precepto significa también una
nueva restricción respecto del concepto de los actos «políticos o de gobierno» de que
hablaba la ley anterior, pues ahora al elemento objetivo (naturaleza política) se aña-
de un elemento subjetivo: que sean dictados precisamente por el Gobierno. Y como
en nuestro Derecho positivo el Gobierno está constituido por el Consejo de Minis-
tros, quiérese decir que sólo los actos de este alto Organismo pueden ser los exclui-
dos de fiscalización por razón de su conceptuación como actos políticos, pero nunca
los actos ministeriales. Por lo demás, también se ha de observar que la imposibilidad
de fiscalizar el acto (imposibilidad, por tanto, de anularlo) no impide la reclamación
de responsabilidades por los daños que las medidas del Gobierno hayan podido cau-
sar a los particulares.
Sin embargo, lo relatado debe estimarse hoy como pura ilustración de la evolu-
ción histórica del tema. Después de promulgada la Constitución todos los actos del
Poder ejecutivo que afecten a situaciones jurídicas de los particulares son fiscaliza-
Para GARCÍA-TREVIJANO los actos políticos o de Gobierno participan de la naturaleza de los actos ad-
ministrativos; simplemente se les ha excluido de fiscalización jurisdiccional (op. cit., p. 45).
22 El Reglamento de lo contencioso-administrativo para ejecución de la ley de 1894 entendía en su
artículo 4. que corresponden señaladamente la potestad discrecional: 1. Las cuestiones que por la natu-
raleza de los actos de que nazcan o de la materia sobre que versen pertenecen al orden político o de go-
bierno...» Es decir, el acto de gobierno era una subespecie del acto discrecional y se caracterizaba por
su naturaleza especial. La ley de 18 de marzo de 1944 hacía, por su parte, una enumeración de cuestión
excluidas del recurso contencioso-adminitrativo «como pertenecientes al orden político o de gobierno»,
entre las que se encontraban las leyes y disposiciones referentes a depuraciones, responsabilidad política,
desbloqueo, prensa y propaganda y abastecimientos».
La jurisprudencia del Tribunal Supremo ha reiterado en múltiples ocasiones este criterio legal (senten-
cia del 19 de enero de 1951, que considera acto político la remoción del cargo de patronos de un asilo
«como sanción por actividades políticas»). No obstante, la jurisprudencia de agravios llegó a sentar la
entonces progresiva doctrina de «que la exclusión de estas materias (responsabilidades políticas) del re-
curso no puede extenderse a más que a impedir que se impugne la sanción...; pero no podrá impedir que
se fuerce a la Administración por medio del recurso de agravios a cumplir las formalidades establecidas
y a actuar en aspectos en que ya no puede moverse discrecionalmente, cual sucede con las clases de san-
ciones que se pueden imponer, con las normas procesales que han de aplicarse o con los requisitos que
es preciso que se cumplan» (Orden de la Presidencia de 23 de mayo de 1950, Boletín Oficial del 28).
EL ACTO ADMINISTRATIVO 417
La falta de unidad en el régimen jurídico de los actos del Estado no es una cues-
tión nueva que haya surgido con el Derecho administrativo de nuestros días. Con
anterioridad incluso a la aparición del moderno Estado de Derecho, los juristas de
la época del Estado-policía construyeron la famosa doctrina del Fisco, merced a la
cual fue posible someter al Derecho una parte de la actividad estatal, en tiempos en
que el divorcio entre Estado y Derecho era casi absoluto. Pero lo curioso fue que
advenido el Estado de Derecho con sus consiguientes principios de sumisión de la
Administración a la ley y de fiscalización jurisdiccional de la legalidad de los actos
administrativos, la distinción entre unas y otras actuaciones del Estado va a perdu-
rar en forma análoga. Desde luego, el problema es ahora distinto: surgidos los Tri-
bunales administrativos, como independientes de los Tribunales civiles, la cuestión
que se plantea es la relativa a determinar el ámbito de competencias de cada uno
de ellos; es decir, cuáles son los actos del Estdo fiscalizables por los Tribunales Ad-
ministrativos y cuáles otros son de la competencia de la jurisdicción civil ordinaria.
La doctrina francesa, que tuvo que plantearse particularmente el problema (supues-
ta la diferenciación de jurisdicciones que se estableció en aquel país) a lo largo del
siglo XIX, arbitró como primera solución la famosa distinción entre los actos de auto-
ridad y actos de gestión del Estado; los primeros, fiscalizables por la jurisdicción
administrativa, y los segundos de la competencia de los Tribunales civiles %. Puede
decirse que la distinción entre actos de autoridad y de gestión constituye el eje alre-
dedor del cual gira el Derecho administrativo durante el siglo XIX en Francia. Una
de sus consecuencias más notables fue, para unos, la de construir una teoría del Es-
tado en cuanto persona moral como opuesta al Estado-Poder; para otros, la asigna-
ción al Estado de una doble personalidad, según actuase como poder o sometido
al régimen jurídico privado.
La crisis de la distinción es una consecuencia de las profundas transformaciones
que la Administración y el Derecho administrativo sufren desde fines del siglo XIX.
Ya en 1899 (en La gestión administrative) había puesto de manifiesto HAURIOU có-
mo la propia noción de gestión, base de la antigua distinción, se desdobla a su vez,
en una «gestión administrativa» de los servicios públicos junto a una «gestión priva-
da» de los servicios públicos, la primera de las cuales está sometida al Derecho admi-
nistrativo. Por otra parte, el criterio particional que la jurisprudencia francesa co-
23 Vid. para una evolución de la distinción entre estos tipos de actos y su sustitución posterior por
la teoría del servicio público. DE LAUBADÉRE, Traité élementaire..., cit., pp. 39 a 49.
418 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
menzó a consagrar y los esfuerzos doctrinales de la llamada «escuela del servicio pú-
blico», determinaron que el nuevo concepto clave del Derecho administrativo fuese
en adelante el de servicio público: según éste, era de la competencia de los Tribuna-
les Administrativos toda aquella actividad estatal que tuviese por finalidad u objeto
la gestión de un servicio público, concepto que abarca tanto los actos de poder como
muchos actos que la antigua doctrina hubiese considerado de gestión.
Con todo, es ahora la noción de servicio público la que para muchos está en cri-
sis 2%, Si antes podía decirse lícitamente que la existencia del procedimiento jurídico
especial (exorbitante del Derecho común) del servicio público era la consecuencia
de que la Administración actuaba para la satisfacción de necesidades públicas, mien-
tras que en otros casos actuaba como un simple particular en la gestión de su patri-
monio, ahora nos vamos a encontrar con que la utilización de los medios jurídicos
de Derecho público o de Derecho privado no se corresponde exactamente con aque-
lla distinción%. Por eso se hace cada vez más difícil encontrar un criterio apriorís-
tico con que determinar de una vez para siempre cuándo una actividad administrati-
va debe estar regida por el Derecho público y cuándo por el Derecho privado, de-
biendo contraerse —más modestamente— la investigación a buscar un criterio que
nos sirva a posteriori para decidir, en cada caso concreto, si tal relación jurídica en
que intervenga la Administración es o no de Derecho público. y
A tal efecto hemos mantenido en su lugar que lo característico del Derecho admi-
nistrativo es que se manifiesta como jus cogens, si bien la simple existencia de esta
cualidad no es determinante de la aparición del Derecho público administrativo. Por-
que para que éste surja —y aquí está el criterio de diferenciación con el Derecho
privado— es preciso que se presente, como uno de los sujetos de la relación jurídica,
la Administración, dispuesta a hacer efectivo por sí misma y dada su condición de
poder jurídico, un ordenamiento jurídico imperativo.
Sobre la base de esta situación, ¿cuál es el criterio de nuestro Derecho positivo?
La antigua ley de 1894, al señalar en su artículo 1.? los requisitos que habían de reu-
nir los actos administrativos impugnables ante la jurisdicción contencioso-
administrativa, decía en su número 3.%: «que vulneren (las resoluciones administra-
tivas) un derecho de carácter administrativo establecido anteriormente en favor del
demandante por una ley, un reglamento u otro precepto administrativo». Toda la
discusión jurídica durante la vigencia de aquella ley giró en torno, por consiguiente.
a la determinación de cuándo una resolución administrativa lesionaba derechos de
carácter administrativo, lo cual no ocurría obviamente cuando la Administración ac-
tuaba sometida al régimen del Derecho privado.
La ley de la jurisdicción de 1956 dice en su artículo 1.*:
24 Cfr. R. DRAGO, Les crisis de la notion d'établissement public, París, 1950; De CORAIL, La crise
de la notion juridique de service public, París, 1954. Abogando por la utilidad que aún representa este
concepto como cardinal en el Derecho administrativo, vid. DE LAUBADERE, Op. Cif., p. 47.
25 M. CANTUCCI, L'attivita di Diritto privato della pubblica amministrazione, Padova, 1942, p. 44,
razona su postura, en relación con el problema que nos ocupa, con las siguientes palabras: «Al excluir
el ordenamiento jurídico vigente la existencia de un límite sustancial de aplicación del Derecho privado
a la Administración pública, induce a considerar superada la distinción entre actividad pública y privada
del Estado y a confirmar la existencia de una única actividad administrativa capaz de diferenciarse en
actividad de Derecho público y actividad de Derecho privado.»
EL ACTO ADMINISTRATIVO 419
26 Para un examen más minucioso de estas categorías, vid. GARRIDO FALLA, Régimen de Impugna-
ción de los Actos Administrativos, Madrid, 1956, pp. 124 y ss.
27 El repaso de las decisiones jurisprudenciales, resolviendo casos concretos, puede ser de alguna uti-
lidad. Así se declara: carácter civil y no administrativo del arrendamiento de una casa para dependencia
de una Delegación de Hacienda (sentencia de 28 de noviembre de 1924); es cuestión civil la reclamación
por un letrado de honorarios devengados en virtud de arrendamiento de servicios prestados a una Corpo-
ración pública (sentencia de 3 de julio de 1919, y en el mismo“sentido el Auto de 30 de abril de 1906);
hay cuestión civil cuando la Administración, procediendo como persona jurídica, otorga escritura de re-
dención de un censo afecto a un inmueble que fue del Estado (sentencia de 29 de febrero de 1908); es
civil el contrato celebrado por un Ayuntamiento a favor de particulares sobre cesión de parcelas (senten-
cia de 5 de noviembre de 1897); es incompetente la jurisdicción contencioso-administrativa para resolver
las diferencias surgidas entre el Ayuntamiento, adquirente de una finca urbana mediante escritura de ven-
ta, y el vendedor, sobre la superficie, duración y subsanación de errores producidos al otorgar aquélla
y devolución de parte del precio estipulado (sentencia de 30 de enero de 1923); son de índole civil las cues-
tiones relativas a evicción y saneamiento de inmuebles vendidos por el Estado (sentencias de 7 de octubre
de 1986, 22 de enero de 1906, 5 de diciembre de 1906 y Auto de 11 de diciembre de 1906), y a los Tribuna-
les ordinarios corresponde la interpretación de cláusulas fundacionales de una institución benéfica (sen-
tencia de 19 de mayo de 1934); de carácter civil es lo relativo al cumplimiento de pactos concertados entre
una Diputación y un particular sobre gestión de negocios y, concretamente, sobre percepción de créditos
contra el Estado (sentencia de 9 de mayo de 1950). En otros casos, en cambio, el Tribunal Supremo ha
reconocido la competencia de la jurisdicción contencioso-administrativa; así, es de naturaleza adminis-
trativa y no civil y, por tanto, no puede legalmente titularse de arrendamiento, aunque se denominara
así en el anuncio de concurso, el contrato de concesión de un teatro concertado por el Estado para fomen-
to de las artes musicales (sentencia de 20 de marzo de 1929). Sobre el criterio de distinción entre los con-
tratos civiles y administrativos, nos remitimos al volumen II de esta obra.
420 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
vil de las personas o sobre derechos civiles en general fue ya, desde hace años, puesta
de manifiesto por la doctrina %. A éstos hay que añadir otras manifestaciones más
recientes de la actividad administrativa, cuyo resultado es la constitución o el condi-
cionamiento de relaciones jurídicas entre particulares, y que es la consecuencia de
la sustitución progresiva que en amplias zonas se viene realizando del principio de
la autonomía de la voluntad por normas de derecho impositivo (jus cogens).
En orden al problema que estamos tratando, la cuestión se reduce a saber si los
actos de referencia están sometidos o no al régimen de los actos administrativos.
Por lo que se refiere al primer grupo de actos —es decir, a los integrados en los
que la doctrina llama la administración pública de Derecho privado—, nuestra Opi-
nión es que no pueden estar sometidos al régimen de fiscalización de los actos admi-
nistrativos y que la jurisdicción contencioso-administrativa es, por consiguiente, in-
competente, dado que, por lo general, no producen lesión de derechos administrati-
vos de los particulares. Hay que reconocer, sin embargo, que la cuestión ofrece mu-
chas dudas. En algunos casos no hay problema porque los órganos que actúan no
tienen auténtico carácter administrativo: por eso, y con referencia a ellos, ha podido
decir la jurisprudencia que las disposiciones que regulan la forma de contraer matri-
monio y los requisitos para su celebración son de carácter civil y no pueden conocer
de las reclamaciones que surjan más que los Tribunales ordinarios (auto de 4 de fe-
brero de 1907). Pero en otros supuestos hay que reconocer que el único argumento
que fundamenta la solución que propugnamos sería la consideración de que la discu-
sión del acto administrativo impugnado está condicionado por una cuestión previa
que supone una auténtica discusión de Derecho civil. Es el caso, por ejemplo, de
las resoluciones de la Dirección General de los Requisitos y del Notariado resolvien-
do recursos de alzada interpuestos por particulares a los que los Registradores de
la Propiedad les han denegado la inscripción registral de sus derechos. Desde luego,
la jurisprudencia del Tribunal Supremo se ha pronunciado en este sentido, conside-
rando que «las resoluciones de la Dirección General de los Registros y del Notaria-
do, al decidir en definitiva sobre los recursos deducidos contra las calificaciones de
los Registradores acerca de los documentos motivadores de la inscripción que haya
de tener lugar en los libros del Registro o bien a la cancelación de los asientos efec-
tuados, constituye el trámite final del procedimiento gubernativo abreviado que, ade-
más del judicial, se halla establecido en orden a los asuntos indicados; pero por su
concreción exclusiva al ámbito registral, circunscrito a las cuestiones referentes al
dominio y a los derechos reales sobre bienes inmuebles, resuelven siempre proble-
mas de derecho privado entre particulares» (sentencia ed. la Sala 4.*, de 6 de no-
viembre de 1954)”. En resumen, se trata de actos en que la Administración actúa
como una jurisdicción especial en materia civil.
28 Vid. ZANOBINI, «Sullamministrazione pubblica del Diritto privato», en Riv. Dir. Pub., 1918 1 pp.
169 y 230. Entre nosotros FERNÁNDEZ DE VELASCO (en El acto administrativo, cit., pp. 301 y ss.) se plan-
teó también el problema.
dí En puridad cabría aducir que, aparte la cuestión de fondo, podría plantearse un recurso contra
vicio de forma en la tramitación de estos recursos que, indudablemente, sería de naturaleza contencioso-
administrativa. No conocemos ningún caso que se haya efectivamente planteado ante los Tribunales; pe-
ro en principio, desde el punto de vista práctico, no es solución aconsejable, pues parece antieconómica
procesalmente esta separación de jurisdicciones según se trate de vicio de forma o de cuestión de fondo.
EL ACTO ADMINISTRATIVO 421
Un estudio de estos problemas ha realizado GONZÁLEZ PÉREZ (en «La impugnación de los actos re-
gistrales» en Rev. Cirt. de Der. Inmob., septiembre-octubre 1955, pp. 413 y ss.). Entiende que el Registro
de la Propiedad es un servicio público, y actos administrativos los que con motivo del procedimiento re-
gistral se producen. En principio, pues, y salvo las peculiaridades del caso, el régimen de impugnación
de estos actos debe estar dominado por los mismos principios que siguen la impugnación del acto admi-
nistrativo. Así es que hay que plantearse el problema de si un acto de un Registrador que deniega una
inscripción pretendida por un particular puede, una vez confirmado jerárquicamente por la Dirección
General de los Registros y del Notariado, dar lugar a un proceso contencioso-administrativo. El argu-
mento de que estos actos no lesionan derechos subjetivos de carácter administrativo es rechazado por
GONZÁLEZ PÉREZ; por el contrario, afirma, existe un derecho de carácter administrativo a inscribir el tí-
tulo, aunque éste verse sobre derechos civiles. Ahora bien, como la denegación o no de la inscripción
se hace —cuando el título es de naturaleza civil— en función de normas de carácter civil, el recurso
contencioso-administrativo también tendría que fundarse en preceptos civiles. De aquí que deba concluir-
se a favor de su imposibilidad, de acuerdo con el artículo 4.?, núm. 4 del Texto refundido de lo conten-
cioso.
Hay casos, sin embargo, en que el título que se inscribe en el Registro versa sobre derechos adminis-
trativos, por ejemplo, cuando se pretende la inscripción de un aprovechamiento de aguas públicas basado
en una concesión administrativa. La negativa del registrador, confirmada por la Dirección General, ¿se-
ría ahora revisable en contencioso-administrativo? La contestación de GONZÁLEZ PÉREZ es afirmativa,
pues en este caso desaparecen las razones que en el supuesto anterior fundamentan la incompetencia de
jurisdicción.
30 G. TREVES, «Gli atti amministrativi di rapporti fra privati», en Rivista trim. di Dir. Pub., abril-
junio 1954, pp. 322 y 323.
Un ejemplo concreto nos explicará lo que acabamos de decir. De acuerdo con la ley de 23 de julio
de 1942, el Ministerio de Agricultura era competente para hacer declaraciones de «cultivos más beneficio-
sos» en relación con determinadas fincas rústicas. Esta declaración tenía unos inevitables efectos de ca-
rácter civil: con base a ella, el particular arrendador puede desahuciar al particular arrendatario. Pues
bien, si es evidente la naturaleza civil de la relación existente entre estos dos particulares, y que está condi-
cionada por el acto administrativo, no lo es menos del carácter de acto administrativo del que se discute.
La relación que nace entre el Ministerio de Agricultura y el particular interesado en obtener esta declara-
ción (el arrendador), o en que no se produzca (el arrendatario), es jurídico-administrativa y, como tal,
discutible ante los Tribunales de la jurisdicción contenciosa a través de la impugnación del acto del Minis-
terio de Agricultura. Cuestión aparte es si, dado su carácter discrecional, tales declaraciones eran impug-
nables.
RIVERO ISERN, El Derecho administrativo y las relaciones entre particulares, Sevilla, 1969, trata de
demostrar que en estos casos es la propia relación entre particulares la que está reglada por el Derecho
administrativo, lo cual de ser así, pone en revisión el concepto mismo de nuestra disciplina. Vid. lo que
hemos dicho en capítulos anteriores sobre los llamados «actos adminitrativos de los particulares».
CAPITULO II
EL ACTO ADMINISTRATIVO
(Continuación)
SUMARIOS: 1. Los sistemas de clasificación.—2. Por la extensión de sus efectos: actos generales y concre-
tos.—3. Por razón del tipo de facultades ejercitadas: actos discrecionales y regalados.—4. Por razón de
los sujetos que intervienen: actos simples y complejos; unilaterales y bilaterales.—S. Por razón del conte-
nido del acto y sus efectos: meros actos administrativos y negocios jurídicos: A) Examen de los principa-
les negocios jurídicos. B) Consideración especial de los meros actos administrativos. 6. Por razón del con-
tenido del acto y sus efectos (continuación): actos definitivos y de trámite. A
E No de Le
11 Manuel élementaire de Droit administratif, 4.* ed., 1946, p. 36. Obsérvese que en cierto sentido
identificamos la generalidad con el carácter normativo del acto. La nota de la generalidad de las leyes
no es, por supuesto, un invento de la Revolución francesa ni de sus doctrinarios, sino que se encuentra
en los clásicos anteriores y está directamente entroncada en la tradición romana. Así, afirma DomMArT:
«Las leyes nunca se establecen para una persona particular, ni se limitan a un caso singular, sino que
se dirigen al bien común y ordenan generalmente lo que es más útil en los casos que ordinariamente suce-
den.» En su apoyo cita DomAT las fuentes romanas: «lex est commune praeceptum» y «Jura non in sin-
gulas personas, sed generaliter constituuntur» (Derecho público, trad. esp., Madrid, 1788, t. 1. p. 165).
12 Del artículo 39 de la Ley de la Jurisdicción contencioso-administrativa de 1956 se desprende la po-
sibilidad de impugnar directamente, por medio del recurso contencioso-administrativo, las disposiciones
de carácter general que dictare la Administración del Estado, así como las entidades locales y demás cor-
poraciones e instituciones públicas. Este recurso podrá ser utilizado —según el art. 28— por las corpora-
ciones y entidades que ostenten la representación o defensa de los intereses generales o corporativos afec-
tados por la disposición o por los propios particulares directamente obligados al cumplimiento de dicha
disposición.
Por lo demás, la posibilidad de impugnación directa de las disposiciones generales no empece a que
también sea recurrible el acto administrativo concreto que la Administración dictare en aplicación de aquéllas
(art. 39, núm. 2).
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 425
13 SANDULLI, «Sugli atti amministrativi generali a contenuto non normativo» en Scritti gluridici in
memoria di V. E. Orlando, 11, Padova, 1957, pp. 447 y ss.; SANTIANELLO, Gli atti ammnistrativi genera-
li a contenuto non normativo, Milano, 1963. L. MARTÍN-RETORTILLO distingue las actuaciones adminis-
trativas combinando el doble criterio de los supuestos de hecho regulados y de los destinatarios en: 1)
abstracta-general; 2) abstracta-especial; 3) concreta-general, y 4) concreta-especial «Actos administrati-
vos generales y reglamentos», en Rev. 4d. Púb., núm. 40, 1963, p. 248). Resulta curioso que A. GORDI-
LLO [en su Tratado..., cit., vol. 3, p. 25 (IV)] después de insistir en una definición estricta del acto admi-
nistrativo, que excluye al reglamento, propone la unificación conceptual de éste con los actos administra-
tivos con destinatario plural, o actos generales no normativos. Pienso que la substancial diferencia entre
un Reglamento de oposiciones y una convocatoria de oposiciones pueda ser argumento en contra sufi-
ciente.
426 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Resulta así en relación con la vieja legislación española: 1.? Que se establecía una
oposición tajante entre actos reglados y actos discrecionales, que conducía a enten-
der que estos últimos eran inimpugnables mediante el recurso contencioso-
administrativo (art. 1.2 de la ley de 1894). 2.” Que al definirse la discrecionalidad
ratione materiae, los actos políticos o de gobierno aparecían como una especie del
género de los discrecionales.
Esta situación legal fue duramente criticada por la duchina: Los actos adminis-
trativos —decía ARIAS DE VELASCO— son más o menos reglados y más o menos dis-
crecionales. Debemos decir no que los actos son reglados o discrecionales, sino que
en todos los actos, por reglados que sean, existe un poder discrecional mayor o me-
nor, y que en todos los discrecionales, por libres que los supongamos, se ejercita
una actividad más o menos reglada?*.
Igualmente la jurisprudencia del Tribunal Supremo, rechazando las repetidas ex-
cepciones de incompetencia opuestas por el Ministerio Fiscal para impedir que el Tri-
bunal entrase en el fondo del asunto, admitió la posibilidad de la anulación, por vi-
cio de forma, de actos administrativos que, en cuanto al fondo, eran discreciona-
les 1%. Se venía a desterrar así la noción del acto discrecional apriorístico o por na-
turaleza, consagrándose la tesis de que el carácter reglado o discrecional de cualquier
acto administrativo sólo puede descubrirse confrontando con la legislación vigente
cada uno de los elementos constitutivos de dicho acto.
La consagración legislativa de esta postura se logra en la nueva ley jurisdiccional
de 1956, en cuya Exposición de motivos se dice: «Al relacionar los actos excluidos
de fiscalización contencioso-administrativa, la ley no menciona los actos discrecio-
nales. La razón estriba en que, como la misma jurisprudencia ha proclamado, la dis-
crecionalidad no puede referirse a la totalidad de los elementos de un acto, a un acto
en bloque... ni es un prius respecto de la cuestión de fondo... La discrecionalidad,
por el contrario, ha de referirse siempre a alguno o algunos de los elementos del ac-
to, con lo que es evidente la admisibilidad de la impugnación jurisdiccional en cuan-
to a los demás elementos» !*.
14 ARIAS DE VELASCO, «Lo discrecional y lo reglado en el acto administrativo», en Rev. Der. Pún.,
febrero de 1932, p. 37.
15 Sentencias del Tribunal Supremo de 3 de octubre de 1950 y 24 de febrero y 9 de marzo de 1954.
16 A juzgar por las expresiones que se emplean en el párrafo transcrito, cabe pensar que el legislador
se ha inspirado en lo por nosotros escrito con anterioridad en el núm. 13 de la Revista de Administración
Pública («El tratamiento jurisprudencial de la discrecionalidad administrativa»). De dicho trabajo nues-
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 427
por la doctrina italiana a partir de fines del siglo XIX '”; pero hasta la fecha no se
ha logrado sobre la materia un acuerdo definitivo '.
Como observa ENTRENA CUESTA, se ha producido una evolución del concepto
que arranca de la noción amplia de Vereinbarung (acuerdo) formulada por JELLI-
NEK —para el que todas las aprobaciones, los actos en colaboración y, en general,
todos los actos que resultan de un acuerdo de varias personas, tan frecuentes en la
formación de la voluntad del Estado, no son sino Vereinbarung—, para concluir,
a través de sucesivas depuraciones, en una noción más estricta de acto complejo que
reduce notablemente su ámbito de aplicación '?. Hasta el punto de que incluso re-
sulta lícito plantearse la duda sobre su existencia en determinados ordenamientos
positivos.
Por lo que se refiere a nuestro Derecho, ROYO-VILLANOVA ofrecía el ejemplo
de los Decretos firmados por el Jefe del Estado y refrendados por un Ministro ?.
Nosotros mismos hemos ofrecido en otra ocasión el ejemplo de las llamadas Orde-
nes ministeriales conjuntas, firmadas por varios ministros, habida cuenta de la com-
petencia concurrente de los mismos en relación con el problema a resolver ?!. Pero
es evidente que también este ejemplo se desvanece una vez que entró en vigor el ar-
tículo 25, 2.”, de la Ley de Régimen jurídico ?.
tro son los siguientes párrafos: «Pero es el caso que la moderna técnica jurídico-administrativa ha llegado
a la conclusión de que el acto discrecional no es un prius, por razón de su sustancia, sino un posterius,
a que se llega una vez que cada acto administrativo en concreto ha sido puesto de acuerdo con la legisla-
ción vigente...» «Porque al intentar la adecuación del acto administrativo con la legislación vigente, lo
único que aparece claro es que en el mismo se dan elementos reglados y elementos discrecionales» (p.
146). «Para el legislador de 1894 el acto discrecional lo era en bloque; para la jurisprudencia hay posibili-
dad de descubrir elementos reglados junto a otros discrecionales en un mismo acto administrativo» (p. 149).
17 Posiblemente el primer estudio dedicado a la materia especialmente sea el de BRONDI, L?atto com-
plesso, Torino, 1889 (publicado también en el volumen de estudios de honor de F. SCHUPPER). Es indu-
dable en este autor la influencia de la doctrina alemana, especialmente a través de G. JELLINEK. Con pos-
terioridad han insistido sobre el tema: DONATI, «Atto compeslso, autorizzacione, aprovazione» en Ar-
chivio giuridico, 1903, pp. 1.105; Bors1, «L*atto amministrativo complesso», en Studi Senesi, Torino,
1903; BRACCI, Dell"atto complesso in Diritto amministrativo, Siena, 1927; GASPARRI, Studi sugli atti giu-
ridici complesi, Pisa, 1939.
18 Como recuerda ENTRENA CUESTA (en «El acto administrativo complejo en la esfera local», en Re-
vista de Estudios de la Vida Local, 1957, núm. 95, p. 657), parece como si el término complejo se inter-
pretase en el sentido de «complicado» y hubiese servido por ello.-para encuadrar a todos aquellos supues-
tos de difícil calificación. El mismo autor se refiere a la opinión de FoRTI en relación con esta categoría
que, según dice, «ha hecho más mal que bien, siendo superiores, sobre todo en la práctica, las derivacio-
nes y los errores que de ella han derivado a las ventajas obtenidas».
Hay autores que estudian la clasificación que nos ocupa a base de tres miembros: actos simples, actos
complejos y acuerdos. Un ejemplo de estos últimos lo constituye la formación de consorcios administrati-
vos, que producen norma de Derecho objetivo cuya vigencia no está limitada a las parte estipulantes (TI-
VARONI, Teoría degli atti ammnistrativi, 1939, pp. 40 y 41).
19 ENTRENA CUESTA, Op. Cif., p. 658; JELLINEK, Sistema dei diritti pubblici subbietivi, trad. italiana,
DIZII
20 La opinión de RoYo-VILLANOVA se aplica al Derecho anterior a 1936. La Constitución de 1978 exige
el refrendo de los actos del Rey en su artículo 64: «De los actos del Rey serán responsables las personas
que los refrenden».
21 En nuestro libro Régimen de impugnación..., Cit., p. 172.
« 22 Dice así: «Cuando la disposición o resolución administrativa dimane de una comisión delegada del
Gobierno o afecte a varios departamentos, revestirá la forma de orden del Ministro competente o de la
Presidencia del Gobierno dictada a propuesta de los Ministros interesados...» Es evidente que estas Órde-
nes de la Presidencia vienen a subrogarse en la función que antes desempeñaban las órdenes conjuntas.
Otro tanto cabe decir en relación con los Decretos conjuntos a la vista del párrafo 2.? del artículo 24.
428 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
23 Op. cit., p. 664. En cambio ALVAREZ GENDÍN, comentando la Ley de Bases de 1945, señala como
actos complejos una serie de supuestos de autorización del acto local por las autoridades centrales y de
conciertos entre entes locales («¡Máxima descentralización, pero máxima responsabilidad!» en Rev. Es-
tudios de la Vida Local, 1946, núm. 29, p. 725.
24 Vid. RANELLETTI, Teoría..., cit., p. 27. Para este autor la aprobación es un puro requisito de eje-
cutoriedad del acto administrativo aprobado. Entre nosotros, CLAVERO ARÉVALO, «El recurso
contencioso-administrativo contra reglamentos y ordenanzas en la nueva Ley de Régimen local», sep. de
la Rev. Gen. de Leg. y Jurisp., Madrid, 1951, p. 20.
25 Para SAYAGUÉS, «la declaración de voluntad aprobatoria se funde con la declaración de voluntad
administrativa principal, creadora del acto, configurándose un acto complejo» (Tratado..., cit., p. 417).
Por su parte, GARCÍA-TREVIJANO («La autonomía municipal: aprobaciones y procedimientos bifási-
cos en el ordenamiento español», en Rev. Derecho Priv., sept. 1966, pp. 747 a 775), distingue los supues-
tos de aprobación por el ente tutelante de los acuerdos municipales (en cuyo caso existen dos procedi-
mientos: uno para dictar el acto aprobado y otro para el acto aprobatorio, de los que existe un único
procedimiento estructurado en dos fases (bifásico): local y estatal. Es un medio mucho más poderoso
de injerencia estatal. Son ejemplos: alteración de términos municipales, creación de entidades locales me-
nores, mancomunidades voluntarias, régimen de carta, municipalización de servicios, etc.
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 429
Es sabido que la teoría general del negocio jurídico privado, como independiente
de la del negocio contractual, fue iniciada por los pandectistas alemanes y después
aplicada con éxito al Derecho civil, donde adquirió expresión legal en el Código civil
alemán. La aplicación de este concepto al Derecho público tiene también una consi-
derable tradición en la literatura jurídica alemana, en la cual se pueden citar, por
lo que a los primeros tiempos se refiere, los nombres de GAREIS, LANBAND y O.
MAYER . Algunos de entre los privatistas (ZITELMANN, KUNTZE, REGELSBER-
GER...) intuyeron también la aplicabilidad de la noción de negocio jurídico al cam-
po público ?*'.
La recepción del concepto se realiza en Italia hacia 1904 por PACINOTTI, arral-
gando más tarde en la literatura de aquél país *?. En cambio, se muestra impermea-
ble al mismo, en sus líneas generales, la doctrina francesa, sin que tampoco pueda
afirmarse que ha tenido demadiado éxito en la española >.
trato. Se da allí donde la voluntad del particular es necesaria para que el acto administrativo tenga vali-
dez. Por ejemplo, consentimiento del administrado para ser nombrado funcionario. Para JELLINEK se
trata de un zweiseitiger Verwaltungsakt (Verwaltungsrecht, 3.*? ed., 1931, pp. 249 y ss.).
30 Vid. para una exposición más detallada del contenido y desarrollo de esta litaratura KORMANN,
System der rechtsgescháftlichen Staatsakte, 1910, pp. 15 y ss. Otto MAYER distingue fundamentalmen-
te los actos administrativos en decisiones (Entscheidungen) y resoluciones (Verfúgungen). Las decisiones
son actos administrativos con contenido jurídico predeterminado. Las resoluciones, en cambio, constitu-
yen su antítesis absoluta, puesto que crean ex novo cierta relación jurídica entre un individuo determina-
do y el Poder público. Pues bien, para el citado autor este tipo de actos administrativos corresponde pre-
cisamente a lo que en Derecho civil es el «negocio jurídico», como el convenio, el testamento, etc.; por
ello lo denomina negocio jurídico de Derecho público (Le Droit administratif allemand, ed. franc., t.
I, París, 1903, pp. 126 y 127).
31 Claro es que no faltando oposición por parte de algunos autores. MANIGK señala que el empleo
del concepto de negocio jurídico en el campo público conduciría a la anomalía de construir un tipo de
negocio jurídico al que no le serían aplicables las normas contenidas en el Código civil alemán, que son
las que constituyen la disciplina del negocio jurídico «como tal». De todas formas, la oposición de MA-
NIGK se fundamenta, sobre todo, en razones terminológicas.
Desde el punto de vista del Derecho procesal, se opone también a la admisión del negocio jurídico
público MICHEL. Su razonamiento es el siguiente: la esencia del negocio jurídico que regula el Código
civil está en la fuerza del mismo para la transformación del orden jurídico-privado; ninguna actuación
procesal, particularmente la sentencia, tiene influjo alguno sobre el Derecho privado, sino que, antes bien,
su eficacia se da exclusivamente en el campo jurídico público; concretamente, dice él, las actuaciones pro-
cesales no son negocios jurídicos. Claro es que, como dice KORMANN, lo único que prueba la argumenta-
ción de MICHEL es que no son negocios jurídicos privados, pero deja de demostrar que los únicos nego-
cios jurídicos deben ser los privados (KORMANN, Op. cit., p. 17).
Es curioso señalar que la poquísima literatura jurídica española relativa a la discusión sobre la admisi-
bilidad del concepto de negocio jurídico en el campo del Derecho público es también de filiación procesa-
lista. Así, por ejemplo, GUAsP señala que «si nos atenemos a la dirección tradicional que ve en el nego-
cio jurídico una declaración de voluntad privada, que tiende a producir ciertos efectos jurídicos», resulta
preferible contestar negativamente a la cuestión de si las declaraciones de voluntad que se producen con
motivo del proceso son verdaderos negocios jurídicos (GuasP, Comentarios a la Ley de Enjuiciamiento
CESE APRO)
32 RANELLETTI, Teoría..., Cit., pp. 17 y ss.; VITTA, diritto Amministrativo, 1949, vol. 1, p. 357; Za-
NOBINI, Corso..., L, pp. 197 y ss.
33 La doctrina francesa no conoce la expresión «negocio jurídico». Bien es verdad que hasta cierto
punto se llena el hueco que esto produce con la del acto jurídico. Así, por ejemplo, cuando Gastón JEZE
dice: «Los actos jurídicos son manifestaciones de voluntad de invidiuos (gobernantes, agentes públicos,
simples particulares), en ejercicio de un poder legal y con la finalidad de producir un efecto jurídico»
(Principios generales del Derecho administrativo, 1, trad. castellana, Buenos Aires, 1948, p. 29), está de-
finiendo algo que se parece mucho al negocio jurídico. No obstante, falta una terminología adecuada
para distinguir, mediante la introducción de la categoría del negocio jurídico dentro de la teoría general
del acto administrativo, aquellos actos que por sus efectos son negocios jurídicos, de aquellos que no
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 431
Según KORMANN, puede definirse el negocio jurídico como «cierta actuación ju-
rídica en la que la voluntad del actuante está dirigida a producir determinadados efec-
tos de Derecho» **. Estos negocios jurídicos son públicos, de acuerdo con el citado
autor, cuando el sujeto que actúa aparece como soporte de derechos y obligaciones
públicas. Normalmente, por tanto, lo serán las entidades administrativas, si bien na-
da se opone a que se admita también la categoría del negocio jurídico de Derecho
Administrativo producido por un particular 3.
La doctrina coincide en que, no obstante su carácter de declaraciones de volun-
tad que producen efectos jurídicos, no deben incluirse entre los negocios jurídicos
ni los actos de carácter general (Reglamentos y Ordenanzas), ni aquéllos en que la
Administración aplica funciones jurisdiccionales. Pero la reserva en cuanto a estos
últimos no deja de ser consecuencia de las limitaciones con que la doctrina tradicio-
nal se plantea el tema de la función administrativa.
Por nuestra parte entendemos que ninguna objeción insuperable se puede opo-
ner a la admisión del negocio jurídico en el campo del Derecho administrativo. Co- '
mo ha puesto de relieve BETTI, el negocio jurídico es fundamentalmente la conse-
cuencia de la función autonómica que el Ordenamiento jurídico reconoce a los suje-
tos de Derecho para generar las relaciones jurídicas ya disciplinadas en abstracto y
en general por las normas vigentes *, Pues bien, no hay duda que esta función auto-
lo son. Esta imprecisión se descubre en la edición francesa de la obra de OTTo MAYER cuando se emplea
«acte juridique» en lugar del término alemán «Rechtsgescháft». Estimamos que en el campo del Derecho
administrativo este último término, correspondiente al español «negocio jurídico», es de más precisión
que el anterior.
No cabe duda de que todo depende, sin embargo, de la extensión que queramos dar al término «nego-
cio jurídico». Se ha de observar, con WINDSCHEID, que siendo el negocio jurídico un concepto creado
por la jurisprudencia para sus fines propios, cada autor puede darle la forma que crea más apropiada,
por lo que en vez de discutir lo que deba de ser el negocio jurídico se debería exponer simplemente lo
que cada cual entiende que es (recuerda esta opinión ScIALOJA en Negocios jurídicos, p. 24, por nota,
trad. esp., Sevilla, 1942). Aceptando estos consejos nosotros admitimos la diferencia de matiz que la clá-
sica doctrina italiana del Derecho administrativo descubre entre acto jurídico y negocio jurídico. Así Za-
NOBINI define como acto jurídico «aquellos que son realizados con el fin de conservar un efecto recono-
cido por el Derecho». Siendo así que los actos jurídicos, son actos voluntarios, cabe preguntarse qué dife-
rencia puede entonces existir entre la anterior definición y la que, referente al negocio jurídico admitimos
en el texto. Ahora bien, el propio ZANOBINI señala que la noción de acto jurídico no debe de limitarse
a los actos o manifestaciones de voluntad (como órdenes, prohibiciones, permisos, consentimientos en
relaciones contractuales, etc.), sino que con tal denominación se comprenden otras manifestación psíqui-
cas, como declaraciones de conocimiento, de voluntad, de deseo, porque todas ellas constituyen acto vo-
luntario (ZANOBINI, Corso di Diritto amministrativo, p. 169, vol. 1, 5.* ed., 1947). Decir, pues, acto vo-
luntario no equivale a decir acto cuyo contenido es una declaración de voluntad. Si la diferencia existe,
es lícito introducir el término «negocio jurídico» para hablar del segundo supuesto.
34 Op. cit., p. 18.
35 Vid. nuestro trabajo «El negocio jurídico del particular en el Derecho administrativo», en Rev.
de Adm. Púb., núm. 1, 1950, pp. 117 y ss.
36 Para llegar al concepto de negocio jurídico, BETTI arranca de la diferencia entre «hechos volunta-
rios» (o actos) y «hechos naturales». Entiende, empero, que tal como esta distinción se realiza por la
doctrina, carece de interés; pues ello llevaría a calificar simultáneamente como voluntario y natural un
mismo hecho, por ejemplo, la siembra en una finca o la muerte de una persona. «En realidad —dice—
la distinción entre actos y hechos jurídicos sólo tendrá sentido en cuanto admita por base del modo en
que el orden jurídico considere y valore un hecho dado. Si el orden jurídico toma en consideración el
comportamiento del hombre en sí mismo y al atribuirle efectos jurídicos valora la conciencia que suele
acompañarle y la voluntad que normalmente lo determina, el hecho se deberá de calificar de acto jurídi-
co» (Teoría general del negocio jurídico, trad. española, p. 11). Bajo el aspecto funcional del poder que
en ellos se ejerce, los actos jurídicos se pueden distinguir, de acuerdo con BETTI, según consistan en re-
432 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
glas para ordenar intereses relevantes para el Derecho, o bien provean a su satisfacción actuando la tutela
de que ya gozan. Los actos de la primera categoría se clasifican en declaraciones o pronunciamientos nor-
mativos, y, a su vez, pueden subdistinguirse según que la regla sea dictada por una autoridad superior
o por los mismos interesados, en resoluciones o proveimientos (actos de mandato heterónomo) y nego-
cios jurídicos (actos de autonomía) (op. cit., p. 19). BETTI piensa al hacer esta formulación únicamente
en los negocios jurídicos privados; pero no hay ningún inconveniente —y es lo que decimos en el texto—
en aprovechar su planteamiento para explicar la categoría en el campo del derecho público.
37 Lezioni di Diritto amministrativo, vol. 1, p. 292.
38 RANELLETTI, Op. Cit., pp. 17 y 18.
32 RANELLETTI, Op. Cit., p. 26.
40 Op. cit., 1, p. 200. Precisamente entiende que el ejemplo más importante de la categoría de las ad-
misiones es el nombramiento del particular para un empleo público. Ya se ha visto que no estamos de
acuerdo con esta opinión.
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 433
tea una poblemática más jugosa y de mayor trascendencia para la teoría general del
Derecho público está constituida por las concesiones. El Derecho francés, que fue
el primero que utilizó la idea concesional, la redujo, sin embargo, en sus aplicacio-
nes a la teoría del servicio público, sin comprender las más amplias posibilidades
que el concepto encerraba*!. Como ha puesto de relieve VILLAR PALASÍ 2 fue pa-
radójicamente la doctrina italiana la que realizó la síntesis unificadora del concepto
concesional a través del estudio realizado por RANELLETTI Y de la distinción entre
la concesión y la autorización en la legislación y jurisprudencia francesa. Hoy parece
haberse llegado a una fijación del concepto con el que se alude tanto a aquellos actos
que transfieren a un particular facultades originariamente administrativas, como a
los que crean a su favor un derecho o capacidad previstas en el Ordenamiento ju-
rídico **.
Se desprende de lo anterior que la pluralidad de actos que con tal concepto se
cubren haya de dar lugar, a su vez, a una clasificación de las concesiones, a saber:
1) Concesiones traslativas, que implican la subrogación del particular en las faculta-
des de gestión o disfrute de que la Administración pública es titular en relación con
el servicio público o el dominio público (concesión de servicios públicos y concesio-
nes sobre el dominio público). 2) Concesiones constitutivas, mediante las que, en
base a los poderes que le vienen atribuidos por la ley, la Administración constituye
a favor de particulares nuevos derechos o facultades.
Debe advertirse que, no obstante lo generalizado de tal clasificación, sólo las con-
cesiones traslativas responden con todo rigor a las exigencias del concepto. De una
parte, ocurre que algunos ejemplos que la doctrina encuadra entre las concesiones
constitutivas son dudosos, pues en el fondo evocan también la idea traslativa; así
sucede con las «concesiones de títulos nobiliarios», que GARCÍA DE ENTERRÍA no
duda en calificar de traslativas, supuesta la existencia implícita en la Corona de los
títulos a conceder, como se evidencia por la posibilidad de reversión a la misma en
casos específicos y por la traslación de la majestas al súbdito que, en virtud de la
concesión del título, se opera. De otra parte, otros ejemplos que pudieran parecer
más típicos —como la concesión de la nacionalidad española a un extranjero— no
dejan de ser susceptibles de ser clasificados en otras de las categorías admitidas o
incluso de constituir con ellos una categoría nueva entre los actos que amplía la esfe-
ra O capacidad jurídica de las personas *.
41 Hasta tal punto ha sido incapaz la doctrina francesa de aplicar la idea concesional a otros terre-
nos, como es el de dominio público, que en relación con la concesión minera se pregunta BONARD si es
lícito calificar la empresa minera —puesto que de concesión no habla— como servicio público. Junto
a la concesión de servicio, este autor sólo admite la concesión de obra pública, en cuanto se refiere a
los trabajos necesarios para establecer el servicio (Précis de Droit administratif, París, 1935, p. 548). La
concesión de dominio público aparece en los tratados franceses como una «permisión de voirie».
42 Voz «Concesiones administrativas», en la Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, t. IV, p. 696.
43 «Concetto e natura delle autorizzacione e concessioni», en Gíiur. italiana, 1894. En la doctrina pos-
terior, GALATERIA, 1! negozio di concessione amministrativa, Milano, 1943.
44 ZANOBINI, Op. Cit., p. 201.
45 A través de las concesiones constitutivas se ha producido un verdadero abuso del concepto conce-
sional. Así, M. María DíEz incluye aquí tanto los actos que confieren al beneficiario una capacidad ju-
rídica general —como la concesión de la personalidad jurídica— como los que acuerdan derechos subjeti-
vos en particular, citándose el otorgamiento de premios al valor, mérito, virtud, etc., así como también
la concesión de una jubilación, pensión, etc. (El acto administrativo, cit., p. 96). Secomprende que este
434 TRATADO DE DERECHO 'ADMINISTRATIVO
Reducida así la idea concesional a sus límites más rigurosos, va a mostrar su Ope-
ratividad exclusivamente en los campos del servicio público y del dominio público *.
Cabalmente por esto la problemática de tales instituciones ha de tener también su
adecuado reflejo en relación con la concesión. Es por ello por lo que VILLAR PA-
LASÍ ha intentado un replanteo total de la concesión de servicios públicos en senti-
do extensivo y para responder a la expansión que la actuación administrativa ofrece
en los últimos tiempos. Existen para este autor nuevas formas de concesión que ni
son de servicio público ni afectan al dominio público, lo que conduce a la configura-
ción como tertium genus de la llamada «concesión industrial» 7. Pero aparte de que,
en definitiva, esta categoría está condicionada por la concepción general de VILLAR
PALASÍ en orden a la actividad económica e industrial del Estado, ocurre también
que muchos de los ejemplos que él ofrece podrían ser calificados de simples autori-
zaciones o, a lo más —si se admite esa categoría— de concesiones constitutivas.
Supuesto que las concesiones traslativas (especialmente las demaniales) implican
frecuentemente facultades sobre los objetos respecto de los que pueden existir títulos
de dominio eivil a favor de terceros, que no pueden se prejuzgados por el acto admi-
nistrativo concesional, hay que admitir la existencia implícita en toda concesión de
la llamada cláusula «sin perjuicio de tercero».
d) Las autorizaciones.— Se ha definido la autorización administrativa como
«una declaración de voluntad con la cual un sujeto o un órgano de la Administra-
ción pública permite que otros ejerciten un derecho o poder propio, previa valora-
ción de la oportunidad de tal ejercicio en relación al interés específico que el sujeto
autorizante debe tutelar» *%.
De esta definición se desprenden claramente las notas que, al mismo tiempo que
individualizan esta figura jurídica, la diferencian de la concesión.
En primer lugar, la autorización supone un derecho o facultad preexistente en
el sujeto autorizado. Frente a la concesión, cuyo efecto está en trasladar —o si se
quiere, constituir— un derecho o facultad a un sujeto que, con anterioridad carecía
de él, la autorización presupone tal derecho. Esto quiere decir que hay un obstáculo
que se opone al ejercicio de tal derecho y que es el que la autorización viene a supri-
mir. Este obstáculo está constituido por las limitaciones policiales que pesan sobre
el ejercicio de determinados derechos. Resulta, por tanto, que a la actividad de los
uso del concepto sólo puede conducir a vaciarlo de su específico contenido, asimilando genéricamente
la concesión a cualquier acto que amplía la esfera de capacidad de los administrados.
46 La exposición del régimen jurídico de cada uno de estos tipos de concesión se verá en su momento
oportuno, cuando se estudie el servicio público y el dominio público.
47 VILLAR PALASÍ, Concesiones administrativas, cit., pp. 693 y 694. Entre los ejemplos de concesión
industrial cita los siguientes: concesión de cultivo de semilla de remolacha azucarera (O. M. de 8 de no-
viembre de 1941); concesión de cultivo de tabaco (Reglamento de 14 de julio de 1945); concesión de zonas
algodoneras (O. M. de 7 de noviembre de 1949); concesión de explotación de algas en el litoral español
(O. M. de 30 de octubre de 1945); concesión de cultivo de lúpulo (Decreto de 23 de enero de 1945), etcéte-
ra. En la legislación sobre industrias de interés nacional (Ley de 24 de octubre de 1939) se empleaban
los términos «empresa concesionaria», «entidad concesionaria» y «cláusulas de concesión».
48 F. FRANCHINI, Le autorizzazioni amministrative constitutive di rapporti gluridici fra l"'Amminis-
trazione e i privati, Milano, 1957, p. 10. Véase también en esta materia VIGNOCCHI, La natura giuridica
delle autorizzazioni amm., 1944. La legislación y jurisprudencia utilizan los términos autorización, licen-
cia y permiso, para referirse a una sola categoría jurídica. Vid. ENTRENA CUESTA, «Las licencias en la
legislación local», en Rev. Estudios de la Vida Local, núm. 107, 1959, pp. 641 y ss.
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 435
particulares el Derecho puede poner dos tipos de prohibiciones: unas absolutas, que
no admiten excepción y que forman parte de todo el sistema legal represivo; en cam-
bio, otras, que podríamos llamar relativas, respecto de las cuales se da la posibilidad
de remoción *. Pues bien, el acto administrativo mediante el cual se remueven es-
tas limitaciones que pesan sobre el ejercicio de ciertas actividades se conoce con el
nombre de autorización *%.
Una importante consecuencia se desprende de lo anterior: puesto que la autori-
zación presupone la existencia del derecho o facultad cuyo ejercicio se autoriza, no
hay ningún inconveniente en admitir, siquiera sea dentro de los debidos límites, la
figura de la autorización tácita*!; es decir, la aplicabilidad a las solicitudes de auto-
rización deducidas por los particulares del principio del llamado silencio administra-
tivo positivo *,
En segundo lugar se desprende de la definición propuesta que toda autorización
consiste funcionalmente en la valoración de la oportunidad del ejercicio de un dere-
cho. Se deduce, sin embargo, de esta nota una consecuencia que es preciso discutir.
En efecto, si la autorización consiste en la valoración de la oportunidad del ejercicio
33 FRANCHINI entiende, por eso, que la autorización es un típico acto discrecional (op. cit., p. 46) y
que de tal poder discrecional deriva también la posibilidad de someter a condición, o limitar mediante
otros elementos accidentales, las autorizaciones concedidas (op. cit., pp. 50 y 51).
34 Por tratarse de acto administrativo reglado, nuestra jurisdicción contencioso-administrativa ha ad-
mitido repetidamente la impugnación de actos administrativos consistentes en autorizaciones —o denega-
ciones de autorizaciones— de apertura de farmacias. Cfr. J. GONZÁLEZ PÉREZ, Apertura y traslado de
farmacias, Madrid, 1966.
Claro es que a la conclusión que podía llegarse lícitamente es a la de que estas autorizaciones no tienen
el carácter de negocios jurídicos.
35 VILLAR PALASÍ entiende que deben configurarse como concesiones muchas de las figuras denomi-
nadas en nuestra legislación autorizaciones, como sucede, por ejemplo, con las «autorizaciones de los
Colegios privados de enseñanza media». Entiendo, sin embargo, que el ejemplo elegido no es feliz: en
nuestro Ordenamiento positivo están perfectamente compatibilizados el «principio de la enseñanza como
servicio público» con el «principio de la libertad de enseñanza». Pero el ejercicio de esta libertad está
reglamentado, por lo que en cada caso concreto necesita del cumplimiento de la autorización administra-
tiva (Op. Cit., p. 697). La libertad de enseñanza que consagra el art. 27 de la Constitución postula un
nuevo planteamiento del tema.
Otro ejemplo dudoso está constituido por la autorización de apertura de farmacia a que antes he alu-
dido. También aquí nos encontramos ante una autorización y no ante una concesión. (Cfr. en este senti-
do, S. MARTÍN RETORTILLO, «Acción administrativa sanitaria: la autorización para apertura de farma-
cias», en Rev. Adm. Púb., núm. 24, 1957, p. 146).
56 La cuestión de saber si la autorización es presupuesto de validez o de eficacia en relación con el
acto autorizado, debe resolverse teniendo en cuenta las siguientes distinciones. Si lo sometido a autoriza-
ción administrativa es una determinada actividad material, entonces la falta de autorización puede dar
lugar a una responsabilidad administrativa (de tipo sancionador) de su autor. En cambio, si lo sometido
a autorización es un acto jurídico, en algunos casos la falta de la misma pudiera provocar incluso la nuli-
dad de este último, en aplicación del principio contenido en el artículo 6.*, 3, del Código civil. Se deduce
de aquí que la autorización actúa en tales casos como presupuesto de validez. Sin admitir distingos, VI-
LLAR PALasí entiende (Op. cit., p. 696) que la autorización es «presupuesto de eficacia y no de validez»;
pero esto confunde la función que la autorización cumple respecto del derecho cuyo ejercicio se autoriza,
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 437
con la función que cumple respecto a actos concretos que, como consecuencia de tal ejercicio, se realiza.
(Criterio análogo mantiene ENTRENA CUESTA en «El acto administrativo complejo...», loc. cit., p. 668).
57 ZANOBINI, Op. cit., p. 202. El mismo criterio se desprende del núm. 2 del artículo 45 de la Ley de
Procedimiento administrativo. :
58 Precisamente por esto no es exacta la afirmación de FRANCHINI (op. cit., p. 30) de que en la dis-
pensa existe una verdadera remoción de límites, entendido este tefmino en su aspecto jurídico, pues —
continúa— frente a una norma general que prohíbe está el acto que excepcionalmente Innova. Ciertamen-
te, la dispensa no surge tanto frente a una prohibición general legal cuanto frente auna obligación positi-
va establecida por la Ley o una determinación también positiva de condiciones de capacidad. Piénsese,
por ejemplo, en hipótesis como la dispensa del servicio militar obligatorio, o la dispensa de escolaridad
que a veces permite nuestra legislación docente.
59 Por ejemplo, ZANOBINI, Op. Cit., p. 203.
60 SAyAGUÉS, Tratado de Derecho administrativo, cit., p. 422.
61 GALATERIA, Teoria giuridica degli ordini amministrativi, Milano, 1950.
62 RANELLETTI, Teoria..., cit., p. 31.
438 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
63 Por confundir ambos puntos de vista, la doctrina suele enumerar como meros actos administrati-
vos indistintamente unos y otros; por ejemplo, la resolución de un recurso gubernativo y la emisión de
un dictamen por una Asesoría técnica. Cfr. ZANOBINI, Op. Cif., p. 205, y RANELLETTI, Op. Cit., pp..18
y SS.
CLASES DE ACTOS ADMINISTRATIVOS 489
recho, hay otros que se limitan a comprobar de una manera auténtica una situación,
pero sin proceder a modificar en forma alguna los hechos o relaciones jurídicas com-
probadas *. Así, por ejemplo, cuando en una ley se dispone que los individuos na-
cidos en tal año deben ser llamados a prestar el servicio militar, la Administración
debe proceder a la comprobación de cuáles son los individuos afectados por tal dis-
posición. Esta comprobación puede distinguirse del acto posterior mediante el cual
se ordena al individuo que acuda a filas. Los efectos de los actos de comprobación
—como dice STASSINOPOULOS— consisten, pues, en la importancia jurídica espe-
cial que concede el hecho comprobado. Según este mismo autor pueden incluirse en
esta categoría los deslindes de términos municipales, de montes públicos, de la zona
marítimo-terrestre, etcétera %.
b) Los certificados. —Aquí se trata, igualmente, de una comprobación que la
Administración realiza a la vista de los datos que guarda en sus propios archivos
(por ejemplo, certificado de antecedentes penales) o de las actuaciones que expresa-
mente realiza con motivo de su expedición (verbigracia, certificado de buena con-
ducta).
c) Las inscripciones.—Se trata de actos administrativos de inclusión en un Re-
gistro o Catálogo público. Sus efectos no suelen ser constitutivos, pero en la práctica
resultan a veces difícilmente diferenciables de otros actos constitutivos como las ad-
misiones %,
d) La resolución de consultas. —En el terreno de la Administración fiscal se ha
impuesto la práctica de la resolución de consultas que el administrado, en cuanto
contribuyente, dirige a los organismos administrativos para aclarar las dudas que
le suscita la aplicación tributaria. En nuestro Derecho fueron reguladas, por ejem-
plo, en la O. M. de Hacienda de 13 de noviembre de 1958 (e incorporadas al art. 107
de la Ley general Tributaria de 28 de diciembre de 1963): se formalizan unos expe-
dientes de consultas que pueden formular los particulares a la Administración y cu-
ya contestación —se dice— «no constituirá acto administrativo», pues no tendrá «vir-
tualidad más que para el particular consultante».
Quizá tal afirmación legal no haya sido muy meditada, pues la consulta (aunque
no vincule después a los órganos liquidadores del impuesto) tiene al menos la virtua-
lidad de liberar al consultante de sanción por incumplimiento de la ley, si se ajustó
a la consulta; aparte otros efectos que podrían ciertamente desprenderse de un exa- *
men más atento de la cuestión. Precisamente por esto, la consideramos entre los me-
ros actos administrativos ”. Resulta lamentable su supresión en las disposiciones más
recientes.
2. Salvo dis-
72 De acuerdo con el artículo 85 de la ley de Procedimiento administrativo de 1958: «...
posición expresa en contrario, los informes serán facultativos y no vinculantes».
73 Artículo 91 de la ley de Procedimiento administrativo.
CAPITULO II
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS
DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS
Sumario: 1. Método a seguir en el estudio de esta materia.—2. La teoría privatista de la invalidez del
acto jurídico.—3. Peculiaridad de la teoría de la invalidez del acto administrativo. Remisión al examen de
los vicios en cada uno de los elementos del acto.—4. Enumeración de elementos del acto administrativo.—
5. Los vicios de la voluntad: A) La voluntad del titular del órgano. B) La Legalidad de la investidura del
órgano: a) El vicio en el nombramiento del funcionario. b) La teoría de los «funcionarios de hecho». C)
La competencia: casos de incompetencia absoluta y relativa.—6. El contenido y las cláusulas acceso-
rias. —7. La noción de causa en Derecho administrativo; sus vicios.—8. El fin del acto administrativo y
la desviación de poder. Naturaleza jurídica de este vicio.—9. La forma del acto administrativo; forma de
integración de la voluntad administrativa y forma de la declaración de voluntad.—10. El procedimiento
administrativo como forma: A) El procedimiento administrativo como garantía jurídica; sus vicios: A”)
Actos de los órganos internos administrativos. B”) Actos de intervención de los particulares en el proce-
dimiento. C”) Requisitos de actuación de los órganos colegiados. D”) Efectos de los vicios en el procedi-
miento. B) El procedimiento administrativo en cuanto instrumento de eficacia.—11. La forma de la de-
claración de voluntad administrativa: A) La motivación de los actos administrativos. B) La intervención
de un funcionario fedatario. C) El silencio administrativo.—12. La obligación de resolver: actos presun-
tos y silencio administrativo: A) El carácter revisor de la jurisdicción contencioso-administrativa. B) Los
remedios jurídicos en defensa del administrado. C) El acto presunto en la Ley 30/1992. D) Especial refe-
rencia a la certificación del acto presunto. E) ¿Cuáles son los derechos preexistentes?—13. Efectos y lí-
mites de la invalidez: conversión, convalidación e invalidez ulterior.
[442]
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 443
cas del Derecho— lo verdaderamente importante es conocer cuándo se dan estas úl-
timas consecuencias, vamos a iniciar la exposición de esta materia a través del prisma
de la invalidez de los actos administrativos'.
' Para una exposición más amplia de toda esta materia, vid. nuestro libro Régimen de impugnación de
los actos administrativos, Madrid, 1956, pp. 195 y ss.
2 Cfr. Puic BRUTAU, voz «Actos nulos», en Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, t. IU, pp. 130 y ss. Se-
ñala ENNECCERUS que el lenguaje del Derecho común califica de «nulo» a todo negocio al que se le niega
definitivamente la consecuencia jurídica a que se dirige. De los negocios nulos se deben distinguir aque-
llos casos en los que no existe o no existen aún en su totalidad las declaraciones de voluntad y los demás
elementos de que se compone el negocio. Por último, se deben calificar como relativamente ineficaces
aquellos negocios cuyos efectos jurídicos se producen, pero con la limitación de que ciertos intereses de
una persona que la ley quiere proteger quedan a salvo, del mismo modo que si el negocio fuese absoluta-
mente ineficaz. (Tratado de Derecho civil, trad. española de PÉREZ y ALGUER, vol. II, 1944, pp. 354 a 358).
Por su parte, A. von Tun distingue las siguientes especies de negocios ineficaces: a) Negocios cuyo efecto
no se ha producido, pero puede producirse en cuanto se realice un elemento que falta o se elimine un obs-
táculo a la eficacia; por ejemplo, un testamento mientras vive el testador. b) Negocios nulos, que son los
que carecen de eficacia y no pueden ser validados. Para hablar de esta categoría hace falta al menos que
se haya producido la apariencia exterior del negocio; por ejemplo, si en la negociación de una venta las
partes no llegaron siquiera a un acuerdo se deberá hablar de contrato no perfeccionado, no de contrato
nulo. c) Negocios que al principio son eficaces y a raíz de un hecho posterior son nulos con eficacia re-
troactiva. El caso más importante es el de la impugnabilidad (Anfechbarkeit): en razón de un vicio que
existía al nacer el negocio surge también simultáneamente, junto con sus efectos normales, un derecho de
impugnación; si se ejerce este derecho el negocio debe considerarse como nulo desde sus comienzos.
Mientras la impugnación sea posible existe un estado de pendencia resolutorio (Derecho civil, IV, trad.
española, Buenos Aires, 1974, pp. 303 y 308).
444 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
* PÉREZ y ALGUER ponen de relieve que frente a la sencillez terminológica del Código civil alemán (que
opone Nichtikeit a Anfechbarkeit) es conocida la imprecisión de nuestra legislación, doctrina y jurispru-
dencia. «Entendemos —señalan— que la expresión inexistencia del negocio jurídico, aunque no es abso-
lutamente inexacta, no tiene rigor técnico, pues no cabe duda de que el llamado negocio inexistente es un
hecho jurídico que el Derecho objetivo toma en cuenta, y que a veces produce efectos jurídicos, siquiera
éstos no sean precisamente los del acto válidamente realizado.» Por eso entienden que sólo hay dos tér-
minos que tengan una significación precisa y bien determinada: nulidad o anulabilidad (Enneccerus, KipP
y WoLrFr, Tratado de Derecho civil, cit., trad. española con notas, vol. IL, p. 362).
Aproximadamente la doctrina está de acuerdo acerca de cuáles son las consecuencias jurídicas de la
nulidad a diferencia de la anulabilidad. Se admiten las siguientes: primera, el negocio nulo, puesto que no
existe jurídicamente, no surte efecto ni a favor ni en contra de nadie; segunda, el Juez debe tener en cuenta
la nulidad que le sea conocida, aunque no la invoque aquel a quien favorece; tercera, el negocio nulo no
puede convalidarse ni ser confirmado (ENNECCERUS, Op. cit., p. 356). En cambio se ha discutido acerca de
si el supuesto de actos y negocios jurídicos realizados contra lo dispuesto en las leyes —uno de los su-
puestos que normalmente se incluyen entre los de nulidad absoluta— comporta siempre las radicales con-
secuencias de la nulidad. Federico de Castro, al tratar de este problema, comentando el ámbito de efica-
cia del antiguo artículo 4.* de nuestro Código civil, exige que para que haya nulidad exista una verdadera
contradicción jurídica entre la ley y el acto, lo cual supone, respecto a la ley, que de ella se deduzca cla-
ramente la sanción de la nulidad, lo cual no ocurre cuando se señala otro tipo de sanción más o menos
grave, como una pena, la anulabilidad o la rescición; respecto al acto, que el acto en sí o alguno de sus ele-
mentos esenciales contradiga a la Ley. Con todo, hay que entender la posibilidad de la nulidad parcial de
los negocios jurídicos, lo que supone la validez de aquella parte del negocio que no está afectada de vicio
(Derecho civil de España, vol. L, pp. 536 a 538).
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 445
Interesa saber ahora en qué medida los resultados de la teoría jurídica que acaba
de resumirse tienen su aplicación en el Derecho administrativo. No hay duda de que
los primeros intentos que se han realizado en este último campo reflejan un cierto
mimetismo respecto de las teorías del Derecho civil, por lo que algún autor, como
GIANNIMI, ha tenido que recordar que «un sistema de invalidez constituido en un De-
recho que encuentra su centro en el problema de la autonomía de los sujetos priva-
dos mal se presta a ser aplicado a un Derecho que encuentra su centro en el problema
de la dialéctica autoridad-libertad»*.
Teniendo en cuenta esta advertencia, vamos a examinar a continuación las pecu-
liaridades que presenta la teoría administrativa de la invalidez de los actos jurídicos.
Ante todo, ha de examinarse, por lo que toca a nuestro Derecho positivo , qué valor
tiene la declaración general contenida en el artículo 6.3 del Código civil: «Los ac-
tos contrarios a las normas imperativas y a las prohibitivas son nulos de pleno dere-
cho, salvo que en ellos se establezca un efecto distinto para el caso de contraven-
ción.» Pues cabe pensar que, tratándose de una norma contenida en el título
preliminar del Código civil, sea aplicable tanto al Derecho público como al Derecho
privado, y que, por consiguiente, se trata de una nulidad que afecta a los actos admi-
nistrativos y, además, con las características de la nulidad absoluta que la doctrina
privatista postula para estos casos.
Desde luego, todo acto administrativo viciado lo es siempre porque la Adminis-
tración ha realizado algo en contradicción con un precepto legal; por consiguiente, si
se admitiese que en estos casos es aplicable el artículo 6.* del Código civil y que la
sanción a que se refiere es la de la nulidad absoluta, la cuestión que nos ocupa se ha-
bría simplificado notablemente, puesto que solamente a este último tipo de nulida-
des tendríamos que referirnos en Derecho administrativo. Ahora bien, desde el mo-
mento que aquí nos estamos planteando la diferente sanción que a los diversos vicios
del acto administrativo corresponde, quiérese decir que no admitimos tal interpreta-
ción del precepto.
Pero es que, además, el artículo 6.3 (aunque de redacción más matizada que el an-
tiguo art. 4.) del Código civil está pensado precisamente para el ámbito jurídico pri-
vado; es justamente el límite que la ley impone a la esfera de la disponibilidad jurí-
dico privada, a la «autonomía de la voluntad». Es el límite del «lícito jurídico» de los
particulares. Precisamente por esto, la sanción en estos casos es, con salvedades que
la doctrina señala, la nulidad absoluta, pues no de otra forma se puede sancionar en
Derecho la falta de acuerdo entre ciertos actos ejecutados en interés privado y las nor-
mas que se han dictado para proteger el interés público. No siendo éste el caso, en
cambio, cuando la Administración actuá, el papel que desempeña en el Derecho pú-
blico el tema de las nulidades absolutas tiene que ser necesariamente, como después
se verá, completamente diferente.
La segunda cuestión que, también con el carácter de previa debemos resolver es la
relativa a la tripartición o bipartición de los casos de invalidez del acto administra-
tivo. No hay, desde luego, acuerdo doctrinal en esta materia”, pero en principio nada
se opone a que puedan ser aquí repetidas las razones que antes se han alegado con-
tra el «acto inexistente». Por tanto, antes que admitir tal categoría resulta más co-
rrecto hablar de «inexistencia del acto». Por ejemplo, no hay acto administrativo
cuando nos enfrentamos con un acto de un particular, con una sentencia de un Tri-
bunal o con una ley votada por las Cortes?. ¿
Por otra parte, la única justificación que admite la separación entre nulidad abso-
luta y anulabilidad, está en las diversas consecuencias jurídicas que tengan una y otra.
Estas diferencias se dan en Derecho administrativo, y son:
1.* La nulidad absoluta puede alegarse en cualquier tiempo. Así, por el particu-
lar, aunque el acto administrativo viciado haya adquirido la apariencia de formal-
mente firme, por haber transcurrido los plazos para recurrir contra el mismo sin que
ningún recurso haya sido utilizado; y por la Administración, desconociendo las si-
tuaciones jurídicas creadas al amparo de dicho acto e incluso revocándolo, sin nece-
sidad de recurrir al proceso de lesividad, aunque de él se hayan derivado derechos a
favor de tercero. Aquí tiene plena aplicación el viejo principio «quod ad initium vi-
tiosum est tractu tempore convalescere non potest»?. Por eso, y en relación con estos
actos, no cabe oponer en vía contencioso-administrativa la excepción del acto con-
firmatorio (Sentencias de la Sala 5.* del T.S. de 4 y 16 de junio de 1969).
2.* Los efectos de la anulación de los actos anulables son ex nunc, es decir, se
* TIVARONI cree que no puede aplicarse, sin más, la clasificación puesta en circulación por el Derecho
privado al Derecho público. Según él, en Derecho público no puede hablarse de anulabilidad, y sólo ca-
brá distinguir si se trata de una nulidad absoluta o de una nulidad relativa (es decir, una nulidad que pueda
hacerse por cualquier persona que en ella tenga interés o sólo por aquella persona que determina la Ley).
Hecha esta salvedad, distingue las siguientes especies de invalidez: inexistencia jurídica, nulidad radical
y nulidad relativa (Teoria degli atti amministrativi, Torino, 1939, pp. 62 y ss.). RANELLETTI distingue la
nulidad o invalidez absoluta, dentro de la cual incluye los supuestos de inexistencia y la anulabilidad o in-
validez relativa. A su vez, la anulabilidad puede ser absoluta (cuando puede acusarse por acción ejerci-
tada por cualquier interesado) o relativa (cuando solamente tienen acción las partes que intervinieron en
el asunto). Con todo, advierte que en cada caso concreto la invalidez (nulidad o anulabilidad) va estre-
chamente ligada a la causa donde tienen su origen. Puede, por tanto, referirse sólo a una parte o elemento
del negocio; en tales casos puede haber partes válidas en el negocio viciado cuando sean independientes
de la invalidez (utile per inutile non vitiatur); pero si la parte inválida es una parte esencial del negocio,
todo el negocio es inválido (Teoria degli atti amministrativi speciali, 7.* ed., 1945, p. 56).
* Auby (L'inexistence des actes administratifs, París, 1951) admite esta categoría, y entiende, además,
que es ésta la doctrina dominante. No obstante, reconoce la falta de acuerdo entre los autores cuando tra-
tan de fijar el concepto y delimitarlo frente a otras especies de invalidez. También Tivaron1 admite dicha
categoría, pero a la vista de la enumeración que hace siguiendo la doctrina de FERRARIS, se ve claro que in-
cluye supuestos evidentes de nulidad absoluta (op. cit., p. 70).
La inexistencia de acto administrativo podría aducirse ante una jurisdicción no contenciosa, pues el
aceptarla no implica revisión de la legalidad de ningún acto administrativo. Es este mismo sentido, De
LAuBaDÉéRE, Traité élémentaire de Droit Adm., 1953, p. 215.
Para FORSTHOFF no debe olvidarse que cualquier acto administrativo defectuoso (y utiliza cabalmente
este término para evitar el de invalidez) tiene en cualquier caso una presunción por emanar de la autori-
dad estatal. Por eso, incluso en los casos de nulidad absoluta ha de utilizarse contra él la correspondiente
acción (declaratoria) (Tratado de Derecho administrativo, trad. esp., 1958, pp. 512 y ss.).
” En cambio no tiene ningún valor la distinción a base de quienes están legitimados para utilizar la ac-
ción de nulidad. La legitimación para recurrir en Derecho administrativo no depende del tipo de vicio que
afecte al acto que se impugna, sino de otras consideraciones.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 447
$ No deben inducir a equívoco ciertos casos de nulidad absoluta en los que se admite la producción de
efectos por el acto anulado con anterioridad al momento en que la nulidad se declara. En la mayor parte
de los casos en que así sucede lo que ocurre es que se ha producido una conversión del acto administra-
tivo; es decir, el acto es nulo contemplado desde la perspectiva de una determinada categoría de actos ad-
ministrativos, pero en cambio puede producir efectos en cuanto se le reconozca su pertenencia a otra ca-
tegoría. Por ejemplo, si se nombra para desempeñar cierta función pública en propiedad a una determinada
persona, sin acomodarse a los procedimientos de oposición o concurso exigidos por la ley, es indudable
que este acto es nulo de pleno derecho en cuanto se pretenda hacer de él título jurídico suficiente para con-
ceder la inamovilidad al funcionario nombrado; pero entre tanto tal nulidad se declara, dicho nombra-
miento puede considerarse válido a los efectos de conceder al nombrado carácter de funcionario interino.
9 Cfr. Sayaués, Tratado de Derecho administrativo, t. , Montevideo, 1953, p. 500.
10 Para una discusión sobre este punto, aparte las opiniones favorables a la inexistencia que se citan en
notas anteriores, vid. JézE, Los principios generales del Derecho administrativo, trad. esp. t. L, 1948, p.
82, por nota. ;
Es la postura que adopta la Ley de Procedimientos administrativos de 1958, en sus artículos 47 y ss.
448 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
1! A esta opinión jurisprudencial se adhiere Royo-ViLLANOvA en Problemas del régimen jurídico mu-
nicipal, 1946, p. 39. Resulta, por consiguiente, extraño leer en algunos autores párrafos como el que si-
gue: «Se sabe que en Derecho privado existe una distinción fundamental entre las nulidades absolutas y
las nulidades relativas. ¿Ocurre lo mismo en Derecho administrativo? Es seguro que la nulidad relativa
ocupa en él mucho menos lugar que en Derecho privado. La razón es simple: en Derecho privado la nu-
lidad absoluta se reconoce por el signo de que la regla en la que se sanciona la violación tiene por fin pro-
teger un interés general y no el interés de uno de los contratantes (PLANIOL); es evidente que la teoría de
la nulidad de los actos administrativos está esencialmente orientada hacia la protección del interés gene-
ral; esto es lo que ha hecho decir a algunos que sólo la nulidad absoluta puede concebirse en Derecho pú-
blico (De Soro).» Así expresa De LAUBADERE en op. cit., p. 214, si bien añade a continuación que esta fór-
mula es exagerada. Por lo que se refiere a la jurisprudencia española, la postura de la sentencia que se cita
en el texto es la general. ViLLAR PaLasí (en «La doctrina del acto confirmatorio», en Rev. de Adm. Púb.,
núm. 8, mayo-agosto 1952, p. 49), se refiere a varias sentencias en que el Tribunal Supremo ha aceptado
la excepción de incompetencia de jurisdicción, por entender que el acto administrativo impugnado era re-
producción de otro anterior consentido, negándose a examinar si los vicios de este último eran determi-
nantes de la nulidad absoluta o de la mera anulabilidad. En este sentido debe recordarse la sentencia de 2
de junio de 1944, que declara que «habiéndose agotado la vía gubernativa y causado estado se hizo firme
y consentido si el interesado no impugnó, fueran cualesquiera los defectos de tramitación del expediente
gubernativo y hasta sus vicios de nulidad, que en todo caso en tiempo hábil y ante el Tribunal de la juris-
dicción contencioso-administrativa hubiera sido pertinente y necesario esclarecer y declarar si así proce-
diera hacerlo», Pero esta postura aparece corregida en jurisprudencia más reciente: sentencias de la Sala
5.* del T.S. de 4 y de 16 de junio de 1969. Cfr. también T. R. FERNÁNDEZ, La doctrina de los vicios de or-
den público, Madrid, 1970.
RoYo-VILLANOVA amite como únicos casos de nulidad absoluta en Derecho administrativo los si-
guientes: primero, falta de condición de órgano administrativo en el autor del acuerdo; segundo, la au-
sencia de la forma prescrita ad substantiam; tercero, incompetencia absoluta; cuarto, falta de voluntad del
órgano (violencia física sobre el titular del mismo); quinto, falta de objeto, ilicitud o imposibilidad del
mismo (Elementos de Derecho administrativo, 1, 1952, p. 115).
"Vid. supra, en el texto, la sentencia del Tribunal Supremo de 22 de noviembre de 1954.
* Quiérese decir con esto que en la resolución de los problemas que plantea esta materia debe huirse
tanto de las posturas excesivamente logicistas como de aquellas otras que relativizan absolutamente la
cuestión al remitirlo todo a la apreciación de los intereses en juego que se den en cada caso concreto. Las
posturas logicistas se producen fundamentalmente en la doctrina italiana. Para ellas la nulidad no es sino
la consecuencia a la que ha de llegarse necesariamente cada vez que los tales vicios se repiten. Baste re-
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 449
cordar a este respecto las consideraciones de RANELLETTI sobre el problema de los «funcionarios de he-
cho», puesto que en estos casos —dice— el vicio del acto debe determinar lógicamente su nulidad, nin-
guna consideración relativa a las «circunstancias del caso» puede abogar por la validez de los actos por él
realizados (Teoria degli atti amministrativi, cit., p. 60).
Contrastan con la anterior postura aquellos autores que tienen en cuenta el examen de los intereses en
juego. Puede incluirse aquí a HaurRIOU, que al examinar el recurso por exceso de poder (cuya finalidad es
precisamente la anulación de un acto administrativo) se pregunta por la conveniencia de construir una
«teoría de las nulidades» no desde el punto de vista de lo contencioso (que es el predominante en Dere-
cho francés), sino desde el punto de vista del acto administrativo en sí y de su adecuación con el Derecho
objetivo (point de vue du font de Droit), a lo que responde negativamente, por entender que el recurso por
exceso de poder está dominado (dados sus orígenes de recurso jerárquico) por un punto de vista más am-
plio que el estrictamente legal (point de vue de la police juridique), gracias al cual precisamente se ha he-
cho posible la fiscalización de la discrecionalidad administrativa que supone el détournement de pouvoir.
La consecuencia de todo esto es que al anular el acto administrativo no sólo juega la lógica jurídica (Hau-
RIOU, Précis de Droit administratif, 11.2? ed., 1927, pp. 382 y ss.). Más extremada resulta la tesis de JÉzE.
Para este autor, en todo problema de anulación de un acto administrativo son tres los intereses en juego:
a) el interés general que parece exigir la nulidad del acto. La adecuación del acto a la ley es de interés ge-
neral, porque en contemplación de este interés se dictó la ley cuyas exigencias han sido olvidadas; de aquí
la consecuencia de que toda irregularidad conduzca a la nulidad absoluta; b) el interés del patrimonio in-
dividual o colectivo afectado por el acto. La regla parece ser ahora la siguiente: sobre un patrimonio ad-
ministrativo (o sobre un patrimonio particular, cuando está administrado por quien no es su titular, como
ocurre con los bienes de los menores o de las personas jurídicas) no debe pesar una carga mientras no ha-
yan sido respetadas las reglas a que debe someterse el acto, pues tales reglas fueron dictadas, cabalmente,
en protección de este patrimonio. El respeto a esta regla postula también como consecuencia la nulidad
frente a cualquier irregularidad; c) el interés de los terceros. Así como los dos puntos de vista anteriores
aconsejan la multiplicación de las nulidades, este nuevo punto de vista es contrario a ellas. Sobre la base
del acto irregular han podido nacer situaciones jurídicas en que estén interesados terceros. Es más, este
interés de los terceros deviene «interés social» él mismo. Piénsese, por ejemplo, en los supuestos que
puede ofrecer la contratación administrativa: ¿cómo pueden saber los contratistas si el funcionario que en
nombre de la Administración firmó el contrato cumplió o no todos los requisitos legales y si disponía o
no de créditos suficientes para atender a cuanto se obligaba? (Los principios generales..., Cit., t. L pp. 74
y ss.). Todas estas consideraciones nos aconsejan repetir, una vez más, que una teoría de las nulidades
debe ser muy elástica, lo que no evita la existencia de ciertos criterios que en determinada medida pueden
funcionar como dogmas apriorísticos.
450 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Sobre la base de las conquistas realizadas por el Derecho privado y por la doc-
trina del Derecho en el estudio de los elementos de los actos jurídicos, la literatura
jurídico-administrativa se ha planteado también la cuestión de determinar los ele-
* La LPA de 1958 aceptó, incluso con análogas palabras, la enumeración de supuestos por nosotros
propuesta en 1956, en nuestro libro Régimen de impugnación..., cit., pp. 224 y 265. Pero, en cuanto a la
pretendida nulidad absoluta de las disposiciones reglamentarias, vid. las reservas que hacemos en el cap.
II del vol. III de este Tratado. La teoría de la nulidad ha sido estudiada por SanTAMARÍA PASTOR, La nuli-
dad de pleno derecho de los actos administrativos, Madrid, 1972; es discutible —no obstante su agu-
deza— la solución que da al supuesto de los actos administrativos constitutivos de delito que no pueda
declararse por los tribunales por transcurso del plazo de prescripción.
Postura contraria mantiene TIvARONI en Op. cit., pp. 95 y ss.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 451
mentos del acto administrativo. Tampoco en esta materia puede decirse que exista
acuerdo doctrinal, si bien muchas de las discrepancias son sólo aparentes por entra-
ñar una mera cuestión de terminología'*. Algunos autores plantean, sin embargo, una
disconformidad de fondo respecto de la que, con las salvedades que se han hecho,
pudiérase denominar postura tradicional”.
Por nuestra parte, admitimos los siguientes elementos del acto administrativo: su-
jeto, objeto o contenido, causa, fin y forma. Se trata de saber a continuación la rele-
vancia que los vicios en cada uno de estos elementos tienen respecto de la validez del
acto administrativo.
Por definición, el acto administrativo no puede ser realizado sino por un «sujeto
de administración pública»'*: Estado, Comunidad autónoma, provincia, municipio u
'5 Así: RoYo-VILLANOVA (en Problemas de régimen jurídico..., Cit., pp. 24 y ss.) enumera la compe-
tencia, los motivos, el contenido u objeto, el fin y la forma. Para ZANoBINI, los elementos esenciales del
acto administrativo son los siguientes: sujeto, objeto, voluntad, contenido y forma; en relación con otros
elementos que enumera la doctrina, advierte que no es elemento esencial la competencia y, por lo que se
refiere a la causa, que no es sino un requisito de la voluntad, es decir, un modo particular de actuar de ésta
(Corso di diritto amministrativo, vol. 1, 5.* ed., 1974, pp. 188 y ss.). RANELETTIestudia los siguientes: Ór-
gano administrativo, declaración de voluntad, forma y contenido (Teoria degli atti..., cit., pp. 57 y ss.).
Vrrra señala capacidad, contenido y causa (Diritto Amministrativo, I, 1948, pp. 370 y ss.). CAETANO enu-
mera como elementos esenciales: voluntad, competencia, objeto, fin y forma (Tratado elemental de De-
recho administrativo, trad. esp., pp. 268 y ss.). Sayaués señala los siguientes: Órgano competente, vo-
luntad administrativa, contenido, motivos, finalidad, forma y procedimiento (Tratado..., cit., p. 432).
Difiere algo del esquema clásico ALessI. Examina, en primer lugar, los elementos para la existencia del
acto; faltando alguno de los cuales, el acto es inexistente, o, mejor, no existe. Estos elementos esenciales
son precisamente los que entran en su definición de acto administrativo: a) manifestación voluntaria de
actividad; b) procedencia de una autoridad administrativa; c) la función ha de realizar de modo inmediato
intereses públicos concretos. A continuación examipa los que él denomina «requisitos para una válida
existencia del acto administrativo». Estos requisitos pueden afectar al acto administrativo en cuanto ma-
nifestación voluntaria y en cuanto manifestación administrativa. En cuanto manifestación voluntaria, son
dos los requisitos: la correspondencia entre la determinación volitiva y la exteriorización de la misma, y
el requisito relativo a la falta de elementos perturbadores en el proceso formativo de la voluntad (error,
violencia y dolo). En cuanto manifestación administrativa, los requisitos son la consecuencia de que la po-
testad de acción de la Administración pública está siempre más o menos estrictamente limitada por las
normas jurídicas, de donde el respeto a tal límite se resuelve, en definitiva, en otros tantos requisitos de
validez del acto. Estos requisitos son formales y sustanciales. Los formales son: a) regular constitución
del órgano administrativo; b) competencia; c) formas; d) motivación; e) procedimientos. Los requisitos
sustanciales son: a) existencia de una concesión, explícita o implícita, de potestad a la administración para
actuar en los casos concretos; b) existencia de un interés público que justifique en el caso concreto la emi-
sión del acto administrativo (al estudiar cuyo requisito realiza una extensa crítica de la doctrina de la causa)
(Sistema istituzionale di Diritto amministrativo, 1953, pp. 235 y ss., y 250 y ss.).
17 Entraña una crítica de la postura tradicional la que adopta GIANNI (Lezioni di Diritto amministra-
tivo, vol. 1, 1950, pp. 294 y ss.). Para este autor, según que se refieran al objeto o a la acción, los elemen-
tos del acto administrativo pueden ser subjetivos (competencias y legitimación) y objetivos (voluntad, ob-
jeto, motivos y presupuestos).
Vid. ZANOBINI, Corso..., cit., vol. L, p. 187.
452 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
vicios sustanciales de procedimiento que a través de la oposición se han producido. Como el recurso no
tiene efectos suspensivos, el catedrático nombrado toma posesión de su plaza y ejerce sus funciones hasta
que meses (incluso años) después la jurisdicción revisora competente declara efectivamente la nulidad del
nombramiento. ¿Deberá entenderse que los exámenes oficiales realizados por este profesor no tienen nin-
guna validez y que, consiguientemente, cuantos alumnos han pasado por ellos deben volver a repetirlos?
Por las razones que se exponen en el texto, la respuesta tiene que ser negativa. El artículo 28, párrafo 2,
del estatuto de funcionarios de Grecia de 1951 declara que «son válidos los actos de un funcionario cuyo
nombramiento haya sido revocado» (vid. STASSINOPOULOS, op. cit., p. 113, por nota). Y el artículo 1.319
del Código civil alemán, que el matrimonio es válido si el funcionario, aunque ilegalmente nombrado,
ejerce sus funciones de forma oficial.
* RANELLETTI, Teoria degli atti amministrativi..., cit., p. 60.
” En la doctrina española, FUEYO ALVAREZ (en «La doctrina de la Administración “de facto”», en Rev.
Admón. Púb. núm. 2, mayo-agosto 1950, pp. 35 y ss.) llega al resultado de que, tanto en virtud del prin-
cipio de apariencia como de seguridad jurídica, hay que «admitir esta válvula de seguridad jurídica... que
postula que en determinados casos y a ciertos efectos se respete la situación de Derecho creada al amparo
de una apariencia de legalidad o por una imposición de urgencia, situación sobre la que no se puede, o al
menos no se debe, volver por razones de seguridad». Si bien estima FUEYO que un planteamiento correcto
de la doctrina debe prescindir, como figura central del «funcionario de hecho», para traer al primer plano
el otro elemento subjetivo del problema: el público en general, es decir, el particular que, obrando de buena
fe, entra en contacto con la Administración a través de dicho funcionario.
En el mismo sentido MARTÍNEZ USEROS, si bien exige determinados presupuestos para que pueda ha-
blarse de «funcionarios de hecho» (frente a lo que él llama «órgano de hecho»), concluye que la aparien-
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 455
A partir de la noción del órgano, que es el elemento subjetivo, resulta fácil de-
terminar el elemento objetivo o competencia. Este elemento objetivo viene dado por
la esfera de actividades y cometidos que el órgano está llamado a realizar”. La com-
petencia es, como dice D” ALESSIO, «la medida de la potestad que pertenece a cada
órgano»”. A los efectos del estudio de los vicios del acto administrativo, algunos au-
tores examinan separadamente el requisito de la competencia del requisito de la ca-
pacidad jurídica”. Esta distinción es exacta en teoría, puesto que la capacidad debe
predicarse de las personas jurídicas de Derecho público, mientras que la competen-
cia debe predicarse de sus Órganos. Pero no existe ningún inconveniente en utilizar
esta última expresión en un sentido amplio, de forma que cualquier acto administra-
tivo dictado por una persona jurídico-pública en materia para la que carece de capa-
cidad, así como todo acto producido por órgano incompetente, se diga que es un acto
viciado de incompetencia. En este sentido amplio hablamos aquí de la competencia”.
La doctrina distingue tres tipos de competencias: territorial, funcional (o por ra-
zÓn de la materia) y jerárquica (o por razón del grado). Caben, pues, otros tantos su-
puestos de violación de la competencia. Al mismo tiempo, y en relación con la san-
ción jurídica que estos vicios determinan (nulidad o anulabilidad del acto
administrativo viciado), se distinguen los supuestos de incompetencia absoluta y re-
lativa*.
La violación de la competencia territorial supone que una autoridad interviene en
el ámbito territorial reservado por el Derecho objetivo a otra. Este vicio no se pro-
duce frecuentemente, dado que en pocas ocasiones se presta a dudas la delimitación
territorial administrativa actualmente vigente”. Para el caso, empero, de que la in-
competencia se produzca, la gravedad de la sanción habrá de determinarse teniendo
cia de legitimidad determina la necesidad de admitir la validez de sus actos («Consideraciones sobre los
funcionarios de hecho», en Estudios dedicados al profesor Gascón y Marín, Madrid, 1952, pp. 97 y ss.).
30 ZANZUCCHI, Istituzioni di Dir. Pubb., Milano, 1942, p. 32.
3 [stituzioni di Diritto Amm., vol. 1, Torino, 1932, p. 230.
2 Así, FORTI, Lezioni di Diritto Amministrativo, vol. IU, 2.* reimp. de la 4.* ed., 1950, pp. 142 y ss.
3 FORTI cita como ejemplo de falta de capacidad de actuación del Municipio o de la Provincia en ma-
teria de Administración militar, o el que una obra pía o una asociación sindical actúen en materia de po-
licía (op. cit., p. 143). Pero no hay ninguna dificultad en hablar en estos casos de actos administrativos vi-
ciados de incompetencia. El propio ForTI lo reconoce así más adelante (op. cit., p. 198).
3 La incompetencia absoluta daría lugar a la nulidad absoluta, y la relativa a la simple anulabilidad.
Esta distinción ha sido rechazada por autores como HIPPEL y FORSTHOFF, por entender que suscita difi-
cultades no pequeñas en los actos particulares. Este último autor sugiere, por eso, que resulta conveniente
fijarse en si la desviación de competencia realizada por el órgano autor del acto administrativo es o no pa-
tente. Con ello —dice— se logra una vinculación directa con el criterio de la protección de la confianza,
que es el que aquí interesa; porque la notoriedad del error de competencia autoriza a negar la protección,
de la confianza por no existir en estos casos la apariencia jurídica, con lo que es la nulidad absoluta la san-
ción normal que corresponde a la violación crasa de la competencia objetiva (Lehrbuch des Verwal-
tungsrechts, 1950, p. 188).
Nuestra Ley de Procedimiento administrativo parece admitir esta misma postura al hablar en su ar-
tículo 47, como primer supuesto de nulidad de pleno derecho de los actos dictados «por órgano manifies-
tamente incompetente». Pero, en definitiva, todo se reduce a convenir en que la incompetencia absoluta
es precisamente la incompetencia manifiesta.
35 STASSINOPOULOS, op. cif., p. 112.
456 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
* Esto ocurrirá en el caso de que un Ayuntamiento dictase actos administrativos con la pretensión de
obligar a vecinos de otros municipios. Igualmente valdría esta solución para el caso en que el Goberna-
dor civil de la provincia de A impusiese una multa por razones de desórdenes públicos acaecidos en la
provincia de B.
” La Ley Municipal de 1935 regulaba un recurso de defensa de la autonomía utilizable por los Muni-
cipios contra actos de injerencia estatal: artículos 233 y 234.
La enumeración de competencia local se contiene en los artículos 25 y 26 de la Ley 7/1985, de Régi-
men local. Sería difícil decir, en punto a capacidad jurídica de nuestras entidades locales, que rige el prin-
cipio de la «especialidad». Esto no obsta a que sean casos de incompetencia absoluta aquéllos en que el
Municipio se atribuye el conocimiento de cuestiones atribuidas expresamente por la ley al Estado o Co-
munidades Autónomas. Las distintas leyes españolas de régimen local se han preocupado repetidamente
de sancionar estas posibles extralimitaciones. Valgan como fundamento las palabras pronunciadas por
MAURa en la sesión de Cortes del día 23 de julio de 1908 en defensa, precisamente, del proyecto de Ley
de Régimen local presentado por su Gobierno: «De modo que es absolutamente imposible —decía—
arrancar de la Ley el principio de que cuando hay extralimitación hay nulidad, porque el poder local no
existe fuera del ámbito que le está reconocido, y actuando fuera de esa órbita, por error o por malicia, está
en igual situación que la mía si yo dispusiese de la finca ajena, o de la libertad de un prójimo que no tiene
por qué obedecerme.»
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 457
Otro elemento del acto administrativo es el contenido. Del contenido cabe dar
una acepción amplia y una acepción estricta. En el primer sentido se determina por
oposición a la forma del acto, y vendria a englobar todos los elementos integrantes
de lo que, en términos forenses, se denomina el fondo del asunto*.
En el sentido estricto el contenido es, como dice V1TTA”, la declaración de co-
nocimiento, voluntad o juicio en que el acto consiste. Se identifica así con el objeto
del acto*, y en razón de él un acto administrativo se diferencia sustancialmente de
otro*. Por consiguiente, entendemos por contenido u objeto del acto administrativo
el efecto práctico que con dicho acto se pretende obtener: nombramiento de un fun-
cionario, imposición de una multa, requisa de un vehículo, etc.
La doctrina distingue tres partes en el contenido del acto administrativo: conte-
nido natural, contenido implícito y contenido eventual?.
Contenido natural es el que necesariamente forma parte del acto administrativo
y sirve para individualizarlo respecto de los demás. Por ejemplo, contenido natural
de la expropiación forzosa es la transferencia coactiva de la propiedad del particular
al ente público.
El contenido implícito se refiere a aquellas cláusulas no expresas, pero que hay
** A pesar de que, aparentemente, BALLBÉ hace una enumeración más completa de los elementos del
acto administrativo, es ésta la acepción que utiliza del contenido. Vid. su Sistemática de Derecho admi-
nistrativo, Barcelona, 1954, p. 29. Una acepción tan amplia justifica la crítica que de estos elementos hace
GIANNINI (Lezioni..., Cit., p. 302). Para LUCIFREDI (en L'atto amministrativo nei suoi elementi accidentali,
1941, pp. 30-31), la oposición «forma-contenido» puede entenderse en dos acepciones diversas. Si lo que
se quiere de ella es lograr una rigurosa oposición conceptual de tal manera que cualquier elemento de acto
administrativo necesariamente haya de clasificarse en una u otro, entonces por contenido hay que enten-
der algo más amplio de lo que por muchos se propone; por ejemplo, dentro del contenido habría que in-
cluirse entonces la motivación del acto administrativo. Si, por el contrario, se quiere reservar a la expre-
sión contenido un significado técnico-jurídico preciso, habrá que renunciar a la rigurosa dicotomía lógica
que antes ha quedado planteada; se obtiene entonces una distinción no muy de acuerdo con las exigencias
de la oposición lógica excluyente entre forma y contenido, pero se obtendrán dos conceptos jurídicos sus-
ceptibles de muchas aplicaciones prácticas. LUCIFREDI se inclina por esta última acepción.
% Diritto amministrativo, vol. I, p. 372. ;
1% RoYo-VILLANOVA habla de objeto o contenido del acto (Problemas de régimen jurídico-municipal,
p. 25). Expresamente reconoce también la identificación entre contenido y objeto FRAGOLA (en Gli atti
amministrativi, 1952, p. 31), que declara: «Objeto y contenido son, a mi juicio, nociones análogas e indi-
can la substancia del acto jurídico. El contenido de una ordenanza es la voluntad de ordenar; la de un cer-
tificado es el hecho de la comprobación.»
También SAYAGUÉS reconoce que el objeto debe estudiarse dentro del contenido (Tratado, cit., p. 444);
FERNÁNDEZ DE VELASCO, El acto administrativo, cit., p. 192.
1 Precisamente por esto, STASSINOPOULOS (en su Traité..., cit., pp. 78 y ss.) estudia la clasificación de
los actos administrativos dentro del capítulo que lleva por rúbrica general «El contenido del acto admi-
nistrativo».
2 ZANOBINL, Corso..., cit., vol. I, p. 192. BALLBÉ habla de «modalidades» del contenido, Sistemática...,
cit., p. 29. LUCIFREDI plantea la cuestión partiendo de la conocida tripartición entre esentialia, naturalia y
accidentalia negotti. Desde luego, ésta es perfectamente aplicable al Derecho administrativo, como tan-
tas otras construcciones del negocio jurídico privado; pero debe observarse —añade— que, teniendo en
cuenta el sentido técnico-jurídico que se da al concepto de contenido, en la tripartición anterior entrarán
otros elementos del negocio o acto administrativo. Por eso propone que se hable de contenido necesario,
implícito y eventual (L'atto amministrativo..., Cit., pp. 35 a 39).
458 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
que entender incluidas en el acto, porque el ordenamiento jurídico las supone en to-
dos los de la misma especie. Así, por ejemplo, aunque nada se diga expresamente en
el decreto de nombramiento para un alto cargo político (por ejemplo, para el cargo
de Director general), hay que entender como implícita la cláusula de la temporalidad
del nombramiento.
Contenido eventual es el integrado por aquellas cláusulas que el órgano admi-
nistrativo puede introducir en el acto. Entre éstas deben consignarse las llamadas
«cláusulas accesorias», esto es, condición, modo y término.
El examen del contenido nos interesa en cuanto los vicios de este elemento pue-
den dar lugar a la nulidad o anulabilidad del acto administrativo. En este sentido debe
decirse que la regularidad del acto administrativo exige que su contenido sea deter-
minado o determinable, posible y lícito*. Pero el defecto de estas exigencias no tiene
siempre las mismas consecuencias jurídicas.
Por lo que se refiere a la imposibilidad física y a la ilicitud penal* hay que con-
cluir que son vicios determinantes de la nulidad absoluta del acto administrativo;
pues la presunción de legitimidad que el acto administrativo apareja no puede pre-
valecer ni contra la lógica ni contra el ordenamiento penal vigente, y en este sentido
se pronuncia el artículo 62.1.c) y d) de la LRJ y PAC. Otro tanto podría decirse en el
caso de falta de determinación del contenido; por ejemplo, no tendría valor jurídico
una resolución administrativa en que se dijese que «se sanciona» (sin decir cómo) al
funcionario X.
En cambio, el principio de que el acto administrativo debe ajustarse, en cuanto a
su contenido, al Derecho administrativo vigente, no obstante su importancia, sólo da
lugar, como regla, a la anulabilidad del acto administrativo”.
A efectos de los vicios del contenido del acto administrativo merece especial con-
sideración la cuestión relativa a las cláusulas accesorias.
gio de enseñanza privada subvencionado de que reserve determinadas plazas para alumnos gratuitos. Pre-
cisamente hay quien, como PUGLIATTI, han negado la aplicabilidad al Derecho administrativo del concepto
de modo, argumentando así; en la teoría del negocio jurídico la aplicación del modo tiene lugar en el
campo de los actos a título gratuito; es así que actos administrativos a título gratuito no existen, luego la
doctrina del modo es inaplicable a ellos. A esto ha contestado con razón LUCIFREDI que la traslación al De-
recho público de conceptos previamente acuñados por el privado determina su aplicación no tanto a si-
tuaciones idénticas cuanto paralelas. Es lo cierto que existe una serie de categorías de actos administrati-
vos que, aunque a ellos no conviniera la calificación de gratuitos, tienen por efecto una ampliación de la
esfera jurídica del particular: autorizaciones, concesiones... Pues bien, en estos casos la Administración
puede imponer, al dictarlos, ciertas cargas que, por otra parte, no tienen carácter condicional (L'atto amm.,
cit., pp. 236 a 239). Resulta extraño que LUCIFREDI, al tratar de los actos administrativos en que más clara
aparece la nota de la liberalidad, se refiera a las autorizaciones (op. cit., p. 241, nota 153) —cuestión du-
dosa si se tiene en cuenta que, en muchos casos, existe un derecho a la autorización— y omita, en cam-
bio, la referencia a las subvenciones.
30 STASSINOPOULOS, p. 96.
*% STASSINOPOULOS, Op. cit., p. 96. El ejemplo que pone este autor es el siguiente: si la concesión de ex-
cedencia a un funcionario se hace depender de su conducta futura, es nula.
En este mismo sentido se expresa LUCIFREDI: «...cuando menos, en el caso de un acto discrecional que
la Administración haya creído poder dictar sólo modificando notablemente su contenido normal, la inva-
lidez de tal modificación debe aparejar la invalidez de todo el acto. Si la Administración ha entendido que
sólo la inclusión en el acto de aquel contenido puede garantizar los intereses públicos de que es guardián;
si, por consiguiente, ha considerado inadecuado o inoportuno el acto en su contenido normal, no es posi-
ble atribuirle la paternidad del acto reducido a su contenido normal, no es posible decir que se ha servido
de su poder discrecional para querer un tal acto. De aquí la imposibilidad, cuando menos en estos casos,
de la amputación de las prescripciones ilegítimas en él incluidas» (op. cit., p. 352).
” De la literatura jurídica sobre la causa en Derecho administrativo, aparte de los tratados generales
que después se citarán, deben destacarse: PHILIBERT, Le but et le motif dans l'acte administratif, París,
1931; VEDEL, Essai sur la notion de cause dans le Droit administratif, París, 1934; ForT1, «1 motivi e la
causa negli atti amministrativi», en Foro Italiano, vol. LVIIL, 1932, t. HI, p. 289; BODDA, «Opinioni sulla
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 461
Se distingue por los privatistas entre «causa jurídica» y «causa natural»: la pri-
mera, que se denomina también causa inmediata, es el fin a que se dirige todo acto
administrativo de una determinada especie, por lo que su carácter es objetivo y varía
de una a otra categoría de actos; la segunda, causa remota, se identifica con los mo-
tivos y es el fin particular que el agente se propone dictando el acto, por lo que pre-
domina el carácter subjetivo y varía de uno a otro acto, incluso entre los de la misma
especie”.
En la aplicación de la doctrina de la causa al Derecho administrativo deben dis-
tinguirse varias posturas: :
a) Para algunos, no ofrece ninguna dificultad la aplicación pura y simple al acto
administrativo de la doctrina de la causa tal como ha sido elaborada con vistas al ne-
gocio jurídico de Derecho privado. Así, ZANOBINI (quien, por cierto, entiende que la
causa no es el elemento esencial del acto administrativo o del acto jurídico en gene-
ral, sino requisito de la voluntad, es decir, un modo particular de actuar de ésta) aplica
la distinción entre causa jurídica y causa natural, antes referida, a los actos adminis-
trativos. La causa consiste así en el efecto práctico determinado de cada acto admi-
nistrativo; la concesión produce el efecto de hacer surgir en el concesionario un
nuevo derecho, mientras la orden de policía produce el efecto de limitar la libertad
de un particular y el nombramiento de un funcionario determina la constitución de
una relación de servicio entre Administración y particular. Esto ocurre siempre así
en los actos de cada especie jurídica; en cambio, la causa remota o motivo es varia-
ble; la concesión puede hacerse en consideración a la existencia de medios técnica-
mente más perfectos que posean los particulares; la orden de policía puede tener por
fin hacer cesar un daño real y presente o prevenir un daño futuro, etc.*.
Las diferencias con el Derecho privado aparecen únicamente al examinar la causa
remota o motivo. Dada la diferencia existente entre la libertad de los particulares y
la discrecionalidad de la Administracion pública, debe afirmarse que mientras los
motivos son normalmente irrelevantes en Derecho privado, en Derecho público de-
ben ajustarse (y eso es requisito de validez del acto) al interés general”.
causa nell'atto amministrativo», en Studi giuridici in onore Santi Romano, vol. IL, p. 59; ALESSI, In torno
ai concetti di causa giuridica, illegittimitá, ecceso di potere, 1934; GASPARRI, La causa degli atti ammi-
nistrativi, Pisa, 1942.
5 ZANOBINI, op. cit., vol. I, pp. 190 y 191. El ejemplo que pone este autor es el siguiente: en la com-
praventa la causa jurídica de la obligación del comprador es la adquisición de la cosa, mientras la del ven-
dedor es conseguir el precio; en cambio, los motivos de las partes en dichos contratos pueden ser los más
diversos; así, la cosa puede adquirirse para volver a venderla, para arrendarla, para usarla directamente,
para regalarla, etc., mientras que el precio puede emplearse en una inversión capitalista, como medio de
extinguir un préstamo, para adquirir subsistencias, etc.
5 Op. cit., p. 101. Los ejemplos de este autor no resultan en absoluto convincentes. Sin prejuzgar por
ahora hasta qué punto la teoría de la causa en Derecho administrativo debe ofrecer peculiaridades respecto
al Derecho civil, es lo cierto que cuando se dice que la causa de la obligación del comprador en la com-
praventa está en la adquisición de la cosa se está apuntando a la razón determinante que justifica la situa-
ción del comprador como obligado a pagar el precio. Ahora bien, cuando ZANOBINI dice que la causa de la
concesión está en hacer surgir en el concesionario un nuevo derecho o que la causa de la orden de policía
está en limitar la libertad de un particular, se está diciendo algo muy distinto y, desde luego, bastante me-
nos exacto. Porque no puede pensarse que la razón determinante de la actividad administrativa, cuando dicta
una orden de policía, es decir, el por qué de esa orden, está en la limitación de la libertad del particular. Esto
último es en lo que el acto consiste, o sea, su contenido. La causa hay que buscarla por otra parte y no se
puede confundir la causa con el efecto.
55 ZANOBINI, Op. Cit., p. 191.
462 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
c) A nuestro juicio, los dos grupos de teorías que se acaban de examinar pecan,
el primero por defecto y el segundo por exceso. Pecan por defecto quienes aplican,
sin más, al Derecho administrativo la teoría de la causa elaborada por el Derecho pri-
vado; por exceso de diferenciación, quienes se niegan a admitir la existencia en aquel
campo de una noción al menos paralela a la del civil.
Está claro que la teoría de la causa en Derecho administrativo no puede desco-
nocer, desde su planteamiento inicial, las peculiaridades que el acto administrativo
ofrece, una de las cuales es que mientras la teoría de la causa en Derecho civil se ha
construido contemplando fundamentalmente los negocios jurídicos bilaterales que
son los contratos, en cambio el acto administrativo es unilateral”; otra, que mientras
en Derecho privado la actuación de los particulares es libre y espontánea dentro del
campo de lo lícito, en Derecho administrativo actúa como condicionante de la acti-
vidad administrativa, incluso de la discrecional, la noción de interés público. Esto úl-
timo nos va a servir desde ahora para descubrir la existencia en el acto administra-
tivo de un nuevo elemento, autónomo respecto de la teoría del Derecho privado: el
fin. De él trataremos en su momento oportuno, pero válganos ahora la referencia para
entender rechazadas cuantas teorías sobre la causa se monten precisamente sobre la
determinación de la adecuación entre el acto administrativo y el interés público, que
es su fin”.
Por otra parte, las teorías que antes hemos incluido en el grupo b) pecan por ex-
ceso desde el momento en que llegan al extremo de creer inaplicable al acto admi-
nistrativo la doctrina de la causa. Si nos fijamos en que algunos de aquellos autores
explican con la noción de «presupuestos» lo que para nosotros constituye causa, po-
dríamos muy bien concluir que todo se reduce a un puro problema terminológico.
Pero con todo, defendemos la aplicabilidad del concepto de causa por las razones que
siguen a continuación.
Lo característico de la causa en Derecho privado no es tanto el efecto práctico que
con el negocio jurídico consiguen las partes, como se afirma por muchos, cuanto que
ella constituye la razón justificadora de la obligación de cada una de las partes. Si
se dice que la causa de la compraventa consiste, para el vendedor, en conseguir una
suma de dinero como precio de la cosa, se dice, desde luego, algo que es cierto; pero
por el argumento fundamental de que tal efecto práctico (conseguir la suma de di-
nero) constituye simultáneamente la razón objetiva que justifica su obligación de en-
tregar la cosa. Dado el carácter peculiar de los actos administrativos, la coincidencia
entre efecto práctico y causa no se da. El error de los ejemplos ofrecidos por ZANO-
BINI, y a que antes hemos aludido, estriba precisamente en esto, pues si es cierto que
ligrosidad de un edificio para ordenar su clausura. Son éstos los motivos —añade DE VALLÉS— que más
se aproximan a la causa (Elementi di Diritto amministrativo, Firenze, 1937, p. 195).
$ Ya FORTI ha puesto de relieve la trascendencia que, incluso desde el punto de vista del Derecho pri-
vado, significa el hecho de que el acto sea contractual o unilateral (op. cit., pp. 159 y 160). SAYAGUÉS, Tra-
tado..., cit. p. 446. A nuestro juicio un caso típico de aplicación de la doctrina de la causa en Derecho ad-
ministrativo se encuentra en la procedencia de las reclamaciones económicas dirigidas por un particular
a la Administración con base en la doctrina del enriquecimiento injusto o sin causa. Dicho de otra forma,
la causa falta como elemento justificante de la actuación administrativa.
$ Demuestra esta afirmación la simple consideración del hecho de que la doctrina de la causa debe co-
rresponder (de aquí la identidad de la terminología), aun salvando las distancias, a elementos del negocio
jurídico conocidos por el Derecho privado. Ahora bien, ya hemos dicho que la consideración del fin es
exclusiva del Derecho administrativo.
464 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
el efecto práctico que se consigue con una concesión administrativa es hacer surgir
una serie de nuevos derechos en el concesionario, no lo es, en cambio que en esto
consista la causa jurídica del acto de concesión.
El problema se resolverá, en cambio, si ahora, al tratar de los actos administrati-
vos, nos preguntamos por la razón justificadora de cada uno de ellos, o sea, por la cir-
cunstancia que justifica en cada caso que un acto administrativo se dicte.
La determinación del elemento que investigamos vendría entonces dada por la
contestación de la pregunta «¿por qué?», y, justo es reconocerlo, el término causa re-
sulta aquí el adecuado.
Resulta así que una serie de circunstancias de hecho se integran como elementos
del acto administrativo a través de la noción de causa”. Por jemplo, la causa de una
sanción disciplinaria está en la comisión efectiva de la falta; la causa de la orden de
demolición de una finca ruinosa, en el estado de ruina; la de la jubilación de un fun-
cionario por imposibilidad física, en la situación de imposibilidad física; la del tras-
lado voluntario de un funcionario de una a otra plaza, en la existencia de esta última
como vacante y en la solicitud del interesado, etc. Como se ve, la comprobación de
la causa ha de consistir normalmente en la constatación o apreciación de un hecho o
de un estado de hecho*, con lo que se viene a resolver el problema jurídico de por
% Rue HAURIOU quien, comentando la jurisprudencia del Conseil d'Etat, utilizó la noción de causa para
lograr la integración de los presupuestos fácticos como elementos del acto administrativo. De esta forma
se lograba la transformación del llamado error de hecho en error de derecho y la equiparación de la falsi-
ficación de los hechos a la violación de la Ley. Para HAURIOU, «la causa jurídica de un acto es el elemento
de hecho que determina la categoría de la situación que postula la realización del acto». Así se deduce en
la jurisprudencia establecida por el Conseil d'Etat en las tres siguientes decisiones: arrét Trépont (de 20
de enero de 1922), arrét Blanchart (de 23 de marzo de 1923) y arrét Lefranc (de 22 de junio de 1926). En
el primero de ellos se trataba de una solicitud de retiro, en el cual la solicitud desempeñaba el papel de
causa jurídica del acto administrativo que lo concediese: faltando la petición, este último hubiese sido un
acto administrativo sin causa. En el asunto Blanchard se trataba igualmente de un Decreto en el que se de-
cía que el recurrente había sido trasladado a petición propia a otras funciones; como en realidad tal peti-
ción faltaba, la causa jurídica era inexistente. Finalmente, en el asunto Lefranc se trataba de un funciona-
rio licenciado por supresión de empleo; la licencia por supresión de empleo es una categoría conocida, y
la supresión de empleo juega como causa jurídica del licenciamiento; pero, en realidad, el empleo no ha-
bía sido suprimido, puesto que algunos días después el interesado era reemplazado por otro funcionario;
por consiguiente, hecho materialmente inexacto y causa jurídica inexistente. Se deduce de todo esto que
la teoría de la causa jurídica no puede ser confundida con la de los motivos que sirven de base al «dé-
tournement de pouvoir» (Précis de Droit administratif, 1927, p. 430 y nota 1). Un examen de esta misma
jurisprudencia y la discusión acerca de si la revisión de los hechos por el Conseil d'Etat supone la admi-
sión de un nuevo supuesto de apertura del recurso por exceso de poder, en R. VIDAL, «L'evolution du dé-
tournement de pouvoir dans la jurisprudence administrative», en Rev. Droit Public, abril-junio 1952, pp.
287 y ss.
La doctrina procesalista española se ha hecho eco de este concepto de causa. Así, GUASP entiende por
causa (de la acción o pretensión procesal, causa petendi) «los fundamentos de hecho que la legitiman»
(Derecho procesal civil, p. 603). La doctrina del T. S. también la admite: la sentencia de la Sala 3.? del T.
S. de 6 de noviembre de 1973, después de afirmar «los poderes de revisión y control de nuestra jurisdic-
ción sobre las cuestiones de hecho», añade: «...porque (los hechos) integran, junto a otros elementos, los
actos administrativos de que se trata, sirviendo principalmente para configurar la causa que los ha origi-
nado».
* La importancia de estos elementos fácticos como elementos jurídicos del acto administrativo no po-
día pasar inadvertida a la doctrina, aun prescindiendo de la utilización de la noción de causa. Así, Bon-
NARD habla en este caso de los motivos del acto administrativo como de su razón de ser, apareciendo así
un «motivo objetivo» junto al subjetivo antes examinado (Précis élémentaire de Droit administratif, 1940,
p. 29). En el mismo sentido se acepta el concepto por ROYO-VILLANOVA, que incluso utiliza ejemplos aná-
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 465
qué y en qué medida las jurisdicciones revisoras pueden entrar en el examen de los
hechos determinantes de una decisión administrativa”. De aquí las dos clases de error
fáctico que pueden viciar la causa del acto administrativo: falsedad en los hechos y
apreciación errónea de los hechos.
logos a los ofrecidos por nosotros en el texto, pero hablando de motivos (Elementos de Derecho adminis-
trativo, 23.* ed., t. L, p. 107). Igualmente, SAYAGUÉS habla de causa o motivo, aunque prefiriendo esta úl-
tima denominación, con referencia a «las circunstancias de hecho o de derecho que en cada caso llevan a
dictar el acto administrativo» (Tratado..., cit., p. 447). En materia de expropiación forzosa, nuestro Dere-
cho vigente (ley de 16 de diciembre de 1954) reconoce el juego del elemento causa a través de la institu-
ción de la reversión al particular de los terrenos que se le expropiaron y no fueron utilizados en la obra
proyectada, o ésta no se realizase (art. 54 de la ley). En efecto, en la expropiación la causa viene dada por
la efectiva necesidad que la Administración tiene de un bien de propiedad particular, el fin, en cambio,
consiste en la posibilidad de realizar una obra pública, establecer una empresa pública o, genéricamente,
satisfacer un interés público o social. Si la Administración declarase (en el supuesto de que esta declara-
ción sea de la competencia de órganos administrativos) el interés público o social sin que éste existiese
efectivamente (por ejemplo, con el fin de apoderarse de una finca particular para recreo de los funciona-
rios), el acto expropiatorio estaría afectado de vicio en cuanto al fin (desviación de poder o «détournement
de pouvoir»; si la Administración ocupase bienes no necesarios al fin de la expropiación, o ésta se hiciese
innecesaria por no realización de la obra o porque la realización de ésta demostró que tales bienes no te-
nían por qué ser expropiados, el vicio será de la causa. Pues bien: ciertos supuestos de falta de causa son
acusables —como se ha dicho— a través de la revisión.
Ha de observarse que cuando ordinariamente se habla de la expropiación forzosa por causa de utili-
dad pública o por causa de interés social no se está aludiendo al anterior sentido técnico de la expresión
(cfr. GONZÁLEZ PÉREZ, «La utilidad pública y el interés social en la nueva Ley de Expropiación forzosa»,
en Rev. Crit. de Dcho. Inmobiliario, mayo-junio 1955, pp. 275 y ss.).
El concepto de causa que defendemos parece haber sido acogido por nuestras leyes. Obsérvese la de-
finición que se contenía en la ley de 24 de diciembre de 1962 sobre régimen de reposición de mercancías
con franquicia arancelaria: «La reposición es un acto administrativo que atribuye un derecho a impar-
tir con franquicia arancelaria en los términos previstos en esta ley y cuya causa es la previa exportación
de uno o varios productos transformados» (art. 1.%). NÚÑEzZ-LAGOS («La causa en el acto administrativo»,
en Estudios en homenaje a Jordana de Pozas, t. YI, vol. 1.*, Madrid, 1961, p. 117) critica expresamente
nuestra tesis por entender que se olvida la «estratificación de situaciones subjetiva y objetivas» en que la
causa consiste.
% Vid. nuestro trabajo «El tratamiento jurisprudencial de la discrecionalidad administrativa», en Rev.
Admón. Púb., núm. 13, enero-abril, 1954, p. 151.
Cuando más adelante nos referimos al elemento fin del acto administrativo —en el que tantos autores
centran el problema de la causa— se verá la necesidad de distinguir rigurosamente entre uno y otra y, con-
siguientemente, del diverso tratamiento jurídico que exigen. A las objeciones que, olvidando esto, se nos
han formulado desde que expusimos nuestra tesis (en Régimen de impugnación, cit., pp. 263 y ss.), debe-
mos contestar con los siguientes argumentos: 1. Mientras que la causa es la contestación al ¿por qué?, el
fin responde al ¿para qué? del acto administrativo. No es lícito confundir ambas contestaciones. Se nom-
bra un funcionario para una determinada plaza, porque existe vacante (causa) y precisamente para cubrirla
(fin). Si después resultase que no había vacante, el nombramiento estaría viciado por falta de causa; si, su-
puesta en cambio la vacante, se demostrase que se hizo para un fin distinto del querido por la ley, habría
desviación de poder. 2.” Puesto que la causa está constituida por hechos o situaciones de hecho, la fisca-
lización de su existencia se extiende tanto a la actividad reglada como discrecional de la Administración.
Así, la Administración no puede apreciar discrecionalmente si una vacante existe o no existe, pero sí tiene
facultades para apreciar si existe realmente una amenaza de epidemia justificadora (causa) de una orden
gubernativa sobre vacunación obligatoria. Por su parte, la fiscalización del fin se mueve siempre en el ám-
bito de la discrecionalidad administrativa. Resulta de aquí que los casos donde únicamente podrá darse el
problema de distinguir entre ambos elementos del acto administrativo lo son siempre en ejercicio de fa-
cultades discrecionales. Ahora bien, mientras que la fiscalización del fin a los efectos de determinar si ha
habido desviación de poder es un problema de legalidad administrativa, en cambio la fiscalización de la
existencia de la causa cuando la Administración dispone de poderes de apreciación implicaría la fiscali-
zación de la oportunidad de la medida (lo que los italianos llaman control di merito), o de su corrección
466 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
técnica; es decir, se trataría de poner de manifiesto no ilegalidades (como la desviación de poder), sino
errores de apreciación (técnica o de oportunidad) cometidos por la Administración. Por eso entre la falta
y el vicio del fin existe la misma distancia que entre el error y la mala fe. La jurisprudencia del T. S. ha
aceptado a veces la concepción de la causa como los presupuestos de hecho. Así, la sentencia de la Sala
4.* de 14 de diciembre de 1987 al afirmar que cada parte ha de probar el supuesto de hecho de la norma
invocada, habla de «los elementos que integran su causa o presupuesto de hecho».
65 STASSINOPOULOS, Traité..., Cit., p. 175. MEILAN, «Delimitación conceptual del error material y de
cuenta», en Rev. Adm. Púb., núm. 55, 1986, pp. 151 y ss.
La teoría que los alemanes denominan «actos administrativos necesitados de coayuvante» (FORSTHOFF,
Lehrbuch des Werwaltungsrecht, 1950, pp. 170 y ss.) debe ser tenida aquí en cuenta a los efectos de la va-
lidez de aquellos actos administrativos en que falte el requisito de la intervención del particular. Debe re-
cordarse que a partir de Orro MAYER, que puso el centro de gravedad de la validez de los actos adminis-
trativos en el obrar del Estado, resulta difícil explicar la intervención de los particulares. W. JELLINEK tuvo
que recurrir a la extraña terminología (extraña dada la unilateralidad de los actos administrativos) de los
actos administrativos bilaterales. Véase, sin embargo, cómo todo se reduce, de acuerdo con lo que se dice
en el texto, a entender que estos actos administrativos exigen como uno de los presupuestos fácticos la
existencia de una manifestación de la voluntad del particular en un determinado sentido. Así, en el acto
administrativo que concede el retiro voluntario a un funcionario, los efectos jurídicos se producen única
y exclusivamente por voluntad de la Administración; ahora bien, para que el acto administrativo sea vá-
lido hace falta que cada uno de sus elementos sea regular, entre ellos la causa; y faltaría la causa si no hu-
biese precedido la petición de retiro por parte del funcionario.
Debe advertirse que no toda intervención del particular, a los efectos de condicionar la validez de los
actos administrativos, tiene lugar a través de un elemento causal. Vid. MIELE, La manifestazione di vo-
lunta del privato nel Diritto amministrativo, 1931, y nuestro trabajo «El negocio del particular en el De-
recho administrativo», en Rev. de Adm. Púb., núm. 1, enero-abril 1950, pp. 117 y ss.
% En este punto debemos remitirnos, por tanto, a cuanto hemos dicho acerca de la fiscalización de las
facultades discrecionales de la Administración. Entre nosotros no es fiscalizable la oportunidad de la me-
dida, ni mucho menos los casos de discrecionalidad técnica (por ejemplo, el resultado de un concurso u
oposición), pero sí la apreciación de ciertos estados de hecho en que es indispensable el dictamen técnico,
como la situación de «edificio ruinoso». Más ampliamente, vid. cap. V del tít. 1, vol. 3.*, de este Tratado.
” Cualquiera que sea la opinión que nos merezca este principio, es lo cierto que constituye una regla
en el Derecho administrativo español. Véase una crítica a fondo del mismo en GARCÍA DE ENTERRÍA, «La
configuración del recurso de lesividad», en Rev. de Adm. Púb., núm. 15, septiembre-diciembre 1954, pp. 19
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 467
Pues bien, esta irrevocabilidad hace excepción cuando se trata de un acto afec-
tado por un error material o de hecho. Esta regla, ya sancionada por la jurispruden-
cia contencioso-administrativa*, se convirtió en Derecho positivo con el artículo 37.2
de la Ley de Régimen jurídico y 111 de la Ley de Procedimiento administrativo, y ha
sido asumida por la Ley 30/1992 (art. 105.2).
En segundo lugar, la existencia del error de hecho puede quebrar también la fir-
meza del acto administrativo en relación con los particulares en cuanto posibles re-
currentes. Sabido es que cuando los recursos procedentes no se utilizan dentro del
plazo pertinente, el acto administrativo se hace firme y, consiguientemnte, inimpug-
nable. Pues bien, como excepción, la Ley admite la posibilidad de un recurso extra-
ordinario de nulidad o revisión, utilizable precisamente contra actos firmes. El fun-
damento de este recurso estriba precisamente en que dicho acto firme haya sido
acordado con error de hecho (art. 118.1.1.9).
No obstante, y esto es una consecuencia de la cautela con que los supuestos de
nulidad absoluta deben admitirse en Derecho administrativo, las conclusiones a que
parece llegarse con lo anterior deben ser matizadas en virtud de las consideraciones
siguientes:
1.* En aquellos casos en que el supuesto de hecho en que la causa consiste
venga dado por un acto voluntario del particular que se relaciona con la Administra-
ción debe entenderse que el transcurso del plazo de utilización de recursos, propio
de los actos anulables, sin que ningún recurso se haya utilizado significa aquiescen-
cia del particular”.
2.* La posibilidad que la Administración tiene de revocar en cualquier tiempo
sus actos declaratorios de derechos afectados por errores de hecho ha sido interpre-
tada por la jurisprudencia con un sentido sumamente restrictivo, hasta el punto de que
apenas queda reducido el principio a la subsanación de errores materiales; por ejem-
plo, cómputo de los años de servicio activo prestados por un funcionario a los efec-
tos de la declaración de su haber pasivo, o a los efectos de reconocimiento de trie-
nios, o de su antigiiedad para ascender de categoría, etc.”.
3.? La posibilidad del recurso extraordinario de nulidad o revisión de que dis-
ponen los particulares no es tanto, como pudiera parecer, una posibilidad permanente
de recurso, con olvido de los plazos normales, sino una rehabilitación de plazos por
consecuencia de la nueva comprobación de los hechos. Pero, transcurridos los nue-
y ss.; GUAITA, El proceso de lesividad, Barcelona, 1953. La ley de Régimen jurídico en 1957 ha venido a
abrir una brecha en tal principio al admitir la anulación del acto administrativo manifiestamente ilegal,
previo dictamen del Consejo de Estado (art. 37.1); la misma solución se reitera en el artículo 1 10.2, de la
ley de Procedimiento administrativo de 1958 y el 103.2 de la LRJ y PAC de 1992.
$ Así lo afirman, entre otras, las sentencias del tribunal Supremo de 20 de mayo de 1936 y 5 de marzo
de 1945.
6 Así, en una resolución administrativa que destina un traslado voluntario a un nuevo puesto a un fun-
cionario que nunca solicitó tal cosa, hay que entender que la rigurosidad con que en principio debiera ser
tratado este vicio de falta de causa debe atemperarse con la consideración de que el funcionario dispone
de un plazo suficiente para impugnar tal acto administrativo. Las consecuencias que postularía una nuli-
dad absoluta parece que en este caso no tiene justificación a no ser que con su conducta demostrase cla-
ramente su oposición (falta de aquiescencia) al acto administrativo que se le notifica.
7 El sentido restrictivo que se alude en el texto puede verse en las sentencias del Tribunal Supremo de
11 de marzo de 1941 y 5 de marzo de 1945. Vid. MEILÁN, «Delimitación conceptual del error material y
de cuenta», en Rev. Adm. Púb., núm. 55, 1968, pp. 151 ss.
468 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
vos plazos que se rehabilitan, el acto adquiere firmeza definitiva (art. 118.2 de
la Ley). og
4.2 El recurso de revisión coexiste con la facultad del particular de exigir a la
Administración que inicie la revisión de oficio si procede (art. 118.3).
11 Se comprende, pues, que al examinar este elemento es cuando quepa hablar de los motivos; si se
trata de un acto de Derecho privado, porque no existiendo en este campo la idea objetiva de fin son los
motivos los que vienen a ocupar su lugar (a pesar de su falta de relevancia jurídica, no suficientemente
desvirtuada por los intentos de la conocida doctrina de los Gescháftsgrundlagen), así se trata de un acto
administrativo, porque dada la idea objetiva de fin, la adecuación a él de los motivos que movieron a dic-
tar el acto viene justamente a determinar la regularidad o no del acto administrativo.
7” No hay, por tanto, posibilidad de confundir prácticamente el fin con la causa; en un acto, por ejem-
plo, que ordena el derribo de una finca ruinosa, la causa consiste en el estado ruinoso de la finca; el fin
debe ser evitar el peligro que supone que un inmueble en tales condiciones continúe destinado a vivien-
das. Si el inmueble en cuestión no estuviese en ruinas faltaría la causa de la resolución; si el derribo se or-
denase para perjudicar al propietario o para lograr que éste se liberase de sus inquilinos, se infringiría el
fin.
Para algunos es dudoso admitir que el fin sea un elemento interno del acto administrativo; más bien
se trata de un requisito extrínseco de legalidad. La discusión, sin embargo, preferimos obviarla y aceptar
una sistemática de elementos del acto administrativo muy frecuentemente admitida. Bástenos señalar que
rotundamente R. RESTA se ha opuesto a tal condición y que, consiguientemente, ha negado también que
el ecceso di potere (correspondiente a nuestro concepto de «desviación de poder») pueda tratarse como
un vicio del acto administrativo, «dado que los vicios que pueden afectar a un acto administrativo son los
vicios comunes a todos los actos y negocios jurídicos, si es verdad —como lo es— que el acto adminis-
trativo está gobernado por las leyes comunes a todos los otros actos jurídicos contemplados por el orde-
namiento («La legitimita degli atti giuridici», en Riv. Trim. Dir. Publ., enero-marzo, 1955, p. 36). Es cu-
rioso observar que para este autor, al no tener encaje el concepto de desviación de poder dentro de la idea
de legitimidad, se convierte en una noción que no tiene más que un valor procesal a los efectos del pro-
ceso administrativo.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 469
cisamente con miras al fin contemplado por la ley cuando le atribuyó tales poderes.
La falta de adecuación entre los móviles que inspiraron la actuación administrativa
y el fin se consideró vicio de nulidad por détournement de pouvoir. Junto a la fisca-
lización externa del acto administrativo se venía a crear así la posibilidad de una fis-
calización de lo más íntimo del acto: los móviles que presidieron la actuación de los
administradores. Se llegó a decir, aunque con evidente exageración, que, una vez ad-
mitido este motivo de impugnación, la potestad discrecional de la Administración se
convierte en un recuerdo histórico, pues en el ámbito del poder discrecional es donde
puede aparecer este vicio”.
La jurisprudencia francesa proporciona un arsenal de ejemplos en materia de des-
viación de poder, pudiéndose descubrir este vicio en los siguientes casos: imposición
de una sanción más grave por animosidad de la autoridad administrativa hacia el san-
cionado, o para satisfacer venganzas personales; prohibición del toque de campanas
de las iglesias por razones de sectarismo político o religioso; prohibición de una pro-
cesión de culto católico so pretexto de exigencias del tráfico, pero por móviles tam-
bién políticos o religiosos; prohibición de una función de cine a la hora en que estaba
anunciado un concierto de la Banda municipal para lograr mayor asistencia a este úl-
timo, etc.”*. Como se ve, se trata siempre de una actuación «inspirada por considera-
ciones ajenas al interés del servicio».
Ahora bien, la jurisprudencia francesa no solamente ha considerado finalidad es-
púrea (por tanto, ajena al servicio) el interés personal del funcionario que actuó en
nombre de la Administración, sino que incluso ha considerado casos de desviación
de poder cuando se ha buscado un beneficio para la cosa pública, pero no encaja exac-
tamente dentro de la finalidad estricta de los poderes que se utilizaron; por ejemplo,
cuando se utilizan poderes de policía en interés financiero o del patrimonio adminis-
trativo”.
13 «La desviación de poder (détournement de pouvoir) —dice ALIBERT— es el hecho del agente ad-
ministrativo que, realizando un acto de su competencia y respetando las formas impuestas por la legisla-
ción, usa de su poder en casos, por motivos y para fines distintos de aquéllos en vista de los cuales este
poder le ha sido conferido. La desviación de poder es un abuso de mandato, un abuso de derecho. Puede
un acto administrativo haber sido realizado por el funcionario competente con todas las apariencias de re-
gularidad y, sin embargo, este acto discrecional realizado, que el funcionario cualificado tenía el derecho
estricto de realizar, puede estar afectado de ilegalidad si su autor ha usado de sus poderes para un fin dis-
tinto de aquél en vista del cual han sido conferidos, o, para retener la fórmula de la jurisprudencia, para
un fin distinto que el interés general o el bien del servicio. La teoría de la desviación de poder es la de-
fensa de la moralidad administrativa» (ALIBERT, Le contróle jurisdictionnel de l'Administration, París,
1926, p. 236). Este mismo autor considera que la admisión de este motivo de nulidad es una lógica con-
secuencia de la aceptación del vicio de incompetencia. Nuestra jurisprudencia ha afirmado (sentencia T.
S. de 24 de octubre y de 1 de diciembre de 1959) que la desviación de poder puede darse tanto en los ac-
tos discrecionales como en los reglados. CLAVERO apoya, por su parte, tal afirmación (en Rev. Adm. Púb.,
núm. 30, 1959, pp. 114 y ss.), pero su razonamiento no resulta convincente.
74 Vid. Antonio SERRA, «El recurso por desviación de poder», en Revista de la Facultad de Derecho
de Madrid, núms. 8 a 11, 1942, pp. 181 y ss. Vid. ejemplos de détournement, según la jurisprudencia, en
HAurIou, Précis..., cit., pp. 421 y ss.; DE LAUBADERE, Traité..., cit., p. 390. Para la jurisprudencia ale-
mana, vid. FLEINER, Instituciones de Derecho administrativo, trad. esp., p. 119, por nota.
75 ALIBERT, Op. Cit., pp. 242 y ss.; BEURDELEY, Le détournement de pouvoir dans l'intérét financier, Pa-
rís, 1928; CONTELAN, Le détournement de pouvoir de police dans l'intérét financier, París, 1947. De
acuerdo con nuestro Derecho, podrían estar afectados por este tipo de vicio aquellos impuestos que in-
470 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
En cualquier caso hay que reconocer que la apreciación de este vicio es Suma-
mente difícil, pues, como es natural, la autoridad que ha actuado por móviles ajenos
al servicio se habrá preocupado de enmascararlos convenientemente, o, al menos, de
no dar publicidad a sus intenciones. Por otra parte, la jurisdicción con facultades para
realizar una investigación de este tipo debe proceder con un tacto exquisito, dado lo
delicado de su misión”. .
Queda, finalmente, lo relativo a la naturaleza jurídica el vicio de desviación de
poder. Caben en esa materia las dos siguientes posturas:
a) Latesis de la moralidad administrativa.—La desviación de poder supone la
subordinación del poder administrativo al bien del servicio, noción que sobrepasa la
de legalidad y que permite restringir el poder administrativo en lo que tiene de más
discrecional: los móviles de su actuación. Un simple criterio de legalidad no sería su-
ficiente para lograr la fiscalización de este poder sin anular su espontaneidad; por el
contrario, la moralidad administrativa, descendiendo con el juez a los casos particu-
lares, puede lograrlo sin dificultad”.
b) Tesis de la legalidad.—En contraste con la anterior, entiende que la idea de
moralidad no es suficiente para explicar las consecuencias jurídicas que este vicio
produce. La desviación de poder es pura y simplemente un caso de violación de ley.
Por otra parte, ello supondría limitar el détournement de pouvoir a aquellos casos en
que el autor del acto administrativo ha obrado con mala intención o de mala fe, lo
cual no está de acuerdo con la extensión actual que a este motivo de impugnación
conceden la jurisprudencia francesa y española”*. Esta tesis es la que, a nuestro jui-
cio, debe mantenerse. O se admite que la ley impone a la Administración un fin en
el uso de sus poderes, o no; en el primer caso hay desviación de poder (por consi-
guiente, vicio del acto administrativo), porque hay infracción de esa ley; en el se-
gundo no hay infracción, pero tampoco podrá hablarse de desviación de poder. Esta
tentasen recaudar las entidades locales al amparo de los llamados «arbitrios con fines no fiscales». La di-
recta referencia que en estos casos hace la Ley al fin decidió a nuestra jurisprudencia a hacer alguna de-
claración en que alienta la noción de la «desviación de poder» (vid. arts. 573 y ss. de la Ley de Régimen
local), incluso antes de la vigencia de la actual Ley de lo Contencioso. A partir de 1959, nuestra jurispru-
dencia ha consagrado definitivamente el recurso por desviación de poder.
1* Como dice DE LAUBADERE, esta investigación es sensiblemente diferente a la simple confrontación
con la regla de Derecho de los elementos objetivos del acto, tales como la competencia, la forma o el con-
tenido. Aquí se trata de investigar las intenciones subjetivas del agente público, sus móviles psicológicos
(Traité élémentaire de Droit administratif, París, 1953, p. 389). Nuestro T. S., en sentencia de 1 de di-
ciembre de 1959, declara: «...que es suficiente la convicción moral que se forme el Tribunal sobre la exis-
tencia de la desviación de poder».
7 Es la tesis de HAURIOU (Précis..., cit., pp. 419 y 420). Véase sobre todo WELTER, Le contróle juris-
dictionnel de la moralite administrative, Nancy, 1929. Podría quizá mantenerse también esta opinión a
partir de algunas decisiones jurisprudenciales de los Tribunales ingleses que declaran el principio de que
«la autoridad administrativa no puede obrar de mala fe ni obedecer a móviles deshonestos» (TIXIER, Le
contróle judiciare del'Administration anglaise, 1954, p. 93).
% DE LAUBADERE, Op. Cif., p. 389. La misma opinión mantiene MARTÍNEZ USEROS (en «Desviación de
poder», en Nueva Enciclopedia Jurídica Seix, t. VI, p. 345), quien afirma que en el supuesto del détour-
nement de pouvoir la legalidad estriba en que el poder se ejercita para no perseguir la finalidad en razón
de la cual fue establecido, sino otra distinta. Cfr. el trabajo de CLAVERO, «La desviación de poder en la re-
ciente jurisprudencia del Tribunal supremo», en Revista de Administración Pública, núm. 30, 1959. La
sentencia de la Sala 5.* del T. S. de 25 de marzo de 1988 anula, por desviación de poder, la imposición de
multas por alteración de orden público, invocando las facultades del Código de Circulación.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 471
7 Cabe preguntarse si, como vicio independiente, puede hablarse del «abuso de Derecho». R. Goy
(«L'abus du Droit en Droit administratif francais», en Rev. Droit Pub., enero-febrero, 1962, pp. 55 y ss.)
llega a la conclusión de que el abuso del derecho, según lo configura la jurisprudencia francesa, no es otra
cosa «que el vicio del motivo y el vicio del fin aplicado a los actos materiales realizados en el ejercicio de
un derecho por la Administración» (p. 24).
472 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
* Es la aceptación defendida por LUCIFREDI, L'atto amm., cit., p. 18, nota 12.
8! FORTI, Lezioni..., Cit., p. 148.
2 U. FoRTI, «Atto e procedimento amministrativo», en Studi di Dir. Pubblico in onere di O. Ranelleti,
t. I, Padova, 1931, pp. 456 y ss.
* RoYO-VILLANOVA ha podido hablar por eso de «El procedimiento administrativo como garantía ju-
rídica» (en Rev. de Estudios Políticos, núm. 48, 1949, pp. 55 y ss.). No debe olvidarse la otra cara de la
moneda: el procedimiento como garantía de eficacia.
Esta misma suele ser la dirección de la doctrina y jurisprudencia francesas; así ALIBERT habla de las
formalidades administrativas como de «garantías concedidas a los administrados..., contrapartida de los
poderes exorbitantes de la Administración» (Le contróle..., cit., p. 222), y BONNARD ha intentado confi-
gurarlas como verdaderos derechos subjetivos a la forma tutelados a favor de los particulares por el De-
recho (Précis de Droit administratif, 3. ed., París, 1940, pp. 95 y 108 y ss.). GARCÍA DE ENTERRÍA habla
de «derechos reaccionales».
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 473
8 Como ha dicho MARTÍNEZ USEROS, «todo formalismo es siempre un instrumento para la eficacia que
pasa por la antesala de la desconfianza. El formalismo administrativo se inicia en los mismos orígenes de
nuestra ciencia, porque ésta nacía como producto de un Estado que desconfiaba de sus poderes». («Los
requisitos de forma en los actos administrativos», en Anales de la Universidad de Murcia, curso 1949-50,
4.2 trimestre). SERRANO GUIRADO ha puesto de relieve cómo la doble finalidad del procedimiento admi-
nistrativo (garantía de los derechos individuales y garantía de orden en la Administración y de justicia y
acierto en sus resoluciones) ha sido debidamente subrayada por la jurisprudencia del Tribunal Supremo
(«El trámite de audiencia en el procedimiento administrativo», en Rev. de Administración Pública, núm.
4, enero-abril 1951, pp. 120 y ss.).
85 G. LANGROD, «Procédure administrative et Droit administratif», sep. de la Revue Internationale des
Sciencies Administratives, 1956, pp. 11 y ss. Obviamente, las referencias tienen hoy valor histórico.
El propio LANGROD (La doctrine allemande et la procedure administratif non contentieusse, Inst. In-
ter. Sc. adm., Bruxelles, 1961) estudia la evolución de la doctrina alemana moderna que cada vez se acerca
más a una concepción favorable a la existencia de una legislación procedimental uniforme. Corriente que
se descubre sobre todo a partir de los trabajos del Congreso de Viena (1958) de la Asociación de Profe-
sores alemanes de Derecho público (Staatsrecht) y del 43. Congreso de juristas alemanes (Munich, 1960).
Véase NIETO, «Proyecto de Ley de Procedimiento administrativo en la República Federal Alemana», en
Rev. Adm. Púb., núm. 47, pp. 483 y ss.
474 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
España las bases del procedimiento administrativo. Para su desarrollo se han dictado
numerosos Reglamentos aplicables en particular a los diversos Departamentos mi-
nisteriales que, en su conjunto, constituyen un auténtico Derecho codificado.
Ahora bien, en cualquier caso, es indudable que como consecuencia de la Ley de
Régimen Jurídico de la Administración del Estado de 1957, de la Ley de Procedi-
miento Administrativo de 1958 y, en fin, de la más reciente Ley 30/1992, de 26 de
noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedi-
miento Administrativo Común, y, no obstante las deficiencias técnicas e incluso el
«efecto descodificador» de esta última Ley (como lo hemos puesto de relieve en otro
lugar), España se coloca entre los países con un Derecho procedimental codificado.
Por lo que se refiere a Portugal, la meta ha sido incluso más ambiciosa, con la
aprobación de un Código de Procedimiento Administrativo (Decreto-Ley de 15 de
noviembre de 1991), que incluye hasta los principios de contratación administrativa.
De acuerdo con nuestro Derecho es, desde luego, posible la configuración de los
actos de tramitación procedimental como elementos formales del acto administrativo
que resuelve el expediente. De una parte, la jurisprudencia ha afirmado la imposibi-
lidad de impugnar directamente los actos-trámite*; de otra, el acto administrativo fi-
nal puede ser impugnado en consideración a los vicios de forma que se hayan co-
metido durante la tramitación del expediente que lo originó”. Precisamente este es el
significado del «vicio de forma», como motivo de impugnación del acto administra-
tivo tradicionalmente admitido por nuestro Derecho.
Es regla en Derecho administrativo que todo requisito de forma exige un texto le-
gal (Ley o Reglamento) que lo imponga**, o, al menos, que tal requisito esté recono-
cido como principio general del Derecho*.
A la vista de nuestro Derecho pueden distinguirse, en relación con la formación
de la voluntad administrativa, las siguientes clases de formalidades: 1.? Actos ema-
nados de los propios órganos internos de la Administración. 2.? Actos de los parti-
% Sobre el papel desempeñado por la función consultiva cerca de los poderes del Estado, vid. P. Corso,
La funzione consultiva, 1942. GARCÍA-TREVIJANO incluye estos actos-trámite entre las «declaraciones de
juicio de la Administración» (Los actos adm., cit., pp. 312 y ss.).
9 Es copiosa la jurisprudencia del Tribunal Supremo y de agravios en que se subraya hasta tal punto
la importancia de las propuestas de aceptación obligatoria, que incluso se hacen nacer de la fecha de la
propuesta determinados derechos del funcionario, como, por ejemplo, los relativos al escalafonamiento.
Así se dice en las sentencias del Tribunal Supremo de 18 de marzo y 13 de abril de 1948 y en la Orden de
la Presidencia de 12 de noviembre de 1949. Por vía legislativa sienta la misma doctrina el artículo 2.* del
Real Decreto de 11 de agosto de 1918, sobre catedráticos y profesores dependientes del Ministerio de Edu-
cación Nacional. Vid. el estudio sobre esta materia de SERRANO GUIRADO, «El nombramiento y la toma
de posesión de los funcionarios públicos», en Rev. de Administración Pública, núm. 12, septiembre-di-
ciembre 1953, p. 181.
En relación con la propuesta vinculante, SERRANO GUIRADO hace notar que en tales casos «se produce
un traspaso total o parcial de la competencia decisoria al órgano técnico» (El trámite de audiencia..., Cit.,
pro!
476 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
La gama de los actos del particular que influyen en alguna forma en el acto admi-
nistrativo es muy variada. Hay, en efecto, actos del particular que funcionan como causa
del acto administrativo”; otros que condicionan no su validez, pero sí su eficacia”; fi-
nalmente, otros que se integran como requisitos formales a través de un procedimiento
administrativo. Estos últimos son los que aquí nos ocupan, y posiblemente el ejemplo
más importante que puede citarse es el de la llamada «audiencia del interesado».
La regulación legal de este trámite se encuentra en el artículo 84 de la Ley
30/1992, que ordena: «Instruidos los procedimientos e inmediatamente antes de re-
dactar la propuesta de resolución se pondrán de manifiesto a los interesados o, en su
caso, a sus representantes, salvo lo que afecte a las informaciones y datos a que se
refiere el artículo 37.5» (en este precepto se contienen las excepciones al derecho de
acceso a archivos y registros que, con carácter general, se reconoce a los ciudada-
nos). El plazo para alegaciones y presentación de documentos no será inferior a diez
días ni superior a quince (art. 84.2); y, desde luego, si los interesados manifiestan su
voluntad de no efectuar alegaciones ni aportar nuevos documentos o justificaciones
«se tendrá por realizado el trámite» (precisión que parece ociosa).
En el artículo 85 se añade una norma de «cortesía administrativa» que es desea-
ble que no quede en un pío deseo del legislador: «Los actos de instrucción que re-
quieran la intervención de los interesados habrán de practicarse en la forma que re-
sulte más cómoda para ellos y sea compatible, en la medida de lo posible, con sus
obligaciones laborales o profesionales.» Los interesados podrán, en todo caso, actuar
asistidos de asesor cuando lo consideren conveniente en defensa de sus intereses. En
fin, el precepto finaliza —en su último párrafo— ordenando que «el órgano instruc-
tor adoptará las medidas necesarias para lograr el pleno respeto a los principios de
contradicción y de igualdad de los interesados en el procedimiento».
Por lo demás, en cuanto al trámite de audiencia, y a la contradicción, se trata de
principios universalmente admitidos, sobre todo en materia de expedientes correcti-
vos O disciplinarios; los Tribunales ingleses lo consideran una exigencia de la Natu-
ral Justice”, y nuestro Tribunal Supremo habla de un «principio general del Dere-
cho». Y, desde luego, la jurisprudencia del Tribunal Supremo en que se consagra
como trámite esencial, cuya falta vicia el expediente administrativo, es abrumadora”.
Su base constitucional se encuentra en el art. 24 de la Constitución.
Sobre las propuestas en terna se declaraba por la antigua jurisdicción de agravios que la formación de
la terna ha de hacerse teniendo en cuenta la valoración de los méritos técnicos y profesionales de los con-
cursantes, en tanto que la selección del nombrado puede ser hecha sin tener en consideración dichos mé-
ritos, sino en atención a otras circunstancias totalmente ajenas, admitiéndose la posibilidad de fiscaliza-
ción de estas propuestas, ya que «apreciar méritos conjuntamente es cosa distinta de apreciarlos
discrecionalmente» (Orden de la Presidencia de 10 de diciembre de 1950, Boletín Oficial de 16 de di-
ciembre de 1954). El valor que se concede a esta jurisprudencia se apoya, claro está, en los dictámenes
del Consejo de Estado en que se fundamentaba.
” Por ejemplo, en un acto de concesión de jubilación voluntaria la solicitud del interesado.
* Por ejemplo, el acto de toma de posesión del funcionario en relación con el acto de nombramiento.
* TIXIER, Le contróle..., cit., pp. 111 y ss.
* Nos remitimos una vez más al tan citado trabajo de SERRANO GUIRADO. Adviértase, empero, que el
derecho a «ser oído» sólo se reconoce a quienes tienen la condición de «interesados en el expediente»
(sentencia del Tribunal Supremo de 21 de junio de 1955).
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 477
% La Ley 7/1985 regula en el cap. I de su tít. V esta materia en relación con las Entidades locales.
9% Dice la sentencia de 30 de diciembre de 1940: «Los actos en que se concreta la consulta, informe o
dictamen solicitados voluntaria o preceptivamente no son actos administrativos de los que establecen o
definen una situación jurídica, constituyen meras resoluciones de trámite no susceptibles de ser impug-
nadas ante la jurisdicción de lo contencioso».
% ALIBERT estima que, en general, la teoría del vicio de forma en Derecho administrativo se asemeja
a la teoría de las nulidades en Derecho civil, pero precisamente los rasgos diferenciales del vicio de forma
son éstos: primero, el carácter absoluto de la nulidad; segundo, que no es necesario que expresamente un
texto legal determine este tipo de sanción (op. cit., pp. 218 y 222).
En nuestra obra Régimen de impugnación..., cit., pp. 261 a 267, resumíamos los criterios jurispruden-
ciales anteriores a la Ley de Procedimiento administrativo de 1958. Las reglas que allí sentábamos fueron
totalmente aceptadas por esta última ley.
478 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
cumplimiento de este precepto, que servirá también de criterio interpretativo para re-
solver las cuestiones que puedan suscitarse en la aplicación de las normas de proce-
dimiento.»
Por lo demás, la ley contenía una serie de disposiciones concretas conducentes a
lograr una adecuada normalización (con cuyo término el legislador parece que ha
querido huir, tanto del más castizo de uniformidad como del barbarismo standariza-
ción) y racionalización de la actividad administrativa.
Bajo esta preocupación, la Ley de 1958 estableció una serie de normas que, al
menos en su tiempo, ayudaron a la modernización y racionalización de la Adminis-
tración Pública. Así, la normalización, para cada serie o tipo de documentos o expe-
dientes, de formatos y características; la creación de oficinas de información en todo
gran organismo administrativo; las oficinas de iniciativas y reclamaciones; la unifor-
midad en materia de horario de despacho al público; el establecimiento de procedi-
mientos sumarios, a base de formularios e impresos, en expedientes homogéneos o
de contenido análogo; etc.
La nueva Ley 30/1992, intentando estar a la altura de los tiempos, nos dice en el
punto 5 de su Exposición de Motivos: «Las nuevas corrientes de la ciencia de la or-
ganización aportan un enfoque adicional en cuanto mecanismo para garantizar la ca-
lidad y transparencia de la actuación administrativa, que configuran diferencias sus-
tanciales entre los escenarios de 1958 y 1992. La Ley de Procedimiento
Administrativo de 1958 pretendió modernizar las arcaicas maneras de la Adminis-
tración española propugnando una racionalización de los trabajos burocráticos y el
empleo de máquinas adecuadas con vistas a implantar una progresiva mecanización
y automatismo en las oficinas públicas, siempre que el volumen de trabajo haga eco-
nómico el empleo de estos procedimientos. Este planteamiento tan limitado ha difi-
cultado (?) el que la informatización, soporte y tejido nervioso de las relaciones so-
ciales y económicas de nuestra época haya tenido hasta ahora incidencia sustantiva
en el procedimiento administrativo por falta de reconocimiento formal de la validez
de documentos y comunicaciones emitidos por dicha vía.»
Sin embargo, al plasmar esto en preceptos positivos, queda la impresión de su in-
suficiencia, de que se trata de una previsión para el futuro. He aquí lo que se esta-
blece, a tales efectos, en el artículo 45 de la nueva Ley: «Las Administraciones Pú-
blicas impulsarán el empleo y aplicación de las técnicas y medios electrónicos,
informáticos y telemáticos, para el desarrollo de su actividad y el ejercicio de sus
competencias, con las limitaciones que a la utilización de estos medios establece la
Constitución y las Leyes.» Y se añade algo que aún está por ver: «Cuando sea com-
patible con los medios técnicos de que dispongan las Administraciones Públicas, los
ciudadanos podrán relacionarse con ellas para ejercer sus derechos a través de técni-
cas y medios electrónicos, informáticos o telemáticos con respeto de las garantías y
requisitos previstos en cada procedimiento. Los procedimientos que se tramiten y ter-
minen con soporte informático garantizarán la identificación y el ejercicio de la com-
petencia por el órgano que la ejerce.» Empero, en el momento en que se escriben es-
tas líneas, no nos atreveríamos a aconsejar a los ciudadanos que dirijan sus
solicitudes y reclamaciones a la Administración Pública mediante el sistema de te-
lefax.
480 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
% Lo que se dice en relación con la declaración de voluntad debe entenderse válido para las declara-
ciones de conocimiento o juicio en que otros actos administrativos consisten.
1% ZANOBINI, Corso..., cit. vol. I, p. 215.
19 Vid. FRAGOLA, La dichiarazione tacita di volontá della pubblica amministrazione, Napoli, 1938.
1% Cfr. FoRTI, Lezioni..., Cit., p. 150; FkaOLA, Gli atti amministrativi..., cit. p. 38. Se citan como ejem-
plos de forma verbal las Órdenes jerárquicas y algunas órdenes expedidas por la policía de seguridad; asi-
mismo los gestos y señales de los agentes de la circulación y las propias señales gráficas en esta materia
(direcciones prohibidas en algunas calles, prohibición de aparcamientos de vehículos, etc.). SAYAGUÉS en-
tiende que las excepciones a la regla de la forma escrita deben interpretarse restrictivamente; muchos de
los ejemplos que se citan (por ejemplo, las órdenes verbales) no son para él actos administrativos, sino
más bien hechos de ejecución (Tratado..., cit., p. 495).
* Para que ciertas certificaciones de los organismos administrativos produzcan sus efectos se requiere
que se extiendan precisamente en determinados impresos; por ejemplo, certificados expedidos por el Re-
gistro Central de Penados y Rebeldes a efectos de antecedentes penales, en cuanto sean exigibles.
La materia de contratos administrativos está totalmente dominada por el principio de la forma. Vid.
sentencia del Tribunal Supremo de 28 de mayo de 1951. Por supuesto que la exigencia de forma escrita
implica la de la firma de la autoridad competente para dictar el acto. A través de la firma puede descu-
brirse un vicio de incompetencia; la falta de firma es un vicio sustancial de forma.
1% En este sentido, ALESSI, Sistema istituzionale..., p. 256.
105 SANTI ROMANO, Corso di Diritto amministrativo (Principi generali), 3.* ed., 1937, p. 273.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DELOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 481
Hay que añadir que, en los casos en que los órganos administrativos ejerzan su
competencia de forma verbal, la constancia escrita del acto, cuando sea necesaria, se
efectuará y firmará por el titular del órgano inferior o funcionario que la reciba oral-
mente, expresando en la comunicación del mismo la autoridad de la que procede. Si
se tratara de resoluciones, el titular de la competencia deberá autorizar una relación
de las que haya dictado de forma verbal, con expresión de su contenido (art. 55.2).
Obsérvese que se trata de requisitos mínimos, y desde luego obvios, cuando se pro-
ducen resoluciones verbales, que no deja de ser una curiosa forma de resolver.
En relación con la forma de la declaración administrativa vamos a estudiar a con-
tinuación las siguientes cuestiones conexas: 1.* La motivación del acto administra-
tivo. 2.* La intervención de funcionario fedatario. 3.* El silencio administrativo (efec-
tos del acto presunto).
Por motivación del acto administrativo debe entenderse la exposición de las ra-
zones que han movido a la Administración a tomar el acuerdo en que el acto consiste.
Se ha discutido si la motivación constituye requisito de forma o si más bien se refiere
al contenido del acto'”%. Pero la discusión está absolutamente fuera de lugar cuando
la cuestión que se plantea, como aquí hacemos, es la relativa a si la Administración
está obligada a declarar los motivos cuando toma una decisión.
Desde luego, en nuestro Derecho no han faltado intentos en este sentido. ROYO-
VILLANOVA'” recuerda la Orden de la Presidencia de 10 de junio de 1913, según la
cual «todo acuerdo administrativo debe contener necesariamente la relación de los
1% KORMANN estima que la motivación hace relación directa al contenido del acto (System der rechts-
gescháftlichen Staatsakte, 1910, p. 180).
Puede consultarse sobre esta materia la siguiente bibliografía: RoOYo-VILLANOVA, El procedimiento
administrativo como garantía jurídica, cit., p. 99; ROEHRSSEN, «Notte sulla motivazione degli atti ammi-
nistrativi», en Rivista di Diritto Pubblico, marzo-abril 1941, p. 110; ForTI, «Il motivo e la causa negli atti
amministrativi», en Studi di Diritto Pubblico, 1937, vol. 1, p. 477; JACCARINO, Studi sulla motivazione (con
speciale riguardo agli atti amministrativi), Roma, 1933; La TORRE, «Sull'obbligo della motivazione de-
eli atti amministrativi», en /1 Foro Amministrativo, 1930, IV, p. 44; MIELE, L'obbligo di motivazione de-
gli atti amministrativi, 1941, L, pp. 1 y 25; RAGGI1, «Motivi e motivazione degli atti amministrativi», en
Giurista Italiano, 1941, "ll, p. 163.
ROHERSSEN señala que la adopción de un acuerdo administrativo requiere, de una parte, unas circuns-
tancias de hecho que constituye su punto de partida; de otra, una norma jurídica que significa el título ju-
rídico que habilita a la Administración para actuar. Pero hay también un tercer elemento que proporciona
el nexo que liga el acto a la circunstancia de hecho mediante su evaluación, y que sirve para dirigir y de-
terminar la voluntad en un sentido y no en otro. Para este autor a este elemento corresponde la motiva-
ción. Dicho de otra forma, constituye la «exposición de motivos» con base a la cual la Administración se
determina a adoptar una resolución; esto es, la exposición de aquel procedimiento valoratorio, lógico y
psicológico juntamente de todas aquellas representaciones que se desarrollan y suceden en la mente del
administrador cuando debe tomar una resolución y obrar. Es conveniente por eso —continúa— aceptar la
distinción entre causa justa y motivos; estos últimos encuentran su manifestación externa en la motiva-
ción. Por eso cabe formular la ecuación siguiente: motivación es igual a motivos; aquélla es el lado ex-
terno, éstos el lado interno. Estos forman parte de la sustancia del acto administrativo, aquélla de la forma
(op. y loc. cit., pp. 120 y 121).
19 El procedimiento..., it., p. 101.
482 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
hechos que lo originan y los fundamentos de Derecho en que se apoya, tanto para co-
nocimientos de la Administración en ulteriores actuaciones y de los mismos intere-
sados para poder formular el correspondiente recurso, como por resultar inmoral e
improcedente denegar una solicitud o denegar una propuesta sin alegar razón o jus-
tificación alguna».
En nuestro Derecho posterior, la obligación de motivar se fue convirtiendo en un
principio general. Este carácter tenía en el Reglamento de procedimiento adminis-
trativo del ministerio de la Gobernación de 31 de enero de 1947'"*, En cierto sentido,
la Ley de Procedimiento Administrativo de 1958 restringió el alcance y exigencia de
motivación en su artículo 43, al enumerar los casos tasados en que debía de produ-
cirse. En esta misma línea la Ley 30/1992 enumera en su artículo 54 los supuestos en
los que la motivación, con sucinta referencia de hechos y fundamentos de derecho,
es exigible: a) actos que limiten derechos subjetivos o intereses legítimos; b) los que
resuelvan procedimiento de revisión de oficio de actos administrativos, recursos ad-
ministrativos, reclamaciones previas a la vía judicial y procedimientos de arbitraje
(recuérdese que estos arbitrajes constituyen una novedad que la nueva Ley introduce
en su art. 88); c) los que se separen del criterio seguido en actuaciones precedentes o
del dictamen de órganos consultivos; d) los acuerdos de suspensión de actos, cual-
quiera que sea el motivo de ésta; e) los acuerdos de aplicación de la tramitación de
urgencia o de la ampliación de plazos; f) los que se dicten en el ejercicio de potesta-
des discrecionales, así como los que deban serlo en virtud de disposición legal o re-
glamentaria expresa. En cuanto a la motivación de los actos que pongan fin a los pro-
cedimientos selectivos y de concurrencia competitiva (especialmente, oposiciones y
concursos), se realizará de conformidad con lo que dispongan las normas que regu-
len sus convocatorias, debiendo en todo caso quedar acreditados en el procedimiento
los fundamentos de la resolución que se adopte (art. 54.2).
Si la motivación puede tener una importancia secundaria cuando se trata de ac-
tos reglados, adquiere especial relieve en relación con los actos discrecionales. La
exigencia de motivación puede constituir en este terreno el primer paso para la ad-
misión del recurso por desviación de poder. Viceversa, allí donde un control de los
poderes discrecionales esté admitido, la obligación de motivar se convierte en una
exigencia per se'”. En cualquier caso su falta debe sancionarse con la anulabilidad
del acto administrativo; aunque lo cierto es que la jurisprudencia es cada vez menos
exigente, admitiendo que los informes que obran en el expediente puedan suplirla
(Sent. Sala 4.? T.S. de 16 de febrero de 1988).
'* En el artículo 76 se prescribía que las resoluciones «deben contener en párrafos numerados la ex-
posición clara y sucinta de los hechos o resultancias que se desprenden del expediente. A continuación se
indicarán las normas legales de aplicación al caso, seguidamente, en párrafos también numerados, las con-
sideraciones que sirvan de base a la resolución...». La distinción entre los resultados y los considerados
puede servir de base a la que realiza JACCARINO entre justificación y motivación. La primera enuncia el
estado de hecho de la cuestión y el criterio técnico adoptado para proveer en consecuencia, mientras que
la segunda tiende a demostrar que el criterio seguido es el mejor que se podía elegir (Studi sulla motiva-
zione, cit., pp. 200 y ss.).
1 Vid. STASSINOPOULOS, Traité..., cit., p. 198.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 483
poración o del tenor mismo del libro de actas se desprende la existencia del acuerdo,
aunque falte la firma del Secretario, debe entenderse también que la culpa es de este
funcionario y que el particular no debe salir perjudicado (sentencia de 9 de junio
de 1948).
C) EL SILENCIO ADMINISTRATIVO
En relación con las cuestiones aquí debatidas, está el problema de lo que la doc-
trina llama tradicionalmente el silencio administrativo''”. Hay silencio administra-
tivo, en general, cuando una autoridad administrativa no resuelve expresamente una
petición, reclamación o recurso interpuesto por un particular. La cuestión que se
plantea es la de saber si la inactividad administrativa produce en estos casos efectos
jurídicos y, en caso de que los produzca, si al silencio hay que dar un valor positivo
(favorable a la petición o reclamación del particular) o negativo (es decir, desesti-
matorio). '
En sus comienzos, la doctrina del silencio administrativo se limitó a ser —y pa-
race que aquí están sus verdaderos límites— una puerta abierta para que el particu-
lar plantease ante la jurisdicción contencioso-administrativa la cuestión que la Ad-
ministración no había querido resolverle favorablemente: naturalmente, esto
postulaba una interpretación negativa y desestimatoria del silencio administrativo.
Hoy, en cambio, se ha querido utilizar también el silencio administrativo como un
arma para combatir la pasividad o negligencia administrativa, suponiéndole enton-
ces una interpretación positiva que, no obstante, sigue siendo excepcional.
Sobre ésta base se recibió y reguló el llamado silencio administrativo en el ar-
tículo 94 (y 95) de la Ley de Procedimiento Administrativo de 1958 (y modificacio-
nes introducidas por la Ley 164/1963), y hay que reconocer que, desde el punto de
vista práctico, el sistema ha funcionado aceptablemente hasta la actualidad. La Ley
30/1992 (LRJ y PAC) ha venido, con su mezcla de utopismo y arrogancia, a invertir
el sentido de la regla tradicional: se trata —según propia confesión en la Exposición
de Motivos— de «superar la doctrina del llamado silencio administrativo», partiendo
de la base de la existencia de una obligación de resolver que, si se infringe, justifica
(aparte de responsabilidades personales del funcionario infractor) la nueva regla ge-
neral de que el acto presunto (es decir, el silencio administrativo) debe entenderse en
sentido estimatorio.
Ahora bien, el examen de la nueva solución legislativa merece una consideración
más detenida.
'* Para un estudio más detenido nos remitimos a nuestros trabajos «La llamada doctrina del silencio
administrativo», en Rev. Adm. Púb., núm. 16, 1955, pp. 85 y ss.; «El silencio administrativo en la nueva
Ley de la jurisdicción contencioso-administrativa», en Rev. Est. Vida Local, núm. 91, 1957, pp. 51 y ss.,
y «La obligación de resolver: actos presuntos y silencio administratiao», en R.E.D.A, núm. 82, 1994, pp.
189 y ss. Vid., aparte de los ya numerosos comentarios sobre la Ley 30/1992, el trabajo de E. García-TRE-
VIJANO, El silencio administrativo en la nueva Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas
y del Procedimiento Administrativo Común, 1994.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 485
113 En relación con el plazo para recurrir en los supuestos de silencio administrativo, la evolución de
la jurisprudencia del T.S. se manifiesta —tras ciertas vacilaciones— a favior de criterios cada vez más fle-
488 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
xibles. Sirvan de ejemplo las sentencias de 14 de noviembre de 1988 (Sala 4.*; Ponente Delgado Barrio),
28 de noviembre de 1989 (Sala 3.?, Sección 6.?; Ponente Delgado Barrio), 20 de noviembre de 1990 (Sala
3.*, Sección 6.* Ponente Garayo Sánchez) y 14 de octubre de 1992 (Sala 3.?, Sección 2.*; Ponente Enrí-
quez Sancho). En esta última se recoge la evolución jurisprudencial que resumimos a continuación:
El caso que se analiza trata la impugnación de una resolución expresa sobre liquidación tributaria, que
había sido recurrida en reposición cuatro años antes y cuya desestimación por silencio administrativo no
se recurrió ante el Tribunal contencioso-administrativo dentro de plazo. La sentencia que comentamos re-
sume así la vacilante trayectoria de la jurisprudencia en su fundamento jurídico segundo.
a) En ocasiones, se ha exigido sin matización alguna la presentación del escrito de interposición en
el plazo de un año que impone el artículo 58 de la Ley jurisdiccional (tanto en vía de petición como de re-
posición): sentencias del T.S. de 25 de enero de 1991, 20 de mayo y 22 de julio de 1988.
b) En otros casos, el T.S. ha permitido rehabilitar el plazo de impugnación condenando a la Admi-
nistración a que cumpla con su deber de resolver (S.T.S. de 4 de mayo de 1990).
c) En la sentencia de 16 de octubre de 1989 se inicia una tesis seguida por la de 28 de noviembre de
1989 que armoniza la interpretación del artículo 58.2 de la Ley con lo declarado por el Tribunal Consti-
tucional en sentencias de 21 de enero de 1986 y 21 de diciembre de 1987, según el cual «... en estos ca-
sos de silencio negativo puede entenderse, como máximo, que el particular conoce el texto íntegro del acto
—la denegación por silencio— pero no los demás extremos que deben constar en toda notificación, por
lo que, siendo entonces defectuosa conforme a la L.P.A., sólo producirá efectos a partir de la fecha en que
se haga manifestación expresa en tal sentido por el administrado o se interponga el recurso procedente, o
por el transcurso de seis meses», concluyendo el T.C. que, por tanto, «puede calificarse de razonable una
interpretación que compute el plazo para recurrir contra la desestimación presunta del recurso de reposi-
ción como si se hubiese producido una notificación defectuosa» (otra vez la fictio iuris). Ello da lugar —
continúa ahora el T.S.— a la aplicación del artículo 79 L.P.A. y, por tanto, a una ampliación del plazo de
un año del artículo 58.2 por seis meses más.
d) Delo que no hay posibilidad es de considerar indefinidamente abierto el plazo para recurrir.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 489
11% Los ejemplos concretos de la aplicación de este precepto podrían conducir a resultados sorpren-
dentes. Pensemos en una petición no resuelta sobre ocupación del dominio público; si se recurre contra
el acto presunto y el recurso no es resuelto expresamente, esto significaría el otorgamiento de la conce-
sión. Otro sorprendente supuesto: petición de licencia no resuelta expresamente para construir en zona
verde y subsiguiente recurso del peticionario que tampoco se resuelve expresamente.
Lo más notable, pues, de la Ley no está, a mi juicio, en la pretendida regla general del silencio posi-
tivo (que, como se deduce del texto, sigue siendo la excepcion), sino en los supuestos en vía de recurso
—<como los que acaban de verse— y en lo que más adelante la Ley establece en materia de suspensión del
acto recurrido. He aquí la polémica redacción del artículo 111.4: «El acto impugnado se entenderá sus-
pendido en su ejecución si transcurridos treinta días desde que la solicitud de suspensión haya tenido en-
trada en el órgano competente para decidir sobre la misma, éste no ha dictado resolución expresa, sin ne-
cesidad de solicitar la certificación que regula el artículo 44 de esta Ley.» Aquí el problema que se plantea
es el siguiente: si, por analogía con el carácter provisional de la suspensión (por ejemplo, en la vía con-
tencioso-administrativa), cabe que el órgano competente dicte pasados los treinta días acto denegatorio de
la suspensión. A mi juicio, la solución debe ser negativa; pues no se trata de un acto de contrario imperio
respecto de un acuerdo provisional. Aquí el efecto suspensivo se ha producido ope legis y, por consi-
guiente, vincula al órgano competente que se abstuvo de resolver dentro del plazo que para ello tenía. Si
efectivamente la declaración presunta de suspensión perjudica al interés público (único argumento que,
de contrario, podría utilizarse), la solución es bien sencilla: que la Administración se pronuncie expresa-
mente sobre el fondo de la cuestión planteada.
490 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Desde el punto de vista práctico, el gran obstáculo para la admisión del silencio
«positivo» estaba en la inexistencia de un documento que acreditase tales efectos. Si,
previa solicitud no contestada, realizo obras de ampliación de una industria y el mo-
desto agente municipal que tiene la misión de vigilar obras ilegales me requiere para
que le enseñe la licencia municipal, posiblemente no quedará satisfecho si le enseño
la copia sellada de mi petición y le invito a que compruebe el plazo transcurrido. Se
limitará a tomar nota de las obras que ha visitado y a cursar la correspondiente de-
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 491
«La no emisión ... dentro de plazo y con los requisitos establecidos ... será considerada como falta
muy grave» (art. 44.2, in fine).
«Los interesados podrán ... solicitar de la Administración que se exijan las responsabilidades co-
rrespondientes» (art. 44.4).
curso del veloz plazo de veinte días, pasados los cuales comienza el inexorable cóm-
puto del plazo para recurrir. ¡Se acabó con el generoso plazo del año! (art. 44.5) O,
al menos, éste es el peligro latente mientras la jurisprudencia no se pronuncie por una
solución más generosa al amparo del artículo 58 de la Ley jurisdiccional.
Pero vayamos al silencio positivo. He aquí la problemática que la nueva regula-
ción plantea: ;
a”) Mientras que la L.P.A. hablaba —para los efectos del silencio— de que la
Administración «no notificase su decisión en el plazo de tres meses...», la nueva Ley
habla de que venciese el plazo de resolución «y el órgano competente no la hubiese
dictado expresamente...». Por supuesto que no es igual decir «dictar» que «notificar».
El control de lo primero es imposible para el particular y cabe pensar en actos que se
dicten... poniendo en el documento fecha anterior. Esta posibilidad de «truco» (difí-
cilmente detectable) puede inducir a que la certificación que se expida se convierta
en poco fiable, a los efectos de lo que enseguida se dirá.
b') Según se desprende del artículo 43.1, el efecto estimatorio (en los casos que
proceda) se produce automáticamente, es decir, por el simple transcurso del plazo es-
tablecido para resolver. Por consiguiente, la certificación que se expida no podrá al-
terar tales efectos estimatorios. Ahora bien, ¿y si se falsea la fecha de la resolución
como antes quedó dicho? ?
c') El tema no es baladí, pues con ello la Administración estaría nada menos
que alterando (sin recurrir al procedimiento que luego se dirá) los efectos positivos
del acto presunto; pues, si por el transcurso del plazo se ha producido el efecto esti-
matorio, la Administración queda vinculada a declararlo así en la certificación que
se le solicite.
d') Claro es que cabe preguntarse si existe algún remedio jurídico para atacar
el «acto administrativo presunto» contrario el Ordenamiento jurídico. Por supuesto
que sí: para empezar, tal «acto» (que, reiteramos, formalmente no es tal) se declara
nulo de pleno derecho en el apartado f) de la enumeración que se contiene en el ar-
tículo 62.1 de la Ley; y por su dicha condición puede ser revisado de oficio por la
Administración de acuerdo con el procedimiento que se establece en el artículo
102.1, previo dictamen favorable del Consejo de Estado.
Adviértase que la iniciación de este procedimiento puede ser de oficio o «a soli-
citud del interesado» (el problema se complica en las «relaciones triangulares» en
que hay interesados contrapuestos).
e”) Y también hay que preguntarse, en fin, si habiéndose producido silencio po-
sitivo (acto presunto estimatorio), sin infracción del Ordenamiento jurídico, la certifí-
cación que se expide califica el resultado de desestimatorio. En tal caso, el particular
no tendrá más remedio que iniciar la vía de recurso, asumiendo la gravosa carga que
esto supone, con lo que el sistema instrumentado por la Ley no habrá servido para nada.
f") Por último, debemos referirnos al difícil tema de la relaciones triangulares.
Se trata de aquellos casos en que el silencio (positivo o negativo) perjudica a un ter-
cero: supuesto que el otro interesado se apresure a obtener un certificado de acto pre-
sunto, ¿tiene la Administración la obligación de notificarlo al tercero en discordia?
¿Cuándo empiezan para éste los plazos para recurrir? ¿Se encontrará, sin saberlo,
ante un acto firme y consentido? He aquí un resumen de cuestiones que no se ha plan-
teado la Ley. Ni siquiera ha acudido al socorrido método de advertir que los efectos
del acto estimatorio presunto lo sean «sin perjuicio del derecho de terceros».
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 493
Ciertamente que con esta pregunta se toca el núcleo de la cuestión y nos hace vol-
ver por donde empezamos. En realidad, de la enumeración de actos presuntos esti-
matorios que se contiene en el artículo 43.2 los únicos —relativamente— claros son
los del apartado a). Todo lo demás es discutible.
Una contestación de urgencia podría ser la siguiente: son derechos preexistentes
aquellos que derivan de la propiedad y de las libertades individuales. Pero inmedia-
tamente surgen también las dudas:
a) Por lo que se refiere a la propiedad, pensemos en el riguroso régimen jurí-
dico a que está sometido la propiedad del suelo: «La función social de la propiedad
delimita el contenido de las facultades urbanísticas susceptibles de adquisición
[luego no son preexistentes] y condiciona su ejercicio» (art. 5 del Texto Refundido
de la Ley del Suelo de 1992). En resumen, y como es sabido, es de los Planes urba-
nísticos aprobados de donde surgen los derechos concretos del propietario.
b) Y por lo que se refiere a la libertad, aparte del tratamiento de las libertades
fundamentales que se contiene en las leyes orgánicas dictadas en desarrollo de la
Constitución, ¿cuáles son los derechos a ellas conectados y que pudieran calificarse,
frente a la Administración, como preexistentes?
Nadie discutiría, por ejemplo, el «derecho a circular por el territorio nacional»
(art. 19 C.E.). Las leyes exigen, sin embargo, que el ciudadano esté debidamente do-
cumentado (mediante el D.N.I.). Si se solicita su expedición y, transcurrido el plazo
de tramitación, la Administración no contesta, habrá que entender que el «acto pre-
sunto» es estimatorio; claro es que para acreditar sus efectos el particular ha de soli-
citar la correspondiente certificación, solicitud que puede no ser contestada. Supon-
gamos que un ciudadano que ha cumplido estos requisitos es requerido por la policía
para que se identifique; aunque exhiba estas peticiones, ¿quién asegura al agente de
la autoridad que no habido una certificación expresa (y ya es significativo el simple
hecho de tener que utilizar esta terminología) en la que —por las razones que sean—
se deniega la expedición del D.N.I.?
El supuesto se complica si ahora recordamos el «derecho a entrar y salir libre-
mente de España en los términos que la Ley establezca» (art. 19, párr. 2.” C.E.). Es
evidente que sin pasaporte las dificultades para atravesar el control policial en un
aeropuerto van a ser notables.
Y, para seguir complicando el argumento, piénsese en los siguientes potenciales
derechos (¿preexistentes?): a obtener permiso de conducir, a obtener licencia de caza;
a tener armas de fuego para cazar; a abrir una farmacia si se posee el correspondiente
título académico y profesional; o en fin, y para ponerlo más difícil, a obtener indem-
nización por daños causados en propiedad privada por un camión de la limpieza mu-
nicipal o un vehículo militar.
494 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
En su momento oportuno se señaló que una de las diferencias de tipo práctico que
legitimaban la distinción entre actos nulos y actos anulables estribaba en que la anu-
lación de los primeros produce efectos ex tunc, es decir, retrotraídos al momento
mismo en que el acto se dictó (lo que siginfica tanto como entender que nunca se ha
dictado), mientras que la anulación de los anulables producía sus efectos ex nunc, O
sea, para el futuro.
Pero ahora nos interesa referirnos al efecto peculiar que produce la anulación de
un acto administrativo por vicios de procedimiento: aquí la solución consiste en re-
trotaer el procedimiento o expediente al momento en que el vicio se cometió, para
que el Órgano administrativo competente lo tramite de nuevo correctamente. Es ésta
una vieja solución consagrada por nuestra jurisprudencia, que sólo encuentra sus lí-
mites en el principio de economía procesal que debe inspirar toda la actuación ad-
ministrativa y que tomó cuerpo legal en el artículo 52 de la Ley de Procedimiento ad-
ministrativo de 1958 y que ahora se repite en el artículo 66 de la Ley 30/1992: «El
Órgano que declare la nulidad de actuaciones dispondrá siempre la conservación de
aquellos actos y trámites cuyo contenido hubiera mantenido igual de no haberse co-
metido la infracción»'”.
Parace que lo que se acaba de exponer se contradice con el contenido del artículo
50.1." de la Ley de Procedimiento de 1958 y artículo 64.1 de la LRJ y PAC: «La nu-
lidad de un acto no implicará la de los sucesivos en el procedimiento que sean inde-
pendientes del primero.» A nuestro juicio este precepto no es sino un lapsus del le-
gislador al añadir la frase «en el procedimiento» a la redacción primitiva que se
contenía en el artículo 51 del proyecto que el Gobierno envió a las Cortes. Porque,
en efecto, el precepto que se ha transcrito, o no significa nada y carece de virtuali-
dad, o va precisamente contra el principio de retroacción del expediente mal trami-
tado que con anterioridad se ha postulado. Por eso debe interpretarse como alusivo a
aquellos actos administrativos que se han dictado sobre el supuesto de la validez de
un acto que luego ha venido a anularse, pero con independencia de él. Por ejemplo,
la nulidad de un acto por el que se decreta la separación de su destino de un funcio-
nario público no implica, sin más, la nulidad del acto de nombramiento, de acuerdo
con los procedimientos legales, realizado a favor de otro funcionario para el destino
que se entendió vacante.
Para delimitar el ámbito de los efectos de la invalidez, la Ley 30/1992 contiene
también un precepto que en este momento deba ser recordado: «La nulidad o anula-
bilidad en parte del acto administrativo no implicará la de las partes del mismo in-
dependientes de aquélla, salvo que la parte viciada sea de tal importancia que sin ella
el acto administrativo no hubiese sido dictado» (art. 64.2).
'5 Vid. TRUJILLO PEÑA, «El principio de economía procesal», en Rev. de Dcho. Procesal Iberoameri-
cano, abril-junio 1970.
REQUISITOS DE VALIDEZ Y VICIOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 495
!% LUCIFREDI, «Inammisibilitá de un esercizio “ex post” della funzione consultiva», en Scritti di Di-
ritto pubblico in onore di G. Vacchelli, 1937, p. 283.
2! S. ROMANO, «Osservazioni sulla invaliditá successiva degli atti amministrativi», en Scritti Minori,
vol. IL, 1950, p. 338.
2 ZANOBINI, Op. cit., p. 245.
'2 El Reglamento de servicios de las Corporaciones locales de 17 de junio de 1955 declaraba en su ar-
tículo 15 que «las licencias relativas a las condiciones de una obra o instalación tendrán vigencia mien-
tras subsistan aquéllas»; y el artículo 16 que «las licencias quedarán sin efecto si se incumplieren las con-
diciones a que estuvieren subordinadas, y deberán ser revocadas cuando desparecieren las circunstancias
que motivaron su otorgamiento o sobrevinieren otras que, de haber existido a la sazón, habrían justificado
la denegación...». Igualmente son posibles en nuestro Derecho las resoluciones que desclasifican funda-
ciones privadas de interés público, al desaparecer las condiciones que justificaron su clasificación.
CAPITULO IV
Un acto administrativo se perfecciona una vez que está constituido por el con-
junto de elementos que funcionan como requisitos de su validez. Ahora bien, el acto
administrativo no es, por la simple circunstancia de que reúna tales requisitos, jurí-
dicamente eficaz; pues, como señala la Ley de Régimen Jurídico del Procedimiento
administrativo Común, «la eficacia quedará demorada cuando así lo exija el conte-
nido del acto o esté supeditada a su notificación, publicación o aprobación supe-
rior» (art. 57.2).
Resulta, por tanto, que son varias las causas que determinan la pendencia de la
eficacia de los actos administrativos:
1.2 En primer lugar, cuando así se desprenda del contenido del acto. Esto ocu-
rre en los actos sometidos a condición o término, pues mientras éste no transcurra
o aquélla no se cumpla, el acto administrativo, aunque perfecto, no produce sus
efectos.
2.2 Por no haberse notificado o publicado, a cuyos requisitos nos referimos
con posterioridad.
3. Por exigirse aprobación superior. Esto ocurre en relación con los actos dic-
tados por Organismos o Entidades sometidas a la tutela administrativa, como es el
caso de algunas de las competencias atribuidas a las Entidades locales'.
Prescindiendo a las aludidas causas de dependencia de la eficacia de los actos
administrativos, la regla es que produzcan sus efectos desde la fecha en que se dic-
ten, salvo que en ellos se disponga otra cosa (art. 57.1 LRJ y PAC). Con esto úl-
[497]
498 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
distintas la de la validez y la de la eficacia que, como se dijo en el capítulo anterior, hay actos admi-
nistrativos inválidos que producen efectos jurídicos en tanto no se anulan.
La Ley de 2 de diciembre de 1963 sobre revisión de la de Procedimiento administrativo parece ha-
ber querido corregir la incorrección cuando nos dice en su exposición de motivos que se han pretendido
puntualizaciones terminológicas o jurídicas de conceptos, como en el artículo 45, diferenciando «entre
validez y eficacia de los actos administrativos, términos tratados unilateralmente en el texto revisado».
Pero al examinar el texto de la Ley resulta ¡que el artículo 45 no se encuentra entre los revisados! Se-
guramente las Cortes rechazaron la propuesta de revisión sin que luego haya caído nadie en la cuenta
de que había que acomodar a esta mutilación del texto del proyecto de Ley la exposición de motivos.
? Es decir, para el caso de que en la ley no se diga nada; pues el precepto admite, como se ha visto,
que la ley disponga su propia retroactividad.
* Puede recordarse en este sentido la disposición adicional 1.* contenida en el Reglamento de Fun-
cionarios de las Corporaciones locales de 30 de mayo de 1952. El problema, claro está, será el de dis-
tinguir los derechos adquiridos de las meras «expectativas» a las que no alcanza la garantía. Vid. cuanto
se dijo supra sobre la interpretación jurisprudencial del principio de irretroactividad que se contiene en
el art. 9.3 de la Constitución.
3 ZANOBINI, Corso di Diritto Amministrativo, 1, p. 224; J. L. DE LA VALLINA, La retroactividad del
acto administrativo, Madrid, 1964.
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 499
De acuerdo con el artículo 2.1 del Código civil, las leyes obligan a los veinte
días de su publicación en el Boletín Oficial del Estado. La publicación es, por con-
siguiente, un requisito que condiciona su vigencia.
Constituyendo los actos administrativos normativos normas jurídicas obligato-
rias, hay que entender que la expresión «leyes» del Código civil los comprende, y
que, por tanto, también la publicación es para ellos requisito sine qua non de efi-
cacia. En este sentido se ha pronunciado repetidamente nuestra jurisprudencial.
Después de la promulgación de la Ley de Régimen jurídico de 26 de julio de
1957, la cuestión quedó más clara todavía, al prescribir en su artículo 29: «Para que
produzcan efectos jurídicos de carácter general los Decretos y demás disposiciones
administrativas, habrán de publicarse en el Boletín Oficial del Estado, y entrarán en
vigor conforme a lo dispuesto en el artículo 1.” (hoy, art. 2.1) del Código civil.»
Hay, por tanto, también una expresa remisión al plazo de veinte días de vacatio le-
gls. El precepto se reitera en el art. 132 de la Ley de Procedimiento administrativo
que no ha sido derogado por la Ley 30/1992.
La publicación se corresponde, por su naturaleza, con los actos administrativos
de carácter normativo y con aquellos (generales, no normativos) que tengan por des-
tinatario una pluralidad indeterminada de sujetos; pero no existe ningún impedi-
mento para que también los actos especiales o concretos se publiquen”. Lo único
que no es lícito a la Administración es intentar suplir la notificación, en los casos
en que sea obligatoria, con la publicación'.
En cuanto a la suspensión de la vigencia de una norma —lo cual es posible
siempre que se realice mediante norma del rango adecuado— es «disposición ge-
neral» a los efectos de la exigencia de su publicación.
6 Vid. la que recogemos en nuestro libro Régimen de impugnación de los actos administrativos,
1956, p. 276. Con posterioridad, vid. sentencias del Tribunal Supremo de 13 de diciembre de 1961 y 12
de febrero de 1962.
7 Dice así el artículo 60 de la Ley 30/1992: «1. Los actos administrativos serán objeto de publica-
ción cuando así lo establezcan las normas reguladoras de cada procedimiento o cuando lo aconsejen ra-
zones de interés público apreciadas por el Organo competente. 2. La publicación de un acto deberá con-
tener los mismos elementos que el punto 2 del artículo 58 exige respecto de las notificaciones. Será
también aplicable a la publicación lo establecido en el punto 3 del mismo artículo. En los supuestos de
publicaciones de actos que contengan elementos comunes, podrán publicarse de forma conjunta los as-
pectos coincidentes, especificándose solamente los aspectos individuales de cada acto.»
$ En este sentido se pronunció la extinguida jurisprudencia de agravios tan progresiva en su tiempo.
500 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Puede afirmarse que es ésta una de las materias en las que nuestro Derecho admi-
nistrativo positivo se encuentra, desde hace tiempo, más evolucionado”.
El fundamento legal de la obligación de notificar se encontraba ya en la base
XI, del artículo 2.”, de la ley de Bases de Procedimiento administrativo de 19 de oc-
tubre de 1889. Esta ley admitía tres sistemas para realizar la notificación: notifica-
ción personal, notificación por cédula y notificación por edictos. Pero la Adminis-
tración no podía elegir discrecionalmente entre ellos, sino que había que intentar la
notificación precisamente de acuerdo con el orden en que han sido enumerados.
Más recientemente nuestro Derecho vino a admitir el sistema de la notificación por
correo””,
La ley de Procedimiento administrativo de 1958 regula también detalladamente
esta materia. Del artículo 80 se desprende que continuaron en vigor los tres siste-
mas subsidiarios de notificación que conocía nuestro Derecho anterior, aunque con
la peculiaridad de que al admitirse como forma ordinaria de la notificación perso-
nal el «oficio, carta, telegrama o cualquier otro medio que permita tener constancia
de la recepción, de la fecha y de la identidad del acto notificado», son tales medios
de comunicación —y no la cédula— los que se entregarán al pariente o persona de
su dependencia, cuando el interesado no se encuentre en su domicilio*'. La LRJ y
PAC (30/1992) amplía la regulación de la práctica de las notificaciones en el si-
guiente sentido: 1) se admite para la práctica de las notificaciones «cualquier me-
dio que permita tener constancia de la recepción por el interesado o su represen-
tante así como de la fecha, la identidad y el contenido del acto notificado»; la
acreditación de la notificación se incorporará al expediente (art. 59.1); 2) en los pro-
cedimientos iniciados a solicitud del interesado la notificación se practicará en el
lugar que éste haya señalado a tal efecto en la solicitud (art. 59.2); 3) cuando la no-
tificación se practique en el domicilio del interesado, y éste no se halle presente, se
entregará a cualquier persona que se encuentre en el domicilio y haga constar su
identidad (art. 59.2,2.* párrafo); 3) cuando el interesado o su representante rechace
la notificación, se hará constar en el expediente, especificándose las circunstancias
que concurrieron en el intento de notificación «y se tendrá por efectuado el trámite
siguiéndose el procedimiento» (art. 59.3); 4) cuando el domicilio de los interesados
fuese desconocido o, habiéndose intentado la notificación, no se hubiese podido
practicar, «se hará por medio de anuncios en el tablón de edictos del Ayuntamiento
? Aparte los preceptos legales, la labor de la jurisprudencia ha sido aquí muy importante. Vid. SE-
RRANO GUIRADO, «La notificación de los actos administrativos en la jurisprudencia» en Rev. Adm. Púb.,
núm. 1, enero-abril de 1950.
10 Decreto conjunto de Hacienda y Gobernación de 2 de abril de 1954.
" Si la notificación se realizase mediante oficio o carta, se procederá en la forma prevenida en el
número 3.” del artículo 66 de la ley de Procedimiento, es decir, se presentará en la Oficina de Correos
en sobre abierto para que sea fechada y sellada por el funcionario de Correos, que después la remitirá
como «correo certificado».
La jurisprudencia admite la validez de una Orden circular comunicada directamente al interesado
(sentencia de 19 de enero de 1962).
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 501
12 Esto mismo se venía exigiendo con anterioridad por el artículo 401 de la Ley de Régimen local
de 1955 que, además, terminaba con esta severa fórmula: «Sin el cumplimiento de los expresados re-
quisitos no se tendrán por bien hechas las notificaciones ni producirán efectos legales, a menos que el
propio interesado, dándose por suficiente enterado del acuerdo utilice en tiempo y forma el recurso pro-
cedente.»
502 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
que no es el procedente. En esta hipótesis hay que entender que si el particular hace
caso de la indicación administrativa y entabla tal recurso queda a salvo su derecho
para plantear después la cuestión ante la jurisdicción competente'*. El error indu-
cido no puede perjudicarle.
3.2 Notificaciones con otros tipos de defectos.—Cuando en la notificación
falta algún otro de los requisitos que antes se han señalado la L.P.A. de 1958 ad-
mitía la subsanación de sus vicios en las dos hipótesis siguientes: a) Por aquies-
cencia expresa o presunta del particular interesado!*. b) Por el transcurso de seis
meses, siempre que, no obstante haberse omitido otros requisitos, la notificación
contenga el texto íntegro del acto. Esta subsanación por transcurso del plazo de seis
meses no se produce cuando se hubiese formulado protesta formal del adminis-
trado, en solicitud de que la Administración rectifique la deficiencia””, pues, en tal
caso, debe entenderse: 1) que la Administración debe subsanar el defecto expresa-
mente y 2) que el plazo para recurrir empieza a correr a partir de la notificación co-
rrecta.
La Ley 30/1992 ha simplificado (o complicado, según se mire) las cosas esta-
bleciendo escuetamente en su artículo 58.3: «Las notificaciones defectuosas surti-
rán efecto a partir de la fecha en que el interesado realice actuaciones que supon-
gan el conocimiento del contenido de la resolución o acto objeto de la notificación,
o interpongan el recurso procedente». La alusión al plazo de convalidación por el
transcurso de seis meses se ha suprimido, pues. Parece que se trata de una mayor
protección, desde el punto de vista del particular; pero, obviamente, puede consti-
tuir un atentado a la seguridad jurídica cuando se trate de «relaciones triangulares»,
es decir, de aquellas en que hay un tercero con intereses contrapuestos con respecto
al que recibió la notificación defectuosa. Tal como está redactado el precepto («no-
tificaciones defectuosas»), cualquier tipo de defecto (por ejemplo, que se omita ante
qué Organo debe presentarse el recurso procedente) deja indefinidamente abierta la
posibilidad de impugnar el acto administrativo defectuosamente notificado.
El acto administrativo, como emanado de uno de los poderes jurídicos del Es-
tado, aparece, ante todo, como un acto obligatorio cuyos efectos vinculan igual-
mente a los administrados y a la propia Administración. Esto puede predicarse in-
1% A pesar de que hay jurisprudencia en apoyo de esta tesis (como citamos en nuestro libro Régimen
de impugnación..., p. 280), pueden citarse antiguas sentencias del Tribunal Supremo en las que se man-
tiene postura opuesta con base en el anterior artículo 2.” del Código civil, según el cual la ignorancia de
la Ley no excusa su cumplimiento (sentencia de 21 de octubre de 1939).
Aquí hay, indudablemente, un caso de error excusable contra el que no parece que sea admisible
ningún tipo de argumento.
*% «Las notificaciones defectuosas surtirán, sin embargo, efecto a partir de la fecha en que se haga
manifestación expresa en tal sentido por el interesado o se interponga el recurso pertinente (art. 79.3).
'5 Este plazo de seis meses está tomado del artículo 311.3 del Reglamento de Organización, funcio-
namiento y régimen jurídico de las entidades locales de 17 de mayo de 1952.
EFECTOS JURÍDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 503
cluso del acto administrativo defectuoso, en tanto no sea anulado!*. De aquí que
haya podido enunciarse el principio de la presunción de legitimidad de los actos
administrativos, que determina que, como regla, los actos administrativos se tengan
por válidos y productores de su natural eficacia jurídica, en tanto un interesado no
demuestre su invalidez ante la jurisdicción u Organismo competente. Se trata de una
presunción ¿¡uris tantum, que admite prueba en contrario: pero la prueba corre a
cargo del particular que ha de utilizar en tiempo y forma los recursos procedentes””.
Supuesta la legitimidad del acto administrativo, la eficacia jurídica de éste se
despliega plenamente, manifestándose en una serie de consecuencias (alguna de las
cuales ha venido a predicarse como nota esencial e insoslayable del acto adminis-
trativo objetivamente considerado), cuales son: 1. La ejecutividad de los actos ad-
ministrativos. 2.” La acción de oficio o posibilidad de ejecución forzosa en manos
de la Administración.
El sistema de la prerrogativa administrativa se manifiesta aquí con todo su vi-
gor, marcándose netamente la diferente posición jurídica en que el Derecho coloca
la Administración y a los administrados. Mientras que un particular que quisiese
hacer efectivo un derecho del que fuese titular necesitaría, en primer lugar, obtener
del Tribunal competente la declaración judicial de reconocimiento del derecho con-
trovertido y, en segundo lugar, acudir igualmente al Tribunal competente para que
inicie el correspondiente procedimiento ejecutivo sobre el patrimonio del deudor;
en cambio, la Administración pública aparece investida de los poderes necesarios
para realizar por sí misma la autotutela de su derecho, y para ello: primero, declara
por sí misma cuál es su derecho, de dónde el carácter obligatorio del acto adminis-
trativo; segundo, procede a ejecutar por sus propios medios —y, en su caso, contra
la voluntad de los obligados— lo que previamente ha declarado. Se trata de mani-
festaciones concretas del principio que para un extenso sector doctrinal se conoce
con el nombre de autotutela administrativa'*,
Ahora bien, para que el acto administrativo produzca los efectos ejecutivos y
ejecutorios (por emplear la terminología tradicional) es necesario que se den las tres
circunstancias siguientes, a saber: 1) que el acto administrativo exista, es decir, que,
cuando menos, haya una apariencia de acto administrativo; 2) que haya sido dic-
tado por el órgano competente, y 3) que se haya dictado de acuerdo con el proce-
dimiento legalmente establecido. Si no se dan estos requisitos estaremos en pre-
sencia de lo que la doctrina y la jurisprudencia, importando una terminología
francesa, han denominado vía de hecho (voie de fait).
Por lo que se refiere al primero de los requisitos señalados, la Ley 30/1992, de
16 FORSTHOFFE, Lehrbuch des Verwaltungsrecht, 2.* ed., p. 203. Incluso los que conocen la irregula-
ridad del acto, continúa diciendo este autor, deben respetarlo, precisamente porque cuentan con su pronta
anulación.
17 El trabajo más conocido sobre esta materia es la monografía de G. TREVÉS, La presunzione di le-
gitimita degli atti amministrativi, Padova, 1936. En relación con el llamado principio de «imperativi-
dad» y sus límites, vid. V. OTTAVIANO, «Poteri dell?Amministrazione e principii costituzionali», en Riv.
Trim. Dir. Pubb., 1964, núm. 4, pp. 912 y ss.
18 Vid. por todos BENVENUTTI, «Autotutela», en la Enciclopedia del Diritto, YV, 1959, pp. 553 y ss.
En la doctrina española esta terminología (en su doble vertiente; autotutela declarativa y ejecutiva) es la
aceptada y expandida por GARCÍA DE ENTERRÍA.
504 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«Precisamente el origen del concepto de vías de hecho nació con referencia al derecho de propie-
dad, aunque no se limitó en su evolución al mismo, generalizándose el concepto a otras situaciones
EFECTOS JURÍDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS SOS
jurídicas no amparadas por aquél. Aparejan las vías de hecho, como principal efecto, la pérdida de
las prerrogativas administrativas, especialmente de las procesales, colocando a la Administración
en paridad de posición frente al particular, como administrado agraviado; en definitiva, remite las
cuestiones contenciosas a la jurisdicción civil y ordinaria por medio de los procesos comunes. En
este sentido, la alusión concreta a los interdictos que contiene el artículo 125 de la Ley de Expro-
piación Forzosa, que, a su vez, debe conectarse con el artículo 103 de la antigua Ley de Procedi-
miento Administrativo y artículo 101 de la nueva Ley 30/1992 (más amplios en su concepción),
como medios admisibles de tutela procesal interina, que rectamente entendidos no sólo se refieren a
la protección posesoria de derechos reales, sino también de derechos que generan o amparan esta-
dos o situaciones permanentes o estables, no agotan ni excluyen las acciones de derecho común,
sean meramente declarativas o declarativas de condena que, obviamente, habrán de ejercitarse por
medio de los procesos ordinarios. Tomando en consideración, por tanto, lo dispuesto por el artículo
primero, apartado a), de la Ley reguladora de la jurisdicción contencioso-administrativa acerca de
las cuestiones de índole civil, junto con el ya citado, en otro lugar, precepto de la Ley Orgánica del
Poder Judicial y, en general, el sentido prevalentemente informador del ordenamiento jurídico que
ejerce la vigente Constitución, y especialmente el artículo 33.1 y 3 en lo relativo al derecho de pro-
piedad y su protección, debemos estimar y estimamos el motivo de casación examinado...»
A) EJECUTIVIDAD Y SUSPENSIÓN
12 Una parte de la doctrina ha intentado poner de relieve la diferencia existente entre la ejecutividad
y la ejecutoriedad del acto administrativo. Para RODRÍGUEZ MORO, la ejecutividad es sinónimo de efica-
cia del acto y la expresión se refiere entonces a cualquier acto administrativo, mientras que la ejecuto-
riedad supone llevar la ejecución a sus últimas consecuencias, incluso imponiéndolo obligatoriamente a
los administrados que no se avienen a su cumplimiento. Así, continúa, «el acuerdo de un Ayuntamiento
creando una plaza de Arquitecto municipal a cubrir por oposición es ejecutivo si se han cumplido los
preceptos legales y, en consecuencia, se podrá anunciar, nombrar Tribunal, etc. Mas no hay nada que
suponga ejecutoriedad. En cambio, el acuerdo imponiendo contribuciones especiales a los propietarios
de los terrenos beneficiados por la apertura de una calle no sólo es ejecutivo, sino ejecutorio, pues si vo-
luntariamente no se ingresan las cuotas asignadas se ejecuta al obligado, se embargan los bienes preci-
sos y se hace con ello pago la Administración, llegando, si menester fuera, a la venta pública subasta.
Habría aquí, según el sentido antes expuesto, no sólo ejecutividad del acto, sino ejecutoriedad» (La eje-
cutividad del acto administrativo, Madrid, 1949, pp. 32 y 33).
La anterior terminología es aceptada por SAYAGUÉS, para quien la ejecutividad es la regla general en
los actos administrativos, y consiste en el principio de que todo acto administrativo, una vez perfeccio-
nado, produce todos sus efectos y, por lo mismo, cuando requiere ser llevado a los hechos, puede y de-
ber ser ejecutado. Este carácter, añade, no debe confundirse con la ejecutoriedad, «que es la posibilidad
de la Administración de ejecutar el acto por sí misma, incluso en caso de resistencia abierta o pasiva de
las personas afectadas, pudiendo acudir en tal caso a diversas medidas de coerción» (Tratado de Dere-
cho administrativo, Montevideo, 1953, p. 490).
GONZÁLEZ PÉREZ ha criticado ampliamente la imprecisión terminológica con que, según él, se uti-
liza en la doctrina el término ejecutoriedad, que debe distinguirse de la cualidad genérica que tienen los
actos administrativos de tener fuerza obligatoria. Con la ejecutoriedad se hace referencia «a la cualidad
de los mismos, que posibilita la ejecución forzosa de lo mandado en el acto administrativo a cargo de
la Administración» («Sobre la ejecutoriedad de los actos administrativos», en Revista Crítica de Dere-
cho Inmobiliario, septiembre 1953, p. 710).
Seguramente todos los autores citados se inspiran en la precisión con anterioridad formulada por Za-
NOBINI, Corso..., L, pp. 225-226.
506 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
es ejecutivo es tanto como afirmar que tiene fuerza obligatoria y debe cumplirse, lo
cual ocurre desde el momento en que (supuestos los demás requisitos que, de forma
genérica, condicionan la eficacia, esto es, notificación, publicación o aprobación su-
perior, en su caso) el acto es definitivo, incluso con independencia de que sea
firme”. Ahora bien, dada la estructura jerárquica de la organización administrativa,
la mayoría de las disposiciones administrativas determinan, como regla, una puesta
en movimiento de los Organismos inferiores tendente a lograr la ejecución de lo
mandado. Así, la convocatoria de unas oposiciones prejuzga una serie de actos
(nombramiento del Tribunal calificador, admisión de opositores, realización de los
ejercicios de la oposición, etc.), de ejecución de aquélla. Decir que el acto admi-
nistrativo es ejecutivo es, en este caso, tanto como afirmar que todos estos actos
pueden llevarse a la práctica (y para ello normalmente no se plantea ningún pro-
blema de vencer resistencias físicas de los particulares interesados), con indepen-
dencia de los recursos que contra la convocatoria se hayan formulado”.
Resulta de lo anterior que la ejecutividad, tal como la hemos definido, consti-
tuye un rasgo común y ordinario de los actos administrativos, consecuencia de su
propia fuerza de obligar y con abstracción de la materia que constituya su conte-
nido. Justamente de aquí se desprende la regla del carácter no suspensivo de los re-
cursos administrativos y jurisdiccionales que se puedan utilizar para impugnarlos”,
2 Nuestra doctrina y jurisprudencia han confundido con frecuencia los conceptos de definitividad,
firmeza y ejecutividad de los actos administrativos. Una resolución es definitiva cuando resuelve, por
disposición del Organo competente, la cuestión planteada. Se opone, por tanto, al concepto de acto-trá-
mite y difiere también del concepto de «causar estado»: pues la competencia para resolver una cuestión
puede estar encomendada a un órgano que no sea el superior en la escala jerárquica y con independen-
cia de los recursos de alzada que quepan contra ella. Una resolución en cambio, es firme cuando, o bien
han sido rechazados los recursos utilizados contra ella o bien se ha dejado transcurrir el plazo para su
utilización. Pues bien, lo que decimos en el texto es que una resolución no firme (y dado el carácter no
suspensivo de los recursos), es, sin embargo, ejecutiva. Para mayores precisiones en esta materia, vid.
nuestro libro Régimen de impugnación..., pp. 57 a 62.
*! Este es el concepto de ejecutividad que se contenía en los artículos 44 y 101 de la ley de Proce-
dimiento. Según este último precepto: «los actos y acuerdos de las autoridades y organismos de la Ad-
ministración del Estado serán inmediatamente ejecutivos, salvo lo previsto en el artículo 120 y en aque-
llos casos en que una disposición establezca lo contrario o requiera aprobación o autorización superior».
Análogamente el artículo 361 de la Ley de Régimen local de 1955. La sentencia del T.S. de 7 de di-
ciembre de 1982 habla de «... las prerrogativas que sitúan a la Administración en posición de suprema-
cía respecto de los particulares, contándose entre ellas las de que sus actos aparezcan revestidos de los
privilegios de la decisión ejecutiva y de la acción de oficio...». La Ley 30/1992 (LRJ y PAC) introduce
una nueva terminología: ejecutoriedad (los actos administrativos «serán inmediatamente ejecutivos»: art.
94, olvidándose de que esto mismo es lo que dice en el art. 56 bajo el epígrafe «ejecutividad») y ejecu-
ción forzosa («Las Administraciones públicas ... podrán proceder ... a la ejecución forzosa...»: art. 95).
2 LAvau, «Du catactére non-suspensif des recours devant les Tribunaux administratifs», en Rev.
Droit Public., 1950. M. FROMONT («La protection provisoire des particuliers contre les decisions admi-
nistratives dans les états membres des Communautées Europées», en Rev. Internacional de Ciencias Ad-
ministrativas, 1984, núm. 4, pp. 309 y ss.) examina el efecto suspensivo de los recursos en los distintos
Estados miembros de la Comunidad Europea y nos recuerda que sólo Alemania ha adoptado el princi-
pio del efecto suspensivo de los recursos administrativos y jurisdiccionales. La base legal se encuentra
en el parágrafo 80 de la Ley sobre los Tribunales Administrativos, que establece la siguiente regla: «El
recurso administrativo previo y la demanda de anulación tienen efecto suspensivo. Esto vale también
para los actos administrativos creadores de derechos.»
EFECTOS JURÍDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 507
expresamente recogida por nuestro Derecho positivo” y que, sin embargo, co-
mienza a ser suavizada por la jurisprudencia especialmente en expedientes sancio-
nadores y disciplinarios (SS. T.S. de 17 y 21 de julio de 1982 y S.T.C. de 8 de ju-
nio de 1981)”.
Esta nueva tendencia tiene seguramente su máximo nivel expositivo en la Sent.
de la Sala 3.* del T.S. de 26 de marzo de 1986, según la cual «la potestad ejecuto-
ria en el ámbito sancionador, de naturaleza materialmente penal, tiene su límite más
exigente en otra presunción, la presunción de inocencia, configurada también cons-
titucionalmente, que impide así, a nuestro parecer, la ejecutividad inmediata de la
sanción impuesta en procedimiento disciplinario por un órgano administrativo, sin
haberse agotado todas las instancias dentro de la propia Administración y, por lo
tanto, mientras no se hubiere resuelto el recurso correspondiente». Sin embargo,
esta doctrina —que supone la suspensión de la ejecutoriedad del acto administra-
tivo en tanto la decisión sancionadora esté pendiente de recurso en esta vía— no
puede entenderse en el sentido de que la suspensión deba mantenerse también en
tanto se resuelva el ulterior recurso contencioso-administrativo; pues, de haberse
iniciado esta vía, será el Tribunal de dicha Jurisdicción quien pueda acordar la pro-
2 Artículo 116 de la ley de Procedimiento: «La interposición de cualquier recurso, excepto en los
casos en que una disposición establezca lo contrario, no suspenderá la ejecución del acto impugnado,
pero la autoridad a quien competa resolverlo podrá suspender de oficio o a instancia de parte la ejecu-
ción del acuerdo recurrido, en el caso de que dicha ejecución pudiera causar perjuicios de imposible o
difícil reparación, o cuando la impugnación se fundamente en alguna de las causas de nulidad de pleno
derecho previstas en el artículo 147 de esta ley.»
El mismo principio se consagra en el artículo 122 de la Ley de la Jurisdicción contencioso-admi-
nistrativa. Esta misma ley, en sus artículos 118 y siguientes, regula el procedimiento especial en los ca-
sos de suspensión de acuerdos de las Corporaciones locales por infracción manifiesta de las leyes.
Cosa distinta de la suspensión de los efectos jurídicos del acto administrativo, a que acabamos de
referirnos, es la suspensión de las actuaciones materiales de los particulares cuando éstos carecen de la
oportuna autorización o licencia. Un ejemplo típico es el artículo 171 de la vigente Ley del Suelo sobre
edificación o uso del suelo sin la correspondiente licencia previa; en dicho precepto se faculta a las au-
toridades gubernativas y urbanísticas para la suspensión inmediata de dichas actuaciones. El fundamento
de este precepto se desarrolla en la sentencia del T.S. de 15 de noviembre de 1974 (cfr. J. GONZÁLEZ
PÉREZ, «La suspensión de las obras efectuadas sin licencia», en Rev. Derecho Urbanístico, núm. 44,
1975, pp. 15 y ss.). Cfr. J. RODRÍGUEZ-ARANA, La suspensión del acto administrativo (en vía de recurso),
Madrid, 1985.
2 Así interpretan el artículo 24.1 de la Constitución las sentencias de la Sala 5.* del T.S. de 17 y 21
de julio de 1982: «Que frente al privilegio de la decisión ejecutoria, de la ejecutividad inmediata esta-
blecido a favor de la Administración por los artículos 44 y 101 LPA, ha de prevalecer, en casos como
el actual, la no ejecutividad inmediata del acuerdo administrativo sancionador, por las siguientes razo-
nes: 1.2) teniendo carácter de privilegio la facultad de decisión ejecutoria debe interpretarse restrictiva-
mente, según un principio general de Derecho y según lo reclama el principio de igualdad de partes en
el procedimiento (de Administración y administrado) proclamado por los artículos 1.1 y 9.1 de la Cons-
titución vigente; 2.?) la naturaleza de ser «efectiva» la tutela judicial, expresada por el artículo 24.1 de
la Constitución, significa que sea plena y auténtica, real y sin traba alguna, llegándose a la afirmación
de que si el acto sancionador se ejecuta antes de su firmeza, entonces la tutela ya no es plena, porque
desconociéndose si la sanción será confirmada o dejada sin efecto, se están produciendo perjuicios al
administrado que aparecen como de difícil reparación, al menos moral y personalmente; 3.*) el ordena-
miento jurídico contiene normas de no ejecutoriedad hasta que la sanción adquiera firmeza...» (senten-
cia de 21 de julio de 1982). (Se hace también referencia a la sentencia del Tribunal Constitucional de 8
de junio de 1981).
508 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Si con anterioridad nos hemos referido al carácter ejecutivo de los actos admi-
nistrativos, ahora debemos encararnos con la posibilidad de su ejecución forzosa a
cargo de la propia Administración que dictó el acto. Es aquí donde una parte de la
doctrina habla de la ejecutoriedad del acto administrativo, como cosa distinta de la
ejecutividad”. Si ésta es rasgo común de todos los actos administrativos, en cam-
bio la ejecutoriedad sólo es propia de aquellos actos que imponen deberes positi-
vos o negativos, cuyo cumplimiento pueda no ser voluntariamente aceptado por el
obligado. Naturalmente, la ejecutoriedad presupone que el acto sea ejecutivo, es de-
cir, jurídicamente eficaz”.
Es posible que la mayor parte de las imprecisiones que se observan en la dis-
tinción de ambos conceptos arranque cabalmente de la analogía fonética entre las
denominaciones que se asignan a cada uno. Pudiera ser, por tanto, conveniente
abandonar en absoluto el empleo del término ejecutoriedad, que, por otra parte, no
tiene albergue en el Diccionario de la Lengua española. Si en su lugar se habla de
ejecución forzosa o acción de oficio, se habrá ganado no sólo desde el punto de
vista gramatical, sino incluso desde el punto de vista técnico, puesto que del exa-
men de un pretendido carácter objetivo de los actos administrativos habremos des-
plazado la cuestión a su lugar adecuado: el estudio de una especial prerrogativa
—punto de vista subjetivo— de la Administración pública, la de pasar por sí
misma, sin intervención previa de los Tribunales, a la ejecución forzosa de sus ac-
tos, incluso empleando la coacción”. Por cierto que la LRJ y PAC habla de «eje-
25 Nos remitimos a los lugares anteriormente citados en las obras de RODRÍGUEZ MORO, GONZÁLEZ
PÉREZ, SAYAGUÉS y ZANOBINI.
2% ZANOBINI, Op. Cit., p. 226.
27 El capítulo V del título IV de la Ley de Procedimiento administrativo, que se refiere a la «ejecu-
ción de los actos administrativos, no emplea para nada el término ejecutoriedad; en cambio, habla de la
510 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«ejecución forzosa» en los artículos 102 y 104. Por contraste, como vimos, con la LRJ y PAC: artícu-
los 56 y 94.
SANDULLI afirma que las exigencias del actual Estado de Derecho «conspiran en el sentido de la ex-
cepcionalidad de los procedimientos de ejecución forzosa administrativa». Se debe, por tanto, «excluir
que la Administración Pública pueda aplicar medios coactivos faltando normas particulares que, expresa
o implícitamente, los admitan» («Note sul potere amministrativo di coazione», en Riv. Trim. Dir. Pubb.,
1964, núm. 4, pp. 854-855). Observa, empero, que son bastante numerosos los medios reconocidos por
el Derecho positivo, aparte los excepcionales que comporta el «estado de necesidad» (p. 858).
2 Artículo 100 de la Ley de Procedimiento: «1. La Administración pública no iniciará ninguna ac-
tuación material que limite derechos de los particulares, sin que previamente haya sido adoptada la de-
cisión que le sirva de fundamento jurídico. 2. El Organo que ordene un acto de ejecución material es-
tará obligado a comunicar por escrito, y a requerimiento del particular interesado, la resolución que
autorice la actuación administrativa.» Se corresponde con el artículo 93 LRJ y PAC, que lo repite casi
literalmente.
% Artículo 103 de la Ley de Procedimiento: «No se admitirán interdictos contra las actuaciones de
los Organos administrativos realizadas en materia de su competencia y de acuerdo con el procedimiento
legalmente establecido» (a contrario sensu). Es el mismo principio que inspira el artículo 125 de la Ley
de Expropiación forzosa de 1954, y el artículo 101 de la Ley 30/1992 (LRJ y PAC).
%% En Derecho italiano, la ejecutoriedad constituye principio general: vid. los supuestos y la legisla-
ción citada por ZANOBINI en Op. cit., pág. 228.
En Francia la tesis tradicional venía representada por HAURIOU (Précis de Droit administratif et
Droit public, ed. 1927, p. 354), que conceptuaba el acto administrativo como una «decisión executoire».
Esta tesis ha sido modernamente sometida a una dura crítica, no siempre correcta, principalmente por
CHÉNOT (Le privilége d'exécution d'office de l'Administration, París, 1945) y Lavau (Du carácter...,
cit.). Para este último la teoría de la decisión ejecutoria es una invención del decano HAURIOU que la
doctrina moderna ha heredado sin «beneficio de inventario», pero que merece reservas. Si bien existe
un número de casos en que ley permite a la Administración, en forma excepcional, proceder a la ejecu-
ción forzosa, de aquí no puede desprenderse la existencia de un principio general. En todo caso, éste es
el contrario, tal como ha sido establecido por la jurisprudencia del Conseil d'Etat a partir del arrét Saint-
Just, de 2 de diciembre de 1902.
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 511
31 Por lo que se acaba de decir se comprende que la ejecución forzosa administrativa es bastante más
amplia en sus medios que la procesal, que sólo conoce la ejecución sobre el patrimonio. Como dice
GUASP, «teóricamente es posible concebir un tipo de ejecución personal y un tipo de ejecución patri-
monial. La diferencia entre una y otra no estaría tanto en la esencia de las finalidades que a una y otra
se asigna, sino en la calidad de los medios que se ponen a su servicio. Una ejecución personal sería la
que recayese objetivamente sobre la persona del ejecutado, mientras que una ejecución patrimonial se-
ría la que recaería sobre los bienes del sujeto pasivo de la ejecución... En este sentido hay que decir que
la ejecución ordinaria en el Derecho español es, en efecto, no una ejecución personal, sino una ejecu-
ción patrimonial» (Derecho procesal civil, Madrid, 1956, p. 845).
2 Artículo 97 LRJ y PAC: «1. Si en virtud de un acto administrativo hubiera de satisfacerse canti-
dad líquida, se seguirá el procedimiento previsto en las normas reguladoras del procedimiento recauda-
torio en vía ejecutiva.» El Reglamento General de Recaudación vigente ha sido aprobado por Real De-
creto 1684/1990, de 20 de diciembre.
SI TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«No es cierto que el artículo 87.2 de la Ley Orgánica del Poder Judicial permita al Juez de Instruc-
ción revisar la legalidad de los actos administrativos para cuya ejecución se solicita su autorización
de entrada en domicilio. El Juez de Instrucción actúa en estos supuestos como garante del derecho
fundamental a la inviolabilidad del domicilio, lo cual significa que no es el Juez de la legalidad y de
la ejecutividad del acto de la Administración. Sólo tiene que efectuar la correcta y debida indivi-
dualización del sujeto que ha de soportar la ejecución forzosa; verificar la apariencia de legalidad de
dicho acto, con el fin de evitar que se produzcan entradas arbitrarias; asegurarse que la ejecución de
ese acto requiere efectivamente la entrada en el domicilio o lugares asimilados y, por último, ga-
rantizar que la irrupción en estos lugares se produzca sin más limitaciones a los derechos funda-
mentales que aquellas que sean estrictamente necesarias.» :
*% Nuestro Derecho conoce casos específicos, aparte los ejemplos citados en el texto, en que procede
la ejecución subsidiaria. Así, la ley sobre defensa de los montes contra plagas forestales, de 20 de di-
ciembre de 1952, faculta al Ministro de Agricultura para declarar la existencia de una plaga: si los pro-
pietarios no toman las medidas conducentes a su extinción, la realizará el Servicio de Plagas Forestales
a su costa (art. 6.”).
El artículo 99.1 comienza así: «cuando así lo autoricen las leyes y en la forma y cuantía que és-
tas determinen...».
EFECTOS JURÍDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 513
35 Artículo 107.2.
36 El artículo 54 del Reglamento de Expropiación forzosa, de 26 de abril de 1957, dice: «Los de-
sahucios y lanzamientos que exija la ocupación de las fincas expropiadas tendrán carácter administra-
t1IVO.»
El título II del Reglamento de bienes de las Entidades locales de 27 de mayo de 1955 se refiere al
«desahucio por vía administrativa», procedimiento que se regula con bastante detalle en los artículos
107 a 125. Este último precepto confiere a las Corporaciones locales la posibilidad de «resolver por sí
en vía administrativa los contratos de arrendamiento de viviendas protegidas, casas baratas, de renta li-
mitada y similares de su propiedad en los mismos casos y forma previstos para las del Instituto Nacio-
nal de la Vivienda». Vid. examen de algunos supuestos de nuestro Derecho positivo en BERNAL MARTÍN,
«Manifestaciones de desahucio administrativo», en Rev. Dcho. Priv., abril 1963, pp. 315 y ss. Téngase
en cuenta que se trata de precepto meramente reglamentario y preconstitucional.
514 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
el Juez de Instrucción actúa en estos supuestos como garante del derecho funda-
mental a la inviolabilidad del domicilio y, en consecuencia, es el llamado a asegu-
rar que se trata de ejecutar un acto dictado, en principio, por autoridad competente
y en ejercicio de facultades propias, garantizando al mismo tiempo que la irrupción
en el ámbito de la intimidad se produce sin más limitaciones que las estrictamente
indispensables para ejecutar la resolución administrativa firme. Sin embargo, esta
doctrina ha sido más recientemente corregida y modificada por el Tribunal Consti-
tucional en pleno (asumiendo para sí la decisión de un recurso de amparo que se
tramitaba ante la Sala 1.* de dicho Tribunal) con motivo de los recursos interpues-
tos por los vecinos del pueblo de Riaño, cuyas propiedades y casas (y consiguien-
temente, domicilios) fueron demolidas coactivamente y bajo la protección de la
fuerza pública para la construcción del pantano de Riaño. En su sentencia 160/1991,
de 18 de julio, el T.C. corrige explícitamente la doctrina de las sentencias de sus
Salas 1.* y 2.* antes mencionadas, para declarar que no es necesaria la intervención
del Juez de Instrucción en aquellos casos en que el acto administrativo ha sido con-
firmado por los propios Tribunales, aun en el caso de que éstos pertenezcan al or-
den jurisdiccional contencioso-administrativo y se hayan limitado, en su función re-
visora, a confirmar lo antes declarado por la Administración.
f) El uso de la fuerza pública.—Este especial procedimiento de ejecución for-
zosa para vencer la resistencia a las órdenes administrativas se legitima por razones
de seguridad y orden público, por lo que debe ser estudiado en el capítulo corres-
pondiente a la policía de seguridad. Al mismo nos remitimos por lo que se refiere
a la prisión gubernativa, hoy abolida por la Constitución.
Hay que añadir, sin embargo, que todas estas potestades de la Administración
——ue constituyen,de acuerdo con la terminología utilizada por un importante sec-
tor doctrinal, los poderes de autotutela— pueden encontrar su límite infranqueable
cuando choquen con algunos de los derechos fundamentales garantizados por la
Constitución; concretamente, con el principio de inviolabilidad del domicilio que
establece el artículo 18.2 de la Constitución, tema al que nos acabamos de referir.
La doctrina antes citada ha sido recordada por la Sentencia del Tribunal Cons-
titucional 137/1985, de 17 de octubre —dictada en recurso de amparo—, que ex-
tiende la inviolabilidad del domicilio a las personas jurídicas.
El olvido de estos preceptos puede convertir la actuación administrativa en de-
lito de coacción (art. 496.1.” del Código Penal), del que sería responsable la auto-
ridad o funcionario correspondiente, siempre que se dé el requisito de la «violen-
cia» en la forma como ha sido aclarado por la jurisprudencia de la Sala 2.* del T.S.
(por ejemplo, Sents. de 24 de febrero de 1981; 3 de julio de 1982 y 11 de julio de
1984). Especial mención merece la Sent. de la Sala 2.? T.S. del 10 de mayo de 1985,
que condena a un Alcalde a la pena de un mes y un día de arresto mayor, multa de
20.000 ptas. y accesorias, ya que si bien «... el Alcalde realizó una primera admo-
nición y un requerimiento posterior, a través del Jefe de la Policía Municipal, a un
vecino para que dejara libre una caseta que ocupaba desde hacía años, sin título de
propiedad o de posesión, al dar la orden verbal de derribo y llevarse a efecto la
misma, no existía expediente administrativo, ni acuerdo alguno de la Comisión per-
manente del Ayuntamiento que así lo ordenara; por tanto, no estaba legítimamente
autorizado para compeler al sujeto pasivo a hacer lo que no quería, aun en el su-
puesto de que fuera justo».
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 515
A nuestro juicio es erróneo considerar esta regla como una exigencia próxima
o remota del principio de la ejecutividad. Lo que este último postula es sencilla-
mente la no suspensión del acto administrativo que liquide el crédito ni, por tanto,
la suspensión del oportuno procedimiento de apremio que se iniciase para hacerlo
efectivo, aunque el particular utilice los recursos procedentes. Añadir a esto la ne-
cesidad del previo pago únicamente puede interpretarse como una regla de carácter
procedimental o procesal que limita la posibilidad de recurrir, significando un in-
justificado privilegio administrativo que debe considerarse derogado por el artículo
24 de la Constitución, como ya viene reconociéndolo la jurisprudencia, ya que im-
plica una clara denegación de justicia (Sent. Sala 4.* del T.S. de 5 de octubre de
1988), o cuando menos una traba frente a la garantía de tutela judicial que proclama
el precepto constitucional citado.
Aparte la jurisprudencia contencioso-administrativa, ya consolidada en esta ma-
teria, deben recordarse asimismo los pronunciamientos del Tribunal Constitucional.
Así, en la sentencia 141/1988, de 12 de julio (en vía de amparo), se plantea el pro-
blema relativo a la exigencia del artículo 57.1 del Texto Refundido del Impuesto de
Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados, según el cual nin-
gún documento que contenga actos o contratos sujetos al referido impuesto se ad-
mitirá ni surtirá efecto en los Tribunales «sin que se justifique el correspondiente
pago, exención o no sujeción al impuesto». Para la citada sentencia «ello incide en
el derecho a la protección judicial efectiva de los derechos e intereses legítimos, que
obliga a una configuración del derecho a accionar ante los Tribunales que garantice
una correspondencia entre el mundo de las relaciones sustantivas y el mundo pro-
cesal. Como señaló la sentencia 3/1983, el derecho sustantivo y el procesal son dos
realidades inescindibles, apareciendo así las formas procesales estrictamente co-
nectadas con las pretensiones materiales deducidas en el juicio. No obstante, la pre-
sunta irregularidad fiscal rompe dicha correspondencia y suspende la garantía ju-
risdiccional que es complemento obligado de toda norma de derecho sustantivo ...
Consecuencia de ello es que el interesado, para evitar el efecto obstativo del men-
cionado precepto, tiene forzosamente que pagar la cantidad que la Administración
le señale y si, pese a ello, quiere promover reclamación económica-administrativa
y utilizar las vías de recurso contra dicha liquidación puede sin duda hacerlo, pero,
al tener que satisfacer en todo caso la deuda tributaria que discute, se le está apli-
cando en definitiva —indirectamente— la regla solve et repete, todo lo cual supone
también ... obstáculo reduplicado para acceder a los Tribunales y defender ante ellos
los propios derechos e intereses». El T.C. entiende que esto constituye una limita-
ción a los derechos reconocidos en el artículo 24 de la Constitución.
mente liquidados en favor de la Hacienda, en los casos en que proceda con arreglo a las leyes, excepto
en el supuesto previsto en el artículo 132, párrafo 2.*, y cuando el pago se hubiese hecho durante el curso
del procedimiento administrativo y en él constare el documento que lo justifique, en cuyo caso se ma-
nifestará así en el escrito de interposición.» El aludido artículo 132, 2, se refiere a la declaración de po-
breza del litigante. La jurisprudencia ha aclarado que el depósito en la Caja General de Depósitos a dis-
posición de la autoridad sancionadora «equivalente al efectivo pago» (sentencia Sala 4.* del T.S. de 21
de septiembre de 1968); pero no se ha atrevido a negar su aplicabilidad a pesar de la discutible redac-
ción del ya citado artículo 57,2, de la ley. Cfr. el artículo 14,2, de la vieja Ley de Administración y Con-
tabilidad del Estado de 1911. Pero la exigencia del previo pago choca hoy con el artículo 24 de la Cons-
titución, y así lo ha declarado la jurisprudencia.
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 517
A) DIFERENCIACIÓN DE CONCEPTOS
9 Así, el artículo 369 de la Ley de Régimen local decía: «Las autoridades y Corporaciones locales
no podrán revocar sus propios actos o acuerdos declaratorios de derechos subjetivos o que hubieren ser-
vido de base a una resolución judicial, salvo al resolver recursos de reposición». En cambio, refirién-
dose al mismo supuesto, pero respecto de la Administración Central, dice el artículo 110,1, de la Ley
de Procedimiento administrativo: «La Administración no podrá anular de oficio sus propios actos de-
clarativos de derechos...». En el artículo 112 de esta ley se habla de «las facultades de anulación y re-
vocación» sin distinguir entre ellas. La nueva regulación del tema se encuentra en los artículos 102 y
103 LRJ y PAC.
“0 En la jurisprudencia se habla genéricamente de revocación para referirse a la anulación de los ac-
tos administrativos por la propia Administración. Por ejemplo, sentencia del Tribunal Supremo de 15 de
febrero de 1950.
De esta acepción genérica y, por consiguiente, poco precisa se resiente la casi totalidad de la doc-
trina española. Entre las excepciones debe, sin embargo, recordarse a FERNÁNDEZ DE VELASCO (en El
acto administrativo, p. 258) y GONZÁLEZ PÉREZ («La revocación de los actos administrativos en la ju-
risprudencia española», en Rev. Adm. Púb., núm. 1, 1950, pp. 149 y ss.
4 Las únicas precisiones las ha realizado la doctrina italiana, como después se verá. En cambio, la
doctrina francesa incluye todos los supuestos en el término genérico «retrait». Así, WALINE agrupa bajo
este término las siguientes hipótesis: 1.2 La revocación obligatoria, cuando el acto es ilegal y no crea
derechos a favor de terceros. 2. Revocación imposible, cuando el acto es legal y crea derechos a favor
de terceros. 3.2 Revocación facultativa, cuando el acto es ilegal pero crea derechos a favor de terceros
(aunque sólo es posible si no ha transcurrido el plazo de recurso). Este mismo autor realiza, sin embargo,
un ensayo de distinción terminológica, proponiendo la siguiente: retrait, genéricamente para la elimi-
nación de un acto administrativo; rapport, cuando tiene efectos retroactivos; révocation, cuando no los
tiene; abrogation, para la revocación de un acto reglamentario («Le retrait des actes administratifs», en
L'evolution du Droit public. Etudes en l'honneur d'Archille Mestre, 1956, pp. 563 a 572).
2 Para muchos la anulación se produce cuando el Organo que la dicta es distinto (Tribunal admi-
nistrativo, o simplemente superior jerárquico del que dictó el acto anulado). Este es el sentido técnico
que, según FORSTHOFF, debe reservarse al vocablo Aufhebung. Este mismo autor propone hablar de can-
celación (Riicknahme) para la anulación de los actos administrativos onerosos, y de revocación (Wiede-
rruf) para la anulación de los actos administrativos favorables al administrado (Lehrbuch..., Cit., p. 210).
43 Es el criterio que acepta ALESSI en su conocida monografía La revoca degli atti amministrativo,
2.2 ed., 1956, pp. 33 y 34.
518 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
tula la inmutabilidad de la sentencia o del acto administrativo), que como «cosa juz-
gada material» (que postula su imperatividady*.
No obstante los argumentos que hayan podido manejarse a su favor, es lo cierto
que la aplicación de la cosa juzgada a los actos administrativos desconoce las exi-
gencias propias de este tipo de actos jurídicos”. No puede admitirse que la Admi-
nistración confiera a sus actos la fuerza material de cosa juzgada que el Juez ordi-
nario confiere a la sentencia, pues, como señala FORSTHOFF, mientras ésta se refiere
normalmente a un hecho claramente circunscrito, perteneciente al pasado y, por
tanto invariable de facto, la Administración se encuentra ante circunstancias que es-
capan a una delimitación temporal hacia el futuro y que por lo mismo permanecen
variables. Respecto de situaciones variables sería inadmisible la vinculación que
produce la fuerza material de cosa juzgada”.
b”) Sin necesidad de acudir al Derecho procesal, se han querido obtener los
mismos resultados con la aplicación al Derecho administrativo del principio ge-
neral de que nadie puede ir válidamente contra sus propios actos”. Aparte de la
improcedencia que supone querer resolver el problema de la eficacia de los actos
propios”, conviene recordar una vez más que está destinado al fracaso todo in-
tento de negar a la Administración pública la posibilidad, en principio, de elimi-
nar sus propios actos, siquiera en esta materia hayan de consentirse muchas limi-
taciones.
De cuanto hasta aquí se ha dicho resulta: 1. Que en determinadas circunstan-
* Desde luego, no faltan afirmaciones en nuestra jurisprudencia en este sentido, como puede verse
en la sentencia del Tribunal Supremo de 10 de abril de 1930 y en tantas otras recordadas por VILLAR
PALASI en el trabajo antes citado.
2 Aresst ha puesto de relieve cómo, por razones terminológicas, el problema no tiene gravedad en
los países de lengua alemana, donde el término Rechtskraft (fuerza jurídica) cubre tanto la fuerza de cosa
juzgada que se predica de las sentencias como la eficacia jurídica de los actos administrativos (La re-
voca..., Cit., p. 3).
30 FORSTHOFF, op. cit., p. 206. Reconoce este autor que, sin embargo, no todo acto administrativo se
refiere a una situación variable, pues la analogía entre otras soluciones (por ejemplo, la imposición de
una multa) y la sentencia judicial es más evidente.
Entre nosotros ha combatido expresamente la aplicabilidad de la tesis de la cosa juzgada al acto ad-
ministrativo GONZÁLEZ PÉREZ (en «La cosa juzgada en lo contencioso-administrativo», en Rev. Adm.
Púb., núm. 8, 1952, pp. 67 y ss.), que aduce los siguientes argumentos: a) Que la cosa juzgada implica
la imposibilidad de toda nueva declaración sobre la materia resuelta por sentencia firme, mientras que
la revocabilidad de los actos administrativos es una de sus características esenciales. b) Que cuando el
acto administrativo es firme en vía administrativa, puede, sin embargo, ser impugnado ante la jurisdic-
ción contencioso-administrativa. c) Que en Derecho administrativo no puede hablarse de una inmutabi-
lidad de los efectos, porque la Administración puede dictar un segundo acto que, sin revocar expresa-
mente el primero, anule o modifique sus efectos (op. cit., pp. 70 y 71, por nota).
51 FERNÁNDEZ DE VELASCO, Op. cit., p. 261; GONZÁLEZ PÉREZ, «La revocación de los actos adminis-
trativos...», en loc. cit., p. 152; LóPEz RODÓ, «Presupuestos subjetivos para la aplicación del principio
que prohíbe ir contra los propios actos», en Rev. Adm. Púb., núm. 9, 1592, pp. 11 y ss.
2 Como ha demostrado GARCÍA DE ENTERRÍA, la aplicación de la doctrina de los actos propios al
la famosa «huida
tema de la revocación y anulación del acto administrativo es un caso inconfundible de
función discerni-
a la cláusula general» que caracterizó HEDEMANN como una abdicación de la genuina
una vinculación
dora de los juristas. La doctrina de los actos propios consiste justamente en imponer
cuando no ha mediado previamente consentimiento negocial (por tanto, aquí no hayun acto adminis-
de los actos pro-
trativo formal) y se predica más bien de conductas que de actos jurídicos («La doctrina
pios y el sistema de la lesividad», en Rev. Adm. Púb., núm. 20, 1956, p. 72).
520 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
cias la Administración puede retirar sus propios actos. 2.” Que es necesario distin-
guir los supuestos de revocación de los de anulación.
% No se puede hablar de una limitación de sus efectos jurídicos: el acto es plenamente eficaz. Tam-
poco la derogabilidad de la ley supone un defecto de eficacia.
5% ALESSI, Op. cit., p. 23.
55 ALESSI, Op. cit., p. 12.
36 Así se reconocía en el artículo 369 de la Ley de Régimen local de 1955.
* GONZÁLEZ PÉREZ, «La revocación», en loc. cit., p. 361; Royo-VILLANOVA, Problemas de régimen
jurídico municipal, 1944, pp. 43 y ss.
5 Su consagración legal está en el antes citado artículo 369 de la anterior Ley de Régimen local y
en la abundante jurisprudencia que en este sentido se ha dictado.
% Puesto que el fundamento de la potestad de revocación está, como se dijo, en la disponibilidad que
el sujeto tiene respecto de los efectos jurídicos del acto, es necesario que en el momento de la revoca-
ción se mantenga por el sujeto revocante la titularidad de la relación jurídica que se intenta extinguir.
% ALESSI, Op. cit., pp. 103 y ss.
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS Sl
de ilegalidad), la Administración podrá dejar sin efecto sus propios actos declarativos de derechos, pre-
via la indemnización determinada con arreglo al procedimiento de expropiación forzosa.» Este precepto
—de haberse convertido en Derecho positivo— hubiese significado la admisión de una absoluta potes-
tad revocatoria, sin el límite de los derechos adquiridos, pues precisamente la existencia de éstos es lo
que daría lugar a la indemnización prevista.
A pesar de la mutilación que de este precepto realizaron las Cortes, en la ley siguieron quedando
vestigios de su anterior existencia. Así, el artículo 112 comienza diciendo: «Las facultades de anulación
y revocación no podrán ser ejercitadas...». La nueva Ley 30/1992 (LRJ y PAC) habla en su art. 106 de
los «límites de la revisión», que es el término genérico que el Tít. VII de la Ley utiliza para los supuestos
de anulación de pleno Derecho (art. 102), anulabilidad (art. 103) y revocación (art. 105).
% La doctrina italiana incluye aquí los supuestos de anulación por vicios di merito. Cfr. SaNT1 Ro-
MANO, «Teoría dell”annullamento nel Diritto Amministrativo», en Scritti minori, 1950, pp. 328 y 329.
% Todas estas posibilidades se encierran en el concepto amplio que de la anulación nos ofrece Ro-
MANELLI «La anulación es la eliminación de un acto administrativo anulable de la vida jurídica, reali-
zado O por Organos de la Administración activa (de oficio o a instancia de parte), o por Organos de la
jurisdicción administrativa del Estado (que sólo actúan a iniciativa de parte)» (L'anullamento degli atti
amministrativi, Milano, 1939, p. 303).
SANTI ROMANO nos ofrece varias especies de anulación: 1) Anulación de justicia, o sea por conse-
cuencia de un recurso, bien administrativo o jurisdiccional. 2) Anulación por ejercicio de una potestad
de vigilancia o fiscalización de Organos superiores sobre los inferiores. 3) Anulación por la misma auto-
ridad que dictó el acto, bien de oficio o a instancia de parte («Teoría...», loc. cit., pp. 330 y 331).
% Se trata de actos que en razón de cuanto se ha dicho al estudiar la nulidad y anulabilidad de los
actos administrativos no deben producir efectos jurídicos.
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 523
68 El Derecho italiano extrae las consecuencias lógicas del principio de la invalidez. No existe nin-
gún obstáculo absoluto, afirma S. ROMANO, para que se anule un acto administrativo que, no obstante
su invalidez, se ha mantenido largo tiempo en vida. El único límite estaría en que el acto hubiese sido
ejecutado («Teoría...», loc. cit., p. 333).
Igualmente el Derecho francés admite la revocación facultativa de los actos ilegales, aunque hayan
creado derechos; si bien se limita el ejercicio de esta potestad al plazo del recurso contencioso-admi-
nistrativo (WALINE, «Le retrait...», en loc. cit., p. 570).
6 «La configuración del recurso de lesividad», en Rev. Adm. Púb., núm. 15, 1954, pp. 109 y ss. como
ha demostrado este autor, el sistema de la lesividad fue inicialmente establecido para las cuestiones en
que estaba implicada la Hacienda estatal, aunque en virtud de disposiciones legislativas e interpretacio-
nes jurisprudenciales terminó haciéndose extensivo a toda la Administración del Estado. Es caracterís-
tica de esta transformación la involucración que se produce de los motivos de nulidad en los motivos de
lesión, como fundamento de tal recurso, de forma que lo que en su origen era una acción de rescisión
termina por convertirse en una acción de nulidad (loc. cit., pp. 130 y 131).
70 La vigente Ley de la Jurisdicción contencioso-administrativa admite el proceso de lesividad. En
el artículo 28, al regular el problema de la legitimación, se dice en el número 3: «la Administración au-
tora de algún acto que, en virtud de lo previsto en las leyes, no pudiera anularlo o revocarlo por sí misma,
estará legitimada para deducir cualquiera de las pretensiones a que se refieren los párrafos que antece-
den.»
Aparte del antes citado estudio de GARCÍA DE ENTERRÍA, vid. GUAITA, El proceso administrativo de
lesividad, Barcelona, 1953; GonzáLEZ PÉREZ, «La declaración de lesividad» (en Rev. Adm. Púb., núm.
2, 1950, pp. 57 y ss.) y «Los contratos administrativos y el proceso de lesividad» (en Rev. Est. Vida Lo-
cal, núm. 71, 1953, pp. 696 y ss.).
7 Vid. supra. Cfr. L. LaviLLa, «La revisión de oficio de los actos administrativos», en Rev. Adm.
Púb., núm. 34, 1961. Sobre nulidad de disposiciones administrativas, téngase en cuenta el procedimiento
establecido por la Orden de la Presidencia de 12 de diciembre de 1960. Cfr. el comentario de PÉREZ
OLEa, en Rev. Adm. Púb., núm. 34, pp. 311 y ss.
524 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
«Podrán ser anulados por la Administración a iniciativa propia o a solicitud del interesado, pre-
vio dictamen del Consejo de Estado u órgano consultivo de la Comunidad Autónoma si lo hubiere,
los actos declarativos de derechos cuando concurran las siguientes circunstancias:
a) Que dichos actos infrinjan gravemente normas de rango legal o reglamentario.
b) Que el procedimiento de revisión se inicie antes de transcurridos cuatro años desde que fue-
ron dictados.»
22 Artículo 110.1 Ley 1958: «En los demás casos, la anulación de los actos declarativos de derechos
requerirá la declaración previa de lesividad para el interés público y la ulterior impugnación ante la ju-
risdicción contencioso-administrativa». 2. «Sin embargo, podrán ser anulados de oficio, por la propia
Administración, los actos declarativos de derechos cuando concurran las siguientes circunstancias: a),
que dichos actos infrinjan manifiestamente la ley, y en tal sentido lo haya dictaminado el Consejo de
Estado, y b), que no hayan transcurrido cuatro años desde que fueron adoptados» (según la redacción
dada al precepto por la ley de 2 de diciembre de 1963). Sobre qué debe entenderse por ilegalidad ma-
nifiesta, véase la sentencia del Tribunal Supremo de 26 de enero de 1961: «... la que es declarada y pa-
tente, de suerte que se descubra por la mera confrontación del acto administrativo con la norma legal,
sin necesidad de acudir a la interpretación o exégisis.» En el mismo sentido, la sentencia de la Sala 5.*,
de 6 de abril de 1963. El sistema se mantiene o en la LRJ y PAC: art. 103.2 a 6.
526 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
fracción grave puede serlo de «normas de rango legal o reglamentario»; lo cual nos
inclina ya definitivamente por la solución que se establecía en la Ley de Procedi-
miento de 1958.
Aunque no lo diga expresamente la Ley, hay que suponer que el acto adminis-
trativo revisorio es susceptible de recurso ante la jurisdicción contencioso-admi-
nistrativa. Un argumento más para reiterar nuestras dudas acerca de la pertinencia
del procedimiento de revisión de oficio (tanto de actos nulos como anulables) a
que nos referíamos en el supuesto anterior; dudas que alcanzan a su misma cons-
titucionalidad.
c) Casos de ilegalidad ordinaria.—Examinados los dos supuestos anteriores,
la potestad anulatoria de oficio cesa, apareciendo de nuevo el tradicional principio
de que la Administración no puede anular de oficio sus propios actos declarativos
de derechos, a no ser declarándolos previamente lesivos para el interés público e
impugnándolos seguidamente ante la Jurisdicción Contencioso-Administrativa: he
aquí la original figura de la Administración recurrente contra sus propios actos, tra-
dicional de nuestro ordenamiento positivo. La Ley 30/1992, recogiendo lo que ya
estableciera la Ley de Procedimiento de 1958, nos dice: «En los demás casos, la
anulación de los actos declarativos de derechos requerirá la declaración previa de
lesividad para el interés público y la ulterior impugnación ante el orden jurisdic-
cional contencioso-administrativo.» La declaración de lesividad deberá adoptarse
dentro del plazo de cuatro años desde que se dictó el acto administrativo que se pre-
tende impugnar (art. 103.5); pues transcurrido dicho plazo sin que se hubiera dic-
tado resolución «se podrá entender que ésta es contraria a la revisión del acto» (art.
103.6); si bien la eficacia de tal resolución presunta (es decir, del silencio adminis-
trativo) se regirá por lo dispuesto en el artículo 44 de la Ley, relativa a la certifica-
ción de los actos presuntos (un innecesario trámite que se impone ahora al particu-
lar y que viene a complicar el simple y automático procedimiento del silencio
administrativo negativo, tal como en la Ley de 1958 se establecía).
En resumen: si la revisión de oficio de los actos administrativos (nulos y anu-
lables en sus dos categorías) ha de terminar siempre en un posible pronunciamiento
de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa —lo cual es hoy una ineludible con-
secuencia de la garantía de tutela judicial efectiva que establece el artículo 24.1 de
la Constitución—, a la conclusión simple y obvia a que se llega es ésta: la justifi-
cación teórica, así como la utilidad práctica, del procedimiento de revisión de ofi-
cio de los actos administrativos queda en entredicho”.
7% La consecución de la anulación supone para la Administración pública apurar dos etapas: la pri-
mera es la de la declaración de la lesividad del acto, o sea, la declaración de que se trata de un acto le-
sivo a los intereses públicos (bien la naturaleza económica o jurídica), la cual habrá de revestir forma
de Orden ministerial (si se trata de la Administración del Estado) o reunir los requisitos establecidos
para la adopción de acuerdos por el Organo supremo de la Entidad, Corporación o Institución corres-
pondiente; el plazo para realizar esta declaración de lesividad es de cuatro años, a contar de la fecha en
que hubiese sido dictado el acto (art. 56 de la Ley de lo Contencioso-administrativo). En segundo lugar,
la Administración deberá ejercitar el correspondiente recurso contencioso-administrativo precisamente
dentro del plazo de dos meses «a partir del día siguiente al que la resolución impugnada se declare le-
siva para los intereses públicos» (art. 58, 5).
Los tres supuestos de ilegalidad que examinamos en el texto tienen clara base legal. No obstante,
GARCÍA TREVIJANO ofrece una curiosa interpretación de los preceptos de la Ley de 1958, según la cual
el proceso de lesividad quedaría única y exclusivamente para aquellos casos en que exista lesión sin ile-
EFECTOS JURÍDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 527
galidad. Su postura es expresamente combatida por LaviLLa, «La revisión de oficio...», en loc. cit., p.
73, y A. NIETO, «Lesividad y expropiación», en Rev. Adm. Púb., núm. 36, 1961, pp. 140-141. Después
de la revisión de la ley de Procedimiento administrativo efectuada por la ley de 2 de diciembre de 1963
(vid. nota anterior), no hubo lugar a discusión. El sistema se repite en la Ley General tributaria de 28
de diciembre de 1963, en sus artículos 153 y ss.
74 Sentencias del Tribunal Supremo de 20 de mayo de 1936 y 5 de marzo de 1945. En el mismo sen-
tido se pronunció la jurisdicción de agravios: Ordenes de la Presidencia de 10 de noviembre de 1951
(Boletín Oficial del Estado del 20 y 28 de enero de 1952) (Boletín Oficial del Estado de 3 de febrero).
75 Lo cual ha hecho defendible la peligrosa doctrina de la reformatio in peius, hoy casi unánime-
mente rechazada. Vid. SANTAMARÍA PASTOR, «¿Crisis definitiva de la reformatio in peius?», en Rev.
Adm. Púb., núm. 72, 1973, pp. 129 y ss.; GARRIDO FALLA Y FERNÁNDEZ PASTRANA, Régimen Jurídico y
Procedimiento de las Administraciones Públicas, Cívitas, Madrid, 1993; J. M.* BOQUERA, «Fundamento
y regulación de los recursos administrativos», en Rev. Galega de Adm. Púb. (REGAP), núm. 6, 1994,
pp. 13 y ss.
528 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
ridad que dictó el acto impugnado cuando éste agotase la vía administrativa y que
se convertía en requisito previo para poder acudir al recurso contencioso-adminis-
trativo; y 3) recurso extraordinario de revisión ante el Ministro competente contra
actos administrativos firmes en los que concurra alguna de las especiales circuns-
tancias que se establecían en el hoy derogado artículo 127 de la citada Ley.
Hay que reconocer que los recursos administrativos no gozaban de «buena
prensa» desde el punto de vista doctrinal. Se ha recordado que se trata de un vesti-
gio obsoleto de la etapa que, en la historia de la evolución de la justicia adminis-
trativa, se ha denominado del Ministro-Juez, por lo que pierde su sentido y signifi-
cación una vez establecida una Jurisdicción Contencioso-Administrativa
independiente. Se ha subrayado, sobre todo, su inutilidad: sólo un porcentaje mí-
nimo de los recursos interpuestos ante las propias autoridades administrativas (muy
particularmente cuando del recurso de reposición se trata) consigue ser estimado;
se trata, por tanto, de un esfuerzo y un tiempo inútiles que se hacen perder al recu-
rrente (dado su carácter de requisito previo) antes de acudir a los Tribunales inde-
pendientes. En fin, se ha llegado incluso a afirmar la inconstitucionalidad de los re-
cursos administrativos (BOQUERA OLIVER).
Merece la pena reflexionar sobre estas críticas con carácter previo a la exposi-
ción resumida del sistema introducido en la nueva Ley 30/1992.
Comencemos por la acusación de inconstitucionalidad, pues obviamente, si ésta
se admite, sobra la discusión sobre las demás. Para BOQUERA de los artículos 97 y
103 de la Constitución se desprende nada menos que «la presunción de juridicidad
del acto administrativo», fundamento de su fuerza ejecutoria y origen de su irrevo-
cabilidad (incluso por vía de recurso administrativo). Creo, por el contrario, que lo
que de los preceptos constitucionales citados se desprende es una exigencia de le-
galidad, que es, cabalmente, todo lo contrario de un privilegio (pues tal exigencia
puede cumplirse o no cumplirse). El propio BOQUERA reconoce que la Jurispruden-
cia del Tribunal Constitucional (sentencias 9/1985, 60/1989 y 32/1991, entre otras)
no cuestiona la constitucionalidad de la existencia de estos recursos. Por ello se ve
en la necesidad de reconducir la discusión a un segundo plano: pero ¿es razonable
querer evitar recursos contencioso-administrativos contra actos administrativos ile-
gales, mediante la existencia de recursos en vía administrativa? A mi juicio, la res-
puesta es necesariamente positiva; tan razonable es intentar evitar la contienda con-
tencioso-administrativa dando al particular la razón —si la tiene— en la vía
administrativa previa, como evitar litigios entre particulares intentando ponerlos de
acuerdo mediante un acto previo de conciliación (que, como ya sabemos, no sirve
para nada, pero que debidamente instrumentado se debería tender a que sirviese
para algo). En definitiva, lo inconstitucional sería no la existencia del recurso ad-
ministrativo, sino que éste fuese el único remedio para fiscalizar las ilegalidades de
la Administración, en sustitución de la garantía de tutela judicial efectiva de los Tri-
bunales que proclama el artículo 24.1 de la Constitución.
Cuestión distinta es la relativa a la utilidad práctica de estos recursos adminis-
trativos. Se ha recordado una encuesta publicada en 1990 según la cual los recur-
sos estimados en vía administrativa no llegan al 5 por 100 de los presentados; pero,
claro está, esto lo único que demuestra es el tremendo desprecio que la Adminis-
tración siente hacia el Derecho. La Administración olvida que el Ordenamiento ju-
rídico-constitucional vigente exige, entre otras cosas, que los recursos administra-
EFECTOS JURIDICOS DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS 329
tivos con fundamento jurídico suficiente sean estimados; sorprende que, entre los
variados motivos que frecuentemente se alegan para justificar la necesidad de una
reforma administrativa, no salte a un primer plano éste del respeto a los derechos
de los ciudadanos cuando por vía de recurso se reclaman.
En cualquier caso, la discusión que antecede ha tenido sus consecuencias prác-
ticas en la reforma que, en materia de recursos administrativos, ha introducido la
Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Ad-
ministrativo Común. He aquí, resumido, el sistema de recursos en vía administra-
tiva que establece la Ley 30/1992.
a) Se suprime el recurso de reposición, como trámite previo a la interposición
del recurso contencioso-administrativo; con la consiguiente derogación de los ar-
tículos 52 a 55 de la Ley Reguladora de la Jurisdicción Contencioso-Administra-
tiva. Es cierto que, en relación con la reposición, la inutilidad del recurso previo al-
canzaba sus máximas cotas; pero este dato, que como acusación por parte de la
doctrina era irrefutable, resulta sorprendente si la Administración lo asume como
una de las claves de la reforma administrativa: «como no hay que dar nunca la ra-
zÓn al recurrente, suprímase el recurso». El recurrente se ve así en la necesidad de
acudir siempre y necesariamente a un largo y costoso procedimiento contencioso-
administrativo; ¿no sería fórmula más aconsejable establecer la condena en costas
para la Administración que aplique el silencio administrativo a un recurso bien fun-
dado o que lo desestime, como regla, temerariamente?
Recuérdese, por lo demás, que las propuestas de la doctrina más equilibrada lo
han sido en el sentido de mantener el recurso de reposición con carácter potesta-
tivo.
b) La Ley 30/1992 mantiene el recurso de alzada, aunque ahora con el nom-
bre de recurso ordinario. Procede contra resoluciones y actos que no agotan la vía
administrativa y se interpone ante el órgano superior jerárquico del que los dictó
(art. 114.1). El plazo para la interposición del recurso ordinario (antes de alzada) es
de un mes, duplicándose así —ahora con acierto— el riguroso y escaso plazo de
quince días que concedía la vieja Ley de 1958. Transcurridos tres meses desde la
interposición (se nos dice en el art. 117) sin que recaiga resolución, se podrá en-
tender desestimado, salvo en el supuesto previsto en el artículo 43.3.b) de la Ley;
es decir, cuando el recurso se hubiese interpuesto contra la desestimación presunta
de una solicitud por el transcurso del plazo establecido, pues entonces «se enten-
derá estimado el recurso».
Por cierto que la Ley no dice expresamente nada con respecto a la necesidad, o
no, de requerir la certificación sobre los efectos de la desestimación presunta (una
exigencia que, como es sabido, se requiere como regla general por el art. 44 de la
Ley). Sin embargo, la frase «quedará expeditada la vía procedente» (art. 117, in
fine) hace pensar que el certificado no es necesario.
Por cierto, además, que la incorrección de la sustitución terminológica del re-
curso de alzada (especie) por ordinario (género) se pone de manifiesto si se tiene
en cuenta lo que establece el artículo 109 de la Ley, que, al enumerar los actos que
ponen fin a la vía administrativa, dispone en su apartado c): «Las resoluciones de
los Organos Administrativos que carezcan de superior jerárquico, salvo que una Ley
establezca lo contrario». Este precepto, para ser entendido, ha de ser completado
con lo que se establece en la Disposición 9.* de la Ley.
530 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
Por otra parte, ¿cómo hemos de llamar ahora al recurso de reposición potesta-
tivo previo a la interposición de reclamaciones económico-administrativas (art.
150.1 de la Ley General Tributaria)?, ¿es ordinario o extraordinario?
c) El artículo 118 de la Ley regula el que llama recurso extraordinario de re-
visión. Obsérvese que sus diferencias con el recurso de revisión de la Ley de 1958
parecen sustanciales sin serlo y demuestran, por lo demás, las deficiencias técnicas
del nuevo sistema.
Digamos, para empezar, que el carácter de extraordinario de este recurso se jus-
tificaba en la Ley de 1958, porque se interponía contra resoluciones y acuerdos fir-
mes en vía administrativa. Exigencia obvia, por lo demás, ya que, si el acto no era
firme, cualquiera de los motivos de revisión hubiese podido ser alegado bien en el
recurso de alzada o bien en el recurso de reposición, ambos previos al contencioso-
administrativo.
En la nueva Ley el carácter extraordinario lo es en función (según parece, pues
ahora no se habla de firmes) de los motivos que pueden alegarse, pues procede
«contra los actos que agoten la vía administrativa o contra los que no se haya in-
terpuesto recurso administrativo (ordinario, hay que entender) en plazo, lo cual, en
definitiva, viene a convertirlo en una especie de recurso de reposición extraordina-
rio» (o dicho de otra forma: en unos supuestos excepcionales que justifican el re-
nacimiento del difunto recurso de reposición). Por lo demás, los supuestos de revi-
sión son exactamente los mismos que se contenían en el artículo 127 de la Ley de
1958.
Sin embargo —pues no podía ser de otra forma—, el carácter extraordinario de
este recurso está justificado, aunque la expresión se haya hurtado, por el carácter
de firme de los actos contra los cuales puede interponerse. Así se desprende de lo
que se dice en el punto 2 del artículo 118: «El recurso extraordinario de revisión se
interpondrá cuando se trate de la causa primera [error de hecho que resulte de los
propios documentos incorporados al expediente] dentro del plazo de cuatro años si-
guientes a la fecha de la notificación de la resolución impugnada. En los demás ca-
sos, el plazo será de tres meses a contar desde el conocimiento de los documentos
o desde que la Sentencia judicial quedó firme.»
Añadamos, en fin, que «transcurrido el plazo de tres meses desde la interposi-
ción del recurso extraordinario de revisión, sin que recaiga resolución, se entenderá
desestimado, quedando expedita la vía jurisdiccional contencioso-administrativa»
(Art. 119.3). He aquí un nuevo caso en que se aplica la técnica del silencio admi-
nistrativo, esa teoría que, según se nos decía en la Exposición de motivos de la Ley
30/1992, «había quedado superada».
A) PLANTEAMIENTO
B) CLASES DE CONTROL
715 CoLLADA ANDREU, «Consideraciones sobre el origen y evolución de la Intervención General del
Estado», en Hac. Púb. Esp., núm. 31, 1974; GuTIÉrrEz RoBLEs, «La 1. G. del E.: pretérito y futuro». en
P. y G. P., núm. 1, 1979; REQUEJO, Itinerario histórico de la 1. G. de la A. del E., Inst. Est. Fisc.; FABRE
y ALBIÑANA, El control de la Hacienda pública, Rialp.
00 TRATADO DE DERECHO ADMINISTRATIVO
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Beto la anterior edición de este Tratado (1989) algunos importantes aconteci
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los si-
— guientes. NS
Porlo pronto,la construcción de la Unión Europea, consecuencia
del Tratado de
Maastricht, ha tenido que ser recogida en el capítulo correspondiente a la vigencia
España del Derecho Comunitario; téngase en cuenta que el
en
nacimiento de la «ciudada-
nía europea» ha determinado la necesidad de modificar alguno
de nuestros preceptos
constitucionales... e ps SS
- En segundo lugar, la promulgación de la tan discutida Ley de Régimen Jurídico de
las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo
Común ¡(Y
30/1992) ha alterado radicalmente cuestiones de la máxima importancia
teórico-prácti-
ca (como, por ejemplo, la doctrina
del silencio administrativo) que han obligado a una
cuidada revisión de los cuatro capítulos que constituyen el
Título II de este Tratado.
- En fin, las novedades organizatorias —dudosamente consegu
idas utilizando el in-
- idóneo instrumento de las Leyes de Presupuestos— han revoluc
ionado el panorama de
nuestra Administración institucional instrumental. Ello
nos ha movido a rehacer el ca-
pítulo dedicado:a las personas jurídicas públicas, a cuya
exposición meramente teórica
-(como-se hacía en la edición anterior) se añade ahora un
estudio legal y jurisprudencial
- tantode la «nueva descentralización», como de los principi
os de la llamada «Adminis-
tración corporativa» (materia que se incluye por primera vez en
esta obra).
Jl
ISBN 84 - 309 - 2552 -