El Catoblepas · número 179 · primavera 2017 · página 13
El testamento teórico de Henry Kissinger
José Andrés Fernández Leost
Reseña a Orden mundial: reflexiones sobre el carácter de las naciones y el
curso de la historia, de Henry Kissinger, Editorial Debate, Barcelona, 2016,
432 págs.
Acercarse a la figura de Henry Kissinger siempre desencadena controversia, aunque solo sea
abordándolo desde su producción escrita. La significación de su faceta de estadista como Secretario
de Estado y Consejero de Seguridad Nacional de EEUU –aparte de su actividad posterior como
consultor político– sobresale por encima de su relevancia académica en las relaciones
internacionales. No obstante, no cabe subestimar el impacto que tuvo su obra Diplomacia (1994) en
este ámbito ni su inserción en el bando de los llamados «realistas políticos». De hecho, tampoco
resulta desatinado interpretar la filosofía de sus decisiones políticas bajo la estela de la tesis doctoral,
Paz, legitimidad y equilibro (en torno a Castlereagh y Metternich) que defendió en la Universidad de
Harvard en 1954, institución a la que estuvo adscrito al principio de su carrera. Desde entonces, su
fijación por los sistemas de equilibrio ha sido una constante teórica y práctica que ha vuelto a retomar
en su último libro, Orden Mundial (2014), tras el exhaustivo estudio monográfico que dedicó a China
en 2011. Nos centraremos en lo sucesivo a indagar y comentar las ideas y consideraciones más
notables de esta obra.
Ya en las mismas páginas de agradecimiento se revela el objetivo principal de la misma: la
reflexión sobre la crisis del concepto de orden global. Un asunto que a su parecer viene marcado por
la falta de ajuste entre la lógica de la mundialización y las fronteras nacionales, las transformaciones
que está experimentando la categoría de Estado –en trance de «superarse» en Europa pero jamás
cristalizada (o solo de forma fallida) en otras partes del mundo–, y la carencia de instituciones
internacionales realmente efectivas, más allá de la definición formal de una agenda pública en foros
sin capacidad ejecutiva. No obstante, en el tratamiento de estas cuestiones Kissinger rebasa el mero
análisis descriptivo y se ubica (al igual que en su antigua tesis doctoral) bajo un enfoque determinado
por la tensión entre las nociones de poder y legitimidad. En este sentido, su audacia consiste en
internacionalizar planteamientos propios del pensamiento político clásico, proponiendo una visión en
la que la teoría política y las relaciones internacionales e incluso la geopolítica, quedan ensambladas.
Por descontado, la aplicación del enfoque teórico en las relaciones exteriores no es nueva y existe
una profusa literatura académica al respecto, nutrida por representantes de las corrientes realista,
idealista o constructivista. La originalidad –insistimos, no inédita– de Kissinger radica sin embargo en
recurrir a clásicos preocupados ante todo en problemas de carácter interno (Maquiavelo, Rousseau o
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Hegel) para identificar los ejes de un debate político que, ya se produzca dentro o fuera de unas
fronteras, se trata del mismo: sortear la anarquía. De este modo, el Leviatán de Hobbes, aun
redactado en el contexto de una guerra civil en aras de justificar racionalmente –vale decir, legitimar–
la obediencia al poder, proporciona la lectura cardinal para interpretar la articulación de sistemas
estables de política internacional. Sin salirnos de este terreno, la contribución esencial de Hobbes
habría sido la de consolidar el concepto de soberanía al margen de sujeciones religiosas, aquilatando
así las bases del modelo de «equilibrio de poder» que se impuso con la paz de Westfalia. Y este
esquema del que Kissinger es experto –fundamentado en la no injerencia y en la puesta de lado de
razones ideológicas{1}– es precisamente el que a su juicio hoy debiera de compaginarse con un
soporte de legitimidad de índole ético, consensuado internacionalmente. Tal es al cabo el reto
principal (no exento de contradicciones) de Estados Unidos, nación a la que va destinada en última
instancia el texto, y en cuya política exterior late con intensidad el pulso entre legitimidad y poder.
De manera previa, tal como parece preceptivo en los libros de los analistas estadounidenses
(desde F. Zakaria a G. Friedman pasando por Z. Brzezinski, P. Kennedy y S. Huntington), Kissinger
nos presenta un estado de la cuestión mundial, un panorama parcelado por regiones (Europa,
Oriente Medio y Asia), examinado a la luz de la historia y, justamente, evaluado en función de su
mayor o menor adaptación al patrón de un hipotético sistema westfaliano replanteado a escala
global. Su recorrido arranca desentrañando las claves que hicieron posible que este modelo triunfase
en Europa, en tanto su historia política –plataforma desde la que Kissinger define su visión– refleja
como ninguna otra la tensión entre esos dos paradigmas de orden. El primero, ligado al impulso del
poder imperial y universalista es el que, naturalmente, prevaleció desde el helenismo hasta la Guerra
de los Treinta Años. La labor unificadora y armónica de Roma no hizo sino ceder el testigo a la
concepción moral de la cristiandad en la que figuras como Carlomagno o Carlos V pretendieron
fusionar el orden político y el religioso, por supuesto bajo formas políticas imperiales. No obstante, la
fractura protestante y las consecuentes guerras de religión se resolvieron finalmente con un drástico
cambio de mentalidad, apuntalado en la paz de Westfalia. Una vez afianzado el concepto de
soberanía y asumido el ejercicio de la Razón de Estado, perfectamente ilustrado por Richelieu, se
aceptó el principio de intrínseca igualdad inter-estatal, con independencia de sus ascendencias
dinásticas o dependencias confesionales.
Westfalia abrió por tanto un ciclo diplomático «de equilibrio» que se mantuvo más o menos estable
hasta la I Guerra Mundial, aun golpeado por las secuelas de la Revolución francesa. Su secreto
radicaba en reajustar las alianzas cada vez que uno de los países del sistema acariciaba propósitos
de hegemonía o, en sentido contrario, cuando una nueva potencia emergía con fuerza en el seno del
mismo. De ahí la constante francesa por entretener una Europa central fragmentada y poner coto a la
pujanza de Prusia, o el papel de estabilizador continental que desempeñaba Gran Bretaña, en
paralelo a su creciente dominio de los mares. La acometida ecuménica de la Revolución francesa,
enérgicamente adoptada por Napoleón, unida a la extraordinaria expansión territorial protagonizada
por una Rusia de inspiración mesiánica (a razón de 100.000 km2 por año entre mediados del siglo
XVI y principios del XX), puso en solfa el equilibrio de Westfalia, contenido no obstante gracias al
Congreso de Viena y al genio de Metternich. Ahora bien, la frágil alianza entre naciones rivales
(Austria, Prusia y Rusia), quedó pronto fracturada con la Guerra de Crimea (1853-1856) y, con
posterioridad, tan solo se mantuvo viable en virtud del pragmatismo del hombre fuerte de la segunda
mitad del siglo XIX, Bismarck. La gradual pérdida de flexibilidad del sistema se tornó incontrovertible
cuando una Alemania ya unida se lanzó a una carrera planificación militar –en lo que significó un
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primer adelantamiento de los avances tecnológicos sobre los flemáticos rituales de las artes
diplomáticas– que motivó la aproximación de la aséptica Gran Bretaña hacia Francia, que en 1892
había logrado salir de su aislamiento internacional, asociándose con Rusia. El entumecimiento
provocó que la reparación negociada del conflicto grave, pero no irreparable, que supuso el asesinato
príncipe heredero austríaco, acabase desencadenando la I Guerra Mundial y el colapso simultáneo
de tres imperios: el austro-húngaro, el otomano y el ruso. Como dijera el historiador E. Hobsbawn,
con catorce años de retraso fue entonces cuando realmente dio inicio el siglo XX (1994).
A partir de este momento, y aunque el relato de Kissinger se dilata hasta la UE del presente,
Europa empieza a perder pie en la historia. Versalles representa el espíritu opuesto a Westfalia y la
corrección, tan puntual como irrelevante de los pactos de Locarno (1925) ha de entenderse en línea
con un ideal netamente estadounidense: el sueño wilsoniano de la Sociedad de Naciones. La
dependencia de Europa hacia EEUU se hizo crónica tras la II Guerra Mundial, hasta el punto de que
el proyecto comunitario es ininteligible sin la activación del Plan Marshall y la puesta en marcha del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en el marco de la Guerra Fría. Hay quien incluso considera que
desde entonces Europa no ha sido más que un protectorado estadounidense{2}. Sea como fuere, y
sin menoscabo de la magnitud de los retos que a propósito de su integración encaró Europa, ésta ha
dejado de ser westfaliana pero solo para entregar su engranaje operativo al globo entero. El
interrogante, según Kissinger, consiste en saber en qué medida el resto del mundo está en
disposición de amoldarse a este sistema, algo dudoso en el caso de los países musulmanes, más
verosímil (con matices) en Asia y EEUU. Veámoslo.
Fiel a su planteamiento, Kissinger hace frente al examen del área del Oriente Medio acudiendo a la
Historia y acentuando, en primer lugar, la impronta del islam sobre el territorio. No siempre fue así;
hubo que esperar al nacimiento de Mahoma –en un contexto de conflagración entre Bizancio y los
sasánidas– para atestiguar la emergencia de una teocracia que, tras unificar la península arábica,
protagonizó una acelerada expansión hasta dominar la orilla sur del Mediterráneo, alcanzar los
Pirineos y cubrir en su frontera oriental al actual Afganistán. Pero Kissinger centra más su atención
en la evolución del califato otomano (1300-1923), en virtud de su simultaneidad con la configuración
de la modernidad en Europa. No obstante, ya se trate del califato omeya, abasida u otomano o ya se
hable de la rama mayoritaria sunní o bien de la chií, el islam político nos coloca ante una doctrina
universalista, ajena al reconocimiento del principio de igualdad de soberanías. En su lugar, la
perspectiva exterior musulmana disocia entre el reino de la paz (dar al-islam) y el de la guerra (dar
al-harb), esgrimiendo la necesidad de propagar la religión por todo el globo. De ello se sigue que
resulte inasumible tratar en condiciones de simetría a naciones regidas por leyes no sujetas a la
sharia. Ciertamente, existió un intervalo temporal –condensado en el siglo XX y, más en concreto,
durante la Guerra Fría– que conoció la relativa acomodación de algunos países árabes a los
parámetros westfalianos. Las reformas seculares emprendidas por Ataturk en Turquía a partir de
1923 continúan simbolizando su mejor ejemplo, aunque quizá el fenómeno más notable se cifre tras
la II Guerra Mundial, cuando se instauraron regímenes militares en Egipto, Siria, Irak o Libia
englobados bajo la etiqueta del «socialismo árabe» que eclipsaron la ascendencia religiosa de sus
sociedades. Otro tanto ocurrió en el bando alienado con EEUU (Marruecos, Jordania e Irán, hasta
1979), exceptuando el caso de Arabia Saudí.
Ello no impidió –y he aquí de nuevo el interés de Kissinger por la historia de las ideas– la
producción de un corpus doctrinal de hondo marchamo teocrático, cultivado desde 1928 por los
Hermanos Musulmanes. Su fundador, Hassan al-Banna, reflotó la idea del orden mundial islámico,
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recogida más adelante por el ideólogo y asimismo miembro de la Hermandad, Sayyid Qutb{3}. Su
proyecto implicaba la entera impugnación del equilibrio westfaliano, proponiendo en su lugar la
beligerancia contra el modelo establecido, recurriendo en su caso al uso de la fuerza –vale decir, a la
legitimación de la violencia. La impregnación de estas ideas quedó al descubierto, décadas más
tarde, en el contexto de las «primaveras árabes», cuando se constató que los movimientos
democráticos venían encabezados por líderes afines al credo islamista. Se presentó aquí, en toda su
transparencia, el dilema entre optar por un reformismo de tinte religioso frente al periclitado
autoritarismo militar, de corte secular, y que pasado el tiempo no había logrado afianzar niveles
dignos de bienestar económico. Tal disyuntiva ha llevado, como es sabido, a situaciones todavía no
resueltas de transición fallida{4}, cuando no a escenarios de cruento enquistamiento. Una realidad
agravada en paralelo por el conflicto de la cuestión palestina, la revolución islámica de Irán y el
empuje de la corriente wahabita (fundamentalista suní) en Arabia Saudí –tolerada por la familia Al
Saud, al menos hasta la aparición de Al Qaeda, mientras entablaba relaciones westfalianas con
Occidente.
Así las cosas, el actual mapa regional nos sitúa ante una suerte de Guerra Fría árabe en la que
rivalizan dos extremos. Por un lado, un polo chií liderado por Irán y al que estarían adscritos, en la
medida que se trate de regímenes estables, el Irak de Maliki (hoy, Al-Abadi), la Siria de Al Assad,
Líbano (Hezbolá) e incluso Gaza, pese a que la organización Hamas sea suní. Y, por otro lado, la
esfera de influencia suní, más o menos agrupada en torno a Arabia Saudí y que abarcaría a los
Estados del Golfo, Jordania, Egipto y, hasta cierto punto, Turquía. Estamos de cualquier forma ante
una geografía política demediada, con zonas sin gobierno o directamente pre-estatales, en la que se
desenvuelven con libertad grupos violentos y donde el ISIS ha desplegado su presencia por parte de
Irak y Siria, hasta llegar a Líbano y a áreas próximas a Irán y Jordania. Como cierre de análisis,
Kissinger profundiza en la relevancia del caso iraní, observándolo desde el marco de las
negociaciones sobre su programa nuclear, cuyo acuerdo se firmó en julio de 2015. Aun redactado de
forma previa a la culminación del pacto, su desenlace no ha desdibujado el enfoque del autor, de
marcado tono histórico. La evocación de la Persia imperial, orgullosa, altamente cultivada y dotada
de una sólida clase burocrática, habría modulado la evolución de un territorio acostumbrado a las
presiones externas, desde tiempos de Alejandro hasta las invasiones mongolas. Esta perspectiva de
largo alcance desprende una experiencia política que se asimila más a lo vivido en Europa. Y,
siguiendo la misma línea de argumentación, el islam que al cabo se introdujo en Irán no fue el del
Imperio otomano (suní) sino el de un chiismo de connotaciones místicas, compatible con el espíritu
de independencia del pueblo persa. Sin duda, dichos antecedentes no pueden amortiguar la
interpretación sobre la radicalidad de la revolución abanderada por Jomeini, aún en pie. De hecho, la
ideología de los ayatolás guardaría relación con los ideales expansionistas de S. Qutb, cuyos escritos
se esgrimen como fuente de autoridad. Con todo, Kissinger todavía concede plausibilidad a que Irán
se conduzca conforme a principios westfalianos, en detrimento de su ímpetu religioso, intuición que
no contrapesa el balance desfavorable en torno a la inclinación de Oriente Medio hacia su ajuste a un
orden global de este tipo.
Más confiado se muestra en cambio hacia la evolución tomada por los países asiáticos, cuya
profusa diversidad obliga de inmediato a matizar todo signo de entusiasmo. Su optimismo cauto se
explica por la huella colonial en la región y la consecuente exportación por parte de Occidente de
métodos científicos, tecnologías y, en menor medida, un cierto ideario humanista. La historia reciente
de India o Japón, los procesos de emancipación del siglo XX, o la interpretación de las colusiones
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asiáticas en clave de Guerra Fría (Vietnam, conflicto sino-soviético, &c.) le permiten así una lectura
acorde a la pauta westfaliana. Sin embargo, Kissinger no olvida advertir la incorrección que supone
referirse a Asia como una entidad unitaria{5}, recordar la ausencia regional de una religión compartida
o señalar el acervo de costumbres diplomáticas opuestas al principio de igualdad soberana. Dicho
esto, acaso India es el Estado que de forma más espontánea se haya acoplado a este principio,
gracias a una espiritualidad distanciada de alardes mesiánicos, a su fragmentación estructural y a la
ductilidad forjada por las reiteradas incursiones foráneas sufridas (musulmana, mongol, mogol y
británica). La permeabilidad, de todas formas, no habría traspasado el núcleo de una visión milenaria
que el autor ancla en dos textos fundacionales: el Bhagavad-gītā, del que se extrae la exhortación a
transcender la guerra y el Arthasastra de Kautylia, en el que se trazan las líneas de un pensamiento
estratégico, de propensión expansiva, pero cuyo tono calculador sintonizará, siglos después, con el
lenguaje occidental –de ahí las comparaciones con N. Maquiavelo y K. von Clausewitz. Por lo demás,
en un episodio que juzga asimilable al impacto que tuvo Napoleón en la reagrupación de Alemania,
Kissinger considera que el control británico –junto con su idioma y las infraestructuras acometidas–
acabó generando un sustrato de conciencia nacional aquilatado tras el proceso de independencia.
Los gobiernos de Nehru e Indira Gandhi no habrían sino reforzado su autonomía política, como país
no alineado, logrando ganar cada vez mayor peso internacional, en clara consonancia con la lógica
westfaliana. Y en ello continúa India, acuciada por coacciones de orden geopolítico (vecindad con
Pakistán, Bangladesh o la misma China) pero ya plenamente modernizada, en términos tecnológicos,
económicos y democráticos.
Por contraste, el caso nipón presenta un giro más forzado. Aun marcado históricamente por el
gigante chino, Japón ha conservado el elevado sentido de su orgullo propio, derivado de una
mitología que hace del emperador el Hijo del Cielo, un descendiente directo de Amaterasu, diosa del
Sol sintoísta –prisma majestuoso que complica la relación con la potencia continental. En este
sentido, Kissinger se remonta a tiempos de Toyotomi Hideyoshi, señor feudal conocido por consolidar
la unificación del país, sentar las bases del Shogunato Tokugawa{6} y acariciar la idea de la conquista
de China, empresa que abordó a través de sendas invasiones frustradas a Corea. A partir de
entonces, Japón se aisló durante casi tres siglos, hasta la célebre embajada del Comodoro Perry.
Cabe afirmar que la apertura y la formidable industrialización que protagonizó desde la revolución
Meiji (1868), hizo que Japón tomase delantera sobre China, a la que derrotó en 1895 durante su
conflicto armado. Asentada como la primera gran nación no occidental a principios del XX y salida
victoriosa de su guerra contra Rusia (1905), el autor nos revela como su pujanza no erradicó el
anhelo de objetivos expansionistas, como demostraron el proyecto de «Nuevo Orden en Asia», la
invasión de Manchuria y su alineación en la II Guerra Mundial. Al fin, la postguerra enderezó bajo la
tutela de EEUU el rumbo westfaliano del país, en adelante centrado en exclusiva en un programa de
crecimiento científico y económico y una política exterior articulada sobre la cooperación. Pero,
¿cómo valorar su porvenir? La cuestión quizá suscite más interrogantes que los que generan India o
China. Tras la moda ochentera que vislumbraba el rebasamiento económico de Japón sobre EEUU,
la actualidad nos coloca ante una nación estancada, con problemas financieros y demográficos,
puntera comercialmente, pero incómoda como eventual líder regional (al margen de China), más
todavía si el Acuerdo Trans-Pacífico queda paralizado. Y pocos se atreven a predecir los efectos que,
reforma constitucional mediante, pueda suponer la recomposición de su fuerza militar. Ahora bien, su
completa adaptación a las instituciones globales no está desde hace décadas sujeta a debate, cosa
que todavía plantea dudas al examinar el expediente chino.
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Según avanza Kissinger en las líneas preliminares sobre este caso, China representa el ejemplo
más alejado en relación al esquema westfaliano. Nutrida por una tradición cultural que interpreta su
lugar ubicado en el centro del mundo (el Imperio del Medio), la ancestral concepción sino-céntrica no
se ha distinguido por reconocer otros gobiernos soberanos más allá del suyo. Ya presente en tiempos
del emperador Qin Shi Huang, símbolo fundacional del país, los usos diplomáticos no pasaban de la
instauración de una red jerárquica de tributos orientada a manifestar respeto hacia la superioridad
china. Su área de influencia ha sido siempre un área de «deferencia». Por ello, no extraña que el
acatamiento al orden internacional westfaliano solo se lograse en contra de su voluntad, tras la
guerra contra Reino Unido (1856-1858). Son célebres los repudios previos hacia las embajadas
comerciales británicas, emitidas en una actitud de arrogante autosuficiencia. Téngase en cuenta
–como indica Kissinger– que China careció de Ministerio de Asuntos Exteriores hasta el siglo XIX.
Entrados en el XX, una vez prescrita la dinastía Qing, el impulso reformista del nacionalista de
Chiang Kai-shek ahormaba en buena medida a China al esquema westfaliano, tendencia que abortó
de manera fulminante la revolución maoísta. Sin necesidad de detallar las circunstancias que
caracterizaron al periodo, baste mencionar el desprecio que Mao exhibía hacia el concierto
internacional nacido de 1945, conjugando la inercia del legado histórico nacional con el ideario
comunista. Por el contrario, el relevo de Den Xiaoping, acompañado del portentoso rendimiento
económico del país, constituyó un viraje –todo lo moroso que se quiera– que culminaría con la
paulatina incorporación de China al tablero global. No obstante, la acopladura no ha acabado de
cuajar, en parte debido a que China no ha contribuido a definir las reglas de juego y a la vista están
las dificultades por las que ha pasado el FMI para ampliar el porcentaje de cuota china o la creación
motu propio del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. Tal falta de engranaje determina las
dificultades que ofrece el estado actual de las relaciones entre China y EEUU. Y es que, además, nos
topamos con dos potencias con una forma antagónica de concebir la política y la resolución de
conflictos: pragmática y concreta la una frente a la otra, conceptual y por decirlo con F. Braudel, de
long dureé{7}. ¿Cómo estabilizar un equilibrio de poderes entre naciones cuyos trasfondos
socio-morales exhalan una vocación de orden universal? Esta incógnita, en la que por una vez llama
la atención la falta de referencias a textos clásicos (apenas se nombra a Sun-Tzu) conforma la
antesala del capítulo norteamericano, donde Kissinger revisa la historia exterior de su país de
acogida, desde la época de los padres fundadores.
Y lo hace subrayando la disposición aislacionista de la nación (algo sui generis, como enseguida
veremos), explícitamente separada del juego de alianzas y posicionamientos propio de Europa. Su
exégesis, por descontado, privilegia el espíritu de libertad plasmado en la Constitución y en los
escritos de Jefferson y Adams –heredados del liberalismo inglés–, pero no descuida la connotación
puritano-protestante que se entrelaza con un sentido sagrado de la individualidad y la propiedad,
receloso ante la sombra del Estado. La alusión a dicha sacralidad no es retórica e ineludiblemente
teñirá de un mesianismo proselitista la autoconcepción de los valores nacionales, que no encarnan
para los estadounidenses sino los de la humanidad entera. Es lo que tomará el nombre de doctrina
del Destino Manifiesto. Y lo que sustentará el trasfondo de la doctrina Monroe, de acuerdo con la cual
no solo EEUU sino todo el hemisferio se presenta como zona vedada a la colonización europea. Ello,
sumado a su expansión hacia el Oeste –apreciada como un asunto interno–, invita a matizar el citado
aislacionismo que de hecho irá menguando conforme la nación acumule recursos, delimite sus
fronteras y finalmente entre en conflicto militar contra España en 1898. Con todo, será en la
presidencia de Th. Roosevelt donde Kissinger cifre la emergencia genuina de EEUU en el orden
mundial. Así, el autor elogia la ambiciosa determinación de una figura consciente del papel de
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guardián global que debía de corresponder al país, sin desatender ahora el principio tradicional de
equilibrios que Roosevelt conocía bien. Entre sus hitos, destaca la mediación en el conflicto
ruso-japonés, estrenando la presencia norteamericana en la agenda Asia/Pacífico, y la actualización
de la doctrina Monroe, implantando una noción de «seguridad hemisférica» anclada con la
construcción del canal de Panamá. La admiración patente que le dedica Kissinger, fundada sobre su
coincidente escepticismo –contrario al «voluntarismo buenista»– se extiende hasta la licencia
contrafáctica, figurándose una I Guerra Mundial más breve de haber gobernado Roosevelt, que
hubiese atado a Alemania en corto, evitando su resarcimiento ulterior. En su lugar, la llegada al poder
de W. Wilson difuminó el empuje del talante geopolítico, anteponiendo una concepción de calado
humanístico-moral. El objetivo pasaba por aplicar el programa idealista de I. Kant, articulando el
orden global sobre una idea legal de justicia y paz cosmopolita. En el plano práctico se trataba nada
menos que de sustituir el interés propio de las naciones por el interés hacia toda la humanidad –o la
comunidad internacional–, de modo que sobre ello se asentase la legitimidad de cualquier acción
exterior. Un propósito que sobre el papel se perfilaba a través del mecanismo del derecho de
autodeterminación (un Estado para cada nación, en aras de paliar animosidades), y adquiría cuerpo
bajo la Sociedad de Naciones. No será necesario enfatizar las suspicacias de Kissinger al respecto,
reforzadas por el fracaso de la experiencia{8}. Tal y como nos recuerda, el concepto entonces inédito
de «seguridad colectiva» que aparejaba la Sociedad de Naciones, al revés de lo que sucede con las
«alianzas», tropezaba con la falta de precisión en torno a la medidas a aplicar en caso de violación.
Nada de lo antedicho impide que Kissinger reconozca que tal idealismo pulsó la fibra sensible de la
mentalidad estadounidense, recuperando el legado de su espíritu original. Ni que admita que el
programa wilsoniano es el que con mayor fuerza ha moldeado los principios de la política exterior de
EEUU. Así lo acredita la firme intención de Franklin D. Roosevelt por levantar tras la II Guerra
Mundial un orden pilotado por «Cuatro Policías»: EEUU, Reino Unido, China y la Unión Soviética
–esto es, el embrión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Un proyecto que culminó
Truman y encontró continuidad en el Plan Marshall. La abultada confianza en el poder de atracción
del mundo libre perdió sin embargo fuelle diplomático por la robustez antitética del modelo ideológico
soviético, lucidamente diagnosticado en el célebre «Largo Telegrama» de George Kennan. La
tozudez de los hechos (bloqueo de Berlín, revolución maoísta…), forzó al cabo a EEUU a retornar al
enfoque geopolítico de equilibrios, más aún al verse sumergida en los conflictos periféricos de Corea
y Vietnam. La renuncia a la victoria sobre Corea del Norte, pese a perjudicar según Kissinger a la
Unión Soviética{9}, supuso un «presagio» de lo que habría de venir después. La derrota de Vietnam
resquebrajó el consenso nacional sobre política exterior y socavó la auto-confianza de la población
estadounidense en su país, culminando en una derrota traumática. Aunque, como era de esperar, el
autor nos presenta en estas páginas una versión corregida del momento, no sin dolerse de la
excesiva presión de los medios de comunicación y la opinión pública. Y aunque critica el margen de
expectativa que se alimentó sobre la institucionalidad asiática o el tratamiento academicista de la
gestión de la crisis –en términos de guerra convencional, no asimétrica– se lamenta de la arremetida
insistente que sufrió un cuerpo funcionarial experimentado e intachable. Por supuesto, la mayor
carga de defensa la vuelca sobre la Administración Nixon, a cargo de poner fin al conflicto
preservando la independencia de Saigón. Sin embargo, los recortes de fondos de 1973 y su
cancelación definitiva ya tras la dimisión del presidente, llevaron a la toma norvietnamita de Vietnam
del Sur. Este resultado no refuta el panegírico a las facultades de Nixon, de quien se elogia su
inteligencia exterior, orquestada sobre la idea de un equilibrio global medido al detalle. En este
sentido, la política de aproximación a China despuntará sobre un conjunto de actuaciones entre las
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que también sobresalieron la realineación egipcia, a favor de EEUU, los acuerdos de no agresión en
Oriente Próximo o el inicio de las Conferencias de Seguridad Europa. Tal es el afecto hacia R. Nixon
que el resto de la trayectoria diplomática norteamericana hasta el presente da la impresión de quedar
despachada con cierta precipitación. En un nuevo giro estratégico, la llegada de R. Reagan restituyó
el orgullo nacional, resaltando de continuo la superioridad de los valores de EEUU. Y el colapso de la
Unión Soviética pareció llevar a buen término el sueño de Wilson de extender la democracia por todo
el globo. Era la época del «fin de la historia» (F. Fukuyama){10} que pronto iba a desembocar en su
«venganza» (R. Kagan), debido al paroxismo yihadista o a la inalterable renuencia china por
adaptarse al patrón internacional establecido, entre otros factores ya avanzados. La conclusión para
el caso de EEUU estriba al parecer de Kissinger en actualizar los consabidos principios de poder
(realista) y legitimidad (idealista), según la misma plantilla de compaginación que explora su doctrina.
Una combinación que no deja de comprometer una contradicción conceptual. Y ello en tanto que su
apuesta por el modelo neutro de equilibrio westfaliano, desde el que a fin de cuentas ha juzgado la
habilidad diplomática de Oriente Próximo o Asia, no deja de apoyar la orientación universalista que
encarnaría EEUU. Cabe contemplar esta ambivalencia en analogía a lo que, en el debate
teórico-político, sucede con el liberalismo, el cual se auto-representa como una corriente
axiológicamente neutral –que disocia con nitidez el terreno de la ética del de la política–, en el seno
de la cual se producen y arbitran los conflictos. Sin embargo, los problemas arrecian cuando dicha
neutralidad deja de interpretarse como tal, por cuanto encerraría una concepción filosófico-moral
occidental de la conflictividad humana. Otro tanto cabría decir del sistema westfaliano,
pretendidamente imparcial, pero en el que, como el mismo Kissinger reconoce al explicar su génesis,
todos los actores comparten una cosmovisión común.
Antes de acabar estas líneas conviene ponderar el apartado que Kissinger reserva a la innovación
tecnológica, en lo que acaso constituye una de las principales aportaciones de la obra. El capítulo
cobra tanto mayor interés en virtud de una perspectiva que contrasta la era nuclear con la era
cibernética. Y es que la amenaza de guerra nuclear, pese al riesgo de la proliferación destructiva, al
menos podía entenderse bajo la clásica lógica bélica, bien que extrapolando sus dinámicas a una
escala catastrófica. No en balde la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada logró sortear la
contienda directa entre EEUU y la Unión Soviética, aun produciendo al tiempo el efecto paradójico de
una supremacía tecnológica fútil ante los conflictos periféricos. Con las nuevas tecnologías y el
impacto de internet se ha entrado, a diferencia de entonces, en el terreno desconocido de la
ciberseguridad, ámbito en el que se están redefiniendo a marchas forzadas las categorías de
disuasión, vulnerabilidad o represalia. Pero el mayor problema radica en que, con independencia de
la restructuración en marcha, internet está engredando la datificación cuantificable de toda actividad
humana: consumo, educación, finanzas, vigilancia, campañas políticas… Y, lo que es más espinoso,
está transformando los hábitos físicos y mentales de los individuos, el modo en el que se adquiere
conocimiento y los propios procesos de toma de decisiones. Se trataría de una suerte de
reconfiguración existencial bajo lo que ya se llama «fenomenología de la digitalidad» y que Kissinger,
sin caer en el tecno-pesimismo (N. Carr, E. Morozov), contempla con preocupación, toda vez que
afecta a nuestras capacidades analíticas y conceptuales. Aplicado sobre las relaciones
internacionales, y sin negar el grado apertura y transparencia que la diplomacia digital conlleva, el
autor se muestra suspicaz ante la propagación de reivindicaciones acotadas a circunstancias
concretas pero que consiguen internacionalizarse en cuestión de segundos, gracias a una opinión
pública interconectada, a menudo presa de emociones impulsivas, susceptible de ser pastoreada a
conveniencia. Siguiendo esta línea de razonamiento, el porvenir podría poner en entredicho la
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preeminencia del juicio pausado, la reflexión solitaria y el liderazgo resistente, no pre-condicionado
por la aprobación instantánea. Tal es el desafío que se ha infiltrado de lleno en la conformación de la
agenda global, por lo demás marcada por la ausencia de una arquitectura institucional acorde a los
tiempos. Y, a su vez, por el círculo vicioso de una globalización que ha exacerbado el nacionalismo
proteccionista y la contestación social, permaneciendo no obstante como única vía para garantizar a
su juicio la prosperidad a futuro.
Seguramente Kissinger no pase a la historia como el teórico de las relaciones internacionales más
brillante de su promoción. Y sin duda su perfil político aparecerá con frecuencia salpicado por los
claroscuros de una gestión que, siendo generosos, cabe calificar de turbia. Pero es probable que su
nombre perviva como el del «diplomático total» del siglo XX, culto, audaz e intuitivo, que logró trazar
con convicción y claridad las estrategias básicas del país más poderoso de la tierra en su momento
de mayor hegemonía (se hace complicado pensar que ninguna otra potencia vaya a condensar más
del 30% del PIB global). Esa misma claridad es la que se trasluce en Orden Mundial, su canto del
cisne que quedará como obra de referencia para próximas generaciones de historiadores, politólogos
y estadistas.
Bibliografía
Brzezinski, Z. (1997): The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic
Imperatives, Nueva York: Basic Books.
Carr, N. (2010): The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains, W.W. Norton.
Fukuyama, F. (1989): «The End of History?», The National Interest (verano 1989).
Hobbes, Th. (2002), Leviatán, Madrid: Tecnos.
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Viking Penguin.
Kagan, R. (2008): The return of history and the end of dreams, Nueva York: Knopf.
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Kautilya (2008): Arthasastra, México: Miguel A. Porrua
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1947).
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Lamo de Espinosa, E. (2016): Europa en el mundo, Real Instituto Elcano, ARI 1/2016.
Qutb, S. (2003): Milestones, Kazi Publications.
Said, E. (1978): Orientalism, Nueva York: Pantheon Books.
Notas
{1} O religiosas, lo que en su lenguaje significa prácticamente lo mismo.
{2} El profesor Lamo de Espinosa afirma que tras la II Guerra Mundial: «Europa quedó dividida
en dos partes, cada una bajo protectorado de uno de los vencedores. La OTAN, de una
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parte, y el Pacto de Varsovia, de otra, controlaban los destinos de Europa», Europa en el
mundo, Real Instituto Elcano, ARI 1/2016. El mismo análisis puede visualizarse en
YouTube en la conferencia pronunciada en el think tank Civismo, el 25 de mayo de 2016:
«¿Post-Europa? La UE en la encrucijada»,
https://www.youtube.com/watch?v=Z2gZi6Pj7lo
{3} Todavía sigue siendo de interés acudir al documental de la BBC dirigido por Adam Curtis,
The Power of Nightmares (2004) en el que se traza un paralelismo entre el ascenso de los
movimientos islamistas y la corriente neoconservadora en EEUU, particularmente entre
las figuras de S. Qutb y Leo Strauss.
{4} La mejor ilustración la representa el caso egipcio en el que la deposición de H. Mubarak dio
paso al gobierno de M. Morsi, del partido Libertad y Justicia, fuertemente ligado a los
Hermanos Musulmanes, hasta que apenas un año después fue derrocado en el golpe de
julio de 2013. El poder regresó poco después a manos del militar Al-Sisi, aun por vía
democrática.
{5} Acerca del tópico, consúltese Orientalism de Edward Said (1978).
{6} Seguramente hubiera sido más preciso arrancar de la instauración de los shogunatos en el
siglo XII, gobiernos militares que han troquelado decisivamente la mentalidad y
costumbres niponas.
{7} La diferencia se extrapola al pensamiento estratégico militar, donde según explicó
Kissinger en su obra sobre China, al ajedrez que juegan los occidentales se confronta el
weiqi o juego de damas chinos, en el que el objetivo es rodear al adversario. Véase
igualmente: «Los chinos no juegan al ajedrez», J. I. Torreblanca, El País, 6 de octubre de
2011.
{8} La organización se reveló «impotente» ante la derogación el tratado de Locarno, la
invasión de Italia sobre Abisinia, el ataque de Japón a China, por no hablar que ni siquiera
EEUU se adscribió a la Sociedad.
{9} Tras el respaldo de Stalin a la involucración de Mao, el resultado infiltró el germen de la
desconfianza en las relaciones sino-soviéticas.
{10} Que coincide con la publicación de El gran tablero mundial: la supremacía
estadounidense y sus imperativos geoestratégicos (1997) de Z. Brzezinski. Un relectura
actual del texto nos coloca ante una premisa similar a la de Kissinger, aunque más
definida en clave práctica. En él resulta explícito que el establecimiento de un sistema
multilateral de democracias cooperativas dibuja el horizonte hacia el que viene apuntando
desde la II Guerra Mundial la política exterior estadounidense. Tal sería la misión final del
último imperio hegemónico a todos los niveles (militar, tecnológico, económico y cultural).
Ahora bien, para ello EEUU habría de continuar manteniendo su presencia e influencia en
tres puntos básicos de agarre euroasiáticos: Europa occidental, Oriente Medio y el Lejano
Oriente. Quizá por estar menos pegado a la historia (sin perjuicio de su atención a la
geografía) el libro de Brzezinski desliza, tras 20 años de su publicación, una confianza
excesivamente optimista, notablemente en relación a la evolución democrática de estas
tres regiones, por más que presentase intuiciones que hoy se antojan clarividentes: ahí
están sus advertencias sobre la histórica desafección de Gran Bretaña hacia Europa o el
síndrome de hedonismo parroquial que –según advertía– podría hacer caer a los
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europeos en brazos del nacionalismo extremo. Seguramente su interés por la realidad
rusa era más insensible que el de Kissinger a la pérdida de Ucrania (tierra de los «rus»),
aunque le dedique una atención más pormenorizada, que incluso se hace eco de la
penetración del eurasianismo místico (legatario del imperio mongol de Gengis Khan) y de
las tentaciones autocráticas que apuntaban hacia su acercamiento a Irán o China –hoy en
absoluto remotas. Igualmente lúcida era su toma en consideración de lo que llamaba
«Balcanes euroasiáticos», enfatizando el peso de Kazajistán y, sobre todo, de Uzbekistán
(más pequeño, pero más homogéneo y orgulloso, vinculado incluso al antecedente de
Tamerlán) en la geopolítica energética, en virtud de su presencia en las rutas gasísticas y
de oleoductos. Unos «Balcanes» sobre los que Rusia podría influir de forma análoga a
como lo hace Francia en el África francófona. Finalmente, resultaba a todas luces
demasiado osado –quizá apresurado– en torno a la apertura de China, proponiendo un
dilema a resolver entre globalización (aun gradual) frente a aislamiento (1474), en
términos de una disyuntiva rígida opuesta a los ritmos sosegados de la mentalidad china.
Aunque no lo era tanto con respecto a la prioridad que recomendaba a sus élites políticas,
en vistas a imponer una ambición de orden regional por delante de la global. Justo lo
contrario que prescribía para Japón –una especie de Alemana oriental, en un entorno
disímil al de la UE– que a su parecer había de continuar dedicada casi en exclusiva al
comercio y la cooperación internacional.
Resumen
Acercarse a la figura de Henry Kissinger siempre desencadena controversia, aunque solo sea
abordándolo desde su producción escrita. No obstante, no cabe subestimar el impacto académico
que tuvo su obra Diplomacia (1994) en el ámbito disciplinario de las Relaciones Internacionales ni su
inserción en el bando de los llamados «realistas políticos». La fijación por los sistemas de equilibrio
ha sido una constante teórica y práctica en la obra de H. Kissinger que ha vuelto a retomar en su
último libro,centrado sobre la crisis del concepto de orden global. En el tratamiento de esta cuestión
Kissinger rebasa el mero análisis descriptivo y se ubica bajo un enfoque determinado por la tensión
entre las nociones de poder y legitimidad. La audacia del autor consiste en internacionalizar
planteamientos propios del pensamiento político clásico, proponiendo una visión en la que la Teoría
Política, las Relaciones Internacionales y la Geopolítica, quedan ensambladas.
Palabras clave: poder, legitimidad, orden global, realismo, diplomacia
Abstract
The study of the figure of Henry Kissinger always provokes controversy, even for his written
production. However, the academic impact on International Relations of his work Diplomacy (1994),
and its insertion in the so-called «political realists» cannot be underestimated. The concern for
equilibrium systems has been the theoretical and practical constant in the work of H. Kissinger: an
interest that the author has recovered in his last book, focused on the crisis of the concept of global
order. The treatment of this issue goes beyond descriptive analysis: it is examined under a dual
approach, between notions of power and legitimacy. The audacity of the author consists of
internationalizing visions of classical political thought, proposing an approach in which Political
Theory, International Relations and Geopolitics are overlapped.
Keywords: Power, legitimacy, global order, realism, diplomacy
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