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INTERESANTE Tomo - 06 - 1-2 - Reyes - y - 2 - CR Nicas Pag1-200

El Comentario Bíblico Mundo Hispano es una obra que busca guiar a los lectores en el estudio de la Biblia, con el objetivo de mejorar su vida y facilitar el ministerio en congregaciones cristianas. Consta de veinticuatro tomos que abarcan los sesenta y seis libros de la Biblia, y ha sido elaborado por aproximadamente ciento cincuenta autores comprometidos con la verdad bíblica. Este comentario se presenta como una herramienta crítica y práctica, contextualizada para el mundo hispanoamericano, que incluye exposiciones, ayudas prácticas y un formato accesible para facilitar el aprendizaje.

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El Comentario Bíblico Mundo Hispano es una obra que busca guiar a los lectores en el estudio de la Biblia, con el objetivo de mejorar su vida y facilitar el ministerio en congregaciones cristianas. Consta de veinticuatro tomos que abarcan los sesenta y seis libros de la Biblia, y ha sido elaborado por aproximadamente ciento cincuenta autores comprometidos con la verdad bíblica. Este comentario se presenta como una herramienta crítica y práctica, contextualizada para el mundo hispanoamericano, que incluye exposiciones, ayudas prácticas y un formato accesible para facilitar el aprendizaje.

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COMENTARIO BIBLICO

MUNDO HISPANO
TOMO 6

1 REYES, 2 REYES
Y 2 CRONICAS
2
Editores Generales
Daniel Carro
Juan Carlos Cevallos A.
José Tomás Poe
Rubén O. Zorzoli
Editores Especiales
Antiguo Testamento: Dionisio Ortiz
Nuevo Testamento: Antonio Estrada
Ayudas Prácticas: James Giles
Artículos Generales: Jorge E. Díaz
EDITORIAL MUNDO HISPANO
Apartado Postal 4255, El Paso, TX 79914 EE. UU. de A.
3
Agencias de Distribución
CBP ARGENTINA: Rivadavia 3474, 1203 Buenos Aires, Tel.: (541)863-6745. BOLIVIA:
Casilla 2516, Santa Cruz, Tel.: (591)342-7376, Fax: (591)342-8193. COLOMBIA: Apartado
Aéreo 55294, Bogotá 2, D.C., Tel.: (571)287-8602, Fax: (571)287-8992. COSTA RICA:
Apartado 285, San Pedro Montes de Oca, San José, Tel.: (506)225-4565, Fax: (506)224-
3677. CHILE: Casilla 1253, Santiago, Tel: (562)672-2114, Fax: (562)695-7145. ECUADOR:
Casilla 3236, Guayaquil, Tel.: (593)445-5311, Fax: (593)445-2610. EL SALVADOR: Av. Los
Andes No. J-14, Col. Miramonte, San Salvador, Tel.: (503)260-8658, Fax: (503)260-1730.
ESPAÑA: Padre Méndez 142-B, 46900 Torrente, Valencia, Tel.: (346)156-3578, Fax:
(346)156-3579. ESTADOS UNIDOS: CBP USA: 7000 Alabama, El Paso, TX 79904, Tel.:
(915)566-9656, Fax: (915)565-9008, 1-800-755-5958; 960 Chelsea Street, El Paso, TX
79903, Tel.: (915)778-9191; 4300 Montana, El Paso, TX 79903, Tel.: (915)565-6215, Fax:
(915)565-1722, (915)751-4228, 1-800-726-8432; 312 N. Azusa Ave., Azusa, CA 91702,
Tel.: 1-800-321-6633, Fax: (818)334-5842; 1360 N.W. 88th Ave., Miami, FL 33172, Tel.:
(305)592-6136, Fax: (305)592-0087; 647 4th. Ave., Brooklyn, N.Y., Tel.: (718)788-2484;
CBP MIAMI: 12020 N.W. 40th Street, Suite 103 B, Coral Springs, FL 33065, Fax: (954)754-
9944, Tel. 1-800-985-9971. GUATEMALA: Apartado 1135, Guatemala 01901, Tel.: (502) 2-
220-0953. HONDURAS: Apartado 279, Tegucigalpa, Tel.: (504)238-1481, Fax: (504)237-
9909. MÉXICO: CBP MÉXICO: Avenida Morelos #85, México, D.F. 06000, Tels./Fax:
011525-566-8055, 011525-566-7984; Madero 62, Col. Centro, 06000 México, D.F.,
Tel./Fax: (525)512-9390; Independencia 36-B, Col. Centro, 06050 México, D.F., Tel.:
(525)512-0206, Fax: 512-9475; Félix U. Gómez 302 Nte. Monterrey, N. L. 64000, Tel.:
(528)342-2823. NICARAGUA: Reparto San Juan del Gimnasio Hércules, media cuadra al
Lago, una cuadra abajo, 75 varas al Sur, casa 320, Tel.: (505)278-4927, Fax: (505)278-
4786. PANAMÁ: Apartado E Balboa, Ancon, Tel.: (507)264-6469, (507) 264-4945, Fax:
(507)228-4601. PARAGUAY: Casilla 1415, Asunción, Fax: (595)2-121-2952. PERÚ: Pizarro
388, Trujillo, Tel./Fax: (514)424-5982. PUERTO RICO: Calle San Alejandro 1825, Urb. San
Ignacio, Río Piedras, Tel.: (809)764-6175. REPÚBLICA DOMINICANA: Apartado 880, Santo
Domingo, Tel.: (809)565-2282, (809)549-3305, Fax: (809)565-6944. URUGUAY: Casilla
14052, Montevideo 11700, Tel.: (598)2-309-4846, Fax: (598)2-305-0702. VENEZUELA:
Apartado 3653, El Trigal 2002 A, Valencia, Edo. Carabobo, Tel./Fax: (584)126-1725.
© Copyright 2000, Editorial Mundo Hispano, 7000 Alabama St., El Paso, Texas
79904. Todos los derechos reservados. No se podrá reproducir o transmitir todo o
parte de este libro en ninguna forma o medio sin el permiso escrito de los publica-
dores, con la excepción de porciones breves en revistas y/o periódicos. Texto bíblico
de la Santa Biblia: Versión Reina-Valera Actualizada, © copyright 1982, 1986,
1987, 1989, usado con permiso.
Primera edición: 2000
Clasificación Decimal Dewey: 220.7
Tema: 1. Biblia—Comentarios
ISBN: 0-311-03106-4
E.M.H. No. 03106
4

PREFACIO GENERAL
Desde hace muchos años, la Editorial Mundo Hispano ha tenido el deseo de pu-
blicar un comentario original en castellano sobre toda la Biblia. Varios intentos y
planes se han hecho y, por fin, en la providencia divina, se ve ese deseo ahora
hecho realidad.
El propósito del Comentario es guiar al lector en su estudio del texto bíblico de
tal manera que pueda usarlo para el mejoramiento de su propia vida como también
para el ministerio de proclamar y enseñar la palabra de Dios en el contexto de una
congregación cristiana local, y con miras a su aplicación práctica.
El Comentario Bíblico Mundo Hispano consta de veinticuatro tomos y abarca los
sesenta y seis libros de la Santa Biblia.
Aproximadamente ciento cincuenta autores han participado en la redacción del
comentario. Entre ellos se encuentran profesores, pastores y otros líderes y estu-
diosos de la Palabra, todos profundamente comprometidos con la Biblia misma y
con la obra evangélica en el mundo hispano. Provienen de diversos países y agrupa-
ciones evangélicas; y han sido seleccionados por su dedicación a la verdad bíblica y
su voluntad de participar en un esfuerzo mancomunado para el bien de todo el
pueblo de Dios. La carátula de cada tomo lleva una lista de los editores, y la contra-
tapa de cada volumen identifica a los autores de los materiales incluidos en ese to-
mo particular.
El trasfondo general del Comentario incluye toda la experiencia de nuestra edito-
rial en la publicación de materiales para estudio bíblico desde el año 1890, año
cuando se fundó la revista El Expositor Bíblico. Incluye también los intereses expre-
sados en el seno de la Junta Directiva, los anhelos del equipo editorial de la Edito-
rial Mundo Hispano y las ideas recopiladas a través de un cuestionario con res-
puestas de unas doscientas personas de variados trasfondos y países latinoameri-
canos. Específicamente el proyecto nació de un Taller Consultivo convocado por
Editorial Mundo Hispano en septiembre de 1986.
Proyectamos el Comentario Bíblico Mundo Hispano convencidos de la inspiración
divina de la Biblia y de su autoridad normativa para todo asunto de fe y práctica.
Reconocemos la necesidad de un comentario bíblico que surja del ambiente hispa-
noamericano y que hable al hombre de hoy.
El Comentario pretende ser:
* crítico, exegético y claro;
* una herramienta sencilla para profundizar en el estudio de la Biblia;
* apto para uso privado y en el ministerio público;
* una exposición del auténtico significado de la Biblia;
* útil para aplicación en la iglesia;
* contextualizado al mundo hispanoamericano;
* un instrumento que lleve a una nueva lectura del texto bíblico y a una más diná-
mica comprensión de ella;
* un comentario que glorifique a Dios y edifique a su pueblo;
* un comentario práctico sobre toda la Biblia.
5
El Comentario Bíblico Mundo Hispano se dirige principalmente a personas que
tienen la responsabilidad de ministrar la Palabra de Dios en una congregación cris-
tiana local. Esto incluye a los pastores, predicadores y maestros de clases bíblicas.
Ciertas características del comentario y algunas explicaciones de su meto-
dología son pertinentes en este punto.
El texto bíblico que se publica (con sus propias notas —señaladas en el texto
con un asterisco, *,— y títulos de sección) es el de La Santa Biblia: Versión Reina-
Valera Actualizada. Las razones para esta selección son múltiples: Desde su publi-
cación parcial (El Evangelio de Juan, 1982; el Nuevo Testamento, 1986), y luego la
publicación completa de la Biblia en 1989, ha ganado elogios críticos para estudios
bíblicos serios. El Dr. Cecilio Arrastía la ha llamado “un buen instrumento de tra-
bajo”. El Lic. Alberto F. Roldán la cataloga como “una valiosísima herramienta para
la labor pastoral en el mundo de habla hispana”. Dice: “Conservando la belleza pro-
verbial de la Reina-Valera clásica, esta nueva revisión actualiza magníficamente el
texto, aclara —por medio de notas— los principales problemas de transmisión. . .
Constituye una valiosísima herramienta para la labor pastoral en el mundo de
habla hispana.” Aun algunos que han sido reticentes para animar su uso en los
cultos públicos (por no ser la traducción de uso más generalizado) han reconocido
su gran valor como “una Biblia de estudio”. Su uso en el Comentario sirve como
otro ángulo para arrojar nueva luz sobre el Texto Sagrado. Si usted ya posee y utili-
za esta Biblia, su uso en el Comentario seguramente le complacerá; será como en-
contrar un ya conocido amigo en la tarea hermenéutica. Y si usted hasta ahora la
llega a conocer y usar, es su oportunidad de trabajar con un nuevo amigo en la la-
bor que nos une: comprender y comunicar las verdades divinas. En todo caso,
creemos que esta característica del Comentario será una novedad que guste, ayude
y abra nuevos caminos de entendimiento bíblico. La RVA aguanta el análisis como
una fiel y honesta presentación de la Palabra de Dios. Recomendamos una nueva
lectura de la Introducción a la Biblia RVA que es donde se aclaran su historia, su
meta, su metodología y algunos de sus usos particulares (por ejemplo, el de letra
cursiva para señalar citas directas tomadas de Escrituras más antiguas).
Los demás elementos del Comentario están organizados en un formato que
creemos dinámico y moderno para atraer la lectura y facilitar la comprensión. En
cada tomo hay un artículo general. Tiene cierta afinidad con el volumen en que
aparece, sin dejar de tener un valor general para toda la obra. Una lista de ellos
aparece luego de este Prefacio.
Para cada libro hay una introducción y un bosquejo, preparados por el redac-
tor de la exposición, que sirven como puentes de primera referencia para llegar al
texto bíblico mismo y a la exposición de él. La exposición y exégesis forma el ele-
mento más extenso en cada tomo. Se desarrollan conforme al bosquejo y fluyen de
página a página, en relación con los trozos del texto bíblico que se van publicando
fraccionadamente.
Las ayudas prácticas, que incluyen ilustraciones, anécdotas, semilleros homilé-
ticos, verdades prácticas, versículos sobresalientes, fotos, mapas y materiales seme-
jantes acompañan a la exposición pero siempre encerrados en recuadros que se
han de leer como unidades.
Las abreviaturas son las que se encuentran y se usan en La Biblia Reina-Valera
Actualizada. Recomendamos que se consulte la página de Contenido y la Tabla de
Abreviaturas y Siglas que aparece en casi todas las Biblias RVA.
Por varias razones hemos optado por no usar letras griegas y hebreas en las pa-
labras citadas de los idiomas originales (griego para el Nuevo Testamento, y hebreo
6
y arameo para el Antiguo Testamento). El lector las encontrará “transliteradas,” es
decir, puestas en sus equivalencias aproximadas usando letras latinas. El resultado
es algo que todos los lectores, hayan cursado estudios en los idiomas originales o
no, pueden pronunciar “en castellano”. Las equivalencias usadas para las palabras
griegas (Nuevo Testamento) siguen las establecidas por el doctor Jorge Parker, en
su obra Léxico-Concordancia del Nuevo Testamento en Griego y Español, publicado
por Editorial Mundo Hispano. Las usadas para las palabras hebreas (Antiguo Tes-
tamento) siguen básicamente las equivalencias de letras establecidas por el profesor
Moisés Chávez en su obra Hebreo Bíblico, también publicada por Editorial Mundo
Hispano. Al lado de cada palabra transliterada, el lector encontrará un número, a
veces en tipo romano normal, a veces en tipo bastardilla (letra cursiva). Son núme-
ros del sistema “Strong”, desarrollado por el doctor James Strong (1822-94), eru-
dito estadounidense que compiló una de las concordancias bíblicas más completas
de su tiempo y considerada la obra definitiva sobre el tema. Los números en tipo
romano normal señalan que son palabras del Antiguo Testamento. Generalmente
uno puede usar el mismo número y encontrar la palabra (en su orden numérico) en
el Diccionario de Hebreo Bíblico por Moisés Chávez, o en otras obras de consulta que
usan este sistema numérico para identificar el vocabulario hebreo del Antiguo Tes-
tamento. Si el número está en bastardilla (letra cursiva), significa que pertenece al
vocabulario griego del Nuevo Testamento. En estos casos uno puede encontrar más
información acerca de la palabra en el referido Léxico-Concordancia... del doctor
Parker, como también en la Nueva Concordancia Greco-Española del Nuevo Testa-
mento, compilada por Hugo M. Petter, el Nuevo Léxico Griego-Español del Nuevo Tes-
tamento por McKibben, Stockwell y Rivas, u otras obras que usan este sistema nu-
mérico para identificar el vocabulario griego del Nuevo Testamento. Creemos since-
ramente que el lector que se tome el tiempo para utilizar estos números enriquecerá
su estudio de palabras bíblicas y quedará sorprendido de los resultados.
Estamos seguros que todos estos elementos y su feliz combinación en páginas
hábilmente diseñadas con diferentes tipos de letra y también con ilustraciones, fo-
tos y mapas harán que el Comentario Bíblico Mundo Hispano rápida y fácilmente
llegue a ser una de sus herramientas predilectas para ayudarle a cumplir bien con
la tarea de predicar o enseñar la Palabra eterna de nuestro Dios vez tras vez.
Este es el deseo y la oración de todos los que hemos tenido alguna parte en la
elaboración y publicación del Comentario. Ha sido una labor de equipo, fruto de
esfuerzos mancomunados, respuesta a sentidas necesidades de parte del pueblo de
Dios en nuestro mundo hispano. Que sea un vehículo que el Señor en su infinita
misericordia, sabiduría y gracia pueda bendecir en las manos y ante los ojos de us-
ted, y muchos otros también.
Los Editores
Editorial Mundo Hispano
7
Lista de Artículos Generales
Tomo 1: Principios de interpretación de la Biblia
Tomo 2: Autoridad e inspiración de la Biblia
Tomo 3: La ley (Torah)
Tomo 4: La arqueología y la Biblia
Tomo 5: La geografía de la Biblia
Tomo 6: El texto de la Biblia
Tomo 7: Los idiomas de la Biblia
Tomo 8: La adoración y la música en la Biblia
Tomo 9: Géneros literarios del Antiguo Testamento
Tomo 10: Teología del Antiguo Testamento
Tomo 11: Instituciones del Antiguo Testamento
Tomo 12: La historia general de Israel
Tomo 13: El mensaje del Antiguo Testamento para la iglesia de hoy
Tomo 14: El período intertestamentario
Tomo 15: El mundo grecorromano del primer siglo
Tomo 16: La vida y las enseñanzas de Jesús
Tomo 17: Teología del Nuevo Testamento
Tomo 18: La iglesia en el Nuevo Testamento
Tomo 19: La vida y las enseñanzas de Pablo
Tomo 20: El desarrollo de la ética en la Biblia
Tomo 21: La literatura del Nuevo Testamento
Tomo 22: El ministerio en el Nuevo Testamento
Tomo 23: El cumplimiento del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento
Tomo 24: La literatura apocalíptica
8

EL TEXTO DEL ANTIGUO TESTAMENTO


SAMUEL PAGÁN
El texto hebreo del Antiguo Testamento tomó forma a través de los años. Su his-
toria comienza en la etapa de transmisión oral de los poemas, oráculos y narracio-
nes; prosigue durante el importante período de redacción de manuscritos (como se
señala en el pasaje de Apocalipsis 1:19) y continúa hasta la época de la producción,
impresión y distribución de Biblias impresas en la Edad Media. En ese extenso e
intenso proceso de transmisión textual del Antiguo Testamento se pueden identifi-
car complejidades particulares y problemas difíciles de resolver; sin embargo, el es-
tudio de ese importante proceso de redacción y transmisión es fundamental para la
comprensión adecuada de las dificultades que presentan las variantes y las diferen-
cias entre los diversos manuscritos hebreos disponibles para los creyentes y los
eruditos el día de hoy [La obra de E. Tov, Textual Criticism of the Hebrew Bible.
(Minneapolis: Fortress, 1992) es necesaria y fundamental para el estudio de la lla-
mada “crítica textual”, pues incorpora en el análisis los descubrimientos de los ma-
nuscritos del Mar Muerto.]
Gracias a importantes descubrimientos de manuscritos antiguos en el desierto
de Judá, y también a la continua y dedicada evaluación de esos documentos, po-
seemos el día de hoy una mejor comprensión de los problemas relacionados con la
llamada “crítica textual”. Esta disciplina, aplicada a los manuscritos del Antiguo
Testamento, estudia los diversos textos hebreos (el Antiguo Testamento está ma-
yormente escrito en lengua hebrea, pero contiene también una serie de porciones
en arameo: Dan. 2:4b–7:28; Esd. 4:8–6:18; 7:12–26; Jer 10:12.), analiza la relación
entre ellos, evalúa las formas que se utilizaron para copiar los documentos y, ade-
más, intenta describir el proceso de transmisión de esos manuscritos estudiados.
La crítica textual moderna pondera principalmente la información que se obtiene de
la transmisión de los diversos manuscritos; su finalidad básica no es explicar el
crecimiento literario y temático de los diferentes libros de la Biblia, sino evaluar
científicamente los problemas relacionados con la transmisión de los documentos
bíblicos. Los resultados de esta importante y fundamental disciplina contribuyen
considerablemente a la exégesis y a la comprensión de textos difíciles.
El texto del Antiguo Testamento ha llegado a la época actual en diversos idiomas
y en diferentes versiones. Quienes estudian los manuscritos de los textos antiguos
poseen actualmente documentos escritos hace más de dos mil años. (Antes de los
descubrimientos del Mar Muerto, los textos más antiguos eran los del siglo IX d. de
J.C., con la excepción del papiro Nash que proviene del siglo II o I a. de J.C.). Aun-
que muchos de estos “testigos” del texto bíblico son fragmentos breves, contribuyen
de forma sustancial a la evaluación adecuada del texto bíblico.
La comparación y el análisis de estos diversos “testigos” es una preocupación
fundamental de la crítica textual. La necesidad de ese tipo de estudio textual de la
Escritura se desprende de lo siguiente: las diferencias entre los diversos “testigos”
del texto bíblico; errores, correcciones y cambios en los documentos; y las diferen-
cias entre textos paralelos en los documentos estudiados.
La historia de la transmisión del texto hebreo del Antiguo Testamento es impor-
tante por varias razones: revela el cuidado con que los copistas trabajaron con los
documentos a través de las generaciones; pone de manifiesto las posibilidades y las
limitaciones de los primeros traductores e intérpretes de esta literatura; y sirve de
base para comprender los problemas relacionados con la transmisión de textos so-
metidos a un proceso largo de traducción y reproducción. Ningún manuscrito origi-
nal ha llegado hasta el día de hoy. Los llamados “autógrafos”, es decir, los docu-
9
mentos originales de los libros de la Biblia no están disponibles para estudio, si es
que existieron en forma escrita alguna vez. Únicamente poseemos copias de copias
de manuscritos.
FORMAS Y MEDIOS DE ESCRITURA
La historia de la escritura hebrea se puede dividir en dos períodos. Hacia el siglo
XI a. de J.C., y por la influencia de los fenicios, se desarrolló en Israel un tipo de
escritura conocida como “paleo-hebrea”. En esa forma de grafía se deben haber es-
crito las secciones preexílicas del Antiguo Testamento.
El segundo tipo de escritura se conoce como “cuadrada” o siria. Casi todos los
manuscritos y los fragmentos hebreos más antiguos que se han preservado y tene-
mos disponibles el día de hoy presentan este tipo de escritura. Esa grafía se utiliza-
ba en tiempos de Jesús (la referencia a la “jota” en Mat. 5:18 alude a la escritura
“cuadrada” del hebreo), y surgió en el siglo V a. de J.C., por la influencia del ara-
meo.
En los tiempos bíblicos se utilizaban diversos medios para escribir: por ejemplo,
tablas de piedra (Exo. 31:4, 5), madera y barro. La arqueología ha descubierto,
además, que se escribía en vasijas, piezas de cerámica y en rollos de cobre. Sin em-
bargo, estos materiales eran útiles para escribir sólo textos breves. Para la escritura
de documentos extensos se necesitaban papiros o cueros. (Un magnífico ejemplo de
escritura sobre cuero es el manuscrito de Isaías descubierto en las cuevas del
Qumrán, a orillas del Mar Muerto; tiene una longitud de 7, 34 m.). Entre las venta-
jas del cuero sobre el papiro se pueden identificar la durabilidad y la facilidad de
uso. Las regulaciones judías requerían, y aún requieren el día de hoy, que los libros
de la Ley destinados para uso litúrgico se copiaran sobre cuero de animal ritual-
mente puro.
El papiro, que se conocía en Egipto desde el tercer milenio a. de J.C., se fabrica-
ba de una especie de caña que crecía antiguamente en el Nilo. Se conservaba muy
mal: en ambientes secos era muy frágil, y si se humedecía, se deterioraba con rapi-
dez. En un clima desértico, como el de Egipto, se preservaba por muchos años.
Hacia el siglo II d. de J.C. se desarrolló en Pérgamo una nueva técnica de produ-
cir materiales para la escritura: el pergamino, que se fabricaba con pieles de vacas,
cabras y, especialmente, ovejas. No se curtía como el cuero: la piel se raspaba, se
blanqueaba con yeso y se pulía. Era muy resistente, de empleo cómodo, y se utili-
zaba por ambos lados; además, se podía borrar lo escrito y usar nuevamente. [La
vitela manifiesta una calidad superior al pergamino. Se preparaba de animales jó-
venes (p.ej., cordero, cabrito y ternera), preferiblemente muertos al nacer. A partir
del siglo XIII d. de J.C., se utilizó mayormente para manuscritos de lujo.]
En la antigüedad, los manuscritos se disponían en forma de rollos de papiro o
cuero. Esta forma manifiesta el inconveniente de no poder contener manuscritos de
extensión considerable, pues eran difíciles de manejar. La mayoría de los libros de
la Biblia circulaban en rollos separados; y en algunas secciones, como en el Penta-
teuco, la división de los libros puede revelar la dificultad de manejar los rollos.
Con la invención del códice en el primer siglo de la era cristiana, se facilitó con-
siderablemente el manejo de documentos. Los códices hicieron posible la edición de
los libros de la Biblia en un solo volumen. Además, facilitaron la identificación de
referencias bíblicas. Los manuscritos de la Biblia comenzaron a reproducirse en
códices desde los siglos II y III d. de J.C., en contraposición con la literatura paga-
na. Ya en el siglo IV los códices eran de uso común para la transmisión de docu-
mentos bíblicos.
10
Los instrumentos que se utilizaban para escribir eran variados. Para grabar en
piedra se usaba un punzón o cincel de hierro con punta de diamante (Jer. 17:1) o
de plomo (Job 19:24). Sobre papiros y pergaminos se utilizaban los “cálamos” o las
plumas, que se elaboraban de cañas con la punta afilada y cortada. La tinta se pre-
paraba del hollín de las lámparas de aceite o de hojas de roble.
De acuerdo con el Talmud, la metodología para copiar los manuscritos requería
lo siguiente: se permitía únicamente el uso de pieles de animales ritualmente pre-
parados y puros; las columnas de los rollos debían tener entre cuarenta y sesenta
líneas; las páginas debían primero rayarse y las letras se unían a las líneas; la ela-
boración de la tinta seguía una serie elaborada de especificaciones religiosas, y de-
bía ser negra; antes de escribir las letras o las palabras, el escriba debía pronun-
ciarlas; cada vez que iba a escribir el nombre de Dios (YHWH), debía limpiar la
pluma; las nuevas copias debían revisarse dentro de los treinta días de haber sido
terminadas, si se encontraban más de tres errores en una hoja, todo el manuscrito
se desechaba; se debía contar cada letra y cada palabra del texto; había, además,
una serie de regulaciones para escribir las letras y las separaciones entre ellas.
Los rabinos tenían en tanta estima la Escritura que cuando los manuscritos se
deterioraban, por el uso o las inclemencias del tiempo, se disponía de ellos reveren-
temente. El genizá era el depósito de manuscritos en las sinagogas, y servía para
evitar el uso indebido de los textos y la profanación de los documentos sagrados.
Una vez que el genizá estaba lleno de manuscritos, se procedía a enterrarlos, luego
de una elaborada ceremonia religiosa. (En la sinagoga de El Cairo, al final del siglo
XIX, se descubrieron más de 200.000 fragmentos de manuscritos bíblicos y extra-
bíblicos. De particular importancia fue el descubrimiento del texto hebreo, casi
completo, de la Sabiduría de Jesús ben Sira [anteriormente se conocía únicamente
en griego] y del Documento Zadokita.)
La historia de la transmisión del texto del Antiguo Testamento puede dividirse en
tres períodos de importancia: el antiguo (250 a. de J.C. a 135 d. de J.C.); el medie-
val (135 a 1376 d. de J.C.); y el moderno (desde 1477). Antes de los descubrimien-
tos de Qumrán, los manuscritos más antiguos provenían de los siglos IX al XI d. de
J.C.; con la excepción del Papiro Nash, que propiamente es un documento litúrgico:
contiene el Decálogo, de acuerdo a los libros de Éxodo y Deuteronomio. La mayoría
de los manuscritos disponibles provienen del período medieval por dos razones bá-
sicas: las regulaciones judías requerían que los documentos deficientes o en mal
estado fueran eliminados; además, las persecuciones contra los judíos incluían la
destrucción de los documentos religiosos.
Entre los manuscritos más importantes, antes de los descubrimientos en Qum-
rán, se encuentran los siguientes: Códex de los Profetas Anteriores y Posteriores
(895 d. de J.C.); Códex Aleppo del Antiguo Testamento (930 d. de J.C.); Códex del
Pentateuco del Museo Británico (850 d. de J.C.); el Antiguo Testamento de Lenin-
grado (1000 d. de J.C.); Códex leniengradense de los Profetas (916 d. de J.C.); y Có-
dex Reuchlin de los Profetas (1105 d. de J.C.).
MANUSCRITOS HEBREOS
Comentaremos en esta sección únicamente los manuscritos mayores; para el
análisis de los testigos menores (p.ej., el Papiro Nash), véase Tov, pp. 118–121). Pa-
ra el estudio del texto del Antiguo Testamento se dispone de manuscritos en hebreo
y en otros idiomas. Esos “testigos” son la base fundamental de la crítica textual. El
análisis de los documentos requiere, en primer lugar, que se evalúen los textos
hebreos; más tarde las traducciones antiguas se retraducen al hebreo y se compa-
ran con los manuscritos hebreos disponibles.
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El Texto Masorético
El texto hebreo que se ha preservado en los manuscritos que han servido de ba-
se para las ediciones contemporáneas de la Biblia Hebraica quedó prácticamente
fijo luego del llamado “Concilio” de Jamnia, a finales del siglo I d. de J.C. Se conoce
como “masorético” porque su forma actual procede de la labor de los eruditos judíos
llamados “los masoretas”. Estos no fueron los únicos que se preocuparon por la
transmisión del texto. La tradición de escribas judíos que se dedicaron a la trans-
misión del texto bíblico es extensa: los shoferim o escribas, en el período intertes-
tamentario; los tannaim o repetidores (maestros), durante los primeros 200 años de
la era cristiana; los amoraim o expositores, hasta el año 500; y finalmente los maso-
retas, por los años 500 al 1000. La labor de los masoretas se llevó a efecto tanto en
Palestina como en Babilonia.
El Texto Masorético es el resultado de la combinación de cinco elementos: el tex-
to bíblico consonántico (el texto con las consonantes hebreas sin el sistema de las
vocales); ciertas particularidades paratextuales (p. ej., división de párrafos); la Ma-
sora, que consiste en una serie de referencias y comentarios al texto bíblico para
facilitar su comprensión y transmisión; el sistema de vocalización; y los signos para
los cánticos. Aunque en términos técnicos, la Masora identifica únicamente a uno
de los componentes del texto, por lo general se relaciona con todo el sistema que
acompaña al texto hebreo consonántico.
La contribución de los masoretas al texto hebreo fue fundamental. Con sumo
cuidado y reverencia transmitieron los mejores manuscritos hebreos a través de las
generaciones, preservando de esa forma documentos de gran valor teológico, reli-
gioso, histórico y lingüístico para la humanidad. Además, incorporaron al texto la
Masora: una serie importante de ayudas para la pronunciación y comprensión de
los manuscritos. La Masora se divide en Masora marginalis que se imprime en los
márgenes del texto, y la Masora finalis, incorporada al final de la edición de forma
alfabética. La Masora marginalis, a su vez, se divide en Masora parva, en los már-
genes laterales, y la Masora magna, en la parte superior e inferior del manuscrito.
El Pentateuco Samaritano
El Pentateuco Samaritano es un texto hebreo antiguo; su importancia reside en
que es independiente de la tradición de los masoretas. El ejemplar conocido más
antiguo es el texto de Abisha y se conserva en la comunidad de Nablús, Palestina.
Aunque los samaritanos sostienen que fue preparado por Josué, “trece años des-
pués de la conquista de Canaán”, la copia disponible se ha fechado en el siglo XI d.
de J.C.; la tradición textual posiblemente proviene del siglo II a. de J.C. El carácter
del documento es armonizante y amplificativo; p. ej., se amplían los relatos de “las
plagas de Egipto” y se expande el texto de Éxodo, de acuerdo a los relatos del Deu-
teronomio.
Las diferencias entre el Texto Masorético y el Pentateuco Samaritano son numé-
ricamente considerables (aproximadamente 6.000), aunque no afectan sustancial-
mente la comprensión de los pasajes. Es importante destacar que en unas dos mil
variantes, el Pentateuco Samaritano coincide con la Septuaginta contra el Texto
Masorético.
Los manuscritos de Qumrán
Los manuscritos descubiertos en Qumrán representan diferentes tradiciones
textuales, incluyendo las del Texto Masorético y la del Pentateuco Samaritano. Esos
descubrimientos proveen información valiosa en torno a la situación de los textos
bíblicos en Palestina en un período de transmisión textual importante: 250 a. de
J.C al 68 d. de J.C.
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En Qumrán se han encontrado copias de todos los libros del Antiguo Testamen-
to, con la posible excepción de Ester. Además, se han descubierto manuscritos de
libros apócrifos y pseudoepígrafos. Los textos manifiestan diversidad en fechas de
composición, formatos, escritura, ortografía y origen. Aunque se encontró un ma-
nuscrito con los sesenta y seis capítulos del libro de Isaías, muchos de los textos
descubiertos están en forma fragmentaria.
Los descubrimientos del Mar Muerto han contribuido destacadamente al estudio
del texto del Antiguo Testamento: han permitido una mejor comprensión de pasajes
y palabras difíciles del texto hebreo; han brindado valiosa información en torno a la
metodología de transmisión de los manuscritos; y han puesto de manifiesto la im-
portancia y el valor de algunas versiones antiguas (p. ej., la Septuaginta).
TRADUCCIONES ANTIGUAS
El objetivo de la crítica textual del Antiguo Testamento es identificar y evaluar
las variantes en los textos hebreos disponibles. Para lograr ese objetivo es necesario
estudiar, junto a los manuscritos hebreos, las versiones antiguas. Esas versiones
están basadas en manuscritos hebreos antiguos que pueden ayudar en la com-
prensión de los problemas de transmisión textual. Ahora bien, no todas las diferen-
cias entre los documentos se relacionan con las bases textuales de los manuscritos:
algunas se deben a decisiones exegéticas; otras, a diferencias en las técnicas de
traducción; y aún otras, al deterioro de los manuscritos. Entre las versiones anti-
guas más importantes se encuentran textos en griego, arameo, sirio, latín y árabe.
Aunque el estudio de las versiones en la crítica textual del Antiguo Testamento
se mantendrá durante los próximos años, su importancia ha disminuido. Los nue-
vos manuscritos descubiertos en el desierto de Judá anteceden por siglos a las co-
pias de los manuscritos de las versiones antiguas.
La Septuaginta
La Septuaginta (LXX) o Versión de los Setenta, es la traducción al griego del An-
tiguo Testamento hebreo. Además de su contribución a los estudios del texto bíblico
hebreo, esta versión es muy importante porque sirvió de base para la predicación
evangélica primitiva: fue el vehículo literario para los evangelistas de la iglesia
(Hech. 8:26–40). Representa la forma en que se utilizó el Antiguo Testamento du-
rante la época apostólica.
El origen de la Septuaginta se relaciona con los judíos de Alejandría, alrededor
del año 250 a. de J.C. Primeramente se tradujo al griego el Pentateuco, luego el re-
sto del Antiguo Testamento. En el documento conocido como “La carta de Aristeas”,
se presenta el origen legendario de la versión. Referente a esta versión es importan-
te indicar que es una colección de manuscritos griegos preparados por diversas
personas. Los traductores manifiestan diferencias en la metodología de traducción y
demuestran diversos niveles de dominio del hebreo y del griego. Esas características
requieren que la crítica textual utilice la Septuaginta con mucho juicio y más sabi-
duría. Cada libro debe ser evaluado según sus propias características y méritos.
Entre las virtudes de esta versión para la crítica textual se pueden identificar las
siguientes: presenta un número considerable de variantes textuales en todos los
libros; y como la traducción en varias secciones es extremadamente literal, el texto
se puede retraducir al hebreo y reconstruir la base de la traducción.
Otras versiones griegas
Otros textos griegos de importancia para el estudio del texto del Antiguo Testa-
mento son: la versión de Aquila, la revisión de Teodocio y la versión de Symmachus.
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La versión de Aquila (que era un prosélito de Sinope, en Ponto, discípulo del Ra-
bino Akiba) es extremadamente literal. Aunque el traductor manifiesta buen cono-
cimiento del griego, su objetivo era producir una traducción que reprodujera las
particularidades estilísticas, gramaticales y semánticas del hebreo. Esa misma ca-
racterística la hace útil para el estudio del texto hebreo.
Teodocio era un prosélito, según la tradición de la iglesia, que en el siglo II d. de
J.C. revisó una traducción griega basada en el texto hebreo. Los estudiosos no es-
tán de acuerdo en la identificación del texto griego básico: para algunos era la Sep-
tuaginta; según otros, revisó un texto anterior.
Symmachus preparó una nueva traducción griega del Antiguo Testamento alre-
dedor del año 170 d. de J.C. El objetivo era producir una versión fiel a la base tex-
tual hebrea y, al mismo tiempo, utilizar adecuadamente el griego. De acuerdo a Eu-
sebio y San Jerónimo, Symmachus era un cristiano de origen ebionita; según Epi-
fanio, un samaritano convertido al judaísmo.
Estas tres versiones griegas de la Biblia están incluidas en la gran obra de Orí-
genes: la “Hexapla”. El objetivo de esta obra era ayudar a los cristianos en sus dis-
cusiones exegéticas con los judíos. El volumen se organizó en seis columnas: 1) el
texto hebreo; 2) el texto hebreo transliterado al griego; 3) Aquila; 4) Symmachus; 5)
la Septuaginta; y 6) Teodocio. El orden de las versiones en la presentación corres-
ponde a su relación con el original hebreo.
Versiones en otros idiomas
“La Peshita” (significa traducción) es la traducción de la Biblia al sirio, un dialec-
to del arameo. La calidad de su traducción varía de un libro a otro; en algunas sec-
ciones es literal y en otras es libre. La base textual es similar al Texto Masorético.
“Los targúmenes” (significa explicación, traducción o comentario) son traduccio-
nes ampliadas del texto hebreo al arameo. Su utilidad para los estudios textuales
del Antiguo Testamento varía entre targúmenes y entre libros. Por lo general, la ba-
se textual son manuscritos en la tradición masorética.
A partir del 389 d. de J.C., San Jerónimo se dio a la tarea de traducir el Antiguo
Testamento al latín utilizando como base el texto hebreo, no la Septuaginta como
era la costumbre cristiana. Aunque el traductor tenía un buen dominio del hebreo,
la traducción revela un interés particular por destacar las implicaciones mesiánicas
del Antiguo Testamento. El texto básico de la traducción es de la tradición masoré-
tica.
PROBLEMAS TEXTUALES
Uno de los objetivos de la crítica textual es, en primer lugar, identificar las difi-
cultades en el texto hebreo para, posteriormente, remover los errores que se han
incorporado en los manuscritos. Esa finalidad requiere una comprensión clara de la
naturaleza y la forma en que se manifiestan esos posibles errores textuales. Muchos
factores pueden propiciar la incorporación involuntaria de errores en un manuscri-
to; por ejemplo, la lectura y la comprensión adecuada se dificulta cuando el texto
que sirve de base para la traducción o el copiado está en mal estado físico, o sim-
plemente por la fatiga de un escriba que incurre en un error.
Los problemas textuales en los manuscritos del Antiguo Testamento se pueden
catalogar de dos formas: los errores involuntarios relacionados con la lectura y es-
critura de los textos; y los cambios textuales debidos a las alteraciones voluntarias
introducidas por los copistas.
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Los errores involuntarios incluyen los cambios textuales introducidos en los
manuscritos cuando los escribas escuchaban, leían o copiaban erróneamente algu-
na letra, palabra o frase. Entre esos errores se pueden identificar los siguientes:
* Confusión de letras similares.
* Transposición de letras.
* Haplografía u omisión de letras o palabras similares.
* Ditografía o repetición de alguna letra, palabra o frase.
* Omisión de palabras similares o que tienen terminaciones idénticas.
* Errores en la unión o división de palabras.
* Vocalización equivocada.
Las alteraciones voluntarias de los copistas tienen el objetivo de superar dificul-
tades textuales o teológicas. En ese período de transmisión textual los manuscritos
no se consideraban aún inalterables, y los escribas deseaban hacer bien su trabajo
de transmitir y restaurar el texto verdadero. En sus labores debían evitar incom-
prensiones del mensaje y dificultades en la lectura de los textos. En algunas oca-
siones, las añadiduras son letras o palabras que confirman una interpretación po-
sible del texto. Como los manuscritos se utilizaban para la lectura pública en la li-
turgia, otras alteraciones intentaban evitar palabras raras, que podían ser malen-
tendidas o pronunciadas de forma incorrecta (Isa. 39:1) o sustituir expresiones que
podían ser religiosamente ofensivas (Job 1:5, 11; 2:5, 9). Las glosas y adiciones tex-
tuales pueden incluirse entre las alteraciones voluntarias de los copistas (1 Rey.
18:19; comp. vv. 22–40).
EDICIONES DE LA BIBLIA HEBREA
Entre las ediciones impresas de la Biblia Hebrea vamos a identificar únicamente
las más importantes para el estudio del texto.
Las primeras porciones del texto hebreo se imprimieron en Italia: inicialmente
los Salmos en 1477, y luego la Biblia completa en 1488. Los judíos publicaron tam-
bién Biblias rabínicas. Estas ediciones incluían no solo el texto bíblico, sino targú-
menes o traducciones arameas, y comentarios de exégetas destacados (p. ej., Rashi,
Ibn Ezra y Kimchi). La segunda Biblia rabínica de Jacobo ben Chayyim, publicada
en 1524–25 (conocida como la Biblia Bombergiana) es muy importante entre los
textos impresos, pues se convirtió en el texto hebreo estándar hasta el Siglo XX.
(Las primeras dos ediciones de la Biblia Hebraica de Kittel se basan en estos tex-
tos.)
Los eruditos cristianos, luego del año 1520, comenzaron a publicar las llamadas
“Biblias Políglotas”, en las cuales el texto hebreo se incluía en una de sus colum-
nas. En España, en 1520, se publicó la “Políglota Complutense”. Más tarde se pu-
blicó en Londres, en 1554–1557, la “Políglota Londinense”, que incluía, además del
texto hebreo, el Pentateuco Samaritano, un tárgum, la Septuaginta, la Vulgata, la
Peshita y otras versiones, junto a un léxico y una gramática.
Otras ediciones cristianas de la Biblia Hebrea fueron preparadas por: J. H. Mi-
chaelis en el año 1699; Benjamin Kennicott (1718–1783); J. B. de Rossi en 1784–
1788; y S. Baer y Franz Delitzsch, luego del año 1869. Auspiciados por la Sociedad
Bíblica Británica y Extranjera, Christian D. Ginsburg (1894, 1908 y 1926) y Nor-
man Snaith (1958) también prepararon ediciones del texto hebreo.
Para la Sociedad Bíblica de Alemania, Rudolf Kittel y Paul Kahle prepararon
(1937) la tercera edición de la Biblia Hebraica (esta obra fue completada por A. Alt y
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O. Eissfeldt); y W. Rudolph y K. Elliger editaron la Biblia Hebraica Stuttgartensia
(1967–1977; 1984). La importancia de estos textos es que constituyen la base de la
gran mayoría de las traducciones modernas del Antiguo Testamento. También en
Israel se prepara una nueva edición del texto hebreo: el Hebrew University Bible
Project. Estas tres ediciones del texto hebreo se conocen como ediciones críticas,
pues usan la base textual de un manuscrito e incorporan una serie de notas mar-
ginales con variantes entre manuscritos antiguos.
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EL TEXTO DEL ANTIGUO TESTAMENTO


JUAN CARLOS CEVALLOS A.
El estudio de la transmisión del texto bíblico no es solamente un problema que
debe ser tratado por los eruditos y especializados en la materia. Es un asunto que
compete a todos los creyentes, mucho más en los últimos años cuando han apare-
cido varias versiones y nuevas traducciones de la Biblia, por lo cual damos gracias
a Dios. Todo creyente que procura escudriñar las Escrituras notará que varias de
las nuevas traducciones en el campo evangélico (RVA, NVI, DHH), y mucho más en
otros grupos cristianos, tienen algunos cambios fundamentales como por ejemplo la
“ausencia” de algunos versículos que sí aparecen en la versión más usada entre los
hispano hablantes (RVR-1960, RVR-1995). Es necesario explicar estos cambios que
ocurren en el texto.
IMPORTANCIA Y DIFERENCIAS EN EL TEXTO BÍBLICO
Importancia de la determinación del texto
Los creyentes se alimentan del texto bíblico, se orientan por medio del texto bí-
blico, se consuelan a través de la lectura del texto bíblico, Dios les habla por medio
del texto bíblico. Los maestros de la Biblia trabajan en el texto bíblico, los predica-
dores exponen el texto bíblico, los evangelistas comparten el texto bíblico. En fin, el
texto bíblico es céntrico en la vida de la iglesia. Aunque puede sonar un tanto su-
perfluo, se hace necesario preguntarse, ¿cuál es el texto bíblico? ¿Acaso todo lo que
tenemos en la Biblia, sea cual sea la versión que manejemos, es parte del texto bí-
blico? ¿No hay posibilidad de que en 2000 años de transmisión del texto alguien
haya aumentado o quitado algo? Es fundamental, como parte de la tarea del estu-
dio y exposición de la Biblia, detenerse para determinar cuál es el texto en el que se
va a trabajar.
Texto del Antiguo Testamento, texto del Nuevo Testamento
Asumiendo que el lector ya ha leído el artículo “Texto del Antiguo Testamento”, se
debe aclarar que la transmisión del Antiguo Testamento fue diferente a la del Nuevo
Testamento.
Hay algunas diferencias entre los dos textos; sobre todo hay dos que son sobre-
salientes. La primera que es obvia, pero que a veces no se ve lo suficiente: el idio-
ma. El Nuevo Testamento fue escrito en griego. A este griego se lo llama koiné o
griego común. Este fue el idioma, con los cambios lógicos y desarrollos normales
que sucede en toda lengua, que llevaron consigo los soldados de Alejandro en su
conquista de todo el “mundo conocido”. Este idioma se impuso en el Imperio Roma-
no por la gran influencia de la cultura helénica en los últimos siglos de la era pre-
cristiana y en los primeros de la misma.
La segunda diferencia es que el texto del Nuevo Testamento no se transmitió con
el cuidado ponderado del texto hebreo del Antiguo Testamento. Mientras en este
último la transmisión la realizaban “profesionales”, como ya se ha explicado en el
artículo precedente, en el caso del texto del Nuevo Testamento, especialmente en los
primeros siglos de la era cristiana, la transmisión no estuvo a cargo de expertos,
sino posiblemente estuvo en manos de cristianos “comunes” de las primeras igle-
sias, a quienes les movía el deseo de tener una versión de los escritos para poder
usarlos en las congregaciones locales. Este factor es indispensable conocerlo porque
nos hace pensar en algunas dificultades y explica las muchísimas variantes que
tiene el texto griego del Nuevo Testamento. Desde ya se debe decir que las variantes
significativas existentes no alteran las enseñanzas fundamentales del Nuevo Testa-
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mento. Pese a la gran cantidad de variantes, se puede afirmar con certeza que te-
nemos un texto confiable; hemos tenido un texto bastante confiable, y en general
nuestras traducciones al español se han basado en textos confiables en lo funda-
mental.
Para comprender el proceso de la transmisión del texto del Nuevo Testamento
hay que tener en cuenta algunas consideraciones que van, desde los materiales que
se usaron para escribir, hasta los procesos complicados de traducción.
TRANSMISIÓN DEL TEXTO BÍBLICO
Materiales usados para la escritura
Receptores del texto. Algunas porciones del texto del Nuevo Testamento fueron
escritas sobre diferentes clases de superficies, que van desde tiestos de barro (os-
tracas), planchas de cera (tablillas, Luc. 1:63), hasta piedra, metal, hojas de árboles
y corteza de árboles. Como nos podemos dar cuenta, estos materiales o son de poca
duración, o difíciles de trabajar en ellos o poco prácticos. Se usó mucho más el pa-
piro, que era un material relativamente barato, que se usaba tanto para escribir do-
cumentos de uso diario como recibos, hasta documentos más importantes y obras
de literatura. El papiro se obtiene de una caña que mide de dos a cuatro metros de
alto. Para elaborar las páginas de los papiros se usaba el “corazón” de la planta,
que se le llama “biblos”. Se juntaba una pieza al lado de la otra en forma horizontal
y luego una segunda capa en forma vertical. Se la presionaba a golpes para luego
dejarla secar; finalmente eran pulidas con pedazos de conchas o marfil. El resulta-
do era una hoja bastante áspera y relativamente gruesa, comparadas con las hojas
de papel que hoy se usan. Generalmente se escribía en el lado donde estaban las
franjas horizontales, pero a veces, frente a la escasez del producto, se usaban los
dos lados (opistografía, comp. Apoc. 5:1). Los papiros fueron los materiales más
usados para la escritura de los textos bíblicos del Nuevo Testamento.
Más tarde, cuando la iglesia empezó a dejar de ser una minoría perseguida, se
usaron los pergaminos y vitelas (pieles de diferentes animales preparadas con dife-
rentes tratamientos). Algunos siglos más tarde se empezó a usar el papel.
Uno de los receptores de texto es el palimsesto. Estos son papiros o pergaminos
que han sido reusados, es decir que se “borró” lo que estaba escrito para luego es-
cribir un documento diferente. Con técnicas modernas se ha podido descifrar el
contenido de la primera escritura, aunque con alguna dificultad y poca nitidez. Se
debe anotar que no hubo en los primeros siglos un intento de profesionalizar la ta-
rea del copista, entonces los materiales que se usaban eran de todo tipo, lo impor-
tante era el contenido.
Elementos para escribir. Sobre las superficies descritas se usaron como instru-
mentos para “escribir” diferentes clases de estiletes hechos de metal, marfil, hueso
o madera. Un extremo afilado se usaba para escribir; el otro romo se usaba para
borrar. A veces se usaba también alguna clase de pluma de ave (3 Jn. 13). Las tin-
tas eran de diferentes clases, mayormente de color negro o marrón, pero más tarde
se usaban otros colores para ornamentar las páginas. Además, la persona que es-
cribía debía contar con una piedra para afilar el estilete, y tipos de piedras pómez o
esponjas para usarlas como borrador. Producir un manuscrito no era nada fácil.
Rollos y códices. Las páginas resultantes de papiro se llamaban “cartes” (2 Jn.
12). Cada página medía desde 15 x 23 cm. hasta 30 x 38 cm. Un rollo podía tener
hasta 20 páginas. Estos no eran fáciles de manejar, pues mientras más grande era
el rollo, era más difícil buscar determinado pasaje, era común el dicho “un gran ro-
llo, un gran mal”. El libro de Mateo medía unos 10 m. de largo. En cada página se
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solía escribir a dos columnas de más o menos 5 a 8 cm. de ancho. Si había varios
rollos se hablaba de “tomos”.
El desarrollo del códice fue un aporte muy importante. Los códices que se empe-
zaron a usar desde el siglo II en adelante, para el texto del NT, son los antecesores
de nuestros libros contemporáneos. Hay códices bastante grandes, y son hechos de
papiro o de pergamino.
Tipos de escritura
Con los materiales mencionados se escribió usando varios tipos de escritura, y
con ciertas características. Se usaban solamente letras mayúsculas. El uso de ma-
yúsculas y minúsculas es una interpretación del traductor; por ejemplo la palabra
ESPIRITU puede ser espíritu o Espíritu. No se separaba entre palabra y palabra,
también esto depende del traductor. 1 Timoteo 3:16 puede ser “indiscutiblemente”
—OMOLOGOUMENOS— o “confesamos que” —OMOLOGOUMEN OS— No existían
signos de puntuación ni de acentuación. Cada letra era de aproximadamente 1 cm.
o del alto de una uña, de allí que se llamaban unciales.
En algunos manuscritos se empezó a escribir con letras minúsculas recién en el
siglo IX. Era bastante común, también, el uso de abreviaturas para nombres “sa-
grados”. Los cristianos no escribían la palabra completa “Dios” sino usaban solo la
primera y la última letra griega, lo mismo hacían con Señor, Hijo, Jesús y Cristo.
Para otros nombres usaban tres letras como en el caso de espíritu, cruz, madre,
padre, salvador, David e Israel. Posiblemente se usó esta clase de escritura por re-
verencia, o quizá por una razón más sencilla: ahorrar espacio, pues también se
usaba la suspensión, es decir, que no se terminaba una palabra, se suprimía una o
varias letras y se indicaba por medio de un rasgo caligráfico como un punto u otro
tipo de señal.
CRÍTICA TEXTUAL
Importancia
También se la ha llamado baja crítica, en contraste con la llamada alta crítica o
crítica literaria. La crítica textual trata de determinar cuál es el documento original,
qué se ha aumentado a este texto original, y qué se ha quitado. Hay varios princi-
pios que se usan, y que son casi universalmente aceptados por los biblistas, para lo
cual remitimos a libros especializados sobre el tema, siendo el más importante el de
Kurt Aland y Barbara Aland The Text of The New Testament, (Grand Rapids: William
B. Eerdmans Publishing Company, 1995).
Usando las diferentes técnicas de la crítica textual se puede decir que hay pasa-
jes con problemas que son relativamente fáciles de resolver, pero hay también otros
que son muy complejos. Sin embargo, afirmamos que hoy tenemos un texto muy
confiable, pues las variantes no comprometen de ninguna manera las doctrinas
fundamentales del cristianismo. El trabajo que se ha realizado, y se sigue realizan-
do por parte de la crítica textual, es fundamental para determinar el texto que se
debe usar.
Fuentes de la crítica textual
Para poder realizar el trabajo básico de crítica textual se cuenta con las siguien-
tes fuentes:
Manuscritos griegos. Estos son de varios tipos. En primer lugar están los autó-
grafos, es decir lo que escribieron los autores originales que, lastimosamente, no
existen. Los papiros (se deben diferenciar del material), que son los documentos
más antiguos que se tienen ahora, pues los hay del siglo II. Estos pueden contener
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desde unas pocas letras hasta libros completos. Los unciales, que como ya se ha
indicado son manuscritos que usaban letras mayúsculas bastante nítidas, gene-
ralmente vienen en códices, y fueron escritos desde el siglo IV en adelante. Los mi-
núsculos, haciendo referencia a que fueron escritos con letras minúsculas y algunas
veces en cursiva, son los más numerosos y fueron escritos desde los siglos VIII y IX
en adelante. Finalmente, los leccionarios, documentos que fueron elaborados para
usarlos en la liturgia, no están completos, pero tienen gran cantidad de textos bíbli-
cos.
Versiones. Hay varias traducciones que sirven de fuente para realizar la crítica
textual; a estas se las traduce nuevamente al griego para ver qué palabras posible-
mente se usaron. Destacan la Latina del siglo II, la Vulgata realizada por Jerónimo
en el siglo IV, y la Siriaca, obra de Taciano que incluye el llamado Diatessaron, un
primer intento de armonizar los evangelios.
Citas de los padres. Los líderes de las primeras iglesias de nuestra era escribie-
ron profusamente y en sus escritos citaron los diferentes libros del Nuevo Testa-
mento, hasta el punto de casi poder reconstruir el Nuevo Testamento con todas las
citas.
HISTORIA DEL TEXTO
Han pasado 20 siglos para que nosotros podamos contar con el texto bíblico tal
como lo tenemos ahora. Durante este tiempo el proceso de transmisión ha sido dife-
rente según las situaciones que vivía la iglesia. Las tres cuartas partes de esta his-
toria pertenecen al período del texto escrito a mano o sencillamente manuscrito, y
solamente los últimos 500 años pertenecen al período del texto impreso. Cada pe-
ríodo tiene sus características especiales.
El texto escrito a mano
Etapas. Este gran período, a su vez, se halla dividido en dos grandes etapas, el
período antiguo, en el que los manuscritos eran copiados por personas “no profesio-
nales”, en situaciones muy complicadas y difíciles. Abarca los primeros tres o cua-
tro siglos d. de J.C. La edición de un libro se hacía dictándolo de una “copia maes-
tra”, o simplemente copiándolo. De esta manera los posibles errores que ocurrían
eran diferentes en cada copia.
El período del texto uniforme sucede cuando la iglesia es protegida por el estado,
y las copias se hacen ya de una manera “profesional”. Las copias son bastante uni-
formes y responden ya a un control por parte de la iglesia. Durante este período el
texto no cambia significativamente.
Variantes. Durante el período de texto escrito a mano se incluye la mayor canti-
dad de variantes. Algunas de ellas no son intencionales, como por ejemplo, en 1 Ti-
moteo 3:16 la RVA dice “Él fue...”, en cambio RVR-1995 dice “Dios fue...”, la dife-
rencia en el griego es solo una pequeña línea en una de las letras. En Apocalipsis
1:5 RVA dice “nos libró de...” y RVR-1995 “nos lavó de...”, en el original la palabra
“lavó” tiene una letra más. Hay otras variantes que sí son intencionales, es decir que
un escriba aumentó en forma deliberada ciertas palabras para armonizar con un
pasaje paralelo (p. ej. Mat. 17:21, RVA hace muy bien en no incluir este versículo);
para explicar una situación (p. ej. Juan 5:3, 4, RVA hace muy bien en no incluir
estas palabras); para dar más fuerza a una expresión (p. ej. en Gál. 6:17 RVA no
incluye acertadamente la palabra “Señor”), etc. Estas inclusiones de palabras o ver-
sículos se hacían en forma inconsciente, pues muchas veces se trataba solo de una
nota marginal de algún escriba o un estudioso del texto bíblico, y que luego, por no
poder diferenciarse del texto original se incluyó como parte del texto. (Se debe re-
cordar que recién en los últimos años se cuenta con herramientas para poder saber
20
la fecha de escritura con mayor precisión y así distinguir entre lo escrito original-
mente y lo que fue añadido posteriormente.)
Hay también problemas muy difíciles de resolver, p. ej., los manuscritos más an-
tiguos no contienen la parte final de Marcos (16:9–20). De igual manera, aunque es
un problema diferente, el pasaje de la “mujer adúltera” en Juan 7:53–8:11, pues
algunos manuscritos no lo incluyen, otros lo incluyen en medio de ciertas marcas, y
otros lo han colocado en otras partes de los evangelios.
Cada variante, corta o larga, complicada o sencilla, es analizada a la luz de todos
los principios de la crítica textual, y las diferentes revisiones de la Biblia llegan a
determinadas conclusiones.
El texto impreso
La invención de la imprenta (1456) produjo un cambio muy significativo en toda
la crítica textual. Por un lado se constituyó en una bendición pues el trabajo de los
copistas, de hacer copia por copia, fue trasladado al tipógrafo que hacía una sola
copia. Pero, por otro lado, la imprenta ha traído nuevos problemas, pues ahora los
errores son perpetuados en un sinnúmero de copias.
Erasmo. La imprenta trae algunas innovaciones. El primer libro que se imprime
es la traducción de la Biblia al latín, conocida como Vulgata, que contiene ciertos
textos que no aparecen en los manuscritos que hoy tenemos. En 1551 Robert Es-
tieene (Stephanus) divide los capítulos en versículos, pues ya en el siglo XII se había
hecho la división de capítulos.
Surge la idea de elaborar y publicar todo el Nuevo Testamento en griego. Ya an-
tes se habían publicado Biblias en alemán, italiano y francés, pero ninguna de ellas
hizo uso del texto griego, fueron traducciones del latín. El primer texto griego en
estar listo para la publicación fue el Políglota Complutense (1514) elaborado por el
Cardenal español Francisco Ximénes de Cisneros, que se publicó en 1520, tres
años después de la muerte de Ximénes, cuando el Vaticano permitió su publica-
ción.
Erasmo de Roterdam da a conocer en 1516 un Nuevo Testamento griego editado
rápidamente y sin mucho cuidado, teniendo como meta ser publicado antes del Po-
líglota Complutense. Para ello, Erasmo usó manuscritos de poca calidad, compara-
dos con los que tenemos hoy; eran sólo seis manuscritos de los siglos XII y XIII. En
estos manuscritos no se contaba con la parte final de Apocalipsis, por lo que Eras-
mo decidió traducirlo del latín al griego, incurriendo en varios errores. El trabajo de
Erasmo tuvo varias ediciones, en cada una hizo cambios considerables, p. ej. en las
dos primeras ediciones no incluyó el texto 1 Juan 5:7 y 8, por no estar este texto en
ningún manuscrito griego, pero luego de ser engañado, pues fabricaron un manus-
crito griego con el texto en cuestión, lo incluyó en su tercera edición. En la cuarta
edición se dio cuenta del engaño y quitó estos versículos.
Textus Receptus (TR). En 1633 el publicador Elziber imprime un Nuevo Testa-
mento griego con fines netamente comerciales basándose en la tercera edición de
Erasmo, e incluye en su presentación la siguiente frase: “Aquí tiene el texto el cual
es ahora universalmente reconocido (receptum), sin alteraciones ni corrupciones”.
Esta astuta manera de presentar el texto, que hoy se lo conoce como “Textus Re-
ceptus”, sirvió para que muchos lo usaran pensando que era cierto lo que allí decía.
Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera usaron este texto para la traducción de la
Biblia que hoy conocemos como Reina Valera, y ha sido usado para la RVR-1960 y
RVR-1995.
21
Texto Crítico. Los estudiantes serios de la Biblia continuaron acumulando infor-
mación y poniendo en duda cada vez más la validez del uso del Textus Receptus.
En 1881, los eruditos ingleses Wetcott y Hort publicaron un Nuevo Testamento que
acumulaba todas las evidencias hasta ese momento encontradas, y concluyeron
que definitivamente el Textus Receptus tenía muchos errores.
Los últimos años han significado una gran bendición para el estudio del texto
griego, pues los avances y técnicas modernas han mejorado tanto, que han sido de
una ayuda inconmensurable para la crítica textual. En 1979 se publicó el Novum
Testamentum Graece (NTG) de Nestle y Aland, que ha sido reconocido como válido, y
como texto griego estándar que debe ser usado para las traducciones del Nuevo
Testamento. Hoy se cuenta con la edición 27 revisada en 1993. Este texto es usado
más para trabajos técnicos y especializados. Las Sociedades Bíblicas Unidas (UBS)
han publicado The Greek New Testament, cuarta edición revisada, también de 1993,
que se usa para la mayoría de trabajos de traducción. La diferencia entre las dos
ediciones es básicamente de formato.
TRADUCCIONES CONTEMPORÁNEAS
La últimas traducciones de la Biblia, tanto en el campo evangélico como entre
otros grupos, están basadas en el texto de Nestle Aland Edición 27 (NTG) o en el de
UBS Edición 4. Entre estas traducciones se pueden contar: Dios Habla Hoy (1994),
Reina Valera Actualizada (1999) y Nueva Versión Internacional (1999). Estas ver-
siones aprovechan los últimos descubrimientos arqueológicos y paleográficos.
Diferencias significativas entre Textus Receptus y Novum Testamentum Grae-
ce
Las diferencias entre los dos textos se pueden ver claramente en las traduccio-
nes resultantes. Para una brevísima diferenciación, se usan dos traducciones que
pertenezcan al mismo tipo, es decir traducciones de “equivalencia formal”: la RVR-
1995 (es básicamente igual que la RVR-1960 en asuntos de texto) y la RVA. La pri-
mera usó el Textus Receptus, y la segunda el Nestle Aland. La primera usa manus-
critos de poca calidad, es decir manuscritos de los siglos XII y XIII, y pasa por alto
los resultados de la crítica textual. (Es necesario decir que la RVR-1995 tiene en
sus notas, al pie de página o al final de las mismas, observaciones que informan al
lector sobre estas particularidades.) En cambio, la segunda usa manuscritos de
muy buena calidad que van del siglo II hasta el IV, y todos los resultados de la críti-
ca textual.
La RVA (al igual que NVI y DHH) debido a que el TR incluyó los siguientes versí-
culos los ha colocado al pie de página, siguiendo al texto NTG: Mat. 17:21; 18:11;
23:14; Mar. 7:16; 9:44, 46; 11:26; 15:28; Luc. 17:36; 23:17; Juan 5:3b, 4; Hech.
8:37; 15:34; 24:6b–8a; 28:29; Rom. 16:24. También, por la misma razón anterior,
ha colocado algunas palabras de los siguientes versículos al pie de página: Mat.
5:44; 6:4, 6; 20:16; 20:22, 23; 25:13; 27:35; Mar. 9:49; 10:21, 24; (NVI ha colocado
algunas de las palabras de Marcos 14:68 al pie de página); Luc. 4:4; (NVI ha colo-
cado algunas de las palabras de Lucas 8:43 al pie de página); 9:54, 55, 56; 11:11;
24:42; Hech. 28:16; 1 Cor. 11:24; 1 Jn. 5:7, 8. La gran mayoría de eruditos con-
temporáneos afirman que es una decisión acertada hacer esto, pues los mejores y
más antiguos manuscritos no contienen estos versículos y estas palabras. Hay
también bastantes palabras sueltas que han sido agregadas, o reemplazadas por
otras, o han sido cambiadas de lugar por el TR. Para un estudio completo véase tex-
tos especializados, y cada nota de pie de página que tienen las Biblias que han sido
mencionadas.
22
Otros pasajes han sido incluidos, pero con una marca especial que indica el alto
grado de duda que existe acerca de ser o no ser parte del texto original: Mat. 6:13;
16:2b, 3; Mar. 16:9–20; Luc. 11:2–4; 22:43, 44; Juan 7:53–8:11.
Aunque al verlos parece que son bastantes versículos y palabras que el TR ha
aumentado o cambiado, se debe decir que ninguno de estos aumentos son significa-
tivos para las doctrinas fundamentales, y se puede afirmar que hoy tenemos un
texto bíblico confiable.
23
[p 27]

1 REYES
Exposición
Efraín Silva O.
Roberto Fricke
Ayudas Prácticas
Hayward Armstrong
[p 28]
[p 29]

INTRODUCCION
Este libro es una sección excepcionalmente didáctica de nuestra historia univer-
sal. Aunque es un registro parcial de la vida político-religiosa de una sola nación,
puede muy bien representar una perspectiva y medida de nuestros pueblos hoy en
día. Si anhelamos conocernos a nosotros mismos como nación, veámonos a través
de la vida del pueblo de Dios; sobre todo en los períodos críticos de su historia.
NOMBRE Y ORGANIZACIÓN
Los libros de Samuel y Reyes en el heb. formaron originalmente un solo rollo o
pergamino, pero los traductores de la Septuaginta (LXX, versión gr. del AT) hicieron
la división que hoy conocemos. Desde luego, la versión latina (la Vulgata) continuó
la organización de la LXX. Las versiones españolas, aunque emplean los mejores
textos heb. (el Texto Masorético), siguen también la organización de la LXX. Esta
división de un solo rollo en cuatro probablemente obedecía a que el heb. carece de
vocales; el gr. no, por ende, en la versión gr. se hizo necesaria la división debido a la
excesiva extensión del libro; no habría cabido dentro de un solo rollo. Pese a esta
división, los traductores de la LXX reconocían una unidad implícita en Samuel y
Reyes ya que aludían a estos escritos como 1–4 Basileia o sea, los cuatro reinos o
reinados. De modo que no es recomendable hablar de 1 y 2 Reyes como materiales
aislados; hablar de 1 Reyes independientemente también presenta problemas, por-
que siempre hay un contexto mayor dentro del cual se debe estudiar dicho libro.
LA FECHA Y EL CONTEXTO MAYOR DE 1 REYES
Por muchos años, por lo menos desde el siglo XIX, la preponderancia de la eru-
dición bíblica europea prefería hacer caso omiso de la unidad canónica. Optaba me-
jor por considerar los actuales libros de Reyes como una historia preexílica de la
monarquía hebrea, con revisiones importantes hechas por otros editores después
del exilio babilónico del pueblo hebreo que tuvo lugar comenzando en el año 587 a.
de J.C. Estos estudiosos abogaban por una teoría llamada “la doble redacción”.
Quiere decir simplemente que 1 y 2 Reyes no fueron escritos por un solo autor, sino
por varios oficiales de las diferentes cortes reales del período aludido. Posteriormen-
te, estos materiales serían reinterpretados por una larga lista de editores que los
adaptarían según las necesidades y prejuicios de su tiempo.
En años recientes, sin embargo, otros eruditos han tomado un rumbo diferente
en su interpretación de Reyes. Estos estudiosos afirman la unidad esencial no tan
sólo de los libros de Reyes, sino de una colección mayor de escritos con la cual Re-
yes se ve ligado tanto en estilo como en convicción teológica. Según [p 30] Martín
24
Noth, el mayor exponente de este nuevo movimiento, un solo escritor durante el exi-
lio babilónico había echado mano de diversos materiales tradicionales, tanto escri-
tos como orales, existentes desde el tiempo de los reyes de Israel y de Judá. Estos
materiales, tres fuentes distintas, consistían en registros oficiales de las cortes re-
ales y del templo, como también en historias populares respecto a los profetas. Con
estos materiales este autor exílico forjó una interpretación histórico-teológica de los
materiales. Por “histórico-teológica” se entiende que el autor empleó datos concretos
de sus respectivas fuentes, pero los factores y convicciones religosos gobernaron el
manejo, interpretación y arreglo de esos materiales históricos. El resultado de su
trabajo se contempla en nuestros libros canónicos desde Josué hasta 2 Reyes (Jo-
sué, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, los cuales forman parte del canon heb. conocido
con el nombre de “Profetas Anteriores”). Los eruditos de esta corriente suelen llamar
a este escritor “el historiador deuteronómico” o simplemente “el deuteronomista”. Se
le llama así porque sus convicciones teológicas gobernantes se aprecian mejor a
todas luces dentro del libro de Deuteronomio. Seguramente fue este mismo libro el
que se descubrió cuando la reforma de Josías en el año 622 a. de J.C. Estas con-
vicciones religiosas se detallarán más adelante. Se ignora el nombre propio del au-
tor, pero “el deuteronomista” resulta ser uno de los mejores y más capaces escrito-
res del AT. Aunque una tradición judía asigna la composición de 1 Reyes al profeta
Jeremías, no deja de ser hasta ahora una mera tradición. No hay indicios contun-
dentes que lo confirmen.
EL PAPEL DEL PROFETA EN REYES
Es significativo el hecho de que 1 y 2 Reyes, junto con los demás libros escritos
en el conjunto que forma la historia deuteronómica, se hayan redactado posible-
mente durante los primeros años del exilio babilónico (siglo VI a. de J.C.). Esto
quiere decir que el famoso movimiento profético israelita ya se había hecho sentir
fuertemente. El comentarista Walter Brueggemann afirma que el autor se propuso
dar una narración extensiva en torno a los profetas, especialmente Elías, Eliseo e
Isaías, y no un informe desapasionado de la secuencia de los reyes de Israel y Judá.
Uno no puede leer Reyes sin darse cuenta del papel crucial que jugaron los profetas
en el devenir de la historia de los reyes de Judá y de Israel. Eran los profetas tam-
bién quienes recalcaban la importancia de la Torah, la ley, durante este período.
Esto se sugiere a través de Reyes, pero se expresa clásicamente en 2 Reyes 17:13.
Dependiendo de cómo tal o cual rey, juntamente con el pueblo, acataran y respeta-
ran la ley, así eran juzgados como buenos o malos. De modo que hay tres elementos
que se entretejen en la historia deuteronómica: los reyes, los profetas y la ley. Al fin
y al cabo, el autor desea dar una explicación de los personajes y eventos que con-
dujeron a la desaparición del reino del norte (Israel) a manos de los asirios en el año
722 a. de J.C. y la trágica “muerte de la nación” (el reino del sur, Judá) en el exilio
babilónico a partir del año 587 a. de J.C.
Para el historiador deuteronomista, los profetas eran los que recalcaban las con-
vicciones teológicas gobernantes. En los libros del deuteronomista encontramos so-
bre todo los siguientes elementos: (1) Un énfasis sobre la centralización [p 31] del
culto en el templo en Jerusalén; esto se aprecia aun más marcadamente después de
la división entre los dos reinos, el del norte (Israel) y el del sur (Judá). Cada rey de
Judá era juzgado positivamente siempre y cuando siguiera las pisadas de su “padre
David”. Cada rey de Israel era juzgado negativamente si seguía o no “el pecado de
Jeroboam” (1 Rey. 15:26, 34, etc.). Este pecado consistía principalmente en promo-
ver el culto a Dios en altares fuera de Jerusalén por razones políticas (1 Rey. 13:25–
33). Desde luego, como es sabido, el culto llevado a cabo fuera de Jerusalén tendía
siempre a convertirse en la más crasa idolatría en “los lugares altos”. (2) Un segun-
do elemento en la teología del deuteronomista es que considera que la profecía se
25
cumple en eventos históricos, juzgados los hombres según la justicia divina. Casi
como una letanía se afirma que los fieles al pacto son bendecidos; los infieles al
pacto son condenados. Sin variar, el deuteronomista condena la idolatría y el fraca-
so de los reyes en no gobernar según los designios de Dios. El libro de Josúe, con
su relato de la conquista, demuestra bendición por la obediencia; los libros de Jue-
ces, Samuel y Reyes demuestran los efectos aciagos de la desobediencia.
EL PROPÓSITO TEOLÓGICO DE 1 REYES
Más que presentar una mera relación de acontecimientos importantes, el objeti-
vo básico es el de trazar la influencia providencial de Dios en la vida de su pueblo.
Es con ese fin, altamente profético-religioso, que se señalan errores y pecados de
cada monarca, con la disciplina de juicio y castigo que cada uno merecía. Por esto
no se hace una evaluación político-militar de cada rey como tal. Lo que interesa es
la clase de relación entre Israel y Jehovah. El destino como nación iba a depender
de su obediencia y fidelidad a las leyes divinas. Esto significa que el juicio y veredic-
to final están basados sobre consideraciones morales y espirituales. Obsérvese que
las frases: “Hizo lo malo en ojos de Jehovah”, e “hizo pecar a Israel”, resuenan como
estribillo en el libro. Esto refuerza el que nos parece el tema central, tomando una
frase de Números 32:23: “Vuestro pecado os alcanzará.” Como punto importante,
notamos que ningún rey es aprobado sin reservas, a excepción de David y Salomón.
Otro gran propósito es mostrarnos que Dios no permitirá la aniquilación total y
definitiva de su pueblo. Según el pacto davídico, la línea real y redentora será con-
servada mediante la salvación de un remanente. Pero una condición es irrevocable:
Israel debe volver a su Dios en genuino arrepentimiento.
Este libro, pues, tiene urgente vigencia para nuestros pueblos y gobernantes de
turno, cualesquiera sean su ideología y tendencia política. El ateísmo práctico de
aquellos no puede producir otra cosa sino injusticia, inmoralidad y corrupción ad-
ministrativa. Estos son los pecados que, entre otros, hunden a nuestros pueblos en
crítica pobreza; y aun más, en el caos, el desastre y la destrucción final.
“El que controla el pasado, controla también el futuro”. La prosperidad de cual-
quier nación depende de su observancia de las leyes del Creador. Es, pues, con esta
perspectiva que debemos acercarnos a 1 Reyes. No sólo con una visión de la histo-
ria, sino con una perspectiva de la profecía y de su mensaje.
26
[p 32]
BOSQUEJO DE 1 REYES
I. REINADO DE SALOMÓN, 1:1-11:43
1. Preliminares: últimos incidentes en la vida del antepasado David, 1:1-2:11
(1) Decadencia de David, 1:1-4
(2) Conjura de Adonías, 1:5-10
(3) Contrarrevolución, 1:11-37
(4) Coronación de Salomón, 1:38-53
(5) Últimas instrucciones de David al nuevo rey, 2:1-11
2. Fortalecimiento del reino, 2:12-4:34
(1) Eliminación de enemigos, 2:12-46
(2) Piedad y sabiduría de Salomón, 3:1-28
(3) Organización y administración, 4:1-19
(4) Esplendor y gloria, 4:20-34
3. Edificación de obras públicas, 5:1-8:66
(1) Construcción del templo, 5:1-6:38
(2) Edificios reales, 7:1-12
(3) Equipamiento del templo, 7:13-51
(4) Dedicación del templo, 8:1-66
4. Período de poder, grandeza y fama de Salomón, 9:1-10:29
(1) Recibe nueva visión del Señor, 9:1-9
(2) Poderío y riqueza de Salomón, 9:10-28
(3) Alcanza la cima de su grandeza, 10:1-29
5. Declinación y ocaso de Salomón, 11:1-43
(1) Alejamiento de Dios, 11:1-8
(2) Profecías de juicio y castigo, 11:9-13
(3) Adversarios de Salomón, 11:14-40
(4) Punto final: muerte de Salomón, 11:41-43
II. LA DIVISIÓN DEL REINO, 12:1-22:53
1. Algunas causas, 12:1-15
(1) El descontento, 12:1-5
(2) Un consejo insensato, 12:6-14
(3) El designio de Dios, 12:15
2. Se concreta la división, 12:16-24
3. Historia paralela de los dos reinos, 12:25-22:53
(1) Reinado de Jeroboam en Israel, 12:25-14:20
a. La importancia del profeta en el relato sobre los reyes
27
b. Jeroboam y el profeta de Judá, 13:1-34
c. Ajías de Silo condena a Jeroboam, 14:1-20
(2) Reinado de Roboam, 14:21-31
(3) Reinado de Abías o Abiam, 15:1-8
(4) Reinado de Asa[p 33] , 15:9-24
(5) Reinado de Nadab, 15:25-32
(6) Reinado de Baasa, 15:33-16:7
(7) Reinado de Ela, 16:8-14
(8) Reinado de Zimri, 16:15-20
(9) Reinado de Omri, 16:21-28
(10) Principio del reinado de Acab, 16:29-34
4. Paréntesis profético: Elías y Eliseo, 17:1-19:21
(1) Primer enfrentamiento de Elías con Acab, 17:1-24
a. El anuncio de la sequía, 17:1-7
b. Elías y la viuda en Sarepta, 17:8-24
(2) Segundo enfrentamiento de Elías con Acab, 18:1-19
(3) Elías y la confrontación entre Jehovah y Baal, 18:20-40
(4) Elías anuncia el fin de la sequía, 18:41-46
(5) Elías ante Jehovah en Horeb, 19:1-18
(6) Unción de Eliseo como sucesor de Elías, 19:19-21
5. Continuación del reinado de Acab, 20:1-22:40
(1) Ben-hadad sitia Samaria, 20:1-12
(2) Acab derrota a Ben-hadad, 20:13-21
(3) Victoria sobre los sirios en Afec, 20:22-30
(4) Acab hace alianza con Ben-hadad, 20:31-34
(5) Acab es reprendido respecto a Ben-hadad, 20:35-43
(6) Acab y la viña de Nabot, 21:1-16
(7) Elías anuncia juicio contra Acab, 21:17-29
(8) Acab y Josafat van contra los sirios, 22:1-30
(9) Derrota de Israel y muerte de Acab, 22:31-40
6. Resumen del reinado de Josafat, 22:41-50
7. Reinado de Ocozías en Israel, 22:51-53
28
[p 34]
AYUDAS SUPLEMENTARIAS
Bewer, Julio A. Literatura del Antiguo Testamento. Traducción por E. Burgos-A. So-
sa. Buenos Aires: La Aurora, 1938.
Brueggemann, Walter. 1 Kings. Atlanta: John Knox Press, 1982.
Carroll, B. H. La Monarquía Hebrea, Tomo 2. Trad. por Sara A. Hale. El Paso: Casa
Bautista de Publicaciones, 1945.
Eiselen y otros. Comentario Bíblico de Abingdon. Trad. por B. Foster Stockwell y
Adán E. Sosa. Buenos Aires: La Aurora, 1937.
Francisco, Clyde T. Introducción al Antiguo Testamento. Trad. por Juan J. Lacué. El
Paso: Casa Bautista de Publicaciones.
Gillis, Carroll Owens. Historia y Literatura de la Biblia. El Paso: Casa Bautista de
Publicaciones, 1954.
Guthrie y otros. Nuevo Comentario Bíblico. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones,
1970.
Pfeiffer, Charles F. Diccionario Bíblico Arqueológico. Trad. por Roberto Gama. El Pa-
so: Editorial Mundo Hispano, 1982.
Rawlinson, George. Los Reyes de Israel y Judá. Trad. por Sara A. Hale. El Paso: Ca-
sa Bautista de Publicaciones, 1939
29
[p 35]

1 REYES
TEXTO, EXPOSICION Y AYUDAS PRÁCTICAS
I. REINADO DE SALOMÓN, 1:1-11:43
1. Preliminares: últimos incidentes en la vida del antepasado David, 1:1-2:11
(1) Decadencia de David, 1:1–4. Una secuela de males y aflicciones aceleraron
el proceso de envejecimiento de quien fuera tan robusto en su juventud. La enfer-
medad, los excesos, los nefastos resultados de la poligamia, las discordias entre sus
cortesanos, las intrigas y los crímenes dentro de su propia familia (Tamar, Absalón
y Ammón), lo empujaron a la decrepitud y a la impotencia. Más que una concubina,
como para probar su capacidad viril, la hermosa compañera sólo puede servirle
como enfermera. Y, a los 71 años, David luce mucho más viejo de lo que era en rea-
lidad.
En relación con la senilidad e impotencia de David, es significativo que en la an-
tigüedad era común la creencia, en estos casos, de que el contacto con una virgen
tenía poderes restauradores. Por esto los siervos personales de David le llevaron
una joven sunamita (oriunda de una pequeña aldea en el territorio de Isacar) que se
llamaba Abisag. No hay base histórica como para identificar a ésta con la sulamita
que se menciona en Cantares 6:13. En todo caso, la construcción gramatical de los
textos alusivos hace hincapié en Abisag como una sierva y compañera de David en
su vejez. Además, al mencionar la condición física de David recalca la urgencia de
la determinación de la sucesión dinástica.
(2) Conjura de Adonías, 1:5–10. Debido a sus precarias condiciones el glorioso
rey, genio militar de Israel, está ahora reducido al palacio. Es de suponerse que
perdió el interés y el control sobre los asuntos de Estado. Y, lo que es peor en estas
circunstancias, el de sus propios hijos. ¿Se habrá enterado de las intrigas por la
posesión del trono?
El astuto Adonías supo explotar todas las circunstancias favorables del momen-
to. Era el cuarto hijo (ver 2 Sam. 3:4). Tenía una influyente presencia; se aprovecha
de la senilidad del padre y de la confusión reinante para tramar su complot. Se
aprovecha, además, del apoyo de sus hermanos y de los que, en tiempo pasado,
fueron de los más fieles servidores de su padre. Pero el presunto reinado, aunque
muy bien celebrado, no llegaría a consumarse.
Es importante reconocer que Adonías tenía una tremenda ventaja por ser el
heredero principal, y también gozaba de popularidad. No obstante todo esto, es ob-
vio también que tenía sectores políticos que militaban en su contra (ver 1 Rey.
1:10). Entre ellos estaban Natán (el profeta [p 36] cortesano), Benaías (un militar
ambicioso) y Sadoc (un alto clérigo en la jerarquía sacerdotal). Además de estos as-
pectos, se deben agregar las maniobras de la reina madre, Betsabé. Una oposición
que incluía elementos tan diversos y tan influyentes tenía que representar un obs-
táculo fuerte para la ambición de Adonías. Con razón, a [p 37] éstos no se les invitó
al banquete de apoyo para el golpe de Estado.
30

Semillero homilético
Paternidad desprendida
1:6–10; 2:13–24
Introducción: Hay muchos padres que juegan un papel de poca
importancia en las vidas de sus hijos, aunque vivan bajo el
mismo techo. Si el padre no asume su deber de instruir y co-
rregir a sus hijos, estos pueden crecer con una imagen inco-
rrecta del poder y sus limitaciones dentro de él. En realidad,
David no tuvo buena relación con ninguno de sus hijos. La-
mentablemente, no tuvo acceso a la sabiduría de uno de ellos,
Salomón, cuando éste escribió: “El que detiene el castigo abo-
rrece a su hijo, pero el que lo ama se esmera en corregirlo”
(Prov. 13:24). Veamos algunos resultados de esa falta de rela-
ción.
Arrogancia.
Empezó una carrera política para hacerse rey.
) Ni Saúl ni David habían buscado ser reyes; fueron nombra-
dos por Dios.
) Presumió su futuro como rey sin consultar con las autori-
dades apropiadas.
Actuó como rey aun antes de ser nombrado.
) Nombró cincuenta hombres como ayudantes.
) Planificó su coronación.
Falta de sabiduría.
En lugar de demostrar astucia política, selló su derrota al no
invitar a sus competidores a la fiesta de coronación.
No sabía cómo respetar la respuesta “no” (2:13–24).
. Muerte prematura (2:24, 25).
Lo mataron porque su actitud era una amenaza para otros.
Murió porque no sabía cómo llevarse correctamente ante el
poder y la autoridad.
Conclusión: Lo que su padre, astuto pero indulgente, no enseñó
a Adonías le costó a éste no solamente el trono, sino su propia
vida. ¿De qué privamos a nuestros hijos al no disciplinarlos
con amor en una buena relación de padre e hijo?

Verdades prácticas
El rey David no tuvo una buena relación con su hijo Adoní-
as y no le aconsejó. En contraste vívido, David le dio a su hijo
Salomón muchos consejos. La diferencia en el resultado en las
vidas de los dos hijos es asombrosa.
31
(3) Contrarrevolución, 1:11–37. Un plan antisubversivo se trazó con urgencia,
con la habilidad y astucia de uno de los más antiguos y fieles servidores del rey: el
profeta Natán. Este se vale de su influencia y de la ya envejecida Betsabé, esposa
favorita de David y madre del aspirante. La apelación, precedida de toda la cortesía
oriental, estuvo basada en una promesa que el mismo David le había hecho años
atrás al sucesor Salomón (1 Crón. 22:9, 10). Además, había que salvar la vida, pues
de ganar Adonías el trono, madre e hijo hubieran sido incriminados y castigados
por subversivos.
David se mueve con la celeridad que el caso requiere. Se anticipa a los planes del
adversario. Jura que Salomón sería el nuevo soberano, y da las instrucciones con-
ducentes a su unción y coronación.

Verdades prácticas
Si no estamos seguros de que nuestro trato con los hijos es
como debe ser, o que el ambiente que les proveemos es salu-
dable, bien podríamos reflexionar haciéndonos preguntas como
estas:
Estimo a mis hijos lo suficiente como para hacer sacrificios
personales por ellos?
Reconozco a mis hijos como personas, con personalidad, ca-
rácter, deseos, sueños, gustos y disgustos?
Conozco los detalles en la vida de mis hijos: cómo rinden en
la escuela, qué música les gusta y quiénes son sus amigos?
Comparto su vida, o solamente comparto con él un techo y
una mesa?
Respeto los derechos que tienen mis hijos como personas, o
somos los padres los únicos que tenemos derechos?
Amo a mis hijos suficientemente para disciplinarlos, o es
más fácil y menos molesto dejarlos andar en dondequieran y
como quieran?

Para muchos será interesante notar cómo la Biblia no vacila en desenmascarar


la estrategia empleada por personas tan importantes como Natán, Benaías y la re-
ina madre para asegurar la sucesión salomónica [p 38] al trono. El que hubiera de
por medio ciertas artimañas sólo confirma la veracidad histórica de la revelación
como la tenemos en la Biblia. Aun los personajes de más renombre suelen emplear
medios, eficaces por cierto, pero no siempre alcanzan una ética superior. Así, Salo-
món está destinado a ser el próximo rey por decreto de David (v. 30).

Joya bíblica
¡Vive Jehovah que rescató mi alma de toda adversi-
dad...! (1:29).

La expresión "Montarse en la mula" (ver v. 33), simboliza el ascenso oficial al


trono del antecesor. Este es un buen ejemplo de cómo los autores bíblicos solían
emplear ciertos dichos que aparentan un pleno literalismo pero en realidad son
simbólicos en su sentido. En los tiempos de David, se tenían caballos, pero se usa-
ban principalmente para tirar carros de guerra, no para montarse. La gente común
entre los hebreos montaba burros (ver 1 Rey. 2:40), pero los mulos se reservaban
32
para la gente de cierto rango. La mayoría de los textos bíblicos que hablan de mulos
los asocian con la familia real o, en su defecto, los mencionan como parte de un tri-
buto o botín traído al rey. Es de suponer que la mula de David era un animal fino, y
de hecho es la única vez en toda la escritura heb. en donde se habla del género fe-
menino del animal. El que Salomón se montara en la mula de David era prueba de
que éste aprobaba el ascenso salomónico al trono.

[p 39] El ambiente es importante para el desarrollo de un


niño
En los días antes de la caída del comunismo en Europa
Oriental, un joven seminarista del mundo occidental asistió a
un congreso juvenil en uno de los países detrás de la cortina
de hierro. Allí se encontró con un joven líder del partido comu-
nista en aquel país. Al terminar su encuentro, en el cual
hablaron de sus familias y trasfondos, llegaron a la conclusión
que si el seminarista hubiera nacido en Europa Oriental, quizá
hubiera llegado a ser un comunista, y si el comunista hubiera
nacido en el occidente, quizá sería un seminarista. No se puede
negar que el ambiente es un factor importante en el desarrollo
de un niño.

(4) Coronación de Salomón, 1:38–53. La toma de posesión del nuevo rey, al es-
tilo oriental, fue muy impresionante. Un profeta, un sacerdote y Benaías, uno de los
30 valientes de David (2 Sam. 8:18; 23:20–39), y comandante de la guardia real,
dirigieron el majestuoso desfile de coronación. Una escolta de mercenarios extranje-
ros —cretenses y filisteos— garantizó la máxima seguridad del evento. Como ya se
ha dicho, el simbólico ceremonial exige que el sucesor monte la mula de su antece-
sor. Con este acto se inicia una nueva dinastía: la davídica. Es la primera vez que el
hijo de un rey asciende al trono de Israel. Esto explica, en parte, el desbordante jú-
bilo de la celebración.
Llama la atención que Benaías, Sadoc y Natán hayan de llevar a Salomón para
su coronación al arroyo de Guijón. Sin que David lo supiera, este lugar quedaba a
poca distancia del lugar en donde se efectuaba la fiesta de Adonías. No se sabe por
qué David escogió este sitio, porque no era conocido como un lugar de adoración ni
figuraba entre los lugares de importancia personal para David. Lo único que se sa-
be es que el arroyo era la fuente principal que abastecía de agua a la ciudad.
En Guijón, Sadoc el sacerdote y Natán el profeta habían de ungir a Salomón co-
mo rey sobre Israel (v. 36). El ungimiento en Israel solía tener varios significados,
pero [p 40] en esta ocasión es un acto para separar de manera especial a Salomón
como rey. De hecho, aunque se usaba el término para referirse a la separación es-
pecial de sacerdotes, en Israel el acto de ungir (mashaj 4886) a una persona se apli-
caba más comúnmente al rey. Por esto a veces se le llamaba al rey “el mesías de
Jehovah” (ungido).
Pero en el bando contrario de Adonías la situación es muy diferente. El complot
es descubierto y desbaratado. La noticia es aplastante para Adonías y sus partida-
rios. Los amigos de Adonías lo abandonan y al usurpador no le queda más remedio
que la rendición más humillante. Como prófugo de la justicia corre para salvar su
vida. Acude al santuario y allí se aferra a los cuernos del altar (Exo. 21:14 y 27:2).
Este es un lugar de refugio y de misericordia. Mediante este acto simbólico Adonías
reclama la protección de Dios. Aquí no le puede tocar la espada del vengador. Al
33
final, Adonías tiene que demostrar su absoluta rendición ante el rey Salomón (1
Rey. 1:53).
Sin duda, el primer acto de magnanimidad del rey Salomón es perdonarle la vida
a su hermanastro. Las leyes de Oriente eran inexorables en estas situaciones; pero
este perdón tiene una condición: Adonías jamás debe intentar un golpe contra la
autoridad del Estado. Como castigo debe resignarse a una especie de arresto domi-
ciliario. Para Adonías, esto significa la renuncia absoluta de toda actividad política.
Su pecado lo había alcanzado.

Joya bíblica
Guarda lo que Jehovah tu Dios te ha encomendado, para
andar en sus caminos y guardar sus estatutos, sus manda-
mientos, sus decretos y sus testimonios, como está escrito
en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que
que hagas y en todo lo que emprendas (2:3).

(5) Últimas instrucciones de David al nuevo rey, 2:1–11. Esta sección repre-
senta una inserción editorial entre 1:53 y lo que encontramos en lo sucesivo. La
estructura de esta unidad es típica para informar la muerte de una persona de re-
nombre. Tales reportajes tradicionalmente contienen lo siguiente: (1) Una introduc-
ción que [p 41] alude a la edad avanzada y a la muerte inminente, (2) un discurso
de despedida que contiene amonestaciones o profecías, y (3) una conclusión que
informa sobre la muerte y sepultura del personaje aludido. (Ver Gén. 49:1–50:13;
Jos. 23:1–24:30; Deut. 31–33.) El historiador deuteronómico hace uso de este pa-
trón de forma clara.
David pelea su última batalla: la de la muerte. Como guerrero sobrevive a sus
presentimientos: “Ahora bien, algún día voy a perecer por la mano de...” (1 Sam.
27:1). ¿Cuántos años pasan entre el ascenso de Salomón al trono y la muerte de
David? No se sabe a ciencia cierta (1 Crón. 22:6–29:25). Es posible que hubiera un
correinado.

Semillero homilético
Sé fuerte, sé hombre
2:1–4
Introducción: Antes de morir, el rey David le dio a su hijo y su-
cesor palabras vitales de consejo. Salomón, un hombre muy
joven aún, asumiría al trono de Israel encarando la intriga polí-
tica, la oposición de miembros de su propia familia, y las deci-
siones múltiples y difíciles de gobernar a un pueblo único. Por
todo ello, iba a necesitar una fuerza especial. Aunque nuestros
jóvenes, al entrar al mundo de la adultez, quizá no van a ser
reyes políticos, sí se van a enfrentar con la complejidad de
nuestro mundo moderno y necesitarán recursos de fuerza para
tomar decisiones adecuadas. Veamos cómo David sugirió que
Salomón se esforzara y por qué debió hacerlo.
Cómo se esfuerza para ganar al mundo.
Guardando la ley de Dios.
Andando en los caminos de Dios.
34
Por qué esforzarse.
Para que tenga éxito en la vida.
Para que la línea de los familiares quienes cumplen los
mandatos de Dios no se rompa.
Conclusión: Nuestro consejo a los jóvenes adultos que están
por tomar las riendas de nuestro mundo es que guarden los
mandatos de Dios y que anden en sus caminos. Así que, pue-
den esperar las bendiciones de Dios en sus vidas, y pueden
tener la satisfacción de saber que continúan la línea de creyen-
tes en nuestra familia para el beneficio de nuestros descen-
dientes.

Las instrucciones de David tienen la fuerza de una orden. En otras palabras, di-
ce a su hijo: “Sé un hombre sabio, prudente, justo y magnánimo; combina la justi-
cia con la benevolencia y la misericordia. Pero, sobre todo, sé fiel y obediente a la
voluntad de tu Rey. El futuro y destino de tu reinado y de tu dinastía dependerán
de tu fiel cumplimiento a las promesas a David.”[p 42]
¿Tendría el padre poca confianza en su hijo? Debía conocer muy bien a quien
había sido criado en la comodidad, holganza y lujos de la vida de palacio, y entre
mujeres. ¿Conservaría aún Salomón el gusto por ese tipo de vida? En cambio él,
David, había sido formado en la rígida disciplina del campo, de las cuevas, en el
fragor de la guerra.

Verdades prácticas
Las historias de David, Adonías y Salomón hacen recordar
al lector la importancia de tener relaciones apropiadas con
nuestros hijos, y de enseñarles los preceptos de Dios. Se ha
dicho que un pueblo siempre está a una sola generación de la
herejía bíblica. Cuando uno les dé consejos a sus hijos, como
lo hizo David con Salomón, vale apelar al papel de cada gene-
ración como eslabón en la cadena de fe.

Por otro lado, la prudencia había obligado a David a ser indulgente. Algunos de
sus hombres de mayor confianza habían caído en el desfavor real. Este fue el caso
con su anterior Ministro de Defensa, el general Joab. Para la seguridad del Estado,
hay que tomar precauciones. Ha llegado la hora de ajustar cuentas.
Igual fue el caso de Simei (2 Sam. 16:5–8 y 19:16–18). David había perdonado
las injurias hechas a su persona. Pero la majestad real y el principio de autoridad
habían sido agraviados. Ahora tiene que ser castigado como delito contra el Estado.
Por esto aconsejó al sucesor que fuera inexorable en el ejercicio del deber. Maldecir
al rey era una ofensa capital (Exo. 22:28). Además, se consideraba que la maldición
tenía fuerza activa vigente y sólo podía ser neutralizada con la muerte del culpable.
Aquí debe hablar la voz de la justicia, no la de la venganza.
Pero el magnánimo anciano no puede olvidar a quien le había socorrido cuando
tuvo que exiliarse por la rebelión de su propio hijo (2 Sam. 17:27 y 19:32). Hasta
recomienda que los hijos de Barzilai fueran incluidos en la familia real.
David reposó con sus padres (v. 10). Esta es una expresión tradicional para afir-
mar que David muere en paz en contraste con una muerte violenta. El que David
fuera sepultado en la Ciudad de David es significativo. Lo común habría sido el ser
sepultado en la tumba de sus antepasados en Belén. En lugar de lo tradicional, Da-
35
vid es sepultado en la ciudad que había sido conquistada por sus propias tropas
personales, no las de las tribus de Judá o Israel. De modo que como fundador de
una nueva dinastía, era correcto que se sepultase en Jerusalén, su propia ciudad.
Reyes futuros de Israel también serían sepultados en la misma área posteriormen-
te.[p 43]
Así llega el fin de David (1 Crón. 29:28). Se puede decir de él: “Grande en su vi-
da; grande en su muerte”. Lega a su sucesor un reino unido, en la cima de su gloria
política, material y religiosa.
2. Fortalecimiento del reino, 2:12-4:34
(1) Eliminación de enemigos, 2:12–46. Esta sección de 1 Reyes es muy dife-
rente de la primera. Consiste en una serie de cuatro historias menos complejas que
la primera. Hay factores que unen estas cuatro unidades pequeñas. Tienen un con-
tenido semejante, pues cada una puntualiza cómo Salomón elimina a sus enemigos
por ejecución o por exilio. También la estructura de tres de las cuatro historias es
similar: las narraciones respecto a Adonías, Joab y Simei son más largas que la de
Abiatar. Otro factor unitivo es el papel que jugó Benaías (el principal de sus guar-
daespaldas) en la ejecución del general Joab y de Simei tanto como en la destitu-
ción de Abiatar como sacerdote. También, por medio de estas historias el autor su-
tilmente caracteriza a Salomón, cosa que se ha obviado hasta ahora en la narra-
ción.
Salomón sube al trono como a los 20 años de edad. El tercer rey de Israel hereda
un reino bien organizado, con paz y libertad, pero presintiendo nubes en el horizon-
te. Por esto, su primera medida política fue la de eliminar todo lo que pudiera per-
turbar la paz de sus súbditos. Pero Salomón no iba a actuar por venganza ni defen-
sa propia. Aunque si no lo hacía, con toda seguridad que el eliminado sería él mis-
mo. Conocía muy bien la clase de enemigos que tenía, aun dentro de su propia fa-
milia. Salomón iba a cumplir el último encargo de su padre (2:9), y este fue el quitar
de en medio a los enemigos que le saldrían al paso para perturbar la paz de su rei-
nado. Pero, sobre todo, Salomón estaba bien seguro de que era la voluntad sobera-
na de Dios que fuera el rey de Israel (2:24). De modo que al eliminar a sus enemigos
estaba cumpliendo la palabra de Dios y las leyes del reino tal como las entendían
durante su época. Con todo, su procedimiento al eliminar a sus enemigos dista
mucho de la voluntad de Dios que conocemos en Cristo Jesús. Es de suma impor-
tancia reconocer qué actitudes y prácticas comunes durante el tiempo de Salomón
jugaron un papel importante en su actuación. El que haya actuado así no justifica
que se haga lo mismo hoy.
El primer enemigo era su propio hermano Adonías, quien se consideraba herede-
ro del reino. Tenía derechos de primogenitura que no podían ser disputados. Ade-
más, contaba con el apoyo del general Joab y de otros. Sin embargo, Adonías sabía
que no podía ser rey porque había una promesa de Dios de por medio. Dios había
elegido a Salomón desde su nacimiento (1 Crón. 22:9, 10). Esto significa que, al
persistir en esta conspiración en forma tan alevosa contra su propio hermano, es-
taba cometiendo un doble pecado. Con todo, es fácil comprender que Adonías pen-
saba de este modo porque era mayor que Salomón y tradicionalmente le habría co-
rrespondido el reino.
El cobarde Adonías ni se atrevió por sí mismo a presentarle al rey su petición. Se
valió de la influencia de la madre de Salomón: Betsabé. El astuto Adonías conocería
bien la costumbre oriental de que las concubinas del rey debían pasar al heredero.
Sabiamente, Salomón consideró que tal petición era un acto de traición. La magna-
nimidad del rey llegó a su fin: el reincidente merecía la pena de muerte. Y se hizo
justicia en favor de la seguridad personal y nacional.
36
Es notable que otro de los enemigos del [p 45] rey fuera el sumo sacerdote Abia-
tar, del linaje de Aarón. Abiatar se había adherido a la causa de David durante la
rebelión de Absalón. Ahora es inducido a traicionar a su viejo y estimado amigo, y
se convierte en cómplice del plan fracasado de entronizar a Adonías. Ahora, por la
amistad demostrada a David, el rey no le aplica la pena de muerte. Pero es destitui-
do del cargo y reducido a vivir en su propia casa como hombre común. Ya no tiene
oficio. El enemigo está en estado de impotencia.

Verdades prácticas
La escena es gráfica. El viejo rey David, débil y enfermizo,
sufriendo el frío en sus huesos, presiente que la muerte se está
acercando. Quizá no sepa mucho de lo que ha pasado última-
mente entre sus hijos Adonías y Salomón, y entre su amada
Betsabé, Natán, y sus viejos amigos y enemigos. Pero sí sabe
que está por morir y sabe que Salomón, joven e inexperimen-
tado, tiene toda una vida por delante. Casi podemos imaginar
el viejo haciendo señas al joven para que se acerque, que pon-
ga el oído joven cerca de los labios viejos, labios que habían
ordenado la muerte de hombres, labios que habían besado
amantes adúlteras, labios que habían cuchicheado planes de
intriga política y anunciado planes de guerra, labios que habí-
an rogado el perdón de Dios y que le habían cantado loores. La
cara arrugada contaba mil historias de guerra, de victoria, de
derrota personal, de amor, de odio, de súplica, de agonía del
alma y ahora de la necesidad de dormir eternamente y encon-
trar calor en el seno del Señor. El viejo y gastado rey llama a
su hijo, quien tiene por delante aun más posibilidades para
éxito y para derrota que su papá, y le dice: Tú, esfuérzate y sé
hombre. Guarda lo que Jehovah tu Dios te ha encomendado, pa-
ra andar en sus caminos y guardar sus estatutos, sus manda-
mientos, sus decretos y sus testimonios, como está escrito en la
ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y en
todo lo que emprendas... La escena se ha repetido miles de ve-
ces, entre reyes y príncipes, y entre padres ordinarios e hijos
ordinarios. Por cierto, David seguramente agregó algunos se-
cretos políticos de los cuales Salomón tendría que encargarse,
pero, por si acaso moría antes de terminar su último discurso,
David empezó con lo más importante: “¡Sé fuerte! ¡Sé hombre!
¡Sigue los caminos de Dios!”

Quizá el enemigo más peligroso que tenía Salomón era su primo hermano Joab.
Fue un general muy distinguido durante casi todo el reinado de David, un guerrero
valiente, hábil y astuto. Había sido de mucha influencia en bien de la nación; sin
duda, fue la mano derecha del rey. Pero, al mismo tiempo era como una espina:
sanguinario, inhumano y vengativo. Sobre su cabeza pesaba una serie de crímenes
que no habían sido castigados. Hasta llegó a asesinar vilmente a Absalón, el hijo del
mismo rey David. ¿Cuántos crímenes se hubiera ahorrado el magnánimo David si,
a tiempo, [p 46] hubiera hecho justicia? Salomón no vaciló en aplicar el castigo y
vengar la ley de Dios.
El último de la serie de enemigos de Salomón fue Simei. Este había maldecido al
rey David en una ocasión (1 Rey. 2:8, 9). La maldición contra David no se conside-
raba hecha contra un individuo cualquiera; era un delito contra su majestad el rey.
37
También se consideraba como una blasfemia contra la autoridad misma de Dios
(ver 1 Rey. 21:10). Debe recordarse que Simei había sido perdonado en otra oca-
sión. Pero, en su lecho de muerte, David le había recomendado a Salomón que el
peligroso Simei fuese castigado. Sin embargo, el magnánimo Salomón le perdona
condicionalmente: le somete a arresto domiciliario. Simei, sin embargo, no conside-
ra la bondad del rey y desobedece; por ello es condenado a muerte. Este es el fruto
de la desobediencia. (Véanse Lev. 24:14 y Exo. 22:28.)

[p 47] La unción del rey


Se habla mucho hoy en día de “la unción”, refiriéndose a la
recepción de una bendición especial de la mano de otro creyen-
te ya ungido. La unción tuvo un lugar importante en la vida del
pueblo de Dios del AT. Se puede resumir su papel en cinco
puntos principales:
La práctica de la unción no fue única de los israelitas. Varias
culturas orientales la practicaban antes de ser adoptada por
Israel.
La unción se usaba con varios propósitos. En el aseo perso-
nal, el aceite aplicado a la piel le brindaba humedad en un cli-
ma árido y seco. Se usaba, además, como ungüento cosmético
y refrescante para el viajero. Siempre se usaba en tiempos de
alegría y gozo, mas no en tiempos de tristeza.
La unción del rey fue una señal externa de una actividad
interna, a través de la cual Dios adoptaba al rey como su hijo,
quien le representaría en la tierra.
No había un patrón establecido para la unción de un rey
antes del tiempo de Salomón. Saúl y David habían sido ungi-
dos privadamente antes de ser reconocidos públicamente. Sa-
lomón fue ungido públicamente al mandato del monarca rein-
ante. Con la construcción del templo durante el reino de Salo-
món, el lugar de la unción fue cambiado al templo.
La unción fue determinativa y definida.

Es interesante notar cómo al principio se le dijo a Simei que se quedara en Jeru-


salén de forma permanente so pena de muerte. Esto se hizo a sabiendas que Simei
era oriundo de la Transjordania. Cuando Simei en un aparente desliz sale de la
ciudad para recoger a dos esclavos que habían huido, Salomón utiliza esto para
aplicarle la pena de muerte. Benaías actúa de nuevo como el verdugo. De modo que
se elimina a tres de los principales enemigos de Salomón y se consolida el reino
(2:46b).
[p 48] (2) Piedad y sabiduría de Salomón, 3:1–28. Con el cap. 3 de 1 Reyes
comenzamos la primera agrupación principal de materiales en torno a Salomón y
su tiempo en el trono. El material anterior aborda más bien cómo Salomón llegó al
trono. El material asume la forma de una narración histórica, pero reviste elemen-
tos poderosamente teológicos. Entre estos elementos encontramos el uso por el
deuteronomista de muchos materiales muy antiguos. Consisten en archivos del
templo, registros reales, fragmentos litúrgicos y cuentos populares. Es claro que el
uso de estos materiales por el historiador no es sólo para narrar eventos, sino para
lograr enseñanzas teológicas. Adrede y con premeditación hay inserciones de mate-
riales más antiguos con el propósito de dejar ideas que cuadren con el tiempo y la
38
teología del historiador. Según Brueggemann, el uso de estos materiales refleja cier-
to sentido de ironía. Es decir, parece que la literatura dice una cosa, pero para los
entendidos se sugieren otros conceptos de modo indirecto. La narración llama la
atención de modo sutil a las incongruencias entre lo que parece ser verdad y lo que
en realidad está sucediendo. Esto se comprueba especialmente en la caracteriza-
ción de Salomón: al principio todo parece favorable, pero sutilmente se sugiere que
no todo marcha bien. Finalmente, toda esta sección señala que tanto Judá como
Israel se están encaminando hacia la destrucción.

Joya bíblica
Tú has mostrado gran misericordia a tu siervo David, mi
padre, porque él anduvo delante de ti con fidelidad, con
justicia y con rectitud de corazón para contigo. Tú le has
conservado esta gran misericordia y le has dado un hijo
que se siente en su trono, como en este día (3:6).

Con Salomón en el trono comienza la llamada Edad de Oro del reino hebreo. Y
sigue la vieja costumbre de hacer alianzas matrimoniales con otros países. Estas
uniones demuestran la alta estima en que era tenido el reino hebreo. Eran usadas
para asegurar la paz y la estabilidad de un país. Ademas, se hacían para extender
su poder y prestigio y para ayudar a mejorar la economía de la nación.
El texto heb. de 3:1, 2 aclara que Salomón en realidad hizo un pacto político en-
tre Judá y Egipto (el faraón). La construcción gramatical minimiza la relación mari-
tal y recalca la alianza política entre los dos líderes. En vez de un lazo matrimonial
lo que se acentúa es la alianza político-militar entre las dos naciones, dirigidas és-
tas por los dos líderes políticos. Es llamativo notar que la expresión heb. (jatan 3859)
que en la RVA se traduce emparentó (v. 1) lit. reza: “Salomón llegó a ser el yerno del
faraón”. El erudito católico Walsh señala que la misma expresión heb. connota [p
49] matices negativos en todos los demás casos en el AT. Esto es así porque en ca-
da caso el hombre que “llega a ser el yerno” de otro hombre se hace subordinado de
éste. Peor todavía, puede significar que se hace vulnerable a las influencias nocivas
de su esposa. El término se emplea especialmente en advertencias a hebreos que
contemplen el casarse con mujeres extranjeras (Deut. 7:3; Jos. 23:12). Es claro que
el escritor bíblico implica indirectamente que Salomón, al emparentarse con el fa-
raón, se compromete en algo, y también sugiere que a la postre la hija del faraón ha
de resultar una influencia negativa en Israel. El deuteronomista no tarda mucho en
demostrar el desenlace de este error de Salomón. Según 9:16 el faraón toma mili-
tarmente la ciudad de Gezer que, aunque pertenecía a los filisteos, estaba a poca
distancia de Jerusalén. Esta se la dio su hija. Luego, en 11:1–8 se comprueba que
las esposas extranjeras de Salomón lo llevan a la más crasa idolatría. Entre estas
esposas figuraría como muy prominente la hija del faraón.
Pero, ¿acaso desconoce Salomón que había una ley que prohibía estas uniones
matrimoniales con extranjeras? (ver Exo. 34:15, 16; Deut. 7:3; Esd. 10:1–10; Neh.
13:26). No es creíble que el rey desconociera esta violación a las leyes de Dios.
¿Pensaba con esta medida agradar a sus súbditos? ¿Habría, tal vez, un arreglo an-
terior en cuanto al abandono de la idolatría y una aceptación de la religión judaica?
Otros piensan que el historiador, para ser fiel a los hechos, pasó por alto esta ley,
sin detenerse para criticar la violación del rey a las leyes divinas. El simple relato
del hecho ya es una desaprobación silenciosa a tal acto de desobediencia.

Joya bíblica
39
Da, pues, a tu siervo un corazón que sepa escuchar, para
juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo ma-
lo (3:9).

Hasta entonces el pueblo ofrecía sacrificios en los lugares altos... (v. 2). A estas al-
turas el deuteronomista necesita explicar algo a sus lectores de una época posterior
a los eventos narrados. Antes de que fuese construido el templo de Salomón todo el
pueblo, al igual que sus vecinos paganos, solían edificar sus altares a Dios en luga-
res elevados, fuesen estos naturales o artificiales. Esto contribuía mucho al perenne
problema del sincretismo entre los hebreos. Para el tiempo de los primeros lectores
del deuteronomista, el adorar en otro lugar que no fuera el templo era sinónimo de
idolatría. De hecho, en los demás escritos del historiador se juzga a los reyes de Is-
rael o Judá según su actitud y acción en relación con los lugares altos. Si los per-
mitían eran vistos como reyes malos; si los destruían eran considerados reyes bue-
nos. Aquí, al hablar de la adoración [p 50] de Salomón en lugares altos sugiere que
el mismo amor del rey para con Jehovah quedaba en entredicho por su adoración
en estos lugares. Los lugares de adoración debían ser señalados por Dios mismo.
Por esto, aun aquí hay una crítica implícita a Salomón. Es como si el escritor dijese:
“Salomón amaba a Jehovah, pero adoraba en los lugares altos”.
Pero dado que el templo no había sido construido aún, no había un lugar central
de adoración unida. De modo que fueron escogidos los llamados lugares altos. Es-
tos no fueron bien vistos, porque eran lugares en donde también se rendía culto a
los Baales y a otros ídolos. De modo que, a falta de un templo, estos lugares altos
fueron tolerados. Después de la construcción del templo en el monte Moriah vino la
prohibición de usarlos, y la necesidad de ser destruidos.

Semillero homilético
La actitud que agrada a Dios
3:5–15
Introducción: En un sueño Dios le aparece a Salomón y le da al
nuevo rey la oportunidad de pedirle lo que quiera. Salomón
responde pidiéndole a Dios la sabiduría para gobernar bien al
pueblo (vv. 5–9). La petición de Salomón agrada a Dios de tal
manera que no solo accede a lo que Salomón pide, sino que
también le promete bendiciones que no ha pedido. Veamos la
reacción divina a la actitud correcta.
Dios respeta a la persona que le pide lo que puede utilizar en
servicio a otros.
Salomón hubiera podido pedir lo que le serviera a él mismo,
pero en humildad pidió lo que serviría al pueblo.
Dios recompensó la actitud humilde de Salomón concedién-
dole la sabiduría que requerería para servir al pueblo.
Dios tiene bendiciones especiales para los que piden con
humildad.
Salomón gozaría de riquezas y gloria.
Salomón viviría por largos días si mantenía una actitud de
obediencia.
. Dios quiere concedernos nuestras peticiones, pero le impor-
40
ta nuestra actitud al pedírselas.
Le agrada una actitud de humildad, servicio, obediencia y un
corazón contrito.
Cuando nuestra actitud le agrada, a veces recibimos bendi-
ciones inesperadas.
Conclusión: La vida está llena de sorpresas. Cuando nos acer-
camos a Dios en oración con una actitud apropiada, y cuando
nuestra vida refleja la misma actitud, Dios nos sorprende con
una multitud de bendiciones que nos dan gozo y que nos per-
miten servir a la humanidad. Nuestras riquezas no tienen que
ser financieras. Las cosas más valiosas en la vida no tienen
valor monetario.

Uno de los lugares altos estaba en Gabaón (que pertenece a una colina. v. 4),
ciudad importante en donde estaba el mismo tabernáculo que Moisés había levan-
tado en el desierto (1 Crón. 16:30; 21:29; 2 Crón. 1:3). En Gabaón había un altar
muy importante en territorio de Benjamín [p 51] a unos 10 km. de Jerusalén. Este
fue el lugar favorito en donde Salomón, como rey, celebró su primer culto de adora-
ción al Señor. Y es allí, en ese lugar célebre de la historia, donde ofrece un sacrificio
de tan significativa importancia. Aquí recibe una revelación especial sobre su reina-
do mediante un sueño.
Son dos discursos los que se destacan en la narración de la aparición de Dios a
Salomón en Gabaón.
El primero es la oración de Salomón (3:5b–9); el segundo lo constituye la res-
puesta del Señor (3:10–14). En ambos discursos hay dos temas que sobresalen: el
del corazón (vv. 6, 9, 12) y el del ejemplo de David (vv. 6, 14).
¿Podrá haber una manera mejor de iniciar un rey su gobierno, que la de darle a
Dios el primer lugar en su vida? Sin duda, los errores que comete Salomón al co-
mienzo de su gobierno son el producto de su inexperiencia. ¿Heredaría de su padre
David la debilidad de dejarse dominar por las circunstancias y costumbres que le
rodeaban?
Pero ahora estos errores parecen ser superados, o pasados por alto, por estas
demostraciones de su profunda piedad y amor hacia Dios, y por su obediencia a los
principios en los que había sido educado desde su niñez. Ahora lo demuestra por
este acto de adoración a su Dios. Es allí, en ese ambiente profundamente espiritual,
en donde Dios se le presenta para ponerse a las órdenes de su reinado. ¡Qué cosa
tan maravillosa que Dios nos permita decirle los deseos de nuestro corazón!
Salomón siente el peso de la tarea que Dios le encomienda (v. 7). Reconoce su
incapacidad para llevarla a cabo, y que necesita de toda la ayuda que Dios esté dis-
puesto a darle. Se siente pequeño e inexperto, aunque no en años, porque ya era un
hombre de cierta madurez. ¿Qué experiencia podría tener en asuntos de gobierno?
Y con un canto de alabanza, de gratitud y, sobre todo, de profunda humildad, Sa-
lomón le pide a Dios que supla su necesidad más grande: sabiduría (jacam 2449).
Más que la mera posesión de conocimientos, pide sabiduría práctica; prudencia pa-
ra gobernar, aconsejar y hacer justicia (Prov. 1:1–6); para sentir y actuar rectamen-
te según las leyes y principios divinos, en los que él mismo había sido formado des-
de muy niño por su padre David. Este, sin duda, fue quien había preparado al hijo
para hacer la mejor petición de su vida, además de la inspiración de Dios. Y una
oración acertada recibe siempre la respuesta acertada. No había sido hecha con fi-
nes egoístas, sino para la bendición de su pueblo (Stg. 4:13). Y Dios le concedió a
41
Salomón mucho más de lo que había pedido. Dios se lo dio, por supuesto, bajo las
condiciones de un pacto de obediencia y de fidelidad a las leyes divinas.
Al despertar, Salomón regresa a Jerusalén para establecer tácitamente la adora-
ción correcta, es decir, el ofrecer sacrificios ante el arca (v. 15).
Vv. 16–28. Sigue luego una demostración práctica de la sabiduría que Dios le
había dado al rey. Es notable la amplitud de un gobierno que le permite entrada
libre y directa a dos rameras que se pelean [p 52] alegando ambas ser la madre del
hijo. ¿No habría entonces tribunales especiales de justicia? El rey tiene que actuar
personalmente como juez. Uno de los propósitos principales de esta narración es
demostrar cómo Salomón administra la justicia aun para la gente más marginada.
Es importante reconocer que en el AT había dos clases de prostitución: la cúltica
y la no cúltica. La primera es condenada de manera constante, por su asociación
con la idolatría. La prostitución cúltica es abominable para los escritores bíblicos,
no por sus implicaciones sexuales, sino por ser un medio de adorar a dioses paga-
nos. La prostitución cúltica era muy común entre los pueblos que ocupaban el te-
rritorio que a la postre entraría en manos de los hebreos durante la conquista. Nue-
vamente, la condenación no estribaba en su rechazo de la sexualidad, sino en su
rechazo total de la idolatría. La otra clase de prostitución en el antiguo Israel era la
que conocemos hoy: el vender el cuerpo por paga. Es [p 53] interesante notar que la
condena no es tan severa en este caso. De hecho, muchas mujeres tenían que recu-
rrir a la prostitución por no tener quien las sostuviera. Hay que recordar que la mu-
jer era posesión del hombre, fuese el padre o el esposo. Al faltar uno de estos, la
mujer se encontraba en situación muy difícil. Desde luego, la ramera no es heroína
en la Biblia; se le pinta en colores no muy halagadores, sobre todo en Proverbios.
Sólo es importante reconocer en este caso del juicio de Salomón que las rameras en
cuestión no eran prostitutas cúlticas.
Salomón demuestra ser conocedor profundo de los sentimientos que mueven al
ser humano. Parece que los hebreos los ubicaban en el abdomen, mientras que hoy
lo hacemos en el corazón. Lo cierto es que Salomón, al apelar a estos sentimientos
naturales, pronuncia una sentencia sabia, justa y asombrosa. Con ella se gana la
admiración y la fama de ser el más sabio de su tiempo en todo el oriente.
(3) Organización y administración, 4:1–19. Este pasaje en particular va a ser
difícil de usar en un sermón, como bien señala Brueggemann. No obstante esto,
urge que se entienda que la burocracia sugerida en estos textos era importante pa-
ra el buen manejo del reinado de Salomón. Parece mentira, pero lo que Salomón
introduce acá en esta organización sigue el modelo de los pueblos en su derredor,
especialmente Egipto. Algunos ven en esto la “canaanización” de Israel. En otras
palabras, representa un paso más, distanciándose del ideal de la antigua anfictio-
nía o confederación tribal. El mismo grupo en Israel que veía en la petición del pue-
blo de un rey “como las demás naciones” una traición, vería también en esta nueva
organización sólo un ejemplo de la deslealtad del pueblo. Es evidente, no obstante,
que el historiador deuteronómico no comparte este concepto al narrar la destreza
organizadora de Salomón. Al contrario, el escritor bíblico se preocupa por demos-
trar una continuidad administrativa entre David y Salomón al igual que una conti-
nuidad religiosa vista en el discurso de despedida de David (2:1–4) y en la oración
de Salomón (3:4–15).
Aparentemente, el deuteronomista tomó el material en esta sección de varias
fuentes. Es claro que el proceso de transmisión del material fue complejo, porque
abundan problemas textuales e históricos. En la lista de oficiales faltan algunos
nombres que deben figurar; p. ej., en los vv. 8–19 no están todos. en algunos casos
sólo se dan los nombres de los padres de los oficiales (Ben 1121 significa hijo de). To-
42
do esto puede reflejar las dificultades que tendría el mismo escritor bíblico con
fuentes antiguas, quizá algo desfiguradas.
Salomón heredó de su padre un reino poderoso y bien unido. Pero su mayor de-
seo era convertirlo en un gran imperio de alcance mundial. Dominaría a todo el
mundo [p 54] y se convertiría en "rey de reyes". Para comenzar bien, Salomón se
dedica a una tarea muy importante: la de elegir su mejor cuerpo de servidores y
ayudantes. El rey demostró aquí su gran capacidad como organizador. O sea la de
colocar a cada uno en su debido lugar de trabajo. Esto es indispensable para que
cualquier empresa, y el mismo país, marche a la perfección.
Los primeros oficiales son los que han de trabajar a nivel doméstico (4:1–19). Los
primeros nombrados (vv. 1–6) eran aquellos que formaban “el gabinete” de Salo-
món. Parte del problema textual puede verse en que se menciona a Azarías como
presuntamente el sumo sacerdote (v. 2). Luego se nos dice (v. 4) que Sadoc y Abia-
tar son los sacerdotes. Aparentemente, el tiempo del servicio de Azarías sería des-
pués del tiempo de su padre, Sadoc. Posteriormente, se habla de los oficiales que
trabajarán a nivel internacional (4:21–28).
Primero en importancia en la lista de miembros del gabinete está el sacerdote: el
que representa al pueblo delante de Dios y a Dios delante del pueblo. Este, llamado
el príncipe, es el oficial más alto después del rey.
En segundo lugar vienen los secretarios o cronistas del rey. Estos son los encar-
gados de escribir y guardar un archivo detallado de todos los acontecimientos del
reino. ¿Habría mucha correspondencia con países extranjeros? Nótese que mientras
David tuvo un solo secretario, Salomón nombra varios. Es natural que el crecimien-
to y la prosperidad produzcan un aumento en el trabajo.
En tercer lugar viene el encargado de la seguridad pública. Hoy lo llamaríamos
“comandante de las fuerzas armadas”.
En cuarto lugar, después de los sacerdotes, viene un servidor indispensable para
el rey: el consejero privado. Siendo que éste sería el empleado de mayor confianza,
Salomón sabiamente lo selecciona de entre la propia familia y amigos más íntimos
de su padre.
El último en la lista es el encargado del tributo laboral. Según las costumbres
orientales, los impuestos no se recogían en dinero efectivo, sino en trabajo obligato-
rio y también en frutos de la tierra. En este caso, dentro del más alto nivel de go-
bierno, a Adoniram se le encarga la tarea de supervisar el trabajo forzado. Aun en el
tiempo de David (2 Sam. 20:24) se usaba esta práctica. Estos obreros eran los de-
signados para trabajar en las múltiples obras públicas de Salomón. Los logros de
Salomón no habrían sido posibles sin ellos, pero a la postre esta práctica vendría a
minar la solidez del reino.[p 55]
Vv. 7–19 Para hacer más fácil, segura y rápida la tarea de cobrar los impuestos,
el rey dividió a Israel en 12 partes. Es importante reconocer que todas ellas se
hallan en el norte del país. Evidentemente “Israel” aquí señala lo que posteriormen-
te se conocería como el reino del norte. Pareciera que a Judá se le excluyó de pagar
los impuestos que se exigían al norte. Walsh afirma con razón que la desigualdad
de trato de Salomón entre el norte y el sur contribuyó a la súbita desintegración del
reino después de su muerte. Los israelitas del norte observaron su práctica desigual
y reaccionaron negativamente cuando se les presentó la oportunidad.
En cada una de las 12 partes Salomón colocó un gobernador, cuyo trabajo era el
de abastecer la mesa del rey, uno para cada mes del año. Y este equipo estaba bajo
la vigilancia de un supervisor general. Además, se construyeron ciudades y centros
43
especiales para almacenamiento (9:19; 2 Crón. 8:4–6). No deja de llamar la atención
el que cada gobernador es señalado junto con el nombre de su padre. De modo que
Ben-Hur quiere decir: "El hijo de Hur". Era otra costumbre oriental.

Verdades prácticas
Salomón es un buen ejemplo de una persona balanceada.
En 4:29–34 se descubre que además de ser mundialmente re-
conocido por su sabiduría, también fue escritor, con la compo-
sición de 3.000 proverbios y 1.005 poemas a su crédito, biólo-
go, botanista y político astuto. Hay muchas personas que no se
atreven a desarrollar todas las habilidades con las cuales Dios
las ha dotado, y así nunca experimentan el gozo del balance y
de la autoestima de una vida realizada.

(4) Esplendor y gloria, 4:20–34. Se ha notado ya en más de una ocasión que el


escritor bíblico refleja legítimamente la ambivalencia con la que veían al rey Salo-
món los israelitas. De modo que pone los logros del rey en entredicho. Por un lado
se celebra la paz y la afluencia durante su día, pero también cuestiona los métodos
empleados. El israelita común sabría que Salomón dejaba mucho que desear res-
pecto a su propia piedad religiosa durante algunos años de su reinado. Más aun, se
conocía su carencia de compasión en algunos tratos; a veces se reflejaba su carác-
ter despiadado. Es obvio que estas características no se asocian con la bendición
divina. [p 56] Siempre habría un signo de interrogación en la mente del israelita
respecto al derrotero final del rey. ¿Sería a la larga bendición o maldición para Is-
rael?
V. 20. El deuteronomista comienza señalando la afluencia y abundancia mate-
rial en las que vivía el pueblo bajo Salomón. La extensión del reino de Salomón era
muy grande, como la que Dios le había prometido a Abraham en Génesis 13:14–17
y 15:18. Se cree que fue unas diez veces más grande en tamaño que la del reinado
de Saúl. Esta extensión se calculaba en unos 100.000 km. cuadrados. No hubo un
reinado oriental que igualara al de Salomón. Este era el soberano de todos los rein-
os vecinos; estos le pagaron tributos al "rey de reyes" y se sometieron a su voluntad
mientras vivió. En otras palabras, todos los reinos que rodeaban al de Salomón se
convirtieron en súbditos pacíficos y en sus más fieles servidores.

¿Piano o comida?
En 1991, la nueva y pequeña Iglesia Bautista “El Camino”,
en Lima, Perú, estaba ahorrando dinero y orando para que
Dios les ayudara a obtener un piano, para dar más vida a sus
cultos de adoración. Cuando los ahorros casi llegaban a la can-
tidad necesaria para la compra de un piano usado, la iglesia
supo de un grupo de hermanos cristianos que estaba sufriendo
por la falta de recursos durante una crisis económica en el pa-
ís. Con una actitud de humildad y servicio, la pequeña iglesia
decidió que no sería justo utilizar los fondos que tenían a la
mano para un instrumento, cuando había personas en la co-
munidad que no tenían alimentos. Se hicieron los arreglos
apropiados para canalizar el dinero a las personas necesitadas.
El mismo día en que la iglesia tomó esta decisión, una fami-
lia cristiana, miembro de otra iglesia, al escuchar lo que había
sucedido, ofreció a “El Camino” su propio piano. Dios sorpren-
44
dió a aquel grupo fiel de sus seguidores con una bendición es-
pecial en respuesta a su actitud de humildad y servicio.

Vv. 22–28. Se calcula que en la mesa del rey se alimentaban cada día más de
4.000 personas. Solamente en harinas se consumían unos 6.600 litros por día (ver
nota de la RVA). ¿Cuánto sería el costo en reses, aves y otros animales para suplir
la carne en la mesa del rey?
Es de observarse que mientras David fue un hombre de guerra, Salomón fue un
rey de excelente administración. Su reinado fue de prosperidad, paz y seguridad.
Entonces, ¿por qué tanto ejército? (2 Sam. 10:18). Por otro lado, Salomón tenía tan-
to amor y respeto por la obra de su padre, que quería conservarla a cualquier costo.
Esto motivó su gran confianza en la caballería militar.
V. 25. Obsérvese la hermosa costumbre de sembrar plantas para que dieran [p
57] sombra y recreación. Todavía en Siria se cultivan estas plantas para formar en-
ramadas que dan sombra y fresco. Véase esta figura en Miqueas 4:4 y Zacarías
3:10.
Vv. 29–34. Varias causas contribuyeron a que el reino de Salomón fuera el más
grande de su tiempo. Su extensión y poder militar; su inmensa riqueza y prosperi-
dad; y una paz y seguridad a toda prueba. Pero lo que lo hizo sobresaliente y famo-
so fue la sabiduría de su rey. Y, sobre todo, en un tiempo cuando Egipto y Mesopo-
tamia eran considerados como los depositarios de la sabiduría oriental.
El rey Salomón se destaca en todos los campos de la sabiduría humana. Se con-
vierte en un especialista en las artes, las ciencias de la naturaleza y en la literatura.
Y sobresale por su extraordinaria capacidad mental y por la profundidad y grandeza
de sus conocimientos. Ya había demostrado su gran capacidad como organizador y
administrador. Esto atrajo a su reino a los representantes de otras naciones que
venían para oír y recibir los consejos del gran sabio. Gran parte de esta sabiduría
podemos aprenderla hoy en los libros que tradicionalmente llevan su nombre como
Proverbios y Cantares. El libro de Proverbios se asocia con el nombre de Salomón
como el auspiciador y patrono de la literatura sapiencial; los sentimientos morales y
espirituales de los sabios de Israel no cobrarían la importancia que tienen hoy si no
hubiera sido por Salomón. Los Salmos 72, 127, 132 y otros se atribuyen también a
Salomón por la tradición.
Un comentarista escribe lo siguiente respecto a la obra literaria directa de Salo-
món: “Dios ha querido conservar pocos recuerdos de los frutos de esta mente privi-
legiada y gigantesca. Posiblemente desaparecieron por la acción del tiempo durante
el cautiverio babilónico”.
3. Edificación de obras públicas, 5:1-8:66
(1) Construcción del templo, 5:1–6:38. En este capítulo se comienzan los pre-
parativos para la primera de las obras de construcción del rey Salomón: el templo o
casa de Dios (2 Crón. 2:1–18). Del viejo tabernáculo solo quedaba un recuerdo: el
arca del pacto. Hasta ahora Israel no tenía un lugar fijo de adoración, sino que es-
taba distribuido en varios lugares. Había una gran necesidad: centralizar la adora-
ción. Esto serviría, además, para unificar al pueblo de Dios. No debe olvidarse que
Israel era un pueblo profundamente religioso. A la vez, no se puede descartar la
idea de que en tiempos de guerra David no pudo darse el lujo de construir templos
grandiosos. Sólo con el advenimiento de la estabilidad y la paz Salomón pudo pen-
sar en estos términos. Bien señala Brueggemann que la construcción del templo no
tan sólo era señal de piedad religiosa, sino también un símbolo [p 58] de estabilidad
social. Para dicho comentarista, un desmedido interés en la construcción, mate-
45
rialmente hablando, puede conducir a un letargo espiritual y carencia de crítica so-
cial. Puede servir como un activismo que corta el ministerio. Por interesante que
sea su opinión, ciertamente el escritor bíblico no recalcaba este matiz de la cons-
trucción del templo por Salomón.
La construcción del templo fue el gran sueño de David; no pudo realizarlo por
haber estado siempre en pie de guerra. David fue un rey guerrero; nunca hubo paz
durante su reinado. Este gran honor y la realización de este sueño (2 Sam. 7:13) y
profecía le estaba reservado al hijo y sucesor, Salomón. De modo que la construc-
ción del templo sería la obra más grande de Salomón.
Para lograr su propósito Salomón acudió a un viejo amigo de su padre: Hiram,
rey de Tiro. Este había ayudado a David en la construcción de obras públicas de-
ntro de su reinado al enviar obreros y madera procedente de las montañas del Lí-
bano (2 Sam. 5:11; 1 Crón. 2:3, 4).
V. 1. Hiram parece ser uno de varios reyes que enviaron emisarios al enterarse
de la coronación de Salomón. Tiro era una ciudad fenicia, la más importante de su
tiempo. Porque Hiram siempre había estimado a David es una expresión hebrea para
confirmar que Hiram y David eran aliados políticos. Salomón hizo un acuerdo muy
bueno y oportuno con Hiram. Este convenio consistía en que Hiram le suministrase
a Salomón materiales de construcción y obreros especializados. También era nece-
sario transportar y colocar esos materiales en el lugar conveniente.
V. 7. ...Bendito sea hoy Jehovah... son palabras en labios de Hiram. Para algunos
será raro que un rey pagano atribuya loor al Dios de los hebreos. En realidad, dado
el [p 59] ambiente politeísta de los pueblos circunvecinos, no es nada raro en abso-
luto. A Hiram le daría lo mismo alabar a Baal que a Jehovah. Esta tendencia, la del
sincretismo, siempre era una tremenda tentación para el pueblo de Israel también.
Los israelitas no tenían ninguna experiencia en la construcción de edificios y,
menos aún, de templos. Había que traer a los expertos de afuera. Los fenicios y si-
donios eran expertos y muy hábiles en cortar y preparar la madera y toda clase de
material para la construcción. Como ciudad cercana, llamada la "señora de los ma-
res", era más fácil llevar los materiales hasta donde pudieran ser recogidos por los
israelitas.
Como paga y compensación, Salomón contribuiría con una buena y suficiente
provisión de alimentos para los obreros. Esta consistiría en granos, vinos y aceite.
Vv. 13–16. Además, para este trabajo se necesitaba mucha mano de obra. De
modo que el rey puso a trabajar a todo el pueblo, mediante el pago de impuesto
llamado "leva". Este era un trabajo obligatorio que todo ciudadano o súbdito debía
pagar a su nación. Este sistema era muy común en el tiempo antiguo (2 Sam.
20:24), sobre todo en tiempos de guerra. Esto significaba que los israelitas debían
trabajar cuatro meses durante el año en la siguiente forma: un mes cada tres me-
ses en el Líbano y luego descansarían dos meses seguidos en sus hogares En esta
forma se emplearon unos 30.000 israelitas y otros 150.000 extranjeros. El pueblo
ya había hecho este tipo de trabajo con voluntad y sacrificio en las épocas de gue-
rra. Pero ahora era diferente al tener que dejar a su familia y su trabajo en tiempo
de paz. ¿Quién duda que este sistema de trabajo causaría un gran descontento po-
pular?
Vv. 17, 18. Es interesante observar que el trabajo o labrado de las piedras fue
hecho con tal precisión que encajaban unas con otras, antes de ser colocadas en
los mismos cimientos. Aquí sobresalen los obreros de la ciudad de Biblos. Estos
eran muy hábiles y especializados en el trabajo de la piedra. De modo que la casa
de Dios fue construida por los más grandes constructores de la época. ¿No parece
46
significativo que el templo consagrado para la adoración del Dios de Israel fuera
edificado por extranjeros y paganos?
El cap. 5 trata sobre los preparativos para la edificación del templo. En el cap. 6
consideraremos el hecho de su construcción. Pero es conveniente advertir que, para
los fines de esta modesta exposición, no nos detendremos en todos los detalles.
Además de ser una obra muy grande, resulta una tarea muy difícil describirla con
puras palabras. Creemos en la veracidad del relato bíblico y en la descripción fiel de
los que fueron testigos de tan maravillosa construcción. Para el propósito de Dios,
tenemos justamente lo que necesitamos saber.

[p 60] Joya bíblica


“¡Bendito sea hoy Jehovah, que ha dado un hijo sabio a
David sobre ese pueblo tan numeroso!” (5:7a).

La descripción del templo, en los caps. 6 y 7, es tomada evidentemente de do-


cumentos contemporáneos de los hechos. Es probable que en esta sección haya
muy pocos elementos agregados posteriormente. El marco cronológico en 6:1, no
obstante, puede ser uno de esos elementos, pues los 480 años representan un arre-
glo literario típico. Estas cifra vendría siendo un símbolo de doce generaciones, ca-
da una de 40 años. Es muy probable que el período entre el éxodo y la construcción
del templo no haya sido más de 325 años.
Conviene saber que el pueblo de Israel no tenía mucho conocimiento de lo que
era un templo. Los más viejos quizá recordaban algo del antiguo tabernáculo, aun-
que el templo era mucho más grande (38 m. de largo por 11 m. de ancho).
Tampoco podemos comparar el gran templo de Salomón con nuestras modernas
casas de culto. En éstas tenemos salas y departamentos para enseñar la Biblia, y
en donde los asistentes pueden sentarse cómodamente. En el templo de Salomón la
gente adoraba de pie en sus atrios (Sal. 100:4; 96:8). No olvidemos que este templo,
como ya vimos en el cap. 5, fue construido según las costumbres orientales y por
cananeos paganos. De modo que tenemos un templo dedicado al Dios verdadero y
edificado por extranjeros y paganos.
Para tener una idea del lugar en donde fue construido el templo, recordemos que
la ciudad de Jerusalén estaba sobre una [p 61] colina bastante alta: 700 m. sobre
el nivel del mar. Y hacia el nordeste, en las afueras de la ciudad, sobresalía el gran
templo protegido por murallas muy gruesas y altas. Recordemos que fue construido
sobre una roca, un cerro conocido como el monte Moriah, en donde muchos años
antes Abraham había ofrecido a su hijo Isaac (Gén. 22:2). De modo que la “casa de
Dios” se alzaba hacia el cielo como un testimonio visible de que Israel era el pueblo
de la promesa.
Era necesario que el templo incluyera todos los edificios sagrados, santificado
por la especial presencia de Dios, y dedicado a su culto. El templo se dividía en tres
partes principales: 1. El atrio o el lugar de entrada, rodeado de pórticos y sostenido
por columnas adornadas. 2. Los lugares santo y santísimo, estaban divididos por
una gruesa y pesada cortina. El lugar santísimo, no tenía ventanas ni entraba luz,
estaba siempre iluminado por la shekinah, la presencia de Dios. 3. Otro edificio es-
taba pegado a los lados del atrio. Este edificio, de tres pisos, estaba dividido en 30
cuartos pequeños. Allí estaban, entre otras cosas, las habitaciones de los sacerdo-
tes y los depósitos para las cosas del culto. Entonces templo en la Biblia no significa
el lugar central de adoración, sino todo el conjunto de edificios con los patios exter-
nos e internos que lo rodeaban (Juan 14:12).
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Dentro del lugar santísimo se colocaron, en su debido orden, el arca del pacto,
los querubines, el altar, el lavatorio y otras cosas que enseñaban lecciones espiri-
tuales. Por ejemplo: ¿Cómo podría un pecador entrar en la presencia de Dios y te-
ner el perdón de sus pecados?

Verdades prácticas
Mucho se ha enfatizado en la construcción de templos, has-
ta tal punto que casi no se concibe que una congregación no
tenga su propio templo. Es más, tal ha sido el énfasis en cons-
truir templos que con el transcurso de los años se confunde
entre lo que es un templo y lo que es una iglesia. También se
ha llegado a evaluar la fidelidad a Dios por parte de una iglesia
por el tamaño y la decoración de su templo. Muchos de nues-
tros templos en América Latina no son muy hermosos, según
los patrones y valores del mundo. Quizá el alcance económico
de nuestra congregación no permita un edificio muy grande y
elaborado, pero honramos a nuestro Señor cuando le ofrece-
mos un lugar limpio, bien cuidado y atendido con el esmero
que él merece. Además de honrar a Dios, da buen testimonio a
nuestra comunidad de la importancia que Dios tiene en la vida
de sus hijos y adoradores. Aun más, y de mucha más impor-
tancia, como creyentes honramos a Dios cuando le presenta-
mos nuestras propias vidas como templos limpios, cuidados y
entregados con el esmero que él merece. Además de honrarlo a
él, estamos testificando ante nuestra comunidad de la impor-
tancia que Dios tiene en nuestras vidas.

Recordemos que la casa no era muy grande, pero sí muy lujosa. Para darnos
una idea ligera, basta decir que las paredes [p 62] fueron revestidas con la mejor
madera del Líbano (haya, cedro y ciprés) en su parte interior. Además, la misma
madera fue recubierta de oro, de modo que la madera no se veía. Además, todo fue
adornado con figuras de flores, querubines y palmeras. Sin duda que antes de Cris-
to éste fue el templo más lujoso y hermoso que tuvieron los judíos.

Semillero homilético
El templo no fue suficiente
6:11–13
Introducción: Construir el templo tan esperado por el pueblo
fue una gran cosa. Desde los años de peregrinación en el de-
sierto los líderes del pueblo habían querido una casa perma-
nente que representara la presencia divina en medio del pue-
blo. Les había servido el tabernáculo, pero ya había llegado el
tiempo para construir un lugar digno de ser llamado templo de
Jehovah, un lugar permanente, hermoso, fino, bien construido,
que sirviera para que todo el mundo reconociera en él la repre-
sentatividad del Dios vivo. Pero construir un templo no era la
cosa más importante para Dios.
Dios quería compañerismo
Caminas en mis estatutos...
Compañerismo versus construcción
48
Dios quería obediencia
Pones por obra mis decretos...
Obediencia versus objetos
. Dios quería justicia
Guardas todos mis mandamientos...
Rectitud versus reliquias
Conclusión: Para Dios es importante que haya lugares donde
rendirle loor, pero le es mucho más importante que nuestras
vidas reflejen una relación con él de compañerismo, obediencia
y justicia.

Joya bíblica
Habitaré en medio de los hijos de Israel, y no abandona-
ré a mi pueblo Israel (6:13).

Es interesante lo que dice un comentarista: “Todo este lujo y magnificencia en la


construcción del templo, ¿no parece indicarnos que la sencillez del tabernáculo se
[p 63] perdió? ¿No sería todo esto una señal de cierta debilidad espiritual en el
pueblo de Dios?” Brueggemann es aun más enfático en su apreciación negativa del
templo de los hebreos. “Ahora es muy claro que el templo (a diferencia de la antigua
Tienda de Reunión: véase Ex. 33:7–11) representa una arquitectura extranjera en
Israel, reflejando así una teología extranjera, una noción extraña de la presencia de
Dios” (p. 23). Nos preocupamos hoy más del “adorno exterior y del ruido” que de lo
[p 64] interior y espiritual. Sin embargo, por sobre todo esto, sobresale la paciencia
y el amor de Dios para con su pueblo.
Algo muy notable y hasta curioso es que en esta construcción no se oye el ruido
de ninguna herramienta (v. 7). Todos los materiales son preparados y reunidos de
antemano. Luego serían llevados en rodillos y colocados en el mismo lugar de la
construcción. Recientemente fue descubierto, cerca de Jerusalén, un lugar subte-
rráneo, donde se cree que fueron preparadas la madera y las piedras para la cons-
trucción. Este fue, precisamente, el trabajo especializado de los hombres de Biblos
o Gebal (5:18; ver nota de la RVA), quienes eran muy hábiles trabajadores de la
piedra (canteros). Fueron estas piedras ya labradas las que se usaron para los ci-
mientos del gran templo.
Los vv. 11–13 son unas palabras parentéticas, ya que se deja momentáneamente
la descripción del templo. Aquí Salomón recibe una palabra de aliento, pero tam-
bién [p 65] de alerta. Era la misma promesa hecha a su padre (2 Sam. 7). Había
que tener mucho cuidado de que Salomón no se llenara de orgullo y vanagloria.
Aunque la construcción del templo era una señal real de la presencia y protección
de Dios sobre su pueblo, Israel y su rey debían permanecer fieles a su Dios por so-
bre todo lo demás. Walsh enfatiza que la construcción gramatical del v. 12: Respec-
to a este templo que tú edificas... indica que la prioridad de Dios no es un edificio
sino la obediencia. Esto es así gramaticalmente, porque hay una ruptura de sentido
entre la frase introductoria (citada arriba) y las palabras siguientes que recalcan la
urgencia de la obediencia. Esta reviste tanta importancia como para afirmar que de
la obediencia de Salomón depende la presencia continua de Dios con su pueblo. La
desobediencia acarrearía el abandono de Dios de su pueblo (v. 13b).
49
Como ya se dijo, los vv. 11–13 vienen siendo una especie de interrupción en la
descripción del templo. Tomando en cuenta esta interrupción, es evidente que el
resto de la descripción toma un rumbo bastante lógico. Se desarrolla de la siguiente
manera: 6:2–8, trabajo realizado en piedra; 6:9, 10 y 15–36, trabajo en madera;
Sigue ahora (vv. 37–38) un breve resumen del tiempo en que toda la casa fue
terminada en todos sus detalles. De acuerdo con el plan original, hubo completa
obediencia y fidelidad a Dios, aun en las cosas más pequeñas. Posiblemente los sie-
te años de construcción parecen cortos, si se toma en cuenta lo grande, difícil y
costoso de la obra. La alusión a Ziv (abril-mayo) y Bul (octubre-noviembre) confirma
la antigüedad de las fuentes del deuteronomista; estos son nombres dados por los
cananeos a los meses en cuestión.
(2) Edificios reales, 7:1–12. En estos primeros 12 versículos se interrumpe el
relato de la construcción del templo. Conoceremos algo de las otras edificaciones de
Salomón. Debemos recordar que Salomón fue famoso, no sólo por su sabiduría, si-
no por su habilidad como constructor. Así sabremos algo de un grupo de edificacio-
nes [p 66] reales que el v. 1 nombra como su propia casa, y que le costaría 13 años
de trabajo. Estos edificios son: 1. El palacio real y sus atrios, construido al sur, en
el mismo terreno del templo. 2. Detrás del palacio, la casa de la hija del faraón, de
la que no se conocen detalles. 3. La Casa del Bosque del Líbano. Este nombre no
significa que la casa estaba en el Líbano, aunque éste no estaba lejos de la ciudad
de Jerusalén, sino porque sus muchas y grandes columnas fueron hechas de ma-
dera traída desde el Líbano. Debido a ello la casa parecía un bosque. Esta fue la
más grande de estas edificaciones (45 por 23 m.); es significativo que esta construc-
ción supera la del templo en tamaño. No se sabe con exactitud cuál era el uso de
esta casa. Según Isaías 22:8, fue usada para guardar armas de guerra. El historia-
dor Josefo afirma que servía para reunir grandes grupos de personas. Y todavía hay
algunos que creen que se usaba como palacio real; lo más probable, sin embargo,
es su uso como armería. 4. Los tres Pórticos. Dos son conocidos como el Pórtico de
las Columnas [p 67] o de los Pilares (26 por 15 m.); es muy posible que estos edifi-
cios sean simplemente una extensión de la Casa del Bosque. El otro era el Pórtico
del Trono o la Sala del Juicio. En éste, el rey trataba los pleitos y otras cosas que se
le presentaran. Debe recordarse que los pórticos eran como salas cubiertas, al fren-
te de algunos edificios y, como su nombre lo indica, eran sostenidos por columnas.
Podrían haber servido también para cuidarse del sol, la lluvia o el viento. Recorde-
mos el famoso “Pórtico de Jehovah”, en la parte delantera del templo.

Referencia rápida a las unidades de medición


Hay poca certeza en cuanto a las cantidades exactas de las
medidas mencionadas en 1 Reyes. Las equivalencias sugeridas
aquí son aproximaciones generalmente aceptadas.
un coro = 220 litros (medida seca) 30 coros = 6.600 litros
(4:22)
60 coros = 13.200 litros (4:22) 20.000 coros = 4.400.000 li-
tros (5:11)
un bato = 22 litros (medida de líquido) 40 batos = 880 litros
2.000 batos = 44.000 litros (7:26) 20.000 batos = 440.000
litros (5:11)
un codo = 0, 45 m. 1.5 codos = 68 cm. (7:31)
3 codos = 1.35 m. (7:27) 4 codos = 1, 8 m. (7:19, 27, 38)
50
5 codos = 2, 25 m. (6:6, 10, 24; 7:16, 23) 6 codos = 2, 7 m.
(6:6)
7 codos = 3, 15 m. (6:6) 8 codos = 3, 6 m. (7:10)
10 codos = 4, 5 m. (6:3, 23, 24, 25, 26; 7:10, 23)
12 codos = 5, 4 m. (7:15) 18 codos =8, 1 m. (7:15)
20 codos = 9 m. (6:2, 3, 16, 20) 30 codos = 13, 5 m. (6:2;
7:2, 6, 23)
40 codos = 18 m. (6:17) 50 codos = 22, 5 m. (7:2, 6)
60 codos = 27 m. (6:2) 100 codos = 45 m. (7:2)
un talento = 30–60 kg. (Talentos comunes y talentos reales va-
riaban en peso, tanto como talentos “livianos” y talentos “pesa-
dos”.)
120 talentos = 3.600-7.200 kg. = 4–8 toneladas (9:14; 10:10)
420 talentos = 12.600-25.200 kg. = 14–28 toneladas (9:28)
666 talentos = 19.980-39.960 kg. = 22–44 toneladas (10:14)
un siclo y una mina (10:16, 17, 29) Hay mucha variación en la
erudición en cuanto a estas medidas. Se puede suponer que:
600 ciclos = 4, 1–6, 6 kg. (10:16, 29) 150 ciclos = 1, 0–1, 65 kg.
(10:29)
3 minas = 1, 7–2, 1 kg. (10:17)

Todas estas obras, desde los cimientos hasta el techo, fueron hechas de piedras
de gran precio, cortadas y labradas según las medidas, y ya listas fueron llevadas
para ser colocadas en su debido lugar (según los planos). Las piedras eran muy
grandes: algunas medían más de 5 m. por cada lado. Para moverlas era necesario
un gran número de hombres, como los que empleaba Salomón en sus obras públi-
cas. Es de observar que todo este conjunto de edificios, incluyendo el templo y los
palacios, estaba rodeado por el gran atrio, y cercado por una gran muralla que,
desde los cimientos, tenía hasta 47 m. de altura.
Es llamativo que sin empacho el deuteronomista nos afirme que Salomón gastó
siete años en la construcción del templo y trece en la construcción de su propia ca-
sa. Es conveniente reconocer, como ya se ha hecho, que no se trata sólo de una re-
sidencia particular de Salomón. Al contrario, algunos de los edificios mencionados
enfatizan que Salomón había de administrar la justicia. Con todo, pareciera que el
escritor bíblico nos deja entrever que a Salomón le interesaban más en cierta medi-
da los edificios gubernamentales que el templo.
(3) Equipamiento del templo, 7:13–51. Vv. 13–15. El rey se ve obligado otra
vez a buscar los servicios de un obrero especializado en trabajar con metales. Es
conocido que los israelitas no sabían nada de esto. De modo que el rey buscó los
servicios de un medio judío, hijo de un tirio y de una viuda israelita, llamado
Hiram. Este no debe confundirse con el rey del mismo nombre y muy amigo de Da-
vid y Salomón. Este Hiram sería el jefe de las obras de arte y quien terminaría todo
lo que faltaba [p 68] en el templo: el mobiliario, los utensilios y todo el adorno. En
primer lugar, veamos los objetos de bronce:
51

Semillero homilético
¿Por qué será recordado usted?
7:13–47
Introducción: ¿Cuántos reconocen el nombre de Miguel Ángel?
¿Rembrandt? ¿Picasso? Muchos siglos antes de que estos tres
dieran su gracia al mundo con su arte, un artesano casi olvi-
dado emprendió la tarea de diseñar y producir los adornos del
edificio más bello del mundo antiguo, el templo de Salomón.
Quizá pocos recordemos a Hiram, el artesano en bronce, de
Tiro. Felizmente, la Biblia nos lo hace recordar aun después de
tanto tiempo.
¿Qué es lo que se recuerda de Hiram?
Su familia.
Sus atributos: sabiduría, inteligencia y experiencia (ver
también 2 Crón. 2:13, 14).
Su gran legado.
) Las columnas.
) La fuente de bronce.
) Las diez pilas.
¿Por qué será recordado usted?
¿Su familia, buenas o malas memorias?
¿Sus atributos o manera de ser?
¿Cuál será su legado?
Conclusión: Cada uno tenemos algo que legarle a nuestra des-
cendencia. ¿Seremos una memoria mala, vaga? O, ¿dejaremos
huellas de hermosura y gozo para los que vienen detrás?

Vv. 16–22. Las dos columnas de bronce. Estas estaban colocadas en el atrio
frente al templo, justamente después de la entrada. Su tamaño era de unos 8 m. de
altura por 1, 80 m. de grosor. Estas columnas no servían como soporte sino como
adorno. Se cree que eran huecas para que se pusiese en su interior el fuego sagrado
para iluminar durante la noche. ¿Sería un recuerdo de la columna de fuego que
iluminaba a Israel en su peregrinación por el desierto?
Nótese que los nombres que les pusieron simbolizaban "firmeza", pero no la del
templo material, sino la fortaleza del reino de Dios, del cual el templo es una figura.
Años después, durante la invasión de los caldeos, fueron quebradas para llevarse el
bronce (2 Crón. 3:17; 2 Rey. 25:15; Jer. 52:17).
Algunos comentaristas dicen que el pueblo de Dios adoptó estas figuras del pa-
ganismo, puesto que estas columnas eran una copia de las que estaban al frente de
Baal en Tiro. No debe parecer extraño que, aunque el templo era consagrado al Dios
de Israel, algunas cosas tendrían algún parecido con los templos paganos. Por otro
lado, es posible que, siendo aquel un tiempo de decadencia espiritual, a pesar de la
grandiosidad y lujo del templo, el pueblo de Dios adoptara figuras paganas para
representar al Dios de Israel. No hay duda, entonces, que había influencia de los
52
fenicios en la adoración al Dios de Israel. Aunque en otra dirección, lo mismo puede
suceder hoy en día en nuestras iglesias cristianas. Por muy fuerte que haya sido la
influencia extranjera sobre estas columnas, recordemos que muy a menudo los
hebreos pedían prestadas algunas formas de cosas, pero siempre revestían esas
formas de un nuevo significado debido a su experiencia única con Jehovah.
Vv. 23–26. La fuente de bronce, llamada también el "mar de bronce". Este era un
recipiente de agua muy grande colocado al lado sur del templo. Según las medidas
dadas podía contener unos 44.000 litros de agua. Este depósito era usado por los [p
71] sacerdotes para la purificación, y para lavar los sacrificios, utensilios, el altar y
el piso del atrio. En realidad se parecía a un gran mar (Exo. 30:17–21). Esta enorme
pila de agua, muy adornada con flores, era sostenida por 12 figuras de buey que, en
grupos de tres, miraban a los cuatro puntos cardinales. Se debe notar que es muy
parecida a la fuente de metal usada en el antiguo tabernáculo, con el mismo uso y
simbolismo.
Vv. 27–39. Las diez pilas o fuentes, con bases móviles. Estas eran también lava-
torios para unos 880 litros de agua. Probablemente el agua de estas pilas se usaba
dentro de los ritos de sacrificio (véase 2 Crón. 4:6). Estos lavatorios eran más pe-
queños, de forma cuadrada y con ruedas para que el agua pudiese ser llevada de
un lugar a otro según la necesidad. Estas pilas estaban muy decoradas con figuras
de animales, flores, querubines y otros adornos. Cinco fueron colocadas en el lado
sur del templo, y las otras cinco pilas al norte del mismo.
Un comentarista dice: “Si la vasija grande representa el mar, las más pequeñas
podrían representar las fuentes de agua celestiales, las nubes”.
Vv. 40–47. Objetos de bronce para el templo. Es bueno leer este pasaje en unión
con 2 Crónicas 4:11–18. Aunque el relato en Crónicas es mucho más reciente que el
de Reyes, siempre es informativo comparar las dos fuentes para una misma des-
cripción. En cierto modo, este pasaje resume el trabajo de Hiram en bronce y se
constituye en una repetición de lo descrito anteriormente, pero agrega la confección
de algunos artículos pequeños. Llama la atención que no se menciona la hechura
del altar de bronce en esta recapitulación. [p 72] Un pasaje posterior, no obstante,
da por sentado su existencia (8:64). Según el v. 46, Salomón mandó que estas
obras se hiciesen en la llanura del Jordán, entre Sucot y Saretán. Esto se hizo por
la abundancia de barro que facilitaba la hechura de los moldes para los utensilios.
Después de su fundición, serían llevados los artículos a Jerusalén. En descubri-
mientos muy recientes, en excavaciones en el mismo lugar de los hechos, cerca del
Jordán, se ha encontrado la tierra arcillosa que sirvió para hacer los moldes en
donde se derretía el bronce. La arcilla servía también para bruñir el bronce.
Vv. 48–51. Objetos de oro para el santuario. Los demás muebles y utensilios pa-
ra el santuario fueron hechos de oro puro (2 Crón. 4:19–22); el altar donde se que-
maba el incienso (Exo. 30:1–10) fue hecho de madera y todo cubierto de oro; la Me-
sa de la Presencia (Exo. 25:23–30), en la que se colocaba el pan sagrado ante la
presencia de Jehovah. También los cinco candeleros (sistema antiguo de ilumina-
ción), y otros utensilios que iban dentro del lugar santo. Se mencionan también
otras cosas que se usaban para los servicios de cocina, como ollas o palanganas,
palas y tazones, etc. Todo esto fue hecho según el modelo del tabernáculo, aunque
con medidas más grandes. Las cosas viejas ya no se usaron más; todas fueron
hechas nuevas. Asimismo, el rey no fue mezquino en los gastos para la obra de
Dios. Su gran generosidad y sus deseos de magnificencia fueron iguales a su amor
y devoción a Dios. Se trataba, nada menos, del templo de Dios.
Asimismo, no debe olvidarse cómo la historia confirma la veracidad de los
hechos de Dios en y a través de su pueblo Israel.
53
(4) Dedicación del templo, 8:1–66. Podemos considerar este pasaje como el co-
razón de esta primera parte del libro. Es recomendable que se lea el pasaje paralelo
en 2 Crónicas 5:2–7:10 para enriquecer esta narración. Un relato más primitivo que
el de Reyes se halla en 2 Samuel 6. El relato de la ceremonia de dedicación del tem-
plo está compuesto de tres discursos bastante largos de Salomón (8:14–21; 8:22–
53; 8:54–61). Estos tres discursos son rodeados por pasajes narrativos (8:1–13;
8:62–66). Según Walsh, sólo la primera sección narrativa (vv. 1–13) contiene cierta
tensión dramática. Es como que todo lo demás está para desarrollar claramente un
cuadro del carácter del rey Salomón.
Se sabe que el arca del pacto siempre era una de las cosas que simbolizaban pa-
ra [p 73] el hebreo piadoso la presencia de Dios con su pueblo. Esta presencia, no
obstante, no siempre significaba lo mismo para todos los hebreos. A veces, algunos
hebreos veían la presencia como algo inseguro o una presencia con la que no siem-
pre se podía contar (Exo. 33:15). Sin embargo, para otras ocasiones Israel aparen-
temente contaba con esta presencia como un derecho implícito (Exo. 17:7; Jer.
8:19). Brueggemann sugiere que para el tiempo de Salomón esta presencia de Dios
estaba en disputa. Las tensiones en torno a la presencia de Dios se agudizaron por
la construcción del templo. Este cuestionamiento respecto a la construcción de
templos se expresa en 2 Samuel 7:1–7. Algunos hebreos sabían que por el uso que
se le daba a los templos paganos, siempre habría un peligro de que Israel hiciese lo
mismo con el suyo. Es decir, Israel podría ver en el templo un modo de garantizar la
presencia de Dios o presumir que se podía así manipular a Dios. Es obvio, pues,
que el cap. 8 es pivotal para entender cómo Salomón (y los editores-teólogos poste-
riores) comprendían la problemática de la presencia de Dios. Brueggemann asevera
que este cap. 8 contiene por lo menos tres opiniones en torno a la presencia de Dios
con su pueblo. (1) La presencia de Dios se asocia con el arca del pacto (vv. 1–13), o
sea, la presencia se identifica con la liturgia que involucra todos los muebles y de-
más utensilios del culto. El culto en cierta medida asegura la presencia de Dios. (2)
Los [p 74] vv. 27–30 reflejan materiales tomados de otro tiempo y otro lugar. En
cierto modo contradicen la idea más común expuesta con anterioridad. Estos versí-
culos contienen un concepto mucho más trascendente de Dios. Jehovah es un mis-
terio que no puede ser encajonado o domesticado. Dios permanece en el cielo, en
cierto modo distante del hombre, incapaz de ser manipulado por los hombres. Pese
a esto, está atento al hombre que clama a él. Dice Brueggemann: “Sólo un Dios li-
bre de nosotros puede ayudarnos en última instancia”. (3) El v. 9 parece contener
una tercera conceptualización de la presencia de Dios: Ninguna cosa había en el ar-
ca, excepto las dos tablas de piedra que Moisés había colocado allí en Horeb...

Semillero homilético
La gloria de Jehovah: El sello de su aprobación
8:1–11
Introducción: Después de terminar el templo y de haber coloca-
do todos los objetos preparados para él, Salomón hace trasla-
dar el arca del pacto, que representaba la presencia del Dios
vivo, a su nuevo hogar. A continuación Jehovah pone su sello
de aprobación llenando el templo con la gloria de su presencia.
¡Qué bendición debió haber sido aquel día para Salomón y el
pueblo! Después de siete años de trabajo arduo Dios bendijo
su labor con su divina presencia. Lo que sucedió en los vv. 10
y 11 demuestra claramente la fidelidad de Dios para con su
pueblo, porque la nube que llenó la casa fue la misma nube de
54
siempre en la historia del pueblo.
La nube de protección (Exo. 14:19, 20)
La nube de instrucción (Exo. 33:10, 11)
. La nube de aprobación (8:10, 11)
Conclusión: A traves de los siglos Dios quiso demostrarle a su
pueblo su deseo de tener una relación continua con ellos, de
protección, instrucción y aprobación. Su compromiso con ellos
no había disminuido con el pasar del tiempo. ¿Cuánto tiempo
hace que vimos la “gloria de Jehovah” en nuestro templo? ¿Qué
hemos estado haciendo para recibir su aprobación?

Es como si la patente ausencia de Dios en el arca asegurara la presencia fiel de


Dios con su pueblo. Aunque Dios no puede ser confinado al arca en su persona,
Moisés deja en el arca las tablas de la ley; éstas no toman el lugar de Dios, pero
orientan al pueblo ante su Dios libre. La obediencia a la voluntad de Dios, reflejada
ésta en la ley, confirma la presencia de Dios. Habiendo dicho todo esto, veamos a
continuación cómo se desarrolla la historia.
Vv. 1–13. Se hace una grandiosa convocatoria para que todo el pueblo de Dios
asista a uno de sus más grandes eventos: la dedicación del templo de Dios.
V. 2. Etanim. Este nombre para el séptimo mes sería tan extraño para el hebreo
antiguo como lo es para nosotros hoy. Esto es así dada la necesidad del escritor de
explicar el término. La palabra se originó entre los cananeos y era arcaica aun para
el tiempo de Salomón. Etanim correspondía a finales de septiembre y comienzos de
octubre de nuestro calendario. Era durante este tiempo que se celebraba la fiesta
de los Tabernáculos.

Joya bíblica
...porque la gloria de Jehovah había llenado la casa de
Jehovah (8:11).

Debe notarse que la obra de construcción había sido terminada unos once me-
ses atrás (6:38). ¿Por qué esperar tanto tiempo para su dedicación formal? No hay
duda de que el gran deseo de Salomón era aprovechar la mejor oportunidad para
poder reunir a todo el pueblo. ¡Qué ocasión más propicia le brindaba una de las
fiestas anuales más grandes y conmemorativas!, la fiesta de los Tabernáculos o de
las Cabañas. Esta era un recuerdo de que, por muchos años, los israelitas habían
vivido en tiendas durante su peregrinación por el desierto. Ahora el viejo tabernácu-
lo es sustituido por un lugar fijo y central de adoración: el templo.
Observamos que hubo un desfile o procesión en el orden más perfecto (Núm.
3:31; 4:15). Este es dirigido por el mismo rey, seguido por los ancianos y los levitas.
Estos traen los enseres del viejo santuario para depositarlos en la casa de Dios. Se
hace esto, y cada cosa es colocada en su debido lugar.
Vv. 3–6. La nota sobresaliente en este [p 75] culto es la subida del arca del pacto
de Jehovah para ser colocada en el lugar santísimo. La aludida “tensión dramática”
mencionada anteriormente gira precisamente en torno al traslado del arca. Se sabe
que en dos ocasiones anteriores David había intentado llevar el arca a Jerusalén
con resultados funestos. También, el Dios de Israel nunca había tenido un templo
permanente antes, ni siquiera lo había pedido. Con razón el traslado del arca tiene
que haber causado cierta tensión juntamente con la inquietud respecto a la acepta-
55
ción del templo por Dios. Sólo hasta los vv. 10, 11 se resuelve este problema cuan-
do Dios llena el templo con la nube como indicación de su aceptación.

Descubrimientos que ayudan


a entender el antiguo templo
Descubrimientos recientes nos ayudan a tener una idea
más clara de las cosas hechas por Hiram, el artesano en bron-
ce, como también las cosas hechas por los artesanos en oro.
En excavaciones arqueológicas en la isla de Chipre se han
descubierto pilas de bronce en bases móviles que deben ser
muy parecidas a las del templo de Salomón. Considerando los
modelos chipriotas y las descripciones bíblicas de las pilas
hechas por Hiram, los artistas nos ayudan a entender la belle-
za y la delicadeza de la obra contratada por Salomón.
Además de los objetos de bronce, Salomón mandó hacer en
oro un altar, la mesa para el pan de la Presencia y diez cande-
labros, más copas, tazones, despabiladeras, cucharas e incen-
sarios. En excavaciones en Meguido se han descubierto cande-
labros de bronce, que podrían aproximarse a los de oro en el
templo. También, en Meguido, se descubrió un altar de incien-
so, hecho en piedra, que probablemente sea de la misma forma
del altar de oro puesto en el templo. Los artistas nos ayudan a
“ver” la forma de la mesa para el pan de la Presencia, también
hecha de oro.

Vv. 7, 8. Esta caja sagrada (el arca) es el símbolo de la presencia gloriosa de Dios
entre su pueblo. Dentro de ésta y bajo las alas de nuevos querubines (Exo. 37:7, 8)
reposaba una copia de los Diez Mandamientos; estos son el testimonio que Dios
había dejado a su pueblo para que, por siempre, conocieran su santa voluntad. El
decálogo es la base del pacto entre Dios y su pueblo.[p 76]
Vemos cómo todos los que desfilaban ofrecían sus sacrificios en cada punto del
camino por donde pasaban (v. 5). Debió ser un culto muy solemne e impresionante.
Nótese otro detalle: se menciona que las varas con que se cargaba el arca sobresalí-
an hasta el lugar santo. Sin duda que servían como guías para que el sacerdote no
se perdiera en la oscuridad del camino hacia el lugar santísimo.

Joya bíblica
¡Oh Jehovah Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni
arriba en los cielos ni abajo en la tierra! Tú guardas el pac-
to y la misericordia para con tus siervos que caminan de-
lante de ti con todo su corazón (8:23).

Pero en medio de toda aquella gran celebración falta lo más importante: la pre-
sencia de la gloria de Dios. Como en los días del éxodo (14:19, 20 y 33:9), Dios se
manifiesta en forma visible por medio de la nube (v. 10). Esta ocupación sublime
del santuario era el testimonio de que Dios se agradaba de su pueblo y que ponía
su sello de aprobación en todo lo que allí se hacía.
Vv. 14–21. Este es el primer discurso formal de Salomón en torno al templo. Uno
de los temas principales gira en torno a la promesa de Dios hecha a David en 2 Sa-
muel 7. Estos textos se dedican a explicar por qué Salomón construyó el templo en
56
lugar de David. Se recalca la importancia de David más que la importancia de una
ciudad donde ubicar el templo. Un segundo tema de importancia en este discurso
es la idea de que el templo es una casa para el nombre de Jehovah (vv. 16, 17, 18,
20). Ha de llamarse el templo de Jehovah, no porque el templo contenga a Dios, si-
no porque es de él.
Algunos estudiosos observan con cierta preocupación el hecho de que el mismo
rey tomara la parte más importante en esta ceremonia de dedicación. Se preguntan:
[p 77] ¿No corresponden estas funciones o ceremonias exclusivamente a los sacer-
dotes? ¿O actuaría Salomón como "sacerdote real?" ¿O es que quiso guardar el sa-
cerdocio bajo su absoluto y exclusivo dominio? Sin duda, siendo Salomón deposita-
rio de las bendiciones de Dios, estaba en condiciones de impartir la bendición.
Luego el rey se dirige a su pueblo para impartirles lo que pudiéramos llamar su
primera bendición (v. 55). Lo hace con toda autoridad, en su condición de rey, y
como sumo sacerdote en su santuario.

Semillero homilético
Siete motivos para la oración
8:22–53
Introducción: Cuando Salomón terminó el templo, pidió las
bendiciones de Dios sobre él en una oración dedicatoria. En su
oración se encuentran siete circunstancias específicas cuando
el pueblo de Dios había de necesitar la acción misericordiosa
del Señor. Quizá haya paralelos en lo que se necesita en el
pueblo de Dios de hoy. Se necesita el actuar de Dios cuando:
Hay pecado que resulta en injusticia (vv. 31, 32).
El pueblo de Dios se siente derrotado por el enemigo (vv. 33,
34).
. El cielo está cerrado y no llegan las bendiciones de lo alto
(vv. 35, 36).
. Ocurre un desastre (vv. 37–40).
Uno que no es del pueblo de Dios llega al templo (vv. 41–43).
. El pueblo se prepara para la batalla (vv. 44, 45).
I. La desobediencia aleja al pueblo de su Dios (vv. 46–51).
Conclusión: De la manera que el gran rey Salomón se humilló
ante Dios y el pueblo para pedir el perdón, el cuidado y las
bendiciones del Señor, humillémonos también buscando su
acción en la iglesia, su pueblo espiritual.

¿Podrían los sacerdotes entender el significado de aquella nube que oscurecía el


lugar santísimo y que les impedía servir en sus sagradas funciones? Algunos podrí-
an verla como el anuncio de algún mal. Entonces, el rey se dirige a todos para res-
tablecer su confianza. Y les recuerda la historia según Exodo 13:21; 24:16 y Núme-
ros 9:15. Aquella nube no debe ser motivo de temor; es la señal de que Dios da su
aprobación a su “casa de oración” y que entra en ella para hacerla su morada per-
manente.[p 78]
57
Observemos cómo el rey, que se había quedado en santa y muda contemplación
de la nube, vuelve su cara hacia el pueblo; éste estaba de pie en actitud de devoción
y de respeto a su rey. El rey le rinde a su Dios una ferviente alabanza.
Debemos reconocer la profunda humildad de Salomón al darle a su padre David
todos los méritos por la edificación del templo. Es bueno repasar la historia en 1
Crónicas 22 para recordar los preparativos que David hizo para esta construcción.
Alguien comentó con cierta razón: "Este es el templo de David." Pero, por sobre to-
das las cosas, es Dios quien recibe toda la gloria en esta bendición: Jehovah ha
cumplido su promesa (ver v. 20).
Otra nota sobresaliente en los actos de esta dedicación es la oración del rey (2
Crón. 6:12–42). Nos recuerda la hermosa oración de Jesús en el NT (Juan 17). No
es la oración de rutina, seca y ceremonial que hacemos muchas veces. Esta es una
plegaria sincera, una súplica del corazón, ajustada a una situación real. Veamos al
poderoso rey de un gran Imperio permanecer de pie ante su majestad Jehovah de
los ejércitos. Mirémoslo después caer de rodillas en actitud humilde y suplicante
por el futuro de sus súbditos (v. 54). Nos imaginamos un cuadro tan sorprendente
como impresionante.
En esta célebre oración están presentes todos los elementos de una verdadera
plegaria, pero se destacan dos: la adoración y, sobre todo, la intercesión.
Para adorar a Dios es indispensable tener un verdadero conocimiento de su per-
sona (Juan 4:23, 24). Es el Dios único y verdadero; es el Dios de la misericordia,
pero de una justicia y santidad infinitas. Es el Dios del pacto, fiel a sus promesas
de ayer y del [p 79] futuro. Su pueblo puede descansar confiado en su Dios.
Pero Salomón conoce a su Dios como omnipresente (v. 27), que está en todo lu-
gar. No está limitado a un templo (éste sería solamente un centro de relación y de
testimonio para Israel y para todo el mundo). El templo será una especie de puente
entre el Dios distante en el cielo que desea darse a conocer como un Dios cercano y
el pueblo que lo adora. La casa de Jehovah sería un lugar a donde su pueblo unido
acudiría para adorar. Y aun desde las partes más lejanas el pueblo de Dios se vol-
vería en dirección al templo para orar (v. 48). Afirma un comentarista: “Cada templo
debiera ser como un ‘trono de gracia’, al que cualquier persona pueda acercarse con
cierta osadía, en tiempo de necesidad, a buscar la mediación y el perdón de Dios”.

Dios escucha la oración (a pesar del ruido)


Fue en la Iglesia Bautista Antioquía, de Iquitos, Perú. El de-
vocional que dio el pastor aquel miércoles en el culto de entre
semana casi no se escuchaba sobre la bulla de las docenas de
motocicletas que pasaban constantemente rugiendo en la calle
frente al templo. El ventilador de techo no estaba balanceado y
además de no ayudar mucho en el calor de casi 40 grados,
agregaba su propio ruido. El zumbido de un generador no ayu-
daba en nada. No recuerdo nada del devocional. Pero cuando el
pastor terminó su mensaje y bajaron las luces y la gente empe-
zó a buscar donde arrodillarse en oración, ni la bulla ni el calor
tenían importancia. Dios estuvo allí, escuchando, siendo sen-
sible a su pueblo mientras silenciosamente intercedieron el
uno por el otro y por las necesidades de su iglesia. La gloria del
Señor se manifestó aquella noche. ¡Qué consuelo es saber que
la presencia del Espíritu en nosotros es más poderoso que las
distracciones de nuestras vidas y nuestros tiempos!
58
Vv. 31–51. Pero el corazón de esta oración es la intercesión de parte de Salomón.
Con mirada de profeta, el rey ve unas siete situaciones particulares y nacionales,
por las que es indispensable la intercesión: (1) Si alguien es acusado de algún pe-
cado, pero el culpado jura que es inocente; apela entonces al juicio de Dios; el juez
divino hará justicia. (2) Cuando haya un pecado nacional y el pueblo sea derrotado
en la guerra; desde el mismo campo de batalla Dios oirá la súplica de su pueblo. (3)
Vendrán tiempos de sequía y de escasez, como en los días de Elías; pero Dios no
abandonará a su pueblo. (4) Y seguirán las guerras, el hambre y las enfermedades.
(5) También los extranjeros serán bendecidos con Israel. Vendrán días cuando se
romperán las barreras de raza y de otras partes buscarán a Dios (Ef. 2:11–18). De
modo que esta oración está llena del espíritu misionero y evangélico. (6) En las ba-
tallas justas contra los enemigos, Israel no conocerá una derrota. (7) Y cuando sea
llevado a la cautividad, Dios estará presto para oír el clamor de su pueblo (Dan. 9).

[p 80] Joya bíblica


Sea, pues, íntegro vuestro corazón para con Jehovah
nuestro Dios, a fin de andar en sus leyes y guardar sus
mandamientos, como en este día (8:61).

En cualquier circunstancia, Israel continuará siendo el "pueblo del pacto". Es un


pacto de gracia, amor, misericordia y perdón; pero también de justicia y de juicio.
Pero Israel debe cumplir con su parte: reconocimiento, arrepentimiento y confesión
del pecado cometido contra su Dios. Ante cada situación debe clamar a Dios de to-
do corazón. Jehovah oirá desde su santo templo; él perdonará y restituirá a su
pueblo todas las bendiciones del pacto.

Semillero homilético
¡Alegría en la dedicación del templo!
8:62–66
Introducción: Después de siete años el templo que Salomón
hizo construir para Jehovah estuvo listo para una ceremonia
de dedicación. Se hicieron los preparativos, todo el pueblo se
congregó, el mismo rey se preparó para servir de maestro de
ceremonias, y se dio comienzo a la dedicación. Fue una oca-
sión festiva, de celebración y alegría. Después de catorce días
de fiesta, la gente regresó a sus hogares. ¿Por qué tanta ale-
gría? El pueblo se puso alegre por las mismas tres razones por
las que lo hacemos nosotros al terminar un proyecto en nues-
tra iglesia:
Porque el trabajo había terminado.
Siete años de labor intensiva.
El tiempo y demandas del proyecto nuestro.
Porque fue una buena obra.
Un templo ornamentado, fino, bello.
Lo que tenemos que no teníamos antes.
. Porque fue una bendición divina.
Corazón gozoso por toda la bondad... (8:66).
Lo que el Señor nos permitió hacer lo tenemos por bendición
59
suya.
Conclusión: Cada vez que terminamos un proyecto para el Se-
ñor, sea de construcción, de alcance evangelístico, u otra cosa,
debemos festejar las bendiciones recibidas de él en el proceso.
No lo haremos siempre con fiesta, pero sí lo haremos con cora-
zón gozoso por toda la bondad que Jehovah nos habrá dado.

Vv. 54–61. Después que el rey termina su oración se dirige al pueblo para darle
la "segunda bendición". Es una nota de alabanza a Dios, como un resumen de su
anterior oración. Además, la oración de Salomón, contiene una premisa básica: sin
la ayuda de Dios será imposible guardar sus leyes. Esta bendición salomónica ter-
mina [p 81] en una súplica a los hebreos a que permanezcan fieles a Dios.
Vv. 62–66. Luego llega la gran fiesta dedicatoria durante 14 días que culminará
con la antigua fiesta de los Tabernáculos. Se enumera la gran cantidad de animales
sacrificados. Pero esto no ocasiona problemas, porque se improvisan en el atrio del
templo muchos altares (v. 64; ver 2 Crón. 7:12).
El pueblo de Dios sale lleno de gozo y de gratitud por todo lo que Dios había
hecho con David y con Israel. La celebración se hace con la más completa libertad,
pero dentro del orden debido. El pueblo unido como una sola alma regresa a sus
hogares bajo la bendición de su rey. Por 500 años el templo permaneció como el
orgullo del pueblo hebreo, y como el verdadero centro de adoración unido a Jeho-
vah. La historia conservará este recuerdo permanente de la riqueza y gloria del re-
ino unido.

Joya bíblica
...se fueron a sus moradas, alegres y con el corazón go-
zoso por toda la bondad que Jehovah había hecho a su
siervo David y a su pueblo Israel (8:66).

Celebración de la vida cristiana


Después de dedicar el templo al servicio de Jehovah, el rey y
todo Israel tuvieron una fiesta de celebración (8:62–66). ¡Qué
gran privilegio poder celebrar libremente la presencia del Se-
ñor!
La hermana Hortensia, con más de ochenta años de edad,
siempre es fiel a la escuela dominical y al culto de adoración
matutino. Siendo la única cristiana evangélica en su hogar, a
veces es el objeto de burla de parte de sus nietos, su hija y
yerno, los dos profesionales, con quienes vive. Un día asistió a
un “Banquete de amistad” en su iglesia. Luego, en camino a
casa con otros miembros de la iglesia, la hermana Hortensia
estaba encantada. “¡Qué fiesta tan maravillosa! ¡Me encantó
ese juego en que todos tenían que saltar y cambiar de silla! La
mujer al lado mío me dijo que me quedara sentada, pero yo
pensaba que era más divertido saltar como los demás. Amo las
fiestas. Hermano, ¿cuándo vamos a tener otra fiesta?”
¡Qué actitud! He aquí una mujer quien ha enfrentado una
vida difícil por muchos años. Vive una situación dificil en la
casa de sus hijos en la gran ciudad, a miles de kilómetros de
su hogar en la selva. En gratitud por el transporte da galletas
60
al miembro de la iglesia que la lleva. Y ¡celebra la vida! ¡Ama a
su iglesia y le encanta tener fiestas con su iglesia en el templo!

4. Período de poder, grandeza y fama de Salomón, 9:1-10:29


(1) Recibe nueva visión del Señor, 9:1–9. Una segunda manifestación de Dios
[p 82] a Salomón se hace con el fin de afirmar que la perpetuidad de la dinastía y la
de Israel depende de la fidelidad de Salomón, y los que le han de seguir, a las leyes
de Dios. Pareciera que el deuteronomista incluye este material con el fin de explicar
que el exilio babilónico (mucho tiempo después de Salomón), se podía atribuir a la
idolatría del pueblo.
De modo que Dios se le aparece por segunda vez a Salomón, la noche que siguió
a la dedicación del templo (2 Crón. 7:12). Fue precisamente al concluir la etapa más
gloriosa de su reinado y de su más grande ideal: la construcción del templo. Recor-
demos que éste incluye todos los edificios dentro de una gran muralla, aunque le
quedan algunas cosas por hacer, Salomón ya ha a alcanzado el poder, la riqueza, la
grandeza y la fama que le convierte en el monarca más poderoso de su tiempo. Es
en este momento tan especial cuando recibe una nueva visión de Dios. ¿Acaso no
era cuándo más lo necesitaba? ¿Cuáles serían algunos motivos para esta aparición?
En primer lugar, responder a su oración (v. 3). Dios demuestra a su siervo que
siempre está más cerca de quienes lo buscan con sinceridad de corazón. Hasta aho-
ra, el rey está en una situación de íntima comunión con su Dios. Y el mismo Israel
aún no ha sido contagiado con el pecado de los cultos paganos.
En segundo lugar, los actos dedicatorios, tan hermosos y solemnes, no tenían
valor alguno sin la presencia y la confirmación de Dios. Es indispensable que Dios
ponga su sello de aprobación sobre todo lo que se había hecho.
En tercer lugar, para renovar su pacto con su pueblo. La esencia del pacto es la
misma: Dios castiga el pecado y bendice la obediencia (vv. 4–9). Puesto que Dios no
pide nada imposible, presenta a David como ejemplo fiel de obediencia al pacto que,
en adelante, será llamado “el pacto de David”. En el futuro será como un convenio
de familia, obligatorio para todos los descendientes. Estos serán “los hijos del pac-
to”.
Se pueden notar claras y precisas advertencias sobre el incumplimiento de las
condiciones del pacto. Hay muy trágicas consecuencias sobre la desobediencia. Y
aunque Dios es amor, misericordia y muy paciente, es de una justicia perfecta. Por
esto, el pacto presupone bendiciones, pero también responsabilidad y castigo para
quienes lo violen. Por eso advierte y [p 83] prevee la destrucción de Israel y de su
templo. Dios conoce a su gente y su inclinación a su pecado número uno: la idola-
tría (v. 9; ver Jer. 22:9 y 2 Rey. 17:7–18).
Observemos que, hasta ahora, el templo es el centro de la historia y el testimo-
nio visible de la fe de Israel. La gloria del templo es la gloria del pueblo. La ruina del
templo convertiría a Israel en la burla y el hazmerreír de todo el mundo. Viene la
pregunta: ¿Cómo es posible que Jehovah le haga todo esto a su propio pueblo? La
respuesta es clara y terminante: ...se aferraron a adorar y servir a otros dioses en
lugar de adorar al Señor (v. 9).

Semillero homilético
Acusación contra la casa de Dios
9:1–9
Introducción: El cap. 9 empieza con el pacto que Jehovah hizo
61
con Salomón. En esencia, Jehovah complacido por el buen tra-
bajo de construcción y por el culto dedicatorio del cap. 8, le
asegura a Salomón que el nuevo templo es santificado. Que
fuera siempre santificado no sería automático, sino que depen-
dería de Salomón y sus descendientes. Lo que le pasaría al
templo si Salomón no guardaba su parte del pacto es lo que
puede sucederle a una iglesia local o a una convención o na-
ción que no respete sus responsabilidades ante Dios para man-
tener la presencia divina en la posición que merece. En estos
versículos Dios hace tres proclamaciones que servían para Sa-
lomón y que sirven para nosotros.
Asegura su presencia.
Mis ojos y mi corazón estarán allí (v. 3).
Dios nunca falla en sus acuerdos con su pueblo.
Anuncia las condiciones del pacto.
Integridad de corazón.
Rectitud.
Obediencia.
Justicia.
. Advierte los resultados de quebrar el pacto.
Pérdida de su herencia.
Pérdida de la presencia de Dios en su adoración (templo).
Pérdida de integridad y reputación.
Conclusión: Dios promete siempre estar con nosotros, pero pa-
ra seguir recibiendo sus bendiciones, tenemos que hacer nues-
tra parte. ¿Por qué será que cuando las cosas en nuestra igle-
sia o nuestra convención u otra organización no van bien, y el
pueblo se siente aislado de Dios y no experimenta sus bendi-
ciones, no hacemos la conexión? ¿No hay una relación directa
entre nuestra falta de integridad de corazón, rectitud, obedien-
cia y justicia y el sentido de pérdida que experimentamos? En
el relato del cronista de este mismo pacto tenemos la solución.
Es que, “si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi
nombre, si oran y buscan mi rostro y se vuelven de sus malos
caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pe-
cados y sanaré su tierra” (2 Crón. 7:14).

(2) Poderío y riqueza de Salomón, 9:10–28. Es muy claro que, para el deute-
ronomista, la construcción del templo era el apogeo de la vida de Salomón. Aun así,
no terminaba la historia ahí, porque hubo también una plétora de proyectos arqui-
tectónicos que ocupaban las energías de Salomón. Es más, los tratos internaciona-
les y la ganancia económica eran [p 84] importantes para Israel durante cierto
tiempo. Con todo, el deuteronomista, como lo ha hecho en otras partes de la narra-
ción, implica que “no todo lo que brilla es oro”. Es decir, aun con las grandes rique-
zas de Israel al terminar los proyectos, no todo iba bien.
Vv. 10–14. De modo que no todo fue color de rosa en esta “época dorada”. El
mantener tan gigantesco imperio debió tener un costo muy alto. Los gastos crecían,
62
mientras los ingresos eran muy bajos. Y el rey se vio obligado a tomar medidas muy
fuertes para aumentar las entradas y cubrir los excesivos gastos. De nuevo apeló a
su viejo amigo Hiram para realizar ciertos arreglos comerciales y conseguir los re-
cursos que necesitaba con urgencia. En esta ocasión Hiram le prestó unos 4.230
kg. de oro. Se dice que, en la moneda de cualquier país, esto era una verdadera for-
tuna. Y para pagar esta deuda, le cedió a Hiram un número de ciudades dentro de
la misma tierra prometida.
No se sabe a ciencia cierta la razón por la cual Hiram no aceptó el negocio. Lo
más probable es que la disparidad entre la cantidad de oro prestado y la carencia
de importancia de las ciudades es la explicación. La palabra Cabul 3521 (“desierto” o
“como nada”; ver nota de la RVA) expresa el desagrado de Hiram. Algunos creen que
las ciudades eran muy pequeñas y no conquistadas todavía. O que las tierras no
eran buenas para cultivar granos y alimentos. La historia nos informa (2 Crón. 8:1,
2), que Hiram mantuvo estas ciudades hasta que Salomón le pagó el préstamo. Lo
que, sí, esta sección presenta es que Salomón era muy buen negociante además de
ser gran constructor.
Vv. 15–23. Aunque se abordan otros temas, la idea central en este pasaje tiene
que ver con los obreros forzados utilizados en la construcción. Es importante para
el deuteronomista recalcar que ningún hebreo era obligado a trabajar en los proyec-
tos (v. 20) sino sólo extranjeros. La segunda parte del v. 21 (...Salomón los sometió a
tributo laboral, hasta el día de hoy) obviamente refleja el tiempo del deuteronomista.
Quiere decir que para la época del escritor bíblico aún los extranjeros dentro de Is-
rael eran trabajadores forzados.
Los proyectos de construcción de Salomón no terminan con el templo y su pro-
pio palacio. Sigue adelante con una lista considerable de actividades de construc-
ción, de comercio, de seguridad y de extensión. Esta ilimitada ambición le convierte
en el rey del imperio más grande, poderoso y famoso del mundo de ese entonces.
Edifica y reedifica casas y ciudades [p 85] para almacenar provisiones y alimentos
por todas partes. Extiende actividades de comercio más allá de las fronteras nacio-
nales; por tierra y por mar. Con la ayuda de sus vecinos y expertos fenicios, fabrica
barcos, puertos, astilleros y una buena flota para comerciar con carros, caballos,
oro y otras cosas, a todo lo largo del mar Rojo. Se dice que Salomón llegó hasta la
India, Africa y Arabia; y que de estos riquísimos lugares obtuvo gran parte de la ri-
queza que lo hizo tan poderoso y famoso.
Algunos de los sitios mencionados son enigmáticos. Entre ellos está el Milo (vv.
15, 24). Claro, los lectores originales del deuteronomista sí sabrían; pero hoy no se
puede afirmar con certeza la naturaleza del Milo. No obstante esto, Butler sugiere
una idea muy interesante. El vocablo heb. (milo 4407) significa algo como “relleno”.
Una teoría es que el término se aplicaba a una especie de terraza o grada que facili-
taba la construcción de edificios pesados en lugares pendientes o empinados. Pro-
bablemente a esto se refiere este texto. Se sabe que Jerusalén se extendió más allá
de sus límites después de su captura por David. La ciudad se extendió hacia el nor-
te para abarcar el monte Moriah en el tiempo de las ampliaciones de Salomón. Era
este monte en donde Salomón construiría el templo después. Ya que había quedado
un espacio muy amplio entre la antigua ciudad de los jebuseos (la ciudad de David)
y el monte Moriah, aquél ofrecía campo para las construcciones adicionales. De
modo que, para proveer una plataforma sobre la cual construir, se haría una serie
de muros de contención a lo largo del declive; toneladas de tierra y piedra se arroja-
rían detrás de los muros para formar terrazas grandes con el fin de poder sostener
los edificios nuevos de Salomón.
63
Vv. 15–18. Las seis ciudades mencionadas son contadas desde el norte (Hazor)
hasta el sur (Tadmor). Cada ciudad era estratégica para la protección de Jerusalén.
Seguramente por esto Salomón se esmeró en su construcción.
V. 19. La edificación en Líbano es sorprendente, pues no hay otro indicio históri-
co de construcción fuera de Israel de parte de Salomón.
Salomón no era guerrero como su padre, pero tampoco carecía de conocimientos
militares. Por esto construyó también ciudades especiales para la caballería, sus
jinetes y carros de combate, aunque esto no era usado en Israel. Es por esto que
algunos opinan que la alusión a edificios para caballos y carros no puede referirse a
la caballería propiamente dicha. Como gobernante se preocupó por la defensa y se-
guridad de su pueblo. Así también, reforzó y reconstruyó murallas, torres y fortale-
zas: había que protegerse contra enemigos e invasores.
Como ya se ha mencionado, para realizar todo esto, el rey tuvo que apelar a una
vieja costumbre —y no buena— que ya había empleado antes: la leva o el trabajo
forzado, algo muy semejante a la esclavitud (5:13–16; 2 Crón. 2:18). Esta vez se
aplicó solo a los extranjeros y sobrevivientes de las tierras conquistadas. Los pro-
pios israelitas no fueron obligados a este trato tan inhumano. Con todo, la [p 86]
dureza con la gente, aun no hebreos, a la larga serviría como base para la desinte-
gración de la nación.
Una parte de la conclusión de este capítulo (v. 25) pareciera estar fuera de lugar,
según algunos. Pero podemos unirla de esta manera: es casi imposible que un rey
tan religioso como Salomón, después de todo, no asumiera su papel como líder reli-
gioso del culto a Dios. Por esto concluye haciendo mención de las tres fiestas anua-
les a las que todos deberían asistir con sacrificios de paz y de adoración al Dios de
Israel.
Vv. 26–28. A la larga, habrá tres menciones de la flota mercantil de Salomón.
Las otras dos se encuentran en 10:11–12 y 10:22. El que hubiera una flota es muy
inusual, porque los hebreos casi nunca se conocían como marineros. El mar re-
presentaba algo muy maligno para la mayoría de los hebreos. Allí vivían los mons-
truos marinos que a la postre llegarían a tener simbolismos funestos. Pese a esto,
durante el tiempo del apogeo de Salomón, este compartía con Hiram de Tiro naves
que surcaban por el mar Rojo y el mar Indigo. Dado el poco conocimiento de los
mares que los hebreos tenían, es obvio el papel crucial que Hiram jugaría en esta
cooperación.

[p 87] Semillero homilético


Oportunidades y privilegios: La vida de Salomón
Caps. 1–11
Introducción: Que Salomón fue un hombre sabio, quizá el más
sabio de todos los tiempos, nunca se ha discutido. Con todo lo
que tuvo a su disposición, ¿alcanzó su potencial? Un repaso de
su vida nos enseña algunas verdades de una vida repleta de
oportunidades.
Salomón era privilegiado.
Fue criado en la corte real (1:30).
La fama de su sabiduría y sus riquezas llegó a todo el mundo
conocido (4:34).
64
Salomón era sabio.
La sabiduría se demostraba en humildad (3:9).
La sabiduría fue el resultado de una actitud de servicio
(3:11, 12).
La sabiduría fue probada y verdadera (3:16–28).
. Salomón era devoto.
En el comienzo de su reino su devoción era espiritual y pura,
y fue honrada por Dios (9:1–5).
Al ganar fama y fortuna, quiso más de lo material, su devo-
ción se convirtió en religiosidad vacía y fue rechazada por Dios
(11:9–11).
Conclusión: Qué triste que el hombre más sabio de la historia
terminó su carrera en desgracia ante los ojos de Dios. Nos debe
hacer pensar en las oportunidades que tenemos en la vida, y
qué hacemos con ellas.

(3) Alcanza la cima de su grandeza, 10:1–29. Vv. 1–13. [p 88] La visita de la


reina de Saba a Salomón. Este relato describe una visita diplomática de una mo-
narca a la corte de Salomón. Se debe reconocer que la reina en este caso no es sólo
la esposa de algún rey; ella controla su propio país. Es muy probable que tratos
comerciales entrarían en juego, aunque este elemento no se acentúa en la narra-
ción. ¿La ubicación de Saba? La arqueología nos ha provisto del conocimiento de un
reino bien establecido en la parte sudoeste de Arabia; además inscripciones asirias
confirman alusiones bíblicas (Job 1:15) a la presencia de sabeos en la parte norteña
de Arabia. No hay nada fuera de lugar que hubiera un intercambio de regalos lujo-
sos, pues era la costumbre oriental en boga. El relato bíblico reporta fielmente el
asombro y la admiración de la monarca por la opulencia en la que vivía Salomón y
por sus destrezas administrativas (sabiduría), aunque es muy probable que su in-
forme a su propia corte haya sido de menos exuberancia.
La visita de la reina de Saba al rey Salomón se puede considerar como el segun-
do acontecimiento más importante después de la construcción del templo (2 Crón.
9:1–12). Es así no sólo por lo notable del visitante, sino porque el mismo Jesús se
refirió a ella en Mateo 12:42.

Semillero homilético
Una incrédula en búsqueda de respuestas
10:1–13
Introducción: Hace aproximadamente tres mil años, la reina de
Saba viajó a averiguar la veracidad de lo que había escuchado
acerca de la grandeza del imperio de Salomón. Si se identifica
Saba con Etiopía, su jornada fue de muchos km. En Mateo
12:42 Jesús parece aplaudirla por tanto esfuerzo en oír la sa-
biduría de Salomón, que le fue otorgada por Dios. Como una
persona que vivía fuera del pueblo de Jehovah, buscó respues-
tas de uno dentro de ese pueblo, con resultados interesantes.
La historia de la visita de la reina de Saba nos ayuda a re-
flexionar sobre los encuentros que podamos tener con los in-
crédulos que vienen a nuestro encuentro.
65
La reina oyó.
En su lugar de residencia se escuchaba la fama de Salomón.
Sospechaba una relación entre la gran sabiduría y un gran
Dios.
Le hizo sus preguntas a Salomón y él respondió.
¿Cuantas personas nos harán preguntas porque han oído
algo respecto a lo que Dios nos ha dado?
La reina investigó.
Se quedó asombrada de lo que vió y escuchó.
Atribuyó lo que encontró al eterno amor de Jehovah.
Un incrédulo, ¿reconocería en nosotros el amor de Dios?
. La reina ¿creyó?
Regresó satisfecha a casa.
No sabemos si llegó a adorar al Dios de Israel.
¿Resultaría convertido un incrédulo por un encuentro con
nosotros?
Conclusión: La reina de Saba definitivamente fue impresionada
por Salomón y todo lo que Dios le había provisto. Lo que no es
cierto es si ella se fue tan convencida de lo que oyó y observó
que adoptara para sí misma las bendiciones de Jehovah Dios.
Examinémonos para saber si el amor y las bendiciones de Dios
son tan evidentes en nosotros que nuestra manera de ser po-
dría convencer a un incrédulo de que servimos al Dios vivo y
que él o ella pueden hacer lo mismo.

¿Cuáles eran sus motivos? La reina de Saba había oído acerca de la forma ma-
ravillosa en que Dios había bendecido a Salomón; de sus obras, inmensas riquezas,
y sobre todo, de su gran sabiduría. Con mucha curiosidad, decidió informarse por
sí misma. Se calcula una distancia de [p 89] 2.500 km. a través del desierto. El via-
je, con una caravana de camellos cargados con 4.000 kilos de oro y especias aromá-
ticas, debió haber durado más de tres semanas.
Según la sabiduría oriental, la reina prueba a Salomón con los enigmas y adivi-
nanzas más difíciles. La reina quedó tan asombrada al ver que Salomón le hallaba
una solución a todo, que se quedó sin aliento (v. 5). Esta expresión traduce las pa-
labras hebreas “en ella no quedó más espíritu”. Al conocer todo esto, es imposible
reducir el objeto de la visita a un puro intercambio con fines comerciales, aunque la
calidad del intercambio de regalos lo haga parecer así. Hay además otra cosa que
maravilló a la reina: la forma en que Salomón adoraba a Jehovah; además, era un
hombre extraordinario, con un poder especial.
En resumen: esta visita nos revela varias cosas muy importantes. Primero: que
la fama de Salomón había llegado a todas partes. ¡Qué testimonio tan hermoso de-
bió haber dado esta extranjera al regresar a su tierra! ¿No tendría algo que ver con
la conversión del etíope relatada en Hechos 8:26–39? Segundo: que Salomón tuvo
éxito en testificar de su Dios al mundo de su tiempo (v. 24). No hay duda de que la
fama de Salomón está unida al nombre de aquel que tanto lo había bendecido: Je-
hovah. ¿Cuánta gente vino a Jerusalén para conocer y adorar al Dios de Israel? Se
afirma que la misma reina llegó a conocer al Dios vivo y verdadero por medio de la
66
influencia de Salomón. Si alguna vez Israel tuvo éxito en testificar al mundo, como
“pueblo del pacto”, fue en esta ocasión. La obediencia y fidelidad a Dios traen como
resultado la bendición. Tercero: ¡cuánto más poderoso hubiera sido este testimonio,
si no lo hubiera debilitado por malgastar tiempo, riquezas y energías en cosas inúti-
les! Las mismas solo sirvieron para satisfacer antojos personales (v. 22). ¡Cuánto
exceso de lujo y vanidad!
Vv. 14–29. Las riquezas que entraron al reino de Salomón son impresionantes.
Cada año ingresaban más de 22.000 kg de oro. (Nota: v. 14. La RVA traduce la ex-
presión en cada año, pero algunos discrepan y dicen que la recepción de semejante
cantidad de oro sería sólo durante un año excepcional [Walsh, p. 129]). Se estima
que el total de ingresos anuales sobrepasaba a los 100 millones de dólares. Un re-
sumen de esta riqueza lo vemos en este relato. ¿Cuánto costaría hoy cada una de
las cosas hechas de marfil y del oro más refinado? Sin duda que el trono significaba
la perfección, el poder y el señorío del rey cuando estaba ejerciendo juicio.
Vv. 16, 17. Los escudos de oro servirían sólo de adorno, pues como metal el oro
es demasiado suave como para usarlo en este propósito. A lo más, los escudos esta-
rían cubiertos de oro. Pareciera que estos escudos existían sólo para lucir la riqueza
de Salomón. Serían usados en desfiles u otros actos públicos.
La historia nos dice que Salomón tenía el [p 90] monopolio del comercio en su
tiempo; él comerciaba con Arabia, la India y toda la costa oriental de Africa. El ga-
narse el reconocimiento y el respeto de todos los reinos vecinos, significaba el ingre-
so de entradas fabulosas en regalos y mercaderías. Fue Salomón quien inició el uso
de caballos y carros. En tiempo de paz, esto era una señal de mucha riqueza (2
Sam. 15:1). Todo este comercio, más el pago de impuestos, además de otras indus-
trias como el hierro y el cobre, hicieron del reino de Salomón el más rico, grande y
poderoso de su tiempo. Un comentarista afirma: “Israel fue el reino más poderoso
del mundo conocido. Jerusalén, la ciudad más hermosa. El templo, el edificio más
costoso y glorioso del mundo”. No en vano, la reina de Saba tuvo que exclamar ad-
mirada: Y he aquí que no se me había contado ni la mitad (v. 7).
Ahora nos preguntamos: ¿No indica todo este exceso de materialismo y de vani-
dad? ¿No es una violación de las leyes del reino? (Deut. 17:16, 17) ¿Quién duda de
que todo esto, aunado a una vida de libertinaje y de lujuria contribuyó a la caída
del reino?
De todas maneras, Dios había cumplido con Salomón, pues además de darle lo
que había pedido, le agregó riquezas y gloria en abundancia. El reino de Salomón
llegó a tener seis veces más territorio que el de las doce tribus (96.000 km. cuadra-
dos de extensión).

La leyenda de las minas de Salomón


Los siervos de Hiram y los de Salomón fueron a Ofir (9:28)
para traer 420 talentos, ¡o sea, catorce toneladas!, de oro, más
madera fina, animales y piedras preciosas (2 Crón. 9:10). Aun-
que no se sabe la ubicación de Ofir, se ha sugerido India, Áfri-
ca y Arabia como posibilidades. David antes de Salomón (1
Crón. 29:4) y otros reyes después (1 Rey. 22:48) quisieron
aprovechar las riquezas de Ofir, algunos con mejor suerte que
otros. Ofir se menciona en la literatura poética del AT, aún en
Job, generalmente reconocido como el libro más antiguo de la
Biblia (Job 22:24; 28:16; Sal. 45:9; ver también Isa. 13:12).
El misterio relacionado con la ubicación de Ofir ha sido el
67
tema de cuentos y leyendas por siglos. En 1885, se publicó
una novela titulada Las minas del rey Salomón, que fue repu-
blicada en 1958, con unas viente reimpresiones subsiguientes.
Cuenta la historia de tres británicos que viajan a África en
busca de un amigo perdido. Al encontrarlo, también encuen-
tran las minas perdidas de Salomón, llenas de diamantes in-
contables. Las minas legendarias también han sido tema de
películas en por lo menos dos ocasiones desde la década de
1950.

Es muy interesante observar que, desde los días de Natán el profeta, quien había
participado en el ungimiento del rey Salomón, hay ausencia de voz profética [p 91]
contra la apostasía del rey. Pero ya Salomón había sido advertido de las calamida-
des y desgracias que traería el materialismo y el alejamiento de Dios. Después Je-
sús amonestó contra el brillo pasajero de los bienes materiales (Mat. 6:29) y todos
los males que causan.
La opulencia de la riqueza de Salomón tiene paralelos en otra literatura oriental
que habla de distintos reyes. Así, Salomón llega a ser la personificación del hombre
en Lucas 12:13–21. Este derrumba los graneros para construir otros más grandes.
Se engaña, pensando que la abundancia de las posesiones es lo que cuenta en la
vida. Ciertamente, la riqueza de Salomón es impresionante, pero casi se puede es-
cuchar el eco de la voz que dice “necio”. Es interesante, no obstante, que una época
posterior ayudaría para hacer de Salomón el más grande de los sabios, aunque el
cap. 11 lo desmiente en gran manera.
5. Declinación y ocaso de Salomón, 11:1-43
(1) Alejamiento de Dios, 11:1–8. En cierto sentido, Salomón es un espejo que
nos refleja a todos nosotros. Al verlo a él, podemos descubrir mucho acerca de no-
sotros mismos. Por lo menos, así era el propósito del deuteronomista. Su propósito
al escribir el relato sobre Salomón no era sólo informarnos sobre un rey que había
vivido hacía mucho tiempo. Más bien, su intención era otra; quería que Israel (y el
pueblo de Dios hoy) entendiera lo que sucedía en su historia en cada época.

América antigua en el tiempo de Salomón


Mientras Salomón asumía el trono de Israel y extendía su
círculo de influencia y poder en el mundo oriental, ya había
civilización en la América antigua. La gran civilización Olmeca
ya florecía en lo que sería México, y había iniciado el culto del
hombre jaguar. Su cultura se extendía y producía esculturas
de jade, escrituras jeroglíficas y centros ceremoniales como La
Venta.
Un poco más al sur, pueblos premayas vivían bajo la in-
fluencia de la civilización Olmeca en lo que algún día sería
Guatemala y Honduras. En lo que sería Perú, la cultura Cha-
vín, que también adorara al hombre jaguar, construyó grandes
centros ceremoniales de piedras. Artesanía en oro, el primer
trabajo metalúrgico en América antigua, fue enterrada con los
muertos en Chongoyape, en la costa norteña del Perú, mil años
antes de Cristo, mientras los siervos de Salomón extraían oro
de Ofir para su amo.
68
Es interesante notar cómo el deuteronomista colocó el relato de las dificultades
de Salomón en un sólo capítulo, dando así la idea de que sus problemas únicamen-
te acontecieron durante los últimos años de su reinado. Es claro que para el deute-
ronomista la raíz de todos los problemas de Salomón estribaba en su caída en la
idolatría. Aunque esta contribuiría en gran manera, se ha podido observar, a lo lar-
go del libro de 1 Reyes, que muchos de los males posteriores de su reino también
podían achacarse a ciertas políticas menos que astutas y que no eran nada huma-
nitarias.

[p 92] Verdades prácticas


La conducta de Salomón está condenada en Deuteronomio
17: ¡Acumulaba muchas de sus riquezas haciendo cosas que
eran prohibidas para los reyes de Israel! Jehovah se indignó
contra Salomón, porque su corazón se había desviado de Jeho-
vah Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces [énfasis
agregado]. De todos los “tesoros” de Salomón, este fue el más
grande —el Señor se le había aparecido dos veces— y no sabía
apreciar su valor. Salomón “el sabio”...
¿Cuánto discernimento tengo de lo que realmente tiene va-
lor para mi? Mientras tenemos la disponibilidad de la presen-
cia y acompañamiento del Espíritu Santo, y mientras intenta-
mos permanecer en Cristo, ¿sabemos, realmente, cómo ateso-
rar la presencia del Señor con nosotros?

Hasta aquí, pues, hemos visto algo del lado bueno de Salomón y de su reino,
aunque no deja de haber en la narración ciertas insinuaciones de que no todo va
perfectamente bien. ¿Cómo explicarnos este cambio en una nación considerada
como el pueblo escogido de Dios; que además tiene como rey al hombre “más sa-
bio”, rico y poderoso de la historia? Recordemos que había nubes en el cielo que
amenazaban tempestad. Hay descontento en el pueblo; la "comunidad de tribu" ya
no existe. Hay un reino centralizado y gobernado por la fuerza. El mismo trabajo es
obligatorio. Se tiene como bueno todo lo que viene de afuera. Todo parece indicar
que “la procesión anda por dentro”, los problemas de Salomón son originados en
problemas internos.
Vv. 1–3. Por esto, en el presente texto se declaran las causas directas y visibles
de este trágico final. Primera: la mundanalidad. El rey se conforma a las normas del
mundo (Deut. 17:17; Rom. 12:1, 2); no atiende a las claras advertencias de la ley
divina. El sabio peca contra la luz de su propio conocimiento. Se deja seducir por lo
que parece ser su punto más débil: la sensualidad. Y aunque la poligamia era la
costumbre de la época y era también señal de grandeza y de poder, no por esto era
aprobada por Dios. Los reyes orientales competían entre ellos para hacer ver quién
era el más poderoso. Aquellos matrimonios y uniones tenían también razones [p 93]
políticas y comerciales. Entonces Salomón, para no ser menos que los otros reyes,
apela a este recurso mundano para llenar su sed de riqueza y de grandeza (ver
Cant. 6:8). Había otros gobernantes que usaban estas uniones para asegurar la paz
y la seguridad. Segunda: La idolatría. La lujuria de Salomón lo lleva a cometer otros
errores; el pecado nunca anda solo. Además, el rey se ve obligado a respetar las
creencias religiosas de sus mujeres. Estas lo hacen tolerar, promover y hasta parti-
cipar en sus cultos y rituales paganos. El problema de Salomón no fue tanto el te-
ner muchas mujeres, sino en que éstas eran extranjeras, es decir que servían a
otros dioses. La poligamia le abrió la puerta a otros pecados.
69
Vv. 4–8. Veamos que la idolatría no sólo es un pecado en sí, sino que es abomi-
nable. Astarte era la diosa fenicia de la fertilidad y del amor, tenida como la consor-
te de Baal (Jue. 2:13; 3:7; 1 Rey. 15:13 y 18:19). Moloc y Quemós eran los dioses
sedientos de sangre de los amonitas. En sus altares se sacrificaban niños (2 Rey.
23:10). Quemós era también el dios de la guerra (2 Rey. 3:27; Juec. 11:24).
Sin duda Salomón no abandonó totalmente el culto al verdadero Dios, pero le
faltó valor e integridad para oponerse a las falsas religiones de sus mujeres. Tuvo
un corazón dividido entre Dios y otros dioses (Mat. 6:24). Tampoco fue una toleran-
cia pasiva de "no hacer pero dejar hacer": él participaba activa y conscientemente
en el pecado. Veamos los tres pasos del pecado: consiente, promueve y participa. El
que desde el principio Salomón se involucrara en la adoración a Dios en los lugares
altos lo predisponía a la posterior idolatría. El ideal siempre era que la adoración
verdadera a Jehovah debía efectuarse solo en Jerusalén, aun antes de que hubiera
un templo. Es claro que para el tiempo del deuteronomista en retrospección se po-
dían contemplar los resultados funestos de cualquier adoración que no se hiciera
dentro del templo.
Hay quienes tratan de excusar el pecado de Salomón, alegando que hacía esto
sólo para halagar a sus mujeres y para mantener la paz en su reino, pero que, en
su interior, él adoraba al verdadero Dios. Pero, ¿no es la hipocresía otro pecado?
¿No era Salomón consciente de que violaba la ley divina? ¿No son la tolerancia y la
complicidad otras maneras de pecar? El texto declara que Salomón levantó altares
a los dioses mencionados, y hasta bastante cerca al templo que él mismo había edi-
ficado (v. 7).
Una cita de Brueggemann nos enriquece el pensamiento en torno al pecado de
Salomón:
“La nueva alternativa religiosa es muchas otras mujeres extranjeras. Sin duda,
hay una dimensión sexual de su perversidad: tales cantidades, ¡300 esposas y 700
concubinas! Pero no nos engañemos. El asunto no es sexual sino político. Los mu-
chos casamientos y el harén son una manera para implementar alianzas interna-
cionales. Y todos estos esfuerzos en la sexualidad de la política y la politización de
la sexualidad son maneras de afianzar la existencia propia de uno, de retener la
iniciativa para la vida personal. El resultado viene siendo la eliminación del Señor
trascendente y cualquier crítica. Los nuevos amores alternos de Salomón han redu-
cido la vida a algo manejable, predecible y administrable. Amar a Dios significa
rendirse ante quien es un sobrecogedor misterio santo. Es confiar, pero no estar en
control” (p. 52).
Notemos que Salomón no era propiamente [p 94] un anciano; tendría unos 60
años, pero el pecado envejece y debilita. Salomón fue sabio para administrar, edifi-
car, en las ciencias y las artes, etc., pero no tuvo sabiduría espiritual. A pesar de
sus años de experiencia, no supo vivir de acuerdo con el conocimiento que Dios le
había dado. Esto nos demuestra que una gran sabiduría humana y el más refinado
conocimiento de Dios, no son un casco protector contra el pecado, ni para vivir una
vida de santidad y de continua fidelidad a Dios.
(2) Profecías de juicio y castigo, 11:9–13. En esta sección del relato encon-
tramos la explicación que el deuteronomista ofrece para la división del reino que
acontece después del reinado de Salomón. El Señor había advertido a Salomón me-
diante sueños en contra de la idolatría. Debido a su desacato de las indicaciones
del Señor, todas las tribus excepto una, la de Judá, serían quitadas de la casa de
David. Claro está, el deuteronomista contempla la realidad de esta advertencia ya
que vivió muchos años después de los hechos.
70
V. 9. Muy adrede el escritor bíblico se refiere a Jehovah Dios de Israel. La narra-
ción tiene por trasfondo el politeísmo tanto del tiempo de Salomón como de aquel
del deuteronomista. Es decir, se creía que cada pueblo, cada nación tenía su propio
dios. Este dios estaba en control de las cosas en su propio territorio. El escritor en-
tiende que el mal de Salomón no es una apostasía del verdadero y único Dios para
luego servir a otros dioses paganos. Más bien, el verdadero pecado de Salomón es
que ha traído a Israel (tierra perteneciente a Jehovah) la adoración a dioses de pue-
blos ajenos. Era en cierto sentido un acto de traición.
El pecado trae consigo juicio y castigo. Ante un Dios infinitamente perfecto, san-
to y justo, el pecado es intolerable. Salomón no prestó atención a Dios que se le
había aparecido dos veces para advertirle que no debía adorar a dioses ajenos. De
aquí que la razón fundamental de la caída del rey más poderoso en la tierra fue la
desobediencia al primer mandamiento de la ley divina (Exo. 20). El gran pecado de
Salomón fue el apartarse de Jehovah. Esta experiencia es muy parecida a la de Is-
rael en el desierto, después de la dedicación del tabernáculo. Es casi un misterio
inexplicable, el que un hombre que sube hasta lo más alto de su gloria caiga tan
estrepitosamente hasta lo más bajo.
Es interesante notar que el padre (David) se esforzó por arrancar la idolatría de
Israel, y ahora es su propio hijo (Salomón) quien trata de restablecerla. Y el hecho
de que Dios se le aparezca dos veces hace aun más horrible e inexcusable el peca-
do. Jesús dijo: “Porque a todo aquel a quien le ha sido dado mucho, mucho se de-
mandará de él” (Luc. 12:48). De modo que, a mayor conocimiento, mayor responsa-
bilidad.
Pero si grande es el pecado, grande debe ser el castigo anunciado. Y este sería el
rompimiento de la unidad gloriosa que hasta ahora había prevalecido en Israel. El
reino se dividiría en dos partes. El hijo Roboam reinaría sobre una sola tribu (Judá,
Benjamín y Leví se consideran como una sola [2 Crón. 11:12, 13]). Se cree que otros
israelitas se pasaron a los linderos de Judá para poder gozar de las bendiciones del
verdadero culto a Dios. Todo esto estuvo, sin duda, dentro del propósito de Dios,
para la continuidad del pacto y de la línea de David. Porque aunque la casa de Da-
vid fue humillada con la división, esta sería compensada con la venida del Salvador,
de la tribu de Judá, descendiente de David. Sin embargo, este castigo va mezclado
con la gracia y la misericordia de Dios. La división ocurriría, pero Dios dijo a Salo-
món: ...no lo haré en tus días (v. 12). Dios demoró el castigo hasta la muerte de Sa-
lomón.

[p 95] Joya bíblica


Entonces Jehovah dijo a Salomón: “Por cuanto ha habi-
do esto en ti y no has guardado mi pacto y mis estatutos
que yo te mandé, ciertamente arrancaré de ti el reino y lo
entregaré a un servidor tuyo. Pero por amor a tu padre Da-
vid, no lo haré en tus días; lo arrancaré de la mano de tu
hijo. Sin embargo, no arrancaré todo el reino, sino que daré
a tu hijo una tribu, por amor a mi siervo David...” (11:11–
13).

V. 13. Hay un sentido muy interesante que se puede observar en el uso del tér-
mino “tribu” (shebut 7626) por Jehovah. Cuando Dios le dice a Salomón que dará a
un hijo suyo una tribu, es muy posible que vaya implícito en la expresión un des-
dén por la nueva organización que Salomón había dado a la antigua anfictionía
(confederación tribal que se conocía desde el tiempo de los jueces). En su reorgani-
71
zación del reino Salomón había hecho caso omiso de las tribus como la unidad fun-
damental; abolió las distinciones geográficas de sus antiguos límites. Este no es el
único lugar en el AT en donde se expresa cierto prejuicio en pro de los “viejos tiem-
pos buenos” cuando la confederación tribal. El mismo prejuicio se expresa en cierto
estrato del Antiguo Pacto al desdeñar la monarquía y añorar la vida más pastoril y
tranquila de la anfictionía y sus líderes, los jueces.
(3) Adversarios de Salomón, 11:14–40. Aunque a Salomón se le llama “el rey
de paz”, sembró las semillas del odio, del descontento y de la rebelión. Por ello estu-
vo rodeado de enemigos por todas partes, que solo esperaban el tiempo oportuno
para entrar en acción. Algunos de estos, como Hadad y Rezón, habían sido adversa-
rios durante el reinado de David (vv. 21, 25).
Vv. 14–22. El primero era Hadad, un príncipe edomita que siendo niño huyó a
Egipto y llegó a formar parte de la familia del faraón. Para entender esto cabalmente
habrá que recordar que David había conquistado Edom (2 Sam. 8:13–14). En la
ocasión de la derrota de su pueblo, Hadad elude las tropa de Joab y sale rumbo a
Egipto. Primero, huyó al desierto sureño de Madián, pasando luego a los oasis de
Parán pertenecientes al península del Sinaí. Luego pasaría a Egipto, en donde se
congraciaría con el faraón, y pasa a ser [p 96] finalmente un miembro de la familia
real por medio del matrimonio. Después el texto afirma que Hadad pide licencia al
faraón para regresar a Edom, ya que David y Joab, su general, habían fallecido.
Aunque todo el pasaje indica fuertemente que Hadad se constituyó en un enemigo
acérrimo de Salomón, no se dan detalles en sí de su rebelión. Pese a la carencia de
datos históricos concretos, se puede deducir que el odio de Hadad para el hijo de
David sería grande, dada la descripción de la masacre que hubo en su pueblo por
las fuerzas de Joab (vv. 15, 16).
Vv. 23–25. La rebelión de Rezón. V. 23. Una nota de introducción a este texto:
algunos se preguntarán ¿por qué el texto dice Dios también le levantó como adversa-
rio a Rezón...? Hay que recordar que el concepto que los hebreos tenían de Dios va-
riaba de época en época. Durante muchos siglos se creyó que todo cuanto acontecía
se podía atribuir a Dios, fuese bueno o malo. Tal era el concepto de la omnipotencia
de Dios. Siglos después, el pueblo reconocería (especialmente por la predicación de
los profetas clásicos de los siglos VIII y VI) que atribuir lo malo a Dios no sería co-
rrecto, dada la naturaleza amorosa de Dios. Por su contacto con los persas, des-
pués del exilio babilónico durante el siglo VI, los hebreos empezaron a achacar todo
lo malo a Satanás (término persa que no figura en los estratos más primitivos del
AT). Es bueno advertir que el vocablo hebreo que se traduce como “adversario” en el
texto es la palabra satán 7853. Durante el tiempo del deuteronomista, esta palabra
no connotaba un ser maligno sino sólo “opositor” o “adversario”.
El segundo enemigo, Rezón, forma una banda de guerrilleros para luchar contra
Salomón. Rezón era oriundo de Siria; este pueblo también había sido conquistado
por David (2 Sam. 8:3–12; 10). Tal vez “conquistado” (jarag 2026 no sea la palabra
más indicada, pues la RVA indica que el hebreo lit. reza (ver nota): “Cuando David
los mató”. Es difícil ubicar geográficamente a Soba con precisión. Algunos han su-
gerido que puede haber quedado al norte de Damasco. Este adversario permanente
logró quitarle a Salomón esta ciudad importante, Damasco, y la hizo un reino inde-
pendiente. Esto debilitaba el reino de Salomón porque ya no recibía los impuestos
de costumbre.[p 97]
Vv. 26–40. El tercer enemigo era Jeroboam, un israelita y viejo empleado de Sa-
lomón, que además había sobresalido por su valor y sus grandes capacidades como
administrador. Ya había demostrado su inteligencia y habilidad en la construcción
del Milo; relacionado este con el muro de Jerusalén (vv. 26–29). Al mostrar señales
72
de rebeldía, cayó en el desfavor de Salomón, y éste lo buscó para matarlo, por lo
que Jeroboam tuvo que huir a Egipto. Además, ya el profeta Ajías (procedente de
Silo, un pueblo perteneciente a la tribu de Efraín) le había puesto en la cabeza que
sería rey de diez tribus (v. 29).
Notemos la acción simbólica del profeta al romper su propio manto en doce pe-
dazos. Walsh sugiere algo muy interesante respecto a este acto profético de Ajías.
Llama la atención a que Ajías lleva un manto nuevo (v. 29). Tanto es así que el na-
rrador enfatiza lo nuevo del manto, porque el profeta usará su manto en un acto
sagrado y profético. Es instructivo notar que, además del acto, también hay un jue-
go de palabras involucrado. El vocablo que se traduce en manto es salmah 8009. El
idioma heb. carece de vocales y esto hace que la palabra no se pueda distinguir del
nombre propio Salomón (selomoh 8010). Debe ser obvio que cuando Ajías rompe el
manto en doce pedazos, queda patente la destrucción de Salomón mismo. Para los
hebreos, cuando un profeta realiza un acto simbólico como este, no es únicamente
una demostración para ilustrar sus palabras; más bien, tanto el oráculo del profeta
como su acción simbólica tienen poder; ejecutan lo dicho y lo simbolizado. Al rom-
per Ajías su manto, le da la mayor parte a [p 98] Jeroboam, y en el acto principia la
desintegración del reino de Salomón. Dios ha hablado, y su palabra tendrá cum-
plimiento. De modo que estos tres adversarios le quitaron la tranquilidad y la paz
en sus últimos días.
No creemos que este trío de adversarios fueron un castigo a la apostasía de Sa-
lomón en su vejez. Más bien, fueron enemigos que esperaron el tiempo de Dios para
recoger el fruto de la semilla sembrada. Es que el pecado siempre nos alcanza; tar-
de o temprano. El mismo sabio Salomón ya había escrito: “...tiempo de guerra y
tiempo de paz... Todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene
su hora” (Ecl. 3:8, 1). Este fue el tiempo de Dios.
A susodicho pensamiento sería informativo agregar una cita del comentarista
Brueggeman: “El narrador opina que el ímpetu profético es el factor decisivo. Jero-
boam puede ser muchas cosas, pero acá él es simplemente una herramienta del
juicio de Dios sobre la casa de David. La dinastía no puede resistir a la palabra.
Ningún arreglo mundano de poder es final, inocente o seguro. Esta historia real es,
de hecho, un hijo de la palabra inquietante de Dios. Y esa palabra no queda impre-
sionada ni detenida por el camino de los reclamos reales ni de las pretensiones re-
ales” (p. 56).
Según las palabras finales del v. 40, Jeroboam permaneció en Egipto hasta el fa-
llecimiento de Salomón. Llama la atención que al principio Salomón se creía muy
seguro de sus relaciones con Egipto, especialmente después de casarse con la hija
del faraón. No obstante esto, es claro que Egipto nunca fue amigo de Salomón, ya
que se prestó para ser el escondite de dos de los enemigos más temidos del rey:
Hadad y Jeroboam. El hecho de que en el versículo que sigue inmediatamente se
narre la muerte de Salomón, puede indicar que aunque la historia de Salomón ter-
mina, la de Jeroboam ha de continuar.
(4) Punto final: muerte de Salomón, 11:41–43. A través de todo 1 y 2 Reyes, el
escritor emplea una fórmula fija para describir el paso de un rey al otro. La infor-
mación que encontramos en los vv. 41–43 ilustra tal fórmula. Algo similar se usó
respecto a la muerte de David en 1 Reyes 2:10–12.
V. 41. Pareciera que el deuteronomista, al emplear sus fuentes, supo ser selecti-
vo en el uso de ellas. Los demás hechos de Salomón... implica que hay cosas adicio-
nales en la historia de Salomón que no fueron incluídas en la interpretación del
deuteronomista de sus fuentes. El libro de los hechos de Salomón debe ser uno de
73
los registros en la corte del rey. Esta fuente, desde luego, no nos está disponible
hoy.[p 99]
V. 42. El tiempo que reinó Salomón en Jerusalén... fue de 40 años. Pfeiffer asevera
que en realidad el reinado de Salomón duró 42 años, pero esto incluiría dos años de
correinado con David.
V. 43. La expresión: Salomón reposó con sus padres... es un eufemismo por la
muerte, semejante a nuestras expresiones contemporáneas “desapareció”, o “des-
cansa en paz”. Su hijo Roboam reinó en su lugar. Por las semillas de división ya
sembradas por Salomón, el reinado de Roboam sería de relativamente corta dura-
ción (17 años).
Walsh encuentra en toda la narración en torno al reinado de Salomón cuatro
motivos o temas que tienden a gobernar todo lo demás. Estos cuatro motivos son:
(1) el casamiento de Salomón con la hija del faraón (3:1; 7:8; 9:16; 9:24; 11:1). Este
motivo es importante, porque desemboca en la condenación de Salomón por entre-
garse a la práctica idolátrica de sus esposas extranjeras. (2) Los encuentros de Sa-
lomón con Jehovah. En cuatro lugares distintos en el relato el rey recibe o una vi-
sión de Dios o una palabra de él. En cada caso Jehovah reacciona ante algo dicho o
hecho por Salomón. Hay una progresión notable de una nota negativa de parte de
Dios para con Salomón. (3) La sabiduría de Salomón. Por esto se hizo legendario
Salomón. Se usa con una frecuencia observable el vocablo heb. que traducimos en
“sabio” o sus sinónimos. Estos vocablos se usan más de 20 veces en el relato. La
palabra heb. encierra mucho más que la española, pues abarca también algunas
ideas moralmente neutrales como “astuto”, “listo” y aun “destreza en artesanía”.
Respecto a este motivo, Walsh dice textualmente: “Con la excepción del uso por Da-
vid, el motivo no contribuye directamente a la caracerización de Salomón en la his-
toria. Empero, de modo indirecto, refleja una oscuridad progresiva en el cuadro de
Salomón. Lo hace al moverse desde el uso de la sabiduría con fines de lograr la jus-
ticia hasta el uso de la sabiduría para lucirla y para el lucro”.
El cuarto tema es David. Hay una frecuencia notable en alusiones a David, aun
después de su muerte y sepultura. Son 46 veces que se menciona a David, la mayo-
ría de éstas por Salomón o Jehovah. Es llamativo el contraste en la manera en que
los dos hablan de David. Cuando Salomón habla de David, su padre, predomina el
contexto de las promesas de Dios a la dinastía; nunca habla de su padre como un
ejemplo a seguir. En contraste, cuando Dios habla de David siempre lo pone como
el ejemplo de obediencia a seguir para Salomón y para Jeroboam (11:38). También,
Dios habla de David como la razón por la que el castigo de Salomón queda mitiga-
do. Es obvio que para Dios David simboliza la obediencia y la ley; para Salomón,
David representa promesa y bendiciones pero desde una óptica egoísta.
Han pasado a la historia 120 años del glorioso reino unido. Salomón escribe la
última página de su historia: “Tiempo de nacer y tiempo de morir” (Ecl. 3:2). Quien
dio una sabia respuesta a los problemas y enigmas que le presentaban, no supo
resolver el rompecabezas de su propia vida, a la que calificó de “vanidad de vanida-
des” (Ecl. 1:2). A quien se olvidó de su Creador en su juventud, le llegan los “días
malos y [p 100] sin contentamiento” (Ecl. 12:1). A pesar de eso fue, sin duda algu-
na, el mejor de los gobernantes de su tiempo.
Ahora viene la gran pregunta: ¿Perdió Salomón su salvación? ¿Fue su apostasía
total o parcial? La respuesta perfecta se la dejamos al Señor. Pero sí debemos de-
clarar lo siguiente: No leemos que Salomón, como su padre David, escribiera su
salmo penitencial. Sin embargo, no hay duda de que el gran libro de Eclesiastés,
escrito por Salomón en sus últimos días, es el fruto de un corazón arrepentido.
74
¿Quién podría escribir: “Teme a Dios y guarda sus mandamientos, pues esto es el
todo del hombre. Porque Dios traerá a juicio toda acción...”? (Ecl. 12:13, 14).
¿Qué nos enseña la vida de Salomón? Primero: Que el mostrar mucho celo exte-
rior por el honor de Dios, como el que Salomón demostró en la edificación del tem-
plo, no es prueba suficiente de una vida íntegramente consagrada a Dios. Segundo:
Que acumular riquezas, fama y toda clase de bendiciones materiales, solo multipli-
ca las oportunidades y tentaciones para desviarse de Dios. Y también señala la de-
bilidad de cada uno. La victoria completa solo se alcanza por el poder de la infinita
gracia de Dios. Por ello Pablo testifica: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!”
(Fil. 4:13). Tercero: El que busca “primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mat.
6:33), siempre tendrá problemas. Pero quien lo busca en segundo lugar, no tendrá
sino verdaderos problemas.
II. LA DIVISIÓN DEL REINO, 12:1-22:53
1. Algunas causas, 12:1-15
(1) El descontento, 12:1–5. Desde los tiempos de la conquista, las tribus de Is-
rael no anduvieron muy unidas. Hubo rivalidad entre Judá y Efraín. Judá seguía a
David, y Efraín a Saúl (2 Sam. 2:8–11; 19:41–20:22). De modo que la unidad habi-
da era sólo de nombre y aparente. La mano dura de Salomón logró evitar una sepa-
ración más temprana; pero al morir éste, se vino al suelo esa gloriosa unidad de
Israel que se había iniciado con David.
Como hijo de Salomón, Roboam era el [p 101] legítimo sucesor del trono, y ya
reinaba en Jerusalén y Judá. Sólo faltaba que todo el pueblo lo confirmara como su
rey. Para esto, Roboam convocó a una asamblea general en Siquem, una ciudad
vieja y céntrica en donde las tribus se reunían de vez en cuando (Jos. 24:1). Es im-
portante recordar que las tribus del norte (“Efraín” o “Israel”) nunca tuvieron opor-
tunidad de expresar su opinión respecto a la sucesión de Salomón al trono, pues
éste llegó a ser rey antes de morir su padre, David. Hubo una especie de correinado
por un tiempo. El que David nombrara a su propio hijo como su sucesor significa
que la gente del norte realmente nunca tuvo voz ni voto en el asunto. Ahora que
Roboam hereda el trono, es importante para él confirmar la lealtad de las diez tri-
bus del norte para ser rey sobre “todo Israel”. Es por esto que convoca la reunión en
Siquem, distrito y ciudad importantes ubicados en el territorio norteño y con larga
historia en la vida política y religiosa del pueblo. Siquem había sido un sitio de im-
portancia mucho antes de su conquista y ocupación por los israelitas. A la larga,
Siquem llegaría a ser la primera capital de las tribus norteñas después de su sepa-
ración del sur; con el tiempo, Samaria tomaría su lugar como la capital política, pe-
ro Siquem seguiría siendo un centro religioso de importancia para las tribus del
norte.
Pese a la aparente semiautonomía de las diez tribus del norte, es evidente que
había una predisposición al principio para aceptar al heredero legítimo del reino,
Roboam, siempre y cuando hubiera justicia y equidad de trato de por medio. No
obstante esto, regresa al escenario Jeroboam, quien había huído a Egipto después
de su rebelión en contra de Salomón. Es muy difícil no creer que su regreso opor-
tuno tuviera miras políticas, ya que había un cambio en la escena política.
Al enterarse Jeroboam de la muerte de Salomón (922 a. de J.C.), regresa a Is-
rael. Se presta para ser el vocero de las tribus del norte. para lo cual fue invitado,
ya que era un conocido líder que estaba del lado del pueblo. Este recogió y expresó
todo lo que el pueblo llevaba por dentro. En otras palabras, le dijeron a Roboam:
“Tu padre fue un amo muy duro. No te queremos como rey, a menos que prometas
tratarnos mejor”.
75
Jeroboam era conocedor de la horrible opresión que habían sufrido las tribus del
norte; ya se sabe que los tributos exigidos al norte no se aplicaban a Judá durante
el tiempo de Salomón. Para sostener la grandeza del reino, este había tenido que
imponer grandes tributos en dinero y trabajo. Las tribus del norte se sentían explo-
tadas y muy oprimidas. Habían dado gustosamente para la edificación del templo,
pero ahora era para satisfacer los gastos y lujos del rey. La situación se había pues-
to insoportable, y el pueblo pedía con justicia que les aliviara la carga. Una pregun-
ta interesante: ¿Por qué no pedía también el pueblo el ser liberado de la idolatría?
Si Roboam hubiera sido comprensivo y sensible a la necesidad de su pueblo, no
hubiera sido necesario demorar la respuesta, pues el pueblo estaba sufriendo En su
lugar les dijo que iba a pensarlo; que regresaran dentro de tres días para contestar-
les. Hasta aquí todo parecería marchar bien. El tiempo diría otra cosa.
(2) Un consejo insensato, 12:6–14. Vv. 6, 7. Va a ser evidente que Roboam
consulta a dos grupos de personas: a los ancianos y a los jóvenes compañeros de él.
El primer grupo de consejeros se designa con el término lit. “hombres viejos”. El
mismo apelativo puede significar algo que no necesariamente alude a edad cronoló-
gica. Más bien, el término puede connotar la sabiduría inherente en muchos mayo-
res [p 102] por su experiencia. Este texto probablemente emplea los dos sentidos,
ya que estos consejeros habían sido los de Salomón. Ellos sabiamente le aconsejan
a Roboam que suavice el trato a los norteños y que busque la conciliación. Desde
su óptica de experiencia, ellos sabían cuan precario era el reinado de cualquier rey.

Semillero homilético
El pueblo de Dios se divide
12:1–15
Introducción: El reino unido, bajo el liderazgo de Saul, David y
Salomón, se extendió y se enriqueció progresivamente. Cuando
Salomón empezó a desviarse de los caminos de Dios, el reino
comenzó a deshacerse, hasta que se dividió oficialmente en dos
reinos. Aunque hubo causas políticas y geográficas, la razón
principal por la división de Israel fue espiritual. Se dividió por:
La desobediencia de Salomón (11:11–13).
El pecado de Salomón sembró las semillas de discordia.
) Rebeliones de Hadad y Rezon.
) Rebelión de Jeroboam.
) “Rebelión” en la iglesia es el resultado de pecado.
El pecado de Salomón dejó un legado negativo a su descen-
dencia (12:14).
) Mientras el mundo aprendía de la sabiduría de Salomón, su
hijo aprendía de su astucia.
) Si no fuera por un legado positivo de su padre David, Salo-
món hubiera perdido el reino para sus descendientes.
La insensatez de Roboam (12:1–20).
Roboam exhibió la potencial para hacer crecer el reino.
) Fue astuto en tener su coronación en Siquem en lugar de
Jerusalén.
76
) Fue sabio en pedir consejos.
) Tenemos potencial para hacer crecer la iglesia.
Roboam tomó el consejo equivocado.
) Destruyó en tres días lo que su padre y abuelo construyeron
en ochenta años.
) Su decisión equivocada confirmó lo que Dios ya sabía de su
corazón.
) ¿A quién y a qué escuchamos?
Conclusión: El pueblo de Dios, la iglesia, sigue sufriendo divi-
siones. Aunque pueda haber razones prácticas, doctrinales, de
forma y formación, la razón principal es espiritual. Cuando
desobedecemos al Señor, y nuestros corazones impuros ceden
a actitudes inapropiadas, tomamos decisiones insensatas que
contribuyen a la división del pueblo de Dios y a la falta de uni-
dad en él.

Vv. 8–14. El segundo grupo al que pidió consejos Roboam eran textualmente
“muchachos”; [p 103] el vocablo heb. (yeled 3206) se emplea mucho más para refe-
rirse a niños que a adultos. Eran de la misma generación que Roboam. Es obvio
que el deuteronomista favorece el consejo de los ancianos, pero su relato es fiel a
los hechos. Roboam había preguntado a los ancianos cómo responder ante la peti-
ción del pueblo norteño; a los muchachos pregunta qué debía responder. Estos
prácticamente escriben el texto de su discurso, muy negativo por cierto. Los “mu-
chachos” ignoraban el peligro en que ponían al rey; estaban engañados por la
atracción del poder de gobierno, el cual creían sin límites. De modo que cuando Je-
roboam y el pueblo regresaron tres días más tarde, el nuevo rey les respondió con
mucha aspereza, negando de un solo golpe todas las justas demandas del pueblo.
Roboam siguió el consejo de los jóvenes e ignoró el de los viejos. Estos formaban el
“consejo de ancianos” que daban sus consejos al rey, sobre todo en tiempos de elec-
ción.
Sin duda que Roboam, criado a “pierna suelta”, en una vida libertina como su
padre, nada sabía de las necesidades del pueblo. Y los jóvenes, criados también en
el lujo y comodidad de un palacio, no verían con agrado el fin de su prosperidad
material. En realidad, el castigo que pedían para el pueblo era justamente la disci-
plina que ellos necesitaban (Prov. 19:18). Sin embargo, la causa principal del pro-
blema estuvo en la debilidad de carácter de Roboam; en su falta de sabiduría y de
sentido común. ¿Qué clase de gobernante es el que no se da cuenta de la necesidad
de su gente? Pero Roboam tenía sed de poder; su arrogancia y falta de tacto le lleva-
ron a imponer ciegamente su autoridad para dominar a los descontentos. Su insen-
sato consejo fue la chispa que prendió el fuego de la división. ¿Qué hubiera pasado
si hubiera seguido el sabio consejo de los ancianos? Pero, según el dicho, “el que no
oye consejo, no llega a viejo”.

[p 105] Joya bíblica


El rey no hizo caso del pueblo, porque esto estaba dis-
puesto de parte de Jehovah, para que se cumpliera la pala-
bra que había hablado a Jeroboam hijo de Nabat por medio
de Ajías de Silo (12:15).
77
(3) El designio de Dios, 12:15. Es el Dios soberano quien, con su infinito poder
y sabiduría, dirige la historia para que se cumplan sus propósitos. Él permitió que
Roboam cometiera esta insensatez para que se cumpliera sus promesas. Ajías, el
profeta, ya había intimado la alienación del norte (11:29–35.) El mismo profeta
animó a Jeroboam para que luchara por el triunfo. Otro profeta, Semaías, (12:22–
24), [p 104] por parte de Dios, le prohíbe a Roboam que pelee contra sus hermanos.
Por otro lado, es ley divina que “lo que el hombre siembra, eso también cosecha”. La
división era un castigo por haberse apartado Israel de las leyes de Dios. En adelan-
te, el pueblo sufriría en carne propia las consecuencias de su mundanalidad e ido-
latría. De nuevo, el deuteronomista reafirma uno de sus principios gobernadores: la
desobediencia al pacto acarrea la destrucción; la obediencia a la revelación de Dios
siempre conlleva la bendición.
2. Se concreta la división, 12:16-24
Vv. 16–20. Con el famoso grito de: ¿Qué parte con David tenemos nosotros? las
tribus del norte declararon su libertad de la dinastía de David. Desde luego, esto
solo hacía eco de las palabras casi proféticas de Seba: “¡Nosotros no tenemos parte
en David ni heredad en el hijo de Isaí! ¡Cada uno a su morada, oh Israel!” (2 Sam.
20:1). La edad de hierro había pasado, la división era un hecho. La expresión: ¡Mira
ahora por tu propia casa, oh David! anuncia de una vez por todas que las diez tribus
del norte ya no se someterían a las injusticias que costosamente habían sostenido
la dinastía por tantos años. Ya no estarían dispuestos a sostener la casa de David a
expensas propias.

Verdades prácticas
Una de las tragedias de la historia latinoamericana es que,
al llegar los conquistadores españoles, ofrecieran una fe agua-
da a los que encontraron aquí. La facilidad con la cual los indí-
genas aceptaron la nueva religión parece indicar que les fue
estéril y sin mayor significado. Sus religiones anteriores tenían
muchos de los mismos elementos que el cristianismo y ellos
probablemente suponían que podrían aceptar la protección de
una nueva deidad sin tener que olvidar los antiguos dioses. Su
conformidad externa fue suficiente para que sus conquistado-
res y sus misioneros hubieran cumplido su tarea.
Un ejemplo clásico es el caso de Atahualpa, el rey de los in-
cas. Cuando le fue dada la oportunidad de responder al “re-
querimiento”, tiró la Biblia (realmente era un libro de oración)
al suelo e inmediatemente fue tomado preso. Después de un
tiempo, cuando había sido encarcelado, juzgado y sentenciado
a la muerte, se había encendido el fuego donde sería quemado
en la hoguera. Para permitirle escapar de la tortura de morir
por el fuego, se le dio una última oportunidad para aceptar a
Cristo, a cambio de una muerte menos torturosa. Lo hizo, fue
bautizado “Juan” y lo estrangularon.

V. 18. Fue una insensatez de Roboam el enviar a una “persona no grata” (Adoni-
ram) como mediador (v. 18), porque les traía recuerdos de su vida pasada. Adoni-
ram era la persona menos indicada para servir de mediador ya que se identificaba
plenamente con las medidas represivas de Salomón en el tributo laboral (léase tra-
bajo forzado). Adoniram fue castigado con el lenguaje del pueblo: las piedras (Exo.
17:4). Ahora, el hijo de Salomón es rey de sólo dos tribus: las de Judá y Benjamín
78
(1 Rey. 12:21, 23). Estas dos se forjarían en un pueblo conocido por el nombre Ju-
dá. Y Jeroboam sería rey de las diez tribus del norte (11:30–32).

Joya bíblica
El rey no hizo caso del pueblo, porque esto estaba dis-
puesto de parte de Jehovah, para que se cumpliera la pala-
bra que había hablado... (12:15).

En adelante Judá e Israel existirían, no solo como naciones separadas, sino co-
mo rivales por unos 200 años. La división tuvo lugar en el año 922. En el año 722
a. de J.C. Israel, el norte, sería destruído por las fuerzas asirias. Luego llegaría el
castigo final de Judá: la cautividad babilónica en el 587. Además, estas dos nacio-
nes pequeñas serían una atracción a los deseos de conquista de sus países vecinos.
A pesar de que esta división sería uno de los hechos más tristes y trágicos en la his-
toria del pueblo de Dios (Isa. 7:7), es bueno decir dos cosas favorables: (1) La línea
de David no se rompió; la dinastía continuaría. Con su capital en la “ciudad del
rey”, Jerusalén, el ahora reino del sur, se mantuvo así desde el año 922 hasta el
587 a. de J. C. (2) Ambos reinos fueron bien amados por Jehovah. No hubo distin-
ciones. Dios les envió profetas para llamarlos al arrepentimiento. A los dos les hizo
grandes maravillas, juzgó y castigó a ambos como pecadores.
Vv. 21–24. No valieron los esfuerzos que Roboam hiciera para que no se produ-
jese la separación. Ni los mediadores ni la fuerza pudieron contra la voluntad divi-
na. (Nota: El que intervenga un profeta, Semaías, para que Judá no entre en batalla
contra las tribus del norte, comprueba que el deuteronomista quiere advertir que la
dinastía davídica es obediente a la voluntad divina; en el escritor bíblico siempre
hay un marcado prejuicio en pro de Judá.)
3. Historia paralela de los dos reinos, 12:25-22:53
(1) Reinado de Jeroboam en Israel, 12:25–14:20. Una observación: Este estu-
dio seguirá el orden del texto bíblico tal como lo vamos leyendo. Por ejemplo: bajo el
reinado de Acab, entra una gran persona: el profeta Elías. El estudio, pues, se basa
en el orden bíblico, no en un orden sistemático de los reyes.
A Jeroboam, primer rey de Israel, Dios le dio una gran promesa: que su reino se-
ría tan fuerte y estable como el de David. Pero la promesa se dio con una condición:
la de ser obediente y fiel a las leyes de Jehovah, siguiendo así el ejemplo de David (1
Rey. 11:37, 38). No obstante, durante los 22 años de su reinado, sucedió todo lo
contrario.[p 106]
V. 25. A favor de este rey, solo se puede decir que era un buen líder, muy inteli-
gente y emprendedor. Se cree que imitó, hasta donde le fue posible, la organización
de Salomón. No debió ser tarea fácil la de comenzar, organizar y dirigir una nación.
Nótese que comienza estableciendo su capital en un lugar estratégico: Siquem. Esta
sería la primera capital política del reino del norte, pero habría dos más posterior-
mente: Tirsa y Samaria. Jeroboam también reconstruyó Penuel, sitio también estra-
tégico en la Transjordania. Algunos opinan que esta reconstrucción se hizo con el
fin de obstacularizar las rutas comerciales entre el norte y el sur. (Como se verá, el
bloqueo pretendido por Jeroboam no sería únicamente religioso sino también eco-
nómico.) Además, Penuel como un fuerte protegería a Israel de invasiones proce-
dentes del este.

Semillero homilético
Tres mitos de la religión fácil
79
12:28–30
Introducción: Cuando se le presenta el mensaje de Cristo al
mundo de hoy, ¿se le presenta incluyendo las demandas de
caminar bajo el señorío de Cristo, o como un compromiso
aguado? Jeroboam ofreció al pueblo un compromiso aguado y
el resultado fue desastroso. Se le presentaron al pueblo por lo
menos tres mitos.
Mito 1: Podemos excedernos en lo que damos a Dios.
Jeroboam apeló a su comodidad en lugar de su compromiso.
Apelamos más a los beneficios que al costo.
Mito 2: Hay sustitutos buenos y aceptables por un compro-
miso total con el Señor.
Jeroboam les hizo creer que cualquier muestra de adoración
estaba bien.
Dejamos de creer que cualquier nivel de discipulado es
aceptable.
. Mito 3: Dios nos permite desviarnos del camino si lo hace-
mos en su nombre y con buenas intenciones.
Jeroboam los engañó haciéndoles creer que su maniobra
política los favorecería espiritualmente.
Nos engañamos al creer que si mantenemos nuestro título de
cristiano podemos hacer lo que queremos.
Conclusión: Dios espera de nosotros el máximo que le podemos
dar. ¿Su compromiso con él se ha aguado? A lo mejor si la re-
lación que tiene con Dios no le cuesta, no tenga mucho valor ni
para usted ni para Dios. ¿Demuestra su vida todas las caracte-
risticas de un discípulo neotestamentario? Si no, hay que se-
guir creciendo.
Justifica algunas actividades cuestionables en su vida pen-
sando que las nivela con las cosas buenas que hace? Cristo
quiere que nuestra meta sea entregarle todo nuestro ser.

Después emprende una serie de cambios y cosas nuevas en la religión. Pero


aquí, el rey hizo todo lo contrario a las leyes de Dios. En realidad, este acto puede
verse como la primera acción de infidelidad de [p 107] Jeroboam. Veamos estas in-
novaciones:
Vv. 26, 27. Primera: Jeroboam reconoce el peligro del imán religioso que había
en el sur: el templo con todo su sistema ritual y sacerdotal. El mismo poder que
había servido para dar cohesión al pueblo de Dios desde el éxodo, el pacto iniciado
por Dios con Israel, ahora tiende a minar sus propias pretensiones políticas. Te-
niendo esto presente, el nuevo rey de Israel establece centros religiosos que rivali-
cen con los del sur. Tan fuerte es su preocupación con el imán religioso del sur que
reconoce que este puede a la larga derrocarle y hasta producir su muerte.
Vv. 28–30. Segunda: Contribuyó a que la idolatría se introdujera en Israel. Le-
vantó becerros de oro (probablemente figuras de toros) como los que había visto en
Egipto. Hay que recordar que lo había hecho Aarón anteriormente (Exo. 32:4–8).
Estas imágenes no pretendían sustituir el culto a Jehovah, tan solo tenían el pro-
80
pósito de ayudar en el rompimiento religioso con el sur. Según W. F. Albright, cier-
tos descubrimientos arqueológicos parecen confirmar que los toros no tenían la mi-
ra de ser ídolos representantes de Jehovah, solamente eran pedestales visibles so-
bre los cuales el Dios invisible se paraba. En otras palabras, nunca era el propósito
de Jeroboam ocasionar la idolatría en el norte. No obstante sus propósitos, a la lar-
ga el resultado era otro.
Con todo, la creación de los dos toros de oro era muy peligrosa, dado el trasfon-
do del toro en la adoración cananea. Para los cananeos paganos, el toro era un
símbolo de la fertilidad. Los demás dioses cananeos eran figuras de la lluvia, el sol y
otros integrantes del ciclo natural del año. Esto debió ser una fuerte atracción para
un pueblo agrícola como Israel, pues vería en cada imagen una muestra de la fuer-
za y el vigor que necesitaba (Ose. 8:5, 6; 10:5, 6; 13:2). De todas maneras, es un
pecado adorar a Dios por medio de figuras materiales; es una violación de la ley di-
vina (Exo. 20:3, 4). Lo más triste de todo esto es que el rey hace todo esto para
complacer al pueblo y con su anuencia (v. 28a).
Vv. 31a. Tercera: cambió a su antojo los lugares de culto ya establecidos (Gén.
28:10–22; 35:1–15; Amós 7:10). La razón es muy sencilla: para mantener la unidad
del reino había que evitar que la gente fuera a Jerusalén, pues el pueblo sería
atraído por el gran templo y su culto. El rey conocía bien el poder de la religión para
mantener a su pueblo unido, y, al igual que David y Salomón hicieran de Jerusalén
su centro religioso, Jeroboam quiso hacer también su centro religioso. Ciertamente,
para el deuteronomista el problema principal de Jeroboam no era la creación de los
toros de oro, sino su implantación del culto en lugares que no fueran Jerusalén.
Desde luego, la ubicación de las dos imágenes en Betel y en Dan favorecía el aban-
dono de la única adoración legítima en Jerusalén.
El problema del rey es que no tomó en cuenta a Dios quien lo había puesto en el
trono. No le importó el bien espiritual ni el destino de su gente. Solo quiso satisfa-
cer sus propios intereses y deseos de poder. Su pecado mayor fue el de alejar a su
pueblo de Dios. Jeroboam sabía que tenía un reino dividido, y que la unidad del
pueblo de Dios giraba alrededor de un pacto. Este pacto decía que era incorrecto
tener otro gobierno que no fuera el de la línea de David. Por eso instituye una reli-
gión oficial.
Vv. 31b–33. Cuarta: tomó para sí el [p 108] oficio de sacerdote, y también lo
compartió con gente no indicada. Esto era desobediencia a la ley de Dios que esta-
blecía que el ministerio sacerdotal era exclusivo de la tribu de Leví. Es seguro que
los levitas tuvieron que huir hacia Judá. De este modo el rey, al tomar el poder reli-
gioso en sus manos, unió el poder del Estado con el religioso. Y así lograba lo que
tanto quería y que quizá copiaba de Egipto: el ser el centro del poder, por encima de
su pueblo, el que le había llevado al reino. Por sobre todo, Jeroboam fue desagrade-
cido hacia Dios, quien le había elevado hasta el trono de Israel. Por esto repetimos
que su mayor pecado fue el de apartar a su gente de Dios, sin importarle para nada
el bien ni el destino espiritual de la nación. Hasta donde sabemos, este rey sembró
la idolatría tan hondo en el corazón del pueblo, que este nunca más pudo recupe-
rarse.
a. La importancia del profeta en el relato sobre los reyes. Observación: En
esta historia conjunta de los reyes de Judá e Israel, se hace un paréntesis para con-
tar algo sobre los profetas. Se mencionan a Ajías, Elías, Eliseo y otros sin nombre
(18:4; 20:13, 22 y 35; 2 Sam. 2:27 y 10:5). Es posible que algunos sean hijos de
profetas, o miembros de una comunidad o escuela de profetas (2 Rey. 2:3; 1 Sam.
10:10). ¿Estarían algunos de estos bajo la dirección de un profeta como Elías (2
Rey. 2:7, 15; 4:1, 38; 9:1)?
81
¿Por qué mezclar profetas con reyes? Porque en los tiempos de crisis y apostasía,
la Palabra de Dios es muy importante, así como hoy lo es el predicador del evange-
lio. La misión del profeta de Dios, entre otras, es la de denunciar y castigar el peca-
do (Jer. 36:2, 32). Los juicios de Dios no vienen sin advertencia. Dios es justo y
santo, pero también es bondad, amor y misericordia, hasta para el más miserable
pecador.
b. Jeroboam y el profeta de Judá 13:1–34. V. 1. Cuando el rey hacía su primer
sacrificio en Betel, se le presentó un profeta procedente de Judá. El nombre del pro-
feta no se nos da. Respecto a la llegada del profeta, el heb. original es muy llamati-
vo. La construcción gramatical hace que la acción sea muy actual y fuerte: “Mira
que llega un hombre de Dios procedente de Judá por mandato del Señor para Be-
tel”.
El versículo nos presenta una frase que va a dominar el resto del cap. 13: Por
mandato de Jehovah. Esta frase figura más en este capítulo que en todos los demás
(vv. 1, 2, 5, 9, 17, 18, 21, 26, 32). Va a ser una frase importante para [p 109] unir
los dos relatos que se hacen en el capítulo.

Cronología del reino dividido


(con fechas aproximadas)

Judá Israel

Roboam 930–913 (1 Rey. Jeroboam 931–910 (1 Rey. 12:25–14:20)


12:1–24; 14:21–31)

Abías 913–911 (1 Rey. 15:1–


8)

Asa 911–870 (1 Rey. 15:9–24) Nadab 910–909 (1 Rey. 15:25–31)

Baasa 909–886 (1 Rey. 15:32–16:7)

Ela 886–885 (1 Rey. 16:8–14)

Zimri 885 (1 Rey. 16:15–20)

Omri 885(881)-874 (1 Rey. 16:21–28)

Josafat 873(870)-848 (1 Rey. Acab 874–853 (1 Rey. 16:29–22:40)


22:41–50)

Joram 853(848)-841 (2 Rey. Ocozías 853–852 (1 Rey. 22:51-2 Rey. 1:18)


8:16–24)

Ocozías 841 (2 Rey. 8:25–29) Joram 852–841 (2 Rey. 1:17; 3:1–8:15)

Atalía 841–835 (2 Rey. 11) Jehú 841–814 (2 Rey. 9:30–10:36)

Joás 835–796 (2 Rey. 12) Joacaz 814–798 (2 Rey. 13:1–9)

Amasías 796–767 (2 Rey. Joás 798–782 (2 Rey. 13:10–25)


14:1–22)

Azarías 792(767)-740 (2 Rey. Jeroboam II 793(782)-753


82
15:1–7) (2 Rey. 14:23–29)

Zacarías 753–752 (2 Rey. 15:8–12)

Salum 752 (2 Rey. 15:13–15)

Manajem 752–742 (2 Rey. 15:16–22)

Pecaías 742–740 (2 Rey. 15:23–26)

Jotam 750(740)-732 (2 Rey. Pécaj 752(740)-732 (2 Rey. 15:27–31)


15:32–38)

Acaz 735(732)-715 (2 Rey. Oseas 732–722 (2 Rey. 15:30; 17)


16)

Ezequías 715–687 (2 Rey. Caída de Samaria 721


18–20)

Manasés 797(687)-642 (2
Rey. 21:1–18)

Amón 642–640 (2 Rey.


21:19–26)

Josías 640–609 (2 Rey. 22–


23:30)

Joacaz 609 (2 Rey. 23:31–33)

Joacim 609–598 (2 Rey.


23:34–24:7)

Joaquín 598–597 (2 Rey.


24:8–17)

Sedequías 597–587 (2 Rey.


24:18–25:26)

Caída de Jerusalén 587

Vv. 2–6. De una vez le anuncia a Jeroboam el juicio divino por su pecado: (1) El
altar sería destruido. Como ya se ha notado, el altar en Betel era tenido como el
templo para el nuevo culto norteño. Nótese que esta profecía se cumpliría unos 300
años más tarde (2 Rey. 23:15, 16), durante el reinado de Josías en Judá. Dado [p
110] que el deuteronomista escribe probablemente durante los primeros años del
exilio babilónico, sus tradiciones respecto al profeta procederían de un período
temprano, pero serían interpretadas a la luz de la reforma de Josías en el año 622.
(2) La mano del rey se paraliza y es restaurada en seguida por la oración del hom-
bre de Dios. Estas acciones milagrosas son la señal de la religión verdadera y de la
veracidad del profeta.
83

Joya bíblica
El hombre de Dios imploró el favor de Jehovah, y la ma-
no del rey le fue restaurada, y volvió a ser como antes
(13:6b).

Según Brueggemann, hay un juego de palabras en torno a la mano del rey. Nor-
malmente, la palabra mano puede interpretarse como una extremidad física del
hombre. También, hay que recordar que mano es una metáfora por el poder real
(Jer. 38:3). Acá, pues, se pregunta: ¿Puede más la mano del rey o la del profeta? Es
obvio por el desarrollo de la narración que la del profeta ha de prevalecer. En el v.
4, el rey extiende la mano para prender al profeta; en el mismo versículo, la mano
del rey se seca; se le pide al profeta a que intervenga por el rey, v. 5; por la obra del
profeta, la mano del rey es restaurado, v. 6. Es claro que el escritor bíblico sabe que
el poder real depende de la sanción del profeta. Aparte del profeta, el rey es impo-
tente sin la mano poderosa de él. El verdadero poder está en la palabra profética.
Vv. 7–10. ¿Se arrepentiría el rey después de todo esto? Parece que no. Al ver los
resultados de su pecado, trató con astucia de comprar la buena voluntad del profe-
ta con obsequios. Es interesante que Jeroboam no invita al profeta para confesar su
pecado, para agradecerle el milagro de su restauración o para honrarlo. Pero tam-
bién el rey sabía que no podía dominar al profeta con su autoridad. De todas mane-
ras, trata de engañarlo. Pero el profeta rechaza los ofrecimientos del rey, por man-
dato de Dios. Aun más, no deseaba tener ninguna clase de comunión con gente que
era infiel a Dios, aunque este fuera el rey.
Vv. 11–32. Lo que resulta muy interesante es cómo este fiel hombre de Dios se
deja engañar por un anciano profeta con una doble mentira: (1) No fue un ángel
quien le habló al viejo profeta, sino sus propios hijos. ¿No serían éstos adoradores
de Baal? (2) El anciano profeta quería que el rey considerara al hombre de Dios co-
mo [p 111] un mentiroso. Este proceder del viejo profeta nos hace dudar de su
honestidad como tal. Está también en duda el carácter de su papel como profeta.
Por su descripción como anciano, es muy posible que fuera un profeta de Jehovah
antes de la división. ¿Por qué se habrá quedado en Betel como lugar de residencia?
¿Cómo es posible que pueda permanecer en Betel sin protestar contra la idolatría
de su rey? ¿No indica esto que era infiel a su verdadera religión? Alguien ha dicho
que “el que es infiel consigo mismo, llegará a ser el tentador de otros”.

Semillero homilético
El profeta mentiroso
13:11–26
Introducción: Se habla mucho hoy en día en los círculos pente-
costales y evangélicos de la profecía moderna y de las palabras
de profecía. A veces se crea confusión cuando un profeta con-
temporáneo enseña o predica algo novedoso o cuestionable, o
cuando el oidor duda de la veracidad o si es no bíblico lo predi-
cado. La historia muy extraña del profeta de Judá (en este caso
el oidor) y del profeta anciano (en este caso un profeta falso)
que él encuentra por el camino, nos deja muchas preguntas
sin contestar, pero de ella sí podemos concluir a lo menos tres
84
verdades generales en cuanto a la profecía.
Hay que obedecer la Palabra de Dios.
El que predica y el que oye deben obedecer.
Los resultados de no obedecer pueden ser desastrosos.
Dios no se contradice.
El mensaje que Dios da es cierto e inequívoco.
) El mensajero puede equivocarse.
) El oidor del mensaje puede oír equivocadamente.
Hay que medir el mensaje con lo que sabemos de Dios.
) El mensaje del profeta anciano no concordaba con lo que el
profeta de Judá ya sabía de Dios.
) En el día de hoy, la Biblia es y contiene la palabra verídica.
) Lo que sabemos de Dios por experiencia propia es válido
solamente cuando la Biblia lo verifica.
. Hay que cuidar a quien se escucha.
El hecho de llamarse “profeta” puede ser insuficiente.
Algunas características de un profeta verdadero son:
) El tiempo confirma sus profecías.
) Su integridad personal is incuestionable.
) Vive en evidente obediencia al Señor.
) Predica la veracidad de las Escrituras Sagradas.
Conclusión: En un tiempo en la historia de la iglesia cuando se
puede oír mensajes contradictorios, hay que tener el cuidado
de discernir a quién y a qué mensaje vamos a prestar atención.

¡Qué diferente es el hombre de Dios! No quiere tener ninguna clase de relación de


compañerismo [p 112] con gente impía e infiel a su Dios, y ni siquiera aceptar su
hospitalidad. Al fin y al cabo, Dios se lo había prohibido (13:9). Lo que parece ex-
traño es que el hombre de Dios se dejara engañar y que no supiera el resultado de
la desobediencia. ¿Parece muy duro el castigo? Era necesario para atestiguar la
verdad del mensaje que se había encargado al hombre de Dios. Y hay todavía otro
castigo: el buen hombre de Dios no tendría el honor de ser enterrado en el sepulcro
de sus padres (2 Crón. 21:20). Aun más: por medio de estas lecciones muy prácti-
cas, Dios le muestra al rey cuál sería el castigo por su desobediencia. Era así, sobre
todo, porque había sido avisado con tiempo y todavía continuaba en su pecado, sin
arrepentirse. Podemos afirmar que “el que es infiel en el cumplimiento de sus debe-
res conocidos, no será oído cuando reciba un consejo verdadero”. Este dicho es
aplicable tanto al mal rey como al buen hombre de Dios.
Quizá conviene un análisis adicional de este relato del profeta anciano y el hom-
bre de Dios. De todas las historias en 1 Reyes, esta es una de las más misteriosas y
enigmáticas. Se nota que no se nos da el nombre de ninguno de los dos. No se
mencionan para nada motivaciones para el engaño. Tampoco se nos advierte el
porqué del fácil engaño en que cayó el hombre de Dios. Otro factor inquietante es la
ubicación de este relato justo en medio del reinado de Jeroboam. Parece carecer de
sentido su localización en el relato.
85
Otro factor en la historia que nos deja perplejos es la razón por la que al fin el
hombre de Dios accede a la invitación del profeta para que coma y beba y así, des-
obedezca a Dios. La única razón aparente es que aquel sucumbe a la mentira de
este; ¿Se habrá engañado por inocencia? ¿Cuántos por inocencia hoy son engaña-
dos por “líderes espirituales” que no son otra cosa sino lobos rapaces en piel de ove-
ja? Aunque el deuteronomista no juzga negativamente al profeta anciano en este
relato, al fin todo profeta falso, sea de la antigüedad o contemporáneo, tendrá que
rendir cuentas a Dios por sus engaños.
Algunos ven en el aparente contraste continuo de los dos términos profeta y
hombre de Dios una manera del deuteronomista para, de alguna manera, juzgar
entre los dos. Lo más probable es que se usan los dos términos por razones prácti-
cas; sería muy difícil desenredar la historia si no se distinguiera entre los dos con
términos distintos. Es posible, más bien, que la distinción moral entre los dos estri-
be en sus respectivos hogares: El hombre de Dios procede de Judá (centro legítimo
de adoración a Jehovah); el profeta anciano reside en Betel (un antiguo centro reli-
gioso pero en territorio norteño y por lo tanto empañado [1 Crón. 7:28]).

[p 113] Joya bíblica


El es el hombre de Dios que fue desobediente al manda-
to de Jehovah. Por eso Jehovah le ha entregado al león,
que le ha destrozado y matado conforme a la palabra que
Jehovah le había dicho (13:26).

Vv. 33, 34. Por esto, este capítulo termina con una repetición de los pecados de
Jeroboam. Se destaca cuál fue su mayor pecado según el deuteronomista: el haber
ignorado la exclusividad levítica en el sacerdocio. También, promovía la adoración
en los lugares altos, ya desacreditados por su relación con el paganismo, pero prin-
cipalmente, porque impedían la adoración legítima en Jerusalén. El deuteronomista
va a demostrar cómo el pecado de la casa de Jeroboam llega a caracterizar la mayor
parte de los reyes del reino del norte. “De tal palo, tal astilla” encaja perfectamente
acá en relación con los reyes norteños. Lo que llama la atención es cómo el escritor
bíblico usa un estribillo fijo para describir a casi todos los reyes norteños: “...hizo lo
malo ante los ojos de Jehovah y anduvo en el camino de Jeroboam y en sus peca-
dos con los que hizo pecar a Israel” (15:26, 34; 16:26, etc.). Como bien lo señala el
escritor bíblico, con el tiempo “la casa de Jeroboam” sería destruida.
[p 114] c. Ajías de Silo condena a Jeroboam,14:1–20. Conviene una pequeña
introducción a esta sección. Como en otros casos, es muy probable que el deutero-
nomista emplea una historia con ciertos detalles aparentemente personales, pero en
realidad habla con alcances mayores. Es decir, en esta porción de Reyes se nos
habla del hijo enfermo de Jeroboam, pero lo que le pasa al hijo (su enfermedad y
muerte) es análogo y por lo tanto simbólico de la enfermedad y muerte final de Is-
rael. Siempre la mira del autor es dejar una lección mayor respecto al pueblo de
Dios; no se enfrasca solo en detalles respecto a individuos, por importantes que es-
tos sean. Esto debe tenerse presente al leer el texto.
V. 1. La traducción al español del heb. es un tanto engañosa respecto al marco
cronológico. Por la expresión En aquel tiempo... pensaríamos que se habla del mis-
mo tiempo que pasaba en el cap. 13. Tal no es el caso, ya que Ajías el profeta se
encuentra muy anciano y ciego. Es muy probable, más bien, que había transcurri-
do bastante tiempo entre la coronación de Jeroboam y las palabras condenatorias
del profeta. El rey ya había hecho pecar a Israel por muchos años.
86
Es interesante que el escritor bíblico no [p 115] nos da mucha información res-
pecto al hijo de Jeroboam. Se nos dice que era niño (vv. 3 y 17). En ambos versícu-
los se usa el mismo vocablo heb. (na’ar 5288) cuyo término deja un tanto ambigua la
cuestión de su edad. El vocablo empleado puede significar una variedad de edades,
entre un niño que apenas comienza a andar y un joven de cierta madurez. Aunque
en el v. 12 se emplea otra palabra heb., la traducción es la misma, niño, y no nos
aclara el interrogante de su edad específica. Tampoco se puede saber a cuál de los
hijos de Jeroboam alude el texto. Algunos creen que este hijo sería el mayor y, por
lo tanto, el sucesor de Jeroboam, pero no hay modo de saber esto a ciencia cierta.
Lo que sí se nos da es su nombre: Abías. Es un nombre extraño, por cierto, ya
que quiere decir “Jehovah es mi padre”. Nos extraña que Jeroboam haya nombrado
a un hijo suyo así, dada su predilección por la promoción de dioses ajenos y el di-
vorcio del centro de adoración a Jehovah, Jerusalén. Algunos aventuran una suge-
rencia, diciendo que Jeroboam había dado ese nombre a su hijo antes de entrar en
la idolatría. Pese a esto, Abías no pudo escapar de la ira de Dios sobre su padre. La
historia se apega a la realidad histórica, ya que durante el tiempo de Jeroboam el
individualismo de algunos de los profetas no se había acentuado. Es decir, se creía
firmemente que si el padre cometía pecado toda la familia sufriría las consecuencias
funestas (véase, p. ej., la historia de Acán, Jos. 7:25).
En esta sección se cierra la historia de Jeroboam, quien recibe la última lección
de su triste vida. A su favor está el hecho de que cuando su hijo se enferma, busca
consultar a Jehovah por medio de un profeta legítimo. ¿Por qué no va a los dioses
extraños? ¿Será que le queda un resto de piedad y de confianza en Dios? ¿Sería el
amor sincero de un padre que se preocupa por la enfermedad de su hijo? ¿Querría
ocultar su preocupación por la pérdida del heredero al trono?
El que Jeroboam no haya ido en persona para consultar a Ajías puede achacarse
a que ya no estaba en buena relación con el profeta. Quizá por miedo a la verdad no
fue personalmente a la casa del profeta, y por la misma razón tuvo temor de no ser
atendido. Por otro lado, es posible que Jeroboam considerara a Ajías como el padri-
no de su dinastía, ya que había sido él quien le informó de la voluntad de Dios res-
pecto a su reinado (11:29–39). Teniendo esto presente, es posible que Jeroboam
haya creído que el poder profético de Ajías podría ayudar más que ningún otro.
Vv. 2–4. Jeroboam se vale de su propia mujer. La manda a Silo, la ubicación del
antiguo centro religioso de la confederación tribal (la anfictionía) y el hogar del pro-
feta Ajías. Para que no la reconozcan como la princesa, la disfraza de campesina y,
con los regalos de costumbre, la envía a la casa de Ajías (1 Sam. 9:7, 8). ¿No sabía
el rey que era pecado el engañar a un ciego (Lev. 19:14)?
Vv. 5–11. De todos modos, ya el profeta había sido avisado por Dios; descubrió el
engaño y trató a la mujer como lo que era en realidad. Y le declaró el castigo doble
[p 116] que el rey merecía por su mal gobierno y su apostasía. Es decir que, si es-
peraba alguna buena noticia, se diluyeron sus esperanzas. Este castigo alcanzaría a
toda la familia y a toda la nación que ciegamente le había seguido en su camino de
novedades e idolatría. Hasta el príncipe heredero sería usado por el Soberano para
castigar a un rey tan perverso. Por lo menos, el buen hijo recibiría una honrosa se-
pultura. Es decir que solo Abías sería excluido del mal que caería sobre toda la fa-
milia (Isa. 57:1, 2). De nuevo, hay que recordar que el deuteronomista, desde su
óptica personal, quiere que se piense en todo el pueblo norteño. Al hablar de la fa-
milia de Jeroboam, discurre sobre toda la dinastía posterior de los reyes de Israel
del norte.
87
Semillero homilético
¿Puede Dios dejar a su pueblo?
14:12–16
Introducción: El pueblo de Dios (o una nación o un individuo),
¿puede ir demasiado lejos para recibir el perdón y la restaura-
ción de Dios? ¿Puede Dios cansarse de la desobediencia tanto
que no haya remedio? ¿Hasta dónde puede llegar una nación
hasta que Dios le diga ¡basta!? La experiencia de Jeroboam, en
representación de Israel, parece enseñarnos que la naturaleza
de Dios no puede tolerar indefinidamente la desobediencia en
la vida de un pueblo.
Dios le había ofrecido todo (11:29–39).
Fue en los planes de Dios que Jeroboam iba a ser rey y a
establecer una dinastía (11:37, 38).
En el tiempo de Dios, Jeroboam llegó a establecer un reino
nuevo.
Jeroboam deshonró a Dios con el mal uso de lo que le fue
ofrecido (12:25–33).
A pesar de tener el respaldo y poder de Dios a su favor,
siguió su propia astucia política en lugar de seguir a Dios.
Su desobediencia no fue únicamente personal, sino nacional.
. Dios no quiso tolerar la desobediencia insolente de Israel,
representada por Jeroboam.
Israel tendría una existencia miserable por causa de su
desobediencia (nótese la fuerza de la actividad de Dios: golpear,
arrancar, entregar).
La disolución de la nación fue predicha.
Conclusión: Aunque las profecías contra Israel demoraron al-
gunos siglos para cumplirse totalmente, los lectores de su his-
toria no pueden dudar que la caída de la nación no se debió a
problemas políticos, ni a circunstancias mundiales históricas,
ni a otra cosa más que desobediencia al Señor de la nación.
¿Es capaz Dios, hoy en día, de juzgar tan drástica y definitiva-
mente a una nación? ¿Que se podría hacer para prevenirlo?

V. 15. Árboles rituales de Asera... El término heb. está en la forma plural: Ase-
rim. Se refiere a símbolos masculinos y femeninos que se asocian con la adoración a
la [p 117] diosa cananea. Esta era una diosa de la fertilidad.
V. 17. Se menciona que la esposa de Jeroboam va a Tirsa. Se sabe que temprano
en su reinado Jeroboam cambió su capital desde Siquém hasta Tirsa. Esta ciudad
quedaba a apenas unos tres km. y medio de Siquem. El que se mencione esta ciu-
dad es otro indicio de que había pasado algún tiempo entre los hechos de los caps.
13 y 14.
Ahora preguntamos: ¿Cuál pecado sería peor, el de Jeroboam o el de Salomón?
En ambos casos, la idolatría es pecado. Pero Jeroboam era bien consciente de lo
que había hecho. Propagó la idolatría por toda la nación: ...hizo pecar a Israel
88
(14:16). Además engañó a su gente con una mezcla religiosa: tales dioses no eran
únicamente de los paganos, sino que, según él, eran solo una figura del verdadero
Dios. Con esta mentira trató de evitar la prohibición de Deuteronomio 16:21. Por
supuesto, no hay nada mejor que las imitaciones para disfrazar el error. Por esto,
cuando la enfermedad llega a ser incurable, el remedio es cortarla de raíz. Y cuando
esto sucede, pueden sufrir las consecuencias la familia y hasta los niños (1 Sam.
25:22–34). Jeroboam murió, pero su influencia maligna continuó por los siguientes
200 años. Los pecados de Israel hay que ponérselos a la cuenta fatal de Jeroboam:
“...Porque han sembrado viento, cosecharán torbellino” (Ose. 8:7).

Verdades prácticas
“Pues no basta que la nación sea libre de los extranjeros, si
en ella hay todavía hombres esclavizados”.
Simón Bolívar

(2) Reinado de Roboam, 14:21–31. Llama la atención que con este reinado se
comienza el relato de la sucesión de reyes sureños en Judá. No es difícil reconocer
que el deuteronomista tiene una predilección por Judá. Aunque en la historia se
dieron varios reyes malos en el sur, el escritor bíblico no ceja en su insistencia de
que el reino del norte se caracterizaba por la idolatría y el abandono de la fe legíti-
ma de Israel. Esta se hallaba únicamente en el sur y siempre se practicaba en el
templo de Salomón en la Ciudad de David.
Además, con esta sección del relato notamos un cambio en la forma; antes, los
eventos narrados giraban en torno a hombres como Salomón y Jeroboam, cuyas
historias se hacían un tanto largas. Ahora, con los primeros sucesores de Salomón,
[p 118] las historias tienden a hacerse más cortas, más escuetas. Esta brevedad en
las distintas narraciones produce una serie de relatos respecto a un reinado tras
otro. Debido a las introducciones y conclusiones que se constituyen en práctica-
mente una fórmula referente a cada reino, resulta una narración casi carente de
movimiento dramático. Anteriormente se aclaró el contenido de las repetidas intro-
ducciones y conclusiones, pero vale la pena repasar este. En las introducciones se
nos da lo siguiente: (1) El año en que cada rey comienza su reinado se sincroniza
con el del rey en el otro reino (si se trata del rey de Judá, se sincroniza su reinado
con el del correspondiente rey en Israel, etc.). (2) En el caso de los reyes de Judá
(pero no en el de los de Israel) se da la edad del rey al comenzar su reinado. (3) Se
da la cantidad de años del reinado de cada rey, y normalmente se menciona la capi-
tal de su reino. (4) Para los reyes del sur, casi siempre se da el nombre de la reina
madre; este dato no se nos da para los reyes de Israel. Walsh sugiere que posible-
mente esto se deba a que en el sur la reina madre jugaba un papel más importante
que en el norte.
Respecto a las conclusiones, se observa la siguiente fórmula: (1) Se mencionan
las fuentes de las que se tomaron los datos respecto al reinado, p. ej. ...el libro de
las crónicas de los reyes de Juda... (o Israel, según el caso que fuera). (2)También, al
final, se registra la muerte y la sepultura del rey en cuestión. Además, casi siempre
se da el nombre de su sucesor en el trono si viene al caso o no se ha mencionado
antes.
Vv. 21. Roboam fue el heredero legítimo de Salomón, y el primer rey de Judá
después de la división. Es notable que en dos ocasiones se menciona el nombre de
su madre. Es seguro que por ser una princesa amonita, y por su origen y fondo pa-
gano, tuviera mucha influencia en la nación.
89
Vv. 22–24. Al igual que su padre, Roboam comenzó bien, quizá durante los tres
primeros años. Pero cuando estuvo bien establecido, cayó en la idolatría cananea
representada por la diosa Asera. Esta era tenida como la consorte del dios masculi-
no Baal. Este culto estaba unido a la más grosera impureza: la prostitución y la
homosexualidad. ¿Quién puede dudar de que aquí está la influencia de la madre y
de su esposa favorita?
Vv. 25–28. Además de esto, Judá perdió [p 119] propiedades, bienes y tesoros
valiosos por la invasión del rey de Egipto en el año 918 a. de J.C. Sisac, el faraón
que había dado asilo a Jeroboam, barrió con los dos pueblos. La idea de que Sisac
venía a ayudar a Jeroboam contra Judá no tiene bases históricas. Lo que sí se pue-
de decir con certeza es que el reino del sur se vino abajo durante este tiempo. Todo
esto fue el castigo de Dios. Esta es la plena convicción del deuteronomista. La única
cosa buena que se dice de Roboam es que trató de conservar el santuario en Jeru-
salén como centro de adoración. Y que, al morir, ...reposó con sus padres... en la
Ciudad de David (14:31).
(3) Reinado de Abías o Abiam, 15:1–8. El reinado de Abías, el segundo rey de
Judá después de la ruptura entre los dos reinos, fue corto y de poca notabilidad a
no ser que se tome en cuenta su apego a los abusos de su mentor y ejemplo negati-
vo, Roboam, su padre. La verdad, se nos dice poco acerca de este rey en lo particu-
lar, pero, eso sí, el deuteronomista lo ocupa para establecer un principio teológico:
que la dinastía puede continuar existiendo solo por la fidelidad de Dios en cuanto a
sus promesas a David (vv. 4, 5).

Joya bíblica
Él anduvo en todos los pecados que había cometido su
padre antes de él. Su corazón no fue íntegro con Jehovah
su Dios, como el corazón de su padre David. No obstante,
por amor a David, Jehovah su Dios le dio una lámpara en
Jerusalén, levantando a un hijo suyo después de él y man-
teniendo en pie a Jerusalén. Porque David había hecho lo
recto ante los ojos de Jehovah y no se había apartado en
todos los días de su vida de nada de lo que le había manda-
do, excepto en el asunto de Urías el heteo (15:3–5).

Vv. 3, 6. Abías fue tan malo como su padre. Aunque no quitó el servicio a Dios
en el templo, toleró la idolatría, y hasta se [p 120] hizo peor la situación. Además de
esto, vivió en un constante estado de guerra con sus hermanos del norte. Fue favo-
recido por la misericordia de Dios, quien no permitió que la línea de descendientes
de David fuera eliminada; es decir, que el reino no sería pasado de una familia a
otra. Dios sostendría al pueblo del pacto. Es notable, no obstante esto, que el agui-
jón del pecado de David con Urías, el hitita, siempre molestaba (v. 5). Pese a esto,
Dios segiría fiel para mantener el linaje de David.
(4) Reinado de Asa, 15:9–24. V. 9. Conviene, desde el principio, aclarar algo
acerca del nombre de la madre de Asa, Maaca. Se presta a confusión, ya que se le
da el mismo nombre que su abuela, o sea la madre de su padre, Abías (compárense
15:2 y 10). [p 121] Es difícil que hubiera dos mujeres del mismo nombre, ya que se
aclara en ambos casos que Maaca era hija de Absalón. ¿Cómo se explica? Lo más
probable es que Maaca retuvo el título de reina madre durante mucho del reinado
de Asa, ya que éste subió al trono cuando era todavía un niño. Su madre sirvió co-
mo "reina" hasta que Asa llegó a la mayoría de edad. (Esto se hace más patente
cuando se toma en cuenta la brevedad del reinado de Abías.) Para quitarse de en-
90
cima la influencia dañina de su madre, se vio obligado a deponerla; ella era una
promotora fanática de la idolatría.
Asa comenzó una serie de reformas con el fin de librar a Judá de la idolatría y
hacer que el pueblo se volviera a Dios. Desde entonces Judá comenzó a gozar de
paz y prosperidad, por lo menos durante los primeros diez años.
Aunque las reformas de Asa fueron parciales, recibió el título de bueno. En com-
paración con otros, su conducta agradó a Dios. Una conducta no se condena tanto
por hechos buenos o malos, sino por el deseo del corazón de hacer lo bueno. Asa
fue un buen reformador tratando de ganar el corazón de su pueblo para Dios, pero
no pudo lograr todos sus deseos.
Vv. 16–22. Las cosas no buenas que hizo fueron: a. Su alianza con el rey de Si-
ria, para resguardar la seguridad de Jerusalén contra las incursiones militares de
Baasa de Israel. Este había fortificado a Ramá en el territorio de Benjamín, parte
del reino del sur que quedaba a solo unos ocho km. de Jerusalén. Desde luego,
emocional y militarmente, esto sería inaceptable para Asa.
Por lo expuesto ya, Asa entra en una alianza militar con Ben-hadad de Damasco,
rey de Siria. Para Ben-hadad esto implicaba el rompimiento de una alizanza con
Israel del norte. Esto cuadraba bastante bien con el carácter traicionero del rey asi-
rio. Eso si, la alianza instigada por Asa era una alianza comprada; Asa la logró me-
diante la entrega de todos los tesoros del templo en Jerusalén. Asa aparentemente
consideraba que el templo y sus artefactos eran de menos valor que la seguridad
política. Es interesante que el deuteronomista no censura a Asa por esto; y es aun
más sorprendente cuando se tiene presente que el escritor bíblico normalmente
habría tenido palabras duras para tal acción. ¿Estaría Asa buscando alguna mejor
posición con Ben-hadad? Recuérdese que estas alianzas no fueron del agrado de
Dios; siempre fueron perjudiciales para los mismos reyes (Isa. 7:4–9; 8:6–8).[p 122]
Por la intervención político-militar de Ben-hadad, Baasa de Israel cesó su reedi-
ficación de Ramá, y desocupó el lugar. Asa desmanteló todo lo que se había hecho y
empleó los materiales en la reedificación de Geba (v. 22), probablemente un sitio
identificado con la antigua capital de Saul que quedaba apenas unos tres km. al
sur de Ramá.
b. Al final de sus días, se enfermó y no buscó la ayuda de Dios, sino que confió
más en los médicos (ver 2 Crón. 16:12). Por lo menos, recibió una digna sepultura
en la ciudad de David.
(5) Reinado de Nadab, 15:25–32. V. 25. De nuevo se nota que el reinado de este
rey norteño se describe cronológicamente en relación con el de Asa, el rey de Judá.
De modo que se sigue el patrón ya establecido. Lo que llama la atención es que las
dinastías en Israel del norte eran muy inestables en comparación con la del sur, ya
que hubo ocho dinastías en el norte durante la existencia de una sola en el sur, la
de David.
V. 26. Por ser el hijo de Jeroboam, el hijo tenía que pagar por los pecados del
padre (Eze. 18:2). Nadab sería el único hijo de Jeroboam que reinara sobre Israel.
Además, por ser un rey del norte, el deuteronomista lo clasifica de malo desde el
principio. Desde luego su maldad, a la luz del escritor bíblico, es el mismo pecado
de Jeroboam: la adoración fuera de Jerusalén y el ignorar el templo de Salomón
como el único centro de adoración legítima.
Vv. 27–31. Pronto tuvo que pagar por su pecado. Su reinado solo duró un par de
años (tal vez menos cuando se tiene presente que, para los hebreos, una parte de
un año contaba como un año completo). Por un golpe de Estado efectuado por Baa-
91
sa, se acabó no tan solo con la vida de Nadab sino con todos los demás descendien-
tes de la casa de Jeroboam que pudieran presentar una amenaza como pretendien-
tes al trono. Para el deuteronomista, esta acción se dio en cumplimiento de la pro-
fecía de Ajías, el profeta (14:14). Hay que aclarar que el padre de Nadab no es el
profeta [p 123] (Ajías de Silo) sino Ajías de Isacar (v. 27).
V. 32. Hay que notar que este versículo está fuera de lugar o se debe insertar el
nombre de Nadab en el lugar de Baasa. Ya que, como reza ahora, es una duplica-
ción verbal del v. 16; por lo tanto, hay que arreglar el problema de una de esas dos
maneras.

Semillero homilético
Las consecuencias del conformismo
16:1–7
Introducción: Es muy fácil dejar que la influencia en nuestra
vida por parte de los amigos, de los familiares o de la sociedad
sea mayor que la de Dios. Cuando el apóstol Pablo escribió “no
os conforméis a este mundo...” (Rom. 12:2), él sabía que la
tendencia humana es ser conformista. Baasa, el rey de Israel,
tuvo 24 años para cambiar el rumbo de una nación y probar
su lealtad a Dios, pero en lugar de hacer los cambios necesa-
rios, de ser diferente a los dos reyes anteriores, de quienes
Dios quitó el reino a su favor, se conformó a los malos caminos
de ellos. Del breve relato de su historia podemos sacar tres
conclusiones acerca del conformismo.
Uno se acomoda al status quo.
Baasa perdió 24 años haciendo lo malo que había aprendido
de otros.
El mundo nos enseña que el mal está bien, porque “todos lo
hacen”.
Uno se convierte en tropiezo para otros.
El conformismo de Baasa hizo pecar a toda la nación.
Hacer lo que hace el mundo en lugar de hacer lo correcto, lo
condena a uno y a los demás sobre quienes se tiene influencia.
. Uno pierde su derecho a la paz y al gozo de la vida.
Baasa luchó contra Asa todos los 24 años de su reino
(15:32).
Baasa perdió su linaje y su reputación.
Hacer lo que el mundo hace, sin juzgarlo por lo que es, nos
puede robar paz y gozo en nuestras vidas y puede dañar nues-
tra reputación en la comunidad.
Conclusión: Ser diferente está bien. Dios quiere que aprove-
chemos las oportunidades que nos da para probar que no te-
nemos que seguir el pobre ejemplo que el mundo ofrece. Aún
cuando las influencias son fuertes o cuando no es popular se-
guir principios cristianos, a largo plazo nuestro gozo y paz se-
rán mayores si no nos conformamos al mundo.
92
(6) Reinado de Baasa, 15:33–16:7. El relato en torno a este rey es un tanto
ambivalente y rehuye en cierto sentido la explicación teológica. Por un lado, no hay
duda de que Baasa es otro ejemplo de los reyes malos en Israel; por otro lado, pare-
ciera que ciertas de las acciones del rey se cometen conforme a la palabra de Jeho-
vah; es decir, parece que algunas de sus acciones eran sancionadas por Dios, in-
cluso es establecido por Dios como rey de Israel (16:2). A la larga, Baasa es conde-
nado por Dios por haber seguido las pisadas de la casa de Jeroboam y especialmen-
te por haberla destruido (16:7). Puede ser que esta ambivalencia respecto a la [p
124] evaluación de Baasa se atribuya a la misma oscuridad de la historia (Brueg-
gemann). En realidad, pese a lo extenso de su reinado (24 años), el tiempo de Baasa
en el trono es singular por su carencia de importancia.
V. 7. El oráculo de Jehú es importante para los propósitos del escritor bíblico.
Muy adrede hay un paralelismo entre lo dicho por este profeta y las palabras de
Ajías referentes a la casa de Jeroboam. El texto hace esta conexión verbal directa-
mente (v. 7b). Ya que Baasa es de la casa de Jeroboam especialmente en su com-
portamiento, las palabras condenatorias de ambos profetas vienen al caso perfec-
tamente. Aun la ubicación de las palabras referentes al profeta Jehú (entre la sec-
ción de cierre tradicional respecto a Baasa y el rey que sigue) refuerza su énfasis.
Aunque las palabras de Jehú son dirigidas a Baasa, tienen su alcance final en to-
dos los demás miembros de su casa. La palabra del profeta no se limita al momento
histórico en que se pronuncia; repercute en las generaciones sucesivas.
Habiendo dicho todo lo anterior, conviene que la vida de estos dos reyes (Nadab
y Baasa) se estudien en conjunto. Veamos algunas cosas que tienen en común: (1)
Ambos fueron reyes de Israel por sucesión o por designación divina. (2) Ambos si-
guieron el camino pecaminoso de sus padres, e “hicieron pecar a Israel” (15:26, 34).
(3) Ambos fueron castigados por Dios.

Influencia sobre otros


Un coro juvenil estaba cantando en la ciudad de Miami.
Mientras los 60 jóvenes cantaban un himno muy emocionante,
una señorita en la primera fila del coro fue vencida por la emo-
ción y se desmayó. Sin querer detener el himno el director, el
coro seguía cantando mientras un grupo de ayudantes llevó a
la niña a un costado para reavivarla. Pero la idea de la posibi-
lidad de desmayarse ya estaba en la subconciencia de cada
uno de los demás 59 cantantes. Pasaron apenas seis segundos
y un joven de la última fila se desmayó. La sugestión fue de-
masiado fuerte y otro joven se cayó al piso. ¡Cuatro, cinco,
seis... veinte jóvenes en total se desmayaron antes de terminar
el himno!
La influencia sobre los demás es tremenda. Los medios ma-
sivos, las amistades y las costumbres nos dicen cómo pensar,
cómo vestir, a dónde ir y qué hacer. El conformismo, estar de
acuerdo con la influencia de los demás, es peligroso cuando le
causa a uno desobedecer los mandatos divinos. Es lo que le
pasó a Baasa, rey de Israel. Es lo que nos pasa a nosotros
cuando no tenemos la valentía de ser diferentes.

Hay pocas diferencias entre los dos. Además, había una costumbre oriental muy
cruel que quien llegaba al trono debía matar a todos los aspirantes. Esto indica que
Baasa llegó al trono por sobre una pila de muertos. Sin embargo, en todo esto está
93
la mano de Dios, quien “quita y pone reyes”. Al final, el mismo Baasa fue castigado
por su mala conducta e idolatría. Nótese que Dios usa a un pecador para castigar a
otro pecador; y también que, debido [p 125] a la gran decadencia moral y espiritual
de Israel, en adelante la línea de reyes por familia sería muy corta.
(7) Reinado de Ela, 16:8–14. La introducción a este reinado es ya de cajón, es
decir, el formato se asemeja a las demás introducciones ya vistas. No tan solo la
introducción es muy tradicional, sino que los relatos en relación a asesinatos sue-
len tomar una forma muy similar; es el caso en esta historia. El comentarista Walsh
señala que casi la descripción de todos los asesinatos de reyes toman una forma en
común: (1) Se narra la conspiración, y se da el nombre del asesino; (2) el asesino
hiere al rey y, al final, lo mata; (3) el asesino ocupa el trono del rey difunto.

Profecía cumplida
A través de Jehú (16:1, 7) llegó la profecía de la destrucción
de la casa de Baasa. En menos de una generación llegó el
cumplimiento de esa profecía (16:12). La palabra de Jehovah
siempre se cumple.

V. 8. ...y reinó dos años. Según The Wycliff Bible Commentary, el reinado de Ela
duraría solo un poco más de un año, ya que una parte de un año se contaba como
completo entre los hebreos. Esto acentúa aun más la brevedad del tiempo de Ela en
el trono.
El hijo de Baasa fue el cuarto rey de Israel. Tuvo un reinado muy débil y pasaje-
ro. Desde el principio confrontó problemas; su incapacidad y su vida libertina acele-
raron su trágico fin. A diferencia de
Nadab quien murió en batalla, Ela estaba borracho cuando su propio empleado
y general del ejército, Zimri, se rebeló y lo mató. Además, toda la familia de Ela y,
hasta sus amigos, fueron aniquilados en cumplimiento de la profecía. No quedó
ninguno para ocupar el trono, sino solo el asesino.
Al igual que en el caso de Nadab, también asesinado, el deuteronomista no da
pormenores respecto a la sepultura de Ela.
(8) Reinado de Zimri, 16:15–20. Pese a la brevedad de su reinado, el historia-
dor bíblico le confiere su lugar como rey, ya que se incluyen todas las fórmulas que
se han visto en los demás reyes.
Muy poco se sabe de este rey. Solo se le conoce como un servidor, conspirador y
asesino. Gobernó en un tiempo muy difícil. El reino del norte iba de mal en peor. El
pueblo estaba dividido por diferentes [p 126] aspirantes al trono. Al mismo tiempo
había una situación de guerra (15:27). Recuérdese que llegó al poder matando a Ela
y a toda la familia real. Precisamente por su actuación en contra del rey legítimo, el
pueblo se le sublevó y proclamó rey a Omri (v. 16). Zimri quería hacerse fuerte en el
poder, pero el pueblo no quería un usurpador y le hizo frente. Cuando se dio cuenta
de que su causa estaba perdida, se encerró en el palacio real, le prendió fuego, y se
suicidó. El palacio había sido sitiado por las tropas de Omri y por eso no había es-
cape. Todo esto tuvo lugar en Tirsa, la capital de Israel en ese tiempo. Zimri apenas
pudo usurpar las riendas del reino por una semana. No se puede llamar a eso “go-
bernar”.
(9) Reinado de Omri,16:21–28. Vv. 21, 22. Estos versículos, colocados entre las
fórmulas tradicionales del cierre del reinado de Zimri y el comienzo del de Omri,
reflejan la realidad histórica de los tiempos. Entre los dos reinados se libraba una
lucha de cuatro años entre Tibni y Omri.
94
Esto producía una guerra civil en la que no había un rey confirmado en el trono
de Israel. La terminología del historiador confirma la tirantez que existía entre las
dos bandas. Se termina la lucha con Omri en el trono y Tibni muerto.
Vv. 23–28. Con la llegada de Omri finalmente al trono, se ejemplifica una de las
características principales del historiador bíblico. Es curioso que el escritor sólo le
dedique unos cuantos versículos al reinado de Omri, cuyo tiempo en el trono fue
muy significativo desde el punto de vista de la historia.
Fuentes extrabíblicas elogian a Omri por sus logros: conquistó a Moab, hizo
alianzas con Sidón y construyó la nueva ciudad capital, Samaria. Por muchos años
después de su muerte Israel era llamado por sus vecinos “la casa de Omri”. Lo inte-
resante es que el escritor bíblico hace caso omiso de mucho de esto; su evaluación
del reinado de Omri no tiene que ver con logros económico-militares, sino con as-
pectos teológicos: Pues anduvo en todo el camino de Jeroboam hijo de Nabat y en sus
pecados con los que hizo pecar a Israel... (v. 26).
Omri fue el último rey de la familia de Jeroboam. Sobrepasó en maldad a todos
sus antecesores y heredó un reino dividido. Pero después de cuatro años de guerra,
logró triunfar y quedar solo en el trono. Aquí comenzó a unirse de nuevo Israel, y a
disfrutar de un tiempo de paz y de prosperidad.
Aparte de su fracaso espiritual, se le conoce como el rey más poderoso y notable
[p 127] de los reyes del norte. Él fundó la línea más estable y notable de familias
reales en Israel. Tuvo el apoyo de todo el pueblo, aunque no desde un principio. En
realidad, lo único bueno que el escritor bíblico dice de él es que edificó Samaria y la
convirtió en su capital. El hecho de que Zimri había quemado el palacio real en Tir-
sa tendría mucho que ver con el cambio de ciudades capitales.

La ira de Quemós
La Piedra Moabita contiene esta inscripción: “Omri, rey de
Israel, humilló a Moab muchos días, porque Quemós estaba
airado contra su tierra”. Así como los israelitas creían que la
ira de Jehovah podía estar contra ellos, sus “primos” moabitas
pensaban lo mismo de su deidad.

Brueggemann hace una comparación en tre David y Omri. Los dos tenían lo si-
guiente en común: (1) Ambos eran [p 128] respetados por sus vecinos como gran-
des líderes militares. (2) Los dos lograron ciudades personales para su capital. Da-
vid conquistó a Jerusalén y esta llegó a ser “ciudad de David”; Omri convierte la
ciudad de Samaria en su propio terreno y la hace su capital. (3) Ambos engendra-
ron hijos infames que llegarían a ser reyes, practicantes del sincretismo y explota-
dores de la gente. Pese a estas comparaciones, el escritor bíblico tiene a Omri como
el ejemplo máximo de la infidelidad.
(10) Principio del reinado de Acab, 16:29–34. La historia de Acab, séptimo rey
de Israel, ocupa el resto de este libro. Solo que por estar ligada al ministerio de un
profeta como Elías, es justo darle un lugar en esta relación. Lo obvio es que, para el
deuteronomista, el personaje más importante en estos relatos no es Acab sino Elías.
Pero antes, tomaremos de estos versículos algunos aspectos sobresalientes del rey
Acab.
V. 30. Primero: Fue el peor de los más malos de los reyes de Israel. Su debilidad
de carácter lo convierte en un muñeco manejado por Jezabel, su esposa, a su anto-
jo. Ninguno de los reyes de los judíos ha dejado una historia más triste.
95
V. 31. Segundo: Su pecado más grande fue el de unirse a una mujer extranjera,
fanática, astuta y perversa como Jezabel. Ella era de procedencia sidonia o fenicia,
hija del rey de Sidón. El casamiento con mujeres extranjeras ya se ha visto como
algo particularmente dañino en el caso de Salomón, ya que irremisiblemente resul-
taba en la introducción de la idolatría. No faltan comparaciones entre Salomón y
Acab en este sentido. Esto se aprecia aun en los nombres de los personajes involu-
crados. El suegro de Acab, el rey de Sidón, se llamaba Etbaal en heb. La forma feni-
cia de este nombre significaba “Baal existe”. No es ningún secreto que el rival más
grande para Jehovah en Israel sería en lo sucesivo Baal. Acab no tenía poca culpa
en que así fuera en Israel. Aun el nombre de Jezabel tiene nexos con el dios sidonio.
Su nombre alude a Baal como “príncipe”. Esta mujer es notable por su “celo misio-
nero” al tratar por todos los medios de impulsar la idolatría más grosera e impura
que puede imaginarse. Baal significa “señor y dueño”, y debía ser el sustituto de
Jehovah, el Dios de Israel. Para lograr esto, había que borrar toda señal del verda-
dero Dios. Acab construyó su propio altar y santuario al dios Baal. Su afán fue con-
vertir a todo Israel a este abominable culto. En este, se ofrecían víctimas humanas;
hasta niños eran sacrificados. Esta clase de idolatría era más peligrosa que otra
cualquiera. Por ejemplo: Jeroboam adoraba los becerros, pero estos se considera-
ban como figuras de Jehovah. Dios seguía siendo Dios. Pero entre los cananeos,
Baal era el dios supremo. Jezabel fue tan enemiga de Jehovah, [p 129] que perse-
guía hasta la muerte a los profetas de Dios. Durante el reinado de Acab ella le abrió
la puerta a cientos de profetas falsos.
V. 34. Tercero: Acab demostró una total ignorancia y una falta de respeto por la
ley de Dios. Aunque el texto no menciona a Acab, sería difícil que la reconstrucción
se hiciese sin su consentimiento y aprobación. La expresión En su tiempo... sugiere
tal cosa. ¿Cómo se le ocurre a Acab permitir que fuese fortificada una ciudad que
había sido declarada maldita? (Ver Jos. 6:26 y Núm. 22:6.) ¿A quién debe culparse
por esta maldición y por la muerte de los hijos de Jiel? ¿Serían sacrificados a Baal
para asegurar su bendición sobre la reedificación? Ya se sabe que en ciertas oca-
siones se sacrificaban niños a Baal. ¿Morirían en un accidente trágico? De todos
modos, no hay duda que el escritor bíblico coloca la culpa ante Acab. Alguien escri-
bió: “Con Acab se acaba todo lo bueno que quedaba en Israel”. Pero fue, justamente
en este tiempo, el peor de Israel, cuando apareció uno de los profetas más destaca-
dos de toda la historia: Elías. Acab y Elías sobresalen por sus extremos opuestos: la
impiedad y la perversidad de uno; y la justicia y la santidad del otro. Por este últi-
mo, rompemos el hilo de la historia para darle entrada al gran profeta.
4. Paréntesis profético: Elías y Eliseo, 17:1-19:21
Como ya se ha visto, en un sentido el reinado de Acab solo sirve para dar tras-
fondo a la introducción de la persona verdaderamente importante: Elías. Para el
historiador bíblico, Elías es todo lo que Acab no es. Es decir, el profeta es aliado y
vocero de Dios; Acab es sacrílego, apóstata e idólatra. No se nos escapa que el nom-
bre de Elías significa “Jehovah es Dios”. Respecto al significado de su nombre, Elías
es la contrafigura de Etbaal, el suego de Acab, pero en el caso de Elías su nombre
se refiere al Dios de Israel.
(1) Primer enfrentamiento de Elías con Acab, 17:1–24
a. El anuncio de la sequía, 17:1–7. Con el comienzo de este capítulo se ejecuta
un cambio radical en el fluir de la narración. En lugar de centrarse en una letanía
de cronologías de los respectivos reyes, fuesen estos de Judá o Israel, ahora se fija
la atención en “profetas”. La verdad es que el libro de Reyes tiene más que ver con
profetas que con reyes. Es decir, para el deuteronomista es el ungido profeta de
Dios el que viene siendo el movedor de la historia, no los reyes. Son más importan-
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tes los profetas que los mismos reyes, porque aquellos saben interpretar los eventos
históricos a la luz de su relación con el Dios de Israel. Todo lo que nosotros solemos
llamar “historia secular” es visto por los profetas como acción de Dios. Los matices
teológicos vienen siendo a veces más importantes que los hechos fríos de una mera
cronología.
Es interesante observar también que estos capítulos que se centran en el profeta
Elías carecen mucho de la teología clásicamente deuteronómica. Es decir, no están
presentes aquellos matices que se han [p 130] señalado anteriormente como parte
y parcela de la teología del deuteronomista. Esto significa que los materiales acá
son historias más antiguas que el mismo escritor bíblico, y las emplea durante sus
experiencias en el exilio babilónico para demostrar una gran verdad: el haber se-
guido a los reyes resultó en la “muerte de la nación” en Babilonia. Quiere decir que,
para el deuteronomista, en lugar de gobernar en el nombre y el espíritu de Dios, los
reyes, por su rebeldía y su apostasía, llevaron la nación a la ruina. El descubri-
miento y la expresión de esta verdad es uno de los logros didácticos más singulares
del autor de Reyes.
V. 1. El profeta Elías aparece repentinamente en la historia. No se sabe casi na-
da de su origen, parientes, etc. "He aquí un gran hombre sin una gran presenta-
ción", escribe un comentarista. Lo que sí se nos da es su lugar de origen: una aldea
llamada Tisba; por ende se le clasifica a Elías como tisbita. La aldea pertenecía a
Galaad en la Transjordania. Hay algunos que opinan, no obstante, que el adjetivo
tisbita no alude a una región geográfica sino a una clase de persona, específicamen-
te, un residente extranjero. Según esta suposición, la palabra “tisba” deriva de tos-
hab 8453, palabra heb. que se refiere a un extranjero.
Este mismo profeta, anteriormente desconocido, obedeciendo la voz de Jehovah,
anuncia al rey Acab una tremenda y duradera sequía. Dios le iba a dar a su pueblo
una lección muy dolorosa que se iba a sentir por todo el pueblo. Primero: Demos-
trar que Jehovah es el único y verdadero Dios; que él es el Señor y soberano de la
creación. Los dioses de los idólatras eran la lluvia, el sol, el trueno; es decir, todos
los poderes de la naturaleza. Al no llover, la tierra no daría su fruto, el ganado mo-
riría. Todo se quemaría bajo el ardiente calor. Dios quería sanar a Israel de esta
mortal enfermedad: la idolatría. La sequía iba a probar que toda la naturaleza de-
pendía de su creador para poder vivir (Hech. 17:24–28). Segundo: Castigar a Israel
por su idolatría (Deut. 11:16, 17).
A este punto, llama la atención que el escritor bíblico no describe la relación de
Elías con Jehovah, ni siquiera lo tilda de profeta. Más extraño aun es que no se
hable nada de la respuesta de parte del rey Acab. Es más, no se vuelve a hablar del
rey por largo rato. Es claro que el deuteronomista se interesa más en Elías que en
Acab. El hecho de que Dios le dice a Elías que se esconda (v. 3) puede sugerir que el
rey se disgusta por el anuncio y que Elías está en peligro, ya que posiblemente lo
acuse de ser el causante de la sequía.
V. 2. Lo que sí es patente: la sensibilidad y acato a la palabra de Jehovah por
parte de Elías. Aunque el escritor bíblico no usa el término “profeta”, sin duda éste
hace el papel de uno.
Se considera a Elías como la mayor personalidad religiosa que se levantó desde
los días de Moisés. Se le llama “el solitario, el hijo del desierto”, como a Juan el
Bautista. Por su manera de vestir y de vivir, le llaman también “el nazareno”. Pero
una cosa es notable: Elías aparece, en el tiempo de Dios, en un momento oportuno
y de mucha necesidad. Es cuando Israel está en la más grosera y oscura idolatría, y
cuando hasta los mismos sacerdotes se habían apartado de Jehovah. Entonces
surge un hombre diferente, con un ministerio diferente: el profeta Elías. Aunque es
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cierto que en todos los tiempos hubo profetas como Moisés, Samuel y otros, tam-
bién es verdad que estos no lo eran propiamente de oficio. El rey debía haberse sen-
tido muy privilegiado de tener frente a sí a un hombre del tamaño de Elías.[p 131]
Vv. 3–7. Después del anuncio de la sequía, Dios dirigió a Elías a un lugar de re-
tiro. ¿Sería para su propia seguridad? Como ya se ha sugerido, lo más probable es
que sí. ¿Sería para alentarlo y prepararlo? Aunque parezca extraño que aves in-
mundas alimenten a Elías, y el arroyo se seque, Dios hace milagros para sostener a
su profeta. Después lo haría por medio de una viuda. El que alimenta las aves del
cielo (Job 38:41), ¿no podrá usar los cuervos para sustentar a su siervo en las difi-
cultades? ¿Quién no recuerda el maná y las codornices en el tiempo de Moisés?
¡Cuánto se parecen Elías y Moisés!
b. Elías y la viuda en Sarepta, 17:8–24. V. 8. Por haberse secado el arroyo, la
provisión de Dios para el profeta tiene que encontrar otra expresión. En efecto, hay
una transición en el relato, justamente debido a la sequía que Elías mismo había
predicho. Entonces la palabra de Jehovah vino a Elías: al igual que en el primer epi-
sodio, llega la palabra de Dios al profeta con instrucciones que seguir.

Semillero homilético
¿Cuántos milagros son necesarios?
17:8–24
Introducción: Hoy en día se habla mucho de milagros y señales
y sin duda nuestro Dios es grande, todopoderoso, y puede efec-
tuar todos los milagros que él quiera. En su ministerio terre-
nal, Jesús hizo muchos milagros, algunos para enseñar quién
era y otros simplemente para mostrar su compasión. ¿Cuántos
milagros son necesarios para que uno crea la palabra de Dios?
Para la viuda de Sarepta uno no fue suficiente. Solamente
cuando vio el poder de Dios sobre la muerte pudo reconocer la
veracidad de la palabra de Dios por medio de su profeta.
El primer milagro:la harina y el aceite.
Conforme, pero...
(Dispuesta a hacer lo que el profeta le dijo)
No convencida.
(No cambió su vida más que en lo material)
El segundo milagro: la resurrección de su hijo.
La muerte de su hijo fue el colmo en su vida miserable.
Su resurrección fue el gozo de su vida, y por medio de ese
milagro creyó la palabra de Jehovah.
Conclusión: Por muchos milagros que uno pueda presenciar, a
fin de cuentas hay solamente uno que tiene el poder para cam-
biar nuestra vida. Es el milagro de la resurrección de otro hijo,
el mismo hijo de Dios. Milagros y señales pueden o no ganar
nuestra atención, pero el poder de Dios sobre la muerte es lo
que nos da vida ahora y esperanza para el futuro.

Vv. 9, 10. Sarepta de Sidón era una aldea costanera que quedaba unos 16 km. al
sur de Sidón, territorio fenicio. En realidad, [p 132] esta aldea quedaba entre dos
98
puntos importantes en la costa del mar Mediterráneo: Sidón y Tiro. Una mujer viu-
da... Ahora Elías, siempre bajo la dirección de Dios, se sale de los límites de Israel
para ser alimentado por una mujer gentil (Luc. 4:25, 26). Las viudas eran la clase
social más humilde y necesitada, y por quienes Dios siempre ha tenido una gran
preocupación (Exo. 22:22; Isa. 1:17). El que el profeta haya tenido que depender de
una mujer extranjera para su sustento va en contra de todo sentimiento y costum-
bre de los hebreos. Ella era una “doña nadie”. Pareciera que Dios quería que Elías
reconociera su propia vulnerabilidad, sometiéndose al socorro del estrato más vul-
nerable de la sociedad antigua. Brueggemann sugiere que el relato permite una
analogía con la historia de Jesús y la mujer samaritana (Juan 4). Tanto Elías como
Jesús pidieron agua primero. Ambos a la postre van en socorro, pero son socorri-
dos. Sigue el tema de la vulnerabilidad. Pareciera que Dios quería enseñarle a Elías
la misma lección que aprendió el Apóstol: “Bástate mi gracia, porque mi poder se
perfecciona en tu debilidad” (2 Cor. 12:9).

¡Más harina para las arepas!


En el mes de febrero de 1989, durante la austeridad sufrida
en Venezuela, se acababa la harina en un hogar de niños. La
encargada decidió utilizar la última porción de harina para
preparar arepas para los niños, orando que alguien llegara con
más alimentos para la comida siguiente. Milagrosamente la
última porción de harina se extendió para seguir preparando
arepas para dos semanas más, hasta que llegara el socorro so-
licitado en oración. En los días difíciles por los cuales el país
pasaba, el Señor mismo cuidó de los suyos.

Vv. 11, 12. Se contrastan las dos actitudes de la viuda ante las peticiones de
Elías. Cuando pide agua, se apresura a dársela. Cuando se trata de comida, la mu-
jer rehúsa por razones que se hacen patentes después. Es más, pronuncia una es-
pecie de juramento en el nombre de Jehovah. Esto no debe sorprendernos, dada la
sociedad politeísta en la que vivía. Ella solo reconocía que Elías seguía al Dios de
Israel y no a los dioses de Sidón. Es seguro que la petición de Elías debió sorpren-
der y preocupar a esta viuda. ¿Quién sabe si preparaba su última comida? ¿Cómo
podría compartirla?
Vv. 13–16. La respuesta de Elías a las palabras desesperadas de la mujer refle-
jan el mismo formato que las palabras de Jehovah a Elías anteriormente: hay un
mandato, seguido por una explicación esperanzadora. No tengas temor..., son pala-
bras que amortiguan la petición posterior. Porque así ha dicho Jehovah Dios de Is-
rael..., representa la expresión clásica de los profetas al entregar un oráculo de
Dios. Sería únicamente por el poder de este mismo Dios que se satisfarían las nece-
sidades del profeta y las de la viuda. Ella responde con fe y obedece al profeta. Su
generosidad fue milagrosamente recompensada (Mat. 10:41, 42), y más allá de la
necesidad. Sin duda que esta mujer de Sidón recibió una prueba del amor de Dios,
la que sería un testimonio para todos. Alguien escribió: “La fe de un gentil vale más
que la [p 133] incredulidad de diez judíos juntos, aunque aquella sea del tamaño de
un grano de mostaza." Más importante aun, Jesús mismo alaba a esta mujer (Luc.
4:26).

Los profetas de 1 Reyes


Natán “dado por Dios” (cap. 1)
Natán fue un profeta de la corte de David; desempeñó un
99
papel importante en su reino. Fue él quien anunció a David
que su sucesor construiría el templo, y quien culpó a David por
la muerte de Urías, esposo de Betsabé. Cuando supo el plan de
Adonías de hacerse rey en el lugar de su padre David, Natán
astutamente llevó a cabo un plan con Betsabé para asegurar
que Salomón, y no Adonías, sucedería a David en el trono. Es
probable que Natán se diera cuenta de que su plan también
serviría para salvar su propia vida, porque no fue incluido co-
mo un aliado de Adonías en su complot. Sus hijos fueron pro-
minentes en la administración salomónica de Israel (4:5, 6).
Ajías “hermano (amigo) de Jehovah” (caps. 11; 12; 14; 15)
Las profecías de Ajías de Silo están relacionadas con el re-
ino de Jeroboam, el primer rey del reino norteño. En una ac-
tuación profética dramatizada en el camino en las afueras de
Jerusalén, Ajías rasgó su manto nuevo en doce pedazos, y dio
diez de ellos a Jeroboam. Significaba que Jeroboam recibiría
diez de las doce tribus de Israel como consecuencia de su rebe-
lión contra Roboam, el hijo y sucesor de Salomón. Dios prome-
tió por medio de Ajías que Jeroboam tendría una descendencia
real si andaba en los caminos de Jehovah (11:38). Después de
no hacerlo, Ajías, ya viejo, tuvo que anunciarle a Jeroboam que
su línea no seguiría (14:7–11). Efectivamente, su hijo Nadab
reinó solamente dos años y la línea se rompió (15:25–26).
Semaías “aquel a quien Jehovah ha escuchado y respondi-
do” (12:22–24)
Cuando Jeroboam encontró las circunstancias apropiadas
para tomar las diez tribus del norte y así cumplir la profecía de
Ajías, Roboam reunió sus tropas de Judá y Benjamín para lu-
char contra Jeroboam y retomar el poder. El profeta Semaías
tuvo el papel importantísimo de detenerlo y convencerlo de que
la rebelión de Jeroboam fuera en los planes de Jehovah. Según
2 Crónicas 12:15, Semaías fue el coautor de un libro de histo-
ria sobre la familia real.
“El profeta de Judᔠsin nombre (cap. 13)
Este extraño profeta aparece al lado de uno de los altares
prohibidos que Jeroboam había construido para que los norte-
ños no tuvieran que descender a Jerusalén para adorar. La
última vez que Jeroboam había escuchado una palabra proféti-
ca, por medio de Semaías, la palabra fue bienvenida, pues legi-
timó su rebelión y toma de poder. Por su desobediencia recibió
de este profeta sin nombre las indicaciones de que Jehovah no
estaba contento con sus acciones y que su línea real no dura-
ría. Esto fue comprobado luego por la profecía de Semaías y
por la historia.
Luego, el mismo profeta se encontró dudando y desobecien-
do la palabra de Jehovah sobre sus propias acciones y un león
lo mató. Como Jeroboam, quien fue el objeto de su profecía, el
profeta de Judá no confiaba en la primeras instrucciones que
le fueron dadas por el Señor. Triste e irónicamente, seguía sus
100
propias ideas acerca de su destino, igual que Jeroboam.
El historiador Josefo indica que este profeta se llamaba Na-
don, que significa “juez”.
El “profeta anciano” sin nombre (13:11–32)
No hay indicaciones de que este profeta seguía en función
como profeta, y quizá el adjetivo “anciano” indique lo contrario.
De todas formas, su intervención en la historia del profeta de
Judá es muy rara. Sus palabras contradijeron las instruccio-
nes que el profeta de Judá había recibido de Jehovah. Fue un
mentiroso y desvió al profeta activo y fiel de su camino. Su
mentira causó la muerte de su colega.
Jehú “Jehovah es él” (16:1–7)
Le tocó a Jehú, hijo de Hanani, entregar las noticias malas
al rey Baasa que, como sucesor de la línea de Jeroboam, tam-
poco podría esperar una línea real. Baasa había asumido el
trono después de matar a Nadab, hijo de Jeroboam, menos de
tres años después de la muerte de Jeroboam, cumpliendo así
las profecías de Semaías y el profeta sin nombre de Judá. El
mensaje de Jehú fue que, en lugar de reformar las prácticas
religiosas que habían sido tan torcidas por Jeroboam, Baasa
simplemente había matado a sus enemigos y continuado con
las mismas prácticas. Por seguir los mismos caminos malos en
lugar de reformarlos los descendientes de Baasa no reinarían
sobre Israel. La profecía de Jehú se cumplió cuando Ela, el hijo
de Baasa, fue asesinado por Zimri en su segundo año en el
trono.
Elías “mi Dios es Jehovah” (caps. 17–19:21)
Elías el tisbita no fue “un” profeta; fue “el” profeta. Llegó a
ser el símbolo de profecía y de la vida de un profeta por exce-
lencia. El AT termina mencionando la figura de Elías como el
paradigma de él quien “hará volver el corazón de los padres a
los hijos, y el corazón de los hijos a los padres (Mal. 4:5–6)”.
Los discípulos de Jesús le confesaron que algunos judíos con-
temporáneos creían que él era Elías reencarnado (Mat. 16:14) y
esta posibilidad dejó perplejo al rey Herodes (Luc. 9:8, 9). Qui-
zá el ayuno de Jesús de 40 días y 40 noches siguió el patrón
del ayuno de Elías (19:8).
Elías es más conocido, quizá, por su lucha contra el baa-
lismo, que tuvo su clímax en el encuentro en el monte Carmelo
(18:20–40). Como Baal era el rival principal de Jehovah, Jeza-
bel, esposa vil y tiránica del rey Acab, lo fue de Elías. Elías en-
frentaba constantemente a Jezabel, quien controlaba a su es-
poso y personificaba el mal que caracterizaba a Israel en el
tiempo de Elías. Aunque Elías y Jehovah ganaron la competen-
cia en el monte Carmelo y mataron a 400 profetas de Baal allí,
la lucha continuaba y Jezabel buscaba matarlo. Después de un
período de desánimo, Elías entiende que la lucha entre el bien
y el mal continuaría con su sucesor, Eliseo, y los futuros reyes
de Israel y Siria (19:15–18).
101
Entretejidos en los relatos de su lucha contra Baal están los
milagros que acompañaron el ministerio de Elías. Hubo por lo
menos ocho eventos milagrosos en su ministerio.
Los cuervos le llevaron pan y carne durante la sequía que él
había predicho (17:6).
La harina y el aceite de la viuda de Sarepta no se acabaron
hasta el fin de la sequía, para que ella, su hijo y Elías tuvieran
que comer (17:16).
El hijo de la viuda de Sarepta murió y fue revivido por las
ministraciones de Elías (17:22).
Llamó fuego del cielo para consumir el holocausto, el altar y
el agua en el encuentro con los profetas de Baal en el monte
Carmelo (18:38).
Fue alimentado milagrosamente en el desierto, rumbo a
Horeb (19:6, 7).
Para probar la veracidad de su ministerio, llamó fuego del
cielo que consumiera oficiales y tropas del rey Ocozías (2 Rey.
1:10).
Golpeó las aguas del Jordán para que él y Eliseo pasaran (2
Rey. 2:8).
Ascendió al cielo en un torbellino (2 Rey. 2:11).

Vv. 17–24. A partir de este versículo, ya no es el hambre el problema principal,


sino la muerte. Es de sumo interés notar las actitudes paralelas de la viuda que
acusa al [p 134] profeta y las del profeta que acusa a Dios por la muerte del hijo.
¿Qué tengo yo contigo, oh hombre de Dios? Pese el haber obedecido al profeta y así
proveerle de alimento, arriesgándose ella, la viuda se encuentra decepcionada. Acu-
sa al profeta de haber ocasionado la muerte de su hijo por causa del pecado de ella.
El haber reconocido a Elías como profeta (hombre de Dios) no suaviza la recrimina-
ción; la hace aun más severa. Ella aparentemente es de la opinion de que la misma
presencia del profeta acarrea el castigo de Dios.
Elías, siguiendo la costumbre de antaño, lleva al hijo de la viuda a su habita-
ción. Existía la creencia de que el contacto físico [p 135] entre una persona vigorosa
y otra enferma (en este caso muerta) permitiría la restauración de la vida. Solo hay
que recordar algo similar ya visto en el caso del anciano David y la joven. En este
caso particular, el profeta acuesta al hijo sobre su cama y empieza a recriminar a
Dios por causar esta aflicción. Le recuerda a Dios que él mismo lo había mandado a
la viuda. ¿Su obediencia ahora repercute en la muerte del hijo? Son palabras áspe-
ras pero no desesperadas. Elías se acuesta sobre el cadáver del hijo y pide que el
mismo Dios a quien acusaba le restaure la vida (heb. nefes, alma) al muerto. Con-
viene recordar que nefes quiere decir el principio vital en el hombre, unión entre
ruach (espíritu, que solo proviene de Dios) y basar (materia o carne). Elías simple-
mente pide que Dios le restaure el principio vital o vida a la carne ya inerte. Más
aun, que esta resucitación no es “el primer, genuino e indisputable ejemplo de la
resurrección de entre los muertos en el AT” (The Wycliffe Bible Commentary). En
una resucitación, el anteriormente muerto vuelve a morir. En el sentido de una re-
surrección neotestamentaria, hay solo una: la de Jesús. No se debe encontrar en el
AT todo lo que se halla en el NT. Lo bueno de este relato es que Dios escuchó la ple-
garia de Elías y respondió con la resucitación del hijo.
102
¿Cuál sería la actitud de la mujer ante todo esto? El colmo de la prueba para la
viuda fue la muerte de su único hijo (2 Rey. 4:34; Hech. 20:10). ¿Pensaría esta mu-
jer que todo esto era un castigo de Dios? ¿Acaso la visita del profeta despierta en
ella el remordimiento por algún pecado oculto? Pero Dios envió a Elías para fortale-
cer la fe de aquella mujer, y también la del mismo profeta. Los siervos de Dios tie-
nen también sus propias necesidades; y Dios las usa, a veces, para traernos a un
conocimiento más completo de él y a una fe más firme en su Palabra.
¿Tendría la viuda alguna duda de quién era Elías? ¿Sería un verdadero profeta
de Dios? Si acaso no le reconoció por su manera de vestir o de hablar como un is-
raelita, ahora sí estaba bien convencida de quién era Elías. Para terminar esta par-
te, nos preguntamos: ¿Testificaría esta gentil de este milagro a otros de su propia
raza?
[p 136] (2) Segundo enfrentamiento de Elías con Acab, 18:1–19. Walsh aclara
que el cap. 18 contiene dos historias un tanto complejas, diferenciándose así de las
anteriores. La una tiene que ver con la resolución del problema de la sequía (18:1–
20, 41–46). La otra consiste en la lucha entre Jehovah y Baal en el monte Carmelo
(18:21–40) por la supremacía en Israel. Las dos historias contrastan bastante en
contenido; esto hace que algunos sugieran que serían originalmente tradiciones se-
paradas y solo unidas posteriormente por el escritor bíblico para lograr su propósito
didáctico. En realidad, lo único que une estos dos relatos es la intervención de Elí-
as. No obstante esto, el deuteronomista hace que los dos relatos sean solo episodios
de una sola historia.
Vv. 1, 2. Sucedió que después de mucho tiempo... vino la palabra de Jehovah a
Elías... Este capítulo comienza con el recrudecimiento de la sequía ya descrita ante-
riormente. Debido a esa sequía de tres años (algunas tradiciones la extienden hasta
tres años y medio), la situación era insoportable. Jehovah envía a Elías para que el
rey sepa que la sequía va a terminar, aunque es claro que peligra su vida al hacerlo.
Estas son las cosas que se observan en el fluir de la historia. Lo que no se palpa tan
fácilmente es el móvil que orienta al escritor bíblico. Cada historia bíblica debe es-
tudiarse por lo menos a dos niveles: (1) Lo que la historia dice; (2) lo que la historia
significa para el escritor y para sus lectores originales. Una de las tácticas literarias
empleadas por los escritores de la antigüedad, era el uso de dos “actores” principa-
les. En este caso, desde luego, son Elías y Acab. Se suponía que el rey estaba en
control y debía poder resolver las crisis del pueblo. Esta historia revela que el rey
queda totalmente impotente ante la situación. Algunos ven este matiz en la historia
como una forma de subvertir todo lo que representa el rey. Nuevamente, quien está
en control es Dios por medio de su profeta, no el rey.
Vv. 3–6. Entonces Acab llamó a Abdías... Acab, desesperado, se ve obligado a
buscar agua y alimento para los animales (es significativo que no hay indicio de que
se preocupase por la gente de su reino). ¿No refejaría esto un poco de sarcasmo
humorístico de parte del deuteronomista? He aquí un rey, que debe estar preocu-
pándose por asuntos internacionales, se encuentra reducido al trabajo de un pastor
de ganado, uno de los oficios de menos categoría. Al mismo tiempo, Acab busca a
quien cree culpable de la situación nacional: Elías. En medio de todo esto, Dios
siempre tiene a un hombre que le teme y está dispuesto a servirle: Abdías; no se le
debe confundir con el profeta del mismo nombre y en cuyo nombre se escribe el li-
bro del AT. El Abdías de Reyes era un israelita piadoso, [p 137] mayordomo en la
misma corte de Acab. Para el tiempo del reinado de Acab, el puesto de mayordomo
se había engrandecido y representaba el puesto de más poder, superado solo por el
del rey. Su nombre quiere decir en heb. “siervo de Jehovah”. Cuando Jezabel perse-
guía a los profetas, Abdías logró rescatar a cien de ellos. La persecución de los pro-
103
fetas de Jehovah de parte de Jezabel obedecía a dos razones principales: (1) su
frustración por no poder hallar a Elías a quien ella culpaba de la sequía; (2) la
misma sequía hacía más recio su odio por el Dios de los hebreos. Los profetas ase-
sinados por ella tenían la desdicha de vivir en un lugar y en un momento inoportu-
nos. La furia de una mujer de su categoría era ineludible.

Semillero homilético
Abdías: El hombre bueno en un lugar apretado
18:1–15
Introducción: A veces el Señor nos pone en lugares y circuns-
tancias difíciles que son a la vez lugares estratégicos de servi-
cio y circunstancias temerosas y riesgosas. Nuestra respuesta
a la dirección del Señor puede ser la clave en el cumplimiento
de su voluntad en la vida nuestra y en la de su pueblo. Abdías,
el administrador en la corte de Acab, se encontró en tales cir-
cunstancias. A pesar de su reticencia en primera instancia,
respondió bien y así jugó un papel pequeño pero importante en
la historia y el destino del pueblo de Israel.
Abdías, el administrador.
Tuvo la confianza y el oído del rey (vv. 3, 5).
Fue un eslabón en la cadena de eventos por venir (v. 19).
Abdías, el abrumado.
Fue sorprendido por el pedido de Elías (vv. 9–11).
Temió que lo que Dios le requería le costara la vida (vv. 12–
14).
. Abdías, el audaz.
El valor fue parte de su carácter (vv. 3, 4).
A riesgo de su vida, hizo la voluntad de Dios (v. 16).
El resultado de su audacia fue la confrontación en el monte
Carmelo (v. 19).
Conclusión: Cada persona que teme a Dios tiene un círculo de
influencia entre los que no le temen. Aunque dé temor y aun-
que cueste la vida, a veces Dios requiere que alguien sea un
eslabón en la cadena de eventos que él tiene planificados para
su pueblo. Debemos estar dispuestos a responder con audacia
a la tarea difícil que el Señor nos encomiende.

Vv. 7–15. Abdías recibe la comisión de ayudar al rey a buscar lo necesario para
mantener el ganado, pero de pronto se encuentra con Elías. El encuentro entre los
dos piadosos israelitas llama la atención. Ya que Abdías no vacila en reconocer a
Elías, como todo respetuoso de su día, se postró sobre su rostro en señal de su [p
138] sumisión. Dado ya el reconocimiento del profeta por Abdías, las palabras
“Eres tú, Elías mi señor” no forman una pregunta. Más bien, la frase expresa gozo y
satisfacción en forma de exclamación al ver al profeta. Una paráfrasis más adecua-
da sería algo así: “Después de tanto tiempo, Elías, ¡eres tú!”
El diálogo entre Abdías y el profeta es crucial para la historia en que tiene nexos
con los caps. 17 y 19, y sirve para unir las distintas tradiciones en torno a Elías.
104
Cuando Elías le pide a Abdías que anuncie ante Acab su presencia, el mayordomo
se asusta. No se le escapa que la frase que tendría que pronunciar en heb. ante
Acab podría ser interpretada como sedición. Ya que el nombre de Elías quiere decir
“Jehovah es mi Dios”, al decir “He aquí, Elías”, estaría confirmando su lealtad al
Dios de Elías; ya que Acab adoraba a Baal, esto no auguraba bien para su mayor-
domo. La respuesta de Abdías a la petición de Elías no tan solo expresa su temor
sino también recrimina al profeta, no tan indirectamente, por exponerlo a la ira del
rey. También, reitera el vigor con el que el rey ha buscado al profeta. Su propia vida
peligraría si se le anunciara al rey.
Vv. 16–19. Pero el valiente profeta se adelanta y se enfrenta a Acab. Este se hace
el ofendido y acusa a Elías de ser el que está trastornando a Israel (v. 17). Elías, se-
guro y valiente, al ver a su disposición todos los recursos espirituales del poder de
Dios, le devuelve la acusación. Le dice, en otras palabras: “Tú eres el único respon-
sable de lo que está pasando” (ver v. 18). Es como si le preguntara: “¿Por qué tus
dioses de la lluvia y de la fertilidad no te han ayudado? Reúneme a todo Israel y a
tus profetas para un culto especial, para decidir quién es quién”.

Joya bíblica
¿Hasta cuando vacilaréis entre dos opiniones? Si Jeho-
vah es Dios, ¡seguidle! Y si Baal, ¡seguidle! Pero el pueblo
no le respondió nada (18:21).

(3) Elías y la confrontación entre Jehovah y Baal,18:20–40. V. 20. Es obvio


que Acab tiene muy poco que ver con este pasaje. Su papel en la narración se limita
a la convocación del pueblo para que presencie el supuesto forcejeo entre Elías y los
profetas de Baal. Después, el pasaje se centra en Elías y el poder de Dios en con-
traste con la impotencia de Baal y sus profetas. El pueblo de Dios figura también
porque tiene que decidirse.
V. 21. Al igual que en la época de Josué (24:15), Israel es desafiado a escoger a
quién servir. En el tiempo de Elías cuando todavía prevalecía el politeísmo en todos
los derredores del pueblo de Dios, era [p 139] preciso que se practicase fidelidad
únicamente a Jehovah en Israel. Técnicamente, esto es lo que se llama monolatría:
la fidelidad y la adoración a un solo Dios de entre muchos. La idea teológica del
monoteísmo absoluto llegaría en Israel más tarde. Ante la aparente vacilación del
pueblo respecto a su absoluta fidelidad, Elías usa una expresión muy gráfica para
describir su condición vacilante. Les dice: ¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opi-
niones? La RVA correctamente traduce el heb. literal en la nota al pie así: “¿Por
cuánto tiempo danzaréis cojeando sobre dos muletas?” Una paráfrasis sería: “¿Por
cuánto tiempo seguiréis cojeando entre los dos puntos del empalme del camino?”
Sea la versión que uno escoja, el significado es claro.

Semillero homilético
Un pie en el reino
18:20–40
Introducción: Muchos cristianos viven con un pie en el reino de
Dios y el otro en el mundo. Por sus acciones y su manera de
vivir, parece que no están seguros si quieren o no seguir a
Cristo. Algo parecido sucedió con el pueblo de Dios durante el
ministerio del profeta Elías. A través de Elías Dios le dio al
pueblo un mensaje dramático con una demostración única de
105
su poder para cambiar su manera de ser.
El trasfondo.
Decadencia espiritual completa.
) Acab, el peor rey.
) Jezabel, la mujer más malvada.
El mensaje de Elías.
) Leer como trasfondo 17:1–7; 18:1–8, 17–19.
) Relatar como cuento lo que pasó en 18:20–40.
) Enfocarse en “¿hasta cuándo vacilaréis entre dos opinio-
nes?”
) Afirmar que cristianos de hoy “cojean” entre Dios y el mun-
do, como los israelitas de aquel día.
Cinco tipos de personas y cómo responden a Dios.
Los profetas de Baal: dos pies puestos en el lado de Baal.
Acab: dos pies puestos en el lado de Baal, y de vez en cuan-
do cojeaba al otro lado con un pie.
El pueblo: un pie en el lado de Dios, un pie en el lado del
mundo.
El profeta Abdías: dos pies en el lado de Dios, pero de vez en
cuando cojeaba al otro lado.
Elías: ¡dos pies firmamente plantados en el lado de Dios!
Conclusión: Son cinco tipos de personas que bien podrían re-
presentar nuestro mundo. La pregunta obvia para nosotros es:
entre el mundo y Dios, ¿dónde estamos nosotros? ¿Tenemos
los dos pies plantados firmemente en el camino del Señor, o
estamos cojeando sobre dos muletas?

V. 22. ...Sólo yo he quedado como profeta de Jehovah, pero de los profetas de


Baal hay 450 hombres. Es un poco extraño que Elías diga esto, ya que Abdías había
informado respecto a 100 profetas de Jehovah escondidos en cuevas y a quienes
había provisto protección y sustento (v. 13). Es posible que Elías haya [p 140] dicho
esto para proteger a Abdías; en su defecto, podría estar simplemente expresando su
dependencia en Jehovah, ya que tenía que enfrentar a un grupo tan grande de pro-
fetas de Baal.
De otro modo, ¿estaría desdeñando a profetas que se esconden en cuevas y no
hacen frente a la crisis?
Según el pasaje y su contexto inmediato, parece que los 400 profetas de Asera
no asistieron (compárense los vv. 19 y 22). El gran espectáculo se celebraría a unos
70 m. de altura para que todos pudieran verlo. El monte Carmelo estaba rodeado de
una gran llanura. Además, el monte estaba ubicado en la costa palestina, el punto
de un antiguo centro de adoración.
El propósito fundamental no era que se supiese cuál de los dos dioses era el más
grande y poderoso, sino cuál era el único y verdadero Dios para Israel. El pecado no
era rechazar a Jehovah, sino combinarlo o mezclarlo con la adoración a Baal (el
sincretismo). El pueblo vacilaba, es decir, “cojeaba”, no tenía firmeza. Quería servir
106
a Jehovah y a Baal al mismo tiempo. ¿Eran renuentes o tenían temor de romper
con alguna forma de adoración?
Muchos nos dicen hoy que “debemos tener una mente abierta. Que no debemos
ser estrechos en nuestra manera de pensar”. Pero la verdad es una sola. Cuando la
dividimos o la mezclamos con una mentira, ya deja de ser verdad. En las cosas de
Dios, no hay lugar para combinaciones. Ser indecisos o neutrales en las cosas espi-
rituales es algo que no agrada a Dios; es una demostración de hipocresía (ver Mat.
6:24; Sal. 119:113).
Vv. 23, 24. Dennos, pues, dos toros... Veamos ahora que Elías, con una actitud
propia de un verdadero profeta de Jehovah, inicia los preparativos para el gran
evento. El sabio y astuto profeta es quien establece las condiciones: (1) Habrá dos
cultos separados. Habría problemas en unir el culto a Dios con el de Baal, y de ese
modo sería más fácil llegar a una decisión. (2) El fuego del cielo sería la respuesta
milagrosa y verdadera para tomar una decisión final; y no por una ley u opinión de
personas.
Vv. 25–29. Ellos tomaron el toro que les fue dado, y lo prepararon. Luego invoca-
ron el nombre de Baal... Los profetas de Baal tuvieron la oportunidad de tener el
primer culto. Este les ocupó casi todo el día, quizá hasta las tres de la tarde. Su ri-
tual llegó a tal extremo que algunos perdieron el sentido y actuaron como locos. El
cortarse con cuchillos era una costumbre en los cultos paganos. Entre el “dios ado-
rado y el adorador” se hacía como un “pacto de sangre”. Daban gritos y danzaban;
perdieron el control, no sabían lo que hacían. ¿Tratarían de llamar la atención y [p
141] de inspirar lástima en sus dioses? ¡Cuán lejos está todo esto del culto racional
que enseñan las Escrituras! A pesar de tanta bulla y ritual, aquello fue un culto
muerto. Baal fue sordo a la oración de sus sacerdotes. Los dioses del fuego no res-
pondieron. Las “burlas proféticas” de Elías (v. 27) fueron una realidad. Sus pala-
bras suenan hasta chistosas, pero el profeta hablaba con el más severo sarcasmo y
la más profunda ironía. Los profetas de Baal debían seguir en su frenesí, porque tal
vez su dios estaba haciendo sus necesidades (ver nota de la RVA), y no los podía
atender en el momento. Baal, el gran ausente e impotente, había sido derrotado.
¿Quién es el verdadero Dios? Jehovah no tiene rival.
Vv. 30, 31. Elías tomó doce piedras... Vamos ahora al sencillo culto del profeta de
Dios. Antes de ello, el altar es reparado. El que Elías haya tenido que reparar el al-
tar indica que el monte Carmelo había sido un lugar de adoración a Jehovah. La
persecución sistemática del culto a Jehovah de parte de la reina Jezabel abarcaba
no tan solo a sus adoradores sino también los lugares de adoración. Las 12 piedras
parecen figurar la unidad gloriosa del antiguo Israel (Exo. 20:25; 24:4; Jos. 4:4).
The Interpreter´s One-Volume Commentary of the Bible opina que el uso del número
12 tendría que ser un agregado tardío, ya que sería difícil que un documento del
norte no hablara de 10 tribus en lugar de 12. Tal vez sería así si 1 Reyes fuera un
documento norteño; hay que recordar que el deuteronomista escribe mucho des-
pués de los eventos descritos, y él piensa en un Israel unido e ideal.
Vv. 32–35. Elías construye el altar en el nombre de Jehovah. Ya que toda la his-
toria gira en torno a los nombres de Baal y Jehovah, es patente que el nombre de
Jehovah se usa varias veces en este relato como una fuerza poderosa.

Verdades prácticas
Prácticamente, todas las iglesias o movimientos cristianos
pueden trazar su historia a una persona o familia, que sirviera
de eslabón en la cadena de eventos establecidos por Dios para
107
que su Palabra fuera predicada y su reino fuera extendido.
Como en el caso de Abdías, muchos de estos eslabones huma-
nos no tenían la menor idea de la magnitud de sus actos y del
impacto que su obediencia al Señor tendría en la posterioridad.
En muchos casos lo que hicieron fueron actos sencillos y aún
quizá rutinarios. En otros casos pusieron sus vidas en peligro
para que el Señor actuara. En algunos casos lo que hicieron
fue planificado por ellos mismos, pero en la mayoría de los ca-
sos simplemente respondieron a Dios en los momentos apro-
piados, siendo obedientes aún con el riesgo de un costo perso-
nal muy alto. A lo mejor, la iglesia donde usted sirve al Señor
no hubiera sido fundada sin un siervo así.

Elías hace todos los preparativos prescritos para la presentación de un sacrificio


[p 142] a Jehovah. Todo el proceso sigue lo estipulado en el v. 23 con excepción de
la zanja. No hay indicios de que una zanja figurara en el sistema sacrificial de los
hebreos. Todo esto sería una acción misteriosa para los observadores hebreos. La
zanja es los suficientemente grande como para contener 15 litros. Esta zanja sim-
plemente se llenaría del excedente de agua que no quedó absorbido por el sacrificio
y la leña. El propósito de la zanja se revela en los vv. 34, 35. La cantidad exacta de
agua derramada no se sabe, pero era lo suficiente como para dejar a la gente atóni-
ta.

Verdades prácticas
Esta oración anónima da ánimo a los que han cruzado la lí-
nea para tener los dos pies plantados en el lado de Dios:
“Padre, haznos parte del compañerismo de los no avergon-
zados. Ayúdanos a recordar que tenemos el poder del Espíritu
Santo. Hemos emitido el voto. Hemos cruzado la línea. La deci-
sión hecha está. Somos tus discípulos. No vamos a mirar
atrás, aflojar el paso, flojear, retractarnos ni quedarnos quie-
tos.
“Padre, gracias te damos que en ti nuestro pasado está re-
dimido, nuestro presente tiene sentido, y nuestro futuro está
seguro. Hemos terminado con la bajeza, con el camino seguro
pero sin fe, con la planificación a medias, con rodillas suaves,
con sueños de blanco y negro, con visiones domesticadas, con
el hablar mundano, con la vida barata y con las metas empe-
queñecidas.
“Como líderes tuyos, ayúdanos a no necesitar preeminencia,
prosperidad, posición, popularidad, ascensos y aplausos. Llé-
nanos con tu Espíritu para que no tengamos que tener la ra-
zon, o ser el primero, el mejor, el reconocido, el alabado o el
recompensado. Ayúdanos a vivir por la fe, depender de ti, ca-
minar con paciencia, ser animados por la oración y trabajar
por medio de tu poder.
“Padre, nuestra cara está puesta, nuestro paso es veloz,
nuestra meta es el cielo, nuestro sendero es angosto, nuestro
camino es difícil, nuestros compañeros son pocos, nuestro
Guía confiable, nuestra misión clara. No podemos ser compra-
dos, comprometidos, desviados, desilusionados, ni atrasados.
108
No titubearemos en el momento del sacrificio, a vacilar en la
presencia del adversario, a negociar en la mesa del enemigo, a
ponderar sobre la popularidad ni a serpentear en el laberinto
de la mediocridad.
“Ayúdanos, Padre, a no rendirnos, callarnos, cansarnos, ni
darnos por vencidos hasta que hayamos orado, vigilado, predi-
cado y pagado todo para la causa de Cristo. Somos tus discí-
pulos. Ayúdanos a ir hasta que tú vengas, dar hasta que mu-
ramos, predicar hasta que todos hayan escuchado y trabajar
hasta que tú nos des descanso; cuando tú vengas por los tu-
yos, Padre, rogamos que no tengas ningún problema en reco-
nocernos. Nuestras banderas estarán claras y visibles. Y nues-
tros pies estarán en el lado tuyo. Amén”.

Vv. 36–38. ¡Oh, Jehovah, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel... Luego, el hom-
bre de Dios eleva una sola, sencilla pero poderosa, oración intercesora; y esta “ple-
garia del hombre justo” es suficiente [p 143] para que suceda el milagro. Desde el
cielo cae el fuego sobre el sacrificio y lo consume todo. Un comentarista hace más
dramática la escena: “Las nubes que anunciaban la lluvia se juntaron. Hubo un
rayo o una descarga eléctrica que cayó para consumir el sacrificio”. Es interesante,
no obstante, que The Interpreter’s One-Volume Bible Commentary, no conocido por
su postura demasiado conservadora, comenta al respecto: “Es una insensatez in-
tentar racionalizar esta historia, identificando así el fuego como un rayo o relámpa-
go. El punto esencial es la divina intervención milagrosa. Para los hebreos, así
obraba Dios”. El profeta demuestra que si Jehovah respondía, no era por medio de
un ritual, sino por medio de un milagro. Venía en respuesta al clamor de un hom-
bre justo para que todo el pueblo supiese quién era el verdadero y único Dios de
Israel.
Vv. 39–40. ¿Cuáles fueron los resultados de este hecho tan extraordinario? La
respuesta no se hizo esperar: (1) Israel respondió: ¡Jehovah es Dios! ¡Jehovah es
Dios! Esta aclamación, alegre y segura, es una expresión de verdadera adoración;
fue hecha con admiración y temor, como un reconocimiento de la soberanía del Se-
ñor Jehovah. 2) El juicio de Dios tampoco se hizo esperar. ¿Parece muy dura y cruel
la pena de muerte para los falsos profetas? La ley establecía que los idólatras debí-
an ser castigados con la muerte (Deut. 13:6–11; 18:20). Algunos piensan que este
castigo es contrario al espíritu de gracia del evangelio. No obstante, debemos recor-
dar que Dios es amor pero también es justicia.
Con todo, hay que recordar, además, que las prácticas sanguinarias de algunos
de los hombres de Dios en el Antiguo Pacto obedecían también a las costumbres en
boga durante el día; reflejaban el común comportamiento de sus tiempos. Solo hay
que leer de nuevo algunas historias en torno a Saúl, David y otros para comprobar
que tal era el caso. No hay que justificar prácticas cruentas y salvajes como si fue-
sen la perfecta voluntad de Dios para hoy; hay que recordar que Elías no tenía la
revelación de Dios en Jesucristo.
Pese a ello, vale la pena elogiar la conducta del profeta Elías. ¡Cuán asombrosa
es su fidelidad a Dios! No le importa que toda una nación como Israel sea odiosa a
los ojos de su Dios. ¡Cuánto luchó, hasta para derrotar a su pueblo, si éste no era
fiel a Dios! Si en alguna cosa podemos estar de acuerdo con la perversa Jezabel, es
en ver a Elías como su enemigo más peligroso. ¡Cuántos Elías nos hacen falta hoy
en el pueblo de Dios!
109
(4) Elías anuncia el fin de la sequía 18:41–46. V. 41. Elías dijo a Acab... Es no-
table que hasta ahora aparezca de nuevo Acab. Durante toda la lucha entre Jeho-
vah y Baal en el monte Carmelo no se menciona siquiera al rey. Es obvio que los
personajes más importantes no son el rey, Baal y sus profetas, ni Elías. Aunque
mucha de la acción gira en torno al profeta de Dios, el que realmente actúa mila-
grosamente es el Dios de Elías. Sube, come y bebe; porque se oye el ruido de una
fuerte lluvia... No hay indicio de que Acab mismo haya oído tal ruido, pero ya que el
Dios de Israel ha sido totalmente vindicado en la [p 144] lucha, no hay porqué no
atender el consejo de su mensajero. Hacía falta hacer los preparativos necesarios
para volver a su casa. Elías es ahora el dueño de la situación. Manda al rey a pre-
parase antes de que venga la lluvia. Era preciso esto porque Jezreel quedaba a unos
23 km. de Carmelo, y era la capital invernal de Acab.
Vv. 42–44. ...postrándose en la tierra... El profeta asume una postura de sumi-
sión o meditación y ora a su Dios. Walsh dice que el verbo empleado es rarísimo en
el heb. bíblico. Se presume que su postura impide que el mismo profeta mire, y por
lo tanto ordena que su criado (cuyo nombre se ignora y hasta ahora se habla de él)
le vaya avisando de las señales de la lluvia. He aquí, veo una pequeña nube, como la
palma de la mano de un hombre... El siervo hace varios viajes a la cumbre para divi-
sar la llegada de la lluvia. Dirige su mirada hacia el mar Mediterráneo, que fácil-
mente se veía desde Carmelo. Las lluvias, si es que aparecían, vendrían de allí. La
expresión [p 145] descriptiva de la nube parece ser una metáfora común para des-
cribir algo muy pequeño.
Vv. 45, 46 ...cayó una fuerte lluvia. Por fin Dios levanta el castigo. Una gran can-
tidad de nubes acompañadas por fuertes vientos anuncian el fin del largo verano.
Una vez más se demuestra que Baal no es el dios de la lluvia. Dios cumple su pro-
mesa de enviar lluvia al pueblo que se arrepiente (8:35, 36). Una vez más, la verdad
triunfa, aunque, a veces, los resultados parezcan ser temporales.
...pero la mano de Jehovah estuvo sobre Elías. Todo esto es obra de Dios por me-
dio de un hombre justo que se deja dirigir por su Espíritu. Elías demuestra su fide-
lidad a Dios. ¿Por qué se adelanta Elías en su viaje? ¿Ocuparía las fuerzas dadas
por Dios para anunciar al pueblo el cese de la sequía? ¿Esperaría que Acab se arre-
pintiera y renovara su pacto con Jehovah? De todas maneras la fe de Elías es im-
presionante. Veámoslo olvidarse de sí mismo para postrarse en oración. Oigamos
cómo manda decir a Acab que se apure para pasar el arroyo, antes que crezca y no
pueda pasar. Pero lo más grande de todo es que la mano del Señor sostuvo a su
profeta (2 Rey. 3:15; Eze. 1:3; 14:22; 13:1; 40:1).
(5) Elías ante Jehovah en Horeb 19:1–18. Vv. 1, 2. Acab informó a Jezabel...
Acab es todavía el rey de Israel. Será así, pero parece como si fuera otra cosa, ya
que lo primero que hace Acab es informar a Jezabel de lo acontecido en el monte
Carmelo. La construcción gramatical del heb. indica que Acab no dejó fuera ningu-
no de los detalles en el informe. Dado el carácter de la esposa de Acab, no es difícil
saber quién era el verdadero poder detrás del trono. ¡Así me hagan los dioses y aun
me añadan...! Jezabel, en su furia como la sacerdotisa de Baal, comunica a Elías
por medio de un mensajero que él podría morir degollado al día siguiente. Llama la
atención que a ella le interesaba poco que la sequía hubiera terminado; lo único
que pasaba por su mente era el desquite. No es sorprendente que una falsa fe pro-
duce un falso vivir.
Walsh opina que la amenaza de Jezabel a Elías no hay que tomarla lit.; asevera
que si Jezabel hubiera querido la muerte del profeta, no se la hubiera anunciado de
antemano. Más bien, sugiere dicho estudioso que lo deseado por Jezabel era que
110
Elías se ausentara del país; tenga Walsh razón o no, lo comprobado es que Elías
tuvo miedo y huyó del alcance de la reina.
Vv. 3. Así llegó a Beerseba... Tal era su susto que el profeta de Jehovah no tan
solo abandona el territorio de Israel (reino del norte) sino que se esconde en lo más
remoto de Judá (reino del sur). Al igual que Jonás huyó de Israel para escaparse de
sus responsabilidades ante Jehovah, así Elías abandona el territorio nacional para
escaparse de la furia de Jezabel.
Vv. 4–8. Se fue un día de camino por el desierto... Habiendo dejado a su siervo en
la aldea de Beerseba, sigue camino para [p 146] adentrarse en el desierto del Né-
guev. Buscaba distanciarse lo más posible de la influencia de la reina. Probable-
mente deja a su siervo para no comprometerlo y exponerlo a tortura; si el siervo no
sabía adónde iba, no podría divulgar su escondite.

Semillero homilético
Cuando el siervo del Señor se gaste
19:1–18
Introducción: Elías había alcanzado el límite de su resistencia.
Quizá el estrés de los tres años de sequía y de su lucha cons-
tante con los males de su nación le habían quitado el ánimo.
Quizá su confrontación con los profetas de Baal en el monte
Carmelo le había dejado emocional y espiritualmente exhausto.
Quizá las últimas amenazas de Jezabel lo habían asustado.
Quizá, como tantos siervos del Señor de hoy en día, simple-
mente estaba cansado de la lucha diaria de servirle al Señor en
un medio hostil. La respuesta del Señor a Elías, en su tiempo
de desesperación, nos puede servir de aliento e instrucción
cuando nos encontremos en circunstancias similares.
Dios cuidó de sus necesidades físicas.
Indica que Dios no lo había dejado.
Indica el cuidado y preocupación de Dios por nosotros a
pesar de las circunstancias.
Dios lo tranquilizó con su palabra.
Sintió la presencia alentadora de Dios.
Recibió una confirmación sorprendente de la presencia de
Dios en su vida.
La confirmación le vino, no a través de maravillas y clamo-
res, sino por la sencilla y profunda palabra de Dios.
Dios sabía darle una palabra quieta a un profeta gastado
(sabe exactamente lo que necesitamos y cuándo).
. Dios le permitió llegar a la solución de su desesperación por
medio de la relación que tuvo con Dios (v. 14).
Elías se dio cuenta de que la voz profética seguía siendo
válida y necesaria.
Elías regresa a la tarea, refrescado en el Señor.
Conclusión: Cuando el ministro o siervo del Señor está listo pa-
ra tirar la toalla, debe recordar que el Señor aún se preocupa
111
por él o ella, lo o la cuidará en los tiempos de desaliento, lo o la
confortará con su palabra y lo o la confirmará que su llamado
es vigente.

¡Basta ya, oh Jehovah! ¡Quítame la vida!... Reconociendo que era buscado por
todas las fuerzas del poder ejecutivo de Israel, Elías empieza a dudar de sus propias
esperanzas. Elías sabe muy bien que Jezabel es capaz de cumplir su amenaza.
Atemorizado, pierde la fe y el valor; se pone al borde de la desesperación y de la de-
presión. En esta crisis pierde el deseo de vivir. Es como si dijera: "Señor, me siento
solo. ¿Para qué seguir luchando? Todo es inútil." ¡Cuánto se parece a Pedro quien,
[p 147] después de cortarle la oreja a Malco para defender a su Maestro, lo niega
ante una mujer.
Se recostó debajo de un arbusto... Y he aquí, un ángel le tocó... Pero Dios no
abandona a su siervo. Lo sostiene en su necesidad física y le infunde aliento para
seguir adelante.
Se levantó, comió y bebió... hasta Horeb, el monte de Dios. Y el humano Elías re-
cobra tanta fuerza con aquel pan milagroso, que puede caminar por 40 días como
unos 500 kms., hasta llegar a una cueva. Se cree que en esta misma se escondió
Moisés una vez (Exo. 33:22).
Vv. 9–18. ¿Qué haces aquí, Elías? En una cueva en Horeb Dios habla con Elías.
No se le escape al lector que en el mismo monte Dios había hablado con Moisés. El
ambiente en la cueva no sería el mismo que Elías había experimentado en el monte
Carmelo. Ahora el mismo profeta se siente derrotado, luego de haber enfrentado con
victoria a los 450 profetas de Baal. Permite que las circunstancias le afecten negati-
vamente de tal manera que cree que todo está perdido. Le parece que la causa de
Jehovah peligra por la apostasía de su pueblo. Para colmo, aun su propia vida peli-
gra a manos de Jezabel.
Sal afuera y ponte de pie en el monte, delante de Jehovah... Dios no permite que
su profeta permaneza en el escondite; ordena que se ubique en el lugar de la reve-
lación (como Moisés). Es como si Dios le dijera: “Te has salido del ministerio que te
entregué. Recuerda que todavía sigues siendo mi profeta. No has terminado tu ca-
rrera”. Elías se excusa ante Dios, pero el Soberano no entra en discusiones con su
siervo.
Viento... terremoto... fuego... Entonces, Dios le da a Elías una demostración visi-
ble de su poder. En el AT Dios se manifiesta por el viento, el fuego y los terremotos
(Exo. 19:18; Sal. 18:7–13; 2 Sam. 5:24; Job 38:1; Eze. 1:4). Dios puede manifestar
su gloria en diferentes formas. El usa los elementos de la naturaleza para mostrar
su presencia y poder. Lo hace en forma ruidosa e impetuosa, pero también por me-
dio de un sonido apacible y delicado (v. 12). Elías necesitaba aprender que “después
de la tormenta viene la calma”. Que la paciencia y la confianza son también necesa-
rias para servir y llevar adelante los propósitos y la obra de Dios. Nótese que des-
pués de esta lección, Elías siente tanto temor de la presencia de Dios que, impre-
sionado por esta escena, se cubre el rostro (Exo. 3:6).

Joya bíblica
Y he aquí que Jehovah pasaba. Un grande y poderoso
viento destrozaba las montañas y rompía las peñas delante
de Jehovah, pero Jehovah no estaba en el viento (19:11b).

A pesar de toda la manifestación de Dios, Elías aun no se compone. Ante la in-


sistente pregunta de Dios: ¿Qué haces aquí, Elías? (v. 13), el profeta repite su ya
112
acostumbrado gemido. Llama la atención cuántas veces Elías se centra en sí mis-
mo. Jehovah insiste en que Elías no debe estar lejos de Israel, fuera del lugar de su
ministerio. Walsh comenta lo siguiente respecto a la pregunta de Dios:
“La respuesta de Elías a la pregunta es idéntica a su discurso en el v. 10, pero,
al igual que en la pregunta repetida de Jehovah, ciertos eventos dan al discurso
una nueva dimensión de significado. En el v. 10 [p 148] Elías emplea una aparente
amenaza de renuncia para obligar a Jehovah a que intervenga a favor del profeta.
Después, Jehovah llama de nuevo a Elías a su servicio, y le concede una impresio-
nante teofanía, pero esto no basta para el profeta terco. Se niega a estar ‘delante de
Jehovah’, insiste en su propio aislamiento, y sigue evitando llamarse ‘profeta’. La
repetición textual de su discurso anterior demuestra que ni los mandatos divinos,
ni la majestuosa y misteriosa autorrevelación de Dios lo afectan con respecto a sus
propósitos”.
Ve, regresa por tu camino, por el desierto, a Damasco... Elías había intentado huir
no tan solo del peligro; huia también de sus responsabilidades como profeta. Con la
misma insistencia, Dios no permite que su profeta abdique a su ministerio. Al pro-
feta que buscaba la seguridad en la huida, ahora Dios lo comisiona a una nueva
misión. Por cierto, no va a ser una misión carente de peligro, pero ya el énfasis va a
ser distinto. No se centrará en la seguridad del profeta sino en los propósitos de Je-
hovah. Ungirás a Hazael... a Jehú... a Eliseo. Esta comisión la cumplirá Elías solo
en el caso de Eliseo, su sucesor. El mandato a que se inmiscuya en la política de
Aram o Siria no se espera. Lo normal era que los profetas centrasen sus labores de-
ntro de Israel. En el caso de Elías, no obstante, había precedentes en que Jehovah
ya había demostrado su poder mediante el profeta en territorio de los sidonios. Lo
había hecho por medio de la sequía, el sustento del profeta por la viuda y la protec-
ción del profeta contra Jezabel. Con el tiempo, sería Eliseo mismo quien cumpliría
el resto de la comisión dada a Elías (2 Rey. 8:7–15; 2 Rey. 9:1–13).
Pero yo he hecho que queden en Israel 7.000... La repetida aseveración de que so-
lo Elías había permanecido fiel al pacto y todos los demás eran apóstatas es des-
mentida aquí por Dios mismo. Implícita en la frase está la idea de que si Elías insis-
te en renunciar a su oficio como profeta, Jehovah tiene muchos a su disposición
para reemplazarlo. Usualmente en la literatura hebrea, el número siete (en este ca-
so 7.000) es más simbólico que cuantificador. Simplemente quiere decir que hay
“muchos” que no se han apostatado de la fe en Israel.

Semillero homilético
El sonido apacible y delicado
19:11–18
Introducción: Cuando uno tiene su alma turbada y su mente
confundida, su recurso más valioso puede ser un tiempo quie-
to con el Señor para aquietar su propio espíritu.
Elías aprendió que era necesario retomar
una perspectiva adecuada.
Elías aprendió que Dios no tiene que
obrar de maneras más obvias y abiertas.
. Elías aprendió que un profeta no entiende
todo si está desconectado de la fuente de
113
su fuerza.
Conclusión: Un siervo del Señor debe cambiar de ritmo de vez
en cuando, para renovarse, reconocer y apreciar las obras del
Señor en su derredor, y aprender del Señor para saber cómo
seguir trabajando.

Aprendamos ahora algunas lecciones importantes: (1) Es posible, a veces, que


sintamos que nuestra tarea no lleva frutos. Trabajamos, pero no se ven de una vez
los [p 149] resultados, entonces hay que tener paciencia. (2) Hay que seguir adelan-
te. A veces podremos comenzar, pero otros terminarán la tarea en un tiempo corto o
lejano. A veces, a los siervos de Dios se les toma en cuenta no tanto por lo que
hicieron, sino por lo que anunciaron (Jer. 1:10). (3) Nunca debemos pensar que so-
mos los únicos fieles. La obra es de Dios, y él nunca está en situación desesperada,
aunque huyamos del campo de batalla. (4) El Espíritu Santo no necesita de mani-
festaciones ruidosas para hacer su obra. A veces, Dios habla a y por nuestra con-
ciencia por medio del sonido apacible. (5) Contestemos ahora a estas preguntas: ¿Se
arrepintió el mundo por el diluvio? ¿Cuántos se salvaron en Sodoma y Gomorra?
Vendrán terremotos, tempestades y sequías, pero siempre habrá corazones tan du-
ros como el de Jezabel. (6) “No con ejército ni con fuerza, sino con el Espíritu...”
(Zac. 4:6). “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Tim. 2:19). (7) Los grandes sier-
vos de Dios tienen su “arbusto de retama”. Después de una gran victoria, puede
venir la tentación del desaliento. Y trataremos de convertirnos en víctimas para
causarle lástima hasta de Dios. (8) Es recomendable no descansar en los triunfos
pasados.

El llamado misionero
La misionera estadounidense, sirviendo en un país latino
que pasaba días difíciles, estaba desanimada. Había recibido la
noticia de que su padre, en los Estados Unidos de América,
había sufrido un derrame cuando solo faltaban tres días para
la salida de su familia para algunos días de vacaciones muy
necesitadas. El gobierno estadounidense había notificado al
personal en su país adoptivo que, por razones de actividad te-
rrorista, podrían retirarse. Habían dicho que el colegio donde
estudiaban sus hijos, o la iglesia donde ella ayudaba con un
estudio bíblico, podrían ser blancos de los terroristas. El país
estaba en medio de una crisis por el cólera. El agua en su ciu-
dad estaba contaminada. En el mismo día, el diario más leído
de su ciudad publicó una larga lista de los males del país.
“¡Asombroso!” pensaba ella, “suficientemente para sacudir a
cualquiera”.
Se fue a duchar. Mientras se lavaba el cabello con los ojos
cerrados, revisaba con el Señor su lista de males. Estuvo ensa-
yando cómo podría explicarle a una amiga, cuyo esposo traba-
jaba en la embajada estadounidense, por qué ella y su familia
se quedarían mientras la amiga y otros diplomáticos escogerían
salir. Expresaba sus sentimientos al Señor: “No estamos aquí
porque es nuestro trabajo, sino por un llamado divino”. Cuan-
do abrió los ojos y dió vuelta en la ducha, allí en la pared vio
una miriada de prismas, múltiples pequeños arcos iris. ¡Her-
mosos! Aunque ella se duchaba casi a la misma hora y en el
114
mismo lugar cada día, nunca antes había visto los arco iris.
Esa experiencia apacible le fue una reafirmación de que
Dios estaba en control. No la iba a dejar ni a desamparar. Tal
reafirmación fue para ella aquel día el buen y perfecto don del
Padre de las luces celestiales (Stg. 1:17).
Dios sabía exactamente lo que ella necesitaba ese día, así
como sabía lo que necesitaba Elías en Horeb. En el desaliento,
sabe cuidarnos, confortarnos y confirmar nuestro llamado a la
tarea.

(6) Unción de Eliseo como sucesor de Elías, 19:19–21. V. 19. ... halló a Eliseo,
hijo de Safat... Eliseo, cuyo nombre heb. significa “Mi Dios es salvación”, era el hijo
de un hacendado procedente de Abel-mejola. Este sitio se ubicaba en la parte nor-
teña de la cuenca del río Jordán. Aparentemente era de una familia pudiente, ya
que tenía, según el relato, 12 yuntas de bueyes; no era común que una familia tu-
viera tantas yuntas. Pasando Elías hacia él, echó su manto sobre él. Sin que se cru-
zara [p 150] una sola palabra, Elías echa su manto sobre los hombros de Eliseo.
Hasta ahora, nada se nos ha dicho respecto al significado de este manto. No obs-
tante esto, es probable que en la cultura de ese tiempo el manto de un profeta sim-
bolizara su oficio como tal. Por lo tanto, la acción de Elías es una investidura de
Eliseo como profeta.
V. 20. Permíteme besar a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré. Es obvio que
Eliseo entendía la acción simbólica de Elías, aunque este no le había dicho nada. Al
pedir que se le permita despedirse de su familia, hacía solo lo normal y lo esperado.
La respuesta de Elías ha sido enigmática para muchos: Vé y vuelve; pues, ¿qué te
he hecho yo?
Pareciera, a primera vista, una forma de negar la petición. En cambio, lo más
probable es que Elías da permiso para que se despida de su familia si es que ha en-
tendido el significado de su investidura. Eliseo ha de seguir al profeta mayor.
V. 21. ...Luego tomó la yunta de bueyes y los mató. Eliseo ahora realiza una ac-
ción simbólica que no admite ninguna duda. Al matar a una de las yuntas y al
quemar el arado, dice que su vida anterior termina. Al cocinar la carne para sus
compañeros no tan sólo prepara una fiesta de despedida, sino también los vocablos
heb. implican que una especie de ofrenda sacrificial se está preparando para Dios.
...fue tras Elías y le servía. El verbo “servir” que aquí se emplea indica que Eliseo
no servía en el lugar de Elías sino desempeñaba el oficio del asistente principal del
profeta. Es el mismo término que se emplea para describir a Josué al servicio de
Moisés (Exo. 33:11).

Semillero homilético
Ni una mirada atrás
19:19–21
Introducción: Cuando el Señor llama a alguien a su servicio,
espera sumisión total. Eliseo es un ejemplo de uno llamado a
dejar lo de atrás y mirar adelante.
El llamado (v. 19).
Fue a través de otro siervo.
115
Fue directo y sin equivocación.
La respuesta (v. 20).
Fue entusiasta y sin vacilación.
Fue decisiva pero bien pensada y responsable.
. El seguimiento (v. 21).
Fue definitivo.
Fue bendecido.
Conclusión: Eliseo sabía lo que Dios le quería decir a través de
Elías. Por su respuesta adecuada y apropriada, Dios lo bendijo
en su ministerio. ¿Cómo responde usted?

A raíz de la historia surgen algunas preguntas muy naturales: ¿Habría tenido


Eliseo alguna preparación antes de comenzar su ministerio profético? (ver 2 Rey.
2:8, 13, 14). También parece algo extraño el mandato para ungir a Eliseo; hasta
entonces solo se ungía a los sacerdotes y a los reyes (Isa. 61:1). ¿Hubo unción? No
se sabe. Sí hubo una investidura cuando Elías echó su manto sobre Eliseo. Algunos
creen que la unción es solo el llamamiento y la investidura. Solo se sabe que des-
pués de la fiesta de despedida, Eliseo se convierte en el ministro ayudante de Elías.
Obsérvese [p 151] que lo que hizo Eliseo es muy parecido a lo que hizo Hernán Cor-
tés en México, que quemó las naves para no tener que volver a ellas nunca más. Y
lo mismo hicieron los discípulos de Cristo: lo dejaron todo para seguirle.
Es interesante que con el nombramiento de Eliseo se pinta el penúltimo cuadro
de la vida de Elías en este libro. Lo volveremos a ver en acción en su último enfren-
tamiento con Acab (21:17–24).
5. Continuación del reinado de Acab 20:1-22:40
(1) Ben-hadad sitia Samaria, 20:1–12. Durante todo el siglo IX a. de J.C., la re-
lación entre Israel y Siria era preocupante para el reino del norte. Era así porque a
lo largo de este tiempo la relación entre los dos pueblos era cambiante: a veces Is-
rael era aliado de Siria; en otras ocasiones Israel se contaba como vasallo y siervo
de ella. Más o menos a mediados del mismo siglo la situación se puso crítica, la ra-
zón de lo cual se dará más adelante.
Con respecto al relato literario que encontramos en el cap. 20, muchos opinan
que el material procede de una fuente totalmente ajena a la que ha venido usando
el deuteronomista. Esta opinión se basa en que este es el único capítulo en 1 Reyes
que habla de Acab con cierto tono aprobatorio. No se menciona para nada a los pro-
fetas Elías y Eliseo. Solo se habla de algunos profetas anónimos. Incluso, algunos
eruditos creen que estos materiales son anacrónicos, es decir, son tomados de
fuentes que reflejan otro período que no es el de Acab; vendrían de una época pos-
terior. En otras palabras, incidentes que tuvieron lugar durante el reinado de otro
período son trasladados al tiempo de Acab. Estos problemas críticos serán impor-
tantes para los historiadores, pero para los propósitos de este comentario, no. Nos
dedicaremos a comentar los textos tal y como nos llegan, buscando así encontrar el
mensaje que el mismo escritor bíblico quería dejar para sus contemporáneos.
V. 1. Ben-hadad, rey de Siria... Aunque se usa como tal, este no es un nombre
propio sino un título que significa “hijo de Hadad”. Este líder de los sirios hace los
preparativos para la guerra contra Israel. No se sabe por qué Ben-hadad quería pe-
lear contra Israel. ¿Pensaría que, después de una sequía, Israel habría quedado
muy débil y querría aprovecharse de una victoria segura? ¿Y así podría pelear co-
116
ntra la poderosa Asiria? Reunió todo su ejército... además de su sus propios hom-
bres de guerra, Ben-hadad consiguió que 32 de los reyes vasallos, junto con sus
tropas de guerra, se uniesen a la derrota de Israel. Para sus tiempos, tenía el equi-
valente de tanques de guerra en sus caballos y carros.
V. 2. Después envió mensajeros... No era fuera de lo normal que dos reyes oposi-
tores se comunicaran directa y personalmente en casos de conflicto. En esta oca-
sión no es así, sino que conversan mediante algunos mensajeros. En este versículo
llama la atención que aunque son los mensajeros quienes hablan, el texto heb. in-
dica que es Ben-hadad quien es el sujeto del gerundio diciendo.
V. 3. Así ha dicho Ben-hadad... es una fórmula que indica un decreto de realeza.
[p 152] De hecho, los profetas emplean la misma fórmula cuando quieren anunciar
un oráculo de Jehovah. Tu plata y tu oro son míos... con estas palabras, en efecto, el
rey sirio ofrece una especie de salida del sitio militar de la capital; en realidad solo
le pide a Acab que se someta y le prometa su lealtad. ...Tus mujeres y los mejores de
tus hijos son míos. Con estas palabras, Ben-hadad amenaza con tomar a la familia
de Acab como rehenes como garantía de su lealtad.
V. 4. Al darse cuenta de esto, Acab accede a reconocer que todo lo que tiene está
a la disposición de los sirios, que ellos tienen el derecho teórico de controlarlo. Es
patente que no esperaba en realidad entregar todo lo que tenía a Ben-hadad. La
prueba está en que posteriormente se niega a hacerlo
Vv. 5–6. Te enviaré mis servidores... tomarán con sus manos y se llevarán todo lo
precioso que tengas. Con la segunda demanda de los sirios, la situación se pone
más crítica, y Acab empieza a retroceder en las negociaciones. Lo hace, porque en
efecto lo que pretenden los sirios es entrar a la ciudad para saquearla. Ya no queda
nada de la suavidad de la primera demanda de lealtad. Lo que está entre manos no
es otra cosa sino el pillaje de la ciudad capitalina.
Vv. 7–8. El rey de Israel llamó a todos los ancianos del país... Este texto en cierto
modo da pie a las ideas de algunos respecto al origen de las fuentes del deuterono-
mista para el cap. 20. Todos los demás relatos en torno a Acab no lo pintan como
un mandatario presto a pedir consejos a nadie. De todos modos, el texto indica que
los ancianos (consejeros) recomiendan que no acceda a las últimas demandas de
los sirios. Así ellos confirman la determinación del rey.
Vv. 9–12. ...Haré todo lo que enviaste a exigir a tu siervo al principio, pero esto no
lo puedo hacer. Con estas palabras, Acab reconfirma su disposición de reconocer a
Ben-hadad como su superior político-militar y aun a prometerle su lealtad como
aliado. La terminología de cortesía y protocolo empleada por Acab demuestra su
astucia política. Lo que no podía hacer era permitir la entrada de las tropas sirias a
la ciudad de Samaria; se daba cuenta de que no harían otra cosa sino saquear la
capital. Una cosa era reconfirmar una especie de alianza con Ben-hadad; otra cosa
muy diferente era permitir la total destrucción de su capital. Así me hagan los dio-
ses... si el polvo de Samaria basta para llenar las manos de todo el pueblo que me
sigue. El rey sirio no se dejó engañar por el protocolo obligado de Acab. Responde
con arrogancia, conjurando a los dioses, al decir que el rey israelita no tiene espe-
ranza, ya que sus tropas aliadas eran invencibles. No se jacte tanto el que se ciñe
como el que se desciñe. Con estas palabras, Acab echa mano de un refrán popular
de su tiempo. Dado el contexto guerrero-militar, un significado sería, “no cuentes
con una victoria antes de lograrla”. Era más factible que después de la batalla y al
[p 153] quitarse la espada, un soldado pudiera evaluar su éxito. Un dicho contem-
poáneo expresa algo de la misma idea: “El que ríe último, ríe mejor”.
117
Semillero homilético
¡Adelante juventud!
20:1–21
Introducción: Una exégesis de este pasaje podría indicarnos que
los jóvenes de los jefes de las provincias a lo mejor fueran sol-
dados jóvenes profesionales, o quizá una especie de milicia, o
soldados solteros sin muchas obligaciones y que llevaban poca
armadura. Sean quienes fueran, el rey Acab se encontraba en
circunstancias muy difíciles y los jóvenes le salvaron el día. El
rey, el pueblo y sus enemigos necesitaban reconocer el poder
de Jehovah Dios. Fueron los jóvenes a quienes Dios escogió
para guiar a su pueblo a la batalla. Veamos dos actitudes muy
importantes en esta historia, al considerar el avance y el lide-
razgo de los jóvenes en nuestras iglesias.
La confianza de los mayores.
La capacidad de los jóvenes fue asegurada por Dios.
El papel de los jóvenes fue aprobado por los líderes.
El éxito de los jóvenes fue respaldado por los demás.
La valentía de los jóvenes.
Primeros en la batalla.
Minoría entre la mayoría.
Audaces en el ataque.
Conclusión: En el mundo que enfrenta la iglesia de hoy, puede
ser que los jóvenes sean una primera línea de ataque en la ba-
talla por las almas de los hombres. Con el inmenso potencial
que respresenta la juventud, por su número, su entusiasmo y
su valentía, la iglesia debe animarlos a que tomen posiciones y
actitudes de liderazgo y apoyarlos en su desempeño.

...Mientras bebía con los reyes en las cabañas... (v. 11). Ben-hadad está tan segu-
ro de la victoria que se anticipa a celebrarla con una fiesta. La expresión en las ca-
bañas puede referirse a construcciones provisionales como las que los hebreos solí-
an edificar para la celebración de la fiesta de los Tabernáculos. Otra posibilidad es
que se refiera a un pueblo al este del río Jordán a unos 45 km. de Samaria. El vo-
cablo hebreo sukkot puede significar cualquiera de las dos ideas. Si se aceptara la
última de las dos posibilidades, Ben-hadad, junto con sus reyes aliados, estarían
bebiendo, sanos y salvos en una aldea cercana mientras sus soldados se prepara-
ban para atacar a Acab. Según Walsh, la expresión: ¡Tomad posiciones! en realidad
rehuye a una traducción precisa. La que se presenta en la RVA y en otras versiones
es un intento por los traductores de dar una aproximación al sentido. Dice dicho
autor, más bien, que el vocablo heb. (sim 7760) es uno solo: lit. “poned”, y lacónica-
mente da la idea de “preparaos” (para el ataque). Leído así es obvio que Ben-hadad
solo requería de un pretexto para entrar en batalla.
[p 154] (2) Acab derrota a Ben-hadad, 20:13–21. He aquí, un profeta se acercó
a Acab... Nuevamente se aprecia el papel importantísmo que desempeñaban los
profetas para el deuteronomista. Otra vez, un profeta anónimo interviene para que
el rey tenga seguridad respecto al desenlace de la batalla. El mismo profeta incita a
118
que entren en batalla, pese a la gran disparidad entre el número de tropas de parte
de los israelitas y el de los sirios: ...Para que reconozcas que yo soy Jehovah. es una
expresión que figura con frecuencia en el AT. Según Walther Zimmerli, un erudito
veterotestamentario, es el contexto bélico en el cap. 20 que pone la base para los
demás usos de la frase en el Antiguo Pacto. Es así, porque se le conoce al Dios de
Israel como el que interviene en las guerras para asegurar la victoria para su pue-
blo. Por lo tanto, Israel ya tenía la promesa de la victoria, como una prueba del
amor y de la fidelidad de Jehovah a su pueblo (Exo. 6:7; Eze. 6:7).
...Por medio de los jóvenes de los jefes de las provincias. Jehovah hasta brinda
los detalles del plan de ataque para Acab por medio del profeta. Los 232 jóvenes
serían comandos, tropas especiales de ataque, asignados a los gobernadores de las
provincias. Aquellos comenzarían el ataque al montar una maniobra para hacer que
los sirios cayeran en una trampa o emboscada. Si salían solo unos jóvenes, disimu-
lando ser inexpertos, las tropas sirias seguramente los perseguirían ...a todos los
hijos de Israel, que eran 7.000. Es claro que esta cifra representa tropas militares a
la disposición de Acab. Otro ejemplo del uso de la expresión “todo Israel” en el sen-
tido militar se halla en el 16:16, 17. No se refiere a la población civil.
Y estos salieron al mediodía... una hora inusual para una batalla, sobre todo pa-
ra un ataque que pretendiera el elemento de sorpresa. Es evidente que el rey israeli-
ta no confía en el elemento de sorpresa sino en la fidelidad de Jehovah. Todavía al
mediodía Ben-hadad y sus reyes aliados se encuentran en un estupor inducido por
el exceso de vino (v. 16).
Al ser avisado de la salida de los 232 hombres, el rey sirio los manda a prender.
Si han salido para hacer la paz... si han salido para combatir... prendedlos vivos. Es-
tas palabras de Ben-hadad muestran claramente que sus facultades habían sido
afectadas por el vino. De no ser así, no tiene sentido. En condiciones normales, uno
esperaría que el trato dado a los combatientes fuera distinto. Aquí, el sirio ni sabe
dar órdenes que tengan sentido.
Israel ganó esta primera batalla con 232 jóvenes “inexpertos” y 7.000 más del
pueblo. En medio de una borrachera, los sirios fueron sorprendidos y derrotados.
Los israelitas fueron tan inteligentes que hasta les quitaron los caballos a los sirios.
Los que quedaron vivos, tuvieron que huir. Así obtuvo Israel su primera victoria.
Entre los que se salvaron, para desdicha, estaba el rey sirio.
[p 155] (3) Victoria sobre los asirios en Afec, 20:22–30. ...Porque el rey de Si-
ria volverá contra ti el próximo año. Nuevamente la voz profética alertó a Acab que
Ben-hadad no se daría por vencido y que regresaría para una segunda batalla. Así
sucedió.
Los servidores del rey de Siria le dijeron... que la primera derrota se debió a dos
razones principales: (1) Los dioses de Israel eran "dioses de las montañas" (v. 23).
De modo que Israel había peleado en su propio terreno. Es patente la unión entre
los “dioses” y el poderío militar de Israel. Así lo creían los paganos. Fueron pues, los
dioses de Israel quienes les ayudaron a ganar la batalla. El concepto de dioses limi-
tados a su esfera geográfica de influencia no se limitaba a los pueblos circunveci-
nos; la historia de Jonás refleja que la misma idea se tenía en Israel durante ciertos
períodos. ¿Quién les ayudaría en las llanuras? Los “dioses” de Israel no les darían
la ventaja en la llanura, según el razonamiento de los sirios. (2) Había la sugerencia
de que Ben-hadad sustituyera a los reyes aliados con gobernadores (v. 24). Esta
palabra es un tanto ambigua y connota más destreza política que militar. Proba-
blemente lo que occurió fue que Ben-hadad, disgustado con los reyes aliados de
antes, los destituye de su control sobre lugares semiautónomos; en su lugar pone
119
hombres más directamente leales a él. El control del sirio Ben-hadad se afianza
más.

Un maratón juvenil
El rey Acab recibió un mensaje de parte de Dios: por medio
de 232 jóvenes... jefes de las provincias, vendría la victoria
(20:15). Queda claro que la victoria vendría de Dios, pero los
instrumentos usados serían aquellos líderes jóvenes en las
manos de Jehovah.
Los jóvenes bautistas latinoamericanos realizaron un mara-
tón que recorrió toda América, culminando en julio del 2000 en
Venezuela. Uno de los propósitos era una verdadera cadena de
oración para la salvación de nuestros pueblos y dar un testi-
monio de Cristo a todo el mundo.
¿Seguirá el Señor usando a nuestros líderes jóvenes para
encabezar la gran batalla contra el mal llevándonos a la victo-
ria?

Otra cosa llama la atención: en la primera batalla entre Israel y Siria, esta lu-
chaba por sitiar y tomar la ciudad capital de aquella. Con la ayuda de Dios, Israel
salió victorioso; Siria, habiendo perdido, regresa a su propio territorio para reagru-
parse. Se espera hasta la primavera (tiempo en que se acostumbrada guerrear) para
[p 156] iniciar nuevos ataques contra Israel. Ahora sí, no es para tomar la capital
de Israel, sino el propósito de Siria es el de pelear contra “Israel” como nación. En
otras palabras, no se limita a una sola escaramuza aislada, sino que es un intento
por acabar con Israel.

Semillero homilético
¿Hay un pecador demasiado perdido?
21:25–29
Introducción: Se escucha decir que uno puede ir demasiado le-
jos en la degradación de su pecado para que Dios le perdone.
Algunos han perdido el gozo de la salvación y una nueva vida
en Cristo porque dicen algo como: “Mi vida es muy mala, Dios
no me aceptaría, no puedo cambiar”. ¿Hay un pecador dema-
siado perdido para que el Señor le salve? La Biblia nos cuenta
de un hombre sumamente malo que recibió un indulto del Se-
ñor. Veamos la historia de Acab, rey de Israel.
El hombre más malo (21:25).
Ser malo fue su carácter (16:30).
Un listado de algunos de sus males:
) Idolatría (16:29–34).
) Asesinato (21:13).
) Controlado por una mujer malvada (21:25 y otros).
) Infantil y engreído (21:4).
) Vendido al mal (21:25).
120
) Hizo pecar a toda una nación (21:22).
El hombre arrepentido y humillado (21:27).
Se dio cuenta de la seriedad de sus males.
Se arrepintió ante Dios por su miserable vida.
. El hombre indultado (21:29).
Las consecuencias de su pecados seguían en pie (22:38, 52).
Pero la persona fue perdonada.
Conclusión: Si una de las peores personas en la historia, por el
propio testimonio de la Palabra de Dios, pudo cambiar y recibir
perdón por la gracia de Dios, ¿no será posible que cualquiera
hoy en día también pueda recibirlo?

...Ben-hadad pasó revista a los sirios y fue a Afec para combatir contra Israel (v.
26). Habiendo sufrido una tremenda y humillante derrota en su anterior encuentro
con las fuerzas de Acab, el rey sirio hace inspección de sus propias tropas para
asegurarse de una victoria en esta ocasión. LLeva sus tropas a Afec, una ciudad en
un lugar de incierta ubicación. Es difícil, pues, saber a ciencia cierta el porqué de la
selección de este lugar. La mayor parte de los eruditos consideran, no obstante, que
la ciudad tiene que haber estado en un lugar llano, contrastándose así con el sitio
de su [p 157] anterior derrota. Además, se cree que tiene que haberse situado cerca
de la frontera entre Israel y Siria. Lo que la ubicación sí nos dice es que Ben-hadad
no se atreve a invadir territorio israelita con ligereza como antes. El que Acab acce-
da a que la batalla tenga lugar allí, indica que el rey israelita ahora tiene más valen-
tía para defender su propio país. El vasallaje de Israel ha terminado, y esto es reco-
nocido tanto por Siria como por Israel.
Los hijos de Israel acamparon frente a ellos y eran como dos pequeños rebaños de
cabras... (v. 27). Aunque la construcción sintáctica de esta frase deja mucho que
desear en cuanto a claridad, lo cierto es que se pregona una tremenda desventaja
de Israel. Como antes, sus fuerzas militares son insignificantes en comparación con
las de la más poderosa Siria.
Entonces el hombre de Dios se acercó al rey de Israel y le habló... (v. 28). De nue-
vo, el profeta anónimo asegura a Acab de la victoria en esta batalla. Aunque el pro-
feta empieza hablando de la creencia de los sirios respecto a la naturaleza de Dios,
el vocero de Dios realmente se interesa en lo que Acab crea acerca de su Dios. El
profeta le dice que la victoria se dará con el fin de que reconozca en realidad quien
es el Dios y gobernante de Israel. Era de esperarse también que el pueblo de Israel
llegaría al mismo reconocimiento junto con su gobernante humano.
Siete días estuvieron acampados los unos frente a los otros (v. 29). Nos parecerá
raro que los dos ejércitos estén acampados “frente a frente” por siete días. Era la
costumbre en la antigüedad que así fuera. Presuntamente, habría tiempo para
amedrentarse el uno al otro y a la vez prepararse cabalmente para la batalla. Hay
varios ejemplos en el AT en donde tropas se enfrentaban así. Solo hay que pensar
en la batalla entre David y Goliat para refrescar la memoria. El término siete días es
probablemente más simbólico que cronológico; simplemente habría permitido pasar
el tiempo suficiente como para terminar los preparativos y así logar sus fines psico-
lógicos.
121

Joya bíblica
Así ha dicho Jehovah: “Porque los sirios han dicho: ‘Je-
hovah es un dios de las montañas; no es un dios de los va-
lles’, yo entregaré a toda esta gran multitud en tu mano,
para que reconozcas que yo soy Jehovah” (20:28).

También Ben-hadad fue huyendo a la ciudad... (v. 30). Tal y como Jehovah pro-
metió por medio de su vocero, la derrota de los sirios fue arrolladora. Por las cifras
indicadas, parece que todo el ejército de Ben-hadad quedó aniquilado. Es inevitable
que uno piense en la caída del muro de Jericó siglos antes, al leer de la muerte de
los 27.000 debido al colapso de la muralla de Afec. Es muy probable que el autor
haya pensado en esto al describir el poder de Dios a favor de los suyos. Pareciera
que únicamente el rey sirio quedó vivo de entre los guerreros después de la masa-
cre. Se sugiere, no tan indirectamente, que Ben-hadad se salvó sólo por un acto de
[p 158] cobardía, escondiéndose en las distintas partes de la ciudad.
Es interesante que, a pesar de todo, una banda de jóvenes inexpertos le gana la
batalla a todo un ejército numeroso y bien equipado. Hasta el muro, al igual que el
de Jericó, cayó sobre miles de sirios para completar la victoria. Una vez más, Dios
demuestra su poder soberano sobre toda la tierra, así como su amor por su pueblo
Israel. ¡Qué mal parados quedaron los sirios!

Joya bíblica
Tu siervo Ben-hadad dice: “Por favor, perdóname la vi-
da.” Y él respondió:
“¿Todavía vive? ¡Es mi hermano!” (20:32).

(4) Acab hace alianza con Ben-hadad, 20:31–34. Sus servidores dijeron a Ben-
hadad... (v. 31). Estos son los mismos consejeros que habían asegurado al rey sirio
de su victoria en la batalla anterior. Es obvio que no son militares sino politicastros.
Al haber fracasado en su intento por entender al Dios de los israelitas, ahora fingen
tener conocimiento de los reyes de Israel. Los describen como clementes. Algunos
así serían; la historia comprueba que otros no eran así. De todos modos, estos fal-
sos consejeros de Ben-hadad echan mano de uno de los vocablos más cargados de
profundidad teológica en el Antiguo Pacto. La palabra que aquí se traduce como
clemente es hesed. En realidad, el término se emplea más para referirse a la fideli-
dad de Dios en la relación por medio del pacto con su pueblo. Su mejor traducción
es “fidelidad amorosa”. Es sorprendente que este término sea usado por los sirios,
especialmente para describir a Acab, ya que éste no había sido fiel en su pacto con
Ben-hadad. Pongamos, pues, cilicio sobre nuestras espaldas y sogas a nuestros cue-
llos... De nuevo, los consejeros sirios se valen de algunas de las prácticas de los
tiempos: el uso de tela burda como señal de su remordimiento y súplica. El simbo-
lismo de la soga es menos claro, pero tiene que haber significado algo por el estilo.
De todos modos, esperan con esto lograr que Acab extienda el perdón a ellos.
¿Todavía vive? ¡Es mi hermano!... (v. 32). Si esta acción obedecía a la ingenuidad
de parte de Acab o a su astucia, no se sabe. Lo que sí sabemos es que Acab recibe
de parte de Ben-hadad ciertos favores debido a la disposición del rey israelita [p
159] de perdonarlo y entrar nuevamente en un pacto. Esta vez, se supone, el pacto
sería entre iguales y no uno impuesto por un soberano más poderoso, como en los
famosos pactos de soberanía en la antigüedad. Todo lo sucedido es como si se dije-
122
ra: “Vamos a terminar esta humillante relación de siervo que ha habido entre noso-
tros. Vamos a tratarnos como iguales”. El rey sirio prometió que en el futuro habría
igualdad en las relaciones comerciales entre las dos capitales. Algunos creen, ade-
más, que el sirio deseaba formar un gran ejército, para pelear juntos contra la po-
derosa Asiria. Lo cierto es que, para despedirse, firman un acuerdo de paz (v. 34).
(5) Acab es reprendido respecto a Ben-hadad, 20:35–43. Esta sección del rela-
to es extraña y en cierto modo preocupante. No es difícil encontrar el significado
global de las acciones de los profetas; son los pormenores los que inquietan un poco
al lector común. Entonces un hombre de los hijos de los profetas dijo a su compañe-
ro, por mandato de Jehovah: ¡Golpéame, por favor! (v. 35).
De nuevo, ignoramos el nombre del profeta y también su procedencia. Lo único
que se nos informa es que sus palabras se dan por orden de Dios, lo cual implica la
obligación de la obediencia. Sin más, el profeta le ordena, con cierto tono de corte-
sía, a uno de sus compañeros que lo hiera con gravedad, con una herida que fácil-
mente podría producir la muerte. Esto se sabe por el uso particular del verbo heb.
El problema estriba en que el profeta no explica a su compañero que su petición
obedece a un oráculo divino; se hace sin la más mínima justificación. Aparentemen-
te, el amigo del profeta queda escandalizado por la orden y rehusa obedecerla. Por-
que [p 160] no has obedecido la voz de Jehovah... (v. 36). Lo inquietante de este ver-
sículo es que la desobediencia al mandato del profeta resulta en la muerte trágica
del amigo, y eso sin que supiera que desobedecía. Es obvio que el escritor bíblico va
a ocupar esto como ejemplo de lo que le va a pasar al rey Acab por su desobedien-
cia a la palabra de Dios.

Joya bíblica
Así ha dicho Jehovah: “¡Por cuanto soltaste de la mano
al hombre que yo había designado como anatema, tu vida
responderá por la suya, y tu pueblo por el suyo!” (20:42).

Luego, para más complicación, sucede exactamente lo mismo con otro amigo del
profeta, pero esta vez hay obediencia y el profeta queda herido (v. 37). El heb. indica
que no era una herida superficial sino peligrosa.
Entonces el profeta se fue y se puso de pie delante del rey en el camino, disfra-
zándose... (vv. 38–40). Al encontrarse al fin con el rey, el profeta dice haber partici-
pado en la batalla contra Ben-hadad; su herida pretende servir de prueba ante el
rey. El profeta pide que el rey juzgue su caso, como solía hacerse en aquellos tiem-
pos. Le dice al rey que había aceptado cuidar a un preso enemigo; otro soldado se lo
había encargado. Pero, eso sí, le encargó el preso (quien se vendería posteriormente
como esclavo) con una advertencia severa: si algo le pasaba al preso, el encargado
tendría que tomar su lugar y ser vendido, incluso posiblemente con toda su familia.
El profeta “encargado” ofrece un pretexto sin peso y el rey lo condena.
Así ha dicho Jehovah: “¡Por cuanto soltaste de la mano al hombre que yo había
designado como anatema, tu vida responderá por la suya, y tu pueblo por el suyo!”
(v. 42). La voz profética le aplica al rey la misma condena que éste le había dado al
“soldado encargado”. Por no haber terminado la guerra contra Siria satisfactoria-
mente, permitiendo así que Ben-hadad continuara con vida, Acab y la nación paga-
rían la consecuencia.
Brueggemann sintetiza el sentir de este evento: “La narración toma un giro cu-
rioso. En el v. 34 Ben-hadad había concedido todo. Y como respuesta, Acab había
hecho un pacto más favorable. ¡Pero lo había dejado con vida! Más bien, lo había
dejado escapar. Para Acab esto sería una política práctica. Pero para el profeta, esta
123
práctica de la política era teología mala, porque Dios había ordenado que fuese des-
truido como sacrificio (anatema). La política profética es más radical, más exigente
y probablemente más peligrosa que [p 161] la política real” (Ver 1 Sam. 15:13–21).
El rey de Israel se fue a su casa decaído y enfadado, y llegó a Samaria. (v. 43).
Las palabras del profeta no agradaron para nada al rey. Se sentía ofrendido y hasta
defensivo, ya que seguía creyendo que estaba en lo correcto tocante a la guerra. Las
palabras que se usan para describir al rey son interesantes. “Decaído” encierra no
tan solo cierto resentimiento sino también obstinación y terquedad. Regresa a la
capital sin el más mínimo deseo de arrepentirse. Cree que su realeza ha sido ofen-
dida. En realidad, estaba bien enojado.
(6) Acab y la viña de Nabot, 21:1–16. Esta sección parece ser una unidad en sí
misma; es decir, este relato vale por sí, tomado aisladamente. El comentarista
Brueggemann atinadamente sugiere que la historia en torno a Acab y Nabot refleja
mucho más que una simple narración acerca de dos hombres. Más bien, la narra-
ción abarca dos maneras de contemplar el valor de la tierra. Por un lado, se entien-
de que la tierra es para ser heredada, pasada de una generación a la otra. Vista así,
la tierra pertenece intrínseca e inalienablemente a una sola familia, clan o tribu.
Esta es probablemente la forma más antigua de contemplar el valor de la tierra. Es-
ta era la postura de Nabot. Por otro lado, está la idea de que la tierra es solo una
posesión, es decir, es una cosa que puede ser comprada, vendida o canjeada. Esta
sería la postura del rey Acab. Estas dos posturas reflejan un conflicto profundo en-
tre un antiguo tribalismo tradicional y un nuevo mercantilismo urbano. Al igual que
los escritores bíblicos, tienden a valorar los sistemas económicos conocidos en el
remoto pasado de Israel (p. ej. la vida pastoral en lugar de la vida agrícola), así el
deuteronomista muestra una predilección por los derechos de Nabot sobre su viña.
Pasadas estas cosas, aconteció que Nabot de Jezreel tenía una viña en Jezreel...
(v. 1) La viña de Nabot nos pinta un cuadro triste y desesperante de la situación de
Israel, y también uno de los hechos más repulsivos de un gobernante. Quizá, debi-
do a la gran sequía y a la gran corrupción moral y espiritual que existía, Nabot pu-
diera haber sido un caso entre tantos. El pueblo estaba empobrecido por la explota-
ción de los ricos. Una gran mayoría eran casi esclavos serviles de Jezabel. Sin duda
hubo muchos que adoraban a Jehovah, y que se portaban como "gente del pacto", y
ofrecían resistencia. Otros "cojeaban" entre los diferentes dioses y opiniones. Y una
gran mayoría era obligada a rendirle culto a Baal. Es notable que en esta situación,
Elías vuelve a ser el hombre del momento para enfrentarse al mal.
...Dame tu viña para que me sirva como huerto de verduras... y yo te daré por ella
otra viña mejor que ésta... o te pagaré su precio en dinero (v. 2). A simple vista, el
negocio que le propone Acab a Nabot parece bueno. Una venta o un cambio por [p
162] algo mejor, parecía un ventajoso negocio. Además, ¿por qué no acceder, si se
trataba de su rey? Pero Nabot negó la petición por una justa razón: ante todo esta-
ba su obediencia a las leyes de Jehovah. No podía vender la posesión y herencia de
toda la familia.
Por otro lado, ¿cómo es posible que un rey desconozca la ley de Dios o, lo que es
igual, "las leyes del reino"? (Lev. 25:23–28). Pero como era un hombre sin Dios, ti-
rano y egoísta, y además sin personalidad, manejado por su esposa, no dio su brazo
a torcer y siguió adelante con su diábolico plan para satisfacer sus más bajas pa-
siones e intereses.
¿Por qué está decaído tu espiritu y no tomas alimentos?... Porque hablé con Na-
bot... Y él respondió: “No te daré mi viña.” (vv. 5, 6). Al darse cuenta Jezabel de la
tristeza de su esposo, lo desafía a que se comporte como lo que es: un rey. En otras
124
palabras, ella dice: "Deja este negocio en mis manos pobre hombre, que [p 163] yo
lo arreglaré todo" (ver v. 7). Acab se entrega sumiso al plan criminal.
Entonces ella escribió cartas en nombre de Acab... Proclamad ayuno y haced que
Nabot se siente frente al pueblo... ¡Tú has maldecido a Dios y al rey! (vv. 8–10). Jeza-
bel prepara todo un gran drama religioso. Es posible que los dirigentes se reunirían
para tener con el pueblo un culto de confesión y ayuno, para disfrazar su horrendo
crimen y cumplir una “piadosa costumbre”: Limpiar los pecados de la ciudad (2
Crón. 20:3; Joel 1:14). Esto quiere decir que todos se prestaron para ocultar la far-
sa, y en nombre de la ley, cometer una injusticia.
...Proclamaron ayuno e hicieron sentar a Nabot frente al pueblo (v. 12). Así comen-
zó el proceso criminal. Nabot fue considerado como traidor al rey y a la nación. En
el antiguo pacto, hablar mal de un rey era lo mismo que maldecir a Dios. Era un
crimen muy grave. Esto obedecía a que una maldición para los antiguos tenía poder
inherente, y una vez pronunciada una palabra, no había forma de evitar su cum-
plimiento. ¿La sentencia? Apedrear era la manera legal de dar muerte a criminales
y delincuentes. Y todo el “pueblo ofendido” debía tomar parte en el castigo (Lev.
24:10–23). Aunque el texto no lo indica, es posible que Nabot se haya defendido con
palabras duras, y a lo mejor, fue hasta provocado para darle mayor fuerza a la de-
nuncia. Se le acusa de blasfemo, y el pueblo tuvo que creer todo esto; Nabot debía
morir. ¿Cuántos se guardaron el secreto criminal? Algo más todavía: los hijos de
Nabot también fueron muertos (2 Rey. 9:26), para que en el futuro no hubiera plei-
tos ni reclamos. Además, todos los bienes de Nabot le fueron quitados y pasados al
rey.

Desprenderse de todo
El hombre que llegaría a ser el fundador de la organización
“Habitat para la Humanidad”, era un hombre rico pero muy
descontento. Su familia estuvo a punto de desintegrarse y su
matrimonio por terminar en el divorcio. En un último intento
de salvar su matrimonio, se fue de viaje con su esposa y en ese
encuentro el Señor les habló, les dio una segunda oportunidad
y lo instó a un cambio drástico en sus prioridades. Esa misma
noche llamaron a su pastor y le dijeron que querían deshacerse
de todo su dinero. Como Eliseo, tuvieron que despojarse de sus
“bueyes” y “arado” para seguir al Señor, y como Eliseo, el Se-
ñor bendijo su ministerio. Después de servir algunos años en
el África como misioneros, regresaron a los Estados Unidos,
donde fundaron una organización que construye casas a bajo
costo para los necesitados, usando mano de obra voluntaria.
En los Estados Unidos y en otros países en todo el mundo han
construido miles y miles de casas. Al recibir su llamado del
Señor a vivir su testimonio en una manera muy tangible, han
cumplido la voluntad de él en su vida, sin dar ni una mirada
atrás.

Es muy interesante observar ¡cómo se apela a la ley en nombre de la justicia, pa-


ra [p 164] cometer una injusticia! ¡Cómo se compran testigos falsos y perversos pa-
ra jurar una mentira! (Ver Deut. 19:16–19 y Mat. 26:60). ¡Cómo un gobernante de-
muestra conocer la ley, pero cuando le conviene!
(7) Elías anuncia juicio contra Acab, 21:17–29. Esta historia corresponde al
ciclo de relatos en torno al profeta Elías tal como lo indica la introducción. El profe-
125
ta recibe un oráculo divino para que se encuentre con Acab y pronuncie su condena
por su perfidia.
Aconteció que vino la palabra de Jehovah a Elías... “Así ha dicho Jehovah: ¿Has
asesinado y también has tomado posesión?” (vv. 17–19). Este hecho tan abominable
provocó la ira y el justo juicio de Dios. Y también da pie para el último encuentro
entre Elías y Acab (18:17–19). Este es sorprendido con sus manos llenas de sangre.
Acab ha violado, por lo menos, cuatro mandamientos de la ley divina. Su crimen
cometido con “premeditación y alevosía” no tiene nombre. Y ha sido llamado "el [p
165] despojo de la injusticia”. Elías, sin reparos, le echa en cara su crimen y lo juz-
ga por derramar sangre inocente. Además, le anuncia el castigo: toda la familia real
es condenada a la destrucción, y hasta animales inmundos completarán la senten-
cia de muerte. Es interesante ver que Acab no tuvo tiempo para gozar del fruto de
su codicia.
Y sucedió que cuando Acab oyó estas palabras, rasgó sus vestiduras, puso cilicio
sobre su cuerpo, ayunó y se acostó con el cilicio; y andaba humillado (v. 27). Debido
a un aparente arrepentimiento de Acab, Elías recibe un segundo oráculo divino que
posterga la eliminación de la casa de Acab hasta otra generación (vv. 28–29).
Y ahora, la gran pregunta: ¿se arrepintió Acab? En apariencia sí, aún le quedaba
alguna sensibilidad espiritual. Se sintió conmovido por el anuncio del castigo, y,
aunque en forma ritual, da señales de humillación y de arrepentimiento. La miseri-
cordia de Dios aplazó el castigo. Este no sería cumplido en sus días, sino en el
tiempo de su hijo Joram. Entonces se cumpliría la llamada "purga profética" por
medio del profeta Jehú.
De este abominable hecho aprendemos algunas lecciones: (1) El pecado no se
suaviza porque la tentación sea muy fuerte, como en este caso lo fue Jezabel para
Acab (2 Sam. 24:1; 1 Crón. 21:1). (2) Pecamos porque cedemos a la tentación. Si no
sabemos gobernarnos a nosotros mismos, ¿cómo podremos gobernar a otros? (3) A
mayor conocimiento, mayor responsabilidad. Somos el Israel del Nuevo Pacto. (4) La
Biblia nunca tapa ni suaviza el pecado, ni aún el de sus más grandes hombres. Es-
to nos demuestra la inspiración divina y la veracidad de la Biblia. (5) El precio del
pecado es muy caro. Es muy peligroso “venderle el alma al diablo”. No debemos [p
166] permitir que el pecado nos domine y tome posesión de nosotros. Tarde o tem-
prano el pecado nos alcanzará (Rom. 7:11).
(8) Acab y Josafat van contra los sirios, 22:1–30. Tres años pasaron sin que
hubiera guerra entre Siria e Israel... Y aconteció al tercer año que Josafat, rey de Ju-
dá, descendió a visitar al rey de Israel (vv. 1, 2). Llegamos al final de la historia de
Acab. Los dos reyes de Israel y de Judá viven no solo en paz, sino en compañeris-
mo. Ambos están unidos por lazos de familia. Atalías, hija de Acab, es ahora la es-
posa de Joram, hijo de Josafat. Esto facilitó la ayuda que necesitaba Acab para pe-
lear contra Siria. Por supuesto, Josafat, en plan de subordinado, sacaría la peor
parte; pese a las relaciones familiares entre los dos reyes, parece muy patente que a
estas alturas Judá era estado vasallo de Israel, y se encuentra obligado a ponerse al
lado de Israel en su lucha contra Siria.
Entonces el rey de Israel dijo a sus servidores: ¿Sabéis que Ramot de Galaad nos
pertenece? ¡Y nosotros no hemos hecho nada para tomarla de mano del rey de Siria!
(v. 3) La razón de esta tercera batalla era el arreglo de algunas cuentas pendientes
que Siria tenía con Israel. Tres años antes, Ben-hadad había prometido a Acab la
devolución de algunas propiedades, pero el rey sirio no había cumplido su promesa.
Entre estas propiedades estaba Ramot de Galaad, tierra muy fértil que se hallaba
en la frontera entre Israel y Siria. Vale la pena agregar que no todos están de
acuerdo en que a Acab le perteneciera dicha tierra. Hay por lo menos algunas indi-
126
caciones de que había de por medio un simple expansionismo territorial en la men-
te de Acab. Pero Acab no se atreve a pelear solo y se aprovecha de esta unión para
lograr sus fines. El débil Josafat estuvo de acuerdo con el plan. ¿Acaso no se daría
cuenta de la trampa que le ponía su consuegro?
Yo soy como eres tú, y mi pueblo como tu pueblo, y mis caballos como tus caballos
(v. 4). Con estas palabras el vasallo Josafat de Judá le confirma a Acab que estará
dispuesto a pelear personalmente, hombro a hombro, con él en el campo de batalla.
Sus ejércitos (“pueblo”) y sus carros de guerra (“mis caballos”) se unirían a los de
Acab en la lucha. Es irónico que Acab tenía planes diferentes a los de Josafat to-
cante a su participación personal en la batalla.
Además, Josafat respondió... “Por favor, consulta hoy la palabra de Jehovah”... (v.
5). Era la costumbre en los tiempos bíblicos solicitar un oráculo de Dios para saber
si habría victoria o no en momento de [p 167] guerra (1 Sam. 23:1–5). Es significa-
tivo que Josafat insista en que esto se haga. Había que consultar a un profeta de
Dios.
Entonces el rey de Israel reunió a los profetas, unos 400 hombres...”¿Iré a la gue-
rra contra Ramot de Galaad o desistiré?... “Sube, porque el Señor la entregará en
mano del rey” (v. 6). Hay que entender que los 400 profetas mencionados no son los
de Jezabel que servían a Baal. Aquellos habían sido liquidados por Elías. Estos son
supuestamente profetas de Jehovah, pero aparentemente estaban dispuestos a
venderse ante las demandas de Acab. He aquí el problema: hay dos clases de profe-
tas, los falsos y los verdaderos. ¿Cómo distinguirlos? Los primeros dan el mensaje
para complacer a quien les paga; los segundos hablan palabra de Dios. ¿Sería posi-
ble que después del arrepentimiento de Acab algunos profetas se reanimaran en su
fe? Lo que sí es seguro es que algunos, por miedo, toleraban la adoración a Baal.
¿No hay aquí todavía algún profeta de Jehovah, para que consultemos por medio
de él? (v. 7). Es obvio que Josafat no se dejó engañar por la multiplidad de “profe-
tas” pagados. Además, la respuesta dada a Acab por los 400 no es nada segura;
gramaticalmente está llena de ambigüedades. Acab, por intereses creados, no se
percataría de las sutiles incertidumbres en la respuesta (cuya respuesta en la tra-
ducción española parece ser muy directa). Pero, eso sí, Josafat no dejó de captar las
evasiones de los profetas. Por esto insiste en un auténtico profeta de Jehovah para
recibir un mensaje de Dios.

Joya bíblica
El rey de Israel respondió a Josafat:
“Todavía hay un hombre por medio del cual podríamos
consultar a Jehovah; pero yo le aborrezco, porque no me
profetiza el bien, sino el mal” (22:8).

Todavía hay un hombre por medio del cual podríamos consultar a Jehovah... Es
Micaías hijo de Imla (v. 8). Algunas preguntas ayudan a una respuesta. ¿Por qué no
está Elías aquí? ¿Por qué se nombra solo a Micaías, como "el profeta de la verdad?"
Uno esperaría que el rey Acab nombrara a Elías como el profeta enemigo. En su lu-
gar llama a que traigan a un profeta hasta ahora totalmente desconocido, Micaías
de Imla. Lo que sí se lee entre líneas es que este profeta había sido un aguijón en la
carne para Acab. La verdad siempre les duele a los malhechores.
El rey de Israel y Josafat... estaban sentados... en la entrada de la puerta de Sa-
maria; y todos los profetas profetizaban... (v. 10). La escena es de pompa y ceremo-
nia. Los reyes están sentados en sus tronos, vestidos en toda su ropa real. Ante es-
127
ta escena, al aire libre, los 400 [p 168] profetas profetizaban. El verbo que se usa
en el heb. indica una acción frenética e incontrolable; es decir, era la clase de profe-
cía que solía tenerse en los primeros años de la profecía. En esta clase de profecía
lo que se destacaba no era un mensaje claro, sino una especie de frenesí en el que
los profetas perdían el control de sí mismos. Caían en una clase de éxtasis. No es de
extrañar que el mensaje de estos profetas, aparte de ser mentira, cobraba cierto to-
no de irracionalidad. Vale la pena aclarar que esta clase de “profecía” dista mucho
del mensaje claro y pertinente que caracterizaba a los profetas clásicos.

Joya bíblica
¡Vive Jehovah, que lo que Jehovah me diga, eso hablaré!
(22:14).

Es bueno observar lo siguiente: Primero: Josafat se dio cuenta de que, aunque


los 400 profetas hablaban en nombre de Jehovah, eran falsos. Segundo: Que la in-
tención de Acab no era buscar la voluntad de Dios, sino buscar el apoyo de los po-
deres mágicos que estos hombres decían tener. Tercero: Lo que más ansiaba Acab
era que le profetizaran la victoria. A este fin, uno de estos hombres (Sedequías hijo
de Quenaana, v. 11) se valió del drama de los dos cuernos como figuras de poder y
de victoria (Deut. 33:17). Con esto trató de impresionar a Acab. Pero Josafat no se
tragó el cuento. Todo aquello le pareció muy contrario al mensaje de un verdadero
profeta de Dios.
He aquí las palabras de los profetas unánimemente anuncian el bien al rey. Sea,
pues, tu palabra como la de uno de ellos, y anuncia el bien (v. 13). Estas palabras del
mensajero, enviado para buscar a Micaías, no deben interpretarse como una ame-
naza. La verdad es que dos veces emplea una parte del idioma heb. para demostrar
cortesía. Lo que más hace es advertirle de antemano lo que los otros profetas han
dicho. El que este aviso venga a un profeta de Jehovah habla mucho de la clase de
profetas de corte que había en Israel.
Pero Micaías respondió: “¡Vive Jehovah, que lo que Jehovah me diga, eso hablaré!”
[p 169] (v. 15). Contrario a sus deseos, es llamado Micaías. Este insiste en que solo
hablaría palabra de Jehovah. Al principio, el profeta se burla de Acab, diciéndole lo
que quería oír. Pero el mismo Acab nota el tono de burla del profeta y que no le de-
cía la verdad, aunque daba el mismo mensaje que sus profetas de corte le habían
entregado.

Semillero homilético
Profetas falsos y profetas verdaderos
22:1–30
Introducción: De esta historia surgen, quizá, más preguntas
que respuestas. Nos es difícil entender, por ejemplo, las impli-
caciones del escenario celestial que Micaías le describe al rey
Acab. Micaías molestaba a los dos reyes (al menos a uno de
ellos), a los 400 profetas, y quizá a nosotros, quienes leemos su
relato después de tantos siglos. Mientras no tengamos las res-
puestas a todas las interrogantes que nos molesten, al no en-
tender los pensamientos primitivos hebreos sobre cómo actúa
Dios en nuestro mundo, el pasaje nos enseña igualmente ver-
dades prácticas. Encontramos en él algunas características de
los profetas falsos y de los verdaderos.
128
Características de profetas falsos.
Dicen lo que uno quiere escuchar.
Dicen lo que es popular.
Se toman el papel de animadores.
Se enojan cuando son enfrentados con la verdad.
Características de profetas verdaderos.
Hablan la palabra de Dios a todo costo.
Molestan con la verdad.
Condenan el mal por lo que es.
Dispuestos a sufrir las consecuencias de decir la verdad.
Su profecía se hace verdad.
Conclusión: Desafortunadamente, hay muchos profetas falsos
en medio nuestro. Al escuchar a los predicadores y maestros
en la radio, en la televisión y en persona, debemos aprender a
discernir si estamos escuchando el mensaje de un animador o
de un verdadero hombre o verdadera mujer de Dios.

Micaías le pinta otro cuadro: He visto a todo Israel dispersado por los montes co-
mo ovejas que no tienen pastor (v. 17; ver Eze. 34). Acab entendió el triste mensaje y
se puso muy triste y disgustado. Nuevamente la petulancia pueril de Acab se [p
170] manifiesta. Es como si dijera: “¡Ya lo sabía, siempre estás en mi contra!” (ver v.
18).
Luego dijo Micaías: eschucha, pues, la palabra de Jehovah... (v. 19). Para confir-
mar lo anterior, el profeta le pinta a Acab otro cuadro por medio de una visión. El
rey Jehovah está en su trono rodeado por un ejército de espíritus y ángeles. Es co-
mo un concilio divino (Isa. 6:1–8; Jer. 23:18–22; Deut. 13:1–5) en donde se discuten
los resultados de la batalla. En realidad, esta visión es un intento por explicar el
porqué de la discrepancia entre la profecía de Micaías y la de los 400 profetas; es
decir, ¿por qué Micaías prevee un desastre para Acab? El profeta fiel dice que recibe
“palabra” de Jehovah. Es interestante que no emplea la fórmula tradicional “Así di-
ce Jehovah...” La razón es que Micaías, de hecho, no entrega en esta ocasión una
palabra directa de Dios, sino un dabar (heb. que puede significar una historia tanto
como una palabra). Micaías, pues, recuenta una historia acerca de Jehovah en la
que se explica cómo Jehovah conspira para lograr la muerte de Acab. Dice Walsh
que esta narración presenta un reto a la disposición de Acab de seguir la profecía
optimista de los 400. Al explicar cómo los profetas de la corte han sido engañados y
a su vez han engañado a Acab, Micaías descubre la trampa divina y prácticamente
incita a Acab a que caiga en la trampa.
Entonces se acercó Sedequías... ¿Por qué camino se apartó de mí el Espíritu de
Jehovah para hablarte a ti? (v. 24). La reacción de Sedequías es una de las dos que
se dan a la visión de Micaías. Con su abuso físico (un golpe en la cara con la mano
abierta, una de las ofensas más graves en la cultura oriental), Sedequías sarcásti-
camente infiere que Micaías es el que tiene espíritu de mentira. Micaías no vacila en
avisar a Sedequías que también el profeta de la corte no podrá escapar. La segunda
reacción es la del rey Acab (vv. 26, 27). Manda a que el profeta de Jehovah sea en-
carcelado y maltratado hasta que finalice la batalla. Amón y Joás (v. 26) no son co-
129
nocidos aparte de este texto. No se sabe nada de ellos. Con todo, Micaías responde
que el tiempo dirá si su profecía acierta o cae por su propio peso.
El rey de Israel subió con Josafat, rey de Judá a Ramot de Galaad... (v. 29). A pe-
sar de la predicción, el rey de Israel no dio marcha atrás en sus planes de victoria.
Sigue adelante con su fiel aliado Josafat. Y como "todo malo es desconfiado e ingra-
to", se vale de una trampa para evitar que se cumpla la profecía. Acab se disfraza
con el uniforme de un soldado cualquiera, para no ser reconocido, y le pide a su
aliado que se vista con su traje real. De este modo, su amigo Josafat sería reconoci-
do y muerto, pero él podría escapar con vida.
(9) Derrota de Israel y muerte de Acab, 22:31–40. Pero las cosas le salieron
mal a Acab. Ben-hadad, el sirio, que aún respira por la herida de la humillación,
desea terminar lo más pronto posible. Ordena enfocar el ataque en su enemigo nú-
mero uno, el iniciador de esta pelea, y a quien reconoce su habilidad como [p 171]
guerrero. Ya el ejército había dirigido el ataque contra Josafat. Luego se dan cuenta
de su error, y desvían el ataque hacia Acab. Por un tiro de arco a la ventura la pro-
fecía se cumple. Una flecha tirada al azar da en el blanco deseado. Acab tiene sus
méritos al portarse como un valiente. Aguanta el dolor de la herida hasta el anoche-
cer, cuando el juicio de Dios se cumple al pie de la letra. El que está en la cárcel por
anunciar la palabra de Dios ha probado ser un profeta verdadero. El plan de Dios
se había cumplido. El hombre que vivió en un palacio de marfil tuvo un final no so-
lo triste, sino deshonroso. Hasta su cuerpo fue profanado. Así pasó a la historia [p
172] el rey más malo y perverso que se sentó en el trono de Israel.
Repitamos la lección: La predicción de Sedequías no se cumplió. A pesar del in-
sulto y de la violencia. El profeta verdadero no se rinde ni se vende ante un rey ni
ante la mayoría. La voz del pueblo es voz de Dios, pero sólo cuando Dios la dirige.
El profeta de Dios dice siempre la verdad aunque tenga que soportar prisión y
muerte. Él está seguro de que Dios habla por su boca (Deut. 18:20–22; Jer. 28:9).
El pueblo de Dios necesita hoy profetas de esta clase.
6. Resumen del reinado de Josafat, 22:41-50
V. 41. Josafat comenzó su reinado antes de que muriera su padre, Asa. Esto
quiere decir que hubo un correinado entre los dos, padre e hijo por un período de
tres o cuatro años. En total, tuvo un reinado de 25 años, incluyendo la etapa del
correinado.
V. 43. Una de las cosas que no pudo lograr era la remoción de la adoración “en
los lugares altos”. Quiere decir, que ni en Judá se logró el ideal del deuteronomista,
la adoración en un sólo lugar, el templo de Salomón.
V. 44. Josafat también hizo la paz con el rey de Israel. El relato de este rey va
muy ligado al de Acab. Su historia comienza en 15:24, y sigue adelante en su alian-
za con Acab. De éste fue sólo un subordinado. De modo que a Josafat debe cargár-
sele también la derrota en la cual muere Acab.
Josafat es uno de los pocos reyes de quien se habla bien. Veamos sus cosas
buenas y algunos de sus errores. (1) Fue un servidor fiel a Jehovah como su padre
Asa. Es alabado por su piadosa manera de vivir. (2) Acaba con lo que queda de la
prostitución ritual (practicada dentro de cultos paganos dentro de Judá). (3) Hizo lo
que pudo por eliminar la idolatría; pero no lo pudo hacer todo. (4) Hizo la paz con
Israel. (5) Se le critica por no quitar los [p 173] lugares altos. (6) Otro de sus errores
fue el de aliarse con el rey Acab. Se nota que Josafat era, como se suele decir, “de-
masiado bueno”. Esto es, que tenía un carácter débil; amaba a Jehovah, pero tole-
raba lo que no le era muy malo. Quizás esto le costó caro a Judá. ¿Qué de bueno se
130
podía esperar de su casamiento con Atalía? Por lo demás, no tiene tampoco éxito en
los negocios.
Pero, a pesar de esto, se le alaba como un buen rey. Muere y va al sepulcro con
dignidad y honores. Su lugar fue ocupado por su hijo Joram, de quien se conocerá
en el segundo libro de esta historia.
7. Reinado de Ocozías en Israel, 22:51-53
Este libro se cierra con el reinado malo y breve de Ocozías, sucesor de Acab, en
Israel. Su historia continúa en el segundo libro de Reyes. Solo se repite la misma
oración: El hizo lo malo ante los ojos de Jehovah y anduvo en el camino de su padre,
en el camino de su madre y en el camino de Jeroboam hijo de Nabat, quien hizo pecar
a Israel (v. 52). Ocozías presenta un contraste grande con su contemporáneo en el
sur, Josafat. Para muchos, es significativo que el deuteronomista mencione que el
mal hecho por Ocozías se debía tanto a su padre como a su madre. Esto no es lo
normal en el recuento de los reinados de los distintos reyes. Lo que sí se repite en
este caso, como en muchos, es la comparación entre Jeroboam y este rey. Simple y
sencillamente significa que se siguieron las mismas pautas para que la adoración (y
algunas veces la idolatría pagana) se realizara fuera del único lugar correcto para la
adoración a Jehovah: Jerusalén y el templo de Salomón.
En cuanto a la estructura de 1 Reyes, hay que decir que no es una unidad lite-
raria; es decir, reúne historias, originalmente independientes, en torno a Salomón,
Jeroboam, Elías y Acab. Se observó que también se dan algunos relatos breves
acerca de otros reyes. El hecho de que termine el libro con un breve recuento del
reinado de Ocozías, siendo este continuado en el principio del segundo libro de Re-
yes, indica que el autor no tenía la intención de terminar el libro en donde el fin lle-
ga en nuestra Biblia; como que queda la historia inconclusa. Inclusive, hay quienes
opinan que el autor muy adrede no concluyó la narración de forma muy pulida para
estimular a la gente para que siguiera leyendo la continuación en lo que hoy lla-
mamos 2 Reyes.
Muchos eruditos han seguido otra explicación para la división entre los dos li-
bros. Se razona así: por la extensión de las narraciones, no era factible tenerlas en
un solo rollo; por lo tanto, hicieron falta dos rollos de papiro para el material.
Terminamos con una pregunta: ¿Qué división hay entre 1 y 2 Reyes? Un autor lo
dice así: “La división puede estar en que, aunque la lucha contra el baalismo aún
continúa, tuvo su mayor fuerza y éxito en los ministerios de Elías, Micaías y otros
profetas que no se nombran”. Esta cita confirma de nuevo lo dicho anteriormente;
el escritor de 1 Reyes pinta con pincel dramático la relación entre los verdaderos
voceros de Dios (los profetas) y los seudovoceros (los reyes).
[p 174]
131
[p 175]

2 REYES
Exposición
Donald T. Moore
Ayudas Prácticas
Marlo López
[p 176]
[p 177]

INTRODUCCION
Originalmente los libros de 1 y 2 Reyes formaron una unidad en las versiones en
Hebreo y hasta la traducción de la Septuaginta en griego. De allí que en la Vulgata
aparecen los dos libros divididos. El motivo de la división fue para facilitar la refe-
rencia, una práctica común entre los griegos de Alejandría. Hay evidencias internas
que corroboran la unidad de los dos libros. No hay ninguna separación o división de
la narración entre los dos. Los dos libros nos facilitan una historia de los últimos
días de David y de los reinados de Salomón y los varios reyes de Israel hasta su
destrucción en el 722 a. de J.C. y de Judá en el 586 a. de J.C. A la vez relatan las
varias actividades de los profetas que figuraban en la historia del pueblo escogido.
El título asignado simplemente se refiere al tema céntrico, los reyes de estos siglos.
En la LXX el título aparece traducido como “reinos” o “reinados”, pero el sentido es
igual.
El libro se refiere a tres fuentes principales que utilizó el autor para redactar la
historia de los reyes. Eran: Los hechos de Salomón, el libro de las crónicas de los
reyes de Israel y el libro de las crónicas de los reyes de Judá (1 Rey. 11:41; 2 Rey.
1:18; 8:23).
I. EL PROPÓSITO DEL LIBRO
El propósito del autor fue elaborar la historia de los reinos dentro del contexto
de la providencia divina, por eso aparecen los acontecimientos religiosos tanto como
los hechos seculares. El autor tomó en cuenta el hecho de que las naciones experi-
mentaron sus altibajos dentro de una convicción en que, al fin y al cabo, Dios esta-
ba en control del destino de cada nación y rey. El autor tuvo celo para comentar
sobre los efectos de las acciones de cada rey en relación con Dios y sus manda-
mientos. Por eso, encontramos el resumen de las actividades de cada rey con las
palabras:“E hizo lo malo (o lo bueno)ante los ojos de Jehovah”. Los reyes se evalua-
ron, no por sus capacidades civiles ni seculares, ni por sus relaciones con los ciu-
dadanos, sino desde la perspectiva del Rey supremo y las leyes establecidas en for-
ma sobrenatural por medio de Moisés. El autor quería demostrar cómo en la histo-
ria la prosperidad o la caída de naciones, tanto el fervor espiritual o el menoscabo
moral y espiritual, se debía al grado de la fidelidad del rey en obedecer las leyes de
Dios y de reconocer a Dios como el Autor de la prosperidad o de la caída. Relató el
hecho de que los sufrimientos del pueblo se atribuían al juicio de Dios por la des-
obediencia de los líderes y de los ciudadanos.
[p 178] II. LA FECHA DE 2 REYES
132
El contenido de 2 Reyes nos da la clave para fijar la fecha en que fue escrito.
Suponiendo que había un solo autor del libro, es necesario establecer la fecha des-
pués del 561 a. de J.C., fecha en que el autor comenta que Evil-merodac, rey de
Babilonia, indultó a Joaquín y lo sacó de la cárcel (2 Rey. 25:27).
El trabajo del autor se llevó a cabo antes del 538 a. de J.C., puesto que en ese
año Zorobabel principió el retorno de los cautivos de Babilonia a Jerusalén. Segu-
ramente el autor de 2 Reyes hubiera mencionado un acto tan importante en sus
escritos. Este hecho nos ayuda a concluir que el autor del libro vivió durante el
cautiverio, cuando los judíos fueron llevados a Babilonia después de la destrucción
de Jerusalén y la desintegración de la nación de Judá.
III. EL AUTOR DE 2 REYES
Hay varias teorías en cuanto a la identificación del autor de Reyes. Una opinión
antigua proponía que había una pluralidad de autores, cada uno contemporáneo
con los varios reyes de Israel y Judá, y que posteriormente otros juntaron todos los
relatos históricos de lo que abarca 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes en un solo rollo, in-
cluyendo los últimos hechos históricos de la destrucción de Jerusalén y el destierro
hasta Babilonia.
Otra opinión, que surgía de la tradición judía, identificaba a Jeremías como el
autor de 1 y 2 Reyes; el Talmud (colección de tradiciones rabínicas) propone esta
teoría. Uno puede notar la similitud entre Jeremías 52, sobre la caída de Jerusalén,
y 2 Reyes 24 y 25. Havernick, mayor proponente de este punto de vista, compuso
una lista de palabras y expresiones que son similares en los dos escritos. Bahr su-
girió que la similitud de expresiones se debe al hecho de que el autor fue discípulo
de Jeremías. Si Jeremías fue el autor del libro, tuvo que vivir más que 80 años,
porque Jeremías fue contemporáneo de Josías. Los que aceptan este punto de vista
insisten que Jeremías pudo haber escrito la mayor parte de los dos libros durante
los años de su actuación como profeta, y que los últimos datos relacionados con
Babilonia pudieron haber sido escritos cuando era viejo o por personas en Babilo-
nia que conocían los hechos relacionados con Evil-merodac.
Es interesante que el profeta Jeremías no se menciona en 2 Reyes, aunque sa-
bemos que él estaba muy activo en determinar los hechos relacionados con la histo-
ria de los últimos años de Jerusalén.
Posteriormente surgió otra teoría, propuesta por Martín Noth y otros, en la cual
se expresó la opinión de que un solo autor que vivía en la época del cautiverio en
Babilonia fue el escritor principal del libro. Seguramente tenía acceso a documentos
escritos y comentarios orales de otros con referencia a los varios reyes de Israel y
Judá. No se sabe el nombre de tal autor, pero la teoría figura entre las más acepta-
bles hoy. Es imposible identificar a ciencia cierta al autor del libro, de modo que
queda entre los detalles por aclarar.
[p 179] IV. LOS ÉNFASIS DE 2 REYES
1. Énfasis profético
En 2 Reyes 17:13 dice: “Jehovah advertía a Israel y a Judá por medio de todos
los profetas y de todos los videntes, diciendo: ‘Volveos de vuestros malos caminos y
guardad mis mandamientos y mis estatutos, conforme a toda la ley que mandé a
vuestros padres y que os envié por medio de mis siervos los profetas.’ ” En los dos
libros de Reyes encontramos relatos extensos de las actividades de Elías, Eliseo e
Isaías. Ellos pregonaron sobre la necesidad de recordar los mandamientos de Dios y
llamaron al pueblo al arrepentimiento para evitar la destrucción. Desgraciadamen-
133
te, sus palabras cayeron en oídos sordos en la mayoría de los casos; vemos el me-
noscabo moral y espiritual que resultó en la desintegración de Israel y Judá.
2. La condenación de las religiones falsas
La condenación de la idolatría es otro tema prominente en Reyes. Hay varias re-
ferencias a los reyes que no acabaron con los lugares altos para la adoración paga-
na. Varios de los reyes montaron batallas en contra de la idolatría, pero otros acep-
taron la coexistencia de estos altares paganos. Manasés volvió a edificar los lugares
altos que su padre Ezequías había destruido. Sacrificó a su propio hijo en uno de
los altares donde quemaban seres humanos, y practicó la magia, la adivinación y el
espiritismo (2 Rey. 21:6).
3. Cosmovisión teocéntrica de 2 Reyes
El autor de 2 Reyes resalta el punto de vista de que Dios estaba interesado en su
pueblo. Desde el tiempo del pacto que hizo con Abraham, vemos este hilo en una
forma marcada, ilustrado en las maneras milagrosas en que Dios intervino en va-
rias ocasiones para preservar a su pueblo escogido. Los sacó de la esclavitud en
Egipto. Los preservó en la conquista de la Palestina en los tiempos de Josué y en la
repartición de la región entre las tribus. Los preservó milagrosamente de naciones
enemigas más poderosas, tales como en la destrucción por Senaquerib cuando el
pueblo esperaba la aniquilación. El autor de este libro relata el interés de Dios en
que las naciones de Israel y Judá mantuviera su fidelidad espiritual hacia el Ser
Supremo. Para el autor, todo lo que hicieron los varios reyes se podría filtrar en el
prisma de la soberanía de Dios y su providencia, que obraba por encima de las de-
cisiones humanas.
4. La reforma religiosa de la nación
Muchos creen que el libro fue escrito durante el reinado de Josías, cuando en-
contraron un rollo mientras estaban haciendo algunas reparaciones del templo. Al
examinar el rollo descubrieron que contenía el texto de Deuteronomio. Al leer este
libro, surgió un movimiento para reformar las prácticas religiosas de Judá. Por eso,
mucho del libro de 2 Reyes contiene material que se asemeja a los énfasis de Deute-
ronomio. Puso énfasis en la necesidad de concentrar la adoración en un solo lugar,
es decir, el templo en Jerusalén. El autor hace hincapié [p 180] en el concepto de la
retribución divina por los pecados que el pueblo había cometido y las recompensas
de prosperidad, paz y longevidad para los que fueron fieles a las enseñanzas de Je-
hovah.
5. La pertinencia del libro hoy
Hay varias enseñanzas que son pertinentes hoy en día. La importancia del mo-
noteísmo se resalta en el libro. Este es un énfasis que hace falta hoy. Hay un núme-
ro creciente de personas que aceptan el concepto de que hay varias religiones, y que
no hay razón para insistir en que hay una sola religión verdadera. A la vez el sincre-
tismo ha invadido la mentalidad de muchas personas. Aunque profesan creer en el
Dios de la Biblia, en la práctica su dios es el poder, el materialismo o el placer.
El libro es fuerte en su condenación del pecado. Presenta una evaluación del
reinado de cada rey, comentando que fue bueno o malo, de acuerdo a si el rey se-
guía los mandamientos de Dios o si se había apartado de ellos. Necesitamos un
despertar moral y espiritual en nuestro día. Ha habido mucha liviandad al aceptar
el pecado como algo natural y sin significado especial en nuestros días. A la vez
muchos dicen que no hay importancia en el comportamiento moral de los líderes
políticos; lo que es importante es su capacidad para gobernar con éxito.
134
El libro presenta la verdad de que Dios está listo para perdonar a los que se
arrepienten y regresan a Dios. La enfermedad de Ezequías ilustra este hecho. Jeho-
vah le dijo que iba a morir, y que debía poner en orden su casa. Él volvió su cara
hacia la pared, oró al Señor y lloró con gran llanto (2 Rey. 20:1–3). Dios lo sanó, le
prometió otros quince años de vida y prometió protección de los asirios. Todo esto
nos ilustra el hecho de que Dios está listo para escuchar nuestras confesiones de
pecado y restaurarnos a una relación íntima con él.
135
[p 181]
BOSQUEJO DE 2 REYES
I. Los reyes, su política religiosa y la palabra profética durante la división de los dos
reinos de Israel y de Judá, 1:1-17:41
1. Elías y la palabra profética para el rey herido, Ocozías de Israel, 1:1-18
2. La ida de Elías al cielo y el inicio del ministerio profético de Eliseo, 2:1-18
3. Cómo Eliseo soluciona problemas de personas que pertenecen a diferentes ni-
veles socioeconómicos, 2:19-10:36
(1) La purificación del manantial de Jericó, 2:19-22
(2) La falta de respeto hacia Eliseo, el profeta de Dios, 2:23-25
(3) El reino malo de Joram en Israel, 3:1-3
(4) La lucha por la recuperación del poder en Moab, 3:4-27
(5) La viuda endeudada de la comunidad profética, 4:1-7
(6) La mujer acomodada, pero generosa, de Sunem y su único hijo, 4:8-37
(7) La comida envenenada de la comunidad profética, 4:38-41
(8) La multiplicación de los panes para los profetas, 4:42-44
(9) La sanidad de Naamán de la lepra, 5:1-27
(10) La recuperación del hacha prestada a un profeta, 6:1-7
(11) La protección de los israelitas de emboscadas y la captura de los soldados
sirios, 6:8-23
(12) La hambruna causada por el sitio de Samaria y el cumplimiento de la pa-
labra profética, 6:24-7:20
(13) La devolución de los bienes a la mujer de Sunem, 8:1-6
(14) La palabra profética sobre la enfermedad del rey de Siria, 8:7-15
(15) El dilema político en Judá empeora pero se encamina hacia el cumpli-
miento de la palabra profética, 8:16-29
(16) La consagración de Jehú como rey de Israel según la palabra profética, y
la consolidación de su poder, 9:1-10:36
a. Se cumple la profecía, 9:1-13
b. La consolidación de su poder, 9:14-26
c. La muerte del rey Ocozías, 9:27-29
d. La muerte de Jezabel, 9:30-37
e. La aniquilación de la familia de Acab, 10:1-14
f. El acuerdo entre Jonadab y Jehú, 10:15-17
g. La masacre de los seguidores de Baal, 10:18-29
h. Una promesa condicionada de Dios, pero la desobediencia trae sus con-
secuencias adversas, 10:30-36
4. La coronación de Joás en Judá y la primera reforma popular, 11:1-20
(1) La usurpación incompleta del trono por Atalía, 11:1-3
(2) El complot de Joyada, el sacerdote, con los militares, 11:4-8
136
(3) La restauración del trono a Joás, un descendiente de David, 11:9-16
(4) La renovación de los pactos, 11:17-20
5. El reinado mediocre de Joás en Judá[p 182] , 11:21-12:21
(1) Un resumen y evaluación de su largo reinado, 11:21-12:3
(2) La política religiosa de Joás, 12:4-18
a. Sus primeras instrucciones a los sacerdotes, 12:4, 5
b. La implantación de una reforma administrativa de los fondos del templo
y la renovación del templo, 12:6-16
c. El efecto de los problemas internacionales en el templo, 12:17, 18
(3) Las consecuencias funestas de su reforma y reinado, 12:19-21
6. El aumento de la decadencia en Israel que permite poca esperanza, 13:1-25
(1) El caso del rey Joacaz, 13:1-9
(2) El caso del rey Joás, 13:10-13
(3) La última profecía de Eliseo y su muerte, 13:14-25
a. La flecha disparada hacia Siria, 13:14-17
b. Las flechas golpeadas tres veces y su significado, 13:18-25
7. La victoria y la derrota de Amasías, un rey religioso de Judá, 14:1-22
(1) Una victoria sobre Edom que fortalece su poder como rey, 14:1-7
(2) Su derrota al retar al rey de Israel a pelear, 14:8-22
8. La pequeñez de un rey poderoso, Jeroboam II de Israel, 14:23-29
9. Azarías (Uzías) de Judá, el leproso, 15:1-7
10. Los últimos reyes decadentes de Israel, 15:8-31
(1) Zacarías, 15:8-12
(2) Salum, 15:13-15
(3) Menajem, 15:16-22
(4) Pecaías, 15:23-26
(5) Pécaj, 15:27-31
11. El reinado insignificante de Jotam de Judá, 15:32-38
12. El rey Acaz en Judá y su nuevo altar, 16:1-20
13. El castigo de Samaria, la capital del reino de Israel, por Asiria y su repobla-
ción por extranjeros idólatras, 17:1-41
II. Los reyes, su política religiosa y la palabra profética en el reinado de Judá, 18:1-
25:30
1. Ezequías de Judá, un rey con fe y confianza en Jehovah, que se preocupó por
la vida espiritual de su pueblo, 18:1-20:21
(1) El éxito de un hombre de fe y confianza debido a su obediencia a la ley,
18:1-8
(2) El fracaso de Samaria se debía a su desobediencia, 18:9-12
137
(3) El primer gran reto para la fe y confianza de Ezequías en Jehovah: la ame-
naza de Senaquerib a Jerusalén, 18:13-19:37
a. Las promesas proféticas seguras después de la primera misión diplomá-
tica de Senaquerib, 18:13-19:7
b. La victoria después de la segunda misión diplomática de Senaquerib,
19:8-37
(4) El segundo gran reto para la fe y confianza de Ezequías en Jehovah: una
grave enfermedad que lo amenazaba con la muerte y las palabras proféticas
de Isaías[p 183] , 20:1-11
(5) El tercer reto para la fe y confianza de Ezequías en Jehovah: la diplomacia
sutil y amenazante de Babilonia, 20:12-19
(6) Otros logros de Ezequías y el desenlace final, 20:20, 21
2. Dos reyes idólatras, padre e hijo, que llevan a Judá a la ruina, 21:1-26
(1) La rebeldía e idolatría de Manasés, 21:1-18
(2) Amón, por el mismo camino de su padre, 21:19-26
3. Josías, el último rey reformador, 22:1-23:30a
(1) Introducción a su reinado, 22:1, 2
(2) El libro descubierto que inspiró una reforma, 22:3-23:20
(3) La pascua celebrada, 23:21-23
(4) Un rey devoto incapaz de detener la ira de Dios sobre Judá, 23:24-27
(5) Su muerte trágica e inesperada en un encuentro con el faraón, 23:28-30a
4. Los últimos reyes infieles de Judá y la ruina del país con el destierro del pue-
blo a Babilonia, 23:30b-25:21
(1) Joacaz, entronizado por el pueblo y destronado por Egipto, 23:30b-33
(2) Joacim, un rey que sobrevivió por varios años, 23:34-24:7
(3) Joaquín, un rey adolescente desterrado a Babilonia con su corte, 24:8-17
(4) Sedequías, el último rey de Judá, 24:18-20
(5) La conquista de Jerusalén por Nabucodonosor, 25:1-7
(6) El incendio y despojo del templo, 25:8-17
(7) El pueblo desterrado a Babilonia, 25:18-21
5. El gobernador Gedalías, el conflicto interno del pueblo restante de Judá y su
huida a Egipto, 25:22-26
6. Joaquín, el penúltimo rey, restaurado al favor del rey en Babilonia, 25:27-30
138
[p 184]
AYUDAS SUPLEMENTARIAS
Bewer, Julio A. Literatura del Antiguo Testamento. Traducción por E. Burgos-A. So-
sa. Buenos Aires: La Aurora, 1938.
Carroll, B. H. La Monarquía Hebrea, Tomo 2. Trad. por Sara A. Hale. El Paso: Casa
Bautista de Publicaciones, 1945.
Eiselen y otros. Comentario Bíblico de Abingdon. Trad. por B. Foster Stockwell y
Adán E. Sosa. Buenos Aires: La Aurora, 1937.
Francisco, Clyde T. Introducción al Antiguo Testamento. Trad. por Juan J. Lacué. El
Paso: Casa Bautista de Publicaciones.
Gillis, Carroll Owens. Historia y Literatura de la Biblia. El Paso: Casa Bautista de
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Guthrie y otros. Nuevo Comentario Bíblico. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones,
1970.
Pfeiffer, Charles F. Diccionario Bíblico Arquelógico. Trad. por Roberto Gama. El Paso:
Editorial Mundo Hispano, 1982.
Rawlinson, George. Los Reyes de Israel y Judá. Trad. por Sara A. Hale. El Paso: Ca-
sa Bautista de Publicaciones, 1939.
139
[185]

2 REYES
TEXTO, EXPOSICION Y AYUDAS PRÁCTICAS
I. LOS REYES, SU POLÍTICA RELIGIOSA Y LA PALABRA PROFÉTICA DURANTE
LA DIVISIÓN DE LOS REINOS DE ISRAEL Y JUDÁ, 1:1-17:41
1. Elías y la palabra profética para el rey herido, Ocozías de Israel, 1:1-18
El conflicto de Elías con la casa de Omri continuaba en Israel a pesar de la victo-
ria en el monte Carmelo y la muerte de Acab. Ocozías, hijo de Acab, heredó el trono
de su padre como rey de Israel, el reino del norte, en la ciudad de Samaria y sirvió
al dios Baal (1 Rey. 22:53) como su padre (1 Rey. 16:31). El juicio divino se mani-
festó básicamente en dos formas durante los dos años de su reinado. Primera,
Moab, un territorio dominado por Israel al este del mar Muerto, se rebeló al morir
Acab, y evidentemente Ocozías no podía hacer nada debido a su enfermedad. El es-
fuerzo infructuoso de la coalición de Israel, Juda y Edom de reconquistar a Moab se
narra en el 3:4–27.
Segunda, Ocozías accidentalmente cayó por la ventana, evidentemente en el te-
cho que servía de segundo piso. Es probable que había una habitación en el techo
parecida pero más lujosa a la construida para Eliseo por la mujer acomodada de
Sunem (2 Rey. 4:8–12). Ya que resultó seriamente herido, el rey envió mensajeros
para consultar a un dios pagano de los filisteos en Ecrón, un pueblo fronterizo con
Israel cerca de la costa al sur del monte Carmelo. Baal-zebub quiere decir “Señor de
las moscas” (compare el uso de Jesús de un nombre casi idéntico para significar el
príncipe de los demonios en Mat. 10:25; 12:24; Mar. 3:22; Luc. 11:15). Este “dios”
evidentemente tenía reputación para la sanidad o para pronosticar el futuro. ¿Se
descubría el mensaje en base al zumbido de las moscas?
El ángel de Jehovah envió al profeta Elías, cuyo nombre quiere decir “Jehovah es
mi Dios”, con un mensaje de muerte para Ocozías. A la vez dicho mensaje le recor-
dó que Jehovah, el Dios de Israel, tenía poder sobre la vida y la muerte (vv. 3, 4)
aunque el rey por sus actos lo estaba negando. Este desafío de Ocozías del Dios vi-
viente y de su profeta se parecía al reto de Acab y Baal en el monte Carmelo (1 Rey.
18), pero en una escala mucho menor. Se recalca esta provocación [p 186] amena-
zante por medio de la triple repetición de la cláusula: ¿No hay acaso Dios en Is-
rael...? (v. 3, 6, 16; compare 3:11, 12; 5:16). De modo que este capítulo narra una
nueva confrontación clara y retadora entre Jehovah y el hombre de Dios contra
Baal y el poder político en Israel.

Semillero homilético
Cualidades de un verdadero siervo de Dios
1:1–18
Introducción: Para ser un verdadero siervo de Dios hay que po-
seer ciertas cualidades que son indispensables. Estas cualida-
des las vemos en la vida y el ministerio de Elías.
Recibe la palabra de Dios.
No recibe una palabra o pensamiento humano.
) Recibimos la palabra de Dios al estudiar diligentemente las
140
Sagradas Escrituras.
) Recibimos claridad de la palabra de Dios en oración.
Dios les comunicó que el rey moriría.
) Hoy día hay muchas personas con una noticia igual.
) También se le comunicó lo mismo al rey Ezequías (20:1–11).
Obedece la Palabra de Dios.
Se levantó y enfrentó a los mensajeros del rey (v. 3).
Obedeció a Dios a pesar del peligro.
) Como Daniel en Persia (Dan. 6:1–28).
) Como Juan y Pedro ante el concilio (Hech. 4:1–22).
. Predica la Palabra de Dios.
Predicó la Palabra de Dios y no sus pensamientos.
Predicó a pesar del peligro.
) Como Jeremías en Jerusalén (Jer. 20:7–18).
) Como Esteban en Jerusalén (Hech. 7:2–60).
Conclusión: La predicación de la Palabra de Dios requiere ante
todo fidelidad a lo que Dios ha hablado, y valor para obedecer a
Dios antes que a los hombres.

Al regresar los mensajeros al rey Ocozías le dieron el mensaje de su muerte se-


gura por medio de un profeta austero y desconocido. Lo describieron como un hom-
bre velludo, que tenía un cinto de cuero a la cintura (v. 8). Una traducción lit. del
heb. (se’ar 8181) sugiere que Elías tenía mucho cabello, pero desde el tiempo inter-
testamentario la tradición lo interpreta como aparece en la nota de la RVA, “con un
vestido de pelo”. Probablemente su capa fue hecha de piel de oveja, de cabra o de
camello. Evidentemente Juan el Bautista imitaba su estilo de vestimenta (Mat. 3:4),
definitivamente predicaba el arrepentimiento y como resultado sus contemporáneos
pensaban que podía ser Elías (Juan 1:21). Por la descripción Ocozías sospechó que
era el profeta Elías el tisbita (v. 8), [p 187] cuyo pueblo natal probablemente fue
Tisbe de Galaad (1 Rey. 17:1), al este del río Jordán. Sin embargo, Ocozías no se
arrepintió de su rebeldía —ni siquiera hay evidencia de que oró a Jehovah (compare
al rey Ezequías en el 20:1–3)— sino continuó con un corazón obstinadamente endu-
recido.
Como el gobernante máximo del Estado, esta vez el rey decidió hacer contacto
con el hombre correcto, pero con órdenes y armas (v. 9), un método impropio. Así se
equivocó doblemente; primero al consultar a quien no le podía ayudar y segundo
por acercarse inadecuadamente a quien le podría socorrer. Mandó a un capitán con
un escuadrón de 50 hombres. Este primer capitán, probablemente selecionado es-
pecialmente para implementar el deseo del rey, con insolencia ordenó al hombre de
Dios (v. 9) que bajara del cerro donde estaba. Como respuesta bajó fuego del cielo
quemando a todos (v. 10). Se envió un segundo escuadrón por él, y el segundo capi-
tán, aún más arrogante que el primero, imperiosamente mandó al hombre de Dios
(v. 11) que bajara de inmediato. En seguida cayó fuego del cielo y destruyó a todos
(v. 12). La situación y el reto en Samaria en tiempos de Jesús no eran idénticos, y el
Hijo de Dios tampoco acató los consejos de sus discípulos fogosos (Luc. 9:54–56).
141
El nombre hombre de Dios fue un título usado para referirse a grandes profetas
como Moisés, Samuel, Elías y Eliseo. Elías, un varón comprometido con Dios, celo-
so en su demanda de lealtad completa a Jehovah y aterrador en sus actos de retri-
bución, luchaba valientemente por la adoración exclusiva al Señor. El descenso del
fuego del cielo sobre los dos capitanes y sus escuadrones, parecido a lo ocurrido en
el monte Carmelo, demostró con claridad que había un Dios y profeta en Israel a
quien consultar en cuanto a la vida y la muerte. Aun el más alto oficial del país te-
nía el deber de reconocerlo junto con las juntas militares. (¿Fue necesaria la muerte
de tantos hombres para que el rey, ya reacio en su maldad, fuera receptivo a la per-
sona y la autoridad del hombre de Dios?)
El rey envió un tercer escuadrón a buscar a Elías. Con más respeto, cortesía,
precaución y sabiduría espiritual este capitán le suplicó al hombre de Dios que ba-
jara del cerro (v. 13). Para poder sobrevivir, todo el pueblo de Dios tendría que
humillarse delante del Dios todopoderoso como este capitán. Después de recibir
autorización [p 188] del ángel de Jehovah para bajar, Elías, el hombre de Dios que
nunca tembló delante del poder absoluto real y que nunca se sujetó a otro que no
fuera el Señor, acompañó al capitán ante el rey. Con toda franqueza le dijo al rey
que no se curaría sino que estaba sentenciado a la muerte por rechazar al Dios ver-
dadero. Con la pronunciación por tercera vez de la palabra profética (vv. 4, 6, 16),
ésta se cumplió inmediatamente, pues murió este rey que todavía no tenía herede-
ro. Como consecuencia, su hermano Joram ascendió al trono. Cabe señalar que la
muerte prematura sobrevino al que no servía a la fuente única y verdadera de la
vida. El poder de la vida y la muerte no recae en el ámbito político sino en el espiri-
tual. Por lo tanto, lo que uno recibe por confiar en la política para resolver los pro-
blemas graves es la muerte en vez de la vida.

Verdades prácticas
1:1–18
Uno de los grandes misioneros del siglo XIX fue Juan G. Pa-
ton. Predicó el evangelio de Jesucristo en las islas Nuevas
Hébridas, en el Pacífico Sur. Su ministerio se vio rodeado de
incontables peligros en estas islas habitadas por caníbales. Allí
perdió a su esposa y a su hijito al año de casado. En una oca-
sión tuvo que permanecer encerrado en una habitación duran-
te cuatro días, pues había indígenas esperándolo afuera para
matarlo. Después de estar durante tres años en la isla Tanna,
una pareja misionera de una isla vecina fue cruelmente asesi-
nada a hachazos a plena luz del día. A los cuatro años de estar
en Tanna varias tribus acordaron matarlo y tuvo que huir para
salvar su vida. Su ministerio continuó en otra isla y años más
tarde su hijo Frank y su esposa continuaron el ministerio en la
isla de Tanna.

En resumen el rey Ocozías fue débil, impío, inepto, voluntarioso y un fracaso.


Permitió a Moab rebelarse, se hirió en un percance desafortunado y tonto, pero in-
sistentemente trató de obligar a la sumisión de la voz profética de Elías con la fuer-
za militar y, aun peor que todo, buscó la sanidad en el altar de un dios ajeno. La
desobediencia del rey a Dios le trajo un cuádruple castigo: su reinado fue muy corto
(dos años o menos), perdió el territorio de Moab, no tuvo heredero para sucederlo
en el trono y murió una muerte trágica y sin honra. Cabe señalar que Jehovah pro-
veyó su palabra a través de su hombre. Dios normalmente habla por medio de los
hombres y no a través de la palabra desencarnada. Su hombre llevaba su mensaje
142
como en el día de hoy [p 189] (compare Rom. 10:14, 15). De manera que esta na-
rración ensalza la posición del profeta de Jehovah y hace ver que siempre el hombre
de Dios merece respeto, tanto o más que cualquier gobernante, aun al rey mismo.
Además, en momentos críticos tanto personales como nacionales es necesario con-
sultar (esta palabra repetida cinco veces en los vv. 2, 3, 6, 16 se usa específicamen-
te para buscar una revelación divina) al hombre del Dios poderoso y verdadero, no a
uno ajeno e impotente. También el hombre de Dios debe escuchar y obedecer las
órdenes de Dios antes que las del gobernante (v. 15 y Hech. 4:19, 20; 5:27–29).
2. La ida de Elías al cielo y el inicio del ministerio profético de Eliseo, 2:1-18.
El fin misterioso y enigmático del ministerio profético de Elías se asemeja el des-
enlace sorprendente de Enoc (Gen. 5:24) y secreto de Moisés (Deut. 34:5, 6). Se
aproximaba su ida, porque ya Jehovah le llevaría al cielo en un torbellino. Salió de
Gilgal para Betel con Eliseo hijo de Safat cuando éste insistió en acompañarlo; no
solamente él sabía que Jehovah iba a llevar a su padre y líder espiritual, sino tam-
bién la comunidad de profetas en Betel lo sabía. Asimismo, después de dar rodeos
en la ruta, Elías llegó con Eliseo a Jericó cuando éste rehusó quedarse atrás. Tam-
bién lo sabían los 50 profetas de Jericó (v. 7), que servirían como testigos de la su-
cesión de Eliseo a Elías. En el AT existen 11 referencias a los hijos de los profetas y,
excepto por la primera, siempre ocurren en relación con Eliseo. Probablemente hijo
designa a un aprendiz en una hermandad en vez de un descendiente de un profeta.
De manera que se trata de personas llamadas a ser entrenadas para ser profetas,
como lo fue Eliseo.
Una vez más, en Jericó, Eliseo rehusó quedarse atrás cuando Elías cruzó el río
Jordán en seco (v. 8); esto nos recuerda del éxodo con Moisés (Exo. 14:21) y la en-
trada en Cananán con Josué (Jos. 3:17; 4:18). Se prueba la lealtad de Eliseo tres
veces y tres veces promete y demuestra su compromiso con su padre espiritual (vv.
2, 4, 6). (Demuestra tener la misma lealtad de Rut [Rut 1:16, 17], y sus tres prue-
bas anticipan las de Simón Pedro [Juan 21:15–17] y del Hijo del Hombre [Mat. 4:1–
11].) Su lealtad perseverante, que expresaba con la triple repetición del juramento o
[p 190] promesa poderosa de ¡Vive Jehovah!, indicaba su determinación inquebran-
table de seguir a su maestro hasta el final de su jornada —costara lo que costara—
y presagiaba un premio especial.

Joya bíblica
Y sucedió que cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo:
“Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea
arrebatado de tu lado.”
Eliseo dijo:
“Te ruego que pase a mí una doble porción de tu espíri-
tu” (2:9).

Cuando Elías preguntó a Eliseo qué quería, éste le dijo que quería una doble por-
ción de tu espíritu (v. 9), la herencia legal del primogénito o del hijo mayor (Deut.
21:17). La palabra espíritu (ruaj 7308) se refiere a la energía vital que equipaba a uno
con poder, sabiduría, valentía, fuerza y habilidad. De modo que Eliseo deseaba ser
el legítimo sucesor como encargado de los profetas y tener un ministerio que se ca-
racterizara con el poder enérgico de Elías. Elías reconoció que le pedía mucho y que
no estaba dentro de su poder concedérselo, pero le dijo que Dios le concedería ese
honor solo si alcanzaba a ver a su padre espiritual subir al cielo.
143
Efectivamente, fue un testigo ocular, rasgó su ropa en profundo pesar (comp.
Gén. 37:34; 2 Sam. 1:11, 13:31; Job 1:20) y gritó como en desesperación, dolor y
congoja (v. 12). Probablemente fuego aquí simboliza la presencia de Dios. El carro y
sus caballos de fuego que separaron a los dos hombres de Dios nos recuerdan de la
columna de fuego que guiaba a los peregrinos del éxodo. Con frecuencia el torbelli-
no se asocia con la venida de Jehovah como el momento cuando Dios habló con Job
(Job 38:1, 40:6). Esta ida misteriosa de Elías nos prepara para su presencia en la
transfiguración de Jesús (Mar. 9:2–9) y para el ministerio profético parecido de
Juan el Bautista como precursor del Mesías (Mal. 4:4–6), que conlleva una misión
celosa de la predicación del arrepentimiento.
El grito de Eliseo: ¡Padre mío, padre mío! ¡Carro de Israel, y sus jinetes! (v. 12) re-
fleja el carro y caballo de fuego que acaba de ver y sugiere que Dios por medio del
profeta fue el arma secreta nacional contra los carros de Siria (comp. Deut. 20:1,
11, 12; 17:16, Isa. 31:1). Indica que Elías, como representante de fuerzas espiritua-
les invisibles, era de más valor para la defensa del país que todos sus armamentos
de guerra. Además, está claro que Eliseo completaría la misión de Elías, y como su-
cesor sería el arma secreta nacional también (2 Rey. 6:8 al 7:20 y 13:14). [p 191]
Otros sugieren que la parte final del grito de Eliseo se trata de un título o un sobre-
nombre para Elías.

Semillero homilético
Cómo llegar a ser un siervo de Dios
2:1–18
Introducción: Todos los cristianos somos llamados a servir a
Dios. Pero algunos son llamados a ministerios específicos.
También además de ese llamado divino debe haber en todo
siervo de Dios las siguientes cualidades:
Seguimiento.
Tenía que ser primeramente un discípulo.
Tenía que seguir al maestro a todos lados y aprender de él
(Betel, Jericó y el Jordán).
El seguimiento cuesta todo (Luc. 9:23; 14:33).
Eliseo deseó ser como Elías (v. 9) (1 Tim. 3:1).
Sobriedad.
Tenía que ver cuando Elías fuera quitado de él (v. 12).
Debemos estar sobrios para ver la acción de Dios.
Debemos estar sobrios en todo tiempo (Mat. 26:41; 1 Ped.
5:8).
Debemos estar listos y vigilar porque Dios lo manda (Apoc.
3:2).
. Servicio.
No hay liderazgo sin una entrega al servicio.
Hay necesidades y problemas que enfrentar (vv. 19 y 22).
El servicio debe hacerse como para Dios.
) Con temor y temblor (Sal. 2:11).
144
) Con alegría (Sal. 100:2).
) Con humildad (Hech. 20:19).
) En espíritu (Fil. 3:3).
Conclusión: El servicio a Dios requiere seguimiento constante,
atención y vigilancia permanente, y servicio abnegado y since-
ro.

Usando la capa de Elías para partir las aguas del río Jordán, Eliseo regresó a la
comunidad de profetas de Jericó. Este acto de cruzar el río de la misma manera que
Elías y Eliseo habían cruzado, fue la primera confirmación pública de que el segun-
do era el heredero del poder y autoridad del primero. (Contrasta el rey desobediente
sin heredero con el profeta de Dios con uno.) La capa que Elías usó para señalar la
selección de Eliseo como discípulo y sucesor (1 Rey. 19:19) y para abrir paso por el
Jordán (2:8) no era mágica, pues fue el poder o el Espíritu de Dios que dividió el río
como efectivamente lo declararon los profetas (vv. 15, 16). Al arrodillarse delante de
él, lo reconocieron como su legítimo sucesor y líder. La capa simbolizaba su suce-
sión. Como Elías, se vería obligado a continuar la confrontación entre los dioses
ajenos y el Dios vivo en [p 192] Israel (comp. 1:3, 6, 16; 3:11, 12; 5:8, 15 ).
Los profetas pidieron el permiso de Eliseo para buscar a Elías al otro lado del
río, porque no lo vieron ascender y sabían que en otras ocasiones dicho profeta soli-
tario e incomunicativo había desaparecido (1 Rey. 18:12) solo para reaparecer des-
pués. Al principio Eliseo les rehusó permiso, pero debido a su insistencia sintió ver-
güenza y les permitió. Sin embargo, cuando regresaron y admitieron que no lo
habían encontrado, el regaño de Eliseo no fue muy duro. Elías se había ido definiti-
vamente. Esta búsqueda infructuosa sirvió para una segunda confirmación del
nuevo liderazgo. Así se cumplió la palabra profética y quedó establecido Eliseo como
el líder y padre espiritual de los profetas de Jehovah.

Eliseo
2:1–8, 15; 9:1–13; 13:14–21
Eliseo significa “Dios es Salvación”, hijo de Safat de Abel-
mejola, pueblo del valle del Jordán (1 Rey. 19:16), su ministe-
rio se extiende desde el rey Joram (852–841 a. de J.C.), y abar-
ca los reinados de Jehú, Joacaz hasta Joás (798–783 a. de
J.C.), reyes de Israel. Eliseo fue llamado en los últimos años
del ministerio de Elías. Elías echó su manto encima de Eliseo.
El manto simboliza, en el Antiguo Oriente, la personalidad y
los derechos de su dueño. Cuando se atestiguaba en un juicio
que una determinada suma de dinero pertenecía a alguien, se
ligaba al borde de su manto.
Eliseo perteneció a una familia rica (1 Rey. 19:19). Su parti-
da no fue inmediata, pero sí total y definitiva. Al destruir sus
instrumentos de trabajo expresó su renunciamiento a esa vida
y su total consagración al ministerio profético.
En el segundo libro de Reyes vemos a Eliseo como “un
hombre de Dios”. Fue un profeta que realizó muchos milagros:
curó las aguas y la tierra (2 Rey. 2:19–21); predijo la victoria de
Israel y Judá contra Moab (2 Rey. 3:4–27); multiplicó el aceite
para la viuda (2 Rey. 4:1–7); resucitó al hijo de la sunamita
145
(4:8–37); sanó la comida envenenada (4:38–41); multiplicó los
panes (4:42–44); realizó la curación de Naamán el general de
Siria (5:1–27); recuperó el hacha perdida (6:1–7). Fue un profe-
ta comprometido con su pueblo y sus intereses.

[p 193] La capa y el manto judíos


2:8–13
El vestido exterior que los aldeanos palestinos usaban era
una capa larga, fabricada de lana, pelo de cabra, algodón, y en
algunos casos fabricada de lino. A veces se dejaba la tela con
su color natural, pero el uso de las tinturas era muy frecuente.
Otras veces se usaban diferentes técnicas para blanquear las
capas. Se utilizaba como abrigo contra el viento y la lluvia, y
como cobertor por las noches. Fue este vestido el que usó Elías
para abrir las aguas del río Jordán. Cuando fue transportado
al cielo, esta capa llegó a ser de Eliseo (2:8–13). Los tres jóve-
nes hebreos que fueron arrojados al horno ardiente estaban
ataviados con sus mantos (Dan. 3:21). Debido al uso que se le
daba por las noches es que en la ley de Moisés se mandaba a
no tomar por garantía esta parte del vestido cuando se hiciera
un préstamo (Exo. 22:26, 27). También era utilizado para llevar
algunas cosas (Rut 3:15); nuestro Señor Jesucristo se refirió a
esta parte del vestido en más de una ocasión (Mat. 5:40; Luc.
6:29), enseñando a sus seguidores que dieran su capa a quie-
nes les pidieran la túnica, como una muestra de total entrega y
servicio al prójimo.

Joya bíblica
Así ha dicho Jehovah: “Yo saneo estas aguas, y no habrá
en ellas más muerte ni esterilidad” (2:21).

El proceso de la transformación de Eliseo en líder es muy notable. Al principio


depende totalmente de las decisiones y acciones de Elías (vv. 2, 4, 6); es temeroso y
tímido hacia el futuro que está por abrirse (vv. 3, 5); reacciona con profundo pesar y
desesperación cuando desaparece su maestro (v. 12). Aun después, al regresar al
Jordán, reclama ayuda del Dios de Elías y según el heb. golpea el agua dos veces (v.
14). También fue indeciso cuando cedió a la insistencia de los 50 profetas en su
empeño de buscar al profeta desaparecido (2:15–18). Todas estas características de
inseguridad desaparecen posteriormente, excepto posiblemente en una ocasión
cuando espera al mensajero del rey detrás de la puerta cerrada (2 Rey. 6:32, 33). De
hecho, las dos subsiguientes narraciones sugieren que él tuvo una transformación
total, y sirvió para acreditar aún más a Eliseo ante los ojos de la gente como un
hombre decisivo de Dios, investido con poder por el Espíritu y un digno sucesor del
intrépido Elías. Sin lugar a duda los tres milagros (incluyendo el cruce del río Jor-
dán) demostraron y confirmaron tres veces (definitivamente) la sucesión legítima de
Eliseo. Además, las últimas dos vislumbran dos de las características sobresalien-
tes de su ministerio: ayudaría a los necesitados y desamparados de todas las clases
sociales y demandaría profundo respeto para Dios y su representante.
Esta narración de la sucesión de un profeta es la única en todo el AT. Todo el
proceso estaba bajo la dirección y voluntad de Dios. Eliseo fue llamado a pesar de
que no pertenecía a los hijos de los profetas (comp. a Amós 7:14, 15); su llamamien-
146
to como sucesor fue un don verdadero de Dios y dependía si Dios le concedía o no
su petición. Además, este relato introduce el ministerio profético sobresaliente de
Eliseo. A ningún otro profeta o persona en el AT le acompañaban tantos actos mila-
grosos. No fue así el ministerio de ninguno de los grandes profetas canónicos como
Amós, Oseas, Isaías, Miqueas, Jeremías, Ezequías o Daniel. ¿Se debe esta singula-
ridad en su ministerio en gran medida a la amenaza espíritual durante la época de
la monarquía desleal en Israel? Los actos no envolvieron la magia, porque era el po-
der de Jehovah mismo el que obraba para libertarlos de las influencias malignas.
De todas formas, estos acontecimientos en los cuales se envolvieron Elías y Eliseo y
que nos recuerdan el éxodo y a Moisés, sugieren una continuidad en la lucha por la
libertad. Como Moisés, estos dos profetas son verdaderos libertadores que defendie-
ron a los necesitados, a los pobres y desamparados de los gobernantes opresivos y
sus dioses ajenos.
3. Cómo Eliseo soluciona problemas de personas que pertenecen a diferentes
niveles socioeconómicos, 2:19-10:36
(1) La purificación del manantial de Jericó, 2:19–22. Los habitantes de Jericó
acudieron a Eliseo para presentarle su problema con el agua, el líquido preciado
necesario para la vida. Contrario a lo que [p 194] hizo Ocozías (2 Rey. 1:2), pidieron
ayuda de la persona indicada. (Aun la madre de Jesús sabía a quien acudir en un
momento de gran necesidad, Juan 2:1–11.) Algo había contaminado el agua del
manantial cerca de Jericó, por eso no era saludable para la gente o para el riego.
Probablemente el v. 19 sugiere que el agua del manantial causaba el aborto a las
mujeres, a los animales a parir prematuramente y a la fruta a caerse de los árboles
antes de madurar. Aunque se desconoce la causa, algunos han sugerido la maldi-
ción de Josué (Jos. 6:26; 1 Rey. 16:34) y otros la radioactividad debido al subsuelo.
(La maldición de Josué fue sobre cualquiera que hiciera el esfuerzo de reedificar la
ciudad de Jericó. En 1 Rey. 16:34 se muestra que se cumplió la maldición. En nin-
guna de las otras referencias se mencionan específicamente las aguas contamina-
das.) Se oyó la palabra profética en esta necesidad del pueblo como en la enferme-
dad del rey Ocozías. Fue definitivamente una palabra de sanidad y de vida para el
pueblo, pero de juicio y muerte para el rey (2 Rey 1:4, 16).
Conforme a la orden del hombre de Dios, le llevaron una vasija nueva con sal, la
cual arrojó en el agua diciendo palabras proféticas. Como resultado, fueron purifi-
cadas las aguas. De manera que Eliseo los mandó a suplir las cosas necesarias y,
por medio de su obediencia y participación activa en la solución de su problema,
aumentó su fe. Evidentemente, en vez de causar el saneamiento del manantial, la
sal, representando preservación de la corrupción, se usó como símbolo de la purifi-
cación divina. Nueva (v. 20) sugiere que la vasija no estaba deteriorada o contami-
nada para el uso ritual. Aquí el milagro no es lo más importante sino el testimonio
que da de Eliseo como el nuevo líder. Por primera vez se presenta a Eliseo como el
proveedor de sus seguidores, pero no es la única vez (2 Rey. 4:38–41; 42–44). Todo
este acontecimiento es semejante a la sanidad de las aguas de Mara por Moisés
(Exo. 15:23–25) y fue Jehovah Dios el que sanó las aguas en ambos casos.
(2) La falta de respeto hacia Eliseo, el profeta de Dios, 2:23–35. Al subir
hacia Betel desde Jericó, algunos muchachos detrás de Eliseo le gritaron insultos.
Al maldecirlos, 42 fueron despedazados por dos osas. Elías continuó su viaje al
monte Carmelo y luego a Samaria.
La falta de fe en Jehovah y en su profeta entre la comunidad israelita se trans-
mitió de los adultos a sus hijos jóvenes, que irrespectuosamente insultaron a Eliseo
solo para sufrir serias consecuencias. Permitar a muchachos burlarse del profeta
recientemente autorizado, y por ende blasfemar al Dios que lo selecionó, sería equi-
147
valente a decir que Dios no tenía poder. La falta de respeto hacia Dios y su causa
sería contagiosa. Se extendería esta rebeldía y después del enfrentamiento en el
monte Carmelo y el reto del rey Ocozías (1:9–15), el hijo de Acab, para el bien del
pueblo de Israel no se podría permitir esa clase de impiedad en ningún nivel de la
sociedad. Deshonrar al profeta de Dios significaba insultar a Dios mismo y Jehovah
no permitiría que sus siervos fueran ridiculizados sin castigar a los culpables. Era
esencial hacer evidente a esta turba las credenciales auténticas de Eliseo como el
sucesor legítimo de Elías (compare 2:15).
Las palabras de desprecio sugieren que Eliseo era calvo. Algunos insisten en que
[p 195] calvo era un insulto en los países orientales, y que no necesariamente la
persona era calva. Si es que era calvo, no sabemos la causa de su calvicie: si era
algo natural y prematuro (definitivamente no era la vejez) o si se trataba de un re-
corte especial, aunque la calvicie artificial o ritual estaba prohibida por la ley (Deut.
14:1; Lev. 19:27, 21:5). Pero evidentemente era algo insólito y posiblemente una
señal vergonzosa o de desgracia (comp. Isa. 3:17, 24), especialmente si su calvicie
incluía también la barba (compare el incidente vergonzoso en 2 Sam. 10:4, 5). Ade-
más, le gritaron, diciéndole: ¡Sube...! ¡Sube...! (v. 23). ¿Se trata de mofarse de él di-
ciendo que suba al cielo en un torbellino como Elías (el mismo verbo en heb.-’alah
5927- se usa en el v. 11) o (lo que es más probable) una expresión como “vete de

aquí” ya que el camino hacia Betel ascendía?


Hay que tener mucho cuidado en juzgar la moralidad de este pasaje desde el
punto de vista de las enseñanzas de Cristo y de este siglo. De la narración se des-
conocen muchos detalles, como la edad exacta de los jóvenes, el número total de los
atacantes, sus intenciones y la clase de heridas sostenidas por ellos, pues no nos
dice que murieron. (La palabra niños -yeled 3206- del v. 24 puede indicar niños o
jóvenes de cualquier edad, aunque por el muchachos -ne’urah 5271- del v. 23 pare-
cen ser jóvenes responsables por lo que hacían.) Pero está claro que la pandilla de
pícaros mofadores que amenazaba al hombre de Dios fue dispersada y como conse-
cuencia aumentaría el respeto para el profeta y para Jehovah. El texto no afirma
que Eliseo hizo venir las osas; pero se destaca que la falta de reverencia y respeto
para la autoridad espiritual y el menosprecio por parte de la juventud traen desas-
tres. El uso especial y efectivo de Eliseo del nombre poderoso de Jehovah es una
clara evidencia de la confirmación de él como el padre de la comunidad profética y
sucesor de Elías.
Positivamente, este episodio señala la necesidad imperiosa de tomar con serie-
dad la autoridad de un profeta en vez de burlarse de él o reacionar con liviandad.
Para el autor sagrado no es una mera coincidencia que las osas salieran del bosque
en ese preciso momento; para él son agentes citados inescrutablemente para im-
plantar la palabra profética de maldición (compare 2 Rey. 17:24–27). Del incidente
se aprende la lección que hay que aceptar con seriedad la autoridad profética, omi-
nosa e inescrutable, del hombre de Dios.
(3) El reino malo de Joram en Israel, 3:1–3. Joram, el noveno rey de Israel e
hijo de Acab y Jezabel, heredó el trono luego del corto reinado trágico de Ocozías
(1:1–18), quien era su hermano de padre y madre. Desobedeció a Dios durante su
reinado de 12 años, pero no al mismo grado que sus padres (1 Rey. 16:31–33), por-
que quitó uno de los ídolos construidos por Acab y años más tarde Jehú quitó el
otro (10:26, 27). Piedra ritual (v. 2) puede referirse a un pilar cúltico colocado por
Acab o la erección de una estela conmemorativa puesta por Acab en honor de Baal.
No obstante, Joram continuaba las prácticas de Jeroboam, auspiciando la adora-
ción en la capilla de Betel (y Dan) donde estaba el becerro de oro. De modo que
siempre fue un rey apóstata, aunque en parte por motivaciones políticas. ¿Fue esa
148
la razón para su derrocamiento por medio de Moab? La continuación de su reinado
se narra en el cap. 8; allí se hace claro que durante esos años el predominio de su
madre Jezabel ejercía influencia contra Jehovah y en favor de la apostasía.
[p 196] (4) La lucha por la recuperación del poder en Moab, 3:4–27. Al morir
Acab, Mesa, el rey de Moab y vasallo de Israel, como claramente demuestra la Pie-
dra Moabita (no se puede determinar sin lugar a duda que dicha piedra necesaria-
mente se refiere a la guerra de este capítulo), rehusó seguir pagando el enorme tri-
buto a su vecino. Así demostró sus intenciones claras de rebelarse contra Israel,
país que lo había dominado como territorio desde los tiempos de David (2 Sam 8:2)
o posiblemente desde su conquista por Omri (2 Crón. 20) unos 40 años antes. La
pérdida ecónomica fue algo serio para Israel.
Contrario a Ocozías, Joram actuó inmediatamente y con gran seriedad, primero
inspecionando todo su ejército y segundo haciendo contacto con su aliado Josafat,
rey de Judá. Este estaba dispuesto a acompañarlo en la guerra para someter de
nuevo a Moab. Se determinó que la ruta de ataque no sería la más directa, lo que
les hubiera requerido cruzar el río Jordán y pasar por el territorio de los amonitas.
Probablemente en parte esta decisión se debió a las fortificaciones de los moabitas
en la frontera norteña; optaron por la ruta más larga y difícil al sur del mar Muerto
a través de Edom. Esto a la vez les permitiría incrementar su poder militar con re-
fuerzos del otro aliado, Edom.
Después de siete días de viaje se les acabó el agua. Probablemente el desvío for-
zoso los atrasó más de lo que habían calculado. Mientras Joram culpaba a Jehovah
por el dilema, Josafat quería consultar a uno de sus profetas (ver 1 Rey. 22), ya que
en el pasado ellos habían suplido agua en momentos de necesidad (comp. el caso de
Moisés en Exo. 17:1–4). La fe de Joram y Josafat era muy diferente. Joram no du-
daba del poder de Dios, únicamente de su buena voluntad hacia ellos. Josafat tenía
fe en un Dios que revelaba sus propósitos cuando se le preguntaba y que daba di-
rección para vencer en la vida.
Un oficial de Joram le informó de la presencia de Eliseo, el cual se identificó co-
mo el ayudante o siervo de Elías. La descripción es el que solía verter agua en las
manos de Elías (v. 11), y el acto en sí fue un gesto de deferencia, respeto y servicio
debido a la costumbre de lavar las manos antes y después de comer. En seguida los
dos reyes de los reinos divididos fueron a ver al profeta; el rey de Edom, que en rea-
lidad probablemente fue un virrey nombrado por el rey de Judá, no los acompañó.
Por primera vez Eliseo se envuelve en asuntos políticos jugando un papel crítico
como mediador de la palabra de Jehovah. También es la única narración bíblica de
un profeta junto con los soldados en un [p 197] campamento militar. Al principio
Eliseo se dirigió solo al rey de Israel, respondiendo como Jesús respondió a su ma-
dre en Caná de Galilea (Juan 2). Así, con desprecio y con palabras cortantes, el va-
rón de Dios indicó que no estaba dispuesto a atenderle en su petición, por el apoyo
de su familia a Baal y a sus profetas. No obstante, Joram insistió en que había que
consultar a Jehovah debido a que era el Señor quien había preparado una trampa
para destruir a los tres reyes; por eso tendría que ser él quien les resolviera su si-
tuación peligrosa. ¿Sugiere él que Baal sería impotente contra el poder de Jehovah
y que el Señor es un Dios que solo sirve para castigar?
Solo por la presencia de Josafat, Eliseo consintió en buscar de Dios una solución
al dilema. Obviamente, para el profeta el joven rebelde ya se encontraba fuera de la
ayuda de Dios. Con la ayuda de una música, que probablemente era monótona y
rítmica, hizo contacto con Dios (comp. 1 Sam. 10:1–16 y 16:14–23). Aunque algu-
nos interpretan la presencia de un músico como evidencia de que los profetas solí-
an inducir un estado estático, es posible que debido a las circunstancias trágicas
149
Eliseo quería música suave y calmada para sentirse tranquilo delante de Dios, y
como consecuencia inspirar un estado de ánimo conducente a que Dios le revelara
su voluntad. Cuando el poder (la mano) de Dios le sobrevino, pronunció la palabra
profética con sus dos promesas: primera, los aliados tendrían una superabundan-
cia de agua sin presenciar tempestad alguna, pero tendrían que hacer muchos es-
tanques; segunda, su misión militar en Moab tendría éxito y dejaría la tierra abra-
sada o chamuscada.
La palabra profética se cumplió la siguiente mañana. Con una superabundancia
de agua dondequiera (evidentemente debido a inundaciones repentinas causadas
por una lluvia torrencial en los montes distantes), se llenaron los estanques y debi-
do a los rayos del sol de la madrugada que reflejaban el color rojo, los moabitas se
convencieron de que los tres aliados que en otros tiempos eran enemigos, se habían
destruido entre ellos en una batalla sangrienta. La hora del flujo del agua fue al
momento del amanecer, el momento de la oblación de la manaña y también de la
guerra santa (Exo. 14:24; Sal. 46:5). El color rojo (Edom) probablemente se relacio-
naba con el color de la piedra caliza.
Los moabitas atacaron el campamento [p 198] israelita solo para descubrir su
equivocación y por ende sufrieron la derrota. Los aliados siguieron una política de
arrasarlo todo en violación a las normas de la ley (Deut. 20:19, 20) hasta que solo
quedó en manos moabitas la ciudad capital de Quir-jaréset, que se encontraba si-
tiada por fuerzas superiores a las suyas. En desesperación, Moab lanzó un ataque
contra Edom, el aliado menos convencido, sin lograr una victoria. Como último re-
curso, el desalentado Mesa sacrificó al príncipe heredero a su dios Quemós a la vis-
ta de todos, incluso de la tropa de los tres aliados (compare la acción de Acaz un
siglo más tarde, 16:3). La ira resultante produjo la secuela de la retirada de los ejér-
citos de Israel, Judá y Edom de la lucha contra Moab.

La música y el uso profético


3:15, 16
La música era una parte importante en la vida diaria de los
judíos. Las bodas y los funerales eran acompañados por músi-
ca, también durante la guerra se hacían tocar instrumentos
para llamar a la batalla.
La Biblia menciona que la música además del uso religioso,
también fue utilizada como un medio para apartar espíritus
malos (1 Sam. 16:23). El rey Darío, después de que Daniel fue-
se encerrado en el foso de los leones, se negó a que le trajeran
los músicos para calmar su angustia (Dan. 6:18).
Otro uso frecuente de la música en el pueblo hebreo era en
la profecía. Samuel dijo a Saúl: “Encontrarás un grupo de pro-
fetas descendiendo del lugar alto, precedidos de liras, pande-
ros, flautas y arpas; y ellos profetizando” (1 Sam. 10:5, 6).
Con respecto al profeta Eliseo, la Biblia dice que ante el pe-
dido de la profecía de los tres reyes, mandó que le trajeran un
músico, y cuando el músico comenzó a tocar el Señor se pose-
sionó de Eliseo y profetizó (2 Rey. 3:15, 16). Los profetas reves-
tían sus enseñanzas con imágenes y utilizaban los géneros
póeticos corrientes: canciones de peregrinación (Isa. 2:3) e
himnos (Isa. 40:10–17; 43:16–28; 44:23).
150
Algunos teólogos sugieren que hay que entender el desenlace en términos de la
indignación y consternación personales de Israel. Perdieron, pues, ánimo y valentía
por los horrores prolongados y espantosos de la batalla y en especial del sitio. Otros
lo [p 199] ven como la causa para estimular a los moabitas a desatar un ataque
con fuerzas renovadas. Algunos intérpretes prefieren la otra alternativa de atribuir
la ira a Quemós que hizo que los israelitas abandonaran el país con pánico, porque,
según la creencía de su época, era el dios que controlaba la tierra de Moab. Pero la
palabra para enojo o ira en heb. -quetsef7110-(Núm. 18:5; Deut. 29:27; Jos. 9:20;
22:20) normalmente describe la visitación de Jehovah sobre los malhechores. La
situación se parece a lo ocurrido en la protección divina de Samaria (7:6, 7) y Jeru-
salén (19:35, 36). En cada caso, se presenta a Dios como el soberano de la [p 200]
historia; está claro que Jehovah controla los eventos tanto adentro como afuera de
la tierra prometida. ¿Vislumbraba esta operación militar, alentada por el profeta de
Dios, pero fracasada, el juicio final de Dios sobre la apostasía de la familia de Acab?

Los sacrificios humanos en el pueblo azteca


3:27; 16:3; 23:10
Una de las contribuciones más notables del pueblo azteca a
la civilización mundial fue su calendario. Los aztecas tenían
dos calendarios, uno religioso de 260 días y uno civil de 365.
Después del primer año los calendarios no estaban sincroniza-
dos, tardaban 52 años en volver a coincidir en sus respectivas
fechas para año nuevo. Los aztecas creían que al final de cual-
quier ciclo de 52 años era posible que el mundo llegara a su fin
o que los dioses le concedieran un nuevo ciclo. Para determi-
nar cuál sería su destino celebraban la ceremonia del fuego.
En la última noche del año número 52, los sacerdotes azte-
cas subían al cerro de la estrella, en el valle de México. Allí vi-
gilaban la marcha de los astros para ver si la constelación lla-
mada “Las cabritas” llegaría a su cenit. Creían que si así suce-
día el mundo no terminaría por lo menos en otros 52 años
más.
Cinco días antes se había apagado todo fuego en todo el im-
perio azteca. Ni casa ni templos tenían luz, por cinco noches
reinaba la oscuridad. Pero estaban listos para encender el fue-
go otra vez. Al observar que “Las cabritas” habían alcanzado el
cenit del cielo, los sacerdotes sujetaban a una víctima humana
sobre el altar. Con un cuchillo de piedra volcánica le sacaban
el corazón. Luego un guerrero empezaba a frotar dos palos se-
cos hasta producir una hoguera en el pecho de la víctima sa-
crificada.
Al encenderse la hoguera, empezaban a acercarse corredo-
res, cada uno con un pedazo de ocote en la mano. Encendían
sus ocotes en el fuego sagrado que ardía en el pecho de la víc-
tima sacrificada para luego partir a sus pueblos para encender
de nuevo el fuego en los templos y en los hogares.

(5) La viuda endeudada de la comunidad profética, 4:1–7. Una viuda de uno


de los profetas fieles al Señor consultó a Eliseo sobre un serio problema: su difunto
esposo había muerto sin pagar una deuda. Según la costumbre de la época, para
sufragar la deuda el acreedor podría hacer esclavos a sus dos hijos. La ley de Moi-
151
sés (Exo. 21:2–7; Lev. 25:39–42) permitía también la esclavitud con el fin de sufra-
gar una deuda pero a la vez reglamentaba la práctica de prestar dinero (Exo. 22:24–
26; Deut. 24:10–13). La privación a sus dos hijos significaría para la viuda la pérdi-
da de su único sostén en la vejez. Para socorrerla, Eliseo no prescindió de ella, al
darse cuenta que tenía un frasco de aceite (v. 2) en su casa (como los usados en la
ceremonia de unción). Le mandó que pidiera prestadas de los vecinos todas las va-
sijas [p 201] que pudiera conseguir y luego, en privado, las llenara de aceite. En
seguida, la viuda obedeció la palabra profética y solo después de llenar la última
vasija se detuvo el aceite.
La cantidad de bendición recibida por ella era proporcional a su fe en la palabra
profética y su diligencia en conseguir todas las vasijas de la comunidad. La orden
de llenar las vasijas después de cerrar la puerta hace claro que el milagro no fue un
espéctaculo público, ya que el profeta no estuvo presente; no pudo haber sido un
truco mágico, sino un acto portentoso de un Dios y Creador amoroso que satisface
la necesidad personal en privado (comp. Mat. 6:6). Así su participación personal y
la ausencia de Eliseo servían para que ella se diera cuenta de que el poder para re-
solver su problema procedía de Dios y así aumentaría aún más su fe.
En una segunda consulta, Eliseo le dijo que vendiera el aceite y la ganancia les
daría para pagar la deuda y para vivir juntos los tres. Esta viuda, que se caracteri-
zaba por su obediencia a la palabra de Dios, se parece a la de Sarepta en 1 Reyes
17:8–16.

Semillero homilético
La solución en momentos de crisis
4:1–7
Introducción: En los grandes momentos de crisis social, política
o económica, es fácil angustiarse y buscar una falsa solución.
Como cualquier familia de nuestro tiempo, aquí encontramos a
una familia saliendo adelante en el peor momento de su crisis.
Identificación del problema.
Todas las familias tienen problemas.
El problema de esta familia era:
) Familiar: el padre había muerto.
) Económico: tenía deudas pendientes.
) Social: el pago significaba la pérdida de los hijos.
Búsqueda de solución en el siervo de Dios.
No acudió al banquero o prestamista.
Ni al brujo o al espiritista ni a las religiones de su tiempo.
. Obediencia al profeta.
Trabajó con sus hijos.
) Recogió vasijas vacías.
) Recogió aceite.
) Vendió el aceite.
El trabajo es un deber social y un mandato de Dios (2 Tes.
152
3:10; 1 Tim. 5:8).
. Solución de su problema.
Libró a sus hijos de ser esclavizados.
Pagó sus deudas.
Conclusión: Todos tenemos problemas y lo primero que debe-
mos hacer es acudir a Dios con fe y obediencia. Debemos tra-
bajar y esforzarnos más con paciencia y perverancia.

(6) La mujer acomodada, pero generosa, de Sunem y su único hijo, 4:8–37.


Eliseo manifestó una preocupación también por la unidad y felicidad de la familia
de una mujer acomodada. En cuanto a la condición socioeconómica, estaba en el
polo opuesto a la pobre viuda anterior; pero las dos estaban unidas en una fe an-
clada en Jehovah y en la práctica de la misma.[p 202]
En su circuito profético, el hombre de Dios pasaba con frecuencia por Sunem,
pero debido a su cercanía al monte Carmelo normalmente no se quedaba allí; por
eso la sunamita, una mujer acomodada que probablemente era de la nobleza y que
ocupaba un lugar destacado en la sociedad, se vio obligada a insistir que el profeta
comiera con ella y su esposo en cada viaje, demostrando de ese modo la virtud im-
portante de la hospitalidad. Sunem, una aldea de la tribu de Isacar a unos 7 km. al
norte del pueblito de Jezreel en la falda del collado de Moré, tenía una vista pano-
rámica desde el norte hacia la parte este del valle de Jezreel.

Semillero homilético
Una mujer hospitalaria
4:8–37
Introducción: La Biblia nos manda que seamos hospitalarios.
Esta virtud cristiana trae grandes bendiciones de Dios para
quienes la practican. Veamos algunas características de una
mujer que fue bendecida por Dios por su hospitalidad; esta
mujer era:
En lo social: importante (v. 8) y hospitalaria (vv. 8–10).
De buena posición social.
Lo invitó insistentemente a comer.
Lo invitó a pasar a su casa.
En lo físico: estéril (v. 14).
Su dinero no podía darle un hijo.
Tenía una necesidad física y espiritual.
. En lo espiritual: creyente (vv. 22–37).
Creyó que su hijo podía vivir.
Acudió al siervo de Dios.
Conclusión: Lo que el dinero y las posiciones sociales no podían
ni pueden comprar se obtiene por la fe, el amor y la bondad.

Con el tiempo, la señora convenció a su esposo de ayudar aún más a este profe-
ta santo por medio de la construcción de un cuarto en el techo de la casa. También
153
lo amuebló con lo más esencial para darle un hospedaje adecuado (4:9). Esta es la
única referencia a un profeta como santo (v. 9). El uso de esta palabra en el AT es
típico [p 203] para describir a los celebrantes del culto, a los nazareos, y al pueblo
de Israel como “reino de sacerdotes”, sin necesariamente sugerir una moralidad su-
perior.
Al sentirse agradecido por su hospitalidad y generosidad, Eliseo quería demos-
trar su gratitud. Guejazi, su ayudante nombrado por primera vez aquí pero que tie-
ne un papel prominente además en los caps. 5 y 8, mandó traer a la señora. Sin
hablarle directamente a ella sino a través de su siervo, Eliseo ofreció aprovechar de
su influencia con los poderosos del país para ayudarla. Pero con dignidad y comple-
ta seguridad la señora indicó que a ella no le hacía falta nada, porque vivía con sus
parientes que vigilarían por sus intereses. Luego, cuando el profeta preguntó a Gue-
jazi si tenía idea de cómo ayudarla, se le informó que no tenía ni un solo hijo.
Cuando mandó traer a la señora otra vez, Eliseo le prometió que tendría un hijo de-
ntro del año. Como Sara (Gén. 18:10–15), esposa del gran patriarca Abraham, ella
resistió la idea y respondió con duda. Como quiera, antes de pasar un año se cum-
plió cabalmente la palabra profética.

La hospitalidad
4:8–37
Los orientales creen que la persona que viene a su casa es
enviada por Dios. Su hospitalidad se transforma en una obli-
gación sagrada, cuando un huésped entraba en el hogar se le
hacía reverencia levantando la mano al corazón, la boca y la
frente. Con esto querían decir: “Mi corazón, mi voz y mi cerebro
están a vuestra disposición”. Se saludaba con un “Paz a voso-
tros”. También tenían la costumbre de saludarse con besos.
Jesús reclamó a Simón el que no le hubiera dado un beso (Luc.
7:45).
Esto se puede ver cuando Jacob besó a su padre (Gén.
27:27), Esaú besó a Jacob (Gén. 33:4), José besó a sus herma-
nos (Gén. 45:15), etc. El huésped se quitaba el calzado antes
de entrar a su cuarto. Después de esto al huésped se le ofrecía
agua para lavar sus pies. Para esto se contrataban a algunos
siervos. También se acostumbraba ungir con aceite de oliva a
los huéspedes (Luc. 7:46; Sal. 23:5). Una de las primeras cosas
que se ofrecía a un huésped era un vaso de agua. El compartir
pan significaba hacer un pacto de paz y fidelidad (Gén. 26:30).
Era falta de hospitalidad dejar al huésped solo aun a la hora
de dormir, pues dormía con su ropa puesta. La hospitalidad en
el Oriente también significaba que el huésped estaba seguro en
ese lugar de todo peligro. El Salmista al entender que Jehovah
era su hospedador se sentía seguro y confiado (Sal. 23:5).

Después de varios años, cierto día (v. 18, esta es la tercera mención de esa frase
en el texto, ver vv. 8 y 11) en la finca donde el niño de probablemente cinco o seis
años estaba curioseando y jugando, se enfermó repentinamente, es muy probable
que de un ataque debido al calor del sol (insolación). Se le llevó a su madre, y junto
a ella murió al mediodía.

[p 204] El matrimonio y la falta de hijos


154
4:8–37
Toda pareja hebrea se casaba con la idea de tener hijos. Es-
pecialmente esperaban tener un hijo varón. Se tomaba muy en
serio el mandamiento de Dios en Génesis 1:28. Uno de los sa-
bios judíos decía: “Si uno no se empeña en incrementar la es-
pecie, es como si derramara sangre o disminuyera la imagen de
Dios”. La falta de hijos era considerada como un castigo de
Dios (Deut. 7:14). Antes de la boda, los parientes discutían
acerca de los hijos que les nacerían a los que se iban a casar.
La familia de la esposa se reunía para pronunciar una ben-
dición sobre ella, y le declaraban el deseo de que tuvieran mu-
chos hijos (Rut 4:11, 12). Los judíos creían que los hijos eran
un don de Dios, “como flechas en la mano del valiente” (Sal.
127:4). La falta de hijos, en el mundo del tiempo bíblico, era
considerada solo culpa de la mujer, salvo en Deuteronomio
7:14. La pareja estéril vivía examinando su vida pasada para
ver si había algún pecado no confesado. Cuando se descartaba
el pecado como causa del problema, la esposa podía buscar
remedio para su esterilidad. Un remedio que se utilizaba en la
época patriarcal era las mandrágoras (Gén. 30:14–16). Se usa-
ban como amuletos de amor. Otros pensaban que con un cam-
bio de dieta, comiendo manzanas y pescado, podían llegar a
concebir.

En ese mismo momento, la total seguridad y autosuficiencia del día antes cuan-
do no necesitaba del profeta, terminó por completo para la señora (comp. también
6:1–6). Como en el caso de Job en unos cuantos minutos todo se desmoronó. Pero
también como Job, con mesura y autocontrol sin nada de histeria, como si todo
fuera fríamente calculado, llevó el cadáver del muchacho a la habitación del santo
hombre de Dios (v. 21), posiblemente para mantener en secreto su muerte, y ensilló
una asna a pesar de la presencia de un siervo. Ni las preguntas de su esposo o las
posteriores tres de Guejazi pudieron desviarla de su firme propósito de conseguir
cuanto antes la ayuda del profeta, que estaba a 40 km. de distancia. Con un siervo,
la valiente mujer llena de angustia pero también de fe y esperanza viajó al monte
Carmelo buscando a Eliseo. Este la reconoció de lejos y envió a Guejazi a saludarla.
[p 205] La negativa firme pero cortés de la mujer de confiar su problema en este,
¿sugiere desconfianza en él o el rechazo y resentimiento hacia una comunicación a
través de un mediador? Cuando estos llegaron donde el hombre de Dios, con an-
gustia casi incontrolable la señora le agarró por los pies, signo de respeto y de defe-
rencia (en Mat. 28:9, otra mujer en humiliación y veneración, repite el mismo acto
pero con el profeta de los profetas). Luego, con enojo y amargura comenzó a revelar-
le con palabras cortantes y acusatorias el desenlace de su hijo junto con una peti-
ción de parte de ella. Le recordó que ella no había pedido un hijo de él y aun cuan-
do él lo había prometido, advirtió al profeta que no se burlara de ella. De esa mane-
ra estaba acusando de engaño a él y a Dios.
Eliseo se sintió desconcertado y sin reprenderla admitió francamente que Dios
no le había comunicado el problema de la señora contrario a otras ocasiones (comp.
cap. 1 cuando Elías se iba, cap. 3 con la guerra con Moab y cap. 5 el conocimiento
del engaño de su siervo). Es evidente que está a punto de ocurrir una injusticia cra-
sa. ¿Cómo podría él ser menos generoso que ella? Así el varón de Dios reinterpretó
las amargas acusaciones de la agobiada señora como peticiones desesperantes.
155
Una madre ejemplar
4:37
Susana Wesley, esposa del pastor Samuel Wesley, tuvo 19
hijos. Durante su vida apartó una hora de la madrugada y otra
de la noche para orar y meditar sobre las Escrituras. Su in-
fluencia como madre cristiana llegó a todo el mundo. Cuando
murió su esposo tuvo que hacer frente a su hogar ella sola.
Susana marcaba el quinto año de cada uno de sus hijos como
el tiempo en el cual debían aprender el alfabeto, luego inicia-
ban un curso de lectura comenzando con el primer versículo
de la Biblia. A todos sus hijos antes de que hubiesen aprendido
a arrodillarse o a hablar, se les enseñaba a dar gracias por el
alimento con gestos apropiados. Cuando aprendían a hablar
repetían el Padre Nuestro por la mañana y por la noche. Al lle-
gar a la edad apropiada se le designaba un día de la semana a
cada hijo para conversar sobre cualquier duda o inquietud.
Desde muy pequeños, los niños en el hogar de Samuel y Susa-
na Wesley aprendieron el valor que tiene la observación fiel de
los cultos. Fue en este hogar que nació y creció Juan, el déci-
moquinto hijo que llegó a ser el instrumento usado por Dios
para el Gran Avivamiento en Inglaterra en el siglo XVIII. Fue el
avivamiento que dejó millares de almas salvadas en una época
de decadencia espiritual.

Al percatarse de la condición del niño, inmediatamente mandó a su siervo con


su bastón para colocarlo sobre la cara del niño. Debido a la urgencia extrema de la
situación y la profunda preocupación del varón de Dios, éste ordenó a Guejazi que
no saludara a nadie en el camino, un proceder descortés (v. 29). Hay que entender
que “saludar” implicaba en el Oriente entrar en la casa para comer, conversar y aun
pasar la noche. Quizá Eliseo sospechaba que Guejazi haría tal cosa si no se lo
prohibía expresamente. Este uso del bastón no implicaba una creencia en él como
una vara [p 206] mágica. Su uso pudo haber sido un gesto simbólico indicando su
intención de ir más tarde y el envío adelante con su siervo aliviría parte del dolor de
la señora y serviría para prevenir que comenzaran a preparar el cadáver para el en-
tierro y a detener la degeneración física del cuerpo. No obstante, con presunción
Guejazi evidentemente intentó usarlo para levantar al muchacho (v. 31) (compare
como los discípulos de Jesús tampoco lograron curar a otro niño, Mat. 17:14–21).
Como quiera se demuestra con claridad que el milagro no se logró por medio de un
truco mágico porque no se efectuó hasta la llegada del varón de Dios.

Muerte y sepultura
4:1, 20; 8:1–6; 12:21; 13:21; 14:16, 20; 15:7; 25:1–7
Cuando una persona moría, sus parientes, amigos y todo el
pueblo que lo conocía expresaban su dolor con lamentaciones
como: “¡Ay hermano mío!” (1 Rey. 13:30), ¡Ay, mi Señor! (Jer.
22:18; 34:5). Entre los hebreos tenían la costumbre de pagar a
mujeres para que llorasen a sus muertos (Jer. 9:17, 18; Amós
5:16).
El llanto y las lamentaciones se efectuaban desde que reci-
bían la noticia de la muerte (2 Sam. 1:17), y se repetían duran-
156
te siete días (1 Sam. 31:13).
Para mostrar la aflicción y la tristeza se utilizaban sacos de
cilicio (Gén. 37:34). Se rompían sus vestidos para mostrar a la
gente cuán profunda era su aflicción (2 Sam. 3:31; Gén. 37:34;
Job 1:20). El golpearse el pecho era otra demostración de tris-
teza (Luc. 23:48). El ayuno era parte del duelo (2 Sam. 1:12;
3:35; 1 Sam. 31:13). Los vecinos traían comida y bebida a los
parientes del difunto (Jer. 16:17; Eze. 24:17, 22). Al llegar la
muerte, los ojos del fallecido eran cerrados como si fuera a
dormir (Gén. 46:4) y los familiares abrazaban el cuerpo (Gén.
50:1). Luego el cuerpo era lavado, ungido y envuelto (Hech.
9:37; Mar. 16:1; Mat. 27:59; Juan 11:44; 19:39). El embalsa-
miento no era practicado por los hebreos.
Solamente Jacob y José recibieron un servicio fúnebre egip-
cio (Gén. 50:2, 26). Tampoco se practicaba la cremación, se
consideraba inhumano quemar un difunto pagano (Amós 2:1).
Se practicaba solamente contra personas consideradas muy
pecadoras (Gén. 38:24; Lev. 20:14; 21:9; Jos. 7:25). Se quema-
ba incienso (2 Crón. 16:14; 21:19; Jer. 34:5). El entierro era la
forma normal de disponer del cuerpo. La falta de entierro era
considerado una tragedia (1 Rey. 14:11; Jer. 16:4; 22:19; Eze.
29:5). El proveer entierro era considerado una virtud. El cadá-
ver era llevado en un ataúd a la tumba (2 Sam. 3:31; 2 Crón.
16:14; Luc. 7:14). Era depositado sin el ataúd (2 Rey. 13:21).
Eran enterrados vestidos con sus ropas (Eze. 32:27).

El envío inmediato de Guejazi no satisfizo a la obstinada señora, que insistió en


que el mismo profeta Eliseo la acompañara a la habitación en Sunem; de la misma
manera Eliseo había rehusado tres veces dejar a Elías usando la misma expresión
(2:2, 4 y 6). Cuando el profeta llegó a la casa, todavía el niño no daba señales de
vida. Eliseo entró solo a la habitación con el cadáver del difunto. (Los milagros de
este profeta frecuentemente ocurrieron detrás de puertas cerradas, en secreto y pri-
vacidad [comp. 4:1–7].) Primero oró personalmente a Jehovah y luego se agachó so-
bre el niño tocando varias partes de su cuerpo; pasaron unos momentos de ansie-
dad para [p 207] Eliseo o de actos de relajamiento después de una concentración
intensa física y espiritual (v. 35); y solamente después del tercer esfuerzo el calor de
vida le entró, estornudó el muchacho y abrió los ojos. Es notable que este varón de
Dios estaba dispuesto a arriesgar su propia santidad (Núm. 19:11) para satisfacer
la demanda de la señora. El estornudar del niño demuestra que el alma o espíritu
había vuelto. Ya tiene vida de nuevo y ocurre uno de dos ejemplos de resucitación
de muertos en el AT (ver el otro ejemplo en 1 Rey. 17:17–24).
Eliseo hizo llamar a la señora para devolverle a su hijo. En esta ocasión, en vez
de regañarlo, ella hizo un gesto de agradecimiento y alabanza (comp. 1 Sam. 25:24;
Est. 8:3). En toda esta narración Guejazi hace los contactos con la mujer (vv. 11–
13, 15, 25, 29). Esto no es solamente una indicación de la posición prestigiosa del
profeta sino tenía el propósito de envolverlo en el ministerio profético de manera
que tuviera la oportunidad de madurar la fe.
(7) La comida envenenada de la comunidad profética, 4:38–41. Durante un
tiempo de hambre en la región de Gilgal, la comunidad de profetas estaba reunida
con Eliseo. En un sentido, éstos eran estudiantes que se preparaban para ser profe-
tas; no era una comunidad de ascetas, pues vivían en familia como indica 4:1–7. El
157
profeta principal les mandó preparar un guisado en una olla grande. Un novato re-
cogió unas calabazas silvestres para el guisado sin reconocerlas; probablemente se
trataba de una fruta del tamaño y forma de una naranja o pequeño melón pero con
un sabor en extremo amargo, con un olor pungente; eran purgantes fuertes y en
cantidades grandes podrían causar la muerte. Cuando los profetas se dieron cuenta
al probar el guisado, dijeron que la olla estaba envenenada y dejaron de comer. Eli-
seo mandó traer harina, la echó en la olla y les ordenó que siguieran comiendo,
porque ya no había nada malo con la comida. La harina simbolizaba vida, como la
sal en 2:21, y como consecuencia de la ayuda del profeta había abundancia de co-
mida en vez de hambre y muerte.
(8) La multiplicación de los panes para los profetas, 4:42–44. Evidentemente,
durante el tiempo de hambre del acontecimiento anterior ocurrió este ejemplo de
las provisiones especiales de Dios para sus escogidos. La providencia divina se de-
muestra tanto en el regalo de 20 panes de cebada y los granos de trigo como su
ofrenda de primicias por el hombre de [p 208] Baal-salisa, un lugar cerca de Gilgal
en las colinas del oeste de las montañas de Efraín y unos 20 km. al este de Siquem,
como en su multiplicación de manera que hubo suficiente para alimentar a 100
personas, y además sobró. El milagro ocurrió sólo después de la pronunciación de
la palabra profética por Eliseo. Nos recuerda de Jesús al multiplicar los panes para
las multitudes en Galilea (Mat. 14:13–21; 15:32–39; Mar. 6:30–44; 8:1–10; Luc.
9:10–17; Juan 6:1–15). No nos debe sorprender que el Mesías hiciera actos simila-
res, pero más impresionantes que los varones de Dios del antiguo pacto. Pueden ser
interpretados como anticipaciones o como repeticiones y cumplimientos. Como
quiera, está claro en ambos casos que el reino de Dios ha despedazado el orden an-
tiguo de miseria y desesperación.

Semillero homilético
El alimento espiritual para un mundo hambriento
4:38–44
Introducción: Las necesidades de alimento espiritual hoy día
son tan grandes como la necesidad de alimento material (Amós
8:11). El Señor anunció que vendría hambre y sed de oír su
palabra.
En este pasaje encontramos tres aspectos en los que se da
esta situación:
La necesidad era grande.
Había mucha gente hambrienta.
En América Latina hay millares de personas hambrientas:
) Del pan material.
) Del pan espiritual.
Un alimento contaminado.
Las falsas enseñanzas son como el alimento contaminado.
El alimento contaminado provoca la muerte.
) Física.
) Espiritual.
. El alimento sano.
158
Se basa en la Palabra de Dios.
Da vida.
Es a través de Jesucristo.
Conclusión: La necesidad de nuestro pueblo no solo es de ali-
mento sino de alimento sano y sin contaminación. Solo el ali-
mento sano producirá vida en abundancia.

Cada una de las cuatro narraciones en este capítulo comienza con un problema
que se resuelve por medio de la intervención del hombre de Dios que emite la pala-
bra profética. Todas demuestran cómo Dios y su palabra mejoran la vida: de pobre-
za extrema a libertad de toda deuda, de la muerte a la vida, de alimento envenena-
do a comida saludable y de hambre a sobreabundancia. En cada caso se trata de la
vida rescatada de la muerte; la desesperación se transforma en esperanza. En cada
caso la vida es amenazada por algo: por tragedia económica y esclavitud, por la
muerte del unigénito nacido por la intervención de Dios, por hambre y veneno y por
la escasez de alimentos. En cada caso el poder de Dios a través del profeta Eliseo
penetra la desesperanza y la rompe en pedazos con la palabra de vida. Dios suple lo
[p 209] que cada uno necesita más: dinero para el pobre, un hijo para un matrimo-
nio sin hijos, pan y guisado para los hambrientos (comp. esto con la ayuda que Je-
sús daba a los pobres [Luc. 6:20, 21; 4:18 y 7:22] y con la religión vacía de Stg.
2:16).
Es muy notable que hay un interés especial de Dios por los pobres, pero existe
igual preocupación por personas ricas con casas grandes (ver 5:1 y 4:8). De modo
que el varón de Dios no se asocia exclusivamente con los marginados de la socie-
dad. Eliseo no se encontraba al frente de una campaña religiosa contra un segmen-
to de la sociedad. Estaba dispuesto a aceptar la hospitalidad de los ricos y aun
ofrecía usar su influencia con los poderosos del país. En todo caso, la esperanza
para cualquier clase de la sociedad no se encontraba en algún líder político o en
una revolución, sino en el poder del Dios creador, que a través de su palabra profé-
tica viva acababa con la máxima desesperación que era la muerte. La restauración
a la vida rompía en pedazos el momento más desesperante de todos: la muerte.
Es importante notar la motivación del hombre de Dios en este capítulo. Es la de
compasión y de ternura, a pesar de tres posibles excepciones: su celo excesivo que
lo lleva a insistir en dar el regalo de un hijo a una mujer renuente (4:13–16), un
sentido de insuficiencia al tratar de resucitar a su hijo y su orgullo tribal o naciona-
lista, pues siendo un leal gadita posiblemente pronunció una profecía extremada-
mente severa contra Moab (3:19). Su compasión se ve especialmente en su contacto
con la viuda y sus hijos, la mujer afligida y en las dos ocasiones con sus compañe-
ros hambrientos. Su ternura y compasión para la gente necesitada indudablemente
vislumbraba el futuro modo de ser del Mesías cuando atendía a las necesidades de
mujeres desdichadas (Mar 7:24–30; 5:24–34), resucitaba a los muertos (Mar. 5:21–
24, 35–43; Luc. 7:11–17; Juan 11) y alimentaba a las multitudes hambrientas (Mar.
6:30–44).

Joya bíblica
Pero él volvió a decir: “Da a la gente para que coma,
porque así ha dicho Jehovah: ‘Comerán, y sobrará.’ ”
Entonces él lo puso delante de ellos. Y comieron, y so-
bró, conforme a la palabra de Jehovah (4:43, 44).
159
El ministerio de Eliseo se caracterizaba por sus pequeños favores, gentilezas y
atenciones individuales a la gente común y corriente. Su estilo de ministerio era
uno que se enfocaba en personas necesitadas de todos los niveles de la sociedad;
era un ministerio que demostraba gentileza y sensibilidad para el sufrimiento
humano, que cuidaba personalmente de otros. Caminaba con los hombres y les lle-
vaba valentía y felicidad para con las almas desalentadas y confusas. Como un va-
rón de Dios, ganaba la confianza de otros y probó serles confiable. Se le podía acer-
car con confianza en momentos de apuro como lo hizo la señora de Sunem, sabien-
do que él tomaría la iniciativa para tenderle la mano (v. 25) aun cuando no era el
día normal para recibir visitantes y aconsejarles —que era la luna nueva, un día
con sus sacrificios y fiestas sagradas familiares— y el día de reposo. Este hombre
de Dios no pretendía ser o saber más de la cuenta; admitía con sinceredad, humil-
dad y honestidad los límites de su conocimiento (v. 27). Así, también cumplió con la
ley (Deut. 10:18).
[p 210] (9) La sanidad de Naamán de la lepra, 5:1–27. En medio de la grande-
za de Naamán, un comandante del ejército de Siria, cuyo nombre quiere decir
"agradable, afable, favorable", existía la tragedia conmovedora de su condición de
leproso. Como un hombre muy importante (v. 1) ostentaba una alta posición social
que le permitía asociarse con el rey; como tenido en gran estima (v. 1) era de gran
influencia y respetado por todos, aun el rey; como guerrero valiente (v. 1) era dueño
de tierras y propiedades cuyo comportamiento, riqueza y valor personal lo destina-
ban para un puesto alto en el servicio militar de su país. Como jefe del ejército (v. 1)
llevaba a Siria de victoria en victoria bajo la soberanía de Jehovah.

Semillero homilético
Condiciones necesarias para recibir sanidad
5:1–4
Introducción: Actualmente existen millones de personas con
enfermedades mortales como el cáncer, el SIDA y otros males.
Naamán estaba enfermo de lepra, una terrible enfermedad, pe-
ro fue sanado milagrosamente. ¿Qué hizo Naamán? ¿Cuál fue
la medicina para su enfermedad?
Buscó a Dios.
Hay personas que han buscado salud en muchas partes sin
éxito: médicos, brujos, etc.
Dios es el autor de la vida y es el Todopoderoso.
La Biblia nos exhorta a buscar a Dios mientras pueda ser
hallado (Isa. 55:6).
Obedeció a la voz del profeta.
La obediencia agrada a Dios (1 Sam. 15:22).
Obedeció contra su voluntad.
La obediencia glorifica a Dios (2 Cor. 9:13).
Debemos obedecer a los siervos de Dios (Heb. 13:17).
. Fue humilde.
Sin humildad no hay obediencia.
Debemos ser humildes a pesar de nuestra posición social,
160
política, económica o militar.
La humildad debe ser un estilo de vida (Fil. 4:12).
. Tuvo fe en Dios.
Naamán creyó a la voz del profeta.
La fe es indispensable para recibir sanidad.
) Jesús sanó a muchos (Mat. 15:28).
) Los apóstoles hicieron sanidades (Hech. 3:16).
Por la fe somos justificados delante de Dios (Rom. 5:1; Luc.
7:50).
Conclusión: No hay nada imposible para Dios. Debemos confiar
en sus palabras y sus promesas. Dios nos da sanidad física y
espiritual por medio de Jesucristo.

En el AT había una variedad amplia de enfermedades clasificadas como lepra. La


[p 211] de Naamán era una de las que creaba menos barreras para el intercambio
social. Evidentemente, se trataba de una enfermedad temporaria de la piel que no le
exigía cuarentena.
Una de las criadas de la esposa de Naamán, probablemente una prisionera de
guerra o guerrilla fronteriza, le comentó a su ama de un profeta en Samaria que
podría curar a Naamán (compare con cap. 1, donde el rey Ocozías de Israel buscaba
ayuda para su salud en el extranjero).
Naamán comunicó esta esperanza al rey de Siria, quien indicó su disposición de
ayudarle por medio de una carta dirigida al soberano de Israel. En seguida, Naa-
mán emprendió un viaje llevando consigo la carta y una fortuna millionaria para el
profeta por su sanidad. Dar obsequios a un profeta era una práctica frecuente (1
Sam. 9:7; 1 Rey. 14:3). El rey en Samaria se asustó al recibir la orden de sanidad e
interpretó todo como un acto destinado a provocar una confrontación bélica, ya que
la carta no mencionaba a un profeta. Atribuía falsas motivaciones al otro. Su mala
interpretación consistía en torcer la intención y motivación benéfica y buena de
Ben-hadad en algo despiadado. No vio la ocasión como una oportunidad sino como
algo oneroso y amenazante. Pero cuando Eliseo se dio cuenta del dilema del rey, le
comunicó su disposición como profeta de socorrerlo y a la vez así el rey aprendería
de la existencia de un profeta en Israel. No es muy frecuente que el texto sagrado en
heb. llame a Eliseo profeta, pero aquí lo hace dos veces (vv. 3 y 8). Es muy notable
que una pequeña prisionera en el extranjero sabía más de los profetas de Jehovah
en Israel y tenía más fe que el mismo rey.

Joya bíblica
Pero sucedió que cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó
que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, envió a
decir al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestiduras? ¡Que
venga a mí, y sabrá que hay profeta en Israel!” (5:8).

Al llegar Naamán a la casa de Eliseo, en vez de recibirlo personalmente, el profe-


ta envió a un mensajero con órdenes para que Naamán se lavara o se sumergiera
siete veces en el río Jordán (comp. el uso del número siete en 4:35). Estas simples
instrucciones demostraron con claridad que no era Naamán quien controlaría su
liberación de la lepra aun con todo su gran poder, influencia y riqueza, sino Dios.
161
Las leyes sobre la lepra en Levítico 13–14 se reflejan más en el vocabulario aquí que
en las instrucciones, aunque el lavado era parte de una limpieza ritual y simbólica
(Lev. 14:7, 8), mientras aquí su baño aceleró o apresuró la limpieza. Tanto las órde-
nes del profeta como la falta de protocolo en el recibimiento de un alto funcionario
con caballos y carrozas (v. 9) enfurecieron al rico guerrero valiente. Después de todo
consideraba al profeta como uno inferior en lo social. De momento perdió esperan-
zas y creyó que todos sus planes cuidadosamente formulados habían sido frustra-
dos o malogrados sin suficiente explicación. Esperaba que el profeta actuara como
un mago o exorcista que en su presencia pronunciara unos encantamientos, pero al
no hacerlo se sintió ofendido y como buen patriota pensó en los ríos cristalinos de
su propio país. El flujo del río Abana (v. 12) atravesaba la ciudad de Damasco, y el
Farfar fluía paralelo a una corta distancia al sur. Por otro lado, las aguas del río
Jordán, normalmente de color oscuro, corrían llenas de lodo entre barrancas lodo-
sas. Su primera objeción fue egocéntrica y la segunda etnocéntrica o nacionalista.

[p 212] Joya bíblica


“¡He aquí, yo reconozco que no hay Dios en toda la tie-
rra, sino en Israel! Ahora pues, acepta, por favor, un pre-
sente de parte de tu siervo.”
Pero Eliseo dijo: “¡Vive Jehovah, a quien sirvo, que no
aceptaré nada!” (5:15, 16).

Sin embargo, el noble Naamán estaba dispuesto a humillarse y por segunda vez
con renuencia escuchó los buenos consejos de sus humildes siervos. Se convenció
de que valdría la pena tragarse el orgullo y la arrogancia; se sumergió siete veces en
el Jordán. Como consecuencia, conforme a la palabra profética, su piel se restauró
como la de un jovencito. (Se nos recuerda la inocencia de la niña-criada de su espo-
sa, la portadora de la buena noticia.)
En seguida toda su comitiva regresó a la casa de Eliseo, que esta vez le recibió
personalmente. Naamán había pasado la prueba de la fe. Se dio cuenta que de ver-
dad era el Dios de Israel y no un profeta con un encanto mágico quien había res-
taurado su salud. Ahora confesó su fe en Jehovah, el único Dios existente, y ofreció
bendecir a Eliseo con una recompensa generosa. El varón de Dios enfáticamente
rehusó recibirla; quería demostrarle que las bendiciones de Jehovah no se com-
pran. Su sanidad y la negativa del profeta de recibir paga dieron lugar a la conver-
sión del sirio a un monoteísmo que le exigía la adoración [p 213] a ese Dios verda-
dero. Como consecuencia, Naamán pidió permiso para llevar tierra de Israel a Siria
para poderla usar en la adoración de Jehovah. Según el henoteísmo de la época, la
gente creía que los dioses tenían poder solo en su propia área geográfica y que eran
impotentes sin su tierra. Llevar tierra de Israel a Siria permitiría que Jehovah ejer-
ciera su poder y jurisdicción también en Siria. Un cambio de parecer es evidente:
hace poco despreciaba los ríos de Israel, ahora pidió permiso para llevar tierra a su
país. Asimismo pidió comprensión de parte de Eliseo cuando se viera obligado a
participar con su soberano en la adoración del dios nacional de Siria. De esa mane-
ra, con anticipación pero con un habla verbosa, divagadora y vacilante, pidió per-
dón por un arreglo que sabía que era imperfecto (v. 18). No podría practicar una
adoración exclusiva a Jehovah en Siria debido a la lealtad a su rey, aunque para él
no sería un acto de reverencia para Rimón, “el tronador” (v. 18), dios de la tempes-
tad, el trueno y la lluvia.
Pidió este segundo favor porque se convirtió en un hombre con dos lealtades:
una hacia Dios y la otra para con su rey, y este le exigiría participación en ritos pa-
162
ganos. Este ruego demostraba que su altanería se había transformado en humil-
dad. Lo expresó con vacilación, como lo indica la repetición del verbo “postrarse”
tres veces. Debido a que su lealtad era para su soberano y no para el dios Rimón,
su petición no socavaba una fe monoteísta. Su dilema fue retener el alto puesto con
el favor del rey y continuar sirviéndole como su señor humano.
Eliseo le concedió su petición. La breve o parca respuesta de Eliseo, la despedida
tradicional, es un shalom 7965 (v. 19a), que le indicó una aprobación tácita que a la
vez reflejaba una actitud reservada sin emitir un juicio final. En parte se parece a la
respuesta de Pablo a los corintos que agonizaban sobre el problema de comer carne
ofrecida a los ídolos (1 Cor. 8). El problema esencial era cuáles arreglos se permití-
an y cuáles traicionaban la fe. La respuesta de Eliseo no estableció una regla inva-
riable, más bien, permitió a Naamán decidir bajo la dirección del Dios soberano se-
gún el leal saber y entender de uno. Se parece a la solución paulina al retener la
aprobación clara y a la vez rehusar juzgar al otro; sencillamente le tocaba a Naa-
mán vivir su fe lo mejor que podía bajo el dominio y voluntad de Jehovah dentro de
una sociedad donde la mayoría era incrédula. [p 214] Pero lo que le tocaba a Eliseo
en su ministerio era pronunciar con claridad y sencillez el simple mensaje de salva-
ción y no emitir reglas para la conducta.
El siervo de Eliseo estaba descontento porque su jefe no había despojado al
acomodado enemigo. Al iniciar Naamán el viaje de regreso a su país, con una reso-
lución firme Guejazi decidió tomar ventaja de la buena disposición de Naamán y a
la vez enriquecerse. El deseo de Guejazi de explotar a un extranjero estaba en plena
violación de la ley de Israel (Exo. 22:21; Deut. 24:17–18; 27:19). El espíritu nacio-
nalista del siervo contrasta con el espíritu internacionalista del profeta. Los dos
emitieron un juramento (vv. 20 y 16).
A corta distancia de la casa del profeta, Guejazi hizo detener a Naamán y le min-
tió afirmando tener una petición de Eliseo. Su deslealtad le llevó además a aserve-
rar que la mentira avara procedía de su jefe (v. 22). Su traición y perfidia era aún
más malvada al contrastarla con la generosidad de Naamán. Guejazi pidió un talen-
to o 3.000 monedas (según DHH) y dos vestidos nuevos, lo cual el agradecido y ge-
neroso Naamán pensó que era poco. Por lo tanto le duplicó las monedas y la ropa, y
mandó dos personas para llevar lo concedido. Guejazi no perdió tiempo en escon-
derlo él mismo (v. 24). Fue infiel y avaro mientras que Naamán fue fiel y generoso.
¿Nos anticipan la traición de Judas, el tesorero de Jesús, al posesionarse perso-
nalmente del dinero de su Señor? ¿Nos recuerda también la avaricia de Acán y de
Ananías y Safira y su castigo más severo en momentos críticos para el pueblo de
Dios (Jos. 7:1–26; Hech. 5:1–11)? Es triste cuando uno usa su posición de confian-
za y de privilegio para explotar a otros con el fin de enriquecerse personalmente. La
religión no es para ganancia personal. El ejemplo de Cristo al resistir la tentación
de explotar su poder en beneficio propio nos sirve como una gran lección (Mat. 4:1–
11).
No obstante el esfuerzo de Guejazi de hacer todo a escondidas y tratar de encu-
brirlo, Eliseo le descubrió, demostrando así el don de Dios de percibir o intuir las
cosas secretas aunque no siempre le fue dada esta presciencia (ver el caso de la
mujer de Sunen y la muerte del único hijo, 4:25–27 y del hacha, 6:1–6). Por segun-
da vez Guejazi mintió. Una mentira le lleva a una cadena de ellas. Al regañar y cas-
tigar a su siervo, Eliseo le aclaró que había momentos apropiados para que un pro-
feta recibiera remuneración y había otros cuando no era apropiado. Se administró
la justicia divina de verdad cuando la lepra del franco y honesto guerrero se pegó al
tramposo y avaro religioso; salió de la presencia del profeta blanco como la nieve (v.
27; esta descripción nos recuerda las experiencias de Moisés en Éxo. 4:6 y Núm.
163
12:10). Cuando Dios estaba obrando para sanar y convertir a uno, ese no era un
momento para la avaricia o el engaño para el beneficio propio. Su desenlace, sin
embargo, no es tan severo como el de Judas, el discípulo de Cristo.

Semillero homilético
Pecados que hacen caer a los siervos de Dios
5:20–27
Introducción: Guejazi gozaba de una posición especial. Era el
criado de Eliseo el siervo de Dios y pudo haber llegado a ser el
sustituto de Eliseo, como este lo fue de Elías. Pero lamenta-
blemente fracasó y cayó porque:
Codició lo material.
Puso su corazón en el oro, la plata y la ropa.
La Biblia nos advierte contra la codicia (Hab. 2:9).
La codicia ha provocado la caída de varios siervos de Dios (1
Tim. 6:10).
Dios nos manda que no codiciemos (Éxo. 20:17; 1 Cor. 10:6).
Mintió.
Engañó a Naamán y trató de hacerlo con Eliseo.
Los que mienten andan en tinieblas (1 Jn. 1:6).
La mentira es abominación a Jehovah (Prov. 12:22).
Dios nos manda hablar la verdad (Ef. 4:25).
Una consecuencia de la mentira es la muerte (Prov. 21:28;
Apoc. 21:8; Hech. 5:1–11).
. Pensó solo en sí mismo.
Actuó egoístamente: “Yo comeré y tomaré” (v. 20).
Actuó con rebeldía contra Eliseo.
Raíz de todos los males es el amor al dinero (1 Tim. 6:10).
Conclusión: Estos peligros se les presentan diariamente a los
siervos de Dios. Debemos buscar fortaleza en Dios y caminar
en obediencia, puesta la mirada en Jesucristo.

[p 215]
Aquí Dios hizo dos milagros, uno fue la sanidad y el otro la transferencia de una
aflicción al religioso. En contraste con los milagros del capítulo anterior donde los
milagros de Eliseo fueron motivados por las necesidades humanas, aquí las inten-
ciones son apologéticas. Tenía la intención de comprobar que había un profeta en
Israel (v. 8) y demostrar que Eliseo era ese profeta. Además, para las narraciones
los efectos de los milagros eran más importantes que el procedimiento usado para
efectuarlos. No hay que pensar que la lepra de Guejazi era peor que la de Naamán;
sin duda podría continuar su contacto social, porque no era la lepra reglamentada
por Levítico 13–14, ya que es evidente que en el 8:1–6 sigue su contacto social. El
pecado del robo por medio del engaño y la avaricia tiene sus malas consecuencias
que puede incluir aflicciones físicas. De manera que la enfermedad y la salud a ve-
ces depende de la fe de uno en la palabra de Dios, que es un mensaje mediado por
164
el profeta de Dios. Es muy notable que la sanidad fue un regalo; ni siquiera la fe fue
una precondición para buena salud. Aquí se le dio la sanidad con el fin de crear fe,
[p 216] no como condición de ella. Solo después de la sanidad se hace confesión
pública de fe.
El profeta, el hombre de fe, ejerce poder con atrevimiento mientras el rey de Is-
rael, el poder político que no tiene fe en el verdadero Dios, le manifiesta una gracio-
sa impotencia. La burocracia política no administra el poder de sanar. Está claro
que la simple obediencia a la palabra profética trae sus bendiciones, y el esfuerzo
desobediente de deshacer la promesa del profeta trae sus maldiciones.
El incidente señala también la diferencia entre la magia de un milagrero y el po-
der de Dios ejercido por su profeta: el profeta ni siquiera tiene que acercarse a
Naamán para su sanidad (ver Luc. 7:1–10). Además, enseña que uno no debe usar
el poder de Dios o la oficina profética para obtener beneficios personales. Más bien,
la reacción de Naamán es la manera apropiada para recibir las bendiciones de Dios:
por medio de la fe en el único Dios verdadero y la disposición de dar a otros en for-
ma de sacrificio.
Se nota una reorientación revolucionaria en la vida de Naamán: primero, por su
confesión explícita en el monoteísmo (v. 15); segundo, por un cambio radical de ac-
titud y carácter de la arrogancia a la humildad, y tercero, por sus peticiones contri-
tas en relación con la tierra de Israel y el perdón de Jehovah. El hombre que al
principio estaba sumido en una fe pagana después exhibe las virtudes de un cre-
yente genuino: agradecimiento (v. 15), reverencia (v. 17) y humildad (v. 18). Se le
contrasta con Guejazi, que gozaba de todos los privilegios del ejemplo vivo del profe-
ta pero que no aprendió de esas experiencias y conocimientos exclusivos. Eso nos
recuerda al hermano mayor del hijo pródigo y a Simón Pedro, quien a pesar de
compartir la compañía privilegiada del Mesías también cayó en tentación. Cabe se-
ñalar que se curó a un pagano por un acto de obediencia y se maldijo a un israelita
por un acto de deshonra. Además, se subraya que los dones de Dios no son para la
venta (ver también Hech. 8:18–24).[p 217]
El favor misericordioso de Jehovah señala la iniciativa de Dios desde el comienzo
(v. 1; ver Mar. 1:40–45). Desde el principio Naamán es el objeto de la gracia de Dios,
que le propicia crecimiento hacia una fe profunda. El Dios de Israel es también Dios
de otros pueblos y desea bendecirlos (Luc. 4:27; 5:1, 17–18); a la vez, él es superior
a los otros dioses, pues estos no tenían poder para sanar. Jehovah no es un Dios
racista o exclusivo de ninguna persona o pueblo, como recalcan las narraciones de
Rut y de Jonás, pero sí exige que todos se le acerquen con humildad. De modo que
esta narración refleja el universalismo divino, una idea que aparece una y otra vez
en las narraciones acerca de Elías y Eliseo, pues por medio de sus profetas Jehovah
obraba en el extranjero, donde fue reconocido como el único Dios (1 Rey. 17:14;
19:15; 2 Rey. 5:1; 8:13). Esta creencia no es todavía una fe misionera, pues Dios
está limitado a la tierra santa.
(10) La recuperación del hacha prestada a un profeta, 6:1–7. La comunidad
de los profetas pidió permiso a Eliseo para ir al río Jordán con el fin de cortar ma-
dera para construir una nueva residencia, que también probablemente serviría co-
mo salón de reunión, pues la anterior ya les resultaba pequeña. Evidentemente
había un bosque cerca del río. Además de concederles permiso, Eliseo aceptó la in-
vitación de acompañarles. Al cortar un tronco, a uno de los profetas se le cayó al
agua un hacha prestada. Evidentemente era una herramienta tan cara que tuvo
que rogar para que se la prestara. Clamó por la ayuda de Eliseo quien, después de
ser informado del lugar en el que había caído el hierro, cortó un palo, lo arrojó allí e
hizo que el hacha saliera a flote. Aunque en otras situaciones Eliseo empleó más a
165
las personas para cooperar en resolver sus problemas, esta vez solo al final lo hizo,
ordenando al profeta que la recogiera (vv. 6, 7).
El texto en heb. enfatiza que la herramienta era de hierro, sin aclarar el tipo de
instrumento. En los tiempos del rey David solo los más poderosos de Israel y los
filisteos disfrutaban del hierro. Sin duda era muy caro, y el profeta era un pobre sin
recursos si juzgamos en base al caso de la viuda de otro profeta (4:1–7). Cabe seña-
lar que aquí no se cumple ninguna palabra profética; no se emitió ninguna senten-
cia o promesa; tampoco hubo condenación del profeta por acción alguna. Además,
no demuestra la presciencia de Eliseo porque se le tuvo que informar el lugar del
incidente, pero sí presenta a Eliseo como un líder que responde con simpatía de
manera inmediata y decisiva a las necesidades humanas. ¿Por qué Eliseo respondió
tan rápido al clamor del hombre? Se trata de una recompensa por una labor sacrifi-
cada y fiel, contrario al caso anterior donde a Guejazi se le castigó por su desleal-
tad.[p 218]
No obstante las interpretaciones racionalistas, el texto sagrado actual sugiere
que el poder de Dios penetra al mundo del diario vivir para efectuar cambios singu-
lares. Flota el hierro. Los pobres y humildes reciben fuerzas renovadas y soluciones
a sus problemas (ver un ejemplo en Mat. 17:27). Las personas sin honor reciben
lugares de preferencia (Luc. 1:51–53). Los pecadores culpables son declarados exo-
nerados. Los perdidos son hallados (Luc. 15). Los muertos son resucitados. Estos
actos son tan increíbles como lo que hizo Eliseo en este pasaje dentro del mundo
material.
(11) La protección de los israelitas de emboscadas y la captura de los solda-
dos sirios, 6:8–23. Durante el conflicto bélico entre Siria e Israel, Eliseo divulgaba
a su rey los planes de emboscada del rey de Siria, lo cual permitió a los israelitas
evitar la derrota en varias ocasiones. Al percatarse de esto, el rey de Siria se pre-
ocupó grandemente y preguntó sobre la existencia de un espía, pero se le informó
que el enemigo e informante era el profeta Eliseo, que revelaba aun los más recón-
ditos secretos contados al rey en lo más privado. En seguida determinó secuestrar-
lo, y recurrió a la fuerza, como lo intentó el rey Ocozías con Elías (1:7–16); pero Eli-
seo trató al ejército sirio con una mano más suave que Elías.

Semillero homilético
Dios cierra los ojos de los hombres para que no vean y los
abre para que vean
6:8–23
Introducción: Una persona ciega ve lo que nosotros con nues-
tros ojos no vemos. A veces necesitamos que Dios nos prive de
algo que tenemos para poder ver aquello que nos ha dado y
que no hemos valorado. Esto es lo que pasó con Eliseo y su
criado. Dios actuó a la voz de su siervo y:
Abrió los ojos del siervo de Eliseo para que:
Viera su poder.
Recibiera fe.
Tuviera la paz de Dios.
Cerró los ojos de sus enemigos para:
Apartarlos del mal camino.
166
Guiarlos por el camino recto.
. Abrió los ojos de sus enemigos para que:
Vieran el perdón de su pueblo.
Conocieran su amor.
Participaran de su misericordia.
Conclusión: La batalla es de Jehovah. Debemos mirar con fe en
Dios confiando en su poder y no en nuestra capacidad, expe-
riencia o conocimiento.

Al descubrir el paradero del profeta en Dotán, unos 18 km. al norte de Samaria,


el rey mandó una enorme fuerza militar para capturar a un solo hombre. El siervo
de Eliseo los vio en la madrugada y con alarma se lo comunicó a su amo, pero el
profeta oró (solamente aquí y en el 4:33 se hace mención de la oración de Eliseo)
para que su criado viera la fuerza de fuego que les proveía protección divina. En el
momento del ataque, con evidente tranquilidad y lleno de seguridad, Eliseo pronun-
ció la palabra profética en forma de otra oración, y todos los sirios quedaron ciegos.
Su oración fue un arma indispensable. Luego con sutileza y disimulo Eliseo los lle-
vó a Samaria en busca del hombre que querían capturar. Y efectivamente los solda-
dos encontraron al profeta en Samaria. En heb. la palabra para ceguera (sanver
5575) no necesariamente quiere [p 219] decir que no pueden ver nada sino que pue-

de sugerir una condición de visión confusa como que se ven cosas que no están o
viceversa (compare el caso de los adversarios de Lot en Gén. 19:11). Evidentemente
aquí se trata de visión confusa que envolvía un impedimento de manera que al
principio no reconocieron a Eliseo, pero podían seguirlo a Samaria.
En la ciudad capital de Israel, una vez más Eliseo pronunció la palabra profética
en forma de oración para que abrieran sus ojos. Mientras que su siervo personifica
el miedo y la desesperación que vienen cuando uno depende exclusivamente del
juicio humano y su sentido común, Eliseo personifica la confianza que nace de la fe
genuina cuando uno depende del poder de Dios. Cuando Dios está de nuestro lado
¿quién puede permanecer en contra? Los que intentaron apresar al varón de Dios
resultaron presos de verdad (comp. la ironía similar entre Guejazi y Naamán). Uno
en las manos de Dios vale más que miles de rebeldes y desobedientes.

Joya bíblica
“No tengas miedo, porque más son los que están con
nosostros que los que están con ellos” (6:16).

Ceguera mortal
6:8–23
En la guerra en Corea, durante cierto ataque aéreo, uno de
los pilotos norteamericanos fue cegado en pleno vuelo. Un dis-
paro antiaéreo lo alcanzó, estrellándose en la cabina de su
avión. La herida no fue mortal pero convirtió su cara en una
masa sangrienta y lo dejó sin vista. Perdió momentáneamente
el sentido, pero en breves instantes volvió en sí. Al darse cuen-
ta de su situación lanzó en su micrófono un grito desesperado:
“¡Estoy ciego! ¡Por el amor de Dios, ayúdenme! ¡Estoy ciego!”
Su grito sonó estrepitosamente en el audífono de un piloto
compañero, el cual, al mirar hacia arriba, pudo ver un avión de
167
su escuadrón que subía vertiginosamente hacia un cielo obs-
curo. sabía que si el avión averiado llegase a penetrar en aquel
nubarrón ya no habría posibilidad de ayudarlo. Con rapidez el
segundo piloto dio órdenes a su amigo herido. “¡Nivélese!” Le
gritó: “Allá voy en seguida”. Así fue, en breves segundos los dos
aviones estaban volando lado a lado, y el segundo piloto pudo
observar la terrible situación en que se encontraba su compa-
ñero.
Por la mucha sangre que había perdido, urgía ayudarlo lo
más pronto posible. Pero primero había que sobrevolar la fron-
tera. Una vez fuera de territorio enemigo, el segundo piloto
buscó una pista de aterrizaje. Divisando un pequeño campo de
emergencia, dirigió a su compañero en la penosa ejecución de
las maniobras indispensables para aterrizar. Aún casi sin fuer-
zas y a punto de desmayarse, el piloto herido siguió fielmente
las instrucciones que le llegaban a través de la radio. Y sin po-
der ver lo que hacía, logró aterrizar su semidestruido avión en
tierra. ¡Se salvó porque confió en las instrucciones de su ami-
go!

Cuando el rey de Israel vio a los soldados sirios, con evidente incertidumbre bal-
buceó [p 220] acerca de matarlos. (La forma normal de dirigirse a un profeta era
señor (v. 15); únicamente los reyes lo llamaban padre (v. 21). Además, a veces se
usaba esta expresión para referirse al rey (1 Sam. 24:11) y al sacerdote (Jue.
17:10).) Pero Eliseo no se lo permitió ya que la costumbre era esclavizar a los pri-
sioneros de guerra en vez de matarlos, excepto en el caso de una guerra santa. Pro-
bablemente Eliseo quería avergonzar a sus enemigos con su bondad y así impresio-
narlos del poder todo suficiente de Jehovah. Con una masacre, el efecto pacífico de
su captura milagrosa se hubiera perdido. Por eso al libertarlos se glorificó el poder
de Jehovah y se aseguró la paz por un tiempo. Además, al libertarlos demostró inte-
rés generoso en el bienestar de los prisioneros. Los trató como invitados a celebrar
una fiesta con los derrotados antes de enviarlos en Siria a su amo, aún más humi-
llado. Debido a esta desgracia cesaron las hostilidades por lo menos temporeramen-
te y se difundió la fama del profeta de Jehovah en el extranjero.[p 221]
Cabe señalar que esta narración relata cuatro milagros del profeta: su conoci-
miento sobrenatural de los planes del enemigo, la apertura de los ojos del siervo
que le permitió ver las huestes celestiales, la acción de cegar a los sirios y la restau-
ración de su vista. El pasaje enseña con claridad que Dios controla la historia de su
pueblo mediante la persona que elige. Todo el poderío de un gobierno y un ejército
es solo un chiste comparado con los caballos y carros de Jehovah en la presencia
de la palabra profética. El rey y su estructura burocrática ineficiente son indefen-
sos; por eso necesitan la palabra profética para ser rescatados.

Semillero homilético
El siervo de Dios frente al peligro
6:8–23
Introducción: Todos enfrentamos peligros y amenazas en nues-
tra vida. El profeta Eliseo nos muestra con su vida cómo de-
bemos actuar en momentos de crisis.
Advierte a su pueblo del peligro.
168
Cada día hay muchos peligros que amenazan con destruir a
la sociedad y a la familia: Las drogas, el alcohol, la infidelidad,
etc.
Debemos prepararnos para enfrentar estos peligros cada día.
Actúa con valor.
No tuvo temor y confió en Dios.
) El temor es contagioso y dañino.
) David enfrentó con valor a Goliat (1 Sam. 17:1–58).
) Los apóstoles predicaron con valor (Hech. 5:17–42).
) Dios nos manda que seamos valientes (Jos. 1:6, 7, 9, 18).
Oró y dependió de Dios.
) Puso su confianza en Dios.
) No confió en el rey ni en su ejército.
. Es misericordioso.
Perdonó a sus enemigos como David (1 Sam. 24:10–12;
26:7–11).
Mostró la misericordia y el perdón de Dios (Col. 2:13).
Venció a sus enemigos amándolos: “Les preparó una gran
comida”.
) Jesús nos manda amar a nuestros enemigos (Mat. 5:43, 44).
) El apóstol Pablo nos exhorta a hacer bien a nuestros enemi-
gos (Rom. 12:19–21).
) El amor es la prueba de la presencia de Dios (1 Jn. 4:7, 8).
Conclusión: En todo tiempo debemos servir a Dios y ser fieles
en la predicación del evangelio, actuando con diligencia, valor y
amor.

(12) La hambruna causada por el sitio de Samaria y el cumplimiento de la


palabra profética, 6:24–7:20 ¿Cuál es la relación de este evento con el anterior?
Algunos afirman que este incidente probablemente no ocurrió después del anterior,
porque este comienza con un estado de guerra entre los dos países mientras el [p
222] anterior termina con una paz forzosa debido a la presciencia del profeta de
Dios. Otros postulan un intervalo de un largo tiempo después del incidente ante-
rior. Otros ven una diferencia en el anterior que involucraba una incursión o inva-
sión fronteriza repentina y sorpresiva por un destacamento, con este que describe
una guerra total entre los dos reyes.
De todas formas, Ben-adad de Siria, uno de varios reyes con ese nombre real pe-
ro posiblemente el mismo que atacó a Acab (1 Rey. 20), mandó sitiar a Samaria, lo
cual causó una hambruna en la ciudad capital. Como consecuencia hubo una in-
flación exorbitante demostrada por el costo excesivo en el mercado de alimentos
exóticos (v. 25) e inmundos, como fue el caso de la cabeza del asno. Aunque Josefo
sugiere que el estiércol de palomas fue precisamente eso y que se usó como un sus-
tituto para la sal (ver nota de la RVA), otros sugieren otras posiblidades como algu-
na planta comestible o usada como leña, como cáscaras no comestibles. En otras
ocasiones los desesperados aun comían excremento humano (18:27). La Biblia de
169
Jerusalén traduce el heb. como “un par de cebollas silvestres”. Como quiera que se
identifique, se trata de más de un litro de un alimento sin sabor con un costo exor-
bitante. Señala así la profundidad de la desesperación del pueblo.
Durante este tiempo, mientras el rey de Israel caminaba sobre la muralla de la
ciudad, una mujer le gritó pidiéndole socorro. No es posible identificar al soberano
con certeza, aunque el contexto sugiere su identificación como Joram. El más alto
oficial del país se sentía impotente para ayudarla con vino o granos, los productos
básicos y principales de su época; igualmente le fue imposible emitir una sentencia
justa que les diera esperanza. En realidad, ella no le pedía alimentos, sino más bien
quería autorización para guisar al hijo de la otra mujer con quien había pactado
comerlo (compare con Deut. 28:56 ss.; Eze. 5:10; Lam. 2:20; 4:10). Aparentemente
la mujer no sentía la muerte de su hijo, pero sí la injusticia de la vecina que no
guardó su promesa.
Dicha petición le causó al rey mucho dolor y de momento, a la ligera, culpó a
Eliseo por su dilema e hizo un juramento de acabar con el culpable. ¿Se relaciona
en parte la actitud del rey con el relato anterior donde a causa de Eliseo se dejó en
libertad a los soldados sirios en vez de liquidar aquella fuerza militar? Sólo si los
relatos siguen una secuencia cronológica, tendría sentido. La otra motivación del
rey [p 223] sería de asco por el canibalismo de su pueblo hambriento que estas dos
mujeres ilustran (ver la experiencia de Solomón en días más felices en 1 Rey. 3:16–
28). Ya frustrado y desesperado, no esperaba ayuda de Dios; tampoco admitía su
propia responsabilidad por la situación (compare a Adán y Eva y su respuesta a
Dios en Gén. 3:11–13) sino culpó al asesor que probablemente aconsejó la resisten-
cia a los sirios prometiendo su liberación. Por lo tanto, precipitadamente culpó a
Eliseo, el representante de Dios, y determinó matarlo, pues pudo haber prevenido el
hambre y no lo hizo o supuestamente podría acabar con ella ahora si quisiera, pero
no lo hacía. Ese preciso momento en vez de hacer algo para mejorar la situación se
encontraba en su casa sentado como un inútil.
En realidad, en ese momento Eliseo se encontraba reunido con los ancianos de
la ciudad, evidentemente discutiendo la difícil situación del pueblo de Samaria o del
profeta con dos reyes en su contra. Debido a su presciencia especial, como en el
caso del 6:8–12, sabía de la amenaza del rey [p 224] enfurecido que le estaba acu-
sando irracional e injustamente. Por eso ordenó que no se abriera la puerta para el
verdugo del rey. ¿Tenía Eliseo miedo o sabía que el rey cambiaría de opinión? Lo
más probable es que mandó cerrar la puerta anticipando un cambio en la orden del
rey, aunque aun a un siervo de Dios le llegan momentos de miedo y terror, como
fue el caso de su mentor Elías, quien corrió hacia el sur, lejos de la odiosa reina que
le tenía cólera (1 Rey. 19:1–18). Si la acción de Eliseo demuestra miedo de verdad,
entonces presenta un cuadro contrario a su total confianza en los vv. 1–7 y 8–23.
De todas maneras, el mensajero del rey se acercó más rápidamente de lo que se es-
peraba o uno que acompañaba al rey llegó antes de cerrar bien la puerta; por lo
menos con su llegada, en seguida el rey le hizo a Eliseo una pregunta, que a la vez
que culpaba a Jehovah por el hambre, quería saber qué anticipar en el futuro.
Eliseo respondió con la palabra profética esperanzadora informándole de que el
hambre terminaría el siguiente día. La señal sería una bajada de precios en el mer-
cado. En ese momento el precio de la cebada era el doble lo normal. Un oficial in-
crédulo que acompañó al rey desafió la [p 226] palabra profética, y como conse-
cuencia Eliseo respondió con otra palabra profética; ese mismo incrédulo que du-
daba de las promesas de Dios sería testigo de su cumplimiento, pero no se benefi-
ciaría de ello.
170
[p 225] Semillero homilético
Un mensaje de vida y esperanza
7:1–20
Introducción: La situación económica se había agudizado en
Samaria a tal grado que algunas mujeres se habían comido a
sus propios hijos. Todo el pueblo estaba a un paso de la muer-
te. Pero en el momento propicio llegó el mensaje de esperanza y
vida.
La condición espiritual y material de Samaria.
Había hambre y miseria; física y espiritual.
Angustia y falta de fe en Dios.
Había muerte, producto del pecado (Rom. 3:23).
La intervención de Dios.
Pone temor y angustia en los sirios.
El temor no agrada a Dios.
Provee alimento y ropa de entre sus enemigos los sirios.
. La acción del pueblo.
Pudieron responder con fe al mensaje.
Pudieron dejarse llevar por el temor a una trampa.
Pero tuvieron que salir y ver lo que había pasado.
Conclusión: No hay adversidad que no pueda ser vencida
cuando ponemos nuestra confianza en Dios nuestro Salvador.

Joya bíblica
Hoy es día de buenas nuevas y nosotros estamos calla-
dos... Vayamos, entremos y demos la noticia... (7:9b).

Mientras tanto, cuatro leprosos cerca de la entrada de la ciudad llegaron a la


conclusión de que tendrían la misma posibilidad de sobrevivir en el campamento de
los sirios que en la sombra de los morros de Samaria. Por lo tanto, al anochecer, se
fueron a los cuarteles del enemigo y los encontraron desiertos. Debido a un ruido
de guerra que implicaría un ejército enemigo que venía del norte —heteos— y otro
del sur —egipcios— con pánico el ejército sirio huyó al este hacia el río Jordán,
abandonando todas sus provisiones, armas y tiendas de campaña intactas o en el
camino al Jordán. Al principio, los leprosos con voracidad se apresuraron a recoger
de la abundancia para sí, pensando solamente en sí mismos; luego recapacitaron,
reconociendo que sus actos egoístas no estaban bien.
En seguida fueron al rey de Israel para comunicarle la buena noticia, pero este
sospechaba una emboscada de parte del enemigo (compare a Josué y la batalla de
Hai en Jos. 8:1–29). Luego, a sugerencia de un oficial, envió cinco hombres a caba-
llo para espiar el paradero de los sirios. La investigación confirmó el informe de los
leprosos. El pueblo, al darse cuenta de la situación cambiada, se apresuró a salir,
empeñado en saquear el campamento. De manera que se cumplió la palabra profé-
tica dos veces: se vendían los alimentos al precio barato predicho por el Señor, y el
171
oficial que fue testigo de aquello no sobrevivió para beneficiarse de él, pues la gente
lo atropelló en la entrada de la cuidad (vv. 16, 17). Note que fueron los desechados
de la sociedad los que llevaron la buena noticia del rescate; se castigó al incrédulo
por su escepticismo (vv. 18–20); las multitudes que recibieron la buena noticia con
fe, recibieron la rica bendición de una vida nueva inmediata; así se defiende el
honor del profeta, porque el castigo seguro esperó al burlador (comp. Deut. 18:19).
Una vez más se recalca la impotencia del gobierno para resolver un problema
agobiante, frente al poder divino que sí puede hacerlo. Por medio de su profeta y su
palabra, Jehovah dio la victoria. El cambio de fortuna de los pobres hambrientos no
dependía de una revolución política, sino que se logró por medio de la guerra santa
[p 227] lidiada exclusivamente por el Señor. La gente pobre pisoteó a los opresores
como resultado de la distribución de las bendiciones de Dios y de la falta de fe del
oficial.
Este relato nos enseña cómo confrontar y sobrevivir a una hambruna. El hambre
en las vidas de las personas varía, porque puede ser hambre, de alimento (Luc.
16:20, 21), de la palabra de Dios, de espíritu (Mat. 5:3), de valor, de esperanza, de
amistad (Mat. 5:4), de paciencia o de justicia (Mat. 5:6, 10; ver Amós 8:11, 12 y
Rom. 12:19). Puede tocar todos los niveles de la sociedad (ver Isa. 61:10, 11); no
existe solución en la política excepto cuando el poder de Dios logra compenetrarla.
A veces el Estado considera al profeta de la palabra de Dios como un enemigo (2
Rey 6:31) de manera que se tenga que buscar protección (v. 32); impera, entonces,
la necesidad de esperar en Jehovah a que su ayuda llegue en el momento divino en
la forma apropiada. Dentro de la providencia de Señor su palabra de esperanza
quiebra la desesperación y el hambre (7:1) de los que no dudan (v. 2); los que espe-
ran en el Señor verán que Dios gobierna y resuelve situaciones imposibles para
otros. Hay que esperar, hay que escuchar y creer las promesas de Dios que puedan
ser cumplidas aun por la suerte de unos leprosos miserables; hay que confiar por-
que nuestro Dios presta atención a los pobres; utiliza a los despreciables para una
renovación de un porvenir que está fuera del alcance de un gobernante lastimoso.
[p 228] (13) La devolución de los bienes a la mujer de Sunem, 8:1–6. La mu-
jer de Sunem con su familia acató los consejos de Eliseo al abandonar sus tierras y
el país debido a una gran hambre de siete años (también en Egipto fueron siete
años de hambre en la época de José). No podemos estar seguros si se trata de la
misma hambruna del cap. 6, pero en ambos casos el profeta muestra su prescien-
cia de eventos futuros (comp. 7:1 y 8:1). Trágicamente, la mujer con por lo menos
un hijo menor de edad, posiblemente viuda y definitivamente empobrecida y sin in-
fluencia ni amparo en la sociedad, aunque en otro tiempo era autosuficiente (4:13)
ahora se veía obligada a refugiarse en Filistea, el país más cercano no afectado por
la sequía. Después regresó y fue al rey, el árbitro más alto en cuanto a la justicia en
relación con la tierra, para reclamar sus propiedades, las cuales evidentemente
habían sido confiscadas o apropiadas ilegalmente.

Costumbres acerca de la propiedad


8:1–6
Entre los judíos la tierra era asignada por medio de la me-
dida de cordel (Sal. 78:55). La distribución de la tierra una vez
medida se hacía por “suerte”. Se ponían en un saco varias pie-
drecitas en las cuales se ponía una señal para indicar la por-
ción de la tierra que representaba. Luego un niño iba sacando
las piedrecitas una por una y las entregaba a cada uno de los
hombres que deseaban cultivar la tierra. Cada hombre al reci-
172
bir su piedrecita decía: “Dios mantenga mi suerte”.

En el preciso momento de su llegada el rey se encontraba conversando con Gue-


jazi acerca de Eliseo y en especial en relación con la restauración a la vida del hijo
de la señora. El siervo la identificó de inmediato. Aunque la llegada al preciso mo-
mento de parte de Natán el profeta y Betsabé en presencia de David fue planificada
por ellos, evidentemente éste es un caso de la providencia divina, en el cual ella dio
testimonio del poder de Dios en Eliseo y él al identificarla aligeró sus trámites con el
gobierno. Como consecuencia, el rey ordenó que un funcionario se encargara de la
restauración inmediata de todas sus propiedades y los ingresos de las mismas du-
rante su estadía en Filistea. La presencia de Guejazi con el rey sugiere que el inci-
dente ocurrió antes de ser leproso, o que no fue un tipo de lepra muy seria, o ya se
había arrepentido y fue sanado de ella o que el rey estuvo dispuesto a arriesgarse a
una conversación con un leproso como sugiere el capítulo anterior. Así se hizo jus-
ticia económica para la señora necesitada; es decir, sucedió lo contrario a lo que
hacían Acab y Jezabel, que quitaban terrenos a su antojo como en el caso de Nabot
de Jezreel.
Los buenos consejos de Eliseo resultaron [p 229] también en su recuperación de
todo; la señora no perdió nada a pesar de su larga ausencia. El profeta resolvió un
problema que de otra manera hubiera sido angustioso y lo hizo dentro de siete años
de sabático, durante los cuales ella retenía los derechos de posesión a pesar de no
ocupar los terrenos (Éxo. 21:2; 23:10, 11). Además, como en el caso de la sanidad
de Naamán, la participación directa del profeta no era esencial, porque Dios puede
utilizar a otras personas como sus instrumentos, aun al mismo rey. De esa manera
los consejos del profeta se convirtieron en palabra profética cumplida. Cabe señalar
que la grandeza y el poder del profeta Eliseo se acentúan al mencionar cuatro ve-
ces, en seis versículos, el regreso a la vida de aquel niño.

Semillero homilético
Las bendiciones de la hospitalidad
8:1–6
Introducción: El autor de Hebreos nos manda a no olvidarnos
de la hospitalidad cuando dice: “No os olvidéis de la hospitali-
dad, porque por ésta algunos hospedaron ángels sin saberlo”.
(Heb. 13:2). En este pasaje del libro de Reyes se nos narra la
historia de una mujer que mostró su hospitalidad, y de las
bendiciones que Dios derramó sobre su vida.
Le dio su hijo dos veces (2 Rey. 4:8–37).
Curó su esterilidad.
Resucitó a su hijo.
Dios es el dueño de la vida.
La salvó del hambre durante siete años (2 Rey. 8:1–6).
Le anunció el tiempo del hambre.
Le ordenó ir hacia Filistea.
Dios conoce todas las cosas y el futuro también.
. Cuidó y guardó sus posesiones.
Durante siete años Dios cuidó sus posesiones.
173
Dios es el dueño absoluto de todo lo que existe y de todo lo
que tenemos.
Dios suple todas las necesidades que tenmos.
Conclusión: La hospitalidad es un fruto del obrar de Dios.
Nuestra casa puede ser pequeña, pero lo importante es tener
un corazón grande para recibir a todos aquellos que vienen en
el nombre de Dios. Dejemos que Dios derrame muchas bendi-
ciones sobre nuestro hogar al ser de bendición para otras per-
sonas.

Uno no sabe las bendiciones a largo plazo de un favor que se hace a un siervo de
Dios. La relación entre la sunamita y Eliseo comenzó con su generosa hospitalidad.
A cambio ella recibió grandes bendiciones: se le ofrecieron los favores de los pode-
rosos del país, tuvo su único hijo a pesar de ser estéril, recibió por segunda vez ese
mismo hijo cuando fue restaurado a la vida, se le dio una advertencia de una se-
quía que venía junto con un consejo en cuanto a qué [p 230] acción tomar y, por
fin, se le restauró toda su propiedad cuando regresó a su país.
(14) La palabra profética sobre la enfermedad del rey de Siria, 8:7–15. Por
segunda vez (si incluimos la experiencia en Moab) Eliseo se encuentra en el exte-
rior, pero esta vez en el norte en vez del sudeste. Debido a una enfermedad el rey
Ben-hadad de Damasco, donde se encontraba el profeta, mandó a Hazael, un oficial
de la corte o un general que no podía ser su sucesor legítimo, a Eliseo con unos re-
galos parecidos a los muchos llevados a Israel por Naamán y con una pregunta so-
bre la recuperación del rey (comp. esta sabia consulta con la buena en el cap. 6 y la
mala en el cap. 1, donde el rey de Israel pasa por alto al profeta Elías al consultar a
un ídolo). Evidentemente Ben-hadad se acordaba de la sanidad de su siervo Naa-
mán en el río Jordán. No es necesario pensar que todos los 40 camellos llevaban
una carga completa de mercancía variada, sino que posiblemente fue una manera
con ostentación de exagerar la generosidad del rey, como en el incidente entre Ja-
cob y Esaú en Génesis 32:16. Esta enfermedad le proveyó a Eliseo una ocasión pa-
ra cumplir su comisión de 1 Reyes 19:15. Le dijo a Hazael que le informara a su rey
que sobreviviría (esa enfermedad), pero añadió que moriría (comp. lo que dijo Micaía
en 1 Rey. 22:15, 17). No se trata de una mentira, porque evidentemente se recobra-
ría de su enfermedad, pero moriría de un acto traicionero que no se relacionaba con
ella pero que ya se estaba tramando.
Luego Eliseo se quedó mirando fijamente a Hazael; éste se sintió incómodo; des-
pués Eliseo lloró. Cuando Hazael le preguntó la razón de su comportamiento, Eliseo
le dijo que se debía a la violenta destrucción que él haría a los israelitas. Hazael
consideraba que hacer eso a un país enemigo era una obra meritoria y expresó su
humildad ante un acto tan heroico para el bien de su patria Siria. En la época lla-
marse perro (v. 13) era una forma común para la designación de uno en la presen-
cia de un superior. Su comentario puede sugerir también que Hazael no estaba
consciente de que él pudiera ser tan cruel y por eso se sentía insultado por la acu-
sación del profeta. Muchos desconocemos la maldad que duerme en nuestra perso-
nalidad hasta el momento oportuno para demostrarlo. Luego Eliseo pronunció la
palabra profética de que Hazael iba a ser el rey.
Hazael se fue a llevar su mensaje a Ben-hadad. Al siguiente día el rey murió,
evidentemente asfixiado por Hazael, aunque el texto en heb. no lo especifica con [p
231] claridad. Es probable que el paño, usado para bañarse, estuviera hecho de un
tejido grueso parecido a un mosquitero, de manera que cuando estaba mojado, el
aire no pasaba. Otras posibles causas de su muerte fueron suicidio o una muerte
174
accidental. Como quiera, cumpliendo la palabra profética por segunda vez aquí,
Hazael reinó en su lugar. ¿Sembró el profeta una idea en la mente de Hazael que
dio fruto? ¿Sabía Eliseo que el sirio quería ser el rey y ya estaba haciendo planes
para asesinar a Ben-hadad? Aunque no sabemos todo con certeza, al fin se cumplió
el plan universal de Dios. Este episodo aclara la causa de la crisis nacional de Israel
que se avecinaba; ya que Dios lo envió, se acentuaba la verdad de que Israel no te-
nía ninguna garantía del favor divino.
(15) El dilema político en Judá empeora, pero se encamina hacia el cum-
plimiento de la palabra profética, 8:16–29. En Judá, Joram, hijo de Josafat,
heredó el trono a los 32 años (ver también 1 Rey. 22:50 donde su padre terminó su
reino). Es probable que su padre haya arreglado su matrimonio con Atalía, hija de
Acab de Israel, con el fin de hacer las paces entre los dos países. Evidentemente,
debido a la influencia de ella, la adoración de Baal fue una práctica que maldijo los
reinados de su esposo y luego de su hijo Ocozías.
El reinado de ocho años de Joram en Judá se caracterizó por tres derrotas im-
portantes, y cada una tuvo un desenlace trágico. La primera por su mala política
religiosa. Se dejó influir hacia el baalismo por su esposa, una descendiente de Acab.
Se conservó intacto a Judá solo por la promesa [p 232] a David de siempre tener
una lámpara encendida (comp. 2 Sam. 21:17, donde se trata de una señal de vida y
de esperanza y 1 Rey. 11:36 y 15:4); entonces se debía solo a la gracia de Dios.
La segunda fue la rebelión de Edom, el territorio al sur del mar Muerto. A pesar
de una excursión militar a Zaír, un lugar cerca de la frontera entre Judá y Edom
(posiblemente Zoar) para aplacar la insurrección que resultó en una victoria tempo-
raria, Joram no pudo detener la independencia de ese territorio y la formación de
su primera monarquía a partir de las conquistas de David (2 Sam. 8:2, 12–14).
Desmoralizados, los soldados israelitas regresaron a sus casas en derrota.
La tercera cuando Libna, la pequeña ciudad real de los cananeos en la frontera
sudoeste de Judá cerca de Filistea, [p 233] también logró su independencia, demos-
trando así la completa impotencia del rey. Todos estos datos hacen claro que Judá
recordaba a Joram principalmente por dos razones, su apostasía y su impotencia
militar. Se narra su terrible muerte a la edad de 40 años en 2 Crónicas 21:12–15 y
su exclusión de la tumba real (21:20b).
Al heredar el trono Ocozías hijo de Joram de Judá y de Atalía, nieta de Omri de
Israel e hija de Acab, siguió la política religiosa baalista de la familia de Acab en
Judá por un año. Ocozías como aliado de Joram de Israel se unió con este para pe-
lear contra Hazael de Siria. En el combate en Ramot (“altura”) de Galaad, al este del
río Jordán, Joram fue herido y se retiró a Jezreel para curarse. Ocozías visitó a su
aliado enfermo en ese pueblo de Israel y los dos fueron asesinados por Jehú (2 Rey.
9:14 ss.).
(16) La consagración de Jehú como rey de Israel según la palabra profética,
y la consolidación de su poder, 9:1–10:36. Este capítulo y el subsiguiente de-
muestran el cumplimiento implacable e inevitable de la palabra de juicio pronun-
ciada sobre la casa de Acab, hijo de Omri, el fundador de la dinastía (1 Rey. 16:15–
28); el papel de Eliseo no es muy prominente.
a. Se cumple la profecía, 9:1–13. En conformidad con el plan de Dios, el profe-
ta (así se le designa en el texto sagrado, aunque no es normal para el cronista) Eli-
seo envió uno de los profetas jóvenes de la comunidad profética a Ramot de Galaad,
con el fin de ungir como rey de Israel a Jehú, nieto de Nimsi. Tanto el nombre Jehú,
que posiblemente quiere decir, “Jehovah es uno” o “Jehovah, él es Dios”, como
también el de su padre Josafat (“Jehovah juzgará”) sugiere como probable que tu-
175
viera un origen devoto al Señor. El profeta-mensajero tenía instrucciones para un-
girlo con aceite en un departamento [p 234] privado y después huir a toda veloci-
dad. Las obedeció al pie de la letra. La necesidad de consagrarlo en una habitación
privada probablemente se debía a que era esencial mantener todo en secreto del rey
en Jezreel. Además, una coronación secreta tenía sus precedentes en los casos de
Saúl (1 Sam. 10:1), David (1 Sam. 16:12, 13), Salomón (1 Rey. 1:34, 38, 39) y Joás
(2 Rey. 11:12). Aunque una unción era la práctica normal en ambos reinos, solo se
menciona cuando se funda una dinastía o la sucesión está en cuestión. La unción
en Israel por un líder religioso señalaba la aprobación divina del rey y su posición
como el “ungido de Jehovah.”

Semillero homilético
La misión de Dios para Jehú
9:7–10
Introducción: Desde que Dios se reveló a los hombres eligió a
ciertas personas para trabajar en tareas específicas. Jehú fue
ungido por Dios para una misión especial: Exterminar aquellos
líderes que se habían desviado de la ley de Dios.
La misión (10:11).
Muerte a Joram y Ocozías, reyes de Israel y Juda (2 Rey
9:25, 26; 8:27; 9:27–29).
Muerte de Jezabel, mujer de Acab (1 Rey. 16:31).
Muerte a los 70 hijos de Acab (2 Rey. 10:1–7).
Muerte a los 42 hermanos de Ocozías (2 Rey. 10:13, 14).
Muerte a los sacerdotes de Baal (2 Rey. 10:18–27).
Cualidades para realizar la misión.
Diligencia.
Astucia.
Valor.
. El reconocimiento de Dios.
Bendición sobre su familia.
Murió en paz.
Conclusión: A veces no entendemos por qué Dios nos manda a
hacer algo, pero cuando tenemos la seguridad del llamamiento
y la voluntad de Dios no debemos vacilar en obedecerle.

Al derramar el aceite sobre la cabeza de Jehú, un símbolo de bendición de Dios y


de comisión, el único rey en el norte en ser honrado así, el hombre de Dios pronun-
ció unas palabras proféticas que reiteraron la esencia de la predicción de Elías en 1
Reyes 19:15–19 (ver también 14:10; 21:23). Primero, lo consagró como rey del ver-
dadero pueblo de Jehovah, sugiriendo que algunos habitantes en Israel serían ex-
cluidos. Segundo, como rey haría justicia por los profetas asesinados por [p 235]
Acab y Jezabel al eliminar cien por ciento de esa familia y así exterminar toda la
descendencia suya e incluso a los enfermizos (como se hizo en el caso de la familia
real anterior de Jeroboam I). Además, Jezabel no sería enterrada, ya que los perros
(literalmente) se la comerían en el campo de Jezreel. Dicha sentencia significaba,
176
según una creencia popular, que su espíritu estaría destinado a vagar sin fin. Todo
el acto sirvió para legitimizar el reino de Jehú.

Semillero homilético
La misión del rey Jehú
9:1–10:36
Introducción: La Biblia dice que Dios nos ha hecho reyes y sa-
cerdotes (Apoc. 1:6–5:10), y nos ha escogido para una misión
especial (1 Ped. 2:9). Para cumplir esta misión se necesita valor
y fe en Dios. Esto es lo que vemos en la vida del rey Jehú.
Ungido como rey de Israel (9:1–6).
En el NT ungido se traduce del gr. Cristos y en el AT se
traduce del heb. para Mesías.
En el AT son ungidos los reyes, sacerdotes y profetas.
Jesús fue ungido por Dios por eso es Rey, Sacerdote y Profe-
ta.
La misión de Jesús fue formar un nuevo reino de amor, ser
mediador entre Dios y los hombres y anunciar el mensaje de
Dios.
Comisionado por Dios (9:7–10).
Exterminó a todos los líderes idólatras: Jasón, Ocozías,
Jezabel y toda la familia real.
Para cumplir el mandato de Dios es necesario actuar con
valor.
Dios nos manda que no temamos (Jos 1:9).
. Al cumplir la misión (9:14–10:36).
Actuó con diligencia contra la rebeldía.
Actuó con firmeza contra el pecado.
Actuó con fe contra los dos reyes idólatras.
Conclusión: Dios nos ha elegido para una misión en este mun-
do. Una misión profética, valiente y veraz.

Los otros militares querían saber a qué se debía la llegada repentina del extraño
religioso al campamento. ¿Significaba un augurio bueno o malo? La designación de
loco (v. 11) para referirse al profeta (comp. Ose. 9:7 y Jer. 29:26) señalaba a uno
que sufría éxtasis. Jehú contó poco a poco a sus compañeros, reunidos posiblemen-
te en ese momento para discutir un levantamiento debido a su descontento con to-
das las derrotas militares recientes, que el profeta le había consagrado como rey.
Como una junta militar le dieron reconocimiento [p 236] como tal con evidente en-
tusiasmo, usando los símbolos tradicionales de realeza y sumisión para ella: un
trono hecho de sus mantos, la corneta (11:14; 1 Rey. 1:34) y una aclamación (ver
también 1 Rey. 1:39, 40). Evidentemente el establecimiento militar estaba harto de
seguir a reyes que habían perdido la unción o bendición de Dios y siempre se en-
contraban en la derrota. Esto muestra la tradición de la confederación sacral del
norte, que reconocía la posesión de la bendición espiritual como una característica
necesaria de los líderes, tanto los jueces como los reyes.
177
b. La consolidación de su poder, 9:14-26. Después de conspirar con los co-
mandantes militares de todo el ejército de Israel en Ramot de Galaad, con el fin de
fundar la cuarta dinastía, Jehú cruelmente pero con sagacidad política tomó unos
siete pasos violentos para asegurarse el poder real y la eliminación de todos los ri-
vales potenciales.
La revolución requería dos empujones sistemáticos, la purga de la familia real
extendida y la eliminación del baalismo. Su propósito de matar a todos los varones
fue doble: asegurar la sucesión de su propia familia y prevenir una contienda san-
grienta entre familias.
Con cada paso de la revolución iban en aumento la violencia y la brutalidad.
Primero, tres personas o gobernantes influyentes fueron asesinados, seguidos por
grupos de personas asociados con el poder real y religioso anterior. En varios casos,
los actos violentos se presentan como cumplimiento de la palabra profética (9:25,
26; 36, 37; 10:10, 17) y con frecuencia lo señala el mismo Jehú que demuestra ser
una persona tramposa, brutal e impasible (ver 9:34). Aunque el cronista indica ex-
plícitamente en el texto (9:7–10, 22, 26, 36, 37; 10:10, 30) que Jehú hacía la volun-
tad de Dios y que también se señala con la cooperación de Jonadab (10:15, 16, 23),
sin embargo al final de la narración su evaluación no es de total aprobación (10:29–
31).
En el primer paso de la revolución, Jehú asesinó al rey Joram (9:14–26) que se
encontraba en Jezreel recuperándose de heridas sostenidas en la batalla en Ramot
de Galaad. Después de asegurar el secreto de la conspiración, Jehú mismo em-
prendió un viaje inmediato de unos 64 km. hacia el lado oeste del río Jordán, con
unos cuantos soldados, para tomar por sorpresa al hijo de Acab. Al acercarse a Jez-
reel con su séquito, el atalaya en el lado este de Jezreel los vio y el rey envió dos
mensajeros para enterarse de las noticias sobre la paz (shalom) con Siria en Galaad,
pero Jehú no los dejó regresar con un mensaje.
Las respuestas de Jehú a los dos mensajeros y al rey sugieren una definición di-
ferente de la paz; para él incluía la armonía del pueblo de Jehovah con Dios que
resulta [p 237] en la prosperidad del pueblo. Además, se nota un ciclo de tres en el
cual con el tercero se alcanza el punto culminante como en otras ocasiones (1:9,
11, 13; 2:2, 3, 4, 5; 4:29–31; 32–34; 35, 36). Cuando el atalaya le informó a Joram
de que venía Jehú, salió repentinamente en su carro junto con el de su pariente
Ocozías rey de Judá —pero en carros separados— con la esperanza de recibir bue-
nas noticias de la batalla en Ramot de Galaad. Sin embargo, tuvo un encuentro fa-
tal con Jehú en la propiedad de Nabot de Jezreel, pues la flecha de Jehú atravesó el
corazón del rey, y éste cayó dentro de su carro.
Para que se cumpliera la palabra profética pronunciada en su presencia hacía
tiempo, Jehú ordenó que el cadáver sangriento de Joram fuera arrojado en la pro-
piedad de Nabot. Ya que esta palabra profética no aparece en ningún otro lugar,
Jehú se convirtió en la persona que la emitió y la cumplió (9:26) mientras Bidcar, el
encargado del escudo y las armas del guerrero, sirvió de segundo testigo.

Dio su vida por las misiones


9:1–10:36
Raimundo Lulio, nacido en Palma de Mallorca en 1232,
después de llevar una vida de pecado se convirtió a Cristo y
desde ese momento dedicó el resto de su vida a hablar a los
demás de su fe en Cristo. Según él, tres cosas eran necesarias
para la conversión de los moros: El dominio del idioma y el co-
178
nocimiento de la fe del pueblo; poseer literatura apologética
competente, y un valiente y firme testimonio entre los paganos,
aun a costa de la vida misma. Siempre creyó que aun el marti-
rio podría servir para la conversión del pueblo. Fundó escuelas
de idiomas orientales para misioneros en varias ciudadades de
Europa. A la edad de 56 años se dirigió al norte de África don-
de predicó, estuvo encarcelado y fue expulsado del país. En su
tercer viaje, a los 83 años, después de predicar en el mercado
de la ciudad de Bugía, fue apresado y golpeado hasta que mu-
rió. Aquel valiente testigo de Jesucristo se despidió de este
mundo cumpliendo su responsabilidad misionera.

Darte la retribución en el v. 26 aclara el sentido de paz (shalom), porque sugiere


la restauracion de la paz entre Dios y su pueblo que ha sido destruida por los actos
sangrientos de Acab y las fornicaciones y hechicerías de Jezabel. De modo que la
paz verdadera no tiene que ver con la paz en Jezreel sino que se trata de la vida [p
238] espiritual misma del pueblo y si ellos hacen la voluntad de Dios. Pero mien-
tras viviera esa mujer, seguiría corrompiendo el país. La tragedia en el caso de Jo-
ram y Jehú fue [p 239] querer restaurar la paz de Dios por medio de la violencia
desastrosa de una revolución política.

Los eunucos
9:32; 20:18; 23:11
En la Biblia encontramos varias referencias a los eunucos.
En el sentido griego, eunuco significa “cuidador de lechos”. Es-
te es el uso más frecuente en la Biblia. Era el trabajo de escla-
vos en las cortes reales; algunos estaban a cargo del harén re-
al, p. ej. Sasgas y Hegai (Est. 2:14, 15; 4:4). La reina Ester te-
nía un eunuco a su servicio llamado Hatac (4:5). Para realizar
este trabajo, los hombres eran castrados. Esta era una práctica
de los pueblos paganos, aunque la perversa reina Jezabel tenía
eunucos a su servicio (2 Rey. 9:32). El etíope a quien evangeli-
zó y bautizó Felipe era un eunuco servidor en el palacio de la
reina Candace (Hech. 8:27). Algunos eunucos, además de cui-
dar el harén real, servían en la educación de los niños del rey.
Daniel en Babilonia fue servido por varios eunucos; p. ej. Mel-
sar estaba a cargo del cuidado de Daniel (Dan. 1:11).
Otros eunucos estaban a cargo de las puertas (Est. 2:21,
23; 6:2).
Otros eran mensajeros (Est. 1:10, 12, 15, 6:14; Dan. 1:3).
Otros al servicio exclusivo del rey. En este sentido, el con-
cepto hebreo saris significa “militar comisionado” (2 Rey.
25:19) “y allegado al rey”, como Potifar (Gén. 39.1). Había siete
eunucos al servicio del rey Asuero (Est. 1:10, 12, 15; 7:9) y
otros de Naducodonosor (Dan. 1:11).
Otros eunucos servían como sacerdotes para realizar oficios
religiosos (2 Rey. 23:11), como los sacerdotes de la diosa Diana
de Efeso. Un eunuco es el que intercede por el profeta Jeremías
ante el rey Sedequías (Jer. 38:7–9). Isaías le profetiza al rey
Ezequías que servirían como eunucos en Babilonia si no se
179
volvían a Dios (Isa. 39:7; 2 Rey. 20:18).
Jesús menciona tres clases de eunucos. Los que lo eran por
nacimiento; por enfermedad o deformaciones físicas no podían
tener relaciones sexuales. Los hechos por los hombres; estos
eran los castrados en las cortes reales de los pueblos paganos.
Y en tercer lugar están los que se hacen eunucos por causa del
reino (1 Cor. 7:7; 32–35); son aquellos que renuncian a una
vida sexual y matrimonial para dedicarse al servicio de la obra
de Dios. No es porque las relaciones sexuales sean considera-
das malas sino porque el soltero no tendrá más preocupación
que servir a Dios. La castración era prohibida en Israel y los
eunucos eran excluidos de la congregación (Deut. 23:1). El pro-
feta Isaías proclamó que los eunucos también serán recibidos
por Dios (Isa. 56:34).

Las fornicaciones de Jezabel (v. 22) no tenían que ver con la vida sexual sino con
la espiritual dedicada a Baal, ya que la evidencia existente sugiere que fue leal a su
esposo. El uso del término sugiere menosprecio hacia las prácticas paganas mez-
cladas con la prostitución ritual y sagrada y la magia imitativa de los amuletos de la
diosa de la fertilidad del baalismo.
c. La muerte del rey Ocozías, 9:27-29. El segundo paso fue el asesinato des-
piadado del rey Ocozías de Judá que estaba en Jezreel visitando a su pariente real
enfermo. Al escuchar el grito de peligro y ver el asesinato de su tío, huyó en su ca-
rro hacia el sur, probablemente con la esperanza de encontrar leales a la casa real,
pero en Bet-hagan, fue herido junto a Ibleam y murió en Meguido. Luego fue ente-
rrado en Jerusalén. De esa manera se eliminó a Ocozías como fuente de venganza
por el asesinato de su familia.
d. La muerte de Jezabel, 9:30–37. El tercer paso en la consolidación del poder
real en manos de Jehú fue el asesinato de Jezabel, la reina madre de Israel. Cuando
le llegó en Jezreel la noticia de la muerte de su hijo y rey, orgullosamente y con
frialdad se adornó para su muerte segura a manos de Jehú. Algunos creen que su
asociación con la fornicación (9:22; ver Jer. 4:30; Eze. 23:40) indicaría que se ador-
nó con la esperanza de atraer a Jehú para un encuentro sexual, para evitar que la
asesinara. Pero esa interpretación no concuerda con la acusación odiosa que le gri-
tó por la ventana. Probablemente ella creía que la condición del cuerpo en el mo-
mento de morir caracterizaría la naturaleza de su existencia después de la muerte.
No obstante, con cinismo evidente antes de su muerte insultó a Jehú y predijo
equívocamente un reinado corto para él, pues el reinado de siete días de Zimri fue
un fracaso que terminó con su furibundo suicidio (1 Rey. 16:15–20). Sus propios
ayudantes la tiraron por la ventana, evidentemente de una segunda planta. Al caer,
su sangre salpicó la pared y a los caballos, los [p 240] cuales la pisotearon. Sin
preocuparse por su cadáver y con evidente desprecio e insensibilidad, Jehú comió y
bebió tranquilamente. Así demostró que había algo de verdad en el insulto de Jeza-
bel acerca de él y vislumbró un régimen tan cruel como el anterior. Luego, pensan-
do en la descendiente real como princesa de Fenicia, la mandó enterrar, pero solo
encontraron el cráneo, los pies y las palmas de las manos de ella (v. 35). Así tam-
bién se cumplió la profécía pronunciada por Elías sobre el desenlace final de la
enemiga número uno de Jehovah y sus siervos (1 Rey. 21:23).
e. La aniquilación de la familia de Acab, 10:1–14. El cuarto paso fue la ani-
quilación atrozmente brutal y sin misericoria de los 70 hijos de Acab en Samaria.
Setenta (v. 1) puede ser un número redondo o simbólico para totalidad o todo abar-
180
cador; incluye nietos y tal vez bisnietos. Hay quienes han sugerido que eran verda-
deros hijos, nacidos de las concubinas del rey. Jehú escribió cartas a Samaria a los
ancianos que representaban al pueblo, a los tutores de la casa real y a los principa-
les soldados profesionales encargados de la ciudad, que incluían a los que habían
huido de Jezreel, exhortándolos a proclamar rey a un heredero de Joram, con el fin
de preparar una batalla contra él. Pero estos no creían posible una victoria, ya que
dos reyes no podían con él. En su creencia el rey era una persona sagrada que po-
seía poder sobrehumano, y un hombre que había matado a dos tenía que estar do-
tado con un poder extraordinario. Así se lo comunicaron.

Joya bíblica
Sabed, por tanto, que de la palabra de Jehovah, de lo
que ha hablado Jehovah contra la casa de Acab, nada caerá
a tierra; y que Jehovah ha hecho lo que había dicho por
medio de su siervo Elías (10:10).

Jehú les dijo en una segunda carta que si iban a someterse a él, tendrían que
demostrar su lealtad decapitando a todos los descendientes de Acab. Cumplieron la
orden y, conforme a sus instrucciones, se colocaron las 70 cabezas en dos monto-
nes a la entrada de la ciudad de Jezreel, de manera que los que salían del pueblo
en la madrugada para trabajar en los campos las vieran y las tomaran como adver-
tencia. Este acto sangriento infundió miedo en la población para que cooperaran
con el usurpador.
El siguiente día, en un mensaje público, [p 241] Jehú informó al pueblo que solo
él era culpable de conspirar contra el rey Joram, pero que ellos eran culpables por
la muerte de los 70 hijos. Además, recalcó que todas las palabras proféticas pronu-
nicadas por Elías en cuanto a Acab y su familia se cumplirían. Así les hacía ver que
no era un asesino común y corriente sino un siervo de Jehovah. Con ese propósito
procedió a exterminar en Jezreel al resto de la familia de Acab, sus siervos, los ami-
gos y los religiosos más allegados a la familia. La astucia de Jehú se ve en que por
medio de una trampa hizo a los tutores matar a los descendientes de Acab, luego
los responsabilizó por el crimen, y después los ejecutó, complaciendo de esa forma
tanto a los amigos como a los enemigos de Acab. Nótese también que la oferta que
la gente no se atrevía a rechazar en realidad era una trampa que no podrían evitar.
Al encaminarse hacia Samaria, Jehú encontró inesperadamente a los hermanos
de Ocozías de Judá (10:12–14), los cuales [p 242] desconocían los asesinatos de
sus parientes. Cuando supo quiénes eran las 42 personas, con evidente insensibili-
dad las prendió y las degolló junto al pozo de los pastores de Bet-equed.
f. El acuerdo entre Jonadab y Jehú, 10:15–17. Jehú seguía hacia Samaria,
porque su éxito dependía de su control en esa ciudad capital. En el camino consoli-
daba su poder sobre el trono aún más por medio de una alianza con Jonadab, hijo
de Recab (10:15–17), representante de los fanáticos conservadores y tradicionalistas
radicales del país. Jonadab, el fundador de los recabitas, que vivían vidas nómadas,
habitando en tiendas de campaña, absteniéndose de vino, rehusando cultivar la
tierra (ver Jer. 35 y 1 Crón. 2:55) y manteniendo una lealtad firme a Jehovah, fue
un aliado influyente por ser un hombre muy estimado en el país. La invitación de
acompañarlo en su carro selló su alianza con un apretón de manos y juntos llega-
ron a Samaria, donde Jehú exterminó a los parientes y leales restantes de esa ciu-
dad. Jonadab también cooperó en la masacre o la carnicería de los fieles de Baal
(10:23). Evidentemente, esto representó un esfuerzo para asegurar el apoyo de los
elementos conservadores del país.
181
g. La masacre de los seguidores de Baal, 10:18–29. El sexto paso en su conso-
lidación del poder real fue la masacre de los siervos de Baal. Aunque Acab constru-
yó un templo para la adoración de Baal, probablemente no lo servía de corazón, ya
que dio a ambos hijos nombres con raíces relacionadas con Jehovah (Joram y Oco-
zías); estaba completamente dominado por su esposa Jezabel (1 Rey. 21:25, 26), se
arrepintió cuando escuchó el reproche divino (1 Rey. 21:28) y designó como su mi-
nistro principal a un siervo leal a Jehovah: Abdías. En Samaria, la ciudad capital de
Israel, con el fin de exterminar el culto baalista, con hábil engaño Jehú anunció a
todo el pueblo que, siendo un fanático de Baal, quería celebrar un sacrificio solem-
ne [p 243] en grande en la presencia de todos los fieles, incluyendo a sus ministros
oficiales. En el día anunciado para la celebración, sus leales de todo el país de Is-
rael llenaron por completo el templo de Baal. Dos veces (vv. 19b, 24b) señala la mo-
tivación tramposa de Jehú. Después de asegurarse de que todos en el templo serví-
an a Baal y después de ofrecer él personalmente el holocausto, con espantosa y
premeditada frialdad Jehú mandó a los guardias y oficiales que exterminaran a to-
dos. ¡Fue un sacrificio de verdad! También demolieron y quemaron los objetos sa-
grados y el templo de Baal, y lo convirtieron en una letrina.

Joya bíblica
Entonces Jehovah dijo a Jehú:
“Porque has actuado bien haciendo lo recto ante mis
ojos y has hecho a la casa de Acab conforme a todo lo que
estaba en mi corazón, tus hijos se sentarán en el trono de
Israel hasta la cuarta generación” (10:30).

h. Una promesa condicionada de Dios, pero la desobediencia trae sus con-


secuencias adversas, 10:30–36. Todo lo anterior Jehú lo hizo en cumplimiento de
la voluntad expresa de Jehovah y a la vez para consolidar a su poder real. Pero el
paso final era la legitimización de su casa real por Dios (10:30, 31). Desde luego el
baño de sangre necesario para extirpar la religión de Baal de Israel mereció la apro-
bación de Dios. La recibió con la promesa condicionada de que sus descendientes
reinarían solamente hasta la cuarta generación. Jehú dejó intactas las capillas con
sus imágenes en Betel y Dan, donde Jeroboam I había construido los dos becerros
de oro para que los israelitas les rindieran culto en vez de viajar al templo en Jeru-
salén. De ese modo no observaba la ley deuteronómica. Debido a esto, la evaluación
del cronista s obre su reinado fue ambivalente. De hecho surge la pregunta: ¿Cómo
puede Dios escoger y utilizar a un tirano que derramó tanta sangre como este para
lograr sus propósitos? Tal vez lo único que podemos decir es que hombres malvados
pueden llevar a cabo tareas necesarias para lograr al final la justicia, aunque ellos
mismos no se den cuenta de lo que hacen; tampoco escapan de un juicio justo al
final.

[p 244] Joyas bíblicas


Pero Jehú no se cuidó de andar con todo su corazón en
la ley de Jehovah Dios de Israel, ni se apartó de los peca-
dos de Jeroboam, quien hizo pecar a Israel (10:31).
En aquellos días Jehovah comenzó a reducir a Israel.
Hazael los derrotó en todo el territorio de Israel, desde el
Jordán al oriente, en todas las tierras de Galaad, Gad, Ru-
bén y Manasés; y desde Aroer, que está junto al río Arnón,
hasta Galaad y Basán (10:32, 33).
182
Jehú e Israel pagaron un precio alto por el baño de sangre en todo el país; se
debilitó el poderío nacional, de manera que durante el reinado de Jehú el país se
encontró sujeto a ataques de parte de Hazael de Siria por todos lados, el cual tam-
bién achicó el territorio de Israel tanto en el oriente como al occidente del río Jor-
dán (10:31–36). Israel se quedó aislado y sin aliados. Se interpretó esto como el cas-
tigo de Dios aun durante la vida de Jehú. Este desenlace sugiere que los fines no
justifican los medios; aun la violencia más crasa de un baño de sangre para lograr
la paz fracasó en su intento. Las decisiones éticas acerca de la violencia (la guerra,
la revolución, la pena capital, el aborto) siempre envuelvan acomodos a la situación
y nos llevan aun en las mejores circunstancias a una paz parcial, completamente
viciada por la violencia que se tiene que emplear para lograrla. Aun la violencia más
brutal no logró reformar a Israel en esta ocasión. Se logró una reforma genuina, so-
lo después de la derrota de Hazael, luego la de los asirios y, por fin, luego de la de
los babilonios.
Jehovah bendijo a Jehú concediéndole cuatro herederos para sentarse en el tro-
no a pesar de no cumplir toda su voluntad. De modo que Dios es fiel a sus prome-
sas aunque nosotros no lo seamos. Durante el reinado de 28 años de Jehú Siria
dominaba el territorio al este del río Jordán y esa comarca no se recuperó hasta las
conquistas de Jeroboam II a mediados del siglo siguiente. Ya que el baño de sangre
debilitó el poderío de su país, no es sorprendente que las dos veces que aparecen
inscripciones escritas por Salmanesar III (858–824 a. de J.C.) acerca de él, señalan
su pago de tributo. Posiblemente este tributo se trataba de pagos por ayuda recibi-
da para poder defenderse de los ataques de Hazael. Se refiere a Jehú como “hijo de
Omri”, pero no estaba ni siquiera emparentado con él.[p 245]
Esta narración de 59 versículos es la más larga en todo el libro de 2 Reyes; esta
dinastía israelita que duró unos 100 años fue la más larga en su historia como na-
ción. El pasaje tiene unidad debido a que los actos de Jehú cumplieron las palabras
proféticas de Jehovah. De hecho Jehú así lo afirmó tres veces (9:25, 26; 9:36, 37;
10:19). Varias de las subdivisiones concluyen con afirmaciones del cumplimiento de
la palabra profética (9:25, 26; 9:36, 37; 10:10).
4. La coronación de Joás en Judá y la primera reforma popular, 11:1-20
(1) La usurpación incompleta del trono por Atalía, 11:1–3. La revolución san-
grienta en el norte tuvo sus repercusiones menos violentas en el sur, donde murie-
ron solamente dos personas (Atalía y Matán), aunque las dos se parecían en que se
mataran reinas malvadas y se destruyeran templos de Baal. Sin embargo, la transi-
ción de poder en el sur siguió un rumbo más constitucional. Un legítimo sucesor de
David se sentó en el trono después de un intervalo de seis años, es decir, ascendió
al trono en el séptimo, el año tradicional de la restauración.
Hay otros contrastes entre las dos revoluciones. Mientras Jehú fue un usurpa-
dor, Joás fue un legítimo heredero de David; mientras la unción de Jehú se hizo en
secreto por unos militares, la de Joás se hizo a la luz pública con la participación
del pueblo; mientras Jehú quedó satisfecho con la violenta destrucción del baalis-
mo, Joás tomó el paso adicional de restaurar el templo de Jehovah usando su sabi-
duría administrativa en vez de su poder político; mientras Hazael de Siria se apode-
ró de territorio israelita, recibió únicamente un tributo de Judá; mientras que el
cronista calificó a Jehú como malo, porque siguió las prácticas religiosas de Jero-
boam, a Joás se le calificó como bueno, porque siguió a Joyada el sacerdote; mien-
tras la palabra profética sirvió de motivación principal para la revolución en el nor-
te, en el sur las promesas de Dios, el renovado pacto y el deseo de tener una dinas-
tía legítima fueron la inspiración fundamental; mientras que el líder principal en el
183
norte fue un valiente soldado profesional que unía el pueblo en nombre de Jehovah,
el del sur fue un sacerdote leal a Jehovah y un buen organizador de la oposición.
Cuando la inescrupulosa y sanguinaria Atalía oyó que su hijo Ocozías, el rey de
Judá, fue asesinado a manos de Jehú (9:27–29), actuó sin demora con el fin de
conservar su propio poder como reina, aunque este fuera ilegítimo. Destruyó todo el
resto de la familia davídica excepto un niñito que Josaba, la hermana de Ocozías,
mantuvo escondido en un dormitorio del templo por seis años. Durante esos años
Atalía, hija de Acaz de Israel (8:18) y la única sobreviviente de dicha familia, ejerció
el poder real. Aunque su nombre quiere decir “Jehovah es exaltado”, eso no influía
en nada en su personalidad y carácter, porque era tan perversa y malvada que ma-
tó a sangre fría a sus propios nietos para retener el poder del trono, una tarea ya
simplificada por el asesinato de muchos de ellos por Jehú (10:12–14). [p 246] Por
eso se le ha señalado como una mujer oportunista. ¡Qué ironía que la única mujer
entre los reyes de Judá e Israel, y que llevaba un nombre de exaltación a Dios, fue-
ra precisamente la que organizó la secta baalista en la ciudad capital de Judea y
trató de destruir la línea davídica (y el único usurpador en el reino del sur)!
Contrastado con dicha villana está Josabet, la esposa valiente de Joyada y tía
del niñito (ver 2 Crón. 22:11). Cuando se percató de los planes de Atalía, escondió
al pequeño Joás con su nodriza en un dormitorio del templo, un lugar seguro de la
reina baalista, por seis años. De modo que la misma hija o hermanastra de la reina
fue la salvadora del heredero de la dinastía davídica. Por medio de ella Dios cumplió
su promesa como también lo hizo por medio de otros herederos como Isaac (Gén.
18:1–15 y Heb. 11:12) y Moisés (Éxo. 2:1–10 y Heb. 11:23). Además, como el profeta
Samuel, durante la niñez de Joás su hogar fue el templo donde veía constantamen-
te a los sacerdotes con sus vestimentas blancas, escuchaba cantar los salmos, olía
los olores de los sacrificios diarios y oía los sonidos de los mismos, el júbilo de los
que adoraban a Dios y la lectura de las escrituras sagradas. Fue en el templo donde
Josabet ayudaba a moldear la pureza e inocencia de la fe y el carácter moral del
futuro rey.

Dos mujeres tristemente notorias


La historia de Jezabel y Atalía
Sabemos que Jezabel creó muchos problemas para Elías.
Su hija, Atalía, siguió en las pisadas de su madre. Las dos mu-
jeres tenían los mismos defectos:
Eran seguidoras de una religión inmoral. Jezabel introdujo el
culto a Baal en Israel, y edificó allí en Betel un altar para la
adoración de Baal. Atalía hizo lo mismo en Judá. Hicieron sa-
crificios a Baal. Las dos importaron sacerdotes de Baal a la re-
gión, para establecer el culto a Baal en cada país.
Las dos se opusieron a los líderes espirituales de los adora-
dores a Jehovah. Jezabel persiguió a los profetas y mató a mu-
chos. Amenazó la vida de Elías, y buscó la manera de matarlo
(1 Rey. 18:4; 19:2). Atalía interrumpe la adoración de Jehovah
en Jerusalén, y regala a Baal las ofrendas que daba la gente a
Jehovah (2 Crón. 24:7).
Eran asesinas. Jezabel mató a Nabot para apoderarse de su
viña (1 Rey. 21:8–14) y Atalía mató a la familia del rey de Judá
(2 Crón. 22:10).
Las dos tenían hambre de poder, y gobernaban con mucho
184
celo, para satisfacer sus deseos personales, inclusive sobre el
poder del rey. Jezabel dominó a Acab y tomó decisiones impor-
tantes para la nación (1 Rey. 21:25). Atalía controla a Joram (2
Rey. 18:18) y gobierna en Judá (2 Rey. 11:3).

(2) El complot de Joyada, el sacerdote, con los militares, 11:4–8. Joyada ju-
gó un papel crucial correspondiente a un sumo sacerdote leal al Señor. Organizó la
rebelión, dirigió la ceremonia de coronación y ordenó la muerte de la reina y la abo-
lición de su religión. En el séptimo año, [p 247] el sacerdote Joyada concretó un
acuerdo con el ejército, la guardia real y la del templo, al presentarles al niñito
Joás. Es probable que los careos, de origen imposible de precisar, formaban la
guardia real que permaneció leal a la familia davídica (ver 2 Sam. 20:23 y 2 Sam.
15:18); se asocian con los peleteos. Joyada les informó sus planes meticulosa y cui-
dadosamente preparados para eliminar del poder a Atalía; para esto se necesitaba
la coordinación y cooperación de todos los soldados y policías, quienes debían ac-
tuar un sábado; el resultado significaría vida para Joás y muerte para la reina
apóstata.
(3) La restauración del trono a Joás, un descendiente de David, 11:9–16.
Los militares llevaron a cabo los planes del sacerdote al pie de la letra, inclusive la
entrega de las armas del rey David que fueron conservadas en el templo. Evidente-
mente incluían las hermosas réplicas de bronce de los escudos de oro que David
había confiscado de los amonitas o de los siervos de Hadad-ezer (2 Sam. 8:7). Cual
fuera su origen, servirían como símbolos de la sucesión legítima de Joás y la conti-
nuidad de la dinastía davídica.
Cuando todo el mundo estaba en su posición asignada, incluso una guardia en
forma de semicírculo alrededor del sitio de la coronación del nuevo rey, Joyada sacó
al hijo de Ocozías y al proclamarle rey, todos gritaron con evidente alegría. En dicha
ceremonia usaron los símbolos de la oficina real: una corona y el testimonio que era
un rollo de la ley o un documento con las promesas y obligaciones del pacto; es de-
cir, una declaración de la adopción del rey por Dios y las demandas sobre él en su
nuevo puesto.
Al oír la gritería del pueblo, Atalía se apresuró al templo para investigar. Cuando
se percató de la instalación del nuevo rey, gritó, avisando así a todo el mundo de la
traición, incluso a sus leales. Ella calificó como traición lo que era un acto se su-
prema lealtad a Jehovah. Pero en ese momento se encontraba sola e indefensa.
Conforme a las órdenes de Joyada, la sacaron del templo y la mataron en la entrada
de la caballería del palacio real (v. 16), un portón exterior al área del templo y por
eso un lugar apropiado para acabar con dicha mujer malvada. Junto con su muerte
cualquier esperanza de restaurar su poder cesó (v. 20). Su fin fue violento como el
de su madre o madrasta Jezabel.[p 248]
Así Joyada logró una revolución sin un baño de sangre. En todo el proceso su
aliado fue el pueblo de la tierra (vv. 14, 18, 19, 20); posiblemente se refiere al pue-
blo en general, como ciudadanos con derechos de influir el destino de su país, o
como propietarios. Otra posibilidad sería la nobleza rural que apoyaba la creencia
en Jehovah y la dinastía davídica en oposición a la nobleza de Jerusalén. Como
grupo jugó un papel de suma importancia en la sucesión legítima de cuatro reyes
calificados como justos ás, Amasías, Uzías y Josías— y uno que no era justo: Joa-
caz.
(4) La renovación de los pactos, 11:17–20. Conforme a los deseos de Joyada,
tanto el rey como el pueblo renovaron el pacto con Jehovah mediante una ceremo-
nia que sin duda incluía una clara promesa de lealtad a él. En seguida, eliminaron
185
todos los objetos usados en la adoración pública de Baal; lo hicieron conforme a los
primeros tres mandamientos en el Decálogo con el fin de extirpar la religión de Baal
en base a su promesa. Destrozaron sus altares, su templo, sus ídolos y a Matán su
sacerdote, profanando de ese modo su templo. Únicamente aquí se menciona un
templo de Baal en Jerusalén [p 249] y posiblemente fue construido por la reina Ata-
lía.
Luego el nuevo rey, la guardia, su escolta y la gente entraron al palacio real y
cuando Joás se sentó en su trono, el pueblo se emocionó con gran alegría (vv. 17–
20). De manera que se formalizó este tercer pacto, uno entre el rey y el pueblo. Es
muy notable que existía unidad esencial entre los tres sectores de la sociedad ju-
daica —el sacerdocio, el ejército y la población— en la restauración de la dinastía
davídica bajo Jehovah. Por fin terminó el breve, desafortunado e irregular interludio
en la progresión de dicha dinastía.
También Joyada designó una guardia para el templo. De esa manera tomó pre-
cauciones para proteger el templo contra la venganza de los leales de Atalía; posi-
blemente la misma se transformó en una guardia permanente (ver Jer. 29:26).
5. El reinado mediocre de Joás en Judá, 11:21-12:21
(1) Un resumen y evaluación de su largo reinado, 11:21–12:3. Después de
heredar el trono a la edad de siete años, Joás reinó con rectitud por 40 años en Je-
rusalén (para una interpretación posterior ver 2 Crón. 24). Esto se debió en gran
manera a la influencia de Joyada, su sacerdote y benefactor. También es probable
que sirviera, al principio, de guardián o regente del niño. Pero la pasividad original
de Joás y su dependencia del sacerdote se transformaron en actividad e iniciativa
más tarde, mientras la influencia del sacerdote sobre él evidentemente disminuyó al
ir asumiendo mayor liderazgo. Sin embargo, su reinado se caracterizó por el defecto
de no centralizar la adoración en Jerusalén y dejar operar los santuarios locales
para el pueblo. No obstante, cualquier éxito que valía la pena mencionar se debía a
su profunda preocupación por la restauración del templo de Jehovah que en su in-
fancia le servía como refugio. Se había deteriorado el magnífico templo de Salomón
después de casi un siglo y medio de construcción. Evidentemente, en ocasiones
había sido descuidado y aun vandalizado.
(2) La política religiosa de Joás, 12:4–18.
a. Sus primeras instrucciones a los sacerdotes, 12:4, 5. Las primeras ins-
trucciones de Joás a los sacerdotes demostraron una profunda preocupación por la
casa de Dios. Les mandó que usaran los ingresos del templo de las cuotas requeri-
das por cada israelita y por las propiedades [p 250] y las ofrendas voluntarias para
las reparaciones necesarias. Ya que todavía no existía moneda, se trataba de peda-
zos de plata y joyas. De esa manera, los mismos sacerdotes se encargarían del man-
tenimiento del templo. La designación de tres o cuatro fuentes de ingresos sugiere
la condición deplorable del templo en ese momento. Sin embargo, el plan de este
primer fondo pro templo fracasó, evidentemente debido a la falta de cooperación de
los sacerdotes y la vejez de Joyada. ¿Se debía la inactividad de los sacerdotes a que
la designación de tantos de sus ingresos para la reparación del templo les privaría
de su acostumbrado nivel de vida, o que se les transfirió una responsabilidad que
anteriormente fuera del tesorero real?
b. La implantación de una reforma administrativa de los fondos del templo
y la renovación del templo, 12:6–16. Evidentemente, debido a la crasa negligen-
cia del sacerdocio, muchos años pasaron sin hacer mejoras al templo. De todas
formas, a la edad de 30 años Joás perdió su paciencia y pidió cuentas de los sacer-
dotes, inclusive de Joyada. Aprovechó la oportunidad de anunciar una nueva políti-
186
ca para efectuar las mejoras indispensables. Desde ese momento en adelante los
sacerdotes no manejarían los dineros para la reparación del templo.

Joya bíblica
Entonces Joás dijo a los sacerdotes:
“Todo el dinero de las cosas consagradas que se trae a la
casa de Jehovah,... tómenlo para sí los sacerdotes, cada
uno de parte de su administrador, y reparen ellos las grie-
tas del templo donde éstas se encuentren” (12:4, 5).

Ya que ellos estaban de acuerdo, Joyada preparó un cofre especial para que los
mismos sacerdotes colocaran el dinero en forma de metales preciosos (plata) y joyas
preciosas que se recogían. Cuando se llenaba el cofre, el secretario del rey y el sumo
sacerdote lo contaban y registraban la cantidad; luego lo entregaban a los encarga-
dos de pagar los materiales de construcción y a los trabajadores. Debido a la urgen-
cia de las reparaciones, con el dinero no se hacían utensilios lujosos para el templo.
Esto sugiere que la seriedad de la situación demandaba la utilización de casi todos
los fondos para el trabajo en el templo. Debido a la honradez de los encargados,
tampoco les exigían cuentas. ¿Sugiere esto que eran más confiables en el manejo de
las finanzas que los sacerdotes? La única parte del dinero que se quedaba en ma-
nos de los sacerdotes era la de las ofrendas por la culpa y por el pecado (v. 16). El
resto era transferido a la responsabilidad de escribas seculares más adiestrados en
las finanzas. De esta manera, el [p 251] rey demostró su sabiduría para la adminis-
tración de las reparaciones menores del templo, y su plan fue tan exitoso que so-
braba dinero (2 Crón. 24:14).
A la vez, es imprescindible notar que el efecto de largo alcance de las acciones
administrativas de Joás fue el de restringir el poder y control de los sacerdotes so-
bre los asuntos del templo y aumentar proporcionalmente el del rey. Subsecuente-
mente otros reyes continuaron esta centralización de autoridad; especialmente se
ve cuando Ezequías abolió la adoración fuera de Jerusalén (2 Rey. 18:4) y cuando
Josías libró una purga de la religión en Judea (2 Rey 22–23). Además, los cambios
[p 252] administrativos iniciados por Joás continuaban vigentes durante la reforma
de Josías (2 Rey. 22:3–7).
c. El efecto de los problemas internacionales en el templo, 12:17, 18. A pe-
sar de su interés en el templo y en su mantenimiento, Joás se vio obligado a usar
todos los objetos sagrados como tributo para evitar que Hazael, rey de Siria, atacara
a Jerusalén; ya había atacado a Gat, unos 45 km. al sudoeste de la ciudad en la
llanura filistea y se amenazaban así las rutas comerciales y la seguridad de la capi-
tal. De manera que no sólo se despojó el templo para proteger a Jerusalén del ata-
que sirio, sino que dio por terminado el proceso de la renovación del templo.

Semilla homilética
El desafío de la reparación de la casa de Dios
12:6–16
Introducción: El estado de reparación de la casa de Dios en una
región es un comentario sobre el grado de interés y consagra-
ción de los que asisten. El pasaje es un desafío para nosotros
hoy en día, que formamos parte de la membresía de la iglesia.
Es triste ver los edificios de iglesias en estado de deterioro, de-
bido a la falta de interés de las personas que forman parte de
187
tales iglesias.
El rey vio la necesidad de la reparación del templo.
Los sacerdotes eran indiferentes a la necesidad de la repara-
ción del templo.
El rey reconoció la necesidad y llamó al sacerdote a tomar
cartas en el asunto, v. 7.
Los sacerdotes descuidaban la reparación por su indiferencia
espiritual.
Tal vez habían experimentado el “agotamiento” por la indife-
rencia del pueblo.
Consideraban que era más importante guardar el dinero
acumulado y no gastarlo.
. El pueblo aseguró los costos de la reparación con sus
donativos.
Dichoso es el líder que tiene a miembros dispuestos a contri-
buir para las reparaciones.
A la gente les falta inspiración y dirección para colaborar en
proyectos.
. Trabajadores fieles lograron terminar la reparación, v. 15.
Bajo la dirección de personas capacitadas e inspiradas.
Porque querían que la casa de Dios estuviera bien manteni-
da.
Conclusión: Cuando existen la motivación, el personal y los re-
cursos económicos para completar un proyecto, es una bendi-
ción para todos los participantes.

(3) Las consecuencias funestas de su reforma y reinado, 12:19–21. El reina-


do y la reforma de Joás tuvieron sus enemigos, [p 253] entre ellos probablemente
unos sacerdotes (ver 2 Crón. 24:17–22). Como consecuencia, hubo un complot y
dos de sus siervos lo asesinaron ignominiosamente: sufrió el mismo fin que Atalía,
la reina malvada, y su padre. Después de su muerte, fue enterrado. Así, en forma
abrupta, por una intriga del palacio terminó su reinado a la temprana edad de 47
años.
Los eventos en turno a Joás son algo ambiguos. Aunque logró restaurar el tem-
plo, al final tuvo que robarle para pagar tributo. Aunque fue rescatado de una
muerte segura como niño, 40 años más tarde fue asesinado por sus propios siervos.
A pesar de ser heredero de la promesa que Dios hizo a David y así recibió el testi-
monio de la ley e hizo un pacto de lealtad con Jehovah junto con el pueblo, no
siempre practicaba las leyes. De manera que fue justo pero no en todo; eso típica-
mente ocurre en la vida de cada creyente.
Es muy notable que en estos dos capítulos en vez de ser por un profeta, la pala-
bra profética y el actuar de Jehovah se dan por medio de un sacerdote, quien es el
que ejecuta la voluntad de Dios. Fue él y su esposa quienes salvaguardaron a un
bebé que sería un instrumento para la reforma y la renovación de la casa de Dios.
Esta no fue la única vez que un niñito jugaba un papel clave en la historia sagrada.
Así fue con el nacimiento de Isaac (Gén. 21) y Moisés (Éxo. 21); también así se pro-
fetizaba para el Mesías (Isa. 7:14; 9:6, 7; 11:1, 2; Mat. 2:13–15; Miq. 5:2–5a).
188
6. El aumento de la decadencia en Israel que permite poca esperanza, 13:1-25
(1) El caso del rey Joacaz, 13:1–9. Durante los 17 años del reinado de Joacaz,
el hijo de Jehú y contemporáneo de Joás de Judá auspició las ceremonias religiosas
del Estado que Jeroboam había establecido en Betel y Dan, junto con los becerros
fundidos que simbolizaban la fuerza y la virilidad de Jehovah. Así regresó a las tra-
diciones practicadas antes de la revolución de su padre Jehú. Las consecuencias de
esta apostasía nacional e infidelidad al Dios del Antiguo Pacto se vieron en el ámbi-
to internacional en su derrota, el desmembramiento de su territorio y la opresión de
Israel por Hazael y Ben-hadad, su hijo, ambos reyes de Siria. La causa de la derrota
fue el pecado y la resultante ira de Dios (13:2, 3, 6, 11). El gran ejército de Israel se
redujo a un remanente pequeño comparado con su tamaño anterior; se estima que
en otros tiempos Israel tenía unos 78.000 hombres de infantería y 2.000 carros.
Pero ahora, para todo el país, tenía solamente 50 jinetes, 10 carros y 10.000 solda-
dos de infantería; del otro lado todavía disponían del poderío representado por Eli-
seo (6:8–22; 13:14).
Joacaz oró a Jehovah, cumpliendo por lo menos en esta ocasión de estrechez el
[p 254] deseo de su padre al darle un nombre que significa “Jehovah ha agarrado”.
El Señor le contestó al enviar un libertador a Israel; este les permitió tener una vez
más una vida tranquila en sus casas cerca de sus siembras. Ya les fue posible vivir
en paz en sus hogares. No obstante, el pueblo no solamente seguía las prácticas de
Jeroboam sino también conservó el árbol ritual de Asera en Samaria, objeto religio-
so que algunos habían integrado a la adoración de Jehovah. El árbol ritual de Asera
(v. 6) se trataba de un poste curvado o un tronco decorado de un árbol ritual de la
religión cananea usado desde los tiempos de Acab (1 Rey. 16:33) y señalaba una
reforma incompleta de parte de Jehú (10:31). También era uno de los aspectos para
la acusación en general contra Israel (17:16). Evidentemente, el rey y su pueblo
clamaban a Dios para resolver sus problemas con una fe que nació por su misma
situación desesperante causada por ellos mismos, pero una vez librados se les olvi-
dó la fuente de su socorro.
La súplica de este rey y la respuesta favorable sucedieron tan solo una vez en la
historia del reino del norte. ¿Quiere decir que Joacaz fue el único rey dispuesto a
abandonar las prácticas religiosas abominables para Dios y a resolver depender so-
lamente del poder y de la promesa de Jehovah? El alivio de la situación se debía a
la oración eficaz de este rey.

Una lección olvidada


13:1–9
El pueblo de Israel no reconoció las bendiciones de Dios y se
apartó de él, v. 2.
La ira de Dios se encendió sobre el pueblo de Israel, v. 3.
El pueblo de Israel sufrió durante el reinado de Joacaz,
porque el enemigo sirio los conquistó, v. 3.
El pueblo clamó a Dios para que los librara de la opresión, v.
4.
Dios escuchó su clamor y los libertó, v. 5.
Sin embargo, el pueblo no se apartó de los pecados de la
idolatría, v. 6.
189
No es posible precisar el nombre del libertador aunque se ha sugerido a Eliseo y
a otros, tales como Adad-nirari III de Asiria, Joacaz (ver 13:17), Jeroboam II (ver
14:27) y Zakur de Hamat; no importa el nombre del instrumento humano, como
quiera siempre Dios fue quien proveyó el recurso necesario; pero el Señor actuó
únicamente después de que el rey volvió al verdadero Dios en oración y así, públi-
camente, confesó su fe en Jehovah. Dios, como el soberano de la historia, no pasó
por alto la importancia de las acciones del ser humano. En los vv. 2–5 existen cua-
tro elementos que consisten en dos pares de [p 255] afirmaciones. Los primeros dos
(vv. 2, 3) unen la desconfianza en Jehovah con la opresión; es decir, cuando no se
confía plenamente en el verdadero Dios, hay repercusiones trágicas en la vida pú-
blica. La segunda pareja une “volver” (el arrepentimiento) con “liberación”; cuando
se honra y sirve a Dios, hay consecuencias beneficiosas para el público. La decisión
de fe por Joacaz fue la acción tomada que facilitó el pasar del primer par al segun-
do, es decir de una postura de alienación de Dios a una de reconocimiento y de leal-
tad a él. Cuando murió el rey, se le sepultó con sus padres en Samaria.
(2) El caso del rey Joás, 13:10–13. Joás, el hijo de Joacaz y nieto de Jehú, re-
inó un año menos que su padre y durante todo ese tiempo siempre practicaba las
mismas tradiciones religiosas de él. Sin embargo, con un mayor poder militar su
ejército venció a Amasías (ver 14:8–14), rey de Judá. Al morir, fue sepultado con
sus padres en Samaria (se repite este obituario en 14:15, 16).
(3) La última profecía de Eliseo y su muerte, 13:14–25.
a. La flecha disparada hacia Siria, 13:14–17. Este pasaje consiste del testa-
mento o bendición de un hombre de Dios a punto de morir (comp. otros testamen-
tos proféticos de Noé [Gén. 9:25–27], Isaac [Gén. 27:27–29], Jacob [Gén. 49:1–27],
Moisés [Deut. 33] y David [2 Sam 23:1–7]). En las palabras existía un poder para
influir en el futuro. Eran palabras vivas (Isa. 55:10, 11; Heb. 4:12). El profeta, posi-
blemente entre los 80 y 90 años, deseaba dejar un legado de victoria para Israel.
Eliseo, un anciano de influencia en y fuera de Israel por los últimos 50 años du-
rante los reinos de 6 reyes, moría de su última enfermedad; con dolor el rey Joás lo
visitó y repitió las mismas palabras de Eliseo cuando Elías ascendió al cielo (2:12;
6:21). Este lamento del rey admitió sin ningún sentimiento de vergüenza cuánto
dependía él del profeta. Es probable que veía en Eliseo un sustituto divino por la
fuerza militar ya muy debilitada. Mientras vivía Eliseo, tenía en él los caballos y ca-
rros suficientes, pero con su muerte se quedaría sin armas y sin defensa. Además,
tenía que estar agradecido al profeta, porque fue precisamente él quien mandó al
joven profeta a ungir a Jehú, su padre, como rey (9:1–10). Es decir, el hecho de que
él fuera rey se debía en gran medida a este profeta, y posiblemente por eso sus pa-
labras de cariño o de afecto: ¡Padre mío! (v. 14). Además, la frase sugiere la posición
de respeto y autoridad que él tenía en los ojos de los líderes del país (comp. su uso
en 2:12; 6:21).
No obstante, la preocupación del profeta en ese momento no fue por sí mismo o
por su edad avanzada, sino por su país que estaba sufriendo opresión de parte de
los sirios. De la misma manera, las últimas [p 256] preocupaciones de Elías fueron
por un discípulo y sucesor más bien que por sí mismo. Que el rey descendió (v. 14)
puede sugerir la posición geográfica, ya que Samaria estaba encima de una colina y
posiblemente el profeta pasó sus últimos días en Gilgal, Jericó o Abel-mejola (1 Rey.
19:16), su pueblo natal.
Sin demora, Eliseo le dijo a Joás que tomara un arco y flechas, y que las dispa-
rara por la ventana hacia el oriente. El rey obedeció sus instrucciones al pie de la
letra. El oriente era la dirección donde hacía falta la victoria sobre Siria, pues ese
territorio de Israel había caído en manos del enemigo. Cuando la flecha fue tirada,
190
el profeta anunció que se trataba de la flecha de victoria de Jehovah contra Siria en
Afec (v. 17). Este acto no era solamente una ayuda visual sino combinaba el simbo-
lismo con el poder de la palabra profética para poner en movimiento el futuro. La
victoria sería nada más que un don de la gracia de Dios, porque la flecha de victoria
[p 257] pertenecía al Señor. Los actos proféticos tenían sus raíces en la creencia en
la palabra de Jehovah como la expresión de su voluntad para Israel. Eran miniatu-
ras de los eventos que representaban. Este acto profético se parece al mantenimien-
to de las manos de Moisés en el aire (Éxo. 17:8–13), la lanza usada por Josué cerca
de Hai (Jos. 8:18), los cuernos de hierro de Sedequías (1 Rey. 22:11) y la destruc-
ción de la vasija por Jeremías (Jer. 18).
b. Las flechas golpeadas tres veces y su significado, 13:18–25. Luego, una
vez que el rey sabía del significado de las flechas, Eliseo le dijo a Joás que golpeara
la tierra con ellas (v. 18). El rey golpeó solamente tres veces antes de detenerse. El
viejo profeta se enojó con él y lo reprendió por no haber golpeado cinco o seis veces,
pues en ese caso hubiera derrotado a Siria hasta acabar con ella, pero ahora la
vencería solamente en tres batallas. La timidez del nieto de Jehú le hizo fracasar en
la prueba de la agresividad; le faltaba perseverancia y determinación; posiblemente
consintió en golpear únicamente para complacer o dar gusto a un viejito en el lecho
de muerte; y por eso lo hizo por llenar las apariencias; estaba satisfecho con actos
fríos e indiferentes. Al rey le faltaba la fe en el profeta y sus palabras, por eso no
tendría nada más que una victoria parcial sobre los sirios.
Efectivamente, la palabra profética siempre se cumplió durante el reinado de
Joás (ver 13:22–25), pero su cumplimiento fue aun mayor bajo Jeroboam II, el
próximo rey, pues logró una victoria completa sobre Damasco, la cual pudo haber
disfrutado Joás. Pero una fe incompleta haría posible nada más que una victoria
parcial. Esencial en estos acontecimientos es la idea de que Dios era el que contro-
laba la historia y el hombre de Dios era su instrumento y guía. La política basada
en el poder y el racionalismo no manejaba toda la historia, porque detrás de ella
estaban los poderes espirituales que podían más. Sin embargo, es importante notar
que Dios obraba a través de los seres humanos.
Eliseo no solamente tenía poderes para restaurar la vida mientras vivía (4:32–37)
sino que los tenía también más allá de la muerte en la tumba. Aun muerto era más
importante que otras personas aparentemente vivas. Cuando murió, lo sepultaron
en un sepulcro que evidentemente fue un hueco hundido en una colina y tapado
con una piedra grande. A lo menos un año después, una banda de moabitas entró
al país, y cuando iban a sepultar a un muerto, les sorprendió otra banda armada.
En su apuro para huir, con el fin de avanzar, quitaron la piedra y arrojaron el ca-
dáver dentro del sepulcro del profeta; cuando tocó los restos de Eliseo, el cadáver
revivió y se paró. El contraste entre el inicio del ministerio de Eliseo y el fin es nota-
ble: [p 258] comenzó con una maldición letal (2:23–25) y terminó dando vida a un
difunto extrajero.
Este es el único lugar en toda la Biblia donde los huesos de un santo emanan
poder especial. ¿Se trata de una creencia supersticiosa o mágica en el texto bíblico?
¿Sugiere que los huesos de otros santos tienen poder sobrenatural también?
¿Aprueba la conservación y exhibición en las iglesias de restos de santos para ayu-
dar a la gente en sus problemas? No, esta no es la forma normal y típica en que
Dios actúa. Es mejor interpretar este incidente en su contexto y reconocer que se
trata de un caso único. Además, nadie rezó al difunto profeta; tampoco se encon-
traba en un lugar público, mucho menos expuesto al público en una iglesia. Es pre-
ferible una interpretación que relaciona el milagro en el contexto histórico y litera-
rio. La yuxtaposición de este evento y el anterior claramente indica esto como otra
191
señal divina para Joacaz e Israel: Jehovah era el Dios de los vivientes, y no de los
muertos (ver Luc. 20:38). Así era, no solamente para Eliseo y el hombre restaurado,
sino también para Israel. Israel como nación podía vivir aún si volvía al Dios que
daba vida. Además, como señal este corroboró el acto profético anterior, pues sólo
un Dios vivo podría garantizar su cumplimiento.
¿Estaba el moabita solamente inconsciente y despertó al tocar los huesos fríos
del santo, o se trataba de un milagro de resurrección del profeta aún muerto? Si se
trata de la segunda alternativa, ¿serviría como un contraste entre la determinación
y la perseverancia de él hasta lo último mientras el rey estaba débil y sin determi-
nación? ¿Sugiere que el profeta de Dios da vida en contraste con la muerte? Y como
el difunto moabita tendría una nueva oportunidad en una nueva vida, ¿tendría
también Israel nueva vida sin la opresión de Siria? Si la tendría en forma limitada o
ilimitada, dependía del rey. En todo caso, el tener Israel una nueva vida en libertad
tendría como base la iniciativa de Jehovah; estaría fundada en su gracia y miseri-
cordia, no en los méritos del pueblo y sus reyes.
A pesar de la opresión de Israel durante el reino de Joacaz, Jehovah recordó su
pacto con Abraham, Isaac y Jacob, y en su gracia y misericordia no permitió su
destrucción. No fueron los méritos de Israel los que llamaron la atención de Dios,
sino el pacto con los patriarcas. La referencia a este pacto es única en 2 Reyes (pero
comparar con 1 Rey. 18:36), porque normalmente era el pacto del Sinaí el que ser-
vía de base para el trato especial de Dios con su pueblo (17:13, 15; 1 Rey. 8:21). El
pacto con los patriarcas estaba vinculado con el concepto de la tierra como don de
Dios, y por eso la pérdida de tierra probablemente fue lo que tenía en mente el cro-
nista aquí (Deut. 1:8; 6:10; 9:5; 30:20). Las palabras reflejan la oración de Moisés
de que Dios preservara al pueblo en base a su recuerdo de los patriarcas (Deut.
9:27). Por medio del poder de Dios, Joás reconquistó las ciudades israelitas perdi-
das por su padre a Hazael, ya que Afec se encontraba al este del río Jordán; se su-
pone unas reconquistas en esa área, pero sus [p 259] victorias fueron limitadas a
las tres veces profetizadas en las últimas palabras proféticas de Eliseo antes de su
muerte. De modo que la palabra profética se cumplió al pie de la letra.
En esta época, Hazael se vio involucrado constantemente con los reyes de Israel
y de Judá; hirió seriamente a Joram de Israel (8:28, 29), quitó territorio de Israel en
tiempos de Jehú (10:32, 33) y constantemente hostigaba a Joás de Judá (12:17–18)
y a Joacaz (13:3–7).
7. La victoria y la derrota de Amasías, un rey religioso de Judá, 14:1-22
(1) Una victoria sobre Edom que fortalece su poder como rey, 14:1–7. Joás
de Israel (13:10–13) y Amasías de Judá eran contemporáneos durante un período
de guerra entre los dos reinos; en tiempos de paz entre esos países, Israel normal-
mente se encontraba con poder ascendente sobre Judá. Amasías, hijo de Joás de
Judá, reinó 29 años en Jerusalén. Su madre era oriunda de esa ciudad. Fue un rey
recto y religioso a pesar de que permitía a [p 260] su pueblo ofrecer sacrificios e
incienso en los lugares altos. Era cauteloso para castigar a los que mataron a su
padre, evidentemente por el apoyo de algunos poderosos a su favor. Sin embargo,
cuando se consideró suficientemente fuerte, los ejecutó; pero siendo obediente a las
leyes del pacto, siguió la ley del talión (Deut. 19:21; 24:16). Pudo haber seguido la
tradición de la venganza de sangre eliminando a toda la familia de los culpables,
como en los casos de Acán (Jos. 7:24–26) y Nabot (9:26). Pero tuvo que decidir, u
obedecer a Dios o buscar su propia seguridad acatando la tradición, y decidió con-
fiar en el Señor. ¡Fue la misma decisión de Cristo (Fil. 2:5–11)! El libro de la Ley de
Moisés se menciona aquí y en 1 Reyes 2:3; posiblemente fue el mismo libro que lle-
vó a Josías a restaurar el templo y encabezar una reforma (23:22, 23).
192
Dos eventos significativos señalan su reinado: primero, una victoria aplastante
sobre Edom hecha realidad por Jehovah, y segundo una derrota aplastante hecha
realidad por el mismo rey, un aventurero atolondrado, y por Israel. En el campo mi-
litar al sur de Judá derrotó a 10.000 edomitas y conquistó su capital, Sela ("roca"),
y le puso el nuevo nombre de Jocteel. Es probable que se refiera a la ciudad de Pe-
tra, que fue lit. esculpida en las piedras vivas en las montañas rojas y a la cual se
entraba únicamente por un valle. Se encontraba unos 80 km. al sur del mar Muer-
to. El número de muertos correspondía al número de infantería que le quedaba a
Joacaz (13:7).
(2) Su derrota al retar al rey de Israel a pelear, 14:8–22. Con toda razón, esta
victoria le convenció que podría derrotar también a Joás, rey de Israel, pues el ejér-
cito de Israel ya había sido diezmado por los sirios (13:7); por eso, con demasiada
confianza lo invitó a una reunión cumbre de dos (v. 8) con el fin de resolver proble-
mas que arrastraban de las generaciones anteriores. Debido a sus recientes victo-
rias sobre Siria, Joás le contestó con desdén refiriéndose a sí mismo como un cedro
del Líbano y a Amasías como un cardo. Se lo dijo en forma de parábola (comp. tam-
bién Jue. 9:7–20), no de alegoría; por eso no es necesario tratar de identificar a la
fiera salvaje. El mensaje estaba claro: era mejor prepararse de antemano que tener
que lamentar o remediar. A la vez se trataba de una lección sobre la tragedia de es-
timar demasiado la importancia personal. A veces era necesario tragarse el orgullo.
Por eso, Amasías no debía salir a pelear sino contentarse con la gloria ya adquirida.
Sin embargo, Amasías, en su autoconfianza, vanidad y orgullo, no escuchó bien, o
las palabras le irritaban tanto que le cegó su capacidad de reflexionar y analizar las
cosas bien y se enfureció.
En el encuentro pelearon en Bet-semes, un lugar nada estratégico en la frontera
entre Judá y Dan, donde fue derrotado. Es posible que Amasías estuviera tratando
de ensanchar su territorio hacia el norte para controlar mejor la ruta comercial
hacia Elat. Joás capturó al rey de Judá, quien, a [p 261] la vez, fue abandonado
por su ejército en retirada y tomó ventaja de la derrota marchando a Jerusalén,
donde tumbó unos 180 m. del muro en el lado norteño que daba hacia Efraín. Co-
mo consecuencia, el norte de la ciudad quedó sin protección.

Semillero homilético
Una confianza mal colocada
14:8–14
Introducción: Amasías es ejemplo de uno que, por orgullo, colo-
ca su confianza en sus propias fuerzas y no reconoce que su
verdadero poder viene de Dios. Nos ilustra varias lecciones:
Las fuerzas militares tienen que reconocer que su poder es
frágil.
Amasías se enorgulleció porque había derrotado el ejército de
Edom, v. 10.
Los ejércitos de Judá fueron derrotados por los de Israel, v.
11.
El orgullo motiva a uno a cometer actos funestos.
Una victoria creó el deseo de conquistar a otros.
Amasías no reconoció que Israel no era una nación cualquie-
ra. No era cualquier nación pagana que adoraba a dioses pa-
193
ganos, se trataba de su mismo pueblo.
. El orgullo lleva a una derrota completa.
No quiso estar contento con la victoria lograda, v. 10.
Perdió su ejército, su reino y los tesoros del templo, v. 14.
Conclusión: Los líderes militares necesitan frenar su orgullo y
su hambre por conquistar, para reconocer que Dios es fuente
de todo poder.

Luego Israel procedió al acto más humillante de todos: robó la plata, el oro y los
untensilios del templo y del palacio; además, llevó a unos rehenes a Samaria. Estos
asegurarían que el rey en Jerusalén fuera más dócil. No es probable que Israel lle-
vara mucho botín debido a que hacía poco que Hazael había recibido un pago alto
(12:18) y, antes de él, Sisac de Egipto (1 Rey. 14:25–27). No obstante, la lección so-
bre la obstinación le costó cara a la nación. Amasías definitivamente fue un rey que
no contó el costo (Luc. 14:31–33). Toda la tragedia se debió a la extrema y tonta
arrogancia del rey. La crisis creció, de un deseo de demostrar su poderío militar y
salvar las apariencias a una política insensata y al final a una incursión en el tem-
plo de Dios. Se pusieron en peligro los tesoros de Jehovah por sus ambiciones des-
medidas e insensatas. Un nacionalismo egoísta y ambicioso era y siempre es ene-
migo de la paz.
Aunque Amasías sobrevivió a Joás unos 15 años, su desenlace fue trágico, por-
que sufrió las consecuencias amargas de una conspiración interna. ¿Estaban invo-
lucrados los familiares de los dos que mataron a su padre y que años antes él rehu-
só matar? ¿Buscaban venganza contra el rey a pesar de que él les perdonara la [p
262] vida? ¿Se debía a que los habitantes de Jerusalén estaban enojados con él por
la violación del templo y el pillaje en Jerusalén? ¿Fueron las consecuencias del con-
flicto entre Jerusalén y el pueblo fuera de la capital? ¿Estaba involucrado Azarías,
su propio hijo y sucesor? ¿Se trata de una combinación de éstos? No podemos con-
testar estas preguntas con certeza.
Aunque Amasías trató de escapar huyendo de Jerusalén, mandaron matarle en
Laquis, una ciudad fortaleza fronteriza de mucha importancia a unos 55 km. al su-
doeste de la capital. Su huida sugiere una oposición considerable en Jerusalén. Las
cosas se le fueron de la mano; evidentemente, su aventura militar desató poderes
que no podía controlar. Tal como su padre Joás (12:20, 21), murió en una conspi-
ración. Era el tercer (cuarto si se incluye a la usurpadora) monarca sucesivo en ser
asesinado. No obstante la oposición a él, fue sepultado en Jerusalén con sus pa-
dres, evidentemente después de una procesión fúnebre solemne en una comitiva
desde Laquis.
El hecho de que todo el pueblo de Judá apoyó a su hijo Azarías como rey puede
implicar mucho descontento con el reinado de Amasías; así Azarías, que también se
llamaba Uzías, heredó el trono a la edad joven de 16 años. Después de reedificar
Eilat, la restituyó a Judá. Se trataba del puerto en el golfo de Acaba, en el extremo
sur de Edom. De esa manera continuó la labor de su padre en el sur, dando prome-
sas de ser un joven con determinación, previsión y valentía.

Semillero homilético
La misericordia de Dios
14:23–29
Introducción: Mientras los seres humanos manejan sus respon-
194
sabilidades en forma irresponsable, Dios obra en forma justa
hacia las naciones y los individuos.
Dios bendijo a Israel, a pesar de los pecados de su rey,
Jeroboam II.
Restauró las fronteras, v. 25.
Vio la aflicción de su pueblo, v. 26.
Prosperó a los habitantes, v. 27.
Dios protegió a su pueblo de los enemi- gos que anterior-
mente los atormentaban.
Dios nos ama a pesar de nuestras debilidades.
Dios tiene una perspectiva más completa que la de los seres
humanos.
Conclusión: Confiemos en el Dios misericordioso que nunca
nos abandona.

[p 263] 8. La pequeñez de un rey poderoso, Jeroboam II de Israel, 14:23-29


Cuando Joás de Israel murió, su hijo Jeroboam II ascendió al trono y reinó 41
años durante un período de prosperidad económica sin paralelo y de gran estabili-
dad política. Aunque los historiadores con orientación secular le aplauden por el
progreso y sus conquistas, el cronista deuteronomista le señaló como un enano es-
piritual. Su pequeñez se veía en sus prácticas religiosas, pues seguía las tradiciones
introducidas en Dan y Betel por su tocayo.

A pesar de las debilidades


15:1–7
Azarías es ejemplo de una persona que sigue cumpliendo
sus deberes a pesar de sus dificultades. Tenía lepra, una en-
fermedad que aislaba a la gente de todos los demás. Se tenía
esta costumbre porque consideraban que la lepra era una en-
fermedad muy contagiosa. Pero a pesar de su enfermedad, en-
cargó a su hijo que llevara adelante la administración del re-
ino. Ese hijo gobernó en forma aceptable. Aunque no quitaron
los lugares altos de la adoración pagana, hizo otras cosas que
se consideraban rectas ante los ojos de Jehovah.

Su grandeza se veía en el campo de la batalla, porque restauró mucho territorio


tanto en el norte como en el sur. En el norte, por ejemplo, restauró a Damasco y
aun más al norte, a Hamat. Estos se encontraban a unos 320 km. al norte de Is-
rael. En el sur llegó hasta el área del mar Muerto, cerca de Moab. Así, junto con las
conquistas de Judá en Edom al sur, agrandó el territorio de las 12 tribus una vez
más al tamaño del viejo imperio de Salomón y David. Sin embargo, este gran logro
resultaba como cumplimiento de la palabra profética de Jonás hijo de Amitai, de
Gat-jefer, probablemente un lugar cerca de Nazaret en Zabulón; era el profeta que
también profetizó en Nínive. (Otros profetas bíblicos, Amós y Oseas, profetizaban
contra el transfondo de este capítulo y el anterior, condenando las maldiciones eco-
nómico-sociales durante este tiempo de prosperidad para la clase rica.) Asimismo,
las victorias de Jeroboam II se debían a la compasión, la bondad y la profunda fide-
lidad de Dios para su pueblo, pues no quería que se les borrara su nombre de deba-
195
jo del cielo. Depender, entonces, de la política y su poderío para la liberación del
pueblo de Dios sería una equivocación. En realidad, los grandes logros no eran del
rey a pesar de su aceptación del crédito por ellos; provenían de Dios. Era solo Jeho-
vah, y nadie más quien daba la vida y la muerte[p 264]
(Deut. 32:39). Solo de él provenía el socorro nacional (Isa 41:26–28; 43:13).
Cuando murió Amasías, fue sepultado con sus padres, y su hijo Zacarías heredó el
trono.
9. Azarías (Uzías) de Judá, el leproso, 15:1-7
El rey Azarías, un joven que ascendió al trono a la edad de 16 años, y era hijo de
Jecolías de Jerusalén y Amasías, fue contemporáneo de Jeroboam II de Israel. Se
llamaba también Uzías; ambos nombres surgieron de raíces diferentes, pero sugie-
ren la misma idea de "victoria, valor, fuerza del Señor". Cuando lo relacionamos con
su vida, su nombre puede sugerir que aun en la adversidad de la enfermedad de la
lepra, Dios puede ayudar a una persona dándole valor, fuerza y victoria. Asimismo,
Dios lo proveyó de un hijo que le ayudara a administrar el gobierno cuando la en-
fermedad no permitiera que su padre pudiera gobernar. La segunda forma del
nombre comúnmente se usa fuera de los libros de Reyes y es la única que se usa en
los libros proféticos.
Sus logros durante un reinado largo de 52 años fueron mínimos: evidentemente
el único fue restaurar el acceso de Judá al golfo de Acaba (ver 14:21), aunque en 2
Crónicas se mencionan otras campañas militares (ver cap. 26). Su comportamiento
religioso siguió el mismo patrón que el de su padre, es decir, había ambivalencia.
Por un lado era bueno, por el otro no, porque no eliminó los santuarios paganos
frecuentados por el pueblo.
A pesar de ser un buen rey, no logró nada que valiera la pena mencionar en el
ámbito internacional o doméstico durante los largos años de su reinado. Dios le
mandó la lepra, lo que requirió que viviera en cuarentena hasta la muerte; eviden-
temente vivió en una casa aparte, posiblemente fuera de Jerusalén, pero construida
especialmente para él. Fue el único rey con lepra. Su cuarentena, ¿se debía a que
su lepra era extremadamente severa o a que esa imperfección no le permitía parti-
cipar en la sociedad como monarca descendiente de David, su papel socioreligioso?
El cronista no explica la razón para la enfermedad, pero en 2 Crónicas 26:16–20 se
dice que Jehovah lo castigó por infringir las prerrogativas de los sacerdotes al ofre-
cer incienso en el altar en el templo. El término "lepra" en el AT se usaba para cual-
quier enfermedad de la piel, temporal o crónica. Lo que ahora se llama lepra reque-
ría cuarentena perpetua, y es posible que era esta clase la que tenía Uzías.
Como consecuencia de su condición de enfermo, su hijo Jotam se hizo cargo del
reinado, asumiendo las responsabilidades administrativas y judiciales de su padre;
gobernó al país hasta la muerte de aquel, y entonces heredó el trono. Fue durante
ese mismo año que Isaías tuvo un encuentro con el Señor (Isa. 6:1). Azarías fue se-
pultado en la Ciudad de David (v. 7).
10. Los últimos reyes decadentes de Israel, 15:8-31
La prosperidad y estabilidad bajo Jeroboam II de Israel cambiaron radicalmente
de la noche a la mañana. Bajo su gobierno, Israel tuvo un tiempo corto de calma
antes de la desintegración caótica. El país, en su estado precario, fue plagado no
solamente por problemas internos con una serie de reyes asesinados y revolucio-
nes, [p 265] sino también en los últimos años por la amenaza de la intervención
extranjera de Asiria, que se expandía hasta Egipto. Es muy notable que el lenguaje
usado para evaluar cada rey de Israel al final del siglo VIII a. de J.C. es casi idénti-
co. Esta repetición (15:9, 18, 24, 28) sugiere el ritmo ascendente y cada vez más
196
rápido hacia la decadencia y el final ineludible. En los caps. 15 y 16 las referencias
a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat superan en cantidad a todos los otros capí-
tulos en los libros de Reyes. De esa manera, se nos recuerda que el juicio es inevi-
table: la nación estaba predestinada a la ruina y la destrucción; el tiempo de la
prosperidad para Israel había terminado; la demora en el juicio había acabado. Is-
rael marchaba hacia la destrucción en el ciclo de conspiración, usurpación, mal-
dad, muerte; la sentencia divina se cumpliría, pues en realidad cada rey fue una
repetición del anterior: malo e ilegítimo. El orden y la política pública se habían
desintegrado y les acompañaba un colapso en la moralidad del pueblo. Debido a
que cada rey adoraba en las capillas de Betel y Dan, donde estaban los becerros
para la adoración, cometía el mismo pecado que Jeroboam I y hacía que la destruc-
ción de Israel fuera inevitable. Por su apostasía y su desobediencia, Israel iba con
una velocidad acelerada hacia su destino ineludible de destrucción y exilio.
Un asesino tras otro se sentaba en el trono de Samaria mientras que la nación
tambaleaba al borde de la anarquía. Durante un año el país tuvo cuatro reyes dife-
rentes, mientras que Judá al sur disfrutaba de un reinado estable de 52 años. De
los últimos seis reyes, tres reinaron menos de tres años en total. Solamente uno de
los reyes en Samaria, Menajem, murió de una muerte natural y tuvo la dicha de
que su hijo heredara el trono. Con brutalidad y violencia los otros cinco fueron des-
tronados por rivales. Durante el período turbulento, varios de los gobernantes se
comportaron más como ladrones y tiranos que como reyes. La influencia del ejército
en estas revoluciones jugaba un papel clave.
(1) Zacarías, 15:8–12. Zacarías, hijo de Jeroboam II y bisnieto de Jehú, reinó en
Samaria solamente seis meses durante los cuales continuaba las prácticas religio-
sas tradicionales desde los tiempos del primer Jeroboam y la división del reino uni-
do. Su nombre quiere decir "Jehovah recuerda", aunque evidentemente un buen
nombre no era suficiente para que este recordara los mandamientos del Señor y las
advertencias de los profetas. Fue asesinado por Salum, quien se hizo rey. Si Salum
lo mató en público, sugiere que tenía mucho apoyo popular o que al público le faltó
interés en el desenlace político. Probablemente, dicha apatía y dejadez política se
debía a que para ellos un cambio de rey no mejoraría en nada su situación econó-
mico-social.[p 266]
Si el lugar de su muerte fue Ibleam, como dice la LXX (ver nota de la RVA), en-
tonces se nota cierta ironía o justicia ideal, pues el último de la dinastía de Jehú
murió en el lugar que su bisabuelo Jehú asesinó a la casa real del reino del sur
(9:27; 10:12–14). Con el corto reinado de Zacarías, la palabra profética de que los
descendientes de Jehú reinarían hasta la cuarta generación, se cumplió; aunque no
era digno de reinar. Dios cumplió su promesa aun cuando se trataba de una profe-
cía anónima.

Reyes que hicieron lo bueno


Joás, 12:2
Amasías, 14:3
Azarías 15:3
Jotam, 15:34
Ezequías, 18:3
Josías, 22:2

Reyes que hicieron lo malo


197
Jehú, 10:29, 31
Joacaz, 13:2
Jeroboam II, 14:24
Zacarías, 15:9
Menajem, 15:18
Pecaías, 15:24
Pécaj, 15:28
Acaz 16:2–4
Oseas, 17:2
Manasés, 21:2
Amón, 21:20
Joacaz, 23:32
Joacim, 23:37
Joaquín, 24:9
Sedequías, 24:19

(2) Salum, 15:13–15. Después de matar al rey anterior en Samaria, Salum co-
menzó a reinar, pero su gobernación de un mes era corta como la de su predecesor.
Sin embargo, no fue el reinado más corto en la historia de Israel, porque Zimri reinó
solamente siete días (1 Rey. 16:15). Su nombre quiere decir "aquel para quien se ha
hecho compensación" (comparar los nombres de Salomón y Absalón). Sugiere la
posibilidad de que cuando nació sus padres cumplieron la promesa que habían
hecho. Probablemente procedía de Galaad, porque el nombre de su padre era Ja-
bes. Además, es posible que Siria cooperó con él en la conspiración por el trono. Su
desenlace fue igual al de aquel que desplazó: fue asesinado por uno de Tirsa, quien
reinó en su lugar.
(3) Menajem, 15:16–22. Una vez que Menajem, el cruel y vengativo hijo de Ga-
di, tuvo el poder en sus manos, destruyó y saqueó el pueblo de Tifsaj y sus territo-
rios. Ventilaba su ira especialmente en contra de las mujeres embarazadas, practi-
cando una especie de política militar de tierra abrasada con los que se oponían. [p
267] Irónicamente, su nombre quiere decir "confortante" o "consolador"; eso sugería
que había nacido en la vejez de sus padres o que ellos sintieron consuelo por la
pérdida de su hijo anterior. El nombre de su padre tal vez sugiere que pertenecían a
la tribu de Gad. Josefo sugirió que era el comandante principal del ejército antes de
asesinar al rey y apoderarse de su trono. Tirsa, una ciudad cananea antigua e im-
portante por su localización comercial estratégica, sirvió como la ciudad capital en
una época (1 Rey. 16:8–10).
Durante la década de su reinado, Menajem seguía las malas prácticas religiosas
de los reyes anteriores en Israel. Era un tiempo de mucho pecado. Posiblemente
una de las razones para que lograra sobrevivir en el trono fue el uso de medios bru-
tales y duros. Otra razón fue que logró consolidar su poder con el apoyo de Asiria.
Su principal reto internacional fue Tiglat-pileser III o Pul, el rey de Asiria, la su-
perpotencia de su tiempo. Menajem optó por hacer una alianza con Tiglat-pileser III
y pagarle un tributo exorbitante, con la esperanza de que apoyaría su poder real en
Israel. De esa manera logró que Asiria le ayudara a legitimizar su reinado. Se ha
estimado el valor del tributo en más de cuatro millones de dólares. Menajem recau-
198
dó los fondos necesarios, exigiendo un impuesto opresivo sobre unos 50.000 ricos
en Israel. Eso solucionó la amenaza de conquista, pues el ejército de la superpoten-
cia volvió a su país. Este fue el primer contacto de Israel con Asiria y se trataba del
primer paso de sumisión en el proceso de estar incorporado a su zona de influencia.
El imperio tomaría el segundo paso con la primera señal de desasosiego o descon-
tento.
La crueldad y el chantaje de Menajem sugieren que fue un oportunista dispuesto
a hacer cualquier cosa por sobrevivir en el trono; usaba estratagemas innobles co-
mo la manipulación, la conspiración, el chantaje, la imposición de impuestos eleva-
dos y sin duda una campaña de temor. Pero, con todo su egocentrismo, su astucia
y la violencia, no podía cambiar la sentencia divina de muerte para su pueblo. Al
morir, su hijo Pecaías comenzó a reinar.
(4) Pecaías, 15:23–26. Pecaías, un contemporáneo de Azarías que reinó por dos
años, también auspiciaba las malas prácticas religiosas de los reyes anteriores a él.
Su nombre puede significar "Jehovah está [p 268] vigilante (alerta)" o "Jehovah ha
abierto los ojos". Por medio de una conspiración y con la ayuda de 50 comandos de
Galaad, Pécaj, uno de sus oficiales militares, posiblemente de la propia comitiva del
rey, acabó con su reinado por medio de un ataque al ala fortificada del palacio real.
Argob y Arié fueron dos personas leales a Pecaías hasta el final.
(5) Pécaj, 15:27–31. Su nombre es una forma corta del nombre del rey anterior;
quiere decir "Jehovah abre o ilumina". Pécaj ganó su poder por medio de la espada
y lo perdió de la misma forma. Como dijo Jesús: “...porque todos los que toman es-
pada, a espada perecerán” (Mat. 26:52). Durante los 20 años del reinado de Pécaj,
éste observaba las prácticas religiosas malas de los reyes anteriores de Israel.

El origen de los samaritanos


15:29; 17:24, 18:9–12; 18:13–37
El fundador del imperio Asirio fue Tiglat-pileser III (745–
727). Realizó campañas militares y logró conquistas permanen-
tes. Acaz gobernaba el reino del Norte. Cuando Tiglat-pileser
atacó a Israel, Galilea y transjordania fueron saqueados y parte
de la población fue deportada (2 Rey. 15:29). Varias ciudades,
como Meguido y Jasor, destruidas. El territorio fue dividido en
tres provincias: Galaad, Meguido y Dor. En este tiempo Pécaj
fue asesinado por Oseas Ben Ela, quien se sometió inmediata-
mente y pagó tributo. Al morir Tiglat-pileser fue sustituido por
su hijo Salmanasar V. Durante su reinado Oseas se rebeló y
fue sometido inmediatamente. Salmanasar atacó en el año
724, Oseas fue hecho prisionero, los asirios ocuparon el país,
excepto Samaria que resistió dos años.
Salmanasar fue sustituido por Sargón II (722–705), que se
apoderó de la ciudad en el año 721. Aproximadamente unos
27.290 habitantes fueron deportados a la Alta Mesopotamia y
a Media donde perdieron su identidad. Estos fueron las diez
tribus perdidas de Israel. La historia política de Israel había
llegado a su fin. En el transcurso de los años siguientes (2 Rey.
17:24) se estableció allí gente que había sido deportada de Ba-
bilonia, Jamat y otros lugares. Estos extranjeros trajeron con-
sigo sus costumbres y religiones propias (2 Rey. 17:29–31), y
se mezclaron con la población israelita superviviente. Más tar-
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de hallamos los descendientes de esta mezcla: los samaritanos.
Este sincretismo religioso originó el rechazo a este pueblo por
parte de los judíos, quienes se creían los únicos portadores del
mensaje de Dios.

La causa inmediata de su ruina fue la [p 269] invasión de Tiglat-pileser III en


una segunda incursión de aquella superpotencia al territorio de Israel. Esta vez
conquistó varias ciudades en ambas riberas del río Jordán y llevó sus habitantes
cautivos a Asiria. La población llevada al exilio eran los primeros exiliados de la tie-
rra de Israel. Esta fue la manera de reducir a un país a ser una
provincia de Asiria. Es posible que esta invasión surgió como el resultado de la
alianza entre Pécaj y Rezín de Siria, que hizo que Acaz de Judá pidiera la ayuda del
asirio (v. 37). Todos los pueblos conquistados (v. 29) se encontraban en Neftalí, que
más tarde se llamó Galilea. El primero que es nombrado es Ijón, el que se encon-
traba más al norte, indudablemente fue el primero en ser conquistado debido a que
los conquistadores asirios venían de esa dirección. El último nombrado, Hazor, se
encontraba a unos km. al norte del lago de Galilea. Tiglat-pileser III conquistó tam-
bién a Galaad, que probablemente fue el centro del poder de Pécaj.
Estas conquistas redujeron el territorio de Israel a un reino pequeño de unos 48
km. por 64 km. del área montañosa de Efraín y Samaria, e hicieron posible el con-
trol de Asiria de la ruta comercial principal en el norte hacia Damasco; a la vez aisló
a Pécaj de Siria y a Galaad del resto del país.
Debido a una revolución por Oseas ("salvador"), hijo de Ela y último rey de Is-
rael, murió Pécaj, y su atacante, uno del partido proasirio, reinó en su lugar. Así se
pospuso el final de Israel por una década.
11. El reinado insignificante de Jotam de Judá, 15:32-38
Jotam, el hijo de Azarías (Uzías), reinó por 16 años en Jerusalén. Su madre Je-
rusa pertenecía a la familia sacerdotal de Sadoc. Su nombre quiere decir "Jehovah
hace perfecto o perfecciona", o "Jehovah es perfecto". Practicó la misma fe de su pa-
dre y, a la vez que ayudó a reconstruir una puerta superior del templo, seguía per-
mitiendo que el pueblo ofreciera sacrificios y quemara incienso en los santuarios
paganos. La puerta superior muy cerca del templo era la que usaba la familia real.
Bajo la soberanía de Dios, en el ámbito internacional, Rezín, rey de Siria, y Pécaj
desafiaron a Jotam. Así, después de siglos de hostilidad y guerra, Israel y Siria se
abrazaron debido a la amenaza común de Asiria. Esta alianza y el subsiguiente con-
flicto forman el fondo histórico para Isaías 7:1–8:8, del cual surgió la señal de Ema-
nuel (7:10–14). Después de su muerte, a la edad de 41 años, y su entierro, su hijo
Acaz comenzó a reinar.
[p 270] 12. El rey Acaz en Judá y su nuevo altar, 16:1-20
Durante los 16 años del reinado de Acaz, un contemporáneo de Pécaj, seguía las
malas tradiciones religiosas de los reyes de Israel en vez de las buenas de sus pa-
dres en Judá. Su nombre fue la abreviación de Jehoahaz, como en el caso del hijo
de Josías (23:30) y el hijo de Jehú (13:1). El joven inmaduro y sin consciencia co-
menzó a reinar a la edad de 20 años. Al comparar su reinado con el de David, Acaz
salió mal parado, similar a la evaluación de Salomón y Roboam (1 Rey. 11:4; 15:3).
Acaz fue uno de solamente dos reyes de Judá que fueron comparados con los de
Israel; el otro fue Joram (8:18).
La ofensa religiosa más grave aparece primero en la lista de sus actos abomina-
bles. Fue aun peor que los reyes de Israel; practicó la ceremonia infame de quemar
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a su primogénito como sacrificio (holocausto) como lo hacían las naciones cananeas
paganas (ver Deut. 20:18); era una violación a la ley (Deut. 18:10). Evidentemente,
se trataba del dios Moloc. Este crimen, cometido por primera vez por un rey de Ju-
dá, lo vinculó con los pecados de Israel (17:17) y con Manasés (21:6; comp. también
con Jeroboam I en 1 Rey. 14:24). También él mismo quemaba incienso y ofrecía sa-
crificios en las colinas y bajo los árboles. Esto probablemente era una caracteriza-
ción de los ritos de fertilidad de los cananeos, que eran acompañados por actos de
indulgencia sexual. Su reinado devastador equivalía a dar un paso atrás después de
la reforma de su padre; era un retorno a las prácticas cananeas que prevalecían
antes de la conquista de la tierra prometida. El único rey de Judá que lo sobrepasó
en maldad fue su nieto Manasés.
En el ámbito internacional, los reyes de la alianza entre Siria e Israel atacaron a
Judá en ambos lados del río Jordán. Se la llamó guerra siro-efrainita. Como resul-
tado, Acaz cedió Eilat a los sirios y más tarde fue cedida a los edomitas (v. 6); como
consecuencia, los esfuerzos de su padre y su abuelo por extenderse al sur dieron
marcha atrás. En esta relación, por primera vez aparece la designación de judíos (v.
6), los súbditos del reino de Judá. Cuando los sirios se unieron a los israelitas para
atacar a Jerusalén, creando así una amenaza seria para Judá, Acaz pidió la ayuda
de Tiglat-pileser de Asiria, la superpotencia de su día. Acaz afirmó ser su siervo e
hijo leal (v. 7), expresiones típicas de respeto y [p 271] sumisión. La palabra siervo
sugiere la relación de servidumbre y dependencia; al unirla con hijo se modifica,
despertando sentimientos paternales hacia él. La ley prohibía el chantaje (Deut.
10:17; 16:19; 27:25), ya que distorsionaba el juicio justo. Para reforzar su petición
de ayuda, le mandó la plata y el oro del templo y del palacio como regalo o como
soborno. Esta acción de pedir ayuda de otro país más poderoso ocurrió también
bajo Ezequías y Menajem (15:19, 20; 18:17–36), pero el aspecto de soborno solo
ocurrió en la guerra entre Asa y Baasa (1 Rey. 15). Siguió una política de apaci-
guamiento, ofreciendo voluntariamente someterse al asirio. Tiglat-pileser III lo escu-
chó, conquistó a Damasco, mató a su rey Rezín y desterró a los habitantes. El sal-
vador de Judá hoy iba a ser su destructor en el día de mañana. Como quiera, los
reyes de Siria e Israel vencieron a Acaz en la capital, a pesar de que se perdiera el
puerto de Eilat. El valiente profeta Isaías, que profetizaba durante su reinado, des-
aprobó su política internacional, aunque dicho profeta y su papel no están mencio-
nados en este capítulo.
Para el tiempo cuando Acaz se reunió con Tiglat-pileser III en Damasco, vio allí
un altar que le impresionó. ¿Se trataba del satuario arameo principal del templo de
Rimón (5:18)? Cuando Urías, el sacerdote en Jerusalén y fiel partidario del profeta
Isaías (Isa. 8:3) y por ello un celebrante real de Jehovah, recibió una copia del pla-
no, sin demora construyó uno igual antes del regreso de su rey del extranjero. En
su regreso, Acaz lo vio, se acercó al nuevo altar y ofrecio sacrificios y ofrendas.
Además oficiaba durante la dedicación del altar. Tradicionalmente, en dichas oca-
siones el rey asumía las funciones sacerdotales (comp. los casos de David [2 Sam.
6:17, 18], Salomón [1 Rey. 8:63] y Jeroboam [p 272] [1 Rey. 12:32]). Acaz celebró el
trío de sacrificios (holocausto, ofrenda vegetal y libación). En el holocausto se con-
sumía el sacrificio animal en el altar; en el segundo se daba una ofrenda incruenta
de vegetales o cereales; y en el tercero se derramaban líquidos tales como el vino y
el aceite. El cuarto sacrificio era el de la paz, en el cual los participantes en el mis-
mo consumían la ofrenda (ver Núm. 28). La ceremonia de esparcir la sangre era un
acto de consagración.
Acaz también hizo innovaciones significativas en las celebraciones del culto y en
los muebles del templo. Colocó el nuevo altar en el lugar del altar de bronce, que
estaba al frente del templo, y el viejo se colocó entre el nuevo altar y el templo.

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