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Leila Yoon Un Problema Millonario Bebé Por Sorpresa y Dos Polos

En 'Un problema millonario', Lily Dawson llega a Nueva York con su sobrino Finn, tras la muerte de su hermana Julia, para informar a un desconocido, Theo Reynolds, que podría ser el padre del bebé. La historia explora el caos emocional y los desafíos que enfrenta Lily al asumir la responsabilidad de cuidar a Finn y al mismo tiempo lidiar con la revelación que debe hacer a Theo. A medida que la trama avanza, se entrelazan temas de familia, pérdida y la búsqueda de un nuevo comienzo en la vida de Lily.

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Leila Yoon Un Problema Millonario Bebé Por Sorpresa y Dos Polos

En 'Un problema millonario', Lily Dawson llega a Nueva York con su sobrino Finn, tras la muerte de su hermana Julia, para informar a un desconocido, Theo Reynolds, que podría ser el padre del bebé. La historia explora el caos emocional y los desafíos que enfrenta Lily al asumir la responsabilidad de cuidar a Finn y al mismo tiempo lidiar con la revelación que debe hacer a Theo. A medida que la trama avanza, se entrelazan temas de familia, pérdida y la búsqueda de un nuevo comienzo en la vida de Lily.

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Un problema

millonario
LEILA YOON
Serie Millonarios insoportables de
Manhattan #4
Todos los derechos reservados

Este libro es una obra de ficción. Cualquier semejanza con


personas, lugares, eventos o hechos reales es pura
coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni


su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,
mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin la autorización
previa y por escrito de la autora, Leila Yoon.

El diseño y la ilustración de esta obra también son


propiedad exclusiva de Leila Yoon.

© 2025 Leila Yoon.


Índice

1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
Epílogo
Extra
Sinopsis de Un error millonario
Serie millonarios insoportables de Manhattan
¡Únete al Club de las Princesas modernas!
1
Lily

Si el infierno existe, es un vuelo de siete horas con un bebé


de ocho meses.

—Por favor, por favor, por favor… —murmuré mientras


balanceaba a Finn en mis brazos, intentando evitar que
montara otro espectáculo.

Mi sobrino me miró con esos ojazos enormes y brillantes.


Un segundo después soltó un grito digno de una película de
terror, cogió un mechón de mi pelo y tiró de él.

Genial.

Había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido


que pedir disculpas a los pasajeros de alrededor. En cuanto
despegamos, Finn decidió que quedarse sentado en un
espacio minúsculo no era lo suyo y empezó a protestar
como si lo estuvieran torturando.

Intenté de todo: darle el chupete, el biberón, su peluche


favorito… pero nada servía más de dos minutos.

—Es una preciosidad —dijo la mujer de al lado,


mirándonos con una sonrisa forzada. Traducción: Dios, haz
que este niño se calle ya.

—Sí, una preciosidad con pulmones de ópera —


murmuré, apartándole el pelo de la cara con una de mis
manos tatuadas.

Sus manitas volvieron a mi cabello, pero esta vez me dio


un tirón tan fuerte que solté un quejido.

—Vale, pequeño tirano, si me dejas con calvas, voy a


tener que empezar a cobrarte alquiler —le susurré,
besándole la frente.

El vuelo se hizo eterno. Mi sudadera negra de AC/DC


tenía restos de galleta y babas, mis vaqueros estaban
arrugados y la coleta alta que me hice por la mañana ahora
parecía una maraña indomable.

Me froté la cara, sintiendo el cansancio acumulado.

Estaba a punto de aterrizar en Nueva York, con un bebé


que no era mío, para decirle a un hombre que no conocía
que, sorpresa, puede que seas padre.

Vaya mierda de situación.

Pero no tenía opción.

Porque mi hermana, la persona que más había amado


en este mundo, ya no estaba.

Finn soltó un sonidito y apoyó la cabeza en mi pecho. Su


calor y su respiración tranquila me hicieron tragarme las
emociones que amenazaban con desbordarse. No podía
permitírmelo. Desde hacía unos meses, lo único que
importaba era Finn y su bienestar.

Cuando el piloto anunció que íbamos a aterrizar, exhalé


despacio.
Era la hora.

A partir de este momento, mi vida iba a volverse un


completo caos.

Y todavía no sabía cuánto.

***

El viento me golpeó la cara cuando bajé la ventanilla y


saqué la cabeza, dejando que el aire fresco despejara mi
mente.

Manhattan se alzaba frente a mí, imponente, perfecta,


jodidamente espectacular.

Vaya suerte tuviste, Jules.

Era imposible no pensar en mi hermana al ver todo esto.


Julia siempre había querido vivir en Nueva York. Desde
pequeñas, hablaba de la ciudad como si fuera un sueño
inalcanzable, un mundo lleno de oportunidades y magia
donde todo era posible.

Y lo consiguió.

Mientras ella vivía la vida que siempre quiso —con su


carrera, su apartamento de revista y su libertad—, yo me
quedé atrás.

Alguien tenía que hacerlo.


Me acomodé en el asiento trasero del taxi y apoyé la
frente en la ventanilla, viendo las luces de la ciudad
reflejadas en el cristal.

¿Quién iba a encargarse de todo si no era yo?

Mientras Jules se marchaba a la ciudad de sus sueños,


yo me quedé en Eugene, Oregón, nuestro pequeño pueblo,
cuidando la cafetería de la familia. No era un gran negocio,
pero tenía historia. Mi abuelo la abrió en los años 50 y mi
madre la mantuvo a flote con su esfuerzo y sus recetas
caseras.

Yo nunca quise quedarme.

Siempre soñé con algo más grande. Quería ser


tatuadora, abrir mi propio estudio, vivir de mi arte. Pasé
años practicando en mi propia piel, diseñando bocetos,
imaginando cómo sería ese futuro.

Pero cuando terminé el instituto y mi madre enfermó,


todo cambió.

Julia no podía volver. Llevaba un par de años en la


universidad. Tenía un futuro en Nueva York. Y, joder, yo la
quería demasiado para pedirle que lo dejara.

Así que asumí mi papel.

Me encargué de todo mientras nuestra madre iba


apagándose. Gestioné la cafetería. Pagué las facturas. Me
ocupé de las noches sin dormir y de los hospitales. Dejé de
dibujar. Dejé de soñar con abrir mi propio estudio.
Y, cuando pensaba que la vida no podía darme más
reveses, Jules regresó.

Recuerdo perfectamente el día en que apareció en la


puerta de casa, con la cara pálida, los ojos hinchados y un
test de embarazo en la mano.

—Voy a tenerlo, Lil.

Ni siquiera lo dudé.

La apoyé. Le dije que todo iría bien, que no estaba sola,


que la ayudaría en lo que hiciera falta.

Porque, joder, era mi hermana.

Lo que no esperaba era que, pocos meses después del


parto, muriera por una infección derivada del mismo.

Los médicos dijeron que fue repentino, que a veces


pasa, que hicieron todo lo que pudieron. Palabras vacías que
no cambiaban la realidad: Jules se fue, y Finn se quedó.

Y yo con él.

Y, ahora, aquí estaba. Otra vez atrapada en un destino


que no elegí.

Apreté los puños sobre mis muslos mientras el taxi


avanzaba lentamente por la ciudad. Miré a mi lado y vi a mi
sobrino dormido en su sillita, con la cabeza ladeada y su
manita cerrada en un puño.

Lo adoraba. De verdad.
Pero no tenía ni idea de qué demonios estaba haciendo.

Mi hermana nunca planeó ser madre, y yo nunca planeé


ser la que se quedara con las consecuencias. Pero el destino
tenía un sentido del humor de mierda.

Y, ahora, tenía que decirle a un hombre al que no


conocía que, probablemente, ese bebé era suyo.

Iba a ser un jodido desastre.

Exhalé despacio y volví a mirar la ciudad frente a mí.

Nueva York se extendía ante mí, deslumbrante y ajena a


todo.

Mi hermana tuvo su oportunidad aquí.

Yo, en cambio, solo venía a dejar una bomba en la vida


de un desconocido.

Porque Jules me habló de Theo Reynolds.

No mucho, pero lo suficiente.

Me lo mencionó un par de veces durante el embarazo,


siempre con una mueca, como si el simple hecho de
recordarlo la pusiera de mal humor. Dijo que era un
mujeriego, un tipo arrogante que no quería ataduras, y que
por eso había decidido no decirle nada.

—No necesito que se implique, Lil. Finn y yo estaremos


bien sin él.
Lo dijo con tanta seguridad que nunca pensé en
cuestionarla.

Pero Finn ya no tenía a Jules.

Y, por mucho que ella no quisiera que Theo formara


parte de su vida, él merecía saberlo.

Y yo iba a ser la cabrona que le soltara la noticia.

Bienvenida a Manhattan, Lily.


2
Theo

La boca de la mujer pelirroja acogió mi erección,


provocándome un gemido bajo.

Apoyé la cabeza contra la almohada, disfrutando del


calor de su lengua deslizándose lentamente por mi piel. Era
buena. Muy buena. Y joder, me encantaba cuando una
mujer sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Pasé una mano por su cabello, guiándola un poco más,


marcando el ritmo que quería. Ella gimió suavemente,
enviando una vibración deliciosa por todo mi cuerpo.

—Joder… —murmuré, entrelazando los dedos en su


melena.

Ella me miró desde abajo con una sonrisa satisfecha


antes de deslizar la lengua a lo largo de mi erección, lenta,
provocadora. Estaba jugando conmigo. Quería que le
suplicase.

Pero eso no iba a pasar.

Con un movimiento rápido, la agarré por la cintura y la


subí sobre mí, dejando su cuerpo a horcajadas sobre mis
caderas. Su risa suave resonó en la habitación mientras
pasé las manos por sus muslos, subiendo por su piel
desnuda.
—Siempre tan impaciente… —ronroneó, moviendo las
caderas contra mí.

—No me gusta perder el tiempo.

—Mmm… yo pensaba que te gustaba alargar el placer.

Sonreí de lado, con la mirada fija en sus labios.

—Depende de si merece la pena.

Ella se mordió el labio, claramente disfrutando del juego,


y deslizó las manos por mi pecho antes de inclinarse y
morder suavemente mi mandíbula.

—¿Merezco la pena?

Su voz era baja, seductora. Podría seguirle el juego un


rato más.

Pero ya no quería jugar más.

La tumbé contra el colchón y deslicé la boca por su


cuello, dejando un rastro de besos hasta su clavícula. Ella
arqueó la espalda, con las uñas clavadas en mis hombros, y
justo cuando iba a hundirme en ella…

BZZZ

Fruncí el ceño.

—Ignóralo —murmuró ella, tirando suavemente de mi


pelo.
Lo ignoré.

Hasta que sonó otra vez.

Y otra.

Cuando el interfono sonó por cuarta vez, apreté la


mandíbula y me obligué a apartarme, dejando escapar un
gruñido frustrado.

—Dame un segundo.

Salí de la cama, completamente desnudo, y caminé


hasta el panel del interfono. Apreté el botón con más fuerza
de la necesaria.

—Más te vale que sea importante.

La voz de mi portero, Richard, sonó con su tono


monótono habitual.

—Señor Reynolds, hay una mujer en la puerta. Dice que


necesita hablar con usted.

—¿Quién es?

—Se llama Lily Dawson.

No me sonaba de nada.

—No la conozco. Si es algo del trabajo, dile que pida una


cita. Y que está fuera de lugar acosarme en mi puta casa.

—Insiste en que es urgente.


Rodé los ojos y estuve a punto de colgar cuando, de
repente, escuché un sonido en el interfono, como si alguien
lo hubiera golpeado. Y luego, una voz de mujer, fuerte y
clara.

—¡Puto cretino, ábreme la puerta! Tengo que verte.

Me congelé por un segundo. ¿Alguien acababa de


llamarme cretino?

—¿Por qué?

—Porque tengo a tu hijo en brazos, y acaba de


ensuciarme los pantalones de mierda.

Silencio.

Mi cerebro se quedó en blanco.

Luego, solté una carcajada seca.

—Cielo, yo no tengo hijos.

La carcajada de la mujer al otro lado del interfono fue


igual de seca, sin una pizca de humor.

—Eso es lo que tú crees.

Apreté la mandíbula.

—Mira, no sé qué cojones quieres, pero si es dinero,


perdiste el tiempo viniendo aquí.
—Si me dejas subir, te lo contaré todo con calma. —Su
voz sonó más controlada esta vez, pero con un deje de
amenaza implícito—. Si no, pienso hacer tal escándalo
frente de tu puerta que en dos días serás la comidilla de
todo Manhattan. Dicen que trabajas en un bufete de
abogados respetable, Reynolds. No querrás que toda la
ciudad crea que eres el tipo de hombre que va sembrando
semillitas por ahí y luego se desentiende.

Apreté los dientes.

Joder.

Respiré hondo, conté hasta tres y pasé una mano por mi


mandíbula.

—Richard, deja que suba.

El portero no respondió, pero el zumbido de la puerta


abriéndose me indicó que la orden se había cumplido.

Colgué el interfono y me volví hacia la pelirroja, que me


miraba con una ceja arqueada.

—¿Quieres que me quede para presenciar la telenovela?


—preguntó, divertida.

—Vístete.

Ella soltó una carcajada y se levantó con calma, sin


molestarse en cubrirse mientras recogía su ropa del suelo.

Yo, en cambio, sentía que el jodido suelo acababa de


moverse bajo mis pies. Era obvio que aquello solo se
trataba de un maldito malentendido. Me cuidaba mucho de
protegerme bien siempre para evitar sustos de ese tipo.

—Ha sido un placer, Theo. Llámame si sobrevives a lo


que sea que esté pasando aquí —dijo la pelirroja al
marcharse.

Ni siquiera la miré salir.

Porque, joder, aquello solo podía ser un maldito


malentendido.

Siempre me cuidaba. Siempre. Nunca tomaba riesgos


innecesarios y, sobre todo, recordaba perfectamente a
todas las mujeres con las que me acostaba.

No era un cabrón sin escrúpulos.

Y si realmente tuviera un hijo por ahí, lo sabría.

¿Verdad?

Exhalé con fuerza y me pasé una mano por el pelo justo


cuando sonó el timbre de la puerta.

Miré hacia abajo y solté una maldición al darme cuenta


de que seguía desnudo. Agarré unos pantalones de deporte
del sofá y me los puse a toda prisa, sin molestarme en
buscar calzoncillos.

Cuando abrí, me encontré con una morena con una


coleta desordenada, un par de mechones cayéndole sobre
la cara y tatuajes recorriendo sus brazos.
Pero lo que más llamó mi atención no fue eso.

Fue el bebé que llevaba en brazos.

Pequeño. Redondito. Con un mechón de pelo oscuro y


unas enormes mejillas que lo hacían parecer una de esas
ilustraciones de angelitos.

Solo que este angelito me miraba con el ceño fruncido y


los labios apretados en un puchero.

Volví la vista a la chica, que me observaba con una


mezcla de desdén y cansancio.

No iba vestida para impresionar. Jeans ajustados,


sudadera enorme de AC/DC, chaqueta de cuero. No era mi
tipo.

Si me hubiera acostado con ella, lo recordaría.

No era alguien fácil de olvidar.

Antes de que pudiera decir una palabra, ella me miró de


arriba abajo con una expresión de asco y cruzó los brazos,
moviendo ligeramente al bebé en el proceso. Aunque no se
le pasó por alto mi pecho desnudo.

No es por presumir, pero se quedó mirando un poco más


de lo necesario.

—Oye, no sé qué problema tienes, pero estoy seguro de


que tú y yo no nos hemos acostado.

Su expresión se torció en una mueca de pura repulsión.


—¡Puaj! Pues claro que no. A los tíos como tú no los
tocaría ni con un palo.

Arqueé una ceja. Vale. Simpatía cero.

—¿Entonces?

Ella apretó los labios y ajustó al bebé contra su cadera


antes de soltar la bomba.

—Este es Finn. Y es mi sobrino.

Parpadeé.

¿Me había hecho subir a una desconocida con un bebé


solo para contarme eso?

—Felicidades, supongo.

—Su mamá es Jules. Jules Dawson.

Fruncí el ceño, tratando de hacer memoria. Ese nombre


no me sonaba de nada.

Pero entonces, algo hizo clic.

Un rostro.

Una sonrisa sarcástica.

Un vestido rojo.

Un puñado de noches divertidas.


Mi estómago se tensó.

—Espera… ¿Jules Dawson? ¿Julia Dawson?

Ella me sostuvo la mirada. Su expresión se endureció.

—La misma.

J-O-D-E-R.
3
Lily

Mi hermana tenía buen gusto, lo admito.

Theo Reynolds estaba buenísimo.

Tenía más abdominales de los que había podido contar


nunca. No es que me hubiera dedicado a contarlos ahora
mismo, pero, joder, ahí había un six-pack que ni en los
anuncios de gimnasio.

Era alto, moreno, de hombros anchos y con esos ojos


oscuros que parecían analizarte en todo momento. Tenía un
aire de tipo demasiado seguro de sí mismo, demasiado
arrogante, demasiado consciente de lo jodidamente
atractivo que era.

No era mi tipo. Pero definitivamente era el de Jules.

A ella le gustaban los tíos estirados, los que parecían


llevar un palo de escoba metido en el culo, los que usaban
camisas impolutas y hablaban con ese tono de sé más que
tú.

Y Theo Reynolds encajaba perfectamente en esa


categoría.

Lo que también encajaba era la pelirroja despampanante


con la que me crucé en el ascensor.
Seguro que venía de aquí.

Iba despeinada, con una sonrisa satisfecha en los labios


y el vestido algo arrugado. Y con ese brillo en los ojos que
dejaba claro que se lo había pasado de puta madre.

Vamos, que lo había interrumpido cuando estaba en


plena faena.

Qué pena.

Fruncí los labios y lo observé bien, todavía sosteniendo a


Finn contra mi cadera.

Theo me miraba como si acabara de decirle que tenía


una enfermedad terminal. Estaba blanco como la pared, con
la mandíbula tensa y los ojos oscuros clavados en mí.

—Joder —murmuró, pasándose una mano por la cara.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Es que estoy procesando —respondió, soltando un


resoplido tenso.

Asentí lentamente.

—Vale. Pues mientras procesas, ¿puedo usar tu baño?

Theo parpadeó, como si no entendiera el idioma.

—¿Qué?
Suspiré y señalé a Finn, que miraba todo con los ojos
muy abiertos, completamente ajeno al desastre en el que
nos encontrábamos.

—Me encantaría dejar de oler a mierda, la verdad.

Él frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Finn ha decidido hacer una de sus cacas radioactivas


en el taxi. El conductor casi nos echa en marcha, ha
empezado a gritar en un idioma que no entendí y ha bajado
las ventanillas como si eso fuera a arreglar algo. Y yo he
tenido la mala suerte de acabar manchada en el proceso.
Así que, ¿puedo usar tu baño o tengo que quedarme aquí
apestando?

—Joder, sí. —Me dejó pasar.

—¿Dónde está?

Theo exhaló, aún con cara de circunstancias, y señaló


una puerta al fondo del pasillo.

—Por ahí.

—Genial.

Ajusté mejor la mochila en mi hombro y avancé por el


pasillo, echando un vistazo a su piso mientras lo hacía.

Por supuesto, ya sabía que tenía dinero. Lo supe en


cuanto lo googleé antes de venir. Sus fotos aparecían en
revistas de negocios, en artículos sobre abogados de éxito
en Nueva York, en eventos donde el precio de entrada
seguro que costaba más de lo que yo ganaba en un mes.

Pero una cosa es leerlo y otra es verlo con tus propios


ojos.

El apartamento era una locura. Amplio, con ventanales


enormes que daban una vista privilegiada de Manhattan.
Muebles oscuros, decoración minimalista, todo colocado con
precisión milimétrica. No había una sola cosa fuera de lugar,
como si aquí nunca pasara nada.

Ni una taza fuera en la cocina, ni un cojín movido en el


sofá, ni un puto cuadro torcido.

Todo gritando hombre con dinero que no está


acostumbrado al caos.

Definitivamente, era un sitio donde podía imaginarme a


mi hermana.

Pero no a un bebé.

Bufé y empujé la puerta del baño.

Obviamente, también parecía sacado de una revista.

Ducha de mármol, toallas perfectamente dobladas,


productos de aseo que seguro costaban más que mi alquiler.

—Menuda vida, Reynolds… —murmuré para mí misma


mientras dejaba la mochila en el suelo y me preparaba para
cambiar a Finn y cambiarme a mí misma.
Porque algo me decía que este era solo el primer choque
de mundos entre nosotros.

Usé la encimera del baño como cambiador improvisado.


Era larga, espaciosa y probablemente más cara que todo mi
puto apartamento. Finn se revolvió un poco, pero al final me
dejó hacer sin demasiadas quejas.

Después, me cambié yo. Había traído ropa para los dos


para unos cuantos días. Unos vaqueros limpios, ropa interior
y un par de sudaderas y camisetas.

Cuando terminé, recogí todo, eché un último vistazo al


baño de revista y salí al salón.

Theo ya estaba vestido. Al menos se había dignado a


taparse.

Llevaba unos pantalones oscuros y una camiseta negra


de manga corta que le quedaba jodidamente bien. No es
que lo estuviera mirando ni nada. Pero era difícil no notar
los brazos marcados o la forma en la que la tela le quedaba
ajustada al pecho.

Aun así, le lancé una mirada de pura indiferencia y me


dejé caer en el sofá con Finn en brazos.

—Vale, ahora que ya no apesto —dije, acomodando al


bebé contra mí—, podemos hablar.

Theo cruzó los brazos y me miró con el ceño fruncido,


sentándose a mi lado.

—Por favor, creo que necesito la explicación completa.


¿Por dónde íbamos? Ah, sí… Julia.
Suspiré, preparándome para soltarle toda la mierda de
golpe. Pero antes de que pudiera empezar, Finn agarró el
mando de la tele y se lo metió en la boca sin pensárselo dos
veces.

Theo lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Podrías decirle que deje de hacer eso?

Rodé los ojos y saqué un mordedor de la mochila,


intercambiándolo con el mando.

—Le están saliendo los dientes y lo está pasando mal.


Morder cosas lo calma.

Theo hizo una mueca mientras inspeccionaba el mando


con gesto de asco.

—Genial. Ahora mi control remoto está lleno de babas.

Sonreí con suficiencia.

—Bienvenido a la paternidad.

—¿Por qué estás tan segura de que yo soy el padre? —


soltó, con evidente irritación.

—Porque Jules me lo dijo. Y no tenía ningún motivo para


mentirme.

Theo pasó una mano por su mandíbula.

—Tomamos protección todas las veces. Podría ser otro.


—La protección falla —repliqué sin pestañear—. Y dudo
que Jules se acostara con otro al mismo tiempo que contigo.
Mi hermana no era ese tipo de mujer.

Theo parpadeó y su expresión cambió de pronto, como


si de repente lo entendiera.

—¿Era…? ¿Julia está…?

Tragué saliva y asentí.

—¿Muerta? Sí. Pasó hace dos meses. Fueron


complicaciones después del parto —murmuré—. Tuvo una
infección y… cuando se dieron cuenta, ya fue demasiado
tarde.

Theo cerró los ojos un segundo.

—Joder… Yo… lo siento mucho.

Lo miré en silencio.

No esperaba que se lo tomara bien, pero verlo ahí, con


la respiración pesada y visiblemente afectado, me
descolocó un poco.

Theo inhaló hondo, pasó las manos por su cara otra vez
y apoyó los codos en sus rodillas.

—Ella no me contó nada. De hecho, dejó de responder a


mis mensajes y llamadas. Pensé que simplemente se había
cansado de lo nuestro. Nunca pensé que estuviera
embarazada.
—Sí, bueno, ella no quería que lo supieras. Dejó
Manhattan y se mudó a nuestro pueblo con la esperanza de
que nunca te enteraras. Quería criar a Finn sin
complicaciones, sin preocuparse por si tú aparecías o no.
Pero creí que debías saberlo. Y, si realmente es tu hijo, lo
mínimo que podrías hacer es ayudarme un poco con la
manutención.

Theo apoyó la espalda en el sofá y me miró con el ceño


fruncido.

—¿Entonces sí es por dinero?

Rodé los ojos.

—No es por mí, es por él. Podría hacerme cargo del bebé
yo sola, pasándolo mal, faltándonos cosas y viviendo con
estrecheces. No me parece justo. Primero, porque creo que
debes saber que tienes un hijo. Y segundo, porque, mira
cómo vives tú. No creo que pagar pañales y comida para tu
posible hijo vaya a arruinarte.

—Eso lo decidiré cuando tenga claro que es mío.

—Pues hazte la maldita prueba de ADN. No me marcharé


de esta casa hasta que te la hagas.

Parpadeó, como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué significa eso?

Me encogí de hombros, manteniendo la calma.

—Nueva York es carísima. No puedo permitirme un lugar


en condiciones. Y no voy a quedarme en un motel de mala
muerte con Finn. Nos quedaremos aquí. Seguro que tienes
habitación de invitados.

Theo soltó una risa seca.

—¿No crees que es demasiado descarado autoinvitarte a


mi casa?

Le sostuve la mirada sin pestañear.

—Me iré en cuanto tengas esa prueba y asumas tus


responsabilidades.

—¿Y si los resultados tardan?

—No importa. No tengo prisa. He cerrado mi negocio


hasta mi vuelta.

Vi cómo sus ojos se oscurecían, como si estuviera


procesando la magnitud de lo que acababa de soltarle.

Bien. Que se fuera acostumbrando.

Theo me sostuvo la mirada unos segundos más, como si


estuviera decidiendo si mandarme a la mierda o rendirse de
una vez.

Por suerte fue lo segundo.

—De acuerdo.

—Genial. ¿Podemos hacerlo ya? Finn está muerto de


sueño.
Theo apretó los labios y pasó una mano por su nuca,
claramente frustrado. Supongo que no estaba
acostumbrado a que alguien le impusiera cosas en su propia
casa. Pero es que a mí mandar siempre se me ha dado
especialmente bien.

—Sígueme.

Lo hice, cargando a Finn con cuidado. El enano ya estaba


en ese punto en el que sus párpados pesaban toneladas,
pero se resistía a dormirse del todo.

Theo nos llevó por un pasillo hasta una puerta al final. La


abrió y me hizo un gesto con la cabeza.

—Aquí.

Entré y eché un vistazo. La habitación no estaba nada


mal. Era espaciosa, luminosa, con una cama enorme y
sábanas que parecían recién puestas. Nada en ella parecía
haber sido usado recientemente.

—¿La usas?

—No —respondió, caminando hacia la ventana—. Pero el


servicio de limpieza viene todas las semanas.

Cerró las persianas con un mando y luego me miró


desde la puerta.

—Cuando lo acuestes, seguimos conversando.

Asentí. Theo se quedó un segundo más, como si


estuviera a punto de decir algo, pero al final se limitó a salir
y cerrar la puerta tras de sí.
Solté el aire que no me había dado cuenta de que
estaba conteniendo.

Esto iba a ser el puto infierno.


4
Theo

Lo primero que hice tras cerrar la puerta fue regresar al


salón y llamar a James Weston, uno de mis mejores amigos.

Si alguien podía ayudarme a procesar esta locura, era él.

Sonó dos veces antes de que respondiera.

—Dime.

—Estoy jodido.

Silencio.

—¿Jodido en qué sentido? ¿Qué has hecho esta vez?

Me dejé caer en el sofá y cerré los ojos un segundo.

—No hice nada. Me lo hicieron a mí.

—¿De qué coño hablas?

Exhalé con fuerza.

—Hace un rato una mujer ha llamado a mi puerta con un


bebé en brazos y me ha dicho que el crío es mío.

Un nuevo silencio.
Pude imaginarme la cara de James al otro lado de la
línea, intentando procesarlo.

—Perdona, ¿qué?

—Lo que has oído —gruñí—. Una tía ha aparecido en mi


casa con un puto bebé y me ha dicho que soy el padre.

James soltó una risa baja.

—Hostia, Theo… —Se notaba que intentaba contener


una risa—. ¿Y quién se supone que es la madre?

Me pasé una mano por la mandíbula, tensando los


dientes.

—Una chica con la que me enrollé el año pasado. Nos lo


montamos unas cuantas veces y, un día, desapareció sin
dejar rastro. Ni una llamada, ni una explicación. Pero ahora
su hermana ha aparecido de la nada convencida de que su
bebé es mío.

—¿Su hermana? —James hizo una pausa—. ¿Y dónde


está la madre?

Exhalé y me apoyé en el respaldo.

—Falleció hace un par de meses. Y su hermana decidió


que era el momento de decirme que el crío podría ser mío.

Silencio.

—Joder, Theo…
—Ajá. Y ahora tengo a una desconocida con pintas raras
en mi casa mirándome como si fuera la peor escoria del
planeta mientras sostiene a un bebé que podría ser mío.

James soltó una carcajada baja.

—Hostia.
—Me alegro de que te haga gracia, capullo.

—No es eso, joder. Solo intento asimilarlo. —Se tomó un


segundo—. ¿Y qué demonios significa «pintas raras»?

Me pasé una mano por la nuca.

—No sé, tío. Tatuada hasta el cuello, con una sudadera


enorme de AC/DC y unos vaqueros rotos que parecen haber
sobrevivido a una guerra.

—O sea, tu opuesto.

—Exacto.

Pude imaginarme a James sonriendo de lado.

—¿Y qué te ha dicho exactamente?

—Que no se va de mi casa hasta que me haga la prueba


de ADN.

—¿Y te la has hecho ya?

—No.

—¿Por qué?
—Porque acaba de ocurrir y aún estoy intentando
procesar que, al parecer, hay un mini Theo en este mundo y
nadie se molestó en decírmelo.

James rio bajo.

—Parece que la maldición de los bebés te alcanzó.

Puse los ojos en blanco.

—Que te jodan, Weston.

Justo entonces, una voz femenina sonó desde la cocina.

—Eh, abogado listillo, tu nevera está vacía. Si me voy a


quedar aquí, al menos compra algo decente.

Cerré los ojos y exhalé.

—Joder…

James dejó escapar una carcajada más fuerte.

—Ya está mandando en tu casa.

—Cállate, James.

—Pues hazte la prueba de ADN. Depende del sitio,


tardan entre 24 a 48 horas.

—Ya, pero no sé, tío… ¿y si se corre la voz? No quiero


que esto salga en ninguna maldita revista.

James chasqueó la lengua.


—Tu hermano no tenía esa amiga que trabajaba en un
laboratorio?

Joder, sí, ¿cómo no se me había ocurrido?

—Ah, sí. Addie Thomas.

Addie era la mejor amiga de Owen, mi hermano menor.


Bioquímica, especialista en genética y una jodida genio en
lo suyo. Era la opción más segura si quería evitar que la
noticia terminara en las páginas de cotilleo de Manhattan.

Owen confiaba en ella con los ojos cerrados.

Y si Owen confiaba en alguien, yo también lo hacía.

—Podría preguntarle —murmuré.

—Más te vale hacerlo pronto. No creo que la chica


tatuada te deje respirar hasta que tengas los resultados.

Exhalé con frustración.

—Joder, James, lo sé.

Colgué y me dirigí hasta la cocina, donde Lily tenía la


puerta de la nevera abierta y una expresión de puro
desagrado en la cara.

—¿Tienes algún problema con mi nevera? —pregunté,


cruzándome de brazos.

Lily giró la cabeza hacia mí y alzó una ceja.


—Sí. Que está vacía.

Cerró la puerta con un golpe y se apoyó contra la


encimera, cruzando los brazos.

—Tienes agua, cerveza y… —hizo una pausa para abrir


un armario y sacar una caja— ¿batidos de proteína?

—Están buenos.

Me miró como si acabara de decir que comía cartón.

—No puedes vivir solo de agua, cerveza y polvitos


mágicos para músculos, Reynolds.

Rodé los ojos.

—No me gusta cocinar, así que suelo pedir la comida.

—¿Siempre?

—Me lo puedo permitir.

—Pero eso no es sano. Ni rentable.

Sacó el móvil del bolsillo y empezó a teclear sin


mirarme.

—¿Qué haces?

—Pedir la compra. Si voy a quedarme aquí, al menos


quiero comida de verdad.

—¿Perdona?
Lily siguió tecleando sin inmutarse.

—No pienso sobrevivir a base de comida para culturistas


y pedidos a domicilio. Además, Finn ha empezado a
incorporar las papillas a su dieta. Necesito preparárselas.
¿Tienes batidora?

Fruncí el ceño.

—¿Qué? No. ¿Para qué querría una batidora?

Lily puso los ojos en blanco y pulsó algo en la pantalla.

—Listo. Añadimos batidora al carrito.

Me pasó su móvil sin mirarme.

—¿Qué haces? —pregunté con sospecha.

—Añade tu tarjeta aquí. Como buen anfitrión, es lícito


que pagues tú.

La miré, entre alucinado y divertido.

—¿Le echas mucho morro a la vida, no?

Se encogió de hombros con total tranquilidad.

—Solo cuando la situación lo requiere.

Joder.

Esta mujer iba a volverme loco.


—¿Te importa si me doy una ducha mientras espero que
llegue la compra?

—Pues no, así evitamos que andes apropiándote de otra


estancia de mi casa.

Lily sonrió con suficiencia.

—Es cuestión de tiempo, yo de ti no tardaría mucho en


hacerme ese test.

Puse los ojos en blanco mientras ella salía de la cocina


con toda la tranquilidad del mundo. Como si fuera la dueña
de este jodido apartamento.

Me pasé una mano por la cara y solté un largo suspiro.

¿Cómo coño había acabado en esto?

En menos de un día, mi vida había pasado de estar


perfectamente organizada a convertirme en el supuesto
padre de un bebé, tener a una desconocida tatuada
instalada en mi casa y estar comprando batidoras como si
fuera un jodido padre de familia.

Abrí la nevera y saqué una cerveza. Iba a necesitarla.

Después de darle un sorbo, saqué mi móvil, y mandé un


mensaje a mi hermano:

THEO

¿Me pasas el número de Addie? Necesito pedirle algo.


No tardó ni dos minutos en responder.

OWEN

Ni de coña. Si lo que vas a pedirle es que se meta en tu


cama, ni lo sueñes.

Rodé los ojos. Mi hermano y su puta obsesión con que


me quiero tirar a todas las mujeres que conozco.

THEO

Imbécil, no pienso pedirle eso. Se trata de un favor.

OWEN

¿Qué tipo de favor?

THEO

No tienes por qué saberlo. ¿Me lo vas a dar o no?

OWEN

Pues no. Si quieres hablar con ella, puedo concertar una


cita para los tres cuando regrese de Chicago. Está ahí por
una conferencia.

Apreté los dientes.

Joder.

Eso iba a alargar la cosa, pero no tenía más opción. Era


lo más seguro.
THEO

Está bien. Avísame con el sitio y la hora.

Bloqueé la pantalla del móvil y exhalé.

Eso significaba que iba a tener que aguantar a Lily más


días de lo esperado.

Maravilloso.

Mientras me terminaba la cerveza y me preguntaba si


debía abrir otra, escuché un sonido.

¿Un llanto?

Fruncí el ceño y afiné el oído. Sí. Definitivamente era un


llanto.

Mierda.

¿El niño estaba llorando?

Me giré hacia el pasillo y, justo entonces, escuché el


sonido del agua corriendo.

Joder. Lily no pensó en esa posibilidad cuando se metió


en el baño? ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Ignorarlo?
¿Tocar la puerta y decirle que se apurara? ¿O entrar a la
habitación y ver qué coño pasaba con el crío?

Resoplé. A la mierda.

Dejé la cerveza en la mesa y caminé hacia la habitación.


Abrí la puerta con cautela y me encontré con Finn
moviendo las manos en el aire, con la cara roja y el ceño
fruncido, berreando como si lo estuvieran matando. Estaba
en el centro de la cama, protegido por unas almohadas.

Lo miré fijamente.

Él me miró fijamente.

Y lloró más fuerte.

—Eh… ¿qué te pasa, enano? —murmuré, sintiéndome


como un puto idiota.

Finn no respondió. Obviamente. Solo gritó más.

Joder, joder, joder.

Me acerqué a él y extendí las manos con cautela, como


si fuera una bomba a punto de explotar.

—Vale, tranquilo, no hace falta montar un drama…

Finn no parecía convencido. Frunció el ceño, su cara


seguía roja y su boca bien abierta en un puchero
monumental.

Suspiré y lo levanté con torpeza, sujetándolo bajo los


brazos, como si estuviera sosteniendo un jodido balón de
fútbol en vez de un bebé.

—¿Así? ¿Está mejor?


Finn me miró fijamente. Luego soltó una carcajada y…
agarró un mechón de mi pelo con una fuerza absurda para
alguien tan pequeño.

—¡Eh, suéltame!

Intenté liberarme, pero Finn se aferró más fuerte y


empezó a tirar con toda su jodida energía.

—Vale, vale, ya veo que tienes fuerza. Ahora suelta


antes de que me quede calvo.

Nada. El maldito se reía mientras me torturaba.

Justo en ese momento, la puerta del baño se abrió.

Giré la cabeza y me encontré con Lily envuelta en una


toalla, con el pelo mojado pegándose a su piel y las gotas
deslizándose por sus clavículas.

Y, joder… nunca imaginé que los tatuajes podían ser


sexys.

Siempre los había visto como algo agresivo, llamativo,


algo que la gente usaba para parecer más dura. Pero en
ella… joder, en ella parecían otra cosa.

Seguían la curva de su clavícula, bajaban por su brazo,


asomándose apenas bajo la toalla. Oscuros, definidos… tan
jodidamente bien hechos que no pude evitar preguntarme
cuántos más tendría escondidos.

Y eso, definitivamente, era un pensamiento peligroso.


—¿Qué está pasando aquí?

Parpadeé. Por un segundo, se me olvidó que tenía a su


sobrino colgando de mi pelo como un mono.

—Tu sobrino ha decidido arrancarme el cuero cabelludo

—Buena señal, eso significa que le gustas. Solo tortura a


la gente que le cae bien.

—Qué honor —gruñí, intentando despegar sus diminutos


dedos de mi pelo—. Voy a quedarme calvo antes de
hacerme la prueba de ADN.

Lily soltó una carcajada mientras se acercaba y, con una


facilidad insultante, liberó mi pelo de su minúsculo agarre.

—Tienes que saber cómo hacerlo —dijo con diversión,


acomodando a Finn en su cadera.

Me pasé una mano por la cabeza, asegurándome de que


seguía teniendo pelo, y la miré con el ceño fruncido.

—¿Siempre es así de salvaje?

—Tiene sus momentos. Pero sí, digamos que nació con


exceso de energía. Y cero respeto por la autoridad.

—Vaya, entonces puede que sí sea un Reynolds —


murmuré para mí.

Lily dejó escapar una risa suave y Finn me miró


fijamente, con una expresión de absoluta indiferencia, antes
de soltar un sonidito satisfecho y apoyar su cara contra el
hombro de Lily, completamente relajado.

—Bueno, al menos ya no está intentando arrancarme el


pelo —murmuré.

—Dale tiempo —respondió Lily, divertida—. Además, hay


cosas peores que eso. Cuando menos te lo esperes, te hará
un placaje digno de la NFL.

—Genial. Eso es justo lo que necesito en mi vida.

Lily me miró con una media sonrisa y ladeó la cabeza.

—¿Qué? ¿Te asusta un bebé?

Le sostuve la mirada sin pestañear.

—No me asusta. Solo prefiero que las cosas que gritan y


babean no vivan en mi casa.

—Qué lástima, porque eso es exactamente lo que te


espera los próximos días.

En ese momento llamaron al timbre. Debía ser la


compra. Bufé y fui a abrir la puerta.

Recibí las bolsas, le di una propina al repartidor y cerré.


Cuando volví hacia el pasillo, pasé por delante de la
habitación donde Lily estaba con Finn.

Y entonces la vi.
La puerta estaba medio entornada, lo suficiente para
que mi mirada se colara dentro sin querer.

Lily estaba de espaldas, inclinándose sobre la cama


mientras acomodaba a Finn, murmurándole algo en voz
baja.

Y luego, soltó la toalla.

No del todo.

Pero sí lo suficiente.

Mis ojos recorrieron su piel húmeda, las gotas


deslizándose lentamente por su espalda, bajando por la
curva de su cintura hasta la toalla floja que apenas cubría
su trasero.

Joder.

Joder.

Me quedé congelado un segundo. Solo un segundo.

Y entonces mi cerebro reaccionó.

¿Qué coño estás haciendo, Reynolds?

Apreté la mandíbula y aparté la mirada de golpe,


caminando hacia el salón con pasos firmes, como si eso
borrara lo que acababa de ver.

Era la hermana de una mujer con la que me acosté.


Era una completa pesadilla.

Entonces, ¿por qué me había empalmado al mirarla?


5
Theo

El Club VIP era nuestro refugio en Manhattan.

Lujo, discreción, exclusividad. Nada de paparazis, ni


influencers intentando llamar la atención, ni música
estridente jodiéndote los oídos. Solo hombres con
demasiado dinero, demasiados secretos y demasiado
alcohol en las venas.

Y yo necesitaba una copa porque mi vida había dejado


de tener sentido en demasiado poco tiempo.

Pasé de un apartamento perfectamente ordenado a un


jodido campo de batalla infantil.

Cuando salí de casa, Lily estaba en mi cocina, batiendo


papillas como si hubiera vivido ahí toda su vida, mientras
Finn convertía mi salón en un área de juegos improvisada.

Y lo peor de todo es que yo la había dejado.

Ni 24 horas llevaba en mi casa y ya se había adueñado


de ella.

Necesitaba un respiro. Urgentemente.

Cuando entré en el club, saludé con un leve gesto de


cabeza al recepcionista y avancé hacia nuestra mesa
privada, en la esquina más discreta del salón.
Alex Griffin ya estaba allí, con una copa de whisky en la
mano y su móvil en la otra. Cirujano plástico de renombre,
estaba obsesionado con la perfección y tenía una esposa y
un hijo que lo habían convertido en un cabrón
condescendiente con los solteros.

—Por fin, Reynolds —dijo sin levantar la vista de la


pantalla—. Pensé que la paternidad repentina te había
tragado por completo.

Solté un resoplido y me dejé caer en el sillón.

—Qué rápido vuelan las noticias. ¿James te lo contó?

—Me lo contó Avery, que pasó por casa a ver a Oliver. —


Avery era la hermana melliza de Alex y la futura esposa de
James. Oliver era el nombre del hijo que tuvo con Emma, su
mujer. —Los secretos están sobrevalorados y en nuestro
grupo no duran ni veinticuatro horas.

Rodé los ojos. Por supuesto, James le había contado todo


a Avery, porque desde que se había enamorado de ella la
lealtad en la amistad había quedado en un segundo plano.

—Genial. ¿Quién más lo sabe? ¿Tu madre? ¿La prensa?


¿El alcalde de Nueva York?

—Tranquilo, aún no ha llegado tan lejos. Pero dale un par


de días —bromeó Alex, inclinándose en su asiento—. Así
que… un bebé, ¿eh?

Asentí, preparándome para contárselo todo cuando llegó


Nate, que se dejó caer en la silla con la facilidad de alguien
que siempre tenía todo bajo control y se movía como si la
ciudad le perteneciera. Y, en cierto modo, así era.
Nathaniel Whitmore, CEO de un imperio multimillonario,
era un tipo con demasiado dinero y cero paciencia para la
ineptitud. Si unos años atrás alguien me hubiera dicho que
acabaría casándose con su preciosa y competente
secretaria, nunca lo hubiera creído. ¿Un cretino cómo él
casado? Parece que sí.

—¿Qué me he perdido? —preguntó, haciéndole un gesto


al camarero para que le trajera su whisky habitual.

—Theo ha sido bendecido con la paternidad —soltó Alex,


divertido, sin darme tiempo a reaccionar.

Le lancé una mirada asesina y Nate arqueó una ceja,


mirándome con el interés de quien acaba de descubrir una
noticia de primera plana.

—¿Has dejado preñada a una mujer? —preguntó con


incredulidad.

—Es posible, aunque aún no hay evidencias.

—¿Qué diablos significa eso?

Me tomó dos minutos explicarle a Nate lo sucedido.

—Así que… ¿esta tarde la hermana de una tía con la que


estuviste enrollado se presentó en tu casa con un bebé
asegurando que es tuyo?

—Ese sería un resumen bastante exacto —asentí—. Y


ahora la tengo en casa dándome órdenes como si fuera
suya.
—¿Y crees que eres el padre? —preguntó Nate, cogiendo
su whisky del camarero y llevándoselo a los labios con
calma.

—Pues no lo sé, tiene el pelo oscuro como yo, y mi mala


leche, pero dudo que eso sea lo suficientemente
determinante como para sacarme de dudas. —Suspiré
teatralmente—. Me haré una prueba de ADN, pero hasta
entonces, es como estar atrapado en una pesadilla de la
que no puedo despertar.

—Oh, venga, tío, no dramatices. Ser padre es lo mejor


que me ha pasado en la vida —dijo Nate con una sonrisa
boba.

Puaj. Quién lo ha visto y quién lo ve.

Nate llevaba meses atrapado en su fase de padre


embelesado desde que Charlotte, la mujer con la que se
casó, quién fue su secretaria, había dado a luz. Su hija,
Rachel, era su mundo entero, y no perdía oportunidad de
recordárselo a todo el que quisiera —o no— escucharlo.

—Me alegro por ti, de verdad. —Rodé los ojos y le di un


trago largo a mi whisky—. Pero yo no me veo cambiando
pañales ni cantando nanas a las tres de la madrugada.

—Eso decimos todos al principio, pero luego te


encuentras haciendo voces ridículas para que ese ser
diminuto sonría y… ya no hay marcha atrás. Comprendes
que darías su vida por él.

—Sí, claro —murmuré con sarcasmo—. Voy a mirar a ese


bebé que no sé si es mío y sentir el llamado divino de la
paternidad.
—Qué cabrón eres —resopló Alex, riéndose.

Nate sonrió con suficiencia.

—Dale tiempo.

Justo cuando estaba considerando si pedir otra copa o


salir corriendo de este club para no escuchar más mierdas
sobre lo maravillosa que era la paternidad, James Weston
apareció.

Se dejó caer en el sillón con su típica calma relajada,


como si nunca tuviera un maldito problema en la vida. El
inversor brillante, el tiburón de Wall Street, el cabrón que
había aireado mi secreto en cero coma.

—¿Os está contando ya su crisis existencial o todavía no


ha llegado a esa parte? —preguntó, con una sonrisa
socarrona.

—Oh, ya hemos llegado —soltó Alex con diversión—. De


hecho, estamos disfrutándola.

Bufé.

—¿Y tú qué? ¿No puedes guardarme un puto secreto,


¿verdad? —solté, cruzándome de brazos—. Se lo contaste a
Avery.

James sonrió sin una pizca de arrepentimiento.

—No puedo guardarle secretos a mi preciosa prometida.


Es parte de la relación sana y estable que tú nunca vas a
tener.
Nate y Alex soltaron una carcajada.

—Eres un gilipollas, James.

—Vamos, Theo. Tarde o temprano lo habrían sabido. Así


funcionan las cosas cuando eres parte de este grupo.

—Yo no recuerdo haber firmado un contrato de


divulgación inmediata de mis problemas.

—No hacía falta —se burló Nate—. Avery ya lo hizo por


ti.

—Os reuní aquí para encontrar una solución, no para


que os riais de mí.

—¿Y qué esperas que hagamos? —preguntó Alex,


alzando una ceja—. ¿Te firmamos un documento donde
juramos que ese bebé no es tuyo y fin de la historia?

—No sería mala idea.

—Tienes que hacerte la prueba de ADN —intervino Nate,


siempre el lógico del grupo—. No hay más vueltas que
darle.

—Voy a hacerla —gruñí—. He hablado con Owen para


que se encargue Addie, su amiga, pero esta fuera y no
vuelve hasta el viernes así que tocará esperar.

—¿Hasta el viernes? —Alex silbó, apoyándose en el


respaldo del sillón—. Eso significa que la mandona y el crío
se quedarán en tu casa mínimo hasta entonces.
Me pasé una mano por la cara.

—No me lo recuerdes.

James sonrió con diversión.

—¿Te ha puesto normas ya? ¿Toque de queda? ¿Una lista


de la compra?

Bufé.

—Peor. Me ha obligado a comprar una batidora.

Nate y Alex parpadearon.

—¿Perdón? —dijeron a la vez.

—Sí. Según ella, era algo imprescindible si Finn se iba a


quedar en mi casa. Por lo de sus papillas.

James dejó escapar una carcajada.

—No lleváis ni un día juntos y ya está domesticándote.

—Que te jodan, James.

—Nah, eso ya lo ha hecho Avery. Pero gracias por la


oferta.

Alex frunció el ceño y le lanzó a James una mirada de


advertencia.

—No digas esas cosas de mi hermana.


James alzó las manos en un gesto inocente.

—Tranquilo, cirujano. Solo constataba un hecho.

Alex bufó, pero no insistió más. Seguramente estaba


acostumbrado a las tonterías de James cuando se trataba
de Avery.

—Si habéis terminado con vuestras mierdas, ¿podemos


centrarnos en lo importante?

Nate asintió, dándole un trago a su whisky.

—Sí, hablemos de lo verdaderamente interesante…


¿Cómo es la tía que se ha adueñado de tu casa? Tengo
curiosidad.

—Se llama Lily, tiene tatuajes, muy mal gusto vistiendo


y demasiado carácter para mi gusto.

—Pero ¿está buena? —quiso saber Alex.

—Si te va el rollo Amy Winehouse, supongo que sí. No es


para nada mi tipo.

Nate sonrió con diversión.

—Cuidado con eso, Theo. Las mujeres nunca son nuestro


tipo… hasta que, de repente, lo son.

—Ni de coña. —Bufé, dando un trago a mi whisky—.


Aunque fuéramos los últimos dos seres humanos sobre la
faz de la Tierra y la supervivencia de la especie dependiera
de ello, seguiría manteniendo las distancias.
Nate soltó una carcajada, Alex negó con la cabeza,
divertido, y James fue el siguiente en hablar.

—¿Y si el bebé resulta ser tuyo? ¿Cómo se supone que


vas a manejarlo? Te guste o no, vas a tener que tratar con
ella.

—No demasiado. Ni siquiera me ha pedido que me haga


cargo. Solo quiere que lo sepa y, si el test sale positivo, que
le pase una pensión. Nada más.

—¿Te ha despachado como padre antes de empezar? —


soltó Alex, claramente divertido.

—Aunque quisiera, poco podría hacer. Ella es de Eugene,


Oregón, así que una custodia compartida ni siquiera es una
opción realista.

—¿Y eso te alivia o te jode? —preguntó Nate, alzando


una ceja mientras giraba el vaso entre los dedos.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—No lo sé. Supongo que ambas cosas. No me veo


cambiando pañales ni cantando canciones de cuna, pero
tampoco me hace gracia la idea de tener un hijo al otro lado
del país al que apenas veré.

—Vaya, parece que el antihéroe tiene corazón después


de todo —se burló Alex, dándome un codazo.

—Que os den. —Bufé y vacié mi vaso de un trago—. De


momento, es solo una posibilidad. Hasta que el test de ADN
diga lo contrario, prefiero no comerme la cabeza.
—En fin, dejemos en paz a Reynolds y hablemos de otra
cosa —propuso James dándome una palmada en el hombro.

—Sí, por favor —gruñí.

Mientras mis amigos cambiaban de tema y las risas


volvían a llenar la mesa, yo me quedé en silencio. Intenté
concentrarme en la conversación, pero la imagen de Lily
seguía clavada en mi mente.

Su mirada desafiante, su manera de invadir mi espacio


como si le perteneciera, el caos que había traído consigo, la
posibilidad de que un crío fuera mío.

Bufé para mis adentros.

Podía fingir despreocupación todo lo que quisiera, pero


la verdad era que, en cuanto cruzara la puerta de casa, el
desastre me estaría esperando.

Y no me equivoqué.
6
Lily

Estaba tumba en el sofá, con las piernas cruzadas y el móvil


apoyado en el brazo del sillón, viendo el capítulo de
Breaking Bad que había dejado a medias hacía semanas.
Era de las pocas series que me enganchaban de verdad,
porque todo el mundo en ella tomaba decisiones de mierda
y luego sufría las consecuencias. Me hacía sentir un poco
mejor sobre mi vida.

Finn dormía plácidamente en la habitación, y gracias a la


cámara de vigilancia que había instalado, podía verlo desde
la app en mi móvil sin tener que levantarme cada cinco
minutos.

Si algo bueno tenía haberme quedado atrapada aquí,


era que por fin podía ver una serie en una pantalla tan
enorme que parecía un cine en casa.

Hasta que la puerta del apartamento se abrió.

Escuché pasos firmes en la entrada y, unos segundos


después, Theo apareció en el salón. O iba borracho o estaba
de muy mal humor, porque se quedó un momento en
silencio, observándome con el ceño fruncido.

—¿Qué haces? —preguntó, con la voz algo más grave de


lo normal.
—¿Tú qué crees? —respondí sin apartar la vista de la
pantalla—. Mirar cómo Walter White arruina su vida por no
saber delegar.

Theo ignoró mi comentario y se acercó, apoyando las


manos en el respaldo del sofá.

—¿Y Finn?

Moví el móvil para enseñarle la pantalla con la


transmisión en directo. Finn dormía hecho un ovillo, con su
manita apoyada en el peluche que había colocado a su lado.

—Bien. Duerme como un angelito. A ver si dura.

Theo observó la imagen en silencio durante un par de


segundos antes de mirarme a mí.

—¿Eso que llevas es una de mis camisetas?

Me encogí de hombros.

—No pensé en traer pijama. Y esta estaba en el armario


de la habitación de invitados.

Theo pasó la lengua por su diente canino y entrecerró


los ojos.

—¿Me has robado ropa?

—No lo llamaría robo. Lo llamaría adaptación a las


circunstancias.

Theo resopló y se frotó la mandíbula.


—Joder, no puedo irme ni un par de horas sin que te
adueñes de algo en mi casa.

—Bueno, si tanto te molesta, la próxima vez duermo


desnuda —dije con total tranquilidad, volviendo a mirar la
serie.

Silencio.

Theo no respondió.

Pero pude sentir su mirada clavada en mí.

—¿Puedo quedarme aquí contigo? No tengo sueño.

—Vale.

Se sentó a mi lado y se quedó en silencio un segundo


antes de señalar la pantalla con la barbilla.

—¿Y de qué va la serie?

Giré la cabeza con el ceño fruncido.

—No me jodas. ¿No has visto Breaking Bad?

Theo negó con la cabeza, como si acabara de admitir


que no sabía leer.

—No.

—¿En serio?

—Sí, en serio.
—Pero si es un clásico.

—¿Y qué? No veo muchas series.

—Claro, estás demasiado ocupado siendo abogado y


follando con desconocidas.

Theo sonrió de lado.

—Algo así.

Suspiré, pausé el capítulo y me giré un poco hacia él.

—Vale, te lo resumo. Un profesor de química al que le


diagnostican cáncer decide empezar a fabricar
metanfetaminas con uno de sus exalumnos para dejarle
dinero a su familia.

Theo alzó una ceja.

—¿Y eso se supone que es entretenido?

—Más de lo que crees —respondí—. Es un drama sobre


malas decisiones y consecuencias inevitables. Básicamente,
la vida misma, pero con más drogas y explosiones.

Theo soltó una risa nasal y se acomodó en el sofá.

—Genial, justo lo que necesito. Un recordatorio de que


todo puede ir aún peor.

Pasamos varios minutos en silencio, con la única


compañía de la luz tenue del televisor y el sonido de Walter
White tomando decisiones de mierda. Ambos nos quedamos
absortos en la pantalla, dejando que la historia avanzara sin
necesidad de hablar.

Cuando terminó el capítulo, Netflix cargó


automáticamente el siguiente. En el breve instante en que
la pantalla quedó en negro, sentí un cambio en el ambiente.
No necesitaba girarme para saberlo, pero aun así lo hice.

Theo no estaba mirando la televisión.

Su mirada estaba fija en mí, intensa, analítica, como si


intentara descifrar algo que ni siquiera yo tenía claro. Mi
estómago se encogió de forma casi imperceptible, pero me
obligué a mantenerme impasible.

—¿Qué? —pregunté con una ceja en alto, como si su


atención no me afectara en absoluto.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Dudo que eso vaya a detenerte.

Theo ignoró mi sarcasmo y apoyó un brazo en el


respaldo del sofá, inclinándose un poco hacia mí.

—¿Por qué no te pareces en nada a Julia?

Me quedé en silencio unos segundos. No era la primera


vez que me lo preguntaban.

—Porque nunca lo hicimos. Ni física ni en nada más.

Me estiré un poco en el sofá y suspiré antes de seguir.


—Jules era la perfecta, la brillante, la que tenía un plan
para todo. Yo era la que dibujaba en las mesas del colegio y
me metía en líos. Ella sacaba dieces sin esfuerzo y yo tenía
que partirme la cabeza para aprobar matemáticas. Jules era
la que iba a debates escolares, la que organizaba eventos
benéficos, la que los profesores adoraban. Yo era la que se
saltaba clase para ir a hacerme piercings con mis amigos.

Theo sonrió un poco.

—Suena a cliché.

—Un poco —admití—, pero no te equivoques. Nos


queríamos con locura. Jules y yo éramos completamente
diferentes, pero nos entendíamos. Ella me cubría cuando
me metía en problemas y yo la sacaba de su burbuja
cuando necesitaba un respiro.

Me quedé mirando un punto fijo en la pantalla, pero mi


mente estaba en otro sitio.

—El problema fue que, al crecer, las diferencias se


hicieron más pesadas. Jules se fue a Nueva York y empezó
su vida perfecta, y yo… bueno, yo me quedé en Eugene,
sirviendo café y cuidando de nuestra madre.

Theo frunció el ceño ligeramente.

—¿Qué le pasaba a tu madre?

Exhalé despacio, sintiendo ese nudo familiar en la


garganta. Ese que llevaba años acompañándome cada vez
que pensaba en mi madre.
—Cáncer. Le diagnosticaron cuando yo tenía diecisiete, y
fue un proceso largo, que nos acompañó durante muchos
años.

No importaba cuánto tiempo pasara, el recuerdo seguía


arañando el interior de mi pecho con la misma intensidad.
Aún podía verla en su sillón favorito junto a la ventana, con
una manta sobre las piernas, sonriendo incluso en los días
más difíciles. Su olor a lavanda, la forma en que su voz se
debilitaba con el paso del tiempo, pero nunca perdía la
dulzura.

A veces, cuando el cansancio me pesaba demasiado,


todavía creía escucharla susurrando mi nombre, como
cuando solía llamarme a su lado para que le leyera un libro
o simplemente le hiciera compañía.

Parpadeé, tratando de alejar la presión en mi garganta.

—Fue duro —añadí con voz más baja—. Ver cómo


alguien que amas se apaga poco a poco y no poder hacer
nada… te cambia.

Theo no dijo nada, solo me sostuvo la mirada con


intensidad.

—¿Y Julia? ¿No te ayudó?

—Ella no podía volver —respondí sin dudar—. O no


quería. Pero la entiendo.

—¿La entiendes?

—Sí. Estaba aquí, en Nueva York, cumpliendo sus


sueños. Se había esforzado toda su vida para llegar a donde
estaba. No podía dejarlo todo.

Theo inclinó la cabeza ligeramente.

—Vale, pero tú sí lo hiciste.

Me tensé.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

Apreté los labios y desvié la mirada.

—Porque alguien tenía que quedarse. Y yo no iba a


dejarla sola.

Theo asintió lentamente.

—Y fue muy loable por tu parte. Pero eso no cambia el


hecho de que tú renunciaste a los tuyos a cambio.

No respondí de inmediato. Porque, tenía razón, pero


admitirlo en voz alta era otra historia, Nunca me había
permitido quejarme o criticarla, porque, para mí, Jules era la
persona más importante que existía en este mundo.

Asentí con breve encogimiento de hombros.

—Lo hice. Y no me arrepiento de la decisión que tomé.


Pero confieso que a veces duele pensar que, si las cosas
hubieran sido diferentes, quizás ahora estaría tatuando en
un estudio en Los Ángeles en lugar de estar aquí, viendo
Breaking Bad con un abogado estirado que cree que las
batidoras no son necesarias.

Theo ladeó la cabeza, observándome con una media


sonrisa.

—Así que tatuadora, ¿eh? No sé por qué, pero no me


sorprende.

—¿Ah, no? —pregunté, arqueando una ceja.

—No. Tienes toda la pinta de alguien que haría sufrir a


sus clientes con una aguja y una sonrisa maliciosa.

Solté una risa breve y volví la vista a la pantalla, dejando


que la luz azulada del televisor iluminara mi rostro. El
silencio se instaló entre nosotros por un momento, hasta
que Theo, con ese tono despreocupado que solo usaba
cuando estaba tanteando el terreno, añadió:

—Me caía bien tu hermana.

Parpadeé, un poco sorprendida.

—¿Sí?

Asintió.

—Era divertida, lista y siempre estaba dispuesta a pasar


un buen rato. La conocí de camarera en aquel bar...

Mi cuerpo se tensó de golpe.

—Espera, ¿qué? ¿De camarera?


Theo frunció el ceño ante mi reacción.

—Sí. Trabajaba en un bar de copas cuando la conocí.

Negué con la cabeza.

—No, no. Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque Jules nunca fue camarera. Estudió en la


Universidad de Nueva York, se licenció en periodismo y
trabajaba de becaria en un periódico conocido.

Theo me miró fijamente.

—Pero si no terminó la universidad, me lo dijo ella


misma.

Sentí un golpe seco en el pecho.

—Eso no puede ser verdad.

—Lo es. Dejó los estudios en segundo año y empezó a


trabajar en el bar.

Me quedé helada.

Esto no encajaba con nada de lo que yo sabía.

Jules jamás mencionó nada de esto. Nunca.

Si Theo tenía razón… si de verdad me había mentido


sobre su vida en Nueva York…
¿Qué más me había ocultado?

Durante años, mientras yo cuidaba de nuestra madre,


ella me decía que no podía volver porque estaba en la
universidad, porque tenía exámenes, porque su futuro
dependía de ello.

¿Era todo mentira?

Recordé cada conversación, cada excusa.

«Lo siento, Lil, no puedo dejar las clases ahora mismo.


Estoy en medio de los exámenes.»

«Si me voy, perderé el semestre y no puedo


permitírmelo.»

«Sabes que quiero estar ahí, pero no puedo dejar esto


tirado.»

Había sentido culpa. Culpa por haberle pedido que


volviera. Culpa por desear que dejara su vida perfecta para
ayudarme con nuestra madre.

Pero si Theo decía la verdad…

No había una universidad. No había exámenes.

Solo había un bar y una mentira.

Sentí un nudo en el pecho, frío y opresivo.

—No puede ser… —susurré.


Theo no dijo nada. No intentó suavizarlo ni endulzarlo,
solo me miró en silencio, como si supiera que acababa de
soltarme una bomba. Y lo había hecho.

Respiré hondo y forcé una sonrisa tensa antes de


levantarme.

—Voy a irme a la cama. Estoy cansada.

No le di oportunidad de responder. No quería seguir


hablando ni que él viera el caos en mi cabeza.

Entré en la habitación y cerré la puerta con suavidad,


aunque lo único que quería era dar un portazo.

Me dejé caer sobre la cama y fijé la vista en el techo. Las


preguntas llegaron en cuanto el silencio me envolvió.

¿Cómo podía estar enterándome de esto ahora?

Durante años, había creído en la versión que Jules me


dio, la misma que repetía cada vez que le pedía que
volviera. Me decía que tenía que quedarse en Nueva York
porque su futuro estaba allí, porque estaba construyendo la
vida con la que siempre había soñado.

Y yo lo acepté. Sin dudar. Sin cuestionarlo. Con culpa por


desear que dejara todo atrás y volviera a casa.

Con culpa por querer que compartiera el peso que yo


llevaba sola.

Con culpa por necesitarla.


Pero si lo que Theo decía era cierto… si realmente había
dejado la universidad y me había mentido todo ese
tiempo…

Entonces, ¿qué más no sabía de ella?

Lo peor era que nunca iba a poder preguntárselo. Nunca


iba a saber su versión de la historia.

Porque Jules estaba muerta.

Y, por mucho que su mentira me quemara por dentro,


¿hasta qué punto tenía derecho a reprochárselo? Ya no
estaba. Ella estaba muerta, yo viva. ¿Qué sentido tenía?

Cerré los ojos e intenté respirar hondo. Pero la pregunta


seguía ahí, clavada en mi pecho.

¿Cuánto de mi hermana conocía realmente?


7
Theo

Aquella noche me costó dormir.

No sabía por qué, pero seguía dándole vueltas a la


conversación con Lily.

No era mi problema. Y, sin embargo, la forma en que su


expresión se derrumbó cuando le dije que Julia no había
terminado la universidad…

Joder. No debería importarme.

Pero algo en su reacción, en cómo se marchó a su


habitación sin siquiera mirarme, me dejó con una sensación
extraña en el pecho.

¿Compasión?

Tampoco podía sacarme de la cabeza la forma de la que


habló de su madre.

De cómo se quedó en Eugene mientras Julia vivía la vida


en Nueva York. De cómo renunció a sus propios sueños por
cuidar de alguien más, sin esperar nada a cambio.

Suspiré, mirando el techo de mi habitación en la


penumbra.
No tenía por qué afectarme. Pero la imagen de Lily, con
los hombros tensos y esa mirada de alguien que ha cargado
con más peso del que le correspondía, seguía rondándome
la cabeza.

Suspiré y cerré los ojos, obligándome a dormir.

***

Cuando desperté, el apartamento estaba en silencio.

Me levanté y me pasé una mano por la cara antes de


salir de la habitación. Lo primero que pensé fue que
necesitaba una ducha.

Pero lo primero que vi fue a Lily dormida en el sofá… con


Finn en brazos.

Me detuve en seco.

La escena me pilló desprevenido.

Lily estaba profundamente dormida, con la cabeza


apoyada contra el respaldo del sofá y una mano sujetando
con firmeza la pierna del bebé, como si temiera que pudiera
escaparse en cualquier momento.

Finn, por su parte, parecía tan cómodo como si estuviera


en la mejor cama del mundo. Apoyaba la mejilla en el pecho
de Lily y su respiración era lenta y tranquila.

Algo cálido se expandió en mi pecho.


Un sentimiento extraño.

No lo reconocí al principio.

Solo cuando me llevé la mano al pecho, como si pudiera


detener la sensación antes de que creciera más, me di
cuenta de lo que estaba haciendo.

Era ternura.

Pura y cruda.

Me golpeó sin previo aviso, como un puñetazo en el


estómago. No tenía sentido, no era lógico, pero ahí estaba.

Algo en la imagen de Lily, con su expresión relajada por


el sueño, sosteniendo a Finn con ese instinto protector
inconsciente, me removió por dentro de una forma que no
supe explicar.

Joder.

¿En qué cojones estaba pensando?

***

Después de ducharme y vestirme para ir a la oficina, salí de


la habitación con la intención de tomar un café rápido antes
de largarme.

Pero en cuanto llegué al salón, me encontré con una


escena que me detuvo en seco.
Finn estaba en la alfombra, balbuceando algo
ininteligible mientras golpeaba un juguete contra el suelo.

Lily, por su parte, estaba en la cocina, de puntillas,


estirándose para alcanzar algo en la estantería. Mis ojos se
clavaron en ella. O, mejor dicho, en una parte muy concreta
de su anatomía. La camiseta que me robó el día anterior se
le subía lo justo para mostrar un poco de glúteos.

Joder.

No debería mirar.

Pero miré.

Solo fue un segundo. Solo lo justo para que mi cerebro


registrara lo que estaba viendo antes de obligarme a
apartar la vista.

Exhalé despacio y avancé hasta donde estaba.

—Déjame.

Lily pegó un respingo cuando mi brazo rozó el suyo al


alcanzar el tarro del azúcar sin esfuerzo. Se lo tendí, y en el
instante en que nuestros dedos se rozaron, nuestras
miradas se cruzaron.

Sus ojos se quedaron fijos en los míos, y por alguna


razón no fui capaz de apartar la vista primero.

Ni ella tampoco.
Hasta que Finn balbuceó desde la alfombra, rompiendo
la tensión.

Lily pestañeó rápidamente y desvió la mirada.

—Gracias —murmuró, tomando el azúcar y volviendo a


lo suyo como si nada hubiera pasado.

Como si yo no acabara de mirarla demasiado.

Como si ella no me hubiera correspondido.

Me pasé una mano por la nuca y solté un suspiro antes


de servirme un café, mientras Lily preparaba el biberón de
Finn. Nos sentamos en la mesa del comedor, ella con el
bebé en brazos, alimentándolo con la tranquilidad de quien
ya lo ha hecho mil veces.

Observé la escena en silencio durante unos segundos


antes de preguntar:

—¿Qué vais a hacer hoy?

Lily levantó la mirada un instante antes de volver a


centrarse en Finn.

—Quiero dar una vuelta por Central Park y pasear un


poco por la ciudad.

Fruncí el ceño.

—¿Y crees que podrás con él sola?

Ella me miró con una mezcla de burla y desafío.


—Tengo una mochila de porteo. Y estoy más que
acostumbrada a llevarlo a todas partes.

Bebí un sorbo de café.

—Si te pierdes, no me llames.

—Tranquilo, abogado, sé usar Google Maps.

Puse los ojos en blanco y me levanté de la mesa.

—Yo me voy a trabajar.

Lily asintió sin inmutarse y siguió con lo suyo, como si ni


siquiera notara que me iba.

Bien.

Mejor así.

Porque cuanta menos interacción tuviera con ella, más


fácil sería salir de esta situación sin joderme la cabeza.

***

Horas más tarde, el bufete estaba en su punto máximo de


actividad.

Mi secretaria me había informado de que el cliente más


importante del despacho, Elliot Flanagan, ya me esperaba
en la sala de reuniones. Un multimillonario que no tenía
paciencia y al que no le gustaba perder el tiempo.
A mí tampoco.

Por eso, en cuanto entré, activé el modo trabajo y dejé


atrás el caos de mi casa.

—Señor Flanagan —saludé con un apretón de manos


firme mientras me sentaba frente a él—. ¿Cómo va todo?

—Dependerá de lo que me digas —respondió, con su


tono seco de siempre.

Asentí y abrí el expediente que tenía sobre la mesa.

—He revisado el contrato de inversión y hay algunos


puntos que debemos ajustar antes de firmar.

Elliot se cruzó de brazos y me observó con el ceño


fruncido.

—¿Problemas?

—Nada que no pueda solucionarse. Pero hay algunas


cláusulas que juegan en tu contra si no las modificamos.

Acababa de empezar a explicarle cuando mi móvil vibró


sobre la mesa.

Lo ignoré.

El cliente era prioridad.

Pero vibró otra vez. Y otra. Hasta que mi secretaria entró


con urgencia en la sala con el teléfono inalámbrico en la
mano.
—Señor Reynolds, lo siento, pero es urgente. Es del
hospital.

El aire se atascó en mi garganta.

—¿Qué?

Me levanté de golpe y cogí el teléfono.

—¿Sí?

—¿El señor Theo Reynolds? —preguntó una voz


profesional al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo.

—Llamamos del Hospital Presbiteriano de Nueva York.


Tenemos aquí a Lily Dawson y Finn Dawson.

Mierda.

Mierda.

Ni siquiera escuché el resto de la frase.

Solo recuerdo salir corriendo de la sala sin dar


explicaciones.
8
Lily

La mañana había empezado bien.

Finn y yo habíamos salido temprano, listos para


aprovechar el día en Nueva York. Central Park estaba
precioso, con el sol filtrándose entre los árboles y la brisa
fresca haciendo que el calor fuera soportable.

Le compré un gorrito para el sol en una tienda de


recuerdos y me tomé un café mientras lo paseaba por los
senderos. Finn iba encantado en la mochila de porteo,
señalando todo con esos ojos curiosos que tenía. Cada perro
que pasaba le parecía lo más fascinante del mundo, y cada
vez que veía a otro niño, agitaba las manos emocionado.

Incluso había conseguido que me sacara una sonrisa


después de la noche horrible que había pasado.

Pero, como siempre, la tranquilidad no me duró


demasiado.

Habíamos parado en una zona con césped donde otros


niños jugaban. Finn ya se aguantaba bastante bien sentado,
así que lo saqué de la mochila para que estirara un poco las
piernas y tocara la hierba. Todo iba bien hasta que, en un
segundo de distracción, lo vi llevarse algo a la boca.

—¡Finn, no!
Me lancé hacia él, pero ya lo tenía dentro. No sabía qué
era. Podía ser una piedra, un trozo de plástico, cualquier
cosa.

Le abrí la boquita con cuidado y metí los dedos para


sacárselo. Sentí algo pequeño y duro, pero en cuanto lo
toqué, lo tragó.

Se me paró el corazón.

Por un segundo, todo lo demás dejó de importar.

Lo levanté en brazos de inmediato, mirándolo con


desesperación.

—¿Finn? ¿Cariño, estás bien?

Él me miró con los ojos enormes, sorprendido por mi


reacción. No parecía estar ahogándose. No tosía ni hacía
gestos de atragantamiento, pero tenía la respiración un
poco acelerada y yo no podía dejar de pensar en lo peor.

No podía arriesgarme.

Lo recogí todo a la velocidad del rayo y salí de allí


corriendo. Paré el primer taxi que vi y le pedí que me llevara
al hospital más cercano.

Iba a ser un susto y ya. Tenía que ser solo un susto.

Pero mi cerebro no dejaba de recordarme que Jules


también estaba bien… hasta que dejó de estarlo. Al igual
que mi madre, y mi padre.
Con los nervios, ni siquiera me di cuenta de que había
perdido el móvil. Lo busqué cuando llegamos al hospital,
pero no estaba. Lo había dejado en el taxi.

Mierda.

Intenté no entrar en pánico mientras explicaba la


situación en urgencias. Finn estaba estable, pero los
médicos querían hacerle una radiografía para asegurarse de
que no había tragado nada peligroso.

—¿Quiere que llamemos a alguien?

Me mordí el labio y miré a Finn, que ahora estaba más


tranquilo en mis brazos.

La única persona en esta ciudad que podía ayudarme en


este momento era Theo.

Suspiré.

—Sí. Llamen a Theo Reynolds.

Los médicos asintieron y, en cuestión de minutos,


hicieron la llamada.

***

Cuando Theo llegó al hospital, lo vi antes de que él me viera


a mí.
Caminaba con pasos firmes, con la mandíbula apretada
y el ceño fruncido, como si estuviera preparado para
encontrarse el peor escenario posible.

En cuanto me localizó sentada en la sala de espera, su


expresión cambió a puro alivio… seguido de irritación.

—¿Qué ha pasado?

Me pasé una mano por la cara, sintiéndome agotada.

—Nada grave —dije con voz cansada—. Finn se llevó


algo a la boca en el parque y entré en pánico.

Theo me miró con incredulidad.

—¿Me has hecho venir hasta aquí porque el niño intentó


comerse algo?

—¿Qué querías que hiciera? —espeté—. Se lo tragó. No


sabía qué era.

—¿Y qué dicen los médicos?

—Le hicieron una radiografía. No encontraron nada


preocupante. Dijeron que probablemente era una piedrecita
o un trozo de hoja y que lo expulsará solo.

Theo exhaló, llevándose una mano a la nuca.

—Joder, Lily…

—No me mires así —murmuré, dejando caer la cabeza


contra la pared—. Creí que pasaba algo serio.
Se quedó en silencio un momento antes de soltar un
largo suspiro y dejarse caer en la silla junto a mí.

—¿Tienes idea de lo que ha sido recibir una llamada del


hospital diciendo que estabais aquí? Podías haberme
llamado tú misma.

Negué con la cabeza.

—Lo siento. Perdí el móvil.

Theo giró la cabeza hacia mí. Finn dormía dentro de la


mochila de porteo, con su cabecita apoyada contra mi
pecho, respirando tranquilo como si nada hubiera pasado.

Y, por alguna razón estúpida, sentí una extraña calma al


ver a Theo allí.

Lo cual era ridículo.

No es como si fuera alguien de fiar.

Pero después del susto, después del maldito vacío en el


estómago cuando pensé que podía ser algo grave, su
presencia aquí hacía que todo pareciera menos catastrófico.

Theo suspiró y pasó una mano por su mandíbula,


mirándome con atención.

—Venga, vamos a comer algo.

Fruncí el ceño.

—¿Me estás invitando a comer?


—No quiero que te desmayes en mitad de la calle. Y
pareces a punto de hacerlo.

Rodé los ojos, pero la verdad era que tenía el estómago


vacío y los nervios me habían dejado agotada y hambrienta.

—Está bien. Pero elijo yo el sitio.

***

Diez minutos después, estábamos sentados en una


cafetería de comida rápida, con una hamburguesa y un
batido enorme delante de cada uno.

Theo me miró con incredulidad mientras removía su


batido con la pajita.

—No puedo creer que, de todos los sitios de Nueva York


a los que podría llevarte a comer algo decente, hayas
elegido esto.

—Cuando estoy nerviosa, necesito comida calórica.

Cogí mi hamburguesa y le di un buen bocado,


disfrutando del sabor grasiento y delicioso. Después del
susto, lo necesitaba.

Theo negó con la cabeza y le dio un sorbo a su batido.

—¿Te pasa a menudo eso de acabar con Finn en


urgencias?
—Es un niño movido —respondí, encogiéndome de
hombros—. La última vez fue porque se cayó.

—Eso suena normal.

—Del cambiador —añadió—, pero lo impresionante es


que fue porque literalmente me di la vuelta un segundo
para coger un pañal y, cuando miré de nuevo, ya estaba en
el suelo.

Theo resopló.

—Parece que tiene talento para los accidentes.

Finn seguía dormido contra mi pecho, con la respiración


cálida y tranquila, completamente ajeno a todo.

Y, sin embargo, yo sentía un dolor sordo en el pecho.

No sabía por qué, pero me escuché a mí misma


hablando antes de poder detenerme.

—Sé que soy un poco sobreprotectora con él. Creo que


es porque tengo miedo de que le pase algo —expliqué,
bajando la mirada a Finn—. A veces tengo la sensación de
que la gente en mi vida puede acabar lastimada si no presto
atención.

Jugueteé con la pajita entre los dedos, sintiendo cómo


esa presión en el pecho se hacía un poco más fuerte.

—Papá murió en un accidente. Mamá, por el puto cáncer.


Jules… —Tragué saliva antes de terminar la frase—. Jules por
la infección después del parto. A veces pienso que atraigo
las desgracias a todos aquellos que amo y que están a mi
alrededor.

No tenía ni idea de por qué le estaba contando esto.

Tal vez porque, después del día que había tenido,


necesitaba sacarlo de algún modo.

O tal vez porque Theo era la única persona con la que


podía hablar en este momento.

Entonces sentí su mano sobre la mía.

El contacto fue suave, casi casual, pero suficiente para


sacarme de mi propia cabeza.

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos fijos en los


míos, más suaves de lo que nunca los había visto.

No había burla. No había sarcasmo.

Solo una pequeña sonrisa.

—No pienses así —dijo, con voz baja—. No eres


responsable de todo lo que pasa a tu alrededor. No podemos
detener la vida ni sus circunstancias. A veces pasan cosas
de mierda y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

Apreté los labios. Sabía que tenía razón.

Pero había pasado tanto tiempo creyendo lo contrario,


convenciéndome de que, si hubiera hecho algo diferente, tal
vez las cosas habrían salido mejor…
—Y en cuanto a Finn —continuó Theo, sin soltarme—, es
un bebé. Es normal que sufra accidentes. No puedes vivir
con miedo de lo que podría pasarle todo el tiempo.

Exhalé despacio y aparté la mirada, sintiendo el nudo en


mi pecho empezar a aflojarse.

—Lo sé —murmuré.

Theo apoyó los codos en la mesa y me miró con calma,


soltando mi mano al fin.

—Escucha, entiendo que te preocupes por Finn, pero


todos los bebés tienen accidentes. No importa cuánto los
vigiles, siempre encuentran la forma de meterse en líos.

Solté un resoplido.

—¿Y tú cómo sabes eso? No pareces un tipo con mucha


experiencia en bebés.

—No la tengo. Pero sí tuve una madre histérica porque


casi me mato con menos de un año.

Eso captó mi atención.

—¿Qué hiciste?

Theo apoyó la espalda en la silla y se pasó una mano por


la mandíbula, como si intentara recordar.

—Bueno, más bien, ¿qué no hice? Según mi madre,


siempre fui un desastre con patas. Pero la peor fue cuando
tenía unos diez meses.
—A ver…

—Por lo visto, mi padre me dejó en la cama un momento


mientras se ponía los zapatos. Solo un segundo. Y en ese
segundo, me las arreglé para rodar, caerme, golpearme
contra la mesita de noche y abrirme la ceja.

Puse los ojos como platos.

—Joder.

—Sí. Mi madre dice que fue como una escena de terror.


Mucha sangre, muchos gritos y un padre aterrorizado que la
llamó mientras ella estaba en la peluquería, jurando que me
había roto la cabeza.

—¿Y te la rompiste?

—Obviamente no —bufó, señalándose la ceja con un


leve gesto—. Me dieron unos puntos y sobreviví.

Negué con la cabeza.

—Eso explica muchas cosas.

Theo sonrió de lado.

—Lo que quiero decirte es que los bebés son imanes


para los accidentes. No importa cuánto los cuides.

Me mordí el labio, mirando a Finn, que seguía dormido


en la mochila.

—Sí, pero eso no significa que deje de preocuparme.


—No, claro. Solo significa que deberías respirar un poco
más.

Le sostuve la mirada un momento antes de soltar un


suspiro.

—Voy a intentarlo.

Theo sonrió con suficiencia y cogió su batido.

—Bien. Porque no sé si Finn ha heredado mi espíritu


kamikaze, pero si lo ha hecho… vas a necesitar nervios de
acero.

Lo dijo con normalidad, sin sarcasmo, sin dudarlo tanto


como antes.

Como si esta vez no lo pusiera tan en duda.

Como si, por primera vez desde que le solté esta bomba,
hubiera aceptado la posibilidad de que Finn realmente fuera
suyo.

No dije nada. No estaba segura de qué decir.

***

Cuando volvimos al apartamento, Finn ya estaba despierto y


con ganas de marcha.

En cuanto lo solté de la mochila, empezó a moverse en


el sofá, tratando de agarrar todo lo que tenía cerca.
Theo se quitó la chaqueta y me miró con expresión
evaluadora.

—Ve a darte una ducha.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Qué?

—Que te vayas a la ducha —repitió, señalando el pasillo


con la cabeza—. Yo me quedo con Finn un rato.

Lo miré con sospecha.

—¿Tú? ¿Con Finn?

Theo puso los ojos en blanco.

—No lo voy a lanzar por la ventana, Lily. Puedo aguantar


con él quince minutos.

—¿Sabes cambiar pañales?

—No.

—¿Sabes qué hacer si empieza a llorar?

—No.

—¿Entonces?

Theo cruzó los brazos y me miró con exasperación.


—Ve a ducharte, Dawson. Antes de que cambie de
opinión.

Lo miré un segundo más, pero Finn ya estaba tirando de


su corbata y balbuceando feliz. Rodé los ojos y me rendí. Me
giré y caminé hacia el baño, dejando que el sonido de su
risa quedara atrás. Y mientras cerraba la puerta, no pude
evitar sonreír un poco.

¿Y si Theo Reynolds no era tan capullo como parecía?


9
Theo

Me dejé caer en la alfombra con Finn frente a mí,


observándolo con los brazos cruzados.

—Vale, enano. Veamos qué puedo hacer contigo.

Finn me miró con una expresión de curiosidad absoluta,


como si estuviera evaluando si podía confiar en mí o si
debía seguir viéndome como un completo desconocido.

—Algo que no implique que me des tirones de pelo —


añadí.

El enano sonrió, como si hubiera entendido exactamente


lo que dije y le hiciera gracia.

Rodé los ojos y me pasé una mano por la nuca. ¿Qué se


suponía que se hacía con un bebé?

Lo vi mover las manos, intentando agarrar mi corbata


otra vez.

Entonces recordé algo.

Un juego que mis padres siempre hacían conmigo


cuando era pequeño.

Era sencillo, pero me encantaba.


—A ver qué te parece esto —murmuré, cogiendo un
pañuelo que Lily había dejado en el respaldo del sofá.

Lo doblé en mis manos y lo escondí detrás de mi


espalda.

—Mira bien, Finn… —dije en voz baja, esperando que


captara su atención.

Sus ojitos siguieron cada movimiento. Perfecto.

Entonces, saqué el pañuelo de golpe y lo agité frente a


su cara.

—¡Aquí está!

Finn parpadeó sorprendido… y luego soltó una


carcajada.

Fruncí el ceño, sin esperarme esa reacción.

—¿Eso te ha hecho gracia?

Lo volví a esconder y repetí el truco.

—¡Desapareció!

Finn abrió mucho los ojos.

Volví a sacarlo.

—¡Aquí está!
Esta vez, se rio aún más fuerte, agitando las manos
emocionado.

Joder. Así que esto funcionaba.

Lo repetí un par de veces más, sintiendo algo extraño en


el pecho al ver cómo se reía con cada movimiento.

Era… raro.

Pero, por alguna razón, no quería parar.

Después de un rato repitiendo el truco del pañuelo y


viendo a Finn reírse como si fuera la cosa más fascinante
del mundo, decidí probar otra cosa.

Había otro juego que mis padres solían hacerme de


pequeño, uno que, según mi madre, podía calmarme en
segundos si estaba inquieto.

—Vale, enano, a ver si te gusta esto —murmuré,


cambiando de posición y sentándolo mejor sobre la
alfombra.

Finn me miró con sus enormes ojos expectantes


mientras juntaba mis manos frente a él.

—Esto es un puente… —dije, colocando mis manos en


forma de arco.

Sus manitas intentaron atraparlas, pero las moví antes


de que pudiera alcanzarlas.

—¡Que se va a caer!
Finn se quedó mirándome con intriga.

Entonces, dejé caer las manos de golpe con un sonido


exagerado.

—¡BOOM!

Por un segundo, hubo silencio.

Y después, soltó una carcajada escandalosa, agitándose


en su sitio.

Sonreí sin darme cuenta.

—¿Eso también te ha gustado, eh?

Volví a hacerlo. Construí el puente con las manos, fingí


que se tambaleaba y lo solté de golpe.

—¡BOOM!

Finn se rio más fuerte, moviendo las piernas y golpeando


la alfombra con emoción.

Me pasé una mano por la mandíbula, sorprendido.

No podía creer que esto estuviera funcionando.

Y mucho menos que, por primera vez desde que este


crío apareció en mi vida, no lo sintiera para nada un intruso.

Un cuarto de hora más tarde, cuando Lily regresó de la


ducha, nos encontró tumbados sobre la alfombra,
tronchándonos de risa con el último de mis juegos.
—¿Pero qué coño…?

Giré la cabeza y la vi en el umbral de la puerta, con el


pelo todavía húmedo y una ceja arqueada, mirándonos
como si acabara de descubrir otra dimensión.

Finn, ajeno a todo, se revolvía sobre mi pecho, todavía


riéndose mientras intentaba atrapar mis manos.

Me aclaré la garganta y me incorporé un poco, aún con


una sonrisa en la cara.

—Estamos… jugando.

Lily entrecerró los ojos, claramente desconfiada.

—¿Jugando?

—Sí. Creo que soy un prodigio en entretenimiento


infantil.

Ella cruzó los brazos y resopló.

—O más bien Finn ha conseguido domarte en un día.

—Cierra el pico.

Me levanté y le pasé a Finn, que todavía sonreía con las


mejillas sonrojadas de tanto reír.

—Ahí tienes a tu criatura. Está ileso.

—Eso es un milagro —murmuró, ajustándolo contra su


cadera.
Me sacudí la camiseta y la miré con suficiencia.

—Ya ves. Quizás no soy tan inútil como pensabas.

Lily ladeó la cabeza y arrugó la nariz con una sonrisa


traviesa en los labios antes de pasarme a Finn con una
expresión demasiado inocente para ser real.

—Venga, ya que ahora eres un experto en bebés, te toca


la parte divertida.

Fruncí el ceño, sosteniéndolo con cautela.

—¿Qué parte divertida?

—Cambiarle el pañal.

La miré fijamente, esperando que dijera que era una


broma.

No lo hizo.

—Paso —gruñí, intentando devolvérselo.

Pero Lily se cruzó de brazos y no hizo el más mínimo


movimiento para cogerlo.

—Vamos, Theo, ¿me vas a decir que un abogado


brillante como tú no puede cambiar un simple pañal?

Entrecerré los ojos.

—¿Siempre eres así de jodidamente manipuladora?


—Solo cuando es necesario.

Suspiré con resignación.

—Vale. Enséñame.

Lily me llevó al cambiador portátil que había instalado


en el sofá—porque sí, ahora mi sofá era un maldito centro
de operaciones para bebés— y empezó a explicarme el
proceso con la paciencia de quien lo había hecho cientos de
veces.

—Primero, lo tumbas con cuidado y le quitas el


pantaloncito… eso es. Ahora abre el pañal y…

—¿Qué cojones? —solté al ver el desastre que había ahí


dentro.

Lily rio.

—Vamos, no es para tanto.

Bufé y traté de contener mi expresión de asco mientras


sacaba un pañal limpio y las toallitas.

—Vale, ¿y ahora?

—Limpia, coloca el nuevo pañal debajo y ajústalo bien.

Resoplé y seguí las instrucciones al pie de la letra. No


estaba tan mal, en realidad.

Hasta que…
—¡¿Pero qué cojones?!

Finn soltó un ruidito contento justo cuando un chorro de


pis salió disparado y me dio de lleno en la camisa.

Me congelé.

Lily se llevó una mano al estómago, incapaz de contener


la carcajada mientras yo me quedaba ahí, inmóvil, como si
procesar lo que acababa de pasar tomara más tiempo del
debido.

—¡Oh, Dios! —logró decir entre risas—. Eso ha sido


épico.

Me pasé una mano por la mandíbula, intentando


procesar lo que acababa de pasar.

—¿Me acaba de mear?

—Sí. Y le ha encantado.

Miré a Finn, que me observaba con esos ojos grandes e


inocentes… y empezó a reírse.

Me señaló con su manita regordeta y se rio más fuerte.

—¿Te hace gracia, enano?

Finn respondió con otra carcajada.

Lily no podía ni hablar de lo que se estaba riendo.


—Theo… esto te pasa por creer que eras un prodigio en
entretenimiento infantil.

Puse los ojos en blanco, sacándome la camisa


empapada.

—Voy a ducharme.

—Buena idea. Hueles a padre primerizo.

Antes de irme, le lancé una mirada asesina a Finn.

—Esto no ha terminado, enano.

Finn solo se rio más fuerte.

Y no pude evitar reírme también.


10
Lily

Acomodé a Finn en su cuna, le acaricié la mejilla y salí de la


habitación con la cámara encendida.

Cuando volví al salón, me encontré con una escena que


no esperaba.

Theo estaba sentado en el sofá, con las piernas


estiradas y un bol de palomitas sobre la mesa. Había dos
cervezas frías al lado, como si estuviera esperando a
alguien.

Fruncí el ceño.

—¿Esperas a alguien? —pregunté dando voz a mis


pensamientos.

Theo me miró de reojo y se encogió de hombros.

—Necesito seguir viendo la serie de ayer. Ya que vas a


quedarte en mi casa, qué menos que ponernos al día juntos.

Sonreí, divertida.

—Vaya, quién iba a decir que Theo Reynolds, el super


abogado, podía engancharse a una serie.

—Cállate y siéntate antes de que cambie de opinión.


Rodé los ojos y me dejé caer en el sofá junto a él. Cogí el
mando y puse el capítulo.

Mientras la serie empezaba, sentí su mirada sobre mí.


No en mi rostro, sino en mis brazos.

—¿Qué pasa? —pregunté, sin apartar la vista de la


pantalla.

—Tus tatuajes. Estaba viéndolos.

Bajé la vista y me encogí de hombros. Estaba


acostumbrada a que la gente los mirara.

Ser una mujer con tatuajes siempre significaba algo para


los demás, aunque para mí solo fueran parte de mi historia.
A veces era admiración, otras veces curiosidad. Y otras, las
más molestas, juicio disfrazado de comentarios inofensivos.

Había aprendido a ignorar esas miradas, a no


justificarme. No le debía explicaciones a nadie sobre lo que
decidía marcar en mi piel. Pero en ese momento, con Theo
observándolos sin rastro de burla ni desaprobación, sentí
algo extraño.

Como si, por primera vez, alguien no estuviera viendo


los tatuajes, sino lo que había detrás de ellos.

—¿Quién te los hizo?

Me apoyé en el respaldo y estiré las piernas.

—Algunos yo. Los que pude.


Theo arqueó una ceja.

—¿Tú misma?

—Sí. Los primeros los hice con aguja y tinta de calamar


cuando tenía dieciséis.

Theo soltó una risa seca.

—Dios, eso suena a manual de supervivencia en prisión.

—Más bien a adolescente con demasiado tiempo libre —


repliqué, divertida—. Los otros los hicieron tatuadores de
confianza, pero con mis diseños. Ya te dije que me hubiera
gustado ser tatuadora y abrir mi propio estudio… pero ya
ves cómo salieron las cosas. —Me encogí de hombros—. ¿Tú
no llevas ninguno?

—No.

—¿Por qué?

Theo se encogió de hombros.

—No me gustan los tatuajes ni la idea de llevar algo para


siempre.

Solté una risa entre dientes y le di un trago a mi


cerveza.

—No tienes compromiso ni para eso.

Theo sonrió de lado y cogió un puñado de palomitas.


—Exacto. Así no hay arrepentimientos.

—O así no tienes que decidir nada a largo plazo.

Me miró fijamente, como si estuviera evaluando mis


palabras.

—Sí decido cosas a largo plazas.

—Ajá, ¿cosas cómo qué?

Theo apoyó el codo en el respaldo del sofá y se inclinó


ligeramente hacia mí.

—Mi carrera, por ejemplo. Decidí ser abogado cuando


tenía diecisiete años y aquí estoy.

Rodé los ojos.

—Venga, no me digas que fue por vocación.

—No, fue porque se me daba bien discutir y porque


necesitaba algo en lo que depender solo de mí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Theo giró la botella de cerveza entre sus manos, como si


estuviera decidiendo cuánto contar.

—Mi familia tiene dinero. Mucho dinero. Podría haberme


quedado en la empresa familiar, pero eso no era para mí. Al
cumplir los dieciocho hablé con mis padres y les dije que
quería seguir mi propio camino, y a pesar de su decepción,
me apoyaron.

—Así que elegiste Derecho.

—Elegí derecho —asintió—. Puede que no suene tan


impresionante como ser CEO de una empresa millonaria,
pero disfruto de lo que hago y se me da bien.

Nuestras miradas se cruzaron. Luego, bajó sus ojos de


nuevo hacia mis tatuajes.

—¿Significan algo?

—Claro. Todos tienen su significado.

Theo observó los trazos con atención, y sus dedos


recorrieron el contorno de mi brazo derecho, que era el que
tenía más cerca. Sentí una corriente eléctrica a su paso,
como si su roce despertara una energía latente bajo mi piel.

—¿Como cuáles?

—Depende. Algunos son recuerdos, otros son promesas.


Y algunos… solo son recordatorios de cosas que no quiero
olvidar.

—Cuéntame el significado de alguno.

Tomé un sorbo de cerveza y extendí el brazo, señalando


el diseño de mi antebrazo.

—Este es un colibrí. Simboliza libertad, resistencia,


seguir adelante a pesar de todo.
Theo asintió, siguiendo la línea del dibujo con la mirada.

—¿Y ese? —preguntó, tocando un pequeño número


escrito en números romanos.

—Es el cumpleaños de Jules.

—¿Y la serpiente? —preguntó, señalando una fina


serpiente negra que rodeaba la muñeca.

—Simboliza cambio. Dejar atrás lo viejo y empezar de


nuevo.

—¿Y cuál es el más importante para ti?

Sonreí de lado.

—Probablemente este.

Me incliné un poco hacia atrás y levanté el borde de la


camiseta, dejando al descubierto la curva de mi cadera y el
inicio de mi muslo.

Theo bajó la mirada y sus ojos se oscurecieron un poco


cuando vio el tatuaje.

—Un fénix…

—Renacer de las cenizas.

Su dedo rozó la tinta con una suavidad casi reverente,


siguiendo con lentitud la silueta del ave, como si intentara
memorizar cada línea con el tacto.
Y, sin pensarlo demasiado, subí un poco más la
camiseta.

No era necesario. Pero lo hice de todos modos.

No supe si fue por la forma en que su mirada


permanecía fija en mi piel, si fue el leve cambio en su
respiración, más densa, más profunda, o simplemente
porque quería ver hasta dónde podía tensar la cuerda antes
de que se rompiera.

—Es… increíble.

Su tono no sonó casual. Ni mucho menos indiferente.

Lo supe porque su mirada no se despegó de mi piel,


porque cuando la yema de sus dedos volvió a rozar la tinta,
el contacto se sintió más personal que curioso.

Estaba cerca. Demasiado cerca.

Y entonces, recordé a Jules.

Mierda.

Estaba aquí por ella.

El pensamiento me golpeó como un cubo de agua fría.

Me aparté de Theo de golpe, como si su toque me


quemara, y bajé la camiseta de un tirón. Puse distancia
entre nosotros antes de que pudiera hacer o decir algo más,
antes de que la tensión en el aire terminara de atraparme.
—¿Cuándo te harás la prueba de paternidad? —solté,
obligándome a recordar por qué estaba allí.

Theo parpadeó, como si necesitara un momento para


regresar a la realidad, como si su mente aún estuviera
atrapada en el instante que acabábamos de compartir.

Se aclaró la garganta y se apoyó en el respaldo del sofá.

—El viernes. Quiero que se encargue una amiga de mi


hermano. Es alguien en quien confío.

Fruncí el ceño.

—¿Tienes un hermano?

—Sí. Owen. —Algo en su expresión se suavizó cuando lo


mencionó—. Es tres años menor. Siempre ha sido el
tranquilo de los dos. Mientras yo iba de un lío a otro, él se
quedaba en su sitio, viendo cómo me metía en problemas y,
a veces, intentaba evitar que hiciera alguna estupidez.

—¿Y ahora qué hace?

—Dirige el negocio familiar. Al contrario que yo, él


siempre tuvo claro que quería convertirse en CEO y hacer
crecer la empresa. Desde pequeño le fascinaban las
reuniones, los números, todo lo que a mí me parecía
insoportablemente aburrido.

Sonreí un poco, porque, aunque sus palabras sonaban


despreocupadas, era evidente el respeto y el cariño que le
tenía a su hermano, pese a sus diferencias. Se notaba en la
forma en que hablaba de él, en ese matiz de orgullo que
intentaba disimular detrás de su tono casual.
—¿Y dices que su amiga se encargará de hacer el test
de ADN?

—Sí, Addie. Prácticamente es parte de la familia. Ha sido


la mejor amiga de Owen desde siempre, y la conocemos
todos. Es bioquímica, trabaja en un laboratorio y es la única
persona en la que confío para que esto no se filtre.

Asentí lentamente.

—Así que es lista y de confianza.

—Lo es. Mis padres y yo siempre esperamos que algún


día ella y Owen nos anunciaran que estaban juntos, pero
nunca pasó. Mi madre está convencida de que son el uno
para el otro, de que solo necesitan darse cuenta, y cada vez
que Addie viene a cenar, encuentra la manera de insinuarlo.

—¿Y Owen qué dice?

Theo resopló.

—Que no es su tipo.

—Ajá… —murmuré, con una sonrisa escéptica—. ¿Y qué


dice ella?

—Que tampoco es su tipo.

Sonreí de lado.

—Entonces sí, seguro que acabarán juntos.

Theo soltó una carcajada breve y negó con la cabeza.


—Por Dios, no digas eso. Mi madre no necesita más
esperanzas.

Me reí un poco. Se sentía bien hablar con Theo de una


forma tan cercana.

—¿Y qué piensa tu madre sobre ti?

Theo sonrió con sarcasmo y cogió su cerveza.

—Que soy un bala perdida y que voy a morir solo,


rodeado de trajes caros y facturas de restaurantes a los que
nadie me quiere acompañar.

Reí, negando con la cabeza.

—Si el test de ADN acaba siendo positivo, le dará un


colapso.

—No, se morirá de felicidad. Lleva años soñando con ser


abuela. —Me miró con una expresión más seria de lo que
esperaba—. ¿Me dejarás presentárselo?

Parpadeé, sorprendida.

—¿Me estás pidiendo permiso para que tu madre


conozca a Finn en caso de que realmente sea tuyo?

Theo se encogió de hombros.

—Dijiste que no querías que me involucrara.

—Porque claramente no parecías querer hacerlo.


Theo se quedó en silencio un instante y luego suspiró.

—Estaba en shock.

No pude evitar soltar una risa sarcástica.

—Sí, lo noté. Aparecí en tu puerta con un bebé y tu


primera reacción fue prácticamente llamarme estafadora. —
Theo resopló, pero no lo negó—. ¿Entonces? ¿Quieres?

Su mandíbula se tensó ligeramente, como si estuviera


eligiendo bien sus palabras.

—Creo que sí. Si Finn es mío, quiero estar en su vida. —


Sus ojos se clavaron en los míos, serios, seguros—. No es
que vaya a arrancaros de Eugene ni nada, pero sí me
gustaría encontrar la forma de estar presente.

Me quedé en silencio, sintiendo algo extraño


instalándose en mi pecho.

No supe si era alivio o miedo.

Porque, Theo Reynolds no sonaba como el cabrón


arrogante del principio.

Sonaba como alguien que, en serio, estaba


considerando la idea de ser padre.

Y por mucho que esa posibilidad hubiera estado ahí


desde el principio, escucharla en voz alta la hacía más real.
11
Theo

Al día siguiente, al despertar, volví a encontrarlos en el sofá.

Lily dormía con Finn acurrucado contra su pecho, con su


manita aferrada a la tela de su camiseta como si no quisiera
soltarla.

Definitivamente, la habitación de invitados no les era


suficiente. Necesitaban invadir cada espacio de mi casa.

Sonreí mientras los observaba dormir. Tan en calma. Tan


en paz.

El día anterior, ver series con ella se sintió jodidamente


bien… Y el rato con Finn en la alfombra también había sido
divertido, incluso cuando después se meó encima.

Sacudí la cabeza y me dirigí al baño para darme una


ducha.

Mientras el agua caliente resbalaba por mi piel, mi


mente volvió a Finn.

Y a Lily.

A cómo, desde que llegaron, mi apartamento ya no se


sentía igual.
Quizás ese crío sí que fuera mío. No tenía pruebas. No
tenía nada que lo confirmara todavía, pero por alguna
razón, desde el momento en que apareció, sentí una
conexión con él. Y con la mujer tatuada y loca que lo
acompañaba.

Exhalé y cerré los ojos, dejando que el agua despejara


mis pensamientos.

Joder. Definitivamente, esto no era lo que esperaba de


mi vida. Pero me hacía sentir bien. Así que timé una
decisión.

Cuando salí de la ducha y volví al salón, me encontré a


Lily tomando café con Finn apoyado en su cadera.

Alzó la mirada y arqueó una ceja al verme.

—Buenos días, abogado.

—Buenos días, ladrona de camisetas.

Sonrió con suficiencia y le dio otro sorbo a su café.

—He tenido una idea —dije, cruzándome de brazos.

Lily me miró con sospecha.

—Miedo me das.

—Voy a tomarme el día libre.

Ella frunció el ceño.


—¿Por qué?

—Porque si os dejo salir solos de nuevo, acabaréis otra


vez en el hospital.

—Exagerado.

—Realista.

Se quedó en silencio, debatiéndose entre discutir o


aceptar la oferta.

—Además —añadí—, no puedes salir sola sin móvil.

Lily puso los ojos en blanco.

—¿Quién dice que no? ¿Cómo crees que se movían


nuestros padres a nuestra edad? Compraré un mapa y me
moveré con él.

Arqueé una ceja y dejé la taza de café sobre la


encimera.

—¿Un mapa?

—Sí, un mapa —repitió Lily con total seriedad—. ¿Sabes


lo que es? —Suspiré y le lancé una mirada de advertencia,
pero ella adoptó un tono condescendiente—. A ver, te lo
explico, abogado estirado. Un mapa es un pedazo de papel
con dibujitos de calles, carreteras y montañas. No tiene
pantalla táctil ni te habla con voz robótica, pero si tienes un
cerebro funcional, puedes interpretarlo y encontrar tu
destino sin terminar en un barranco.
—Sí, claro —bufé, tomando un sorbo de café—. Puede
que no termines en un barranco, pero seguro que tu
maravilloso mapa te lleva directo a una de esas zonas de
Nueva York donde hasta los taxis evitan frenar.

Lily arqueó una ceja, divertida.

—Por favor, no exageres. Sé cuidarme.

—Ajá. Te imagino en mitad de la noche, girando el mapa


en todas direcciones mientras un tipo con pinta sospechosa
se te acerca preguntando si necesitas ayuda.

—Bueno, al menos sería una aventura.

Rodé los ojos y apoyé la taza en la encimera.

—Sí, claro. La clase de aventura que termina en las


noticias.

—Qué fe tienes en mí.

Sonreí con suficiencia.

—¿Fe? Ninguna. Así que ahora vístete. Antes de nada,


vamos a comprarte un móvil nuevo.

—No necesito un móvil nuevo.

—Sí, lo necesitas.

—Me niego a comprarme uno, el que perdí era nuevo.


Llamaré a las oficinas de taxis de Nueva York a ver si lo
tienen en objetos perdidos.
—Claro, porque seguro que, en esta ciudad con ocho
millones de habitantes, tu móvil te está esperando
pacientemente en una oficina.

Lily cruzó los brazos.

—Puede que sí. A veces la gente es honesta.

—Y a veces la gente vende iPhones en cuanto los


encuentra.

Lily frunció los labios, pero no respondió, y en cuanto vi


esa chispa de duda en su expresión, supe que había
ganado. Aproveché el silencio para darlo por hecho.

—Vístete, Lily. Nos vamos de compras.

***

Acabamos en un centro comercial.

Y, como era de esperar, Lily discutió cada una de mis


decisiones.

—No necesito un móvil de última generación.

—Sí, lo necesitas. —dije, dejando el iPhone más nuevo


en el mostrador y sacando la tarjeta sin inmutarme.

—Podrías haberme comprado uno barato.

—Podría, pero no lo hice.


Lily me fulminó con la mirada mientras la dependienta
sonreía con educación.

El siguiente problema vino cuando llegamos a la sección


de carritos de bebé.

—¿Ves? Con este carrito pasear por la ciudad es mucho


más cómodo —dije, señalando uno con ruedas robustas y un
diseño elegante.

Lily lo miró con los brazos cruzados y una ceja arqueada.

—Ya tenemos uno en Eugene.

—¿Y también hace esto?

Pulsé un botón y el carrito se plegó solo con un


movimiento fluido y silencioso.

Lily parpadeó.

—¿Me estás diciendo que he estado peleándome con el


nuestro durante meses cuando esto existe?

Sonreí con suficiencia, sentando a Finn en él tras abrirlo.

—Bienvenida al siglo XXI.

Lily exhaló y miró a Finn, que balbuceaba feliz desde su


nueva silla, completamente ajeno a la batalla silenciosa que
se libraba entre nosotros. Sus manitas jugueteaban con el
cinturón de seguridad, y su risa despreocupada hizo que su
expresión se ablandara, aunque solo un poco.
—¿Sabes cuánto cuesta esto?

—No me importa.

—Cuesta más que todo mi puto armario.

—Tampoco me importa.

Lily me miró fijamente, luego suspiró y rodó los ojos.

—No sé por qué sigo discutiendo contigo.

—Yo tampoco.

Pagué a la dependienta y, antes de que Lily pudiera


seguir protestando, empujé el carrito con Finn dentro hacia
la salida.

—Venga, vámonos antes de que decidas boicotear mi


tarjeta.

Lily me siguió a regañadientes, con los brazos cruzados


y el ceño fruncido, como si aún intentara convencerse de
que no necesitábamos nada de lo que acabábamos de
comprar.

Pero entonces miró a Finn, que daba pataditas en el aire


con entusiasmo, fascinado con su nuevo carrito. Su
expresión cambió sutilmente. La dureza en sus facciones se
suavizó, y en su lugar apareció algo más difícil de descifrar.
Algo que parecía una mezcla de alivio y resignación.

Exhaló y bajó los brazos, como rindiéndose.


—Gracias.

Fruncí el ceño, sorprendido.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros, desviando la mirada un


segundo antes de volver a encontrarse con la mía.

—Por el móvil. Por el carrito. Por hacer que esto sea un


poco más fácil.

No respondí de inmediato.

La observé. Observé a Finn, ajeno a todo, y luego volví a


mirarla a ella, intentando procesar por qué aquellas
palabras, tan simples y directas, hicieron que algo en mi
interior se aflojara.

Finalmente, esbocé una leve sonrisa y asentí.

—De nada.

***

Después de las compras, nos pasamos la mañana


recorriendo la ciudad.

Primera parada: Times Square.

—Es un infierno lleno de turistas —gruñí cuando Lily


insistió en verlo.
—Obvio, por eso quiero venir —respondió con una
sonrisa.

Finn estaba encantado con las luces, los carteles


gigantes y el bullicio, así que no discutí. Aunque en cuanto
una persona disfrazada de Elmo intentó acercarse, le dimos
la vuelta al carrito y salimos pitando de ahí.

Después fuimos al Empire State porque, según Lily, «no


puedes venir a Nueva York y no subir al maldito edificio».

—Y luego dices que no eres una turista cliché —


murmuré mientras esperábamos en la fila del ascensor.

—Oh, no me malinterpretes, soy completamente una


turista cliché. —Sonrió con autosuficiencia—. Y lo estoy
disfrutando.

Finn parecía igual de maravillado con las alturas que con


las luces de Times Square, y su entusiasmo fue suficiente
para hacer que la espera valiera la pena. Lily se apoyó en la
barandilla, mirando la ciudad con los ojos brillantes, y
cuando me di cuenta, yo también me estaba tomando un
momento para apreciarlo.

Después de un par de fotos —y varios intentos fallidos


de Lily por hacerme sonreír en una de ellas—, nos dirigimos
de nuevo a la calle.

—Vale, ¿y ahora? —pregunté, esperando que su


recorrido turístico hubiera terminado.

—Central Park.

—¿Otra vez?
—Apenas pude disfrutarlo ayer con todo el desastre de
Finn. Ahora quiero recorrerlo con calma.

No pude discutir con eso. No estuve allí, pero entendía a


qué se refería. Después de lo que pasó con Finn, era lógico
que el paseo por el parque hubiera quedado en un segundo
plano.

—Y también quiero un hot dog de carrito —añadió con


una sonrisa traviesa.

Resoplé.

—Por supuesto. No puedes dejar Nueva York sin comer


comida callejera dudosa.

—Exacto. ¿Ves? Vas entendiendo.

Suspiré con exageración, pero terminé siguiéndola. No


porque me entusiasmara la idea de otro paseo turístico, sino
porque había algo en la forma en que Lily disfrutaba cada
rincón de la ciudad que hacía que, sin darme cuenta, yo
también lo hiciera.

Nos tumbamos en el césped, disfrutando de un


momento de calma bajo la sombra de un árbol. A excepción
de Finn, claro, que permanecía seguro en su carrito,
estratégicamente alejado de cualquier posible tentación de
meterse cosas en la boca. Estaba entretenido con una
galleta, chupándola mientras sus pies se movían de un lado
a otro con entusiasmo.

Nos habíamos zampado los hog dogs más horribles del


planeta, y ahora tocaba descansar.
Lily tenía los brazos cruzados detrás de la cabeza y los
ojos cerrados, respirando hondo, como si estuviera
disfrutando de cada segundo de esa pausa en mitad del
caos de la ciudad. Yo, en cambio, tenía la vista fija en las
ramas sobre nosotros, preguntándome en qué momento
exacto había decidido que esto era mucho mejor que
encerrarme en mi despacho del bufete.

—¿Qué opinas de Nueva York hasta ahora? —pregunté,


girando la cabeza hacia ella.

—Que es un lugar increíble… para visitar.

—¿No te quedarías?

Lily resopló y negó con la cabeza sin dudarlo.

—Demasiado caro. Demasiada gente. Demasiado


caótico para un bebé.

Desvié la mirada hacia Finn, que seguía disfrutando de


su galleta sin la menor preocupación en el mundo.

—Pues yo creo que a él le gusta.

—Porque no sabe lo que cuesta vivir aquí —replicó,


incorporándose con un suspiro.

Observé cómo se sacudía la hierba de la ropa y volvía a


acomodarse junto al carrito, ajustándole la chaquetita a Finn
casi por instinto.

Y, sin quererlo, sin planearlo, la idea cruzó por mi mente.


La idea de tenerlos aquí de forma permanente.

No era algo lógico. No tenía sentido. Pero tampoco me


resultaba desagradable.

¿Lo peor de todo? El pensamiento no me asustó en


absoluto.

***

Después de eso, fuimos a la Quinta Avenida, donde Finn


decidió que era divertido tirar el chupete a cada cinco
pasos.

—Lo hace a propósito —murmuré, recogiendo el chupete


del suelo por tercera vez.

—Bienvenido a la vida con un bebé —respondió Lily con


una sonrisa.

Ahí fue donde cometí mi siguiente error.

Paramos en una tienda infantil «solo para mirar» pero al


final Finn salió de ahí con un abrigo de invierno, unos
zapatitos ridículamente caros y un peluche de oso polar del
tamaño de su cabeza.

—¿En serio? —bufó Lily mientras yo pagaba sin


inmutarme.

—Va a necesitar abrigo para el frío.


—Ya tiene abrigo.

—Ahora tiene uno mejor.

—Lo estás malcriando.

—No, lo estoy equipando.

Lily puso los ojos en blanco, pero no discutió más. Lo


mismo pasó en una tienda de juguetes dos calles más
abajo.

—¿Para qué quiere un coche si ni siquiera camina? —


protestó Lily mientras el vendedor metía la caja en una
bolsa.

—Porque en algún momento lo hará.

—Y mientras tanto, seré yo la que lo lleve cargando de


un lado a otro.

Sonreí y le pasé la bolsa.

—Exacto.

Lily dejó escapar un suspiro exagerado.

—Te odio.

Aunque volvió a resoplar, no pude evitar notar la


pequeña sonrisa que trató de ocultar.

***
Llegamos a casa con Finn dormido en el cochecito nuevo, el
mismo que Lily insistió en que era innecesario y que ahora
empujaba con una facilidad que delataba cuánto le había
gustado.

Yo iba con el móvil pegado a la oreja, hablando con uno


de mis clientes más importantes.

—Lo sé, John, y te aseguro que no habrá ningún retraso


con los documentos. Tu reunión se reprogramará para
mañana a primera hora.

Crucé el vestíbulo y encendí las luces del salón.

—Sí, lo entiendo, pero no necesitas preocuparte. Todo


está bajo control.

Mientras hablaba, Lily maniobró con el cochecito y, sin


decir una palabra, lo empujó suavemente hacia el pasillo,
llevándose a Finn sin siquiera mirarme.

—Mañana te enviaré el contrato revisado —dije con


calma.

Me dejé caer en el sofá, pasándome una mano por la


mandíbula mientras el cliente seguía despotricando sobre la
importancia de su caso.

—Sí, John. Lo sé. Por eso no hay nada de qué


preocuparse.

Al final, logré calmarlo y colgué la llamada justo cuando


Lily regresaba al salón.
Se había cambiado de ropa, ahora llevaba mi camiseta
robada, el pelo suelto y los pies descalzos.

Se cruzó de brazos y me miró con media sonrisa.

—¿Clientes nerviosos?

Me pasé una mano por la nuca.

—Algunos. Al parecer, que me tome un día libre ha


alterado el equilibrio del universo.

—Vaya, qué tragedia.

Lily se sentó a mi lado y, de repente, un juguete de Finn


sonó debajo del cojín del sofá.

Los dos nos quedamos en silencio antes de soltar una


risa baja.

—Tienes que admitir que tu casa es mucho más


divertida ahora —bromeó, girando el juguete en sus manos
antes de dejarlo sobre la mesa.

—Sí, me encanta tropezar con peluches y encontrar


chupetes en sitios aleatorios —murmuré con sarcasmo.

Lily sonrió y echó un vistazo a su móvil, donde la cámara


del monitor proyectaba la imagen de Finn profundamente
dormido en la cama. Se aseguró de que todo estuviera en
orden antes de bloquear la pantalla, aún con esa expresión
de ternura en el rostro.
—Mañana ya es viernes. Has quedado con tu hermano y
su amiga, Addie, ¿verdad?

—Sí. Después del trabajo, por la tarde.

—¿Cuánto crees que va a tardar en tener los resultados


del test?

Me pasé una mano por la nuca, pensándolo.

—Creo que he leído que en su laboratorio tardan entre


24 y 48 horas, pero con el fin de semana por medio… Por
qué? ¿Tienes prisa?

Se encogió de hombros.

—No, en realidad. Nadie me espera en Eugene. —Se


quedó mirando a Finn en la pantalla del móvil, con una
mirada nostálgica—. Es verdad que cerré la cafetería unos
días, y sé que el café que servimos es el preferido de
muchos, pero podrán apañárselas unos cuantos días más.

—Vaya, qué generosa.

—No lo sabes tú bien.

La observé de reojo mientras seguía distraída con la


mirada fija en la imagen de Finn como si en cualquier
momento pudiera desaparecer.

Quise preguntarle.

¿Por qué volver a Eugene si nadie la esperaba allí?


Ahora que era libre, ¿por qué insistía en seguir atrapada
en una vida que no le gustaba?

Pero la pregunta se quedó en mi garganta. Era


demasiado personal, demasiado directa, y por alguna razón,
no quería arruinar el extraño equilibrio que se había
formado entre nosotros.

Así que me quedé en silencio, fingiendo que no me


importaba tanto la respuesta como realmente lo hacía.

Lily, ajena a mis pensamientos, desvió la mirada del


móvil y señaló la tele con la cabeza.

—¿Te apetece que sigamos con Breaking Bad?

Sonreí de lado y asentí.

—Sí, necesito ver cómo un hombre con un coeficiente


intelectual brillante sigue tomando las peores decisiones
posibles. Me hace sentir mejor con mi vida.

Lily soltó una risa baja y encendió la tele.

Nos acomodamos en el sofá, compartiendo unas


palomitas recién hechas en el microondas. El sonido de la
televisión llenaba el espacio, pero lo que realmente me
gustó fue la sensación de tener compañía. La casa, que
siempre había sido un lugar tranquilo y casi demasiado
ordenado, ahora se sentía diferente. Más cálida. Más viva.

De hecho, es nueva normalidad me gustaba mucho.


12
Lily

Había decidido quedarme en casa.

Después de dos días recorriendo Nueva York con Finn a


cuestas, mi cuerpo me pedía un descanso. Además, hoy era
viernes, lo que significaba que Theo quedaría con su
hermano y su amiga para hablar del test de ADN.

Y, joder, no podía negar que sentía un nudo en el


estómago cada vez que pensaba en el resultado.

Exhalé y dejé el móvil sobre la alfombra mientras Finn


jugaba con su mordedor, completamente ajeno a mis
pensamientos.

—Tienes suerte de no preocuparte por nada, enano.

Finn me miró con esos ojos enormes y brillantes, se


metió el juguete en la boca y soltó un sonidito satisfecho.

Sonreí, revolviéndole el pelo.

Estaba en esas cuando mi móvil vibró en la alfombra.

Lo cogí y desbloqueé la pantalla, viendo un mensaje de


Theo.
ABOGADO CUERPAZO

Te he enviado refuerzos.

Fruncí el ceño.

—¿Refuerzos? ¿Qué tipo de refuerzos?

Justo entonces, llamaron a la puerta.

Miré a Finn, que ni se inmutó, y me levanté con él en


brazos. Abrí la puerta y me encontré con dos mujeres. La
castaña, que tenía una sonrisa cálida y un aire relajado,
levantó la mano en un gesto amistoso.

—Hola. Soy Charlotte, y ella es Emma.

La otra, rubia, con ojos afilados y expresión divertida,


me recorrió con la mirada antes de añadir:

—Somos las esposas de dos de los mejores amigos de


Theo.

Parpadeé.

—Oh…

Pero antes de poder decir nada más, me fijé en los dos


bebés que llevaban con ellas.

Charlotte sostenía a una niña diminuta, de unos pocos


meses, con mejillas regordetas y un gorrito rosado. Emma,
en cambio, tenía a un niño de poco más de un año, que me
miró fijamente antes de soltar una carcajada sin motivo
alguno.

Charlotte amplió su sonrisa.

—Theo nos ha enviado para que no estés sola.

Miré a Finn, luego a ellas y, finalmente, a mi móvil,


viendo el nombre con el que Theo se había guardado en mis
contactos. No tenía la menor idea de por qué me había
enviado a las mujeres de sus amigos, pero decidí dejarlas
entrar.

En pocos minutos, estábamos las tres sentadas en la


alfombra, con nuestros bebés jugando a nuestro alrededor.

Finn, el pequeño Oliver y la diminuta Rachel parecían


llevarse bien. Finn miraba con curiosidad a Oliver, que ya
caminaba con torpeza y se dedicaba a lanzar juguetes a su
alrededor. Rachel, en cambio, simplemente observaba todo
con esos ojos enormes y serios, como si estuviera
juzgándonos a todos.

—Voy a preparar té y café —anuncié, levantándome


como si fuera la maldita anfitriona de ese encuentro.

Para cuando regresé, con tres tazas humeantes, me


había dado cuenta de que Charlotte y Emma eran
sorprendentemente simpáticas. De esas mujeres con las
que podías hablar con facilidad, sin sentirte fuera de lugar.

Y, en algún momento, la conversación giró en torno a


ellas.
—Así que tú eras la secretaria de tu marido y lo
llamabas el Ogro —dije, mirando a Charlotte con
incredulidad.

Charlotte soltó una risa baja.

—Mira, te diré algo. Si alguien me hubiera dicho que me


acabaría casando con Nathaniel Whitmore y teniendo una
hija con él, jamás lo habría creído.

—¿Por qué?

—Porque era un imbécil insoportable.

Reí.

—Y, sin embargo, lo quieres.

—Y sin embargo lo quiero. Porque resulta que, además


de ser un imbécil, también es un hombre increíble.

—Define «increíble».

Charlotte sonrió con calidez y miró de reojo a Rachel,


que ahora dormía plácidamente en su cochecito.

—Es el tipo de hombre que duerme con un ojo abierto


porque cree que su hija es demasiado pequeña para estar
sola en la cuna. Incluso aprendió a hacer trenzas en YouTube
porque dice que, cuando Rachel crezca, quiere ser el que le
peine para el colegio.

No dije nada, pero algo en su tono me hizo tragar saliva


de emoción.
—Lo mismo digo de Alex —intervino Emma—. Yo
tampoco me imaginé que acabaría colgada de él cuando lo
tuve como cliente.

Levanté una ceja.

—¿También era un capullo?

—Oh, sí. Un capullo de manual.

Charlotte asintió.

—Y si le preguntas a Avery, te dirá que James también lo


es.

—¿Avery? ¿James?

—Avery es la prometida de James —explicó Charlotte—,


que es el cuarto miembro de este grupo exclusivo que
forman estos hombres.

—Ya veo. Demasiado exclusivo para mí, que llevo dos


años sin renovar mi armario.

Las dos rieron, pero Emma me miró con diversión y negó


con la cabeza.

—Ten cuidado, Lily.

Fruncí el ceño.

—¿Con qué?
—Con los capullos insoportables… Es demasiado fácil
acabar perdiendo la cabeza por ellos —dijo Charlotte.

—Y las bragas —puntualizó Emma.

Parpadeé.

—¿Perdón?

Emma soltó una risita baja.

—Theo nos ha pedido que vengamos a pasar el rato


contigo, está claro que le importas.

Charlotte asintió con una mirada cómplice y yo me


atraganté con mi bebida.

—No tengo interés en perder la cabeza ni las bragas por


él —tosí un poco y dejé la taza en la mesa—. Se acostó con
mi hermana, Finn es mi sobrino y podría ser su hijo. Todo
resultaría demasiado… grotesco.

Charlotte y Emma intercambiaron una mirada.

—¿Pero tu hermana y Theo tuvieron una relación? —


preguntó Charlotte.

—No, no, solo se enrollaron —aclaré rápidamente—. Pero


eso no lo hace menos grotesco.

Emma rodó los ojos y se encogió de hombros.

—Follaron, ¿y qué? El sexo es solo sexo. Se quedó


embarazada, vale, esas cosas pueden pasar. Y lo digo con la
voz de la experiencia porque a mí es lo que me pasó con
Alex.

Fruncí el ceño.

—¿Tú y Alex…?

—Sí, nuestro hijo no fue planeado —admitió Emma con


total naturalidad—. Puede que eso me llevara a
enamorarme de él, pero no fue por el embarazo en sí, sino
porque somos el uno para el otro.

Charlotte asintió.

—Puede que tu hermana se acostara con él, pero que tú


seas su persona.

Solté una carcajada seca.

—¿La persona de Theo Reynolds? No me hagas reír.

Emma me miró con diversión.

—Chica, no sé lo que se trae Theo contigo, pero sea


como sea, si le gustas, estás perdida. No parará hasta que
acabes locamente enamorada de él. Así son ellos. Es su
modus operandi. —Emma se inclinó un poco hacia mí, como
si estuviera de compartirme un secreto—. Cuando caen,
caen de rodillas y ya no se levantan.

Rodé los ojos y solté un bufido.

—Bueno, pues Theo Reynolds se puede quedar de


rodillas todo lo que quiera. Yo no voy a caer con él.
Emma sonrió aún más, como si acabara de escuchar la
mentira más grande del siglo.

—Ajá… Ya veremos.

***

Horas más tarde, después de un día divertido entre juegos y


cotilleos, los pequeños se quedaron dormidos uno a uno,
exhaustos de tanto jugar y balbucear.

Charlotte y yo los acomodamos en la cama de invitados,


Finn en medio, con Oliver y Rachel a cada lado, todos
profundamente dormidos. Era una imagen extrañamente
tierna.

Emma, con los brazos cruzados, observó la escena con


una sonrisa satisfecha.

—Vale, los niños duermen. Ahora es el momento de los


adultos.

Me giré para mirarla.

—¿Y eso qué significa exactamente?

Emma sonrió con picardía.

—¿Dónde está el alcohol?

Charlotte resopló mientras yo me encogía de hombros.


—¿En el minibar?

Emma no perdió el tiempo y fue directa al mueble,


sacando una botella de lo que parecían ser dos opciones
bastante decentes de whisky y vodka.

Charlotte hizo una mueca y negó con la cabeza.

—Paso. Sigo dando el pecho.

Emma rodó los ojos.

—Yo duré dos meses y ya fue demasiado.

—¿Y qué pasó? —pregunté con curiosidad.

Emma se dejó caer en el sofá con una copa en la mano.

—Que Oliver decidió que prefería el biberón. Un día


simplemente dejó de engancharse y yo no iba a obligarlo.

Charlotte suspiró, resignada.

—Rachel es lo contrario. Si por ella fuera, me tendría


pegada a ella las 24 horas del día.

Solté una risa baja y cogí una copa también.

—Bueno, yo de momento no tengo ese problema.

Emma sonrió de lado.

—Ya te llegará el momento.


Le lancé una mirada de advertencia, pero ella
simplemente se sirvió un poco más de vodka y cambió de
tema.

—Vale, propongo pedir comida china y ver Sex and the


City.

Charlotte y yo la miramos con curiosidad.

—¿Por qué esa serie? —preguntó Charlotte.

Emma sonrió con malicia.

—Porque necesito criticar a Carrie y odiar a Big.

Charlotte se rio y asintió.

—Vendido.

Yo negué con la cabeza, pero no discutí.

Definitivamente, me gustaban esas chicas, aunque


fueran un poco entrometidas y charlatanas.
13
Theo

—¿Qué tienes un hijo?

Owen prácticamente gritó la frase en cuanto nos


sentamos en la mesa del bar, atrayendo la atención de
varias personas alrededor.

Me froté la sien y le lancé una mirada de precaución.

—Oye, no grites. No hace falta que se entere todo el bar.


Y no sé aún si es mío, por eso quería ver a Addie.

Mi hermano entrecerró los ojos y apoyó los codos sobre


la mesa, con esa expresión de calma absoluta que siempre
tenía. Owen Reynolds siempre había sido el responsable, el
que hacía las cosas bien, el que nunca improvisaba nada.
Donde yo vivía el momento y me guiaba por impulsos, él
analizaba, planificaba y tomaba decisiones con la cabeza
fría.

Y, para ser honesto, eso lo hacía jodidamente


insoportable a veces. Con el cabello castaño perfectamente
peinado y la camisa impecable, parecía sacado de una
reunión de junta directiva en cualquier momento del día.

—¿Quieres que haga el test de ADN en el laboratorio? —


preguntó Addie, con una sonrisa divertida, como si esto
fuera la noticia más entretenida del mes.
Adeline Thomas, la mejor amiga de Owen desde
siempre, era igual de metódica que él. Bioquímica brillante,
especialista en genética, con una capacidad para los
detalles que a veces rozaba lo enfermizo. Llevaba su pelo
pelirrojo recogido en una coleta alta, y sus ojos verdes
destellaban con esa mezcla de curiosidad y diversión que la
hacía imposible de leer.

La combinación de su carácter con el de Owen era un


misterio para mí.

—Sí. ¿Puedes encargarte? —pregunté, pasándome una


mano por la nuca.

—Por supuesto. Aunque los fines de semana no suelo ir


al laboratorio, podría hacer una excepción.

—¿Cuándo tendrías los resultados?

Addie se encogió de hombros.

—Si lo hacemos mañana, podrías tenerlos el domingo


por la tarde o el lunes como muy tarde.

Asentí lentamente, pero algo en mi pecho se tensó.


Owen, que me conocía demasiado bien, me miró con los
ojos entrecerrados.

—¿No te entusiasma la idea de tener los resultados


pronto?

—No es eso —respondí automáticamente, aunque era


justo eso.

Porque en el momento en que tuviera los resultados…


Lily y Finn ya no tendrían razones para quedarse en mi
casa.

Tres días.

Solo llevaban tres días conmigo.

Y, sin embargo, les había cogido cariño.

Finn, con su risa fácil y su manía de agarrarse a mi


corbata cada vez que lo tenía cerca.

Y Lily…

Joder. Lily.

Con su sarcasmo, su descaro, sus tatuajes que contaban


historias y esa maldita forma de hacer que todo en mi vida
se sintiera más… vivo.

—Si prefieres esperar, podemos retrasarlo —dijo Addie,


con una mirada astuta que me hizo saber que había leído
cada uno de mis jodidos pensamientos.

—Solo hasta el lunes —dije, mirándola con firmeza.

Addie asintió, pero la sonrisa en su rostro me decía que


sabía exactamente por qué estaba posponiéndolo. ¿Por qué
las mujeres eran tan jodidamente intuitivas?

La cuestión era que quería pasar el fin de semana con


ellos, antes de que la realidad, fuera la que fuera, nos
golpeara.
***

Esa misma noche, después de despedirme de Owen y Addie,


entré en el Club VIP y mis amigos ya estaban allí.

Me acerqué a nuestra mesa privada y me dejé caer en el


sillón. Apenas había apoyado el codo en el reposabrazos
cuando Nate sacó su móvil y lo puso frente a mí.

—Mira esto.

Fruncí el ceño y bajé la mirada a la pantalla.

Era una foto. Charlotte, Emma, Avery y Lily, sentadas en


mi sofá con copas en la mano, riéndose y mirando a la
cámara.

—Charlotte me la acaba de mandar —dijo Nate, con una


sonrisa satisfecha—. Parece que tu invitada encaja bien en
nuestra caótica familia.

No pude evitar sonreír al verla ahí. Lily, con su pelo


revuelto y su tatuaje en la clavícula asomando bajo la
camiseta, parecía extrañamente natural en esa escena.

—Avery hace poco que ha llegado y ya está fascinada con


tu chica —comentó James, con una sonrisa burlona mientras
giraba su vaso entre las manos—. Dice que quiere que le
haga un tatuaje y yo estoy intentando convencerla para que
se tatúe mi nombre.

Rodé los ojos.


—¿Te hace falta marcarla?

James se encogió de hombros con una expresión de falsa


inocencia.

—Solo quiero que recuerde quién es su futuro marido.

Nate resopló.

—Hermano, si crees que necesitas tu nombre en su piel


para que no se olvide de ti, tienes problemas.

—No son problemas si lo hace por voluntad propia —


replicó James, bebiendo un sorbo de su whisky.

Ignoré la conversación cuando volví a mirar la foto.

Lily estaba ahí, rodeada de personas que, de una forma u


otra, eran mi familia.

¿Por qué se sentía tan jodidamente bien?

—Entonces, ¿qué? ¿Ya te has enamorado de ese crío? —


preguntó James, con una sonrisa de suficiencia.

Gruñí en lugar de responder, lo que solo hizo que Nate se


riera y me diera una palmada en el hombro.

—Es normal, tío. Los bebés tienen esa capacidad de hacer


que los quieras en cuestión de segundos. —Me crucé de
brazos y desvié la mirada, pero Nate siguió hablando—.
Supongo que es algo biológico. Son tan jodidamente
pequeños y vulnerables que lo único que quieres hacer es
protegerlos.
Solté un resoplido.

—Tampoco exageres.

—Claro, claro —se burló Alex—. Por eso te has pasado los
últimos días haciendo de niñera. Emma me lo ha contado
todo. Le compraste un carrito super caro y un montón de
cosas. Ya lo estás malcriando y ni siquiera sabes si es tuyo.

Fruncí el ceño y me pasé una mano por la mandíbula.

—No lo estoy malcriando.

—Por favor —soltó James, divertido—. El carrito que le


compraste cuesta más que el coche de mi primer año en
Wall Street.

Entrecerré los ojos. Pero bueno, ¿es que Lily iba a airear
todos mis trapos sucios en un solo día?

—Necesitaba un carrito —dije con la boca pequeña.

Nate sonrió de lado y bebió un sorbo de su whisky.

—¿Seguro que esto es algo temporal? Porque actúas


como si ya fueras su padre.

Me tensé.

—Solo es un carrito.

—¿Seguro que solo es un carrito?

No respondí.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque su
pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza. Porque
incluso yo sabía que ese carrito no era solo un carrito,
significaba mucho más.

***

Llegué a casa un par de horas más tarde, esperando


encontrar todo en su sitio.

Lo que no esperaba era encontrarme a Lily dormida en


el sofá, con el móvil con el monitor del bebé encendido a su
lado y una botella de vodka vacía en la mesa de centro.

Fruncí el ceño y me acerqué, mirando la pantalla del


monitor. Por suerte, Finn estaba bien, profundamente
dormido en la habitación.

Suspiré y volví la vista a Lily. Se había acurrucado en el


sofá con una expresión de pura tranquilidad,
completamente ajena a mi presencia.

—Lily —dije, sacudiéndola suavemente por el hombro.

Nada.

Ni un movimiento.

—Lily, despierta.

Un murmullo ininteligible fue lo único que recibí como


respuesta.
Rodé los ojos.

—Dawson…

Entonces, abrió los ojos lentamente y me miró con una


sonrisa ladeada.

Y ahí lo supe.

Estaba borracha.

—Hola, abogado cuerpazo.

Resoplé.

—Dios… ¿Cuánto has bebido?

Lily se estiró en el sofá, con una pereza exagerada.

—Solo un poco… O mucho… No lo sé, no me juzgues.


Emma insistió en que necesitábamos beber.

Negué con la cabeza y le tendí la mano.

—Vamos, levántate. No puedes dormir aquí.

Lily frunció los labios como si estuviera considerando


seriamente negarse, pero al final me agarró la mano y tiré
de ella.

—Joder, estás fuerte… —murmuró mientras intentaba


mantenerse en pie.

—Sí, sí, lo que tú digas. Vamos.


Empezamos a caminar por el pasillo, pero Lily no estaba
exactamente en su mejor estado.

En cuestión de segundos, tropezó con sus propios pies y,


antes de que pudiera reaccionar, terminó cayendo contra
mí.

Golpeé la pared con la espalda mientras ella quedaba


atrapada contra mi pecho, con sus manos apoyadas en mi
camisa, y su respiración cálida chocando contra mi cuello.

—Mierda… —susurró, pero no hizo ni el más mínimo


esfuerzo por separarse.

Mi mandíbula se tensó. Podría haberla apartado.

Pero no lo hice.

Porque, en lugar de eso, Lily se puso de puntillas, cerró


los ojos e inhaló profundamente mi cuello.

—Hueles jodidamente bien —murmuró.

Mi estómago se tensó.

Ella se quedó ahí, demasiado cerca, con la cabeza


ladeada y esa maldita mirada perezosa que no tenía ni idea
de lo que me estaba haciendo.

Exhalé con dificultad y, con toda la calma que pude


reunir, murmuré:

—Lily, si no quieres despertar con resaca y arrepentida,


es mejor que te metas en la cama ahora mismo.
Lily entreabrió los ojos y me miró fijamente.

—No suelo arrepentirme de nada.

Mis manos, que todavía estaban en su cintura, se


tensaron.

Joder.

Y se me puso dura.

Muy dura.

No quería que pasara. Obviamente. Nunca me acuesto


con mujeres borrachas. No soy ese tipo de cabrón. Pero ella
tenía los labios peligrosamente cerca de mi cuello, estaba
de puntillas y su centro estaba justo contra mí.

Y entonces, como si la situación no fuera ya lo


suficientemente jodida, se aferró un poco más a mi camisa
y presionó su cuerpo contra el mío.

—Vaya… veo que estás muy duro.

Mi respiración se volvió más pesada.

—Lily…

Ella sonrió de lado, mirándome a través de sus ojos


perezosos y cargados de alcohol.

—Quizás deberíamos aprovechar para, ya sabes…


Antes de que pudiera responder, se restregó contra mi
erección.

Solté un gemido bajo, maldiciendo internamente. Joder.


Sabía que eso no estaba bien, por mucho que mi polla
pensara lo contrario.

Con más fuerza de voluntad que ganas, la sujeté por la


cintura y la aparté de mí.

—No —dije, con la voz ronca—. No voy a hacer esto


contigo borracha.

Lily frunció los labios en un puchero exagerado, pero no


intentó acercarse de nuevo.

—¿Por qué no?

Le sostuve la mirada y deslicé los pulgares suavemente


sobre su cintura, justo antes de soltarla del todo.

—Porque no quiero que te despiertes mañana creyendo


que esto es un error.

Ella me miró durante un par de segundos, parpadeando


despacio, como si intentara procesar mis palabras.

Y luego, con toda la tranquilidad del mundo, soltó un


suspiro dramático y dejó caer la cabeza contra mi pecho.

—Ugh, eres demasiado bueno, Reynolds.

—Lo sé —gruñí, todavía intentando recuperar el control


de mi cuerpo—. Y ahora te vas a la cama antes de que me
hagas cambiar de opinión.

Ella rio suavemente contra mi camisa y, sin discutir, se


dejó guiar hasta su habitación.

Y cuando cerré la puerta tras ella y volví al salón, me


dejé caer en el sofá y pasé una mano por mi cara, tratando
de despejar mi cabeza.

Ya no podía seguir negando lo evidente.

Lily Dawson me atraía.

Me atraía mucho.

Y eso era un puto problema.

Porque no solo era una mujer con la que no debería


acostarme, sino que, si no me andaba con cuidado…

Acostarme no sería lo único ni lo más peligroso que


haría.
14
Lily

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí al despertar. La


resaca me golpeó como un tren en marcha.

Gruñí y me pasé una mano por la cara, sintiéndome


como si me hubieran atropellado. ¿Cuánto coño había
bebido anoche?

Me giré en la cama y entonces me di cuenta.

Finn no estaba a mi lado.

Mierda.

El pánico me golpeó antes de que mi cerebro pudiera


racionalizar nada. Siempre me despertaba cuando él lo
hacía. Siempre.

Me levanté de golpe, ignorando el mareo, y salí


disparada hacia el salón.

El olor a café y algo dulce flotaba en el aire, pero no me


detuve hasta que los vi.

Finn estaba en la alfombra, con un sonajero en la mano,


riendo mientras Theo movía un peluche frente a él.

Solté el aire de golpe, llevándome una mano al pecho.


—Joder…

Theo alzó la vista y me recorrió con la mirada,


evaluándome con diversión.

—Vaya, dormilona, mira quién ha decidido unirse al


mundo de los vivos.

Ignoré su tono burlón y me crucé de brazos.

—¿Por qué no me despertaste?

—Porque estabas KO —respondió, encogiéndose de


hombros—. Finn empezó a llorar, pero ni te inmutaste.

Abrí los ojos como platos.

—¿Qué?

—Son casi las once de la mañana.

—¡¿Las once?!

Casi grité.

Hacía años que no dormía hasta tan tarde. Desde antes


de que Finn naciera. Abría la cafetería todos los días antes
de las siete, a excepción de los lunes que cerraba por las
mañanas. Madrugar se había convertido en parte de mi
personalidad.

Theo sonrió de lado y se levantó del suelo con toda la


calma del mundo.
—Relájate. Tienes resaca y Finn ha estado bien conmigo.

Bufé, pasándome una mano por la frente.

—Es culpa de tus amigas. Beben como camioneros. Me


costó seguirles el ritmo.

Theo soltó una risa baja y caminó hasta la cocina.

—Ven, toma café y desayuna.

Arrastré los pies hasta la mesa y me dejé caer en una


silla.

El aroma del café recién hecho era lo único que podía


salvarme en ese momento. Pero cuando vi el plato con
pequeñas tortitas apiladas en el centro, fruncí el ceño.

—¿Has hecho tortitas?

Theo asintió sin darle importancia.

—Sí.

—¿Sabes hacer tortitas?

—No es tan difícil, Lily.

Cogí el sirope y me serví un par en el plato mientras los


observaba a él y a Finn en la alfombra. Era extraño verlos
juntos, jugando con naturalidad.

Y entonces…
Me golpeó un recuerdo.

Un flash de la noche anterior.

Yo cayendo sobre Theo.

Yo diciéndole…

«Hueles jodidamente bien.»

Casi me atraganté con el café.

—Ay, Dios.

Theo me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué?

Dejé la taza en la mesa con una torpeza nada


disimulada.

—Nada. Absolutamente nada.

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

Pensaba fingir amnesia.

Me serví más café, tratando de ignorar el recuerdo de la


noche anterior, cuando Theo se sentó frente a mí con su
propia taza.
—¿Pudiste hablar con Addie? —pregunté, asegurándome
de sonar casual.

—Sí.

Levanté la mirada.

—¿Y?

—Hasta el lunes no podrá hacerme la prueba.

Suspiré y asentí.

—Así que vamos a tener que acampar en tu casa un par


de días más.

Theo se encogió de hombros.

—Bueno, en realidad, estaba pensando en algo


diferente. —Bebió un sorbo de café antes de mirarme—.
Podríamos ir a la casa de campo que mis padres tienen en el
Hudson Valley.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Tienes una casa de campo?

—Bueno, técnicamente es de ellos, pero casi no la usan.


Está en mitad de la naturaleza, con espacio de sobra y sin
ruidos de ciudad.

—¿Quieres que nos vayamos al campo?


—Le iría bien al crío —señaló, mirando a Finn, que
jugaba con su peluche en la alfombra—. Aire fresco y
espacio para moverse, ¿no suena bien?

Me mordí el labio, pensándolo. La idea no sonaba mal.

—¿Cómo es la casa?

—Grande. Cómoda. Lejos de todo.

—¿Y no tienes reuniones ni cosas importantes estos


días?

Theo sonrió con suficiencia y se recostó en la silla.

—Es fin de semana, Lily. Los clientes pueden sobrevivir


sin mí un par de días.

—Vaya, qué lujo.

—Entonces, ¿qué dices? —insistió Theo, con la taza en la


mano—. ¿Nos vamos?

Me mordí el labio, pensándolo bien. Aire puro,


tranquilidad, espacio para que Finn se moviera sin que yo
tuviera que vigilar cada rincón…

Y, aunque no lo admitiría en voz alta, la idea de pasar el


fin de semana lejos del ruido de la ciudad me tentaba.

Exhalé y me crucé de brazos.

—Vale. Vamos al campo.


Theo sonrió con suficiencia.

—Buena elección.

***

El viaje hasta Hudson Valley duró alrededor de dos horas,


pero en realidad, tardamos más.

Porque, obviamente, tuvimos que hacer paradas.

Primero, Theo insistió en que teníamos que comprar una


sillita de coche para Finn.

—No pienso conducir con él en tus brazos —declaró,


firme, mientras me arrastraba de nuevo al centro comercial.

Intenté decirle que en Eugene ya teníamos una, pero


para variar, no me hizo ni puto caso.

—Si tienes una en Eugene, úsala en Eugene. Aquí


necesitas otra.

Y así fue como Finn terminó con una sillita de coche


nueva que probablemente costaba más que todo mi jodido
coche.

Cuando finalmente llegamos, el sol seguía alto en el


cielo, iluminando el paisaje con una luz dorada que hacía
que todo pareciera sacado de una postal.

Y entonces vi la casa.
Me quedé en silencio mientras bajaba del coche,
mirando el edificio con la boca entreabierta.

—¿Esto es una casa de campo?

Theo, que sacaba las bolsas del maletero, me lanzó una


mirada de reojo y sonrió.

—¿Esperabas una cabaña de madera con una chimenea


humeante?

—Pues… un poco, sí.

Pero lo que tenía delante era otra cosa.

Era enorme. Una construcción elegante, de piedra y


madera oscura, con ventanales enormes que reflejaban la
luz del mediodía. El camino de entrada estaba bordeado de
árboles altos y el césped parecía jodidamente perfecto,
como si lo hubieran recortado con tijeras cada mañana.

—Esto parece una maldita mansión —murmuré, todavía


asimilándolo.

Theo cerró el maletero con calma.

—Bueno, mis padres no hacen las cosas a medias.

Entramos y, para mi sorpresa, todo estaba impecable.

—¿También tienes duendes que limpian la casa por las


noches?

Theo soltó una carcajada.


—Casi. Hay gente que viene cada semana a asegurarse
de que todo está en óptimo estado.

Le lancé una mirada de diversión mientras exploraba la


entrada. El interior era tan impresionante como el exterior.

El suelo de madera oscura crujía suavemente bajo mis


pasos, los techos eran altos y el salón tenía un ventanal
enorme que daba a un paisaje espectacular: bosques,
montañas en la distancia y un lago al fondo.

Era, en resumen, el sitio más bonito en el que había


estado en mi vida.

Finn balbuceó en mis brazos y me di cuenta de que Theo


estaba rebuscando algo en un armario del pasillo.

—¿Qué haces?

—Aquí hay una cuna en alguna parte, de cuánto Owen y


yo éramos bebés —respondió—. Voy a buscarla y montarla
en una de las habitaciones para Finn.

Sonreí, incapaz de evitarlo.

No estaba segura de qué iba a pasar este fin de semana.

Pero, joder…

Me encantaba este lugar.


15
Theo

La tarde transcurrió con una calma extraña, de esas que no


solía experimentar en mi vida.

Paseamos con Finn por los senderos que rodeaban la


propiedad, dejando que el crío disfrutara del aire libre
mientras Lily se maravillaba con cada rincón del bosque.
Parecía mucho más relajada aquí que en la ciudad, sin el
ruido constante ni la presión de estar alerta todo el tiempo.

Después de caminar un rato, lo dejamos en el césped,


cogiendo flores y examinando cada brizna de hierba con la
concentración de un científico mientras Lily y yo
hablábamos de cosas triviales.

Más tarde, fui hasta una tienda cercana a por


provisiones para el fin de semana.

Cuando volví, monté la cuna en una de las habitaciones


que ahora sería de Finn. Tardé más de lo que esperaba,
porque el manual de instrucciones parecía escrito para
ingenieros de la NASA, pero al final lo conseguí sin lanzar
nada por la ventana.

Cuando por fin acostamos a Finn y se durmió, bajamos al


salón y nos sentamos frente a la chimenea.

El fuego crepitaba suavemente, iluminando la estancia


con un resplandor cálido. Lily se acomodó en el sofá con las
piernas cruzadas, una taza en las manos, y dejó escapar un
suspiro de satisfacción.

—¿Cómo va tu resaca? —le pregunté.

Lily dejó la taza sobre su regazo y suspiró.

—Mejor. Creo que ya no me va a explotar la cabeza.

—No sé cómo se os ocurrió beber tanto. Fue


irresponsable estando al cuidado de unos bebés.

—No suelo beber nunca, pero me dejé engañar —


respondió con una sonrisa perezosa—. Por cierto, tus amigas
son muy majas.

Sonreí de lado.

—¿Verdad? Sabía que te gustarían.

Lily estiró las piernas sobre el sofá y me miró con una


expresión divertida.

—Lo que no sabía era que me iban a soltar un monólogo


sobre cómo los hombres de tu grupo caen de rodillas
cuando se enamoran.

Me reí, divertido.

—Tengo que decir que es cierto. Yo soy el único que se


salva.

—¿Nunca te has enamorado?


Negué con la cabeza.

—No, si quitamos a la niña que me rompió el corazón a


los ocho años.

Lily alzó una ceja, entretenida.

—¿Qué hizo?

Apoyé el codo en el respaldo del sofá y sonreí al


recordarlo.

—Se llamaba Sophie Parker. Tenía las coletas más largas


del colegio y me dijo que quería casarse conmigo.

—Vaya. Todo un compromiso.

—Sí, hasta que una semana después me dejó porque


otro niño tenía un coche de juguete mejor que el mío.

Lily soltó una carcajada.

—Oh, pobre Theo.

—Lo sé. Desde entonces, aprendí que las mujeres solo


quieren a los tipos con mejores coches.

Lily seguía sonriendo, pero su expresión cambió un poco


cuando le devolví la pregunta.

—¿Y tú? ¿Te has enamorado?

Bajó la mirada a su taza de té y jugó con el borde con


los dedos.
—Yo me enamoré una vez. —Asentí, esperando que
siguiera—. De un compañero de instituto.

—¿Y qué pasó?

Lily sonrió, pero no fue una sonrisa divertida.

—Fue un amor imposible.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Levantó la mirada y me sostuvo la mirada un segundo


antes de responder.

—A él le gustaba Jules. Salieron durante un año —


explicó, encogiéndose de hombros como si no importara—.
Es curioso, porque al principio ella decía que no le
interesaba, pero un día volvió a casa con la noticia de que
se habían hecho novios.

No dijo más, pero fue suficiente para entenderlo todo.

Lily no solo había crecido a la sombra de su hermana.


Había pasado su vida sintiéndose la segunda opción.

Y no podía entenderlo ahora que las conocía a las dos.

Sabía que estaba mal pensarlo, porque Julia estaba


muerta, pero la cuestión era que, a pesar de que había
pasado buenos ratos con ella y era divertida, no tenía el
brillo ni la luz de Lily.
Lily era el tipo de mujer que se hacía notar sin siquiera
intentarlo.

La que entraba en una habitación y no necesitaba hablar


para llamar la atención.

La que desafiaba sin miedo, la que sonreía con picardía


incluso cuando discutía, la que podía hacer que la odiaras y
que te encantaras en la misma conversación.

Julia había sido encantadora.

Pero Lily era inolvidable.

Maldita sea, era inolvidable, y yo acababa de dejarla


entrar en mi vida junto a Finn, sin pensar en lo jodido que
me sentiría cuando se marcharan.

Me removí en el sofá antes de mirarla de reojo.

—¿Recuerdas algo de lo que ocurrió ayer de camino a tu


cuarto?

Lily parpadeó y, por un instante, vi la tensión en su


mandíbula.

No fue evidente, pero sus dedos se crisparon


ligeramente alrededor de la taza, y su espalda se puso un
poco más recta.

Sí. Se acordaba.

Pero, aun así, intentó negarlo.


—No. ¿Qué pasó?

Solté una sonrisa lenta, apoyando un brazo en el


respaldo del sofá.

—¿En serio no recuerdas nada?

Lily alzó la barbilla con seguridad.

—Absolutamente nada.

—Vaya… —murmuré, fingiendo pensarlo—. Pues fue


interesante.

Ella frunció el ceño.

—¿Interesante cómo?

Me encogí de hombros con toda la calma del mundo.

—No sé… Tal vez porque intentaste besarme en el


pasillo.

Lily abrió los ojos como platos.

—¿Qué?

—Sí, sí. Dijiste algo de que no podías resistirte más y te


lanzaste a mis labios.

Se quedó mirándome fijamente, como si intentara


recordar a la fuerza.

—Eso no lo hice.
Sonreí con suficiencia.

—¿No?

—No.

—¿Y recuerdas cuando después de eso me confesaste


que estabas loca por mí y que te morías por mis huesos?

Lily puso los ojos en blanco.

—Yo no dije eso.

Levanté las manos con fingida inocencia.

—¿Ah, no?

—No. Lo único que hice fue decir que olías bien.

Sonreí más.

—¿Ves? Sí te acuerdas.

Lily parpadeó. Luego, su expresión pasó de confusión a


incredulidad.

—Eres un cabrón.

Solté una carcajada mientras ella me fulminaba con la


mirada.

—Entonces te acordarás cuando insinuaste que


querías… aprovechar para ya sabes.
Lily se quedó en blanco un segundo.

Luego, se puso roja como un tomate.

—¡Aghhh! Cierra el pico —espetó, lanzándome un cojín a


la cara.

Lo esquivé por poco, riéndome.

—Vamos, Lily, no te pongas así. Solo estoy recordando


los hechos.

Ella agarró otro cojín con la clara intención de


lanzármelo, pero me adelanté y se lo quité de las manos.

—¡Theo! —protestó, intentando recuperarlo.

—No puedes enfadarte conmigo por algo que dijiste tú.

—¡Estaba borracha!

Forcejeamos un poco más, ella intentando recuperar el


cojín, yo negándome a dárselo, hasta que, en un
movimiento demasiado torpe, perdimos el equilibrio y
caímos en el sofá.

Y, de alguna jodida manera, terminé sobre ella.

Peligrosamente cerca.

Lily respiraba con fuerza, su pecho subía y bajaba contra


el mío en un ritmo acelerado. Tenía el cabello revuelto y los
labios ligeramente entreabiertos.
Y yo…

Yo en lugar de apartarme, hice todo lo contrario.

Me lancé contra su boca.

El primer contacto fue puro calor. Su aliento aún sabía a


té, dulce y cálido. Sus labios se abrieron sobre los míos sin
dudarlo, dejando que mi lengua se deslizara dentro,
buscando la suya.

Y joder…

Nuestras lenguas se encontraron en un roce lento al


principio, provocador, como si ambos estuviéramos
tanteando hasta dónde íbamos a llegar.

Hasta que Lily tiró de mi pelo con una mano y presionó


su cuerpo contra el mío, haciendo que el beso pasara de
exploratorio a descaradamente hambriento.

Un jadeo ahogado escapó de su garganta cuando mis


labios atraparon su labio inferior y lo mordí suavemente
antes de profundizar aún más. La calidez de su boca, la
forma en que su lengua se enredó con la mía sin timidez
alguna, la manera en que sus uñas se clavaron en mi nuca…

Todo era un maldito incendio.

La besé más fuerte, más desesperado.

Como si no hubiera nada fuera de este momento.


Solo su boca, su sabor, el calor de su cuerpo bajo el mío
y la certeza de que habíamos cruzado un punto de no
retorno.

Sus manos tiraron de mi camisa antes de que pudiera


pensar en detenerla.

Me la quitó por encima de la cabeza con un movimiento


ágil, sin dejar de mirarme, con los labios hinchados y el
pecho subiendo y bajando con cada respiración acelerada.

Joder.

Respondí de la única manera posible: deslizando mis


manos por su cintura y quitándole su camiseta del mismo
modo.

La tela desapareció entre nosotros, dejando su piel


caliente expuesta ante mis ojos. El sujetador negro de
encaje era lo único que nos separaba.

No lo pensé. No podía pensar.

Bajé la cabeza y besé su clavícula, arrastrando los labios


por su piel hasta alcanzar la curva de sus pechos.

Lily gimió suavemente cuando mi lengua rozó la piel por


encima del encaje, cuando mi boca atrapó la parte más
sensible de su pecho y mi lengua se deslizó con lentitud.

Se movió debajo de mí, con su cadera encontrando la


mía en un roce que no dejaba espacio para dudas.

Ambos nos movíamos como si quisiéramos follar.


Como si fuera inevitable.

Como si fuera lo único que importaba.

Hasta que el sonido de Finn quejándose en el monitor


nos golpeó como un jarro de agua fría.

Lily se tensó instantáneamente bajo mi cuerpo.

Y luego, como si despertara de un trance, me apartó de


golpe.

Se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos y


la respiración aún descontrolada.

—Esto… esto no tiene sentido.

—Lily…

Ella negó con la cabeza, recogiendo su camiseta del


suelo y poniéndosela de nuevo con manos torpes.

Y entonces lo soltó.

—Tú… estuviste con Jules.

Su voz sonó temblorosa. Culpable. Como si, de repente,


todo lo que acababa de pasar la golpeara con el peso de un
jodido error.

Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera


decirle que esto no era lo mismo, que ella no era Jules, que
esto era completamente diferente, Lily salió disparada
escaleras arriba, dejando atrás el eco de su propia
confusión.
16
Lily

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Subí las escaleras tan rápido que casi me tropecé con el


último peldaño. Entré en la habitación y cerré la puerta tras
de mí, apoyando la espalda contra la madera mientras mi
corazón martilleaba en mi pecho.

No podía creer lo que acababa de hacer.

No solo había besado a Theo. No. Había estado a punto


de arrancarle la ropa como si mi vida dependiera de ello.
Como si no hubiera nada más en el mundo aparte de su
cuerpo sobre el mío, de su boca devorándome, de sus
manos recorriendo mi piel sin prisa pero con una maldita
intención que me había dejado temblando.

Y lo peor de todo…

Es que lo había disfrutado demasiado.

Cerré los ojos, intentando ignorar la forma en que mi piel


seguía ardiendo, en que mi respiración aún no se había
normalizado del todo.
Esto no podía estar pasando.

No con él.

No con el jodido Theo Reynolds, el ex rollo de mi


hermana.

Abrí los ojos de golpe y me dirigí hacia la cuna donde


Finn se removía inquieto. Me incliné sobre él y acaricié su
cabecita con suavidad hasta que dejó escapar un suspiro y
se quedó tranquilo otra vez.

Bien.

Al menos uno de los dos podía calmarse.

Yo, en cambio, estaba hecha un puto lío.

Porque la verdad era que, por mucho que intentara


negarlo, lo que acababa de pasar ahí abajo no había sido
solo un calentón.

No.

Había sido mucho más que eso.

Y me aterraba.

Me pasé las manos por la cara y me dejé caer en el


borde de la cama, con la mirada perdida en la cuna. No
podía permitirme sentir esto.

Él había estado con Jules. Finn quizás era suyo.


Pero la imagen de sus ojos clavados en los míos, oscuros
y llenos de deseo, me perseguía como una maldita sombra.

Y lo peor era que no estaba segura de querer huir de él.

Tenía que aguantar hasta que se hiciera el maldito test y


salieran los malditos resultados. Tenía que hacerlo.
Mantener las manos quietas, la boca lejos de la suya,
porque la próxima vez… La próxima vez no sabía si podría
detenerme.
17
Theo

Cuatro días.

Solo cuatro días y mi vida se había ido a la mierda.

Pero no de la manera en la que siempre imaginé que


pasaría. No como cuando las cosas salen mal y no puedes
hacer nada para evitarlo. Esta vez era diferente. Esta vez no
sentía que estaba perdiendo el control…

Sentía que lo había encontrado.

Y todo por culpa de una chica con tatuajes y una boca


afilada que no tenía miedo de decirme lo que pensaba.

Joder, nunca lo vi venir.

Cuando mis amigos hablaban del amor, del momento en


que simplemente lo sabes, solía reírme y llamarlos idiotas.
Siempre pensé que era una exageración, que se estaban
dejando llevar por la emoción. Que no podía ser tan fácil,
tan simple.

Pero ahora… ahora los entendía.

Porque lo sabía.

Sabía que Lily Dawson no era solo una chica más. No era
una atracción pasajera, ni un capricho, ni un simple error
que iba a olvidar con el tiempo.

Era ella.

Y lo peor de todo era que había tardado menos de una


semana en darme cuenta.

La primera vez que la vi, todo en ella me gritó


problemas.

Las ojeras, la forma en que su cuerpo estaba en tensión


incluso cuando se quedaba quieta, los tatuajes asomando
bajo la manga de su camiseta. Nada en ella encajaba con la
imagen que tenía de la hipotética mujer con la que me
imaginaba a largo plazo.

Y, sin embargo, desde el primer momento, no pude


apartar los ojos de ella.

No porque fuera guapa —que lo era, joder, y mucho—


sino porque su presencia me inquietaba de una forma que
no sabía explicar.

Era demasiado ella. Demasiado viva.

Y por más que intenté convencerme de que era una


mala idea, de que no debía fijarme en la hermana de Julia a
la que apenas conocía, el problema era que Lily no te
dejaba ignorarla.

Tenía algo. Algo que te atrapaba sin darte cuenta.

Su manera de hablar, rápida y directa, como si no


tuviera tiempo para gilipolleces. Sus sonrisas a medias, su
mirada aguda que parecía ver más de lo que decías, la
forma en que siempre tenía una respuesta lista para todo.

Era como si el universo la hubiera creado con la única


misión de joderme la cabeza.

Y lo estaba consiguiendo.

Después de cuatro días con ella en mi casa, entendí que


el problema no era que Lily me gustara.

El problema era que me gustaba demasiado.

Porque Lily no era como las demás chicas con las que
había estado. No era fácil, ni predecible, ni alguien con
quien pasar un buen rato antes de seguir con mi vida.

Lily era de las que se te metían bajo la piel sin pedir


permiso.

De las que llegaban y arrasaban con todo.

La veía con Finn, cómo le hablaba con la ternura de una


madre a pesar de no ser su hijo. Cómo se quedaba
embobada mirándolo cuando él se dormía. Cómo lo cogía en
brazos con esa facilidad, como si estuviera hecho para
encajar ahí.

La veía en el salón, con las piernas cruzadas en el sofá,


en silencio, observando el televisor como si no recordara la
última vez que había estado tranquila.

La veía en la cocina, robándome comida del plato con


una sonrisa desafiante, como si estuviera esperando a que
me quejara para lanzarme una respuesta mordaz.
La veía en todas partes.

Y lo único que quería era acercarme más.

Había besado a muchas mujeres en mi vida.

Pero nunca a nadie como a ella.

Nunca con esa sensación de vértigo en el estómago,


como si estuviera a punto de saltar al vacío sin saber si
había algo debajo para atraparme.

Nunca con esa desesperación, con esa maldita


necesidad de más, más, más, como si mi cuerpo supiera
que ese beso era solo el principio de algo mucho más
grande.

No fue solo deseo.

Fue algo más. Algo que me costaba admitir.

Algo que hacía que, incluso ahora, con la casa en


completo silencio, todavía pudiera sentir el calor de su piel
bajo mis manos.

Todavía pudiera saborear su boca en la mía.

Todavía pudiera escuchar su respiración entrecortada en


mi oído.

Pero se había ido.

Se había apartado de golpe, como si la hubieran


despertado de un sueño, y me había mirado como si
acabara de cometer un puto error.

Como si yo fuera un error.

Y después lo había dicho.

«Tú… estuviste con Jules.»

Como si eso lo cambiara todo.

Como si lo que habíamos sentido en ese momento no


contara porque, en otro tiempo, yo había sido parte de la
vida de su hermana.

Pero eso no era cierto.

Porque lo que había tenido con Julia no se parecía en


nada a lo que acababa de pasar con Lily.

No era lo mismo.

Ni siquiera estaba cerca.

Jules y yo habíamos salido juntos porque nos llevábamos


bien, porque nos divertíamos, porque encajábamos en la
superficie.

Pero Lily…

Lily era otra historia.

Lily era caos. Era intensidad. Era todo lo que nunca


había buscado, pero que ahora no sabía cómo soltar.
Y por primera vez en mi vida, entendí lo que mis amigos
querían decir cuando hablaban de la persona adecuada.

Porque Lily era mi persona.

Y tenía que hacer algo al respecto antes de que fuera


demasiado tarde.
18
Lily

Bajé con Finn en brazos, todavía con la cabeza hecha un lío


por lo de anoche, y cuando llegué Theo estaba demasiado
tranquilo.

Demasiado relajado.

Estaba en la cocina, sentado en la mesa con su café,


mirando algo en el móvil como si no hubiera pasado nada.
Como si anoche no hubiéramos estado a punto de
montárnoslo en su sofá.

Le lancé una mirada sospechosa mientras acomodaba a


Finn en la trona que encontramos en la buhardilla.

—Vale, ¿qué tramas? —pregunté, cruzándome de


brazos.

Theo sonrió, ese tipo de sonrisa que siempre significaba


problemas.

—Nada. ¿Por qué piensas eso?

—Porque te conozco. Y porque tienes esa cara de «voy a


hacer algo que te va a joder los planes».

Él se encogió de hombros con una expresión inocente


que no me creí ni por un segundo.
Y entonces llamaron a la puerta.

Theo se levantó con calma y fue a abrir. Me incliné


ligeramente para ver quién era, y me encontré con una
mujer mayor, de unos sesenta y pico, con el pelo recogido
en un moño perfecto y una sonrisa cálida en la cara.

—Oh, Theo, cariño —dijo la mujer, dándole un abrazo sin


dudarlo—. ¡Cuánto tiempo!

—Demasiado —respondió él, con una sonrisa sincera—.


Gracias por venir, Nana.

Fruncí el ceño.

¿Nana?

Theo se giró hacia mí y señaló a la mujer con la cabeza.

—Lily, esta es Margaret, pero yo siempre la he llamado


Nana. Me cuidó desde que era un crío cada vez que venía
aquí.

—Encantada, cielo —dijo ella con una sonrisa amable—.


Y este debe ser Finn.

—Espera, ¿qué está pasando aquí? —interrumpí,


alejando a Finn de la desconocida.

Theo apoyó una mano en el marco de la puerta y me


miró con diversión.

—Margaret se va a quedar con Finn un rato mientras


nosotros salimos a explorar los senderos de Hudson Valley.
Abrí la boca, pero no salió nada.

¿Perdona?

—¿Qué? No. No pienso dejar a mi sobrino con un


desconocido.

—No es un desconocido. Es mi nana.

—Para mí sí lo es.

Theo suspiró como si estuviera lidiando con una niña


pequeña.

—Margaret ha criado a más niños de los que puedes


contar. Créeme, Finn va a estar mejor con ella que con
nosotros.

Dudé.

La mujer me miró con calma, como si entendiera


perfectamente mis reticencias.

—Lo entiendo, cielo —dijo—. Pero prometo que Finn va a


estar en buenas manos.

Finn, ajeno a la discusión, la miró con curiosidad y luego


se rio, estirando una mano hacia ella.

Traidor.

Theo aprovechó mi momento de duda para darme una


palmadita en la espalda.
—Venga, Dawson, sube y cámbiate. Salimos en diez
minutos.

***

El sitio al que me llevó Theo era una acogedora cafetería


escondida entre los árboles. Su fachada de madera le daba
un aire rústico y cálido, y en el porche, varias mesas
ocupadas albergaban humeantes tazas de café. En cuanto
cruzamos la puerta, el delicioso aroma a bollería recién
horneada me hizo la boca agua.

—Vale, esto sí que no me lo esperaba —admití, mirando


a mi alrededor.

El interior era acogedor, con luces cálidas, paredes


llenas de fotos antiguas y un par de estanterías con libros
gastados por el uso.

—Te lo dije —murmuró Theo con satisfacción.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, desde


donde se veía un pequeño lago rodeado de árboles teñidos
de colores otoñales.

Una camarera mayor, con el delantal lleno de harina, se


acercó con una sonrisa.

—Theo Reynolds. Hacía mucho que no te veía por aquí.

Él sonrió con naturalidad.


—He estado ocupado.

—Siempre lo estás —bromeó ella, y luego me miró—. ¿Y


tú quién eres, cielo?

—Lily —respondí, incómoda con la forma en que nos


observaba, como si intentara adivinar qué había entre
nosotros.

—Pues bienvenida, Lily. ¿Os pongo lo de siempre?

Theo asintió y, antes de que pudiera preguntar qué era


lo de siempre, la mujer desapareció tras la barra.

Apoyé los codos en la mesa y entrelacé los dedos.

—¿Vienes mucho aquí?

Theo se encogió de hombros.

—Cuando era niño, sí. Cada vez que pasaba temporadas


en la casa con mi familia, mi padre solía traerme aquí los
domingos. Después dejó de hacerlo, pero Nana me traía de
vez en cuando.

Asentí en silencio, sin saber qué decir.

Theo nunca hablaba demasiado de su familia, pero


cuando lo hacía, su tono cambiaba ligeramente, se volvía
más dulce. No era algo que se notara a simple vista, pero yo
ya empezaba a identificarlo.

La camarera volvió con dos cafés, un plato de tortitas


con sirope y otro con croissants recién hechos.
—Que aproveche —dijo con una sonrisa antes de
dejarnos solos.

Miré la comida y luego a Theo.

—Vaya, esto es lo de siempre, ¿eh?

Él sonrió.

—Llámalo tradición.

Probé un trozo de croissant y tuve que contener un


gemido.

—Joder, esto está increíble.

Theo se rio, dándole un sorbo a su café.

—Te dije que te iba a gustar.

Después de desayunar, Theo me llevó a caminar.

El sendero era estrecho y estaba cubierto de hojas secas


que crujían bajo nuestras botas. A nuestro alrededor, los
árboles se alzaban altos y majestuosos, dejando que la luz
del sol se filtrara entre sus ramas en haces dorados. El aire
olía a tierra húmeda, a madera, a naturaleza pura.

Y, joder… era extraño.

No porque no estuviera acostumbrada al silencio.

Todo lo contrario.
Había crecido en un pueblo donde todos se conocían,
donde el tiempo parecía avanzar más despacio y donde los
días pasaban entre trabajos monótonos, casas con jardines
bien cuidados y noches en las que lo único que se oía era el
sonido del viento.

Pero esto… esto era diferente.

Hudson Valley no se sentía como Eugene. No se sentía


como el tipo de silencio que pesa y que te hace sentir
atrapado.

Se sentía como un respiro.

Como si aquí pudiera bajar la guardia por un momento.

—Si quieres, podemos volver —dijo Theo de repente, sin


mirarme.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque estás demasiado tensa. Casi puedo escucharte


pensar.

Bufé.

—No estoy tensa.

—Claro que sí. Tu mandíbula está más rígida que un


ladrillo.

Lo miré con los ojos entrecerrados.


—¿Siempre tienes que comentar todo lo que hago?

—Sí. Es parte de mi encanto.

Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír un


poco.

Seguimos caminando, y el sendero comenzó a


descender suavemente.

Y entonces, tras girar una curva entre los árboles, lo vi.

Un maldito cuadro de postal.

El bosque se abría en un claro que daba a un lago


cristalino, tan tranquilo que reflejaba el cielo y las montañas
como un espejo. En la orilla, las hojas caídas creaban una
alfombra dorada y roja, y un viejo puente de madera
cruzaba una pequeña corriente que desembocaba en el
agua.

Era precioso.

De cuento.

Me detuve en seco.

—Guau.

Theo se cruzó de brazos, observándome con diversión.

—No dices mucho, pero cuando lo haces, es efectivo.

Lo ignoré y avancé unos pasos, acercándome a la orilla.


El agua era tan clara que podía ver el fondo. Me agaché
y pasé los dedos por la superficie, sintiendo el frío en la piel.

—No me esperaba esto —murmuré.

—¿No esperabas que fuera bonito?

—No esperaba que me gustara tanto.

Theo se sentó en una roca cercana, apoyando los codos


en sus rodillas.

—Ya ves. Te estoy demostrando que soy un excelente


guía turístico.

Rodé los ojos, pero seguí mirando el lago.

El viento movió las hojas a mi alrededor, y, por un


momento, sentí algo en el pecho.

Algo parecido a paz.

Nos sentamos sobre el césped, dejando que el sol nos


calentara la piel. Frente a nosotros, el lago seguía en calma,
reflejando el cielo como si fuera un espejo perfecto.

Theo arrancó un par de briznas de hierba y las frotó


entre los dedos, pensativo.

—¿Por qué querías venir aquí? —pregunté, girándome


hacia él.

Él levantó la vista y me sostuvo la mirada.


—Porque quería llevarte a un sitio bonito para decirte
algo.

Un cosquilleo se extendió por mi estómago.

—¿El qué?

Theo respiró hondo antes de hablar.

—No es justo lo que me dijiste anoche sobre Jules. —Abrí


la boca para protestar, pero él negó con la cabeza—.
Déjame explicarte. Julia y yo nos conocimos en el bar en el
que trabajaba como camarera, eso ya te lo conté. Yo entré
una noche con mis amigos. Me gustó enseguida. Era
divertida, tenía esa energía que hacía que todo pareciera
más fácil. Empezamos a vernos y pasábamos un buen rato
juntos. —Se encogió de hombros—. Pero nunca fue más que
eso. Nunca significó nada más.

Un nudo se formó en mi estómago.

—Pero contigo es distinto —continuó Theo, volviendo a


mirarme. Su expresión era seria, intensa—. ¿Cuánto tiempo
hace que estás en mi vida? ¿Unos míseros días? —Asentí,
incapaz de hablar—. ¿Y por qué siento que te conozco desde
siempre? —Negó con la cabeza, como si tampoco lo
entendiera del todo—. No, contigo las cosas no son fáciles la
mitad del tiempo, porque eres terca, cabezota y porque te
encanta llevarme la contraria, pero, aun así, siento que, sin
saberlo, eres lo que llevo esperando toda mi vida. Que
llenas un vacío que ni siquiera sabía que tenía.

Mi pecho se contrajo con fuerza.

Porque maldita sea…


Yo sentía lo mismo.

—Si realmente crees que esto está mal, dímelo. Dímelo


y lo dejamos aquí —añadió.

Se me cerró la garganta.

—¿Y Finn?

Theo ni siquiera dudó.

—¿Qué pasa con Finn? A ese enano ya lo quiero y ni


siquiera sé si es mi hijo.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Y si no lo es?

—Me da igual —respondió, firme—. Seguirá siendo Finn.

Tragué saliva.

—¿Y Jules? —susurré—. Te acostaste con ella. Era mi


hermana.

Theo respiró hondo y me sostuvo la mirada.

—¿Y qué?

—Es como si le estuviera robando algo que le


pertenecía.

—Yo lo veo de otra manera.


—¿Ah, sí?

Asintió despacio.

—Yo lo veo como si Jules te hubiera traído hasta mí.


Como si nos hubiera hecho un último regalo antes de irse.

El estómago se me encogió y el corazón empezó a


latirme más rápido.

—Theo, tengo miedo—susurré—. ¿Y si sale mal?

Él me miró en silencio durante un segundo. Luego se


inclinó un poco hacia mí, con esa intensidad que hacía que
todo lo demás desapareciera.

—¿Y si no? ¿Y si sale bien? ¿Y si resulta que, después de


todo, eras la jodida mujer de mi vida?

Mi respiración se trabó. No supe quién se movió primero.


Un segundo después, sus labios estaban sobre los míos.

No fue un beso lento ni dudoso. No fue un tanteo.

Theo deslizó una mano por mi nuca y la otra por mi


cintura, atrayéndome contra su cuerpo con una intensidad
que me dejó sin aliento. Sus labios se abrieron, y su lengua
se deslizó dentro de mi boca, encontrándose con la mía en
un roce eléctrico que hizo que todo lo demás desapareciera.

Un sonido bajo escapó de mi garganta cuando su lengua


se enroscó con la mía con hambre, con necesidad, como si
quisiera devorarme entera.
Mis dedos se aferraron a su chaqueta mientras su
cuerpo se pegaba más al mío, haciéndome sentir su calor
incluso a través de la ropa. El beso se volvió más profundo,
más desesperado, como si ninguno de los dos pudiera
saciarse del otro.

El viento movió las hojas a nuestro alrededor, el lago


reflejaba el sol como un maldito cuadro, pero yo solo podía
sentirlo a él. Su boca, su sabor, la forma en que su lengua
se entrelazaba con la mía, me hizo olvidar todo lo demás.

Cuando nos separamos, nuestras respiraciones estaban


entrecortadas.

Theo apoyó su frente contra la mía con sus dedos


todavía enredados en mi pelo.

—Lily Dawson, me gustas y… prometo no decepcionarte.

Sus palabras se deslizaron por mi piel como una


promesa peligrosa. Como algo que quería creer, pero que
también me asustaba.

Pero entonces volvió a besarme.

Y cualquier pensamiento racional se esfumó.

Su boca atrapó la mía con una mezcla perfecta de


firmeza y ternura. Su lengua se deslizó entre mis labios,
encontrándose con la mía en un roce lento, ardiente, como
si quisiera saborearme sin prisas. Como si cada beso tuviera
que quedarse tatuado en mi piel.

Mis dedos se aferraron a su chaqueta de nuevo cuando


su mano bajó por mi espalda, atrayéndome más hacia él,
hasta que nuestros cuerpos quedaron completamente
pegados. El calor de su cuerpo, la presión de sus labios, la
forma en que su lengua acariciaba la mía…

Era demasiado.

Y, al mismo tiempo, no era suficiente.

Me perdí en el beso, en él, en este maldito momento en


el que todo parecía perfecto.

Ojalá no me decepcione.

Porque no quería decepcionarme.

No con él.
19
Lily

Regresamos justo a la hora del almuerzo, con una bolsa de


papel llena de sándwiches recién hechos de la cafetería del
pueblo. Finn nos recibió con una sonrisa bobalicona desde
su trona, moviendo las manos con emoción cuando nos vio.

—¿Me has echado de menos, pequeñajo? —murmuré,


dándole un beso en la cabeza antes de sentarme a su lado.

Theo dejó la bolsa sobre la mesa y miró a Nana.

—¿Se ha portado bien?

—Es un angelito —respondió ella con una sonrisa,


mientras recogía su bolso—. Y vosotros, ¿os habéis portado
bien?

Theo le guiñó un ojo.

—Para nada. Portarse bien está sobrevalorado.

Nana se rio.

—Tengas la edad que tengas, siempre serás un canalla,


Theo Reynolds.

Almorzamos con calma, entre bocados y risas, mientras


Finn hacía su mejor esfuerzo por coger un trozo de pan de
mi plato. Después, pasamos un rato en el jardín, dejando
que el crío gateara por el césped mientras Theo y yo nos
turnábamos para perseguirlo.

Cuando Nana se despidió, Finn se quedó mirándola con


el ceño fruncido, como si no entendiera por qué se iba.

—Nos veremos pronto, pequeñín —le dijo ella, dándole


un beso en la frente antes de dirigirse a mí—. Ha sido un
placer, Lily. Eres una buena chica.

—Gracias —murmuré, algo incómoda con el cumplido.

Vi cómo se marchaba y luego me giré hacia Theo.

—¿Cuándo volvemos a Nueva York?

—Mañana por la mañana.

—Pero es lunes. Pensaba que regresaríamos hoy.

—Puedo entrar tarde a la oficina.

Fruncí los labios, pero no discutí.

No me importaba quedarme aquí un poco más.

La tarde pasó en calma. Jugamos con Finn, caminamos


un poco más por los alrededores, disfrutamos del aire libre
sin prisas.

Y cuando la noche cayó, volvimos a la rutina.

Papilla para Finn.


Un biberón.

Y a dormir.

Cuando regresé de acostar a Finn en su cunita, encontré


a Theo sentado sobre la alfombra frente al fuego. Tenía los
codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en las
llamas.

Me acerqué sin hacer ruido y me senté a su lado.

—Me gusta este sitio —murmuré, abrazando mis piernas


—. Es un buen lugar para desconectar de Nueva York.

Theo giró la cabeza y me miró con una media sonrisa.

—Podríamos venir siempre que quisieras.

Fruncí el ceño.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir?

Su expresión se volvió seria.

—Creo que ahora que hemos hablado de lo que


sentimos, deberíamos hablar de lo que haremos, ¿no crees?

Mi pecho se encogió un poco.

—Theo…

—Lo he estado pensando —me interrumpió—. Tú no eres


feliz en Eugene. Te quedaste allí para cuidar a tu madre,
pero ahora ya no necesitas quedarte allí.
Apreté los labios.

—Eugene es mi casa.

—No lo es —negó con suavidad—. Solo es el sitio donde


creciste. Tú tienes sueños, Lily, y es hora de que los hagas
realidad. —Su mirada ardía con determinación—. Ayer por la
noche estuve buscando en Google y en Nueva York hay
sitios donde puedes sacarte un curso de tatuadora
profesional. Podrías abrir un local y…

—Espera… —lo detuve, sintiendo que la cabeza me daba


vueltas—. ¿Quieres que haga un curso de tatuadora? ¡Tengo
casi treinta años! Ya no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque eso era mi sueño antes. Ahora no tiene


sentido. Ni siquiera tengo el dinero para permitirme
quedarme en Nueva York, con Finn y…

—Lo tendrías si te quedaras conmigo.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—¿Quieres que Finn y yo nos quedemos en tu casa? Nos


conocemos desde hace solo unos días.

—¿Y qué? ¿Es que hay un tiempo mínimo para saber lo


que quieres?

Lo miré fijamente, sintiendo mi corazón latir con fuerza


contra mis costillas.
—Theo, esto es una locura…

—Tal vez —admitió—, pero ¿y si es la mejor locura de


nuestras vidas?

Exhalé, intentando procesar lo que me estaba diciendo.

—Tú tienes tu vida en Nueva York, tu trabajo, tu mundo…


No tienes por qué hacerte cargo de mí.

—No se trata de hacerme cargo de ti, Lily. Se trata de


darte la oportunidad de vivir la vida que realmente quieres.
No te estoy ofreciendo una jaula dorada, te estoy ofreciendo
apoyo para que construyas lo que siempre quisiste. Creo
que es el momento de que tú seas feliz. De que dejes de
pensar en los demás y pienses en ti.

Apreté los puños sobre mis rodillas, sintiendo la lucha


interna tensando cada músculo de mi cuerpo.

—Pero Finn…

Theo sostuvo mi mirada, con una determinación que me


desarmó.

—Yo pensaré en Finn.

Tragué saliva.

—Theo, ¿y si no es tuyo?

Se inclinó hacia mí y rozó mi mejilla con los nudillos, con


un gesto tan suave que me costó no cerrar los ojos.
—Ya es mío. Me da igual la sangre.

Bajé la vista, sintiendo una punzada en el pecho.

—Eso lo dices ahora, pero cuando veas el test…

Theo no dudó ni un segundo.

—Seguiré diciendo lo mismo, porque ese crío y tú me


habéis dado en días más que nada ni nadie en toda mi vida,
Lily.

Me quedé en silencio, pensando.

Theo era un hombre ocupado, con una carrera


demandante y una vida completamente estructurada. Si me
quedaba, si intentaba construir algo en Nueva York,
¿significaría eso que Finn pasaría más tiempo con niñeras
que conmigo? ¿Que tendría que elegir entre mi sueño y
estar presente en la vida de mi pequeñajo?

Porque si algo tenía claro, era que nunca pondría nada ni


a nadie por encima de él.

Theo frunció el ceño, como si pudiera leer la


preocupación en mi rostro.

—Lily, si piensas que esto te alejaría de Finn, estás


equivocada. No quiero que renuncies a estar con él. Quiero
que tengas opciones.

Sentí mi garganta cerrarse por un segundo.

—¿Y si me quedo y me arrepiento?


Theo sonrió de medio lado.

—¿Y si te vas y te arrepientes más?

Mi pecho se encogió con fuerza, pero me negué a dejar


que esas palabras me afectaran. No podía confiar tan
fácilmente. No después de todo.

Solté una risa sin humor y lo miré con escepticismo.

—Cuando llegué a tu casa en Nueva York, me crucé con


una pelirroja que salía de tu apartamento. Una con la que
probablemente estabas teniendo sexo.

Theo no parpadeó.

—Sí.

—¿Y ahora me estás prometiendo amor eterno?

—Sí —respondió sin dudar, con una seguridad que me


dejó sin aire—. Porque esa pelirroja se marchó y no pensé
en ella ni un solo segundo después. Pero tú… Tú llegaste y
lo cambiaste todo. Y no quiero que te vayas.

El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo en mis


oídos.

—Theo…

—Dime que aceptas quedarte conmigo.

No respondí.
No con palabras.

Solo me incliné y junté mis labios con los suyos.


20
Lily

Nuestros labios se encontraron en un beso lento, cargado de


promesas y deseo contenido.

Theo deslizó una mano por mi nuca, acercándome más,


mientras la otra se aferraba a mi cintura como si temiera
que me desvaneciera. Sus labios se movieron sobre los míos
con una seguridad que me hizo temblar. Su lengua rozó la
mía, despacio al principio, provocadora, hasta que el beso
se volvió más profundo, más hambriento.

El fuego crepitaba a nuestro lado, proyectando sombras


sobre la alfombra mientras el mundo entero desaparecía.

Solo estábamos él y yo.

Cuando nos separamos, respirábamos rápido, y nuestras


frentes estaban todavía juntas.

Theo sonrió contra mis labios, con la voz ronca.

—Espero que eso sea un sí.

Tragué saliva y, sin apartarme, susurré:

—Sí. Acepto. Me quedaré contigo.

Theo volvió a besarme.


Esta vez con más intensidad. Más hambre.

Su lengua se deslizó dentro de mi boca, encontrándose


con la mía en un roce ardiente que me dejó sin aire. Sus
manos se aferraron a mi cintura y luego se movieron por mi
espalda, explorando cada curva a través de la tela.

Y entonces, en un movimiento seguro, me quitó la


camiseta.

El aire frío me erizó la piel, pero duró un segundo,


porque la calidez de su mirada sobre mis tatuajes encendió
algo dentro de mí.

—Joder… —murmuró, recorriéndolos con los dedos—.


Son increíbles.

Su pulgar pasó por las líneas de tinta en mi costado, por


las pequeñas frases desperdigadas en mi piel, por el diseño
en mi clavícula.

Y luego bajó la cabeza y empezó a besarlos.

Su boca rozó mi hombro, descendiendo por mi brazo,


por mi caja torácica, por cada centímetro de tinta que
encontró en su camino. Besaba despacio, con una devoción
que me hacía temblar.

Como si estuviera leyendo mi historia con los labios.

Los besos de Theo fueron subiendo lentamente, dejando


un rastro de calor sobre mi piel.

Sentí su aliento recorrer mi clavícula antes de que su


boca descendiera hasta el borde de mi sujetador. Mis dedos
se clavaron en sus hombros cuando él deslizó las manos por
mi espalda y desabrochó la prenda con una facilidad
insultante.

El sujetador cayó entre nosotros y, antes de que pudiera


procesarlo, su boca ya estaba sobre uno de mis pechos.

Lamiendo. Mordiendo suavemente.

Un gemido escapó de mis labios cuando su lengua rodeó


mi pezón antes de atraparlo entre sus labios y succionarlo
con la cantidad justa de presión.

Joder.

Mi espalda se arqueó instintivamente hacia él, buscando


más, necesitando más. Theo gruñó contra mi piel y su otra
mano subió hasta mi otro pecho, masajeándolo con una
mezcla perfecta de suavidad y firmeza.

—Eres preciosa —murmuró antes de atraparme con los


dientes otra vez, arrancándome otro jadeo.

Theo me tumbó sobre la alfombra con un movimiento


seguro, cubriéndome con su cuerpo mientras sus labios
seguían devorándome.

El fuego iluminaba su piel con destellos anaranjados, y


el calor de su cuerpo, de su boca, de sus manos
recorriéndome sin prisa, hacía que todo lo demás se
volviera borroso.

Bajó por mi abdomen, dejando besos lentos, húmedos, y


su lengua delineó mi piel hasta llegar al borde de mis
bragas.
Me miró desde abajo, con los ojos oscuros y llenos de
una intensidad que me hizo estremecer.

—Joder… —murmuró, deslizándolas por mis muslos con


lentitud, como si quisiera torturarme.

Mi respiración se entrecortó cuando sus manos


separaron mis piernas con suavidad, y su boca se posó justo
donde más lo necesitaba. El primer roce de su lengua me
arrancó un jadeo ahogado.

Theo sonrió contra mi piel antes de volver a lamer,


lento, provocador, como si tuviera todo el tiempo del mundo
para hacerme enloquecer.

Su lengua recorrió mi clítoris con una lentitud tortuosa y


mi espalda se arqueó contra la alfombra. Un gemido escapó
de mis labios cuando Theo repitió el movimiento, esta vez
con más presión.

—Joder… —murmuré, con los dedos clavados en su pelo.

Él gruñó contra mí, y la vibración recorrió todo mi


cuerpo, arrancándome un estremecimiento.

Su lengua se movió con más intensidad, lamiendo,


succionando, alternando caricias suaves con movimientos
más firmes que me llevaron al límite.

Mis piernas temblaban a ambos lados de su cabeza, mi


respiración se volvió errática y mi cuerpo se tensó con cada
embestida de su lengua.

—Theo… —jadeé, sintiendo cómo la presión dentro de


mí alcanzaba su punto más alto.
Él no paró.

Siguió, más rápido, más intenso, llevándome justo al


borde.

Hasta que, de repente, me rompí.

El orgasmo me atravesó como una descarga eléctrica,


haciéndome temblar bajo su boca mientras un gemido
ahogado escapaba de mi garganta.

Theo no se apartó.

Bebió cada estremecimiento, cada espasmo, lamiendo


con suavidad hasta que mi cuerpo dejó de temblar. Cuando
por fin subió sobre mí, me miró con una sonrisa satisfecha.

—Te acabas de convertir en mi sabor favorito.

Mi pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares


mientras intentaba recuperarme de lo que acababa de
hacerme. Pero él no me dio tregua.

Se inclinó y me besó.

Lento. Profundo.

Su lengua se deslizó en mi boca, compartiendo el sabor


de mi sexo conmigo, mientras sus manos exploraban mi
cuerpo con la misma intensidad con la que había usado su
boca momentos antes.

El deseo aún latía en mi piel, caliente, impaciente.


Y esta vez, iba a ser yo quien tomara el control.

Me separé de sus labios despacio, dejando que el aire


cargado de tensión se colara entre nosotros. Sin apartar la
mirada de la suya, me giré sobre la alfombra, apoyando las
manos y las rodillas en el suelo, ofreciéndole una vista que
supe que iba a volverlo loco.

—Joder… —murmuró con la voz ronca.

Sonreí con suficiencia y estiré la mano hacia él,


atrapando el borde de su camiseta y tirando de ella con
firmeza. Theo se la quitó en un solo movimiento, dejándome
ver la definición de sus abdominales bajo la luz del fuego.

No me detuve ahí.

Mis dedos fueron directos a su cinturón,


desabrochándolo con calma, disfrutando de cada segundo
en el que su respiración se volvía más pesada. Bajé la
cremallera con deliberada lentitud y deslicé su pantalón por
sus caderas, dejando al descubierto la dureza evidente bajo
sus bóxers.

Theo apretó la mandíbula cuando mis dedos se


deslizaron sobre la tela, rozándolo apenas.

—Lily… —su voz era una advertencia, una súplica.

Pero yo solo sonreí, dejando que mi mano se colara por


el borde de su ropa interior y lo envolviera con mis dedos.

Estaba duro. Caliente.

Y completamente a mi merced.
Lo envolví con mi mano, sintiendo su dureza palpitar
bajo mis dedos.

Theo dejó escapar un gruñido bajo, su respiración


volviéndose más pesada mientras yo lo acariciaba con
lentitud.

—Joder, Lily…

Me encantaba escucharlo así, completamente entregado


al placer, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros fijos
en mí.

Bajé la cabeza y pasé la lengua por mi labio inferior


antes de tirar de sus bóxers, liberándolo por completo.

Estaba grande. Duro. Perfecto.

Mis dedos se cerraron alrededor de él mientras deslizaba


la mano hacia arriba y hacia abajo, marcando un ritmo
lento, provocador.

Theo apoyó una mano en mi pelo, como si intentara


contenerse, pero yo podía sentir la tensión en su cuerpo.

—Me estás jodiendo la cabeza… —murmuró, con la voz


ronca.

Sonreí sin detener mis movimientos, disfrutando de la


manera en que su respiración se entrecortaba con cada
caricia.

Theo soltó un gruñido profundo y cerró los dedos


alrededor de mi muñeca, deteniendo mis movimientos.
—Joder, Lily… —Su voz sonó tensa, cargada de deseo—.
Quiero follarte.

Mi pulso se disparó.

Lo vi sacar un condón del bolsillo de sus vaqueros


tirados en el suelo, rasgar el envoltorio con los dientes y
deslizarlo sobre su longitud con una rapidez desesperada.
Luego se puso detrás y me agarró de las caderas.

—Apóyate bien —susurró, tirando suavemente de mí


para que me acercara más.

Obedecí sin pensarlo.

Y entonces lo sentí.

La punta de su polla rozando mi entrada desde atrás,


provocándome, torturándome con movimientos lentos hasta
que, en un solo empuje, se hundió dentro de mí.

Un gemido desgarrado escapó de mis labios cuando su


dureza me llenó por completo.

—Joder, sí… —murmuró Theo, con los dedos clavándose


en mis caderas.

Se movió al principio con calma, dejando que me


acostumbrara a la sensación, pero pronto el control se
rompió.

Su ritmo se volvió más fuerte, más rápido, su cuerpo


chocaba contra el mío en un vaivén perfecto que me
arrancaba jadeos con cada embestida.
El sonido del fuego crepitando, nuestras respiraciones
entrecortadas, el roce de su piel contra la mía… todo se
volvió borroso.

Solo existía él.

Solo existía la manera en que me tomaba, en que se


hundía más y más dentro de mí, en que cada embestida me
empujaba más al borde.

Pero antes de que pudiera alcanzar el clímax, Theo se


detuvo de golpe.

—Quiero verte —murmuró, con la voz ronca.

En un movimiento ágil, me giró sobre la alfombra y se


colocó entre mis piernas, hundiéndose en mí otra vez con
un gemido ahogado.

Esta vez fue diferente.

Se movió despacio, mirándome a los ojos, con una


intensidad que me dejó sin aire.

No solo estaba follándome.

Me estaba haciendo el amor.

Sus manos se deslizaron por mi cuerpo y sus labios


encontraron los míos en un beso profundo mientras su
cadera seguía marcando un ritmo intenso, desesperado.

Cada embestida me llevaba más y más cerca, hasta que


el placer explotó dentro de mí, arrancándome un grito
ahogado contra su boca.

Theo me siguió segundos después, enterrándose en mí


con un gemido bajo antes de dejar caer su frente contra la
mía.

Ambos respirábamos rápido, con nuestros cuerpos aun


temblando.

No dijo nada.

No hacía falta.

Me besó una última vez, lento, profundo.

Y yo supe que, en ese momento, estaba completamente


jodida.
21
Theo

Salimos de Hudson Valley a primera hora de la mañana.

El viaje de vuelta fue tranquilo. Finn se quedó dormido


en su sillita casi al instante, y Lily pasó la mayor parte del
camino con la mirada perdida en la ventanilla, como si
tuviera la cabeza en otro sitio.

Sabía que estaba pensando en lo que le dije anoche.

En lo que podría significar todo esto.

Y no la culpaba.

Le había soltado una bomba y ahora tenía que


procesarla.

Pero yo ya lo tenía claro.

Joder, nunca había tenido nada tan claro en mi vida.

Lily Dawson y ese enano dormilón que llevábamos en el


asiento trasero me habían dado más en unos días que todo
lo que había tenido antes.

Y no iba a dejarlos escapar.

Cuando llegamos a Manhattan, aparqué frente a mi


edificio y la miré antes de bajarme del coche.
—Tengo que pasar por los juzgados esta mañana. Pero
vuelvo por la tarde y os llevo al laboratorio.

Asintió.

Finn se removió en su sillita, y ella suspiró, como si, de


repente, todo el cansancio del mundo le cayera encima.

—Vale.

No le dije nada más.

Pero cuando me alejé con el coche en marcha, sentí su


mirada siguiéndome.

***

Pasé la mañana en los juzgados, ocupándome de un cliente


que me tuvo de aquí para allá entre reuniones y audiencias.

Pero, por primera vez en mi vida, mi cabeza no estaba


en el trabajo.

Ni en los contratos. Ni en los litigios.

Estaba en ella.

En Lily.

En que anoche, entre susurros y besos, me dijo que sí.


Joder.

Nunca en mi vida me había sentido así.

Ilusionado.

Ni siquiera sabía que podía sentirme así.

Desde el momento en que salí de casa esta mañana, mi


cabeza no había hecho más que repasar lo que pasó
anoche. El fuego, su piel bajo mis manos, su voz temblando
cuando se corrió en mi boca, el momento en que la hice mía
mirándola a los ojos.

Y después, cuando todo terminó, cuando respirábamos


entrecortados en la alfombra, el instante en que la abracé y
ella no se apartó.

No sé en qué momento ocurrió, pero esa mujer se coló


dentro de mis murallas y defensas y ya no había marcha
atrás.

Así que, entre audiencias y reuniones, entre correos y


llamadas, preparé algo para esta noche.

Porque Lily Dawson había dicho que sí.

Y quería que lo supiera. Que supiera que esto no era


solo una locura de cinco días. Que la quería en mi vida. Para
siempre.

Y que pensaba demostrarlo.


***

Por la tarde, pasé a recogerlos para ir al laboratorio.

En cuanto entré en casa, Finn, que gateaba sobre la


alfombra, alzó la vista y me reconoció al instante. Sin
dudarlo, se lanzó a toda prisa hacia mí, abrazando la
pernera de mi pantalón con sus manitas pequeñas.

Sonreí, agachándome para cogerlo en brazos.

—¿Me has echado de menos, enano?

Le besé la mejilla regordeta, y su risa burbujeante llenó


la habitación, calentándome el pecho de una forma que no
esperaba.

—Yo también —murmuré, sosteniéndolo con más fuerza


de la necesaria, como si, por un segundo, ya no importara
nada más.

Lily estaba en el sofá, con el móvil en la mano y la


expresión concentrada.

Levantó la vista cuando me vio.

—¿Nos vamos? —preguntó, incorporándose.

—Sí. Addie nos está esperando para tomar las muestras.

Asintió sin discutir, pero noté cómo se pasaba las manos


por los vaqueros, en un gesto nervioso que intentaba
disimular. Sabía que esa prueba significaba tanto para ella
como para mí.
Con Finn en brazos, y después de acomodarlo en su
sillita del coche, salimos hacia el laboratorio.

Cuando llegamos, Addie ya estaba en la recepción,


revisando algo en una tablet. Alzó la vista al vernos y sonrió.

—Qué puntuales —comentó, bajando la mirada hacia


Finn—. Y este debe ser el protagonista de todo esto.

Finn la observó con curiosidad antes de soltar una


carcajada y estirar la mano hacia ella.

—Ya le caes bien —bromeé, ajustando mejor su gorrito.

Addie rodó los ojos.

—Es un encanto, no como su posible padre.

Antes de que pudiera protestar por su ofensa, otra voz


se unió a la conversación.

—¿Ya estás insultando a Theo? Pensé que ibas a esperar


al menos diez minutos.

Volteé y vi a Owen acercarse con las manos en los


bolsillos y una sonrisa ladeada en la cara.

Lily me miró con el ceño fruncido.

—¿Y él es…?

—Mi hermano —respondí, girando la cabeza hacia él—.


¿Qué haces aquí? No era necesario que también vinieras.
Owen ignoró mi comentario y, con su típica confianza
despreocupada, le tendió la mano a Lily.

—Y tú debes ser Lily. Bienvenida a la familia.

Lily entrecerró los ojos y cruzó los brazos.

—Aún no tenemos los resultados.

Owen solo sonrió más.

—Detalles. Yo ya me hice a la idea.

Lily resopló, pero vi el destello de diversión en su


mirada.

—Qué eficientes sois en esta familia, ¿no? Ni siquiera


sabemos si Finn es suyo y ya me estáis asignando un
puesto.

Rodé los ojos.

—¿Vamos a seguir con esto o dejamos que Addie haga


su trabajo?

—Gracias —intervino ella, tomando la palabra por fin—.


Si a los dos os parece bien, os explico cómo va a ser el
procedimiento.

Lily asintió, volviendo a centrarse.

—Adelante.
Addie nos indicó que tomáramos asiento en una sala
pequeña dentro del laboratorio. Sacó un par de bastoncillos
largos envueltos en plástico y los colocó sobre la mesa.

—Es bastante sencillo. Vamos a tomar una muestra de


células de la mucosa bucal de Finn y de Theo. Solo
necesitamos frotar estos hisopos por el interior de la mejilla
durante unos segundos.

—¿Y cuánto tardan los resultados? —preguntó Lily.

—Unas horas. Intentaremos que sea lo antes posible —


respondió Addie—. A lo mejor mañana por la noche ya los
tenemos. Te los enviaré al correo en cuánto me los hagan
llegar.

Lily soltó un leve suspiro y miró a Finn, que jugueteaba


con los cordones de su sudadera, ajeno a todo lo que estaba
pasando.

Sentí la tensión en sus hombros y, sin pensarlo, posé


una mano en su rodilla, apretándola suavemente en un
intento de calmarla.

Notaba cómo aquello la ponía nerviosa.

Yo, en cambio, me sentía bien. Tranquilo.

—Sea cual sea el resultado, todo va a estar bien —


murmuré.

Y de verdad lo creía.

Un papel de mierda no podría cambiar lo que ya


empezaba a sentir por ese bebé de mejillas regordetas y
risa fácil.

***

Cuando terminamos con las muestras, nos despedimos de


Addie y Owen y salimos del laboratorio. Lily parecía ansiosa
por marcharse, y no la culpaba.

Ya en el coche, ajusté el retrovisor y giré la cabeza hacia


ella.

—¿Te apetece ir a casa de Alex y Emma? Nos han


invitado a cenar. Estarán todos allí.

Lily me miró con curiosidad.

—¿Todos? ¿Y quieren que vaya? ¿No seré una intrusa?

Me reí.

—¿Una intrusa? Emma me ha hecho prometer que te


llevaría. Se lo pasó muy bien contigo el otro día.

Lily sonrió levemente, pero noté que aún estaba algo


tensa.

—Me cae bien. De hecho, todas lo hicieron. Charlotte,


Avery, Emma… son geniales. Tus amigos saben elegir bien.

—Sí, bueno, y tú también les caes bien y ya han decidido


que eres parte del grupo. Así que más te vale
acostumbrarte.
Ella bufó, rodando los ojos.

—Vosotros vais demasiado rápido con lo de ser parte de


algo.

Sonreí con suficiencia y arranqué el coche.

—Solo cuando sabemos que alguien merece la pena.

Lily se quedó en silencio un instante, mirando por la


ventanilla.

Y aunque no dijo nada, supe que estaba procesando mis


palabras.

Luego, sin apartar la vista del cristal, dijo con un tono


casual:

—Por cierto, he notado algo entre esos dos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué dos?

—Entre Addie y tu hermano.

Solté una risa breve.

—¿Tú crees?

—Por supuesto. No paran de picarse, pero se nota que


hay algo ahí.

Negué con la cabeza, aún con la sonrisa en los labios.


—Siempre han sido así y nunca han cruzado la línea de
solo amigos.

Lily alzó una ceja, claramente escéptica.

—¿Seguro? Yo después de verlos no lo tengo tan claro.

Me encogí de hombros.

—Si hay algo más, no me lo han dicho.

Lily chasqueó la lengua y volvió a mirar por la ventana.

—Pues ya lo harán. Tiempo al tiempo.

Me reí y sacudí la cabeza.

—¿Siempre eres así de intuitiva?

—Siempre.

Sonreí de lado.

—Bien, entonces dime… ¿qué es lo que has notado entre


nosotros?

Lily puso los ojos en blanco.

—Que eres un capullo.

—Sí, pero un capullo al que le has dicho que sí.

Ella suspiró, pero la sonrisa que intentaba ocultar la


delató.
Y yo supe que, poco a poco, empezaba a abrirse a mí.
22
Lily

La velada en casa de Alex y Emma fue divertida.

Más de lo que esperaba.

La casa era amplia y acogedora, con un gran ventanal


que daba al jardín trasero, donde un pequeño porche
iluminado con guirnaldas de luces le daba un aire cálido y
familiar a la noche.

La cena transcurrió entre risas, anécdotas y un caos


constante con los bebés. Finn, Oliver y Rachel parecían
entenderse a la perfección, aunque aún fueran demasiado
pequeños para jugar juntos de verdad. Se reían, se pasaban
juguetes entre balbuceos y, en algún momento, Finn
terminó tirándole del pelo a Oliver mientras Rachel babeaba
uno de sus peluches sin que él se diera cuenta.

Ver a Finn socializar con otros niños me removió algo en


el pecho.

No estaba acostumbrada a este tipo de cosas. A un


grupo de personas que te acogen como si siempre hubieras
pertenecido allí.

A mitad de la noche, acabé en el porche trasero con


Emma, Charlotte y Avery, cada una con una copa de vino en
la mano (menos Charlotte, que no podía por la lactancia),
mientras los hombres se encargaban de recoger la mesa y
fregar los platos. Entre tanto, los bebés quedaban bajo su
supervisión, lo que nos permitía disfrutar de un raro
momento de tranquilidad.

—Me gusta este sistema —comenté, apoyando los codos


en la barandilla del porche mientras observaba a través del
ventanal cómo Theo intentaba calmar a Finn y Alex recogía
a Oliver del suelo.

Emma soltó una risa.

—Lo instauramos hace tiempo. Después de cocinar, es


su turno de trabajar.

Charlotte sonrió con suficiencia.

—Y si protestan, nosotras fingimos que no oímos nada.

Avery, que estaba sentada con las piernas cruzadas en


una de las sillas, alzó su copa.

—Brindo por eso.

Las cuatro chocamos nuestras copas.

—Por cierto, ya hemos visto que ha sucedido justo lo que


vaticinamos —dijo Emma con una sonrisa traviesa.

—Theo ha caído de rodillas —añadió Charlotte.

—Y tú con él —remató Avery, alzando una ceja.

Abrí la boca para protestar, pero en ese momento, mi


mirada se desvió hacia el interior de la casa.
Ahí estaba Theo.

De pie en la cocina, con Finn apoyado en su pecho,


dándole suaves palmaditas en la espalda mientras hablaba
con Alex, James y Nate. Pero lo que me dejó sin aire fue la
forma en que me miraba.

Como si yo fuera lo único que existía en esa velada.

Como si no hubiera nada más importante.

Joder…

Vaya si había caído.

—¿Sabéis lo gracioso? —intervino Avery, riéndose


mientras daba un sorbo a su copa—. Que hace una semana,
Theo llamó a James completamente desesperado porque,
según él, había sido alcanzado por la maldición de los
bebés.

Fruncí el ceño.

—¿La maldición de qué?

Las tres se rieron.

—En los últimos dos años, los hombres de este grupo


han pasado de ser unos mujeriegos empedernidos a estar
comprometidos, casados o teniendo bebés —explicó Emma,
divertida—. Y Theo siempre se reía, decía que a él nunca le
pasaría.
—Pero se equivocó —dijo Charlotte, sonriendo con
suficiencia.

Emma apoyó el codo en la barandilla del porche y me


miró con una sonrisa más suave.

—Y me alegro de que hayas sido tú.

Fruncí el ceño, sorprendida.

—¿Por qué?

Avery giró un poco en su silla, mirándome con interés.

—Porque encajas. Conectas con él, pero también


nosotros. Hay feeling. Como si siempre hubieras estado
aquí.

Charlotte asintió, con una media sonrisa.

—Y porque, siendo sinceras, nos preocupaba un poco


qué tipo de chica podría ser capaz de enderezar a ese
cabezota de Theo Reynolds.

Emma dejó su copa sobre la mesa y suspiró.

—Ahora lo sabemos.

Las tres me miraban con esa mezcla de cariño y certeza


que me hizo removerme en el sitio.

Por algún motivo, escuchar eso de ellas hizo que algo en


mi interior se aflojara un poco.
Como si encajar en todo esto fuera más fácil de lo que
pensaba.

Mis ojos se encontraron con los de Theo una vez más.

Sostenía a Finn, moviéndose de un lado a otro con


calma.

Y en ese momento, lo supe.

Tal vez podíamos ser una familia.

***

Cuando llegamos a casa, Finn dormía profundamente en


brazos de Theo.

Me quité la chaqueta y la dejé en el perchero mientras él


caminaba con el bebé en dirección a la habitación de
invitados. Lo seguí, todavía con el cuerpo relajado después
de la velada en casa de Alex y Emma.

Pero en cuanto crucé la puerta, me quedé en shock.

La habitación no era la misma.

El espacio, que antes tenía una simple cama y muebles


estándar, ahora estaba completamente transformado. Había
una cuna preciosa en un tono madera natural, a juego con
una cómoda y una mecedora. Las paredes tenían un tono
suave, y una alfombra mullida cubría el suelo. Todo estaba
coordinado y perfectamente colocado, como si siempre
hubiera sido así.

Parpadeé, intentando procesarlo.

Theo, con toda la calma del mundo, se acercó a la cuna


y acostó a Finn con delicadeza. El pequeño suspiró en
sueños y se acomodó sin despertarse.

Theo me tomó de la mano y me sacó fuera de la


habitación, cerrando la puerta con suavidad.

—¿Qué es esto? —pregunté, mirándolo con los ojos muy


abiertos.

—He contratado los servicios de una interiorista para


que cambiara los muebles.

—Debe haber sido súper rápido, apenas hemos estado


fuera unas horas.

Él sonrió con orgullo.

—Era un encargo prioritario.

Miré de nuevo la puerta cerrada y tragué saliva.

—Es precioso. Pero… solo hay una cuna. ¿Y mi


habitación?

Theo no respondió.

Simplemente tomó mi mano y me llevó al otro extremo


del pasillo, hasta su dormitorio.
Era grande, elegante, con su cama enorme y
perfectamente hecha, el suelo de madera oscura y la luz
tenue de las lámparas dando un ambiente cálido. Era
claramente su espacio.

Solo que ahora, también era mío.

Me giré hacia él, aún sin soltar su mano.

—Theo…

—No creí que necesitaras una habitación para ti sola —


dijo con tranquilidad.

Mi pecho se encogió.

Porque no hablaba solo de espacio.

Hablaba de nosotros.

—Quería que esto fuera también tu hogar —continuó—.


Que no sintieras que estás aquí de paso.

Mi garganta se cerró, pero antes de que pudiera


responder, él tiró suavemente de mi mano y me llevó hacia
una puerta lateral.

—Ven, aún hay más.

Abrí los ojos cuando la cruzamos y me encontré en una


habitación enorme con estanterías, cajones de madera
oscura y filas de trajes perfectamente organizados.

—¿Esto es…?
—Mi vestidor —asintió, con una media sonrisa—. O
nuestro vestidor. Le pedí a la diseñadora que vaciara la
mitad para ti.

Miré a un lado y vi el espacio vacío, con perchas nuevas


y cajones esperando a ser llenados con mis cosas.

Mi corazón latía demasiado rápido.

—También te compré un tocador —añadió, señalando


una esquina con una mesa de madera clara y un espejo
iluminado—. No sabía si te gustaría, pero…

No lo dejé terminar.

Me giré, lo miré a los ojos y, sin pensarlo, me lancé a sus


brazos.

—Theo…

—Quería demostrarte que hablaba en serio, Lily. Quiero


que te quedes. Quiero que este sea tu hogar.

Mis ojos se llenaron de lágrimas antes de poder evitarlo.

Joder.

Era demasiado.

—Espera, hay más.

—¿Más? —dije claramente sorprendida.


Tomó mi mano otra vez y me llevó a otra habitación más
pequeña.

Su despacho.

Solo que ahora no parecía solo su despacho.

En un rincón, junto a la estantería, había un segundo


escritorio que antes no estaba ahí. Sobre la superficie,
perfectamente alineados, estaban todos los materiales que
necesitaba: una máquina de tatuar profesional, tintas,
agujas, guantes, papel de calco, piel sintética para
practicar… Todo.

Y al lado, un montón de folletos de escuelas de tatuaje


en Nueva York.

Parpadeé, sin saber qué decir.

—¿Has hecho esto en una tarde? —susurré, emocionada.

Theo se acercó y levantó mi barbilla con los dedos para


que lo mirara.

—Imagina lo que puedo hacer con el resto de tu vida.

Mi pecho se contrajo. Joder, ¿cómo hacía para decir


cosas así y dejarme sin respiración?

No lo pensé.

Me puse de puntillas y lo besé.


Un beso profundo, intenso, lleno de todo lo que no sabía
cómo decirle con palabras.

Theo gruñó contra mi boca y me rodeó la cintura,


pegándome más a su cuerpo.

Cuando nos separamos, nuestra respiración estaba


entrecortada.

—Llévame a nuestro dormitorio —susurré, contra sus


labios—. Necesito quitarte la ropa y demostrarte lo mucho
que me gustas.

La sonrisa que apareció en su cara fue puro peligro.

—Tus deseos son órdenes.

Me tomó en brazos y me llevó directo a la habitación.


23
Theo

El día había sido largo. Demasiado largo.

Tenía un montón de casos pendientes, reuniones


interminables y un contrato que se estaba complicando más
de la cuenta. Pero el trabajo no era lo prioritario.

Todo el día, cada jodida hora, lo único que quería era


terminar y volver a casa.

A mi casa.

Donde me esperaban Lily y Finn.

Nunca había sentido algo así antes. Esa necesidad de


regresar, de saber que alguien estaba ahí, de entrar por la
puerta y no encontrarme solo.

Estaba deseando ver a Lily, deslizar los dedos por su


pelo cuando me sentara a su lado en el sofá. Tal vez
besarla. Tal vez más.

Pero entonces, cuando estaba a punto de salir de la


oficina, mi móvil vibró.

ADDIE
Te envié los resultados por correo.

Me quedé mirándolo un segundo, sintiendo cómo el peso


de ese mensaje caía sobre mis hombros.

El momento de la verdad había llegado. Pero no los


abriría aquí.

Respiré hondo, bloqueé el móvil y salí de la oficina.

Esperaría a estar con Lily y lo veríamos juntos.

***

Cuando llegué a casa, el apartamento estaba en calma.


Dejé las llaves sobre la mesa y me dirigí directamente al
salón, donde Lily estaba sentada en el sofá con las piernas
cruzadas y el portátil sobre su regazo.

Levantó la vista en cuanto me vio.

—Hola.

Su voz sonó tranquila, pero noté la tensión en sus


hombros.

—Hola —respondí, acercándome.

Me incliné y le di un beso rápido en la cabeza antes de


sentarme a su lado. Ella cerró el portátil con un suspiro y
dejó que su mano descansara sobre la tapa, como si
necesitara apoyo en algo tangible.

—¿Y Finn?

—Dormido —murmuró.

Asentí, pasándome una mano por la nuca.

—Tengo los resultados.

Lily se quedó inmóvil.

—¿Ya?

Saqué el móvil y lo desbloqueé con calma. Un archivo


adjunto. Un clic. Y, de repente, ahí estaba.

Los dos nos inclinamos sobre la pantalla al mismo


tiempo.

Un segundo.

Dos.

Y entonces lo vimos.

Resultado: NEGATIVO.

No era el padre.

Me quedé quieto, leyendo las palabras una y otra vez,


como si fueran a cambiar si las miraba el tiempo suficiente.
Lily tampoco se movió. Su respiración fue volviéndose
más irregular hasta que, finalmente, dejó escapar un
susurro apenas audible.

—Mierda.

Pude ver cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

Decepción.

Joder.

Yo también estaba un poco decepcionado.

No porque eso cambiara algo. Sino porque, en lo más


profundo, deseaba que Finn fuera mío. Porque ya lo quería.
Ya lo sentía mío.

Lily apartó la mirada, con la respiración inestable.

—Eh, cariño —murmuré, tomando su mano—. Esto no


cambia nada. Te lo dije, que no lo cambiaría.

Ella soltó una risa ahogada, sacudiendo la cabeza.

—Pero no eres el padre, Theo. Vine hasta aquí, llamé a


tu puerta, te metí en todo esto… Y ni siquiera eras el padre.
Te he puesto la vida del revés sin motivo.

Apreté su mano con más fuerza.

—Me has puesto la vida del revés con el mejor motivo


del mundo, Lily.
Ella alzó la mirada, con los ojos enrojecidos, y negó con
la cabeza.

—Jules me mintió. Siempre me ha mentido.

Las lágrimas siguieron cayendo, rodando por sus mejillas


sin que intentara detenerlas.

Mi pecho se encogió.

Odiaba verla así.

Odiaba no poder hacer nada en este momento para


arreglarlo.

Lily se pasó las manos por la cara, respiró hondo y luego


susurró:

—Necesito descansar.

No insistí.

Solo asentí, aunque por dentro todo en mí gritaba por


abrazarla, por decirle que Finn era mío, aunque un papel
dijera lo contrario.

Pero no era el momento.

Mañana hablaríamos con calma.

Lo que no imaginé es que no habría un mañana.


24
Lily

Aquella noche no pude dormir.

Me pasé horas tumbada en la cama, mirando al techo,


sintiendo cómo cada pensamiento me consumía desde
dentro.

Jules me había engañado. Otra vez.

Lo había hecho con la universidad, con las mentiras que


contaba a todo el mundo, con la forma en que manipulaba
las cosas para que siempre giraran a su favor. Desde que
éramos niñas, ella se encargaba de mover los hilos, de
hacer que todo el mundo orbitara a su alrededor. Y yo
siempre había estado en su sombra.

Y ahora…

Ahora me había hecho creer que Finn era hijo de Theo.

Si lo hubiera sabido desde el principio, jamás habría ido


a buscarlo. Nunca habría llamado a su puerta ni le habría
pedido que se hiciera cargo de algo que no le correspondía.

No podía hacerle esto.

No podía hacer que criara a un hijo que no era suyo.


Respiré hondo y me giré sobre la cama. Theo dormía a
mi lado, con la respiración tranquila y el rostro relajado, sin
saber que, cuando despertara, todo cambiaría.

Era tan atractivo… Incluso en su sueño, parecía el


hombre más seguro del mundo. Nunca pensé que alguien
como él podría enamorarme de esta manera. Nunca creí
que, después de tantos años de sentirme sola, podría
encontrar a alguien que me hiciera sentir querida.

Él lo había hecho.

Él, sus amigos, todos ellos me habían dado la sensación


de volver a tener una familia.

Pero no era real.

Yo no pertenecía aquí.

Tendría que aprender a vivir de nuevo en la soledad. Por


mí. Por Finn. Por Theo.

Me incorporé con cuidado y me quedé unos segundos


más mirándolo, memorizando cada rasgo, cada detalle.

Después, me levanté.

Entré en la habitación de Finn y me incliné sobre su


cuna. Su respiración era suave y rítmica, sus mejillas
sonrosadas y relajadas. Lo desperté con delicadeza y él
abrió los ojos despacio antes de soltar un pequeño quejido
somnoliento.

—Shhh… Está bien, pequeñín —susurré, acariciándole la


cabeza.
Cogí la mochila de porteo y lo aseguré contra mi pecho.

En el salón, tomé papel y bolígrafo con manos


temblorosas.

Las palabras no salían.

¿Cómo despedirme de alguien que lo había significado


todo en tan poco tiempo?

Respiré hondo y escribí lo único que pude.

Gracias, Theo. Por todo. Pero tienes que vivir tu vida sin
estar ligado a esto.

Dejé la nota sobre la mesa, junto a sus llaves, y sin mirar


atrás, abrí la puerta y me marché.
25
Theo

Me desperté con la sensación de que hoy iba a ser un buen


día.

El sol entraba suavemente por la ventana, la casa


estaba en completo silencio y me sentía en paz.

Me giré en la cama, buscando a Lily, pero el lado donde


había dormido estaba vacío.

Fruncí el ceño, pero no me alarmé. Tal vez Finn se había


despertado antes y ella había ido a atenderlo. Me estiré,
dejando que el sueño abandonara mi cuerpo poco a poco,
antes de levantarme y dirigirme al salón.

Pero en cuanto llegué, todo mi mundo se desmoronó.

Sobre la mesa, junto a mis llaves, había una nota.

Mi pulso se aceleró al instante.

No.

No, no, no.

La cogí con manos temblorosas y la leí.


Gracias, Theo. Por todo. Pero tienes que vivir tu vida sin
estar ligado a esto.

No respiré.

No parpadeé.

Solo me quedé allí, con la vista fija en esas jodidas


palabras, sintiendo cómo mi pecho se contraía hasta
hacerme daño.

¿Se ha ido? ¿Lily se ha ido?

El aire se volvió pesado a mi alrededor. Mi mente se


negaba a procesarlo.

Me dijo que sí. Lily me dijo que aceptaba quedarse.

Me hizo creer que esto era real.

Y ahora… ahora simplemente se había ido.

***

Ese mediodía, en lugar de esperar a la noche como


hacíamos siempre, convoqué a mis amigos en el club VIP
donde solíamos reunirnos.

No podía esperar.
No después de haber despertado con una puta nota en
lugar de Lily.

Cuando llegué, Alex, James y Nate ya estaban allí,


sentados en la mesa privada con copas frente a ellos. Me
dejaron un vaso de whisky sin preguntar y, en cuanto me
dejé caer en la silla, Alex me estudió con atención.

—Joder, tío, pareces hecho mierda.

—Porque estoy hecho mierda.

Nate apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó un poco


hacia adelante.

—Cuéntalo todo.

Exhalé un suspiro y pasé una mano por mi cara,


intentando organizar el caos en mi cabeza.

—Me desperté esta mañana y ella no estaba en la cama.


Al principio pensé que Finn se había despertado temprano y
que lo estaba atendiendo, pero cuando fui al salón… vi la
nota.

Saqué el móvil del bolsillo y lo puse sobre la mesa.

—Gracias, Theo. Por todo. Pero tienes que vivir tu vida


sin estar ligado a esto —leí la foto que había hecho en voz
alta.

Nadie habló durante un instante.

James fue el primero en romper el silencio.


—Joder.

—¿Eso es todo lo que te ha dicho? —preguntó Alex,


frunciendo el ceño.

Asentí.

—Sí. Y se largó antes de que pudiera evitarlo.

James negó con la cabeza, soltando un bufido.

—Pero, ¿tienes alguna idea de por qué?

Asentí, sintiendo la frustración arderme en el pecho.

—Ayer nos llegaron los resultados de la prueba. Salieron


negativos. Pero le dije que no me importaba, joder. Que Finn
era mío, que un puto papel no cambiaba nada. Se lo dije
con todas las letras, sin rodeos. La vi afectada, claro que sí,
pero no discutió, no se puso a la defensiva. Solo se quedó
callada, como si estuviera procesándolo todo. Pensé que
necesitaba tiempo para asimilarlo y que podríamos hablarlo
con más calma hoy. Pero en lugar de quedarse y enfrentar la
conversación, hizo las maletas y desapareció antes de que
pudiera detenerla.

Me pasé una mano por la cara, sintiendo la tensión en


mi mandíbula.

—¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera se despidió de


verdad. Solo dejó una jodida nota. Ni una conversación, ni
una oportunidad para decirle que se estaba equivocando.
Nada.
James dejó escapar un suspiro y cruzó los brazos sobre
la mesa, mientras Alex chasqueaba la lengua y removía el
hielo en su vaso con el ceño fruncido.

Nate fue el primero en hablar.

—A ver, yo la entiendo. Vio el resultado negativo y creyó


que te estaba empujando a responsabilizarte de un bebé
que no es tuyo. Es normal que se sintiera confundida.

—¿Después de todo lo que pasamos esta semana? —


solté, sintiendo la rabia subir por mi garganta—. Me
prometió que aceptaba quedarse conmigo. Joder, Nate, no
fue solo una noche, no fue solo una jodida aventura, hicimos
planes. Hablamos de su futuro, de Finn, de lo que quería
para su vida. Parecía que estaba lista para permitirse algo
más… y ahora simplemente desaparece.

Pasé una mano por mi cara y solté un suspiro áspero,


intentando contener la frustración que me carcomía por
dentro.

—No entiendo cómo pudo hacerlo.

Nate me miró con expresión grave.

—Tal vez necesite que le recuerdes que aún quieres que


se quede.

Abrí la boca, pero no dije nada.

Había preparado una habitación para Finn. Había


vaciado mi vestidor para ella. Había creado un espacio para
que pudiera cumplir su sueño.
¿Eso no era suficiente para que ella entendiera que la
quería en mi vida a cualquier precio?

Alex apoyó la copa sobre la mesa y me miró con


seriedad.

—Tío, tienes que ir a por ella. Cuando hubo aquel


malentendido con Emma, no me quedé de brazos cruzados.
Fui a arreglar las cosas.

—Yo igual —añadió James—. Cuando pasó lo de Avery, la


cagué, pero lo solucioné.

Apreté la mandíbula.

—Pero Lily es tozuda. Y no sé si lograré convencerla de


que realmente me da igual lo que diga ese puto test. Que
quiero a ese crío y la quiero a ella.

Nate se cruzó de brazos y me sostuvo la mirada con


seriedad.

—Pues busca la manera de hacérselo entender.

James asintió y apoyó una mano en mi hombro.

—Tío, todos hemos visto cómo la miras.

Alex dio un sorbo a su copa antes de soltar:

—Sabemos que la has encontrado. Que es ella.

Nate sonrió de lado.


—Así que consigue traerla de vuelta. Y a ese renacuajo
también.

Apreté la mandíbula, sintiendo el peso de sus palabras


en el pecho.

Porque joder…

Tenían razón. Eugene, ahí que iba.


26
Lily

Finn no había dejado de llorar en todo el día.

Ni en el vuelo.

Ni al llegar a casa.

Ni ahora, mientras intentaba calmarlo, meciéndolo


suavemente en mis brazos.

Sus sollozos eran entrecortados, su pequeño cuerpo


temblaba contra el mío, y cada vez que intentaba acunarlo,
su llanto se volvía más desesperado.

Se había negado a comer su papilla y apenas había


probado el biberón. Ni siquiera sus juguetes favoritos
parecían distraerlo.

Porque Finn lo estaba echando de menos.

Estaba echando de menos a Theo.

Ese enano se había acostumbrado demasiado rápido a


su voz grave, a sus brazos fuertes sosteniéndolo con
seguridad, a la forma en que lo hacía reír con cualquier
tontería. Y ahora, sin él, Finn no entendía qué estaba
pasando.
—Lo sé, pequeñín —susurré, apoyando mi frente contra
la suya—. Yo también lo echo de menos, pero tenemos que
dejarlo ir y volver a nuestra vida.

Le toqué la nariz con suavidad y, por un segundo,


pareció calmarse, mirándome con esos ojitos enrojecidos y
húmedos que me rompían el alma.

Pero después, su boca tembló y volvió a sollozar,


escondiendo la cara contra mi cuello.

Apreté los labios, sintiendo un nudo en la garganta.

Una semana había sido suficientes para que se


estableciera entre nosotros un vínculo demasiado fuerte.
Demasiado intenso.

¿Y ahora cómo se suponía que debía olvidarlo?

Cuando por fin se quedó dormido, lo acosté con


delicadeza en la cuna y me alejé despacio, sintiéndome
completamente rendida.

Fui al salón y me dejé caer en el sofá con la cabeza


entre las manos.

Todo esto era tan jodidamente injusto.

Entonces, al levantar la cabeza, mi mirada se clavó en el


mueble del comedor.

Y ahí estaba.
Una foto de Jules. Sonriendo, con esa expresión segura y
deslumbrante que siempre había tenido, como si el mundo
entero estuviera a sus pies.

Algo dentro de mí se rompió.

Me levanté de golpe, crucé la habitación y cogí el marco


con manos temblorosas.

La rabia subió por mi garganta como una ola imparable.

—¿Por qué nos hiciste esto? —le grité a la imagen,


sintiendo cómo la ira y el dolor se mezclaban en mi pecho—.
¿Por qué, Jules?

Mis dedos apretaron el borde del marco, pero no lo solté.

—Me mentiste —susurré, con la voz rota—. Siempre lo


tuviste todo, siempre te llevaste todo… Y aun así, ¿también
me mentiste en esto?

Las lágrimas cayeron sin que pudiera evitarlo.

Porque ya no era solo por Finn.

Era por todo.

Por todos los años viviendo en su sombra.

Por todo lo que nunca supe de ella.

Con esa misma rabia me dirigí a su habitación.

Esa que le cedí cuando regresó.


La más grande, porque claro, Jules necesitaba más
espacio.

Como cuando éramos niñas y le daba todo lo que quería,


incluso si yo también lo deseaba. Como cuando le dejaba
escoger primero, cuando me convencía de que era lo
correcto, cuando su voz dulce lo hacía sonar lógico, aunque
en el fondo no lo fuera.

Pero ya no.

Iba a recuperar la habitación.

Estaba enfadada. Rota.

Empecé a mover cosas sin cuidado, abriendo cajones y


apartando muebles con brusquedad. Entonces, una caja
cayó de la parte superior del armario, golpeando el suelo
con un sonido seco.

Papeles salieron esparcidos a su alrededor.

Suspiré, maldiciendo entre dientes, y me agaché para


recogerlos.

Y entonces lo vi.

Un sobre.

Mi nombre escrito en la parte delantera con su caligrafía


perfecta.

«Para mi querida Lily, si me llega a pasar algo.»


Mi respiración se detuvo.

Lo abrí con dedos temblorosos y desdoblé la hoja con


cuidado, como si fuera a deshacerse en mis manos.

Lily, no sé si algún día leerás esto. Ni siquiera sé por qué


lo estoy escribiendo, pero tengo una sensación extraña.
Algo en mi cuerpo no está bien, aunque todavía no sepa
qué es. Llámalo intuición.

Si estás leyendo esto, supongo que mi intuición tenía


razón.

Siempre hemos tenido nuestras diferencias. Siempre


fuiste más fuerte, más valiente, más auténtica de lo que
yo nunca fui. Y sí, también más terca. Sé que
probablemente estarás enfadada conmigo, y sé que
tengo mil cosas que debería haber hecho mejor. Pero si
hay algo que quiero que sepas, es que tú eres la mejor
de las dos, aunque siempre te haya hecho creer lo
contrario.

Te envidié, Lily.

Siempre tuve miedo de no ser suficiente. Así que hice lo


que mejor sabía hacer: manipular las cosas a mi favor,
asegurarme de que nunca me quedara atrás. Me protegí
de un mundo que me aterraba, y en el proceso, te hice
daño. Lo siento. Sé que hice muchas cosas mal, como
cuando me dijiste que te gustaba un chico y decidí
conquistarlo y convertirlo en mi novio para demostrarme
que era mejor. O cuando rompí uno de los jarrones
artesanales preferidos de mamá y le hice creer que eras
tú para ahorrarme un castigo.
Siempre fui buena cubriendo mis huellas, siempre supe
cómo girar las cosas a mi favor. Pero ahora, al mirar
atrás, me doy cuenta de que lo único que conseguí fue
herirte. Y me odio por ello, Lily, porque te quiero.

Sé que todo esto no justifica nada, pero necesitaba


contártelo.

Y ahora quiero que sepas la verdad sobre Finn.

No fue un accidente, Lily. No fue un descuido. Finn fue


concebido por fecundación in vitro. No hubo un padre.
Simplemente sentí el deseo de ser madre.

Por eso volví a casa. No porque las cosas fueran mal, no


porque quisiera escapar de nadie, sino porque quería
empezar de nuevo con él.

Quería darle un hogar, un sitio donde sus raíces fueran


reales.

Lily, si cuando leas esto yo ya no estoy aquí, quiero


pedirte algo. Un último favor.

No dejes que mi sombra te persiga más.

Haz lo que tú quieras hacer. Sé feliz, a tu manera.

Porque, aunque nunca supe demostrártelo, siempre


fuiste lo mejor de mí.

Y cuida de Finn, por favor. Sé que serás mejor mamá


para él de lo que yo jamás podría haber sido. Él merece
alguien que lo ame sin miedo, que no huya cuando las
cosas se ponen difíciles. Y tú, Lily… tú siempre has sido
capaz de darlo todo por los que amas.

Ojalá hubiera aprendido eso de ti antes.

Te quiero.

Jules.

El papel tembló entre mis manos. La tinta bailaba ante


mis ojos, desenfocada por las lágrimas que se acumulaban
sin que pudiera detenerlas.

Me dejé caer sobre la cama, sintiendo cómo el peso de


cada palabra se hundía en mi pecho. Incapaz de procesarlo.
Incapaz de ignorarlo.

Jules me había mentido, sí. Me había manipulado, me


había hecho vivir a su sombra durante años. Siempre sentí
que no importaba cuánto me esforzara, ella siempre estaría
un paso adelante, siempre sería la que brillaba mientras yo
intentaba encajar en los huecos que dejaba.

Pero ahora, entre las líneas de aquella carta, veía su


verdad.

No era la historia que yo había construido en mi cabeza.


No era solo egoísmo o competencia. Era miedo. Era
desesperación. Era alguien que, en su intento de no sentirse
pequeña, me hizo pequeña a mí.

Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, y no supe si


eran de rabia, de tristeza o de alivio.
Porque aunque dolía, también era liberador.

Por primera vez, Jules no era un muro contra el que


chocar, sino una persona rota que, quizás, siempre había
estado intentando sostenerse en sus propias mentiras.
27
Lily

Tres días.

Tres jodidos días desde que me fui de casa de Theo.

Y Finn seguía en huelga de hambre.

Había probado dos cucharadas de papilla en todo el día


y bebido apenas unos sorbos de su biberón. No importaba
cuánto intentara distraerlo, cuánto le hablara con dulzura o
cuánto le suplicara en voz baja que comiera. Él simplemente
fruncía el ceño, giraba la cabeza y empezaba a lloriquear.

Síndrome de abstinencia.

De Theo.

Suspiré, tratando de no perder la paciencia mientras


servía un café a un cliente con Finn sentado en su maquita a
mi lado, luciendo la cara de enfurruñamiento más grande
que le había visto nunca.

—¿Y a ti qué te pasa, pequeñajo? —preguntó una de mis


clientas habituales, inclinándose hacia él con una sonrisa.

Mala idea.

Antes de que pudiera detenerlo, Finn estiró la mano y le


agarró un mechón de pelo con su pequeña pero
sorprendentemente fuerte manita.

—¡Ay! —exclamó la mujer, soltando una carcajada


mientras intentaba zafarse.

—Lo siento —me apresuré a decir, liberándola con


cuidado—. Está un poco… irritable.

Por no decir completamente insoportable.

La mujer se frotó la cabeza, aun sonriendo.

—Déjame adivinar. ¿Ha perdido a su persona favorita?

Abrí la boca para negarlo, pero Finn me ganó de la


mano.

Su carita se arrugó de repente y, sin previo aviso,


rompió a llorar.

Otra vez.

Cerré los ojos un segundo, sintiéndome al borde del


colapso.

Sí. Definitivamente, la había perdido.

Y yo también.

Y si seguía así probablemente perdería la cordura, la


paciencia y las ganas de vivir.

Al menos faltaba poco para cerrar.


Suspiré y traté de calmar a Finn, meciéndolo
suavemente en su maquita mientras servía los últimos
pedidos de la tarde. Pero no había manera. Estaba gruñón,
llorón y, por si fuera poco, cada vez que alguien se acercaba
demasiado, intentaba tirarle del pelo.

Menudo carácter.

O, más bien, menuda obsesión con Theo.

Porque estaba claro que esto no era solo un mal humor


pasajero.

Finn echaba de menos sus brazos, su voz grave


diciéndole tonterías, la forma en que lo cogía en volandas y
lo hacía reír sin esfuerzo.

Ya estaba preparándome para cerrar cuando la puerta


de la cafetería se abrió. Las campanillas tintinearon,
anunciando la entrada de alguien.

Suspiré, lista para decir que ya no atendía más clientes,


pero cuando me giré, el aire se me atascó en mis pulmones.

Era Theo.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué haces aquí?

No me respondió de inmediato.

Primero me miró a mí, con esa intensidad que siempre


hacía que me fallaran las piernas, pero su atención no tardó
en desviarse.

A Finn.

Que, en cuanto lo vio, empezó a llorar más fuerte y a


estirar sus manitas hacia él, completamente desesperado.

—Eh, campeón… —susurró Theo, acercándose y


agachándose junto a la maquita—. Yo también te he echado
de menos.

Y Finn, el traidor, sollozó con más fuerza, como si


supiera que por fin había recuperado lo que llevaba días
buscando.

Theo lo acogió en sus brazos sin dudarlo.

En cuanto sintió su calor, Finn dejó de llorar casi al


instante y se acurrucó contra su pecho, aferrándose a su
camisa con sus deditos pequeños, como si tuviera miedo de
que volviera a desaparecer.

Y yo…

Yo me rompí.

Las lágrimas que había estado conteniendo desde que


me fui empezaron a arder en mis ojos, y por mucho que
parpadeé, no pude evitar que cayeran.

—¿Por qué has venido? —susurré, con la voz tensa—.


¿No ves que así lo harás más difícil?

Theo alzó la mirada hacia mí, pero no dijo nada.


Solo me miró.

Y yo seguí hablando, porque si no lo hacía, me


derrumbaría.

—Me está costando mucho desengancharlo de ti.

Mi voz tembló en la última palabra.

Porque, joder, Finn no era el único que estaba


intentando desengancharse.

—¡¿Y quién dice que tenga que desengancharse si lo


que yo quiero es lo contrario?! —espetó Theo, como si no
entendiera por qué estaba teniendo que discutir esto
conmigo.

Apreté los puños.

—Pero no es tu hijo.

—Ya te dije que no me importa.

—Algún día lo hará, Theo. Algún día sí que te importará.


Y entonces…

—Shhh…

Me cortó con suavidad.

Con Finn aún acurrucado contra su pecho, abrió el


maletín que llevaba consigo y sacó un fajo de papeles. Sin
decir nada, me los tendió.
Fruncí el ceño y los tomé con manos temblorosas.

—¿Qué es esto?

—Los papeles de adopción —respondió con naturalidad


—. Tenemos que rellenarlos para solicitarla.

Mi respiración se atascó en mi garganta.

Miré los documentos y luego a él, incapaz de creer lo


que estaba diciendo.

—¿Quieres…?

—Adoptarlo, sí.

Su voz no tembló. Su mirada no dudó. Y mi mundo, que


llevaba tres días haciéndose añicos, de repente pareció
volver a encajar.

—Te dije que llenaste vacíos que ni sabía que existían —


murmuró Theo, con la voz baja—. ¿Cómo quieres que ahora
aprenda a vivir con ellos?

Finn, que seguía acurrucado contra su pecho, se aferró


aún más fuerte a su camisa, enterrando su carita en su
cuello.

Cuando intenté acercarme un poco, levantó la cabeza y


me lanzó una mirada acusadora, con el ceño fruncido y los
ojitos brillantes, como si temiera que fuera a quitárselo.

Suspiré, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se hacía


más grande.
—Finn lleva tres días casi sin probar bocado.

Theo bajó la vista hacia él y le acarició la espalda con


ternura.

—¿Eso es cierto, enano? —preguntó con suavidad—.


Tienes que comer.

Finn sollozó y escondió la cara otra vez, como si con eso


bastara para que el mundo dejara de molestarle.

—Mierda… —susurré, pasando una mano por mi cara,


agotada.

Theo me miró de nuevo y extendió una mano libre hacia


mí.

—Regresad a casa, está muy vacía sin vosotros.

Tragué saliva, sintiendo cómo todo en mí temblaba.

—Theo…

—No quiero una casa llena de espacios vacíos, Lily —


susurró—. No quiero un sofá sin ti, una cuna sin Finn, un
dormitorio donde no estés. Lo que quiero… es una vida con
vosotros.

Mis ojos se llenaron de lágrimas antes de que pudiera


evitarlas.

Finn suspiró contra su cuello, y yo… me rompí.


Me acerqué sin pensarlo y rodeé a los dos con mis
brazos, sintiendo el calor de Theo envolverme de inmediato.

Luego lo besé.

Lento, profundo, con todo lo que no sabía cómo decirle.

Theo respondió al instante, sosteniéndome con más


fuerza, como si temiera que pudiera escaparme otra vez.

Cuando nos separamos, apoyé mi frente contra la suya y


cerré los ojos, tratando de calmar el torbellino de emociones
dentro de mí.

—Lo siento —susurré—. Me asusté. Tenía miedo de


haberte empujado a esto por mi culpa.

Theo exhaló suavemente y deslizó su mano por mi


mejilla, obligándome a mirarlo.

—Lily, esto no es algo que me haya pasado por tu culpa.


Es algo que quiero.

Sus palabras me golpearon con fuerza, pero no huí de


ellas. Me quedé.

Respiré hondo, sintiendo el calor de su mano en mi


mejilla y la firmeza de su abrazo sosteniéndonos a los dos.
Miré a Finn, aún aferrado a él, con su carita cansada pero
tranquila, y su respiración pausada como si, por fin, todo
estuviera en su sitio.

Y, joder… eso era exactamente lo que sentía yo


también.
—Llévame a casa, Theo —susurré, con la voz temblorosa
—. A nuestra casa.

Theo sonrió, con esa sonrisa lenta y segura que siempre


lograba derretirme, y justo en ese momento, Finn soltó una
carcajada.

Su primera risa en tres días.

Theo y yo nos miramos, sorprendidos, antes de que él


soltara una risa baja y besara la coronilla del pequeño.

—Eso, enano. Nos vamos a casa.

A nuestra casa.

Juntos.

Donde siempre debimos estar.


Epílogo
Lily

Había pasado un año y medio desde que regresamos a


casa.

En ese tiempo, pasaron muchas cosas.

Theo y yo adoptamos legalmente a Finn. No fue un


proceso fácil ni rápido, pero nunca dudamos. Desde el
momento en que puso esos papeles en mis manos, supe
que no había vuelta atrás, que Finn, él y yo estaban unidos
más allá de la sangre. Ahora yo era su mamá y él su papá. Y
juntos formábamos una familia amorosa y cariñosa.

También nos casamos.

Fue algo íntimo, sin grandes fiestas ni protocolos, solo


nosotros, nuestros amigos y la familia que habíamos
construido. Finn llevó los anillos, aunque en mitad de la
ceremonia intentó comérselos. Fue perfecto.

Nos amamos como nunca.

Cada día, cada noche, en cada rincón de nuestro


apartamento en Manhattan o en nuestra casa de Hudson
Valley, a la que escapábamos los fines de semana para
alejarnos del caos de la ciudad.

Los padres de Theo adoraban a Finn. No tardaron en


aceptar que, aunque la sangre dijera otra cosa, era su nieto.
Y Finn…

Finn seguía adorando a Theo.

Era su persona favorita. Su héroe. Lo llamaba antes que


a mí cuando tenía pesadillas, le buscaba con la mirada
cuando algo no le cuadraba y se reía a carcajadas cada vez
que lo veía aparecer por la puerta.

No era su padre biológico, pero era su padre.

Y eso quedó más claro el día que Finn dijo su primera


palabra.

«Papá.»

Nunca había visto a Theo emocionarse tanto. No lo dijo


una vez, ni dos. Lo repitió una y otra vez, mirándolo con
esos ojos grandes y llenos de adoración, como si supiera
que no existía nadie más importante en el mundo.

Theo se lo llevó en brazos, le compró más juguetes de


los que podía necesitar y se pasó una semana presumiendo
de ello ante quien quisiera escuchar.

La vida también siguió para todos los demás.

Avery y James se casaron, y ahora esperaban un bebé.


Cuando lo anunciaron, Alex soltó una carcajada y dijo que la
maldición de los bebés seguía haciendo de las suyas.

Y, sinceramente, tenía razón.


Porque, de un grupo de mujeriegos empedernidos que
aseguraban que nunca caerían, ahora todos estaban
enamorados, casados o con hijos en camino.

Y nosotros, Finn, Theo y yo, éramos parte de esa


historia.

***

El cartel del estudio aún olía a pintura fresca.

Dawson Ink.

Ver mi nombre ahí, en la puerta de mi propio estudio de


tatuajes en pleno Manhattan, era algo que todavía me
costaba creer.

Habían pasado muchas cosas en el último año y medio.


Completé mi formación, trabajé como aprendiz en un
estudio reconocido y, después de meses de esfuerzo,
obtuve mi licencia oficial. Ahora, por fin, estaba aquí.

El día de la inauguración fue un caos maravilloso.


Amigos, clientes y conocidos pasaron a felicitarme, pero el
momento que más esperaba llegó cuando Theo entró por la
puerta con Finn, ambos sonriendo como si esto también
fuera su victoria.

—¿Todo listo para tu primer cliente? —preguntó Theo,


con esa media sonrisa que todavía me volvía loca.
—¿Tú eres mi primer cliente? —fruncí el ceño, mirándolo
con sospecha.

Él asintió y bajó a Finn del carrito, que enseguida se


puso a jugar con unos juguetes que había dejado en una
zona que había habilitado para él. Luego, Theo sacó un
papel doblado del bolsillo de su chaqueta y me lo tendió.

—Quiero que me tatúes esto.

Desdoblé el papel y mi pecho se encogió.

Era un diseño sencillo pero significativo: un corazón con


dos nombres escritos dentro.

Lily y Finn.

Tragué saliva y alcé la vista hacia él, encontrándome con


su mirada.

—¿Estás seguro?

—Más que nunca.

Sonreí, sintiendo cómo todo encajaba, porque cada


decisión que había tomado nos había traído hasta aquí.

—Está bien, Reynolds. Si vas a llevarnos en la piel para


siempre, será mejor que lo haga bien.

Theo soltó una carcajada y se sentó en la camilla.

—Confío en ti. Siempre lo he hecho.


Y mientras preparaba la aguja y el tatuaje cobraba vida
en su piel, supe que este era solo el principio.

De mi vida.

La vida que siempre había soñado.


Extra
Theo

Finn corría por el salón con su coche de juguete, chocándolo


contra los muebles mientras hacía sonidos de motor con la
boca.

—¡Bruuum! ¡Crash!

—Oye, enano, si rayas otro mueble, mamá nos va a


matar —le advertí, aunque con poca convicción. Finn se rio
y siguió jugando como si no hubiera escuchado nada.

Justo en ese momento, mi móvil sonó.

Miré la pantalla.

Owen.

Fruncí el ceño y respondí.

Sabía que había salido de viaje con Addie para asistir a


la boda de un amigo suyo. Algún colega de la universidad, si
no recordaba mal. Me había mandado un mensaje rápido
antes de irse, diciendo que estaría fuera el fin de semana.
No esperaba noticias suyas hasta su regreso.

—¿Qué pasa?

Lo primero que escuché fue un gruñido bajo, seguido de


un suspiro pesado.
—Theo, te necesito.

Arqueé una ceja.

—¿Bebiste mucho anoche?

—No se trata de eso… o bueno, no solo de eso.

Me pasé una mano por la cara.

—Joder, Owen, dime que no te has metido en ningún lío.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Theo… la he jodido.

Exhalé con paciencia.

—¿Qué ha pasado?

—Me he casado.

El coche de juguete de Finn se estrelló contra mi pie


justo cuando procesé sus palabras.

—¿Que te has qué?

—Joder, no grites. Me duele la cabeza.

—¡Owen!

—Me casé anoche. Con Addie.

Me quedé en blanco.
Finn tiró de mi pantalón para llamar mi atención, pero yo
seguía con el teléfono pegado a la oreja, sin saber si
acababa de escuchar bien.

—¿Sigues ahí? —preguntó Owen.

—Sí, estoy aquí… intentando decidir si reírme o tomar


un avión para darte una hostia.

Finn me miró con curiosidad.

—¿Papá?

—Nada, campeón, tu tío es un puto desastre.

Owen bufó.

—Gracias por el apoyo.

Cerré los ojos un segundo.

—Vale. Empieza desde el principio. ¿Dónde cojones estás


y cómo pasó esto?

—Estoy en Savannah, Georgia. Y… pasó rápido.


Demasiado rápido.

Me apoyé en la encimera, preparándome mentalmente


para la historia.

Esto iba a ser bueno.


Sinopsis de Un error millonario

Una boda por error. Una amistad al borde del


colapso. Y una noche que lo cambiará todo.

Mi nombre es Addie y casarme con mi mejor amigo nunca


estuvo en mis planes.

Pero una noche de fiesta, demasiadas copas y una


maldita capilla con bodas exprés hicieron que Owen
Reynolds y yo amaneciéramos casados.

Sí, casados.
Owen, el CEO controlador que cree que todo en la vida
debe seguir un plan. Owen, el hombre que nunca se
equivoca. Owen, el idiota que ahora es mi esposo.

Lo lógico sería anularlo, olvidar esta locura y seguir con


nuestras vidas.

El problema es que el papeleo no es inmediato.

El otro problema es que ahora, cada vez que lo miro, no


puedo dejar de pensar en que su boca ya ha estado sobre la
mía.

Que sus manos han recorrido mi cuerpo.

Que aquella noche no solo firmamos un jodido papel…


también cruzamos todas las líneas posibles.

Y cuanto más intentamos fingir que nada ha cambiado,


más difícil se vuelve ignorar la tensión.

Porque tal vez esta boda fue un error.

Pero hay errores que valen la pena repetir.

Advertencia: Esta historia contiene tensión no resuelta,


piques con demasiada carga sexual, una boda improvisada
y un hombre arrogante que juró que nunca se casaría…
hasta que terminó en una cama con su mejor amiga y un
anillo en el dedo.

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Si estás aquí, significa que has sobrevivido a otro
millonario insoportable, su ego descomunal y su inevitable
caída en las redes del amor. Pero, ¿qué sería de la vida sin
esos hombres que juran que no se enamoran… solo para
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Con cariño,
Leila Yoon.

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