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Walter Ullmann - Historia Del Pensamiento Politico en La Edad Media - Íntroducción 01

El documento analiza la evolución del pensamiento político en la Edad Media, destacando la influencia de las ideas cristianas en la concepción del poder y la ley. Se presentan dos teorías principales: la teoría ascendente, donde el poder reside en el pueblo, y la teoría descendente, que atribuye el poder a Dios. Además, se señala que el concepto de Estado y la distinción entre lo político y lo religioso emergieron más tarde, en el siglo XIII, a partir de la influencia de Aristóteles.

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El documento analiza la evolución del pensamiento político en la Edad Media, destacando la influencia de las ideas cristianas en la concepción del poder y la ley. Se presentan dos teorías principales: la teoría ascendente, donde el poder reside en el pueblo, y la teoría descendente, que atribuye el poder a Dios. Además, se señala que el concepto de Estado y la distinción entre lo político y lo religioso emergieron más tarde, en el siglo XIII, a partir de la influencia de Aristóteles.

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ULLMANN, Walter, Historia del pensamiento político en la Edad Media. Trad. R. Vilaró Piñol.

Barcelona, Ariel, 1983

INTRODUCCIÓN
La frecuente afirmación de que los siglos medievales tienen en los tiempos modernos una
continuación perfecta adquiere una especial importancia referida al impacto de las ideas políticas
medievales sobre la formación de conceptos políticos que tan solo en el período moderno han
conocido su completo desarrollo. Es más, en ningún otro terreno resulta tan evidente como en el
de las ideas políticas la continuidad en su evolución.
Y el período medieval nos ofrece una excelente oportunidad para comprobar cómo han
aparecido realmente las ideas y las instituciones políticas. Este período vio surgir y desarrollarse
en la Europa occidental una sociedad que no contaba con una experiencia anterior en materia
política, ni con un modelo adecuado al que adaptar sus formas de gobierno público. Cuando el
ímpetu de las invasiones germánicas se hubo apaciguado y de nuevo se dieron las condiciones para
una vida más o menos ordenada y pacífica, surgió el problema de cómo defender el orden público y
la paz, de cómo regular la vida pública, de cómo organizar las cuestiones que concernían a todos
los miembros de la sociedad. Tales problemas son de tipo político, y desde el punto de vista
conceptual pueden clasificarse en la categoría de ideas políticas.
El hombre siempre se ha preguntado de donde provenía en última instancia el poder en
materia de asuntos públicos. ¿Qué es lo que confiere su fuerza a la ley? ¿Por qué tiene efectivamente
fuerza de ley? Si bien, hoy en día las mismas son respondidas de alguna manera, en la Edad Media
predominaban dos formas principales de gobierno y de legislación. Ambas coexistieron, más según
las épocas predominó la una o la otra.
Una de estas concepciones del gobierno y de la ley, la más antigua desde el punto de vista
cronológico puede denominarse teoría ascendente. Su principal característica consiste en que el
poder reside originalmente en el pueblo, es decir, en la misma comunidad. El pueblo era, quien en
asambleas populares elegía a un jefe para la guerra, un duque, un rey, etc. Dicho jefe no tenía más
poderes que los que la asamblea electoral le había concedido. Se le consideraba como representante
de la comunidad, y por lo tanto era responsable ante la asamblea popular. En consecuencia, existía
un derecho a resistirse a las órdenes del gobernante en tanto dirigente. Aunque con el paso del
tiempo surgió la costumbre de elegir para el trono a hombres de tan solo ciertas familias, el principio
seguía siendo el mismo. Metafóricamente hablando, el poder ascendía desde la amplía base de la
pirámide social hasta su vértice, ocupado por el rey o duque. La asamblea popular controlaba el
gobierno de su dirigente y de hecho actuaba sobre todo como tribunal. Esta teoría ascendente del
gobierno puede denominarse también teoría popular de gobierno, porque el poder residía, en su
origen, en el pueblo.
Frente a esta forma se daba una concepción descendente del poder. El poder reside
originalmente en un ser supremo (Dios). También puede imaginarse en este caso una metafórica
pirámide, si bien con la totalidad del poder concentrada en su vértice. Cualquier forma de poder
que se diera «más abajo» provenía de «arriba». Podemos hablar aquí tan sólo de poder delegado. Era
Dios quien designaba a un representante sobre la tierra, y de hecho se consideraba que este
representante encarnaba el origen de todo poder. Según esta concepción, el pueblo no tenía más
poder que el que se le había dado «desde arriba». Quien desempeñaba la dignidad suprema era tan
solo responsable ante Dios. Esta teoría del gobierno puede denominarse también teocrática, porque
todo poder residía en Dios.
A consecuencia de la todopoderosa influencia del Cristianismo, lo pueblos germánicos
adoptaron la concepción inherente a la doctrina cristiana y la teoría ascendente fue enterrada como
posición teórica hasta fines del siglo XVIII en que vuelve a reaparecer.
Esta adopción del sistema descendente de gobierno explica el carácter acentuadamente
eclesiástico y latino del pensamiento político en la Baja Edad Media. Este acentuado carácter
eclesiástico del primitivo pensamiento político lo distingue claramente tanto del antiguo (griego y
latino) como del moderno. Lo que denominamos pensamiento político en la Edad media estaba
profundamente marcado por las concepciones más generales centradas en Cristo. En cierto modo,
cabe hablar de un intento de aplicar la doctrina cristiana medieval a problemas de gobierno. Sin
embargo, las diferencias entre el pensamiento moderno y el medieval no son básicamente de género,
sino de grado. Gracias al carácter relativamente simple y sencillo de la sociedad de la Alta Edad
Media, el historiador puede establecer los conceptos fundamentales de ésta con mayor seguridad
que aquellos que se dan en sociedades plenamente estructuradas.
Desde la Baja Edad Media en adelante, las doctrinas políticas se han debido a estudiosos,
teóricos y filósofos. No así a lo largo del período en que se elaboraron las bases de las teorías políticas
posteriores. De los siglos V al XI son muy pocos los autores dedicados a exponer doctrinas políticas.
No se escribieron libros, tratados ni panfletos sobre los temas del pensamiento político. Y ello porque
eran los mismos gobernantes, los papas, reyes y emperadores, quienes a través de medidas de
gobierno creaban, informaban y aplicaban las ideas políticas. Toda doctrina política estaba implícita
en las acciones de los mismos gobernantes, acciones que a menudo constituían respuestas a
situaciones y problemas reales y concretos. Esta es la razón por la que el período más temprano de
la historia de las ideas políticas está estrechamente relacionado con la historia real de la época. El
vehículo a través del cual los gobernantes expresaban sus concepciones políticas era la ley.
Ello nos lleva a verificar otro rasgo típico: la íntima conexión existente entre lo que podemos
denominar ciencia política y jurisprudencia, o se, la ciencia de la ley. Todo lo que tendemos a
denominar «político» se expresó a lo largo de la mayor parte de la Edad Media dentro de los términos
de la ley. La ley surgida de los diversos tipos de gobierno trataba de convertir en realidad las metas
que se fijaba la sociedad. De ahí que la ley, en cuanto instrumento de gobierno, persiga una
finalidad determinada y por ello la ley medieval se concebía en términos de propósito, finalidad o
fin de la sociedad. Esta concepción de la ley, denominada teleológica, fue de suma importancia a lo
largo de la Edad Media.
Puede decirse que la ley medieval era doctrina política aplicada. La ley trataba de plasmar
en la realidad la idea de justicia, pero la esencia de esta dependía del punto de vista de cada
gobernante acerca de qué era lo justo. Las ideas políticas de la Edad Media pueden deducirse del
contenido de las disposiciones de justicia y el concepto de justicia impregnaba y daba sentido a la
ideología política medieval. La idea de justicia se materializaba en la ley. A partir de ahí es fácil
comprender la crucial importancia que adquiere el problema de establecer dónde radicaba el origen
del poder, puesto que de ello dependía el que se considerase a un gobernante capacitado o no para
dictar leyes.
Nosotros miramos las actividades del hombre bajo un determinado prisma y las clasificamos
en compartimientos más o menos claramente diferenciados. Así hablamos de normas religiosas,
morales, políticas, económicas y tendemos a decir que una determinada actividad es religiosa,
política, moral, etc. Los códigos por los cuales se rigen estas diversas normas no son en modo
alguno idénticos, y a menudo resulta difícil conciliar unas normas con otras. Sin embargo, esta
atomización de las normas que determinan las acciones humanas es un fenómeno más bien
reciente. A lo largo de la mayor parte de la Edad Media no se daba una tal distribución de las
actividades humanas en distintos compartimientos. La misma ideología cristiana se oponía a
cualquier tipo de subdivisión. Que una única y misma actividad humana pudiese considerarse des
un ángulo moral, religioso o político no cabía en la forma de pensar del hombre medieval. Lo que
entonces contaba era el hombre cristiano integral: la religión no se diferenciaba de la política, ni la
política de la moral, etc. Lo que importaba era el cristianismo del hombre, no su conducta moral o
social. Esta visión omnicomprensiva, que puede calificarse, a falta de una denominación mejor,
como «totalitaria», aunque debemos insistir en que este calificativo no tiene nada que ver con las
modernas connotaciones del término totalitarismo, constituye un rasgo que debe tenerse siempre
presente cuando se desea ver cómo surgieron en realidad las ideas y los conceptos que
denominamos políticos.
Mientras que a lo largo de toda la alta Edad Media no se distinguía entre normas religiosas,
políticas, morales, etc., sino que se consideraba tan sólo la conducta del creyente como una
totalidad, existía, sin embargo, una profunda distinción entre los mismos miembros de la Iglesia,
es decir, clérigos y laicos. Constituiría un gran error trata y considerar la Iglesia referida tan sólo a
lo clérigos. En cuanto que la Iglesia estaba constituida por estos dos estamentos, el problema de
las relaciones entre ambos es uno de los puntos esenciales en el estudio de la Edad Media. Clérigos
y laicos estaban representados por la figura del sacerdote y el rey y organizados como clerecía
(sacerdotium) y reino (regnum).
En el período medieval anterior al siglo XIII resultaba por completo desconocido el concepto
de Estado como conjunto independiente, autosuficiente y autónomo de ciudadanos que viven de sí
mismos y según sus propias leyes. Este concepto surgió en el siglo XIII a consecuencia de la
influencia del filósofo griego Aristóteles. Reinos e imperios no se consideraban más que como
porciones de una unidad más amplia, del conjunto de todos los cristianos, y no como conjuntos
individualizados, autosuficientes, autónomos y soberanos. Por ello mismo resulta interesante
comprobar que el mismo término «político» no se introdujo en el vocabulario de los gobernantes y
escritores antes del siglo XIII. El hecho de que, en un momento determinado, haga s aparición está
relacionado de modo íntimo con el simultáneo surgimiento del concepto de «Estado». Con
anterioridad no existían ni el concepto de «Estado» ni el de «político». No se usaban el término
«Estado» ni el término «político», sino «gobierno» (gubernatio, gubernaculum o gubernator), el cual
estaba en relación con el concepto romano de «poner bajo la ley» -ius dicere (jurisdicción)-. Nos
hallamos de nuevo ante la misma cuestión fundamental: ¿dónde residía el origen del poder? Y, en
consecuencia, ¿quién tenía derecho a acogerse a las leyes? Aunque se hace mención, repetidamente
a la situación de conflicto entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, dicha aseveración carece
por ahora de sentido histórico. Lo que sí existía era una situación de conflicto entre el sacerdotium
y el regnum, pero este conflicto se daba dentro de un único y mismo conjunto, dentro de una única
y misma sociedad de cristianos, y no entre dos cuerpos autónomos e independientes, la Iglesia y el
Estado. En última instancia, el pensamiento «político» trataba del problema de la suprema autoridad
del gobierno para fijar el camino que la sociedad debía seguir, lo cual equivalía a tratar el problema
de la soberanía.
La teoría del gobierno predominante en la Edad Media, la tesis del poder descendente, no debe,
sin embargo, considerarse como fenómeno aislado, sino como resultado de la misma ideología
religiosa dominante y como derivación y concreción práctica del método deductivo de raciocinio.
Este mismo método deductivo aseguraba la resistencia del pensamiento medieval y en particular
de la teoría descendente del gobierno, por cuanto, a partir de algunos principios universales
ampliamente conocidos e incuestionables, como el gobierno de Dios sobre el mundo, se deducían
teorías y principios específicos.

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