DALLAS-98 Joe Mogar (1966) Una Mujer de Alivio
DALLAS-98 Joe Mogar (1966) Una Mujer de Alivio
Colección TAMPA
36. Una dama con despiste
Colección DODGE-OESTE
24. ¡Ha vuelto Lou Kendall!
*
McCrea la miró apenas entrar en el «Saloon».
Sobre el tabladillo, moviéndose lo mismo que un hermoso felino
al compás de la música de un viejo y aporreado piano, con los ojos
fijos en las puertas batientes.
Por tanto Elva también le vio. Pero ni su rostro ni su gesto
cambió de expresión, hasta qué no acabó con su actuación.
Entonces, entre una nube de aplausos, Elva saltó del mismo al suelo
y fue a su encuentro.
Ambos se encontraron en medio del «Saloon», Y fue ella la que
preguntó: —¿Qué ha ocurrido Dick?
El pistolero la miró, fijamente, y preguntó a su vez:
—¿Ocurrir? No te entiendo, linda.
Elva hizo un gesto de impaciencia, le tomó por un brazo y tiró de
él hacia la barra. Pidió dos «Whiskys» y cuando se los sirvieron,
volvió a la carga.
—Sé que fuiste al rancho de esa... Bueno has faltado toda una
tarde, una noche y mucho, muchísimo más de mediodía. ¿Qué fue lo
que ocurrió?
McCrea bebió un poco, y contestó:
—Nada, linda. Simplemente, nada.
—Pero qué diablos...
—Nada —atajó él—. Nada, como no sea que comprobé que Yuga
Merriman es una de las mujeres más hermosas que he visto en mi
vida.
—Sí, ¿eh? Y bien; ¿la besaste acaso? ¿O has pensado casarte con
ella después de domarla?
McCrea esbozó una tenue sonrisa:
—Eso fue lo que le dije a ella, linda. Que la obligaría a que se
casara conmigo si alguien de su rancho volvía a buscarme de nuevo.
Elva agrandó los ojos con asombro.
—¡O estás mintiendo, o estás loco, Dick! —exclamó.
—Ni lo uno ni lo otro, preciosa —dijo él—, ya que te he dicho la
verdad.
Elva soltó un bufido por toda respuesta y volvió a su vaso de
«whisky». Empezó a beber ante los ojos socarrones de McCrea,
hasta que apuró el contenido.
Entonces le miró de frente, pero la voz de Sinclair, viniendo de
sus espaldas, la interrumpió: —Le traigo un recado, McCrea —dijo.
Se volvieron a mirarle, y McCrea sonrió:
—Hola, vaquero —saludó—. ¿Qué es ello?
Sinclair arqueó levemente una ceja.
—Verá, McCrea —dijo—. Se trata de Jimmy O’Leary. Quiere
verle. Hace un par de horas que me abordó en la calle. Me preguntó
por, la nena y por mi esposa, pero en realidad quería saber si de un
modo u otro yo me había puesto en contacto con usted. Le dije que
le había dado las gracias y entonces me pidió un favor: «Ve al
«Saloon» y te tomas un «whisky». Cuando aparezca ese McCrea, dile
que deseo hablar con él. Es importante».
Sinclair esperó la respuesta que se tradujo en una pregunta:
—¿Quién es Jim O’Leary?
Elva fue la que intervino ahora mediando en la conversación:
—Después de Yuga, Dick, uno de los rancheros más poderosos de
la comarca.
Preguntándose si aquel deseaba también la desaparición de
Yuga, McCrea preguntó, pero dirigiéndose a Sinclair: —¿Cuándo
dijo que deseaba verme?
—No lo dijo, pero míster O’Leary acostumbra a estar en su casa
a esta hora. ¿Quiere que le acompañe?
McCrea asintió en silencio y ambos hombres se volvieron y
empezaron a avanzar hacia las batientes. Elva les fue detrás y les
alcanzó antes de llegar.
Tomando a McCrea de un brazo preguntó mucho antes de que
este se volviera a mirarla: —¿Te espero?
—¡Claro, linda! No voy a tardar mucho. Por otra parte, deseo
hablar, contigo de algo bastante importante.
—¿Qué es ello?
—Luego, preciosa. Ahora tengo prisa.
Se inclinó y la besó largamente en los labios entre la mirada un
tanto burlona de Sinclair y la estupefacción de la propia Elva que no
esperaba nada parecido, por el momento.
Por tanto, cuando quiso reaccionar, McCrea y Sinclair
atravesaban las batientes camino de la calle.
Ya en la misma, McCrea preguntó:
—¿Usaremos los caballos?
—No. Está relativamente cerca. A pesar de tener un par de
ranchos, míster O’Leary vive en el pueblo. Su casa se encuentra al
final de la calle.
Siguieron en silencio hasta la misma y señalando una de las
puertas, Sinclair se detuvo.
—Es ahí, McCrea —dijo—. ¿Quiere que le espere?
El pistolero sonrió.
—No: y gracias. Entraré, y ya veremos cómo salen las cosas.
Sinclair no le entendió.
Esperó a que se despidiera de él y luego a que llamara a la
puerta.
Cuando esta se abrió frente a McCrea, Sinclair dio media vuelta
y se alejó calle abajo camino del «Saloon», en tanto que aquel veía
frente a sí mismo la figura alta y maciza de Jim O’Leary.
De cuello de toro, rostro ancho y un tanto brutal, pelo
completamente blanco, y de unos cincuenta y cinco años, daba la
impresión de estar en plena juventud y en pleno vigor.
Miró a McCrea de pies a cabeza antes de pronunciar una sola
palabra, y preguntó: —Usted es ese forastero que se llama... se
llama...
Con una fría sonrisa en la boca, le atajó:
—Dick McCrea, míster O’Leary. Un común amigo me dijo que
usted deseaba hablarme. ¿Lo hacemos aquí, o pasamos dentro?
Sin replicar, él ranchero se apartó de la puerta y McCrea fue
detrás de él hasta un despacho amueblado con un lujo que le
sorprendió.
—Siéntese.
Sin dejar de mirarle, McCrea lo hizo en uno de los sillones, junto
a la mesa, viendo como O’Leary la rodeaba para ir a sentarse detrás
de la misma.
Casi en el acto le miró atentamente como calibrándole, como
preguntándose hasta dónde podía llegar con él, y preguntó: —¿Qué
clase de hombre es usted, McCrea?
Aunque era una, pregunta que no esperaba, no por eso dejó que
su rostro delatara la sorpresa que experimentaba, y con él tan
impasible como el de un indio, replicó: —¿A qué se refiere usted,
ranchero?
Le vio vacilar.
—Fue una vacilación que duró más de un largo minuto en el
transcurso del cual, McCrea lio y encendió un cigarrillo sin ofrecer a
su interlocutor, y luego esperó a que este continuara, lo que no tardó
en suceder: —Necesito a un hombre que no sienta mucho escrúpulo
en apretar un gatillo.
—¿Y por qué cree que yo puedo ser ese?
O’Leary vaciló por segunda vez, tragó saliva y replicó:
—Voy a hablar con entera franqueza, McCrea. Me interesa su
gatillo. Diez mil dólares por matar a una fiera. Ahora escuche esto.
Si se le ocurre hablar con alguien de todo cuanto aquí se diga, lo
desmentiré delante de todo Richey, y luego haré que le echen. Y a
mí, aunque intente contradecirme me creerán más que a un
pistolero venido de no se sabe dónde, ¿comprende? Por tanto, diga
si acepta o no.
Los ojos de McCrea eran dos estanques helados cuando replicó:
—¿Qué clase de fiera es esa?
—Yuga Merriman. Diez mil dólares sí le mete una bala en la
cabeza. Compóngaselas como quiera, pero hágalo.
Siguieron unos cuantos segundos de silencio.
CAPÍTULO IV
Finalmente, McCrea rompió el silencio con una pregunta:
—¿Qué le ocurrió con Yuga, míster O’Leary?
—Eso es algo que solo me concierne a mí, McCrea. Diga si
acepta, y nada más.
Siguió un nuevo silencio, que también rompió McCrea.
—Y a mí, O’Leary —dijo apeando súbitamente todo tratamiento
—. No es que me importe mucho matar a una mujer, pero antes
debo saber por qué lo hago —hizo una ligera pausa y añadió—.
Usted habla, ranchero.
O’Leary se puso en pie.
—Creo que me equivoqué de hombre —dijo heladamente—. Y
debí de haberlo supuesto cuando vi cómo a riesgo de su propia vida,
salvó a esa niña. Se necesita ser imbécil para arriesgarse de ese
modo.
Lentamente, McCrea le imitó, y ambos permanecieron
mirándose fijamente durante unos segundos.
—Sí, creo que sí —replicó McCrea—. En cuanto a arriesgarme, el
pellejo es mío. Buenas, noches, O’Leary.
Le dio la espalda y se volvió hacia la puerta.
La tocaba con la mano cuando O’Leary le llamó:
—¡Espere un momento, McCrea!
Se volvió lentamente a mirarle.
—¿Algo más, O’Leary?
El ranchero hizo una fea mueca y replicó:
—Tal vez me equivoqué en el precio, ¿no, McCrea? Bien, dígalo
usted. ¿Cuánto pide?
La respuesta fue enormemente rápida.
—Nada.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. O’Leary, pero se lo repetiré. No le pido nada,
porque no voy a hacerlo, ¿comprende?
—¿No? Pues entonces tengo que pensar que aún es usted más
imbécil de lo que yo creía.
—¿Quiere explicarme el porqué de esa opinión suya?
O’Leary sonrió, pero su sonrisa era sucia en extremo.
—Porque si no la mata a ella, Yuga le matará a usted, o le hará
matar, McCrea.
—En eso puede que lleve razón, O’Leary —replicó fríamente—.
Pero lo que haya entre Yuga y yo, es solo cosa de los dos.
¿Comprende eso?
O’Leary tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo su
voz había cambiado un poco de diapasón.
—¿Se da cuenta de una cosa, McCrea? ¿De qué si no está
conmigo se pone inmediatamente en contra?
—¿Y cree usted que eso me importa, ranchero?
O’Leary cambió de color.
Palideció mientras una fría furia aparecía en sus ojos.
—De acuerdo, si usted lo quiere, así, McCrea —dijo con frialdad
—. Pero tenga cuidado. Negaré todo lo que hemos hablado, aquí, en
cualquier lugar.
—Sí, eso ya lo sé, y tampoco me preocupa. Pero ya que me
formula una advertencia, ahí va otra, esta de mi cosecha: Si a Yuga
le ocurre algo irreparable, vendré a buscarle, O’Leary, y entonces le
quemaré el tercer botón del chaleco. No lo olvide.
Tragándose la furia que cada vez era mayor, O’Leary contestó
con una pregunta: —¿Y eso por qué?
—Porque no deseo que nadie me culpe de un asesinato.
Sin esperar a más, McCrea le volvió de nuevo la espalda y cruzó
el umbral de la puerta sin que este hiciera ahora nada para
impedírselo.
Salió a la calle y miró a ambos lados de la misma.
Un par de sombras aquí y allá. En total, nada.
McCrea empezó a andar en dirección al «Saloon», con el
pensamiento puesto en Elva y en Yuga. ¿Qué diría la primera
cuando se enterara de lo que iba a decirle aquella noche?
No lo sabía. Tampoco estaba seguro en si se atrevería a decírselo
o no.
Ensimismado en los pensamientos que había en su mente, entre
los cuales destacaba la proposición de O’Leary, McCrea pasó por
delante de uno de los oscuros portales, sin pensar, en nada más que
en sus problemas.
Dio un par de pasos y entonces notó en su espalda el duro
contacto del cañón de un «Colt».
—Continúe adelante, amigo, que alguien quiere verle. Pero con
cuidado.
Sin perder la calma, pero con todos los nervios en tensión,
McCrea preguntó: —¿Hacia dónde?
—Hasta la próxima esquina. Tuerza por ella y deténgase cuando
las casas se acaben. Allí le están esperando, con un caballo.
—¿Yuga Merriman?
La respuesta fue una tenue risita y la presión del «Colt» se
acentuó.
—Camine y no haga más preguntas, McCrea. Al final ya se
enterará.
Una oportunidad. Eso es lo que le hacía falta.
Una oportunidad que tenía que llegar antes de que él alcanzara
la esquina.
Pero el vaquero que llevaba a la espalda, vaquero o, pistolero,
sabía o parecía saber para lo que servía un «Colt», ya que el cañón
del que le empuñaba no se separó de su espalda ni un solo
milímetro.
Pero cuando menos lo esperaba esta llegó. Fue cuando empezó a
doblar la esquina. El «Colt» se separó un tanto, y luego lo notó en el
costado.
Fue solo un segundo, pero suficiente para él.
McCrea actuó.
Bajó el codo con una velocidad de un relámpago. Se oyó una
interjección y acto seguido el «Colt» cayó al suelo. Un segundo
después, McCrea giró sobre la puntera de su pie izquierdo y el
vaquero, uno de los vaqueros de Yuga, recibió un bestial puñetazo
que le hizo levantar los pies del suelo.
A continuación se estrelló contra el polvo, justamente en el
centro de la calle.
Fue entonces cuando desde uno de los portales, Jenkins gritó: —
¡Mátale! ¡Acaba con él, Tracy!
El pistolero saltó sobre las tablas de la acera y a la luz mortecina
de los faroles de petróleo, McCrea vio brillar el «Colt» en su mano.
Sé hizo a un lado justamente cuando frente a él brillaba el
fogonazo. Claramente oyó el paso de la bala junto a su oído
izquierdo y apretó el gatillo cuando apenas si la boca de su «Colt»
asomó por encima del borde de la funda.
Con un impresionante salto, que le proyectó contra la pared de
troncos de la casa que tenía a su espalda, Elmer Tracy se derrumbó
al suelo completamente muerto con un balazo que le partió el
corazón por el centro.
Jenkins disparó a su vez contra McCrea pero su extraordinaria
movilidad eludió el balazo, aunque fue por escasas pulgadas.
Cuando se enderezó con el «Colt» amartillado, el capataz de Yuga se
perdía corriendo por la esquina inmediata con lo que el balazo que
envió contra él, haciéndolo desde una posición difícil, se perdió
inofensivo calle abajo.
McCrea se arrimó a una de las paredes y miró a ambos lados de
la calle. Ya no se veían sombras aquí y allá.
No obstante no enfundó.
Con el «Colt» en la mano continuó hasta el «Saloon», y apenas
empujar las puertas batientes se dio de manos a boca con Elva, que
le prendió de un brazo.
—¡Dick! ¿Qué fue eso? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
McCrea intentó una sonrisa y replicó:
—Unos simples fuegos artificiales, linda. Nada más que eso.
—Y...
—Creo que fueron hombres de Yuga Merriman, aunque no lo sé
con seguridad —mintió con perfecta naturalidad—. Sea lo que sea,
me tendieron una emboscada cuando salía de la casa de O’Leary, y
estuvieron a punto de salirse con la suya.
—¿Y esos disparos?
McCrea hizo una mueca.
—Murió un hombre. No pude verle bien. Quedó ahí, en medio de
la calle. Espero que se lo lleven antes de mañana.
—¿Por qué antes de mañana precisamente?
McCrea esbozo una divertida sonrisa.
—Porque de no ser así, nos envenenaríamos todos, cielo.
La prendió por la cintura sin que ella protestara y la llevó a la
barra donde pidió un «whisky». Pero, si creía que con aquello Elva
se calmaría, se equivocó ya que apenas si tuvo el vaso en la mano, se
volvió para mirarle, y preguntó: —¿Quién era ese hombre, Dick?
—¿Qué hombre?
—El que murió —contestó Elva armándose de paciencia—. Uno
de los pistoleros de Yuga, ¿no?
—Ya te he dicho que no logré verle. Linda.
—Correcto si tú lo dices, querido. Pero no esperes que yo lo crea.
McCrea no replicó de momento. Bebió un poco, depositó el vaso
sobre el mostrador y se volvió para enfrentarla. Abrió la boca para
hablar, pero Elva no le dejó.
—¿Qué quería de ti O’Leary?
La mente de McCrea empezó a trabajar velozmente,
preguntándose si sería conveniente decirle a ella la verdad de
aquello, hasta que se dijo que no debía de hacerlo, y no por las
amenazas de este, ni mucho menos.
Replicó al respecto:
—Es secreto profesional, preciosa.
Elva golpeó el suelo con el pie en señal de impaciencia, pero
acabó por decir: —De acuerdo, Dick; es un secreto —hizo una ligera
pausa y preguntó—: ¿Lo es también lo que me ibas a decir cuándo
regresaras? Te he estado esperando como me dijiste y...
Se interrumpió al ver cómo los ojos de McCrea cambiaban de
tonalidad. Luego, sus siguientes palabras la sorprendieron: —La
verdad, Elva, es que no sé si debo hacerlo:
—¡Dick!
—¿Qué, linda?
—¿No te ha mandado nadie al infierno?
McCrea adoptó un gesto pensativo y replicó al cabo de unos
segundos: —No, aún no. ¿Acaso quieres hacerlo tú?
—Sí, si no me dices... Bueno Dick, me has hecho esperarte y no
creo que mentiste solo por ver mi cara o mis piernas, ¿verdad?
Vamos, desembucha. ¿Qué es ello?
—También podría ser por esto que alegas, muchacha. O tal vez
porque deseara besarte de nuevo, ¿no?
—Sí, pero...
McCrea la atajó con un gesto y replicó:
—Llevas razón, querida. Mi intención era hablar de Yuga
Merriman, pero no sé si entenderías lo que voy a decirte. No,
posiblemente no lo entenderías.
—¿Crees que lo comprendería mejor si subieras conmigo a mis
habitaciones? Tal vez allí sin todo ese barullo... —le miró fijamente
haciendo una pausa y añadió—: ¿Era muy importante, Dick?
McCrea asintió en silencio; tomó el vaso de encima del
mostrador y de un trago acabó con el «whisky» que contenía. Acto
seguido se limpió la boca con el dorso de la mano y añadió de viva
voz: —Sí, Linda, lo era, pero creo que ahora no hace falta.
Mirándole como a un bicho raro, ya que la verdad era que no le
entendía ni poco ni mucho, Elva replicó: —Confieso que no te
entiendo, Dick. Confieso también que no sé si mandarte al cuerno o
a otro sitio peor, o si es preferible que te pida un beso. ¿Qué
respondes a eso?
—No lo sé, esa es la verdad, Elva.
Con lo que ella abrió unos ojos como platos, en el colmo del
asombro. Luego, sin apurar su «whisky», sin pronunciar una sola
palabra más, dio media vuelta y le dejó solo. Unos segundos más
tarde subía por la escalera camino de sus habitaciones mientras que
desde la barra, McCrea la seguía con la mirada, moviendo la cabeza
con gesto dubitativo.
Y ya no se movió de allí hasta mucho después. Hasta que el
«Saloon» empezó a quedarse sin clientes debido a la hora. Entonces
McCrea abandonó el mostrador y lentamente empezó a subir la
escalera que debía de conducirle al piso superior, pensando en que
al día siguiente abandonaría definitivamente el local de Elva.
Era mejor así. Mucho mejor.
Avanzó por el pasillo, pasó frente a la puerta del despacho, cruzó
por delante de la correspondiente a las habitaciones de la
muchacha, y entonces esta le llamó: —Dick, por favor...
Se detuvo y se volvió.
Se encontraba en el umbral de la misma, con el negro
«tentación» y las largas piernas envueltas en medias negras caladas,
lo mismo que cuando se presentaba en el tabladillo. Exactamente lo
mismo que si fuera a cantar y a bailar para él.
McCrea se acercó lentamente.
No pronunció una palabra. La prendió por la barbilla obligando
a que levantara su hermosa cabeza hacia él, e inclinándose al mismo
tiempo, la besó suavemente en los labios.
Fue a separarse, pero Elva, al enlazar su cuello con sus bien
torneados brazos, no le dejó. El beso duró más de dos largos
minutos, al cabo de los cuales fue ella la que se separó de McCrea.
Entonces preguntó sin darle tiempo a nada más:
—¿Te apetece un «whisky», Dick?
Él la miró con gesto dubitativo y replicó:
—... Si es mejor que ese veneno que vendes abajo, sí.
Ella se rio, pero a pesar de su risa, del beso de fuego que le dio,
McCrea adivinó que estaba nerviosa y se preguntó por qué.
Luego, Elva, al contestar, cortó el hilo de sus pensamientos.
—Aunque no lo creas, Dick, el «whisky» que guardo para los
amigos, es mucho mejor qué el que se despacha en el «Saloon».
—Entonces —replicó con todo cinismo—, es una suerte tener a
una amiga dueña de un garito.
—¿Lo crees así? Correcto, entonces. Anda, pasa. Te serviré ese
«whisky».
Entró sabiendo que si le invitaba no era precisamente para
satisfacer un capricho o por el simple hecho de alagarle a él. Elva
deseaba saber algo, y lo qué fuese, no tardaría en soltarlo.
Lo haría tan pronto como ambos se hubieran sentado frente a lo
que había dicho: frente a dos vasos de «whisky».
Con un amplio ademán de su mano, le indicó que se sentara, y
McCrea obedeció en silencio. Cabalgó una de sus fuertes piernas
sobre la otra y esperó a que ella le sirviera, lo que hizo en el más
completo silencio.
Luego, también sin pronunciar palabra, Elva se sentó frente a él,
cabalgando del mismo modo una de sus preciosas piernas sobre la
otra.
—Vamos, Dick —dijo a continuación—. ¿A qué esperas para
probar ese «whisky»? Vamos, hazlo. ¿O crees que te he traído aquí
para envenenarte?
McCrea sonrió y se llevó el vaso a los labios.
Bebió un largo trago y luego lo depositó en el suelo, a su lado.
Acto seguido la miró a los ojos.
Elva había velado los suyos entre las tupidas pestañas y le
miraba a su vez, en el más completo silencio, que rompió unos
segundos más tarde: —Dick, ¿qué hay entre tú y Yuga Merriman?
McCrea estuvo a punto de soltar un respingo, pero logró
dominarse a tiempo. Entonces, dijo: —¿Qué diablos estás
intentando decirme?
—Nada, Dick. Era solo una pregunta.
Pero McCrea sabía que había algo más.
Mientras pensaba en los pros y contras, se inclinó y, tomando el
vaso del suelo, bebió un poco.
Cuando de nuevo la miró, contestó:
—Estás mintiendo, Linda, y eso no está bien. Papaíto se enfadará
por ello.
Elva se puso en pie de un salto y él vio la agitación de sus senos
cuando contuvo el aire y luego lo expulsó de golpe.
—¡Y un millar de cuernos, Dick! —estalló—. Era solo una
pregun...
—Era solo una mentira, linda —atajó él—. Veamos, muchacha,
siéntate, intenta respirar con normalidad o romperás esa pequeña
parte del «tentación», y después habla en cristiano. Será la única
forma en que yo te entenderé.
Elva respiró fuerte, su rostro se coloreó intensamente, pero al
final acabó por hacer lo que McCrea le indicaba.
Se sentó, respiró hondo, y habló:
—Diez mil dólares, aparte de los que yo te ofrezco por tu
asociación conmigo, son muchos dólares para que te niegues a
hacer algo en contra de Yuga, a pesar del peligro que ella entraña
para ti, Dick. ¿Por qué?
La respuesta de McCrea se tradujo en otra pregunta:
—¿Cómo sabes tú eso, muñeca?
Ella arqueó una de sus finas cejas y, replicó con una evasiva: —
Dick, ¿es que con solo verla te has enamorado de Yuga? Eso estaría
bien para otra clase de hombre, pero no para ti. Pero tú, un
pistolero como tú...
Ella misma se interrumpió, ahogada por su misma pasión, y vino
hacia él.
Se detuvo muy cerca, y McCrea se levantó, con lo que ambos
quedaron muy juntos, mirándose fijamente a los ojos. Hasta que él
preguntó, no deseando insistir en la pregunta que antes le
formulara: —¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza, querida?
—Nadie, Dick. Pero te juro que si es así, yo seré la que la mate, y
no recibirás ni un solo dólar por ello. Te lo juro.
—Creo que...
—¡Oh, Dick! ¿Por qué tienen que ocurrir las cosas forzosamente
de este modo?
Antes de que McCrea lograra replicar, ella se empinó sobre las
punteras de sus zapatos de alto tacón, en tanto le enlazaba el cuello
con los brazos.
CAPÍTULO V
Yuga se inmovilizó mirándoles uno a uno.
Luego clavó los brillantes ojos en el bulto atravesado en la silla
de uno de los caballos y su seno acusó el impacto de la agitada
respiración cuando preguntó ya con estos fijos en el rostro de
Jenkins.
—¿Qué fue lo que ocurrió, Buck? ¿Acaso el forastero mató a
Tracy?
La mirada de Jenkins era torva cuando avanzó hacia el porche,
ante la silenciosa expectación de los vaqueros.
—Eso fue exactamente lo que ocurrió, patrona.
Yuga movió la muñeca y el látigo pareció adquirir vida propia
cuando se enroscó en el suelo y se desenroscó un segundo después.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué, miss Merriman?
Yuga descendió uno de los escalones del porche, con lo que
quedó un poco más cerca de su capataz.
—Le estoy preguntando, Jenkins, por lo que ocurrió en Richey
con McCrea para que este me matara a otro de mis hombres.
Primero fue Linsay, y ahora... ¡Quiero saberlo! Pero, la verdad,
Jenkins, ya que mañana iré yo misma al pueblo, a averiguarla.
—¿Piensa preguntarle a él, miss Merriman?
A la sarcástica pregunta de su capataz, Yuga contestó con otra:
—¿Acaso cree que voy a tenerle miedo? Pues, no, Jenkins. Yo no
le tengo miedo a nadie. Por tanto, mañana preguntaré a McCrea qué
fue lo que verdaderamente ocurrió para atreverse a matar a otro de
mis hombres. Vamos, Jenkins; hable, le estoy escuchando.
—Nada. Es decir, sí, lo de siempre. Le dimos el alto y se volvió
como una fiera disparando sin provocación alguna. Esa es la verdad
y no hay otra, patrona. Salía de la casa de O’Leary cuando ocurrió
todo. Fuimos torpes y no pensamos que todo pistolero no es sino un
criminal. Nos atacó mucho antes de que pudiéramos hacer nada
por...
Jenkins se interrumpió al ver la fría sonrisa que había en los
rojos y adorables labios de ella. Fue solo un segundo, ya que en el
acto Preguntó:
—¿Es que no me cree, patrona?
La sonrisa de Yuga se acentuó.
—Desde luego no, Jenkins. Eso no es cierto. Pero aunque lo
fuera, ¿quiere decirme qué hacían usted y los demás en aquel
momento? Huir, ¿verdad?
—No soy un pistolero, miss Merriman. Por lo menos, no tan
bueno como Dick McCrea. Dígame qué...
La voz seca de ella le interrumpió:
—Recoja su petate y lárguese del rancho, Jenkins. Y esos
también. No me gusta estar defendida por cobardes. Cuando desee
que esto ocurra, recurriré a los habitantes de Richey. Vamos, media
vuelta, y lárguese ahora mismo.
—¿Qué cuer...?
—Ahora mismo, Jenkins —señaló con el brazo izquierdo hacia
los barracones, y con los ojos brillantes continuó—: Tiene tres
minutos para entrar ahí; para entrar y para salir llevándose sus
cosas, Jenkins.
El capataz dio un paso al frente y estalló:
—¿Supóngase que no lo hago, miss Merriman? ¿Quién cree que
vendrá en su ayuda? Nadie. Ha sembrado muchos odios en Richey
para que pueda pedirle un favor a cualquiera. Por tanto, voy a
quedarme aquí mal que le pese, por lo menos hasta que acabe con
ese McCrea del infierno.
La voz de Yuga sonó tan suave como el terciopelo cuando
replicó:
—El tiempo va pasando, Jenkins, querido. Lárguese o se quedará
en el rancho. No quiero cobardes cm mis tierras. Vamos, largo.
Los ojos de Jenkins brillaron como dos luciérnagas en medio de
la noche, mientras que los vaqueros que habían ido con él a Richey.
Contemplaban la escena en silencio.
—Está usted loca si espera eso de mí o de ellos, Yuga —barbotó
Jenkins—. ¿Y sabe lo que le ocurre a usted? No, ¿verdad? Pues es
sencillo. Que nadie le ha dado una lección, y por el diablo que se la
voy a dar yo.
Dio un paso al frente, pisó el primer escalón del porche y
entonces Yuga movió la muñeca derecha por segunda vez, pero
ahora de diferente modo.
La trenzada correa del látigo saltó al aire, silbó cortándolo y el
amplio pecho del capataz recibió el latigazo, haciéndole lanzar un
aullido de dolor, que se quebró cuando por segunda vez la correa
trenzada le golpeó en el hombro izquierdo, viniendo de arriba abajo
y le derribó entre la hierba, donde se revolcó por espacio de unos
segundos entre un torrente de maldiciones y el silencio de los
vaqueros.
Yuga ya no golpeó más, por lo que el capataz se puso de rodillas
mirándola con ojos de loco.
—¡Maldita! Voy a...
Sin terminar la frase, con una nueva maldición, frenéticamente;
tiró del «Colt». Pero lo hizo un segundo tarde, ya que en aquel
entonces la punta del látigo de Yuga le alcanzó en el cañón del
mismo, arrebatándoselo de la mano.
Acto seguido. Yuga pareció volverse loca.
El látigo empezó a silbar en el aire una y otra vez, y ante los ojos
atónitos de los vaqueros que continuaban completamente inmóviles
frente a ella, a pocas yardas de donde se desarrollaba la escena, la
camisa de Jenkins empezó a saltar en pedazos y muy pronto en la
piel de este fueron apareciendo surcos sangrantes, mientras que se
revolcaba de un lado para otro, intentando por todos los medios,
pero sin conseguirlo, eludir el terrible castigo que ella le estaba
administrando.
Hasta que de un modo repentino y cuando el pequeño grupo de
vaqueros había engrosado notablemente, atraídos de los
barrancones, Yuga dejo de golpearle para a continuación recostar la
hermosa espalda contra uno de los palos del sombrajo.
Con los senos palpitantes, el rostro completamente arrebolado,
la frente perlada de sudor, miró a sus hombres, haciéndolo
despaciosamente, de uno a otro, hasta que dejó descansar los verdes
ojos en el pequeño grupo que había acompañado a Jenkins a Richey.
—Llevároslo de aquí. No me gusta la carroña de buitre. Y no
volváis. El que lo haga, recibirá un balazo en medio de la cabeza —
miró a los otros, a los que acababan de aparecer procedentes de los
barracones, y añadió—: Vosotros podéis ir a dormir, que aquí no ha
pasado nada. Vamos, muchachos, que mañana hay que trabajar.
Empezaron a desfilar y Yuga quedó allí, viéndoles ir, pero sin
perder de vista a los que siempre en silencio, se acercaban al cuerpo
inanimado de Jenkins.
Lo subieron a la silla de su caballo, hicieron ademán de montar,
y entonces Yuga dijo señalando, el cadáver de Tracy que continuaba
atravesado, en la silla del animal que siempre había montado:
—Llevaos esa carroña. Esta apestando el ambiente y necesito
dormir.
Todavía tardo más de media hora antes de que el rancho quedara
completamente silencioso. Entonces abandonó el porche y fue a su
habitación. Se dejó caer sobre el lecho, completamente vestida, y
encendió uno de los olorosos cigarrillos que tenía sobre una mesita
adosada a la pared, al alcance de su mano.
Fumó en silencio hasta consumirlo del todo y luego se puso en
pie. Se, desnudó y a continuación se acostó.
Pero eran más de las dos y treinta de la madrugada cuando logró
quedarse completamente dormida.
A pesar de ello, Yuga se levantó temprano. Ella misma, frente al
porche, reunió a su equipo y les dio instrucciones para las faenas de
aquel día.
Esperó a que se fueran y luego entró en el rancho, donde se
preparó el desayuno.
Dos horas más tarde fue a la cuadra, ensilló el garañón, colocó el
látigo en el lugar que debía de ocupar el lazo y montó de un elegante
y felino salto que llevó su amplia y corta falda de montar casi por la
cintura, lo que fue una lástima, ya que a no ser los otros caballos,
nadie pudo silbar a causa del espectáculo maravilloso de sus
piernas.
Salió al paso, recreándose con el sol mañanero, pero en
sangriento contraste con el pensamiento puesto en Dick McCrea, un
pistolero venido de no sabía dónde, que la había besado y humillado
delante de media población de Richey.
De un pistolero que había sido el causante del despido de Buck
Jenkins, y Jenkins era un mal bicho.
Tomó el camino más directo hacia Richey. Un camino que la
llevaría hasta la enrejada puertecilla del cementerio del rancho
donde reposaban los restos mortales de su padre.
Yuga, cada vez que tomaba aquel camino, tenía por costumbre,
desde que aquel muriera, hacer una visita a su tumba. Por tanto,
aquella mañana también lo hizo.
Descabalgó frente a la puertecilla, la empujó y entró, llevando la
cabeza cubierta con el blanco «Stetson».
Dio dos, tres, cuatro pasos, y entonces se detuvo petrificada por
el asombro. Luego miró hacia atrás con los ojos centelleantes. Pero
su caballo y el látigo estaban bastante alejados de ella, y por otra
parte, el lugar tampoco era el más indicado para hacer lo que
quería.
Con el rostro contraído violentamente, Yuga se acercó hacia la
tumba de su padre. Hacia una tumba que ahora no estaba sola, ya
que junto a ella había un hombre vestido de negro.
Un pistolero. Un «gun-man» llamado Dick McCrea.
Se detuvo dos o tres yardas por detrás de él, mirándole
interesada, haciéndose infinidad de preguntas, casi todas ellas sin
respuesta, mientras que McCrea permanecía con la cabeza inclinada
y el negro «Stetson» en la mano.
Yuga no se movió durante los minutos que él permaneció en
aquella posición, ni tampoco dijo nada cuando se volvió
enfrentándola.
Y su voz sonó fría, pero tenue cómo un susurro, cuando dijo:
—Te oí llegar Yuga. ¿Vamos fuera?
Antes de que ella, sorprendida por el súbito tuteo que no
esperaba, pudiera reaccionar, McCrea pasó por su lado hacia la
pequeña puertecilla del cementerio del rancho.
Indecisa, le siguió, alcanzándole en la salida, junto a su caballo.
Fue entonces cuando preguntó:
—¿Qué hace aquí, McCrea? ¿Cómo se atreve a entrar a un sitio
como este? ¿Es que ni a los muertos puede dejar en paz?
Su mirada resbaló por el cuello del caballo hasta el lugar donde
descansaba el látigo. Dio un paso al frente y entonces McCrea se
adelantó.
Tomó el látigo y ante los ojos fríos y brillantes de Yuga lo estuvo
examinando durante unos segundos. Luego se lo tiró a los pies, y su
voz sonó enormemente fría cuando dijo:
—Puede que sea eso lo que desees, ¿no, Yuga? Anda, toma ese
látigo y golpéame por haber profanado el lugar donde reposan los
tuyos. ¿No es eso lo que quieres?
Yuga retrocedió un par de pasos, lo mismo que si la hubiera
golpeado en pleno rostro, y clavó los verdes ojos en el látigo.
—Váyase de aquí, pistolero, sucio —barboto con voz ronca—.
Lárguese y no vuelva más. Va... ya... se antes de que... lo use.
¡Vamos, largo de aquí! ¡Pronto!
Pero McCrea no se movió.
La miraba de pies a cabeza. Un hermoso rostro ahora rojo de
furia, un altivo y audaz seno que ahora palpitaba como movido por
la fuerza de un huracán, y temblando toda ella.
McCrea se acercó un poco y preguntó:
—¿Por qué estás tan llena de odio, Yuga? Una mujer como tú,
tan hermosa como tú. Di, ¿por qué?
—¡Cállese!
—Di, Yuga —repitió él— ¿por qué?
—¡Maldito rufián! ¿Por qué no se marcha de una vez? —volvió a
mirar el látigo caído a sus pies; y claramente McCrea vio cómo sus
ojos se oscurecían hasta volverse casi negros—. Lárguese de aquí,
antes que le mate, McCrea. Váyase.
Pero él hizo como si no la hubiera oído.
Por tanto continuó preguntando, aun sabiendo a lo que se
exponía:
—¿Qué es lo que te han hecho los hombres para que nos odies de
este modo, Yuga? ¿Qué es lo que te ha ocurrido para que estés
contra todos? ¿Qué te impulsa a odiar de este modo, muchacha? ¿Es
que no te das cuenta que lo que quiero es ayudarte?
Ella continuaba sin mirarle. Con los ojos fijos en la trenzada
correa, temblando como si la impulsara un hado maligno contra él y
contra todos.
Repentinamente levantó la vista hasta él y McCrea vio frente a sí
mismo el infierno verde en qué se habían convertido sus ojos.
—¿Usted, rufián? ¿Usted quiere ayudarme a mí? ¿Un sucio
pistolero que ya me ha matado a dos hombres? ¿Qué clase de ayuda
es esa? ¿O es que viene a contratarse conmigo como
guardaespaldas? Vamos, hable: Es eso, ¿no? ¿Acaso no le pagan
bastante los habitantes de Richey que pretende venderse al mejor
postor contando con que yo pague más que ninguno?
Calló para respirar entrecortadamente, y McCrea no la
interrumpió, esperando que ella añadiera algo más. Y no se
equivocó, ya que casi al acto, Yuga continuó:
—Por eso mató a dos de mis mejores hombres, ¿verdad? Por eso
acabó con una de mis reses, para aparecer ante mis ojos como un
rey del gatillo, ¿no? Y sobre todo, por eso vino aquí, al cementerio
donde reposan los míos, esperando que yo le viera con el sombrero
en la mano, delante de la tumba de mi padre, lo mismo que si
estuviera orando. ¡Maldito rufián! ¿Qué hacía? ¡conteste!
—Estaba haciendo una promesa, Yuga —replicó con aterradora
frialdad.
—¿Una promesa? ¿Acaso le estaba prometiendo a mi padre que
iba a echar a su hija de estas tierras con la ayuda de esa cantante y
de otros cuantos más? Pues se equivoca de medio a medio, McCrea,
porque si no se va pronto, le mataré yo misma. Lo haré aunque...
—No era eso, Yuga. Mi promesa fue que pasara lo que pasara,
velaría, por ti, a pesar de todos y contra todos. Y que al final, me
casaría contigo. Eres muy hermosa. Yuga Merri...
No pudo acabar. Con un pequeño e inarticulado grito, Yuga se
lanzó sobre el látigo lo mismo que una fiera. Pero McCrea fue
mucho más rápido al pisar la trenzada correa un segundo antes que
ella cerrara su mano sobre la empuñadura.
Yuga volvió a lanzar un pequeño grito, acto seguido se lanzó
sobre él lo mismo que una fiera. Llegó a marcarle la cara con las
manos, mientras que McCrea se veía y se deseaba para sujetarla.
Durante más de cuatro largos minutos ambos lucharon como
dos salvajes, hasta que finalmente logró dominarla al prenderla por
la cintura. Apretándola sin piedad alguna contra su pecho.
Yuga perdió la respiración, luchó durante unos segundos más
tratando de evadirse de aquel abrazo de oso, y luego abatió la altiva
cabeza. McCrea aflojó un tanto la presión y entonces la besó
largamente en los rojos y sorprendidos labios. A continuación la
soltó, dando un paso atrás, pero Yuga no se movió.
Tardó en hacerlo exactamente treinta segundos, y le sorprendió.
Yuga se acercó, mirándole con los ojos extraordinariamente
brillantes y se detuvo muy cerca, rozándole. Con el rostro levantado
hacia él susurró mostrándole los blancos e iguales dientecillos en
una sonrisa que nadie había visto desde hacía mucho tiempo:
—Es eso lo que quiere, ¿no? Pues lo va a conseguir, McCrea. Y
eso va a ser mi mayor venganza. La de hacer que se enamore de mí,
¿comprende? —Se volvió de lado y extendió el brazo para señalar un
punto inconcreto en la distancia—. ¿Sabe lo que voy a hacer? No,
¿verdad? Pues es sencillo. Avisaré a mis vaqueros para que le dejen
pasar al rancho cada vez que lo desee. Y será bien recibido por mí,
querido. Se sorprende, ¿verdad? —Sonrió de nuevo y añadió —Más
se va a sorprender de ahora en adelante, McCrea. Más, mucho más.
¿Sabe qué clase de mujer puedo ser para un hombre? No, ¿verdad
qué no?
Antes de que él pudiera evitarlo, Yuga dio un paso al frente, elevó
los brazos ciñéndole el cuello con ellos y le besó largamente.
McCrea luchó unos segundos contra sí mismo y luego
correspondió a la caricia, viendo en el acto la luz de triunfo que
había en los ojos de ella.
Algo que solo duró un segundo; pero fue suficiente para él.
McCrea la apartó de sí, lanzando una ronca maldición.
—¡Maldita seas una y mil veces Yuga! —estalló—. ¡Eres lo...!
Su risa le cortó en seco y esperó a que acabara de reír.
Al hacerlo, Yuga peguntó sin darle tiempo a que dijera nada:
—¿Se convence, McCrea? ¿Sabe ahora cómo besa una mujer
como...?
McCrea la interrumpió con una pregunta que desconcertándola
por completo cambió en un segundo el tema de la conversación,
encauzándola por otros derroteros menos peligrosos.
—¿Qué sabe de un ranchero llamado O’Leary, Yuga?
Yuga abrió mucho los ojos y por espacio de unos segundos él
más absoluto silencio reinó entre los dos.
CAPÍTULO VI
Lo rompió ella con una respuesta que le hizo dar un salto: —¿Se
refiere al amante de Elva?
Luego se rio de él y añadió:
—¿Sorprendido, McCrea?
El aludido replicó con otra pregunta:
—¿Quién te ha dicho eso, Yuga?
—¿Que qué? ¿EI «affaire» entre Elva y O’Leary? Eso lo sabe todo
el mundo en Richey. Pregúntelo y sabrá si miento o no.
McCrea hizo una mueca mientras que por su mente pasaba un
torbellino de ideas, cada una de las cuales era peor que la otra y
contestó: —Correcto si tú lo dices, Yuga. Pero en concreto. ¿Qué
sabes de él?
Yuga entrecerró los ojos para que no viera el ramalazo de
abyecta furia que por unos segundos brilló en ellos, y haciendo un
esfuerzo cuyo trabajo él tampoco supo ver, replicó: —Es un cerdo,
McCrea. Un puma con piel de cordero, ¿comprende? Entre él y Elva
están tratando de apoderarse de la región y de los ranchos de los
contornos.
—¿Y tú no, Yuga?
Ella abrió los ojos del todo y le miró de frente.
Fijo, muy fijo.
—Sí, yo también. Los zarpazos se pagan con zarpazos. Si no,
quieres que te devoren, querido, tienes que devorar. Esa ley hace
mucho tiempo que implantó en esta parte de Montana.
—¿Y no hay otro modo más humano, preciosa?
—¿Y es usted él que lo dice, McCrea? ¿Un pistolero, un «gun-
man» que vende su gatillo al que mejor le paga? Es sorprendente. La
verdad es que lo es, querido.
—Aún no me has pagado tú, linda, y yo voy a ayudarte.
Los verdes ojos tuvieron un ramalazo de furia, pero en contraste
la voz de Yuga sonó completamente tranquila cuando replicó: —No,
desde luego, no, McCrea. Pero usted ya ha establecido un precio en
el interior de su sucia mente. Por eso está aquí. Por eso hizo como si
orara en la tumba de mi padre. Además de rufián. Es usted un
cínico.
McCrea no se descompuso por el insulto, sino todo lo contrario,
ya que repitió, calmosamente: —Cuyos besos aceptas, Linda —dijo
—. Y al parecer con agrado.
Yuga, tal vez para disimular, se agachó y tomó el látigo. Los ojos
de McCrea brillaron por espacio de un segundo, pero no se movió, y
entonces ella, sin mirarle, lo colocó en la silla del mismo modo que
antes.
Acto seguido se volvió hacia él.
—¿Quiere ayudarme a subir a la silla?
McCrea se acercó. La prendió por la cintura y la elevó hasta la
misma.
Ya sobre el caballo. Yuga le miró fijamente.
—Es usted un hombre muy, fuerte, McCrea —le dijo—. ¿Le he
dicho que a mí me gustan los hombres fuertes? No, seguro que no.
Siendo así, se lo digo ahora. Es... un triunfo para usted, ¿verdad?
Echó la cabeza atrás y estalló en una burlona carcajada.
McCrea estuvo a punto de mandarla al diablo o a otra parte peor,
pero no lo hizo sabiendo que aquello solo hubiera servido para
seguirle el juego.
No obstante, fue a replicar con algo de cosecha propia, pero ella
le atajó con sus palabras.
—Si tiene su caballo cerca —dijo— le acompaño.
—¿Para qué?
Yuga le sonrió y sus ojos brillaron más que nunca cuando
contestó: —Para que a su vez me acompañe al rancho, McCrea. ¿O
tiene miedo de penetrar en mis dominios?
—Que un día serán también los míos, ¿no? Siendo así, vamos.
Volvió la espalda y por eso no pudo ver que los ojos de ella se
endurecían de tal modo que causaban pavor. Unos ojos que se
clavaron en su espalda, llenos de odio y llenos del deseo de matar.
Fueron hasta donde McCrea había dejado su caballo. Yuga
contempló cómo subía a la silla en silencio, y luego, una vez que lo
hubo hecho, preguntó: —¿Me acompaña?
—¿Para qué?
—Deseo enseñarle mis dominios, McCrea. Un hombre como
usted, que solo vende su gatillo al que más paga, le interesara saber
lo que poseo, ¿no?
—¿Lo crees así, Yuga? Pues yo no. ¿Sabes lo que creo, linda?
Yuga arqueó una de sus cejas.
—No —replicó—. No si no me lo dice.
—Pues es sencillo, preciosa; con tus besos, con... lo que a ti te dé
la gana estás tratando de llevarme al matadero, ¿verdad?
Yuga, sonrió, y McCrea se confesó in mente que jamás había
visto una sonrisa tan sucia en boca de una mujer.
—Usted ama el riesgo o la ventaja. Todo pistolero ama esas dos
cosas, McCrea. Por tanto vendrá, ¿verdad? Aun sabiéndolo vendrá,
¿no?
—Sí, Yuga, iré. Y luego, cuando esté allí, ¿qué harás? ¿Lanzarás
contra mí a Jenkins? Tengo entendido que es uno de tus mejores
pistoleros. Todo un asesino que dirían muchos, ¿no es verdad,
querida?
Yuga hizo una mueca y replicó:
—Jenkins ya no está a mi servicio. Lo despedí cuando fracasó
anoche en Richey.
La sonrisa de McCrea era torva cuando replicó:
—No admites fracasos ¿verdad? Ordenaste mi muerte, y cuando
ellos...
—No fue así, pero usted no me creería nunca, McCrea —hizo
una ligera pausa y añadió—: ¿Me acompaña?
—¿Para qué?
Yuga sonrió mientras su rostro adquiría un leve tinte rosado.
—Le gustará el rancho tanto como la ranchera —replicó—. Por
otra parte, ¿no le interesaría convertirse de la noche a la mañana en
el amo de todo esto? ¿Cambiar a ranchero? No me diga que el
cambio no es interesante. De ser un vulgar «gun-man» a convertirse
en unos segundos, en unos minutos o unas horas, en uno de los
rancheros más ricos de la comarca. Interesante y divertido, ¿verdad?
La sonrisa de McCrea fue torva cuando preguntó:
—No me estarás proponiendo que me case contigo, ¿verdad,
Yuga?
Ella inclinó la cabeza ante él, en ademán de saludo y vasallaje.
—¿Por qué no, McCrea? A usted le gusta el riesgo, ¿no? También
ha dicho que estaba, seguro de que yo iba a llevarle al matadero,
¿verdad? Pues siendo así, ¿a qué ese temor?
Sus ojos verdes brillaban con fuerza inusitada, llenos de desafío,
y su voluntarioso y redondito mentón le apuntaba a él.
—El riesgo no es mío, sino tuyo, linda.
¿Mío? ¿Por qué?
McCrea inició una fría sonrisa.
—Me pagan diez mil dólares por matarte, preciosa. Y nunca me
dieron tanto por alquilar o vender mi gatillo.
Yuga le miró sin temor alguno y contestó:
—Sí, supuse algo parecido cuando le vi por primera vez en
Richey. Es usted el tipo de hombre que engendra ese tipo de ideas
apenas se le ve en cualquier población del Oeste.
—Sí, tal vez... Y... ¿no tiene miedo, Yuga?
Volvió a sorprenderle cuando replicó:
—No, McCrea, no le temo a usted—: Sonrió desconcertándole
aún más, y añadió—: Sé que no debo temerle —y volvió a añadir
burlonamente, tras una ligera pausa—: Ninguna mujer debe temer
al que va a casarse con ella, ¿verdad?
—¡Vete al mismo infierno, Yuga!
Ella volvió a reír justo en el momento en que picaba espuelas.
Sin una sola vacilación, McCrea fue detrás.
*
—¡Dick! ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Qué... es lo que te ha
ocurrido?
Elva soltó las preguntas con inusitada rapidez tan pronto como
aquella noche le vio entrar en el «Saloon» después de salir a su
encuentro.
Acto seguido, y mientras esperaba la respuesta, le prendió de un
brazo y tiró de él hacia la barra.
—¿Es que no contestas?
Elva añadió aquella otra pregunta luego de que les hubieron
servido «whisky», que pidió, y mirándole a los ojos.
McCrea lo hizo, pero no respondiendo a ninguna de sus
preguntas, sino formulando otra: —¿Sabes dónde puedo ver a
O’Leary?
Elva arqueó una ceja.
—¿O’Leary? ¿Y yo qué diablos sé, querido?
Elva levantó el vaso y bebió largamente.
—No, Dick, no es suficiente —contestó—. No, si no te explicas.
—Creí que no hacía falta, linda —hizo una ligera pausa y añadió,
preguntando por lo que verdaderamente le interesaba a él—: ¿Dónde
puedo ver a O’Leary? Es muy importante.
Sabiendo que McCrea no le diría por el momento lo que deseaba
saber, aunque sospechándolo, Elva replicó: —Supongo que en su
casa, ¿no? Todos los días a esta hora se encuentra allí.
—Todos, sí, excepto hoy. ¿Dónde está?
Ella golpeó con el pie, llena de impaciencia, y replicó: —No lo sé.
Te he dicho la verdad. ¿O es que no me crees?
Ahora el que se volvió hacia la barra para tomar para tomar el
vaso y beber fue McCrea. A continuación contestó: —No, linda, no
te creo. Pero por sí me dices la verdad, si esta noche o cualquier otra
viene a verte, dile que le estoy buscando para matarle.
—¡Dick!
McCrea la miró torvamente.
—¿Te extraña? —preguntó—, Pues no debía ser así. Piénsalo y
verás cómo llevo razón —puso una de sus fuertes manos sobre uno
de sus desnudos hombros y añadió—: Y si lo piensas bien, Elva,
debes de extrañarte mucho más al ver que a ti, sobre todo a ti, aún
no te, he dicho nada.
Antes de que ella lograra replicarle, McCrea la soltó, dio media
vuelta y, sin apurar el «whisky», se encaminó hacia las puertas
batientes. Iba pensando en Chass Merriman, padre de Yuga, cuando
empujó las batientes y salió a la calle dispuesto a continuar
buscando a O’Leary, aunque fuera en él mismo infierno.
Un balazo levantó polvo a sus pies y casi al segundo siguiente
McCrea oyó el estampido de un rifle cuando ya un, segundo plomo
se encontraba viajando hacia él con velocidad de relámpago.
Se lanzó al suelo de cabeza. Dio un par de vueltas sobre sí
mismo, eludiendo el plomo del rifle, y luego corrió como un gamo,
en zigzag, hacia uno de los oscuros portales donde llegó unos
segundos más tarde, notando cómo un par de balas se estrellaban
contra la pared de troncos de la casa, haciéndolo con un seco
chasquido.
Luego el portal se interpuso entre él y el oculto tirador, y el rifle
calló al instante.
McCrea se secó el frio sudor que perlaba su frente, y con el
«Colt» en la mano, vaciló entre asomarse a la calle o esperar un
poco más. Optó por el primero mientras se sentía invadir por una
furia fría ante el cobarde atentado de que había sido objeto.
Se quitó el «Stetson»; y se asomó con infinitas precauciones.
Pero no miró a ambos lados de la calle. Lo hizo hacia los tejados que
tenía enfrente, y acertó casi al instante.
Vio la sombra que corría hacia uno de los aleros, el brillo opaco
del rifle recortándose contra los rayos de la luna, y levantó el «Colt»,
disparando a boleo por una sola vez.
Le contestó un ronco alarido de muerte y el pistolero cayo de
cara sobre el inclinado tejado, rodó por él y luego acabó por
estrellarse contra la calle.
McCrea aún esperó un par de minutos antes de abandonar el
amparo del portal. Luego se acercó rápidamente hacia donde aquel
había caído, y, como esperaba, no le reconoció.
Entonces miró hacia atrás. Hacia la puerta del «Saloon». Vio a
Elva y a sus piernas, rodeada de unos cuantos curiosos, y con el
humeante «Colt» en la mano se acercó lentamente.
Al verle venir, ella se hizo atrás y entró en el local. McCrea la
alcanzó cuando ya iba por el primer rellano de la escalera.
—Hola, linda —saludó—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Elva se detuvo y lo miró.
—No, si es para preguntarme sobre lo ocurrido en la calle.
—¿Cómo sabes tú que es eso lo que voy a preguntarte, Elva?
Ella le sonrió, pero su mirada era fría en extremo.
—Lo estoy leyendo en tus ojos, Dick; Por tanto, antes de que me
lo digas, debo replicarte que no sé nada. Que no vi nada sospechoso
en todo el día que me dijera lo que iba a ocurrir en tu contra.
—Hay muchas cosas que no quieres saber, linda.
—¿Qué quieres decir?
McCrea miró hacia lo alto de la escalera.
—Sube arriba y te lo diré, Elva. ¿O acaso me tienes miedo?
—¿Miedo? ¿A ti? ¿Por qué habría de, tenértelo?
McCrea no replicó y empezó a subir los escalones por delante de
ella.
CAPÍTULO VII
—Bien, Dick, te escucho. Habla.
Elva formuló la petición apenas si ambos hubieron cruzado el
umbral de la puerta del despacho y cuando aún McCrea permanecía
de espaldas a ella.
Por tanto se volvió para mirarla.
—Te has estado burlando de mí, Elva querida —dijo fríamente.
Elva arqueó una ceja.
—¿Qué yo...? ¡Estás loco, querido!
McCrea sonrió duramente.
—Tal vez lo esté, aunque no tanto como para no comprender un
montón de cosas. Y una de ellas es tu interés desmedido por el
rancho de Yuga Merriman, ¿no es así?
—Pero...
—¡Cierra el pico y escucha, linda! —atajó McCrea secamente—,
que te conviene. Mi llegada coincidió con la aparición de las reses de
Yuga en medio de la calle. Y fíjate bien que no voy a discutir ni a
poner en tela de juicio que estuvo muy mal lo que hizo. Es una calle
y nunca debió de hacerlo. Pero, como digo, no voy a hablar de ello,
sino de mi intervención. Fue casual, ¿comprendes? Fue para salvar a
una niña de ser aplastada por una manada de reses: Maté a una y
ella me lanzó un desafío, recogí el guante y se lo devolví.
Conociéndola cómo la conocías, y creyéndome uno de tantos, me
propusiste una asociación contigo, y en contra de ella. Me ofreciste
tu ayuda. Pero, ¿qué ayuda puede ofrecer una mujer sola a un
pistolero como yo y que lucha contra un equipo como el de Yuga
Merriman? Ninguna. Pero tú no estabas sola. Por eso me llamaste e
incluso te dejaste querer. Era muy bonito tener en filas a un
pistolero como Dick McCrea. El complemento que os faltaba para
poder echar a Yuga de aquí, ¿no? Pero os salió mal la cosa, preciosa.
Ahora, ¿quieres decirme dónde se esconde esa rata de Jenkins?
Mirándole con los ojos cargados de rencor, sabiendo que dijera o
hiciese lo que hiciese, McCrea jamás la creería, Elva contestó a su
última pregunta con la voz tan cargada de rencor como sus ojos: —
En su rancho. Con Yuga Merriman. ¿Dónde quieres que esté?
—Él no está allí, Elva, y tú lo sabes. ¿Dónde...?
—¿Cómo quieres que lo sepa? ¿O es que yo tengo la obligación
de saber todo lo que ocurre en Ri...?
—¡Lo sabes! Por la misma razón que sabías que O’Leary me
había ofrecido diez mil dólares por la muerte de Yuga. Porque te lo
dijo él, ¿no? Di Elva, ¿dónde está Jenkins? Con O’Leary, ¿verdad?
Ella dio la callada por respuesta y McCrea avanzo un paso,
colocándose muy cerca de Elva, con no muy buenas intenciones.
—Contesta, Elva. Comprende que no voy a perder mucho tiempo
contigo. Ni contigo, ni con el hombre o la mujer que asesinaron al
viejo Merriman.
Elva retrocedió un par de pasos, palideciendo.
—¿Quién... te ha dicho Dick? ¿Quién te ha llenado la cabeza de
esas ideas? ¿Es que te has vuelto verdaderamente loco?
—¡Imbécil! ¡Eres una imbécil, Elva! ¿Quién va a ser? El propio
Merriman. No lo comprendes, ¿verdad? No, claro que no. No lo
comprenderías nunca —sonrió y dijo—: Por última vez, encanto,
¿quieres decirme dónde se esconde Jenkins? Tiene que explicarme
algunas cosas, ¿entiendes?
—No sé de qué me estás hablando, querido. Yo te quise a mi lado
por...
McCrea jamás llegó a saber lo que ella iba a decir, ya que el
momento algo le golpeó en la nuca, privándole del conocimiento.
Elva ni se estremeció. Sonriendo al hombre que le había
derribado, preguntó: —¿Qué hacemos ahora?
—No te preocupes, querida —fue la rápida respuesta que obtuvo
—. McCrea no volverá a molestarnos. Pero ahora no ocurrirá como
ocurrió con el viejo, imbécil de Merriman. Él va a desaparecer de tal
modo que no dejará rastro.
—¿Qué es lo que vas a hacer con él?
—Cuánto menos sepas de esto, Elva, mucho mejor. Aquí no hay
ley, pero llegará cualquier día. Más tarde o más temprano, alguien
aparecerá una vez, y nosotros continuaremos en Richey,
¿comprendes?
—Eso quiere decir que, a pesar de todo, no te fías de mí,
¿verdad?
—No es eso, y tú lo sabes. Y ahora, linda, ahueca el ala, distrae
con tus piernas a la clientela, que voy a encargarme de él.
Elva no replicó. Dio media vuelta y salió del despacho. Unos
minutos más tarde se encontraba en el tabladillo, cantando,
sonriendo al público, como si nada hubiera ocurrido, mientras
McCrea, atado como un fardo, era sacado por la puerta trasera.
Media hora más tarde, amarrado a la silla sobre su propio
caballo, el mismo Jenkins, un tanto repuesto de los latigazos que
Yuga le propinara, acompañado de dos pistoleros, emprendían el
galope hacia las montañas.
Amanecía cuando se detuvieron.
Fue entonces cuando Jenkins le encaró, riendo:
—Un buen paseo, ¿verdad, McCrea? Confieso que le tenía gana.
McCrea no le miró.
Tampoco replicó a sus palabras. Se encontraba más interesado
en el panorama que había alrededor suyo.
Unos taludes de roca pizarrosa. Dos taludes para ser más
exactos, que dejaban entre sí un paso tan estrecho que apenas si
podía pasar un caballo, y ahora todos estaban en el centro del
mismo.
Como si leyera sus, pensamientos, Jenkins preguntó:
—Interesante panorama, ¿verdad? Apuesto a que se está
preguntando que para qué diablos le hemos traído aquí, ¿no? —Se
volvió a sus dos secuaces, que, lo mismo que él, habían
descabalgado, y añadió: —Vamos, muchachos, bajadle de la silla.
Sin replicar, ambos se acercaron a él y cortaron las cuerdas que
sujetaban sus piernas bajo el vientre del caballo.
A continuación le empujaron.
McCrea cayó al suelo, donde quedó unos segundos sin aliento,
oyendo las risotadas del trío. Luego miró a Jenkins y este tomó de
nuevo la palabra: —Va a morir, McCrea, lo sabe, ¿verdad?
Por primera vez en todo el camino, desde el momento en que
recobrara el conocimiento, McCrea habló.
—Sí, eso he supuesto.
Jenkins sonrió ampliamente. Estaba contento. Un buen precio
por una faena que apenas le había costado nada.
—¿No le interesa saber cómo?
McCrea le devolvió la sonrisa. La más sucia de su repertorio, y
preguntó: —¿De un balazo, Jenkins?
El antiguo capataz de Yuga se rio.
—¡Oh, no! ¡De ningún modo! Con usted no vamos a correr
ningún riego, ¿comprende? Lo de usted, McCrea, va a ser
extraordinariamente sutil —volvió a reír y añadió—: Sí, muchísimo
más sutil.
Calló esperando la respuesta, de McCrea. Calló esperando que en
el rostro de este se reflejara cualquier gesto de sorpresa, pero no fue
así. Al parecer, aquello no le importaba nada. No en aquella
situación.
—¿No tiene nada que decir? ¿No quiere saber cómo vamos a
matarle? —insistió.
—Estoy esperando que me lo explique, Jenkins, y soy todo oídos.
Jenkins extendió la mano para señalar los dos taludes que
parecían tocarse allá arriba, ciento cincuenta o doscientas yardas
sobre sus cabezas.
—¿Ve esos picos, McCrea? Sí, ¿verdad? Pues no tardarán en caer
sobre usted, enterrándole aquí—. Señaló a uno de sus secuaces y
añadió—: Rex es experto en dinamita, ¿comprende? Él va a preparar
unos cuantos cartuchos con un trozo de mecha un tanto húmeda.
Luego prenderá fuego a esa mecha que, humedecida, tardará más en
llegar a los fulminantes. ¿Sabe por qué? Porque de ese modo su
agonía será más lenta McCrea. Minuto a minuto la verá arder sin
que pueda evitarlo por ningún medio, y luego unas cuantas
toneladas de roca y tierra caerán sobre usted, enterrándole aquí.
Así, de ese modo, nadie encontrará nunca su cadáver ni el de su
caballo.
Para todos será que se marchó de Richey sin despedirse de
nadie, ya que las cosas se le pusieron poco menos que imposibles.
Es una buena idea, ¿verdad?
McCrea dudó unos segundos antes de dar la respuesta.
Cuando lo hizo su voz sonó perfectamente tranquila.
—Sí. Fue una buena idea. ¿Y de quién, Jenkins? De usted no.
Usted no tiene cerebro para ello. Es demasiado zafio y torpe. ¿Fue
cosa de Elva o de O’Leary?
Jenkins rio divertido.
—Es usted un chico muy listo, McCrea. Fue O’Leary, aunque la
chica también tomó parte en ello al llevarle a usted al despacho del
«Saloon», donde el patrón le esperaba. ¿Y sabe por qué se lo digo?
Porque...
—No lo contaré, ¿verdad? —atajó McCrea—. Siendo así, ¿por
qué no empieza ya? Está perdiendo mucho tiempo, a no ser que
tenga miedo de hacer lo que dice. ¿Me equivoco?
Jenkins no respondió. Se volvió hacia sus dos secuaces y dio las
órdenes oportunas.
Y durante, más de dos horas McCrea vio cómo con perfecta
calma los dos pistoleros iban, colocando los cartuchos de dinamita,
hasta un total de ocho, en los lugares más convenientes.
Asimismo vio la mecha, negra, ir de estos al mismo borde del
camino, serpenteando por entre pequeñas rocas y guijarros, lo
mismo, que, una maligna y mortífera serpiente, y sin poderlo evitar
se estremeció. Casi en el acto oyó la voz burlona de Jenkins: —
¿Tiene miedo, McCrea?
Tras una corta vacilación, este replicó, con la verdad:
Cualquiera lo tendría, ¿no? Cualquiera. Y usted también,
Jenkins, ya que más tarde o más temprano pagará mi asesinato. Y
ahora, si le parece, puede irse al infierno.
—Usted llegará antes, McCrea, y creo que se cansará de
esperarme.
Le volvió la espalda y miró a sus dos hombres.
—¿Listos? —preguntó.
—Claro. Desde hace unos minutos.
—Correcto. Enciende la mecha.
A continuación subió al caballo y ya sobre la silla contempló
fríamente los últimos toques de su obra de arte, según sus
pensamientos, en exclusiva.
—¿Nos vamos?
—Ahora mismo.
Los dos pistoleros subieron a los caballos. Durante unos
segundos el llamado Rex jugueteó con su «Colt», sin apartar los ojos
de McCrea. Jenkins le apremió: —Rápido, Rex, vámonos.
—Id delante —contestó—. Yo voy a hacer algo ahora mismo.
Continuo mirando a McCrea y le dedicó una burlona sonrisa.
—Me quedo con tu «Colt», muchacho —le tuteó—. Será un buen
recuerdo. Un «Colt» que perteneció a un buen pistolero, pero que
erró el camino al venir a un pueblo como Richey —volvió a
juguetear con el suyo, y luego, con una risotada, lo lanzó sobre el
polvo a un par de yardas del maniatado McCrea—. En cambio —
continuó— puedes quedarte con el mío, que te aproveche, McCrea.
Con una nueva risotada picó espuelas, lanzándose a todo galope
hacia el lugar por dónde había desaparecido Jenkins.
Cuando el ruido de los cascos del caballo se perdió en la
distancia, McCrea clavó sus fríos ojos en la mecha.
Apenas si distinguía la leve columnita de humo negro que se iba
elevando al espacio y el leve chisporroteo de la misma al avanzar
pulgada a pulgada en dirección a las rocas donde estaban los
cartuchos de dinamita.
Cerró los ojos.
Media hora más tarde la mecha apenas si había recorrido tres o
cuatro yardas, menos de la mitad del camino que debía recorrer.
Ahora ya no distinguía el chisporroteo ni veía la columnita de humo,
pero él sabía que estaba allí. Avanzando inexorable hacia los
fulminantes.
Se puso a sudar, con un sudor frío que en pocos segundos le
empapó de pies a cabeza.
¡Si pudiera hacer algo!
Pero no, no podía. Estaba atado; con las manos a la espalda,
tendido de lado, cara al alto talud que iba a estallar en mil pedazos
dentro de muy poco.
McCrea miró en torno con la misma expresión de gatos rabiosos,
y entonces vio el «Colt» que le lanzara Rex Brando como una burla
más.
Unas cuerdas que le ataban los pies y las manos y un «Colt». Un
arma que podía estar cargada, pero que no le servía para nada.
¿Si pudiera...?
¡Pero no podía!
Nadie podía hacer nada por él.
McCrea miró de nuevo hacia donde se encontraba la mecha,
achicando los ojos, pero no logró distinguir nada. Su sudor se
intensificó. ¿Si pudiera hacer algo? Miró de nuevo el «Colt» y fue
entonces cuando una repentina idea le golpeó la mente con la
misma fuerza que un mazo.
—Eres un imbécil. Dick —monologó—. Eso ya deberías haberlo
pensado antes.
A continuación McCrea se contorsionó como un áspid y empezó
a rodar en dirección al «Colt» de Brando.
Unos segundos más tarde se encontraba encima de él, sudando
como un condenado, luchando para poder tomarlo con las manos, y
rogando mentalmente que estuviera cargado mientras que en el
porche de su rancho, Yuga, llevando el inseparable látigo en las
manos, esperaba impaciente la llegada de McCrea.
Un pistolero que había venido del propio infierno para turbarla
como mujer, que había pasado en el rancho tres días con sus tres
noches, sin que ella hubiera podido averiguar quién era y de dónde
venía.
Una nube de polvo en el sendero, casi en los confines del
horizonte, hizo que achicara los ojos tratando de distinguir al jinete,
pero no lo consiguió hasta mucho después.
No era uno, sino dos.
Un hombre y una mujer.
Yuga lo supo casi en el acto a pesar de que ella iba vestida de
hombre, y también reconoció en el otro a la figura altiva y felina de
O’Leary.
Entrecerró los ojos y sus mejillas se colorearon al conjuro de la
furia que empezaba a invadirla y que llegó a su cenit tan pronto
como estos atravesaron la cerca de madera y espino que circundaba
el edificio ranchero.
Pero tragándose la bilis Yuga permaneció impasible, y con la
misma aparente impasibilidad les vio llegar al porche y esperó a que
descabalgaran.
Pero ninguno de los dos lo hizo, tal vez porque a pesar de ir
armado con una pareja de «Colt 45» O’Leary se sentía impresionado
ante la salvaje belleza de Yuga, y más que por ello en si por el látigo,
que lo mismo que una serpiente se movía en el suelo, de un lado
para otro; dispuesto a saltar en el momento menos impensado
contra cualquiera que no le gustara a su dueña.
Sé miraron de frente por espacio de unos segundos.
Pero fue Yuga la que preguntó primero:
—¿Qué vino buscando aquí, O’Leary?
El ranchero sonrió levemente.
—Su rancho, miss Merriman —dijo—. Vine a avisarla para que lo
desaloje en el plazo de veinticuatro horas.
Yuga se movió nerviosamente y los ojos azules de Elva se
clavaron en él látigo, que también se movió como si tuviera vida
propia.
—¿Y si no lo hago, O’Leary?
—La echaré de aquí. Y no cuente para nada con Dick McCrea.
Recibió cien mil dólares por marcharse de aquí y aceptó.
Yuga retrocedió un par de pasos como si repentinamente la
hubieran golpeado en pleno estómago; y el látigo se inmovilizó en el
suelo, como muerto.
—¿Puedo creerle?
—No, si no quiere, Yuga. Pero sí puede hacer una cosa:
preguntar en Richey. Allí le dirán si es verdad lo que le digo o no.
Yuga clavó los brillantes y verdes ojos en el semblante
hermosamente impasible de Elva.
—Y ella, ¿qué tiene que ver en esto?
O’Leary arqueó una ceja.
—No entiendo esa pregunta, Yuga —replicó.
—¿No? Pues la aclararé. Si ella contribuyó en algo para que a
McCrea le ocurriera algo, juro que la mataré a latigazos —y Elva, si
bien no dijo nada, se estremeció sobre la silla—. ¿Lo entiende
O’Leary?
—De ese modo, sí, Yuga. Pero él se marchó. Es la verdad.
—Una verdad que cuenta usted y nadie más. ¿No es cierto?
—No y usted lo sabe, Yuga. Pregunte en Richey como ya le he
dicho, y sabrá la verdad —hizo una pausa, sin que ella le
interrumpiera y sin que Elva pronunciara una sola palabra, y añadió
—: Pero dejémonos de eso, muchacha. He venido a hacerle una
advertencia. Quiero el rancho para mañana a mediodía y ahora
tendrá que soltarlo. No tiene a nadie que la defienda. Por otra parte,
su padre tiene una deuda conmigo de cincuenta mil dólares. Una
deuda de juego. Eso lo sabe todo el mundo en Richey. Yuga. Y no
creo que usted la niegue, ¿verdad?
La sonrisa de Yuga era torva cuando replicó:
—No, de ningún modo voy a negarla, O’Leary, una deuda que
contrajo hace tiempo jugando con usted y con Elva, y qué él siempre
se negó a pagar porque le hicieron trampa. ¿Fue eso por lo que
ordenó matarle, O’Leary?
—¡Yo no...! —calló pensándolo mejor, y acto seguido añadió—:
Sea lo que sea, él las debía. Por tanto, este rancho es mío y nada
más. Lárguese del mismo, Yuga, o de lo contrario...
—¿Qué? —interrumpió ella—: Nada, O’Leary, porque no
conseguirá nada, ¿comprende? Solo de una forma, matándome lo
mismo que asesinaron a mi padre. Y tendrá que hacerlo, ya que yo
no voy a pagar nunca esa deuda amasada con trampas, bajo el
engaño de un falso amigo, y los ojos hermosos de una mujer sin
conciencia y sin moral. Por otra parte, ranchero aquí no hay más ley
que la del más fuerte. Y pensando en eso, ¿quiere decime con
cuántos hombres cuenta usted para atacar este rancho?
—¿Qué diablos...?
—Nada de diablos —atajó ella—. Nunca, entiéndalo bien, tendrá
este rancho, por lo menos mientras yo viva, O’Leary. Como le dije,
aquí impera la ley del más fuerte. Si intenta un ataque; le juro que
acabaré con usted —dio un paso al frente y añadió mordiendo las
palabras—: De todos modos lo haré. Lo haré sí, como me ha dicho,
McCrea ha desaparecido de Richey. Hasta ahora solo esperé a que la
ley acabara con hombres como usted. No siendo así...
Yuga desvió los ojos hacia el látigo y ahora fue O’Leary el que se
estremeció.
Acababa de hacerlo cuando ella le miró por entre las
semicerradas pestañas.
—Váyase ahora mismo, O’Leary, Usted y esa... No quiero verles
ni un segundo más en mis tierras ni cerca de mi rancho. Y por favor
—, añadió con voz suave—, no intente tocar la culata de su «Colt».
Sería peligroso. Muy peligroso para usted. Vamos, largo.
Los tres se contemplaron en silencio por espacio de varios
segundos hasta que de un modo repentino O’Leary replicó: —Ya nos
vamos, Yuga Merriman. Pero no olvides una cosa: que no voy a
atacar tu rancho como supones. Simplemente me imitaré a venir.
Luego, si no te has ido, recurriré a la capital. Tengo un recibo por el
valor de esos dólares. No lo olvides.
Sin alterarse, por lo menos aparentemente, Yuga contestó:
—Y llegarían tarde, O’Leary, porque si mañana se presenta en el
rancho, no saldrá vivo de él.
O’Leary vaciló unos segundos, pensando qué era lo que debía
hacer en aquel momento, y acto seguido desvió los ojos hacia Elva.
—Vámonos, linda —dijo—. Aquí ya nada tenemos qué hacer.
Hizo caracolear el caballo y emprendió el galope hacia la puerta
que había más allá, en la cerca de madera y espino, y que daba
acceso al llano.
Elva le siguió sin una sola vacilación y emparejó con él media
milla más abajo.
—Te dije que no sería tan fácil, querido.
—Sí, lo sé.
—¿Lo sabes? —preguntó ella en tono sarcástico—. Entonces.
¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte en contacto con la capital? De ese modo
no conseguirás nada, y eso sí que debes saberlo, ¿verdad?
O’Leary ladeó la cabeza para mirarla y replicó:
—Sí, también lo sé, Por tanto no voy a hacerlo.
—¿Entonces...?
—Es fácil. Yuga, puede seguir el mismo camino que su padre y
McCrea. El uno bajo tierra, aunque enterrado, en su propio rancho,
el otro bajo unas cuantas toneladas de tierra y roca. Ella... Bueno,
Yuga, puede irse al infierno en el fondo de un barranco. Hay no lejos
de aquí un paso obligado para los buitres. Cuatro horas más tarde,
los hermosos huesos de Yuga blanquearán al sol. Es otra de mis
muchas...
—Vamos, calla —atajó ella interrumpiéndole en medio de la
frase.
—O’Leary la miró de soslayo y no replicó.
Por tanto continuaron cabalgando en silencio hasta que dieron
vista a las primeras casas de Richey mientras que en su rancho
Yuga, lo mismo que una fiera enjaulada, iba de un lado para otro
llevando el látigo detrás suyo, como si fuera un nuevo modelo de
perro, en espera de la llegada de sus vaqueros.
CAPÍTULO VIII
Se escapaba de sus manos. Una y otra vez. Como un ser vivo.
Como un ser de pesadilla que tuviera alma. Pero un alma maligna
en extremo.
Sudaba.
McCrea sudaba como no lo había hecho nunca, hasta que de un
modo repentino el «Colt» de Brando quedó encarado hacia donde él
deseaba. Hacia una de las cuerdas que sujetaban sus muñecas.
McCrea no miró a ningún lado. Ni siquiera pensó en la mecha
que se iba consumiendo poco a poco por entre los guijarros y las
rocas. Por entre la arena.
Apretó el gatillo.
La pólvora le quemó las manos, produciéndole un agudo dolor
que le estremeció de pies a cabeza, pero consiguió lo que se había
propuesto. Una de las cuerdas saltó cortada limpiamente y luchó
denodadamente por librar las manos del resto de las mismas.
Segundos más tarde luchaba con los nudos que le oprimían las
piernas, y por segunda vez empleó el «Colt». Luego, por espacio de
un par de minutos, mientras el frío sudor perlaba su frente, se frotó
los entumecidos miembros y a continuación, con el arma en la
mano, corrió hacia la mecha que ardía.
Pero no pudo hacer nada.
Esta, al llegar a los empalmes, se había separado, tomando
distintas direcciones que debían de llevar el fuego de manera
indefectible hacia los diferentes cartuchos de dinamita.
Desde luego podía apagar dos o tres. Máximo cuatro, pero nada
más. El resto, mucho antes de que lo intentara siquiera, produciría
los estallidos.
Consciente de ello, McCrea volvió la espalda y corrió
desesperadamente buscando la salida de los taludes. La alcanzó
minutos más tarde, siempre sin soltar el «Colt», buscando con los
ojos cualquier depresión del terreno donde ocultarse.
Lo conseguía ya cuando sobrevino la explosión.
Unos segundos más tarde le alcanzó la onda explosiva de la
misma. De un modo súbito McCrea se vio levantado en vilo y luego
rodó por entre las peñas, las rocas y los guijarros hasta el fondo de
una hondonada, donde llegó completamente sin sentido, en tanto
que no lejos de allí Rex Brando, al lado de Jenkins y de Phil Foster,
el tercero de los pistoleros al servicio de O’Leary, sobre los caballos,
y desde una de las cercanas lomas, contemplaban el movimiento
sísmico que había producido el estallido de la dinamita.
—Esto se acabó, Foster.
—Sí. Eso es lo que creo —medió Jenkins mientras Brando hacía
una mueca con los labios, que sorprendió al antiguo capataz.
—¿No piensas lo mismo, Rex? —preguntó.
—¿Por qué no? —replicó—. Y no obstante, me gustaría echar un
vistazo.
Foster le interrumpió con una risotada.
—¿Acaso esperas que aparezca de un momento a otro saliendo
de debajo de ese montón de roca y tierra y te persiga a muerte
empleando para ello tu propio «Colt»?
La respuesta de Brando la cortó la voz y la risa de Jenkins.
—Vamos, Brando —dijo—, no nos vayas a decir ahora que tienes
miedo de los muertos. Ellos ni se mueven ni hablan, y tú lo sabes
bien. ¿Es que no recuerdas al viejo Merriman? Vamos, que nos
esperan.
Volvieron grupas y media hora más tarde se reunían con O’Leary
cuando ya hacía mucho más de una hora que este les esperaba
después de haber hablado con Yuga, acompañado de Elva, la cual se
había separado de él hacía poco, tomando el camino a Richey.
Fue el propio O’Leary el que habló primero y lo hizo con una
pregunta, a la que añadió un comentario: —Se acabó, ¿verdad?
Desde aquí oímos la explosión.
—¿Oímos? —preguntó Jenkins—. ¿Usted y quién más, patrón?
—Elva. Se encontraba conmigo. Ahora va camino de Richey.
Hubo unos segundos de silencio.
Al parecer, Jenkins pensaba si debía o no formular la pregunta,
hasta que repentinamente optó por lo primero.
—¿Qué piensa hacer con ella, míster O’Leary?
Este le miró fijamente, luego desvió los ojos hacia Brando y
Foster, y preguntó a su vez: —¿Por qué?
—Las mujeres, en esta clase de negocios, nunca traen buena
suerte.
—¡Bah! ¡naranjas, Jenkins! Y no me digas que tú crees en esas
paparruchas, ya que no te creeré.
Jenkins forzó una sonrisa.
—Ni lo creo ni lo dejo de creer patrón —replicó— Pero se da el
caso de que usted es el que paga y nada más. ¿Nos vamos?
O’Leary replicó con otra pregunta:
—¿Ya no te interesa saber lo que voy a hacer con Elva?
Los dos se miraron de frente, por espacio de varios segundos,
hasta que Jenkins replicó: —Confieso que sí, pero como le dije, usted
es él patrón, míster O’Leary.
—De acuerdo entonces, Jenkins. Soy el patrón, pero a pesar de
ello te lo diré. Elva ha estado mucho tiempo conmigo, y por tanto no
voy a dejarla ahora en este momento. El «Saloon», aparte de otros
intereses en Richey, son míos, y la necesito. Por otra parte, el
intentar prescindir de ella sería muy expuesto, Jenkins.
—¿Expuesto? ¿Por qué?
O’Leary sonrió, pero su sonrisa fue torva.
—Si no lo sabes, Jenkins, no seré yo el que te lo diga por el
momento.
—¿Quiere explicármelo mejor?
O’Leary tiró suavemente de las riendas y el animal se puso en
marcha.
—He dicho ya todo lo que debía decir, Jenkins.
Jenkins no replicó. Se limitó a seguirle en unión de Brando y
Foster, y, a partir de entonces hicieron el viaje silencio hasta que
alcanzaron el «Saloon».
O’Leary les dejó en la barra y se apresuró a subir al piso donde
Elva tenía su despacho.
La encontró allí sentada en uno de los sillones, con la desnuda
pierna derecha cabalgando sobre la izquierda, y con un vaso de
«whisky» en la mano que depositó sobre una pequeña mesita que
había a su lado, apenas si le vio entrar.
O’Leary cerró la puerta a su espalda y avanzó hacia ella. Se
inclinó para besarla y Elva enlazó su cuello con sus brazos, lo
mismo que otras veces hiciera con McCrea.
Cuando se separaron había transcurrido mucho tiempo. Tanto
que ya las primeras sombras de la noche habían caído sobre Richey.
Y fue ella la que preguntó primero: —¿Y bien, querido...?
—¿Bien; qué?
—McCrea —replicó ella escuetamente.
O’Leary dejó transcurrir unos segundos de silencio, y contestó:
—Ese ya no cuenta, linda. ¿Algo más?
Elva no vaciló en dar la respuesta.
—Yuga Merriman. ¿Cuándo lo intentarás?
—Lo he intentado ya, preciosa.
—¿Qué?
O’Leary sonrió fríamente.
—Tengo un par de hombres recorriendo el arroyo donde suele
bañarse, querida. Si tropiezan con ella, irá a parar a una sima.
—Eso es complicado. Suponte que no aparece en unos días. ¿Vas
a atacar su rancho?
—Se puede intentar, ¿no?
—Claro, pero no lo harás.
—¿No? ¿Por qué?
Elva levantó el vaso y bebió largamente. Luego replicó mirándole
a los ojos.
—Porque sería en extremo peligroso. Hay muchos modos de
eliminar a una persona sin levantar tanto polvo.
—Como McCrea, ¿verdad?
—Correcto, como McCrea.
—Tampoco es bueno repetir siempre el mismo truco, linda.
—Lo sé, y no voy a repetirlo con ella.
O’Leary la miró fijamente como intentando averiguar cuáles eran
sus más recónditos pensamientos, pero no lo logró, en vista de lo
cual preguntó: —¿Vas a intentarlo tú personalmente, Elva?
Ella se puso en pie y él la miró de pies a cabeza fascinado por su
fantástica belleza.
—¿Por qué no?
—Sí, ¿por qué no? —repitió él—. Pero, ¿cómo?
Elva frunció el ceño.
—Tengo que pensarlo —dijo.
Siguieron unos segundos de silencio y luego, de un modo
repentino, O’Leary se puso en pie.
—Creo, linda —dijo prendiéndola por la cintura—, que será
mucho mejor que bajemos al «Saloon». Los clientes ya deben de
estar echándote de menos.
Se besaron de nuevo, antes de abandonar el despacho, y acto
seguido, el uno detrás del otro descendieron la escalera, cruzaron el
local, hacia la barra, mientras que en la calle, silenciosos como
sombras, varios jinetes, aunque ahora iban a pie, tomaban
posiciones en torno al local.
CAPÍTULO IX
Brando, Foster y Jenkins se encontraban al fondo del mismo,
frente a unos vasos de «whisky» jugando al póker, entre risas y
carcajadas.
O’Leary fue el primero que se dio cuenta de ello y los señaló a
Elva.
—Los chicos se divierten, linda, Lo están celebrando en grande,
¿verdad?
Elva hizo una mueca, sin replicar se volvió cara a la barra y pidió
un par de «whiskys». Luego, una vez hubo bebido, el suyo fue al
tabladillo y ya no se acercó a O’Leary hasta que el «Saloon» quedó
completamente vacío si se exceptúa a Brando, Jenkins y Foster que
aún continuaban en la mesa, con su inacabable partida de «póker».
Entonces se acercó a la barra del mostrador, al lado de O’Leary.
—Llámales —dijo.
—¿Qué? —preguntó este sin comprender.
—Que los llames. Por esta noche ya se ha acabado el juego
dentro del «Saloon».
—Pero Elva. ¿Qué es lo que ocurre?
Ella no replicó, y O’Leary al ver que se volvía hacia la barra para
tomar el vaso de «whisky» giró en redondo y se acercó a la mesa
donde Jenkins y los otros dos continuaban jugando.
—Se acabó el juego por esta noche, muchachos —dijo.
Brando levantó los ojos, conjuntamente con los demás, pero fue
él solo el que preguntó: —¡Cuernos, patrón! ¿Y por qué?
Sin volverse, O’Leary señaló por encima de su hombro, hacia
atrás.
—Ella os llama, Por lo menos, eso es lo que creo.
Jenkins no se pudo contener, y empezó:
—¿No me diga que...?
—Yo no digo nada, Jenkins —atajó O’Leary secamente—, sino
ella. Vamos, muchachos, fuera los naipes.
Giró en redondo y regresó a la barra, junto a Elva, mientras que
los tres se miraban entre sí. Luego y de una forma repentina, sin
consultarse previamente, empezaron a recogerlo todo.
—Jenkins fue el primero que se puso en marcha hacia la barra, y
el primero que preguntó con los ojos fijos en las explosivas curvas de
Elva: —¿Por qué no podemos continuar jugando, preciosa?
—Porque lo mando yo, Jenkins, como dueña del «Saloon». Es
bastante tarde y estoy cansada. Por otra parte, voy a hablaros de
algo importante.
Los tres pistoleros se miraron entre sí, y ninguno replicó.
Esperaban.
Elva apuró el resto del «whisky», depositó el vaso sobre el
mostrador, les miró uno a uno, y finalmente, encarando a Jenkins,
dijo: —Creo, Jenkins, que tiene una cuenta pendiente con Yuga
Merriman, ¿no?
El rostro del antiguo capataz se nubló.
—Continúa, preciosa —dijo con voz seca—. La escucho.
Hubo unos segundos de silencio, y Elva contestó:
—Deseo que...
—Fue en aquel entonces cuando las puertas batientes se abrieron
y ella se interrumpió.
*
Empezó a moverse.
Abrió los ojos, pero aun así, tardó bastante en darse cuenta de
que era completamente de noche y que al parecer todo había
terminado.
Con un esfuerzo se puso en pie. Vacilo sobre sus temblorosas
piernas y durante varios largos segundos luchó con todos sus
sentidos por recuperarse hasta que lo consiguió, aunque no de un
modo completo.
Tambaleándose miró hacia atrás.
Se estremeció.
Bajo los pálidos rayos de la luna, McCrea vio cómo uno de los
taludes había desaparecido casi por completo, como si un violento
sismo le hubiera convertido en polvo. La senda por la cual había
sido llevado hasta allí aparecía cortada, y enterrada bajo unas
cuantas toneladas de roca y tierra.
Allí, bajo las mismas, se encontraba su caballo.
Desvió los ojos mirando ahora hacia el lugar donde estaba
enclavado Richey. Empezó a avanzar lentamente, tambaleándose a
cada paso, pero solo anduvo un poco. Apenas media docena de
yardas.
Fue entonces cuando McCrea se dio cuenta de que el «Colt» ya
no estaba en su mano.
Volvió sobre sus pasos y empezó a buscarlo por los alrededores.
Y perdió cerca de una hora antes de encontrarlo debajo de una
espesa mata de artemisa.
Lo tomó, lo sospesó, lo abrió, y después de comprobar la carga,
cuatro cartuchos, enfundó.
De nuevo avanzó hacia Richey comprobando con agrado que a
medida que avanzaba sus piernas se iban afirmando y sus pasos
iban siendo más seguros. Pero aun así, cuando alcanzó las primeras
casas, había transcurrido mucho tiempo. Tanto que estaba seguro de
que, el «Saloon» de O’Leary, que regentaba Elva estaría cerrado. Por
tanto, nada de lo que deseaba, podría hacer aquella noche.
No obstante, y en contra de sus propios pensamientos, McCrea
avanzó decididamente, por detrás de las casas, hasta que alcanzó la
entrada posterior del mismo. Pero no entró de inmediato, sino que
fue a la cuadra donde examinó los caballos.
Solo entonces se decidió, hasta que avanzó por la calleja en
dirección a la calle principal con objeto de entrar en el «Saloon» por
dónde todos.
Desde la sombra de uno de los pórtales, Yuga soltó una tenue
exclamación y luego achicó los ojos intentando reconocerle. Sí,
desde luego era él. Era Dick McCrea. Sucio, cubierto de polvo de
pies a cabeza, renqueando, y con el rostro cubierto de arañazos,
como si la zarpa de una fiera hubiera hecho presa en él.
Sí, claro, era McCrea. Entonces no se había ido.
Su corazón latió con violencia mientras se volvía a uno de sus
vaqueros.
—Es McCrea —dijo con voz ronca—. Que nadie se mueva de la
calle, ya que quiero ser yo la que entre detrás de él.
En aquel entonces, sin una sola vacilación, McCrea empujó las
puertas batientes y entró.
Se dio cuenta en el acto de que Elva se interrumpía mientras se
llevaba las manos a la altura de los audaces senos, y vio al mismo
tiempo cómo Jenkins, Brando, Foster y el propio O’Leary, se
inmovilizaban mirándole con los ojos llenos de terror.
McCrea se detuvo en el centro del desierto «Saloon» y saludó:
—Buenas noches a todos. Elva. En cuanto a usted, Brando,
gracias por dejarme su «Colt». Fue un buen gesto. Un gesto que le va
a costar la vida. Y no me miren así. No soy un ser escapado de la
tumba, ya que aún no tuve tiempo de pedirle permiso al sepulturero
para que me dejara salir. Vamos, piénsenlo, muchachos: ¿Entregan
las armas ahora mismo, o empezamos a disparar?
Siguieron unos segundos de tenso silencio mientras que se
reponían de la sorpresa. Mientras que en sus mentes entraba la idea
de que en contra de todo pronóstico, Dick McCrea había escapado
de la tumba de un modo incomprensible.
Y fue el propio O’Leary el que habló primero rompiendo de ese
modo un silencio que ya se estaba haciendo pesadamente
angustioso: —Cómo... ¿Cómo diablos lo consiguió, McCrea?
—Eso ahora no importa. Vamos, O’Leary, diga a sus hombres
que tiren las armas a mis pies o esto se va a convertir en un infierno.
Mirándole fijamente, este replicó:
—¡Es usted un iluso McCrea! De hacerlo significaría la horca.
Vamos, ¡saque!
—¡La significa de cualquier modo, O’Leary! ¡Vamos, fuera los
cinturones!
En aquel momento, Elva estalló:
—¡Vamos! ¿a qué esperan? Mil dólares al que...
Jenkins fue el primero qué tiró del «Colt» llevando en sus labios
una seca maldición.
Luego todo se convirtió en un infierno cuando McCrea extrajo el
perteneciente a Brando y disparó cuatro veces golpeando el enorme
martillo con la palma de la mano izquierda mientras que Yuga
entraba en el «Saloon» y Elva se apartaba rápidamente de la línea de
fuego llevándose las manos a los senos, mano que extrajo casi al
segundo siguiente.
Frente a McCrea, Brando dio una vuelta sobre sí mismo y a
continuación se desplomó de modo fulminante seguido por Foster y
Jenkins mientras que O’Leary se veía proyectado contra el
mostrador con un balazo en el centro del corazón, muerto ya, antes
de tocar la madera del mismo.
Frente a Elva, McCrea se estremecía violentamente en tanto que
su pecho de titán se iba volviendo rojo.
Y fue entonces cuando al verle vacilar, Elva dio un par de pasos
adelante y le encaró el «Derringer» que empuñaba.
—¡Maldito perro bastardo...!
No terminó con la frase ya que Yuga intervino en aquel
momento:
—En la puerta, Elva.
Con una exclamación de sorpresa, Elva giró en redondo
disparando al mismo tiempo. La bala rozó la sien de Yuga cuando
esta apretaba el gatillo del «45» que empuñaba. Casi en el acto todo
acabó.
El alarido de Elva repercutió en todo el «Saloon», atravesó las
ventanas y salió a la calle perdiéndose en la distancia no sin antes
haber hecho estremecer a los vaqueros, y luego, elevando los brazos
en cruz, se desplomó fulminada con un negro orificio en medio de la
frente.
Sin abandonar el «Colt», y cuando ya sus vaqueros irrumpían en
el interior del «Saloon», Yuga corrió hacia McCrea que en aquel
momento daba con sus huesos en el suelo produciendo un sordo
choque que hizo temblar las paredes de troncos y madera.
*
—Me alegro de verle casi repuesto, capitán.
Eso lo dijo Yuga, una tarde, cuando ya el sol declinaba en el
horizonte, tres meses más tarde de ocurrir los sucesos relatados, y al
penetrar en la habitación que había destinado a McCrea en su
propio, rancho.
—¿Cómo lo supo?
Sonriendo, Yuga vino a sentarse en la cabecera de la cama,
llevando como siempre el látigo sujeto por la empuñadura.
—Hay varios de sus hombres en Richey, capitán. Y un par de
ellos en el rancho. Le buscaban ya que usted, si bien vino, ni les
telegrafió diciéndoles cómo iban las cosas por aquí.
Hizo una pequeña pausa que McCrea no rompió, en vista de lo
cual agregó: —Fue mi padre el que lo llamó, ¿verdad?
McCrea hizo una mueca.
—No a mí precisamente, Yuga —replicó—. Míster Merriman
escribió a la capital a raíz de una partida de «póker» que le costó
cincuenta mil dólares. Dijo que le habían hecho trampas pero que
no podía probarlo. Nos pedía que mandaran a un agente, y en
resumen; explicaba que aquí no había más ley que la del más fuerte,
y que temía por su vida. Sospechaba de O’Leary y de Elva Cristian,
una cantante que ya hizo bastante ruido en otros lugares como
nosotros ya sabíamos: Y así fue en realidad.
—Concretando, Dick; ¿qué fue lo que en realidad ocurrió? ¿Por
qué mataron a mi padre?
—Por ambición y por celos, Yuga, O’Leary deseaba tu rancho y
Elva...
—¿Por qué Elva también? No me diga que...
—Sí, Yuga. Elva, a espaldas de O’Leary, había puesto los ojos en
un hombre, y tú te lo llevaste. Ella nunca te perdonó eso ni mucho
menos. Eso, unido a la ambición de O’Leary, que fue el que la trajo
aquí, él que montó ese «Saloon» para ella, fue la causa de todo. La
causa de que se unieran aún más de lo que ya estaban,
¿comprendes? Entre los dos montaron aquella partida de «póker» y
al no poder pagar, tu padre tuvo que firmarles un documento en el
cual se hacía responsable de aquella deuda. Entonces le mataron.
Tú, una mujer sola, poco trabajo les podía dar una vez muerto
míster Merriman, pero se equivocaron —señaló el látigo que ella no
soltaba y añadió—: Con eso y contigo misma empezaron a tenerte
un poco más de respeto que a tu padre y maduraron un plan en
contra tuya sin saber que este ya nos había escrito, con lo que vine
yo. Luego, aún sin quererlo, me ayudaste con tu estúpido
comportamiento al conducir un montón de reses por el centro de la
población, ya que esto hizo que Elva se fijara en mí tomándome por
lo que todos, por un pistolero profesional, que había sido retado
nada menos que por. Yuga Merriman, y que este había recogido el
guante. Pero se equivocó conmigo, como se equivocó con los demás.
Sabiendo que ella también lo creyó así, Yuga se puso en pie y le
miró con los ojos entrecerrados.
—Lo que no comprendo, fue el proceder de Jenkins. Él siempre...
—Sí. Pero tú le echaste del rancho apaleándole como a un perro.
O’Leary era un tipo listo y supo presentarse delante de él en un
momento sicológico, consiguiendo que se pasara a su bando,
seguramente mediante un buen puñado de dólares. Por otra parte.
Jenkins me odiaba, y de ese modo se vengaba de los dos. De tus
latigazos y de mí, ya que varias veces le humillé delante de todos. Y
si no, ¿cómo explicarías la actuación de Elva?
—¿Qué quiere decir?
—Es sencillo, linda. Tu capataz me atacó con lazos delante de la
puerta del «Saloon», y ella salió en mi defensa. Con esto demostraba
dos cosas: Que no tenía nada que ver con Jenkins, en aquel
momento, y que deseaba, ante todo, captarse mi confianza.
Ella le miró con gesto dubitativo durante unos segundos, y
replicó: —Sí, Dick, creo que tiene usted razón, y también que ya es
hora de que yo vaya aprendiendo esta lección para lo sucesivo.
Sin esperar respuesta se volvió yendo hacia la puerta. Con la
mano en el tirador de la misma ladeó la cabeza para mirarle, y dijo:
—En el rancho hay un juez que ha recorrido más de sesenta millas a
caballo, llamado por mí. Lleva una semana comiendo y bebiendo de
lo mío sin hacer nada más, esperando a que cierto capitán de la IX
Compañía Federal de Montana esté preparado, ¿comprende?
McCrea frunció el ceño.
—¿Un juez? —preguntó—. ¿Y para qué?
Yuga no sonrió cuando replicó:
—Va a celebrar un matrimonio, capitán. El nuestro. Por tanto, sí
no quiere que de nuevo emplee el látigo, y ahora contra usted, debe
ir pensando en prepararse para la boda que se celebrará esta noche
tan pronto como los vaqueros regresen de los pastos.
Sin esperar respuesta, dejándole completamente estupefacto,
Yuga abrió la puerta y desapareció por ella cerrando suavemente a
su espalda.
Cuando McCrea reaccionó al cabo de unos cuantos segundos,
estaba completamente solo por lo que puso los ojos en blanco, dio
un suspiro capaz de causar la envidia de un elefante, luego silbó
como la locomotora de un tren, y finalmente se dijo que no tenía
más remedio que obedecer.
No le gustaban los latigazos, claro.
FIN