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DALLAS-98 Joe Mogar (1966) Una Mujer de Alivio

El documento presenta una narrativa de un pueblo en Montana donde un pistolero, Dick McCrea, se enfrenta a la joven Yuga Merriman tras matar a una de sus reses. La historia se desarrolla en un ambiente de tensión y confrontación, donde McCrea es abordado por Elva, quien busca su ayuda para deshacerse de Yuga, ofreciendo una recompensa sustancial. A medida que avanza la trama, se exploran las dinámicas entre los personajes y el peligro que representa Yuga para McCrea.

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DALLAS-98 Joe Mogar (1966) Una Mujer de Alivio

El documento presenta una narrativa de un pueblo en Montana donde un pistolero, Dick McCrea, se enfrenta a la joven Yuga Merriman tras matar a una de sus reses. La historia se desarrolla en un ambiente de tensión y confrontación, donde McCrea es abordado por Elva, quien busca su ayuda para deshacerse de Yuga, ofreciendo una recompensa sustancial. A medida que avanza la trama, se exploran las dinámicas entre los personajes y el peligro que representa Yuga para McCrea.

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Colección TAMPA
36. Una dama con despiste

40. Dos cartuchos vacíos


Colección DALLAS
95. Jessica Murdock

98. Una mujer de alivio


Colección COMBATE

9. Dos tumbas en Birmania


21. Destino... ¡Ayakaba!

Colección DODGE-OESTE
24. ¡Ha vuelto Lou Kendall!

56. Implacable venganza


Colección RIO GRANDE

75. Una cuerda en Nevada


84. Un «Colt» en la noche
CAPÍTULO PRIMERO
Había vaqueros en la calle.
Un par de pistoleros y alguna que otra mujer.
También una niña. Una pelirroja de no más de seis años. Estaba
jugando sobre la acera de tablas, completamente sola, y sus
argentinas carcajadas ponían una nota alegre en el ambiente.
Una nota alegre, sencilla, pura... Y sin embargo aquella riña no
iba a tardar en encender un polvorín en el interior de la pequeña
población de Richey, al nordeste de Montana.
Nadie lo sabía. Nadie lo presumía tampoco.
Solo tuvieron conciencia de ello cuando de un modo repentino
llegó a oídos de todos el rumor de fuertes pezuñas y el mugido de las
reses. Un segundo después la calle quedó casi desierta mientras que
ahora los gritos de los vaqueros, azuzando al ganado; se dejaban oír
por encima del ruido de las pezuñas.
Las argentinas carcajadas de la niña se quebraron.
Luego ladeó la cabeza para mirar a ambos lados de la calle y
empezó a cruzarla, corriendo toda la fuerza que le permitían sus
cortas piernecitas.
Y lo hizo justo en el momento en que el guía, un «cornilargo» de
poderosa osamenta, irrumpía en la calle seguido a pocas yardas por
más de cincuenta reses y unos cuantos vaqueros, estos mucho más
lejos.
La niña cortó su carrera. Se detuvo en seco en el centro de la
calle, miró a la bestia, lanzó un pequeño grito, intentó retroceder,
luego avanzar, y finalmente, completamente aterrorizada, se llevó las
manos a la carita y quedó allí, completamente inmóvil, en medio del
polvo, mientras que el poderoso guía se iba acercando como un
meteoro sin que ninguno de los pocos que presenciaban la escena se
atreviera a intervenir.
La nube de polvo alcanzó a la niña envolviéndola como en un
sudario de muerte unos escasos segundos antes de que la res llegara
a ella.
Por lo menos ese fue el efecto óptico que produjo la escena en
todos cuantos completamente inmóviles la contemplaban hasta que
estalló el disparo.
Un disparo hecho desde corta distancia, con un moderno
«Winchester» de repetición.
Al segundo siguiente la nube de polvo se acrecentó hasta lo
indecible cuando el resto de las reses, seguidas de los vaqueros
pasaron de largo. Luego este polvo decreció, y entonces se vio
claramente la escena.
La niña ya no estaba en la calle, sino en la acera, opuesta junto a
un jinete vestido de negro.
Un pistolero. Un tipo alto, felino, poderoso, rubio como un Apolo
o un dios griego. De ojos grises, fríos e insondables como una
profunda sima: Un pistolero que llevaba, además del solitario «Colt
45» colgado sobre el muslo, sujeta la cartuchera a este por la clásica
y trenzada correílla de cuero, un moderno rifle «Winchester» de
repetición.
En la calle, en el centro de la misma, el poderoso guía de la
manada que acababa de pasar yacía muerto entre el polvo, con un
balazo en medio del testuz.
Un murmullo de estupor corrió por toda la calle, a cargo de los
curiosos que habían contemplado la escena y de los que empezaban
a contemplarla en aquel momento mientras que el pistolero
acariciaba la pelirroja cabeza de la niña, que contrastaba
enormemente con su aspecto casi siniestro.
Casi mortal.
Luego le dio un ligero azote, le dirigió una sonrisa y dejándola
sola abandonó la acera de tablas en sentido inverso, tal vez
preguntándose por qué los vaqueros no se habían detenido al ver
cómo el guía era abatido de un certero disparo hecho con el rifle que
llevaba en la mano.
Acabó de cruzar la calle sin dirigir una sola mirada a la res que
acababa de matar y pisó la otra acera cuando un caballo, lanzado a
todo galope, desembocaba por un extremo de la misma.
No se volvió. Continuó su camino hacia el «Saloon», hasta que
oyó a su espalda la voz furiosa de una mujer.
—¿Quién hizo eso? ¿Quién mató a una de mis reses?
Sé volvió para mirar.
Mareaba.
Era la palabra que mejor le cuadraba a toda ella.
Muy joven, de no más de veinte años, pero toda una mujer. Iba
sobre la silla de un poderoso y semisalvaje garañón.
Un rifle en la funda del arzón, y al costado, en vez del clásico
lazo vaquero, el pistolero vio la trenzada correa de un enrollado
látigo.
Rubia como el oro, de rasgados e intensos ojos verdes
sombreados de largas pestañas. Un rostro de óvalo perfecto,
moreno, contrastando notablemente con el color del pelo. La frente
amplia, la nariz recta, la boca un tanto grande, de labios rojos.
El seno alto, pujante, orgulloso, estrecha la cintura, y la falda de
amplio vuelo, corta hasta la rodilla, mostrando al sol de la mañana
la magnificencia de unas piernas como él no había visto otras.
Altas botas de montar, negras, con espuelas de oro, amén de la
blusa con que se cubría; completaban el sencillo atuendo con que
iba vestida.
Volvió a preguntar sin parecer darse cuenta del escrutinio del
pistolero, forastero a todas luces en aquella parte de Montana: —¿Se
han vuelto sordos? Vamos, ¿quién hizo eso? ¿Quién mató a una de
mis reses?
Acercó el caballo a la acera y encaró a uno de los vaqueros.
—Tú. Lex —dijo silbando las palabras por entre los apretados
dientes—, dime quién fue. Tuviste que verlo, ya que no haces otra
cosa en todo el día que estar yendo de un lado para otro dentro de
este pueblo de cobardes. ¿Quién...?
En aquel momento intervino el forastero, sin darle tiempo a Lex
Baker a contestar.
—Lo hizo mi rifle miss —dijo fríamente—. ¿Algo en contra?
La mano de Yuga Merriman se acercó a la empuñadura del
látigo, pero no llegó a tocarlo.
La voz fría y sin matices de Dick McCrea se lo impidió.
—Toque ese látigo, miss, y con usted ya serán dos las bestias que
habrá en la calle muertas.
El ramalazo de los ojos verdes se intensificó, pero ella apartó la
mano de la empuñadura del látigo.
—¿Sabe lo que le ocurre al que mata a una res, forastero?
McCrea esbozó una fría sonrisa.
—En mi tierra se le ahorca. Aquí, no lo sé.
—Pues exactamente igual. Y eso es lo que voy a hacer con usted,
tan pronto como le ponga una mano encima. No lo olvide si en algo
estima su salud. Y para que lo sepa, me llamo Yuga Merriman.
Dio media vuelta haciendo caracolear al caballo y se alejó a todo
galope hacia el otro extremo del pueblo por dónde habían
desaparecido los vaqueros.
McCrea dio media vuelta y en el más completo silencio avanzó
hacia las puertas batientes del «Saloon», que como una tentación se
ofrecían ante sus ojos, sin pensar ya ni en la hermosa Yuga, ni en su
amenaza.
Las empujó y entró, yendo directamente hacía la barra.
—«Whisky» —pidió escuetamente.
Un «barman» silencioso en extremo se lo sirvió, mientras que
Elva y sus largas y maravillosas piernas le miraban desde el otro
extremo del local, calibrándole, estudiándole, como se mira un
objeto valioso al que se desea comprar.
Luego, con la mano en la cintura, contorneando sus firmes y
suaves caderas, al compás de sus cadenciosos y felinos pasos se
acercó hasta colocarse a su lado, en la barra.
Miró al «barman» y pidió:
—Sírveme lo mismo que al forastero.
McCrea ni se movió. Tampoco miró al espejo que tenía situado
frente a él y que le hubiera permitido examinarla a su antojo.
Tomó el vaso y bebió un poco, a continuación lo depositó sobre
el mostrador y dijo: —Una bonita lección, pero peligrosa forastero.
McCrea se volvió entonces y la examinó de pies a cabeza, con
todo descaro. Y Elva tenía mucho que ver.
Casi tanto como la rubia Yuga Merriman. Casi tanto o más que
ella.
Iba vestida con un negro «tentación», y las piernas cubiertas de
malla negra, eran largas y hermosas.
Magníficas. Ojos grandes, rasgados, azules, nariz fina, clásica, y
la boca de labios gruesos, húmedos, rojos y sensuales. Invitadores...
Y fue ella la que añadió mientras él continuaba mirándola:
—Cuando acabe con su contemplación me dirá si le gusto tanto
como ya me lo están diciendo sus ojos. Luego puedo que hablemos.
McCrea no se desconcertó por sus palabras, sino que con
perfecta calma acabó el escrutinio y acto seguido replicó: —Como
mujer no estás mal linda, pero las he visto mejores.
—¿Cómo yo? Eso no es verdad, forastero, y tú lo sabes —le tuteó
ella, aceptando así el tuteo de McCrea—. Quizás Yuga, pero nadie
más.
Él no sonrió. Sus ojos, fijos en ella, seguían mostrando una
absoluta frialdad, una absoluta carencia de humanidad, pero Elva
no pareció impresionarse por ello, ya que no desvió los suyos de los
de él.
—¿Hablamos? —preguntó.
—¿Por qué no? Además, ¿no es eso lo que estamos haciendo?
Elva le sonrió, pero McCrea no correspondió a la sonrisa.
—Sí, pero no del modo que yo quiero.
—¿No? ¿Y cuál es ese modo sí puedo saberlo?
Ella extendió su bien torneado brazo para señalar la escalera que
había situada al fondo del local y contestó: —Sube conmigo.
—¿Para qué?
Elva arqueó una de sus finas y elegantes cejas y replicó:
—Tal vez me decida por darte un beso o tal vez desee hablarte de
Yuga Merriman. Sea lo que sea, forastero, creo que ambas cosas son
interesantes. ¿Qué opinas tú?
Como primera respuesta, McCrea tomó el vaso y bebió hasta
agotar su contenido. Luego la miró en silencio por espacio de varios
segundos, y al fin, empleando la misma frialdad de siempre,
contestó: —Vamos.
Elva apuró el contenido del suyo y luego le prendió de un brazo.
—De acuerdo querido: sube conmigo.
Alcanzaron el pasillo y ella le guio hasta el despacho.
Ya dentro le señaló uno de los sillones.
—Siéntate. ¿Y cómo has dicho que te llamabas?
—No te lo dije, pero lo haré ahora, aunque antes...
No terminó.
La prendió por los hombros y la atrajo hacia sí mismo.
—Antes, linda, voy a darte ese beso.
Lo hizo y ella llevó los brazos a su cuello, correspondiendo a la
caricia de una forma que le aturdió.
Luego ambos permanecieron estrechamente abrazados por
espacio de varios minutos, hasta que Elva se separó de él por propia
iniciativa.
CAPÍTULO II
Sentados ahora, ella frente a él, cabalgando una de sus desnudas
y hermosas piernas sobre la otra.
Elva esperó a que McCrea dijera o preguntara algo, pero el
pistolero no lo hizo.
Se limitaba a mirarla fríamente, sin que su rostro de halcón
delatara para nada lo que estaba pensando en aquel momento.
Por tanto fue Elva la que rompió el silencio.
—¿No me preguntas nada, forastero?
—Mi nombre es McCrea, y lo creas o no, no siento curiosidad
por enterarme de nada de lo que tengas que decir.
Ella arrugó el entrecejo.
—¿No? —preguntó—. Entonces, ¿para qué has subido conmigo?
—Porque hablaste de un beso. ¡Nada más que por eso!
Elva sonrió ampliamente y sus ojos azules chispearon divertidos.
—Hasta ahora —dijo—, es lo más bonito que ningún hombre me
ha dicho —hizo una ligera pausa y añadió—: Pero dejemos esto que
por ahora a nada conduce, y hablemos de Yuga Merriman, McCrea.
Vi lo ocurrido en la calle desde una de las ventanas del «Saloon» y sé
que ella no te dará cuartel. Yuga es un gato rabioso al que nadie
consigue domar. ¿Comprendes?
Esperó la respuesta. Pero McCrea no la dio hasta que no hubo
liado y encendido un cigarrillo. Hasta que la primera columna de
humo azul no se elevó hacía el techo.
Entonces preguntó:
—Correcto, linda, ¿qué quieres de mí?
—Que me ayudes a echarla de Richey.
—¿Por qué?
Elva le miró atentamente antes de dar la respuesta, preguntando
a su vez: —¿Te gusta mi local?
McCrea frunció el ceño y ella supo entonces que por primera vez
desde que se encontraban hablando había logrado romper por un
par de segundos su impasibilidad de piedra.
Pero la respuesta de él no fue la que esperaba ni mucho menos
ya que se trató de una repetición exacta de la misma: —¿Por qué?
Elva vaciló ahora, pensando la respuesta que iba a dar, y como la
vez anterior la formuló mediante una pregunta: —¿Sabes cuánto
vale?
Por primera vez McCrea dijo una frase completa.
—¿Quieres decirme, linda, qué tiene esto que, ver con Yuga
Merriman?
—Todo a su tiempo. Dick —replicó ella.
Hizo una pausa sin que él dijera nada y añadió:
—Este local, mi «Saloon», vale por encima de los cincuenta mil
dólares. Tengo un buen conjunto de muchachas y mis atracciones
son las mejores en mil millas a la redonda. Es uno de los mejores
negocios de esta parte del Estado, querido. Echa a Yuga de aquí y
tendrás la mitad de todo, más el cincuenta por ciento de las
ganancias.
Y por tercera vez McCrea formuló la misma pregunta:
—¿Por qué?
El ceño de Elva se frunció violentamente y luego dio el estallido.
—Creí que eras lo bastante inteligente para comprenderlo, Dick
McCrea —dijo—. Yuga no te dará respiro. Le mataste una res y la
desafiaste en medio de Richey y ella intentará sacarse la espina
como sea. Ya oíste lo que dijo. A ti, que no la conoces puede que no
te importe nada, por el momento. Y cuando quieras darte cuenta del
error será tarde, Yuga no te preguntará qué motivos tuviste para
hacerlo. A ella no le importa que una niña más o menos estuviera a
punto de ser aplastada por sus reses. Solo que perdió una y por
mediación tuya. Lo tomará por un reto y Yuga siempre recoge los
guantes. No, Dick, no perdonará esto ni que la pusieras en ridículo
delante de medio pueblo. Tendrás que irte. No podrás hacer otra
cosa, ya que nadie te ofrecerá su ayuda. Nadie como no sea yo.
McCrea no respondió en unos segundos.
—Puede que lleves razón, muchacha —dijo—. Pero aún sigo sin
enterarme del interés, que tienes tú en todo esto. ¿Por qué la odias
hasta ese punto?
La respuesta de Elva no se hizo esperar.
—Hace tiempo quise a un hombre, Dick. Le quise mucho. Era
mío, y Yuga intervino. Se lo llevó. Ella es la dueña de un rancho. De
uno de los mejores ranchos del Estado, y yo solo una cantante. La
dueña de un garito. La escogió a ella; ¿comprendes?
—¿Qué fue de ese hombre?
Elva sonrió, y en su sonrisa McCrea pudo ver una extraña
alegría.
—No lo sé. Y al decirte esto quiero darte a entender que él se
marchó de Richey porque Yuga le echó. No sé, nadie sabe, lo que
verdaderamente ocurrió en el rancho, pero lo cierto es que ella, con
el látigo, le marcó para toda la vida. Yo no lo vi, pero estas cosas
siempre se saben. Yuga es mala, Dick, esto te lo dirá cualquiera en
Richey. Le gusta hacer daño. Tanto ella como su capataz —sonrió de
nuevo y agregó—: Si te quedas por aquí ya tendrás ocasión de
conocerle. Buck Jenkins no le tiene miedo a un pistolero más o
menos, ya que él lo es.
—¿Algún otro, querida?
—Sus dos guardaespaldas personales. Elmer Tracy y Alf Linsay.
Dos pistoleros que, junto con Jenkins, forman un trio más que
peligroso. Te darán guerra si te quedas solo. Te la darán también si
tienes compañía. Te la darán, Dick, de todos modos. Ya ves que te
hablo con sinceridad: Ahora tú tienes la palabra. Un bonito
«Saloon» y el cincuenta por...
—¿Y tú, linda? ¿Dónde quedas tú?
Ella se puso en pie y se le acercó.
—Eso no soy yo quien para decirlo, querido, sino tú, pero no
ahora. Dentro de unos días, dentro de unas horas... si te intereso
como mujer, pregúntame. Ahora... Bueno, Dick, te prepararé una
habitación dentro del «Saloon». Si estás cansado. Puedes dormir
hasta la noche. Luego continuaremos con esta conversación e
idearemos un plan a seguir.
La respuesta de McCrea la sorprendió:
—Yo ya lo tengo, linda.
Elva abrió aún más sus ya de por sí grandes y rasgados ojos
azules.
—¿Qué es lo que vas a hacer? —preguntó.
—Nada.
—¿Qué?
—Es sencillo, querida. Voy a limitarme a esperar. Entretanto,
daré vueltas de un lado para otro. Me haré ver aquí, en el interior
del «Saloon», en la calle y en cuántos sitios se me ocurra. Y lo haré
solo.
—Y te matarán, Dick. Lo harán sin escrúpulo alguno.
—Sí, tal vez ocurra eso, pero antes, mucho antes de que lo
consigan, Yuga ya habrá dejado de ser un peligro para los habitantes
de Richey —mintió, aunque solo en parte.
—¡Te matarán antes de que lo consigas Dick!
—Eso ya lo has dicho antes. Y siendo así, ¿por qué diablos te
complicas en esto si tan segura estás de mi muerte?
Elva hizo una mueca y replicó:
—Casi... estoy por decirte que lo mejor que puedes hacer es
tomar tu jaco y largarte de Richey.
El rostro de McCrea se endureció.
—¿Arrepentida?
—Pues... No sé qué decirte, esa es la verdad. En un momento de
acaloramiento una persona puede decir muchas cosas de las que
luego se arrepiente. Ahora, así, pensándolo fríamente, creo que yo...
yo voy a darte muy poca ayuda. Dick. Esa es la verdad.
McCrea no sonrió cuando preguntó:
—¿Y te acaloraste tú, ricura?
—¡Sí! Me sublevó la idea de ver morir a esa niña ante la cobardía
colectiva de todos cuantos miraban en la calle. Por eso te hablé de
ese modo, sin pensar.
—Y claro, como te estorba Yuga...
—Dick, por favor —atajó ella—. ¿Qué puedo decirte que...?
McCrea la atajó a su vez.
—No atormentes más tu linda cabeza —dijo—. De todos modos,
iba a quedarme por unos días. Era mi decisión de mucho antes de
conocer a miss Merriman.
Ella le miró atentamente ahora, estudiándole de nuevo, como ya
lo estudiara antes en el «Saloon».
Y preguntó:
—¿Qué es lo que buscas en Richey, Dick?
—Podría decirte que una mujer tan hermosa como tú o como
Yuga Merriman, para casarme con ella, o solo para hacerle el amor,
pero te mentiría, preciosa.
—¿Quieres irte al infierno y no burlarte más, pistolero? Di: ¿qué
buscas aquí? ¿Qué se te ha perdido en un infecto poblacho como
este?
McCrea sonrió, pero a pesar de su esfuerzo. Su sonrisa fue
torcida.
—A nadie, querida —replicó—, no busco a nadie. Simplemente
llegué aquí como pude llegar a otra parte.
Pero no era verdad, y Elva no supo adivinarlo y no insistió.
—De acuerdo. Dick —fue lo que dijo—. No buscas a nadie pero
sin embargo deseas quedarte. Sea como tú quieras —hizo una ligera
pausa y añadió—: Voy a prepararte esa habitación.
Salió sin esperar respuesta.
McCrea miró en torno, examinó a conciencia el interior del
despacho donde se encontraba, y diciéndose de paso que todo era
magnifico, y que si Elva supiera la verdad de todo quizá no se
comportara con él de aquel modo, se acercó a la puerta, la abrió y
bajó al «Saloon».
Se acomodó en la barra y pidió un «whisky» notando que el local
estaba casi lleno, y no de clientes habituales, sino de curiosos, que
callaron tan pronto como le vieron allí.
Levantaba el vaso para beber cuando alguien preguntó a su
espalda:
—¿Puedo hablar con usted unos segundos, forastero?
McCrea se volvió lentamente con este en la mano, y replicó:
—Ya lo está haciendo, vaquero. ¿Alguna cosa en particular?
El vaquero sonrió.
Alto, rubio, de ojos pardos, elástico, casi felino.
Vistiendo pañuelo al cuello, camisa a cuadros, de franela,
chaparreras de cuero sobre los pantalones vaqueros y botas de alto
tacón con espuelas.
Replicó sin perder la sonrisa.
—Me llamo Ted Sinclair y siempre dije que no me gustaban los
pistoleros. Ahora...
—¿Cambió de opinión?
—No y sí.
—Explíqueme eso ¿quieres?
—A eso iba, forastero. Usted... bueno, mi hija vive por usted, y
por causa de ella le van a matar en este cochino pueblo. Lárguese
con el agradecimiento mío y de mi esposa. Váyase antes de que Yuga
Me...
—¿Espera que lo haga? —atajó McCrea.
Sinclair arqueó una ceja.
—No. La verdad es que no lo esperaba y eso me coloca a mí en
una posición difícil.
—¿Por qué?
La pregunta de McCrea sonó en el silencio del local como el
estampido de un disparo.
—Porque me pone en una situación difícil, McCrea. Lo
comprende, ¿verdad?
Volvió a su vaso dándose unos cuantos segundos de respiro antes
de replicar.
Cuando lo hizo fue mirándole fijamente.
—Creo que lo mejor que puede hacer, Sinclair, es desentenderse
de esto. Si intervine en favor de su hija, eso no le obliga a nada, ya
que lo mismo hubiera hecho por otra criatura que me hubiera
encontrado en la calle. Y le digo la verdad. No lo olvide.
Le volvió la espalda ante el silencio casi religioso de todos
cuantos permanecían en el interior del local, silenciosos y a la
expectativa.
Sinclair le miró, tal vez un tanto dolido, y a continuación se
encogió de hombros. Finalmente acabó por dar media vuelta y se
alejó hacia las puertas batientes, que atravesó sin volver la vista
atrás, mientras que multitud de pensamientos cruzaban su mente a
velocidad increíble.
Salió a la calle, cruzó al otro lado y entró en su casa con el ceño
fruncido mientras que en el interior del «Saloon»; McCrea apuraba
el resto del «whisky» sin pensar ni por un solo segundo en Elva
Cristian, la mujer que le había propuesto una alianza para acabar
con el imperio de Yuga Merriman, sin saber que él...
Pero, ¿debía de saberlo? ¿Debía de decírselo?
Sí, pero no en aquella ocasión. El hacérselo saber en aquel
momento podía acarrear un verdadero cisma en la población de
Richey.
Y Yuga, ¿qué diría cuando lo supiera?
Incapaz de contestarse acertadamente, pero diciéndose a sí
mismo que nada bueno, McCrea pagó; abandonó la barra y salió a la
calle.
Sus pensamientos iban ahora hacia Elva y sus ojos azules. Hacia
su proposición y a su cuerpo de ensueño. A sus piernas de sirena,
por tanto, nada de extraño es que no se fijara en nada de lo que
ocurría en torno a él.
Y con esto cometió el primer error del que Elva ya le hablara
apenas conocerle.
Avanzó unas cuantas yardas sobre la acera, llevando el rifle en la
mano, luego descendió de la misma al polvo de la calle. Empezó a
cruzar: El ruido de los cascos de los caballos, lanzados a todo
galope, le hicieron apretar el paso, pero nada más.
Luego, de un modo repentino, oyó, un tenue silbido y se agachó
de manera instintiva, pero, lo hizo un segundo demasiado tarde, ya
que la embreada cuerda de un lazo vaquero se cerró en torno a su
cintura, aprisionándole los brazos.
Hizo una contracción, arqueándolos unos segundos antes de
sentir el tironazo, y logró sacar el derecho.
Acto seguido, de manera frenética extrajo el «Colt».
Fue entonces cuando la cuerda se tensó, derribándole al suelo
entre nubes de polvo y patear de caballos.
McCrea rodó por el mismo, siendo arrastrado unas cuantas
yardas, pero llevando siempre un brazo fuera. El derecho. Con la
mano diestra, una diestra que ya había causado varias muertes, que
empuñaba un pesado y mortífero «Colt 45».
Luego la cuerda se aflojó un tanto. Luchó por ponerse de rodillas
hasta que lo consiguió entre las risotadas burlonas de los que le
habían capturado.
Casi en el acto vio a los jinetes. Tres. Tres pistoleros como él
mismo. Pero fue uno de ellos, precisamente el que lo había enlazado
lo mismo que a una res, el que gritó: —¡Cuidado, Buck! Lleva un
brazo suelto.
Pero no era solo el brazo. Era el «Colt». Por tanto, apenas gritar,
el pistolero picó espuelas, llevando la mano al suyo, pero ya no pudo
hacer nada más. Un segundo antes de que la cuerda se tensara para
derribarle de nuevo al suelo, McCrea disparó y lo hizo por dos veces.
El embreado lazo vaquero se cortó limpiamente y casi al
segundo siguiente Alf Linsay saltó sobre la silla, abandonando el
«Colt» que empuñaba, y que no pudo utilizar, y acto seguido se
deslizó por la misma hasta el suelo, donde llegó completamente
muerto.
McCrea giró ahora en redondo para encarar a los otros dos, pero
Buck Jenkins demostró ser un hombre de reflejos rápidos, ya que
apenas ver caer a Linsay espoleó salvajemente el caballo contra él,
secundado casi en el acto por Elmer Tracy.
Sin tiempo para disparar, McCrea empezó a dar vueltas en el
suelo, dándose cuenta de un modo fugaz de que ambos, mientras le
lanzaban los caballos encima, volteaban los lazos sobre sus cabezas.
Los oyó silbar, se detuvo en seco, intentó retroceder, siempre
rodando, y entonces uno de ellos se ciñó a su cuerpo, apretándole
como pudiera hacerlo una serpiente con sus anillos.
Intentó ponerse en pie, pero no pudo, ya que casi en el acto fue
arrastrado por segunda vez entre las risotadas de Tracy y Jenkins.
Pero fue muy poco.
Apenas dos o tres yardas, y entonces sonó el disparo, pero ahora
procedente de un rifle.
Luego, y de una forma brusca, el lazó dejó de tirar de él mientras
que en la calle sonaba la voz de una mujer, bastante conocida de él.
—Basta ya, carroña. Cuando se ataca a un hombre hay que
hacerlo de frente.
McCrea oyó una maldición, y entonces se puso en pie,
desembarazándose del lazo. Entonces, al mirar hacia el «Saloon», la
vio.
Elva estaba recostada contra el marco de una de las batientes,
con un humeante rifle en la mano, las desnudas piernas al sol del
mediodía, y con los verdes ojos fijos en la tosca y brutal figura del
capataz de Yuga Merriman.
—Vamos, Jenkins —añadió—. Llévate a tu amigo al rancho y dile
a tu ama que desde ahora tenga mucho cuidado con lo que hace en
Richey. Vivo, toma el jaco y...
Tambaleándose mientras se acercaba, mirando alternativamente
a Tracy y Jenkins, McCrea la cortó.
—Aún queda algo por decir; linda. El ataque ha sido contra mí, y
soy yo el que voy a decir la última palabra.
Dio un par de pasos más, y entonces Elva le encañonó
directamente, si bien no perdió de vista a los otros dos.
—Un momento, Dick —dijo fríamente—. Por hoy la fiesta se ha
terminado. Te lo digo a ti y a ellos. No quiero más disparos por
ahora. ¿Entiendes? Toca ese «Colt» que acabas de recoger del suelo
y el médico de Richey tendrá trabajo porque te meteré un plomo en
la pierna, y a cada uno de ellos otro en la cabeza, por estúpidos. ¿Es
que no se dan cuenta de que ese gato salvaje lo único que quiere es
ver correr la sangre? —hizo una ligera pausa y añadió—: Vamos,
tomad al muerto y largaros al rancho con viento fresco.
Jenkins la miró, avanzó unos pasos y Elva desvió el cañón del
rifle, apuntándole al estómago.
—¿Algo en contra, Buck? —preguntó con voz suave.
—Simplemente una cosa, Elva —replicó—. Que no durarás
mucho en este «Saloon». De eso puedes estar segura.
—¿Quién va a echarme? ¿Tú?
—Tal vez, pero eso no dependerá de mí. A Yuga no va a gustarle
eso.
Ambos parecían haberse olvidado de McCrea, pero este se
encargó de hacerles saber que aún contaba.
—Entonces fue ella, ¿no? —preguntó, cortando en flor la
respuesta que Elva iba a dar.
Jenkins se volvió a mirarle y contestó:
—Espero que nos veamos de nuevo, forastero.
McCrea hizo una mueca.
—Tal vez ocurra más pronto de lo que crea, Jenkins.
Se agachó de nuevo, tomó el rifle y sin esperar a más pasó por el
lado de Elva sin mirarla, y entró en el «Saloon».
Se estaba quitando el polvo de encima cuando ella entró y ambos
se miraron de fijamente mientras en la calle Jenkins y Tracy subían
el cadáver de Linsay sobre la silla y emprendían el camino hacia el
rancho de Yuga.
Apenas el sonido de los cascos de los caballos perdió en la
distancia McCrea habló fríamente: —No voy a darte las gracias por
lo que has hecho, Elva —dijo—. No me gusta ampararme bajo las
faldas de una mujer.
—Estabas en desventaja y no iba a dejar que te mataran o te
llevaran a ese rancho. Ahora, siendo mi socio en esto...
—Aún no lo soy —atajó McCrea más fríamente aún.
—Tú dijiste que...
—Dije muchas cosas, linda, pero es posible que pensara otras.
Que no estuviera decidido. Ahora tú lo acabas de estropear todo.
—Eso es orgullo. Orgullo de pistolero que ve herido su amor
propio por una mujer. ¿No es así, Dick?
McCrea la miró fijamente por espacio de varios segundos, y
luego, sin añadir una palabra más, dio media vuelta y se alejó hacia
las batientes.
Antes de cruzarlas, Elva le alcanzó, prendiéndole por un brazo.
Se volvió encarándola, pero no dijo nada. Esperó a que fuera ella
la que hablara primero, como así fue.
—¿A dónde vas, loco?
—Por ahí. A dar una vuelta.
—¿Sí? Apuesto a que sé de qué se trata.
—Chica lista, ¿no?
Como si no le hubiera oído, Elva añadió:
—Vas a cometer la locura de ir a ese rancho. No lo hagas, porque
no volverás.
McCrea no replicó. La prendió por un hombro, la atrajo hacia sí
mismo y la besó en los labios.
Luego, cuando ella quiso darse cuenta, había atravesado las
batientes y se encontraba en la calle.
Avanzó por la acera de tablas hacia la cuadra donde había dejado
su caballo, lo ensilló, puso el rifle en la funda del arzón y partió al
galope hacia los pastos de los Merriman.
Pero McCrea no llegó a los mismos. Acampó junto a un
riachuelo bajo un frondoso grupo de árboles y se dispuso a
descansar durante todo el día y toda la noche.
CAPÍTULO III
El sol aparecía por las lejanas montañas cuando McCrea se puso
en pie desayunó rápidamente y volvió a subir a la silla.
Cabalgó rápidamente por espacio de un par de millas siguiendo
la corriente del arroyo y luego se detuvo, una vez más, bajo los
árboles.
Esperó.
Y bastante. Hasta el mediodía. Fue entonces cuando empezó a
oír los cascos de un caballo lanzado a todo galope en dirección al
arroyo. McCrea escondió rápidamente el suyo y a continuación se
ocultó tras uno de los gruesos troncos.
Unos minutos más tarde la vio.
Sobre el mismo semisalvaje garañón en que la viera en la única y
polvorienta calle de Richey, la falda a medio muslo, mostrando al sol
del mediodía la maravilla de sus piernas morenas.
Pasó por su lado lo mismo que un huracán, y McCrea pudo ver
claramente el látigo, colgado como siempre, en el lugar que debía
ocupar el lazo vaquero.
Un látigo que ya había servido para marcar a un hombre de por
vida.
No se movió. Sabía que ella no iba a ir muy lejos, como así fue.
Yuga detuvo el caballo bajo los árboles, cincuenta yardas más
arriba de donde él se encontraba y descabalgó. Dejó al animal
suelto, se acercó a la orilla del arroyo, Se sentó sobre la hierba y
procedió a quitarse las botas.
Descalza ya, Yuga se puso en pie y se despasó la hebilla del
anchó cinturón que llevaba. Entonces McCrea avanzó hacia ella
sabiendo lo que iba a ocurrir a continuación.
Y habló cuando hizo ademán de quitarse la blusa.
—Lamento verme obligado a interrumpirle el baño, Yuga —dijo
sin darle tratamiento—. Pero me es imprescindible.
Ella se volvió como una fiera, enfrentándole, y por segunda vez
en pocas horas McCrea se vio abocado a una inmensa hoguera
verde, cuando sus ojos se clavaron en los suyos con frialdad
aterradora.
—Adelante, rufián. Diga lo que sea y lárguese mis tierras, o le
correrán a latigazos.
Acercándose más, sabiendo que se encontraba
momentáneamente lejos de su caballo, y por tanto del látigo,
preguntó: —¿Lo hará usted, Yuga?
Sin miedo alguno, levantando el redondito mentón hacia él, ella
contestó: —No, ahora no. Estoy bastante lejos de mi caballo. Si no,
puede que lo intentara. Pero supongo que no es para eso por lo que
ha venido a interrumpirme, ¿verdad? No, claro; usted quiere
disculparse por haber matado una de mis reses.
Estaba muy cerca de ella, a menos de media yarda, cuando se
detuvo clavando los ojos grises en aquellos otros verdes, brillantes, y
llenos de una mal contenida furia, cuando replicó: —No voy a
disculparme, Yuga. Cuanto más pronto sé meta eso bajo ese bonito
pelo, mucho mejor. Tampoco voy a darle explicaciones del por qué
lo hice, querida, pero sí voy a decirle una cosa: Intente algo contra
mí, como lo de ayer, y le daré un disgusto que no olvidará
fácilmente. Solo vine a decirle eso. Ahora que ya lo sabe, la dejo. Y
que le siente bien el agua.
Dio media vuelta y empezó a alejarse.
Yuga, con los ojos centelleantes, le fue detrás y le prendió de un
brazo. Al volverse McCrea, ambos quedaron muy juntos, rozándose.
Y fue ella la que tomó la palabra, que sonaron silbantes por entre
sus apretados dientes: —Mató a uno de mis hombres, sucio —dijo—.
De igual modo que lo hizo con una de mis reses —sonrió
torcidamente y añadió—: Y yo voy a marcarle para que se acuerde
de mí toda la vida. Lo haré aunque se esconda en el propio infierno.
—¿Lo mismo que hizo con el hombre que iba a casarse con Elva,
Yuga?
Los verdes ojos de ella se oscurecieron tanto que a él le
parecieron negros. Luego retrocedió un par de pasos y sorprendido,
McCrea vio la violenta palpitación de su seno, y luego oyó su
insulto: —¡Maldito cerdo! ¡Claro que lo hice! Y lo volvería a hacer si
llegara el caso. Lo mismo que con usted. No lo olvide. Mató a uno de
mis...
—Eso ya lo dijo antes. Yuga —atajó McCrea—. Ahora, Yuga, lo
que hace falta, es que puedas cumplir esa promesa —terminó
tuteándola sin que el semblante de ella delatara ahora la furia que la
acometía—. ¡Ah! Dile a tu capataz que no se cruce en mi camino, o
lo sentirá.
—¿Acaso piensa matarle, rufián?
Las palabras de McCrea sonaron más frías que nunca, cuando
contestó:
—Sí, linda; y cuando lo haga, puede que entonces te obligue a
que me pidas de rodillas que me case contigo.
Yuga retrocedió otro paso mientras que su hermoso semblante se
quedaba sin sangre.
—¿Qué...? ¿Qué es lo que ha dicho? —barbotó. A continuación,
McCrea no tuvo tiempo de decir nada más, ya que Yuga se lanzó
contra él lo mismo que una fiera.
Durante más de cuatro largos minutos ambos como salvajes, ella
intentando marcarle el rostro con las uñas y él evitando por todos
los medios que esto sucediera hasta que poco a poco la furia de
Yuga fue decreciendo hasta acabar por quedar quieta entre sus
brazos como un ser sin alma. Sin vida.
Fue entonces cuando McCrea se inclinó sobre ella y la besó
largamente en los labios. Luego se apartó con violencia y estalló: —
¡Maldita seas una y mil veces, Yuga!
Dio media vuelta, y como perseguido por el diablo, puso el pie en
el estribo y subió a la silla.
En aquel instante, Yuga dijo a su espalda:
—Le cazarán como a un perro, se lo juro.
Luego quedó allí, con los verdes ojos fijos en su espalda cuando
se alejó del arroyo a todo galope.
Cuando le perdió de vista, Yuga quedó allí, con la hermosa
espalda recostada contra el tronco de uno de los árboles y el
pensamiento convertido en un verdadero caos.
Sus, ojos estaban llenos de lágrimas de rabia y de impotencia
cuando se despegó del mismo y avanzó hacia su caballo, pero su
mirada era torva cuando tomó el látigo y estuvo practicando con él
durante más de media hora.
Después, cubierta de sudor de pies a cabeza, miró a las aguas
tranquilas y frescas del arroyo. Pero Yuga no se bañó. Por aquel día
había perdido el deseo por todo. Es decir, en su mente solo había
uno: acabar cuanto antes con aquel forastero que la había humillado
en medio del pueblo y que ahora, al encontrarla a solas, la había
besado después de lanzar contra ella otro reto.
Un reto y una amenaza de muerte, aunque esta iba en contra de
Buck Jenkins.
Yuga subió a la silla.
Tres cuartos de hora más tarde descabalgaba en la puerta de su
rancho. Esperó a que uno de los vaqueros se acercara para tomar al
caballo por la brida y cuando lo hubo hecho, ordenó: —Ve a los
pastos y di a Jenkins que venga. Le necesito.
—Ahora mismo, patrona.
Pero Yuga ya no le escuchaba. Había dado media vuelta y
empezaba a subir los escalones del porche. Entró en el rancho y
rectamente se encaminó al despacho. Se sentó y por espacio de más
de una hora permaneció completamente inmóvil, con el ceño
fruncido, mientras que el recuerdo del beso recibido ponía un
escalofrío a lo largo de su espalda.
Unos golpes dados en la puerta la hicieron levantar vivamente la
cabeza para fijar los ojos en la misma.
—Adelante, Jenkins —dijo—. Está abierto.
No se equivocó.
La figura del capataz quedó enmarcada en el umbral, luego dio
un paso adelante, cerró a su espalda y acto seguido empezó: —Tim
me dijo que...
Yuga se puso en pie, rodeó la mesa y le atajó con inusitada
violencia.
—¡Quiero a ese hombre, Buck! Y le quiero vivo. Compóngaselas
como pueda, pero esta misma noche, no importa la hora, tiene que
estar aquí.
—Eso es más de lo que podemos hacer por ahora, miss
Merriman. Ese, pistolero estará en guardia, mucho más después de
lo ocurrido.
Los ojos verdes despidieron llamas cuando se acercó aún más a
Jenkins.
—Eso es cuenta suya y no mía, capataz —exclamó secamente—.
En cuanto a Elva, déjala quieta. Como si nada hubiera ocurrido.
Primero le quiero a él, y a nadie más que a él. Luego, yo misma me
las entenderé con ella. Despediré al hombre que promueva un
altercado en ese «Saloon». Adviértalo y no se olvide tampoco de ello,
Buck. Y ahora, fuera. Tengo bastante trabajo.
Le volvió la espalda y por segunda vez se sentó detrás de la mesa
despacho. Cuando acabó de hacerlo, Jenkins ya había salido del
mismo, con lo que Yuga se sintió enormemente satisfecha,
satisfacción que se acrecentó cuando clavó los ojos en la
empuñadura del látigo que ahora reposaba colgado de un clavo.
Media hora más tarde Yuga se puso en pie, abandonó el
despacho y se preparó un baño. El mismo que no tomó en el arroyo
como tenía por costumbre, y ya vestida de nuevo, salió al porche
donde se sentó en espera de los acontecimientos.
Al atardecer sucedió la noche, y las horas fueron transcurriendo
largas y monótonas, hasta que de un modo repentino. Yuga se puso
en pie y tendió el oído.
No se equivocó.
El ruido de caballos, al galope, le hirió el oído.
Yuga soltó una exclamación, dio media vuelta, se levantó la falda
a medio muslo y mostrando a la noche casi toda la exuberante
largura de sus piernas, corrió al interior del rancho.
Cuando de nuevo, minutos más tarde, apareció en el porche,
llevaba el látigo en la mano, arrastrando por el suelo, lo mismo que
un maligno crótalo, los vaqueros, al mando de Jenkins, estaban
descabalgando frente a los escalones.

*
McCrea la miró apenas entrar en el «Saloon».
Sobre el tabladillo, moviéndose lo mismo que un hermoso felino
al compás de la música de un viejo y aporreado piano, con los ojos
fijos en las puertas batientes.
Por tanto Elva también le vio. Pero ni su rostro ni su gesto
cambió de expresión, hasta qué no acabó con su actuación.
Entonces, entre una nube de aplausos, Elva saltó del mismo al suelo
y fue a su encuentro.
Ambos se encontraron en medio del «Saloon», Y fue ella la que
preguntó: —¿Qué ha ocurrido Dick?
El pistolero la miró, fijamente, y preguntó a su vez:
—¿Ocurrir? No te entiendo, linda.
Elva hizo un gesto de impaciencia, le tomó por un brazo y tiró de
él hacia la barra. Pidió dos «Whiskys» y cuando se los sirvieron,
volvió a la carga.
—Sé que fuiste al rancho de esa... Bueno has faltado toda una
tarde, una noche y mucho, muchísimo más de mediodía. ¿Qué fue lo
que ocurrió?
McCrea bebió un poco, y contestó:
—Nada, linda. Simplemente, nada.
—Pero qué diablos...
—Nada —atajó él—. Nada, como no sea que comprobé que Yuga
Merriman es una de las mujeres más hermosas que he visto en mi
vida.
—Sí, ¿eh? Y bien; ¿la besaste acaso? ¿O has pensado casarte con
ella después de domarla?
McCrea esbozó una tenue sonrisa:
—Eso fue lo que le dije a ella, linda. Que la obligaría a que se
casara conmigo si alguien de su rancho volvía a buscarme de nuevo.
Elva agrandó los ojos con asombro.
—¡O estás mintiendo, o estás loco, Dick! —exclamó.
—Ni lo uno ni lo otro, preciosa —dijo él—, ya que te he dicho la
verdad.
Elva soltó un bufido por toda respuesta y volvió a su vaso de
«whisky». Empezó a beber ante los ojos socarrones de McCrea,
hasta que apuró el contenido.
Entonces le miró de frente, pero la voz de Sinclair, viniendo de
sus espaldas, la interrumpió: —Le traigo un recado, McCrea —dijo.
Se volvieron a mirarle, y McCrea sonrió:
—Hola, vaquero —saludó—. ¿Qué es ello?
Sinclair arqueó levemente una ceja.
—Verá, McCrea —dijo—. Se trata de Jimmy O’Leary. Quiere
verle. Hace un par de horas que me abordó en la calle. Me preguntó
por, la nena y por mi esposa, pero en realidad quería saber si de un
modo u otro yo me había puesto en contacto con usted. Le dije que
le había dado las gracias y entonces me pidió un favor: «Ve al
«Saloon» y te tomas un «whisky». Cuando aparezca ese McCrea, dile
que deseo hablar con él. Es importante».
Sinclair esperó la respuesta que se tradujo en una pregunta:
—¿Quién es Jim O’Leary?
Elva fue la que intervino ahora mediando en la conversación:
—Después de Yuga, Dick, uno de los rancheros más poderosos de
la comarca.
Preguntándose si aquel deseaba también la desaparición de
Yuga, McCrea preguntó, pero dirigiéndose a Sinclair: —¿Cuándo
dijo que deseaba verme?
—No lo dijo, pero míster O’Leary acostumbra a estar en su casa
a esta hora. ¿Quiere que le acompañe?
McCrea asintió en silencio y ambos hombres se volvieron y
empezaron a avanzar hacia las batientes. Elva les fue detrás y les
alcanzó antes de llegar.
Tomando a McCrea de un brazo preguntó mucho antes de que
este se volviera a mirarla: —¿Te espero?
—¡Claro, linda! No voy a tardar mucho. Por otra parte, deseo
hablar, contigo de algo bastante importante.
—¿Qué es ello?
—Luego, preciosa. Ahora tengo prisa.
Se inclinó y la besó largamente en los labios entre la mirada un
tanto burlona de Sinclair y la estupefacción de la propia Elva que no
esperaba nada parecido, por el momento.
Por tanto, cuando quiso reaccionar, McCrea y Sinclair
atravesaban las batientes camino de la calle.
Ya en la misma, McCrea preguntó:
—¿Usaremos los caballos?
—No. Está relativamente cerca. A pesar de tener un par de
ranchos, míster O’Leary vive en el pueblo. Su casa se encuentra al
final de la calle.
Siguieron en silencio hasta la misma y señalando una de las
puertas, Sinclair se detuvo.
—Es ahí, McCrea —dijo—. ¿Quiere que le espere?
El pistolero sonrió.
—No: y gracias. Entraré, y ya veremos cómo salen las cosas.
Sinclair no le entendió.
Esperó a que se despidiera de él y luego a que llamara a la
puerta.
Cuando esta se abrió frente a McCrea, Sinclair dio media vuelta
y se alejó calle abajo camino del «Saloon», en tanto que aquel veía
frente a sí mismo la figura alta y maciza de Jim O’Leary.
De cuello de toro, rostro ancho y un tanto brutal, pelo
completamente blanco, y de unos cincuenta y cinco años, daba la
impresión de estar en plena juventud y en pleno vigor.
Miró a McCrea de pies a cabeza antes de pronunciar una sola
palabra, y preguntó: —Usted es ese forastero que se llama... se
llama...
Con una fría sonrisa en la boca, le atajó:
—Dick McCrea, míster O’Leary. Un común amigo me dijo que
usted deseaba hablarme. ¿Lo hacemos aquí, o pasamos dentro?
Sin replicar, él ranchero se apartó de la puerta y McCrea fue
detrás de él hasta un despacho amueblado con un lujo que le
sorprendió.
—Siéntese.
Sin dejar de mirarle, McCrea lo hizo en uno de los sillones, junto
a la mesa, viendo como O’Leary la rodeaba para ir a sentarse detrás
de la misma.
Casi en el acto le miró atentamente como calibrándole, como
preguntándose hasta dónde podía llegar con él, y preguntó: —¿Qué
clase de hombre es usted, McCrea?
Aunque era una, pregunta que no esperaba, no por eso dejó que
su rostro delatara la sorpresa que experimentaba, y con él tan
impasible como el de un indio, replicó: —¿A qué se refiere usted,
ranchero?
Le vio vacilar.
—Fue una vacilación que duró más de un largo minuto en el
transcurso del cual, McCrea lio y encendió un cigarrillo sin ofrecer a
su interlocutor, y luego esperó a que este continuara, lo que no tardó
en suceder: —Necesito a un hombre que no sienta mucho escrúpulo
en apretar un gatillo.
—¿Y por qué cree que yo puedo ser ese?
O’Leary vaciló por segunda vez, tragó saliva y replicó:
—Voy a hablar con entera franqueza, McCrea. Me interesa su
gatillo. Diez mil dólares por matar a una fiera. Ahora escuche esto.
Si se le ocurre hablar con alguien de todo cuanto aquí se diga, lo
desmentiré delante de todo Richey, y luego haré que le echen. Y a
mí, aunque intente contradecirme me creerán más que a un
pistolero venido de no se sabe dónde, ¿comprende? Por tanto, diga
si acepta o no.
Los ojos de McCrea eran dos estanques helados cuando replicó:
—¿Qué clase de fiera es esa?
—Yuga Merriman. Diez mil dólares sí le mete una bala en la
cabeza. Compóngaselas como quiera, pero hágalo.
Siguieron unos cuantos segundos de silencio.
CAPÍTULO IV
Finalmente, McCrea rompió el silencio con una pregunta:
—¿Qué le ocurrió con Yuga, míster O’Leary?
—Eso es algo que solo me concierne a mí, McCrea. Diga si
acepta, y nada más.
Siguió un nuevo silencio, que también rompió McCrea.
—Y a mí, O’Leary —dijo apeando súbitamente todo tratamiento
—. No es que me importe mucho matar a una mujer, pero antes
debo saber por qué lo hago —hizo una ligera pausa y añadió—.
Usted habla, ranchero.
O’Leary se puso en pie.
—Creo que me equivoqué de hombre —dijo heladamente—. Y
debí de haberlo supuesto cuando vi cómo a riesgo de su propia vida,
salvó a esa niña. Se necesita ser imbécil para arriesgarse de ese
modo.
Lentamente, McCrea le imitó, y ambos permanecieron
mirándose fijamente durante unos segundos.
—Sí, creo que sí —replicó McCrea—. En cuanto a arriesgarme, el
pellejo es mío. Buenas, noches, O’Leary.
Le dio la espalda y se volvió hacia la puerta.
La tocaba con la mano cuando O’Leary le llamó:
—¡Espere un momento, McCrea!
Se volvió lentamente a mirarle.
—¿Algo más, O’Leary?
El ranchero hizo una fea mueca y replicó:
—Tal vez me equivoqué en el precio, ¿no, McCrea? Bien, dígalo
usted. ¿Cuánto pide?
La respuesta fue enormemente rápida.
—Nada.
—¿Qué?
—Ya me ha oído. O’Leary, pero se lo repetiré. No le pido nada,
porque no voy a hacerlo, ¿comprende?
—¿No? Pues entonces tengo que pensar que aún es usted más
imbécil de lo que yo creía.
—¿Quiere explicarme el porqué de esa opinión suya?
O’Leary sonrió, pero su sonrisa era sucia en extremo.
—Porque si no la mata a ella, Yuga le matará a usted, o le hará
matar, McCrea.
—En eso puede que lleve razón, O’Leary —replicó fríamente—.
Pero lo que haya entre Yuga y yo, es solo cosa de los dos.
¿Comprende eso?
O’Leary tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo su
voz había cambiado un poco de diapasón.
—¿Se da cuenta de una cosa, McCrea? ¿De qué si no está
conmigo se pone inmediatamente en contra?
—¿Y cree usted que eso me importa, ranchero?
O’Leary cambió de color.
Palideció mientras una fría furia aparecía en sus ojos.
—De acuerdo, si usted lo quiere, así, McCrea —dijo con frialdad
—. Pero tenga cuidado. Negaré todo lo que hemos hablado, aquí, en
cualquier lugar.
—Sí, eso ya lo sé, y tampoco me preocupa. Pero ya que me
formula una advertencia, ahí va otra, esta de mi cosecha: Si a Yuga
le ocurre algo irreparable, vendré a buscarle, O’Leary, y entonces le
quemaré el tercer botón del chaleco. No lo olvide.
Tragándose la furia que cada vez era mayor, O’Leary contestó
con una pregunta: —¿Y eso por qué?
—Porque no deseo que nadie me culpe de un asesinato.
Sin esperar a más, McCrea le volvió de nuevo la espalda y cruzó
el umbral de la puerta sin que este hiciera ahora nada para
impedírselo.
Salió a la calle y miró a ambos lados de la misma.
Un par de sombras aquí y allá. En total, nada.
McCrea empezó a andar en dirección al «Saloon», con el
pensamiento puesto en Elva y en Yuga. ¿Qué diría la primera
cuando se enterara de lo que iba a decirle aquella noche?
No lo sabía. Tampoco estaba seguro en si se atrevería a decírselo
o no.
Ensimismado en los pensamientos que había en su mente, entre
los cuales destacaba la proposición de O’Leary, McCrea pasó por
delante de uno de los oscuros portales, sin pensar, en nada más que
en sus problemas.
Dio un par de pasos y entonces notó en su espalda el duro
contacto del cañón de un «Colt».
—Continúe adelante, amigo, que alguien quiere verle. Pero con
cuidado.
Sin perder la calma, pero con todos los nervios en tensión,
McCrea preguntó: —¿Hacia dónde?
—Hasta la próxima esquina. Tuerza por ella y deténgase cuando
las casas se acaben. Allí le están esperando, con un caballo.
—¿Yuga Merriman?
La respuesta fue una tenue risita y la presión del «Colt» se
acentuó.
—Camine y no haga más preguntas, McCrea. Al final ya se
enterará.
Una oportunidad. Eso es lo que le hacía falta.
Una oportunidad que tenía que llegar antes de que él alcanzara
la esquina.
Pero el vaquero que llevaba a la espalda, vaquero o, pistolero,
sabía o parecía saber para lo que servía un «Colt», ya que el cañón
del que le empuñaba no se separó de su espalda ni un solo
milímetro.
Pero cuando menos lo esperaba esta llegó. Fue cuando empezó a
doblar la esquina. El «Colt» se separó un tanto, y luego lo notó en el
costado.
Fue solo un segundo, pero suficiente para él.
McCrea actuó.
Bajó el codo con una velocidad de un relámpago. Se oyó una
interjección y acto seguido el «Colt» cayó al suelo. Un segundo
después, McCrea giró sobre la puntera de su pie izquierdo y el
vaquero, uno de los vaqueros de Yuga, recibió un bestial puñetazo
que le hizo levantar los pies del suelo.
A continuación se estrelló contra el polvo, justamente en el
centro de la calle.
Fue entonces cuando desde uno de los portales, Jenkins gritó: —
¡Mátale! ¡Acaba con él, Tracy!
El pistolero saltó sobre las tablas de la acera y a la luz mortecina
de los faroles de petróleo, McCrea vio brillar el «Colt» en su mano.
Sé hizo a un lado justamente cuando frente a él brillaba el
fogonazo. Claramente oyó el paso de la bala junto a su oído
izquierdo y apretó el gatillo cuando apenas si la boca de su «Colt»
asomó por encima del borde de la funda.
Con un impresionante salto, que le proyectó contra la pared de
troncos de la casa que tenía a su espalda, Elmer Tracy se derrumbó
al suelo completamente muerto con un balazo que le partió el
corazón por el centro.
Jenkins disparó a su vez contra McCrea pero su extraordinaria
movilidad eludió el balazo, aunque fue por escasas pulgadas.
Cuando se enderezó con el «Colt» amartillado, el capataz de Yuga se
perdía corriendo por la esquina inmediata con lo que el balazo que
envió contra él, haciéndolo desde una posición difícil, se perdió
inofensivo calle abajo.
McCrea se arrimó a una de las paredes y miró a ambos lados de
la calle. Ya no se veían sombras aquí y allá.
No obstante no enfundó.
Con el «Colt» en la mano continuó hasta el «Saloon», y apenas
empujar las puertas batientes se dio de manos a boca con Elva, que
le prendió de un brazo.
—¡Dick! ¿Qué fue eso? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
McCrea intentó una sonrisa y replicó:
—Unos simples fuegos artificiales, linda. Nada más que eso.
—Y...
—Creo que fueron hombres de Yuga Merriman, aunque no lo sé
con seguridad —mintió con perfecta naturalidad—. Sea lo que sea,
me tendieron una emboscada cuando salía de la casa de O’Leary, y
estuvieron a punto de salirse con la suya.
—¿Y esos disparos?
McCrea hizo una mueca.
—Murió un hombre. No pude verle bien. Quedó ahí, en medio de
la calle. Espero que se lo lleven antes de mañana.
—¿Por qué antes de mañana precisamente?
McCrea esbozo una divertida sonrisa.
—Porque de no ser así, nos envenenaríamos todos, cielo.
La prendió por la cintura sin que ella protestara y la llevó a la
barra donde pidió un «whisky». Pero, si creía que con aquello Elva
se calmaría, se equivocó ya que apenas si tuvo el vaso en la mano, se
volvió para mirarle, y preguntó: —¿Quién era ese hombre, Dick?
—¿Qué hombre?
—El que murió —contestó Elva armándose de paciencia—. Uno
de los pistoleros de Yuga, ¿no?
—Ya te he dicho que no logré verle. Linda.
—Correcto si tú lo dices, querido. Pero no esperes que yo lo crea.
McCrea no replicó de momento. Bebió un poco, depositó el vaso
sobre el mostrador y se volvió para enfrentarla. Abrió la boca para
hablar, pero Elva no le dejó.
—¿Qué quería de ti O’Leary?
La mente de McCrea empezó a trabajar velozmente,
preguntándose si sería conveniente decirle a ella la verdad de
aquello, hasta que se dijo que no debía de hacerlo, y no por las
amenazas de este, ni mucho menos.
Replicó al respecto:
—Es secreto profesional, preciosa.
Elva golpeó el suelo con el pie en señal de impaciencia, pero
acabó por decir: —De acuerdo, Dick; es un secreto —hizo una ligera
pausa y preguntó—: ¿Lo es también lo que me ibas a decir cuándo
regresaras? Te he estado esperando como me dijiste y...
Se interrumpió al ver cómo los ojos de McCrea cambiaban de
tonalidad. Luego, sus siguientes palabras la sorprendieron: —La
verdad, Elva, es que no sé si debo hacerlo:
—¡Dick!
—¿Qué, linda?
—¿No te ha mandado nadie al infierno?
McCrea adoptó un gesto pensativo y replicó al cabo de unos
segundos: —No, aún no. ¿Acaso quieres hacerlo tú?
—Sí, si no me dices... Bueno Dick, me has hecho esperarte y no
creo que mentiste solo por ver mi cara o mis piernas, ¿verdad?
Vamos, desembucha. ¿Qué es ello?
—También podría ser por esto que alegas, muchacha. O tal vez
porque deseara besarte de nuevo, ¿no?
—Sí, pero...
McCrea la atajó con un gesto y replicó:
—Llevas razón, querida. Mi intención era hablar de Yuga
Merriman, pero no sé si entenderías lo que voy a decirte. No,
posiblemente no lo entenderías.
—¿Crees que lo comprendería mejor si subieras conmigo a mis
habitaciones? Tal vez allí sin todo ese barullo... —le miró fijamente
haciendo una pausa y añadió—: ¿Era muy importante, Dick?
McCrea asintió en silencio; tomó el vaso de encima del
mostrador y de un trago acabó con el «whisky» que contenía. Acto
seguido se limpió la boca con el dorso de la mano y añadió de viva
voz: —Sí, Linda, lo era, pero creo que ahora no hace falta.
Mirándole como a un bicho raro, ya que la verdad era que no le
entendía ni poco ni mucho, Elva replicó: —Confieso que no te
entiendo, Dick. Confieso también que no sé si mandarte al cuerno o
a otro sitio peor, o si es preferible que te pida un beso. ¿Qué
respondes a eso?
—No lo sé, esa es la verdad, Elva.
Con lo que ella abrió unos ojos como platos, en el colmo del
asombro. Luego, sin apurar su «whisky», sin pronunciar una sola
palabra más, dio media vuelta y le dejó solo. Unos segundos más
tarde subía por la escalera camino de sus habitaciones mientras que
desde la barra, McCrea la seguía con la mirada, moviendo la cabeza
con gesto dubitativo.
Y ya no se movió de allí hasta mucho después. Hasta que el
«Saloon» empezó a quedarse sin clientes debido a la hora. Entonces
McCrea abandonó el mostrador y lentamente empezó a subir la
escalera que debía de conducirle al piso superior, pensando en que
al día siguiente abandonaría definitivamente el local de Elva.
Era mejor así. Mucho mejor.
Avanzó por el pasillo, pasó frente a la puerta del despacho, cruzó
por delante de la correspondiente a las habitaciones de la
muchacha, y entonces esta le llamó: —Dick, por favor...
Se detuvo y se volvió.
Se encontraba en el umbral de la misma, con el negro
«tentación» y las largas piernas envueltas en medias negras caladas,
lo mismo que cuando se presentaba en el tabladillo. Exactamente lo
mismo que si fuera a cantar y a bailar para él.
McCrea se acercó lentamente.
No pronunció una palabra. La prendió por la barbilla obligando
a que levantara su hermosa cabeza hacia él, e inclinándose al mismo
tiempo, la besó suavemente en los labios.
Fue a separarse, pero Elva, al enlazar su cuello con sus bien
torneados brazos, no le dejó. El beso duró más de dos largos
minutos, al cabo de los cuales fue ella la que se separó de McCrea.
Entonces preguntó sin darle tiempo a nada más:
—¿Te apetece un «whisky», Dick?
Él la miró con gesto dubitativo y replicó:
—... Si es mejor que ese veneno que vendes abajo, sí.
Ella se rio, pero a pesar de su risa, del beso de fuego que le dio,
McCrea adivinó que estaba nerviosa y se preguntó por qué.
Luego, Elva, al contestar, cortó el hilo de sus pensamientos.
—Aunque no lo creas, Dick, el «whisky» que guardo para los
amigos, es mucho mejor qué el que se despacha en el «Saloon».
—Entonces —replicó con todo cinismo—, es una suerte tener a
una amiga dueña de un garito.
—¿Lo crees así? Correcto, entonces. Anda, pasa. Te serviré ese
«whisky».
Entró sabiendo que si le invitaba no era precisamente para
satisfacer un capricho o por el simple hecho de alagarle a él. Elva
deseaba saber algo, y lo qué fuese, no tardaría en soltarlo.
Lo haría tan pronto como ambos se hubieran sentado frente a lo
que había dicho: frente a dos vasos de «whisky».
Con un amplio ademán de su mano, le indicó que se sentara, y
McCrea obedeció en silencio. Cabalgó una de sus fuertes piernas
sobre la otra y esperó a que ella le sirviera, lo que hizo en el más
completo silencio.
Luego, también sin pronunciar palabra, Elva se sentó frente a él,
cabalgando del mismo modo una de sus preciosas piernas sobre la
otra.
—Vamos, Dick —dijo a continuación—. ¿A qué esperas para
probar ese «whisky»? Vamos, hazlo. ¿O crees que te he traído aquí
para envenenarte?
McCrea sonrió y se llevó el vaso a los labios.
Bebió un largo trago y luego lo depositó en el suelo, a su lado.
Acto seguido la miró a los ojos.
Elva había velado los suyos entre las tupidas pestañas y le
miraba a su vez, en el más completo silencio, que rompió unos
segundos más tarde: —Dick, ¿qué hay entre tú y Yuga Merriman?
McCrea estuvo a punto de soltar un respingo, pero logró
dominarse a tiempo. Entonces, dijo: —¿Qué diablos estás
intentando decirme?
—Nada, Dick. Era solo una pregunta.
Pero McCrea sabía que había algo más.
Mientras pensaba en los pros y contras, se inclinó y, tomando el
vaso del suelo, bebió un poco.
Cuando de nuevo la miró, contestó:
—Estás mintiendo, Linda, y eso no está bien. Papaíto se enfadará
por ello.
Elva se puso en pie de un salto y él vio la agitación de sus senos
cuando contuvo el aire y luego lo expulsó de golpe.
—¡Y un millar de cuernos, Dick! —estalló—. Era solo una
pregun...
—Era solo una mentira, linda —atajó él—. Veamos, muchacha,
siéntate, intenta respirar con normalidad o romperás esa pequeña
parte del «tentación», y después habla en cristiano. Será la única
forma en que yo te entenderé.
Elva respiró fuerte, su rostro se coloreó intensamente, pero al
final acabó por hacer lo que McCrea le indicaba.
Se sentó, respiró hondo, y habló:
—Diez mil dólares, aparte de los que yo te ofrezco por tu
asociación conmigo, son muchos dólares para que te niegues a
hacer algo en contra de Yuga, a pesar del peligro que ella entraña
para ti, Dick. ¿Por qué?
La respuesta de McCrea se tradujo en otra pregunta:
—¿Cómo sabes tú eso, muñeca?
Ella arqueó una de sus finas cejas y, replicó con una evasiva: —
Dick, ¿es que con solo verla te has enamorado de Yuga? Eso estaría
bien para otra clase de hombre, pero no para ti. Pero tú, un
pistolero como tú...
Ella misma se interrumpió, ahogada por su misma pasión, y vino
hacia él.
Se detuvo muy cerca, y McCrea se levantó, con lo que ambos
quedaron muy juntos, mirándose fijamente a los ojos. Hasta que él
preguntó, no deseando insistir en la pregunta que antes le
formulara: —¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza, querida?
—Nadie, Dick. Pero te juro que si es así, yo seré la que la mate, y
no recibirás ni un solo dólar por ello. Te lo juro.
—Creo que...
—¡Oh, Dick! ¿Por qué tienen que ocurrir las cosas forzosamente
de este modo?
Antes de que McCrea lograra replicar, ella se empinó sobre las
punteras de sus zapatos de alto tacón, en tanto le enlazaba el cuello
con los brazos.
CAPÍTULO V
Yuga se inmovilizó mirándoles uno a uno.
Luego clavó los brillantes ojos en el bulto atravesado en la silla
de uno de los caballos y su seno acusó el impacto de la agitada
respiración cuando preguntó ya con estos fijos en el rostro de
Jenkins.
—¿Qué fue lo que ocurrió, Buck? ¿Acaso el forastero mató a
Tracy?
La mirada de Jenkins era torva cuando avanzó hacia el porche,
ante la silenciosa expectación de los vaqueros.
—Eso fue exactamente lo que ocurrió, patrona.
Yuga movió la muñeca y el látigo pareció adquirir vida propia
cuando se enroscó en el suelo y se desenroscó un segundo después.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué, miss Merriman?
Yuga descendió uno de los escalones del porche, con lo que
quedó un poco más cerca de su capataz.
—Le estoy preguntando, Jenkins, por lo que ocurrió en Richey
con McCrea para que este me matara a otro de mis hombres.
Primero fue Linsay, y ahora... ¡Quiero saberlo! Pero, la verdad,
Jenkins, ya que mañana iré yo misma al pueblo, a averiguarla.
—¿Piensa preguntarle a él, miss Merriman?
A la sarcástica pregunta de su capataz, Yuga contestó con otra:
—¿Acaso cree que voy a tenerle miedo? Pues, no, Jenkins. Yo no
le tengo miedo a nadie. Por tanto, mañana preguntaré a McCrea qué
fue lo que verdaderamente ocurrió para atreverse a matar a otro de
mis hombres. Vamos, Jenkins; hable, le estoy escuchando.
—Nada. Es decir, sí, lo de siempre. Le dimos el alto y se volvió
como una fiera disparando sin provocación alguna. Esa es la verdad
y no hay otra, patrona. Salía de la casa de O’Leary cuando ocurrió
todo. Fuimos torpes y no pensamos que todo pistolero no es sino un
criminal. Nos atacó mucho antes de que pudiéramos hacer nada
por...
Jenkins se interrumpió al ver la fría sonrisa que había en los
rojos y adorables labios de ella. Fue solo un segundo, ya que en el
acto Preguntó:
—¿Es que no me cree, patrona?
La sonrisa de Yuga se acentuó.
—Desde luego no, Jenkins. Eso no es cierto. Pero aunque lo
fuera, ¿quiere decirme qué hacían usted y los demás en aquel
momento? Huir, ¿verdad?
—No soy un pistolero, miss Merriman. Por lo menos, no tan
bueno como Dick McCrea. Dígame qué...
La voz seca de ella le interrumpió:
—Recoja su petate y lárguese del rancho, Jenkins. Y esos
también. No me gusta estar defendida por cobardes. Cuando desee
que esto ocurra, recurriré a los habitantes de Richey. Vamos, media
vuelta, y lárguese ahora mismo.
—¿Qué cuer...?
—Ahora mismo, Jenkins —señaló con el brazo izquierdo hacia
los barracones, y con los ojos brillantes continuó—: Tiene tres
minutos para entrar ahí; para entrar y para salir llevándose sus
cosas, Jenkins.
El capataz dio un paso al frente y estalló:
—¿Supóngase que no lo hago, miss Merriman? ¿Quién cree que
vendrá en su ayuda? Nadie. Ha sembrado muchos odios en Richey
para que pueda pedirle un favor a cualquiera. Por tanto, voy a
quedarme aquí mal que le pese, por lo menos hasta que acabe con
ese McCrea del infierno.
La voz de Yuga sonó tan suave como el terciopelo cuando
replicó:
—El tiempo va pasando, Jenkins, querido. Lárguese o se quedará
en el rancho. No quiero cobardes cm mis tierras. Vamos, largo.
Los ojos de Jenkins brillaron como dos luciérnagas en medio de
la noche, mientras que los vaqueros que habían ido con él a Richey.
Contemplaban la escena en silencio.
—Está usted loca si espera eso de mí o de ellos, Yuga —barbotó
Jenkins—. ¿Y sabe lo que le ocurre a usted? No, ¿verdad? Pues es
sencillo. Que nadie le ha dado una lección, y por el diablo que se la
voy a dar yo.
Dio un paso al frente, pisó el primer escalón del porche y
entonces Yuga movió la muñeca derecha por segunda vez, pero
ahora de diferente modo.
La trenzada correa del látigo saltó al aire, silbó cortándolo y el
amplio pecho del capataz recibió el latigazo, haciéndole lanzar un
aullido de dolor, que se quebró cuando por segunda vez la correa
trenzada le golpeó en el hombro izquierdo, viniendo de arriba abajo
y le derribó entre la hierba, donde se revolcó por espacio de unos
segundos entre un torrente de maldiciones y el silencio de los
vaqueros.
Yuga ya no golpeó más, por lo que el capataz se puso de rodillas
mirándola con ojos de loco.
—¡Maldita! Voy a...
Sin terminar la frase, con una nueva maldición, frenéticamente;
tiró del «Colt». Pero lo hizo un segundo tarde, ya que en aquel
entonces la punta del látigo de Yuga le alcanzó en el cañón del
mismo, arrebatándoselo de la mano.
Acto seguido. Yuga pareció volverse loca.
El látigo empezó a silbar en el aire una y otra vez, y ante los ojos
atónitos de los vaqueros que continuaban completamente inmóviles
frente a ella, a pocas yardas de donde se desarrollaba la escena, la
camisa de Jenkins empezó a saltar en pedazos y muy pronto en la
piel de este fueron apareciendo surcos sangrantes, mientras que se
revolcaba de un lado para otro, intentando por todos los medios,
pero sin conseguirlo, eludir el terrible castigo que ella le estaba
administrando.
Hasta que de un modo repentino y cuando el pequeño grupo de
vaqueros había engrosado notablemente, atraídos de los
barrancones, Yuga dejo de golpearle para a continuación recostar la
hermosa espalda contra uno de los palos del sombrajo.
Con los senos palpitantes, el rostro completamente arrebolado,
la frente perlada de sudor, miró a sus hombres, haciéndolo
despaciosamente, de uno a otro, hasta que dejó descansar los verdes
ojos en el pequeño grupo que había acompañado a Jenkins a Richey.
—Llevároslo de aquí. No me gusta la carroña de buitre. Y no
volváis. El que lo haga, recibirá un balazo en medio de la cabeza —
miró a los otros, a los que acababan de aparecer procedentes de los
barracones, y añadió—: Vosotros podéis ir a dormir, que aquí no ha
pasado nada. Vamos, muchachos, que mañana hay que trabajar.
Empezaron a desfilar y Yuga quedó allí, viéndoles ir, pero sin
perder de vista a los que siempre en silencio, se acercaban al cuerpo
inanimado de Jenkins.
Lo subieron a la silla de su caballo, hicieron ademán de montar,
y entonces Yuga dijo señalando, el cadáver de Tracy que continuaba
atravesado, en la silla del animal que siempre había montado:
—Llevaos esa carroña. Esta apestando el ambiente y necesito
dormir.
Todavía tardo más de media hora antes de que el rancho quedara
completamente silencioso. Entonces abandonó el porche y fue a su
habitación. Se dejó caer sobre el lecho, completamente vestida, y
encendió uno de los olorosos cigarrillos que tenía sobre una mesita
adosada a la pared, al alcance de su mano.
Fumó en silencio hasta consumirlo del todo y luego se puso en
pie. Se, desnudó y a continuación se acostó.
Pero eran más de las dos y treinta de la madrugada cuando logró
quedarse completamente dormida.
A pesar de ello, Yuga se levantó temprano. Ella misma, frente al
porche, reunió a su equipo y les dio instrucciones para las faenas de
aquel día.
Esperó a que se fueran y luego entró en el rancho, donde se
preparó el desayuno.
Dos horas más tarde fue a la cuadra, ensilló el garañón, colocó el
látigo en el lugar que debía de ocupar el lazo y montó de un elegante
y felino salto que llevó su amplia y corta falda de montar casi por la
cintura, lo que fue una lástima, ya que a no ser los otros caballos,
nadie pudo silbar a causa del espectáculo maravilloso de sus
piernas.
Salió al paso, recreándose con el sol mañanero, pero en
sangriento contraste con el pensamiento puesto en Dick McCrea, un
pistolero venido de no sabía dónde, que la había besado y humillado
delante de media población de Richey.
De un pistolero que había sido el causante del despido de Buck
Jenkins, y Jenkins era un mal bicho.
Tomó el camino más directo hacia Richey. Un camino que la
llevaría hasta la enrejada puertecilla del cementerio del rancho
donde reposaban los restos mortales de su padre.
Yuga, cada vez que tomaba aquel camino, tenía por costumbre,
desde que aquel muriera, hacer una visita a su tumba. Por tanto,
aquella mañana también lo hizo.
Descabalgó frente a la puertecilla, la empujó y entró, llevando la
cabeza cubierta con el blanco «Stetson».
Dio dos, tres, cuatro pasos, y entonces se detuvo petrificada por
el asombro. Luego miró hacia atrás con los ojos centelleantes. Pero
su caballo y el látigo estaban bastante alejados de ella, y por otra
parte, el lugar tampoco era el más indicado para hacer lo que
quería.
Con el rostro contraído violentamente, Yuga se acercó hacia la
tumba de su padre. Hacia una tumba que ahora no estaba sola, ya
que junto a ella había un hombre vestido de negro.
Un pistolero. Un «gun-man» llamado Dick McCrea.
Se detuvo dos o tres yardas por detrás de él, mirándole
interesada, haciéndose infinidad de preguntas, casi todas ellas sin
respuesta, mientras que McCrea permanecía con la cabeza inclinada
y el negro «Stetson» en la mano.
Yuga no se movió durante los minutos que él permaneció en
aquella posición, ni tampoco dijo nada cuando se volvió
enfrentándola.
Y su voz sonó fría, pero tenue cómo un susurro, cuando dijo:
—Te oí llegar Yuga. ¿Vamos fuera?
Antes de que ella, sorprendida por el súbito tuteo que no
esperaba, pudiera reaccionar, McCrea pasó por su lado hacia la
pequeña puertecilla del cementerio del rancho.
Indecisa, le siguió, alcanzándole en la salida, junto a su caballo.
Fue entonces cuando preguntó:
—¿Qué hace aquí, McCrea? ¿Cómo se atreve a entrar a un sitio
como este? ¿Es que ni a los muertos puede dejar en paz?
Su mirada resbaló por el cuello del caballo hasta el lugar donde
descansaba el látigo. Dio un paso al frente y entonces McCrea se
adelantó.
Tomó el látigo y ante los ojos fríos y brillantes de Yuga lo estuvo
examinando durante unos segundos. Luego se lo tiró a los pies, y su
voz sonó enormemente fría cuando dijo:
—Puede que sea eso lo que desees, ¿no, Yuga? Anda, toma ese
látigo y golpéame por haber profanado el lugar donde reposan los
tuyos. ¿No es eso lo que quieres?
Yuga retrocedió un par de pasos, lo mismo que si la hubiera
golpeado en pleno rostro, y clavó los verdes ojos en el látigo.
—Váyase de aquí, pistolero, sucio —barboto con voz ronca—.
Lárguese y no vuelva más. Va... ya... se antes de que... lo use.
¡Vamos, largo de aquí! ¡Pronto!
Pero McCrea no se movió.
La miraba de pies a cabeza. Un hermoso rostro ahora rojo de
furia, un altivo y audaz seno que ahora palpitaba como movido por
la fuerza de un huracán, y temblando toda ella.
McCrea se acercó un poco y preguntó:
—¿Por qué estás tan llena de odio, Yuga? Una mujer como tú,
tan hermosa como tú. Di, ¿por qué?
—¡Cállese!
—Di, Yuga —repitió él— ¿por qué?
—¡Maldito rufián! ¿Por qué no se marcha de una vez? —volvió a
mirar el látigo caído a sus pies; y claramente McCrea vio cómo sus
ojos se oscurecían hasta volverse casi negros—. Lárguese de aquí,
antes que le mate, McCrea. Váyase.
Pero él hizo como si no la hubiera oído.
Por tanto continuó preguntando, aun sabiendo a lo que se
exponía:
—¿Qué es lo que te han hecho los hombres para que nos odies de
este modo, Yuga? ¿Qué es lo que te ha ocurrido para que estés
contra todos? ¿Qué te impulsa a odiar de este modo, muchacha? ¿Es
que no te das cuenta que lo que quiero es ayudarte?
Ella continuaba sin mirarle. Con los ojos fijos en la trenzada
correa, temblando como si la impulsara un hado maligno contra él y
contra todos.
Repentinamente levantó la vista hasta él y McCrea vio frente a sí
mismo el infierno verde en qué se habían convertido sus ojos.
—¿Usted, rufián? ¿Usted quiere ayudarme a mí? ¿Un sucio
pistolero que ya me ha matado a dos hombres? ¿Qué clase de ayuda
es esa? ¿O es que viene a contratarse conmigo como
guardaespaldas? Vamos, hable: Es eso, ¿no? ¿Acaso no le pagan
bastante los habitantes de Richey que pretende venderse al mejor
postor contando con que yo pague más que ninguno?
Calló para respirar entrecortadamente, y McCrea no la
interrumpió, esperando que ella añadiera algo más. Y no se
equivocó, ya que casi al acto, Yuga continuó:
—Por eso mató a dos de mis mejores hombres, ¿verdad? Por eso
acabó con una de mis reses, para aparecer ante mis ojos como un
rey del gatillo, ¿no? Y sobre todo, por eso vino aquí, al cementerio
donde reposan los míos, esperando que yo le viera con el sombrero
en la mano, delante de la tumba de mi padre, lo mismo que si
estuviera orando. ¡Maldito rufián! ¿Qué hacía? ¡conteste!
—Estaba haciendo una promesa, Yuga —replicó con aterradora
frialdad.
—¿Una promesa? ¿Acaso le estaba prometiendo a mi padre que
iba a echar a su hija de estas tierras con la ayuda de esa cantante y
de otros cuantos más? Pues se equivoca de medio a medio, McCrea,
porque si no se va pronto, le mataré yo misma. Lo haré aunque...
—No era eso, Yuga. Mi promesa fue que pasara lo que pasara,
velaría, por ti, a pesar de todos y contra todos. Y que al final, me
casaría contigo. Eres muy hermosa. Yuga Merri...
No pudo acabar. Con un pequeño e inarticulado grito, Yuga se
lanzó sobre el látigo lo mismo que una fiera. Pero McCrea fue
mucho más rápido al pisar la trenzada correa un segundo antes que
ella cerrara su mano sobre la empuñadura.
Yuga volvió a lanzar un pequeño grito, acto seguido se lanzó
sobre él lo mismo que una fiera. Llegó a marcarle la cara con las
manos, mientras que McCrea se veía y se deseaba para sujetarla.
Durante más de cuatro largos minutos ambos lucharon como
dos salvajes, hasta que finalmente logró dominarla al prenderla por
la cintura. Apretándola sin piedad alguna contra su pecho.
Yuga perdió la respiración, luchó durante unos segundos más
tratando de evadirse de aquel abrazo de oso, y luego abatió la altiva
cabeza. McCrea aflojó un tanto la presión y entonces la besó
largamente en los rojos y sorprendidos labios. A continuación la
soltó, dando un paso atrás, pero Yuga no se movió.
Tardó en hacerlo exactamente treinta segundos, y le sorprendió.
Yuga se acercó, mirándole con los ojos extraordinariamente
brillantes y se detuvo muy cerca, rozándole. Con el rostro levantado
hacia él susurró mostrándole los blancos e iguales dientecillos en
una sonrisa que nadie había visto desde hacía mucho tiempo:
—Es eso lo que quiere, ¿no? Pues lo va a conseguir, McCrea. Y
eso va a ser mi mayor venganza. La de hacer que se enamore de mí,
¿comprende? —Se volvió de lado y extendió el brazo para señalar un
punto inconcreto en la distancia—. ¿Sabe lo que voy a hacer? No,
¿verdad? Pues es sencillo. Avisaré a mis vaqueros para que le dejen
pasar al rancho cada vez que lo desee. Y será bien recibido por mí,
querido. Se sorprende, ¿verdad? —Sonrió de nuevo y añadió —Más
se va a sorprender de ahora en adelante, McCrea. Más, mucho más.
¿Sabe qué clase de mujer puedo ser para un hombre? No, ¿verdad
qué no?
Antes de que él pudiera evitarlo, Yuga dio un paso al frente, elevó
los brazos ciñéndole el cuello con ellos y le besó largamente.
McCrea luchó unos segundos contra sí mismo y luego
correspondió a la caricia, viendo en el acto la luz de triunfo que
había en los ojos de ella.
Algo que solo duró un segundo; pero fue suficiente para él.
McCrea la apartó de sí, lanzando una ronca maldición.
—¡Maldita seas una y mil veces Yuga! —estalló—. ¡Eres lo...!
Su risa le cortó en seco y esperó a que acabara de reír.
Al hacerlo, Yuga peguntó sin darle tiempo a que dijera nada:
—¿Se convence, McCrea? ¿Sabe ahora cómo besa una mujer
como...?
McCrea la interrumpió con una pregunta que desconcertándola
por completo cambió en un segundo el tema de la conversación,
encauzándola por otros derroteros menos peligrosos.
—¿Qué sabe de un ranchero llamado O’Leary, Yuga?
Yuga abrió mucho los ojos y por espacio de unos segundos él
más absoluto silencio reinó entre los dos.
CAPÍTULO VI
Lo rompió ella con una respuesta que le hizo dar un salto: —¿Se
refiere al amante de Elva?
Luego se rio de él y añadió:
—¿Sorprendido, McCrea?
El aludido replicó con otra pregunta:
—¿Quién te ha dicho eso, Yuga?
—¿Que qué? ¿EI «affaire» entre Elva y O’Leary? Eso lo sabe todo
el mundo en Richey. Pregúntelo y sabrá si miento o no.
McCrea hizo una mueca mientras que por su mente pasaba un
torbellino de ideas, cada una de las cuales era peor que la otra y
contestó: —Correcto si tú lo dices, Yuga. Pero en concreto. ¿Qué
sabes de él?
Yuga entrecerró los ojos para que no viera el ramalazo de
abyecta furia que por unos segundos brilló en ellos, y haciendo un
esfuerzo cuyo trabajo él tampoco supo ver, replicó: —Es un cerdo,
McCrea. Un puma con piel de cordero, ¿comprende? Entre él y Elva
están tratando de apoderarse de la región y de los ranchos de los
contornos.
—¿Y tú no, Yuga?
Ella abrió los ojos del todo y le miró de frente.
Fijo, muy fijo.
—Sí, yo también. Los zarpazos se pagan con zarpazos. Si no,
quieres que te devoren, querido, tienes que devorar. Esa ley hace
mucho tiempo que implantó en esta parte de Montana.
—¿Y no hay otro modo más humano, preciosa?
—¿Y es usted él que lo dice, McCrea? ¿Un pistolero, un «gun-
man» que vende su gatillo al que mejor le paga? Es sorprendente. La
verdad es que lo es, querido.
—Aún no me has pagado tú, linda, y yo voy a ayudarte.
Los verdes ojos tuvieron un ramalazo de furia, pero en contraste
la voz de Yuga sonó completamente tranquila cuando replicó: —No,
desde luego, no, McCrea. Pero usted ya ha establecido un precio en
el interior de su sucia mente. Por eso está aquí. Por eso hizo como si
orara en la tumba de mi padre. Además de rufián. Es usted un
cínico.
McCrea no se descompuso por el insulto, sino todo lo contrario,
ya que repitió, calmosamente: —Cuyos besos aceptas, Linda —dijo
—. Y al parecer con agrado.
Yuga, tal vez para disimular, se agachó y tomó el látigo. Los ojos
de McCrea brillaron por espacio de un segundo, pero no se movió, y
entonces ella, sin mirarle, lo colocó en la silla del mismo modo que
antes.
Acto seguido se volvió hacia él.
—¿Quiere ayudarme a subir a la silla?
McCrea se acercó. La prendió por la cintura y la elevó hasta la
misma.
Ya sobre el caballo. Yuga le miró fijamente.
—Es usted un hombre muy, fuerte, McCrea —le dijo—. ¿Le he
dicho que a mí me gustan los hombres fuertes? No, seguro que no.
Siendo así, se lo digo ahora. Es... un triunfo para usted, ¿verdad?
Echó la cabeza atrás y estalló en una burlona carcajada.
McCrea estuvo a punto de mandarla al diablo o a otra parte peor,
pero no lo hizo sabiendo que aquello solo hubiera servido para
seguirle el juego.
No obstante, fue a replicar con algo de cosecha propia, pero ella
le atajó con sus palabras.
—Si tiene su caballo cerca —dijo— le acompaño.
—¿Para qué?
Yuga le sonrió y sus ojos brillaron más que nunca cuando
contestó: —Para que a su vez me acompañe al rancho, McCrea. ¿O
tiene miedo de penetrar en mis dominios?
—Que un día serán también los míos, ¿no? Siendo así, vamos.
Volvió la espalda y por eso no pudo ver que los ojos de ella se
endurecían de tal modo que causaban pavor. Unos ojos que se
clavaron en su espalda, llenos de odio y llenos del deseo de matar.
Fueron hasta donde McCrea había dejado su caballo. Yuga
contempló cómo subía a la silla en silencio, y luego, una vez que lo
hubo hecho, preguntó: —¿Me acompaña?
—¿Para qué?
—Deseo enseñarle mis dominios, McCrea. Un hombre como
usted, que solo vende su gatillo al que más paga, le interesara saber
lo que poseo, ¿no?
—¿Lo crees así, Yuga? Pues yo no. ¿Sabes lo que creo, linda?
Yuga arqueó una de sus cejas.
—No —replicó—. No si no me lo dice.
—Pues es sencillo, preciosa; con tus besos, con... lo que a ti te dé
la gana estás tratando de llevarme al matadero, ¿verdad?
Yuga, sonrió, y McCrea se confesó in mente que jamás había
visto una sonrisa tan sucia en boca de una mujer.
—Usted ama el riesgo o la ventaja. Todo pistolero ama esas dos
cosas, McCrea. Por tanto vendrá, ¿verdad? Aun sabiéndolo vendrá,
¿no?
—Sí, Yuga, iré. Y luego, cuando esté allí, ¿qué harás? ¿Lanzarás
contra mí a Jenkins? Tengo entendido que es uno de tus mejores
pistoleros. Todo un asesino que dirían muchos, ¿no es verdad,
querida?
Yuga hizo una mueca y replicó:
—Jenkins ya no está a mi servicio. Lo despedí cuando fracasó
anoche en Richey.
La sonrisa de McCrea era torva cuando replicó:
—No admites fracasos ¿verdad? Ordenaste mi muerte, y cuando
ellos...
—No fue así, pero usted no me creería nunca, McCrea —hizo
una ligera pausa y añadió—: ¿Me acompaña?
—¿Para qué?
Yuga sonrió mientras su rostro adquiría un leve tinte rosado.
—Le gustará el rancho tanto como la ranchera —replicó—. Por
otra parte, ¿no le interesaría convertirse de la noche a la mañana en
el amo de todo esto? ¿Cambiar a ranchero? No me diga que el
cambio no es interesante. De ser un vulgar «gun-man» a convertirse
en unos segundos, en unos minutos o unas horas, en uno de los
rancheros más ricos de la comarca. Interesante y divertido, ¿verdad?
La sonrisa de McCrea fue torva cuando preguntó:
—No me estarás proponiendo que me case contigo, ¿verdad,
Yuga?
Ella inclinó la cabeza ante él, en ademán de saludo y vasallaje.
—¿Por qué no, McCrea? A usted le gusta el riesgo, ¿no? También
ha dicho que estaba, seguro de que yo iba a llevarle al matadero,
¿verdad? Pues siendo así, ¿a qué ese temor?
Sus ojos verdes brillaban con fuerza inusitada, llenos de desafío,
y su voluntarioso y redondito mentón le apuntaba a él.
—El riesgo no es mío, sino tuyo, linda.
¿Mío? ¿Por qué?
McCrea inició una fría sonrisa.
—Me pagan diez mil dólares por matarte, preciosa. Y nunca me
dieron tanto por alquilar o vender mi gatillo.
Yuga le miró sin temor alguno y contestó:
—Sí, supuse algo parecido cuando le vi por primera vez en
Richey. Es usted el tipo de hombre que engendra ese tipo de ideas
apenas se le ve en cualquier población del Oeste.
—Sí, tal vez... Y... ¿no tiene miedo, Yuga?
Volvió a sorprenderle cuando replicó:
—No, McCrea, no le temo a usted—: Sonrió desconcertándole
aún más, y añadió—: Sé que no debo temerle —y volvió a añadir
burlonamente, tras una ligera pausa—: Ninguna mujer debe temer
al que va a casarse con ella, ¿verdad?
—¡Vete al mismo infierno, Yuga!
Ella volvió a reír justo en el momento en que picaba espuelas.
Sin una sola vacilación, McCrea fue detrás.
*
—¡Dick! ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Qué... es lo que te ha
ocurrido?
Elva soltó las preguntas con inusitada rapidez tan pronto como
aquella noche le vio entrar en el «Saloon» después de salir a su
encuentro.
Acto seguido, y mientras esperaba la respuesta, le prendió de un
brazo y tiró de él hacia la barra.
—¿Es que no contestas?
Elva añadió aquella otra pregunta luego de que les hubieron
servido «whisky», que pidió, y mirándole a los ojos.
McCrea lo hizo, pero no respondiendo a ninguna de sus
preguntas, sino formulando otra: —¿Sabes dónde puedo ver a
O’Leary?
Elva arqueó una ceja.
—¿O’Leary? ¿Y yo qué diablos sé, querido?
Elva levantó el vaso y bebió largamente.
—No, Dick, no es suficiente —contestó—. No, si no te explicas.
—Creí que no hacía falta, linda —hizo una ligera pausa y añadió,
preguntando por lo que verdaderamente le interesaba a él—: ¿Dónde
puedo ver a O’Leary? Es muy importante.
Sabiendo que McCrea no le diría por el momento lo que deseaba
saber, aunque sospechándolo, Elva replicó: —Supongo que en su
casa, ¿no? Todos los días a esta hora se encuentra allí.
—Todos, sí, excepto hoy. ¿Dónde está?
Ella golpeó con el pie, llena de impaciencia, y replicó: —No lo sé.
Te he dicho la verdad. ¿O es que no me crees?
Ahora el que se volvió hacia la barra para tomar para tomar el
vaso y beber fue McCrea. A continuación contestó: —No, linda, no
te creo. Pero por sí me dices la verdad, si esta noche o cualquier otra
viene a verte, dile que le estoy buscando para matarle.
—¡Dick!
McCrea la miró torvamente.
—¿Te extraña? —preguntó—, Pues no debía ser así. Piénsalo y
verás cómo llevo razón —puso una de sus fuertes manos sobre uno
de sus desnudos hombros y añadió—: Y si lo piensas bien, Elva,
debes de extrañarte mucho más al ver que a ti, sobre todo a ti, aún
no te, he dicho nada.
Antes de que ella lograra replicarle, McCrea la soltó, dio media
vuelta y, sin apurar el «whisky», se encaminó hacia las puertas
batientes. Iba pensando en Chass Merriman, padre de Yuga, cuando
empujó las batientes y salió a la calle dispuesto a continuar
buscando a O’Leary, aunque fuera en él mismo infierno.
Un balazo levantó polvo a sus pies y casi al segundo siguiente
McCrea oyó el estampido de un rifle cuando ya un, segundo plomo
se encontraba viajando hacia él con velocidad de relámpago.
Se lanzó al suelo de cabeza. Dio un par de vueltas sobre sí
mismo, eludiendo el plomo del rifle, y luego corrió como un gamo,
en zigzag, hacia uno de los oscuros portales donde llegó unos
segundos más tarde, notando cómo un par de balas se estrellaban
contra la pared de troncos de la casa, haciéndolo con un seco
chasquido.
Luego el portal se interpuso entre él y el oculto tirador, y el rifle
calló al instante.
McCrea se secó el frio sudor que perlaba su frente, y con el
«Colt» en la mano, vaciló entre asomarse a la calle o esperar un
poco más. Optó por el primero mientras se sentía invadir por una
furia fría ante el cobarde atentado de que había sido objeto.
Se quitó el «Stetson»; y se asomó con infinitas precauciones.
Pero no miró a ambos lados de la calle. Lo hizo hacia los tejados que
tenía enfrente, y acertó casi al instante.
Vio la sombra que corría hacia uno de los aleros, el brillo opaco
del rifle recortándose contra los rayos de la luna, y levantó el «Colt»,
disparando a boleo por una sola vez.
Le contestó un ronco alarido de muerte y el pistolero cayo de
cara sobre el inclinado tejado, rodó por él y luego acabó por
estrellarse contra la calle.
McCrea aún esperó un par de minutos antes de abandonar el
amparo del portal. Luego se acercó rápidamente hacia donde aquel
había caído, y, como esperaba, no le reconoció.
Entonces miró hacia atrás. Hacia la puerta del «Saloon». Vio a
Elva y a sus piernas, rodeada de unos cuantos curiosos, y con el
humeante «Colt» en la mano se acercó lentamente.
Al verle venir, ella se hizo atrás y entró en el local. McCrea la
alcanzó cuando ya iba por el primer rellano de la escalera.
—Hola, linda —saludó—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Elva se detuvo y lo miró.
—No, si es para preguntarme sobre lo ocurrido en la calle.
—¿Cómo sabes tú que es eso lo que voy a preguntarte, Elva?
Ella le sonrió, pero su mirada era fría en extremo.
—Lo estoy leyendo en tus ojos, Dick; Por tanto, antes de que me
lo digas, debo replicarte que no sé nada. Que no vi nada sospechoso
en todo el día que me dijera lo que iba a ocurrir en tu contra.
—Hay muchas cosas que no quieres saber, linda.
—¿Qué quieres decir?
McCrea miró hacia lo alto de la escalera.
—Sube arriba y te lo diré, Elva. ¿O acaso me tienes miedo?
—¿Miedo? ¿A ti? ¿Por qué habría de, tenértelo?
McCrea no replicó y empezó a subir los escalones por delante de
ella.
CAPÍTULO VII
—Bien, Dick, te escucho. Habla.
Elva formuló la petición apenas si ambos hubieron cruzado el
umbral de la puerta del despacho y cuando aún McCrea permanecía
de espaldas a ella.
Por tanto se volvió para mirarla.
—Te has estado burlando de mí, Elva querida —dijo fríamente.
Elva arqueó una ceja.
—¿Qué yo...? ¡Estás loco, querido!
McCrea sonrió duramente.
—Tal vez lo esté, aunque no tanto como para no comprender un
montón de cosas. Y una de ellas es tu interés desmedido por el
rancho de Yuga Merriman, ¿no es así?
—Pero...
—¡Cierra el pico y escucha, linda! —atajó McCrea secamente—,
que te conviene. Mi llegada coincidió con la aparición de las reses de
Yuga en medio de la calle. Y fíjate bien que no voy a discutir ni a
poner en tela de juicio que estuvo muy mal lo que hizo. Es una calle
y nunca debió de hacerlo. Pero, como digo, no voy a hablar de ello,
sino de mi intervención. Fue casual, ¿comprendes? Fue para salvar a
una niña de ser aplastada por una manada de reses: Maté a una y
ella me lanzó un desafío, recogí el guante y se lo devolví.
Conociéndola cómo la conocías, y creyéndome uno de tantos, me
propusiste una asociación contigo, y en contra de ella. Me ofreciste
tu ayuda. Pero, ¿qué ayuda puede ofrecer una mujer sola a un
pistolero como yo y que lucha contra un equipo como el de Yuga
Merriman? Ninguna. Pero tú no estabas sola. Por eso me llamaste e
incluso te dejaste querer. Era muy bonito tener en filas a un
pistolero como Dick McCrea. El complemento que os faltaba para
poder echar a Yuga de aquí, ¿no? Pero os salió mal la cosa, preciosa.
Ahora, ¿quieres decirme dónde se esconde esa rata de Jenkins?
Mirándole con los ojos cargados de rencor, sabiendo que dijera o
hiciese lo que hiciese, McCrea jamás la creería, Elva contestó a su
última pregunta con la voz tan cargada de rencor como sus ojos: —
En su rancho. Con Yuga Merriman. ¿Dónde quieres que esté?
—Él no está allí, Elva, y tú lo sabes. ¿Dónde...?
—¿Cómo quieres que lo sepa? ¿O es que yo tengo la obligación
de saber todo lo que ocurre en Ri...?
—¡Lo sabes! Por la misma razón que sabías que O’Leary me
había ofrecido diez mil dólares por la muerte de Yuga. Porque te lo
dijo él, ¿no? Di Elva, ¿dónde está Jenkins? Con O’Leary, ¿verdad?
Ella dio la callada por respuesta y McCrea avanzo un paso,
colocándose muy cerca de Elva, con no muy buenas intenciones.
—Contesta, Elva. Comprende que no voy a perder mucho tiempo
contigo. Ni contigo, ni con el hombre o la mujer que asesinaron al
viejo Merriman.
Elva retrocedió un par de pasos, palideciendo.
—¿Quién... te ha dicho Dick? ¿Quién te ha llenado la cabeza de
esas ideas? ¿Es que te has vuelto verdaderamente loco?
—¡Imbécil! ¡Eres una imbécil, Elva! ¿Quién va a ser? El propio
Merriman. No lo comprendes, ¿verdad? No, claro que no. No lo
comprenderías nunca —sonrió y dijo—: Por última vez, encanto,
¿quieres decirme dónde se esconde Jenkins? Tiene que explicarme
algunas cosas, ¿entiendes?
—No sé de qué me estás hablando, querido. Yo te quise a mi lado
por...
McCrea jamás llegó a saber lo que ella iba a decir, ya que el
momento algo le golpeó en la nuca, privándole del conocimiento.
Elva ni se estremeció. Sonriendo al hombre que le había
derribado, preguntó: —¿Qué hacemos ahora?
—No te preocupes, querida —fue la rápida respuesta que obtuvo
—. McCrea no volverá a molestarnos. Pero ahora no ocurrirá como
ocurrió con el viejo, imbécil de Merriman. Él va a desaparecer de tal
modo que no dejará rastro.
—¿Qué es lo que vas a hacer con él?
—Cuánto menos sepas de esto, Elva, mucho mejor. Aquí no hay
ley, pero llegará cualquier día. Más tarde o más temprano, alguien
aparecerá una vez, y nosotros continuaremos en Richey,
¿comprendes?
—Eso quiere decir que, a pesar de todo, no te fías de mí,
¿verdad?
—No es eso, y tú lo sabes. Y ahora, linda, ahueca el ala, distrae
con tus piernas a la clientela, que voy a encargarme de él.
Elva no replicó. Dio media vuelta y salió del despacho. Unos
minutos más tarde se encontraba en el tabladillo, cantando,
sonriendo al público, como si nada hubiera ocurrido, mientras
McCrea, atado como un fardo, era sacado por la puerta trasera.
Media hora más tarde, amarrado a la silla sobre su propio
caballo, el mismo Jenkins, un tanto repuesto de los latigazos que
Yuga le propinara, acompañado de dos pistoleros, emprendían el
galope hacia las montañas.
Amanecía cuando se detuvieron.
Fue entonces cuando Jenkins le encaró, riendo:
—Un buen paseo, ¿verdad, McCrea? Confieso que le tenía gana.
McCrea no le miró.
Tampoco replicó a sus palabras. Se encontraba más interesado
en el panorama que había alrededor suyo.
Unos taludes de roca pizarrosa. Dos taludes para ser más
exactos, que dejaban entre sí un paso tan estrecho que apenas si
podía pasar un caballo, y ahora todos estaban en el centro del
mismo.
Como si leyera sus, pensamientos, Jenkins preguntó:
—Interesante panorama, ¿verdad? Apuesto a que se está
preguntando que para qué diablos le hemos traído aquí, ¿no? —Se
volvió a sus dos secuaces, que, lo mismo que él, habían
descabalgado, y añadió: —Vamos, muchachos, bajadle de la silla.
Sin replicar, ambos se acercaron a él y cortaron las cuerdas que
sujetaban sus piernas bajo el vientre del caballo.
A continuación le empujaron.
McCrea cayó al suelo, donde quedó unos segundos sin aliento,
oyendo las risotadas del trío. Luego miró a Jenkins y este tomó de
nuevo la palabra: —Va a morir, McCrea, lo sabe, ¿verdad?
Por primera vez en todo el camino, desde el momento en que
recobrara el conocimiento, McCrea habló.
—Sí, eso he supuesto.
Jenkins sonrió ampliamente. Estaba contento. Un buen precio
por una faena que apenas le había costado nada.
—¿No le interesa saber cómo?
McCrea le devolvió la sonrisa. La más sucia de su repertorio, y
preguntó: —¿De un balazo, Jenkins?
El antiguo capataz de Yuga se rio.
—¡Oh, no! ¡De ningún modo! Con usted no vamos a correr
ningún riego, ¿comprende? Lo de usted, McCrea, va a ser
extraordinariamente sutil —volvió a reír y añadió—: Sí, muchísimo
más sutil.
Calló esperando la respuesta, de McCrea. Calló esperando que en
el rostro de este se reflejara cualquier gesto de sorpresa, pero no fue
así. Al parecer, aquello no le importaba nada. No en aquella
situación.
—¿No tiene nada que decir? ¿No quiere saber cómo vamos a
matarle? —insistió.
—Estoy esperando que me lo explique, Jenkins, y soy todo oídos.
Jenkins extendió la mano para señalar los dos taludes que
parecían tocarse allá arriba, ciento cincuenta o doscientas yardas
sobre sus cabezas.
—¿Ve esos picos, McCrea? Sí, ¿verdad? Pues no tardarán en caer
sobre usted, enterrándole aquí—. Señaló a uno de sus secuaces y
añadió—: Rex es experto en dinamita, ¿comprende? Él va a preparar
unos cuantos cartuchos con un trozo de mecha un tanto húmeda.
Luego prenderá fuego a esa mecha que, humedecida, tardará más en
llegar a los fulminantes. ¿Sabe por qué? Porque de ese modo su
agonía será más lenta McCrea. Minuto a minuto la verá arder sin
que pueda evitarlo por ningún medio, y luego unas cuantas
toneladas de roca y tierra caerán sobre usted, enterrándole aquí.
Así, de ese modo, nadie encontrará nunca su cadáver ni el de su
caballo.
Para todos será que se marchó de Richey sin despedirse de
nadie, ya que las cosas se le pusieron poco menos que imposibles.
Es una buena idea, ¿verdad?
McCrea dudó unos segundos antes de dar la respuesta.
Cuando lo hizo su voz sonó perfectamente tranquila.
—Sí. Fue una buena idea. ¿Y de quién, Jenkins? De usted no.
Usted no tiene cerebro para ello. Es demasiado zafio y torpe. ¿Fue
cosa de Elva o de O’Leary?
Jenkins rio divertido.
—Es usted un chico muy listo, McCrea. Fue O’Leary, aunque la
chica también tomó parte en ello al llevarle a usted al despacho del
«Saloon», donde el patrón le esperaba. ¿Y sabe por qué se lo digo?
Porque...
—No lo contaré, ¿verdad? —atajó McCrea—. Siendo así, ¿por
qué no empieza ya? Está perdiendo mucho tiempo, a no ser que
tenga miedo de hacer lo que dice. ¿Me equivoco?
Jenkins no respondió. Se volvió hacia sus dos secuaces y dio las
órdenes oportunas.
Y durante, más de dos horas McCrea vio cómo con perfecta
calma los dos pistoleros iban, colocando los cartuchos de dinamita,
hasta un total de ocho, en los lugares más convenientes.
Asimismo vio la mecha, negra, ir de estos al mismo borde del
camino, serpenteando por entre pequeñas rocas y guijarros, lo
mismo, que, una maligna y mortífera serpiente, y sin poderlo evitar
se estremeció. Casi en el acto oyó la voz burlona de Jenkins: —
¿Tiene miedo, McCrea?
Tras una corta vacilación, este replicó, con la verdad:
Cualquiera lo tendría, ¿no? Cualquiera. Y usted también,
Jenkins, ya que más tarde o más temprano pagará mi asesinato. Y
ahora, si le parece, puede irse al infierno.
—Usted llegará antes, McCrea, y creo que se cansará de
esperarme.
Le volvió la espalda y miró a sus dos hombres.
—¿Listos? —preguntó.
—Claro. Desde hace unos minutos.
—Correcto. Enciende la mecha.
A continuación subió al caballo y ya sobre la silla contempló
fríamente los últimos toques de su obra de arte, según sus
pensamientos, en exclusiva.
—¿Nos vamos?
—Ahora mismo.
Los dos pistoleros subieron a los caballos. Durante unos
segundos el llamado Rex jugueteó con su «Colt», sin apartar los ojos
de McCrea. Jenkins le apremió: —Rápido, Rex, vámonos.
—Id delante —contestó—. Yo voy a hacer algo ahora mismo.
Continuo mirando a McCrea y le dedicó una burlona sonrisa.
—Me quedo con tu «Colt», muchacho —le tuteó—. Será un buen
recuerdo. Un «Colt» que perteneció a un buen pistolero, pero que
erró el camino al venir a un pueblo como Richey —volvió a
juguetear con el suyo, y luego, con una risotada, lo lanzó sobre el
polvo a un par de yardas del maniatado McCrea—. En cambio —
continuó— puedes quedarte con el mío, que te aproveche, McCrea.
Con una nueva risotada picó espuelas, lanzándose a todo galope
hacia el lugar por dónde había desaparecido Jenkins.
Cuando el ruido de los cascos del caballo se perdió en la
distancia, McCrea clavó sus fríos ojos en la mecha.
Apenas si distinguía la leve columnita de humo negro que se iba
elevando al espacio y el leve chisporroteo de la misma al avanzar
pulgada a pulgada en dirección a las rocas donde estaban los
cartuchos de dinamita.
Cerró los ojos.
Media hora más tarde la mecha apenas si había recorrido tres o
cuatro yardas, menos de la mitad del camino que debía recorrer.
Ahora ya no distinguía el chisporroteo ni veía la columnita de humo,
pero él sabía que estaba allí. Avanzando inexorable hacia los
fulminantes.
Se puso a sudar, con un sudor frío que en pocos segundos le
empapó de pies a cabeza.
¡Si pudiera hacer algo!
Pero no, no podía. Estaba atado; con las manos a la espalda,
tendido de lado, cara al alto talud que iba a estallar en mil pedazos
dentro de muy poco.
McCrea miró en torno con la misma expresión de gatos rabiosos,
y entonces vio el «Colt» que le lanzara Rex Brando como una burla
más.
Unas cuerdas que le ataban los pies y las manos y un «Colt». Un
arma que podía estar cargada, pero que no le servía para nada.
¿Si pudiera...?
¡Pero no podía!
Nadie podía hacer nada por él.
McCrea miró de nuevo hacia donde se encontraba la mecha,
achicando los ojos, pero no logró distinguir nada. Su sudor se
intensificó. ¿Si pudiera hacer algo? Miró de nuevo el «Colt» y fue
entonces cuando una repentina idea le golpeó la mente con la
misma fuerza que un mazo.
—Eres un imbécil. Dick —monologó—. Eso ya deberías haberlo
pensado antes.
A continuación McCrea se contorsionó como un áspid y empezó
a rodar en dirección al «Colt» de Brando.
Unos segundos más tarde se encontraba encima de él, sudando
como un condenado, luchando para poder tomarlo con las manos, y
rogando mentalmente que estuviera cargado mientras que en el
porche de su rancho, Yuga, llevando el inseparable látigo en las
manos, esperaba impaciente la llegada de McCrea.
Un pistolero que había venido del propio infierno para turbarla
como mujer, que había pasado en el rancho tres días con sus tres
noches, sin que ella hubiera podido averiguar quién era y de dónde
venía.
Una nube de polvo en el sendero, casi en los confines del
horizonte, hizo que achicara los ojos tratando de distinguir al jinete,
pero no lo consiguió hasta mucho después.
No era uno, sino dos.
Un hombre y una mujer.
Yuga lo supo casi en el acto a pesar de que ella iba vestida de
hombre, y también reconoció en el otro a la figura altiva y felina de
O’Leary.
Entrecerró los ojos y sus mejillas se colorearon al conjuro de la
furia que empezaba a invadirla y que llegó a su cenit tan pronto
como estos atravesaron la cerca de madera y espino que circundaba
el edificio ranchero.
Pero tragándose la bilis Yuga permaneció impasible, y con la
misma aparente impasibilidad les vio llegar al porche y esperó a que
descabalgaran.
Pero ninguno de los dos lo hizo, tal vez porque a pesar de ir
armado con una pareja de «Colt 45» O’Leary se sentía impresionado
ante la salvaje belleza de Yuga, y más que por ello en si por el látigo,
que lo mismo que una serpiente se movía en el suelo, de un lado
para otro; dispuesto a saltar en el momento menos impensado
contra cualquiera que no le gustara a su dueña.
Sé miraron de frente por espacio de unos segundos.
Pero fue Yuga la que preguntó primero:
—¿Qué vino buscando aquí, O’Leary?
El ranchero sonrió levemente.
—Su rancho, miss Merriman —dijo—. Vine a avisarla para que lo
desaloje en el plazo de veinticuatro horas.
Yuga se movió nerviosamente y los ojos azules de Elva se
clavaron en él látigo, que también se movió como si tuviera vida
propia.
—¿Y si no lo hago, O’Leary?
—La echaré de aquí. Y no cuente para nada con Dick McCrea.
Recibió cien mil dólares por marcharse de aquí y aceptó.
Yuga retrocedió un par de pasos como si repentinamente la
hubieran golpeado en pleno estómago; y el látigo se inmovilizó en el
suelo, como muerto.
—¿Puedo creerle?
—No, si no quiere, Yuga. Pero sí puede hacer una cosa:
preguntar en Richey. Allí le dirán si es verdad lo que le digo o no.
Yuga clavó los brillantes y verdes ojos en el semblante
hermosamente impasible de Elva.
—Y ella, ¿qué tiene que ver en esto?
O’Leary arqueó una ceja.
—No entiendo esa pregunta, Yuga —replicó.
—¿No? Pues la aclararé. Si ella contribuyó en algo para que a
McCrea le ocurriera algo, juro que la mataré a latigazos —y Elva, si
bien no dijo nada, se estremeció sobre la silla—. ¿Lo entiende
O’Leary?
—De ese modo, sí, Yuga. Pero él se marchó. Es la verdad.
—Una verdad que cuenta usted y nadie más. ¿No es cierto?
—No y usted lo sabe, Yuga. Pregunte en Richey como ya le he
dicho, y sabrá la verdad —hizo una pausa, sin que ella le
interrumpiera y sin que Elva pronunciara una sola palabra, y añadió
—: Pero dejémonos de eso, muchacha. He venido a hacerle una
advertencia. Quiero el rancho para mañana a mediodía y ahora
tendrá que soltarlo. No tiene a nadie que la defienda. Por otra parte,
su padre tiene una deuda conmigo de cincuenta mil dólares. Una
deuda de juego. Eso lo sabe todo el mundo en Richey. Yuga. Y no
creo que usted la niegue, ¿verdad?
La sonrisa de Yuga era torva cuando replicó:
—No, de ningún modo voy a negarla, O’Leary, una deuda que
contrajo hace tiempo jugando con usted y con Elva, y qué él siempre
se negó a pagar porque le hicieron trampa. ¿Fue eso por lo que
ordenó matarle, O’Leary?
—¡Yo no...! —calló pensándolo mejor, y acto seguido añadió—:
Sea lo que sea, él las debía. Por tanto, este rancho es mío y nada
más. Lárguese del mismo, Yuga, o de lo contrario...
—¿Qué? —interrumpió ella—: Nada, O’Leary, porque no
conseguirá nada, ¿comprende? Solo de una forma, matándome lo
mismo que asesinaron a mi padre. Y tendrá que hacerlo, ya que yo
no voy a pagar nunca esa deuda amasada con trampas, bajo el
engaño de un falso amigo, y los ojos hermosos de una mujer sin
conciencia y sin moral. Por otra parte, ranchero aquí no hay más ley
que la del más fuerte. Y pensando en eso, ¿quiere decime con
cuántos hombres cuenta usted para atacar este rancho?
—¿Qué diablos...?
—Nada de diablos —atajó ella—. Nunca, entiéndalo bien, tendrá
este rancho, por lo menos mientras yo viva, O’Leary. Como le dije,
aquí impera la ley del más fuerte. Si intenta un ataque; le juro que
acabaré con usted —dio un paso al frente y añadió mordiendo las
palabras—: De todos modos lo haré. Lo haré sí, como me ha dicho,
McCrea ha desaparecido de Richey. Hasta ahora solo esperé a que la
ley acabara con hombres como usted. No siendo así...
Yuga desvió los ojos hacia el látigo y ahora fue O’Leary el que se
estremeció.
Acababa de hacerlo cuando ella le miró por entre las
semicerradas pestañas.
—Váyase ahora mismo, O’Leary, Usted y esa... No quiero verles
ni un segundo más en mis tierras ni cerca de mi rancho. Y por favor
—, añadió con voz suave—, no intente tocar la culata de su «Colt».
Sería peligroso. Muy peligroso para usted. Vamos, largo.
Los tres se contemplaron en silencio por espacio de varios
segundos hasta que de un modo repentino O’Leary replicó: —Ya nos
vamos, Yuga Merriman. Pero no olvides una cosa: que no voy a
atacar tu rancho como supones. Simplemente me imitaré a venir.
Luego, si no te has ido, recurriré a la capital. Tengo un recibo por el
valor de esos dólares. No lo olvides.
Sin alterarse, por lo menos aparentemente, Yuga contestó:
—Y llegarían tarde, O’Leary, porque si mañana se presenta en el
rancho, no saldrá vivo de él.
O’Leary vaciló unos segundos, pensando qué era lo que debía
hacer en aquel momento, y acto seguido desvió los ojos hacia Elva.
—Vámonos, linda —dijo—. Aquí ya nada tenemos qué hacer.
Hizo caracolear el caballo y emprendió el galope hacia la puerta
que había más allá, en la cerca de madera y espino, y que daba
acceso al llano.
Elva le siguió sin una sola vacilación y emparejó con él media
milla más abajo.
—Te dije que no sería tan fácil, querido.
—Sí, lo sé.
—¿Lo sabes? —preguntó ella en tono sarcástico—. Entonces.
¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte en contacto con la capital? De ese modo
no conseguirás nada, y eso sí que debes saberlo, ¿verdad?
O’Leary ladeó la cabeza para mirarla y replicó:
—Sí, también lo sé, Por tanto no voy a hacerlo.
—¿Entonces...?
—Es fácil. Yuga, puede seguir el mismo camino que su padre y
McCrea. El uno bajo tierra, aunque enterrado, en su propio rancho,
el otro bajo unas cuantas toneladas de tierra y roca. Ella... Bueno,
Yuga, puede irse al infierno en el fondo de un barranco. Hay no lejos
de aquí un paso obligado para los buitres. Cuatro horas más tarde,
los hermosos huesos de Yuga blanquearán al sol. Es otra de mis
muchas...
—Vamos, calla —atajó ella interrumpiéndole en medio de la
frase.
—O’Leary la miró de soslayo y no replicó.
Por tanto continuaron cabalgando en silencio hasta que dieron
vista a las primeras casas de Richey mientras que en su rancho
Yuga, lo mismo que una fiera enjaulada, iba de un lado para otro
llevando el látigo detrás suyo, como si fuera un nuevo modelo de
perro, en espera de la llegada de sus vaqueros.
CAPÍTULO VIII
Se escapaba de sus manos. Una y otra vez. Como un ser vivo.
Como un ser de pesadilla que tuviera alma. Pero un alma maligna
en extremo.
Sudaba.
McCrea sudaba como no lo había hecho nunca, hasta que de un
modo repentino el «Colt» de Brando quedó encarado hacia donde él
deseaba. Hacia una de las cuerdas que sujetaban sus muñecas.
McCrea no miró a ningún lado. Ni siquiera pensó en la mecha
que se iba consumiendo poco a poco por entre los guijarros y las
rocas. Por entre la arena.
Apretó el gatillo.
La pólvora le quemó las manos, produciéndole un agudo dolor
que le estremeció de pies a cabeza, pero consiguió lo que se había
propuesto. Una de las cuerdas saltó cortada limpiamente y luchó
denodadamente por librar las manos del resto de las mismas.
Segundos más tarde luchaba con los nudos que le oprimían las
piernas, y por segunda vez empleó el «Colt». Luego, por espacio de
un par de minutos, mientras el frío sudor perlaba su frente, se frotó
los entumecidos miembros y a continuación, con el arma en la
mano, corrió hacia la mecha que ardía.
Pero no pudo hacer nada.
Esta, al llegar a los empalmes, se había separado, tomando
distintas direcciones que debían de llevar el fuego de manera
indefectible hacia los diferentes cartuchos de dinamita.
Desde luego podía apagar dos o tres. Máximo cuatro, pero nada
más. El resto, mucho antes de que lo intentara siquiera, produciría
los estallidos.
Consciente de ello, McCrea volvió la espalda y corrió
desesperadamente buscando la salida de los taludes. La alcanzó
minutos más tarde, siempre sin soltar el «Colt», buscando con los
ojos cualquier depresión del terreno donde ocultarse.
Lo conseguía ya cuando sobrevino la explosión.
Unos segundos más tarde le alcanzó la onda explosiva de la
misma. De un modo súbito McCrea se vio levantado en vilo y luego
rodó por entre las peñas, las rocas y los guijarros hasta el fondo de
una hondonada, donde llegó completamente sin sentido, en tanto
que no lejos de allí Rex Brando, al lado de Jenkins y de Phil Foster,
el tercero de los pistoleros al servicio de O’Leary, sobre los caballos,
y desde una de las cercanas lomas, contemplaban el movimiento
sísmico que había producido el estallido de la dinamita.
—Esto se acabó, Foster.
—Sí. Eso es lo que creo —medió Jenkins mientras Brando hacía
una mueca con los labios, que sorprendió al antiguo capataz.
—¿No piensas lo mismo, Rex? —preguntó.
—¿Por qué no? —replicó—. Y no obstante, me gustaría echar un
vistazo.
Foster le interrumpió con una risotada.
—¿Acaso esperas que aparezca de un momento a otro saliendo
de debajo de ese montón de roca y tierra y te persiga a muerte
empleando para ello tu propio «Colt»?
La respuesta de Brando la cortó la voz y la risa de Jenkins.
—Vamos, Brando —dijo—, no nos vayas a decir ahora que tienes
miedo de los muertos. Ellos ni se mueven ni hablan, y tú lo sabes
bien. ¿Es que no recuerdas al viejo Merriman? Vamos, que nos
esperan.
Volvieron grupas y media hora más tarde se reunían con O’Leary
cuando ya hacía mucho más de una hora que este les esperaba
después de haber hablado con Yuga, acompañado de Elva, la cual se
había separado de él hacía poco, tomando el camino a Richey.
Fue el propio O’Leary el que habló primero y lo hizo con una
pregunta, a la que añadió un comentario: —Se acabó, ¿verdad?
Desde aquí oímos la explosión.
—¿Oímos? —preguntó Jenkins—. ¿Usted y quién más, patrón?
—Elva. Se encontraba conmigo. Ahora va camino de Richey.
Hubo unos segundos de silencio.
Al parecer, Jenkins pensaba si debía o no formular la pregunta,
hasta que repentinamente optó por lo primero.
—¿Qué piensa hacer con ella, míster O’Leary?
Este le miró fijamente, luego desvió los ojos hacia Brando y
Foster, y preguntó a su vez: —¿Por qué?
—Las mujeres, en esta clase de negocios, nunca traen buena
suerte.
—¡Bah! ¡naranjas, Jenkins! Y no me digas que tú crees en esas
paparruchas, ya que no te creeré.
Jenkins forzó una sonrisa.
—Ni lo creo ni lo dejo de creer patrón —replicó— Pero se da el
caso de que usted es el que paga y nada más. ¿Nos vamos?
O’Leary replicó con otra pregunta:
—¿Ya no te interesa saber lo que voy a hacer con Elva?
Los dos se miraron de frente, por espacio de varios segundos,
hasta que Jenkins replicó: —Confieso que sí, pero como le dije, usted
es él patrón, míster O’Leary.
—De acuerdo entonces, Jenkins. Soy el patrón, pero a pesar de
ello te lo diré. Elva ha estado mucho tiempo conmigo, y por tanto no
voy a dejarla ahora en este momento. El «Saloon», aparte de otros
intereses en Richey, son míos, y la necesito. Por otra parte, el
intentar prescindir de ella sería muy expuesto, Jenkins.
—¿Expuesto? ¿Por qué?
O’Leary sonrió, pero su sonrisa fue torva.
—Si no lo sabes, Jenkins, no seré yo el que te lo diga por el
momento.
—¿Quiere explicármelo mejor?
O’Leary tiró suavemente de las riendas y el animal se puso en
marcha.
—He dicho ya todo lo que debía decir, Jenkins.
Jenkins no replicó. Se limitó a seguirle en unión de Brando y
Foster, y, a partir de entonces hicieron el viaje silencio hasta que
alcanzaron el «Saloon».
O’Leary les dejó en la barra y se apresuró a subir al piso donde
Elva tenía su despacho.
La encontró allí sentada en uno de los sillones, con la desnuda
pierna derecha cabalgando sobre la izquierda, y con un vaso de
«whisky» en la mano que depositó sobre una pequeña mesita que
había a su lado, apenas si le vio entrar.
O’Leary cerró la puerta a su espalda y avanzó hacia ella. Se
inclinó para besarla y Elva enlazó su cuello con sus brazos, lo
mismo que otras veces hiciera con McCrea.
Cuando se separaron había transcurrido mucho tiempo. Tanto
que ya las primeras sombras de la noche habían caído sobre Richey.
Y fue ella la que preguntó primero: —¿Y bien, querido...?
—¿Bien; qué?
—McCrea —replicó ella escuetamente.
O’Leary dejó transcurrir unos segundos de silencio, y contestó:
—Ese ya no cuenta, linda. ¿Algo más?
Elva no vaciló en dar la respuesta.
—Yuga Merriman. ¿Cuándo lo intentarás?
—Lo he intentado ya, preciosa.
—¿Qué?
O’Leary sonrió fríamente.
—Tengo un par de hombres recorriendo el arroyo donde suele
bañarse, querida. Si tropiezan con ella, irá a parar a una sima.
—Eso es complicado. Suponte que no aparece en unos días. ¿Vas
a atacar su rancho?
—Se puede intentar, ¿no?
—Claro, pero no lo harás.
—¿No? ¿Por qué?
Elva levantó el vaso y bebió largamente. Luego replicó mirándole
a los ojos.
—Porque sería en extremo peligroso. Hay muchos modos de
eliminar a una persona sin levantar tanto polvo.
—Como McCrea, ¿verdad?
—Correcto, como McCrea.
—Tampoco es bueno repetir siempre el mismo truco, linda.
—Lo sé, y no voy a repetirlo con ella.
O’Leary la miró fijamente como intentando averiguar cuáles eran
sus más recónditos pensamientos, pero no lo logró, en vista de lo
cual preguntó: —¿Vas a intentarlo tú personalmente, Elva?
Ella se puso en pie y él la miró de pies a cabeza fascinado por su
fantástica belleza.
—¿Por qué no?
—Sí, ¿por qué no? —repitió él—. Pero, ¿cómo?
Elva frunció el ceño.
—Tengo que pensarlo —dijo.
Siguieron unos segundos de silencio y luego, de un modo
repentino, O’Leary se puso en pie.
—Creo, linda —dijo prendiéndola por la cintura—, que será
mucho mejor que bajemos al «Saloon». Los clientes ya deben de
estar echándote de menos.
Se besaron de nuevo, antes de abandonar el despacho, y acto
seguido, el uno detrás del otro descendieron la escalera, cruzaron el
local, hacia la barra, mientras que en la calle, silenciosos como
sombras, varios jinetes, aunque ahora iban a pie, tomaban
posiciones en torno al local.
CAPÍTULO IX
Brando, Foster y Jenkins se encontraban al fondo del mismo,
frente a unos vasos de «whisky» jugando al póker, entre risas y
carcajadas.
O’Leary fue el primero que se dio cuenta de ello y los señaló a
Elva.
—Los chicos se divierten, linda, Lo están celebrando en grande,
¿verdad?
Elva hizo una mueca, sin replicar se volvió cara a la barra y pidió
un par de «whiskys». Luego, una vez hubo bebido, el suyo fue al
tabladillo y ya no se acercó a O’Leary hasta que el «Saloon» quedó
completamente vacío si se exceptúa a Brando, Jenkins y Foster que
aún continuaban en la mesa, con su inacabable partida de «póker».
Entonces se acercó a la barra del mostrador, al lado de O’Leary.
—Llámales —dijo.
—¿Qué? —preguntó este sin comprender.
—Que los llames. Por esta noche ya se ha acabado el juego
dentro del «Saloon».
—Pero Elva. ¿Qué es lo que ocurre?
Ella no replicó, y O’Leary al ver que se volvía hacia la barra para
tomar el vaso de «whisky» giró en redondo y se acercó a la mesa
donde Jenkins y los otros dos continuaban jugando.
—Se acabó el juego por esta noche, muchachos —dijo.
Brando levantó los ojos, conjuntamente con los demás, pero fue
él solo el que preguntó: —¡Cuernos, patrón! ¿Y por qué?
Sin volverse, O’Leary señaló por encima de su hombro, hacia
atrás.
—Ella os llama, Por lo menos, eso es lo que creo.
Jenkins no se pudo contener, y empezó:
—¿No me diga que...?
—Yo no digo nada, Jenkins —atajó O’Leary secamente—, sino
ella. Vamos, muchachos, fuera los naipes.
Giró en redondo y regresó a la barra, junto a Elva, mientras que
los tres se miraban entre sí. Luego y de una forma repentina, sin
consultarse previamente, empezaron a recogerlo todo.
—Jenkins fue el primero que se puso en marcha hacia la barra, y
el primero que preguntó con los ojos fijos en las explosivas curvas de
Elva: —¿Por qué no podemos continuar jugando, preciosa?
—Porque lo mando yo, Jenkins, como dueña del «Saloon». Es
bastante tarde y estoy cansada. Por otra parte, voy a hablaros de
algo importante.
Los tres pistoleros se miraron entre sí, y ninguno replicó.
Esperaban.
Elva apuró el resto del «whisky», depositó el vaso sobre el
mostrador, les miró uno a uno, y finalmente, encarando a Jenkins,
dijo: —Creo, Jenkins, que tiene una cuenta pendiente con Yuga
Merriman, ¿no?
El rostro del antiguo capataz se nubló.
—Continúa, preciosa —dijo con voz seca—. La escucho.
Hubo unos segundos de silencio, y Elva contestó:
—Deseo que...
—Fue en aquel entonces cuando las puertas batientes se abrieron
y ella se interrumpió.

*
Empezó a moverse.
Abrió los ojos, pero aun así, tardó bastante en darse cuenta de
que era completamente de noche y que al parecer todo había
terminado.
Con un esfuerzo se puso en pie. Vacilo sobre sus temblorosas
piernas y durante varios largos segundos luchó con todos sus
sentidos por recuperarse hasta que lo consiguió, aunque no de un
modo completo.
Tambaleándose miró hacia atrás.
Se estremeció.
Bajo los pálidos rayos de la luna, McCrea vio cómo uno de los
taludes había desaparecido casi por completo, como si un violento
sismo le hubiera convertido en polvo. La senda por la cual había
sido llevado hasta allí aparecía cortada, y enterrada bajo unas
cuantas toneladas de roca y tierra.
Allí, bajo las mismas, se encontraba su caballo.
Desvió los ojos mirando ahora hacia el lugar donde estaba
enclavado Richey. Empezó a avanzar lentamente, tambaleándose a
cada paso, pero solo anduvo un poco. Apenas media docena de
yardas.
Fue entonces cuando McCrea se dio cuenta de que el «Colt» ya
no estaba en su mano.
Volvió sobre sus pasos y empezó a buscarlo por los alrededores.
Y perdió cerca de una hora antes de encontrarlo debajo de una
espesa mata de artemisa.
Lo tomó, lo sospesó, lo abrió, y después de comprobar la carga,
cuatro cartuchos, enfundó.
De nuevo avanzó hacia Richey comprobando con agrado que a
medida que avanzaba sus piernas se iban afirmando y sus pasos
iban siendo más seguros. Pero aun así, cuando alcanzó las primeras
casas, había transcurrido mucho tiempo. Tanto que estaba seguro de
que, el «Saloon» de O’Leary, que regentaba Elva estaría cerrado. Por
tanto, nada de lo que deseaba, podría hacer aquella noche.
No obstante, y en contra de sus propios pensamientos, McCrea
avanzó decididamente, por detrás de las casas, hasta que alcanzó la
entrada posterior del mismo. Pero no entró de inmediato, sino que
fue a la cuadra donde examinó los caballos.
Solo entonces se decidió, hasta que avanzó por la calleja en
dirección a la calle principal con objeto de entrar en el «Saloon» por
dónde todos.
Desde la sombra de uno de los pórtales, Yuga soltó una tenue
exclamación y luego achicó los ojos intentando reconocerle. Sí,
desde luego era él. Era Dick McCrea. Sucio, cubierto de polvo de
pies a cabeza, renqueando, y con el rostro cubierto de arañazos,
como si la zarpa de una fiera hubiera hecho presa en él.
Sí, claro, era McCrea. Entonces no se había ido.
Su corazón latió con violencia mientras se volvía a uno de sus
vaqueros.
—Es McCrea —dijo con voz ronca—. Que nadie se mueva de la
calle, ya que quiero ser yo la que entre detrás de él.
En aquel entonces, sin una sola vacilación, McCrea empujó las
puertas batientes y entró.
Se dio cuenta en el acto de que Elva se interrumpía mientras se
llevaba las manos a la altura de los audaces senos, y vio al mismo
tiempo cómo Jenkins, Brando, Foster y el propio O’Leary, se
inmovilizaban mirándole con los ojos llenos de terror.
McCrea se detuvo en el centro del desierto «Saloon» y saludó:
—Buenas noches a todos. Elva. En cuanto a usted, Brando,
gracias por dejarme su «Colt». Fue un buen gesto. Un gesto que le va
a costar la vida. Y no me miren así. No soy un ser escapado de la
tumba, ya que aún no tuve tiempo de pedirle permiso al sepulturero
para que me dejara salir. Vamos, piénsenlo, muchachos: ¿Entregan
las armas ahora mismo, o empezamos a disparar?
Siguieron unos segundos de tenso silencio mientras que se
reponían de la sorpresa. Mientras que en sus mentes entraba la idea
de que en contra de todo pronóstico, Dick McCrea había escapado
de la tumba de un modo incomprensible.
Y fue el propio O’Leary el que habló primero rompiendo de ese
modo un silencio que ya se estaba haciendo pesadamente
angustioso: —Cómo... ¿Cómo diablos lo consiguió, McCrea?
—Eso ahora no importa. Vamos, O’Leary, diga a sus hombres
que tiren las armas a mis pies o esto se va a convertir en un infierno.
Mirándole fijamente, este replicó:
—¡Es usted un iluso McCrea! De hacerlo significaría la horca.
Vamos, ¡saque!
—¡La significa de cualquier modo, O’Leary! ¡Vamos, fuera los
cinturones!
En aquel momento, Elva estalló:
—¡Vamos! ¿a qué esperan? Mil dólares al que...
Jenkins fue el primero qué tiró del «Colt» llevando en sus labios
una seca maldición.
Luego todo se convirtió en un infierno cuando McCrea extrajo el
perteneciente a Brando y disparó cuatro veces golpeando el enorme
martillo con la palma de la mano izquierda mientras que Yuga
entraba en el «Saloon» y Elva se apartaba rápidamente de la línea de
fuego llevándose las manos a los senos, mano que extrajo casi al
segundo siguiente.
Frente a McCrea, Brando dio una vuelta sobre sí mismo y a
continuación se desplomó de modo fulminante seguido por Foster y
Jenkins mientras que O’Leary se veía proyectado contra el
mostrador con un balazo en el centro del corazón, muerto ya, antes
de tocar la madera del mismo.
Frente a Elva, McCrea se estremecía violentamente en tanto que
su pecho de titán se iba volviendo rojo.
Y fue entonces cuando al verle vacilar, Elva dio un par de pasos
adelante y le encaró el «Derringer» que empuñaba.
—¡Maldito perro bastardo...!
No terminó con la frase ya que Yuga intervino en aquel
momento:
—En la puerta, Elva.
Con una exclamación de sorpresa, Elva giró en redondo
disparando al mismo tiempo. La bala rozó la sien de Yuga cuando
esta apretaba el gatillo del «45» que empuñaba. Casi en el acto todo
acabó.
El alarido de Elva repercutió en todo el «Saloon», atravesó las
ventanas y salió a la calle perdiéndose en la distancia no sin antes
haber hecho estremecer a los vaqueros, y luego, elevando los brazos
en cruz, se desplomó fulminada con un negro orificio en medio de la
frente.
Sin abandonar el «Colt», y cuando ya sus vaqueros irrumpían en
el interior del «Saloon», Yuga corrió hacia McCrea que en aquel
momento daba con sus huesos en el suelo produciendo un sordo
choque que hizo temblar las paredes de troncos y madera.

*
—Me alegro de verle casi repuesto, capitán.
Eso lo dijo Yuga, una tarde, cuando ya el sol declinaba en el
horizonte, tres meses más tarde de ocurrir los sucesos relatados, y al
penetrar en la habitación que había destinado a McCrea en su
propio, rancho.
—¿Cómo lo supo?
Sonriendo, Yuga vino a sentarse en la cabecera de la cama,
llevando como siempre el látigo sujeto por la empuñadura.
—Hay varios de sus hombres en Richey, capitán. Y un par de
ellos en el rancho. Le buscaban ya que usted, si bien vino, ni les
telegrafió diciéndoles cómo iban las cosas por aquí.
Hizo una pequeña pausa que McCrea no rompió, en vista de lo
cual agregó: —Fue mi padre el que lo llamó, ¿verdad?
McCrea hizo una mueca.
—No a mí precisamente, Yuga —replicó—. Míster Merriman
escribió a la capital a raíz de una partida de «póker» que le costó
cincuenta mil dólares. Dijo que le habían hecho trampas pero que
no podía probarlo. Nos pedía que mandaran a un agente, y en
resumen; explicaba que aquí no había más ley que la del más fuerte,
y que temía por su vida. Sospechaba de O’Leary y de Elva Cristian,
una cantante que ya hizo bastante ruido en otros lugares como
nosotros ya sabíamos: Y así fue en realidad.
—Concretando, Dick; ¿qué fue lo que en realidad ocurrió? ¿Por
qué mataron a mi padre?
—Por ambición y por celos, Yuga, O’Leary deseaba tu rancho y
Elva...
—¿Por qué Elva también? No me diga que...
—Sí, Yuga. Elva, a espaldas de O’Leary, había puesto los ojos en
un hombre, y tú te lo llevaste. Ella nunca te perdonó eso ni mucho
menos. Eso, unido a la ambición de O’Leary, que fue el que la trajo
aquí, él que montó ese «Saloon» para ella, fue la causa de todo. La
causa de que se unieran aún más de lo que ya estaban,
¿comprendes? Entre los dos montaron aquella partida de «póker» y
al no poder pagar, tu padre tuvo que firmarles un documento en el
cual se hacía responsable de aquella deuda. Entonces le mataron.
Tú, una mujer sola, poco trabajo les podía dar una vez muerto
míster Merriman, pero se equivocaron —señaló el látigo que ella no
soltaba y añadió—: Con eso y contigo misma empezaron a tenerte
un poco más de respeto que a tu padre y maduraron un plan en
contra tuya sin saber que este ya nos había escrito, con lo que vine
yo. Luego, aún sin quererlo, me ayudaste con tu estúpido
comportamiento al conducir un montón de reses por el centro de la
población, ya que esto hizo que Elva se fijara en mí tomándome por
lo que todos, por un pistolero profesional, que había sido retado
nada menos que por. Yuga Merriman, y que este había recogido el
guante. Pero se equivocó conmigo, como se equivocó con los demás.
Sabiendo que ella también lo creyó así, Yuga se puso en pie y le
miró con los ojos entrecerrados.
—Lo que no comprendo, fue el proceder de Jenkins. Él siempre...
—Sí. Pero tú le echaste del rancho apaleándole como a un perro.
O’Leary era un tipo listo y supo presentarse delante de él en un
momento sicológico, consiguiendo que se pasara a su bando,
seguramente mediante un buen puñado de dólares. Por otra parte.
Jenkins me odiaba, y de ese modo se vengaba de los dos. De tus
latigazos y de mí, ya que varias veces le humillé delante de todos. Y
si no, ¿cómo explicarías la actuación de Elva?
—¿Qué quiere decir?
—Es sencillo, linda. Tu capataz me atacó con lazos delante de la
puerta del «Saloon», y ella salió en mi defensa. Con esto demostraba
dos cosas: Que no tenía nada que ver con Jenkins, en aquel
momento, y que deseaba, ante todo, captarse mi confianza.
Ella le miró con gesto dubitativo durante unos segundos, y
replicó: —Sí, Dick, creo que tiene usted razón, y también que ya es
hora de que yo vaya aprendiendo esta lección para lo sucesivo.
Sin esperar respuesta se volvió yendo hacia la puerta. Con la
mano en el tirador de la misma ladeó la cabeza para mirarle, y dijo:
—En el rancho hay un juez que ha recorrido más de sesenta millas a
caballo, llamado por mí. Lleva una semana comiendo y bebiendo de
lo mío sin hacer nada más, esperando a que cierto capitán de la IX
Compañía Federal de Montana esté preparado, ¿comprende?
McCrea frunció el ceño.
—¿Un juez? —preguntó—. ¿Y para qué?
Yuga no sonrió cuando replicó:
—Va a celebrar un matrimonio, capitán. El nuestro. Por tanto, sí
no quiere que de nuevo emplee el látigo, y ahora contra usted, debe
ir pensando en prepararse para la boda que se celebrará esta noche
tan pronto como los vaqueros regresen de los pastos.
Sin esperar respuesta, dejándole completamente estupefacto,
Yuga abrió la puerta y desapareció por ella cerrando suavemente a
su espalda.
Cuando McCrea reaccionó al cabo de unos cuantos segundos,
estaba completamente solo por lo que puso los ojos en blanco, dio
un suspiro capaz de causar la envidia de un elefante, luego silbó
como la locomotora de un tren, y finalmente se dijo que no tenía
más remedio que obedecer.
No le gustaban los latigazos, claro.

FIN

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