100% encontró este documento útil (1 voto)
156 vistas81 páginas

BIS - AZUL-586 M. L. Estefania (1982) La Ley Del Saloon

En este capítulo, Ethel y Davie discuten sobre la edad de él y la percepción que tienen sus tíos sobre su padre. Mientras tanto, el tío Nick se entera de que tienen invitados para almorzar, incluyendo a Míster Strong y el abogado Hull, quienes discuten sobre una propiedad que pertenece a Ethel. Se revela que Ethel tiene un rancho heredado que podría estar en venta, lo que genera interés entre los visitantes.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
156 vistas81 páginas

BIS - AZUL-586 M. L. Estefania (1982) La Ley Del Saloon

En este capítulo, Ethel y Davie discuten sobre la edad de él y la percepción que tienen sus tíos sobre su padre. Mientras tanto, el tío Nick se entera de que tienen invitados para almorzar, incluyendo a Míster Strong y el abogado Hull, quienes discuten sobre una propiedad que pertenece a Ethel. Se revela que Ethel tiene un rancho heredado que podría estar en venta, lo que genera interés entre los visitantes.

Cargado por

osmindiaz2
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 81

CAPITULO PRIMERO

—¿Nos sentamos, Davie?


—Me parece muy bien. ¡Empezaba a estar cansado...!
—¡No me lo harás creer...! —dijo la muchacha riendo—. Tratas de hacerte más viejo de lo
que en realidad eres. Dime la verdad... Y nada de la misma respuesta de siempre... Ya sé que
tienes más de diez y menos de cien... ¿Cuántos años tienes?
—¡Muchos!
—¡No seas tonto! ¿Es que te importa decir la edad que tienes?
—Y me pregunto, ¿a qué ese interés en conocer mi edad?
—Porque estoy convencida que no tienes la que tratas de hacer creer.
—¡Pregunta a tu tío!
—¿Qué tiempo llevas a su servicio?
—Muchos... Muchos años. ¿Te has fijado en la hora que es...? ¡Anda...! ¡Vamos a la casa!
Van a sospechar la verdad...
—No tienen por qué sospecharlo. Estamos muy alejados de las viviendas. No se oye nada.
Sabes que hemos hecho la prueba.
—Tenemos que dar por terminado todo esto... Y confieso que empiezo a estar asustado.
—¡No digas tonterías! No trates de ocultar que te agrada la labor que has hecho...
—Tu tío, si se informa, me echará....
—¿Es que crees de veras que no sabe nada? Nos habrá visto sin dejarse ver a su vez.
—Si lo hubiera descubierto, ya no estaría en la casa. Y espero que si alguna vez descubre
esto no le digas que he sido yo el que te enseñó... No me lo perdonaría nunca.
—Debes estar tranquilo...
Davie miraba muy sorprendido a Ethel cuando ésta le dijo en un cambio de tema: —Davie,
¿por qué mis tíos no estiman a mi padre?
—Pero... ¿qué dices? ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?
—Escucha, Davie... No creas que soy una estúpida. Hace mucho que me he dado cuenta
que no le estiman. Y eso que nunca han hablado directamente en ese sentido, pero lo que
oculta la corrección de ellos y su delicadeza lo ha sabido captar mi sensibilidad... No puedo
saber la causa, pero no hay que dudar respecto a lo que estoy diciendo. ¿Qué años hace que
estoy con los tíos?
—¡Bastantes!
—¡Nunca respondes con firmeza y exactitud...! ¡Eres insoportable! —y se adelantó
espoleando el animal que montaba.
Davie reía viendo alejarse a la muchacha. Y ella, que miraba de reojo, se enfadó al darse
cuenta que no pensaba tratar de darle alcance.
Cuando llegaba ante la entrada suntuosa de la vivienda coincidió con su tío Nick, que
acababa de descender del coche que le había llevado desde la ciudad, a unas doce millas de
distancia.
El tío vio que desmontaba y dejaba el caballo solo y suelto y entraba en la vivienda dándose
golpecitos en la bota derecha con la fusta.
—¡Ethel! —llamó el tío. Se detuvo la muchacha, esperando a que él la alcanzara.
—¡Hola, tío...!
—¿Enfadada? —decía el tío cogiendo del brazo a la muchacha y entrando juntos en el hall,
donde John, el mayordomo, se hizo cargo del sombrero del tío y de la fusta de Ethel.
—¡No me has respondido si estabas enfadada! —decía el tío.
—¡Es el tonto de Davie...!
—¡Se te pasará! ¡Y cuidado con él! Es capaz de darte azotes como antes. No creo que le
asustes a él. ¿Qué te ha pasado?
—Nada... ¡No quiere decirme los años que tiene!
—¿Y qué te importa... ?
—Pero no creo que tenga tanta importancia... Siempre me dice que pasa de diez y que no
llega a cien.
El tío reía a carcajadas.
—¿Y eso te enfada?
—Se ríe de mí...
—Si tanto te interesa su edad, yo te la diré... —se quedó pensativo el tío durante unos
segundos. Luego dijo—: Por la edad que yo tengo, calculo que ha de tener cuarenta y cuatro
años.
—¿Nada más...? Si parece que tenga sesenta, por lo que habla...
—Pues tiene cuarenta y cuatro. Ninguno más.
—¡Y presume de viejo! ¿Qué edad tiene mi padre?
—Tres más que yo... Así que ha de tener cuarenta y nueve.
—También creí que sería más viejo.
—Pues son los años que tiene. Y como con Davie, soy el que sirve de referencia, que no
falla. Pero ¿a qué viene este deseo de saber edades?
—Simple curiosidad. No tiene importancia —y la muchacha corrió hasta donde sospechaba
que estaba su tía.
La tía se fijó en ella. Y sonrió antes de decirle:
—¡Hum...! ¡Ese gesto...! Otra vez has reñido con Davie, ¿verdad?
—¡Consigue enfadarme...! Voy a cambiarme... Ya ha venido el tío...
—He oído los cascabeles de los caballos... ¡Ah...! ¡Se me había olvidado! ¿No te ha dicho
nada tu tío?
—¿A qué te refieres?
—Tenemos un invitado para la hora del almuerzo.
—¿Quién es?
—Míster Strong.
—¡No! ¿Invitado a esta casa? ¿Es posible?
—Viene con el abogado Hull. Quieren hablar con tu tío.
—Sabes que no me gusta ver a ese elegante presumido...
Y no lo dudes: es una mala persona. Tiene rostro de póquer, pero ha de ser ventajista en
todo. Se lo he dicho varias veces al tío. ¡Tenéis que hallar el medio para justificar mi ausencia
de la mesa!
—Si no te ha dicho nada Nick, marcha a casa de Nora.
Y te las arreglas para que te invite a almorzar.
—Tienes razón. Y no me cambio de ropa. Para montar prefiero vestir así. Hay confianza
con Nora.
Cuando minutos más tarde hablaba el tío de Ethel con su esposa Mary, dijo: —¿Y Ethel?
Parece que ha reñido con Davie...
—Están discutiendo siempre. No hay que hacerles caso.
—¡Es más niño Davie que ella!
A los pocos minutos, dijo Nick:
—¡Habrás dicho a la muchacha que tenemos invitados para almorzar!
—Pues no se me ha ocurrido. Y me parece que iba a visitar a Nora.
—Se disgustará míster Strong... Le agradaría ver a la muchacha a la mesa.
—Después de todo si lo que vais a hacer es hablar, mientras se come, de asuntos oficiales,
es mejor que ella no esté. Ya sabes que no estima a ese ganadero. Y te advierto que coincido
con ella.
—¡No me sorprende! Pero el hombre no tiene culpa que le engañaran cuando compró esa
propiedad.
—No creas en lo que dice sobre el engaño. Sabía muy bien que el que le vendía no era
propietario, aunque se llame como el dueño, sino un pariente lejano.
—Pero la verdad es que se llama como el nombre inscrito.
—No discutamos ahora nosotros. Es un asunto que han de aclarar los encargados de ello.
Como son las autoridades. ¿Por qué le has invitado a almorzar?
—Para que me deje tranquilo, ya que está invitado el fiscal que será quien le aclare lo que
hay en ley sobre esa propiedad.
—Viene ese abogado fullero, como tú le has llamado tantas veces... ¡Ya podéis tener
cuidado! ¡No me fio de ninguno de los dos!
El marido sonreía al decir:
—¿Le has aconsejado que visitara a Nora...? —y salió sin esperar respuesta de la esposa.
Ella se echó a reír.
Cuando los invitados llegaron fueron recibidos por el dueño de la casa.
—Creo que debemos hablar antes de la comida... —decía
Strong—. Así no cansamos a las señoras mientras comemos.
—Mi esposa no se siente muy bien y me ha rogado les pida perdón por su ausencia. Y mi
sobrina no sabe que venían ustedes y parece que marchó temprano a casa de Nora. Deben
perdonarlas.
—No se preocupe, excelencia —dijo el fiscal—. Lo que importa es que carezca de
importancia la indisposición de su esposa. Y en cuanto a Ethel no es sorprendente saber que
está en casa de Nora o ésta en esta casa.
Pero a Strong no le hizo gracia esas ausencias. Sin embargo, justificó a las dos mujeres. Y
se dominó con dificultad, pero lo hizo. Y mientras comían hablaron de lo que les reunió allí.
—Agradecemos sinceramente que nos haya permitido poder tratar de lo que nos interesa
de una manera privada, y honrados por hacerlo mientras almorzamos —dijo el abogado—.
Y debo pedir perdón por la molestia.
—No es molestia alguna, abogado. Le aseguro que lo hago con verdadero placer, aunque
lamente lo que sucede y cuya solución está perfectamente clara. Lo he comentado con el fiscal
y es la causa de estar en este momento aquí. Repito que, tanto él como yo, lamentamos que
le engañaran y le hayan estafado, porque en realidad es una estafa.
—Usted sabía —dijo el fiscal— que el que le vendía no era Ames Wells propietario, sino
un pariente. Se lo hicieron saber en el local de Shapilo.
—Pero añadieron que era el heredero de Wells, de quien no se sabía nada hacía tres años.
Le consideraban muerto...
—Pero usted, como abogado, sabía que sin una certificación en ese sentido, el que vendía,
en realidad, estaba estafando a este hombre. Ames Wells no ha muerto. Y al pedir, datos sobre
la situación de su rancho y quién le cuida, indica i que piensa venir, como al final ha
anunciado. Y no tendremos más remedio que atenderle cuando pida nuestra ayuda.
Además, se da la circunstancia de que es muy conocido y un amigo desde la infancia —
añadió el fiscal.
—No entiendo mucho de leyes, pero ¿consideran justo que yo, después de pagar lo que me
pidieron, haya de abandonar esa propiedad?
—Comprendo —agregó el fiscal— que para usted ha de ser muy desagradable, pero es
justo. Ames no puede ser responsable de que le hayan estafado. Y es completamente justo y
lógico que al llegar trate de instalarse en su casa. Por eso' le puse la comunicación en que le
daba cuenta que debe abandonar este rancho. No hay duda de que usted jugó audazmente,
pero ha perdido.
—Le he hecho saber que, en efecto, no hay más solución que la acordada por el juzgado y
por fiscalía. Y que, aunque le duela, ha de abandonar esa propiedad.
—Confieso que no pensaba hacerlo—dijo Strong.
—Habría sido un error por su parte —dijo el fiscal—. Le hubieran hecho salir.
—No me conoce, fiscal. Y sobre todo no conoce a mi equipo...
—Celebro que no haya decidido lo que habría sido una locura.
—Excelencia —dijo el abogado—. Hemos averiguado que tiene muy cerca de Dallas un
rancho de unos cincuenta mil acres. Y míster Strong está interesado en adquirirlo, si usted
está dispuesto a vender.
—Supongo que se refiere al Texas, en la vecindad de Ennis.
—En efecto. Ese es el nombre que nos han dicho que tiene esa propiedad.
—Pero no les han informado bien. Esa propiedad es de mi sobrina.
—¿De Ethel? —dijo el ganadero.
—Así es. Y no creo tenga intención de vender. No le he oído decir nada en ese sentido.
—Nos habían dicho que le pertenece a usted.
—He sido su administrador. Y tengo un hombre de confianza que es el encargado de dirigir
la venta del ganado. ¿Cómo se le ha ocurrido pensar que podíamos vender ese rancho?
—Parece que es en Dallas donde hablaban de la posibilidad de que estuviera en venta. Y le
advierto que míster Strong está dispuesto a pagar bien.
—No sé si ella está dispuesta a vender y lo mismo ignoro a lo que usted llama pagar bien.
—Antes de ofrecer una cifra, necesitaría saber si está en venta. Porque si ella no vive allí y
no piensa hacerlo, es posible que sea aconsejable una buena venta.
—Una buena venta interesa a todo propietario —dijo el fiscal riendo. Y no hablaron más,
ya que sobre ese rancho era la muchacha la que tenía la última palabra.
El gobernador estuvo aclarando que Ethel tenía una cuenta en el Banco de gran
importancia. Y agregó que era un rancho que perteneció a la abuela de Ethel y madre de la
esposa del gobernador, ya que la madre de Ethel fue hermana de su esposa.
—Por cierto —añadió— que ha sido una propiedad que en su día fue motivo de
reclamación por parte del padre de Ethel. Intentó impugnar el testamento de la vieja que
dejaba ese rancho a su nieta Ethel. ¿Conocen ustedes ese rancho?
—Míster Strong creo que sí.
—Tengo un buen amigo en Dallas —dijo el ganadero—, que es el que me ha hablado de
ese rancho.
—Hablaré con Ethel —dijo el gobernador.
Cuando el ganadero y el abogado marcharon, dijo el fiscal al gobernador: —No me gustan
ninguno de los dos. ¿Qué pasa con ese rancho?
—No lo sé. Debe ser cierto que alguien de Dallas les habrá hablado. Son muchos los que
por allí creen que ese rancho es mío.
—¿Es tan extenso como dicen?
—Era un rancho de ciento treinta mil acres. La madre de mi esposa lo repartió dando treinta
mil acres a una nieta. Cincuenta mil a mi esposa y otros cincuenta mil a Ethel. El padre de
ésta se consideró burlado deliberadamente. Falló su intento. Y desde entonces, Ethel hizo
testamento escalonado, de forma que ese hombre nunca podría heredar a su hija. Era uno de
los ranchos más extensos de los de esa zona. Y se les conoce como el Texas 1, el Texas 2 y el
Texas 3, que es el que pertenece a Ethel.
—¿Ha vivido Ethel algún tiempo en ese rancho?
—No creo que haya ido una sola vez. Hace tiempo que se propuso visitar esa herencia,
como ella llama a ese rancho. Dice con énfasis: «Mi herencia.»
—¿Y qué se sabe del padre?
—Hace tiempo que no tengo noticias de él. Pero últimamente no hace más que escribir a la
muchacha diciendo que muy pronto la mandará llamar para que se reúna con él y esté a su
lado.
—La muchacha lleva años sin ver al padre, ¿verdad?
—Hace bastante tiempo. Pero hace poco le mandó una fotografía. Cuando murió la madre,
ella era muy pequeña y fuimos a por ella. Desde entonces está con nosotros. Y nos
encargamos de que estuviera en los distintos colegios en los que ha estado. Fue su madre
quien, antes de morir, pidió que de la chica se hiciera cargo su hermana Mary. No era
necesario que diera razones. Estas eran obvias. El padre era en realidad un trotamundos. Lo
que averiguamos justificaba el temor de su madre. Ahora ella siente una curiosidad obsesiva.
Quiere conocer y tratar a su padre que, al fin, parece que se ha asentado en una ciudad. Y por
lo que afirma en sus últimas cartas, está bien situado económicamente.
—Pero la muchacha es mayor de edad, ¿no?
—Desde luego...
—Entonces la autoridad sobre ella es muy relativa, y ante la ley, nula.
—Ha insistido en que vaya junto a él. No me opongo porque considero lógico que quiera
pasar una temporada, por lo menos, junto a él. Pero las noticias que he conseguido no son
muy edificantes.
CAPITULO II
—¿Qué te parece, tío?
—¿A qué te refieres?
—A lo que dice Nora.
—¿Y qué es lo que dice Nora?
—Que puedo hacer el viaje con ella.
—No comprendo...
—Es que el padre de ella sabes que está de jefe militar de Wyoming.
—Ahora sí comprendo. Tratas de ir a ver a tu padre aprovechando la marcha de ella. Pero
por las cartas últimas de tu padre, parece que es en Laramie donde está. Y el padre de Nora
se halla en Cheyenne.
—Dicen que no está lejos.
—¿Y vas a ir sin avisarle?
—No está bien, ¿verdad?
—Considero preferible una carta dándole cuenta que vas a pasar una temporada con él, o
que has decidido quedarte a su lado.
—¿Verdad que no te enfadas porque vaya a verle?
—¿Por qué he de enfadarme? Es lo más lógico que trates de unirte a él. Te hemos retenido
demasiado tiempo. Lo comprendemos, ya que sabes cómo te estimamos. Pero antes era una
temeridad dejarte marchar. Tu padre estaba inquieto...
—Ahora dice que le marchan muy bien las cosas, hasta el extremo de que ha hecho una
fortuna. Ha insistido, como sabes en que vaya junto a él.
—Insisto en que no debes presentarte allí por sorpresa. Es un viaje muy largo y no debes
correr el riesgo de que no esté en Laramie cuando llegues, y te encuentres allí sin conocer a
ninguna persona.
—Creo que tienes razón, aunque tenía la ilusión de sorprenderle.
Unos días más tarde de esta conversación, Ethel recibió una nueva carta de su padre en la
que insistía en solicitar que se reuniera con él, afirmando que necesitaba la compañía de la
hija. Añadía que tenía más derechos que sus tíos. Que ya la habían tenido muchos años junto
a ellos. Este párrafo de la carta era el que le preocupaba a ella, porque sus tíos no merecían
que dijera esto.
Muchas veces había pensado que los tíos no hablaban nunca del padre de ella. Había estado
mucho tiempo sin saber de su padre y cuando le escribía advertía que no sabía a qué dirección
debía escribirle. Y las cartas procedían de distintas ciudades y pueblos. En las últimas
recibidas, con frecuencia inexistentes antes, decía estar muy bien en Laramie, donde era
dueño de varios negocios de importancia.
Habló primero con Nora sobre la carta recibida. Y la amiga decía que debía aprovechar la
coincidencia de su viaje tan cerca, como destino, del lugar en que el padre de Ethel tenía sus
negocios.
—Tenemos la suerte de que el teniente Hardin va a ir conmigo. Va destinado junto a mi
padre como uno de sus ayudantes. Podemos hacer el viaje juntos.
Prácticamente se había comprometido con Nora para realizar el viaje juntas. Y cuando iba
hacia casa, pensaba cómo sentaría a sus tíos ese deseo de alejarse de ellos. Ella tenía más
curiosidad que deseos. Y como era muy sincera, al llegar a la casa fue directamente al
despacho en que estaba trabajando su tío. Y en vez de hablar, le tendió la carta, que el tío leyó
sonriendo.
—Quieres ir a reunirte con él, ¿verdad?
—Tengo una gran curiosidad por estar a su lado. Por saber si lo que dice es cierto.
—Lo será, puedes estar segura. Y me parece lógico que desees reunirte con él. Es tu padre.
Y tiene razón al decir que tiene más derecho que nosotros. No creas que nos sorprende. Esto
lo esperábamos. Antes no me decidiría, pero se ve que ya no anda de pueblo en pueblo y de
estado en estado. Con esa clase de vida me habría opuesto al viaje. Pero ahora no creo que
haya el peligro de antes.
—No debéis temer por mí. Sé defenderme. La tía me dijo un día que había oído que es una
zona en donde abunda la violencia.
—A Laramie le llaman el Dodge de las llanuras... Porque es el lugar de embarque de
ganado y los conductores, junto con los cow-boys, son los que protagonizan esa violencia de
que se habla. Y la culpa, como siempre, la bebida.
Mientras almorzaban, hablaron del viaje que iba a protagonizar Ethel. Y ésta, mirando a
los dos con cierta fijeza, dijo:
—¿Por qué no estimáis a mi padre? Ya no soy una niña a la que se deben ocultar ciertas
cosas. Y no me habéis engañado en estos años. Siempre he sabido captar esa falta de
estimación hacia él. Y como os he considerado muy justos, he pensado que habíais' de tener
vuestras razones. Y comprendo que si me habéis ocultado la verdad, ha sido por evitarme
disgustos.
—No ha sido falta de estimación... Es posible que lo que hayamos tenido haya sido miedo
a que llegara este momento. El de separarnos de ti. Y como bien dice en su carta, él tiene más
derecho que nosotros... Ha sido miedo a que te marcharas, y como él era el que podía pedirlo,
es por lo que hemos hablado siempre de tu padre con grandes reservas.
—No es posible que temáis que por ir con él me voy a olvidar de vosotros...
Y abrazó a los dos repetidas veces.
Marchó después del almuerzo a dar cuenta a Nora de que sus tíos no se oponían a ese viaje.
Y empezaron a planear la marcha. El teniente apremiaba para ello, porque debía presentarse
cuanto antes y el viaje resultaría pesado y largo.
Buscó más tarde a Davie y, al decirle que iba a marchar, le preguntó si conocía la tierra a la
que iba.
—He oído hablar de esa ciudad. Mucho ganado para embarcar y mucho vaquero para
pelear por lo más insignificante.
—Antes de marchar, Davie, dime por qué mis tíos no estiman a mi padre y tienen miedo
de mi marcha. No me han dicho nada en ese sentido, pero yo sé que es así.
—Tienes esa obsesión hace años. ¿Cuándo lo vas a olvidar?
—Es que no me habéis dicho la verdad, ni ellos ni tú.
—Lo que sucede es que hace tiempo que esperas oír lo que no existe.
—Está bien, posiblemente sea más explícito mi padre y me haga saber por qué no es
estimado por mis tíos. Y como conozco a éstos, estoy segura que han de tener razones para
no estimarle, porque ellos son justos. Y el hecho de que mi padre haya rodado tanto, indica
una estabilidad o un deseo de poner millas entre la ley y él.
—No debes tener tanta imaginación. ¿Marchas para quedarte por allí?
—No sé lo que haré. Depende de lo que encuentre.
—¿Te acordarás de escribir?
—¡Qué cosas dices! —exclamó ella—. ¿No te escribía cuando andaba por los colegios?
—Espero que lo hagas. ¿Cuándo marcháis?
—El teniente quiere que lo hagamos con rapidez.
—Me agrada que no hagas el viaje sola. Así es más distraído y sobre todo vais bien
acompañadas.
Ethel no se atrevía a despedirse de sus tíos. Y los dos viejos se mantuvieron muy tranquilos.
Aunque ella sabía el esfuerzo que debían estar haciendo. El tío le dio una carta para el
gobernador y mil dólares, dijo ella:
—Pero, tío... Si esto es una fortuna. No necesitaré nada. Ya sabes lo que dice la carta.
—De todos modos lleva ese dinero y así estarás en condiciones de tomar las decisiones que
sean...
Fue obligada a aceptar ese dinero, que era regalo de su tío y no de lo que ella tenía en el
Banco, y que era una fortuna importante.
Cuando iban en el tren, sin decir nada, Ethel iba pensando en las palabras de su tío para
que aceptara el dinero. Y esto le daba cierto temor a encontrarse con su padre. Temor que
tenía su tío también y por eso le hizo admitir el dinero que le permitiera en cualquier
momento volver a casa.
El teniente, muy amable, hacía con su compañía que el viaje no se hiciera tan pesado como
en realidad era. Y la llegada de las dos muchachas al fuerte resultó un acontecimiento casi
revolucionario entre la dotación. Todos los jóvenes se disputaban el ir con ellas y en ofrecerse
para enseñarles la ciudad.
El padre de Nora resultó encantador. Y dijo a Ethel que lo mismo daría llegar a Laramie
unos días más tarde y así podría divertirse en Cheyenne. Y como Nora coincidió con el padre
en la misma súplica, decidió aceptar y pasar una semana con la amiga.
—Después —dijo el general—, Nora puede acompañarte hasta Laramie y presenciáis los
festejos que se celebran dentro de pocos días.
—¿Hacen esos ejercicios vaqueros de que tanto hablan por el Este? —dijo Ethel.
—Desde luego. Y veréis algo que no se comprende de no verlo. Soy un entusiasta de esos
ejercicios.
—¿También hay esos ejercidos aquí?
—Pero son más interesantes los que se celebran en Laramie. Allí acuden participantes de
las llanuras y de los estados más alejados. Los premios son de más importancia, pero no creas
que es el dinero lo que más desean. Es la fama de haber ganado en Laramie. Tiene más
importancia que ganar aquí.
—¿Quiere decir que es como sucede en las universidades?
—Algo parecido. Hay diferencia en graduarse en una o en otra. Y depende de las
disciplinas. Unas es más interesante hacerlo en Yale y otras en Harvard.
—¿Dónde hay ejercidos antes?
—En Laramie, pero aún faltan dos semanas al menos.
El teniente Hardin, que llegó con las muchachas, le dijo al general que podía estar con ellas
hasta que fueran a Laramie. Y no tardó en unirse otro teniente a él para acompañar a las dos
jóvenes.
Los dos tenientes se asustaron cuando Nora y Ethel les pidieron que las llevaran a ver uno
de esos saloons de que tanto hablaban para verlos por dentro. Pero la negativa fue rotunda e
irreversible.
—No somos unas niñas... —decía Ethel.
—No importa. No se puede entrar en esos locales.
—No nos van a comer —decía Nora.
Pero no hubo medio de convencerles. Y se enfurruñaron con ellos. Los dos acompañantes
eligieron la llamada «otra zona» para pasear con ellas. Y entraba en los locales donde eran el
dueño y algún ayudante los que atendían a los clientes. Pero eso no éralo que ellas querían
ver.
—¡Ethel! —dijo Nora a los tres días—. ¿No te dio tu tío una carta para el gobernador de
aquí?
—¡Tienes razón! Lo había olvidado...
—Puedo acompañaros —decía el teniente Brown—, aunque será mejor que lo haga el
general. Es un buen amigo.
—Agradeceré que me acompañéis alguno. Es violento hacerlo sola.
—Tal vez tenga razón el teniente. Se lo diremos a mi padre —medió Nora.
Y a la hora de comer, dijo Nora a su padre:
—Papá, ¿conoces al gobernador?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque Ethel trae una carta de su tío Nick para el gobernador.
—Te acompañaré. Es muy amable y atento. Ya lo verás.
Al día siguiente, acompañó el general a las dos jóvenes, ya que Nora se unió a Ethel para
esta visita.
Fue recibido en el acto el general, que saludó con afecto al visitado, y miraba sorprendido
y admirado por la belleza de ambas a las dos muchachas.
—Esta es mi hija, Excelencia —decía el general, presentando a las dos—, y ésta, una vecina
nuestra allá en Alabama y sobrina del gobernador de aquel estado.
—Que me entregó esta carta para Su Excelencia —dijo Ethel con naturalidad y soltura—.
Por lo que mi padre dice en sus últimas cartas, debe ser conocido. Deben ser importantes sus
negocios en Laramie.
—¿Se llama...? —dijo el gobernador sonriendo.
—Edward Abby —respondió la muchacha.
—Bueno, Laramie está lejos de aquí... No creo haber oído hablar de él... Pero sabe que me
tiene a su disposición. Yo escribiré una carta a su tío para tranquilizarle. Veo por esta carta
que está muy preocupado por usted.
Estuvieron unos minutos y el gobernador dijo a las dos jóvenes:
—Diré a mi hija Doris que vaya a veros. Y que os acompañe. Ella conoce muy bien la
ciudad.
Las dos respondieron que les encantaría.
—Un momento... —y el gobernador hizo sonar un timbre, pidiendo al criado que acudió
que buscara a Doris si estaba en la casa. Pocos minutos tardó en aparecer la muchacha que,
desde los primeros minutos se entendió con las dos. Y hablaban como si se conocieran mucho
tiempo ya. El gobernador dijo a Ethel que le daría unas cartas para las autoridades de
Laramie.
—Tengo allí un escuadrón de caballería —dijo el general—. También será recomendada al
mayor que lo manda.
Ethel miraba a los dos y sonreía levemente. Una vez fuera de la residencia, dijo a Nora:
—¿Sabes que ahora tengo miedo de mi padre?
—Pero... ¿qué dices? Aunque veo que te has dado cuenta del gesto del gobernador al oír el
nombre de tu padre, pero se dominó con rapidez.
—Pero ¿te has dado cuenta? El y tu padre hablaban de recomendarme a las autoridades.
¿Qué indica ese interés? Que mi padre no es persona grata. Y sospecho cuáles son sus
negocios. Como lo han sospechado mis tíos, aunque no me han dicho nada. Sin duda han
preferido que sea yo la que me informe de la verdad.
—¿Qué es lo que temes? —dijo Nora.
—Lo mismo que tú... Que los negocios de que habla que le permiten hacer y aumentar su
fortuna, deben ser de los que los tenientes no nos dejan ver por dentro.
—Cierto, que es lo mismo que yo he pensado al darme cuenta del gesto del gobernador al
oír el nombre de tu padre.
—Y ahora comprendo por qué mi tío me dio tanto dinero... Sospecha que no estaré mucho
tiempo. No ha querido insinuar nada de sus sospechas por no influenciarme y para que no
sufra.
—Tal vez nos equivoquemos...
—Sabes que no es así —decía Ethel—, Pero empiezo a estar menos asustada. Porque ya
espero lo peor. ¡Y lo que vea no me va a sorprender!
Pero no podía remediarlo. Los acompañantes se entregaron a distraer a las dos y hasta
dieron una fiesta en el fuerte en honor de las dos. Incluso bailando no podía olvidar la intriga
que la asustaba de lo que habría de verdad en su padre para que las autoridades superiores
al oír su nombre decidieran recomendarla a ella a las autoridades de Laramie.
En una de las fiestas de los militares a la que acudió el gobernador, dijo a Ethel que había
preferido recomendar por carta y telégrafo.
—No creo que sea necesario, pero me tranquiliza haberla recomendado. ¡Y mucho cuidado
allí! Son violentos los vaqueros y los conductores. Y si beben algo se ponen insoportables. No
me gusta que en seis meses hayan cambiado dos veces de sheriff. Y los dos anteriores fueron
enterrados. No hubo medio, según aquellas autoridades, de averiguar quién les mató. Me
tiene muy preocupado esa población... El rector de la universidad se ha dirigido a mí,
pidiendo que haya orden y respeto a la dignidad humana. Parece que la que impera allí es la
«Ley del saloon». Por eso he preferido recomendarte directamente, no como ruego, sino como
orden.
—¿Es una ciudad tan revuelta?
—Yo diría que es un estado, no sólo una ciudad... Porque aquí se burlan de nosotros
también. Y no somos las autoridades las que imponemos respeto. ¡Es la ley del pánico! El
fiscal está asustado. Ha cambiado tres jueces en menos de un año. No hacen nada más que
llegar, cuando empiezan a pedir el relevo y traslado. Eso da cuenta de cómo es el ambiente
allí.
Como el padre de Nora, como anfitrión de la fiesta, estaba oyendo al gobernador, dijo:
—¿Por qué no emplea a los militares?
—Porque en Washington se levantarían unas protestas enormes.
—¡Que vengan los que protestan a arreglar esto sin nosotros!
—Es muy posible que tenga que recurrir a ustedes —dijo el gobernador.
Ethel no podía distraerse después de lo que había oído. Recordaba lo que la carta de su
padre decía. Se olvidaba en ella que la hija era mayor de edad. Y que no era correcto escribir
en esa forma imperativa. Y, sobre todo, dominante. Recordaba también lo que supo por Davie
que había intentado su padre a la muerte de su esposa. Trató de impugnar el testamento de
la abuela porque decía tener derecho a los bienes tan importantes que estaban a nombre de
su hija. Ella no sospechaba que su tío tenía una información exacta de los negocios de su
cuñado. Y por sospechar cuál era la vida de ese ventajista, a la mayoría de edad de Ethel le
hizo firmar un testamento en el que eran herederos los militares en caso de muerte de ella. Y
pidió a su vecino, el general y padre de Nora, que hiciera llegar a ese granuja lo del testamento
de la hija. Todo esto se hizo sin que Ethel pudiera sospechar nada. Aunque para que testara
en esa forma, se vio en la necesidad de confesar algo de su miedo.
Ethel recordó esa noche, antes de dormirse, lo del testamento por consejo de su tío.
Comprendería la razón del miedo de su tío si pudiera oír lo que su padre hablaba con los
amigos íntimos en el local preferido por él, de los varios que tenía.
Uno de estos íntimos le decía sin saber que la muchacha estaba ya en Cheyenne:
—¿No has dicho a tu hija que está obligada a venir?
—Pues claro que se lo he dicho. Y vendrá... En su última carta me decía que lo iba a hacer.
—Si es como en la fotografía que te ha enviado, es una verdadera belleza.
—Debe serlo. Es igual que la madre. Si viene, haré que firme lo que el abogado prepare. ¡Y
se casará contigo!
El elegante Springs reía satisfecho y complacido.
CAPITULO III
Pasaron varios días y Springs decía a Abby:
—No parece que tu hija te obedezca...
—En realidad lleva muchos años con sus tíos. De no ser por las fotografías que ha enviado
esta temporada, no sabría cómo es.
—Pero está obligada a obedecerte.
—Creo que eso es lo que lo ha estropeado todo. Ella es mayor de edad. Y según el abogado,
no tiene obligación alguna de obedecerme. Si lo hace será voluntariamente. Y vendrá. En sus
últimas cartas habla de que tiene deseos de conocerme y estar a mi lado una temporada.
—Pero no habla de quedarse, ¿verdad?
—Si viene, cuando vea el lujo que la va a rodear... Aunque está habituada a mucho lujo.
Vive en un palacio. Sus tíos tienen una inmensa fortuna. Y ella posee un rancho muy extenso
y miles de reses... Campos de siembra... Lo que más me preocupa es que sus tíos le habrán
hablado muy mal de mí.
—Lo que debes hacer es telegrafiar.
—Le pondré otra carta.
—¡Nada de cartas! Telegrama...
—Prefiero una carta —insistió Abby—. Puedo extenderme más.
Dejaron de hablar al oír unas exclamaciones de sorpresa en una de las mesas de dados.
—¿Qué pasa allí? —dijo el elegante a Springs. Y caminó seguido por Abby.
Un ganadero de Casper, muy conocido en la casa, al verles y mientras movía la mano en
que tenía los dados, dijo: —¡Esta noche me estoy desquitando! ¡Ya era hora! Pero mirad...,
gano más de siete mil dólares... ¡Si la casa lo admite, va todo...!
Ninguno de los dos socios comprendía aquello y miraron al encargado de la mesa.
—¡Vaya...! —dijo Abby—. Parece que hoy estás de suerte...
—¡Ya lo ves...!
—¡Apartaos...! —decía el sheriff a los curiosos—, ¿Qué pasa? —y al ver al ganadero,
añadió—: Hola, Hull... ¿Ya estás otra vez jugando? He visto a tus hijos en la puerta llorando.
¿Es que no escarmientas? ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues en este local?
—Hoy estoy de suerte... Les estoy ganando siete mil dólares...
—Es el momento entonces de abandonar. ¡Ya te estás levantando!
—Estoy de racha... Voy a jugar todo lo que gano. Doblaré esa cantidad.
—Lo que vas a hacer es levantarte con lo que ganas, si es verdad que es tan importante la
ganancia.
Abby hizo unas señas y el encargado de «tirar» por la casa fue sustituido por otro. Entonces,
Abby miró a Springs y éste dijo: —¡La casa admite esa cantidad!
Un vaquero muy alto que estaba con otro de la misma estatura se dio cuenta de la seña y
del cambio de «tirador» y estuvo pendiente de los dados. Y cuando el nuevo encargado lanzó
los dados, éstos fueron cogidos en alto por el vaquero.
—¡Deja esos dados! —gritó el encargado. Pero el vaquero, ante todos, machacó uno de los
dados. El encargado trató de huir al aparecer el plomo con el que estaban lastrados.
—¡Qué granuja! —dijo Abby al tiempo de disparar sobre el encargado—. Estaba haciendo
trampas por su cuenta.
Los dos altos vaqueros hicieron unos disparos. Uno de los muertos fue el barman. Y le
vieron que tenía el «Colt» empuñado y dispuesto a disparar. También murieron dos
jugadores. Y los dos con las armas empuñadas.
Ethel y Nora quedaron asustadas junto a la puerta al oír tanto disparo. Y uno que estaba
muy cerca de ellas decía a otro: —¡He matado al sheriff! Se estaba poniendo muy pesado.
¡Buena alegría para Eddie y Springs!
—¡Han matado al sheriff... —decían.
—¡Ese tan alto es el que ha disparado sobre él!
—¡Es usted un embustero! —dijo Ethel—. Ha sido usted. Lo hemos oído decir al que ha
matado al sheriff que se alegrarán Eddie y Springs, porque se estaba poniendo muy pesado.
—¡Qué cobardes...! —dijo Springs, disparando sobre los indicados por Ethel—. ¡Pobre
sheriff! Era un buen amigo... Y esos cobardes decían ese disparate...
—Yo me preocuparía de ese tipo. No se llama Springs, ¿verdad? —añadió Ethel.
—Tiene razón esta muchacha —decía uno de los vaqueros tan altos.
Unos clientes cogieron los naipes de una partida y descubrieron las marcas. El tiroteo que
siguió al descubrimiento distrajo a los otros y permitió que Springs y Abby desaparecieran
cuando estaban descubriendo que los naipes como nuevos estaban todos ellos marcados.
Carreras, gritos de mujeres y disparos hizo que las dos jóvenes salieran asustadas. Los dos
vaqueros tan altos salieron con ellas y uno dijo: —¿Es que estáis locas? No podéis estar aquí
después de lo que habéis dicho, aunque no habéis hecho más que decir la verdad. Pero es un
peligro inmenso. ¿Es que creéis que no seréis castigadas? Yo os estoy muy agradecido porque
trataba ese cobarde de hacer que me lincharan como autor de la muerte del sheriff. Y lo habéis
aclarado de una manera perfecta, aunque han matado al que habló para que no pudiera
hablar más. ¡Tenéis que marchar de este local! Que va a desaparecer como tal, ya que los
ánimos están muy encendidos al demostrar que todo era trampa en él —Sois demasiado
bellas las dos para que no encontréis en otro local...
Las dos se echaron a reír.
—Nosotras no trabajamos aquí... Hemos llegado hoy de Cheyenne. Me parece que mi padre
es el dueño de ese local. Se llama Edward Abby —dijo Ethel.
—¿Es posible? ¡Pues claro que es el dueño! Él y ese Springs al que os habéis referido que
indicó el asesino. Y Eddie es tu padre... ¡Vaya terrible coincidencia para tu padre! ¡Que sea su
propia hija la que ha aclarado que asesinaron al sheriff por complacer a los dos...! ¡Vamos de
aquí!
—Muchas gracias —decía el otro vaquero tan alto—. Hubieran linchado a éste si insisten
en que era el que mató al sheriff. Era muy estimado en la ciudad.
Ethel estaba asustada. Por lo que habían dicho y por descubrir la verdad de los negocios
de su padre.
El ganadero que estaba ganando se reunió con los hijos que estaban muy asustados al oír
los disparos en el local. Y se abrazaron al ver a su padre. Este, mirando al alto vaquero que
descubrió el lastre de los dados, dijo: —¡Gracias, muchacho! De no ser por ti, me hubieran
robado como otras veces el dinero de la manada. Estaba contento porque creí sinceramente
que era el día de mi desquite... ¡Estoy de enhorabuena! Y desde luego, no vuelvo a jugar a
nada. , Un grupo de vaqueros salía del local con dos ventajistas que sacaban arrastrando.
Los vaqueros iban a marchar, pero antes le pidieron al que descubrió lo de los dados que
se hiciera cargo de la placa de sheriff. Uno le decía: —Vamos a que las autoridades te
nombren, porque si no lo harán con alguno de los ventajistas. Estaban furiosos con el que
llevaba la placa, que era bastante recto.
—No puedo...
Pero le dijeron que por lo menos estuviera hasta las fiestas.
—No queremos que entreguen esa placa a uno de los suyos. Esta ciudad está corrompida
por completo.
Las dos muchachas quedaron solas al llevar los vaqueros a esos otros dos. No se les pasaba
el miedo. Y fueron hasta el hotel en el que habían pedido habitación.
Los dos socios estaban escondidos en las habitaciones privadas. Springs, mirando a Abby,
dijo: —¿Te has dado cuenta? ¿No era preferible que se llevara Hull lo que estaba ganando?
Ha perdido muchos dólares en esta casa...
—Ese maldito vaquero... Se dio cuenta de la seña que hice a Maurice. Y por eso sospechó
la verdad.
—¡Y esas malditas muchachas...! Descubrieron al asesino del sheriff. Y como habló de que
nos alegraríamos...
—Por eso no dudé en matarles antes de que siguieran hablando.
—Pero se han dado cuenta de que matamos para evitar que hablaran como sucedió con
Maurice...
—Todo se ha puesto mal...
—Ha sido tu soberbia. No querías que Hull se llevara ni un sólo dólar.
—No podía esperar estas complicaciones...
—Pues ya ves a lo que ha conducido... Lo que me asusta es que incendien el local.
Una de las empleadas que les vio entrar en las habitaciones fue media hora más tarde a
decir que ya podían salir.
Juramentos, maldiciones y las mayores blasfemias salían de sus labios al ver el estado en
que quedó el local que era el orgullo de ellos.
Las empleadas, que estuvieron atemorizadas durante los fuegos artificiales, estaban
silenciosas mirando los destrozos.
—¡Ese maldito vaquero...! —decía Abby.
—¿Y esas muchachas? No eran del local... ¿Qué hacían aquí?
—Debían venir en busca de trabajo... —dijo Springs.
—No... Lo han comentado hace poco... Una de ellas era la hija de Edward...
—¡Noooo...! —gritó el aludido—. ¡No es posible!
—Están en el River. Es su hija y la hija del general que está en Cheyenne. Comentaron en
el hotel que venían a ver al padre de una de ellas.
—¡Pues no se han podido presentar en mejor momento y con el gran acierto que lo han
hecho! I —Es que era un hablador el que disparó sobre el sheriff.
Springs miraba a su socio y dijo:
—No ha podido presentarse tu hija de forma más aparatosa. Y se habrá informado de la
verdad de tus negocios de minas que le has dicho que te dio la fortuna que tienes.
—¡Maldita muchacha...! Vaya momento que ha elegido para presentarse.
Ellas hablaban con Ames y Bob, los dos altos vaqueros que eran hermanos.
—¿Te has dado cuenta de la razón por la que el gobernador, al oír el nombre de mi padre,
hizo aquel gesto de contrariedad? —decía Ethel a Nora.
—No ha de estar satisfecho cuando sepa quiénes éramos las que hemos aclarado el crimen
del sheriff. ¿Qué vamos a hacer ahora? No creo que tu padre se alegre mucho de tu llegada,
que tanto deseaba, según dices que escribió...
—No podía imaginar que mi llegada iba a ser en la forma en que nos hemos presentado. .
—No creo que viva en ese local, que no hay duda que es bonito.
—¿Crees que quedará lo mismo cuando acaben los excitados vaqueros?
—Es que es para estar enfadados... ¡Todo está trucado! Ya has oído lo que decían los que
iban saliendo. Los naipes marcados y parecían nuevos, y los dados con plomo...
—Por algo mi padre —decía Ethel— no me hablaba de la clase de negocios. Sólo que le iban
muy bien y que estaba haciendo fortuna...
—¿Y qué hacemos?
—Iremos a verle, si es que vive en otra casa distinta del local, y puesto que tenemos interés
en presenciar los festejos y los ejercicios de que tanto hablan por allí, nos quedamos. Si no en
la casa de mi padre, en este hotel, donde hemos tenido el acierto de dejar nuestras maletas
hasta saber el resultado de la visita a mi padre. Porque al saber lo que han dicho aquí, era
dudoso que nos quedáramos con él.
En el mismo hall del hotel se informaron de dónde vivía Abby. Estaba distante del saloon
incendiado. Y decididas fueron hasta esa casa. Ya en la puerta, al ser abierta por un criado
con librea, a lo inglés, se miraron sorprendidas.
—¿Está míster Abby en casa? — preguntó Ethel.
—Es usted Ethel, ¿verdad? Está lo mismo que en la fotografía que tiene el señor en el
despacho. Pasen, por favor. Avisaré que están ustedes aquí.
Contemplaban admiradas el hall. Y Ethel exclamó:
—Hay en la suntuosidad buen gusto. ¿No te parece?
—¡Indudable!
—Bueno, creo que mi padre fue un caballero y que su familia vivió en la opulencia. Mis
tíos no han querido hablarme de él con extensión. No sé qué le haría cambiar, porque ya has
oído lo que decían en el hotel. Le consideran algo así como el rey del hampa.
Fueron interrumpidas por la presencia del padre de Ethel, que miraba a las dos confundido.
—¡Papá! —dijo Ethel abrazándose a él. Después de todo, era su padre.
—¡Ethel! Me alegra que hayas decidido al fin venir a mi lado.
—Sólo voy a pasar una temporada. Me volveré con los tíos. Me necesitan. Están solos y tú
vives en un ambiente en que no te debe faltar compañía.
—No debes pensar demasiado mal...
—No tomes mis palabras como censura. Eres dueño de tus actos. Pero lo que sí te voy a
censurar es que no me dijeras la verdad de tus negocios.
—Es una forma de invertir como otra cualquiera.
—Pero sin ventajas. Y en ese local era todo falso. Y se robaba a los clientes con dados
lastrados y naipes con marcas. Es de suponer que las ruletas han sido trucadas también.
—Lo han destrozado todo. Muchos cientos de dólares. Y, en parte, por tu culpa. No debiste
decir nada de lo que creíste oír.
—De lo que oímos con claridad. Y tu socio le mató para que no pudiera hablar. Veo que en
esta tierra se da poco valor a la vida humana.
—No digas eso...
—Esta es vecina nuestra allá en la tierra y la hija del general jefe de los militares en
Wyoming. Ha venido porque queremos ver las fiestas y los ejercicios de que tanto se habla
por el Este.
—Aquí podéis instalaros las dos. Esto no tiene la menor relación con los locales que poseo.
Y que me alegra lo hayas descubierto.
—Habría sido muy difícil ocultarlo. Cuando he preguntado por ti en el hotel en que
estamos instaladas han dicho en el acto algo así como que eres una especie del «rey del
hampa». ¿Es verdad?
—Eso no es más que fruto de la envidia. ¿Qué dicen tus tíos de mí?
—Nada en absoluto.
—No me digas. ¿Es que no te hablan mal?
—No conoces a mis tíos. Nunca me han dicho una palabra de ti que no sea con todo respeto.
—Vas a permitir que lo dude...
—Eres mi padre, pero si otra persona pone en duda mi palabra, por lo menos le aplastaría
la nariz... ¡No vuelvas a poner en duda lo que diga! ¡No he aprendido a mentir!
—Es que me sorprende que no hable mal de mí ese matrimonio.
—Ese matrimonio son una dama y un caballero de verdad. Y siendo así, no se puede
admitir que hablen mal de alguien, aunque, como en este caso, tendrían motivos para hacerlo.
Estoy segura que saben de ti toda la verdad. Y, sin embargo, me aconsejaron que viniera a tu
lado y admitieron que tienes más derechos que ellos. Cosa que en verdad pongo en duda.
Porque ese derecho de la paternidad es muy relativo. Ellos me han cuidado cuando estuve
enferma. Se preocuparon de mandarme a los mejores colegios... En fin, dejemos esto. Vamos
a pasar una temporada juntos y no debemos reñir por nada. Huiremos de lo que pueda
separarnos momentáneamente... Así que te has convertido en una especie de jefe de
bandidos. Como los piratas de las leyendas de los mares...
—No creas que todos los locales de los que han debido hablarte son míos sólo.
—No me importa en absoluto los locales que tengas y los que han dicho que tienes en
Cheyenne. Si consideras que tener locales en los que la ventaja está generalizada es una
inversión honesta, sigue tu rumbo. Nada te voy a pedir. ¡Y nada admitiría de ese tipo de
bienes! Y no creas que no me he preguntado a veces cuáles serían tus negocios. Confieso que
no pensaba pudiera tratarse de esto. Y conste que no soy una mojigata. Estos locales pueden
ser un negocio más. Pero sin lastre en los dados, marcas en los naipes ni trucos en la ruleta.
¡Eso ya es robar! Y el robo nunca es honesto.
—No creas que somos nosotros los que usamos las ventajas . Son los que acuden a jugar
y...
—Mira, papá, los naipes los tiene el barman.
—Que suele ser el que se queda o se pone de acuerdo con los ventajistas.
—No discutamos por esto. Me apena por ti, porque estás destinado a morir colgado. Como
dicen que hacen por aquí con los que descubren que juegan con trampas.
—Es mejor que no sigamos hablando de lo que no entiendes. Voy a decir que os preparen
unas habitaciones. Y olvida lo ocurrido en el saloon. Se arreglarán los desperfectos que se
hayan causado.
—¿Se podrá arreglar la muerte de los que serán enterrados mañana? Dicen que el sheriff
era una buena persona, pero que tú entendías que se estaba poniendo muy pesado. Y le
mataron por darte a ti esa alegría. Quiero que quede claro que me he dado cuenta de todo. Y,
ahora, hablemos de otra cosa. ¿Cuándo comienzan las fiestas?
—Dentro de tres días.
—¡Se verán ejercicios interesantes!
—Si entendieras de eso, te asombrarías de lo que son capaces de hacer algunas personas.
—Es lo que tenemos verdadero interés en presenciar. Y cuando terminen, volveré con los
tíos.
—Espero que no hables en serio.
—Pues te estoy diciendo lo que voy a hacer.
—Tienes que comprender, puesto que ya no eres una niña, que ese negocio es como otro
cualquiera.
—No pienses que mi deseo de marchar es por la clase de negocios que tienes.
—Pero...
—Tienes que comprender, papá, que son ellos los que más me necesitan. Tú no estás solo
en realidad. Y sólo atendiendo los locales que tienes, te entretienes y pasas las horas. Los tíos
no me tienen nada más que a mí. Y no te voy a ocultar que esta clase de negocios no me
agradan. No me agradaron nunca, y ahora, después de lo presenciado, me gustan mucho
menos. Comprendo que han de ser muy beneficiosos, pero a la vez con peligro. Hoy, si te
atrapasen en el local, te habrían colgado, como hicieron con esos otros. Lo he presenciado yo.
Habéis asesinado para que las personas que os servían no pudieran hablar. Y lo habéis hecho
a sangre fría. ¿Es que crees que después de estos hechos van a confiar en ti? Saben que cuando
os veis en peligro tratáis de eludir la responsabilidad. Creo que os ha hecho mucho daño lo
sucedido hoy.
—Olvidemos eso. Os voy a enseñar vuestra casa...
—Imagino que ha de estar amueblada de manera lujosa. Hay detalles que así lo indican.
—Esta debe ser una de las mejores del pueblo, ¿no? —Gasté una fortuna en ella, pensando
en ti. Por eso he insistido en que vinieras a mi lado. Y no para pasar sólo unos días.
—No te enfades conmigo. Pero los tíos son los que en verdad me necesitan.
—Has confirmado lo que tu tío te habrá dicho, ¿verdad?
—No eres justo. Los tíos nunca me hablaron mal de ti. Si saben la verdad lo han ocultado
siempre.
—¿Qué tal está el matrimonio? Ya son viejos.
—No tanto.
—¿Qué tal su firma de abogados?
—Atendido por sus socios.
—¿Es que él no trabaja?
—No puede hacerlo...
—¿No me has dicho que están bien?
—Y no te he engañado. Es que no puede trabajar.
—Pues no lo comprendo. Si no está enfermo...
—Es que hace un año que es el gobernador.
Silbó con sorpresa Abby.
—¡No lo sabía!
—Es lógico. Está muy lejos.
CAPITULO IV
Después de ver la casa que alabaron las dos, añadió el padre de Ethel:
—No es posible que marches al terminar los ejercicios.
—Es lo que haré.
—Yo tenía mis planes... Respecto a ti. Hay un buen amigo que es una gran persona y con
una buena fortuna...
—¡Pero, papá...! —decía Ethel riendo a carcajadas—. Que no estamos en China... ¿Es que
en esos planes a los que te refieres me concedías un papel importante a mí? ¡Supongo que ha
de ser elemental el contar conmigo!
—Tú, en realidad, no sabes lo que te conviene...
—No habrás pensado en tu socio, que supongo es el «virrey del hampa», si te consideran a
ti el rey...
—Repito que es un gran muchacho...
—Olvida eso, papá... Vamos a presenciar los ejercicios y volveremos a nuestras casas. Para
satisfacción de los tíos, les voy a telegrafiar diciendo que pronto estaré de vuelta...
—Si te consideramos casi la prometida...
Volvió a reír a carcajadas.
—¡No es posible que hables en serio! ¡No sabes lo que dices! Así que hasta me considerabas
la prometida y casi esposa de ese amigo. ¿Qué te pasa? ¿Es que has perdido el juicio? ¿Es que
en ese asunto tan delicado la mujer no cuenta?
—Es que quiero lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí, ahora, es dejarme tranquila y dejar de hablar tonterías, que es lo que
estás haciendo ahora. Espero que te des cuenta de la insensatez que dices...
Fueron interrumpidos por un criado que anunció a míster Springs. Y Ethel, muy seria, dijo:
—Di a tu socio que no quiero hablar con él. ¡No me obligues a quedar en el hotel!
—Di a míster Springs que mi hija no se encuentra bien. Y que prefiere descansar —dijo
Abby al criado, que sonreía al marchar. Y mirando a la hija, añadió—: No me gusta esto.
Debes demostrar que has estado en buenos colegios, donde por lo menos te habrán enseñado
a ser correcta.
—Tienes que admitir, papá, que no entro en vuestros planes. Y lo mejor para cortar el error,
es no hablar con él.
—No es un delito que yo planeara con tu visita el que buscara una buena situación para ti.
Y le considero una buena persona.
—¿Especialista en naipes?
—¡No quiero enfadarme contigo!
—Lamento si te enfadas, pero no puedo cambiar. Soy así y así he de seguir.
—¿Crees que no se va a dar cuenta que no has querido saludarle? Y el saludar no
compromete a nada.
—¿Por qué forzar situaciones violentas? Y has de admitir que hacer planes tan en serio, sin
consultar conmigo y con mi aprobación, es una locura. Porque si él ha creído que sería posible
lo que sin contar conmigo habéis hablado, le ha de disgustar que le diga con toda franqueza
que no me interesa. Me agradará que haya pensado la verdad. Que no quiero saludarle ni
entablar amistad con él. Lo siento si ello haca cambiar lo que pensabas y que pueda
disgustarse contigo.
Regresó el criado a decir que míster Springs deseaba que se le pasara el malestar para
pasear con su amiga.
—¿Ha marchado?
—Sí.
—Bueno. Luego le veré —y marchó a su vez.
—No comprendo a tu padre —decía Nora—. Es absurdo lo que ha dicho.
—Creo que nos vamos a quedar en el hotel. No quiero que me vaya presentando ventajistas
disfrazados de caballeros.
—Sería un acierto...
Abby estaba en su despacho con Springs, que había vuelto para hablar con su socio sobre
el arreglo del saloon destrozado. Y al ver a Abby, dijo:
—¡No me digas nada de tu hija! ¡No pienso hablarle! —Se ha disgustado por lo que le he
dicho que habíamos planeado.
—Dile que esté tranquila. Que todo eso queda sin efecto. Y que, desde luego, no me
interesa. No has debido decirle nada.
—Me ha dicho que piensa marchar al terminar los ejercicios.
—¿Y lo del abogado?
—Tendremos que esperar. Ahora se pondría en guardia.
—No creo que consigas nada de esa muchacha. Lo que has hecho ha sido una torpeza. Es
la que complicó lo del Texas. Y eso que es tu hija. Si no escapamos nos habrían linchado.
Claro que la culpa ha sido tuya, por no dejar que el ganadero Casper se llevara lo que habría
perdido al final. Porque habría seguido jugándolo todo en su afán de desquitarse. El cambio
de tirador por cuenta de la casa es lo que hizo sospechar a ese muchacho. Por cierto, ¿sabes
que es el sheriff que tenemos en la ciudad?
—¡No es posible! Si no puede serlo un forastero...
—Pues le han tomado juramento, porque los vaqueros habrían linchado al juez y al alcalde.
—¡Cuidado ahora con ese muchacho! Y tan cerca de las fiestas.
—Hay que impedir que pueda llegar a ellas.
Fueron interrumpidos por la visita del mayor, jefe del fuerte de los militares que estaba a
media milla de la ciudad.
Se sorprendieron los dos al saber quién preguntaba por míster Abby. Y cuando el mayor
entró en el despacho, miró a Springs y a Abby.
—Perdone, míster Abby... ¿Está su hija en casa? Nos hemos informado en el hotel que ha
debido venir a esta casa.
—Sí... Pero no se encuentra bien.
—Esperaré unos minutos. Viene mi esposa a por ella. Queremos que esté con nosotros estos
días de fiesta.
—Puedes decir a tu hija que acuda a saludar al mayor —dijo Springs al marchar. Y no se
despidió del mayor.
Minutos más tarde estaba el militar hablando con las dos muchachas.
Ethel le dio cuenta de lo que había pasado con su pudrí y eso explicaba para el mayor la
salida de ese ventajista en la forma que lo hizo.
—Eso es que se dio cuenta de que no quise verle—dijo Ethel al conocer la marcha de ese
personaje—. Y me alegra que así lo haya comprendido.
Como el mayor anunciara, se presentó la esposa de éste y se llevó a las dos jóvenes con ella.
Abby pateaba lo que encontraba a su paso.
Springs entró en otro de los locales que le pertenecían en sociedad con Abby. Y habló con
el encargado del mismo. Y cuando se sentó a jugar estaba tranquilo. Iban a dar una buena
lección a la hija de Abby. Pero encargó que no se enterara el padre de ella.
Las tres jóvenes visitaron un almacén, ya que la esposa del mayor necesitaba hacer unas
compras. Y cuando salían, una vez efectuada las compras, se encontraron con el alto vaquero
que llevaba la estrella de sheriff. Saludaron las muchachas al nuevo sheriff, y éste saludó a la
acompañante.
—¿Está muy enfadado tu padre por lo ocurrido en el saloon?—dijo Ames.
—Puedes imaginarlo —respondió ella—. Aunque creo más enfadado a su socio.
—Que no es más que un ventajista del naipe... y con fama de buen pistolero.
Ethel dio cuenta, entre las risas de los reunidos, lo que le dijo su padre que habían planeado.
—Cuidado cuando vayáis por la calle. Ese cobarde es muy capaz de encargar algo en contra
vuestra. Y no hay duda que le obedecerán.
—¡Si me molestan y sé que es obra de él, le mataré! —dijo Ethel con naturalidad que hizo
que Ames mirara a la muchacha con atención. Estaba seguro de que esa muchacha haría lo
que estaba diciendo.
—Estas fiestas estaremos mi hermano y yo acompañándoos, si no tenéis inconveniente.
—Debéis aceptar. Yo no podré acompañaros a diario. Algún día lo haré —dijo la esposa
del mayor.
Springs pensó en obligar a la muchacha a que hablara como decía su padre que le gustaba
hacer. Se iba a reír de ella y demostrarle que no estaba de acuerdo con lo planeado por su
padre.
Y sin decir nada a Abby, estuvo buscando a las muchachas sin el menor éxito, porque
estaban en casa del mayor dentro del fuerte.
Pero al otro día, encontró a las dos jóvenes hablando con Abby precisamente a la puerta
del hotel, cuando iban a encargar que dieran sus maletas a los soldados que irían a por ellas.
—Supongo que esta preciosidad es tu hija —dijo Springs—. Soy el socio de tu padre y
supongo que te habrá dicho lo que habíamos planeado. Fue una idea de él. Con la que no
estaba de acuerdo..., porque entendía que era necesario conocer a la persona. Y aunque no se
puede negar que eres toda una belleza, entiendo que no estaríamos muy de acuerdo.
Pertenecemos a distintas tierras y regiones. Y la forma de entender la vida es muy distinta.
Así que debes quedar tranquila.
—Celebro que reconozca que era una locura y un absurdo lo planeado por mi padre.
Aparte de que usted necesita una mujer de mucha más edad que yo... Y sin duda encontrará
la mujer que le haga feliz. Anda a diario entre muchas de ellas.
Springs, que no esperaba un ataque tan duro, palideció. No le agradaba que le llamara
viejo. Él trataba de aparentar mucha menos edad de la que tenía en realidad. Y, sobre todo,
le dijo que tenía que elegir entre las mujeres del saloon.
—¿No creéis que debierais callaros los dos?
—Es natural que digamos cada uno lo que pensamos de la locura planeada por ti. No
debiste olvidar que tu hija es una dama. Aunque después de tantos años rodando por ahí, en
sociedad con entendidos en ciertos negocios, te hayas olvidado de lo que es una dama. Sólo
ves ahora mujeres. Sin diferencia entre damas y lo contrario. Celebro, caballero, que al final
se haya dado cuenta de que ese plan no podía realizarse nunca. Veo que usted tiene sentido
común. ¿Vamos, Nora? Nos quedamos en el fuerte, papá... ¡Antes de marchar, iré a
despedirme!
Los que estaban en el hall del hotel y que no podían dejar de oír lo que hablaron, era lo que
puso a Springs nervioso y furioso.
—No demuestra tu hija que haya estado en colegios importantes. Y voy a encargar que le
den la lección que necesita.
—¡No te equivoques, Jonás...! —dijo Abby—. ¡Y no olvides que es mi hija...!
—Muy mal educada.
—¡Pero mi hija!
—¡No me gusta cómo me ha hablado!
—Fuiste el que lo ha provocado. Y no es de las que se muerden la lengua.
—¡Ha cometido un grave error!
—Creo que es mayor el que vas a cometer tú... —agregó Abby.
Springs palideció porque conocía a su socio. Que marchó sin añadir una palabra más.
Springs marchó al saloon donde el encargado debía buscar los que dieran la lección a Ethel.
Quería suspender el encargo. Y dio cuenta al encargado de ese local.
—La soberbia te va a originar un serio disgusto —dijo el encargado—. Ya se ha dado el
encargo. Y Abby te matará así sepa que han molestado a la hija. ¡Es muy peligroso tratar de
jugar con él!
—Esa tonta me ha estado insultando...
—Hace tiempo que tratas de desplazar a Abby de la jefatura... ¡Cuidado, repito! Sus
incondicionales son como perros de obedientes. Arregla con él esta diferencia.
Pero Abby sabía que Springs hacía tiempo que trataba de suplantarle y desde luego era
peligroso. Desde el hotel fue a visitar al juez y estuvo en su despacho más de una hora.
Cuando abandonó el despacho del juez había quedado disuelta la sociedad con Springs.
Al otro día, éste fue llamado al juzgado y le dieron cuenta de la disolución de la sociedad.
—Ha estado míster Abby —dijo el juez— y es el que ha pedido que se haga una liquidación
y se disuelva la sociedad establecida entre ustedes. Se ha ordenado a los contables que hagan
esa liquidación. Y una vez terminada se establecerá un reparto equitativo de las distintas
propiedades. Le mandaremos llamar cuando se haya hecho.
Springs, muy preocupado, llegó al saloon en que más tiempo solía estar y dio cuenta al
encargado de lo que le había dicho el juez, y muy sorprendido, el encargado dijo:
—¡No me gusta esto! Te advertí que no hablaras a Abby en contra de su hija. Si ha pedido
la disolución de la sociedad, es que está dispuesto a matarte. ¡Es un hombre cruel cuando
decide matar a alguien!
—Pero si no han hecho nada a su hija todavía...
—Seguro que se ha informado del encargo que se hizo. Se lo habrán dicho los mismos que
aceptaron llevarlo a cabo.
—¡No es posible!
—Han tenido miedo al saber que se trataba de la hija de Abby. Y no se han atrevido a
hacerlo y en cambio le han dado cuenta. Te has fiado de todos y es a Abby al que obedecen...
Sé que algunos te han hecho creer que estarían a tu lado si te separas de él, pero llegado el
momento, es a él a quien obedecen.
El miedo que tenía a su socio hizo que Springs se presentara en casa de él y le pidiera
perdón.
—Tienes que reconocer que tu hija ha sido dura conmigo. Se ha reído de mí y me ha dicho
cosas ante testigos que no se lo toleraría a otra persona.
—Sé que mi hija tiene una lengua terrible. Pero es mi hija. Ya te lo he dicho.
—No creo que después de tanto tiempo sin una dificultad entre nosotros nos separemos. Y
no debes creer eso de que he intentado desplazarte... No lo has debido creer nunca.
Después de una hora de conversación, las cosas volvieron a su ser. Y la sociedad continuó
en la misma forma que estaba.
Los encargados de los saloons que conservaban se alegraron de que no hubiera ruptura ni
separación. Les asustaba el que se dividieran en dos grupos y que se enfrentaran entre ellos.
Ethel y Nora seguían en el domicilio del mayor. Los militares jóvenes rondaban a las dos
para conseguir ser sus acompañantes durante las fiestas. Pero ellas se habían comprometido
a ser acompañadas por los dos hermanos, quienes por tener trabajo en la oficina, no podían
acompañarlas esos días.
Abby quería hacer las paces con su hija. Y visitó a la muchacha en el fuerte para decir que
pensaba dar una fiesta en su honor, invitando al matrimonio.
—No me agradan esas fiestas, papá...
—Debes estar tranquila. No temas que la concurrencia salga de esos locales, que es sin duda
lo que piensas. Acudirá lo mejor de la ciudad. Hay momentos en que recuerdo mi juventud...
Y me siento avergonzado al ver la diferencia que hay de entonces a esta fecha. Y aunque no
lo creas, echo muy de menos la estimación en que me crié. Y no creas que no me dé cuenta
de la diferencia de ser estimado a que te teman. Pero este temor, en el ambiente en que he
vivido estos últimos años, es un seguro de vida. O te temen o te destrozan, y siendo así, es
preferible ser temido.
Ethel miraba con fijeza a su padre y no sabía si era sincero en esos momentos, pero sabía
que se hallaba encadenado a compromisos con lo peor que se movía en esos locales de vicio
y de ventajas.
Dijo su padre que había dado orden al juzgado para separar los bienes de la sociedad
constituida por Springs y él.
Insistió ella en que no hubiera fiesta. Y convenció al padre para que no pensara en ella.
Nora se alegró también al saber que no había fiesta.
CAPITULO V
—Parece que ese socio de tu padre no se preocupa ya de ti.
—Me parece que mi padre ha tomado parte en mi bando. Y le ha debido decir, que no nos
molesten, pero creo que hace mal mi padre si se fía de él. ¡Es una, cascabel! Es frio y sabe
dominar sus emociones y sobre todo su enfado. Estoy segura que me odia intensamente.
Menos mal que así que pasen las fiestas volveré a casa con los tíos. Mi padre está recurriendo
a un truco que espera le dé resultado. Pero empiezo a conocerle. Y reñiré a mis tíos y a Davie
cuando regrese. Me han tenido ignorante de lo que en realidad es mi padre. Comprendo que
no han querido disgustarme, pero debieron decirme la verdad. Y no habría venido.
—¿Crees que ellos le conocen en realidad tal como es?
—Estoy segura que mi tío ha sabido rastrear el pasado de mi padre.
—¿A qué truco te referías antes?
—Empieza a hablar que se siente avergonzado. Y que echa de menos la estimación que le
rodeaba en la juventud. Y que hay una gran diferencia entre la estimación y. el ser temido.
¡Trata de hacerme creer que quiere cambiar y supone que así me quedaré a su lado! Pero no
supone que he de pensar que si yo le ayudo podrá cambiar de modo radical. Pero no me dejo
engañar, aunque confieso que he estado muy cerca de ser engañada.
—Y por eso hablaba de una fiesta en tu honor.
—Ya no habla de ello. Parece que está dispuesto a complacerme.
Los dos hermanos acudieron al fuerte para salir con las dos muchachas.
—Hemos quedado en visitar al ganadero que estaba ganando siete mil dólares y que le
llevaban en la jugada que interrumpí yo al cazar los dados lastrados. De no suceder lo que
sucedió le habrían llevado el importe de las reses que trajo a embarcar. Ha dicho que quiere
invitarnos a comer a los cuatro.
No se opusieron y se reunieron en el hotel con ese ganadero y el hijo de quince años que
estaba con él.
Resultó un viejo muy simpático. Bromeó con lo que era su vicio: los dados.
—Ya me llevaban los siete mil que ganaba... Y éste a poco es linchado por querer ayudarme,
ya que le acusaban de matar al sheriff...Gracias a que vosotras habíais oido lo que decía su
asesino.
—No hay duda que ellas me salvaron de un buen peligro —dijo Ames.
—No dijimos más que lo que era verdad.
—Gracias a ello no me pasó nada.
El ganadero dijo, que iban a marchar a casa.
—Y esta vez, vuelvo con dinero en efectivo. La ganancia más el importe del ganado. Y os
aseguro que no volveré a jugar más. La lección me ha servido de mucho.
—Buen susto dio a este muchacho. No hacía más que llorar.
—Es que tenía miedo a que perdiera lo de la venta del ganado. Es lo que me ha pasado
otras veces.
—Hará bien si no vuelve a jugar —dijo Ames.
—¿Cómo te diste cuenta de que esos dados estaban lastrados...?
—Por el cambio de tirador por cuenta de la casa. Estaba seguro que iban a recuperar lo que
usted llevaba ganado...
—Yo, tonto de mí, no sospeché cada. En realidad, nunca he sospechado. Y eso que soy
desconfiado por naturaleza.
Cuando quedaron los cuatro, dijo Bob que debían ir a visitar a una vieja amiga.
—¿Seguirá con el saloon? —dijo preguntando a su hermano.
—No lo sé. Pero nada se pierde visitando la casa. No era tan vieja. Por edad no es difícil
que siga... ¿Seguirá fiando a los estudiantes?
—No creo que haya cambiado. Y después de todo no hace tanto.
—Es un matrimonio —aclaró el hermano— al que estimaban de veras los estudiantes de la
Universidad.
—¿Es que habéis estudiado aquí...? —preguntó a su vez Nora.
—Los dos. Pero hace años ya...
—No serán muchos —dijo Ethel riendo—. ¿Es que vais a presumir de viejos? Sois lo
contrario que el socio de mi padre.
—Hace cuatro años ya.
Las dos jóvenes se echaron a reír.
—Lo que imaginaba —dijo Ethel.
Fueron hasta el local de que hablaron los dos hermanos. Y al estar ante la puerta se
quedaron como paralizados. Se miraban uno al otro.
—Parece que esta cambiado... ¿no crees? —dijo Ames.
Para salir de dudas, lo mejor es entrar —comentó Bob.
—Se oye bullicio como de mucha clientela...
Al empujar la puerta salió una vaharada de aire viciado, irrespirable. La clientela no podía
ser más numerosa en ese local. Muchos de los clientes miraban asombrados a las dos jóvenes
y ellas, instintivamente, se arrimaban a sus acompañantes. Que les pasaron el brazo por los
hombros apretándolas cariñosos junto a ellos.
Una empleada de una edad indecisa se acercó a ellos y dijo: —¿Por qué habéis entrado...?
Debéis sacar a estas dos jóvenes de aquí... ¡Esto no es un ambiente para ellas! ¿No es la hija
de Abby...? Y ésta ha de ser la hija del general de Cheyenne. ¡Sacadlas de aquí!
—¿Es que ha cambiado de propietario este local?
—¿Por qué lo dices? ¿Es que conocías este saloon?
—Pero era de Max y de Vicky... Un matrimonio muy agradable.
—Así que les conoces, ¿no es eso? Sigue siendo de ellos, al menos de nombre, porque
forman parte de una sociedad, que es la que orienta lo que ha de hacerse y les dan al
matrimonio unos dólares por semana. El resto es la sociedad la que lo percibe. Y a nosotras
nos pagan una miseria como a ellos.
—¡Vamos...! —dijo Bob a las muchachas—. Vais a salir y nos esperáis en el hotel. Nosotros
vamos a saludar al matrimonio. Interesa aclarar lo que sucede con este local.
—Ya lo ha dicho esa muchacha.
Los hermanos regresaron media hora más tarde. La empleada que les dijo sacaran a las dos
jóvenes se acercó a ellos.
—Habéis hecho bien sacando a esas dos bellezas de aquí... Era un peligro.
—¿Y el matrimonio?
—Max ayuda en el mostrador a los barmen. Ella, sentada ante la mesa reservada. Pero
cuidado con el vigilante. Dicen que fue un buen pistolero.
—¿A qué sociedad están unidos?
—A la que forman un grupo de locales... El jefe es un tal Springs. Socio a su vez de Abby.
—¿Hace mucho que se asociaron?
—Cuando yo vine, enviada por Springs, ya estaban asociados. No sé el tiempo que hará...
Pero me parece que el matrimonio no intervino. Les han hecho saber que son parte de esa
sociedad.
—Mira, Bob... Antes no había juego en este local.
—Springs ordenó que colocaran esas mesas. ¡Cuidado! ¡Viene hacia nosotros el encargado!
—¡Magda...! —dijo el aludido—. Parece que hablas mucho con estos jóvenes...
—No te sorprenderá que lo hagamos con ella, ¿verdad? Es muy agradable.
—Pero ha de atender a los clientes. No sólo hablar... Porque no sé si os habéis dado cuenta
que existe un mostrador con bebidas...
—No es tan sencillo llegar a que te sirvan. ¿Quién es... el dueño?
—¿Es que este local lo vendió el matrimonio Max y Vicky...?
—Max está en el mostrador y Vicky sentada ante su mesa —aclaró la empleada. Había visto
la placa que llevaba Ames en la camisa. Y ese detalle le daba valor.
—No creo importe a estos muchachos nada que se relacione con el matrimonio.
—Son unos viejos amigos... —agregó Ames—. Les saludaremos. Es una locura que hayan
puesto mesas para juegos. Antes no había juego y sólo dos muchachas ayudaban al
matrimonio. Y si han vendido, ¿por qué siguen ellos en el local?
—No vendieron… Forman parte de una sociedad, pero sin vender.
—Vamos a saludar a Vicky...
—Lo que vais a hacer, es salir de esta casa —dijo el encargado.
Una rodilla de Ames entró en el vientre del elegante encargado y al inclinarse por el dolor,
con la mano de canto le golpeó en el cuello, haciéndole caer como un saco vacío.
Ames estaba seguro que estaba muerto y con facilidad le cogió y elevó al cuerpo por encima
de la cabeza y le llevó hasta la puerta, donde le lanzó al centro de la calzada.
La empleada decía a Bob quiénes eran los que ayudaban al encargado y cuando éstos, con
las armas preparadas avanzaban hacia Bob, éste no lo pensó mucho. Disparó sobre los tres.
Disparos que hicieron dar gritos a las mujeres que corrían alocadas para tratar de esconderse.
Ames y Bob quedaron aislados cuando el primero regresaba de haber echado al encargado
al centro de la calle.
Ames disparó con rapidez y el barman que tenía un «Colt» empuñado y se disponía a
disparar sobre los hermanos, cayó muerto con un agujero en la frente.
La empleada que les estaba orientando les indicó quiénes eran los ventajistas que repartían
sus ganancias con el encargado al cerrar el local por la noche. Y los hermanos supieron hablar
a los curiosos que se entretenían en ver jugar y esperar a tener hueco en las partidas. Bastaron
unos minutos para que los ventajistas, sometidos a una estrecha vigilancia, fueran
sorprendidos con naipes marcados y en la mesa de dados descubrieron los que estaban
lastrados.
Cuando los hermanos se acercaron a Vicky habían muerto nueve ventajistas y destrozadas
las mesas.
Los dos hermanos se sentaron frente a Vicky.
—¿Por qué habéis permitido tanto ventajista y juego en este local? —preguntó Ames.
Vicky les miraba asustada.
—No hemos intervenido en esa locura. ¡Nos han obligado a estar callados!
—¿Por qué no han acudido al juez?
—Si es el mayor ventajista... ¡No paga nunca!
—¿Y Max?
—En el mostrador... —y Vicky miraba a los dos hermanos frunciendo el ceño—. Yo os
conozco..., ¿verdad? —y de pronto se levantó y exclamó abrazando a Ames—: ¡Claro! Ames
y Bob. ¡Los hermanos Fire! Habéis de tener mucho cuidado. Son muchos los pistoleros que
están al servicio de Jonás Springs.
Bob, bien visible por su estatura, dio unas palmaditas y gritó que todos salieran a la calle.
Y para precipitar la marcha, disparó al techo dos veces. Los clientes se atropellaban por salir.
Max acudió al lado de su esposa y al conocer a los hermanos a quienes recordaba de cuando
los dos estaban en la Universidad, les saludó con afecto, pero mostró a continuación el pánico
que tenía.
Registraron los muertos y recogieron el dinero que había en las cajas de las mesas de dados
y de ruletas. Una verdadera fortuna.
—¡Tomad! —dijo Ames al matrimonio—. Aquí hay unos treinta mil dólares. Mañana a
primera hora marcháis de esta ciudad. Como si hubierais vendido este local.
—No nos darían ni la décima parte de esta cifra.
—Pues ya sabéis lo que tenéis que hacer. Vais a marchar esta misma noche.
Llevaron los dos hermanos al matrimonio a la estación. Iba a pasar un tren camino de
Cheyenne unos minutos más tarde.
—Me escribís —decía Ames— para saber dónde se os envía lo que se saque por la venta de
este local.
—Ya estamos bien pagados.
—Pero es vuestro y es justo que lo recojáis.
Una vez que el matrimonio subió al tren los hermanos volvieron al local donde las
empleadas estaban confusas sin saber qué hacer.
—Este local se va a cerrar —dijo Ames a las muchachas—, Así que debéis decir a Springs
que os facilite trabajo en otros locales. Este se cierra de momento. Y luego se venderá.
Springs estaba con Abby cuando fueron a decirle lo que había pasado en el local del
matrimonio.
—¿Y los que suelen estar allí...?
—Han muerto. Ha sido una matanza muy rápida. Y el local queda cerrado. Las mesas para
juegos han sido destrozadas todas —decía el informante—. Han sido sorprendidos con
naipes marcados y con plomo en los dados... Han volcado las mesas de ruleta y quedó a la
vista el trucaje.
—¿Quién lo ha hecho?
—Los que se entretenían en ver jugar.
Pero una de las empleadas dijo:
—El causante ha sido el vaquero ese tan alto que lleva la placa de sheriff. Le ha ayudado
otro tan alto como él y que dicen que es su hermano. Conocían al matrimonio Max y Vicky.
—¿Les conocían?
—Los dos se abrazaron a esos vaqueros,
—Así —decía Abby— que son los mismos que provocaron lo del Texas.
—Y han matado a unos cuantos amigos nuestros... Hay que preocuparse de ellos. Durante
las fiestas, siendo uno sheriff y el hermano comisario, pueden hacer mucho daño.
Las empleadas de ese local fueron acopladas a otros. Durante las fiestas era conveniente
aumentar el número de e empleadas.
Los dos hermanos fueron invitados por el matrimonio compuesto por el mayor y Jenny. Y
estaban comiendo, cuando un soldado dijo al mayor que el rector de la universidad deseaba
hablar con él.
—¿Sigue siendo rector el profesor Forbens? —dijo Ames.
—Sí... ¿Es que le conocen? —preguntó sorprendido el mayor.
—Fue nuestro profesor durante dos cursos.
El matrimonio miraba sorprendido a los hermanos.
—¿Estudiasteis aquí?
—Y aquí nos graduamos. Somos abogados los dos, aunque por atender a nuestra ganadería
no hemos ejercido hasta ahora. El ganado ocupa más tiempo del que muchos creen.
—Es que tenemos trescientos mil acres y más de cien mil reses —aclaró Bob.
—¡Qué barbaridad! —exclamó el mayor—. ¿Vaqueros?
—Unos sesenta.
—¡Un ejército! —decía Jenny, la esposa del mayor.
—Voy a recibir al rector. Perdonadme unos minutos.
—¿No le molesta si saludamos al profesor Forbens...?
—Podéis venir.
El rector miró al mayor y a sus acompañantes, pero a éstos no les reconoció en los primeros
momentos.
—Debe perdonar, mayor, que venga a molestarle, pero entendemos muchos en esta ciudad
que es hora que se ponga freno a los excesos y abusos de tanto ventajista y de algunos equipos
de conductores que tienen aterrorizada a la ciudad. Las mujeres honestas no se atreven a salir
a la calle sin compañía y aun las acompañadas suelen ser besadas y manoseadas en presencia
de sus acompañantes ante la presencia de varias armas que les mantienen amenazados. He
pedido a las autoridades de Cheyenne que se corte esto y que quiten al cobarde que tenemos
de juez aquí. Ya en la época de estudiante era una verdadera desgracia. Debió ser expulsado
de la universidad. Hizo motivos sobrados para ello. Su padre era uno de los benefactores de
la universidad y por eso le permitieron lo que no debieron tolerarle. Y ahora, de juez aquí, es
una vergüenza.
—¿Y qué puedo hacer yo? —decía el mayor.
—Ponerlo en conocimiento de sus superiores para que hablen a las autoridades de
Cheyenne con la esperanza de que sean atendidos, cosa que no conseguí yo. Este cobarde ha
dicho a esas autoridades que yo le odio porque cuando estudiaba aquí le envidiaba por la
fortuna de su familia mientras que yo sólo vivía del mísero sueldo que me daban. Y su padre
sigue teniendo influencia. Es el senador federal por Wyoming.
—Sigo pensando que no es mucho lo que me atenderán a mí, aunque lo que si le prometo,
es que daré cuenta al general de esta visita y de lo que me ha dicho usted.
Los hermanos fueron mirados por el rector y entonces, Ames, como mayor, dijo: —¿No se
acuerda de nosotros, profesor Forbens?
Miró el rector a los dos y a los pocos segundos dijo:
—¡Los pinos Fire! —y tendió sus dos manos que ellos estrecharon.
—Así nos llamaban en la universidad por la estatura —aclaró Bob al mayor—. No
recordamos al juez de aquí...
—Salió antes que ustedes fueran... Ha de tener treinta y tantos y ustedes no creo lleguen a
los treinta ninguno...
—Tengo veintiocho y llevo dos a Bob —aclaró Ames.
—Y creo que no deben insistir en pedir justicia a Cheyenne. El fiscal es otro granuja. Por
eso no le atenderán a usted. Sin embargo, hay un sistema que no suele fallar para retirar a ese
juez de su despacho.
—¡Cuidado! Está de acuerdo con todo lo peor de la ciudad. Dispone de los ventajistas y
pistoleros que le hagan falta. Y como sabe mis visitas a Cheyenne, ha dicho que me van a
expulsar de la universidad. Ya que su padre sigue siendo uno de los benefactores de la
universidad más importante. Y sé que esperan al Senador para convocar una reunión del
consejo. Y si amenazan con retirar las cantidades que periódicamente entregan para el
sostenimiento de la universidad, no será difícil conseguir mi expulsión. Cosa que pese a lo
que ellos piensan no me preocupa. Iré a otra universidad como profesor. Escribiré a Denver
y a Nueva York.
Los hermanos quedaron en ir a saludar a la esposa del profesor y a la hija efe las dos, que
eran conocidas de ellos.
—¡Pobre hombre! —decía Bob cuando marchó el rector—. Tendremos que ocuparnos
nosotros de ese cobarde que está de juez aquí. Y sostenido por otro granuja como el fiscal.
No sospechaban los dos hermanos, que Douglas Washer, juez de Laramie estaba siendo
informado de la visita del rector a los militares.
—¡No se preocupe, señoría! —dijo el que hablaba con él—. El rector no volverá a dar guerra.
—Que lo hagan bien.
—¡Esté tranquilo! —decía el dueño del local en que estaba el juez.
CAPITULO VI
Al otro día de la visita de Farbens al mayor, éste decía a los dos hermanos: —¿Ya sabéis lo
sucedido?
—¿A qué te refieres?
—A la paliza que han dado al rector...
—¿Al rector? —dijeron los dos a la vez.
—Y parece que la presencia de unos conductores asustó a los cuatro que golpeaban al
profesor. Pero la intención parece que era la de matarle.
—¿Se sabe quiénes lo hicieron?
—Deben ser forasteros. De los que entran estos días con ganado y para pasar las fiestas
aquí...
—¿Dónde fue?
—A la salida de la casa de un profesor de la universidad que está el hombre muy apenado.
—¿Dónde está el rector?
—En casa del doctor Raymond.
Marcharon los dos hermanos a casa de ese médico que les» dijo no era lo grave que había
temido en la primera impresión.
—Confieso —dijo— que me asusté cuando le trajeron. Los que le recogieron dicen que al
verles a ellos los que le golpeaban echaron a correr. Se asustaron al aparecer esos tres
vaqueros.
—¿Podemos hablar con el rector?
—Está aún un poco conmocionado. Sería preferible dejar pasar unas horas.
—De acuerdo. Vendremos más tarde. ¿Está lejos de aquí donde le han golpeado?
—No. Salía de la casa del profesor Hick. A unas doscientas yardas.
Los tres vaqueros que llevaron el herido a casa del doctor Raymond estaban en un saloon,
no lejos de la vivienda del doctor, comentando lo que habían visto. Y lo decían una vez más
a los dos hermanos, ya que entraron en ese local buscando posibles testigos.
—Estaban los cuatro frente a la casa de la que salió ese hombre. No hay duda que le estaban
esperando, porque nada más aparecer en la calle, uno de ellos le sujetó desde la espalda y los
otros le golpearon, pero al vernos a nosotros echaron a correr.
—¿No son conocidos de vosotros? —dijo Bob.
—No. No les hemos conocido ni visto antes. Deben ser de algún equipo de los que están
llegando con ganado.
Dieron las gracias y marcharon a los encerraderos de la estación para preguntar qué
equipos habían llegado últimamente. Sólo habían entrado dos en las últimas veinticuatro
horas. Y se informaron de quiénes eran los jefes de esos equipos.
Ames preguntaba al encargado de los encerraderos si eran ganaderos que acudían con
ganado de manera periódica.
—Uno de esos dos equipos es nuevo aquí. No recuerdo haberles visto antes de esta vez, Y
es poco lo que han traído. Debe ser de los que compran en los ranchos pagando algo menos
por cada res pero evitan la molestia de un viaje penoso.
—¿No es extraño que unos desconocidos vengan por primera vez con un «pool»?
—A mí, en lo relacionado con ganado, no me sorprende nada.
—¿Han vendido ya el ganado?
—No creo. Esas reses están separadas aún, lo que indica que están sin pesar y sin contar.
Ames dijo a su hermano que esperara a que se presentara el jefe de ese equipo y le llevara
a la oficina. Allí sería interrogado.
—¿Crees que es el equipo al que pertenecen los que han golpeado a Farbens?
—Debemos averiguarlo. Hay que tener en cuenta que son los únicos nuevos con ganado
que han llegado a la ciudad en las últimas horas. Nada se pierde con interrogar.
—De acuerdo.
Ames volvió a casa del doctor. Que le permitió hablar con el profesor.
—¿Conoció a alguno de los que le golpearon? —preguntó Ames.
—No les había visto anteriormente..., pero lo que no hay duda es que estaban dispuestos a
matarme a golpes... uno de ellos decía que no me golpearan en el rostro. Que lo hicieran en
el vientre y en el hígado. Me salvó el que aparecieron tres vaqueros en lo alto de la calle. Me
golpearon con furor y debí perder entonces el conocimiento. Recuerdo que uno de ellos decía:
«¡Malditos vaqueros!» Debía referirse a los que aparecieron.
—¿Quién sabía que estaba en casa del profesor Hick?
—No comprendo.
—Mi pregunta es sencilla. ¿Quién sabía que estaba usted en casa de Hick?
—Mi esposa y mi hija. Me mandó llamar Hick para hacerme saber que el senador había
convocado la reunión de benefactores. Y que estaba presionando a los demás para prescindir
de mí como rector y hasta como profesor. El hombre estaba indignado. Parece que es el
cobarde del juez el que ha pedido a su padre que consiga mi expulsión. Y ha comentado que
he hecho varios viajes a Cheyenne buscando que le trasladen a él.
Ames dijo que se tranquilizara y que todo se arreglaría. Y marchó a la universidad donde
vivía Farbens por ser el rector.
Saludó a la familia del profesor. Y les dijo que acababa de hablar con el golpeado y que
estaba muy mejorado.
—Nos ha dicho el doctor que esta misma tarde podemos traerle a casa. Gracias a esos
vaqueros que aparecieron tan oportunamente. De no ser por ellos le habrían matado. Le tengo
dicho que no se preocupe si ese muchacho lo hace mal.
—Hay que llevar a su ánimo el que no se preocupe así si el juez es un granuja o un santo.
—Es lo que le estamos diciendo mi hija y yo.
—Y deben insistir... ¿Qué tal los otros profesores?
—¿Qué quiere decir?
—Si están de acuerdo con él en ese deseo de que se lleven a ese juez tan ventajista.
—No lo sé. Pero es muy posible que sólo sea él quien se preocupa de ello. Es un devoto
hasta fanático de la ley.
—¿Es muy amigo suyo ese profesor Hick...?
—No encuentra maldad en nadie, pero ese Hick no me gusta. Creo que es algo envidioso.
¡Y me ha dicho la niña que se comenta que si quitan a mi esposo de rector es posible que le
sustituya Hick!
—Hace cuatro años no recuerdo que estuviera ese profesor en la universidad.
—No... No estaba. Creo que ha de llevar tres años.
—¿Y con ese tiempo es posible que le hagan rector? No suele hacerse así.
—Pero ese profesor es muy amigo del senador y de otros dos benefactores.
—¿Es que no viene por la universidad ese profesor Hick?
—Parece que está acatarrado y gran parte del día en cama.
Cuando marchó y se reunió con su hermano, dijo:
—Vamos a arrastrar al profesor Hick. ¡Es el que preparó la trampa para que mataran a
golpes a Forbens...! Es el sustituto como rector.
—Los muchachos están llegando.
—Hay que mostrarles quién es ese profesor. Y frente a su casa, como ocurrió con Forbens,
se le laza y arrastra hasta que sin vida sea colgado. La segunda «hazaña» de los muchachos
es el honorable juez. Y en último lugar, su padre.
—¿No es el senador?
—Bueno... Para éste un «paseo» especial.
—¿Está en la ciudad?
—Parece que acaba de llegar y ha convocado una reunión del consejo, como llaman a la
reunión de benefactores.
—Te olvidas de los que golpearon al profesor.
—Como estamos seguros que ha sido obra del juez, hay que averiguar a qué local suele ir
con más frecuencia. Es donde se debe haber fraguado el crimen que no pudieron cometer. Y
hasta que se decida pasear a Hick, hay que vigilar sus pasos y las visitas que hace.
—Estás seguro que la trampa fue montada por Hick ¿verdad?
—Y es el que nos ha de llevar al local donde contrataron a los asesinos. Pero que no
descubra que está vigilado. Deben cambiar los vaqueros encargados de ello.
—Tenemos muchos para ello.
El profesor fue llevado a su casa. El doctor le dijo que dos días más tarde estaría otra vez
completamente norma! Para la esposa y la hija era una gran alegría tenerle en casa.
—¡Benditos vaqueros! —decía la esposa al recordar la presencia de esos tres—. ¿Qué te
quería Hick...?
—El hombre estaba indignado. Parece que el senador ha convocado al fin la reunión del
consejo. Y está presionando a los compañeros para que acuerden prescindir de mí como
rector y hasta como profesor.
—¡Eso es obra del cobarde del juez! Le han debido decir lo de tus viajes a Cheyenne.
—El mismo fiscal se lo habrá dicho.
—Lo que debes hacer es escribir a Denver y solicitar una plaza de profesor.
—Ya lo hice hace cinco días. No tardará en llegar la respuesta. Hay un profesor amigo mío.
Es al que escribí rogándole gestionara mi posible ingreso en el claustro de profesores. Por
fortuna tengo buena fama como educador.
—Y si responden afirmativamente, aceptas sea el sueldo que sea. Lo importante es marchar
de aquí. Han estado esos hermanos tan altos, bueno, ha estado sólo el mayor.
—Los dos han estado a verme. ¡Son unos buenos muchachos! Por cierto que me preguntó
quién sabía que yo estaba en casa de Hick. ¿Lo comentasteis con alguien?
—¿Por qué lo íbamos a comentar?
—Tienes razón.
—Y también me ha preguntado a mi por ese profesor Nuestra hija ha oído entre los
estudiantes y profesores que es Hick el candidato que tiene el senador para el cargo de rector.
—Pero si no lleva tiempo.
—Es lo que dijo ese muchacho, pero hay que pensar que el senador es el que manda en ese
consejo.
—¡Ese muchacho...! —decía el profesor.
—¿A quién te refieres?
—A los Fire... Los dos son iguales. Me parece que sospechan de Hick.
—Debe ser así por la forma de preguntarme por él —dijo la esposa.
—Y es posible que tenga razón. Porque si no lo habéis dicho vosotras, ¿cómo podían estar
frente a su casa esperándome? No hay más solución que fuera el propio Hick el que diera el
aviso de que estaba allí y que saldría de esa casa.
—Sí. Creo que es eso lo que pasó. Y lo que se proponía era que te mataran. Y así podría
pasar a ser el rector que es lo que desea hace tiempo.
—Me asusta que esos hermanos hayan llegado a la misma conclusión que yo.
El vaquero que estaba de turno cuando Hick salió de su casa le siguió a distancia y le vio
entrar en un saloon bastante alejado de su casa. Y el vaquero entró también. El profesor estaba
hablando con el dueño del local. Cosa que supo por una de las empleadas a quien con
habilidad preguntó el vaquero.
Cuando vio que se sentaban para seguir hablando y el vaquero se disponía a marchar, vio
a un nuevo cliente que se sentaba con los dos que hablaban. Y la muchacha que servía esa
mesa dijo al lado del vaquero, al barman: —Dame un doble para el senador.
Como el vaquero había hecho intención de marchar y había pagado, salió con naturalidad.
Una hora más tarde, se informaba Ames de lo que hizo Hick.
—Así que se ha reunido el senador con ellos... —decía pensativo—. Lo que indica que era
un complot para terminar con Forbens.
Al informarse Bob dijo:
—Otro que añadir a la lista. No importa que sea senador.
—Hay que tener paciencia.
—No sé si me podré contener tanto tiempo.
—Hemos de encontrar a los cuatro que le golpearon. Tenemos que hallarles. Ya sabemos
el local en que se fraguó esa paliza. Ahora, hay que revestirse de paciencia hasta conseguir
averiguar quiénes fueron esos cuatro.
Al otro día, tres vaqueros de los Fire estaban en ese saloon. Y se portaron como conductores
llegados con ganado. Y se mostraron espléndidos, porque según ellos el patrón les había dado
una gratificación por haber conseguido un precio que no esperaban.
La muchacha que les servía se sentó invitada por ellos.
—Sois nuevos en este local, ¿verdad?
—Desde luego. Pasábamos por aquí y al ver este local hemos decidido entrar a beber un
whisky. Es la primera vez que venimos a esta ciudad. Y hemos procurado llegar cuando se
van a celebrar los ejercicios.
—¿Y tomaréis parte en ellos?
—No lo creo. Han de presentarse equipos muy bien preparados. Pero es interesante
presenciarlos. Lo que hemos visto es una enorme cantidad de locales como éste.
—¿Marcháis después de los ejercicios?
—Es lo que dice el patrón, pero vamos a tratar de conseguir que se prolongue la estancia
unos días más.
—Está bien instalado este local. Los clientes son los de todos los días...
—La mayoría son conocidos. Pero en estos días de fiesta abundan los forasteros.
—¿La que está en el mostrador es la dueña? —preguntó otro.
—No. Es una empleada como yo... Pero está habituada a servir en el mostrador. El
encargado es aquel que está sentado con esos dos elegantes. Este local pertenece a una
sociedad... Bueno, en realidad a dos que tienen varios locales. Y que el mejor de todos hace
unos días ha sido destrozado por los vaqueros porque descubrieron los naipes con marcas y
los dados con plomo.
—¿Y no colgaron a los ventajistas?
—¡Murieron unos cuantos!
—Es lo que debe hacerse con ellos. Por algo a nosotros tres no nos gusta ninguna clase de
juegos.
—¿Y esos elegantes que están con el encargado?
—Amigos de él.
—Deben ser ricos propietarios.
—No te fíes demasiado de la ropa —dijo ella riendo—. Uno de esos es un jefe de equipo.
Han llegado hace unos tres días con ganado.
—¿Y monta a caballo así...?
—Han debido cambiar de ropa. Debe gustarle presumir. Un tipo que no me agrada. Parece
un conquistador. Nos trata a las empleadas como si fuéramos esclavas.
—Uno de los clientes habituales, ¿no?
—Es la primera vez que he visto a ese elegante y a los conductores que ha traído. Pero era
amigo de Cross. Me refiero al encargado. Me agrada estar con vosotros. ¡Así, descanso!
—¿Serán de los que vengan a tomar parte en los ejercicios?
—No se ha oido nada. Y de hacerlo habrían hablado sobre ello. Afirmando que serán los
ganadores. ¡Porque en eso, sois todos iguales!
Los tres vaqueros de los Fire, seguros que estaban en el buen camino, dijeron a la muchacha
que volverían por allí.
En la universidad se iba a celebrar la reunión del consejo.
Y sorprendiendo al senador, se presentaron todos los que lo formaban, cosa que no
esperaba desde luego.
En un amplio despacho estaban reunidos los profesores.
Y se veía a Hick como de los más alegres. Uno de los profesores se dio cuenta de la alegría
poco común en ese profesor. Esperaban el resultado de esa reunión convocada por el senador.
Reunión que a juicio de algunos se estaba prolongando demasiado. Y cuando una vez
terminada se inició la marcha de los reunidos, se sorprendieron los profesores al saber que
iban al domicilio del rector.
Noticia que hizo sonreír de satisfacción a Hick, por creer que iban a notificarle su cese como
rector y como profesor.
—Es extraño que vayan a visitar a Forbens —dijo un profesor.
—Es que se ha comentado por el senador que iban a cesar a Forbens como rector y como
profesor.
—Entonces, ésa es la razón por la que le visitan todos. Pero si es así, han debido designar
al sustituto para el cargo de rector. , —¿Y qué ha hecho Forbens para que le quiten de rector?
Lo ha estado haciendo muy bien.
—Tal vez sea porque se ha enfrentado con el hijo del senador que es el juez de la ciudad.
—Lo que ha dicho de ese muchacho es muy justo. Su actuación como juez no puede ser
más desigual. Y es notorio que no hay detenciones que estén en relación con las muertes
violentas que se dan en la ciudad. Y no se puede ignorar que la corte, en realidad, es una viva
comedia. Y que los elegidos para jurados saben de antemano el veredicto que deben dar si
quieren que su familia pueda seguir una vida normal. Lo que quiere decir que son
amenazados y si esto ocurre es porque del juzgado salen las relaciones de los elegidos para
esa delicada misión. Y lo que ha estado pidiendo es que sea trasladado el juez que hay aquí.
Hay que pensar que Forbens es un defensor y un amante de la ley que lleva enseñando
muchos años.
—Parece que el senador no está de acuerdo con esta actitud frente a su hijo.
Dejaron de hablar cuando los consejeros regresaron a las aulas en que estuvieron reunidos.
No tenían que preguntar qué había sucedido. El senador estaba muy furioso y discutía
violentamente con dos consejeros. Actitud que hizo pensar a Hick que no había ido todo
como esperaba sucediera. Se puso nervioso por las miradas de algunos profesores hacia él. Y
sin esperar a que dieran cuenta de lo tratado y resultado, marchó a su casa. Donde la mujer
que esperaba ansiosa le preguntó: —¿Ya eres el rector?
—No sé lo que ha pasado en el consejo, pero el hecho de ver discutir con violencia al
senador indica que no ha conseguido lo que estaba seguro de lograr.
—Pero si has salido antes de que dieran cuenta, no sabes en realidad lo sucedido.
CAPITULO VII
Al fin tuvieron éxito los tres vaqueros. Pudieron averiguar quiénes fueron los cuatro que
golpearon al rector. Y al otro día de confirmarlo, los cuatro fueron arrastrados y colgados ya
muertos.
Ames dio orden de que no se colgaran frente al local en que se fraguó el castigo al rector.
Eso sería ponerles en guardia.
El jefe del equipo a que pertenecían los cuatro comentaba estas muertes en el local a que
solía ir. El dueño decía: —Eso es que han sabido que fueron ellos los que golpearon al rector.
—Tiene que ser algo así y no lo comprendo...
—Es que posiblemente los tres vaqueros que aparecieron en la misma calle les habrán
reconocido.
—¿Quiénes les han arrastrado?
—No se sabe. Son vaqueros desconocidos.
—Estoy preocupado —decía el jefe del equipo—. Si saben que trabajaban conmigo...
—No creo que lo sepan.
—Pues la verdad es que han tenido que ser reconocidos.
—¡Sí! De eso no hay duda.
Por su parte, Ames daba instrucciones. No quería que se libraran el dueño del local y el jefe
del equipo al que pertenecían esos cuatro cobardes.
Al día siguiente, el encargado del local, ya que no era dueño, sino encargado y el jefe del
equipo fueron arrastrados y colgados como los otros cuatro.
Hick estaba muy asustado... Y dejó de visitar ese local. Hablando con su esposa, dijo: —
¡Estoy muy asustado! Han colgado a los cuatro que esperaron a la puerta de esta casa y que
no hicieron nada que tuviera importancia.
—¡Eso es que han averiguado quiénes eran los que lo hicieron! —dijo ella—. Y de ahí a
descubrir que sólo nosotros sabíamos que estaba el rector en casa, sólo hay un paso. Pero
¿quién es el interesado en averiguar todo esto?
—El rector —dijo Hick.
—¿Crees que es el que tiene tanto interés?
—Desde luego. He de averiguar qué es lo que pasó al fin en la reunión de consejeros.
Aunque sospecho la verdad, porque al senador no le agradó que acudieran tantos. Y no todos
los que acudieron están dominados por él. Hay quien tiene asignada una donación anual más
importante que la que entrega él. Y si el asunto del rector se ha puesto a votación es muy
posible que hayan ganado los partidarios de Forbens.
—Has dicho muchas veces que el hombre más importante de Laramie es el senador. Y
ahora tratas de hacerme ver que puede haber sido derrotado en la reunión.
—Es lo que supuse al verle discutir tan enfadado.
—Debes averiguar la verdad.
Cuando regresó Hick de su visita a la universidad, la esposa, que estaba esperando, al verle
el rostro, exclamó: —No tienes que decir nada. ¡Sigue el mismo rector...! ¿No?
—Y van a pedir en nombre de la universidad que el juez sea trasladado a otra ciudad...
—¡No es posible esa vergüenza! ¿Dónde está la influencia del senador?
—Ha sido derrotado en la votación que hicieron los reunidos. Y derrotado por una gran
diferencia. La visita a Forbens no era, como yo pensé, para darle cuenta de su cese, sino para
pedirle perdón por lo hablado en contra de él y para pedirle que aceptando las disculpas,
decidiera seguir de rector por dos años más.
— ¡Una vergüenza! —añadió ella—. ¡El fallo es de esos tontos...! ¡Están bien colgados!
—No puedo remediarlo. Estoy muy asustado. Me preocupa que hayan localizado a los que
fallaron frente al rector. Tienen que haber pensado que podemos ser nosotros los que hicimos
saber que estaba aquí.
—Sí... Creo que tienes razón. Vamos a tener que marchar de aquí. Busca trabajo en otra
universidad. Aquí ya sabes que no sacarás lo que esperabas y te hicieron creer. El haber
golpeado a Forbens, es lo que ha hecho que siga de rector.
—¡Malditos torpes...! Si le hubieran matado..., todo estaría resuelto.
—Pero no lo hicieron y yo esperaba estar de rector. He hablado lo que no debía y estoy
seguro que se comentará...
Hick conoció a Springs al visitar éste el local que quedó sin encargado por haber sido
arrastrado y colgado por desconocidos.
—Usted es el profesor Hick, ¿verdad? —dijo Springs.
—Sí.
—¿Cree que lo sucedido es a causa del fallo de aquellos cuatro que golpearon al rector? No
me mire así. Estaba bien informado. ¿Cree que ese fallo es lo que ha causado estas muertes y
las anteriores?
—No es que lo crea. Es que estoy seguro que está relacionado.
—El senador esta vez nos ha fallado. No debió convocar una reunión en la que ha de saber
no es estimado y que al votar sería derrotado ampliamente como ha sucedido.
Pasados tres días de la muerte del encargado del local, llegó al saloon la noticia de que el
profesor Hick había sido arrastrado y más tarde colgado frente a su domicilio. La mujer,
aterrada, no esperó al entierro. Desapareció de Laramie ese mismo día.
Al senador la muerte de Hick, por la forma en que sucedió, le preocupó mucho. Y al hablar
con el hijo, le decía: —No me gusta lo sucedido con el asunto de la universidad. Y ahora van
a pedir que seas trasladado.
—No te preocupes. No lo van a conseguir.
—Es que lo va a solicitar la universidad en pleno. Y eso no se puede sortear.
—Te digo que no te preocupes por eso. Lo que me preocupa, y mucho, es no tener un sheriff
adicto y de confianza. Esos dos hermanos que se han enquistado en esa oficina son una honda
preocupación. ¿Sabes lo que he averiguado?
—No sé...
—Que lo que ha sucedido en relación con la universidad, han sido esos hermanos los que
han castigado a los que golpearon al rector, al encargado del local y al jefe del equipo en que
formaban los que fallaron ante el rector.
—¿Estás seguro?
—Han sido vaqueros de su equipo los que han arrastrado y colgado.
—Si sabes quiénes son los que han matado a esos personajes, ¿por qué no ordenas que sean
detenidos?
—Porque no quiero que se rían de mí... ¿Sabías que esos hermanos fueron alumnos de esta
universidad y discípulos de Forbens? Creí que eran unos vaqueros. Y resulta que tienen uno
de los mayores ranchos de este Estado y más de cien mil reses. Hablan de un equipo de más
de sesenta vaqueros. La mayoría están en la ciudad como forasteros que vienen a tomar parte
en los ejercicios. Son los que han intervenido, lazado, arrastrado y colgado a los relacionados
con el asunto del rector.
—Lo que vas a hacer, si las cosas están así, es dimitir. Te arrastrarán como a esos si no lo
haces. No esperes que se frenen por el cargo que tienes. Ni tú, ni yo estamos libres de ese
peligro.
—¡No les doy ese placer!
—¡Te arrastrarán!
—No lo creas —dijo el juez—. No creas que estoy solo. También puedo disponer de los
pistoleros que hagan falta.
—Si te refieres a Springs y a Abby, no debes fiar demasiado en ellos. Entre sí no andan bien.
Están muy enfrentados... Y la muchacha de Abby ha venido a complicar más las relaciones
entre ellos.
—¡Esa muchacha será castigada! Lo harán los forasteros. El mismo sistema empleado por
el sheriff y su comisario. Vaqueros desconocidos. Springs no le perdona que se haya reído de
él. Espera convencer al padre de ella que necesita una lección. Y ahora están entrando equipos
forasteros. Los ejercicios son los que han hecho que este año sean más los participantes.
—Si molestan a la hija de Abby, se dará cuenta que es Springs el verdadero culpable.
—Más tarde o más pronto, la riña entre ellos se dará. Abby vino a que se hiciera una
partición de los bienes comunes a la sociedad entre ellos. Le convenció Springs para que no
se separaran, pero en el fondo no se estiman. Y me parece que cada uno, por su parte, espera
su oportunidad. Es una guerra sorda entre los dos.
El juez demostraba conocer el estado en que se hallaban las relaciones entre Springs y
Abby. Y cuando se conoció que cada uno de ellos capitaneaba un equipo que aspiraba a ganar
el mayor número posible de ejercicios, el juez reía al comentarlo ante su padre.
—¿Te das cuenta? —le dijo—. Están francamente enfrentados. Tratan de que sean otros los
que resuelvan la situación sin duelos ni víctimas.
Y una vez más, el juez no se equivocaba. Springs estaba en el rancho que tenía y en el que
se solía retirar algunas temporadas, con los que formaban el equipo de especialistas que había
ido reuniendo.
Estaban entrenando cada uno en su ejercicio predilecto. Y Springs les estuvo observando.
—¿Qué te parece? —le dijo el capataz.
—No son malos. Pero tampoco veo en ellos una clara superioridad. Y quiero vencer al Rey...
No he visto entrenar a sus hombres, pero dicen que son muy buenos.
—Es lo que dicen todos los que van a participar. Mucha parte en la victoria de debe a lo
que se habla antes de los ejercicios. Los que no sepan controlar sus nervios están perdidos
por muy buenos que sean.
Prepararon ejercicios como si estuvieran en la prueba válida. Y al terminar todos, sonreían
satisfechos.
—Ahora se han superado. No hay duda que pueden ganar. Y para reforzar, es posible que
yo intervenga en el «Colt»...
—¿Es que estás loco...?
—¿Crees que no puedo hacer mejor papel que Smith?
—Es que no tienes por qué darte a conocer. Puede haber alguien que te recuerde.
—Hace bastante tiempo que gané la última vez en El Paso. Estamos muy lejos y han pasado
unos años.
—¡Smith es muy bueno! ¡Acabas de verlo!
Los del equipo se marchaban y les detuvo Springs diciendo:
—¿Queréis poner el mismo blanco para el «Colt»?
El capataz movía la cabeza con disgusto.
Los que formaban el equipo se miraban entre ellos sorprendidos. Imaginaron lo que iba a
hacer y le miraban un poco burlones. Sabían que algunos vaqueros del rancho comentaban
que el patrón era uno de los mejores tiradores con el «Colt», pero ellos lo ponían en duda.
Por eso sonreían al darse cuenta de lo qué iba a hacer y miraban a Smith que era el que iba a
participar por el equipo en ese ejercicio.
Las sonrisas burlonas desaparecieron al presenciar el ejercicio que había hecho. Acababa
de demostrar que era muy superior a Smith.
—Creo que en «Colt», debe participar el patrón —dijo Smith—, Nunca conseguiré esa
rapidez y sin fallos.
Aunque no agradaba al capataz que lo hubiera hecho, tenía que admitir que seguía siendo
muy superior a todos ellos. Y que si querían reforzar el equipo, en «Colt», era él quien podía
hacerlo.
—¿Qué te ha parecido? ¿Estoy viejo ya? —decía al capataz.
—Me has sorprendido. No creí que conservaras esa rapidez y seguridad.
—¿Crees que Abby lo haría mejor?
—Sabes que ha sido muy bueno. Hace años, no pudiste con él, ¿lo recuerdas?
—Pero aseguré que conseguiría vencerle, ¿no es así?
—Tenéis que olvidar los dos ese encono que está latente dentro de vosotros.
—Lo que quiero es que él se decida a participar por su equipo en el ejercicio del «Colt».
—No has dejado de practicar, ¿verdad?
—Es que me distrae hacerlo.
—Has conseguido rebajar el tiempo...
—Hoy le ganaría con facilidad.
—No sabemos si él ha seguido practicando a su vez!
—Vamos a conseguir que algún amigo juegue una alta cifra a Abby.
—Se dará cuenta que eres tú el autor de la apuesta. No le vamos a engañar. Y no olvides
aquel ejercicio en Houston. Fue lo que os unió hasta formar la sociedad que hoy tenéis tan
lejos de aquellas tierras. Pero en el fondo, no le has perdonado nunca aquella derrota, cuando
ya te consideraban todos, ganador. Y desde entonces sueñas con poder ganarle en presencia
de muchos testigos.
Springs sonreía en silencio mirando al capataz.
—Pero es muy peligroso.
—Le voy a demostrar que soy muy superior a él hoy. Y sin reñir entre nosotros.
—Es que lo puede considerar como una provocación.
—No. Porque serán muchos los participantes.
No sabían que entre los vaqueros había uno que daba cuenta a Abby de lo que se hablaba
y se hacía por ese equipo. Daba cuenta de los tiempos empleados en cada ejercicio. Cuando
le informaron de lo que había hecho Springs, se echó a reír Abby, diciendo a su persona de
confianza: —¡No ha podido olvidar la derrota frente a mí en Houston! Se va a disgustar
mucho cuando sepan el capataz y él que no tomaré parte entre mi equipo. Porque lo que le
lleva a participar es la ilusión de ganarme a mí...
—¿Es posible que no haya olvidado aquello?
—Puedes estar seguro. Y ha debido estar entrenándose horas y horas. Y en estos días que
faltan aún, incrementará su entrenamiento.
Al día siguiente de estos comentarios, almorzaron juntos Springs y Abby. Hablaron de que
el local destrozado estaría en condiciones de poder trabajar en él.
—¿Sabes que este año vienen el gobernador y el fiscal general a presenciar los ejercicios?
—decía Springs.
—¿Es posible...?
—Es que mil dólares de premio por ejercicio ganado, es una llamada a los especialistas de
todo el Oeste.
—Creo que el gobernador se ha criado entre ganado. Y será amante de esas habilidades.
—He dicho a los muchachos que tal vez les ayude interviniendo en el de «Colt».
—Ahora que hablas de esto, ¿te acuerdas de aquel día en Houston?
—Ha pasado mucho tiempo desde aquello.
—Te enfadaste mucho, porque toda la pradera te consideraba vencedor y te estaban
felicitando como el vencedor... ¡Si te hubieras visto el rostro cuando yo intervine y aplaudían
con entusiasmo! De buena gana, me habrías matado en aquellos momentos. Y sin embargo,
fue cuando nos conocimos y llegamos a ser socios. ¿Crees que debes participar? ¿No será un
peligro? Se ha hablado mucho de estos ejercicios y acudirán de lejos. Hemos cambiado de
escenario, pero no es difícil que se presente alguien que nos conoció entonces.
—Ha pasado mucho tiempo —decía Springs—. Y estamos a muchas millas de distancia.
—No creo oportuno que participes.
—Es que quiero ganar ese ejercicio. Creo que ganaré, aunque te presentaras tú.
—No voy a participar, pero si lo hiciera y me ganaras, quedaríamos a la par. Una victoria
cada uno. ¡Sería un empate! Pero no habrá empate. No pienso participar. Es posible que, si lo
hiciera, ni tú ni yo ganaríamos. Hay legiones de jóvenes que son capaces de darnos ventaja.
—No sabes lo que dices —exclamó Springs—. No creo que puedan con nosotros.
—¡Tienes que reconocer que estamos pasados! Y mi consejo es que no te presentes.
—Lo haré y seré el ganador de ese ejercicio. ¡Mira quiénes entran ahí! —añadió Springs—.
Tu hija y su acompañante, la hija del general y con los dos hermanos. Parece que se llevan
bien...
—Bueno... En realidad, son de su edad. Lo que planeamos nosotros era una locura. Y tiene
razón mi hija... No se podía planear su futuro sin la intervención de ella. Por fortuna no tenías
razón para estar enamorado de ella. Te enfadaste porque habíamos hablado alegremente de
lo que no era justo. Y te molestó que te hablara de la edad.
Ethel, al ver a su padre, se acercó a la mesa en que estaba con Springs y dijo: —¡Hola,
papá...!
—¿No crees que ya debieras estar en casa conmigo? Se está comentando lo absurdo de que
hayas venido a estar conmigo y pases los días en el fuerte, con ese matrimonio y sólo pasees
con esos hermanos.
—Cuando pasen las fiestas me volveré con los tíos...
La muchacha no miró a Springs.
—¡Hola, Ethel! —dijo éste—. No debemos estar enfadados. Tu padre y yo hemos
reconocido que era una tontería lo que sin contar contigo habíamos planeado. Pero ello no es
razón para que te enfades. Confieso que reconocemos nuestro error.
—Celebro que lo tome así. Dentro de unos días marcharé. Y tiene razón, no es necesario
que sigamos enfadados. Después de todo, es socio de mi padre. Y no deben enfadarse entre
sí por mi culpa.
—¿Amigos? —dijo Springs tendiendo su mano.
—¡Amigos! —dijo ella. Y estrechó la mano que le tendía.
—¡Es una gran muchacha! —decía Abby— ¡Y me recuerda mi infancia!
—No le has confesado que lo tienes todo a su nombre, ¿verdad?
—No me he atrevido a ello.
—Debías hacerle firmar su renuncia.
—Repito que no me he atrevido. Mostrará el escrito a esos amigos que son abogados los
dos. Y después de todo, cuando muera, será mi heredera.
—¡Te estás ablandando!
—¡Es posible que tengas razón!
Ames, al saber lo hablado por Springs, dijo:
—¡No te fíes de él! ¡Es una, cascabel!
CAPITULO VIII
Springs estaba rodeado por los componentes de su equipo.
—Me ha dicho que no se piensa presentar —decía, riendo—. ¡Y eso que le he dicho que le
ganaría incluso a él! ¡Y me ha dicho que de ser así sería un empate!
—En eso tiene razón —dijo el capataz—. El ganó una vez y si ahora perdiera, sería un
empate.
—¡Tenemos que ganar todos los ejercicios!
—¡Eso ha de ser muy difícil!
—¡Pero se puede conseguir! Tenemos condiciones para ello.
—Sólo faltan dos días nada más.
Estuvieron practicando y al llegar Springs al salón restaurado para las fiestas de manera
provisional, encontró a Abby que le dijo: —¿Sabes lo que pasa?
—Lo que veo es esto lleno. ¡Ha quedado bien!
—Ha llegado un nuevo juez.
—¿Por fin lo han conseguido los profesores de la universidad? ¡Es una mala noticia porque
sin Douglas en el juzgado, los abogados Carrilton y Martyn no tendrán el mismo éxito! Ya
que no podrán contar con la relación de los jurados. Hace dos años que no han perdido un
solo asunto.
—¡Es una contrariedad, no hay duda! ¿No decían que el fiscal era amigo?
—¡Es que le han cambiado también!
—Y decían que el rector no conseguiría nada.
—El fallo de aquellos cuatro ha sido la causa de todo. ¡Si le hubieran matado aquel día!
—Se ha demostrado que la influencia del senador es inexistente.
Un cliente y amigo entró nervioso y dijo:
—¿Sabéis lo que ha pasado?
—¿A qué te refieres?
—Unos vaqueros desconocidos han arrastrado a Douglas y le han colgado en la plaza frente
al Juzgado en que ha estado dos años.
—¿Es posible?
—No tenéis que hacer más que ir a casa y le veréis. El padre marchó ayer a Washington.
—¡Buena sorpresa le espera si se lo dicen en Cheyenne!
—¿No se sabe quiénes lo han hecho?
—Dicen que son desconocidos.
—Veremos qué hace el nuevo juez.
—Si no saben quiénes son y se marchan de la ciudad. ¡Es verdad que fue muy parcial!
Ayudó a nuestros amigos, pero hay que reconocer que asesinos natos fueron declarados
inocentes gracias al veredicto que él dictaba al jurado.
—Hay que advertir a todos que ha cambiado Laramie.
—Y que el «Rey del hampa» está asustado. ¡Y lo mismo pasa con su ayudante!
—¡No vuelvas a hablar así! —dijo Springs amenazador—. ¡No estamos asustados!
—Nuestro mayor enemigo se está confirmando que son esos hermanos que tienen la placa
de sheriff y de comisario. Los amigos estamos seguros que son sus vaqueros los que están
arrastrando y colgando. ¡Y es tu hija, la que les acompaña siempre! Se habla de que debe estar
enamorada del sheriff. Y que por eso no os atrevéis a lanzar a la calle a los pistoleros que
están en la ciudad y que hicieron temblar a zonas amplias y a la misma Cheyenne. Se ha
debido incendiar la Universidad que es el vivero en que están nuestros enemigos.
—Fallaron en el rector. ¡Y es el peor de todos!
La muerte del que era juez conmovió a los asiduos a los saloons. Porque para ellos, era un
golpe bajo. Y eran muchos los que pedían represalias inmediatas.
Pero el nuevo juez estaba decidido a golpear seguido. Y la orden de suspensión de toda
clase de juegos en la ciudad excitó a los ventajistas.
Springs y Abby fueron visitados por un grupo de propietarios de saloons. Pero estando
reunidos les llegó la noticia de que los militares patrullaban por las calles. Y que eran los
encargados de vigilar para que la suspensión se respetara.
No faltaron los viajeros a Cheyenne para pedir al gobernador que anulara esa suspensión,
porque los visitantes durante las fiestas buscaban distracción y los juegos eran la base de ella.
Pero la respuesta del gobernador fue que era la autoridad de Laramie la única responsable.
Y que puesto que era orden del juzgado debía respetarse. Porque la justicia era
independiente.
El desconcierto era inmenso en los locales donde había mesas para toda clase de juegos.
El juez dio un plazo para la desaparición de las mesas. No bastaba con cubrirlas con lonas.
Tenían que desaparecer de los locales.
Diez vaqueros de los hermanos vigilaban el Juzgado. Y lo hacían de una manera
disimulada. Metidos como clientes en los tres saloons que había en la plaza y paseando otros.
-No agradaba a los propietarios esta orden. Pero el pasquín que se puso visible en las
esquinas y en los locales decía que si pasado el plazo concedido seguían las mesas sin ser
retiradas, colgarían a los dueños.
Horas antes de que terminara el plazo, no quedaba una sola mesa en los locales, aunque no
habían sido destrozadas, sino guardadas en espera de mejores tiempos.
Para los ventajistas que estaban acudiendo para las fiestas, esa orden era como una orden
de expulsión, ya que no les interesaba estar sin poder jugar.
Una ola de terror recorrió la ciudad al saber que los militares entraban en los locales en
busca de los naipes que tenían para servir a los clientes. Y como no esperaban una
fiscalización de esa especie, tres barmen fueron colgados. Habían sorprendido naipes
envueltos como nuevos, pero marcados. Pocas horas bastaron para que centenares y aun
miles de naipes nuevos fueran destruidos.
Y en este clima llegó el primer día de las fiestas. Los locales estaban llenos de clientes,
bebedores. Protestaban por no haber juegos algunos vaqueros y conductores. Y en la estación
comentaban los empleados la cantidad de viajeros que esperaban tren para marchar.
Para Springs y Abby esa orden era un verdadero desastre. Catorce locales dejaban de
facilitarles un ingreso muy importante. La bebida era negocio, pero incomparable al que
facilitaban las ventajas y los juegos trucados.
Springs vio en las apuestas por los ejercicios una fuente importantísima de ingresos.
Y no era él solo. Había varios equipos dispuestos a hacer apuestas a favor de sus
componentes. Pero la noche del primer día los locales de los dos socios no habían pasado de
cincuenta dólares la apuesta más importante y eso que la orden dada a los encargados de
esos locales era que admitieran todas las apuestas por importantes que fueran.
—Creo que no van a hacer apuestas importantes. En vez de enfrentarse unos equipos a
otros lo que hacían era decir que admitían hasta cien dólares frente a ellos.
Ethel, Nora y los dos hermanos reían de los esfuerzos que hacían para conseguir apuestas
de importancia.
En muchos locales, los dueños se daban cuenta que la bebida era un negocio más
importante de lo que temían. Y se les pasaba el enfado por la suspensión del juego.
Como ya se hablaba de este pugilato, Ethel había telegrafiado a sus tíos. Y el día que
comenzaban las fiestas con ejercicios vaqueros, visitó el Banco y sonreía ante la noticia que le
dieron.
Para tener más libertad y sobre todo por consejo de su hermano, Ames no formó parte del
jurado que se constituyó por ganaderos forasteros y del condado.
—Son muchos los enemigos que hemos creado —decía Bob—. Y el estar sentado es una
provocación. Si un loco quiere disparar, mejor oportunidad no le puedes dar que la de estar
sentado a disposición de todos.
—Creo que tienes razón —dijo el hermano.
Springs animó a sus vaqueros para que se multiplicaran en el ejercicio de derribo y mareaje.
Y como este ejercicio era el más lento y muchos los participantes, calcularon que tendría la
pradera ocupada dos días por lo menos. Hablaba Springs con su capataz al que le decía: —
No sé cómo hacer para que Abby se enfrente a mí en los ejercicios de «Colt», rifle y cuchillo.
Me he estado entrenando como nunca. Y ahora soy más dueño de mis nervios que antes
cuando era más joven, que me traicionaban a veces.
—Sus hombres han dicho que no participa él.
—No sé cómo provocarle para que lo haga sin que se enfade. Quiero ganarle ante una
multitud y a la vez que le cueste una fortuna, porque estoy dispuesto, a jugarle treinta mil
dólares.
—¿No es una locura?
Springs se alegró al encontrar en el restaurante a un amigo llegado de Cheyenne, que en la
capital era una especie de doble de él y dé Abby. Poseía varios locales. Y se murmuraba que
era uno de los jefes de la lotería clandestina que debía dar un ingreso fabuloso por semana.
—Pero ¿qué pasa en Laramie? —decía el amigo riendo—. No lo comprendo. Bueno, no lo
comprendería ninguna persona con sentido común. Han cambiado el juez. El sheriff no es
amigo vuestro y no se lleva a la corte. Se les arrastra y se les cuelga. No es necesaria la
intervención del juez ni del jurado. ¿Qué es lo que pasa aquí? He visto que no hay juego en
ningún local. Veo que lo que falta es que con un látigo sé os encierre al ser de noche en
vuestras casas. ¡No os conozco! ¿Qué dice el «Rey»? ¿Está asustado también? En fin, vosotros
sabéis lo que hacéis. Hemos venido a ganar los ejercicios. Traigo un equipo...
—¿Es que consideras tan fácil venir a ganar? También tengo un buen equipo. ¡Y no creo
que podáis ganarnos!
—¡No sabes lo que dices! ¡Si te doy nombres de los que forman el equipo, te asustarás!
—Ten en cuenta que estás hablando en Laramie.
—Ya sé que estamos en Laramie. Y cuando veas de lo que son capaces esos muchachos,
tendrás que admitir que era yo el que tenía razón. Lo que busco es que el viaje no resulte caro.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás dispuesto a jugar?
—¡Pero no me agradaría hacerlo frente a vosotros! Tiene que haber otros que estén
dispuestos a jugar fuerte.
—He dado orden para que en los locales que son comunes a Abby y a mí, acepten las
cantidades que quieran. Te lo hago saber por si te hablan de ello, sepas que soy yo el que está
tras esas apuestas.
—Celebro que me lo hayas advertido, porque te obligaría a jugar muy fuerte.
—Y te costaría lo que se jugara.
—Buscaré oponentes. Y si no encuentro tendré que jugar frente a ti.
—Si estás tan espléndido, no puedo enfadarme contigo. Pero tampoco debes enfadarte tú.
Luego hablaron de lo que sucedía en Laramie con la suspensión de los juegos.
—No comprendo que hayáis tolerado una disposición como ésa.
—Es que están ayudados por los militares.
—Bueno. ¡Si es así...! Pero ¿cómo habéis llegado a una situación así? Porque han dicho que
el saloon mejor que teníais fue deshecho en unos minutos.
—Descubrieron los dados lastrados y los naipes con marcas.
—No haréis lo mismo ahora que ya está en condiciones.
—No se puede hacer nada, porque no habrá juego. Por eso buscamos, como tú, que en los
ejercicios haya quienes se atrevan a poner dinero en cantidad en apuestas concertadas
legalmente.
—No te enfades si cometes el error de enfrentarte a mí y sales perdiendo.
—Eres tú el que no debes hacer caso de lo que te digan en los diferentes locales. Es la orden
que se les ha dado.
Uno de los vaqueros de Springs que conocía al que llegaba con su equipo dispuesto a ganar
los ejercicios habló con él y le dio cuenta de lo que pasaba a Abby con su hija.
—Me han dicho que es una muchacha muy bella. ¿Es verdad?
—No te han engañado. ¡Es cierto que es una preciosidad! No está con su padre. Están
invitadas ella y la hija del general de Cheyenne, en el fuerte y en casa del mayor. Por la
muchacha están en guerra, aunque traten de disimular, Springs y Abby. Esa muchacha tiene
una manera muy extraña de hablar. Parece que habían planeado algo en relación con' la
muchacha, pero ella, cuando le habló su padre de ello, se echó a reír y ha debido decir algo
sobre la diferencia de edad entre ellos. Y esto ha disgustado a Springs. La verdad es que están
muy tirantes las relaciones entre ellos. Abby trató de separar los bienes que tienen en común.
—¿Es posible? Si parecían tan unidos.
—Y lo han estado hasta la llegada de esa muchacha.
—¿Por qué no han arrastrado a esa joven?
—Porque están los militares dispuestos a castigar al que se atreva a hacerlo. Y además ese
sheriff que pidieron los vaqueros se hiciera cargo de la placa es el que provocó el desastre del
mejor local.
—¿Y todo eso lo toleran los dos?
—Te estoy diciendo lo que está pasando.
—Y que no creí llegara a suceder.
—¿Presenta Abby equipo también?
—No he oído nada. El que sí lo presenta es Springs. Comentan sus muchachos que lo que
busca es demostrar a Abby que es superior a él. Parece que hace años fue Abby el que le
derrotó en Houston.
—Y ahora es Springs el que quiere derrotarle a él, ¿no?
—Es lo que espera conseguir.
—O lo que es lo mismo. Que en vez de pelear con plomo, lo quieren resolver en los
ejercicios, ¿no es eso?
—Exacto. Pero Springs comete el error de suponer que Abby dejó de practicar y que le será
muy sencillo ganarle. Aunque como Abby ha dicho que no participa se va a quedar sin aclarar
quién, en realidad, es mejor de los dos.
—¿Por qué no quiere participar Abby?
—No lo sé, pero no hay duda que está decidido a no hacerlo. c
—¡Y eso no le agradará al otro! En fin, voy a ver si encuentro quien esté dispuesto a poner
en juego cantidades que merezcan la pena.
—¡Pues como no sean tus amigos...!
—Si no hay más remedio... —decía riendo el amigo de Cheyenne.
—No creo que encuentres otros.
—Hoy empiezan los ejercicios, ¿verdad?
—Durarán dos o tres días. Es bastante pesado, pero en realidad es el ejercicio que de verdad
se puede decir que es de vaqueros. Los otros, nada tienen que ver con ese trabajo de vaqueros.
—Pero es lo que más gusta.
También Ames y su hermano comentaban con las muchachas lo de esos ejercicios y decían
lo mismo. Que el único ejercicio en verdad de vaquero era el de derribo y mareaje.
—En todos los locales —decía Ames— hablan de ese equipo que espera ganar la mayor
parte de los ejercicios. Y hacen saber que admiten la cantidad que sea como apuesta.
—Tengo ganas de presenciar esas habilidades que dicen tienen los vaqueros de las llanuras
—decía Ethel.
—No hay duda que los hay muy buenos.
—No tiene mi padre equipo, ¿verdad?
—No hemos oído nada. Su socio es el que tiene dicho en los locales que cubren la cantidad
que sea.
—Es extraño que mi padre no presente equipo.
—¿Sabes lo que se habla de los dos socios? —y Ames estuvo diciendo lo que se comentaba
entre los dos.
—Es verdadero odio el que se tiene uno a otro —dijo Bob— todos los que les conocen
coinciden en asegurarlo. Y Springs quiere demostrar que es superior a tu padre sin necesidad
de enfrentarse en un duelo a muerte. Creen que lo pueden resolver en un enfrentamiento en
los ejercicios.
—Siempre es menos dañino.
—¡Acabarán peleando!
—Creo que mi actitud frente a ese socio es lo que ha aumentado el odio a mi padre.
—Y te culpan a ti de la suspensión de los juegos. Creen que eres la que lo ha aconsejado al
juez y a mi hermano —añadió Bob.
—Pero si no he aconsejado nada.
—Ellos no lo creen.
Marcharon los cuatro a presenciar los primeros ejercicios de derribo y mareaje.
Los cuatro ocuparon unos asientos en la tribuna para las autoridades. Y cuando intervino
el primer equipo, Ethel estaba muy atenta a todo lo que sucedía en la pradera.
—¡Sheriff!—dijo Springs, que estaba sentado cerca de ellos—. Dicen que andan vaqueros
de ustedes por aquí. ¿No tiene equipo para estos ejercicios?
—No creo que interese a los muchachos. Por lo menos no nos han dicho nada que pensaran
participar y no hay duda que ha de haber algunos que hicieran un buen papel.
—Lo lamento, porque ya que dicen que poseen ustedes una fortuna, le iba a jugar fuerte.
—No pensamos intervenir.
—¿En qué ejercicios piensan ustedes jugar? —dijo Ethel.
—¿Es que tu padre ha decidido intervenir?
—No sé lo que pensará, pero mi pregunta era curiosidad. Y en este ejercicio que estamos
viendo, supongo que serán mejores que esos que actúan ahora.
—Serán los que ganen. Y ganarán en cuchillo, «Colt» y rifle.
—¡Parece usted muy seguro!
—Porque les conozco.
—¿Cuánto es lo que juega en cada ejercicio?
—Lo que digan. Cubro la cantidad quesea.
—¿No es una temeridad lo que dice? Deja a los demás en libertad de citar cifras.
—Sostengo lo que he dicho. Cubro lo que digan. ¿Es qué el sheriff se decide a que participen
sus muchachos?
—Él nada tiene que ver en lo que estoy hablando. Y ya que habla con esa ligereza, yo. Fíjese
bien, le juego diez mil dólares en cada ejercicio.
Si hubiera dejado caer en la tribuna una bomba, no habría hecho más efecto.
Los más sorprendidos eran los dos hermanos que miraban a la muchacha como si se tratara
de algo sobrenatural. Springs miraba a la muchacha y a los que estaban al lado de ella.
—Supongo —dijo— que no se ha dado cuenta de lo que ha dicho.
—He dicho, y lo repito, que le juego diez mil dólares en cada ejercicio y que voy a
enumerar: Derribo y mareaje. Lanzamiento de cuchillos. «Colt» y rifle, total, cuarenta mil
dólares. ¿Le parece bien la cifra?
—Hay muchos testigos. Y aunque supongo que es su padre quien aportará esa cantidad,
ha de ser él quien diga si en efecto está dispuesto a jugar cuarenta mil dólares en total.
—Mi padre no tiene nada que ver en lo que estoy hablando. Soy yo, la que le juega esa
cantidad. ¡Podemos enfrentarnos los dos! ¡Ya que supongo que es usted el que defenderá la
apuesta frente a mí!
—Veo que sigue sin darse cuenta de la importancia que tiene lo que dice ante tanto testigo.
—Depositemos los dos esa cantidad en la persona que se decida y que puede ser el que
presida el jurado. O en el nuevo juez. Y que elijan un ejercicio en cada caso que sea de verdad
difícil para los entendidos.
—Parece que está hablando muy en serio.
—Lo que tiene que decir usted es si acepta esa cantidad.
—Supongo que no hablas en serio —decía Ames.
—Estoy diciendo muy en serio que le juego la cantidad indicada.
—¿Es que estás loca? —dijo Bob.
—Ya que insistes, seremos nosotros los que defendamos ese dinero.
—Nada de eso. Seré yo la que lo haga y la que le gane.
—¡No es posible que te des cuenta de lo que estás sosteniendo!
—No temáis. ¡Le ganaré!
Los oyentes se miraban muy sorprendidos y pensaban que Ethel había perdido el juicio o
que no se daba cuenta de la importancia que tenían sus palabras. Y al extenderse por la
tribuna lo que ella sostenía, el criterio general era que no se daba cuenta de lo que estaba
sosteniendo. Ya que se podía decir pero no sostener con la obstinación que ella lo hacía.
Abby, que estaba con dos amigos, quienes le miraban sonriendo, dijo:
—¡No tengo nada que ver en lo que esa loca está diciendo! Pero tampoco voy a dejar que
Springs gane esa fortuna que no sé de dónde lo va a sacar ella. Y si lo que habla, lo hace
pensando en mí, le haré saber que no intervenga.
—Pues Springs está muy contento porque supone que eres tú el que se va a enfrentar a él.
Y va a demostrar que hoy es superior a ti. Eso al menos es lo que ha de estar creyendo.
—¡Le gané hace años y le ganaría ahora! ¡Ha debido estar practicando mucho y es lo que le
hace creer que es superior a mí!
—¡Springs! —dijo el llegado de Cheyenne con la idea de ganar los ejercicios—. No está bien
que seas tú solo el que se enfrente a esa charlatana.
—No tiene más que entregar cuarenta mil dólares al juez y tiene derecho a participar, Y el
que gane de los tres, se lleva ochenta mil de ganancia. ¡Está todavía a tiempo! Así que no
proteste. ¡Deposite!
A medida que Ethel iba hablando, los oyentes se iban convenciendo que estaba hablando
muy en serio y pensaban que estaba loca.
—No es que esté loca —decía el de Cheyenne—. Es que ha creído que hablando de esa
cantidad nos íbamos a asustar y no aceptaríamos.
—Y ha de contar con el padre —decía Springs a los amigos—. ¡Ella sola no se atrevería a
tanto!
—No parece que Abby esté de acuerdo en depositar tanto dinero.
Más que estar pendiente del ejercicio que estaba realizando otro equipo, lo que hacían era
hablar del atrevimiento de esa muchacha del Este.
Muchos preguntaban quién era esa loca, y al saber que se trataba de la hija de Abby llegada
del Este donde se había criado con unos tíos, solían reír a carcajadas. Y era general la
exclamación de que hacían bien en darle una lección tan costosa como iba a ser.
Abby consiguió llegar hasta colocarse frente a la muchacha a la que dijo:
—¿Qué te pasa? ¿Es que has perdido el juicio?
—¿Por qué dices eso?
—¡Porque no voy a dar un solo dólar para atender tu locura!
—No temas. No vas a tener que enfrentarte a tu socio que no hace más que decir que ahora
no estáis en Houston. No sé a qué se referirá, pero parece convencido que te ganaría si te
atrevieras a enfrentarte a él. Repito que no debes temer nada. Soy yo, la que le va a ganar. A
él y a ese otro que lamentaba no poder apostar frente a ti. Ganaré a los dos. Lo que he de
conseguir es que estos ejercicios se hagan al margen de los generales que ya están en marcha.
Y que en cada ejercicio nos enfrentemos los tres a la vez. Y así es como mejor se medirá el
tiempo empleado.
—¡No sé qué te pasa, pero lo que estás haciendo es una locura! Y vas a regalar una fortuna
que no .tienes, porque no cuentes conmigo. ¡No estoy tan loco como para hacerte el juego!
—¡Abby! —dijo Springs—, ¿Es que vas a dejar a tu hija abandonada? Seguro que ella ha
contado contigo.
—Están equivocados los tres. No he contado para nada con mi padre. ¡Y estoy segura que
de intervenir él, lo haría frente a mí! ¿No es así, papá?
—Si tienes que depositar antes, se darán cuenta que no hay ayuda mía.
—¡En ningún momento he pensado en ayuda tuya! Y éstos no han dicho aún que estén
dispuestos a enfrentarse a mí, pero depositando los cuarenta mil dólares.
—Mañana estarán depositadas las dos cantidades a que aludes —dijo el de Cheyenne—.
No podía soñar con esta ganancia que nos vas a regalar. Y conste que si no te presentas, se va
a suspender la apuesta. Si no apareces se te dará por perdedora.
—¡No confíes! Estaré a la hora fijada para empezar a ganar ejercicios.
—No creo que el mayor está tan loco como tú y sea el que te ayuda —dijo Abby.
—Parece que no quieres entender. Soy la que juega ese dinero y la que lo va a depositar.
—Así que has venido a regalar una fortuna.
—¡Hay que ganar esa cantidad! Y no va a ser sencillo a ellos ganarla.
—¡Estás loca!
Los hermanos Fire no habían vuelto a intervenir. Y Nora decía Ames:
—¡Sois los que podéis apartar a esta loca de lo que intenta!
—No será fácil convencerla. Y empiezo a creer que pueda ser ella la que gane.
—No es posible que hables en serio —dijo Nora—. Está siguiendo adelante porque
esperaba que no se atrevieran a poner tanto dinero junto. Pero como es por ejercicio confían
al menos en que cada uno gane alguno. Pero a quien no veréis ganar uno es a ella. No podía
sospechar que fuera tan tozuda. ¡Y está demostrando que lo es y mucho! Y ahí la tienes. Tan
tranquila. No se da cuenta de la realidad. Y ha de ser cierto que tiene dinero para depositar.
No necesita la ayuda de su padre. Ha recibido dinero en el Banco. Por eso estoy asustada. Es
dinero que va a perder. Así están de contentos los otros dos. A Springs no le agrada que se
haya metido en la apuesta a esos amigos suyos de Cheyenne. No será tan fácil de ganar como
ella.
—Lo que no comprendo es cómo se ha decidido a admitir esa cantidad. Y sobre todo,
defendido por ella. ¡No hay duda! ¡Está loca!
Ni el mayor ni su esposa se atrevieron a decirle lo que sin duda deseaban. Pero les parecía
que iban con ello a poner nerviosa a la muchacha. Así que decidieron no decir una palabra.
Fue Ethel la que, riendo, dijo al matrimonio:
—Sé que estáis deseando reñirme. ¡Pero convencidos que no ibais a hacer que modificara
mi decisión, preferís no hablar de ello! Debéis estar tranquilos. No soy una loca ni una
fanfarrona. Y desde luego, no es idea mía regalar esa fortuna. ¡Esos dos que apuestan frente
a mí han ganado el dinero que depositarán, robando con ventajas en sus locales!
—Dicen que esos dos que se van a enfrentar a ti tienen equipos en los que figuran
especialistas consagrados en otras ciudades.
—Ya sé que es muy difícil pedir que confiéis en mí, precisamente en unos ejercicios que no
se admite con facilidad me sean familiares. ¡Y sin embargo, les voy a ganar!
Los militares del fuerte consideraban a Ethel como una loca o una caprichosa. Ellos habían
oído comentarios sobre los equipos de los otros dos apostantes. Y se sabía que habían
conseguido que se enfrentaran esos tres equipos sin relación con el ejercicio general dentro
del programa de festejos. Ganar en esa triple apuesta suponía mucha más importancia que
los mil dólares al ganador.
Abby era interrogado por amigos y a todos les decía que él no intervenía en la locura de su
hija. La realidad era que estaba muy enfadado con ella.
Estuvo en el Banco y supo que Ethel había recibido una transferencia de cien mil dólares.
Y le indignaba que regalara de manera tan estúpida ochenta mil de ese total.
En el local restaurado estaba muy enfadado. Un amigo le decía:
—¿De dónde va a sacar esa loca tanto dinero? Se lo vas a tener que prestar tú, pero eso no
será un préstamo sino un regalo.
—¡Estoy muy enfadado porque he sabido que tiene dinero-para afrontar las dos apuestas!
No necesita mi ayuda. Tiene para depositar antes de los ejercicios.
—¿Es que no tienes alguna autoridad sobre ella? ¡Vaya regalo que va a hacer 1
—Antes que otro se lo lleve, le voy a jugar, sin que sepa que soy yo, los veinte mil dólares
que le quedan en el Banco. Y lo hará el primero que se informe de ese resto de veinte mil
dólares. Cualquiera que tenga un equipo regular.
—Te advierto que son varios los que están pensando que es mucha la tranquilidad que
tiene. Y que esa tranquilidad puede ser por ignorancia o porque resulte peligrosa de veras.
¿Qué sabes de tu hija?
—Que se ha criado en el Este en viviendas suntuosas. Su tío es el gobernador de Alabama.
Ha vivido en colegios elegantes y dónde va la riqueza...
—Es decir, que le han hecho una niña mimada.
—¡Que siempre ha debido hacer su capricho! Pues aquí le va a costar muy caro.
—Quiero llevarme yo los veinte mil que le sobran de lo jugado y lo que tiene.
Pero el director del Banco se había adelantado a Abby. Se puso de acuerdo con un ganadero
que iba a presentar un equipo en los ejercicios. Y supo provocar a la muchacha para jugar
veinte mil dólares más.
Cuando Abby se informó y vio al ganadero hablando con el director del Banco se enfadó
con éste, aunque no se acercó a decirle lo que deseaba. Su enfado aumentó en contra de su
hija. Y acabó por decir a los amigos que merecía esa lección por tonta.
Convencidos los consejeros de Ethel que no había medio de evitar el enfrentamiento,
decidieron preparar la confrontación.
Ames, que se convencía que ella estaba actuando muy en serio, se encargó, en
representación suya, de llegar a un acuerdo sobre los blancos y el sistema de participación
trivalente. En cada ejercicio participarían los tres a la vez, menos en el derribo y mareaje.
Bob decía a Ames:
—Lo que debías hacer es darle una buena tanda de azotes. ¡Va a regalar una fortuna de la
manera más tonta!
—Te advierto que empiezo a confiar en ella y que me parece que estamos engañados todos
con ella.
—¿Es que es de una muchacha sensata enfrentarse a vaqueros rudos y fuertes en un
ejercicio como el derribo y mareaje? ¿Crees que podrá lazar a un ternero a la velocidad que
sale en busca de la madre a la que está oyendo? Cuando quiera darse cuenta estará el ternero
fuera de la pradera. ¡Será el número cómico por excelencia!
Cuando decidieron iniciar los ejercicios, Ethel marchó a vestirse al fuerte. Ethel sonreía al
llegar a éste y ver a la-esposa del mayor que, desde luego, no pensaba ir a presenciar la
participación de ella. Sonriendo, entró en la habitación que ocupaba con Nora. Y ésta, a la
que no había visto en la mañana apareció para decirle: —¿Es que no has rectificado?
—¡Pero si hemos depositado!
—¿Es que no podías haberlo hecho?
—Perdiendo cien mil dólares. ¿Crees que sería justo? ¿No vas a ir a verme participar?
—Debes perdonar que no me atreva.
—Eres muy libre, pero no debieras temer tanto. ¡Les voy a ganar!
Cuando vio a Ethel con el cambio de ropa que parecía un vaquero joven, sonreía.
—Te has puesto a tono. Pareces un vaquero. ¿Y esas armas?
—Se harán los ejercicios seguidos. También llevo el riñe.
—¡Esas armas son preciosas! ¡Y el riñe una obra de arte!
Montó en el caballo que le habían dejado en el fuerte para su uso esos días. Y marchó al
pueblo y de allí a la pradera.
Ames se acercó a ella cuando desmontaba y le dijo:
—Intervienes en tercer lugar. Es decir, intervenimos. Porque te voy a ayudar para acudir
con el hierro cuando hayas derribado. '
—Será rápido, no hay duda, aunque lo haría antes que ellos de todos modos.
—El hierro estará al rojo cuando tengas el ternero en disposición de ser marcado.
—Has de estar muy atento porque tendrás que correr con el hierro en pocos minutos.
Ames admiraba en ella la serenidad con que hablaba. Estuvo presenciando lo que los dos
contrincantes habían hecho. Y sabía el tiempo empleado por cada uno de ellos. Los dos
habían contado con ayudante, y así, mientras el participante sujetaba con el lazo al ternero,
el ayudante llegaba junto a éste y trataba de derribarle. Para conseguirlo acudía el del lazo y
el otro iba entonces en busca del hierro caliente. Y al marcar se medía el tiempo tardado y el
desplazamiento del ternero desde que fue lazado hasta que quedó inmovilizado para
marcarle.
Se hizo un enorme silencio cuando Ethel, que parecía un vaquero joven, se colocó ante la
puerta por la que había de salir el ternero que le correspondía. A los pocos segundos de
aparecer, un grito de sorpresa general llenó la pradera. Los testigos se miraban sin
comprender lo sucedido. El ternero estaba caído de costado y Ames asombrado y riendo echó
a correr con el hierro al rojo. La ovación no cesó en varios minutos. Los que ocupaban la
tribuna estaban en pie y enloquecidos batían palmas. Apareció el representante del jurado
para dar a conocer los resultados, pero tuvo que esperar varios minutos porque los aplausos
en honor de Ethel no cesaban.
Springs y el de Cheyenne se miraban sin dar crédito a lo que habían visto hacer.
Cuando se hizo el silencio preciso, el miembro del jurado dio los resultados y la diferencia
a favor de la muchacha era tanta que al dar los tiempos de los otros, los silbidos y las burlas
les abuchearon. Y volvieron los aplausos en honor de ella.
—¿Qué te ha parecido la loca de tu hija? —decían a Abby—. Acaba de ganar veinte mil
dólares. ¡Y con qué diferencia! ¿Te das cuenta cómo están todos? No se explican lo que han
presenciado. Parece que Springs empieza a estar menos alegre que al principio.
—No se comprende cómo puede conseguir lo que hemos visto. No se ha movido una
pulgada una vez lazado.
—Y hay que ver a los otros. ¡Han arrastrado al lazador varias yardas!
—No se puede discutir esta victoria. Primera de la confrontación. Y la menos esperada por
los contrarios.
Springs decía al que había participado:
—¡Te has dejado ganar el primer ejercicio!
—¡Esa manera de lazar es muy difícil de conseguir!
—Lo cierto es que te ha ganado.
—Y al otro también. No se explica uno cómo lo puede hacer. Y decían que era una novata
y que se le iba a escapar el ternero sin ser lazado.
—Hay que ganar en todos los ejercicios.
—Ha sido un aviso el que ha dado esa muchacha que empiezan a sentirse inquietos... —
decía uno—. Fíjate cómo hay recelo en las miradas a la muchacha. Yo diría que les ha
asustado.
Ames decía a Bob:
—¿Qué dices ahora...?
—Que debías arrastrarme por sabio.
—¿Crees que hay en todos los testigos quien pueda hacer lo que ha hecho ella?
—Es una manera muy extraña de lazar... Inmoviliza las patas y cae de costado sin
desplazamiento alguno.
—Creo que empiezan a estar preocupados. No es la novata que esperaban...
Los más asombrados eran los que componían el jurado. Mientras preparaban los tres
blancos para el lanzamiento de cuchillo, miraban a Ethel como algo excepcional. Y entre ellos
confesaban que no habían visto un ejercicio tan limpio y breve como el que acababan de
presenciar.
Estaban colocando los blancos y Springs, al verlos, corrió hacia uno del jurado y dijo: —¿A
quién se le ha ocurrido este blanco?
—Es el acordado por los miembros del jurado.
—¿Todos de arriba abajo?
—Puedes hacerlo de abajo arriba. ¿Es que empezáis a temer a la muchacha? En el primer
ejercicio os ha dado un buen susto...
El que había llegado de Cheyenne con su equipo hablaba con su participante para darle
confianza. Estaban nerviosos.
—Ahí tenéis a esa muchacha. Está tan tranquila —decían los del jurado.
CAPITULO X
Cuando los participantes se acercaron a la mesita sobre la que estaban los cuchillos para el
ejercicio, se hizo un gran silencio, que se incrementó al ver a los tres participantes con las
manos sobre la cabeza. Y dada la señal, las manos bajaron para empezar a lanzar. Los testigos
no lo comprendían. Unos segundos solamente tardó Ethel en volver las manos sobre su
cabeza. Y al darse cuenta los espectadores de la razón de ello, empezaron a aplaudir porque
los que estaban más cerca se dieron cuenta que los cuchillos estaban clavados en los blancos.
Era el delirio la manera de aplaudir a Ethel. Era lo mismo que sucedió en el anterior
ejercicio. La diferencia era tan enorme que el resultado de los otros dos movía a risa a los
curiosos. Y al abucheo por la enorme diferencia.
Springs miraba a su campeón del cuchillo y le dijo:
—Menos mal que los que quedan serán defendidos por mí.
—Esa muchacha está resultando demasiado difícil y peligrosa. Ha hecho dos ejercicios que
no se pueden igualar. Y mucho menos superar. ¿No hará lo mismo con el «Colt» y con el
rifle?
—Ahora soy yo el que se enfrentará a ella. ¡Que pida ayuda a su padre!
—Lleva ganados veinte mil dólares a cada uno. Creo que hemos sido cazados cuando
creímos ser cazadores —decía el de Cheyenne.
—No se podía esperar lo que hemos visto.
—Y temo que Springs sea derrotado también... —decía el perdedor en derribo—. Esta
novata va a dar una lección en cada ejercicio. Y se reían todos de ella.
Dejaron para el día siguiente a la mañana los dos ejercicios pendientes.
Abby se acercó a Ethel y le dijo:
—¡Vaya sorpresa que me has dado! No podía esperar nada de lo que has hecho.
—Creías que iba a pedirte ayuda, ¿verdad?
—Veo que no lo necesitas. ¿Y con el «Colt»?
—¡Les ganaré con más facilidad!
—¿Más de lo que ha conseguido ya?
—¡Mucho más! Voy a hacer doce disparos en los dos segundos. Y sin fallos.
—¡No sabes lo que dices!
—Procura tener el reloj en la mano.
—Insisto en que no sabes lo que dices.
—Creí que en esta tierra habría mejores en todo. Y no me han enseñado nada. Un viejo
vaquero allá, tan lejos, me hizo lo que estás viendo. Se moriría de risa si os viera fracasar ante
mí. Y les voy a ganar con el «Colt» y con el rifle.
—No creo que eso lo consigas. Es en lo que mejor preparados están.
—Y en lo que les voy a ganar con más diferencia.
—Creo que en esto te equivocas.
—¿Crees que tu socio puede ganarme?
—Pues sí... Hasta ahora has ganado a miembros de su equipo. Con el «Colt» y con el rifle,
ganará él y vais a empatar.
—Les voy a ganar en todo. Les costará ochenta mil a cada uno. Es una mala operación esta.
Bueno. Cuarenta mil a cada uno. ¡Porque les voy a seguir ganando hasta en el rifle. Es decir
que quedan dos ejercicios que les ganaré como los dos que pasaron.
—Ahora no vas a encontrar los mismos contrincantes. Ahora será Springs.
—¡Un novato como sus muchachos! Y al otro que dicen que vino de Cheyenne a ganar, le
va a suceder lo mismo.

—¡Mucho cuidado ante esos dos!


—Van a seguir perdiendo. Ya no lo podrán evitar,
—Ellos han de pensar en empatar.
—Pero no lo van a conseguir. Les voy a sacar más diferencia.
Springs estaba rodeado de amigos a los que dijo:
—Confieso que esa muchacha nos ha sorprendido a todos. ¡Pero mañana vamos a empatar!
Está confiada porque espera enfrentarse a otros torpes como los anteriores.
—No es que hayan sido torpes. Es que esa muchacha es algo excepcional. ¿Y si resulta con
el «Colt» lo mismo que con los cuchillos?
—¡Ten en cuenta que es frente a mí ahora!
—Pero la verdad es que no sabemos lo que es capaz de hacer.
—Por mucho que haya aprendido, no llegará ni a su padre ni a mí.
—No se podía esperar un ejercicio con los cuchillos como el que ha asombrado a todos. Yo
no estaría muy tranquilo. Es extraordinaria esa muchacha.
—Ha ganado las veces que podía ganar.
El llegado de Cheyenne con un equipo de especialistas estaba preocupado. Uno de sus
hombres era el que trataba de tranquilizarle.
—¡No me gusta nada esa muchacha! Parecía que iba a ser lo más sencillo el ganar esa
fortuna que se atrevía a jugar. Y es ella la que lleva ganado lo que hasta ahora ha estado en
juego.
—Pero lo que falta ahora no será tan sencillo para ella.
—Esa muchacha es capaz de ganar con el «Colt» y con el rifle.
—Tienes que pensar que ahora soy yo el que se va a enfrentar a ella.
—Precisamente lo que temo es que te gane también a ti.
—Springs cree, y es lógico, que lo que va a suceder es un empate.
—Eso es muy difícil. Sois tres ¿cómo puede haber empate si ella ha ganado dos de los cuatro
que se va a jugar?
—Lo que quiero decir es que ella no ganará más.
—Os ha ganado veinte mil a cada uno.
—¡Ya no ganará más!
—Pues yo confieso que estoy asustado. Con lo que me reía cuando dijo que ella se iba a
enfrentar a nosotros. ¡A nuestros equipos!
—Debes tranquilizarte. Ya se acabaron las victorias de ella.
El del equipo de Cheyenne estaba diciendo al otro día a primera hora que cada uno debía
disparar sin nada de levantar las manos, porque eso ponía nervioso y se hacía peor. Que cada
uno lo hiciera tranquilo y se tomaran los tiempos por el jurado. Y como Springs estaba de
acuerdo con esta teoría, se acordó se hiciera en la forma elegida por ellos.
La concurrencia era la misma que las dos veces interiores. Y al aparecer Ethel fue recibida
con una cerrada ovación.
—¡Hoy acabaron tus éxitos...! —dijo Springs a Ethel.
—Eso, después del ejercicio —replicó ella sonriendo.
Sorteada la participación, correspondió hacerlo en primer lugar a Ethel. Los espectadores
saltaban de alegría, enloquecidos. El jurado dijo: —¡Ethel Abby! ¡Dos segundos! ¡Sin fallo!
Los aplausos cesaron al ver a Springs que se preparaba.
El que menos tardó de los dos que restaban fue quince segundos. La diferencia tan enorme
enfureció a los dos participantes y gritaban que ella no podía haber tardado tan poco.
—Mil dólares más cada uno y lo hacemos a la vez —dijo Ethel—. Así se verá la diferencia.
Los dos accedieron a dar esos mil dólares más. Y no tardaron en preparar otros blancos
iguales. Y al disparar, Ethel quedó con los brazos sobre su cabeza cuando los otros iban por
el disparo número cuatro.
—¡Tenéis que someteros! ¡Sois muy inferiores a ella! —decían los del jurado—. Lo que hace
parece imposible, pero lo ha hecho... Y sospecho que con el rifle va a suceder lo mismo. Y
debéis procurar salvar esos dólares. Cosa que, sinceramente, no creo podáis conseguirlo. Esa
muchacha es algo tan excepcional que no parece sea verdad que hace lo que ha hecho. ¡Hay
que ver! Disparar doce veces en dos segundos. Podría matar a doce personas sin darles
tiempo a empuñar. ¡Asombroso! ¡Y no se puede discutir su victoria!
Los aplausos seguían hasta que empezaron a colocar los blancos para el ejercicio con rifle.
Ya no decían nada los que se iban a enfrentar a Ethel. Y. que eran otros en cada equipo.
El mayor, que había presenciado los tres ejercicios realizados por Ethel, dijo a su esposa y
a Nora: —¡Os habéis perdido algo extraordinario!
—¿Springs...? —decía Nora.
—¡Ethel! A muchos codos de diferencia.
—No es posible.
—Pues ha ganado con enorme diferencia. Y hoy ganará con el «Colt» también.
—Antes decías que era una locura.
—Pero ahora locura es la de los otros al enfrentarse a ella. Estáis perdiendo algo muy
excepcional.
Las dos creían que era una broma del mayor por no haber querido ir a presenciar la derrota
de Ethel. Pero la esposa del mayor preguntó a un teniente que había estado en la pradera.
—Es algo inconcebible lo que ha hecho esa muchacha. Lo más asombroso que se ha visto y
que pueda verse en el futuro.
—¿Es posible?
—No puede hacerse idea, señora.
—¡No lo comprendo! —decía Nora—. ¿Dónde puede haber aprendido? Y parece que no es
broma de tu esposo. Es que lo que está haciendo Ethel tiene asombrados a todos.
—Iremos a ver los ejercicios que dicen faltan aún.
Y por eso estuvieron presenciando el ejercicio de «Colt», repetido una vez más por mil
dólares de aumento.
—No es mucho lo que entiendo de estas cosas —decía la esposa del mayor—, pero me
parece que lo que ha hecho es algo muy extraordinario. Hay que ver la diferencia en el tiempo
empleado para hacer los mismos disparos.
Springs estaba furioso. Por la cantidad de dólares perdidos cuando consideraba que sería
tan sencillo ser el ganador. Y porque fuera ella, la muchacha más odiada, la que consiguiera
derrotarle en todo. Se había estado riendo con Abby de la hija. Y al mismo Abby consideraba
una locura de la muchacha lo que dijo de jugar tanto dinero.
Lo que le hacía gracia era el golpe dado al director del Banco al pasarse de listo. Quería
llevarse los veinte mil dólares que tenía en el Banco la muchacha. Y lo que había conseguido
era perder esa misma cantidad. Insultaba el director a los que no pudieron con ella.
Y por fin, en el último ejercicio esperaban ganarle al fin, pero sucedió lo mismo. La
diferencia en tiempo era inmensa. Era en lo que afirmaba sus triunfos. Y como, además, no
fallaba, no había medio de competir con ella.
Springs estaba furioso.
—¿Es que vas a dejar a tu hija que marche con los cien mil dólares ganados?
—No se puede discutir esa victoria.
—¿Y no le vas a pedir que te devuelva lo que tontamente le diste?
—Estoy temiendo que me diga que ella no pidió nada, y así es en efecto.
—¿No dices que ella tiene propiedades de importancia y heredará de esos tíos que la han
criado?
—Sí.
—Pues que te devuelva lo que es tuyo.
—Es que no sé cómo plantear ese asunto.
—Diciéndole la verdad.
Lo que hizo Abby fue visitar a los hermanos Fire. Y estuvo hablando con ellos más de dos
horas. El deseo expresado con sinceridad de rehabilitarse convenció a los dos decidiendo
ayudarle en lo posible.
Pero cuando habló de lo que había hecho con parte de sus bienes, los dos hermanos se
pusieron en guardia.
—¿Por qué puso a nombre de su hija todo lo que tenía?
—Es qué temía que aquellos socios con los que anduve esa temporada se presentaran aquí.
Estando a nombre de la muchacha no podría vender aunque quisiera.
—Engañó a los socios, ¿verdad? ¿Springs era uno de ellos?
—Tiene poca parte en esos bienes a nombre de mi hija. Pero está interesado. Y usted lo que
quiere es que nosotros convenzamos a Ethel para que le devuelva lo que es de usted, ¿no?
—Es que creo que a vosotros os hará caso. Sabéis cómo hablarle. Voy a intentar venderlo
todo y marchar con mi hija. Echo de menos aquella estimación que me rodeaba cuando era
joven.
—Es lo que debe hacer —dijo Ames—. Debe empezar por vender los locales que le
pertenecen de la sociedad con Springs.
—Ya lo había hecho. Y no debí volver a la misma sociedad.
—Ahora, sin juego —añadió a los pocos segundos— es mucho menos lo que darían por los
locales. Si convencieran al juez para que permitiera el juego una temporada, podría vender
en un buen precio.
—No hay quien pueda convencer al juez para que permita el juego de nuevo.
—A ustedes sí les atenderá.
—No lo crea. Es enemigo furibundo del juego.
—En estos días de fiesta podría ser oportunidad para vender bien los locales en los que
tengo la mayor parte de la propiedad. Deben intentarlo al menos.
Cuando salía de la oficina, dijo Ames.
—Si tarda unos segundos más, le rompo la cabeza a golpes. ¡Qué granuja!
—No tiene solución y lo siento, pero le vamos a tener encerrado hasta que una noche sea
colgado. Una vez que la hija haya marchado.
—Es un granuja. Engañó a los compañeros y lo puso todo a nombre de la hija.
—Lo que tienen que hacer los engañados es colgarle. Y prestarían un gran servicio a la
sociedad... Las vueltas que ha estado dando con sus deseos de rectificación, para llegar a la
súplica de que convenzamos a la muchacha para que le devuelva lo que está a nombre de
ella. Y por eso le ha escrito varias cartas para convencer a la muchacha que lo que quería era
tener a la hija a su lado.
—Ya ha dicho que no se ha atrevido a plantearle la situación.
—La muchacha se daría cuenta en el acto que era ésa la verdadera intención al insistir en
reclamarla al lado de él.
Los hermanos decidieron decir la verdad a Ethel. Y cuando estaban sentados en la oficina
del sheriff. Ames planteó con crudeza lo que pasaba y lo que ellos pensaban.
—Y no os equivocáis... Me han hecho venir para que le devuelva lo que puso a mi nombre
hace cuatro años...
—¿Es que lo sabías? Él cree que lo ignoras.
—Las autoridades dieron cuenta a mi abogado. Y mi tío se encargó de solicitar los datos
precisos. Mi tío no me dijo nada. Lo hizo Davie, el viejo vaquero que me trasladó con el ruego
de que no lo descubriera. Mi tío creyó que era el principio de una rectificación. Y lo ha seguido
creyendo hasta mi viaje. Ellos me animaban a venir. Porque sinceramente han creído que iba
a pedir perdón por sus delitos y que querría ir a vivir con nosotros. ¡Pero ya habéis visto lo
que buscaba en realidad con mi viaje! Y que no espere le devuelva nada. Lo que tenéis que
estudiar vosotros es en qué forma todo eso puede pasar a una institución benéfica,
administrada por los consejeros municipales. Me decía Davie que lo que puso a mi nombre
valía más de millón y medio de dólares. Y con una cantidad así, bien invertida, puede
sostenerse una institución organizada y dirigida con honestidad.
—Hay que saber cuáles son los bienes puestos a tu nombre.
—Deben figurar en esta ciudad o en Cheyenne. Deben ser bastantes locales... Y hoteles
importantes.
Los dos hermanos quedaron encargados de averiguar lo que interesaba. Y antes de que
acabaran las fiestas tenían una información completa.
Ames habló con el periodista para que hiciera conocer la filantropía de Ethel Abby, que
regalaba a la ciudad una institución benéfica, con fondos que bien administrados podrían
atender a cien camas con la atención médica necesaria. Hospital que llevaría por nombre el
de su benefactora.
Ethel había marchado a Cheyenne con Nora, que se iba a quedar con su padre. Ethel
seguiría camino para reunirse con sus tíos.
Springs leyó el periódico y muy enfadado buscó a Abby.
—¿Has leído el periódico? —preguntó.
—¿Pasa algo?
—Habla de un nuevo hospital que se instalará a cargo de la donación que ha hecho Ethel
Abby... ¿Conoces a esa espléndida dama?
—¡No es posible!
—¡Ya está hecho...! Y se hace saber a los locales que ayudarán a sostener ese hospital y que
serán los más visitados, dada la intención de sus beneficios. Así que lo que ha venido a hacer
tu hija ha sido a ganar unos miles de dólares y a que los locales puestos a su nombre y el
extenso rancho sirvan para sostener el hospital...
—¡Esto ha sido obra del sheriff!
—¿De qué sheriff...? Esos hermanos han marchado con su equipo de vaqueros. El alcalde
ha nombrado a un amigo. Pero tú nos has engañado... Y ahora tu hija pasa a ser una mujer
famosa... ¡Gracias al robo que nos ha hecho su padre!
Estaban discutiendo en el saloon que se arregló y que fue destrozado por el descubrimiento
de Ames.
Cuando Abby salía, los que esperaban se precipitaron y al disparar fallaron. Descubrió la
sonrisa de Springs al oír el disparo fallado. Y Abby no falló al disparar sobre Springs. Y mató
a los dos que le esperaban en la calle. Y que se descubrieron al precipitarse.

***

Ethel reía con la lectura del periódico enviado desde Laramie y en el que se hablaba del
hospital con el nombre de ella.
Su padre, según la carta del mayor que le enviaba el periódico, fue muerto por viejos
compañeros de andanzas a los que engañó quedándose con lo conseguido en unos atracos.
Esta muerte se silenció para no mezclar el nombre de la donante del hospital.
Dio cuenta a sus tíos de la próxima visita de un abogado y ganadero de Wyoming, que
llegaba con la idea de pedir la mano de ella a sus tíos.
—¿Estás de acuerdo? —decía el tío.
—¿Por qué crees que se atreve a venir? —decía ella riendo.

FIN

También podría gustarte