Parroquia Nuestra Señora del Carmen
CATEQUESIS DE CONFIRMACIÓN 2025
Unidad 1: Crezco en todos los aspectos
Tema 1: ¿Quién soy? ¿Quién quiero ser?
Cada ser humano, especialmente en la juventud y la adultez, se plantea en
algún momento estas preguntas fundamentales: ¿Quién soy realmente? y
¿Quién quiero llegar a ser?. La fe católica ofrece una respuesta profunda y
esperanzadora a estas inquietudes de identidad. En primer lugar, somos hijos
amados de Dios, creados a su imagen y semejanza (cf. Gen 1,27). Esto
significa que nuestra dignidad es inmensa y no depende de logros
mundanos, sino del amor incondicional de Dios. El Concilio Vaticano II
enseña que Cristo revela plenamente el misterio del ser humano: “Cristo, el
nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
grandeza de su vocación” Es decir, en Jesús encontramos quiénes somos y
para qué estamos hechos.
La Biblia Latinoamericana también nos recuerda nuestro valor como hijos de
Dios. El apóstol San Juan exclama: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos!” (1 Jn 3,1). Saber que somos
hijos de Dios nos da una identidad firme: no somos un número más en el
mundo, somos amados personalmente por el Creador. El Papa Benedicto
XVI lo expresó de forma muy cercana: Dios nos acoge con un amor infinito,
de modo que cada uno puede decir: “yo soy amado, tengo un puesto en
el mundo y en la historia, soy amado personalmente por Dios”. Con esta
certeza en el corazón, “sabremos con claridad y certeza que es bueno que
yo exista”vatican.va. ¡Qué afirmación tan liberadora! Nuestra vida tiene
sentido porque es querida y amada por Dios, incluso cuando el mundo a
veces no lo reconozca.
Ahora bien, la pregunta “¿Quién quiero ser?” nos proyecta hacia el futuro y
nuestras aspiraciones más profundas. A la luz de la fe, quien queremos ser
está íntimamente ligado a la respuesta de amor a Dios. Dios nos ha creado
por amor y con un propósito: participar de su propia felicidad y santidad.
Esto implica que nuestra realización más plena no está en el éxito material o
la aprobación social, sino en llegar a ser la persona que Dios soñó: una
persona llena de amor, de virtudes y de vida verdadera. Jesús nos invita a
“ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48), es decir,
a crecer en santidad y amor. No se trata de no tener errores, sino de
orientarnos cada día a parecer más a Cristo en nuestras decisiones y
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actitudes cotidianas. La auténtica realización personal viene de vivir en la
verdad y el amor. Como enseña la Iglesia, el ser humano, “única criatura
terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia
plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. En otras
palabras, nos descubrimos plenamente cuando nos donamos en amor y
servicio.
Un lenguaje accesible para los jóvenes podría decir: eres único e irrepetible.
Dios te ha dado cualidades, sueños y una personalidad propia. Preguntarte
“¿Quién quiero ser?” no significa solo pensar en tu carrera o metas
superficiales, sino en qué clase de persona deseas ser. La Iglesia te anima a
ser auténtico, a no llevar máscaras para encajar, sino a reconocer tus
talentos y también tus limitaciones con humildad. Quiere ayudarte a formar
un carácter firme en valores: honestidad, generosidad, pureza,
responsabilidad, perdón, etc., pues esos valores evangélicos te asemejan
más a Jesús. El Papa Francisco aconseja a los jóvenes que no se obsesionen
solo con definir quiénes son en abstracto, o con lo que el mundo les dice
que sean, sino que más bien se pregunten “¿Para quién soy yo?” Esta
pregunta abre el horizonte: eres para Dios –que te creó por amor– y para los
demás. Descubrirás tu identidad y misión poniendo tus dones al servicio de
los demás, amando y dejándote amar. En lugar de vivir centrado solo en ti
mismo, al entregarte encuentras respuesta a quién eres y para qué estás
aquí.
Aplicación práctica: Saber que eres hijo de Dios cambia la forma de verte a
ti mismo y de proyectar tu vida. Por ejemplo, si te sabes valioso ante Dios,
podrás amarte sanamente y no querer ser “otra persona”; más bien querrás
desarrollar lo mejor de ti. También, entender que fuimos creados para amar
hace que te plantees metas de vida orientadas al bien: “quiero ser una
persona solidaria, un buen padre o madre de familia en el futuro, un
profesional íntegro que ayuda a los demás, un santo en medio del mundo”.
Estas no son ideas pasadas de moda, son caminos concretos de realización.
Una joven o un adulto que vive su identidad de hijo de Dios podrá resistir
mejor las presiones de una sociedad que a veces define el valor por la
apariencia, el dinero o el éxito efímero. Sabrá decir: “Yo valgo por lo que soy
ante Dios, y quiero ser la mejor versión de mí mismo, aquella que Dios desea,
viviendo en verdad y amor”. Esto se traduce en acciones diarias sencillas:
ser sincero, defender al débil, estudiar o trabajar con honradez, perdonar
ofensas, cuidar el propio cuerpo y mente como regalo de Dios, etc. Cada
pequeño paso en virtud es un paso hacia quien realmente quieres ser en el
plan de Dios.
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Tema 2: Llamados a vivir
Después de reflexionar sobre la identidad, surge naturalmente otra cuestión:
¿para qué estoy en el mundo? ¿Qué significa que Dios me llame a la vida?
El tema “Llamados a vivir” nos habla de vocación y propósito. En la fe
católica entendemos que la vida no es un accidente ni un simple pasar de
años, la vida es una llamada amorosa de Dios. Dios es el dador de la vida, y
cada uno de nosotros ha sido querido por Él desde antes de nacer: “Antes
de formarte en el vientre, ya te conocía” dice el Señor a Jeremías (Jr 1,5). Así
pues, estar vivos ya es en sí un llamado: el llamado inicial a existir, a ser
amados por Dios y amar.
Jesús vino al mundo precisamente para darnos vida plena. En el Evangelio
Él nos dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud”
(Jn 10,10)bibliatodo.com. ¿Qué significa vivir en plenitud? No significa
simplemente tener muchas cosas o placeres; plenitud en sentido cristiano es
vivir con sentido, con alegría, con la gracia de Dios, haciendo el bien. Cristo
nos invita a vivir la vida abundante del Evangelio, que se manifiesta cuando
amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos
(cf. Mt 22,37-39). Todos estamos “llamados a una sola e idéntica meta, que
es Dios mismo”. En otras palabras, la vocación fundamental de toda persona
es la santidad, la comunión con Dios. La Iglesia lo ha dicho claramente:
todos –jóvenes, adultos, laicos, consagrados– estamos llamados a ser santos
viviendo el amor en nuestra vida cotidiana. No tengamos miedo de esta
palabra, “santidad” no significa algo aburrido o imposible; al contrario, es
vivir plenamente como Cristo vivió, desplegando lo mejor de nuestra
humanidad. El Papa Francisco recuerda que la santidad “te hará
plenamente humano” y lleno de alegría.
Ser “llamados a vivir” implica también descubrir que nuestra vida tiene un
propósito particular dentro del plan de Dios. Dios tiene un sueño único para
cada uno: a algunos los llama al matrimonio y familia, a otros a la vida
sacerdotal o consagrada, a otros a dedicar sus talentos en alguna profesión
u oficio siendo fermento del Reino de Dios en la sociedad. Tu vida tiene una
misión. Como decía Santa Teresita, “mi vocación es el amor”: todos
compartimos esa vocación al amor, pero la concretamos de diversas
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maneras según los dones que Dios nos dio. Por eso, es importante
preguntarte: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Qué huella única puedo dejar en el
mundo?. No se trata de obsesionarse con planes grandiosos, sino de
escuchar en la oración y en las circunstancias cómo Dios te invita a servir. Él
habla a través de tus cualidades y pasiones sanas, a través de las
necesidades de los demás, y también de los anhelos profundos de tu
corazón. La Exhortación Christus Vivit aconseja salir de uno mismo y
preguntar “¿Para quién soy?”, porque allí descubrirás hacia dónde orientar
tu vida: estás llamado a vivir para Dios y para los demás, no encerrado en
tu pequeño mundo.
Además, “llamados a vivir” significa que Dios nos invita a vivir eternamente.
Nuestra vida terrenal es el comienzo de una existencia que, según la
promesa de Cristo, continúa después de la muerte en la resurrección. El
Catecismo de la Iglesia enseña que Dios creó al hombre “desde su
concepción destinado a la bienaventuranza eterna”. Es decir, estamos
llamados a vivir para siempre en la felicidad de Dios. Esta esperanza futura
da un matiz especial a cómo vivimos ahora: sabemos que cada acto de
amor, cada renuncia por el bien, nos prepara para esa vida plena que no
tendrá fin. Vivir en la tierra de cara al cielo nos anima a no desesperarnos
ante las dificultades, a perseverar en el bien y a valorar cada instante como
parte de un camino mayor hacia la Vida con mayúscula.
En la práctica diaria, “vivir la vida como un llamado” se traduce en muchas
actitudes concretas. Por ejemplo, si comprendo que mi vida es un llamado
de Dios, la vivo con gratitud y responsabilidad. Agradezco a Dios cada
nuevo día y trato de aprovecharlo haciendo el bien. También, si sé que Dios
me llama a vivir en el amor, procuraré evitar todo aquello que va contra el
amor verdadero: el egoísmo, el rencor, la injusticia, la indiferencia. Más bien
buscaré perdonar, ayudar, construir paz a mi alrededor. La vida en
comunidad cobra importancia: estamos llamados a vivir en comunidad, a
“ser uno” en la familia de Dios (cf. Jn 17,21). Los primeros cristianos entendían
que su nueva vida en Cristo implicaba vivir “en comunión” unos con otros,
compartiendo bienes, orando juntos, sirviendo a los necesitados. También
hoy, jóvenes y adultos, todos necesitamos de los demás para vivir
plenamente. Nadie alcanza la plenitud en soledad. Por eso, responder al
llamado de Dios implica involucrarse en una comunidad: tu familia, tu
parroquia, tu grupo de amigos, tu sociedad. Ahí se hace tangible el amor:
estamos llamados a vivir en fraternidad, como hermanos que son hijos del
mismo Padre.
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La Iglesia, a través de su magisterio, nos motiva a vivir con alegría y
compromiso. El Papa Francisco en Christus Vivit nos exhorta a no
contentarnos con una vida mediocre o cómoda, sino a abrazar la vida con
coraje, como una misión. Dios siempre ofrece “algo más” y “en nuestra
distracción cómoda no lo reconocemos”; por eso se nos invita a despertar,
a escuchar esa voz interior de Dios que nos llama a algo grande: a una vida
buena, entregada, con sentido. En resumen, “llamados a vivir” significa que
tu existencia es valiosa y tiene un propósito dado por Dios: vivir en el Amor
(que es Dios mismo), ser santo, y dejar huella de ese amor en el mundo.
Aplicación práctica: Reconocer la vida como un llamado nos lleva a
acciones muy concretas en nuestra cotidianidad y en la comunidad. Por
ejemplo, si me sé llamado a vivir en la verdad, evitaré la mentira y la doble
vida, esforzándome por ser transparente y coherente en casa, en el trabajo
y con amigos (cf. Ef 4,25). Si entiendo que estoy llamado a vivir en la libertad
de los hijos de Dios (cf. Gal 5,13), trataré de alejarme de esclavitudes
modernas como las adicciones, la superficialidad de las redes sociales o
cualquier hábito que me quite libertad interior. Asimismo, sabiendo que Dios
me llama a vivir sirviendo a los demás, puedo involucrarme en alguna
iniciativa de voluntariado, en obras de caridad, o simplemente estar atento
a las necesidades en mi familia y barrio para tender una mano. Cada uno
puede preguntarse: ¿Cómo puedo hacer del mundo un lugar mejor con la
vida que Dios me dio? Esa pregunta nos mueve a pequeñas y grandes
respuestas: desde sonreír y escuchar al que está solo, hasta animarse a
liderar un proyecto comunitario que ayude a muchos. También, vivir como
llamado por Dios implica cuidar la vida (la propia y la ajena) con respeto:
por eso los católicos defendemos la vida humana en todas sus etapas,
practicamos hábitos saludables, promovemos la justicia social, el cuidado
de la creación, etc. Todo forma parte de responder a la invitación de Dios
a vivir plenamente y hacer vivir a otros.
En conclusión, en esta Unidad 1 hemos visto que crecer en todos los
aspectos significa primero afianzar quiénes somos a los ojos de Dios –hijos
amados, con dignidad y vocación– y luego responder al llamado a vivir esa
vida en plenitud, santidad y servicio. Doctrinalmente, nos apoyamos en la
riqueza del Catecismo, la Sagrada Escritura (Biblia Latinoamericana) y
documentos del Magisterio para iluminar estos temas. Pastoralmente, lo
hemos traducido a un lenguaje cercano: Dios te conoce, te ama, cuenta
contigo; tu vida tiene sentido y meta. Ahora te corresponde a ti profundizar,
reflexionar y poner en práctica estas verdades en tu propio camino.
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✨ TEMA 1: ¿QUIÉN SOY? ¿QUIÉN QUIERO SER?
Palabra de Dios
“Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó” (Génesis
1,27).
“Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡y
lo somos!” (1 Juan 3,1).
Reflexión
Tu identidad no depende de tu apariencia, tus logros o lo que otros
piensen de ti. Eres hijo amado de Dios. ¡Tu vida tiene un valor inmenso!
Preguntarte "¿Quién quiero ser?" no se trata solo de una carrera, sino de
qué tipo de persona deseas llegar a ser: ¿más generoso? ¿más
responsable? ¿más semejante a Jesús?
Actividad breve
1. Escribe tres cualidades que reconoces en ti como regalo de Dios.
Servicial, amoroso, empatico
2. ¿Cuál de estas cualidades quisieras fortalecer más? ¿Por qué?
Servicial, porque me gusta ayudar a los demás y es la que menos aplico con mi familia
3. Termina esta frase: “Dios me creó con amor y por eso yo valgo porque...”
Yo valgo por lo que soy
ante Dios, y quiero ser la mejor versión de mí mismo, aquella que Dios desea,
Actividad creativa viviendo en verdad y amor
Haz un dibujo o símbolo que represente lo que eres hoy, y otro que
represente a quién te gustaría llegar a ser.
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🌱 TEMA 2: LLAMADOS A VIVIR
Palabra de Dios
“Antes de formarte en el vientre, ya te conocía” (Jeremías 1,5).
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Juan 10,10).
Reflexión
Estás en este mundo porque Dios te pensó, te llamó a vivir y quiere que
seas feliz. Cada uno tiene una misión especial. Vivir con sentido no es
tenerlo todo, sino vivir en el amor, hacer el bien, dejar huella.
Actividad breve
1. ¿En qué momentos has sentido que tu vida tiene un propósito?
Cuando mis padres me piden ayuda en la casa o mi familia
2. Escribe un compromiso que puedas asumir esta semana para vivir mejor
tu llamado. Al momento de comer agradecer por la comida y orar.
(Ej. ayudar en casa, reconciliarte con alguien, orar más, visitar a un
enfermo...)
CONTESTA
Servir a los demas
- Algo que le gusta hacer. ________________________________________
- Una necesidad que ve en su comunidad. ___________________________
personas que limpien la basura de los lugares publicos
- Cómo podría usar eso que le gusta para ayudar. _____________________
Ayudar en la recolección de basura en calles y
playas
✨ CIERRE ESPIRITUAL
Oración final
Señor Jesús, gracias por crearme con amor y darme una identidad
sagrada como hijo tuyo. Ayúdame a crecer como la persona que tú
sueñas. Enséñame a descubrir mi misión y a vivir con alegría. Amén.
Frase para meditar en la semana:
“No se trata de preguntarte solo quién eres, sino para quién eres.” (Papa
Francisco, Christus Vivit)