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Franco, S. (2025) El Quinto, No Matar. Contextos Explicativos de La Violencia en Colombia

El libro 'El quinto, no matar' de Saúl Franco explora los contextos explicativos de la violencia en Colombia, centrándose en el período de 1975 a 1995. A través de un enfoque metodológico que combina testimonios, datos y teorías, el autor analiza las causas y dinámicas detrás de la violencia homicida en el país. La obra busca contribuir a una comprensión más profunda del fenómeno y sus implicaciones para la paz y la convivencia en Colombia.

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Franco, S. (2025) El Quinto, No Matar. Contextos Explicativos de La Violencia en Colombia

El libro 'El quinto, no matar' de Saúl Franco explora los contextos explicativos de la violencia en Colombia, centrándose en el período de 1975 a 1995. A través de un enfoque metodológico que combina testimonios, datos y teorías, el autor analiza las causas y dinámicas detrás de la violencia homicida en el país. La obra busca contribuir a una comprensión más profunda del fenómeno y sus implicaciones para la paz y la convivencia en Colombia.

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COLECCIÓN CUADERNOS DEL ISCO

58. La farmacia, los farmacéuticos y el uso adecuado de los 40. Epidemiología en la pospandemia: De una ciencia
medicamentos en América Latina. tímida a una ciencia emergente
Núria Homedes, Antonio Ugalde, 2025 Naomar de Almeida Filho, 2023

57. Evaluación en salud: De los modelos teóricos a la 39. Pensamiento estratégico y lógica de programación: El
práctica en la evaluación de programas y sistemas de salud. caso salud
Zulmira Maria de Araújo Hartz, Ligia Maria Vieira Mario Testa, 2023
da Silva, 2025
38. Dispositivos institucionales: Democracia y
56. Tecnoburocracia sanitaria: ciencia, ideología y autoritarismo en los problemas institucionales
profesionalización en la salud pública. Gregorio Kaminsky, 2023
Celia Iriart, Laura Nervi, Beatriz Oliver, Mario Testa,
2025 37. De hierro y flexibles: Marcas del Estado empresario y
consecuencias de la privatización en la subjetividad obrera
55. Salud, medicina y clases sociales Maria Cecília de Souza Minayo, 2023
Alberto Vasco Uribe, 2025
36. El recreo de la infancia: Argumentos para otro
54. De sujetos, saberes y estructuras. Introducción al comienzo
enfoque relacional en el estudio de la salud colectiva Eduardo Bustelo, 2023
Eduardo L. Menéndez, 2025
35. La planificación en el laberinto: un viaje hermenéutico
53. Historias comparadas de la profesión médica: Rosana Onocko Campos, 2023
Argentina y EEUU
Susana Belmartino, 2024 34. Introducción a la epidemiología
Naomar de Almeida Filho, Maria Zélia Rouquayrol,
52. Nuevas reglas de juego para la atención médica en la 2023
Argentina: ¿Quién será el árbitro?
Susana Belmartino, 2024 33. Investigación social: Teoría, método y creatividad
Maria Cecília de Souza Minayo (organizadora), Suely
51. Como se vive se muere: Familia, redes sociales y muerte Ferreira Deslandes, Romeu Gomes, 2023
infantil
Mario Bronfman, 2024 32. Estrategias de consumo: qué comen los argentinos que
comen
50. Meningitis: ¿una enfermedad bajo censura? Patricia Aguirre, 2023
Rita Barradas Barata, 2024
31. pensar-escribir-pensar: Apuntes para facilitar la
49. Salud sexual y reproductiva y vulnerabilidad escritura académica
estructural en América Latina: Contribuciones de la Martín Domecq, 2022
antropología médica crítica
Rubén Muñoz Martínez, Paola María Sesia, 2024 30. Hospitalismo
Florencio Escardó, Eva Giberti, 2022
48. Teoría social y salud
Floreal Antonio Ferrara, 2024 29. Natural, racional, social: razón médica y racionalidad
científica moderna
47. Historia y sociología de la medicina: selecciones Madel T. Luz, 2022
Henry E. Sigerist, 2024
28. La enfermedad: Sufrimiento, diferencia, peligro, señal,
46. Locos y degenerados: Una genealogía de la psiquiatría estímulo
ampliada Giovanni Berlinguer, 2022
Sandra Caponi, 2024
27. Búsqueda bibliográfica: Cómo repensar las formas de
45. Acerca del riesgo: Para comprender la epidemiología buscar, recopilar y analizar la producción científica escrita
José Ricardo de Carvalho Mesquita Ayres, 2024 Viviana Martinovich, 2022

44. Los discursos y los hechos: Pragmatismo capitalista, 26. Precariedades del exceso: Información y comunicación
teoricismos y socialismos distantes en salud colectiva
Eduardo L. Menéndez, 2024 Luis David Castiel, Paulo Roberto Vasconcellos-Silva,
2022
43. Participación social, ¿para qué?
Eduardo L. Menéndez, 25. La historia de la salud y la enfermedad interpelada:
Hugo Spinelli, 2024 Latinoamérica y España (siglos XIX-XXI)
Gustavo Vallejo, Marisa Miranda, Adriana Álvarez,
42. Teoría social y salud Adrián Carbonetti, María Silvia Di Liscia, 2022
Roberto Castro, 2023
“Ver Colección cuadernos del ISCo
41. Trabajo, producción de cuidado y subjetividad en salud (Continuación)”
Túlio Batista Franco, Emerson Elias Merhy, 2023
El quinto, no matar
Contextos explicativos de la violencia
en Colombia

Saúl Franco
Franco, Saúl
El quinto, no matar : contextos explicativos de la violencia en Colombia / Saúl Franco. - 1a ed. -
Remedios de Escalada : De la UNLa - Universidad Nacional de Lanús, 2025.
Libro digital, PDF - (Cuadernos del ISCo / Spinelli, Hugo; 59)

Archivo Digital: descarga y online


ISBN 978-987-8926-95-7

1. Violencia. 2. Homicidio. 3. Colombia. I. Título.


CDD 364.152

Colección Cuadernos del ISCo


Serie Salud Colectiva

Dirección científica: Hugo Spinelli


Dirección editorial: Viviana Martinovich
Coordinación editorial de esta obra: Viviana Martinovich
Ilustración de tapa: Zimmytws
Digitalización del texto: Guillermo Eisenacht
Diseño de ilustraciones: Guillermo Eisenacht
Corrección de estilo: Carina Pérez
Diagramación: Ivana Baldis

Edición 1999, Tercer Mundo SA, Santafé de Bogotá


© 2025, Saúl Franco
© 2025, EDUNLa Cooperativa

ISBN 978-987-8926-95-7
DOI 10.18294/CI.9789878926957

EDUNLa Cooperativa
Edificio “José Hernández”, 29 de Septiembre 3901, B1826GLC Remedios de Escalada,
Buenos Aires, Argentina
Teléfono: (54-11) 5533-5600 int. 5727
[email protected]

Instituto de Salud Colectiva


Edificio “Leonardo Werthein”, 29 de Septiembre 3901, B1826GLC Remedios de Escalada,
Buenos Aires, Argentina
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Esta obra está bajo licencia internacional Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0.
Las y los autores conservan sus derechos autorales y les permiten a otras personas copiar y distribuir su obra
siempre y cuando reconozcan la correspondiente autoría y no se utilice la obra con fines comerciales.
A las 338.378 víctimas de homicidio en Colombia entre 1975 y 1995,
para que su sangre se convierta finalmente en
semilla de paz, equidad y convivencia.
Saúl Franco

Es médico cirujano por la Universidad de


Antioquia (Medellín, Colombia). Magis-
ter en Medicina Social por la Universidad
Autónoma Metropolitana de México y Doc-
tor en Salud Pública, por la Escola Nacional
de Saúde Pública Sergio Arouca de la Fun-
dação Oswaldo Cruz (Río de Janeiro, Bra-
sil). Docente-investigador durante más de
cuarenta años en los campos de la salud
pública; la medicina social; los sistemas de
salud y seguridad social; y en el tema de
violencia, salud y paz, en las Universidades
de Antioquia, Nacional de Colombia, Santo
Tomás de Bogotá y en otras universidades
del país y de América Latina.
Franco fue cofundador y primer presi-
dente de la Asociación Latinoamericana de
Medicina Social (ALAMES), desde donde
desarrolló un intenso trabajo por la garan-
tía del derecho a la salud y por la imple-
mentación de reformas a los sistemas de salud en Colombia y en distintos países de
América Latina. Además, fue cofundador y primer director del Centro Latinoameri-
cano de Estudios de Violencia y Salud (CLAVES) en la Fundación Oswaldo Cruz, en
Brasil. Fue también cofundador y primer director del Doctorado Interfacultades en
Salud Pública de la Universidad Nacional de Colombia. Entre 2017 y 2022 participó,
en calidad de comisionado, de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la
Convivencia y la No Repetición de Colombia.
Durante varios años, fue columnista del diario El Espectador. Ha publicado varios
libros, como El paludismo en América Latina y La salud pública hoy; y múltiples artí-
culos científicos en revistas nacionales e internacionales sobre los temas enuncia-
dos, entre otros, "Violence and health in Colombia"; "Violência, cidadania e saúde pública";
"Dimensiones internacionales de la violencia en Colombia". En la revista científica
Salud Colectiva ha publicado "Dos derechos al revés: reflexiones sobre los derechos a
la vida y a la paz en el mundo actual" y ha participado en el texto colectivo de "Home-
naje a Giovanni Berlinguer (1924-2015)".
Índice

Agradecimientos VII

Presentación de la edición digital IX


Saúl Franco

Prólogo XIII
Álvaro Camacho Guizado

Capítulo 1. Acercamiento al problema 17


Una reflexión para empezar 17
Concepto de violencia 18
La prioridad del problema de los homicidios 24
Concepto de homicidio 25
Qué es un contexto explicativo 27

Capítulo 2. Perfil situacional 31


La complejidad llamada Colombia 31
¿Por qué el período 1975-1995? 35

Capítulo 3. Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 53


Esquema lógico-conceptual 53
Los tres recursos metodológicos básicos 60

Capítulo 4. El lenguaje de las cifras 71


La población que padece la violencia 71
Perfil de la mortalidad general en Colombia 74
La epidemia de homicidios 79
Los reflejos de la inequidad 97
Algunas cifras de impunidad 103
Hechos y datos de intolerancia 108

Capítulo 5. Detrás de los discursos 121


Lo que más preocupa de la violencia actual 122
Los contextos explicativos vistos por los actores 127
A la hora de las propuestas 137
Hacia una tipología discursiva sobre la violencia colombiana 142

Capítulo 6. Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 147


El contexto explicativo político de la violencia colombiana actual 148
El contexto explicativo económico 157
El contexto cultural de la violencia 165
Capítulo 7. Inconclusiones 171
Consideraciones finales 171
A manera de inconclusiones 175
Post scriptum 178

Bibliografía 179
Agradecimientos

Sin equipo no hay trabajo. Este es el producto de la colaboración


de muchas personas y de algunas instituciones. Por afecto y
por justicia no puedo dejar de mencionar a las siguientes:

A mi familia. A Evelyne, por su respaldo sin límites. A Luis Miguel


por la agudeza de sus críticas. Y a Daniel por su vitalidad y el
aporte de su instintiva inteligencia en sistemas y computadores.

A mis tres principales asesores. A María Cecilia Minayo por saber


combinar amistad y dirección competente. A Álvaro Camacho
por su acompañamiento paciente e ilustrado. Y al profesor
Guillermo Hoyos por sus orientaciones ético-filosóficas.

A las cuarenta personas que aceptaron ser entrevistadas


y aportaron lo mejor de sus vivencias y conocimientos,
desde su diversa posición ante el conflicto.

A mis colaboradores técnicos. A Harvey Novoa por el


cuidadoso trabajo en el manejo y procesamiento de
información y en el diseño y presentación gráfica del trabajo.
A Édgar Prieto por sus aportes y rigor matemáticos.

Y a tres instituciones. A la Escuela Nacional de Salud Pública-


Fundación Oswaldo Cruz, de Río de Janeiro, por confiar en mi
y por impulsar el trabajo en violencia y salud. A la Corporación
Salud y Desarrollo, por la calidez de su excelente equipo
humano. Y al Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia,
por el estímulo intelectual y la riqueza de su crítica.
Presentación de la edición digital

Saúl Franco

Cada libro es una gota en el mar de la producción intelectual de la humanidad. Y


digitalizarlo es un esfuerzo por tratar de impedir que se evapore y por lograr que
pueda sobrevivir en el tiempo y a disposición de todos/as.
Colombia tiene una extensa y variada producción académica sobre sus violen-
cias. La piedra angular de estos estudios la constituye el libro La violencia en Colom-
bia, publicado al empezar la década del sesenta del siglo pasado por tres reconoci-
dos académicos: Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña
Luna. Desde entonces se intensificaron las investigaciones y la producción teórica
sobre distintos aspectos del problema, desde abordajes disciplinarios muy diversos
y con distintos niveles de profundidad por parte de grupos universitarios, centros de
pensamiento o investigadores individuales nacionales o procedentes de otros países.
En lo que va de este siglo, los tres mayores aportes a la comprensión de la violencia
en el país, referidos específicamente a la confrontación armada son, en mi opinión,
la producción del Centro Nacional de Memoria Histórica, en particular su informe
general: Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, de 2013; los ensayos de la
Comisión histórica del conflicto y sus víctimas: contribución al entendimiento del conflicto
armado colombiano, de 2015, y los once volúmenes del informe final de la Comisión
de la Verdad: Hay futuro si hay Verdad, de 2022. Me atrevo a afirmar que el conjunto
diverso de estas tres obras logra una comprensión a profundidad de la naturaleza,
los motivos, las dinámicas, las implicaciones e inclusive las posibles vías de salida
de este largo ciclo de violencia y confrontación armada en el país. Pero, desafor-
tunadamente, es preciso reconocer que una vez más se ha puesto en evidencia la
impotencia del conocimiento para transformar la realidad. Entender ayuda, pero no
basta. El juego de poderes e intereses y la inercia cada vez más fuerte de las violencias
y la confrontación armada hacen que, a pesar de saber de qué se trata y cómo hacer
para salir adelante, el problema continúe e inclusive se incremente, como sucede en
la actualidad.
El Quinto, no matar: contextos explicativos de la violencia en Colombia surgió de la
angustia por la persistencia de la violencia y del interés por ir más allá del registro
pasivo de los hechos violentos y, mediante la utilización de distintos instrumentos
de aproximación a la realidad, avanzar hacia una mejor comprensión de los porqués
y las dinámicas de la violencia homicida. La apuesta metodológica implicó tres pasos
fundamentales. Primero: el esfuerzo por emplear de manera sinérgica como insu-
mos básicos la palabra de la gente, la crudeza de las cifras y los acontecimientos, y el
acumulado de conocimiento sobre los temas de fondo. Segundo: intentar identificar

Presentación de la edición digital IX


las condiciones estructurales y los procesos coyunturales que han hecho posible y
han mantenido la violencia homicida en el país. Y, tercero: a partir de lo anterior
desentrañar los por qué, los cómo y las finalidades de esta modalidad de violencia, es
decir, sus contextos explicativos.
El libro fue construido en el último quinquenio del siglo pasado y tomó como
período de estudio las dos décadas anteriores: 1975-1995. Mirando desde hoy, 2025,
a la luz de la información sobre homicidios depurada por la Comisión de la Verdad,
que incluye hasta 2018, resulta doloroso aceptar que lo que entonces se consideró
como un pico máximo al empezar la década de 1990, era apenas el inicio de lo que
sería hasta el momento la peor década en homicidios en el país: 1995-2005. Y no solo
creció en cantidad la violencia homicida. Sigue creciendo también su complejidad y,
por tanto, la dificultad para enfrentarla y superarla. Como este y muchos otros tex-
tos lo han señalado, las soluciones —lógicas y relativamente claras en el papel— no
logran imponerse a los intereses en juego y a la inercia cada día más arrolladora del
entramado violento.
Reconociendo el valor de aprovechar este espacio para actualizar las discusiones
teóricas y metodológicas planteadas en el libro o para inventariar los logros alca-
nzados en sus primeros veinticinco años de existencia, prefiero destacar algunos de
sus hallazgos y limitaciones, mirándolos a la luz de lo que sigue pasando en el país y
de lo que podrían aportar hoy a la comprensión del problema que, desafortunada-
mente, continúa vigente y con altísimos costos en todos los campos.
Recuerdo el impacto que me produjo el hallazgo de que las principales vícti-
mas de la violencia homicida en mi país eran los hombres jóvenes, y cada vez más
jóvenes. Para ellos el homicidio se convirtió en una verdadera epidemia. Tal vez
la cifra que más me conmovió al respecto fue la de que el 88% de los adolescentes
(entre 15 y 19 años) que murieron en el departamento de Antioquia en 1994 fueron
víctimas de homicidio. Que entre los cientos de posibles causas de muerte una sola
responda por casi el 90% del total en un grupo específico es una evidencia incontrast-
able y una alerta roja para la sociedad. Y otra cifra encontrada en la investigación que
me sigue impresionando es que, durante el período del estudio, 1992 fue el año con
el mayor número de muertes por motivos político-sociales (4.285) y el mayor núme-
ro de muertes en combate (1.602) en el país. La impresión no se debió solo a la mag-
nitud de las cifras, sino especialmente al hecho de que justo en el año anterior, 1991,
se había promulgado la nueva constitución política del país, que en buena medida
fue el intento de un acuerdo de paz apoyado por amplios sectores de la población y
por algunas de las agrupaciones guerrilleras. No fue la primera ni la última vez en el
país en que a un esfuerzo concreto de paz le sigue un coletazo de violencia y muerte.
La investigación que originó el libro logró identificar tres condiciones estructurales
de la violencia homicida en el período en estudio. Ellas fueron: la inequidad, la im-
punidad y la intolerancia. Pues bien, con distintos énfasis, la producción analítico-in-
terpretativa ya citada de la violencia en el país en lo que va de este siglo tienen muy
en cuenta estas tres condiciones en el origen y persistencia del problema, le dan
nuevos desarrollos y ponderaciones y arriesgan diversas alternativas. Y, más allá de
las consideraciones teóricas, la realidad sigue evidenciando cada día que, mientras
persistan en la sociedad colombiana estos niveles de inequidades, impunidad e in-

X El quinto: no matar
tolerancias, las violencias y la confrontación armada no solo no cesarán, sino que
seguirán incrementándose.
En cuanto a los que el libro denomina procesos coyunturales en el origen y dinámi-
ca de la violencia homicida colombiana, a saber: la emergencia y expansión del problema
narco, el viraje neoliberal y la agudización del conflicto político-militar interno, es obvio que
deben replantearse hoy tanto por los cambios sucedidos en cada uno de ellos como
por los tipos de violencia que se quieran abordar. Han sido tales el crecimiento de
la producción de narcóticos en el país (se estima en más de 280.000 el número de
hectáreas cultivadas en coca en 2024), la actividad y rentabilidad de su comercial-
ización en los mercados internacionales mediante carteles trasnacionales, y la pene-
tración de sus dineros e intereses en distintos actores y sectores de la vida nacional,
que “el narcotráfico” es hoy uno de los protagonistas —si no el principal— de las vio-
lencias y la confrontación armada en el país. Por su parte, en la coyuntura económi-
ca actual, el problema ya no es el viraje neoliberal sino la incertidumbre de lo que
vendrá en la fase post-neoliberal que se está perfilando y que, al parecer y ojalá me
equivoque, será más propicia para la violencia y las guerras, que para la convivencia
y la paz. Y la agudización del conflicto político-militar interno que en el texto se
considera “proceso coyuntural” para la persistencia de la violencia homicida, sigue
cumpliendo su papel al respecto, pero al mismo tiempo adquiere en sí mismo nue-
vas modalidades y complejidades que no solo le permiten mantenerse sino inclusive
incrementarse en algunas regiones, tal como se observa en la actualidad.
La investigación que originó el libro permitió reconocer cuatro contextos explica-
tivos para la violencia homicida: uno político, otro económico, otro cultural y otro
jurídico-penal. Coherente con estos contextos explicativos, la investigación señala
también los campos en los cuales se debería trabajar simultáneamente en la búsque-
da de soluciones, pero enfatizando que lo referido al campo político mereció la
mayor prioridad entre las personas entrevistadas, seguidas por el trabajo en el cam-
po de la cultura. Un cuarto de siglo después sigo pensando —y los trabajos ya citados
refuerzan la conclusión— que en esas cuatro dimensiones del poder en la sociedad
se encuentra tanto la racionalidad como las claves para la superación no solo de la
violencia homicida sino de la conflictividad armada que sigue viviendo el país.
La investigación hace un aporte importante al identificar cuatro discursos so-
bre la violencia homicida en Colombia, a saber: i) de corte político-económico; ii)
ético-cultural; iii) reactivo; iiii) autoritario. Este hallazgo no he visto que lo hayan
desarrollado y utilizado otros investigadores. La tipificación discursiva parece seguir
siendo válida y creo que podría aplicarse no solo a las elaboraciones sobre la violen-
cia homicida sino también a otras modalidades de violencia y al conflicto armado te-
niendo en cuenta, en todo caso, que no hay discursos puros. Todo discurso es mixto.
Mirando retrospectivamente considero un acierto del trabajo el haber hablado
de inconclusiones en lugar de conclusiones. Ello traduce la convicción de que todo
conocimiento es inacabado y que, por tanto, cualquier deducción o propuesta de
acción es siempre incompleta, imperfecta y discutible. Esto está también en sintonía
con la consideración ya expresada de la impotencia relativa del conocimiento frente
a la tozudez de la realidad.

Presentación de la edición digital XI


Es conveniente también señalar algunas de las limitaciones y ausencias del tra-
bajo. Desde su experiencia y sus conocimientos, cada lector tiene siempre la opor-
tunidad de señalar incoherencias, carencias y desacuerdos con aquello que lee. Me
refiero solo a dos de las anotaciones críticas formuladas.
Desde muy temprano se planteó la crítica, totalmente válida, de que la investi-
gación no tenía enfoque de género. Si bien, como se anotó, las víctimas de homicidio en
Colombia en el período estudiado fueron predominantemente hombres —más del
90%—, el enfoque de género hubiera contribuido sin duda a indagar y develar as-
pectos que quedaron por fuera. Por suerte, dados los desarrollos y el espacio que ha
ganado dicho enfoque en lo que va corrido de este siglo, muchos trabajos, incluidos
algunos de los ya citados, lo han incluido, haciendo aportes significativos.
Como investigador observé también, desafortunadamente ya terminado el
proyecto, que resulta incompleto un trabajo sobre el homicidio que no ponga tam-
bién su mirada sobre los homicidas. Estaba claro que el objeto no era la caracteri-
zación de los actores, y que al hacer las entrevistas se tuvieron en cuenta algunos
de los actores armados y un sicario, pero un interés mayor en escuchar y entender
los perfiles y los motivos de los homicidas pudo enriquecer la comprensión de los
contextos explicativos de este tipo de violencia.
Una reflexión final sobre el futuro de este libro. Es totalmente imprevisible el
futuro de cualquier obra escrita. Tratándose del producto de una investigación, lo
que se busca no es el éxito sino la oportunidad y la posibilidad de estimular el trabajo
en los temas y métodos planteados. La violencia homicida seguirá siendo una seria
preocupación de la humanidad, con diferencias en tiempos y regiones. Compren-
derla mejor en general y en cada contexto en particular es una tarea siempre vigente.
Para Colombia, donde el problema de la violencia en general y de la violencia homi-
cida en particular sigue teniendo grandes proporciones e implicaciones, la tarea es
aún mayor. Pero, más allá de la comprensión —que hace un aporte esencial pero
insuficiente, como ya se anotó— está la transformación positiva de la realidad, que
es lo que en definitiva importa. Ojalá esta gota de agua siga siendo también un grano
de arena en esa tarea de transformación.

Abril de 2025

XII El quinto: no matar


Prólogo

Álvaro Camacho Guizado1

Colombia asesina

En 1986, el historiador inglés Eric Hobsbawm le dio ese estremecedor título a un


memorable ensayo sobre Colombia2. No me cabe duda de que si Hobsbawm leyera
ahora el libro de Saúl Franco se ratificaría en su apreciación sobre nuestro país.
Sin embargo, decir que Colombia es uno de los países más violentos del mun-
do no es nada nuevo. Decir que hay una violencia homicida que responde a una
dinámica propia y que no se deriva necesariamente de la generada en el conflicto
armado que confronta al Estado y a las organizaciones insurgentes, es, en cambio,
debatible. Y gran parte de la argumentación en este debate emana del hecho de que,
si bien los expertos dominan los temas de la guerra y la paz, manejan las cifras con-
vencionales sobre número de muertos, lugares de ocurrencia de los hechos, etc., no
necesariamente conocen la complejísima naturaleza de nuestra violencia. A muchos
les ocurre lo que insinuaba Fernand Braudel: se dejan encandilar por lo que más so-
bresale a la primera mirada. Y lo que en Colombia sobresale, y con justísima razón,
es nuestro conflicto armado político.
Ahora bien, cuando un experto se dedica a buscar la información más detallada
posible, cuando procede con rigor, cautela, método y precisión a examinar la masa de
datos disponibles, como lo hace en este libro Saúl Franco, encuentra justamente lo que
encontró el autor: una compleja maraña de situaciones que tienen que llevarlo a uno a
dudar de algunas de las simplezas implícitas en los análisis de la violencia colombiana.
El trabajo de Franco se destaca en dos campos especiales que desarrollo a con-
tinuación. En la cuantificación. El autor logra con habilidad y diligencia acumular
y presentar las cifras más relevantes sobre los homicidios en Colombia en nuestro
pasado reciente. Aunque mucho se ha logrado en otros esfuerzos de cuantificación,
y con ello se ha ganado precisión, esas cuantificaciones no siempre tienen en cuenta
tanto la disparidad de fuentes como los métodos de recolección, y es así como en
muchas ocasiones las cifras y los análisis resultantes son muy discutibles. Franco

1
Investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad
Nacional de Colombia.
2
En Revista de la Universidad Nacional, Segunda época, Vol. II, No. 10, diciembre de 1986.

Prólogo XIII
resuelve este problema acumulando y comparando las diferentes fuentes y llega
así a la mayor precisión que se ha logrado en los estudios académicos en el país.
Pero más aún, dada su orientación hacia la salud pública, introduce tipos de cifras
que no son corrientes en los nuevos análisis del tema en Colombia. En concreto, las
comparaciones sobre mortalidad por género y edad, por regiones del país, las rela-
ciones entre el homicidio y otras formas de mortalidad, y muy especialmente, entre
los homicidios y las defunciones, muestran un panorama radicalmente nuevo en el
tema. No me cabe duda de que, a partir de estas cifras, los análisis sobre la violencia
en Colombia tendrán que modificarse sustancialmente. Otro tanto puede decirse de
las cifras de análisis relativas a la impunidad y a la intolerancia.
Saúl ha encontrado, por ejemplo, que entre 1975 y 1995 se produjeron 338.378
homicidios, que en las últimas décadas el perfil de la mortalidad en Colombia se ha
modificado radicalmente y que el cambio principal consiste en que mientras otras
fuentes decrecen, la violencia se ha convertido en la primera causa de muerte. Esto
ha llevado al médico Franco a sostener algo que se ha venido diciendo en Colombia:
que estamos frente a una verdadera epidemia de homicidios.
Esta epidemia asume formas particulares: en primer lugar, involucra de manera
muy especial a la población masculina joven: más de la mitad de los adolescentes
hombres que murieron en 1994 en el país fueron víctimas de homicidios. En los de-
partamentos del eje cafetero, por ejemplo, entre los hombres entre 20 y 24 años los
homicidios llegaron a representar en 1989 más del 70% de las defunciones. En Antio-
quia los homicidios alcanzan los más altos porcentajes dentro de la mortalidad gen-
eral en el período estudiado. Entre los 10 y los 14 años los homicidios representaron
en 1994 el 40% de las muertes. En 1994 el 84% del total del grupo de adolescentes
antioqueños entre 15 y 19 años, 88% de los hombres y 54% de las mujeres, murieron
por homicidio. Cifras escandalosas, ante las cuales cualquier comentario sobra.
Este análisis cuantitativo es acompañado por una buena colección de entrevistas
a informantes clave: actores armados, funcionarios estatales, representantes de la so-
ciedad civil. No me cabe duda de que con este material Franco ha hecho una nueva
y muy valiosa contribución a la comprensión del fenómeno.
Sobre la explicación. El autor recurre con habilidad a una perspectiva teórica en
la que liga condiciones estructurales (inequidad, impunidad e intolerancia), y tres
procesos coyunturales (la intensificación del conflicto político militar, la emergencia
y expansión del narcotráfico y el desarrollo del modelo neoliberal). Estas ligazones
se analizan dentro de tres contextos explicativos básicos: el político, el económico
y el cultural. En este terreno, Franco tiene puntos originales y otros que se enmar-
can en fuertes tradiciones teóricas. Ahora bien, las relaciones entre lo coyuntural y
lo estructural son siempre teóricamente complejas, de modo que hay momentos
en que no se sabe cuál es realmente su direccionalidad. Me explico: la violencia en
Colombia puede ser una “resultante” de esas condiciones estructurales y procesos
coyunturales, pero, a su vez, esa misma violencia ha creado condiciones de pro-
fundización de las anteriores variables. Es así como, por ejemplo, la relación en-
tre violencia e intolerancia es de doble vía, pero, además, la violencia crea no solo
intolerancia sino impotencia, la cual, a su vez, tiene una fuerte incidencia sobre la
impunidad. La inequidad está en la base de la violencia, pero esta también es un

XIV El quinto: no matar


recurso para garantizar hegemonías en condiciones de fuerte inequidad. Como se
ve, estas relaciones son problemáticas y aunque el autor las maneja con destreza,
me parece que lo que suscitan merece más trabajo de reflexión y de investigación
empírica. La invitación queda abierta a quien quiera continuar el trabajo de Franco.
Hay otro punto que llama especialmente la atención, y que desborda el análisis
del autor: las mismas condiciones estructurales y procesos coyunturales y sus con-
textos explicativos básicos que describen prioritariamente la violencia no asociada al
conflicto armado, se encuentran también en la base de este. De hecho, este es uno de
los elementos que da dinámica y continuidad a cualquier forma de violencia. Pero
más allá de las retóricas sociales y políticas que acompañan a las luchas por el poder
del Estado, lo cierto es que si esos rasgos no tuvieran la dimensión que exhiben, la
pugna política no tendría las dimensiones de muerte que hoy la acompañan, y que se
manifiestan en que solo por el conflicto armado hemos tenido un promedio diario
de casi cinco homicidios entre 1975 y 1995. Y que ha producido además el fenómeno
de que lo verdaderamente importante en la política colombiana pasa por la violen-
cia, es decir, por la destrucción de la política.
Por otra parte, si bien la relación entre la epidemia de violencia descrita y el
conflicto armado tiene esa capacidad de retroalimentarse y de darse su creciente
dinámica, no es menos cierto que antes de aceptar que la violencia del conflicto ar-
mado explica, o se encuentra en la base de la violencia que no tiene su razón de ser
en la pugna por el control del Estado, es prudente examinar otra alternativa teórica:
que no se trate de que una violencia explique a la otra, que una se derive de otra, sino
que los rasgos que comparten remiten a una matriz histórica común. Si se acepta
esta perspectiva alternativa, el análisis se hace más complejo, y las perspectivas de
solución menos optimistas. Ya no podremos satisfacernos con la perspectiva de que
una negociación entre las varias maquinarias de guerra resuelva el problema: es cla-
ro que una negociación reducirá la carga de violencia, permitirá una concertación
hacia un régimen político más democrático, e inclusive permitirá que se acometan
reformas tendientes a reducir los niveles de impunidad e inequidad, pero todo ello
no es suficiente. Para que en Colombia lleguemos algún día a cumplir el quinto man-
damiento, hace falta un esfuerzo mucho más amplio y de fondo, como hasta ahora
no hemos hecho. Franco lo plantea así, y lo cito con complacencia:

Si en términos generales se aceptaran el esquema analítico y los elementos


estructurales y coyunturales planteados, podría decirse de manera casi obvia
que el enfrentamiento de la violencia colombiana requiere la decisión de la
sociedad, de su Estado y de sus voceros de buscar soluciones de fondo en dos
grandes campos. El primero... La negociación política del conflicto políti-
co-militar interno, la resolución dentro de acuerdos internacionales del pro-
blema narco, y la configuración y actuación de un Estado y un ordenamiento
político menos corruptos, más participativos, eficaces y próximos a las nece-
sidades sociales... El segundo... reducción real de los niveles de inequidad e
impunidad y transformación positiva de los valores y actitudes intolerantes...
Si no se trabaja decidida, paciente y simultáneamente en cada uno de los
componentes de ambos campos, cada esfuerzo y solución parcial se debilita
y puede contribuir a opacar y aplazar la posibilidad resolutiva real.

Prólogo XV
Creo que este libro aclarará muchas dudas en torno del tema de la violencia colom-
biana, iluminará a los estudiosos de nuestra sociedad, y, si existe algo de voluntad,
inspirará a los responsables de la formulación de políticas en cursos de acción más
novedosos y eficaces. Pero servirá también a los actores de la violencia a reflexionar
sobre lo que significa su acción sobre nuestra sociedad.
Finalmente, con este trabajo Franco contribuye a ampliar la línea de investi-
gación sobre violencia que ha formado parte de la historia del Instituto de Estudios
Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.

XVI El quinto: no matar


Capítulo 1

Acercamiento al problema

Una reflexión para empezar

Si el conocimiento es uno de los mayores esfuerzos humanos por entender la rea-


lidad, esto quiere decir, entre otras cosas, que es de la constante interacción pen-
samiento-realidad de donde surgen las cuestiones, los instrumentos de trabajo, las
posibilidades y las limitaciones para el trabajo científico. La actual realidad colom-
biana está dominada por una situación-preocupación central: el problema de la vio-
lencia. Ninguno como él tiene tal magnitud y diversidad, tal penetración en todos
los niveles de la vida individual y colectiva y tales significados e implicaciones. Y,
por consiguiente, ninguno como él plantea tales desafíos tanto al conocimiento y a
la acción como a la viabilidad futura de la sociedad colombiana. Abordar entonces
cualquiera de los múltiples aspectos de la violencia es ponerse de cara a la más cruda
expresión de la problemática nacional y exponerse a las incertidumbres y comple-
jidades de sus orígenes, dinámica, momento y perspectivas. Más aún: como la vio-
lencia no es en Colombia un objeto frío de pensamiento abstracto, sino el tema más
candente de la actualidad nacional, resulta casi imposible establecer las distancias
necesarias para la sistematización y el análisis. La permanente y sangrienta confron-
tación de poderes e intereses que con frecuencia afecta de manera directa aún al
más imparcial observador, la continua proliferación de iniciativas y propuestas de
solución y la ocasional afluencia de tesis interpretativas, son parte de la dinámica
actual del proceso que hacen más difícil la conceptualización. Las dificultades, con
todo, en lugar de disminuir el interés, ponen de presente la necesidad de multiplicar
los esfuerzos para tratar de resolverlas y contribuir a la superación de los conflictos.
No solo la prioridad social respalda la opción de indagar sobre el problema de la
violencia. Hay también motivación y desafío intelectuales. A nivel de objeto de con-
ocimiento, la violencia es un tema en el cual las elaboraciones son aún preliminares.
Su compleja entidad y la diversidad de contextos, modalidades, intensidades y con-
secuencias hacen que los aportes de distintas disciplinas y escuelas de pensamiento
sean aún dispersos y segmentarios. Como muchos de tales aportes han sido elabora-
dos en el fragor de intensos conflictos, se requiere adicionalmente su decantación
para poder extraer lo más consistente de cada esfuerzo teórico. Si lo anterior tiene
validez a nivel general del conocimiento, la tiene aún más a nivel del conocimiento
particular del caso colombiano. Es muy grande el desfase entre la magnitud y com-
plejidad del problema en el país y las elaboraciones teóricas e interpretativas, a pesar
de importantes esfuerzos de individuos y grupos de trabajo.

Acercamiento al problema 17
Para el caso particular, hay una tercera razón de tipo académico. Es la de in-
tentar un planteamiento lo suficientemente consistente desde una perspectiva de
salud pública. Este carácter le planteó al trabajo desde un comienzo dos exigencias.
De un lado, las metodológicas y formales, cuestión que aquí se ha entendido en
lo fundamental como rigor, tanto en los conceptos como en los instrumentos, las
relaciones y las interpretaciones. De otro, desarrollarse dentro del referencial de la
salud pública. No teniendo la salud pública la densidad de una ciencia y reconocida
más como un conjunto de saberes y prácticas sobre el bienestar colectivo y como
el resultado mismo de las acciones estatales y sociales sobre los condicionantes del
bienestar, resultan comprensibles las dificultades adicionales de una indagación so-
bre la violencia desde la salud pública. No obstante, la consideración de la violencia
como un problema de salud pública —el principal en el caso colombiano— abre
también algunas posibilidades tanto teóricas como metodológicas para el aborda-
je del tema. La salud pública es un campo de conocimiento abierto a los aportes
de todas las ciencias y saberes capaces de dar cuenta de la naturaleza, dinámica y
condiciones de la salud colectiva. Caben entonces la epidemiología y la sociología, la
antropología, la historia y la economía. La frontera del campo de la salud pública no
la traza una disciplina o un campo teórico particular, sino una temática y el conjunto
de insumos metódicos, conceptuales y disciplinarios necesarios para su compren-
sión. De ahí derivan buena parte de las posibilidades y dificultades de un abordaje
como el presente del problema de la violencia. No es el trabajo de un sociólogo,
estadístico, politólogo o historiador. Tampoco el de un médico en cualquiera de sus
modalidades clásicas clínico-quirúrgicas. Es un trabajo de frontera, realizado en los
territorios de intersección de dichos saberes al tratar de dar cuenta de la unidad
temático-problemática que llamamos violencia.

Concepto de violencia

La primera condición para poder avanzar en una indagación sobre violencia es jus-
tamente delimitar el concepto. Entiendo por violencia toda forma de interacción
humana en la cual, mediante la fuerza, se produce daño a otro para la consecución
de un fin. Es preciso desagregar y discutir los contenidos de este enunciado sintético.
El punto de partida es el reconocimiento de la humanidad de la violencia. Es
decir: la violencia es una manera de actuar, una conducta, una opción desarrollada,
aprendida y ejercida en las relaciones entre los seres humanos y en las instituciones
y organizaciones que ellos han ido construyendo. Es una forma aprendida de rel-
acionarse. Esta primera característica delimita el campo a acontecimientos entre
seres humanos. No entran entonces en consideración aquí las relaciones de fuerza
entre animales de otras especies ni las manifestaciones de fuerza de la naturaleza,
tales como un terremoto o la erupción de un volcán. Lo esencial, con todo, no es
la exclusión de lo no humano, sino el reconocimiento tanto de las características
humanas en la acción violenta: inteligencia, racionalidad, direccionalidad, pasión,
como del hecho de que las formas violentas de respuesta se van generando en el

18 El quinto: no matar
tejido de las relaciones interhumanas, en la cotidianidad milenariamente repetida
de las múltiples relaciones humano-humano en los niveles individuales y de los
colectivos —familia, etnia, nación, clase, grupo— que se han ido construyendo. Es,
entonces, actividad racional e inteligente. Y es una realidad relacional, no una ma-
terialidad constante. Conlleva todas las complejidades de las conductas humanas en
cuya génesis se entrecruzan razones y afectos, intereses y poderes. Es cambiante,
en la medida en que la vida de los seres humanos se realiza en distintos contextos
y condiciones materiales, y en que se van acumulando y transformando diferentes
maneras de respuesta, motivaciones, ideas y pasiones. Por eso difieren las formas
e intensidades de violencia de unos países a otros, de unos grupos sociales a otros
y de unos momentos a otros dentro de un mismo colectivo. No es fatalidad de la
especie, sino una de las posibles opciones de la especie para la realización de su ser
y sus proyectos. Posiblemente, la apología más apasionada del carácter humano y
humanizador de la violencia de reacción frente a la opresión la escribió Jean Paul
Sartre en 1961 en el Prefacio a la obra de Frantz Fanón sobre la guerra de liberación
de Argelia. Dice: “Esa violencia irreprimible... no es una absurda tempestad, ni la
resurrección de instintos salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hom-
bre mismo reintegrándose” (Fanón, 1965, p. 20). Refiriéndose al contraste entre los
colonizadores y los colonizados mediante la violencia agrega: “Encontramos nuestra
humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la encuentra más allá de
los suplicios y de la muerte... Hijo de la violencia, en ella encuentra a cada instante
su humanidad” (p. 22). Para el colonizado, afirma Fanón, “esta violencia representa
la praxis absoluta” (p. 77).
Estas diferentes dimensiones e implicaciones de la violencia como realidad hu-
mana pueden expresarse en la categoría de historicidad de la violencia. Ella recupera
para la violencia el carácter de construcción temporal relacional e interhumana, de
realidad racional-pasional diversa, variable y transformable, de actividad inteligente
y, como se desarrollará más adelante, dirigida.
Cuando Walter Benjamin intenta encontrar un criterio sólido para su análisis
jurídico-moral de la violencia, empieza por descartar la tesis jusnaturalista que
presenta a la violencia como un producto natural al servicio de fines justos. Explo-
ra entonces en el derecho positivo “que considera al poder en su transformación
histórica” (Benjamin, 1995, p. 26), con lo cual se aproxima bastante a la historicidad
de la violencia. Y si bien en su obra toma después distancia de las tesis del derecho
positivo, mantiene y da nuevos contenidos al carácter histórico-social de la violen-
cia. Al final afirma de manera categórica: “La crítica de la violencia es la filosofía de
su historia” (p. 74).
La caracterización humana (histórico-social) de la violencia es apenas el primer
elemento en su delimitación. Pero, en el múltiple universo de relaciones humanas,
¿qué diferencia a las violentas de las demás? Tres características básicas configuran
la relación violenta: es una relación de fuerza, que produce daño y que tiene direc-
cionalidad.
Lo que le da mayor identidad a la violencia es la fuerza. En el lenguaje cotidiano
inclusive, como bien lo anota Hannah Arendt (1969, p. 44 y ss.), identificamos la vi-
olencia con la fuerza. Puede afirmarse que sin fuerza no hay violencia. O, corriendo

Acercamiento al problema 19
ciertos riesgos, que en esencia la violencia es una relación de fuerza. Una relación
cuya mediación, mecanismo y forma de realización es la fuerza. Es decir, una mane-
ra humana de interactuar en la cual todas las formas posibles de comunicación se
anulan y sustituyen por una única: la fuerza. De las dieciséis acepciones que el dic-
cionario de la Real Academia le da a la palabra fuerza, son dos las que mejor expre-
san el tipo de fuerza que constituye la violencia. Son ellas: aplicación del poder físico
o moral y: acto de obligar a uno a que asienta a una cosa, o a que la haga (DLE, 1992,
P. 1002). Es fuerza física o moral en cualquiera de sus múltiples modalidades y apli-
cada directamente o mediada por instrumentos que la potencian, como las armas
físicas o químicas. El tipo de fuerza y/o de arma empleadas en el acto violento son
uno de los elementos para diferenciar las violencias. Igual acontece con la intensidad
y la eficacia con las cuales se aplica.
Después de varias reflexiones sobre la violencia en el contexto ya enunciado,
Frantz Fanón se concreta a sí mismo. “¿Qué es pues en realidad esa violencia? Ya lo
hemos visto: es la intuición que tienen las masas colonizadas de que su liberación
debe hacerse, y no puede hacerse más que por la fuerza” (1965, p. 65). Para el autor
hay en la situación referida un imperativo libertario y una única manera de realizarlo:
la fuerza. Esta es el instrumento, el medio para intentar un nuevo orden. Ambos son
elementos constitutivos del concepto de violencia en varios otros contextos.
En general, la violencia se ejerce desde una posición de mayor fuerza hacia otra
dotada de menor fuerza en el momento. Tanto en el caso del padre que golpea al
hijo, del violador que reduce a su víctima o del grupo guerrillero que ataca a un
destacamento militar, en el momento de la acción el agresor dispone o presupone
disponer de mayor fuerza. Y es esa mayor fuerza la que lo lleva a actuar de tal mane-
ra, presumiendo el logro de su objetivo. Por eso se considera a la violencia como una
confrontación de fuerzas desiguales, como una relación asimétrica. Mientras hay
simetría se mantiene una tensión de fuerzas, se aplazan las decisiones y se recurre
a otros mecanismos de relación. Una especie de guerra fría. Solo cuando una de las
partes está convencida de su superioridad y asume o coloca al otro en inferioridad,
se lanza a la acción de fuerza. Para consumarse el acto violento debe mantenerse la
superioridad de fuerza. Si la víctima responde con igual o mayor fuerza, el objetivo
del acto violento puede impedirse o volverse de signo contrario. La mujer a la que se
pretende violar puede responder con tal fuerza que no solo impida la violación, sino
que cause grave daño al agresor original. El niño al que se quiere maltratar puede
responder de manera similar, al igual que el destacamento militar atacado.
No sobra advertir que no toda aplicación de la fuerza es un acto violento. La
fuerza tiene muchos otros usos en la vida. De manera permanente recurrimos al uso
de las distintas fuerzas para alterar la inercia de otros cuerpos, para transformar el
medio externo o para comparar la fuerza de unos cuerpos con la de otros. En todos
estos casos la fuerza tiene una aplicación no violenta. El carácter violento se lo da la
exclusión de cualquier otra forma de relación y las dos connotaciones que se dis-
cuten a continuación: la intención de producir daño para lograr un fin.
En su modalidad violenta, la aplicación de la fuerza culmina con la producción
de daño o lesión al otro. El acto violento se consuma con la producción del daño.
Buena parte de la literatura inglesa identifica violence (violencia, fuerza) con injury

20 El quinto: no matar
(injuria, daño, agravio sin razón), siendo mucho más generalizado el uso de injury
que el de violence.
¿Cuál daño? Cualquier alteración negativa orgánica, física o psicológica. O
la negación o limitación total o temporal de alguno o algunos de los derechos
reconocidos. Una herida o trauma en cualquier parte de mi cuerpo producido por
la acción directa de otro sobre mí en las condiciones enunciadas; la imposibilidad
impuesta por otro de desplazarme libremente o de comunicarme con los demás,
y la violación de mi intimidad son formas concretas de daño violento. Un grupo
de intelectuales colombianos que trabajó en un diagnóstico de las violencias en
Colombia a mitad de la década de 1970 expresó así su opción conceptual: “El pre-
sente documento entenderá como violencia todas aquellas actuaciones de individ-
uos o de grupos que ocasionen la muerte de otros o lesionen su integridad física o
moral” (Comisión de estudios sobre la violencia, 1989, p. 17).
También los tipos e intensidades del daño producido permiten diferenciar y cla-
sificar las distintas violencias. Hay violencias físicas, psíquicas y sexuales. Hay daños
leves, moderados y graves. Algunos autores optan por alguna de las formas. En la
obra de Malcolm Deas & Fernando Gaitán (1995), este último afirma: “Violencia es
hacer daño físico mediante el uso de instrumentos o en evidente superioridad física
cuando ese acto no es necesario para la estricta supervivencia” (p. 184). Aceptar como
violencia solo aquella que produce daño físico puede facilitar la clasificación, pero
excluye otras formas tan frecuentes como graves. La definición abre otro tema de
alta complejidad: definir en cada caso cuándo un acto es o no necesario “para la es-
tricta supervivencia”, pero este no es por ahora el tema de discusión. Por supuesto, el
peor de los daños es la negación total del más elemental de los derechos: el derecho a
la vida. De ahí que el homicidio sea la suprema expresión de las relaciones violentas.
Y, finalmente, la relación violenta busca una finalidad, tiene direccionalidad, se
hace con determinada intención. Esta connotación, que expresa en parte el carácter
humano ya considerado, incluye tanto la dimensión teleológica y finalística de la vi-
olencia como su lógica y racionalidad internas. Al mismo tiempo, excluye la violen-
cia del territorio del azar, la demencia y la fatalidad. La violencia no ocurre porque
sí, ni porque tiene que ocurrir. Ocurre porque, en el juego cruzado de poderes e
intereses que constituyen buena parte del entramado social, unos intentan mediante
la fuerza inclinarlo a su favor.
Solo en ocasiones el acto violento hace explícita su finalidad. Lo más frecuente
es que la violencia sea un lenguaje cifrado, tenga códigos secretos que solo pueden
descifrarse en la medida en que los actos se repiten y se van contextualizando. De
manera aislada los actos violentos aparecen como carentes de sentido y tienen un
enorme potencial de desconcertar y crear confusión y terror. Solo en la medida en
que se descorre su velo y se reconoce su guion se comprende su mensaje y se hace
posible preparar una respuesta. La cuestión es más compleja cuando en una misma
situación de violencia se entrecruzan distintos actores e intereses, o cuando un acto
violento tiene más de una finalidad. Lo más frecuente es que las violaciones sexuales
expresen conductas alteradas y tengan como finalidad satisfacer un instinto desvia-
do. Pero, en el caso de la violación masiva de mujeres musulmanas en la guerra de
Bosnia, la finalidad y el mensaje eran diferentes. Era la violación sexual como arma

Acercamiento al problema 21
de guerra, como humillación colectiva y condena a procrear un producto no desea-
do, pues encarnaba al enemigo mismo.
También las diferentes finalidades permiten tipificar y clasificar los actos violen-
tos. Así, puede hablarse, por ejemplo, de violencia política cuando el conjunto de
los actos violentos se inscribe de manera predominante en el contexto de las luchas
de organización social y por la orientación y el control del Estado. O de violencia
racial cuando lo que está en juego es la posibilidad de expresión y de ejercicio de los
derechos de un determinado grupo étnico frente a otro que pretende mantener su
predominio. La finalidad específica determina en buena medida a los actores impli-
cados y llega a perfilar determinadas modalidades y escenarios de violencia. Dado
que la finalidad es la característica que mejor contextualiza las diferentes violencias,
para fines analíticos parece ser esta una mejor manera de clasificar las violencias que
hacerlo por otros aspectos más circunstanciales como el tipo de arma, el área más
afectada o el lugar de ocurrencia. No obstante, es preciso señalar que en cada caso es
el objetivo específico de cada trabajo sobre el tema de la violencia el que determina
la clasificación más adecuada.
El hecho de que la violencia no sea un fin en sí, sino un medio para el logro
de determinados fines, constituye el fundamento del carácter instrumental, de la
instrumentalidad de la violencia. En el contexto analítico de El Capital, la violen-
cia en todas sus formas aparece como el medio predominante para la acumulación
originaria. Todo el capítulo XXIV del primer tomo de la obra se dedica a ilustrar los
diferentes procesos y mecanismos de expropiación violenta, ironizando su carácter
idílico. Conceptualmente el capítulo culmina con las dos afirmaciones básicas de
Marx sobre el tema de la violencia. La primera, que “La violencia es la partera de
toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica”
(1977, p. 940). La segunda: que el aumento de la opresión se corresponde con un
incremento del potencial de rebeldía y reacción de la clase obrera (p. 953). Sobre
ambos temas se reflexionará más adelante.
Desde el comienzo de sus reflexiones, Walter Benjamin señala: “y que la violen-
cia, para comenzar, solo puede ser buscada en el reino de los medios y no el de los
fines” (1995, p. 23). Más adelante se refiere al dogmatismo de la biología darwinista
que considera a la selección natural y a la violencia “como medio originario y único
adecuado a todos los fines vitales de la naturaleza” (p. 25). Y un poco más adelante co-
loca en el centro de su discusión “la legitimidad de ciertos medios, que constituyen
la violencia” (p. 27). Con todo, Benjamin reconoce también ciertas violencias —como
las producidas en situaciones de ira— en las cuales, según él, la violencia no es un
medio, sino una manifestación (p. 62).
Para Arendt, es también claro el carácter instrumental de la violencia (1969, p.
46). Pero más adelante agrega: “Siendo instrumental por naturaleza, la violencia es
racional en la medida en que es efectiva para alcanzar el fin que puede justificarla” (p.
79). Con lo cual se ponen en escena dos aspectos claves del debate sobre la violencia:
su justificación y su efectividad.
La justificación se refiere a la relación entre fines buscados y medios empleados.
Algo se justifica si aquello que se busca es tan superior a lo que se tiene, que com-
pensa y supera los medios empleados. La justificación mira al futuro, a los resultados

22 El quinto: no matar
buscados. En este sentido, la violencia podría justificarse en aquellos casos en los
cuales sea el único medio para lograr superar una grave situación de opresión. Es
este el contexto en el cual F. Fanón hace la defensa de la violencia reactiva anticolo-
nial ya citada. Pero la historia es muy anterior. Es al parecer desde la Roma clásica
cuando se empieza a establecer una diferencia entre guerras justas e injustas. Y si
bien no son lo mismo guerra, revolución y violencia, es cierto que esta última es
un factor común a las otras dos, una especie de “común denominador”, como lo
expresa H. Arendt en su obra Sobre la Revolución. Justamente allí trae una cita de Tito
Livio que vale la pena reproducir: “lustum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma
ubi nulla nisi in armis spes est” (1992, p. 13), cuya traducción libre puede ser: “Es justa
aquella guerra que es necesaria, y bienvenidas las armas allí donde son la única espe-
ranza”. Y Benjamin, al culminar su disertación sobre la violencia como medio para
fundar o conservar el derecho, acepta que más allá del derecho puede reconocerse
una violencia que él denomina pura e inmediata. Su expresión es esta: “Pero si la vi-
olencia tiene asegurada la realidad también allende el derecho, como violencia pura
e inmediata, resulta demostrado que es posible también la violencia revolucionaria,
que es el nombre a asignar a la suprema manifestación de pura violencia por parte
del hombre” (1995, p. 76). Desde otra vertiente del derecho y la filosofía, John Rawls
llega también en sus reflexiones Sobre las libertades (1990) a dejar la puerta abierta
para este tipo de justificaciones. Anota: “Históricamente, la cuestión de cuándo están
justificadas la resistencia y la revolución es una de las cuestiones políticas más pro-
fundas” (p. 94). Y después de enunciar algunos ejemplos afirma: “Cito estas cuestio-
nes solo para recordar algo obvio: que la expresión subversiva forma siempre parte
de una concepción política más amplia” (p. 94). Un salubrista colombiano, víctima
de la defensa de los derechos humanos, expresó la misma idea en términos médicos.
“Hay condiciones de opresión, de injusticia, de enormes desigualdades económicas,
en las cuales la violencia no es una enfermedad, sino una necesidad del organismo
social; un poco como la respuesta del organismo biológico a la infección. Sería, en
este caso, como la fiebre, que es uno de los mecanismos de combatir la infección,
que es la verdadera enfermedad” (Abad Gómez, 1987).
La eficacia de la violencia es un tema más controversial aún. Es lógico plantear
que, si la violencia persiste a pesar de sus costos y del rechazo de muchos, debe ser
en parte porque mantiene algún nivel de eficacia. De otra manera: si la violencia
fuera totalmente ineficaz es muy posible que ya la humanidad la hubiera descartado
totalmente. Es cierto que algunas formas de violencia —en especial las reactivas a
condiciones extremas de opresión— han mostrado históricamente en ocasiones su
legitimidad, validez y eficacia. Como también es cierto que más de un régimen se ha
encargado en la historia de cerrar todas las demás opciones que podrían tener algún
nivel de eficacia para la resolución de conflictos de intereses, quedando en la prác-
tica como posible solo la opción violenta, sin certeza previa de su eficacia. El tema
preocupa tanto desde el punto de vista ético como político. Al discutir las dos posi-
ciones señaladas por Max Weber con respecto a la exigibilidad de los ideales mo-
rales (la llamada moral de convicción, de corte kantiano y que negaría por principios
cualquier forma de violencia en cualquier situación, y la moral de responsabilidad,
que optaría en cada caso en función de la contextualización y del análisis de las con-

Acercamiento al problema 23
secuencias), Adela Cortina plantea respecto de la eficacia de la violencia la siguiente
posición: “Hay acuerdo entre unos y otros que la violencia es intrínsecamente mala,
expresión de un mal existente y generadora de mal, de suerte que contextos y conse-
cuencias no pueden hacerla buena: la violencia es siempre indeseable, indigna de ser
deseada. Por otra parte, también unos y otros aducen razones de eficacia mostrada
por la historia, con lo cual el presunto absolutismo de los no-violentos resulta pálido
y parecen todos convenir en una ética de la responsabilidad: no es por convicción
desligada de la historia por la que se mantienen las posiciones, sino por responsabi-
lidad, por eficacia a largo plazo” (1993, p. 187). Desde una posición más existencial, el
premio Nobel de Literatura de 1995, el irlandés Seamus Heaney, planteó en el dis-
curso de aceptación del premio sus vacilaciones frente a las cuestiones de lo correcto
y lo eficaz de la violencia. Dijo que, a raíz de la detención de un amigo sindicado de
haber participado en un asesinato político en su país

…quedé sorprendido de haber albergado el siguiente pensamiento: aunque


el hombre fuera culpable, podría haber aportado algo al nacimiento de un
mejor futuro, rompiendo las formas represivas, liberando un nuevo poten-
cial en la única manera eficaz, es decir, la manera violenta que se convierte,
por lo mismo, en la manera correcta. (1996, p. 10)

Hay aquí dos elementos diferentes que merecen consideración. En primer lugar:
el reconocimiento del potencial positivo, creador, transformador y realizador de la
violencia en ciertas circunstancias. Pero, en su sorpresa, Heaney va mucho más allá.
Arriesga legitimar por la eficacia. Es correcto aquello que es eficaz. Universalizar este
criterio equivaldría a dar carta blanca a cualquier medio por el supremo argumento
de la eficacia, sin atender a ninguna otra consideración relativa al tipo de fines perse-
guidos, costos y efectos producidos. Aún en el tema de la violencia la eficacia cuenta.
Pero no solo ella.

La prioridad del problema de los homicidios

Los planteamientos anteriores dejan en evidencia, entre muchas cosas, la comple-


jidad y diversidad del problema de la violencia. Pretender abarcar en un estudio la
totalidad de las diversas formas de violencia en un tiempo y espacio delimitados
conllevaría enormes riesgos conceptuales y metodológicos. Solo el volumen de la
información requerida plantearía enormes dificultades en un trabajo específico.
Dificultades que se multiplicarían al tratarse de un esfuerzo que pretende trascender
el plano descriptivo y arriesgarse a explorar en el explicativo. Se hace entonces muy
conveniente optar por alguna o algunas de las formas de violencia. Lo he hecho por
los homicidios. ¿Por qué?
La primera razón se refiere a la importancia relativa del homicidio. Toda forma
de violencia es importante, tiene serias implicaciones y merece estudiarse. No ob-

24 El quinto: no matar
stante, como ya se anotó, el homicidio es la forma suprema de violencia en el sentido
de que priva a la víctima de la totalidad de sus derechos y en forma definitiva. Mu-
chas formas de violencia suspenden o eliminan algún derecho particular o alteran
un determinado órgano o función, en ocasiones solo en forma transitoria. El homi-
cidio, en cambio, es daño y negación total y definitiva. Según la nueva Constitución
Política de Colombia, en su artículo 11, “El derecho a la vida es inviolable. No habrá
pena de muerte” (1991). El homicidio es violación del más elemental de los derechos.
También socialmente el homicidio tiene profundos significados y graves con-
secuencias. Es indicador de la capacidad autodestructora de la sociedad, de su inca-
pacidad para construir y ejercer mecanismos no letales de resolución de conflictos
y de su impotencia para erigir el derecho a la vida como valor constitutivo de las
bases de la convivencia colectiva. Si los indicadores de cualquiera de las formas de
violencia van aportando para captar la gravedad del problema en determinadas cir-
cunstancias, los de homicidio son expresión máxima e inequívoca del grado de ne-
crosis del tejido social. Sin subvalorar el significado y la importancia de otras formas
de violencia, optar por el estudio de los homicidios es un intento por acercarse a la
expresión máxima, a la herida más grave, a la palabra más explícita sobre la magni-
tud del problema.
El conocimiento previo de la violencia en el país aporta otra razón para con-
centrarse en el problema del homicidio. Mirando en conjunto el ciclo actual de
violencia —las dos últimas décadas—, puede observarse que los eventos violentos
que han tenido los mayores incrementos han sido el homicidio y el secuestro, pero
los homicidios en escala y magnitudes significativamente superiores al secuestro.
Otras formas de violencia, como las desapariciones y los maltratos, también se han
incrementado, pero ninguna al ritmo y con la magnitud del homicidio. Los datos
de homicidio son entonces el indicador más expresivo de la violencia colombiana
actual. Aportar a su conocimiento y explicación es entonces prioritario y puede con-
tribuir en algo a la comprensión global del problema.
Hay una razón complementaria. La información disponible sobre los diversos
eventos violentos en el país es relativamente escasa y con baja cobertura tanto tem-
poral como geográfica. Además, dado que en ocasiones diferentes organismos e in-
stituciones del Estado o particulares registran los mismos hechos, la información
resulta inconsistente y de baja confiabilidad. Los registros de homicidio no escapan
a estas dificultades, pero, dados su gravedad, sus implicaciones jurídico-penales y el
requerimiento de la necropsia, tienen una mayor cobertura y mejor calidad relati-
vas. Esto facilita un poco la descripción y los análisis.

Concepto de homicidio

Emile Durkheim (1982) empieza su clásico estudio sobre el suicidio, advirtiendo


sobre los riesgos de no definir de manera rigurosa el concepto mismo de suicidio.
Dado que es una palabra de uso muy corriente, aparece a primera vista innecesario
elaborar el concepto. Él va mostrando las insuficiencias del término cotidiano y,

Acercamiento al problema 25
mediante ejemplos y aproximaciones sucesivas, construye el que considera el con-
cepto más riguroso de suicidio y que le sirve de piedra angular a su trabajo.
Mucho más corriente es el uso del término homicidio y, por lo mismo, mucho
más necesario depurarlo y precisarlo. Etimológicamente, homicidio viene de dos
raíces latinas: homo-hominis = hombre y scindo-is-ere = romper, rasgar, separar violen-
tamente (Blánquez Fraile, 1954). Es decir: por su etimología, homicidio es la acción
de destrozar de manera violenta a un ser humano. En la práctica, el destrozo debe
llegar hasta la muerte. Homicidio es la acción de producir la muerte de un huma-
no de manera violenta. Pero hay una característica fundamental: que debe ser pro-
ducida por otro ser humano. Tanto en inglés, como en portugués y en español, los
diccionarios precisan que homicidio es la muerte causada a una persona por otra.
Es esta la diferencia esencial con el suicidio, que es producido por la propia víctima,
autoinfligido. Y la misma característica excluye la muerte de humanos a manos de
animales, como acontece cuando un toro mata al torero o el reciente episodio en un
zoológico colombiano en el que una rinoceronte mató a un imprudente visitante
que invadió su territorio. Estos casos son por lo general clasificados como accidentes.
El asunto más complejo y definitivo en la calificación del homicidio es la in-
tencionalidad. Estrictamente hay homicidio cuando alguien mata a otro con cono-
cimiento e intención de hacerlo. Y será ese el concepto de homicidio usado en este
trabajo: todo acto mediante el cual una persona priva de la vida a otra con cono-
cimiento e intención de hacerlo. De conformidad con el enunciado sintético, son
cuatro los elementos constitutivos del homicidio: la eliminación de una vida hu-
mana; por parte de otro ser humano; con conocimiento de que el daño infligido
puede producir la muerte; y la intención de producirla. El primero de ellos aparece
como el más fácil de observar y calificar. En principio, un ser humano vivo es in-
confundible. Con todo, la polémica ya existente sobre el momento desde el cual
se considera que existe el ser humano y que tiene implicaciones sobre el tema del
aborto y la consiguiente responsabilidad penal, pone de presente que nada es obvio
en estas materias. El que el agresor sea otro ser humano, que parece también fácil de
establecer, ofrece complicaciones en la medida en que el hombre puede actuar de
manera indirecta mediante otros seres o instrumentos, estableciéndose diferentes
niveles de responsabilidad. Un homicidio puede tener un autor material, directo,
otro intelectual y aún un tercero que financia el crimen. Los tres serían homicidas
de la misma víctima, con diferente grado de responsabilidad. De manera similar,
el homicida puede disparar directamente sobre su víctima, o colocar una carga de
dinamita activada para que explote en el momento en que pase la víctima. Es decir:
la acción homicida puede ser directa o indirecta tanto en su materialidad como en
la responsabilidad.
El conocimiento de qué tipo de acciones son o no capaces de privar a otro de
la vida, se supone en los humanos en uso normal de sus condiciones intelectuales.
Cuando se excluye de responsabilidad penal a los menores de edad —inimputabi-
lidad—, se hace porque se les considera incapaces de establecer tal diferencia y de
tomar decisiones responsables. El asunto también es controversial, en especial en la

26 El quinto: no matar
franja fronteriza entre menores y mayores de edad. Y el punto de mayor dificultad
es el de la intencionalidad y la manera de establecerla y juzgarla.
Las circunstancias en las cuales ocurren el hecho y el grado de conocimien-
to e intención establecen diversas modalidades de homicidio, cuya calificación es
importante e implica sanciones de diferente intensidad dentro del Derecho Penal
(República de Colombia, 1997). Sean o no sancionados penalmente y cualquiera sea
la magnitud de la sanción, todos los eventos que reúnan las condiciones contenidas
en la definición asumida se incluirán en este trabajo. Es el caso, por ejemplo, de las
muertes de ambos bandos en los enfrentamientos armados entre el ejército y los
grupos guerrilleros, y las muertes en acciones terroristas de cualquiera de los actores
del conflicto. De conformidad también con la definición, se excluirán todos los casos
y tipos de muertes accidentales, incluidos los accidentes de tránsito. Esta opción no
implica el desconocimiento de que en rigor muchos de tales accidentes pueden ser
formas de homicidio. Pero su calificación de accidental y la dificultad para reclasifi-
carlos hace más procedente excluirlos del trabajo.
El sinónimo más frecuente de homicidio es asesinato. El término tiene una con-
notación de premeditación y alevosía. Estas, y otras circunstancias —tales como
edad de la víctima, indefensión, forma de cometer el acto, sevicia— configuran lo
que penalmente se denomina homicidio agravado. Cuando sin proponerse quitarle
la vida a otro se le produce un daño que termina por causarle la muerte, se habla
en derecho de homicidio preterintencional. Hay circunstancias en las cuales no hay
una intencionalidad directa de matar al otro, pero hay negligencia para impedirlo
u omisión imprudente que también implica responsabilidad y configura lo que en
derecho se llama homicidio culposo. La Policía Nacional de Colombia, en su registro de
Delitos contra la vida y la integridad personal (1996), incluye en esta categoría de homici-
dio culposo todos los accidentes de tránsito. Toda la categoría se excluye del trabajo
como ya se anotó con respecto a los accidentes de tránsito.

Qué es un contexto explicativo

Existe en el país un cierto cansancio y saturación de lo que se ha llamado “contar


muertos”. Es la forma popular de expresar la insatisfacción por los estudios sobre el
fenómeno de la violencia que no superan el nivel descriptivo. Hay parte de razón,
pero hay que tener cuidado. Describir no es solo dar cifras aisladas de eventos. Des-
cribir es presentar el cuadro de una realidad con el mayor detalle posible. Permite,
por tanto, identificar los actores, el escenario y el contexto. La capacidad expresiva
de los hechos y la fidelidad e integridad de su descripción suministran buena parte
de las claves para iniciar indagaciones que permitan establecer regularidades, rela-
ciones y tendencias. La descripción rigurosa y sostenida, en períodos de tiempo
suficientes, es imprescindible para poder empezar el análisis, la interpretación y las
propuestas.
Aún a nivel descriptivo, por las inconsistencias e irregularidades ya anotadas
acerca del problema de la información disponible en el país, las deficiencias son

Acercamiento al problema 27
todavía muy grandes. Trabajar entonces por mejorar la descripción del fenómeno
de la violencia, y para el caso específico el de los homicidios, tiene valor intrínseco y
puede contribuir al esclarecimiento del problema y a sugerir nuevas claves y pistas
analítico-interpretativas.
Reconociendo la importancia del momento descriptivo, el presente trabajo pre-
tende ir un poco más adelante. Intenta avanzar hacia algunos contextos explicativos del
problema. La descripción puede presentar el entorno, el contexto circunstancial y
espacio-temporal en el cual acontece el fenómeno. Como lo formulé en un material
preliminar: “Entiendo por contexto explicativo a un conjunto específico de condi-
ciones y situaciones culturales, económicas y político-sociales en las cuales se hace
racionalmente posible entender la presentación y el desarrollo de un fenómeno”
(Franco, 1996, p. 5). No es solo entonces el entorno situacional del acontecimiento
sino el entramado relacional que lo hace posible y entendible. Se trata, en términos
lógicos, de una especie de punto intermedio entre la descripción y la causalidad.
Intenta ir más allá de la primera, pero acepta con realismo quedarse más acá de la
segunda. Difiere de la descripción en la medida en que, a partir de ella y del cono-
cimiento disponible sobre el fenómeno en cuestión, intenta establecer relaciones,
condiciones de posibilidad y explicaciones lógicas. Pero no se desvela por la cau-
salidad ni pretende sustituirla. En su etimología, causa se origina del griego aitía
y tiene un significado de acusación, de atribuirle algo a alguien en un contexto de
predominio jurídico-penal (Franco, 1993). El Diccionario Latino (Blánquez Fraile,
1954, p. 204) advierte que causa-causae es de origen desconocido y entre las múltiples
acepciones señala las tres que se utilizan con mayor frecuencia, a saber: origen o
principio, razón o explicación, y motivo o dirección. Detrás de la sencilla formu-
lación: ¿Cuál es la causa de la violencia? se hace un complejo cuestionamiento en las
tres direcciones: qué dio origen y desencadenó el fenómeno; a qué se debe o cuál
es su explicación; por qué y para qué esta violencia. Cada una de las dimensiones
implicadas en la elemental pregunta conlleva como mínimo una respuesta. Es decir
que, para el caso de la violencia, el unicausalismo carece en absoluto de sentido. En
términos lógicos puede decirse entonces que, al ser racionalmente imposible una
respuesta, la pregunta: ¿Cuál es la causa de la violencia? carece de sentido y debe sus-
tituirse. ¿Sustituirse por cuál? Como mínimo por una pregunta plural: ¿Cuáles son
las causas de la violencia? Frente a esta nueva pregunta es posible emprender varias
exploraciones y eventualmente llegar a algunos enunciados. Los enormes niveles
de dificultad para establecer lógicamente —bien sea por la vía cuantitativa o por la
cualitativa— relaciones causales y, para el caso, el agravante adicional del carácter de
intensa actividad actual del problema de la violencia en Colombia me llevan a optar
mejor por el camino intermedio de explorar sobre sus condiciones de posibilidad
y sobre sus explicaciones posibles, que es lo que entiendo por contexto explicativo.
Puede establecerse una especie de tipología de contextos en el sentido de difer-
enciar los diversos contextos en función de su naturaleza, de su substancia constitu-
tiva. Así se habla, por ejemplo, de contexto económico, contexto político, cultural, religioso,
etc. Y, por la complejidad misma de la realidad, es frecuente que los contextos no
se encuentren puros, sino en diferentes y cambiantes composiciones. Así nos en-
contramos con contextos económico-políticos, o socioculturales, o jurídico-penales.

28 El quinto: no matar
Igualmente, al hablar del contexto explicativo de un fenómeno puede encontrarse
que haya un contexto particular que en buena medida de cuenta de él (un evento
particular puede entenderse, por ejemplo, en un contexto de franco predominio
religioso). Pero parece más frecuente que la explicación de eventos complejos se
encuentre en la intersección de varios contextos. Creo que es el caso de la violencia
colombiana. Es tal su fuerza y complejidad actual que parecería ingenuo pretender
explicarla a partir de una variable, de un factor o de un contexto específicos.
Por su propia naturaleza, el contexto (o contextos) explicativo de un fenómeno
actual es provisional. En presente su validez se la otorga su propia capacidad explica-
tiva, su textura lógica, su consonancia con el desarrollo y las tendencias del aconte-
cimiento. En perspectiva se la confiere su confirmación histórica. Esta se logra en la
medida en que, al irse desarrollando y superando el fenómeno, se vayan esclareci-
endo de forma definitiva su dinámica y perfiles y, por tanto, resulten consistentes las
relaciones lógicas formuladas en los contextos explicativos. Este carácter provisorio
desestimula a los buscadores tanto de respuestas definitivas como de acciones y cu-
raciones inmediatas. Pero parece estar más próximo de la realidad, de la exigencia
de búsquedas permanentes y de la necesidad de ensayar-corregir respuestas y solu-
ciones tanto globales como puntuales.
Preliminarmente, este trabajo se propone explorar tres contextos explicativos
de la violencia en Colombia: uno de predominio económico; otro de predominio
político, y un tercer contexto cultural. Cada uno de ellos sintetiza un conjunto de
problemas y situaciones que explican el porqué de la violencia actual. Y en conjun-
to deben configurar un marco explicativo suficientemente sólido y completo del
problema. La exploración pretende observar también el comportamiento de tres
condiciones estructurales postuladas como raíces y expresiones de los contextos
explicativos enunciados. Son ellas: la inequidad, la intolerancia y la impunidad. La
primera como principal expresión del contexto económico, pero también con sig-
nificados políticos y ético-culturales; la intolerancia como expresión más clara del
contexto político, pero también del cultural; y la impunidad, altamente expresiva de
la intersección de los contextos político y cultural. En los capítulos siguientes se irá
avanzando progresivamente en la exploración.

Acercamiento al problema 29
Capítulo 2

Perfil situacional

Todo el trabajo apunta a contribuir a una mejor comprensión del grave problema de
la violencia, y en particular de los homicidios en Colombia, concentrando la infor-
mación y el análisis en las dos décadas comprendidas entre 1975 y 1995. Habiendo
discutido en el capítulo anterior los conceptos de violencia, de homicidio y de con-
texto explicativo, el presente se concentra en trazar un perfil general de Colombia y
en caracterizar el período seleccionado para el estudio. ¿A qué nos referimos cuando
decimos Colombia? y ¿Por qué el período 1975-1995?, puede ser el enunciado más
simple de las dos preguntas que servirán de guía en este capítulo.
Dado que un resumen completo de lo que ha sido la trayectoria del país, la car-
acterización de sus principales actores y las tensiones que han dinamizado su de-
sarrollo a lo largo de su historia rebasan tanto los objetivos de esta investigación
como la capacidad de cualquier investigador, solo se incluirán algunos enunciados
sintéticos acerca de los aspectos que a juicio del autor son esenciales para la comp-
rensión del tema en cuestión. Se resalta lo correspondiente a los diferentes aspectos
en el período de estudio seleccionado. Los datos cuantitativos correspondientes a
las principales variables consideradas en el trabajo se presentarán en el capítulo 4.

La complejidad llamada Colombia

Son múltiples y diversos los contenidos, los procesos y las realidades que quieren
expresarse cuando se enuncia el nombre de un país, para el caso: Colombia. Desde
un espacio de 1.138.618 kilómetros cuadrados que hoy alberga a treinta y cinco
millones de personas, hasta un país problema y casi paria en la comunidad inter-
nacional, pasando por una historia de casi dos siglos de luchas por construir, sin
lograrlo, una identidad político-cultural. Todo lo anterior sin olvidar los actuales
calificativos de “meca del narcotráfico mundial”, “nicho de la guerrilla más antigua
de América” y “país más violento del mundo”. Algo de eso, pero mucho más, es la
Colombia materia prima y escenario del problema en estudio.
La reciente Constitución Política reconoció la diversidad étnica y cultural de la
nación y atribuyó al Estado el deber de protegerla (República de Colombia, 1991).
Diversidad originada en tres raíces. En primer lugar, los indígenas que habitaban el
territorio antes del descubrimiento, a fines del siglo XV, y que desde entonces han
sido víctimas de conquistadores, colonizadores y propietarios de tierras que los han

Perfil situacional 31
diezmado hasta quedar reducidos en la actualidad a grupos relativamente pequeños.
Tampoco ellos han escapado al actual conflicto, en el que se han visto involucrados
de diferentes maneras y al que también han aportado cuotas de sangre, de reclamos
y propuestas. La segunda raíz corresponde a los europeos, en especial españoles,
que se mezclaron con los indígenas dando origen al mestizaje hoy dominante. Con
posterioridad al período reconocido como de La Colonia -que se extiende hasta
principios del siglo XIX- Colombia no ha sido un destino migratorio importante,
a diferencia de países como Argentina, Chile, México y Brasil. La población negra,
traída de África para trabajar en la agricultura y la minería en condiciones de esclavi-
tud, constituye el tercer componente étnico (Palacios Preciado, 1982). A diferencia
de los otros dos que penetraron más en las distintas regiones del país, los negros
se concentraron en los litorales, en especial el Pacífico, y participaron menos en el
mestizaje. Aún hoy mantienen algunas franjas territoriales y culturales. El recono-
cimiento de este carácter pluriétnico es esencial en la exploración cultural y psíquica
de los colombianos.
De una población de 806.209 en 1770, el país pasó a 2.951.111 un siglo después
(1871), y a casi 23 millones (22.915.229) en 1973, según los censos de población dis-
ponibles del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE, 1993).
La dinámica de crecimiento permite estimar que, en total, durante el presente siglo
el país multiplicará por diez su población, pasando de cuatro a casi cuarenta mil-
lones. La violencia se ha convertido, en el país, en un importante factor demográfico,
tanto en términos de regulación del crecimiento poblacional, como de limitación de
la esperanza de vida al nacer y de dinámica migratoria. La denominada Guerra de
los Mil Días, de finales del siglo pasado y comienzos del presente, produjo una mor-
talidad estimada en el 2% de los cuatro millones de habitantes que por entonces tenía
el país (Bejarano, 1982). Un porcentaje similar representaron para el país los 200.000
muertos de la violencia de mitad de siglo (Oquist, 1978), en un país de once millones
y medio de habitantes. Ese período de violencia tuvo también enorme impacto so-
bre la relación urbano-rural de la población. Los miles de campesinos forzados por
la violencia a desplazarse a la ciudad contribuyeron a que, entre 1938 y 1951, la tasa de
crecimiento de la población urbana tuviera un promedio anual de 4,5%, mientras la
rural era solo del 1,04% (Bejarano, 1982, p. 69). Según el DANE, la población del país
pasó del predominio rural, a mitad del presente siglo (61%), a un progresivo predo-
minio de la población urbana: 52% en 1964 y 60% en 1973. Más adelante se analizará
la dinámica poblacional en el período de estudio.
Es también muy diversa la geografía del país. Dos extensas regiones costeras; una
norte, sobre el Atlántico y otra occidental, sobre el Pacífico. Una cadena montaño-
sa conformada por las tres ramificaciones de los Andes y que comprende también
amplios valles interandinos, en donde reside la mayor parte de la población del país.
Y una amplia región oriental, más plana, con enorme riqueza fluvial y del subsuelo,
con una baja densidad poblacional y precarios sistemas de comunicación. Cuando
se habla de que Colombia es un país de regiones, se hace referencia a la diversidad
que se ha generado en función de núcleos poblacionales vinculados por tres razones
principales: un espacio geográfico relativamente similar, ciertos procesos producti-
vos comunes y, consiguientemente, ciertas tradiciones y elementos culturales tam-

32 El quinto: no matar
bién comunes. Se habla así, por ejemplo, del eje cafetero, de la región costeña, de los
llanos o del altiplano cundiboyacense. En general, la historia de las violencias es bien
diversa en las distintas regiones. En la costeña, por ejemplo, han sido menos intensos
los diferentes ciclos de violencia. En las demás, que han sido los escenarios reales de
la violencia colombiana, sus intensidades han sido variables. Más que en términos de
región, el problema ha sido ubicado en función de su distribución urbano-rural, o
según las circunscripciones político-administrativas —departamentos y municipios—
del país. Las nueve grandes guerras civiles del país en el siglo pasado se desarrollaron
principalmente en la región andina (Tirado Mejía, 1982). El período de violencia de
mitad del presente siglo tuvo su epicentro en los departamentos de Tolima, Antioquia,
Caldas, Valle y en los Llanos Orientales (Guzmán Campos et al., 1980). La actual ha sido
más generalizada, con las focalizaciones que se verán más adelante.
Durante el siglo pasado, la economía del país giró en torno a la agricultura
—tabaco, quina, añil, café— y a la minería, en especial de oro. Desde comienzos del
presente siglo la característica central de la economía colombiana ha sido su depen-
dencia estructural de los intereses económico-políticos de los Estados Unidos de
Norteamérica. Tanto su producción agrícola como su proceso de industrialización,
incluyendo el ciclo reciente de los narcóticos, se han pautado comercial, tecnológica,
financiera y organizativamente en gran medida en función del modelo y los inter-
eses de dicho país. El café fue durante muchos años el eje de la producción y de las
exportaciones del país. De significar un 50% de estas últimas, a fines del siglo pasado,
llegó a representar el 75% en 1926, para luego decrecer de manera progresiva (Os-
pina Vásquez, 1974, p. 429). No solo en las exportaciones fue importante el café. Lo
fue en general en la economía colombiana e inclusive en la configuración cultural
y social del país (Nieto Arteta, 1975). Durante la segunda y tercera décadas de este
siglo se acelera en el país el proceso de industrialización, con énfasis en los sectores
textil, de alimentos y bebidas (Ospina Vázquez, 1974, p. 543). La economía nacional
sufre las consecuencias de la gran depresión de la economía mundial de 1930. Des-
de entonces la industrialización del país ha tenido tres grandes momentos: uno de
sustitución de importaciones en las tres décadas siguientes; otro de promoción de
exportaciones (Bejarano, 1978) que va desde la década de 1960 hasta mediados de
la década de 1980; y el actual de globalización de la economía, con particularidades
que se enunciarán más adelante.
A más del carácter esencial de dependiente, los estudiosos del tema le otorgan
al proceso de industrialización del país, entre otros, dos calificativos que es preciso
señalar: es una industria artificial (Ospina Vázquez, 1974, p. 9) —en el sentido de que
no puede producir al mismo precio de la industria extranjera— y es alta y progre-
sivamente monopólico (Bejarano, 1978, p. 224). Este carácter monopólico es general
para toda la economía colombiana. En el sector agrario, por ejemplo, la acumulación
se viene dando desde el siglo pasado —hacia 1860 la Iglesia católica poseía aprox-
imadamente la tercera parte de los bienes inmuebles del país (Tirado Mejía, 1982,
p. 356)— pero se incrementa de manera significativa en otras manos a partir de la
década de 1930 (Kalmanovitz, 1978). Con la violencia de mitad del siglo hay una rea-
comodación de la propiedad agraria que terminó por favorecer a los terratenientes
amparados por sectores políticos y de la Iglesia católica. Según el censo agrícola de

Perfil situacional 33
1960, para ese año el 40% de la superficie agrícola del país estaba conformado por
predios superiores a las 500 hectáreas (Banco Mundial, 1972). También el capital
financiero empieza a concentrarse poco antes de la crisis de la década de 1930 (Ospi-
na Vázquez, 1974, p. 419), culminando en la actualidad con la hiperconcentración en
poquísimos grupos nacionales e internacionales. Es lógico que la concentración de
la propiedad y la riqueza determine también la concentración de los ingresos. Basa-
da en datos de la Cepal, hacia la mitad de la década de 1950, una misión que estudió
la economía del país observó que para entonces el 4,6% de la población disponía del
40% de los ingresos totales, mientras el 78% de la población vivía en la miseria (Presi-
dencia de la República, 1958). El mismo estudio señaló que mientras en países como
los Estados Unidos, Dinamarca e Italia los ingresos máximos per cápita eran equiva-
lentes a cuatro veces el promedio, en Colombia lo eran entre ocho y nueve veces (p.
28). Una década más tarde, en 1965, otro estudio encontró que el 20% más rico de la
población recibía cerca del 60% del PNB, mientras el 40% más pobre solo recibía el
10% del PNB (Urrutia, 1982). Al analizar la cuestión de la inequidad, se volverá más
adelante sobre estas cifras y se agregarán las actuales.
Tan errado sería desconocer la importancia del bipartidismo en la historia políti-
co-social del país, como pretender reducir esta solo al guion de la confrontación
entre los partidos liberal y conservador. Mucho antes de que ellos se conformaran
a mitad del siglo pasado, los distintos sectores sociales y políticos habían librado
luchas que marcaron desde su estado embrionario a la sociedad colombiana. Es el
caso de la resistencia indígena a la conquista, de la lucha por la liberación de los es-
clavos, y de los levantamientos populares contra la opresión colonial cuyas máximas
expresiones se encuentran en el movimiento comunero de finales del siglo XVIII
y en la guerra de independencia de comienzos del siglo XIX (Torres Giraldo, 1967;
Fals Borda, 1973) . Y a lo largo del siglo y medio de bipartidismo (Tirado Mejía, 1978)
se han desarrollado intensos movimientos sindicales, populares, indígenas y de in-
tentos de romper el bipartidismo con alternativas políticas diferentes (Pécaut, 1973;
Urrutia, 1969). Algunos ejemplos: la ola de huelgas obreras de la segunda y tercera
décadas de este siglo, cuya culminación puede ser la huelga de las bananeras de 1928,
violentamente reprimida por el gobierno; el levantamiento indígena del sur del país,
dirigido por Quintín Lame hacia 1916, y la creación del Partido Comunista en 1930.
Desde sus comienzos a mitad del siglo XIX, las luchas por la hegemonía ideológi-
ca y por el control del poder político entre los partidos liberal y conservador estuvo
marcada por la violencia. Buena parte de los motivos de las guerras que acompañaron
la conformación de la República estaban relacionados con este tipo de intereses.
Igual durante el control inicial del partido liberal que a lo largo de la denominada
República Conservadora (1880-1930) (Meló, 1978), y que en la corta República Lib-
eral que va de 1930 a 1946 (Tirado Mejía, 1978, pp. 144 y ss.), la intolerancia verbal, la
exclusión y la persecución políticas, el señalamiento ideológico que con frecuencia
culminaban en guerras abiertas o soterradas constituyeron la materia prima del que-
hacer político-social.
Desde el momento mismo del descubrimiento de América, la religión católica ha
jugado un papel importante y ampliamente reconocido en la configuración cultural
y en la vida política de los países del continente. En Colombia este papel ha sido

34 El quinto: no matar
con frecuencia protagónico y los métodos no siempre se han correspondido con los
postulados doctrinarios y éticos del cristianismo. La catequización de los indígenas,
la tolerancia con la esclavitud —con muy honrosas excepciones—, los horrores de
la Inquisición, el ejercicio híbrido de arzobispos-virreyes, el frecuente maridaje de
sus jerarquías con el partido conservador, el celo por el establecimiento y el manten-
imiento de privilegios en la enseñanza, la legislación y los impuestos incompatibles
con la equidad y el ecumenismo, son algunos de los hechos históricos que ameritan
reflexión e indican que no todo ha sido construcción de valores positivos, tolerancia
y convivencia. El contenido de la Constitución de 1886, que estuvo vigente duran-
te un poco más de un siglo, y del Concordato inspirado en ella, firmado en 1887 y
aún vigente con algunas modificaciones, son una de las más claras expresiones de
las implicaciones negativas de la exagerada intromisión de la Iglesia católica en las
cuestiones del Estado, del gobierno y de los partidos. Dicha Constitución excluyó
cualquiera otra religión al señalar la católica como la religión de la nación, poner
la educación pública bajo su orientación y control dogmático y dotarla no solo de
garantías, sino de grandes privilegios jurídicos, económicos y protocolarios ratifica-
dos después en el Concordato (Tirado Mejía, 1982, p. 379). Aparece entonces lógico
que las razones e intereses religiosos hayan estado muy ligados también a la génesis
de los conflictos, incluidas las guerras, tanto en el siglo pasado (Tirado Mejía, 1976)
como durante el presente. Más adelante se comentará lo relativo al papel de la Iglesia
católica en la violencia de mitad del presente siglo. Por descontado que ni toda la
Iglesia ha tenido la misma posición, ni esta ha sido igual en los distintos momentos
de la historia del país. Inclusive, en cada etapa y frente a cada problema ha habido
desde la misma Iglesia voces y ejemplos contrapuestos y aún liderazgos enfrentados
a las posiciones más conservadoras.
Como se dijo al comienzo del capítulo, los anteriores son solo brochazos sobre
los antecedentes de la compleja situación colombiana actual. Pero son imprescindi-
bles si se quiere empezar a entender el encuadre histórico del tema objeto del traba-
jo: la violencia, en particular la homicida.

¿Por qué el período 1975-1995?

La información disponible sobre homicidios en el país entre 1955-1975 permite esta-


blecer que a fines de la década de 1950 hay un pico que corresponde al denominado
período de La Violencia. A partir de la mitad de la década de 1960 empieza a regis-
trarse un nuevo ascenso en las tasas de mortalidad por dicha causa. Este ascenso
tiene dos fases. Una primera de ascenso moderado, que va hasta 1984, y una segunda
de ascenso vertiginoso, que empieza a mitad de la década de 1980, llega a su máximo
entre 1991 y 1993 e inicia luego un descenso moderado, tal como se aprecia en la
Figura 1. En esta configuración básica coinciden las curvas de mortalidad por homi-
cidio elaboradas por los distintos investigadores del tema (Deas & Gaitán, 1995, p.
213; Urrutia Montoya, 1995, p.473; Sarmiento Anzola, 1997, p. 72).

Perfil situacional 35
100
90
80
Tasa por 100.000 haiitantes

70
60
50
40
30
20
10
0
1955
1957
1959
1961
1963
1965
1967
1969
1971

1973
1975
1977
1979
1981
1983
1985
1987
1989
1991
1993
1995
Figura 1. Tasa de mortalidad por homicidios. Colombia, 1955-1995.
Fuente: Elaboración propia.

Pues bien, este ascenso, con sus dos fases, representa el nuevo ciclo de violencia
del país y delimita el período de estudio: 1975-1995. Surgen entonces las preguntas
obvias: ¿tiene dicho período alguna identidad? Es decir: ¿existen hechos y procesos
específicos desarrollados durante estas dos décadas que permitan entenderlas como
una especie de unidad histórica claramente diferenciada de otras? Y, asumiendo que
existan, ¿cuáles serían?
Si bien ningún momento de un proceso es autónomo ni puede entenderse en
sí mismo desvinculado de su trayectoria, postulo que estas dos décadas tienen en
Colombia una identidad configurada por tres procesos coyunturales: la imple-
mentación del modelo neoliberal en la concepción y la acción del Estado; la emer-
gencia y expansión del fenómeno narco, y la agudización, como nunca antes, del
conflicto político-militar interno. Postulo, además, que al incrementar la situación
estructural de inequidad, impunidad e intolerancia, el efecto sinérgico de los tres
procesos enunciados y de sus consecuencias ofrece un marco explicativo suficiente
para entender los actuales niveles de violencia en el país. Sin pretender un com-
pendio de historia, es necesario presentar de manera sintética las principales carac-
terísticas del desarrollo de cada uno de los tres procesos coyunturales enunciados y
esbozar las mediaciones a través de las cuales han venido contribuyendo al incre-
mento exponencial de la violencia.

36 El quinto: no matar
El viraje neoliberal

En la política nacional, 1974 no solo significó el final de un período de alternación de


los dos partidos tradicionales en el ejercicio del poder político y de repartición mili-
métrica del aparato burocrático, conocido como el Frente Nacional. Fue también
el comienzo de un viraje en la concepción y el ejercicio del papel del Estado y en
la orientación de la economía que culminaría dos décadas después con la consoli-
dación del modelo neoliberal. Sin pretender resumir las bases teóricas, económicas,
éticas y políticas del heterogéneo campo de pensamiento y acción sociales que desde
finales de la década de 1970 viene formulando un cierto retorno a los principios
liberales del siglo XVIII, y que en conjunto se ha denominado neoliberalismo, es
necesario enunciar sus rasgos característicos, antes de avanzar en el seguimiento de
su implementación en Colombia.
Según algunos estudiosos latinoamericanos del tema (De la Garza Toledo, 1994;
Ahumada, 1996; Laurel, 1997), los núcleos esenciales del pensamiento neoliberal han
sido dos escuelas norteamericanas, la de Chicago y la de Virginia, y la escuela austría-
ca. Ahumada los resume así:

Las fuentes principales del pensamiento neoliberal son el monetarismo de


la escuela de Chicago, cuyo principal representante es Milton Friedman; la
teoría de la elección pública o Public Choice, formulada por James M. Bu-
chanan y Robert D. Tollison; la escuela de Austria, con Frederick A. Hayek y
Ludwing Von Mises como principales voceros; los llamados “minimalistas”
o libertarios, defensores de la reducción del papel del Estado a su mínima
expresión, y representados por el estadounidense Robert Nozick; y por úl-
timo los anarcolibertarios, que pugnan por el desmantelamiento completo
del Estado y tienen como principales voceros a otros dos estadounidenses:
Murray Rothbard y David Friedman. (1996, p. 30)

Existe gran variedad de matices en el pensamiento neoliberal, pero existen también


algunos acuerdos mínimos que podrían sintetizarse así: la reivindicación del poder
del mercado y de su papel en el desarrollo económico y social; la prevalencia
del sector privado sobre el público; la prioridad de la libertad individual sobre la
igualdad, hasta el punto de considerar a la desigualdad en el mercado como nece-
saria para que funcionen la libertad y la iniciativa individual. De tales acuerdos
mínimos se desprende la retirada o reducción de la participación del Estado en la
propiedad de bienes y en la garantía de beneficios sociales; la privatización tanto
de bienes como de prestación de servicios; la desregulación económica y la deno-
minada flexibilización de las relaciones y condiciones laborales. Frecuentemente,
también el neoliberalismo se ha combinado en el plano cultural con ciertas formas
de conservadurismo —reafirmación de valores tradicionales— y ocasionalmente
con cierto autoritarismo en el campo político (De la Garza Toledo, 1994, p. 66). No es
solo entonces una teoría económica. Es una concepción de la sociedad, del individuo
y del Estado, una escala valorativa, y una propuesta de ordenamiento y funciona-
miento político, económico y cultural.

Perfil situacional 37
Hecha esta precisión necesaria, es pertinente retomar el desarrollo de la situación
nacional. En contraste con el intervencionismo y un cierto paternalismo estatal ejer-
cido hasta entonces con variedad de matices, desde el gobierno del presidente Al-
fonso López Michelsen (1974-1978) se iniciaron cambios orientados a disminuir el
tamaño del Estado, su participación en varios frentes de la actividad económica y el
enfoque de las políticas sociales. De manera progresiva se reducen los aranceles y se
liberalizan las importaciones. Se debilitan las inversiones en educación, en especial
en el nivel superior, y en salud. Se eliminan los subsidios en áreas críticas como
los alimentos. De una acción directa del Estado en la redistribución de la tierra, se
pasa a enfrentar el problema agrario en términos técnicos y de crédito (Kalmano-
vitz, 1988). Siguiendo los principios neoliberales el mercado empezó a ser consid-
erado como el gran regulador de la vida económico-social y como la panacea para
los males crónicos de la sociedad. Se asume que la gran función del Estado es la
económica por la vía de garantizar el libre juego del mercado. Durante los gobiernos
posteriores, y también con diferencias en las intensidades y los campos prioritarios
de acción, se continuó desarrollando el modelo, cuya madurez se logra durante los
mandatos de los presidentes Virgilio Barco Vargas (1986-1990) y César Gaviria Tru-
jillo (1990-1994). Es en estos gobiernos cuando más se intensifican los procesos de
privatización, de apertura, de globalización y se concretan en leyes los dictados del
modelo. Para el caso particular de los sistemas de salud y seguridad social, el paso
definitivo en la implementación del modelo lo constituye la promulgación de la
Ley 100 de 1993 (República de Colombia, 1994). Es el cambio más radical dado en
el país en estas políticas. Se trata, en esencia, de reducir la seguridad social en salud
a los sistemas de aseguramiento individual para algunos riesgos y para la atención
médica; de someter la prestación de los servicios de salud a los imperativos de la
competencia mercantil; de reducir de manera significativa la participación efectiva
del Estado y modificar sustancialmente los esquemas organizativos, administrativos
y financieros del sector. El hecho de que la primera parte de la Ley, que contiene más
de la mitad de su articulado, se dedique totalmente al sistema general de pensiones,
deja bien claro cuáles son los intereses prioritarios de los inspiradores de la Ley y
voceros del modelo.
Tanto las diferencias en la aplicación del esquema general en los distintos países
de América Latina, como las dificultades de información y sobre todo las distintas
—y en ocasiones antagónicas— posiciones ideológicas al respecto, dificultan un
balance general de los resultados actuales de la aplicación del modelo neoliberal.
No obstante, va habiendo elementos suficientes para formarse un criterio sobre sus
consecuencias económicas, políticas y sociales tanto a nivel mundial como regional
y nacional. A escala mundial, en 1996 el Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo —PNUD— advirtió al respecto:

Hay dos conclusiones inquietantes. En los últimos quince años el crecimien-


to ha venido fracasando en unos cien países, donde vive casi un tercio de
la población mundial. Y los vínculos entre el crecimiento económico y el
desarrollo humano están fracasando para los habitantes de muchos países
cuyo desarrollo es desequilibrado.

38 El quinto: no matar
Un poco más adelante agrega: “En 70 de esos países, el ingreso medio es inferior
al que tenían en 1980, y en 43 países es inferior al que tenían en 1970” (p. 1). A nivel
regional (Gaitán et al., 1996; CEPAL, 1993), siendo diferente el impacto en los dis-
tintos países, la mayoría se encuentra en el grupo de los que han padecido conse-
cuencias negativas en términos de equidad (Camacho, 1994), participación, satis-
facción de necesidades (Frei Betto, 1997) y empleo. En Colombia no ha disminuido
la inequidad en esta fase neoliberal, como se analizará más adelante. Pero, además,
se ha acelerado el proceso de oligopolización y de concentración tanto de la pro-
ducción como del capital, incluido el financiero (Misas Arango, 1996). En empleo,
los resultados han sido ondulantes. A mitad del período se alcanzaron cifras de des-
empleo alarmantes: 14,7% en junio de 1985, siendo para entonces las más altas en la
historia reciente (Arango et al., 1986). A fines de 1995 la situación, siendo aún grave,
había mejorado transitoriamente: 7,9% (República de Colombia, 1995). Con todo, las
peores consecuencias han sido en los campos políticos y sociales, como lo empe-
zaron a señalar los analistas desde finales de la década pasada (Kalmanovitz, 1988,
p. 24). En un reciente documento (Franco, 1998), al comentar lo que denominé la
impertinencia neoliberal, llamé la atención sobre los efectos negativos en las actuales
condiciones del país de priorizar los intereses individuales sobre los colectivos, de
fomentar la ética de la competencia en lugar de la solidaria, de alejar al Estado de las
necesidades cotidianas del ciudadano, de reducir a mercancías derechos tan impor-
tantes como la salud y la educación y de alejar a muchos ciudadanos de la política
por las vías de la exclusión, la corrupción y el clientelismo. Es obvio que no todo esto
es exclusivo del modelo neoliberal, pero muchos de los procesos y factores enun-
ciados se han incrementado de manera significativa con la progresiva implemen-
tación de dicho modelo.

Emergencia y expansión del problema narco

De la trilogía de procesos coyunturales que marcan las dos décadas en estudio, es


este el más específico, el mejor circunscrito y el que a primera vista se relaciona
de manera más directa con el nuevo ciclo de violencia. Si bien el tabaco, la quina y
el añil tuvieron mercados importantes a lo largo del siglo pasado —en especial en
su segunda mitad—, su magnitud y significado económico, político y cultural están
lejos de la escala en que se ha desarrollado el actual problema narco. Al modelo eco-
nómico-político se le han efectuado adecuaciones importantes, como las descritas
en el aparte anterior, pero el modelo es el mismo en sus contenidos esenciales. El
conflicto armado tiene una larga historia en la vida nacional y aún el actual hunde sus
raíces en la violencia de mitad del siglo y toma su nuevo perfil a mitad de la década
de 1960, como se verá un poco más adelante. Podemos reafirmar, por tanto, que
estamos frente al fenómeno más nuevo y circunscrito de la problemática nacional y
a uno de los de mayor incidencia en los distintos aspectos de la vida del país.

Perfil situacional 39
Como en general se habla del problema del narcotráfico, conviene empezar por
aclarar que considero más adecuada la categoría problema narco, dado que esta in-
cluye los momentos de producción, procesamiento, tráfico y consumo de ciertas
sustancias psicoactivas ilegales. Su tráfico es solo uno de los momentos del proceso,
justo aquel que ha sido más estigmatizado y sancionado. La concentración de la
atención en el tráfico ha obedecido a estrategias internacionales que permiten dis-
minuir la presión y el señalamiento de las responsabilidades sobre los demás mo-
mentos. Tanto para la comprensión como para el enfrentamiento del problema, es
necesario considerarlo en su totalidad, pues ningún momento se explica sin su rel-
ación con los demás. Este contexto amplio hace más claro el carácter internacional
del problema y evidencia su ideologización y los grandes intereses en juego. Tenien-
do claros los conceptos, se usará con más frecuencia el término de problema narco,
aunque en ocasiones se emplee también el de narcotráfico.
En el país, el problema del tráfico de estupefacientes se inició al empezar la dé-
cada de los setenta del presente siglo. Puede expresarse en décadas el auge de los
distintos productos. La de 1970 es el auge de la marihuana, la de 1980 lo es de la
cocaína y la de 1990 de la heroína. Los momentos de auge de una no implican ni
la desaparición ni la no existencia previa de las otras. En 1973, por ejemplo, cuando
empezaba la expansión del tráfico de la marihuana, solo del aeropuerto de Leticia,
en la frontera con Brasil, salían ya 1.200 kilos de cocaína (Castillo, 1988, p. 30).
El auge del tráfico internacional de marihuana, conocido como la bonanza marim-
bera —1972-1978— tuvo su epicentro en la costa norte del país. Para 1978 se estimaba
que el comercio de la marihuana era controlado por 60 grandes exportadores co-
lombianos, que la producción anual era de 20.000 toneladas, que requería de 20.000
productores y que representaba el 60% de la yerba que se consumía en los Estados
Unidos (Echandía C., 1996, p.7). Parte de sus ingresos lograron legalizarse en el país,
por el propio Banco de la República, a través de la denominada “ventanilla sinies-
tra”. Al iniciar la década de 1980 se estimaba en US$ 2.400 millones el capital que
movía la llamada “economía subterránea”, de los cuales US$ 1.600 correspondían
a marihuana (Castillo, 1988, p. 26). El sector financiero del país logró duplicar su
participación en el producto nacional durante la década de 1970 debido, en buena
parte, al lavado de dólares del narcotráfico (Child, 1990, p. 65). Habiendo tenido su
componente violento, este tráfico inicial lo tuvo de menor intensidad en relación
con el que desarrollarían después los carteles dedicados a la cocaína y a la heroína.
Desde mediados de la década de 1970 empiezan a estructurarse los carteles de la
cocaína. Los cultivos se iniciaron en el sur del país en los departamentos de Cauca,
Chocó y Nariño. Luego se extendieron al oriente en toda la región conocida como
los Territorios Nacionales. El procesamiento se hace en parte en las regiones de
origen, pero tiene su epicentro en departamentos como Antioquia, Valle, Meta y
Cundinamarca. La exportación se hace por vía aérea y marítima directa o indirect-
amente a su principal destino: los Estados Unidos. Aún no se agota la creatividad
de los traficantes para camuflar el producto y lograr introducirlo en los mercados
internacionales. Dos grupos, uno con sede en Cali y otro con sede en Medellin, am-
bos heterogéneos y con intensas luchas internas, dieron origen a los dos principales
“carteles” y llegaron a controlar la mayor parte del mercado. El gobierno de los Es-

40 El quinto: no matar
tados Unidos estimaba en 50.900 el total de hectáreas dedicadas en Colombia al
cultivo de coca a fines de 19951. En 1978, un kilo de cocaína costaba en promedio
US$ 40.000 en el mercado estadounidense. Para entonces Colombia exportaba unas
cincuenta toneladas anuales, dando un ingreso bruto de US$ 2.000 millones por el
alcaloide. Al empezar la década de 1980 el valor del kilogramo había subido a US$
60.000 y una década después el costo se había reducido a US$ 15.000, pero el país ya
estaba exportando doscientas toneladas anuales.
La amapola, de cuyo látex se extrae la heroína, empieza a cultivarse para tal fin
en Colombia desde mitad de la década de 1980 en los departamentos del Tolima y
Huila. Luego con su auge a principios de la década de 1990, los cultivos se extienden
a casi todas las regiones del país, con excepción de las costeras. En 1991 se estimó en
2.500 el número de hectáreas sembradas de amapola en el país. Dos años después
eran más de 10.000 hectáreas, logrando así aportar más del 8% de la producción
mundial de heroína (Echandía C., 1996, p. 9). El precio en el mercado mayorista
de un kilo de heroína oscilaba en 1992 entre US$ 65.000 y US$ 240.000, es decir,
entre seis y diez veces más que el de la cocaína. A más de los principales carteles de
la cocaína, otros grupos pequeños han compartido el control de los mercados del
alcaloide desde el país hacia los centros de consumo, en especial los Estados Unidos.
En cultivos de amapola, coca y marihuana había en el país, a fines de 1995, un
total de 60.094 hectáreas en 23 de los 32 departamentos. Esto implica una gran ex-
pansión geográfica del problema y la adquisición de grandes extensiones de tierra
por los narcotraficantes. Al parecer los traficantes han hecho una especie de reforma
agraria, regida no por los intereses del campesinado o de una política de redistribu-
ción de la propiedad y racionalización de los cultivos, sino por sus intereses mercan-
tiles, de poder y de lavado de sus riquezas. Un investigador del tema concluye que es
imposible saber con exactitud el número de hectáreas que han pasado a ser propie-
dad de ellos. Pero advierte que lo que sí se sabe es que son muchas y las mejores, que
las han dedicado principalmente a la ganadería extensiva y que han preferido ad-
quirirlas en regiones en donde están muy concentradas e improductivas y en donde
hay conflictos por su posesión (Reyes Posada, 1996).
En términos macroeconómicos también se ha hecho sentir el narcotráfico. Duran-
te la primera mitad de la década de los ochenta los ingresos netos totales de divisas por
este rubro representaron cerca del 7% del PIB y alrededor del 70% de las exportaciones.
A mitad de los noventa se estima que equivalen al 3% del PIB y al 25% de las exporta-
ciones legales, es decir, cerca de US$ 2.500 millones anuales (Steiner, 1997).
Todo lo anterior evidencia que los narcóticos y su tráfico no son un cultivo o una
economía marginal en el país. Su carácter de subterránea tiene que ver con su ile-
galidad, pero no con su importancia. Constituyen una parte importante de la masa
de capital y de ganancias. Han removido los patrones de posesión y empleo de la
tierra y modificado la estructura real del comercio internacional. Pero su impacto
no ha sido solo económico. En parte por su peso económico, el fenómeno narco ha

1
El Tiempo. “Según concepto del Departamento de Estado. Bogotá”, marzo 2, 1996.

Perfil situacional 41
ido permeando la cultura, los valores, el derecho, las instituciones sociales, políticas,
armadas y religiosas, los medios de comunicación, el deporte y, en síntesis expresiva,
la vida cotidiana de los colombianos y las colombianas. Las actitudes predominantes
en la sociedad han sido de tolerancia, usufructo y doble moral, conductas que con-
tribuyen a explicar la dinámica del problema y los desenlaces en apariencia contra-
dictorios de ciertos episodios.
La política ha sido uno de los campos en que ha sido más intensa, sensible y
polémica la penetración de los dineros y los intereses narcos. A partir del apoyo efec-
tivo a ciertos movimientos sociales y políticos, uno de los carteles trató de ingresar
directa y personalmente en el escenario político. Tuvo logros transitorios. Pablo Es-
cobar logró ser elegido representante suplente a la Cámara. Ya en ejercicio, gozó de
inmunidad parlamentaria y obtuvo una visa preferencial de los Estados Unidos por
solicitud directa de la cancillería en noviembre de 1982 (Castillo, 1988, p. 229). Pero
la resistencia de los políticos para compartir su espacio, la visibilidad innecesaria y
quizá las exigencias del negocio los llevaron a desistir de esta vía y a optar por la com-
pra de apoyos y conciencias mediante aportes significativos para el financiamiento
de las campañas políticas para cargos tanto en el poder legislativo como en el ejecu-
tivo y en los niveles local, regional y nacional. Esta práctica, que acompañó desde sus
comienzos al fenómeno narco, se hizo más evidente y conmovió más fuertemente
al establecimiento político y a la conciencia nacional e internacional (sin que nada
esencial cambiara) a raíz del cofinanciamiento de la campaña presidencial del doctor
Ernesto Samper Pizano y del denominado Proceso 8.000 que demostró el generoso
flujo de dinero del narcotráfico a las cuentas y campañas de parlamentarios, alcal-
des, y aún del Procurador y del Contralor generales de la nación. A pesar de que
algunos cuadros políticos han pagado un precio moderado en prisión y prestigio y
de los esfuerzos de movilización y reflexión políticos suscitados por la crisis (Comis-
ión Ciudadana de Seguimiento, 1997; Leal Buitrago, 1996; Restrepo et al., 1996), el
juicio absolutorio a favor del Presidente de la República por parte de la Cámara de
Representantes, la elección o reelección parlamentaria de algunos implicados y la
actitud de muchos ciudadanos ratifican la solidez de las relaciones narcopolíticas, la
capacidad de aguante y reacomodo del establecimiento político, la doble moral para
abordar el problema y una alarmante pasividad ciudadana.
Otra relación sólida, compleja y no unívoca ha sido la del narcotráfico con las
organizaciones armadas, tanto las estatales como las subversivas. Desde el negocio,
ambos actores son muy estratégicos, en especial en términos de seguridad. Desde
los dos actores armados el negocio se ve muy productivo, puede ser fuente de in-
gresos significativos y puede ser un canal para otro tráfico de interés común: el de
las armas. Para todos es clave el control territorial. Transformando la relación en
una identidad, un embajador de los Estados Unidos en Colombia acuñó el término
de narcoguerrilla, muy caro a ciertos sectores sociales y militares que han tratado de
darle piso documental y testimonial señalando inclusive a uno de los grupos guerril-
leros —las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC— como el tercer
cartel de las drogas ilícitas en el país (Villamarín Pulido, 1996). A más de quitarle piso
político a los movimientos armados subversivos, tal homologación intenta presentar
a la propia institución militar oficial a salvo del contagio narco y ayuda a poner las

42 El quinto: no matar
bases para tratar como un único problema y, por tanto, con las mismas medicinas, a
ambos fenómenos. Ni en los cuarteles ni en la embajada norteamericana ha habido
unanimidad al respecto.
Sin caer en la identificación de ambos problemas, es claro que ha habido una
larga, compleja y con frecuencia conflictiva relación de varios de los grupos sub-
versivos armados con las organizaciones del narcotráfico. Las principales razones
de dicha relación pueden sintetizarse así: la guerrilla ha visto en los dineros y en los
cultivos del narcotráfico una posible fuente de financiación para sus actividades; los
narcotraficantes han visto en la guerrilla un posible aliado para la seguridad de los
laboratorios, los cultivos y las pistas clandestinas de su negocio, tareas que en oca-
siones han aceptado en particular algunos frentes de las FARC; la guerrilla ha visto
en los narcotraficantes una posible fuente de ingreso de armas, en especial de los
mercados norteamericanos a los cuales ellos tienen menor acceso (Tokatlian et al.,
1995). Estas relaciones, si bien les han reportado millonarias ganancias económicas
y suministro de armas, han contribuido a disminuir su credibilidad política en los
niveles nacional e internacional, los han vinculado a tareas y prácticas contrarias a
sus objetivos iniciales y han significado enormes costos en vidas de sus militantes y
de sectores civiles democráticos. Un estudioso del tema ejemplifica así la compleji-
dad de la relación:

El narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha se alió con el ejército en contra


de la guerrilla, mientras que sus socios del Cartel de Medellin simultánea-
mente le daban armas a los grupos guerrilleros a cambio de que estos pro-
tegieran de la acción del ejército sus pistas de aterrizaje y plantas de proce-
samiento en las planicies del suroccidente del país; Pablo Escobar empleaba
la misma energía luchando contra los narcotraficantes del Cartel de Cali que
contra el Estado. (García Peña, 1995, p. 200)

Algunos otros hechos ilustran aún más los altibajos de la relación. La historia se
remonta a fines de 1970 cuando los traficantes de marihuana traían armas para la
guerrilla en los viajes de regreso de los barcos en que exportaban la yerba (Castillo,
1988, p. 113). Un poco después el M-19 pensó que por la vía del secuestro podría
acceder a parte de las ganancias de los grupos de narcotraficantes. Lo intentó y no
solo no lo logró, sino que a raíz de ese intento los traficantes reaccionaron con la
creación a comienzos de la década de 1980 del grupo Muerte a Secuestradores —
MAS—. Para tal organización, pionera en el camino de privatización de la justicia
y del paramilitarismo, se identificaba secuestrador con militante o simpatizante de
izquierda. Y cumplió con dar muerte tanto a muchos dirigentes y militantes de la
izquierda como a dirigentes populares y sindicales y a ciudadanos que consideraba
vinculados con ellos. Peores aún fueron las consecuencias del fracaso de las rela-
ciones y negocios del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha con las FARC. A él
se debe en buena parte el desencadenamiento de la guerra de exterminio contra la
Unión Patriótica, al ser calificada por algunos como el brazo político de las FARC.
Se habla también de narcomilicia (Castillo, 1988, p. 233) para señalar las frecuentes
y complejas relaciones mantenidas por las instituciones armadas del Estado a través

Perfil situacional 43
de muchos de sus miembros con los narcotraficantes y sus organizaciones. Tam-
bién aquí la posibilidad del enriquecimiento personal, de la participación en los
privilegios del poder de facto en ciertas regiones, el interés común en las armas y
ocasionales comunidades ideológicas frente a un enemigo común han propiciado
relaciones cuyos desarrollos y perfiles, en ocasiones contradictorios, reproducen el
conjunto de las ambigüedades y la doble moral sociales ante el problema narco.
Por eso hay información sobre policías que protegen a los invitados a las fiestas de
los traficantes (Castillo, 1988, p. 89); sobre militares que ayudan al transporte de un
laboratorio de procesamiento de cocaína (Castillo, 1988, p. 103); y sobre cientos de
armas incautadas a narcotraficantes que habían sido legalmente compradas en Es-
tados Unidos e importadas por la industria militar -Indumil- y que habían servido
antes a los paramilitares (García Peña, 1995, p. 212). Por eso no causa sorpresa que
los jefes y buena parte del personal de seguridad de los principales capos hayan
sido militares retirados, ni las frecuentes quejas de la población civil sobre el mutuo
apoyo y en ocasiones casi identidad de las fuerzas militares con los grupos paramil-
itares conformados por los narcotraficantes. Pero el carácter contradictorio de la
relación explica también por qué la Policía Nacional registra más de 3.000 víctimas
entre sus hombres, incluidos algunos de alta graduación, en el enfrentamiento con
el narcotráfico, en especial con el cartel de Medellin2, y por qué el cuerpo de élite
denominado Bloque de Búsqueda logró la eliminación de unos y la captura de otros
de los jefes de los dos principales carteles.
Ha sido muy violento el desarrollo del fenómeno narco en el país. Las edades de
quienes iniciaron el tráfico en la década de 1970 permiten inferir que habían nacido
justo en los comienzos de la violencia de mitad de siglo, y que su infancia y su ad-
olescencia transcurrieron en medio de sus horrores. La ilegalidad de la actividad y
los amplísimos márgenes de ganancia contribuyeron a que la violencia fuera el me-
canismo preferencial para ganar y mantener los mercados, para garantizar el control
y las lealtades internas y enfrentar a los enemigos externos, para resolver rivalidades
y cobrar deslealtades. Si bien para ganar piso social y espacio político recurrieron a
veces al financiamiento total o parcial de las campañas políticas y de actividades ten-
dientes a resolver necesidades de vivienda, educación, infraestructura y recreación,
la ambigua respuesta que generalmente recibían tanto de la doble moral y la toleran-
cia-usufructo-condena de la sociedad, como de la tolerancia-persecución por parte
del Estado, terminaban por reafirmarles la violencia como el recurso supremo para
su negocio. Y lo utilizaron de manera amplia y contundente, en especial durante la
década de 1980 y comienzos de la de 1990 (Echandía C., 1996, p. 15; Child, 1990, p.
70; Camacho Guizado, 1991). Hubo guerras sin topes ni cuartel para enfrentarse en-
tre carteles y para dominar las disidencias internas. Recurrieron al magnicidio para
acallar las voces que, desde la política, el gobierno, el parlamento, las instituciones
jurídicas o las fuerzas armadas se opusieran a sus intereses. Armaron y financiaron
grupos de autodefensa y asesinos a sueldo —sicarios— (Ortiz, 1991) para combatir a

2
Alto dirigente de la Policía Nacional. Entrevista No. 12. Bogotá, junio 17, 1997.

44 El quinto: no matar
derecha e izquierda, a civiles y militares (Medina G. & Téllez A., 1994). Desencaden-
aron una ola de terror —narcoterrorismo— para desafiar al Estado y atemorizar a
la sociedad que igual explotaba en los centros de las grandes ciudades, en un vuelo
comercial o en un barrio marginal. Fue una especie de violencia plena y desbordada
cuyas peores consecuencias, a más de las pérdidas en vidas y bienes, persisten en la
desvalorización y depreciación de la vida, en la legitimación de la violencia como
mecanismo de resolución de conflictos de intereses y en su banalización hasta con-
vertirla en elemento casi natural de las interrelaciones sociales. La concentración de
los homicidios en las sedes de los dos principales carteles en el momento de mayor
intensidad de su confrontación se analizará más adelante.
La ambigua respuesta social y las vacilaciones en la respuesta estatal tanto al
problema narco como a su modalidad narcoterrorista contribuyeron a su prolon-
gación y agravamiento. Matizada por los factores internos que ya se han enunciado,
la política estatal frente al problema narco ha estado fundamentalmente orientada
por los dictados del prohibicionismo del gobierno de los Estados Unidos (Tokatlian,
1997). Este país, con un consumo anual de cocaína estimado a principios de la déca-
da de 1990 en 265 toneladas, que equivale al 90% del consumo de los países desar-
rollados (Steiner, 1997, p. 25), mantiene su firme posición de perseguir con mayor
intensidad los cultivos y el tráfico exteriores que el consumo y el tráfico internos. El
enfrentamiento policial de los carteles y las fumigaciones masivas de los cultivos han
sido dos de las armas predilectas. Su aplicación en Colombia ha producido un efecto
similar al de rociar gasolina para apagar un incendio. En 1995, por ejemplo, cuando
el gobierno colombiano dijo haber fumigado 28.051 hectáreas de cultivos ilícitos, la
producción nacional de coca se incrementó en un 12% en comparación con los años
anteriores, duplicándose en relación a 1987. La agudización de la persecución a los
cultivos y a los cultivadores —a quienes se estaba convirtiendo en una especie de
campesinado ilícito (Ramírez T., 1996)— provocó una enérgica reacción de parte de
estos, produciendo una movilización de más de 150.000 campesinos, sin anteced-
entes por su magnitud en la historia del país. A más de ineficaz, esta política prohibi-
cionista parece equivocada (Uprimny Y., 1993) y continúa negando la posibilidad
de que el conjunto de los países implicados en la producción, el procesamiento, el
tráfico y el consumo de estupefacientes puedan proponer y desarrollar una posición
y una política más acordes con la naturaleza del problema y con soluciones reales.
La superación de la actual ola de violencia del país pasa de manera inevitable, pero
no exclusiva, por la resolución del problema narco.

La agudización del conflicto político-militar interno


Constituye el tercer proceso que define la identidad político-social del país en las
dos décadas en estudio. A diferencia del fenómeno narco que se inició con ellas, el
conflicto político-militar interno y el modelo económico-político tenían ya hondas
raíces en el país. Pero ambos han tenido durante el período desarrollos que les dan
identidad y permiten diferenciarlos claramente de sus fases anteriores. El modelo

Perfil situacional 45
económico-político tomó, como se vio anteriormente, el perfil neoliberal. Y el con-
flicto político-militar se generalizó y amplió de tal manera que llegó a convertirse
en tema y preocupación central de la agenda política y de la vida cotidiana de los
colombianos. Su intensidad es tal en la actualidad que parece llegarse ya a una encru-
cijada con dos alternativas antagónicas: o el inicio de una serie de procesos —largos,
complejos y costosos— encaminados al establecimiento de una paz sólida y realista,
o la inminencia de una guerra total de consecuencias y desenlace imprevisibles.
La principal forma que ha asumido el conflicto político-militar en el país en las
cuatro últimas décadas es la del movimiento guerrillero y su confrontación por parte
del Estado y de la sociedad. Por movimiento guerrillero se entiende la actividad
político-militar desarrollada por diferentes grupos organizados que, al margen del
establecimiento legal, han tomado como alternativa la vía armada. Este enunciado
requiere varias aclaraciones. La primera, que no se trata de un movimiento único
o unitario, sino de la actividad de varios grupos diferentes, con orígenes, ideologías
y métodos en parte diversos. Su actuación ha sido predominantemente independ-
iente, pero en ocasiones han estado reunidos en un esquema organizativo común
y se han enfrentado abierta o soterradamente. La segunda, que, si bien su moti-
vación original fue política, en la marcha no solo han variado sus planteamientos y
propuestas iniciales, sino que con frecuencia lo político ha quedado en la práctica
supeditado a otros intereses. La mejor comprensión de la magnitud y complejidad
del problema demanda un nuevo esfuerzo de síntesis del desarrollo y estado actual
del conflicto guerrillero.
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia —FARC— son el grupo guer-
rillero más antiguo del país. Nacieron a comienzos de la década de 1960, en 1964,
de los reductos de las guerrillas liberales, protagonistas de la violencia de mitad de
siglo (Neira, 1989) en los Llanos Orientales y el departamento del Tolima, bajo el
estímulo que a nivel continental recibieron los movimientos insurgentes del triunfo
de la Revolución cubana (Pizarro Leongómez, 1995, p. 399). Desde un comienzo
sufrieron un fuerte desgaste por la decisión política de exterminarlas y la supresión
externa del ejército. Solo a principios de la década de 1980 inician en firme una fase
de fortalecimiento político, financiero y militar. Duplican el número de sus frentes y
agregan a su sigla original el calificativo de Ejército del Pueblo —FARC-EP— (Pizarro
Leongómez, 1995, p. 399). Durante los procesos de paz del gobierno de Belisario
Betancur, 1982-1986, logran importante presencia política y se consolidan como la
principal fuerza insurgente en la década de 1990, con una clara estrategia de poder
local. Para 1994 se estimaba que las FARC-EP tenían unos 7.000 hombres en armas,
distribuidos en 60 frentes (Echandía, 1994). Manteniendo su fuerte en los sectores
rurales y con amplias bases de apoyo campesino, en especial en el sur del país, en
donde existen también las áreas más extensas de cultivo de narcóticos y en donde
se desarrolló un intenso tráfico de estupefacientes, han logrado también una impor-
tante presencia en sectores urbanos. Uno de sus frentes concentra sus operaciones
en los alrededores de la capital del país, en áreas en donde se supone que el Estado
tendría un mayor control (Peña, 1997).

46 El quinto: no matar
El Ejército de Liberación Nacional —ELN— surge también a mitad de la déca-
da de 1960 durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia. Con una
concepción foquista y reclutando sus militantes entre estudiantes y profesionales
jóvenes (Pizarro L., 1996), tiene sus bases iniciales en Santander, a lo largo del seg-
mento intermedio del río Magdalena y en áreas montañosas de Antioquia. Allí pa-
dece un cerco militar que prácticamente lo aniquila a mediados de la década de 1970
(Pizarro Leongómez, 1995, p. 397). Resurge a fines de esa década con la estrategia de
financiarse cobrando impuestos a las grandes compañías petroleras y atacando la
infraestructura petrolera. Esto le ha permitido su expansión territorial y la amplia-
ción de su militancia estimada hoy en unos 3.000 hombres, distribuidos en más de
20 frentes (Deas & Gaitán, 1995, p. 380). Manteniendo su carácter más militar que
político en la práctica, se negaron a participar en las negociaciones con el gobier-
no Betancur y han conservado su estrategia foquista. Recientemente han asumido
una actitud de negociación política —sin prescindir de sus actividades militares y
de ataque a la infraestructura petrolera— y han expresado su disposición a pactar
acuerdos en torno al respeto del Derecho Internacional Humanitario.
Producto de los efectos en el comunismo colombiano de la ruptura chino-so-
viética, a partir de 1963 una disidencia del Partido Comunista crea el Partido Comu-
nista Marxista-Leninista, de corte maoísta. Bajo la inspiración de la tesis de guerra
popular prolongada y de trabajar de manera simultánea y complementaria en tres
campos: partido, ejército y frente de masas3 surge su brazo armado, el Ejército Pop-
ular de Liberación, EPL (Neira, 1989, p. 25). A su intensa conflictividad ideológica in-
terna se sumaron duros cercos militares a fines de la década de 1960 que casi termi-
nan por aniquilarlo. Logra resurgir y llega a tener presencia importante en la región
bananera de Urabá y a captar apoyo campesino y respaldo en un reducido sector
intelectual. En 1980, rompe con el maoísmo. Apoya las negociaciones del período
Betancur y firma los acuerdos de 1984 (Pizarro Leongómez, 1989). Se divide más ad-
elante y libra al interior una guerra a muerte. En la actualidad tiene escasa presencia
política y está reducido a 13 frentes con unos 700 hombres (Richard, 1997) y algunas
mujeres en armas.
De esta denominada primera generación guerrillera hicieron parte también
otros movimientos de menor permanencia y trascendencia nacionales, como el
movimiento indígena Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores
—PRT— y algunas disidencias de las organizaciones mayores.
La organización que rompió el esquema guerrillero tradicional —rural, foquis-
ta—, que supeditó la cuestión armada a la política y que inició la segunda generación
guerrillera del país fue el Movimiento Revolucionario 19 de Abril —M-19— (Gómez
A., 1996). Surgido de la unión de ex militantes de las FARC y del movimiento popu-
lista Alianza Nacional Popular —ANAPO—, se inició a raíz del fraude electoral que en
1970 dio el triunfo al candidato oficial del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero,
arrebatándoselo al caudillo de la ANAPO, general y ex dictador Gustavo Rojas Pinilla.

3
Dirigente guerrillero. Entrevista No. 17. Medellin, julio, 1997.

Perfil situacional 47
Su presencia urbana, la espectacularidad de sus golpes, la utilización de elementos
simbólicos, la heterogeneidad de sus posiciones políticas que los acercaban pendu-
larmente al populismo, al nacionalismo, al pensamiento bolivariano y mucho menos
al marxismo, y un inteligente uso de los medios de comunicación, los convirtió en
una fuerza atractiva y con gran penetración en sectores sociales medios, intelectuales
e independientes. Desde el comienzo de lo que se ha conocido como el cogobierno
del presidente Julio César Turbay Ayala con el general Luis Carlos Camacho Leyva en
1978, el M-19 es sometido a una persecución implacable. El denominado Estatuto de
Seguridad, expedido a fines del mismo año, penalizó la protesta social y militarizó la
justicia (Zuluaga Nieto, 1996, pp. 47-86). Bajo su vigencia, buena parte de la dirigen-
cia del M-19 fue a la cárcel. La toma de la embajada de la República Dominicana, en
febrero de 1980, en momentos en que se encontraba allí lo más representativo del
cuerpo diplomático acreditado en el país, marca el resurgimiento de la organización.
Con ambivalencias participa en las negociaciones de paz del período Betancur y ter-
mina por firmar una tregua en 1984 (Zuluaga Nieto, 1996, p. 58). En noviembre de
1985, y aduciendo la realización de un juicio político al Presidente de la República,
el M-19 se tomó a sangre y fuego el Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema
de Justicia. Los militares imponen su criterio al poder civil y realizan de inmediato
una violenta contraofensiva. El palacio es incendiado y en medio del fuego y las balas
mueren más de cien personas entre magistrados de la Corte, integrantes del comando
del M-19 que ejecutó la toma y civiles que accidentalmente quedaron en medio del
fuego cruzado. Un número indeterminado de personas salió con vida, nunca apareció
y su suerte es aún motivo de controversia. El hecho constituye uno de los hitos más
importantes en el desarrollo de la confrontación político-militar, rubricó el fracaso
de la política de paz del presidente Betancur, fue el comienzo del final del M-19 y
evidenció hasta dónde pueden llegar los militarismos. Muy debilitado, a pesar de sus
intentos por retomar algún protagonismo político, el M-19 firmó una nueva tregua en
1990 y entregó definitivamente sus armas. Alcanzó a tener un papel importante en la
convocatoria y en la realización de la Asamblea Constituyente de 1991, ya en calidad
de movimiento político: Alianza Democrática- M-19, cuya vida real no llegó más allá
de las siguientes jornadas electorales.

La Asamblea Constituyente empezó a abrirse paso en el último período del


gobierno de Virgilio Barco Vargas, 1986-1990, como un mecanismo para bajar la
tensión del enfrentamiento armado, reforzado por la agudización de la lucha militar
contra los carteles del narcotráfico. Entre agosto de 1989 y abril de 1990, fueron
asesinados tres candidatos presidenciales en la más violenta campaña política hasta
entonces registrada. Una nueva Constitución Política era en ese momento la máxima
carta que desde la legalidad podía jugarse para abrir paso a un proceso de paci-
ficación. Al comenzar su administración, el presidente César Gavina, 1990-1994,
convocó la Asamblea Nacional Constituyente. El mismo día en que se realizaba la
elección de los constituyentes, el ejército nacional atacó el área donde se encon-
traba el secretariado de las FARC, evidenciando la resistencia de algunos sectores
militares y políticos al camino de la pacificación por la vía legal. La composición
de la Asamblea Constituyente reflejaba bien las distintas fuerzas, incluidos sectores

48 El quinto: no matar
provenientes de la guerrilla, y el tenso momento de la vida nacional. Su producto,
la nueva Constitución Política, antes que un cuerpo doctrinario unitario y acabado
en términos jurídico-políticos, era una carta de intención en busca casi desesperada
de la paz y de mecanismos no violentos de convivencia ciudadana. El nuevo orde-
namiento propuesto resultó impotente para el logro de los objetivos planteados y la
satisfacción de las expectativas creadas.
Poco después del esfuerzo constituyente, tanto los carteles del narcotráfico como
las organizaciones guerrilleras que no se habían sentado a la mesa de negociaciones
incrementaron su accionar violento. En noviembre de 1992, el propio presidente
Gaviria declaró la guerra integral y su ministro de la Defensa se arriesgó a pronos-
ticar que en los restantes dieciocho meses del gobierno Gaviria derrotaría militar-
mente a la guerrilla y se pacificaría el país (Gómez Albarello, 1996, p. 20). A pesar
de los fuertes golpes dados a los narcotraficantes, la estrategia de guerra integral
tampoco resultó efectiva.
Disminuido políticamente y muy deslegitimado desde un comienzo por evi-
dencias del cofinanciamiento de su campaña con dineros del narcotráfico, Ernesto
Samper asumió el gobierno en 1994, en medio de un agudo conflicto político-militar
y con las más altas tasas de homicidio registradas en las dos décadas en estudio. No
había ningún motivo para esperar de su gestión logros importantes en términos de
superación de la violencia en el país. Por la dinámica de los hechos y por la férrea e
invariable decisión del Presidente de anteponer su cargo y sus intereses personales
a las evidencias en su contra y al interés nacional, todo resultó peor de lo esperado.
Su errática política de paz, su falta de legitimidad para liderar cualquier proceso
y la supeditación de todas las actividades de su gobierno a su propia autodefen-
sa imposibilitaron el establecimiento de un proceso serio de negociaciones con los
grupos en conflicto. Por su parte, la guerrilla incrementó sus acciones militares de
envergadura cada vez mayor y propinó durante su gobierno los más duros golpes en
el campo militar registrados en los treinta años anteriores de confrontación armada.
Solo el hecho de que en su cuatrienio haya habido cuatro diferentes ministros de
Defensa, en buena parte como consecuencia del mismo escándalo de penetración de
dineros del narcotráfico en la política y en su propia campaña, evidencia la imposib-
ilidad de una estrategia militar y de una política de paz serias y sostenidas durante
su débil gobierno.
Desde comienzos de la década de 1980 emergió un nuevo actor armado en el
conflicto: los paramilitares. Todo indica que tuvieron diversos orígenes. Desde distin-
tos niveles e instituciones del Estado, se impulsó la conformación de organizaciones
de autodefensa con nombres, motivaciones, organización y objetivos diferentes. Al-
gunos sectores de propietarios rurales y de ganaderos, en ocasiones con la asesoría
y el apoyo directo de las instituciones armadas del Estado4, decidieron organizar
sus propios grupos de autodefensa ante las presiones y los cobros de la guerrilla. No

4
Líder paramilitar. Entrevista No. 13. Santafé de Bogotá, 22 de agosto, 1997.

Perfil situacional 49
solo cuidaron de su defensa. Se convirtieron también en actores para la eliminación
de adversarios en los negocios, en los intereses y en las ideas. Por su parte, los nar-
cotraficantes, asesorados también con frecuencia por militares activos o en retiro,
organizaron sus propios aparatos de seguridad personal y grupal. Aportaron además
para la formación de organizaciones armadas, dedicadas tanto a contrarrestar la ola
de secuestros propiciada por algunos grupos guerrilleros o por la delincuencia or-
ganizada, como al aniquilamiento o intimidación de oponentes ideológicos o de
intereses (Gómez A., 1996, p. 19). En todos los casos se combinaba la debilidad del
Estado y el desvío de sus funciones, con la decisión de sectores sociales de ejercer la
justicia por sus propias manos, bajo el presupuesto de la solución de los conflictos
por la eliminación del contrario.
El paramilitarismo ha ido extendiendo tanto su influencia política, como sus for-
mas de acción y su presencia geográfica en el país. En 1987, el entonces ministro de
Gobierno César Gaviria denunció la existencia de 140 grupos paramilitares (Reyes
Posada, 1995, pp. 425-435). Su expansión y fortalecimiento, gracias al apoyo directo o
larvado de diferentes autoridades político-militares y de grupos económicos, le han
permitido solicitar su consideración como actor armado en condiciones de igualdad
con los grupos insurgentes. Los paramilitares han logrado también el control políti-
co y militar de algunas zonas del país y continúan en una sangrienta lucha por re-
cuperar extensos territorios del control guerrillero (Reyes Posada, 1995, p. 429). Han
recurrido al magnicidio, al asesinato selectivo de dirigentes populares y políticos, de
defensores de los derechos humanos, de presuntos simpatizantes de la izquierda, de
jueces y autoridades locales. Se encargaron de generalizar en el país la modalidad
de las masacres (Uribe & Vásquez, 1995) —homicidios colectivos de población civil
en estado de indefensión, con frecuente recurso a formas de sevicia y extrema cru-
eldad, y con alto contenido de retaliación o amedrantamiento—, aunque también
la guerrilla ha recurrido a esta modalidad. Han pretendido establecer códigos de
conducta y han sido el principal determinante de las migraciones forzosas que se
han incrementado durante la década de 1990. Pero, a más del agravamiento y degra-
dación del conflicto armado, las peores consecuencias del paramilitarismo parecen
ser la pérdida por parte del Estado del monopolio de la fuerza, de la ley y la justicia,
que constituyen la substancia de su legitimidad (Medina G. & Téllez A., 1994, p. 39) y
la consiguiente sensación de desprotección de la sociedad, debido a la incapacidad
del Estado para brindarle seguridad basada en la legitimidad.
Al terminar en 1995 las dos décadas en estudio, los tres procesos que caracterizan
el período continúan en pleno desarrollo. A pesar de la prioridad discursiva de lo
social, avanza el ajuste económico-político de corte neoliberal. A pesar de los golpes
dados a algunas de las figuras de los principales carteles, el problema narco sigue
en expansión y sus tentáculos llegan a las diferentes actividades de la vida política
y social, incluyendo a los grupos implicados en el conflicto armado. Y este último
continúa su escalada mediante el fortalecimiento militar de las guerrillas, la con-
solidación del aparato paramilitar y la creciente implicación de la población civil. A
pesar también de una moderada reducción de las tasas de homicidio en el mismo
año de 1995 —72 por 100.000 habitantes—, estas triplican las registradas al comien-
zo del período en 1975. Y no solo en números. También en modalidades, intensidad

50 El quinto: no matar
y significados, las distintas violencias, y particularmente los homicidios, continúan
afectando cada vez más y de manera negativa la vida de los colombianos.
Hecha la caracterización del período en cuestión, conviene proceder a desarrol-
lar los planteamientos metodológicos y a presentar los resultados de las diferentes
aproximaciones al problema, para iniciar luego el análisis que permita un plant-
eamiento explicativo preliminar.

Perfil situacional 51
Capítulo 3

Premisas, insumos, riesgos y


limitaciones

Toda aproximación metódica a la realidad implica una serie de opciones, riesgos


y limitaciones. La complejidad de la realidad, la diversidad de los instrumentos
posibles para abordarla, y las limitaciones del conocimiento humano en general y
del conocimiento personal en particular generan recortes tanto de las dimensiones
observables como de las posibilidades interpretativas. Las prácticas académicas y
profesionales y las representaciones sociales dominantes hacen más difícil aún la
tarea de aproximación científica a la realidad. El objeto de este capítulo es tratar
de resumir el proceso de aproximación al tema de estudio, partiendo de la for-
mulación preliminar (Franco, 1996), describiendo los instrumentos y métodos de
trabajo seleccionados e integrando las modificaciones que se fueron haciendo en
el camino, en función de las demandas de la realidad en estudio y de los aportes de
varios colaboradores.

Esquema lógico-conceptual

En la formulación inicial del trabajo los tres contextos explicativos seleccionados se


dirigían con especial énfasis a las razones de origen, a las condiciones estructurales
del actual ciclo de violencia en Colombia. Predominaba en la búsqueda explicativa
la preocupación genética, la comprensión del punto de partida del proceso. En la
medida en que se fue avanzando en la aproximación al objeto de conocimiento y en
que se evidenciaba cada vez más la intensa dinámica de la violencia estudiada, fue
tomando fuerza la convicción de que entender dicha dinámica era tan importante
o aún más que entender su impulso original. Como se sabe, y se demostrará más
adelante, ha sido muy acelerado el ritmo y muy amplia la expansión de la violencia
en Colombia en estas dos décadas. ¿A qué se debe una dinámica tan intensa? La rea-
lidad expresada a nivel popular en términos de que “la violencia genera violencia”
puede contribuir a la explicación, pero es demasiado insuficiente. La realidad hace
entonces su aporte a la razón. Los tres procesos coyunturales ya identificados y que
le dan mayor identidad al período estudiado de la historia nacional —los cambios
en la concepción y las prácticas del Estado, caracterizados como neoliberales, la
emergencia y expansión del fenómeno narco y la agudización del conflicto político

Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 53


- militar— deben ser los que mejor pueden explicar la acelerada dinámica de la vio-
lencia actual, tanto directamente como mediante su sinergia y su contribución al
incremento de las condiciones estructurales de inequidad, impunidad e intolerancia.
Hay entonces, y es bueno resaltarlo, un avance en el planteamiento hipotético
inicial en un doble sentido. De un lado, se pasa de una búsqueda centrada en el
reconocimiento de contextos explicativos originales, a la de contextos que expliquen
también la dinámica del proceso. Y, de otro lado, a los procesos característicos del
período se les reconoce un papel determinante en la intensificación del fenóme-
no de la violencia, tanto por vía directa como por el incremento que producen en
las condiciones estructurales: inequidad, impunidad, intolerancia. Conviene aclarar
que si bien se asume que estas tres situaciones estructurales crean y mantienen
condiciones de posibilidad para la violencia, esta también puede provocarlas y ret-
roalimentarlas. La violencia puede incrementarlas y de hecho así se ha observado
en ocasiones en la situación colombiana. Con frecuencia, es una relación de doble
vía. Es cierto que todo lo anterior configura una lógica y un marco hipotético más
complejo. Pero, al parecer, está más próximo a la realidad que muchos intentos uni-
causalistas, unilaterales o inmediatistas.
Dada su importancia en toda la estructuración del trabajo, es el momento de
precisar los conceptos de inequidad, impunidad e intolerancia.

Inequidad

En latín aequitas viene de aequus, que significa igual. Aequitas tiene en dicha lengua
dos acepciones principales: una referida a equidad, justicia y justa distribución, y
otra relacionada con equilibrio moral, ecuanimidad e imparcialidad (Blánquez F.,
1954). En inglés equality tiene los significados de igualdad y ecuanimidad, y fairness de
justicia e imparcialidad. Y en español equidad mantiene la doble acepción de ecuani-
midad y de justicia, más en el sentido natural que positivo. Su contrario, inequidad,
es entonces la falta de justicia, en especial distributiva, y la falta de equilibrio moral.
En ambos sentidos, es claro que lo esencial en la equidad no es la simple igualdad.
Lo equitativo no es lo igual cuantitativamente, sino lo distribuido de manera justa.
Por consiguiente, la inequidad no solo conlleva el sentido de desigualdad, sino más
bien el de distribución inadecuada e injusta. La frontera de la inequidad la establece
la injusticia y no la desigualdad. La inequidad empieza donde la diferencia se con-
vierte en injusticia (Franco, 1996, p. 15). Las desigualdades y las diferencias son pre-
supuestos y condiciones existentes desde el orden biológico —de especie, de sexo,
de color, de edad—, necesarias dentro del ciclo vital de los individuos y convenientes
para la vida en sociedad. Las inequidades, en cambio, son construcciones y distribu-
ciones injustas, evitables e innecesarias.
Aristóteles, en el capítulo IX de su obra Política, logró sintetizar la idea de que más
que igualdad, la justicia es equidad, “...parece que igualdad es lo justo, y lo es, pero no
para todos, sino para los iguales; y lo desigual parece que es justo, y ciertamente lo es,

54 El quinto: no matar
pero no para todos, sino para los desiguales” (1995, p. 122). Desde entonces, en la fi-
losofía del derecho ha habido una larga discusión sobre la relación equidad-justicia,
que llegó hasta caracterizar el pensamiento liberal del siglo XVI en su intento de hac-
er posible la convivencia política entre hombres movidos por intereses diferentes
(Cortina, 1993). Desde la década de1970, pensadores como John Rawls (1990) han
retomado la discusión de la justicia como equidad y como imparcialidad desde su
punto de vista constructivista (Rawls, 1996). Para el autor, la equidad es la realización
práctica de la justicia mediante la igualdad de libertades civiles y la imparcialidad
en el ejercicio del poder. Los aportes de esta versión liberal se ven muy limitados
por sus premisas de un estado original y de la universalidad absoluta de la idea de
justicia. Además, su referente de una sociedad organizada está muy distante de las
sociedades reales y muy desorganizadas que tenemos en América Latina.
La equidad-inequidad puede referirse a muy distintos objetos y campos temáti-
cos. Aquí interesan dos dimensiones en particular: la económica y la política. La
primera tiene que ver con la distribución de los bienes y riquezas en la sociedad
y con el acceso a las oportunidades mediado por la disponibilidad de recursos. Se
habla entonces de inequidad, por ejemplo, cuando la propiedad de la tierra se con-
centra en un pequeño grupo, mientras quedan amplios sectores desposeídos de
ella. O cuando las ganancias generadas por el trabajo se distribuyen de manera muy
desigual entre los propietarios y los trabajadores. O cuando hay un mínimo porcen-
taje de familias que acaparan un enorme porcentaje del ingreso global, mientras la
mayor parte de las familias no alcanza a obtener lo necesario para la sobrevivencia.
La otra dimensión de la equidad que interesa al momento de establecer relaciones
inequidad-violencia es la política. Expresa la posibilidad real de participar en los
procesos de decisión en la esfera de lo público y de acceder a los distintos niveles
del poder referido a la conducción social. Se habla entonces de equidad si existe la
posibilidad real para todos del ejercicio de la ciudadanía y la garantía de las distintas
generaciones de derechos. Y de inequidad cuando en la práctica hay apropiación de
las decisiones y el poder en pocas personas o grupos y se genera, consecuentemente,
un fenómeno de exclusión de muchos otros individuos o colectivos.
En ambas dimensiones, la equidad no es solo una cuestión cuantitativa. Es un
asunto de predominio cualitativo, ético-político. Implica no solo saber cuánta es la
masa de capital de la sociedad y cuál el número de personas entre las cuales debe dis-
tribuirse, sino también un criterio de justicia, de justa distribución, de participación,
de proporcionalidad. El concepto de inequidad conlleva valores, conciencia. Por
esto es más indicada la categoría inequidad que la de pobreza al tratar de establecer
relaciones con la violencia. Dado el frecuente recurso a la relación pobreza-violencia
para explicar la génesis de la violencia y el reciente discurso de signo contrario para
tratar de eximir de cualquier responsabilidad al modelo económico dominante, in-
dependizar totalmente la relación y concentrar la atención en otros factores, convi-
ene detenerse brevemente en ella.
Pobre y pobreza son términos asociados a estado de necesidad, a carencia de lo
necesario para el sustento de la vida (Boltvinik, 1991). Pobre es quien carece de lo
necesario para vivir. El concepto de necesidad —es decir, la respuesta a la pregunta:
¿qué es lo necesario para la vida?— es diferente entre culturas y cambiante al interior

Perfil situacional 55
de una misma cultura. En otras palabras: las necesidades tienen un carácter histórico
(Boltvinik, 1991, p. 11). A su vez, los términos rico y riqueza se refieren a abundancia,
a tener o a quien tiene más de lo necesario para vivir en una determinada cultura.
Dada la naturaleza misma de la violencia, ni lógica ni históricamente existe una rel-
ación única y constante que la determine. Es decir: ninguna condición, sola y per se,
produce violencia siempre y en todas partes. Por supuesto, tampoco la pobreza. No
obstante, con tanta frecuencia como ligereza al tratar de explicar por qué se produce
violencia, se recurre a la pobreza. Tal argumentación ha sido facilitada por el hecho
real de que la pobreza ha estado entre las condiciones básicas de muchas situaciones
sobre las cuales se han desencadenado procesos de intensa violencia. Pero se han re-
querido de otros procesos interactuantes o de factores detonantes para que la pobre-
za haya dejado de ser una situación pasiva y haya estimulado coyunturas violentas.
Solo una pobre lectura del marxismo podría concluir que es él quien funda-
menta una relación directa de determinación pobreza-violencia. En tres de las obras
en donde se desarrolla la teoría marxista de la violencia —el Manifiesto Comunista
(Marx & Engels, 1996) de 1847-1848; el capítulo XXIV de El Capital (Marx, 1977), de
1867, y Anti-Duhring (Engels, 1968), de 1877-1878— se plantea que es el proceso de
acumulación de la riqueza en manos de un grupo cada vez menor y sus secuelas de
miseria, opresión y servidumbre el que genera y atiza la rebeldía de la clase obrera
(Marx, 1977, p. 953). Rebeldía que se traduce en violencia reactiva frente a la intensa
violencia de las distintas formas de expropiación. Y es a esa violencia reactiva que
permite al movimiento social romper formas políticas opresivas, y solo a ella, a la
que Marx considera partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva (1977, p. 940).
No es entonces una relación mecánica pobreza-violencia, sino un proceso histórico
complejo de producción-apropiación-expropiación de riqueza social y de gener-
ación-imposición-reacción a formas opresivas de poder político el que permite la
comprensión de este tipo de violencia. Es bueno aclarar que Marx no profundizó
en la génesis y dinámica de otras formas de violencia, ni en contextos de violencia
diferentes a los económico-políticos.
Varios analistas de la violencia colombiana han advertido sobre la inconsistencia
de la relación pobreza-violencia (Zuleta, 1990), aduciendo, entre otros argumentos,
que algunos de los departamentos más pobres del país son al mismo tiempo los
menos violentos. La tesis ha tenido mayor difusión y aceptación recientemente al
dársele mayor fundamentación cuantitativa a nivel nacional e internacional (Lon-
doño, 1996; Montenegro & Posada, 1995; Rubio, 1996) . Lo positivo de esta tesis ha
sido su contribución a romper el simplismo explicativo y a quitarle piso a los inten-
tos unicausalistas. Un efecto positivo colateral puede ser también la ruptura del es-
tereotipo del pobre como el violento o como la víctima principal de todas las formas
de violencia. Pero se van perfilando también dos derivaciones que considero equivo-
cadas e ideológicamente orientadas. La primera consiste en pasar de la inconsisten-
cia de la relación pobreza-violencia a independizarlas de manera absoluta y a negar
de entrada cualquier posible relación, descalificándola como “sabiduría convencio-
nal” (Rubio, 1996, p. 7). La segunda es pretender, a partir de lo anterior, exonerar a
las consecuencias económicas negativas del modelo neoliberal de cualquier relación
con el incremento de la violencia en situaciones como la colombiana.

56 El quinto: no matar
Otros investigadores nacionales han asumido lo que podría llamarse una posición
intermedia en la relación en cuestión: pobreza-violencia. Para ellos o la pobreza crea
disponibilidad para que ciertos procesos lleven a la violencia (Deas & Gaitán, 1995),
o inclusive la pobreza se convierte en detonante de la violencia en ciertos casos, por
ejemplo: cuando hay exclusión de los bienes públicos (De Roux, 1995, pp. 162-1668)
los cuales, por definición, deben ser inclusivos. Finalmente, algunos investigadores
han observado, a partir de estudios a mayor profundidad en la ciudad de Cali, una
relación “estrecha y lógica” entre delincuencia y pobreza, pero advierten que no se
puede proyectar a la violencia (Camacho G. & Guzmán B., 1990). Sobre estas ideas
se volverá más adelante.

Impunidad

Es la falta de castigo. Y generalmente se refiere a la falta de castigo jurídico, a la no


aplicación de sanciones previstas en la ley para las conductas delictivas (Nemoga
S., 1995). Supone, por tanto, un ordenamiento jurídico sustentado por un Estado
en capacidad de hacerlo cumplir y por una sociedad que comparte las normas. Es
decir: se apoya en la legitimidad del Estado, en la eficiencia de su aparato de justicia
y en el consenso social sobre las normas. De donde se infiere que la impunidad se
hace posible o cuando se debilitan los consensos sociales sobre la validez y vigencia
de las normas, o cuando el Estado pierde legitimidad (Valencia V., 1989), o cuando
carece de la eficiencia requerida para el adecuado funcionamiento de su aparato
judicial. Si bien es este último factor el que más se aduce, el problema de la impu-
nidad es mayor cuando se suman y potencian los distintos factores, como parece ser
el caso colombiano actual. La precariedad de los resultados obtenidos en el campo
de la lucha contra la impunidad tanto con el nuevo ordenamiento constitucional y
legal ya señalado, como con los esfuerzos normativos, operativos y financieros por
mejorar el sistema de justicia y sus mecanismos de funcionamiento, reafirman la
idea de que los niveles de impunidad actuales tengan mucho más que ver con los
otros dos factores enunciados.
Dado que entre la comisión de un delito y el cumplimiento del respectivo castigo
legal hay momentos muy diferentes, en cada uno de ellos puede generarse impuni-
dad. Hay impunidad cuando el delito no se pone en conocimiento de las autori-
dades, de donde nace la “criminalidad oculta” que en Colombia era del 80% en 1985
y del 73% en 1991 (Departamento Administrativo Nacional de Estadística, 1996). Se
incrementa cuando los casos que llegan al conocimiento del aparato de justicia no se
logran aclarar. Peor aún, cuando los pocos casos que logran aclararse no se castigan
debidamente por cualquiera de las razones de “la injusticia de la justicia” (Valencia V.,
1989, p. 372). Y queda todavía un nuevo espacio para la impunidad: cuando el míni-
mo porcentaje de casos condenados no cumple su castigo, recurriendo a cualquiera
de los múltiples mecanismos de evasión de la justicia.
Pero, a más de esta impunidad jurídica en sus distintos momentos, hay otros dos
tipos de impunidad: una personal y otra social (Zuleta, 1990, p. 12). La personal se refi-

Perfil situacional 57
ere a la eliminación en cada uno del sentido de culpa o vergüenza ante la comisión
de delitos y actos violentos; es la pérdida de la capacidad de autosanción. La social
es la activa o pasiva aceptación por parte de sectores sociales de los agentes recono-
cidos de la violencia y la delincuencia sin someterlos a ninguna sanción colectiva ni
encaminarlos al sistema judicial. Ambas se potencian y retroalimentan produciendo
una especie de exaltación heroica del delincuente, quien a su vez se siente no solo
con licencia para matar, sino también con orgullo y reconocimiento por hacerlo.
Esta interiorización y naturalización personal y social puede ser la más grave ex-
presión de la impunidad dominante. Y es, sin duda, una de las más íntimas bases y
justificaciones de todos los mecanismos de ejercicio de la justicia por cuenta propia
y de privatización de la justicia. Un autor ya citado (Nemoga, 1995, p. 124) agrega
una nueva modalidad: la impunidad ignorada para referirse a aquella que cubre a
los hechos de “limpieza social”. En ella los victimarios creen hacer un aporte social
positivo, las autoridades toleran e inclusive han estado implicadas con frecuencia en
calidad de responsables (Rojas, 1996, p. 74), y la sociedad asume una actitud pasiva
más próxima a la complicidad que al desinterés.
Es muy generalizado el consenso en torno a la importancia de la impunidad
como factor explicativo de la actual violencia colombiana. En este trabajo es pos-
tulada, además, como una de las condiciones estructurales de la actual violencia.
Uno de los pensadores nacionales más reconocidos considera a la impunidad como
el elemento vital y el oxígeno que le permite su proliferación y su virulencia a la
violencia (Zuleta, 1990, p. 11). Desde las autoridades estatales (Barco, 1989), hasta
las conversaciones cotidianas, pasando por las reflexiones académicas y teóricas
(Rubio, 1996, pp. 15, 18, 55, 327, 329), se acepta una estrecha relación entre ambos
fenómenos. Pero el énfasis se hace en los aspectos cuantitativos —número de casos
denunciados en relación a los ocurridos; de investigados en relación a denunciados;
de condenados en relación a investigados— y predominantemente en relación con
la ineficacia del aparato de justicia. Una adecuada comprensión de la relación im-
punidad-violencia requiere diferenciar los distintos tipos de impunidad y consider-
ar en consecuencia no solo los aspectos cuantitativos, sino también los cualitativos
del problema. Además, la relación parece más bidireccional que unidireccional. Es
decir: la impunidad crea condiciones propicias para el incremento de las violencias,
pero, al mismo tiempo, en la medida en que las relaciones sociales se van rigiendo
más por la violencia que por otros criterios y prácticas, también se hace posible el
incremento de la impunidad. Más adelante se tratará de explorar en ambas direc-
ciones y en las diferentes modalidades, dentro de las serias limitaciones existentes
en la información disponible.

Intolerancia

Si bien la etimología de tolerantia-ae nos remite a cierta pasiva capacidad de soportar,


dándole así una connotación estática y negativa, la historia de más de cuatro siglos
de construcción y conquista de la tolerancia nos coloca frente a una categoría y una

58 El quinto: no matar
práctica positivas y de acción. El problema de la tolerancia empieza a plantearse en
Europa durante los siglos XVI y XVII a raíz de las agrias disputas eclesiásticas en vís-
peras de la Reforma (Cisneros, 1995). Frente a la férrea defensa de la hegemonía doc-
trinaria religiosa y moral, en términos reales a sangre y fuego se fue abriendo espacio
una necesidad social: la de aceptar la diferencia y aprender a respetarla y a convivir
con ella. Hasta hoy el problema de la tolerancia sigue teniendo un contenido religioso.
El Diccionario de la Real Academia Española define la intolerancia como la “falta de tole-
rancia, especialmente religiosa” (RAE, 1992). Pero muy pronto el problema se extendió
también al campo político y de la moral pasó al derecho. La posesión de la verdad y
la diversidad fueron los dos frentes de la discusión. Frangois Marie Arouet (Voltaire)
entendía la tolerancia ligada a la propia naturaleza humana: “¿Qué es la tolerancia?
Es la característica fundamental de la humanidad” (1996, p. 148). En el pensamiento
liberal, la tolerancia estuvo ligada a libertad, heterogeneidad, diferencia, respeto a los
derechos, reciprocidad, justicia distributiva, pluralismo y democracia. La intolerancia,
en cambio, estuvo cercana a dogma, fanatismo, exclusión y absolutismo.
A más de su diferenciación en los grandes tipos de intolerancia —religiosa, políti-
ca y social— hay también diversidad en los grados de intolerancia, siendo el máx-
imo el de la pretensión de resolver la diferencia mediante la eliminación física del
diferente, asumido como contrario y enemigo. La violencia aparece entonces como
ejercicio y concreción de la intolerancia. Esta viene a ser el substrato ético, la escala
valorativa y la actitud mental de donde surge la violencia. No se identifican, pero
están íntimamente relacionadas.
Ahora bien, la tolerancia no es un valor absoluto. Depende de qué es lo que se
tolera. Y no todo debe tolerarse. Tolerar, por ejemplo, la inequidad y la impunidad
en lugar de disminuir la violencia, contribuye a incrementarla. Tolerar la diferencia
debe tener su complemento en ser intolerante con la inequidad y la injusticia. Por
no discernir estos aspectos de la tolerancia, se llega o a erigirla en valor unívoco o a
descalificarla. Por la primera vía se llega a la pasividad y a la irresponsabilidad social,
propiciando, en el caso particular de la violencia, condiciones que la incrementan
como las ya discutidas. Por la segunda, se pierde tanto su capacidad explicativa de
ciertos problemas —como el de la violencia— y, por tanto, sus posibles aportes en
un proceso de solución. Es lo que sucede, en mi opinión, cuando un analista co-
lombiano, ridiculizando un poco la tolerancia, trata de explicar que las llamadas
limpiezas sociales no se deben a la intolerancia, sino a la desesperación ante el delito.
Según él “si algo somos los colombianos es tolerantes; por ejemplo, toleramos un
nivel extraordinario de violencia con resignación y estoicismo. Y toleramos la guer-
rilla, la corrupción de los funcionarios del tránsito y la mala administración” (Deas &
Gaitán, 1995, p. 327). Parece fácil la contraargumentación: es justamente la tolerancia
a este tipo de situaciones y la intolerancia religiosa, política y social lo que en buena
parte explica no solo las limpiezas sociales, sino la situación global de violencia que
padecemos. Además, estudios cuidadosos, como el ya citado sobre la violencia en la
ciudad de Cali, encuentran en la limpieza social una de las más claras expresiones de
intolerancia (Camacho & Guzmán, 1990, p. 213).

Perfil situacional 59
Algunos otros pensadores colombianos han reflexionado también sobre el tema
con seriedad. Héctor Abad Gómez, víctima de la violencia actual, consideraba la vi-
olencia como síntoma de males sociales, entre ellos el fanatismo (1990, p. 68). Al
prologar su obra, el reconocido jurista Carlos Gaviria plantea con lucidez que la tol-
erancia viene a ser la síntesis de un impulso vital —la Libertad— y un sentimiento
—el altruismo— (Abad, 1990, p. 9). Otra investigadora del tema considera que la
violencia sería en parte el resultado de una gran incapacidad de los actores sociales
en conflicto para negociar y tramitar las diferencias (Uribe, 1997). Las raíces de esta
incapacidad se hunden en la configuración cultural, en la influencia de ciertos va-
lores-antivalores religiosos, y en prácticas centenarias. Es reconocido, por ejemplo,
el enorme peso de la intolerancia religiosa, convertida con frecuencia en intoleran-
cia política y atizada por sacerdotes y obispos, en las guerras de mitad y de finales
del siglo pasado (Bushnell, 1995; Zambrano, 1994) y en la violencia de mediados del
presente (Perea, 1996). La violencia se ha ido consolidando en el país como estrategia
de socialización y como mecanismo de negar la singularidad y pretender eliminar la
diferencia (Restrepo, 1995).
Aunque es posible construir algunos indicadores de intolerancia —la relación,
por ejemplo, entre conflictos resueltos violenta y no violentamente—, ante su in-
suficiencia, su inmadurez y la inexistencia de ese tipo de información, se optó por
observar y analizar la intolerancia a través de hechos que la reflejan, tales como las
limpiezas sociales y la eliminación de oponentes políticos. Además, se tuvieron
muy en cuenta los aportes de los actores sociales entrevistados y de la literatura
disponible sobre el tema.
La necesaria desagregación de cada categoría utilizada en el trabajo, y más aún
de las que contribuyen a estructurarlo, no implica el establecimiento de relaciones
univariantes. Como se ha venido insistiendo, todo el esfuerzo realizado solo pre-
tende aclarar elementos y dinámicas que contribuyan a la comprensión y enfrenta-
miento del complejo fenómeno de la violencia. La hipótesis que se va sosteniendo y
enriqueciendo de manera progresiva es que el actual ciclo de violencia colombiana
puede entenderse en el mantenimiento e incremento de las condiciones estructura-
les, expresadas por las tres categorías que acaban de desarrollarse, mantenimiento e
incremento propiciados por los tres procesos coyunturales que caracterizan e iden-
tifican el período y que se discutieron en el capítulo anterior. Más que un estudio
genético o un análisis factorial, es una aproximación a la dinámica del proceso. El
análisis de la dinámica y las relaciones de las condiciones estructurales con los pro-
cesos coyunturales dentro de los tres contextos planteados (político, económico y
cultural) puede facilitar la comprensión del problema y contribuir a la identificación
de estrategias de superación.

Los tres recursos metodológicos básicos

Metodológicamente, se optó por tres recursos para abordar la realidad en estudio:


información cuantitativa-entrevistas a actores seleccionados-revisión teórica. Se pretendía

60 El quinto: no matar
de esta forma cubrir los distintos perfiles y niveles del problema, acceder a fuentes
diferentes y de la mayor confiabilidad posible, combinar insumos cuantitativos con
vivencias e interpretaciones de los actores y con aportes de los teóricos e investi-
gadores y lograr, por tanto, tener a disposición un amplio panorama que facilitara
el análisis y la interpretación. Se presenta a continuación una síntesis de cada uno
de los tres insumos, precisando su propósito, mecanismos, instrumentos, procedi-
miento, límites y dificultades.

La base cuantitativa

Se trataba de acceder, limpiar, consolidar, procesar y utilizar de la mejor manera


posible los datos cuantitativos disponibles que expresaran dimensiones importantes
de los procesos, categorías y aspectos de la realidad en estudio. Se recurrió tanto
a medios impresos como a medios magnéticos. Los principales grupos de infor-
mación levantada se refieren a:

ƒ Población. Se buscó la información de los censos de población realizados en


el país en 1973,1985 y 1993, tratando de obtener su discriminación por sexo,
por los grupos de población establecidos por el investigador de conformidad
con el conocimiento previo de la distribución de las víctimas de la violen-
cia —menores de cinco años; 5 a 9; 10 a 14; 15 a 19; 20 a 24; 25 a 34; 35 a 44;
45 a 54; 55 a 64; y mayores de 65 años—, por áreas urbano-rurales y por las
circunscripciones político-administrativas del país —departamentos y muni-
cipios, en especial las capitales de los departamentos—. Dadas las dificultades
e insuficiencias del censo de 1993, fue necesario recurrir a las proyecciones de
población hechas a partir del censo de 1985 hasta el año 2000. No se dispuso
de suficiente información confiable para establecer la población por munici-
pios en todo el período en estudio, lo que unido a las carencias de la discrimi-
nación municipal de los homicidios imposibilitó el cálculo de tasas munici-
pales que hubieran sido de gran utilidad. No se consideró tampoco suficiente
la información disponible para establecer una clara delimitación entre pobla-
ción urbana y rural. Para facilitar el manejo del gran volumen de información,
se decidió concentrar el trabajo cuantitativo en los años correspondientes a
períodos quinquenales dentro del período de estudio. Por no disponerse de
la desagregación de la mortalidad y de los homicidios en 1980, fue necesa-
rio trabajar con el año de 1979 y contar a partir de allí los años límite de los
quinquenios: 1975-1979-1984-1989 y 1994. La principal fuente de información
sobre población fue el Departamento Administrativo Nacional de Estadística
(DANE) (1985-2000). En algunos casos la información se complementó con
datos suministrados por el Instituto Nacional de Salud, en especial en su serie
La mortalidad en Colombia (Ministerio de Salud, 1982; 1986), infortunadamente
interrumpida. La mayor utilización de los datos de población se hizo para el
cálculo de tasas de mortalidad y de homicidios, de conformidad con las desa-
gregaciones disponibles.
ƒ Mortalidad. Se trabajó con los datos de defunciones en el país, desagregados
por departamentos, grupos de edad y sexo. A partir de estas cifras y de los
datos de población fue posible calcular las tasas de mortalidad por 100.000
habitantes, con la misma desagregación antes enunciada y en los años corres-
pondientes a los períodos quinquenales ya señalados. Las fuentes de infor-
mación fueron las mismas consultadas para los datos de población y citadas
anteriormente. Fue necesario hacer algunas proyecciones para el año de 1975
ante las carencias de la información.
ƒ Homicidios. Dada su importancia central en el trabajo, se hizo un cuidadoso
seguimiento a las distintas fuentes de información sobre el fenómeno. Se re-
conocieron tres como las más importantes: el Centro de Investigaciones Cri-
minológicas (CIC) de la Policía Nacional y su Revista Criminalidad (1975-1995)
de periodicidad anual; el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Fo-
renses y su reciente Centro de Referencia Nacional sobre Violencia, y el DANE.
Se revisaron directamente todos los números de la Revista Criminalidad, co-
rrespondientes al período estudiado y se accedió a los respectivos informes
y archivos tanto del DANE como del Instituto (1991; 1992; 1993; 1994; 1995;
1996; 1995-1997). De los distintos rubros en que la Policía Nacional desagrega
los homicidios, no se incluyó en el procesamiento el de “homicidio culposo”
que comprende fundamentalmente los accidentes de tránsito, categoría ex-
cluida del trabajo, de conformidad con la delimitación del concepto de homi-
cidio hecha en el capítulo 1. Se hicieron algunas correcciones a la información
por inconsistencias en su presentación —en ocasiones distintos números de la
Revista Criminalidad presentaban cifras diferentes para un mismo año—, has-
ta lograr unificar las cifras. Ante las marcadas diferencias en la información
entre las tres principales fuentes, se optó por trabajar con los datos de la Po-
licía Nacional para el total anual de homicidios, al considerarlos la serie más
consistente durante todo el período estudiado. Para la desagregación por sexo
y grupo etario se recurrió a la información del DANE al no disponer de ella
la Policía Nacional. Como resultó imposible obtener la desagregación de los
datos de homicidio para los cuatro primeros años del período estudiado en el
DANE, se recurrió a la respectiva información del Instituto Nacional de Salud
para el año de 1975. La información del Instituto si bien parece ser la más ri-
gurosa y completa, cubre tales condiciones solo en parte de la década actual.

De esta manera, se logró obtener finalmente el total de defunciones por homicidio


para cada uno de los veinte años del período estudiado, y su discriminación por
departamentos, sexo y grupos etarios definidos, en los años correspondientes a los
límites de los quinquenios. La información de la Policía Nacional facilitó también
la discriminación de los homicidios por capitales de departamento, su distribución
mensual y, en algunos años, su distribución en ciertos municipios del país. La infor-
mación del Instituto fue especialmente rica en los últimos cinco años del período
estudiado y permitió la desagregación de los homicidios por las variables ya enun-
ciadas y por tipo de arma. Permitió también estimar el significado de los homicidios
dentro del total de otras muertes violentas. La información del Instituto Nacional de
Salud posibilitó además ubicar en algunos años la mortalidad por homicidio dentro
de las primeras causas de muerte en el país.
Al disponer de los datos de población y de mortalidad, fue posible establecer
tasas de homicidio por cien mil habitantes desagregadas por departamentos, grupos
de edad y sexo. Se calculó también la participación porcentual de los homicidios
en el total de las defunciones, con las mismas desagregaciones, y la participación
porcentual de los homicidios en cada subgrupo sexual y etario dentro del respectivo
total. Los cálculos se hicieron para los cinco años seleccionados.
Las bases de datos y las publicaciones de algunas ONG, en especial las de la
Comisión Colombiana de Juristas (1996), de la Comisión Intercongregacional de
Justicia y Paz (1995) y de Americas Watch (1993; 1995), permitieron diferenciar en
algunos casos los homicidios debidos a violencia política y agruparlos según las in-
stituciones u organizaciones a las cuales pertenecían las víctimas o los agresores. En
algunos de sus números, 1975-1985, la revista de la Policía Nacional traía desagrega-
dos los “muertos por acción de bandoleros” categoría inapropiada y descalificadora,
cuyos datos contribuyeron a precisar las muertes de naturaleza política.
Para la elaboración de mapas de distribución de los homicidios en las distintas
regiones del país se utilizó el programa Epimap.

Algunos indicadores utilizados

Los indicadores de muchas realidades son solo eso: pistas, imágenes imprecisas,
sombras de la realidad. Una cosa es contar cuántos homicidios se registran en
un período dado, y otra estimar mediante indicadores los niveles de pobreza, de
inequidad, de impunidad o de intolerancia. Los indicadores son aproximaciones
aún muy imprecisas y con niveles variables de confiabilidad, entre los cuales siguen
predominando aquellos referidos a las dimensiones mensurables de la realidad. Con
frecuencia los indicadores son también construidos bajo la presión o el interés cien-
tífico o político de resaltar un determinado aspecto de la realidad, dejando por fuera
otras dimensiones igual o mayormente importantes de ella. Y al problema esencial
del contenido y la imprecisión de los indicadores se agrega el de la precariedad de
sus mediciones y de la irregularidad en las fuentes sobre las cuales se basan. Pro-
blema este más grave aún en países como Colombia, en donde no existen una con-
ciencia y una práctica sistemática de recolección rigurosa de información sobre
diversos aspectos de la vida social. Todas estas limitaciones es preciso señalarlas para
relativizar el valor dado a ciertas mediciones, para poner de presente una vez más
lo difícil que resulta una aproximación sistemática a ciertas realidades y procesos
aún poco reconocidos y para señalar la necesidad de avanzar en la construcción de

Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 63


indicadores más apropiados para muchas dimensiones de la realidad, entre ellas las
que se señalan a continuación dentro del tema en cuestión.

Inequidad

Para tener una imagen cuantitativa del problema de la inequidad se optó por observar
el comportamiento del coeficiente de Gini, los porcentajes de población considerada
como pobre mediante los indicadores de Línea de Pobreza (LP) y con Necesidades
Básicas Insatisfechas (NBI). Se exploró también el comportamiento de las tasas de
desempleo. Para el primer indicador se recurrió a los cálculos y ajustes ya hechos por
autores reconocidos (DNP, 1996, 1997; Sarmiento, 1997; Sarmiento, 1995), aclarando
que al respecto persiste una polémica que refleja cómo aún el cálculo de un valor
cuantitativo está sujeto a diferentes enfoques e intereses. Los indicadores de pobreza
se tomaron de los estudios y resúmenes presentados por Libardo Sarmiento (1997).
Los datos de desempleo se tomaron básicamente de una revisión de la Revista del
Banco de la República (1976-1975) durante todo el período estudiado. Conviene aclarar
que tal información solo se refiere al desempleo en siete ciudades del país.

Impunidad

En términos cuantitativos, para el problema de la impunidad se utilizaron dos indi-


cadores: número de detenidos por homicidio por cada cien homicidios y número de sumarios
iniciados por homicidio y por año. El primer indicador se obtuvo desagregado por
departamento, en la Revista Criminalidad de la Policía Nacional ya citada. Los datos
relacionados con el número de sumarios iniciados por homicidio corresponden a
información del DANE y el Ministerio de Justicia (1996).
Tomando como variable dependiente el número de homicidios y como variables
independientes las otras mencionadas y dos más que se consideraron importantes
—el inverso del NBI, denominada b1, y un factor de escala de este inverso: blx1000—,
se trabajaron diferentes modelos matemáticos de tipo lineal. Para la aplicación de los
modelos se utilizó el paquete SAS, y de este el procedimiento Stepwise. Mediante un
análisis de regresión progresiva se buscaba proporcionar una ecuación útil para la
predicción —con un R cuadrado cercano a uno— y económica, en el sentido de que
seleccione las variables independientes que más aporten al modelo. De esta forma se
iban descartando variables y se intentaba encontrar el mejor modelo de una sola vari-
able, luego el mejor modelo de dos variables y así sucesivamente a un nivel definido
de significancia —que en este caso fue de 0,15—. Este valor se encarga de fijar el nivel
de rechazo del modelo. En el capítulo siguiente se presentan los resultados.

64 El quinto: no matar
Entrevistas a actores seleccionados

Con la información anterior se pretendía aprovechar hasta el máximo las posibili-


dades de lo cuantitativo para describir la realidad y obtener pistas para su interpre-
tación. Pero los datos numéricos, por rigurosos y significativos que sean, constituyen
apenas una dimensión de la realidad. Dimensión muy parcial en el caso de reali-
dades tan complejas como las de la naturaleza y dinámica de la violencia. Justamente
para aproximarse a otras dimensiones del mismo problema se optó por recurrir a
la palabra de algunos actores mediante el método de la entrevista. Se entiende a
esta como “un procedimiento intensivo y abierto, orientado por una guía específica
adaptada a los informantes (seleccionados para cubrir los campos temáticos) y dis-
tinta según las características de cada uno de ellos” (Breilh, 1994).
Este método parte de dos premisas simples: el valor de la palabra y la capacidad
expresiva de cada individuo. Es decir, que la palabra es una de las mejores formas me-
diante las cuales nos representamos a nosotros mismos e intercambiamos con otros
la percepción de la realidad, y que cada individuo mediante su palabra se expresa a
sí mismo, pero también expresa algo de lo otro y de los otros (Minayo, 1996). Esta
recuperación de la palabra como interpretación de la realidad y como instrumento
de comunicación, y del sujeto como tal y como expresión de un grupo determinado,
es el substrato que valida métodos como este de las entrevistas. No es entonces solo
un mecanismo de recopilar información para convalidar o no el dato cuantitativo.
Ni es desvalorizar las posibilidades del dato y la medición. Es asomarse por otra ven-
tana y con otros instrumentos a la misma realidad para tratar de entenderla mejor.
Sabiendo, además, que la palabra puede contener datos y que el dato es también
palabra. Esta última afirmación apunta también a atenuar sin desconocer la polar-
idad cuantitativo-cualitativa que, más por reduccionismos o dogmatismos que por
incompatibilidades esenciales, ha impedido con frecuencia una comprensión más
completa de la realidad. Por descontado que no se trata de sustituir en el tema de la
violencia el dogma de la cifra por el de la palabra. Esta también tiene sus carencias
y limitaciones. Se trata de releer cada una de cara a la otra y de tratar con ambas de
entender un poco mejor el fenómeno.
¿Qué aspectos del problema en cuestión se querían explorar mejor por esta vía?
Las entrevistas se estructuraron alrededor de tres temas centrales, dando un margen
para que cada entrevistado/a desarrollara dentro de cada uno de ellos sus enfoques
y aportes particulares. El primer tema se refería a la visión general y a los aspectos
que cada entrevistado consideraba más sobresalientes del problema de la violencia
colombiana actual. El tipo de pregunta introductoria era: ¿Qué aspectos de la violen-
cia actual en el país le impresionan y preocupan más? El segundo tema quería aden-
trarse en la interpretación que cada actor tenía de las raíces, causas y/o razones de la
violencia. En su concepto, ¿a qué se debe la violencia actual y en especial el aumento
de los homicidios?, era el tipo de pegunta que introducía esta segunda parte de la
entrevista. A diferencia de lo planteado en el proyecto original, se evitó preguntar a
cada uno sobre el papel que le daba a cada una de las tres categorías propuestas en
el trabajo como expresión de los principales contextos explicativos considerados.

Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 65


Cuando el entrevistado enunciaba o aludía a alguno de ellos, se trató de concretar
su sentido y el nivel de importancia que le daba. El tercer tema era el de las posibles
soluciones del problema. Se formuló en general de la siguiente manera: ¿Cómo cree
usted que podría superarse la actual situación de violencia que vive el país? A más de
su valor objetivo, se quería con este tema observar su consistencia con la respuesta a
las cuestiones anteriores, en especial con la segunda. Según los cánones convencio-
nales, se trata entonces de una entrevista semiestructurada.
¿Quiénes fueron los entrevistados? Entre las múltiples opciones posibles, se
dividió a los entrevistables en tres grupos, a saber: actores armados, funcionarios del
Estado, e integrantes de la sociedad civil. En el primer grupo se incluyeron: los guer-
rilleros, los paramilitares, los miembros de las diferentes instituciones armadas del
Estado, los integrantes de milicias populares y los sicarios. El segundo incluía tanto
a los miembros del poder ejecutivo —al que se reconoce en general como “gobier-
no”— como a los representantes de las diferentes instancias y niveles de los poderes
legislativo y judicial. El tercer grupo comprendía en realidad a todos los actores que
no pertenecían a ninguno de los dos grupos anteriores. Más adelante se discutirá un
poco la polémica entidad de la denominada “sociedad civil”. Por ser este el grupo
más amplio y heterogéneo, se trató de que los seleccionados pertenecieran a muy
diversos estratos y organizaciones y tuvieran mayor representatividad. Sin pretend-
er ninguna validez estadística, dentro de los límites de tiempo y recursos disponibles
y habiendo decidido que el autor realizaría personalmente la totalidad de las en-
trevistas, se limitó su número a cuarenta. Se distribuyeron así: ocho para actores
armados; diez para funcionarios del Estado y veintidós para representantes de la
sociedad civil. Se trató de garantizar representación de ambos sexos y de las distintas
regiones del país.
Los ocho actores armados finalmente entrevistados fueron:

ƒ Un alto mando militar.


ƒ Un alto mando de la Policía Nacional.
ƒ Un dirigente del Ejército de Liberación Nacional (ELN).
ƒ Un dirigente del Ejército Popular de Liberación (EPL). Las condiciones del
intenso enfrentamiento que se vivía con las FARC en el país al momento de
las entrevistas imposibilitaron las mínimas garantías de seguridad requeridas
para entrevistar a uno de sus máximos dirigentes, quien ya había accedido a
colaborar con el trabajo.
ƒ Una ex militante del Movimiento 19 de Abril -M-19.
ƒ Un dirigente paramilitar.
ƒ Un miembro de las Milicias Populares.
ƒ Un sicario.

Los funcionarios estatales fueron:

ƒ Un alto funcionario de la Fiscalía General de la Nación.


ƒ Un integrante de la Corte Constitucional.

66 El quinto: no matar
ƒ Un funcionario de la oficina del Alto Comisionado para la Paz.
ƒ Un alto funcionario de la Defensoría del Pueblo.
ƒ Una representante a la Cámara.
ƒ El gobernador de uno de los departamentos más afectados por la violencia.
ƒ Un secretario de gobierno departamental.
ƒ Una alcaldesa municipal.
ƒ Un funcionario del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI).
ƒ Una funcionaría del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

De la Sociedad Civil se seleccionó un líder de cada una de las siguientes organizaciones


o grupos:

ƒ Indígena
ƒ Obrero
ƒ Comunitario
ƒ Feminista
ƒ Empresariado Agrícola
ƒ Empresariado Industrial

Además:

ƒ Un dirigente político
ƒ Un miembro representativo del Comité Permanente por la Defensa de los De-
rechos Humanos
ƒ Un miembro representativo de la Comisión Colombiana de Juristas
ƒ Una integrante de la Red de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra
ƒ Un arzobispo católico
ƒ Un representante de la oficina de Pastoral Social del Episcopado
ƒ Un sacerdote católico de un área de conflicto
ƒ Una religiosa de un área de conflicto
ƒ Dos periodistas
ƒ Dos académicos, investigadores del tema de la violencia
ƒ Dos desplazadas por la violencia
ƒ Una prostituta
ƒ Un travesti

Las entrevistas se grabaron en su totalidad. Después de escucharlas varias veces se


procedió a hacer un resumen general de cada una de ellas. Se codificaron las res-
puestas a cada una de las preguntas centrales. A partir de esta codificación se hizo un
nuevo resumen de la totalidad de las entrevistas que incluyó además una antología
de expresiones de los entrevistados. Se elaboraron cuadros de distribución de las
respuestas por grupos de actores y sexo. Se hizo luego un agrupamiento de las res-
puestas a cada una de las tres preguntas en función de sus afinidades temático-pro-
positivas y se analizó en relación a los tres grupos de actores. Correlacionando los

Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 67


tipos de respuestas a las diferentes preguntas, se hizo finalmente una tipificación de
los discursos (Minayo, 1996, p. 211) frente a la violencia y se analizó su distribución
por grupos de actores y sexo. Los resultados se presentan en el respectivo capítulo y
alimentan la discusión general de todo el trabajo siguiente.
Dado que a los entrevistados se les garantizó mantener en reserva su identidad,
al citar las entrevistas se identifican con el número correspondiente al orden con-
secutivo empleado.
La riqueza de este instrumento de las entrevistas no opaca sus limitaciones. De
un lado, las vivencias de los actores y su adscripción ideo-lógico-cultural perfilan
sus creencias y representaciones, marcan su lenguaje y su mensaje, y cargan sus re-
spuestas de intensos contenidos emocionales. De otro lado, el investigador tampoco
es un eunuco intelectual y, en consecuencia, su lectura puede estar interferida por
preconceptos, esquemas e intereses. En este caso particular, además, la intensidad
que continúa teniendo el problema de la violencia y su impacto directo sobre am-
bos —entrevistados y entrevistador— hace aún más difícil lograr un mayor grado
de objetividad. Una vez más, sin rendir culto a la cantidad, es bueno reconocer que
cuarenta es un número bastante modesto de entrevistas y que, en consecuencia, los
análisis derivados deben serlo también y limitan las pretensiones teoricistas. Con
todo, vale la pena dejar constancia de la calidad humana de muchos y muchas de los
entrevistados y las entrevistadas, de la ampliación del panorama del problema y de
los cuestionamientos y respuestas que sus expresiones e interpretaciones contribuy-
eron a plantear en el investigador.

La revisión teórica

Constituye el tercer insumo de esta exploración. Se orienta a buscar en las elabora-


ciones previas de distintos pensadores e investigadores los aportes que mejor puedan
contribuir a aclarar conceptos básicos, a delimitar el campo de conocimiento del
problema en estudio, a enmarcar histórica, política, económica y culturalmente la
situación analizada, a interpretar los aportes de los otros dos insumos del trabajo y a
confrontar los planteamientos formulados en sus diferentes fases.
Es obvio que parte de dicho trabajo ha sido hecho con anterioridad. Pero desde
un comienzo del presente trabajo se trazó un plan de estudio teórico que incluyó
tres temáticas principales:

ƒ Aspectos metodológicos. Se trataba de revisar los principales planteamientos so-


bre los problemas clásicos del conocimiento, de la relación del investigador
con el objeto investigado, de la aproximación a la realidad y los mecanismos
más adecuados para hacerlo, de los principales riesgos, errores y limitaciones
del proceso de conocer. Era una especie de precondición para esta indagación
y de necesidad sentida a partir de los interrogantes dejados por la participa-
ción anterior en procesos similares. Como en todo, había que optar entre dis-

68 El quinto: no matar
tintas alternativas. Sin un dogma que seguir, ni un método único que aplicar,
se recurrió a algunas de las fuentes de las que se había alimentado el autor en
etapas anteriores, y a través de ellas se llegó a algunas otras. Dado que la mayor
parte de las obras específicas se han ido y se continuarán citando a lo largo del
texto, aquí solo se nombran los autores a quienes más se ha recurrido y que
más han contribuido: Aristóteles, Guillermo Federico Hegel, Carlos Marx, Fe-
derico Engels, Gastón Bachelard, Michel Foucault, Karel Kosik, Eli de Gortari,
Adolfo Sánchez Vásquez, Jurgen Habermas, Mario Bunge, Juan Samaja, Maria
Cecília Minayo y Jaime Breilh.
ƒ Conceptualización sobre violencia. Se buscaba acceder al conocimiento, a las dis-
cusiones inconclusas y a las propuestas aún en debate, contenidas en las obras
de personas que han dedicado parte de su esfuerzo intelectual a la compren-
sión de la violencia en distintos momentos y contextos. A más de la ubicación
en las condiciones que dieron origen a sus aportes y polémicas, se requería
frente a cada uno y cada una de los autores y autoras una actitud receptiva para
entender su discurso y una elaboración crítica para tomar distancia, confron-
tar los desacuerdos y acumular los acuerdos. Ha sido un diálogo desafiante y
estimulante. No se ha recurrido a fichas bibliográficas ni a bases de datos de li-
teratura seriada. Se han seleccionado algunos interlocutores con quienes se ha
querido conversar mediante sus obras. Y si con los entrevistados en el insumo
anterior se estableció una relación directa pero pasajera, con estas personas
se ha entablado o intensificado una relación indirecta pero constante. Ellas
son habitantes de estas páginas y presencia constante en las largas soledades
de quien escribe. Especialmente ricos han sido los diálogos sobre violencia
sostenidos con las obras de: Georges Sorel, Walter Benjamin, Hannah Arendt,
Carlos Marx, Emile Durkheim, Frantz Fanón, Jean-Paul Sartre, Michel Maffe-
soli, Michel Foucault, Adela Cortina, María Cecilia Minayo y Seamus Heaney.
ƒ La violencia en Colombia. Por ser el objeto particular de estudio, por su compleji-
dad, por la diversidad de enfoques e intereses, por el carácter todavía preliminar
de muchos de los estudios e interpretaciones, y por estar aun aconteciendo —y
de qué manera— ha sido el tema que ha requerido y continúa requiriendo una
interlocución más activa y variada. Centrado en la actual violencia, ha sido ne-
cesario mirar en detalle las pasadas, en especial la de mitad de siglo. Y buscando
indagar por la naturaleza y dinámica de la actual, ha sido también necesario
adentrarse en su descripción, en su historiografía, en su geografía, economía,
significados y representaciones culturales, expresiones literarias, interpretacio-
nes y consecuencias psicológicas, sociológicas y políticas. Con mayor dificultad
que en los dos temas anteriores, se ha requerido combinar receptividad con
crítica, aproximación y distanciamiento, encuentros y desencuentros. El listado
de autores con quienes se ha dialogado directamente o mediante sus escritos
sería demasiado extenso. Pero sería injusto no mencionar algunos. En primer
lugar, a las tres generaciones de violentólogos que ya tiene el país. La de los pione-
ros, con Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna, Orlando Fals Borda,
Camilo Torres Restrepo, Estanislao Zuleta y Héctor Abad Gómez. La segunda
generación con Gonzalo Sánchez, Carlos Miguel Ortiz, Álvaro Camacho, Álvaro

Premisas, insumos, riesgos y limitaciones 69


Guzmán, Jesús Antonio Bejarano, Darío Fajardo, Alejo Vargas, Fernán Gonzá-
lez, Alfredo Molano, Eduardo Pizarro, Ricardo Peñaranda, Alejandro Reyes,
Francisco de Roux, Javier Giraldo y María Teresa Uribe, entre otros. Y la nueva
y más heterogénea generación de estudiosos del tema donde ya van figurando
Mauricio Rubio, Fernando Gaitán, Alonso Salazar, Camilo Echandía, Juan Luis
Londoño, María Victoria Uribe, Libardo Sarmiento, Carlos Eduardo Rojas, Luis
Carlos Restrepo, Carlos Mario Perea, Reinaldo Barbosa, Francisco Gutiérrez y
Alberto Valencia. En segundo lugar, los nombres de intelectuales de otros países
que se han interesado en serio por el estudio de la violencia colombiana. En-
tre ellos: Paul Oquist, Eric Hobsbawm, Charles Berquist, Daniel Pécaut, Pierre
Gilhodés, Malcolm Deas, Peter Waldmann, Jonathan Hartlyn y Nazih Richani.
Finalmente, deben mencionarse también los nombres de escritores que desde
la literatura y el ensayo han ayudado a presentar y entender los temas de la
violencia colombiana, entre ellos: Eduardo Caballero Calderón, Manuel Mejía
Vallejo, Gabriel García Márquez, Manuel Zapata Olivella, Gustavo Álvarez Gar-
deazábal, Laura Restrepo, William Restrepo, Fernando Soto Aparicio, Germán
Santamaría y Fernando Vallejo.

Queda por verse si en el conjunto de los capítulos introductorios anteriores y los


siguientes de aportes y discusión del trabajo, los tres insumos aquí enunciados
alcanzan a construir algo lógico, riguroso y útil para la comprensión y superación
de la violencia actual.

70 El quinto: no matar
Capítulo 4

El lenguaje de las cifras

Las cifras, como las palabras, necesitan contextualizarse. Al igual que una palabra
suelta es apenas una provocación para un mensaje que debe completarse, una cifra
es apenas un enunciado de magnitud que debe ubicarse y explicarse. Si digo, por
ejemplo, 30.000, no sé de qué se trata. Si digo 30.000 muertos, puede ser un por-
centaje bajo del total anual de muertes en el mundo, o el saldo fatal de una catástrofe
que acabó con una población entera, o el total anual de homicidios en Colombia.
La magnitud es entonces relativa y solo al referirse a una situación determinada
adquiere valor y sentido.
En este capítulo se intenta presentar una síntesis de los datos y cifras que se han
considerado como más importantes para la comprensión del objeto de trabajo: los
homicidios en Colombia en los últimos veinte años, su contexto y su dinámica. La
presentación se concentrará en las variables e indicadores de los procesos ya des-
critos en el capítulo anterior, incluyendo los procedimientos y consideraciones ana-
líticas preliminares que se lograron a partir de la base cuantitativa.

La población que padece la violencia

Para el comienzo del período en estudio, 1975, el país tenía una población de
23.847.093 habitantes, distribuidos por partes casi iguales entre ambos sexos. Para
1994 la población total se había multiplicado por un factor de 1,4, llegando a 34.520.184
personas. El factor de incremento de la población femenina fue un poco mayor: 1,5.
En la Figura 2 se aprecia la pirámide poblacional de 1975 y en la Figura 3 la
correspondiente a 1995. Ambas son pirámides de base amplia con acortamiento
ascendente irregular. Mientras en la de 1975 el grupo de 15 a 19 años se expande en
relación al inmediatamente anterior (10 a 14), en la de 1995 se aprecia una reducción
relativa del grupo de 15 a 19 años en ambos sexos. El grupo poblacional que presenta
el más alto factor de crecimiento en el período es el de 35 a 44 años: 1,8 para el total
y el sexo masculino y 1,9 para el sexo femenino. Y hay dos grupos etarios que pre-
sentan el más bajo factor de crecimiento en el período: 1,2. Son ellos: el de menores
de cinco años, como posible reflejo de los persistentes problemas de atención del
parto y perinatales, y el grupo de 15 a 19 años, muy posiblemente como reflejo de la
violencia. Inclusive el grupo de 20 a 24 años tiene un factor de crecimiento de 1,3, un
poco por debajo del promedio.

El lenguaje de las cifras 71


80 +

70-74

60-64

50-54
Grupo etario

40-44

30-34

20-24

10-14

0-4

2.500.000 2.000.000 1.500.000 1.000.000 500.000 0 500.000 1.000.000 1.500.000 2.000.000 2.500.000

Hombres Mujeres

Figura 2. Pirámide de población. Colombia, 1975.


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

80+

70-74

60-64

50-54
Grupo etario

40-44 40-44

30-34

20-24

10-14

0-4
2.500.000 2.000.000 1.500.000 1.000.000 500.000 0 500.000 1.000.000 1.500.000 2.000.000 2.500.000

Hombres Mujeres

Figura 3. Pirámide de población. Colombia, 1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

72 El quinto: no matar
La distribución urbano-rural, hasta donde puede observarse con la información dis-
ponible, ha variado en el sentido de incrementarse el porcentaje urbano a expensas
del rural. En 1973 el 60% de la población vivía en el área urbana y el 40% en la rural.
A mitad del período, en 1985, el porcentaje urbano subía al 65% y el rural descendía
al 35% (DANE, 1993) y en 1995 la urbana alcanzaba ya el 70%, mientras la rural bajaba
al 30%. Esta movilidad interna se viene convirtiendo en factor de gran importancia
en los estudios de población en el país (Martínez & Rincón, 1997, pp. 230-261), y ya
quienes la estudian identifican la violencia como uno de los principales determi-
nantes (p. 230). Bogotá se ha convertido en el principal lugar de destino de buena
parte de las migraciones internas y en especial de las debidas al desplazamiento por
la violencia. Su factor de crecimiento poblacional en el período fue de 1,5, superior
al promedio del país. De 3.360.485 habitantes en 1975, la ciudad pasó a 5.129.285 en
1994. Entre 1988 y 1993, cuando la inmigración interregional fue negativa para las
demás regiones del país, fue significativa para Bogotá (p. 242), en donde representó
el 41% del crecimiento total de la ciudad (p. 254). Hoy la ciudad tiene aproximada-
mente el 15% de la población total del país. Llama la atención que mientras el grupo
masculino de 20 a 24 años de Bogotá apenas logra mantenerse estable, a pesar de la
migración, los grupos de 35 a 44 y de 45 a 54 años se duplican, tanto en el total como
para cada uno de los sexos. Esto pone una vez más de presente el peso mayor de la
mortalidad en el grupo más joven, en buena parte debida a la violencia. Algo similar
pasa en los departamentos de Antioquia y del Valle en donde los grupos de 15 a 19 y
de 20 a 24 años apenas registran un ligero incremento en el período, mientras los
grupos mayores tienen incrementos por encima del promedio.
La esperanza de vida al nacer es otro de los indicadores demográficos que reflejan
tanto la calidad de vida y el control de factores adversos, como su persistencia o
incremento. Es considerado como uno de los mejores indicadores del nivel de de-
sarrollo de una población y las Naciones Unidas lo incluyeron dentro del cálculo de
su índice de Desarrollo Humano.
En el quinquenio 1990-1995, un colombiano promedio podía aspirar a vivir 69
años. En el mismo período las colombianas podían aspirar a vivir seis años más que
los colombianos. Las diferencias son también muy marcadas por regiones: mientras
en Cundinamarca en el mismo quinquenio la esperanza de vida llegaba ya a 72
años, en el Chocó era apenas de 55 años (MINSAL, 1994). En la Tabla 1 se aprecia
el comportamiento de la esperanza de vida al nacer de los colombianos y colom-
bianas en períodos quinquenales durante las dos décadas en estudio, según datos del
DANE (1993, p. 91). Puede observarse una desaceleración del ritmo de ganancia en
el número de años que espera vivir un colombiano promedio y una ventaja a favor
de las mujeres. En los veinte años estudiados, el promedio de la población gana 5,3
años, las mujeres 6 años, mientras los hombres solo 4,6 años. En los veinte años ante-
riores, 1955-1975, la ganancia promedio había sido de 6,5 años, 6,4 para los hombres
y 6,6 para las mujeres. Esta especie de achatamiento de la esperanza de vida en
Colombia en las dos últimas décadas, justo cuando en la mayoría de los países se ha
incrementado el ritmo de ganancia ante las nuevas oportunidades y los avances en
varios campos relacionados con la calidad de la vida, requiere una explicación. Por

El lenguaje de las cifras 73


Tabla 1. Esperanza de vida al nacer. Colombia, 1975-1995.
Años Total Hombres Mujeres

1975-1980 63,95 61,76 66,25

1980-1985 67,16 64,59 69,85

1985-1990 68,24 65,51 71,11

1990-1995 69,24 66,36 72,26


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de
Estadísticas (DANE), Las estadísticas sociales de Colombia.

descontado que esta tiene que ser plurifactorial. Pero sabiendo que son los hombres
las principales víctimas de los homicidios y que estos han incrementado de manera
significativa su participación porcentual entre las demás causas de muerte —como
se verá más adelante—, existen sólidas bases para pensar que tanto la desaceleración
del ritmo global de ganancia en esperanza de vida como la pérdida mayor en los
hombres se deben en buena medida a la violencia homicida.

Perfil de la mortalidad general en Colombia

Durante el período estudiado, el país tuvo un promedio aproximado de 150.000


defunciones anuales, con una tasa que varió en los años límite de los quinquenios
entre 4,25 y 4,88 muertes por mil habitantes (se excluye en el análisis la tasa de 1975
por falta de suficiente confiabilidad y consistencia, dado que, como ya se explicó, fue
necesario recurrir a una fuente diferente). Son tasas relativamente bajas y estables.
Los factores de variación de las tasas de mortalidad calculados permiten observar
una moderada reducción global de la mortalidad del país en términos generales y
en su desagregación para ambos sexos. No ocurre igual cuando la desagregación
se hace por regiones y por grupos de edad. El caso más dramático se observa en
el departamento de Antioquia, en donde en el grupo masculino, en el período de
1979-1994, hay un incremento significativo —el factor de variación es 1,4— que se
convierte en alarmante en el grupo de 15 a 19 años, en el cual la mortalidad en el
período enunciado se quintuplica, y en el grupo de 20 a 24 años, en el cual el factor
es de 3,7. En Bogotá, en el grupo masculino de 20 a 24 años el factor de incremento
de la mortalidad es de 2,4 y en Cali, en el mismo grupo, es de 3,4.
Lo anterior puede observarse mejor en su representación gráfica, insistiendo una
vez más en la diversidad de la fuente de datos que obliga a eliminar los correspon-
dientes a 1975. La Figura 4 muestra la relativa estabilidad de la tasa nacional de mor-
talidad general por 100.000 habitantes y sus incrementos en los departamentos de

74 El quinto: no matar
700,00

600,00
Tasa por 100.000 haiitantes

500,00

400,00 Antioquia
Santafé de Bogotá
300,00 Valle del Cauca
Total nacional
200,00

100,00

0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 4. Mortalidad general. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

Antioquia y Valle del Cauca y en la ciudad de Bogotá. Las diferencias se hacen más
notables al desagregar por grupos de edad. Las mayores diferencias se encuentran
en los grupos de 15 a 19 y de 20 a 24 años. La Figura 5 muestra la tasa de mortalidad

600,00

500,00
Tasa por 100.000 haiitantes

400,00 Antioquia
Bogotá
300,00 Valle del Cauca
Total nacional
200,00

100,00

0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 5. Mortalidad general en el grupo de 15 a 19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.


El lenguaje de las cifras 75
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
1000,00
900,00
Tasa por 100.000 haiitantes

800,00
700,00
600,00 Antioquia
500,00 Bogotá
Valle del Cauca
400,00
Total nacional
300,00
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 6. Mortalidad de hombres entre 15 y 19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

general del grupo de 15 a 19 años a nivel nacional y en Antioquia, Bogotá y Valle en


los años seleccionados.
Puede observarse un incremento moderado en la tasa nacional e incrementos
mayores a partir de 1984 en Bogotá y Valle. El caso de Antioquia es dramático: su
incremento empieza desde 1984, pasando de 132 por 100.000 habitantes en 1979 a
488 en 1994, es decir que casi se cuadruplica. En términos de mortalidad general,
el fenómeno más crítico del país en el período de estudio es su incremento des-
bordado en los grupos masculinos de 15 a 19 y de 20 a 24 años, en particular en
los departamentos de Antioquia y Valle. Tal como puede apreciarse en la Figura 6,
mientras a nivel nacional la tasa de mortalidad del grupo masculino de 15 a 19 años
no alcanza a duplicarse en el período en el que se dispone de información más con-
fiable, en Bogotá se duplica, en el Valle se triplica y en Antioquia se quintuplica.
En el grupo de mujeres de la misma franja etaria, las tasas nacionales se man-
tienen prácticamente estables y presentan variaciones ondulantes en las tres regiones
incluidas en la Figura 7. La variación tiene una intensidad mayor en el grupo de 20 a
24 años, en especial en el masculino. La Figura 8 evidencia el marcado incremento
de la mortalidad en este grupo etario: a nivel nacional y de la capital de la República
la tasa casi se duplica, mientras en Valle y Antioquia se triplica. Pero es en el grupo
masculino en donde la mortalidad alcanza las mayores tasas en este rango etario
(Figura 9). Según sus datos, 1.234 hombres por cada cien mil de este grupo murieron
en Antioquia en 1994, es decir: más de uno de cada cien. A nivel nacional, la tasa
respectiva alcanzó a duplicarse y en el Valle el factor de incremento fue de 3,4. En
los departamentos del eje cafetero —Caldas, Quindío y Risaralda— la mortalidad
en este grupo presenta también un aumento preocupante: en todos ellos supera los

76 El quinto: no matar
120,00
100,00
Tasa por 100.000 haiitantes

80,00 Antioquia
60,00 Bogotá
Valle del Cauca
40,00 Total nacional
20,00

0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 7. Mortalidad general de mujeres entre 15 y 19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

400 por 100.000 en 1994. En el grupo femenino el comportamiento es similar al del


grupo de 15 a 19 años, con un leve incremento general y un aumento preocupante en
el Valle del Cauca, en donde la respectiva tasa llega en 1994 a 123, por encima incluso
de la correspondiente a Antioquia. Como se verá al analizar los datos de homicidios,

800,00

700,00

600,00
Tasa por 100.000 haiitantes

500,00
Antioquia
Bogotá
400,00
Valle del Cauca
300,00 Total nacional

200,00

100,00

0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 8. Mortalidad general en el grupo de 20 a 24 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.


El lenguaje de las cifras 77
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
1.400,00

1.200,00
Tasa por 100.000 haiitantes

1.000,00
Antioquia
800,00 Bogotá
Valle del Cauca
600,00 Total nacional
400,00

200,00

0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 9. Mortalidad general de hombres entre 20 y 24 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

hay pocas dudas de que sean ellos la explicación fundamental de tales incrementos
de la mortalidad en estos grupos.
Puede afirmarse que en las últimas décadas se han producido dos cambios impor-
tantes en el perfil de mortalidad en Colombia. En primer lugar, con excepción de
las enfermedades vasculares y de los tumores que han tenido un ligero incremento,
en especial en los grupos poblacionales de adultos mayores, las demás causas se han
mantenido estables e inclusive en algunos casos, como en el de las enfermedades
transmisibles, han decrecido como causas de muerte. Pero el cambio más significativo
ha sido el avance del conjunto de causas llamadas “externas”, es decir: la violencia y, en parti-
cular, de los homicidios como causa de muerte.
Las “causas externas” incluyen: homicidios, suicidios, accidentes de tránsito y
otros accidentes. Al desagregar la categoría general en sus componentes, como ya se
ha hecho en varios estudios (MINSALUD, 1994; 1996) se evidencia que, mientras las
demás causas se mantienen estables o inclusive decrecen un poco —como es el caso
de los accidentes—, los homicidios describen una trayectoria de marcado ascenso.
A la descripción y el análisis de esta especie de epidemia de homicidios en Colombia se
dedican las siguientes consideraciones.

78 El quinto: no matar
La epidemia de homicidios

Si por epidemia se entiende un aumento inusitado en la frecuencia de alguna enfer-


medad o evento en una población y dentro de un período determinado (Colimón,
1978), no hay dudas de que en Colombia hay una verdadera epidemia de homicidios.
Más aún, si pudiera establecerse una especie de jerarquía según los diferentes grados
de magnitud de las epidemias, la actual de homicidios de Colombia clasificaría entre
las más graves y letales.
A pesar de ser posiblemente el evento mejor registrado dadas su gravedad y
sus implicaciones penales, la información disponible ofrece dificultades debido a
las coberturas aún incompletas, a las inconsistencias entre las diversas fuentes, a la
diversidad de las variables consideradas por cada fuente y a la diferencia entre los
períodos cubiertos por cada entidad. De hecho, para la descripción y los análisis
siguientes, como ya se anotó en el capítulo anterior, para 1975 solo se incluyen los
datos totales de mortalidad por homicidios, pero no fue posible incluir su desagre-
gación, pues no se pudieron obtener los datos del DANE para dicho año y la Policía
Nacional no los desagrega por sexo y grupos etarios. La Figura 10 contrasta los datos
sobre el número anual de homicidios suministrados por las tres principales fuentes
de información revisadas. La más constante es la del Centro de Investigaciones Cri-
minológicas de la Policía Nacional. No fue posible obtener con el DANE los datos de
1975 a 1978. La del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, más completa en
variables, solo cubre los últimos cinco años del período. En ninguno de los años de
las dos décadas estudiadas coincide totalmente la información. Como ya se advirtió,

35.000
Policía nacional
30.000
Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas
Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses
Total homicidios

25.000

20.000

15.000

10.000

5.000

1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
Años

Figura 10. Total anual de homicidios según fuentes. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE); Medicina legal en cifras-Medicina Legal; Revista Criminalidad; Policía
Nacional.

El lenguaje de las cifras 79


30.000

25.000

20.000
Total homicidios

15.000

10.000

5.000

0
1975 1976 1977 1978 1979 1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995
Años

Figura 11. Total anual de homicidios. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad; Policía Nacional.

se optó por trabajar a partir de los datos del CIC de la Policía Nacional, previa su
cuidadosa depuración.
La Figura 11 presenta el total anual de homicidios en el país en el período de estudio.
Puede observarse un primer incremento lento que va de 1975 a 1982, período durante
el cual se pasa de 5.788 a 10.679 casos anuales. Viene luego la década del incremento
desbordado: 1983-1993, en la cual las cifras casi se triplican al pasar de 9.807 a 28.284
en 1991, número que casi se mantiene en los dos años siguientes. Los dos últimos años
del período indican un leve descenso, terminando el período con 25.398 homicidios
en 1995. Al calcular promedios, se tiene para la primera década, 1975-1984, 8.500
homicidios anuales. Para la segunda década, 1985-1994, 22.646 homicidios anuales.
Y para todo el período, 1975-1995, un promedio total de 16.056 homicidios anuales.
Muchos eventos de la vida nacional tratan de relacionarse con los períodos presi-
denciales de cuatro años. Solo para suministrar elementos para el análisis posterior y
sin pretender sugerir ninguna relación de causalidad, y menos aún de unicausalidad,
en la Figura 12 se diferenciaron las columnas del total de homicidios en función de
los períodos presidenciales.
Como tales períodos se inician en el mes de agosto, se consideró como el primer
año de cada mandato el que se inició en el mes de enero siguiente y a partir de allí
se contaron los cuatro años. Puede observarse que los mayores incrementos se re-

80 El quinto: no matar
30.000

25.000

20.000
Total de homicidios

15.000

10.000

5.000

0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
López Turbay Betancur Barco Gaviria Samper
Año - Presidente

Figura 12. Total anual de homicidios. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.

gistraron en los gobiernos de los presidentes Belisario Betancur y Virgilio Barco, con
factores de incremento del 1,6 y 1,4, respectivamente. En el período presidencial del
doctor César Gaviria se alcanzan las cifras más altas de homicidios en las dos décadas
estudiadas y se inicia su lento descenso. Las diferencias regionales, etéreas y sexuales
se aprecian mejor a partir del cálculo de tasas.
La Figura 13 muestra el comportamiento de la tasa de homicidios por cien mil ha-
bitantes a nivel nacional durante el período de estudio. Refleja el mismo perfil descrito
en la figura anterior, con un ascenso lento inicial, un ascenso muy notorio en la segun-
da década y un descenso, dentro de valores altos, a partir de 1991. Los valores límite
en el período son: 24 por 100.000 en 1975 y 86 por 100.000 en 1991. Para tener un
referente internacional sobre la magnitud del problema colombiano, pueden tomarse
los datos suministrados por la Organización Panamericana de la Salud. Según ellos,
entre 1990 y 1995 los cinco países de la región con tasas más altas de homicidio por
cien mil habitantes fueron en orden decreciente: Colombia 74,5; Brasil 17,4; México
16,8; Venezuela 14,7 y EEUU 9,0. Es decir: Colombia ocupa un distante primer lugar
en la tasa regional de homicidios y cuadruplica a Brasil que ocupa el segundo lugar.
Al graficar la distribución de la mortalidad por homicidios en el país en función
de los grupos de edad, pueden apreciarse hechos muy interesantes. El que más llama
la atención es el compromiso cada vez mayor de la población más joven como la
principal víctima de la epidemia de homicidios.

El lenguaje de las cifras 81


80
Tasa de homicidios por 100.000 haiitantes

70
60 10 a 14
50 15 a 19
20 a 24
40 25 a 34
30 35 a 34
45 a 54
20
10
0
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 14. Mortalidad general por homicidio por grupos etarios. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE)

La Figura 14 muestra cómo el grupo más afectado es el de 15-19 años, cuya tasa de
mortalidad por homicidio se quintuplica entre 1979 y 1994. Le sigue el grupo de
20-24 años, cuya tasa se cuadruplica en el mismo período. El grupo de 25-34 años
mantiene las tasas más altas hasta 1989, siendo superado en 1994 por el de 20-24
años. Al igual que el de 35-44 años, el de 25-30 triplica su tasa de mortalidad por
homicidio. Es muy preocupante también el incremento de la tasa de homicidio en
niños entre los 10 y los 14 años, que pasa de 1,2 a 2,8 por 100.000. Es un fenómeno
que, hasta donde conoce el autor, no tiene paralelo en el mundo.
Con la Figura 15 se representan las tasas de mortalidad por homicidio para el
grupo masculino y para los grupos etarios más afectados en los años límite de los
quinquenios estudiados. Se reproduce, en general, lo anotado para la figura anterior
con lo cual se confirma que es fundamentalmente a expensas de los hombres que se
ha producido el vertiginoso incremento general de las tasas de homicidio. Una vez
más el grupo de 15 a 19 años presenta los mayores incrementos al quintuplicar su
tasa en el período descrito. Si en 1989 la mayor tasa masculina correspondió al grupo
de 25 a 34 años (145,3), en 1994 fue para el rango etario inferior (20 a 24 años), 142,5
por 100.000.
Si bien la tasa general de mortalidad por homicidio para las mujeres debe ser
motivo de preocupación, pues se triplica entre 1979 y 1994 al pasar de 3,3 a 11 por
cien mil, su incremento relativo es menor que el de los hombres en general y sig-
nificativamente menor en los grupos etarios críticos. Cuando en 1994, por ejemplo,
el grupo masculino de 20 a 24 años alcanzó una tasa de 142,5, la de su equivalente
femenino llegó a 9,3.

82 El quinto: no matar
160
Tasa de homicidios por 100.000 haiitantes

140
120 10 a 14
15 a 19
100
20 a 24
80 25 a 34
60 35 a 34
45 a 54
40
20
0
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 15. Mortalidad general por homicidio en hombres por grupos etarios. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE)

La distribución de las tasas de homicidio en los distintos departamentos del país


permite otra serie de consideraciones de interés para el análisis. Dado que varios
territorios del país solo fueron erigidos en departamentos a partir de la Consti-
tución de 1991, no se dispone de información confiable para ellos a partir de ese año.
El Distrito Especial de Bogotá, como capital de la República, figura para todos los
efectos como un departamento. Se dispuso de información suficiente para 25 depar-
tamentos. Se hizo una agrupación de ellos en función de la relación de sus tasas de
mortalidad por homicidio en el año límite del último quinquenio estudiado, 1994,
con las tasas nacionales (Figura 16).
Tres departamentos tuvieron tasas por encima de las nacionales, a saber: An-
tioquia, Caldas y Valle. Cinco departamentos las tuvieron similares a las naciona-
les, fueron ellos: Bogotá, Caquetá, Quindío, Risaralda y Norte de Santander. Los
restantes diecisiete las tuvieron por debajo de las tasas nacionales: Atlántico, Bolívar,
Boyacá, Casanare, Cauca, Cesar, Córdoba, Cundinamarca, Chocó, Guajira, Huila,
Magdalena, Meta, Nariño, Santander, Sucre y Tolima. Las menores tasas de mortal-
idad por homicidio en el año de la referencia se observaron en los departamentos
de Córdoba, Nariño, Bolívar y Chocó. Solo dos departamentos, Boyacá y Guajira
registraron descenso en sus tasas de mortalidad por homicidio en las dos décadas
comprendidas entre 1975 y 1994.

El lenguaje de las cifras 83


Superior

Similar al promedio

Inferior

Sin información suficiente

Figura 16. Distribución departamental de homicidios relativa al promedio


nacional. Colombia, 1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad,Policía Nacional.

Para avanzar en la observación, se compararon las tasas de mortalidad por homi-


cidio del país con las de tres regiones: Antioquia y Valle, dado que son los dos depar-
tamentos que tienen los mayores incrementos en el período estudiado, y Bogotá por
ser la capital y tener un comportamiento similar al promedio nacional. La Figura 17
muestra la curva de la mortalidad anual por homicidios en Colombia y en las tres
regiones anotadas entre 1975 y 1995. Durante todo el período, Antioquia registra las
más altas tasas, presenta la mayor pendiente en la curva y alcanza el pico más alto
en 1991. Las tasas del Valle del Cauca empiezan su mayor ascenso a partir de 1990

84 El quinto: no matar
Tasa de homicidios por 100.000 haiitantes 300

250 Antioquia
Bogotá
200
Valle del Cauca
150 Total nacional

100

50

0
1975

1977

1979

1981

1983

1985

1987

1989

1991

1993

1995
Años

Figura 17. Mortalidad por homicidios en el país y en algunos departamentos. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.

y llegan a su pico más alto en 1994, justo en el momento del mayor descenso de las
tasas de Antioquia. Con excepción de 1993, Bogotá tiene durante todo el período
tasas ligeramente por debajo de la nacional, pero la diferencia se reduce en los dos
últimos años. Si bien hasta 1991 la configuración de la curva nacional estuvo muy
marcada por las tendencias de Antioquia y del Valle, en el último quinquenio del
período no desciende proporcionalmente, dado el incremento tanto en el Valle
hasta 1994, como en otros departamentos que no aparecen en la gráfica, tales como
Caquetá, Guaviare y Putumayo.
Como puede apreciarse en la Figura 18, es muy alta la participación porcentual
de Antioquia, Valle y Bogotá en el total de homicidios en las dos décadas revisadas.
En 1984, solo ellos respondieron por el 56% del total de los homicidios del país, por-
centaje que ascendió en 1994 a 67%.
La Figura 19 muestra que tanto en Antioquia como en el Valle y, por tanto, en
el país, los mayores incrementos de los quinquenios en estudio se registraron en-
tre 1984 y 1989. Si bien Antioquia registra las mayores tasas, llegando a 203,9 por
100.000 en 1994, es el Valle el que registra el mayor incremento relativo: sus tasas se
multiplican por un factor de 8,6, mientras las de Antioquia lo hacen por 7,4, Bogotá
quintuplica sus tasas y la nacional casi se cuadruplica. Llama también la atención
que Bogotá registra su mayor incremento entre 1989 y 1994, cuando prácticamente
iguala la tasa nacional de homicidios.
Al descomponer los datos de la figura anterior por sexos, se hacen más claros los
ritmos y especificidades del problema de los homicidios en el período.

El lenguaje de las cifras 85


45,00
40,00
35,00
Participación porcentual

30,00 Antioquia
25,00 Bogotá
Valle del Cauca
20,00
15,00
10,00
5,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 18. Participación regional en el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

450,00
400,00
350,00
Tasa por 100.000 haiitantes

300,00
Antioquia
250,00
Bogotá
200,00 Valle del Cauca
150,00 Total nacional
100,00
50,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 19. Mortalidad general por homicidio. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

86 El quinto: no matar
450,00
400,00
350,00
Tasa por 100.000 haiitantes

300,00
Antioquia
250,00
Bogotá
200,00 Valle del Cauca
150,00 Total nacional
100,00
50,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 20. Mortalidad por homicidios en hombres. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.

La Figura 20 representa el comportamiento de la tasa en el sexo masculino. Nueva-


mente Antioquia presenta las tasas más altas e impresionantes: llega a 388 en 1994,
lo que significa que en dicho año casi cuatro de cada mil hombres antioqueños
fueron asesinados. Y es bueno advertir que, dado que la tasa global más alta de las
dos décadas en estudio se registró en 1991 —como puede apreciarse en la Figura
17—, año que no corresponde a los períodos quinquenales analizados, las tasas desa-
gregadas de dicho año son en realidad las más altas de todo el período. Una vez más,
también es el Valle el departamento que presenta el ritmo más intenso de incre-
mento por quinquenios: la tasa de homicidio de su población masculina pasa de 30
a 263 entre 1975 y 1994, multiplicándose por un factor de 8,8, mientras la nacional lo
hace por 3,7, la de Bogotá por 5,3 y la de Antioquia por 7,3.
En una escala inferior —un dígito menos— pero a un ritmo similar, acelera-
do en especial a partir de 1984, vienen creciendo las tasas de homicidio femeninas,
como se aprecia en la Figura 21. Es en Antioquia en donde se registran los mayores
incrementos: la tasa se multiplica por un factor de 8,8 en los veinte años estudiados,
mientras en el Valle el factor es 6,7, en Bogotá 3,6 y el nacional 3,3. La tasa más alta
de los años límite de los quinquenios, 26,3 por 100.000 en Antioquia en 1994 es, de
todas maneras, quince veces inferior a la masculina del mismo año y departamento.

El lenguaje de las cifras 87


100,00

80,00
Participación porcentual

Antioquia
60,00
Bogotá
40,00 Valle del Cauca
Total nacional
20,00

0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 21. Mortalidad por homicidio en mujeres. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.

En términos porcentuales, el aporte masculino a la mortalidad por homicidio es


superior al 90% en todos los años límite de los quinquenios estudiados (Figura 22).
En 1989, solo los hombres antioqueños aportaron un 36,6% al total de las muertes
por homicidio en todo el país.

100,00

80,00
Participación porcentual

Antioquia
60,00
Bogotá
40,00 Valle del Cauca
Total nacional
20,00

0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 22. Porcentaje de homicidios de hombres sobre el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales,
1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.

88 El quinto: no matar
9,00
8,00
Participación porcentual

7,00
6,00
Antioquia
5,00 Bogotá
4,00 Valle del Cauca
3,00 Total nacional
2,00
1,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años

Figura 23. Porcentaje de homicidios de mujeres sobre el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales,
1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.

Las mujeres han aportado en los años seleccionados menos de un 10% de la morta-
lidad nacional por homicidio (Figura 23). Por grupos de edad y regiones, el estudio
de la mortalidad por homicidio parece confirmar lo que ya se anotó en la mortalidad
general: que en el período estudiado los homicidios constituyen el factor determi-
nante de la tendencia de la mortalidad. Las tres figuras siguientes fundamentan bien
la afirmación. En la Figura 24 se muestra la tendencia de la mortalidad por homicidio,
por períodos quinquenales entre 1979 y 1994, a nivel nacional y de las tres regiones
ya indicadas, en el grupo masculino de 15 a 19 años. La situación más crítica se vive

900
800
Tasa por 100.000 haiitantes

700
600
Antioquia
500 Bogotá
400 Valle del Cauca
300 Total nacional
200
100
0
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 24. Mortalidad por homicidio de hombres entre 15 y19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente de datos: DANE. Insittuto Nacional de Salud. Cálculo y diseño: S. Franco, H. Novoa.
El lenguaje de las cifras 89
1200,00

Tasa por 100.000 haiitantes 1000,00


800,00 Antioquia
Bogotá
600,00
Valle del Cauca
400,00 Total nacional
200,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 25. Mortalidad por homicidio de hombres entre 20 y 24 años. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.

en Antioquia y Valle en donde las tasas de homicidio del grupo en cuestión se mul-
tiplican por 15,3 y 13,2, respectivamente. No obstante, las tasas más altas se registran
en el grupo masculino de 20 a 24 años (Figura 25). En Antioquia, en 1994, se registra
una tasa de 1.044 homicidios por 100.000 habitantes en el grupo masculino de 20 a
24 años, es decir: uno de cada cien antioqueños de ese grupo juvenil fue asesinado en
ese año. Llama también la atención que en este grupo etario el mayor gradiente de
incremento se registra en el Valle: 8,1, duplicando al nacional y al de Bogotá. Es inte-
resante observar que en el grupo de 25 a 34 años empieza a registrarse un descenso
en las tasas de homicidio de Antioquia para 1994, mientras continúan ascendentes
para el Valle y Bogotá (Figura 26). Mirando en su conjunto las tres últimas figuras,
puede notarse que los factores de incremento de las tasas de mortalidad por homi-
cidio en el período graficado son muy altos en el grupo de 15 a 19 años (15,3 para
Antioquia, 13,2 para el Valle, 6,8 para Bogotá y 5,1 a nivel nacional), intermedios en el

800,00
700,00
Tasa por 100.000 haiitantes

600,00
500,00 Antioquia
Bogotá
400,00
Valle del Cauca
300,00 Total nacional
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años

Figura 26. Mortalidad por homicidio de hombres entre 25 y 34 años. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
grupo de 20 a 24 años (7,3, 8,1, 4,2 y 3,9, respectivamente) y relativamente bajos para
el grupo etario de 25 a 34 años (4,6, 5,2, 3,1 y 2,9 en el mismo orden). Esto evidencia el
hecho de que las víctimas fatales de la actual violencia colombiana son las personas
—en especial los hombres— jóvenes y cada vez más jóvenes.
La participación porcentual de los homicidios en el total de las defunciones del
país permite ratificar la gravedad de la epidemia de homicidios y reconocer algunas
especificidades del problema. Teniendo los datos desagregados de las defunciones y
de los homicidios, se calculó el respectivo porcentaje en los niveles nacional, depar-
tamental, por sexo y por grupos etarios. En el período en estudio se ha quintuplicado
la participación de los homicidios en la mortalidad general del país. Mientras en
1975 ellos representaban solo el 3% de la mortalidad general, en 1994 ascienden hasta
aportar el 16% (Figura 27). El incremento se hace en especial a expensas del sexo

1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 27. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Colombia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

El lenguaje de las cifras 91


masculino: mientras el aporte masculino pasa del 5 al 24% en el período estudiado, el
femenino solo llega a alcanzar el 3% en 1994, como se aprecia en la misma gráfica. Es
claro que estos incrementos globales del orden nacional tienen una distribución muy
desigual cuando se mira cada uno de los departamentos. En Nariño, por ejemplo, en
todo el período los homicidios no pasaron de representar un máximo del 5% de
la mortalidad departamental anual. En Atlántico, Boyacá, Cundinamarca, Chocó y
Huila los homicidios no sobrepasaron el 10% de la mortalidad general. En cambio,
más adelante se verán los porcentajes alcanzados, por ejemplo, en Antioquia y Valle.
A pesar de las limitaciones ya referidas para la desagregación etaria de la infor-
mación tanto de la mortalidad general como de los homicidios para 1975, se calcu-
laron los porcentajes en cuestión para los años límite quinquenales por sexo y grupos
de edad. Se presenta en las siguientes figuras la información de los grupos en los
cuales fue mayor la participación porcentual. La Figura 28 muestra lo que sucede en

1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 28. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 15 a 19 años.
Colombia, 1975-1994.
92 Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
el grupo de 15 a 19 años a nivel nacional. En ambos sexos los homicidios pasan en el
grupo del 10 al 45%, en el grupo masculino del 14 a 53% y en el femenino del 3 al 19%.
Esto quiere decir que más de la mitad de los adolescentes hombres que murieron
en 1994 en el país fueron víctimas de homicidios. Y si bien los porcentajes mas-
culinos son significativamente mayores que los femeninos, es preocupante señalar
que el factor de incremento de la participación porcentual del grupo femenino en
el período fue mayor de 6. Llamó mucho la atención que en el departamento de la
Guajira en los años de 1984 y 1989 en el grupo femenino de 15 a 19 años la mitad de
las muertes fueron por homicidio. Se requiere indagar con cuidado la explicación
de fenómenos como estos.
Es en el grupo de 20 a 24 años en el que los homicidios alcanzan los mayores por-
centajes globales de participación en la mortalidad general del país: 52% para ambos
sexos, 59% para los hombres y 18% para las mujeres en 1994, con marcado incre-
mento sobre las cifras de 1975 (Figura 29). En los departamentos del eje cafetero, en

1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 29. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 10 a 14 años.
Antioquia, 1975-1994.
El lenguaje de las cifras 93
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
especial en Caldas y Risaralda, en los hombres de este grupo de edad los homicidios
llegaron a representar en 1989 más del 70% de las defunciones. Y, en el mismo año,
en las mujeres de este grupo etario en el Putumayo, los homicidios representaron
casi el 40% de la mortalidad general. En el grupo de 25 a 34 años los porcentajes des-
cienden un poco, manteniendo las mismas proporciones. Llama la atención que, en
departamentos como la Guajira y Putumayo, en los hombres de este grupo etario los
homicidios llegaron a representar más del 80% en 1989, para descender luego en 1994.
Es en Antioquia en donde los homicidios alcanzan los más altos porcentajes
dentro de la mortalidad general en el período estudiado. Y los alcanzan desde muy
temprana edad. La Figura 30, por ejemplo, representa la composición de la mor-
talidad en el grupo de niños antioqueños entre 10 y 14 años. En ambos sexos, los

1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 30. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 10 a 14 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

94 El quinto: no matar
1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 31. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 15 a 19 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

homicidios representaron en 1994 el 40% de las muertes, mientras en los niños lle-
garon casi al 50%. Es decir, la mitad de los niños antioqueños que murieron en 1994
fueron víctimas de homicidio. Pero el caso más dramático de los años límite de los
quinquenios se registra en 1994, en el grupo de adolescentes antioqueños entre 15 y
19 años: el 84% del total, el 88% de los hombres y el 54% de las mujeres que mueren lo
hacen por una única causa: el homicidio (Figura 31). Puede observarse además en la
figura un dato excepcionalmente preocupante: en este grupo de mujeres los homi-
cidios pasan en las dos décadas estudiadas del 2 al 54% de la mortalidad. En el Valle
la situación es también impresionante en este grupo: en los hombres los homicidios
llegan a ser el 76% de la mortalidad y en las mujeres el 31%.

El lenguaje de las cifras 95


Para el grupo de jóvenes de 20 a 24 años, la situación en Antioquia sigue siendo
gravísima en 1994: 81% del total de muertes es por homicidios, alcanzando el 85% en
el caso de los hombres y el 44% en el de las mujeres (Figura 32). Para el mismo grupo
y año en el Valle del Cauca las cifras son también muy altas: 68, 75 y 24%, respectiva-
mente, mientras para Bogotá alcanzan el 60,68 y 16%. Para el siguiente grupo etario (25
a 34 años) continúa un leve descenso en las tres regiones, dentro de cifras todavía altas.
Toda la información epidemiológica anterior permite formarse un conjunto de
ideas sobre la magnitud, la distribución, algunas de las características y algo sobre la
dinámica de la violencia —y en particular de los homicidios— en el país en los últimos
veinte años. Más que respuestas, la información suscita preguntas. Antes que crear una
sensación de saturación, provoca insatisfacción por lo limitada e incompleta y por la

1975 Población total 1994

Otras causas
Homicidios

1975 Hombres 1994

1975 Mujeres 1994

Figura 32. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 20 a 24 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).

96 El quinto: no matar
cantidad de aspectos esenciales del problema que quedan por fuera de lo registrado. Y
antes que a una explicación simple, invita a indagar sobre nuevas dimensiones y rela-
ciones. En el capítulo 7 se retomarán estos aportes para el análisis general.
Dados los objetivos del trabajo, la última parte de este capítulo se dedica a pre-
sentar algunos de los datos cuantitativos explorados en relación con las tres condi-
ciones estructurales, preliminarmente planteadas.

Los reflejos de la inequidad

Está fuera de discusión el carácter esencial y profundamente inequitativo de la sociedad


colombiana. El peso abrumador de la realidad, cualquiera sea el indicador a través del
cual se quiera mirar, exime de la pretensión de entrar a demostrarlo aquí. Coherente
con lo planteado hasta ahora, solo se ilustra a continuación el comportamiento de los
indicadores ya enunciados, presentándolos de cara al comportamiento de los homi-
cidios en el período, como base para los análisis de los capítulos posteriores.
Tanto gráfica como matemáticamente, el estudio de los homicidios en Colombia
reafirma la no existencia de una relación directa de dependencia de la violencia con
respecto a la pobreza. Se recurrió a los dos indicadores más frecuentemente utiliza-
dos para aproximarse a una medición de la pobreza (Boltvinik, 1991): el porcentaje
de población por debajo de la línea de pobreza (LP), o con necesidades básicas in-
satisfechas (NBI); no obstante reconocer sus dificultades y limitaciones (DANE, 1993,
pp. 115-124). Fue necesario, además, optar por el cálculo que parecía más consistente
e independiente entre las varias aproximaciones a dichos indicadores (May, 1996;
Fresneda, 1991; Sarmiento, 1997), advirtiendo que la diversidad encontrada parece
de naturaleza política.
La Figura 33 muestra el comportamiento de la curva del porcentaje de población
por debajo de la Línea de Pobreza y su contraste con la curva de la tasa de homicidios
por cien mil habitantes en el país. Lo primero que llama la atención es que durante
todo el período en estudio más de la mitad de la población colombiana ha vivido
por debajo de la línea de pobreza. Es cierto que hubo una leve tendencia hacia la
disminución del porcentaje de colombianos pobres, que tuvo su mejor momento al
comenzar la década de 1990 pero que volvió a ser ascendente en los dos últimos años
del período estudiado. La tasa de homicidios, en cambio y como ya se vio, muestra
un ascenso casi continuo, vertiginoso entre 1983 y 1991, y que solo cede un poco justo
en los dos últimos años estudiados.
Al contrastar la curva descrita por el porcentaje de población con sus Necesidades
Básicas Insatisfechas y la de los homicidios en el país (Figura 34), la situación cambia
y se presta para consideraciones sugerentes. Hay, en primer lugar, una reducción
notable durante el período del porcentaje de población que no alcanza a satisfacer
sus necesidades básicas: cae del 67% al 31%. Es decir, uno de cada tres colombianos
—según la información disponible para este indicador— sigue todavía dentro del
grupo de población que no alcanza su satisfacción en lo básico. El ritmo de dismi-

El lenguaje de las cifras 97


100,00 70

% de población bajo la línea de pobreza


90,00
Homicidios por 100.000 habitantes

60
80,00
70,00 50
60,00 40
50,00
40,00 30
30,00 20
20,00
10
10,00
0,00 0
1975

1977

1979

1981

1983

1985

1987

1989

1991

1993

1995
Homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza

Figura 33. Pobreza según línea de pobreza y tasa de homicidios, Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Utopía y Sociedad, L. Sarmiento.

100,00 70
90,00
60 % de población bajo la línea de pobreza
Homicidios por 100.000 habitantes

80,00
70,00 50
60,00
40
50,00
40,00 30
30,00 20
20,00
10
10,00
0,00 0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995

Homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza

Figura 34. Pobreza según necesidades básicas insatisfechas y tasa de homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Utopía y Sociedad, L. Sarmiento.

98 El quinto: no matar
nución de la población con NBI se hace más lento a partir de 1991. Por cuanto hasta
dicho año la curva de crecimiento de la mortalidad por homicidio era ascendente,
alcanza a insinuarse una relación inversa. Dentro del ejercicio matemático, su R2 fue
de 0,99978283, y su F=0,0001, lo que indica la consistencia y la probabilidad de la
relación. Fue esta la razón por la cual al ensayar un posible modelo matemático se
creó la variable b1, que es el inverso del porcentaje de población con NBI. Esta va-
riable y la que representaba a la población fueron las que mejor aportaron al posible
modelo. Su R2 fue de 0,95824380. La Figura 35 muestra el trazado suministrado por
el sistema SAS para la relación entre las dos variables: inverso del NBI (b1) y número
de homicidios en el país (H). En el capítulo 6 se retomará la discusión sobre este tipo
de resultados cuantitativos.
Es muy desigual la distribución de la pobreza entre las áreas urbanas y las rurales.
Para el DANE, a mitad del período estudiado, en 1985, el 70% de la población rural
del país tenía sus necesidades básicas insatisfechas, porcentaje que se reducía al 31%
para la población urbana (DANE, 1993, p. 142). Según el estudio del Banco Mundial
(May, 1996, p. 2), para 1992 el 70% de las personas con ingresos inferiores al nivel de
subsistencia vivían en las zonas rurales del país. Según el mismo estudio y para el
mismo año, el 48% de la población del país estaba por debajo de la LP, pero, mientras
a nivel urbano el porcentaje bajaba al 36%, en el nivel rural subía hasta el 65% (May,
1996, p. 3). Con el agravante de que, según otro de los trabajos referidos (Sarmiento,
1997, p. 81), en los últimos veinticinco años no ha variado de manera significativa la
pobreza rural estimada según los ingresos (LP), manteniéndose alrededor del 70%.
Según el mismo estudio para 1995 a nivel nacional, el total de población que se esti-
maba vivía por debajo de la LP era de 18,4 millones de colombianos y colombianas,

30.000

25.000

20.000
Homicidios

15.000

10.000

5.000

0
0 0,005 0,01 0,015 0,02 0,025 0,03 0,035
Inverso de necesidades básicas insatisfechas

Figura 35. Relación inversa NBI y homicidios. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Utopía y Sociedad, L. Sarmiento.

El lenguaje de las cifras 99


de los cuales 10,8 millones eran pobres urbanos y 7,6 rurales. Las diferencias son
también muy marcadas entre los distintos departamentos. A mitad del período, por
ejemplo y según los datos del DANE, mientras a nivel nacional el 43% de la población
total del país tema sus necesidades básicas insatisfechas, en el Chocó el mismo por-
centaje ascendía hasta el 80% y descendía al 37% en Antioquia, al 33% en el Valle y
al 24% en Bogotá (DANE, 1993, p. 142), datos que reforzarían la relación inversa ya
anotada entre población con NBI y tasas de homicidio.
Es preciso reconocer que el país carece de un sistema regular, constante y nacio-
nal de registro de información en relación con el problema del desempleo. La di-
versidad de criterios, fuentes, cobertura y periodicidad de la información disponible
hace casi imposible un análisis riguroso del problema. Además, como el desempleo
es una variable económica, con raíces y significados políticos, su seguimiento, di-
vulgación y explicación están generalmente sujetos a intereses políticos guberna-
mentales y de otros sectores. Recientemente, por ejemplo, el país registró las más
altas tasas de desempleo en muchos años. En lugar de reconocer la crisis evidente,
las explicaciones de las autoridades gubernamentales del sector —ministro de Ha-
cienda y directora nacional de Planeación— fueron paradigmáticas: ha sido tal la
reactivación económica del país, que mucha gente que antes no lo había hecho salió
a buscar empleo, aumentando así el registro de desempleados, con el consiguiente
incremento de las tasas. Es entonces necesario tomar con la suficiente cautela tanto
las cifras como los discursos sobre el desempleo en el país. Para tener una aproxi-
mación al problema, se revisó con cuidado una fuente de reconocida seriedad y
que cubriera de forma continua la mayor parte del período seleccionado: la Revista
del Banco de la República. De allí se obtuvieron los datos sobre desempleo utilizados
para la elaboración de las dos figuras siguientes. El indicador utilizado es el de la
tasa de desempleo, que corresponde a la relación entre la población desempleada y la
población económicamente activa (DANE, 1993, p. 170). Se tomó como tasa más re-
presentativa anual la correspondiente al mes de septiembre. La Figura 36 muestra la
tendencia global del desempleo en las siete ciudades incluidas en la observación re-
gular del fenómeno —Barranquilla, Bogotá, Bucaramanga, Cali, Manizales, Medellín
y Pasto— entre 1977 y 1995. La publicación no tiene los datos para los dos primeros
años investigados en este trabajo. Como puede observarse, el desempleo se mantuvo
ondulante en un rango comprendido entre un máximo de 14 en 1985 y un mínimo
de 7 en 1994. Aunque la curva de homicidios que se contrasta corresponde al total
del país y no a las siete ciudades, dado que estas aportan un alto porcentaje del total
de los homicidios, permite reforzar la idea de que no existe una relación directa,
inmediata y mecánica entre desempleo y violencia homicida. Pero al mismo tiempo
abre la discusión sobre una relación importante en plazos intermedios. Tiene lógica
preguntarse acerca de la influencia que el incremento del desempleo registrado en
la primera mitad de la década de 1980 pudo tener sobre el acelerado incremento de
la violencia homicida en la segunda mitad de la misma década. Igual validez puede
tener el interrogante acerca de la influencia del descenso del desempleo en la segun-
da mitad de la década de 1980 sobre el leve descenso de los homicidios en la primera
mitad de la década de 1990. La coincidencia entre las altas tasas de desempleo en
Medellín y Cali —generalmente muy por encima de la media de las siete ciudades

100 El quinto: no matar


100 16
90
Homicidios por 100.000 habitantes
14
80
12
70

Tasa de desempleo
60 10
50 8
40 6
30
4
20
10 2
0 0
1975 1980 1985 1990 1995
Tasa de homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza

Figura 36. Desempleo en siete ciudades (Barranquilla, Bogotá, Bucaramanga, Cali, Manizales,
Medellín y Pasto) vs. tasa de homicidios.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas
(DANE), Revista Banco de la República.

observadas— con tasas también más altas de homicidio en dichas ciudades refuerza
la posibilidad de una relación fuerte, pero de mediano plazo entre ambos fenóme-
nos. La Figura 37 contrasta el comportamiento de las tasas de homicidio y de desem-
pleo en la ciudad de Bogotá entre 1977 y 1995. Mientras la de desempleo muestra un

100 14
90
Homicidios por 100.000 habitantes

12
80
70 10
Tasa de desempleo

60
8
50
40 6

30 4
20
2
10
0 0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995

Tasa de homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza

Figura 37. Desempleo en Bogotá vs. homicidios. Bogotá, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), Revista
El lenguaje de las Banco de la República.
cifras 101
comportamiento ondulante con altibajos entre un mínimo de 4 y un máximo de 12,
la de homicidio muestra una tendencia de crecimiento constante, acelerado a partir
de 1983, con un pico máximo en 1993 —único momento en el cual supera al pro-
medio nacional— y un descenso posterior. Una vez más aparece clara la no relación
inmediata y lineal entre desempleo y homicidio y la posibilidad de relaciones con
temporalidades y mediaciones diferentes.
Como se sabe, el coeficiente de Gini es una de las formas matemáticas ideadas para
tratar de medir la desigualdad en la distribución del ingreso. Teóricamente, si todos
los individuos de un conglomerado recibieran una misma cantidad del ingreso, el
coeficiente sería 0 y si, por el contrario, un solo individuo recibiera todo el ingreso, el
coeficiente sería de 1. Ya no en los casos extremos, sino como tendencia, un aumentó
en el coeficiente de Gini indica un empeoramiento de la distribución del ingreso, es
decir, su mayor concentración (DNP, 1997). Para el cálculo del Gini resulta esencial
definir el tipo de ingreso que se incluye y la confiabilidad de la fuente para estimar
los ingresos. En el caso colombiano, se utiliza como fuente la encuesta que periódica-
mente realiza el DANE en una muestra de hogares. Es una fuente muy útil, pero a la
cual, para el efecto, se le han observado en especial dos graves limitaciones: que en el
fondo solo estima los ingresos laborales, dejando por fuera un porcentaje muy alto
de los ingresos de capital, que representan un 20% de los ingresos de la economía, y
que no incluye ingresos superiores a 999.999 pesos colombianos, al disponer en su
formato de espacio solo para seis dígitos (Sarmiento, 1995). Aun así, la información
disponible alcanza a reflejar una sociedad más próxima de la inequidad que de una
justa distribución de la riqueza. La Figura 38 muestra cómo durante el período en
estudio hubo una leve mejoría en la distribución del ingreso que tuvo sus mejores

100 0,600
90
0,500
Homicidios por 100.000 habitantes

80
70
0,400
60
Índice de Gini

50 0,300
40
30 0,200

20
0,100
10
0 0,000
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984

1985
1986
1987
1988

1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995

Tasa de homicidios por 100.000 habitantes Índice de Gini

Figura 38. Concentración del ingreso y homicidios. Colombia, 1975-1995.


Fuente:
102 Elaboración propia conno
El quinto: base a Revista Criminalidad, Policía Nacional. Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), Departamento Nacional de
matar
Planeación, Utopía y Sociedad, E. Sarmiento.
momentos en 1984 y 1987 (Gini=0,482), pero que luego ha vuelto a deteriorarse hasta
el punto de estar en 1995 (Gini=0,516) en una condición similar a la de veinte años
atrás (1975, Gini=0,511). Contrasta la marcada tendencia ascendente ya conocida de
los homicidios con las variaciones dentro de un rango estrecho y sin una tendencia
marcada del Gini. Esta es la explicación de que, al intentar incluir la variable dentro de
la configuración de un modelo matemático de correlación, este la excluyera.
Hace falta recorrer mucho camino en la construcción de indicadores más confia-
bles de inequidad y poder observarlos con rigor durante períodos adecuados frente
a fenómenos como el de los homicidios, para poder llegar a consideraciones más
concluyentes.

Algunas cifras de impunidad

En 1990, el 48,5% de las providencias de calificación final de los procesos penales


del país correspondieron a procesos terminados por prescripción, es decir: por
la excesiva lentitud del funcionamiento de la justicia. En 1991, como ya se vio, se
registró el mayor número de homicidios del período de estudio: 28.284. Ese mismo
año la criminalidad oculta, es decir, la no denunciada, alcanzó en el país el 73%. Estos
pueden ser algunos de los más claros indicadores de la impunidad existente. Se pre-
sentan a continuación algunos otros datos seleccionados que ilustran la magnitud
del problema y aportan bases para profundizar en su relación bidireccional con la
epidemia de homicidios que padece el país. Conviene aclarar que solo se dispone de
información cuantitativa sobre algunas de las modalidades de impunidad recono-
cidas y señaladas en el capítulo 3.
Antes de presentar los datos de impunidad, vale la pena destacar que a nivel
nacional la tasa de delitos por cien mil habitantes tiene una tendencia decreciente en
las dos décadas estudiadas. La Figura 39 muestra la variación en la tasa de delitos por
100.000 habitantes entre los dos años límite del período estudiado: 1975 y 1995. En la
mayor parte de los departamentos de los cuales se dispone de la información requerida
hubo disminución de las tasas delictivas, Boyacá las mantuvo estables y solo se incre-
mentaron en algunos de los departamentos de la costa norte: Guajira, Cesar, Atlántico,
Bolívar y Córdoba. Como puede apreciarse en la Figura 40, hay una tendencia similar
en los departamentos de Antioquia y Valle, mientras en Bogotá se registra un incre-
mento notable de la criminalidad, en especial a partir de 1985. Llama la atención tanto
la alta tasa delictiva en el departamento del Quindío, que llega a superar los 2.000
delitos por cien mil habitantes, como las tasas relativamente bajas en Antioquia, en
especial a partir de 1983. El descenso relativo en la criminalidad general contrasta de
manera significativa con el vertiginoso aumento del principal delito contra la vida: el
homicidio. Sin entrar a discutir las posibles explicaciones del descenso de la crimi-
nalidad —y con las debidas reservas ante un posible subregistro de formas delictivas
menos graves—, puede afirmarse que en Colombia proporcionalmente se cometen
hoy menos delitos que hace veinte años, pero que la vida humana ha perdido su valor
y se cometen cuatro veces más homicidios que entonces.

El lenguaje de las cifras 103


Aumento

Estable

Disminución

Sin datos suficiente

Figura 39. Variación en la tasa de delitos. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.

Si bien el hecho de detener a alguien como presunto autor de un homicidio no


garantiza ni que él lo sea ni que finalmente llegue a ser condenado, sí indica una
cierta capacidad de respuesta social e institucional y un paso serio hacia el esclare-
cimiento y sanción del evento. La Figura 41 muestra las tendencias del número de
detenidos por homicidio por cada cien homicidios a nivel nacional y en algunos
departamentos entre 1975 y 1995. Impresiona el marcado y sostenido descenso del
número de presuntos homicidas detenidos. A nivel nacional, en 1975 —cuando la
tasa de homicidios no alcanzaba los 25 por 100.000—, se detenían 77 personas por

104 El quinto: no matar


2.500

2.000
Tasa de delitos por 100.000 habitantes

1.500

1.000

500
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
Antioquia Bogotá Quindío Valle del Cauca Total nacional

Figura 40. Delitos en Colombia. Tasa nacional y de algunos departamentos, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.

120
Detenidos por homicidio por 100.000 homicidios

100

80

60

40

20

0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995

Antioquia Bogotá Quindío Valle del Cauca Total nacional

Figura 41. Detenidos por homicidio por 100 homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.
cada cien homicidios. Y en todos los departamentos incluidos, se detenían en dicho
año más de 50 personas por cada cien homicidios, o sea un mínimo de un detenido
por cada dos homicidios. En 1995, cuando la tasa de homicidio era ya de 72 por
100.000, a nivel nacional solo se detenían 15 personas por cada cien homicidios. El
descenso es también muy marcado en Antioquia, Valle y Bogotá. En contraste, en el
departamento de Boyacá, en 1985, casi se logró detener a un presunto asesino por
cada homicidio y se mantuvo durante todo el período un número alto de deten-
ciones por este delito. Como se anotó, Boyacá es uno de los pocos departamentos en
donde se registró descenso en las tasas de homicidio estudiadas.
Al relacionar las curvas que representan la mortalidad general por homicidio
y el número de detenidos por cada cien homicidios a nivel nacional (Figura 42) se
observa cómo, mientras la primera tiene una pendiente de predominio ascendente,
con dos pequeñas ondulaciones, la segunda la tiene descendente. Es decir: a más
homicidios, menos asesinos detenidos. En términos lógicos, si se toma el número
de detenidos por homicidio por cada cien homicidios como un indicador del adec-
uado funcionamiento del sistema de justicia, cabría esperar que, al incrementarse el
número de homicidios, la tasa de detenidos por homicidio debería incrementarse
o, como mínimo, mantenerse relativamente estable. Como las cifras indican lo con-
trario en Colombia, estamos ante una relación inversa. Para demostrarlo se corrió el

30.000 90

80

Detenidos por homicidio por 100 homicidios


25.000
70

20.000 60
Homicidios

50
15.000
40

10.000 30

20
5.000
10

0 0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995

Detenidos por homicidio Homicidios

Figura 42. Homicidios y detenidos por homicidio. Colombia, 1975-1995.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.

106 El quinto: no matar


modelo matemático —con las especificaciones ya anotadas— relacionando entonces
la variable tasa de homicidio con el inverso de la relación de detenidos por cien homicid-
ios (1/dth). La correlación fue muy alta: R2= 0,956. Rigurosamente, esto indica una
relación consistente entre el incremento de los homicidios y una alteración negativa
del funcionamiento del sistema de justicia. Hasta aquí las cifras. Más adelante, y con
el apoyo de lo anterior, se procederá al análisis del tema de la impunidad.
Otra forma de aproximarse al mismo fenómeno de la relación entre los homi-
cidios y el funcionamiento de la justicia es relacionar los primeros con el número de
sumarios iniciados por homicidio (Figura 43). Solo se incluyeron los años del período es-
tudiado para los cuales se disponía de la información específica (DANE, 1996, p. 282):
1980-1994. Mientras la curva de homicidios tiene el comportamiento ya varias ve-
ces enunciado con tendencia de predominio creciente, la de sumarios iniciados por
homicidio describe dos ondas: una moderada al comienzo y otra más pronunciada
después que tiene su pico máximo en 1986, cuando se registra el más alto número de
sumarios por homicidio y un descenso posterior, casi perpendicular en los dos años
siguientes y más moderado después. El resultado neto es que, mientras durante el
período graficado los homicidios se triplicaron, pasando de 9.122 en 1980 a 26.828

30.000 30.000

25.000 25.000

20.000 20.000

Sumarios / homicidios
Homicidios

15.000 15.000

10.000 10.000

5.000 5.000

0 0
1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994
Homicidios Sumario

Figura 43. Homicidios y sumarios por homicidio. Colombia, 1980-1994.


Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, DaDepartamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), Ministerio de
Justicia, La Justicia Colombiana en cifras.

El lenguaje de las cifras 107


en 1994, los sumarios iniciados por homicidio se redujeron a la mitad, descendieron
de 15.427 a 8.212 en el mismo período. Obviamente, por ser la iniciación de suma-
rios una variable de orden jurídico, sus ondulaciones dependen en gran medida de
dicho ordenamiento. Y esto puede evidenciarse en la figura en estudio. En 1987, el
gobierno expidió el Decreto 050 mediante el cual solo se iniciarían sumarios por
homicidio en aquellos casos en que hubiera sindicado conocido (DANE, 1996, p. 22).
Esto llevó a la inmediata y más vertiginosa caída del número de sumarios iniciados
dentro del período considerado. Es una razón adicional para extremar los cuidados
en el análisis y evitar inmediatismos interpretativos.

Hechos y datos de intolerancia

En el capítulo 3 se desarrolló el concepto de intolerancia, su historia y sus relaciones


con la violencia. Se plantearon también las dificultades para su medición y la escasez
y limitaciones de la información cuantitativa sobre el tema. Y se aclaró que se inten-
taría una aproximación a partir de la observación de ciertos fenómenos. Este es el
objeto de esta parte del trabajo.
Siendo la intolerancia una actitud y una pauta de conducta, su seguimiento
puede hacerse mediante la observación de hechos que clara y persistentemente ex-
presen dichas conducta y actitud. Claro que a los actos indicativos se les pueden
hacer los mismos interrogantes válidos para cualquier indicador, aún cuantitativo. Si
opto, por ejemplo, por el coeficiente de Gini como indicador de la inequidad, tengo
que aceptar sus limitaciones: solo me detecta cierto tipo de inequidades y su cálculo
—como efectivamente se vio en el caso colombiano— está sujeto a una serie de op-
ciones tanto políticas como procedimentales y de recursos informativos que pueden
disminuir e inclusive llegar a anular su capacidad indicativa. Además, son escasos los
indicadores puros, es decir: aquellos que expresan de manera total, permanente y
exclusiva un determinado fenómeno. Por esto, como expresión de la complejidad
de las realidades, cada fenómeno requiere en general de varios indicadores y de
múltiples observaciones.
En los términos en los cuales se definieron los homicidios en el capítulo 1, todo
homicidio es un acto de intolerancia. Es una negación consciente e intencionada del
otro. Es no tolerar su existencia, excluirlo de facto de cualquier posibilidad. Ahora
bien, en la violencia colombiana actual hay algunas modalidades de homicidios en
las cuales aparecen con mayor claridad ciertos tipos de intolerancia. Son aquellas en
las cuales hay la intención directa de pretender imponer sus intereses, valores o ideas
sociales y políticas mediante la eliminación del contrario o aún del diferente. Y justa-
mente por sus motivaciones, por el tipo de agentes y de víctimas seleccionadas y, en
ocasiones, por las formas y rituales característicos que se da a este tipo de hechos
violentos, se les denomina en conjunto violencia político-social (VPS). Ahora bien, es
preciso desagregar el conjunto en sus principales componentes. La primera es la
diferenciación entre la violencia de predominio político y aquella de predominio social.
En la actual situación colombiana y en términos de homicidios, la violencia política

108 El quinto: no matar


tiene sus dos principales modalidades en las muertes en combate entre los diversos
actores armados y de la población civil que muere en medio del fuego cruzado, y en
las muertes fuera de combate por razones políticas. Estas últimas, según una de las orga-
nizaciones no gubernamentales que se ha dedicado a su estudio, sistematización y
denuncia pueden definirse como

Aquellas motivadas por la intolerancia de ideas o prácticas contrarias a las


de los victimarios, o que revelan la más extrema represión a formas legíti-
mas de reivindicación u organización popular. También han sido incluidos
los crímenes cometidos por agentes del Estado -extralimitándose en su au-
toridad-, reflejando así la política estatal de desprecio por la vida humana.
(Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz, 1995)

A su turno, la violencia social asume múltiples formas. Aquí se hace referencia


especial a los asesinatos de personas consideradas socialmente como marginales y,
peor aún, como desechables (Franco, 1995), es decir: aquellos que por sus conductas
contrarias a las legal o socialmente aceptadas —delincuentes, homosexuales, prosti-
tutas, drogadictos— o por ser la expresión de saldos rojos de la sociedad —como los
mendigos y los niños de la calle—, se considera que pueden y deben ser eliminados.
Por esta conciencia de que deben ser eliminados, el hecho de hacerlo se denomina
con el término vergonzoso de limpieza social (Stannow, 1996). Dado que en la actual
violencia colombiana los asesinatos colectivos —masacres (Uribe, 1995) — se han
intensificado y asumido un carácter predominantemente político-social (sin des-
conocer que también se siguen cometiendo algunas, como ajuste de cuentas entre
traficantes de armas, drogas y esmeraldas), se presentará también a continuación
alguna información sobre aquellas de las cuales se dispone de documentación con-
fiable en el período estudiado.
Si en los registros ordinarios de eventos socialmente bien valorados como la na-
talidad, el alfabetismo y el crecimiento económico se presentan dificultades y lim-
itaciones en la información, en los de eventos que expresan el lado oscuro y los
saldos en rojo de las sociedades, como los de las violencias en cuestión, tales limita-
ciones y dificultades son aún mayores. Podría decirse que unas de ellas son objetivas,
por ejemplo: ¿Cómo juzgar la intención de un asesino desconocido? Es cierto que
los contextos —antecedentes, tipo de intereses en juego, circunstancias específicas,
identidad de la víctima— pueden ayudar a aclarar la racionalidad oculta. De todos
modos, el conocimiento avanza hasta donde sus instrumentos y la realidad se lo
permiten. Pero, a este tipo de dificultades se agregan, para el caso, las presentadas
por los poderes interesados en ocultar y confundir, las de las amenazas, los chantajes
y la contrainformación. En la lógica de la guerra es comprensible que a la guerrilla
no le interese que se registren sus muertos en combate, y que el ejército oficial trate
de inflar las cifras de víctimas del enemigo y de divulgar lo mínimo posible las pro-
pias. A las organizaciones paramilitares les puede interesar tanto que se divulgue su
autoría de masacres orientadas a la intimidación de determinadas poblaciones y a
la recuperación territorial, como que su nombre no aparezca ligado a los asesinatos

El lenguaje de las cifras 109


de ciertos líderes populares o defensores de derechos humanos. Y muchos camp-
esinos que quisieran contar con detalle y denunciar las atrocidades cometidas por
cualquiera de las fuerzas en conflicto, en su propio territorio, se ven impedidos de
hacerlo por el riesgo inminente en que quedarían su vida y la de los suyos. Todo lo
anterior para evidenciar las limitaciones de la información sobre este tipo de even-
tos y, al mismo tiempo, para reafirmar la importancia de continuar esforzándose por
adquirirla, depurarla, sistematizarla y divulgarla. La que viene a continuación se ha
buscado en las fuentes que con mayor rigor y de manera más persistente han venido
tratando de decir y mostrar lo que muchos quieren que se calle y oculte.

Los saldos rojos de la intolerancia política

Para todas sus víctimas y actores y, por tanto, para todos sus estudiosos, es claro que
la violencia de mitad de siglo fue a la vez expresión y consecuencia de una incuestio-
nable intolerancia política activada o reforzada, con frecuencia, por la intolerancia
religiosa. También en la actual, más diversa y polimorfa, cuenta mucho la intole-
rancia política, con dos variaciones. Ya casi no pesa la diferencia liberal conservadora
—al menos como razón para eliminar al contrario—, y se ha atenuado de manera
considerable la intolerancia religiosa. Pero ha pesado en cambio la confrontación
derecha-izquierda con límites y denominaciones diferentes y cambiantes. Con
excepción del M-19, a las guerrillas se las ha visto como voceras de un proyecto de
sociedad socialista, de matices también diversos. Y por tales y por sus métodos se
las ha combatido militar y paramilitarmente. A la Unión Patriótica —nacida como
movimiento político legal a raíz de las negociaciones entre las FARC y el gobierno
Betancur en 1984— se la exterminó como parte del proyecto anticomunista. Su ani-
quilamiento constituye el mayor genocidio político cometido dentro de la violencia
actual. Y a muchos líderes populares, defensores de derechos humanos y de presos
políticos se les ha calificado de “estafetas de la guerrilla” y como tales han entrado a
aumentar las cifras de los exiliados o de los asesinatos políticos.
La Tabla 2, basada en la información del Banco de Datos de la Comisión Colombina
de Juristas (1996), resume y representa en cifras buena parte de lo acontecido en tér-
minos de violencia por intolerancia político-social en Colombia en el período estu-
diado. La primera columna muestra el total de homicidios políticos y ejecuciones
extrajudiciales fuera de combate. Se registra un total de 22.617, dando un promedio
anual de 1.077 homicidios políticos, es decir: tres homicidios políticos fuera de combate
diarios durante dos décadas. Con una tendencia creciente y ondulaciones dentro de
cifras altas, en especial durante la segunda década, el peor momento de la modalidad
letal de este tipo de violencia se registra en 1988, cuando alcanza un máximo de 2.738,
cifra que casi triplica al promedio del período. Varios acontecimientos se presentaron
en ese año y pueden ayudar a explicar el máximo pico de la violencia política. Se
eligieron por primera vez en el país mediante votación directa los alcaldes munici-
pales, propiciando una mayor conciencia sobre la participación ciudadana en espacios
más pequeños y revalorando el poder local. Se intensificaron el narcoterrorismo y la

110 El quinto: no matar


Tabla 2. Homicidios por intolerancia político-social (HIPS). Colombia, 1975-1995.
Año Homicidios políticos Homicidios Muertos Total Total homicidios % HIPS/ Total Período
y ejecuciones contra combate HIPS homicidios presidencial
extrajudiciales marginales

1975 71 — — 71 5.788 1,2


1976 98 — 18 116 6.349 1,8 A. López
1977 139 — 19 158 7.014 2,3
1978 96 — 24 120 7.013 1,7

1979 105 — 50 155 8.000 1,9 J. C. Turbay


1980 92 — 21 113 9.122 1,2

1981 169 — 95 364 10.805 3,4


1982 525 — 69 594 10.679 5,6

1983 594 — 173 767 9.807 7,8 B. Betancur

1984 542 — 225 767 10.745 7,1

1985 630 — 386 1.016 12.743 7,9


1986 1.387 — 362 1.749 15.743 11,1

1987 1.651 313 1.964 17.450 11,3 V. Barco

1988 2.738 273 1.083 4.094 21.129 19,4

1989 1.978 364 732 3.074 23.384 13,1


1990 2.007 267 1.229 3.503 24.308 14,4

1991 1.828 389 1.364 3.581 28.284 12,7 C. Gaviria

1992 2.178 505 1.602 4.285 28.224 15,2

1993 2.190 161 1.097 3.448 28.173 12,2


1994 1.668 277 1.009 2.954 26.828 11,0

1995 1.031 371 1.049 3.251 25.398 12,8 E. Samper


Total 22.617 2,609 10.920 36.144 337.178 10,7

Promedio anual 1.077 326 546 1.721 16.056

Fuente: Elaboración propia con base en Banco de Datos; Comisión Colombiana de Juristas; Policía Nacional; Revista Criminalidad.

El lenguaje de las cifras 111


respuesta de fuerza del Estado ante el fenómeno. Y estaba en uno de sus momentos
más críticos la guerra sucia en el país, en especial contra la Unión Patriótica, movi-
miento que fue víctima de varias de las masacres, que también se incrementaron en
ese año, particularmente en la región de Urabá en donde se quería reducir la influencia
de las organizaciones guerrilleras y de la misma Unión Patriótica.
Las víctimas de la violencia política muertas en combate presentan también un
considerable incremento en las dos décadas estudiadas. De 18 en 1976, se asciende a
1.083 en 1988 y en 1992 se registra el mayor número del período: 1602. El promedio
anual en las dos décadas es de 546, la mitad del promedio ya anotado para los homi-
cidios políticos fuera de combate. En términos porcentuales sobre el total de homi-
cidios del país, la muerte de combatientes políticos ha variado en el período entre un
mínimo de 0,30% en 1976 y un máximo de 5,7% en 1992. Totalizando las tres moda-
lidades de homicidios por intolerancia sociopolítica (los políticos fuera de combate,
los en combate y los de limpieza social —de la cual se hablará más adelante—), se
tiene para el período un total de 36.144, un promedio anual de 1.721 y un preocupante
promedio de cinco homicidios sociopolíticos diarios en Colombia durante las últimas dos
décadas. La diferencia entre las dos décadas estudiadas es llamativa. Mientras en la
primera, 1975-1984, los totales anuales son de tres dígitos, en la segunda son de cuatro
dígitos y alcanzan el peor momento en 1992, cuando se registran 4.285 homicidios de
este tipo. Esto coincide con los datos que manejan otras organizaciones, tales como
Human Rights Watch (1997), según la cual en la década de 1970 se registraron 1.053
homicidios políticos en el país, mientras en la de 1980 la cifra ascendió a 12.859.
Porcentualmente, este tipo de violencia sociopolítica ha incrementado su partici-
pación sobre el total de homicidios del país a lo largo del período, como puede apre-
ciarse en la Figura 44. Hay un aumento lento en la primera década al pasar de 1,2% en
1975 a 7,9% en 1985. En la segunda década el incremento es más acelerado, llegando
casi al 20% en 1988. En este año, en otras palabras, uno de cada cinco homicidios se
debió a razones políticas.
Las principales víctimas de este tipo de asesinatos son campesinos a quienes se
supone simpatizantes o apoyos de los grupos guerrilleros; militantes políticos, diri-
gentes y miembros de organizaciones obreras y defensores de derechos humanos.
Tomando como ejemplo el año de 1995, según la clasificación del sector social de
origen de las víctimas hecha por la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz
ya citada (1995, p. 121), el 30% eran campesinos y el 15% obreros. En cuanto a su vin-
culación con algún tipo de organización, de la mayor parte (77%) se desconocía, pero,
de aquellos de quienes se conocía, el 52% eran militantes políticos, el 20% pertenecía
a organizaciones sindicales, el 9% a organizaciones cívicas y el 5% a organizaciones
indígenas (1995, p. 122). El 50% de estas víctimas tenían entre 18 y 39 años y por sexos
el predominio era francamente masculino: 92% frente a un 8% de mujeres.
Son tres los principales agentes de este tipo de violencia: la guerrilla, los agentes
del Estado (fuerzas armadas y organismos de seguridad) y los paramilitares. Dada la
impunidad generalizada en el país, pero más marcada en este tipo de asesinatos, en
la mayor parte no se identifica a los agentes responsables. En 1995 y según la misma
fuente anterior, en el 60% de los casos no se identificaron los agentes; cuando se

112 El quinto: no matar


25

20
% HIPS / Total de homicidios

15

10

0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995

Figura 44. Participación porcentual de los homicidios por intolerancia político-social sobre el total de
homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Banco de datos, Comisión Colombiana de Juristas.
HIPS= homicidios por intolerancia político-social.

logró hacerlo, el 43% fueron paramilitares, el 35% la guerrilla y el 20% los agentes
estatales. Esta relación es cambiante en los años. Para la Comisión Colombiana de
Juristas (1997, p. 7), por ejemplo, mientras la participación de los agentes del Estado
como responsables de la violencia socio-política se redujo porcentualmente del 54
en 1993 al 16 en 1995, la de los paramilitares se incrementó en los mismos años del 18
al 46% y la de la guerrilla del 27 al 38%. Según los datos del Departamento de Estado
de los Estados Unidos, la tendencia se mantiene en 1996: el 59% de los asesinatos
políticos de este año se deben a los paramilitares, el 33% a la guerrilla y el 8% a las
fuerzas del gobierno (1997, p. 109).
Regionalmente es también muy desigual y cambiante el mapa de la violencia
política en Colombia. Al empezar la década de 1980, la región del Magdalena Medio
padece la confrontación de las organizaciones guerrilleras con los grupos paramili-
tares que les disputan el control territorial y político. Un estudio específico del pro-
blema indica que entre 1980 y 1992 se registraron en la zona 1.090 homicidios polí-
ticos (Romero, 1995). Al final del período estudiado, la región seguía aportando el 12%
del total de la violencia política nacional. Desde mitad de la década de 1980, Urabá se
convierte en uno de los epicentros de la violencia política colombiana. Su ubicación
estratégica, la riqueza de su suelo, las tensiones por la tierra y la presencia de todos
los actores del conflicto armado (García, 1996) hacen de ella un escenario de intensa
violencia y, en especial, de violencia política. Aún en 1995, solo esta región con

El lenguaje de las cifras 113


menos de medio millón de habitantes concentraba el 20% del total de la violencia
política del país. Por departamentos, y con algunas variaciones durante el período,
hay tres que concentran la mayor parte de la violencia política: Antioquia, Santander
y Cesar. Tiene también importancia el problema en los departamentos de Boyacá,
Cundinamarca, Meta, Valle y en la capital del país. Al final del período, 1995, según
las estadísticas del Comité Permanente por la defensa de los Derechos Humanos
(1996, p. 5), el 41% de los homicidios políticos sucedieron en Antioquia, el 11% en
Santander y el 9% en el Cesar, sumando entre los tres el 61% del total nacional. En
los años posteriores al período estudiado, manteniéndose alta en los departamentos
enunciados, se ha incrementado significativamente en el Meta, Caquetá y Guaviare.
Las víctimas del conflicto armado, registradas ya en casi todas las regiones del país,
también se han concentrado en Antioquia, Santander, Cundinamarca y Meta.
Al distribuir los homicidios por razones sociales y políticas en los cinco períodos
presidenciales comprendidos totalmente durante las dos décadas estudiadas, se
observa un crecimiento progresivo y acelerado, en especial durante los dos últimos
gobiernos. Del total ya anotado de 36.144, el 1% corresponde al periodo de Alfonso
López Michelsen (1974-1978), el 3% al de Julio César Turbay Ayala (1978-1982), 12% al
de Belisario Betancur (1982-1986), el 35% al de Virgilio Barco (1986-1990) y el 40% al
de César Gaviria. El 9% restante corresponde al primer año del gobierno de Ernesto
Samper, que es el último del estudio. En los gobiernos de Barco y Gavina se comete
el 75% de los homicidios políticos del país de los últimos veinte años.
Una anotación final sobre los homicidios políticos: si bien las cifras presentadas
reflejan en parte la magnitud y gravedad del problema, en este —como en muchos
otros casos— tienen mayor importancia la calidad y el significado de las víctimas
que su cantidad. Para el caso, es muy grave que el país haya perdido cinco personas
diarias por intolerancia político-social en el período. Pero lo es aún más la calidad,
el valor y el significado de las víctimas. La selectividad de la violencia política hace
que con frecuencia se dirija hacia los dirigentes y líderes que mejor representan
la conciencia colectiva y que tienen mayor capacidad para interpretar la realidad y
orientar a los diferentes grupos. El hecho de que en la campaña para las elecciones
presidenciales de 1990 hayan sido asesinados tres de los precandidatos ilustra bien
la situación. Este tipo de violencia produce —y se ejerce en buena parte para pro-
ducir— una especie de decapitación social. Por eso sus víctimas son más difíciles de
reemplazar, su pérdida mucho más costosa y cada vez más complejo el camino de
las soluciones. Ni nacen líderes todos los días, ni se forman a bajo costo social.

Las masacres: expresión límite de la violencia

De este modo califican a esta modalidad de asesinato dos investigadores que han
asumido su estudio con seriedad. “Definimos masacre como el acto de liquidación
física violenta, simultánea o cuasisimultánea, de más de cuatro personas en estado
de indefensión” (Uribe & Vázquez, 1995, p. 37). Son entonces asesinatos colectivos

114 El quinto: no matar


en estado de indefensión. Se han incrementado en el país con mayor intensidad a
partir de 1987. Se ha observado que en la mayor parte de los casos se cometen por
razones y con fines políticos y de “limpieza social”. En Antioquia, por ejemplo, casi
el 70% de las masacres ocurridas en 1996 se atribuyeron a móviles políticos (Instituto
Popular de Capacitación, 1997, p. 110). A nivel nacional y para 1995, pudo observarse
también que aproximadamente el 20% del total de homicidios políticos ocurrieron
bajo la modalidad de masacres (Comité Permanente por la Defensa de los Derechos
Humanos, 1995, p. 3). Son estas las razones por las cuales, reconociendo que algunas
pueden tener otros móviles, se incluyen en este apartado sobre violencia política.
En su dinámica, las masacres han ido progresando en elaboración y crueldad.
Generalmente, se lleva lista escrita de las víctimas seleccionadas. Se les aparta de
su familia o de su grupo. Se les atan las manos atrás. Se someten a torturas antes de
asesinarlas. Se utilizan instrumentos como sierras eléctricas, macetas, armas blancas.
Se ha llegado a desollar a las víctimas, a descuartizarlas y a quemarlas. A más del
objetivo de la eliminación física y colectiva de los contrarios, las masacres tienen un
objetivo aleccionador, de advertencia, de amenaza inminente para el resto. Produ-
cen sobre los sobrevivientes sentimientos de impotencia, desespero, terror. Y, a nivel
político, una corrosiva sensación de desprotección, de inseguridad de la existencia
individual y colectiva, de ausencia —cuando no de complicidad— del Estado cuya
tarea mínima se supone que sea la garantía de la vida.
En la década de 1980 los paramilitares fueron responsables del 28% de las ma-
sacres; los escuadrones de la muerte del 17%; la guerrilla del 15%, e igual porcentaje
para las fuerzas armadas del Estado (Uribe & Vázquez, 1995, p. 25). Para 1995, el
33% se atribuyó a los grupos paramilitares, el 29% a la guerrilla y el 8% a las fuerzas
armadas del Estado (Comisión Colombiana de Juristas, 1996, p. 23). La mitad de las
110 masacres registradas, a nivel nacional en 1996, ocurrió en Antioquia. De estas 55,
casi la mitad (47%) fue responsabilidad de los paramilitares, 15% de la guerrilla y 7%
de grupos de “limpieza social” (Instituto Popular de Capacitación, 1997, p. 110). Por
su parte, las principales víctimas (cerca del 40%) son los campesinos, generalmente
acusados de pertenecer o apoyar a las organizaciones guerrilleras; les siguen los tra-
bajadores, con la misma sindicación, los indígenas, dirigentes políticos, marginados
y delincuentes.
Debido a las diferencias en el concepto mismo de masacre, a la cobertura en las
fuentes de información y al enfoque general del problema de violencia que se mane-
je, no existe acuerdo en las cifras respecto al número de masacres y de sus víctimas
en el país. La definición del término ya citada tiene bastantes diferencias con la defi-
nición legal —Ley 241 de diciembre de 1995— en la cual se considera como masacre
a “todo acto violento realizado en forma indiscriminada y por motivos ideológicos
y políticos contra un grupo de población civil, en el marco del conflicto armado
interno” (Instituto Popular de Capacitación, 1997, p. 139). Es lógico que aquello que
se entiende de manera diferente, se cuente de manera también diferente. Es más:
en algunos casos las informaciones llegan a ser casi contradictorias. Por ejemplo,
según un estudio de la Policía Nacional (1997) sobre las masacres en la década de
1990, tanto su número como el total de víctimas disminuyeron entre 1990 y 1992

El lenguaje de las cifras 115


—124 masacres con 664 víctimas en 1990 y 102 masacres con 482 víctimas en 1992—.
Según los investigadores sobre el tema de las masacres anteriormente citados (Uribe
& Vázquez, 1995), en ese mismo lapso las masacres se incrementaron, pasando de
140 a 180 con un leve descenso en el número de víctimas, pero en una escala muy
superior a la de los registros policiales: 947 en 1990 y 920 en 1992. En ambos es-
tudios, el promedio de personas por masacre es superior a cinco, pero el rango es
amplísimo: en la masacre de Segovia, Antioquia, en 1988 murieron 42 personas, y
un número igual en las dos masacres de la localidad de Pueblo Bello en 1988 y 1990,
mientras la mayoría de los casos registrados están cercanos al mínimo definido para
calificar como masacre un homicidio colectivo.
Seis regiones del país han padecido con mayor rigor esta modalidad de los
homicidios: el área metropolitana de Medellín —más de 200 masacres entre 1980 y
1993—, el Magdalena Medio —124 en el mismo período—, Bogotá —cerca de 60—,
Urabá, Meta y Boyacá. Pero la distribución ni es uniforme al interior de las regiones
ni constante en el tiempo. En el área metropolitana de Medellín, por ejemplo, mien-
tras la comuna nororiental registra 33 masacres, del sector suroriental de la ciudad
solo se informan tres en el período (Uribe & Vázquez, 1995, pp. 67 y 72). En 1996,
según el estudio de la policía, solo el municipio de Apartado en la región de Urabá
padeció el 6,4% del total de las masacres con el 8% del total de sus víctimas en ese año
en el país.

A más de sus consecuencias e implicaciones militares, políticas, psicológicas


y económicas, las masacres se han convertido en los últimos años en la principal
fuerza impulsora de los desplazamientos masivos de población al interior del país.
Y los desplazados comienzan a ser una de las expresiones más críticas de la comple-
jidad de las violencias cruzadas que padece el país y un nuevo reto en la agenda de
posibles soluciones.

La violencia llamada “limpieza social”

El título corresponde a uno de los múltiples estudios realizados en el país sobre el


tema (Rojas, 1996). Ya se dijo anteriormente de qué se trataba. Aquí se presentan
algunos de los hechos y cifras de esta modalidad de máxima intolerancia social,
enfatizando antes un aspecto esencial. A la decisión de eliminar al diferente o al
contrario que subyace a la opción homicida, en los casos de limpieza social se agrega
la conciencia de que es algo que debe hacerse, que la sociedad requiere y, por tanto,
que se tiene su apoyo activo, en forma de recursos, información y logística, o pasivo,
en forma de silencio, complicidad y encubrimiento. El homicida puede pensar que
tiene que hacerlo, aunque no esté bien, porque no ve otra alternativa. El ideólogo
de la limpieza social la ordena o la hace como un deber, como una buena opción
socialmente requerida. Para él parece ser éticamente correcto. De ahí se desprenden
las ambigüedades de muchos frente a este problema, en especial cuando el dife-
rente o marginal amenaza su tranquilidad, afea su espacio o cuestiona sus valores.

116 El quinto: no matar


De ahí también que las organizaciones que se dedican a este tipo de actividades
tomen nombres como Amor por Medellín o Los cariñositos. Y de ahí que, al igual que
las masacres —cuya forma toma con frecuencia—, la “limpieza social” tenga también
un objetivo pedagógico: advertir, amenazar y aleccionar a cada uno sobre cuál es su
papel (Camacho & Guzmán, 1990, p. 213) y cuáles sus riesgos.
Según algunos de los estudiosos del tema (Stannow, 1996; Rojas, 1996), el fenóme-
no se hizo más visible en el país a partir de 1979, cuando en Pereira, capital del de-
partamento de Risaralda fueron asesinados en dos meses 62 presuntos ladrones.
Posteriormente se le reconoció relevancia también en las ciudades de Barranquilla,
Medellín, Bogotá, Cali y Bucaramanga. Para 1980, se estimaban ya en 500 sus vícti-
mas. A mitad de la década de 1980 alcanzó altos niveles, en particular en la ciudad
de Cali. Entre 1988 y 1995, se alcanzaron a registrar 2.609 víctimas de limpieza social
en todo el país, según los datos contenidos en la Tabla 2. En el último año del perío-
do estudiado, 1995, se conocieron 371 casos de personas asesinadas por intolerancia
social (Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, 1996, p. 7).
Conviene anotar que, al igual que en el caso de los registros de la violencia políti-
ca, en esta persisten también grandes diferencias entre las diversas fuentes, debido,
posiblemente, a las razones ya señaladas.
A diferencia de las anteriores modalidades de violencia sociopolítica cuyos es-
cenarios son de predominio rural, la limpieza social en Colombia se ejerce princi-
palmente en las áreas urbanas —80% en promedio (Comisión Intercongregacional
de Justicia y Paz, 1995, p. 132; Rojas, 1996, p. 23)— y, más aún, en las capitales depar-
tamentales ya nombradas. Y, al igual que las masacres, se distribuye desigualmente
en las diferentes zonas de las ciudades. En Bogotá, por ejemplo, más de la mitad de
los casos registrados entre 1988 y 1993 se concentraron solo en tres de las 21 locali-
dades, a saber: 22,4% en Santa Fe, 15,8% en Ciudad Bolívar y 15,3% en Los Mártires. A
nivel nacional, el problema es más grave en los departamentos del Valle del Cauca,
Antioquia, Bogotá, Atlántico y Santander. Con diferencias según la fuente y el año,
el Valle mantiene siempre los mayores porcentajes: 30% para el período 1988-1993
(Rojas, 1996, p. 22), y 20% para 1995 (Comité Permanente por la Defensa de los Dere-
chos Humanos, 1996, p. 7). Es posible que Cali tenga también el registro de la mayor
masacre cometida en el país contra marginales, prostitutas y travestis: a la media
noche del 6 de septiembre de 1986 fueron asesinados en sus calles 21 de ellos (Rojas,
1996, p. 209).
Ya se ha ido insinuando el perfil de las víctimas. Son delincuentes, niños de la
calle, travestis, prostitutas, homosexuales, drogadictos y vendedores de sustan-
cias psicoactivas, mendigos y recicladores de basura. La categoría bajo la cual los
agrupan quienes los persiguen y algunos otros sectores sociales es bien significati-
va: desechables. Seres de cuya vida algunos sectores creen que la sociedad puede —y
hasta debe— prescindir. En términos de estratificación socioeconómica, todos per-
tenecen a los sectores más pobres. Con dos características adicionales. La primera:
ser jóvenes. La mitad de los asesinados bajo este rubro en el país entre 1988 y 1993
tenían entre 16 y 25 años. La segunda: ser hombres. El 97% de las respectivas víctimas
en 1995 eran de sexo masculino. En términos epidemiológicos, se diría que el grupo

El lenguaje de las cifras 117


de riesgo para padecer esta modalidad de violencia está claramente definido: hom-
bre-joven-pobre-marginal-urbano.
Aún después de asesinados, los desechables siguen siendo un estorbo social. Ya se
anotó que al empezar la década de 1980 se incrementó en Medellín el problema de
las “limpiezas sociales”. Pues bien, como los asesinos lanzaban los cadáveres de sus
víctimas en descampados de la periferia de la ciudad, en uno de ellos colocaron un
aviso que fue publicado por la prensa local el 3 de enero de 1981. Decía así: “Prohibi-
do botar muertos aquí. Multas de $111” (El Mundo, 1981, p. 1). No corrieron con mejor
suerte los cadáveres de los más de 50 indigentes que fueron asesinados entre 1991 y
1992 en cercanías de la Universidad Libre de Barranquilla y cuyos cadáveres fueron
vendidos enteros o por partes para servir como piezas de estudio a los estudiantes de
medicina (Revista Semana, 1992, pp. 18-23; Berlinguer, 1996, pp. 90-91).
¿Y quiénes son en este caso los intolerantes? Hay dos grupos: los que disparan
y los que ordenan y pagan por disparar. Una vez más: la mayoría de los primeros
—casi el 70% (Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz, 1995, p. 128)— per-
manecen cubiertos por la impunidad y jamás serán descubiertos. De los pocos que
llegan a descubrirse, la mitad corresponde a organizaciones paramilitares, la cuarta
parte a la policía y organismos de seguridad del Estado y un 20% a la guerrilla. Siendo
muy grave, aparece lógico que lo hagan quienes han decidido tomar la justicia por
sus propias manos. Pero llama más la atención la participación tanto de organismos
de seguridad del Estado como de la guerrilla. En los documentos revisados (Comis-
ión Intercongregacional de Justicia y Paz, 1995; Stannow, 1996; Comisión Colom-
biana de Juristas, 1996, 1997; Instituto Popular de Capacitación, 1997; Rojas, 1996),
han sido la Policía y el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) las dos
agencias estatales más frecuentemente señaladas como responsables de una parte
importante de los casos de limpieza social. Su participación representa la negación
práctica del estado de derecho por parte de sus propios agentes, la privatización
de la justicia por parte de quienes deberían garantizar su vigencia como instancia
pública, la penetración institucional de la teoría de los desechables, y la degradación
interna de los propios organismos de seguridad. La participación de la guerrilla en
este tipo de actividades pone también de presente serias inconsistencias ético-políti-
cas, la persistencia en las organizaciones armadas originariamente revolucionarias,
de valores, representaciones y prácticas que hacen parte de lo peor de la sociedad
que en principio se proponían transformar, y las carencias en la construcción de un
modelo superior de sociedad.
El grupo de actores que se encargan de dirigir y financiar las “limpiezas socia-
les” parece estar menos estudiado. Mientras se logra identificarlos, la lógica apunta
hacia los ideólogos del paramilitarismo, hacia los sustentadores de las corrientes
neofascistas y hacia sectores económicos que sienten en riesgo su tranquilidad y sus
negocios por la presencia de los marginales y, ante la inoperancia estatal, optan por
organizar la autodefensa de sus espacios e intereses.
Como puede apreciarse, a pesar de las limitaciones enunciadas de manera per-
sistente, es mucha la información disponible sobre el problema de la violencia y
de los homicidios en Colombia en las dos últimas décadas. En este capítulo se ha
incluido, con el mayor rigor posible, solo aquella considerada necesaria para ir de-

118 El quinto: no matar


sarrollando la estructura conceptual del trabajo y sustentar o descartar las hipótesis
que lo guían. Antes de entrar en su discusión e interrelación, es necesario presentar
el tercer insumo básico del trabajo: las entrevistas hechas a personas altamente rep-
resentativas de los distintos sectores implicados en el problema. Este es justamente
el objetivo del capítulo 5.

El lenguaje de las cifras 119


120 El quinto: no matar
Capítulo 5

Detrás de los discursos

“No tenemos memoria.


Y pueblo sin memoria no es pueblo
de ninguna clase”
(Entrevista No. 34).

Más allá de las cifras y de los titulares de prensa, la violencia es una realidad humana.
Hiere los afectos, confronta las ideas, anima las pasiones y altera los proyectos.
Impregna la cotidianidad y se hace presente en el tema callejero, en el discurso aca-
démico, en la expresión artística y en el debate político. En función de qué papel
cumple en ella, de la distancia desde la cual la observa, de la diversidad de sus formas
y de las consecuencias que le produce, cada cual la siente y la interpreta, la padece y
la enfrenta de manera diferente. Igual pasa con los distintos sectores sociales, y con
la sociedad en su conjunto. No hay una manera única de sentir la violencia, ni de
entender su origen y dinámica, ni de reaccionar frente a ella. Más aún. Un mismo
sector social puede cambiar su percepción e interpretación de la violencia si pasa de
agente a víctima de alguna de sus modalidades. Y en momentos distintos, un mismo
individuo la puede sentir, interpretar y enfrentar de maneras casi opuestas.
Estas consideraciones, que hacen parte de la complejidad de la violencia, vienen
bien para introducir los resultados del esfuerzo por oír diferentes voces sobre el
problema, por asomarse a horizontes muy distintos y tratar de mirar desde ellos las
dimensiones que se escapan a las cifras y al discurso académico sobre la violencia.
Es un camino con más riesgos e incertidumbres que seguridades y certezas. Pero
más rico, sugestivo y orientador que muchas significancias estadísticas y que algunas
teorías a sueldo y de salón.
Como ya se indicó en el capítulo 3, se realizaron entrevistas a cuarenta personas
relacionadas de maneras muy diferentes con la actual situación de violencia del país.
Se trataba de obtener un cuadro lo más completo posible de percepciones, inter-
pretaciones y propuestas tanto para ampliar la visión del problema de la violencia,
como para confrontar con ellas las hipótesis e ideas básicas del trabajo. La Tabla 3
muestra la distribución de los entrevistados por sexo y según los tres grupos ya de-
sagregados en el capítulo 3. El 72% son hombres y el 28% mujeres. El 20% confor-
man el grupo I, Actores Armados; 25% el grupo II, Funcionarios del Estado; y el 55%
restante el grupo III, Integrantes de la Sociedad Civil.

Detrás de los discursos 121


Tabla 3. Distribución de los entrevistados por grupos de actores y sexo.
Grupos Hombres Mujeres Total Porcentaje

Grupo I. Actores armados 7 1 8 20

Grupo II. Funcionarios del Estado 7 3 10 25

Grupo III. Integrantes sociedad civil 15 7 22 55

Total 29 11 40 100

Porcentaje 72 28 100 -
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

En las páginas siguientes se presentan los aportes principales de las entrevistas y


de su procesamiento. Se puso especial interés en tratar de respetar el contexto y
los significados de cada entrevista, en identificar aquellos significados comunes dis-
persos en diferentes expresiones, y en reconocer los ejes temáticos y conceptuales
que articulaban cada una de ellas y que hicieron posible establecer algunas tipologías
preliminares. Al hacer citas textuales, se harán por el número de orden dado a cada
entrevista en los archivos de la investigación, manteniendo en reserva el nombre del
entrevistado o de la entrevistada. Aun cuando se da prioridad a la descripción de los
resultados de las entrevistas, se introducen elementos analíticos que se desarrollarán
después en los restantes capítulos.

Lo que más preocupa de la violencia actual

Se optó por iniciar el diálogo con todos los entrevistados a partir de una pregunta
dirigida más al terreno de lo afectivo-subjetivo que de lo intelectual: ¿Qué aspectos
de la violencia actual le impresionan y preocupan más? Se obtuvieron 38 respuestas
diferentes. Esto indica que, en promedio, cada persona aportaba un aspecto espe-
cífico. Como en total se obtuvieron 134 respuestas, quiere decir que cada uno hacía
su aporte y repetía más o menos dos respuestas dadas también por otros.
La Tabla 4 resume las diez primeras respuestas en orden decreciente de frecuen-
cia. Lo que más preocupa a los interrogados es la interacción y potenciación entre las dif-
erentes violencias. Más del 8% del total de respuestas se refirieron a esta preocupación.
Cada vez se ve menos nítida la frontera entre las distintas violencias y se percibe
con mayor claridad que no solo se relacionan unas con otras, sino que se estimulan
mutuamente, generándose una especie de cadena de violencias y de clima favorable
para cualquier violencia. “Colombia es un país de violencias. Una suma de violencias en ca-
dena, con dolores y odios acumulados” (entrevista No. 5). Fue claro en las respuestas que
la potenciación entre las diversas formas de violencia se percibe también creciente.
Es decir: el acúmulo y la frecuencia de las violencias hace que cada día se increment-

122 El quinto: no matar


Tabla 4. ¿Qué aspectos de la violencia actual le impresionan más? Diez primeras respuestas por sexo y
grupos de actores
Respuestas Grupo I Grupo II Grupo III Total %
H M T H M T H M T H M T
Potenciaciones diferentes violencias - 1 1 3 1 4 4 2 6 7 4 11 8,2

Preocupación papel ejército 2 1 3 1 - 1 2 1 3 5 2 7 5,2

Importancia factores culturales - 1 1 1 - 1 2 3 5 3 4 7 5,2

Aumento crueldad 1 - 1 1 2 3 2 - 2 4 2 6 4,5

Limitaciones conocimiento violencia - - - - - - 4 2 6 4 2 6 4,5

Papel medios comunicación 2 - 2 - - - 3 - 3 5 - 5 3,7

Aumento violencia familiar - - - 2 - 2 - 3 3 2 3 5 3,7

Aumento desplazamiento forzoso - - - - - - 3 2 5 3 2 5 3,7

Pérdida solidaridad y respuesta - - - 1 3 4 1 - 1 2 3 5 3,7

Polémico papel de las Convivir 1 - 1 3 1 4 - - - 4 1 5 3,7

Total 38 respuestas diferentes 17 5 22 25 16 41 53 18 71 95 39 134

Porcentaje (%) - - 16 - - 31 - - 53 71 29 100


Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
H=hombre, M=mujer, T=total.

en las formas, se multipliquen los casos y se expanda la violencia como mecanismo


básico de reacción social. La preocupación se registra en los tres grupos de actores
escogidos y en ambos sexos.
En el segundo lugar de las preocupaciones aparecen dos que presentan igual fre-
cuencia entre los entrevistados. La primera se refiere al papel del ejército. Comprende
una variedad de respuestas que incluyen consideraciones sobre la ineficacia de las
fuerzas armadas para garantizar la vida y la tranquilidad ciudadanas y para enfrentar
la guerra —“Si se invierte en las fuerzas militares es para que arreglen la situación, no para
quedar lo mismo o peor” (entrevista No. 30)—; sobre la corrupción al interior de la ins-
titución armada; sobre la relación del ejército con las organizaciones paramilitares;
sobre su interés en mantener la guerra y casi apropiarse de ella: “Los militares son el
principal obstáculo para la paz” (entrevista No. 16); sobre su alejamiento de la sociedad
y su conversión en una especie de gueto con lenguaje, valores, intereses, servicios,
universidades y legislación propias y distintas a las del conjunto de la sociedad: “Veo
al ejército muy mal, muy empecinado en una ideología que lo distancia mucho de la gente”
(entrevista No. 33). La preocupación se registra en los tres grupos señalados, pero es
proporcionalmente mayor en el de los propios actores armados. La segunda tiene
relación con el peso creciente de ciertos factores culturales en la dinámica de la vio-

Detrás de los discursos 123


lencia. Se enunciaron, entre otros: el machismo, la defensa del honor, la sobrestima-
ción del poder y del control sobre los demás, y el peso de ciertas representaciones.
Tiene lógica que, registrándose también en los tres grupos, su frecuencia sea mayor
en el de los integrantes de la sociedad civil.

Vienen luego otras dos preocupaciones muy diferentes en su naturaleza, pero


que comparten igual frecuencia entre los entrevistados. La primera se refiere al
aumento de la crueldad: se percibe que cada vez hay mayor sevicia en los actos vio-
lentos; se respeta menos a ciertos grupos, tales como niños, mujeres y ancianos; se
recurre a formas más crueles, como las masacres, o desollar, descuartizar e incinerar
a las víctimas; se utilizan armas y métodos que aumentan y prolongan el dolor, el
desespero y la impotencia. Esta respuesta apunta al reconocimiento de lo que ya se
viene indicando como un paso de la violencia a la barbarie, una especie de degra-
dación de la propia violencia. La segunda tiene que ver con las limitaciones en el cono-
cimiento disponible sobre la violencia. Se advierte un preocupante desbalance entre la
gravedad del problema y el nivel de investigación, reflexión, elaboración teórica y
divulgación sobre la naturaleza, dinámica y alternativas frente a la violencia. Esta
preocupación escapó totalmente a los actores armados y a los funcionarios estatales,
y fue exclusiva y persistente en la población no vinculada a los dos grupos anteriores.
Aparecen después con igual porcentaje de respuestas cinco preocupaciones que
tocan puntos críticos del problema de la violencia. Una tiene que ver con el papel de
los medios de comunicación, en el sentido de qué tan adecuadamente están cumpliendo
su tarea formadora e informadora sobre el tema. Quienes lo señalaron consideran
que no lo están haciendo bien y que, en consecuencia, en lugar de contribuir a la
superación del problema, con frecuencia lo agravan. Es llamativo que ninguna de las
mujeres entrevistadas manifestara esta preocupación. Como se sabe, el papel de los
medios de comunicación es un tema central de la sociedad contemporánea, dada la
influencia que han llegado a tener, su penetración hasta los espacios más privados y
remotos, la celeridad de los avances tecnológicos y los complejos problemas éticos
implicados. No sorprende entonces que el tema se plantee también de cara a un
asunto tan delicado como el de la violencia.
El incremento de la violencia familiar es otra de las preocupaciones explícitas de los
entrevistados. Quienes la advierten, aluden a su mayor frecuencia y diversidad y al
impacto cada vez mayor sobre algunos de los miembros y sobre la propia institución
familiar. Es más sentida por las mujeres que por los hombres entrevistados y llama
la atención que no fue señalada por ninguno de los actores armados entrevistados.
Viene luego la preocupación por dos consecuencias de la violencia. Una se refiere
al incremento del exilio y los desplazamientos forzosos, la otra a la disminución de la solida-
ridad y la capacidad de reacción individual y colectiva. El primer problema se viene obser-
vando en el país desde mediados de la década de 1980, pero ha alcanzado niveles
alarmantes en lo que va corrido de la década actual, comprometiendo ya a más de
un millón y medio de colombianos, en especial campesinos, mujeres jefas de hogar
y niños. Conviene anotar que ni los actores armados ni los funcionarios estatales
lo destacaron. La otra consecuencia de la violencia que mereció especial atención
entre los entrevistados se relaciona con la marcada disminución de la solidaridad

124 El quinto: no matar


y la capacidad de reacción: “Hoy en día nadie le da apoyo a nadie. Los ricos miran a los
pobres con el orgullo de que ellos son más. Y uno los mira a ellos como unas gonorreas que hay
que robarles por todos los lados” (entrevista No. 20). Si bien en algunos casos la violencia
termina por despertar las redes de solidaridad y por provocar fuertes reacciones de
sentido contrario, en ciertas etapas de los ciclos violentos la violencia logra uno de
sus objetivos estratégicos: romper los vínculos solidarios, aislar, acallar, atemorizar,
inmovilizar por el miedo y el terror. Es la vivencia directa o la percepción de que se
atraviesa por uno de estos momentos lo que destacan quienes lograron expresarlo.
Y la restante preocupación más frecuentemente expresada fue la relacionada
con el polémico papel de las Convivir. El Decreto 356, de 1994, dio vida legal a las
Convivir como servicios especiales de vigilancia y seguridad privada. A pesar de su
base legal, de su defensa como “una alianza ciudadanos-fuerza pública” (entrevista No.
8) y de su “legalidad y transparencia” (entrevista No. 9), varios entrevistados (entre-
vistas No. 4, 10, 16 y 28) y algunas organizaciones de derechos humanos (Comisión
Colombiana de Juristas, 1997) cuestionan su legalidad y su conveniencia y las consi-
deran como una nueva modalidad del paramilitarismo. “Las Convivir son el lavadero
del paramilitarismo” (entrevista No. 16). Las entrevistas reflejaron bien tanto las dos
posiciones que se han perfilado en la polémica que se vive a nivel nacional sobre
estas organizaciones, como la actualidad del tema, pues al momento de realizar esta
parte del trabajo estaba candente su discusión en los medios de comunicación y en
varios escenarios sociales y jurídico-políticos.
Como ya se explicó, después de analizar cada una de las respuestas dadas se
procedió a tratar de tipificarlas. Se buscaba identificar regularidades que permi-
tieran agrupar los principales tipos de preocupaciones de los entrevistados acerca
de la violencia. Después de varios análisis cuidadosos y tratando de mantener con
el mayor rigor posible el respeto por el texto y los contextos de las entrevistas, se
fueron conformando tres grandes tipos de respuestas. En esencia, las tres grandes
preocupaciones de los interrogados sobre la violencia actual se refieren en su orden
a: su complejidad, su incremento y su impacto. La Tabla 5 resume la distribución por-
centual de los tipos de respuestas en el total y en cada uno de los tres grupos de
actores incluidos en el estudio. Casi la mitad del total de respuestas (49% de las 134)
se relacionaron con la complejidad creciente del problema. Complejidad tanto de

Tabla 5. Tipos principales de preocupaciones por la violencia. Distribución porcentual de las


respuestas según grupos de actores.
Grupo I Grupo II Grupo III
Complejidad de la violencia y sus actores 20 28 52

Incremento de la violencia 13 28 60

Impacto social y político-económico 14 45 41

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

Detrás de los discursos 125


la dinámica de la violencia como de los comportamientos e interacciones de sus
actores. La preocupación por la complejidad creciente que va teniendo la dinámica
de la violencia se expresó en respuestas —algunas ya enunciadas— como: la poten-
ciación e interacción de sus diferentes formas, la importancia y el entrecruzamiento
de factores culturales; las limitaciones en la comprensión del problema; la inercia
que va logrando —uno de los entrevistados se arriesgó a calificar la situación como:
“Colombia, violencia sin futuro” (entrevista No. 35), y otro advirtió que “La bala llama
más bala y el machete más machete” (entrevista No. 13)— y la percepción de que ya el
problema desbordó a la sociedad. Por su parte, la preocupación por la complejidad
derivada del papel y la conducta de los actores incluyó referencias al papel del
ejército, de las Convivir, de los medios de comunicación; a la relación de la guerrilla
con el narcotráfico —“Hay dos cosas que le han hecho mucho daño a la guerrilla: el secuestro
y la coca” (entrevista No. 33), “¿Qué tienen las FARC y el ELN de movimientos insurgentes?
Son unos vulgares narcotraficantes” (entrevista No. 9)—; al crecimiento, apoyo estatal y
formas de actuar de los paramilitares, “Para mí el paramilitarismo es una estrategia del
Estado” (entrevista No. 21) —aunque uno de los entrevistados hizo una firme defensa
del paramilitarismo: “Paramilitar es el que le ayuda al ejército. Todos tenemos la obligación
de ser paramilitares” (entrevista No. 9)—; al auge de la delincuencia común, a la falta de
liderazgo para enfrentar el problema y a la apatía de la sociedad civil. La distribución
de la preocupación por la complejidad es común entre los grupos entrevistados y
proporcional a su participación en el total. Dado que aparecen como más inmedia-
tamente observables la cantidad y el impacto de la violencia que su complejidad, el
hecho de que esta sea predominante en la preocupación de los entrevistados puede
indicar que se está produciendo un avance en el nivel de conciencia y reflexión sobre
el problema y una cierta capacidad para trascender lo inmediato y captar los conte-
nidos y tendencias del fenómeno.
El segundo bloque de preocupaciones se refiere al incremento de la violencia. En
una de cada tres respuestas (35%) se expresaba la percepción de que la violencia se
viene intensificando en tres sentidos principales. En primer lugar, en el aumento de
ciertas modalidades de violencia y de sus consecuencias específicas, tales como: la
violencia familiar, las masacres, los secuestros, las desapariciones, la guerra sucia, la
violencia política, las “limpiezas sociales”, el exilio y los desplazamientos forzosos de
la población. En segundo lugar, en la mayor concentración de la violencia en ciertos
grupos, tales como los dirigentes de determinados sectores sociales y políticos, los
jóvenes, las mujeres y los niños. Y, en tercer lugar, en el sentido de la expansión de
la violencia a todos los espacios y relaciones sociales y a todas las regiones del país.
Hay así en los entrevistados una clara percepción no solo del incremento cuanti-
tativo de la violencia, sino de su diversificación, de su intensificación selectiva y de
su expansión ambiental y geográfica. Proporcionalmente, fueron los actores arma-
dos el grupo que menos preocupación manifestó por el incremento de la violencia,
mientras los dos grupos restantes fueron persistentes en expresarla. Por sexos, la
preocupación fue proporcionalmente igual.
El tercero y último bloque de preocupaciones se refiere al impacto político, social
y económico de la violencia, que reunió el 16% del total de respuestas. Predominaron

126 El quinto: no matar


las preocupaciones por el impacto social y político sobre las producidas por el im-
pacto económico. Las primeras se expresaron en respuestas referidas a consecuen-
cias de la violencia, tales como la disminución de la solidaridad y de la capacidad
de reacción, el acostumbramiento a la violencia, su conversión en algo cotidiano y
las alteraciones cada vez más perceptibles de la salud mental. Las expresiones de
preocupación por el impacto político negativo se referían a: la polarización y mili-
tarización de la política, la progresiva privatización de lo colectivo, la desfiguración
y limitaciones de la democracia con la consiguiente alteración y disminución de
la participación popular. “Aquí la ley es la del revólver” (entrevista No. 15). “La violen-
cia ha vuelto subversiva la participación ciudadana” (entrevista No. 25). Y en términos
económicos, preocupan a los entrevistados: los costos directos crecientes de la vi-
olencia, de la seguridad individual e institucional, de las consecuencias de ciertas
formas como el secuestro y la voladura de los oleoductos, los costos laborales, las
dificultades y sobrecostos en ciertos sectores económicos y en muchas regiones del
país y las limitaciones que la violencia impone al desarrollo productivo y a la in-
versión de capitales nacionales e internacionales. Por grupos de actores, la preocu-
pación por el impacto de la violencia en los diferentes campos fue proporcional-
mente mayor entre los funcionarios del Estado que entre los actores armados y los
integrantes de la sociedad civil. Ninguna de las mujeres entrevistadas de este último
grupo manifestó preocupación por esta cuestión del impacto de la violencia.

Los contextos explicativos vistos por los actores

El segundo tema general de las entrevistas se refería a la exploración de la visión de


los actores incluidos acerca de las raíces, explicaciones y condiciones que han hecho
posible la violencia actual y, en particular, la violencia homicida. El enunciado más
sintético de la pregunta que introducía la cuestión puede formularse así: En su con-
cepto, ¿a qué se debe la violencia actual y en particular el excesivo aumento de los homicidios?
Se obtuvieron 38 respuestas diferentes y un total de 179 respuestas. Esto significa
que, en promedio, cada entrevistado aportó un factor explicativo diferente y repitió
entre tres y cuatro de los expresados también por otros. En términos comparativos con
el primer tema de las entrevistas se aprecia un número igual de respuestas diferentes y
un aumento importante del total de respuestas, lo que en términos optimistas podría
interpretarse como una buena capacidad para arriesgarse a plantear explicaciones.
La Tabla 6 presenta las diez respuestas más frecuentes en orden decreciente a
la pregunta enunciada y su distribución por sexo y en función de los tres grupos
de actores seleccionados. La respuesta predominante, expresada por la mitad de
los entrevistados, señala al Estado como el principal responsable de la violencia y el con-
siguiente auge de los homicidios. Resaltaron cuatro aspectos, a saber: la ilegitimi-
dad, la pérdida de credibilidad, la ausencia y la debilidad del Estado. “El Estado es
el responsable total de esta violencia” (entrevista No. 13). “En Colombia no existe Estado
como transformador de la confrontación mediante los mecanismos de justicia” (entrevista
No. 28). “Donde yo trabajo la guerrilla es la que aplica justicia. El gobierno es pantalla”

Detrás de los discursos 127


Tabla 6. En su concepto, ¿a qué se debe la violencia actual? Diez primeras respuestas por grupos de
actores.
Respuestas Grupo I Grupo II Grupo III Total %
H M T H M T H M T H M T
Ausencia, debilidad,
2 - 2 4 3 7 9 2 11 15 5 20 11
ilegitimidad del Estado

Impunidad 1 - 1 7 - 7 5 - 5 13 - 13 7

Crisis de valores 2 1 3 2 - 2 4 4 8 8 5 13 7

Intolerancia 2 1 3 2 1 3 4 1 5 8 3 11 6

Inequidad 2 1 3 2 - 2 6 6 10 1 11 6

Corrupción 2 - 2 3 - 3 4 1 5 9 1 10 6

Narcotráfico 3 - 3 2 1 3 1 2 3 6 3 9 5

Presencia actores violentos 3 - 3 - - - 3 2 5 6 2 8 4

Pobreza - - - 2 - 2 2 3 5 4 3 7 4

Deficiencias sistema jurídico-penal - - - 3 1 4 3 - 3 6 1 7 4

Total: 38 respuestas diferentes - - 34 - - 50 - - 95 135 44 179

Porcentaje (%) - - 19 - - 28 - - 53 75 25 100

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
H=hombre, M=mujer, T=total

(entrevista No. 32). Conviene precisar que los entrevistados diferenciaron bien al
Estado del gobierno y del actual gobierno —el del presidente Ernesto Samper—. La
aguda pérdida de credibilidad de este último mereció respuesta aparte, pero es muy
posible que haya influido en el señalamiento general del Estado y del gobierno. El
grupo que proporcionalmente desarrolló menos la responsabilidad estatal fue el de
los actores armados, y el que le dio mayor relevancia fue el de los propios funcio-
narios estatales. Las personas más pobres y marginales entrevistadas resaltaron más
la ausencia estatal, mientras los funcionarios e intelectuales se centraron más en los
problemas de legitimidad y credibilidad.
Con igual número de respuestas, 13 cada uno, y de participación porcentual (7%)
vienen luego dos respuestas: la impunidad y la crisis de valores. La impunidad, recon-
ocida como determinante importantísimo de la violencia actual, fue referida por
los entrevistados en especial a la incapacidad del Estado y de sus aparatos de justi-
cia para esclarecer los hechos, detener y juzgar a los responsables y hacer cumplir
las penas. “La impunidad es el vehículo que más estimula la criminalidad” (entrevista No.
26). “La impunidad es uno de los elementos graves de la situación de Derechos Humanos
en Colombia” (entrevista No. 28). Relacionando estos dos primeros factores de vio-

128 El quinto: no matar


lencia otro entrevistado expresó: “Al Estado que demuestra impunidad no se le respeta”
(entrevista No. 8). Y advirtiendo los riesgos de abusar de la capacidad explicativa de
la impunidad, otro dijo: “La impunidad no puede ser la cesta de la basura de las preguntas
no respondidas para explicar la violencia” (entrevista No. 5). En cuanto a la distribución
de las respuestas sobre la importancia explicativa del problema de la impunidad, dos
cosas llamaron la atención. En primer lugar, que ninguna de las mujeres entrevista-
das se refirió a él. Y, en segundo lugar, que mientras solo uno de los actores armados
lo resaltó, todos los hombres del grupo de los funcionarios estatales entrevistados le
dieron especial énfasis.
La crisis de valores es vista también como una de las principales causas de la
grave situación de violencia. Fue señalada proporcionalmente más por las mujeres y
por los diversos sectores de la sociedad civil. El grupo de funcionarios estatales fue
el que menos importancia le dio al tema. La categoría crisis de valores se construyó
con base en tres tipos de respuestas: uno relacionado con la pérdida, vacío y falta de
valores, tanto de valores en general como de valores específicos, como el de la vida
y los valores tradicionales y cristianos; otro relacionado con cambios valorativos, lo
que implica la percepción no solo del componente negativo de pérdida y carencia,
sino también del positivo de transformaciones y demanda de nuevos valores; y el
tercer tipo de respuesta se refería a la doble moral de varios de los actores sociales
implicados en el problema y que fue señalada en especial por personas de sectores
marginales. Pudo apreciarse en las respuestas un marcado énfasis moral-religioso en
las consideraciones sobre la cuestión valorativa.
En el orden de prioridad de los entrevistados sobre los principales determinantes
de la violencia actual, vienen luego, con igual número de respuestas —once cada
una—, la intolerancia y la inequidad. Más de la cuarta parte de los entrevistados (28%)
reconoció en la intolerancia una de las principales explicaciones del problema. La
consideran en especial en el terreno político-social, como incapacidad para resolver
de manera no violenta las diferencias de ideas e intereses. En menor medida, otros
destacan también la persistencia de su contenido cultural y religioso. El límite de la
intolerancia lo identifican con la eliminación física del contrario. “Aquí se mata todo
tipo de oposición” (entrevista No. 16). “La principal garantía de participación ciudadana
es que no maten al opositor” (entrevista No. 17). Llama la atención que sean los actores
armados el grupo que proporcionalmente más perciba la importancia del problema
y que la proporción disminuya entre los integrantes de la sociedad civil interroga-
dos. Por sexos, el señalamiento de la intolerancia sí se hace de manera proporcional.
Por su parte, la inequidad fue reconocida también como factor determinante de
la violencia por un 28% de los entrevistados. Predominó la dimensión económica del
problema al utilizar el término para referirse a la excesiva concentración de la rique-
za y de la propiedad en muy pocas manos, con la consiguiente exclusión de muchos
otros. Muy pocos se refirieron a otras dimensiones de la inequidad, en campos como
el político, de género, o de acceso al conocimiento. Llamó la atención que varios de
los interrogados señalaban la relación inequidad-violencia como algo tan obvio que
apenas la enunciaban y pasaban a analizar con mayor profundidad otras relaciones.
Una vez más fueron los actores armados quienes más énfasis dieron al problema de
la inequidad, siendo también notable que fueron casi exclusivamente los hombres

Detrás de los discursos 129


entrevistados quienes se refirieron a él. Algunos otros señalaron también el prob-
lema de la “exclusión” como determinante de violencia. Se referían a la situación
límite y a la peor manifestación de la inequidad tanto en lo económico como en lo
político. “El gran disparador de la violencia entre nosotros es la exclusión” (entrevista No.
25). La pobreza, cuyas afinidades y diferencias con la inequidad ya fueron analizadas
en el capítulo 3, ocupó el noveno lugar entre los factores señalados por los entrevis-
tados como responsables de la violencia actual, siendo reconocida en particular por
el grupo de la población civil y justamente por los más pobres de los entrevistados.
Las tres categorías —inequidad, pobreza y exclusión— constituyen uno de los ejes
del contexto explicativo económico de la violencia que se analizará más adelante.
La corrupción fue el sexto factor identificado por los entrevistados como respons-
able de la violencia. La consideran como el aprovechamiento personal o grupal de la
gestión y los bienes y recursos públicos, sean estos económicos, políticos o admin-
istrativos. La ven también como el incumplimiento de las promesas, expectativas y
deberes adquiridos ante la colectividad y producido por la priorización del interés
personal o grupal sobre el colectivo. Si bien puede darse y se reconoce en todos los
escenarios de la vida social, los entrevistados se referían en particular a la corrupción
en la gestión estatal. Sus efectos se extienden a la pérdida creciente de la confianza
en el Estado, en su legitimidad y en su capacidad para resolver los conflictos, con la
consiguiente necesidad de asumir por mecanismos privados y por cuenta propia su
resolución. Resaltan el efecto multiplicador y perverso del ejemplo negativo de las
más altas autoridades del Estado sobre el resto de los funcionarios y sobre todos los
sectores sociales. Y denotan la banalización de la corrupción y una tal inversión valor-
ativa ya que se exalta de manera utilitaria la corrupción: “Hoy en día es mejor ser corrup-
to que trabajar” (entrevista No. 11). Fue generalizado el señalamiento de la corrupción
entre los diferentes grupos de actores, pero llamó la atención el franco predominio
masculino en su reconocimiento. Solo una de las mujeres entrevistadas lo hizo.
El narcotráfico fue destacado como factor determinante de la situación de vio-
lencia por un poco menos de la cuarta parte de los entrevistados. “El narcotráfico nos
cambió las reglas del juego, nos volteó todo, nos estigmatizó y sinvergüenció” (entrevista No.
12), fue la expresión textual de uno de los entrevistados que concentró su análisis
sobre el tema. La preocupación es de predominio ético-político: inversión de va-
lores, alteración de funciones y pérdida de responsabilidades, aún de las estatales: “El
Estado devino funcional al narcotráfico” (entrevista No. 14). Pero preocupa también una
consecuencia secundaria: el señalamiento internacional. La conciencia del problema
es generalizada en ambos sexos y en los tres grupos investigados. Ya antes, al enun-
ciar el tema de la complejidad creciente del problema de la violencia, se anotó cómo
algunos entrevistados advirtieron también sobre la penetración del problema del
narcotráfico en algunos de los principales actores del conflicto, en especial en las or-
ganizaciones guerrilleras. De todas maneras, habiendo identificado en el capítulo 2
el fenómeno narco como uno de los tres procesos coyunturales específicos de las dos
décadas estudiadas de la vida nacional y, por tanto, íntimamente relacionado con
la situación de violencia, se esperaría una mayor presencia tanto cualitativa como
cuantitativa del mismo en la interlocución con los diferentes actores.

130 El quinto: no matar


La presencia de actores violentos fue destacada por el 20% de los entrevistados, en
especial por los propios actores armados y por los integrantes de la sociedad civil,
como posible causa de la violencia. Reconocen por tales a las organizaciones guerril-
leras, a las fuerzas militares, a los grupos paramilitares y a las organizaciones arma-
das que actúan a nivel urbano, tales como las bandas —próximas a la delincuencia
común— y las milicias —próximas a organizaciones guerrilleras—. Señalan que la
violencia se incrementa cuando entran en confrontación dos o más de ellas por do-
minio territorial o control político-ideológico de una determinada región.
Con base en la totalidad de las razones y factores presentados por los interroga-
dos como posibles explicaciones de la situación de violencia y su expresión en las
altas y persistentes tasas de homicidio, y de conformidad con los conceptos expresa-
dos al final del capítulo 1, se procedió a reconocer los principales contextos explicativos
de la violencia colombiana según los entrevistados. Después de un estudio cuidadoso, pu-
dieron identificarse cuatro, a saber: el político, el económico, el cultural y el jurídico-penal.
La Figura 45 representa el porcentaje del total de respuestas que conformaron cada
uno de los cuatro contextos. Hay un franco predominio del contexto político: 40% de
las respuestas, seguido del económico: 28%, el cultural: 21% y el jurídico-penal: 11%.
La Tabla 7 muestra el aporte porcentual de cada grupo de actores a cada uno de los
cuatro contextos identificados.

Político
Económico
Cultural
Jurídico-penal

Figura 45. Contextos explicativos de la violencia en Colombia, según los


entrevistados.
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

Detrás de los discursos 131


Tabla 7. Contextos explicativos de la violencia en Colombia, según los entrevistados. Distribución porcentual
de las respuestas, según grupos de actores.

Contextos Grupo I Grupo II Grupo III


Político 18 28 54

Económico 22 20 58

Cultural 24 22 54

Jurídico-penal 5 55 40

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

El contexto explicativo político

En concepto de los entrevistados, la violencia colombiana actual obedece funda-


mentalmente a razones políticas. Tal como se anotó, el 40% del total de las respuestas
dadas se refirieron a los diferentes elementos y factores que conformaron este con-
texto, a saber: los problemas de legitimidad, debilidad y ausencia del Estado; la
intolerancia; la corrupción; la presencia de actores armados y el armamentismo; la
pérdida de credibilidad del actual gobierno; la falta de democracia y el desconoci-
miento de los derechos por parte de los ciudadanos; la despolitización de la sociedad
civil, y algunos aspectos internacionales.
Como ya se señaló, la mayor responsabilidad política se atribuye a las deforma-
ciones, insuficiencias y ausencias del Estado. Es al tipo y a la dinámica del Estado que
se ha conformado en el país, a su desgaste histórico, a su funcionamiento deficiente
y a la corrupción generalizada, más aguda recientemente, a quien los interrogados
identifican como gran responsable de la violencia actual. Es entonces un problema
político mucho más estructural que lo generalmente reconocido. Pero es claro que
la responsabilidad política no es solo del Estado. Lo es también de la sociedad. De sus
bajos niveles de conciencia política, de su incapacidad para resolver sin violencia sus
conflictos internos y de su proclividad para hacerlo por las vías de fuerza: “Hay más
guerreros dentro de los actores sociales que dentro de los militares” (entrevista No. 29). El
núcleo político propiciador de violencia está entonces en las deficiencias estructura-
les y de interacción Estado-sociedad. Una de las entrevistadas expresó así la situación
resultante: “Es una sociedad que no tiene el concepto de institucionalidad, del orden y la le-
gitimidad” (entrevista No. 3). No basta entonces con buscar las raíces del problema en
los fenómenos y prácticas políticas de las dos últimas décadas. La comprensión de
su génesis tiene que remontarse al reconocimiento y consiguientes modificaciones
del tipo de democracia y de sus formas de acción. Este viaje a las raíces no implica
el desconocimiento o subvaloración de lo actual. Parece un llamado a reconocer y
mantener el nexo pasado-presente, estructura-coyuntura, esencial para dar cuenta

132 El quinto: no matar


de la totalidad y evitar por igual las reducciones fundamentalistas y las inmediatistas
en el abordaje político del problema.
Cuando se analiza la distribución de las respuestas que conforman el contexto
político por sexos y entre los tres grupos de actores, se observa que ella es proporcional
a su composición. Solo se registra un leve incremento relativo de la concentración de
respuestas en el grupo de funcionarios estatales, correspondiente a una disminución
tan leve en el grupo de actores armados que imposibilita cualquier análisis.
El reconocimiento del predominio de la explicación política para la violencia
actual puede tener implicaciones importantes tanto en el trabajo analítico como en
la búsqueda de soluciones al problema. Solo el hecho de lograr centrar la discusión
en torno a un eje explicativo principal despeja mucho un camino con frecuencia os-
curecido por las incertidumbres y las ambigüedades. Pero, además, el doble llamado
a una perspectiva histórica que integra, pero trasciende el presente, y a desarrollar
tanto los aspectos y responsabilidades relacionadas con el Estado como con la socie-
dad y sus demás actores, puede contribuir a desbloquear muchos intentos de inter-
pretación y de acción que se han agotado en el señalamiento y condena de uno de los
actores, en las mutuas recriminaciones o en las apariencias inmediatas. Al discutir las
alternativas políticas planteadas por los entrevistados, se retomarán y compactarán
las consideraciones anteriores.

El contexto explicativo económico

Un poco más de la cuarta parte (28%) de las respuestas relacionadas con los factores
explicativos de la violencia y su expresión en altas tasas de homicidio se refieren a
aspectos económicos y pueden agruparse en tres bloques. Uno primero, relacionado
con las consecuencias negativas del modelo económico y de la distribución de la
riqueza, son ellas: la inequidad, la pobreza, la exclusión, el desempleo, el hambre y
la lucha por la tierra. El segundo, relacionado con el propio modelo neoliberal y los
efectos recesivos. Y un tercero, en el que entran problemas como el narcotráfico, la
importancia estratégica de ciertas regiones y la rentabilidad económica de la guerra
para algunos sectores. Como ya se reflexionó de manera individual sobre algunos de
los factores constitutivos del contexto económico —inequidad, exclusión, pobreza
y narcotráfico—, conviene comentar brevemente algunos de los restantes y los tres
bloques de respuestas.
Tiene lógica que sean las expresiones más directamente perceptibles de las con-
secuencias negativas del ordenamiento económico y de la distribución y disfrute de
la riqueza —primer bloque de respuestas— las que las personas reconozcan más fre-
cuentemente como motivaciones económicas de la violencia. Y entre ellas, la inequi-
dad y la pobreza aparecen como las más graves y determinantes. Pero le siguen muy
de cerca, con igual número de respuestas, el desempleo y la lucha por la posesión de
la tierra. Llama la atención que a ninguno de los funcionarios estatales le preocupó
el problema del desempleo como factor de violencia. Hay que advertir que temas
como el desempleo son muy susceptibles en la conciencia colectiva al papel de los

Detrás de los discursos 133


medios de comunicación: si ellos lo ilustran y enfatizan, entra con facilidad a la con-
ciencia y los temas cotidianos, de lo contrario permanece en la penumbra. Próxi-
mo al desempleo, se señaló también el problema del subempleo, definido como “la
economía del rebusque” (entrevista No. 15). El problema de la posesión de la tierra tuvo
importancia en las respuestas, pero solo fue reconocido como tal por hombres in-
tegrantes de la sociedad civil. Ni las mujeres ni los dos grupos restantes se refirieron
a él. Quienes lo destacaron, lo identificaron como una de las razones constantes en
los distintos ciclos de violencia que ha vivido el país y llamaron la atención sobre los
cambios sustantivos que están produciendo en la estructura de la tenencia de la tier-
ra fenómenos como el narcotráfico y el paramilitarismo: “Los narcos hicieron en cuatro
años la reforma agraria que el Incora [Instituto Colombiano de la Reforma Agraria] no
ha hecho en treinta años” (entrevista No. 36). “La reforma agraria que no pudo hacer el gobi-
erno, la están haciendo los paramilitares” (entrevista No. 21). El hambre solo fue señalada
por una persona, pero fue justamente la más pobre de todas las entrevistadas y quien
sin duda la había padecido a lo largo de su vida.
Las consecuencias económicas negativas del modelo neoliberal y la recesión
económica fueron reconocidas por un porcentaje relativamente bajo (10%) de los
entrevistados como factores de violencia. A diferencia de las consecuencias inmedi-
atamente perceptibles antes enunciadas, y reconocidas en buena parte por sus vícti-
mas directas, este tipo de efectos fue señalado más desde una perspectiva analítica y
por actores más próximos a la academia.
La importancia estratégica regional como factor de violencia, tema que ha mere-
cido la atención de los investigadores y que trae a la discusión la lucha ya no por la
tierra en general, sino por el control territorial y político de áreas especialmente
ricas o con ubicación estratégica, solo fue señalada en una ocasión en relación con la
zona de Urabá. Esta zona cumple ambas condiciones, pues a más de la riqueza de sus
tierras, en donde se han desarrollado extensas plantaciones de banano, está ubicada
en el golfo del mismo nombre, con fácil salida por el océano Atlántico. La región,
como ya se indicó, ha sido uno de los epicentros de violencia político-social.
Aun cuando solo fue reconocida por una de las personas entrevistadas, merece
un breve comentario el hecho de que la violencia se produce y se mantiene en par-
te porque la guerra es un buen negocio para algunos. El negocio de las armas, los
pagos a mercenarios y sicarios, las prebendas obtenidas por sectores de las fuerzas
armadas al actuar en áreas de conflicto armado, la reducción en el costo de deter-
minadas tierras, el control de empresas y mercados, son algunos de los mecanismos
mediante los cuales algunos sectores ganan en términos económicos con la guerra y,
por tanto, la siguen estimulando. Por descontado, que la mayor parte de los sectores
sociales pierden con la guerra al sufrir y pagar en múltiples formas sus consecuen-
cias: “La guerra es un mal negocio para la mayoría de sus actores y de los sectores económicos”
(entrevista No. 4). Y, desde esta orilla, se ve la paz como más rentable. Uno de los
entrevistados lo expresó así: “Un peso invertido en la paz es mucho más rentable que mil
pesos invertidos en armas” (entrevista No. 30).
En conjunto, el contexto explicativo económico de la violencia colombiana fue
reconocido de manera proporcional por los hombres y mujeres entrevistados. Con
relación a los tres grupos de actores conformados, fue el de los funcionarios estatales

134 El quinto: no matar


el que proporcionalmente le dio menos importancia relativa al contexto económico,
como se aprecia en la Tabla 7.
También al analizar más adelante las alternativas al problema planteadas por los
entrevistados, se confrontará el peso dado a lo económico en la génesis y dinámica
de la violencia con el que se le reconoce al momento de intentar superarla.

El contexto explicativo cultural

Para los colombianos interrogados, el tercer eje explicativo de la violencia es la


cultura. Una de cada cinco respuestas a la pregunta: En su concepto, ¿a qué se debe la
violencia actual? se refirió a aspectos agrupados en el contexto cultural.
Un primer componente del contexto es la cuestión ética. Bajo diferentes denom-
inaciones, ya enunciadas al analizar la crisis de valores, se evidenció en las respuestas
de los tres grupos de actores, pero proporcionalmente mayor en el de los integrantes
de la sociedad civil, un claro reconocimiento de la fuerte influencia de la crisis valor-
ativa sobre la situación de violencia. A lo ya sintetizado sobre la crisis de valores
aducida por los interlocutores seleccionados, conviene agregar la diversidad de los
referentes valorativos de los distintos actores. Esta diversidad, claramente expresada
en las respuestas, evidencia la complejidad de la cuestión ética y plantea alternati-
vas muy diversas también al momento de pensar en la superación del problema.
Mientras para unos la crisis de valores significa “una pérdida de los valores cristianos”
(entrevista No. 30), para otros lo es “la pérdida de valores tradicionales como el arraigo y la
autoridad” (entrevista No. 12), para otros “el cambio de valores determinado por fenómenos
como el narcotráfico” (entrevista No. 6), y para otros es un genérico “vacío ético” (entrev-
ista No. 2). Llamó también la atención la frecuente consideración de la crisis de la
institución familiar, como expresión y/o consecuencia de la crisis general de valores,
y su influencia sobre la situación de violencia.
Un segundo componente del contexto explicativo cultural lo constituye un gru-
po de carencias o deficiencias en los campos de la educación, la identidad nacional,
la comunicación y el ejercicio de la autoridad. Se señala que la educación actual tiene
carencias y desenfoques en sus contenidos, deficiencias en sus formas pedagógicas
y bajas coberturas en los distintos niveles. No se tiene una identidad nacional fuerte
y solo ocasionalmente algunos valores como el deporte o ciertas expresiones cul-
turales logran algún nivel integrador. Además, Colombia es un país de regiones y
existen más motivos, valores, historia y cultura integradoras a nivel regional que
nacional: “Somos más santandereanos o boyacenses que colombianos” (entrevista No. 12). Y
se reconocen también como factores de violencia los problemas de comunicación
interpersonal, la falta de diálogo para resolver los conflictos y las desviaciones en el
ejercicio de la autoridad.
A pesar del frecuente recurso de relacionar la violencia con el consumo de alco-
hol y drogas estupefacientes, solo dos de los interlocutores seleccionados se refiri-
eron a él como factor de violencia. Igual número de ellos adujeron un componente
hereditario y la acumulación progresiva de odios, dolores y rencores como factores

Detrás de los discursos 135


desencadenadores y estimuladores de violencia. Sobre el componente hereditario
—tema objeto de una discusión inacabada— pudo aclararse que no lo consideraban
como una cuestión genética, sino como transmisión, verbal y no verbal, de una gen-
eración a otra de contenidos, significados y actitudes. Algo similar ocurrió con la
agresividad, respuesta instintiva frecuentemente identificada con la violencia, y que
fue reconocida como factor de violencia solo por uno de los interlocutores. Igual
número se refirieron a los medios de comunicación como propiciadores de la vi-
olencia y a la eficacia misma de la violencia. El argumento es simple: si se recurre
tanto a ella, tiene que ser de alguna forma eficaz. Claro que su ineficiencia también
fue señalada: “La guerra ha sido un mecanismo ineficiente política y socialmente aún para la
guerrilla” (entrevista No. 4).

El contexto explicativo jurídico-penal

Es un contexto que bien puede ubicarse en la intersección de los contextos político


y cultural, dado que su substancia pertenece al terreno de la acción del Estado, de
la relación Estado-ciudadano y de la construcción y vigencia de normas y valores
socialmente compartidos y aplicados. No obstante, dada su doble raíz y la impor-
tancia que ha asumido en el análisis de la situación de violencia, alcanza a configu-
rarse y destacarse como un contexto particular.
Lo configuran dos fenómenos clara y frecuentemente reconocidos por los inter-
locutores, y ya señalados al enunciar las diez primeras respuestas contenidas en la
Tabla 6. Son ellos: la impunidad y las deficiencias del sistema jurídico-penal. De la
primera ya se ha hablado lo suficiente. Por ahora, basta con reafirmar su importancia
explicativa y la diversidad de sus formas enunciadas por los interlocutores: impuni-
dad en la impotencia del Estado para investigar y sancionar hechos y responsables
y para controlar a sus propios agentes; impunidad en la sociedad que se convierte
en cómplice y aun exalta al delincuente, que oculta, calla o pretende olvidar; e im-
punidad de las conductas ciudadanas que encubren los hechos, evaden los juicios y
sanciones y propician transgresiones a las mínimas pautas de convivencia. A más de
la impunidad, los interlocutores señalaron dos dimensiones importantes del contex-
to jurídico-penal, a saber: las deficiencias e inadecuaciones del cuerpo doctrinario
jurídico y de la normatividad penal, y la ineficiencia del funcionamiento de los me-
canismos e instituciones encargadas de hacer justicia. Existe en algunos la convicción
de que buena parte del cuerpo teórico en el cual se basa la normatividad jurídica del
país fue concebida para otras realidades y en otros momentos y que, en consecuen-
cia, no opera aquí y menos aún en la compleja situación actual. Un aspecto particular
que llamó la atención fue el señalamiento por parte de uno de los interlocutores del
carácter cada vez más colectivo y organizado de ciertas modalidades delincuencia-
les y la persistencia del enfoque individual de la justicia. En sus palabras: “Tenemos
un modelo equivocado de investigación. Mientras las actividades delincuenciales son pro-
ducto de organizaciones, seguimos atacando cada hecho punible como fenómeno individual”
(entrevista No. 7). Ilustró la afirmación con el ejemplo de las masacres, homicidios

136 El quinto: no matar


colectivos, generalmente realizados por organizaciones, y procesados por la justicia
como suma de hechos individualizados. Por descontado que este tipo de discusiones
compete a los propios juristas y, por tanto, aquí apenas se enuncia. Finalmente, hubo
varias referencias al sistema carcelario, en dos sentidos: el primero en cuanto al en-
carcelamiento mismo como mecanismo punitivo y de resocialización y, en segun-
do lugar, al extremo hacinamiento e inseguridad al interior de las propias cárceles.
Este último problema ha hecho crisis en el país en días recientes, convirtiendo las
advertencias en tragedias anunciadas y la situación carcelaria en otro desafío para el
enfrentamiento global del problema de la violencia.
Al terminar este primer enunciado de los contextos explicativos de la violencia
y los homicidios identificados por los interlocutores, conviene reconocer que, tanto
en el planteamiento original de este trabajo, como en la discusión corriente sobre el
problema de la violencia en el país, se ha dado un sobrepeso a los contextos explica-
tivos sociopolíticos, económicos y jurídico-penal, y se ha desarrollado menos el con-
texto cultural. Y si bien este conjunto de observaciones de interlocutores cuidadosa-
mente seleccionados reafirma el orden de prioridades explicativas formulado, lleva
a balancear mejor los contextos y a desagregar con mayor detalle los factores que
desde lo cultural contribuyeron a desencadenar la violencia y continúan incidiendo
en la persistencia de ella.

A la hora de las propuestas

“Para que esto se arregle, se tiene que podrir más”


(Entrevista No. 13).

“La paz es artesanal. La paz se teje”


(Entrevista No. 10).

Con la doble finalidad de saber qué caminos de solución consideraban más viables
e importantes los interlocutores, y cuál era la consistencia entre los factores y con-
textos explicativos enunciados por ellos y resumidas en el aparte anterior y sus pro-
puestas, que se esbozan en el presente, se planteó un tercer tema central con los
interlocutores. ¿En qué campos considera usted que debe centrarse el trabajo para superar la
violencia actual? fue la formulación básica que introdujo el tema en la conversación.
Una vez más, fue grande la diversidad de opiniones. Se identificaron 34 respues-
tas diferentes en un total de 127 respuestas, lo que indica un promedio menor de una
respuesta nueva por cada interlocutor y tres respuestas en promedio por cada perso-
na. La distribución de las diez más frecuentes, discriminadas por grupos de actores
y por género, se presentan en la Tabla 8.
Al distribuir la totalidad de las respuestas según tipo de alternativas, se confor-
maron cuatro grupos, a saber: políticas, culturales, económicas y jurídico-penales,
con la participación porcentual dentro del total de respuestas que se puede observar

Detrás de los discursos 137


Tabla 8. ¿Por dónde empezar para superar la actual violencia? Diez primeras respuestas, según género y grupos de
actores.
Respuestas Grupo I Grupo II Grupo III Total %

H M T H M T H M T H M T
Aumentar presencia, legitimidad y credibilidad
2 - 2 4 2 6 2 3 5 8 5 13 10,2
del Estado

Una política concertada de paz 1 - 1 2 1 3 6 2 8 9 3 12 9,4

Construir y aplicar valores posit. - - - 4 1 5 3 3 6 7 4 11 8,7

Mejorar sistema jurídico-penal 4 - 4 1 - 1 4 1 5 9 1 10 8,0

Reducir inequidad
1 - 1 2 1 3 4 1 5 7 2 9 7,1

Aumentar participación soc. civil 1 - 1 1 - 1 4 2 6 6 2 8 6,3

Aum. particip. comunidad internal 7 7 7 7 5,5

Mejorar y ampliar educación 1 1 3 2 5 1 1 4 3 7 5,5

Mejorar condiciones de vida 2 2 2 1 3 1 1 5 1 6 4,7

Aumentar empleo 1 1 1 1 1 1 2 3 1 4 3,1

Total 34 respuestas diferente 23 3 26 24 12 36 47 18 65 94 33 127

Porcentaje (%) 21 28 51 74 26 100

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
H=hombre, M=mujer, T=total

en la Figura 46 y la desagregación porcentual según grupos de actores contenida en


la Tabla 9.
La violencia colombiana sí tiene salida. Y es una salida política. Casi la mitad (48%)
de las respuestas de los interlocutores señalan la vía política como la alternativa al
problema. Y la señalan por igual hombres y mujeres y cada uno de los tres grupos
de actores. Un tal consenso adquiere mayor valor al confrontar su coherencia con la
prioridad dada también por los interlocutores a la política como el principal contex-
to explicativo de la violencia, como se vio en las páginas anteriores.
La cuarta parte de las respuestas (26%) apunta a los aspectos éticos y culturales,
colocándolos, así, como el segundo frente para trabajar en la superación de la violen-
cia. Como tercer frente de acción queda el económico, con el 17% de las respuestas.
Contrasta la gran importancia dada a lo económico al momento de las explicaciones
del problema —segundo lugar y casi el 30% de las respuestas— con la significativa re-
ducción del peso que se le da al momento de las soluciones: pasa al tercer lugar y de-
scienden casi a la mitad las respectivas respuestas. Justo lo contrario acontece con los
aspectos ético-culturales: un poco menos considerados en el momento explicativo, y

138 El quinto: no matar


Político
Económico
Cultural
Jurídico-penal

Figura 44. Tipos de alternativas para el enfrentamiento de la violencia. Distribución


porcentual del total de respuestas
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

Tabla 9. Tipos de alternativas al problema de la violencia. Distribución


porcentual de las respuestas, según grupo de actores.
Alternativas Grupo I Grupo II Grupo III
Políticas 28 25 55

Culturales 15 36 48

Económicas 18 32 50

Jurídico-penales 42 17 41

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

altamente valorados al momento de las soluciones. Las alternativas jurídico-legales


mantienen constante su importancia relativa tanto para la explicación como para
la superación del problema de la violencia, como se aprecia en las Figuras 43 y 44.
Consistentes con el señalamiento de que los problemas de ilegitimidad, credi-
bilidad, debilidad y ausencia del Estado son la principal raíz explicativa de la actual
violencia colombiana, los interlocutores dan prioridad a la búsqueda de solución
de tales deficiencias y carencias del Estado colombiano como precondición para la
superación del problema y como primer componente de su tratamiento político.
Si no se recobra la legitimidad y credibilidad del Estado, no parece haber posibi-

Detrás de los discursos 139


lidades reales de solución. Casi en igualdad de importancia con la solución de los
problemas de Estado, colocan la prioridad de una política amplia y concertada de paz
para la superación de la violencia. Al respecto, hubo una serie de sugerencias y es-
pecificaciones que vale la pena mencionar. En primer lugar, que lo esencial es partir
del principio de realidad (entrevistas Nos. 10, 33 y 36), reconociendo la gravedad y
complejidad de la situación y la seriedad de los intereses en juego. Se insistió en que
debería ser un proceso de largo alcance, heterodoxo (entrevista No. 26), con clara con-
ciencia de los costos reales: “La paz no es solo negociación, exige cambios” (entrevista No.
31), “a partir del sentir de los ciudadanos” (entrevista No. 29) y con amplia participación
social, en especial de los sectores más implicados: “Las conversaciones de paz las tienen
que hacer los que hacen la guerra” (entrevista No. 13).
Parte esencial de la solución política es, en concepto de los entrevistados, la par-
ticipación de la sociedad civil y de la comunidad internacional. Ambas modalidades
participativas fueron señaladas casi exclusivamente por los interlocutores pertene-
cientes a la propia sociedad civil, y en el caso de la participación internacional, solo
por interlocutores hombres (entrevistas No. 14, 21, 22, 25, 26, 34 y 35). La demanda
creciente de participación de la sociedad civil es un hecho que ha logrado casi el
consenso y que se ha materializado en la reciente conformación de movimientos y
organizaciones y en la realización de eventos de gran impacto social y político. La
conciencia acerca de la importancia de la participación de la comunidad interna-
cional es un hecho aún más reciente. Pero la dinámica de los acontecimientos está
llevando de manera acelerada a captar y aceptar su importancia y a propiciar acer-
camientos con distintos actores y en diferentes espacios del escenario internacional.
Se enumeran finalmente otros componentes de la alternativa política enuncia-
dos por los interlocutores que, si bien tuvieron baja frecuencia, pueden tener gran
importancia resolutiva. Fueron ellos: el necesario fomento del respeto a los derechos
humanos; la revitalización de la democracia; el fortalecimiento y la resocialización
de las Fuerzas Armadas; el desarme de la sociedad civil y la desmilitarización de la
vida política; la lucha contra la corrupción; la reivindicación de lo público; una nue-
va reforma constitucional que complemente y actualice la anterior; y el estímulo a
la unidad de sectores afines.
Tres aspectos fueron señalados como campos prioritarios de trabajo dentro de la
alternativa cultural para la superación de la violencia. Fueron ellos: construir y practi-
car valores positivos; fomentar una pedagogía de la tolerancia y de la convivencia; y mejorar y
ampliar la educación. Tiene lógica que, si se reconoce a la crisis de valores y a los prob-
lemas de intolerancia como razones importantes de la situación actual de violencia,
a la hora de las soluciones se tienda a la recomposición valorativa, a la búsqueda de
coherencia entre los valores defendidos en la teoría y los aplicados en la práctica, y a
emprender procesos pedagógicos que ambienten la tolerancia. No sobra insistir en
las grandes diferencias expresadas al momento de especificar cuáles son los “valores
positivos”. Posiblemente, el único consenso al respecto es la prioridad del valor de la
vida, casi perdido después de los 338.378 homicidios del período en estudio. Por eso
se plantea la necesidad del compromiso social y estatal para recuperar el valor de la vida
(entrevista No. 1). En los demás valores la discusión está abierta, pero es claro que sin
abordar el tema y encontrar alternativas, parece remoto el proceso de superación de

140 El quinto: no matar


la violencia y reducción de los homicidios. Coherente con la reconstrucción valor-
ativa, el cultivo de dos valores de signo contrario a la violencia —la tolerancia y la
convivencia— aparece como componente básico de la estrategia cultural contra la
violencia. El trabajo en los contenidos y el modelo educativo, y en la calidad y co-
bertura de la educación, fue reconocido también como un campo privilegiado de
acción contra la violencia. Llamó la atención el énfasis que pusieron en el tema los
funcionarios estatales y la ambigüedad existente en cuanto a la “politización” de la
educación. Mientras para unos la educación debe ser un proceso penetrado por la
política y solo de esa manera puede ser instrumento de convivencia, para otros es
preciso salvaguardarla de la política para lograr el mantenimiento de la autoridad y
de los valores tradicionales.
Al igual que en el frente político, en el ético-cultural se enunciaron con menor
frecuencia algunos otros campos de acción, relacionados con aspectos de gran im-
portancia. Fueron ellos: el fortalecimiento de la identidad nacional; la reformulación
del papel de los medios de comunicación; y el incremento de la investigación sobre
el problema de la violencia. Tres personas, finalmente, plantearon algo preocupante:
la convicción de que es necesario un agravamiento aún mayor de la situación de
violencia para lograr la conciencia, las actitudes y los compromisos requeridos para
emprender un proceso de solución. Una de las citas que introducen esta parte prop-
ositiva la expresa bien. Otro interlocutor manifestó de manera más dramática su
desespero ante la pasividad generalizada aún frente a las masacres: “Se van a requerir
300.000 muertos en un día para que haya reacción” (entrevista No. 14).
El tercer campo de intervención para reducir los homicidios y controlar la vio-
lencia reconocido por los entrevistados fue el económico. La inequidad que, como se
recuerda, compartía con la intolerancia el cuarto lugar entre los factores más recon-
ocidos como determinantes de la violencia, es considerado el principal frente de
trabajo en el campo económico para combatir la violencia y ocupa el quinto lugar en
el listado general de las propuestas más frecuentes, como se ve en la Tabla 8. Llama
la atención el hecho de que la reducción de la inequidad como componente fun-
damental de una propuesta para la superación de la violencia es una consideración
común a los diferentes actores. Uno de quienes destacaron este frente de acción
lo consideró como pilar fundamental de una sociedad justa, al lado de la libertad
(entrevista No. 2). Complementando la propuesta de reducción de las inequidades,
integraron el conjunto de la alternativa económica: la necesidad de mejorar las
condiciones de vida, en especial en términos de vivienda y salud y resolver el grave
problema del desempleo. Dos interlocutores de la sociedad civil fueron más lejos: no
bastan ajustes puntuales; es necesaria una reforma de fondo del sistema económi-
co en su conjunto. Y uno identificó un punto que merece especial atención: la su-
peración de la violencia requiere demostrar y convencerse de que la paz es mejor y
más rentable para la mayoría que la guerra y la violencia (entrevista No. 30).
El campo jurídico-penal fue identificado como un cuarto frente de acción ante
la violencia. Se trata, fundamentalmente, de modificar el ordenamiento jurídico y
de mejorar la estructura y el funcionamiento de los aparatos de justicia, desde los
encargados de la investigación y el esclarecimiento de los hechos, pasando por los
que juzgan, y llegando hasta las instituciones responsables del cumplimiento de las

Detrás de los discursos 141


penas y la resocialización de los culpables. Llamó la atención el hecho de que, pro-
porcionalmente, este tipo de propuestas surgiera más de los actores armados que de
los funcionarios del Estado. Solo uno de los entrevistados planteó la alternativa del
establecimiento de la pena de muerte como medida necesaria y conveniente ante la
gravedad actual de la situación (entrevista No. 9).
En términos generales, puede apreciarse una gran coherencia en las entrevistas
entre las principales preocupaciones ante el problema de la violencia y los homicid-
ios, la identificación de sus raíces, razones y determinantes, y la formulación de pro-
puestas para emprender el camino de las soluciones. Esto permite afirmar que existe
entre los actores un conocimiento razonable del problema, de su génesis y dinámica,
y una conciencia relativamente clara de lo que debe hacerse para superarlo. Siendo
así, cobra mayor fuerza una pregunta: ¿Por qué se sigue incrementando entonces
la violencia? La inercia del problema, la magnitud y complejidad de los intereses
en juego y las distancias entre el pensamiento, la conciencia y la acción pueden ser
claves para intentar algunas respuestas preliminares.

Hacia una tipología discursiva sobre la violencia


colombiana

Desde el momento mismo de la realización de las cuarenta entrevistas, se fue con-


firmando algo sabido con anterioridad: la diversidad de discursos existentes sobre la
violencia y su representación entre los interlocutores seleccionados. El lento proce-
samiento y la progresiva asimilación de las entrevistas —como unidades de lenguaje,
de enfoque, de temas, de creencias y de representaciones— fue mostrando la con-
figuración de cuatro discursos diferentes entre los interlocutores: un discurso políti-
co-económico, un discurso ético-cultural, un discurso reactivo y un discurso autoritario sobre
la violencia. ¿A partir de qué criterios se configuraron estos discursos diferentes? A
partir de dos criterios básicos, a saber: el tipo de categorías utilizadas y el tipo de res-
puesta a los tres temas centrales: principales preocupaciones en cuanto a la situación
de violencia; factores y contextos explicativos aducidos, y tipo de propuestas suge-
ridas. Debe reconocerse que hay algunos discursos claramente diferenciables, casi
puros de uno de los cuatro tipos. Pero hay otros que son discursos mixtos, con ele-
mentos de varios de ellos y que se asignan a uno de los tipos discursivos en función
del predominio de los contenidos, de conformidad con los criterios establecidos.
Además, la misma denominación dada a cada uno de los tipos de discursos muestra
su heterogeneidad, siendo la más notable la referida al discurso ético-cultural, que
incluyó las elaboraciones de quienes miran el problema desde los ángulos educa-
tivo-culturales y ético-jurídicos. Se optó por el concepto de discurso reactivo para
referirse a la percepción e interpretación de la violencia como reacción de los des-
poseídos contra el Estado y la sociedad que los marginan y les niegan el acceso a los
recursos y las oportunidades.

142 El quinto: no matar


El cuadro 1 resume los elementos básicos de diferenciación de cada uno de los
discursos. Es un esfuerzo preliminar y sintético por establecer los conjuntos con-
ceptuales, perceptivos, interpretativos y propositivos sobre la violencia actual de los
interlocutores seleccionados y que constituyó la base para identificar los diferentes
discursos sobre el tema problema. Una vez más es bueno enfatizar que no es un
proceso en blanco y negro, sino que varias categorías y factores se repiten y solo el
predominio de algunos de ellos y el análisis cuidadoso de cada contexto permite
finalmente la clasificación.

Cuadro 1. Tipología discursiva sobre la violencia colombiana. Elementos de diferenciación.


Elementos de Tipos de discurso
diferenciación
Político - económico Ético - cultural Reactivo Autoritario

Categorías Estado Cultura Abandono Autoridad


Sociedad civil Educación Falta de oportunidades Imperio de la ley
Democracia Valores Ausencia de Estado y Valores tradicionales
Modelo económico Derechos y derechos gobierno Fuerza
Desarrollo humanos Marginación Gentes de bien vs. violentos
institucionalidad Historia Pobreza
Actores armados Cotidianidad Juridicidad

Principales Legitimidad Pérdida de valores Maltrato físico y Pérdida autoridad


preocupaciones Credibilidad Desprecio de vida psíquico Desprotección Pérdida valores tradicionales
Participación Disminución solidaridad y Desplazamiento forzoso Identidad guerrilla
Impacto económico reacción Limpiezas sociales Narcotráfico
Deterioro actores Acostumbramiento Aumento secuestro
Papel medios comunicación

Factores y contextos Ilegitimidad Intolerancia Intolerancia Crisis autoridad


explicativos Inequidad Impunidad Pobreza Crisis familia
Intolerancia Falta de identidad Desempleo Narcoguerrilla
Exclusión Corrupción Narcotráfico Hambre Corrupción
Narcotráfico Medios comunicación Marginalidad Falta colaboración sociedad
Militarización de la política Consumos indebidos Doble moral Impunidad
Paramilitarismo Impunidad

Propuestas Recuperación del Estado Construir y aplicar valores Aumentar presencia estatal Estado fuerte
Política de paz positivos Disminuir pobreza Fortalecer fuerzas militares
Participación sociedad civil Modificar sistema jurídico- Aumentar empleo Educación apolítica
Participación comunidad penal Mejorar calidad de vida Recuperar autoridad
internacional Mejorar educación Respetar diversidad Recuperar valores
Disminución inequidad Desmilitarizar la política Inclusión tradicionales
Ampliar democracia Interlocución Estado - Imperio de la ley
Negociación sociedad civil Pena de muerte

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

Detrás de los discursos 143


La Figura 47 muestra la distribución de los cuatro discursos. Casi la mitad (44%)
de las entrevistas se clasificaron en el discurso político-económico; un 28% en el
ético-cultural; el 18% en el reactivo, y el restante 10% en el discurso autoritario. Al
comparar esta figura con las Figuras 45 —que representa la configuración de los
contextos explicativos y su distribución porcentual entre los interlocutores— y la
Figura 46, que representa la conformación y distribución de los tipos de alternativas
propuestas, pueden hacerse las siguientes observaciones. En primer lugar: el claro
predominio del discurso político-económico sobre la violencia es consistente con el
papel dado por los interlocutores a ambos aspectos en los momentos explicativo y
propositivo. Al interior del discurso hubo franco predominio político, lo que reafir-
ma una vez más la prioridad de esta dimensión de la realidad tanto en la concepción
como en los intentos propositivos frente al problema de la violencia. En segundo
lugar: los aspectos ético-culturales y educativos mantuvieron su presencia constante
y en proporciones similares tanto en las preocupaciones, como en los factores ex-
plicativos y en la configuración de los discursos sobre la violencia. Y, en tercer lugar:
aparecen dos tipos de discursos que no se habían expresado como tales en los tres
momentos anteriores, pero que tienen suficiente identidad y fuerza: son el discurso
reactivo y el autoritario.

Político-económico
Ético-cultural
Reactivo
Autoritario

Figura 47. Tipología discursiva sobre la violencia.


Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.

La Tabla 10 muestra la distribución de los discursos por sexo y grupos de actores.


Hay varios aspectos que merecen destacarse. Los discursos político-económico y
ético-cultural fueron los más generalizados en los tres grupos de actores y en ambos
sexos. Ningún interlocutor del grupo correspondiente a los funcionarios estatales
tuvo un discurso reactivo. Ningún integrante de la sociedad civil, y ninguna mujer de

144 El quinto: no matar


Tabla 10. Tipología discursiva sobre la violencia. Distribución por grupos de actores y sexo.
Tipos de discurso Grupo I Grupo II Grupo III Total

M F T M F T M F T M F T

Político-económico 2 - 2 1 2 3 12 1 13 15 3 18

Ético-cultural 1 1 2 4 1 5 2 2 4 7 4 11

Reactivo 2 - 2 - - - 1 4 5 3 4 7

Autoritario 2 - 2 2 - 2 - - - 4 - 4

Total 7 1 8 7 3 10 15 7 22 29 11 40

Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
M= masculino, F= femenino, T= total.

cualquiera de los tres grupos de actores expresó un discurso que pudiera clasificarse
como autoritario. Proporcionalmente, el discurso político-económico predominó
en el grupo correspondiente a los integrantes de la sociedad civil; el ético-cultural
en el grupo de funcionarios del Estado; el reactivo en el de integrantes de la sociedad
civil, en particular en las mujeres; y el discurso autoritario fue exclusivamente mas-
culino y de actores armados o funcionarios del Estado.
Sin pretender universalizarla, esta tipología preliminar permite reconocer una vez
más las diferencias de enfoques, intereses y actitudes frente a la violencia y la impo-
sibilidad de una construcción intelectual única. Pero, más importante aún, permite
advertir que, en un proceso de resolución del problema, es necesario tener en cuenta
los aportes, las preocupaciones y las demandas expresadas por cada tipo de discurso.
Una anotación final sobre las limitaciones de los discursos. Todo discurso es pro-
visional e incompleto. Hay muchas dimensiones de cada problema que no se pre-
guntan o no se dicen. Y esos silencios en la interrogación o en la respuesta pueden
generar vacíos en la representación de la realidad. En ocasiones, lo no dicho puede
ser tan importante o aún más que lo expresado. Lo no dicho o lo apenas insinuado,
porque hay elementos del discurso que son apenas indicaciones, provocaciones
en un determinado sentido, no desarrollado por diferentes razones conscientes o
inconscientes. Hay otro limitante posterior al discurso: su lectura. Por su historia y su
contexto, el lector puede no ver algo de lo dicho, o no verlo en el sentido de quien lo
dijo. Y en ambos sentidos se pueden generar desfiguraciones y tergiversaciones. Las
palabras como los números son materiales de comunicación humana que requieren
un manejo cuidadoso para que puedan lograr su máxima capacidad expresiva de la
realidad. Son riesgosas, misteriosas y limitadas. Ayudan, pero no agotan. Pueden dar
luz, pero también muchas sombras. Solo escuchándolas una y otra vez, desde uno y
otro ángulo, con múltiples ojos y oídos, se logra poco a poco llegar hasta sus secretos
y captar lo esencial de sus mensajes.

Detrás de los discursos 145


146 El quinto: no matar
Capítulo 6

Diálogos preliminares entre datos,


ideas y discursos

“Es en la cotidianidad donde


se agotan los discursos”
(Entrevista No. 10)

Habiendo presentado en los capítulos anteriores los fundamentos teórico-metodo-


lógicos, la información cuantitativa seleccionada sobre el tema y los resultados de
las entrevistas, conviene desarrollar ahora algunos análisis y reflexiones de conjunto.
Se busca relacionar y confrontar el esquema lógico del trabajo con los referentes
e insumos teóricos, los hallazgos de la información recopilada y procesada, y los
aportes de la interlocución con los actores seleccionados. Se postuló que la violencia
colombiana actual era racionalmente comprensible en la interacción entre tres condi-
ciones estructurales, a saber: inequidad, impunidad e intolerancia, y tres procesos coyun-
turales específicos del período en estudio: la intensificación del conflicto político-militar;
la emergencia y expansión del problema narco; y la implementación del modelo
neoliberal. Dichas interacciones pueden ubicarse y analizarse mejor dentro de tres
contextos explicativos básicos: uno político, otro económico y otro cultural, los cuales
no solo permiten organizar y cohesionar de manera lógica factores y procesos, sino
que contribuyen a priorizarlos y correlacionarlos y, por tanto, a facilitar la formu-
lación de alternativas posibles de superación del problema.
Lógicamente, el intento de articulación se hará en torno a los tres contextos explicati-
vos. Alrededor de cada uno de ellos se discutirán tanto los procesos coyunturales como
las condiciones estructurales y los factores más específicamente relacionados. Se bus-
cará precisar las posibilidades e imposibilidades, consistencias e inconsistencias de
cada contexto explicativo y de sus principales expresiones e interrelaciones. Al termi-
nar la discusión se hará un esfuerzo de síntesis final y se enunciarán algunas posibles
líneas de acción tanto en el campo teórico-metodológico como en el político-social.

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 147


El contexto explicativo político de la violencia
colombiana actual

La argumentación y documentación anteriores dejan en firme que un primer


conjunto explicativo de las violencias colombianas, y en especial de la violencia
homicida actual, se encuentra en el campo político. Las luchas por el control del
Estado, las rivalidades e intolerancias entre los partidos y organizaciones políticas,
y las inconsistencias y debilidades de las distintas prácticas en el ejercicio del poder
han sido un elemento explicativo esencial de los diversos ciclos de violencia del país,
con diferencias en el tipo y papel de los diversos actores, en los intereses particulares
en juego y en las modalidades e intensidades de las acciones violentas. En los enfren-
tamientos conquistador-conquistado y metrópoli-colonia de los siglos XV al XIX, y
en las guerras civiles de la segunda mitad del siglo pasado es muy claro el contenido
político (Tirado Mejía, 1976, 1978; Melo, 1978; Sánchez, 1991). Las razones fundamen-
tales más aceptadas (Guzmán et al., 1980) de la violencia de mitad del presente siglo
—“La Violencia” como se le reconoce en la literatura y en el imaginario colectivo
nacional— se relacionan precisamente con la debilidad del Estado, propiciada en
buena parte por la confrontación entre los partidos liberal y conservador, y la into-
lerancia política estimulada también por la intolerancia religiosa. Igual si se trata de
“un derrumbe parcial del Estado”, como lo planteó en su análisis histórico de dicho
proceso Paul Oquist a finales de la década de 1970, o de un “desmantelamiento de la
ideología de la regulación estatal” que llevó a una disolución progresiva del Estado,
como lo postuló Daniel Pécaut (1995) a comienzos de la década de 1980, el núcleo
explicativo central de “La Violencia” es político. Como la indagación del presente
trabajo se dirige a la violencia colombiana de las dos últimas décadas, la cuestión
entonces es precisar con qué actores, en qué sentido, en qué medida y a través de
qué mediaciones y mecanismos el contexto político contribuye a explicarla. Los
estudios, ensayos y la información disponibles, y los resultados de las entrevistas rea-
lizadas a diferentes actores en desarrollo del presente trabajo, confirman de manera
categórica el carácter predominantemente político de la violencia actual. Conviene
desagregar los contenidos de esta afirmación.
En primer lugar: tanto los analistas internacionales como los nacionales recono-
cen en las insuficiencias, debilidades e ilegitimidad del Estado colombiano un factor
determinante de la violencia actual. Daniel Pécaut (1997) se detiene en explicar la
“precariedad del Estado-Nación”. Peter Waldmann (1997) opina que “no es suficiente
afirmar que el Estado colombiano se encuentra en una crisis de legitimidad y de
efectividad, sino que habría que diagnosticar una desintegración estatal periódica”.
Aún Malcolm Deas (1995), empeñado en superar los estereotipos y las explicaciones
que considera “retóricas” de la violencia actual y en plantear más preguntas que re-
spuestas —“sabemos mucho menos acerca de la violencia política de lo que suele
pensarse”— parece aceptar la importancia relativa de las carencias y ausencias es-
tatales en la dinámica de la violencia actual. Varios de los investigadores nacionales
que trabajan el tema han desarrollado distintas dimensiones de la precariedad “co-

148 El quinto: no matar


lapso” y deficiencias estatales en la génesis y dinámica del problema (Comisión de
Estudios sobre la Violencia, 1989; Leal, 1991; Pizarro L., 1996).
Sin rendir culto al saber convencional, pero apreciando más que otros la per-
cepción que tienen del problema de la violencia homicida grupos como el entrev-
istado para este trabajo, se constituye en un argumento importante el hecho de que
la mitad de los interlocutores consideren la violencia actual como expresión y con-
secuencia al tiempo de la precariedad e insuficiencia del Estado y del consiguiente
funcionamiento inadecuado de las relaciones Estado-Ciudadano-Sociedad. Como
se expuso en el capítulo 5, fueron resaltados al respecto cuatro aspectos específicos
del problema: la ilegitimidad, la pérdida de credibilidad, la ausencia y la debilidad
del Estado. El hecho adicional de que la respuesta fuera común en ambos sexos y
en los tres grupos de actores seleccionados, permite suponer que es expresión de
una percepción generalizada que en algo debe corresponderse con la realidad de
la génesis y dinámica del problema. Cohesiona el argumento el hecho de que, al
momento de las propuestas, la más frecuente se refiera a la necesidad de legitimar
el Estado, recuperar su credibilidad, fortalecerlo y darle mayor presencia y operativ-
idad. No sobra señalar que, mientras los voceros del discurso autoritario entienden
el fortalecimiento estatal más en el sentido de aumentar autoridad, fuerza y capaci-
dad de represión y reacción armada, los del discurso político-económico se refieren
principalmente a hacerlo más legítimo, participativo, confiable y operante.
Pero la explicación política de la violencia homicida no se agota en la consid-
eración del papel del Estado. Se extiende también a la sociedad en su conjunto. A la
falta de conciencia y participación política, al desconocimiento de los derechos ci-
udadanos, a los obstáculos para el libre juego democrático y a la proclividad a tratar
de resolver cualquier conflicto por la vía violenta. Estas dimensiones lucidamente
señaladas por los entrevistados y las entrevistadas no son un descubrimiento nuevo
u original. Varios de los autores citados y algunos otros (Vargas, 1994; Camacho G. et
al., 1990; González, 1994; Atehortúa C., 1995) las han destacado al tratar de explicar
muy distintas formas de la violencia actual. Tienen que ver con el ejercicio real de
la ciudadanía, con los tipos y niveles de participación política y con el grado de or-
ganización social.
Al respecto, es conveniente destacar el papel de la denominada sociedad civil
tanto en la explicación como en la superación de la violencia. El concepto mismo
de sociedad civil merece una breve consideración. Con él ha querido hacerse una
diferenciación en relación con el Estado y con los actores armados. De hecho, en la
selección de los entrevistados para este trabajo, por ejemplo, se incluyeron como in-
tegrantes de la sociedad civil todos aquellos que no pertenecían ni al aparato estatal
ni a los grupos armados organizados. Se habla en general de ella como el conjunto
de las organizaciones sociales que hacen puente y ocupan el espacio intermedio en-
tre el individuo y el Estado, y se estructuran y movilizan por motivos diferentes al
económico. En Colombia la categoría tiene una historia y una práctica relativamente
recientes y un uso hasta hace poco restringido a ciertos sectores intelectuales de la
sociedad. Su desarrollo es tan precario que uno puede inclusive preguntarse qué tan
real y vital es hoy la sociedad civil colombiana. Más recientemente, aún ha venido
tomando fuerza una visión idealizada de la sociedad civil como espacio compacto,

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 149


sin conflictos de intereses, solidaria, no violenta, siempre dispuesta al altruismo y
de fácil representación. Hace falta construir mucha sociedad civil y desmitificar la
poca que existe. Uno de los autores citados lo expresa bien: “La sociedad civil no es
un campo idílico, es un espacio de conflictos y muchos de esos conflictos se expre-
san bajo diversas modalidades de violencias” (Vargas, 1994, p. 184). No solo no está
exenta de responsabilidad en las diferentes violencias actuales. Tiene mucho que ver
—posiblemente más por omisión que por acción— tanto con los 338.378 homicidios
del período estudiado, como con la generalización de la violencia como forma pre-
dominante de interacción humana en Colombia. Claro que, dada su falta de perfil
y de organizaciones duraderas y representativas, es muy difícil asignarle respons-
abilidades específicas. Desaparece con más facilidad de la que aparece y es con fre-
cuencia tomada por asalto por cualquiera de sus integrantes y puesta al servicio de
las causas más diversas. Es posible que la modernización de la sociedad y del Estado
colombianos pase por la construcción de sociedad civil (González, 1994, p. 104), pero
es bueno tener claras tanto las dificultades de su construcción como, para el caso, sus
posibilidades y limitaciones en el enfrentamiento de la violencia.
El trasfondo de la política es la cuestión del poder. Por eso, al desarrollar este
contexto político de la violencia colombiana actual, es pertinente introducir de
manera sintética la discusión sobre la relación poder-violencia. Hay al respecto, en-
tre otros, dos textos clave: la segunda parte del trabajo de Hannah Arendt sobre la
violencia (1970, pp. 35-56A), y un texto de Jurgen Habermas (1987) titulado justa-
mente El concepto de poder en Hannah Arendt. La cuestión cobra importancia dada la
frecuente identificación de ambos conceptos, basada en su identidad etimológica en
algunas lenguas. En alemán, por ejemplo, gewalt significa al mismo tiempo violencia
y poder (Benjamin, 1995). Lo primero es entonces afirmar la diferencia conceptu-
al. Para Arendt, el poder es la facultad de lograr un acuerdo en torno a una acción
común en el contexto de una comunicación libre de violencia. Corresponde entonc-
es a la habilidad humana para actuar de acuerdo y, por tanto, no es una propiedad
individual sino grupal; persiste mientras el grupo permanece unido; sin grupo o
pueblo no hay poder; es de ellos de quienes los poderosos tienen que derivar su
poder (Arendt, 1970, p. 44). Algo similar, pero en términos sistémicos, piensa Talcott
Parsons para quien el poder es “la capacidad de un sistema social de movilizar recur-
sos para lograr metas colectivas” (Parsons, citado por Habermas, 1987, p. 102). En el
polo opuesto están los conceptos de poder de Max Weber y, más recientemente, de
Guillermo O’Donnell. Para el primero el poder es la posibilidad de imponer la pro-
pia voluntad al comportamiento ajeno, mientras para el segundo es “la capacidad,
actual o potencial, de imponer regularmente la voluntad sobre otros, incluso pero
no necesariamente contra su resistencia” (O’Donnell, 1984). Y es precisamente esa
imposición contra la resistencia de otros lo que constituye la violencia para Arendt
(Habermas, 1987, p. 100). “La violencia no es más que la manifestación más flagrante
del poder” (Arendt, 1970, p. 35). Tiene un carácter esencialmente instrumental, no es
fin en sí mismo. El poder en cambio es para ella fin en sí mismo, está en la esencia de
todo gobierno, aunque “jamás ha existido un gobierno basado exclusivamente en la
violencia” (p. 50). El poder necesita legitimidad —que apela al origen, al pasado— no

150 El quinto: no matar


justificación, que apela al fututo, al objetivo. La violencia por el contrario se puede
justificar, pero nunca será legítima, según ella.
Para efectos del desarrollo de este contexto explicativo político de la violencia
colombiana actual, y estando abierta la discusión sobre los puntos anteriores, puede
inferirse que violencia y poder son dos categorías diferentes, pero íntimamente rel-
acionadas. Si bien pueden pensarse ciertos poderes sin violencia, esta no es pensable
sin relación con el poder. Allí donde se esté generando o tratando de mantenerse
un poder, siempre es posible la violencia como uno de sus soportes básicos o como
arma para confrontarlo y tratar de construir un contrapoder. Puede agregarse que
las diferencias muy grandes en la distribución o apropiación del poder —en cual-
quiera de sus múltiples modalidades— constituyen uno de los mejores caldos de
cultivo para la violencia. Esta doble dimensión de lucha de poderes en construcción
o intento de sobrevivencia, y de una dinámica de concentración-exclusión de pode-
res, hace parte sustancial de la lógica de la violencia en estudio, así la categoría poder
tenga una presencia relativamente escasa, tanto en los análisis de los investigadores
nacionales como en los discursos de los entrevistados para este trabajo. De hecho,
solo uno de ellos señaló categóricamente a “la violencia como instrumento de domi-
nación política” (entrevista No. 18).
De los tres procesos coyunturales considerados aquí como específicos del perío-
do en estudio de la vida nacional y como dinamizadores del actual ciclo de violencia,
hay dos que tienen una mayor identidad política. Son ellos: la intensificación del
conflicto político-militar y la implementación del modelo neoliberal, en especial en
lo referente a la concepción y a la acción del Estado y al tipo de valores y estrategias
políticas que lo animan y que a su vez él impulsa. Sobre ellos se avanza a continu-
ación, dentro de este contexto explicativo político de la violencia.

El impacto político del cambio en la concepción del Estado

Más que por su sentido y consecuencias económicas —que se retomarán al desa-


rrollar el respectivo contexto—, interesa considerar ahora las orientaciones y efectos
políticos de la reformulación del papel del Estado implicados en el denominado
modelo neoliberal. De un lado, es innegable que en la raíz de dicho modelo hay un
marcado énfasis en la competencia como fuerza dinamizadora social, en el mercado
como escenario central de las interacciones sociales, en la privatización de lo público
y en una relativa reducción del Estado, asignándole una función de predominio eco-
nómico en especial en la regulación del mercado. Tales énfasis pueden tener y, de
hecho, han tenido consecuencias muy negativas aún en países considerados desarro-
llados. Pero sin duda los efectos son más negativos aún en un país como Colombia
y en una coyuntura como la del período en estudio. En efecto, al evidenciarse con
la violencia de mitad de siglo las debilidades del Estado, la polarización política y
las rupturas y necrosis del tejido social, se pudo concluir que para su reconstrucción
se requería —entre otras cosas— de un Estado más sólido, incluyente y presente,
empeñado más que en regular los mercados en generar y sostener equidad en la
distribución del poder y la riqueza y en crear vínculos solidarios. La coyuntura

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 151


internacional y la coherencia con ella y sus intereses, por parte de sectores empre-
sariales y de la dirigencia política y tecnocrática del país, llevaron a inclinar la con-
cepción y la acción del Estado hacia los linchamientos y las prácticas neoliberales.
Se fue consolidando una especie de Estado macroeconómico —obsesionado con el
mercado, con los indicadores económicos internacionalmente valorados, con ser
cada vez más funcional a los procesos de concentración monopólica de la riqueza—
mientras la realidad y la necesidad sociales parecían indicar la prioridad de sus tareas
sociales y políticas y la reconsideración de su papel económico. La consiguiente
privatización de lo público, la agudización del sentido de exclusión económica y
política, el distanciamiento acelerado de un Estado que aparece de cara al capital
transnacional y de espaldas a las urgencias sociales internas y el debilitamiento aún
mayor de valores solidarios, se convirtieron en otros tantos gatillos de violencias.
La privatización de la justicia y el consiguiente incremento de la impunidad y de
la proliferación de organizaciones paramilitares, si bien no son productos directos
de la concepción neoliberal, sí han encontrado en ella justificación y estímulo y han
sido dos condiciones clave para la intensificación de las violencias. Por supuesto que
estos efectos son difícil y solo parcialmente cuantificables. Pero algo pueden indicar
el hecho de que los picos mayores de la curva de homicidios coincidan también con
los momentos de mayor auge neoliberal (Figura 12) y las explicaciones dadas con
mayor frecuencia por los entrevistados al porqué de tanta violencia homicida, así
la categoría específica “neoliberalismo” fuera en realidad muy poco utilizada por
ellos. Puede afirmarse que los entrevistados se refirieron menos de lo esperado al
término neoliberalismo, pero mucho más de lo esperado a su significado y a sus
consecuencias políticas.
La agudización del conflicto político-militar interno constituye el otro evento que
marca políticamente el período y que contribuye de manera definitiva a la gener-
alización de la violencia y al desbordamiento homicida del país. Es el componente
de guerra dentro de la situación de violencia. De guerra que, como expresó Karl
von Clausewitz (1943, citado por Arendt, 1970) “es un acto de violencia para forzar al
oponente a actuar como deseamos”. La militarización de la política y la relativa de-
spolitización de la vida social hacen parte de las graves consecuencias de este proce-
so. Su análisis ha sido objeto de múltiples trabajos ya referenciados en el capítulo 2 y
muchos otros (García D., 1993; Téllez A., 1995; Salazar, 1993), algunos de cuyos títulos
son suficientemente indicativos: Guerra y política en la sociedad colombiana (Sánchez,
1991), y Política y armas al inicio del frente nacional (Vargas, 1996).
Los datos presentados en el capítulo 4 muestran un crecimiento lento de los
homicidios en la década 1975-1985, que culmina en 1982-1983 (Figura 13), coinciden-
te con un incremento de la actividad guerrillera, la confrontación militar del narco-
terrorismo y el primer auge del paramilitarismo. El gobierno respondió, entre otras
medidas, con el proceso de paz liderado por el presidente Belisario Betancur. Viene
luego el crecimiento desmesurado de las tasas de homicidio de finales de la década
de 1980 y principios de la de 1990, en el marco de la expansión militar y el auge
de la guerrilla (Pizarro, 1995), la consolidación del paramilitarismo (Medina, 1990)
y la persecución a los grupos organizados de narcotraficantes. El intento de frenar

152 El quinto: no matar


las guerras mediante un nuevo proceso de paz durante el gobierno del presidente
Barco (Comisión de superación de la violencia, 1992) y una reforma constitucional
(Valencia G., 1998) en la primera parte del gobierno del doctor César Gaviria solo
alcanza logros parciales, produciéndose en la segunda parte del gobierno Gaviria un
recrudecimiento de la respuesta militar mediante la denominada guerra integral.
Las entrevistas a los diferentes actores confirmaron sólida y persistentemente
el peso del conflicto político-militar en la situación actual de violencia. La primera
gran preocupación de los tres grupos de entrevistados (Tabla 5), expresada en la mit-
ad del total de sus respuestas, se refiere a la complejidad de la violencia y de sus actores.
Y de los actores, como se dijo en el capítulo 5, les preocupan su aumento y multipli-
cidad; las deficiencias en el cumplimiento de las funciones y en la operación de las
fuerzas militares; las relaciones de los distintos actores armados con el narcotráfico;
la utilización de métodos cada vez más crueles por parte de los actores armados, en
especial la guerrilla y los paramilitares; el polémico papel de las organizaciones de
vigilancia y seguridad privadas denominadas Convivir, y el auge de la delincuencia
común. Al momento de los porqués de la violencia actual, nuevamente aparecieron
con frecuencia explicaciones como: la presencia y enfrentamiento de los actores ar-
mados; el armamentismo; la despolitización de la sociedad y la militarización de
la vida y de la política. Y, coherentemente, al momento de las propuestas aparece
en segundo lugar, precedida solo del fortalecimiento de la legitimidad, credibilidad
y presencia del Estado, la necesidad de una política concertada de paz (Tabla 8) que
frene el desbordamiento de los actores armados, los resocialice, enfrente la solución
de los problemas que ellos plantean y ponga las bases para desmilitarizar la vida y
la política en el país. La recuperación de la política como espacio participativo de
confrontación no violenta de tesis y proyectos de conducción y orientación de la
sociedad y como campo para definir los asuntos del poder a nivel del Estado y la so-
ciedad, va a ser un punto esencial de inflexión en el camino de recomposición social
y superación de la violencia.
De los tres procesos coyunturales en cuestión, es este del conflicto político-mil-
itar el que establece los mayores vínculos de continuidad entre los diversos ciclos de vio-
lencia que ha vivido el país. Puede decirse, por tanto, que es el menos específico de
la violencia actual. En la violencia de mitad de siglo no hubo fenómeno narco ni el
Estado tomaba por entonces los perfiles hoy considerados como neoliberales. En
cambio, sí había grupos armados organizados de resistencia campesina en distintas
regiones del país (Barbosa E., 1992) (Pizarro L., 1995, p. 387) y había confrontación
entre militantes de los dos partidos políticos y sus soportes armados. Inclusive en
el intermedio entre esa violencia y la actual hubo un proceso de bandolerización
(Sánchez & Meertens, 1985), que terminó haciendo un papel de puente o cadena de
transmisión entre las dos violencias.
Una de las dos propuestas centrales de un reciente trabajo sobre la violencia con-
siste en enfatizar “la necesidad de recuperar y estudiar de nuevo la relación entre
la violencia actual y la violencia de los años cincuenta, más en particular, la con-
tinuidad innegable que existe entre las dos épocas en las representaciones sociales
de la violencia y el tipo de crímenes que se cometen” (Valencia G., 1998, p. 122).
Peter Waldmann, quien también resalta la continuidad de las violencias colombi-

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 153


anas, encuentra el nexo entre ellas en “la falta de efectividad que en este país tiene
tradicionalmente la prohibición de hacerse justicia por cuenta propia” (1997, p. 20). Y
Daniel Pécaut habla de “las huellas y la memoria de La Violencia” que la van natural-
izando, normalizando hasta hacerla casi imperceptible (1997, pp. 14-15). Uno de los
autores del libro pionero de los estudios de la violencia en Colombia (Guzmán et al.,
1980) fue entrevistado para este trabajo. Habló de “la conexidad de las violencias; son
etapas del mismo proceso” (entrevista No. 34). Malcolm Deas, por su parte, asume el
papel de cuestionar las continuidades en nuestras violencias. Después de señalar as-
pectos específicos de diferenciación en los actores, la dinámica, los procedimientos
y las consecuencias de las guerras civiles y de La Violencia, termina afirmando: “No
se trata solamente de señalar las continuidades, sino también de mostrar las discon-
tinuidades” (1995, p. 89). Es bueno precisar al respecto que ni las continuidades esta-
blecen identidades ni las discontinuidades determinan necesariamente identidades
diferentes. Resultaría tan inútil como contrario a la realidad pretender desconocer
tanto las continuidades como las muchas discontinuidades de nuestras violencias.
Parte del establecimiento de la identidad de cada período de violencia consiste justa-
mente en delimitar el perfil de sus continuidades y discontinuidades, que es parte de
lo que aquí se viene tratando de hacer.
Una anotación final sobre la agudización del conflicto político-militar y la mili-
tarización de la política. Con base en los datos registrados en la Tabla 2 del capítulo 4,
se concluye que el total de homicidios políticos más los muertos en combate en los
veinte años comprendidos entre 1976 (ya que no se dispone del dato de muertes en
combate en 1975) y 1995 es de 33.466. Esto quiere decir que solo por el conflicto políti-
co-militar hemos tenido en el país un promedio diario de casi cinco homicidios (4.6) durante
las dos décadas estudiadas, una cifra que debería ser suficiente para sacudir la concien-
cia política y presionar una resolución del conflicto. Ahora bien, estos 33.466 homicid-
ios políticos representan el 10% del total de 331.390 homicidios totales del período 1976-1995.
Siendo importante, podría pensarse que es un porcentaje relativamente bajo. A más
de resaltar una vez más que no es solo la significancia cuantitativa, sino también el
enorme valor cualitativo de estas víctimas —muchas de ellas líderes populares, diri-
gentes políticos y sindicales y defensores de derechos humanos imposibles de clonar
y de muy difícil reemplazo social—, es preciso señalar que el impacto de este geno-
cidio político tiene muchas otras vías y algunos otros indicadores en el conjunto de
la vida nacional. Quizás más que en el porcentaje de muertes, su peso se hace sentir
en el fenómeno en estudio de la militarización de la vida política y en el refuerzo a la
generalización de la violencia como alternativa para resolver conflictos de cualquier
otro ámbito. Es una especie de justificación y opción preferencial por la violencia
que contribuye a explicar mucho más del 10% del total de homicidios.
Como consecuencia de lo anterior, deben plantearse también la importancia y
las limitaciones de un proceso negociado de paz en el conjunto de procesos requeri-
dos para la superación de la violencia en el país. Es obvio que así se concrete y resulte
efectivo un proceso de negociación al conflicto político-militar en un plazo relativa-
mente corto, al tener la violencia actual otros procesos y contextos que la posibilitan
y dinamizan, ni se reducirán significativamente los homicidios ni otras formas de
violencia hasta tanto no se actúe también con acierto sobre tales procesos y con-

154 El quinto: no matar


textos. Esto no desestimula la negociación política, pero advierte sobre sus topes y
sobre la necesidad de una política y un proyecto social más amplios de superación
de las violencias.

La intolerancia en el contexto explicativo político

Como puede apreciarse, una de las categorías centrales del trabajo es la intolerancia.
Y, como tal, se ha ido presentando progresivamente. En el capítulo 1 fue identificada
como una de las tres condiciones estructurales de la actual violencia colombiana. En
el capítulo 3 se desarrolló el concepto y se enunciaron las posibilidades y dificultades
de su observación. En el capítulo 4 se presentaron los datos y cifras que permiten
apreciar qué ha pasado en las dos décadas en estudio en términos de intolerancia,
a partir de la observación de algunos hechos e indicadores que la expresan. Y en el
capítulo 5 se fue observando cómo aparecía la intolerancia como elemento expli-
cativo esencial de la violencia homicida, en especial en el contexto político, pero
también en el cultural. Al intentar construir la tipología discursiva de los interlo-
cutores sobre la violencia, la intolerancia apareció en los primeros lugares de los
discursos político-económico, ético-cultural y reactivo al momento de analizar los
porqués de la violencia en cuestión. Lógicamente al momento propositivo volvió a
aparecer, ya en positivo, la construcción de cultura y prácticas de tolerancia como
paso esencial en el camino de superación de la violencia. Por estar más vinculada
al contexto político del problema, se presentan a continuación algunas considera-
ciones sintéticas sobre las relaciones violencia-intolerancia en la situación colom-
biana actual.
Como pudo observarse en los trabajos teóricos y analíticos de la violencia citados
en diversas referencias del capítulo 3, con muy pocas excepciones se considera a la
intolerancia, en especial en su dimensión política, como condición y explicación
de la violencia. Lo fue en las guerras de la segunda mitad del siglo pasado y en la
violencia de mitad del actual con un carácter híbrido político-religioso. En la actual,
el componente de intolerancia religiosa es muy escaso. Se mantiene e incrementa
el político, pero ya no en sentido partidista, sino de opción ideológica y adscripción
político-militar. En la violencia actual casi no se elimina a nadie por el hecho de ser
liberal o conservador. Pero la guerra es a muerte entre guerrilleros y militares y, peor
aún, entre paramilitares y guerrilleros. A partir de ese núcleo, la lógica se extiende
a no tolerar a los simpatizantes o presuntos simpatizantes de uno u otro bando. Y al
asumir que ciertos silencios o neutralidades, o la defensa de ciertos valores como los
derechos humanos pueden indicar la adscripción a uno de los bandos en conflicto,
se amplía el círculo de la intolerancia y se alarga la lista de víctimas potenciales. Pero
no solo en ese escenario de guerra. En los de las demás violencias hay también una
negación del diferente y una incapacidad casi generalizada para la resolución del
conflicto mediante la interlocución sobre la base del reconocimiento del otro y el
respeto a su vida y sus derechos. En el trabajo y en la escuela, en la familia y en la
calle, en el deporte y en los negocios es perceptible un clima básico de intolerancia

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 155


que con gran facilidad se transforma en hechos violentos bajo cualquiera de sus mo-
dalidades. En un reciente fallo ante una tutela relacionada con el derecho a escoger
libremente el tipo de educación para los hijos, la Corte Constitucional dijo: “el pueblo
colombiano... debe eliminar, con el esfuerzo de todos, los factores que generan violencia, entre
los cuales figura en primerísimo lugar la intolerancia” (citado por Vargas, 1994, p. 172).
Los hechos y datos registrados en el capítulo 4, basados en las fuentes documen-
tales contenidas en varias de las del mismo capítulo, evidencian un acelerado incre-
mento de la intolerancia política, una ampliación y selectividad de sus víctimas, una
diversificación de sus formas y, por tanto, un agravamiento de sus consecuencias. Si
se observa nuevamente la Tabla 2 puede apreciarse que mientras en la primera de
las dos décadas de la violencia actual la participación de los homicidios registrados
por intolerancia político-social en el total de homicidios fue inferior al 10%, a partir
de 1986 es siempre superior a dicha cifra. El pico más alto se alcanza en 1988, cuando
al registrarse el mayor número de homicidios políticos de todo el período, 2.738, el
total de homicidios por intolerancia político-social llegó a representar casi el 20% del
total de homicidios, como se observa en la Figura 44. La convergencia en aquel año
de las primeras elecciones populares de alcaldes municipales, del auge de la guer-
ra sucia contra la Unión Patriótica, del incremento de las masacres, en especial en
Urabá, y del narcoterrorismo urbano, puede explicar el resultado trágico. Ya no en
términos porcentuales sino absolutos, es 1992 el año del mayor número de muertes
por motivos político-sociales del período, 4.285, al registrarse un alto número de
homicidios políticos y el mayor número de muertes en combates de todo el perío-
do, 1.602. Fue el primer año de vigencia de la nueva Constitución Política, de la
decisión del gobierno Gaviria de guerra integral ante la arremetida guerrillera, y de
la persecución en caliente de los jefes de los carteles de la droga. Es también el año
del mayor número registrado de homicidios contra marginales: 505. No parece en-
tonces producto del azar el hecho de que el pico máximo tanto de muertes por mo-
tivos sociopolíticos como de homicidios en general de todo el período, con totales
anuales de homicidio superiores a 28.200, se alcance en 1991-1992, años en los cuales
estaban en su máxima expresión simultánea y sinérgica los tres procesos coyuntura-
les identificados como determinantes de la situación de violencia: la agudización del
conflicto político-militar, la expansión y confrontación policial del narcotráfico y el
viraje neoliberal.
También los actores entrevistados destacaron el papel de la intolerancia en la géne-
sis y dinámica de la violencia. A la pregunta: En su concepto, ¿a qué se debe la violencia
actual?, el 28% respondió que a la intolerancia. En total ocupó el cuarto lugar entre las
respuestas más frecuentes a dicha pregunta. Si bien entre las propuestas tuvieron baja
frecuencia las relacionadas explícitamente con la tolerancia, varias de las orientadas a
crear y aplicar valores positivos y a construir una política de paz seguramente la impli-
caban. En tres de los cuatro tipos de discursos sobre la violencia identificados entre los
interlocutores, la intolerancia tuvo una presencia explicativa destacada. Es interesante
señalar que solamente no apareció en el discurso autoritario.
Siguiendo a la intolerancia como elemento constitutivo del contexto explicativo
político, los entrevistados destacaron el problema de la corrupción. Ya se habló de él
en el capítulo 5 y es un tema que viene mereciendo cada vez mayor atención en el

156 El quinto: no matar


análisis y en la acción políticas. Pero conviene destacar aquí de un lado el importante
valor explicativo en la génesis y dinámica de la violencia actual que le dio la cuarta
parte de los interlocutores seleccionados. De otro lado, su posible expansión dentro
de la escala valorativa y las prácticas propiciadas por el narcotráfico, y de los acelera-
dos procesos formales e informales de privatización de lo público y priorización de
la ganancia sobre el bien común y las necesidades sociales impulsadas por el viraje
neoliberal. Y, finalmente, llamar la atención acerca del hecho de que, al momento de
las propuestas, solo uno de los interlocutores consideró la lucha contra la corrupción
como un componente importante de las estrategias de confrontación de la violencia.
En conjunto, el hecho de que el 40% de las explicaciones dadas por los entrev-
istados a la violencia actual pertenezca a los diferentes campos y componentes del
contexto político, como puede apreciarse en la Figura 45, puede ser el reflejo no
solo de su racionalidad y manera de comprender el problema, sino también de la
importancia que los distintos referentes teóricos y análisis particulares le dan a dicho
contexto. Lo deseable sería que se correspondiera también con su importancia real.
El hecho complementario de que, al momento de las alternativas, casi la mitad de
las propuestas, 48%, como se observa en la Figura 46, pertenezcan también al campo
político anima a pensar que realmente puede ser este, en toda su complejidad y difi-
cultad, tanto el principal contexto explicativo como la clave y el cuerpo propositivo
básico para el enfrentamiento y superación de la violencia colombiana actual.

El contexto explicativo económico

Un poco más de la cuarta parte de las respuestas dadas por los entrevistados a la
pregunta relacionada con las raíces y explicaciones de la violencia actual, en especial
de la violencia homicida, hacen parte del contexto económico, como se aprecia
en la Figura 45, ocupando así el segundo lugar después de las referidas al campo
político anteriormente tratado. Lo económico estuvo también presente entre las
tres mayores preocupaciones de la población en relación con la violencia actual,
específicamente en cuanto al impacto que ella está teniendo sobre este campo de la
vida social, como se observa en la Tabla 5. Contrasta mucho esta preocupación por
el impacto económico de la violencia y la relevancia explicativa enunciada con el
relativo bajo perfil que le dieron los interlocutores a los aspectos económicos dentro
de las alternativas y estrategias para enfrentar la violencia. Menos del 20% de las
propuestas formuladas, 17%, tienen que ver con lo económico, quedando en con-
junto en tercer lugar, por debajo de las alternativas políticas y culturales. ¿Será tan
grande la posible prioridad de las soluciones políticas que prácticamente triplican
a las económicas en las propuestas de búsqueda de superación de la violencia, en
especial la homicida? ¿Pesará demasiado en la percepción y en el imaginario propo-
sitivo la inmediatez de la violencia política cotidiana? ¿No sería entonces necesario
un mejor equilibrio en las propuestas de los tres grandes contextos reconocidos? Las
respuestas a este tipo de cuestiones pueden ayudar a profundizar la comprensión y a
mejorar las estrategias y las políticas de confrontación del problema.

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 157


Dado el reconocimiento obtenido en los diferentes insumos teóricos y met-
odológicos del trabajo por el proceso coyuntural de la emergencia y expansión del prob-
lema narco, y por la condición estructural de inequidad como elementos constitutivos
esenciales del contexto explicativo económico de la violencia actual, el planteamien-
to siguiente se dedica a desarrollar un poco más su significado e implicaciones.

El peso del narcotráfico dentro del contexto económico de la


violencia actual

En el capítulo 2 se expusieron la naturaleza, la magnitud, los significados y las impli-


caciones del problema narco en la situación actual de violencia. El conjunto docu-
mental contenido en las referencias de dicho capítulo respalda la argumentación e
introduce los núcleos centrales de la discusión sobre el tema. Al retomarla se pre-
tende ampliarla dentro de los objetivos de este capítulo.
Al parecer, el escándalo de la cofinanciación de múltiples campañas políticas con
dineros del narcotráfico, incluida la presidencial del doctor Ernesto Samper, ha per-
mitido evidenciar tanto la profundidad de la penetración del narcotráfico en todos
los campos de la vida nacional, como el predominio no solo de una doble moral,
sino de una especie de moral múltiple ante el problema en la que conviven o alternan
actitudes de tolerancia-usufructo-condena-persecución. Se habla inclusive de que,
dentro de una narcocultura, “la sociedad está desarrollando de hecho una ética de
acomodamiento al narcotráfico” (De Roux, 1995, p. 38). Siendo positiva la eviden-
cia, todo indica que —como producto de las ambigüedades, los intereses creados, la
moral múltiple y el peso de las directrices internacionales, en especial del gobierno
de los Estados Unidos— la gravedad de la crisis que implicó a la institución presiden-
cial no alcanzó ni a remover los obstáculos ideológicos para el análisis del problema,
ni a alterar de manera sustancial las condiciones del mercado de los narcóticos, ni
a suscitar un proceso de repensar con cabeza propia y dentro de su contexto inter-
nacional el problema que condujera a la concertación de una manera de abordar el
problema diferente al maniqueísmo y prohibicionismo dominantes.
Es prácticamente unánime el consenso en torno al papel determinante del nar-
cotráfico sobre la violencia actual en el país, con obvias diferencias en cuanto a su
intensidad, modalidades, actores y mecanismos de intermediación y operación. Fer-
nando Gaitán opina que

Lo que permitió la conversión de una violencia muy alta...en una violencia


explosiva fue el fenómeno nuevo que se consolidó en esos años, es decir, el
afianzamiento del narcotráfico. El narcotráfico no inventó la violencia, fue
posible porque ella existía y persistía desde 1946...Digamos que el narcotrá-
fico logró que una violencia muy alta se convirtiera en desbordada (Deas &
Gaitán, 1995, p. 217).

158 El quinto: no matar


Para otros, es en la ilegalidad del fenómeno, en los amplios márgenes de ganancia,
en las luchas por el control de la producción y de los mercados y en la respuesta
prohibicionista, en donde se generan múltiples climas y escenarios de violencia
(Barragán, 1994, pp. 265-286). Rodrigo Uprimny, una de las personas que viene
pensando el problema con mayor lucidez, plantea cinco tesis interesantes sobre
narcotráfico y violencia, destacando la importancia e insuficiencia del narcotráfico
para explicar la violencia en los niveles nacional y regional, la interacción del nar-
cotráfico con otros factores para generar violencia, la necesidad de determinadas
condiciones sociopolíticas para que se concrete la violencia potencial del narco-
tráfico y la posibilidad de reducirla (1995, pp. 59-146). El juego a muchas bandas
de los narcotraficantes ha sido también objeto de reflexiones y aportes por parte
de investigadores del problema (Uribe de H., 1997, pp. 165-180; Comisión de supe-
ración de la violencia, 1992, pp. 126-143). Según sus propios intereses y las diferentes
coyunturas, los narcotraficantes, como ya se enunció en el capítulo 2, se han aliado
o han perseguido a las guerrillas, a miembros de la Policía y del Ejército Nacional,
a sicarios y grupos de limpieza social, a dirigentes políticos y a sacerdotes y obispos
católicos. Merece destacarse además la dimensión internacional del problema narco
y las implicaciones de tal dimensión del problema en la violencia colombiana y en
sus respectivas soluciones (United Nations System, 1993, p. 17; Franco, 1998). Siendo
claro que ni el problema es originario o exclusivo del país ni que solo Colombia
padece las consecuencias violentas del problema narco, tiene lógica que solo pueda
haber solución en perspectiva y con decisiones y compromisos internacionales. No
obstante, por las mismas razones ya enunciadas en el nivel nacional, parece todavía
distante el camino de una concertación multilateral mediante la cual, controlando
el factor narco, se reduzcan sus aportes directos e indirectos a la persistente escalada
de violencias en el país.
Si el consenso es casi unánime en torno a la alta participación del problema nar-
co en la activación y el impulso casi constante a las violencias nacionales de estas dos
décadas, es oportuno seguir las huellas del narcotráfico en los tiempos, intensidades,
geografía y modalidades de la violencia homicida descritas en el capítulo 4. Por de-
scontado que no se pretende establecer una relación monogámica violencia-nar-
cotráfico, sino tratar de seguir las vetas narco en el complejo perfil de la violencia.
Una primera pista la da el marcado incremento quinquenal, en la década de 1980
y primera mitad de la década de 1990, de la mortalidad general, particularmente
de los grupos jóvenes masculinos y en especial en Antioquia y Valle —reconocidos
epicentros de los dos principales grupos de narcotraficantes— como se observa en
las Figuras 5, 6 y 9. La pista continúa en la misma dirección al observar la mortalidad
por homicidios en el mismo período, en los mismos grupos de hombres jóvenes, y
cada vez más jóvenes (Figura 15). Tanto el perfil del total anual de homicidios duran-
te todo el período estudiado (Figura 11), como el de la curva de la respectiva tasa de
mortalidad por homicidio por cien mil habitantes (Figura 13) parecen reflejar algo
de las guerras internas y externas del narcotráfico, del auge narcoterrorista de finales
de la década de 1980 y de la respuesta represiva y policial del Estado a principios de
la década de 1990. Los logros temporales y parciales de dicha respuesta, posteriores

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 159


a 1992, pueden tener algo que ver con el leve descenso de la curva. El reflejo se hace
más claro al seguir con cuidado las curvas de homicidio de Antioquia, Valle, Bogotá y
la nacional durante todo el período (Figura 17). Antioquia y Valle tienen un gran peso
en la trayectoria de la línea nacional. En la de Antioquia se reafirma lo expresado
anteriormente y es más pronunciado el descenso a partir del momento en el cual el
cartel regional sufre los golpes más severos. Simultáneamente con el descenso en la
curva de Antioquia a principios de la década de 1990 se da un incremento en la del
Valle, que culmina en 1994 cuando son detenidos o eliminados los jefes del respecti-
vo cartel, empezando luego un descenso en el trazado de la curva. Algo dice también
el hecho de que Antioquia y Valle sean dos de los tres departamentos que en 1994
tienen tasas de mortalidad por homicidio superiores al promedio nacional, como
puede apreciarse en Figura 16. A más de sugestivo, es alarmante el incremento de
la participación porcentual de los homicidios en la mortalidad total de la población
de hombres jóvenes del país entre 1975 y 1994, como se aprecia en las Figuras 28 y
29. Dicho incremento llega a ser escandaloso en los grupos de hombres de 15 a 19
y de 20 a 24 años en Antioquia (Figuras 31 y 32): casi el 90% de los adolescentes an-
tioqueños de 15 a 19 años, que murieron en 1994, fueron víctimas de homicidio. No
sobra insistir en que muchas otras cosas que también tuvieron que ver con la mor-
talidad general y con los homicidios pasaron en el país, en Antioquia y en el Valle
en esos mismos años. Pero, sin duda, hay una huella demasiado clara de la violencia
generada por el narcotráfico en las cifras, los mapas y las trayectorias esbozadas de
los homicidios.
También las entrevistas hechas a los actores seleccionados aportan a la con-
firmación del narcotráfico como uno de los procesos coyunturales íntimamente
relacionados con la violencia homicida de las dos décadas estudiadas. Resultó sig-
nificativo el hecho de haber resultado imposible entrevistar a un narcotraficante.
Obviamente, estaba incluida en el plan de entrevistas. En Colombia hay quienes se
asumen como guerrilleros, sicarios, paramilitares, desplazados, travestis, prostitutas
y líderes de casi todo. Pero nadie se asume como narcotraficante. Es una identidad
inexistente. Y con los pocos detenidos, bien sea en calidad de sindicados o de con-
denados por tráfico de estupefacientes, fue imposible entrevistarse o por razones
de seguridad o por falta de apoyo de algunas autoridades carcelarias que pudieron
haber facilitado el encuentro. Tuvo que reemplazarse entonces la entrevista a un
narcotraficante por la de un periodista especializado en el tema.
Entre los aspectos de la violencia que más preocupan a los interlocutores, el nar-
cotráfico fue destacado por un 10% y en una única dimensión: en su compleja rel-
ación con la guerrilla. En cambio, casi la cuarta parte de los entrevistados (22.5%), en
el contexto de explicaciones económicas de la violencia actual, señalaron que ella
se debe en alguna medida al narcotráfico (Tabla 6). En cuatro de los cinco discursos
sobre la violencia que se configuraron a partir de la palabra de los interlocutores, el
problema del narcotráfico estuvo presente. Solo estuvo ausente en el discurso re-
activo. Tanto en el político-económico, como en el ético-cultural, se adujo el prob-
lema entre los factores explicativos de la violencia homicida. En el autoritario, en
cambio, fue objeto de preocupación la progresiva identidad guerrilla-narcotráfico,
al tiempo que se señaló a la “narcoguerrilla” como factor explicativo importante de

160 El quinto: no matar


la violencia actual. Lo que más llamó la atención al respecto del manejo de la rel-
ación narcotráfico-violencia por parte de los y las entrevistados/as, es que ninguno/a
incluyó la resolución del problema narco como precondición o como parte de las
alternativas y estrategias de superación de la violencia. ¿Invisibilidad de lo obvio?
¿Negación u olvido? ¿Falta de propuestas elaboradas, dadas la complejidad del prob-
lema, las ambigüedades y la moral múltiple ya señaladas? En términos lógicos uno
puede concluir después de observar los hechos y analizar las cifras de la relación
violencia-narcotráfico en Colombia, que sin solución efectiva al problema narco no
parece haber solución consistente y duradera a la cuestión de la violencia.

La inequidad en el contexto de explicación económica de la


violencia

La persistencia de altísimos niveles de inequidad aparece en la realidad como una


de las condiciones estructurales de la violencia actual y, muy posiblemente, de
algunos de los ciclos anteriores de violencia. Esto, que disgusta a algunos analistas
que quisieran estar frente al caso de un país posmoderno y primermundista, y que
otros consideran despectivamente como “sabiduría convencional”, no ha podido ser
refutado y, por el contrario, tiende a confirmarse con los aportes de estudios rigu-
rosos tanto nacionales como internacionales. Dada la importancia del tema de la
inequidad y la posibilidad de articular en torno a él la discusión de otros compo-
nentes del contexto económico de la violencia actual, reconocidos también en los
distintos momentos de este trabajo, tal como se anotó anteriormente, se toma como
uno de los dos ejes para el desarrollo de este contexto explicativo. Se asumen para
ello los planteamientos ya hechos en el capítulo 3, documentados con las referencias
de dicho capítulo y la información respectiva presentada en el capítulo 4 y que se
retomará de manera sintética.
Un reciente y documentado trabajo de un equipo del Banco Mundial, preocu-
pado por la creciente incidencia de conductas criminales y violentas en muchas re-
giones del mundo, con base en indicadores seleccionados durante el período 1970-
1994, afirma: “El grado de inequidad en el ingreso, medido con el índice Gini, se
asocia positivamente con la tasa de homicidio. Este resultado es estadísticamente
significativo y consistente en las diferentes especificaciones de regresión consid-
eradas” (Fajnzylber, 1997, p. 20). Este resultado contrasta con los de un trabajo pre-
sentado un año antes por el doctor Juan Luis Londoño, por entonces funcionario
del BID, ante la Segunda Conferencia Anual del Banco Mundial para el Desarrollo
de América Latina y el Caribe (Londoño, 1996). Con menor rigor conceptual y met-
odológico del que generalmente utiliza en otros trabajos suyos, el doctor Londoño
encuentra que no existe correlación de las tasas de pobreza, desempleo y crecimien-
to económico del país con la tasa de homicidio. Encuentra, en cambio, correlación
sistemática y significativa entre consumo de alcohol e incidencia de enfermedades
neuropsiquiátricas con la violencia. Y se atreve a concluir: “Y el exceso de enferme-

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 161


dad mental y alcoholismo podrían explicar todo el exceso de violencia de la región”
(p. 8). Para el caso particular de Colombia, observa que

…no son las regiones más pobres del país las que registran más violencia. Y
tampoco lo son las regiones con índices mayores de desigualdad. Encontra-
mos, en cambio, un par de variables significativamente asociadas con la di-
versa incidencia de violencia en los departamentos del país: la intensidad del
capital social y la velocidad de progreso en la educación. (pp. 10-11)

Consecuente con sus hallazgos, plantea como campos prioritarios de acción para
reducir la violencia: controlar el consumo de alcohol, prevenir las conductas agre-
sivas, expandir la educación y fomentar la cohesión social. A más de las deficiencias
en la delimitación de las categorías, en la validez de los indicadores y en la calidad
de la información de base, en mi opinión, el trabajo en cuestión cae en el error de
anteponer la significancia en un ejercicio estadístico de correlación a la observación
rigurosa y sistemática de la realidad y al análisis tanto cuantitativo como histórico e
interdisciplinar, tal como lo requiere la naturaleza del complejo tema de la violencia.
Además, como lo señala otro investigador colombiano en un trabajo simultáneo al
de Londoño: “La explicación de la violencia en Colombia a partir de las deficiencias
en el capital social presenta serias limitaciones” (Rubio, 1996, p. 10).
Otro trabajo internacional reciente de exploración de las causas y efectos de la
violencia señala a la inequidad en la distribución de los recursos nacionales como
factor fundamental en la promoción de la violencia (Bradby, 1996, p. 101). También
desde el campo de la salud se han presentado estudios recientes y rigurosos que de-
muestran una asociación significativa entre la desigualdad del ingreso, la mortalidad
por grupos de edad y las tasas de homicidios y violencia (Kaplan et al., 1996).
Uno de los investigadores que más ha trabajado el tema en Colombia reafirma la
relación inequidad-violencia. En un estudio reciente sobre violencia y acumulación
capitalista en Colombia, concluye: “Por ahora en Colombia la violencia continúa sien-
do un lucrativo negocio. El desequilibrio social y el desprecio por la vida crecen a
la par de una rápida acumulación y concentración del capital” (Sarmiento A., 1996),
(Deas & Gaitán, 1995, p. 139). En realidad, en Colombia la discusión se ha centrado más
en la relación pobreza-violencia que en la relación inequidad-violencia. Y, por suerte,
se está pasando de la superación de una unicausalidad simplista a una mejor sustent-
ación y comprensión de las condiciones de posibilidad y los contextos explicativos
del problema. Va habiendo consenso en que, si bien la pobreza puede ser una especie
de caldo de cultivo, requiere de otras condiciones culturales, organizativas y políticas
para convertirse en provocadora de violencia (Deas & Gaitán, 1995, p. 25). Ya se afirmó
que no existe relación constante y directa entre pobreza y violencia. Una encuesta re-
ciente sobre valores, instituciones y capital social en Colombia encontró que

Las condiciones de pobreza de las localidades no parecen asociadas con la


incidencia de violencia homicida. No es en los municipios más pobres de
los incluidos en la muestra en donde se observa una mayor incidencia de los
homicidios. Por el contrario, en algunas localidades con muy bajos índices

162 El quinto: no matar


de pobreza, como Medellín o Bucaramanga, es bastante alto el porcentaje de
hogares que se han visto afectados por una muerte intencional. La asocia-
ción entre el índice de NBI y la incidencia de la violencia, aunque positiva,
no es muy estrecha. (Cuéllar, 1997, pp. 5-6)

Más aún, algunos trabajos plantean una relación inversa entre pobreza y violencia,
es decir: a mayor pobreza menor violencia, y una relación directa entre riqueza y
criminalidad: “a más riqueza, más criminalidad” (Montenegro & Posada, 1995).
Con base en los datos presentados en el capítulo 4 se hace a continuación una
síntesis de los hallazgos y consideraciones propias en cuanto a la relación pobre-
za-inequidad-violencia homicida. La Figura 33, que muestra simultáneamente las
curvas de pobreza —estimada según el porcentaje de población por debajo de la
línea de pobreza (LP)— y de mortalidad por homicidios, evidencia que durante todo
el período más de la mitad de la población colombiana ha estado por debajo de la
línea de pobreza. La configuración de la trayectoria de la curva de LP, sin una ten-
dencia constante y cambios de muy baja escala, no permite ni gráfica, ni lógica ni
matemáticamente establecer una relación entre ambos fenómenos. En cambio, al
representar la pobreza por el porcentaje de población con sus Necesidades Básicas
Insatisfechas (NBI) (Figura 34) se insinúa gráficamente una relación inversa entre la
curva de la tasa de homicidios- de tendencia francamente ascendente hasta 1991 —y
la de NBI— de tendencia francamente descendente, con disminución de la inclin-
ación a partir también de 1991, lo que contrasta con los hallazgos ya citados de la en-
cuesta antes citada, pero coincide con lo planteado por Montenegro & Posada (1995).
Obviamente, en la contrastación matemática de la variable dependiente Homicidios
con la independiente NBI, su R2=0,9997 indica una gran consistencia, y su F=0,0001
una altísima probabilidad de la relación. Al alimentar el modelo con el inverso del
NBI (b1) (Figura 35), su R2=0,9582 reafirma la consistencia de la relación inversa. Se
refuerza así la refutación del simplismo unicausal pobreza=violencia y se estimula
la búsqueda de precisiones y mediaciones en la relación entre la distribución de la
riqueza y la violencia.
Algo similar a lo de pobreza, según NBI, parece acontecer con la cuestión del de-
sempleo. Infortunadamente, la no disponibilidad de datos confiables, de cobertura
nacional y desagregaciones adecuadas impidió el análisis de regresión progresiva.
La representación gráfica insinúa una posible relación de plazo relativamente corto
(Figuras 36 y 37) que podría enunciarse solo como hipótesis de trabajo así: a ciclos
de intensificación del desempleo siguen en plazos relativamente cortos períodos de
intensificación de la violencia. Pero habría que afinar los términos y garantizar la
calidad de la información para no caer ni en afirmaciones ligeras, ni en descartar
hipótesis que pueden enriquecer el conocimiento del problema.
Con respecto al intento de relacionar inequidad-violencia homicida mediante
la observación del comportamiento del índice de Gini como indicador de inequi-
dad y el número anual de homicidios (Figura 38) pueden destacarse los siguientes
aspectos. A diferencia del trabajo referido del Banco Mundial a nivel internacion-
al, los estrechos márgenes de variación del Gini nacional —debidos en parte a las

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 163


graves deficiencias detectadas en la forma como se ha calculado y que ya fueron
señaladas— y la carencia de una tendencia neta, impiden el establecimiento de rel-
aciones matemáticamente consistentes. Solo pueden hacerse entonces algunas con-
sideraciones analíticas a partir de la representación gráfica. La más preocupante es
la constatación de que en los veinte años estudiados el país mantiene prácticamente
la misma situación de inequidad. El Gini de los años límite del período son prác-
ticamente iguales: 0,511 en 1975 y 0,516 en 1995 y las variaciones intermedias muy
escasas. Puede decirse también que casi todo el período hemos estado dentro de
la línea de mayor inequidad. Y permanecer así puede mantener activo un enorme
potencial de violencia, algo así como estar con la gasolina regada, con altísimo riesgo
de que ciertas condiciones enciendan el fuego con gran facilidad. Los tres procesos
coyunturales estudiados se han encargado de hacerlo, con los saldos ya inventaria-
dos. Hay que anotar también que el nuevo incremento del indicador de inequidad
registrado desde 1991, en pleno auge neoliberal —y solo aceptado tardía y evasiva-
mente por los funcionarios y defensores del respectivo gobierno— coincide en la
Figura 38 con el inicio del descenso de la tasa de homicidios. Esto puede insinuar
también una relación no mecánica entre ambas variables y una eventual relación no
simultánea sino sucesiva: a incrementos actuales de inequidad pueden correspond-
er incrementos en un plazo relativamente corto de la violencia. Es preciso tener
mucho cuidado en las relaciones temporales entre fenómenos como la violencia. La
no relación simultánea puede indicar una relación sucesiva o de mediano plazo y no
necesariamente una carencia de relación.
En las entrevistas, tanto el contexto económico como su correspondiente prin-
cipal situación estructural, la inequidad, tuvieron una presencia importante. En las
grandes preocupaciones producidas por la violencia actual, como se señaló antes,
empezó a aparecer su impacto económico. Ya entre los factores explicativos de la
situación, la inequidad ocupó el quinto lugar (Tabla 6), siendo reconocida como tal
por el 28% de los entrevistados, pertenecientes a ambos sexos y a todos los grupos
de actores, y representando un 6% del total de respuestas dadas. Coherente con su
valoración explicativa, destacaron su importancia dentro del conjunto de propuestas
para la superación de la violencia homicida. Un 23% de los interlocutores dijeron
que la reducción de la inequidad era parte importante de la solución del problema,
ubicándola nuevamente en el quinto lugar en la escala de respuestas (Tabla 8), con
un 6% del total. Este porcentaje puede incrementarse hasta el 15% si al señalamiento
explícito de inequidad se le suman las propuestas afines de mejorar condiciones
materiales de vida y garantizar el empleo. Obviamente, la equidad es componen-
te estructural del discurso político-económico de la violencia. Llama la atención el
hecho de que casi no haya aparecido en el ético cultural y de que en la práctica esté
ausente del discurso autoritario. En el discurso reactivo no aparece la categoría, pero
todo el discurso es una especie de rebeldía contra la inequidad y de clamor casi
desesperado por la justicia y la equidad como premisas y materia prima de la paz y
la superación de la violencia.
Quedan en firme entonces el carácter estructural de la inequidad en el país, su
persistencia dentro de niveles altos, el fracaso de las políticas sociales en términos
de no haber podido reducirla en los veinte años de intensa violencia estudiados,

164 El quinto: no matar


la tendencia inicial a un nuevo incremento de la inequidad a partir de la consoli-
dación neoliberal, su contribución explicativa al fenómeno de la violencia homicida,
su condición de clima altamente favorable para incubar y propiciar violencias, su
presencia estructurante en varios de los discursos sobre el problema en cuestión y
la necesidad de incluir la reducción de la inequidad como precondición y elemen-
to fundamental de los procesos resolutivos de la violencia. Vale la pena insistir en
la necesidad de demostrar la rentabilidad de la paz como precondición para com-
prometer a los actores económicos en el proceso de soluciones. Quedan también
muchos interrogantes e insinuaciones que deben suscitar nuevos trabajos especial-
izados y que pueden estimular los debates aún inconclusos tanto sobre la relación
inequidad-violencia como sobre la pertinencia de los indicadores y la consistencia
de la información disponible.

El contexto cultural de la violencia

De los tres contextos explicativos planteados para la actual violencia colombiana, es


sin duda el cultural el que ha sido menos elaborado. Es preciso reconocer que aún
en las fases iniciales de la preparación de este trabajo fue el menos procesado. No es
solo un problema reciente o personal. Hace ya varios años que Gonzalo Sánchez al
terminar su balance sobre los estudios de las violencias en el país había incluido en
su “inventario de ausencias, terrenos en los cuales ya comienza a ser tarde su explo-
ración” (1995, p. 38), un listado de temas y aspectos casi exclusivamente culturales.
Pero en la medida en que en el presente trabajo se avanzaba en el acercamiento al
objeto, en que se iban haciendo visibles los mensajes de los datos y de las cifras y, en
particular, en que se intensificó la interlocución con los actores, fue tomando mayor
identidad y sus justas dimensiones.
Una clara demostración de lo anterior la constituye la participación que los en-
trevistados dieron a los factores culturales en la racionalización de los orígenes y
dinámica de la violencia y en sus propuestas para la acción transformadora. La se-
gunda respuesta más frecuente entre las preocupaciones actuales sobre la violencia
se refirió a la importancia creciente de los factores culturales en su dinámica. Una
de cada cinco respuestas explicativas adujo dimensiones y aspectos culturales (Fig-
ura 45), y una de cada cuatro propuestas se refería también al amplio campo de
la cultura (Figura 46). El discurso de los interlocutores perfiló un cuarto contexto,
el jurídico-penal, el cual considero ocupa en realidad un espacio intermedio en-
tre los contextos político y cultural. Si efectivamente se integrara dicho contexto
jurídico-penal con los dos indicados, tendríamos que los aspectos culturales estarían
representando la tercera parte tanto de la explicación de la violencia como de las
estrategias de su enfrentamiento, superando así la capacidad explicativa y la partici-
pación propositiva del contexto económico.
No es solo desde fuera que se le confiere identidad cultural a la violencia. Desde
su propia identidad, la violencia, por ser histórica, humana y social, pertenece tam-

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 165


bién al terreno de la cultura. Domenach (1989), quien posiblemente mejor ha plant-
eado el carácter humano de la violencia y sus dilemas éticos y políticos, afirma que

hay que decir que la violencia es específicamente humana por cuanto es una
libertad (real o supuesta) que quiere forzar a otra. Llamaré violencia al uso
de una fuerza, abierta u oculta, con el fin de obtener de un individuo, o de
un grupo, algo que no quiere consentir libremente.

y un poco más adelante agrega: “Por su aspecto ontológico, la violencia no puede


disociarse de la condición humana. Proscribirla mediante condenas morales o
mediante resoluciones políticas no tiene ningún sentido” (p. 65). Estamos entonces
ante dimensiones éticas y morales; están de por medio cuestiones como libertad,
consentimiento, fuerza, aprendizaje, interrelaciones. Pero, a más de ser aconte-
cimiento cultural en sentido pleno, las condiciones estructurales en las cuales se
hace posible la violencia, para el caso la colombiana actual, tienen también esencial
filiación cultural. ¿No son acaso valores (o antivalores), conductas y actitudes indivi-
duales y colectivas, socialmente aprendidas y ejercidas, la intolerancia, la impunidad
y la inequidad? Y si además “la moral es criterio fundamental de discernimiento
entre lo correcto y lo incorrecto” (Hoyos V., 1993) cuya especificidad “es el darse en
la relación interpersonal” (Hoyos V., 1996, p. 63), resulta aún más claro que al ser la
violencia una opción de fuerza en las relaciones interpersonales, sea también una
cuestión moral.
En el intercambio con los actores entrevistados para la realización de este trabajo
se perfilaron tres grandes aspectos como constitutivos del contexto cultural de la
violencia colombiana actual. Fueron ellos: la cuestión de los valores, la educación y los
aspectos psicológicos. Ya en el capítulo 5 se presentó una síntesis, por lo cual aquí solo
se resaltan y relacionan algunos aspectos.
La ética sigue estando tanto en la médula de las preocupaciones relacionadas
con la violencia y en la explicación de por qué hemos llegado tan lejos en la mag-
nitud y modalidades de la violencia, como en la agenda de posibles soluciones. Hay
realismo al respecto en reconocer los vacíos y desfases éticos existentes y la doble
moral —o moral múltiple, como se dijo anteriormente— evidenciada en especial
por las ambigüedades frente al narcotráfico. Generalizando el tema, la coordinado-
ra de la investigación ya citada sobre valores, instituciones y capital social (Cuéllar,
1997) afirmó a partir de los resultados de su trabajo que Colombia es un país de
doble moral (Varela, 1997). Llama también la atención la diversidad valorativa y de
los referentes que cada cual tiene en mente cuando habla de crisis de valores o cuan-
do propone recuperar, reforzar o construir valores. Por eso, cuando se habla de un
discurso ético-cultural, en realidad son muy diversos discursos.
De acuerdo con la importancia dada en el pasado y presente de la violencia a la
cuestión ético-valorativa, la tercera propuesta más frecuente entre las alternativas de
solución fue la de construir y practicar valores positivos, como la solidaridad, la justi-
cia, la convivencia, el respeto a la diferencia. Respeto que tendrá su primera prueba

166 El quinto: no matar


de fuego precisamente en la construcción de consensos sobre valores mínimos co-
munes para iniciar el largo recorrido hacia el desmonte de las violencias.
Mereció también atención como componente del contexto cultural la cuestión
educativa. Desde reconocer en las carencias y deficiencias de contenidos, modelos
pedagógicos, calidad y cobertura del sistema educativo actual corresponsabilidad
en la génesis y dinámica de la violencia, hasta proponer reformas sustanciales de
fondo y de forma a la educación como parte de una política de paz y del proceso de
superación de la violencia. También aquí se evidenciaron las diferencias ideológi-
cas. Mientras para unos debe despolitizarse la educación y hacerla funcional a los
valores y líneas de autoridad existentes, para otros debe ser un ejercicio político de
construcción de identidad, ciudadanía y libertad. Los unos se agruparon en el dis-
curso autoritario, mientras los otros compartían o el discurso político-económico,
o el ético-cultural.
Componentes importantes del contexto cultural fueron también para los inter-
locutores las dimensiones e implicaciones psicológicas de la violencia. La agresivi-
dad, la acumulación de odios y heridas, las psicopatologías que están detrás de cier-
tas formas de crueldad, las adicciones al alcohol y a otras sustancias psicoactivas que
pueden propiciar acciones violentas, la estructura de personalidad de los sicarios
y demás asesinos a sueldo fueron algunos de los fenómenos señalados. Se expresó
preocupación también por el incremento de ciertas formas de violencia, como la
familiar y el maltrato psicológico y por el efecto de la violencia sobre la salud mental,
en especial de los niños y niñas. Sin pretender convertir las alteraciones psicopa-
tológicas en la gran explicación de la violencia, y señalando que a veces la propician
pero que con frecuencia son también consecuencias de historias y climas de vio-
lencia, parece claro que hay en ellas un campo muy grande tanto de investigación,
como de promoción de la salud y de acciones preventivas y curativas.
Como actor social, los medios de comunicación juegan un papel informativo,
educativo y cultural de importancia incuestionada y creciente en la sociedad mod-
erna. Los entrevistados lo advirtieron en relación con la violencia y alertaron sobre
sus posibilidades y responsabilidades sociales en general, y particulares frente a la
cuestión de la violencia. El tema tiene alcances que trascienden las posibilidades
de este trabajo y de su autor, pero queda constancia de su papel estratégico, de la
conciencia colectiva existente sobre la cuestión y de la urgencia de nuevas prácticas
y reflexiones.
Finalmente: es tal el peso de lo ético-cultural en la naturaleza de la violencia
y, por tanto, en su comprensión, génesis, dinámica, consecuencias y posibilidades
de transformación, que alcanzó a configurar un discurso propio construido con la
palabra de los interlocutores. Un discurso frecuente, dominante en el 28% de los
entrevistados (Figura 47). Pero no solo de ellos. Hizo parte, en proporciones y con
contenidos diversos, de la estructura de los tres restantes discursos identificados. Y
sigue siendo posiblemente el que, por estar menos desarrollado, requiere mayor
trabajo reflexivo e investigativo para lograr descubrir y aprovechar sus posibilidades
interpretativas y propositivas, que parecen casi ilimitadas.

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 167


La impunidad: en la intersección de los contextos político y
cultural de la violencia colombiana

La tercera condición estructural aquí señalada de la actual violencia colombiana es la


impunidad. Hace parte al mismo tiempo de los contextos político y cultural del pro-
blema. Se desarrolló el concepto en el capítulo 3 y se presentaron algunos datos en
el capítulo 4. Se pretende aquí complementarlos y tratar de articularlos de manera
sintética.
Algunos llegan a considerar la impunidad como endémica en la sociedad co-
lombiana (Anmistía Internacional, 1994, p. 66). Pero no solo endémica. Endémica y
progresiva. Los organismos del propio Estado ofrecen cifras alarmantes: “La prob-
abilidad de castigo en Colombia es muy baja; mientras la probabilidad de condena
de un delito fue a mediados de los años sesenta del 20%, bajó al 5% en 1971 y desde
entonces ha descendido consistentemente para llegar si acaso a 0.5% en la actuali-
dad” (República de Colombia, 1997, p. 71) Aun cuando las cifras suministradas por un
investigador privado no coinciden con las anteriores, son también alarmantes: “La
impunidad en el país, aún bajo una definición conservadora —porcentaje de los del-
itos denunciados que no se condenan— bordea el 95%” (Rubio, 1996, p. 18). Para Jesús
Antonio Bejarano la cuarta conclusión en sus reflexiones sobre los efectos económi-
cos de la violencia en el sector agropecuario es que “todo ello está saturado por la
más flagrante e intolerable ineficacia de los organismos de justicia y por una tan
evidente como escandalosa impunidad” (Berajano, 1996). Desde la epidemiología,
la impunidad ha sido vista como un factor de riesgo para la violencia (Fedesarrollo,
1996). Refuerza el argumento de que la impunidad estimula la violencia la compro-
bación empírica de que a menor impunidad menor violencia, como ocurrió con la
encuesta ya citada que observó que “en los municipios en donde, de acuerdo con los
hogares, se aclaró más de uno de cada cuatro de los homicidios cometidos, se detec-
taron bajos niveles de violencia” (Cuéllar, 1997, p. 8). Y concluye:

En síntesis: la efectividad de la investigación judicial -medida por el porcen-


taje de homicidios que, según los hogares, fueron aclarados- y el número de
grupos armados que operan en un municipio son los únicos factores que, en
forma estadísticamente significativa, contribuyen a explicar las diferencias
en los niveles de violencia, medidos por el porcentaje de hogares afectados
por un homicidio cercano. (p. 10).

Como condición estructural, lo lógico es formular que la impunidad propicia y


estimula la violencia. Pero la cuestión es más compleja. Se viene postulando que
la violencia, al constituirse en un obstáculo para la administración de justicia por
diferentes mecanismos de intimidación, control político y deslegitimación del orde-
namiento jurídico, estimula la impunidad. Mauricio Rubio, por ejemplo, al intro-
ducir un reciente trabajo sobre la justicia en condiciones de violencia sostiene que
“se puede argumentar, con referencia al caso colombiano, que la violencia, y en

168 El quinto: no matar


particular la ejercida por las organizaciones armadas, puede constituirse en un obs-
táculo a la adecuada administración de justicia penal en una sociedad” (Rubio, 1997,
p. 1). Por descontado que la impunidad tiene otras raíces y motivos. Una encuesta
realizada en la ciudad de Cali señala, entre otros: desconfianza ciudadana en los apa-
ratos de justicia; inadecuación de la función policial, y congestión y corrupción de
los despachos y de los funcionarios judiciales (Atehortúa, 1995).
Tiene también interacciones la impunidad con los procesos coyunturales anal-
izados, en especial con el problema narco y con la agudización del conflicto políti-
co-militar. La referencia de Mauricio Rubio anteriormente hecha apunta en esa
dirección. Y la influencia negativa del narcotráfico sobre los sistemas de justicia, au-
mentando la impunidad, quedó rubricada con la sangre de muchos jueces y policías
y con la corrupción de otros tantos, como se registra en diferentes estudios (Deas &
Gaitán, 1995, p. 327; Fedesarrollo, 1996, p. 32).
De los datos incluidos en el capítulo 4 sobre impunidad vale la pena resaltar al-
gunos para la argumentación en curso. En 1991, coinciden tanto el mayor número
anual de homicidios de las dos décadas estudiadas (28.284) y el más alto porcentaje
de criminalidad oculta: 73%. Es dramático el descenso generalizado en el país del
número de detenidos por homicidio por cada cien homicidios (Figura 41) y su con-
traste con el incremento en las tasas de homicidio. Mientras en 1975, cuando la tasa
de homicidio era de 25 por 100.000, se detenían en promedio en el país 77 personas
por cada cien homicidios, al final del período, 1995, cuando la tasa de homicidios se
había triplicado (72 por 100.000), solo se detenían 15 homicidas por cada cien homi-
cidios. La relación se evidencia en la Figura 42 al observar la tendencia contraria de
la curva de homicidio, generalmente ascendente, y de detenidos por homicidio por
cada cien homicidios, siempre descendente. Esta relación inversa pudo demostrar
su consistencia matemática en el modelo de regresión progresiva, en el que mostró
un R2=0,956. Desde 1986, hay también una relación inversa entre la curva ascenden-
te de homicidios y la descendente de sumarios iniciados por homicidio, como se
aprecia en la Figura 43.
Finalmente: lo que más llamó la atención en las entrevistas en relación con el
problema de la impunidad y su relación con la violencia es el hecho de que la tercera
parte de los interlocutores señalaron a la impunidad como factor explicativo de la
violencia, ocupando la respuesta el segundo lugar entre todas las demás dadas y solo
precedida por la relacionada con la ilegitimidad, ausencia y debilidad del Estado.
Es un reconocimiento bastante claro de su capacidad explicativa y un refuerzo al
señalamiento de la impunidad como una de las tres grandes condiciones estruc-
turales de la violencia actual. A futuro, indica también, y lo ratificaron el 25% de los
entrevistados, que el trabajo por combatir la impunidad y mejorar la fundamen-
tación conceptual, el ordenamiento legal y el funcionamiento del sistema judicial
hace parte esencial e inaplazable de cualquier estrategia que pretenda con seriedad
reducir la violencia homicida en Colombia.

Diálogos preliminares entre datos, ideas y discursos 169


170 El quinto: no matar
Capítulo 7

Inconclusiones

El andamiaje metodológico y el abordaje utilizados en este trabajo no parecen indi-


cados para concluir categóricamente y producir fórmulas prácticas de aplicación
inmediata. Parecen más apropiados para provocar la reflexión y el debate, ayudar
a explicar y dar pistas sobre posibles áreas para explorar y frentes para actuar. Por
eso el término inconclusiones parece el más adecuado para encabezar dos apartes
finales de enunciados sintéticos crítico-propositivos al terminar la indagación. El
primer aparte, denominado Consideraciones finales, se refiere a aspectos esenciales de
las principales cuestiones metodológicas. El segundo, las inconclusiones propiamente
dichas, es un arriesgado esfuerzo por aportar a los posibles caminos de salida.

Consideraciones finales

La realidad como punto de partida y de llegada

Tanto el esfuerzo teórico, como las revisiones documental y cuantitativa y, en par-


ticular, la interlocución con los distintos actores del problema de la violencia en el
país, reafirman la importancia de trabajar en cada momento del proceso de conoci-
miento de la mano de la realidad. Pero no de cualquiera de sus reducciones —la de
la apariencia fáctica, la de su representación numérica, o de su interpretación sim-
bólica—, sino de la realidad-totalidad violencia. Para el caso, la realidad violencia son
todas sus dimensiones, desde su realización en acontecimientos diarios, pasando
por sus efectos físicos, psíquicos y sociales, por su impacto afectivo, económico y
político-social, por las representaciones verbales y numéricas que la sociedad se
hace de ella, hasta las explicaciones particulares y generales que se van elaborando
para tratar de entenderla. En cada momento de la relación con ella se pasa de unos
niveles a otros. En ocasiones, el punto de partida es un hecho violento y desde él se
va pasando al descubrimiento de su lógica y sus motivos. En otras se parte de la vio-
lencia como objeto de pensamiento y se avanza por los caminos de sus explicaciones
y mediaciones hasta el campo de los hechos violentos. A veces, el motivo inicial de
aproximación a ella es el interés político y pronto tiene que recurrirse a los actores
sociales que la protagonizan y a sus representaciones culturales sobre ella. Es en el
esfuerzo por no quedarse aislado en ninguno de los momentos de esta dialéctica, y

Inconclusiones 171
por encontrar el entramado de sus relaciones y diferenciaciones, en donde parece
residir la especificidad de la búsqueda intelectual y de la construcción científica.
Entre la mitificación o de la cotidianidad y la materialidad fenoménica o de la idea y
la construcción intelectual, hay un punto de equilibrio crítico en el que se manifiesta
la totalidad-realidad. Pero ella misma, en lugar de revelarse, se hace invisible cuando
el observador no alcanza a trascender o las inmediateces de los hechos o los códigos
cifrados de las representaciones intelectuales.
Ahora bien, ni es un juego sencillo, ni carece de riesgos este tipo de intentos por
aproximarse al máximo posible de conocimiento, siempre limitado, de una deter-
minada totalidad-realidad. Las insuficiencias de los mecanismos de observación, de
los procesos de asimilación y de los instrumentos de análisis, y la propia compleji-
dad de las realidades en apariencia más simples, hacen que con frecuencia el esfuer-
zo termine en la epidermis del fenómeno o en el umbral de una relación apenas in-
termedia. En términos positivos, esto quiere decir también que todo conocimiento
es inacabado, y más cuando se refiere a realidades que están aconteciendo todavía.
De ahí la certeza, para el tema en estudio, del carácter provisorio de los enunciados
que aquí se expresan y la necesidad de su confrontación permanente de cara a la
múltiple y cambiante realidad, tanto la que anima cada punto de partida como la
que corona cada esfuerzo de llegada.

Unicausalidad y contextos explicativos

Al terminar el capítulo 1 se inició la discusión sobre el problema de la causalidad


en el caso de la violencia. Se planteó la imposibilidad de una explicación de tipo
unicausal y la decisión de abordar el problema a partir de la categoría contextos expli-
cativos, cuya definición se esbozó.
Recorridos los caminos de las aproximaciones cuantitativa y discursiva a la vio-
lencia, parece reafirmarse la potencialidad y utilidad de los contextos explicativos.
Potencialidad para abrir camino hacia el despeje, entre una amplia gama de facto-
res y procesos relacionados de alguna manera, de aquellos que estructuran, per-
sisten y dan sentido al fenómeno. Y potencialidad para hacer comprensible cómo
se va generando el problema, cómo toma determinados perfiles y cómo adquiere
una dinámica, o dinámicas, específicas. Utilidad tanto cognitiva como práctica. La
primera, en cuanto los contextos explicativos facilitan elementos que contribuyen
a desentrañar la estructura lógica del fenómeno. La segunda, en la medida en que
pueden suministrar insumos para diseñar estrategias de alteración de procesos y
transformación positiva de situaciones.
Si el contexto explicativo se entiende solo como el telón o la música de fondo
de una escena de una obra compleja, carece de sentido. El contexto explicativo es
mucho más que eso. Es penetrar paso a paso en la lógica de una determinada reali-
dad, disecando procesos y fenómenos, identificando especificidades y mediaciones,
diferenciando el guion de las escenas, los diversos actores y sus tensiones, los tiem-

172 El quinto: no matar


pos y los espacios del acontecimiento, la trayectoria de cada uno y sus múltiples
intersecciones. Y trabajando siempre en una triple temporalidad: la del pasado que
ahonda en las raíces, la del presente que aclara la dinámica, y la del futuro que en-
trevé la trayectoria posible.
Tampoco son simples los contextos explicativos. Su configuración demanda un
intenso trabajo de aproximación a los distintos niveles y momentos de la realidad
antes enunciados y una paciente observación de su textura conceptual y de su va-
lidez lógica. Como la realidad a más de compleja es cambiante —y con frecuen-
cia es más compleja por cambiante, tal como acontece con la violencia colombiana
en estudio— en los contextos explicativos se va tratando de dar cuenta de ambas
dimensiones y de sus relaciones y, por tanto, se van introduciendo o eliminando
ciertos factores y procesos y van tomando mayor presencia y potencialidad explica-
tiva otros. De allí que haya que ubicar y delimitar el momento al cual se refiere un
determinado contexto explicativo. Y aceptar que no siempre hay un único contexto
explicativo para cada realidad, ni los distintos contextos tienen el mismo orden ex-
plicativo en diferentes momentos de la realidad estudiada.
Los tres contextos explicativos propuestos para la violencia colombiana actual,
al tiempo que intentan dar cuenta de las condiciones de origen, de los procesos di-
namizadores coyunturales y de los rumbos e interacciones de los distintos actores y
procesos, pretenden fortalecer ejes de pensamiento sobre el problema y contribuir a
despejar el camino de las alternativas resolutivas. No es solo un esfuerzo descriptivo
y analítico, sino también un intento por leer desde dentro los códigos cifrados de las
tendencias para ayudar en el esfuerzo colectivo por transformarlas y revertirlas. En
la medida en que contribuya a la comprensión y eventual superación de la realidad
en cuestión, podrá evaluarse mejor su consistencia lógica, su valor metódico y su
utilidad social.

Las interacciones entre condiciones estructurales y procesos


coyunturales

Se critica con frecuencia a las distintas vertientes del trabajo en violencia que se
quedan en el reconocimiento y las acusaciones contra los factores estructurales de
violencia. Se les dice que a más de quedarse mirando solo hacia atrás, son casi inútiles
en términos de aportes para la acción presente y futura y siguen más próximas al
lamento que a la propuesta concreta. Como consecuencia del menosprecio por lo
genético y lo estructural, se va generalizando una marcada predilección por los abor-
dajes inmediatistas que, deslumbrados por el último acontecimiento y obsesionados
por la eficacia y los resultados de corto plazo, solo quieren —a partir de los datos de
la coyuntura, del factor específico y de la emoción en curso— llegar a la receta y a la
intervención directa. Abusando de los términos y agrupando las corrientes teóricas
subyacentes, podría hablarse de estructuralistas y coyunturalistas en el estudio y las
propuestas frente a la violencia.

Inconclusiones 173
Parte del esfuerzo del presente trabajo ha consistido en buscar y entender la cor-
relación entre las condiciones estructurales y los procesos coyunturales de la violencia
actual. Más aún: en tratar de explicar la violencia justamente por la dinámica de dicha
interacción. Aisladamente, ni los componentes coyunturales ni los estructurales en
conjunto —y menos aún individualizados— alcanzan a dar cuenta del proceso. Por
supuesto que en el planteamiento queda claro que lo estructural no es solo lo que está
en la base, lo estático y constante en el proceso. No. Lo estructural es lo que crea la
posibilidad original y va creciendo y complicándose en la medida en que lo refuerzan
otros elementos estructurales y que lo activan y dinamizan los procesos coyuntura-
les. Estos a su vez no son solo la chispa del incendio. Concretan la posibilidad del
acontecimiento y empiezan a hacer parte orgánica de él. El narcotráfico o el conflicto
político-militar o el alejamiento del Estado de las prioridades sociales no son solo los
grandes disparadores de la violencia colombiana contemporánea. Ellos han empeo-
rado las condiciones estructurales, se han entrecruzado entre sí y han penetrado los
distintos órganos y sistemas de la vida nacional. No están disparando desde fuera el
problema de la violencia. En parte, lo constituyen y desde dentro del tejido nacional
continúan animando más violencia, más inequidad, impunidad e intolerancia.
También es difícil y riesgoso trabajar con ambas dimensiones —la estructural y
la coyuntural—. No es un campo de evidencias y, por tanto, permanecen vivas cues-
tiones como las siguientes. ¿Serán esas y solo esas las condiciones estructurales, y
esos y solo esos los procesos coyunturales? ¿Habrá otros que también estén teniendo
una participación importante? ¿Tendrán en la realidad las intensidades, la dinámica
y los niveles relativos de participación que han tratado de perfilarse en el trabajo?
La vigencia y validez de las cuestiones no invalidan el modelo propuesto. Solo reaf-
irman su carácter provisorio e invitan a seguir explorando y debatiendo sin miedo
la complejidad ni concesiones a la simplicidad aparente. No basta ni con entender
la génesis ni con captar la dinámica del proceso. Ambas son esenciales y es preciso
entenderlas correlacionadas.
Si bien son serias las implicaciones lógicas de esta relación entre lo estructural
y lo coyuntural, sin duda sus mayores consecuencias se aprovechan o padecen al
momento de abordar la realidad. En términos médicos, la diferencia sería similar a
la existente entre los efectos de un tratamiento sintomático y los de un tratamiento
etiológico. En el primero se trata de controlar aquello que aparece, que es más visi-
ble y sensible y que en ocasiones impide pensar en lo que está detrás ocasionando el
síntoma. En el segundo se busca revertir el proceso originario, sin cuidar en primera
instancia de sus efectos inmediatos. Una buena terapia presupone el conocimiento
adecuado tanto de los síntomas como de sus causas y debe incluir el manejo si-
multáneo y ponderado de ambos procesos. El desconocimiento o descuido de uno
de ellos puede significar el fracaso total de la terapia y el consiguiente agravamiento
del problema.

174 El quinto: no matar


La saludable relación teoría-dato-discurso

Es cierto que el trabajo simultáneo en los frentes teórico, documental y discursivo


no es la manera más simple, ni más fácil, ni más práctica de abordar una realidad
específica. Pero por la diversidad de los niveles de realidad en que se apoya, por la
posibilidad de contrastar unos con otros, y por la lenta elaboración requerida para
llegar a algún esclarecimiento, parece ofrecer mayor riqueza en la búsqueda, com-
plementariedad en la discusión y densidad en las formulaciones preliminares alcan-
zadas. Además, por exigir la permanente contrastación entre los tres insumos, hace
un poco más difícil ceder a la seducción o de las teorías y las teorizaciones, o de los
mitos cuantitativistas, o de la provocación de los discursos.
El método tiene también grandes limitantes. En primer lugar, las insuficiencias in-
trínsecas de cada uno de los tres insumos. Ni las teorías sobre violencia están tan aca-
badas, ni disponemos —como se evidenció a lo largo del trabajo— de la cantidad y cal-
idad de información requerida, ni hemos pronunciado ni procesado suficientemente
los diversos discursos sobre el tema. En segundo lugar: aún si los tres insumos fueran
suficientes, quedarían en pie las dificultades y limitaciones para procesarlos y correl-
acionarlos de manera adecuada. En el caso colombiano hay un agravante adicional:
la intensidad actual de las violencias. Es más difícil acercarse a las teorías o teorizar,
procesar información u oír discursos sobre la violencia cuando ella misma está golpe-
ando de manera directa, inmediata y cotidiana. Más difícil no quiere decir con menor
seriedad o profundidad. Quiere decir con un mayor desgaste afectivo e intelectual y
con menor distancia de la requerida para ver con mayor claridad y perspectiva.
Aun así, el trabajo simultáneo y complementario en los campos de la teoría, el
dato y el discurso es una opción más comprehensiva e integradora que puede per-
mitir avanzar más hacia el interior de los fenómenos y procesos y que, en perspec-
tiva, puede aportar más tanto a la comprensión como a la eventual superación de
realidades como la violencia en estudio.

A manera de inconclusiones

De la violencia a la barbarie

Los hechos, datos y cifras presentados a lo largo del trabajo no parecen dejar dudas
sobre la extrema gravedad de la situación de violencia que vive el país. Solo la cifra
global de 338.378 homicidios registrados en las dos décadas analizadas parece sufi-
ciente para encender las alarmas y activar los mecanismos de defensa de cualquier
sociedad. Peor aún si se va más allá del total y se observa que más del 90% de las
víctimas son hombres cada vez más jóvenes, que al menos un 11% de los asesinados
han sido militantes políticos, líderes populares y sindicales, defensores de derechos
humanos, periodistas y marginados de la sociedad, y que muy pocas regiones

Inconclusiones 175
concentran porcentajes demasiado altos del total de la violencia homicida. Mayor
aún la gravedad si se miran las devastadoras consecuencias de la violencia en los
campos políticos, culturales y económicos del país, y en el acelerado deterioro de
la calidad de vida y la salud mental de los colombianos y colombianas. Y la consta-
tación de la gravedad del problema culmina al evidenciar que detrás de los gatillos
que han disparado contra estos colombianos hay tanta responsabilidad del Estado
y de muchos de los sectores sociales, que deberían ser la garantía del bienestar y
de la implementación de mecanismos no violentos de resolución de los inevitables
conflictos sociales.
Merece destacarse también al momento de señalar la gravedad de la situación
violenta una observación que se fue haciendo cada vez más sólida a lo largo del
trabajo. Es el hecho de una especie de autogeneración de la violencia, de una inercia
muy fuerte que hace que cada vez sea de esperarse más y más violencia. La banali-
zación y cotidianidad de la violencia, el acostumbramiento de los actores a matar y
del conjunto de la sociedad a ver matar y la progresiva pérdida del asombro hacen
también hoy parte de la gravedad del problema. Todo lo anterior y el hecho de que
en el conflicto que vive el país no se respeten ni los derechos humanos, ni el derecho
internacional humanitario, ni ningún mínimo ético ni humanitario, constituye la
base para afirmar que en Colombia se está pasando de la violencia a la barbarie. Señalarlo
no es un grito de desespero ni una contribución al amarillismo y a los estereotipos
antinacionales. Es invitar a no cerrar los ojos ante la evidencia vivida y descrita e
intentar contribuir desde el campo específico de trabajo de cada uno y cada una a ac-
tivar los mecanismos nacionales e internacionales necesarios y posibles para frenar
el desbordamiento y emprender caminos de reconstrucción menos violenta.

Complejidad de la violencia y diversidad discursiva

La conclusión más simple e inmediata que emerge de esta reflexión sobre la vio-
lencia colombiana es su enorme complejidad. Es además de las pocas verdades sobre
el tema en las que hay un consenso abrumador entre pensadores, políticos, investi-
gadores y actores. Complejidad histórica y política, ética y económica, en las espe-
cificidades y en las interacciones, en los datos y en los análisis, en las explicaciones y
en las posibles agendas para la acción.
Pero la complejidad no es caos ni razón para la pasividad intelectual o la der-
rota anticipada de la acción. La tarea intelectual es apasionante justamente por los
riesgos del abordaje de lo complejo, por las incertidumbres tanto de los caminos e
instrumentos de entrada como de salida, y por la aventura de atreverse a construir y
a pronunciar en público, a partir de lo sabido y lo intuido, una palabra nueva y, ojalá,
cargada de futuro y de esperanza.
A una tal complejidad corresponde, entre otras cosas, una diversidad discursiva.
Diversidad creciente y cambiante. Solo hay discursos únicos sobre realidades sim-
ples y en conjuntos cerrados. Dentro del margen relativamente estrecho de inter-

176 El quinto: no matar


locución de este trabajo pudieron identificarse cuatro discursos diferentes sobre el
objeto observado-sentido-pensado. Cada uno con su lógica y su textura, sus razones
y sus intereses, su historia y su proyecto: un discurso político-económico, otro éti-
co-cultural, otro reactivo y un cuarto discurso autoritario. Es posible que reflejen lo
que acontece no solo entre los entrevistados, sino también a nivel nacional. Anali-
zando de manera retrospectiva puede observarse que efectivamente los cuatro dis-
cursos han existido en el país, tienen representantes caracterizados y se han ido de-
sarrollando de manera progresiva. Cada uno de ellos tiene ciertas territorialidades
dentro de la comunidad académica o política, o dentro de ciertos sectores sociales.
Son utilizados para representarse el problema, para tratar de explicárselo y para in-
tentar soluciones, pero también para justificar actitudes y cobrar dividendos. Como
todo discurso, está también penetrado por el poder, por la cultura y por la posición y
trayectoria en las cuales se produce y desde las cuales se pronuncia.
Tampoco la diversidad discursiva debe ser razón escéptica o distancia insuper-
able. Puede ser invitación a oírse, a respetarse, a intentar acercarse y trabajar juntos
sin negarse ni pretender un discurso ni un camino únicos. Saber que la violencia
no se expresa en un discurso único es, por tanto, una convocatoria a reconocer o
construir su propio discurso y a escuchar el de los otros. Y a intentar, sin anularlos,
elaborar una propuesta resolutiva común con lo esencial de las diferencias y lo más
simple de las complejidades.

Pistas para la acción

A lo largo del trabajo se han ido enunciando algunos campos y frentes de acción en
los cuales, de conformidad con los hechos y su análisis e interpretación, parece prio-
ritaria la respuesta académica y político-social ante el problema de la violencia. No
se trata ahora de resumirlos, sino de hacer una última reflexión general, a manera de
propuesta inconclusa.
Por la complejidad y gravedad de la situación de violencia en Colombia, los
caminos de su superación son varios, ondulantes y largos. Si bien hay que romper
con la inmovilidad y la apatía, también hay que desterrar los espejismos de solu-
ciones fáciles, inmediatas y mesiánicas. Los datos y análisis presentados refuerzan la
idea de la necesidad de soluciones de fondo que, por tanto, son también complejas
y costosas.
Si en términos generales se aceptaran el esquema analítico y los elementos estruc-
turales y coyunturales planteados, podría decirse de manera casi obvia que el enfren-
tamiento de la violencia colombiana requiere la decisión de la sociedad, de su Estado
y de sus voceros de buscar soluciones de fondo en dos grandes campos. El primero
corresponde a los tres procesos coyunturales. La negociación política del conflicto políti-
co-militar interno, la resolución dentro de acuerdos internacionales del problema narco, y
la configuración y actuación de un Estado y un ordenamiento político menos corruptos, más
participativos, eficaces y próximos a las necesidades sociales, aparecen como los elementos
básicos. El segundo campo de trabajo se relaciona con los tres aspectos estructurales:

Inconclusiones 177
reducción real de los niveles de inequidad e impunidad y transformación positiva de los valores y
actitudes intolerantes. Para cada uno de ellos y de los aspectos específicos implicados, se
presentaron pistas concretas y detalladas de pensamiento y de acción en los capítulos
anteriores. Si no se trabaja decidida, paciente y simultáneamente en cada uno de los
componentes de ambos campos, cada esfuerzo y solución parcial se debilita y puede
contribuir a opacar y aplazar la posibilidad resolutiva global.
De lo planteado anteriormente resulta claro que la superación de las violencias
colombianas implica en la práctica la participación plena del Estado y la Sociedad
colombianos y el apoyo efectivo de la comunidad internacional. Es decir: no solo
participación discursiva o de buenas intenciones, sino de renegociación efectiva de
poderes, territorios e intereses y de atreverse a arriesgar propuestas no convencio-
nales —heterodoxas, insistió uno de los entrevistados—. Aporta poco quedarse en el
señalamiento de la responsabilidad estatal, en la condena de los actores armados
o en la invocación a la buena voluntad de la sociedad (¿civil?) y de la “comunidad”
internacional. Los tres actores —Estado, sociedad y comunidad internacional— con
los diferentes sectores y fuerzas que los conforman y dinamizan, están retados por la
magnitud y gravedad de la situación a acelerar la búsqueda de soluciones.

Post scriptum

Al término de la discusión académica de la primera versión de este material, una


de las analistas internacionales preguntó con honestidad: ¿Será viable Colombia? La
pregunta, sorprendente al principio, tiene pleno sentido, dadas la gravedad y com-
plejidad de problemas expresados por la larga historia de violencia del país y la mag-
nitud de la actual. Por afecto y por inercia histórica, uno quisiera responder que sí,
que evidentemente Colombia sí es viable. Pero es bueno aceptar y asimilar la pre-
gunta y dejarla planteada en todos los escenarios y a todos los actores y analistas del
proceso colombiano presente y futuro.
Es muy posible que en la negociación de los puntos en conflicto y en general en
los intentos por revertir la situación de violencia se esté jugando en realidad la via-
bilidad misma del proyecto nacional de sociedad civilizada, justa y, por tanto, más
favorable a la vida que al desbordamiento homicida dibujado en estas páginas.

178 El quinto: no matar


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