Franco, S. (2025) El Quinto, No Matar. Contextos Explicativos de La Violencia en Colombia
Franco, S. (2025) El Quinto, No Matar. Contextos Explicativos de La Violencia en Colombia
58. La farmacia, los farmacéuticos y el uso adecuado de los 40. Epidemiología en la pospandemia: De una ciencia
medicamentos en América Latina. tímida a una ciencia emergente
Núria Homedes, Antonio Ugalde, 2025 Naomar de Almeida Filho, 2023
57. Evaluación en salud: De los modelos teóricos a la 39. Pensamiento estratégico y lógica de programación: El
práctica en la evaluación de programas y sistemas de salud. caso salud
Zulmira Maria de Araújo Hartz, Ligia Maria Vieira Mario Testa, 2023
da Silva, 2025
38. Dispositivos institucionales: Democracia y
56. Tecnoburocracia sanitaria: ciencia, ideología y autoritarismo en los problemas institucionales
profesionalización en la salud pública. Gregorio Kaminsky, 2023
Celia Iriart, Laura Nervi, Beatriz Oliver, Mario Testa,
2025 37. De hierro y flexibles: Marcas del Estado empresario y
consecuencias de la privatización en la subjetividad obrera
55. Salud, medicina y clases sociales Maria Cecília de Souza Minayo, 2023
Alberto Vasco Uribe, 2025
36. El recreo de la infancia: Argumentos para otro
54. De sujetos, saberes y estructuras. Introducción al comienzo
enfoque relacional en el estudio de la salud colectiva Eduardo Bustelo, 2023
Eduardo L. Menéndez, 2025
35. La planificación en el laberinto: un viaje hermenéutico
53. Historias comparadas de la profesión médica: Rosana Onocko Campos, 2023
Argentina y EEUU
Susana Belmartino, 2024 34. Introducción a la epidemiología
Naomar de Almeida Filho, Maria Zélia Rouquayrol,
52. Nuevas reglas de juego para la atención médica en la 2023
Argentina: ¿Quién será el árbitro?
Susana Belmartino, 2024 33. Investigación social: Teoría, método y creatividad
Maria Cecília de Souza Minayo (organizadora), Suely
51. Como se vive se muere: Familia, redes sociales y muerte Ferreira Deslandes, Romeu Gomes, 2023
infantil
Mario Bronfman, 2024 32. Estrategias de consumo: qué comen los argentinos que
comen
50. Meningitis: ¿una enfermedad bajo censura? Patricia Aguirre, 2023
Rita Barradas Barata, 2024
31. pensar-escribir-pensar: Apuntes para facilitar la
49. Salud sexual y reproductiva y vulnerabilidad escritura académica
estructural en América Latina: Contribuciones de la Martín Domecq, 2022
antropología médica crítica
Rubén Muñoz Martínez, Paola María Sesia, 2024 30. Hospitalismo
Florencio Escardó, Eva Giberti, 2022
48. Teoría social y salud
Floreal Antonio Ferrara, 2024 29. Natural, racional, social: razón médica y racionalidad
científica moderna
47. Historia y sociología de la medicina: selecciones Madel T. Luz, 2022
Henry E. Sigerist, 2024
28. La enfermedad: Sufrimiento, diferencia, peligro, señal,
46. Locos y degenerados: Una genealogía de la psiquiatría estímulo
ampliada Giovanni Berlinguer, 2022
Sandra Caponi, 2024
27. Búsqueda bibliográfica: Cómo repensar las formas de
45. Acerca del riesgo: Para comprender la epidemiología buscar, recopilar y analizar la producción científica escrita
José Ricardo de Carvalho Mesquita Ayres, 2024 Viviana Martinovich, 2022
44. Los discursos y los hechos: Pragmatismo capitalista, 26. Precariedades del exceso: Información y comunicación
teoricismos y socialismos distantes en salud colectiva
Eduardo L. Menéndez, 2024 Luis David Castiel, Paulo Roberto Vasconcellos-Silva,
2022
43. Participación social, ¿para qué?
Eduardo L. Menéndez, 25. La historia de la salud y la enfermedad interpelada:
Hugo Spinelli, 2024 Latinoamérica y España (siglos XIX-XXI)
Gustavo Vallejo, Marisa Miranda, Adriana Álvarez,
42. Teoría social y salud Adrián Carbonetti, María Silvia Di Liscia, 2022
Roberto Castro, 2023
“Ver Colección cuadernos del ISCo
41. Trabajo, producción de cuidado y subjetividad en salud (Continuación)”
Túlio Batista Franco, Emerson Elias Merhy, 2023
El quinto, no matar
Contextos explicativos de la violencia
en Colombia
Saúl Franco
Franco, Saúl
El quinto, no matar : contextos explicativos de la violencia en Colombia / Saúl Franco. - 1a ed. -
Remedios de Escalada : De la UNLa - Universidad Nacional de Lanús, 2025.
Libro digital, PDF - (Cuadernos del ISCo / Spinelli, Hugo; 59)
ISBN 978-987-8926-95-7
DOI 10.18294/CI.9789878926957
EDUNLa Cooperativa
Edificio “José Hernández”, 29 de Septiembre 3901, B1826GLC Remedios de Escalada,
Buenos Aires, Argentina
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A las 338.378 víctimas de homicidio en Colombia entre 1975 y 1995,
para que su sangre se convierta finalmente en
semilla de paz, equidad y convivencia.
Saúl Franco
Agradecimientos VII
Prólogo XIII
Álvaro Camacho Guizado
Bibliografía 179
Agradecimientos
Saúl Franco
X El quinto: no matar
tolerancias, las violencias y la confrontación armada no solo no cesarán, sino que
seguirán incrementándose.
En cuanto a los que el libro denomina procesos coyunturales en el origen y dinámi-
ca de la violencia homicida colombiana, a saber: la emergencia y expansión del problema
narco, el viraje neoliberal y la agudización del conflicto político-militar interno, es obvio que
deben replantearse hoy tanto por los cambios sucedidos en cada uno de ellos como
por los tipos de violencia que se quieran abordar. Han sido tales el crecimiento de
la producción de narcóticos en el país (se estima en más de 280.000 el número de
hectáreas cultivadas en coca en 2024), la actividad y rentabilidad de su comercial-
ización en los mercados internacionales mediante carteles trasnacionales, y la pene-
tración de sus dineros e intereses en distintos actores y sectores de la vida nacional,
que “el narcotráfico” es hoy uno de los protagonistas —si no el principal— de las vio-
lencias y la confrontación armada en el país. Por su parte, en la coyuntura económi-
ca actual, el problema ya no es el viraje neoliberal sino la incertidumbre de lo que
vendrá en la fase post-neoliberal que se está perfilando y que, al parecer y ojalá me
equivoque, será más propicia para la violencia y las guerras, que para la convivencia
y la paz. Y la agudización del conflicto político-militar interno que en el texto se
considera “proceso coyuntural” para la persistencia de la violencia homicida, sigue
cumpliendo su papel al respecto, pero al mismo tiempo adquiere en sí mismo nue-
vas modalidades y complejidades que no solo le permiten mantenerse sino inclusive
incrementarse en algunas regiones, tal como se observa en la actualidad.
La investigación que originó el libro permitió reconocer cuatro contextos explica-
tivos para la violencia homicida: uno político, otro económico, otro cultural y otro
jurídico-penal. Coherente con estos contextos explicativos, la investigación señala
también los campos en los cuales se debería trabajar simultáneamente en la búsque-
da de soluciones, pero enfatizando que lo referido al campo político mereció la
mayor prioridad entre las personas entrevistadas, seguidas por el trabajo en el cam-
po de la cultura. Un cuarto de siglo después sigo pensando —y los trabajos ya citados
refuerzan la conclusión— que en esas cuatro dimensiones del poder en la sociedad
se encuentra tanto la racionalidad como las claves para la superación no solo de la
violencia homicida sino de la conflictividad armada que sigue viviendo el país.
La investigación hace un aporte importante al identificar cuatro discursos so-
bre la violencia homicida en Colombia, a saber: i) de corte político-económico; ii)
ético-cultural; iii) reactivo; iiii) autoritario. Este hallazgo no he visto que lo hayan
desarrollado y utilizado otros investigadores. La tipificación discursiva parece seguir
siendo válida y creo que podría aplicarse no solo a las elaboraciones sobre la violen-
cia homicida sino también a otras modalidades de violencia y al conflicto armado te-
niendo en cuenta, en todo caso, que no hay discursos puros. Todo discurso es mixto.
Mirando retrospectivamente considero un acierto del trabajo el haber hablado
de inconclusiones en lugar de conclusiones. Ello traduce la convicción de que todo
conocimiento es inacabado y que, por tanto, cualquier deducción o propuesta de
acción es siempre incompleta, imperfecta y discutible. Esto está también en sintonía
con la consideración ya expresada de la impotencia relativa del conocimiento frente
a la tozudez de la realidad.
Abril de 2025
Colombia asesina
1
Investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad
Nacional de Colombia.
2
En Revista de la Universidad Nacional, Segunda época, Vol. II, No. 10, diciembre de 1986.
Prólogo XIII
resuelve este problema acumulando y comparando las diferentes fuentes y llega
así a la mayor precisión que se ha logrado en los estudios académicos en el país.
Pero más aún, dada su orientación hacia la salud pública, introduce tipos de cifras
que no son corrientes en los nuevos análisis del tema en Colombia. En concreto, las
comparaciones sobre mortalidad por género y edad, por regiones del país, las rela-
ciones entre el homicidio y otras formas de mortalidad, y muy especialmente, entre
los homicidios y las defunciones, muestran un panorama radicalmente nuevo en el
tema. No me cabe duda de que, a partir de estas cifras, los análisis sobre la violencia
en Colombia tendrán que modificarse sustancialmente. Otro tanto puede decirse de
las cifras de análisis relativas a la impunidad y a la intolerancia.
Saúl ha encontrado, por ejemplo, que entre 1975 y 1995 se produjeron 338.378
homicidios, que en las últimas décadas el perfil de la mortalidad en Colombia se ha
modificado radicalmente y que el cambio principal consiste en que mientras otras
fuentes decrecen, la violencia se ha convertido en la primera causa de muerte. Esto
ha llevado al médico Franco a sostener algo que se ha venido diciendo en Colombia:
que estamos frente a una verdadera epidemia de homicidios.
Esta epidemia asume formas particulares: en primer lugar, involucra de manera
muy especial a la población masculina joven: más de la mitad de los adolescentes
hombres que murieron en 1994 en el país fueron víctimas de homicidios. En los de-
partamentos del eje cafetero, por ejemplo, entre los hombres entre 20 y 24 años los
homicidios llegaron a representar en 1989 más del 70% de las defunciones. En Antio-
quia los homicidios alcanzan los más altos porcentajes dentro de la mortalidad gen-
eral en el período estudiado. Entre los 10 y los 14 años los homicidios representaron
en 1994 el 40% de las muertes. En 1994 el 84% del total del grupo de adolescentes
antioqueños entre 15 y 19 años, 88% de los hombres y 54% de las mujeres, murieron
por homicidio. Cifras escandalosas, ante las cuales cualquier comentario sobra.
Este análisis cuantitativo es acompañado por una buena colección de entrevistas
a informantes clave: actores armados, funcionarios estatales, representantes de la so-
ciedad civil. No me cabe duda de que con este material Franco ha hecho una nueva
y muy valiosa contribución a la comprensión del fenómeno.
Sobre la explicación. El autor recurre con habilidad a una perspectiva teórica en
la que liga condiciones estructurales (inequidad, impunidad e intolerancia), y tres
procesos coyunturales (la intensificación del conflicto político militar, la emergencia
y expansión del narcotráfico y el desarrollo del modelo neoliberal). Estas ligazones
se analizan dentro de tres contextos explicativos básicos: el político, el económico
y el cultural. En este terreno, Franco tiene puntos originales y otros que se enmar-
can en fuertes tradiciones teóricas. Ahora bien, las relaciones entre lo coyuntural y
lo estructural son siempre teóricamente complejas, de modo que hay momentos
en que no se sabe cuál es realmente su direccionalidad. Me explico: la violencia en
Colombia puede ser una “resultante” de esas condiciones estructurales y procesos
coyunturales, pero, a su vez, esa misma violencia ha creado condiciones de pro-
fundización de las anteriores variables. Es así como, por ejemplo, la relación en-
tre violencia e intolerancia es de doble vía, pero, además, la violencia crea no solo
intolerancia sino impotencia, la cual, a su vez, tiene una fuerte incidencia sobre la
impunidad. La inequidad está en la base de la violencia, pero esta también es un
Prólogo XV
Creo que este libro aclarará muchas dudas en torno del tema de la violencia colom-
biana, iluminará a los estudiosos de nuestra sociedad, y, si existe algo de voluntad,
inspirará a los responsables de la formulación de políticas en cursos de acción más
novedosos y eficaces. Pero servirá también a los actores de la violencia a reflexionar
sobre lo que significa su acción sobre nuestra sociedad.
Finalmente, con este trabajo Franco contribuye a ampliar la línea de investi-
gación sobre violencia que ha formado parte de la historia del Instituto de Estudios
Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.
Acercamiento al problema
Acercamiento al problema 17
Para el caso particular, hay una tercera razón de tipo académico. Es la de in-
tentar un planteamiento lo suficientemente consistente desde una perspectiva de
salud pública. Este carácter le planteó al trabajo desde un comienzo dos exigencias.
De un lado, las metodológicas y formales, cuestión que aquí se ha entendido en
lo fundamental como rigor, tanto en los conceptos como en los instrumentos, las
relaciones y las interpretaciones. De otro, desarrollarse dentro del referencial de la
salud pública. No teniendo la salud pública la densidad de una ciencia y reconocida
más como un conjunto de saberes y prácticas sobre el bienestar colectivo y como
el resultado mismo de las acciones estatales y sociales sobre los condicionantes del
bienestar, resultan comprensibles las dificultades adicionales de una indagación so-
bre la violencia desde la salud pública. No obstante, la consideración de la violencia
como un problema de salud pública —el principal en el caso colombiano— abre
también algunas posibilidades tanto teóricas como metodológicas para el aborda-
je del tema. La salud pública es un campo de conocimiento abierto a los aportes
de todas las ciencias y saberes capaces de dar cuenta de la naturaleza, dinámica y
condiciones de la salud colectiva. Caben entonces la epidemiología y la sociología, la
antropología, la historia y la economía. La frontera del campo de la salud pública no
la traza una disciplina o un campo teórico particular, sino una temática y el conjunto
de insumos metódicos, conceptuales y disciplinarios necesarios para su compren-
sión. De ahí derivan buena parte de las posibilidades y dificultades de un abordaje
como el presente del problema de la violencia. No es el trabajo de un sociólogo,
estadístico, politólogo o historiador. Tampoco el de un médico en cualquiera de sus
modalidades clásicas clínico-quirúrgicas. Es un trabajo de frontera, realizado en los
territorios de intersección de dichos saberes al tratar de dar cuenta de la unidad
temático-problemática que llamamos violencia.
Concepto de violencia
La primera condición para poder avanzar en una indagación sobre violencia es jus-
tamente delimitar el concepto. Entiendo por violencia toda forma de interacción
humana en la cual, mediante la fuerza, se produce daño a otro para la consecución
de un fin. Es preciso desagregar y discutir los contenidos de este enunciado sintético.
El punto de partida es el reconocimiento de la humanidad de la violencia. Es
decir: la violencia es una manera de actuar, una conducta, una opción desarrollada,
aprendida y ejercida en las relaciones entre los seres humanos y en las instituciones
y organizaciones que ellos han ido construyendo. Es una forma aprendida de rel-
acionarse. Esta primera característica delimita el campo a acontecimientos entre
seres humanos. No entran entonces en consideración aquí las relaciones de fuerza
entre animales de otras especies ni las manifestaciones de fuerza de la naturaleza,
tales como un terremoto o la erupción de un volcán. Lo esencial, con todo, no es
la exclusión de lo no humano, sino el reconocimiento tanto de las características
humanas en la acción violenta: inteligencia, racionalidad, direccionalidad, pasión,
como del hecho de que las formas violentas de respuesta se van generando en el
18 El quinto: no matar
tejido de las relaciones interhumanas, en la cotidianidad milenariamente repetida
de las múltiples relaciones humano-humano en los niveles individuales y de los
colectivos —familia, etnia, nación, clase, grupo— que se han ido construyendo. Es,
entonces, actividad racional e inteligente. Y es una realidad relacional, no una ma-
terialidad constante. Conlleva todas las complejidades de las conductas humanas en
cuya génesis se entrecruzan razones y afectos, intereses y poderes. Es cambiante,
en la medida en que la vida de los seres humanos se realiza en distintos contextos
y condiciones materiales, y en que se van acumulando y transformando diferentes
maneras de respuesta, motivaciones, ideas y pasiones. Por eso difieren las formas
e intensidades de violencia de unos países a otros, de unos grupos sociales a otros
y de unos momentos a otros dentro de un mismo colectivo. No es fatalidad de la
especie, sino una de las posibles opciones de la especie para la realización de su ser
y sus proyectos. Posiblemente, la apología más apasionada del carácter humano y
humanizador de la violencia de reacción frente a la opresión la escribió Jean Paul
Sartre en 1961 en el Prefacio a la obra de Frantz Fanón sobre la guerra de liberación
de Argelia. Dice: “Esa violencia irreprimible... no es una absurda tempestad, ni la
resurrección de instintos salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hom-
bre mismo reintegrándose” (Fanón, 1965, p. 20). Refiriéndose al contraste entre los
colonizadores y los colonizados mediante la violencia agrega: “Encontramos nuestra
humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la encuentra más allá de
los suplicios y de la muerte... Hijo de la violencia, en ella encuentra a cada instante
su humanidad” (p. 22). Para el colonizado, afirma Fanón, “esta violencia representa
la praxis absoluta” (p. 77).
Estas diferentes dimensiones e implicaciones de la violencia como realidad hu-
mana pueden expresarse en la categoría de historicidad de la violencia. Ella recupera
para la violencia el carácter de construcción temporal relacional e interhumana, de
realidad racional-pasional diversa, variable y transformable, de actividad inteligente
y, como se desarrollará más adelante, dirigida.
Cuando Walter Benjamin intenta encontrar un criterio sólido para su análisis
jurídico-moral de la violencia, empieza por descartar la tesis jusnaturalista que
presenta a la violencia como un producto natural al servicio de fines justos. Explo-
ra entonces en el derecho positivo “que considera al poder en su transformación
histórica” (Benjamin, 1995, p. 26), con lo cual se aproxima bastante a la historicidad
de la violencia. Y si bien en su obra toma después distancia de las tesis del derecho
positivo, mantiene y da nuevos contenidos al carácter histórico-social de la violen-
cia. Al final afirma de manera categórica: “La crítica de la violencia es la filosofía de
su historia” (p. 74).
La caracterización humana (histórico-social) de la violencia es apenas el primer
elemento en su delimitación. Pero, en el múltiple universo de relaciones humanas,
¿qué diferencia a las violentas de las demás? Tres características básicas configuran
la relación violenta: es una relación de fuerza, que produce daño y que tiene direc-
cionalidad.
Lo que le da mayor identidad a la violencia es la fuerza. En el lenguaje cotidiano
inclusive, como bien lo anota Hannah Arendt (1969, p. 44 y ss.), identificamos la vi-
olencia con la fuerza. Puede afirmarse que sin fuerza no hay violencia. O, corriendo
Acercamiento al problema 19
ciertos riesgos, que en esencia la violencia es una relación de fuerza. Una relación
cuya mediación, mecanismo y forma de realización es la fuerza. Es decir, una mane-
ra humana de interactuar en la cual todas las formas posibles de comunicación se
anulan y sustituyen por una única: la fuerza. De las dieciséis acepciones que el dic-
cionario de la Real Academia le da a la palabra fuerza, son dos las que mejor expre-
san el tipo de fuerza que constituye la violencia. Son ellas: aplicación del poder físico
o moral y: acto de obligar a uno a que asienta a una cosa, o a que la haga (DLE, 1992,
P. 1002). Es fuerza física o moral en cualquiera de sus múltiples modalidades y apli-
cada directamente o mediada por instrumentos que la potencian, como las armas
físicas o químicas. El tipo de fuerza y/o de arma empleadas en el acto violento son
uno de los elementos para diferenciar las violencias. Igual acontece con la intensidad
y la eficacia con las cuales se aplica.
Después de varias reflexiones sobre la violencia en el contexto ya enunciado,
Frantz Fanón se concreta a sí mismo. “¿Qué es pues en realidad esa violencia? Ya lo
hemos visto: es la intuición que tienen las masas colonizadas de que su liberación
debe hacerse, y no puede hacerse más que por la fuerza” (1965, p. 65). Para el autor
hay en la situación referida un imperativo libertario y una única manera de realizarlo:
la fuerza. Esta es el instrumento, el medio para intentar un nuevo orden. Ambos son
elementos constitutivos del concepto de violencia en varios otros contextos.
En general, la violencia se ejerce desde una posición de mayor fuerza hacia otra
dotada de menor fuerza en el momento. Tanto en el caso del padre que golpea al
hijo, del violador que reduce a su víctima o del grupo guerrillero que ataca a un
destacamento militar, en el momento de la acción el agresor dispone o presupone
disponer de mayor fuerza. Y es esa mayor fuerza la que lo lleva a actuar de tal mane-
ra, presumiendo el logro de su objetivo. Por eso se considera a la violencia como una
confrontación de fuerzas desiguales, como una relación asimétrica. Mientras hay
simetría se mantiene una tensión de fuerzas, se aplazan las decisiones y se recurre
a otros mecanismos de relación. Una especie de guerra fría. Solo cuando una de las
partes está convencida de su superioridad y asume o coloca al otro en inferioridad,
se lanza a la acción de fuerza. Para consumarse el acto violento debe mantenerse la
superioridad de fuerza. Si la víctima responde con igual o mayor fuerza, el objetivo
del acto violento puede impedirse o volverse de signo contrario. La mujer a la que se
pretende violar puede responder con tal fuerza que no solo impida la violación, sino
que cause grave daño al agresor original. El niño al que se quiere maltratar puede
responder de manera similar, al igual que el destacamento militar atacado.
No sobra advertir que no toda aplicación de la fuerza es un acto violento. La
fuerza tiene muchos otros usos en la vida. De manera permanente recurrimos al uso
de las distintas fuerzas para alterar la inercia de otros cuerpos, para transformar el
medio externo o para comparar la fuerza de unos cuerpos con la de otros. En todos
estos casos la fuerza tiene una aplicación no violenta. El carácter violento se lo da la
exclusión de cualquier otra forma de relación y las dos connotaciones que se dis-
cuten a continuación: la intención de producir daño para lograr un fin.
En su modalidad violenta, la aplicación de la fuerza culmina con la producción
de daño o lesión al otro. El acto violento se consuma con la producción del daño.
Buena parte de la literatura inglesa identifica violence (violencia, fuerza) con injury
20 El quinto: no matar
(injuria, daño, agravio sin razón), siendo mucho más generalizado el uso de injury
que el de violence.
¿Cuál daño? Cualquier alteración negativa orgánica, física o psicológica. O
la negación o limitación total o temporal de alguno o algunos de los derechos
reconocidos. Una herida o trauma en cualquier parte de mi cuerpo producido por
la acción directa de otro sobre mí en las condiciones enunciadas; la imposibilidad
impuesta por otro de desplazarme libremente o de comunicarme con los demás,
y la violación de mi intimidad son formas concretas de daño violento. Un grupo
de intelectuales colombianos que trabajó en un diagnóstico de las violencias en
Colombia a mitad de la década de 1970 expresó así su opción conceptual: “El pre-
sente documento entenderá como violencia todas aquellas actuaciones de individ-
uos o de grupos que ocasionen la muerte de otros o lesionen su integridad física o
moral” (Comisión de estudios sobre la violencia, 1989, p. 17).
También los tipos e intensidades del daño producido permiten diferenciar y cla-
sificar las distintas violencias. Hay violencias físicas, psíquicas y sexuales. Hay daños
leves, moderados y graves. Algunos autores optan por alguna de las formas. En la
obra de Malcolm Deas & Fernando Gaitán (1995), este último afirma: “Violencia es
hacer daño físico mediante el uso de instrumentos o en evidente superioridad física
cuando ese acto no es necesario para la estricta supervivencia” (p. 184). Aceptar como
violencia solo aquella que produce daño físico puede facilitar la clasificación, pero
excluye otras formas tan frecuentes como graves. La definición abre otro tema de
alta complejidad: definir en cada caso cuándo un acto es o no necesario “para la es-
tricta supervivencia”, pero este no es por ahora el tema de discusión. Por supuesto, el
peor de los daños es la negación total del más elemental de los derechos: el derecho a
la vida. De ahí que el homicidio sea la suprema expresión de las relaciones violentas.
Y, finalmente, la relación violenta busca una finalidad, tiene direccionalidad, se
hace con determinada intención. Esta connotación, que expresa en parte el carácter
humano ya considerado, incluye tanto la dimensión teleológica y finalística de la vi-
olencia como su lógica y racionalidad internas. Al mismo tiempo, excluye la violen-
cia del territorio del azar, la demencia y la fatalidad. La violencia no ocurre porque
sí, ni porque tiene que ocurrir. Ocurre porque, en el juego cruzado de poderes e
intereses que constituyen buena parte del entramado social, unos intentan mediante
la fuerza inclinarlo a su favor.
Solo en ocasiones el acto violento hace explícita su finalidad. Lo más frecuente
es que la violencia sea un lenguaje cifrado, tenga códigos secretos que solo pueden
descifrarse en la medida en que los actos se repiten y se van contextualizando. De
manera aislada los actos violentos aparecen como carentes de sentido y tienen un
enorme potencial de desconcertar y crear confusión y terror. Solo en la medida en
que se descorre su velo y se reconoce su guion se comprende su mensaje y se hace
posible preparar una respuesta. La cuestión es más compleja cuando en una misma
situación de violencia se entrecruzan distintos actores e intereses, o cuando un acto
violento tiene más de una finalidad. Lo más frecuente es que las violaciones sexuales
expresen conductas alteradas y tengan como finalidad satisfacer un instinto desvia-
do. Pero, en el caso de la violación masiva de mujeres musulmanas en la guerra de
Bosnia, la finalidad y el mensaje eran diferentes. Era la violación sexual como arma
Acercamiento al problema 21
de guerra, como humillación colectiva y condena a procrear un producto no desea-
do, pues encarnaba al enemigo mismo.
También las diferentes finalidades permiten tipificar y clasificar los actos violen-
tos. Así, puede hablarse, por ejemplo, de violencia política cuando el conjunto de
los actos violentos se inscribe de manera predominante en el contexto de las luchas
de organización social y por la orientación y el control del Estado. O de violencia
racial cuando lo que está en juego es la posibilidad de expresión y de ejercicio de los
derechos de un determinado grupo étnico frente a otro que pretende mantener su
predominio. La finalidad específica determina en buena medida a los actores impli-
cados y llega a perfilar determinadas modalidades y escenarios de violencia. Dado
que la finalidad es la característica que mejor contextualiza las diferentes violencias,
para fines analíticos parece ser esta una mejor manera de clasificar las violencias que
hacerlo por otros aspectos más circunstanciales como el tipo de arma, el área más
afectada o el lugar de ocurrencia. No obstante, es preciso señalar que en cada caso es
el objetivo específico de cada trabajo sobre el tema de la violencia el que determina
la clasificación más adecuada.
El hecho de que la violencia no sea un fin en sí, sino un medio para el logro
de determinados fines, constituye el fundamento del carácter instrumental, de la
instrumentalidad de la violencia. En el contexto analítico de El Capital, la violen-
cia en todas sus formas aparece como el medio predominante para la acumulación
originaria. Todo el capítulo XXIV del primer tomo de la obra se dedica a ilustrar los
diferentes procesos y mecanismos de expropiación violenta, ironizando su carácter
idílico. Conceptualmente el capítulo culmina con las dos afirmaciones básicas de
Marx sobre el tema de la violencia. La primera, que “La violencia es la partera de
toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica”
(1977, p. 940). La segunda: que el aumento de la opresión se corresponde con un
incremento del potencial de rebeldía y reacción de la clase obrera (p. 953). Sobre
ambos temas se reflexionará más adelante.
Desde el comienzo de sus reflexiones, Walter Benjamin señala: “y que la violen-
cia, para comenzar, solo puede ser buscada en el reino de los medios y no el de los
fines” (1995, p. 23). Más adelante se refiere al dogmatismo de la biología darwinista
que considera a la selección natural y a la violencia “como medio originario y único
adecuado a todos los fines vitales de la naturaleza” (p. 25). Y un poco más adelante co-
loca en el centro de su discusión “la legitimidad de ciertos medios, que constituyen
la violencia” (p. 27). Con todo, Benjamin reconoce también ciertas violencias —como
las producidas en situaciones de ira— en las cuales, según él, la violencia no es un
medio, sino una manifestación (p. 62).
Para Arendt, es también claro el carácter instrumental de la violencia (1969, p.
46). Pero más adelante agrega: “Siendo instrumental por naturaleza, la violencia es
racional en la medida en que es efectiva para alcanzar el fin que puede justificarla” (p.
79). Con lo cual se ponen en escena dos aspectos claves del debate sobre la violencia:
su justificación y su efectividad.
La justificación se refiere a la relación entre fines buscados y medios empleados.
Algo se justifica si aquello que se busca es tan superior a lo que se tiene, que com-
pensa y supera los medios empleados. La justificación mira al futuro, a los resultados
22 El quinto: no matar
buscados. En este sentido, la violencia podría justificarse en aquellos casos en los
cuales sea el único medio para lograr superar una grave situación de opresión. Es
este el contexto en el cual F. Fanón hace la defensa de la violencia reactiva anticolo-
nial ya citada. Pero la historia es muy anterior. Es al parecer desde la Roma clásica
cuando se empieza a establecer una diferencia entre guerras justas e injustas. Y si
bien no son lo mismo guerra, revolución y violencia, es cierto que esta última es
un factor común a las otras dos, una especie de “común denominador”, como lo
expresa H. Arendt en su obra Sobre la Revolución. Justamente allí trae una cita de Tito
Livio que vale la pena reproducir: “lustum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma
ubi nulla nisi in armis spes est” (1992, p. 13), cuya traducción libre puede ser: “Es justa
aquella guerra que es necesaria, y bienvenidas las armas allí donde son la única espe-
ranza”. Y Benjamin, al culminar su disertación sobre la violencia como medio para
fundar o conservar el derecho, acepta que más allá del derecho puede reconocerse
una violencia que él denomina pura e inmediata. Su expresión es esta: “Pero si la vi-
olencia tiene asegurada la realidad también allende el derecho, como violencia pura
e inmediata, resulta demostrado que es posible también la violencia revolucionaria,
que es el nombre a asignar a la suprema manifestación de pura violencia por parte
del hombre” (1995, p. 76). Desde otra vertiente del derecho y la filosofía, John Rawls
llega también en sus reflexiones Sobre las libertades (1990) a dejar la puerta abierta
para este tipo de justificaciones. Anota: “Históricamente, la cuestión de cuándo están
justificadas la resistencia y la revolución es una de las cuestiones políticas más pro-
fundas” (p. 94). Y después de enunciar algunos ejemplos afirma: “Cito estas cuestio-
nes solo para recordar algo obvio: que la expresión subversiva forma siempre parte
de una concepción política más amplia” (p. 94). Un salubrista colombiano, víctima
de la defensa de los derechos humanos, expresó la misma idea en términos médicos.
“Hay condiciones de opresión, de injusticia, de enormes desigualdades económicas,
en las cuales la violencia no es una enfermedad, sino una necesidad del organismo
social; un poco como la respuesta del organismo biológico a la infección. Sería, en
este caso, como la fiebre, que es uno de los mecanismos de combatir la infección,
que es la verdadera enfermedad” (Abad Gómez, 1987).
La eficacia de la violencia es un tema más controversial aún. Es lógico plantear
que, si la violencia persiste a pesar de sus costos y del rechazo de muchos, debe ser
en parte porque mantiene algún nivel de eficacia. De otra manera: si la violencia
fuera totalmente ineficaz es muy posible que ya la humanidad la hubiera descartado
totalmente. Es cierto que algunas formas de violencia —en especial las reactivas a
condiciones extremas de opresión— han mostrado históricamente en ocasiones su
legitimidad, validez y eficacia. Como también es cierto que más de un régimen se ha
encargado en la historia de cerrar todas las demás opciones que podrían tener algún
nivel de eficacia para la resolución de conflictos de intereses, quedando en la prác-
tica como posible solo la opción violenta, sin certeza previa de su eficacia. El tema
preocupa tanto desde el punto de vista ético como político. Al discutir las dos posi-
ciones señaladas por Max Weber con respecto a la exigibilidad de los ideales mo-
rales (la llamada moral de convicción, de corte kantiano y que negaría por principios
cualquier forma de violencia en cualquier situación, y la moral de responsabilidad,
que optaría en cada caso en función de la contextualización y del análisis de las con-
Acercamiento al problema 23
secuencias), Adela Cortina plantea respecto de la eficacia de la violencia la siguiente
posición: “Hay acuerdo entre unos y otros que la violencia es intrínsecamente mala,
expresión de un mal existente y generadora de mal, de suerte que contextos y conse-
cuencias no pueden hacerla buena: la violencia es siempre indeseable, indigna de ser
deseada. Por otra parte, también unos y otros aducen razones de eficacia mostrada
por la historia, con lo cual el presunto absolutismo de los no-violentos resulta pálido
y parecen todos convenir en una ética de la responsabilidad: no es por convicción
desligada de la historia por la que se mantienen las posiciones, sino por responsabi-
lidad, por eficacia a largo plazo” (1993, p. 187). Desde una posición más existencial, el
premio Nobel de Literatura de 1995, el irlandés Seamus Heaney, planteó en el dis-
curso de aceptación del premio sus vacilaciones frente a las cuestiones de lo correcto
y lo eficaz de la violencia. Dijo que, a raíz de la detención de un amigo sindicado de
haber participado en un asesinato político en su país
Hay aquí dos elementos diferentes que merecen consideración. En primer lugar:
el reconocimiento del potencial positivo, creador, transformador y realizador de la
violencia en ciertas circunstancias. Pero, en su sorpresa, Heaney va mucho más allá.
Arriesga legitimar por la eficacia. Es correcto aquello que es eficaz. Universalizar este
criterio equivaldría a dar carta blanca a cualquier medio por el supremo argumento
de la eficacia, sin atender a ninguna otra consideración relativa al tipo de fines perse-
guidos, costos y efectos producidos. Aún en el tema de la violencia la eficacia cuenta.
Pero no solo ella.
24 El quinto: no matar
stante, como ya se anotó, el homicidio es la forma suprema de violencia en el sentido
de que priva a la víctima de la totalidad de sus derechos y en forma definitiva. Mu-
chas formas de violencia suspenden o eliminan algún derecho particular o alteran
un determinado órgano o función, en ocasiones solo en forma transitoria. El homi-
cidio, en cambio, es daño y negación total y definitiva. Según la nueva Constitución
Política de Colombia, en su artículo 11, “El derecho a la vida es inviolable. No habrá
pena de muerte” (1991). El homicidio es violación del más elemental de los derechos.
También socialmente el homicidio tiene profundos significados y graves con-
secuencias. Es indicador de la capacidad autodestructora de la sociedad, de su inca-
pacidad para construir y ejercer mecanismos no letales de resolución de conflictos
y de su impotencia para erigir el derecho a la vida como valor constitutivo de las
bases de la convivencia colectiva. Si los indicadores de cualquiera de las formas de
violencia van aportando para captar la gravedad del problema en determinadas cir-
cunstancias, los de homicidio son expresión máxima e inequívoca del grado de ne-
crosis del tejido social. Sin subvalorar el significado y la importancia de otras formas
de violencia, optar por el estudio de los homicidios es un intento por acercarse a la
expresión máxima, a la herida más grave, a la palabra más explícita sobre la magni-
tud del problema.
El conocimiento previo de la violencia en el país aporta otra razón para con-
centrarse en el problema del homicidio. Mirando en conjunto el ciclo actual de
violencia —las dos últimas décadas—, puede observarse que los eventos violentos
que han tenido los mayores incrementos han sido el homicidio y el secuestro, pero
los homicidios en escala y magnitudes significativamente superiores al secuestro.
Otras formas de violencia, como las desapariciones y los maltratos, también se han
incrementado, pero ninguna al ritmo y con la magnitud del homicidio. Los datos
de homicidio son entonces el indicador más expresivo de la violencia colombiana
actual. Aportar a su conocimiento y explicación es entonces prioritario y puede con-
tribuir en algo a la comprensión global del problema.
Hay una razón complementaria. La información disponible sobre los diversos
eventos violentos en el país es relativamente escasa y con baja cobertura tanto tem-
poral como geográfica. Además, dado que en ocasiones diferentes organismos e in-
stituciones del Estado o particulares registran los mismos hechos, la información
resulta inconsistente y de baja confiabilidad. Los registros de homicidio no escapan
a estas dificultades, pero, dados su gravedad, sus implicaciones jurídico-penales y el
requerimiento de la necropsia, tienen una mayor cobertura y mejor calidad relati-
vas. Esto facilita un poco la descripción y los análisis.
Concepto de homicidio
Acercamiento al problema 25
mediante ejemplos y aproximaciones sucesivas, construye el que considera el con-
cepto más riguroso de suicidio y que le sirve de piedra angular a su trabajo.
Mucho más corriente es el uso del término homicidio y, por lo mismo, mucho
más necesario depurarlo y precisarlo. Etimológicamente, homicidio viene de dos
raíces latinas: homo-hominis = hombre y scindo-is-ere = romper, rasgar, separar violen-
tamente (Blánquez Fraile, 1954). Es decir: por su etimología, homicidio es la acción
de destrozar de manera violenta a un ser humano. En la práctica, el destrozo debe
llegar hasta la muerte. Homicidio es la acción de producir la muerte de un huma-
no de manera violenta. Pero hay una característica fundamental: que debe ser pro-
ducida por otro ser humano. Tanto en inglés, como en portugués y en español, los
diccionarios precisan que homicidio es la muerte causada a una persona por otra.
Es esta la diferencia esencial con el suicidio, que es producido por la propia víctima,
autoinfligido. Y la misma característica excluye la muerte de humanos a manos de
animales, como acontece cuando un toro mata al torero o el reciente episodio en un
zoológico colombiano en el que una rinoceronte mató a un imprudente visitante
que invadió su territorio. Estos casos son por lo general clasificados como accidentes.
El asunto más complejo y definitivo en la calificación del homicidio es la in-
tencionalidad. Estrictamente hay homicidio cuando alguien mata a otro con cono-
cimiento e intención de hacerlo. Y será ese el concepto de homicidio usado en este
trabajo: todo acto mediante el cual una persona priva de la vida a otra con cono-
cimiento e intención de hacerlo. De conformidad con el enunciado sintético, son
cuatro los elementos constitutivos del homicidio: la eliminación de una vida hu-
mana; por parte de otro ser humano; con conocimiento de que el daño infligido
puede producir la muerte; y la intención de producirla. El primero de ellos aparece
como el más fácil de observar y calificar. En principio, un ser humano vivo es in-
confundible. Con todo, la polémica ya existente sobre el momento desde el cual
se considera que existe el ser humano y que tiene implicaciones sobre el tema del
aborto y la consiguiente responsabilidad penal, pone de presente que nada es obvio
en estas materias. El que el agresor sea otro ser humano, que parece también fácil de
establecer, ofrece complicaciones en la medida en que el hombre puede actuar de
manera indirecta mediante otros seres o instrumentos, estableciéndose diferentes
niveles de responsabilidad. Un homicidio puede tener un autor material, directo,
otro intelectual y aún un tercero que financia el crimen. Los tres serían homicidas
de la misma víctima, con diferente grado de responsabilidad. De manera similar,
el homicida puede disparar directamente sobre su víctima, o colocar una carga de
dinamita activada para que explote en el momento en que pase la víctima. Es decir:
la acción homicida puede ser directa o indirecta tanto en su materialidad como en
la responsabilidad.
El conocimiento de qué tipo de acciones son o no capaces de privar a otro de
la vida, se supone en los humanos en uso normal de sus condiciones intelectuales.
Cuando se excluye de responsabilidad penal a los menores de edad —inimputabi-
lidad—, se hace porque se les considera incapaces de establecer tal diferencia y de
tomar decisiones responsables. El asunto también es controversial, en especial en la
26 El quinto: no matar
franja fronteriza entre menores y mayores de edad. Y el punto de mayor dificultad
es el de la intencionalidad y la manera de establecerla y juzgarla.
Las circunstancias en las cuales ocurren el hecho y el grado de conocimien-
to e intención establecen diversas modalidades de homicidio, cuya calificación es
importante e implica sanciones de diferente intensidad dentro del Derecho Penal
(República de Colombia, 1997). Sean o no sancionados penalmente y cualquiera sea
la magnitud de la sanción, todos los eventos que reúnan las condiciones contenidas
en la definición asumida se incluirán en este trabajo. Es el caso, por ejemplo, de las
muertes de ambos bandos en los enfrentamientos armados entre el ejército y los
grupos guerrilleros, y las muertes en acciones terroristas de cualquiera de los actores
del conflicto. De conformidad también con la definición, se excluirán todos los casos
y tipos de muertes accidentales, incluidos los accidentes de tránsito. Esta opción no
implica el desconocimiento de que en rigor muchos de tales accidentes pueden ser
formas de homicidio. Pero su calificación de accidental y la dificultad para reclasifi-
carlos hace más procedente excluirlos del trabajo.
El sinónimo más frecuente de homicidio es asesinato. El término tiene una con-
notación de premeditación y alevosía. Estas, y otras circunstancias —tales como
edad de la víctima, indefensión, forma de cometer el acto, sevicia— configuran lo
que penalmente se denomina homicidio agravado. Cuando sin proponerse quitarle
la vida a otro se le produce un daño que termina por causarle la muerte, se habla
en derecho de homicidio preterintencional. Hay circunstancias en las cuales no hay
una intencionalidad directa de matar al otro, pero hay negligencia para impedirlo
u omisión imprudente que también implica responsabilidad y configura lo que en
derecho se llama homicidio culposo. La Policía Nacional de Colombia, en su registro de
Delitos contra la vida y la integridad personal (1996), incluye en esta categoría de homici-
dio culposo todos los accidentes de tránsito. Toda la categoría se excluye del trabajo
como ya se anotó con respecto a los accidentes de tránsito.
Acercamiento al problema 27
todavía muy grandes. Trabajar entonces por mejorar la descripción del fenómeno
de la violencia, y para el caso específico el de los homicidios, tiene valor intrínseco y
puede contribuir al esclarecimiento del problema y a sugerir nuevas claves y pistas
analítico-interpretativas.
Reconociendo la importancia del momento descriptivo, el presente trabajo pre-
tende ir un poco más adelante. Intenta avanzar hacia algunos contextos explicativos del
problema. La descripción puede presentar el entorno, el contexto circunstancial y
espacio-temporal en el cual acontece el fenómeno. Como lo formulé en un material
preliminar: “Entiendo por contexto explicativo a un conjunto específico de condi-
ciones y situaciones culturales, económicas y político-sociales en las cuales se hace
racionalmente posible entender la presentación y el desarrollo de un fenómeno”
(Franco, 1996, p. 5). No es solo entonces el entorno situacional del acontecimiento
sino el entramado relacional que lo hace posible y entendible. Se trata, en términos
lógicos, de una especie de punto intermedio entre la descripción y la causalidad.
Intenta ir más allá de la primera, pero acepta con realismo quedarse más acá de la
segunda. Difiere de la descripción en la medida en que, a partir de ella y del cono-
cimiento disponible sobre el fenómeno en cuestión, intenta establecer relaciones,
condiciones de posibilidad y explicaciones lógicas. Pero no se desvela por la cau-
salidad ni pretende sustituirla. En su etimología, causa se origina del griego aitía
y tiene un significado de acusación, de atribuirle algo a alguien en un contexto de
predominio jurídico-penal (Franco, 1993). El Diccionario Latino (Blánquez Fraile,
1954, p. 204) advierte que causa-causae es de origen desconocido y entre las múltiples
acepciones señala las tres que se utilizan con mayor frecuencia, a saber: origen o
principio, razón o explicación, y motivo o dirección. Detrás de la sencilla formu-
lación: ¿Cuál es la causa de la violencia? se hace un complejo cuestionamiento en las
tres direcciones: qué dio origen y desencadenó el fenómeno; a qué se debe o cuál
es su explicación; por qué y para qué esta violencia. Cada una de las dimensiones
implicadas en la elemental pregunta conlleva como mínimo una respuesta. Es decir
que, para el caso de la violencia, el unicausalismo carece en absoluto de sentido. En
términos lógicos puede decirse entonces que, al ser racionalmente imposible una
respuesta, la pregunta: ¿Cuál es la causa de la violencia? carece de sentido y debe sus-
tituirse. ¿Sustituirse por cuál? Como mínimo por una pregunta plural: ¿Cuáles son
las causas de la violencia? Frente a esta nueva pregunta es posible emprender varias
exploraciones y eventualmente llegar a algunos enunciados. Los enormes niveles
de dificultad para establecer lógicamente —bien sea por la vía cuantitativa o por la
cualitativa— relaciones causales y, para el caso, el agravante adicional del carácter de
intensa actividad actual del problema de la violencia en Colombia me llevan a optar
mejor por el camino intermedio de explorar sobre sus condiciones de posibilidad
y sobre sus explicaciones posibles, que es lo que entiendo por contexto explicativo.
Puede establecerse una especie de tipología de contextos en el sentido de difer-
enciar los diversos contextos en función de su naturaleza, de su substancia constitu-
tiva. Así se habla, por ejemplo, de contexto económico, contexto político, cultural, religioso,
etc. Y, por la complejidad misma de la realidad, es frecuente que los contextos no
se encuentren puros, sino en diferentes y cambiantes composiciones. Así nos en-
contramos con contextos económico-políticos, o socioculturales, o jurídico-penales.
28 El quinto: no matar
Igualmente, al hablar del contexto explicativo de un fenómeno puede encontrarse
que haya un contexto particular que en buena medida de cuenta de él (un evento
particular puede entenderse, por ejemplo, en un contexto de franco predominio
religioso). Pero parece más frecuente que la explicación de eventos complejos se
encuentre en la intersección de varios contextos. Creo que es el caso de la violencia
colombiana. Es tal su fuerza y complejidad actual que parecería ingenuo pretender
explicarla a partir de una variable, de un factor o de un contexto específicos.
Por su propia naturaleza, el contexto (o contextos) explicativo de un fenómeno
actual es provisional. En presente su validez se la otorga su propia capacidad explica-
tiva, su textura lógica, su consonancia con el desarrollo y las tendencias del aconte-
cimiento. En perspectiva se la confiere su confirmación histórica. Esta se logra en la
medida en que, al irse desarrollando y superando el fenómeno, se vayan esclareci-
endo de forma definitiva su dinámica y perfiles y, por tanto, resulten consistentes las
relaciones lógicas formuladas en los contextos explicativos. Este carácter provisorio
desestimula a los buscadores tanto de respuestas definitivas como de acciones y cu-
raciones inmediatas. Pero parece estar más próximo de la realidad, de la exigencia
de búsquedas permanentes y de la necesidad de ensayar-corregir respuestas y solu-
ciones tanto globales como puntuales.
Preliminarmente, este trabajo se propone explorar tres contextos explicativos
de la violencia en Colombia: uno de predominio económico; otro de predominio
político, y un tercer contexto cultural. Cada uno de ellos sintetiza un conjunto de
problemas y situaciones que explican el porqué de la violencia actual. Y en conjun-
to deben configurar un marco explicativo suficientemente sólido y completo del
problema. La exploración pretende observar también el comportamiento de tres
condiciones estructurales postuladas como raíces y expresiones de los contextos
explicativos enunciados. Son ellas: la inequidad, la intolerancia y la impunidad. La
primera como principal expresión del contexto económico, pero también con sig-
nificados políticos y ético-culturales; la intolerancia como expresión más clara del
contexto político, pero también del cultural; y la impunidad, altamente expresiva de
la intersección de los contextos político y cultural. En los capítulos siguientes se irá
avanzando progresivamente en la exploración.
Acercamiento al problema 29
Capítulo 2
Perfil situacional
Todo el trabajo apunta a contribuir a una mejor comprensión del grave problema de
la violencia, y en particular de los homicidios en Colombia, concentrando la infor-
mación y el análisis en las dos décadas comprendidas entre 1975 y 1995. Habiendo
discutido en el capítulo anterior los conceptos de violencia, de homicidio y de con-
texto explicativo, el presente se concentra en trazar un perfil general de Colombia y
en caracterizar el período seleccionado para el estudio. ¿A qué nos referimos cuando
decimos Colombia? y ¿Por qué el período 1975-1995?, puede ser el enunciado más
simple de las dos preguntas que servirán de guía en este capítulo.
Dado que un resumen completo de lo que ha sido la trayectoria del país, la car-
acterización de sus principales actores y las tensiones que han dinamizado su de-
sarrollo a lo largo de su historia rebasan tanto los objetivos de esta investigación
como la capacidad de cualquier investigador, solo se incluirán algunos enunciados
sintéticos acerca de los aspectos que a juicio del autor son esenciales para la comp-
rensión del tema en cuestión. Se resalta lo correspondiente a los diferentes aspectos
en el período de estudio seleccionado. Los datos cuantitativos correspondientes a
las principales variables consideradas en el trabajo se presentarán en el capítulo 4.
Son múltiples y diversos los contenidos, los procesos y las realidades que quieren
expresarse cuando se enuncia el nombre de un país, para el caso: Colombia. Desde
un espacio de 1.138.618 kilómetros cuadrados que hoy alberga a treinta y cinco
millones de personas, hasta un país problema y casi paria en la comunidad inter-
nacional, pasando por una historia de casi dos siglos de luchas por construir, sin
lograrlo, una identidad político-cultural. Todo lo anterior sin olvidar los actuales
calificativos de “meca del narcotráfico mundial”, “nicho de la guerrilla más antigua
de América” y “país más violento del mundo”. Algo de eso, pero mucho más, es la
Colombia materia prima y escenario del problema en estudio.
La reciente Constitución Política reconoció la diversidad étnica y cultural de la
nación y atribuyó al Estado el deber de protegerla (República de Colombia, 1991).
Diversidad originada en tres raíces. En primer lugar, los indígenas que habitaban el
territorio antes del descubrimiento, a fines del siglo XV, y que desde entonces han
sido víctimas de conquistadores, colonizadores y propietarios de tierras que los han
Perfil situacional 31
diezmado hasta quedar reducidos en la actualidad a grupos relativamente pequeños.
Tampoco ellos han escapado al actual conflicto, en el que se han visto involucrados
de diferentes maneras y al que también han aportado cuotas de sangre, de reclamos
y propuestas. La segunda raíz corresponde a los europeos, en especial españoles,
que se mezclaron con los indígenas dando origen al mestizaje hoy dominante. Con
posterioridad al período reconocido como de La Colonia -que se extiende hasta
principios del siglo XIX- Colombia no ha sido un destino migratorio importante,
a diferencia de países como Argentina, Chile, México y Brasil. La población negra,
traída de África para trabajar en la agricultura y la minería en condiciones de esclavi-
tud, constituye el tercer componente étnico (Palacios Preciado, 1982). A diferencia
de los otros dos que penetraron más en las distintas regiones del país, los negros
se concentraron en los litorales, en especial el Pacífico, y participaron menos en el
mestizaje. Aún hoy mantienen algunas franjas territoriales y culturales. El recono-
cimiento de este carácter pluriétnico es esencial en la exploración cultural y psíquica
de los colombianos.
De una población de 806.209 en 1770, el país pasó a 2.951.111 un siglo después
(1871), y a casi 23 millones (22.915.229) en 1973, según los censos de población dis-
ponibles del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE, 1993).
La dinámica de crecimiento permite estimar que, en total, durante el presente siglo
el país multiplicará por diez su población, pasando de cuatro a casi cuarenta mil-
lones. La violencia se ha convertido, en el país, en un importante factor demográfico,
tanto en términos de regulación del crecimiento poblacional, como de limitación de
la esperanza de vida al nacer y de dinámica migratoria. La denominada Guerra de
los Mil Días, de finales del siglo pasado y comienzos del presente, produjo una mor-
talidad estimada en el 2% de los cuatro millones de habitantes que por entonces tenía
el país (Bejarano, 1982). Un porcentaje similar representaron para el país los 200.000
muertos de la violencia de mitad de siglo (Oquist, 1978), en un país de once millones
y medio de habitantes. Ese período de violencia tuvo también enorme impacto so-
bre la relación urbano-rural de la población. Los miles de campesinos forzados por
la violencia a desplazarse a la ciudad contribuyeron a que, entre 1938 y 1951, la tasa de
crecimiento de la población urbana tuviera un promedio anual de 4,5%, mientras la
rural era solo del 1,04% (Bejarano, 1982, p. 69). Según el DANE, la población del país
pasó del predominio rural, a mitad del presente siglo (61%), a un progresivo predo-
minio de la población urbana: 52% en 1964 y 60% en 1973. Más adelante se analizará
la dinámica poblacional en el período de estudio.
Es también muy diversa la geografía del país. Dos extensas regiones costeras; una
norte, sobre el Atlántico y otra occidental, sobre el Pacífico. Una cadena montaño-
sa conformada por las tres ramificaciones de los Andes y que comprende también
amplios valles interandinos, en donde reside la mayor parte de la población del país.
Y una amplia región oriental, más plana, con enorme riqueza fluvial y del subsuelo,
con una baja densidad poblacional y precarios sistemas de comunicación. Cuando
se habla de que Colombia es un país de regiones, se hace referencia a la diversidad
que se ha generado en función de núcleos poblacionales vinculados por tres razones
principales: un espacio geográfico relativamente similar, ciertos procesos producti-
vos comunes y, consiguientemente, ciertas tradiciones y elementos culturales tam-
32 El quinto: no matar
bién comunes. Se habla así, por ejemplo, del eje cafetero, de la región costeña, de los
llanos o del altiplano cundiboyacense. En general, la historia de las violencias es bien
diversa en las distintas regiones. En la costeña, por ejemplo, han sido menos intensos
los diferentes ciclos de violencia. En las demás, que han sido los escenarios reales de
la violencia colombiana, sus intensidades han sido variables. Más que en términos de
región, el problema ha sido ubicado en función de su distribución urbano-rural, o
según las circunscripciones político-administrativas —departamentos y municipios—
del país. Las nueve grandes guerras civiles del país en el siglo pasado se desarrollaron
principalmente en la región andina (Tirado Mejía, 1982). El período de violencia de
mitad del presente siglo tuvo su epicentro en los departamentos de Tolima, Antioquia,
Caldas, Valle y en los Llanos Orientales (Guzmán Campos et al., 1980). La actual ha sido
más generalizada, con las focalizaciones que se verán más adelante.
Durante el siglo pasado, la economía del país giró en torno a la agricultura
—tabaco, quina, añil, café— y a la minería, en especial de oro. Desde comienzos del
presente siglo la característica central de la economía colombiana ha sido su depen-
dencia estructural de los intereses económico-políticos de los Estados Unidos de
Norteamérica. Tanto su producción agrícola como su proceso de industrialización,
incluyendo el ciclo reciente de los narcóticos, se han pautado comercial, tecnológica,
financiera y organizativamente en gran medida en función del modelo y los inter-
eses de dicho país. El café fue durante muchos años el eje de la producción y de las
exportaciones del país. De significar un 50% de estas últimas, a fines del siglo pasado,
llegó a representar el 75% en 1926, para luego decrecer de manera progresiva (Os-
pina Vásquez, 1974, p. 429). No solo en las exportaciones fue importante el café. Lo
fue en general en la economía colombiana e inclusive en la configuración cultural
y social del país (Nieto Arteta, 1975). Durante la segunda y tercera décadas de este
siglo se acelera en el país el proceso de industrialización, con énfasis en los sectores
textil, de alimentos y bebidas (Ospina Vázquez, 1974, p. 543). La economía nacional
sufre las consecuencias de la gran depresión de la economía mundial de 1930. Des-
de entonces la industrialización del país ha tenido tres grandes momentos: uno de
sustitución de importaciones en las tres décadas siguientes; otro de promoción de
exportaciones (Bejarano, 1978) que va desde la década de 1960 hasta mediados de
la década de 1980; y el actual de globalización de la economía, con particularidades
que se enunciarán más adelante.
A más del carácter esencial de dependiente, los estudiosos del tema le otorgan
al proceso de industrialización del país, entre otros, dos calificativos que es preciso
señalar: es una industria artificial (Ospina Vázquez, 1974, p. 9) —en el sentido de que
no puede producir al mismo precio de la industria extranjera— y es alta y progre-
sivamente monopólico (Bejarano, 1978, p. 224). Este carácter monopólico es general
para toda la economía colombiana. En el sector agrario, por ejemplo, la acumulación
se viene dando desde el siglo pasado —hacia 1860 la Iglesia católica poseía aprox-
imadamente la tercera parte de los bienes inmuebles del país (Tirado Mejía, 1982,
p. 356)— pero se incrementa de manera significativa en otras manos a partir de la
década de 1930 (Kalmanovitz, 1978). Con la violencia de mitad del siglo hay una rea-
comodación de la propiedad agraria que terminó por favorecer a los terratenientes
amparados por sectores políticos y de la Iglesia católica. Según el censo agrícola de
Perfil situacional 33
1960, para ese año el 40% de la superficie agrícola del país estaba conformado por
predios superiores a las 500 hectáreas (Banco Mundial, 1972). También el capital
financiero empieza a concentrarse poco antes de la crisis de la década de 1930 (Ospi-
na Vázquez, 1974, p. 419), culminando en la actualidad con la hiperconcentración en
poquísimos grupos nacionales e internacionales. Es lógico que la concentración de
la propiedad y la riqueza determine también la concentración de los ingresos. Basa-
da en datos de la Cepal, hacia la mitad de la década de 1950, una misión que estudió
la economía del país observó que para entonces el 4,6% de la población disponía del
40% de los ingresos totales, mientras el 78% de la población vivía en la miseria (Presi-
dencia de la República, 1958). El mismo estudio señaló que mientras en países como
los Estados Unidos, Dinamarca e Italia los ingresos máximos per cápita eran equiva-
lentes a cuatro veces el promedio, en Colombia lo eran entre ocho y nueve veces (p.
28). Una década más tarde, en 1965, otro estudio encontró que el 20% más rico de la
población recibía cerca del 60% del PNB, mientras el 40% más pobre solo recibía el
10% del PNB (Urrutia, 1982). Al analizar la cuestión de la inequidad, se volverá más
adelante sobre estas cifras y se agregarán las actuales.
Tan errado sería desconocer la importancia del bipartidismo en la historia políti-
co-social del país, como pretender reducir esta solo al guion de la confrontación
entre los partidos liberal y conservador. Mucho antes de que ellos se conformaran
a mitad del siglo pasado, los distintos sectores sociales y políticos habían librado
luchas que marcaron desde su estado embrionario a la sociedad colombiana. Es el
caso de la resistencia indígena a la conquista, de la lucha por la liberación de los es-
clavos, y de los levantamientos populares contra la opresión colonial cuyas máximas
expresiones se encuentran en el movimiento comunero de finales del siglo XVIII
y en la guerra de independencia de comienzos del siglo XIX (Torres Giraldo, 1967;
Fals Borda, 1973) . Y a lo largo del siglo y medio de bipartidismo (Tirado Mejía, 1978)
se han desarrollado intensos movimientos sindicales, populares, indígenas y de in-
tentos de romper el bipartidismo con alternativas políticas diferentes (Pécaut, 1973;
Urrutia, 1969). Algunos ejemplos: la ola de huelgas obreras de la segunda y tercera
décadas de este siglo, cuya culminación puede ser la huelga de las bananeras de 1928,
violentamente reprimida por el gobierno; el levantamiento indígena del sur del país,
dirigido por Quintín Lame hacia 1916, y la creación del Partido Comunista en 1930.
Desde sus comienzos a mitad del siglo XIX, las luchas por la hegemonía ideológi-
ca y por el control del poder político entre los partidos liberal y conservador estuvo
marcada por la violencia. Buena parte de los motivos de las guerras que acompañaron
la conformación de la República estaban relacionados con este tipo de intereses.
Igual durante el control inicial del partido liberal que a lo largo de la denominada
República Conservadora (1880-1930) (Meló, 1978), y que en la corta República Lib-
eral que va de 1930 a 1946 (Tirado Mejía, 1978, pp. 144 y ss.), la intolerancia verbal, la
exclusión y la persecución políticas, el señalamiento ideológico que con frecuencia
culminaban en guerras abiertas o soterradas constituyeron la materia prima del que-
hacer político-social.
Desde el momento mismo del descubrimiento de América, la religión católica ha
jugado un papel importante y ampliamente reconocido en la configuración cultural
y en la vida política de los países del continente. En Colombia este papel ha sido
34 El quinto: no matar
con frecuencia protagónico y los métodos no siempre se han correspondido con los
postulados doctrinarios y éticos del cristianismo. La catequización de los indígenas,
la tolerancia con la esclavitud —con muy honrosas excepciones—, los horrores de
la Inquisición, el ejercicio híbrido de arzobispos-virreyes, el frecuente maridaje de
sus jerarquías con el partido conservador, el celo por el establecimiento y el manten-
imiento de privilegios en la enseñanza, la legislación y los impuestos incompatibles
con la equidad y el ecumenismo, son algunos de los hechos históricos que ameritan
reflexión e indican que no todo ha sido construcción de valores positivos, tolerancia
y convivencia. El contenido de la Constitución de 1886, que estuvo vigente duran-
te un poco más de un siglo, y del Concordato inspirado en ella, firmado en 1887 y
aún vigente con algunas modificaciones, son una de las más claras expresiones de
las implicaciones negativas de la exagerada intromisión de la Iglesia católica en las
cuestiones del Estado, del gobierno y de los partidos. Dicha Constitución excluyó
cualquiera otra religión al señalar la católica como la religión de la nación, poner
la educación pública bajo su orientación y control dogmático y dotarla no solo de
garantías, sino de grandes privilegios jurídicos, económicos y protocolarios ratifica-
dos después en el Concordato (Tirado Mejía, 1982, p. 379). Aparece entonces lógico
que las razones e intereses religiosos hayan estado muy ligados también a la génesis
de los conflictos, incluidas las guerras, tanto en el siglo pasado (Tirado Mejía, 1976)
como durante el presente. Más adelante se comentará lo relativo al papel de la Iglesia
católica en la violencia de mitad del presente siglo. Por descontado que ni toda la
Iglesia ha tenido la misma posición, ni esta ha sido igual en los distintos momentos
de la historia del país. Inclusive, en cada etapa y frente a cada problema ha habido
desde la misma Iglesia voces y ejemplos contrapuestos y aún liderazgos enfrentados
a las posiciones más conservadoras.
Como se dijo al comienzo del capítulo, los anteriores son solo brochazos sobre
los antecedentes de la compleja situación colombiana actual. Pero son imprescindi-
bles si se quiere empezar a entender el encuadre histórico del tema objeto del traba-
jo: la violencia, en particular la homicida.
Perfil situacional 35
100
90
80
Tasa por 100.000 haiitantes
70
60
50
40
30
20
10
0
1955
1957
1959
1961
1963
1965
1967
1969
1971
1973
1975
1977
1979
1981
1983
1985
1987
1989
1991
1993
1995
Figura 1. Tasa de mortalidad por homicidios. Colombia, 1955-1995.
Fuente: Elaboración propia.
Pues bien, este ascenso, con sus dos fases, representa el nuevo ciclo de violencia
del país y delimita el período de estudio: 1975-1995. Surgen entonces las preguntas
obvias: ¿tiene dicho período alguna identidad? Es decir: ¿existen hechos y procesos
específicos desarrollados durante estas dos décadas que permitan entenderlas como
una especie de unidad histórica claramente diferenciada de otras? Y, asumiendo que
existan, ¿cuáles serían?
Si bien ningún momento de un proceso es autónomo ni puede entenderse en
sí mismo desvinculado de su trayectoria, postulo que estas dos décadas tienen en
Colombia una identidad configurada por tres procesos coyunturales: la imple-
mentación del modelo neoliberal en la concepción y la acción del Estado; la emer-
gencia y expansión del fenómeno narco, y la agudización, como nunca antes, del
conflicto político-militar interno. Postulo, además, que al incrementar la situación
estructural de inequidad, impunidad e intolerancia, el efecto sinérgico de los tres
procesos enunciados y de sus consecuencias ofrece un marco explicativo suficiente
para entender los actuales niveles de violencia en el país. Sin pretender un com-
pendio de historia, es necesario presentar de manera sintética las principales carac-
terísticas del desarrollo de cada uno de los tres procesos coyunturales enunciados y
esbozar las mediaciones a través de las cuales han venido contribuyendo al incre-
mento exponencial de la violencia.
36 El quinto: no matar
El viraje neoliberal
Perfil situacional 37
Hecha esta precisión necesaria, es pertinente retomar el desarrollo de la situación
nacional. En contraste con el intervencionismo y un cierto paternalismo estatal ejer-
cido hasta entonces con variedad de matices, desde el gobierno del presidente Al-
fonso López Michelsen (1974-1978) se iniciaron cambios orientados a disminuir el
tamaño del Estado, su participación en varios frentes de la actividad económica y el
enfoque de las políticas sociales. De manera progresiva se reducen los aranceles y se
liberalizan las importaciones. Se debilitan las inversiones en educación, en especial
en el nivel superior, y en salud. Se eliminan los subsidios en áreas críticas como
los alimentos. De una acción directa del Estado en la redistribución de la tierra, se
pasa a enfrentar el problema agrario en términos técnicos y de crédito (Kalmano-
vitz, 1988). Siguiendo los principios neoliberales el mercado empezó a ser consid-
erado como el gran regulador de la vida económico-social y como la panacea para
los males crónicos de la sociedad. Se asume que la gran función del Estado es la
económica por la vía de garantizar el libre juego del mercado. Durante los gobiernos
posteriores, y también con diferencias en las intensidades y los campos prioritarios
de acción, se continuó desarrollando el modelo, cuya madurez se logra durante los
mandatos de los presidentes Virgilio Barco Vargas (1986-1990) y César Gaviria Tru-
jillo (1990-1994). Es en estos gobiernos cuando más se intensifican los procesos de
privatización, de apertura, de globalización y se concretan en leyes los dictados del
modelo. Para el caso particular de los sistemas de salud y seguridad social, el paso
definitivo en la implementación del modelo lo constituye la promulgación de la
Ley 100 de 1993 (República de Colombia, 1994). Es el cambio más radical dado en
el país en estas políticas. Se trata, en esencia, de reducir la seguridad social en salud
a los sistemas de aseguramiento individual para algunos riesgos y para la atención
médica; de someter la prestación de los servicios de salud a los imperativos de la
competencia mercantil; de reducir de manera significativa la participación efectiva
del Estado y modificar sustancialmente los esquemas organizativos, administrativos
y financieros del sector. El hecho de que la primera parte de la Ley, que contiene más
de la mitad de su articulado, se dedique totalmente al sistema general de pensiones,
deja bien claro cuáles son los intereses prioritarios de los inspiradores de la Ley y
voceros del modelo.
Tanto las diferencias en la aplicación del esquema general en los distintos países
de América Latina, como las dificultades de información y sobre todo las distintas
—y en ocasiones antagónicas— posiciones ideológicas al respecto, dificultan un
balance general de los resultados actuales de la aplicación del modelo neoliberal.
No obstante, va habiendo elementos suficientes para formarse un criterio sobre sus
consecuencias económicas, políticas y sociales tanto a nivel mundial como regional
y nacional. A escala mundial, en 1996 el Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo —PNUD— advirtió al respecto:
38 El quinto: no matar
Un poco más adelante agrega: “En 70 de esos países, el ingreso medio es inferior
al que tenían en 1980, y en 43 países es inferior al que tenían en 1970” (p. 1). A nivel
regional (Gaitán et al., 1996; CEPAL, 1993), siendo diferente el impacto en los dis-
tintos países, la mayoría se encuentra en el grupo de los que han padecido conse-
cuencias negativas en términos de equidad (Camacho, 1994), participación, satis-
facción de necesidades (Frei Betto, 1997) y empleo. En Colombia no ha disminuido
la inequidad en esta fase neoliberal, como se analizará más adelante. Pero, además,
se ha acelerado el proceso de oligopolización y de concentración tanto de la pro-
ducción como del capital, incluido el financiero (Misas Arango, 1996). En empleo,
los resultados han sido ondulantes. A mitad del período se alcanzaron cifras de des-
empleo alarmantes: 14,7% en junio de 1985, siendo para entonces las más altas en la
historia reciente (Arango et al., 1986). A fines de 1995 la situación, siendo aún grave,
había mejorado transitoriamente: 7,9% (República de Colombia, 1995). Con todo, las
peores consecuencias han sido en los campos políticos y sociales, como lo empe-
zaron a señalar los analistas desde finales de la década pasada (Kalmanovitz, 1988,
p. 24). En un reciente documento (Franco, 1998), al comentar lo que denominé la
impertinencia neoliberal, llamé la atención sobre los efectos negativos en las actuales
condiciones del país de priorizar los intereses individuales sobre los colectivos, de
fomentar la ética de la competencia en lugar de la solidaria, de alejar al Estado de las
necesidades cotidianas del ciudadano, de reducir a mercancías derechos tan impor-
tantes como la salud y la educación y de alejar a muchos ciudadanos de la política
por las vías de la exclusión, la corrupción y el clientelismo. Es obvio que no todo esto
es exclusivo del modelo neoliberal, pero muchos de los procesos y factores enun-
ciados se han incrementado de manera significativa con la progresiva implemen-
tación de dicho modelo.
Perfil situacional 39
Como en general se habla del problema del narcotráfico, conviene empezar por
aclarar que considero más adecuada la categoría problema narco, dado que esta in-
cluye los momentos de producción, procesamiento, tráfico y consumo de ciertas
sustancias psicoactivas ilegales. Su tráfico es solo uno de los momentos del proceso,
justo aquel que ha sido más estigmatizado y sancionado. La concentración de la
atención en el tráfico ha obedecido a estrategias internacionales que permiten dis-
minuir la presión y el señalamiento de las responsabilidades sobre los demás mo-
mentos. Tanto para la comprensión como para el enfrentamiento del problema, es
necesario considerarlo en su totalidad, pues ningún momento se explica sin su rel-
ación con los demás. Este contexto amplio hace más claro el carácter internacional
del problema y evidencia su ideologización y los grandes intereses en juego. Tenien-
do claros los conceptos, se usará con más frecuencia el término de problema narco,
aunque en ocasiones se emplee también el de narcotráfico.
En el país, el problema del tráfico de estupefacientes se inició al empezar la dé-
cada de los setenta del presente siglo. Puede expresarse en décadas el auge de los
distintos productos. La de 1970 es el auge de la marihuana, la de 1980 lo es de la
cocaína y la de 1990 de la heroína. Los momentos de auge de una no implican ni
la desaparición ni la no existencia previa de las otras. En 1973, por ejemplo, cuando
empezaba la expansión del tráfico de la marihuana, solo del aeropuerto de Leticia,
en la frontera con Brasil, salían ya 1.200 kilos de cocaína (Castillo, 1988, p. 30).
El auge del tráfico internacional de marihuana, conocido como la bonanza marim-
bera —1972-1978— tuvo su epicentro en la costa norte del país. Para 1978 se estimaba
que el comercio de la marihuana era controlado por 60 grandes exportadores co-
lombianos, que la producción anual era de 20.000 toneladas, que requería de 20.000
productores y que representaba el 60% de la yerba que se consumía en los Estados
Unidos (Echandía C., 1996, p.7). Parte de sus ingresos lograron legalizarse en el país,
por el propio Banco de la República, a través de la denominada “ventanilla sinies-
tra”. Al iniciar la década de 1980 se estimaba en US$ 2.400 millones el capital que
movía la llamada “economía subterránea”, de los cuales US$ 1.600 correspondían
a marihuana (Castillo, 1988, p. 26). El sector financiero del país logró duplicar su
participación en el producto nacional durante la década de 1970 debido, en buena
parte, al lavado de dólares del narcotráfico (Child, 1990, p. 65). Habiendo tenido su
componente violento, este tráfico inicial lo tuvo de menor intensidad en relación
con el que desarrollarían después los carteles dedicados a la cocaína y a la heroína.
Desde mediados de la década de 1970 empiezan a estructurarse los carteles de la
cocaína. Los cultivos se iniciaron en el sur del país en los departamentos de Cauca,
Chocó y Nariño. Luego se extendieron al oriente en toda la región conocida como
los Territorios Nacionales. El procesamiento se hace en parte en las regiones de
origen, pero tiene su epicentro en departamentos como Antioquia, Valle, Meta y
Cundinamarca. La exportación se hace por vía aérea y marítima directa o indirect-
amente a su principal destino: los Estados Unidos. Aún no se agota la creatividad
de los traficantes para camuflar el producto y lograr introducirlo en los mercados
internacionales. Dos grupos, uno con sede en Cali y otro con sede en Medellin, am-
bos heterogéneos y con intensas luchas internas, dieron origen a los dos principales
“carteles” y llegaron a controlar la mayor parte del mercado. El gobierno de los Es-
40 El quinto: no matar
tados Unidos estimaba en 50.900 el total de hectáreas dedicadas en Colombia al
cultivo de coca a fines de 19951. En 1978, un kilo de cocaína costaba en promedio
US$ 40.000 en el mercado estadounidense. Para entonces Colombia exportaba unas
cincuenta toneladas anuales, dando un ingreso bruto de US$ 2.000 millones por el
alcaloide. Al empezar la década de 1980 el valor del kilogramo había subido a US$
60.000 y una década después el costo se había reducido a US$ 15.000, pero el país ya
estaba exportando doscientas toneladas anuales.
La amapola, de cuyo látex se extrae la heroína, empieza a cultivarse para tal fin
en Colombia desde mitad de la década de 1980 en los departamentos del Tolima y
Huila. Luego con su auge a principios de la década de 1990, los cultivos se extienden
a casi todas las regiones del país, con excepción de las costeras. En 1991 se estimó en
2.500 el número de hectáreas sembradas de amapola en el país. Dos años después
eran más de 10.000 hectáreas, logrando así aportar más del 8% de la producción
mundial de heroína (Echandía C., 1996, p. 9). El precio en el mercado mayorista
de un kilo de heroína oscilaba en 1992 entre US$ 65.000 y US$ 240.000, es decir,
entre seis y diez veces más que el de la cocaína. A más de los principales carteles de
la cocaína, otros grupos pequeños han compartido el control de los mercados del
alcaloide desde el país hacia los centros de consumo, en especial los Estados Unidos.
En cultivos de amapola, coca y marihuana había en el país, a fines de 1995, un
total de 60.094 hectáreas en 23 de los 32 departamentos. Esto implica una gran ex-
pansión geográfica del problema y la adquisición de grandes extensiones de tierra
por los narcotraficantes. Al parecer los traficantes han hecho una especie de reforma
agraria, regida no por los intereses del campesinado o de una política de redistribu-
ción de la propiedad y racionalización de los cultivos, sino por sus intereses mercan-
tiles, de poder y de lavado de sus riquezas. Un investigador del tema concluye que es
imposible saber con exactitud el número de hectáreas que han pasado a ser propie-
dad de ellos. Pero advierte que lo que sí se sabe es que son muchas y las mejores, que
las han dedicado principalmente a la ganadería extensiva y que han preferido ad-
quirirlas en regiones en donde están muy concentradas e improductivas y en donde
hay conflictos por su posesión (Reyes Posada, 1996).
En términos macroeconómicos también se ha hecho sentir el narcotráfico. Duran-
te la primera mitad de la década de los ochenta los ingresos netos totales de divisas por
este rubro representaron cerca del 7% del PIB y alrededor del 70% de las exportaciones.
A mitad de los noventa se estima que equivalen al 3% del PIB y al 25% de las exporta-
ciones legales, es decir, cerca de US$ 2.500 millones anuales (Steiner, 1997).
Todo lo anterior evidencia que los narcóticos y su tráfico no son un cultivo o una
economía marginal en el país. Su carácter de subterránea tiene que ver con su ile-
galidad, pero no con su importancia. Constituyen una parte importante de la masa
de capital y de ganancias. Han removido los patrones de posesión y empleo de la
tierra y modificado la estructura real del comercio internacional. Pero su impacto
no ha sido solo económico. En parte por su peso económico, el fenómeno narco ha
1
El Tiempo. “Según concepto del Departamento de Estado. Bogotá”, marzo 2, 1996.
Perfil situacional 41
ido permeando la cultura, los valores, el derecho, las instituciones sociales, políticas,
armadas y religiosas, los medios de comunicación, el deporte y, en síntesis expresiva,
la vida cotidiana de los colombianos y las colombianas. Las actitudes predominantes
en la sociedad han sido de tolerancia, usufructo y doble moral, conductas que con-
tribuyen a explicar la dinámica del problema y los desenlaces en apariencia contra-
dictorios de ciertos episodios.
La política ha sido uno de los campos en que ha sido más intensa, sensible y
polémica la penetración de los dineros y los intereses narcos. A partir del apoyo efec-
tivo a ciertos movimientos sociales y políticos, uno de los carteles trató de ingresar
directa y personalmente en el escenario político. Tuvo logros transitorios. Pablo Es-
cobar logró ser elegido representante suplente a la Cámara. Ya en ejercicio, gozó de
inmunidad parlamentaria y obtuvo una visa preferencial de los Estados Unidos por
solicitud directa de la cancillería en noviembre de 1982 (Castillo, 1988, p. 229). Pero
la resistencia de los políticos para compartir su espacio, la visibilidad innecesaria y
quizá las exigencias del negocio los llevaron a desistir de esta vía y a optar por la com-
pra de apoyos y conciencias mediante aportes significativos para el financiamiento
de las campañas políticas para cargos tanto en el poder legislativo como en el ejecu-
tivo y en los niveles local, regional y nacional. Esta práctica, que acompañó desde sus
comienzos al fenómeno narco, se hizo más evidente y conmovió más fuertemente
al establecimiento político y a la conciencia nacional e internacional (sin que nada
esencial cambiara) a raíz del cofinanciamiento de la campaña presidencial del doctor
Ernesto Samper Pizano y del denominado Proceso 8.000 que demostró el generoso
flujo de dinero del narcotráfico a las cuentas y campañas de parlamentarios, alcal-
des, y aún del Procurador y del Contralor generales de la nación. A pesar de que
algunos cuadros políticos han pagado un precio moderado en prisión y prestigio y
de los esfuerzos de movilización y reflexión políticos suscitados por la crisis (Comis-
ión Ciudadana de Seguimiento, 1997; Leal Buitrago, 1996; Restrepo et al., 1996), el
juicio absolutorio a favor del Presidente de la República por parte de la Cámara de
Representantes, la elección o reelección parlamentaria de algunos implicados y la
actitud de muchos ciudadanos ratifican la solidez de las relaciones narcopolíticas, la
capacidad de aguante y reacomodo del establecimiento político, la doble moral para
abordar el problema y una alarmante pasividad ciudadana.
Otra relación sólida, compleja y no unívoca ha sido la del narcotráfico con las
organizaciones armadas, tanto las estatales como las subversivas. Desde el negocio,
ambos actores son muy estratégicos, en especial en términos de seguridad. Desde
los dos actores armados el negocio se ve muy productivo, puede ser fuente de in-
gresos significativos y puede ser un canal para otro tráfico de interés común: el de
las armas. Para todos es clave el control territorial. Transformando la relación en
una identidad, un embajador de los Estados Unidos en Colombia acuñó el término
de narcoguerrilla, muy caro a ciertos sectores sociales y militares que han tratado de
darle piso documental y testimonial señalando inclusive a uno de los grupos guerril-
leros —las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC— como el tercer
cartel de las drogas ilícitas en el país (Villamarín Pulido, 1996). A más de quitarle piso
político a los movimientos armados subversivos, tal homologación intenta presentar
a la propia institución militar oficial a salvo del contagio narco y ayuda a poner las
42 El quinto: no matar
bases para tratar como un único problema y, por tanto, con las mismas medicinas, a
ambos fenómenos. Ni en los cuarteles ni en la embajada norteamericana ha habido
unanimidad al respecto.
Sin caer en la identificación de ambos problemas, es claro que ha habido una
larga, compleja y con frecuencia conflictiva relación de varios de los grupos sub-
versivos armados con las organizaciones del narcotráfico. Las principales razones
de dicha relación pueden sintetizarse así: la guerrilla ha visto en los dineros y en los
cultivos del narcotráfico una posible fuente de financiación para sus actividades; los
narcotraficantes han visto en la guerrilla un posible aliado para la seguridad de los
laboratorios, los cultivos y las pistas clandestinas de su negocio, tareas que en oca-
siones han aceptado en particular algunos frentes de las FARC; la guerrilla ha visto
en los narcotraficantes una posible fuente de ingreso de armas, en especial de los
mercados norteamericanos a los cuales ellos tienen menor acceso (Tokatlian et al.,
1995). Estas relaciones, si bien les han reportado millonarias ganancias económicas
y suministro de armas, han contribuido a disminuir su credibilidad política en los
niveles nacional e internacional, los han vinculado a tareas y prácticas contrarias a
sus objetivos iniciales y han significado enormes costos en vidas de sus militantes y
de sectores civiles democráticos. Un estudioso del tema ejemplifica así la compleji-
dad de la relación:
Algunos otros hechos ilustran aún más los altibajos de la relación. La historia se
remonta a fines de 1970 cuando los traficantes de marihuana traían armas para la
guerrilla en los viajes de regreso de los barcos en que exportaban la yerba (Castillo,
1988, p. 113). Un poco después el M-19 pensó que por la vía del secuestro podría
acceder a parte de las ganancias de los grupos de narcotraficantes. Lo intentó y no
solo no lo logró, sino que a raíz de ese intento los traficantes reaccionaron con la
creación a comienzos de la década de 1980 del grupo Muerte a Secuestradores —
MAS—. Para tal organización, pionera en el camino de privatización de la justicia
y del paramilitarismo, se identificaba secuestrador con militante o simpatizante de
izquierda. Y cumplió con dar muerte tanto a muchos dirigentes y militantes de la
izquierda como a dirigentes populares y sindicales y a ciudadanos que consideraba
vinculados con ellos. Peores aún fueron las consecuencias del fracaso de las rela-
ciones y negocios del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha con las FARC. A él
se debe en buena parte el desencadenamiento de la guerra de exterminio contra la
Unión Patriótica, al ser calificada por algunos como el brazo político de las FARC.
Se habla también de narcomilicia (Castillo, 1988, p. 233) para señalar las frecuentes
y complejas relaciones mantenidas por las instituciones armadas del Estado a través
Perfil situacional 43
de muchos de sus miembros con los narcotraficantes y sus organizaciones. Tam-
bién aquí la posibilidad del enriquecimiento personal, de la participación en los
privilegios del poder de facto en ciertas regiones, el interés común en las armas y
ocasionales comunidades ideológicas frente a un enemigo común han propiciado
relaciones cuyos desarrollos y perfiles, en ocasiones contradictorios, reproducen el
conjunto de las ambigüedades y la doble moral sociales ante el problema narco.
Por eso hay información sobre policías que protegen a los invitados a las fiestas de
los traficantes (Castillo, 1988, p. 89); sobre militares que ayudan al transporte de un
laboratorio de procesamiento de cocaína (Castillo, 1988, p. 103); y sobre cientos de
armas incautadas a narcotraficantes que habían sido legalmente compradas en Es-
tados Unidos e importadas por la industria militar -Indumil- y que habían servido
antes a los paramilitares (García Peña, 1995, p. 212). Por eso no causa sorpresa que
los jefes y buena parte del personal de seguridad de los principales capos hayan
sido militares retirados, ni las frecuentes quejas de la población civil sobre el mutuo
apoyo y en ocasiones casi identidad de las fuerzas militares con los grupos paramil-
itares conformados por los narcotraficantes. Pero el carácter contradictorio de la
relación explica también por qué la Policía Nacional registra más de 3.000 víctimas
entre sus hombres, incluidos algunos de alta graduación, en el enfrentamiento con
el narcotráfico, en especial con el cartel de Medellin2, y por qué el cuerpo de élite
denominado Bloque de Búsqueda logró la eliminación de unos y la captura de otros
de los jefes de los dos principales carteles.
Ha sido muy violento el desarrollo del fenómeno narco en el país. Las edades de
quienes iniciaron el tráfico en la década de 1970 permiten inferir que habían nacido
justo en los comienzos de la violencia de mitad de siglo, y que su infancia y su ad-
olescencia transcurrieron en medio de sus horrores. La ilegalidad de la actividad y
los amplísimos márgenes de ganancia contribuyeron a que la violencia fuera el me-
canismo preferencial para ganar y mantener los mercados, para garantizar el control
y las lealtades internas y enfrentar a los enemigos externos, para resolver rivalidades
y cobrar deslealtades. Si bien para ganar piso social y espacio político recurrieron a
veces al financiamiento total o parcial de las campañas políticas y de actividades ten-
dientes a resolver necesidades de vivienda, educación, infraestructura y recreación,
la ambigua respuesta que generalmente recibían tanto de la doble moral y la toleran-
cia-usufructo-condena de la sociedad, como de la tolerancia-persecución por parte
del Estado, terminaban por reafirmarles la violencia como el recurso supremo para
su negocio. Y lo utilizaron de manera amplia y contundente, en especial durante la
década de 1980 y comienzos de la de 1990 (Echandía C., 1996, p. 15; Child, 1990, p.
70; Camacho Guizado, 1991). Hubo guerras sin topes ni cuartel para enfrentarse en-
tre carteles y para dominar las disidencias internas. Recurrieron al magnicidio para
acallar las voces que, desde la política, el gobierno, el parlamento, las instituciones
jurídicas o las fuerzas armadas se opusieran a sus intereses. Armaron y financiaron
grupos de autodefensa y asesinos a sueldo —sicarios— (Ortiz, 1991) para combatir a
2
Alto dirigente de la Policía Nacional. Entrevista No. 12. Bogotá, junio 17, 1997.
44 El quinto: no matar
derecha e izquierda, a civiles y militares (Medina G. & Téllez A., 1994). Desencaden-
aron una ola de terror —narcoterrorismo— para desafiar al Estado y atemorizar a
la sociedad que igual explotaba en los centros de las grandes ciudades, en un vuelo
comercial o en un barrio marginal. Fue una especie de violencia plena y desbordada
cuyas peores consecuencias, a más de las pérdidas en vidas y bienes, persisten en la
desvalorización y depreciación de la vida, en la legitimación de la violencia como
mecanismo de resolución de conflictos de intereses y en su banalización hasta con-
vertirla en elemento casi natural de las interrelaciones sociales. La concentración de
los homicidios en las sedes de los dos principales carteles en el momento de mayor
intensidad de su confrontación se analizará más adelante.
La ambigua respuesta social y las vacilaciones en la respuesta estatal tanto al
problema narco como a su modalidad narcoterrorista contribuyeron a su prolon-
gación y agravamiento. Matizada por los factores internos que ya se han enunciado,
la política estatal frente al problema narco ha estado fundamentalmente orientada
por los dictados del prohibicionismo del gobierno de los Estados Unidos (Tokatlian,
1997). Este país, con un consumo anual de cocaína estimado a principios de la déca-
da de 1990 en 265 toneladas, que equivale al 90% del consumo de los países desar-
rollados (Steiner, 1997, p. 25), mantiene su firme posición de perseguir con mayor
intensidad los cultivos y el tráfico exteriores que el consumo y el tráfico internos. El
enfrentamiento policial de los carteles y las fumigaciones masivas de los cultivos han
sido dos de las armas predilectas. Su aplicación en Colombia ha producido un efecto
similar al de rociar gasolina para apagar un incendio. En 1995, por ejemplo, cuando
el gobierno colombiano dijo haber fumigado 28.051 hectáreas de cultivos ilícitos, la
producción nacional de coca se incrementó en un 12% en comparación con los años
anteriores, duplicándose en relación a 1987. La agudización de la persecución a los
cultivos y a los cultivadores —a quienes se estaba convirtiendo en una especie de
campesinado ilícito (Ramírez T., 1996)— provocó una enérgica reacción de parte de
estos, produciendo una movilización de más de 150.000 campesinos, sin anteced-
entes por su magnitud en la historia del país. A más de ineficaz, esta política prohibi-
cionista parece equivocada (Uprimny Y., 1993) y continúa negando la posibilidad
de que el conjunto de los países implicados en la producción, el procesamiento, el
tráfico y el consumo de estupefacientes puedan proponer y desarrollar una posición
y una política más acordes con la naturaleza del problema y con soluciones reales.
La superación de la actual ola de violencia del país pasa de manera inevitable, pero
no exclusiva, por la resolución del problema narco.
Perfil situacional 45
económico-político tomó, como se vio anteriormente, el perfil neoliberal. Y el con-
flicto político-militar se generalizó y amplió de tal manera que llegó a convertirse
en tema y preocupación central de la agenda política y de la vida cotidiana de los
colombianos. Su intensidad es tal en la actualidad que parece llegarse ya a una encru-
cijada con dos alternativas antagónicas: o el inicio de una serie de procesos —largos,
complejos y costosos— encaminados al establecimiento de una paz sólida y realista,
o la inminencia de una guerra total de consecuencias y desenlace imprevisibles.
La principal forma que ha asumido el conflicto político-militar en el país en las
cuatro últimas décadas es la del movimiento guerrillero y su confrontación por parte
del Estado y de la sociedad. Por movimiento guerrillero se entiende la actividad
político-militar desarrollada por diferentes grupos organizados que, al margen del
establecimiento legal, han tomado como alternativa la vía armada. Este enunciado
requiere varias aclaraciones. La primera, que no se trata de un movimiento único
o unitario, sino de la actividad de varios grupos diferentes, con orígenes, ideologías
y métodos en parte diversos. Su actuación ha sido predominantemente independ-
iente, pero en ocasiones han estado reunidos en un esquema organizativo común
y se han enfrentado abierta o soterradamente. La segunda, que, si bien su moti-
vación original fue política, en la marcha no solo han variado sus planteamientos y
propuestas iniciales, sino que con frecuencia lo político ha quedado en la práctica
supeditado a otros intereses. La mejor comprensión de la magnitud y complejidad
del problema demanda un nuevo esfuerzo de síntesis del desarrollo y estado actual
del conflicto guerrillero.
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia —FARC— son el grupo guer-
rillero más antiguo del país. Nacieron a comienzos de la década de 1960, en 1964,
de los reductos de las guerrillas liberales, protagonistas de la violencia de mitad de
siglo (Neira, 1989) en los Llanos Orientales y el departamento del Tolima, bajo el
estímulo que a nivel continental recibieron los movimientos insurgentes del triunfo
de la Revolución cubana (Pizarro Leongómez, 1995, p. 399). Desde un comienzo
sufrieron un fuerte desgaste por la decisión política de exterminarlas y la supresión
externa del ejército. Solo a principios de la década de 1980 inician en firme una fase
de fortalecimiento político, financiero y militar. Duplican el número de sus frentes y
agregan a su sigla original el calificativo de Ejército del Pueblo —FARC-EP— (Pizarro
Leongómez, 1995, p. 399). Durante los procesos de paz del gobierno de Belisario
Betancur, 1982-1986, logran importante presencia política y se consolidan como la
principal fuerza insurgente en la década de 1990, con una clara estrategia de poder
local. Para 1994 se estimaba que las FARC-EP tenían unos 7.000 hombres en armas,
distribuidos en 60 frentes (Echandía, 1994). Manteniendo su fuerte en los sectores
rurales y con amplias bases de apoyo campesino, en especial en el sur del país, en
donde existen también las áreas más extensas de cultivo de narcóticos y en donde
se desarrolló un intenso tráfico de estupefacientes, han logrado también una impor-
tante presencia en sectores urbanos. Uno de sus frentes concentra sus operaciones
en los alrededores de la capital del país, en áreas en donde se supone que el Estado
tendría un mayor control (Peña, 1997).
46 El quinto: no matar
El Ejército de Liberación Nacional —ELN— surge también a mitad de la déca-
da de 1960 durante el gobierno del presidente Guillermo León Valencia. Con una
concepción foquista y reclutando sus militantes entre estudiantes y profesionales
jóvenes (Pizarro L., 1996), tiene sus bases iniciales en Santander, a lo largo del seg-
mento intermedio del río Magdalena y en áreas montañosas de Antioquia. Allí pa-
dece un cerco militar que prácticamente lo aniquila a mediados de la década de 1970
(Pizarro Leongómez, 1995, p. 397). Resurge a fines de esa década con la estrategia de
financiarse cobrando impuestos a las grandes compañías petroleras y atacando la
infraestructura petrolera. Esto le ha permitido su expansión territorial y la amplia-
ción de su militancia estimada hoy en unos 3.000 hombres, distribuidos en más de
20 frentes (Deas & Gaitán, 1995, p. 380). Manteniendo su carácter más militar que
político en la práctica, se negaron a participar en las negociaciones con el gobier-
no Betancur y han conservado su estrategia foquista. Recientemente han asumido
una actitud de negociación política —sin prescindir de sus actividades militares y
de ataque a la infraestructura petrolera— y han expresado su disposición a pactar
acuerdos en torno al respeto del Derecho Internacional Humanitario.
Producto de los efectos en el comunismo colombiano de la ruptura chino-so-
viética, a partir de 1963 una disidencia del Partido Comunista crea el Partido Comu-
nista Marxista-Leninista, de corte maoísta. Bajo la inspiración de la tesis de guerra
popular prolongada y de trabajar de manera simultánea y complementaria en tres
campos: partido, ejército y frente de masas3 surge su brazo armado, el Ejército Pop-
ular de Liberación, EPL (Neira, 1989, p. 25). A su intensa conflictividad ideológica in-
terna se sumaron duros cercos militares a fines de la década de 1960 que casi termi-
nan por aniquilarlo. Logra resurgir y llega a tener presencia importante en la región
bananera de Urabá y a captar apoyo campesino y respaldo en un reducido sector
intelectual. En 1980, rompe con el maoísmo. Apoya las negociaciones del período
Betancur y firma los acuerdos de 1984 (Pizarro Leongómez, 1989). Se divide más ad-
elante y libra al interior una guerra a muerte. En la actualidad tiene escasa presencia
política y está reducido a 13 frentes con unos 700 hombres (Richard, 1997) y algunas
mujeres en armas.
De esta denominada primera generación guerrillera hicieron parte también
otros movimientos de menor permanencia y trascendencia nacionales, como el
movimiento indígena Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores
—PRT— y algunas disidencias de las organizaciones mayores.
La organización que rompió el esquema guerrillero tradicional —rural, foquis-
ta—, que supeditó la cuestión armada a la política y que inició la segunda generación
guerrillera del país fue el Movimiento Revolucionario 19 de Abril —M-19— (Gómez
A., 1996). Surgido de la unión de ex militantes de las FARC y del movimiento popu-
lista Alianza Nacional Popular —ANAPO—, se inició a raíz del fraude electoral que en
1970 dio el triunfo al candidato oficial del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero,
arrebatándoselo al caudillo de la ANAPO, general y ex dictador Gustavo Rojas Pinilla.
3
Dirigente guerrillero. Entrevista No. 17. Medellin, julio, 1997.
Perfil situacional 47
Su presencia urbana, la espectacularidad de sus golpes, la utilización de elementos
simbólicos, la heterogeneidad de sus posiciones políticas que los acercaban pendu-
larmente al populismo, al nacionalismo, al pensamiento bolivariano y mucho menos
al marxismo, y un inteligente uso de los medios de comunicación, los convirtió en
una fuerza atractiva y con gran penetración en sectores sociales medios, intelectuales
e independientes. Desde el comienzo de lo que se ha conocido como el cogobierno
del presidente Julio César Turbay Ayala con el general Luis Carlos Camacho Leyva en
1978, el M-19 es sometido a una persecución implacable. El denominado Estatuto de
Seguridad, expedido a fines del mismo año, penalizó la protesta social y militarizó la
justicia (Zuluaga Nieto, 1996, pp. 47-86). Bajo su vigencia, buena parte de la dirigen-
cia del M-19 fue a la cárcel. La toma de la embajada de la República Dominicana, en
febrero de 1980, en momentos en que se encontraba allí lo más representativo del
cuerpo diplomático acreditado en el país, marca el resurgimiento de la organización.
Con ambivalencias participa en las negociaciones de paz del período Betancur y ter-
mina por firmar una tregua en 1984 (Zuluaga Nieto, 1996, p. 58). En noviembre de
1985, y aduciendo la realización de un juicio político al Presidente de la República,
el M-19 se tomó a sangre y fuego el Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema
de Justicia. Los militares imponen su criterio al poder civil y realizan de inmediato
una violenta contraofensiva. El palacio es incendiado y en medio del fuego y las balas
mueren más de cien personas entre magistrados de la Corte, integrantes del comando
del M-19 que ejecutó la toma y civiles que accidentalmente quedaron en medio del
fuego cruzado. Un número indeterminado de personas salió con vida, nunca apareció
y su suerte es aún motivo de controversia. El hecho constituye uno de los hitos más
importantes en el desarrollo de la confrontación político-militar, rubricó el fracaso
de la política de paz del presidente Betancur, fue el comienzo del final del M-19 y
evidenció hasta dónde pueden llegar los militarismos. Muy debilitado, a pesar de sus
intentos por retomar algún protagonismo político, el M-19 firmó una nueva tregua en
1990 y entregó definitivamente sus armas. Alcanzó a tener un papel importante en la
convocatoria y en la realización de la Asamblea Constituyente de 1991, ya en calidad
de movimiento político: Alianza Democrática- M-19, cuya vida real no llegó más allá
de las siguientes jornadas electorales.
48 El quinto: no matar
provenientes de la guerrilla, y el tenso momento de la vida nacional. Su producto,
la nueva Constitución Política, antes que un cuerpo doctrinario unitario y acabado
en términos jurídico-políticos, era una carta de intención en busca casi desesperada
de la paz y de mecanismos no violentos de convivencia ciudadana. El nuevo orde-
namiento propuesto resultó impotente para el logro de los objetivos planteados y la
satisfacción de las expectativas creadas.
Poco después del esfuerzo constituyente, tanto los carteles del narcotráfico como
las organizaciones guerrilleras que no se habían sentado a la mesa de negociaciones
incrementaron su accionar violento. En noviembre de 1992, el propio presidente
Gaviria declaró la guerra integral y su ministro de la Defensa se arriesgó a pronos-
ticar que en los restantes dieciocho meses del gobierno Gaviria derrotaría militar-
mente a la guerrilla y se pacificaría el país (Gómez Albarello, 1996, p. 20). A pesar
de los fuertes golpes dados a los narcotraficantes, la estrategia de guerra integral
tampoco resultó efectiva.
Disminuido políticamente y muy deslegitimado desde un comienzo por evi-
dencias del cofinanciamiento de su campaña con dineros del narcotráfico, Ernesto
Samper asumió el gobierno en 1994, en medio de un agudo conflicto político-militar
y con las más altas tasas de homicidio registradas en las dos décadas en estudio. No
había ningún motivo para esperar de su gestión logros importantes en términos de
superación de la violencia en el país. Por la dinámica de los hechos y por la férrea e
invariable decisión del Presidente de anteponer su cargo y sus intereses personales
a las evidencias en su contra y al interés nacional, todo resultó peor de lo esperado.
Su errática política de paz, su falta de legitimidad para liderar cualquier proceso
y la supeditación de todas las actividades de su gobierno a su propia autodefen-
sa imposibilitaron el establecimiento de un proceso serio de negociaciones con los
grupos en conflicto. Por su parte, la guerrilla incrementó sus acciones militares de
envergadura cada vez mayor y propinó durante su gobierno los más duros golpes en
el campo militar registrados en los treinta años anteriores de confrontación armada.
Solo el hecho de que en su cuatrienio haya habido cuatro diferentes ministros de
Defensa, en buena parte como consecuencia del mismo escándalo de penetración de
dineros del narcotráfico en la política y en su propia campaña, evidencia la imposib-
ilidad de una estrategia militar y de una política de paz serias y sostenidas durante
su débil gobierno.
Desde comienzos de la década de 1980 emergió un nuevo actor armado en el
conflicto: los paramilitares. Todo indica que tuvieron diversos orígenes. Desde distin-
tos niveles e instituciones del Estado, se impulsó la conformación de organizaciones
de autodefensa con nombres, motivaciones, organización y objetivos diferentes. Al-
gunos sectores de propietarios rurales y de ganaderos, en ocasiones con la asesoría
y el apoyo directo de las instituciones armadas del Estado4, decidieron organizar
sus propios grupos de autodefensa ante las presiones y los cobros de la guerrilla. No
4
Líder paramilitar. Entrevista No. 13. Santafé de Bogotá, 22 de agosto, 1997.
Perfil situacional 49
solo cuidaron de su defensa. Se convirtieron también en actores para la eliminación
de adversarios en los negocios, en los intereses y en las ideas. Por su parte, los nar-
cotraficantes, asesorados también con frecuencia por militares activos o en retiro,
organizaron sus propios aparatos de seguridad personal y grupal. Aportaron además
para la formación de organizaciones armadas, dedicadas tanto a contrarrestar la ola
de secuestros propiciada por algunos grupos guerrilleros o por la delincuencia or-
ganizada, como al aniquilamiento o intimidación de oponentes ideológicos o de
intereses (Gómez A., 1996, p. 19). En todos los casos se combinaba la debilidad del
Estado y el desvío de sus funciones, con la decisión de sectores sociales de ejercer la
justicia por sus propias manos, bajo el presupuesto de la solución de los conflictos
por la eliminación del contrario.
El paramilitarismo ha ido extendiendo tanto su influencia política, como sus for-
mas de acción y su presencia geográfica en el país. En 1987, el entonces ministro de
Gobierno César Gaviria denunció la existencia de 140 grupos paramilitares (Reyes
Posada, 1995, pp. 425-435). Su expansión y fortalecimiento, gracias al apoyo directo o
larvado de diferentes autoridades político-militares y de grupos económicos, le han
permitido solicitar su consideración como actor armado en condiciones de igualdad
con los grupos insurgentes. Los paramilitares han logrado también el control políti-
co y militar de algunas zonas del país y continúan en una sangrienta lucha por re-
cuperar extensos territorios del control guerrillero (Reyes Posada, 1995, p. 429). Han
recurrido al magnicidio, al asesinato selectivo de dirigentes populares y políticos, de
defensores de los derechos humanos, de presuntos simpatizantes de la izquierda, de
jueces y autoridades locales. Se encargaron de generalizar en el país la modalidad
de las masacres (Uribe & Vásquez, 1995) —homicidios colectivos de población civil
en estado de indefensión, con frecuente recurso a formas de sevicia y extrema cru-
eldad, y con alto contenido de retaliación o amedrantamiento—, aunque también
la guerrilla ha recurrido a esta modalidad. Han pretendido establecer códigos de
conducta y han sido el principal determinante de las migraciones forzosas que se
han incrementado durante la década de 1990. Pero, a más del agravamiento y degra-
dación del conflicto armado, las peores consecuencias del paramilitarismo parecen
ser la pérdida por parte del Estado del monopolio de la fuerza, de la ley y la justicia,
que constituyen la substancia de su legitimidad (Medina G. & Téllez A., 1994, p. 39) y
la consiguiente sensación de desprotección de la sociedad, debido a la incapacidad
del Estado para brindarle seguridad basada en la legitimidad.
Al terminar en 1995 las dos décadas en estudio, los tres procesos que caracterizan
el período continúan en pleno desarrollo. A pesar de la prioridad discursiva de lo
social, avanza el ajuste económico-político de corte neoliberal. A pesar de los golpes
dados a algunas de las figuras de los principales carteles, el problema narco sigue
en expansión y sus tentáculos llegan a las diferentes actividades de la vida política
y social, incluyendo a los grupos implicados en el conflicto armado. Y este último
continúa su escalada mediante el fortalecimiento militar de las guerrillas, la con-
solidación del aparato paramilitar y la creciente implicación de la población civil. A
pesar también de una moderada reducción de las tasas de homicidio en el mismo
año de 1995 —72 por 100.000 habitantes—, estas triplican las registradas al comien-
zo del período en 1975. Y no solo en números. También en modalidades, intensidad
50 El quinto: no matar
y significados, las distintas violencias, y particularmente los homicidios, continúan
afectando cada vez más y de manera negativa la vida de los colombianos.
Hecha la caracterización del período en cuestión, conviene proceder a desarrol-
lar los planteamientos metodológicos y a presentar los resultados de las diferentes
aproximaciones al problema, para iniciar luego el análisis que permita un plant-
eamiento explicativo preliminar.
Perfil situacional 51
Capítulo 3
Esquema lógico-conceptual
Inequidad
En latín aequitas viene de aequus, que significa igual. Aequitas tiene en dicha lengua
dos acepciones principales: una referida a equidad, justicia y justa distribución, y
otra relacionada con equilibrio moral, ecuanimidad e imparcialidad (Blánquez F.,
1954). En inglés equality tiene los significados de igualdad y ecuanimidad, y fairness de
justicia e imparcialidad. Y en español equidad mantiene la doble acepción de ecuani-
midad y de justicia, más en el sentido natural que positivo. Su contrario, inequidad,
es entonces la falta de justicia, en especial distributiva, y la falta de equilibrio moral.
En ambos sentidos, es claro que lo esencial en la equidad no es la simple igualdad.
Lo equitativo no es lo igual cuantitativamente, sino lo distribuido de manera justa.
Por consiguiente, la inequidad no solo conlleva el sentido de desigualdad, sino más
bien el de distribución inadecuada e injusta. La frontera de la inequidad la establece
la injusticia y no la desigualdad. La inequidad empieza donde la diferencia se con-
vierte en injusticia (Franco, 1996, p. 15). Las desigualdades y las diferencias son pre-
supuestos y condiciones existentes desde el orden biológico —de especie, de sexo,
de color, de edad—, necesarias dentro del ciclo vital de los individuos y convenientes
para la vida en sociedad. Las inequidades, en cambio, son construcciones y distribu-
ciones injustas, evitables e innecesarias.
Aristóteles, en el capítulo IX de su obra Política, logró sintetizar la idea de que más
que igualdad, la justicia es equidad, “...parece que igualdad es lo justo, y lo es, pero no
para todos, sino para los iguales; y lo desigual parece que es justo, y ciertamente lo es,
54 El quinto: no matar
pero no para todos, sino para los desiguales” (1995, p. 122). Desde entonces, en la fi-
losofía del derecho ha habido una larga discusión sobre la relación equidad-justicia,
que llegó hasta caracterizar el pensamiento liberal del siglo XVI en su intento de hac-
er posible la convivencia política entre hombres movidos por intereses diferentes
(Cortina, 1993). Desde la década de1970, pensadores como John Rawls (1990) han
retomado la discusión de la justicia como equidad y como imparcialidad desde su
punto de vista constructivista (Rawls, 1996). Para el autor, la equidad es la realización
práctica de la justicia mediante la igualdad de libertades civiles y la imparcialidad
en el ejercicio del poder. Los aportes de esta versión liberal se ven muy limitados
por sus premisas de un estado original y de la universalidad absoluta de la idea de
justicia. Además, su referente de una sociedad organizada está muy distante de las
sociedades reales y muy desorganizadas que tenemos en América Latina.
La equidad-inequidad puede referirse a muy distintos objetos y campos temáti-
cos. Aquí interesan dos dimensiones en particular: la económica y la política. La
primera tiene que ver con la distribución de los bienes y riquezas en la sociedad
y con el acceso a las oportunidades mediado por la disponibilidad de recursos. Se
habla entonces de inequidad, por ejemplo, cuando la propiedad de la tierra se con-
centra en un pequeño grupo, mientras quedan amplios sectores desposeídos de
ella. O cuando las ganancias generadas por el trabajo se distribuyen de manera muy
desigual entre los propietarios y los trabajadores. O cuando hay un mínimo porcen-
taje de familias que acaparan un enorme porcentaje del ingreso global, mientras la
mayor parte de las familias no alcanza a obtener lo necesario para la sobrevivencia.
La otra dimensión de la equidad que interesa al momento de establecer relaciones
inequidad-violencia es la política. Expresa la posibilidad real de participar en los
procesos de decisión en la esfera de lo público y de acceder a los distintos niveles
del poder referido a la conducción social. Se habla entonces de equidad si existe la
posibilidad real para todos del ejercicio de la ciudadanía y la garantía de las distintas
generaciones de derechos. Y de inequidad cuando en la práctica hay apropiación de
las decisiones y el poder en pocas personas o grupos y se genera, consecuentemente,
un fenómeno de exclusión de muchos otros individuos o colectivos.
En ambas dimensiones, la equidad no es solo una cuestión cuantitativa. Es un
asunto de predominio cualitativo, ético-político. Implica no solo saber cuánta es la
masa de capital de la sociedad y cuál el número de personas entre las cuales debe dis-
tribuirse, sino también un criterio de justicia, de justa distribución, de participación,
de proporcionalidad. El concepto de inequidad conlleva valores, conciencia. Por
esto es más indicada la categoría inequidad que la de pobreza al tratar de establecer
relaciones con la violencia. Dado el frecuente recurso a la relación pobreza-violencia
para explicar la génesis de la violencia y el reciente discurso de signo contrario para
tratar de eximir de cualquier responsabilidad al modelo económico dominante, in-
dependizar totalmente la relación y concentrar la atención en otros factores, convi-
ene detenerse brevemente en ella.
Pobre y pobreza son términos asociados a estado de necesidad, a carencia de lo
necesario para el sustento de la vida (Boltvinik, 1991). Pobre es quien carece de lo
necesario para vivir. El concepto de necesidad —es decir, la respuesta a la pregunta:
¿qué es lo necesario para la vida?— es diferente entre culturas y cambiante al interior
Perfil situacional 55
de una misma cultura. En otras palabras: las necesidades tienen un carácter histórico
(Boltvinik, 1991, p. 11). A su vez, los términos rico y riqueza se refieren a abundancia,
a tener o a quien tiene más de lo necesario para vivir en una determinada cultura.
Dada la naturaleza misma de la violencia, ni lógica ni históricamente existe una rel-
ación única y constante que la determine. Es decir: ninguna condición, sola y per se,
produce violencia siempre y en todas partes. Por supuesto, tampoco la pobreza. No
obstante, con tanta frecuencia como ligereza al tratar de explicar por qué se produce
violencia, se recurre a la pobreza. Tal argumentación ha sido facilitada por el hecho
real de que la pobreza ha estado entre las condiciones básicas de muchas situaciones
sobre las cuales se han desencadenado procesos de intensa violencia. Pero se han re-
querido de otros procesos interactuantes o de factores detonantes para que la pobre-
za haya dejado de ser una situación pasiva y haya estimulado coyunturas violentas.
Solo una pobre lectura del marxismo podría concluir que es él quien funda-
menta una relación directa de determinación pobreza-violencia. En tres de las obras
en donde se desarrolla la teoría marxista de la violencia —el Manifiesto Comunista
(Marx & Engels, 1996) de 1847-1848; el capítulo XXIV de El Capital (Marx, 1977), de
1867, y Anti-Duhring (Engels, 1968), de 1877-1878— se plantea que es el proceso de
acumulación de la riqueza en manos de un grupo cada vez menor y sus secuelas de
miseria, opresión y servidumbre el que genera y atiza la rebeldía de la clase obrera
(Marx, 1977, p. 953). Rebeldía que se traduce en violencia reactiva frente a la intensa
violencia de las distintas formas de expropiación. Y es a esa violencia reactiva que
permite al movimiento social romper formas políticas opresivas, y solo a ella, a la
que Marx considera partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva (1977, p. 940).
No es entonces una relación mecánica pobreza-violencia, sino un proceso histórico
complejo de producción-apropiación-expropiación de riqueza social y de gener-
ación-imposición-reacción a formas opresivas de poder político el que permite la
comprensión de este tipo de violencia. Es bueno aclarar que Marx no profundizó
en la génesis y dinámica de otras formas de violencia, ni en contextos de violencia
diferentes a los económico-políticos.
Varios analistas de la violencia colombiana han advertido sobre la inconsistencia
de la relación pobreza-violencia (Zuleta, 1990), aduciendo, entre otros argumentos,
que algunos de los departamentos más pobres del país son al mismo tiempo los
menos violentos. La tesis ha tenido mayor difusión y aceptación recientemente al
dársele mayor fundamentación cuantitativa a nivel nacional e internacional (Lon-
doño, 1996; Montenegro & Posada, 1995; Rubio, 1996) . Lo positivo de esta tesis ha
sido su contribución a romper el simplismo explicativo y a quitarle piso a los inten-
tos unicausalistas. Un efecto positivo colateral puede ser también la ruptura del es-
tereotipo del pobre como el violento o como la víctima principal de todas las formas
de violencia. Pero se van perfilando también dos derivaciones que considero equivo-
cadas e ideológicamente orientadas. La primera consiste en pasar de la inconsisten-
cia de la relación pobreza-violencia a independizarlas de manera absoluta y a negar
de entrada cualquier posible relación, descalificándola como “sabiduría convencio-
nal” (Rubio, 1996, p. 7). La segunda es pretender, a partir de lo anterior, exonerar a
las consecuencias económicas negativas del modelo neoliberal de cualquier relación
con el incremento de la violencia en situaciones como la colombiana.
56 El quinto: no matar
Otros investigadores nacionales han asumido lo que podría llamarse una posición
intermedia en la relación en cuestión: pobreza-violencia. Para ellos o la pobreza crea
disponibilidad para que ciertos procesos lleven a la violencia (Deas & Gaitán, 1995),
o inclusive la pobreza se convierte en detonante de la violencia en ciertos casos, por
ejemplo: cuando hay exclusión de los bienes públicos (De Roux, 1995, pp. 162-1668)
los cuales, por definición, deben ser inclusivos. Finalmente, algunos investigadores
han observado, a partir de estudios a mayor profundidad en la ciudad de Cali, una
relación “estrecha y lógica” entre delincuencia y pobreza, pero advierten que no se
puede proyectar a la violencia (Camacho G. & Guzmán B., 1990). Sobre estas ideas
se volverá más adelante.
Impunidad
Perfil situacional 57
ere a la eliminación en cada uno del sentido de culpa o vergüenza ante la comisión
de delitos y actos violentos; es la pérdida de la capacidad de autosanción. La social
es la activa o pasiva aceptación por parte de sectores sociales de los agentes recono-
cidos de la violencia y la delincuencia sin someterlos a ninguna sanción colectiva ni
encaminarlos al sistema judicial. Ambas se potencian y retroalimentan produciendo
una especie de exaltación heroica del delincuente, quien a su vez se siente no solo
con licencia para matar, sino también con orgullo y reconocimiento por hacerlo.
Esta interiorización y naturalización personal y social puede ser la más grave ex-
presión de la impunidad dominante. Y es, sin duda, una de las más íntimas bases y
justificaciones de todos los mecanismos de ejercicio de la justicia por cuenta propia
y de privatización de la justicia. Un autor ya citado (Nemoga, 1995, p. 124) agrega
una nueva modalidad: la impunidad ignorada para referirse a aquella que cubre a
los hechos de “limpieza social”. En ella los victimarios creen hacer un aporte social
positivo, las autoridades toleran e inclusive han estado implicadas con frecuencia en
calidad de responsables (Rojas, 1996, p. 74), y la sociedad asume una actitud pasiva
más próxima a la complicidad que al desinterés.
Es muy generalizado el consenso en torno a la importancia de la impunidad
como factor explicativo de la actual violencia colombiana. En este trabajo es pos-
tulada, además, como una de las condiciones estructurales de la actual violencia.
Uno de los pensadores nacionales más reconocidos considera a la impunidad como
el elemento vital y el oxígeno que le permite su proliferación y su virulencia a la
violencia (Zuleta, 1990, p. 11). Desde las autoridades estatales (Barco, 1989), hasta
las conversaciones cotidianas, pasando por las reflexiones académicas y teóricas
(Rubio, 1996, pp. 15, 18, 55, 327, 329), se acepta una estrecha relación entre ambos
fenómenos. Pero el énfasis se hace en los aspectos cuantitativos —número de casos
denunciados en relación a los ocurridos; de investigados en relación a denunciados;
de condenados en relación a investigados— y predominantemente en relación con
la ineficacia del aparato de justicia. Una adecuada comprensión de la relación im-
punidad-violencia requiere diferenciar los distintos tipos de impunidad y consider-
ar en consecuencia no solo los aspectos cuantitativos, sino también los cualitativos
del problema. Además, la relación parece más bidireccional que unidireccional. Es
decir: la impunidad crea condiciones propicias para el incremento de las violencias,
pero, al mismo tiempo, en la medida en que las relaciones sociales se van rigiendo
más por la violencia que por otros criterios y prácticas, también se hace posible el
incremento de la impunidad. Más adelante se tratará de explorar en ambas direc-
ciones y en las diferentes modalidades, dentro de las serias limitaciones existentes
en la información disponible.
Intolerancia
58 El quinto: no matar
práctica positivas y de acción. El problema de la tolerancia empieza a plantearse en
Europa durante los siglos XVI y XVII a raíz de las agrias disputas eclesiásticas en vís-
peras de la Reforma (Cisneros, 1995). Frente a la férrea defensa de la hegemonía doc-
trinaria religiosa y moral, en términos reales a sangre y fuego se fue abriendo espacio
una necesidad social: la de aceptar la diferencia y aprender a respetarla y a convivir
con ella. Hasta hoy el problema de la tolerancia sigue teniendo un contenido religioso.
El Diccionario de la Real Academia Española define la intolerancia como la “falta de tole-
rancia, especialmente religiosa” (RAE, 1992). Pero muy pronto el problema se extendió
también al campo político y de la moral pasó al derecho. La posesión de la verdad y
la diversidad fueron los dos frentes de la discusión. Frangois Marie Arouet (Voltaire)
entendía la tolerancia ligada a la propia naturaleza humana: “¿Qué es la tolerancia?
Es la característica fundamental de la humanidad” (1996, p. 148). En el pensamiento
liberal, la tolerancia estuvo ligada a libertad, heterogeneidad, diferencia, respeto a los
derechos, reciprocidad, justicia distributiva, pluralismo y democracia. La intolerancia,
en cambio, estuvo cercana a dogma, fanatismo, exclusión y absolutismo.
A más de su diferenciación en los grandes tipos de intolerancia —religiosa, políti-
ca y social— hay también diversidad en los grados de intolerancia, siendo el máx-
imo el de la pretensión de resolver la diferencia mediante la eliminación física del
diferente, asumido como contrario y enemigo. La violencia aparece entonces como
ejercicio y concreción de la intolerancia. Esta viene a ser el substrato ético, la escala
valorativa y la actitud mental de donde surge la violencia. No se identifican, pero
están íntimamente relacionadas.
Ahora bien, la tolerancia no es un valor absoluto. Depende de qué es lo que se
tolera. Y no todo debe tolerarse. Tolerar, por ejemplo, la inequidad y la impunidad
en lugar de disminuir la violencia, contribuye a incrementarla. Tolerar la diferencia
debe tener su complemento en ser intolerante con la inequidad y la injusticia. Por
no discernir estos aspectos de la tolerancia, se llega o a erigirla en valor unívoco o a
descalificarla. Por la primera vía se llega a la pasividad y a la irresponsabilidad social,
propiciando, en el caso particular de la violencia, condiciones que la incrementan
como las ya discutidas. Por la segunda, se pierde tanto su capacidad explicativa de
ciertos problemas —como el de la violencia— y, por tanto, sus posibles aportes en
un proceso de solución. Es lo que sucede, en mi opinión, cuando un analista co-
lombiano, ridiculizando un poco la tolerancia, trata de explicar que las llamadas
limpiezas sociales no se deben a la intolerancia, sino a la desesperación ante el delito.
Según él “si algo somos los colombianos es tolerantes; por ejemplo, toleramos un
nivel extraordinario de violencia con resignación y estoicismo. Y toleramos la guer-
rilla, la corrupción de los funcionarios del tránsito y la mala administración” (Deas &
Gaitán, 1995, p. 327). Parece fácil la contraargumentación: es justamente la tolerancia
a este tipo de situaciones y la intolerancia religiosa, política y social lo que en buena
parte explica no solo las limpiezas sociales, sino la situación global de violencia que
padecemos. Además, estudios cuidadosos, como el ya citado sobre la violencia en la
ciudad de Cali, encuentran en la limpieza social una de las más claras expresiones de
intolerancia (Camacho & Guzmán, 1990, p. 213).
Perfil situacional 59
Algunos otros pensadores colombianos han reflexionado también sobre el tema
con seriedad. Héctor Abad Gómez, víctima de la violencia actual, consideraba la vi-
olencia como síntoma de males sociales, entre ellos el fanatismo (1990, p. 68). Al
prologar su obra, el reconocido jurista Carlos Gaviria plantea con lucidez que la tol-
erancia viene a ser la síntesis de un impulso vital —la Libertad— y un sentimiento
—el altruismo— (Abad, 1990, p. 9). Otra investigadora del tema considera que la
violencia sería en parte el resultado de una gran incapacidad de los actores sociales
en conflicto para negociar y tramitar las diferencias (Uribe, 1997). Las raíces de esta
incapacidad se hunden en la configuración cultural, en la influencia de ciertos va-
lores-antivalores religiosos, y en prácticas centenarias. Es reconocido, por ejemplo,
el enorme peso de la intolerancia religiosa, convertida con frecuencia en intoleran-
cia política y atizada por sacerdotes y obispos, en las guerras de mitad y de finales
del siglo pasado (Bushnell, 1995; Zambrano, 1994) y en la violencia de mediados del
presente (Perea, 1996). La violencia se ha ido consolidando en el país como estrategia
de socialización y como mecanismo de negar la singularidad y pretender eliminar la
diferencia (Restrepo, 1995).
Aunque es posible construir algunos indicadores de intolerancia —la relación,
por ejemplo, entre conflictos resueltos violenta y no violentamente—, ante su in-
suficiencia, su inmadurez y la inexistencia de ese tipo de información, se optó por
observar y analizar la intolerancia a través de hechos que la reflejan, tales como las
limpiezas sociales y la eliminación de oponentes políticos. Además, se tuvieron
muy en cuenta los aportes de los actores sociales entrevistados y de la literatura
disponible sobre el tema.
La necesaria desagregación de cada categoría utilizada en el trabajo, y más aún
de las que contribuyen a estructurarlo, no implica el establecimiento de relaciones
univariantes. Como se ha venido insistiendo, todo el esfuerzo realizado solo pre-
tende aclarar elementos y dinámicas que contribuyan a la comprensión y enfrenta-
miento del complejo fenómeno de la violencia. La hipótesis que se va sosteniendo y
enriqueciendo de manera progresiva es que el actual ciclo de violencia colombiana
puede entenderse en el mantenimiento e incremento de las condiciones estructura-
les, expresadas por las tres categorías que acaban de desarrollarse, mantenimiento e
incremento propiciados por los tres procesos coyunturales que caracterizan e iden-
tifican el período y que se discutieron en el capítulo anterior. Más que un estudio
genético o un análisis factorial, es una aproximación a la dinámica del proceso. El
análisis de la dinámica y las relaciones de las condiciones estructurales con los pro-
cesos coyunturales dentro de los tres contextos planteados (político, económico y
cultural) puede facilitar la comprensión del problema y contribuir a la identificación
de estrategias de superación.
60 El quinto: no matar
de esta forma cubrir los distintos perfiles y niveles del problema, acceder a fuentes
diferentes y de la mayor confiabilidad posible, combinar insumos cuantitativos con
vivencias e interpretaciones de los actores y con aportes de los teóricos e investi-
gadores y lograr, por tanto, tener a disposición un amplio panorama que facilitara
el análisis y la interpretación. Se presenta a continuación una síntesis de cada uno
de los tres insumos, precisando su propósito, mecanismos, instrumentos, procedi-
miento, límites y dificultades.
La base cuantitativa
Los indicadores de muchas realidades son solo eso: pistas, imágenes imprecisas,
sombras de la realidad. Una cosa es contar cuántos homicidios se registran en
un período dado, y otra estimar mediante indicadores los niveles de pobreza, de
inequidad, de impunidad o de intolerancia. Los indicadores son aproximaciones
aún muy imprecisas y con niveles variables de confiabilidad, entre los cuales siguen
predominando aquellos referidos a las dimensiones mensurables de la realidad. Con
frecuencia los indicadores son también construidos bajo la presión o el interés cien-
tífico o político de resaltar un determinado aspecto de la realidad, dejando por fuera
otras dimensiones igual o mayormente importantes de ella. Y al problema esencial
del contenido y la imprecisión de los indicadores se agrega el de la precariedad de
sus mediciones y de la irregularidad en las fuentes sobre las cuales se basan. Pro-
blema este más grave aún en países como Colombia, en donde no existen una con-
ciencia y una práctica sistemática de recolección rigurosa de información sobre
diversos aspectos de la vida social. Todas estas limitaciones es preciso señalarlas para
relativizar el valor dado a ciertas mediciones, para poner de presente una vez más
lo difícil que resulta una aproximación sistemática a ciertas realidades y procesos
aún poco reconocidos y para señalar la necesidad de avanzar en la construcción de
Inequidad
Para tener una imagen cuantitativa del problema de la inequidad se optó por observar
el comportamiento del coeficiente de Gini, los porcentajes de población considerada
como pobre mediante los indicadores de Línea de Pobreza (LP) y con Necesidades
Básicas Insatisfechas (NBI). Se exploró también el comportamiento de las tasas de
desempleo. Para el primer indicador se recurrió a los cálculos y ajustes ya hechos por
autores reconocidos (DNP, 1996, 1997; Sarmiento, 1997; Sarmiento, 1995), aclarando
que al respecto persiste una polémica que refleja cómo aún el cálculo de un valor
cuantitativo está sujeto a diferentes enfoques e intereses. Los indicadores de pobreza
se tomaron de los estudios y resúmenes presentados por Libardo Sarmiento (1997).
Los datos de desempleo se tomaron básicamente de una revisión de la Revista del
Banco de la República (1976-1975) durante todo el período estudiado. Conviene aclarar
que tal información solo se refiere al desempleo en siete ciudades del país.
Impunidad
64 El quinto: no matar
Entrevistas a actores seleccionados
66 El quinto: no matar
Un funcionario de la oficina del Alto Comisionado para la Paz.
Un alto funcionario de la Defensoría del Pueblo.
Una representante a la Cámara.
El gobernador de uno de los departamentos más afectados por la violencia.
Un secretario de gobierno departamental.
Una alcaldesa municipal.
Un funcionario del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI).
Una funcionaría del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.
Indígena
Obrero
Comunitario
Feminista
Empresariado Agrícola
Empresariado Industrial
Además:
Un dirigente político
Un miembro representativo del Comité Permanente por la Defensa de los De-
rechos Humanos
Un miembro representativo de la Comisión Colombiana de Juristas
Una integrante de la Red de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra
Un arzobispo católico
Un representante de la oficina de Pastoral Social del Episcopado
Un sacerdote católico de un área de conflicto
Una religiosa de un área de conflicto
Dos periodistas
Dos académicos, investigadores del tema de la violencia
Dos desplazadas por la violencia
Una prostituta
Un travesti
La revisión teórica
68 El quinto: no matar
tintas alternativas. Sin un dogma que seguir, ni un método único que aplicar,
se recurrió a algunas de las fuentes de las que se había alimentado el autor en
etapas anteriores, y a través de ellas se llegó a algunas otras. Dado que la mayor
parte de las obras específicas se han ido y se continuarán citando a lo largo del
texto, aquí solo se nombran los autores a quienes más se ha recurrido y que
más han contribuido: Aristóteles, Guillermo Federico Hegel, Carlos Marx, Fe-
derico Engels, Gastón Bachelard, Michel Foucault, Karel Kosik, Eli de Gortari,
Adolfo Sánchez Vásquez, Jurgen Habermas, Mario Bunge, Juan Samaja, Maria
Cecília Minayo y Jaime Breilh.
Conceptualización sobre violencia. Se buscaba acceder al conocimiento, a las dis-
cusiones inconclusas y a las propuestas aún en debate, contenidas en las obras
de personas que han dedicado parte de su esfuerzo intelectual a la compren-
sión de la violencia en distintos momentos y contextos. A más de la ubicación
en las condiciones que dieron origen a sus aportes y polémicas, se requería
frente a cada uno y cada una de los autores y autoras una actitud receptiva para
entender su discurso y una elaboración crítica para tomar distancia, confron-
tar los desacuerdos y acumular los acuerdos. Ha sido un diálogo desafiante y
estimulante. No se ha recurrido a fichas bibliográficas ni a bases de datos de li-
teratura seriada. Se han seleccionado algunos interlocutores con quienes se ha
querido conversar mediante sus obras. Y si con los entrevistados en el insumo
anterior se estableció una relación directa pero pasajera, con estas personas
se ha entablado o intensificado una relación indirecta pero constante. Ellas
son habitantes de estas páginas y presencia constante en las largas soledades
de quien escribe. Especialmente ricos han sido los diálogos sobre violencia
sostenidos con las obras de: Georges Sorel, Walter Benjamin, Hannah Arendt,
Carlos Marx, Emile Durkheim, Frantz Fanón, Jean-Paul Sartre, Michel Maffe-
soli, Michel Foucault, Adela Cortina, María Cecilia Minayo y Seamus Heaney.
La violencia en Colombia. Por ser el objeto particular de estudio, por su compleji-
dad, por la diversidad de enfoques e intereses, por el carácter todavía preliminar
de muchos de los estudios e interpretaciones, y por estar aun aconteciendo —y
de qué manera— ha sido el tema que ha requerido y continúa requiriendo una
interlocución más activa y variada. Centrado en la actual violencia, ha sido ne-
cesario mirar en detalle las pasadas, en especial la de mitad de siglo. Y buscando
indagar por la naturaleza y dinámica de la actual, ha sido también necesario
adentrarse en su descripción, en su historiografía, en su geografía, economía,
significados y representaciones culturales, expresiones literarias, interpretacio-
nes y consecuencias psicológicas, sociológicas y políticas. Con mayor dificultad
que en los dos temas anteriores, se ha requerido combinar receptividad con
crítica, aproximación y distanciamiento, encuentros y desencuentros. El listado
de autores con quienes se ha dialogado directamente o mediante sus escritos
sería demasiado extenso. Pero sería injusto no mencionar algunos. En primer
lugar, a las tres generaciones de violentólogos que ya tiene el país. La de los pione-
ros, con Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna, Orlando Fals Borda,
Camilo Torres Restrepo, Estanislao Zuleta y Héctor Abad Gómez. La segunda
generación con Gonzalo Sánchez, Carlos Miguel Ortiz, Álvaro Camacho, Álvaro
70 El quinto: no matar
Capítulo 4
Las cifras, como las palabras, necesitan contextualizarse. Al igual que una palabra
suelta es apenas una provocación para un mensaje que debe completarse, una cifra
es apenas un enunciado de magnitud que debe ubicarse y explicarse. Si digo, por
ejemplo, 30.000, no sé de qué se trata. Si digo 30.000 muertos, puede ser un por-
centaje bajo del total anual de muertes en el mundo, o el saldo fatal de una catástrofe
que acabó con una población entera, o el total anual de homicidios en Colombia.
La magnitud es entonces relativa y solo al referirse a una situación determinada
adquiere valor y sentido.
En este capítulo se intenta presentar una síntesis de los datos y cifras que se han
considerado como más importantes para la comprensión del objeto de trabajo: los
homicidios en Colombia en los últimos veinte años, su contexto y su dinámica. La
presentación se concentrará en las variables e indicadores de los procesos ya des-
critos en el capítulo anterior, incluyendo los procedimientos y consideraciones ana-
líticas preliminares que se lograron a partir de la base cuantitativa.
Para el comienzo del período en estudio, 1975, el país tenía una población de
23.847.093 habitantes, distribuidos por partes casi iguales entre ambos sexos. Para
1994 la población total se había multiplicado por un factor de 1,4, llegando a 34.520.184
personas. El factor de incremento de la población femenina fue un poco mayor: 1,5.
En la Figura 2 se aprecia la pirámide poblacional de 1975 y en la Figura 3 la
correspondiente a 1995. Ambas son pirámides de base amplia con acortamiento
ascendente irregular. Mientras en la de 1975 el grupo de 15 a 19 años se expande en
relación al inmediatamente anterior (10 a 14), en la de 1995 se aprecia una reducción
relativa del grupo de 15 a 19 años en ambos sexos. El grupo poblacional que presenta
el más alto factor de crecimiento en el período es el de 35 a 44 años: 1,8 para el total
y el sexo masculino y 1,9 para el sexo femenino. Y hay dos grupos etarios que pre-
sentan el más bajo factor de crecimiento en el período: 1,2. Son ellos: el de menores
de cinco años, como posible reflejo de los persistentes problemas de atención del
parto y perinatales, y el grupo de 15 a 19 años, muy posiblemente como reflejo de la
violencia. Inclusive el grupo de 20 a 24 años tiene un factor de crecimiento de 1,3, un
poco por debajo del promedio.
70-74
60-64
50-54
Grupo etario
40-44
30-34
20-24
10-14
0-4
2.500.000 2.000.000 1.500.000 1.000.000 500.000 0 500.000 1.000.000 1.500.000 2.000.000 2.500.000
Hombres Mujeres
80+
70-74
60-64
50-54
Grupo etario
40-44 40-44
30-34
20-24
10-14
0-4
2.500.000 2.000.000 1.500.000 1.000.000 500.000 0 500.000 1.000.000 1.500.000 2.000.000 2.500.000
Hombres Mujeres
72 El quinto: no matar
La distribución urbano-rural, hasta donde puede observarse con la información dis-
ponible, ha variado en el sentido de incrementarse el porcentaje urbano a expensas
del rural. En 1973 el 60% de la población vivía en el área urbana y el 40% en la rural.
A mitad del período, en 1985, el porcentaje urbano subía al 65% y el rural descendía
al 35% (DANE, 1993) y en 1995 la urbana alcanzaba ya el 70%, mientras la rural bajaba
al 30%. Esta movilidad interna se viene convirtiendo en factor de gran importancia
en los estudios de población en el país (Martínez & Rincón, 1997, pp. 230-261), y ya
quienes la estudian identifican la violencia como uno de los principales determi-
nantes (p. 230). Bogotá se ha convertido en el principal lugar de destino de buena
parte de las migraciones internas y en especial de las debidas al desplazamiento por
la violencia. Su factor de crecimiento poblacional en el período fue de 1,5, superior
al promedio del país. De 3.360.485 habitantes en 1975, la ciudad pasó a 5.129.285 en
1994. Entre 1988 y 1993, cuando la inmigración interregional fue negativa para las
demás regiones del país, fue significativa para Bogotá (p. 242), en donde representó
el 41% del crecimiento total de la ciudad (p. 254). Hoy la ciudad tiene aproximada-
mente el 15% de la población total del país. Llama la atención que mientras el grupo
masculino de 20 a 24 años de Bogotá apenas logra mantenerse estable, a pesar de la
migración, los grupos de 35 a 44 y de 45 a 54 años se duplican, tanto en el total como
para cada uno de los sexos. Esto pone una vez más de presente el peso mayor de la
mortalidad en el grupo más joven, en buena parte debida a la violencia. Algo similar
pasa en los departamentos de Antioquia y del Valle en donde los grupos de 15 a 19 y
de 20 a 24 años apenas registran un ligero incremento en el período, mientras los
grupos mayores tienen incrementos por encima del promedio.
La esperanza de vida al nacer es otro de los indicadores demográficos que reflejan
tanto la calidad de vida y el control de factores adversos, como su persistencia o
incremento. Es considerado como uno de los mejores indicadores del nivel de de-
sarrollo de una población y las Naciones Unidas lo incluyeron dentro del cálculo de
su índice de Desarrollo Humano.
En el quinquenio 1990-1995, un colombiano promedio podía aspirar a vivir 69
años. En el mismo período las colombianas podían aspirar a vivir seis años más que
los colombianos. Las diferencias son también muy marcadas por regiones: mientras
en Cundinamarca en el mismo quinquenio la esperanza de vida llegaba ya a 72
años, en el Chocó era apenas de 55 años (MINSAL, 1994). En la Tabla 1 se aprecia
el comportamiento de la esperanza de vida al nacer de los colombianos y colom-
bianas en períodos quinquenales durante las dos décadas en estudio, según datos del
DANE (1993, p. 91). Puede observarse una desaceleración del ritmo de ganancia en
el número de años que espera vivir un colombiano promedio y una ventaja a favor
de las mujeres. En los veinte años estudiados, el promedio de la población gana 5,3
años, las mujeres 6 años, mientras los hombres solo 4,6 años. En los veinte años ante-
riores, 1955-1975, la ganancia promedio había sido de 6,5 años, 6,4 para los hombres
y 6,6 para las mujeres. Esta especie de achatamiento de la esperanza de vida en
Colombia en las dos últimas décadas, justo cuando en la mayoría de los países se ha
incrementado el ritmo de ganancia ante las nuevas oportunidades y los avances en
varios campos relacionados con la calidad de la vida, requiere una explicación. Por
descontado que esta tiene que ser plurifactorial. Pero sabiendo que son los hombres
las principales víctimas de los homicidios y que estos han incrementado de manera
significativa su participación porcentual entre las demás causas de muerte —como
se verá más adelante—, existen sólidas bases para pensar que tanto la desaceleración
del ritmo global de ganancia en esperanza de vida como la pérdida mayor en los
hombres se deben en buena medida a la violencia homicida.
74 El quinto: no matar
700,00
600,00
Tasa por 100.000 haiitantes
500,00
400,00 Antioquia
Santafé de Bogotá
300,00 Valle del Cauca
Total nacional
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
Antioquia y Valle del Cauca y en la ciudad de Bogotá. Las diferencias se hacen más
notables al desagregar por grupos de edad. Las mayores diferencias se encuentran
en los grupos de 15 a 19 y de 20 a 24 años. La Figura 5 muestra la tasa de mortalidad
600,00
500,00
Tasa por 100.000 haiitantes
400,00 Antioquia
Bogotá
300,00 Valle del Cauca
Total nacional
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
800,00
700,00
600,00 Antioquia
500,00 Bogotá
Valle del Cauca
400,00
Total nacional
300,00
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
76 El quinto: no matar
120,00
100,00
Tasa por 100.000 haiitantes
80,00 Antioquia
60,00 Bogotá
Valle del Cauca
40,00 Total nacional
20,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 7. Mortalidad general de mujeres entre 15 y 19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
800,00
700,00
600,00
Tasa por 100.000 haiitantes
500,00
Antioquia
Bogotá
400,00
Valle del Cauca
300,00 Total nacional
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
1.200,00
Tasa por 100.000 haiitantes
1.000,00
Antioquia
800,00 Bogotá
Valle del Cauca
600,00 Total nacional
400,00
200,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 9. Mortalidad general de hombres entre 20 y 24 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
hay pocas dudas de que sean ellos la explicación fundamental de tales incrementos
de la mortalidad en estos grupos.
Puede afirmarse que en las últimas décadas se han producido dos cambios impor-
tantes en el perfil de mortalidad en Colombia. En primer lugar, con excepción de
las enfermedades vasculares y de los tumores que han tenido un ligero incremento,
en especial en los grupos poblacionales de adultos mayores, las demás causas se han
mantenido estables e inclusive en algunos casos, como en el de las enfermedades
transmisibles, han decrecido como causas de muerte. Pero el cambio más significativo
ha sido el avance del conjunto de causas llamadas “externas”, es decir: la violencia y, en parti-
cular, de los homicidios como causa de muerte.
Las “causas externas” incluyen: homicidios, suicidios, accidentes de tránsito y
otros accidentes. Al desagregar la categoría general en sus componentes, como ya se
ha hecho en varios estudios (MINSALUD, 1994; 1996) se evidencia que, mientras las
demás causas se mantienen estables o inclusive decrecen un poco —como es el caso
de los accidentes—, los homicidios describen una trayectoria de marcado ascenso.
A la descripción y el análisis de esta especie de epidemia de homicidios en Colombia se
dedican las siguientes consideraciones.
78 El quinto: no matar
La epidemia de homicidios
35.000
Policía nacional
30.000
Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas
Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses
Total homicidios
25.000
20.000
15.000
10.000
5.000
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
Años
25.000
20.000
Total homicidios
15.000
10.000
5.000
0
1975 1976 1977 1978 1979 1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995
Años
se optó por trabajar a partir de los datos del CIC de la Policía Nacional, previa su
cuidadosa depuración.
La Figura 11 presenta el total anual de homicidios en el país en el período de estudio.
Puede observarse un primer incremento lento que va de 1975 a 1982, período durante
el cual se pasa de 5.788 a 10.679 casos anuales. Viene luego la década del incremento
desbordado: 1983-1993, en la cual las cifras casi se triplican al pasar de 9.807 a 28.284
en 1991, número que casi se mantiene en los dos años siguientes. Los dos últimos años
del período indican un leve descenso, terminando el período con 25.398 homicidios
en 1995. Al calcular promedios, se tiene para la primera década, 1975-1984, 8.500
homicidios anuales. Para la segunda década, 1985-1994, 22.646 homicidios anuales.
Y para todo el período, 1975-1995, un promedio total de 16.056 homicidios anuales.
Muchos eventos de la vida nacional tratan de relacionarse con los períodos presi-
denciales de cuatro años. Solo para suministrar elementos para el análisis posterior y
sin pretender sugerir ninguna relación de causalidad, y menos aún de unicausalidad,
en la Figura 12 se diferenciaron las columnas del total de homicidios en función de
los períodos presidenciales.
Como tales períodos se inician en el mes de agosto, se consideró como el primer
año de cada mandato el que se inició en el mes de enero siguiente y a partir de allí
se contaron los cuatro años. Puede observarse que los mayores incrementos se re-
80 El quinto: no matar
30.000
25.000
20.000
Total de homicidios
15.000
10.000
5.000
0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
López Turbay Betancur Barco Gaviria Samper
Año - Presidente
gistraron en los gobiernos de los presidentes Belisario Betancur y Virgilio Barco, con
factores de incremento del 1,6 y 1,4, respectivamente. En el período presidencial del
doctor César Gaviria se alcanzan las cifras más altas de homicidios en las dos décadas
estudiadas y se inicia su lento descenso. Las diferencias regionales, etéreas y sexuales
se aprecian mejor a partir del cálculo de tasas.
La Figura 13 muestra el comportamiento de la tasa de homicidios por cien mil ha-
bitantes a nivel nacional durante el período de estudio. Refleja el mismo perfil descrito
en la figura anterior, con un ascenso lento inicial, un ascenso muy notorio en la segun-
da década y un descenso, dentro de valores altos, a partir de 1991. Los valores límite
en el período son: 24 por 100.000 en 1975 y 86 por 100.000 en 1991. Para tener un
referente internacional sobre la magnitud del problema colombiano, pueden tomarse
los datos suministrados por la Organización Panamericana de la Salud. Según ellos,
entre 1990 y 1995 los cinco países de la región con tasas más altas de homicidio por
cien mil habitantes fueron en orden decreciente: Colombia 74,5; Brasil 17,4; México
16,8; Venezuela 14,7 y EEUU 9,0. Es decir: Colombia ocupa un distante primer lugar
en la tasa regional de homicidios y cuadruplica a Brasil que ocupa el segundo lugar.
Al graficar la distribución de la mortalidad por homicidios en el país en función
de los grupos de edad, pueden apreciarse hechos muy interesantes. El que más llama
la atención es el compromiso cada vez mayor de la población más joven como la
principal víctima de la epidemia de homicidios.
70
60 10 a 14
50 15 a 19
20 a 24
40 25 a 34
30 35 a 34
45 a 54
20
10
0
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 14. Mortalidad general por homicidio por grupos etarios. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE)
La Figura 14 muestra cómo el grupo más afectado es el de 15-19 años, cuya tasa de
mortalidad por homicidio se quintuplica entre 1979 y 1994. Le sigue el grupo de
20-24 años, cuya tasa se cuadruplica en el mismo período. El grupo de 25-34 años
mantiene las tasas más altas hasta 1989, siendo superado en 1994 por el de 20-24
años. Al igual que el de 35-44 años, el de 25-30 triplica su tasa de mortalidad por
homicidio. Es muy preocupante también el incremento de la tasa de homicidio en
niños entre los 10 y los 14 años, que pasa de 1,2 a 2,8 por 100.000. Es un fenómeno
que, hasta donde conoce el autor, no tiene paralelo en el mundo.
Con la Figura 15 se representan las tasas de mortalidad por homicidio para el
grupo masculino y para los grupos etarios más afectados en los años límite de los
quinquenios estudiados. Se reproduce, en general, lo anotado para la figura anterior
con lo cual se confirma que es fundamentalmente a expensas de los hombres que se
ha producido el vertiginoso incremento general de las tasas de homicidio. Una vez
más el grupo de 15 a 19 años presenta los mayores incrementos al quintuplicar su
tasa en el período descrito. Si en 1989 la mayor tasa masculina correspondió al grupo
de 25 a 34 años (145,3), en 1994 fue para el rango etario inferior (20 a 24 años), 142,5
por 100.000.
Si bien la tasa general de mortalidad por homicidio para las mujeres debe ser
motivo de preocupación, pues se triplica entre 1979 y 1994 al pasar de 3,3 a 11 por
cien mil, su incremento relativo es menor que el de los hombres en general y sig-
nificativamente menor en los grupos etarios críticos. Cuando en 1994, por ejemplo,
el grupo masculino de 20 a 24 años alcanzó una tasa de 142,5, la de su equivalente
femenino llegó a 9,3.
82 El quinto: no matar
160
Tasa de homicidios por 100.000 haiitantes
140
120 10 a 14
15 a 19
100
20 a 24
80 25 a 34
60 35 a 34
45 a 54
40
20
0
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 15. Mortalidad general por homicidio en hombres por grupos etarios. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE)
Similar al promedio
Inferior
84 El quinto: no matar
Tasa de homicidios por 100.000 haiitantes 300
250 Antioquia
Bogotá
200
Valle del Cauca
150 Total nacional
100
50
0
1975
1977
1979
1981
1983
1985
1987
1989
1991
1993
1995
Años
Figura 17. Mortalidad por homicidios en el país y en algunos departamentos. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.
y llegan a su pico más alto en 1994, justo en el momento del mayor descenso de las
tasas de Antioquia. Con excepción de 1993, Bogotá tiene durante todo el período
tasas ligeramente por debajo de la nacional, pero la diferencia se reduce en los dos
últimos años. Si bien hasta 1991 la configuración de la curva nacional estuvo muy
marcada por las tendencias de Antioquia y del Valle, en el último quinquenio del
período no desciende proporcionalmente, dado el incremento tanto en el Valle
hasta 1994, como en otros departamentos que no aparecen en la gráfica, tales como
Caquetá, Guaviare y Putumayo.
Como puede apreciarse en la Figura 18, es muy alta la participación porcentual
de Antioquia, Valle y Bogotá en el total de homicidios en las dos décadas revisadas.
En 1984, solo ellos respondieron por el 56% del total de los homicidios del país, por-
centaje que ascendió en 1994 a 67%.
La Figura 19 muestra que tanto en Antioquia como en el Valle y, por tanto, en
el país, los mayores incrementos de los quinquenios en estudio se registraron en-
tre 1984 y 1989. Si bien Antioquia registra las mayores tasas, llegando a 203,9 por
100.000 en 1994, es el Valle el que registra el mayor incremento relativo: sus tasas se
multiplican por un factor de 8,6, mientras las de Antioquia lo hacen por 7,4, Bogotá
quintuplica sus tasas y la nacional casi se cuadruplica. Llama también la atención
que Bogotá registra su mayor incremento entre 1989 y 1994, cuando prácticamente
iguala la tasa nacional de homicidios.
Al descomponer los datos de la figura anterior por sexos, se hacen más claros los
ritmos y especificidades del problema de los homicidios en el período.
30,00 Antioquia
25,00 Bogotá
Valle del Cauca
20,00
15,00
10,00
5,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 18. Participación regional en el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
450,00
400,00
350,00
Tasa por 100.000 haiitantes
300,00
Antioquia
250,00
Bogotá
200,00 Valle del Cauca
150,00 Total nacional
100,00
50,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 19. Mortalidad general por homicidio. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
86 El quinto: no matar
450,00
400,00
350,00
Tasa por 100.000 haiitantes
300,00
Antioquia
250,00
Bogotá
200,00 Valle del Cauca
150,00 Total nacional
100,00
50,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 20. Mortalidad por homicidios en hombres. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
80,00
Participación porcentual
Antioquia
60,00
Bogotá
40,00 Valle del Cauca
Total nacional
20,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 21. Mortalidad por homicidio en mujeres. Colombia, períodos quinquenales, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
100,00
80,00
Participación porcentual
Antioquia
60,00
Bogotá
40,00 Valle del Cauca
Total nacional
20,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 22. Porcentaje de homicidios de hombres sobre el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales,
1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
88 El quinto: no matar
9,00
8,00
Participación porcentual
7,00
6,00
Antioquia
5,00 Bogotá
4,00 Valle del Cauca
3,00 Total nacional
2,00
1,00
0,00
1975 1979 1984 1989 1994
Años
Figura 23. Porcentaje de homicidios de mujeres sobre el total de homicidios. Colombia, períodos quinquenales,
1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
Las mujeres han aportado en los años seleccionados menos de un 10% de la morta-
lidad nacional por homicidio (Figura 23). Por grupos de edad y regiones, el estudio
de la mortalidad por homicidio parece confirmar lo que ya se anotó en la mortalidad
general: que en el período estudiado los homicidios constituyen el factor determi-
nante de la tendencia de la mortalidad. Las tres figuras siguientes fundamentan bien
la afirmación. En la Figura 24 se muestra la tendencia de la mortalidad por homicidio,
por períodos quinquenales entre 1979 y 1994, a nivel nacional y de las tres regiones
ya indicadas, en el grupo masculino de 15 a 19 años. La situación más crítica se vive
900
800
Tasa por 100.000 haiitantes
700
600
Antioquia
500 Bogotá
400 Valle del Cauca
300 Total nacional
200
100
0
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 24. Mortalidad por homicidio de hombres entre 15 y19 años. Colombia, períodos quinquenales, 1979-1994.
Fuente de datos: DANE. Insittuto Nacional de Salud. Cálculo y diseño: S. Franco, H. Novoa.
El lenguaje de las cifras 89
1200,00
Figura 25. Mortalidad por homicidio de hombres entre 20 y 24 años. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
en Antioquia y Valle en donde las tasas de homicidio del grupo en cuestión se mul-
tiplican por 15,3 y 13,2, respectivamente. No obstante, las tasas más altas se registran
en el grupo masculino de 20 a 24 años (Figura 25). En Antioquia, en 1994, se registra
una tasa de 1.044 homicidios por 100.000 habitantes en el grupo masculino de 20 a
24 años, es decir: uno de cada cien antioqueños de ese grupo juvenil fue asesinado en
ese año. Llama también la atención que en este grupo etario el mayor gradiente de
incremento se registra en el Valle: 8,1, duplicando al nacional y al de Bogotá. Es inte-
resante observar que en el grupo de 25 a 34 años empieza a registrarse un descenso
en las tasas de homicidio de Antioquia para 1994, mientras continúan ascendentes
para el Valle y Bogotá (Figura 26). Mirando en su conjunto las tres últimas figuras,
puede notarse que los factores de incremento de las tasas de mortalidad por homi-
cidio en el período graficado son muy altos en el grupo de 15 a 19 años (15,3 para
Antioquia, 13,2 para el Valle, 6,8 para Bogotá y 5,1 a nivel nacional), intermedios en el
800,00
700,00
Tasa por 100.000 haiitantes
600,00
500,00 Antioquia
Bogotá
400,00
Valle del Cauca
300,00 Total nacional
200,00
100,00
0,00
1979 1984 1989 1994
Años
Figura 26. Mortalidad por homicidio de hombres entre 25 y 34 años. Colombia, períodos quinquenales,
1979-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) e Insittuto Nacional de Salud.
grupo de 20 a 24 años (7,3, 8,1, 4,2 y 3,9, respectivamente) y relativamente bajos para
el grupo etario de 25 a 34 años (4,6, 5,2, 3,1 y 2,9 en el mismo orden). Esto evidencia el
hecho de que las víctimas fatales de la actual violencia colombiana son las personas
—en especial los hombres— jóvenes y cada vez más jóvenes.
La participación porcentual de los homicidios en el total de las defunciones del
país permite ratificar la gravedad de la epidemia de homicidios y reconocer algunas
especificidades del problema. Teniendo los datos desagregados de las defunciones y
de los homicidios, se calculó el respectivo porcentaje en los niveles nacional, depar-
tamental, por sexo y por grupos etarios. En el período en estudio se ha quintuplicado
la participación de los homicidios en la mortalidad general del país. Mientras en
1975 ellos representaban solo el 3% de la mortalidad general, en 1994 ascienden hasta
aportar el 16% (Figura 27). El incremento se hace en especial a expensas del sexo
Otras causas
Homicidios
Figura 27. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Colombia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
Otras causas
Homicidios
Figura 28. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 15 a 19 años.
Colombia, 1975-1994.
92 Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
el grupo de 15 a 19 años a nivel nacional. En ambos sexos los homicidios pasan en el
grupo del 10 al 45%, en el grupo masculino del 14 a 53% y en el femenino del 3 al 19%.
Esto quiere decir que más de la mitad de los adolescentes hombres que murieron
en 1994 en el país fueron víctimas de homicidios. Y si bien los porcentajes mas-
culinos son significativamente mayores que los femeninos, es preocupante señalar
que el factor de incremento de la participación porcentual del grupo femenino en
el período fue mayor de 6. Llamó mucho la atención que en el departamento de la
Guajira en los años de 1984 y 1989 en el grupo femenino de 15 a 19 años la mitad de
las muertes fueron por homicidio. Se requiere indagar con cuidado la explicación
de fenómenos como estos.
Es en el grupo de 20 a 24 años en el que los homicidios alcanzan los mayores por-
centajes globales de participación en la mortalidad general del país: 52% para ambos
sexos, 59% para los hombres y 18% para las mujeres en 1994, con marcado incre-
mento sobre las cifras de 1975 (Figura 29). En los departamentos del eje cafetero, en
Otras causas
Homicidios
Figura 29. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 10 a 14 años.
Antioquia, 1975-1994.
El lenguaje de las cifras 93
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
especial en Caldas y Risaralda, en los hombres de este grupo de edad los homicidios
llegaron a representar en 1989 más del 70% de las defunciones. Y, en el mismo año,
en las mujeres de este grupo etario en el Putumayo, los homicidios representaron
casi el 40% de la mortalidad general. En el grupo de 25 a 34 años los porcentajes des-
cienden un poco, manteniendo las mismas proporciones. Llama la atención que, en
departamentos como la Guajira y Putumayo, en los hombres de este grupo etario los
homicidios llegaron a representar más del 80% en 1989, para descender luego en 1994.
Es en Antioquia en donde los homicidios alcanzan los más altos porcentajes
dentro de la mortalidad general en el período estudiado. Y los alcanzan desde muy
temprana edad. La Figura 30, por ejemplo, representa la composición de la mor-
talidad en el grupo de niños antioqueños entre 10 y 14 años. En ambos sexos, los
Otras causas
Homicidios
Figura 30. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 10 a 14 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
94 El quinto: no matar
1975 Población total 1994
Otras causas
Homicidios
Figura 31. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 15 a 19 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
homicidios representaron en 1994 el 40% de las muertes, mientras en los niños lle-
garon casi al 50%. Es decir, la mitad de los niños antioqueños que murieron en 1994
fueron víctimas de homicidio. Pero el caso más dramático de los años límite de los
quinquenios se registra en 1994, en el grupo de adolescentes antioqueños entre 15 y
19 años: el 84% del total, el 88% de los hombres y el 54% de las mujeres que mueren lo
hacen por una única causa: el homicidio (Figura 31). Puede observarse además en la
figura un dato excepcionalmente preocupante: en este grupo de mujeres los homi-
cidios pasan en las dos décadas estudiadas del 2 al 54% de la mortalidad. En el Valle
la situación es también impresionante en este grupo: en los hombres los homicidios
llegan a ser el 76% de la mortalidad y en las mujeres el 31%.
Otras causas
Homicidios
Figura 32. Participación porcentual de los homicidios en las defunciones. Grupo de 20 a 24 años.
Antioquia, 1975-1994.
Fuente: Elaboración propia con base en Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE).
96 El quinto: no matar
cantidad de aspectos esenciales del problema que quedan por fuera de lo registrado. Y
antes que a una explicación simple, invita a indagar sobre nuevas dimensiones y rela-
ciones. En el capítulo 7 se retomarán estos aportes para el análisis general.
Dados los objetivos del trabajo, la última parte de este capítulo se dedica a pre-
sentar algunos de los datos cuantitativos explorados en relación con las tres condi-
ciones estructurales, preliminarmente planteadas.
60
80,00
70,00 50
60,00 40
50,00
40,00 30
30,00 20
20,00
10
10,00
0,00 0
1975
1977
1979
1981
1983
1985
1987
1989
1991
1993
1995
Homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza
Figura 33. Pobreza según línea de pobreza y tasa de homicidios, Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Utopía y Sociedad, L. Sarmiento.
100,00 70
90,00
60 % de población bajo la línea de pobreza
Homicidios por 100.000 habitantes
80,00
70,00 50
60,00
40
50,00
40,00 30
30,00 20
20,00
10
10,00
0,00 0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
Figura 34. Pobreza según necesidades básicas insatisfechas y tasa de homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Utopía y Sociedad, L. Sarmiento.
98 El quinto: no matar
nución de la población con NBI se hace más lento a partir de 1991. Por cuanto hasta
dicho año la curva de crecimiento de la mortalidad por homicidio era ascendente,
alcanza a insinuarse una relación inversa. Dentro del ejercicio matemático, su R2 fue
de 0,99978283, y su F=0,0001, lo que indica la consistencia y la probabilidad de la
relación. Fue esta la razón por la cual al ensayar un posible modelo matemático se
creó la variable b1, que es el inverso del porcentaje de población con NBI. Esta va-
riable y la que representaba a la población fueron las que mejor aportaron al posible
modelo. Su R2 fue de 0,95824380. La Figura 35 muestra el trazado suministrado por
el sistema SAS para la relación entre las dos variables: inverso del NBI (b1) y número
de homicidios en el país (H). En el capítulo 6 se retomará la discusión sobre este tipo
de resultados cuantitativos.
Es muy desigual la distribución de la pobreza entre las áreas urbanas y las rurales.
Para el DANE, a mitad del período estudiado, en 1985, el 70% de la población rural
del país tenía sus necesidades básicas insatisfechas, porcentaje que se reducía al 31%
para la población urbana (DANE, 1993, p. 142). Según el estudio del Banco Mundial
(May, 1996, p. 2), para 1992 el 70% de las personas con ingresos inferiores al nivel de
subsistencia vivían en las zonas rurales del país. Según el mismo estudio y para el
mismo año, el 48% de la población del país estaba por debajo de la LP, pero, mientras
a nivel urbano el porcentaje bajaba al 36%, en el nivel rural subía hasta el 65% (May,
1996, p. 3). Con el agravante de que, según otro de los trabajos referidos (Sarmiento,
1997, p. 81), en los últimos veinticinco años no ha variado de manera significativa la
pobreza rural estimada según los ingresos (LP), manteniéndose alrededor del 70%.
Según el mismo estudio para 1995 a nivel nacional, el total de población que se esti-
maba vivía por debajo de la LP era de 18,4 millones de colombianos y colombianas,
30.000
25.000
20.000
Homicidios
15.000
10.000
5.000
0
0 0,005 0,01 0,015 0,02 0,025 0,03 0,035
Inverso de necesidades básicas insatisfechas
Tasa de desempleo
60 10
50 8
40 6
30
4
20
10 2
0 0
1975 1980 1985 1990 1995
Tasa de homicidios por 100.000 habitantes Línea de pobreza
Figura 36. Desempleo en siete ciudades (Barranquilla, Bogotá, Bucaramanga, Cali, Manizales,
Medellín y Pasto) vs. tasa de homicidios.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional, Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas
(DANE), Revista Banco de la República.
observadas— con tasas también más altas de homicidio en dichas ciudades refuerza
la posibilidad de una relación fuerte, pero de mediano plazo entre ambos fenóme-
nos. La Figura 37 contrasta el comportamiento de las tasas de homicidio y de desem-
pleo en la ciudad de Bogotá entre 1977 y 1995. Mientras la de desempleo muestra un
100 14
90
Homicidios por 100.000 habitantes
12
80
70 10
Tasa de desempleo
60
8
50
40 6
30 4
20
2
10
0 0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
100 0,600
90
0,500
Homicidios por 100.000 habitantes
80
70
0,400
60
Índice de Gini
50 0,300
40
30 0,200
20
0,100
10
0 0,000
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
Estable
Disminución
2.000
Tasa de delitos por 100.000 habitantes
1.500
1.000
500
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
Antioquia Bogotá Quindío Valle del Cauca Total nacional
120
Detenidos por homicidio por 100.000 homicidios
100
80
60
40
20
0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
Figura 41. Detenidos por homicidio por 100 homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Revista Criminalidad, Policía Nacional.
cada cien homicidios. Y en todos los departamentos incluidos, se detenían en dicho
año más de 50 personas por cada cien homicidios, o sea un mínimo de un detenido
por cada dos homicidios. En 1995, cuando la tasa de homicidio era ya de 72 por
100.000, a nivel nacional solo se detenían 15 personas por cada cien homicidios. El
descenso es también muy marcado en Antioquia, Valle y Bogotá. En contraste, en el
departamento de Boyacá, en 1985, casi se logró detener a un presunto asesino por
cada homicidio y se mantuvo durante todo el período un número alto de deten-
ciones por este delito. Como se anotó, Boyacá es uno de los pocos departamentos en
donde se registró descenso en las tasas de homicidio estudiadas.
Al relacionar las curvas que representan la mortalidad general por homicidio
y el número de detenidos por cada cien homicidios a nivel nacional (Figura 42) se
observa cómo, mientras la primera tiene una pendiente de predominio ascendente,
con dos pequeñas ondulaciones, la segunda la tiene descendente. Es decir: a más
homicidios, menos asesinos detenidos. En términos lógicos, si se toma el número
de detenidos por homicidio por cada cien homicidios como un indicador del adec-
uado funcionamiento del sistema de justicia, cabría esperar que, al incrementarse el
número de homicidios, la tasa de detenidos por homicidio debería incrementarse
o, como mínimo, mantenerse relativamente estable. Como las cifras indican lo con-
trario en Colombia, estamos ante una relación inversa. Para demostrarlo se corrió el
30.000 90
80
20.000 60
Homicidios
50
15.000
40
10.000 30
20
5.000
10
0 0
1975
1976
1977
1978
1979
1980
1981
1982
1983
1984
1985
1986
1987
1988
1989
1990
1991
1992
1993
1994
1995
30.000 30.000
25.000 25.000
20.000 20.000
Sumarios / homicidios
Homicidios
15.000 15.000
10.000 10.000
5.000 5.000
0 0
1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994
Homicidios Sumario
Para todas sus víctimas y actores y, por tanto, para todos sus estudiosos, es claro que
la violencia de mitad de siglo fue a la vez expresión y consecuencia de una incuestio-
nable intolerancia política activada o reforzada, con frecuencia, por la intolerancia
religiosa. También en la actual, más diversa y polimorfa, cuenta mucho la intole-
rancia política, con dos variaciones. Ya casi no pesa la diferencia liberal conservadora
—al menos como razón para eliminar al contrario—, y se ha atenuado de manera
considerable la intolerancia religiosa. Pero ha pesado en cambio la confrontación
derecha-izquierda con límites y denominaciones diferentes y cambiantes. Con
excepción del M-19, a las guerrillas se las ha visto como voceras de un proyecto de
sociedad socialista, de matices también diversos. Y por tales y por sus métodos se
las ha combatido militar y paramilitarmente. A la Unión Patriótica —nacida como
movimiento político legal a raíz de las negociaciones entre las FARC y el gobierno
Betancur en 1984— se la exterminó como parte del proyecto anticomunista. Su ani-
quilamiento constituye el mayor genocidio político cometido dentro de la violencia
actual. Y a muchos líderes populares, defensores de derechos humanos y de presos
políticos se les ha calificado de “estafetas de la guerrilla” y como tales han entrado a
aumentar las cifras de los exiliados o de los asesinatos políticos.
La Tabla 2, basada en la información del Banco de Datos de la Comisión Colombina
de Juristas (1996), resume y representa en cifras buena parte de lo acontecido en tér-
minos de violencia por intolerancia político-social en Colombia en el período estu-
diado. La primera columna muestra el total de homicidios políticos y ejecuciones
extrajudiciales fuera de combate. Se registra un total de 22.617, dando un promedio
anual de 1.077 homicidios políticos, es decir: tres homicidios políticos fuera de combate
diarios durante dos décadas. Con una tendencia creciente y ondulaciones dentro de
cifras altas, en especial durante la segunda década, el peor momento de la modalidad
letal de este tipo de violencia se registra en 1988, cuando alcanza un máximo de 2.738,
cifra que casi triplica al promedio del período. Varios acontecimientos se presentaron
en ese año y pueden ayudar a explicar el máximo pico de la violencia política. Se
eligieron por primera vez en el país mediante votación directa los alcaldes munici-
pales, propiciando una mayor conciencia sobre la participación ciudadana en espacios
más pequeños y revalorando el poder local. Se intensificaron el narcoterrorismo y la
Fuente: Elaboración propia con base en Banco de Datos; Comisión Colombiana de Juristas; Policía Nacional; Revista Criminalidad.
20
% HIPS / Total de homicidios
15
10
0
1975 1977 1979 1981 1983 1985 1987 1989 1991 1993 1995
Figura 44. Participación porcentual de los homicidios por intolerancia político-social sobre el total de
homicidios. Colombia, 1975-1995.
Fuente: Elaboración propia con base en Banco de datos, Comisión Colombiana de Juristas.
HIPS= homicidios por intolerancia político-social.
logró hacerlo, el 43% fueron paramilitares, el 35% la guerrilla y el 20% los agentes
estatales. Esta relación es cambiante en los años. Para la Comisión Colombiana de
Juristas (1997, p. 7), por ejemplo, mientras la participación de los agentes del Estado
como responsables de la violencia socio-política se redujo porcentualmente del 54
en 1993 al 16 en 1995, la de los paramilitares se incrementó en los mismos años del 18
al 46% y la de la guerrilla del 27 al 38%. Según los datos del Departamento de Estado
de los Estados Unidos, la tendencia se mantiene en 1996: el 59% de los asesinatos
políticos de este año se deben a los paramilitares, el 33% a la guerrilla y el 8% a las
fuerzas del gobierno (1997, p. 109).
Regionalmente es también muy desigual y cambiante el mapa de la violencia
política en Colombia. Al empezar la década de 1980, la región del Magdalena Medio
padece la confrontación de las organizaciones guerrilleras con los grupos paramili-
tares que les disputan el control territorial y político. Un estudio específico del pro-
blema indica que entre 1980 y 1992 se registraron en la zona 1.090 homicidios polí-
ticos (Romero, 1995). Al final del período estudiado, la región seguía aportando el 12%
del total de la violencia política nacional. Desde mitad de la década de 1980, Urabá se
convierte en uno de los epicentros de la violencia política colombiana. Su ubicación
estratégica, la riqueza de su suelo, las tensiones por la tierra y la presencia de todos
los actores del conflicto armado (García, 1996) hacen de ella un escenario de intensa
violencia y, en especial, de violencia política. Aún en 1995, solo esta región con
De este modo califican a esta modalidad de asesinato dos investigadores que han
asumido su estudio con seriedad. “Definimos masacre como el acto de liquidación
física violenta, simultánea o cuasisimultánea, de más de cuatro personas en estado
de indefensión” (Uribe & Vázquez, 1995, p. 37). Son entonces asesinatos colectivos
Más allá de las cifras y de los titulares de prensa, la violencia es una realidad humana.
Hiere los afectos, confronta las ideas, anima las pasiones y altera los proyectos.
Impregna la cotidianidad y se hace presente en el tema callejero, en el discurso aca-
démico, en la expresión artística y en el debate político. En función de qué papel
cumple en ella, de la distancia desde la cual la observa, de la diversidad de sus formas
y de las consecuencias que le produce, cada cual la siente y la interpreta, la padece y
la enfrenta de manera diferente. Igual pasa con los distintos sectores sociales, y con
la sociedad en su conjunto. No hay una manera única de sentir la violencia, ni de
entender su origen y dinámica, ni de reaccionar frente a ella. Más aún. Un mismo
sector social puede cambiar su percepción e interpretación de la violencia si pasa de
agente a víctima de alguna de sus modalidades. Y en momentos distintos, un mismo
individuo la puede sentir, interpretar y enfrentar de maneras casi opuestas.
Estas consideraciones, que hacen parte de la complejidad de la violencia, vienen
bien para introducir los resultados del esfuerzo por oír diferentes voces sobre el
problema, por asomarse a horizontes muy distintos y tratar de mirar desde ellos las
dimensiones que se escapan a las cifras y al discurso académico sobre la violencia.
Es un camino con más riesgos e incertidumbres que seguridades y certezas. Pero
más rico, sugestivo y orientador que muchas significancias estadísticas y que algunas
teorías a sueldo y de salón.
Como ya se indicó en el capítulo 3, se realizaron entrevistas a cuarenta personas
relacionadas de maneras muy diferentes con la actual situación de violencia del país.
Se trataba de obtener un cuadro lo más completo posible de percepciones, inter-
pretaciones y propuestas tanto para ampliar la visión del problema de la violencia,
como para confrontar con ellas las hipótesis e ideas básicas del trabajo. La Tabla 3
muestra la distribución de los entrevistados por sexo y según los tres grupos ya de-
sagregados en el capítulo 3. El 72% son hombres y el 28% mujeres. El 20% confor-
man el grupo I, Actores Armados; 25% el grupo II, Funcionarios del Estado; y el 55%
restante el grupo III, Integrantes de la Sociedad Civil.
Total 29 11 40 100
Porcentaje 72 28 100 -
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
Se optó por iniciar el diálogo con todos los entrevistados a partir de una pregunta
dirigida más al terreno de lo afectivo-subjetivo que de lo intelectual: ¿Qué aspectos
de la violencia actual le impresionan y preocupan más? Se obtuvieron 38 respuestas
diferentes. Esto indica que, en promedio, cada persona aportaba un aspecto espe-
cífico. Como en total se obtuvieron 134 respuestas, quiere decir que cada uno hacía
su aporte y repetía más o menos dos respuestas dadas también por otros.
La Tabla 4 resume las diez primeras respuestas en orden decreciente de frecuen-
cia. Lo que más preocupa a los interrogados es la interacción y potenciación entre las dif-
erentes violencias. Más del 8% del total de respuestas se refirieron a esta preocupación.
Cada vez se ve menos nítida la frontera entre las distintas violencias y se percibe
con mayor claridad que no solo se relacionan unas con otras, sino que se estimulan
mutuamente, generándose una especie de cadena de violencias y de clima favorable
para cualquier violencia. “Colombia es un país de violencias. Una suma de violencias en ca-
dena, con dolores y odios acumulados” (entrevista No. 5). Fue claro en las respuestas que
la potenciación entre las diversas formas de violencia se percibe también creciente.
Es decir: el acúmulo y la frecuencia de las violencias hace que cada día se increment-
Incremento de la violencia 13 28 60
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
Impunidad 1 - 1 7 - 7 5 - 5 13 - 13 7
Crisis de valores 2 1 3 2 - 2 4 4 8 8 5 13 7
Intolerancia 2 1 3 2 1 3 4 1 5 8 3 11 6
Inequidad 2 1 3 2 - 2 6 6 10 1 11 6
Corrupción 2 - 2 3 - 3 4 1 5 9 1 10 6
Narcotráfico 3 - 3 2 1 3 1 2 3 6 3 9 5
Pobreza - - - 2 - 2 2 3 5 4 3 7 4
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
H=hombre, M=mujer, T=total
(entrevista No. 32). Conviene precisar que los entrevistados diferenciaron bien al
Estado del gobierno y del actual gobierno —el del presidente Ernesto Samper—. La
aguda pérdida de credibilidad de este último mereció respuesta aparte, pero es muy
posible que haya influido en el señalamiento general del Estado y del gobierno. El
grupo que proporcionalmente desarrolló menos la responsabilidad estatal fue el de
los actores armados, y el que le dio mayor relevancia fue el de los propios funcio-
narios estatales. Las personas más pobres y marginales entrevistadas resaltaron más
la ausencia estatal, mientras los funcionarios e intelectuales se centraron más en los
problemas de legitimidad y credibilidad.
Con igual número de respuestas, 13 cada uno, y de participación porcentual (7%)
vienen luego dos respuestas: la impunidad y la crisis de valores. La impunidad, recon-
ocida como determinante importantísimo de la violencia actual, fue referida por
los entrevistados en especial a la incapacidad del Estado y de sus aparatos de justi-
cia para esclarecer los hechos, detener y juzgar a los responsables y hacer cumplir
las penas. “La impunidad es el vehículo que más estimula la criminalidad” (entrevista No.
26). “La impunidad es uno de los elementos graves de la situación de Derechos Humanos
en Colombia” (entrevista No. 28). Relacionando estos dos primeros factores de vio-
Político
Económico
Cultural
Jurídico-penal
Económico 22 20 58
Cultural 24 22 54
Jurídico-penal 5 55 40
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
Un poco más de la cuarta parte (28%) de las respuestas relacionadas con los factores
explicativos de la violencia y su expresión en altas tasas de homicidio se refieren a
aspectos económicos y pueden agruparse en tres bloques. Uno primero, relacionado
con las consecuencias negativas del modelo económico y de la distribución de la
riqueza, son ellas: la inequidad, la pobreza, la exclusión, el desempleo, el hambre y
la lucha por la tierra. El segundo, relacionado con el propio modelo neoliberal y los
efectos recesivos. Y un tercero, en el que entran problemas como el narcotráfico, la
importancia estratégica de ciertas regiones y la rentabilidad económica de la guerra
para algunos sectores. Como ya se reflexionó de manera individual sobre algunos de
los factores constitutivos del contexto económico —inequidad, exclusión, pobreza
y narcotráfico—, conviene comentar brevemente algunos de los restantes y los tres
bloques de respuestas.
Tiene lógica que sean las expresiones más directamente perceptibles de las con-
secuencias negativas del ordenamiento económico y de la distribución y disfrute de
la riqueza —primer bloque de respuestas— las que las personas reconozcan más fre-
cuentemente como motivaciones económicas de la violencia. Y entre ellas, la inequi-
dad y la pobreza aparecen como las más graves y determinantes. Pero le siguen muy
de cerca, con igual número de respuestas, el desempleo y la lucha por la posesión de
la tierra. Llama la atención que a ninguno de los funcionarios estatales le preocupó
el problema del desempleo como factor de violencia. Hay que advertir que temas
como el desempleo son muy susceptibles en la conciencia colectiva al papel de los
Con la doble finalidad de saber qué caminos de solución consideraban más viables
e importantes los interlocutores, y cuál era la consistencia entre los factores y con-
textos explicativos enunciados por ellos y resumidas en el aparte anterior y sus pro-
puestas, que se esbozan en el presente, se planteó un tercer tema central con los
interlocutores. ¿En qué campos considera usted que debe centrarse el trabajo para superar la
violencia actual? fue la formulación básica que introdujo el tema en la conversación.
Una vez más, fue grande la diversidad de opiniones. Se identificaron 34 respues-
tas diferentes en un total de 127 respuestas, lo que indica un promedio menor de una
respuesta nueva por cada interlocutor y tres respuestas en promedio por cada perso-
na. La distribución de las diez más frecuentes, discriminadas por grupos de actores
y por género, se presentan en la Tabla 8.
Al distribuir la totalidad de las respuestas según tipo de alternativas, se confor-
maron cuatro grupos, a saber: políticas, culturales, económicas y jurídico-penales,
con la participación porcentual dentro del total de respuestas que se puede observar
H M T H M T H M T H M T
Aumentar presencia, legitimidad y credibilidad
2 - 2 4 2 6 2 3 5 8 5 13 10,2
del Estado
Reducir inequidad
1 - 1 2 1 3 4 1 5 7 2 9 7,1
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
H=hombre, M=mujer, T=total
Culturales 15 36 48
Económicas 18 32 50
Jurídico-penales 42 17 41
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
Propuestas Recuperación del Estado Construir y aplicar valores Aumentar presencia estatal Estado fuerte
Política de paz positivos Disminuir pobreza Fortalecer fuerzas militares
Participación sociedad civil Modificar sistema jurídico- Aumentar empleo Educación apolítica
Participación comunidad penal Mejorar calidad de vida Recuperar autoridad
internacional Mejorar educación Respetar diversidad Recuperar valores
Disminución inequidad Desmilitarizar la política Inclusión tradicionales
Ampliar democracia Interlocución Estado - Imperio de la ley
Negociación sociedad civil Pena de muerte
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
Político-económico
Ético-cultural
Reactivo
Autoritario
M F T M F T M F T M F T
Político-económico 2 - 2 1 2 3 12 1 13 15 3 18
Ético-cultural 1 1 2 4 1 5 2 2 4 7 4 11
Reactivo 2 - 2 - - - 1 4 5 3 4 7
Autoritario 2 - 2 2 - 2 - - - 4 - 4
Total 7 1 8 7 3 10 15 7 22 29 11 40
Fuente: Elaboración propia con base en datos de las entrevistas a actores seleccionados.
M= masculino, F= femenino, T= total.
cualquiera de los tres grupos de actores expresó un discurso que pudiera clasificarse
como autoritario. Proporcionalmente, el discurso político-económico predominó
en el grupo correspondiente a los integrantes de la sociedad civil; el ético-cultural
en el grupo de funcionarios del Estado; el reactivo en el de integrantes de la sociedad
civil, en particular en las mujeres; y el discurso autoritario fue exclusivamente mas-
culino y de actores armados o funcionarios del Estado.
Sin pretender universalizarla, esta tipología preliminar permite reconocer una vez
más las diferencias de enfoques, intereses y actitudes frente a la violencia y la impo-
sibilidad de una construcción intelectual única. Pero, más importante aún, permite
advertir que, en un proceso de resolución del problema, es necesario tener en cuenta
los aportes, las preocupaciones y las demandas expresadas por cada tipo de discurso.
Una anotación final sobre las limitaciones de los discursos. Todo discurso es pro-
visional e incompleto. Hay muchas dimensiones de cada problema que no se pre-
guntan o no se dicen. Y esos silencios en la interrogación o en la respuesta pueden
generar vacíos en la representación de la realidad. En ocasiones, lo no dicho puede
ser tan importante o aún más que lo expresado. Lo no dicho o lo apenas insinuado,
porque hay elementos del discurso que son apenas indicaciones, provocaciones
en un determinado sentido, no desarrollado por diferentes razones conscientes o
inconscientes. Hay otro limitante posterior al discurso: su lectura. Por su historia y su
contexto, el lector puede no ver algo de lo dicho, o no verlo en el sentido de quien lo
dijo. Y en ambos sentidos se pueden generar desfiguraciones y tergiversaciones. Las
palabras como los números son materiales de comunicación humana que requieren
un manejo cuidadoso para que puedan lograr su máxima capacidad expresiva de la
realidad. Son riesgosas, misteriosas y limitadas. Ayudan, pero no agotan. Pueden dar
luz, pero también muchas sombras. Solo escuchándolas una y otra vez, desde uno y
otro ángulo, con múltiples ojos y oídos, se logra poco a poco llegar hasta sus secretos
y captar lo esencial de sus mensajes.
Como puede apreciarse, una de las categorías centrales del trabajo es la intolerancia.
Y, como tal, se ha ido presentando progresivamente. En el capítulo 1 fue identificada
como una de las tres condiciones estructurales de la actual violencia colombiana. En
el capítulo 3 se desarrolló el concepto y se enunciaron las posibilidades y dificultades
de su observación. En el capítulo 4 se presentaron los datos y cifras que permiten
apreciar qué ha pasado en las dos décadas en estudio en términos de intolerancia,
a partir de la observación de algunos hechos e indicadores que la expresan. Y en el
capítulo 5 se fue observando cómo aparecía la intolerancia como elemento expli-
cativo esencial de la violencia homicida, en especial en el contexto político, pero
también en el cultural. Al intentar construir la tipología discursiva de los interlo-
cutores sobre la violencia, la intolerancia apareció en los primeros lugares de los
discursos político-económico, ético-cultural y reactivo al momento de analizar los
porqués de la violencia en cuestión. Lógicamente al momento propositivo volvió a
aparecer, ya en positivo, la construcción de cultura y prácticas de tolerancia como
paso esencial en el camino de superación de la violencia. Por estar más vinculada
al contexto político del problema, se presentan a continuación algunas considera-
ciones sintéticas sobre las relaciones violencia-intolerancia en la situación colom-
biana actual.
Como pudo observarse en los trabajos teóricos y analíticos de la violencia citados
en diversas referencias del capítulo 3, con muy pocas excepciones se considera a la
intolerancia, en especial en su dimensión política, como condición y explicación
de la violencia. Lo fue en las guerras de la segunda mitad del siglo pasado y en la
violencia de mitad del actual con un carácter híbrido político-religioso. En la actual,
el componente de intolerancia religiosa es muy escaso. Se mantiene e incrementa
el político, pero ya no en sentido partidista, sino de opción ideológica y adscripción
político-militar. En la violencia actual casi no se elimina a nadie por el hecho de ser
liberal o conservador. Pero la guerra es a muerte entre guerrilleros y militares y, peor
aún, entre paramilitares y guerrilleros. A partir de ese núcleo, la lógica se extiende
a no tolerar a los simpatizantes o presuntos simpatizantes de uno u otro bando. Y al
asumir que ciertos silencios o neutralidades, o la defensa de ciertos valores como los
derechos humanos pueden indicar la adscripción a uno de los bandos en conflicto,
se amplía el círculo de la intolerancia y se alarga la lista de víctimas potenciales. Pero
no solo en ese escenario de guerra. En los de las demás violencias hay también una
negación del diferente y una incapacidad casi generalizada para la resolución del
conflicto mediante la interlocución sobre la base del reconocimiento del otro y el
respeto a su vida y sus derechos. En el trabajo y en la escuela, en la familia y en la
calle, en el deporte y en los negocios es perceptible un clima básico de intolerancia
Un poco más de la cuarta parte de las respuestas dadas por los entrevistados a la
pregunta relacionada con las raíces y explicaciones de la violencia actual, en especial
de la violencia homicida, hacen parte del contexto económico, como se aprecia
en la Figura 45, ocupando así el segundo lugar después de las referidas al campo
político anteriormente tratado. Lo económico estuvo también presente entre las
tres mayores preocupaciones de la población en relación con la violencia actual,
específicamente en cuanto al impacto que ella está teniendo sobre este campo de la
vida social, como se observa en la Tabla 5. Contrasta mucho esta preocupación por
el impacto económico de la violencia y la relevancia explicativa enunciada con el
relativo bajo perfil que le dieron los interlocutores a los aspectos económicos dentro
de las alternativas y estrategias para enfrentar la violencia. Menos del 20% de las
propuestas formuladas, 17%, tienen que ver con lo económico, quedando en con-
junto en tercer lugar, por debajo de las alternativas políticas y culturales. ¿Será tan
grande la posible prioridad de las soluciones políticas que prácticamente triplican
a las económicas en las propuestas de búsqueda de superación de la violencia, en
especial la homicida? ¿Pesará demasiado en la percepción y en el imaginario propo-
sitivo la inmediatez de la violencia política cotidiana? ¿No sería entonces necesario
un mejor equilibrio en las propuestas de los tres grandes contextos reconocidos? Las
respuestas a este tipo de cuestiones pueden ayudar a profundizar la comprensión y a
mejorar las estrategias y las políticas de confrontación del problema.
…no son las regiones más pobres del país las que registran más violencia. Y
tampoco lo son las regiones con índices mayores de desigualdad. Encontra-
mos, en cambio, un par de variables significativamente asociadas con la di-
versa incidencia de violencia en los departamentos del país: la intensidad del
capital social y la velocidad de progreso en la educación. (pp. 10-11)
Consecuente con sus hallazgos, plantea como campos prioritarios de acción para
reducir la violencia: controlar el consumo de alcohol, prevenir las conductas agre-
sivas, expandir la educación y fomentar la cohesión social. A más de las deficiencias
en la delimitación de las categorías, en la validez de los indicadores y en la calidad
de la información de base, en mi opinión, el trabajo en cuestión cae en el error de
anteponer la significancia en un ejercicio estadístico de correlación a la observación
rigurosa y sistemática de la realidad y al análisis tanto cuantitativo como histórico e
interdisciplinar, tal como lo requiere la naturaleza del complejo tema de la violencia.
Además, como lo señala otro investigador colombiano en un trabajo simultáneo al
de Londoño: “La explicación de la violencia en Colombia a partir de las deficiencias
en el capital social presenta serias limitaciones” (Rubio, 1996, p. 10).
Otro trabajo internacional reciente de exploración de las causas y efectos de la
violencia señala a la inequidad en la distribución de los recursos nacionales como
factor fundamental en la promoción de la violencia (Bradby, 1996, p. 101). También
desde el campo de la salud se han presentado estudios recientes y rigurosos que de-
muestran una asociación significativa entre la desigualdad del ingreso, la mortalidad
por grupos de edad y las tasas de homicidios y violencia (Kaplan et al., 1996).
Uno de los investigadores que más ha trabajado el tema en Colombia reafirma la
relación inequidad-violencia. En un estudio reciente sobre violencia y acumulación
capitalista en Colombia, concluye: “Por ahora en Colombia la violencia continúa sien-
do un lucrativo negocio. El desequilibrio social y el desprecio por la vida crecen a
la par de una rápida acumulación y concentración del capital” (Sarmiento A., 1996),
(Deas & Gaitán, 1995, p. 139). En realidad, en Colombia la discusión se ha centrado más
en la relación pobreza-violencia que en la relación inequidad-violencia. Y, por suerte,
se está pasando de la superación de una unicausalidad simplista a una mejor sustent-
ación y comprensión de las condiciones de posibilidad y los contextos explicativos
del problema. Va habiendo consenso en que, si bien la pobreza puede ser una especie
de caldo de cultivo, requiere de otras condiciones culturales, organizativas y políticas
para convertirse en provocadora de violencia (Deas & Gaitán, 1995, p. 25). Ya se afirmó
que no existe relación constante y directa entre pobreza y violencia. Una encuesta re-
ciente sobre valores, instituciones y capital social en Colombia encontró que
Más aún, algunos trabajos plantean una relación inversa entre pobreza y violencia,
es decir: a mayor pobreza menor violencia, y una relación directa entre riqueza y
criminalidad: “a más riqueza, más criminalidad” (Montenegro & Posada, 1995).
Con base en los datos presentados en el capítulo 4 se hace a continuación una
síntesis de los hallazgos y consideraciones propias en cuanto a la relación pobre-
za-inequidad-violencia homicida. La Figura 33, que muestra simultáneamente las
curvas de pobreza —estimada según el porcentaje de población por debajo de la
línea de pobreza (LP)— y de mortalidad por homicidios, evidencia que durante todo
el período más de la mitad de la población colombiana ha estado por debajo de la
línea de pobreza. La configuración de la trayectoria de la curva de LP, sin una ten-
dencia constante y cambios de muy baja escala, no permite ni gráfica, ni lógica ni
matemáticamente establecer una relación entre ambos fenómenos. En cambio, al
representar la pobreza por el porcentaje de población con sus Necesidades Básicas
Insatisfechas (NBI) (Figura 34) se insinúa gráficamente una relación inversa entre la
curva de la tasa de homicidios- de tendencia francamente ascendente hasta 1991 —y
la de NBI— de tendencia francamente descendente, con disminución de la inclin-
ación a partir también de 1991, lo que contrasta con los hallazgos ya citados de la en-
cuesta antes citada, pero coincide con lo planteado por Montenegro & Posada (1995).
Obviamente, en la contrastación matemática de la variable dependiente Homicidios
con la independiente NBI, su R2=0,9997 indica una gran consistencia, y su F=0,0001
una altísima probabilidad de la relación. Al alimentar el modelo con el inverso del
NBI (b1) (Figura 35), su R2=0,9582 reafirma la consistencia de la relación inversa. Se
refuerza así la refutación del simplismo unicausal pobreza=violencia y se estimula
la búsqueda de precisiones y mediaciones en la relación entre la distribución de la
riqueza y la violencia.
Algo similar a lo de pobreza, según NBI, parece acontecer con la cuestión del de-
sempleo. Infortunadamente, la no disponibilidad de datos confiables, de cobertura
nacional y desagregaciones adecuadas impidió el análisis de regresión progresiva.
La representación gráfica insinúa una posible relación de plazo relativamente corto
(Figuras 36 y 37) que podría enunciarse solo como hipótesis de trabajo así: a ciclos
de intensificación del desempleo siguen en plazos relativamente cortos períodos de
intensificación de la violencia. Pero habría que afinar los términos y garantizar la
calidad de la información para no caer ni en afirmaciones ligeras, ni en descartar
hipótesis que pueden enriquecer el conocimiento del problema.
Con respecto al intento de relacionar inequidad-violencia homicida mediante
la observación del comportamiento del índice de Gini como indicador de inequi-
dad y el número anual de homicidios (Figura 38) pueden destacarse los siguientes
aspectos. A diferencia del trabajo referido del Banco Mundial a nivel internacion-
al, los estrechos márgenes de variación del Gini nacional —debidos en parte a las
hay que decir que la violencia es específicamente humana por cuanto es una
libertad (real o supuesta) que quiere forzar a otra. Llamaré violencia al uso
de una fuerza, abierta u oculta, con el fin de obtener de un individuo, o de
un grupo, algo que no quiere consentir libremente.
Inconclusiones
Consideraciones finales
Inconclusiones 171
por encontrar el entramado de sus relaciones y diferenciaciones, en donde parece
residir la especificidad de la búsqueda intelectual y de la construcción científica.
Entre la mitificación o de la cotidianidad y la materialidad fenoménica o de la idea y
la construcción intelectual, hay un punto de equilibrio crítico en el que se manifiesta
la totalidad-realidad. Pero ella misma, en lugar de revelarse, se hace invisible cuando
el observador no alcanza a trascender o las inmediateces de los hechos o los códigos
cifrados de las representaciones intelectuales.
Ahora bien, ni es un juego sencillo, ni carece de riesgos este tipo de intentos por
aproximarse al máximo posible de conocimiento, siempre limitado, de una deter-
minada totalidad-realidad. Las insuficiencias de los mecanismos de observación, de
los procesos de asimilación y de los instrumentos de análisis, y la propia compleji-
dad de las realidades en apariencia más simples, hacen que con frecuencia el esfuer-
zo termine en la epidermis del fenómeno o en el umbral de una relación apenas in-
termedia. En términos positivos, esto quiere decir también que todo conocimiento
es inacabado, y más cuando se refiere a realidades que están aconteciendo todavía.
De ahí la certeza, para el tema en estudio, del carácter provisorio de los enunciados
que aquí se expresan y la necesidad de su confrontación permanente de cara a la
múltiple y cambiante realidad, tanto la que anima cada punto de partida como la
que corona cada esfuerzo de llegada.
Se critica con frecuencia a las distintas vertientes del trabajo en violencia que se
quedan en el reconocimiento y las acusaciones contra los factores estructurales de
violencia. Se les dice que a más de quedarse mirando solo hacia atrás, son casi inútiles
en términos de aportes para la acción presente y futura y siguen más próximas al
lamento que a la propuesta concreta. Como consecuencia del menosprecio por lo
genético y lo estructural, se va generalizando una marcada predilección por los abor-
dajes inmediatistas que, deslumbrados por el último acontecimiento y obsesionados
por la eficacia y los resultados de corto plazo, solo quieren —a partir de los datos de
la coyuntura, del factor específico y de la emoción en curso— llegar a la receta y a la
intervención directa. Abusando de los términos y agrupando las corrientes teóricas
subyacentes, podría hablarse de estructuralistas y coyunturalistas en el estudio y las
propuestas frente a la violencia.
Inconclusiones 173
Parte del esfuerzo del presente trabajo ha consistido en buscar y entender la cor-
relación entre las condiciones estructurales y los procesos coyunturales de la violencia
actual. Más aún: en tratar de explicar la violencia justamente por la dinámica de dicha
interacción. Aisladamente, ni los componentes coyunturales ni los estructurales en
conjunto —y menos aún individualizados— alcanzan a dar cuenta del proceso. Por
supuesto que en el planteamiento queda claro que lo estructural no es solo lo que está
en la base, lo estático y constante en el proceso. No. Lo estructural es lo que crea la
posibilidad original y va creciendo y complicándose en la medida en que lo refuerzan
otros elementos estructurales y que lo activan y dinamizan los procesos coyuntura-
les. Estos a su vez no son solo la chispa del incendio. Concretan la posibilidad del
acontecimiento y empiezan a hacer parte orgánica de él. El narcotráfico o el conflicto
político-militar o el alejamiento del Estado de las prioridades sociales no son solo los
grandes disparadores de la violencia colombiana contemporánea. Ellos han empeo-
rado las condiciones estructurales, se han entrecruzado entre sí y han penetrado los
distintos órganos y sistemas de la vida nacional. No están disparando desde fuera el
problema de la violencia. En parte, lo constituyen y desde dentro del tejido nacional
continúan animando más violencia, más inequidad, impunidad e intolerancia.
También es difícil y riesgoso trabajar con ambas dimensiones —la estructural y
la coyuntural—. No es un campo de evidencias y, por tanto, permanecen vivas cues-
tiones como las siguientes. ¿Serán esas y solo esas las condiciones estructurales, y
esos y solo esos los procesos coyunturales? ¿Habrá otros que también estén teniendo
una participación importante? ¿Tendrán en la realidad las intensidades, la dinámica
y los niveles relativos de participación que han tratado de perfilarse en el trabajo?
La vigencia y validez de las cuestiones no invalidan el modelo propuesto. Solo reaf-
irman su carácter provisorio e invitan a seguir explorando y debatiendo sin miedo
la complejidad ni concesiones a la simplicidad aparente. No basta ni con entender
la génesis ni con captar la dinámica del proceso. Ambas son esenciales y es preciso
entenderlas correlacionadas.
Si bien son serias las implicaciones lógicas de esta relación entre lo estructural
y lo coyuntural, sin duda sus mayores consecuencias se aprovechan o padecen al
momento de abordar la realidad. En términos médicos, la diferencia sería similar a
la existente entre los efectos de un tratamiento sintomático y los de un tratamiento
etiológico. En el primero se trata de controlar aquello que aparece, que es más visi-
ble y sensible y que en ocasiones impide pensar en lo que está detrás ocasionando el
síntoma. En el segundo se busca revertir el proceso originario, sin cuidar en primera
instancia de sus efectos inmediatos. Una buena terapia presupone el conocimiento
adecuado tanto de los síntomas como de sus causas y debe incluir el manejo si-
multáneo y ponderado de ambos procesos. El desconocimiento o descuido de uno
de ellos puede significar el fracaso total de la terapia y el consiguiente agravamiento
del problema.
A manera de inconclusiones
De la violencia a la barbarie
Los hechos, datos y cifras presentados a lo largo del trabajo no parecen dejar dudas
sobre la extrema gravedad de la situación de violencia que vive el país. Solo la cifra
global de 338.378 homicidios registrados en las dos décadas analizadas parece sufi-
ciente para encender las alarmas y activar los mecanismos de defensa de cualquier
sociedad. Peor aún si se va más allá del total y se observa que más del 90% de las
víctimas son hombres cada vez más jóvenes, que al menos un 11% de los asesinados
han sido militantes políticos, líderes populares y sindicales, defensores de derechos
humanos, periodistas y marginados de la sociedad, y que muy pocas regiones
Inconclusiones 175
concentran porcentajes demasiado altos del total de la violencia homicida. Mayor
aún la gravedad si se miran las devastadoras consecuencias de la violencia en los
campos políticos, culturales y económicos del país, y en el acelerado deterioro de
la calidad de vida y la salud mental de los colombianos y colombianas. Y la consta-
tación de la gravedad del problema culmina al evidenciar que detrás de los gatillos
que han disparado contra estos colombianos hay tanta responsabilidad del Estado
y de muchos de los sectores sociales, que deberían ser la garantía del bienestar y
de la implementación de mecanismos no violentos de resolución de los inevitables
conflictos sociales.
Merece destacarse también al momento de señalar la gravedad de la situación
violenta una observación que se fue haciendo cada vez más sólida a lo largo del
trabajo. Es el hecho de una especie de autogeneración de la violencia, de una inercia
muy fuerte que hace que cada vez sea de esperarse más y más violencia. La banali-
zación y cotidianidad de la violencia, el acostumbramiento de los actores a matar y
del conjunto de la sociedad a ver matar y la progresiva pérdida del asombro hacen
también hoy parte de la gravedad del problema. Todo lo anterior y el hecho de que
en el conflicto que vive el país no se respeten ni los derechos humanos, ni el derecho
internacional humanitario, ni ningún mínimo ético ni humanitario, constituye la
base para afirmar que en Colombia se está pasando de la violencia a la barbarie. Señalarlo
no es un grito de desespero ni una contribución al amarillismo y a los estereotipos
antinacionales. Es invitar a no cerrar los ojos ante la evidencia vivida y descrita e
intentar contribuir desde el campo específico de trabajo de cada uno y cada una a ac-
tivar los mecanismos nacionales e internacionales necesarios y posibles para frenar
el desbordamiento y emprender caminos de reconstrucción menos violenta.
La conclusión más simple e inmediata que emerge de esta reflexión sobre la vio-
lencia colombiana es su enorme complejidad. Es además de las pocas verdades sobre
el tema en las que hay un consenso abrumador entre pensadores, políticos, investi-
gadores y actores. Complejidad histórica y política, ética y económica, en las espe-
cificidades y en las interacciones, en los datos y en los análisis, en las explicaciones y
en las posibles agendas para la acción.
Pero la complejidad no es caos ni razón para la pasividad intelectual o la der-
rota anticipada de la acción. La tarea intelectual es apasionante justamente por los
riesgos del abordaje de lo complejo, por las incertidumbres tanto de los caminos e
instrumentos de entrada como de salida, y por la aventura de atreverse a construir y
a pronunciar en público, a partir de lo sabido y lo intuido, una palabra nueva y, ojalá,
cargada de futuro y de esperanza.
A una tal complejidad corresponde, entre otras cosas, una diversidad discursiva.
Diversidad creciente y cambiante. Solo hay discursos únicos sobre realidades sim-
ples y en conjuntos cerrados. Dentro del margen relativamente estrecho de inter-
A lo largo del trabajo se han ido enunciando algunos campos y frentes de acción en
los cuales, de conformidad con los hechos y su análisis e interpretación, parece prio-
ritaria la respuesta académica y político-social ante el problema de la violencia. No
se trata ahora de resumirlos, sino de hacer una última reflexión general, a manera de
propuesta inconclusa.
Por la complejidad y gravedad de la situación de violencia en Colombia, los
caminos de su superación son varios, ondulantes y largos. Si bien hay que romper
con la inmovilidad y la apatía, también hay que desterrar los espejismos de solu-
ciones fáciles, inmediatas y mesiánicas. Los datos y análisis presentados refuerzan la
idea de la necesidad de soluciones de fondo que, por tanto, son también complejas
y costosas.
Si en términos generales se aceptaran el esquema analítico y los elementos estruc-
turales y coyunturales planteados, podría decirse de manera casi obvia que el enfren-
tamiento de la violencia colombiana requiere la decisión de la sociedad, de su Estado
y de sus voceros de buscar soluciones de fondo en dos grandes campos. El primero
corresponde a los tres procesos coyunturales. La negociación política del conflicto políti-
co-militar interno, la resolución dentro de acuerdos internacionales del problema narco, y
la configuración y actuación de un Estado y un ordenamiento político menos corruptos, más
participativos, eficaces y próximos a las necesidades sociales, aparecen como los elementos
básicos. El segundo campo de trabajo se relaciona con los tres aspectos estructurales:
Inconclusiones 177
reducción real de los niveles de inequidad e impunidad y transformación positiva de los valores y
actitudes intolerantes. Para cada uno de ellos y de los aspectos específicos implicados, se
presentaron pistas concretas y detalladas de pensamiento y de acción en los capítulos
anteriores. Si no se trabaja decidida, paciente y simultáneamente en cada uno de los
componentes de ambos campos, cada esfuerzo y solución parcial se debilita y puede
contribuir a opacar y aplazar la posibilidad resolutiva global.
De lo planteado anteriormente resulta claro que la superación de las violencias
colombianas implica en la práctica la participación plena del Estado y la Sociedad
colombianos y el apoyo efectivo de la comunidad internacional. Es decir: no solo
participación discursiva o de buenas intenciones, sino de renegociación efectiva de
poderes, territorios e intereses y de atreverse a arriesgar propuestas no convencio-
nales —heterodoxas, insistió uno de los entrevistados—. Aporta poco quedarse en el
señalamiento de la responsabilidad estatal, en la condena de los actores armados
o en la invocación a la buena voluntad de la sociedad (¿civil?) y de la “comunidad”
internacional. Los tres actores —Estado, sociedad y comunidad internacional— con
los diferentes sectores y fuerzas que los conforman y dinamizan, están retados por la
magnitud y gravedad de la situación a acelerar la búsqueda de soluciones.
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