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La fantasía de Ana
Paula Borserini
Editado por Novelas Rojas
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Argumento
Ana se despierta en una cama atada luego de haber estado celebrando su
despedida de soltera. No recuerda cómo llegó a parar ahí, y tampoco sabe
quién es el irresistible enmascarado que la observa desde la penumbra.
Pero él no está solo, alguien más se encuentra en la habitación. ¿Cómo
podrá escapar de esto?
Dos desconocidos.
Una fantasía.
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Capítulo 1
¡Maldición, maldición, maldición! ¿Cómo rayos había llegado ella
hasta ahí? -pensaba Ana. Su mente giraba a mil por horas,
preguntándose cómo había pasado de estar en un bar, bebiendo con sus
amigas, festejando su última noche de libertad, a estar completamente
desnuda, tendida en una cama, atada y abierta completamente como un
pavo a punto de ser rellenado para navidad.
No es que se quejara, por el contrario, su cuerpo estaba ardiendo
después de presenciar el espectáculo de strippers que la había dejado
húmeda, caliente y con ganas de una buena jodida que le volara los
sesos. ¿Pero qué estaba haciendo ahí y quién estaba detrás de todo
esto?
Su mente hizo inmediata conexión con el extraño de ojos intensos
que la miraba de pie desde la esquina del bar. Llevaba una máscara que
dejaba al descubierto unos labios carnosos apetecibles y el pelo rizado
hasta los hombros, con un mechón rebelde que caía sobre su rostro. La
mirada de Ana siguió su recorrido hacia abajo, admirando los abultados
pectorales, la cintura estrecha y los deliciosos abdominales que podían
distinguirse en la remera blanca apretada a su escultural cuerpo. Sus
piernas estaban enfundadas en unos vaqueros desgastados que
permitían un vistazo al considerable bulto que se alzaba entre ellas.
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¡Dios! ¡Es enorme!- pensó Ana, lamiéndose los labios. No podía ser él ¿o
sí? ¿Podría ser que el desconocido la quisiera desnuda y atada para
hacer con ella cualquier cosa, someterla y dejarla indefensa ante sus
mas eróticos deseos? De sólo pensarlo se estremeció, su cuerpo se
calentó más (si eso era posible) y sintió que su coño se humedecía.
No podía ser, era sólo un sueño. ¿Qué podría despertar ella en un
hombre así?
Ana era una chica común de 1,65 metros, delgada (o demasiado
delgada diría su madre), tenía el pelo color castaño claro, algo rizado y
siempre sujeto en un moño apretado acorde a su rígido cargo de
bibliotecaria, sus ojos verdes curiosos y serios, una cintura estrecha y
sus pechos… ¡ja! sus pechos eran algo completamente inexistente. En
cuanto a su trabajo de bibliotecaria, bueno, estaba sometida a una
rutina diaria aburrida, nada espectacular que la tenía harta, pero gracias
al cual había llegado a conocer a su prometido que la amaba y ella a él.
Aunque había algo entre ellos que faltaba y Ana sabía lo que era.
Marcos sencillamente la conformaba en la cama.
Y eso también era un problema (además de su rutinaria existencia),
la “conformidad” del simple sexo vainilla, ninguna aventura, nada que la
llevara a la locura. Sí, ella lo amaba pero todo era muy clásico con
Marcos. Era todo un caballero, cuando ella lo único que quería era
desenfreno total.
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A veces a Ana le parecía ver que algo brillaba en los ojos de Marcos.
Esas veces él la miraba con ardor, con una lujuria contenida, dando la
impresión de querer abalanzarse sobre ella desgarrar sus ropas y
joderla hasta la inconsciencia. Pero luego, en un parpadeo, todo
desaparecía y la cara de Marcos tomaba su habitual mascara de
indiferencia y corrección. Era la imagen del eterno enamorado protector,
serio y correcto.
Se conocieron en la Biblioteca Pública Nacional donde ella trabajaba.
Marcos iba a menudo allí y siempre se acercaba a ella para preguntarle
sobre algún libro, una nueva edición o lo que sea (siempre tenía una
excusa). Una noche, al terminar su horario de trabajo, él la invito a
cenar y a partir de allí comenzaron una relación que terminó en el
compromiso. Y por eso aquella noche estaba ahí, en el bar, festejando
con sus amigas su despedida de soltera.
Sus pensamientos volvieron al presente y sus ojos comenzaron a
inspeccionar la habitación en la que se encontraba. No había demasiado
que mirar, mucho menos con la tenue luz que iluminaba la estancia. La
gran cama tamaño King size estaba apoyada sobre una de las paredes
laterales a la puerta, con dos mesitas de luz a los costados. Había,
además, un escritorio al frente con una silla. Las paredes de un tono
amarillento muy sobrio, con nada en ellas salvo un gran espejo de
cuerpo entero que estaba de frente a la cama, al lado del escritorio y en
el cual, desde su perspectiva, podía ver sus piernas abiertas y su
desnudo coño brillante por sus jugos.
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Desorientada, trató de recordar cómo había llegado allí, y nada, su
maldito cerebro estaba en blanco.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió y el desconocido de
ojos intensos la atravesó, sacando a Ana de sus meditaciones. Se acercó
a la cama lentamente y Ana pudo darse cuenta que el hombre tenía
unos hermosos ojos azules y una sonrisa de medio lado
endiabladamente sexy. Su mirada lo recorrió de arriba a abajo
(Demonios, el tipo era caliente con mayúsculas ¡C-A-L-I-E-N-T-E!)
- ¿Te agrada lo que ves? -dijo el hombre con una profunda voz ronca.
¡Diablos sí! Quería gritar ella. Sin embargo abrió la boca para decir
algo y nada salió. Carraspeo volviéndolo a intentar.
- ¿Quién demonios eres tú? ¿Qué diablos hago aquí? Y…y… ¿Y dónde
rayos está mi ropa?
- Silencio mi querida Ana -dijo en un tono autoritario.- Estoy aquí
para tu Placer y cumplir todos tus deseos -contestó el desconocido- y
los míos –agregó en un susurro casi imperceptible.
Ana sentía la excitación correr por sus muslos ante la orden
impartida y la caliente mirada del hombre, que se derramaba por todo
su cuerpo. Esto es lo que ella quería, obedecer y entregar el control de
su placer a alguien más. ¿Estaba loca? Debía pensar en Marcos. En su
boda. ¿Qué diablos estaba mal con ella?
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- Mira… quien quiera que seas, ¡quiero que me desates, me devuelvas
mis ropas y me dejes en paz!
El desconocido la fulminó con la mirada.
- He dicho que te calles Ana o voy a tener que castigarte. Su voz era
tosca, algo ronca por el deseo que se veía destellar en sus ojos y exigía
completa obediencia. Ana entrecerró los ojos y lo miró desafiante, no
queriendo rendirse aún por completo. Sin embargo, ante la cruda
amenaza, su temperatura se elevó a niveles insospechados y el deseo la
inundó por completo.
- Mi nombre es Lucas y no hablarás hasta que te dé permiso.
De repente la puerta se abrió nuevamente y otro desconocido con
máscara entró en la habitación.
- ¡Qué demo…!
- ¡Ana! -La cortó Lucas. Su voz retumbó en las paredes de la
habitación.- No puedes hablar sin mi permiso y mucho menos maldecir.
-La miró fijamente unos minutos para ver si había entendido su orden y
luego se giró hacia desconocido que acababa de entrar.
- Bueno, creo que estamos todos.
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La sonrisa de medio lado del nuevo desconocido, le hizo pensar en
travesuras y su cuerpo ardió con la anticipación.
- Ana, –dijo Lucas- él es un amigo, Darcy, y nos acompañará esta
noche.
¿Darcy? ¿Habrían leído Orgullo y Prejuicio? ¿Y ella, quién se supone
que era, Elizabeth? Tal vez la conocían y debían saber que era su novela
favorita. Se pasaba horas leyendo ese libro (privilegios de trabajar en
una biblioteca)
El desconocido, Darcy, tomó la silla del escritorio, la trasladó al
centro de la habitación y se sentó o, más bien, se echó sobre ésta con
los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas abiertas, sin decir una
palabra. Ana lo estudió con recelo. Tenía el pelo corto, hacia atrás y
parecía mojado o tal vez fuera gel, la máscara le cubría medio rostro,
pero aun podían verse sus intensos ojos marrones y sus labios carnosos
torcidos en una media sonrisa. Ana no podía apartar la vista de esa
boca tan sexy, tan ajena y sin embargo tan familiar… Su mirada barrió
todo su cuerpo y se regodeó con lo que veía. Igual que Lucas, tenía un
cuerpo escultural. Por la forma en que estaba, podía apreciar los brazos
musculosos tensando la fina tela de la camisa que llevaba puesta y el
buen paquete de seis (¿o era de ocho? Su mente definitivamente no
trabajaba bien) que podía verse en su abdomen. Los pantalones de
cuero negro abrazaban sus piernas como una segunda piel y marcaban
la impresionante erección que tensaba la zona caliente de la
entrepierna. ¡Oh, por Dios! Esto no puede estar pasando ¿o sí? Una voz
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en su interior le decía que pidiera a gritos ayuda, y otra que se dejara
arrastrar por la promesa sensual en la voz de Lucas y en la mirada del
extraño.
- No te preocupes por él, –dijo Lucas señalando al extraño– es
callado, pero te garantizo que muy placentero.
Ana estaba entre la histeria y la calentura. ¿Cómo demonios iba a
salir de ésta? ¿Quería salir de ésta? Para ser sincera consigo misma,
tenía que reconocer que una de sus fantasías siempre había sido estar
con dos hombres bien calientes y dispuestos a transportarla a la
estratosfera con una buena jodida. Sin embargo, ahora estaba
comprometida. ¿Cómo miraría a Marcos después de esto? Pero qué
diablos estaba pensando, eran dos desconocidos ¡por el amor de Dios!
No, no, no había posibilidad. Era una locura. Tenía que ponerle fin.
- Ehhh Lucas… Señor -dijo lo más dulcemente que pudo, ¡mierda! no
sabía cómo dirigirse a él- yo debería irme. Mis amigas deben estar
preocupadas por mí y a estas alturas deben haberle contado a mi
“PROMETIDO” sobre mi… eh… desaparición. -Ana puso mucho énfasis
cuando dijo prometido para ver si causaba algún impacto en los dos
hombres. Nada. Lucas, ignorándola, comenzó a acercarse a ella
clavando sus penetrantes ojos azules en los suyos. Luego su mirada
siguió descendiendo hacia sus pechos y sus pezones se endurecieron al
instante, y para cuando llego a su montículo, completamente expuesto,
su coño se contraía por la dolorosa sensación de vacío. Ana comenzó a
temblar.
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Lucas se sentó en la cama a su lado, se inclino hacia su rostro y Ana
pudo sentir el roce cálido de su aliento en los labios cuando le susurro:
- Esta noche, Ana, vamos a darte tanto placer, vamos a hacer que
grites de éxtasis y de agonía cuando llenemos ese dulce coño y ese
hermoso culo, con nuestras pollas, hasta que tu cuerpo adolorido
suplique por más. Te vamos a follar de todas las maneras posibles, te
someteremos y harás exactamente lo que queramos, porque esto es lo
que deseas y darte placer es nuestro placer.
Y dicho esto, Lucas la beso.
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Capítulo 2
No podía creer que estuviera ahí sentado tan tranquilo mientras veía
a su prometida desnuda, atada, completamente mojada y siendo besada
por otro hombre.
Marcos pensó que iba a estallar de ira cuando viera a Ana en brazos
de otro. Sin embargo su temperatura corporal aumento, una gota de
sudor comenzó a caer por su rostro y su pene empezó a palpitar y a
apretarse tanto contra el cierre del pantalón de cuero, que cabía la
posibilidad que se hiciera un tatuaje con la marca del mismo.
¡Demonios! Esto era totalmente lascivo, su novia era totalmente lasciva
y a Marcos le encantaba.
Cuando Cristina, la mejor amiga de Ana, le contó de las fantasías de
su prometida, Marcos no lo podía creer. Él quería darle una sorpresa y
cambiar el sexo vainilla que tanto parecía aburrirla (casi tanto como a
él) por algo más osado. Pero ni en sus sueños más alocados hubiera
pensado que Ana fantaseaba con algo así. Dos hombres ¡por Dios! De
haber sabido antes todo esto…
A Marcos le encantaban los juegos y le gustaba compartir a sus
mujeres con Lucas, pero él amaba a Ana y cuando ella apareció en su
vida con su moño apretado, su actitud seria y remilgada, pensó que sus
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gustos extravagantes podían alejarla de su lado y decidir abandonarlo.
¡Qué idiota había sido! Estaban ahora aquí, porque Marcos había
resuelto que era el momento de cambiar las cosas y mostrarse tal cual
era.
Pero primero quería jugar un poco y disfrutar de su anonimato para
comprobar las reacciones de Ana.
Casi suelta una carcajada al ver la expresión de ella cuando supo su
nombre. Claro que no podía decirle su verdadero nombre si quería
seguir con la ilusión de que él era un desconocido. Por eso había elegido
su personaje favorito de Jane Austin (sabía que ella había leído ese libro
tantas veces que podría recitarlo de memoria). Y para que ella no lo
reconociera llevaba la máscara, y Lucas hablaría por los dos.
Lucas era su amigo de la infancia, tenían los mismos gustos. Hacía
mucho que no se veían, pero cuando a Marcos se le ocurrió la sorpresa
para Ana pensó en él inmediatamente. Era perfecto que estuviera aquí
esta noche. Lucas sería la voz cantante y él actuaría desde las sombras.
Marcos vio cómo se contoneaba, la mujer a la que amaba, sobre la
cama, disfrutando del beso de Lucas y, de repente, un ataque de
posesividad lo invadió. “Mía”, gritaba su mente. Pero alejó rápidamente
este pensamiento. Esta noche era para Ana y él haría que lo disfrutara.
Incapaz de seguir manteniéndose alejado de la escena, comenzó a
caminar hacia la cama muy lentamente, como un león acechando a su
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presa. Lucas había roto el beso y Ana se veía sonrojada, tenía los labios
hinchados y el pecho le subía y bajaba al ritmo acelerado y jadeante de
su respiración. Marcos jamás la había visto tan hermosa, tan vulnerable.
Quería enterrarse en ella hasta el fondo y que gritara su nombre en la
euforia del clímax.
¡Maldición! Contenerse era una misión imposible. Sin decir una
palabra, acerco su boca a la de Ana necesitando saborear la ambrosía
de sus labios. El beso comenzó dulce, con un simple roce. Pero el cálido
aliento de Ana, su respuesta inmediata y el pequeño gemido de
satisfacción que ella emitió a través de sus labios levemente separados,
lo llevaron a un estado de descontrol y de excitación, y ya no pudo
contenerse. Le devoró la boca como un poseso, con un hambre
desmedida explorando todos los rincones con su lengua. Su mano
derecha, automáticamente, subió por el contorno de su cuerpo hasta
llegar a su pecho. Rodó la punta del pezón entre el dedo índice y pulgar
y luego le dio pequeños pellizcos hasta que el rosado brote se irguió
orgulloso entre sus dedos. El corazón de Marcos tronaba como loco y
amenazaba con salirse de su pecho. Estaba a punto de enterrarse en el
cuerpo de Ana, cuando un ligero carraspeo lo sacó de la nube de lujuria
en la que estaba envuelto. Lucas. Maldición, lo había olvidado.
Renuente, se alejó del cuerpo tentador de su prometida. Debía
controlarse.
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Capítulo 3
- Chicos -dijo Ana en un estado de verdadera confusión, su voz salía
ronca por la excitación- son muy buenos de verdad, pero la broma
terminó, esto no está bien, mi prometi...
Lucas la corto con un movimiento de la mano y empezó a
desnudarse. ¡Oh por Dios, oh por Dios, oh por Dios! Esto no era real
¿Que debía hacer? Su cuerpo (el muy traidor), ya comenzaba a rendirse
a las sensaciones que le producían estos hombres. Sobre todo el
segundo hombre que la beso, Darcy. Había tanto deseo, tanta
posesividad en ese beso. Ana estaba confusa. Este hombre le provocaba
sentimientos tan profundos, anhelos tan intensos.
Su mente le gritaba que su olor le era familiar, su sabor, pero no
podía pensar, no podía hacer la conexión. Sólo quería, no, necesitaba
sentirlo dentro suyo, quería entregarse a él y que la poseyera
totalmente. ¿Qué demonios estaba pasando por su mente? Ella quería
resistirse pero había algo en este hombre que la llamaba y hacía que su
cuerpo respondiera a esa llamada.
Alejándose de sus pensamientos se dio cuenta que ambos hombres
estaban desnudándose. Cuando terminó de sacarse hasta la última
prenda, Lucas se acercó, mojó su dedo índice introduciéndolo en su
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boca y comenzó a rodear ambos pezones de ella sin tocar las puntas
endurecidas que reclamaban atención.
- Vamos a jugar un poco, Ana -dijo en un susurro-. Queremos que
estas linduras estén bien duras para nosotros.
Ana se tragó un gemido y su cuerpo se arqueó instintivamente hacia
las promesas que le hacían esas caricias tentadoras.
- Tranquila, Ana, tenemos toda la noche para jugar. Voy a empezar
por estos hermosos pezones que se ven realmente deliciosos.
Lucas comenzó a rodear con la lengua sus rozados pezones y Ana no
pudo ahogar el gemido de satisfacción que se escapó de sus labios sin
que se diera cuenta. Pero quería más y se arqueó hacia su boca
ofreciendo su pecho para que Lucas lo succionara por completo. En ese
mismo instante, sintió unas manos recorrer sus piernas, empezando por
los tobillos y subiendo lentamente a por sus muslos, haciendo que se le
erizara la piel. Trató de levantar la cabeza para ver cómo esas manos la
acariciaban, pero le fue imposible con la cabeza de Lucas en medio, por
lo que se quedó mirando el techo perdida en el abismo de sensaciones y
de culpa. Marcos. ¡Mierda! – Pensó- ¡Marcos perdóname! Ana se estaba
rindiendo, más aún, cuando se dio cuenta que era Darcy quien la tocaba
con reverencia, como si estuviera admirándola, adorándola con sus
delicadas manos. Definitivamente estaba perdiendo la cabeza. Estos
chicos sí sabían cómo hacer temblar a una mujer.
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Una de las manos de Darcy fue dirigiéndose hacia sus pliegues y su
dedo medio comenzó un ligero movimiento de rotación sobre su clítoris,
haciendo que Ana apretara su coño y derramara más jugos por sus
muslos. El deseo la recorría por dentro, calentando su cuerpo como lava
hirviente.
- Estás tan mojada, Ana. Mi amigo está deseoso de probarte. ¿Eso es
lo que quieres tú?
Ana no podía contestar, no podía pensar solo podía sentir. Síííí,
quería gritar, pero las palabras se quedaban atoradas en su garganta.
- Contéstame Ana.
- Yo…yo…
- Muy bien -dijo Lucas. Se dio media vuelta y con una inclinación de
cabeza asintió hacia su compañero. Inmediatamente, Ana sintió el cálido
aliento de Darcy entre sus muslos. Segundos después, su lengua estaba
girando alrededor de su clítoris en una danza lenta y sensual y luego lo
succionaba entre los labios, produciendo en Ana espasmos de placer.
- ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! -Ana no paraba de gritar. Algo se estaba
construyendo dentro suyo. Estaba tan caliente. Lucas saboreaba sus
pechos como un obseso, succionando uno y masajeando el pezón del
otro con sus dedos índice y pulgar. Y Darcy, ¡Maldición!, se estaba
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dando un festín con su coño. Ana no podía contener la creciente espiral
de placer que amenazaba con desbordarla.
- Vamos Ana, córrete para nosotros. Eres tan hermosa. No podemos
esperar para estar enterrados profundamente en ti. Cuando tu coño
ordeñe mi pene y tu culo apriete la polla de Darcy estarás
completamente llena de nosotros, llorando por alcanzar el orgasmo que
sólo nuestras pollas pueden darte.
Las palabras de Lucas la llevaron al borde mientras Darcy seguía
entre sus piernas succionando, mordisqueando, lamiendo. Se dio cuenta
que no podía seguir conteniendo el increíble clímax que se avecinaba y
dejó que explotara en ella como un brillante caleidoscopio de colores, un
montón de puntitos brillantes que ocupaban todo el espacio detrás de
sus parpados fuertemente apretados. Y gritó como una poseída. Gritó y
se convulsionó bajo las increíbles sensaciones que la invadieron.
Jadeaba en busca de aire y para calmar los intensos latidos de su
corazón, que estaba al borde del colapso.
Cuando la espiral de deseo se disolvió y su respiración y latidos
volvieron lentamente a la normalidad, Ana abrió los ojos y contempló el
hambre y la ardiente necesidad que se reflejaba en los ojos de ambos
hombres y supo, con toda la certeza que un buen orgasmo puede dar,
que cedería a todos los placeres y caprichos que ellos pudieran
ofrecerle.
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Capítulo 4
Su cerebro estaba por estallar. Y no sólo su cerebro, sino que
también su pene, el cual se erguía hacia su abdomen pidiendo a gritos
enterrarse hasta las bolas en el palpitante calor de Ana. ¡Dios! Ella era
tan dulce que podría seguir saboreándola hasta empalagarse de ella,
llenarse con su sabor.
Reticente, aparto la mirada del exquisito manjar que era el coño de
Ana, para encontrarse con los ojos de Lucas. El hambre, la lujuria y el
deseo que se apreciaba en ellos, sólo reflejaban la mitad de lo que
sentía Marcos en esos momentos. Estaba desesperado por hundirse en
Ana.
- Eso es, Ana, te ves realmente hermosa cuando te vienes, -dijo
Lucas con una tensa sonrisa, producto del deseo contenido.– Pero ahora
quiero tu boca alrededor de mi polla mientras mi compañero llena ese
lindo culo virgen con la suya.
Las palabras de Lucas calaron hondo en la mente de Marcos y se
transformaron en imágenes muy reales.
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¡Por Dios! Casi se viene como un adolescente hormonal, con sólo
pensar que el apretado culo de Ana lo succione en su calor. ¡Mierda! No
iba a sobrevivir a esta noche.
Lucas y Marcos se miraron con complicidad y, asintiendo con la
cabeza en común acuerdo, comenzaron a desatar a Ana. La colocaron
boca abajo sobre el colchón y la ataron de nuevo.
¡Oh sí! A Marcos le encantaba verla atada. Y ella estaba tan
entregada, tan flácida en sus manos por el reciente orgasmo (o, tal vez,
era que la idea no le caía tan mal), que no opuso resistencia.
Lucas se acomodo frente a la cara de Ana, mientras frotaba su polla
con movimientos mecánicos, constantes y la rozaba sobre los labios de
ella.
- Quiero follar tu boca Ana, ábrela para mí. Saboréame.
Marcos pudo notar cómo los pensamientos de Ana libraban una
batalla entre la culpa y el deseo, y por un momento decidió terminar
con todo confesándole la verdad. Pero luego de unos minutos de intenso
silencio, Marcos pudo ver cómo Ana cedía, abriendo su boca y su
lengua, lentamente, se abrió paso hacia la cabeza de la polla de su
amigo. Le lamió con ganas, como un helado, desde la punta a la base,
siguiendo la gruesa vena que la atravesaba. Y luego, de un impulso, la
tomó por completo en su boca, profundo, muy profundo, tanto, que su
nariz casi tocaba la abundante mata de rizos oscuros que la rodeaban.
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El intenso gemido de Lucas distrajo a Marcos de la increíble escena que
estaba presenciando: su prometida comiéndose la polla de otro hombre.
Otra vez su cerebro respondió primitivamente “MÍA”. Y Marcos,
nuevamente, se obligo a desechar esos pensamientos. “Concéntrate”, se
dijo. “Esto es por y para ella”.
Distraído ya de sus pensamientos posesivos, los sonidos de succión
que hacía Ana calentaron la sangre de Marcos, por lo que rebuscó
febrilmente en una de las mesitas de luz junto a la cama, un tubo de
lubricante, lo destapó y untó sus dedos con él. Su polla no podía esperar
para enterrarse en Ana y el deseo era tan intenso que sus dedos
temblaron cuando se aproximaron al fruncido agujero. Decididamente
era un culo delicioso, perfecto y él estaba más que deseoso de probarlo.
Introdujo un dedo tentativamente y el calor de Ana lo succionó al
instante. Cuando introdujo el segundo dedo Ana empezó a jadear, curvo
la columna y su culo quedo más arriba.
- ¡Oh Dios mío qué crees que estás haciendo!- gritaba Ana. Pero
pasada la sorpresa inicial, empezó a empujarse contra sus dedos
empalándose ella misma. Marcos se dio cuenta que estaba lista y como
ya no podía soportarlo más, untó su polla con el lubricante y la acercó a
su culo. Fue introduciéndose poco a poco, aunque a decir verdad,
estaba desesperado por enterrarse de un sólo golpe. El sudor le corría
por la frente y la espalda con el esfuerzo de contenerse. Se hundió
completamente, hasta que las bolas se pegaron a su cuerpo. Y se
detuvo dándole a Ana el tiempo para adaptarse a su alrededor.
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- ¡Mierda! Para, detente, detente. Duele -gemía Ana.
- Tranquila Ana. Acostúmbrate a él. Ahora viene lo mejor. –Mientras
Lucas hablaba, tomó un mechón de pelo de Ana en un puño y tiro de él
para acercar la boca de ella nuevamente a su polla.
Cuando Marcos sintió que Ana se relajaba y succionaba de nuevo,
empezó a moverse lentamente. Se salió casi por completo, hasta que
sólo la punta de su pene quedó dentro de ella y luego volvió a
enterrarse profundamente. Era… Era… No había palabras para describir
la sensación. ¡Mierda! Ana era tan estrecha y estaba tan caliente a su
alrededor que Marcos sabía que no iba a durar mucho tiempo más.
Estaba haciendo un esfuerzo supremo para controlarse, porque quería
entrar en su coño todavía.
Ana gemía y jadeaba debajo de él, con el pene de Lucas tocando casi
su garganta.
- ¿Estás bien? –le pregunto Lucas. Ana sólo asintió con la cabeza y
siguió succionando, chupando y lamiendo.
Marcos estaba al borde, por lo que aceleró sus movimientos. Cada
estocada lo acercaba más y más al increíble orgasmo que ya apretaba
sus bolas. Sus manos se clavaron en la cadera de ella, mientras
envestía furiosamente. No podía contenerse, pero debía hacerlo. “Por y
para ella” se recordó una vez más. Entonces retiró la mano derecha,
rodeó su cuerpo y llegó hasta el capullo rosado que se escondía entre
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sus pliegues. Su clítoris estaba hinchado y comenzó a frotarlo en
círculos, incrementando el ritmo a la par de sus embistes. Ella estaba
cerca, podía sentirlo.
De repente Ana soltó la polla de Lucas, se arqueó, su cabeza cayó
hacia atrás, sus ojos se cerraron, y sus jadeos se convirtieron en gritos
de placer. Su cuerpo estaba convulsionando por el éxtasis y su
respiración estaba agitada como si hubiera corrido una maratón. Marcos
nunca había visto nada más hermoso.
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Capítulo 5
Ana nunca había sentido algo tan maravilloso como esto. Estaba
desmadejada, sin respiración, exhausta pero… satisfecha.
Increíblemente satisfecha. Maravillosamente satisfecha. Le dolía el culo,
es cierto, pero estaba extasiada. Su segundo orgasmo fue,
definitivamente, más intenso que el primero. Imposible… pero era
verdad. Estos chicos eran asombrosos, no habían tenido todavía un
orgasmo y ella ya se había venido dos veces. Realmente increíble.
Darcy había salido de ella y Ana estaba acostada en la cama, a decir
verdad, estaba despatarrada sobre ésta, de una forma nada elegante y
no encontraba las fuerzas para levantar la cabeza o para hablar, cuando
escuchó la voz de Lucas que le susurró en el oído:
- No te relajes tanto, princesa. Ahora empieza la función.
- ¡Oh por favor ya no puedo más!
- Puedes y lo harás. -El tono de Lucas contenía una oscura promesa y
Ana se estremeció. –Esta noche no hay descansos, no hay altos, no hay
paradas. Vamos a seguir hasta el final, Ana. Porque ésta es tú noche,
ésta es tú fantasía, éste es tu placer. No, no vamos a parar hasta que
probemos cada centímetro de tú cuerpo, hasta que podamos sentir en la
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piel cada estremecimiento, cada orgasmo, cada gemido que venga de ti,
hasta que estés tan húmeda de necesidad que ruegues porque estemos
dentro de tuyo, hasta que te corras tantas veces que olvides tu nombre.
Las palabras de Lucas calentaron su sangre. Inverosímil,
extraordinario, aunque, después de todo, estaba con dos pedazos de
hombres completamente deliciosos, dos de los mejores especímenes del
género masculino, no era del todo extraordinario que su cuerpo
reaccionara al más ligero roce, a la más leve caricia, ni siquiera a las
palabras susurradas cargadas de promesas.
Darcy todavía estaba detrás de ella masajeando su espalda, sus
muslos y cercándose al centro de placer de su entrepierna. Girando la
cabeza, por encima del hombro, podía ver el esfuerzo que estaba
haciendo para contenerse. El sudor brillaba en su cuerpo, sus músculos
estaban tensos y su polla erguida hacia su abdomen, tan dura y
necesitada. Sus ojos hicieron contacto y la mirada profunda de él se
clavó en la suya. De repente, algo hizo clic en su cabeza. Lo conocía.
Claro que lo conocía. No podía confundir esa mirada, esos ojos y ese
cuerpo con el de nadie más. Marcos. Pero… ¿Cómo? ¿Por qué? Y, en ese
momento, se dio cuenta que él le estaba entregando su fantasía como
un regalo, tal vez, de bodas.
Marcos.
Su cuerpo volvió a la vida en ese instante. Pensando en todo lo
sucedido y en lo que estaba por suceder. Pero ahora sabía que era él y
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eso lo hacía más excitante, más… correcto quizás. Siguiéndole el juego
dejó que continuara en el anonimato, se giró para mirar a Lucas y le
sonrió.
- ¿Y ahora qué sigue? - Le preguntó sugerentemente.
Lucas la miró con los ojos desorbitados, desconcertado. Lo había
sorprendido con su cambio de actitud.
- Bueno, princesa – dijo tratando de esconder su desconcierto –
Ahora viene la mejor parte, donde ambos te follamos. – Le sonrió y le
guiñó un ojo como si fueran cómplices de alguna travesura secreta.
Ana se preparó mentalmente para lo que venía.
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Capítulo 6
Marcos no podía esperar más, sus bolas ya estaban azules.
Había notado un cambio en la actitud de Ana, estaba más relajada,
más… entregada. Eso le gustaba… y mucho. Lo excitaba. Ana lo volvía
loco. Su cuerpo, su voz, sus gemidos, todo en ella era exquisito.
¡Mierda! Podría pasarse horas sumergido en ella.
Lucas se levantó de la cama y eso lo trajo de nuevo a la realidad. Era
hora del cambio de lugares.
Ana estaba sobre sus manos y rodillas, todavía atada y parecía
preparada para otro round. A pesar de estar a punto de venirse con sólo
mirarla en esa posición, Marcos decidió recostarse boca arriba, entre sus
muslos, con su cara a escasos centímetros de su coño, para poder
saborearla otra vez. Iba a dejarla muy húmeda y lista para él.
Se deleitó con la vista de su coño brillante, inspiró para percibir su
aroma almizclado y el olor de su excitación lo envolvió. Su lengua salió
disparada y comenzó a rodear el capullo rosado e hinchado que se
asomaba por sus pliegues. Lo succionó y mordisqueó y luego, con
reticencia, lo liberó simplemente para poder enterrar su lengua en el
cálido refugio de su coño, que se contraía constantemente por la
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necesidad de ser llenado. ¡Oh sí! El se iba a encargar de solucionar ese
pequeño contratiempo, en breve.
Ana se contoneaba y jadeaba, estaba empapada con sus jugos por lo
que Marcos comenzó su ascenso besando su abdomen plano,
recreándose con su ombligo y siguió su camino lentamente hasta llegar
a sus pechos. Eran del tamaño ideal para sus manos, toda ella estaba
hecha para él. Jugó con sus pezones, burlándose de ellos, rodeándolos
con su lengua.
Ana se retorcía - Por favor, por favor…
-Eso es, Ana, ruega. Ruega por nuestras caricias, por nuestros besos,
te ves tan hermosa cuando lo haces…
Marcos no sabía lo que estaba haciendo Lucas, ni le importaba.
Estaba perdido en el éxtasis de los pechos de Ana, amamantándose de
sus brotes rosados. Pellizcaba uno y succionaba el otro, alternándose en
sus atenciones.
Ya saciado (o casi) de sus pechos, continuó reptando hacia arriba. Su
lengua resiguió el contorno de su clavícula, subió por su garganta hasta
que encontró otro de los puntos sensibles de Ana, su oreja. Introdujo el
lóbulo en su boca, lo lamió y mordisqueó. Sentía los temblores del
cuerpo de ella, sabía que le gustaba eso, pero se alejó para poder ver
su rostro, al fin. Descansando la cabeza en la cama, se quedó mirándola
o, mejor dicho, admirándola. Sus ojos estudiaron cada palmo de su
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cara. Sus pómulos altos, la rígida línea de su mandíbula apretada por el
esfuerzo de contenerse, sus ojos brillantes de deseo, su boca roja e
hinchada por los besos. Era hermosa, definitivamente lo más hermoso
que le pasó en la vida. Y era suya, para toda la vida, o por lo menos
pronto lo sería cuando diera el sí ante el altar. Casi se le escapan las
palabras que quería decirle: “Te Amo”. Era muy duro no poder hablarle,
porque lo descubriría y él no quería eso, no todavía. Parpadeando para
alejar la nube de sentimientos que se reflejaba en sus ojos, tomó los
labios de Ana en un apasionado beso. Con una mano en su nuca la
atrajo hacia él con desesperación, para ir más profundo en su boca. Su
lengua serpenteaba dentro de ella como queriendo descubrir cada
secreto oculto, cada palabra susurrada. Era tan intenso que Marcos
estaba perdido en el torbellino de sensaciones.
Hasta que Ana, con esfuerzo, rompió el beso – Más, por favor, más…
Marcos, por sobre el hombro de ella, buscó con su mirada a Lucas y
lo encontró al pie de la cama observando la escena. Aunque seguía
duro, les había dejado unos minutos de intimidad, por lo que Marcos
estaba agradecido. Lo miró e hizo un movimiento afirmativo con la
cabeza y Lucas entendió al instante el mensaje.
Iban a terminar lo que habían empezado.
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Capítulo 7
Ana se había quedado sorprendida de la mirada de Marcos y de todos
los sentimientos que se habían reflejado en ella. Su corazón se saltó un
latido y se entregó a ese beso cargado de amor, de anhelos y de
sueños.
Cuando se dio cuenta de que Marcos estaba mirando a Lucas, supo
que era hora del desenlace y trató de ordenar a su cuerpo que se
relajara.
- Ahora, princesa, vas a saber lo que es ser bien follada. Relájate,
que nosotros haremos todo el trabajo.
Lucas se acercó a ella por detrás. Ana intentó girarse para poder ver
lo que estaba haciendo, pero Marcos la distrajo con otro de esos besos
arrebatadores y empezó a frotar su pene en su clítoris sobre-
estimulado. Tanteó la entrada de su coño y de una envestida furiosa se
envainó completamente en ella.
Ana jadeó y apretó las sabanas en un puño. Se dio cuenta que
Marcos se había quedado quieto, inmóvil entonces enarcó una ceja y lo
interrogó con la mirada. Él simplemente sonrió de medio lado. En ese
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momento, Ana sintió algo frío deslizándose por su culo y se tenso por la
sorpresa.¡Oh Dios! Lucas. Se había olvidado de él.
- Podría decir, por lo tensa que estás, que te habías olvidado de mí y
eso no lo podemos permitir, ¿verdad? -Fue extendiendo el gel por su
culo, rodeando su ano con el dedo medio, hasta que lo introdujo con un
impulso.
- ¡Mierda, Ana! Estás tan apretada, tan caliente. -Metió otro dedo e
hizo un movimiento como de tijera, para estirarla. Pero claro, pensó
Ana, con lo poco de cerebro que le funcionaba, ya estaba bastante
estirada por la previa incursión de su prometido.
- Bueno Ana, este culo está hambriento de mi polla y no voy a
defraudarlo. -Cuando terminó de decirlo, apoyó la roma cabeza en su
fruncido agujero y comenzó a empujar.
Ana no sabía si llorar, maldecir o gritar como loca. La sensación de
ardor se iba incrementando a medida que el pene de Lucas se abría
paso en su culo. Marcos seguía congelado debajo de ella, seguramente
esperando que se adaptara a la sensación de dos pollas estirándola y
llenándola completamente. Hasta que… nada. Ya no sentía dolor, ni
ardor, sólo la necesidad de que ambos se movieran. Probó, moviendo
un poco las caderas y Lucas suspiró, diciendo:
- Tranquila, cariño, estamos tratando de que sea más fácil para ti. No
queremos lastimarte.
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Su ternura la conmovió, pero no era eso lo que necesitaba ahora.
- Más, –dijo con la voz ronca de deseo- necesito más, por favor. -El
tono lastimero de su ruego llegó a ambos hombres que empezaron a
moverse con cautela, alternándose. Cuando uno entraba, el otro salía,
ambos muy lentamente. Ana no pudo soportarlo más.
- ¡Maldición! ¡Muévanse!
- Tranquila, princesa, hay tiempo, no corras.
Ana empezó a provocarlos moviendo las caderas, tratando de
empalarse ella misma al ritmo de su necesidad. Pero era prácticamente
imposible sin la colaboración de ambos hombres. Al menos sus
movimientos habían dado fructíferos resultados. La intensidad de las
estocadas de ellos fueron incrementándose. Ya habían perdido el ritmo
pausado y lento de sincronización y pistoneaban en ella con lujuria
salvaje.
- ¡Sí, síííí! -Gritaba Ana, pero ella apenas se escuchaba. Estaba
perdida en un mar de éxtasis y placer que opacaba la realidad de su
entorno. Sólo podía sentir y ¡oh Dios, cómo sentía! Era increíble,
fascinante, perfecto. Mucho mejor que en sus fantasías. Su cuerpo
ardía, el sudor corría por su rostro, su clítoris palpitaba, sus manos y
piernas ya casi no la sostenían. Envuelta en el frenesí de placer en el
que se encontraba, sintió su orgasmo crecer. Lo sintió a lo largo de su
columna hasta llegar al centro mismo de su entrepierna.
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- Vamos, princesa, córrete para nosotros, -dijo Lucas. Su voz era
apenas un susurro agitado, por el esfuerzo de sus envistes.
- ¡Mierda, sí, sí! -Gritaba Ana.
Ambos hombres seguían penetrando en ella, arrastrándola en una
montaña rusa de placer, en donde cada giro, cada vuelta la acercaba
más y más al clímax tan ansiado. Antes de cerrar sus ojos para
entregarse al orgasmo que se aproximaba, inminente, miró a Marcos a
los ojos y le dijo:
- Marcos te amo. -Entonces Ana se dejó ir. Su cuerpo comenzó a
convulsionar, a temblar. El orgasmo la golpeó desde el interior, tan
fuerte, tan potente que hizo brotar lágrimas de sus ojos.
Marcos no se dio cuenta de que ella lo llamaba por su nombre. Sin
embargo, verla en la euforia del momento, entregada a la lujuria, al
deseo, a su fantasía, desató su instinto animal y la embistió con furia,
con todo el deseo tanto tiempo contenido.
Pudo ver a Lucas retorcerse y arquearse, gritar y estremecerse con
su orgasmo, antes de vaciarse él mismo en el palpitante calor del
cuerpo de Ana.
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Capítulo 8
Lucas fue el primero en recuperarse y salir de ella. Con un gracioso
¡pop!, como si estuviera descorchando una botella, su polla ya estaba
afuera. Ana se estremeció por la rara sensación de vacío, o por el dolor
que comenzaba a sentir (bueno, ¡por Dios!, dos pollas impresionantes
estuvieron ahí. ¿Qué podía esperar? ¿Cosquillas? ¡Ja!) De todos modos
era un dolor agradable de plenitud, de realización. No estaba tan mal.
Marcos lentamente la levantó (ya que había quedado a horcajadas
sobre él y recostada sobre su pecho) también sacó su pene y la
acomodó a su lado en la cama. Nadie decía nada. En la habitación se
hizo un silencio sepulcral. Irónico, después de haber gemido y gritado
como locos sólo dos minutos antes.
Lucas se había quitado la máscara y Ana pudo apreciar los finos
rasgos de su rostro. Oscuras y espesas cejas enmarcaban unos divinos
ojos azules, largas y curvadas pestañas que parecían rozar sus mejillas
al bajar la vista, pómulos altos salpicados con un leve rubor y una nariz
fina y respingada que se alzaba sobre su sensual boca. Todo en
conjunto era perfecto, parecía un dios griego. Estaba juntado sus ropas
y vistiéndose. Una vez hubo terminado, se acercó a la cama, le rozó la
mejilla con esos dedos largos y callosos y le dijo:
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- Ha sido un placer, princesa, un verdadero placer, -la miró con
regocijo.- Debo irme, pero te aseguro que volveré. -Girándose para ver
a Marcos, asintió con la cabeza a modo de saludo y se fue.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Ana se volvió hacia Marcos.
Se había quitado la máscara y la estaba examinando de arriba abajo con
su mirada profunda y penetrante.
- Me debes algunas explicaciones, Marcos. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo
supiste de mi fantasía? ¿Y quién, por todos los santos, era Lucas?
Marcos bajó la vista. Su semblante y su postura eran como la de un
niño que lo han pillado en una travesura. La volvió a mirar y contestó:
- Bueno… -comenzó él,- yo quería darte algo especial en tu despedida
de soltera, entonces hablé con Cristina. Ella me contó tu fantasía y entre
los dos organizamos todo. Te trajo al bar de este hotel (que es de un
amigo mío) para celebrar. Y mientras, descaradamente, te regodeabas
la vista con esos… esos… bueno, esos semidesnudos bastardos
strippers, puso algo (completamente inofensivo) en tu bebida para
dejarte por un tiempo fuera de juego. Cuando te desmayaste, entre
Lucas y yo te trajimos hasta aquí arriba y te atamos. Lo demás fue
sencillo.
Ana lo miraba con escepticismo. Iba a matar a Cristina o a
convertirse en su esclava para agradecerle infinitamente por el regalo
de esta noche. De pronto, se le ocurrió algo que la mortificó.
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- ¿Quieres decir que todas mis amigas sabían lo que iba a pasar? –
Pregunto con horror.
Marcos se apresuró a contestar.
- No todas, sólo Cristina.
Eso la aplacó un poco.
- ¿Y Lucas? ¿De dónde salió?
- Él es amigo mío desde la infancia. Vivíamos en la misma calle e
íbamos juntos al colegio y a la universidad. También es abogado. Hacía
un tiempo que no lo veía. No es de aquí, sólo vino porque yo se lo pedí.
- ¿Por qué él? -Ana se detuvo, pensando.- Ya sé, no me lo digas. Ya
habías hecho esto con él, ¿verdad? Ya habían compartido mujeres
antes, ¿no?
- Bueno… sí. Pero sólo en nuestra época de estudiantes
universitarios.
Ana se quedo pensativa, tratando de asimilar toda la información.
Marcos la miraba en vilo, esperando que ella aceptara la explicación y
no se enojara.
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Cuando por fin le sonrió, Marcos soltó el aliento que no sabía que
estaba conteniendo. Entonces decidió preguntar él.
- Ahora el interrogatorio me toca a mí. ¿Cómo supiste que era yo?
¿Cuándo?
Ana lo cayó posando la mano sobre sus labios carnosos.
- Nadie me llena como tú, nadie me hace sentir como tú. Tu cuerpo
musculoso, tu olor almizclado, tus caricias tiernas, tu mirada profunda,
tu deseo de complacer. Innumerables cosas me hicieron ver la verdad.
Pero la más importante de todas es la forma en que yo me sentía por ti.
Era tan intenso el deseo, tan intensas las ganas de tocarte, de besarte,
de que me tomaras, que no podía pensar. No podía ser nadie más que
tú. Ahora y siempre tú. Te amo.
Marcos la miraba como embobado, perdido en el calor que la
declaración de Ana había provocado en su corazón. Cuando, al fin, pudo
reaccionar, la miró con todo el amor que sentía por ella reflejado en sus
ojos y le contestó:
- ¡Oh Ana! Yo también te amo. Te amo con cada parte de mi cuerpo,
con cada respiración, cada latido de mi corazón. Amo tus risas, tus
sonrisas y hasta tus lágrimas (aunque no me guste ser el causante de
ellas de vez en cuando). Amo tu amor por los libros, tu moño apretado y
tu cuerpo delgado, por más que creas que tus pechos sean inexistentes.
Pero por sobre todo, amo lo que eres y lo que yo soy cuando estoy
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contigo. Te amo por amarme y por haberme elegido como tu compañero
de vida. Simplemente, te amo.
Se miraron unos minutos más y luego se abalanzaron uno sobre el
otro. Se abrazaron y besaron con desesperación, con hambre, con amor
y cayeron al colchón en una confusión de extremidades.
Marcos se situó sobre ella, sostuvo su peso con los brazos para no
aplastarla y se acomodó entre sus muslos ampliamente abiertos.
- Ahora cariño, contéstame lo siguiente: ¿Estás lista para otra ronda?
- ¡Oh! No sé. Debería pensarlo. -Sonrió sugerentemente y esa fue
toda la invitación que Marcos necesitó. Se hundió en ella completamente
y las paredes de su coño lo apresaron como un puño. Su instinto
posesivo, territorial resurgió, queriendo marcar a Ana como suya y no
se dio cuenta de las palabras que salían de su boca, con cada estocada
enérgica que daba remarcando su sentido:
- Eres mía, Ana. Ahora y siempre. Eres mía. Dilo. -Exigió.
Marcos no sabía qué estaba pasando. Sólo sabía que quería y
necesitaba que ella le confirmara su reclamación.
Ana no podía contestar, su cerebro estaba embutido en una vorágine
de emociones.
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- Dilo. -Ordenó una vez más, ante el silencio de ella.
Antes de hundirse en el abismo de su orgasmo, Ana gritó:
- Soy tuya, Marcos. Te amo.
- Eres mía, Ana. Nunca lo olvides. -Agregó Marcos, cerrando sus ojos
y entregándose él también.
Una vez que estuvieron relajados sobre la cama, sus respiraciones se
aquietaron y los latidos de ambos corazones dejaron de retumbar en
toda la habitación, Ana, entre risas, dijo:
- ¡Wow! Si así van a ser todas las noches de nuestro matrimonio, no
creo que sobreviva para festejar el primer aniversario.
- No te preocupes, amor, yo te mantendré en forma. Además, lo de
nuestro aniversario es una sorpresa. -Dijo Marcos, entre sonrisas.
- ¡Por Dios! ¿Ya tienes planes para nuestro aniversario?
- Cariño, tengo planeada toda una vida contigo.
Fin
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