Administrar la crítica
José Rafael Herrera
[email protected]Al “Foro” ucevista, in memoriam
Decía Marx, en la “Introducción a la crítica de la Filosofía del
Derecho de Hegel”, que “el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica
de las armas”, porque “sólo el poder material puede ser derrocado por
medio del poder material”; pero “la teoría tiene la facultad de transformarse
en poder material cuando se apodera de las masas, cuando se le demuestra
a los hombres, y se le demuestra a los hombres cuando se hace radical”.
La Universidad es una institución del Estado, no forma “un Estado
dentro del Estado”, sino que tiene una función precisa dentro del organismo
institucional estatal: ella produce teoría, es decir: crítica –de mayor o de
menor aplicación efectiva– en función de la resolución de los grandes
problemas nacionales. Es por eso que, para poder cumplir con esta función
específica, necesita ser autónoma, pues sólo se puede producir teoría si las
propias convicciones que resultan del desempeño investigativo se expresan
libre y responsablemente. Y esa es la razón por la cual la Constitución le
confiere a la Universidad el derecho de autonomía.
Como administradora de esta vital función del Estado –el ejercicio
libre y racional de la crítica–, la Universidad cumple un papel primordial.
Se trata, nada menos, que de la delicada responsabilidad de hacer el diseño,
seguimiento y control de las políticas públicas, así como de corregir sus
eventuales desaciertos, en beneficio de su perfectibilidad.
De modo que así como –según la reciente declaración hecha por el
Ministro Baduel– la Fuerza Armada Nacional tiene la responsabilidad de
administrar el “poder material”, es decir, “la crítica de las armas” del
Estado, de la misma manera, la Universidad tiene el sagrado deber de
administrar el “poder espiritual”, es decir, “el arma de la crítica”, un
“arma”, por cierto, quizá tan poderosa como la otra.
Dada la naturaleza de cada uno de estos términos esenciales, del uno
se requiere la máxima heteronomía. Del otro, en cambio, la máxima
autonomía. Pero en ambos casos es indispensable su adecuada
administración.
Administrar la crítica: esa es la función de la institución
universitaria, más allá de lo meramente cuantitativo. Ser autónomo, en
consecuencia, representa una enorme ponderación y responsabilidad con la
Nación. La no administración de la crítica podría tener, en cambio,
resultados insospechables y hasta efectos explosivos, barbáricos.