Memorias locales, espacio público y paisajes del pasado
1. Walter Benjamin: Infancia en Berlín hacia 1900 (selección de textos breves)
2. Territorio Tolosa: Video de un recorrido
Benjamin, W. Escritos autobiográficos
“Hace ya mucho tiempo, años en realidad, que juego con la idea de organizar gráficamente en un mapa el espacio vital –bios. Primero tuve en mente un plano
de Pharus […] He ideado un sistema de signos, y el fondo gris de tales mapas se llenaría de colorido si se registrasen allí: las viviendas de mis amigos y
amigas, las salas de reunión de los colectivos de todo tipo –desde los Sprechsäle del Movimiento Juvenil hasta los lugares de reunión de la juventud
comunista-, las habitaciones del hotel y las de putas –que yo conocí por una noche-, los importantísimos blancos del parque zoológico, los caminos a la
escuela y las tumbas de las que he presenciado el momento en que son rellenadas, los lugares en los que había espléndidos cafés cuyos nombres, que
nosotros pronunciábamos a diario, hoy han desaparecido, las pistas de tenis en las que hoy hay casas de alquiler vacías y las salas adornadas de oro y estuco
que los terrores de las clases de baile casi convertían en gimnasios… El fondo gris se llenaría de colorido si todo esto fuese registrado allí de modo que se
pudiera distinguir con claridad”
Benjamin, W. Denkbilder. Imágenes que piensan
“La lengua nos indica […] que la memoria no es un instrumento para conocer el pasado,
sino sólo su medio. La memoria es el medio de lo vivido, como la tierra viene a ser el medio
de las viejas ciudades sepultadas, y quien quiera acercarse a lo que es su pasado tiene que
comportarse como un hombre que excava. Y, sobre todo, no ha de tener reparo en volver
una y otra vez al mismo asunto, en irlo revolviendo y esparciendo como se revuelve y se
esparce la tierra. Los ‘contenidos’ no son sino esas capas que tan sólo tras una
investigación cuidadosa entregan todo aquello por lo que nos vale la pena excavar:
imágenes que, separadas de su […] contexto, son joyas en los sobrios aposentos del
conocimiento posterior, como quebrados torsos en la galería del coleccionista”
Kohan, M. Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin
“Si hay una ciudad en Benjamin, es esta ciudad múltiple e inexistente, esta “zona” compuesta por otras ciudades. Para poseer
tal zona hay que entrar en ella, y salir de ella, por los cuatro puntos cardinales, que aquí son esas cuatro ciudades reales en las
que Benjamin ha estado y ha escrito: París, Moscú, Nápoles, Berlín. Esas ciudades definen cuatro momentos históricos
decisivos: dos formas de origen histórico (uno social, el de la civilización de occidente; uno personal, el del propio Benjamin) y
dos formas de ruptura histórica (una revolución de la burguesía, la revolución francesa; una revolución proletaria, la revolución
rusa). Esas ciudades definen además, en la escritura de Benjamin, cuatro variantes genéricas: los textos críticos (París), el
diario de viaje (Moscú), la “reseña de turista” (Nápoles) y los textos autobiográficos (Berlín).
La multiplicidad de las referencias urbanas se resuelve también, por lo tanto, en la multiplicidad de los registros del discurso y
en la multiplicidad de posiciones y miradas del sujeto. Esa multiplicidad, que muchas veces deriva en contradicciones o en
ambivalencias, no debe diluirse, por mucho que se hable de la ciudad en Walter Benjamin”
Benjamin sobre la escritura de los textos que conforman Infancia en Berlín hacia 1900
“En el año 1932, cuando estaba en el extranjero, comenzó a ser claro para mí que pronto
debería despedirme por un largo período, o quizás de manera duradera, de la ciudad donde
nací.
En mi vida interior ya había tenido muchas veces la experiencia del método de la inyección
como algo curativo. Me adherí a él también en esta situación y llamé a mí aquellas imágenes
que en el exilio despiertan la añoranza del hogar de manera más fuerte: las imágenes de la
infancia. El sentimiento de nostalgia podría así dominar el espíritu tan poco como la vacuna
a un cuerpo sano. Busqué refrenarlo a través del discernimiento de la irrecuperabilidad, no
la casual y biográfica, sino la irrecuperabilidad necesaria y social del pasado”.
“Esto ha implicado que los detalles biográficos, que se dibujan más en la continuidad que en
la profundidad de la experiencia, retrocedan en este intento, y con ellos las fisionomías,
tanto de mi familia como de mis compañeros. Por el contrario, he procurado apoderarme de
las imágenes en las cuales la experiencia de la gran ciudad se precipita en un niño de la
burguesía.
Considero posible que semejantes imágenes tengan reservado su propio destino. Todavía
no les espera una forma predeterminada, como la que está a disposición, desde hace
cientos de años, de los recuerdos de una infancia transcurrida en el campo, en consonancia
con un sentimiento de la naturaleza. Por el contrario, las imágenes de mi infancia en la gran
ciudad son quizás capaces de pre-formar en su interior experiencias históricas posteriores.
Espero que en ellas, al menos, se pueda notar cuánto aquel de quien aquí se habla,
prescindió después de la seguridad que a su infancia le había sido concedida”
“Las fotografías de cuento de hadas de la Infancia en Berlín no son solo ruinas, vistas desde
la perspectiva de pájaro, de una vida hace ya mucho perdida, sino instantáneas de un país
aéreo que aquel aeronauta tomó, en las cuales logró que sus modelos mantuvieran una
amigable quietud”
Adorno sobre los textos que conforman Infancia en Berlín hacia 1900
Benjamin, W. “Tiergarten”, en Infancia en Berlín hacia 1900
“Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como
quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces
hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios
céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte. Este
arte lo aprendí tarde, cumpliéndose así el sueño del que los laberintos sobre el papel
secante de mis cuadernos fueron los primeros rastros. No, no los primeros, pues antes hubo
uno que ha perdurado. El camino a este laberinto, que no carecía de su Ariadna, iba por el
Puente de Bendler, cuyo suave arco significaba para mí la primera ladera. A su pie, no lejos,
se encontraba la meta: Federico Guillermo y la reina Luisa. En sus pedestales redondos se
erguían sobre las terrazas, como encantados por mágicas curvas que una corriente de
agua, delante de ellos, dibujara en la arena. Sin embargo, me gustaba más ocuparme de los
basamentos que no de los soberanos, porque lo que sucedía en ellos, si bien confuso en
relación con el conjunto, estaba más próximo en el espacio”
Benjamin, W. “Calle de Steglitz, esquina a Genthin”, en Infancia en Berlín hacia 1900
En las vivencias de los niños de aquella época imperaban todavía las tías que no salían ya de sus casas y que siempre que aparecíamos con nuestra madre a
hacerles una visita nos habían estado esperando y, desde la ventana del mirador de siempre, sentadas en la mecedora de siempre, nos daban la bienvenida,
vestidas siempre con la misma cofia negra y con el vestido de seda de siempre. Como hadas que animan todo un valle sin bajar jamás a él, ellas regentaban
calles enteras, sin aparecer nunca por las mismas. (...)
La tía conocía los parentescos, domicilios, golpes de fortuna y desgracia de todos los Schoenflies, Rawitscher, Landsberg, Lindenheim y Stargard, que en el
pasado vivieron en la Marca de Brandeburgo y Mecklemburgo como tratantes de ganado y negociantes de trigo. Ahora, sus hijos, y tal vez sus nietos, tenían
sus casas en el antiguo Oeste, en calles que llevaban los nombres de generales prusianos o, a veces, los de los pequeños pueblos de los que salieron para
establecerse aquí. Años más tarde, cuando mi tren expreso pasaba como un rayo por aquellos apartados lugares, vi desde el terraplén chozas, cortijos,
graneros y tejados a dos aguas y me pregunté si eran aquéllos cuyas sombras habían abandonado hace tiempo los padres de estas viejecitas que visitaba
siendo niño. (...)
Apenas había entrado cuando ella cuidaba de que colocaran delante de mí una caja grande de cristal que albergaba toda una mina animada, donde se movían
al compás puntual de un mecanismo de relojería pequeños mineros y capataces de minas con carros, martillos y linternas. Este juguete —si se me permite
decirlo— pertenecía a una época que concedía también al niño de la rica burguesía echar un vistazo al mundo del trabajo y de las máquinas. (...)
Traspasando el portal se encontraba, a la izquierda del zaguán, la puerta del piso con el timbre. Después de franquearla había una escalera empinada y
vertiginosa que conducía hacia arriba, parecida a las que más tarde encontraría únicamente en algunas casas de campo. Bajo triste luz de gas que fluía desde
arriba estaba la vieja criada bajo cuya protección cruzaba en seguida el segundo umbral que conducía a esa sombría vivienda. Con todo, no hubiera podido
imaginármela sin una de esas viejas. (...) Eran, por lo general, más macizas e imponentes que sus señoras; no sólo en lo que respecta a su físico. Y ocurría, a
veces, que el salón con el juguete de la mina o con el chocolate, no me significasen tanto como el vestíbulo donde la vieja ama me quitaba, al llegar, el abrigo
como si fuese una carga y, cuando me iba, me colocaba el gorro como si quisiese bendecirme.
Benjamin, W. “La nutria”, en Infancia en Berlín hacia 1900
Con los animales del Zoológico me pasaba lo mismo que le sucede a uno con su vivienda y el barrio donde vive, y que le proporciona una idea de su
naturaleza y de su modo de ser. Desde los avestruces delante de un fondo de esfinges y pirámides hasta el hipopótamo que vive en su pagoda cual sacerdote
hechicero que está a punto de fundirse con el propio demonio al que sirve, no había animal cuya morada no amase o temiese. Los más extraños entre ellos
fueron los que tenían algo especial por la situación de su hogar, que eran, la mayoría, habitantes de las partes periféricas del parque, es decir, de aquellas
partes que lindan con las cafeterías y el Palacio de Exposiciones. El más notable de los habitantes de esos parajes era la nutria.(...)
Era un rincón profético. Pues, al igual que hay plantas de las cuales se dice que poseen el don de hacer ver el futuro, existen también lugares que tienen la
misma facultad. En su mayoría son lugares abandonados, como copas de árboles que están junto a los muros, callejones sin salida, jardines delante de las
casas donde jamás persona alguna se detiene. En esos lugares parece haber pasado todo lo que aún nos espera. Sucedía en aquella parte del Zoológico,
siempre que me perdía por ahí, que tuviera el placer de mirar por el brocal del pozo que estaba allí, un poco como los que se encuentran en el centro de los
parques de los balnearios. Era el recinto de la nutria, que estaba cercado, por cierto, ya que fuertes barrotes formaban un enrejado en el antepecho de la
piscina en la que se encontraba el animal. (...)
Debían de ser la morada del animal; sin embargo, no lo encontraba jamás dentro de ellas. Así que permanecía a menudo esperando incansablemente delante
de aquella profundidad oscura e inescrutable con el fin de descubrir en alguna parte a la nutria. Si lo conseguía por fin, sólo era por un momento, ya que al
instante el morador resplandeciente de la alberca volvía a desaparecer en las oscuras aguas.
Benjamin, W. “Teléfono”, en Infancia en Berlín hacia 1900
“Puede que sea por culpa de la construcción de los aparatos o de la memoria, lo cierto es que, en el recuerdo, los sonidos
de las primeras conversaciones por teléfono me suenan muy distintos de los actuales. Eran sonidos nocturnos. Ninguna
musa los anunciaba. La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero. Y la recién
nacida fue la voz que estaba dormitando en los aparatos. El teléfono era para mí como un hermano gemelo. Y así tuve la
suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos. Pues cuando ya habían
desaparecido de las habitaciones exteriores las arañas, pantallas de estufa, palmeras, consolas y balaustradas, el aparato,
cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó atrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las
estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación. Para ella fue el consuelo de la
soledad. A los desesperados que querían dejar este mundo miserable les enviaba el destello de la última esperanza.
Compartía el lecho de los abandonados. Incluso llegaba a amortiguar la voz estridente que conservase desde su exilio,
convirtiéndola en un cálido zumbido. Pues, ¿qué más había menester en lugares donde todos soñaban con su llamada o la
esperaban temblando como el pecador? No muchos de los que hoy lo utilizan recuerdan aún qué destrozos causaba en
aquel entonces su aparición en el seno de las familias”
“En aquellos tiempos, el teléfono estaba colgado, despreciado y proscrito, en un rincón del fondo del corredor, entre la
cesta de la ropa sucia y el gasómetro, donde las llamadas no hacían sino aumentar los sobresaltos de las viviendas
berlinesas. Cuando llegaba, después de recorrer a tientas el oscuro tubo, apenas dueño de sí mismo, para acabar con el
alboroto, y arrancando los dos auriculares que pesaban como halteras, encajando mi cabeza entre ellos, quedaba
entregado a la merced de la voz que hablaba. No había nada que suavizara la autoridad inquietante con la que me
asaltaba. Impotente, sentía cómo me arrebataba el conocimiento del tiempo, deber y propósito, cómo aniquilaba mis
propios pensamientos, y al igual que el médium obedece a la voz que se apodera de él desde el más allá, me rendía a lo
primero que se me proponía por teléfono”
TERRITORIO TOLOSA
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