7/9/2021 Transhumanismo y posverdad
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Transhumanismo y posverdad
Sitio: Instituto Superior de Estudios Pedagógicos
Curso:
Temas Contemporáneos y Medios Digitales - Agosto
2021
Libro: Transhumanismo y posverdad
Imprimido por: Mónica Elizabeth Hein
Día: martes, 7 de septiembre de 2021, 09:25
7/9/2021 Transhumanismo y posverdad
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Tabla de contenidos
INTRODUCCIÓN
CLASE. Dragones en el mapa tecnológico
Programar y diseñar lo viviente
Transhumanismo
Un universo de datos
CIERRE. Dos relatos para finalizar
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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Introducción
Esta clase ha sido grabada en formato de entrevista. Los invitamos a escucharla y tomar nota. Además, en las páginas que
siguen, encontrarán la lectura correspondiente.
Recurso disponible aquí
 

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Entrevista a Eduardo Gabriel Wolovelsky | Especialización en Educación y Medios Digitales
Entrevista a Eduardo Gabriel Wolovelsky | Especialización en Educación y Medios Digitales
Temas Contemporáneos y Medios Digitales
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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Dragones en el mapa tecnológico
Entre Escila y Caribdis

¿Cómo surcar el mar sin ser devorados por Escila ni destruidos por Caribdis? ¿Existe, acaso, una forma dada por la razón
para calcular el trayecto que nos libere de la destrucción impuesta por la proximidad a cualquiera de estos dos monstruos? o
para sortear los peligros, ¿deberíamos navegar solo guiados por nuestra intuición? ¿Y qué hay de los dragones que pueden
habitar en las aguas del mundo tecnológico, aunque se diga que tales criaturas solo viven en nuestra imaginación?  

El dilema que conmoviera a Ulises, y que resolviera heroicamente solo para sumergirse en otro más complejo, aún agita
nuestro tiempo. ¿Cómo no ser tragados por los imaginarios antitecnológicos cuando ejercemos la reflexión crítica frente al
desarrollo tecnocientífico? ¿Cómo no ser arrastrados por el torbellino que supone que esos mismos logros científicos y
tecnológicos son el epítome de una utopía por llegar y que, por ello, no debería haber cuestionamiento alguno? Bajo esta
tensión, Olle Häggstrom (2016) escribe:

Existe una idea muy extendida que dice que el progreso de la ciencia y la tecnología es nuestra salvación, y que cuanto
más avancen, mucho mejor. Esto parece ser un supuesto habitual no solo entre el público en general, sino también en la
comunidad investigadora, desde la administración universitaria y las agencias que financian estudios hasta los
ministerios del gobierno. Creo que este supuesto es erróneo y muy peligroso. No se puede negar que los avances en
ciencia y tecnología han aportado prosperidad y han mejorado tremendamente nuestra vida, ni que ulteriores avances
pueden conllevar más beneficios, pero existe otra cara de la moneda: algunos de los avances que tenemos por delante
de nosotros en realidad pueden hacer que empeoremos, que empeoremos mucho y, en último término, causar la
extinción de la humanidad. (p.5)                                                    

En nuestro pensamiento, intentamos darle un sentido a la historia. Por ello, comparamos diferentes épocas y culturas, sus
logros, derrotas, catástrofes y actos heroicos. Por supuesto que en esta apuesta corremos con muchos riesgos: el del olvido,
el del anacronismo, el de la errada ponderación sobre los sucesos ocurridos. Sin embargo, y a pesar de estas
consideraciones, hemos de asumir una idea según la cual los tiempos actuales poseen una cualidad que le es muy distintiva
y definitoria por sobre cualquier otro hecho o perspectiva acaecida en el pasado. 

Con los siglos, los viajes exploratorios han ido vinculando regiones, pueblos y culturas. Durante el transcurso de ese tiempo,
los dragones que en la Edad Media marcaban en las mapas las zonas inexploradas y, por ello, eran símbolo de enormes e
inesperados peligros, aparentemente fueron desapareciendo. Mediante el viaje de Colón, comenzó un proceso de
globalización con desplazamientos de animales, plantas y microbios a lugares donde no se los conocía. Las culturas de
pueblos enteros languidecieron. Hubo importantes y dramáticos movimientos migratorios. En todos estos procesos, existía el
imaginario de una tierra más allá, fuente de esperanza y temor. Pero, poco a poco, a través de los viajes y el desarrollo del
conocimiento, el mundo se fue haciendo más pequeño. En los tiempos actuales, aquella otra tierra a la que se podía migrar
se ha vuelto peligrosa ilusión, no por desconocida sino por lo contrario. 

Con la llegada del hombre a la Luna, el espacio pareció abrirse nuevamente. Pero los viajes tripulados no han progresado
desde aquel momento, y los saberes en astronomía y cosmología, que son emocionantes y seductores, nos han mostrado un
universo extenso que podemos observar, pero al cual no podemos llegar debiendo permanecer aquí, en un pequeño planeta
del cual dependemos. Nuestra actual capacidad para comunicarnos nos ha dejado sin tierras desconocidas, suelos por
descubrir, sitios donde soltar nuestra ilusión de poder comenzar de nuevo. 

El mundo se ha vuelto más homogéneo y cerrado sobre sí mismo: Non plus ultra . Enfrentamos, por ello, desafíos
importantes, sin posibilidad de huida. Frente a tal perspectiva, y como lo advierte Olle Häggstrom (2016), no debemos
suponer que los cambios tecnológicos son la única forma de conquistar nuevos territorios para tener la posibilidad de
“migrar”. No deberíamos olvidar los dragones de la cartografía medieval, porque todo desarrollo tecnocientífico, aunque
proponga soluciones, formulará también nuevos problemas.

Temas Contemporáneos y Medios Digitales
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Por supuesto que existe el riesgo inverso, el de suponer que las dificultades que enfrentamos se resuelven bajo la
perspectiva de que el conocimiento del mundo y el poder de la razón ilustrada nos han sumergido en un mar de problemas.
Las posturas antitecnológicas y anticientíficas, por mucho que resuenen con el canto de sirena de un mundo más amable, no
tienen nada que ofrecer frente a los problemas globales que la humanidad enfrenta.

Sí tiene algo para ofrecer la desacralización de los saberes científicos y tecnológicos bajo el desarrollo de una
perspectiva crítica. Este podría ser uno de los grandes aportes de la educación. Tal vez en la escuela podamos sostener
las preguntas que aún no podemos responder, pero que son guía fundamental para nuestra acción. Inspirados por la
perspectiva que propusiese Stephen Jay Gould (2000), en su cita del escritor decimonónico John Playfair,  puede que 
seamos capaces de aprender a navegar entre Escila y Caribdis: “fuera imprudente ser optimista y poco filosófico
desesperar” (p.7).

Debemos iniciar una reflexión sobre las perspectivas, los problemas, las ilusiones, las esperanzas y las desazón que una
profunda revolución tecnocientífica está produciendo al remodelar todo nuestro “pequeño” y complejo mundo, abriendo pero
también cerrando fronteras.

PARA REFLEXIONAR
“En un sentido un tanto rudimentario… los físicos han conocido el pecado” (J. Robert Oppenheimer, 1947). 
“[El Proyecto Genoma Humano] es el grial de la genética humana… la respuesta última al mandamiento “Conócete a tí
mismo”” (Walter Gilbert, 1986). 
Ya bastante impresionantes como afirmaciones por separado, estos dos epígrafes uno junto al otro presentan un
contraste chocante. ¿Representa la investigación científica, respaldada por un inmenso soporte tecnológico y político, el
pecado último de la civilización occidental? ¿O es el grial que buscamos como única forma posible ya de salvación?
¿Expresan estas dos declaraciones interpretaciones legítimas del estado presente de la ciencia y la tecnología?.

(Schatuck, 1989, p.211).

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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Programar y diseñar lo viviente
El Aprendiz de Brujo

No es necesario que amasemos el barro ni que sostengamos conjuros para así poder modelar un hombre a imagen y
semejanza del ingenio de nuestras manos. No es ineludible ir por oscuros caminos para ensamblar las partes corporales que
les darán vida a “muchos hombres felices que agradecerán su propia existencia” (p.11) (palabras de Victor Frankenstein).

Desde los albores del proceso civilizatorio hemos estado rediseñando lo viviente, mediante nuevas variedades de plantas y
animales que eran inexistentes en la naturaleza. Poco importa que el proceso de selección artificial, con el que esto se ha
logrado, haya sido producto de la práctica y no efecto de un conocimiento teórico. El alcance ha sido inmenso, lo podemos
observar en la variedad de los animales domésticos y de los cultivos que nos acompañan. Pero este rediseño lento y
trabajoso ha tomado un nuevo giro, y se ha potenciado a partir de la segunda mitad del siglo XX con la comprensión de la
lógica química subyacente a la estructura y al funcionamiento del programa genético.

El texto de Roger Schatuck (1989), donde se citan las palabras de Walter Gilbert, quien recibió el Premio Nobel por la
secuenciación de bases de los ácidos nucleícos, es un claro ejemplo de la profundidad a la que nos sumergimos y de los
sueños a los que aspiramos no solo en el conocimiento y manipulación del genoma, sino también en la cuestiones referidas a
la reproducción humana. Por ello, es legítimo considerar aquí la respuesta que Schatuck propusiera a sus interrogantes para
poder contrastarlas con las perspectivas que hayamos podido desarrollar.
PARA REFLEXIONAR
La ciencia no es pecado ni grial. No siendo hija nuestra sino invención nuestra, la ciencia en tanto que disciplina nunca
crecerá para pensar por sí misma y ser responsable de sí misma. Solo las personas pueden hacer estas cosas. Todos
somos custodios de la ciencia, algunos más que otros. El conocimiento que descubren nuestras múltiples ciencias no es
prohibido en y por sí mismo. Pero los seres humanos que persiguen dicho conocimiento no ha podido nunca ni separar
ni controlar ni impedir su aplicación en nuestras vidas. (…) Por consiguiente, mientras la ciencia explota en unas cuantas
áreas convirtiéndose en una vasta empresa impelida tanto por el comercio y la guerra como por la curiosidad, tenemos
que examinar a fondo este crecimiento desproporcionado. El mercado libre puede no ser la mejor guía para el desarrollo
del conocimiento; la planificación estatal no siempre ha resultado mejor. Mientras meditamos estas cuestiones dolorosas,
no olvidemos las historias de Ícaro y de la “Esfinge”, de Bacon y los casos radicalmente diferentes del
programa Lebensborn de Himmler y el Proyecto Manhattan. En esta era de liberación y permisividad, podría muy bien
resultar que un juramento juicioso para los científicos contribuyera a impedirnos a actuar como el Aprendiz de Brujo.
(Schatuck, 1989, p. 273).

Cómo evitar ser un Aprendiz de Brujo. Este parece ser el mayor desafío al que nuestros desarrollos biotecnológicos nos
someten. La biología moderna ha adquirido una potencia instrumental que era inimaginable a comienzos del siglo XX.
Pensemos que, desde mediados de la década de 1970, el despliegue de la ingeniería genética ha posibilitado la modificación
de diferentes organismos, desde formas bacterianas hasta grandes mamíferos, con la finalidad de producir nuevos
medicamentos y vacunas, y también de lograr formas más eficaces de producción alimentaria. Aunque todos estos procesos
no están exentos de debates y cuestionamientos significativos, debemos ser conscientes de que no podremos enfrentar los
problemas vinculados a la salud, la alimentación, la producción energética y la contaminación ambiental bajo una idealización
del mundo natural que supone que no se deben modificar las formas vivas. 
PARA SABER MÁS
Para enfrentar este dilema, consideremos ciertos puntos del relato de Rudyard Kipling “El ojo de Ala” (1926) y de
Frankenstein (1818) de Mary Shelley, según se presentan en el capítulo “Decisión” del libro Frankenstein. La creatura.
Los invitamos a profundizar sobre esto y a juzgar la legitimidad de la sentencia del abad de Sautré y la rectitud de la
resolución de Victor Frankenstein. Lean desde la página 7 hasta la 13.

Temas Contemporáneos y Medios Digitales
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Los debates en torno a los organismos genéticamente modificados son intensos, y no están exentos de todo tipo de sesgos e
incluso de confusiones. A pesar de ello, se han tomado decisiones y, en algunos casos, se ha llegado a importantes
consensos. Pero es el imaginario del rediseño biológico del ser humano donde hemos de enfocar nuestra atención, porque es
el deseo más extremo que se expresa desde los actuales saberes y logros científicos y tecnológicos.

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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Transhumanismo
La perspectiva de lograr una mejora de la condición humana como forma inevitable del progreso social no es novedosa; está
anclada en las ilusiones más profundas del mundo moderno. Frankenstein o el moderno Prometeo, la obra de Mary Shelley
publicada en 1818, es una reflexión literaria que revela cuán intensos son esos sueños y cuán profundos los riesgos que
conllevan. Sin embargo, el término transhumanismo, como deseo tecnológico más preciso, debió esperar hasta mediados del
siglo XX para ser enunciado. Fue acuñado por el biólogo evolucionista Julian Huxley, hermano del autor de la novela
distópica Un mundo feliz (1932). El concepto nos remite a una mejora humana que no solo sería deseable, sino que, de
manera inevitable, habrá de ocurrir dado el supuesto carácter fatal del devenir tecnológico. En relación con lo dicho, sostiene
Julian Huxley:

Como resultado de mil millones de años de evolución, el universo se ha vuelto consciente de sí mismo, capaz de comprender algo de su
historia pasada y su posible futuro. Esta autoconciencia cósmica se está realizando en un pequeño fragmento del universo, en  los seres
humanos. Quizás también se haya realizado en otros lugares, a través de la evolución de criaturas vivas conscientes en los planetas de
otras estrellas. Pero en este nuestro planeta, nunca ha sucedido antes.

La evolución en este planeta es una historia de la realización de nuevas posibilidades de las cuales la tierra (y el resto del universo) están
hechos: vida; fuerza, velocidad y conciencia; el vuelo de los pájaros y las políticas sociales de las abejas y hormigas, el surgimiento de la
mente, mucho antes de que el hombre comenzara a soñar, en la producción de color, la belleza, la comunicación, el cuidado materno y los
comienzos de la inteligencia y el discernimiento. Y finalmente, durante las últimas instantes del reloj cósmico, algo totalmente nuevo y
revolucionario, los seres humanos con sus capacidades para el pensamiento conceptual y el lenguaje, con una conciencia consciente y
con propósito para acumular y compartir la experiencia consciente. No hay que olvidar que la especie humana es radicalmente diferente de
cualquiera de los animales unicelulares microscópicos que vivieron mil millones de años atrás, como ellas lo son a un fragmento de piedra
o metal.

La nueva comprensión del universo ha surgido a través del conocimiento acumulado en los últimos cien años: por psicólogos, biólogos y
otros científicos, por arqueólogos, antropólogos e historiadores. Ha definido la responsabilidad y el destino del hombre: ser agente del
resto del mundo en el trabajo de realizar sus potencialidades inherentes de forma tan completa como sea posible. (Huxley, 1957,  p. 13.)
Es interesante considerar que, siendo Julian Huxley un biólogo evolucionista, haya defendido con tanto convencimiento una
visión teleológica, finalista, de la historia de la vida en la Tierra, cuando esta misma perspectiva es duramente cuestionada
por otros investigadores del campo de la evolución. Su fatalismo tecnológico lo llevó a adherir a la eugenesia que,
recordemos, en la primera mitad del siglo XX implicó la esterilización forzada de personas bajo el argumento del bien común.
Sin duda, el transhumanismo actual −potenciado por el desarrollo de la biología molecular, la neurobiología y la inteligencia
artificial−, responde a aquel ideal de progreso. En nombre del bien, el transhumanismo supone que no debe haber límite al
“devenir” tecnológico, porque es la forma en la que se anularán los dolores, el sufrimiento, las enfermedades y como
expresión última  también se podrá conculcar la muerte. François Jacob, biólogo molecular quien propuso junto a Jacques
Monod el primer mecanismo de regulación de la expresión génica, reflexionando sobre la historia del siglo XX, propone la
siguiente crítica que puede ser leída en relación con los fundamentos que caracterizan al transhumanismo y a la tecnocracia
que lo acompaña:

En la época de la ingeniería genética, del proyecto sobre el genoma humano, de las investigaciones sobre el embrión, de la sociobiología,
no es posible olvidar. No es posible hacer como si nada hubiera pasado en los campos de concentración de la Alemania nazi. Lo que
importa aquí, no es el papel del médico que llevaba a cabo lo que él denominaba “experimento” en aquellos campos, sino el científico que
había inspirado la teoría; la responsabilidad de los que propusieron el cuerpo de doctrinas sobre el que se fundó la versión más burda del
determinismo biológico. Con la cordura que proporciona la distancia del tiempo, es fácil decidir hoy que la mayor parte de las ideas que
inspiraron el movimiento eugenésico carecían de fundamento. Y, no obstante, muchos de sus partidarios eran hombres de ciencia
perfectamente respetables, que creían actuar en favor del interés público. Entonces, ¿dónde está el error?

El error está en que esos hombres no fueron suficientemente críticos con la noción misma de eugenesia y cuanto ella implicaba. En
particular, no valoraron correctamente sus consecuencias sociales. El peligro, para el científico, está en no medir los límites de su ciencia y,
por lo mismo, de sus conocimientos. Está en mezclar lo que uno cree con lo que uno sabe. Y, sobre todo, en la certeza de tener razón. Los
genetistas no han confrontado suficientemente sus ideas eugenésicas con las de los no científicos. No se han rozado lo suficiente con el
resto de la sociedad antes de proponer una doctrina, cuya aplicación compete sobre todo a aquella. (Jacob, 1998, p. 154).
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 PARA SABER MÁS
Sobre este tema, los invitamos a
ver la revista Scholé.
François Jacob propone mantener un estado de debate que no quede protegido por los
muros de la academia. Cuando escribió sus reflexiones, las técnicas de edición genética no
eran tan precisas, la inteligencia artificial no había logrado los extraordinarios procesos que
la caracterizan hoy, y las técnicas de reproducción asistida tenían un escaso desarrollo y
difusión. Por ello, su perspectiva parece más urgente hoy pero, ¿qué significa?, ¿cómo
tomar posición frente a expertos que dominan un saber de una forma tal que no es posible
que lo hagan quienes no se dedican a trabajar en tales cuestiones? No es acaso un debate inútil. ¿Cómo contestar, por ejemplo,
a Steven Pinker, quien en su libro En defensa de la Ilustración (2018) afirma que el actual es el mejor de los mundos posibles y
que debemos dejar actuar sin ataduras a la razón ilustrada? Su libro nos cae con todo el peso y el apoyo de Harvard, una de las
más poderosas universidades a nivel internacional.
A pesar de todas estas dificultades no podemos renunciar a promover todos estos debates y a entender que lo que llamamos
ciencia no es un universo homogéneo formado por científicos que verían todos el mundo con los mismos ojos, por mucho que
compartan un corpus de conocimientos. Tal como sugiere Pierre Thuillier (1988), ciencia es un término polisémico:

¿Qué es la ciencia? La pregunta es sencilla, pero la respuesta difícil. No porque falten definiciones, sino, al contrario, porque hay
demasiadas.(...) Las hay demasiado idealistas: reducen ingenuamente la actividad científica a la búsqueda desinteresada del
conocimiento. Y otras, por influencia del realismo, confunden ciencia y tecnología: la ciencia no es más que un considerable instrumento
utilizado en particular por el poder político para fabricar armas atómicas, biológicas y químicas. La civilización de la ciencia es la civilización
industrial: la polución, la carrera de la productividad, la búsqueda del beneficio y del poder - y, a menudo, la ignorancia de las verdaderas
necesidades sociales. No existe definición neutra y objetiva de la “ciencia”. Es una búsqueda metódica del saber. Es una manera de
interpretar el mundo(..). Es una institución, con sus escuelas y sus grupos de presión, sus prejuicios y sus recompensas oficiales. Es un
oficio. Es un poder(...). La ciencia es, ha sido o puede ser, muchas cosas todavía. Según se interrogue al cardenal Bellarmino, Pascal,
Augusto Comte, Teilhard de Chardin o J.D. Brenal. (p.275).
No parece haber una respuesta última y definitiva ni para el transhumanismo ni para cada una de las posibilidades que se
abren a partir de los desarrollos biotecnológicos y biomédicos actuales, en el campo de la edición genética, en lo referente a
la reproducción y la fecundación asistida y con relación a las posibilidades de intervenir sobre el cerebro humano. Sin
embargo, esto no significa que estemos imposibilitados de enunciar respuestas particulares, a las que estamos obligados en
función de afrontar el padecer de numerosas y difíciles dolencias, pero a condición de que no las consideremos definitivas, ni
que las imaginemos como la concreción de una utopía supuesta, por mucho que a posteriori los significados y las
consecuencias de esas respuestas no se puedan desandar.

El transhumanismo no sostiene sus sueños y logros de trascendencia solo sobre bases  biotecnológicas. Su principal
cimiento proviene de los campos de la inteligencia artificial, la programación y el análisis de datos. La revolución informática
ha trastocado de manera dramática nuestro mundo simbólico. El espacio, el tiempo, la mente, lo privado e íntimo, todo ello se
ha resquebrajado bajo los conocimientos y las tecnologías del mundo digital.

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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Un universo de datos
En un bello libro escrito, hace no tanto tiempo, el biólogo Luca Cavalli Sforza resumió algunos conocimientos sobre la historia
de la diversidad humana. Su relato comienza con una afirmación proveniente del sango, una lengua del África central: “zo we
zo” que significa “un hombre es un hombre”, “una persona es una persona, todo ser humano tiene la misma dignidad”. Su
trabajo se basó en la consideración de resultados provenientes de campos diversos, análisis genéticos, antropológicos,
lingüísticos e históricos. Hoy podríamos volver a abordar esta cuestión porque hay nuevos conocimientos que tomar en
cuenta. De suceder esto, el autor, un investigador imaginario, seguramente prescindiría de la profunda belleza que Cavalli
Sforza le otorgó a la afirmación “zo we zo”, porque hoy un hombre ya no es un hombre, es un conjunto de algoritmos
bioquímicos. Es una máquina genética y neuronal incorporada a un mundo global de flujo de datos. Esta es la perspectiva del
dataísmo, una nueva forma de religión secular. No debemos tomar esta cuestión a la ligera, porque la mayoría de los
habitantes del planeta de una forma u otra creemos en ella, y la aceptamos como una indiscutible realidad, como una
fatalidad contra la cual no hay acción posible. Consideremos el siguiente pensamiento de la obra Homo Deus del historiador
Yuval Noah Harari (2016): 

Cuando nos planteamos con quién casarnos, qué carrera seguir y la conveniencia de iniciar una guerra, el datatísmo nos dice que
sería una absoluta pérdida de tiempo escalar una montaña elevada y contemplar una puesta de sol sobre el mar. Sería igualmente
inútil ir a un museo, escribir un diario personal o tener una charla de corazón con un buen amigo. Sí, para tomar las decisiones
correctas debemos conocernos. Pero si queremos conocernos en el siglo XXI, hay métodos mucho mejores que escalar montañas,
visitar museos o escribir diarios. A continuación, algunas directrices dataístas prácticas para nosotros.

¿Quieres saber quién eres en verdad? −pregunta el dataísmo− . Entonces olvídate de las montañas y los museos. ¿Te has hecho
secuenciar el ADN? ¡¿No?! ¿A qué esperas? Hazlo hoy mismo. Y convence a tus abuelos, padres y hermanos para que también se
hagan secuenciar el ADN: sus datos serán muy valiosos para ti. ¿Y has oído hablar de esos dispositivos biométricos portátiles que
miden durante veinticuatro horas al día tu tensión arterial y tu ritmo cardíaco? Bien, pues cómprate uno, póntelo y conéctalo a tu
teléfono inteligente. Y mientras vas de compras, adquiere una cámara móvil y con un micrófono graba todo lo que haces y súbelo a la
red. Y permite que Google y Facebook lean tus correos electrónicos, supervisen todas tus charlas y mensajes y conserven un registro
de todos tus “Me gusta” y todos tus clics. Si haces todo esto, los grandes algoritmos del Internet de Todas las Cosas te dirán con
quién casarte, qué carrera seguir y la conveniencia o no de iniciar una guerra. (p. 426).

Lejos de exagerada, en muy poco tiempo esta descripción va a parecer ingenua. La revolución informática ha trastocado casi
todas las certezas. Pero esta no es la cuestión más significativa. Lo importante es que estos cambios suceden a una
velocidad harto rápida y son de una profundidad tal que nos es muy difícil dimensionar sus significados. No se trata de decidir
si el dataísmo es o no una forma teórica legítima de interpretar los fenómenos naturales y los hechos sociales o, como la
consideramos anteriormente, es una religión secular. De lo que sí se trata es de comprender que es un modo de pensamiento
que se ha tornado altamente estimable, y que se lo supone beneficioso para la vida humana. Para entender los riesgos que
porta esta utopía informática, consideremos una vez más al pensamiento de Harari (2016): 

Si el dataísmo consigue conquistar el mundo, ¿qué nos sucederá a nosotros los humanos? Al principio, probablemente acelerará la
búsqueda humanista de la salud, la felicidad y el poder. El dataísmo se extiende por prometer la satisfacción de estas aspiraciones
humanistas. Para alcanzar la inmortalidad, la dicha y los poderes divinos de la creación, necesitamos procesar cantidades inmensas
de datos, mucho más allá de la capacidad del cerebro humano. De modo que los algoritmos lo harán por nosotros. Pero una vez que
la autoridad pase de los humanos a los algoritmos, los proyectos humanistas podrían volverse irrelevantes. Cuando abandonemos la
concepción homocéntrica del mundo a favor de una visión datacéntrica, la salud y la felicidad humana podrán parecer mucho menos
importantes. ¿Por qué preocuparse tanto por obsoletas máquinas procesadoras de datos cuando ya existen modelos mucho
mejores? Nos esforzamos por modificar el Internet de Todas las Cosas con la esperanza de que nos haga saludables, felices y
poderosos. Pero cuando esté terminado y funcione, podríamos vernos reducidos de ingenieros a chips, después a datos, y finalmente
podríamos disolvernos en el torrente de datos como un terrón en un río caudaloso. (pp. 428-429). 

Sin embargo, por dado e inevitable que les parezca a quienes defienden el dataísmo, el destino imaginado es incierto y lo
que habrá de suceder aún no está decidido y, por ello, aún en un mundo regido por bits, puede darse el pensamiento. La
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relevancia de la revolución informática le plantea a la educación un particular desafío: promover un debate en torno al
pensamiento de Jean-Carles Mèlich según el cual “la tecnología no es un instrumento sino una lógica, un sistema, una forma
de vida (…)” (p.249). Como aporte a este debate consideremos los siguientes argumentos:
En su excepcional obra Modernidad y Holocausto (2006) el sociólogo Zygmunt Bauman reflexiona, tal vez con excesiva
aspereza, sobre una vertiente referida a lo tecnológico:

Hoy, nuevos temores sustituyen a los antiguos; o, mejor dicho, algunos antiguos temores reaparecen tras la sombra de otro temor
recientemente expulsado o controlado. Se puede compartir la premonición de Hans Jonas: cada vez más nuestros principales
temores se referirán a los riesgos apocalípticos que puede traer consigo la dinámica no intencionada de la civilización técnica, y no ya
tanto a los riesgos de unos campos de concentración o de una explosiones atómicas hechas a medida, toda vez que ambos
requieren que se formulen grandes propósitos y, sobre todo, que se tomen decisiones encaminadas hacia ellos. Esto ocurre porque el
mundo actual se ha librado de las misiones del hombre blanco, del proletariado o de la raza aria, y se ha librado de ella solo porque
se ha librado, en general, de todos los fines y de todos los sentidos hasta convertirse en un universo de medios al servicio de ningún
otro propósito que el de reproducirse y agrandarse a sí mismos. Como señaló Jacques Ellul, la tecnología hoy en día se desarrolla
porque se desarrolla; los medios tecnológicos se usan porque están ahí y un crimen aún imperdonable en este nuestro mundo con
abundancia de valores es aquél que consiste en no usar los medios que la tecnología ha hecho, o hará, disponibles. Si podemos
hacerlo ¿por qué no hemos de hacerlo? Hoy en día, la tecnología no sirve para solucionar problemas; sino que la disponibilidad de
determinada tecnología redefine distintas partes de la realidad humana como problemas que claman ser resueltos. (pp. 253-254).

Por su parte Lewis Mumford en su libro El pentágono del poder (2011). El mito de la máquina piensa a la tecnología desde el
riesgo de la tecnocracia y de lo impersonal:

Por debajo de la imagen de las nuevas potencialidades humanas que he esbozado a lo largo de El mito de la máquina yace una
profunda verdad que expresó hace casi un siglo William James. “Cuando desde la destacada atalaya del presente”, observó,
“volvemos la mirada a las etapas pasadas del pensamiento humano, nos fascina que un universo  que se nos muestra como una
complicación tan vasta y misteriosa pueda haberle parecido a nadie pequeño y sencillo […] No hay nada en el espíritu y en los
principios de la ciencia que tenga por qué suponer un obstáculo para la ciencia a la hora de aprehender con éxito un mundo en que
las fuerzas personales sean el punto de partida de nuevos efectos. La única forma de cosa que encaramos directamente, la única
experiencia concreta que poseemos, es nuestra vida personal. La única categoría de nuestro pensamiento, nos dicen los profesores
de filosofía, son los elementos abstractos de dicha vida. Y esta negación sistemática por parte de la ciencia de la personalidad como
una condición de los acontecimientos, esta rigurosa creencia de que en su naturaleza más esencial e íntima nuestro mundo es
impersonal, puede acabar siendo, a medida que gire el torbellino del tiempo, el efecto de nuestra orgullosa ciencia que más
sorprenderá a nuestros descendientes: la omisión que, a su juicio, más responsable habrá sido de hacer de dicha ciencia un método
limitado y sin perspectiva”.

El torbellino del tiempo ha seguido girando; y lo que James aplicaba a la ciencia sirve también para nuestra tecnología compulsiva,
desperzonalizada y sometida al poder. Disponemos hoy de la perspectiva histórica suficiente para darnos cuenta de que este
mecanismo aparentemente automatizado contiene, como aquel viejo jugador de ajedrez “automático”, un hombre oculto en sus
engranajes; y sabemos que el sistema no deriva en línea recta de la naturaleza tal como podemos contemplarla en la tierra o en el
cielo, sino que posee unos rasgos que llevan por todas partes la impronta de la mente humana, en parte racional, en parte estúpida,
en parte demoníaca. Ningún parcheo externo conseguirá mejorar esta civilización ultrapoderosa, que ahora se encuentra a todas
luces en la etapa fosilizada y final de su materialización: nada producirá un cambio efectivo salvo la renovada transformación que ya
se ha iniciado en el espíritu del hombre (...)

Desde el punto de vista que impone la sociedad tecnocrática, no queda esperanza para la humanidad más allá de “ir de la mano” de
sus planes de un progreso tecnológico acelerado, aunque haya que vampirizar los órganos vitales del hombre para prolongar la
insensata existencia de la megamáquina (pp.706-708)

Finalmente Noah Yuval Harari (2016) plantea tres preguntas fundamentales:

¿Son en verdad los organismos solo algoritmos y es en verdad la vida solo procesamiento de datos?

¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia?

¿Qué le ocurriría a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos
conozcan mejor que nosotros mismos? (p. 431).
5
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CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD
Dos relatos para finalizar
Un último giro para concluir esta clase lo haremos, en un comienzo, con una antigua narración inspirada en el relato narrado
por Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de su sentido (1991). La contaremos para que nos inspire en nuestras
reflexiones finales.
Recurso disponible aquí
Puede que nuestras vidas estén lacradas con la marca de un destino que nos engaña porque, cual demonio de Maxwell,
mueve las piezas en el juego de la vida para crear un pensamiento que imagina la posibilidad de la libertad, la misma en la
que nuestro desdichado personaje cree cuando supone cierta la elección de quedarse o irse, de entregarse o escapar de la
muerte, sin saber que su sentencia ya había sido dictada, hiciera lo que hiciese. No sabemos cuán autónomos somos, pero,
en el mundo moderno donde la ciencia y la tecnología deslumbran, no podemos renunciar a la certeza de la libre elección,
por limitada que esta sea.

El nuestro es un tiempo de seducción tecnológica, de una fatalidad supuesta que nos promete la mejor de las sociedades
posibles y el más digno porvenir, por lo cual no parece deseable la  libertad como forma de la existencia aunque esa falta de
aspiración revele la imposibilidad de erradicarla de los sueños humanos. Afiches, eslóganes, destellos en las pantallas y otras
variadas formas de publicidad colonizan el pensamiento con la promesa de la eternidad edénica en los tiempos futuros donde
podría existir un real mundo feliz regido por el ingenio técnico. Si nuestro personaje en lugar de encontrarse con la muerte en
Teherán hallase la suave y placentera calma de la vida paradisíaca, ¿lamentaríamos su falta de libertad? ¿No desearíamos
ser gobernados por tan “bello” destino? Pero el edén tecnológico, por mucho que las consignas propagandistas nos hagan
creer en él, es imposible, tal como lo destaca Charles P. Snow, “La tecnología (...) es rara: te ofrece grandes regalos con una
mano y con la otra te clava una puñalada trapera o como lo afirmase Neil Postman “la cultura paga un precio por la
tecnología que incorpora” (como se cita en Goodman, 2015, p.17).
Entonces, ¿qué hacer? Compartamos una última reflexión tomada del libro Frankenstein. La creatura (2019):
Temas Contemporáneos y Medios Digitales
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Recurso disponible aquí.
Por temido que sea el futuro y por complejo que sea el presente, en la educación se deben aprender los aspectos
instrumentales de los nuevos desarrollos tecnológicos, tanto como se debe promover la reflexión sobre el pantanoso universo
que esos mismos desarrollos parecen definir. No se puede hacer lo uno sin lo otro, y no se debe hacer convirtiendo a los
alumnos en un objeto técnico y a la clase, en un acto de eficiencia instrumental (lo cual pueden consultar en la revista Scholé
3). La escuela, con lo difícil que puede resultar, debe enseñar a sostener las preguntas que aún no tienen respuestas. Entre
ellas, la siguiente: “¿podremos renunciar a la idea de salvación tecnocientífica para transformar su desarrollo en una
condición que nos provea algo más de justicia, un poco más de gozo, y de ser posible, dolores menos intensos a pesar de los
nuevos y difíciles problemas que habremos de enfrentar?” (p.55).

Referencias
Bauman, Z. (2006)  Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur.

Frankl, V. (1991). El hombre en busca de su sentido. Barcelona: Herder.

Goodman, M. (2015). Los delitos del futuro. Barcelona: Ariel.

Gould, S. J. (2000). Ciencia versus religión. Barcelona: Crítica.

Häggström O. (2016). Aquí hay dragones. Ciencia, tecnología y futuro de la humanidad. España: Teell Editorial.

Harari, Y. N. (2016). Homo Deus. Breve historia del mañana. Buenos Aires: Debate.

Huxley, J. (1957). New bottles for new wine. Londres: Cahtto y Windus.

Jacob, F. (1998). El ratón, la mosca y el hombre. Barcelona: Crítica.

Mèlich, J. C. (2015). La experiencia de la pérdida. Ars Brevis. (21). 237-52. Acceder

Mumford, L. (2011). El pentágono del poder. El mundo de la máquina (dos). España: Pepitas de calabaza.

Pinker, S. (2018). En defensa de la Ilustración. España: Paidós.

Schatuck, R. (1989). Conocimiento prohibido. Madrid: Taurus

Teherán. (s.f.). En La Espiral de Arquímedes. Acceder

Thuillier, P. (1988). Las pasiones del conocimiento. Madrid: Alianza.

Wolovelsky, E. (2016). El siglo maravilloso. Sobre el filo de la Gran Guerra. Buenos Aires: Libros del Rojas.

Wolovelsky, E. (2019). Frankenstein. La creatura. Buenos Aires: Libros del Rojas.
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Cómo citar este material
Ferrante, P. y Equipo de producción de materiales educativos en línea (2020). Clase: Transhumanismo y posverdad. Dilemas y desafíos de la democracia en la
red. Módulo Temas contemporáneos y medios digitales. Córdoba: ISEP - Ministerio de Educación de la Provincia de Córdoba.

Este material está bajo una licencia Creative Commons (CC BY-NC-SA 4.0)
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  • 2. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 2/14 Tabla de contenidos INTRODUCCIÓN CLASE. Dragones en el mapa tecnológico Programar y diseñar lo viviente Transhumanismo Un universo de datos CIERRE. Dos relatos para finalizar
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  • 5. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 5/14 Por supuesto que existe el riesgo inverso, el de suponer que las dificultades que enfrentamos se resuelven bajo la perspectiva de que el conocimiento del mundo y el poder de la razón ilustrada nos han sumergido en un mar de problemas. Las posturas antitecnológicas y anticientíficas, por mucho que resuenen con el canto de sirena de un mundo más amable, no tienen nada que ofrecer frente a los problemas globales que la humanidad enfrenta. Sí tiene algo para ofrecer la desacralización de los saberes científicos y tecnológicos bajo el desarrollo de una perspectiva crítica. Este podría ser uno de los grandes aportes de la educación. Tal vez en la escuela podamos sostener las preguntas que aún no podemos responder, pero que son guía fundamental para nuestra acción. Inspirados por la perspectiva que propusiese Stephen Jay Gould (2000), en su cita del escritor decimonónico John Playfair,  puede que  seamos capaces de aprender a navegar entre Escila y Caribdis: “fuera imprudente ser optimista y poco filosófico desesperar” (p.7). Debemos iniciar una reflexión sobre las perspectivas, los problemas, las ilusiones, las esperanzas y las desazón que una profunda revolución tecnocientífica está produciendo al remodelar todo nuestro “pequeño” y complejo mundo, abriendo pero también cerrando fronteras. PARA REFLEXIONAR “En un sentido un tanto rudimentario… los físicos han conocido el pecado” (J. Robert Oppenheimer, 1947).  “[El Proyecto Genoma Humano] es el grial de la genética humana… la respuesta última al mandamiento “Conócete a tí mismo”” (Walter Gilbert, 1986).  Ya bastante impresionantes como afirmaciones por separado, estos dos epígrafes uno junto al otro presentan un contraste chocante. ¿Representa la investigación científica, respaldada por un inmenso soporte tecnológico y político, el pecado último de la civilización occidental? ¿O es el grial que buscamos como única forma posible ya de salvación? ¿Expresan estas dos declaraciones interpretaciones legítimas del estado presente de la ciencia y la tecnología?. (Schatuck, 1989, p.211). 2
  • 6. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 6/14 CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD Programar y diseñar lo viviente El Aprendiz de Brujo No es necesario que amasemos el barro ni que sostengamos conjuros para así poder modelar un hombre a imagen y semejanza del ingenio de nuestras manos. No es ineludible ir por oscuros caminos para ensamblar las partes corporales que les darán vida a “muchos hombres felices que agradecerán su propia existencia” (p.11) (palabras de Victor Frankenstein). Desde los albores del proceso civilizatorio hemos estado rediseñando lo viviente, mediante nuevas variedades de plantas y animales que eran inexistentes en la naturaleza. Poco importa que el proceso de selección artificial, con el que esto se ha logrado, haya sido producto de la práctica y no efecto de un conocimiento teórico. El alcance ha sido inmenso, lo podemos observar en la variedad de los animales domésticos y de los cultivos que nos acompañan. Pero este rediseño lento y trabajoso ha tomado un nuevo giro, y se ha potenciado a partir de la segunda mitad del siglo XX con la comprensión de la lógica química subyacente a la estructura y al funcionamiento del programa genético. El texto de Roger Schatuck (1989), donde se citan las palabras de Walter Gilbert, quien recibió el Premio Nobel por la secuenciación de bases de los ácidos nucleícos, es un claro ejemplo de la profundidad a la que nos sumergimos y de los sueños a los que aspiramos no solo en el conocimiento y manipulación del genoma, sino también en la cuestiones referidas a la reproducción humana. Por ello, es legítimo considerar aquí la respuesta que Schatuck propusiera a sus interrogantes para poder contrastarlas con las perspectivas que hayamos podido desarrollar. PARA REFLEXIONAR La ciencia no es pecado ni grial. No siendo hija nuestra sino invención nuestra, la ciencia en tanto que disciplina nunca crecerá para pensar por sí misma y ser responsable de sí misma. Solo las personas pueden hacer estas cosas. Todos somos custodios de la ciencia, algunos más que otros. El conocimiento que descubren nuestras múltiples ciencias no es prohibido en y por sí mismo. Pero los seres humanos que persiguen dicho conocimiento no ha podido nunca ni separar ni controlar ni impedir su aplicación en nuestras vidas. (…) Por consiguiente, mientras la ciencia explota en unas cuantas áreas convirtiéndose en una vasta empresa impelida tanto por el comercio y la guerra como por la curiosidad, tenemos que examinar a fondo este crecimiento desproporcionado. El mercado libre puede no ser la mejor guía para el desarrollo del conocimiento; la planificación estatal no siempre ha resultado mejor. Mientras meditamos estas cuestiones dolorosas, no olvidemos las historias de Ícaro y de la “Esfinge”, de Bacon y los casos radicalmente diferentes del programa Lebensborn de Himmler y el Proyecto Manhattan. En esta era de liberación y permisividad, podría muy bien resultar que un juramento juicioso para los científicos contribuyera a impedirnos a actuar como el Aprendiz de Brujo. (Schatuck, 1989, p. 273). Cómo evitar ser un Aprendiz de Brujo. Este parece ser el mayor desafío al que nuestros desarrollos biotecnológicos nos someten. La biología moderna ha adquirido una potencia instrumental que era inimaginable a comienzos del siglo XX. Pensemos que, desde mediados de la década de 1970, el despliegue de la ingeniería genética ha posibilitado la modificación de diferentes organismos, desde formas bacterianas hasta grandes mamíferos, con la finalidad de producir nuevos medicamentos y vacunas, y también de lograr formas más eficaces de producción alimentaria. Aunque todos estos procesos no están exentos de debates y cuestionamientos significativos, debemos ser conscientes de que no podremos enfrentar los problemas vinculados a la salud, la alimentación, la producción energética y la contaminación ambiental bajo una idealización del mundo natural que supone que no se deben modificar las formas vivas.  PARA SABER MÁS Para enfrentar este dilema, consideremos ciertos puntos del relato de Rudyard Kipling “El ojo de Ala” (1926) y de Frankenstein (1818) de Mary Shelley, según se presentan en el capítulo “Decisión” del libro Frankenstein. La creatura. Los invitamos a profundizar sobre esto y a juzgar la legitimidad de la sentencia del abad de Sautré y la rectitud de la resolución de Victor Frankenstein. Lean desde la página 7 hasta la 13. Temas Contemporáneos y Medios Digitales
  • 7. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 7/14 Los debates en torno a los organismos genéticamente modificados son intensos, y no están exentos de todo tipo de sesgos e incluso de confusiones. A pesar de ello, se han tomado decisiones y, en algunos casos, se ha llegado a importantes consensos. Pero es el imaginario del rediseño biológico del ser humano donde hemos de enfocar nuestra atención, porque es el deseo más extremo que se expresa desde los actuales saberes y logros científicos y tecnológicos. 3
  • 8. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 8/14 CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD Transhumanismo La perspectiva de lograr una mejora de la condición humana como forma inevitable del progreso social no es novedosa; está anclada en las ilusiones más profundas del mundo moderno. Frankenstein o el moderno Prometeo, la obra de Mary Shelley publicada en 1818, es una reflexión literaria que revela cuán intensos son esos sueños y cuán profundos los riesgos que conllevan. Sin embargo, el término transhumanismo, como deseo tecnológico más preciso, debió esperar hasta mediados del siglo XX para ser enunciado. Fue acuñado por el biólogo evolucionista Julian Huxley, hermano del autor de la novela distópica Un mundo feliz (1932). El concepto nos remite a una mejora humana que no solo sería deseable, sino que, de manera inevitable, habrá de ocurrir dado el supuesto carácter fatal del devenir tecnológico. En relación con lo dicho, sostiene Julian Huxley: Como resultado de mil millones de años de evolución, el universo se ha vuelto consciente de sí mismo, capaz de comprender algo de su historia pasada y su posible futuro. Esta autoconciencia cósmica se está realizando en un pequeño fragmento del universo, en  los seres humanos. Quizás también se haya realizado en otros lugares, a través de la evolución de criaturas vivas conscientes en los planetas de otras estrellas. Pero en este nuestro planeta, nunca ha sucedido antes. La evolución en este planeta es una historia de la realización de nuevas posibilidades de las cuales la tierra (y el resto del universo) están hechos: vida; fuerza, velocidad y conciencia; el vuelo de los pájaros y las políticas sociales de las abejas y hormigas, el surgimiento de la mente, mucho antes de que el hombre comenzara a soñar, en la producción de color, la belleza, la comunicación, el cuidado materno y los comienzos de la inteligencia y el discernimiento. Y finalmente, durante las últimas instantes del reloj cósmico, algo totalmente nuevo y revolucionario, los seres humanos con sus capacidades para el pensamiento conceptual y el lenguaje, con una conciencia consciente y con propósito para acumular y compartir la experiencia consciente. No hay que olvidar que la especie humana es radicalmente diferente de cualquiera de los animales unicelulares microscópicos que vivieron mil millones de años atrás, como ellas lo son a un fragmento de piedra o metal. La nueva comprensión del universo ha surgido a través del conocimiento acumulado en los últimos cien años: por psicólogos, biólogos y otros científicos, por arqueólogos, antropólogos e historiadores. Ha definido la responsabilidad y el destino del hombre: ser agente del resto del mundo en el trabajo de realizar sus potencialidades inherentes de forma tan completa como sea posible. (Huxley, 1957,  p. 13.) Es interesante considerar que, siendo Julian Huxley un biólogo evolucionista, haya defendido con tanto convencimiento una visión teleológica, finalista, de la historia de la vida en la Tierra, cuando esta misma perspectiva es duramente cuestionada por otros investigadores del campo de la evolución. Su fatalismo tecnológico lo llevó a adherir a la eugenesia que, recordemos, en la primera mitad del siglo XX implicó la esterilización forzada de personas bajo el argumento del bien común. Sin duda, el transhumanismo actual −potenciado por el desarrollo de la biología molecular, la neurobiología y la inteligencia artificial−, responde a aquel ideal de progreso. En nombre del bien, el transhumanismo supone que no debe haber límite al “devenir” tecnológico, porque es la forma en la que se anularán los dolores, el sufrimiento, las enfermedades y como expresión última  también se podrá conculcar la muerte. François Jacob, biólogo molecular quien propuso junto a Jacques Monod el primer mecanismo de regulación de la expresión génica, reflexionando sobre la historia del siglo XX, propone la siguiente crítica que puede ser leída en relación con los fundamentos que caracterizan al transhumanismo y a la tecnocracia que lo acompaña: En la época de la ingeniería genética, del proyecto sobre el genoma humano, de las investigaciones sobre el embrión, de la sociobiología, no es posible olvidar. No es posible hacer como si nada hubiera pasado en los campos de concentración de la Alemania nazi. Lo que importa aquí, no es el papel del médico que llevaba a cabo lo que él denominaba “experimento” en aquellos campos, sino el científico que había inspirado la teoría; la responsabilidad de los que propusieron el cuerpo de doctrinas sobre el que se fundó la versión más burda del determinismo biológico. Con la cordura que proporciona la distancia del tiempo, es fácil decidir hoy que la mayor parte de las ideas que inspiraron el movimiento eugenésico carecían de fundamento. Y, no obstante, muchos de sus partidarios eran hombres de ciencia perfectamente respetables, que creían actuar en favor del interés público. Entonces, ¿dónde está el error? El error está en que esos hombres no fueron suficientemente críticos con la noción misma de eugenesia y cuanto ella implicaba. En particular, no valoraron correctamente sus consecuencias sociales. El peligro, para el científico, está en no medir los límites de su ciencia y, por lo mismo, de sus conocimientos. Está en mezclar lo que uno cree con lo que uno sabe. Y, sobre todo, en la certeza de tener razón. Los genetistas no han confrontado suficientemente sus ideas eugenésicas con las de los no científicos. No se han rozado lo suficiente con el resto de la sociedad antes de proponer una doctrina, cuya aplicación compete sobre todo a aquella. (Jacob, 1998, p. 154). Temas Contemporáneos y Medios Digitales
  • 9. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 9/14 PARA SABER MÁS Sobre este tema, los invitamos a ver la revista Scholé. François Jacob propone mantener un estado de debate que no quede protegido por los muros de la academia. Cuando escribió sus reflexiones, las técnicas de edición genética no eran tan precisas, la inteligencia artificial no había logrado los extraordinarios procesos que la caracterizan hoy, y las técnicas de reproducción asistida tenían un escaso desarrollo y difusión. Por ello, su perspectiva parece más urgente hoy pero, ¿qué significa?, ¿cómo tomar posición frente a expertos que dominan un saber de una forma tal que no es posible que lo hagan quienes no se dedican a trabajar en tales cuestiones? No es acaso un debate inútil. ¿Cómo contestar, por ejemplo, a Steven Pinker, quien en su libro En defensa de la Ilustración (2018) afirma que el actual es el mejor de los mundos posibles y que debemos dejar actuar sin ataduras a la razón ilustrada? Su libro nos cae con todo el peso y el apoyo de Harvard, una de las más poderosas universidades a nivel internacional. A pesar de todas estas dificultades no podemos renunciar a promover todos estos debates y a entender que lo que llamamos ciencia no es un universo homogéneo formado por científicos que verían todos el mundo con los mismos ojos, por mucho que compartan un corpus de conocimientos. Tal como sugiere Pierre Thuillier (1988), ciencia es un término polisémico: ¿Qué es la ciencia? La pregunta es sencilla, pero la respuesta difícil. No porque falten definiciones, sino, al contrario, porque hay demasiadas.(...) Las hay demasiado idealistas: reducen ingenuamente la actividad científica a la búsqueda desinteresada del conocimiento. Y otras, por influencia del realismo, confunden ciencia y tecnología: la ciencia no es más que un considerable instrumento utilizado en particular por el poder político para fabricar armas atómicas, biológicas y químicas. La civilización de la ciencia es la civilización industrial: la polución, la carrera de la productividad, la búsqueda del beneficio y del poder - y, a menudo, la ignorancia de las verdaderas necesidades sociales. No existe definición neutra y objetiva de la “ciencia”. Es una búsqueda metódica del saber. Es una manera de interpretar el mundo(..). Es una institución, con sus escuelas y sus grupos de presión, sus prejuicios y sus recompensas oficiales. Es un oficio. Es un poder(...). La ciencia es, ha sido o puede ser, muchas cosas todavía. Según se interrogue al cardenal Bellarmino, Pascal, Augusto Comte, Teilhard de Chardin o J.D. Brenal. (p.275). No parece haber una respuesta última y definitiva ni para el transhumanismo ni para cada una de las posibilidades que se abren a partir de los desarrollos biotecnológicos y biomédicos actuales, en el campo de la edición genética, en lo referente a la reproducción y la fecundación asistida y con relación a las posibilidades de intervenir sobre el cerebro humano. Sin embargo, esto no significa que estemos imposibilitados de enunciar respuestas particulares, a las que estamos obligados en función de afrontar el padecer de numerosas y difíciles dolencias, pero a condición de que no las consideremos definitivas, ni que las imaginemos como la concreción de una utopía supuesta, por mucho que a posteriori los significados y las consecuencias de esas respuestas no se puedan desandar. El transhumanismo no sostiene sus sueños y logros de trascendencia solo sobre bases  biotecnológicas. Su principal cimiento proviene de los campos de la inteligencia artificial, la programación y el análisis de datos. La revolución informática ha trastocado de manera dramática nuestro mundo simbólico. El espacio, el tiempo, la mente, lo privado e íntimo, todo ello se ha resquebrajado bajo los conocimientos y las tecnologías del mundo digital. 4
  • 10. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 10/14 CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD Un universo de datos En un bello libro escrito, hace no tanto tiempo, el biólogo Luca Cavalli Sforza resumió algunos conocimientos sobre la historia de la diversidad humana. Su relato comienza con una afirmación proveniente del sango, una lengua del África central: “zo we zo” que significa “un hombre es un hombre”, “una persona es una persona, todo ser humano tiene la misma dignidad”. Su trabajo se basó en la consideración de resultados provenientes de campos diversos, análisis genéticos, antropológicos, lingüísticos e históricos. Hoy podríamos volver a abordar esta cuestión porque hay nuevos conocimientos que tomar en cuenta. De suceder esto, el autor, un investigador imaginario, seguramente prescindiría de la profunda belleza que Cavalli Sforza le otorgó a la afirmación “zo we zo”, porque hoy un hombre ya no es un hombre, es un conjunto de algoritmos bioquímicos. Es una máquina genética y neuronal incorporada a un mundo global de flujo de datos. Esta es la perspectiva del dataísmo, una nueva forma de religión secular. No debemos tomar esta cuestión a la ligera, porque la mayoría de los habitantes del planeta de una forma u otra creemos en ella, y la aceptamos como una indiscutible realidad, como una fatalidad contra la cual no hay acción posible. Consideremos el siguiente pensamiento de la obra Homo Deus del historiador Yuval Noah Harari (2016): Cuando nos planteamos con quién casarnos, qué carrera seguir y la conveniencia de iniciar una guerra, el datatísmo nos dice que sería una absoluta pérdida de tiempo escalar una montaña elevada y contemplar una puesta de sol sobre el mar. Sería igualmente inútil ir a un museo, escribir un diario personal o tener una charla de corazón con un buen amigo. Sí, para tomar las decisiones correctas debemos conocernos. Pero si queremos conocernos en el siglo XXI, hay métodos mucho mejores que escalar montañas, visitar museos o escribir diarios. A continuación, algunas directrices dataístas prácticas para nosotros. ¿Quieres saber quién eres en verdad? −pregunta el dataísmo− . Entonces olvídate de las montañas y los museos. ¿Te has hecho secuenciar el ADN? ¡¿No?! ¿A qué esperas? Hazlo hoy mismo. Y convence a tus abuelos, padres y hermanos para que también se hagan secuenciar el ADN: sus datos serán muy valiosos para ti. ¿Y has oído hablar de esos dispositivos biométricos portátiles que miden durante veinticuatro horas al día tu tensión arterial y tu ritmo cardíaco? Bien, pues cómprate uno, póntelo y conéctalo a tu teléfono inteligente. Y mientras vas de compras, adquiere una cámara móvil y con un micrófono graba todo lo que haces y súbelo a la red. Y permite que Google y Facebook lean tus correos electrónicos, supervisen todas tus charlas y mensajes y conserven un registro de todos tus “Me gusta” y todos tus clics. Si haces todo esto, los grandes algoritmos del Internet de Todas las Cosas te dirán con quién casarte, qué carrera seguir y la conveniencia o no de iniciar una guerra. (p. 426). Lejos de exagerada, en muy poco tiempo esta descripción va a parecer ingenua. La revolución informática ha trastocado casi todas las certezas. Pero esta no es la cuestión más significativa. Lo importante es que estos cambios suceden a una velocidad harto rápida y son de una profundidad tal que nos es muy difícil dimensionar sus significados. No se trata de decidir si el dataísmo es o no una forma teórica legítima de interpretar los fenómenos naturales y los hechos sociales o, como la consideramos anteriormente, es una religión secular. De lo que sí se trata es de comprender que es un modo de pensamiento que se ha tornado altamente estimable, y que se lo supone beneficioso para la vida humana. Para entender los riesgos que porta esta utopía informática, consideremos una vez más al pensamiento de Harari (2016): Si el dataísmo consigue conquistar el mundo, ¿qué nos sucederá a nosotros los humanos? Al principio, probablemente acelerará la búsqueda humanista de la salud, la felicidad y el poder. El dataísmo se extiende por prometer la satisfacción de estas aspiraciones humanistas. Para alcanzar la inmortalidad, la dicha y los poderes divinos de la creación, necesitamos procesar cantidades inmensas de datos, mucho más allá de la capacidad del cerebro humano. De modo que los algoritmos lo harán por nosotros. Pero una vez que la autoridad pase de los humanos a los algoritmos, los proyectos humanistas podrían volverse irrelevantes. Cuando abandonemos la concepción homocéntrica del mundo a favor de una visión datacéntrica, la salud y la felicidad humana podrán parecer mucho menos importantes. ¿Por qué preocuparse tanto por obsoletas máquinas procesadoras de datos cuando ya existen modelos mucho mejores? Nos esforzamos por modificar el Internet de Todas las Cosas con la esperanza de que nos haga saludables, felices y poderosos. Pero cuando esté terminado y funcione, podríamos vernos reducidos de ingenieros a chips, después a datos, y finalmente podríamos disolvernos en el torrente de datos como un terrón en un río caudaloso. (pp. 428-429). Sin embargo, por dado e inevitable que les parezca a quienes defienden el dataísmo, el destino imaginado es incierto y lo que habrá de suceder aún no está decidido y, por ello, aún en un mundo regido por bits, puede darse el pensamiento. La Temas Contemporáneos y Medios Digitales
  • 11. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 11/14 relevancia de la revolución informática le plantea a la educación un particular desafío: promover un debate en torno al pensamiento de Jean-Carles Mèlich según el cual “la tecnología no es un instrumento sino una lógica, un sistema, una forma de vida (…)” (p.249). Como aporte a este debate consideremos los siguientes argumentos: En su excepcional obra Modernidad y Holocausto (2006) el sociólogo Zygmunt Bauman reflexiona, tal vez con excesiva aspereza, sobre una vertiente referida a lo tecnológico: Hoy, nuevos temores sustituyen a los antiguos; o, mejor dicho, algunos antiguos temores reaparecen tras la sombra de otro temor recientemente expulsado o controlado. Se puede compartir la premonición de Hans Jonas: cada vez más nuestros principales temores se referirán a los riesgos apocalípticos que puede traer consigo la dinámica no intencionada de la civilización técnica, y no ya tanto a los riesgos de unos campos de concentración o de una explosiones atómicas hechas a medida, toda vez que ambos requieren que se formulen grandes propósitos y, sobre todo, que se tomen decisiones encaminadas hacia ellos. Esto ocurre porque el mundo actual se ha librado de las misiones del hombre blanco, del proletariado o de la raza aria, y se ha librado de ella solo porque se ha librado, en general, de todos los fines y de todos los sentidos hasta convertirse en un universo de medios al servicio de ningún otro propósito que el de reproducirse y agrandarse a sí mismos. Como señaló Jacques Ellul, la tecnología hoy en día se desarrolla porque se desarrolla; los medios tecnológicos se usan porque están ahí y un crimen aún imperdonable en este nuestro mundo con abundancia de valores es aquél que consiste en no usar los medios que la tecnología ha hecho, o hará, disponibles. Si podemos hacerlo ¿por qué no hemos de hacerlo? Hoy en día, la tecnología no sirve para solucionar problemas; sino que la disponibilidad de determinada tecnología redefine distintas partes de la realidad humana como problemas que claman ser resueltos. (pp. 253-254). Por su parte Lewis Mumford en su libro El pentágono del poder (2011). El mito de la máquina piensa a la tecnología desde el riesgo de la tecnocracia y de lo impersonal: Por debajo de la imagen de las nuevas potencialidades humanas que he esbozado a lo largo de El mito de la máquina yace una profunda verdad que expresó hace casi un siglo William James. “Cuando desde la destacada atalaya del presente”, observó, “volvemos la mirada a las etapas pasadas del pensamiento humano, nos fascina que un universo  que se nos muestra como una complicación tan vasta y misteriosa pueda haberle parecido a nadie pequeño y sencillo […] No hay nada en el espíritu y en los principios de la ciencia que tenga por qué suponer un obstáculo para la ciencia a la hora de aprehender con éxito un mundo en que las fuerzas personales sean el punto de partida de nuevos efectos. La única forma de cosa que encaramos directamente, la única experiencia concreta que poseemos, es nuestra vida personal. La única categoría de nuestro pensamiento, nos dicen los profesores de filosofía, son los elementos abstractos de dicha vida. Y esta negación sistemática por parte de la ciencia de la personalidad como una condición de los acontecimientos, esta rigurosa creencia de que en su naturaleza más esencial e íntima nuestro mundo es impersonal, puede acabar siendo, a medida que gire el torbellino del tiempo, el efecto de nuestra orgullosa ciencia que más sorprenderá a nuestros descendientes: la omisión que, a su juicio, más responsable habrá sido de hacer de dicha ciencia un método limitado y sin perspectiva”. El torbellino del tiempo ha seguido girando; y lo que James aplicaba a la ciencia sirve también para nuestra tecnología compulsiva, desperzonalizada y sometida al poder. Disponemos hoy de la perspectiva histórica suficiente para darnos cuenta de que este mecanismo aparentemente automatizado contiene, como aquel viejo jugador de ajedrez “automático”, un hombre oculto en sus engranajes; y sabemos que el sistema no deriva en línea recta de la naturaleza tal como podemos contemplarla en la tierra o en el cielo, sino que posee unos rasgos que llevan por todas partes la impronta de la mente humana, en parte racional, en parte estúpida, en parte demoníaca. Ningún parcheo externo conseguirá mejorar esta civilización ultrapoderosa, que ahora se encuentra a todas luces en la etapa fosilizada y final de su materialización: nada producirá un cambio efectivo salvo la renovada transformación que ya se ha iniciado en el espíritu del hombre (...) Desde el punto de vista que impone la sociedad tecnocrática, no queda esperanza para la humanidad más allá de “ir de la mano” de sus planes de un progreso tecnológico acelerado, aunque haya que vampirizar los órganos vitales del hombre para prolongar la insensata existencia de la megamáquina (pp.706-708) Finalmente Noah Yuval Harari (2016) plantea tres preguntas fundamentales: ¿Son en verdad los organismos solo algoritmos y es en verdad la vida solo procesamiento de datos? ¿Qué es más valioso: la inteligencia o la conciencia? ¿Qué le ocurriría a la sociedad, a la política y a la vida cotidiana cuando algoritmos no conscientes pero muy inteligentes nos conozcan mejor que nosotros mismos? (p. 431). 5
  • 12. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 12/14 CLASE: TRANSHUMANISMO Y POSVERDAD Dos relatos para finalizar Un último giro para concluir esta clase lo haremos, en un comienzo, con una antigua narración inspirada en el relato narrado por Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de su sentido (1991). La contaremos para que nos inspire en nuestras reflexiones finales. Recurso disponible aquí Puede que nuestras vidas estén lacradas con la marca de un destino que nos engaña porque, cual demonio de Maxwell, mueve las piezas en el juego de la vida para crear un pensamiento que imagina la posibilidad de la libertad, la misma en la que nuestro desdichado personaje cree cuando supone cierta la elección de quedarse o irse, de entregarse o escapar de la muerte, sin saber que su sentencia ya había sido dictada, hiciera lo que hiciese. No sabemos cuán autónomos somos, pero, en el mundo moderno donde la ciencia y la tecnología deslumbran, no podemos renunciar a la certeza de la libre elección, por limitada que esta sea. El nuestro es un tiempo de seducción tecnológica, de una fatalidad supuesta que nos promete la mejor de las sociedades posibles y el más digno porvenir, por lo cual no parece deseable la  libertad como forma de la existencia aunque esa falta de aspiración revele la imposibilidad de erradicarla de los sueños humanos. Afiches, eslóganes, destellos en las pantallas y otras variadas formas de publicidad colonizan el pensamiento con la promesa de la eternidad edénica en los tiempos futuros donde podría existir un real mundo feliz regido por el ingenio técnico. Si nuestro personaje en lugar de encontrarse con la muerte en Teherán hallase la suave y placentera calma de la vida paradisíaca, ¿lamentaríamos su falta de libertad? ¿No desearíamos ser gobernados por tan “bello” destino? Pero el edén tecnológico, por mucho que las consignas propagandistas nos hagan creer en él, es imposible, tal como lo destaca Charles P. Snow, “La tecnología (...) es rara: te ofrece grandes regalos con una mano y con la otra te clava una puñalada trapera o como lo afirmase Neil Postman “la cultura paga un precio por la tecnología que incorpora” (como se cita en Goodman, 2015, p.17). Entonces, ¿qué hacer? Compartamos una última reflexión tomada del libro Frankenstein. La creatura (2019): Temas Contemporáneos y Medios Digitales
  • 13. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 13/14 Recurso disponible aquí. Por temido que sea el futuro y por complejo que sea el presente, en la educación se deben aprender los aspectos instrumentales de los nuevos desarrollos tecnológicos, tanto como se debe promover la reflexión sobre el pantanoso universo que esos mismos desarrollos parecen definir. No se puede hacer lo uno sin lo otro, y no se debe hacer convirtiendo a los alumnos en un objeto técnico y a la clase, en un acto de eficiencia instrumental (lo cual pueden consultar en la revista Scholé 3). La escuela, con lo difícil que puede resultar, debe enseñar a sostener las preguntas que aún no tienen respuestas. Entre ellas, la siguiente: “¿podremos renunciar a la idea de salvación tecnocientífica para transformar su desarrollo en una condición que nos provea algo más de justicia, un poco más de gozo, y de ser posible, dolores menos intensos a pesar de los nuevos y difíciles problemas que habremos de enfrentar?” (p.55). Referencias Bauman, Z. (2006)  Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur. Frankl, V. (1991). El hombre en busca de su sentido. Barcelona: Herder. Goodman, M. (2015). Los delitos del futuro. Barcelona: Ariel. Gould, S. J. (2000). Ciencia versus religión. Barcelona: Crítica. Häggström O. (2016). Aquí hay dragones. Ciencia, tecnología y futuro de la humanidad. España: Teell Editorial. Harari, Y. N. (2016). Homo Deus. Breve historia del mañana. Buenos Aires: Debate. Huxley, J. (1957). New bottles for new wine. Londres: Cahtto y Windus. Jacob, F. (1998). El ratón, la mosca y el hombre. Barcelona: Crítica. Mèlich, J. C. (2015). La experiencia de la pérdida. Ars Brevis. (21). 237-52. Acceder Mumford, L. (2011). El pentágono del poder. El mundo de la máquina (dos). España: Pepitas de calabaza. Pinker, S. (2018). En defensa de la Ilustración. España: Paidós. Schatuck, R. (1989). Conocimiento prohibido. Madrid: Taurus Teherán. (s.f.). En La Espiral de Arquímedes. Acceder Thuillier, P. (1988). Las pasiones del conocimiento. Madrid: Alianza. Wolovelsky, E. (2016). El siglo maravilloso. Sobre el filo de la Gran Guerra. Buenos Aires: Libros del Rojas. Wolovelsky, E. (2019). Frankenstein. La creatura. Buenos Aires: Libros del Rojas.
  • 14. 7/9/2021 Transhumanismo y posverdad https://isep-cba.edu.ar/campus/mod/book/tool/print/index.php?id=67962 14/14 Cómo citar este material Ferrante, P. y Equipo de producción de materiales educativos en línea (2020). Clase: Transhumanismo y posverdad. Dilemas y desafíos de la democracia en la red. Módulo Temas contemporáneos y medios digitales. Córdoba: ISEP - Ministerio de Educación de la Provincia de Córdoba. Este material está bajo una licencia Creative Commons (CC BY-NC-SA 4.0) 6