En los años 80 en México surgieron espacios alternativos para el arte como La Panadería, La Quiñonera y El Cubo, debido al centralismo de las galerías y museos. Estos espacios ofrecían una opción para difundir propuestas artísticas experimentales de vanguardia que no eran aceptadas en otros lugares, como performance, instalación y video. Aunque tuvieron poca difusión y financiamiento, jugaron un papel importante al abrir el diálogo sobre el arte y apoyar a nuevos artistas.