El gnomo
[Cuento - Texto completo.]
Gustavo Adolfo Bécquer
I
Las muchachas del lugar volvían de la fuente con sus
cántaros en la cabeza, volvían cantando y riendo con
un ruido y una algazara que sólo pudieran compararse
a la alegre algarabía de una banda de golondrinas
cuando revolotean espesas como el granizo
alrededor de la veleta de un campanario.
En el pórtico de la iglesia, y sentado al pie de un
enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio era el
más viejecito del lugar: tenía cerca de noventa
navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos
alegres y las manos temblonas. De niño fue pastor,
de joven soldado; después cultivó una pequeña
heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por
último, le faltaron las fuerzas y se sentó tranquilo a
esperar la muerte, que ni temía ni deseaba. Nadie
contaba un chascarrillo con más gracia que él, ni
sabía historias más estupendas, ni traía a cuento tan
oportunamente un refrán, una sentencia o un adagio.
Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con
ánimo de irle a hablar, y cuando estuvieron en el
pórtico, todas comenzaron a suplicarle que les
contase una historia con que entretener el tiempo
que aún faltaba para hacerse de noche, que no era
mucho, pues el sol poniente hería de soslayo la
tierra, y las sombras de los montes se dilataban por
momentos a lo largo de la llanura.
El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de las
muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa
de que les refería alguna cosa, dejaron los cántaros
en el suelo, y sentándose a su alrededor formaron un
corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que
comenzó a hablarles de esta manera:
-No os contaré una historia, porque aunque recuerdo
algunas en este momento, atañen a cosas tan graves,
que ni vosotras, que sois unas locuelas, me
prestaríais atención para escucharlas, ni a mí, por lo
avanzado de la tarde, me quedaría espacio para
referirlas. Os daré en su lugar un consejo.
-¡Un consejo! -exclamaron las muchachas con aire
visible de mal humor-. ¡Bah!, no es para oír consejos
para lo que nos hemos detenido; cuando nos hagan
falta ya nos los dará el señor cura.
-Es -prosiguió el anciano con su habitual sonrisa y su
voz cascada y temblona- que el señor cura acaso no
sabría dárosle en esta ocasión tan oportuna como os
lo puede dar el tío Gregorio; porque él, ocupado en
sus rezos y letanías, no habrá echado, como yo, de
ver que cada día vais por agua a la fuente más
temprano y volvéis más tarde.
Las muchachas se miraron entre sí con una
imperceptible sonrisa de burla: no faltando algunas
de las que estaban colocadas a sus espaldas que se
tocasen la frente con el dedo, acompañando su
acción con un gesto significativo.
-¿Y qué mal encontráis en que nos detengamos en la
fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?…
-dijo una de ellas-. ¿Andan acaso chismes en el lugar
porque los mozos salen al camino a echarnos flores o
vienen a brindarse para traer nuestros cántaros
hasta la entrada del pueblo?
-De todo hay -contestó el viejo a la moza que le
había dirigido la palabra en nombre de sus
compañeras-. Las viejas del lugar murmuran de que
hoy vayan las muchachas a loquear y entretenerse a
un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando a
tomar el agua, pues sólo de allí puede traerse; y yo
encuentro mal que perdáis poco a poco el temor que
a todos inspira el sitio donde se halla la fuente,
porque podría acontecer que alguna vez os
sorprendiese en él la noche.
El tío Gregorio pronunció estas últimas palabras con
un tono tan lleno de misterio, que las muchachas
abrieron los ojos espantadas para mirarle, y con
mezcla de curiosidad y burla tornaron a insistir:
-¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en ese sitio, que
tales aspavientos hacéis y con tan temerosas y
oscuras palabras nos habláis de lo que allí podría
acontecernos? ¿Se nos comerán acaso los lobos?
-Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos,
arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su
falda, y más de una vez los hemos oído aullar en
horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la
fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no
son los lobos los huéspedes más terribles del
Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres
solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos
espíritus diabólicos que durante la noche bajan por
sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío,
y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca,
juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas
ramas de los árboles. Ellos son los que aúllan en las
grietas de las peñas; ellos los que forman y empujan
esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando
desde los altos picos y arrollan y aplastan cuanto
encuentran a su paso; ellos los que llaman con el
granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia y
corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de
los pantanos. Entre estos espíritus que, arrojados de
las llanuras por las bendiciones y los exorcismos de
la Iglesia, han ido a refugiarse a las crestas
inaccesibles de las montañas, los hay de diferente
naturaleza y que al parecer a nuestros ojos se
revisten de formas variadas. Los más peligrosos, sin
embargo, los que se insinúan con dulces palabras en
el corazón de las jóvenes y las deslumbran con
promesas magníficas, son los gnomos. Los gnomos
viven en las entrañas de los montes; conocen sus
caminos subterráneos, y, eternos guardadores de los
tesoros que encierran, velan día y noche junto a los
veneros de los metales y las piedras preciosas.
¿Veis? -prosiguió el viejo señalando con el palo que le
servía de apoyo la cumbre del Moncayo, que se
levantaba a su derecha, destacándose oscuro y
gigantesco sobre el cielo violado y brumoso del
crepúsculo-, ¿veis esa inmensa mole coronada aún de
nieve?, pues en su seno tienen sus moradas esos
diabólicos espíritus. El palacio que habitan es
horroroso y magnífico a la vez.
Hace muchos años que un pastor, siguiendo a una res
extraviada, penetró por la boca de una de esas
cuevas, cuyas entradas cubren espesos matorrales y
cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volvió al lugar,
estaba pálido como la muerte; había sorprendido el
secreto de los gnomos; había respirado su
envenenada atmósfera, y pagó su atrevimiento con la
vida; pero antes de morir refirió cosas estupendas.
Andando por aquella caverna adelante, había
encontrado al fin unas galerías subterráneas e
inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso y
fantástico, producido, por la fosforescencia de las
rocas, semejantes allí a grandes pedazos de cristal
cuajado de en mil formas caprichosas y extrañas. El
suelo, la bóveda y las paredes de aquellos extensos
salones, obra de la Naturaleza, parecían jaspeados
como los mármoles más ricos; pero las vetas que los
cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas
brillantes se veían como incrustadas multitud de
piedras preciosas de todos los colores y tamaños.
Allí había jacintos y esmeraldas en montón, y
diamantes, y rubíes, y zafiros, y qué sé yo, otras
muchas piedras desconocidas que él no supo
nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus
ojos se deslumbraron al contemplarlas. Ningún ruido
exterior llegaba al fondo de la fantástica caverna;
sólo se percibían a intervalos unos gemidos largos y
lastimosos del aire que discurría por aquel laberinto
encantado, un rumor confuso de fuego subterráneo
que hervía comprimido, y murmullos de aguas
corrientes que pasaban sin saberse por dónde.
El pastor, sólo y perdido en aquella inmensidad,
anduvo no sé cuantas horas sin hallar la salida, hasta
que por último tropezó con el nacimiento del
manantial cuyo murmullo había oído. Éste brotaba
del suelo como una fuente maravillosa, con un salto
de agua coronado de espuma, que caía firmando una
vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al
alejarse resbalando por entre las quebraduras de las
peñas. A su alrededor crecían unas plantas nunca
vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas
y largas como cintas flotantes las otras. Medio
escondidos entre aquella húmeda frondosidad
discurrían unos seres extraños, en parte hombres,
en parte reptiles, o ambas cosas a la vez, pues
transformándose continuamente, ora parecían
criaturas humanas, deformes y pequeñuelas, ora
salamandras luminosas o llamas fugaces que
danzaban en círculos sobre la cúspide del surtidor.
Allí, agitándose en todas direcciones, corriendo por
el suelo en forma de enanos repugnantes y
contrahechos, encaramándose en las paredes,
babeando y retorciéndose en figura de reptiles, o
bailando con apariencia de fuegos fatuos sobre el
haz del agua, andaban los gnomos, señores de
aquellos lugares, cantando y removiendo sus
fabulosas riquezas. Ellos saben dónde guardan los
avaros esos tesoros que en vano buscan después los
herederos; ellos conocen el lugar donde los moros,
antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que
se pierden, las monedas que se extravían, todo lo que
tiene algún valor y desaparece, ellos son los que lo
buscan, lo encuentran y lo roban, para esconderlo en
sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo
por debajo de la tierra y por caminos secretos e
ignorados. Allí tenían, pues, hacinados en montón
toda clase de objetos raros y preciosos. Había joyas
de un valor inestimable, collares y gargantillas de
perlas y piedras finas; ánforas de oro, de forma
antiquísima, llenas de rubíes; copas cinceladas,
armas ricas, monedas con bustos y leyendas
imposibles de conocer o descifrar; tesoros, en fin,
tan fabulosos e inmensos, que la imaginación apenas
puede concebirlos. Y todo brillaba a la vez lanzando
unas chispas de colores y unos reflejos tan vivos,
que parecía como que todo estaba ardiendo y se
movía y temblaba. Al menos, el pastor refirió que así
le había parecido.
Al llegar aquí el anciano se detuvo un momento: las
muchachas, que comenzaron por oír la relación del
tío Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban
entonces un profundo silencio, esperando a que
continuase, con los ojos espantados, los labios
ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el
interés pintados en el rostro. Una de ellas rompió al
fin el silencio y exclamó sin poderse contener,
entusiasmada al oír la descripción de las fabulosas
riquezas que se habían ofrecido a la vista del pastor:
-Y qué, ¿no se trajo nada de aquello?
-Nada -contestó el tío Gregorio.
-¡Qué tonto! -exclamaron en coro las muchachas.
-El cielo le ayudó en el trance -prosiguió el anciano-,
pues en aquel momento en que la avaricia, que a todo
se sobrepone, comenzaba a disipar su miedo, y
alucinado a la vista de aquellas joyas, de las cuales
una sola bastaría a hacerle poderoso, el pastor iba a
apoderarse de algunas, dice que oyó, ¡maravillaos del
suceso!, oyó claro y distinto en aquellas
profundidades, y a pesar de las carcajadas y las
voces de los gnomos, del hervidero del fuego
subterráneo, del rumor de las aguas corrientes y de
los lamentos del aire, oyó, digo, como si estuviese al
pie de la colina en que se encuentra, el clamor de la
campana que hay en la ermita de Nuestra Señora del
Moncayo.
Al oír la campana que tocaba el Ave-María, el pastor
cayó al suelo invocando a la Madre de Nuestro Señor
Jesucristo, y sin saber cómo ni por dónde se
encontró fuera de aquellos lugares, y en el camino
que conduce al pueblo, echado en una senda y presa
de un gran estupor, como si hubiera salido de un
sueño.
Desde entonces se explicó todo el mundo por qué la
fuente del lugar trae a veces entre sus aguas como
un polvo finísimo de oro; y cuando llega la noche, en
el rumor que produce, se oyen palabras confusas,
palabras engañosas con que los gnomos que la
inficionan desde su nacimiento procuran seducir a
los incautos que les prestan oídos, prometiéndoles
riquezas y tesoros que han de ser su condenación.
Cuando el tío Gregorio llegaba a este punto de su
historia, ya la noche había entrado y la campana de
la iglesia comenzó a tocar las oraciones. Las
muchachas se persignaron devotamente,
murmurando un Ave-María en voz baja, y después de
despedirse del tío Gregorio, que les tornó a
aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente,
cada cual tomó su cántaro, y todas juntas salieron
silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya
lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y
cuando estuvieron en la plaza del lugar donde habían
de separarse, exclamó la más resuelta y decidora de
ellas:
-¿Vosotras creéis algo de las tonterías que nos ha
contado el tío Gregorio?
-¡Yo no! -dijo una.
-¡Yo tampoco! -exclamó otra.
-¡Ni yo! ¡Ni yo! -repitieron las demás, burlándose con
risas de su credulidad de un momento.
El grupo de las mozuelas se disolvió alejándose cada
cual hacia uno de los extremos de la plaza. Luego que
doblaron las esquinas de las diferentes calles que
venían a desembocar a aquel sitio, dos muchachas,
las únicas que no habían desplegado aún los labios
para protestar con sus burlas de la veracidad del tío
Gregorio, y que, preocupadas con la maravillosa
relación, parecían absortas en sus ideas, se
marcharon juntas y con esa lentitud propia de las
personas distraídas, por una calleja sombría,
estrecha y tortuosa.
De aquellas dos muchachas, la mayor, que parecía
tener unos veinte años, se llamaba Marta; y la más
pequeña, que aún no había cumplido los dieciséis,
Magdalena.
El tiempo que duró el camino, ambas guardaron un
profundo silencio; pero cuando llegaron a los
umbrales de su casa y dejaran los cántaros en el
asiento de piedra del portal, Marta dijo a
Magdalena:
-¿Y tú crees en las maravillas del Moncayo y en los
espíritus de la fuente?…
-Yo -contestó Magdalena con sencillez-, yo creo en
todo. ¿Dudas tú acaso?
-¡Oh, no! se apresuró a interrumpir Marta; -yo
también creo en todo, en todo lo que deseo creer.
II
Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde
los primeros años de la niñez, vivían miserablemente
a la sombra de una parienta de su madre que las
había recogido por caridad, y que a cada paso les
hacía sentir con sus dicterios y sus humillantes
palabras el peso de su beneficio. Todo parecía
contribuir a que se estrechasen los lazos del cariño
entre aquellas dos almas hermanas, no sólo por el
vínculo de la sangre, sino por los de la miseria y el
sufrimiento; y, sin embargo, entre Marta y
Magdalena existían una sorda emulación, una secreta
antipatía que sólo pudiera explicar el estudio de sus
caracteres, tan en absoluta contraposición como sus
tipos.
Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y
de una rudeza salvaje en la expresión de sus
afectos: no sabía ni reír ni llorar, y por eso no había
llorado ni reído nunca. Magdalena, por el contrario,
era humilde, amante, bondadosa, y en más de una
ocasión se la vio llorar y reír a la vez como los niños.
Marta tenía los ojos más negros que la noche, y de
entre sus oscuras pestañas diríase que a intervalos
saltaban chispas de fuego como de un carbón
ardiente.
La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un
fluido de luz dentro del cerco de oro de sus
pestañas rubias. Y todo era en ellas armónico con la
diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de
carnes, quebrada de color, de estatura esbelta,
movimientos rígidos y cabellos crespos y oscuros,
que sombreaban su frente y caían por sus hombros
como un manto de terciopelo: formaba un singular
contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequeña,
infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas
trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes
al nimbo dorado de la cabeza de un ángel.
A pesar de la inexplicable repulsión que sentían la
una por la otra, las dos hermanas habían vivido hasta
entonces en una especie de indiferencia, que hubiera
podido confundirse con la paz y el afecto: no habían
tenido caricias que disputarse, ni preferencias que
envidiar; iguales en la desgracia y el dolor. Marta se
había encerrado para sufrir en un egoísta y altivo
silencio: y Magdalena, encontrando seco el corazón
de su hermana, lloraba a solas cuando las lágrimas se
agolpaban involuntariamente a sus ojos.
Ningún sentimiento era común entre ellas; nunca se
confiaron sus alegrías y sus pesares, y sin embargo,
el único secreto que procuraban esconder en lo más
profundo del corazón, se lo habían adivinado
mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer
enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenían
efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre.
La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo de un
carácter indomable y voluntarioso; en la otra, el
cariño se parecía a esa vaga y espontánea ternura de
la adolescencia, que necesitando un objeto en qué
emplearse, ama el primero que se ofrece a su vista.
Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el
hombre que lo había inspirado tal vez hubiera hecho
mofa de un cariño que se podía interpretar como
ambición absurda en unas muchachas plebeyas y
miserables. Ambas, a pesar de la distancia que las
separaba del objeto de su pasión, alimentaban una
esperanza remota de poseerle.
Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los
contornos, había un antiguo castillo abandonado por
sus dueños. Las viejas, en las noches de velada,
referían una historia llena de maravillas acerca de
sus fundadores. Contaban que hallándose el rey de
Aragón en guerra con sus enemigos, agotados ya sus
recursos, abandonado de sus parciales y próximo a
perder el trono, se le presentó un día una pastorcita
de aquella comarca, y después de revelarle la
existencia de unos subterráneos por donde podía
atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen sus
enemigos, le dio un tesoro en perlas finas, riquísimas
piedras preciosas y barras de oro y plata, con las
cuales el rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso
ejército, y marchando por debajo de la tierra
durante toda una noche, cayó al otro día sobre sus
contrarios y los desbarató, asegurando la corona en
su cabeza.
Después que hubo alcanzado tan señalada victoria,
cuentan que dijo el rey a la pastorcita:
-Pídeme lo que quieras, que, aun cuando fuese la
mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al
instante.
-Yo no quiero más que volverme a cuidar de mi
rebaño -respondió la pastorcita.
-No cuidarás sino de mis fronteras -replicó el rey, y
le dio el señorío de toda la raya, y le mandó edificar
una fortaleza en el pueblo más fronterizo a Castilla,
adonde se trasladó la pastora, casada ya con uno de
los favoritos del rey, noble, galán, valiente y señor
asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos.
La estupenda relación del tío Gregorio acerca de los
gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la
fuente del lugar, exaltó nuevamente las locas
fantasías de las dos enamoradas hermanas,
completando, por decirlo así, la ignorada historia del
tesoro hallado por la pastorcita de la conseja:
tesoro cuyo recuerdo había turbado más de una vez
sus noches de insomnio y de amargura,
presentándose a su imaginación como un débil rayo
de esperanza.
La noche siguiente a la tarde del encuentro con el tío
Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron
conversación en sus casas de la estupenda historia
que les había referido. Marta y Magdalena
guardaron un profundo silencio; y ni en aquella
noche, ni en todo el día que amaneció después,
volvieron a cambiar una sola palabra relativa al
asunto, tema de todas las conversaciones y objeto
de los comentarios de sus vecinas.
Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó
su cántaro y le dijo a su hermana:
-¿Vamos a la fuente?
Marta no contestó, y Magdalena volvió a decirle:
-¿Vamos a la fuente? Mira que si no nos apresuramos
se pondrá el sol antes de la vuelta.
Marta exclamó al fin con un acento breve y áspero:
-Yo no quiero ir hoy.
-Ni yo tampoco -añadió Magdalena después de un
instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos
clavados en los de su hermana, como si quisiera
adivinar en ellos la causa da su resolución.
III
Las muchachas del lugar hacía cerca de una hora que
estaban de vuelta en sus casas. La última luz del
crepúsculo se había apagado en el horizonte, y la
noche comenzaba a cerrar de cada vez más oscura,
cuando Marta y Magdalena, esquivándose
mutuamente y cada cual por diverso camino, salieron
del pueblo con dirección a la fuente misteriosa. La
fuente brotaba escondida entre unos riscos
cubiertos de musgo en el fondo de una larga
alameda. Después que se fueron apagando poco a
poco los rumores del día y ya no se escuchaba el
lejano eco de la voz de los labradores que vuelven
caballeros en sus yuntas cantando al compás del
timón del arado que arrastran por la tierra; después
que se dejó de percibir el monótono ruido de las
esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y
el ladrido de los perros que reúnen las reses, y sonó
en la torre del lugar la postrera campanada del
toque de oraciones, reinó ese doble y augusto
silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de
murmullos extraños y leves que lo hacen aún más
perceptibles.
Marta y Magdalena se deslizaron por entre el
laberinto de los árboles, y, protegidas por la
oscuridad, llegaron sin verse al fin de la alameda.
Marta no conocía el temor, y sus pasos eran firmes y
seguros. Magdalena temblaba con sólo el ruido que
producían sus pies al hollar las hojas secas que
tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas
estuvieron junto a la fuente, el viento de la noche
comenzó a agitar las copas de los álamos, y al
murmullo de sus soplos desiguales parecía responder
el agua del manantial con un rumor compasado y
uniforme.
Marta y Magdalena prestaron atención a aquellos
ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro
constante, y sobre sus cabezas como un lamento que
nacía y se apagaba para tornar y crecer y dilatarse
por la espesura. A medida que transcurrían las
horas, aquel sonar eterno del aire y del agua empezó
a producir una extraña exaltación, una especie de
vértigo, que, turbando la vista y zumbando en el
oído, parecía trastornarlas por completo. Entonces,
a la manera que se oye hablar entre sueños con un
eco lejano y confuso, les pareció percibir entre
aquellos rumores sin nombre sonidos inarticulados
como los de un niño que quiere y no puede llamar a su
madre; luego palabras que se repetían una vez y
otra, siempre lo mismo; después frases inconexas y
dislocadas sin orden ni sentido, y por último… por
último comenzaron a hablar el viento vagando entre
los árboles y el agua saltando de risco en risco.
Y hablaban así:
EL AGUA.- ¡Mujer!…, ¡mujer!…, óyeme…, óyeme y
acércate para oírme, que yo besaré tus pies
mientras tiemblo al copiar tu imagen en el fondo
sombrío de mis ondas ¡Mujer!…, óyeme, que mis
murmullos son palabras.
EL VIENTO.- ¡Niña!… niña gentil, levanta tu cabeza,
déjame en paz besar tu frente, en tanto que agito
tus cabellos. Niña gentil, escúchame, que yo sé
hablar también y murmuraré al oído frases
cariñosas.
MARTA.- ¡Oh! ¡Habla, habla que yo te comprenderé
porque mi inteligencia flota en un vértigo, como
flotan tus palabras indecisas! Habla misteriosa
corriente.
MAGDALENA.- Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire
de perfumes, refrescan mi frente que arde! Dime
algo que me infunda valor porque mi espíritu vacila.
EL AGUA.- Yo he cruzado el tenebroso seno de la
tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa
fecundidad, y conozco los fenómenos de sus
entrañas, donde germinan las futuras creaciones. Mi
rumor adormece y despierta: despierta tú, que lo
comprendes.
EL VIENTO.- Yo soy el aire que mueven los ángeles
con sus alas inmensas al cruzar el espacio. Yo
amontono en el Occidente las nubes que ofrecen al
sol un lecho de púrpura, y traigo al amanecer, con las
neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia de
perlas sobre las flores, mis suspiros son un bálsamo:
ábreme tu corazón y le inundaré de felicidad.
MARTA.- Cuando yo oí por primera vez el murmullo
de una corriente subterránea, no en balde me
inclinaba a la tierra prestándole oído. Con ella iba un
misterio que yo debía comprender al cabo.
MAGDALENA.- Suspiros del viento, yo os conozco:
vosotros me acariciabais dormida cuando, fatigada
por el llanto, me rendía al sueño en mi niñez, y
vuestro rumor se me figuraban las palabras de una
madre que arrulla a su hija.
El agua enmudeció por algunos instantes, y no sonaba
sino como agua que se rompe entre peñas. El viento
calló también, y su ruido no fue otra cosa que ruido
de hojas movidas. Así pasó algún tiempo, y después
volvieron a hablar, y hablaron así:
EL AGUA.- Después de filtrarme gota a gota a
través del filón de oro de una mina inagotable;
después de correr por un lecho de plata y saltar
como sobre guijarros entre un sinnúmero de zafiros
y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes
y rubíes, me he unido en misterioso consorcio a un
genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de
las piedras preciosas y los metales, de cuyos átomos
vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas.
Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un
talismán y la virtud de las siete piedras y los siete
colores.
EL VIENTO.- Yo vengo de vagar por la llanura, y,
como la abeja que vuelve a la colmena con su botín de
perfumadas mieles, traigo suspiros de mujer,
plegarias de niños, palabras de casto amor y aromas
de nardos y azucenas silvestres. Yo no he recogido a
mi paso más que perfumes y ecos de armonías; mis
tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del
alma y la vaga felicidad de sueños venturosos.
Mientras su hermana, atraída como por un encanto,
se inclinaba al borde de la fuente para oír mejor,
Magdalena se iba instintivamente separando de los
riscos entre los cuales brotaba el manantial.
Ambas tenían sus ojos fijos, la una en el fondo de las
aguas, la otra en el fondo del cielo.
Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luceros
en la altura:
-Esos son los nimbos de luz de los ángeles invisibles
que nos custodian.
En tanto decía Marta, viendo temblar en la linfa de
la fuente el reflejo de las estrellas:
-Esas son las partículas de oro que arrastra el agua
en su misterioso curso.
El manantial y el viento, que por segunda vez habían
enmudecido un instante, tornaron a hablar; y
dijeron:
EL AGUA.- Remonta mi corriente, desnúdate del
temor como de una vestidura grosera, y osa
traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he
adivinado que tu espíritu es de la esencia de los
espíritus superiores. La envidia te habrá arrojado
tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la
miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombría
un sello de altivez que te hace digna de nosotros,
espíritus fuertes y libres… Ven, yo te voy a enseñar
palabras mágicas de tal virtud, que al pronunciarlas
se abrirán las rosas y te brindarán con los diamantes
que están en su seno, como las perlas en las conchas
que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te
daré tesoros para que vivas feliz; y más tarde,
cuando se quiebre la cárcel que te aprisiona, tu
espíritu se asimilará a los nuestros, que son espíritus
humanos, y todos confundidos seremos la fuerza
motora, el rayo vital de la creación, que circula como
un fluido por sus arterias subterráneas.
EL VIENTO.- El agua lame la tierra y vive en el
cieno: yo discurro por las regiones etéreas y vuelo
en el espacio sin límites. Sigue los movimientos de tu
corazón, deja que tu alma suba como la llama y las
azules espirales del humo. ¡Desdichado el que,
teniendo alas, desciende a las profundidades para
buscar el oro, pudiendo remontarse a la altura para
encontrar amor y sentimiento! Vive oscura como la
violeta, que yo te traeré en un beso fecundo el
germen vivificante de otra flor hermana tuya, y
rasgaré las nieblas para que no falte un rayo de sol
que ilumine tu alegría. Vive oscura, vive ignorada, que
cuando tu espíritu se desate, yo lo subiré a las
regiones de la luz en una nube roja.
Callaron el viento y el agua, y apareció el gnomo.
El gnomo era como un hombrecillo transparente: una
especie de enano de luz, semejante a un fuego fatuo,
que se reía a carcajadas, sin ruido, y saltaba de peña
en peña, y mareaba con su vertiginosa movilidad.
Unas veces se sumergía en el agua y continuaba
brillando en el fondo como una joya de mil colores;
otras salía a la superficie y agitaba los pies y las
manos, y sacudía la cabeza a un lado y a otro con una
rapidez que tocaba en prodigio.
Marta vio al gnomo y le estuvo siguiendo con la vista
extraviada en todas sus extravagantes evoluciones;
y cuando el diabólico espíritu se lanzó al fin por
entre las escabrosidades del Moncayo, como una
llama que corre, agitando su cabellera de chispas,
sintió una especie de atracción irresistible y siguió
tras él con una carrera frenética.
-¡Magdalena! -decía en tanto el aire que se alejaba
lentamente; y Magdalena, paso a paso y como una
sonámbula, guiada en el sueño por una voz amiga,
siguió tras la ráfaga, que iba suspirando por la
llanura.
Después todo quedó otra vez en silencio en la oscura
alameda, y el viento y el agua siguieron resonando
con los murmullos y los rumores de siempre.
IV
Magdalena tornó al lugar pálida y llena de asombro.
A Marta la esperaron en vano toda la noche.
Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas
encontraron un cántaro roto al borde de la fuente
de la alameda. Era el cántaro de Marta, de la cual
nunca volvió a saberse. Desde entonces las
muchachas del lugar van por agua tan temprano, que
madrugan con el Sol. Algunas me han asegurado que
de noche se ha oído en más de una ocasión el llanto
de Marta, cuyo espíritu vive aprisionado en la
fuente. Yo no sé qué crédito dar a esta última parte
de la historia, porque la verdad es que desde
entonces ninguno se ha atrevido a penetrar para
oírlo en la alameda después del toque del Ave-María.

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El cuento del gnomo por Gustavo Adolfo Becquer

  • 1. El gnomo [Cuento - Texto completo.] Gustavo Adolfo Bécquer I Las muchachas del lugar volvían de la fuente con sus cántaros en la cabeza, volvían cantando y riendo con un ruido y una algazara que sólo pudieran compararse a la alegre algarabía de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario. En el pórtico de la iglesia, y sentado al pie de un enebro, estaba el tío Gregorio. El tío Gregorio era el más viejecito del lugar: tenía cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos alegres y las manos temblonas. De niño fue pastor, de joven soldado; después cultivó una pequeña heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por último, le faltaron las fuerzas y se sentó tranquilo a esperar la muerte, que ni temía ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con más gracia que él, ni
  • 2. sabía historias más estupendas, ni traía a cuento tan oportunamente un refrán, una sentencia o un adagio. Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con ánimo de irle a hablar, y cuando estuvieron en el pórtico, todas comenzaron a suplicarle que les contase una historia con que entretener el tiempo que aún faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol poniente hería de soslayo la tierra, y las sombras de los montes se dilataban por momentos a lo largo de la llanura. El tío Gregorio escuchó sonriendo la petición de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les refería alguna cosa, dejaron los cántaros en el suelo, y sentándose a su alrededor formaron un corro, en cuyo centro quedó el viejecito, que comenzó a hablarles de esta manera: -No os contaré una historia, porque aunque recuerdo algunas en este momento, atañen a cosas tan graves, que ni vosotras, que sois unas locuelas, me prestaríais atención para escucharlas, ni a mí, por lo
  • 3. avanzado de la tarde, me quedaría espacio para referirlas. Os daré en su lugar un consejo. -¡Un consejo! -exclamaron las muchachas con aire visible de mal humor-. ¡Bah!, no es para oír consejos para lo que nos hemos detenido; cuando nos hagan falta ya nos los dará el señor cura. -Es -prosiguió el anciano con su habitual sonrisa y su voz cascada y temblona- que el señor cura acaso no sabría dárosle en esta ocasión tan oportuna como os lo puede dar el tío Gregorio; porque él, ocupado en sus rezos y letanías, no habrá echado, como yo, de ver que cada día vais por agua a la fuente más temprano y volvéis más tarde. Las muchachas se miraron entre sí con una imperceptible sonrisa de burla: no faltando algunas de las que estaban colocadas a sus espaldas que se tocasen la frente con el dedo, acompañando su acción con un gesto significativo.
  • 4. -¿Y qué mal encontráis en que nos detengamos en la fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?… -dijo una de ellas-. ¿Andan acaso chismes en el lugar porque los mozos salen al camino a echarnos flores o vienen a brindarse para traer nuestros cántaros hasta la entrada del pueblo? -De todo hay -contestó el viejo a la moza que le había dirigido la palabra en nombre de sus compañeras-. Las viejas del lugar murmuran de que hoy vayan las muchachas a loquear y entretenerse a un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando a tomar el agua, pues sólo de allí puede traerse; y yo encuentro mal que perdáis poco a poco el temor que a todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque podría acontecer que alguna vez os sorprendiese en él la noche. El tío Gregorio pronunció estas últimas palabras con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron los ojos espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron a insistir:
  • 5. -¡La noche! ¿Pues qué pasa de noche en ese sitio, que tales aspavientos hacéis y con tan temerosas y oscuras palabras nos habláis de lo que allí podría acontecernos? ¿Se nos comerán acaso los lobos? -Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío, y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles. Ellos son los que aúllan en las grietas de las peñas; ellos los que forman y empujan esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los altos picos y arrollan y aplastan cuanto encuentran a su paso; ellos los que llaman con el
  • 6. granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia y corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de los pantanos. Entre estos espíritus que, arrojados de las llanuras por las bendiciones y los exorcismos de la Iglesia, han ido a refugiarse a las crestas inaccesibles de las montañas, los hay de diferente naturaleza y que al parecer a nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que se insinúan con dulces palabras en el corazón de las jóvenes y las deslumbran con promesas magníficas, son los gnomos. Los gnomos viven en las entrañas de los montes; conocen sus caminos subterráneos, y, eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan día y noche junto a los veneros de los metales y las piedras preciosas. ¿Veis? -prosiguió el viejo señalando con el palo que le servía de apoyo la cumbre del Moncayo, que se levantaba a su derecha, destacándose oscuro y gigantesco sobre el cielo violado y brumoso del crepúsculo-, ¿veis esa inmensa mole coronada aún de nieve?, pues en su seno tienen sus moradas esos diabólicos espíritus. El palacio que habitan es horroroso y magnífico a la vez.
  • 7. Hace muchos años que un pastor, siguiendo a una res extraviada, penetró por la boca de una de esas cuevas, cuyas entradas cubren espesos matorrales y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volvió al lugar, estaba pálido como la muerte; había sorprendido el secreto de los gnomos; había respirado su envenenada atmósfera, y pagó su atrevimiento con la vida; pero antes de morir refirió cosas estupendas. Andando por aquella caverna adelante, había encontrado al fin unas galerías subterráneas e inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso y fantástico, producido, por la fosforescencia de las rocas, semejantes allí a grandes pedazos de cristal cuajado de en mil formas caprichosas y extrañas. El suelo, la bóveda y las paredes de aquellos extensos salones, obra de la Naturaleza, parecían jaspeados como los mármoles más ricos; pero las vetas que los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas brillantes se veían como incrustadas multitud de piedras preciosas de todos los colores y tamaños. Allí había jacintos y esmeraldas en montón, y diamantes, y rubíes, y zafiros, y qué sé yo, otras
  • 8. muchas piedras desconocidas que él no supo nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos se deslumbraron al contemplarlas. Ningún ruido exterior llegaba al fondo de la fantástica caverna; sólo se percibían a intervalos unos gemidos largos y lastimosos del aire que discurría por aquel laberinto encantado, un rumor confuso de fuego subterráneo que hervía comprimido, y murmullos de aguas corrientes que pasaban sin saberse por dónde. El pastor, sólo y perdido en aquella inmensidad, anduvo no sé cuantas horas sin hallar la salida, hasta que por último tropezó con el nacimiento del manantial cuyo murmullo había oído. Éste brotaba del suelo como una fuente maravillosa, con un salto de agua coronado de espuma, que caía firmando una vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al alejarse resbalando por entre las quebraduras de las peñas. A su alrededor crecían unas plantas nunca vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas y largas como cintas flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella húmeda frondosidad discurrían unos seres extraños, en parte hombres,
  • 9. en parte reptiles, o ambas cosas a la vez, pues transformándose continuamente, ora parecían criaturas humanas, deformes y pequeñuelas, ora salamandras luminosas o llamas fugaces que danzaban en círculos sobre la cúspide del surtidor. Allí, agitándose en todas direcciones, corriendo por el suelo en forma de enanos repugnantes y contrahechos, encaramándose en las paredes, babeando y retorciéndose en figura de reptiles, o bailando con apariencia de fuegos fatuos sobre el haz del agua, andaban los gnomos, señores de aquellos lugares, cantando y removiendo sus fabulosas riquezas. Ellos saben dónde guardan los avaros esos tesoros que en vano buscan después los herederos; ellos conocen el lugar donde los moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que se pierden, las monedas que se extravían, todo lo que tiene algún valor y desaparece, ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo roban, para esconderlo en sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo por debajo de la tierra y por caminos secretos e ignorados. Allí tenían, pues, hacinados en montón toda clase de objetos raros y preciosos. Había joyas de un valor inestimable, collares y gargantillas de
  • 10. perlas y piedras finas; ánforas de oro, de forma antiquísima, llenas de rubíes; copas cinceladas, armas ricas, monedas con bustos y leyendas imposibles de conocer o descifrar; tesoros, en fin, tan fabulosos e inmensos, que la imaginación apenas puede concebirlos. Y todo brillaba a la vez lanzando unas chispas de colores y unos reflejos tan vivos, que parecía como que todo estaba ardiendo y se movía y temblaba. Al menos, el pastor refirió que así le había parecido. Al llegar aquí el anciano se detuvo un momento: las muchachas, que comenzaron por oír la relación del tío Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban entonces un profundo silencio, esperando a que continuase, con los ojos espantados, los labios ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el interés pintados en el rostro. Una de ellas rompió al fin el silencio y exclamó sin poderse contener, entusiasmada al oír la descripción de las fabulosas riquezas que se habían ofrecido a la vista del pastor:
  • 11. -Y qué, ¿no se trajo nada de aquello? -Nada -contestó el tío Gregorio. -¡Qué tonto! -exclamaron en coro las muchachas. -El cielo le ayudó en el trance -prosiguió el anciano-, pues en aquel momento en que la avaricia, que a todo se sobrepone, comenzaba a disipar su miedo, y alucinado a la vista de aquellas joyas, de las cuales una sola bastaría a hacerle poderoso, el pastor iba a apoderarse de algunas, dice que oyó, ¡maravillaos del suceso!, oyó claro y distinto en aquellas profundidades, y a pesar de las carcajadas y las voces de los gnomos, del hervidero del fuego subterráneo, del rumor de las aguas corrientes y de los lamentos del aire, oyó, digo, como si estuviese al pie de la colina en que se encuentra, el clamor de la campana que hay en la ermita de Nuestra Señora del Moncayo.
  • 12. Al oír la campana que tocaba el Ave-María, el pastor cayó al suelo invocando a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, y sin saber cómo ni por dónde se encontró fuera de aquellos lugares, y en el camino que conduce al pueblo, echado en una senda y presa de un gran estupor, como si hubiera salido de un sueño. Desde entonces se explicó todo el mundo por qué la fuente del lugar trae a veces entre sus aguas como un polvo finísimo de oro; y cuando llega la noche, en el rumor que produce, se oyen palabras confusas, palabras engañosas con que los gnomos que la inficionan desde su nacimiento procuran seducir a los incautos que les prestan oídos, prometiéndoles riquezas y tesoros que han de ser su condenación. Cuando el tío Gregorio llegaba a este punto de su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia comenzó a tocar las oraciones. Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando un Ave-María en voz baja, y después de
  • 13. despedirse del tío Gregorio, que les tornó a aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente, cada cual tomó su cántaro, y todas juntas salieron silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando estuvieron en la plaza del lugar donde habían de separarse, exclamó la más resuelta y decidora de ellas: -¿Vosotras creéis algo de las tonterías que nos ha contado el tío Gregorio? -¡Yo no! -dijo una. -¡Yo tampoco! -exclamó otra. -¡Ni yo! ¡Ni yo! -repitieron las demás, burlándose con risas de su credulidad de un momento. El grupo de las mozuelas se disolvió alejándose cada cual hacia uno de los extremos de la plaza. Luego que
  • 14. doblaron las esquinas de las diferentes calles que venían a desembocar a aquel sitio, dos muchachas, las únicas que no habían desplegado aún los labios para protestar con sus burlas de la veracidad del tío Gregorio, y que, preocupadas con la maravillosa relación, parecían absortas en sus ideas, se marcharon juntas y con esa lentitud propia de las personas distraídas, por una calleja sombría, estrecha y tortuosa. De aquellas dos muchachas, la mayor, que parecía tener unos veinte años, se llamaba Marta; y la más pequeña, que aún no había cumplido los dieciséis, Magdalena. El tiempo que duró el camino, ambas guardaron un profundo silencio; pero cuando llegaron a los umbrales de su casa y dejaran los cántaros en el asiento de piedra del portal, Marta dijo a Magdalena:
  • 15. -¿Y tú crees en las maravillas del Moncayo y en los espíritus de la fuente?… -Yo -contestó Magdalena con sencillez-, yo creo en todo. ¿Dudas tú acaso? -¡Oh, no! se apresuró a interrumpir Marta; -yo también creo en todo, en todo lo que deseo creer. II Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde los primeros años de la niñez, vivían miserablemente a la sombra de una parienta de su madre que las había recogido por caridad, y que a cada paso les hacía sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su beneficio. Todo parecía contribuir a que se estrechasen los lazos del cariño entre aquellas dos almas hermanas, no sólo por el vínculo de la sangre, sino por los de la miseria y el sufrimiento; y, sin embargo, entre Marta y
  • 16. Magdalena existían una sorda emulación, una secreta antipatía que sólo pudiera explicar el estudio de sus caracteres, tan en absoluta contraposición como sus tipos. Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y de una rudeza salvaje en la expresión de sus afectos: no sabía ni reír ni llorar, y por eso no había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en más de una ocasión se la vio llorar y reír a la vez como los niños. Marta tenía los ojos más negros que la noche, y de entre sus oscuras pestañas diríase que a intervalos saltaban chispas de fuego como de un carbón ardiente. La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un fluido de luz dentro del cerco de oro de sus pestañas rubias. Y todo era en ellas armónico con la diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de carnes, quebrada de color, de estatura esbelta,
  • 17. movimientos rígidos y cabellos crespos y oscuros, que sombreaban su frente y caían por sus hombros como un manto de terciopelo: formaba un singular contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequeña, infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ángel. A pesar de la inexplicable repulsión que sentían la una por la otra, las dos hermanas habían vivido hasta entonces en una especie de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el afecto: no habían tenido caricias que disputarse, ni preferencias que envidiar; iguales en la desgracia y el dolor. Marta se había encerrado para sufrir en un egoísta y altivo silencio: y Magdalena, encontrando seco el corazón de su hermana, lloraba a solas cuando las lágrimas se agolpaban involuntariamente a sus ojos. Ningún sentimiento era común entre ellas; nunca se confiaron sus alegrías y sus pesares, y sin embargo, el único secreto que procuraban esconder en lo más
  • 18. profundo del corazón, se lo habían adivinado mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenían efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre. La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo de un carácter indomable y voluntarioso; en la otra, el cariño se parecía a esa vaga y espontánea ternura de la adolescencia, que necesitando un objeto en qué emplearse, ama el primero que se ofrece a su vista. Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el hombre que lo había inspirado tal vez hubiera hecho mofa de un cariño que se podía interpretar como ambición absurda en unas muchachas plebeyas y miserables. Ambas, a pesar de la distancia que las separaba del objeto de su pasión, alimentaban una esperanza remota de poseerle. Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los contornos, había un antiguo castillo abandonado por sus dueños. Las viejas, en las noches de velada, referían una historia llena de maravillas acerca de
  • 19. sus fundadores. Contaban que hallándose el rey de Aragón en guerra con sus enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales y próximo a perder el trono, se le presentó un día una pastorcita de aquella comarca, y después de revelarle la existencia de unos subterráneos por donde podía atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen sus enemigos, le dio un tesoro en perlas finas, riquísimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales el rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso ejército, y marchando por debajo de la tierra durante toda una noche, cayó al otro día sobre sus contrarios y los desbarató, asegurando la corona en su cabeza. Después que hubo alcanzado tan señalada victoria, cuentan que dijo el rey a la pastorcita: -Pídeme lo que quieras, que, aun cuando fuese la mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.
  • 20. -Yo no quiero más que volverme a cuidar de mi rebaño -respondió la pastorcita. -No cuidarás sino de mis fronteras -replicó el rey, y le dio el señorío de toda la raya, y le mandó edificar una fortaleza en el pueblo más fronterizo a Castilla, adonde se trasladó la pastora, casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galán, valiente y señor asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos. La estupenda relación del tío Gregorio acerca de los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exaltó nuevamente las locas fantasías de las dos enamoradas hermanas, completando, por decirlo así, la ignorada historia del tesoro hallado por la pastorcita de la conseja: tesoro cuyo recuerdo había turbado más de una vez sus noches de insomnio y de amargura, presentándose a su imaginación como un débil rayo de esperanza.
  • 21. La noche siguiente a la tarde del encuentro con el tío Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron conversación en sus casas de la estupenda historia que les había referido. Marta y Magdalena guardaron un profundo silencio; y ni en aquella noche, ni en todo el día que amaneció después, volvieron a cambiar una sola palabra relativa al asunto, tema de todas las conversaciones y objeto de los comentarios de sus vecinas. Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó su cántaro y le dijo a su hermana: -¿Vamos a la fuente? Marta no contestó, y Magdalena volvió a decirle: -¿Vamos a la fuente? Mira que si no nos apresuramos se pondrá el sol antes de la vuelta. Marta exclamó al fin con un acento breve y áspero:
  • 22. -Yo no quiero ir hoy. -Ni yo tampoco -añadió Magdalena después de un instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos clavados en los de su hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa da su resolución. III Las muchachas del lugar hacía cerca de una hora que estaban de vuelta en sus casas. La última luz del crepúsculo se había apagado en el horizonte, y la noche comenzaba a cerrar de cada vez más oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivándose mutuamente y cada cual por diverso camino, salieron del pueblo con dirección a la fuente misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos de musgo en el fondo de una larga alameda. Después que se fueron apagando poco a poco los rumores del día y ya no se escuchaba el lejano eco de la voz de los labradores que vuelven
  • 23. caballeros en sus yuntas cantando al compás del timón del arado que arrastran por la tierra; después que se dejó de percibir el monótono ruido de las esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido de los perros que reúnen las reses, y sonó en la torre del lugar la postrera campanada del toque de oraciones, reinó ese doble y augusto silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos extraños y leves que lo hacen aún más perceptibles. Marta y Magdalena se deslizaron por entre el laberinto de los árboles, y, protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al fin de la alameda. Marta no conocía el temor, y sus pasos eran firmes y seguros. Magdalena temblaba con sólo el ruido que producían sus pies al hollar las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron junto a la fuente, el viento de la noche comenzó a agitar las copas de los álamos, y al murmullo de sus soplos desiguales parecía responder el agua del manantial con un rumor compasado y uniforme.
  • 24. Marta y Magdalena prestaron atención a aquellos ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas como un lamento que nacía y se apagaba para tornar y crecer y dilatarse por la espesura. A medida que transcurrían las horas, aquel sonar eterno del aire y del agua empezó a producir una extraña exaltación, una especie de vértigo, que, turbando la vista y zumbando en el oído, parecía trastornarlas por completo. Entonces, a la manera que se oye hablar entre sueños con un eco lejano y confuso, les pareció percibir entre aquellos rumores sin nombre sonidos inarticulados como los de un niño que quiere y no puede llamar a su madre; luego palabras que se repetían una vez y otra, siempre lo mismo; después frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por último… por último comenzaron a hablar el viento vagando entre los árboles y el agua saltando de risco en risco. Y hablaban así:
  • 25. EL AGUA.- ¡Mujer!…, ¡mujer!…, óyeme…, óyeme y acércate para oírme, que yo besaré tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el fondo sombrío de mis ondas ¡Mujer!…, óyeme, que mis murmullos son palabras. EL VIENTO.- ¡Niña!… niña gentil, levanta tu cabeza, déjame en paz besar tu frente, en tanto que agito tus cabellos. Niña gentil, escúchame, que yo sé hablar también y murmuraré al oído frases cariñosas. MARTA.- ¡Oh! ¡Habla, habla que yo te comprenderé porque mi inteligencia flota en un vértigo, como flotan tus palabras indecisas! Habla misteriosa corriente. MAGDALENA.- Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire de perfumes, refrescan mi frente que arde! Dime algo que me infunda valor porque mi espíritu vacila.
  • 26. EL AGUA.- Yo he cruzado el tenebroso seno de la tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa fecundidad, y conozco los fenómenos de sus entrañas, donde germinan las futuras creaciones. Mi rumor adormece y despierta: despierta tú, que lo comprendes. EL VIENTO.- Yo soy el aire que mueven los ángeles con sus alas inmensas al cruzar el espacio. Yo amontono en el Occidente las nubes que ofrecen al sol un lecho de púrpura, y traigo al amanecer, con las neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia de perlas sobre las flores, mis suspiros son un bálsamo: ábreme tu corazón y le inundaré de felicidad. MARTA.- Cuando yo oí por primera vez el murmullo de una corriente subterránea, no en balde me inclinaba a la tierra prestándole oído. Con ella iba un misterio que yo debía comprender al cabo. MAGDALENA.- Suspiros del viento, yo os conozco: vosotros me acariciabais dormida cuando, fatigada
  • 27. por el llanto, me rendía al sueño en mi niñez, y vuestro rumor se me figuraban las palabras de una madre que arrulla a su hija. El agua enmudeció por algunos instantes, y no sonaba sino como agua que se rompe entre peñas. El viento calló también, y su ruido no fue otra cosa que ruido de hojas movidas. Así pasó algún tiempo, y después volvieron a hablar, y hablaron así: EL AGUA.- Después de filtrarme gota a gota a través del filón de oro de una mina inagotable; después de correr por un lecho de plata y saltar como sobre guijarros entre un sinnúmero de zafiros y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes y rubíes, me he unido en misterioso consorcio a un genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de las piedras preciosas y los metales, de cuyos átomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas. Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismán y la virtud de las siete piedras y los siete colores.
  • 28. EL VIENTO.- Yo vengo de vagar por la llanura, y, como la abeja que vuelve a la colmena con su botín de perfumadas mieles, traigo suspiros de mujer, plegarias de niños, palabras de casto amor y aromas de nardos y azucenas silvestres. Yo no he recogido a mi paso más que perfumes y ecos de armonías; mis tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del alma y la vaga felicidad de sueños venturosos. Mientras su hermana, atraída como por un encanto, se inclinaba al borde de la fuente para oír mejor, Magdalena se iba instintivamente separando de los riscos entre los cuales brotaba el manantial. Ambas tenían sus ojos fijos, la una en el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo. Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luceros en la altura:
  • 29. -Esos son los nimbos de luz de los ángeles invisibles que nos custodian. En tanto decía Marta, viendo temblar en la linfa de la fuente el reflejo de las estrellas: -Esas son las partículas de oro que arrastra el agua en su misterioso curso. El manantial y el viento, que por segunda vez habían enmudecido un instante, tornaron a hablar; y dijeron: EL AGUA.- Remonta mi corriente, desnúdate del temor como de una vestidura grosera, y osa traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espíritu es de la esencia de los espíritus superiores. La envidia te habrá arrojado tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombría un sello de altivez que te hace digna de nosotros,
  • 30. espíritus fuertes y libres… Ven, yo te voy a enseñar palabras mágicas de tal virtud, que al pronunciarlas se abrirán las rosas y te brindarán con los diamantes que están en su seno, como las perlas en las conchas que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te daré tesoros para que vivas feliz; y más tarde, cuando se quiebre la cárcel que te aprisiona, tu espíritu se asimilará a los nuestros, que son espíritus humanos, y todos confundidos seremos la fuerza motora, el rayo vital de la creación, que circula como un fluido por sus arterias subterráneas. EL VIENTO.- El agua lame la tierra y vive en el cieno: yo discurro por las regiones etéreas y vuelo en el espacio sin límites. Sigue los movimientos de tu corazón, deja que tu alma suba como la llama y las azules espirales del humo. ¡Desdichado el que, teniendo alas, desciende a las profundidades para buscar el oro, pudiendo remontarse a la altura para encontrar amor y sentimiento! Vive oscura como la violeta, que yo te traeré en un beso fecundo el germen vivificante de otra flor hermana tuya, y rasgaré las nieblas para que no falte un rayo de sol
  • 31. que ilumine tu alegría. Vive oscura, vive ignorada, que cuando tu espíritu se desate, yo lo subiré a las regiones de la luz en una nube roja. Callaron el viento y el agua, y apareció el gnomo. El gnomo era como un hombrecillo transparente: una especie de enano de luz, semejante a un fuego fatuo, que se reía a carcajadas, sin ruido, y saltaba de peña en peña, y mareaba con su vertiginosa movilidad. Unas veces se sumergía en el agua y continuaba brillando en el fondo como una joya de mil colores; otras salía a la superficie y agitaba los pies y las manos, y sacudía la cabeza a un lado y a otro con una rapidez que tocaba en prodigio. Marta vio al gnomo y le estuvo siguiendo con la vista extraviada en todas sus extravagantes evoluciones; y cuando el diabólico espíritu se lanzó al fin por entre las escabrosidades del Moncayo, como una llama que corre, agitando su cabellera de chispas,
  • 32. sintió una especie de atracción irresistible y siguió tras él con una carrera frenética. -¡Magdalena! -decía en tanto el aire que se alejaba lentamente; y Magdalena, paso a paso y como una sonámbula, guiada en el sueño por una voz amiga, siguió tras la ráfaga, que iba suspirando por la llanura. Después todo quedó otra vez en silencio en la oscura alameda, y el viento y el agua siguieron resonando con los murmullos y los rumores de siempre. IV Magdalena tornó al lugar pálida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche. Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas encontraron un cántaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cántaro de Marta, de la cual
  • 33. nunca volvió a saberse. Desde entonces las muchachas del lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el Sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oído en más de una ocasión el llanto de Marta, cuyo espíritu vive aprisionado en la fuente. Yo no sé qué crédito dar a esta última parte de la historia, porque la verdad es que desde entonces ninguno se ha atrevido a penetrar para oírlo en la alameda después del toque del Ave-María.