El documento aborda la importancia del altar en la antigüedad como un lugar de sacrificios y ofrendas a Dios, explicando tres tipos de altares: de piedra, de bronce y de oro. Cada altar tiene un propósito específico, desde el arrepentimiento y la separación de lo carnal, hasta la oración y la comunión con Dios. Se concluye que, tras la venida de Cristo, los creyentes son considerados templos del Espíritu Santo.