COLEGIO BLAISE PASCAL
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ASIGNACIÓN:
“GUERRA CONTRA CHILE”
TRABAJO RECEPCIONAL EN LA MODALIDAD
MONOGRAFÍA
P R E S E N T A
SAHIR FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ
PROFESOR
JULIO HIDALGO BALBUENA
LIMA - PERÚ 28/10/24
DEDICATORIA
A todas las personas que, de una u otra manera, contribuyeron
a la realización de este trabajo.
A mis padres, quienes con su amor incondicional y apoyo
constante me han enseñado el valor del esfuerzo y la
dedicación. Gracias por creer en mí y por ser mi mayor fuente
de inspiración.
A mi tutor, por su orientación, paciencia y valiosos consejos
durante todo el proceso de investigación. Su conocimiento y
dedicación han sido fundamentales para el desarrollo de este
trabajo.
A mis amigos y compañeros, por su comprensión y aliento en
los momentos de mayor desafío. Su compañía ha hecho este
viaje académico mucho más enriquecedor y llevadero.
Y, en especial a Dios, por su compañía en toda la trayectoria
de la realización de este trabajo.
Este trabajo es el reflejo de todo el esfuerzo y apoyo que he
recibido, y está dedicado a todos ustedes con mi más sincero
agradecimiento.
INTRODUCCIÓN
La Guerra del Pacífico comenzó en un contexto de tensiones económicas y políticas.
En el siglo XIX, el desierto de Atacama, rico en
salitre, se convirtió en un área de interés
estratégico. Bolivia, que había firmado un tratado en
1866 garantizando acceso al océano Pacífico, había
impuesto impuestos a las empresas chilenas en la
región, lo que provocó una reacción en Santiago.
El conflicto se inició en 1879, cuando Chile ocupó el puerto boliviano de Antofagasta.
Perú, que temía la expansión chilena, se unió a Bolivia en la guerra. Las principales
batallas, como las de Tarapacá y Arica, mostraron la
superioridad militar chilena, lo que culminó en la captura de
Lima en 1881.
El Tratado de Ancón en 1883 puso fin al conflicto, concediendo
a Chile el territorio de Tarapacá y partes de los departamentos
de Litoral y Tacna. Aunque Chile ganó el control del desierto de
Atacama, las tensiones entre los países no se disolvieron completamente, y la
cuestión de Tacna y Arica siguió siendo motivo de disputa hasta que se resolvió en
1929.
La guerra tuvo un impacto profundo en la identidad nacional de
los países involucrados y dejó un legado de resentimientos que
todavía resuena en las relaciones entre Chile, Perú y Bolivia.
Además, transformó la economía chilena, convirtiendo al salitre en
un motor clave de su desarrollo económico en el siglo XX
EXAMEN MENSUAL-CIENCIAS SOCIALES PARA SECUNDARIA
Desencadenamiento del Conflicto
Bolivia declaró la guerra a Chile en marzo de 1879, y Perú, que temía la expansión
chilena, decidió unirse al conflicto. Esto transformó
una disputa bilateral en una guerra regional. Las
primeras campañas bélicas se desarrollaron en el
desierto de Atacama, donde Chile lanzó una serie
de ofensivas que llevaron a importantes victorias.
Desarrollo de la Guerra
La guerra incluyó varias batallas clave, como la Batalla de Iquique, donde la armada
chilena enfrentó a la peruana, y la Batalla de Tarapacá, que consolidó el dominio
chileno en la región. A medida que las fuerzas chilenas avanzaban, capturaron Lima
en 1881, lo que marcó un punto decisivo en el conflicto.
Consecuencias y Legado
El conflicto culminó con el Tratado de Ancón en 1883, que formalizó la derrota de
Perú y permitió a Chile adquirir territorios
clave, como la región de Tarapacá. Bolivia
perdió su acceso al océano Pacífico, un hecho
que ha generado tensiones históricas que
persisten hasta hoy.
La Guerra del Pacífico no solo alteró las
fronteras de Sudamérica, sino que también dejó un legado de rivalidad.
ANTECEDENTES
Hacia mediados del siglo XIX, la desolada región desértica de
Atacama adquirió gran valor económico por el descubrimiento de
valiosos minerales y de yacimientos de guano. El hecho de que esta
región hubiese sido mal definida durante el período colonial, y que
las tres repúblicas surgidas en la costa oeste de Sudamérica
trataran de hacer valer sus derechos sobre las riquezas recién
halladas, complicó la situación. Este polvorín internacional en
potencia fue activado aún más por antiguas rivalidades y
antagonismos políticos derivados de un delicado equilibrio regional,
así como por las interferencias e intrigas de empresarios y poderes
extranjeros. El guano concentrado en las islas desérticas de la
costa peruana comenzó a ser introducido en Europa por casas
exportadoras inglesas que pagaban cuantiosos derechos al estado
peruano, lo que permitió a éste consolidar su deuda interna y
liquidar la externa. En 1866 Chile y Bolivia firmaron un tratado
referente a sus respectivos límites territoriales en el desierto de
Atacama y a la explotación de los depósitos de guano, estableciendo
que la frontera de los dos países sería en adelante el paralelo 24 de
latitud meridional, desde el litoral del Pacífico hasta los límites
orientales de Chile. La explotación de los salitres bolivianos y de los
depósitos de guano situados entre los paralelos 23 y 25 sería
compartida entre ambos países, lo mismo que la percepción de
impuestos. Entre 1866 y 1868 dos ciudadanos chilenos descubrieron
nuevos y vastos depósitos de nitrato y bórax en el litoral, y
obtuvieron del gobierno de Bolivia la concesión de diversos terrenos
salitreros. Cabe destacar que el salitre fue la principal fuente de
riqueza de Chile hasta el descubrimiento del salitre sintético por
los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial En 1870 otro
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chileno descubrió al sur del paralelo 23 las ricas minas de plata de
Caracoles. Mientras tanto en Perú, desde 1860, la clase alta limeña
venía participando en la explotación del guano, cuya exportación
estaba a cargo de consignatarios nacionales, mientras que su venta
en Europa corría por cuenta de un conjunto de casas comerciales
ultramarinas. Pocos años más tarde, el salitre ofreció a los peruanos
una nueva riqueza exportable, pero a comienzos de 1870 la
economía nacional se encontró en una situación crítica, ya que los
depósitos de guano, fertilizante natural del cual procedían las
principales ganancias fiscales, se estaban agotando mientras que la
explotación del salitre se hallaba en manos de particulares. Para
mejorar sus finanzas el gobierno proyectó intentar eliminar a Chile
como competidor en la extracción de salitre, para lo que necesitaba
poseer el monopolio de la explotación, traspasando la propiedad de
las salitreras al Estado. Por otra parte, temía la concreción de una
alianza entre Chile y Bolivia, la que recibiría a cambio de sus
territorios salitreros los del sur peruano, y junto con ellos los
puertos que posibilitaban su comunicación con ultramar. Consciente
de que su rival del sur era claramente más organizado y poderoso,
intentaba asimismo evitar una confrontación militar. Así fue como
decidió firmar con Bolivia un tratado secreto defensivo y ofensivo
contra Chile el 6 de febrero de 1873, por el que ambas naciones se
apoyarían en caso de guerra. La explotación del salitre en Bolivia
había dado lugar a concesiones excesivamente generosas a
empresas inglesas y chilenas. En Antofagasta se había instalado una
“Compañía de Salitre de Antofagasta, y Ferrocarril”, sociedad
formada por capitales chilenos y británicos, que el 1º de mayo de
1872 inició las exportaciones del llamado “oro blanco” a Europa. El
27 de noviembre de 1873 firmó un acuerdo con el ejecutivo
boliviano que le autorizaba la explotación de salitre libre de
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derechos por 25 años, desde la bahía de Antofagasta hasta Salinas,
incluyendo el Salar del Carmen. Dicho acuerdo no fue ratificado por
el congreso boliviano, que en ese entonces se encontraba analizando
negociaciones con Chile, las que darían como resultado un nuevo
tratado firmado en 1874, que ratificaba el límite en el paralelo 24 y
establecía mecanismos de explotación compartida de minerales en
la región Por su parte, Bolivia se comprometía a no subir los
impuestos durante 25 años a las compañías chilenas que ya estaban
instaladas en la zona. En 1878 el presidente boliviano Hilarión Daza
aprobó una ley que aumentaba en 10 centavos el impuesto a cada
quintal de salitre que exportara la Compañía de Salitre de
Antofagasta, la que llevaba invertidos en la empresa un millón de
libras esterlinas. Ésta se negó a pagar y pidió el amparo gubernativo
de Chile. Los esfuerzos para lograr una solución no dieron
resultado, y el 1 de febrero de 1879 Daza dictó un decreto
reivindicando las salitreras en poder de la Compañía, y disponiendo
el remate de sus propiedades. Por documentos existentes en los
archivos de la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta,
se pudo saber que el gobierno chileno no tenía interés en ir a la
guerra para salvar a la compañía, a pesar de que muchos políticos y
ministros importantes eran accionistas minoritarios de ella. Sin
embargo, la actitud cambiaría en el caso de que efectivamente se
rematasen las salitreras, hecho que según la visión del presidente
chileno Aníbal Pinto, supondría la violación efectiva del tratado de
1874. Fue por ello que el gobierno de Santiago resolvió impedir el
remate y ocupar militarmente Antofagasta. Para esta época la
población de Chile alcanzaba a dos millones y medio de habitantes, y
el ejército contaba con 2.500 hombres. Perú tenía tres millones de
habitantes y su ejército se componía de 8.000 efectivos. En cuanto
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a Bolivia, sus fuerzas armadas estaban integradas por 3.000
hombres y sus habitantes llegaban a los dos millones.
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CONTEXTO INTERNACIONAL
La Guerra del Pacífico no fue solo una de las luchas más largas en
Latinoamérica a fines del siglo xix; también fue uno de los pocos
conflictos a gran escala que experimentó el mundo en esa época.
Después de 1871, las beligerantes naciones de Europa occidental
dejaron de aniquilarse de forma mutua con el ardor con que
acostumbraban hacerlo. No convirtieron sus espadas en arados ni
sus lanzas en hoces de un día para otro; al contrario, gastaron
enormes sumas de dinero en mantener sus armas bien afiladas.
Desplazaron las masacres hacia África, Asia, o los márgenes de
Europa, el territorio entre Rusia y Turquía, Asia Central y los
Balcanes. Así, los británicos combatieron contra los pathanes de
Afganistán a fines de la década de 1870; en 1885, lucharon en
Sudán contra los que algunos denostativa y burlonamente llamaron
Fuzzy Wuzzies o Derviches, quienes a pesar del nombre despectivo,
destrozaron a la tropa británica; contra los zulús de Natal (1879); y
los boers de los campos sudafricanos. Otras naciones europeas
también participaron en guerras imperiales: los franceses
triunfaron sobre los vietnamitas a comienzos de la década de 1880,
aunque tuvieron que usar bombas de ácido pícrico entre 1883 y
1885 para derrotar a los hova de Madagascar y, después de 1898, a
algunas de las otras tribus de la isla. No debiera sorprendernos del
todo que los alemanes, ansiosos de obtener tierras en África
suroccidental, libraran una guerra genocida, que hacia 1908 había
matado al noventa por ciento del pueblo herrero, pastores de la
región. Hasta las potencias europeas más pequeñas cedían a
impulsos coloniales: a partir de 1884, el rey Leopoldo supervisó la
brutal ocupación belga que aniquiló a millones de congoleses; en
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1873 los vecinos holandeses de Leopoldo enfrentaron mayores
dificultades en su lucha contra el sultán de Achin en Indonesia. A
los italianos les fue peor: sufrieron una humillante derrota frente a
las legiones etíopes en la batalla de Adowa de 1896. A diferencia de
sus vecinos de Europa Occidental, Alejandro III no tuvo que cruzar
los mares para perseguir el inexorable avance de Rusia hacia Asia
Central, o para luchar contra los turcos en 1877 y 1878. Su éxito en
estos dos escenarios animó, al parecer, a su heredero, Nicolás II, a
luchar en 1904 y 1905 contra las fuerzas armadas del emperador
Meiji, que habían sido modernizadas hacía poco. El sentido común
debió frenar los apetitos imperiales del Zar, pero como señaló poco
antes el emperador Guillermo II de Alemania, la sabiduría no era el
punto fuerte de su primo Nicky. Así, el Zar cometió el error
garrafal de entrar en un conflicto que resultó ser lejos más costoso
que las anteriores aventuras de Rusia: para 1905 las fuerzas
armadas japonesas habían acabado con la mayor parte de las flotas
de Nicolás II en el Lejano Oriente y el Báltico, y una parte
sustancial de su ejército, lo que obligó al Zar a contener sus
impulsos imperiales. A excepción de los enfrentamientos de los
rusos con los turcos y japoneses, la mayoría de las guerras de fines
del siglo xix fueron conflictos de corta 19 duración y baja
intensidad. En vista de esta falta de “guerras modernas, los
historiadores militares han tenido pocos casos de estudio para
analizar. De ahí que algunos académicos se hayan dedicado a
estudiar la guerra civil de Estados Unidos y la guerra franco-
prusiana. Estos conflictos demostraron ser muy instructivos porque
fueron los primeros encuentros donde sus participantes usaron
rifles de retrocarga, lo que permitió que las tropas cargaran sus
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armas desde una posición recostada, lo que, a su vez, limitaba su
exposición a los disparos enemigos. Las nuevas armas pequeñas,
estriadas y con cartuchos metálicos, duplicaban la velocidad de
disparo de los soldados, mientras que el alcance de sus armas se
incrementaba hasta en un cuatrocientos por ciento. Gracias a esta
nueva tecnología, la infantería de las trincheras podía, en palabras
de un pensador militar, convertir en “alimento para pólvora” a
cualquier formación de hombres que estuvieran demasiado juntos o
cualquier escuadrón de caballería que entrara neciamente a campo
abierto frente a una posición de defensa, lugar que varios oficiales
militares estadounidenses llamaron “la zona del peligro” o “el
espacio mortal. De ahí en adelante, las unidades renunciaron a
atacar en formaciones compactas. En vez de esto, pequeños grupos
de hombres avanzaban a grandes pasos, una técnica que algunos
llamaron “ataque en enjambre. Cuando se abría fuego a las tropas
ofensivas, estas debían atrincherarse y usar sus pequeñas armas
para frenar el fuego enemigo, mientras un segundo grupo de ataque
pasaba a través de la primera unidad, hacia el objetivo. Si era
necesario, un tercer grupo podía seguir los pasos al segundo. Estas
oleadas de hombres que se adelantaban unos a otros, iban
alternando movimientos para atrincherarse y avanzar hasta que
finalmente podían acercarse al enemigo. Estas tácticas, al
presentar menos objetivos y más separados entre sí, reducían la
cantidad de bajas . A pesar de las claras ventajas de estas
maniobras, muchos escépticos dudaban de la eficacia de las nuevas
técnicas de batalla. Un oficial británico, el capitán Charles Booth
Brackenbury, admitió: “Es cosa muy fea atacar contra armas de
retrocarga, pero hay que hacerlo... la fuerza moral es lo que
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prevalecerá . El ejército del Zar adoptó precisamente esa filosofía
a mediados de julio de 1877, cuando sus formaciones en masa
asaltaron las posiciones fortificadas turcas en Plevna. Las tropas
otomanas, que estaban bien atrincheradas y equipadas con armas de
retrocarga, Peabody-Martini, de la más alta tecnología, repelieron a
los rusos, masacrando o hiriendo al veinticinco por ciento de los
oficiales del Zar y al veintitrés por ciento de sus hombres. Estas
horribles pérdidas no desalentaron a los generales zaristas. Tras
seis horas de bombardeo se llevó a cabo otro ataque en masa que
también falló, de nuevo con una baja del veinticinco por ciento de
las tropas rusas. Los rusos lograron ocupar Plevna, pero solo
después de abandonar los ataques frontales en masa y
reemplazarlos por un sitio que duró cinco meses. Por desgracia, los
ejércitos europeos no aprendieron las lecciones de la guerra civil de
Estados Unidos y de la guerra franco-prusiana. En 1879, durante las
primeras etapas de la Guerra Zulú, el general Frederick Thesiger,
comandante de la fuerza de expedición británica, nombrado hacía
poco lord Chelmsford, cometió dos errores capitales: dividió el
mando de sus fuerzas y, peor aún, subestimó a su adversario.
Liderando una columna que consistía en dos batallones del 24°
regimiento de élite, más auxiliares locales y algo de artillería, entró
el 11 de enero de 1879 al territorio zulú. Dentro de nueve días su
columna llegó a Isandlwana, una alta montaña que se erguía sobre
una planicie lo suficientemente espaciosa como para acomodar a las
fuerzas invasoras y sus cabalgaduras. Tras ordenar a seis
compañías del 24° regimiento –unos ochocientos hombres– más
nueve mil auxiliares y unas cuantas piezas de artillería que
permanecieran en la base de Isandlwana bajo el mando del teniente
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coronel Henry Pulleine, siguió camino con la esperanza de encontrar
a las legiones zulúes. Los enemigos de lord Chelmsford encontraron
a su comando primero: veinte mil zulúes, blandiendo azagayas,
atacaron el 26 de enero de 1879. El comandante británico, manco,
intentó valientemente reunir a sus hombres y, equipados con los
rifles Martini-Henry de calibre .45 y la artillería, constituyeron una
fuerza formidable. Pero en vez de atrincherarse, lo que les hubiera
dado refugio, los británicos formaron una “larga línea roja”. Aunque
a veces se abusa de esta descripción, en este caso resultó ser muy
acertada porque las tropas inglesas en Isandlwana de hecho vestían
túnicas rojas, junto con pantalones azules y cascos blancos. La línea
repelió un “ataque de una horda de fanáticos” en Jartum, pero falló
en Natal. Los impis zulúes atacaron en su clásica formación de
cuernos de búfalo: un grupo, representando el cuerpo del animal,
asaltó a los ingleses de frente mientras otras dos columnas, los
cuernos, envolvieron a los flancos británicos. Aunque estaban
equipados con rifles modernos y cartuchos de disparos de artillería
de largo alcance, la línea roja retrocedió. Formaron cuadros, pero
fue en vano: los zulúes los dominaron, matando y degollando a más
de mil trescientos oficiales y hombres. Los zulúes repitieron esta
táctica una segunda vez. Días después de la debacle de Isandlwana,
cuatro mil zulúes atacaron a un contingente de ciento cuarenta
hombres, también del 24° regimiento, que estaba estacionado en la
cercana misión de Rorke’s Drift. A diferencia de sus
desafortunados coterráneos, estos soldados a plena vista no
opusieron resistencia. En cambio, se guarecieron detrás de
parapetos que habían levantado rápidamente con sacos de arena, y
en el edificio de piedra de la misión. Así, a pesar de las
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abrumadoras dificultades, los británicos, protegidos por sus
fortificaciones improvisadas, repelieron ola tras ola de zulúes,
obligándolos a retroceder, y solo tuvieron diecisiete bajas mortales
y cuarenta y tres heridos. Las dos lecciones surgidas de estos
combates reforzaron las de la guerra civil de Estados Unidos y el
conflicto franco-prusiano: que la bala de rifle y no la bayoneta –que
el general William Sherman descartó por superflua– se había
convertido en el arma más eficiente en el campo de batalla y que las
tropas debían luchar protegidas por barricadas5 . Las armas que
elevaron a la infantería a un papel preeminente en el campo de
batalla limitaron el papel de la artillería. A pesar de que algunos
ejércitos, entre ellos el británico, siguieron prefiriendo los cañones
de bronce de alma lisa y avancarga, estas armas simplemente no
podían competir con los nuevos cañones de acero de retrocarga, en
especial los producidos por Krupp. Como sucedía con el rifle, la
pieza estriada de artillería tenía un rango mayor –hasta
cuatrocientos por ciento desde novecientos metros– mejor
precisión y una mayor velocidad de disparo. Incluso con esas
mejoras, estos cañones de campaña tenían ciertas limitaciones. En
los conflictos anteriores, los generales movían su artillería hacia
adelante, cerca de la primera línea, de modo que su metralla pudiera
romper las formaciones enemigas en masa. Ahora, los artilleros
enfrentaban nuevos peligros: el mayor alcance de los rifles de
retrocarga obligaba a los equipos de artilleros a retirar sus armas o
morir junto a sus cañones. Más importante, como demostró la
guerra civil de Estados Unidos y el conflicto ruso-turco, la artillería
tuvo poco impacto ante la infantería atrincherada. Por lo tanto, las
armas pesadas tenían que desempeñar un papel más discreto. Y la
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misma tecnología que permitió a la infantería desplazar a la
artillería como presencia preeminente en el campo de batalla, en la
práctica condenó a la caballería. El ataque fútil del general A.
Michel, en Morsbronn, en agosto de 1870 y el intento fallido del
general Jean Margueritte por romper las filas prusianas en Sedan,
demostró de forma dolorosa que la caballería mantenía su garbo,
pero había perdido su capacidad de impactar. De nuevo, la
combinación del rifle de retrocarga, la ametralladora Gatling y la
artillería que disparaba a combustión, relegó a la caballería a servir
como soldados a caballo o unidades de reconocimiento, y
ciertamente ya no era la fuerza de ataque consistente de antaño.
En adelante, la defensa superó a la ofensiva, en particular si estaba
acuclillada y equipada con las nuevas armas pequeñas. En agosto de
1871, el príncipe Augusto de Württenberg ordenó a sus tropas
atacar a los franceses en St. Privat, marchando en densas columnas,
precedidas por las cornetas y tambores del regimiento. En veinte
minutos, ocho mil soldados, es decir, el veinticinco por ciento del
cuerpo del Príncipe, yacían muertos o heridos. Como concluyó
Helmuth von Moltke, “Es poco el éxito que se puede esperar de un
ataque meramente frontal, y es muy probable que haya muchas
pérdidas. Por lo tanto debemos girar hacia los flancos de una
posición enemiga”. Irónicamente, si hubiese estudiado las lecciones
de la guerra civil de Estados Unidos, el general alemán ya habría
aprendido esa lección.
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INICIO DE LA GUERRA
El 14 de febrero de 1879 tres naves chilenas desembarcaron tropas
en Antofagasta, por entonces ciudad-puerto boliviana, y el Batallón
Nº 3 de Línea formó en columna en la plaza León. La ocupación se
extendió al asiento minero de Caracoles. El 1 de marzo, el gobierno
de Bolivia declaró cortadas las comunicaciones con Chile y el
embargo de propiedades de ciudadanos chilenos, asumiendo un
estado de guerra. Dos semanas después, Chile inició preparativos
para ocupar el norte del paralelo 23. Los bolivianos expulsados del
litoral, con 135 rifles y algunas carabinas opusieron resistencia en
el pueblo de Calama, dirigidos por el ciudadano Ladislao Cabrera. Un
poderoso destacamento chileno a órdenes del comandante Ramírez
los derrotó el 23 de marzo. El 5 de abril de 1879, Chile declaró la
guerra a Bolivia y Perú. El conflicto tuvo tres fases: la campaña del
sur, desdoblada en naval y terrestre; la campaña sobre Lima y su
ocupación; y el proceso de la paz. La idea de una mediación estuvo
presente apenas iniciado el conflicto. En 1879, los Estados Unidos,
Gran Bretaña y Alemania no logran conformar un bloque mediador
Las naciones sudamericanas también ofrecieron sus oficios. Brasil
fue rechazado como mediador, el presidente de Ecuador, General
José María Urbina y Viteri realizó diversos viajes a los países en
conflicto y terminó su misión cuando Chile no aceptó el pedido de
los aliados de retornar a la situación anterior al inicio de las
hostilidades. Colombia envió al diplomático Pablo Arosemena, quien
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concluyó su labor en octubre de 1879 al rechazar Chile el pedido de
Bolivia de recuperar Antofagasta.
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CAMPAÑAS
Campaña naval
La guerra sostenida contra España en 1866 había permitido al
gobierno de Chile comprender la importancia que una vigorosa
fuerza naval proporcionaba desde el punto de vista diplomático,
táctico y estratégico. Así comenzó a renovar y perfeccionar sus
embarcaciones de guerra, y hacia 1879, su armada era la mejor
equipada de América del Sur, al menos en cuanto a medios
materiales. Su escuadra, al mando del Almirante Juan Williams
Rebolledo, se integraba con las fragatas blindadas gemelas
Cochrane y Blanco Encalada, y cinco naves de madera: corbetas
Chacabuco, O’Higgins y Esmeralda, cañonera Magallanes y goleta
Covadonga. Las primeras acciones navales se redujeron a la toma de
Antofagasta por parte de los chilenos y a su desembarco en los
puertos de Cobija, Tocopilla y Mejillones, con lo que quedaron
dueños de todo el litoral boliviano. Uno de los principales problemas
al inicio de la guerra fue el de las largas distancias existentes entre
Valparaíso, puerto base de la escuadra chilena, y la zona de
Antofagasta, teatro de las operaciones. Un desplazamiento por
tierra era prácticamente imposible dado el enorme esfuerzo
logístico que supondría. Más rápido y económico resultaba trasladar
efectivos y pertrechos bélicos por mar, para lo que se debía contar
con el control del océano. Arica, el puerto más seguro del sur de
Perú, se había convertido en base naval de la marina peruana y su
escuadra basaba su poder en el monitor Huáscar, la fragata
blindada Independencia, los monitores fluviales Atahualpa y Manco
Cápac, la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo, estas últimas de
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madera. Por su parte, los bolivianos poseían cuatro buques de
guerra: los guardacostas Bolívar y Mariscal. Sucre, y las
embarcaciones Laura y Antofagasta. El presidente peruano Mariano
Prado conciente de que sus fuerzas eran inferiores en velocidad y
potencia de fuego a las chilenas, ordenó evitar un ataque frontal y
acometer a la línea de abastecimiento del enemigo en retaguardia,
salvo casos en donde las probabilidades de éxito estuvieran de
parte de los peruanos. El plan originario del gobierno chileno
consistía en atacar por sorpresa a la escuadra peruana en el Callao
con el propósito de hundirla o, al menos, bloquear el puerto para
permitir la invasión de Tarapacá por el ejército. La estrategia de
Williams era otra: por información proveniente de sus servicios de
inteligencia tenía conocimiento que las potentes baterías de tierra
del Callao, modernizadas luego de la guerra contra España, estaban
prontas para actuar por lo que prefería bloquear el puerto salitrero
de Iquique para esperar allí a la escuadra peruana para dar batalla
en altamar. Además estimaba que con el bloqueo de Iquique y el
hostilizamiento a las poblaciones de la costa de Tarapacá se
lograría impedir el comercio del guano y el abastecimiento de
salitre a Perú, por lo que para proteger sus intereses la escuadra
debería forzosamente rumbear hacia esa región. En la mañana del 5
de abril bloqueó Iquique, en cuya defensa acudieron las unidades
peruanas Huáscar e Independencia. En el combate del 21 de mayo
de 1879 el Huáscar, al mando del Capitán de Navío Miguel Grau
Seminario, logró hundir a la corbeta chilena Esmeralda, comandada
por el Capitán de Fragata Arturo Prat Chacón, quien murió
heroicamente en el combate y se convirtió en el mayor héroe naval
chileno. La fragata Independencia encalló en unos arrecifes de
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Punta Gruesa al perseguir a la goleta Covadonga, la que huyó al
aproximarse el Huáscar. Estas acciones navales proporcionaron una
victoria táctica al Perú: se levantó el bloqueo del puerto de Iquique
y las naves chilenas fueron hundidas o abandonaron el área; pero
con el hundimiento de la Independencia la armada peruana perdió al
más grande y potente de sus navíos. El Huáscar quedó
prácticamente solo contra la escuadra chilena. Si bien su tamaño y
capacidad operativa eran menores que los de sus adversarios,
durante cinco meses mantuvo la lucha como dueño del mar. Grau le
realizaba frecuentes tareas de reparación y de carena, dado que su
principal ventaja táctica era su velocidad superior a los blindados
de la flota chilena. Este hecho le permitió repetidas veces escapar
a las largas persecuciones efectuadas por el almirante Williams a
bordo del Blanco Encalada. El momento culminante de la actuación
del Huáscar fue el 23 de julio de 1879, cuando capturó al
transporte chileno Rímac, que se desplazaba hacia el norte. En esta
acción, Grau no sólo se apoderó de dicho buque, sino también del
Regimiento de Caballería Carabineros de Yungay, que se encontraba
abordo, y de gran cantidad de armas y municiones. Este
acontecimiento provocó una crisis en el gobierno chileno, y la
renuncia del Ministro de Guerra, de los Intendentes Generales del
Ejército y de la Armada, y del Almirante Williams Rebolledo. Entre
agosto y octubre de 1879, el Huáscar realizó tres exitosas
incursiones más. Sin artilleros y con marineros reclutados entre los
fleteros del Callao, sus apariciones y desapariciones dieron a su
nombre un prestigio de leyenda que repasó las fronteras y alcanzó
vasta resonancia, acentuada por los gestos de magnanimidad
expresados por el Capitán Grau cuando el enemigo se hallaba
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inerme. El combate naval decisivo tuvo lugar el 8 de octubre en
Punta Angamos. Allí el Huáscar fue finalmente capturado por los
chilenos, pese al intento de hundirlo por parte de su propia
tripulación. Durante el combate murió heroicamente el Comandante
Grau, convirtiéndose a su vez en el héroe naval peruano por
antonomasia.
Campaña terrestre
Comenzó en noviembre de 1879, cuando Perú ya había perdido su
escasa fuerza naval. El departamento de Tarapacá era el centro de
los recursos económicos peruanos, por lo que su ocupación y dominio
se convirtió en un objetivo prioritario para el gobierno chileno.
Bolivia y Perú, aliados en la guerra, habían establecido su fortín en
Iquique. Con la supervisión de los presidentes Prado y Daza,
reunieron catorce mil hombres. Estimaban que Chile no se atrevería
a invadir Perú a través de los tórridos desiertos. Sin embargo, esa
fue la estrategia adoptada por los chilenos, quienes el 2 de
noviembre desembarcaron 10.000 soldados en el puerto de Pisagua,
desde donde alrededor de 6.500 hombres bajo las órdenes del
coronel Emilio Sotomayor se internaron en las pampas de Dolores
con el objetivo de conseguir los pozos de agua de su oficina
salitrera. Las fuerzas aliadas al mando del general Juan Buendía,
avanzaron hacia al norte de dicha pampa, situándose en el cerro de
San Francisco. Frente al dilema de arriesgarse a atacar o a morir
de sed en el desierto, el 19 de noviembre Sotomayor adoptó la
primera opción. Tras varios ataques infructuosos, y frente a la
superioridad numérica chilena y al accionar de sus modernos
cañones Krupp, las fuerzas aliadas se vieron obligadas a emprender
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la retirada y retrocedieron hasta la quebrada de Tarapacá para
poder fortificarse. Finalmente, el 27 de noviembre tras nueve
horas de cruento combate, pudieron derrotar a los chilenos
causándoles numerosas bajas (576 muertos, 176 heridos y 100
prisioneros), además de capturarles 8 cañones. Entre los aliados
hubo 236 muertos y 261 heridos. La pérdida de oficiales fue
considerable para ambos bandos. Los vencedores se vieron
imposibilitados de aprovechar su triunfo, ya que al carecer de
artillería y caballería, no pudieron perseguir y diezmar a los
chilenos. Emprendieron entonces una penosa marcha hacia Arica
dejando en el lugar las piezas de artillería abandonadas por el
enemigo, debido a la falta de acémilas para transportarlas. Pese a
esta derrota, en pocos días las tropas chilenas ocuparon la provincia
de Tarapacá, la que quedó al mando del Capitán de Navío Patricio
Lynch con el título de Jefe Político de Tarapacá. Se impuso en la
zona un derecho de exportación sobre el guano y el salitre sin
pronunciarse el gobierno sobre la situación legal de los
establecimientos que los explotaban. Estos acontecimientos
provocaron la renuncia de Prado a la presidencia de Perú,
remplazado por Nicolás de Piérola. En Bolivia, el presidente Daza
fue sustituido por el general Narciso Campero. Si bien la campaña
naval había concluido, los chilenos efectuaban diversos ataques a las
costas peruanas para impedir su aprovisionamiento. El 27 de
febrero el monitor Huáscar, (que luego de ser capturado en
Angamos pasó a integrar la escuadra chilena), y la cañonera
Magallanes se acercaron a las baterías del puerto de Arica e
intercambiaron un fuerte cañoneo con las defensas de tierra. Pese
a estos hostigamientos se lograban desembarcar víveres, fusiles y
23
torpedos especialmente en el puerto de Mollendo, para ser enviados
a Tacna y Arica. Con la finalidad de impedir estas acciones y anular
además el comercio exterior del Perú, realizado principalmente a
través del puerto del Callao, el 18 de marzo de 1880 el gobierno de
Chile ordenó su bloqueo al Comandante en Jefe de la Escuadra,
Almirante Galvarino Riveros, hecho que se concretó el 10 de abril y
se mantuvo hasta la ocupación de Lima por el ejército chileno el 17
de enero de 1881. En ese lapso se sucedieron muchos combates
entre los fuertes y lanchas que defendían el puerto contra la
escuadra bloqueadora y sus lanchas torpederas. Para la defensa del
Callao, los peruanos incorporaron a las baterías varios cañones que
habían estado almacenados desde 1866. Se agruparon las lanchas en
una sección llamada Fuerzas Sutiles y se nombró como Jefe al
Capitán de Fragata Patricio Iriarte.
Campañas de Tacna y Arica
Mientras tanto el Comandante Lizardo Montero Flores había
logrado armar y entrenar al ejército peruano en Tacna y Arica,
totalizando 5.800 hombres. A su vez el ejército boliviano poseía
4.200 soldados, pero las relaciones entre ambos países no tardaron
en descomponerse al tratar de decidir quien comandaría el ejército
aliado. Para apoderarse de esas provincias el gobierno chileno
preparó durante tres meses una invasión al departamento de
Moquegua, para la que destinó un ejército al mando del general
Manuel Baquedano, quien desembarcó en el puerto de Ilo, a casi 80
millas de Tacna, y de allí marchó a Los Ángeles, donde halló breve
resistencia. Sus fuerzas totalizaban alrededor de 14.000 hombres,
con artillería y caballería mejor equipadas que las de sus
24
adversarios. En el ejército aliado cundía la discordia, no solo entre
los soldados, sino también entre los mandos. Finalmente escogieron
una posición para dar batalla y ocuparon la meseta de Intiorco, en
las afueras de Tacna, bautizada con el nombre “Alto de la Alianza”.
El 26 de mayo se iniciaron las hostilidades. El ataque chileno
fracasó hacia el mediodía, pero al retroceder la izquierda y el
centro entró en acción la reserva y se logró la victoria luego de
cuatro horas de combate. El número de muertos y heridos revela la
fiereza de la lucha: 1.130 chilenos y 3.150 aliados. Este
enfrentamiento sería el último en que participarían las tropas
bolivianas, las cuales al mando de su presidente Narciso Campero se
retiraron hacia su país. En adelante, su participación se limitaría al
nivel de las negociaciones diplomáticas. El puerto de Arica, artillado
desde abril, contaba con el monitor Manco Cápac como batería
flotante, pero después de la derrota aliada en Tacna, la pequeña
guarnición del Morro con 2.100 hombres al mando del Coronel
Francisco Bolognesi, quedó rodeada de chilenos, cuyos mandos
enviaron dos parlamentarios a solicitar la rendición, enérgicamente
rechazada por Bolognesi y sus oficiales, entre los que se encontraba
el argentino Roque Sáenz Peña, futuro presidente de su país. Si
bien tenía fama de baluarte inexpugnable, el mayor defecto del
Morro consistía en que la ubicación de la central de activación de
minas se hallaba en el hospital, sitio más vulnerable de la
fortificación. Por otra parte, sus defensas habían sido diseñadas
principalmente para repeler ataques exclusivamente marítimos, y la
estrategia chilena planeó en esta ocasión una acción conjunta con la
infantería. Cercada Arica por tierra y mar, el coronel Pedro Lagos
ordenó el 6 de junio un fuerte bombardeo al Morro, el que se
25
repitió en dos ocasiones al día siguiente. Finalmente el bastión fue
asaltado por 4.000 infantes chilenos. El coronel Bolognesi murió en
la acción, y los marinos del Manco Cápac se rindieron luego de
hundir su buque. En esta batalla murieron más del 30 por ciento de
los soldados peruanos que defendían la plaza, y el 10 por ciento de
los chilenos atacantes. Con la conquista de este fuerte y los de la
playa, el puerto de Arica quedó finalmente en poder de las tropas
chilenas. La capital peruana vivía desconectada del resto del país y
subestimó completamente la situación bélica, lo que contribuyó a
desestabilizar completamente a su clase política y a evitar una
preparación efectiva para enfrentar el desembarco enemigo. La
población limeña no podía admitir que un ejército atrincherado en
una posición aparentemente inexpugnable, parapetado detrás de
fortificaciones erizadas de artillería, hubiese caído al choque de
tropas agotadas por una marcha de más de tres meses por
desiertos arenosos, diezmadas por las fiebres, obligadas a
transportar los víveres, el agua y a arrastrar ellas mismas su
artillería. Luego de las acciones de Tacna y Arica, los gobiernos de
Bolivia, Chile y el Perú iniciaron conversaciones para intentar
finalizar la guerra; pero al mismo tiempo, el Almirante Lynch partía
desde Arica con el objetivo de destruir las haciendas azucareras
que aportaban financieramente al Perú y exigir contribuciones de
guerra a los hacendados peruanos. El secretario de estado
norteamericano William Evarts, tuvo especial interés en promover
las negociaciones de paz, ya que durante los cañoneos efectuados
por la armada chilena a la costa peruana habían sido afectadas
propiedades de europeos y estadounidenses. Pero el esfuerzo
resultó infructuoso debido a la negativa de cesiones territoriales
26
por parte de Perú y Bolivia, y a que la mayoría de la población
chilena exigía la invasión de Lima. Fue entonces cuando la marcha
hacia la capital peruana, resistida por el ejecutivo pero impulsada
por el congreso bajo la intensa presión de la opinión pública y de la
prensa, comenzó a organizarse. Las fuerzas invasoras calculadas por
algunos historiadores en 23.000 hombres y por otros en 30.000,
fueron puestas a las órdenes del General Manuel Baquedano.
27
Campaña de la sierra
El presidente peruano Piérola se internó en la sierra para intentar
la defensa, pero sus esperanzas de organizar una resistencia
unificada se desvanecieron en el despertar de una lucha renovada
por el poder entre facciones y caudillos rivales. En un bando se
encontraban los civilistas, consignatarios de guano, banqueros y
hacendados progresistas. Su líder Francisco García Calderón se
dirigió a Lima tras la marcha de Piérola a la sierra, con el objetivo
de formar un nuevo gobierno para negociar una paz inmediata con
los chilenos. En el otro bando, una deshilvanada coalición de jefes
militares partidarios de continuar la resistencia se alineó primero
junto a Piérola hasta que éste fue depuesto en favor del Coronel
Andrés Cáceres, veterano de Tarapacá, Tacna y Chorrillos. Junto
con el Capitán José M. Pérez organizó la resistencia desde la breña
de los Andes Centrales, zona que presentaba una topografía
excelente para aplicar la estrategia de guerra de guerrillas,
emboscadas y sorpresas. Cáceres, aunque con gran ascendiente
entre sus rústicos soldados, contaba con escaso armamento para
una lucha prolongada. A principios de mayo de 1881 Baquedano
regresó a Chile con parte del ejército vencedor. Las fuerzas
chilenas permanecieron cerca de tres años en Perú, bajo la
dirección del Almirante Lynch. El 12 de marzo, desconociendo al
gobierno de la ocupación los "vecinos notables" de Lima habían
elegido Presidente Provisional de la República a Francisco García
Calderón, quien estableció su gobierno en el pueblo de La Magdalena
Vieja, y el 10 de junio convocó la reunión de un Congreso en
Chorrillos. Intentó unificar el país y nombró como primer y segundo
presidentes al Contralmirante Lizardo Montero Flores, y a Cáceres,
(ascendido a General), respectivamente El 6 de noviembre García
Calderón fue arrestado y deportado a Chile. Montero Flores se
28
convirtió en presidente provisorio e inició infructuosas
negociaciones con el gobierno chileno. Trasladó la sede del Congreso
a Arequipa, y trabajó intensamente para proseguir la guerra junto a
Bolivia, adquiriendo armamento en Europa y Estados Unidos que, con
gran esfuerzo, llegó a puertos argentinos y desde allí fue
trasladado a Bolivia y Puno. Brindó asimismo importante ayuda a la
resistencia dirigida por el General Cáceres, reforzando su ejército
de la breña. Durante los años siguientes, el país vivió una época de
anarquía, con Miguel Iglesias establecido en Cajamarca y ejerciendo
el poder en el norte del país, y Cáceres dominando la sierra central.
El 31 de agosto de 1882, desde la hacienda Montán, Iglesias emitió
un documento exhortando a firmar la paz entre Chile y Perú en el
que aceptaba la cesión territorial, y convocó una asamblea para
obtener su respaldo. Mediante una ley del 30 de diciembre dicha
asamblea estableció la creación de un Poder Ejecutivo denominado
Presidente Regenerador de la República, cargo que recayó en
Iglesias el 1 de enero de 1833. Cuatro días más tarde le otorgó
plenos poderes para tratar de la paz con el enemigo. Estos hechos
no fueron reconocidos por Montero ni por Cáceres, por lo que éste
partió hacia el norte en un intento de deponer al gobierno de
Iglesias. El 9 de febrero de 1883, Patricio Lynch recibió órdenes
del presidente chileno-Santa María de reforzar la posición del
Iglesias, en el convencimiento de que con él se podría firmar una
paz acorde a los intereses chilenos. El 10 de julio Cáceres se
enfrentó en Huamachuco con fuerzas chilenas enviadas por Lynch
para proteger a Iglesias. Cáceres fue derrotado. Sus bajas fueron
alrededor de 1.000 hombres, más de la mitad del ejército peruano,
formado en su mayoría por civiles campesinos (incluso adolescentes
y ancianos), mientras que los chilenos perdieron 60 soldados.
29
OCUPACIÓN DE LIMA
La partida del ejército chileno se verificó entre noviembre y
diciembre de 1880. La infantería desembarcó en Pisco y la artillería
en Curayaco, una caleta situada una legua al sur de Lima. El
presidente Piérola hizo grandes esfuerzos para defender la capital:
creó el ejército popular, llamado “nación en armas”. Todos los
habitantes de Lima de 16 a 60 años fueron llamados a las filas. Las
colonias de extranjeros, principalmente la italiana, hicieron causa
común contra el invasor, calculándose que este improvisado ejército
contó con alrededor de 26.000 hombres. Las vecindades de Lima
fueron cubiertas con fuertes y artillería. Se tendieron dos líneas
de defensa, una desde el elegante balneario de Chorrillos, en la que
se apostaron los soldados veteranos, y la otra en el de Miraflores
donde se hallaba la reserva, milicias ciudadanas organizadas sobre
base gremial. La propia población civil defendió sin éxito su ciudad
cuando el ejército chileno atacó tres de sus doce reductos. El 13 de
enero de 1881 las tropas chilenas tuvieron un decisivo triunfo en
Chorrillos, aunque con 700 hombres muertos y más de 2.500
heridos. Las acciones se reanudaron dos días más tarde en
Miraflores. Luego de una primera etapa favorable a los peruanos, el
ataque de la derecha y del centro se malogró por falta de tropas de
refresco y la victoria fue para los chilenos. El trágico precio de
esta lucha fue de tres mil peruanos y dos mil chilenos muertos o
heridos. Piérola tomó el camino de la sierra. Las villas de Miraflores
y Barranco fueron saqueadas por los chilenos. Lima tal vez hubiera
corrido suerte análoga de no haber mediado el cuerpo diplomático.
30
No obstante, la Biblioteca Nacional fue convertida en cuartel, y sus
libros y documentos destruidos o vendidos. El poder militar peruano
quedó deshecho. Baquedano obtuvo la rendición incondicional de
Lima y el 18 de enero ingresó al Palacio de los Virreyes, la más bella
sede gubernativa de Latinoamérica. En la noche del 17 al 18 de
enero de 1881, la marina de guerra del Perú decidió destruir todas
las naves que aún se encontraban a flote para evitar que cayesen en
manos chilenas. Lynch estableció su cuartel militar en el Palacio
Pizarro y dirigió el combate contra la resistencia peruana de la
sierra, al tiempo que enfrentaba abundantes actos de sedición en
Lima, y después una resistencia urbana claramente organizada.
31
TRATADOS DE PAZ
La guerra concluyó oficialmente el 20 de octubre de 1883 con la
firma del Tratado de Ancón, mediante el cual el departamento de
Tarapacá pasó definitivamente a manos chilenas y la soberanía de
los departamentos de Tacna y Arica pertenecería a Chile por un
lapso de 10 años, al cabo del cual un plebiscito de sus habitantes
decidiría a cuál de los dos países desearían pertenecer. El que
resultase vencedor, cancelaría al otro diez millones de pesos.
Durante 1879 y 1883 murieron 23 mil soldados, entre bolivianos,
chilenos y peruanos. El salitre, razón y motivo del conflicto, pasó en
su mayor parte a manos de capitalistas británicos. Lima
permanecería ocupada hasta 1884, las tropas chilenas se retiraron
de la capital peruana dejando al frente del gobierno nacional a
Miguel Iglesias Finalizada la lucha, las diferencias entre Cáceres e
Iglesias dieron origen de una guerra civil entre los partidarios de
ambos líderes peruanos, que finalizó en 1885 con el triunfo del
primero. En abril de 1884, se firmó en Valparaíso un tratado de paz
32
entre Chile y Bolivia, mediante el cual se entregaba indefinidamente
a Chile la otrora provincia de Antofagasta En el momento de
firmarse el tratado de Ancón, el departamento de Tacna contaba
con tres provincias: Tacna, Arica y Tarata. Acto seguido inició un
proceso de chilenización dirigido a la población de Tacna, Arica y
Tarapacá, interviniendo en las organizaciones privadas y públicas de
la zona. Este proceso de transculturación dirigida fue más intenso y
compulsivo desde inicios del siglo XX, provocando actitudes
desmesuradas de ciertos grupos de población civil chilena, de
naturaleza nacionalista, que organizaron la creación de "ligas
patrióticas" con la finalidad de hacer desaparecer. los rasgos
culturales peruanos de los territorios de Tacna, Tarata, Arica y
Tarapacá. En 1885, Chile ocupó Tarata, que fue devuelta al Perú el 1
de septiembre de 1925 por resolución del árbitro Calvin Coolidge,
presidente de los Estados Unidos. El tratado definitivo entre Chile
y Bolivia, que data de 1904, ha sido origen constante de tensiones
diplomáticas entre ambos países durante el siglo XX y comienzos
del XXI, debido a que con la anexión chilena del litoral boliviano, el
país altiplánico perdió su única salida soberana al océano Pacífico
quedando relegada a una condición de mediterraneidad. Junto con
los puertos de Antofagasta y Cobija, los bolivianos perdieron el
acceso a recursos naturales como el salitre y el cobre, cuyos
principales yacimientos se encuentran en dicha zona. El plebiscito
estipulado en Ancón nunca se llevó a cabo y recién el 28 de agosto
de 1929, con la mediación de Estados Unidos, se firmó el Tratado
de Lima, que decidió que gran parte de la provincia de Tacna fuese
devuelta al Perú mientras que Arica y el resto quedara
definitivamente en manos de Chile, quien agregó a su territorio más
de 190.000 km².
33
34
CONCLUSIONES
Los continuos roces entre Bolivia y Chile llevaron en 1978 al fin de
las relaciones diplomáticas entre ambos países. En la actualidad sólo
existen comunicaciones a nivel consular. Tras su victoria, Chile tomó
posesión no sólo de una importante extensión territorial, sino
también de enormes depósitos salitreros, guaneros y de cupríferos.
Éstos fueron adquiridos mayoritariamente por capitales británicos,
por medio de la compra de bonos desvalorizados emitidos antes del
conflicto por Perú y adquiridos a bajos precios con préstamos de
bancos chilenos, que los hacían dueños de las salitreras. Esto ha
llevado a parte de la historiografía moderna a ver a los ingleses
como instigadores ocultos de la guerra, sin pruebas concluyentes al
decir de la historiografía chilena. Cabe destacar sin embargo, que la
preponderancia de los capitalistas ingleses en las salitreras fue de
tal magnitud que John Thomas North, llegó a ser conocido como “El
Rey del Salitre”, por lo que el presidente chileno Balmaceda
manifestó su preocupación ante el peligro que significaba un
monopolio industrial en manos una nación extranjera. Después de la
ocupación chilena de Lima en 1881, la Argentina presionó a Chile,
que no estaba en condiciones de abrir un nuevo frente, a firmar el
tratado del 22 de octubre de 1881, por el cual este último
reconoció la soberanía argentina en los territorios disputados de la
Patagonia Oriental. En Chile se estimó que con este Argentina se
comprometía tácitamente a la neutralidad en la guerra que se
libraba en el Pacífico y que no integraría el tratado de alianza
defensiva Perú–Bolivia. El fin de la guerra provocó todo un
reordenamiento de fronteras entre Chile, Perú, Bolivia y Argentina.
Si bien esta última no participó en la contienda, tras la derrota
35
boliviana hizo efectiva la posesión de territorios en la Puna de
Atacama. No obstante, por el tratado del 10 de mayo de 1889
Bolivia obtuvo la soberanía sobre Tarija y Chichas.
Redefinición de Fronteras
 : El
conflicto resultó en una significativa
reconfiguración territorial. Chile consolidó su
control sobre la región de Tarapacá y obtuvo
derechos sobre Tacna, mientras que Bolivia
perdió su acceso soberano al océano Pacífico.
Esta pérdida ha generado tensiones y
reclamaciones territoriales que persisten en
la actualidad.
Consolidación del Poder Chileno:
 Chile emergió como una
potencia regional, con un ejército y una armada fortalecidos. Su
victoria estableció su influencia en el Pacífico sur, alterando el
equilibrio de poder en la región.
Relaciones Tensas:
 Las relaciones
entre Chile, Perú y Bolivia se vieron
afectadas negativamente. El resentimiento
y las heridas dejadas por el conflicto han
perpetuado una atmósfera de
desconfianza y rivalidad, dificultando la
cooperación y el entendimiento entre los
países.
Impacto Económico:
 La guerra permitió a Chile acceder a
recursos valiosos, especialmente el salitre, que impulsó su economía
36
en las décadas siguientes. Sin embargo, el costo humano y material
del conflicto también fue significativo, afectando a las poblaciones
de los países involucrados.
Legado Cultural y Nacionalismo:
 La guerra dejó un legado
en la construcción de identidades nacionales en Chile, Perú y Bolivia.
Cada país ha interpretado y recordado el conflicto de manera
diferente, utilizando su historia para fomentar el nacionalismo y la
cohesión social.
Lecciones de Diplomacia y Conflicto:
 La Guerra del
Pacífico subraya la importancia de la diplomacia en la resolución de
disputas. La falta de diálogo y la escalada de tensiones condujeron a
un conflicto armado que tuvo consecuencias devastadoras.
37
Bibliografía
Ahumada Moreno, Pascual: Guerra del Pacífico: recopilación
completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y
demás publicaciones referentes a la guerra, que ha dado a luz la
prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de
importancia. Valparaíso 1892.
Amayo, Enrique: La política británica en la Guerra del Pacífico. Lima
1988
Arosemena Garland, Geraldo: Gran Almirante Miguel Grau. Lima.
1946
Barros Arana, Diego. Don José Francisco Vergara: discursos y
escritos políticos y parlamentarios. Santiago de Chile: 1890.
Barros Arna, Diego: Historia de la guerra del Pacífico. Santiago
1881
Basadre Grohmann, Jorge: Historia contemporánea de los países
sudamericanos del Pacífico. Lima 1940
Basadre Grohmann, Jorge: Historia de la República del Perú. Lima:
2005.
Basadre Grohmann, Jorge: Introducción a las bases documentales
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del Pacífico: 1879- 1884. Santiago de Chile: 1909.
Bonilla, Heraclio: Guano y burguesía en el Perú. Lima 1977.
38
Bonilla, Heraclio: El Perú entre la independencia y la guerra con
Chile. En: Mejía Baca, Juan: Historia del Perú. Tomo VI. Lima 1981.
Bulnes, Gonzalo (1911). Guerra del Pacífico. Valparaíso 1911
Bulnes, Gonzalo: Guerra del Pacífico. La Paz 1919
Carvano, Tomás: Historia de la guerra de América entre Chile, Perú
y Bolivia. Florencia 1882.
Cayo Córdoba, Percy: La guerra con Chile. En: Mejía Baca, Juan:
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del Pacífico 1879-1883. Lima1983 Ministerio de Guerra.
Concha Cruz,Alejandro, Maltes Cortes,Julio: Historia de Chile
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Del Busto, José A.: Historia General del Perú. Lima 1994.
Ekdahl, Wilhelm: Historia Militar de la Guerra del Pacífico entre
Chile, Perú y Bolivia. Santiago 1917.
Encina, Francisco Historia de Chile desde la Prehistoria hasta 1891.
Santiago de Chile: 1984.
39

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EXAMEN MENSUAL-CIENCIAS SOCIALES PARA SECUNDARIA

  • 1. COLEGIO BLAISE PASCAL _______________________________________________________________________________________________________________________________ ASIGNACIÓN: “GUERRA CONTRA CHILE” TRABAJO RECEPCIONAL EN LA MODALIDAD MONOGRAFÍA P R E S E N T A SAHIR FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ PROFESOR JULIO HIDALGO BALBUENA LIMA - PERÚ 28/10/24
  • 2. DEDICATORIA A todas las personas que, de una u otra manera, contribuyeron a la realización de este trabajo. A mis padres, quienes con su amor incondicional y apoyo constante me han enseñado el valor del esfuerzo y la dedicación. Gracias por creer en mí y por ser mi mayor fuente de inspiración. A mi tutor, por su orientación, paciencia y valiosos consejos durante todo el proceso de investigación. Su conocimiento y dedicación han sido fundamentales para el desarrollo de este trabajo. A mis amigos y compañeros, por su comprensión y aliento en los momentos de mayor desafío. Su compañía ha hecho este viaje académico mucho más enriquecedor y llevadero. Y, en especial a Dios, por su compañía en toda la trayectoria de la realización de este trabajo. Este trabajo es el reflejo de todo el esfuerzo y apoyo que he recibido, y está dedicado a todos ustedes con mi más sincero agradecimiento.
  • 3. INTRODUCCIÓN La Guerra del Pacífico comenzó en un contexto de tensiones económicas y políticas. En el siglo XIX, el desierto de Atacama, rico en salitre, se convirtió en un área de interés estratégico. Bolivia, que había firmado un tratado en 1866 garantizando acceso al océano Pacífico, había impuesto impuestos a las empresas chilenas en la región, lo que provocó una reacción en Santiago. El conflicto se inició en 1879, cuando Chile ocupó el puerto boliviano de Antofagasta. Perú, que temía la expansión chilena, se unió a Bolivia en la guerra. Las principales batallas, como las de Tarapacá y Arica, mostraron la superioridad militar chilena, lo que culminó en la captura de Lima en 1881. El Tratado de Ancón en 1883 puso fin al conflicto, concediendo a Chile el territorio de Tarapacá y partes de los departamentos de Litoral y Tacna. Aunque Chile ganó el control del desierto de Atacama, las tensiones entre los países no se disolvieron completamente, y la cuestión de Tacna y Arica siguió siendo motivo de disputa hasta que se resolvió en 1929. La guerra tuvo un impacto profundo en la identidad nacional de los países involucrados y dejó un legado de resentimientos que todavía resuena en las relaciones entre Chile, Perú y Bolivia. Además, transformó la economía chilena, convirtiendo al salitre en un motor clave de su desarrollo económico en el siglo XX
  • 5. Desencadenamiento del Conflicto Bolivia declaró la guerra a Chile en marzo de 1879, y Perú, que temía la expansión chilena, decidió unirse al conflicto. Esto transformó una disputa bilateral en una guerra regional. Las primeras campañas bélicas se desarrollaron en el desierto de Atacama, donde Chile lanzó una serie de ofensivas que llevaron a importantes victorias. Desarrollo de la Guerra La guerra incluyó varias batallas clave, como la Batalla de Iquique, donde la armada chilena enfrentó a la peruana, y la Batalla de Tarapacá, que consolidó el dominio chileno en la región. A medida que las fuerzas chilenas avanzaban, capturaron Lima en 1881, lo que marcó un punto decisivo en el conflicto. Consecuencias y Legado El conflicto culminó con el Tratado de Ancón en 1883, que formalizó la derrota de Perú y permitió a Chile adquirir territorios clave, como la región de Tarapacá. Bolivia perdió su acceso al océano Pacífico, un hecho que ha generado tensiones históricas que persisten hasta hoy. La Guerra del Pacífico no solo alteró las fronteras de Sudamérica, sino que también dejó un legado de rivalidad.
  • 6. ANTECEDENTES Hacia mediados del siglo XIX, la desolada región desértica de Atacama adquirió gran valor económico por el descubrimiento de valiosos minerales y de yacimientos de guano. El hecho de que esta región hubiese sido mal definida durante el período colonial, y que las tres repúblicas surgidas en la costa oeste de Sudamérica trataran de hacer valer sus derechos sobre las riquezas recién halladas, complicó la situación. Este polvorín internacional en potencia fue activado aún más por antiguas rivalidades y antagonismos políticos derivados de un delicado equilibrio regional, así como por las interferencias e intrigas de empresarios y poderes extranjeros. El guano concentrado en las islas desérticas de la costa peruana comenzó a ser introducido en Europa por casas exportadoras inglesas que pagaban cuantiosos derechos al estado peruano, lo que permitió a éste consolidar su deuda interna y liquidar la externa. En 1866 Chile y Bolivia firmaron un tratado referente a sus respectivos límites territoriales en el desierto de Atacama y a la explotación de los depósitos de guano, estableciendo que la frontera de los dos países sería en adelante el paralelo 24 de latitud meridional, desde el litoral del Pacífico hasta los límites orientales de Chile. La explotación de los salitres bolivianos y de los depósitos de guano situados entre los paralelos 23 y 25 sería compartida entre ambos países, lo mismo que la percepción de impuestos. Entre 1866 y 1868 dos ciudadanos chilenos descubrieron nuevos y vastos depósitos de nitrato y bórax en el litoral, y obtuvieron del gobierno de Bolivia la concesión de diversos terrenos salitreros. Cabe destacar que el salitre fue la principal fuente de riqueza de Chile hasta el descubrimiento del salitre sintético por los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial En 1870 otro 6
  • 7. chileno descubrió al sur del paralelo 23 las ricas minas de plata de Caracoles. Mientras tanto en Perú, desde 1860, la clase alta limeña venía participando en la explotación del guano, cuya exportación estaba a cargo de consignatarios nacionales, mientras que su venta en Europa corría por cuenta de un conjunto de casas comerciales ultramarinas. Pocos años más tarde, el salitre ofreció a los peruanos una nueva riqueza exportable, pero a comienzos de 1870 la economía nacional se encontró en una situación crítica, ya que los depósitos de guano, fertilizante natural del cual procedían las principales ganancias fiscales, se estaban agotando mientras que la explotación del salitre se hallaba en manos de particulares. Para mejorar sus finanzas el gobierno proyectó intentar eliminar a Chile como competidor en la extracción de salitre, para lo que necesitaba poseer el monopolio de la explotación, traspasando la propiedad de las salitreras al Estado. Por otra parte, temía la concreción de una alianza entre Chile y Bolivia, la que recibiría a cambio de sus territorios salitreros los del sur peruano, y junto con ellos los puertos que posibilitaban su comunicación con ultramar. Consciente de que su rival del sur era claramente más organizado y poderoso, intentaba asimismo evitar una confrontación militar. Así fue como decidió firmar con Bolivia un tratado secreto defensivo y ofensivo contra Chile el 6 de febrero de 1873, por el que ambas naciones se apoyarían en caso de guerra. La explotación del salitre en Bolivia había dado lugar a concesiones excesivamente generosas a empresas inglesas y chilenas. En Antofagasta se había instalado una “Compañía de Salitre de Antofagasta, y Ferrocarril”, sociedad formada por capitales chilenos y británicos, que el 1º de mayo de 1872 inició las exportaciones del llamado “oro blanco” a Europa. El 27 de noviembre de 1873 firmó un acuerdo con el ejecutivo boliviano que le autorizaba la explotación de salitre libre de 7
  • 8. derechos por 25 años, desde la bahía de Antofagasta hasta Salinas, incluyendo el Salar del Carmen. Dicho acuerdo no fue ratificado por el congreso boliviano, que en ese entonces se encontraba analizando negociaciones con Chile, las que darían como resultado un nuevo tratado firmado en 1874, que ratificaba el límite en el paralelo 24 y establecía mecanismos de explotación compartida de minerales en la región Por su parte, Bolivia se comprometía a no subir los impuestos durante 25 años a las compañías chilenas que ya estaban instaladas en la zona. En 1878 el presidente boliviano Hilarión Daza aprobó una ley que aumentaba en 10 centavos el impuesto a cada quintal de salitre que exportara la Compañía de Salitre de Antofagasta, la que llevaba invertidos en la empresa un millón de libras esterlinas. Ésta se negó a pagar y pidió el amparo gubernativo de Chile. Los esfuerzos para lograr una solución no dieron resultado, y el 1 de febrero de 1879 Daza dictó un decreto reivindicando las salitreras en poder de la Compañía, y disponiendo el remate de sus propiedades. Por documentos existentes en los archivos de la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, se pudo saber que el gobierno chileno no tenía interés en ir a la guerra para salvar a la compañía, a pesar de que muchos políticos y ministros importantes eran accionistas minoritarios de ella. Sin embargo, la actitud cambiaría en el caso de que efectivamente se rematasen las salitreras, hecho que según la visión del presidente chileno Aníbal Pinto, supondría la violación efectiva del tratado de 1874. Fue por ello que el gobierno de Santiago resolvió impedir el remate y ocupar militarmente Antofagasta. Para esta época la población de Chile alcanzaba a dos millones y medio de habitantes, y el ejército contaba con 2.500 hombres. Perú tenía tres millones de habitantes y su ejército se componía de 8.000 efectivos. En cuanto 8
  • 9. a Bolivia, sus fuerzas armadas estaban integradas por 3.000 hombres y sus habitantes llegaban a los dos millones. 9
  • 10. CONTEXTO INTERNACIONAL La Guerra del Pacífico no fue solo una de las luchas más largas en Latinoamérica a fines del siglo xix; también fue uno de los pocos conflictos a gran escala que experimentó el mundo en esa época. Después de 1871, las beligerantes naciones de Europa occidental dejaron de aniquilarse de forma mutua con el ardor con que acostumbraban hacerlo. No convirtieron sus espadas en arados ni sus lanzas en hoces de un día para otro; al contrario, gastaron enormes sumas de dinero en mantener sus armas bien afiladas. Desplazaron las masacres hacia África, Asia, o los márgenes de Europa, el territorio entre Rusia y Turquía, Asia Central y los Balcanes. Así, los británicos combatieron contra los pathanes de Afganistán a fines de la década de 1870; en 1885, lucharon en Sudán contra los que algunos denostativa y burlonamente llamaron Fuzzy Wuzzies o Derviches, quienes a pesar del nombre despectivo, destrozaron a la tropa británica; contra los zulús de Natal (1879); y los boers de los campos sudafricanos. Otras naciones europeas también participaron en guerras imperiales: los franceses triunfaron sobre los vietnamitas a comienzos de la década de 1880, aunque tuvieron que usar bombas de ácido pícrico entre 1883 y 1885 para derrotar a los hova de Madagascar y, después de 1898, a algunas de las otras tribus de la isla. No debiera sorprendernos del todo que los alemanes, ansiosos de obtener tierras en África suroccidental, libraran una guerra genocida, que hacia 1908 había matado al noventa por ciento del pueblo herrero, pastores de la región. Hasta las potencias europeas más pequeñas cedían a impulsos coloniales: a partir de 1884, el rey Leopoldo supervisó la brutal ocupación belga que aniquiló a millones de congoleses; en 10
  • 11. 1873 los vecinos holandeses de Leopoldo enfrentaron mayores dificultades en su lucha contra el sultán de Achin en Indonesia. A los italianos les fue peor: sufrieron una humillante derrota frente a las legiones etíopes en la batalla de Adowa de 1896. A diferencia de sus vecinos de Europa Occidental, Alejandro III no tuvo que cruzar los mares para perseguir el inexorable avance de Rusia hacia Asia Central, o para luchar contra los turcos en 1877 y 1878. Su éxito en estos dos escenarios animó, al parecer, a su heredero, Nicolás II, a luchar en 1904 y 1905 contra las fuerzas armadas del emperador Meiji, que habían sido modernizadas hacía poco. El sentido común debió frenar los apetitos imperiales del Zar, pero como señaló poco antes el emperador Guillermo II de Alemania, la sabiduría no era el punto fuerte de su primo Nicky. Así, el Zar cometió el error garrafal de entrar en un conflicto que resultó ser lejos más costoso que las anteriores aventuras de Rusia: para 1905 las fuerzas armadas japonesas habían acabado con la mayor parte de las flotas de Nicolás II en el Lejano Oriente y el Báltico, y una parte sustancial de su ejército, lo que obligó al Zar a contener sus impulsos imperiales. A excepción de los enfrentamientos de los rusos con los turcos y japoneses, la mayoría de las guerras de fines del siglo xix fueron conflictos de corta 19 duración y baja intensidad. En vista de esta falta de “guerras modernas, los historiadores militares han tenido pocos casos de estudio para analizar. De ahí que algunos académicos se hayan dedicado a estudiar la guerra civil de Estados Unidos y la guerra franco- prusiana. Estos conflictos demostraron ser muy instructivos porque fueron los primeros encuentros donde sus participantes usaron rifles de retrocarga, lo que permitió que las tropas cargaran sus 11
  • 12. armas desde una posición recostada, lo que, a su vez, limitaba su exposición a los disparos enemigos. Las nuevas armas pequeñas, estriadas y con cartuchos metálicos, duplicaban la velocidad de disparo de los soldados, mientras que el alcance de sus armas se incrementaba hasta en un cuatrocientos por ciento. Gracias a esta nueva tecnología, la infantería de las trincheras podía, en palabras de un pensador militar, convertir en “alimento para pólvora” a cualquier formación de hombres que estuvieran demasiado juntos o cualquier escuadrón de caballería que entrara neciamente a campo abierto frente a una posición de defensa, lugar que varios oficiales militares estadounidenses llamaron “la zona del peligro” o “el espacio mortal. De ahí en adelante, las unidades renunciaron a atacar en formaciones compactas. En vez de esto, pequeños grupos de hombres avanzaban a grandes pasos, una técnica que algunos llamaron “ataque en enjambre. Cuando se abría fuego a las tropas ofensivas, estas debían atrincherarse y usar sus pequeñas armas para frenar el fuego enemigo, mientras un segundo grupo de ataque pasaba a través de la primera unidad, hacia el objetivo. Si era necesario, un tercer grupo podía seguir los pasos al segundo. Estas oleadas de hombres que se adelantaban unos a otros, iban alternando movimientos para atrincherarse y avanzar hasta que finalmente podían acercarse al enemigo. Estas tácticas, al presentar menos objetivos y más separados entre sí, reducían la cantidad de bajas . A pesar de las claras ventajas de estas maniobras, muchos escépticos dudaban de la eficacia de las nuevas técnicas de batalla. Un oficial británico, el capitán Charles Booth Brackenbury, admitió: “Es cosa muy fea atacar contra armas de retrocarga, pero hay que hacerlo... la fuerza moral es lo que 12
  • 13. prevalecerá . El ejército del Zar adoptó precisamente esa filosofía a mediados de julio de 1877, cuando sus formaciones en masa asaltaron las posiciones fortificadas turcas en Plevna. Las tropas otomanas, que estaban bien atrincheradas y equipadas con armas de retrocarga, Peabody-Martini, de la más alta tecnología, repelieron a los rusos, masacrando o hiriendo al veinticinco por ciento de los oficiales del Zar y al veintitrés por ciento de sus hombres. Estas horribles pérdidas no desalentaron a los generales zaristas. Tras seis horas de bombardeo se llevó a cabo otro ataque en masa que también falló, de nuevo con una baja del veinticinco por ciento de las tropas rusas. Los rusos lograron ocupar Plevna, pero solo después de abandonar los ataques frontales en masa y reemplazarlos por un sitio que duró cinco meses. Por desgracia, los ejércitos europeos no aprendieron las lecciones de la guerra civil de Estados Unidos y de la guerra franco-prusiana. En 1879, durante las primeras etapas de la Guerra Zulú, el general Frederick Thesiger, comandante de la fuerza de expedición británica, nombrado hacía poco lord Chelmsford, cometió dos errores capitales: dividió el mando de sus fuerzas y, peor aún, subestimó a su adversario. Liderando una columna que consistía en dos batallones del 24° regimiento de élite, más auxiliares locales y algo de artillería, entró el 11 de enero de 1879 al territorio zulú. Dentro de nueve días su columna llegó a Isandlwana, una alta montaña que se erguía sobre una planicie lo suficientemente espaciosa como para acomodar a las fuerzas invasoras y sus cabalgaduras. Tras ordenar a seis compañías del 24° regimiento –unos ochocientos hombres– más nueve mil auxiliares y unas cuantas piezas de artillería que permanecieran en la base de Isandlwana bajo el mando del teniente 13
  • 14. coronel Henry Pulleine, siguió camino con la esperanza de encontrar a las legiones zulúes. Los enemigos de lord Chelmsford encontraron a su comando primero: veinte mil zulúes, blandiendo azagayas, atacaron el 26 de enero de 1879. El comandante británico, manco, intentó valientemente reunir a sus hombres y, equipados con los rifles Martini-Henry de calibre .45 y la artillería, constituyeron una fuerza formidable. Pero en vez de atrincherarse, lo que les hubiera dado refugio, los británicos formaron una “larga línea roja”. Aunque a veces se abusa de esta descripción, en este caso resultó ser muy acertada porque las tropas inglesas en Isandlwana de hecho vestían túnicas rojas, junto con pantalones azules y cascos blancos. La línea repelió un “ataque de una horda de fanáticos” en Jartum, pero falló en Natal. Los impis zulúes atacaron en su clásica formación de cuernos de búfalo: un grupo, representando el cuerpo del animal, asaltó a los ingleses de frente mientras otras dos columnas, los cuernos, envolvieron a los flancos británicos. Aunque estaban equipados con rifles modernos y cartuchos de disparos de artillería de largo alcance, la línea roja retrocedió. Formaron cuadros, pero fue en vano: los zulúes los dominaron, matando y degollando a más de mil trescientos oficiales y hombres. Los zulúes repitieron esta táctica una segunda vez. Días después de la debacle de Isandlwana, cuatro mil zulúes atacaron a un contingente de ciento cuarenta hombres, también del 24° regimiento, que estaba estacionado en la cercana misión de Rorke’s Drift. A diferencia de sus desafortunados coterráneos, estos soldados a plena vista no opusieron resistencia. En cambio, se guarecieron detrás de parapetos que habían levantado rápidamente con sacos de arena, y en el edificio de piedra de la misión. Así, a pesar de las 14
  • 15. abrumadoras dificultades, los británicos, protegidos por sus fortificaciones improvisadas, repelieron ola tras ola de zulúes, obligándolos a retroceder, y solo tuvieron diecisiete bajas mortales y cuarenta y tres heridos. Las dos lecciones surgidas de estos combates reforzaron las de la guerra civil de Estados Unidos y el conflicto franco-prusiano: que la bala de rifle y no la bayoneta –que el general William Sherman descartó por superflua– se había convertido en el arma más eficiente en el campo de batalla y que las tropas debían luchar protegidas por barricadas5 . Las armas que elevaron a la infantería a un papel preeminente en el campo de batalla limitaron el papel de la artillería. A pesar de que algunos ejércitos, entre ellos el británico, siguieron prefiriendo los cañones de bronce de alma lisa y avancarga, estas armas simplemente no podían competir con los nuevos cañones de acero de retrocarga, en especial los producidos por Krupp. Como sucedía con el rifle, la pieza estriada de artillería tenía un rango mayor –hasta cuatrocientos por ciento desde novecientos metros– mejor precisión y una mayor velocidad de disparo. Incluso con esas mejoras, estos cañones de campaña tenían ciertas limitaciones. En los conflictos anteriores, los generales movían su artillería hacia adelante, cerca de la primera línea, de modo que su metralla pudiera romper las formaciones enemigas en masa. Ahora, los artilleros enfrentaban nuevos peligros: el mayor alcance de los rifles de retrocarga obligaba a los equipos de artilleros a retirar sus armas o morir junto a sus cañones. Más importante, como demostró la guerra civil de Estados Unidos y el conflicto ruso-turco, la artillería tuvo poco impacto ante la infantería atrincherada. Por lo tanto, las armas pesadas tenían que desempeñar un papel más discreto. Y la 15
  • 16. misma tecnología que permitió a la infantería desplazar a la artillería como presencia preeminente en el campo de batalla, en la práctica condenó a la caballería. El ataque fútil del general A. Michel, en Morsbronn, en agosto de 1870 y el intento fallido del general Jean Margueritte por romper las filas prusianas en Sedan, demostró de forma dolorosa que la caballería mantenía su garbo, pero había perdido su capacidad de impactar. De nuevo, la combinación del rifle de retrocarga, la ametralladora Gatling y la artillería que disparaba a combustión, relegó a la caballería a servir como soldados a caballo o unidades de reconocimiento, y ciertamente ya no era la fuerza de ataque consistente de antaño. En adelante, la defensa superó a la ofensiva, en particular si estaba acuclillada y equipada con las nuevas armas pequeñas. En agosto de 1871, el príncipe Augusto de Württenberg ordenó a sus tropas atacar a los franceses en St. Privat, marchando en densas columnas, precedidas por las cornetas y tambores del regimiento. En veinte minutos, ocho mil soldados, es decir, el veinticinco por ciento del cuerpo del Príncipe, yacían muertos o heridos. Como concluyó Helmuth von Moltke, “Es poco el éxito que se puede esperar de un ataque meramente frontal, y es muy probable que haya muchas pérdidas. Por lo tanto debemos girar hacia los flancos de una posición enemiga”. Irónicamente, si hubiese estudiado las lecciones de la guerra civil de Estados Unidos, el general alemán ya habría aprendido esa lección. 16
  • 17. INICIO DE LA GUERRA El 14 de febrero de 1879 tres naves chilenas desembarcaron tropas en Antofagasta, por entonces ciudad-puerto boliviana, y el Batallón Nº 3 de Línea formó en columna en la plaza León. La ocupación se extendió al asiento minero de Caracoles. El 1 de marzo, el gobierno de Bolivia declaró cortadas las comunicaciones con Chile y el embargo de propiedades de ciudadanos chilenos, asumiendo un estado de guerra. Dos semanas después, Chile inició preparativos para ocupar el norte del paralelo 23. Los bolivianos expulsados del litoral, con 135 rifles y algunas carabinas opusieron resistencia en el pueblo de Calama, dirigidos por el ciudadano Ladislao Cabrera. Un poderoso destacamento chileno a órdenes del comandante Ramírez los derrotó el 23 de marzo. El 5 de abril de 1879, Chile declaró la guerra a Bolivia y Perú. El conflicto tuvo tres fases: la campaña del sur, desdoblada en naval y terrestre; la campaña sobre Lima y su ocupación; y el proceso de la paz. La idea de una mediación estuvo presente apenas iniciado el conflicto. En 1879, los Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania no logran conformar un bloque mediador Las naciones sudamericanas también ofrecieron sus oficios. Brasil fue rechazado como mediador, el presidente de Ecuador, General José María Urbina y Viteri realizó diversos viajes a los países en conflicto y terminó su misión cuando Chile no aceptó el pedido de los aliados de retornar a la situación anterior al inicio de las hostilidades. Colombia envió al diplomático Pablo Arosemena, quien 17
  • 18. concluyó su labor en octubre de 1879 al rechazar Chile el pedido de Bolivia de recuperar Antofagasta. 18
  • 19. CAMPAÑAS Campaña naval La guerra sostenida contra España en 1866 había permitido al gobierno de Chile comprender la importancia que una vigorosa fuerza naval proporcionaba desde el punto de vista diplomático, táctico y estratégico. Así comenzó a renovar y perfeccionar sus embarcaciones de guerra, y hacia 1879, su armada era la mejor equipada de América del Sur, al menos en cuanto a medios materiales. Su escuadra, al mando del Almirante Juan Williams Rebolledo, se integraba con las fragatas blindadas gemelas Cochrane y Blanco Encalada, y cinco naves de madera: corbetas Chacabuco, O’Higgins y Esmeralda, cañonera Magallanes y goleta Covadonga. Las primeras acciones navales se redujeron a la toma de Antofagasta por parte de los chilenos y a su desembarco en los puertos de Cobija, Tocopilla y Mejillones, con lo que quedaron dueños de todo el litoral boliviano. Uno de los principales problemas al inicio de la guerra fue el de las largas distancias existentes entre Valparaíso, puerto base de la escuadra chilena, y la zona de Antofagasta, teatro de las operaciones. Un desplazamiento por tierra era prácticamente imposible dado el enorme esfuerzo logístico que supondría. Más rápido y económico resultaba trasladar efectivos y pertrechos bélicos por mar, para lo que se debía contar con el control del océano. Arica, el puerto más seguro del sur de Perú, se había convertido en base naval de la marina peruana y su escuadra basaba su poder en el monitor Huáscar, la fragata blindada Independencia, los monitores fluviales Atahualpa y Manco Cápac, la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo, estas últimas de 19
  • 20. madera. Por su parte, los bolivianos poseían cuatro buques de guerra: los guardacostas Bolívar y Mariscal. Sucre, y las embarcaciones Laura y Antofagasta. El presidente peruano Mariano Prado conciente de que sus fuerzas eran inferiores en velocidad y potencia de fuego a las chilenas, ordenó evitar un ataque frontal y acometer a la línea de abastecimiento del enemigo en retaguardia, salvo casos en donde las probabilidades de éxito estuvieran de parte de los peruanos. El plan originario del gobierno chileno consistía en atacar por sorpresa a la escuadra peruana en el Callao con el propósito de hundirla o, al menos, bloquear el puerto para permitir la invasión de Tarapacá por el ejército. La estrategia de Williams era otra: por información proveniente de sus servicios de inteligencia tenía conocimiento que las potentes baterías de tierra del Callao, modernizadas luego de la guerra contra España, estaban prontas para actuar por lo que prefería bloquear el puerto salitrero de Iquique para esperar allí a la escuadra peruana para dar batalla en altamar. Además estimaba que con el bloqueo de Iquique y el hostilizamiento a las poblaciones de la costa de Tarapacá se lograría impedir el comercio del guano y el abastecimiento de salitre a Perú, por lo que para proteger sus intereses la escuadra debería forzosamente rumbear hacia esa región. En la mañana del 5 de abril bloqueó Iquique, en cuya defensa acudieron las unidades peruanas Huáscar e Independencia. En el combate del 21 de mayo de 1879 el Huáscar, al mando del Capitán de Navío Miguel Grau Seminario, logró hundir a la corbeta chilena Esmeralda, comandada por el Capitán de Fragata Arturo Prat Chacón, quien murió heroicamente en el combate y se convirtió en el mayor héroe naval chileno. La fragata Independencia encalló en unos arrecifes de 20
  • 21. Punta Gruesa al perseguir a la goleta Covadonga, la que huyó al aproximarse el Huáscar. Estas acciones navales proporcionaron una victoria táctica al Perú: se levantó el bloqueo del puerto de Iquique y las naves chilenas fueron hundidas o abandonaron el área; pero con el hundimiento de la Independencia la armada peruana perdió al más grande y potente de sus navíos. El Huáscar quedó prácticamente solo contra la escuadra chilena. Si bien su tamaño y capacidad operativa eran menores que los de sus adversarios, durante cinco meses mantuvo la lucha como dueño del mar. Grau le realizaba frecuentes tareas de reparación y de carena, dado que su principal ventaja táctica era su velocidad superior a los blindados de la flota chilena. Este hecho le permitió repetidas veces escapar a las largas persecuciones efectuadas por el almirante Williams a bordo del Blanco Encalada. El momento culminante de la actuación del Huáscar fue el 23 de julio de 1879, cuando capturó al transporte chileno Rímac, que se desplazaba hacia el norte. En esta acción, Grau no sólo se apoderó de dicho buque, sino también del Regimiento de Caballería Carabineros de Yungay, que se encontraba abordo, y de gran cantidad de armas y municiones. Este acontecimiento provocó una crisis en el gobierno chileno, y la renuncia del Ministro de Guerra, de los Intendentes Generales del Ejército y de la Armada, y del Almirante Williams Rebolledo. Entre agosto y octubre de 1879, el Huáscar realizó tres exitosas incursiones más. Sin artilleros y con marineros reclutados entre los fleteros del Callao, sus apariciones y desapariciones dieron a su nombre un prestigio de leyenda que repasó las fronteras y alcanzó vasta resonancia, acentuada por los gestos de magnanimidad expresados por el Capitán Grau cuando el enemigo se hallaba 21
  • 22. inerme. El combate naval decisivo tuvo lugar el 8 de octubre en Punta Angamos. Allí el Huáscar fue finalmente capturado por los chilenos, pese al intento de hundirlo por parte de su propia tripulación. Durante el combate murió heroicamente el Comandante Grau, convirtiéndose a su vez en el héroe naval peruano por antonomasia. Campaña terrestre Comenzó en noviembre de 1879, cuando Perú ya había perdido su escasa fuerza naval. El departamento de Tarapacá era el centro de los recursos económicos peruanos, por lo que su ocupación y dominio se convirtió en un objetivo prioritario para el gobierno chileno. Bolivia y Perú, aliados en la guerra, habían establecido su fortín en Iquique. Con la supervisión de los presidentes Prado y Daza, reunieron catorce mil hombres. Estimaban que Chile no se atrevería a invadir Perú a través de los tórridos desiertos. Sin embargo, esa fue la estrategia adoptada por los chilenos, quienes el 2 de noviembre desembarcaron 10.000 soldados en el puerto de Pisagua, desde donde alrededor de 6.500 hombres bajo las órdenes del coronel Emilio Sotomayor se internaron en las pampas de Dolores con el objetivo de conseguir los pozos de agua de su oficina salitrera. Las fuerzas aliadas al mando del general Juan Buendía, avanzaron hacia al norte de dicha pampa, situándose en el cerro de San Francisco. Frente al dilema de arriesgarse a atacar o a morir de sed en el desierto, el 19 de noviembre Sotomayor adoptó la primera opción. Tras varios ataques infructuosos, y frente a la superioridad numérica chilena y al accionar de sus modernos cañones Krupp, las fuerzas aliadas se vieron obligadas a emprender 22
  • 23. la retirada y retrocedieron hasta la quebrada de Tarapacá para poder fortificarse. Finalmente, el 27 de noviembre tras nueve horas de cruento combate, pudieron derrotar a los chilenos causándoles numerosas bajas (576 muertos, 176 heridos y 100 prisioneros), además de capturarles 8 cañones. Entre los aliados hubo 236 muertos y 261 heridos. La pérdida de oficiales fue considerable para ambos bandos. Los vencedores se vieron imposibilitados de aprovechar su triunfo, ya que al carecer de artillería y caballería, no pudieron perseguir y diezmar a los chilenos. Emprendieron entonces una penosa marcha hacia Arica dejando en el lugar las piezas de artillería abandonadas por el enemigo, debido a la falta de acémilas para transportarlas. Pese a esta derrota, en pocos días las tropas chilenas ocuparon la provincia de Tarapacá, la que quedó al mando del Capitán de Navío Patricio Lynch con el título de Jefe Político de Tarapacá. Se impuso en la zona un derecho de exportación sobre el guano y el salitre sin pronunciarse el gobierno sobre la situación legal de los establecimientos que los explotaban. Estos acontecimientos provocaron la renuncia de Prado a la presidencia de Perú, remplazado por Nicolás de Piérola. En Bolivia, el presidente Daza fue sustituido por el general Narciso Campero. Si bien la campaña naval había concluido, los chilenos efectuaban diversos ataques a las costas peruanas para impedir su aprovisionamiento. El 27 de febrero el monitor Huáscar, (que luego de ser capturado en Angamos pasó a integrar la escuadra chilena), y la cañonera Magallanes se acercaron a las baterías del puerto de Arica e intercambiaron un fuerte cañoneo con las defensas de tierra. Pese a estos hostigamientos se lograban desembarcar víveres, fusiles y 23
  • 24. torpedos especialmente en el puerto de Mollendo, para ser enviados a Tacna y Arica. Con la finalidad de impedir estas acciones y anular además el comercio exterior del Perú, realizado principalmente a través del puerto del Callao, el 18 de marzo de 1880 el gobierno de Chile ordenó su bloqueo al Comandante en Jefe de la Escuadra, Almirante Galvarino Riveros, hecho que se concretó el 10 de abril y se mantuvo hasta la ocupación de Lima por el ejército chileno el 17 de enero de 1881. En ese lapso se sucedieron muchos combates entre los fuertes y lanchas que defendían el puerto contra la escuadra bloqueadora y sus lanchas torpederas. Para la defensa del Callao, los peruanos incorporaron a las baterías varios cañones que habían estado almacenados desde 1866. Se agruparon las lanchas en una sección llamada Fuerzas Sutiles y se nombró como Jefe al Capitán de Fragata Patricio Iriarte. Campañas de Tacna y Arica Mientras tanto el Comandante Lizardo Montero Flores había logrado armar y entrenar al ejército peruano en Tacna y Arica, totalizando 5.800 hombres. A su vez el ejército boliviano poseía 4.200 soldados, pero las relaciones entre ambos países no tardaron en descomponerse al tratar de decidir quien comandaría el ejército aliado. Para apoderarse de esas provincias el gobierno chileno preparó durante tres meses una invasión al departamento de Moquegua, para la que destinó un ejército al mando del general Manuel Baquedano, quien desembarcó en el puerto de Ilo, a casi 80 millas de Tacna, y de allí marchó a Los Ángeles, donde halló breve resistencia. Sus fuerzas totalizaban alrededor de 14.000 hombres, con artillería y caballería mejor equipadas que las de sus 24
  • 25. adversarios. En el ejército aliado cundía la discordia, no solo entre los soldados, sino también entre los mandos. Finalmente escogieron una posición para dar batalla y ocuparon la meseta de Intiorco, en las afueras de Tacna, bautizada con el nombre “Alto de la Alianza”. El 26 de mayo se iniciaron las hostilidades. El ataque chileno fracasó hacia el mediodía, pero al retroceder la izquierda y el centro entró en acción la reserva y se logró la victoria luego de cuatro horas de combate. El número de muertos y heridos revela la fiereza de la lucha: 1.130 chilenos y 3.150 aliados. Este enfrentamiento sería el último en que participarían las tropas bolivianas, las cuales al mando de su presidente Narciso Campero se retiraron hacia su país. En adelante, su participación se limitaría al nivel de las negociaciones diplomáticas. El puerto de Arica, artillado desde abril, contaba con el monitor Manco Cápac como batería flotante, pero después de la derrota aliada en Tacna, la pequeña guarnición del Morro con 2.100 hombres al mando del Coronel Francisco Bolognesi, quedó rodeada de chilenos, cuyos mandos enviaron dos parlamentarios a solicitar la rendición, enérgicamente rechazada por Bolognesi y sus oficiales, entre los que se encontraba el argentino Roque Sáenz Peña, futuro presidente de su país. Si bien tenía fama de baluarte inexpugnable, el mayor defecto del Morro consistía en que la ubicación de la central de activación de minas se hallaba en el hospital, sitio más vulnerable de la fortificación. Por otra parte, sus defensas habían sido diseñadas principalmente para repeler ataques exclusivamente marítimos, y la estrategia chilena planeó en esta ocasión una acción conjunta con la infantería. Cercada Arica por tierra y mar, el coronel Pedro Lagos ordenó el 6 de junio un fuerte bombardeo al Morro, el que se 25
  • 26. repitió en dos ocasiones al día siguiente. Finalmente el bastión fue asaltado por 4.000 infantes chilenos. El coronel Bolognesi murió en la acción, y los marinos del Manco Cápac se rindieron luego de hundir su buque. En esta batalla murieron más del 30 por ciento de los soldados peruanos que defendían la plaza, y el 10 por ciento de los chilenos atacantes. Con la conquista de este fuerte y los de la playa, el puerto de Arica quedó finalmente en poder de las tropas chilenas. La capital peruana vivía desconectada del resto del país y subestimó completamente la situación bélica, lo que contribuyó a desestabilizar completamente a su clase política y a evitar una preparación efectiva para enfrentar el desembarco enemigo. La población limeña no podía admitir que un ejército atrincherado en una posición aparentemente inexpugnable, parapetado detrás de fortificaciones erizadas de artillería, hubiese caído al choque de tropas agotadas por una marcha de más de tres meses por desiertos arenosos, diezmadas por las fiebres, obligadas a transportar los víveres, el agua y a arrastrar ellas mismas su artillería. Luego de las acciones de Tacna y Arica, los gobiernos de Bolivia, Chile y el Perú iniciaron conversaciones para intentar finalizar la guerra; pero al mismo tiempo, el Almirante Lynch partía desde Arica con el objetivo de destruir las haciendas azucareras que aportaban financieramente al Perú y exigir contribuciones de guerra a los hacendados peruanos. El secretario de estado norteamericano William Evarts, tuvo especial interés en promover las negociaciones de paz, ya que durante los cañoneos efectuados por la armada chilena a la costa peruana habían sido afectadas propiedades de europeos y estadounidenses. Pero el esfuerzo resultó infructuoso debido a la negativa de cesiones territoriales 26
  • 27. por parte de Perú y Bolivia, y a que la mayoría de la población chilena exigía la invasión de Lima. Fue entonces cuando la marcha hacia la capital peruana, resistida por el ejecutivo pero impulsada por el congreso bajo la intensa presión de la opinión pública y de la prensa, comenzó a organizarse. Las fuerzas invasoras calculadas por algunos historiadores en 23.000 hombres y por otros en 30.000, fueron puestas a las órdenes del General Manuel Baquedano. 27
  • 28. Campaña de la sierra El presidente peruano Piérola se internó en la sierra para intentar la defensa, pero sus esperanzas de organizar una resistencia unificada se desvanecieron en el despertar de una lucha renovada por el poder entre facciones y caudillos rivales. En un bando se encontraban los civilistas, consignatarios de guano, banqueros y hacendados progresistas. Su líder Francisco García Calderón se dirigió a Lima tras la marcha de Piérola a la sierra, con el objetivo de formar un nuevo gobierno para negociar una paz inmediata con los chilenos. En el otro bando, una deshilvanada coalición de jefes militares partidarios de continuar la resistencia se alineó primero junto a Piérola hasta que éste fue depuesto en favor del Coronel Andrés Cáceres, veterano de Tarapacá, Tacna y Chorrillos. Junto con el Capitán José M. Pérez organizó la resistencia desde la breña de los Andes Centrales, zona que presentaba una topografía excelente para aplicar la estrategia de guerra de guerrillas, emboscadas y sorpresas. Cáceres, aunque con gran ascendiente entre sus rústicos soldados, contaba con escaso armamento para una lucha prolongada. A principios de mayo de 1881 Baquedano regresó a Chile con parte del ejército vencedor. Las fuerzas chilenas permanecieron cerca de tres años en Perú, bajo la dirección del Almirante Lynch. El 12 de marzo, desconociendo al gobierno de la ocupación los "vecinos notables" de Lima habían elegido Presidente Provisional de la República a Francisco García Calderón, quien estableció su gobierno en el pueblo de La Magdalena Vieja, y el 10 de junio convocó la reunión de un Congreso en Chorrillos. Intentó unificar el país y nombró como primer y segundo presidentes al Contralmirante Lizardo Montero Flores, y a Cáceres, (ascendido a General), respectivamente El 6 de noviembre García Calderón fue arrestado y deportado a Chile. Montero Flores se 28
  • 29. convirtió en presidente provisorio e inició infructuosas negociaciones con el gobierno chileno. Trasladó la sede del Congreso a Arequipa, y trabajó intensamente para proseguir la guerra junto a Bolivia, adquiriendo armamento en Europa y Estados Unidos que, con gran esfuerzo, llegó a puertos argentinos y desde allí fue trasladado a Bolivia y Puno. Brindó asimismo importante ayuda a la resistencia dirigida por el General Cáceres, reforzando su ejército de la breña. Durante los años siguientes, el país vivió una época de anarquía, con Miguel Iglesias establecido en Cajamarca y ejerciendo el poder en el norte del país, y Cáceres dominando la sierra central. El 31 de agosto de 1882, desde la hacienda Montán, Iglesias emitió un documento exhortando a firmar la paz entre Chile y Perú en el que aceptaba la cesión territorial, y convocó una asamblea para obtener su respaldo. Mediante una ley del 30 de diciembre dicha asamblea estableció la creación de un Poder Ejecutivo denominado Presidente Regenerador de la República, cargo que recayó en Iglesias el 1 de enero de 1833. Cuatro días más tarde le otorgó plenos poderes para tratar de la paz con el enemigo. Estos hechos no fueron reconocidos por Montero ni por Cáceres, por lo que éste partió hacia el norte en un intento de deponer al gobierno de Iglesias. El 9 de febrero de 1883, Patricio Lynch recibió órdenes del presidente chileno-Santa María de reforzar la posición del Iglesias, en el convencimiento de que con él se podría firmar una paz acorde a los intereses chilenos. El 10 de julio Cáceres se enfrentó en Huamachuco con fuerzas chilenas enviadas por Lynch para proteger a Iglesias. Cáceres fue derrotado. Sus bajas fueron alrededor de 1.000 hombres, más de la mitad del ejército peruano, formado en su mayoría por civiles campesinos (incluso adolescentes y ancianos), mientras que los chilenos perdieron 60 soldados. 29
  • 30. OCUPACIÓN DE LIMA La partida del ejército chileno se verificó entre noviembre y diciembre de 1880. La infantería desembarcó en Pisco y la artillería en Curayaco, una caleta situada una legua al sur de Lima. El presidente Piérola hizo grandes esfuerzos para defender la capital: creó el ejército popular, llamado “nación en armas”. Todos los habitantes de Lima de 16 a 60 años fueron llamados a las filas. Las colonias de extranjeros, principalmente la italiana, hicieron causa común contra el invasor, calculándose que este improvisado ejército contó con alrededor de 26.000 hombres. Las vecindades de Lima fueron cubiertas con fuertes y artillería. Se tendieron dos líneas de defensa, una desde el elegante balneario de Chorrillos, en la que se apostaron los soldados veteranos, y la otra en el de Miraflores donde se hallaba la reserva, milicias ciudadanas organizadas sobre base gremial. La propia población civil defendió sin éxito su ciudad cuando el ejército chileno atacó tres de sus doce reductos. El 13 de enero de 1881 las tropas chilenas tuvieron un decisivo triunfo en Chorrillos, aunque con 700 hombres muertos y más de 2.500 heridos. Las acciones se reanudaron dos días más tarde en Miraflores. Luego de una primera etapa favorable a los peruanos, el ataque de la derecha y del centro se malogró por falta de tropas de refresco y la victoria fue para los chilenos. El trágico precio de esta lucha fue de tres mil peruanos y dos mil chilenos muertos o heridos. Piérola tomó el camino de la sierra. Las villas de Miraflores y Barranco fueron saqueadas por los chilenos. Lima tal vez hubiera corrido suerte análoga de no haber mediado el cuerpo diplomático. 30
  • 31. No obstante, la Biblioteca Nacional fue convertida en cuartel, y sus libros y documentos destruidos o vendidos. El poder militar peruano quedó deshecho. Baquedano obtuvo la rendición incondicional de Lima y el 18 de enero ingresó al Palacio de los Virreyes, la más bella sede gubernativa de Latinoamérica. En la noche del 17 al 18 de enero de 1881, la marina de guerra del Perú decidió destruir todas las naves que aún se encontraban a flote para evitar que cayesen en manos chilenas. Lynch estableció su cuartel militar en el Palacio Pizarro y dirigió el combate contra la resistencia peruana de la sierra, al tiempo que enfrentaba abundantes actos de sedición en Lima, y después una resistencia urbana claramente organizada. 31
  • 32. TRATADOS DE PAZ La guerra concluyó oficialmente el 20 de octubre de 1883 con la firma del Tratado de Ancón, mediante el cual el departamento de Tarapacá pasó definitivamente a manos chilenas y la soberanía de los departamentos de Tacna y Arica pertenecería a Chile por un lapso de 10 años, al cabo del cual un plebiscito de sus habitantes decidiría a cuál de los dos países desearían pertenecer. El que resultase vencedor, cancelaría al otro diez millones de pesos. Durante 1879 y 1883 murieron 23 mil soldados, entre bolivianos, chilenos y peruanos. El salitre, razón y motivo del conflicto, pasó en su mayor parte a manos de capitalistas británicos. Lima permanecería ocupada hasta 1884, las tropas chilenas se retiraron de la capital peruana dejando al frente del gobierno nacional a Miguel Iglesias Finalizada la lucha, las diferencias entre Cáceres e Iglesias dieron origen de una guerra civil entre los partidarios de ambos líderes peruanos, que finalizó en 1885 con el triunfo del primero. En abril de 1884, se firmó en Valparaíso un tratado de paz 32
  • 33. entre Chile y Bolivia, mediante el cual se entregaba indefinidamente a Chile la otrora provincia de Antofagasta En el momento de firmarse el tratado de Ancón, el departamento de Tacna contaba con tres provincias: Tacna, Arica y Tarata. Acto seguido inició un proceso de chilenización dirigido a la población de Tacna, Arica y Tarapacá, interviniendo en las organizaciones privadas y públicas de la zona. Este proceso de transculturación dirigida fue más intenso y compulsivo desde inicios del siglo XX, provocando actitudes desmesuradas de ciertos grupos de población civil chilena, de naturaleza nacionalista, que organizaron la creación de "ligas patrióticas" con la finalidad de hacer desaparecer. los rasgos culturales peruanos de los territorios de Tacna, Tarata, Arica y Tarapacá. En 1885, Chile ocupó Tarata, que fue devuelta al Perú el 1 de septiembre de 1925 por resolución del árbitro Calvin Coolidge, presidente de los Estados Unidos. El tratado definitivo entre Chile y Bolivia, que data de 1904, ha sido origen constante de tensiones diplomáticas entre ambos países durante el siglo XX y comienzos del XXI, debido a que con la anexión chilena del litoral boliviano, el país altiplánico perdió su única salida soberana al océano Pacífico quedando relegada a una condición de mediterraneidad. Junto con los puertos de Antofagasta y Cobija, los bolivianos perdieron el acceso a recursos naturales como el salitre y el cobre, cuyos principales yacimientos se encuentran en dicha zona. El plebiscito estipulado en Ancón nunca se llevó a cabo y recién el 28 de agosto de 1929, con la mediación de Estados Unidos, se firmó el Tratado de Lima, que decidió que gran parte de la provincia de Tacna fuese devuelta al Perú mientras que Arica y el resto quedara definitivamente en manos de Chile, quien agregó a su territorio más de 190.000 km². 33
  • 34. 34
  • 35. CONCLUSIONES Los continuos roces entre Bolivia y Chile llevaron en 1978 al fin de las relaciones diplomáticas entre ambos países. En la actualidad sólo existen comunicaciones a nivel consular. Tras su victoria, Chile tomó posesión no sólo de una importante extensión territorial, sino también de enormes depósitos salitreros, guaneros y de cupríferos. Éstos fueron adquiridos mayoritariamente por capitales británicos, por medio de la compra de bonos desvalorizados emitidos antes del conflicto por Perú y adquiridos a bajos precios con préstamos de bancos chilenos, que los hacían dueños de las salitreras. Esto ha llevado a parte de la historiografía moderna a ver a los ingleses como instigadores ocultos de la guerra, sin pruebas concluyentes al decir de la historiografía chilena. Cabe destacar sin embargo, que la preponderancia de los capitalistas ingleses en las salitreras fue de tal magnitud que John Thomas North, llegó a ser conocido como “El Rey del Salitre”, por lo que el presidente chileno Balmaceda manifestó su preocupación ante el peligro que significaba un monopolio industrial en manos una nación extranjera. Después de la ocupación chilena de Lima en 1881, la Argentina presionó a Chile, que no estaba en condiciones de abrir un nuevo frente, a firmar el tratado del 22 de octubre de 1881, por el cual este último reconoció la soberanía argentina en los territorios disputados de la Patagonia Oriental. En Chile se estimó que con este Argentina se comprometía tácitamente a la neutralidad en la guerra que se libraba en el Pacífico y que no integraría el tratado de alianza defensiva Perú–Bolivia. El fin de la guerra provocó todo un reordenamiento de fronteras entre Chile, Perú, Bolivia y Argentina. Si bien esta última no participó en la contienda, tras la derrota 35
  • 36. boliviana hizo efectiva la posesión de territorios en la Puna de Atacama. No obstante, por el tratado del 10 de mayo de 1889 Bolivia obtuvo la soberanía sobre Tarija y Chichas. Redefinición de Fronteras  : El conflicto resultó en una significativa reconfiguración territorial. Chile consolidó su control sobre la región de Tarapacá y obtuvo derechos sobre Tacna, mientras que Bolivia perdió su acceso soberano al océano Pacífico. Esta pérdida ha generado tensiones y reclamaciones territoriales que persisten en la actualidad. Consolidación del Poder Chileno:  Chile emergió como una potencia regional, con un ejército y una armada fortalecidos. Su victoria estableció su influencia en el Pacífico sur, alterando el equilibrio de poder en la región. Relaciones Tensas:  Las relaciones entre Chile, Perú y Bolivia se vieron afectadas negativamente. El resentimiento y las heridas dejadas por el conflicto han perpetuado una atmósfera de desconfianza y rivalidad, dificultando la cooperación y el entendimiento entre los países. Impacto Económico:  La guerra permitió a Chile acceder a recursos valiosos, especialmente el salitre, que impulsó su economía 36
  • 37. en las décadas siguientes. Sin embargo, el costo humano y material del conflicto también fue significativo, afectando a las poblaciones de los países involucrados. Legado Cultural y Nacionalismo:  La guerra dejó un legado en la construcción de identidades nacionales en Chile, Perú y Bolivia. Cada país ha interpretado y recordado el conflicto de manera diferente, utilizando su historia para fomentar el nacionalismo y la cohesión social. Lecciones de Diplomacia y Conflicto:  La Guerra del Pacífico subraya la importancia de la diplomacia en la resolución de disputas. La falta de diálogo y la escalada de tensiones condujeron a un conflicto armado que tuvo consecuencias devastadoras. 37
  • 38. Bibliografía Ahumada Moreno, Pascual: Guerra del Pacífico: recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra, que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia. Valparaíso 1892. Amayo, Enrique: La política británica en la Guerra del Pacífico. Lima 1988 Arosemena Garland, Geraldo: Gran Almirante Miguel Grau. Lima. 1946 Barros Arana, Diego. Don José Francisco Vergara: discursos y escritos políticos y parlamentarios. Santiago de Chile: 1890. Barros Arna, Diego: Historia de la guerra del Pacífico. Santiago 1881 Basadre Grohmann, Jorge: Historia contemporánea de los países sudamericanos del Pacífico. Lima 1940 Basadre Grohmann, Jorge: Historia de la República del Perú. Lima: 2005. Basadre Grohmann, Jorge: Introducción a las bases documentales para la historia de la República del Perú. Lima 1971. Bisama Cuevas, Antonio. Álbum Gráfico Militar de Chile. Campaña del Pacífico: 1879- 1884. Santiago de Chile: 1909. Bonilla, Heraclio: Guano y burguesía en el Perú. Lima 1977. 38
  • 39. Bonilla, Heraclio: El Perú entre la independencia y la guerra con Chile. En: Mejía Baca, Juan: Historia del Perú. Tomo VI. Lima 1981. Bulnes, Gonzalo (1911). Guerra del Pacífico. Valparaíso 1911 Bulnes, Gonzalo: Guerra del Pacífico. La Paz 1919 Carvano, Tomás: Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Florencia 1882. Cayo Córdoba, Percy: La guerra con Chile. En: Mejía Baca, Juan: Historia del Perú. Tomo VII. Lima 1980. Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú. La Guerra del Pacífico 1879-1883. Lima1983 Ministerio de Guerra. Concha Cruz,Alejandro, Maltes Cortes,Julio: Historia de Chile Condarco Morales, Ramiro: Atlas histórico de Bolivia. La Paz 1985. Del Busto, José A.: Historia General del Perú. Lima 1994. Ekdahl, Wilhelm: Historia Militar de la Guerra del Pacífico entre Chile, Perú y Bolivia. Santiago 1917. Encina, Francisco Historia de Chile desde la Prehistoria hasta 1891. Santiago de Chile: 1984. 39