3#5 - Abril 2013
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Revista [sic]. Año III. #5 - Abril de 2013.
ISSN 1688-938X
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(Del lat. sic, así).
1. adv. usado en impresos y manuscritos
españoles, por lo general entre paréntesis,
para dar a entender que una palabra o
frase empleada en ellos, y que pudiera
parecer inexacta, es textual.
5. Montevideo centralista y descentrada
Teresa Torres
12. Levrero y la representación
de la peripecia creativa
Sandra D’Agnese
17. Del Chivo al Celta.
La polémica vargallosiana del siglo XXI
Andrea Aquino Suárez
28. Joyce y Kafka:
pesadillas y laberintos de la modernidad
Mariana Pérez Balocchi
36. Ray Bradbury: al margen del canon
Jorge Presa Loustau
"Joyce y Kafka: pesadillas y laberintos de la modernidad", Mariana Pérez Balocchi
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el límite con la muerte. (Marin
Calderón, 2009:209)	
Porestarazón,muchasveceselsueñoseencuentra
hermanado con la disconformidad, transformándose
así en una posibilidad brumosa de trascender, a través
de la fantasía o de la evasión, la esterilidad de un
entorno desapacible, sin que implique la esperanza de
un cambio real sobre el mismo. Esto explicaría, entre
otras cosas, la presencia de lo onírico como punto de
encuentro entre el Ulises de Joyce y El proceso de Kafka,
pero a la vez de desencuentro, en la medida en que sus
autores apelan de manera diferente al mismo para la
construcción de sus relatos, como forma de expresar
la alteración de lo cotidiano y rutinario de la vida que
envuelve a sus protagonistas.
En ambas novelas, los elementos que conforman
el universo de la cotidianeidad sirven para exhibir la
particular situación de antinomia entre el individuo y
la sociedad propia del siglo XX. Así, respectivamente,
Leopold Bloom es presentado como un hombre de
origen judío, de mediana edad, que, fracasado como
poeta, ocupa un cargo de publicista en el periódico
dublinense The Freemans Journal, y que en su vida privada
es engañado por su sensual esposa, Molly; mientras
tanto, Joseph K... aparece como un funcionario de
banco, de temperamento solitario, que acaba de
cumplir los treinta años. Como puede advertirse,
las características de estos personajes constituyen
la esencia de dos verdaderos antihéroes, situados
en la mediocridad y en el hastío propios de la etapa
sistemática del capitalismo de las primeras décadas de
dicho siglo.
Con respecto al Ulises, es precisamente en
el capítulo XV donde la presencia de lo onírico-
pesadillesco se distingue con mayor evidencia dentro
de la obra. Este comienza con la entrada de Leopold
a la zona de los burdeles y, simbólicamente, a la del
conflictivo mundo de su inconsciente. En tal sentido, no
es un hecho menor la elección por parte del autor de
que ese movimiento se propicie gracias a la inmersión
del protagonista en ese espacio sórdido que conforma el
erotismo, ya que viene a representar el vaciadero de los
impulsos reprimidos, producto de la presión moral que
ejerce la sociedad capitalista y sus valores dominantes
sobre los individuos.
En el esquema interpretativo que Joyce entregó
a su traductor Carlo Linati en 1920, le adjudicó al
mencionado capítulo el título de “Circe”, como modo
de sugerir la correspondencia con el pasaje de la Odisea
referido a la llegada del héroe a la isla de Eolia y a su
experiencia relativa con la deidad. Recordando la
genealogía mitológica, Circe es hija de Helios y Hécate,
de quienes hereda tanto el don de agasajar con placeres,
como el dominio de la hechicería para conquistar sus
ambiciones, aspectos que la convierten en un símbolo
convencional del erotismo.
Evocando el referido episodio, cuando la
tripulación de Odiseo desembarca en la isla, Circe, “la
conocedora de muchas drogas”, tal como su epíteto lo
indica, convidándolos con un banquete emponzoñado,
los convierte en puercos. Frente a la angustia que
experimenta Odiseo ante esta situación, Hermes se le
presenta para impedir que corra con la misma suerte
que sus hombres y le entrega una hierba llamada
“moly”, la que tiene el poder de evitar que los hechizos
de la diosa surtan efecto: “(...) me dio el remedio,
arrancando de la tierra una planta cuya naturaleza
me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca como la
leche su flor, llámanla moly los dioses, y es muy difícil de
arrancar para un mortal; pero las deidades lo pueden
todo.” (Homero, 1999:130)
Al hacer coincidir el nombre de esta hierba
mágica con el de “Molly” Bloom, esposa de Leopold,
Joyce abre una correspondencia más sutil y profunda
entre el Ulises y la Odisea. Este dato tal vez sea orientador
para comprender la relación entre la alucinación,
la pesadilla, el erotismo y el deseo reprimido en este
capítulo que pasaré a desarrollar.
Leopold ingresa a un infierno simbólico, a una
pesadilla de su inconsciente que deforma el espacio
del mundo del erotismo, propio de los burdeles.
Todos los elementos alucinatorios y, por consiguiente,
pesadillescos, que aparecen en este episodio son
propiciados y justificados por la ingesta de ajenjo o
absenta, hecho mencionado en el capítulo anterior. Si
en la Odisea el ingreso a los confines del erotismo de
Circe es posible gracias a la magia de la hierba moly,
entregada en manos de Odiseo por un dios; aquí, en
cambio, es por el efecto alucinógeno del ajenjo, bebido
en una taberna y servido por un hostelero. La ironía del
autor es más que elocuente y da cuenta de la intención
última de su obra que, tal como lo señala Terry
Eagleton, consiste en abrir una distancia más bien
cómica –o tragicómica, diría yo– entre el mundo de la
épica homérica y el degradado mundo moderno. Sin
embargo, no deja de ser destacable que, moralmente,
el ingreso de este personaje al mundo de la libido esté
enmarcado dentro de una alucinación provocada por
esta sustancia alcohólica, también como una forma de
evasión de la conciencia típicamente irlandesa.
Al introducirse en esas fronteras, Leopold no
reconoce el entorno, y su extrañamiento da lugar
al desarrollo de una experiencia semejante a la de
una pesadilla: “¿Eso qué es? ¿Un faro de destellos?
Un proyector” (Joyce, 1995: 506). Este capítulo, en
cuanto construcción literaria, está marcado por la
teatralidad; da cuenta de ello la utilización de diversos
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recursos propios del género dramático, tales como
la adopción de la forma de un guión de teatro, que
estructura los parlamentos de los distintos personajes
que intervienen, así como también por la presencia
de indicaciones referidas al escenario y al vestuario.
Semejante alternancia de género dentro de la novela
es uno de los tantos significantes de su complejidad
formal. Esto exige un cambio de posicionamiento en
los lectores, quienes a partir de aquí van a asistir a un
nuevo espacio ficcional: el de la teatralidad.
Tal como se ha venido puntualizando, el ingreso
de Leopold es preparado por la puesta en escena de
una multiplicidad de elementos visuales y sonoros
dispuestos a provocar en el lector la apertura de los
sentidos necesaria para adentrarse a su universo de
fantasía onírica: “La entrada al barrio de los burdeles,
por la calle Mabbot, ante la cual hay una extensión
desamparada de agujas de carriles de tranvías, con
esqueletos de vías, fuegos fatuos rojos y verdes y
señales de peligro” (1995: 503). “Se rompe un plato;
chilla una mujer; gime un niño. Los juramentos de un
hombre rugen, murmuran, cesan.” (1995: 504). Dichos
componentes no verbales que organizan esta entrada,
sumados a la deformación alucinógena, grotesca y
pesadillesca que constituyen parte de su interioridad,
se emparentan estéticamente con las características
propias del teatro expresionista.
Ubicado dentro de estos parámetros, el
protagonista dialogará con distintos personajes que, al
mismo tiempo, configuran verdaderas emisiones de su
propio yo, tales como su padre, Molly, la señora Breen,
dos guardias, su amigo O’ Molloy, etc. También en
esta lógica representativa de la pesadilla, el lector se
enfrentará con la metamorfosis de un perro que lo ha
venido siguiendo en su deambular por esta zona y con
la aparición de su hijo muerto, Rudy, con la que cierra
el capítulo.
Ahora bien, volviendo al tema del erotismo,
se puede decir que, representado bajo el mundo
de lo onírico, revela el deseo sexual reprimido del
protagonista, quien, por sentimiento de culpa desde la
muerte de su hijo ocurrida hace diez años, no ha vuelto a
mantener relaciones sexuales con Molly, ni con ninguna
otra mujer. En tal sentido, es determinante que, una vez
franqueado el umbral de la conciencia para acceder
al ámbito de la libido, representado simbólicamente
por la zona de los burdeles, se encuentre, tal como ya
mencioné, con su esposa, transfigurada en odalisca,
que responde a Marion, su nombre verdadero:
Una Voz: (Agudamente) ¡Poldy!
Bloom: ¿Quién? (Se agacha y
esquiva torpemente un golpe)
A sus órdenes. (Levanta los
ojos. Al lado de un espejismo de
palmeras datileras, está delante
de él una bella mujer de traje
turco. Opulentas curvas llenan
sus pantalones escarlata y su
chaquetilla con lamé de oro.
Una ancha faja amarilla la ciñe.
Un yashmak blanco, violeta
en la noche, le cubre el rostro,
dejando al descubierto sólo sus
grandes ojos oscuros y su pelo
corvino.)
Bloom: ¡Molly!
Marion: ¿Qué hay? A partir
de ahora, buen hombre, será
Mrs. Marion cuando me hables.
(1995:509)
Como puede advertirse, hay dentro de esta
alucinación, y en su representación simbólica, un
mecanismo de inversión que alude al conflicto de la
identidad de Molly expresado en dos sentidos, uno
referido a su mestizaje y otro a su nombre. El primero
quedaexpuestoatravésdeladescripcióndeunvestuario
típico de odalisca y de la metamorfosis del espacio físico
en desierto, que sugieren una velada asociación con
su origen étnico andaluz y, en consecuencia, con un
vestigio cultural islámico. En cuanto al segundo, se da
mediante un juego de oposición entre los nombres y los
apodos, tal como si se tratase de un espejo en que se
refleja y separa a la vez su identidad de la de Leopold.
En este sentido, mientras Molly le exige ser llamada
por su nombre de soltera, se dirige a él llamándolo
“Poldy”, que es su apodo habitual. Es decir, dentro de
la alucinación Leopold se encuentra con el origen de su
esposa, la mestiza Marion, como una imagen invertida
que se proyecta y se disocia del plano de la vida real,
representado por la cotidianeidad implicada en el uso
afectivo del apodo.
A partir del encuentro, se van a revelar dos
conflictivas reprimidas por parte del protagonista.
En primer lugar, al ser Molly una parte fundamental
de su problemática sexual y existencial, la visión va a
funcionar al revés que la hierba moly que aseguraba
a Odiseo contrarrestar el hechizo para entrar sano y
salvo al erotismo de Circe, porque Molly es el hechizo o
la hierba propiamente dicha y, por consiguiente, la llave
que abre paso al mundo censurado de la libido en la
conciencia de Leopold. En segundo lugar, y relacionada
con la anterior, está la conflictiva del deseo frustrado,
de la fantasía de la infidelidad que se cierne sobre ella
y su amante Boylan, y a la vez la posibilidad de quedar
bajo la misma sospecha, como una proyección del
problema real en la dimensión del delirio: “Respira con
profunda agitación, tragando sorbos de aire, preguntas,
esperanzas, pies de cerdo para la cena de ella, cosas que
contarle, excusas, deseo, hechizo.” (1995:509)
Como se ha venido observando a través del
tratamientodeestecapítulo,enelUliseslatransformación
fantástica de lo cotidiano se produce exclusivamente
en el ambiente de la nocturnidad, y más precisamente
dentro de un plano onírico. En mi concepto, uno de
los puntos de encuentro y desencuentro entre las dos
novelas radica en que en El proceso, contrariamente,
la misma tiene lugar en un espacio familiar y diurno,
en que lo fantástico se gesta y comienza a crecer de
un modo desmesurado hasta volverse una realidad
superior, superpuesta a la realidad cotidiana.
En el primer capítulo de El proceso, Joseph K...
se ve inmerso en un proceso legal sin causa aparente,
el cual le es comunicado en el instante inmediato al
despertar, tras la irrupción sorpresiva en su habitación
de dos funcionarios subalternos del aparato de justicia.
Por lo tanto, gracias a este inicio, que rompe con el
universo cotidiano, queda instalada la duda y con ella la
posibilidad de considerar la peripecia del protagonista
en términos de una pesadilla que se extiende en el
estado de la vigilia:
Seguramente se había
calumniado a Joseph K..., pues,
sin haber hecho nada malo,
fue detenido una mañana. La
cocinera de su patrona, la señora
Grubach, que le llevaba todos
los días su desayuno a las ocho,
no se presentó aquella mañana.
Nunca había sucedido eso. K....
aguardó todavía un instante,
contempló desde su almohada
a la anciana que habitaba frente
a él y que le observaba con
una curiosidad sorprendente,
y después hambriento y
sorprendido a la vez, reclamó
a la criada. En ese momento
llamaron a la puerta y entró un
hombre que él nunca había visto
en la casa. (Kafka, 1961:7)
Este mecanismo adoptado por el autor para la
construcción del relato se traduce en la superposición
del plano onírico con el de la vigilia, dando lugar a una
serie de discordancias, perturbaciones e incongruencias
que terminan falseando el curso ordinario de las cosas.
Al respecto, Marthe Robert señala lo siguiente:
Con la ciencia del fenómeno que
sólo puede poseer el soñador
inveterado, y familiarizado por
fuerza con sus propias tinieblas,
Kafka, a sabiendas, sólo toma
del sueño los mecanismos
psíquicos que contribuyen a su
elaboración, y los deja actuar
sobre la organización de sus
relatos a modo de que la frontera
convencional entre el sueño y la
realidad, así fuese en el sueño
literario más descabellado,
aparezca en ellos continuamente
confusa. (Robert, 1985:266)
Esta confusión de planos a la que apela la crítica
se debe a que su escritura se materializa mediante la
utilización de nexos de contigüidad que emulan a los
del sueño, logrando sustituir la imagen por el discurso.
Esta técnica se evidencia en la creación de personajes
extraños, que actúan por sí mismos, distanciados
del autor, sin que medie e interfiera entre ellos una
explicación psicológica sobre sus rarezas. La primacía
de la imagen es, por excelencia, un sello propio del
auge de un nuevo arte que emerge en el siglo XX, el
cine. Aunque no entraré ahora en mayores detalles,
quiero señalar que este factor debería ser tenido en
cuenta, de alguna manera, como motivo de influencia
semiótica en la producción de estas narrativas en el
contexto de las vanguardias históricas. No en vano,
varias décadas más tarde, Orson Welles adaptó al cine
de manera magnífica El proceso (1962), lo que también
significó una lectura de la potencia cinematográfica
de dicha novela. Por su parte, el propio Joyce era un
aficionado al cine, e incluso mantenía un vínculo con el
cineasta Eisenstein, quien pretendía filmar El capital de
Karl Marx utilizando la misma técnica de composición
del Ulises.
Una de las manifestaciones más evidentes
del tema de la pesadilla dentro de El proceso es la
presencia de los dobles que, al mismo tiempo, da
cuenta del sentimiento escindido del autor como
judío. Dentro de esta clasificación entrarían los dos
funcionarios antes mencionados. En la presentación
de ambos es patente el uso de un artificio basado en
un juego confuso con los nombres. Siguiendo esta
lógica, Raúl Blengio Brito lo interpreta destacando
que uno de los funcionarios responde al nombre de
“Franz”, el cual alude evidentemente al del propio
autor; pero, al mismo tiempo, al quedar adicionado
en el relato al de “Joseph”, el protagonista, hace
referencia al del emperador Francisco José, de quien
Kafka recibe en conmemoración su nombre de pila;
mientras, finalmente, “Willem” es el nombre del otro
funcionario, el cual revela un rasgo amenazador en su
raíz germánica.
La emergencia de esta primera pareja de dobles,
con su particular interacción sobre el protagonista,
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representa al individuo disociado. Además manifiesta el
deseo ambiguo y confuso de restitución psicológica de
unidad, que estará marcada, tal como observa Marthe
Robert, por cierta promiscuidad física, consistente en la
invasión y usurpación progresiva de su intimidad, que
desembocará en una serie de imposiciones absurdas
sobre su persona, tales como la ropa con la que debería
presentarse ante el aparato de justicia:
–¿Qué idea tiene usted? –le
gritaron–. ¿Quiere presentarse
en camisa ante el oficial? Le va
a castigar, y también a nosotros,
por el mismo motivo (…)
–¡Ceremonias ridículas! –gritó
K... todavía, pero tomaba ya
un traje del respaldo de su
silla. Lo mantuvo un instante
suspendido en sus manos, como
para someterlo a juicio de los
inspectores. Éstos sacudieron la
cabeza.
–Es preciso un traje negro –
dijeron. (1961:14)
La otra pareja de dobles, paralela a la primera, es
la que aparece en el capítulo final, siendo la encargada
desuejecución:“Vestíandelevita,pálidosygordosycon
altas chisteras que parecían atornilladas en su cráneo.
Queriendocadaunodeellosdejarpasaralotroprimero,
cambiaron en la puerta del departamento algunas
menudas cortesías, que repitieron, ampliándolas, ante
la habitación de K...” (1961:192). La descripción con
la que es presentada la vuelve un tanto caricaturesca
y por lo tanto funcional al efecto de pesadilla con el
que cierra la obra. Con gestos parsimoniosos y casi
sin pronunciar palabra, lo conducen a las afueras
de la ciudad para dar fin al proceso, a través de una
sentencia indigna que responde a la lógica insólita de la
construcción del relato, darse muerte él mismo con un
cuchillo de carnicero:
Uno de los señores abrió a
continuación su levita y sacó
de una vaina colgada de un
cinturón que llevaba alrededor
del chaleco un cuchillo largo
y delgado de carnicero, de
doble filo, lo blandió en el aire
y examinó los dos filos a la
luz. Entonces se repitieron las
mismas horribles cortesías de
antes. Uno de ellos, alargando
la mano por encima de K...,
le tendió al otro el cuchillo y el
otro se lo devolvió de la misma
manera. K... sabía muy bien
ahora que su deber hubiera sido
tomar él el instrumento mientras
pasaba sobre él de mano en
mano y hundírselo en el cuerpo.
(1961:196)
Frente a la inminencia de su muerte, y sin saber
aún la causa de su acusación, el protagonista no es capaz
de quitarse la vida y en su lugar asume la fatalidad de
dejarse asesinar por estos hombres: “–¡Como un perro
–dijo; y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.”
(1961:196)
Esta pareja, al igual que la primera, responde a
la idea kafkiana de unificar lo disociado. Pero en este
caso va más allá, pues la reintegración queda sugerida
por la presión física que ejercen estos hombres sobre el
cuerpo de Joseph K... al conducirlo hasta el lugar de la
sentencia, formando un todo disforme y grotesco, casi
como un monstruo.
Gracias a estas consideraciones se puede afirmar
queenKafkalapresenciadelooníricoenlaconstrucción
del relato asume el intento de condensar diferentes
aspectos propios de su persona en un único personaje,
donde los dobles cumplen la función de reintegrar
aquellas naturalezas desdobladas y rechazadas por el
“yo”, las cuales dan cuenta del sentimiento de angustia
propio de su espíritu dividido:
Así, a la enfermedad del
instinto cuyos testigos son sus
“dobles”, Kafka sobrepone la
enfermedad social que afecta
a todo el organismo judío en
la Diáspora histórica; en la
pantalla de una apariencia
fantástica, lo que él evoca por
medio de sus ayudantes, sus
guardianes y todas aquellas
parejas intempestivas con que
puebla sus relatos es al mismo
tiempo la impotencia psíquica
de un neurótico, y la conciencia
social de judío disperso: dos
cosas que nunca separa y que
ocupan un lugar obsesivo
en sus libros, precisamente
porque la vida no le permite
ni resignarse a ellas, ni curarse
de ellas, ni cargar plenamente
con la responsabilidad por ellas.
(Robert, 1985:282)
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La cita de Robert permite pensar que el
empleo de su escritura evidencia un importante grado
de interacción entre vida y obra, plasmada en la
construcción, tanto del personaje central como de los
personajessecundarios.Dealgunamanera,estotambién
explicaría la elección del nombre del protagonista,
“Joseph K...”, ya que la inicial “K” evidencia la
supresión de su apellido, aludiendo inevitablemente a
“Kafka”. Es decir, el hecho de truncarlo corroboraría
la idea de que se trataría entonces de su propio apellido
judío, que lo condena a la clandestinidad y a la censura
que conlleva el pronunciamiento a medias de una
identidad escindida. De ahí que la doble culpabilidad
que aqueja a Kafka –hacia cristianos y judíos– se
convierta en la fuente principal y paradójica de la
culpabilidad sin delito que arrastra al protagonista a
una irrevocable ejecución sin juicio.
Ahora bien, si hay algo que, muy llamativamente,
el capítulo XV del Ulises tiene en común con El Proceso,
es el complejo episodio en que Leopold es perseguido,
acusado y condenado a muerte después de un extraño
juicio.
Del mismo modo que sucede con Joseph K...,
a Leopold lo detiene una pareja de guardias, pero en
este caso, a diferencia del primero, lo conducen a un
juicio. En una primera instancia es acusado por arrojar
desperdicios a la calle, pero de inmediato la acusación
pasa a tener un carácter moral: seducir mujeres, tales
como el personaje de Martha que lo increpa de la
siguiente manera: “Quebrantamiento de promesa. Mi
verdadero nombre es Peggy Griffin. Me escribió que era
muy desgraciado. Ya le contaré de ti a mi hermano, el
defensa del equipo Bective de rugby, ya verás, seductor
sin entrañas.” (1995:520). A ella posteriormente se le
suman la señora Yelverton Barry, la señora Bellingham
y la honorable señora Mervyn Talboys. El consecuente
resultado moral que implica un juicio sobre su persona
lo informa el Ujier, para luego dar el veredicto, ser
colgado: “Resultando que Leopold Bloom sin domicilio
fijo es un conocido dinamitero, falsificador, bígamo,
alcahuete y cornudo y una molestia pública para los
ciudadanos de Dublín” (1995:529).
Si bien puede sostenerse que este episodio
se rige por el absurdo, al igual que sucede con El
proceso, sin embargo, cabe aclarar que responden a
posicionamientos diferentes. De manera que en el
convenido capítulo del Ulises aunque se expliciten los
motivos de la acusación y el acusado sea sometido a
juicio, el absurdo radica en que forman parte de una
alucinación, mientras que en El proceso el absurdo
está conformado por la ausencia de respuesta y por el
avasallamiento de ese otro plano que convive y perturba
al real.
Por otro lado, con respecto al sentimiento de
culpa, que es justamente otro de los temas que ambas
obras tienen en común, se puede distinguir su particular
manifestación en una y otra gracias al específico uso
que cada autor hace de los procedimientos literarios
sobre lo onírico. De hecho, el sentimiento de culpa que
experimenta Leopold por la muerte de Rudy bajo la
investidura del deseo erótico reprimido, y el fantasma
siempre presente de la infidelidad de Molly, hacen que,
por su naturaleza inconsciente, sea expresado en la
obra bajo la ambigüedad de este juicio, producto del
delirio pesadillesco. Mientras que los conflictos del
antihéroe de Kafka, en tanto proyección autoral de su
condición de judío escindido, se objetivan en la forma
de un delito y de una condena sin causa. En suma, el
efecto pesadillesco impone las leyes de una naturaleza
absurda que sirve de restitución a ese sujeto dividido y
disgregado.
En los protagonistas de ambas novelas existe
una suerte de búsqueda de sí mismo, de unión de lo
conflictivo fragmentario, o de enfrentamiento de lo
inconsciente con lo consciente. En el Ulises, la misma
tiene un movimiento centrífugo de transformación,
que va desde el interior del personaje hacia el exterior,
adoptando la forma de la emanación alucinatoria. Por
su parte y contrariamente, en El proceso el movimiento
es centrípeto, o sea, desde el exterior hacia el interior
del sujeto. Por ello, la realidad convertida en pesadilla
se integra al espacio de su individualidad.
El laberinto
Tal como es de suponer, el tema del laberinto
es muy antiguo, extendido y posee, por consiguiente,
un valor universal. En tanto símbolo, en su evolución
históricahaservidopararepresentardistintascuestiones.
De este modo, se lo ha considerado cristianamente
como símbolo del camino de la salvación, pero también
en el siglo XX se lo ha utilizado para referirse a la
ficción moderna, en tanto “laberinto de la obra”.
En cuanto a la dimensión material o psicológica
de su construcción, el laberinto es el producto de
un trabajo de artificio que monta una estructura
compleja, compuesta por la multiplicidad de partes
relacionadas entre sí, de manera no lineal, que pone
en conflicto la consabida dinámica entre el interior y
el exterior. Por este motivo se puede sostener que dicha
complejidad reside más que nada en su naturaleza
fundamentalmente ambigua, pues si bien por un lado
niega la unidad, al mismo tiempo implica la aspiración
a alcanzar un orden nuevo. Perderse y reencontrarse en
el laberinto devienen en acciones que se realizan como
un placer inquietante.
Se puede afirmar –y la tradición crítica coincide
en este aspecto– que el Ulises en tanto novela moderna
es en sí misma un laberinto que pone en jaque
permanentemente las competencias del lector. Pero
más allá de esta generalidad, en el espacio físico del
recorrido que Leopold emprende por Dublín se traza un
mapa típicamente laberíntico, para volver nuevamente
al punto de partida, su casa, en la noche, donde el
sueño se despliega como un mar tibio primigenio. Sin
embargo, a modo de cajas chinas, enfocándonos dentro
de este laberinto, el capítulo XV es, por su parte, otro
laberinto donde el personaje se adentra, como una
forma de indagar en su conciencia sublimada.
Su recorrido por este infierno simbólico
desemboca en una suerte de conexión entre la salida
y el origen del conflicto que es la muerte de Rudy.
La aparición fantasmal de su hijo dentro del viaje
alucinatorio de Leopold revela una suerte de laberintos
de espejos en torno a la paternidad, donde entran en
relación la aparición de su padre muerto, el propio
Leopold, Stephen Dedalus y Rudy.
En esta dinámica, al encontrarse con su padre
revive la experiencia de ser hijo, al tiempo que es
reprendido y reprochado por este por alejarse del
judaísmo: “¿Qué haces ahí en ese sitio? ¿No tienes
alma? (Con débiles alas de buitre palpa la cara de silenciosa
de Bloom) ¿No eres tú mi hijo Leopold, el nieto de
Leopold? ¿No eres mi querido hijo Leopold que dejó la
casa de su padre y dejó al Dios de sus padres Abraham
y Jacob?” (1995:508)
Luego, hacia el final del capítulo, e
inmediatamente anterior a la aparición de Rudy,
encuentra una compensación que consiste en
proyectarse como una figura paterna hacia Stephen:
“Poesía. Bien instruido. Lástima. (Se vuelve a inclinar y le
desabrocha a Stephen los botones del chaleco) Que respire. (Le
quita las virutas del traje a Stephen con manos y dedos ligeros)
(…) (Extiende los brazos, vuelve a respirar y encoge el cuerpo.
Bloom sigue erguido sosteniéndole el sombrero y el bastón)”
(1995:611)
Alrespectoesimportanteseñalarlareminiscencia
mitológica del nombre de Stephen a partir de su
apellido: “Dedalus”. Dédalo era el arquitecto griego
que construyó el laberinto para encerrar al minotauro,
pero, paradójicamente, él mismo quedó encerrado
en la propia trampa de su estructura. Siguiendo
este razonamiento, se podría decir entonces que el
personaje de Stephen representa el laberinto de la obra
y el laberinto personal de Leopold, en tanto alter ego
y en tanto proyección de Rudy, resultando una pieza
fundamental del acertijo. En esta medida, se explicaría
por qué en el momento en que Leopold lo contempla,
se superpone la aparición casi angélica de su hijo, que
contrasta con el escenario inicial de pesadilla infernal y
grotesca con el que abre el capítulo:
Contra la pared oscura aparece
lentamente una figura, un niño
de once años, marcado por
las hadas, cambiado por otro,
raptando, vestido con traje
Eton con zapatos de cristal y
un pequeño casco de bronce,
llevando un libro en la mano.
Lee de derecha a izquierda
inaudiblemente, sonriendo,
besando la página (…) Tiene
una delicada cara malva. En el
traje lleva botones de diamante
y de rubí. En su mano izquierda,
libre, tiene un fino bastón de
marfil con un lazo violeta. Un
borreguito blanco le asoma por
el bolsillo del chaleco. (1995:612)
Por otra parte, es preciso abordar a continuación
cómo el tema del laberinto es plasmado en El proceso
para poder entablar la debida comparación entre las
obras en cuestión.
En la novela de Kafka hay un tratamiento
particular de la relación entre el espacio y el tiempo
en torno al protagonista, que vincula recíprocamente
el tema del laberinto y el de la pesadilla. Viviendo por
y para el proceso, Joseph K... transita por diferentes
espacios físicos, tales como la habitación de su casa,
los exteriores, el banco donde trabaja, la sala de
interrogatorios, las oficinas, la catedral, etc. En alguna
de las descripciones referidas a los mismos, como en
el caso de las oficinas, predomina la uniformidad,
generando una sensación opresiva de extravío:
Era un largo corredor en el que
algunas puertas groseramente
construidas se abrían sobre
las diversas secciones del
granero. Aunque la luz no daba
allí directamente, no estaba
completamente a oscuras, pues
en lugar de estar separadas
del corredor por una pared
hermética, muchas de las
oficinas no presentaban por
este lado más que una especie
de enrejado de madera que
dejaba pasar un poco de luz
y por el cual se podía ver a los
empleados en actitud de escribir
en sus pupitres o de pie contra el
tragaluz y ocupados en observar
a la gente que pasaba. (1961:58)
Este efecto, tal como se ha venido precisando,
es generado por la singular relación del espacio y
del tiempo, de manera que el hecho de perderse en
el espacio significa también perderse en el tiempo.
Siguiendo la línea de J. Chair-Ruy, Hopenhayn advierte
que el mismo se da gracias a una aceleración del tiempo
psicológico que redimensiona el espacio, volviéndolo
desmesurado, enorme. Es justamente esta disolución
de las coordenadas lo que provoca la pérdida de los
puntos de referencia familiares, al mismo tiempo que
conducen a la dispersión topográfica y temporal en una
"Joyce y Kafka: pesadillas y laberintos de la modernidad", Mariana Pérez Balocchi

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"Joyce y Kafka: pesadillas y laberintos de la modernidad", Mariana Pérez Balocchi

  • 1. 3#5 - Abril 2013 Impreso en Tradinco S.A. Minas 1367 - Montevideo - Uruguay Tel. 2409 4463 D.L. 341-575 / 10. Edición amparada en el decreto 218/996 (Comisión del Papel) www.tradinco.com.uy Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay Comisión Directiva Presidente: María José Larre Borges Vicepresidente: Daniel Nahum Secretario: Álvaro Revello Tesorero: Rodrigo Clavijo Vocal: Fernando Alonso Consejo Editor de la revista [sic] María José Larre Borges Daniel Nahum Álvaro Revello Rodrigo Clavijo Fernando Alonso Consejo Académico de Lectura Alfredo Alzugarat Roberto Appratto Hebert Benítez Elvira Blanco Carina Blixen Oscar Brando Luis Bravo Margarita Carriquiry María del Carmen González Gustavo Martínez Alicia Torres Silvia Viroga Diseño y diagramación Rodrigo Camy Betarte [email protected] Corrección Inés Pereira Larronde Diseño de logo APLU Mariana Pérez Balocchi en base a diseño original de Alicia Cagnasso Foto de tapa: homenaje a la colonia rusa San Javier, en los 100 años de su fundación. Revista [sic]. Año III. #5 - Abril de 2013. ISSN 1688-938X Indexada en latindex.unam.mx A.P.L.U. Av. 18 de julio 1825 ap. 401 C.P. 11.200 Telefax (+598) 2403 6506 [email protected] | www.aplu.org.uy Revista registrada ante el MEC en el Tomo XVI, Foja 33 a los efectos del artículo 4 de la Ley Nº 16.099. sic (Del lat. sic, así). 1. adv. usado en impresos y manuscritos españoles, por lo general entre paréntesis, para dar a entender que una palabra o frase empleada en ellos, y que pudiera parecer inexacta, es textual. 5. Montevideo centralista y descentrada Teresa Torres 12. Levrero y la representación de la peripecia creativa Sandra D’Agnese 17. Del Chivo al Celta. La polémica vargallosiana del siglo XXI Andrea Aquino Suárez 28. Joyce y Kafka: pesadillas y laberintos de la modernidad Mariana Pérez Balocchi 36. Ray Bradbury: al margen del canon Jorge Presa Loustau
  • 3. 31#5 - Abril 2013www.aplu.org.uy30 el límite con la muerte. (Marin Calderón, 2009:209) Porestarazón,muchasveceselsueñoseencuentra hermanado con la disconformidad, transformándose así en una posibilidad brumosa de trascender, a través de la fantasía o de la evasión, la esterilidad de un entorno desapacible, sin que implique la esperanza de un cambio real sobre el mismo. Esto explicaría, entre otras cosas, la presencia de lo onírico como punto de encuentro entre el Ulises de Joyce y El proceso de Kafka, pero a la vez de desencuentro, en la medida en que sus autores apelan de manera diferente al mismo para la construcción de sus relatos, como forma de expresar la alteración de lo cotidiano y rutinario de la vida que envuelve a sus protagonistas. En ambas novelas, los elementos que conforman el universo de la cotidianeidad sirven para exhibir la particular situación de antinomia entre el individuo y la sociedad propia del siglo XX. Así, respectivamente, Leopold Bloom es presentado como un hombre de origen judío, de mediana edad, que, fracasado como poeta, ocupa un cargo de publicista en el periódico dublinense The Freemans Journal, y que en su vida privada es engañado por su sensual esposa, Molly; mientras tanto, Joseph K... aparece como un funcionario de banco, de temperamento solitario, que acaba de cumplir los treinta años. Como puede advertirse, las características de estos personajes constituyen la esencia de dos verdaderos antihéroes, situados en la mediocridad y en el hastío propios de la etapa sistemática del capitalismo de las primeras décadas de dicho siglo. Con respecto al Ulises, es precisamente en el capítulo XV donde la presencia de lo onírico- pesadillesco se distingue con mayor evidencia dentro de la obra. Este comienza con la entrada de Leopold a la zona de los burdeles y, simbólicamente, a la del conflictivo mundo de su inconsciente. En tal sentido, no es un hecho menor la elección por parte del autor de que ese movimiento se propicie gracias a la inmersión del protagonista en ese espacio sórdido que conforma el erotismo, ya que viene a representar el vaciadero de los impulsos reprimidos, producto de la presión moral que ejerce la sociedad capitalista y sus valores dominantes sobre los individuos. En el esquema interpretativo que Joyce entregó a su traductor Carlo Linati en 1920, le adjudicó al mencionado capítulo el título de “Circe”, como modo de sugerir la correspondencia con el pasaje de la Odisea referido a la llegada del héroe a la isla de Eolia y a su experiencia relativa con la deidad. Recordando la genealogía mitológica, Circe es hija de Helios y Hécate, de quienes hereda tanto el don de agasajar con placeres, como el dominio de la hechicería para conquistar sus ambiciones, aspectos que la convierten en un símbolo convencional del erotismo. Evocando el referido episodio, cuando la tripulación de Odiseo desembarca en la isla, Circe, “la conocedora de muchas drogas”, tal como su epíteto lo indica, convidándolos con un banquete emponzoñado, los convierte en puercos. Frente a la angustia que experimenta Odiseo ante esta situación, Hermes se le presenta para impedir que corra con la misma suerte que sus hombres y le entrega una hierba llamada “moly”, la que tiene el poder de evitar que los hechizos de la diosa surtan efecto: “(...) me dio el remedio, arrancando de la tierra una planta cuya naturaleza me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca como la leche su flor, llámanla moly los dioses, y es muy difícil de arrancar para un mortal; pero las deidades lo pueden todo.” (Homero, 1999:130) Al hacer coincidir el nombre de esta hierba mágica con el de “Molly” Bloom, esposa de Leopold, Joyce abre una correspondencia más sutil y profunda entre el Ulises y la Odisea. Este dato tal vez sea orientador para comprender la relación entre la alucinación, la pesadilla, el erotismo y el deseo reprimido en este capítulo que pasaré a desarrollar. Leopold ingresa a un infierno simbólico, a una pesadilla de su inconsciente que deforma el espacio del mundo del erotismo, propio de los burdeles. Todos los elementos alucinatorios y, por consiguiente, pesadillescos, que aparecen en este episodio son propiciados y justificados por la ingesta de ajenjo o absenta, hecho mencionado en el capítulo anterior. Si en la Odisea el ingreso a los confines del erotismo de Circe es posible gracias a la magia de la hierba moly, entregada en manos de Odiseo por un dios; aquí, en cambio, es por el efecto alucinógeno del ajenjo, bebido en una taberna y servido por un hostelero. La ironía del autor es más que elocuente y da cuenta de la intención última de su obra que, tal como lo señala Terry Eagleton, consiste en abrir una distancia más bien cómica –o tragicómica, diría yo– entre el mundo de la épica homérica y el degradado mundo moderno. Sin embargo, no deja de ser destacable que, moralmente, el ingreso de este personaje al mundo de la libido esté enmarcado dentro de una alucinación provocada por esta sustancia alcohólica, también como una forma de evasión de la conciencia típicamente irlandesa. Al introducirse en esas fronteras, Leopold no reconoce el entorno, y su extrañamiento da lugar al desarrollo de una experiencia semejante a la de una pesadilla: “¿Eso qué es? ¿Un faro de destellos? Un proyector” (Joyce, 1995: 506). Este capítulo, en cuanto construcción literaria, está marcado por la teatralidad; da cuenta de ello la utilización de diversos
  • 4. 33#5 - Abril 2013www.aplu.org.uy32 recursos propios del género dramático, tales como la adopción de la forma de un guión de teatro, que estructura los parlamentos de los distintos personajes que intervienen, así como también por la presencia de indicaciones referidas al escenario y al vestuario. Semejante alternancia de género dentro de la novela es uno de los tantos significantes de su complejidad formal. Esto exige un cambio de posicionamiento en los lectores, quienes a partir de aquí van a asistir a un nuevo espacio ficcional: el de la teatralidad. Tal como se ha venido puntualizando, el ingreso de Leopold es preparado por la puesta en escena de una multiplicidad de elementos visuales y sonoros dispuestos a provocar en el lector la apertura de los sentidos necesaria para adentrarse a su universo de fantasía onírica: “La entrada al barrio de los burdeles, por la calle Mabbot, ante la cual hay una extensión desamparada de agujas de carriles de tranvías, con esqueletos de vías, fuegos fatuos rojos y verdes y señales de peligro” (1995: 503). “Se rompe un plato; chilla una mujer; gime un niño. Los juramentos de un hombre rugen, murmuran, cesan.” (1995: 504). Dichos componentes no verbales que organizan esta entrada, sumados a la deformación alucinógena, grotesca y pesadillesca que constituyen parte de su interioridad, se emparentan estéticamente con las características propias del teatro expresionista. Ubicado dentro de estos parámetros, el protagonista dialogará con distintos personajes que, al mismo tiempo, configuran verdaderas emisiones de su propio yo, tales como su padre, Molly, la señora Breen, dos guardias, su amigo O’ Molloy, etc. También en esta lógica representativa de la pesadilla, el lector se enfrentará con la metamorfosis de un perro que lo ha venido siguiendo en su deambular por esta zona y con la aparición de su hijo muerto, Rudy, con la que cierra el capítulo. Ahora bien, volviendo al tema del erotismo, se puede decir que, representado bajo el mundo de lo onírico, revela el deseo sexual reprimido del protagonista, quien, por sentimiento de culpa desde la muerte de su hijo ocurrida hace diez años, no ha vuelto a mantener relaciones sexuales con Molly, ni con ninguna otra mujer. En tal sentido, es determinante que, una vez franqueado el umbral de la conciencia para acceder al ámbito de la libido, representado simbólicamente por la zona de los burdeles, se encuentre, tal como ya mencioné, con su esposa, transfigurada en odalisca, que responde a Marion, su nombre verdadero: Una Voz: (Agudamente) ¡Poldy! Bloom: ¿Quién? (Se agacha y esquiva torpemente un golpe) A sus órdenes. (Levanta los ojos. Al lado de un espejismo de palmeras datileras, está delante de él una bella mujer de traje turco. Opulentas curvas llenan sus pantalones escarlata y su chaquetilla con lamé de oro. Una ancha faja amarilla la ciñe. Un yashmak blanco, violeta en la noche, le cubre el rostro, dejando al descubierto sólo sus grandes ojos oscuros y su pelo corvino.) Bloom: ¡Molly! Marion: ¿Qué hay? A partir de ahora, buen hombre, será Mrs. Marion cuando me hables. (1995:509) Como puede advertirse, hay dentro de esta alucinación, y en su representación simbólica, un mecanismo de inversión que alude al conflicto de la identidad de Molly expresado en dos sentidos, uno referido a su mestizaje y otro a su nombre. El primero quedaexpuestoatravésdeladescripcióndeunvestuario típico de odalisca y de la metamorfosis del espacio físico en desierto, que sugieren una velada asociación con su origen étnico andaluz y, en consecuencia, con un vestigio cultural islámico. En cuanto al segundo, se da mediante un juego de oposición entre los nombres y los apodos, tal como si se tratase de un espejo en que se refleja y separa a la vez su identidad de la de Leopold. En este sentido, mientras Molly le exige ser llamada por su nombre de soltera, se dirige a él llamándolo “Poldy”, que es su apodo habitual. Es decir, dentro de la alucinación Leopold se encuentra con el origen de su esposa, la mestiza Marion, como una imagen invertida que se proyecta y se disocia del plano de la vida real, representado por la cotidianeidad implicada en el uso afectivo del apodo. A partir del encuentro, se van a revelar dos conflictivas reprimidas por parte del protagonista. En primer lugar, al ser Molly una parte fundamental de su problemática sexual y existencial, la visión va a funcionar al revés que la hierba moly que aseguraba a Odiseo contrarrestar el hechizo para entrar sano y salvo al erotismo de Circe, porque Molly es el hechizo o la hierba propiamente dicha y, por consiguiente, la llave que abre paso al mundo censurado de la libido en la conciencia de Leopold. En segundo lugar, y relacionada con la anterior, está la conflictiva del deseo frustrado, de la fantasía de la infidelidad que se cierne sobre ella y su amante Boylan, y a la vez la posibilidad de quedar bajo la misma sospecha, como una proyección del problema real en la dimensión del delirio: “Respira con profunda agitación, tragando sorbos de aire, preguntas, esperanzas, pies de cerdo para la cena de ella, cosas que contarle, excusas, deseo, hechizo.” (1995:509) Como se ha venido observando a través del tratamientodeestecapítulo,enelUliseslatransformación fantástica de lo cotidiano se produce exclusivamente en el ambiente de la nocturnidad, y más precisamente dentro de un plano onírico. En mi concepto, uno de los puntos de encuentro y desencuentro entre las dos novelas radica en que en El proceso, contrariamente, la misma tiene lugar en un espacio familiar y diurno, en que lo fantástico se gesta y comienza a crecer de un modo desmesurado hasta volverse una realidad superior, superpuesta a la realidad cotidiana. En el primer capítulo de El proceso, Joseph K... se ve inmerso en un proceso legal sin causa aparente, el cual le es comunicado en el instante inmediato al despertar, tras la irrupción sorpresiva en su habitación de dos funcionarios subalternos del aparato de justicia. Por lo tanto, gracias a este inicio, que rompe con el universo cotidiano, queda instalada la duda y con ella la posibilidad de considerar la peripecia del protagonista en términos de una pesadilla que se extiende en el estado de la vigilia: Seguramente se había calumniado a Joseph K..., pues, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana. La cocinera de su patrona, la señora Grubach, que le llevaba todos los días su desayuno a las ocho, no se presentó aquella mañana. Nunca había sucedido eso. K.... aguardó todavía un instante, contempló desde su almohada a la anciana que habitaba frente a él y que le observaba con una curiosidad sorprendente, y después hambriento y sorprendido a la vez, reclamó a la criada. En ese momento llamaron a la puerta y entró un hombre que él nunca había visto en la casa. (Kafka, 1961:7) Este mecanismo adoptado por el autor para la construcción del relato se traduce en la superposición del plano onírico con el de la vigilia, dando lugar a una serie de discordancias, perturbaciones e incongruencias que terminan falseando el curso ordinario de las cosas. Al respecto, Marthe Robert señala lo siguiente: Con la ciencia del fenómeno que sólo puede poseer el soñador inveterado, y familiarizado por fuerza con sus propias tinieblas, Kafka, a sabiendas, sólo toma del sueño los mecanismos psíquicos que contribuyen a su elaboración, y los deja actuar sobre la organización de sus relatos a modo de que la frontera convencional entre el sueño y la realidad, así fuese en el sueño literario más descabellado, aparezca en ellos continuamente confusa. (Robert, 1985:266) Esta confusión de planos a la que apela la crítica se debe a que su escritura se materializa mediante la utilización de nexos de contigüidad que emulan a los del sueño, logrando sustituir la imagen por el discurso. Esta técnica se evidencia en la creación de personajes extraños, que actúan por sí mismos, distanciados del autor, sin que medie e interfiera entre ellos una explicación psicológica sobre sus rarezas. La primacía de la imagen es, por excelencia, un sello propio del auge de un nuevo arte que emerge en el siglo XX, el cine. Aunque no entraré ahora en mayores detalles, quiero señalar que este factor debería ser tenido en cuenta, de alguna manera, como motivo de influencia semiótica en la producción de estas narrativas en el contexto de las vanguardias históricas. No en vano, varias décadas más tarde, Orson Welles adaptó al cine de manera magnífica El proceso (1962), lo que también significó una lectura de la potencia cinematográfica de dicha novela. Por su parte, el propio Joyce era un aficionado al cine, e incluso mantenía un vínculo con el cineasta Eisenstein, quien pretendía filmar El capital de Karl Marx utilizando la misma técnica de composición del Ulises. Una de las manifestaciones más evidentes del tema de la pesadilla dentro de El proceso es la presencia de los dobles que, al mismo tiempo, da cuenta del sentimiento escindido del autor como judío. Dentro de esta clasificación entrarían los dos funcionarios antes mencionados. En la presentación de ambos es patente el uso de un artificio basado en un juego confuso con los nombres. Siguiendo esta lógica, Raúl Blengio Brito lo interpreta destacando que uno de los funcionarios responde al nombre de “Franz”, el cual alude evidentemente al del propio autor; pero, al mismo tiempo, al quedar adicionado en el relato al de “Joseph”, el protagonista, hace referencia al del emperador Francisco José, de quien Kafka recibe en conmemoración su nombre de pila; mientras, finalmente, “Willem” es el nombre del otro funcionario, el cual revela un rasgo amenazador en su raíz germánica. La emergencia de esta primera pareja de dobles, con su particular interacción sobre el protagonista,
  • 5. 35#5 - Abril 2013www.aplu.org.uy34 representa al individuo disociado. Además manifiesta el deseo ambiguo y confuso de restitución psicológica de unidad, que estará marcada, tal como observa Marthe Robert, por cierta promiscuidad física, consistente en la invasión y usurpación progresiva de su intimidad, que desembocará en una serie de imposiciones absurdas sobre su persona, tales como la ropa con la que debería presentarse ante el aparato de justicia: –¿Qué idea tiene usted? –le gritaron–. ¿Quiere presentarse en camisa ante el oficial? Le va a castigar, y también a nosotros, por el mismo motivo (…) –¡Ceremonias ridículas! –gritó K... todavía, pero tomaba ya un traje del respaldo de su silla. Lo mantuvo un instante suspendido en sus manos, como para someterlo a juicio de los inspectores. Éstos sacudieron la cabeza. –Es preciso un traje negro – dijeron. (1961:14) La otra pareja de dobles, paralela a la primera, es la que aparece en el capítulo final, siendo la encargada desuejecución:“Vestíandelevita,pálidosygordosycon altas chisteras que parecían atornilladas en su cráneo. Queriendocadaunodeellosdejarpasaralotroprimero, cambiaron en la puerta del departamento algunas menudas cortesías, que repitieron, ampliándolas, ante la habitación de K...” (1961:192). La descripción con la que es presentada la vuelve un tanto caricaturesca y por lo tanto funcional al efecto de pesadilla con el que cierra la obra. Con gestos parsimoniosos y casi sin pronunciar palabra, lo conducen a las afueras de la ciudad para dar fin al proceso, a través de una sentencia indigna que responde a la lógica insólita de la construcción del relato, darse muerte él mismo con un cuchillo de carnicero: Uno de los señores abrió a continuación su levita y sacó de una vaina colgada de un cinturón que llevaba alrededor del chaleco un cuchillo largo y delgado de carnicero, de doble filo, lo blandió en el aire y examinó los dos filos a la luz. Entonces se repitieron las mismas horribles cortesías de antes. Uno de ellos, alargando la mano por encima de K..., le tendió al otro el cuchillo y el otro se lo devolvió de la misma manera. K... sabía muy bien ahora que su deber hubiera sido tomar él el instrumento mientras pasaba sobre él de mano en mano y hundírselo en el cuerpo. (1961:196) Frente a la inminencia de su muerte, y sin saber aún la causa de su acusación, el protagonista no es capaz de quitarse la vida y en su lugar asume la fatalidad de dejarse asesinar por estos hombres: “–¡Como un perro –dijo; y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.” (1961:196) Esta pareja, al igual que la primera, responde a la idea kafkiana de unificar lo disociado. Pero en este caso va más allá, pues la reintegración queda sugerida por la presión física que ejercen estos hombres sobre el cuerpo de Joseph K... al conducirlo hasta el lugar de la sentencia, formando un todo disforme y grotesco, casi como un monstruo. Gracias a estas consideraciones se puede afirmar queenKafkalapresenciadelooníricoenlaconstrucción del relato asume el intento de condensar diferentes aspectos propios de su persona en un único personaje, donde los dobles cumplen la función de reintegrar aquellas naturalezas desdobladas y rechazadas por el “yo”, las cuales dan cuenta del sentimiento de angustia propio de su espíritu dividido: Así, a la enfermedad del instinto cuyos testigos son sus “dobles”, Kafka sobrepone la enfermedad social que afecta a todo el organismo judío en la Diáspora histórica; en la pantalla de una apariencia fantástica, lo que él evoca por medio de sus ayudantes, sus guardianes y todas aquellas parejas intempestivas con que puebla sus relatos es al mismo tiempo la impotencia psíquica de un neurótico, y la conciencia social de judío disperso: dos cosas que nunca separa y que ocupan un lugar obsesivo en sus libros, precisamente porque la vida no le permite ni resignarse a ellas, ni curarse de ellas, ni cargar plenamente con la responsabilidad por ellas. (Robert, 1985:282)
  • 6. 37#5 - Abril 2013www.aplu.org.uy36 La cita de Robert permite pensar que el empleo de su escritura evidencia un importante grado de interacción entre vida y obra, plasmada en la construcción, tanto del personaje central como de los personajessecundarios.Dealgunamanera,estotambién explicaría la elección del nombre del protagonista, “Joseph K...”, ya que la inicial “K” evidencia la supresión de su apellido, aludiendo inevitablemente a “Kafka”. Es decir, el hecho de truncarlo corroboraría la idea de que se trataría entonces de su propio apellido judío, que lo condena a la clandestinidad y a la censura que conlleva el pronunciamiento a medias de una identidad escindida. De ahí que la doble culpabilidad que aqueja a Kafka –hacia cristianos y judíos– se convierta en la fuente principal y paradójica de la culpabilidad sin delito que arrastra al protagonista a una irrevocable ejecución sin juicio. Ahora bien, si hay algo que, muy llamativamente, el capítulo XV del Ulises tiene en común con El Proceso, es el complejo episodio en que Leopold es perseguido, acusado y condenado a muerte después de un extraño juicio. Del mismo modo que sucede con Joseph K..., a Leopold lo detiene una pareja de guardias, pero en este caso, a diferencia del primero, lo conducen a un juicio. En una primera instancia es acusado por arrojar desperdicios a la calle, pero de inmediato la acusación pasa a tener un carácter moral: seducir mujeres, tales como el personaje de Martha que lo increpa de la siguiente manera: “Quebrantamiento de promesa. Mi verdadero nombre es Peggy Griffin. Me escribió que era muy desgraciado. Ya le contaré de ti a mi hermano, el defensa del equipo Bective de rugby, ya verás, seductor sin entrañas.” (1995:520). A ella posteriormente se le suman la señora Yelverton Barry, la señora Bellingham y la honorable señora Mervyn Talboys. El consecuente resultado moral que implica un juicio sobre su persona lo informa el Ujier, para luego dar el veredicto, ser colgado: “Resultando que Leopold Bloom sin domicilio fijo es un conocido dinamitero, falsificador, bígamo, alcahuete y cornudo y una molestia pública para los ciudadanos de Dublín” (1995:529). Si bien puede sostenerse que este episodio se rige por el absurdo, al igual que sucede con El proceso, sin embargo, cabe aclarar que responden a posicionamientos diferentes. De manera que en el convenido capítulo del Ulises aunque se expliciten los motivos de la acusación y el acusado sea sometido a juicio, el absurdo radica en que forman parte de una alucinación, mientras que en El proceso el absurdo está conformado por la ausencia de respuesta y por el avasallamiento de ese otro plano que convive y perturba al real. Por otro lado, con respecto al sentimiento de culpa, que es justamente otro de los temas que ambas obras tienen en común, se puede distinguir su particular manifestación en una y otra gracias al específico uso que cada autor hace de los procedimientos literarios sobre lo onírico. De hecho, el sentimiento de culpa que experimenta Leopold por la muerte de Rudy bajo la investidura del deseo erótico reprimido, y el fantasma siempre presente de la infidelidad de Molly, hacen que, por su naturaleza inconsciente, sea expresado en la obra bajo la ambigüedad de este juicio, producto del delirio pesadillesco. Mientras que los conflictos del antihéroe de Kafka, en tanto proyección autoral de su condición de judío escindido, se objetivan en la forma de un delito y de una condena sin causa. En suma, el efecto pesadillesco impone las leyes de una naturaleza absurda que sirve de restitución a ese sujeto dividido y disgregado. En los protagonistas de ambas novelas existe una suerte de búsqueda de sí mismo, de unión de lo conflictivo fragmentario, o de enfrentamiento de lo inconsciente con lo consciente. En el Ulises, la misma tiene un movimiento centrífugo de transformación, que va desde el interior del personaje hacia el exterior, adoptando la forma de la emanación alucinatoria. Por su parte y contrariamente, en El proceso el movimiento es centrípeto, o sea, desde el exterior hacia el interior del sujeto. Por ello, la realidad convertida en pesadilla se integra al espacio de su individualidad. El laberinto Tal como es de suponer, el tema del laberinto es muy antiguo, extendido y posee, por consiguiente, un valor universal. En tanto símbolo, en su evolución históricahaservidopararepresentardistintascuestiones. De este modo, se lo ha considerado cristianamente como símbolo del camino de la salvación, pero también en el siglo XX se lo ha utilizado para referirse a la ficción moderna, en tanto “laberinto de la obra”. En cuanto a la dimensión material o psicológica de su construcción, el laberinto es el producto de un trabajo de artificio que monta una estructura compleja, compuesta por la multiplicidad de partes relacionadas entre sí, de manera no lineal, que pone en conflicto la consabida dinámica entre el interior y el exterior. Por este motivo se puede sostener que dicha complejidad reside más que nada en su naturaleza fundamentalmente ambigua, pues si bien por un lado niega la unidad, al mismo tiempo implica la aspiración a alcanzar un orden nuevo. Perderse y reencontrarse en el laberinto devienen en acciones que se realizan como un placer inquietante. Se puede afirmar –y la tradición crítica coincide en este aspecto– que el Ulises en tanto novela moderna es en sí misma un laberinto que pone en jaque permanentemente las competencias del lector. Pero más allá de esta generalidad, en el espacio físico del recorrido que Leopold emprende por Dublín se traza un mapa típicamente laberíntico, para volver nuevamente al punto de partida, su casa, en la noche, donde el sueño se despliega como un mar tibio primigenio. Sin embargo, a modo de cajas chinas, enfocándonos dentro de este laberinto, el capítulo XV es, por su parte, otro laberinto donde el personaje se adentra, como una forma de indagar en su conciencia sublimada. Su recorrido por este infierno simbólico desemboca en una suerte de conexión entre la salida y el origen del conflicto que es la muerte de Rudy. La aparición fantasmal de su hijo dentro del viaje alucinatorio de Leopold revela una suerte de laberintos de espejos en torno a la paternidad, donde entran en relación la aparición de su padre muerto, el propio Leopold, Stephen Dedalus y Rudy. En esta dinámica, al encontrarse con su padre revive la experiencia de ser hijo, al tiempo que es reprendido y reprochado por este por alejarse del judaísmo: “¿Qué haces ahí en ese sitio? ¿No tienes alma? (Con débiles alas de buitre palpa la cara de silenciosa de Bloom) ¿No eres tú mi hijo Leopold, el nieto de Leopold? ¿No eres mi querido hijo Leopold que dejó la casa de su padre y dejó al Dios de sus padres Abraham y Jacob?” (1995:508) Luego, hacia el final del capítulo, e inmediatamente anterior a la aparición de Rudy, encuentra una compensación que consiste en proyectarse como una figura paterna hacia Stephen: “Poesía. Bien instruido. Lástima. (Se vuelve a inclinar y le desabrocha a Stephen los botones del chaleco) Que respire. (Le quita las virutas del traje a Stephen con manos y dedos ligeros) (…) (Extiende los brazos, vuelve a respirar y encoge el cuerpo. Bloom sigue erguido sosteniéndole el sombrero y el bastón)” (1995:611) Alrespectoesimportanteseñalarlareminiscencia mitológica del nombre de Stephen a partir de su apellido: “Dedalus”. Dédalo era el arquitecto griego que construyó el laberinto para encerrar al minotauro, pero, paradójicamente, él mismo quedó encerrado en la propia trampa de su estructura. Siguiendo este razonamiento, se podría decir entonces que el personaje de Stephen representa el laberinto de la obra y el laberinto personal de Leopold, en tanto alter ego y en tanto proyección de Rudy, resultando una pieza fundamental del acertijo. En esta medida, se explicaría por qué en el momento en que Leopold lo contempla, se superpone la aparición casi angélica de su hijo, que contrasta con el escenario inicial de pesadilla infernal y grotesca con el que abre el capítulo: Contra la pared oscura aparece lentamente una figura, un niño de once años, marcado por las hadas, cambiado por otro, raptando, vestido con traje Eton con zapatos de cristal y un pequeño casco de bronce, llevando un libro en la mano. Lee de derecha a izquierda inaudiblemente, sonriendo, besando la página (…) Tiene una delicada cara malva. En el traje lleva botones de diamante y de rubí. En su mano izquierda, libre, tiene un fino bastón de marfil con un lazo violeta. Un borreguito blanco le asoma por el bolsillo del chaleco. (1995:612) Por otra parte, es preciso abordar a continuación cómo el tema del laberinto es plasmado en El proceso para poder entablar la debida comparación entre las obras en cuestión. En la novela de Kafka hay un tratamiento particular de la relación entre el espacio y el tiempo en torno al protagonista, que vincula recíprocamente el tema del laberinto y el de la pesadilla. Viviendo por y para el proceso, Joseph K... transita por diferentes espacios físicos, tales como la habitación de su casa, los exteriores, el banco donde trabaja, la sala de interrogatorios, las oficinas, la catedral, etc. En alguna de las descripciones referidas a los mismos, como en el caso de las oficinas, predomina la uniformidad, generando una sensación opresiva de extravío: Era un largo corredor en el que algunas puertas groseramente construidas se abrían sobre las diversas secciones del granero. Aunque la luz no daba allí directamente, no estaba completamente a oscuras, pues en lugar de estar separadas del corredor por una pared hermética, muchas de las oficinas no presentaban por este lado más que una especie de enrejado de madera que dejaba pasar un poco de luz y por el cual se podía ver a los empleados en actitud de escribir en sus pupitres o de pie contra el tragaluz y ocupados en observar a la gente que pasaba. (1961:58) Este efecto, tal como se ha venido precisando, es generado por la singular relación del espacio y del tiempo, de manera que el hecho de perderse en el espacio significa también perderse en el tiempo. Siguiendo la línea de J. Chair-Ruy, Hopenhayn advierte que el mismo se da gracias a una aceleración del tiempo psicológico que redimensiona el espacio, volviéndolo desmesurado, enorme. Es justamente esta disolución de las coordenadas lo que provoca la pérdida de los puntos de referencia familiares, al mismo tiempo que conducen a la dispersión topográfica y temporal en una