Los  trenes se van al purgatorio
Prólogo
El tren, gran protagonista y «última cuota de romanticismo del siglo»,
cruza la pampa salitrera en un irreal itinerario por las abandonadas
estaciones del desierto de Atacama, esa cantera inagotable de «casos» y
de historias. Durante los cuatro días y cuatro noches de viaje, al ritmo de
ese traqueteo que ya avanza, ya se detiene, ya confunde la dirección
(tanto que a veces no se sabe si la locomotora apunta hacia el sur o hacia
el norte), conviven viajeros de toda laya y clase: un acordeonista
perseguidoporel fantasmade lamujer amada; una quiromántica rodeada
de hierbas mágicas y talismanes especiales para atraer la dicha a los
desdichados y la aventura a los desventurados; un ciego que vende
peinetas y canta boleros de Julio Jaramillo; una mujer de luto que va en
busca del cadáverde su hijomuerto en las calicheras; un grupo de gitanos
alborotadores; una niña de doce años cuya vida cambia en el transcurso
del viaje;unaparejade enamoradosque noconcibe el mundosi noes para
estar unidos en un beso interminable; un enano charlatán en busca de su
circo, y otros personajes cuyas vidas precarias van rodando en el silencio
cósmico del desierto más triste del mundo, por donde cruza, como un
espectro de fierro, el tren Longitudinal Norte, el Longino.
La locomotoraavanzahumeante,férrea,fragorosa,por el desierto
más triste del mundo.Piedraapiedra,cerroa cerro,quebrada a quebrada,
bufando como una mula sedienta, avanza negra la locomotora (sólo su
gran campana de bronce brilla sonámbula bajo el sol de mediodía).
Traqueteando una dura letanía interminable, ruega que ruega rogando,
van los coches polvorientos para que el calor no le evapore el ánimo a la
locomotora,paraque losespejismosazulesanegandolos rieles de acero a
lolejos no la engañen con sus lagunas de mentira y, muerta de sed, no se
quede comouna bestiareventadaenmediode esassoledadesinfinitas en
donde,asu paso,ningunavaca lentavuelve lacabeza para mirarla, ningún
labriego endereza su torso de ángel doblado para hacerle señas y el óleo
de ninguna lluvia inefable unge el arestín de su espinazo de fierro.
Lorenzo Anabalón, el acordeonista, apoyado en el estuche de su
instrumento, va reconociendo con nostalgia esos agrios páramos
desnudos.Esel mediodíade lasegundajornadade viaje y,mientrasel tren
vadea un interminable cerro de arena, en su rostro terroso ya se nota el
desmadejamiento de la fatiga. Su pañuelo de seda atado al cuello se ve
marchito de sudor y sebo.
«Más allá no se verán ni cactus», dice la quiromántica.
Papirotando distraídamente sobre su acordeón rojo, Lorenzo
Anabalón asiente con la cabeza sin dejar de mirar por la ventanilla. Los
postesdel telégrafo,pasandointermitentes hacia atrás, le van rebanando
simétricamente el paisaje y los recuerdos.
«Que por esas peladeras no crece ni la cizaña», insiste la
quiromántica; que, por lo mismo, sus hierbitas medicinales tienen tanta
demanda por esos lados; que, incluso, en sus recorridos por las salitreras
conoció a una señora que se ocupa de visitadora sexual y que siempre le
estáencargandomontecitos para prepararles a sus amigas de oficio, pues
dice que sus agüitas milagrosas lo mismo pueden aliviar un dolor de
ovariosque limpiar los vidrios del alma del vaho violeta de la melancolía.
«Y razón tiene lamatrona,pues,donLorenzo»,dice lamujerabanicándose
lospechoscon un manojode suspapelesrosados,«si condecirle que unas
simplesgotitasdel zumode las hojas de laurel, por ponerle sólo un botón
de muestra, corrigenlos desarreglos del estómago, provocan el periodo a
las mujeres, curan el dolor de oídos, disminuyen la sordera y quitan las
manchasdel rostro. Todo eso sin mencionar las propiedades mágicas que
posee laplantita,comoel increíble poderde adivinaciónque dael masticar
sus hojas más tiernas, ¿se da cuenta, usted, mi querido don Lorenzo?».
«En loúnicoque esta hembra no se parece a Uberlinda Linares es
en lo palabrera», piensa con resignación el acordeonista mientras se
restriega los párpados con el pañuelo del cuello. Por ser ese el primer
coche del convoy, el humo de la locomotora se cuela a ráfagas por las
ventanillashaciendolagrimearalospasajeros y manchando todo de tizne.
«Ayerme parecióoírle decirque algunavez trabajó en la pampa»,
dice ahora la quiromántica, sin dejar de abanicarse y soplarse el escote.
«¿En qué oficina fue?».
«En Iris».
«¿De músico?».
«No, de patizorro».
«¿Y por qué se fue, si se puede saber?», inquiere la mujer en un
tonito que quiere parecer displicente.
En ungestoque puede serde calor o de encocoramiento, Lorenzo
Anabalón se afloja un poco el pañuelo del cuello y voltea la cabeza con
desgano hacia las dos mujeres sentadas enfrente suyo. Primero mira a la
madre de la quiromántica (la anciana con aire de animita en pena sigue
sumergida en su tejido celeste), luego la mira a ella, la mira
profundamente a los ojos (en verdad el parecido físico con Uberlinda
Linares le resulta increíble) y responde suspirando: «Por una mujer».
Al girar de nuevo la cabeza y volver a su ensimismamiento, en sus
ojoscolor de agua vuelvenareflejarse turbiamente esasplanicies adustas.
Aunque habíapasadouna punta de años,él siempre estuvo consciente de
que en esta travesía de regreso a la pampa se iba a encontrar de nuevo
con el recuerdo quemante de aquella mujer lejana. Sin embargo, nunca
pensóque fueraa sucederde maneratan violenta.Yesque era realmente
asombroso que la pitonisa de los pechos grandes se pareciera tanto a
Uberlinda Linares. En verdad, la madame era como la reencarnación
perfectade aquellamujerporlaque un día él se había espichado de amor.
Aunque más rellenita de humanidad, la quiromántica era trigueña, igual
que Uberlinda Linares, tenía la misma sonrisa, los mismos labios
acorazonadosy losmismos ojos misteriosos; esos ojos que él nunca había
sabido definir bien. Nunca hasta ahora. Porque ahora sí, tras conocer a la
madame, lo sabía claramente: Uberlinda Linares tenía ojos de adivina.
Al atardecer del día anterior, luego de toda una jornada de viaje,
cuandoel crepúsculoeraun gran lienzorojocolgado en las ventanillas del
coche, Lorenzo Anabalón había sacado su instrumento del estuche y, tras
preguntar a los pasajeros más cercanos si les parecía bien un poco de
música,se había puesto a ensayar algunos de los temas más populares de
su repertorio.
Luego de oír fascinada las tres primeras melodías, madame
Luvertina le había preguntado si sabía «Flores negras». Él, que nunca
dejabade caballerearcon las mujeres, le tocó y le cantó a media voz, sólo
para ella,el muysentidobolerode Sergiode Karlo(aella le pareció que su
vozmelodiosa,llenade floreamientos musicales, no iba para nada con los
movimientos tardos de su corpulencia de minero). Y fue entonces,
mientras le cantaba «flores negras del destino nos apartan sin piedad»,
que Lorenzo Anabalón descubrió que la mujer tenía los mismos ojos
enigmáticos de la que había sido el gran amor de su vida.
«Para conservar esa maravilla de voz que Dios le ha dado, don
Lorenzo,tiene que comer huevos de alondras», le dijo ella al terminar de
cantar.
Él levantó las cejas.
«En domingo y antes de que suenen las campanas de la iglesia»,
remató melosa ella.
Después,porlanoche,tras acomodar su humanidad en el asiento
de palo y dormirse abrazado a su acordeón como a una hembra
acurrucada, LorenzoAnabalónhabíadespertadodosvecesal traqueteodel
tren y las dos veces había sorprendido a la quiromántica contemplándolo
insomne desde su asiento. En la penumbra del coche, iluminada apenas
por el reflejode lalunarestallandoenel vidriode laventanilla, la mujer lo
mirabacon la mismalasciviade animal edénicoconque, en los momentos
de amor, miraba Uberlinda Linares. Por entre lo pastoso de su sueño,
Lorenzo Anabalón se había dicho que ese huevito blanco quería sal.
En verdad la brujita no estaba mal como hembra. Aunque ambos
debían de andar por la misma edad, sus años de macho castigador se
notabanmucho mástormentososque losde ella.Ypor más que se fijaba y
ponía atención en sus maneras, no le hallaba ningún rasgo de pitonisa
patrañera y embaucadora como la que él había consultado una vez en el
pueblode Quillota.Lomásesotérico que llevaba encima era un anillo con
una piedra verde en el dedo del corazón y una selenita con el grabado de
una golondrina colgando al cuello. La selenita, aparte de favorecer el
desarrollode laadivinaciónylossueñospremonitorios, le había dicho ella
mirándolo a los ojos, servía de amuleto para reconciliar a los amantes.
Además,ensucara redondanohabía una pizca de afeite.Susadornos más
mundanos eran un peine de nácar con que se afirmaba el cabello, y un
collar de perlas blancas, grandes como bolacos, que en el zangoloteo del
coche se removían blandamente sobre la prominencia de sus pechos.
Su rostro de mejillas sonrosadas se veía angelizado por un suave
aura de melancolía.Dabalaimpresiónde que de tantopredecir,presagiar,
descifrar e interpretar cuitas ajenas, a madame Luvertina se le habían ido
enredando jirones de tristeza en la frondosidad de su pobre corazón
clarividente. En el fondo le parecía una mujer desdichada. «Una de esas
hembras congénitamente insatisfechas», había pensado Lorenzo
Anabalón. Luego, fumándose un Ópera, había comenzado a imaginar en
cómo se vería la madame con los labios pintados de rouge, el trigal de su
pelo suelto y caído sobre un solo lado de la cara, y vestida con un
translúcidonegligé negrollenode vuelitospueriles(unode los tirantes del
negligé caído deliciosamente sobre el brazo). Había tenido que sacudir
fuerte lacabeza.Y es que, enverdad,loque vio aparecer frente a él fue el
espejismo vivo de Uberlinda Linares sonriéndole lúbricamente desde las
dunas de su memoria.
A Lorenzo Anabalón siempre le había gustado viajar en el primer
coche de los trenes. Al embarcarse temprano en La Calera, ciudad desde
donde salíael Longitudinal Norte,el Longino, como le llamaba la gente de
la pampa, se había hallado con un solo pasajero sentado en mitad del
vagón. El hombre, que vestía de punta en blanco y llevaba un clavel
prendido en la solapa, y que con las manos cruzadas sobre el pecho y
estiradoa todoloque daban suspiernas largas parecía dormir el sueño de
los justos, no respondió a su saludo.
Encogiéndose de hombros, Lorenzo Anabalón se preocupó de
inmediatode meter su maleta con esquinas de metal debajo del asiento;
de ese modo ninguna mujer le chantaría un niño de contrabando. Luego
acomodó su acordeón en el asiento junto a la ventanilla para darlo por
ocupado En ese arduo tren de tercera, sin cochecomedor ni coche-
dormitorio, había que acomodarse de cualquier modo para viajar más
desahogadoypodertenderse adormirenlascuatro nochesde esos cuatro
días interminables que duraba el viaje.
El tren salióde La Caleraa mediollenar,pero en las estaciones de
los pueblos siguientes se fue atiborrando de pasajeros agobiados, todos
con una camada de hijos a la rastra y un balumbo de bultos a cuesta.
Urgidos pasajeros que tomaban el convoy por asalto y encaramaban
sobrecorriendo a los niños para que se hicieran de algún asiento o
demarcaran un pequeño territorio en las tablas del piso, mientras las
mujeres más iracundas, en su afán de no quedar instaladas en la
intemperie de las pasarelas, metían por las ventanillas sus grandes
canastas de cocaví y arrojaban sus retobos sin ninguna consideración por
los pasajeros ya instalados.
La quiromántica se había embarcado junto a su madre en la
estaciónde PalosQuemados.Lasmujeresse subieronal primercoche,que
fue el que les quedó a mano, y se instalaron de inmediato en el asiento
frente a él, el primero que hallaron desocupado. Su equipaje consistía en
dos canastas de mimbre y media docena de cajas de cartón. Él, siempre
acomedido con las mujeres, las ayudó achilladamente a poner unas en el
portaequipaje, otras debajo del asiento y el resto arrinconadas lo mejor
posible para que no estorbaran el paso. Al comentar el olorcito saludable
que emanaba de las cajas, la más joven explicó que llevaban plantas
medicinales.«Hierbasmágicascortadasenlamismafaldade la cordillera»,
le dijo. Luego le dio las gracias infinitas por su gentil ayuda.
«Soy madame Luvertina», dijo, mirándolo fijamente.
Desconcertado por lo de madame, él se presentó como Lorenzo
Anabalón, un filarmónico que viajaba con rumbo a la pampa salitrera. Y
cuando, palmoteando su instrumento, dijo: «Soy acordeonista», en sus
ojos alcanzó a percibir un relumbrón que le pareció sumamente familiar.
«Ella es mi señora madre», dijo, conturbada, la mujer. La anciana
de pelo azulino no hizo ningún gesto de saludo. A Lorenzo Anabalón le
pareció como elementada y, con todo el respeto que él sentía por las
personas ancianas, más vieja que el palqui.
Apenas el tren se puso de nuevo en marcha, madame Luvertina
sacó de una canasta un ovillode lanaceleste y dos palillos de madera y se
los pasó a la anciana. Ésta, con perentorios gestos de maniática, comenzó
de inmediato a tejer. Por lo rizado de la lana, al acordeonista le pareció
que proveníadel desarme de otro tejido. Luego, de la segunda canasta, la
madame sacó los primeros trozos de pollo y pavo cocidos con que se
habría de iralimentandoyconvidándole generosamente aél,durante todo
el trayecto.
Mientraselloscomían,la madre tejía vesánicamente, sin levantar
la vista ni probar alimentos. Cada dos o tres horas, su hija le daba a beber
una infusiónque manteníaenuntermoa cuadritosescoceses.A diferencia
de su hija, la anciana vestía prendas oscuras y de sus labios corrugados no
salía una sola palabra. Sus ojitos de ópalo transparente eran lo único
movedizo de su rostro inexpresivo. Como si sus dedos nudosos tuviesen
vida propia, acomodándose su echarpe con la frecuencia de un tic
nervioso,laanciana manejaba los palillos con una rapidez y una precisión
abismantes, a ratos con la mirada perdida en el paisaje y a ratos
dormitandocon la placidezde unavieja paloma cenicienta, y todo sin que
se le fuera un solo punto de su tejido litúrgico.
Después de la primera comida, y tras dar gracias al buen Dios
misericordioso por el pan nuestro de cada día, madame Luvertina sacó un
manojo de papeles rosados de una carpeta y le alargó uno.
«Léalo con calma», le dijo.
Acto seguido, se paró y se puso a repartir los papelitos entre los
demás pasajeros del coche. Fue ahí que Lorenzo Anabalón se vino a dar
cuenta por qué lo de madame. La gorda bonita era adivina.
En sus papelitos de color rosa, escritos a mano y con una redonda
letrallenade florituras,madame Luvertinase presentaba a sí misma como
astróloga,quiromántica,mentalista,espiritista y consejera familiar recién
llegada de Centroamérica (se ruega no confundir con otras). Además de
leerel destinoenlaslíneas de la mano y tirar las cartas del tarot, madame
se ofrecía a solucionar toda clase de problemas, domésticos y del alma
(pormás difícilesque éstossean).Para la ciencia de madame Luvertina no
había nada imposible. Diplomada y premiada con la Medalla de Oro en la
Academia de los Rosacruces de Brasil, contaba con veinte años de
experiencia adquirida en Europa y Centroamérica. Ofrecía trabajos
garantizados y afirmaba que no era sólo propaganda, que los hechos la
recomendaban. Si la amargura, el dolor y la desilusión se habían
apoderado de su vida, no tenía más que visitarla y consultarla. Que su
ayudaespiritual ibadirigidainclusoparalosproblemasmásíntimosdel ser
humano: amor no correspondido, malos negocios, juicios pendientes,
casas cargadas, viajes fracasados,matrimoniosmal avenidos,infidelidades
conyugales y otros similares. ¿Se siente usted desorientado en la vida?
¿Sufre de algunaenfermedadincurable?¿Impotenciasexual,reumatismos,
hongos, angustia, parálisis, menopausia, artritis, diabetes, asma, hígado,
várices,alcoholismo,ideasobsesivasuotrosdesajustesemocionales? Ella,
madame Luvertina era la más indicada para ayudarle. Y su campo de
acción abarcaba también el rubro de las hierbas medicinales. De tal
maneraque disponía de sahumerios y talismanes bendecidos, especiales
para atraer la dicha a los desdichados, la gracia a los desgraciados y la
ventura a los desventurados. Miles de personas habían quedado
eternamente agradecidade sus servicios. Por la lectura de manos pedía la
módica suma de cien pesos, y por echar las cartas del tarot doscientos
pesos.Losremediosnaturaleslosrecetaba gratis. El volante de color rosa,
escrito por ambos lados, terminaba diciendo, en letra mayúscula y entre
signosde exclamación,que se considerabanyrespetabanlacienciamédica
y las creencias religiosas de todas layas.
«Siempre que viajo en tren aprovecho de verle la suerte a los
pasajeros», le había dicho madame Luvertina. Que el viajar era un estado
ideal de relajamiento, pues las personas se volvían mucho más
perceptibles, más sensibles, más emotivas. En un arrebato lleno de
inspiración,labrujitale habíaaseveradoque el hechode viajar,sobre todo
en tren, sumía a hombres y mujeres en un estado como de crepúsculo.
«Como de crisálidas en su envoltorio de gasa», le había dicho. Y a esas
alturas del viaje, después de un día y una noche y la mitad del otro día,
madame Luvertina ya había atendido las consultas de unos cuantos
pasajeros del coche.
Entre los que aún no se habían hecho ver el destino, aparte del
acordeonista, estaba el enano que viajaba un par de filas más atrás y que
no paraba de hablar y mover sus bracitos torcidos; el viejo campesino de
sombrero requintado y bastón de palo santo que viajaba con su nieta; el
vendedorde quesosde cabra que iba sentado junto a ellos, y don Audito,
un viejoempleadode escritoriode laoficinaCalaCala,que lucía un vistoso
camisolínde fantasía yque si no estabagimoteandode dolorde muelas,se
estaba vanagloriando de su preciosa caligrafía de pendolista.
Madame Luvertina había instalado su consultorio en el estrecho
espacio que quedaba entre su asiento y la caseta del baño. Cada vez que
alguien acudía a consultarla, se sentaba muellemente sobre una de las
cajas con hierbas, rezaba una oración en silencio, abría sobre sus polleras
una carpetaforrada enterciopelorojo,adornadaconmotivosastrológicos,
y, ahí, al hipnotizante traqueteo del tren, viéndole las cartas o leyéndole
las manos con su cantarina vocecita de niña, comenzaba a dilucidarles los
enigmasde susuerte,a revelarlesacada unolosmisteriososvericuetosde
sus destinos.
LorenzoAnabalón,entre el ruidodel trenylabullangade los niños
en el coche, había oído algunos retazos de las sibilinas parrafadas de la
quiromántica. Y en verdad lo que había alcanzado a oír no se parecía en
nada al discurso de la pitonisa de pacotilla que él había visitado una vez,
por el tiempode cuandoUberlindaLinaresloabandonó para irse con otro.
Tan al garete andaba en esos días, tan pajarito huérfano en busca de una
jaula, que no se dio cuenta de cómo una mañana se encontró en un
pringosocuartode hotel barato, amuebladoconsólouna mesa y dos sillas
desvencijadas, consultando a una pitonisa desdentada y de aliento
podrido, recién llegada al pueblo. En medio de una densa humareda de
sahumerio y una docena de gatos esotéricos, su decepción fue grande al
oír de boca de la mujer la misma perorata que repetían las gitanas en las
plazaspúblicas.Que él era un hombre de muy buen corazón del que todo
el mundo abusaba hasta el cansancio; que la poca plata que ganaba se le
volvíasal yagua entre losdedos,¿me entiende,el caballero?; que aunque
siempre había trabajado muy duro para surgir en la vida, sus esfuerzos
sucumbían sin remedio en las más negras frustraciones y desengaños. Y
todoese montónde tencasmuertas para terminar diciéndole que alguien
le había echado un mal. Y que para «descargarlo» debía pasarle el billete
de más valor que anduviera trayendo. Y que tuviera fe en ella, ¿me
entiende,el caballero?Él,conmovimientosde autómata,se metiólamano
al bolsillo y le pasó el único billete grande que llevaba encima. Tras
doblarlo y empujarlo repitiendo una oración insustancial, la gárrula
legañosale salióconque teníaque dejarle el dineroenprenda, pues había
que velarlo durante toda la noche. Y luego, con toda la desfachatez del
mundo, le pidió que al día siguiente volviera con otro billete del mismo
valor, más un huevo blanco y un paño de cocina, ¿me entiende, el
caballero?Él entoncesentendióclaramente y,pese ala pena inmensa que
le obnubilabala razón, reaccionó de su alelamiento, le arrebató el billete
de las manos y mandó a pasear a la punta del cerro a la pitonisa
sacamuelas.
Las primeras que habían consultado a madame Luvertina habían
sidolashermanasvestidasde tafetánmorado.Feascomoquirquinchos,las
hermanas se persignaban fervientemente al paso de cada animita
levantadaaorillasde lalínea férreayno dejabande entarascarse ymirarse
a cada rato en sus redondos espejitos de carey.
Entre la retahílade bultospequeños que habían acomodado a sus
pies, hedía fuertemente una caja de cartón con agujeros llena de pollitos
reciénnacidos,que nohabíancejadode piarentodo el viaje.Conversando
en voz alta, mientras acomodaban y reacomodaban los vuelos de sus
vestidosde tafetánmorado,lasmujereshabíanenterado a todo el mundo
de que en realidad eran cuatro hermanas en total, todas señoritas con el
favorde Dios,yque en el pueblode Pampa Unión tenían una casa de cena
en donde atendían ellas solas a cuarenta y cinco mineros salitreros.
Luego la madame le había leído las manos a la señora flaca que
viajaba con una guagua de días pegada al pecho y una pareja de mellizos
sueltosque zampabaendoscanastas de mimbre cada vezque pasaban los
conductores, pues no les había comprado pasajes y cada uno medía más
de un metro. La mujer iba en busca de su marido, que un año atrás había
partidoa trabajar a las salitrerasydel que nuncamás había tenidonoticias.
La guagua no había dejado de mamarle en todo el viaje, y los pequeños
barrabases, si no estaban jorobando al enano que viajaba en el coche,
estabanasomandola cabeza peligrosamente por las ventanillas. «A estos
angelitoshabríaque ponerlestrangallo»,habíadichoel viejo de sombrero
requintadoybastónde palosanto que viajabajunto a su nieta. Era la frase
más larga que se le había oído al anciano durante todo lo que llevaban de
trayecto. La niña, de preciosa carita blanca y vestida de harapos,
engarruñada junto a la ventanilla, no hacía más que jugar al run-run y
rascarse la cabeza frenéticamente, a dos manos.
Después le había visto la suerte a la pareja de enamorados
lánguidos que iban a la pampa en busca de su destino, como le habían
dichoellosmismosconlacara llenade ilusión.A ella,ZenobiaCastillo, una
muchacha pequeñayrubia, y de pechos menudos, la quiromántica le dijo
que su novio era un hombre de buena sombra y le vaticinó que sería muy
felizjuntoaél.Y a él,Amable Marcelino,unmuchachote altoymoreno,de
cara halconadayojos soñadores,le dijo que quisiera mucho a su novia en
esta tierra, pues era tan buena que los ángeles se la codiciaban para la
corte celestial. Aunque llevaban asientos, la pareja de novios viajaba la
mayor parte del tiempoenlapasareladel coche,abrazándose ybesándose
con una desesperacióninfinita.Ella,conapenasdiecisiete añosde edad,se
había escapado de la casa de sus padres para irse con él hasta el fin del
mundo. Él había desertado de la milicia.
La últimaque habíaconsultadoa madame Luvertinahabíasidouna
mujer de negro que viajaba sola. «La Llorona», le habían puesto los
mellizos. Pálida y demacrada, escondiendo el pulgar en sus manos
empuñadas como hacen los niños asustados, con un aura de dolor
inconsolableensurostrocampesino,la mujer sacaba a cada rato una carta
desde suescote yluegode leerlaensilencio,se volvía hacia la ventanilla y
se ponía a gemir como un pobre animalito desahijado. La carta era de la
oficina salitrera Agua Santa y en ella se le comunicaba el fatal accidente
sufrido por su hijo en las calicheras. Y ella viajaba ahora a buscar su
cadáver.
Al subiral tren,le había contadoa donAudito, sucompañerode asiento —
y después ya no habló más nada con nadie —, que la noticia la había
matado de pena, pues su niño Manuelito, único hijo varón, había sido
siempre laluzde susojos.Que hacía apenas dosaños a la fecha,suhijoera
un tranquilo campesino que trabajaba una parcelita en Las Cabras, hasta
donde una tarde maldita llegó un afuerino vistiendo traje con chaleco y
leontina de oro, y luego de invitarlo a beber los mejores vinos y a comer
los más caros causeos en los más emperifollados boliches del pueblo, el
forasterole había emponzoñadoel almaconilusionesycuentosde riqueza
fácil, hasta lograr engancharlo a las minas de salitre, en donde había
muerto destrozado por un tiro de dinamita.
Don Audito la había oído en silencio y, al final, suspirando hondo,
sólo había comentado para sí: «El mismo triste cuento de siempre».
Esta es la historia de Alma Basilia, una singular mujer que vivió en
la oficina Resurrección y que gozaba el raro privilegio de tener el único
árbol del campamento plantado a la puerta de su casa, hecho que, por
supuesto,constituíalaenvidiacomprensibledetodoslos resurrectinos.Hija
de un inglés venido a menos y de una salamanquina avecindada en la
pampa, Alma Basilia —de cuerpo menudo y piel clara— tenía, además, la
particularidad —envidiable o no— de ser la única prostituta de la oficina.
Como Resurrección era una oficina muy pequeña —ni siguiera tenía
dotación de carabineros—, había también una sola preceptora, una sola
partera y una sola maestra de piano. Y así como la preceptora debía de
arreglárselas para enseñar a una matrícula de 147 alumnos (más algunos
adultos a quienes les daba por alfabetizarse), y la partera ayudar a
alumbrar a las 105 mujeres casadas (más alguna soltera que salía de
pronto con su domingo siete), y la maestra de piano enseñarles a tocar a
las hijas de las diecisiete familias más encumbradas de la oficina (más una
que otra hija de empleado arribista) del mismo modo Alma Basilia se
ocupaba ella sola de los 183 solteros que laboraban en Resurrección.
Aunque a esta cifra había que restar al cura párroco y al manflorita de la
perfumería, y agregar la cáfila de casados insatisfechos que en días de
pago se colaban subrepticiamente en su casa. En Resurrección todo el
mundo conocía a Alma Basilia y todos la llamaban de manera distinta.
Mientras los tiznados y los patizorros la cariñoseaban llamándola
chimbiroquita, la demás gente usaba toda clase de subterfugios para
hablar de ella. La preceptora, por ejemplo, la nombraba cortesana; la
partera la llamaba buscona y la vetusta maestra de piano, hetaira. El jefe
de Estación le decía meretriz; el jefe de Pulpería, un gordo de 182 kilos de
peso, la llamaba maturranga, y el jefe de Correos, un tanto más ilustrado
quetodosellos, Mesalina.El curita párroco,porsu parte,ensus charlascon
las beatas más camanduleras de la congregación, la aludía como la mujer
de vida aireada; las señoritas de la oficina se referían a ella como la fulana
y las señoras la trataban directamente de zorra. Sólo los niños, riendo
maliciosamenteentreellos, decían,lisa y llanamente,laputa del arbolito. Y
es verdad que el arbolito era como el farol rojo de su casa. Y aunque a
Alma Basilia, solitaria y quitada de bulla, le daba lo mismo cómo la
llamaran,personalmente se quedaba con el único apelativo con que nadie
la trataba: ramera. La palabra le había quedado sonando desde que un
empleado deescritorio que escribía versosde amor y cantos a las reinas de
la primavera, le contó una noche que dicho vocablo provenía de la ramita
de salvia que antiguamenteseacostumbraba acolgaren las puertas de los
prostíbulos como talismán para atraer la buena suerte y evitar el ingreso
de indeseables. Y tanto le había gustado la palabrita que a la mañana
siguiente confeccionó un letrero similar al que tenía en su casa la maestra
de piano, que decía: «Alma Basilia, ramera». Sin embargo, en el momento
en que procedía a clavarlo en la puerta, alcanzó a pasar por allí el
administrador de la oficina, que se bajó indignado del caballo vociferando
quesi acaso se habíavueltoloca la putadel carajo;quesí estababuscando
quelas señorasde Resurrección lo obligaran a echarla con viento fresco de
la oficina. Alma Basilia desechó entonces la idea del letrero, pero colgó en
la puertaunaramitade su árbol que cambiaba religiosamente cada día de
pago.Y es quela habíaenternecido mucho la creencia entre las rameras de
aquellaépoca,segúnle habíacontado el empleado de escritorio, sobre que
la ramita de salvia lloraba si al recinto entraba un visitante no grato.
Pegado a la ventanilla, mirando esas blancas peladeras del
demonio —él también sabe que más allá no crece ni la mala hierba—,
LorenzoAnabalónsigue sumidoensusrecuerdos.Traslalarga jornada que
lleva encaramado a ese tren doloroso, ya casi no oye el chirriar de las
ruedasde fierro ni el crujir del coche desvencijado. Seguramente que del
mismo modo, después del primer millón de años, el oído humano había
dejado de oír el rechinar de la tierra girando en su eje mohoso.
«Sírvase una presita de pollo», oye que le dice ahora la
quiromántica. Lorenzo Anabalón se disculpa.
Ya lleva el estómago estragado de tanto comer. Enciende un
cigarrilloy,acariciandosiempre su viejo acordeón rojo con los dorados de
sus cajas armónicas desvaídos, vuelve a mirar por la ventanilla. Afuera el
mundo es un círculo ardiendo y él se queda sin despegar la vista de esos
cerros color ocre, como fermentados por el calor.
Por lamadrugada, en una estación de nombre desconocido, había
visto subir a un grupo de enganchados a la pampa y a uno de esos
contadores de cuentos que viajaban en los trenes narrando sus casos por
unas monedas. Supo que era un cuentacuentos porque alguien del coche
lo apuntó diciendo que una vez se lo había encontrado en otro de sus
viajes.
El contador de cuentos había subido en el último coche y los
enganchados a las salitreras se habían embarcado en el séptimo, que era
justoel del medio.Loque llamólaatencióndel acordeonistafue que entre
el grupo de enganchados le pareció reconocer a uno bajito, que llevaba
una guitarra.A ese hombre él lo había conocido en la pampa, y alguna vez
oyó decir que había muerto quemado vivo en los cachuchos de salitre
fundido. Al verlos amontonados en el andén, Lorenzo Anabalón había
adivinado al instante que ese grupo de hombres desdichados, la mayoría
con su familia a cuesta, formaban parte de un enganche. Y a la primera
ojeada había reconocido quién era el patán que los arreaba. Por su
rumboso modo de vestir y su grandilocuente gesticular de manos, se
notabaa la leguaque el enganchadorerael del sombrerode pañonegro. Y
esque él también,añosatrás,había hechoel mismo viaje enganchado por
un cabrón tan engreídocomoése. Contratado como particular, no alcanzó
a trabajar dos años en las calicheras. Joven, robusto, con toda la vitalidad
de sus veinticincoañosmañosos,se enredó hasta tal punto con una mujer
casada que había terminado por huir con ella.
UberlindaLinaresle habíasorbidoel sesodesde lamismatarde de
sábadoen que el esposo,uncompañerode lamina, el más viejo de todos,
loinvitóa una fiestaensucasa para que tocara el acordeón.El hombre era
conocidopor suinsuperable fuerza en el trabajo, su gran ánimo fiestero y
sus certerastallassiempre aflor de labios y siempre celebradas a grandes
risotadas por todo el mundo. Una de sus pullas más famosas era la que
lanzaba cuando desde las calicheras, se veía pasar el tren de pasajeros
rumbo al sur. Haciendo mención al drama de varios mineros a los que sus
mujeres habían abandonado para volverse a sus tierras con otro hombre,
apuntaba hacia la raya negra del convoy avanzando humeante por la
pampa y gritaba a todo pulmón:
«¡Allá va el que le lleva la mujer a los huevones!».
Y había sido en ese mismo tren que Lorenzo Anabalón se había
escapado hacia Quillota con Uberlinda Linares, la joven y azogante mujer
del minero. En este mismo tren en que ahora volvía a la pampa,
nuevamente solo.
El convoy ha ido tomando velocidad en una larga pendiente casi
imperceptible, y el aire tibio colándose por las ventanillas abiertas se ha
convertido en un tierral insoportable.
«Se le nota el semblante de muy mal color, Lorencito», le dice
madame Luvertina, chupándose cada uno de los dedos con fruición.
El acordeonistaenesosmomentosvaadmirando el color leonado
de un pequeño cerro, casi al alcance de la mano.
«Usted debería hacerme caso y comenzar a alimentarse mejor»,
insiste la quiromántica.
Lorenzo Anabalón no deja de contemplar el cerro. En la cima se
divisanmontoncitosde piedrashechosamanoque lo hacen pensar en voz
alta que seguramente alguna vez el tren se tuvo que haber quedado
averiado por esas soledades, quizás por cuánto tiempo.
«Le estoy diciendo que debe alimentarse mejor y usted me sale
con peras tontas», le reclama ella.
Él, volviendo la vista al interior del coche, dice que en realidad lo
que necesitaporahora esir al baño.Ademásde insistiren leerle las líneas
de la mano, la quirománticanoha paradoen todoel viaje de atiborrarlono
sólo de esas grasientas presas de ave cocida, que no cesa de exhumar de
sus canastas sin fondo, sino que también de una cantidad infinita de
comestibles que ha ido intercambiando con los demás pasajeros: huevos
duros,presasde pescadoahumado,tortillasde rescoldo, duraznos priscos
y trozosde sandía espolvoreada con harina tostada. Y toda esa tragantona
al final ha terminado por depravarle el estómago.
«Con ese nombre usted debería tener mejor apetito», le dice en
tono esotérico la mentalista.
Lorenzo Anabalón la mira extrañado. Su voracidad de leona en
ayuno es lo otro en que esa mujer no se parece para nada a su Uberlinda
Linares, quien casi no necesitaba alimentarse, salvo de amor, claro.
«Por si no lo sabe, el caballerito», le dice la quiromántica, «San
Lorenzo, además de ser el patrono de los mineros y de los sopladores de
vidrio, es también el santo de los cocineros».
El acordeonista asiente con un gesto vago. En verdad, se siente
mal. Y es que el olor a comida descompuesta, la catinga de la gente
amontonada y el excremento de pollo en la caja de las hermanas de
tafetán morado han tornado irrespirable el aire del vagón. Esto sin
mencionar la fetidez agria que emana de la caseta del baño que, por
haberse cortadoel agua, ya esimposiblede usar.Y lomismodebe ocurrira
lo largo de todo el convoy. Pues por la mañana, mientras el tren subía a
tirones una larga pendiente de tierra pedregosa, había visto a varios
pasajeros—aparte de los ue se bajabansólo a estirar las piernas — que se
descolgaban de los coches y corrían con urgencia a esconderse en algún
morro de tierra en donde, tras de evacuar a la carrera, salían
abrochándose el cinturón, o subiéndose los tirantes de los suspensores,
para saltar sobrecorriendo a la pisadera del último coche.
Él jamás podría hacerlo mismo.Él siempre ha necesitado de todo
el tiempo del mundo y de un ambiente casi beatífico para remover su
vientre;yenloposible conlecturaincluida.Algunahojade diario viejo era
loideal.Mientrasmásrancias y añejas las noticias, mucho más placentero
resultaba a su prurito de lector de baño.
El acordeonista mira con abatimiento por la ventanilla. Afuera el
paisaje espara llorar de desolación. Y, por lo que se ve hacia adelante, no
hay ni para cuando llegar al pueblo más cercano. Para hacer más
insoportable el desconsuelo,ademásdel tierral que levantanlasruedasdel
coche,el humode lalocomotorano ha dejadode colarse por todas partes.
Con el ánimo abollado, Lorenzo Anabalón procede a guardar
cautelosamentesuinstrumentoenel estuche.Lacarbonilladel humolo va
ensuciandotodo,ysuacordeónes lo que más cuida en este carajo mundo
de sordos.
Cuandoen el coche loscoloresdel tardecer comienzan a vitralizar
las ventanillas del coche, madame Luvertina se lamenta de que su madre
ya no puede aguantar más su urgimiento.
«Está que se hace pis en los refajos», dice.
Lorenzo Anabalón arroja hacia afuera la colilla del Ópera con el
que ha tratado de contrarrestar un poco la pestilencia del ambiente, y se
ofrece para ir a revisar los baños de los otros vagones. Él también está
necesitando con urgencia «estirar la piernas», dice sonriendo.
La anciana, que no lo ha mirado en todo el trayecto y que parece
ausente atodo lo que ellos digan o hagan, se lo queda mirando ahora con
una embebecidaexpresiónde agradecimiento.Anabalóndescubre que las
faccionesde surostro añoso,surcadode arrugas infinitesimales,tienen un
tierno dejo de niña mimada.
Como madame Luvertina le ha contado que su madre cuando
jovenfue reinade laprimerafiestade laprimavera celebrada en la oficina
Chacabuco,el acordeonista,sonriendoamablemente parasusadentros,se
dice que en sus buenos tiempos la ancianita debió de haber sido una
verdadera femme fatale.
Cuando Lorenzo Anabalón se está acomodando el pañuelo del
cuelloparasalir,la mentalistale pideel favorcito,ya que va hacia los otros
coches, de repartir algunos volantes. Que no sea malito, le dice
melindrosa. Y mostrándole uno de los papelitos rosados, comienza a
explicarleque al final hapuestoque atenderáa toda hora, durante todo el
viaje, en el primer coche del convoy. Lorenzo Anabalón, quien sólo tiene
ojospara sus pechosque zangolotean peligrosamente con el movimiento
del tren, le recibe el manojo de papel y le encarga el cuidado de su
instrumento.Cuandode nuevose aprestaasalir,laquirománticalovuelve
a tomar del brazo —condemasiadaconfianzale parece aél—,yle dice que
por favor se fije bien a quién le reparte los volantes.
«Nohay que darlesperlasa lospuercos,pues, Lorencito», le dice,
frunciendo el ceño en un fútil gesto de gravedad.
Ante laduda del acordeonista,madame Luvertina agrega que sólo
se le debe dar volantes a las personas con aire soñador.
«O sea, a los puros gaznápiros», dice él, con sarcasmo.
«No se equivoque, Lorencito», refuta ella en un mohín de enojo.
«Los lelos son los otros, los que no tienen alma para soñar».
LorenzoAnabalónpide permisoalosque van recostadosenel piso
y, afirmándose en el portaequipaje, cuidando de no pisar los bártulos
diseminados por el corredor, se encamina hacia la puerta. En la mitad del
coche se encuentra con el pasajero de traje blanco y clavel en el ojal que
había visto al embarcarse. Desde entonces que no lo veía. El hombre,
sentadoenla mismadisplicente posición de abandono, estirado a todo lo
que da su esqueleto, dalaimpresiónde que nohamovidounsolomúsculo
en todo el viaje.
Al salira lapasarela,un vientosulfurosole dade llenoenel rostro.
En el ladoizquierdode la plataforma, sentado en una maleta, un pasajero
de sombrero de paja y bigotito mosca, va contemplando la aridez del
paisaje con ojos de muerto. Sentada en la pisadera del otro lado, una
parejase va besandocon lamismalanguidezylentitud resollante con que
en esos momentos el convoy sube otra colina interminable. El tren va
directo hacia el poniente y el aire de gusto salobre aún está tibio. Pero él
sabe que luego, por la noche, el frío atigrado de la pampa calará hasta los
huesitos.Despuésde unratode respirar hondo en la pasarela, cambiando
el aire viciadode suspulmones,el acordeonistaarrojaal vientolospapeles
rosados de la pitonisa y entra al segundo coche.
El ambiente ahí es peor. El coche, atestado igual que el primero,
sufre el agravante de que en él viaja una desarrapada tribu de gitanos
vocingleros que tienen curco a todo el mundo con su zalagarda de
trashumantes. Mientras los hombres juegan a las cartas discutiendo a
gritosensu lenguaimpenetrable, los niños saltan enloquecidos sobre sus
retobos cochambrosos, y las gitanas más viejas y desgreñadas van
cocinando sus mazacotes en un fuego hecho sobre un pequeño trozo de
lata puesto en el piso.
El baño está más inmundo todavía que el del primer vagón y la
hedentina es insoportable. Allá por lo menos las esporádicas oleadas de
fraganciade lascajas de hierbasmedicinalesde laquiromántica,alivian un
poco el clima. El acordeonista se quiere devolver, pero al final chasca los
dedos con resignación y se encamina hacia los otros vagones.
En el tercer coche la atmósfera no es mejor. Mientras en un
extremoungrupode niñosjuegaa laschapitas,en el otro varios pasajeros
rodeana una mujerde rostro compungido que lleva a su hija adolescente
enferma de gravedad. En el rostro agostado de la muchacha se nota a
simple vista el aura cetrina de los agonizantes. Y pese al humo de los
sahumerios que las mujeres del coche le han preparado a la enferma, el
hedor del baño trasciende nauseabundo.
En el vagón siguiente, el acordeonista se encuentra de sopetón
con el ciego que recorre el tren cantando boleros de Julio Jaramillo y
vendiendo peinetas de carey. Aquí, mientras la mayoría de la gente va
dormitando,enunrincónun grupode hombresconel rostro curtidode los
pampinosvajugandoa losdadosy bebiendode una damajuana de quince
litrosque sacan de debajo del asiento. Dos de los jugadores tienen trazas
de ser tahúres profesionales, de aquellos que acostumbran a viajar en el
tren esquilmándoles hasta el último peso de plata a los pasajeros
desprevenidos. Nadie hace caso a las canciones del ciego, que anda a los
tropezones con los rollos de frazadas y los cajones de fruta amontonados
por doquier. El baño es una sentina que repugna hasta la náusea.
En el quinto carro, lo que destaca entre el apiñamiento de
pasajerosabatidos,esungendarme que trasladaaun presoencadenadoal
asiento. El penado, de catadura agreste y gesto torvo, tiene fascinados a
losdos hijosde una familia evangélica sentada en el asiento de enfrente.
Mientras sus padres entonan jubilosos himnos de alabanza a Dios, los
niños no pueden quitar la vista del reo que, con una teatral mueca de
ferocidad en su cara patibularia, los mira fijamente, sin pestañear. En el
coche hay un olor a viandas revenidas y en el baño, igual de repugnante
que losdemás,LorenzoAnabalónse encuentracondos gallinas amarradas
de una pata a la tasa higiénica.El acordeonistalas mira desconcertado; las
pobres aves tienen sus plumas castellanas estilando de orines.
En el sexto coche llama su atención una inmensa matrona de
carnes blancas, vestida también enteramente de blanco. Su humanidad
casi ocupados asientos.Ypese a que transpira como bestia, y a que en las
aletillas de la nariz le negrea visiblemente el hollín del humo de la
locomotora, su dignidad y altivez resultan abismantes. Mientras el
acordeonista la observa encandilado, alguien le susurra al oído que esa
hembra paquidérmica es una meretriz pampina a la que llaman «La
Ambulancia».
«Si quiere,puedeveniraverlapor la noche»,oye que le dicen. Por
el pestilente olor agrio que flota en el ambiente, ni siquiera se asoma al
baño.Al salira lasiguiente pasarela,el acordeonistase sienta un rato en la
pisadera a respirar aire fresco. Un viejo de barba blanca sentado en la
pisadera va devorando un melón con vino blanco. El olor del melón
terminapordescomponerlodel todo. Un peldaño de fierro punzándole la
paleta le sugiere de pronto la idea que lo hace sonreír de alivio. Se pone
rápidamente de pie ycomienzaatreparpor la escalerillahaciael techo del
vagón.
El movimiento del tren es brusco y al llegar arriba tiene que
aferrarse con pies y manos. Con el viento chicoteándole la cara, avanza a
gatas hasta el medio de la tablazón. Ahí se da cuenta de que no es el
primeroenconcebirlaidea:el techoestásembradode zurullosresecos.Se
baja entonces los pantalones y se acuclilla afirmándose lo mejor que
puede.Enesosinstantesel trenavanzadirectohaciael incendio bíblico de
una monumental puesta de sol. Por sobre su cabeza el penacho de humo
de la locomotora flamea negro hacia atrás.
De improviso el tren aminora la marcha. Una curva cerrada
aparece a menosde cienmetrosde distancia. Entre bamboleos y chirridos
de ruedas, el convoy empieza a doblar y Lorenzo Anabalón tiene que
afirmarse conambas manospara mantenerel equilibrio.Ahora el sol le ha
quedado directamente a su izquierda. Es un sol rojo, grande, redondo.
«Parece un disco 33», se dice suspirando. Y cuando, lleno de
contentamiento,hacomenzadoasilbaruncorrido mexicano,de esosde la
revolución, oye la voz de un niño que grita fuerte:
«¡Un hombre va haciendo caca en el techo!» Lorenzo Anabalón
vuelve la cabeza sorprendido: a su derecha, luego de doblar la curva, la
sombralentadel trenha empezadoarecortarse enel suelo y, ahí, sobre el
techodel vagón,su figuraacuclillada se dibuja perfectamente en lo plano
de la arena.
El árbol plantado a la puerta de Alma Basilia no era pimiento ni
algarrobo. En verdad nadie sabía bien qué árbol era. Lo había traído su
padre en barco desde Inglaterra, lo había desembarcado en Iquique, lo
había trasladado en tren hasta Resurrección y, el día en que ella nació,
luego de cavar un hoyo frente a la casa, lo había plantado sin mayores
rituales ni ceremonias.
El arbolitofue creciendo a la par conAlma Basilia y, a la vez, se fue
convirtiendo en su único amigo y compañero de juegos. Tanto así, que
hastalo habíabautizado con un nombre de ser humano; Tolentino Floro le
había puesto a su árbol. Y siempre que se le preguntaba por qué ese
nombre, ni ella misma sabía explicar la razón. Sólo recordaba que lo había
bautizado asíal quedarsola,luego de quesu madremuriera de viruela y su
padre se entregara por completo al vicio del juego y del alcohol. Y tanto
quería a su árbol, que por los tiempos cuando el agua era escasísima en la
pampay se repartíacon fichas(unpichel porpersona),muchasveceshabía
dejado de lavarse y sufrido de sed por regarlo.
Y, entre muchas otras cosas, aquello había influido para que se
contaranesashistoriasraras que se contaban en torno a su relación con el
árbol. Como, por ejemplo, que el destino del árbol y el de ella estaban
ligados de por vida, pues su padre, al plantarlo, había enterrado bajo sus
raíces su cordón umbilical; o que, en invierno, la pobre niñita loca le ponía
guantes de lana en sus ramas más desnudas y le cantaba.
Cuando el árbol sobrepasó el techo de la casa y Alma Basilia, ya
convertida en mujer, comenzó a ejercer la profesión más antigua del
mundo,entrelosmineros se contabaqueella lo regabacon el agüita de las
abluciones profilácticas. También se comentaba entre la gente que Alma
Basilia no se había enamorado nunca de ningún hombre porque amaba
sólo a su árbol, y que a él dedicaba los valses que tocaba a su piano. «Por
sus venas no corre sangre, sino clorofila», decían.
Había una cosa, sin embargo, de la que todo el mundo podía dar
testimonio conla mano puestaenla Biblia. Y era que cuando ellaviajaba al
puerto a comprar los aparejos de su oficio, el árbol parecía amustiarse
hasta la agonía. Y a su regreso, apenas ella asomaba en la esquina de la
plaza, sin que corriera una brizna de viento, el árbol comenzaba a mover
sushojas con la misma alegría con que un perro mueve la cola a la llegada
de su amo.
Lo otro incuestionable era que el árbol concitaba la admiración de
todos los resurrectinos, o «resucitados» como les llamaban en las otras
oficinas. Los patizorros, después del almuerzo, antes de volver al cerro, se
recostaban bajo su fronda a capear el calor de caldera de la siesta
pampina. Incluso la preceptora, los lunes por la mañana, aprovechando
que Alma Basilia dormía su agotamiento hasta mediodía, efectuaba sus
clases de botánica alrededordelárbol.Sin embargo,los que más gustaban
de él eran los enamorados furtivos, que en las noches se amaban al
resguardo de su follaje. Se decía que el olor empalagoso de su resina
causaba un efecto afrodisíaco en el ánimo de los amantes y, según las
malaslenguas,queAlmaBasilia usabaaquellasustanciacomo astringente:
de allí que a los hombres siempre les parecía estar forzando estrecheces
originales cuando se ocupaban con ella.
Como por esos tiempos en los campamentos salitreros estaba
prohibido el ingreso de mujeres públicas, el administrador decía que con
ella hacía vista gorda nada más porque había sido amigo personal del
míster, su padre, antes de que éste se suicidara por deudas de juego. Pero
en Resurrección era un secreto a voces que este cabrón, que se creía
gringo,quefumabatabaco enpipay usabauncucaleco de safari,la dejaba
oficiar tranquila porqueella,que dominabaelarte amatorio como ninguna
y sabía complacer sin remilgos cualquier capricho o fantasía erótica, era la
única que sabía satisfacerlo en la cama sin echarse a reír de su minúscula
pajarilla de niño de pecho.
Como el acordeonista se demora en volver, y a la madre de
madame Luvertinale urge aliviarlavejiga,lashermanasde tafetánmorado
le prestan el tarro de mantequilla Oladina en que ellas despichan entre
medio de los asientos. Y, amables y acomedidas, ayudan a la «madame
yerbatera» aencarpar con frazadasy toallasa la ancianamientrasse baja y
se sube los refajos.
Luegode la operación,ytrasarrojar los orines por la ventanilla, la
quirománticale arregla el cabello a su madre, le da a beber de la infusión
del termo y le renueva el ovillo de lana de su tejido. Después se para a
repartir volantes a los pasajeros embarcados en la última parada y a
conversar con algunos de los ya conocidos que aún no se han animado a
consultarla.
Al primero que se acerca es al abuelo de sombrero requintado y
bastón de palo santo que viaja con su nieta. Pero el abuelo casi no habla.
«Cabritosde miércoles»,esloúnicoque repite entre dientes cada vez que
los mellizos de la mujer flaca se van a corretear por su lado. Entonces se
dirige a la niña y acariciándole la cabeza le pregunta su nombre.
«Flor María de los Cielos», le dice la niña mirándola con
desconfianza. Su carita de ángel harapiento parece asustada. Es una niña
que no sonríe y que mira cada cosa con asombro original. Conversando
amablementeconella,laquirománticase entera de retazos de su vida: es
la primera vez que sale de su lugar de nacimiento, un caserío cercano a la
cordillera,yeslaprimeravez también que viaja en tren y ve a tanta gente
reunida en un solo aposento.
Después, madame Luvertina cruza un par de palabras con el
comerciante en quesos de cabra que viaja frente al abuelo y la niña. Su
mirar alacranadole produce un rechazo inmediato. Sus ojos bizcos brillan
libidinosos cuando Flor María de los Cielos muestra sin querer sus
redondosmuslosde niñademasiadocrecidaparasu edad. Que además de
negociarcon quesos,le dice el hombre,escomerciante también en cortes
de género y ropa en general, por si a la señora se le ofrecía alguna cosita;
que vende camisas de céfiro, refajos de moletón, sábanas de crea,
calzoncillos de tocuyo, corbatas de seda, enaguas caladas, mamelucos de
niñoy pañuelosmoqueros.Enunmomento, el individuo le roza el brazo y
la quiromántica siente que la piel se le ortiga. «Este hombre es un
dañinero»,se dice parasí. Y ocultandoungestode repugnanciase aleja de
su lado y se dirige al enano que viaja más atrás.
El hombrecito, que posee unagrancabezade toro y luce un rostro
lleno de cacarañas, además de tener la manía de tocarse los genitales y
luegooliscarse losdedosconfruición,es un hablador impenitente que no
ha parado entodoel viaje de entreteneralospasajeroscon suscuentosde
trapecistas suicidas enamorados de bailarinas de hielo, de tragasables
impávidos que murieron desangrados por haberse clavado una espina de
rosa en la yema del dedo, y de bestias amaestradas a las que nunca se
consiguióquitarle lapocoprofesional costumbre de manducarse la cabeza
cruda de sus domadores«reciénllegadosde Europa». En menos de lo que
se demora en pitear el tren, la quiromántica se entera de que el enano
viaja al norte en pos de su circo; que por haber sufrido un ataque al
corazón,el empresario lo dejó internado en el hospital de un pueblito de
más al sur, en donde los médicos lo habían dado por muerto; y que ahora
iba al encuentro de sus compañeros de pista a darles la gran sorpresa de
sus vidas. Después, sin tomarse ningún respiro, el enano aprovecha la
oportunidad que le brinda la adivina y, tras pedirle uno de sus papelitos
rosados —ella no había querido darle uno antes—, se pone a contarle la
historiaincreíble del CircoInternacional Nelson,suprimer circo, al que, en
una de sus giras hacia el norte, mientras «hacían» la oficina salitrera La
Patria, un gigantesco remolino de arena lo había sorprendido en plena
actuacióny, arrancado lasestacas de cuajo, se lo había llevado inflado por
los aires con trapecistas colgando y todo.
Cuandologra liberarse de laverbosatelarañadel enano, de vuelta
a su asiento, madame Luvertinase detiene a conversar con la señora flaca
de la guagua reciénnacida,que tiene que escondera los mellizos cada vez
que se aparecen los conductores. La mujer, delgada como una percha, se
llama Herminia, y la guagua no se le despega en ningún momento de sus
pechos lacios. En verdad la criatura parece tener la voracidad de una
sanguijuela. La quiromántica le hace el comentario de manera risueña.
«Y eso que nació muerta», dice la mujer.
Ante el alzamiento de cejas de madame Luvertina, la mujer
cambia de pecho a la guagua y dice lacónica:
«Al menos eso dijo la partera».
Luego la madame busca con la mirada a la pareja de jóvenes
amantes que van al encuentro de su destino. Pero éstos, como lo han
hechodurante todo el trayecto, van en la pasarela del coche abrazándose
y besándose como dos desahuciados del amor. En su lugar se encuentra
con la miradaenfebrecidade lamujervestida de luto que viaja a buscar el
cadáver de su hijo. Sentada junto a don Audito, la mujer la mira con
expresiónde desvarío.Ensusmanos, además de la carta que está sacando
y leyendo a cada momento, ahora lleva una fotografía de su hijo muerto.
Por su estado alucinatorio, la quiromántica se da cuenta de que es inútil
hablarle.Lamujerllevatodoslosresortesde supena vencidos y no quiere
nada con el mundo.
Madame Luvertina entonces se dirige a don Audito para
preguntarle cómose siente.Pero el empleado de escritorio tampoco está
encondicionesde hablar. La cara se le ha hinchado pavorosamente y está
que enloquece de dolor de muelas. Su aspecto en verdad es deplorable
* * *
Cuando en las ventanillas del vagón ha comenzado a anochecer y
lospasajerosse preparana pasar otra noche acurrucados ensus asientoso
tumbadosenlastablas del piso, o durmiendo encaramados como gallinas
sobre el portaequipaje, de pronto, en un estallido de dolor, don Audito
vuelca de una patada el brasero que le han puesto a su lado.
Llorandoa gritos,el empleado de escritorio pide por favor que le
pasen un cartucho de dinamita para arrancarse de una vez por todas ese
malditodolor de muelas con intestinos y todo, o sino lo que va a hacer es
tirarse ahora mismo a las ruedas del convoy. Que esta ranfañosa vida
miserable no vale un cobre vivirla; que sus mejores años los ha perdido
encorvadosobre unpringoso escritorio de oficina malgastando su talento
de pendolistaenllenarplanillasde tiempoenvezde usarsu bellacaligrafía
para escribir acrósticos y romances de amor, que es lo más que me gusta
hacer eneste mundo,misseñoraslindas,dice liliquiento, dirigiéndosea las
mujeresque lohanidoatendiendosolícitas, tratando de calmarle el dolor
a base de remediosy secretos caseros. Las mujeres le han puesto dientes
de ajo crudo y cabecitas de fósforos molidas en el cráter de su muela
podrida; le han hecho friegas de tabaco con aceite caliente en la mejilla
hinchada; le han ayudado a hacer gárgaras con brebajes a base de
bicarbonato,aspirinasypolvillos azufrosos, y porque alguien dijo que era
lomejorpara un dolorde muelas,hastale hicieron enjuagarse la boca con
sorbos de su propia orina amarillenta, tratamiento que él, desesperado
hasta la locura, llevó a cabo sin ninguna clase de remilgos. Sin embargo,
todas esas pócimas, mejunjes y potingues aplicados contra el dolor, sólo
habían conseguidodarle náuseas y dejarle manchado miserablemente su
preciosocamisolínde terciopelo.Ni los rezos a santa Apolonia que, según
una anciana verrugosa, era la santa que curaba el dolor de muelas, han
surtidoefecto.Tampocolapulsera mágica que alguien le confeccionó con
un alambrito de cobre para que se pusiera en la muñeca contraria a la
mejilla del dolor.
Madame Luvertina, que hasta ese momento ha estado ocupada
leyéndole las manos a una mujer de labios repolludos embarcada en el
pueblo anterior, se conduele del pendolista y le dice que ella le va a
preparar una infusión infalible para el dolor de muelas. Pero que lo
primero que tiene que hacer es dejar de llorar y quitar ese brasero de su
lado.
«El brasero envejece», le dice.
Y mientraslaastrólogaprepara el brebaje de hierbas,yel enanose
encarga de llevarse el brasero lo más lejos posible del enfermo, un
pampinoviejo,de cejas hirsutas y largas matas de pelos asomándoles por
los agujeros de las narices y las orejas, se pone a contar que él, cuando
joven, en la oficina Los Dones, había sufrido unos diabólicos dolores de
muelas. Que una noche en su pieza de soltero, la noche más larga y
desesperante de su vida, a eso de las tres de la mañana ya no pudo
soportar más y, obnubilado de dolor, enloquecido completamente, se
levantó de un salto de su litera de fierro, se puso dos pares de medias de
fútbol, dos pantalones sobre sus calzoncillos largos, dos camisas sobre la
cotona con que dormía y tres chombas de lana gruesa: luego se chantó la
coipa de los turnos de noche y se fue a correr a la cancha de fútbol en las
afueras de la oficina. Con una desesperación infinita, sintiendo rebotar
terrible el dolor contra su cara a cada tranco que daba, dio vueltas y
vueltas en torno a la dura cancha de tierra salitrosa. Cuando ya el cuerpo
no le daba más de cansancio, jadeando y sudando como una mula de
carreta, se devolvióal campamento, llegóala rastra a su camarote,se dejó
caer como muertosobre la cama y al otro día despertó sin ningún maldito
dolor.Y que en losdías siguientes, dice risueño el pampino viejo, entre la
gente de la oficina empezó a cundir el rumor de que el ánima de Alamiro
Gutiérrez, el backcentro que un par de semanas antes habían matado de
una estocada en el corazón durante una pichanga de fútbol, andaba
penando en la cancha.
En el momentoen que otro pasajero comienza a contar que en el
rancherío donde se había criado, los huasos acudían al sargento de
carabineros para solucionar sus problemas dentales, y que este hijo de
puta, luego de darles a beber unos tragos de aguardiente, les sacaba las
piezasmolaresconunclavo de cuatro pulgadas desinfectado a fuego, don
Auditose pone de pie yecha a correr desaforadamentehacia la puerta del
coche. Pero lo hace con tan mala suerte que sólo alcanza a dar un par de
trancos antes de tropezar con la punta de la caja con pollitos y caer
violentamente al piso.
Mientras algunos hombres levantan a don Audito y lo retornan a
su asiento y tratan de calmarlo con embelecos de niños, las hermanas de
tafetán morado, mascullando improperios de pensionistas patizorros, se
ponen traste arriba a atrapar a los pollitos que, piando un zafarrancho
escandaloso, se han desparramado por debajo de los asientos, a lo largo
de todo el coche, produciendo un gran barullo entre los pasajeros.
Cuando en la caja con agujeros ya parece no faltar ningún pollito,
Flor María de los Cielos se acerca a las señoras vestidas con vestidos
brillosos llevando entre sus manos uno de cogote pelado que ha cogido
debajode suasiento, yque parece ser el más desvalido de todos. Con voz
emocionada la niña les ruega la dejen llevarlo un rato en su regazo para
darle calor. Las hermanas acceden enternecidas.
Para airear un poco el bochorno de su vergüenza, al bajar del
techo del vagón, el acordeonista se había metido a dar una ojeada en el
coche siguiente. Ése era en donde por la madrugada había visto subir al
grupo de enganchados a las salitreras.
Allí,ocupandotodo un sector del coche, se encontró a los futuros
pampinos comiéndose un machitún de salmón con cebolla, conversando
animadamente entre ellos. Los hombres ya se veían achispados por el
alcohol. En el momento en que el acordeonista entró al coche, el
enganchadorestabacontandosobre las bondades del trabajo y de lo bien
que vivía la gente en la pampa. Mientras los hombres lo oían con la
expresión desmandibulada de los borrachos catatónicos, el individuo,
fachendoso como todos los enganchadores, hablaba y gesticulaba
sonriendo todo el tiempo. El brillo de su diente de oro contrastaba de
maneraobscena con la vestimenta pobre del rebaño que arreaba, con los
trapos olora humode lasmujeresylas pilchas rotosas de sus pobres hijos
malparidos.
Uno de los enganchados, que apartado del grupo rasgueaba una
guitarra sentado en el piso, al verlo entrar lo saludó efusivamente. Era el
mismo que había reconocido desde el vagón. El hombre, de estatura
pequeña, de bigotitos recortados a escuadra y una astuta expresión de
zorro viejoen su cara risueña, le dijo que si acaso ya no se acordaba de su
amigo Rosendo Pérez. «Metemáticamente es un milagro encontrarnos
aquí, ganchito»,le dijo. Después le ofreció vino en un jarro y le susurró al
oído que el enganchador alicurco estaba completamente convencido de
que ninguno del grupo sabía a la clase de infierno que los llevaba. «Se las
quiere fungir de listo el fuñique éste», dijo.
«¿Y a qué oficina los lleva?», le preguntó el acordeonista. «A la
oficina Encarnación. Vamos a trabajar como derripiadores. El languciento
éste nosabe que yo trabajé enlos cachuchosy ahí viene contandocuentos
sobre que el trabajo no es nada del otro mundo, cuando usted y yo,
gancho, sabemos que trabajar como derripiador en la pampa es
metemáticamente como ser forzado en otro planeta; que pese a los
callaposcosidosunos sobre otros en los calamorros y a todos los pares de
medias de lana que uno se chanta, igual el calor quema los pies y los
ampolla que es un gusto. Por no decir nada de los pobrecitos que se caen
dentro de esas bateas infernales y metemáticamente se cuecen vivos en
ese caldito de salitre fundido».
Mientrasbebíany conversaban,lamuletilla «metemáticamente»,
mal dicha y peor empleada por el guitarrista, le corroboró a Lorenzo
Anabalón que sin duda alguna se trataba del mismo individuo que había
conocido en los salones de la filarmónica de la oficina Iris, y del que se
decía que había muerto al caer a los cachuchos.
Cuando el acordeonista le dijo que andaba con su instrumento,
Rosendo Pérez lo instó a que fuera a buscarlo enseguida, que la fiestoca
iba para largo, pues Pancho Carroza, que era como se llamaba el
enganchador, había comprado vino como para regar un potrero. Que el
muy cabrón, dijo en voz alta, sin importarle que el otro lo oyera, quería
emborracharlosatodospara que al desembarcarenla pampano se dieran
cuenta del infiernito al que llegaban.
Cuando Lorenzo Anabalón aparece en la puerta del primer coche,
el anochecerya ha comenzadoaadherirse alas ventanillascomo un tenue
velo de viuda. El coche le parece mucho más atestado de gente y de
bultos. Madame Luvertina, en su rincón privado, a la luz roja del último
rescoldo del crepúsculo, le va leyendo las manos a una mujer de rebozo.
Mientras pasa revista a los pasajeros nuevos embarcados en la
última estación (entre las caras de muertos añosos de los pasajeros
veteranos, los nuevos se reconocían por su rebosante cara de finados
recientes),el acordeonistase sorprendede veradon Audito, despatarrado
junto a la mujer de luto, durmiendo borracho como tagua.
El pendolista, desesperado de dolor, pues hasta el brebaje de la
madame había fallado,nose sabía de dónde había conseguido una botella
de aguardiente y tras beberse la mitad de una sola gargantada, pidió por
favor que le convidaran un cigarrillo. Alguien le alargó un Particular. Con
una lucecitaluciferinarefulgiéndole en sus ojos de sapo, don Audito sacó
una caja de fósforos de un bolsillo de su vestón y lo encendió tiritando.
Como no había fumado nunca en su vida —«esto tiene sabor a bosta de
vacas» rezongó—, lo picante del humo lo hizo toser y lagrimear como a
una delicada actriz de vodevil. Luego miró el cigarrillo como se miraría un
instrumentoquirúrgicoy,sintemblarleel pulso,se lointrodujo encendido
en la taza de la muela podrida. El cigarrillo chirrió dentro de la boca y don
Audito, sintiendo un espasmo neurálgico casi voluptuoso, se lo mantuvo
hasta que se apagó con la saliva. Luego le cortó la punta mojada, lo
encendióde nuevoyse lovolvióaponerenla muela.«Tengoque matar el
nervio», repetía en un tonito vesánico. Siete veces repitió la salvaje
operación hasta que cayó contra el respaldo del asiento, completamente
aturdido.
Con toda la parsimonia del mundo, Lorenzo Anabalón se pone su
paletó a cuadros, luego saca una linterna de su maleta y después se cruza
el acordeón al pecho. Mientras se acomoda cuidadosamente los tirantes,
no dejade observar a madame Luvertina por sobre la cabeza de su madre
(la anciana, con su canónico tejido descansando en su falda, va
mordisqueandounpequeñotrozode quesillode higoconmovimientos de
lauchita enferma). En esos momentos, la quiromántica le va diciendo a la
mujer del rebozo que para llegar a ser mariposa en esta vida, primero
había que cumplir la etapa de ser oruga y, arrastrándose por la tierra,
aprender a sobrevivir a la depredación de toda clase de insectos, pájaros
rapaces y alimañas hambrientas; después, convertida en una desvalida
crisálida,tiradaporahí a la buenade Dios,había que tener la fe y la fuerza
suficientepararesistirlosembatesdelvientoylos rigores de las lluvias de
invierno;yque reciénentonces,al final del ciclo,se eradignode desplegar
un par de alas de coloresy,convertida en mariposa, volar luminosamente
por sobre las penas y las adversidades del mundo.
Con el labio inferior flojo y los ojos nublados, la mujer le bebe las
palabras con arrobamiento casi infantil.
«A eso es lo que yo llamo hablar poquito y mear clarito», dice
emocionada.
Al percatarse de la presencia de Lorenzo Anabalón, madame
Luvertina deja de mirarle la mano a la mujer y, dirigiéndose a él, le dice
que se fije un poco qué cosa tan rara, que a la señora ahí presente, que
viaja en el cuarto coche del tren, el viento le había llevado uno de sus
volantes por la ventanilla.
«Alguno que tenía la pura cara de soñador y arrojó el papel al
viento», dice sonriendo el acordeonista.
«Lo mismitoque pensábamosnosotras»,acotalamujerde rebozo.
«¿Y cómo están los otros baños?», le pregunta en un tono irónico la
quiromántica, al darse cuenta de que el acordeonista viene un tanto
ebrioso.
«Peorque letrinasde campo».Madame Luvertina sonríe. A ella le
encantan los machos alegres, achispados, sobre todo si son personudos
como el músico del acordeón. Cuando se pone de pie y le ofrece un
quesillo de higo, su aliento licoroso le causa un leve estremecimiento de
lascivia. Después le pregunta, sólo por preguntarle algo, que si acaso el
tren va todo lleno.
«Repleto», contesta él, acomodándose el acordeón al pecho. «Y,
además, en el tercer vagón tenemos un velorio».
Y, tras hacerle una pequeña reverencia, sale de vuelta hacia el
vagón de los enganchados.
Al pasar por el tercer coche, convertido ahora en una triste capilla
mortuoria,LorenzoAnabalónsiente unasúbitavergüenza de su estado de
intemperancia. Su fiestero acordeón rojo cruzado al pecho le parece
sacrílego.
Al venir en busca de su instrumento se había encontrado con que
la niña que viera enferma al pasar la primera vez acababa de morir, y un
gran desconcierto reinaba entre los pasajeros del vagón. En medio de la
llanteríageneral,lasmujeresmásviejas,lasmásduchasenlosmenesteres
de la muerte, habían tendido a la niña de manera que su cuerpo formara
una cruz con respecto al tren; le habían cruzado las manos sobre el pecho
y, luego de hacer aparecer unas palmatorias, le habían encendido cuatro
velas fúnebres para comenzar a velarla. Él se había quedado largo rato en
el interior del coche, hipnotizado por el olor y los ajetreos de la muerte.
Ahora,mientraslamadre de la muchachamuertagimoteaquedito
junto al cadáver de su hija, y las demás mujeres a su alrededor,
transformadasenimpenitenteslloraduelos,abejorreanunpadrenuestroal
compásdoliente del tren,LorenzoAnabalón,apesadumbrado, se persigna
levemente y cruza rápido hacia la otra puerta.
Había que vercómo eranlas cosasde lavida. En su primera venida
a la pampa, cuando el viaje era todavía más penoso que ahora, le había
tocado asistiral nacimientode una criatura en el coche en que viajaba, un
varoncito que a la primera palmada comenzó a llorar como un berraco y
que pesóunascuantas rayitasmás de loscuatro kilos(lo habían pesado en
la pesa de gancho de un comerciante de charqui). Y ahí mismo, en medio
de la alegríade lospasajeros, mientras la criatura no dejaba de berrear, la
habían bautizado con el noble nombre de Juanito Treno. Juanito en
homenaje al maquinista que tuvo la deferencia de parar el tren en medio
del desiertomientras duraba el alumbramiento. Y Treno por haber nacido
en un tren, el lugar menos apropiado para venir a este valle de lágrimas
según el conductor al que se le ocurrió el nombre. «Especialmente en
éste», dijo, «el tren del desierto más duro del mundo».
Y ahora justoteníaque tocarle un velorio,se dice ensimismado el
acordeonistamientrascruzalosdemás vagones. El olor a cera derretida le
trae el recuerdode lamuerte de suspadres.Él era unpenecade once años
cuandoen una carrera de caballos a la chilena vio morir a su padre en una
caída fatal. Y treinta días después, consumida por la pena y el desaliento
de no vermás a suhombre esculpidoen su montura huasa, vio apagarse a
su pobre madre convertida en un lánguido atadito de huesos.
La tristeza de Lorenzo Anabalón se esfuma como por encanto al
llegar al coche en donde los enganchados van en plena parranda. En su
ausencia, el ciego de las peinetas se ha incorporado a la fiesta y en esos
momentos, con su vocecita de cordero agonizante, acompañado por la
guitarra de Rosendo Pérez, está cantando «si tú mueres primero yo te
prometoque escribiré lahistoriade nuestroamor»,ese sentido bolero de
amor más allá de la muerte que a Lorenzo Anabalón le trae el recuerdo
incorrupto de Uberlinda Linares; aquella mujer de besos hondos y brazos
largosque llenaba el mundo con su presencia y su alegría empavesada de
banderas.UberlindaLinares.Uva,comolallamabaél cariñosamente entre
sus amigos. Uvalinda, como le decía en la intimidad de su dormitorio.
Ubrelinda como le susurraba al oído cada vez que se amaban como dos
locos desatados en el desorden espeso de una cama tirada en el suelo, y
ella resplandecía toda, como una bestia sagrada.
Es la hora del ángelus. En la plaza, la retreta está por comenzar y,
desde el fondode la calle, con la noche de la pampa inmensándose sobre
sus espaldas, aparece la solitaria figura del viejo Leoncio Santos.
Los dosperros que lo acompañan — tan silenciosos y fantasmales
como él— no se apartan más allá de la redondela amarilla que va
demarcandosuantigualámpara de carburo. El juegode oro y sombras que
al balanceode supaso lentoproduce el fulgor de la llama, afuera aún más
su tétricobultode ánima en pena. La calle por donde avanza, adyacente a
la pequeñaplazade piedra,es lamásancha y principal de las tres calles de
tierraque conformanla oficina.Enellaestánlafonda,el billar,el biógrafo,
el sindicato de obreros y la pulpería.
A esas horas una alborozada muchedumbre de mujeres
emperifolladas, hombres elegantosos y niños vestidos de marineros ha
empezadoaconfluir en la calle, atraída por la fiesta en la plaza. El aura de
los trajes nuevos y la expresión jubilosa de los paseantes contrasta
violentamenteconlavestimentadel viejoyel lastimoso encaje de su cara.
A una de esas requemadas flores de papel que adornan las tumbas de los
perdidos cementerios del desierto se asemeja el encarrujado rostro de
Leoncio Santos.
El rebullicio y la algarabía reinantes en el ambiente no alcanzan a
mellarunápice su infinitaexpresiónausente. Sus ojos no reflejan el brillo
de las luces. Y la multitud reunida en torno al quiosco de la música y
derramada a lo ancho de la calle, tampoco repara en él. Nadie allí parece
percatarse de su presencia de aparecido ni de sus famélicos perros que
alzan las orejas inquietos y lastimeros. La exigua luz de su lamparita
extravagante empalidece ante lasllamaradasde salnatrónencendido en la
cima de la torta de ripios, cuyos resplandores incandescentes hacen
fulgurar el campamento con una rara claridad de alucinación.
A su paso los enamorados lánguidos siguen besándose como si
estuviesen solos en el mundo; los niños de azul marino y las niñas de
rumorosa organza siguen jugando al «corre la llave, corre el candado»,
como si fuera lo más importante de sus vidas. Las viejas vendedoras
desdentadas,unpoco más allá, con sus albísimos delantales reflejando la
fantasmagórica luz de las fogatas, continúan voceando impávidas, casi al
alcance de su oreja, los algodones de azúcar, los remolinos de papel y los
globos de brillo asonambulado.
Al llegara la alturadel sindicatode obreros,el viejoLeoncioSantos
se detiene,girahaciael local arrastrandoapenasel pesode sus calamorros
mineros y alza su lámpara por sobre el marco de una ventana. Tras una
displicente inspección al interior enarcando su cogote fláccido, retoma su
paseo de sereno con un dejo tardo, como si la eternidad del tiempo le
perteneciera por completo. Un poco más allá se para y se pone a orinar.
Con unresignadogestode ángel estreñidoorinalargamente, dulcemente,
ecuménicamente. Después se acuclilla como los niños jugando a las
bolitas, posa su lámpara en tierra y hace girar la mariposa de bronce para
calibrar el grosor de su llamita amarilla.
A su derecha, colmando el rectángulo de la plaza profusamente
iluminada, el gentío aguarda el inicio de la retreta. Mientras tanto, en los
altos del quiosco, embriagados de alcohol como siempre, los músicos
afinansusinstrumentosconunaparsimoniadesesperante. El fulgor de las
luces relumbra espectral en el brillo de los bronces.
Sin siquiera mirar hacia la plaza, encerrado siempre entre el
paréntesisde susdosperrosmudos,el viejosigue su camino por la vereda
del costado de la pulpería hacia el otro extremo del campamento.
Mientrassu siluetase vaperdiendocalleabajo,lacandelillade espanto de
su lámparaparece desvanecerseenlassombras de la noche al conjuro del
valse que, a sus espaldas, ya ha comenzado a tocar el orfeón local.
Allá, al final de la calle, solitaria en su torre, fuera del alcance del
bullicioydel fulgorde laslucesmundanales,se alza la aislada arquitectura
de la iglesia. Su ancho arco de entrada, como debiera ser en todas las
iglesiasdel mundo,carece de puertas.Adentrolaoscuridad es absoluta. El
viejo deja a sus animales echados afuera y penetra sigiloso, no sin antes
inclinarse y hacer la señal de la cruz. Desde que se quedara solo en la
oficina,haidoadquiriendounrespetoreverencialporese recinto sagrado.
Además, fue allí donde una tarde de nubes arreboladas se había casado
ante el altar mayor con la mujer que le trastoca la vida para siempre.
Al entrar al templo, las tinieblas de la nave se arrinconan como
almas asustadas al conjuro de la llama de su lámpara. Jadeante, pero con
la familiaridad eclesiástica de un longevo cura párroco, Leoncio Santos
sube uno a uno los gastados escalones del campanario. Desde las alturas
de la torre se domina todo el perímetro del campamento. A su derecha,
como el colosal cascode un barco encallado,negrea lagran torta de ripios.
A su izquierda las oxidadas estructuras de la maestranza duermen su
titánicosuelode fierrosybigorniascrujientes.La noche en el mundo ya es
cerrada y un silencio táctil, denso como el tejido de su raída manta de
Castilla, late sensible en sus oídos. De alguna manera el viejo siente que
ese silencio, el de la torre del campanario, cala más hondo que todos los
silencios por él conocidos. Ni el silencio de las sepulturas del olvidado
cementerio de la oficina le duele tan adentro.
De pronto, laestelade una estrella fugaz raya la negrura del cielo.
Su mirada la sigue con indiferencia maquinal. En verdad él ya no tiene
ningún deseo que pedir; los muertos no desean nada y él se olvidó de la
vidahace tiempo;se olvidóenel momento justo en que una mujer de risa
cascabeleraloabandonarapara volverse al sur con un hombre mucho más
joven que él. Ya no se acordaba cuántos años hacía de aquello; sólo que
cuando la oficina apagó sus humos y todo el mundo se fue llorando, él se
ofreció para quedarse a cuidar esas casas vacías como si fueran los
dolorososescombrosde supropiavida.Se quedóporque enel fondode su
almapresintióque,se fueraadónde se fuera,lavidasin esa mujer no sería
vida,enningunaparte del mundo.Se quedóavivirsoloentre esoscascajos
de pueblo fantasma porque en un recoveco de su corazón mantenía
encendida la llamita de la esperanza —calibrada cada día por su amor
inmarcesible—,de que algunatarde de nubesarreboladasella iba a volver
arrepentida y llorando de amor a sus brazos.
La estrellafugaz,o el cohete de fiesta —el ruido y las visiones de
ánimas penando en el campamento resultaban a veces tan reales— va a
caer oblicuamenteporel ladode laestacióndel ferrocarril.LeoncioSantos,
entonces, otrora el patizorro más bueno para darle al cerro, el más
respetadoenel mesónde lafonda,el que llevabaapegada a la pretina a la
mujermáslindadel campamento, recuerdaque mañanaesdía de tren. Día
de tren madrecita mía. A lo mejor mañana llega; a lo mejor mañana
regresa a su lado en ese mismo tren en que se fuera aquel maldito
miércoles 4 de enero marcado para siempre con una cruz roja en el viejo
calendario que aún conserva en su covacha. Y es que para él no cabe
ninguna duda de que ella, algún día, en ese mismo tren en que se fue,
tendráque regresara su lado.Y ese día muy bien podría ser mañana, claro
que sí. Mañana podría bajardel trenla señoraUberlindaLinaresde Santos,
su esposa legítima, el amor de su vida, la única mujer que él amó y que
amará por siempre en éste y en cualquier otro carajo mundo de Dios.
La locomotora avanza chisporroteante en la boreal noche del
desierto. Las partículas encendidas van dejando una estela luminosa
semejante a la cola de los cometas que cruzan por los cielos, ahítos de
estrellasextinguidas. Al pasar como una visión fantasmal iluminando con
su farol esos perdidos pueblos de adobes —más pequeños que la luna
llena—,susilbatoprofundoresuenaen la noche lo mismo que el lamento
de un dios olvidado. Su fragor de maestranza rodante corta en dos el
sueñode losdormidos,dejandoensuscorazonesun ferruginoso rastro de
recuerdos viejos. Son 142 las estaciones que remece a su paso el tren del
norte a través de los 1800 kilómetros de recorrido por lo más áspero de la
patria.
Por la ventanilla de Flor María de los Cielos el paisaje nocturno
clareasonámbulobajoel fulgorde laluna. Con la cara pegada al vidrio y el
pollito dormido en su regazo, la niña va contemplando ese redondo
milagro de luz en cuya circunferencia se ve claramente la figura del burro
evangélicocargandoensulomoal niñito Dios recién nacido. Por lo menos
esole decía su madre que eran esas manchas oscuras de la luna, allá en la
noche del campo,mientrasle enseñabaarezar el Padre nuestro que estás
enloscielos y el Ave María, madre de Dios, ruega por nosotros; rezos que
ahora, en el coche todo a oscuras, ha comenzado a recitar despacito,
moviendo los puros labios.
El caballero de los quesos le había explicado a su abuelo que
después del segundo día de viaje los coches empiezan a quedarse a
oscuras uno tras otro. «Comienzan a fallar los dínamos», le había dicho el
hombre. Su coche había sido uno de los primeros en quedar sin luz.
Cuandoenlas curvas el trense doblacomo un largogusanode choclo, Flor
María de losCielossólodivisailuminadaslasventanillas del segundo y del
séptimo vagón del convoy.
A esas horas de la noche ya todo el mundo parece dormir y Flor
María de los Cielos empieza a sentir miedo. No tanto por la atmósfera
espectral del coche,sinoporque hace un rato se ha enterado de que en el
tren se ha muerto una niña de su misma edad. Y más encima, ahora,
mientras su abuelo dormita con la barbilla apoyada en su bastón de palo
santo, el vendedorde quesosde cabra,sentadofrente aellos,de nuevoha
comenzado a contar esas miedosuras que ha venido contando durante
todo el viaje, casos de aparecidos que entenebrecen todavía más la
penumbra del coche y le hacen piar con más fuerza su corazón de pollito
asustado.
Embozado en su negro poncho de Castilla, su hálito oliendo
fuertemente a queso avinagrado, el comerciante le cuenta sobre un
conductor que murió arrollado por el tren al caer de una pasarela, justito
unos kilómetros más adelante de donde iban cruzando ahora mismo.
Mirándola fijamente con sus ojos extraviados, el hombre le dice en voz
baja que enlasnoches,al pasarel tren por el lugar en que quedó la oscura
mancha de sangre, el ánima del conductor se subía a los trenes de
pasajeros y como un tétrico bulto negro recorría uno a uno los vagones
asustandoa la gente.Que pornada del mundohabía que tratar de mirar al
ánima.Que una vezun pasajero,dándoselas de zamacuco, había tenido la
osadía de mirar el bulto de frente y lo que vio lo espantó de tal manera
que ahí mismo,y enel mismo instante, el pelo se le puso blanco y un hilo
de baba interminable comenzó a caer de su boca idiotizada. Que al pasar
por ese lugar,le dice con laspupilasbrillosasel caballero de los quesos de
cabra, ella tenía que cubrirse toda entera, hasta la misma cabeza, y cerrar
los ojos. Y sintiera lo que sintiera, no hacer ni decir nada, ni siquiera
respirar. Que ése era el único modo de que el ánima del conductor se
volviera tranquila al purgatorio de donde venía.
Acunados por el duro traqueteo del tren, los apeñuscados
pasajerosdel primervagónparecendormirtodosel sueñode la muerte. El
únicoque se ve despiertoyque nose cansa de moverse ensuasiento, Flor
María de los Cielos se viene fijando hace rato, es el caballero enanito
buenopara conversar.Losotros que al parecer no piensan dormir en toda
la noche sonesosjóvenesenamoradosque no dejan de besarse y hacerse
arrumacos de palomos nuevos. Ella los ha visto entrar y salir a cada rato
hacia la plataforma, siempre juntitamente abrazados y mordiéndose las
orejas.
Como ya comienza a hacer frío, Flor María de los Cielos le
acomodaun ponchobolivianoenlaspiernasa su abuelo que, sentado con
la cabeza caída hacia atrás y la boca enteramente abierta, duerme como
un bendito.Acurrucadoensuasiento, bajosu negro poncho de Castilla, el
caballero de los quesos de cabra también se ha dormido. «Menos mal»,
piensaFlorMaría de losCielos.Yes que para ellaeste caballeroque parece
un murciélago gigante bajo su poncho negro tiene «mala baba», como
acostumbra a decir su abuelo de las personas que le caen mal.
Antes de tenderse a dormir también ella, Flor María de los Cielos
saca una canasta de debajo del asiento. De entre paquetes de harina
tostaday frascos de miel de abejas,extrae un trozo de tortilla de rescoldo
y, haciendo un leve roznido de roedor, comienza a comérsela apuradita.
Después se acomoda en el piso tratando de hacer el menor ruido posible
(por Diosito santo no vaya a despertar el caballero de los quesos y de
nuevole dé por contar miedosidades).Acurrucadaenposición fetal, luego
de rezar el último Avemaría, se persigna rapidito y se echa la frazada
encima, cubriéndose hasta la mollera.
Con lapiel todaespeluznada,perosincerrarlosojos —lasensación
de miedo siempre le ha producido una especie de delectación en el
vientre—,FlorMaría de losCielosse queda vigilante debajo de la frazada,
con todos sus sentidos alertas. Desde pequeña le ha tenido terror a las
penadurías de ánimas. Escuchando el latir de su propio corazón asustado
que suena igualito que el reloj de plata de su abuelo, y acariciando
suavemente el plumaje del pollito palpitándole tibio entre sus manos, la
niña no se da cuenta cuando sucumbe al cansancio y, al meneo del
crujiente vagónde madera,se quedaprofundamente dormidaenladureza
de las tablas. Flor María de los Cielos despierta de golpe.
Algo, un bulto grande como un animal pezuñero, se ha metido
debajo de su frazada. El bombeo de su corazón se le detiene de golpe.
Apegado por detrás a su cuerpo, el bulto comienza a tantearla por todos
ladoscon dosmanos grandesyásperas.Flor María de los Cielos empieza a
transpirar. Los versos del Padrenuestro y los del Avemaría se le trastocan
ensu mente comoesosenredijosde líneas de trenes que ha visto al pasar
en los patios de las estaciones. Cuando, tras subirle las polleras hasta la
cara, el ánima comienzaahacerle lacochinada acezando como una bestia;
desde el vértigonebulosode sumiedo,Flor María de los Cielos oye que el
pollito pía desesperadamente entre sus manos. Cuando al final el ánima
del conductor, entre resuellos de anciano asmático, y como llorando un
convulsollantito de perro, la deja en paz y vuelve sigiloso a su lugar en el
purgatorio, Flor María de los Cielos, siempre debajo de la frazada, siente
que el pollito ya no late entre sus manos. Compungida, pasándose el
plumaje del cuerpecito por sus mejillas caldeadas, se suelta a llorar en
silencio un desconsolado llanto de amargura. Y es que ha sido sólo por su
culpa, se recrimina llorando; por culpa de su puro miedo que apretujó al
pollitohastacausarle la muerte. No había sido a causa de lo que le hizo el
ánima, pues su padrastro allá en el rancho del sur, desde antes de que
muriera su madre, cada vez que bajaba con sus animales desde la
cordillera, era mucho más brutal en sus cochinadas de lo que había sido
ahora el pobrecito espíritu del conductor arrollado por el tren.
Mientrasel convoyvadeaun conjuntode cerros afantasmados por
el claror de la luna, madame Luvertina deja que su madre se recueste de
lado, ocupando todo el asiento, y ella se cambia al puesto de Lorenzo
Anabalón,juntoal estuche vacíode su instrumento.Lanoche yaes altay la
quiromántica no puede dormir pensando en el acordeonista. Siempre le
han gustadoloshombresfrescachones de ánimo, y ese músico del carajo,
con su voz abemolada y su cuerpo alentoso, la trastorna y le alborota el
corazón como a una pánfila niñita de quince años.
De pronto, el silenciotrapaleante delcoche en penumbras es roto
por la escandalera de las hermanas de tafetán morado que han
sorprendidoadosgitanosjóvenestrabucándole losbolsillos a don Audito.
Semidormidas,se hanpuestoapedirsocorroy a chillaratodo pulmón que
han entrado ladrones a la casa.
Ante la histeria de las mujeres, que gritan como si las estuvieran
degollando, se enciendenlucesde linternas y llamas de fósforos a lo largo
de todo el coche. Y, en medio de improperios y blasfemias de calicheras,
varios hombres se paran echando mano a sus cinturones y los gitanos
huyenprecipitadamente tropezando y pisoteando a la hilera de pasajeros
recostadosenel pasillo.Unade lashermanasde tafetán morado, sin dejar
de gritar, alcanzaa darle unauñarada enel rostro al gitanomás joven, que
algo brillante lleva en una mano suciamente vendada.
Don Audito, en tanto, sin darse cuenta de nada, sigue durmiendo
su aturdimientoapoyadoen el hombro de la señora de luto que, uncida a
su tristeza,nohace más que mirar a todos con ojos erráticos y apretujar la
carta contra su pecho, sin decir absolutamente nada.
Cuando ya la calma ha vuelto al coche y madame Luvertina está
ayudando a hacer dormir a algunos niños que se despertaron llorando
dentro de sus canastas, desde el fondo del coche una anciana reclama
compungida que le falta un bulto del equipaje. Encendiendo de nuevo
linternas y fósforos, todo el mundo se pone de cabeza a revisar sus
retobos.Una pasajeradespiertaasacudonesadonAuditoy,tras explicarle
lo sucedido, le dice que se revise los bolsillos por si le falta alguna
pertenencia;que esosgitanosharapientosnodejande robar ni en sueños.
«Si llego a agarrar a un gitano de ésos, lo dejo cantando como
soprano», dice una de las hermanas de tafetán morado.
«¿Cómo es eso?», le pregunta risueña la quiromántica. «Que lo
capa a uña, pues, mi señora», responde presta la otra hermana.
Alguiendice conbroncaque lo que habría que hacer de inmediato
esir al coche en donde viajanlosgitanossalteadores a reclamar sus cosas.
Don Audito, ya despierto del todo, tras haber corroborado de que sólo le
faltael reloj y la leontina de plata, tercia para decir que ir a meterse a esa
ladroneraesalgosumamente peligroso.Que los gitanos, dice en tono casi
declamatorio,pueslohaleídoenlosromanceros españoles, aparte de ser
cortabolsas y descuideros, si no llevan puñales al cinto, seguramente
esconden un par de pistolas con cacha labrada en plata.
«Pero a usted le robaron el reloj, pues, mi señor», le dice una
mujer de labios morrudos.
«Y qué»,dice donAudito, congestodespectivo.Yaclara enseguida
que el cochinoreloj se lohabían regaladolosbuitresde laCompañíael año
pasado, al cumplir cuarenta años de servicio, como le llamaban ahora a la
esclavitud. Luego, como dándose cuenta de pronto, agrega casi gritando
de alegría que lo más importante para él en esos momentos es que ya no
siente ningún maldito dolor de muelas. «Todo lo demás que pase en el
mundo me importa una bicoca», remata eufórico.
El joven Amable Marcelino y su novia Zenobia Castillo, a quienes
poco antes de la batahola el frío había hecho entrar desde la pasarela
donde se iban amando a la luz de la luna, opinan, siempre abrazados y
haciendo castañetear los dientes, que lo mejor sería ir a buscar a un
conductor. El enano se para prestamente sobre su asiento y, levantando
una mano, se ofrece de voluntario.
Antes de salir moviendo a todo dar sus piernecitas arqueadas, el
enano,sintiéndoseconvertidoenunpequeñohéroede película de acción,
se pone un paletó con botones dorados que casi le llega a los tobillos, se
ciñe un par de guantes de lana para el frío y luego se chanta un
pasamontañas de minero.
«El pasamontañas es para que los gitanos no me reconozcan»,
dice en tono grave.
Con una vela encendida en una mano, afirmándose de donde
puede, madame Luvertina recorre el coche tratando de apaciguarles el
ánimoa lospasajerosalborotados.Despuésde ayudara laseñoraflaca con
uno de los mellizos que le tiene terror a la oscuridad (la quiromántica
recomienda colgarle un colmillo de lobo en el pecho; que además de
eliminarle los terrores nocturnos, dice, aquel talismán le hará salir una
dentición mucho más firme al niño), se acerca al lugar donde viaja Flor
María de losCielos.Laniña,ovilladaenel pisoalos pies de su abuelo, que
no ha despertado ni al barullo de los gitanos, va llorando
inconsolablemente debajo de su frazada.
La quiromántica se arrodilla a destaparle la cara y le pregunta en
tono maternal que cuál es la causa de tan amargo llanto. Flor María de los
Cielos saca las manos de debajo de la frazada y le muestra el montoncito
de plumas amarillas.
«Lo maté», dice sin parar de llorar.
«Seguro que se murió de frío», le dice madame Luvertina.
«No, lo apretujé con mis manos».
«Debe de haber sido sin querer».
«Fue culpa del miedo».
«Y de qué tenías miedo, mi tesoro», pregunta madame Luvertina
acariciándole el pelo.
«Es que el caballero comerciante venía contando cosas de aparecidos y
mientras dormía me vinieron a penar», dice la niña.
A madame Luvertina se le encapota el rostro en un gesto de ira y busca
con la mirada a su alrededor. El comerciante de quesos de cabra no se ve
por ningún lado y su equipaje ha desaparecido.
Mientras el abuelo se endereza en su asiento y comienza a toser
una tosseca, bronquial,hastacasi el ahogo,laniñase sientaen el piso y le
pregunta a madame Luvertina si acaso los pollitos se van al cielo.
«Claro que sí, hija mía», dice convencida la quiromántica, viendo
que el viejodel bastónde palo santo ha despertado del todo y la mira con
reconcomio.
«Cuandolotenía vivoentre mismanosme parecía estar abrigando
el polluelo de un ángel», dice la niña.
«Los ángeles son criaturas celestiales», dice madame Luvertina.
«Y son tan hermosos como tú».
«Nocreo que seantan rodilludos como yo», dice la niña. Madame
Luvertina sonríe.
En la carita pálida de Flor María de los Cielos, sin embargo, no
despunta ni un amago de sonrisa.
Cuando la niña, con la cabeza apoyada en el pecho de madame
Luvertina, hace rato que ha dejado de llorar, el tren llega a una estación
perdida en la noche. Por las ventanillas del vagón se asoman soñolientos
ángeles vestidos de blanco voceando lánguidamente sus mercancías.
Vendendulces empolvados y tecito caliente en botellas de bilz. Madame
Luvertina le compra un paquete de dulces y le convida una taza de la
infusión de su termo escocés. La niña tirita de frío.
Juntoa ellas,suabuelo,ya despabilado, no hace más que mirarlas
sindecirnada. En el pellejoacecinadode su rostro, sus ojillos vidriosos no
hacen sino parpadear como lagartijas en la penumbra. La quiromántica,
luegode posarun besoenla frente de laniña,y de abrocharle los botones
de su chalequina, se retira a su asiento.
Flor María de los Cielos le ofrece un pedazo de dulce a su abuelo.
El ancianohace ungestonegativo.Susojosestánnubladosde lágrimas.No
por él, sino por su nieta. Y es que en su interior siente que si matar a un
hombre escosa tremendaparacualquier cristiano, aunque la víctima se lo
mereciera largamente (y el bestia del padrastro de la niña, que a estas
horas debe estar achicharrándose en el infierno, se lo merecía con yapa),
para el frágil espíritu de la pobrecita niña el haber visto cometer esa
muerte debe de significarle una carga terrible.
La estación perdida en la noche se llama Chacritas. En su
descubierto andén de madera sólo tres pasajeros esperan el tren. Tres
hombres desastrados y ateridos de frío que se embarcan en el vagón del
medio, uno de los dos, de todo el convoy, que va iluminado.
Cuando se abre la puerta del coche, todo el mundo adentro se
quedaboquiabiertoconlaaparición.Consus jarrosde vinoen la mano, los
enganchados miran absortos a ese hombre de túnica y barba de profeta a
mal traer que,recortadoenla puerta,enmediode sus dos acompañantes,
escudriña a los pasajeros con la dulzura de un pastor ante un piño de
ovejas perdidas. Es el Cristo de Elqui en persona.
LorenzoAnabalón, Rosendo Pérez y Benito de la Rosa, el ciego de
las peinetas, que en esos momentos comenzaban a cantar Lujuria, dejan
de pulsar sus instrumentos y apagan sus voces como a un toque
encantatorio.
El Cristo de Elqui los mira con benevolencia. Los dos individuos
que loacompañan se ven tan flacos y desharrapados como él mismo. Uno
es alto como la puerta del coche y sus ademanes tardos tienen algo de
equinoenfermo.El otro es un patizambo de brazos largos, de complexión
nervuda y una inquietante mirada de orate. Los tres aparecidos, azulados
por el frío intenso, semejan una verdadera estantigua en la puerta del
coche.
La túnica de color carmelita del Cristo de Elqui no tiene nada de
inconsútil;completamentepercudidaporlasinclemencias de una vida a la
intemperie, se nota cosida cien veces por manos no muy prácticas en el
oficio.Sushumanassandalias,hechasde lagomade un neumáticode Ford
T, ya se desbaratan de ajadas y cascarrientas. Su negra barba doctrinaria y
sus largas crenchas sebosas, a vuelo de pájaro se nota que desde hace
mucho tiempo no se crinan.
Tras laprimeraimpresión, y después de que el Cristo de Elqui los
saludara hermaneándolos benignamente a todos, los futuros salitreros,
borrachosos y exaltados de ánimo, invitan a los recién embarcados a
compartir un trago de amistad con ellos. El Cristo de Elqui, en un gesto
eucarístico, sólo les acepta una rápida gorgorotada de vino rojo.
«Nada más para recalentar el armazón del cuerpo», dice. Y aclara
enseguidaque el volcánde suespíritucristianononecesitade talesfuegos
mundanales para permanecer activo y humeante.
Sus apóstoles, en cambio, dos campesinos sin trabajo que hace
solamente un par de meses se han endevotado con él, vacían los
respectivosjarrosde aluminiode unsoloenviónperentorio. «Éstos beben
como empampados», bromea uno de los hombres sentado junto al
enganchador, uno que luce una gran cicatriz en la mejilla.
Luego de los primeros escarceos de confianza con los recién
aparecidos,RosendoPérez le pregunta al más alto de los apóstoles que si
los caballeros van también a la pampa en busca de trabajo. Éste se lo
queda mirando fijo, como escudriñando alguna intención oculta en la
pregunta del gentil de la guitarra. Y cuando, con el índice en ristre, se
apresta a contestarle con un versículo de la Biblia, el otro apóstol más
bajito, comotocado por el resorte de lagracia divina,le quitala palabra de
la boca y, llameantes sus ojos de loco, bajo el beneplácito de su maestro
que lo mira envolviéndolo en un dulce gesto paternoso, le dice, como
repitiendo una lección arduamente aprendida, que no, mi querido
hermano,que noibana lapampa enbusca de trabajo,que ahora ellos,por
intermediode lagranmisericordiade Dios,erantrabajadoresenlaviñadel
Señor.Que Él,el Todopoderoso, el Dios único y verdadero, el mismo Dios
de David, los había escogido de entre una gavilla de pecadores
desahuciadosparairy sembrarla semilladel evangelioportodalafaz de la
tierra, a toda criatura viviente. Y que ahora iban a ser los explotados y
vapuleadostrabajadoresde las salitreras los que oirían la bienaventurada
Palabra del Señor, Dios del Altísimo, pues allá mismito se dirigían ahora a
predicar el evangelio santo. «Seremos la voz que clama en el desierto»,
termina bramando febrilmente el apóstol.
Aprovechando que en el vagón, a causa de la tomatina de los
enganchados, casi toda la gente va despierta, el Cristo de Elqui, ya
recobrado un poco el calor, no pierde más tiempo y comienza a cumplir
con su misión redentora. Abre una especie de alforja hecha en cuero de
oveja, saca unos prospectos evangelizadores y se pone a ofrecerlo entre
los pasajeros.
Con un vozarróndignode profeta en el desierto, el Cristo recorre
el coche a grandes trancadas catequizando que tales prospectos, escritos
de su propiainspiración,ayudaríanacada una de lasalmasque allí viajan a
encontrar el verdadero camino a la salvación eterna. Luego de vender
algunos y regalar la mayoría, el Cristo se lanza en una encendida
sermoneada moral que hace estremecer la atmósfera del vagón.
Mientras algunos hombres se hacen los dormidos debajo de sus
ponchos, las mujeres, abrazadas a sus hijos, lo escuchan en profundo
silenciode misericordiaque,en algunas, sobre todo las más viejas, es casi
de veneración.Losniños,entanto, losque aúnvan despiertosaesas horas
de la noche, siguen los movimientos ceremoniales del estrafalario
personaje de la túnica con grandes ojos de asombro.
De pronto, Pancho Carroza, el enganchador, y el cariacuchillado
con aires de matasiete que viene sentado junto a él, y que se ha pasado
todo el viaje sacándose piojos y lanzándoselos a los pasajeros
desprevenidos, empiezan a burlarse de las parábolas y alegorías del
predicador elquino.
«Metemáticamente, aquí va a haber camorra», le dice Rosendo
Pérez a Lorenzo Anabalón. El ciego de las peinetas abraza medroso su
guitarra.
En el momento en que el Cristo de Elqui, ya embalado
completamente en su exhortación de iluminado iracundo, está dando
testimoniode sus arduos inicios de predicador, de cómo había empezado
su misión en esta tierra como un humilde caniculario —«o sea, queridos
hermanos,hablandoenbuenromance,comoperrero de iglesia, cuidando
que esosanimalitosnose metieranenlacasa de Dios»—, Pancho Carroza,
el enganchador,se pone a rezongar que no había que hacerle mucho caso
a ese pordiosero tirado a vivo, que todo lo que estaba diciendo no eran
sino añagazas de charlatán de feria.
«Este cesante menesteroso apenas alcanza para santo de veleta»,
dice en voz alta.
Como varios pasajeros se largan a reír de la pulla de Pancho
Carroza, el hombre de lacicatriz enla mejilla,paranoser menos, se manda
un trago de vino al coleto, se pone de pie y grita con voz traposa: «¡Cristo
almorraniento!».
Como tocado por la descarga de un rayo, al otro extremo del
coche, el Cristo de Elqui se para en seco, deja de hablar y gira
despaciosamente en su eje. Luego, apuntándolos con un dedo
apocalíptico,el rostrosoflamado,loslabiostemblándolede ira,comienzaa
acercarse a lentos trancos hacia los malhablados. Cuando está encima de
ellos, con el cuello enarcado como los gallos de pelea, les grita, rotundo:
«¡Antitrinitarios!».
En el momento en que los apóstoles, encorajinados como
demonios, están a punto de irse encima de los blasfemos que quieren
agarrar de la barba a su maestro,yRosendoPérez,el guitarrista, llamando
monicaco amajamado al enganchador, lo está desafiando a que si es tan
hombrecitose metaconél,se abre de golpe lapuerta del vagón y, junto al
estrépito de las ruedas de fierro y al viento frío de la noche, entran dos
mujeres arrebosadas en palos negros. Sus rostros se notan
apesadumbrados. Alertadas de que el Cristo de Elqui viaja en el tren,
vienenapedirle,ennombrede Diosyla VirgenSantísima,que tengaabien
acompañarlas a ver a una muchacha que se ha muerto en el tercer vagón
del tren.
Antes de irse con las mujeres, el Cristo de Elqui tranquiliza a sus
apóstolesyle da lasgracias al guitarristafuribundo «por querer cortarle la
oreja al legionario romano». Rosendo Pérez no entiende nada.
Después, fijándose que Pancho Carroza lleva en el pecho un
crucifijo colgando de una gruesa cadena de oro, masculla entre dientes:
«La cruz en el pecho y el diablo en los hechos».
Y tal si fuera el propio Nazareno reprendiendo lleno de ira a los
mercaderesdel templo,antesde salirdefinitivamente del vagón, les larga
una imperiosa exhortación sobre la cruz.
De cierto os digo, hermanos míos, almas que viajáis en este
penitente tren nocturno, de cierto os digo que la cruz se ve cansada, muy
cansada. En verdad yo creo firmemente que la pobrecita ya está que baja
losbrazos.Y esque para ella,viejayastillosa como una madre campesina,
la competencia en este mundo lleno de orgullos y vanidades se ha ido
tornando cada vez más dura. Cuestión de mirar los avisos en los diarios y
en las revistas de magazine, y de parar un poco la oreja a la blasfema
propaganda radial. Si hasta por correo nos bombardean con ofertas de
cruces falsas, de cruces idólatras, de cruces paganas. Los prospectos y
catálogos en papel satinado y a todo color son propiamente la Biblia con
monitos; si hasta en imitación madera nos ofrecen las cruces los fariseos
cortos de genio;noslasexhibenamononaditasenlasvitrinasdel comercio,
en líneas aerodinámica nos las presentan a la vista, nos dan 33 años de
garantía, nos ofrecen servicio técnico a domicilio, nos tientan hasta con
facilidadesde pagolosgentilesfetichistas.Que aceptanlaviejaenparte de
pago, recalcan serios los disolutos. Habrase visto mayor sacrilegio. A este
paso no sé hasta dónde diantres iremos a llegar. Si ustedes mismos han
visto que hoy en día hasta en la calle nos la andan ofreciendo como la
novedaddel año,loscharlatanes herejes; a grito pelado nos la ofrecen en
las esquinas de las ciudades pululantes. La nueva cruz de baquelita le
tenemos, dicen los muy baratilleros, y nos muestran cruces elegantes,
livianitas, funcionales; cruces en colores para elegir. Que nueve de cada
diezcristianoslallevannos quieren convencer a toda costa los traficantes
del demonio; que dejemos ya de arrastrar nuestra pesada cruz por la vía;
que ahora nosla tienencon rueditas deslizantes; que con ella es un gusto
ser cristianos. La irreverencia más absoluta, por Diosito santo. Si sólo les
falta a estos mercaderes del templo que inventen y digan que la última
moda es la cruz marca Burrito de San Vicente, la cruz del que lleva carga y
no la siente. Si hasta existen fariseos de billetes de cola larga —y por la
sangre del Cordero Santo que estoy diciendo la verdad más absoluta—,
que se la mandan a fabricar a extranja especialmente para ellos. Por Dios
que es cierto. A su gusto y medida se la mandan a confeccionar estos
cristianosde pacotilla;asu propioamañoy antojo.Plegables,porejemplo,
se la mandana hacer,convertiblesenperchas,enatriles,ensillas de playa
y enotra infinidadde artilugiosnomuysacrosantos que digamos. Cuidado
nomás digo yo, almas que me escucháis. Cuidado. No vaya a ser cosa que
un día de éstos la cruz pierda su santa paciencia y diciendo no va más,
señores, se acabó, kaput, fin de la película, cierre de una vez y para
siempre susamorosos brazos.Y ahí sí que quierovera esos pecadores. Ahí
sí que quiero ver a todo ese rebaño de ovejas descarriadas. Ahí sí que los
quiero ver, hermanitos míos. Porque entonces será el lloro y el crujir de
dientes, como dice la palabra en las Sagradas Escrituras.
De manera que todo el mundo en Resurrección había entendido
que Alma Basilia, de un modo o de otro, era un mal necesario. Y entre
todos la cuidaban y trataban como se cuidaría y trataría a un bichito
simpático queacabacon los insectos que se comen a las plantas. Hasta los
más reticentes percibían que la prostituta del arbolito era en la oficina
como un eslabón necesario para la conservación de la especie.
En general, se decía que gracias a ella las doncellas estaban a
salvo de la voracidad venérea de los solteros de la oficina; que los viudos
tenían en ella la almohada donde consolar su soledad, y que los
malcasados donde acudir a contar y consolar sus cuitas de amores
desgastados. Incluso de todos era sabido que muchos padres, para el
cumpleaños número quince de sus hijos, los llevaban a la casa de Alma
Basilia paraque ensu camaaprendieran de una vez por todas que cuando
la pajarilla se les erguía no era precisamente para mear más lejos.
Eso se decía de ella en general. En particular se murmuraba, por
ejemplo, que había sido ella la que había enseñado al jefe de pulpería, ese
gigante insaciable al que, por su voraz afición a manducarse gallinas
enteras, lo apodaban el Gordo de las Gallinas —«nunca se han visto
gallinas más tristes que las que carga el gordo bajo sus brazos», decía la
gente—, le había enseñado las maneras de hacerlo con su mujer sin que
ésta muriera aplastada por sus 170 kilos de humanidad.
También se comentabaque había sido Alma Basilia quien salvó del
divorcio al carnicero de la oficina. Que como éste le confesara una noche
que su matrimonio se estaba hundiendo sin remedio en los arenales de la
incomprensión,Alma Basilia se le acercó una tarde a la mujer del carnicero
mientras miraba una vitrina y le dijo en voz baja que se comprara ese par
de zapatosrojos con tacones de aguja; que a su esposo le gustaría mucho
que ella, antes de ir a la cama, le bailara vestida nada más que con esos
zapatitos color de pasión sangrante. La mujer la miró escandalizada y se
marchó sin decir ni mus. Sin embargo, desde aquella noche el carnicero,
que era uno de los más asiduos parroquianos casados de Alma Basilia, no
apareció más a visitarla. Y en los días de retreta se comenzó a ver a la
pareja paseando del gancho por la plaza, felices y rozagantes como dos
novios recientes.
De manera que todos en Resurrección cuidaban de que no se
supiera,o porlo menosqueno se notaramucho,queenunade suscasas,a
sólo media cuadra de la plaza, y muy cerca de la parroquia, vivía y ejercía
libremente su profesión una mujer de mala nota. Y todos los días de la
semana, exactamente a la misma hora en que comenzaba la función
vespertina en el biógrafo, Alma Basilia empezaba a recibir clientes. A las
seis y media de la tarde en punto, cuando por los parlantes del biógrafo
comenzaba a sonar la marcha que anunciaba el principio de la función, en
la casa del arbolitose empezabanaoírlos primeros sonesdel Danubio azul
interpretado por ella en su piano vertical. Ésa era la señal por todos
conocida de que Alma Basilia estaba lista y dispuesta para comenzar a
ocuparse.
Uno de los cuidados que tomaban los hombres era no hacer cola
ante su puerta. Enfrente de su casa, en un vasto barracón de calaminas,
funcionaba la única cantina del campamento, y era allí que se hacía la fila
para ocuparse con ella.
El sistema era muy simple, y se decía que lo había ideado el propio
cantinero. Se trataba de sentarse al mesón mirando atentamente por el
espejo dedetrás del barhacia la casadel arbolito reflejada a través de una
ventana. Apenas salía el que estaba adentro, el primer parroquiano del
lado izquierdo del mesón pagaba su trago, salía del local silbando
despreocupadamente y se dirigía hacía allí; en tanto en el mesón los
hombres empezaban a cambiarse ordenadamente, de taburete en
taburete. De vez en cuando, en la casa se veía asomar la cabecita rubia de
Alma Basilia mirando lánguidamente hacia la cantina.
Sin embargo, todo el montaje de aquella maquinaria perfecta
estuvo a punto de irse al traste una noche de Año Nuevo, cuando un
forastero joven,deaspectoextraño, apareció en la puerta de la cantina de
Resurrección.
Bajo un cielo afantasmado por el fulgor de la luna, el tren cruza
frente a un caserío dormido al pie de unos cerros ingrávidos. Los ranchos
de adobesparecensumergidos en un mar de aguas sonámbulas y el irreal
pitazode la locomotoraresuena en la noche como burbujeando desde un
fúnebre fondo marino.
En el tercer coche del convoy, convertido en una rodante capilla
ardiente, los pasajeros van tocados todos por la muerte de la niña. Como
se ha corrido lavoz de la presenciaenel tren del famoso Cristo de Elqui, y
se dice que unas mujeres han ido en su busca, la mayoría se ha
aglomerado alrededor de la joven muerta esperando ansiosos la llegada
del santo varón. La mitad de los pasajeros, entre los que se han
entrometidoalgunosde otros coches, declara fervorosamente creer a pie
juntillas en el Cristo elquino; la otra mitad despotrica en su contra y dice
que no habría que dejarlo entrar al vagón. «Cuando Dios no quiere, los
santos no pueden», dicen los detractores. «A quien no habla no lo oye
Dios»,dicenlosdefensores.«Labarbano hace al profeta»,dicen aquéllos.
«Los santos se labran a golpes», replican éstos. «A santo que caga y mea
que el diablole crea»,exclamarotundounhombre de cara hosca. «Que se
calle ese JudasIscariote»,reprende, al instante, un grupo de mujeres que
rezan junto a la muerta con un cirio ardiendo en cada mano.
Cuandola figura desgarbada del Cristo de Elqui aparece recortada
en la puerta, en el vagón se produce un silencio súbito. En medio del
mutismo general una anciana grita de pronto que ahí está Jesucristo en
persona, y enseguida se arma una tole-tole de proporciones. Impactadas
por la visiónpiadosadel hombre de la túnica, algunas mujeres se largan a
aullar histéricas; los niños, emocionados, se agarran de las piernas de los
mayorescon ojosatónitos,mientras,afuerzade empellones,en medio de
velascaídas y ancianascon sofoco,todoel mundo quiere tomar puesto en
primera fila para presenciar de más cerca el inminente milagro del Cristo
de Elqui.
En esosmomentos,el tren comienza a tomar una curva cerrada y,
entanto lasruedaschirrían chisporroteantes contra los rieles, el Cristo de
Elqui,trastabillando a los tumbos del coche, afirmándose cómo puede en
medio de la confusión, trata de consolar a la tracalada de gente que lo
rodea y estira sus manos para tocarlo, con una retahíla de refranes
populares enrevesados con citas de su propia madre muerta y versículos
de las Sagradas Escrituras. Seguido al talón por sus dos apóstoles, que
intercambian palabras duras y miran toscamente a los que empujan y
quieren tocar al maestro, el Cristo es llevado ante el cuerpo inerte de la
doncella, tendido en uno de los asientos del medio.
Concomida de dolor, la madre de la joven muerta, al ver la figura
eclesiástica del predicador desarrapado, se lo queda viendo un instante
con expresióninefabley,luego, largándose a llorar de nuevo, se le cuelga
desesperadamente al cuello y le grita algo que al Cristo de Elqui lo deja
paralogizado de pavor.
«¡Señor, tiene que resucitar a mi hija!», le grita con ojos
enfebrecidos la mujer.
En medio de la oleada de pasajeros que, sobrecogidos de
devoción,se hanestrechadoentornoa su figura,anhelantesde presenciar
un milagro con sus humanos ojos de pecadores, la cabeza alzada al cielo,
iluminado espectralmente por las llamas de los cirios, el Cristo de Elqui
parece caído en unhondovértigode arrobamiento.El silencio en el vagón
esmagnéticoy todosse han olvidado de que van en el vagón de un tren y
lesparece haberse transportadoala mismísima tierra santa de Galilea. De
pronto, con una gravedadapacible,el Cristo se inclina lentamente ante el
cadáver de la muchacha y se la queda contemplando por unos breves
segundoseternos. En el rostro ceroso de la joven, la muerte ha plasmado
una profunda mueca de dolor. Luego, temblándole ostensiblemente la
barba, con toda la lentitud del mundo, viene en poner una mano sobre la
frente de lajovenycierra losojoscon fuerza,comosi estuviera repitiendo
aquella dolorosa oración en el Gólgota. Su expresión es sobrehumana. El
silencioenel vagónse hace sensiblementemássublime,esunsilencioque
preludia un acontecimiento glorioso. Ni siquiera se oye el rechinar de las
ruedasrodandosobre losrielesde acero.Es comosi el silenciocósmicodel
desierto se hubiese posado como un ángel de arena sobre el tren. En las
lágrimas de las mujeres las llamas de los cirios relumbran apostólicas.
Entonces, de improviso, cuando todos en el coche están conteniendo el
resuello, el Cristo de Elqui retira de golpe la mano de la frente de la
doncella, mira a su alrededor con ojos espantados y dice, trémulo:
«El arte excelso de la resurrección es exclusividad del divino
Maestro».
Empujando a la gente que lo rodea, pasando a llevar a los
amontonados en el pasillo, siempre con sus dos acólitos desastrados
pegados como perros de presa a sus tobillos, el Cristo de Elqui sale
huyendoagobiadohaciael otro vagón. Sale escapando «como gato al que
le han dejado caer agua hirviendo», dice uno de los pasajeros que se
queda comentando consternado la extraña huida del evangelista de
pacotilla.
Perode pronto, en mediode grandes aleluyas, una de las mujeres
que ha permanecido junto a la niña muerta, exclama que vengan todos a
ver,que a la jovenle ha cambiado el gesto de dolor que tenía en su rostro
de cera.
Iluminada su carita blanca por las llamas de los cirios que se
acercan ansiosos,se advierte claramente que suexpresiónesahorade una
placidez inefable. Toda la gente entonces se larga a llorar y a rezar en voz
alta, maravillada por el milagro.
Cuando el enano aparece de vuelta en el coche sin los
conductores, ya todo ha vuelto a la normalidad. Apenas entra y cierra la
puertaa sus espaldas,cortandode golpe el ruido y el frío exterior, dice en
voz alta y con acento grave:
«Esos zánganos no se ven por ningún lado».
Nadie le responde nada.
Pero el enano, que viene conmocionado por lo que ha visto en su
recorrido por el convoy, no se da por vencido. Tiritando de frío, pelando
sus dientes en una congelada sonrisa de tigre, comienza a recorrer los
asientos en busca de alguien que vaya despierto. Zarandeado por el
movimientodel tren,saltandobultosygente dormida en el piso, el enano
parece un duende de cuentos recorriendo el pasillo en penumbras. De
pronto, en mitad del vagón, le parece oír apenas un bisbiseo de canto. Se
acerca y es laseñoraflaca que,entresueño,le vasusurrandoel arrorróa su
guagua. El enano cae en la cuenta de que jamás ha oído llorar a esa
pobrecitacriaturade Dios.«Debe serverdadque nació muerta», piensa, y
avanza rápido más adelante.
De pronto, oye una voz pavorosamente viva que se queja a su
lado:
«Yo no debería ir en este tren».
Es el hombre del traje blanco y el clavel en la solapa que no ha
cambiado de posición en todo el viaje. El enano lo mira aterrado. Ese
hombre parece el único ser vivo en ese tren lleno de muertos.
Unos asientosmás adelante,luegode tropezarcon un zapallo que
ruedaentre losdurmientesal vaivén del vagón, el enano oye el runruneo
de los jóvenes amantes que van besándose y haciéndose arrumacos de
amor acurrucados uno contra el otro. Él quiere hablarles, pero ellos,
embelesadosmutuamente, no le prestan ninguna atención. Con el ánimo
encrespado, vaporeándose las manos heladas con su hálito, se dirige
directamente al asientoendonde viajan las hermanas vestidas de obispo.
Seguro que ellas van despiertas.
Antesde llegaral asientose da cuentade que ha dado en el clavo:
arrebozadas en varios echarpes de lana, las mujeres van conversando
bajito:
«… ésa siempre se ha hecho la virgencita», alcanza a oír que dice
una.
«Y mea permanganato», dice la otra.
Cuandoel enanolasinterrumpe,las hermanas vestidas de tafetán
morado se lo quedan mirando fijamente, sin pestañear. En la penumbra,
sus ojos insomnes parecen los de un par de lechuzas enfebrecidas.
«Qué se le ofrece al caballerito», dice una.
«Qué se le frunce al enanito», dice la otra.
El enanose acomoda entre ellas,tratandode nochafarlesel ruedo
de sus vestidosvueludos.Gesticulando con sus gordos bracitos de niño —
las cacarañas de su rostro acentuadas por el resplandor lunar que entra
por el vidrioescarchadode laventanilla—,se pone acontarlesensusurros,
de una sola parrafada anhelante, lo que ha visto en su excursión por los
catorce vagonesdel tren.Enuno vioa dos tahúresgolpeandoaun hombre
que reclamabaa gritosque los dadosestabancargados;losgariterospillos,
tras golpearlo brutalmente le abrieron la boca y le hicieron tragar a la
fuerza los «huesos locos», como llamaban a los dados. En el coche donde
viajaban los gitanos se había producido un principio de incendio con sus
fogatas y los demás pasajeros, en una majamama de los mil demonios,
querían echarlos a la fuerza del vagón y tirar sus bultos apestosos por las
ventanillas. En otro, se halló con una sigilosa fila de hombres esperando
turno ante un toldode frazadaslevantadoen un rincón del coche, junto al
baño.Él no sabía para qué diantreserala fila, hasta que en la oscuridad se
escabulló por debajo de un asiento, levantó un poco las frazadas y vio a
una mujer exorbitante, inmensa, blanca como una osa polar, fornicando
con las piernas colgadas de un cordel atado a los listones del
portaequipaje. «Tenía un sexo grandífloro, como diría el señor Corales de
mi circo, que, además de sifilítico, era un artista de la palabra», dijo el
enano. En uno de los coches de más atrás se había quedado un rato
oyendo a un cuentacuentos que venía narrando el caso de una extraña
mujercita llamada Alma Basilia. Y ya de vuelta de su recorrido, sin haber
logrado hallar a los conductores, en el tercer coche se había topado con
ese vagabundoal que llamaban el Cristo de Elqui, el que, en medio de un
histérico llanterío de mujeres, estaba tratando de resucitar a una
muchacha muerta. Era tal la barahúnda en el vagón, que él había tenido
que encaramarse sobre el respaldo de un asiento para alcanzar a ver algo.
Aquí unade lashermanaslointerrumpe paradecirque ese cuadro,
el del enano encaramado a algo tratando de ver a Cristo, ella ya lo había
visto, oído o leído antes, no sabía bien dónde. La otra hermana, en un
tonitosalaz,dice que a ellalo que le resultafamiliares lo de la puta gorda.
Que una vez había oído contar a un pensionista sobre una matrona de la
pampa que, de tan voluminosa, su única manera de fornicar era
enganchando sus jamones a una roldana.
Mientras el tren sigue vadeando la noche milenaria, el enano
acomodado tibiamente entre las hermanas de tafetán morado, trata de
alargar la charla lo más que puede. Una lluvia de aerolitos ilumina de
pronto, por un bello instante, el rectángulo de cielo de la ventanilla. El
enano,maravilladoporlavisión,dice que conese montónde estrellas que
han visto caer de un solo porrazo, las señoritas podrían pedir todos los
deseos que se les antojara.
«Esas estrellas son almas perdidas», dice una de las hermanas.
«Almas errantes», dice la otra.
«Como todos en este tren».
El enanoentoncescruzasuspiernecitastorcidas,que ni siquiera le
alcanzan a colgar del asiento, se acomoda el pasamontañas y dice que a
propósito de almas y muertos errantes, él se acuerda de algo que le
ocurrió a un vecino suyo, allá en su pueblo natal. Y sin pausa alguna,
mirando a una y otra hermana, se pone a contarles la historia de un
hombrecito que un domingo aciago halló en el obituario del periódico el
comunicadode su propioy«sensible» fallecimiento. Como el nombre del
difunto coincidía completamente con el suyo, todo el pueblo se condolió
de la noticiay al rato no más comenzarona llegara sucasa ramosde flores
y coronas fúnebres.Angustiadoycontrariadoporel perjuicioque le estaba
causandoel alcance de nombre,Saturnino del Tránsito Flores Arroyo, que
era como se llamaba el pobre hombre, salió a recorrer el pueblo casa por
casa tratando lastimosamente de convenceralagente de que estaba vivo.
Con su papel de nacimiento en la mano, les aclaraba compungido que,
ademásde estar completamente vivo, como podían verlo con sus propios
ojos, su organismo gozaba de muy buena salud.
Pero resultaba que al bueno de don Saturnino la noticia de su
muerte lohabía sorprendidoreparando el único par de zapatos que tenía.
De modo que, sin darse cuenta, aturullado por la impresión, se los había
puesto tal y cómo estaban, esto es, sin los respectivos tacos. Y como por
esos lados era costumbre antigua sacarles el taco a los zapatos de los
difuntos para velarlos, la gente pensaba que el pobre hombre se había
escapado del mismísimo ataúd, y le cerraban las puertas de sus casas
santiguándose asustados.
Y desde ese día, don Saturnino, El Muerto Andando, como
empezarona llamarlo todos en el pueblo, se comenzó a apagar como una
solitaria brasa de carbón. Dejó de trabajar y se llevaba las tardes en el
sesteaderode la plaza saludando efusivamente a cada uno de los vecinos
que atinabaa pasar por allí diciéndolesmírenmebien,fíjense un poco, por
el amor de Dios,si estoymásvivoy alentadoque ustedesmismos. Y con el
sombreroenla manoy una expresiónperrunaenel rostro,losseguíahasta
la puerta de sus casas tratando de convencerlos de que en verdad,
paisanito lindo, se lo juro, el muerto era otro y no él.
Hasta que una tarde,a la hora de la siesta, don Saturnino se murió
de verdad. Recostado en un escaño de la pequeña plaza, mostrando sus
mortuorios zapatos sin taco, se murió tratando de convencer al busto del
padre de lapatria de que él, Saturnino del Tránsito, hijo de don Alejandro
Flores y de doña Estela Arroyo, estaba vivo; que con el favor de Dios y la
Virgen Santísima estaba vivito y coleando, carajo.
Mientras el enano no dejaba de hablar, las resecas hermanas de
tafetán morado, llevadas por la intimidad y el calorcito del cuerpo
masculino acurrucado entre ellas, concertadas implícitamente, habían
comenzado a magrearlo como sin querer por debajo de sus echarpes.
Comprobando con estupefacta lascivia que al hombrecito le sobraba en
aparato reproductor lo que le faltaba en estatura, en la penumbra del
coche, por debajo de los rebozos, presas de una libidinosidad
incontrolable, las hermanas terminaron haciéndole una afanosa
masturbación a dos manos al ritmo monótono del tren atravesando la
noche insondable del desierto con una fragorosa lentitud de planeta a
carbón.
En el coche, don Audito es otro de los pasajeros que no puede
dormir.Contentohastalaeuforia,quisierairde un asientoaotro contando
lobellaque esla vidasindolorde muelas.Perocon su compañera de viaje
no puede compartir nada. La pobrecita señora de luto, cuando no está
llorando o rezando quedito por su hijo muerto, está como sumida en las
brumas de un limbo propio. Don Audito, entonces, se da cuenta de que
enfrente suyo la señora astróloga tampoco puede conciliar el sueño. Y se
para a conversar con ella.
En esos momentos madame Luvertina va atendiendo a su madre
que no dejade temblar de frío. Le ha dado a beber una taza de la infusión
del termo y ahora procede a abrigarle los pies con una gruesa manta de
lana cruda.
El hielo trasminante de la noche ha hecho que la anciana se
acurruque sobre su asiento a la manera de las momias atacameñas, y don
Audito, sentándose en el lugar del acordeonista, se acuerda, y se lo
comenta a la madame, de que alguna vez oyó decir que las momias
halladasen cuclillas en el desierto de Atacama no eran sino pasajeros del
tren del norte que se morían de frío en el trayecto y que los conductores
impávidos iban dejando enterrados en la arena, en la misma posición
friolenta en que se quedaban muertos.
Madame Luvertinase haquedado mirando pensativamente por la
ventanilla.Afuera,lanoche del desiertotienealgode onírica y las estrellas
heladasparecenhaberse arracimado todas en esta parte del firmamento.
Sinembargo,noes lapoluciónde estrellasloque llevainquietosuespíritu,
sinoel hechode que,enmarcadoenla redondelaluminosade laluna,se le
aparece clarito el perfil de navegante del acordeonista.
Para sacarla de su ensimismamiento, don Audito se pone a
contarle de su trabajo como empleado de escritorio, de las miles de
planillas aburridas que tiene que llenar mensualmente con su caligrafía
hecha para escrituras mucho más elevadas. Y, arrebatado de un súbito
fervor lírico, le confiesa sobre su secreta afición de escribir versos.
«Dígame usted si esa luna no es un poema de amor», dice la
quiromántica, sin quitar la vista de la ventanilla.
«Un soneto redondo», dice don Audito.
«Losúnicossonetosque conozcoson los Sonetos de la muerte, de
la Gabrielita», dice la quiromántica.
Don Audito le cuenta que él tiene escrito por ahí el boceto de un
poema en que invoca a la luna.
La quiromántica, apoyando la cabeza en el ventana, le pide por
favor que si puede declamarlo.
Don Audito se disculpa: es sólo un boceto.
La quirománticasuspirahondamente ydice qué penamás grande,
que enesos momentos le hubiese gustado enormemente oír un poema a
la luna. Que a ella, por cosas de su oficio, la luna le atraía a la mente sólo
materiasde astrologíao cosas que la gente común llamaba supersticiones
y agorerías de brujas,como, por ejemplo, que las mujeres deben cortarse
el cabelloenlunacreciente yloshombresenlunamenguante;oque quien
se duerme a la luzde la lunase quedaciegoo se vuelve loco;oque un halo
en la luna anuncia lluvia y un círculo presagia tempestad.
Compungido y atolondrado, don Audito dice que si madame lo
quiere,él podríahablarle sobre el tenorde supoema.Ante el asentimiento
de la quiromántica,el empleadode escritoriocomienzaentoncesaexplicar
que su poema dice algo así como que está bien que la luna ya no sea
aquella novia tuberculosamente lírica, alimentada sólo de sonetos,
serenatas y otras yerbas; que está bien que los niños ya no la sigan ni los
amanteslainvoquen;que está bien que se haya desvalorizado —la hayan
desvalorizado— hasta no llegar a ser sino una medalla agujereada en la
numismática de la noche, una vieja ficha devaluada, inservible para
comprar siquiera un suspiro o un par de ladridos en versos. Y que estará
biensi el día de mañana,ciencia mediante, llegase a ser sólo una telaraña
en el desván azul del espacio. Con tal de que los gringos de mierda no
terminaran transformándola en otro letrero luminoso de Aspirina, todo
estaba bien.
Sentados cerca de la quiromántica, desvelados de amor en la
penumbra del coche, los jóvenes enamorados que peregrinan hacia la
pampa enbusca de su destino,hanoídoensilenciotodoese homenaje ala
lunaque ha hechoel caballeropendolista.Ellosse amancon toda la fuerza
del universo y sienten que su amor es tan bello como esa plateada luna
mágica que van contemplando absortos por la ventanilla.
Amable Marcelino, pálido su rostro halconado, con un sombrero
un tantogrande para sutallay un paletócolorde humo al que le faltandos
de sus botones de bronce, y Zenobia Castillo, con su carita redonda y su
expresión asustada, vistiendo un vestidito de todos los colores y una
chalequina delgada como tela de cebolla, forman una pareja que inspira
toda laternura y lacompasióndel mundo.Peroellosse sienten felices. Su
viaje haciaesaspampasdesconocidaslossume enunaespecie de beatitud
efervescente.Laseñoraadivinales ha dicho que su estrella es buena y les
ha vaticinado mucha felicidad y buenaventura. Y ellos lo creen
denodadamente, con la misma osadía con que creen que la medida de su
amor es más grande y profunda que la medida de la vida y de la muerte.
Amable Marcelino, embobado por la sonrisa de niña buena de su
novia,le hablatodoel tiempode cuántaschucheríasy vestidoslindosle va
a comprar cuando comience a trabajar y a ganar dinero a puñados en las
minasde salitre.Y Zenobia Castillo, abandonada entre sus brazos, con sus
ojosrebosados de lágrimasjubilosas,nohace másque mirarloy oírlo como
a uno de esos jovencitos de película mexicana y besarlo por toda la cara
con el amor indestructible de sus diecisiete años recién cumplidos. Ella lo
ama tanto (y cómo no había de amarlo si es el primer amor de su vida),
que no ha trepidado en abandonar su hogar y su familia para seguirlo por
el mundo,llevandoconsigonadamásque la sortija preciosa de su corazón
enamorado.Si casi se fue con lo puro puesto; apenas alcanzó a tomar una
maletita con algunas prendas íntimas, una fotografía de sus hermanos
menoresenmarcadaencuero y su vestidito de primera comunión, blanco
como la nieve, que es lo más lindo que ha tenido en la vida.
Cuando la luna ya no se ve desde el tren, y sólo su fulgor
empavona los vidrios congelados de las ventanillas, Zenobia Castillo y
Amable Marcelino, ganados por el cansancio y las altas horas de la noche,
comienzan a dormirse uno en brazos del otro, mecidos por el disonante
rezongo del tren. La intermitente tos de perro de algún niño enfermo al
otro extremo del vagón y la respiración sibilante de las hermanas de
tafetánmorado,loshace removerse flojamente ensuasiento. Y cuando ya
empiezanahundirse dulcemente en un mismo sueño profundo, oyen, de
pronto, como desde el fondo de una sepultura de gasa, que alguien en el
vagón se despierta sollozando y se pone a contar un sueño que les
espeluzna el espíritu. Que en el sueño, dice el soñador, el tren era una
larga hilera de cestas llenas de cabezas humanas. «Eran cestas llenas de
cabezas desgajadas, paisanito», oyen medrosos en su entresueño los
enamorados. «Cabezas de ojos hueros, cabezas de sangre dulce, cabezas
de auras pávidas; sonámbulas cabezas que al fondo de las cestas seguían
mascando chicles, haciendo musarañas, llorando aceite. Una hilera de
cestas en donde se pudría mi propia cabeza, paisanito lindo, se lo juro».
El forastero se apareció por la cantina treinta minutos después del
abrazo deaño nuevo,cuando enlascalles resonabanlosúltimospetardosy
en la torta de ripios ya comenzaban a languidecer los resplandores
incandescentes de las fogatas de salnatrón.
Se trataba de un hombre joven, de rostro angulado y labios
pálidos;y aunquetraíasutrajecon chaleco todo entierrado, se notaba que
era ropa de calidad. Pese al defecto físico de tener el cuello un tanto
torcido, el extraño lucía modales y gestos de una presunción desafiante.
Cuando el cantinero, que en esos momentos brindaba con su
compadre el boticario, lo vio traspasar las puertas del local, dijo, así como
al desgaire, que el tipo ese que acababa de entrar, por su vestimenta y su
postura retadora, tenía toda la facha de ser un dandi. «Uno de esos
jovenzuelos que viven a costillas de las mujeres», dijo.
El boticario lo miró a través del espejo. Y luego de vaciar la copa,
retrucó,risueño,quenuncahabíaquefiarse delas apariencias.«No porque
el loro cague verdees pintor,pues,compadre»,dijo.Ytrasde echarse a reír
a carcajadas, especificó que a él el forastero más bien le parecía un
mendigo bien vestido, un poeta trashumante de esos que ahora último
estaban plagando la pampa, que llegaban colados en los enganches y, en
vez de trabajar,sededicabanarecorrerlas fondasdelas oficinas recitando
sus largas versaínas por un trago de vino o un plato de comida.
Luego, el boticario, arriscando la nariz, le preguntó a su compadre
si acaso no sentía como un olorcito raro en el aire, un olor como a chiquero
de chanchos, dijo. El cantinero respiró hondo y dijo que a él le parecía más
bien olor a gallinero. Y siguieron tomando y brindando por las
buenaventuranzas del año nuevo que, a decir verdad, apuntó guasón el
boticario, ya llevaba casi media hora de viejo.
Sin embargo, ni el cantinero ni el boticario tenían razón en cuanto
al oficio del forastero, ni menos al olor que inundó la atmósfera de la
cantina en el momento en que éste hizo su entrada.
El hombre,quese sentóen unade las mesasmás arrinconadas del
boliche,junto a una ventana desde donde podía mirar hacia la calle, y que
con el rostro enfurruñado pidió comida de la que hubiera, siempre que
estuviera caliente, era un perseguido de la justicia. Se trataba de un
asesino de mujeres huyendo de la policía de Iquique, y había llegado a
Resurrección escondido en un tren carguero. En cuanto al olorcito que se
desprendía de su cuerpo como el halo azufroso de un Mefistófeles, era
simple y llanamente olor a mierda.
Desde su mesarinconera,mientrasdevorabasu comida, el hombre
no dejaba de escudriñar concienzudamente cada detalle del interior de la
cantina. A ratos miraba ceñudo hacia la calle. Como desde su puesto de
observación se veía la casa de Alma Basilia, el forastero no se demoró un
tiro en descubrir lo que pasaba con los hombres que dejaban su lado en el
mesón y, como no queriendo la cosa, se dirigían a la casa de enfrente, la
del arbolito. Cuando en una de ésas vio asomar la cabeza rubia de una
mujer con carita de laucha, que miró hacia la cantina como quien mira
hacia el cielo para ver a qué hora escampa, ya no le cupo ninguna duda:
era como sumar dos más dos.
Apenas terminó de comer, el forastero se fue a sentar al mesón,
pidió un trago y se fue corriendo de taburete en taburete, tal y cual lo
hacíanlos demásparroquianos.Cuando le tocó su turno pagó su consumo
y, con un tranco firme, como si lo hubiese hecho desde siempre, se
encaminó hacia la casa del arbolito. Su cuello torcido le daba un aire
malévolo.
Los tres parroquianos que venían después de él, se cansaron de
mirar hacia la casa de Alma Basilia a través de la luna descascarada del
espejo detrás del bar.
El forastero no salió más. Si Alma Basilia se hubiese asomado a la
calle después de que el extraño entrara a la casa con el sombrero puesto y
su aire baladrón,sehubieradado cuenta,conespanto, de que la ramita de
su árbol colgada en la puerta comenzaba a derramar una espesa lágrima
de resina.
Ya está por amanecer cuando Lorenzo Anabalón se despide de su
amigo Rosendo Pérez y, borracho, alumbrando sus pasos con la luz
agotada de su linterna,recorre el convoyentinieblasde vuelta a su coche.
Mientrasatraviesael vagónmás oscuro,uno de esos antiguos, con
un solo asiento largo a cada costado, tratando de no pisar a los pasajeros
durmiendoatravesados en el piso, como en hileras de tumbas, de pronto
se tropieza en algo y, afirmando apenas su acordeón rojo, cae de rodillas
junto a un anciano trajeado de negro. El viejo, con su desdentada boca
abierta, duerme abrazado a una botella vinera forrada en saco gangocho.
Cuandoel acordeonistase estáincorporandodespacito,concuidadode no
volverapisar al viejo,éste se sientade súbito, lotomade lassolapasy,con
sus ojos abiertos hasta el delirio, dice tristemente:
«Fuimos más de tres mil los muertos en la escuela Santa María».
Lorenzo Anabalón se queda estupefacto.
«Ese 21 de diciembre de 1907 los ángeles abandonaron Iquique»,
dice luegoel viejo.Despuésse acomodade nuevoenel pisoy,rezongando
algo incomprensible, sigue durmiendo como si nada.
«Descanse en paz, abuelo», murmura traposamente Lorenzo
Anabalón antes de pararse.
En la plataforma del segundo vagón, se topa con una pareja de
gitanosviejosenroscadosenunfuribundo acto fornicio. Resollando como
fuelles vencidos, él tiene los pantalones apeñuscados a los tobillos,
mientras que ella, con las polleras arremangadas al pecho, le tiene una
pierna acrobáticamente puesta sobre un hombro. En su impúdico
numerito de funámbulos de circo, los fornicadores van a punto de caer
guardabajo del tren.
«Buen provecho, señores», murmura Lorenzo Anabalón, apenas
mirarlos.
Y abre la puerta de su coche. Adentro todo el mundo va
durmiendo. Alguien —tiene que haber sido la brujita— ha cubierto el
estuche de su acordeón con una frazada y en verdad el bulto parece el de
una persona dormida. En el asiento de enfrente la anciana tejedora
duerme recostada ingrávidamente de lado, mientras que madame
Luvertina lo hace tendida a sus pies, sobre una frazada puesta en el piso.
Lorenzo Anabalón, consciente de su borrachera, trata de hacer el menor
barullo posible. Alza un pie por sobre la humanidad de la quiromántica,
pone el acordeónensu estuche,guardalalinternaenunbolsillodelpaletó
y se tiende de espaldas en la dureza de su asiento de palo. Apenas se ha
recostado, oye desde el piso que madame Luvertina le dice, en susurros:
«Creí que se había muerto».
«Faltó poco», dice él, sintiendo que el mundo le da vueltas en su
cabeza.
«Casi me descadero de una costalada en uno de los vagones».
«¿Sabe que tenemos al Cristo de Elqui viajando en el tren?», dice
la quiromántica.
«A nosotrosenel coche nos dio un sermón de maravillas», dice el
acordeonista.
«Pero no pudo resucitar a la muchacha muerta del tercer vagón.
Aunque me parece que hizoel milagro de conformar a toda esa gente que
la lloraba, pues, ahora, cuando pasé por ahí, todo el mundo dormía
plácidamente alrededor de la finada».
«Todos tenemos una hora para morir y una hora para resucitar»,
dice madame Luvertina.
«¿Y se puede predecir la hora de la muerte?», pregunta él. «Las
líneas de la mano dan una aproximación», responde desde abajo ella. Él
entonces deja caer una mano muerta al piso.
«Sin luz es poco lo que puedo hacer», dice la quiromántica. El
acordeonista se mete la otra mano al bolsillo del paletó y le alcanza su
pequeñalinterna.Ellase endereza un poco en el suelo, le toma la mano y
se la enfoca con el anémico haz de luz.
«Nose demore muchoque me muerode sueño»,dice él. Madame
Luvertinaapenashaempezadoa escudriñarle la mano cuando se la suelta
de golpe.
«Usted ya está muerto», le dice espantada.
«¿Por qué tan segura?», pregunta él, con un dejo de tristeza.
«Tiene lalíneade la vidatronchadaen lamitad», ella, sentándose
en el piso y mirándolo compasivamente.
«Morir no es sino saber de golpe cuestiones tan insustanciales
como que losgatos noaparecenenla Biblia,oque comer grillos hace bien
para la estranguria», dice él, bostezando.
«Y tan alentado que parece», dice acongojada la quiromántica,
aspirando con fruición su aliento vinoso.
«No hay por qué entristecerse tanto», dice él, sin abrir los ojos.
«Sí, es el destino de cada uno», dice la quiromántica.
«El que usted lee en las manos», dice bostezando de nuevo el
acordeonista.
«No solamente en las manos o en las cartas se puede leer el
destino, Lorencito, sino también en el vuelo de las aves, en el aire, en el
hígado de losgallos,enlosespejos,enel humo,enel nombre de cadauno.
Incluso en el aullido de los perros. Esa ciencia se llama ologimancia».
«Yo, madame, practico la copromancia», dice el acordeonista en
tono socarrón, ya casi dormido.
La quiromántica guarda silencio. «Por si la brujita no lo sabe, la
copromancia es la ciencia de ver la suerte por medio del dibujo que se
forma en los papeles con que cada uno se limpia el traste. Además de
predecirloque deparael destino,se puede averiguar de paso, por el color
y la consistencia de la boñiga, el estado de salud, el humor y hasta las
buenas o malas costumbres sexuales del cristiano que consulta».
«Usted se cree muy listo, Lorencito», le dice al oído madame
Luvertina.
«Sin embargo, para su conocimiento, le voy a decir que su chanza
no es tan descabellada, pues existe la uromancia, que es la ciencia de
vaticinar por medio de la orina. ¿Se da usted cuenta?».
El acordeonistarespondecon un ronquido. Afuera, por el oriente,
comienza a fulgurar la cresta pálida del ángel de la aurora.
* * *
Entre lasbrumasdel sueñoyel añublode su borrachera,LorenzoAnabalón
siente de prontoque loremecenpor unbrazo. Luegooye lejanamente a la
quirománticadiciendoalgosobre que quiere revelarle un secreto. Que en
realidadellanose llamaLuvertina,laoye decir casi zureándole en el oído,
que ése es su nombre profesional, o artístico si él prefería. Pues, por si el
músico descreído no estaba al tanto, la quiromancia, como la música,
también era un arte.
«Ahora sólo falta que esta mujer del carajo se llame también
Uberlinda Linares», piensa Lorenzo Anabalón, sintiendo algo como un
revuelco en la caverna del pecho.
«No hay que rebozar los sentimientos, Lorencito», oye ahora,
como desde unalejaníaastral,sinsabermuybiena quiénya guisa de qué.
Y en las profundidades de su modorra etílica, más allá del traqueteo del
tren, el acordeonista ya empieza a no saber si es a madame Luvertina o a
Uberlinda Linares a quien está oyendo hablar. Y es que «rebozar» es una
palabra que usaba mucho Uberlinda Linares. Por Dios, cómo se había
encalabrinado con esa mujer del carajo. Cómo la había amado hasta la
tontera;hasta el desordende sussentidoslahabíaamado. Y aunque antes
de encontrarla a ella había olido, palpado y gustado toda una zoología de
mujerespegajosas,venenosas,untuosas, mujeres de todas layas y pelaje,
nunca había conocido a ninguna con el vuelo de sus pestañas, a ninguna
con el sortilegio de sus ojos de terciopelo, con la fatalidad rotunda de su
desnudez de bronce; con ese sagrado modo de amar que ella tenía. Y es
que esa mujer de ojeras quebradizas dejaba escapar el amor como un
animal desnudoporsusojos,lasvenasse le hacían incandescentescuando
amaba, las uñas se le encolerizaban y se volvía toda resplandor bajo la
blancura de las sábanas. Oh, Dios, cómo había amado a la maldita; cómo
había sufridoporsu abandono.Aunque lomástriste de todo no había sido
que ella hubiera terminado por abandonarlo, eso él lo había vislumbrado
desde el principio. Lo más triste de todo, lo que había vuelto patas arriba
su pobre vida de músico errante, fue que hubiera desaparecido así cómo
desapareció, como por encanto, sin dejar el más tenue rastro de su
perfume enel aire,el másnimioolorde sussecrecionesde hembraencelo
perpetuo.Yesque él aún no sabía si UberlindaLinares lo había dejado por
el amor de otro hombre o se había ido porque sí, porque simplemente se
le había dado la real gana. Sólo que una tarde cualquiera se desvaneció
como unespectroenplenaluzdel día, se volatilizó,desapareciódelmundo
y de su vida para siempre. En su frenética búsqueda de amante
desesperado, alguien le había ido con el cuento de que a esa pajarita la
habían visto muy foronga haciendo la calle en el puerto de Valparaíso.
Después le dijeron que la habían visto —una luz beatífica bañando su
rostro de ángel perverso— tocando la mandolina vestida con el uniforme
azul del Ejércitode Salvación.Otravezle juraron que a esa pobre mujer se
le habían trastornadolos sentidos y que se hallaba interna en una casa de
oratesde la capital.Para él lasversiones más creíbles habían sido siempre
las dos últimas. Y es que Uberlinda Linares toda su vida había tenido algo
de loca o de santa. Él nunca supo si tratarla como a una loca aureolada o
como a una santa desatada; como a una loca lírica o como a una santa
obscena.Una tarde,preparándose ambosparaasistira una procesiónde la
Virgen del Carmen, él la había descubierto frente al espejo,
completamentedesnuda,untándose detrás de las orejas, como si fuera el
más caro perfume parisino, unas gotitas de su propio flujo vaginal.
De pronto, Lorenzo Anabalón comienza a sentir una insoportable
sensaciónde deleite en el vientre. Abre penosamente un ojo y, entre los
efluviosvinososde susueño, ve a madame Luvertina arrodillada a su lado
lamiéndolo con una ansiedad de corderita huérfana. Como resbalando
entonces desde un sueño empalagoso, se deja ir dulcemente en el
recuerdo y siente que en verdad es Uberlinda Linares, en carne y hueso,
quien lo está lamiendo. Y es que no puede ser otra; y es que ninguna
amante en el mundo lo hacía con esa voracidad ofidiana con que lo hacía
ella; ninguna mujer lamía con esa unción y esa fruición de ángel famélico
que lohacía morir,como ahora mismo,fundidoenunasilenciosaexplosión
de lava incandescente, en un incontenible vértigo de placer que lo hace
enderezarse de golpe en el asiento y ver a la madre de la quiromántica
mirándolos fijamente con sus ojitos de ánima en desvelo. Al reflejo del
amanecer filtrándose crudo por el vidrio de la ventanilla, la mirada de la
anciana tiene un brillito fosforescente, extraño, ultraterreno.
Después de pasar la noche en los altos del campanario —en
verdadno sabe si fue una o mil noches;el tiempoesotrode sus olvidos—,
el viejoLeoncioSantosbajade latorre haciendobalancear lánguidamente
su lámpara apagada. Algunas veces, como ésta, cuando su espíritu es
pulidoporla nostalgia,luego de hacer su última ronda, se queda a dormir
enla torre de la iglesiaacurrucadocomounpobre ángel decrépito. Al salir
del templo, sus dos perros, que lo esperaron echados a la puerta, se
levantan y lo siguen calle arriba con su mismo paso indolente.
Mucho más afantasmado y encogido, tal si hubiese bajado con
todoel pesode lanoche a cuestas,el viejo camina de vuelta a su covacha.
Al llegar a la esquina de la plaza se detiene —los perros se le pegan
dengosamentealaspiernas—,se restriegalosojosy mira hacia uno de los
escaños de piedra recortado al fondo del pequeño rectángulo. Suspira
hondo. Con un golpe de corazón recuerda que ese día es día de tren. Hoy
podría ocurrir el milagro; hoy ella podría bajar del tren. Con un
imperceptibledestellode alegríadulcificándole elrostro,le acariciaunrato
las orejas a los quiltros y luego dirige sus pasos hacia la plaza.
Por la noche, mientras hacía su ronda acostumbrada por esos
escombros nostálgicos, le pareció, como le parecía siempre los domingos
—y sólo por eso se daba cuenta de que en el mundo era domingo—, le
pareció oír música de orfeón en el viejo quiosco de la plaza; música de
bronces y ruido de gente paseando; rumores de pueblo vivo. Si hasta sus
animales se habían sentido más inquietos que de costumbre. Y al pasar
frente a lo que quedaba de la pequeña plaza, hasta le pareció sentir de
nuevo el aroma oleaginoso del inolvidable perfume de su Uberlinda
Linares.«Hoysentíde nuevo el perfume de mi Uberlinda Linares», es una
inscripción sentí de nuevo el perfume de mi Uberlinda Linares», es una
inscripciónque se repite periódicamente en su Libro de Novedades, libro
que durante todos esos años de abandono no ha dejado de llevar un solo
día, meticulosamente.
Mientras cruza hacia lo que queda de la plaza, Leoncio Santos la
recuerdapor lostiemposcuandolaoficinaaúnfuncionaba.Le parece verla
colmada de gente bulliciosa bailando al compás de los viejos ritmos de
moda interpretados por los bronces del orfeón local, mientras al fondo,
como el más claro símbolo de vida, su gran chimenea humeaba como un
barco a todo crucero.
Silencioso como una sombra, en medio de las piedras oxidadas,
recuerda que él y Uberlinda Linares no se perdían retreta los fines de
semana. Él con su traje a rayas, su sombrero echado al ojo y un aire de
macho circunspectocincelándoleel rostro;ellaluciendo sus acampanados
vestidos volanderos y desparramando su sonrisa por doquier, y ambos
tratando de no perder el compás de la música en medio del fragor de los
petardos que las bandadas de niños no dejaban de arrojar a la pista.
Ingrávidode emoción,vueltotodoespíritu,el viejodirige suspasos
hacia el escaño más esquinado de la plaza. No se sienta. Parado ante ese
banco de piedra,se loquedacontemplandoenunlargo ensimismamiento
de muerto anostalgiado. Después deja su lámpara en el suelo y,
temblándole las manos, comienza a limpiar en un ángulo del respaldo
hasta que bajo la capa de polvo aparece el tosco grabado de un corazón
atravesado por una flecha. Debajo del dibujo, borrosa por los años, hay
una inscripción que el viejo vuelve a leer por millonésima vez:
LEONCIO SANTOS
Y
UBERLINDA LINARES
Las doslágrimasde amor que como dosgotas de agua vivadebieran rodar
por susmejillascomo porel desiertomásresecode latierra,noruedan. Su
corazón es un pozo, si no ya seco, demasiado profundo como para
humedecer sus ojos, y su tristeza demasiado vieja para tocar fondo. Sin
embargo, recordar a esa mujer amada es recordar el mundo, la alegría, el
olor de la vida.
A veces,enlosfrescosdíasfestoneadosde nubecillasblancas,le da
por escarbaren latierra comoun perrohuraño buscandoel recuerdode su
UberlindaLinares. Se va al terreno baldío en que estuvo levantada la casa
donde vivió suvidade casadocon ella,yluegode sentarse en una piedra a
recordar cómo era aquella mujer indecible, empieza a arañar
frenéticamente enel perímetro de la cocina. El derruido porche de la casa
del administrador, donde tiene ahora su ruca, se ha convertido en un
verdaderomuseode recuerdos hallados en esas búsquedas de nostalgias
montaraces: listas de compras de la pulpería, canutos de hilo marca
Cadena, cucharillas de té dobladas, plumas de gallinas castellanas,
botellitas de perfumes y todo un arsenal de artilugios oxidados que le
hacenmás concreta lailusiónde surecuerdo. Una vez, tirando de la punta
de un trapo semienterrado en el perímetro de lo que había sido el
dormitorio, apareció, entre otros géneros desteñidos, uno de los
flamígeros sostenes de su Uberlinda Linares. Todavía recuerda el salto
emocionado de su corazón y el temblor loco de sus pobres manos
huérfanas.
Otras veces, cuando amanece más simple de corazón, le da por
alzar la mirada y quedarse contemplando el cielo largamente, buscando
descubrir en el dibujo de alguna nube blanca un rasgo de su rostro
inolvidable, un plumazo del talle delgado de la sentadora de vestidos,
algún trazo del perfil de flamenco de la deseosa de mirada, de la
concupiscente de gestos. Cualquier detalle que le recordara a esa loca
desatada que cuando amaba dejaba el agua corriendo, dejaba las luces
encendidas,dejabalaspalomaslibres y al mundo rodando por su cuenta y
riesgo. «Su sexo de amapola martirizada», repite melancólicamente en
esosdías, sinsabermuybiende dónde le vinotal definiciónni qué diantres
significa.
Sin embargo, el recuerdo que más le quema el alma es el de
aquellas tardes jubilosas en que él le lavaba los pies en el lavatorio
floreado.Arrodilladoamorosamente ante ella, cual devoto ante la imagen
venerada, sentía que sus pies diminutos se le escapaban de las manos
como peces alegres, mientras ella no paraba de reír su obscena risa de
girasol húmedo, su torrencial risa de ángel fiestero que le hacía ondear
voluptuosamente sumelenatrigueña;esamelena de leona dorada que es
lo que más continuamente le traen dibujada las nubes; bellísimas nubes
que aparecensólode vezencuando enel desiertoyque él agradece como
visitasdel otromundo,yque inclusollegaaregistrarcomo novedaddel día
ensu Libro de Novedades.Asíamaél a lasnubesdel cielo.«Mi sombritade
nube», era uno de los más cariñosos requiebros de amor que él
acostumbraba decirle a su mujer amada.
Después de un instante de fervor, parado frente al escaño como
ante un santuario de piedra, el viejo Leoncio Santos le da la espalda a la
plazay se encaminade vuelta a su guarida. Ya está llegando la hora de ir a
la estación del ferrocarril a esperar el tren, a ver si ahora sí que regresaba
ella con su presencia sobrenatural.
En el porche en ruinas de la casa del administrador, Leoncio
Santosse dejacaerhondamente enundestripadosillónde cueronegro, el
mismo desde donde una noche de invierno contempló por primera vez
aquellaflotade lucesanaranjadasque se encendíany apagabanen el cielo
—que luego lo habían de visitar periódicamente— y que él había
registradoenel Librode Novedadescomoarcángelesque subíanybajaban
sobre el campanariode la iglesia,lucesque habíavistoporúltimavez en la
estación aquel atardecer en que se quedó muerto sentado en una piedra
mirando hacia el punto exacto del horizonte por donde aparecían los
primeros humos de la locomotora. Era raro, pero en vida esas visiones de
fuego le producían la misma sensación que siente ahora en los días de
tren, en estos días en que algo como un viento álgido le estremece el
espíritu, le vuelve tiritón el pulso y le hace extrañar como nunca un buen
vaso de vino rojo. Una sensación tremendamente cercana al desamparo;
algo que no puede definir con palabras, pues ellas también han ido
formando parte de sus olvidos. Y es que la soledad de la pampa le ha ido
borrandouna a una las palabrashastano dejarle sinoel nombre de aquella
mujer luminosa titilando solitario en la bóveda de su memoria, nombre
que no puede dejarde repetirdíaa día como una salmodiade amorque se
confunde con el silbar del viento pasando insensible a través de los
agujerosde susombrerode fantasma,a través de su mirada transparente,
de las ruinas dolorosas de su pobre corazón de espectro.
La locomotora emerge a la luz del amanecer corriendo a todo
vapor por las llanuras de la pampa. Recortado contra un horizonte en
ciernes,el convoysemejaun negro jirón de sombras desprendiéndose de
la noche.Y entanto el diamante de la aurora termina de redondear el día,
y el penacho de humo se despide de las estrellas trémulas, los vagones
siguendesgranando su penitente rosario de rieles. Jadeante, sin siquiera
recibirel saludocrispado de algún cactus reseco, el tren se va adentrando
en lo más fiero del desierto, allí donde su paso irá alborotando de vida a
esosperdidospueblossalitrerosacurrucadoscomomomiasa la orilla de la
vía. Tristes escombros abandonados cuyas ánimas —vestidas de sus
mejores trajes — aún siguen recibiendo su llegada como si se tratara del
acontecimiento más importante del mundo. Lorenzo Anabalón se
despierta al canto de un gallo.
Todavía somnoliento, se queda un rato meciéndose flojamente al
zarandeoinvariable delvagón descacharrado. Por los vidrios polvorientos
de las ventanillas la luz de la mañana entra a raudales, y un sol espeso y
amarillole chorreacaliente porlacara. Tras disiparlosúltimosvahos de su
modorra alcohólica, el acordeonista estira sus huesos hasta el crujido y
luegose enderezayse apoyacon perezaen el estuche de su instrumento.
Cuando gira la cabeza hacia afuera, la desolación del paisaje le golpea
violentamentelossentidosylohace pensarenlo irreal del canto del gallo.
«Aunque en este trencito todo es posible», se dice pensativo.
En esosmomentosel tren cruza por un infinito páramo de arenas
blancas. Un mundo alucinante se despliega a cada lado del vagón, un
mundo en donde la sombra no existe y las piedras parecen a punto de
estallar por lo ardiente y luminoso del aire. Y todo ese abrasamiento aún
no es nada, piensa el acordeonista. Y mirando de reojo a la madre de
madame Luvertina, que va sentada sola frente a él, le dice, guasón:
«Vamos entrando al infierno, abuelita».
La anciana, sumida en su tejido matinal, ni siquiera alza la vista;
sus ojillosaguarenados siguen el movimiento de los puntos con la misma
fascinaciónque si fueranlosvaivenesde las llamas de una fogata. Lorenzo
Anabalón, aún entumecido, vuelve la cabeza y busca con la mirada a lo
largodel coche.La quiromántica,tres corridas de asientos más atrás, le va
limpiando los ojos a uno de los mellizos que amaneció con pitaña.
«Las hojitas de té son lo mejor para esto», oye que la madame le
dice jovialmente a la mujer flaca.
Lo otroque descubre ensu miradade reconocimiento es una cola
de gente aguardandoturnoa lapuertadel baño. Mujeres en una exhausta
actitudde abandono, niños agarrados a sus polleras y hombres de rostros
desabridos con una quiscosa barba de tres días, una toalla arrugada al
hombro y un espejito de afeitar en la mano. Además del hedor de los
cuerpos, en el ambiente hay un fuerte olor a creolina.
Al verlo despierto, don Audito se allega al asiento de Lorenzo
Anabalónpara contarle todo lo que se ha perdido por bueno para dormir.
Rasurado, peinado y perfumado, jubiloso como no se había visto durante
todo el viaje, el empleado de escritorio le cuenta que al amanecer, en la
estación de Pueblo Hundido, habían hecho desembarcar a la tribu
completa de gitanos por haber producido un incendio en el coche. Que
también allí habían subido un ataúd para la muchacha muerta del tercer
vagón y que al Cristo de Elqui se le habían pelado completamente los
alambres. El predicador elquino se había bajado del tren a catequizar al
gentío que esperaba en la estación y, tras un frenético sermón sobre el
poder infinito de Dios, le había dado por subirse a lo alto de un algarrobo
para demostrarfehacientementeque podía volar. Pese a los ruegos de las
personas aglomeradas a su alrededor y a las súplicas y tirones de sus
discípulos, nadie pudo disuadirlo de su idea y terminó por lanzarse del
árbol con desastrosas consecuencias para su magra humanidad. Los
hombrecitosque hacíande Pedro y Pablo, encrespados de rabia, pues por
su culpaibana perderel tren,regañándolocomo a un niño consentido, se
lo llevaron todo descalabrado al hospital del pueblo.
El acordeonista, todavía bostezando, sin prestar demasiada
atencióna loque cuentael empleadode escritorio, le pregunta por la cola
de gente en el baño. Don Audito lo entera de que llegó el agua. Y con los
pulgaresenlos bolsillos de su camisolín de terciopelo verde, marchito de
lamparones, mostrando su rostro recién afeitado y su mejilla ya casi
deshinchada, le dice sonriente: «¿O acaso no se me nota, carajo?».
Luegole informaque acaban de pasar por la estaciónCatalina,que
es donde se halla uno de los pozos de agua con que se reabastece la
locomotora, y que allí, además de desinfectar los vagones baldeando el
piso con creolina, se han llenado los estanques de los baños de todo el
convoy.
«Ojalá que el agüita alcance para la eternidad que nos queda de
viaje», termina diciendo pensativo el pendolista.
Madame Luvertina, quien ya se dio cuenta de que Lorenzo
Anabalónhadespertado, se demora adrede en volver a su asiento. Luego
de limpiarle la secreción de los ojos al más inquieto de los mellizos y de
cambiarle los pantalones orinados al otro, comienza a peinar a ambos
untándolesel pelocongominade pepasde membrillo que le ha pasado la
señora flaca. Después, se pone a conversar animadamente con las
hermanas vestidas de tafetán morado. Tras ser las primeras en lavarse la
cara, las hermanas,espejitosenristre,se vanempolvandoyafirolandoque
es un gusto.
A propósito del color de sus vestidos, madame Luvertina les dice
envoz alta—y ensu tonoal acordeonistale parece oírtintinearundejode
cantarina alegría—, que lo ideal en asuntos de vestimenta sería llevar
prendasdel coloradecuado a cada jornada. Que cada uno de los días de la
semana, les explica vivaz la quiromántica, tiene su planeta y su color
emblemático: los lunes, el blanco, por la luna; los martes, el rojo, por
Marte; los miércoles, el violeta, por Mercurio; los jueves, el azul, por
Júpiter;losviernes,el verde,porVenus;lossábados,el negro,porSaturno;
y los domingos, el amarillo, por el sol, claro.
Escondiendo una sonrisita de burla tras sus espejos redondos, las
hermanas de tafetán morado le preguntan sarcásticas que si por acaso la
señora yerbatera no era parienta del cura Gatica, «el pollerudo ese que
predicay nopractica». Que lesdiga,porfavor, por qué ella no se viste con
esos colorcitos astrales.
«Es que este tren no es precisamente el lugar más cómodo para
cambiarse», se defiende sonriente la mentalista. Cuando por fin se
apersona a su asiento, Lorenzo Anabalón le da los buenos días y ella
responde ruborosa. El tren en esos momentos comienza a subir una larga
cuesta encaracolada.
Con una falsa expresión de seriedad en el rostro, él le pide
entonces que le repita despacito, si es tan amable, todo ese chisme
planetario sobre el color de la vestimenta. Ella le sigue la corriente, se
curva hacia él y, en un afectado mohín de ñoñería, las mejillas
erubescentes, le repite el cuento completo, de lunes a domingo.
Cuando la madame termina, él le dice sonriente que eso es lo
mismo que creer en lo que dicen los libritos «Tesoro para la vida», esos
que aconsejan que para ser feliz en la vida se debe leer el periódico
dominical tendido en una hamaca, rascarle el vientre a un perro regalón,
abrazar a una vaca, ver una película en matiné, aprender alguna clase de
malabarismoynunca comprarun solocachorrito, sinodos,que son mucho
más divertidos.«¡Purasmorondangas!»,termina exclamando divertido el
acordeonista.
En el instante en que madame Luvertina va a replicar, se abre
violentamentelapuertadel vagóny todos los pasajeros vuelven la cabeza
sorprendidos.Doshombresconcara de pocosamigosirrumpenseguidode
una pequeña comparsa que los anima y azuza. El acordeonista los
reconoce enseguida. Son Rosendo Pérez, el guitarrista, y Pancho Carroza,
el enganchador.
Los dos hombresllevanlacamisa arremangada y en sus rostros se
les nota el estrago de la borrachera de amanecida. Al ver a Lorenzo
Anabalón,el guitarristaapunta con el pulgar al enganchador y dice que se
va a peleara loscomboscon ese zanguangodel el guitarristaapuntacon el
pulgar al enganchador y dice que se va a pelear a los combos con ese
zanguangodel carajo.Que aprovechandolacuestaque va subiendoel tren
enesosmomentos,se van a bajar desde este coche para subirse luego en
el último. Y, alzando la voz, dice con bronca que si no le hace saltar el
diente de orode un soplamocos, «metemáticamente» lo va hacer escupir
tachuelas al guasamaco tiñoso ése. «Ya va a ver este bastardo quién es el
Chico Rosendo».
LorenzoAnabalónse para y loacompaña hastala pisadera;yantes
de que el guitarristasalte a tierrale palmoteael hombroyle desea suerte.
«Pégueleunapatadaenlas verijasenmi nombre,paisita», le dice.
Apenas los hombres pisan tierra firme se trenzan con fiereza y
ruedanpor el suelodándose frenéticamente conpuñosy pies. Cuando por
fin logran levantarse, Rosendo Pérez se pone a bailar en torno al
engachador, a ejecutar unos aniñados pasitos de púgil profesional que
sacan vivas y aplausos de los pasajeros asomados por las ventanillas de
todo el tren. Cuando sólo restan dos coches del convoy y la gente grita
entusiasmada,RosendoPérez,trasesquivarungolpe al mentón,le alcanza
un puñetazo en pleno rostro a Pancho Carroza que lo hace trastabillar y
caer pesadamente porel terraplén. El guitarrista entonces se agacha, algo
recoge del suelo y luego levanta mostrándolo con aires triunfales. A los
rayos del sol,unpequeñobrilloáuricole reluce entre el pulgar y el índice.
«¡Le saqué el diente de oro al bastardo!», grita, enloquecido.
Y luego corre a colgarse de la pisadera del último vagón.
Al transcurrir el segundo día en que Alma Basilia, además de no
dejarse ver por la calle del comercio, no asomara ni la nariz por la ventana
de su casa, la gente de Resurrección empezó a murmurar extrañada.
La primera tarde, cuando a la hora de la función vespertina del
biógrafo no se le oyó tocar el piano, nadie se preocupó mucho;
simplemente pensaron que aún le duraría la resaca de las fiestas de año
nuevo. Pero cuando se propagó el rumor sobre el forastero que había
entrado avisitarla porla nochey quenadiedespuésvio salir, entoncestodo
el mundo comenzó a inquietarse de verdad.
Lo primero que se pensó fue que Alma Basilia, quien nunca se
había enamorado de nadie en su vida, sólo de su árbol, como decían los
másviejos,estavez habíasido flechada y su corazoncito de mujer se había
prendado al fin de un ser de carne y hueso. Y tal vez, pensaron los más
pesimistas, ya nunca más volvería a ejercer su viejo oficio.
En la mañana del tercer día, cuando ya todo el mundo estaba
convencido de que Alma Basilia se estaba dando un desproporcionado
banquetedeamor con «el hombre de cuello torcido», como comenzaron a
llamar al forastero, la preceptora, como acostumbraba a hacer todos los
lunes, llegó a sentarse con sus alumnos alrededor del árbol para dar su
lección de botánica. En un momento de la clase, mientras con una ramita
en la mano y un libro de tapas duras abierto sobre su falda, la maestra
explicabaalgo sobrelas nervadurasdelashojas,auno de los alumnos se le
ocurrió acercarse a la ventana de la casa y mirar por un intersticio del
cortinaje. Lo que vio casi le hace salir el corazón por la boca. Que la señora
de la casa del arbolito, le dijo balbuciendo a la preceptora, estaba
completamente en cueros y atada de pies y manos en su catre.
Cuando media hora después, el administrador de la oficina se
apersonó en la casa del arbolito, fue la propia Alma Basilia en persona la
que lo atendió por la ventana. Asomándose en camisón de dormir, le dijo
que qué demonios venía a hacer a esas horas por su casa, que ella estaba
atendiendo a un cliente y que hiciera el favor de no importunarla.
El administrador, acercándose más a los barrotes de la ventana,
dando una inspecciónocularporsobre el hombro de la meretriz, le dijo que
le habían ido con el cuento de que el forastero la tenía amarrada a la
cama. Que le explicara enseguida qué diantres era lo que estaba pasando
ahí adentro, que él no estaba para malgastar su tiempo.
Alma Basilia, alzando la voz y mirándolo sin pestañear, respondió,
delante de la preceptora y de los alumnos, que si acaso él no había tenido
nunca fantasías sexuales. Conturbado sobremanera, el administrador no
halló quédecir, mientrasla preceptora,atacadadeunsúbitoacceso de tos,
comenzó a arrear a los niños hacia la sombra del árbol, ordenó recoger los
útiles y, sin formarlosenfila ni nada,selos llevó casi corriendo a la escuela.
Después el administrador contaría en la cantina, en medio de una
rueda de parroquianosdesconcertados,queal acercarse más a la ventana,
había olido algo raro en el ambiente,unolor quede ningúnmodo era el del
perfume de Alma Basilia, sino que más bien le había parecido olor a
mierda, dijo.
«Mierda de la más hedionda, señor administrador», le corroboró
enseguida el cantinero. «Nosotros aquí fuimos los primeros en olerla».
Lo mismo diría despuésAlmaBasilia, cuando yatodo no era sino un
mal recuerdo en suvida. Que cuando el forastero entró a su casa, contaba
con aire ausente, ella simplemente se había quedado zurumbática con el
magnetismo desu mirada, pues sus ojos eran del mismo color de las hojas
de su árbol. Pero que junto con el hechizo perturbador de esos ojos
metálicos,había sido embargadatambiénpor un olor extraño, un olor que
a la primera no supo distinguir bien qué era, y que luego descubrió con
estupor que en verdad era simplemente olor a mierda. Un indescriptible
olor a mierda que impregnó todo el clima de la casa, imponiéndose incluso
porsobre el efluvio oleaginoso de su perfume Flor de Manzano que, según
reclamaban riendo sus clientes más desvergonzados, costaba semanas
enteras sacárselo de encima.
El trencorre cansado y humeante por las planicies de la pampa. El
paisaje en torno es de locura y la locomotora, como una oxidada bestia
anfibia,se vasumergiendoestoicamenteenlosespejismosde aguasazules
que cubren los rieles de acero.
En el primervagón,lospasajerosaúnvancomentandoconeuforia
lospormenoresde lapelea.El enano,con su torcido andar de pato casero,
luciendounagranchupallade paja que le da unindefectible aire de bufón
medieval,recorre el pasillohablandocontodoel mundoy llevándose cada
cierto tiempo los dedos a los genitales para luego olérselos
abstraídamente, en un animal gesto humano. Un pampino que vuelve de
vacacionesconsu familiayque trata a todos de «compañerito», lo llama y
le pregunta su nombre.
«Cómo se llama usted, compañerito», le dice.
El enano, ceremonioso como un señor Corales en su primera
función,le contestaenuntonitoque verificaunligeroresquemorhacialos
«grandes».Mirándolohaciaarriba,le explicaque losenanossólonecesitan
de sus nombres propios cuando se encuentran más de uno en un mismo
lugar; que de lo contrario, como ahora, aunque todos los pasajeros
supieran que se llamaba Nabor, su nombre no contaría para nada ni para
nadie,pues,comoerael únicoenanoenel tren,para todos seguiríasiendo
simplemente eso: el enano.
Después,aprovechandoque unode loshijosmayores del pasajero
le pregunta a su padre por el significado de la palabra «bastardo» —
acordándose de loque había dichouno de los peleadores cuando pasaban
por el vagón —, el enano se acomoda en un ángulo del asiento y, con su
ronca voz de gigante pasmado, moviendo sus bracitos como aspas,
comienzaa contar —«apropósitode esapalabrita,mi amigo»—,laextraña
historiade unpartidode fútbol jugado en su pueblo natal entre el equipo
de la sacristía y el de los bomberos.
El pasajerolointerrumpe parapreguntarle si algunavezensu vida
el compañeritojugófútbol. Y cuando el enano le dice que de niño soñaba
con llegar a ser guardavallas, el hombre le dice, chambón:
«Por lo menos arrastrado no le habrían pasado ningún gol,
compañerito».
El enano, con el rostro enseriado, retoma la historia y dice que el
partido era por la definición del campeonato local; y que cuando sólo
faltaban cuatro minutos para que terminara el partido, y el marcador
estabaigualado cero a cero, el número 11 de los bomberos, un patituerto
que jugabacon un pañuelomoqueroenlacabezay que pateaba como una
mula enojada, tomó un pase de rebote en la mitad de la cancha y, desde
ahí, a ojos cerrados, con la pezuña del dedo gordo y el viento a favor,
mandó un puntete de esos capaces de matar a una vaca a una cuadra de
distancia. Que calzó tan bien la pelota el patituerto, que ésta, luego de
hacer una extraña parábola en el aire, se fue a colar limpiamente en uno
de los ángulos superiores del arco. El gol fue celestial. La volada del
diáconoque jugabade guardavallasni siquierasirvióparalafoto. Y cuando
los bomberos, eufóricos de alegría, empezaban a celebrar con abrazos y
manotones,se dieroncuentade que el árbitro,que noera otro que el cura
párroco del pueblo, había tocado el silbato invalidando el tanto y
ordenando saque de fondo.
Ante los empujones, los escupitajos y los gritos airados de los
Caballerosdel Fuegoreclamándole en patota al ministro de Dios para que
diera las razones técnicas de por qué ese golazo de media cancha del
número 11 no era legítimo, el cura, sin siquiera pestañear, con la pelota
debajo del brazo y una expresión sublime en su carita mofletuda, dijo,
rotundo:
«Porque el número 11 es hijo ilegítimo».
Arrinconado contra un sauce, rodeado por los once jugadores del
equipobomberilque,babeantesde furor, ya estaban a un tris de cometer
el sacrilegio de golpearlo, el ministro de Dios comenzó a vociferar con
palabras de púlpito que los padres del número 11 vivían abarraganados y
que eso no era agradable a los ojos del Altísimo.
Al final, cuando hasta los de la barra se metieron a discutir a la
cancha, y la cosa ibapara batallacampal,el cura impusoel acuerdo de que
si los padres del número 11, que eran parroquianos de la capilla,
arreglaban su situación matrimonial durante el transcurso de la semana y
se casaban como Dios manda, el gol sería validado. Y que, además, todo
eso lo hacía por el propio bien del jugador, pues, por sí ellos no lo sabían,
los hijos bastardos estaban destinados a ser hombres-lobos.
A pedido de todos los parciales del club, con el cuerpo de
bomberos en tenida de gala, y apadrinado por el propio capitán de la
compañía, los padres del número 11 se casaron ese mismo miércoles por
el civil y,el sábado,enuna sencillaceremonialitúrgica,oficiada por el cura
árbitro, se dieron el sí ante el altar mayor de la iglesia. Y de ese modo, el
patituerto número 11 dejó de ser un hijo bastardo y el Unión Bomberos
Fútbol Club pudo al fin coronarse campeón de ese año.
De pronto, intempestivamente, el tren se detiene resoplando en
mitad de la pampa. La gente, intrigada, sacando medio cuerpo por las
ventanillas, se asoma a ver qué diantres ocurre. En los alrededores no se
divisaningúnvestigiode pueblouoficina salitrera; ninguna estación se ve
a orillas de la vía férrea; ningún cerro se yergue en toda la redondela del
horizonte. Bajo el ningún cerro se yergue en toda la redondela del
horizonte.Bajoel azufroso sol de mediodía, sólo el desierto estira su piel
de lagarto hasta más allá de donde alcanza la mirada.
A los pasajeros les da la impresión de que están detenidos en el
centro mismo de un mundo pavorosamente plano. Alguien dice que
tendríanque estar cerca de Los Vientos.Otrodice que enunode sus viajes
anterioresel tren también había parado en medio de la nada, y que había
sidopara engrasarlosboggies.Apabiladosy terrosos, con cara de muertos
levantándosede unafosacomún,lospasajeroscomienzanadescenderpor
ambos lados de los vagones. A esas alturas del viaje, ya todos sienten el
escozor de las ingles escaldadas y el gorgoteo agrio de sus corazones
enranciados.
«Hay que estirar un poco los huesos», dicen quejumbrosos.
Lorenzo Anabalón se baja y, haciendo visera con las manos, se percata de
que la vía es una derechera sin fin hacia adelante. El paisaje en verdad es
de pesadilla, y bajo ese sol fundiéndose a un palmo sobre las cabezas se
sufría el vértigo de no saber si la locomotora apuntaba hacia el norte o
hacia el sur.
Con gestosversallescos, Lorenzo Anabalón ayuda a descender del
coche a madame Luvertina y a su madre. Después le ofrece la mano a las
hermanas de tafetán morado, que no han parado de hablar desde que
despertaron por la mañana.
«El mundo al revés», viene diciendo una.
«Las gallinas de abajo cagando a las gallinas de arriba», le
corrobora la otra saltandodesde atrásypercatándose al unísonode que se
le ha quedado el abanico arriba.
Cuando Lorenzo Anabalón sube a buscarlo, se fija que el asiento
del hombre de blanco, con el clavel en la solapa, está vacío. «Al final
estaba vivo el hombre», se dice para sí. Ya definitivamente en tierra, las
hermanas camanduleras se arrejuntan frente a una animita de lata
levantada a orillas de la línea férrea. Sin dejar de hablar entre ellas,
comienzan a limpiarla y a ordenarla piadosamente. Los rayos del sol se
adhierenconfuerzaa lovioláceode susvestidos de tafetán. En sus vuelos
no flamea una pizca de brisa.
FlorMaría de losCielosmiraa suabuelobajardificultosamentedel
coche. El anciano no permite que nadie lo ayude. Con su sombrero
requintado echado hacia atrás, apoyándose en su bastón de palo santo,
tosiendo y mascullando «este tren de miércoles», echado hacia atrás,
apoyándose ensubastónde palosanto, tosiendoymascullando«este tren
de miércoles», se baja y se instala bajo el pellizco de sombra de un poste
del telégrafo. La niña se acuclilla a su lado y, peinando la arena con los
dedos, empieza a buscar piedrecitas pulidas para jugar a la payaya.
Empujado por los mellizos que le gritan «enano huele cocos», el
enano tiene que sentarse en la pisadera para saltar a tierra, mientras la
mujerflaca,con laguagua pegada al pecho, ayudada gentilmente por don
Audito, nodejade reprenderlos para que terminen de jorobar de una vez
por todasal caballeroenano,si noquierenganarse una solfa los chiquillos
de porquería.
Al final, la única que se queda sentada en el coche es la mujer
vestida de luto que viene a la pampa en busca del cadáver de su hijo.
Apoyada en el marco de la ventanilla, con la mirada abatida, contempla a
la gente que desciende yque comienzaadesparramarse indolentemente a
lo largo del convoy.
Mientras el grueso de los pasajeros no se aleja más allá de los
postesdel telégrafo,AmableMarcelinoyZenobiaCastillo,enlazadospor la
cintura,echana caminardistraídamente haciael ladopordonde se pone el
sol.Sindarse cuenta,mirando las huellas que van dejando sus pasos en la
arena, maravillándose de estar pisando territorios al parecer nunca
hollados por ser humano vivo, los jóvenes amantes empiezan a perderse
detrás de una imperceptible colina de arenas blancas.
Cuandolosenamoradosse percatande que el tren no se divisa por
ningún lado, comienzan a sentir la sensación insondable de haberse
quedado solos en un planeta ajeno, un planeta vacío y yermo como el
mismo purgatorio. El silencio les resuena con fuerza en los oídos y la
soledada pesarles como una montaña de plomo en el pecho. Aturdidos y
excitadoshastasentirel aleteode suspropiasalmasenamoradas,tendidos
enla arena caliente,soloscomolaparejaoriginal,losamantes empiezan a
amarse más allá de lo telúrico, más allá de la cosmogonía del amor,
sintiendo, mientras se aman, que algo más alto que el silencio y más
abismante que la soledad apunta directamente hacia ellos. Y abrazados
desnudosenesaspeladerasastrales,losenamorados sienten la sensación
primigenia de estar a punto de ser echados del paraíso.
El pitazode la locomotoralossalva de una sublimacióninminente.
Mientras el tren empieza a marcharse, los pasajeros del lado
poniente venapareceralaparejade enamoradoscorriendoporlasarenas.
Y asomándose a todas la ventanillas de ese lado, llenos de algarabía,
comienzanagritarlesobscenidadesya hacerle señas como locos para que
se apuren,mientraslosjóvenes,corriendoatodo dar a través de la llanura
blanca,sinsoltarse de lasmanos,parecenresplandecercomoel mismo sol
del cielo. En verdad son dos antorchas vivas, dos zarzas ardientes las que
corren flameando hacia el tren que los espera.
Oscuro, estrepitoso, a todo humo, el tren es de nuevo una oruga
férrea atravesando las soledades de la pampa salitrera. Al interior del
primer coche madame Luvertina se para de su asiento y se acerca a las
hermanasde tafetánmoradoque,lánguidasde calor, no paran de hablar y
echarse aire con sus abanicos floreados.
«Toda parteramala le echala culpa al culo», está diciendo una de
ellas, refiriéndose a la pobre mujer de la guagua nacida muerta.
«Es tan flaca la pobre que a lo mejor, en este caso, la comadrona
tenía razón», dice la otra.
La quirománticase disculpapor la interrupción y les cuenta sobre
loocurrido a Flor María de los Cielos durante la noche; de lo apenada que
había quedado la niña por la muerte del pollito. Las hermanas, haciendo
gran aspavientode susinstintosmaternales,se levantany van a su asiento
a decirle que no se preocupara la niñita bonita, que esos bichos eran tan
delicados que si uno los miraba feo empezaban a boquear solos; si con
decirle nomásque yahabían tenidoque tirar por la ventanilla a varios que
habían cloteadodurante el viaje,tantoasíque, sin contarlos, ellas podrían
asegurar que les van quedando en la caja menos de la mitad de los que
traían. Pero que si la niñita linda quería, antes de bajar del tren, le
regalaban otro de los bichos, uno más grande y criadito, claro.
La mirada de agradecimiento de Flor María de los Cielos, limpia y
transparente, y la pobreza paupérrima de su vestimenta las conmueve
hasta casi las lágrimas. Y es que ellas, dice una, aunque no son madres,
saben muy bien lo que cuesta criar un hijo. Que madre no es la que pare,
sino la que cría, dice la otra. Y ellas han criado a varias huerfanitas en su
casa de pensión,dicencomplacidasambas.Ycomoentanto ellashablan la
niña no deja de rascarse la cabeza en ningún momento, las hermanas se
ofrecen cariñosamente a despiojarla.
Cuando, sentadas a ambos lados de Flor María de los Cielos, las
hermanasde tafetánmoradohan comenzadoaespulgarlaa cuatro manos,
la señora flaca de la guagua silenciosa les ofrece un peine y una mantilla
para que la extiendan sobre su regazo. A la primera pasada del peine,
decenas de parásitos caen pataleando sobre la blancura del paño como
una challa viva.
Y mientrasunade lashermanasse ocupa de rastrillarle el pelo,y la
otra, con las uñas de sus pulgares resecos y una mueca de delectación en
el rostro, se afana en reventar los piojos como si fueran guatapiques,
ambas,así comoal desgaire,comienzanabuscarle conversaciónal abuelo.
En verdad, a las hermanas no les cuesta mucho romper la caracha
de silencioconque el ancianodel bastón de palo santo se defiende de los
intrusos. Y al rato nomás ya se enteran de su propia boca de que Flor
María de losCieloshaquedadohuérfana,yque por tal motivo él se la trae
a vivir a la oficina salitrera en que trabaja. Que ya apalabró a la señora de
la pensióndonde come paraque la niña ayude a servir las mesas. Que allí,
entre los mineros del salitre, dice el abuelo mirando con ojos húmedos
hacia la ventanilla, de seguro que su nieta hallará un hombre trabajador
con quien matrimoniarse y formar un hogar como Dios manda.
Mientras el viejo habla y las hermanas de tafetán morado lo oyen
sin cejar en su tarea, Flor María de los Cielos parece muda. Engurruñada
entre lasdos mujeresde vestidos vueludos y olorosas a flores de muerto,
lo único que hace es sorberse las narices y jugar con su run-run hecho de
dos calas de Lautaro aplastadas. En todo el viaje nadie la ha visto sonreír
nunca.
Las hermanas le preguntan al viejo por la edad de la niña.
Justamente ese día está de cumpleaños.
«Cumple doce», dice el abuelo.
Las hermanas entonces se ponen de acuerdo para regalarle un
dulce de fiestaapenaslleguenalasiguiente estación.Lacual,si el ojono le
falla,dice donAudito, quien se ha acercado hasta el asiento atraído por la
cháchara de las mujeres, ya se divisa recortada entre unos cerros azules,
alláa lo lejos.Integrándose conentusiasmoalaconversación,el empleado
de escritorio dice que, además de regalarle un pastel, tendrían que
cantarle el «cumpleaños feliz» entre todos en el coche.
Cuando las hermanas de tafetán morado dan por terminado el
despioje, antes de sacudir el paño por la ventanilla, a la encargada de
aplastarlos con las uñas se le ocurre ponerse a contar uno por uno a los
bichos muertos. A medida que la cuenta sobrepasa decenas y centenas,
comienza a cundir la curiosidad y la expectación entre los pasajeros más
cercanos. Cuando la mujer termina de contar, respira hondo y,
concienzudamente, de manera notarial, dice en voz alta:
«Trescientossetentaycuatro piojos,treschinchesyuna garrapata
de contrabando».
Apenas el tren se detiene en la estación, las hermanas de tafetán
morado, acompañadas de madame Luvertina, se bajan presurosas a
comprar. Como no encuentran tortas de cumpleaños se conforman con
media docena de dulces pequeños que disponen sobre una bandeja de
porcelana donde madame Luvertina prepara sus causeos. Una mujer les
pasa una velita de cumpleaños que ensartan en el dulce del medio.
Y cuando todos en el coche se disponen a entonar en coro el
cumpleañosfeliz,ZenobiaCastillo,lajovenenamorada,se desembarazade
losbrazos de su amante y,sonrosadade emoción,comounaniñitaa punto
de hacer una gracia en público, dice que por favor se esperen un ratito, y
corre a su asiento y se empina en sus zapatitos de tacos chuecos y baja su
pequeña maleta del portaequipajes y saca de ella un pequeño vestido
blanco, resplandeciente de encajes.
«Es mi vestido de primera comunión», dice anhelante.
Y extendiéndolo en sus brazos para mostrar su hechura, agrega:
«Me gustaría mucho que Flor María de los Cielos se lo pusiera
antes de que le cantemos el cumpleaños feliz».
Aprovechando que hay agua, y con la benevolencia de su abuelo
emocionadohasta el ahogo de tos, Zenobia Castillo se lleva a la niña para
asearla un poco y cambiarle de ropa. Antes de entrar al baño alguien le
pasa una piedra pómez. «La va a necesitar», le dice.
CuandoFlorMaría de losCielosaparece de nuevo en la puerta del
baño, con la cara lavada, los codos y las rodillas brillantes, el pelo
ordenadoendostrenzasperfectasyvestidadel preciosotraje blanco,dala
impresión a todos en el coche de que en realidad no es Flor María de los
Cielos,sinounaapariciónsobrenaturalde ellamisma.Yporprimeravez en
todo el viaje los pasajeros la ven sonreír.
«De verdad que parece un ángel», dicen las hermanas de tafetán
morado.
Su abuelo sólo se limita a mirarla con sus ojos humedecidos. Está
asombrado.
Cuandoal finlospasajeros,agolpadosentornoala niña,se ponen
a cantar a coro, el enano se encarama sobre el espaldar de un asiento y,
afirmándose con una mano y con la otra dirigiendo la canción, acompaña
el canto sacando una potente voz de barítono que sorprende a todo el
mundo.
Al terminarde cantar, madame Luvertina le tiene que decir a Flor
María de los Cielos lo que debe hacer. Cuando la niña sopla, todos en el
coche rompena aplaudirjubilosos.Después, a pedido de la quiromántica,
LorenzoAnabalón,sacasu acordeónrojo y le canta «Las mañanitas» a dúo
con el enano.
Cuandoel trencomienzaa partir,FlorMaría de losCielos,asomada
a la ventanilla,resplandeciente ensuvestidoblanco,le sonríe yhace señas
de adiós a un niño de rostro moreno que merodea por la estación con su
bolsode escuelabajoel brazo.El niño, atónito primero, dudando si es a él
a quien esa niña linda le sonríe, descalzo como anda empieza a correr
desesperadamente juntoal vagón haciéndole señas con la mano en alto y
mirándolacomose miraría la fugazapariciónde un ángel desvaneciéndose
irremediablemente en la irradiación del aire.
Madame Luvertina, quien ha observado toda la escena desde su
ventanilla, sonríe con ternura. Con el espíritu pulido de emoción, piensa
que quizásalgúndía ese niño andará contando por ahí que una vez la niña
más hermosadel mundole sonrióyle hizoseñasdesde el vagónde untren
enmarcha. Y tal vez,para guardarlaen su recuerdo,aquel niño moreno, al
que le adivinó los ojos tristes de los poetas, le inventará un nombre; y,
como el amor es mágico, hasta puede que la bautice en el libro de sus
recuerdos como Flor María de los Cielos, su propio y bello nombre. Y es
que después de todo, piensa con afecto la mentalista, quién dice que el
destino principal de este viaje de la niña, más que ir a fregar platos a una
salitrerayluegocasarse con un hombre que llegarádel cerroentierradode
piesa cabeza,no seasinoel de quedargrabada para siempre en la retina y
enla memoriade ese niñoconcara de pan de Diosque en esos momentos
ya ha dejado de correr y, parado a la orilla de la vía, se va convirtiendo en
un minúsculo puntito negro reverberando a la distancia.
Los pasajerosque porprimeravezhacen el viaje a la pampa, están
desconcertados.Desde que clareóel díaque vienensintiendolaimpresión
terrible de que el tren corre y corre sin ganarle un solo centímetro a ese
desiertodel carajo.Desde que abrieronlosojosenlamañanaestánviendo
el mismo paisaje atornillado a las ventanillas. Es como si un mismo
pensamiento, insensible, yermo como la muerte, se hubiese quedado
enmarcado para siempre en la mente de cada uno.
Una pasajerade ojoshundidosdice de prontoque recién se viene
a dar cuenta de que el señor del traje blanco y el clavel jaspeado en la
solapa, que no hablaba con nadie y que no traía equipaje alguno, ya no
está en el coche; que no lo ha visto desde que el tren paró en mitad del
desierto. «Se notaba que éste no era su tren», dice desde el asiento de
enfrente un hombre de orejas triangulares. Cuando la señora de cuencas
hondas está diciendo que si el pobre hombre no muere empampado,
alguiense vaa llevarunsustode padre y señor mío cuando regrese a casa,
entrael ciegode laspeinetasy,equilibrándose expertamente, las piernas
abiertas en compás, se pone a cantar un luctuoso bolero de amores no
correspondidos.
Cuando el ciego termina de cantar, avanza a tientas por el pasillo
ofreciendo sus peinetas de carey con un lánguido pregón de lástima. Al
pasar por el asiento de las hermanas con vestidos de tafetán, olorosas a
floresmuertas,una de ellas, sólo por ayudar al pobrecito inválido, le toca
la caja de la guitarra con los nudillos y le pide que le venda una peineta.
Cuando le pasa el billete, el ciego, reconociendo al tacto que es uno de
cola larga, comenta despectivo:
«Y todo este tremendo billete para una sola peinetita».
Las hermanas de tafetán morado se miran entre sí, divertidas, y
luego exclaman a dúo:
«¡Al ciego le dieron ojos y pidió pestañas crespas!».
En esos momentos, Flor María de los Cielos, a instancias de su
abuelo,se ha parado de su asiento y, con el triste atadito de su ropa vieja
bajoel brazo, se acerca a Zenobia Castillo. Con una expresión apenada en
su carita redonda le pide que la acompañe al baño para devolverle el
vestidoblanco.Lajoven,abrazadaa su enamorado,lamiraun instante con
ternuray, luego,enun sentimental rapto de generosidad, le dice que por
favor se lo deje para ella, que se lo regala de todo corazón.
«Además, te queda como hecho a la medida», le dice Amable
Marcelino, acariciándole el pelo y regalándole un guiño de picardía.
Flor María de los Cielos, feliz de la vida, comienza a dar vueltas y
revueltasporel pasillodel coche haciendo, girar en remolino el ruedo del
vestido.Cuandollegahastael asientoendonde valaseñoraadivina,con la
cara llena de alborozo le cuenta que ese vestido bonito ahora es suyo.
Madame Luvertina, quien en esos momentos está tirando por la
ventana unos trozos de pollo cocido —«se están abichando», le había
dichoa su madre —, le sonríe con dulzura. Y, mirando hacia donde van los
amantes, se dice pensativa que Dios se apiade de esos enamorados del
amor.
Cuando termina de tirar la carne agusanada, la quiromántica saca
un frasquitode perfume de unapequeñabujetade maderayse pone unas
gotitasdetrásde las orejas.Luegoremece aLorenzoAnabalón, quien hace
rato va dormitandoapoyadosobre suinstrumento, y le dice que por favor
la acompañe un ratito a la pasarela, que tiene que secretearle algo.
«Además,le servirá para orearse un poco», le dice. «Lo que es yo, no doy
más del sofoco».
Instalados en la plataforma delantera del coche, madame
Luvertina le dice que se trata de los jóvenes enamorados. Con expresión
consternada,a puntode soltarel llanto, le cuentaque ni en las cartas ni en
las líneas de sus manos les vio ningún futuro en sus vidas, y que no había
tenido el corazón suficiente para decírselo. Y que, para terminar de
rematarla, por la noche había soñado puras terriblezas con ellos. «Esos
niños malandantes están marcados por el sino decírselo. Y que, para
terminar de rematarla, por la noche había soñado puras terriblezas con
ellos.«Esosniñosmalandantesestánmarcadosporel sino de la tragedia»,
dice acongojadamadame Luvertina,apoyandosucabezaen el hombro del
acordeonista.
Luego de sacar un pañuelito de su escote y sonarse las narices
delicadamente, lamentalistale cuenta que en el sueño veía a la pareja de
enamoradospaseandoabrazadosysilenciososporlascallesde una oficina
salitrera en donde, luego de unos días sin tener dónde vivir, terminaban
quitándose la vida; él se ataba un cartucho de dinamita en su correa y,
luego de decirle a ella que la seguiría amando en el cielo, encendía el
cartucho con la lumbre del último cigarrillo y la abrazaba llorando.
Mientrasmadame LuvertinayLorenzo Anabalón, casi rozando sus
cuerpos al balanceo del tren, conversan de pie en la plataforma, a ella el
viento le hace ondear toda la cabellera trigueña hacia un lado de la cara,
hecho que a él le rememora vívidamente la imagen inolvidable de
Uberlinda Linares. Cuando en un arrebato de pasión, él está a punto de
besarla, desde el interior del coche les llega un claro bullicio de trifulca.
Lo que estaba pasando adentro era que la madre de la
quiromántica, de improviso, al verse sola, había dejado su tejido en la
canasta, se había levantado por primera vez de su asiento, se había
arreglado las plisaduras de la falda y, con pasitos de sonámbula en casa
ajena, se había dirigido hacia la puerta que daba al segundo coche.
En el instante en que pasaba junto al asiento de la señora de la
guagua pegada al pecho, los mellizos, que habían sentido un olor dudoso
enel ambiente, tapándose las narices con una mano y agitando los dedos
mojados en saliva de la otra, comenzaron a gritar a coro, muertos de la
risa:
«Fo fo fo, quién se lo tiró; fo fo fo, quién se lo tiró».
La abuela se detuvo enojada ante los niños. Pensando que la
estabanculpandoa ella,losmiróconel ceño fruncido y, aunque hasta ese
momento había parecido muda, sacó una cantarina vocecita de ánima
lírica para decir que a ella no la vinieran a mirar los mocositos
impertinentes, que ella no había sido la del follón. Luego había buscado
con la miradaalrededory,apuntandoal abuelo de Flor María de los Cielos
que la miraba extrañado desde su asiento, agregó, en un abierto dejo de
picardía infantil:
«Para mí que fue ese viejo».
El abuelo, que era la primera vez que la veía en todo el viaje, se
quedó mirándola sorprendido y luego reaccionó enojado:
«Más viejo es el viento y aún sopla», le dijo.
Y rematando la sentencia agregó fuerte:
«Vieja fea».
La madre de la quiromántica se lo quedó mirando un instante
como arrobada.Luego,pasadosu desconcierto, apuntándolocon su índice
de pellejotransparente, le respondió que si acaso el viejo cara de caballo
no se había asomado nunca a un espejo.
«Si la muerte no te embellece, viejo peorro, habrá que velarte
boca abajo», le dijo fuerte.
«¡Vieja sangregorda!», le gritó el abuelo, trémulo, agitando su
bastón de palo santo como si fuese un crucifijo.
«¡Viejo ablandabrevas!», le respondió ella.
Cuandomadame Luvertinay Lorenzo Anabalón entran al coche, el
espectáculolosdejaanonadados.Enunbochinche fenomenal,los abuelos
discutenacaloradamenteante la abierta hilaridad de los demás pasajeros
que, azuzándolos a coro, se han puesto de pie para observar mejor.
Avergonzada hasta el rubor, la quiromántica toma de un ala a la
ancianay se lallevade vueltaasu asiento.Comosi en verdad fuese ella la
madre, madame Luvertina la acomoda con gestos bruscos, le pasa de
nuevosutejidocelesteylaregaña entre dientes por su trato mal educado
con el abuelo del bastón. Que así no se trataba a las personas, le dice.
¿O acaso ella conocía de antes al caballero?
«Ni por el forro»,dice laancianacon su tonitosenil.Y,metiéndose
de nuevo en los vericuetos de su tejido, vuelve a su mutismo de animita
chocha.
Madame Luvertina deja pasar un momento mirando por la
ventanillay,luego,yauntanto más serena,le comentaal acordeonistaque
hacía rato no veía tan locuaz a su madre.
«Desde la última vez que se enamoró», dice.
Y exhalando un suspiro, agrega divertida:
«Hará cosa de dos meses».
Por la noche de aquel tercer día, un ebrio que no había dejado de
celebrar desde las fiestas de año nuevo, se metió a orinar debajo del árbol
de Alma Basilia y se topó con un bulto grande que colgaba de su ramaje.
Era el afuerino quependíaahorcado.«Porelolorcito que emanaba parecía
un saco de mierda», contaba después el borracho.
Cuando el administrador fue avisado y llegó hasta la casa
acompañado del sereno del campamento, además del hombre colgando
del árbol, se encontró con Alma Basilia tendida en su cama bañada en
sangre. Tenía una herida de puñal cerca del corazón, pero aún respiraba.
Al día siguiente llegó la policía de Iquique a buscar el cadáver del
forastero.Ahíse supo queel hombre se llamaba Rosalino del Valle y que se
había convertido en asesino de mujeres de puro resentimiento, y que la
hediondez a mierda que despedía su cuerpo era casi su olor natural.
Oriundo de un caserío al interior de la ciudad de Osorno, hijo
putativo de un dueño de fundo, cuya única herencia había sido un par de
ojos verdes y un desdeñoso modo de mirar, se había venido al norte a la
edad de quinceaños. Desde entonces, hacía siete años a la fecha, se había
ganado la vida limpiando abrómicos en las casas de los adinerados de
Iquique.
Además de ser explotado por el dueño de la empresa, un peruano
quehabía amasado sufortunaabasedela mierda delos ricos, Rosalino del
Valle tenía que soportar la burla de sus amigos que lo habían apodado El
Matón —«Éste le saca la mierda a todos», lo jodían riendo burlonamente
— y la desidia y la humillación permanente de las mujeres dueñas de las
casas más encopetadas de la ciudad.
Uncaluroso amanecer de verano, mientras hacía su segundo viaje
en su carreta trasladando los barriles con mierda hasta el botadero, al
entrarpor la puertade servicio a la mansiónde un magnate salitrero, cuya
mujer era una de las que más lo humillaban en su tarea, se encontró con
ella ocupando elasientodel baño.En un incontrolable arrebato de ira ante
los denuestos de la mujer que lo trató como a un perro, en vez de
disculparse y esperar para cumplir con su tarea, Rosalino del Valle atacó a
la mujer allí mismo y la mató de nueve puñaladas. No contento con eso,
unavez consumado sucrimen,enuninstintivo acto dereivindicación social,
la embadurnó todaconmierdade su propio abrómico y la dejó sentada en
el cajón del baño en la misma posición aristocrática en que la había
sorprendido: pierna arriba y con las manos entrelazadas en las rodillas.
Rosalino del Valle cometió dos asesinatos más en menos de una
semana, antes de que fuera detenido por la policía. Condenado a la pena
de muerte, alcanzó a estar un año y siete meses en prisión. Hacía cuatro
días que había escapado.
Y había sido a causa de su oficio, de sus largos años de trabajar
acarreando y limpiando abrómicos, que a Rosalino del Valle se le había
impregnado en la piel el olor a mierda. Además, durante todo el tiempo
que estuvo en la cárcel, los gendarmes lo habían destinado diariamente a
limpiar las letrinas del penal.
En Resurrección el caso habríasido olvidado enunpar de meses de
no haber mediado un extraño detalle en la muerte del forastero; detalle
quehabíasido todo unmisterio parael sereno y el administrador,tanto así
que, por encargo de este último, ambos mantuvieron en secreto y no lo
divulgaron sino hasta mucho tiempo después.
Cuando loshombrescomenzaron arelatar el suceso contaban que
al ir a bajar al ahorcado, se dieron cuenta con horror de que en realidad el
hombre no pendía de ninguna soga, sino que tenía enroscada al cuello,
como una serpiente vegetal, una rama del propio árbol de Alma Basilia.
Y que la punta de los zapatos del forastero se balanceaban a sólo
un milímetro del suelo. «Después de eso, nunca más volvimos a pasar por
debajo del árbol», decían medrosos.
El tren avanza tremolante bajo el incendiario sol de mediodía. Su
siluetaacordeonada a ratos parece transparentarse y desvanecerse como
un espejismo en esas encandilantes llanuras blancas. Los pasajeros,
consternadosante ese mundoestepario,sientenen su alma que ya se han
adentrado largamente en las castigadas tierras de Dios.
«Todo esto es un gran calcinatorio», dice alguien, impresionado.
Por las ventanillas abiertas de los coches, junto al tierral salitroso
levantadoporlasruedasdel convoy,entraun calor seco, como de caldera.
De pronto, comotocados por unavisiónirreal,lossofocados pasajeros del
lado poniente se ponen a contemplar una huérfana nube blanca que
avanza desmadejándose milagrosamente en la radiante luminosidad del
cielo. Como si se tratara de la visión de un ángel perdido, los pasajeros
embelesadossiguenlatrayectoriaylasformasenque se va deshilachando
despaciosamente la nubecita expósita. Bajo ese calor de infierno no se
sabe si es más bella la nube atravesando el azul del cielo o su sombrita
fresca ungiendo el lomo quemante de las piedras de caliche.
Después, un poco más adelante, les toca sorprenderse a los
pasajeros sentados del otro lado del vagón: un remolino de arena ha
comenzado a erguirse de la nada y, bailando y creciendo a través de la
llanura, bailando y creciendo, se acerca excitantemente en dirección al
convoy. En medio de los gritos de júbilo de los pasajeros, el remolino, ya
convertido en una tolvanera gigante, alcanza y cruza por encima al tren,
cubriéndolocompletamenteydejandootropocode tierra en las bocas, en
las cuencas de los ojos y en los pliegues y bolsillos de los ya entierrados
trajes marchitos. Después, perdiéndose por el otro lado de la pampa, la
siluetadel remolinoyaadelgazándose,equilibrándose enhiesto en la raya
del horizonte, les trae a los pasajeros sureños la nostalgia plateada de un
álamo huacho.
Y como si el remolinohubiese sido un mensaje de bienvenida, un
poco más allá, a ambos lados de la línea férrea, comienzan a divisarse los
cascotes de algunas oficinas salitreras abandonadas. Junto a sus ruinas,
como flotando a la deriva en la reverberación de las arenas candentes,
ondulan sus viejos cementerios de tumbas abiertas.
Mientras el tren cruza frente a esos olvidados cementerios
pampinos, don Audito se pone a pensar que los únicos cactus de esos
páramos malditos eran las requemadas cruces de los camposantos.
«Fúnebres cactus de madera», metaforiza para sí.
Contentísimo de su hallazgo poético, se lo quiere recitar a su
vecina de asiento, pero la señora de luto no le sirve para sus devaneos
líricos:hace unaeternidadque lapobre mujerno habla ni parece escuchar
nada.
Se vuelve entonces urgentemente hacia atrás y le recita su
metáforaa la señorade la guaguanacida muerta.Luegode una explicación
didácticaque el brillitode interrogaciónenlosojosde la mujer amerita, le
dice lo mucho que le gustaría a él llegar alguna vez a vocalizar sus versos
con las mismas florituras y delicadezas que luce su gallarda caligrafía de
pendolista.
Comola mujer flaca lo escucha con admiración incondicional, don
Audito, embalado, arrebatado de lirismo, se pone a detallarle —a ella y a
todos los pasajeros alrededor— el contraste tremendo de esas ardientes
pampas calcinadas con los enverdecidos paisajes de sus sures natales.
Sacandoa relucirtodasu artilleríade poeta pastoral reprimido, empieza a
hacer un inventario de las bondades y bellezas con que Madre Natura
regaló a su tierra sureña: ríos como turquesas, bueyes de sombra lila,
ovejasmojadasde rocío, colibríes funámbulos, caballos como labrados en
carbón de piedra, manzanas encandiladas, helechos, tulipanes, pataguas,
álamos, robles, araucarias.
«Y toda esamúsicapara los ojos»,terminasuspirando inspirado el
empleado de escritorio, «imagínesela, usted, mi señora linda, con
acompañamiento de lluvia y silbato de tren».
Cuando el tren comienza a tomar una curva cerrada y el chirrido
de las ruedas de fierro hace destemplar los dientes, el pendolista
nostálgico está diciendo que no sabe en qué minuto de su vida fue capaz
de abandonar aquel paraíso por venir a morirse a estas sulfurosas
peladeras de planeta a medio cocinar.
Oscilando en el zarandeo del vagón, se pone a contarle a la mujer
flaca de cómo había llegado a trabajar a la pampa de chupalla y ojotas.
Que antes de pasar a empleado de escritorio eran tan pobres, que con su
señora esposa, que en paz descanse, dormían en una calamina puesta
encimade seistarrosde mantecarellenosde tierra.Que porlasnoches,en
los afanes de sus machihembramientos, la calamina resonaba como al
embate de unaventolera,mientras ellos trataban de contener el resuello
para no despertara suspobrecitosvástagosque,sobre una frazada puesta
en el suelo, dormían acurrucados como angelitos en estado de oruga.
Cuando la mujer flaca cuenta que ella viene a la pampa en busca de su
marido,del que nosabe si sufrió algún percance o simplemente se puso a
vivir con otra mujer y se olvidó de ella y de sus hijos para siempre, don
Auditocomentalacónicoque todoel mundoviene a la pampa en busca de
algo y que, al final, además de los años más preciados de sus vidas,
terminan dejando tirado en ella hasta su triste atado de huesos. «Los
pobres huesos quedan para flautas del viento», dice cejijunto el
pendolista. Mirando hacia afuera, la señora flaca comenta que para
trabajar enesassequedades,había que ser bien carne de perro. «Por aquí
debe de lloverunavez cada mil años», dice. Don Audito le va a responder
que el hombre es un animal que se acostumbra a vivir hasta en el
mismísimo infierno, cuando su vecina de asiento, la señora de luto,
volviéndose de súbito, mirándolo con fijeza de esfinge, masculla
enfebrecida: «Los huesos de mi hijo no se van a quedar para flauta de
nadie». Sorprendido, don Audito se queda un momento sin reaccionar.
Luego se da vuelta y le dice, respetuosamente: «Perdón, señora, pero a
estasalturasa suhijoya lodebenhaberenterrado».«Lo desentierro y me
lo llevo de vuelta al sur», dice la mujer. «Mejor sería que lo dejara
descansar en estas tierras», le dice don Audito. «Por qué habría de ser
mejor»,preguntalamujer.«Porque aquílosmuertosno mueren». «Usted
desvaría». «No, mi señora, le digo la purita verdad. Por estos yermos la
mortaja de salitre conserva los cuerpos mejor que cualquier mejunje de
esos para preparar momias». «Será, como usted dice, pero mi hijo no se
queda en estos pedregales. Los santos huesos de su padre lo esperan en
una sepultura mucho más humana, allá en el sur». «Yo, querida señora»,
insiste don Audito, «he visto muertos en estos cementerios mejor
conservadosque cualquier anciano reumático de esos que se pasan el día
aguachando palomas en las plazas públicas».
Y se acomoda de nuevo en su asiento, y se pone a contarle a la
señora de negro sobre un discurso fúnebre que le oyó decir a un amigo
suyo en el cementerio de Pampa Unión. A su amigo le decían el Poeta
Mesana y el discurso hablaba justamente de ese prodigioso poder de
conservaciónque poseenestastierras.Si laseñoraloestimabapertinente,
él había memorizado un pequeño trozo y podía recitárselo ahora mismo,
con todo respeto, por supuesto.
La mujer, desconcertada, se lo queda mirando de medio lado,
como las gallinas, y don Audito, los pulgares en los bolsillos de su
camisolín, comienza a recitar despacito, mirando el techo del vagón:
«Que la pampa y su mortaja de sal establezcan el milagro
inmanente de mantener el cuerpo de Avelina Pocas Luces en perfecto
estado de conservación, para que el día glorioso de los muertos el
fioquentísimo se levante luciendo su misma e inolvidable estampa de
tanguero fino; y, canchero como siempre, jugueteando el palito de
fósforos en su diente de oro, termine de dibujar ese giro en que fuera
interrumpidoinsulsamente porel dueño(ysupuñal) de la dama más linda
del baile; señora cuya brevísima cintura aún moldearán bajo tierra sus
aguzadas manos de artista, y cuyo perfume, cual mariposa atónitamente
alfilereteada, aún persistirá incólume en el cuenco de su, en vida,
encorvadísima nariz de amante».
Acompasado por el estribillo invariable del tren, el tema de la
muerte se expande comounapeste entre los pasajeros. Desde un asiento
frente adon Auditose oye a alguien decir que los moribundos de la tierra
podrían perfectamente pedir un escapulario, un vaso de agua, o que les
abrieranlaventana;que estabanensu derecho.Que podríanasimismo —y
esosería lomejor— rogar que losdejaransolos.Pero,porel amor de Dios,
que hicieran el favor de no sobreactuar su agonía. Que eso de estirar la
mano como tratando de aferrarse a algo, o a alguien, resultaba más bien
grotesco. Y, por último, que debieran de tener la delicadeza de apretar
bienlospárpadosantesde expirar,pueslosojosenblanco resultaban más
bienempalagosos.«YporDios que losdesmejora»,recalcaotro con ironía.
Despuésse oye a unade lashermanasde tafetán morado asegurando que
una de las repercusiones de vivir cerca de un cementerio era el
compromisocasi ineludible de instalarse conunnegociode flores; o, en su
defecto, instruirse enel oficiode talladorde lápidas; eso sin decir nada de
la tentación casi inmoral de instalarse con un boliche y bautizarlo con el
estratégico nombre de El Quitapenas.
«Lo otro sería dedicarse a profanador de tumbas», dice la otra
hermana.
«Pero eso ya es harina de otro costal», dice ésta.
«Tierra de otro cementerio», remacha aquélla.
Como por las ventanillas de ambos lados del vagón se siguen
divisando corrales de cementerios pampinos, un pasajero con cara de
muertolozanose pone a contar de una artista de variedadesque a su paso
por uno de esos cementerios le dio el antojo de llevarse como recuerdo
una hermosa flor de lata que arrancó de una corona fúnebre. Que
transcurrido un tiempo, la mujer, media loca de espanto, se vio en la
obligaciónde venirdesdelamismacapital areponer la flor en la tumba de
donde la había sacado, pues el ánima implacable del difunto, un joven
pampino que había muerto de nostalgia por los ojos de una mujer, no la
dejó en paz ni una sola de sus noches de insomnio cobrándole su florcita
de lata.
Bajo la influencia del paisaje, la conversación se desvía hacia los
mineros extraviados en la pampa que habían tenido que beber de su
propia orina para sobrevivir en ese infierno blanco. Don Audito cuenta
sobre un empampadoque sobrevivió gracias a su orina, y que después de
rescatado siguió bebiendo por costumbre media jarrada diaria de sus
orines en ayunas. Que el hombre, mandándose el trago al coleto como si
fueraté de Ceilán,decíamuysuelto de cuerpo que era lo mejor que había
descubierto para conservar la buena salud. Y que algo de cierto debía de
haber en eso, asegura orondo don Audito, pues resultaba que el
empampado se había muerto a los 122 años de edad. Ni uno menos.
«Y seguro que se murió de pura salud», acota el enano, en tono
escéptico.
Que a propósito de beber orina, dice la quiromántica, ella les
aconsejaría que no compraran tecito en la próxima estación, que el
bebedizo que allí se vendía tenía gusto a agua sucia. Y menos todavía
comprar pollitos asados, dice admonitoria, a menos que quisieran probar
garuma o jote de cerro.
Don Audito retruca cortésmente que no hay ninguna diferencia
entre comerse un pollo, una garuma o un jote; que lo único que no se
debería comer jamás en la vida eran palomas.
«¿Y por qué no?», preguntan a coro las hermanas de morado.
Don Audito, luegode daruna miradaenabanico,dice gravemente
que la palomaessagrada, que esuna de las aves de naturaleza más limpia
que existen, y uno de los pocos animales inmunes al diablo, pues éste
nunca podría usurpar su forma. Y luego pregunta casi recitando que si
acaso las señorasylosseñorespresentesnunca habían visto a una paloma
muriéndose, vaciándose cual un cáliz trizado sorbido lentamente por la
tierra.
«Ave que vuela, a la cazuela», le corta el enano, ya en franco tren
de sorna.
Y cuando, en un gran corro, todos están siendo presa de la más
desatadaimaginación,y uno ha comenzado a contar el caso espeluznante
de la guagua con dentadura de oro que en las noches de luna se les
aparecía llorandoa losminerosenmitadde lapampa, hace su apariciónen
el coche un hombre de aspecto agitanado luciendo un sombrero de ala
ancha y chaleco negro con botones plateados.
«Es el contador de cuentos», dice el enano.
Cuando, Alma Basilia se recuperó de la herida ya no volvió a ser la
misma. El suceso la dejó como nimbadadeunaire ausente.A veces, por las
tardes,se olvidabadeatendera sus parroquianos y se echaba a andar por
las calles del campamento con una triste expresión alunada.
En las pocas veces que se acordaba de ejercer su oficio lo hacía
como sumida en un estado de crisálida. «Es como estar haciendo el amor
con su recuerdo», decían los hombres.
Nadie supo nunca qué había sucedido exactamente durante esos
tres días y tres noches de encierro en su casa con el forastero. Cuando
alguien le preguntabasobreel asunto, Alma Basilia, con la mirada errática
de los locos,jugando a dar vueltas entre los dedos una ramita de su árbol,
se quedaba un rato absorta y luego respondía vaguedades. Decía, por
ejemplo, que así como los jorobados traían buena suerte, los hombres de
cuello torcido eran de mal augurio, que eso se lo había revelado cierta vez
unaseñora adivina de paso por Resurrección y ella no le había hecho caso.
Tiempo después, la oficina Resurrección paralizó sus faenas. Poco
antes de apagarse los humos de la usina, se habían pintado a la cal las
casas del campamento y las caravanas de niños con sus camioncitos de
lata habían recorrido las calles de tierra con su sonajera indescriptible.
Como todos sabían en la pampa, ésas eran dos de las tres señales que
anunciaban la paralización de una oficina. La otra era el acaecimiento de
algún suceso extraordinario. Para muchos, la desgracia ocurrida a Alma
Basilia con el forastero asesino había sido la tercera señal.
El día de la partida, todos los habitantes de Resurrección se
abrazaban llorando desconsoladamente. La mayoría partía a laborar en
alguna de las oficinas cercanas, aún en producción; otros se iban a tentar
suerte a Iquique; unos pocos, los más afortunados, se embarcaban en el
tren de regreso a su tierra sureña. Y en el ajetreo de retobar los bártulos,
cobrar el salario y despedirse de sus muertos, todo el mundo se olvidó de
AlmaBasilia. Y de la nochea la mañana,Resurrecciónquedó convertido en
otro pueblo fantasma de los tantos que ya comenzaban a poblar el
desierto. En el campamento sólo quedó un cuidador y una cuadrilla de
obreros contratados por una semana, cuya tarea consistía en sacrificar a
los cientos de perros y gatos abandonados por sus dueños.
Una mañana, al más joven de la cuadrilla mataperros le dio por
ver cómo era por dentro la casa de la puta del arbolito, a la cual nunca se
había atrevido a entrar. En su interior halló a Alma Basilia recostada sobre
su catre de bronce, como recién muerta. Tenía las manos cruzadas en el
pecho y en ellas, como si fueraun crucifijo,sosteníaunaramitadesu árbol.
En el aire de encierro de la casa flotaba un fuerte olor a tanino.
Alma Basilia, quien no tenía adónde ir, ni quería tampoco irse a
ninguna parte, se había suicidado bebiendo de la resina de su árbol. En el
velador había dejado una nota en que expresaba claramente el deseo de
ser sepultada a los pies de su árbol (a los pies de Tolentino Floro, decía). Y
portodo epitafio que grabaranen el tronco una inscripción escrita al dorso
del mismo papel.
Si ustedes alguna vez aciertan a pasar por lo que queda de
Resurrección, encontrarán entre sus escombros un tronco de árbol reseco
que, sin embargo, milagrosamente, siempre tiene una gotita de resina
fresca. Si se dan el trabajo de quitarle un poco el polvo de los años, verán
aparecer una inscripción que dice: «Tolentino Floro y Alma Basilia S.A.E.»
«¡Por la pollerita de Cristo, que cosa más triste!», exclama
llorando una mujer.
Por su parte,presa de una pena infinita, las hermanas vestidas de
tafetán morado preguntan bajito, tratando de no agitar el agua de
ensueñoenque hanquedadosumergidostodosenel coche:«Qué significa
S.A.E., mi caballero»
«Se aman eternamente», responde grave el hombre.
Todos se miran entre sí, enmudecidos. Luego de un rato de
silencio, y sin dejar de acunar a su guagua, la señora flaca pregunta
compungida si acaso al caballero no le daba repeluzno ganarse la vida
contando esas tristuras.
«Cada uno hace lo que puede, mi querida señora», contesta el
hombre.
«¿Y usted se sabe muchos casos como éste, don?», pregunta don
Audito, rumiando la idea que tal vez alguno se podría escribir en versos.
«El desierto es una cantera inagotable de historias como ésta»,
responde el hombre,mientras abre un pequeño morral y saca una botella
de licor.
«Ahoramismome devuelvode coche encoche contando otro caso
ocurrido por estos pagos. Por supuesto que empezaré en éste, sólo
permítanme remojar un poco el güergüero y hacer una pequeña
siestecita».
«¿Y de qué trata el caso que va a contar ahora, míster, si se puede
saber?», pregunta el enano, acomodándose en la punta de un asiento.
El hombre se limpia los labios con la manga, guarda la botella, se
echa para atrás enel asientoque alguienle ofrecióconlas reverencias con
que se le hubiese ofrecidoa un sacerdote, levanta el ala de su sombrero y
dice que el caso cuenta la historia de Leoncio Santos, un viejo pampino
que,trastornadopor latraiciónde su mujer,se quedósoloenuna salitrera
abandonadadurante más de treinta años, convencido completamente de
que ella alguna vez iba a volver en el mismo tren en que se había ido.
«Imagínense, esperar toda esa porrada de tiempo solo en estas
orfandades», interviene emocionada la señora flaca.
«Una chichirimoche de años», dicen las hermanas de tafetán
morado.En esosmomentosel tren,haciendosonarsusilbato, vaentrando
enuna estación de nombre Miraje. El contador de cuentos, sin hacer caso
a la interrupción de las señoras, prosigue diciendo que no hacía mucho
habían hallado el cadáver del viejo acurrucado en un recoveco de la
estación.Sentadoenuna piedra, se había quedado muerto mirando hacia
el puntoexactodel horizonte por donde aparecía el tren. Se decía por ahí,
que el hombre que le había robado a su esposa había terminado pagando
con la mismamoneda:la veleidosa mujer lo había abandonado también a
él y, trastornado de amor, había terminado colgándose de una viga.
Lorenzo Anabalón se afloja el pañuelo del cuello y traga
fatigosamenteunbolo de saliva tierrosa: una vieja laceración le quema la
garganta y el alma.Frente a él,caída enun extrañoensimismamiento, con
el rostro vuelto hacia la ventanilla, madame Luvertina llora un silencioso
llantode amargura.En lopolvorientodelvidriosuimagense reflejaapenas
como una difuminada aparición de mediodía.
Sentado en una piedra, bajo la luz cegante de mediodía, el viejo
Leoncio Santos espera la llegada del tren recortando sus uñas de muerto
con una mohosa navaja de afeitar. El silencio es de limbo y el aire
inflamadode lapampano corre unahilachade viento.Comotodoslos días
de tren, Leoncio Santos se ha puesto su mejor traje de parada, se ha
peinado a la gomina y se ha rociado profusamente en agua de olor. En su
dedodel corazón su argolla de matrimonio, bruñida día a día con su hálito
de alma enpena,destellaun sonámbulo brillo de oro viejo. Como él sabe
que el Longino siempre atrasa, ahí, medio a medio de su soledad, por no
desesperar en su espera, se pone a imaginar en cómo irá a descender del
trenla señoraUberlindaLinaresde Santos;qué vestido lindo de los tantos
que él le compró en la pulpería irá a traer puesto, ella que era tan
jacarandosa para vestirse. Para qué lado de la cara irá a traer caída su
cabellera trigueña, ella que era tan voluble de peinado como de genio.
Y es que Uberlinda Linares, así como en sus arranques de cólera
podía ser muy capaz de echarse desnuda a la calle, en sus ratos de alegría
llegabaaser tan graciosacomo una catita enla palmade la mano.Y es que
ellanuncafue igual a ningunaotra mujer en el mundo. Ella nunca tiritó de
frío, por ejemplo;nuncatranspiróde calor.Él jamásrecuerdahaberla visto
fruncirel ceñoni desvelarsepornadani por nadie.Suúnico quehaceren la
vida era ella misma. Y se tomaba con tal liviandad de espíritu que daba la
sensaciónciertade que en cualquier momento se podía elevar, volar, irse
de la tierra canturreando feliz de la vida. Y es que ella era como de otro
mundo.
Su cuerpo no dejaba huellas en las sábanas. Creía en los
encantamientos. Nunca se recortaba las uñas los miércoles. Y había que
verla hacer esas cosas extraordinarias que hacía cuando estaba más
inspirada, como mover las orejas a voluntad u oler con los talones. Y era
peritaenordalías:ademásde apagar lasvelassinhumedecerselayema de
los dedos, podía ponerse una brasa encendida en la lengua y sonreír sin
perder esa especie de concupiscencia cándida que enloquecía a los
hombres.
Y es que Uberlinda Linares era una especie de animal angélico;
cuando ella amaba era como si prestara sus alas por un rato. Él había
llegadoapensarque su bellezafascinante atraía a los malos espíritus; que
era una bruja,unahechicera,unanigromante.Además, estaba el misterio
de su juventud: mientras él se iba haciendo cada vez más viejo, ella, su
Uberlinda Linares, rejuvenecía cada año, cada día, cada hora.
Su risa locallenabael mundode pájaros,de campanas,de pitosde
trenes, de pitos de trenes llegando, de pitos como el que ahora mismo
resuena en la lejanía y le hace dar una vuelta de carnero a su pobre
corazón transparente.¿Vendráigual de ojialegre,ella que estrenaba el sol
cada mañana? El tren se acerca y para él es como si se acercara la
mismísima felicidad hecha una máquina trepidante, una locomotora
jadeando, piteando, enarbolando su negro penacho de humo. No había
nada más lindo en la vida que un tren trayendo a la mujer amada; nada
más emocionante que un tren lleno de gente entrando a la estación en
donde unoesperabaa aquellamujer;nohabíanada más hermoso que ese
trenanunciandosullegadaa todosilbato, atoda campana, a todo pañuelo
blanco agitándose en las ventanillas. Así les había dicho Leoncio Santos a
sus perroscuandole llegóel rumorfatídicode que el Longitudinal Norte ya
no atravesaría más el desierto y simplemente se murió de la pena, se
murió ahí mismo, sentado en una piedra, esperando aquel tren que ya
nunca másllegaría.Se muriópreguntándose, espiritualizado, que cuántos
trenes cabrían en la punta de un clavo de línea, cuántos trenes con las
ventanillas encendidas correrían en la estela luminosa de una estrella
fugaz, cuántos pitazos de locomotoras bastarían para horadar el silencio
mineral de esos cerros pelados.
Se murió de nostalgia diciéndoles a sus perros huachos que ya no
correrá más el tren trepidante, ya no piteará más su pito ronco la
locomotora fragorosa, no repicará más su campana de iglesia rodante.
Ahora vendrán y levantarán los rieles, y los clavos de línea saltarán de los
durmientescomopavesasencendidasalaorilladel peralte.Las estaciones
seránabandonadas,desmanteladas,olvidadas.Remataránlostrenescomo
bagatelas; como fierro viejo venderán las monumentales locomotoras
negras, como chatarra, como escoria; ellas que fueron catedrales de las
distancias,estrepitososcaballos de metal atravesando las llanuras, fuerza
del paisaje. Las desarmarán como juguetes inútiles a las locomotoras
heroicas;lasvenderánporpiezassueltas,atantoel kilode fierro,el kilode
bronce, el kilo de acero. Algunas se quedarán por ahí echadas
lastimosamente; sus carcasas yacerán bajo el sol lo mismo que
caparazonesde bestiasantediluvianas.Desarmaránloscochesde tercera y
en sus ventanillas geófagas los postes del telégrafo ya no correrán nunca
más hacia atrás, hacia el regreso. Desaparecerá el tren intrépido, mis
quiltrosqueridos,lovenderánal mejorpostor,ylospobresmaquinistasde
gorras con viseras de celuloide se quedarán en tierra sin saber qué carajo
hacer con sus vidas, se quedarán llorando como capitanes sin barcos, se
quedarán llorando junto a los fogoneros, a los conductores, a los
bonachonesjefesde estación,alosguardagujasconsus inútileslamparitas
verdes y rojas; todos se quedarán como asonambulados, como
elementados, como esqueletos de vacunos mirando largamente el
espectro de un tren corriendo en las líneas oxidadas de su memoria.
Harán desaparecer el tren que recorrió el siglo de arriba a abajo,
se murió diciéndoles a sus perros sin nombre. Ya nunca más se verá la
silueta oscura de un convoy atravesando los cerros ferruginosos del
desiertomáslargodel mundo,hundiéndose enlasquebradas,perdiéndose
en la inmensidad alucinante de este ardiente purgatorio de arenas. Ya
nunca más en la vida ningún hombre o mujer esperará a su amada o
amado en ningún andén de estación de ningún pueblo del norte de la
patria; nunca más se despedirá al hijo hombre que parte a trabajar a las
salitreras infames, nunca jamás ninguna niña vestida de blanco nos hará
señas de adiós riendo como un hada desde la ventanilla de un vagón
entierrado, nunca más en la vida ningún niño moreno andará a pie
descalzo equilibrándose en los rieles brillantes de sol de las estaciones
pampinas.Y juntocondesaparecerlosrieles,losdurmientes,las eclisas,las
agujasy las palancasde cambio,con el tiempo terminarán por disgregarse
tambiénlosterraplenes;se disiparánlosperaltes,se dispersarálagrava, se
derramará el balasto; todo se lo llevará el demonio, todo se hará humo,
reverberación, espejismo.
Desaparecerá el tren, amigos míos, y con él la última cuota de
romanticismo del siglo, así se murió diciéndoles a sus perros el viejo
LeoncioSantosmientraspensaba,fervoroso, con el mismo fervor con que
ahora piensa que hoy sí que sí, carajo; hoy sí que llega mi Uberlinda
Linares; en este tren sí que aparecerá su carita sonrisueña, su figura
radiante, su inquietante mirada de medio lado; en este tren trémulo que
ya va entrando a la estación, que ya comienza a detenerse jadeante,
cubriéndolo completamente con sus vaharadas de vapor, con su lluvia de
hollín, en este tren que le hiela el corazón de golpe cuando en una de las
ventanillas del primer coche le parece ver el rostro de Uberlinda Linares
pegado al vidrio polvoriento, como llorando un silencioso llanto
inconsolable.
Pero en todos los trenes él cree ver su rostro amado a través de
alguna ventanilla. Y aunque siempre se acerca temblando al coche de la
visión, siempre, como ahora, su pobre espíritu es ganado por el
desencanto, porlamás negrade las desilusiones. Y es que ahora también,
al detenersecompletamente el convoy,del primer coche sólo descienden
dos jóvenes enamorados que él reconoce enseguida como la pareja de
amantesque,tiempoatrás,habíallegadoa laoficina en busca de trabajo y
luego de tres días infructuosos, en que no hicieron más que pasearse
abrazados y silenciosos por las calles del campamento, una noche
terminaronpor matarse con un tiro de dinamita a la orilla de la vía férrea,
junto al templete de lata de una animita. El estruendo había hecho
remecer los cimientos de las casas de calaminas y conmovido en gran
manera el corazón de la gente.
Los dos jóvenes son los únicos que bajan del tren y Leoncio
Santos,con losojosenllantados,se da cuenta de que su Uberlinda Linares
de nuevo no ha llegado, de nuevo no ha regresado, que va a tener que
seguiresperandoenesaestacióndesierta,en esa estación desmantelada;
enesa estacióndonde loúnicoque queda en pie es el requemado letrero
con su nombre: Miraje, palabra que sólo después de muerto vino a saber
que significaba espejismo. Tendrá que seguir esperando por los siglos de
los siglos en esa estación inexistente en medio de la pampa en donde la
único que queda en pie es el requemado letrero con su nombre: Miraje,
palabra que sólo después de muerto vino a saber que significaba
espejismo.Tendráque seguiresperando por los siglos de los siglos en esa
estación inexistente en medio de la pampa en donde la locomotora ya
comienza a bufar de nuevo, a tocar su campana sonámbula, a mover las
bielas,aponerse enmarcha,a irse,a alejarse humeante pordonde todavía
se notan las huellas de los rieles levantados ya no recuerda cuántos años
atrás; por ese terraplén barrido por el viento en donde todavía se ven las
marcas atravesadas de los durmientes y aún es posible hallar un clavo de
líneaoxidándose alaorilladel peralte. Y mientras su corazón en delirio es
perforado por el silbato del tren alejándose, prosiguiendo su irreal
itinerario por las 142 estaciones espectrales, sus ojos dolorosos miran
desvanecerse en el aire, en la ardua luz de la pampa, la silueta
transparente, ilusoria, melancólica, del último vagón
Los  trenes se van al purgatorio

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Los trenes se van al purgatorio

  • 2. Prólogo El tren, gran protagonista y «última cuota de romanticismo del siglo», cruza la pampa salitrera en un irreal itinerario por las abandonadas estaciones del desierto de Atacama, esa cantera inagotable de «casos» y de historias. Durante los cuatro días y cuatro noches de viaje, al ritmo de ese traqueteo que ya avanza, ya se detiene, ya confunde la dirección (tanto que a veces no se sabe si la locomotora apunta hacia el sur o hacia el norte), conviven viajeros de toda laya y clase: un acordeonista perseguidoporel fantasmade lamujer amada; una quiromántica rodeada de hierbas mágicas y talismanes especiales para atraer la dicha a los desdichados y la aventura a los desventurados; un ciego que vende peinetas y canta boleros de Julio Jaramillo; una mujer de luto que va en busca del cadáverde su hijomuerto en las calicheras; un grupo de gitanos alborotadores; una niña de doce años cuya vida cambia en el transcurso del viaje;unaparejade enamoradosque noconcibe el mundosi noes para estar unidos en un beso interminable; un enano charlatán en busca de su circo, y otros personajes cuyas vidas precarias van rodando en el silencio cósmico del desierto más triste del mundo, por donde cruza, como un espectro de fierro, el tren Longitudinal Norte, el Longino. La locomotoraavanzahumeante,férrea,fragorosa,por el desierto más triste del mundo.Piedraapiedra,cerroa cerro,quebrada a quebrada, bufando como una mula sedienta, avanza negra la locomotora (sólo su gran campana de bronce brilla sonámbula bajo el sol de mediodía). Traqueteando una dura letanía interminable, ruega que ruega rogando, van los coches polvorientos para que el calor no le evapore el ánimo a la locomotora,paraque losespejismosazulesanegandolos rieles de acero a lolejos no la engañen con sus lagunas de mentira y, muerta de sed, no se quede comouna bestiareventadaenmediode esassoledadesinfinitas en donde,asu paso,ningunavaca lentavuelve lacabeza para mirarla, ningún labriego endereza su torso de ángel doblado para hacerle señas y el óleo de ninguna lluvia inefable unge el arestín de su espinazo de fierro. Lorenzo Anabalón, el acordeonista, apoyado en el estuche de su instrumento, va reconociendo con nostalgia esos agrios páramos desnudos.Esel mediodíade lasegundajornadade viaje y,mientrasel tren vadea un interminable cerro de arena, en su rostro terroso ya se nota el desmadejamiento de la fatiga. Su pañuelo de seda atado al cuello se ve marchito de sudor y sebo. «Más allá no se verán ni cactus», dice la quiromántica. Papirotando distraídamente sobre su acordeón rojo, Lorenzo Anabalón asiente con la cabeza sin dejar de mirar por la ventanilla. Los postesdel telégrafo,pasandointermitentes hacia atrás, le van rebanando simétricamente el paisaje y los recuerdos. «Que por esas peladeras no crece ni la cizaña», insiste la quiromántica; que, por lo mismo, sus hierbitas medicinales tienen tanta demanda por esos lados; que, incluso, en sus recorridos por las salitreras conoció a una señora que se ocupa de visitadora sexual y que siempre le estáencargandomontecitos para prepararles a sus amigas de oficio, pues dice que sus agüitas milagrosas lo mismo pueden aliviar un dolor de ovariosque limpiar los vidrios del alma del vaho violeta de la melancolía. «Y razón tiene lamatrona,pues,donLorenzo»,dice lamujerabanicándose lospechoscon un manojode suspapelesrosados,«si condecirle que unas simplesgotitasdel zumode las hojas de laurel, por ponerle sólo un botón de muestra, corrigenlos desarreglos del estómago, provocan el periodo a las mujeres, curan el dolor de oídos, disminuyen la sordera y quitan las manchasdel rostro. Todo eso sin mencionar las propiedades mágicas que posee laplantita,comoel increíble poderde adivinaciónque dael masticar sus hojas más tiernas, ¿se da cuenta, usted, mi querido don Lorenzo?». «En loúnicoque esta hembra no se parece a Uberlinda Linares es en lo palabrera», piensa con resignación el acordeonista mientras se restriega los párpados con el pañuelo del cuello. Por ser ese el primer coche del convoy, el humo de la locomotora se cuela a ráfagas por las ventanillashaciendolagrimearalospasajeros y manchando todo de tizne.
  • 3. «Ayerme parecióoírle decirque algunavez trabajó en la pampa», dice ahora la quiromántica, sin dejar de abanicarse y soplarse el escote. «¿En qué oficina fue?». «En Iris». «¿De músico?». «No, de patizorro». «¿Y por qué se fue, si se puede saber?», inquiere la mujer en un tonito que quiere parecer displicente. En ungestoque puede serde calor o de encocoramiento, Lorenzo Anabalón se afloja un poco el pañuelo del cuello y voltea la cabeza con desgano hacia las dos mujeres sentadas enfrente suyo. Primero mira a la madre de la quiromántica (la anciana con aire de animita en pena sigue sumergida en su tejido celeste), luego la mira a ella, la mira profundamente a los ojos (en verdad el parecido físico con Uberlinda Linares le resulta increíble) y responde suspirando: «Por una mujer». Al girar de nuevo la cabeza y volver a su ensimismamiento, en sus ojoscolor de agua vuelvenareflejarse turbiamente esasplanicies adustas. Aunque habíapasadouna punta de años,él siempre estuvo consciente de que en esta travesía de regreso a la pampa se iba a encontrar de nuevo con el recuerdo quemante de aquella mujer lejana. Sin embargo, nunca pensóque fueraa sucederde maneratan violenta.Yesque era realmente asombroso que la pitonisa de los pechos grandes se pareciera tanto a Uberlinda Linares. En verdad, la madame era como la reencarnación perfectade aquellamujerporlaque un día él se había espichado de amor. Aunque más rellenita de humanidad, la quiromántica era trigueña, igual que Uberlinda Linares, tenía la misma sonrisa, los mismos labios acorazonadosy losmismos ojos misteriosos; esos ojos que él nunca había sabido definir bien. Nunca hasta ahora. Porque ahora sí, tras conocer a la madame, lo sabía claramente: Uberlinda Linares tenía ojos de adivina. Al atardecer del día anterior, luego de toda una jornada de viaje, cuandoel crepúsculoeraun gran lienzorojocolgado en las ventanillas del coche, Lorenzo Anabalón había sacado su instrumento del estuche y, tras preguntar a los pasajeros más cercanos si les parecía bien un poco de música,se había puesto a ensayar algunos de los temas más populares de su repertorio. Luego de oír fascinada las tres primeras melodías, madame Luvertina le había preguntado si sabía «Flores negras». Él, que nunca dejabade caballerearcon las mujeres, le tocó y le cantó a media voz, sólo para ella,el muysentidobolerode Sergiode Karlo(aella le pareció que su vozmelodiosa,llenade floreamientos musicales, no iba para nada con los movimientos tardos de su corpulencia de minero). Y fue entonces, mientras le cantaba «flores negras del destino nos apartan sin piedad», que Lorenzo Anabalón descubrió que la mujer tenía los mismos ojos enigmáticos de la que había sido el gran amor de su vida. «Para conservar esa maravilla de voz que Dios le ha dado, don Lorenzo,tiene que comer huevos de alondras», le dijo ella al terminar de cantar. Él levantó las cejas. «En domingo y antes de que suenen las campanas de la iglesia», remató melosa ella. Después,porlanoche,tras acomodar su humanidad en el asiento de palo y dormirse abrazado a su acordeón como a una hembra acurrucada, LorenzoAnabalónhabíadespertadodosvecesal traqueteodel tren y las dos veces había sorprendido a la quiromántica contemplándolo insomne desde su asiento. En la penumbra del coche, iluminada apenas por el reflejode lalunarestallandoenel vidriode laventanilla, la mujer lo mirabacon la mismalasciviade animal edénicoconque, en los momentos de amor, miraba Uberlinda Linares. Por entre lo pastoso de su sueño, Lorenzo Anabalón se había dicho que ese huevito blanco quería sal. En verdad la brujita no estaba mal como hembra. Aunque ambos debían de andar por la misma edad, sus años de macho castigador se notabanmucho mástormentososque losde ella.Ypor más que se fijaba y ponía atención en sus maneras, no le hallaba ningún rasgo de pitonisa patrañera y embaucadora como la que él había consultado una vez en el
  • 4. pueblode Quillota.Lomásesotérico que llevaba encima era un anillo con una piedra verde en el dedo del corazón y una selenita con el grabado de una golondrina colgando al cuello. La selenita, aparte de favorecer el desarrollode laadivinaciónylossueñospremonitorios, le había dicho ella mirándolo a los ojos, servía de amuleto para reconciliar a los amantes. Además,ensucara redondanohabía una pizca de afeite.Susadornos más mundanos eran un peine de nácar con que se afirmaba el cabello, y un collar de perlas blancas, grandes como bolacos, que en el zangoloteo del coche se removían blandamente sobre la prominencia de sus pechos. Su rostro de mejillas sonrosadas se veía angelizado por un suave aura de melancolía.Dabalaimpresiónde que de tantopredecir,presagiar, descifrar e interpretar cuitas ajenas, a madame Luvertina se le habían ido enredando jirones de tristeza en la frondosidad de su pobre corazón clarividente. En el fondo le parecía una mujer desdichada. «Una de esas hembras congénitamente insatisfechas», había pensado Lorenzo Anabalón. Luego, fumándose un Ópera, había comenzado a imaginar en cómo se vería la madame con los labios pintados de rouge, el trigal de su pelo suelto y caído sobre un solo lado de la cara, y vestida con un translúcidonegligé negrollenode vuelitospueriles(unode los tirantes del negligé caído deliciosamente sobre el brazo). Había tenido que sacudir fuerte lacabeza.Y es que, enverdad,loque vio aparecer frente a él fue el espejismo vivo de Uberlinda Linares sonriéndole lúbricamente desde las dunas de su memoria. A Lorenzo Anabalón siempre le había gustado viajar en el primer coche de los trenes. Al embarcarse temprano en La Calera, ciudad desde donde salíael Longitudinal Norte,el Longino, como le llamaba la gente de la pampa, se había hallado con un solo pasajero sentado en mitad del vagón. El hombre, que vestía de punta en blanco y llevaba un clavel prendido en la solapa, y que con las manos cruzadas sobre el pecho y estiradoa todoloque daban suspiernas largas parecía dormir el sueño de los justos, no respondió a su saludo. Encogiéndose de hombros, Lorenzo Anabalón se preocupó de inmediatode meter su maleta con esquinas de metal debajo del asiento; de ese modo ninguna mujer le chantaría un niño de contrabando. Luego acomodó su acordeón en el asiento junto a la ventanilla para darlo por ocupado En ese arduo tren de tercera, sin cochecomedor ni coche- dormitorio, había que acomodarse de cualquier modo para viajar más desahogadoypodertenderse adormirenlascuatro nochesde esos cuatro días interminables que duraba el viaje. El tren salióde La Caleraa mediollenar,pero en las estaciones de los pueblos siguientes se fue atiborrando de pasajeros agobiados, todos con una camada de hijos a la rastra y un balumbo de bultos a cuesta. Urgidos pasajeros que tomaban el convoy por asalto y encaramaban sobrecorriendo a los niños para que se hicieran de algún asiento o demarcaran un pequeño territorio en las tablas del piso, mientras las mujeres más iracundas, en su afán de no quedar instaladas en la intemperie de las pasarelas, metían por las ventanillas sus grandes canastas de cocaví y arrojaban sus retobos sin ninguna consideración por los pasajeros ya instalados. La quiromántica se había embarcado junto a su madre en la estaciónde PalosQuemados.Lasmujeresse subieronal primercoche,que fue el que les quedó a mano, y se instalaron de inmediato en el asiento frente a él, el primero que hallaron desocupado. Su equipaje consistía en dos canastas de mimbre y media docena de cajas de cartón. Él, siempre acomedido con las mujeres, las ayudó achilladamente a poner unas en el portaequipaje, otras debajo del asiento y el resto arrinconadas lo mejor posible para que no estorbaran el paso. Al comentar el olorcito saludable que emanaba de las cajas, la más joven explicó que llevaban plantas medicinales.«Hierbasmágicascortadasenlamismafaldade la cordillera», le dijo. Luego le dio las gracias infinitas por su gentil ayuda. «Soy madame Luvertina», dijo, mirándolo fijamente. Desconcertado por lo de madame, él se presentó como Lorenzo Anabalón, un filarmónico que viajaba con rumbo a la pampa salitrera. Y
  • 5. cuando, palmoteando su instrumento, dijo: «Soy acordeonista», en sus ojos alcanzó a percibir un relumbrón que le pareció sumamente familiar. «Ella es mi señora madre», dijo, conturbada, la mujer. La anciana de pelo azulino no hizo ningún gesto de saludo. A Lorenzo Anabalón le pareció como elementada y, con todo el respeto que él sentía por las personas ancianas, más vieja que el palqui. Apenas el tren se puso de nuevo en marcha, madame Luvertina sacó de una canasta un ovillode lanaceleste y dos palillos de madera y se los pasó a la anciana. Ésta, con perentorios gestos de maniática, comenzó de inmediato a tejer. Por lo rizado de la lana, al acordeonista le pareció que proveníadel desarme de otro tejido. Luego, de la segunda canasta, la madame sacó los primeros trozos de pollo y pavo cocidos con que se habría de iralimentandoyconvidándole generosamente aél,durante todo el trayecto. Mientraselloscomían,la madre tejía vesánicamente, sin levantar la vista ni probar alimentos. Cada dos o tres horas, su hija le daba a beber una infusiónque manteníaenuntermoa cuadritosescoceses.A diferencia de su hija, la anciana vestía prendas oscuras y de sus labios corrugados no salía una sola palabra. Sus ojitos de ópalo transparente eran lo único movedizo de su rostro inexpresivo. Como si sus dedos nudosos tuviesen vida propia, acomodándose su echarpe con la frecuencia de un tic nervioso,laanciana manejaba los palillos con una rapidez y una precisión abismantes, a ratos con la mirada perdida en el paisaje y a ratos dormitandocon la placidezde unavieja paloma cenicienta, y todo sin que se le fuera un solo punto de su tejido litúrgico. Después de la primera comida, y tras dar gracias al buen Dios misericordioso por el pan nuestro de cada día, madame Luvertina sacó un manojo de papeles rosados de una carpeta y le alargó uno. «Léalo con calma», le dijo. Acto seguido, se paró y se puso a repartir los papelitos entre los demás pasajeros del coche. Fue ahí que Lorenzo Anabalón se vino a dar cuenta por qué lo de madame. La gorda bonita era adivina. En sus papelitos de color rosa, escritos a mano y con una redonda letrallenade florituras,madame Luvertinase presentaba a sí misma como astróloga,quiromántica,mentalista,espiritista y consejera familiar recién llegada de Centroamérica (se ruega no confundir con otras). Además de leerel destinoenlaslíneas de la mano y tirar las cartas del tarot, madame se ofrecía a solucionar toda clase de problemas, domésticos y del alma (pormás difícilesque éstossean).Para la ciencia de madame Luvertina no había nada imposible. Diplomada y premiada con la Medalla de Oro en la Academia de los Rosacruces de Brasil, contaba con veinte años de experiencia adquirida en Europa y Centroamérica. Ofrecía trabajos garantizados y afirmaba que no era sólo propaganda, que los hechos la recomendaban. Si la amargura, el dolor y la desilusión se habían apoderado de su vida, no tenía más que visitarla y consultarla. Que su ayudaespiritual ibadirigidainclusoparalosproblemasmásíntimosdel ser humano: amor no correspondido, malos negocios, juicios pendientes, casas cargadas, viajes fracasados,matrimoniosmal avenidos,infidelidades conyugales y otros similares. ¿Se siente usted desorientado en la vida? ¿Sufre de algunaenfermedadincurable?¿Impotenciasexual,reumatismos, hongos, angustia, parálisis, menopausia, artritis, diabetes, asma, hígado, várices,alcoholismo,ideasobsesivasuotrosdesajustesemocionales? Ella, madame Luvertina era la más indicada para ayudarle. Y su campo de acción abarcaba también el rubro de las hierbas medicinales. De tal maneraque disponía de sahumerios y talismanes bendecidos, especiales para atraer la dicha a los desdichados, la gracia a los desgraciados y la ventura a los desventurados. Miles de personas habían quedado eternamente agradecidade sus servicios. Por la lectura de manos pedía la módica suma de cien pesos, y por echar las cartas del tarot doscientos pesos.Losremediosnaturaleslosrecetaba gratis. El volante de color rosa, escrito por ambos lados, terminaba diciendo, en letra mayúscula y entre signosde exclamación,que se considerabanyrespetabanlacienciamédica y las creencias religiosas de todas layas. «Siempre que viajo en tren aprovecho de verle la suerte a los pasajeros», le había dicho madame Luvertina. Que el viajar era un estado
  • 6. ideal de relajamiento, pues las personas se volvían mucho más perceptibles, más sensibles, más emotivas. En un arrebato lleno de inspiración,labrujitale habíaaseveradoque el hechode viajar,sobre todo en tren, sumía a hombres y mujeres en un estado como de crepúsculo. «Como de crisálidas en su envoltorio de gasa», le había dicho. Y a esas alturas del viaje, después de un día y una noche y la mitad del otro día, madame Luvertina ya había atendido las consultas de unos cuantos pasajeros del coche. Entre los que aún no se habían hecho ver el destino, aparte del acordeonista, estaba el enano que viajaba un par de filas más atrás y que no paraba de hablar y mover sus bracitos torcidos; el viejo campesino de sombrero requintado y bastón de palo santo que viajaba con su nieta; el vendedorde quesosde cabra que iba sentado junto a ellos, y don Audito, un viejoempleadode escritoriode laoficinaCalaCala,que lucía un vistoso camisolínde fantasía yque si no estabagimoteandode dolorde muelas,se estaba vanagloriando de su preciosa caligrafía de pendolista. Madame Luvertina había instalado su consultorio en el estrecho espacio que quedaba entre su asiento y la caseta del baño. Cada vez que alguien acudía a consultarla, se sentaba muellemente sobre una de las cajas con hierbas, rezaba una oración en silencio, abría sobre sus polleras una carpetaforrada enterciopelorojo,adornadaconmotivosastrológicos, y, ahí, al hipnotizante traqueteo del tren, viéndole las cartas o leyéndole las manos con su cantarina vocecita de niña, comenzaba a dilucidarles los enigmasde susuerte,a revelarlesacada unolosmisteriososvericuetosde sus destinos. LorenzoAnabalón,entre el ruidodel trenylabullangade los niños en el coche, había oído algunos retazos de las sibilinas parrafadas de la quiromántica. Y en verdad lo que había alcanzado a oír no se parecía en nada al discurso de la pitonisa de pacotilla que él había visitado una vez, por el tiempode cuandoUberlindaLinaresloabandonó para irse con otro. Tan al garete andaba en esos días, tan pajarito huérfano en busca de una jaula, que no se dio cuenta de cómo una mañana se encontró en un pringosocuartode hotel barato, amuebladoconsólouna mesa y dos sillas desvencijadas, consultando a una pitonisa desdentada y de aliento podrido, recién llegada al pueblo. En medio de una densa humareda de sahumerio y una docena de gatos esotéricos, su decepción fue grande al oír de boca de la mujer la misma perorata que repetían las gitanas en las plazaspúblicas.Que él era un hombre de muy buen corazón del que todo el mundo abusaba hasta el cansancio; que la poca plata que ganaba se le volvíasal yagua entre losdedos,¿me entiende,el caballero?; que aunque siempre había trabajado muy duro para surgir en la vida, sus esfuerzos sucumbían sin remedio en las más negras frustraciones y desengaños. Y todoese montónde tencasmuertas para terminar diciéndole que alguien le había echado un mal. Y que para «descargarlo» debía pasarle el billete de más valor que anduviera trayendo. Y que tuviera fe en ella, ¿me entiende,el caballero?Él,conmovimientosde autómata,se metiólamano al bolsillo y le pasó el único billete grande que llevaba encima. Tras doblarlo y empujarlo repitiendo una oración insustancial, la gárrula legañosale salióconque teníaque dejarle el dineroenprenda, pues había que velarlo durante toda la noche. Y luego, con toda la desfachatez del mundo, le pidió que al día siguiente volviera con otro billete del mismo valor, más un huevo blanco y un paño de cocina, ¿me entiende, el caballero?Él entoncesentendióclaramente y,pese ala pena inmensa que le obnubilabala razón, reaccionó de su alelamiento, le arrebató el billete de las manos y mandó a pasear a la punta del cerro a la pitonisa sacamuelas. Las primeras que habían consultado a madame Luvertina habían sidolashermanasvestidasde tafetánmorado.Feascomoquirquinchos,las hermanas se persignaban fervientemente al paso de cada animita levantadaaorillasde lalínea férreayno dejabande entarascarse ymirarse a cada rato en sus redondos espejitos de carey. Entre la retahílade bultospequeños que habían acomodado a sus pies, hedía fuertemente una caja de cartón con agujeros llena de pollitos reciénnacidos,que nohabíancejadode piarentodo el viaje.Conversando en voz alta, mientras acomodaban y reacomodaban los vuelos de sus vestidosde tafetánmorado,lasmujereshabíanenterado a todo el mundo
  • 7. de que en realidad eran cuatro hermanas en total, todas señoritas con el favorde Dios,yque en el pueblode Pampa Unión tenían una casa de cena en donde atendían ellas solas a cuarenta y cinco mineros salitreros. Luego la madame le había leído las manos a la señora flaca que viajaba con una guagua de días pegada al pecho y una pareja de mellizos sueltosque zampabaendoscanastas de mimbre cada vezque pasaban los conductores, pues no les había comprado pasajes y cada uno medía más de un metro. La mujer iba en busca de su marido, que un año atrás había partidoa trabajar a las salitrerasydel que nuncamás había tenidonoticias. La guagua no había dejado de mamarle en todo el viaje, y los pequeños barrabases, si no estaban jorobando al enano que viajaba en el coche, estabanasomandola cabeza peligrosamente por las ventanillas. «A estos angelitoshabríaque ponerlestrangallo»,habíadichoel viejo de sombrero requintadoybastónde palosanto que viajabajunto a su nieta. Era la frase más larga que se le había oído al anciano durante todo lo que llevaban de trayecto. La niña, de preciosa carita blanca y vestida de harapos, engarruñada junto a la ventanilla, no hacía más que jugar al run-run y rascarse la cabeza frenéticamente, a dos manos. Después le había visto la suerte a la pareja de enamorados lánguidos que iban a la pampa en busca de su destino, como le habían dichoellosmismosconlacara llenade ilusión.A ella,ZenobiaCastillo, una muchacha pequeñayrubia, y de pechos menudos, la quiromántica le dijo que su novio era un hombre de buena sombra y le vaticinó que sería muy felizjuntoaél.Y a él,Amable Marcelino,unmuchachote altoymoreno,de cara halconadayojos soñadores,le dijo que quisiera mucho a su novia en esta tierra, pues era tan buena que los ángeles se la codiciaban para la corte celestial. Aunque llevaban asientos, la pareja de novios viajaba la mayor parte del tiempoenlapasareladel coche,abrazándose ybesándose con una desesperacióninfinita.Ella,conapenasdiecisiete añosde edad,se había escapado de la casa de sus padres para irse con él hasta el fin del mundo. Él había desertado de la milicia. La últimaque habíaconsultadoa madame Luvertinahabíasidouna mujer de negro que viajaba sola. «La Llorona», le habían puesto los mellizos. Pálida y demacrada, escondiendo el pulgar en sus manos empuñadas como hacen los niños asustados, con un aura de dolor inconsolableensurostrocampesino,la mujer sacaba a cada rato una carta desde suescote yluegode leerlaensilencio,se volvía hacia la ventanilla y se ponía a gemir como un pobre animalito desahijado. La carta era de la oficina salitrera Agua Santa y en ella se le comunicaba el fatal accidente sufrido por su hijo en las calicheras. Y ella viajaba ahora a buscar su cadáver. Al subiral tren,le había contadoa donAudito, sucompañerode asiento — y después ya no habló más nada con nadie —, que la noticia la había matado de pena, pues su niño Manuelito, único hijo varón, había sido siempre laluzde susojos.Que hacía apenas dosaños a la fecha,suhijoera un tranquilo campesino que trabajaba una parcelita en Las Cabras, hasta donde una tarde maldita llegó un afuerino vistiendo traje con chaleco y leontina de oro, y luego de invitarlo a beber los mejores vinos y a comer los más caros causeos en los más emperifollados boliches del pueblo, el forasterole había emponzoñadoel almaconilusionesycuentosde riqueza fácil, hasta lograr engancharlo a las minas de salitre, en donde había muerto destrozado por un tiro de dinamita. Don Audito la había oído en silencio y, al final, suspirando hondo, sólo había comentado para sí: «El mismo triste cuento de siempre». Esta es la historia de Alma Basilia, una singular mujer que vivió en la oficina Resurrección y que gozaba el raro privilegio de tener el único árbol del campamento plantado a la puerta de su casa, hecho que, por supuesto,constituíalaenvidiacomprensibledetodoslos resurrectinos.Hija de un inglés venido a menos y de una salamanquina avecindada en la pampa, Alma Basilia —de cuerpo menudo y piel clara— tenía, además, la particularidad —envidiable o no— de ser la única prostituta de la oficina. Como Resurrección era una oficina muy pequeña —ni siguiera tenía dotación de carabineros—, había también una sola preceptora, una sola partera y una sola maestra de piano. Y así como la preceptora debía de arreglárselas para enseñar a una matrícula de 147 alumnos (más algunos adultos a quienes les daba por alfabetizarse), y la partera ayudar a
  • 8. alumbrar a las 105 mujeres casadas (más alguna soltera que salía de pronto con su domingo siete), y la maestra de piano enseñarles a tocar a las hijas de las diecisiete familias más encumbradas de la oficina (más una que otra hija de empleado arribista) del mismo modo Alma Basilia se ocupaba ella sola de los 183 solteros que laboraban en Resurrección. Aunque a esta cifra había que restar al cura párroco y al manflorita de la perfumería, y agregar la cáfila de casados insatisfechos que en días de pago se colaban subrepticiamente en su casa. En Resurrección todo el mundo conocía a Alma Basilia y todos la llamaban de manera distinta. Mientras los tiznados y los patizorros la cariñoseaban llamándola chimbiroquita, la demás gente usaba toda clase de subterfugios para hablar de ella. La preceptora, por ejemplo, la nombraba cortesana; la partera la llamaba buscona y la vetusta maestra de piano, hetaira. El jefe de Estación le decía meretriz; el jefe de Pulpería, un gordo de 182 kilos de peso, la llamaba maturranga, y el jefe de Correos, un tanto más ilustrado quetodosellos, Mesalina.El curita párroco,porsu parte,ensus charlascon las beatas más camanduleras de la congregación, la aludía como la mujer de vida aireada; las señoritas de la oficina se referían a ella como la fulana y las señoras la trataban directamente de zorra. Sólo los niños, riendo maliciosamenteentreellos, decían,lisa y llanamente,laputa del arbolito. Y es verdad que el arbolito era como el farol rojo de su casa. Y aunque a Alma Basilia, solitaria y quitada de bulla, le daba lo mismo cómo la llamaran,personalmente se quedaba con el único apelativo con que nadie la trataba: ramera. La palabra le había quedado sonando desde que un empleado deescritorio que escribía versosde amor y cantos a las reinas de la primavera, le contó una noche que dicho vocablo provenía de la ramita de salvia que antiguamenteseacostumbraba acolgaren las puertas de los prostíbulos como talismán para atraer la buena suerte y evitar el ingreso de indeseables. Y tanto le había gustado la palabrita que a la mañana siguiente confeccionó un letrero similar al que tenía en su casa la maestra de piano, que decía: «Alma Basilia, ramera». Sin embargo, en el momento en que procedía a clavarlo en la puerta, alcanzó a pasar por allí el administrador de la oficina, que se bajó indignado del caballo vociferando quesi acaso se habíavueltoloca la putadel carajo;quesí estababuscando quelas señorasde Resurrección lo obligaran a echarla con viento fresco de la oficina. Alma Basilia desechó entonces la idea del letrero, pero colgó en la puertaunaramitade su árbol que cambiaba religiosamente cada día de pago.Y es quela habíaenternecido mucho la creencia entre las rameras de aquellaépoca,segúnle habíacontado el empleado de escritorio, sobre que la ramita de salvia lloraba si al recinto entraba un visitante no grato. Pegado a la ventanilla, mirando esas blancas peladeras del demonio —él también sabe que más allá no crece ni la mala hierba—, LorenzoAnabalónsigue sumidoensusrecuerdos.Traslalarga jornada que lleva encaramado a ese tren doloroso, ya casi no oye el chirriar de las ruedasde fierro ni el crujir del coche desvencijado. Seguramente que del mismo modo, después del primer millón de años, el oído humano había dejado de oír el rechinar de la tierra girando en su eje mohoso. «Sírvase una presita de pollo», oye que le dice ahora la quiromántica. Lorenzo Anabalón se disculpa. Ya lleva el estómago estragado de tanto comer. Enciende un cigarrilloy,acariciandosiempre su viejo acordeón rojo con los dorados de sus cajas armónicas desvaídos, vuelve a mirar por la ventanilla. Afuera el mundo es un círculo ardiendo y él se queda sin despegar la vista de esos cerros color ocre, como fermentados por el calor. Por lamadrugada, en una estación de nombre desconocido, había visto subir a un grupo de enganchados a la pampa y a uno de esos contadores de cuentos que viajaban en los trenes narrando sus casos por unas monedas. Supo que era un cuentacuentos porque alguien del coche lo apuntó diciendo que una vez se lo había encontrado en otro de sus viajes. El contador de cuentos había subido en el último coche y los enganchados a las salitreras se habían embarcado en el séptimo, que era justoel del medio.Loque llamólaatencióndel acordeonistafue que entre el grupo de enganchados le pareció reconocer a uno bajito, que llevaba una guitarra.A ese hombre él lo había conocido en la pampa, y alguna vez
  • 9. oyó decir que había muerto quemado vivo en los cachuchos de salitre fundido. Al verlos amontonados en el andén, Lorenzo Anabalón había adivinado al instante que ese grupo de hombres desdichados, la mayoría con su familia a cuesta, formaban parte de un enganche. Y a la primera ojeada había reconocido quién era el patán que los arreaba. Por su rumboso modo de vestir y su grandilocuente gesticular de manos, se notabaa la leguaque el enganchadorerael del sombrerode pañonegro. Y esque él también,añosatrás,había hechoel mismo viaje enganchado por un cabrón tan engreídocomoése. Contratado como particular, no alcanzó a trabajar dos años en las calicheras. Joven, robusto, con toda la vitalidad de sus veinticincoañosmañosos,se enredó hasta tal punto con una mujer casada que había terminado por huir con ella. UberlindaLinaresle habíasorbidoel sesodesde lamismatarde de sábadoen que el esposo,uncompañerode lamina, el más viejo de todos, loinvitóa una fiestaensucasa para que tocara el acordeón.El hombre era conocidopor suinsuperable fuerza en el trabajo, su gran ánimo fiestero y sus certerastallassiempre aflor de labios y siempre celebradas a grandes risotadas por todo el mundo. Una de sus pullas más famosas era la que lanzaba cuando desde las calicheras, se veía pasar el tren de pasajeros rumbo al sur. Haciendo mención al drama de varios mineros a los que sus mujeres habían abandonado para volverse a sus tierras con otro hombre, apuntaba hacia la raya negra del convoy avanzando humeante por la pampa y gritaba a todo pulmón: «¡Allá va el que le lleva la mujer a los huevones!». Y había sido en ese mismo tren que Lorenzo Anabalón se había escapado hacia Quillota con Uberlinda Linares, la joven y azogante mujer del minero. En este mismo tren en que ahora volvía a la pampa, nuevamente solo. El convoy ha ido tomando velocidad en una larga pendiente casi imperceptible, y el aire tibio colándose por las ventanillas abiertas se ha convertido en un tierral insoportable. «Se le nota el semblante de muy mal color, Lorencito», le dice madame Luvertina, chupándose cada uno de los dedos con fruición. El acordeonistaenesosmomentosvaadmirando el color leonado de un pequeño cerro, casi al alcance de la mano. «Usted debería hacerme caso y comenzar a alimentarse mejor», insiste la quiromántica. Lorenzo Anabalón no deja de contemplar el cerro. En la cima se divisanmontoncitosde piedrashechosamanoque lo hacen pensar en voz alta que seguramente alguna vez el tren se tuvo que haber quedado averiado por esas soledades, quizás por cuánto tiempo. «Le estoy diciendo que debe alimentarse mejor y usted me sale con peras tontas», le reclama ella. Él, volviendo la vista al interior del coche, dice que en realidad lo que necesitaporahora esir al baño.Ademásde insistiren leerle las líneas de la mano, la quirománticanoha paradoen todoel viaje de atiborrarlono sólo de esas grasientas presas de ave cocida, que no cesa de exhumar de sus canastas sin fondo, sino que también de una cantidad infinita de comestibles que ha ido intercambiando con los demás pasajeros: huevos duros,presasde pescadoahumado,tortillasde rescoldo, duraznos priscos y trozosde sandía espolvoreada con harina tostada. Y toda esa tragantona al final ha terminado por depravarle el estómago. «Con ese nombre usted debería tener mejor apetito», le dice en tono esotérico la mentalista. Lorenzo Anabalón la mira extrañado. Su voracidad de leona en ayuno es lo otro en que esa mujer no se parece para nada a su Uberlinda Linares, quien casi no necesitaba alimentarse, salvo de amor, claro. «Por si no lo sabe, el caballerito», le dice la quiromántica, «San Lorenzo, además de ser el patrono de los mineros y de los sopladores de vidrio, es también el santo de los cocineros». El acordeonista asiente con un gesto vago. En verdad, se siente mal. Y es que el olor a comida descompuesta, la catinga de la gente amontonada y el excremento de pollo en la caja de las hermanas de tafetán morado han tornado irrespirable el aire del vagón. Esto sin
  • 10. mencionar la fetidez agria que emana de la caseta del baño que, por haberse cortadoel agua, ya esimposiblede usar.Y lomismodebe ocurrira lo largo de todo el convoy. Pues por la mañana, mientras el tren subía a tirones una larga pendiente de tierra pedregosa, había visto a varios pasajeros—aparte de los ue se bajabansólo a estirar las piernas — que se descolgaban de los coches y corrían con urgencia a esconderse en algún morro de tierra en donde, tras de evacuar a la carrera, salían abrochándose el cinturón, o subiéndose los tirantes de los suspensores, para saltar sobrecorriendo a la pisadera del último coche. Él jamás podría hacerlo mismo.Él siempre ha necesitado de todo el tiempo del mundo y de un ambiente casi beatífico para remover su vientre;yenloposible conlecturaincluida.Algunahojade diario viejo era loideal.Mientrasmásrancias y añejas las noticias, mucho más placentero resultaba a su prurito de lector de baño. El acordeonista mira con abatimiento por la ventanilla. Afuera el paisaje espara llorar de desolación. Y, por lo que se ve hacia adelante, no hay ni para cuando llegar al pueblo más cercano. Para hacer más insoportable el desconsuelo,ademásdel tierral que levantanlasruedasdel coche,el humode lalocomotorano ha dejadode colarse por todas partes. Con el ánimo abollado, Lorenzo Anabalón procede a guardar cautelosamentesuinstrumentoenel estuche.Lacarbonilladel humolo va ensuciandotodo,ysuacordeónes lo que más cuida en este carajo mundo de sordos. Cuandoen el coche loscoloresdel tardecer comienzan a vitralizar las ventanillas del coche, madame Luvertina se lamenta de que su madre ya no puede aguantar más su urgimiento. «Está que se hace pis en los refajos», dice. Lorenzo Anabalón arroja hacia afuera la colilla del Ópera con el que ha tratado de contrarrestar un poco la pestilencia del ambiente, y se ofrece para ir a revisar los baños de los otros vagones. Él también está necesitando con urgencia «estirar la piernas», dice sonriendo. La anciana, que no lo ha mirado en todo el trayecto y que parece ausente atodo lo que ellos digan o hagan, se lo queda mirando ahora con una embebecidaexpresiónde agradecimiento.Anabalóndescubre que las faccionesde surostro añoso,surcadode arrugas infinitesimales,tienen un tierno dejo de niña mimada. Como madame Luvertina le ha contado que su madre cuando jovenfue reinade laprimerafiestade laprimavera celebrada en la oficina Chacabuco,el acordeonista,sonriendoamablemente parasusadentros,se dice que en sus buenos tiempos la ancianita debió de haber sido una verdadera femme fatale. Cuando Lorenzo Anabalón se está acomodando el pañuelo del cuelloparasalir,la mentalistale pideel favorcito,ya que va hacia los otros coches, de repartir algunos volantes. Que no sea malito, le dice melindrosa. Y mostrándole uno de los papelitos rosados, comienza a explicarleque al final hapuestoque atenderáa toda hora, durante todo el viaje, en el primer coche del convoy. Lorenzo Anabalón, quien sólo tiene ojospara sus pechosque zangolotean peligrosamente con el movimiento del tren, le recibe el manojo de papel y le encarga el cuidado de su instrumento.Cuandode nuevose aprestaasalir,laquirománticalovuelve a tomar del brazo —condemasiadaconfianzale parece aél—,yle dice que por favor se fije bien a quién le reparte los volantes. «Nohay que darlesperlasa lospuercos,pues, Lorencito», le dice, frunciendo el ceño en un fútil gesto de gravedad. Ante laduda del acordeonista,madame Luvertina agrega que sólo se le debe dar volantes a las personas con aire soñador. «O sea, a los puros gaznápiros», dice él, con sarcasmo. «No se equivoque, Lorencito», refuta ella en un mohín de enojo. «Los lelos son los otros, los que no tienen alma para soñar». LorenzoAnabalónpide permisoalosque van recostadosenel piso y, afirmándose en el portaequipaje, cuidando de no pisar los bártulos diseminados por el corredor, se encamina hacia la puerta. En la mitad del coche se encuentra con el pasajero de traje blanco y clavel en el ojal que había visto al embarcarse. Desde entonces que no lo veía. El hombre,
  • 11. sentadoenla mismadisplicente posición de abandono, estirado a todo lo que da su esqueleto, dalaimpresiónde que nohamovidounsolomúsculo en todo el viaje. Al salira lapasarela,un vientosulfurosole dade llenoenel rostro. En el ladoizquierdode la plataforma, sentado en una maleta, un pasajero de sombrero de paja y bigotito mosca, va contemplando la aridez del paisaje con ojos de muerto. Sentada en la pisadera del otro lado, una parejase va besandocon lamismalanguidezylentitud resollante con que en esos momentos el convoy sube otra colina interminable. El tren va directo hacia el poniente y el aire de gusto salobre aún está tibio. Pero él sabe que luego, por la noche, el frío atigrado de la pampa calará hasta los huesitos.Despuésde unratode respirar hondo en la pasarela, cambiando el aire viciadode suspulmones,el acordeonistaarrojaal vientolospapeles rosados de la pitonisa y entra al segundo coche. El ambiente ahí es peor. El coche, atestado igual que el primero, sufre el agravante de que en él viaja una desarrapada tribu de gitanos vocingleros que tienen curco a todo el mundo con su zalagarda de trashumantes. Mientras los hombres juegan a las cartas discutiendo a gritosensu lenguaimpenetrable, los niños saltan enloquecidos sobre sus retobos cochambrosos, y las gitanas más viejas y desgreñadas van cocinando sus mazacotes en un fuego hecho sobre un pequeño trozo de lata puesto en el piso. El baño está más inmundo todavía que el del primer vagón y la hedentina es insoportable. Allá por lo menos las esporádicas oleadas de fraganciade lascajas de hierbasmedicinalesde laquiromántica,alivian un poco el clima. El acordeonista se quiere devolver, pero al final chasca los dedos con resignación y se encamina hacia los otros vagones. En el tercer coche la atmósfera no es mejor. Mientras en un extremoungrupode niñosjuegaa laschapitas,en el otro varios pasajeros rodeana una mujerde rostro compungido que lleva a su hija adolescente enferma de gravedad. En el rostro agostado de la muchacha se nota a simple vista el aura cetrina de los agonizantes. Y pese al humo de los sahumerios que las mujeres del coche le han preparado a la enferma, el hedor del baño trasciende nauseabundo. En el vagón siguiente, el acordeonista se encuentra de sopetón con el ciego que recorre el tren cantando boleros de Julio Jaramillo y vendiendo peinetas de carey. Aquí, mientras la mayoría de la gente va dormitando,enunrincónun grupode hombresconel rostro curtidode los pampinosvajugandoa losdadosy bebiendode una damajuana de quince litrosque sacan de debajo del asiento. Dos de los jugadores tienen trazas de ser tahúres profesionales, de aquellos que acostumbran a viajar en el tren esquilmándoles hasta el último peso de plata a los pasajeros desprevenidos. Nadie hace caso a las canciones del ciego, que anda a los tropezones con los rollos de frazadas y los cajones de fruta amontonados por doquier. El baño es una sentina que repugna hasta la náusea. En el quinto carro, lo que destaca entre el apiñamiento de pasajerosabatidos,esungendarme que trasladaaun presoencadenadoal asiento. El penado, de catadura agreste y gesto torvo, tiene fascinados a losdos hijosde una familia evangélica sentada en el asiento de enfrente. Mientras sus padres entonan jubilosos himnos de alabanza a Dios, los niños no pueden quitar la vista del reo que, con una teatral mueca de ferocidad en su cara patibularia, los mira fijamente, sin pestañear. En el coche hay un olor a viandas revenidas y en el baño, igual de repugnante que losdemás,LorenzoAnabalónse encuentracondos gallinas amarradas de una pata a la tasa higiénica.El acordeonistalas mira desconcertado; las pobres aves tienen sus plumas castellanas estilando de orines. En el sexto coche llama su atención una inmensa matrona de carnes blancas, vestida también enteramente de blanco. Su humanidad casi ocupados asientos.Ypese a que transpira como bestia, y a que en las aletillas de la nariz le negrea visiblemente el hollín del humo de la locomotora, su dignidad y altivez resultan abismantes. Mientras el acordeonista la observa encandilado, alguien le susurra al oído que esa hembra paquidérmica es una meretriz pampina a la que llaman «La Ambulancia».
  • 12. «Si quiere,puedeveniraverlapor la noche»,oye que le dicen. Por el pestilente olor agrio que flota en el ambiente, ni siquiera se asoma al baño.Al salira lasiguiente pasarela,el acordeonistase sienta un rato en la pisadera a respirar aire fresco. Un viejo de barba blanca sentado en la pisadera va devorando un melón con vino blanco. El olor del melón terminapordescomponerlodel todo. Un peldaño de fierro punzándole la paleta le sugiere de pronto la idea que lo hace sonreír de alivio. Se pone rápidamente de pie ycomienzaatreparpor la escalerillahaciael techo del vagón. El movimiento del tren es brusco y al llegar arriba tiene que aferrarse con pies y manos. Con el viento chicoteándole la cara, avanza a gatas hasta el medio de la tablazón. Ahí se da cuenta de que no es el primeroenconcebirlaidea:el techoestásembradode zurullosresecos.Se baja entonces los pantalones y se acuclilla afirmándose lo mejor que puede.Enesosinstantesel trenavanzadirectohaciael incendio bíblico de una monumental puesta de sol. Por sobre su cabeza el penacho de humo de la locomotora flamea negro hacia atrás. De improviso el tren aminora la marcha. Una curva cerrada aparece a menosde cienmetrosde distancia. Entre bamboleos y chirridos de ruedas, el convoy empieza a doblar y Lorenzo Anabalón tiene que afirmarse conambas manospara mantenerel equilibrio.Ahora el sol le ha quedado directamente a su izquierda. Es un sol rojo, grande, redondo. «Parece un disco 33», se dice suspirando. Y cuando, lleno de contentamiento,hacomenzadoasilbaruncorrido mexicano,de esosde la revolución, oye la voz de un niño que grita fuerte: «¡Un hombre va haciendo caca en el techo!» Lorenzo Anabalón vuelve la cabeza sorprendido: a su derecha, luego de doblar la curva, la sombralentadel trenha empezadoarecortarse enel suelo y, ahí, sobre el techodel vagón,su figuraacuclillada se dibuja perfectamente en lo plano de la arena. El árbol plantado a la puerta de Alma Basilia no era pimiento ni algarrobo. En verdad nadie sabía bien qué árbol era. Lo había traído su padre en barco desde Inglaterra, lo había desembarcado en Iquique, lo había trasladado en tren hasta Resurrección y, el día en que ella nació, luego de cavar un hoyo frente a la casa, lo había plantado sin mayores rituales ni ceremonias. El arbolitofue creciendo a la par conAlma Basilia y, a la vez, se fue convirtiendo en su único amigo y compañero de juegos. Tanto así, que hastalo habíabautizado con un nombre de ser humano; Tolentino Floro le había puesto a su árbol. Y siempre que se le preguntaba por qué ese nombre, ni ella misma sabía explicar la razón. Sólo recordaba que lo había bautizado asíal quedarsola,luego de quesu madremuriera de viruela y su padre se entregara por completo al vicio del juego y del alcohol. Y tanto quería a su árbol, que por los tiempos cuando el agua era escasísima en la pampay se repartíacon fichas(unpichel porpersona),muchasveceshabía dejado de lavarse y sufrido de sed por regarlo. Y, entre muchas otras cosas, aquello había influido para que se contaranesashistoriasraras que se contaban en torno a su relación con el árbol. Como, por ejemplo, que el destino del árbol y el de ella estaban ligados de por vida, pues su padre, al plantarlo, había enterrado bajo sus raíces su cordón umbilical; o que, en invierno, la pobre niñita loca le ponía guantes de lana en sus ramas más desnudas y le cantaba. Cuando el árbol sobrepasó el techo de la casa y Alma Basilia, ya convertida en mujer, comenzó a ejercer la profesión más antigua del mundo,entrelosmineros se contabaqueella lo regabacon el agüita de las abluciones profilácticas. También se comentaba entre la gente que Alma Basilia no se había enamorado nunca de ningún hombre porque amaba sólo a su árbol, y que a él dedicaba los valses que tocaba a su piano. «Por sus venas no corre sangre, sino clorofila», decían. Había una cosa, sin embargo, de la que todo el mundo podía dar testimonio conla mano puestaenla Biblia. Y era que cuando ellaviajaba al puerto a comprar los aparejos de su oficio, el árbol parecía amustiarse hasta la agonía. Y a su regreso, apenas ella asomaba en la esquina de la plaza, sin que corriera una brizna de viento, el árbol comenzaba a mover
  • 13. sushojas con la misma alegría con que un perro mueve la cola a la llegada de su amo. Lo otro incuestionable era que el árbol concitaba la admiración de todos los resurrectinos, o «resucitados» como les llamaban en las otras oficinas. Los patizorros, después del almuerzo, antes de volver al cerro, se recostaban bajo su fronda a capear el calor de caldera de la siesta pampina. Incluso la preceptora, los lunes por la mañana, aprovechando que Alma Basilia dormía su agotamiento hasta mediodía, efectuaba sus clases de botánica alrededordelárbol.Sin embargo,los que más gustaban de él eran los enamorados furtivos, que en las noches se amaban al resguardo de su follaje. Se decía que el olor empalagoso de su resina causaba un efecto afrodisíaco en el ánimo de los amantes y, según las malaslenguas,queAlmaBasilia usabaaquellasustanciacomo astringente: de allí que a los hombres siempre les parecía estar forzando estrecheces originales cuando se ocupaban con ella. Como por esos tiempos en los campamentos salitreros estaba prohibido el ingreso de mujeres públicas, el administrador decía que con ella hacía vista gorda nada más porque había sido amigo personal del míster, su padre, antes de que éste se suicidara por deudas de juego. Pero en Resurrección era un secreto a voces que este cabrón, que se creía gringo,quefumabatabaco enpipay usabauncucaleco de safari,la dejaba oficiar tranquila porqueella,que dominabaelarte amatorio como ninguna y sabía complacer sin remilgos cualquier capricho o fantasía erótica, era la única que sabía satisfacerlo en la cama sin echarse a reír de su minúscula pajarilla de niño de pecho. Como el acordeonista se demora en volver, y a la madre de madame Luvertinale urge aliviarlavejiga,lashermanasde tafetánmorado le prestan el tarro de mantequilla Oladina en que ellas despichan entre medio de los asientos. Y, amables y acomedidas, ayudan a la «madame yerbatera» aencarpar con frazadasy toallasa la ancianamientrasse baja y se sube los refajos. Luegode la operación,ytrasarrojar los orines por la ventanilla, la quirománticale arregla el cabello a su madre, le da a beber de la infusión del termo y le renueva el ovillo de lana de su tejido. Después se para a repartir volantes a los pasajeros embarcados en la última parada y a conversar con algunos de los ya conocidos que aún no se han animado a consultarla. Al primero que se acerca es al abuelo de sombrero requintado y bastón de palo santo que viaja con su nieta. Pero el abuelo casi no habla. «Cabritosde miércoles»,esloúnicoque repite entre dientes cada vez que los mellizos de la mujer flaca se van a corretear por su lado. Entonces se dirige a la niña y acariciándole la cabeza le pregunta su nombre. «Flor María de los Cielos», le dice la niña mirándola con desconfianza. Su carita de ángel harapiento parece asustada. Es una niña que no sonríe y que mira cada cosa con asombro original. Conversando amablementeconella,laquirománticase entera de retazos de su vida: es la primera vez que sale de su lugar de nacimiento, un caserío cercano a la cordillera,yeslaprimeravez también que viaja en tren y ve a tanta gente reunida en un solo aposento. Después, madame Luvertina cruza un par de palabras con el comerciante en quesos de cabra que viaja frente al abuelo y la niña. Su mirar alacranadole produce un rechazo inmediato. Sus ojos bizcos brillan libidinosos cuando Flor María de los Cielos muestra sin querer sus redondosmuslosde niñademasiadocrecidaparasu edad. Que además de negociarcon quesos,le dice el hombre,escomerciante también en cortes de género y ropa en general, por si a la señora se le ofrecía alguna cosita; que vende camisas de céfiro, refajos de moletón, sábanas de crea, calzoncillos de tocuyo, corbatas de seda, enaguas caladas, mamelucos de niñoy pañuelosmoqueros.Enunmomento, el individuo le roza el brazo y la quiromántica siente que la piel se le ortiga. «Este hombre es un dañinero»,se dice parasí. Y ocultandoungestode repugnanciase aleja de su lado y se dirige al enano que viaja más atrás. El hombrecito, que posee unagrancabezade toro y luce un rostro lleno de cacarañas, además de tener la manía de tocarse los genitales y
  • 14. luegooliscarse losdedosconfruición,es un hablador impenitente que no ha parado entodoel viaje de entreteneralospasajeroscon suscuentosde trapecistas suicidas enamorados de bailarinas de hielo, de tragasables impávidos que murieron desangrados por haberse clavado una espina de rosa en la yema del dedo, y de bestias amaestradas a las que nunca se consiguióquitarle lapocoprofesional costumbre de manducarse la cabeza cruda de sus domadores«reciénllegadosde Europa». En menos de lo que se demora en pitear el tren, la quiromántica se entera de que el enano viaja al norte en pos de su circo; que por haber sufrido un ataque al corazón,el empresario lo dejó internado en el hospital de un pueblito de más al sur, en donde los médicos lo habían dado por muerto; y que ahora iba al encuentro de sus compañeros de pista a darles la gran sorpresa de sus vidas. Después, sin tomarse ningún respiro, el enano aprovecha la oportunidad que le brinda la adivina y, tras pedirle uno de sus papelitos rosados —ella no había querido darle uno antes—, se pone a contarle la historiaincreíble del CircoInternacional Nelson,suprimer circo, al que, en una de sus giras hacia el norte, mientras «hacían» la oficina salitrera La Patria, un gigantesco remolino de arena lo había sorprendido en plena actuacióny, arrancado lasestacas de cuajo, se lo había llevado inflado por los aires con trapecistas colgando y todo. Cuandologra liberarse de laverbosatelarañadel enano, de vuelta a su asiento, madame Luvertinase detiene a conversar con la señora flaca de la guagua reciénnacida,que tiene que escondera los mellizos cada vez que se aparecen los conductores. La mujer, delgada como una percha, se llama Herminia, y la guagua no se le despega en ningún momento de sus pechos lacios. En verdad la criatura parece tener la voracidad de una sanguijuela. La quiromántica le hace el comentario de manera risueña. «Y eso que nació muerta», dice la mujer. Ante el alzamiento de cejas de madame Luvertina, la mujer cambia de pecho a la guagua y dice lacónica: «Al menos eso dijo la partera». Luego la madame busca con la mirada a la pareja de jóvenes amantes que van al encuentro de su destino. Pero éstos, como lo han hechodurante todo el trayecto, van en la pasarela del coche abrazándose y besándose como dos desahuciados del amor. En su lugar se encuentra con la miradaenfebrecidade lamujervestida de luto que viaja a buscar el cadáver de su hijo. Sentada junto a don Audito, la mujer la mira con expresiónde desvarío.Ensusmanos, además de la carta que está sacando y leyendo a cada momento, ahora lleva una fotografía de su hijo muerto. Por su estado alucinatorio, la quiromántica se da cuenta de que es inútil hablarle.Lamujerllevatodoslosresortesde supena vencidos y no quiere nada con el mundo. Madame Luvertina entonces se dirige a don Audito para preguntarle cómose siente.Pero el empleado de escritorio tampoco está encondicionesde hablar. La cara se le ha hinchado pavorosamente y está que enloquece de dolor de muelas. Su aspecto en verdad es deplorable * * * Cuando en las ventanillas del vagón ha comenzado a anochecer y lospasajerosse preparana pasar otra noche acurrucados ensus asientoso tumbadosenlastablas del piso, o durmiendo encaramados como gallinas sobre el portaequipaje, de pronto, en un estallido de dolor, don Audito vuelca de una patada el brasero que le han puesto a su lado. Llorandoa gritos,el empleado de escritorio pide por favor que le pasen un cartucho de dinamita para arrancarse de una vez por todas ese malditodolor de muelas con intestinos y todo, o sino lo que va a hacer es tirarse ahora mismo a las ruedas del convoy. Que esta ranfañosa vida miserable no vale un cobre vivirla; que sus mejores años los ha perdido encorvadosobre unpringoso escritorio de oficina malgastando su talento de pendolistaenllenarplanillasde tiempoenvezde usarsu bellacaligrafía para escribir acrósticos y romances de amor, que es lo más que me gusta hacer eneste mundo,misseñoraslindas,dice liliquiento, dirigiéndosea las mujeresque lohanidoatendiendosolícitas, tratando de calmarle el dolor a base de remediosy secretos caseros. Las mujeres le han puesto dientes de ajo crudo y cabecitas de fósforos molidas en el cráter de su muela
  • 15. podrida; le han hecho friegas de tabaco con aceite caliente en la mejilla hinchada; le han ayudado a hacer gárgaras con brebajes a base de bicarbonato,aspirinasypolvillos azufrosos, y porque alguien dijo que era lomejorpara un dolorde muelas,hastale hicieron enjuagarse la boca con sorbos de su propia orina amarillenta, tratamiento que él, desesperado hasta la locura, llevó a cabo sin ninguna clase de remilgos. Sin embargo, todas esas pócimas, mejunjes y potingues aplicados contra el dolor, sólo habían conseguidodarle náuseas y dejarle manchado miserablemente su preciosocamisolínde terciopelo.Ni los rezos a santa Apolonia que, según una anciana verrugosa, era la santa que curaba el dolor de muelas, han surtidoefecto.Tampocolapulsera mágica que alguien le confeccionó con un alambrito de cobre para que se pusiera en la muñeca contraria a la mejilla del dolor. Madame Luvertina, que hasta ese momento ha estado ocupada leyéndole las manos a una mujer de labios repolludos embarcada en el pueblo anterior, se conduele del pendolista y le dice que ella le va a preparar una infusión infalible para el dolor de muelas. Pero que lo primero que tiene que hacer es dejar de llorar y quitar ese brasero de su lado. «El brasero envejece», le dice. Y mientraslaastrólogaprepara el brebaje de hierbas,yel enanose encarga de llevarse el brasero lo más lejos posible del enfermo, un pampinoviejo,de cejas hirsutas y largas matas de pelos asomándoles por los agujeros de las narices y las orejas, se pone a contar que él, cuando joven, en la oficina Los Dones, había sufrido unos diabólicos dolores de muelas. Que una noche en su pieza de soltero, la noche más larga y desesperante de su vida, a eso de las tres de la mañana ya no pudo soportar más y, obnubilado de dolor, enloquecido completamente, se levantó de un salto de su litera de fierro, se puso dos pares de medias de fútbol, dos pantalones sobre sus calzoncillos largos, dos camisas sobre la cotona con que dormía y tres chombas de lana gruesa: luego se chantó la coipa de los turnos de noche y se fue a correr a la cancha de fútbol en las afueras de la oficina. Con una desesperación infinita, sintiendo rebotar terrible el dolor contra su cara a cada tranco que daba, dio vueltas y vueltas en torno a la dura cancha de tierra salitrosa. Cuando ya el cuerpo no le daba más de cansancio, jadeando y sudando como una mula de carreta, se devolvióal campamento, llegóala rastra a su camarote,se dejó caer como muertosobre la cama y al otro día despertó sin ningún maldito dolor.Y que en losdías siguientes, dice risueño el pampino viejo, entre la gente de la oficina empezó a cundir el rumor de que el ánima de Alamiro Gutiérrez, el backcentro que un par de semanas antes habían matado de una estocada en el corazón durante una pichanga de fútbol, andaba penando en la cancha. En el momentoen que otro pasajero comienza a contar que en el rancherío donde se había criado, los huasos acudían al sargento de carabineros para solucionar sus problemas dentales, y que este hijo de puta, luego de darles a beber unos tragos de aguardiente, les sacaba las piezasmolaresconunclavo de cuatro pulgadas desinfectado a fuego, don Auditose pone de pie yecha a correr desaforadamentehacia la puerta del coche. Pero lo hace con tan mala suerte que sólo alcanza a dar un par de trancos antes de tropezar con la punta de la caja con pollitos y caer violentamente al piso. Mientras algunos hombres levantan a don Audito y lo retornan a su asiento y tratan de calmarlo con embelecos de niños, las hermanas de tafetán morado, mascullando improperios de pensionistas patizorros, se ponen traste arriba a atrapar a los pollitos que, piando un zafarrancho escandaloso, se han desparramado por debajo de los asientos, a lo largo de todo el coche, produciendo un gran barullo entre los pasajeros. Cuando en la caja con agujeros ya parece no faltar ningún pollito, Flor María de los Cielos se acerca a las señoras vestidas con vestidos brillosos llevando entre sus manos uno de cogote pelado que ha cogido debajode suasiento, yque parece ser el más desvalido de todos. Con voz emocionada la niña les ruega la dejen llevarlo un rato en su regazo para darle calor. Las hermanas acceden enternecidas. Para airear un poco el bochorno de su vergüenza, al bajar del techo del vagón, el acordeonista se había metido a dar una ojeada en el
  • 16. coche siguiente. Ése era en donde por la madrugada había visto subir al grupo de enganchados a las salitreras. Allí,ocupandotodo un sector del coche, se encontró a los futuros pampinos comiéndose un machitún de salmón con cebolla, conversando animadamente entre ellos. Los hombres ya se veían achispados por el alcohol. En el momento en que el acordeonista entró al coche, el enganchadorestabacontandosobre las bondades del trabajo y de lo bien que vivía la gente en la pampa. Mientras los hombres lo oían con la expresión desmandibulada de los borrachos catatónicos, el individuo, fachendoso como todos los enganchadores, hablaba y gesticulaba sonriendo todo el tiempo. El brillo de su diente de oro contrastaba de maneraobscena con la vestimenta pobre del rebaño que arreaba, con los trapos olora humode lasmujeresylas pilchas rotosas de sus pobres hijos malparidos. Uno de los enganchados, que apartado del grupo rasgueaba una guitarra sentado en el piso, al verlo entrar lo saludó efusivamente. Era el mismo que había reconocido desde el vagón. El hombre, de estatura pequeña, de bigotitos recortados a escuadra y una astuta expresión de zorro viejoen su cara risueña, le dijo que si acaso ya no se acordaba de su amigo Rosendo Pérez. «Metemáticamente es un milagro encontrarnos aquí, ganchito»,le dijo. Después le ofreció vino en un jarro y le susurró al oído que el enganchador alicurco estaba completamente convencido de que ninguno del grupo sabía a la clase de infierno que los llevaba. «Se las quiere fungir de listo el fuñique éste», dijo. «¿Y a qué oficina los lleva?», le preguntó el acordeonista. «A la oficina Encarnación. Vamos a trabajar como derripiadores. El languciento éste nosabe que yo trabajé enlos cachuchosy ahí viene contandocuentos sobre que el trabajo no es nada del otro mundo, cuando usted y yo, gancho, sabemos que trabajar como derripiador en la pampa es metemáticamente como ser forzado en otro planeta; que pese a los callaposcosidosunos sobre otros en los calamorros y a todos los pares de medias de lana que uno se chanta, igual el calor quema los pies y los ampolla que es un gusto. Por no decir nada de los pobrecitos que se caen dentro de esas bateas infernales y metemáticamente se cuecen vivos en ese caldito de salitre fundido». Mientrasbebíany conversaban,lamuletilla «metemáticamente», mal dicha y peor empleada por el guitarrista, le corroboró a Lorenzo Anabalón que sin duda alguna se trataba del mismo individuo que había conocido en los salones de la filarmónica de la oficina Iris, y del que se decía que había muerto al caer a los cachuchos. Cuando el acordeonista le dijo que andaba con su instrumento, Rosendo Pérez lo instó a que fuera a buscarlo enseguida, que la fiestoca iba para largo, pues Pancho Carroza, que era como se llamaba el enganchador, había comprado vino como para regar un potrero. Que el muy cabrón, dijo en voz alta, sin importarle que el otro lo oyera, quería emborracharlosatodospara que al desembarcarenla pampano se dieran cuenta del infiernito al que llegaban. Cuando Lorenzo Anabalón aparece en la puerta del primer coche, el anochecerya ha comenzadoaadherirse alas ventanillascomo un tenue velo de viuda. El coche le parece mucho más atestado de gente y de bultos. Madame Luvertina, en su rincón privado, a la luz roja del último rescoldo del crepúsculo, le va leyendo las manos a una mujer de rebozo. Mientras pasa revista a los pasajeros nuevos embarcados en la última estación (entre las caras de muertos añosos de los pasajeros veteranos, los nuevos se reconocían por su rebosante cara de finados recientes),el acordeonistase sorprendede veradon Audito, despatarrado junto a la mujer de luto, durmiendo borracho como tagua. El pendolista, desesperado de dolor, pues hasta el brebaje de la madame había fallado,nose sabía de dónde había conseguido una botella de aguardiente y tras beberse la mitad de una sola gargantada, pidió por favor que le convidaran un cigarrillo. Alguien le alargó un Particular. Con una lucecitaluciferinarefulgiéndole en sus ojos de sapo, don Audito sacó una caja de fósforos de un bolsillo de su vestón y lo encendió tiritando. Como no había fumado nunca en su vida —«esto tiene sabor a bosta de vacas» rezongó—, lo picante del humo lo hizo toser y lagrimear como a una delicada actriz de vodevil. Luego miró el cigarrillo como se miraría un
  • 17. instrumentoquirúrgicoy,sintemblarleel pulso,se lointrodujo encendido en la taza de la muela podrida. El cigarrillo chirrió dentro de la boca y don Audito, sintiendo un espasmo neurálgico casi voluptuoso, se lo mantuvo hasta que se apagó con la saliva. Luego le cortó la punta mojada, lo encendióde nuevoyse lovolvióaponerenla muela.«Tengoque matar el nervio», repetía en un tonito vesánico. Siete veces repitió la salvaje operación hasta que cayó contra el respaldo del asiento, completamente aturdido. Con toda la parsimonia del mundo, Lorenzo Anabalón se pone su paletó a cuadros, luego saca una linterna de su maleta y después se cruza el acordeón al pecho. Mientras se acomoda cuidadosamente los tirantes, no dejade observar a madame Luvertina por sobre la cabeza de su madre (la anciana, con su canónico tejido descansando en su falda, va mordisqueandounpequeñotrozode quesillode higoconmovimientos de lauchita enferma). En esos momentos, la quiromántica le va diciendo a la mujer del rebozo que para llegar a ser mariposa en esta vida, primero había que cumplir la etapa de ser oruga y, arrastrándose por la tierra, aprender a sobrevivir a la depredación de toda clase de insectos, pájaros rapaces y alimañas hambrientas; después, convertida en una desvalida crisálida,tiradaporahí a la buenade Dios,había que tener la fe y la fuerza suficientepararesistirlosembatesdelvientoylos rigores de las lluvias de invierno;yque reciénentonces,al final del ciclo,se eradignode desplegar un par de alas de coloresy,convertida en mariposa, volar luminosamente por sobre las penas y las adversidades del mundo. Con el labio inferior flojo y los ojos nublados, la mujer le bebe las palabras con arrobamiento casi infantil. «A eso es lo que yo llamo hablar poquito y mear clarito», dice emocionada. Al percatarse de la presencia de Lorenzo Anabalón, madame Luvertina deja de mirarle la mano a la mujer y, dirigiéndose a él, le dice que se fije un poco qué cosa tan rara, que a la señora ahí presente, que viaja en el cuarto coche del tren, el viento le había llevado uno de sus volantes por la ventanilla. «Alguno que tenía la pura cara de soñador y arrojó el papel al viento», dice sonriendo el acordeonista. «Lo mismitoque pensábamosnosotras»,acotalamujerde rebozo. «¿Y cómo están los otros baños?», le pregunta en un tono irónico la quiromántica, al darse cuenta de que el acordeonista viene un tanto ebrioso. «Peorque letrinasde campo».Madame Luvertina sonríe. A ella le encantan los machos alegres, achispados, sobre todo si son personudos como el músico del acordeón. Cuando se pone de pie y le ofrece un quesillo de higo, su aliento licoroso le causa un leve estremecimiento de lascivia. Después le pregunta, sólo por preguntarle algo, que si acaso el tren va todo lleno. «Repleto», contesta él, acomodándose el acordeón al pecho. «Y, además, en el tercer vagón tenemos un velorio». Y, tras hacerle una pequeña reverencia, sale de vuelta hacia el vagón de los enganchados. Al pasar por el tercer coche, convertido ahora en una triste capilla mortuoria,LorenzoAnabalónsiente unasúbitavergüenza de su estado de intemperancia. Su fiestero acordeón rojo cruzado al pecho le parece sacrílego. Al venir en busca de su instrumento se había encontrado con que la niña que viera enferma al pasar la primera vez acababa de morir, y un gran desconcierto reinaba entre los pasajeros del vagón. En medio de la llanteríageneral,lasmujeresmásviejas,lasmásduchasenlosmenesteres de la muerte, habían tendido a la niña de manera que su cuerpo formara una cruz con respecto al tren; le habían cruzado las manos sobre el pecho y, luego de hacer aparecer unas palmatorias, le habían encendido cuatro velas fúnebres para comenzar a velarla. Él se había quedado largo rato en el interior del coche, hipnotizado por el olor y los ajetreos de la muerte. Ahora,mientraslamadre de la muchachamuertagimoteaquedito junto al cadáver de su hija, y las demás mujeres a su alrededor, transformadasenimpenitenteslloraduelos,abejorreanunpadrenuestroal
  • 18. compásdoliente del tren,LorenzoAnabalón,apesadumbrado, se persigna levemente y cruza rápido hacia la otra puerta. Había que vercómo eranlas cosasde lavida. En su primera venida a la pampa, cuando el viaje era todavía más penoso que ahora, le había tocado asistiral nacimientode una criatura en el coche en que viajaba, un varoncito que a la primera palmada comenzó a llorar como un berraco y que pesóunascuantas rayitasmás de loscuatro kilos(lo habían pesado en la pesa de gancho de un comerciante de charqui). Y ahí mismo, en medio de la alegríade lospasajeros, mientras la criatura no dejaba de berrear, la habían bautizado con el noble nombre de Juanito Treno. Juanito en homenaje al maquinista que tuvo la deferencia de parar el tren en medio del desiertomientras duraba el alumbramiento. Y Treno por haber nacido en un tren, el lugar menos apropiado para venir a este valle de lágrimas según el conductor al que se le ocurrió el nombre. «Especialmente en éste», dijo, «el tren del desierto más duro del mundo». Y ahora justoteníaque tocarle un velorio,se dice ensimismado el acordeonistamientrascruzalosdemás vagones. El olor a cera derretida le trae el recuerdode lamuerte de suspadres.Él era unpenecade once años cuandoen una carrera de caballos a la chilena vio morir a su padre en una caída fatal. Y treinta días después, consumida por la pena y el desaliento de no vermás a suhombre esculpidoen su montura huasa, vio apagarse a su pobre madre convertida en un lánguido atadito de huesos. La tristeza de Lorenzo Anabalón se esfuma como por encanto al llegar al coche en donde los enganchados van en plena parranda. En su ausencia, el ciego de las peinetas se ha incorporado a la fiesta y en esos momentos, con su vocecita de cordero agonizante, acompañado por la guitarra de Rosendo Pérez, está cantando «si tú mueres primero yo te prometoque escribiré lahistoriade nuestroamor»,ese sentido bolero de amor más allá de la muerte que a Lorenzo Anabalón le trae el recuerdo incorrupto de Uberlinda Linares; aquella mujer de besos hondos y brazos largosque llenaba el mundo con su presencia y su alegría empavesada de banderas.UberlindaLinares.Uva,comolallamabaél cariñosamente entre sus amigos. Uvalinda, como le decía en la intimidad de su dormitorio. Ubrelinda como le susurraba al oído cada vez que se amaban como dos locos desatados en el desorden espeso de una cama tirada en el suelo, y ella resplandecía toda, como una bestia sagrada. Es la hora del ángelus. En la plaza, la retreta está por comenzar y, desde el fondode la calle, con la noche de la pampa inmensándose sobre sus espaldas, aparece la solitaria figura del viejo Leoncio Santos. Los dosperros que lo acompañan — tan silenciosos y fantasmales como él— no se apartan más allá de la redondela amarilla que va demarcandosuantigualámpara de carburo. El juegode oro y sombras que al balanceode supaso lentoproduce el fulgor de la llama, afuera aún más su tétricobultode ánima en pena. La calle por donde avanza, adyacente a la pequeñaplazade piedra,es lamásancha y principal de las tres calles de tierraque conformanla oficina.Enellaestánlafonda,el billar,el biógrafo, el sindicato de obreros y la pulpería. A esas horas una alborozada muchedumbre de mujeres emperifolladas, hombres elegantosos y niños vestidos de marineros ha empezadoaconfluir en la calle, atraída por la fiesta en la plaza. El aura de los trajes nuevos y la expresión jubilosa de los paseantes contrasta violentamenteconlavestimentadel viejoyel lastimoso encaje de su cara. A una de esas requemadas flores de papel que adornan las tumbas de los perdidos cementerios del desierto se asemeja el encarrujado rostro de Leoncio Santos. El rebullicio y la algarabía reinantes en el ambiente no alcanzan a mellarunápice su infinitaexpresiónausente. Sus ojos no reflejan el brillo de las luces. Y la multitud reunida en torno al quiosco de la música y derramada a lo ancho de la calle, tampoco repara en él. Nadie allí parece percatarse de su presencia de aparecido ni de sus famélicos perros que alzan las orejas inquietos y lastimeros. La exigua luz de su lamparita extravagante empalidece ante lasllamaradasde salnatrónencendido en la
  • 19. cima de la torta de ripios, cuyos resplandores incandescentes hacen fulgurar el campamento con una rara claridad de alucinación. A su paso los enamorados lánguidos siguen besándose como si estuviesen solos en el mundo; los niños de azul marino y las niñas de rumorosa organza siguen jugando al «corre la llave, corre el candado», como si fuera lo más importante de sus vidas. Las viejas vendedoras desdentadas,unpoco más allá, con sus albísimos delantales reflejando la fantasmagórica luz de las fogatas, continúan voceando impávidas, casi al alcance de su oreja, los algodones de azúcar, los remolinos de papel y los globos de brillo asonambulado. Al llegara la alturadel sindicatode obreros,el viejoLeoncioSantos se detiene,girahaciael local arrastrandoapenasel pesode sus calamorros mineros y alza su lámpara por sobre el marco de una ventana. Tras una displicente inspección al interior enarcando su cogote fláccido, retoma su paseo de sereno con un dejo tardo, como si la eternidad del tiempo le perteneciera por completo. Un poco más allá se para y se pone a orinar. Con unresignadogestode ángel estreñidoorinalargamente, dulcemente, ecuménicamente. Después se acuclilla como los niños jugando a las bolitas, posa su lámpara en tierra y hace girar la mariposa de bronce para calibrar el grosor de su llamita amarilla. A su derecha, colmando el rectángulo de la plaza profusamente iluminada, el gentío aguarda el inicio de la retreta. Mientras tanto, en los altos del quiosco, embriagados de alcohol como siempre, los músicos afinansusinstrumentosconunaparsimoniadesesperante. El fulgor de las luces relumbra espectral en el brillo de los bronces. Sin siquiera mirar hacia la plaza, encerrado siempre entre el paréntesisde susdosperrosmudos,el viejosigue su camino por la vereda del costado de la pulpería hacia el otro extremo del campamento. Mientrassu siluetase vaperdiendocalleabajo,lacandelillade espanto de su lámparaparece desvanecerseenlassombras de la noche al conjuro del valse que, a sus espaldas, ya ha comenzado a tocar el orfeón local. Allá, al final de la calle, solitaria en su torre, fuera del alcance del bullicioydel fulgorde laslucesmundanales,se alza la aislada arquitectura de la iglesia. Su ancho arco de entrada, como debiera ser en todas las iglesiasdel mundo,carece de puertas.Adentrolaoscuridad es absoluta. El viejo deja a sus animales echados afuera y penetra sigiloso, no sin antes inclinarse y hacer la señal de la cruz. Desde que se quedara solo en la oficina,haidoadquiriendounrespetoreverencialporese recinto sagrado. Además, fue allí donde una tarde de nubes arreboladas se había casado ante el altar mayor con la mujer que le trastoca la vida para siempre. Al entrar al templo, las tinieblas de la nave se arrinconan como almas asustadas al conjuro de la llama de su lámpara. Jadeante, pero con la familiaridad eclesiástica de un longevo cura párroco, Leoncio Santos sube uno a uno los gastados escalones del campanario. Desde las alturas de la torre se domina todo el perímetro del campamento. A su derecha, como el colosal cascode un barco encallado,negrea lagran torta de ripios. A su izquierda las oxidadas estructuras de la maestranza duermen su titánicosuelode fierrosybigorniascrujientes.La noche en el mundo ya es cerrada y un silencio táctil, denso como el tejido de su raída manta de Castilla, late sensible en sus oídos. De alguna manera el viejo siente que ese silencio, el de la torre del campanario, cala más hondo que todos los silencios por él conocidos. Ni el silencio de las sepulturas del olvidado cementerio de la oficina le duele tan adentro. De pronto, laestelade una estrella fugaz raya la negrura del cielo. Su mirada la sigue con indiferencia maquinal. En verdad él ya no tiene ningún deseo que pedir; los muertos no desean nada y él se olvidó de la vidahace tiempo;se olvidóenel momento justo en que una mujer de risa cascabeleraloabandonarapara volverse al sur con un hombre mucho más joven que él. Ya no se acordaba cuántos años hacía de aquello; sólo que cuando la oficina apagó sus humos y todo el mundo se fue llorando, él se ofreció para quedarse a cuidar esas casas vacías como si fueran los
  • 20. dolorososescombrosde supropiavida.Se quedóporque enel fondode su almapresintióque,se fueraadónde se fuera,lavidasin esa mujer no sería vida,enningunaparte del mundo.Se quedóavivirsoloentre esoscascajos de pueblo fantasma porque en un recoveco de su corazón mantenía encendida la llamita de la esperanza —calibrada cada día por su amor inmarcesible—,de que algunatarde de nubesarreboladasella iba a volver arrepentida y llorando de amor a sus brazos. La estrellafugaz,o el cohete de fiesta —el ruido y las visiones de ánimas penando en el campamento resultaban a veces tan reales— va a caer oblicuamenteporel ladode laestacióndel ferrocarril.LeoncioSantos, entonces, otrora el patizorro más bueno para darle al cerro, el más respetadoenel mesónde lafonda,el que llevabaapegada a la pretina a la mujermáslindadel campamento, recuerdaque mañanaesdía de tren. Día de tren madrecita mía. A lo mejor mañana llega; a lo mejor mañana regresa a su lado en ese mismo tren en que se fuera aquel maldito miércoles 4 de enero marcado para siempre con una cruz roja en el viejo calendario que aún conserva en su covacha. Y es que para él no cabe ninguna duda de que ella, algún día, en ese mismo tren en que se fue, tendráque regresara su lado.Y ese día muy bien podría ser mañana, claro que sí. Mañana podría bajardel trenla señoraUberlindaLinaresde Santos, su esposa legítima, el amor de su vida, la única mujer que él amó y que amará por siempre en éste y en cualquier otro carajo mundo de Dios. La locomotora avanza chisporroteante en la boreal noche del desierto. Las partículas encendidas van dejando una estela luminosa semejante a la cola de los cometas que cruzan por los cielos, ahítos de estrellasextinguidas. Al pasar como una visión fantasmal iluminando con su farol esos perdidos pueblos de adobes —más pequeños que la luna llena—,susilbatoprofundoresuenaen la noche lo mismo que el lamento de un dios olvidado. Su fragor de maestranza rodante corta en dos el sueñode losdormidos,dejandoensuscorazonesun ferruginoso rastro de recuerdos viejos. Son 142 las estaciones que remece a su paso el tren del norte a través de los 1800 kilómetros de recorrido por lo más áspero de la patria. Por la ventanilla de Flor María de los Cielos el paisaje nocturno clareasonámbulobajoel fulgorde laluna. Con la cara pegada al vidrio y el pollito dormido en su regazo, la niña va contemplando ese redondo milagro de luz en cuya circunferencia se ve claramente la figura del burro evangélicocargandoensulomoal niñito Dios recién nacido. Por lo menos esole decía su madre que eran esas manchas oscuras de la luna, allá en la noche del campo,mientrasle enseñabaarezar el Padre nuestro que estás enloscielos y el Ave María, madre de Dios, ruega por nosotros; rezos que ahora, en el coche todo a oscuras, ha comenzado a recitar despacito, moviendo los puros labios. El caballero de los quesos le había explicado a su abuelo que después del segundo día de viaje los coches empiezan a quedarse a oscuras uno tras otro. «Comienzan a fallar los dínamos», le había dicho el hombre. Su coche había sido uno de los primeros en quedar sin luz. Cuandoenlas curvas el trense doblacomo un largogusanode choclo, Flor María de losCielossólodivisailuminadaslasventanillas del segundo y del séptimo vagón del convoy. A esas horas de la noche ya todo el mundo parece dormir y Flor María de los Cielos empieza a sentir miedo. No tanto por la atmósfera espectral del coche,sinoporque hace un rato se ha enterado de que en el tren se ha muerto una niña de su misma edad. Y más encima, ahora, mientras su abuelo dormita con la barbilla apoyada en su bastón de palo santo, el vendedorde quesosde cabra,sentadofrente aellos,de nuevoha comenzado a contar esas miedosuras que ha venido contando durante todo el viaje, casos de aparecidos que entenebrecen todavía más la penumbra del coche y le hacen piar con más fuerza su corazón de pollito asustado. Embozado en su negro poncho de Castilla, su hálito oliendo fuertemente a queso avinagrado, el comerciante le cuenta sobre un conductor que murió arrollado por el tren al caer de una pasarela, justito
  • 21. unos kilómetros más adelante de donde iban cruzando ahora mismo. Mirándola fijamente con sus ojos extraviados, el hombre le dice en voz baja que enlasnoches,al pasarel tren por el lugar en que quedó la oscura mancha de sangre, el ánima del conductor se subía a los trenes de pasajeros y como un tétrico bulto negro recorría uno a uno los vagones asustandoa la gente.Que pornada del mundohabía que tratar de mirar al ánima.Que una vezun pasajero,dándoselas de zamacuco, había tenido la osadía de mirar el bulto de frente y lo que vio lo espantó de tal manera que ahí mismo,y enel mismo instante, el pelo se le puso blanco y un hilo de baba interminable comenzó a caer de su boca idiotizada. Que al pasar por ese lugar,le dice con laspupilasbrillosasel caballero de los quesos de cabra, ella tenía que cubrirse toda entera, hasta la misma cabeza, y cerrar los ojos. Y sintiera lo que sintiera, no hacer ni decir nada, ni siquiera respirar. Que ése era el único modo de que el ánima del conductor se volviera tranquila al purgatorio de donde venía. Acunados por el duro traqueteo del tren, los apeñuscados pasajerosdel primervagónparecendormirtodosel sueñode la muerte. El únicoque se ve despiertoyque nose cansa de moverse ensuasiento, Flor María de los Cielos se viene fijando hace rato, es el caballero enanito buenopara conversar.Losotros que al parecer no piensan dormir en toda la noche sonesosjóvenesenamoradosque no dejan de besarse y hacerse arrumacos de palomos nuevos. Ella los ha visto entrar y salir a cada rato hacia la plataforma, siempre juntitamente abrazados y mordiéndose las orejas. Como ya comienza a hacer frío, Flor María de los Cielos le acomodaun ponchobolivianoenlaspiernasa su abuelo que, sentado con la cabeza caída hacia atrás y la boca enteramente abierta, duerme como un bendito.Acurrucadoensuasiento, bajosu negro poncho de Castilla, el caballero de los quesos de cabra también se ha dormido. «Menos mal», piensaFlorMaría de losCielos.Yes que para ellaeste caballeroque parece un murciélago gigante bajo su poncho negro tiene «mala baba», como acostumbra a decir su abuelo de las personas que le caen mal. Antes de tenderse a dormir también ella, Flor María de los Cielos saca una canasta de debajo del asiento. De entre paquetes de harina tostaday frascos de miel de abejas,extrae un trozo de tortilla de rescoldo y, haciendo un leve roznido de roedor, comienza a comérsela apuradita. Después se acomoda en el piso tratando de hacer el menor ruido posible (por Diosito santo no vaya a despertar el caballero de los quesos y de nuevole dé por contar miedosidades).Acurrucadaenposición fetal, luego de rezar el último Avemaría, se persigna rapidito y se echa la frazada encima, cubriéndose hasta la mollera. Con lapiel todaespeluznada,perosincerrarlosojos —lasensación de miedo siempre le ha producido una especie de delectación en el vientre—,FlorMaría de losCielosse queda vigilante debajo de la frazada, con todos sus sentidos alertas. Desde pequeña le ha tenido terror a las penadurías de ánimas. Escuchando el latir de su propio corazón asustado que suena igualito que el reloj de plata de su abuelo, y acariciando suavemente el plumaje del pollito palpitándole tibio entre sus manos, la niña no se da cuenta cuando sucumbe al cansancio y, al meneo del crujiente vagónde madera,se quedaprofundamente dormidaenladureza de las tablas. Flor María de los Cielos despierta de golpe. Algo, un bulto grande como un animal pezuñero, se ha metido debajo de su frazada. El bombeo de su corazón se le detiene de golpe. Apegado por detrás a su cuerpo, el bulto comienza a tantearla por todos ladoscon dosmanos grandesyásperas.Flor María de los Cielos empieza a transpirar. Los versos del Padrenuestro y los del Avemaría se le trastocan ensu mente comoesosenredijosde líneas de trenes que ha visto al pasar en los patios de las estaciones. Cuando, tras subirle las polleras hasta la cara, el ánima comienzaahacerle lacochinada acezando como una bestia; desde el vértigonebulosode sumiedo,Flor María de los Cielos oye que el pollito pía desesperadamente entre sus manos. Cuando al final el ánima del conductor, entre resuellos de anciano asmático, y como llorando un convulsollantito de perro, la deja en paz y vuelve sigiloso a su lugar en el purgatorio, Flor María de los Cielos, siempre debajo de la frazada, siente que el pollito ya no late entre sus manos. Compungida, pasándose el
  • 22. plumaje del cuerpecito por sus mejillas caldeadas, se suelta a llorar en silencio un desconsolado llanto de amargura. Y es que ha sido sólo por su culpa, se recrimina llorando; por culpa de su puro miedo que apretujó al pollitohastacausarle la muerte. No había sido a causa de lo que le hizo el ánima, pues su padrastro allá en el rancho del sur, desde antes de que muriera su madre, cada vez que bajaba con sus animales desde la cordillera, era mucho más brutal en sus cochinadas de lo que había sido ahora el pobrecito espíritu del conductor arrollado por el tren. Mientrasel convoyvadeaun conjuntode cerros afantasmados por el claror de la luna, madame Luvertina deja que su madre se recueste de lado, ocupando todo el asiento, y ella se cambia al puesto de Lorenzo Anabalón,juntoal estuche vacíode su instrumento.Lanoche yaes altay la quiromántica no puede dormir pensando en el acordeonista. Siempre le han gustadoloshombresfrescachones de ánimo, y ese músico del carajo, con su voz abemolada y su cuerpo alentoso, la trastorna y le alborota el corazón como a una pánfila niñita de quince años. De pronto, el silenciotrapaleante delcoche en penumbras es roto por la escandalera de las hermanas de tafetán morado que han sorprendidoadosgitanosjóvenestrabucándole losbolsillos a don Audito. Semidormidas,se hanpuestoapedirsocorroy a chillaratodo pulmón que han entrado ladrones a la casa. Ante la histeria de las mujeres, que gritan como si las estuvieran degollando, se enciendenlucesde linternas y llamas de fósforos a lo largo de todo el coche. Y, en medio de improperios y blasfemias de calicheras, varios hombres se paran echando mano a sus cinturones y los gitanos huyenprecipitadamente tropezando y pisoteando a la hilera de pasajeros recostadosenel pasillo.Unade lashermanasde tafetán morado, sin dejar de gritar, alcanzaa darle unauñarada enel rostro al gitanomás joven, que algo brillante lleva en una mano suciamente vendada. Don Audito, en tanto, sin darse cuenta de nada, sigue durmiendo su aturdimientoapoyadoen el hombro de la señora de luto que, uncida a su tristeza,nohace más que mirar a todos con ojos erráticos y apretujar la carta contra su pecho, sin decir absolutamente nada. Cuando ya la calma ha vuelto al coche y madame Luvertina está ayudando a hacer dormir a algunos niños que se despertaron llorando dentro de sus canastas, desde el fondo del coche una anciana reclama compungida que le falta un bulto del equipaje. Encendiendo de nuevo linternas y fósforos, todo el mundo se pone de cabeza a revisar sus retobos.Una pasajeradespiertaasacudonesadonAuditoy,tras explicarle lo sucedido, le dice que se revise los bolsillos por si le falta alguna pertenencia;que esosgitanosharapientosnodejande robar ni en sueños. «Si llego a agarrar a un gitano de ésos, lo dejo cantando como soprano», dice una de las hermanas de tafetán morado. «¿Cómo es eso?», le pregunta risueña la quiromántica. «Que lo capa a uña, pues, mi señora», responde presta la otra hermana. Alguiendice conbroncaque lo que habría que hacer de inmediato esir al coche en donde viajanlosgitanossalteadores a reclamar sus cosas. Don Audito, ya despierto del todo, tras haber corroborado de que sólo le faltael reloj y la leontina de plata, tercia para decir que ir a meterse a esa ladroneraesalgosumamente peligroso.Que los gitanos, dice en tono casi declamatorio,pueslohaleídoenlosromanceros españoles, aparte de ser cortabolsas y descuideros, si no llevan puñales al cinto, seguramente esconden un par de pistolas con cacha labrada en plata. «Pero a usted le robaron el reloj, pues, mi señor», le dice una mujer de labios morrudos. «Y qué»,dice donAudito, congestodespectivo.Yaclara enseguida que el cochinoreloj se lohabían regaladolosbuitresde laCompañíael año pasado, al cumplir cuarenta años de servicio, como le llamaban ahora a la esclavitud. Luego, como dándose cuenta de pronto, agrega casi gritando de alegría que lo más importante para él en esos momentos es que ya no siente ningún maldito dolor de muelas. «Todo lo demás que pase en el mundo me importa una bicoca», remata eufórico. El joven Amable Marcelino y su novia Zenobia Castillo, a quienes poco antes de la batahola el frío había hecho entrar desde la pasarela
  • 23. donde se iban amando a la luz de la luna, opinan, siempre abrazados y haciendo castañetear los dientes, que lo mejor sería ir a buscar a un conductor. El enano se para prestamente sobre su asiento y, levantando una mano, se ofrece de voluntario. Antes de salir moviendo a todo dar sus piernecitas arqueadas, el enano,sintiéndoseconvertidoenunpequeñohéroede película de acción, se pone un paletó con botones dorados que casi le llega a los tobillos, se ciñe un par de guantes de lana para el frío y luego se chanta un pasamontañas de minero. «El pasamontañas es para que los gitanos no me reconozcan», dice en tono grave. Con una vela encendida en una mano, afirmándose de donde puede, madame Luvertina recorre el coche tratando de apaciguarles el ánimoa lospasajerosalborotados.Despuésde ayudara laseñoraflaca con uno de los mellizos que le tiene terror a la oscuridad (la quiromántica recomienda colgarle un colmillo de lobo en el pecho; que además de eliminarle los terrores nocturnos, dice, aquel talismán le hará salir una dentición mucho más firme al niño), se acerca al lugar donde viaja Flor María de losCielos.Laniña,ovilladaenel pisoalos pies de su abuelo, que no ha despertado ni al barullo de los gitanos, va llorando inconsolablemente debajo de su frazada. La quiromántica se arrodilla a destaparle la cara y le pregunta en tono maternal que cuál es la causa de tan amargo llanto. Flor María de los Cielos saca las manos de debajo de la frazada y le muestra el montoncito de plumas amarillas. «Lo maté», dice sin parar de llorar. «Seguro que se murió de frío», le dice madame Luvertina. «No, lo apretujé con mis manos». «Debe de haber sido sin querer». «Fue culpa del miedo». «Y de qué tenías miedo, mi tesoro», pregunta madame Luvertina acariciándole el pelo. «Es que el caballero comerciante venía contando cosas de aparecidos y mientras dormía me vinieron a penar», dice la niña. A madame Luvertina se le encapota el rostro en un gesto de ira y busca con la mirada a su alrededor. El comerciante de quesos de cabra no se ve por ningún lado y su equipaje ha desaparecido. Mientras el abuelo se endereza en su asiento y comienza a toser una tosseca, bronquial,hastacasi el ahogo,laniñase sientaen el piso y le pregunta a madame Luvertina si acaso los pollitos se van al cielo. «Claro que sí, hija mía», dice convencida la quiromántica, viendo que el viejodel bastónde palo santo ha despertado del todo y la mira con reconcomio. «Cuandolotenía vivoentre mismanosme parecía estar abrigando el polluelo de un ángel», dice la niña. «Los ángeles son criaturas celestiales», dice madame Luvertina. «Y son tan hermosos como tú». «Nocreo que seantan rodilludos como yo», dice la niña. Madame Luvertina sonríe. En la carita pálida de Flor María de los Cielos, sin embargo, no despunta ni un amago de sonrisa. Cuando la niña, con la cabeza apoyada en el pecho de madame Luvertina, hace rato que ha dejado de llorar, el tren llega a una estación perdida en la noche. Por las ventanillas del vagón se asoman soñolientos ángeles vestidos de blanco voceando lánguidamente sus mercancías. Vendendulces empolvados y tecito caliente en botellas de bilz. Madame Luvertina le compra un paquete de dulces y le convida una taza de la infusión de su termo escocés. La niña tirita de frío. Juntoa ellas,suabuelo,ya despabilado, no hace más que mirarlas sindecirnada. En el pellejoacecinadode su rostro, sus ojillos vidriosos no hacen sino parpadear como lagartijas en la penumbra. La quiromántica, luegode posarun besoenla frente de laniña,y de abrocharle los botones de su chalequina, se retira a su asiento. Flor María de los Cielos le ofrece un pedazo de dulce a su abuelo. El ancianohace ungestonegativo.Susojosestánnubladosde lágrimas.No
  • 24. por él, sino por su nieta. Y es que en su interior siente que si matar a un hombre escosa tremendaparacualquier cristiano, aunque la víctima se lo mereciera largamente (y el bestia del padrastro de la niña, que a estas horas debe estar achicharrándose en el infierno, se lo merecía con yapa), para el frágil espíritu de la pobrecita niña el haber visto cometer esa muerte debe de significarle una carga terrible. La estación perdida en la noche se llama Chacritas. En su descubierto andén de madera sólo tres pasajeros esperan el tren. Tres hombres desastrados y ateridos de frío que se embarcan en el vagón del medio, uno de los dos, de todo el convoy, que va iluminado. Cuando se abre la puerta del coche, todo el mundo adentro se quedaboquiabiertoconlaaparición.Consus jarrosde vinoen la mano, los enganchados miran absortos a ese hombre de túnica y barba de profeta a mal traer que,recortadoenla puerta,enmediode sus dos acompañantes, escudriña a los pasajeros con la dulzura de un pastor ante un piño de ovejas perdidas. Es el Cristo de Elqui en persona. LorenzoAnabalón, Rosendo Pérez y Benito de la Rosa, el ciego de las peinetas, que en esos momentos comenzaban a cantar Lujuria, dejan de pulsar sus instrumentos y apagan sus voces como a un toque encantatorio. El Cristo de Elqui los mira con benevolencia. Los dos individuos que loacompañan se ven tan flacos y desharrapados como él mismo. Uno es alto como la puerta del coche y sus ademanes tardos tienen algo de equinoenfermo.El otro es un patizambo de brazos largos, de complexión nervuda y una inquietante mirada de orate. Los tres aparecidos, azulados por el frío intenso, semejan una verdadera estantigua en la puerta del coche. La túnica de color carmelita del Cristo de Elqui no tiene nada de inconsútil;completamentepercudidaporlasinclemencias de una vida a la intemperie, se nota cosida cien veces por manos no muy prácticas en el oficio.Sushumanassandalias,hechasde lagomade un neumáticode Ford T, ya se desbaratan de ajadas y cascarrientas. Su negra barba doctrinaria y sus largas crenchas sebosas, a vuelo de pájaro se nota que desde hace mucho tiempo no se crinan. Tras laprimeraimpresión, y después de que el Cristo de Elqui los saludara hermaneándolos benignamente a todos, los futuros salitreros, borrachosos y exaltados de ánimo, invitan a los recién embarcados a compartir un trago de amistad con ellos. El Cristo de Elqui, en un gesto eucarístico, sólo les acepta una rápida gorgorotada de vino rojo. «Nada más para recalentar el armazón del cuerpo», dice. Y aclara enseguidaque el volcánde suespíritucristianononecesitade talesfuegos mundanales para permanecer activo y humeante. Sus apóstoles, en cambio, dos campesinos sin trabajo que hace solamente un par de meses se han endevotado con él, vacían los respectivosjarrosde aluminiode unsoloenviónperentorio. «Éstos beben como empampados», bromea uno de los hombres sentado junto al enganchador, uno que luce una gran cicatriz en la mejilla. Luego de los primeros escarceos de confianza con los recién aparecidos,RosendoPérez le pregunta al más alto de los apóstoles que si los caballeros van también a la pampa en busca de trabajo. Éste se lo queda mirando fijo, como escudriñando alguna intención oculta en la pregunta del gentil de la guitarra. Y cuando, con el índice en ristre, se apresta a contestarle con un versículo de la Biblia, el otro apóstol más bajito, comotocado por el resorte de lagracia divina,le quitala palabra de la boca y, llameantes sus ojos de loco, bajo el beneplácito de su maestro que lo mira envolviéndolo en un dulce gesto paternoso, le dice, como repitiendo una lección arduamente aprendida, que no, mi querido hermano,que noibana lapampa enbusca de trabajo,que ahora ellos,por intermediode lagranmisericordiade Dios,erantrabajadoresenlaviñadel Señor.Que Él,el Todopoderoso, el Dios único y verdadero, el mismo Dios de David, los había escogido de entre una gavilla de pecadores desahuciadosparairy sembrarla semilladel evangelioportodalafaz de la tierra, a toda criatura viviente. Y que ahora iban a ser los explotados y vapuleadostrabajadoresde las salitreras los que oirían la bienaventurada Palabra del Señor, Dios del Altísimo, pues allá mismito se dirigían ahora a
  • 25. predicar el evangelio santo. «Seremos la voz que clama en el desierto», termina bramando febrilmente el apóstol. Aprovechando que en el vagón, a causa de la tomatina de los enganchados, casi toda la gente va despierta, el Cristo de Elqui, ya recobrado un poco el calor, no pierde más tiempo y comienza a cumplir con su misión redentora. Abre una especie de alforja hecha en cuero de oveja, saca unos prospectos evangelizadores y se pone a ofrecerlo entre los pasajeros. Con un vozarróndignode profeta en el desierto, el Cristo recorre el coche a grandes trancadas catequizando que tales prospectos, escritos de su propiainspiración,ayudaríanacada una de lasalmasque allí viajan a encontrar el verdadero camino a la salvación eterna. Luego de vender algunos y regalar la mayoría, el Cristo se lanza en una encendida sermoneada moral que hace estremecer la atmósfera del vagón. Mientras algunos hombres se hacen los dormidos debajo de sus ponchos, las mujeres, abrazadas a sus hijos, lo escuchan en profundo silenciode misericordiaque,en algunas, sobre todo las más viejas, es casi de veneración.Losniños,entanto, losque aúnvan despiertosaesas horas de la noche, siguen los movimientos ceremoniales del estrafalario personaje de la túnica con grandes ojos de asombro. De pronto, Pancho Carroza, el enganchador, y el cariacuchillado con aires de matasiete que viene sentado junto a él, y que se ha pasado todo el viaje sacándose piojos y lanzándoselos a los pasajeros desprevenidos, empiezan a burlarse de las parábolas y alegorías del predicador elquino. «Metemáticamente, aquí va a haber camorra», le dice Rosendo Pérez a Lorenzo Anabalón. El ciego de las peinetas abraza medroso su guitarra. En el momento en que el Cristo de Elqui, ya embalado completamente en su exhortación de iluminado iracundo, está dando testimoniode sus arduos inicios de predicador, de cómo había empezado su misión en esta tierra como un humilde caniculario —«o sea, queridos hermanos,hablandoenbuenromance,comoperrero de iglesia, cuidando que esosanimalitosnose metieranenlacasa de Dios»—, Pancho Carroza, el enganchador,se pone a rezongar que no había que hacerle mucho caso a ese pordiosero tirado a vivo, que todo lo que estaba diciendo no eran sino añagazas de charlatán de feria. «Este cesante menesteroso apenas alcanza para santo de veleta», dice en voz alta. Como varios pasajeros se largan a reír de la pulla de Pancho Carroza, el hombre de lacicatriz enla mejilla,paranoser menos, se manda un trago de vino al coleto, se pone de pie y grita con voz traposa: «¡Cristo almorraniento!». Como tocado por la descarga de un rayo, al otro extremo del coche, el Cristo de Elqui se para en seco, deja de hablar y gira despaciosamente en su eje. Luego, apuntándolos con un dedo apocalíptico,el rostrosoflamado,loslabiostemblándolede ira,comienzaa acercarse a lentos trancos hacia los malhablados. Cuando está encima de ellos, con el cuello enarcado como los gallos de pelea, les grita, rotundo: «¡Antitrinitarios!». En el momento en que los apóstoles, encorajinados como demonios, están a punto de irse encima de los blasfemos que quieren agarrar de la barba a su maestro,yRosendoPérez,el guitarrista, llamando monicaco amajamado al enganchador, lo está desafiando a que si es tan hombrecitose metaconél,se abre de golpe lapuerta del vagón y, junto al estrépito de las ruedas de fierro y al viento frío de la noche, entran dos mujeres arrebosadas en palos negros. Sus rostros se notan apesadumbrados. Alertadas de que el Cristo de Elqui viaja en el tren, vienenapedirle,ennombrede Diosyla VirgenSantísima,que tengaabien acompañarlas a ver a una muchacha que se ha muerto en el tercer vagón del tren. Antes de irse con las mujeres, el Cristo de Elqui tranquiliza a sus apóstolesyle da lasgracias al guitarristafuribundo «por querer cortarle la oreja al legionario romano». Rosendo Pérez no entiende nada. Después, fijándose que Pancho Carroza lleva en el pecho un crucifijo colgando de una gruesa cadena de oro, masculla entre dientes:
  • 26. «La cruz en el pecho y el diablo en los hechos». Y tal si fuera el propio Nazareno reprendiendo lleno de ira a los mercaderesdel templo,antesde salirdefinitivamente del vagón, les larga una imperiosa exhortación sobre la cruz. De cierto os digo, hermanos míos, almas que viajáis en este penitente tren nocturno, de cierto os digo que la cruz se ve cansada, muy cansada. En verdad yo creo firmemente que la pobrecita ya está que baja losbrazos.Y esque para ella,viejayastillosa como una madre campesina, la competencia en este mundo lleno de orgullos y vanidades se ha ido tornando cada vez más dura. Cuestión de mirar los avisos en los diarios y en las revistas de magazine, y de parar un poco la oreja a la blasfema propaganda radial. Si hasta por correo nos bombardean con ofertas de cruces falsas, de cruces idólatras, de cruces paganas. Los prospectos y catálogos en papel satinado y a todo color son propiamente la Biblia con monitos; si hasta en imitación madera nos ofrecen las cruces los fariseos cortos de genio;noslasexhibenamononaditasenlasvitrinasdel comercio, en líneas aerodinámica nos las presentan a la vista, nos dan 33 años de garantía, nos ofrecen servicio técnico a domicilio, nos tientan hasta con facilidadesde pagolosgentilesfetichistas.Que aceptanlaviejaenparte de pago, recalcan serios los disolutos. Habrase visto mayor sacrilegio. A este paso no sé hasta dónde diantres iremos a llegar. Si ustedes mismos han visto que hoy en día hasta en la calle nos la andan ofreciendo como la novedaddel año,loscharlatanes herejes; a grito pelado nos la ofrecen en las esquinas de las ciudades pululantes. La nueva cruz de baquelita le tenemos, dicen los muy baratilleros, y nos muestran cruces elegantes, livianitas, funcionales; cruces en colores para elegir. Que nueve de cada diezcristianoslallevannos quieren convencer a toda costa los traficantes del demonio; que dejemos ya de arrastrar nuestra pesada cruz por la vía; que ahora nosla tienencon rueditas deslizantes; que con ella es un gusto ser cristianos. La irreverencia más absoluta, por Diosito santo. Si sólo les falta a estos mercaderes del templo que inventen y digan que la última moda es la cruz marca Burrito de San Vicente, la cruz del que lleva carga y no la siente. Si hasta existen fariseos de billetes de cola larga —y por la sangre del Cordero Santo que estoy diciendo la verdad más absoluta—, que se la mandan a fabricar a extranja especialmente para ellos. Por Dios que es cierto. A su gusto y medida se la mandan a confeccionar estos cristianosde pacotilla;asu propioamañoy antojo.Plegables,porejemplo, se la mandana hacer,convertiblesenperchas,enatriles,ensillas de playa y enotra infinidadde artilugiosnomuysacrosantos que digamos. Cuidado nomás digo yo, almas que me escucháis. Cuidado. No vaya a ser cosa que un día de éstos la cruz pierda su santa paciencia y diciendo no va más, señores, se acabó, kaput, fin de la película, cierre de una vez y para siempre susamorosos brazos.Y ahí sí que quierovera esos pecadores. Ahí sí que quiero ver a todo ese rebaño de ovejas descarriadas. Ahí sí que los quiero ver, hermanitos míos. Porque entonces será el lloro y el crujir de dientes, como dice la palabra en las Sagradas Escrituras. De manera que todo el mundo en Resurrección había entendido que Alma Basilia, de un modo o de otro, era un mal necesario. Y entre todos la cuidaban y trataban como se cuidaría y trataría a un bichito simpático queacabacon los insectos que se comen a las plantas. Hasta los más reticentes percibían que la prostituta del arbolito era en la oficina como un eslabón necesario para la conservación de la especie. En general, se decía que gracias a ella las doncellas estaban a salvo de la voracidad venérea de los solteros de la oficina; que los viudos tenían en ella la almohada donde consolar su soledad, y que los malcasados donde acudir a contar y consolar sus cuitas de amores desgastados. Incluso de todos era sabido que muchos padres, para el cumpleaños número quince de sus hijos, los llevaban a la casa de Alma Basilia paraque ensu camaaprendieran de una vez por todas que cuando la pajarilla se les erguía no era precisamente para mear más lejos. Eso se decía de ella en general. En particular se murmuraba, por ejemplo, que había sido ella la que había enseñado al jefe de pulpería, ese gigante insaciable al que, por su voraz afición a manducarse gallinas enteras, lo apodaban el Gordo de las Gallinas —«nunca se han visto
  • 27. gallinas más tristes que las que carga el gordo bajo sus brazos», decía la gente—, le había enseñado las maneras de hacerlo con su mujer sin que ésta muriera aplastada por sus 170 kilos de humanidad. También se comentabaque había sido Alma Basilia quien salvó del divorcio al carnicero de la oficina. Que como éste le confesara una noche que su matrimonio se estaba hundiendo sin remedio en los arenales de la incomprensión,Alma Basilia se le acercó una tarde a la mujer del carnicero mientras miraba una vitrina y le dijo en voz baja que se comprara ese par de zapatosrojos con tacones de aguja; que a su esposo le gustaría mucho que ella, antes de ir a la cama, le bailara vestida nada más que con esos zapatitos color de pasión sangrante. La mujer la miró escandalizada y se marchó sin decir ni mus. Sin embargo, desde aquella noche el carnicero, que era uno de los más asiduos parroquianos casados de Alma Basilia, no apareció más a visitarla. Y en los días de retreta se comenzó a ver a la pareja paseando del gancho por la plaza, felices y rozagantes como dos novios recientes. De manera que todos en Resurrección cuidaban de que no se supiera,o porlo menosqueno se notaramucho,queenunade suscasas,a sólo media cuadra de la plaza, y muy cerca de la parroquia, vivía y ejercía libremente su profesión una mujer de mala nota. Y todos los días de la semana, exactamente a la misma hora en que comenzaba la función vespertina en el biógrafo, Alma Basilia empezaba a recibir clientes. A las seis y media de la tarde en punto, cuando por los parlantes del biógrafo comenzaba a sonar la marcha que anunciaba el principio de la función, en la casa del arbolitose empezabanaoírlos primeros sonesdel Danubio azul interpretado por ella en su piano vertical. Ésa era la señal por todos conocida de que Alma Basilia estaba lista y dispuesta para comenzar a ocuparse. Uno de los cuidados que tomaban los hombres era no hacer cola ante su puerta. Enfrente de su casa, en un vasto barracón de calaminas, funcionaba la única cantina del campamento, y era allí que se hacía la fila para ocuparse con ella. El sistema era muy simple, y se decía que lo había ideado el propio cantinero. Se trataba de sentarse al mesón mirando atentamente por el espejo dedetrás del barhacia la casadel arbolito reflejada a través de una ventana. Apenas salía el que estaba adentro, el primer parroquiano del lado izquierdo del mesón pagaba su trago, salía del local silbando despreocupadamente y se dirigía hacía allí; en tanto en el mesón los hombres empezaban a cambiarse ordenadamente, de taburete en taburete. De vez en cuando, en la casa se veía asomar la cabecita rubia de Alma Basilia mirando lánguidamente hacia la cantina. Sin embargo, todo el montaje de aquella maquinaria perfecta estuvo a punto de irse al traste una noche de Año Nuevo, cuando un forastero joven,deaspectoextraño, apareció en la puerta de la cantina de Resurrección. Bajo un cielo afantasmado por el fulgor de la luna, el tren cruza frente a un caserío dormido al pie de unos cerros ingrávidos. Los ranchos de adobesparecensumergidos en un mar de aguas sonámbulas y el irreal pitazode la locomotoraresuena en la noche como burbujeando desde un fúnebre fondo marino. En el tercer coche del convoy, convertido en una rodante capilla ardiente, los pasajeros van tocados todos por la muerte de la niña. Como se ha corrido lavoz de la presenciaenel tren del famoso Cristo de Elqui, y se dice que unas mujeres han ido en su busca, la mayoría se ha aglomerado alrededor de la joven muerta esperando ansiosos la llegada del santo varón. La mitad de los pasajeros, entre los que se han entrometidoalgunosde otros coches, declara fervorosamente creer a pie juntillas en el Cristo elquino; la otra mitad despotrica en su contra y dice que no habría que dejarlo entrar al vagón. «Cuando Dios no quiere, los santos no pueden», dicen los detractores. «A quien no habla no lo oye Dios»,dicenlosdefensores.«Labarbano hace al profeta»,dicen aquéllos. «Los santos se labran a golpes», replican éstos. «A santo que caga y mea que el diablole crea»,exclamarotundounhombre de cara hosca. «Que se
  • 28. calle ese JudasIscariote»,reprende, al instante, un grupo de mujeres que rezan junto a la muerta con un cirio ardiendo en cada mano. Cuandola figura desgarbada del Cristo de Elqui aparece recortada en la puerta, en el vagón se produce un silencio súbito. En medio del mutismo general una anciana grita de pronto que ahí está Jesucristo en persona, y enseguida se arma una tole-tole de proporciones. Impactadas por la visiónpiadosadel hombre de la túnica, algunas mujeres se largan a aullar histéricas; los niños, emocionados, se agarran de las piernas de los mayorescon ojosatónitos,mientras,afuerzade empellones,en medio de velascaídas y ancianascon sofoco,todoel mundo quiere tomar puesto en primera fila para presenciar de más cerca el inminente milagro del Cristo de Elqui. En esosmomentos,el tren comienza a tomar una curva cerrada y, entanto lasruedaschirrían chisporroteantes contra los rieles, el Cristo de Elqui,trastabillando a los tumbos del coche, afirmándose cómo puede en medio de la confusión, trata de consolar a la tracalada de gente que lo rodea y estira sus manos para tocarlo, con una retahíla de refranes populares enrevesados con citas de su propia madre muerta y versículos de las Sagradas Escrituras. Seguido al talón por sus dos apóstoles, que intercambian palabras duras y miran toscamente a los que empujan y quieren tocar al maestro, el Cristo es llevado ante el cuerpo inerte de la doncella, tendido en uno de los asientos del medio. Concomida de dolor, la madre de la joven muerta, al ver la figura eclesiástica del predicador desarrapado, se lo queda viendo un instante con expresióninefabley,luego, largándose a llorar de nuevo, se le cuelga desesperadamente al cuello y le grita algo que al Cristo de Elqui lo deja paralogizado de pavor. «¡Señor, tiene que resucitar a mi hija!», le grita con ojos enfebrecidos la mujer. En medio de la oleada de pasajeros que, sobrecogidos de devoción,se hanestrechadoentornoa su figura,anhelantesde presenciar un milagro con sus humanos ojos de pecadores, la cabeza alzada al cielo, iluminado espectralmente por las llamas de los cirios, el Cristo de Elqui parece caído en unhondovértigode arrobamiento.El silencio en el vagón esmagnéticoy todosse han olvidado de que van en el vagón de un tren y lesparece haberse transportadoala mismísima tierra santa de Galilea. De pronto, con una gravedadapacible,el Cristo se inclina lentamente ante el cadáver de la muchacha y se la queda contemplando por unos breves segundoseternos. En el rostro ceroso de la joven, la muerte ha plasmado una profunda mueca de dolor. Luego, temblándole ostensiblemente la barba, con toda la lentitud del mundo, viene en poner una mano sobre la frente de lajovenycierra losojoscon fuerza,comosi estuviera repitiendo aquella dolorosa oración en el Gólgota. Su expresión es sobrehumana. El silencioenel vagónse hace sensiblementemássublime,esunsilencioque preludia un acontecimiento glorioso. Ni siquiera se oye el rechinar de las ruedasrodandosobre losrielesde acero.Es comosi el silenciocósmicodel desierto se hubiese posado como un ángel de arena sobre el tren. En las lágrimas de las mujeres las llamas de los cirios relumbran apostólicas. Entonces, de improviso, cuando todos en el coche están conteniendo el resuello, el Cristo de Elqui retira de golpe la mano de la frente de la doncella, mira a su alrededor con ojos espantados y dice, trémulo: «El arte excelso de la resurrección es exclusividad del divino Maestro». Empujando a la gente que lo rodea, pasando a llevar a los amontonados en el pasillo, siempre con sus dos acólitos desastrados pegados como perros de presa a sus tobillos, el Cristo de Elqui sale huyendoagobiadohaciael otro vagón. Sale escapando «como gato al que le han dejado caer agua hirviendo», dice uno de los pasajeros que se queda comentando consternado la extraña huida del evangelista de pacotilla. Perode pronto, en mediode grandes aleluyas, una de las mujeres que ha permanecido junto a la niña muerta, exclama que vengan todos a ver,que a la jovenle ha cambiado el gesto de dolor que tenía en su rostro de cera. Iluminada su carita blanca por las llamas de los cirios que se acercan ansiosos,se advierte claramente que suexpresiónesahorade una
  • 29. placidez inefable. Toda la gente entonces se larga a llorar y a rezar en voz alta, maravillada por el milagro. Cuando el enano aparece de vuelta en el coche sin los conductores, ya todo ha vuelto a la normalidad. Apenas entra y cierra la puertaa sus espaldas,cortandode golpe el ruido y el frío exterior, dice en voz alta y con acento grave: «Esos zánganos no se ven por ningún lado». Nadie le responde nada. Pero el enano, que viene conmocionado por lo que ha visto en su recorrido por el convoy, no se da por vencido. Tiritando de frío, pelando sus dientes en una congelada sonrisa de tigre, comienza a recorrer los asientos en busca de alguien que vaya despierto. Zarandeado por el movimientodel tren,saltandobultosygente dormida en el piso, el enano parece un duende de cuentos recorriendo el pasillo en penumbras. De pronto, en mitad del vagón, le parece oír apenas un bisbiseo de canto. Se acerca y es laseñoraflaca que,entresueño,le vasusurrandoel arrorróa su guagua. El enano cae en la cuenta de que jamás ha oído llorar a esa pobrecitacriaturade Dios.«Debe serverdadque nació muerta», piensa, y avanza rápido más adelante. De pronto, oye una voz pavorosamente viva que se queja a su lado: «Yo no debería ir en este tren». Es el hombre del traje blanco y el clavel en la solapa que no ha cambiado de posición en todo el viaje. El enano lo mira aterrado. Ese hombre parece el único ser vivo en ese tren lleno de muertos. Unos asientosmás adelante,luegode tropezarcon un zapallo que ruedaentre losdurmientesal vaivén del vagón, el enano oye el runruneo de los jóvenes amantes que van besándose y haciéndose arrumacos de amor acurrucados uno contra el otro. Él quiere hablarles, pero ellos, embelesadosmutuamente, no le prestan ninguna atención. Con el ánimo encrespado, vaporeándose las manos heladas con su hálito, se dirige directamente al asientoendonde viajan las hermanas vestidas de obispo. Seguro que ellas van despiertas. Antesde llegaral asientose da cuentade que ha dado en el clavo: arrebozadas en varios echarpes de lana, las mujeres van conversando bajito: «… ésa siempre se ha hecho la virgencita», alcanza a oír que dice una. «Y mea permanganato», dice la otra. Cuandoel enanolasinterrumpe,las hermanas vestidas de tafetán morado se lo quedan mirando fijamente, sin pestañear. En la penumbra, sus ojos insomnes parecen los de un par de lechuzas enfebrecidas. «Qué se le ofrece al caballerito», dice una. «Qué se le frunce al enanito», dice la otra. El enanose acomoda entre ellas,tratandode nochafarlesel ruedo de sus vestidosvueludos.Gesticulando con sus gordos bracitos de niño — las cacarañas de su rostro acentuadas por el resplandor lunar que entra por el vidrioescarchadode laventanilla—,se pone acontarlesensusurros, de una sola parrafada anhelante, lo que ha visto en su excursión por los catorce vagonesdel tren.Enuno vioa dos tahúresgolpeandoaun hombre que reclamabaa gritosque los dadosestabancargados;losgariterospillos, tras golpearlo brutalmente le abrieron la boca y le hicieron tragar a la fuerza los «huesos locos», como llamaban a los dados. En el coche donde viajaban los gitanos se había producido un principio de incendio con sus fogatas y los demás pasajeros, en una majamama de los mil demonios, querían echarlos a la fuerza del vagón y tirar sus bultos apestosos por las ventanillas. En otro, se halló con una sigilosa fila de hombres esperando turno ante un toldode frazadaslevantadoen un rincón del coche, junto al baño.Él no sabía para qué diantreserala fila, hasta que en la oscuridad se escabulló por debajo de un asiento, levantó un poco las frazadas y vio a una mujer exorbitante, inmensa, blanca como una osa polar, fornicando con las piernas colgadas de un cordel atado a los listones del portaequipaje. «Tenía un sexo grandífloro, como diría el señor Corales de mi circo, que, además de sifilítico, era un artista de la palabra», dijo el enano. En uno de los coches de más atrás se había quedado un rato oyendo a un cuentacuentos que venía narrando el caso de una extraña
  • 30. mujercita llamada Alma Basilia. Y ya de vuelta de su recorrido, sin haber logrado hallar a los conductores, en el tercer coche se había topado con ese vagabundoal que llamaban el Cristo de Elqui, el que, en medio de un histérico llanterío de mujeres, estaba tratando de resucitar a una muchacha muerta. Era tal la barahúnda en el vagón, que él había tenido que encaramarse sobre el respaldo de un asiento para alcanzar a ver algo. Aquí unade lashermanaslointerrumpe paradecirque ese cuadro, el del enano encaramado a algo tratando de ver a Cristo, ella ya lo había visto, oído o leído antes, no sabía bien dónde. La otra hermana, en un tonitosalaz,dice que a ellalo que le resultafamiliares lo de la puta gorda. Que una vez había oído contar a un pensionista sobre una matrona de la pampa que, de tan voluminosa, su única manera de fornicar era enganchando sus jamones a una roldana. Mientras el tren sigue vadeando la noche milenaria, el enano acomodado tibiamente entre las hermanas de tafetán morado, trata de alargar la charla lo más que puede. Una lluvia de aerolitos ilumina de pronto, por un bello instante, el rectángulo de cielo de la ventanilla. El enano,maravilladoporlavisión,dice que conese montónde estrellas que han visto caer de un solo porrazo, las señoritas podrían pedir todos los deseos que se les antojara. «Esas estrellas son almas perdidas», dice una de las hermanas. «Almas errantes», dice la otra. «Como todos en este tren». El enanoentoncescruzasuspiernecitastorcidas,que ni siquiera le alcanzan a colgar del asiento, se acomoda el pasamontañas y dice que a propósito de almas y muertos errantes, él se acuerda de algo que le ocurrió a un vecino suyo, allá en su pueblo natal. Y sin pausa alguna, mirando a una y otra hermana, se pone a contarles la historia de un hombrecito que un domingo aciago halló en el obituario del periódico el comunicadode su propioy«sensible» fallecimiento. Como el nombre del difunto coincidía completamente con el suyo, todo el pueblo se condolió de la noticiay al rato no más comenzarona llegara sucasa ramosde flores y coronas fúnebres.Angustiadoycontrariadoporel perjuicioque le estaba causandoel alcance de nombre,Saturnino del Tránsito Flores Arroyo, que era como se llamaba el pobre hombre, salió a recorrer el pueblo casa por casa tratando lastimosamente de convenceralagente de que estaba vivo. Con su papel de nacimiento en la mano, les aclaraba compungido que, ademásde estar completamente vivo, como podían verlo con sus propios ojos, su organismo gozaba de muy buena salud. Pero resultaba que al bueno de don Saturnino la noticia de su muerte lohabía sorprendidoreparando el único par de zapatos que tenía. De modo que, sin darse cuenta, aturullado por la impresión, se los había puesto tal y cómo estaban, esto es, sin los respectivos tacos. Y como por esos lados era costumbre antigua sacarles el taco a los zapatos de los difuntos para velarlos, la gente pensaba que el pobre hombre se había escapado del mismísimo ataúd, y le cerraban las puertas de sus casas santiguándose asustados. Y desde ese día, don Saturnino, El Muerto Andando, como empezarona llamarlo todos en el pueblo, se comenzó a apagar como una solitaria brasa de carbón. Dejó de trabajar y se llevaba las tardes en el sesteaderode la plaza saludando efusivamente a cada uno de los vecinos que atinabaa pasar por allí diciéndolesmírenmebien,fíjense un poco, por el amor de Dios,si estoymásvivoy alentadoque ustedesmismos. Y con el sombreroenla manoy una expresiónperrunaenel rostro,losseguíahasta la puerta de sus casas tratando de convencerlos de que en verdad, paisanito lindo, se lo juro, el muerto era otro y no él. Hasta que una tarde,a la hora de la siesta, don Saturnino se murió de verdad. Recostado en un escaño de la pequeña plaza, mostrando sus mortuorios zapatos sin taco, se murió tratando de convencer al busto del padre de lapatria de que él, Saturnino del Tránsito, hijo de don Alejandro Flores y de doña Estela Arroyo, estaba vivo; que con el favor de Dios y la Virgen Santísima estaba vivito y coleando, carajo. Mientras el enano no dejaba de hablar, las resecas hermanas de tafetán morado, llevadas por la intimidad y el calorcito del cuerpo masculino acurrucado entre ellas, concertadas implícitamente, habían comenzado a magrearlo como sin querer por debajo de sus echarpes.
  • 31. Comprobando con estupefacta lascivia que al hombrecito le sobraba en aparato reproductor lo que le faltaba en estatura, en la penumbra del coche, por debajo de los rebozos, presas de una libidinosidad incontrolable, las hermanas terminaron haciéndole una afanosa masturbación a dos manos al ritmo monótono del tren atravesando la noche insondable del desierto con una fragorosa lentitud de planeta a carbón. En el coche, don Audito es otro de los pasajeros que no puede dormir.Contentohastalaeuforia,quisierairde un asientoaotro contando lobellaque esla vidasindolorde muelas.Perocon su compañera de viaje no puede compartir nada. La pobrecita señora de luto, cuando no está llorando o rezando quedito por su hijo muerto, está como sumida en las brumas de un limbo propio. Don Audito, entonces, se da cuenta de que enfrente suyo la señora astróloga tampoco puede conciliar el sueño. Y se para a conversar con ella. En esos momentos madame Luvertina va atendiendo a su madre que no dejade temblar de frío. Le ha dado a beber una taza de la infusión del termo y ahora procede a abrigarle los pies con una gruesa manta de lana cruda. El hielo trasminante de la noche ha hecho que la anciana se acurruque sobre su asiento a la manera de las momias atacameñas, y don Audito, sentándose en el lugar del acordeonista, se acuerda, y se lo comenta a la madame, de que alguna vez oyó decir que las momias halladasen cuclillas en el desierto de Atacama no eran sino pasajeros del tren del norte que se morían de frío en el trayecto y que los conductores impávidos iban dejando enterrados en la arena, en la misma posición friolenta en que se quedaban muertos. Madame Luvertinase haquedado mirando pensativamente por la ventanilla.Afuera,lanoche del desiertotienealgode onírica y las estrellas heladasparecenhaberse arracimado todas en esta parte del firmamento. Sinembargo,noes lapoluciónde estrellasloque llevainquietosuespíritu, sinoel hechode que,enmarcadoenla redondelaluminosade laluna,se le aparece clarito el perfil de navegante del acordeonista. Para sacarla de su ensimismamiento, don Audito se pone a contarle de su trabajo como empleado de escritorio, de las miles de planillas aburridas que tiene que llenar mensualmente con su caligrafía hecha para escrituras mucho más elevadas. Y, arrebatado de un súbito fervor lírico, le confiesa sobre su secreta afición de escribir versos. «Dígame usted si esa luna no es un poema de amor», dice la quiromántica, sin quitar la vista de la ventanilla. «Un soneto redondo», dice don Audito. «Losúnicossonetosque conozcoson los Sonetos de la muerte, de la Gabrielita», dice la quiromántica. Don Audito le cuenta que él tiene escrito por ahí el boceto de un poema en que invoca a la luna. La quiromántica, apoyando la cabeza en el ventana, le pide por favor que si puede declamarlo. Don Audito se disculpa: es sólo un boceto. La quirománticasuspirahondamente ydice qué penamás grande, que enesos momentos le hubiese gustado enormemente oír un poema a la luna. Que a ella, por cosas de su oficio, la luna le atraía a la mente sólo materiasde astrologíao cosas que la gente común llamaba supersticiones y agorerías de brujas,como, por ejemplo, que las mujeres deben cortarse el cabelloenlunacreciente yloshombresenlunamenguante;oque quien se duerme a la luzde la lunase quedaciegoo se vuelve loco;oque un halo en la luna anuncia lluvia y un círculo presagia tempestad. Compungido y atolondrado, don Audito dice que si madame lo quiere,él podríahablarle sobre el tenorde supoema.Ante el asentimiento de la quiromántica,el empleadode escritoriocomienzaentoncesaexplicar que su poema dice algo así como que está bien que la luna ya no sea aquella novia tuberculosamente lírica, alimentada sólo de sonetos, serenatas y otras yerbas; que está bien que los niños ya no la sigan ni los amanteslainvoquen;que está bien que se haya desvalorizado —la hayan desvalorizado— hasta no llegar a ser sino una medalla agujereada en la numismática de la noche, una vieja ficha devaluada, inservible para comprar siquiera un suspiro o un par de ladridos en versos. Y que estará
  • 32. biensi el día de mañana,ciencia mediante, llegase a ser sólo una telaraña en el desván azul del espacio. Con tal de que los gringos de mierda no terminaran transformándola en otro letrero luminoso de Aspirina, todo estaba bien. Sentados cerca de la quiromántica, desvelados de amor en la penumbra del coche, los jóvenes enamorados que peregrinan hacia la pampa enbusca de su destino,hanoídoensilenciotodoese homenaje ala lunaque ha hechoel caballeropendolista.Ellosse amancon toda la fuerza del universo y sienten que su amor es tan bello como esa plateada luna mágica que van contemplando absortos por la ventanilla. Amable Marcelino, pálido su rostro halconado, con un sombrero un tantogrande para sutallay un paletócolorde humo al que le faltandos de sus botones de bronce, y Zenobia Castillo, con su carita redonda y su expresión asustada, vistiendo un vestidito de todos los colores y una chalequina delgada como tela de cebolla, forman una pareja que inspira toda laternura y lacompasióndel mundo.Peroellosse sienten felices. Su viaje haciaesaspampasdesconocidaslossume enunaespecie de beatitud efervescente.Laseñoraadivinales ha dicho que su estrella es buena y les ha vaticinado mucha felicidad y buenaventura. Y ellos lo creen denodadamente, con la misma osadía con que creen que la medida de su amor es más grande y profunda que la medida de la vida y de la muerte. Amable Marcelino, embobado por la sonrisa de niña buena de su novia,le hablatodoel tiempode cuántaschucheríasy vestidoslindosle va a comprar cuando comience a trabajar y a ganar dinero a puñados en las minasde salitre.Y Zenobia Castillo, abandonada entre sus brazos, con sus ojosrebosados de lágrimasjubilosas,nohace másque mirarloy oírlo como a uno de esos jovencitos de película mexicana y besarlo por toda la cara con el amor indestructible de sus diecisiete años recién cumplidos. Ella lo ama tanto (y cómo no había de amarlo si es el primer amor de su vida), que no ha trepidado en abandonar su hogar y su familia para seguirlo por el mundo,llevandoconsigonadamásque la sortija preciosa de su corazón enamorado.Si casi se fue con lo puro puesto; apenas alcanzó a tomar una maletita con algunas prendas íntimas, una fotografía de sus hermanos menoresenmarcadaencuero y su vestidito de primera comunión, blanco como la nieve, que es lo más lindo que ha tenido en la vida. Cuando la luna ya no se ve desde el tren, y sólo su fulgor empavona los vidrios congelados de las ventanillas, Zenobia Castillo y Amable Marcelino, ganados por el cansancio y las altas horas de la noche, comienzan a dormirse uno en brazos del otro, mecidos por el disonante rezongo del tren. La intermitente tos de perro de algún niño enfermo al otro extremo del vagón y la respiración sibilante de las hermanas de tafetánmorado,loshace removerse flojamente ensuasiento. Y cuando ya empiezanahundirse dulcemente en un mismo sueño profundo, oyen, de pronto, como desde el fondo de una sepultura de gasa, que alguien en el vagón se despierta sollozando y se pone a contar un sueño que les espeluzna el espíritu. Que en el sueño, dice el soñador, el tren era una larga hilera de cestas llenas de cabezas humanas. «Eran cestas llenas de cabezas desgajadas, paisanito», oyen medrosos en su entresueño los enamorados. «Cabezas de ojos hueros, cabezas de sangre dulce, cabezas de auras pávidas; sonámbulas cabezas que al fondo de las cestas seguían mascando chicles, haciendo musarañas, llorando aceite. Una hilera de cestas en donde se pudría mi propia cabeza, paisanito lindo, se lo juro». El forastero se apareció por la cantina treinta minutos después del abrazo deaño nuevo,cuando enlascalles resonabanlosúltimospetardosy en la torta de ripios ya comenzaban a languidecer los resplandores incandescentes de las fogatas de salnatrón. Se trataba de un hombre joven, de rostro angulado y labios pálidos;y aunquetraíasutrajecon chaleco todo entierrado, se notaba que era ropa de calidad. Pese al defecto físico de tener el cuello un tanto torcido, el extraño lucía modales y gestos de una presunción desafiante. Cuando el cantinero, que en esos momentos brindaba con su compadre el boticario, lo vio traspasar las puertas del local, dijo, así como al desgaire, que el tipo ese que acababa de entrar, por su vestimenta y su
  • 33. postura retadora, tenía toda la facha de ser un dandi. «Uno de esos jovenzuelos que viven a costillas de las mujeres», dijo. El boticario lo miró a través del espejo. Y luego de vaciar la copa, retrucó,risueño,quenuncahabíaquefiarse delas apariencias.«No porque el loro cague verdees pintor,pues,compadre»,dijo.Ytrasde echarse a reír a carcajadas, especificó que a él el forastero más bien le parecía un mendigo bien vestido, un poeta trashumante de esos que ahora último estaban plagando la pampa, que llegaban colados en los enganches y, en vez de trabajar,sededicabanarecorrerlas fondasdelas oficinas recitando sus largas versaínas por un trago de vino o un plato de comida. Luego, el boticario, arriscando la nariz, le preguntó a su compadre si acaso no sentía como un olorcito raro en el aire, un olor como a chiquero de chanchos, dijo. El cantinero respiró hondo y dijo que a él le parecía más bien olor a gallinero. Y siguieron tomando y brindando por las buenaventuranzas del año nuevo que, a decir verdad, apuntó guasón el boticario, ya llevaba casi media hora de viejo. Sin embargo, ni el cantinero ni el boticario tenían razón en cuanto al oficio del forastero, ni menos al olor que inundó la atmósfera de la cantina en el momento en que éste hizo su entrada. El hombre,quese sentóen unade las mesasmás arrinconadas del boliche,junto a una ventana desde donde podía mirar hacia la calle, y que con el rostro enfurruñado pidió comida de la que hubiera, siempre que estuviera caliente, era un perseguido de la justicia. Se trataba de un asesino de mujeres huyendo de la policía de Iquique, y había llegado a Resurrección escondido en un tren carguero. En cuanto al olorcito que se desprendía de su cuerpo como el halo azufroso de un Mefistófeles, era simple y llanamente olor a mierda. Desde su mesarinconera,mientrasdevorabasu comida, el hombre no dejaba de escudriñar concienzudamente cada detalle del interior de la cantina. A ratos miraba ceñudo hacia la calle. Como desde su puesto de observación se veía la casa de Alma Basilia, el forastero no se demoró un tiro en descubrir lo que pasaba con los hombres que dejaban su lado en el mesón y, como no queriendo la cosa, se dirigían a la casa de enfrente, la del arbolito. Cuando en una de ésas vio asomar la cabeza rubia de una mujer con carita de laucha, que miró hacia la cantina como quien mira hacia el cielo para ver a qué hora escampa, ya no le cupo ninguna duda: era como sumar dos más dos. Apenas terminó de comer, el forastero se fue a sentar al mesón, pidió un trago y se fue corriendo de taburete en taburete, tal y cual lo hacíanlos demásparroquianos.Cuando le tocó su turno pagó su consumo y, con un tranco firme, como si lo hubiese hecho desde siempre, se encaminó hacia la casa del arbolito. Su cuello torcido le daba un aire malévolo. Los tres parroquianos que venían después de él, se cansaron de mirar hacia la casa de Alma Basilia a través de la luna descascarada del espejo detrás del bar. El forastero no salió más. Si Alma Basilia se hubiese asomado a la calle después de que el extraño entrara a la casa con el sombrero puesto y su aire baladrón,sehubieradado cuenta,conespanto, de que la ramita de su árbol colgada en la puerta comenzaba a derramar una espesa lágrima de resina. Ya está por amanecer cuando Lorenzo Anabalón se despide de su amigo Rosendo Pérez y, borracho, alumbrando sus pasos con la luz agotada de su linterna,recorre el convoyentinieblasde vuelta a su coche. Mientrasatraviesael vagónmás oscuro,uno de esos antiguos, con un solo asiento largo a cada costado, tratando de no pisar a los pasajeros durmiendoatravesados en el piso, como en hileras de tumbas, de pronto se tropieza en algo y, afirmando apenas su acordeón rojo, cae de rodillas junto a un anciano trajeado de negro. El viejo, con su desdentada boca abierta, duerme abrazado a una botella vinera forrada en saco gangocho. Cuandoel acordeonistase estáincorporandodespacito,concuidadode no volverapisar al viejo,éste se sientade súbito, lotomade lassolapasy,con sus ojos abiertos hasta el delirio, dice tristemente: «Fuimos más de tres mil los muertos en la escuela Santa María». Lorenzo Anabalón se queda estupefacto.
  • 34. «Ese 21 de diciembre de 1907 los ángeles abandonaron Iquique», dice luegoel viejo.Despuésse acomodade nuevoenel pisoy,rezongando algo incomprensible, sigue durmiendo como si nada. «Descanse en paz, abuelo», murmura traposamente Lorenzo Anabalón antes de pararse. En la plataforma del segundo vagón, se topa con una pareja de gitanosviejosenroscadosenunfuribundo acto fornicio. Resollando como fuelles vencidos, él tiene los pantalones apeñuscados a los tobillos, mientras que ella, con las polleras arremangadas al pecho, le tiene una pierna acrobáticamente puesta sobre un hombro. En su impúdico numerito de funámbulos de circo, los fornicadores van a punto de caer guardabajo del tren. «Buen provecho, señores», murmura Lorenzo Anabalón, apenas mirarlos. Y abre la puerta de su coche. Adentro todo el mundo va durmiendo. Alguien —tiene que haber sido la brujita— ha cubierto el estuche de su acordeón con una frazada y en verdad el bulto parece el de una persona dormida. En el asiento de enfrente la anciana tejedora duerme recostada ingrávidamente de lado, mientras que madame Luvertina lo hace tendida a sus pies, sobre una frazada puesta en el piso. Lorenzo Anabalón, consciente de su borrachera, trata de hacer el menor barullo posible. Alza un pie por sobre la humanidad de la quiromántica, pone el acordeónensu estuche,guardalalinternaenunbolsillodelpaletó y se tiende de espaldas en la dureza de su asiento de palo. Apenas se ha recostado, oye desde el piso que madame Luvertina le dice, en susurros: «Creí que se había muerto». «Faltó poco», dice él, sintiendo que el mundo le da vueltas en su cabeza. «Casi me descadero de una costalada en uno de los vagones». «¿Sabe que tenemos al Cristo de Elqui viajando en el tren?», dice la quiromántica. «A nosotrosenel coche nos dio un sermón de maravillas», dice el acordeonista. «Pero no pudo resucitar a la muchacha muerta del tercer vagón. Aunque me parece que hizoel milagro de conformar a toda esa gente que la lloraba, pues, ahora, cuando pasé por ahí, todo el mundo dormía plácidamente alrededor de la finada». «Todos tenemos una hora para morir y una hora para resucitar», dice madame Luvertina. «¿Y se puede predecir la hora de la muerte?», pregunta él. «Las líneas de la mano dan una aproximación», responde desde abajo ella. Él entonces deja caer una mano muerta al piso. «Sin luz es poco lo que puedo hacer», dice la quiromántica. El acordeonista se mete la otra mano al bolsillo del paletó y le alcanza su pequeñalinterna.Ellase endereza un poco en el suelo, le toma la mano y se la enfoca con el anémico haz de luz. «Nose demore muchoque me muerode sueño»,dice él. Madame Luvertinaapenashaempezadoa escudriñarle la mano cuando se la suelta de golpe. «Usted ya está muerto», le dice espantada. «¿Por qué tan segura?», pregunta él, con un dejo de tristeza. «Tiene lalíneade la vidatronchadaen lamitad», ella, sentándose en el piso y mirándolo compasivamente. «Morir no es sino saber de golpe cuestiones tan insustanciales como que losgatos noaparecenenla Biblia,oque comer grillos hace bien para la estranguria», dice él, bostezando. «Y tan alentado que parece», dice acongojada la quiromántica, aspirando con fruición su aliento vinoso. «No hay por qué entristecerse tanto», dice él, sin abrir los ojos. «Sí, es el destino de cada uno», dice la quiromántica. «El que usted lee en las manos», dice bostezando de nuevo el acordeonista. «No solamente en las manos o en las cartas se puede leer el destino, Lorencito, sino también en el vuelo de las aves, en el aire, en el hígado de losgallos,enlosespejos,enel humo,enel nombre de cadauno. Incluso en el aullido de los perros. Esa ciencia se llama ologimancia».
  • 35. «Yo, madame, practico la copromancia», dice el acordeonista en tono socarrón, ya casi dormido. La quiromántica guarda silencio. «Por si la brujita no lo sabe, la copromancia es la ciencia de ver la suerte por medio del dibujo que se forma en los papeles con que cada uno se limpia el traste. Además de predecirloque deparael destino,se puede averiguar de paso, por el color y la consistencia de la boñiga, el estado de salud, el humor y hasta las buenas o malas costumbres sexuales del cristiano que consulta». «Usted se cree muy listo, Lorencito», le dice al oído madame Luvertina. «Sin embargo, para su conocimiento, le voy a decir que su chanza no es tan descabellada, pues existe la uromancia, que es la ciencia de vaticinar por medio de la orina. ¿Se da usted cuenta?». El acordeonistarespondecon un ronquido. Afuera, por el oriente, comienza a fulgurar la cresta pálida del ángel de la aurora. * * * Entre lasbrumasdel sueñoyel añublode su borrachera,LorenzoAnabalón siente de prontoque loremecenpor unbrazo. Luegooye lejanamente a la quirománticadiciendoalgosobre que quiere revelarle un secreto. Que en realidadellanose llamaLuvertina,laoye decir casi zureándole en el oído, que ése es su nombre profesional, o artístico si él prefería. Pues, por si el músico descreído no estaba al tanto, la quiromancia, como la música, también era un arte. «Ahora sólo falta que esta mujer del carajo se llame también Uberlinda Linares», piensa Lorenzo Anabalón, sintiendo algo como un revuelco en la caverna del pecho. «No hay que rebozar los sentimientos, Lorencito», oye ahora, como desde unalejaníaastral,sinsabermuybiena quiénya guisa de qué. Y en las profundidades de su modorra etílica, más allá del traqueteo del tren, el acordeonista ya empieza a no saber si es a madame Luvertina o a Uberlinda Linares a quien está oyendo hablar. Y es que «rebozar» es una palabra que usaba mucho Uberlinda Linares. Por Dios, cómo se había encalabrinado con esa mujer del carajo. Cómo la había amado hasta la tontera;hasta el desordende sussentidoslahabíaamado. Y aunque antes de encontrarla a ella había olido, palpado y gustado toda una zoología de mujerespegajosas,venenosas,untuosas, mujeres de todas layas y pelaje, nunca había conocido a ninguna con el vuelo de sus pestañas, a ninguna con el sortilegio de sus ojos de terciopelo, con la fatalidad rotunda de su desnudez de bronce; con ese sagrado modo de amar que ella tenía. Y es que esa mujer de ojeras quebradizas dejaba escapar el amor como un animal desnudoporsusojos,lasvenasse le hacían incandescentescuando amaba, las uñas se le encolerizaban y se volvía toda resplandor bajo la blancura de las sábanas. Oh, Dios, cómo había amado a la maldita; cómo había sufridoporsu abandono.Aunque lomástriste de todo no había sido que ella hubiera terminado por abandonarlo, eso él lo había vislumbrado desde el principio. Lo más triste de todo, lo que había vuelto patas arriba su pobre vida de músico errante, fue que hubiera desaparecido así cómo desapareció, como por encanto, sin dejar el más tenue rastro de su perfume enel aire,el másnimioolorde sussecrecionesde hembraencelo perpetuo.Yesque él aún no sabía si UberlindaLinares lo había dejado por el amor de otro hombre o se había ido porque sí, porque simplemente se le había dado la real gana. Sólo que una tarde cualquiera se desvaneció como unespectroenplenaluzdel día, se volatilizó,desapareciódelmundo y de su vida para siempre. En su frenética búsqueda de amante desesperado, alguien le había ido con el cuento de que a esa pajarita la habían visto muy foronga haciendo la calle en el puerto de Valparaíso. Después le dijeron que la habían visto —una luz beatífica bañando su rostro de ángel perverso— tocando la mandolina vestida con el uniforme azul del Ejércitode Salvación.Otravezle juraron que a esa pobre mujer se le habían trastornadolos sentidos y que se hallaba interna en una casa de oratesde la capital.Para él lasversiones más creíbles habían sido siempre las dos últimas. Y es que Uberlinda Linares toda su vida había tenido algo de loca o de santa. Él nunca supo si tratarla como a una loca aureolada o
  • 36. como a una santa desatada; como a una loca lírica o como a una santa obscena.Una tarde,preparándose ambosparaasistira una procesiónde la Virgen del Carmen, él la había descubierto frente al espejo, completamentedesnuda,untándose detrás de las orejas, como si fuera el más caro perfume parisino, unas gotitas de su propio flujo vaginal. De pronto, Lorenzo Anabalón comienza a sentir una insoportable sensaciónde deleite en el vientre. Abre penosamente un ojo y, entre los efluviosvinososde susueño, ve a madame Luvertina arrodillada a su lado lamiéndolo con una ansiedad de corderita huérfana. Como resbalando entonces desde un sueño empalagoso, se deja ir dulcemente en el recuerdo y siente que en verdad es Uberlinda Linares, en carne y hueso, quien lo está lamiendo. Y es que no puede ser otra; y es que ninguna amante en el mundo lo hacía con esa voracidad ofidiana con que lo hacía ella; ninguna mujer lamía con esa unción y esa fruición de ángel famélico que lohacía morir,como ahora mismo,fundidoenunasilenciosaexplosión de lava incandescente, en un incontenible vértigo de placer que lo hace enderezarse de golpe en el asiento y ver a la madre de la quiromántica mirándolos fijamente con sus ojitos de ánima en desvelo. Al reflejo del amanecer filtrándose crudo por el vidrio de la ventanilla, la mirada de la anciana tiene un brillito fosforescente, extraño, ultraterreno. Después de pasar la noche en los altos del campanario —en verdadno sabe si fue una o mil noches;el tiempoesotrode sus olvidos—, el viejoLeoncioSantosbajade latorre haciendobalancear lánguidamente su lámpara apagada. Algunas veces, como ésta, cuando su espíritu es pulidoporla nostalgia,luego de hacer su última ronda, se queda a dormir enla torre de la iglesiaacurrucadocomounpobre ángel decrépito. Al salir del templo, sus dos perros, que lo esperaron echados a la puerta, se levantan y lo siguen calle arriba con su mismo paso indolente. Mucho más afantasmado y encogido, tal si hubiese bajado con todoel pesode lanoche a cuestas,el viejo camina de vuelta a su covacha. Al llegar a la esquina de la plaza se detiene —los perros se le pegan dengosamentealaspiernas—,se restriegalosojosy mira hacia uno de los escaños de piedra recortado al fondo del pequeño rectángulo. Suspira hondo. Con un golpe de corazón recuerda que ese día es día de tren. Hoy podría ocurrir el milagro; hoy ella podría bajar del tren. Con un imperceptibledestellode alegríadulcificándole elrostro,le acariciaunrato las orejas a los quiltros y luego dirige sus pasos hacia la plaza. Por la noche, mientras hacía su ronda acostumbrada por esos escombros nostálgicos, le pareció, como le parecía siempre los domingos —y sólo por eso se daba cuenta de que en el mundo era domingo—, le pareció oír música de orfeón en el viejo quiosco de la plaza; música de bronces y ruido de gente paseando; rumores de pueblo vivo. Si hasta sus animales se habían sentido más inquietos que de costumbre. Y al pasar frente a lo que quedaba de la pequeña plaza, hasta le pareció sentir de nuevo el aroma oleaginoso del inolvidable perfume de su Uberlinda Linares.«Hoysentíde nuevo el perfume de mi Uberlinda Linares», es una inscripción sentí de nuevo el perfume de mi Uberlinda Linares», es una inscripciónque se repite periódicamente en su Libro de Novedades, libro que durante todos esos años de abandono no ha dejado de llevar un solo día, meticulosamente. Mientras cruza hacia lo que queda de la plaza, Leoncio Santos la recuerdapor lostiemposcuandolaoficinaaúnfuncionaba.Le parece verla colmada de gente bulliciosa bailando al compás de los viejos ritmos de moda interpretados por los bronces del orfeón local, mientras al fondo, como el más claro símbolo de vida, su gran chimenea humeaba como un barco a todo crucero. Silencioso como una sombra, en medio de las piedras oxidadas, recuerda que él y Uberlinda Linares no se perdían retreta los fines de semana. Él con su traje a rayas, su sombrero echado al ojo y un aire de macho circunspectocincelándoleel rostro;ellaluciendo sus acampanados vestidos volanderos y desparramando su sonrisa por doquier, y ambos tratando de no perder el compás de la música en medio del fragor de los petardos que las bandadas de niños no dejaban de arrojar a la pista. Ingrávidode emoción,vueltotodoespíritu,el viejodirige suspasos hacia el escaño más esquinado de la plaza. No se sienta. Parado ante ese banco de piedra,se loquedacontemplandoenunlargo ensimismamiento
  • 37. de muerto anostalgiado. Después deja su lámpara en el suelo y, temblándole las manos, comienza a limpiar en un ángulo del respaldo hasta que bajo la capa de polvo aparece el tosco grabado de un corazón atravesado por una flecha. Debajo del dibujo, borrosa por los años, hay una inscripción que el viejo vuelve a leer por millonésima vez: LEONCIO SANTOS Y UBERLINDA LINARES Las doslágrimasde amor que como dosgotas de agua vivadebieran rodar por susmejillascomo porel desiertomásresecode latierra,noruedan. Su corazón es un pozo, si no ya seco, demasiado profundo como para humedecer sus ojos, y su tristeza demasiado vieja para tocar fondo. Sin embargo, recordar a esa mujer amada es recordar el mundo, la alegría, el olor de la vida. A veces,enlosfrescosdíasfestoneadosde nubecillasblancas,le da por escarbaren latierra comoun perrohuraño buscandoel recuerdode su UberlindaLinares. Se va al terreno baldío en que estuvo levantada la casa donde vivió suvidade casadocon ella,yluegode sentarse en una piedra a recordar cómo era aquella mujer indecible, empieza a arañar frenéticamente enel perímetro de la cocina. El derruido porche de la casa del administrador, donde tiene ahora su ruca, se ha convertido en un verdaderomuseode recuerdos hallados en esas búsquedas de nostalgias montaraces: listas de compras de la pulpería, canutos de hilo marca Cadena, cucharillas de té dobladas, plumas de gallinas castellanas, botellitas de perfumes y todo un arsenal de artilugios oxidados que le hacenmás concreta lailusiónde surecuerdo. Una vez, tirando de la punta de un trapo semienterrado en el perímetro de lo que había sido el dormitorio, apareció, entre otros géneros desteñidos, uno de los flamígeros sostenes de su Uberlinda Linares. Todavía recuerda el salto emocionado de su corazón y el temblor loco de sus pobres manos huérfanas. Otras veces, cuando amanece más simple de corazón, le da por alzar la mirada y quedarse contemplando el cielo largamente, buscando descubrir en el dibujo de alguna nube blanca un rasgo de su rostro inolvidable, un plumazo del talle delgado de la sentadora de vestidos, algún trazo del perfil de flamenco de la deseosa de mirada, de la concupiscente de gestos. Cualquier detalle que le recordara a esa loca desatada que cuando amaba dejaba el agua corriendo, dejaba las luces encendidas,dejabalaspalomaslibres y al mundo rodando por su cuenta y riesgo. «Su sexo de amapola martirizada», repite melancólicamente en esosdías, sinsabermuybiende dónde le vinotal definiciónni qué diantres significa. Sin embargo, el recuerdo que más le quema el alma es el de aquellas tardes jubilosas en que él le lavaba los pies en el lavatorio floreado.Arrodilladoamorosamente ante ella, cual devoto ante la imagen venerada, sentía que sus pies diminutos se le escapaban de las manos como peces alegres, mientras ella no paraba de reír su obscena risa de girasol húmedo, su torrencial risa de ángel fiestero que le hacía ondear voluptuosamente sumelenatrigueña;esamelena de leona dorada que es lo que más continuamente le traen dibujada las nubes; bellísimas nubes que aparecensólode vezencuando enel desiertoyque él agradece como visitasdel otromundo,yque inclusollegaaregistrarcomo novedaddel día ensu Libro de Novedades.Asíamaél a lasnubesdel cielo.«Mi sombritade nube», era uno de los más cariñosos requiebros de amor que él acostumbraba decirle a su mujer amada. Después de un instante de fervor, parado frente al escaño como ante un santuario de piedra, el viejo Leoncio Santos le da la espalda a la plazay se encaminade vuelta a su guarida. Ya está llegando la hora de ir a la estación del ferrocarril a esperar el tren, a ver si ahora sí que regresaba ella con su presencia sobrenatural. En el porche en ruinas de la casa del administrador, Leoncio Santosse dejacaerhondamente enundestripadosillónde cueronegro, el mismo desde donde una noche de invierno contempló por primera vez aquellaflotade lucesanaranjadasque se encendíany apagabanen el cielo —que luego lo habían de visitar periódicamente— y que él había registradoenel Librode Novedadescomoarcángelesque subíanybajaban
  • 38. sobre el campanariode la iglesia,lucesque habíavistoporúltimavez en la estación aquel atardecer en que se quedó muerto sentado en una piedra mirando hacia el punto exacto del horizonte por donde aparecían los primeros humos de la locomotora. Era raro, pero en vida esas visiones de fuego le producían la misma sensación que siente ahora en los días de tren, en estos días en que algo como un viento álgido le estremece el espíritu, le vuelve tiritón el pulso y le hace extrañar como nunca un buen vaso de vino rojo. Una sensación tremendamente cercana al desamparo; algo que no puede definir con palabras, pues ellas también han ido formando parte de sus olvidos. Y es que la soledad de la pampa le ha ido borrandouna a una las palabrashastano dejarle sinoel nombre de aquella mujer luminosa titilando solitario en la bóveda de su memoria, nombre que no puede dejarde repetirdíaa día como una salmodiade amorque se confunde con el silbar del viento pasando insensible a través de los agujerosde susombrerode fantasma,a través de su mirada transparente, de las ruinas dolorosas de su pobre corazón de espectro. La locomotora emerge a la luz del amanecer corriendo a todo vapor por las llanuras de la pampa. Recortado contra un horizonte en ciernes,el convoysemejaun negro jirón de sombras desprendiéndose de la noche.Y entanto el diamante de la aurora termina de redondear el día, y el penacho de humo se despide de las estrellas trémulas, los vagones siguendesgranando su penitente rosario de rieles. Jadeante, sin siquiera recibirel saludocrispado de algún cactus reseco, el tren se va adentrando en lo más fiero del desierto, allí donde su paso irá alborotando de vida a esosperdidospueblossalitrerosacurrucadoscomomomiasa la orilla de la vía. Tristes escombros abandonados cuyas ánimas —vestidas de sus mejores trajes — aún siguen recibiendo su llegada como si se tratara del acontecimiento más importante del mundo. Lorenzo Anabalón se despierta al canto de un gallo. Todavía somnoliento, se queda un rato meciéndose flojamente al zarandeoinvariable delvagón descacharrado. Por los vidrios polvorientos de las ventanillas la luz de la mañana entra a raudales, y un sol espeso y amarillole chorreacaliente porlacara. Tras disiparlosúltimosvahos de su modorra alcohólica, el acordeonista estira sus huesos hasta el crujido y luegose enderezayse apoyacon perezaen el estuche de su instrumento. Cuando gira la cabeza hacia afuera, la desolación del paisaje le golpea violentamentelossentidosylohace pensarenlo irreal del canto del gallo. «Aunque en este trencito todo es posible», se dice pensativo. En esosmomentosel tren cruza por un infinito páramo de arenas blancas. Un mundo alucinante se despliega a cada lado del vagón, un mundo en donde la sombra no existe y las piedras parecen a punto de estallar por lo ardiente y luminoso del aire. Y todo ese abrasamiento aún no es nada, piensa el acordeonista. Y mirando de reojo a la madre de madame Luvertina, que va sentada sola frente a él, le dice, guasón: «Vamos entrando al infierno, abuelita». La anciana, sumida en su tejido matinal, ni siquiera alza la vista; sus ojillosaguarenados siguen el movimiento de los puntos con la misma fascinaciónque si fueranlosvaivenesde las llamas de una fogata. Lorenzo Anabalón, aún entumecido, vuelve la cabeza y busca con la mirada a lo largodel coche.La quiromántica,tres corridas de asientos más atrás, le va limpiando los ojos a uno de los mellizos que amaneció con pitaña. «Las hojitas de té son lo mejor para esto», oye que la madame le dice jovialmente a la mujer flaca. Lo otroque descubre ensu miradade reconocimiento es una cola de gente aguardandoturnoa lapuertadel baño. Mujeres en una exhausta actitudde abandono, niños agarrados a sus polleras y hombres de rostros desabridos con una quiscosa barba de tres días, una toalla arrugada al hombro y un espejito de afeitar en la mano. Además del hedor de los cuerpos, en el ambiente hay un fuerte olor a creolina. Al verlo despierto, don Audito se allega al asiento de Lorenzo Anabalónpara contarle todo lo que se ha perdido por bueno para dormir. Rasurado, peinado y perfumado, jubiloso como no se había visto durante todo el viaje, el empleado de escritorio le cuenta que al amanecer, en la estación de Pueblo Hundido, habían hecho desembarcar a la tribu completa de gitanos por haber producido un incendio en el coche. Que también allí habían subido un ataúd para la muchacha muerta del tercer
  • 39. vagón y que al Cristo de Elqui se le habían pelado completamente los alambres. El predicador elquino se había bajado del tren a catequizar al gentío que esperaba en la estación y, tras un frenético sermón sobre el poder infinito de Dios, le había dado por subirse a lo alto de un algarrobo para demostrarfehacientementeque podía volar. Pese a los ruegos de las personas aglomeradas a su alrededor y a las súplicas y tirones de sus discípulos, nadie pudo disuadirlo de su idea y terminó por lanzarse del árbol con desastrosas consecuencias para su magra humanidad. Los hombrecitosque hacíande Pedro y Pablo, encrespados de rabia, pues por su culpaibana perderel tren,regañándolocomo a un niño consentido, se lo llevaron todo descalabrado al hospital del pueblo. El acordeonista, todavía bostezando, sin prestar demasiada atencióna loque cuentael empleadode escritorio, le pregunta por la cola de gente en el baño. Don Audito lo entera de que llegó el agua. Y con los pulgaresenlos bolsillos de su camisolín de terciopelo verde, marchito de lamparones, mostrando su rostro recién afeitado y su mejilla ya casi deshinchada, le dice sonriente: «¿O acaso no se me nota, carajo?». Luegole informaque acaban de pasar por la estaciónCatalina,que es donde se halla uno de los pozos de agua con que se reabastece la locomotora, y que allí, además de desinfectar los vagones baldeando el piso con creolina, se han llenado los estanques de los baños de todo el convoy. «Ojalá que el agüita alcance para la eternidad que nos queda de viaje», termina diciendo pensativo el pendolista. Madame Luvertina, quien ya se dio cuenta de que Lorenzo Anabalónhadespertado, se demora adrede en volver a su asiento. Luego de limpiarle la secreción de los ojos al más inquieto de los mellizos y de cambiarle los pantalones orinados al otro, comienza a peinar a ambos untándolesel pelocongominade pepasde membrillo que le ha pasado la señora flaca. Después, se pone a conversar animadamente con las hermanas vestidas de tafetán morado. Tras ser las primeras en lavarse la cara, las hermanas,espejitosenristre,se vanempolvandoyafirolandoque es un gusto. A propósito del color de sus vestidos, madame Luvertina les dice envoz alta—y ensu tonoal acordeonistale parece oírtintinearundejode cantarina alegría—, que lo ideal en asuntos de vestimenta sería llevar prendasdel coloradecuado a cada jornada. Que cada uno de los días de la semana, les explica vivaz la quiromántica, tiene su planeta y su color emblemático: los lunes, el blanco, por la luna; los martes, el rojo, por Marte; los miércoles, el violeta, por Mercurio; los jueves, el azul, por Júpiter;losviernes,el verde,porVenus;lossábados,el negro,porSaturno; y los domingos, el amarillo, por el sol, claro. Escondiendo una sonrisita de burla tras sus espejos redondos, las hermanas de tafetán morado le preguntan sarcásticas que si por acaso la señora yerbatera no era parienta del cura Gatica, «el pollerudo ese que predicay nopractica». Que lesdiga,porfavor, por qué ella no se viste con esos colorcitos astrales. «Es que este tren no es precisamente el lugar más cómodo para cambiarse», se defiende sonriente la mentalista. Cuando por fin se apersona a su asiento, Lorenzo Anabalón le da los buenos días y ella responde ruborosa. El tren en esos momentos comienza a subir una larga cuesta encaracolada. Con una falsa expresión de seriedad en el rostro, él le pide entonces que le repita despacito, si es tan amable, todo ese chisme planetario sobre el color de la vestimenta. Ella le sigue la corriente, se curva hacia él y, en un afectado mohín de ñoñería, las mejillas erubescentes, le repite el cuento completo, de lunes a domingo. Cuando la madame termina, él le dice sonriente que eso es lo mismo que creer en lo que dicen los libritos «Tesoro para la vida», esos que aconsejan que para ser feliz en la vida se debe leer el periódico dominical tendido en una hamaca, rascarle el vientre a un perro regalón, abrazar a una vaca, ver una película en matiné, aprender alguna clase de malabarismoynunca comprarun solocachorrito, sinodos,que son mucho más divertidos.«¡Purasmorondangas!»,termina exclamando divertido el acordeonista.
  • 40. En el instante en que madame Luvertina va a replicar, se abre violentamentelapuertadel vagóny todos los pasajeros vuelven la cabeza sorprendidos.Doshombresconcara de pocosamigosirrumpenseguidode una pequeña comparsa que los anima y azuza. El acordeonista los reconoce enseguida. Son Rosendo Pérez, el guitarrista, y Pancho Carroza, el enganchador. Los dos hombresllevanlacamisa arremangada y en sus rostros se les nota el estrago de la borrachera de amanecida. Al ver a Lorenzo Anabalón,el guitarristaapunta con el pulgar al enganchador y dice que se va a peleara loscomboscon ese zanguangodel el guitarristaapuntacon el pulgar al enganchador y dice que se va a pelear a los combos con ese zanguangodel carajo.Que aprovechandolacuestaque va subiendoel tren enesosmomentos,se van a bajar desde este coche para subirse luego en el último. Y, alzando la voz, dice con bronca que si no le hace saltar el diente de orode un soplamocos, «metemáticamente» lo va hacer escupir tachuelas al guasamaco tiñoso ése. «Ya va a ver este bastardo quién es el Chico Rosendo». LorenzoAnabalónse para y loacompaña hastala pisadera;yantes de que el guitarristasalte a tierrale palmoteael hombroyle desea suerte. «Pégueleunapatadaenlas verijasenmi nombre,paisita», le dice. Apenas los hombres pisan tierra firme se trenzan con fiereza y ruedanpor el suelodándose frenéticamente conpuñosy pies. Cuando por fin logran levantarse, Rosendo Pérez se pone a bailar en torno al engachador, a ejecutar unos aniñados pasitos de púgil profesional que sacan vivas y aplausos de los pasajeros asomados por las ventanillas de todo el tren. Cuando sólo restan dos coches del convoy y la gente grita entusiasmada,RosendoPérez,trasesquivarungolpe al mentón,le alcanza un puñetazo en pleno rostro a Pancho Carroza que lo hace trastabillar y caer pesadamente porel terraplén. El guitarrista entonces se agacha, algo recoge del suelo y luego levanta mostrándolo con aires triunfales. A los rayos del sol,unpequeñobrilloáuricole reluce entre el pulgar y el índice. «¡Le saqué el diente de oro al bastardo!», grita, enloquecido. Y luego corre a colgarse de la pisadera del último vagón. Al transcurrir el segundo día en que Alma Basilia, además de no dejarse ver por la calle del comercio, no asomara ni la nariz por la ventana de su casa, la gente de Resurrección empezó a murmurar extrañada. La primera tarde, cuando a la hora de la función vespertina del biógrafo no se le oyó tocar el piano, nadie se preocupó mucho; simplemente pensaron que aún le duraría la resaca de las fiestas de año nuevo. Pero cuando se propagó el rumor sobre el forastero que había entrado avisitarla porla nochey quenadiedespuésvio salir, entoncestodo el mundo comenzó a inquietarse de verdad. Lo primero que se pensó fue que Alma Basilia, quien nunca se había enamorado de nadie en su vida, sólo de su árbol, como decían los másviejos,estavez habíasido flechada y su corazoncito de mujer se había prendado al fin de un ser de carne y hueso. Y tal vez, pensaron los más pesimistas, ya nunca más volvería a ejercer su viejo oficio. En la mañana del tercer día, cuando ya todo el mundo estaba convencido de que Alma Basilia se estaba dando un desproporcionado banquetedeamor con «el hombre de cuello torcido», como comenzaron a llamar al forastero, la preceptora, como acostumbraba a hacer todos los lunes, llegó a sentarse con sus alumnos alrededor del árbol para dar su lección de botánica. En un momento de la clase, mientras con una ramita en la mano y un libro de tapas duras abierto sobre su falda, la maestra explicabaalgo sobrelas nervadurasdelashojas,auno de los alumnos se le ocurrió acercarse a la ventana de la casa y mirar por un intersticio del cortinaje. Lo que vio casi le hace salir el corazón por la boca. Que la señora de la casa del arbolito, le dijo balbuciendo a la preceptora, estaba completamente en cueros y atada de pies y manos en su catre. Cuando media hora después, el administrador de la oficina se apersonó en la casa del arbolito, fue la propia Alma Basilia en persona la que lo atendió por la ventana. Asomándose en camisón de dormir, le dijo que qué demonios venía a hacer a esas horas por su casa, que ella estaba atendiendo a un cliente y que hiciera el favor de no importunarla.
  • 41. El administrador, acercándose más a los barrotes de la ventana, dando una inspecciónocularporsobre el hombro de la meretriz, le dijo que le habían ido con el cuento de que el forastero la tenía amarrada a la cama. Que le explicara enseguida qué diantres era lo que estaba pasando ahí adentro, que él no estaba para malgastar su tiempo. Alma Basilia, alzando la voz y mirándolo sin pestañear, respondió, delante de la preceptora y de los alumnos, que si acaso él no había tenido nunca fantasías sexuales. Conturbado sobremanera, el administrador no halló quédecir, mientrasla preceptora,atacadadeunsúbitoacceso de tos, comenzó a arrear a los niños hacia la sombra del árbol, ordenó recoger los útiles y, sin formarlosenfila ni nada,selos llevó casi corriendo a la escuela. Después el administrador contaría en la cantina, en medio de una rueda de parroquianosdesconcertados,queal acercarse más a la ventana, había olido algo raro en el ambiente,unolor quede ningúnmodo era el del perfume de Alma Basilia, sino que más bien le había parecido olor a mierda, dijo. «Mierda de la más hedionda, señor administrador», le corroboró enseguida el cantinero. «Nosotros aquí fuimos los primeros en olerla». Lo mismo diría despuésAlmaBasilia, cuando yatodo no era sino un mal recuerdo en suvida. Que cuando el forastero entró a su casa, contaba con aire ausente, ella simplemente se había quedado zurumbática con el magnetismo desu mirada, pues sus ojos eran del mismo color de las hojas de su árbol. Pero que junto con el hechizo perturbador de esos ojos metálicos,había sido embargadatambiénpor un olor extraño, un olor que a la primera no supo distinguir bien qué era, y que luego descubrió con estupor que en verdad era simplemente olor a mierda. Un indescriptible olor a mierda que impregnó todo el clima de la casa, imponiéndose incluso porsobre el efluvio oleaginoso de su perfume Flor de Manzano que, según reclamaban riendo sus clientes más desvergonzados, costaba semanas enteras sacárselo de encima. El trencorre cansado y humeante por las planicies de la pampa. El paisaje en torno es de locura y la locomotora, como una oxidada bestia anfibia,se vasumergiendoestoicamenteenlosespejismosde aguasazules que cubren los rieles de acero. En el primervagón,lospasajerosaúnvancomentandoconeuforia lospormenoresde lapelea.El enano,con su torcido andar de pato casero, luciendounagranchupallade paja que le da unindefectible aire de bufón medieval,recorre el pasillohablandocontodoel mundoy llevándose cada cierto tiempo los dedos a los genitales para luego olérselos abstraídamente, en un animal gesto humano. Un pampino que vuelve de vacacionesconsu familiayque trata a todos de «compañerito», lo llama y le pregunta su nombre. «Cómo se llama usted, compañerito», le dice. El enano, ceremonioso como un señor Corales en su primera función,le contestaenuntonitoque verificaunligeroresquemorhacialos «grandes».Mirándolohaciaarriba,le explicaque losenanossólonecesitan de sus nombres propios cuando se encuentran más de uno en un mismo lugar; que de lo contrario, como ahora, aunque todos los pasajeros supieran que se llamaba Nabor, su nombre no contaría para nada ni para nadie,pues,comoerael únicoenanoenel tren,para todos seguiríasiendo simplemente eso: el enano. Después,aprovechandoque unode loshijosmayores del pasajero le pregunta a su padre por el significado de la palabra «bastardo» — acordándose de loque había dichouno de los peleadores cuando pasaban por el vagón —, el enano se acomoda en un ángulo del asiento y, con su ronca voz de gigante pasmado, moviendo sus bracitos como aspas, comienzaa contar —«apropósitode esapalabrita,mi amigo»—,laextraña historiade unpartidode fútbol jugado en su pueblo natal entre el equipo de la sacristía y el de los bomberos. El pasajerolointerrumpe parapreguntarle si algunavezensu vida el compañeritojugófútbol. Y cuando el enano le dice que de niño soñaba con llegar a ser guardavallas, el hombre le dice, chambón: «Por lo menos arrastrado no le habrían pasado ningún gol, compañerito».
  • 42. El enano, con el rostro enseriado, retoma la historia y dice que el partido era por la definición del campeonato local; y que cuando sólo faltaban cuatro minutos para que terminara el partido, y el marcador estabaigualado cero a cero, el número 11 de los bomberos, un patituerto que jugabacon un pañuelomoqueroenlacabezay que pateaba como una mula enojada, tomó un pase de rebote en la mitad de la cancha y, desde ahí, a ojos cerrados, con la pezuña del dedo gordo y el viento a favor, mandó un puntete de esos capaces de matar a una vaca a una cuadra de distancia. Que calzó tan bien la pelota el patituerto, que ésta, luego de hacer una extraña parábola en el aire, se fue a colar limpiamente en uno de los ángulos superiores del arco. El gol fue celestial. La volada del diáconoque jugabade guardavallasni siquierasirvióparalafoto. Y cuando los bomberos, eufóricos de alegría, empezaban a celebrar con abrazos y manotones,se dieroncuentade que el árbitro,que noera otro que el cura párroco del pueblo, había tocado el silbato invalidando el tanto y ordenando saque de fondo. Ante los empujones, los escupitajos y los gritos airados de los Caballerosdel Fuegoreclamándole en patota al ministro de Dios para que diera las razones técnicas de por qué ese golazo de media cancha del número 11 no era legítimo, el cura, sin siquiera pestañear, con la pelota debajo del brazo y una expresión sublime en su carita mofletuda, dijo, rotundo: «Porque el número 11 es hijo ilegítimo». Arrinconado contra un sauce, rodeado por los once jugadores del equipobomberilque,babeantesde furor, ya estaban a un tris de cometer el sacrilegio de golpearlo, el ministro de Dios comenzó a vociferar con palabras de púlpito que los padres del número 11 vivían abarraganados y que eso no era agradable a los ojos del Altísimo. Al final, cuando hasta los de la barra se metieron a discutir a la cancha, y la cosa ibapara batallacampal,el cura impusoel acuerdo de que si los padres del número 11, que eran parroquianos de la capilla, arreglaban su situación matrimonial durante el transcurso de la semana y se casaban como Dios manda, el gol sería validado. Y que, además, todo eso lo hacía por el propio bien del jugador, pues, por sí ellos no lo sabían, los hijos bastardos estaban destinados a ser hombres-lobos. A pedido de todos los parciales del club, con el cuerpo de bomberos en tenida de gala, y apadrinado por el propio capitán de la compañía, los padres del número 11 se casaron ese mismo miércoles por el civil y,el sábado,enuna sencillaceremonialitúrgica,oficiada por el cura árbitro, se dieron el sí ante el altar mayor de la iglesia. Y de ese modo, el patituerto número 11 dejó de ser un hijo bastardo y el Unión Bomberos Fútbol Club pudo al fin coronarse campeón de ese año. De pronto, intempestivamente, el tren se detiene resoplando en mitad de la pampa. La gente, intrigada, sacando medio cuerpo por las ventanillas, se asoma a ver qué diantres ocurre. En los alrededores no se divisaningúnvestigiode pueblouoficina salitrera; ninguna estación se ve a orillas de la vía férrea; ningún cerro se yergue en toda la redondela del horizonte. Bajo el ningún cerro se yergue en toda la redondela del horizonte.Bajoel azufroso sol de mediodía, sólo el desierto estira su piel de lagarto hasta más allá de donde alcanza la mirada. A los pasajeros les da la impresión de que están detenidos en el centro mismo de un mundo pavorosamente plano. Alguien dice que tendríanque estar cerca de Los Vientos.Otrodice que enunode sus viajes anterioresel tren también había parado en medio de la nada, y que había sidopara engrasarlosboggies.Apabiladosy terrosos, con cara de muertos levantándosede unafosacomún,lospasajeroscomienzanadescenderpor ambos lados de los vagones. A esas alturas del viaje, ya todos sienten el escozor de las ingles escaldadas y el gorgoteo agrio de sus corazones enranciados. «Hay que estirar un poco los huesos», dicen quejumbrosos. Lorenzo Anabalón se baja y, haciendo visera con las manos, se percata de que la vía es una derechera sin fin hacia adelante. El paisaje en verdad es de pesadilla, y bajo ese sol fundiéndose a un palmo sobre las cabezas se sufría el vértigo de no saber si la locomotora apuntaba hacia el norte o hacia el sur.
  • 43. Con gestosversallescos, Lorenzo Anabalón ayuda a descender del coche a madame Luvertina y a su madre. Después le ofrece la mano a las hermanas de tafetán morado, que no han parado de hablar desde que despertaron por la mañana. «El mundo al revés», viene diciendo una. «Las gallinas de abajo cagando a las gallinas de arriba», le corrobora la otra saltandodesde atrásypercatándose al unísonode que se le ha quedado el abanico arriba. Cuando Lorenzo Anabalón sube a buscarlo, se fija que el asiento del hombre de blanco, con el clavel en la solapa, está vacío. «Al final estaba vivo el hombre», se dice para sí. Ya definitivamente en tierra, las hermanas camanduleras se arrejuntan frente a una animita de lata levantada a orillas de la línea férrea. Sin dejar de hablar entre ellas, comienzan a limpiarla y a ordenarla piadosamente. Los rayos del sol se adhierenconfuerzaa lovioláceode susvestidos de tafetán. En sus vuelos no flamea una pizca de brisa. FlorMaría de losCielosmiraa suabuelobajardificultosamentedel coche. El anciano no permite que nadie lo ayude. Con su sombrero requintado echado hacia atrás, apoyándose en su bastón de palo santo, tosiendo y mascullando «este tren de miércoles», echado hacia atrás, apoyándose ensubastónde palosanto, tosiendoymascullando«este tren de miércoles», se baja y se instala bajo el pellizco de sombra de un poste del telégrafo. La niña se acuclilla a su lado y, peinando la arena con los dedos, empieza a buscar piedrecitas pulidas para jugar a la payaya. Empujado por los mellizos que le gritan «enano huele cocos», el enano tiene que sentarse en la pisadera para saltar a tierra, mientras la mujerflaca,con laguagua pegada al pecho, ayudada gentilmente por don Audito, nodejade reprenderlos para que terminen de jorobar de una vez por todasal caballeroenano,si noquierenganarse una solfa los chiquillos de porquería. Al final, la única que se queda sentada en el coche es la mujer vestida de luto que viene a la pampa en busca del cadáver de su hijo. Apoyada en el marco de la ventanilla, con la mirada abatida, contempla a la gente que desciende yque comienzaadesparramarse indolentemente a lo largo del convoy. Mientras el grueso de los pasajeros no se aleja más allá de los postesdel telégrafo,AmableMarcelinoyZenobiaCastillo,enlazadospor la cintura,echana caminardistraídamente haciael ladopordonde se pone el sol.Sindarse cuenta,mirando las huellas que van dejando sus pasos en la arena, maravillándose de estar pisando territorios al parecer nunca hollados por ser humano vivo, los jóvenes amantes empiezan a perderse detrás de una imperceptible colina de arenas blancas. Cuandolosenamoradosse percatande que el tren no se divisa por ningún lado, comienzan a sentir la sensación insondable de haberse quedado solos en un planeta ajeno, un planeta vacío y yermo como el mismo purgatorio. El silencio les resuena con fuerza en los oídos y la soledada pesarles como una montaña de plomo en el pecho. Aturdidos y excitadoshastasentirel aleteode suspropiasalmasenamoradas,tendidos enla arena caliente,soloscomolaparejaoriginal,losamantes empiezan a amarse más allá de lo telúrico, más allá de la cosmogonía del amor, sintiendo, mientras se aman, que algo más alto que el silencio y más abismante que la soledad apunta directamente hacia ellos. Y abrazados desnudosenesaspeladerasastrales,losenamorados sienten la sensación primigenia de estar a punto de ser echados del paraíso. El pitazode la locomotoralossalva de una sublimacióninminente. Mientras el tren empieza a marcharse, los pasajeros del lado poniente venapareceralaparejade enamoradoscorriendoporlasarenas. Y asomándose a todas la ventanillas de ese lado, llenos de algarabía, comienzanagritarlesobscenidadesya hacerle señas como locos para que se apuren,mientraslosjóvenes,corriendoatodo dar a través de la llanura blanca,sinsoltarse de lasmanos,parecenresplandecercomoel mismo sol del cielo. En verdad son dos antorchas vivas, dos zarzas ardientes las que corren flameando hacia el tren que los espera. Oscuro, estrepitoso, a todo humo, el tren es de nuevo una oruga férrea atravesando las soledades de la pampa salitrera. Al interior del primer coche madame Luvertina se para de su asiento y se acerca a las
  • 44. hermanasde tafetánmoradoque,lánguidasde calor, no paran de hablar y echarse aire con sus abanicos floreados. «Toda parteramala le echala culpa al culo», está diciendo una de ellas, refiriéndose a la pobre mujer de la guagua nacida muerta. «Es tan flaca la pobre que a lo mejor, en este caso, la comadrona tenía razón», dice la otra. La quirománticase disculpapor la interrupción y les cuenta sobre loocurrido a Flor María de los Cielos durante la noche; de lo apenada que había quedado la niña por la muerte del pollito. Las hermanas, haciendo gran aspavientode susinstintosmaternales,se levantany van a su asiento a decirle que no se preocupara la niñita bonita, que esos bichos eran tan delicados que si uno los miraba feo empezaban a boquear solos; si con decirle nomásque yahabían tenidoque tirar por la ventanilla a varios que habían cloteadodurante el viaje,tantoasíque, sin contarlos, ellas podrían asegurar que les van quedando en la caja menos de la mitad de los que traían. Pero que si la niñita linda quería, antes de bajar del tren, le regalaban otro de los bichos, uno más grande y criadito, claro. La mirada de agradecimiento de Flor María de los Cielos, limpia y transparente, y la pobreza paupérrima de su vestimenta las conmueve hasta casi las lágrimas. Y es que ellas, dice una, aunque no son madres, saben muy bien lo que cuesta criar un hijo. Que madre no es la que pare, sino la que cría, dice la otra. Y ellas han criado a varias huerfanitas en su casa de pensión,dicencomplacidasambas.Ycomoentanto ellashablan la niña no deja de rascarse la cabeza en ningún momento, las hermanas se ofrecen cariñosamente a despiojarla. Cuando, sentadas a ambos lados de Flor María de los Cielos, las hermanasde tafetánmoradohan comenzadoaespulgarlaa cuatro manos, la señora flaca de la guagua silenciosa les ofrece un peine y una mantilla para que la extiendan sobre su regazo. A la primera pasada del peine, decenas de parásitos caen pataleando sobre la blancura del paño como una challa viva. Y mientrasunade lashermanasse ocupa de rastrillarle el pelo,y la otra, con las uñas de sus pulgares resecos y una mueca de delectación en el rostro, se afana en reventar los piojos como si fueran guatapiques, ambas,así comoal desgaire,comienzanabuscarle conversaciónal abuelo. En verdad, a las hermanas no les cuesta mucho romper la caracha de silencioconque el ancianodel bastón de palo santo se defiende de los intrusos. Y al rato nomás ya se enteran de su propia boca de que Flor María de losCieloshaquedadohuérfana,yque por tal motivo él se la trae a vivir a la oficina salitrera en que trabaja. Que ya apalabró a la señora de la pensióndonde come paraque la niña ayude a servir las mesas. Que allí, entre los mineros del salitre, dice el abuelo mirando con ojos húmedos hacia la ventanilla, de seguro que su nieta hallará un hombre trabajador con quien matrimoniarse y formar un hogar como Dios manda. Mientras el viejo habla y las hermanas de tafetán morado lo oyen sin cejar en su tarea, Flor María de los Cielos parece muda. Engurruñada entre lasdos mujeresde vestidos vueludos y olorosas a flores de muerto, lo único que hace es sorberse las narices y jugar con su run-run hecho de dos calas de Lautaro aplastadas. En todo el viaje nadie la ha visto sonreír nunca. Las hermanas le preguntan al viejo por la edad de la niña. Justamente ese día está de cumpleaños. «Cumple doce», dice el abuelo. Las hermanas entonces se ponen de acuerdo para regalarle un dulce de fiestaapenaslleguenalasiguiente estación.Lacual,si el ojono le falla,dice donAudito, quien se ha acercado hasta el asiento atraído por la cháchara de las mujeres, ya se divisa recortada entre unos cerros azules, alláa lo lejos.Integrándose conentusiasmoalaconversación,el empleado de escritorio dice que, además de regalarle un pastel, tendrían que cantarle el «cumpleaños feliz» entre todos en el coche. Cuando las hermanas de tafetán morado dan por terminado el despioje, antes de sacudir el paño por la ventanilla, a la encargada de aplastarlos con las uñas se le ocurre ponerse a contar uno por uno a los bichos muertos. A medida que la cuenta sobrepasa decenas y centenas, comienza a cundir la curiosidad y la expectación entre los pasajeros más
  • 45. cercanos. Cuando la mujer termina de contar, respira hondo y, concienzudamente, de manera notarial, dice en voz alta: «Trescientossetentaycuatro piojos,treschinchesyuna garrapata de contrabando». Apenas el tren se detiene en la estación, las hermanas de tafetán morado, acompañadas de madame Luvertina, se bajan presurosas a comprar. Como no encuentran tortas de cumpleaños se conforman con media docena de dulces pequeños que disponen sobre una bandeja de porcelana donde madame Luvertina prepara sus causeos. Una mujer les pasa una velita de cumpleaños que ensartan en el dulce del medio. Y cuando todos en el coche se disponen a entonar en coro el cumpleañosfeliz,ZenobiaCastillo,lajovenenamorada,se desembarazade losbrazos de su amante y,sonrosadade emoción,comounaniñitaa punto de hacer una gracia en público, dice que por favor se esperen un ratito, y corre a su asiento y se empina en sus zapatitos de tacos chuecos y baja su pequeña maleta del portaequipajes y saca de ella un pequeño vestido blanco, resplandeciente de encajes. «Es mi vestido de primera comunión», dice anhelante. Y extendiéndolo en sus brazos para mostrar su hechura, agrega: «Me gustaría mucho que Flor María de los Cielos se lo pusiera antes de que le cantemos el cumpleaños feliz». Aprovechando que hay agua, y con la benevolencia de su abuelo emocionadohasta el ahogo de tos, Zenobia Castillo se lleva a la niña para asearla un poco y cambiarle de ropa. Antes de entrar al baño alguien le pasa una piedra pómez. «La va a necesitar», le dice. CuandoFlorMaría de losCielosaparece de nuevo en la puerta del baño, con la cara lavada, los codos y las rodillas brillantes, el pelo ordenadoendostrenzasperfectasyvestidadel preciosotraje blanco,dala impresión a todos en el coche de que en realidad no es Flor María de los Cielos,sinounaapariciónsobrenaturalde ellamisma.Yporprimeravez en todo el viaje los pasajeros la ven sonreír. «De verdad que parece un ángel», dicen las hermanas de tafetán morado. Su abuelo sólo se limita a mirarla con sus ojos humedecidos. Está asombrado. Cuandoal finlospasajeros,agolpadosentornoala niña,se ponen a cantar a coro, el enano se encarama sobre el espaldar de un asiento y, afirmándose con una mano y con la otra dirigiendo la canción, acompaña el canto sacando una potente voz de barítono que sorprende a todo el mundo. Al terminarde cantar, madame Luvertina le tiene que decir a Flor María de los Cielos lo que debe hacer. Cuando la niña sopla, todos en el coche rompena aplaudirjubilosos.Después, a pedido de la quiromántica, LorenzoAnabalón,sacasu acordeónrojo y le canta «Las mañanitas» a dúo con el enano. Cuandoel trencomienzaa partir,FlorMaría de losCielos,asomada a la ventanilla,resplandeciente ensuvestidoblanco,le sonríe yhace señas de adiós a un niño de rostro moreno que merodea por la estación con su bolsode escuelabajoel brazo.El niño, atónito primero, dudando si es a él a quien esa niña linda le sonríe, descalzo como anda empieza a correr desesperadamente juntoal vagón haciéndole señas con la mano en alto y mirándolacomose miraría la fugazapariciónde un ángel desvaneciéndose irremediablemente en la irradiación del aire. Madame Luvertina, quien ha observado toda la escena desde su ventanilla, sonríe con ternura. Con el espíritu pulido de emoción, piensa que quizásalgúndía ese niño andará contando por ahí que una vez la niña más hermosadel mundole sonrióyle hizoseñasdesde el vagónde untren enmarcha. Y tal vez,para guardarlaen su recuerdo,aquel niño moreno, al que le adivinó los ojos tristes de los poetas, le inventará un nombre; y, como el amor es mágico, hasta puede que la bautice en el libro de sus recuerdos como Flor María de los Cielos, su propio y bello nombre. Y es que después de todo, piensa con afecto la mentalista, quién dice que el destino principal de este viaje de la niña, más que ir a fregar platos a una salitrerayluegocasarse con un hombre que llegarádel cerroentierradode
  • 46. piesa cabeza,no seasinoel de quedargrabada para siempre en la retina y enla memoriade ese niñoconcara de pan de Diosque en esos momentos ya ha dejado de correr y, parado a la orilla de la vía, se va convirtiendo en un minúsculo puntito negro reverberando a la distancia. Los pasajerosque porprimeravezhacen el viaje a la pampa, están desconcertados.Desde que clareóel díaque vienensintiendolaimpresión terrible de que el tren corre y corre sin ganarle un solo centímetro a ese desiertodel carajo.Desde que abrieronlosojosenlamañanaestánviendo el mismo paisaje atornillado a las ventanillas. Es como si un mismo pensamiento, insensible, yermo como la muerte, se hubiese quedado enmarcado para siempre en la mente de cada uno. Una pasajerade ojoshundidosdice de prontoque recién se viene a dar cuenta de que el señor del traje blanco y el clavel jaspeado en la solapa, que no hablaba con nadie y que no traía equipaje alguno, ya no está en el coche; que no lo ha visto desde que el tren paró en mitad del desierto. «Se notaba que éste no era su tren», dice desde el asiento de enfrente un hombre de orejas triangulares. Cuando la señora de cuencas hondas está diciendo que si el pobre hombre no muere empampado, alguiense vaa llevarunsustode padre y señor mío cuando regrese a casa, entrael ciegode laspeinetasy,equilibrándose expertamente, las piernas abiertas en compás, se pone a cantar un luctuoso bolero de amores no correspondidos. Cuando el ciego termina de cantar, avanza a tientas por el pasillo ofreciendo sus peinetas de carey con un lánguido pregón de lástima. Al pasar por el asiento de las hermanas con vestidos de tafetán, olorosas a floresmuertas,una de ellas, sólo por ayudar al pobrecito inválido, le toca la caja de la guitarra con los nudillos y le pide que le venda una peineta. Cuando le pasa el billete, el ciego, reconociendo al tacto que es uno de cola larga, comenta despectivo: «Y todo este tremendo billete para una sola peinetita». Las hermanas de tafetán morado se miran entre sí, divertidas, y luego exclaman a dúo: «¡Al ciego le dieron ojos y pidió pestañas crespas!». En esos momentos, Flor María de los Cielos, a instancias de su abuelo,se ha parado de su asiento y, con el triste atadito de su ropa vieja bajoel brazo, se acerca a Zenobia Castillo. Con una expresión apenada en su carita redonda le pide que la acompañe al baño para devolverle el vestidoblanco.Lajoven,abrazadaa su enamorado,lamiraun instante con ternuray, luego,enun sentimental rapto de generosidad, le dice que por favor se lo deje para ella, que se lo regala de todo corazón. «Además, te queda como hecho a la medida», le dice Amable Marcelino, acariciándole el pelo y regalándole un guiño de picardía. Flor María de los Cielos, feliz de la vida, comienza a dar vueltas y revueltasporel pasillodel coche haciendo, girar en remolino el ruedo del vestido.Cuandollegahastael asientoendonde valaseñoraadivina,con la cara llena de alborozo le cuenta que ese vestido bonito ahora es suyo. Madame Luvertina, quien en esos momentos está tirando por la ventana unos trozos de pollo cocido —«se están abichando», le había dichoa su madre —, le sonríe con dulzura. Y, mirando hacia donde van los amantes, se dice pensativa que Dios se apiade de esos enamorados del amor. Cuando termina de tirar la carne agusanada, la quiromántica saca un frasquitode perfume de unapequeñabujetade maderayse pone unas gotitasdetrásde las orejas.Luegoremece aLorenzoAnabalón, quien hace rato va dormitandoapoyadosobre suinstrumento, y le dice que por favor la acompañe un ratito a la pasarela, que tiene que secretearle algo. «Además,le servirá para orearse un poco», le dice. «Lo que es yo, no doy más del sofoco». Instalados en la plataforma delantera del coche, madame Luvertina le dice que se trata de los jóvenes enamorados. Con expresión consternada,a puntode soltarel llanto, le cuentaque ni en las cartas ni en las líneas de sus manos les vio ningún futuro en sus vidas, y que no había tenido el corazón suficiente para decírselo. Y que, para terminar de
  • 47. rematarla, por la noche había soñado puras terriblezas con ellos. «Esos niños malandantes están marcados por el sino decírselo. Y que, para terminar de rematarla, por la noche había soñado puras terriblezas con ellos.«Esosniñosmalandantesestánmarcadosporel sino de la tragedia», dice acongojadamadame Luvertina,apoyandosucabezaen el hombro del acordeonista. Luego de sacar un pañuelito de su escote y sonarse las narices delicadamente, lamentalistale cuenta que en el sueño veía a la pareja de enamoradospaseandoabrazadosysilenciososporlascallesde una oficina salitrera en donde, luego de unos días sin tener dónde vivir, terminaban quitándose la vida; él se ataba un cartucho de dinamita en su correa y, luego de decirle a ella que la seguiría amando en el cielo, encendía el cartucho con la lumbre del último cigarrillo y la abrazaba llorando. Mientrasmadame LuvertinayLorenzo Anabalón, casi rozando sus cuerpos al balanceo del tren, conversan de pie en la plataforma, a ella el viento le hace ondear toda la cabellera trigueña hacia un lado de la cara, hecho que a él le rememora vívidamente la imagen inolvidable de Uberlinda Linares. Cuando en un arrebato de pasión, él está a punto de besarla, desde el interior del coche les llega un claro bullicio de trifulca. Lo que estaba pasando adentro era que la madre de la quiromántica, de improviso, al verse sola, había dejado su tejido en la canasta, se había levantado por primera vez de su asiento, se había arreglado las plisaduras de la falda y, con pasitos de sonámbula en casa ajena, se había dirigido hacia la puerta que daba al segundo coche. En el instante en que pasaba junto al asiento de la señora de la guagua pegada al pecho, los mellizos, que habían sentido un olor dudoso enel ambiente, tapándose las narices con una mano y agitando los dedos mojados en saliva de la otra, comenzaron a gritar a coro, muertos de la risa: «Fo fo fo, quién se lo tiró; fo fo fo, quién se lo tiró». La abuela se detuvo enojada ante los niños. Pensando que la estabanculpandoa ella,losmiróconel ceño fruncido y, aunque hasta ese momento había parecido muda, sacó una cantarina vocecita de ánima lírica para decir que a ella no la vinieran a mirar los mocositos impertinentes, que ella no había sido la del follón. Luego había buscado con la miradaalrededory,apuntandoal abuelo de Flor María de los Cielos que la miraba extrañado desde su asiento, agregó, en un abierto dejo de picardía infantil: «Para mí que fue ese viejo». El abuelo, que era la primera vez que la veía en todo el viaje, se quedó mirándola sorprendido y luego reaccionó enojado: «Más viejo es el viento y aún sopla», le dijo. Y rematando la sentencia agregó fuerte: «Vieja fea». La madre de la quiromántica se lo quedó mirando un instante como arrobada.Luego,pasadosu desconcierto, apuntándolocon su índice de pellejotransparente, le respondió que si acaso el viejo cara de caballo no se había asomado nunca a un espejo. «Si la muerte no te embellece, viejo peorro, habrá que velarte boca abajo», le dijo fuerte. «¡Vieja sangregorda!», le gritó el abuelo, trémulo, agitando su bastón de palo santo como si fuese un crucifijo. «¡Viejo ablandabrevas!», le respondió ella. Cuandomadame Luvertinay Lorenzo Anabalón entran al coche, el espectáculolosdejaanonadados.Enunbochinche fenomenal,los abuelos discutenacaloradamenteante la abierta hilaridad de los demás pasajeros que, azuzándolos a coro, se han puesto de pie para observar mejor. Avergonzada hasta el rubor, la quiromántica toma de un ala a la ancianay se lallevade vueltaasu asiento.Comosi en verdad fuese ella la madre, madame Luvertina la acomoda con gestos bruscos, le pasa de nuevosutejidocelesteylaregaña entre dientes por su trato mal educado con el abuelo del bastón. Que así no se trataba a las personas, le dice. ¿O acaso ella conocía de antes al caballero?
  • 48. «Ni por el forro»,dice laancianacon su tonitosenil.Y,metiéndose de nuevo en los vericuetos de su tejido, vuelve a su mutismo de animita chocha. Madame Luvertina deja pasar un momento mirando por la ventanillay,luego,yauntanto más serena,le comentaal acordeonistaque hacía rato no veía tan locuaz a su madre. «Desde la última vez que se enamoró», dice. Y exhalando un suspiro, agrega divertida: «Hará cosa de dos meses». Por la noche de aquel tercer día, un ebrio que no había dejado de celebrar desde las fiestas de año nuevo, se metió a orinar debajo del árbol de Alma Basilia y se topó con un bulto grande que colgaba de su ramaje. Era el afuerino quependíaahorcado.«Porelolorcito que emanaba parecía un saco de mierda», contaba después el borracho. Cuando el administrador fue avisado y llegó hasta la casa acompañado del sereno del campamento, además del hombre colgando del árbol, se encontró con Alma Basilia tendida en su cama bañada en sangre. Tenía una herida de puñal cerca del corazón, pero aún respiraba. Al día siguiente llegó la policía de Iquique a buscar el cadáver del forastero.Ahíse supo queel hombre se llamaba Rosalino del Valle y que se había convertido en asesino de mujeres de puro resentimiento, y que la hediondez a mierda que despedía su cuerpo era casi su olor natural. Oriundo de un caserío al interior de la ciudad de Osorno, hijo putativo de un dueño de fundo, cuya única herencia había sido un par de ojos verdes y un desdeñoso modo de mirar, se había venido al norte a la edad de quinceaños. Desde entonces, hacía siete años a la fecha, se había ganado la vida limpiando abrómicos en las casas de los adinerados de Iquique. Además de ser explotado por el dueño de la empresa, un peruano quehabía amasado sufortunaabasedela mierda delos ricos, Rosalino del Valle tenía que soportar la burla de sus amigos que lo habían apodado El Matón —«Éste le saca la mierda a todos», lo jodían riendo burlonamente — y la desidia y la humillación permanente de las mujeres dueñas de las casas más encopetadas de la ciudad. Uncaluroso amanecer de verano, mientras hacía su segundo viaje en su carreta trasladando los barriles con mierda hasta el botadero, al entrarpor la puertade servicio a la mansiónde un magnate salitrero, cuya mujer era una de las que más lo humillaban en su tarea, se encontró con ella ocupando elasientodel baño.En un incontrolable arrebato de ira ante los denuestos de la mujer que lo trató como a un perro, en vez de disculparse y esperar para cumplir con su tarea, Rosalino del Valle atacó a la mujer allí mismo y la mató de nueve puñaladas. No contento con eso, unavez consumado sucrimen,enuninstintivo acto dereivindicación social, la embadurnó todaconmierdade su propio abrómico y la dejó sentada en el cajón del baño en la misma posición aristocrática en que la había sorprendido: pierna arriba y con las manos entrelazadas en las rodillas. Rosalino del Valle cometió dos asesinatos más en menos de una semana, antes de que fuera detenido por la policía. Condenado a la pena de muerte, alcanzó a estar un año y siete meses en prisión. Hacía cuatro días que había escapado. Y había sido a causa de su oficio, de sus largos años de trabajar acarreando y limpiando abrómicos, que a Rosalino del Valle se le había impregnado en la piel el olor a mierda. Además, durante todo el tiempo que estuvo en la cárcel, los gendarmes lo habían destinado diariamente a limpiar las letrinas del penal. En Resurrección el caso habríasido olvidado enunpar de meses de no haber mediado un extraño detalle en la muerte del forastero; detalle quehabíasido todo unmisterio parael sereno y el administrador,tanto así que, por encargo de este último, ambos mantuvieron en secreto y no lo divulgaron sino hasta mucho tiempo después. Cuando loshombrescomenzaron arelatar el suceso contaban que al ir a bajar al ahorcado, se dieron cuenta con horror de que en realidad el hombre no pendía de ninguna soga, sino que tenía enroscada al cuello, como una serpiente vegetal, una rama del propio árbol de Alma Basilia.
  • 49. Y que la punta de los zapatos del forastero se balanceaban a sólo un milímetro del suelo. «Después de eso, nunca más volvimos a pasar por debajo del árbol», decían medrosos. El tren avanza tremolante bajo el incendiario sol de mediodía. Su siluetaacordeonada a ratos parece transparentarse y desvanecerse como un espejismo en esas encandilantes llanuras blancas. Los pasajeros, consternadosante ese mundoestepario,sientenen su alma que ya se han adentrado largamente en las castigadas tierras de Dios. «Todo esto es un gran calcinatorio», dice alguien, impresionado. Por las ventanillas abiertas de los coches, junto al tierral salitroso levantadoporlasruedasdel convoy,entraun calor seco, como de caldera. De pronto, comotocados por unavisiónirreal,lossofocados pasajeros del lado poniente se ponen a contemplar una huérfana nube blanca que avanza desmadejándose milagrosamente en la radiante luminosidad del cielo. Como si se tratara de la visión de un ángel perdido, los pasajeros embelesadossiguenlatrayectoriaylasformasenque se va deshilachando despaciosamente la nubecita expósita. Bajo ese calor de infierno no se sabe si es más bella la nube atravesando el azul del cielo o su sombrita fresca ungiendo el lomo quemante de las piedras de caliche. Después, un poco más adelante, les toca sorprenderse a los pasajeros sentados del otro lado del vagón: un remolino de arena ha comenzado a erguirse de la nada y, bailando y creciendo a través de la llanura, bailando y creciendo, se acerca excitantemente en dirección al convoy. En medio de los gritos de júbilo de los pasajeros, el remolino, ya convertido en una tolvanera gigante, alcanza y cruza por encima al tren, cubriéndolocompletamenteydejandootropocode tierra en las bocas, en las cuencas de los ojos y en los pliegues y bolsillos de los ya entierrados trajes marchitos. Después, perdiéndose por el otro lado de la pampa, la siluetadel remolinoyaadelgazándose,equilibrándose enhiesto en la raya del horizonte, les trae a los pasajeros sureños la nostalgia plateada de un álamo huacho. Y como si el remolinohubiese sido un mensaje de bienvenida, un poco más allá, a ambos lados de la línea férrea, comienzan a divisarse los cascotes de algunas oficinas salitreras abandonadas. Junto a sus ruinas, como flotando a la deriva en la reverberación de las arenas candentes, ondulan sus viejos cementerios de tumbas abiertas. Mientras el tren cruza frente a esos olvidados cementerios pampinos, don Audito se pone a pensar que los únicos cactus de esos páramos malditos eran las requemadas cruces de los camposantos. «Fúnebres cactus de madera», metaforiza para sí. Contentísimo de su hallazgo poético, se lo quiere recitar a su vecina de asiento, pero la señora de luto no le sirve para sus devaneos líricos:hace unaeternidadque lapobre mujerno habla ni parece escuchar nada. Se vuelve entonces urgentemente hacia atrás y le recita su metáforaa la señorade la guaguanacida muerta.Luegode una explicación didácticaque el brillitode interrogaciónenlosojosde la mujer amerita, le dice lo mucho que le gustaría a él llegar alguna vez a vocalizar sus versos con las mismas florituras y delicadezas que luce su gallarda caligrafía de pendolista. Comola mujer flaca lo escucha con admiración incondicional, don Audito, embalado, arrebatado de lirismo, se pone a detallarle —a ella y a todos los pasajeros alrededor— el contraste tremendo de esas ardientes pampas calcinadas con los enverdecidos paisajes de sus sures natales. Sacandoa relucirtodasu artilleríade poeta pastoral reprimido, empieza a hacer un inventario de las bondades y bellezas con que Madre Natura regaló a su tierra sureña: ríos como turquesas, bueyes de sombra lila, ovejasmojadasde rocío, colibríes funámbulos, caballos como labrados en carbón de piedra, manzanas encandiladas, helechos, tulipanes, pataguas, álamos, robles, araucarias. «Y toda esamúsicapara los ojos»,terminasuspirando inspirado el empleado de escritorio, «imagínesela, usted, mi señora linda, con acompañamiento de lluvia y silbato de tren».
  • 50. Cuando el tren comienza a tomar una curva cerrada y el chirrido de las ruedas de fierro hace destemplar los dientes, el pendolista nostálgico está diciendo que no sabe en qué minuto de su vida fue capaz de abandonar aquel paraíso por venir a morirse a estas sulfurosas peladeras de planeta a medio cocinar. Oscilando en el zarandeo del vagón, se pone a contarle a la mujer flaca de cómo había llegado a trabajar a la pampa de chupalla y ojotas. Que antes de pasar a empleado de escritorio eran tan pobres, que con su señora esposa, que en paz descanse, dormían en una calamina puesta encimade seistarrosde mantecarellenosde tierra.Que porlasnoches,en los afanes de sus machihembramientos, la calamina resonaba como al embate de unaventolera,mientras ellos trataban de contener el resuello para no despertara suspobrecitosvástagosque,sobre una frazada puesta en el suelo, dormían acurrucados como angelitos en estado de oruga. Cuando la mujer flaca cuenta que ella viene a la pampa en busca de su marido,del que nosabe si sufrió algún percance o simplemente se puso a vivir con otra mujer y se olvidó de ella y de sus hijos para siempre, don Auditocomentalacónicoque todoel mundoviene a la pampa en busca de algo y que, al final, además de los años más preciados de sus vidas, terminan dejando tirado en ella hasta su triste atado de huesos. «Los pobres huesos quedan para flautas del viento», dice cejijunto el pendolista. Mirando hacia afuera, la señora flaca comenta que para trabajar enesassequedades,había que ser bien carne de perro. «Por aquí debe de lloverunavez cada mil años», dice. Don Audito le va a responder que el hombre es un animal que se acostumbra a vivir hasta en el mismísimo infierno, cuando su vecina de asiento, la señora de luto, volviéndose de súbito, mirándolo con fijeza de esfinge, masculla enfebrecida: «Los huesos de mi hijo no se van a quedar para flauta de nadie». Sorprendido, don Audito se queda un momento sin reaccionar. Luego se da vuelta y le dice, respetuosamente: «Perdón, señora, pero a estasalturasa suhijoya lodebenhaberenterrado».«Lo desentierro y me lo llevo de vuelta al sur», dice la mujer. «Mejor sería que lo dejara descansar en estas tierras», le dice don Audito. «Por qué habría de ser mejor»,preguntalamujer.«Porque aquílosmuertosno mueren». «Usted desvaría». «No, mi señora, le digo la purita verdad. Por estos yermos la mortaja de salitre conserva los cuerpos mejor que cualquier mejunje de esos para preparar momias». «Será, como usted dice, pero mi hijo no se queda en estos pedregales. Los santos huesos de su padre lo esperan en una sepultura mucho más humana, allá en el sur». «Yo, querida señora», insiste don Audito, «he visto muertos en estos cementerios mejor conservadosque cualquier anciano reumático de esos que se pasan el día aguachando palomas en las plazas públicas». Y se acomoda de nuevo en su asiento, y se pone a contarle a la señora de negro sobre un discurso fúnebre que le oyó decir a un amigo suyo en el cementerio de Pampa Unión. A su amigo le decían el Poeta Mesana y el discurso hablaba justamente de ese prodigioso poder de conservaciónque poseenestastierras.Si laseñoraloestimabapertinente, él había memorizado un pequeño trozo y podía recitárselo ahora mismo, con todo respeto, por supuesto. La mujer, desconcertada, se lo queda mirando de medio lado, como las gallinas, y don Audito, los pulgares en los bolsillos de su camisolín, comienza a recitar despacito, mirando el techo del vagón: «Que la pampa y su mortaja de sal establezcan el milagro inmanente de mantener el cuerpo de Avelina Pocas Luces en perfecto estado de conservación, para que el día glorioso de los muertos el fioquentísimo se levante luciendo su misma e inolvidable estampa de tanguero fino; y, canchero como siempre, jugueteando el palito de fósforos en su diente de oro, termine de dibujar ese giro en que fuera interrumpidoinsulsamente porel dueño(ysupuñal) de la dama más linda del baile; señora cuya brevísima cintura aún moldearán bajo tierra sus aguzadas manos de artista, y cuyo perfume, cual mariposa atónitamente alfilereteada, aún persistirá incólume en el cuenco de su, en vida, encorvadísima nariz de amante». Acompasado por el estribillo invariable del tren, el tema de la muerte se expande comounapeste entre los pasajeros. Desde un asiento
  • 51. frente adon Auditose oye a alguien decir que los moribundos de la tierra podrían perfectamente pedir un escapulario, un vaso de agua, o que les abrieranlaventana;que estabanensu derecho.Que podríanasimismo —y esosería lomejor— rogar que losdejaransolos.Pero,porel amor de Dios, que hicieran el favor de no sobreactuar su agonía. Que eso de estirar la mano como tratando de aferrarse a algo, o a alguien, resultaba más bien grotesco. Y, por último, que debieran de tener la delicadeza de apretar bienlospárpadosantesde expirar,pueslosojosenblanco resultaban más bienempalagosos.«YporDios que losdesmejora»,recalcaotro con ironía. Despuésse oye a unade lashermanasde tafetán morado asegurando que una de las repercusiones de vivir cerca de un cementerio era el compromisocasi ineludible de instalarse conunnegociode flores; o, en su defecto, instruirse enel oficiode talladorde lápidas; eso sin decir nada de la tentación casi inmoral de instalarse con un boliche y bautizarlo con el estratégico nombre de El Quitapenas. «Lo otro sería dedicarse a profanador de tumbas», dice la otra hermana. «Pero eso ya es harina de otro costal», dice ésta. «Tierra de otro cementerio», remacha aquélla. Como por las ventanillas de ambos lados del vagón se siguen divisando corrales de cementerios pampinos, un pasajero con cara de muertolozanose pone a contar de una artista de variedadesque a su paso por uno de esos cementerios le dio el antojo de llevarse como recuerdo una hermosa flor de lata que arrancó de una corona fúnebre. Que transcurrido un tiempo, la mujer, media loca de espanto, se vio en la obligaciónde venirdesdelamismacapital areponer la flor en la tumba de donde la había sacado, pues el ánima implacable del difunto, un joven pampino que había muerto de nostalgia por los ojos de una mujer, no la dejó en paz ni una sola de sus noches de insomnio cobrándole su florcita de lata. Bajo la influencia del paisaje, la conversación se desvía hacia los mineros extraviados en la pampa que habían tenido que beber de su propia orina para sobrevivir en ese infierno blanco. Don Audito cuenta sobre un empampadoque sobrevivió gracias a su orina, y que después de rescatado siguió bebiendo por costumbre media jarrada diaria de sus orines en ayunas. Que el hombre, mandándose el trago al coleto como si fueraté de Ceilán,decíamuysuelto de cuerpo que era lo mejor que había descubierto para conservar la buena salud. Y que algo de cierto debía de haber en eso, asegura orondo don Audito, pues resultaba que el empampado se había muerto a los 122 años de edad. Ni uno menos. «Y seguro que se murió de pura salud», acota el enano, en tono escéptico. Que a propósito de beber orina, dice la quiromántica, ella les aconsejaría que no compraran tecito en la próxima estación, que el bebedizo que allí se vendía tenía gusto a agua sucia. Y menos todavía comprar pollitos asados, dice admonitoria, a menos que quisieran probar garuma o jote de cerro. Don Audito retruca cortésmente que no hay ninguna diferencia entre comerse un pollo, una garuma o un jote; que lo único que no se debería comer jamás en la vida eran palomas. «¿Y por qué no?», preguntan a coro las hermanas de morado. Don Audito, luegode daruna miradaenabanico,dice gravemente que la palomaessagrada, que esuna de las aves de naturaleza más limpia que existen, y uno de los pocos animales inmunes al diablo, pues éste nunca podría usurpar su forma. Y luego pregunta casi recitando que si acaso las señorasylosseñorespresentesnunca habían visto a una paloma muriéndose, vaciándose cual un cáliz trizado sorbido lentamente por la tierra. «Ave que vuela, a la cazuela», le corta el enano, ya en franco tren de sorna. Y cuando, en un gran corro, todos están siendo presa de la más desatadaimaginación,y uno ha comenzado a contar el caso espeluznante de la guagua con dentadura de oro que en las noches de luna se les aparecía llorandoa losminerosenmitadde lapampa, hace su apariciónen el coche un hombre de aspecto agitanado luciendo un sombrero de ala ancha y chaleco negro con botones plateados.
  • 52. «Es el contador de cuentos», dice el enano. Cuando, Alma Basilia se recuperó de la herida ya no volvió a ser la misma. El suceso la dejó como nimbadadeunaire ausente.A veces, por las tardes,se olvidabadeatendera sus parroquianos y se echaba a andar por las calles del campamento con una triste expresión alunada. En las pocas veces que se acordaba de ejercer su oficio lo hacía como sumida en un estado de crisálida. «Es como estar haciendo el amor con su recuerdo», decían los hombres. Nadie supo nunca qué había sucedido exactamente durante esos tres días y tres noches de encierro en su casa con el forastero. Cuando alguien le preguntabasobreel asunto, Alma Basilia, con la mirada errática de los locos,jugando a dar vueltas entre los dedos una ramita de su árbol, se quedaba un rato absorta y luego respondía vaguedades. Decía, por ejemplo, que así como los jorobados traían buena suerte, los hombres de cuello torcido eran de mal augurio, que eso se lo había revelado cierta vez unaseñora adivina de paso por Resurrección y ella no le había hecho caso. Tiempo después, la oficina Resurrección paralizó sus faenas. Poco antes de apagarse los humos de la usina, se habían pintado a la cal las casas del campamento y las caravanas de niños con sus camioncitos de lata habían recorrido las calles de tierra con su sonajera indescriptible. Como todos sabían en la pampa, ésas eran dos de las tres señales que anunciaban la paralización de una oficina. La otra era el acaecimiento de algún suceso extraordinario. Para muchos, la desgracia ocurrida a Alma Basilia con el forastero asesino había sido la tercera señal. El día de la partida, todos los habitantes de Resurrección se abrazaban llorando desconsoladamente. La mayoría partía a laborar en alguna de las oficinas cercanas, aún en producción; otros se iban a tentar suerte a Iquique; unos pocos, los más afortunados, se embarcaban en el tren de regreso a su tierra sureña. Y en el ajetreo de retobar los bártulos, cobrar el salario y despedirse de sus muertos, todo el mundo se olvidó de AlmaBasilia. Y de la nochea la mañana,Resurrecciónquedó convertido en otro pueblo fantasma de los tantos que ya comenzaban a poblar el desierto. En el campamento sólo quedó un cuidador y una cuadrilla de obreros contratados por una semana, cuya tarea consistía en sacrificar a los cientos de perros y gatos abandonados por sus dueños. Una mañana, al más joven de la cuadrilla mataperros le dio por ver cómo era por dentro la casa de la puta del arbolito, a la cual nunca se había atrevido a entrar. En su interior halló a Alma Basilia recostada sobre su catre de bronce, como recién muerta. Tenía las manos cruzadas en el pecho y en ellas, como si fueraun crucifijo,sosteníaunaramitadesu árbol. En el aire de encierro de la casa flotaba un fuerte olor a tanino. Alma Basilia, quien no tenía adónde ir, ni quería tampoco irse a ninguna parte, se había suicidado bebiendo de la resina de su árbol. En el velador había dejado una nota en que expresaba claramente el deseo de ser sepultada a los pies de su árbol (a los pies de Tolentino Floro, decía). Y portodo epitafio que grabaranen el tronco una inscripción escrita al dorso del mismo papel. Si ustedes alguna vez aciertan a pasar por lo que queda de Resurrección, encontrarán entre sus escombros un tronco de árbol reseco que, sin embargo, milagrosamente, siempre tiene una gotita de resina fresca. Si se dan el trabajo de quitarle un poco el polvo de los años, verán aparecer una inscripción que dice: «Tolentino Floro y Alma Basilia S.A.E.» «¡Por la pollerita de Cristo, que cosa más triste!», exclama llorando una mujer. Por su parte,presa de una pena infinita, las hermanas vestidas de tafetán morado preguntan bajito, tratando de no agitar el agua de ensueñoenque hanquedadosumergidostodosenel coche:«Qué significa S.A.E., mi caballero» «Se aman eternamente», responde grave el hombre.
  • 53. Todos se miran entre sí, enmudecidos. Luego de un rato de silencio, y sin dejar de acunar a su guagua, la señora flaca pregunta compungida si acaso al caballero no le daba repeluzno ganarse la vida contando esas tristuras. «Cada uno hace lo que puede, mi querida señora», contesta el hombre. «¿Y usted se sabe muchos casos como éste, don?», pregunta don Audito, rumiando la idea que tal vez alguno se podría escribir en versos. «El desierto es una cantera inagotable de historias como ésta», responde el hombre,mientras abre un pequeño morral y saca una botella de licor. «Ahoramismome devuelvode coche encoche contando otro caso ocurrido por estos pagos. Por supuesto que empezaré en éste, sólo permítanme remojar un poco el güergüero y hacer una pequeña siestecita». «¿Y de qué trata el caso que va a contar ahora, míster, si se puede saber?», pregunta el enano, acomodándose en la punta de un asiento. El hombre se limpia los labios con la manga, guarda la botella, se echa para atrás enel asientoque alguienle ofrecióconlas reverencias con que se le hubiese ofrecidoa un sacerdote, levanta el ala de su sombrero y dice que el caso cuenta la historia de Leoncio Santos, un viejo pampino que,trastornadopor latraiciónde su mujer,se quedósoloenuna salitrera abandonadadurante más de treinta años, convencido completamente de que ella alguna vez iba a volver en el mismo tren en que se había ido. «Imagínense, esperar toda esa porrada de tiempo solo en estas orfandades», interviene emocionada la señora flaca. «Una chichirimoche de años», dicen las hermanas de tafetán morado.En esosmomentosel tren,haciendosonarsusilbato, vaentrando enuna estación de nombre Miraje. El contador de cuentos, sin hacer caso a la interrupción de las señoras, prosigue diciendo que no hacía mucho habían hallado el cadáver del viejo acurrucado en un recoveco de la estación.Sentadoenuna piedra, se había quedado muerto mirando hacia el puntoexactodel horizonte por donde aparecía el tren. Se decía por ahí, que el hombre que le había robado a su esposa había terminado pagando con la mismamoneda:la veleidosa mujer lo había abandonado también a él y, trastornado de amor, había terminado colgándose de una viga. Lorenzo Anabalón se afloja el pañuelo del cuello y traga fatigosamenteunbolo de saliva tierrosa: una vieja laceración le quema la garganta y el alma.Frente a él,caída enun extrañoensimismamiento, con el rostro vuelto hacia la ventanilla, madame Luvertina llora un silencioso llantode amargura.En lopolvorientodelvidriosuimagense reflejaapenas como una difuminada aparición de mediodía. Sentado en una piedra, bajo la luz cegante de mediodía, el viejo Leoncio Santos espera la llegada del tren recortando sus uñas de muerto con una mohosa navaja de afeitar. El silencio es de limbo y el aire inflamadode lapampano corre unahilachade viento.Comotodoslos días de tren, Leoncio Santos se ha puesto su mejor traje de parada, se ha peinado a la gomina y se ha rociado profusamente en agua de olor. En su dedodel corazón su argolla de matrimonio, bruñida día a día con su hálito de alma enpena,destellaun sonámbulo brillo de oro viejo. Como él sabe que el Longino siempre atrasa, ahí, medio a medio de su soledad, por no desesperar en su espera, se pone a imaginar en cómo irá a descender del trenla señoraUberlindaLinaresde Santos;qué vestido lindo de los tantos que él le compró en la pulpería irá a traer puesto, ella que era tan jacarandosa para vestirse. Para qué lado de la cara irá a traer caída su cabellera trigueña, ella que era tan voluble de peinado como de genio. Y es que Uberlinda Linares, así como en sus arranques de cólera podía ser muy capaz de echarse desnuda a la calle, en sus ratos de alegría llegabaaser tan graciosacomo una catita enla palmade la mano.Y es que ellanuncafue igual a ningunaotra mujer en el mundo. Ella nunca tiritó de frío, por ejemplo;nuncatranspiróde calor.Él jamásrecuerdahaberla visto fruncirel ceñoni desvelarsepornadani por nadie.Suúnico quehaceren la vida era ella misma. Y se tomaba con tal liviandad de espíritu que daba la sensaciónciertade que en cualquier momento se podía elevar, volar, irse
  • 54. de la tierra canturreando feliz de la vida. Y es que ella era como de otro mundo. Su cuerpo no dejaba huellas en las sábanas. Creía en los encantamientos. Nunca se recortaba las uñas los miércoles. Y había que verla hacer esas cosas extraordinarias que hacía cuando estaba más inspirada, como mover las orejas a voluntad u oler con los talones. Y era peritaenordalías:ademásde apagar lasvelassinhumedecerselayema de los dedos, podía ponerse una brasa encendida en la lengua y sonreír sin perder esa especie de concupiscencia cándida que enloquecía a los hombres. Y es que Uberlinda Linares era una especie de animal angélico; cuando ella amaba era como si prestara sus alas por un rato. Él había llegadoapensarque su bellezafascinante atraía a los malos espíritus; que era una bruja,unahechicera,unanigromante.Además, estaba el misterio de su juventud: mientras él se iba haciendo cada vez más viejo, ella, su Uberlinda Linares, rejuvenecía cada año, cada día, cada hora. Su risa locallenabael mundode pájaros,de campanas,de pitosde trenes, de pitos de trenes llegando, de pitos como el que ahora mismo resuena en la lejanía y le hace dar una vuelta de carnero a su pobre corazón transparente.¿Vendráigual de ojialegre,ella que estrenaba el sol cada mañana? El tren se acerca y para él es como si se acercara la mismísima felicidad hecha una máquina trepidante, una locomotora jadeando, piteando, enarbolando su negro penacho de humo. No había nada más lindo en la vida que un tren trayendo a la mujer amada; nada más emocionante que un tren lleno de gente entrando a la estación en donde unoesperabaa aquellamujer;nohabíanada más hermoso que ese trenanunciandosullegadaa todosilbato, atoda campana, a todo pañuelo blanco agitándose en las ventanillas. Así les había dicho Leoncio Santos a sus perroscuandole llegóel rumorfatídicode que el Longitudinal Norte ya no atravesaría más el desierto y simplemente se murió de la pena, se murió ahí mismo, sentado en una piedra, esperando aquel tren que ya nunca másllegaría.Se muriópreguntándose, espiritualizado, que cuántos trenes cabrían en la punta de un clavo de línea, cuántos trenes con las ventanillas encendidas correrían en la estela luminosa de una estrella fugaz, cuántos pitazos de locomotoras bastarían para horadar el silencio mineral de esos cerros pelados. Se murió de nostalgia diciéndoles a sus perros huachos que ya no correrá más el tren trepidante, ya no piteará más su pito ronco la locomotora fragorosa, no repicará más su campana de iglesia rodante. Ahora vendrán y levantarán los rieles, y los clavos de línea saltarán de los durmientescomopavesasencendidasalaorilladel peralte.Las estaciones seránabandonadas,desmanteladas,olvidadas.Remataránlostrenescomo bagatelas; como fierro viejo venderán las monumentales locomotoras negras, como chatarra, como escoria; ellas que fueron catedrales de las distancias,estrepitososcaballos de metal atravesando las llanuras, fuerza del paisaje. Las desarmarán como juguetes inútiles a las locomotoras heroicas;lasvenderánporpiezassueltas,atantoel kilode fierro,el kilode bronce, el kilo de acero. Algunas se quedarán por ahí echadas lastimosamente; sus carcasas yacerán bajo el sol lo mismo que caparazonesde bestiasantediluvianas.Desarmaránloscochesde tercera y en sus ventanillas geófagas los postes del telégrafo ya no correrán nunca más hacia atrás, hacia el regreso. Desaparecerá el tren intrépido, mis quiltrosqueridos,lovenderánal mejorpostor,ylospobresmaquinistasde gorras con viseras de celuloide se quedarán en tierra sin saber qué carajo hacer con sus vidas, se quedarán llorando como capitanes sin barcos, se quedarán llorando junto a los fogoneros, a los conductores, a los bonachonesjefesde estación,alosguardagujasconsus inútileslamparitas verdes y rojas; todos se quedarán como asonambulados, como elementados, como esqueletos de vacunos mirando largamente el espectro de un tren corriendo en las líneas oxidadas de su memoria. Harán desaparecer el tren que recorrió el siglo de arriba a abajo, se murió diciéndoles a sus perros sin nombre. Ya nunca más se verá la
  • 55. silueta oscura de un convoy atravesando los cerros ferruginosos del desiertomáslargodel mundo,hundiéndose enlasquebradas,perdiéndose en la inmensidad alucinante de este ardiente purgatorio de arenas. Ya nunca más en la vida ningún hombre o mujer esperará a su amada o amado en ningún andén de estación de ningún pueblo del norte de la patria; nunca más se despedirá al hijo hombre que parte a trabajar a las salitreras infames, nunca jamás ninguna niña vestida de blanco nos hará señas de adiós riendo como un hada desde la ventanilla de un vagón entierrado, nunca más en la vida ningún niño moreno andará a pie descalzo equilibrándose en los rieles brillantes de sol de las estaciones pampinas.Y juntocondesaparecerlosrieles,losdurmientes,las eclisas,las agujasy las palancasde cambio,con el tiempo terminarán por disgregarse tambiénlosterraplenes;se disiparánlosperaltes,se dispersarálagrava, se derramará el balasto; todo se lo llevará el demonio, todo se hará humo, reverberación, espejismo. Desaparecerá el tren, amigos míos, y con él la última cuota de romanticismo del siglo, así se murió diciéndoles a sus perros el viejo LeoncioSantosmientraspensaba,fervoroso, con el mismo fervor con que ahora piensa que hoy sí que sí, carajo; hoy sí que llega mi Uberlinda Linares; en este tren sí que aparecerá su carita sonrisueña, su figura radiante, su inquietante mirada de medio lado; en este tren trémulo que ya va entrando a la estación, que ya comienza a detenerse jadeante, cubriéndolo completamente con sus vaharadas de vapor, con su lluvia de hollín, en este tren que le hiela el corazón de golpe cuando en una de las ventanillas del primer coche le parece ver el rostro de Uberlinda Linares pegado al vidrio polvoriento, como llorando un silencioso llanto inconsolable. Pero en todos los trenes él cree ver su rostro amado a través de alguna ventanilla. Y aunque siempre se acerca temblando al coche de la visión, siempre, como ahora, su pobre espíritu es ganado por el desencanto, porlamás negrade las desilusiones. Y es que ahora también, al detenersecompletamente el convoy,del primer coche sólo descienden dos jóvenes enamorados que él reconoce enseguida como la pareja de amantesque,tiempoatrás,habíallegadoa laoficina en busca de trabajo y luego de tres días infructuosos, en que no hicieron más que pasearse abrazados y silenciosos por las calles del campamento, una noche terminaronpor matarse con un tiro de dinamita a la orilla de la vía férrea, junto al templete de lata de una animita. El estruendo había hecho remecer los cimientos de las casas de calaminas y conmovido en gran manera el corazón de la gente. Los dos jóvenes son los únicos que bajan del tren y Leoncio Santos,con losojosenllantados,se da cuenta de que su Uberlinda Linares de nuevo no ha llegado, de nuevo no ha regresado, que va a tener que seguiresperandoenesaestacióndesierta,en esa estación desmantelada; enesa estacióndonde loúnicoque queda en pie es el requemado letrero con su nombre: Miraje, palabra que sólo después de muerto vino a saber que significaba espejismo. Tendrá que seguir esperando por los siglos de los siglos en esa estación inexistente en medio de la pampa en donde la único que queda en pie es el requemado letrero con su nombre: Miraje, palabra que sólo después de muerto vino a saber que significaba espejismo.Tendráque seguiresperando por los siglos de los siglos en esa estación inexistente en medio de la pampa en donde la locomotora ya comienza a bufar de nuevo, a tocar su campana sonámbula, a mover las bielas,aponerse enmarcha,a irse,a alejarse humeante pordonde todavía se notan las huellas de los rieles levantados ya no recuerda cuántos años atrás; por ese terraplén barrido por el viento en donde todavía se ven las marcas atravesadas de los durmientes y aún es posible hallar un clavo de líneaoxidándose alaorilladel peralte. Y mientras su corazón en delirio es perforado por el silbato del tren alejándose, prosiguiendo su irreal itinerario por las 142 estaciones espectrales, sus ojos dolorosos miran desvanecerse en el aire, en la ardua luz de la pampa, la silueta transparente, ilusoria, melancólica, del último vagón