FRIEDRICH NIETZSCHE
El pensamiento de Friedrich Nietzsche ocupa un puesto único de especial importancia en la historia
de la filosofía. Su obra es una crítica radical y demoledora de la cultura occidental y al mismo tiempo
es una propuesta que intenta pensar la realidad desde un punto de vista completamente distinto.
El pensamiento nietzscheano se enfrenta al racionalismo y al idealismo que dominaban el panorama
filosófico a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la obra de Nietzsche también puede interpretarse
como una afirmación del vitalismo y del valor único e irrepetible del individuo. En este sentido, su
filosofía se aproxima a las corrientes del romanticismo, que desconfiaban de la creciente influencia
que estaba adquiriendo la ciencia y la técnica y que defendían la primacía del sentimiento y de las
pasiones individuales sobre la razón. El filósofo Arthur Shopenhauer y el músico Richard Wagner
son dos representantes significativos de esta corriente de pensamiento romántico, y ambos
ejercieron una decisiva influencia sobre el pensamiento de Nietzsche.
El pesimismo de Shopenhauer
Arthur Shopenhauer creía que el núcleo fundamental de lo real no es racional, sino que es una
fuerza primigenia e irracional a la que él identificaba con la voluntad.
Según Shopenhauer, la presidencia de la voluntad no sólo se extiende al reino de la vida, sino que
verdaderamente sustenta todo lo que existe.
En el caso concreto de los seres humanos, la voluntad no sólo se manifiesta como una aspiración a
continuar viviendo, sino que también se presenta en forma de deseos concretos que continuamente
tratamos de alcanzar estos anhelos, crean en nosotros un sentimiento de desasosiego e inquietud.
Shopenhauer afirmaba que el origen del sufrimiento humano se encuentran en esos deseos,
continuamente renovados y siempre satisfechos. Según él, nunca podremos dejar de sufrir mientras
estemos vivos y se manifieste la voluntad en forma de deseo podemos intentar mitigar este dolor
mediante dos caminos. El primero consiste en entregarnos al arte. El segundo supone practicar el
ascetismo. De acuerdo con este planteamiento sólo seremos capaces de escapar del dolor de forma
definitiva con la total aniquilación que supone la muerte.
Los apolíneo y los dionisíaco
Nietzsche es un autor peculiar en la historia del pensamiento. Sus estudios universitarios se
centraron en la filología clásica. Nietzsche dedicó su juventud al estudio de la antigua Grecia.
La primera obra importante de Nietzsche fue El nacimiento de la tragedia, libro en el que propone
una interpretación acerca de la creación dramática en Grecia. El autor supone que el origen de la
tragedia está asociado al culto de Dioniso, dios griego del vino y el desenfreno, aunque la tragedia
también muestra rasgos asociados al dios Apolo, que la tradición relaciona con la armonía y el
equilibrio.
De este modo Nietzsche identifica dos principios contrapuestos que permiten entender la
singularidad de la cultura griega. Por un lado, está lo dionisíaco asociado al dios Dioniso, lo pasional,
lo difuso y lo indefinido. Por otro se encuentra los apolíneo, ligado al dios Apolo, la luz y la
racionalidad se corresponde con lo claro lo nítido y lo definido que nos permiten individualizar y
distinguir una realidades de otras.
Estas dos grandes fuerzas encuentran su manifestación más clara en el mundo del arte. La pintura o
la escultura son ejemplos del arte apolíneo. En cambio, la música es una forma de arte dionisíaca.
En la tragedia clásica griega, Nietzsche veía un caso único en el que los elementos dionisíaco y polos
habían llegado a unirse en una armonía perfecta. Así la presencia del coro que probablemente deriva
del antiguo culto, Dionisio refleja la unión primordial de todas las cosas con sus voces que recitan al
unirse y convocación de la irracional, pero la tragedia también está presente en la racionalidad
apolíneo de los diálogos y la definición concreta de los distintos personajes que protagonizan la
acción.
Lamentablemente, esta excepcional síntesis de elementos apolíneos y dionisíacos no duró mucho
tiempo. A partir del siglo V a. C., los griegos empezaron a dar una importancia cada vez mayor a los
elementos racionales y polín gaseosos, mientras que desconfiaban de lo dionisíaco.
La crítica del conocimiento y la metafísica
Una filosofía vitalista
El pensamiento de Nietzsche es una filosofía vitalista, porque insiste en el valor incomparable que
tiene la vida del individuo. Para Nietzsche lo que realmente importa es que seamos capaces de
experimentar una vida plena e intensa. Esto es lo que valoraban los antiguos griegos, cuando
admiraban a quienes eran capaces de afirmar sus dolores vitales. En la Ilíada, Homero alaba a los
héroes que destacan por su vigor, su fuerza, su belleza y su pasión. Estos también son los rasgos que
caracterizan a las figuras históricas, como Napoleón, por las que Nietzsche sentía una gran
admiración.
Sin embargo, estos grandes personajes también tuvieron que enfrentarse a dificultades y obstáculos,
porque el resto de la sociedad no estaba dispuesta a aceptar su peculiar forma de vivir. De hecho,
según Nietzsche, la mayor parte de la gente no se atreve a comprometerse con la energía y la entrega
que hacen falta para firmar plenamente el valor de la vida.
El combate contra la cultura occidental
El momento en los que los valores vitales han sido apreciados, fue la Antigüedad clásica griega. Pero
Nietzsche sostenía que nuestra cultura occidental rechazaba el valor de la vida. Por eso, es preciso
revisar críticamente toda la cultura occidental
Para comprender el combate de Nietzsche contra la cultura occidental, conviene distinguir los
diversos ámbitos de los que se dirigieron sus críticas. En primer lugar, Nietzsche rechaza el modo en
que la tradición europea ha interpretado el conocimiento. Esta crítica a la gnoseología está
íntimamente unida al ataque nietzscheano contra la metafísica occidental. La crítica nietzscheana se
extiende, en segundo lugar, al ámbito de la religión y sobre todo al cristianismo. Por último,
Nietzsche denuncia con dureza la moral que ha prevalecido en occidente.
¿Qué es conocer?
De acuerdo con la visión de Nietzsche para la cultura europea conocer consiste en alcanzar la
realidad verdadera que se esconde detrás de las apariencias. Desde tiempos de Platón la gnoseología
occidental siempre ha identificado dos planos diferentes del conocimiento.
Según esta visión el conocimiento genuino únicamente se capta por medio de la razón, que unifica y
dota de significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de conceptos que
permiten englobar nuestra percepciones sensoriales para hacer las manejables y comprensibles.
El conocimiento y el concepto
Nietzsche estaba de acuerdo en reconocer que los conceptos son instrumentos útiles y eficaces para
manejarlos en el mundo. El problema no está en usarlos, sino en creer que esos conceptos nos abren
el acceso a una dimensión superior de la realidad, más auténtica y verdadera que la podemos
percibir con los sentidos.
Nietzsche negaba la existencia real de ese ámbito supremo en que residen los conceptos. Para él no
hay más que un mundo, que es el que podemos percibir con los sentidos. Este mundo sensible, el
único que existe en, es múltiple y cambiante. No es la razón, sino la intuición, la que nos permite
percibir de forma directa esta realidad sensible, formada por individuos particulares y concretos en
forma en continua transformación. Los conceptos racionales fueron inventados precisamente para
tratar de contener, de alguna manera, el vértigo que nos produce es imparable y continuo cambio.
El concepto y la metáfora
Nietzsche creía que el origen de los conceptos está ligado al uso de la metáfora y al intento de
encontrar una manera sorprendente y original para describir algún aspecto de la realidad. Así pues,
en nuestra manera de referirnos al mundo, late escondida una profunda dimensión de creatividad
poética.
Con el uso rutinario, la metáfora con el uso ha perdido su brillo, y puede acabar por convertirse en
uno de esos conceptos con los que nos parece estar describiendo un ámbito de verdades inmutables y
una dimensión trascendente de la realidad. Pero la creencia en ese presunto espacio supremo y
eterno surge más bien como consecuencia del modo en que usamos las palabras, cuando nos
olvidamos de su origen poético y cuando les otorgamos un valor de verdad absoluta que estaban muy
lejos de tener el día en que fueron inventadas.
Contra la ciencia positivista
Nietzsche desconfiaba profundamente del modo en que los filósofos y los científicos utilizan el
lenguaje. La equivocación que cometen consiste en confundir las metáforas e imágenes que emplean
con una supuesta descripción objetiva de la realidad verdadera. Nietzsche era crítico de manera
especial con el positivismo.
Para los positivistas, la ciencia es la única vía rigurosa y fiable de acceso al conocimiento, porque su
método se basa en la comprobación experimental y porque su único interés consiste en alcanzar la
verdad.
Según esta visión, el conocimiento genuino únicamente se capta por medio de la razón, que unifica y
dota de significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de conceptos, que
permiten englobar nuestras percepciones sensoriales para hacerlas manejables y comprensibles.
Frente a este punto de vista, Nietzsche pensaba que la ciencia era únicamente una más entre las
múltiples formas que pueden imaginarse para describir la realidad. De hecho, el arte y la música
ofrecen maneras mucho más directas, intuitivas y adecuadas para describir la auténtica realidad,
que es individual, particular y cambiante. En realidad, el afán de conocimiento que muestran los
científicos, en lugar de ser puro y desinteresado, se justifica porque aspira a mejorar y potenciar la
vida.
El perspectivismo nietzscheano
Nietzsche era partidario del perspectivismo gnoseológico, según el cual es imposible encontrar una
verdad absoluta porque el conocimiento depende del punto de vista.
El conocimiento, consiste más bien en proponer una forma imaginativa y poética de recrear el
mundo que nos rodea. Por eso, Nietzsche creía que el arte es una forma de conocimiento mucho más
rica y valiosa que la ciencia, porque nos proporciona imágenes continuamente renovadas para
expresar el perpetuo devenir de la realidad.
No existe ninguna verdad única ni universal, porque la verdad es solo un punto de vista sobre la
realidad.. El conocimiento depende de la perspectiva, ya que las metáforas que empleamos para
describir el mundo condicionan nuestra manera de entender la verdad.
El error ontológico de Platón
La gnoseología occidental, empeñada en la búsqueda del concepto, está estrechamente ligada a una
determinada manera de entender la metafísica que Nietzsche consideraba equivocada. La ontología
que ha predominado en Occidente está basada en el dualismo platónico. Para Platón, el mundo
sensible, con su cambio incesante y su ya-riabilidad ilimitada, es engañoso porque lo
verdaderamente real solo puede ser permanente, eterno e inmutable. Por eso, Platón creía que el
mundo de las esencias constituye la auténtica realidad originaria.
Nietzsche pensaba que, al dividir la realidad en estas dos esferas, Platón cometió un terrible error,
porque no existe ningún mundo ideal, inmutable y trascendente. Para Nietzsche no hay más
realidad que la que podemos captar con los sentidos, con su perpetua movilidad y su pluralidad
inagotable. Intentar escapar de ella inventando un mundo ficticio no es más que una señal de
cobardía y de miedo ante el vértigo que nos produce el devenir.
El ataque a la religión y a la moral
Contra el cristianismo
El ataque que Nietzsche lanza contra el cristianismo está muy relacionado con su crítica a la
metafísica occidental. La religión cristiana, también divide la realidad en dos esferas distintas
radicalmente opuestas.
La esfera de lo divino, eterna y trascendente, tiene un valor infinitamente superior a la esfera de lo
terrenal, limitada y caduca. El mundo de los hombres es una realidad imperfecta y sujeta al pecado,
por lo que nuestra máxima aspiración debe consistir en superar esta esfera de lo mortal para
unirnos a Dios en una vida ultraterrena. Esto, de acuerdo con la doctrina cristiana, solo puede
lograrse venciendo la tentación y sometiéndose al ascetismo, para lograr purificar nuestra alma y
hacernos merecedores de una nueva vida en el más allá.
Esta es la razón por la que Nietzsche detestaba el cristianismo, ya que veía en él un profundo
desprecio por el valor de la vida. Para los cristianos, lo importante es la salvación eterna, que solo
puede lograrse dominando nuestras pasiones, nuestros instintos y nuestros impulsos. Frente al
vitalismo nietzscheano, que defiende por encima de todo la importancia de una vida plena e intensa,
el cristianismo es una religión que menosprecia y rechaza los valores vitales. Por eso, Nietzsche se
opuso a él con todas sus fuerzas, ya que lo consideraba el principal responsable de la pérdida de
confianza en la vida y de la decadencia de Occidente.
Moral de señores y moral de esclavos
Nietzsche lleva a cabo esta investigación mediante el método genealógico, que se propone rastrear
los orígenes de nuestros valores y creencias analizando las fuerzas y los motivos ocultos que explican
su aparición.
La interpretación nietzscheana sobre el origen de los valores morales está expuesta en su libro La
genealogía de la moral. Según Nietzsche, las concepciones actuales sobre el bien y el mal son muy
distintas de las que predominaban en la antigua Grecia durante la época que describió Homero en
sus poemas. Lo que hace admirables y dignos de elogio a los héroes de la Ilíada es la fuerza, el valor,
la belleza, la astucia, el orgullo, el éxito y el vigor.
Todas estas cualidades distinguen a los personajes superiores y excelentes, que destacan por una
vida intensa y apasionada.
Nietzsche llama "moral de señores" a esta manera de entender la vida, según la cual lo bueno se
corresponde con lo que es noble, fuerte y vigoroso.
Conforme a esta escala de valores, lo malo equivale a lo que es débil, enfermi-zo, mediocre, impotente
o cobarde De acuerdo con esta visión, no todos los seres humanos somos iguales. Los señores, nobles
y fuertes, son solo unos pocos. Frente a estos, la mayor parte de la gente está muy por debajo de ellos
y está condenada a una existencia baja y vulgar.
La crítica a la democracia
Para Nietzsche resultaba evidente que, en todo momento y en todo lugar, es posible encontrar una
clara diferencia entre la minoría escogida de los señores y la mayoría mediocre de los débiles. La
plenitud vital que despliegan unos pocos seres humanos superiores, capaces de destacar
excepcionalmente, contrasta con la existencia de una mayoría que vive sumida en una gris y
apagada vulgaridad. Nietzsche creía que esto era inevitable, porque no todos los seres humanos
somos iguales.
Esta forma de pensar nos permite entender por qué Nietzsche criticaba la democracia. Para él, el
régimen democrático es, en realidad, una herencia del cristianismo, ya que trata de la misma manera
a todos, cuando en realidad existen grandes diferencias entre nosotros. La democracia es un sistema
nivelador que convierte a los seres humanos en "animales de rebaño" instalados en la mediocridad.
Esta forma de organización social empequeñece y uniformiza a todas las personas al borrar las
diferencias que separan a los seres superiores de los inferiores.
Por estas mismas razones, Nietzsche detestaba el socialismo, al que consideraba un intento pueril e
ingenuo de tratar a todos por igual. Frente a estas visiones de la política, que veía como
antinaturales, Nietzsche creía que la política debería tener en cuenta la obvia distinción que separa a
los seres humanos superiores de los inferiores.
El resentimiento de los débiles
El predominio de una minoría de individuos fuertes, nobles y orgullosos, capaces de vivir según una
moral de señores, generó, según Nietzsche, un profundo resentimiento entre los débiles, que
reaccionaron astutamente para intentar modificar esta escala de valores que los perjudicaba.
La instintiva confianza en sí mismos que tenían los antiguos griegos comenzó a resquebrajarse en
tiempos de Sócrates, cuando la antigua forma de vida heroica empezó a analizarse con desconfianza.
Para Sócrates, las verdaderas virtudes no se corresponden con las que ensalzaba Homero, sino que
tenían que ver con la prudencia, la moderación, la inteligencia y el control de las pasiones. También
Platón condenaba muchos de los rasgos que caracterizaban a los antiguos héroes, como su
despreocupada manera de entregarse a los placeres físicos, a la ira o a la pasión desenfrenada. Con
Sócrates y con Platón se instala, por primera vez, un pensamiento ascético que rechaza lo corporal y
aprecia únicamente lo intelectual, en claro contraste con los antiguos valores de la época heroica.
Este proceso se acentuó marcadamente con la aparición del cristianismo, que llevó a cabo una
completa inversión de valores que ha configurado la moral de Occidente durante cerca de dos mil
años.
Para los cristianos, lo bueno es la humildad, la resignación, el poner la otra mejilla y la
mansedumbre. En el sermón de la montaña, Jesús dirigió sus palabras a los pobres, a los débiles y a
los enfermos, anunciándoles que ellos serían los primeros en el Reino de los Cielos. En cambio, para
el cristianismo, los peores pecados consisten en entregarse a la pasión desatada, el orgullo o el
disfrute de los placeres corporales. Con el triunfo del cristianismo, los débiles consiguieron
finalmente imponerse a los fuertes, consumando una total inversión de valores. Nietzsche creía que,
de este modo, logró imponerse en nuestra cultura una moral de esclavos, que es antinatural y
monstruosa porque es contraria a la vida.
Según Nietzsche, el análisis genealógico nos revela que los valores dominantes en Occidente son
producto del resentimiento de los débiles, que lograron imponer una inversión de valores contra la
ética de los señores. Desde entonces, ha prevalecido una ética de esclavos que somete y niega la vida.
Nietzsche estaba empeñado en combatir con todas sus fuerzas esta forma decadente de moral. Según
creía, solo la destrucción de la moral cristiana permitirá de nuevo afirmar la importancia de la vida.
Para ello hace falta realizar una transvaloración de los valores, que devuelva las cosas al lugar que
les corresponden, reconociendo que lo bueno debe corresponder a lo que impulsa, acrecienta e
intensifica la vida, mientras que lo malo ha de asociarse a lo que disminuye, entorpece o debilita la
plenitud vital.
La muerte de Dios
Aunque la moral cristiana se ha impuesto en Occidente durante siglos, Nietzsche creía que su
dominio tenía los días contados. Muchos artistas, pensadores e intelectuales ya se han dado cuenta
de que la escala de valores que hemos aceptado durante tanto tiempo es únicamente producto de la
envidia y el resentimiento.
Cada vez son más las personas que han comprendido la enorme mentira del cristianismo, y también
son cada vez más numerosos quienes desean liberarse de él para poder desarrollar una nueva forma
de vida, más libre y más plena. Nietzsche expresó esta convicción con una frase que se ha hecho
célebre: "Lo que ha sucedido es que Dios ha muerto porque los seres humanos lo hemos matado".
Para una cultura como la europea, que se ha fundamentado en la religión cristiana durante siglos, la
muerte de Dios tiene importantes consecuencias.
Cuando un creyente descubre que Dios ha muerto, su primera reacción es la de sentirse gravemente
perdido y desorientado. Si no hay ningún Dios, la base sobre la que se apoyaban nuestras antiguas
creencias y seguridades se derrumba, dejando detrás un enorme vacío. De pronto nos damos cuenta
de que nuestras más profundas convicciones estaban sustentadas en algo que no existe. De este
modo caemos en el nihilismo, una etapa de pérdida y de confusión en la que parece que nuestra vida
ha perdido su sentido.
Sin embargo, el nihilismo no sólo tiene esta vertiente negativa, sino que también puede interpretarse
como una fase necesaria para poder desprenderse de las antiguas mentiras y, de esta manera,
emprender un nuevo rumbo vital. Nietzsche subrayaba la importancia que tiene esta dimensión
positiva del nihilismo, ya que para poder empezar de nuevo primero es preciso destruir nuestras
viejas y equivocadas creencias.
La muerte de Dios tiene profundas repercusiones. Tras la desaparición de Dios se abre una época
nihilista, con una dimensión negativa de confusa desorientación, y otra positiva que permite el
comienzo de una etapa diferente basada en valores nuevos.

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  • 1. FRIEDRICH NIETZSCHE El pensamiento de Friedrich Nietzsche ocupa un puesto único de especial importancia en la historia de la filosofía. Su obra es una crítica radical y demoledora de la cultura occidental y al mismo tiempo es una propuesta que intenta pensar la realidad desde un punto de vista completamente distinto. El pensamiento nietzscheano se enfrenta al racionalismo y al idealismo que dominaban el panorama filosófico a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la obra de Nietzsche también puede interpretarse como una afirmación del vitalismo y del valor único e irrepetible del individuo. En este sentido, su filosofía se aproxima a las corrientes del romanticismo, que desconfiaban de la creciente influencia que estaba adquiriendo la ciencia y la técnica y que defendían la primacía del sentimiento y de las pasiones individuales sobre la razón. El filósofo Arthur Shopenhauer y el músico Richard Wagner son dos representantes significativos de esta corriente de pensamiento romántico, y ambos ejercieron una decisiva influencia sobre el pensamiento de Nietzsche. El pesimismo de Shopenhauer Arthur Shopenhauer creía que el núcleo fundamental de lo real no es racional, sino que es una fuerza primigenia e irracional a la que él identificaba con la voluntad. Según Shopenhauer, la presidencia de la voluntad no sólo se extiende al reino de la vida, sino que verdaderamente sustenta todo lo que existe. En el caso concreto de los seres humanos, la voluntad no sólo se manifiesta como una aspiración a continuar viviendo, sino que también se presenta en forma de deseos concretos que continuamente tratamos de alcanzar estos anhelos, crean en nosotros un sentimiento de desasosiego e inquietud. Shopenhauer afirmaba que el origen del sufrimiento humano se encuentran en esos deseos, continuamente renovados y siempre satisfechos. Según él, nunca podremos dejar de sufrir mientras estemos vivos y se manifieste la voluntad en forma de deseo podemos intentar mitigar este dolor mediante dos caminos. El primero consiste en entregarnos al arte. El segundo supone practicar el ascetismo. De acuerdo con este planteamiento sólo seremos capaces de escapar del dolor de forma definitiva con la total aniquilación que supone la muerte. Los apolíneo y los dionisíaco Nietzsche es un autor peculiar en la historia del pensamiento. Sus estudios universitarios se centraron en la filología clásica. Nietzsche dedicó su juventud al estudio de la antigua Grecia. La primera obra importante de Nietzsche fue El nacimiento de la tragedia, libro en el que propone una interpretación acerca de la creación dramática en Grecia. El autor supone que el origen de la tragedia está asociado al culto de Dioniso, dios griego del vino y el desenfreno, aunque la tragedia también muestra rasgos asociados al dios Apolo, que la tradición relaciona con la armonía y el equilibrio. De este modo Nietzsche identifica dos principios contrapuestos que permiten entender la singularidad de la cultura griega. Por un lado, está lo dionisíaco asociado al dios Dioniso, lo pasional, lo difuso y lo indefinido. Por otro se encuentra los apolíneo, ligado al dios Apolo, la luz y la racionalidad se corresponde con lo claro lo nítido y lo definido que nos permiten individualizar y distinguir una realidades de otras. Estas dos grandes fuerzas encuentran su manifestación más clara en el mundo del arte. La pintura o la escultura son ejemplos del arte apolíneo. En cambio, la música es una forma de arte dionisíaca. En la tragedia clásica griega, Nietzsche veía un caso único en el que los elementos dionisíaco y polos habían llegado a unirse en una armonía perfecta. Así la presencia del coro que probablemente deriva del antiguo culto, Dionisio refleja la unión primordial de todas las cosas con sus voces que recitan al
  • 2. unirse y convocación de la irracional, pero la tragedia también está presente en la racionalidad apolíneo de los diálogos y la definición concreta de los distintos personajes que protagonizan la acción. Lamentablemente, esta excepcional síntesis de elementos apolíneos y dionisíacos no duró mucho tiempo. A partir del siglo V a. C., los griegos empezaron a dar una importancia cada vez mayor a los elementos racionales y polín gaseosos, mientras que desconfiaban de lo dionisíaco. La crítica del conocimiento y la metafísica Una filosofía vitalista El pensamiento de Nietzsche es una filosofía vitalista, porque insiste en el valor incomparable que tiene la vida del individuo. Para Nietzsche lo que realmente importa es que seamos capaces de experimentar una vida plena e intensa. Esto es lo que valoraban los antiguos griegos, cuando admiraban a quienes eran capaces de afirmar sus dolores vitales. En la Ilíada, Homero alaba a los héroes que destacan por su vigor, su fuerza, su belleza y su pasión. Estos también son los rasgos que caracterizan a las figuras históricas, como Napoleón, por las que Nietzsche sentía una gran admiración. Sin embargo, estos grandes personajes también tuvieron que enfrentarse a dificultades y obstáculos, porque el resto de la sociedad no estaba dispuesta a aceptar su peculiar forma de vivir. De hecho, según Nietzsche, la mayor parte de la gente no se atreve a comprometerse con la energía y la entrega que hacen falta para firmar plenamente el valor de la vida. El combate contra la cultura occidental El momento en los que los valores vitales han sido apreciados, fue la Antigüedad clásica griega. Pero Nietzsche sostenía que nuestra cultura occidental rechazaba el valor de la vida. Por eso, es preciso revisar críticamente toda la cultura occidental Para comprender el combate de Nietzsche contra la cultura occidental, conviene distinguir los diversos ámbitos de los que se dirigieron sus críticas. En primer lugar, Nietzsche rechaza el modo en que la tradición europea ha interpretado el conocimiento. Esta crítica a la gnoseología está íntimamente unida al ataque nietzscheano contra la metafísica occidental. La crítica nietzscheana se extiende, en segundo lugar, al ámbito de la religión y sobre todo al cristianismo. Por último, Nietzsche denuncia con dureza la moral que ha prevalecido en occidente. ¿Qué es conocer? De acuerdo con la visión de Nietzsche para la cultura europea conocer consiste en alcanzar la realidad verdadera que se esconde detrás de las apariencias. Desde tiempos de Platón la gnoseología occidental siempre ha identificado dos planos diferentes del conocimiento. Según esta visión el conocimiento genuino únicamente se capta por medio de la razón, que unifica y dota de significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de conceptos que permiten englobar nuestra percepciones sensoriales para hacer las manejables y comprensibles. El conocimiento y el concepto Nietzsche estaba de acuerdo en reconocer que los conceptos son instrumentos útiles y eficaces para manejarlos en el mundo. El problema no está en usarlos, sino en creer que esos conceptos nos abren el acceso a una dimensión superior de la realidad, más auténtica y verdadera que la podemos percibir con los sentidos. Nietzsche negaba la existencia real de ese ámbito supremo en que residen los conceptos. Para él no hay más que un mundo, que es el que podemos percibir con los sentidos. Este mundo sensible, el único que existe en, es múltiple y cambiante. No es la razón, sino la intuición, la que nos permite
  • 3. percibir de forma directa esta realidad sensible, formada por individuos particulares y concretos en forma en continua transformación. Los conceptos racionales fueron inventados precisamente para tratar de contener, de alguna manera, el vértigo que nos produce es imparable y continuo cambio. El concepto y la metáfora Nietzsche creía que el origen de los conceptos está ligado al uso de la metáfora y al intento de encontrar una manera sorprendente y original para describir algún aspecto de la realidad. Así pues, en nuestra manera de referirnos al mundo, late escondida una profunda dimensión de creatividad poética. Con el uso rutinario, la metáfora con el uso ha perdido su brillo, y puede acabar por convertirse en uno de esos conceptos con los que nos parece estar describiendo un ámbito de verdades inmutables y una dimensión trascendente de la realidad. Pero la creencia en ese presunto espacio supremo y eterno surge más bien como consecuencia del modo en que usamos las palabras, cuando nos olvidamos de su origen poético y cuando les otorgamos un valor de verdad absoluta que estaban muy lejos de tener el día en que fueron inventadas. Contra la ciencia positivista Nietzsche desconfiaba profundamente del modo en que los filósofos y los científicos utilizan el lenguaje. La equivocación que cometen consiste en confundir las metáforas e imágenes que emplean con una supuesta descripción objetiva de la realidad verdadera. Nietzsche era crítico de manera especial con el positivismo. Para los positivistas, la ciencia es la única vía rigurosa y fiable de acceso al conocimiento, porque su método se basa en la comprobación experimental y porque su único interés consiste en alcanzar la verdad. Según esta visión, el conocimiento genuino únicamente se capta por medio de la razón, que unifica y dota de significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de conceptos, que permiten englobar nuestras percepciones sensoriales para hacerlas manejables y comprensibles. Frente a este punto de vista, Nietzsche pensaba que la ciencia era únicamente una más entre las múltiples formas que pueden imaginarse para describir la realidad. De hecho, el arte y la música ofrecen maneras mucho más directas, intuitivas y adecuadas para describir la auténtica realidad, que es individual, particular y cambiante. En realidad, el afán de conocimiento que muestran los científicos, en lugar de ser puro y desinteresado, se justifica porque aspira a mejorar y potenciar la vida. El perspectivismo nietzscheano Nietzsche era partidario del perspectivismo gnoseológico, según el cual es imposible encontrar una verdad absoluta porque el conocimiento depende del punto de vista. El conocimiento, consiste más bien en proponer una forma imaginativa y poética de recrear el mundo que nos rodea. Por eso, Nietzsche creía que el arte es una forma de conocimiento mucho más rica y valiosa que la ciencia, porque nos proporciona imágenes continuamente renovadas para expresar el perpetuo devenir de la realidad. No existe ninguna verdad única ni universal, porque la verdad es solo un punto de vista sobre la realidad.. El conocimiento depende de la perspectiva, ya que las metáforas que empleamos para describir el mundo condicionan nuestra manera de entender la verdad. El error ontológico de Platón La gnoseología occidental, empeñada en la búsqueda del concepto, está estrechamente ligada a una determinada manera de entender la metafísica que Nietzsche consideraba equivocada. La ontología
  • 4. que ha predominado en Occidente está basada en el dualismo platónico. Para Platón, el mundo sensible, con su cambio incesante y su ya-riabilidad ilimitada, es engañoso porque lo verdaderamente real solo puede ser permanente, eterno e inmutable. Por eso, Platón creía que el mundo de las esencias constituye la auténtica realidad originaria. Nietzsche pensaba que, al dividir la realidad en estas dos esferas, Platón cometió un terrible error, porque no existe ningún mundo ideal, inmutable y trascendente. Para Nietzsche no hay más realidad que la que podemos captar con los sentidos, con su perpetua movilidad y su pluralidad inagotable. Intentar escapar de ella inventando un mundo ficticio no es más que una señal de cobardía y de miedo ante el vértigo que nos produce el devenir. El ataque a la religión y a la moral Contra el cristianismo El ataque que Nietzsche lanza contra el cristianismo está muy relacionado con su crítica a la metafísica occidental. La religión cristiana, también divide la realidad en dos esferas distintas radicalmente opuestas. La esfera de lo divino, eterna y trascendente, tiene un valor infinitamente superior a la esfera de lo terrenal, limitada y caduca. El mundo de los hombres es una realidad imperfecta y sujeta al pecado, por lo que nuestra máxima aspiración debe consistir en superar esta esfera de lo mortal para unirnos a Dios en una vida ultraterrena. Esto, de acuerdo con la doctrina cristiana, solo puede lograrse venciendo la tentación y sometiéndose al ascetismo, para lograr purificar nuestra alma y hacernos merecedores de una nueva vida en el más allá. Esta es la razón por la que Nietzsche detestaba el cristianismo, ya que veía en él un profundo desprecio por el valor de la vida. Para los cristianos, lo importante es la salvación eterna, que solo puede lograrse dominando nuestras pasiones, nuestros instintos y nuestros impulsos. Frente al vitalismo nietzscheano, que defiende por encima de todo la importancia de una vida plena e intensa, el cristianismo es una religión que menosprecia y rechaza los valores vitales. Por eso, Nietzsche se opuso a él con todas sus fuerzas, ya que lo consideraba el principal responsable de la pérdida de confianza en la vida y de la decadencia de Occidente. Moral de señores y moral de esclavos Nietzsche lleva a cabo esta investigación mediante el método genealógico, que se propone rastrear los orígenes de nuestros valores y creencias analizando las fuerzas y los motivos ocultos que explican su aparición. La interpretación nietzscheana sobre el origen de los valores morales está expuesta en su libro La genealogía de la moral. Según Nietzsche, las concepciones actuales sobre el bien y el mal son muy distintas de las que predominaban en la antigua Grecia durante la época que describió Homero en sus poemas. Lo que hace admirables y dignos de elogio a los héroes de la Ilíada es la fuerza, el valor, la belleza, la astucia, el orgullo, el éxito y el vigor. Todas estas cualidades distinguen a los personajes superiores y excelentes, que destacan por una vida intensa y apasionada. Nietzsche llama "moral de señores" a esta manera de entender la vida, según la cual lo bueno se corresponde con lo que es noble, fuerte y vigoroso. Conforme a esta escala de valores, lo malo equivale a lo que es débil, enfermi-zo, mediocre, impotente o cobarde De acuerdo con esta visión, no todos los seres humanos somos iguales. Los señores, nobles y fuertes, son solo unos pocos. Frente a estos, la mayor parte de la gente está muy por debajo de ellos y está condenada a una existencia baja y vulgar. La crítica a la democracia
  • 5. Para Nietzsche resultaba evidente que, en todo momento y en todo lugar, es posible encontrar una clara diferencia entre la minoría escogida de los señores y la mayoría mediocre de los débiles. La plenitud vital que despliegan unos pocos seres humanos superiores, capaces de destacar excepcionalmente, contrasta con la existencia de una mayoría que vive sumida en una gris y apagada vulgaridad. Nietzsche creía que esto era inevitable, porque no todos los seres humanos somos iguales. Esta forma de pensar nos permite entender por qué Nietzsche criticaba la democracia. Para él, el régimen democrático es, en realidad, una herencia del cristianismo, ya que trata de la misma manera a todos, cuando en realidad existen grandes diferencias entre nosotros. La democracia es un sistema nivelador que convierte a los seres humanos en "animales de rebaño" instalados en la mediocridad. Esta forma de organización social empequeñece y uniformiza a todas las personas al borrar las diferencias que separan a los seres superiores de los inferiores. Por estas mismas razones, Nietzsche detestaba el socialismo, al que consideraba un intento pueril e ingenuo de tratar a todos por igual. Frente a estas visiones de la política, que veía como antinaturales, Nietzsche creía que la política debería tener en cuenta la obvia distinción que separa a los seres humanos superiores de los inferiores. El resentimiento de los débiles El predominio de una minoría de individuos fuertes, nobles y orgullosos, capaces de vivir según una moral de señores, generó, según Nietzsche, un profundo resentimiento entre los débiles, que reaccionaron astutamente para intentar modificar esta escala de valores que los perjudicaba. La instintiva confianza en sí mismos que tenían los antiguos griegos comenzó a resquebrajarse en tiempos de Sócrates, cuando la antigua forma de vida heroica empezó a analizarse con desconfianza. Para Sócrates, las verdaderas virtudes no se corresponden con las que ensalzaba Homero, sino que tenían que ver con la prudencia, la moderación, la inteligencia y el control de las pasiones. También Platón condenaba muchos de los rasgos que caracterizaban a los antiguos héroes, como su despreocupada manera de entregarse a los placeres físicos, a la ira o a la pasión desenfrenada. Con Sócrates y con Platón se instala, por primera vez, un pensamiento ascético que rechaza lo corporal y aprecia únicamente lo intelectual, en claro contraste con los antiguos valores de la época heroica. Este proceso se acentuó marcadamente con la aparición del cristianismo, que llevó a cabo una completa inversión de valores que ha configurado la moral de Occidente durante cerca de dos mil años. Para los cristianos, lo bueno es la humildad, la resignación, el poner la otra mejilla y la mansedumbre. En el sermón de la montaña, Jesús dirigió sus palabras a los pobres, a los débiles y a los enfermos, anunciándoles que ellos serían los primeros en el Reino de los Cielos. En cambio, para el cristianismo, los peores pecados consisten en entregarse a la pasión desatada, el orgullo o el disfrute de los placeres corporales. Con el triunfo del cristianismo, los débiles consiguieron finalmente imponerse a los fuertes, consumando una total inversión de valores. Nietzsche creía que, de este modo, logró imponerse en nuestra cultura una moral de esclavos, que es antinatural y monstruosa porque es contraria a la vida. Según Nietzsche, el análisis genealógico nos revela que los valores dominantes en Occidente son producto del resentimiento de los débiles, que lograron imponer una inversión de valores contra la ética de los señores. Desde entonces, ha prevalecido una ética de esclavos que somete y niega la vida. Nietzsche estaba empeñado en combatir con todas sus fuerzas esta forma decadente de moral. Según creía, solo la destrucción de la moral cristiana permitirá de nuevo afirmar la importancia de la vida. Para ello hace falta realizar una transvaloración de los valores, que devuelva las cosas al lugar que les corresponden, reconociendo que lo bueno debe corresponder a lo que impulsa, acrecienta e
  • 6. intensifica la vida, mientras que lo malo ha de asociarse a lo que disminuye, entorpece o debilita la plenitud vital. La muerte de Dios Aunque la moral cristiana se ha impuesto en Occidente durante siglos, Nietzsche creía que su dominio tenía los días contados. Muchos artistas, pensadores e intelectuales ya se han dado cuenta de que la escala de valores que hemos aceptado durante tanto tiempo es únicamente producto de la envidia y el resentimiento. Cada vez son más las personas que han comprendido la enorme mentira del cristianismo, y también son cada vez más numerosos quienes desean liberarse de él para poder desarrollar una nueva forma de vida, más libre y más plena. Nietzsche expresó esta convicción con una frase que se ha hecho célebre: "Lo que ha sucedido es que Dios ha muerto porque los seres humanos lo hemos matado". Para una cultura como la europea, que se ha fundamentado en la religión cristiana durante siglos, la muerte de Dios tiene importantes consecuencias. Cuando un creyente descubre que Dios ha muerto, su primera reacción es la de sentirse gravemente perdido y desorientado. Si no hay ningún Dios, la base sobre la que se apoyaban nuestras antiguas creencias y seguridades se derrumba, dejando detrás un enorme vacío. De pronto nos damos cuenta de que nuestras más profundas convicciones estaban sustentadas en algo que no existe. De este modo caemos en el nihilismo, una etapa de pérdida y de confusión en la que parece que nuestra vida ha perdido su sentido. Sin embargo, el nihilismo no sólo tiene esta vertiente negativa, sino que también puede interpretarse como una fase necesaria para poder desprenderse de las antiguas mentiras y, de esta manera, emprender un nuevo rumbo vital. Nietzsche subrayaba la importancia que tiene esta dimensión positiva del nihilismo, ya que para poder empezar de nuevo primero es preciso destruir nuestras viejas y equivocadas creencias. La muerte de Dios tiene profundas repercusiones. Tras la desaparición de Dios se abre una época nihilista, con una dimensión negativa de confusa desorientación, y otra positiva que permite el comienzo de una etapa diferente basada en valores nuevos.