Este documento discute la necesidad de reconocer que el conflicto y la hostilidad son inherentes a las sociedades humanas, y que la erradicación total de los conflictos no es posible ni deseable. También señala que la guerra proporciona una "fiesta" de unidad colectiva que atrae a los humanos, y que los gobiernos a menudo fomentan conflictos externos para distraer de divisiones internas. El autor concluye que una sociedad mejor es aquella que puede gestionar conflictos de una manera productiva y contenida